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“Amoris Laetitia”: la nueva fábula de Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

«Recordando que el tiempo es superior al espacio…» (AL, 3):

Así comienza Bergoglio su falsa exhortación, llena de errores y de un lenguaje ambiguo propio de su modernismo.

Comienza con algo que nadie comprende, sólo los que lo siguen ciegamente: su tesis kantiana del tiempo y del espacio.

Para Bergoglio, el tiempo del pasado, el del presente y el del futuro deben unirse en un mismo espacio, en una misma situación de vida, en una comunidad eclesial. Y, por eso, hay que recoger todos los datos, todas las vivencias de los hombres, todas sus culturas, todas las maneras de ver la vida, y formar una doctrina que se pueda vivir por todos los hombres en este espacio de vida eclesial.

Y, por eso, lo primero que hace este hereje es dar un repaso a la Sagrada Escritura en donde se habla del matrimonio, de las familias, para sacar una conclusión que se ajuste a su tesis kantiana:

«En este breve recorrido podemos comprobar que la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje…» (AL, 22).

Es aquí donde quiere llegar: nada de teologías, nada de ideas abstractas, todo es la praxis.

La Palabra de Dios no enseña ni guía al hombre: «no es una secuencia de tesis abstractas»,

sino que es una praxis: «una compañera de viaje».

Dios que camina con el hombre. Es el hombre el que hace el camino. Ya no es Cristo el Camino de la Iglesia, un Camino en la Verdad Única y Absoluta.

Para Bergoglio, se viaja en el tiempo, no en el espacio. La fe es un recordar el tiempo pasado, coger esas ideas y actualizarlas al tiempo presente, para que se obren en el espacio concreto (matrimonio, familia, comunidad, parroquia, asociación, sociedad…) en que vive el hombre.

Bergoglio sólo está exponiendo su fe fundante que ya desarrolló en su otra fábula “lumen fidei”.

Y, por lo tanto, si en el tiempo pasado, los hombres entendieron la Palabra de Dios de una manera acorde a su vida humana o eclesial (a su espacio cultural, social, eclesial), ahora, en este tiempo hay que entenderla de otra manera, ya que el tiempo es superior al espacio. El tiempo es el que va cambiando, el que impone una reforma del espacio; el espacio, las familias, la Iglesia, las sociedades, son siempre las mismas, estructuras que no cambian pero sí que admiten reformas en cada tiempo.

De esta manera, Bergoglio enfrenta la Palabra de Dios, el Magisterio de la Iglesia, la teología católica con la pastoral, diciendo que el matrimonio nadie lo ha sabido explicar hasta que Él ha llegado a la Iglesia para exponer su inmoralismo universal:

«… hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario» (AL, 36).

El matrimonio de la Sagrada Familia es demasiado abstracto: la pureza, cumplir con los mandamientos divinos, usar la gracia del Sacramento, son construcciones artificiosas que no resuelven las situaciones concretas de las familias.

Todos los matrimonios santos, a lo largo de toda la historia eclesial, no son ejemplo para la Iglesia, porque se han construido en algo abstracto, en una doctrina inmutable que no sirve, en este tiempo actual, para los demás.

En otras palabras, para Bergoglio el matrimonio ideal es el de los cónyuges que se pelean, que son infieles a la gracia, que usan los anticonceptivos, que se divorcian, que no comulgan con una doctrina inmutable, sino cambiante…. Lo demás, es teología abstracta.

Y hay que resolverles la vida, hay que dar un espacio eclesial, social, cultural, a este “matrimonio ideal”.

El matrimonio ideal, el católico, es aquel en que los dos cónyuges están unidos a Cristo: viven y se esfuerzan por realizar la gracia del Sacramento, que han recibido en su matrimonio.

Pero esto es abstracto para la mente del usurpador. El matrimonio como lo instituyó Cristo es un insulto para la mente de Bergoglio.

Él está en su tesis kantiana: «no hemos despertado la confianza en la gracia».

La gracia, para Bergoglio, es algo inmerecido, gratis, a la cual todos pueden acceder sin ningún obstáculo. Por eso,

«Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia inmerecida, incondicional y gratuita. Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio» (AL, 297).

«Id malditos de mi Padre al fuego eterno…»: Jesús, para Bergoglio, no era consecuente con su lógica. Jesús dijo eso en un tiempo concreto, pero que ya no sirve para este tiempo actual.

No se puede hablar, ahora, de condenación para siempre, ni de infierno, ni de pecados que sacan de la comunión de la Iglesia.

No se puede seguir a San Pablo que enseña inspirado

«… que no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con éstos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Bergoglio dice: «hay que integrar a todos… No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación que se encuentren» (AL, 297).

De estas palabras, se deduce que los Obispos no se van a reunir en un Concilio para excomulgar a Bergoglio como hereje, porque ya no existe el pecado de herejía, ni de apostasía de la fe, ni el de cisma, que saca automáticamente de la Iglesia al que lo comete.

Ahora, se trata de hacer una iglesia para todos los herejes, ateos, homosexuales, divorciados, cismáticos, etc…

Dice Bergoglio: «hay que integrar a todos».

Dice San Pablo: «no os mezcléis… Dios juzgará a los de fuera; vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos».

Los Obispos deben extirpar el mal de Bergoglio, pero no lo van a hacer, porque ya no creen ni en Cristo ni en la Iglesia. Ya nadie defiende la doctrina inmutable de Cristo. Ahora, todos defienden su parcela, sus intereses privados en la Iglesia.

¿Quién tiene razón? ¿Quién acierta? ¿Quién está haciendo la Iglesia de Cristo? ¿San Pablo o Bergoglio?

¿Hay obligación en conciencia de seguir la verdad revelada, la que enseña Dios a través de San Pablo, o hay que seguir el invento de un hombre que se ha creído Dios en la Iglesia?

Es claro que no se debe nada a Bergoglio: ni respeto ni obediencia. Y que, para ser de Cristo y pertenecer a la Iglesia de Cristo, hay que atacar a Bergoglio y estar en comunión con el Papa Benedicto XVI, dos cosas que muchos católicos, entre ellos los tradicionalistas, no acaban de entender.

¿Por qué hay que integrar a todos?

Es sencillo: Bergoglio nos recuerda su propia herejía.

“A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio” (AL, 303).

Gran error doctrinal, moral y pastoral: la conciencia de las personas integrada en la praxis. En otras palabras, la moral autónoma kantiana.

La práctica de la Iglesia, la norma de moralidad, no está en la conciencia de ninguna persona, sino sólo en la Ley de Dios y en el magisterio de la Iglesia. Toda persona tiene obligación de aceptar esta ley divina y de someterse a la enseñanza de la Iglesia en cuestiones morales.

Cuando la conciencia de cada uno decide la moralidad, entonces el bien y el mal sólo está en la propia persona. No hay que buscarlo ni en Dios ni en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Esa conciencia personal es el camino para todo, ya no es la fe la guía de la persona.

Y, por eso, este hombre continúa en su tesis kantiana:

«Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas» (AL, 298).

«Situaciones muy diferentes… consolidada por el tiempo»: el tiempo está por encima del espacio familiar. Hay nuevos hijos, hay un nuevo amor mutuo entre los cónyuges… no se puede estar pensando en la culpa del pecado. No hay que encerrar esa vida en afirmaciones rígidas, en una doctrina inmutable, en el pecado de fornicación o de adulterio….Sino que hay que dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral.

En otras palabras:

Si la gente quiere fornicar, adulterar, y ser un homosexual, que lo haga con la bendición de los pastores. Y como los pastores ya lo hacen, pues ellos también apoyados en este documento.

Los pecadores públicos se convierten en católicos que pueden participar en todo lo que hasta ahora han sido excluidos por la Iglesia. Se hace a los Obispos jueces, los cuales en animada charla con esos pecadores, disciernen la manera de que participen en todos los Sacramentos.

La unión civil estable hay que aceptarla como camino para poder recibir el Sacramento de la Eucaristía. Los homosexuales ya pueden seguir en sus vidas y pronto tendrán su matrimonio aprobado por la Iglesia. Al cura violador de niños hay que acogerlo e integrarlo en la comunidad también. Y a aquellos sacerdotes que se quieran casar, que lo hagan sin problemas.

Esta idea Bergoglio la fundamenta en su pecado de apostasía:

«… ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada « irregular » viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante» (AL, 301).

En este párrafo, Bergoglio va a falsear la doctrina de Santo Tomás de Aquino y a decir lo contrario de lo que dice.

Santo Tomás enseña que el que tiene la gracia puede experimentar dificultad en el obrar con las virtudes, ya adquiridas ya infusas. Y quien pierde la gracia por el pecado mortal, pierde también las virtudes morales infusas.

Bergoglio dice que los que viven en situación de pecado mortal, irregular, están en gracia y, por lo tanto, hay que aplicar a su situación irregular lo que dice Santo Tomás. Y, por eso,

«… un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada» (AL, 302).

Es decir, no se puede juzgar a los divorciados vueltos a casar sobre su situación concreta porque cometan personalmente el pecado de adulterio o de fornicación. Ellos, según Bergoglio, están en la gracia santificante, tienen las virtudes morales infusas, y, por lo tanto,

«Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano» (AL, 304).

Es mezquino.

Toda la apostasía de Bergoglio está en negar el pecado mortal actual y pretender resolver una situación particular sin la gracia de Dios, apoyado sólo en el mismo pecado de la persona, como si ese pecado fuera un bien, un valor, un camino que debe seguir recorriendo esa persona, pese a que la ley de Dios o el magisterio le obligue a lo contrario.

Y, por eso,

«… un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones « irregulares », como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas» (AL, 305).

Es repetir, con otras palabras, lo que ya dijo al principio:

La Palabra de Dios no es una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje.

El pastor debe acompañar, no juzgar a la persona porque incumpla una ley moral. La norma de la moralidad sólo está en la conciencia de la persona, en su mente. Y es ella, junto al pastor, la que va a decidir su vida.

«Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios» (AL, 305).

El adulterio da gloria a Dios, así como la fornicación, la homosexualidad, etc… Esta es la idea de Bergoglio, apoyándose en Santo Tomás de Aquino.

El pobre majadero flipa en colores. Bergoglio ha quedado “colocado” bajo los efectos de su propia droga kantiana. Y ha sacado un documento que es su alucinación, que revela su estado de locura permanente. Una locura diabólica.

Bergoglio, en este panfleto, se pone por encima de Dios y crucifica a Cristo y a Su Iglesia.

Pero, muchos católicos lo van a seguir y van a continuar llamando papa a un auténtico majadero.

Muy pocos tradicionalistas reconocen lo que es Bergoglio: un falso papa. Lo tienen como su papa, aunque vean sus herejías, y las resistan. Pero siguen comulgando con él, lo siguen teniendo como su papa. Y esto es monstruoso en un católico tradicionalista.

O se está con el verdadero Papa, Benedicto XVI, o se está con el falso. O se obra el magisterio de la Iglesia en lo concerniente a los herejes o se obra el nuevo magisterio que enseña Bergoglio. Pero no se pueden estar en los dos bandos. O con Cristo o contra Cristo.

Muy pocos católicos reconocen esto: la nueva iglesia que es ya visible en Roma y en las parroquias de todo el mundo. Y se rasgan las vestiduras por este panfleto, pero seguirán esperando en Bergoglio como su papa.

Seguirán esperando que Bergoglio renuncie para que venga otro y resuelva esta situación.

Ya no ven lo que significa este documento para la Iglesia. No ven lo que hay detrás de todo esto. No disciernen los Signos de los Tiempos. Y seguirán en lo de siempre, sin salir de esa falsa iglesia que hay en Roma.

No entienden que la Iglesia verdadera ya está en el desierto. Y que hay que ir al desierto, llevando la Iglesia en el corazón, sin hacer caso a lo que diga Bergoglio porque no es el Papa que guía la Iglesia Católica.

Bergoglio es un usurpador. Todo cuanto dice y obra a cabo carece de validez divina. Bergoglio no tiene el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios, en la Iglesia. Y, por eso, todo lo obra con un poder humano, el propio de la masonería.

Desde hace tres años, todo es inválido: sus nombramientos, sus homilías, sus escritos, sus reformas, sus proclamaciones, su falso año de la falsa misericordia, etc… No vale para nada, ni para los fieles, ni para la Jerarquía.

Ningún Obispo tiene que obedecer a Bergoglio; ningún sacerdote tiene que obedecer a Su Obispo; y los fieles no tienen que dejarse manejar, engañar, por la Jerarquía.

A Bergoglio le queda poco tiempo. Lo van a hacer renunciar. Y morirá muy pronto. Pero lo que él ha levantado, la nueva iglesia, va a seguir hasta la perfección de la maldad en el anticristo, que ya emerge.

Salgan de la nueva iglesia comandada por un loco, Bergoglio. Y estén en comunión con el único Papa de la Iglesia Católica, Benedicto XVI.

Y ya que conocen cuál es el pensamiento de Bergoglio, no estén detrás de él: no les importe lo que diga u obre ese infeliz. Porque la Iglesia ya no está en Roma, sino en cada corazón que permanece fiel a la Palabra de Dios y al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

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Manipulación de las mentes de los catolicos

“El Magisterio Sagrado, en lo concerniente, a fe y a costumbres, debe ser para cualquier teólogo la norma próxima y universal de la verdad, como que a este Sagrado Magisterio Nuestro Señor Jesucristo confió todo el depósito de la fe a saber la Sagrada Escritura y la tradición divina para custodiarlo y defenderlo e interpretarlo… Juntamente con estas fuentes sagradas Dios dio a su Iglesia el Magisterio vivo, a fin de iluminar y explicar incluso aquella doctrina que está contenida en el depósito de la fe solamente de un modo velado y como implícitamente. Este depósito en verdad no se lo confió el divino Redentor ni a cada uno de los cristianos ni a los teólogos mismos a fin de ser interpretado auténticamente, sino solamente al Magisterio de la Iglesia” (Encíclica “Humani generis” el mismo Pío XII –   AAS 42 (1950) 567-569).

Pío XII ensalza extraordinariamente la autenticidad y la autoridad del Magisterio de la Iglesia. Y este Magisterio es de la Iglesia, no del Papa, ni de los Obispos, ni de los teólogos, ni de los fieles. Es un Magisterio vivo. Este Magisterio es Cristo mismo dado a la Iglesia, en la Eucaristía, en los Santos, en los Profetas, para «custodiarlo y defenderlo e interpretarlo».

Siguen siendo muchos los católicos necios (= aquellos que no tienen sabiduría divina) y estúpidos (= aquellos que carecen de sabiduría humana), que llaman a Bergoglio como su papa y esperan de él un camino verdadero en la Iglesia. Están siendo manipulados.

Muchos no quieren darse por enterado que no existe el Papado en Roma. Allí sólo hay un conjunto de hombres -un gobierno cismático- que están colocando las bases para su nueva iglesia, que no tiene nada que ver con la Iglesia Católica.

El Papa de la Iglesia Católica, pese a quien pese, lo entiendan o no lo entiendan, es Benedicto XVI hasta su muerte. Él no puede gobernar la Iglesia porque su gobierno ha sido usurpado. Sin embargo, el poder divino, el Primado de Jurisdicción, permanece en él porque ha sido elegido Papa por el Espíritu Santo.

Esta verdad absoluta sigue escociendo a mucha Jerarquía en la Iglesia: no la aceptan. Y no la van a aceptar hasta que no vean correr la sangre en sus parroquias y en Roma.

A Benedicto XVI se le debe obediencia y comunión espiritual. Obediencia, porque a pesar de que su gobierno no sea visible, ha dejado -como cabeza de la Iglesia- la verdad en la Iglesia, que todos tienen que seguir. Y comunión espiritual con él: para poder tener el poder divino -que sólo puede dimanar de él- y así ejercerlo en la Iglesia.

Sin el poder divino, la Jerarquía no puede mandar, ni enseñar, ni mostrar a los fieles el camino de salvación y de santificación en la Iglesia. Y esto se comprueba cada día en las parroquias, en donde los sacerdotes están atacando todo lo que huela a católico para imponer a los fieles la mente de Bergoglio. Una Jerarquía que no habla claramente la verdad a sus fieles, los manipula de muchas maneras. No tienen el poder divino porque obedecen y comulgan con un hereje en la Iglesia. Se hacen déspotas y arrogantes con su poder humano.

Benedicto XVI fue obligado a renunciar, y debe callar ante la situación claramente desastrosa que se contempla en el Vaticano.

Bergoglio es el mayor desastre de todos para la Iglesia: un desastre sin precedentes.

Un hombre que no cree en el Magisterio auténtico de la Iglesia, que no puede dar testimonio de la Verdad, y que hace todo lo posible para destruir los fundamentos de la Iglesia Católica:

«El fundamentalismo es una enfermedad que existe en todas las religiones. Nosotros los católicos tenemos algunos (muchos), que creen que tienen la verdad absoluta y siguen adelante ensuciando a los demás con la calumnia, la difamación, y hacen daño. Esto lo digo porque es mi Iglesia. Hay que combatir el fundamentalismo religioso».

En estas palabras, Bergoglio niega a Cristo y se declara él mismo dios.

Él miente: «nosotros, los católicos». Él quiere decir: «nosotros, los masones, tenemos gente católica que creen tener la verdad absoluta…».

Bergoglio está trabajando para hacer que los católicos pierdan su fe católica, y se ajusten a los nuevos cambios, a la nueva doctrina, al nuevo credo, que él ya ha predicado y que no para de hacerle publicidad. Por eso, dice: «Esto lo digo porque es mi Iglesia». En su nueva iglesia no quiere gente que siga la verdad absoluta. No quiere maestros que enseñen la Palabra de Dios. Sólo quiere títeres de su pensamiento humano, gente que se deje manipular por sus ideas masónicas.

Dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí».

Para el verdadero católico, la Verdad Absoluta es Cristo. La Verdad Absoluta es una Persona Divina.

Bergoglio no cree en Jesús como Dios. Sólo lo ve como un hombre cualquiera. Y, por eso, a los que abrazan a Cristo como Verdad Absoluta los llama, este engendro del demonio, como fundamentalistas. Sus palabras son clarísimas. Sin embargo, habrá muchos -católicos necios y estúpidos- que buscarán lo de siempre: una razón para decir que Bergoglio no quiso decir eso, sino otra cosa.

Aquel que no comulga con Cristo, que «es Dios con nosotros», se hace él mismo dios para el hombre.

Bergoglio es el ídolo, el dios de la nueva iglesia, que están levantando en Roma y en todas las parroquias. Sus palabras babosas, su inteligencia nefasta, su ideología marxista y su pensamiento masónico son las claves de esta nueva iglesia.

Bergoglio es sólo un hombre sin verdad, es decir, un hombre lleno de todas las mentiras (= todas las herejías) que se pueden concebir con la mente humana. Él continuamente está rodeando la verdad para poder manifestar su mentira, su idea errónea, falsa, engañosa, relativista, modernista. Bergoglio se sabe el dogma, sabe lo que la Iglesia enseña, pero no la sigue. Ni la puede seguir. No es un tonto, pero sí es un idiota.

Idiota es la persona que se mete en su mente, y da vueltas a sus ideas, y es incapaz de salir de ella y de sus ideas. El idiota fabrica su propia realidad, su propio mundo, su propia iglesia, su propia religiosidad y espiritualidad.

Para estas personas la única fuente y criterio de la verdad religiosa y humana es la propia conciencia.

Bergoglio sólo predica la conciencia autónoma: «Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal, y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo».

Es decir, él sólo habla y predica su mentira, la que ha concebido en su mente. Lo que él piensa que es bueno y malo, eso es lo que impone en su gobierno en la Iglesia. Esto es hacerse dios: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Porque el bien y el mal es lo que Dios revela al hombre, lo que Dios manda al hombre, no lo que el hombre piensa en su mente. Todo hombre tiene que salir de su mente, sometiéndose a la Mente de Dios, para poder conocer el bien y el mal.

La gente que tiene a Bergoglio como a su papa lo sigue como un dios. Es el nuevo dios, el nuevo ídolo de la gente. Por lo tanto, ellos han quedado ciegos para descubrir la verdad. No pueden ver lo que es Bergoglio. Es, para ellos, como un enamoramiento ciego, que sólo se puede romper con una violencia, con algo que saque a la persona de esa atracción fatal.

Bergoglio, al seguir su conciencia autónoma, tiene que destruir necesariamente el papado en la Iglesia. Por eso, es el gran déspota que rige a los suyos sólo con lo que concibe en su mente. En otras palabras, quien siga a Bergoglio es y quiere ser manipulado por él, se deja manipular por él. Bergoglio es un ciego que guía a otros ciegos, que manipula mentalmente a los católicos que han despreciado la verdad absoluta en la Iglesia Católica.

Bergoglio, gran modernista, menosprecia, no sólo la verdadera teología, sino el Magisterio mismo de la Iglesia. Este Magisterio es, para este hombre, impedimento del progreso humano y óbice injusto, que le frena para poder hacer sus innovaciones en la doctrina y disciplina de la Iglesia.

Por eso, desde que usurpó el gobierno de la Iglesia está atacando la doctrina de Cristo -con sus palabras babosas, con sus falsas encíclicas y escritos, con su lenguaje doble y malintencionado- y persiguiendo – principalmente, de manera oculta – a los verdaderos católicos fieles a la verdad absoluta.

Por eso, los verdaderos católicos, viendo el desastre que viene de Roma, sólo les queda una cosa: permanecer en la Verdad Absoluta. Defender a Cristo, que es defender el Magisterio autentico e infalible de la Iglesia. Y sólo así pueden seguir construyendo la Iglesia Católica en estos momentos de usurpación.

La Iglesia Católica no puede apartarse nunca de la Verdad Revelada, de la verdadera fe, porque Su Cabeza es la Verdad y rige a Su Iglesia con el Espíritu de la Verdad.

«Jesucristo ilumina a su Iglesia Universal… Viniendo de Dios como Maestro a fin de dar testimonio de la verdad (San Juan 3,2; 18,37), iluminó con su luz la primitiva Iglesia de los Apóstoles de tal forma que el Príncipe de los Apóstoles exclamó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (San Juan 6,68); Desde el cielo estuvo tan presente en los Evangelistas que ejecutaron como miembros de Jesucristo lo que conocieron como al dictado de la Cabeza. Y también hoy es para nosotros, que estamos en este exilio de la tierra, el autor de la fe, así como será el que la lleve a término en la Patria del Cielo. Él mismo es el que infunde en los fieles la luz de la fe; Él mismo es el que enriquece por obra de su poder divino con los dones celestiales de ciencia, de entendimiento y de sabiduría a los Pastores y a los Doctores, y sobre todo a su Vicario en la tierra, a fin de que custodien con fidelidad el tesoro de la fe, lo defiendan con denuedo y lo expliquen y lo confirmen piadosa y diligentemente; por último Él mismo es el que, aunque invisible, preside y brilla vivamente en los Concilios de la Iglesia» ( Pío XII Encíclica “Mystici Corporis” – AAS 35 (1943) 216).

¿A quién iremos al contemplar este desastre en el Papado de la Iglesia obrado por Bergoglio?

¿Qué hacer cuando se vive en todas las parroquias una gran desolación?

Hay que permanecer con Cristo: en la Verdad que es Él Mismo.

Cristo es el autor de la fe y el que la lleva a su término. Hay que estar unidos a Cristo, como el sarmiento a la vid. Unidos en la verdad por la gracia divina. Y aquel que no quiera la gracia, tampoco se le puede dar la verdad ni se hace comunión con él.

Por eso, la Iglesia Católica se hace remanente: es de muy pocos. Son pocos los que se han atrevido a dar testimonio de la Verdad en este tiempo de usurpación. Son pocos los que siguen a Cristo dentro de la Iglesia y no tienen miedo de hablar claramente. Muchos, que comulgan a diario, que se confiesan cada ocho días, están siguiendo a un falso cristo, a un falso papa, y pertenecen ya a una falsa iglesia.

Lo que la mayoría de la Jerarquía y fieles están derribando en la Iglesia, por seguir manteniendo a ese impostor en la cabeza de la Iglesia, por darle una obediencia que no tiene ni puede merecer -por sus claras herejías y su gobierno cismático-, el católico fiel tiene que seguir levantando, defendiendo la fe católica, que supone atacar a Bergoglio y a toda la Jerarquía, junto con los fieles, que lo siguen de alguna manera.

Poca es la Jerarquía que enseña a atacar a Bergoglio. Y esta es la única verdad que hay que seguir en la Iglesia actualmente. Atacar al hereje. Hacer apología, que es lo que muchos han olvidado. La lucha de la Iglesia es contra todo aquel que niega la verdad absoluta. No se puede hacer amistad con un hereje.

Quien comulga con el Papa verdadero, Benedicto XVI, no comulga con el falso papa, Francisco-Bergoglio, sino que lo ataca sin ninguna clase de misericordia.

No hay misericordia, no hay compasión, para aquella alma que vive en su pecado y que ha hecho -de esa vida de pecado- su proyecto en su vida humana. Sólo hay justicia con ella. Amor que hace justicia. Amor que da a esa alma lo que ella busca en su vida.

Si Bergoglio quiere seguir viviendo en sus herejías, obrando su protestantismo, haciendo que los hombres sean formados en el espíritu masónico en la Iglesia, que continúe así, pero no hay -con él- ni obediencia ni comunión en la Iglesia. Esto es lo justo, lo recto, la verdad que hay que obrar con Bergoglio. Es la única manera de amar a ese hombre, que es enemigo público de Cristo y de toda la Iglesia Católica.

Bergoglio es un pecador público, que ha hecho de su pecado el gran negocio de su vida.

Por eso, Bergoglio tiene que ser mirado como una persona apestosa, leprosa, con la cual existe un impedimento para hacer comunidad con él, iglesia con él. Si no se contempla de esta manera a este engendro del demonio, el alma está en el juego del lenguaje, de los sentimientos, de las palabras, de las ideas, de la doctrina masónica que dimana de él y de toda la Jerarquía que lo aplaude, que lo ensalza como a su dios.

Para el verdadero católico no existe el año de la misericordia, sino el tiempo de la Justicia. Que nadie los engañe en este falso año santo. La falsa iglesia sigue haciendo sus prosélitos: atacando la verdad católica para que los fieles vivan una impostura.

La nueva iglesia de Bergoglio encarna una privación de la libertad espiritual del ser humano (sujetados al espíritu masónico), una esclavitud brutal, criminal y explotadora de la conciencia humana (sólo es bueno y malo lo que la ley humana promulga), una dependencia total a los intereses humanos de una élite oculta, una falta de fuerza de voluntad que imposibilita obrar lo que Dios quiere (cauce para hacer sólo la voluntad del hombre), y un camino al fanatismo, a la enfermedad mental, a la obsesión y posesión demoníaca, y a la absoluta idiotez en las personas.

Que nadie los engañe:

«… la hora de la gran prueba ya ha llegado… Ya está próximo el momento de la Justicia Divina y de la gran Misericordia… se prepara a escondidas un verdadero cisma que pronto podrá llegar a ser abierto y proclamado. Entonces, quedará solamente un pequeño Resto Fiel que Yo guardaré en el jardín de Mi Corazón Inmaculado… Iluminad la tierra en estos tiempos de gran oscuridad. Haced bajar sobre el mundo los rayos de luz de vuestra fe, de vuestra santidad, de vuestro amor. Habéis sido escogidos para combatir contra la fuerza de aquél que se opone a Cristo, para conseguir, al final, Mi Mayor Victoria» (P. Gobbi – La hora de la gran prueba – 15 noviembre 1990).

Bergoglio: el gran déspota

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«Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt, 19, 6).

Lo que Dios ha unido que no lo separe Bergoglio, ni ningún obispo, ni ningún sacerdote y, mucho menos, un laico.

Porque es Dios quien ha hablado, quien ha revelado su Mente. Y cualquier hombre que no se someta a la Mente de Dios no puede encontrar el camino de salvación para su alma, y vive sólo para la idea que concibe en su mente humana.

Los bautizados, los cuales se han divorciado y se han vuelto a casar por lo civil, viven en estado de pecado mortal habitual.

Este pecado les impide hacer muchas cosas en la Iglesia, porque son miembros muertos. No son miembros vivos y, por lo tanto, no tienen que estar más integrados en las parroquias o comunidades, porque la Iglesia se construye con la vida de la gracia, no con una vida de pecado.

Quien esté en pecado en la Iglesia sabe cuál es el camino para quitar su pecado: arrepentimiento,  confesión sacramental y penitencia por sus pecados.

Los divorciados vueltos a casar no pueden confesarse porque tienen un óbice: su pecado mortal habitual, que no es sólo su lujuria, sino el de estar unidos a otra persona que no es su cónyuge a los ojos de Dios.

El matrimonio es una creación de Dios, no un invento de la mente, de los caprichos de los hombres.

Quien quiera casarse tiene que elegir en Dios la persona adecuada para poder obrar la Voluntad de Dios en su vida. Ante los ojos de Dios, no vale cualquier unión, aunque sea perfecta en lo humano.

Dios creó el matrimonio, y Dios puso el camino para que ese matrimonio tuviera validez a sus ojos.

Y, por eso:

«Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 6).

«En cuanto a los casados, les doy esta orden, que no es mía sino del Señor: que la mujer no se separe de su marido. Y si se ha separado de él, que no se vuelva a casar o que haga las paces con su marido. Y que tampoco el marido despida a su mujer» (1 Cor 7, 10-11).

Es una orden de Dios, un mandato divino.

Por lo tanto, todo Obispo y todo sacerdote tienen que enseñar este mandato de Dios a las almas.

La Jerarquía no tiene que acompañar a las personas, que viven en pecado mortal habitual, en un camino de discernimiento para ver si algún día pueden comulgar.

No es la misión de la Jerarquía ser juez de estas personas ni orientarlas hacia la comunión sacramental.

No se trata de que la jerarquía decida que los divorciados vueltos a casar están aptos para recibir los sacramentos.

La Jerarquía de la Iglesia no decide nada, sino que sólo da testimonio de la Palabra de Dios en la Iglesia.

Es misión de la Jerarquía predicar la verdad a estas personas, aconsejarlas en la verdad, para que luchen contra ese pecado mortal habitual, y ellos –no la Jerarquía- pongan el camino para erradicarlo de sus vidas.

Y hasta que ellos no se esfuercen por vivir como Dios quiere, no hay nada con ellos en la Iglesia, porque no se puede dar lo santo a los perros, a los que viven en pecado mortal habitual.

El Beato Juan Pablo II, Papa de la Misericordia, lo dejó muy claro en la Familiaris Consortio:

«La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

Ellos mismos son los que ponen el camino para que su forma de vida no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Ellos se esfuerzan por vivir practicando la virtud de la castidad que señala un arrepentimiento del pecado.

Si a la gente no se le enseña a practicar las virtudes cristianas, entonces la gente vive, cada uno, en el vicio que ha escogido para su vida.

Jorge Mario Bergoglio, en su falso motu proprio, con el cambio del derecho canónico, ha puesto la base legal para la obra del cisma en la Iglesia. Él ha actuado como déspota, hombre orgulloso que se pone por encima de Dios, hombre que gobierna y promulga leyes que anulan las leyes de Dios.

Bergoglio establece el adulterio como ley anulando matrimonios que, a los ojos de Dios, siguen siendo válidos.

Aquel matrimonio que, por las circunstancias propias, se separan, y se vuelven a casar con otro o con otra, ese segundo matrimonio no es válido ante Dios, sino que es un estado de adulterio habitual, en el cual la persona no se va a arrepentir de su pecado, porque ha anulado la ley de Dios.

Se ha puesto el camino, en la Iglesia, para que muchos fieles y la Jerarquía colaboren para que las leyes y mandatos de Dios sean abolidos por el mismo hombre.

Muchos van a obtener el divorcio express con esa reforma, y se van a volver a casar por la Iglesia, con el Sacramento del matrimonio. Ese segundo matrimonio, aunque los case Bergoglio, un cardenal, un obispo o un sacerdote, no lo aprueba Dios, porque no están cumpliendo su Ley. Y pecarán, y comulgarán en pecado, y se comerán y beberán su propia condenación.

La Iglesia se fundamenta en la Palabra de Dios, no en las palabras de los hombres que quieren acomodarse al gusto y a la vida del hombre y de su pecado.

La cuestión de los divorciados vueltos a casar no es un camino de discernimiento en la Iglesia ni una cuestión de foro interno entre el sacerdote y los cónyuges. Es una cuestión de cumplir con los mandamientos de la ley de Dios.

Las intenciones de Bergoglio son claras:

“El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad de la Iglesia y de las distintas sociedades en las que actúa, pero el intento es común y en lo que se refiere a la admisión de los divorciados a los sacramentos confirma que ese principio ha sido aceptado por el sínodo. Éste es el resultado de fondo, las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores, pero al final de trayectos más veloces o más lentos todos los divorciados que lo pidan serán admitidos” (“La Repubblica”, 28 de octubre).

Y no interesa que Lombardi, de nuevo, niegue la mente de Bergoglio:

“no es verosímil y no puede ser considerado como el pensamiento del Papa” (National Catholic Register, 2 de noviembre).

Es una mentira más que ni él mismo se la cree.

La mente del gran déspota es clara:

“El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad y de la Iglesia y de las distintas sociedad en las que actúa”.

En otras palabras:

“lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo -¡casi!- para el obispo de otro continente; lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Son sus mismas palabras, pronunciadas en su discurso de clausura del Sínodo, lo que dan la clave de la perversidad de su mente.

No entendemos a aquellos que dicen que ahora las expectativas están todas dirigidas hacia lo que dirá Bergoglio.

¿Qué expectativas tiene la Iglesia en la palabra y en las obras perversas de un hereje?

¿Cuál es el futuro de la Iglesia cuando un hereje la gobierna despóticamente?

Después de dos largos años de gobierno despótico en la Iglesia, ¿no saben cómo piensa Jorge Mario Bergoglio? ¿Todavía no conocen la profundidad de su pensamiento perverso en el mal? ¿Todavía tienen que esperar, con la boca abierta, como agua de mayo, lo que un traidor a Cristo y a Su Iglesia tiene que decir y decidir sobre la Mente de Dios?

¿Quién es Bergoglio para interpretar lo que Dios ha mandado a toda Su Iglesia?

¿Quién se cree que es ese hombre que sólo vive para proclamar su orgullo sentado en la Sede de Pedro?

Y los católicos que lo obedecen, ¿piensan salvarse y santificarse limpiando las babas, cada día, de un hereje, de un cismático y de un apóstata de la fe?

Jorge Mario Bergoglio está exponiendo la esencia de su nueva iglesia: la diversidad regional, el que los obispos locales tengan autoridad a nivel pastoral para resolver los problemas que sólo con los Sacramentos, en la ley de la gracia, se pueden resolver.

Jorge Mario Bergoglio expone una doctrina contraria a la fe católica, a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y, además, se pone por encima, no sólo de la ley de la gracia y de la ley divina, sino de la ley natural, de las exigencias mismas de la naturaleza humana en el matrimonio.

Lo que parece normal para un obispo de un continente tiene que ser normal –no extraño, ni un escándalo-  para el obispo de otro continente.

Y la razón es sencillísima: la Iglesia es una sola en todo el mundo. Una en la Verdad Revelada. No es una en la diversidad.

Y, por lo tanto, ningún obispo puede cambiar esa Verdad. No se pueden dar cambio de verdades de uno a otro continente. Todos los Obispos y sacerdotes de la Iglesia Católica tienen que pensar igual, tienen que obedecer la Verdad Revelada. No pueden cambiar la Palabra de Dios a su antojo, según su interpretación o por las circunstancias que se viven en un tiempo o en un lugar determinado.

Lo que Dios ha enseñado y establecido es para todos los hombres, así los hombres no lo conozcan o pretendan no conocerlo. La ley Eterna es para todos.

Bergoglio dice lo contrario:

“… lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra”.

Este déspota está diciendo que son las sociedades las que promulgan la ley. No es Dios quien impone su ley, quien marca el camino de la verdad. Esto significa ponerse por encima de la Autoridad Divina. Esto es crear una autoridad humana sin dependencia de la autoridad divina. Una autoridad despótica en cada diócesis.

Toda autoridad ha sido ordenada por Dios, para que tenga poder de aplicar la ley divina en sus gobiernos. La violación de un derecho en una sociedad es la violación de derecho en otra sociedad, porque el derecho proviene de Dios, no de los hombres, no de las sociedades. Y Dios ordena la autoridad humana para que ejerza el derecho divino y, por eso, son ministros de Dios para el bien, y ministros de Dios para castigo del que obra el mal.

Jorge Mario Bergoglio, al anular el derecho divino en la autoridad humana, está diciendo que las sociedades tienen que gobernarse sin ley divina, cada una como le parezca, según sus derechos humanos.

Esto es lo propio de su despotismo. Estas ideas son el fruto de su poder déspota, un poder que no se rige por el derecho divino, por la ley divina, por un gobierno divino. Su despotismo en el gobierno le viene de la herejía de la horizontalidad que ha establecido en el gobierno de la Iglesia. La Iglesia se gobierna vertical, no horizontalmente. Sólo en la verticalidad se encuentra la Autoridad Divina. En la horizontalidad, el hombre construye su propia autoridad humana, sin dependencia de la autoridad divina, que en la Iglesia se traduce por despotismo, absolutismo.

En consecuencia, el gobierno de Bergoglio no es ministro de Dios, ni para el bien ni para el mal. Y todos tienen el deber y la obligación de despreciarlo, porque se basa en una sola cosa:

“… lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Para Jorge Mario Bergoglio, es el hombre el que decide lo que es bueno y lo que es malo.

Este es el orgullo propio de Lucifer, que pone su mente por encima de la Mente Divina. Es la libertad de su razón, de su conciencia, lo que se proclama.

Cuando la razón del hombre no es libre, sino que ha sido creada por Dios para sujetarse a la Verdad que conoce. Ha sido creada para buscar la Verdad y permanecer en esa Verdad.

Nadie es libre, en su razón, para declarar una mentira como verdad. Porque la razón siempre ve la mentira como mentira, siempre llama a la mentira por su nombre.

El hombre es libre, en su voluntad, para ir en contra de lo que claramente ve su razón.

Es la voluntad de la persona, no su razón, no su conciencia, la que decide en la vida de cada hombre.

Todos estos herejes siempre están en lo mismo: la supremacía de la razón. El culto a la mente, a la idea del hombre. Su soberbia que les lleva a su orgullo. Y, por este culto, hacen el trabajo del falso profeta, que es engañar a los hombres, darles una mentira, un engaño, una falsedad para sus mentes, presentándola como verdad, para que elijan la mentira, la falsedad, en sus vidas.

Estas ideas de Jorge Mario Bergoglio significan que su nueva iglesia no es ya católica, universal, porque no se da una única enseñanza en todo el mundo, en todas las diócesis. No hay una sola verdad en la cual la persona deba fundamentar su vida. No hay una jerarquía fundamentada, anclada, en una idea inmutable, infalible.

Se divide la doctrina y, pastoralmente, se enseña cualquier cosa, según la mente del obispo o sacerdote de turno. La práctica pastoral ya no está apoyada en la verdad, ya no existe para ayudar a vivir las verdades de la fe. Es una pastoral cambiante, que anula la doctrina, y que enseña el error y la confusión en la misma práctica pastoral: se practica la mentira apoyado sólo por la razón, por la idea que alguien ha concebido en su mente, por la idea a la cual se llega fruto de una diálogo de besugos.

Es su frase:

“…las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores”.

Los confesores sólo juzgan el pecado y al pecador. No pueden juzgar a una persona que vive en pecado mortal habitual, y que no muestra ningún arrepentimiento ni deseo de salir de su pecado.

Jorge Mario Bergoglio pone su falsa jerarquía: la que decide, caso por caso, si pueden o no recibir los sacramentos. Es una jerarquía propia de Lucifer: sin ley, sin gobierno, sin verdad. Es una jerarquía ebria en el orgullo y en el poder humano, que reciben de un déspota, para sellar las almas y entregárselas al demonio.

Si el matrimonio es indisoluble, entonces no hay manera, no hay camino, no hay una razón pastoral que enseñe que el divorciado, vuelto a casar, esté preparado para recibir los sacramentos. No existe esta razón pastoral. Si se da es porque la persona se pone por encima de la doctrina verdadera e impone su doctrina perversa a las almas. Impone dos cosas: su herejía y su cisma. Y esta imposición lleva a la obra de la apostasía de la fe.

Claramente, todo esto lleva a la pérdida de una sola fe, al desprecio de todos los Sacramentos, lo cual significa despreciar la vida de Dios en el hombre, en el actuar humano, en las sociedades humanas.

Los hombres se apartan de Dios por estar siguiendo a los hombres, a sus mentes, a sus ideas, a sus importantísimas razones.

Todo el problema de la Iglesia actual es tener a un déspota como su papa. Este es el descalabro de muchos católicos.

El problema no viene de antes, de un Concilio. El problema comienza con Jorge Mario Bergoglio. Esto es lo que muchos no han comprendido. Y empiezan a juzgar el Concilio y a todos los papas, los cuales los llaman “conciliares”. Ya no los llaman católicos. Los juzgan y condenan; de esa manera, juzgan y condenan a toda la Iglesia. Y ellos quedan como los justos y santos, los que son de la Iglesia verdadera.

Muchos ponen la ruptura en el Concilio. Y se equivocan. La ruptura comienza con Jorge Mario Bergoglio, con su gobierno horizontal. Esta es la clave. Este es el cisma que trae la herejía de la horizontalidad.

El problema de la Iglesia no está en el Concilio Vaticano II. Ese Concilio trajo discordia, desunión y la pérdida de muchas almas. Pero el problema estuvo en los Obispos, no en el Concilio mismo. Obispos que fueron engañados en la búsqueda de una paz y una fraternidad, que no se puede dar entre los hombres si no viven como hijos de Dios, en estado de gracia.

Muchos Obispos han trabajado, desde ese momento, bajo las órdenes de Satanás en la Iglesia, poniendo en marcha la formación de una estructura de iglesia mundial, que no es la Iglesia Católica. Y eso lo han hecho en sus mismas diócesis, en el mismo Vaticano. Eso lo han hecho en franca rebeldía y desobediencia a todos los papas reinantes.

Jorge Mario Bergoglio no podría estar haciendo lo que hace en la Iglesia sin el consentimiento de todos esos Obispos y Cardenales que han trabajado durante años para consolidar la nueva iglesia. Son muy pocos los Obispos y sacerdotes fieles a Cristo y a la Iglesia. Ya en el tiempo del pontificado de Benedicto XVI muchísimos Cardenales católicos se opusieron abiertamente a sus enseñanzas «promoviendo formas de contra-formación y de sistemático magisterio paralelo guiados por muchos antipapas» (Monseñor Giampolo)

Con el Concilio Vaticano II se abrieron las puertas a toda clase de herejes, produciendo que la fe se contaminara en muchos corazones. E hizo que la Jerarquía viviera en un sopor, en un sueño del cual muchos no han despertado todavía.

No se puede comprometer la fe católica con los enemigos de Dios, de esa fe. Ningún católico se puede asociar con los enemigos de Dios, con aquellos hombres que viven sin ley, que gobiernan sin ley, que su única verdad es su mente humana, lo que conciben en ella.

Ningún católico se puede unir a un ateo, a un musulmán, a un judío, a cualquiera que viva en su herejía, o en su cisma, o en su vida de apostasía.

Por eso, no entendemos a los católicos que tienen a Bergoglio como su papa. ¿Cómo pueden comprometer su fe católica siguiendo y obedeciendo a un hombre que está destruyendo la fe católica?

Esto que vemos en la Iglesia es fruto del Concilio, que comenzó con buenas intenciones, pero que fue pervertido por la mente de muchos Obispos, que fueron instrumentos de Satanás, para implantar en la Iglesia una nueva norma de moralidad, la propia de la masonería.

No se puede convertir al enemigo de Dios, al pecador, bajando las normas, ocultando las leyes, pavimentando un camino lleno de ambigüedades.

La fe inamovible no puede cambiar, no se puede substituir por otra cosa. Se cambian las cosas para llevar al hombre a Dios. Pero no se cambian las cosas para quitar al hombre de Dios y entregárselo a Lucifer.

Después del Concilio, toda la Iglesia fue engañada por todos aquellos Obispos y sacerdotes, agentes de Satanás, siervos del demonio, que han sembrado en las almas las semillas de la propia destrucción de la Iglesia.

Quien está destruyendo la Iglesia, actualmente, son los Obispos, los Sacerdotes, los fieles que siguen a un déspota como su papa. No es el resultado de un Sínodo. No es el fruto de un Concilio. Es cada persona que se ha entregado al mal y que lo obra en la Iglesia.

El mal camino en la Iglesia, la apostasía de la fe, ya se inició con el Concilio. Y eso ha llevado a contemplar un mundo en el cual la humanidad se ha ido difamando a sí misma y revolcándose en toda clase de soberbias, lujurias y orgullo.

Pero, lo que hoy contemplamos es el inicio y el levantamiento de una nueva religión, que llama a gritos a una nueva sociedad, destruyendo la base de fe que está basada en la Tradición y en el conocimiento de los profetas. Destruyendo la doctrina católica. Haciendo caso omiso del magisterio infalible e inmutable de la Iglesia.

Estamos viendo una religión y una Iglesia que no es la de Cristo Jesús, que no tiene su misma  verdadera base.

¿Dónde está el fundamento de Pedro en la iglesia de Bergoglio si está gobernando  con la horizontalidad? ¿Dónde está la base de la verticalidad del papado en el falso pontificado de Bergoglio?

No está, ni puede estar, porque es una nueva iglesia, en donde se toma el Cuerpo de Cristo y se difama, ya no se da el conocimiento de su Divinidad. Ya Jesús no es el Dios que está con el hombre en la Eucaristía. Sino que es un hombre más, que camina con los hombres, y que los apoya en toda su vida de perversión y de pecado.

En esta nueva iglesia se va en busca de un gobierno sin ley, un gobierno de déspotas. Cada uno, en su diócesis, gobierna según sus luces, según sus inteligencias, según sus criterios humanos.

Y estos jerarcas déspotas se unirán a los gobiernos déspotas del mundo para levantar el nuevo orden mundial. Es en la diversidad cómo se establece la unión entre los hombres que sólo buscan destruir, atacar, perseguir, la Verdad Revelada.

El hombre que busca emplear sus propias desviaciones para promover una paz y una fraternidad que sólo existen en su mente humana, no en la realidad de la vida, trae al propio hombre la guerra, la destrucción, la aniquilación de toda verdad. No puede haber paz sin Fe, sin que el hombre se sujete, obedezca una verdad absoluta.

Muchos han tergiversado los mensajes y las declaraciones dados en el Concilio y los han acomodado a ellos mismos, interpretando todas las cosas para su propia conveniencia.

Han sido muy pocos los que ha sabido leer ese Concilio y ponerlo en el lugar teológico que corresponde. El Concilio no hace daño para aquella alma que tiene las ideas claras de lo que es su fe católica. Pero el Concilio hace un daño gravísimo a aquellas almas que no saben razonar su fe en la Iglesia.

Ya lo dijo el Papa Benedicto XVI:

«Ciertamente los resultados [del Concilio Vaticano II] parecen estar cruelmente opuestos a las expectaciones de todos… Yo estoy repitiendo lo que dije hace diez años después de la conclusión del trabajo: Es incontrovertible que este período definitivamente ha sido desfavorable para la Iglesia»  (Joseph Cardenal Ratzinger, L’Osservatore Romano, Edición en Inglés, 24 de Diciembre, 1984).

El Concilio trajo a la Iglesia los errores del humanismo y del modernismo, que se metieron en la mente y en el corazón de la Alta Jerarquía, la cual anda en el camino de la perdición y llevando consigo muchos almas.

Cardenales, Obispos y fieles llevan 50 años distorsionando la doctrina de Cristo, el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ocultando la verdad, persiguiendo a los que viven la verdad. Son ellos, no es el Concilio. Son ellos que son movidos por un Espíritu que no es el de Cristo, sino el del Anticristo.

Y es ahora cuando a los buenos se les empieza a llamar los malos.

Es ahora cuando los malos son alabados por todo el mundo católico y son tenidos como redentores del mundo.

¿No es, acaso, eso Jorge Mario Bergoglio para muchos que se llaman católicos y para toda la gente del mundo? ¿No se ha convertido en el redentor del mundo para ellos? ¿No está, Jorge Mario Bergoglio, siendo glorificado constantemente por los hombres?

Por eso, no es fácil permanecer en el camino de la Iglesia, que es un camino angosto. Muchos renuncian a la verdad en sus ministerios para ir detrás de un déspota como su papa. Y saben que es un dictador de mentiras. Saben lo que está realmente haciendo en su gobierno de máscaras.

Lo que Jorge Mario Bergoglio está manifestando es que él se pone por encima de toda ley divina, y obra un cisma en la propia Iglesia, como jefe sentado en la Sede de Pedro. Y esto es gravísimo. Esto es la perdición de muchas almas en la Iglesia.

La Iglesia Católica no está en Jorge Mario Bergoglio, sino en el Papa Benedicto XVI. Ahí, en él, permanece la verdad de lo que es la religión católica. Y todo fiel, en la Iglesia, debe comulgar con el Papa si quiere salvarse y santificarse. Esa comunión es hasta la muerte del Papa. Una vez que el Papa muera, los fieles que permanezcan en la verdad ya no estarán obligados a obedecer a ninguna jerarquía, sino que formarán la Iglesia Remanente, la que permanece en la Verdad, esperando que el Cielo ponga su papa.

Bergoglio es el falso papa de una falsa iglesia.

¡Cómo cuesta entender esto a muchos católicos!

¡Esta verdad no es compartida por la Jerarquía! ¡Ni siquiera por las más fiel, por la más tradicional!

Eso es señal de que el gobierno despótico de Bergoglio está haciendo su trabajo en las mentes de los Cardenales, de los Obispos y de los sacerdotes.

Él está levantando su nueva jerarquía.

Y esto es abominable, porque supone que el mal está adquiriendo la perfección que necesita para instalar al Anticristo en la Iglesia y en el mundo.

El gran fracaso de Bergoglio en el Sínodo

xxxxxxto

«Se llama… cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos» (Canon 751).

En la historia de la Iglesia, se han dado cismas: personas que se han apartado de la unidad de la Iglesia, que es la unidad principal.

Esa unidad de la Iglesia radica en dos cosas: en la comunión de todos los miembros de la Iglesia entre sí y en la obediencia de todos ellos al Sumo Pontífice, que es la Cabeza de la Iglesia.

Sólo hay una Cabeza en la Iglesia: Pedro y sus Sucesores.

Actualmente, esa Cabeza es el Papa Benedicto XVI.

Son muchos los que tienen a Bergoglio como Papa y, por lo tanto, no están en comunión con el Papa legítimo y verdadero. Están fuera de la Iglesia en Pedro. Están siguiendo una falsa iglesia.

«Cuánta tiniebla en los hombres, cuánta obscuridad en sus corazones y en sus mentes, que no pueden reconocer al enemigo que está sentado en la Silla de Pedro, y se hace llamar santo padre, obispo de Roma, pero en verdad es un impostor, el lobo vestido con piel de oveja que engaña, con su poder seductor, y hace que los hombres lo bendigan como pastor universal; cuando, en verdad, al rebaño que él guía es el de los hombres necios, que viven sin estar en gracia, y son engañados fácilmente por el enemigo, porque si viviesen en Mi Gracia, y con sus corazones limpios, no caerían fácilmente en las trampas del que se hace llamar santo padre» (Jesús a un alma escogida)

En estos días, estamos contemplando el gran cisma dentro de la Iglesia Católica, que es el descalabro de muchas almas que siguen a un falso papa y están en una falsa iglesia.

Una obra cismática hizo Jorge Mario Bergoglio el 28 de septiembre del año 2013: puso un gobierno horizontal, creando un «Consejo de Cardenales» para gobernar la Iglesia.

Muy pocos han llamado por su nombre, como cisma, a este Consejo de Cardenales: todos han aceptado, de alguna manera, por conveniencia, este gobierno horizontal, el cual hace trizas el fundamento de la Iglesia, que es el Papado. El Papado, en la Iglesia, es un gobierno vertical en Pedro.

Jorge Mario Bergoglio puso el fundamento para levantar su nueva iglesia, precisamente, sentado en la Silla de Pedro, usurpando el gobierno de Pedro en la Iglesia, no su poder divino.

Es un cisma que proviene de un hombre que está gobernando la Iglesia con una autoridad que no tiene, que no le ha sido dada por Dios, sino que es dada por los hombres, por aquellas personas que lo han colocado, que han conspirado durante muchos años, para que este hombre se siente en el Trono de Pedro.

Se gobierna la Iglesia con la Autoridad Divina, en un gobierno vertical.

Bergoglio gobierna la Iglesia con una autoridad humana: y esto es ponerse por encima de la Autoridad Divina, que representa y tiene el Sumo Pontífice. Esto es rechazar la sujeción al Sumo Pontífice, al Espíritu de Pedro en la Iglesia. Jorge Mario Bergoglio no se sujeta a ese Espíritu y, por eso, no es el Sucesor de Pedro; y gobierna la Iglesia con un poder humano, que es el propio de un usurpador.

Jorge Mario Bergoglio no es el Sumo Pontífice, no es el Vicario de Cristo, no es el Papa de la Iglesia Católica. Si lo fuera, no hubiera obrado en contra de sí mismo colocando un gobierno horizontal. No hubiera tocado la verticalidad del Papado. Hubiera seguido a todos los Papas en la Iglesia en el gobierno vertical. Él se ha separado de la Sucesión de Pedro: y eso es el cisma.

Jorge Mario Bergoglio al no ser Papa, al ser sólo el Obispo de Roma, está ejerciendo un ministerio episcopal, pero sin el ministerio petrino. Por lo tanto,  puede hacer lo que hizo. Y puede hablar de una descentralización del Papado y de la Iglesia.

Además, su ministerio episcopal es falso. Por su clara herejía, Jorge Mario Bergoglio no es Obispo verdadero, que conduce y guía a las almas hacia la verdad. Es un Obispo falso que no puede ejercer el Espíritu de Cristo, no puede tener la Mente de Cristo ni hacer las obras de Cristo en la Iglesia, porque lo ha rechazado, le pone un óbice con su herejía.

Benedicto XVI renunció al ministerio episcopal, pero no al ministerio petrino. Ya no puede gobernar la Iglesia, pero todavía posee, hasta su muerte, el Primado de Jurisdicción, el ministerio petrino. Por ese ministerio petrino, los fieles y toda la Jerarquía están obligados a permanecer en comunión espiritual con él si quieren estar en la Iglesia de Cristo, si quieren ser Iglesia, si no quieren perderse en la gran apostasía que se contempla en Roma y en todas las diócesis del mundo.

Ya los fieles no están obligados a prestarle obediencia porque no gobierna la Iglesia, no realiza actos de gobierno ni de magisterio, que es lo propio del Papado. Su gobierno ha quedado inútil, no sirve, no cuenta. De esta manera, se cumple lo que la Virgen dijo a Conchita sobre un papa que Ella no contaba. No cuenta su ministerio episcopal, pero sigue contando su ministerio petrino. Por lo tanto, queda la comunión espiritual con el Espíritu de Pedro, que posee el Papa Benedicto XVI. Ese Espíritu de Pedro es el Espíritu de la Iglesia, que une a todos los miembros con Su Cabeza.

Sigue siendo Pedro el que guía a la Iglesia en estos momentos. Pero sólo guía a aquellos en comunión con el Papa Benedicto XVI. A los demás, ellos mismos se pierden en la gran confusión que hay en todas partes por seguir a un falso papa, que no tiene el Espíritu de Pedro, y por estar colaborando en el levantamiento de una nueva iglesia, contraria a la Iglesia de Cristo.

Un hereje, como es Jorge Mario Bergoglio, no tiene jurisdicción en la Iglesia.

Fueron muy pocos los que no quisieron aceptar esta mentira del gobierno horizontal y se apartaron de Roma, en ese momento, por haber caído en el cisma. Un cisma que iniciaba y sólo se mostraba encubierto.

Los demás, han seguido mirando a Roma y tienen como papa a un hereje, a un cismático y a un apóstata de la fe. Están dentro de una falsa iglesia, siguiendo como corderos llevados al matadero, a una cabeza falsa.

El Papa de la Iglesia Católica es Benedicto XVI, que es el último Papa antes del fin de los tiempos, antes de que se concluyan los tiempos del mal y aparezcan los nuevos tiempos, en donde el Papado continuará, pero con Papas puestos por el Cielo, no en una reunión de Cardenales.

El católico verdadero es el que comulga con el Papa Benedicto XVI: en Él está la Iglesia, la verdadera, la que ha fundado Cristo en Pedro. Todo aquel que comulgue con el Papa Benedicto XVI no puede caer en el cisma que Jorge Mario Bergoglio está obrando desde la Silla de Pedro.

«Las puertas del infierno» no pueden prevalecer sobre la Iglesia en Pedro, sobre los fieles que comulgan con el Papa Benedicto XVI. Sin embargo, las puertas del infierno están por encima de esa iglesia, que está levantando Jorge Mario Bergoglio, para engullirla una vez haya sido levantada en la perfección de todo mal.

«Entre el cisma y la herejía creo que hay esta diferencia: la herejía crea dogmas alterados, mientras que el cisma separa de la Iglesia» (San Jerónimo – In Tit. Super 3, 10; ML 26, 633).

Jorge Mario Bergoglio ha estado creando, desde el Consistorio de febrero del 2014, el dogma alterado de los divorciados vueltos a casar que pueden comulgar y de las parejas gays en la Iglesia.

Ha ido en contra de dos documentos claves en la Iglesia Católica: la Familiaris Consortio y la Humanae Vitae. Señal de que él no puede seguir ni a los Papas ni al Magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, que es irreformable. Señal de que no es Papa.

Jorge Mario Bergoglio puso a su anticristo, Kasper, que fue el único relator de ese Consistorio, para comenzar la reforma del magisterio de la Iglesia. Kasper fracasó, pero el mal continuó.

En el Sínodo del 2014, Jorge Mario Bergoglio, de acuerdo a su agenda programada, intentó imponer su doctrina con un documento infame. Y tuvo que cambiarla por la gran oposición de toda la Iglesia. De nuevo, fracasó. Pero el mal continúo.

En su orgullo, como un dictador, reinsertó su dogma alterado en el Instrumentum Laboris para el Sínodo del 2015. Y puso a todos sus hombres al frente de ese Sínodo, amordazando a los Padres Sinodales. Nombró a una comisión especial para escribir su relatio final. Y su dogma alterado, de nuevo, fracasó.

El gran fracaso de Bergoglio ha sido este último Sínodo. Pero, sin embargo, el mal continúa.

Bergoglio ha montado en cólera por este fracaso, diciendo que no debemos sentarnos en el trono de Moisés y juzgar a la gente, que debemos supuestamente ser caritativos y misericordiosos, negando claramente la realidad del pecado, y dando el mensaje protestante de que Jesús ama a todo el mundo y se hace cargo de todo. En su ira, ofreció su falsa misericordia en la que se anula toda justicia y en la que se ataca a toda la Iglesia Católica. Ni una palabra sobre el pecado ni sobre el arrepentimiento. Sólo se ha desahogado con su baboso modernismo, sólo le ha interesado poner en claro su herético pensamiento:

«…hemos visto también que lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo, para el obispo de otro continente; lo que se considera violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede parecer simplemente confusión. En realidad, las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado». (24 de octubre 2015)

Lo que parece normal para un Obispo, no es tan normal para otro; lo que una sociedad o cultura entiende por violación de derecho, no es para otra…

Jorge Mario Bergoglio sigue su idealismo: todo principio general tiene que ser inculturalizado. Es decir, que no existe la ley divina, la verdad absoluta, no existen los dogmas, no existe la ley natural, no existe la ley de la gracia. Sino que todo es del cristal como los hombres, las culturas, las sociedades, las conciencias de cada uno lo miren. Esto no es nuevo en él. Siempre ha pensado así y no hay manera de que este hombre piense lo contrario. Él está en la descentralización del Papado y de la Iglesia. Pero, no sabe cómo hacerla.

Ahora, para toda la Iglesia, hay un momento de compás de espera.

El Sínodo ha fracasado porque no alcanzó los objetivos que el mal planeaba. No se dijo que los divorciados podían comulgar. No se dijo que los homosexuales se podían casar. Y esta es la ira de Jorge Mario Bergoglio y su gran fracaso. Por eso, él no puede ser el Falso Profeta. Sólo es un pobre payaso que entretiene a todo el mundo con una palabra que fracasa.

No son con palabras cómo se cambian a los hombres: es lo que lleva intentando este hombre desde que usurpó el Trono de Pedro. Se ha dedicado a hablar, a contar fábulas a todo el mundo. Y eso cansa después de dos largos años. Cansa escuchar a un hombre obsesionado con los mismos asuntos de siempre. Un hombre sin verdad, sin vida espiritual y sin vida eclesial.

Por eso, son muchos los intelectuales que también fracasan al querer estudiar lo que es Bergoglio como papa, como miembro de la Iglesia.

Este hombre no puede enseñar nada a la Iglesia: está creando sus dogmas alterados. Para eso, tiene que ir en contra de toda la fe católica. Tiene que hacer, como hacen todos los herejes, conocedores del dogma, pero que lo interpretan a su manera, que ocultan la verdad que ellos no quieren que se diga, para que sólo se manifieste su mentira.

Esto es la relatio final: un documento ambiguo. Hace aguas por todas partes, porque se oculta la verdad. Sólo se manifiestan aquellas palabras, aquel lenguaje que dice muchas cosas y no dice absolutamente nada. Todos los pueden interpretar a su gusto.

A pesar del fracaso del Sínodo, Bergoglio sigue adelante con su mal. El Sínodo sólo fue un montaje para intentar poner un rótulo de doctrina en la cual todos puedan participar, todos puedan aportar algo, menos la verdad. De esta manera, se coge a los falsos conservadores, a los que creen que la doctrina no ha cambiado, que todo sigue igual, para atrerlos a su juego. Ellos no buscaban un consenso, sino la manera de introducir su lenguaje bajo la carpa de la doctrina de siempre. No se toca la doctrina, sino que se abre la puerta para múltiples interpretaciones. Es buscar el fin democrático, el fin del pueblo, el sentido que el pueblo quiere en la vida. Es darle al hombre lo que en su pensamiento quiere encontrar.

Para toda esta gente, es lo pastoral lo que cuenta. No es la doctrina. A ellos les interesa muy poco la doctrina. Ellos quieren que la gente viva sin doctrinas absolutas, sin leyes divinas, sin normas de moralidad.

Por eso, ahora, tiene que dedicarse a descentralizar la Iglesia, a poner en cada diócesis la fuerza del cambio, que es el levantamiento de la nueva iglesia.

Ellos tienen que reformar los Sacramentos de alguna manera para que entren todos en la Iglesia. Ellos van a ir a la práctica, no a la doctrina. Con la práctica, es más fácil reformar la doctrina.

«El cisma, en un principio y en parte, puede entender como distinto a la herejía; mas no hay cisma en que no se forje la herejía, para convencerse de que se ha obrado rectamente apartándose de la Iglesia» (Ib. San Jerónimo)

No hay cisma en que no se forje, en que no se consolide la herejía.

Bergoglio no se va a dar por vencido en este fracaso del Sínodo. Bergoglio sigue forjando su herejía, sigue trabajando con su mente cerrada a la verdad: ahí están sus escritos heréticos y sus falsos motus propios que abren la puerta al divorcio en la iglesia, es decir, a la herejía. Son con los motus propios, con la pastoral, cómo cambian la Iglesia, cómo lo alteran todo.

¡Cuántas almas se van a separar de la Iglesia por esos motus propios! Van a tener una nulidad que es falsa. A los ojos de Dios, seguirán casados. Y ellos vivirán en sus pecados sin posibilidad de arrepentimiento. Esto es un claro cisma que pocos han contemplado.

Bergoglio, con sus escritos, con sus homilías, con sus enseñanzas heréticas, va apartando a las almas de la Iglesia: de la verdad, de lo que significa un Papa en la Iglesia, de lo que es la obediencia a un Papa en la Iglesia, de lo que es el magisterio infalible de la Iglesia.

Muchos, que siguen a Bergoglio, lo critican y lo juzgan. Han caído en su juego. Porque a un Papa no se le puede criticar ni juzgar. Y, por eso, muchas almas ya no saben obedecer a la verdad porque están obedeciendo la mentira que un hombre les da en la Iglesia. Ese hombre los está separando de la Iglesia, y no se dan cuenta. Y esto es el cisma.

Se forja la herejía, la obediencia a la mentira, que las almas piensen el error y lo obren. De esta manera, se va haciendo el cisma. Y, poco a poco, se van quitando las caretas, van saliendo del armario curas homosexuales que ya quieren ser de esa iglesia que está levantando Bergoglio.

Bergoglio está convencido de su herejía. Y está convencido de que debe apartarse del magisterio infalible de la Iglesia, de todos los Papas, sólo por estar forjando su herejía, sólo porque cree en su herejía. Muchos, no ven esto en Bergoglio, este convencimiento, este trabajo en forjar sus dogmas alterados. Y quedan ciegos con ese hombre.

Ahora, ellos se van dar a la tarea de la descentralización de la Iglesia. Porque, para que el Anticristo se siente en la Silla de Pedro, necesita que en todas las diócesis, en todas las parroquias, en todas las capillas católicas, se viva el pecado, se obre el pecado, y que la gente tenga el pecado como un camino en su vida.

Esto sólo puede hacerse de manera pastoral. Y el contenido de la relatio final del Sínodo es apropiado para comenzar las reformas de las liturgias de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía.

Si doctrinalmente no ha quedado escrito que los divorciados vueltos a casar pueden comulgar, lo van a hacer pastoralmente. Y el cisma se irá viendo más claro, día a día. Van a dar sacramentos en los que se va a invitar a todo el mundo a participar. Y, muchos, si quieren salvarse tienen que apartarse de todo esto.

«…la Iglesia no fue pensada y hecha por hombres, sino que fue creada por medio del Espíritu; es y sigue siendo criatura del Espíritu Santo» (Eclesiología de la Lumen Gentium – Conferencia del Cardenal Ratzinger, febrero 2000).

La Iglesia de Cristo existe realmente, porque Él mismo la fundó y el Espíritu Santo la va recreando continuamente.

No es la obra de los hombres, sino del Espíritu. Y, en un mundo, en una Iglesia, en que el hombre ha perdido el sentido espiritual, lo que es la realidad y el mundo del Espíritu, sólo contemplamos una Iglesia llena de hombres, que piensan como los hombres, que obran como ellos, pero que no siguen al Espíritu de la Iglesia, que no son movidos por este Espíritu, que sólo les interesa un reino material, humano, natural, carnal. Una vida mirando sólo lo de acá. Conquistando sólo proyectos humanos.

Por eso, no contemplamos la Iglesia de Cristo ni en Roma ni en muchas parroquias. Sólo contemplamos a hombres que quiere edificar una nueva iglesia, siguiendo las enseñanzas de un hombre que sólo habla para fracasar en su palabra.

Contemplamos un cisma en la Iglesia. Y que ya se está manifestando con claridad, porque se sigue forjando la herejía. Nadie lucha en contra de ella. Todos se acomodan al lenguaje herético que de Roma viene.

Graves momentos para la Iglesia. No se ha vencido en el Sínodo porque ninguno de los Cardenales ha excomulgado a Jorge Mario Bergoglio. Se ha contenido, por un tiempo, la obra de herejía de ese usurpador.

Pero, si los hombres no se ponen en la Verdad, entonces perderán toda fuerza de contención y caerán en la abominación que ya se está levantando por todas partes.

La división está entre los miembros de la Iglesia. Ya no hay comunión en la verdad entre ellos. Y esta es la obra cismática de un hombre, que ha puesto esta guerra, esta división, este odio hacia los católicos verdaderos, que siguen el dogma y cumplen con la ley de Dios. Jorge Mario Bergoglio ha dividido la comunión de los fieles en la Iglesia. Ha dividido la verdad, la unión en la verdad. Y esto es el cisma.

Bergoglio: parte integrante del plan global

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«En la búsqueda de un nuevo enemigo que nos una, se nos ocurrió la idea de la contaminación, la amenaza del calentamiento global, la escasez de agua, el hambre y similares cosas que encajen con el proyecto» (“La primera revolución Global”, un informe del Consejo del Club de Roma por Alexander King y Bertrand Schneider, 1991).

Se nos ocurrió la idea: y montaron todo un negocio con el calentamiento global. Una mentira científica que da millones a la élite luciferina, que es la que rige el mundo en todos los ámbitos.

Bergoglio ha escrito la fábula de su laudato si sobre esta mentira y eso le trae millones.

De él, han dicho que «es el hombre más peligroso del planeta», que «va a crear un cisma en la Iglesia», que es un «lobo, una persona mala» (verver)

Esto lo dice gente no religiosa, pero que sabe de política. Y Bergoglio es un hombre de política que no sabe lo que está diciendo. Un mal político, que se mete en asuntos que no son de su incumbencia, que se enfrenta a todos los capitalistas del mundo para poner su comunismo como salvador de la economía y de la política mundial.

Un gran batacazo ha sido esta falsa encíclica para Bergoglio. Y ahora es necesario auparle, mandando a toda la Jerarquía que diga en sus misas que esta fábula hay que leerla y regalarla a toda la familia.

Tienen que hacer algo para levantar a Bergoglio de donde ha caído.

Están en el proyecto de una nueva humanidad, renovando así el pecado original de Adán.

Se tienen que inventar un gigante como enemigo de la humanidad. Y hay que fabricar un quijote, una nueva humanidad, para que luche contra ese gigante.

Un enemigo que no existe: el calentamiento global. Es un molino de viento, pero lo presentan como un gigante a destronar. Porque lo que importa, para crear esa humanidad, es algo que una a la humanidad, algo por lo cual la humanidad luche globalmente.

Bergoglio es parte integrante del plan global que tiene por objetivo la instauración de una Única Religión Mundial que apoye al Único Gobierno Mundial.

Bergoglio y la élite luciferina son una misma cosa.

La élite luciferina es esa élite de elegidos que quieren gobernar un mundo dividido en 24 regiones, con su propia moneda, leyes y fuerza policial (Cf. Gerald and Patricia Mische, Toward A Human World Order: Beyond the National Security Straitjacket (New York: Paulist Press, 1977)).

Es una élite que se cree que es las más avanzada forma de humanidad: una raza inteligente, civilizada, solidaria, competente, que se sabe controlar a sí misma con el fin de ejercer el  dominio sobre los demás. Se creen superiores a todos los hombres. Se creen con derecho a cambiar el mundo sólo por lo que ellos piensan.

Ya no se habla de la capacidad individual de cada persona, ni de su libertad, ni de su conciencia individual, ni de una conversión personal:

«… no basta que cada uno sea mejor para resolver una situación tan compleja como la que afronta el mundo actual» (LS – n. 219): no quieren santos para resolver los problemas del mundo. No quieren hombres que sigan los mandamientos de Dios. No quieren una humanidad que se someta a la Voluntad de Dios, sino una humanidad que se someta la voluntad de unos pocos hombres.

Es todo tan complejo «que no hay forma de satisfacerlas con las posibilidades de la iniciativa individual y de la unión de particulares formados en el individualismo» (Ib.). No quieren hombres que piensen, que se rijan por sus ideas particulares, que sean individuos responsables de sus vidas. Las empresas familiares ya no salvan al planeta. Lo que tú piensas, lo que tú obres, tu trabajo, no vale para salvar el mundo. Es el pensamiento global la solución a la situación tan compleja que afronta el mundo actual.

Quieren hombres veletas del pensamiento y del lenguaje humano, que obedezcan ciegamente lo que esa élite proponga con su vacía inteligencia humana; que no piensen, que no decidan, que no obren libremente. Quieren esclavos a una idea global. Esclavos a una mentira. Y que es mentira sea llamada como verdad a obedecer ciegamente. Quieren hombres a los cuales se les pueda lavar el cerebro, que se dejen manejar por las inteligencias de unos pocos maestros iluminados.

Por eso, hay que convertir a los hombres a la idea ecológica, hay que predicar una conversión comunitaria, global:

«La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria» (LS – n. 219)

Cambio duradero: van buscando un gobierno mundial, una estructura mundial, y que dure siempre. No van buscando cualquier filosofía de vida. No buscan una teoría. Ya no valen las ideas filosóficas del gobierno mundial. Buscan un proyecto demoníaco: el mismo que tenía Satanás en el Paraíso y que siguió Adán.

Siempre el hombre cae en la misma piedra.

Hablan de conversión ecológica, comunitaria, porque ya no existe el pecado como ofensa a Dios, sino que sólo se da el pecado como ofensa a la inteligencia de esa élite, el pecado como ofensa a la creación.

Esa élite luciferina se ha inventado los problemas del mundo durante milenios. Y ahora quieren un cambio radical en el modo de vivir de todos los hombres. Quieren implantar un gobierno mundial y que sea para siempre, que sea eterno. Un gobierno mundial para crear la humanidad que ellos quieren. Una humanidad que dé culto a la tierra, que cuide la tierra.

Para esto, necesitan una conversión comunitaria de toda la humanidad a la idea del  gobierno mundial. El hombre tiene que dejar su mentalidad de convertirse a Dios. Está en juego la salud de la madre tierra. El hombre tiene que pensar en la ecología, no en su vida espiritual, no en su vida humana, no en sus problemas personales.

Necesitan que el hombre acepte ese cambio, que es para siempre. Y, porque conocen la rebeldía de los pueblos, entonces a base de guerras, de crisis económicas, de enfermedades que no se curan, de virus para matar a los hombres que no acepten ese cambio, van a imponer a los que sobrevivan esa estructura mundial.

Este proyecto del gobierno mundial viene con sangre, con persecuciones. No se instala porque unos piensen que es una cosa muy buena. Se impone a todo el mundo. Y lo que es imposición es siempre del demonio.

Quieren dominar el planeta: para eso tienen que dominar a los hombres, a sus inteligencias humanas, a sus voluntades.

Ellos no buscan la idea en los hombres, la filosofía, la teología, sino el sometimiento de los hombres a su idea global. No buscan, en el diálogo, crear una filosofía del gobierno mundial. Buscan someter las inteligencias de todos los hombres a la ley de su pensamiento gradual, que es una clara tiranía, que lleva a un feudalismo salvaje.

Tres cosas son la clave del nuevo gobierno mundial: evolución de la mente, la conciencia de Dios y la autoridad mundial (fuera patriotismo).

Se predica la evolución de la mente humana: el hombre tiene que llegar a la idea global: «la realidad es más importante que la idea» (EG – n. 231). Hay que llegar a esa realidad, que es una perfección en la mente del hombre, algo no real, que es más importante que la idea dogmática, que el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Se va en la búsqueda de la realidad de la existencia humana: es lo que el hombre vive y cómo lo vive; es lo que el hombre piensa y cómo lo piensa; es lo que el hombre obra y cómo lo obra.

Esa realidad, esa existencia humana, es más importante que las diversas ideas. Es el hombre que se pone por encima de la misma Verdad. El hombre se hace verdad para sí mismo, es decir una abominación.

Para esta élite, la mente del hombre tiene poder para sintetizar la religión, la filosofía, la ciencia, la psicología. Sintetizar.

Evangelizar la síntesis, no la Palabra de Dios, no la Verdad Absoluta:

«El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón» (EG – n. 143). Donde está tu mentira, tu verdad relativa, tu síntesis, allí está tu corazón cerrado a la verdad, alejado de Dios, viviendo la estupidez de tu loco pensamiento.

Evangelizar la síntesis, no las ideas, no los dogmas. No hay que dar en la Iglesia el magisterio auténtico e infalible. Hay que meterles a todos la doctrina de los masones, de los protestantes, de la teología de la liberación. Hay que lavarles el cerebro a toda la masa idiota de católicos.  Y lo tiene que hacer la Jerarquía encargada de esa masa. Esa masa obedece sólo a la Jerarquía.

Es la única manera de llegar a una unidad entre todos los hombres, que piensan la vida de forma diferente, diversa. Ya no interesa la verdad absoluta que lleva a excluir a aquellos que no se someten a la verdad divina. Sólo interesa el puro relativismo, la pura mentira, que conduce a aunar a los hombres, no en una idea, sino en una realidad existencial.

Es la fe en desarrollo, buscando una perfección que sólo se da en la unión de las mentes de los hombres, aceptando las ideas, la vida, las obras del otro. Es el vive tu mentira y deja al otro vivir su mentira. Vive tu existencia como quieras y deja que el otro viva su existencia como le parezca.

De esta manera, se destruye la fe católica y aparece la fe cultural, la fe construida en la aceptación de todas las culturas, de todas las ideas, la fe con la capacidad «de crear nuevas síntesis culturales» (EG – n. 211), una fe inculturacionada, o la fraternidad de fes. O también llamada la fraternidad universal.

Es la «evangelización entendida como inculturación» (EG – n. 122): hacer una síntesis entre fe y culturas, evolucionar el dogma hacia las nuevas ideas que la gente vive en sus culturas.

De esta manera, se llega a la perfección de un conocimiento humano, a reconciliar todas las religiones bajo un sistema de ideas relativas, sometidas a la ley de la gradualidad, subyugadas en la perfección de una inteligencia humana.

Esa síntesis es la idea global, la conciencia global, «es la realidad que es superior a la idea» (EG – n. 231).

Ya no es tu idea lo que importa en tu vida: es la conciencia global, la idea global, la realidad de un mundo unificado en la mayor tiranía posible. Un mundo en que será imposible vivir naturalmente, porque todo estará controlado por la razón del hombre. Habrá policías para todo. Nadie podrá buscar un bien privado, para sí mismo. Quien lo busque, tendrá que morir, porque no servirá para esa realidad que supera toda idea.

La evolución de la mente humana lleva al hombre a dos cosas: al panteísmo y al panenteísmo.

Para conseguir esta realidad hay que poner por obra la idea panteísta de que todos somos uno con todo, incluyendo la naturaleza. Y la idea panenteísta de que todo está en Dios.

«El universo se desarrolla en Dios» (LS – n. 233): todo el universo está evolucionando en su conciencia divina. Esto es lo que significa esta frase. Hay que elevar la materia a la divinidad; hay que hacer del hombre un dios; hay que dar a cada parte de la naturaleza la posibilidad de ser dios.

Todo está en evolución, en desarrollo: el Universo tiende a ser el mismo Dios. Va creciendo en Dios, va tomando conciencia de que es Dios. Hay que darle al Universo un cerebro y un corazón.

«Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre» (LS – n. 233). Hay mística en todo el universo. Hay conocimiento divino en una hoja, en una piedra, en el mar, en las aves. Hay una conciencia global en todos los seres del planeta. Este es el panteísmo y el panenteísmo de Bergoglio. Todo es Dios; todo está en Dios. Todo permanece en Dios. Todo es un misterio divino, algo sagrado, un sacramento. El  mundo es un sacramento:

«Los cristianos estamos llamados a aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global» (LS – n. 9). El mundo es un sacramento, es algo sagrado, algo divino. Todo es dios; todo está en dios. Aceptar el mundo como sacramento, como divino, como sagrado, como misterio de comunión: «… formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS – n. 221).

Somos interdependientes o estamos interrelacionados, viviendo en ciudades que son globales, que son planetarias, que son para todos. Con problemas que son de todos. No hay problemas particulares; no hay soluciones particulares. Porque todo es común, global, universal.

Se va a obligar al hombre a obrar como miembro de una comunidad mundial, pendiente de los demás, incluso de la naturaleza.

Hay que amar a los gatos, a las aves, al sol, al agua porque somos uno con ellos, estamos conectados: «Todo está conectado» (LS – n. 117).

«Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz» (ib.). Cristo habita en lo íntimo de cada ser: panteísmo puro.

Sólo el hombre tiene a Dios en su interior, porque ha sido creado a imagen y semejanza con Dios. Las demás criaturas «son sombras, resonancias y pintura de Aquel primer Principio poderosísimo, sapientísimo y óptimo, de Aquel origen, luz y plenitud eterna, y de aquella arte eficiente, ejemplante y ordenante» (San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios, c. 2, n. 11).

Es decir, en las demás criaturas no habita Cristo: «… son, en una palabra, ejemplares o, por mejor decir, copias propuestas a las almas todavía rudas y materiales, para que de las cosas sensibles que ven se trasladen a las cosas inteligibles como del signo a lo significado» (Ib).

Es la gran blasfemia de Bergoglio: a escala global, todos somos dioses, todo está divinizado, todos tenemos una conciencia de ser dios, porque Jesús ha metido en el Universo un germen de transformación definitiva:

«… todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva» (Ls – n. 235). La planta, el animal, la roca, la tierra, etc…  no tienen sentido en sí mismos, sino en el Verbo Encarnado, el cual ha metido en su persona parte del universo. Mayor blasfemia no se puede decir en tan pocas palabras. Es la conciencia de Dios que está en el Universo lo que dice aquí Bergoglio.

Esta es la realidad que está por encima de toda idea. Una realidad monstruosa que tiene la raíz panteísta inscrita en lo más íntimo de su ser. Todos somos dioses. Todos estamos en Dios. Dios vive en cada partícula del Universo.

Esta élite luciferina lleva a la humanidad hacia este panteísmo: se va en busca de la conciencia de Dios. Es decir, la divinidad es para todos, incluso para la misma naturaleza material. Esto significa inventarse para el universo, para la tierra, una conciencia, un cerebro, una voluntad que no pueden tener.

Hay que elevar toda la materia, toda la creación, a la divinidad, a la realidad de que es divina por sí misma. Hay que crear una familia humana divina, sagrada:

«…todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde» (LS – n. 89).

Somos una familia universal, una nueva especie creada por la mente del hombre que no existe en la realidad: la roca, el mar, el fuego, la planta, el animal, el hombre…Esta es la fábula que vende Bergoglio en su falsa encíclica.

Existe una unión invisible con todos las criaturas, la cual produce una familia universal, una comunión tan sublime que la gente se queda con la boca abierta de comprender que amando a una roca, a un gato, el hombre adquiere su sentido en la vida.

A esta estupidez llega Bergoglio, que pertenece a esta élite de personas super- inteligentes, que no tiene nada más que hacer en la vida sino inventarse un cuento de hadas para recoger dinero para sus malditos pobres del comunismo.

Bergoglio llora por la extinción de las especies, llora por la creación material:

«… la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación» (LS – n. 89; EG – n. 215). Si el sol quema de más, entonces en este sujeto aparece una enfermedad que le quita la vida. Si se talan árboles, entonces en este super-idiota, se da un grito de angustia y de lamento porque sufre una mutilación: le han arrancado de su vida algo tan íntimo cuando talaron ese árbol.

A esta brutalidad, a esta estupidez, a esta locura, llega este hombre al cual la masa de idiotas católicos llama papa.

Hay que buscar la unidad de toda la existencia humana: los hombres, porque existen (no porque son), tienen que estar unidos:

«Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras política o sociales que nos permitan aislarnos…» (LS – n. 52).

Fortalecer algo que no existe en la realidad: la conciencia de que somos una sola familia humana. Esta idea es herética, va en contra del dogma del pecado original.

El hombre se dividió en el Paraíso, cuando Adán pecó. Y unos son hijos de Dios, y otros son hijos de los hombres. No hay una sola familia humana. Hay un solo pecado original, que viene de un solo hombre: Adán.

El hombre es lo que es, es como ha sido creado por Dios: una persona para un fin divino. Una persona con una vida privada. Una persona con una responsabilidad por sus actos. Una persona que es para los demás, no que existe para los demás.

El hombre no ha sido creado para ser familia, para estar en una familia, sino para obrar la familia de Dios. Adán se negó a dar a Dios los hijos que Dios le pedía. Su pecado dividió a todo el género humano:

«El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios, de los cuales el uno combate sin descanso por la verdad y la virtud, y el otro lucha por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El primer campo es el reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo…. El otro campo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos lo que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer a la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo contra Dios. …Durante todos los siglos han estado luchando entre sí con diversas armas y múltiples tácticas, aunque no siempre con el mismo ímpetu y ardor. En nuestros días, todos los que favorecen el campo peor parecen conspirar a una y pelear con la mayor vehemencia bajo la guía y con el auxilio de la masonería, sociedad extensamente dilatada y firmemente constituida por todas partes. No disimulan ya sus propósitos. Se levantan con suma audacia contra la majestad de Dios. Maquinan abiertamente la ruina de la santa Iglesia con el propósito de despojar enteramente, si pudiesen, a los pueblos cristianos de los beneficios que les ganó Jesucristo nuestro Salvador» (Humanun Genus, n. 1).

El género humano quedó dividido en dos campos contrarios: no somos una sola familia. Está la familia de Dios; está la familia del demonio. Y cada hombre tiene que elegir su familia. Cada hombre es libre para ser hijos de Dios o ser hijo de los hombres.

No somos una sola familia.

Somos personas humanas, individuales, singulares, intangibles, incomunicables. Luego, hay fronteras, hay barreras políticas, sociales. El hombre depende absolutamente de Dios. Por eso, vive para lo que Dios lo ha creado. Y su vida es siempre una elección: o Dios o el demonio. Y, por eso, hay que poner fronteras entre los hombres, hay que poner división, espada; hay que delimitar los campos. No todos quieren a Dios; muchos prefieren el campo del demonio.

No existe la conciencia de que somos una sola familia humana. Cada persona humana tiene su conciencia individual, intangible, incomunicable. Y cada persona elige a quien quiere servir en la vida.

Los hombres se inventan una conciencia global porque viven en el panteísmo de su razón humana: en la mente de esa élite todas las ideas de los hombres son una sola cosa, se aúnan en una sola realidad, porque el hombre es un dios sobre la tierra. Y hay que buscar la humanidad que quiera esta realidad, este idealismo puro, que no se detenga en las diversas ideas, que es lo que divide a los hombres.

«… lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento» (EG n- 232). Lo que atrae a la gente es esa realidad que la mente del hombre descubre. Se acabó la fe que ilumina la razón. Se acabó la vocación divina.

Es la realidad que la mente ilumina, que la mente del hombre esclarece. Una realidad mental, no real. Una realidad inventada por la mente del hombre porque no se apoya en la realidad del ser de Dios, en la ley de Dios, en la Autoridad divina. Sólo se apoya en sí misma. Todo está iluminado por el razonamiento: el culto a la mente del hombre. Racionalismo salvaje.

Es necesario meter en los hombres la idea que les «obligue a pensar en un solo mundo, en un proyecto común» (LS – n. 164), de tener «la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS – n. 220).

Ellos buscan su nueva humanidad: hombres inteligentes que no vivan para procrear, sino para ejercer el dominio de su inteligencia sobre los demás.

Buscan maestros que iluminen a los hombres con la luz de la inteligencia racional. Buscan una conciencia de lo absoluto, una conciencia total de Dios, un conocimiento de la divinidad que está escondido a la mayoría de los hombres, porque sólo viven para alimentarse y procrear la raza humana, pero que sólo está abierto para los seres inteligentes que ponen la fe en la auto-perfección de la inteligencia y de la voluntad humanas.

Para esta élite, el hombre es hombre porque existe, no porque es.

Para Bergoglio el hombre no significa nada, no tiene esencia, no tiene valor en sí mismo. Por eso, él dice que el alma se aniquila una vez muere el hombre.

Y como el hombre sólo tiene valor en su existencia, no en su esencia, entonces hay que buscar una humanidad con una sola alma, con una sola mente para todos los hombres, sin dejar lugar para la responsabilidad personal, sin derecho a la propiedad privada, sin dar importancia a la persona humana. Sólo fijos en lo común de la naturaleza humana. Somos humanidad. Eso basta para ser hombres. Pensemos en el bien común, en la idea común, en la mente común, en la voluntad común. Busquemos la realidad que supere toda idea.

Esto se llama la herejía del monopsiquismo: una sola psique, una sola razón, una conciencia común, que está en todos los hombres:

«Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos» (LS – n. 202).

La conciencia de un origen común. Pero, ¿no es acaso Dios el origen común de todo hombre? No. El origen común no es Dios, sino la humanidad.

Una humanidad a la que todos pertenecemos. Con un futuro que es común. Nada es personal. No se vive para una vocación particular, divina, sino que se vive para un pensamiento global, universal, una vida para todos. Una vida esclavizada a lo que una élite de superdotados piensa.

La persona desaparece para dar lugar a la masa de gente. Gente que sólo tiene una idea en su cabeza: obedecer lo que digan los hombres. Aceptar, sin rechistar, lo que la élite de los elegidos proponga.

Para conseguir este absurdo mental, es necesario que los hombres acepten todas las ideas relativas, sin juzgar ni condenar a nadie por lo que piense. Esta es la diversidad que predica Bergoglio. Es el afán de su diálogo, que no se apoya en la verdad absoluta, sino sólo en el juego de la razón humana, del lenguaje humano.

Bergoglio va buscando esa humanidad unificada en la conciencia global, en la mentalidad de un mundo unificado:

«…un evangelizador se ha liberado de la conciencia aislada…» (EG – n.282).  El evangelizador está en diálogo con el mundo, con la mente de los hombres. Está en la conciencia global. Se liberó de la conciencia asilada. Y entonces, tiene que vivir para un bien común, no para el bien privado, no para su persona, no encerrado en los límites de su propio lenguaje, no aislado en su propio saber:

«Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos. Si no lo hacemos, cargamos sobre la conciencia el peso de negar la existencia de los otros» (LS – n. 95). No puedes tener tu propiedad privada que, por ley natural, por creación divina, tiene derecho todo hombre. Lo tuyo no lo puedes administrar para ti, sino para los demás.

En la nueva humanidad que quieren crear sólo existe la conciencia global: si no vives para dar al otro el bien que merece, entonces niegas la existencia del otro. Gran blasfemia. No quieren hombres que se aíslen en sus pensamientos y que absoluticen su propio saber. Por eso, tienen que enfrentarse a toda la Iglesia Católica, a 20 siglos de dogmas y de magisterio auténtico e infalible. Tienen que derribar la Iglesia Católica.

Sólo quieren algo abominable, que es la consecuencia de su pecado.

«La corrupción de lo mejor es la peor de todas»: la autoridad mundial es la consecuencia de la corrupción de toda la Jerarquía de la Iglesia.

No se puede llegar a un gobierno mundial si la Jerarquía no ha sido capaz de traicionar la vocación divina a la que ha sido llamada en la Iglesia.

Es así que toda la Jerarquía de la Iglesia quiere obedecer la mente de un hereje y ponerla por obra.

Luego, el mundo tendrá su gobierno mundial gracias a la Jerarquía de la Iglesia.

Para hacer que un falso papa promueva el gobierno mundial en las Naciones Unidas, se requiere antes que ese falso papa levante la religión mundial, que será la síntesis de todos los pensamientos de los hombres. Hay que cogerlos todos y formar una idea global que sirva, que encaje en cada mente humana. De esa manera, aparece el Anticristo con su gobierno mundial y se le hace sentar en el Trono de Pedro, como el Mesías esperado.

A esta abominación quieren llegar.

Sede usurpada

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Estamos viviendo la época en que la Sede de Pedro ha sido usurpada.

Tiempo profetizado en los antiguos y modernos profetas.

Tiempo oscuro para la Iglesia.

Tiempo de decadencia, no sólo en la vida espiritual, sino también en la vida eclesial.

Tiempo para marcar un límite, una sucesión de hombres que tienen la misión demoniaca de levantar una iglesia que combata la Iglesia en Pedro.

Desde hace cincuenta años, el gobierno vertical de la Iglesia ha sido prisionero de la mentalidad de los hombres.

Sólo el Romano Pontífice tiene todo el Poder en la Iglesia y, por lo tanto, todos los Pastores y, cada uno de ellos, se hallan sometidos al Romano Pontífice. Es decir, ningún Obispo está llamado por Dios para gobernar la Iglesia, y ninguno de ellos está dotado de igual potestad que el Romano Pontífice.

Sólo ha sido llamado por Dios para gobernar la Iglesia el Papa legítimo. Y los demás Obispos reciben del Papa el Poder Divino para gobernar, si se someten a Él, si le obedecen. Esto es lo que se llama el gobierno vertical en la Iglesia, que supone una jerarquía, no sólo de hombres, sino de ideas.

Sólo con la verdad absoluta se gobierna la Iglesia. Y toda idea que se someta a la Verdad Absoluta, vale en la Iglesia. Está en una jerarquía. Pero aquella idea que no venga de la Verdad Absoluta, hay que despreciarla en la Iglesia, si no se quiere caer en la herejía y en la excomunión.

Desde hace cincuenta años, se ve en el gobierno de la Iglesia una horizontalidad, añadida por los hombres: los Obispos quieren decidir el destino de la Iglesia, cada uno en sus diócesis. Por eso, ha sido tan difícil para los Papas gobernar, con la Voluntad de Dios, verticalmente la Iglesia. Los Obispos se han negado a lo que el Romano Pontífice expresaba. Y ellos han sabido hacer muy bien este juego, para no ser pillados en desobediencia y en rebeldía al Papa reinante.

Ellos han sabido cargar con todas las culpas al Papa. Ellos han quedado como buenos, como santos, como justos, como los que no han roto un plato.

Y son muchos los Obispos que han guardado las formas exteriores con el Papa reinante, para después seguir en su vida personal en la Iglesia, haciendo lo que ellos querían en el gobierno de la Iglesia. Obrando, de hecho, una horizontalidad que combate la verticalidad del Papado.

El gobierno horizontal en la Iglesia es una herejía, porque Cristo no quiso que Su Iglesia fuera administrada a modo de democracia, de república, de socialismo, de comunismo… Cristo nunca quiso un gobierno de hombres, de muchas cabezas. Siempre quiso el gobierno de un solo hombre, de una sola cabeza.

El ministerio petrino no tiene nada que ver con los gobiernos humanos: es esencialmente distinto a cualquier presidencia, a cualquier monarquía de tipo político, que existan en las sociedades humanas.

El Romano Pontífice no tiene un poder para aconsejar y advertir a los demás sobre cómo dirigir la Iglesia, cómo encaminarla en este mundo. No es un hombre más que se reúne con otros hombres y da su opinión en el gobierno de la Iglesia.

El Papa tiene el poder de mandar, de defender y de juzgar, no sólo en la Iglesia, sino en el mundo entero. Su Poder de Jurisdicción lo abarca todo, incluso los gobiernos del mundo. Porque es imposible que una sociedad humana, verdadera y perfecta, no esté gobernada por un poder supremo espiritual. Allí donde está la verdad entre los hombres, está Dios con los hombres. Pero toda sociedad humana que se ordene a la mentira, allí reside un poder supremo para aplicar una Justicia de Dios. Por eso, es el Papa el que juzga a todos los pueblos de la tierra.

Lo que dice el Papa eso es la Voluntad de Dios en la Iglesia y en el mundo, eso es lo que hay que obrar en la Iglesia y en el mundo.

Esta verdad es la que desconocen muchos fieles en la Iglesia. Y, por eso, no saben explicar todo lo que ha pasado en la Iglesia durante más de cincuenta años.

Ha habido un Papa legítimo, con el Primado de Jurisdicción, pero trabado en su gobierno vertical por el Episcopado, que ha querido imponer los distintos Sínodos para manifestar ideas que no pertenecen al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Desde hace cincuenta años se ha querido imponer un magisterio espiritual como si fuera dogmático. Y, por eso, hay tanta confusión en torno al Concilio Vaticano II. Las reformas litúrgicas no tienen nada que ver con el Concilio Vaticano II, sino sólo con la rebeldía del Episcopado, que dogmatiza un magisterio que sólo es espiritual. Y que lo impone en su diócesis como algo que hay que seguir.

Toda la cuestión de la comunión en la mano, de las revelaciones privadas, de los cambios en la liturgia de la misa, etc… son sólo imposiciones del Episcopado en la Iglesia, que no hay que seguir en ninguna diócesis, porque ningún Obispo que no se someta al Romano Pontífice, puede gobernar con el Poder Divino su diócesis. No es posible la obediencia, ni de los fieles, ni de la Jerarquía, a Obispos que no obedecen la verdad en el Romano Pontífice. Y hay muchísimos de estos Obispos, que han guardado las formas exteriores con el Papa de turno, pero que sólo imponen su mente humana en el gobierno de su diócesis.

Hay muchos Obispos que gobiernan la Iglesia con un poder humano al desobedecer a los Papas, es decir, al no seguir el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia en Ellos. Sólo siguen lo que viene de Roma, del Vaticano. Sólo siguen lo que ven hacer en otras diócesis a otros Obispos. Pero ninguno de ellos cree en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ninguno de ellos lo sigue y lo enseña a su rebaño. Ninguno de ellos cree en el Papado.

Y los laicos no saben oponerse a estos Obispos, no saben discernir a ninguna Jerarquía en la Iglesia, no saben ser Iglesia, pertenecer a la Iglesia, construir la Iglesia.

La Sede de Pedro está usurpada. Esto quiere decir, que la Iglesia está gobernada sólo por hombres, con un poder humano, con un gobierno horizontal, con la ley de la gradualidad.

Esos hombres se visten con vestiduras sagradas. Exteriormente, parecen sacerdotes, Obispos y Cardenales. Interiormente, son sólo hombres, que viven su idea humana en la Iglesia. No creen ni en Cristo ni en la Iglesia. Sólo creen en lo que hay en sus mentes humanas. Y sus obras, en la Iglesia, son sólo humanas, no divinas. Sus misas son una obra de teatro para entretener a las masas.

Desde el momento en que oficialmente Bergoglio puso su gobierno horizontal, el poder divino despareció en la Iglesia. De hecho, fue mucho antes, cuando el Papa Benedicto XVI decidió renunciar al gobierno vertical de la Iglesia. Esa intención produjo que el Cielo se cerrara a cuanto el hombre obrara en la Iglesia.

«Lo que ates en la tierra» ya no será atado en el Cielo; «y lo que desates en la tierra», no será desatado en el Cielo.

El Misterio de las llaves del Reino de los Cielos está en la persona del Papa reinante. Cuando el Papa decide renunciar al gobierno, pero no al Papado, como es el caso de Benedicto XVI, el Papa sigue poseyendo el Primado de Jurisdicción, el Poder Divino, hasta su muerte, pero no puede ejercerlo.

Sólo se puede ejercer el Poder de Dios en un gobierno vertical, en el cual todos obedecen al Papa reinante. Pero, en la renuncia del Papa Benedicto XVI, el Poder de Dios queda inútil en la persona del Papa, y nada puede quedar atado o desatado en el Cielo.

Ese Poder de Dios queda vivo en aquellos que siguen obedeciendo la verdad en la Iglesia, la verdad absoluta, sin someterse al falso papa Bergoglio. Pero, nada pueden hacer con ese Poder Divino que suponga una atadura o desatadura en el Cielo.

De igual manera, Bergoglio ni puede atar ni desatar en el Cielo. Es imposible que un hereje mande en el Cielo. Si la fe sólo se pierde por la herejía, entonces el Poder Divino sólo se pierde por obrar la herejía.

La herejía es la idea que combate a la verdad dogmática. Todo hereje conoce la verdad dogmática, pero con su pensamiento da mil vueltas a esa verdad para quedarse sólo en su idea herética. Por eso, un hereje no puede tener fe, pero sí puede conocer toda la verdad. El grado de su herejía depende del grado de conocimiento de la verdad. Cuanto más conozca la verdad, más la destruye, le da mil vueltas, para vivir sólo de las ideas que nacen de su mente humana.

No está la salvación en el conocimiento de la doctrina, sino en la obra de la fe, obra divina que supone creer en la doctrina, no sólo conocerla.

Bergoglio sólo posee un poder humano. Perdió el Poder Divino, que le venía por el Papa Benedicto XVI, por su clara herejía. Es más, nunca Bergoglio, desde que fue sacerdote, tuvo Poder Divino por su herejía y apostasía de la fe. Siempre ha obrado con un poder humano. Nunca ha creído. Siempre ha visto el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia como una obra a destruir.

El que ata o desata es siempre el Papa y los Obispos que se someten a Él. Pero si el Papa decide renunciar al gobierno vertical, nadie ata o desata en la Iglesia. Sin embargo, queda el Poder Divino vivo, aunque inútil.

Por eso, en el momento en que Benedicto XVI renuncia al gobierno vertical, en ese instante el Cielo queda cerrado. Y cuanto haga el Papa Benedicto XVI no queda registrado en el Cielo.

Si el Papa Benedicto XVI hubiera huido de Roma, gobernando la Iglesia en otro sitio, entonces el Cielo seguiría abierto, porque el Poder de Dios se seguiría obrando, ejerciendo en un gobierno vertical.

Pero Benedicto XVI dejó a un usurpador en el Trono. Y él conocía que era un usurpador. Pero tuvo que permitir ese pecado, porque allí donde los hombres desprecian el Poder del Papa, allí se inaugura la Justicia de Dios. Y el Papa reinante tuvo que obrar permitiendo el pecado de muchos Obispos, que quieren un gobierno horizontal en la Iglesia.

Desde el momento de la renuncia del Papa Benedicto XVI, la Iglesia pasa a estar en el Reino de Dios, no ya en la Jerarquía.

Jesús funda Su Iglesia en Pedro: se construye, se levanta en una Jerarquía que obedece al Papa. Y esto se ha mantenido desde hace 20 siglos. Y a pesar de todas las contrariedades de la Iglesia, siempre ha habido un Papa legítimo en Ella, que es el bastión de la Verdad, es el que garantiza la unidad de la Iglesia.

Cuando la Sede de Pedro ha sido usurpada, es decir, cuando los hombres en la Iglesia han llegado a la perfección de la maldad, iniciando una abominación con un gobierno horizontal, la Iglesia nunca puede desaparecer, pero sí queda oculta, oscurecida, maniatada, esclavizada.

Lo que Cristo ha levantado durante 20 siglos en Su Iglesia ha sido gracias a Su Pedro, al Papa reinante. Pero Cristo no puede seguir levantando Su Iglesia en un falso papa, con un gobierno horizontal en el Vaticano. No se construye la Iglesia en la herejía del gobierno horizontal, en muchas cabezas. Se construye la Iglesia en la verdad del gobierno vertical, en Pedro.

La Iglesia deja de construirse en la Jerarquía, cuando el Papa reinante, Benedicto XVI, renunció, y pasa al desierto de cada alma. La Iglesia permanece en lo que es en cada alma fiel al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Permanece, pero no puede seguir levantándose el edificio de la Iglesia porque no está la Roca de Pedro en el gobierno.

Pedro todavía sigue vivo, pero no gobierna. Todavía tiene el Poder de Dios en su persona. Pero su Trono ha sido usurpado. El Poder de Dios queda inutilizado por la usurpación. Sólo se manifiesta oficialmente un poder humano, que viene de un gobierno horizontal. Ese poder humano usurpa el Poder Divino: obra en la Iglesia apelando a la Voluntad de Dios, pero sin la capacidad de obrar esa Voluntad Divina. Se cae necesariamente en el pecado de tomar el Nombre de Dios en vano para ejercer una tiranía en la Iglesia, desde ese gobierno.

Mientras el Trono de Pedro permanezca usurpado, la Iglesia no puede crecer más, no puede seguir construyéndose en Pedro, pero sí puede permanecer en lo que es, en lo que los Papas han enseñado y han gobernado en la Iglesia.

Por eso, la Iglesia remanente es de muy pocos. Muchos prefieren la oficialidad del Vaticano. Muchos siguen eso y no les importa lo que es la Iglesia, ni la figura del Papa legítimo en la Iglesia, ni su gobierno vertical, ni el poder divino que nace de ese gobierno vertical.

Muchos quieren la política que el gobierno horizontal de Bergoglio manifiesta en la Iglesia y en  el mundo. Muchos quieren esa nueva iglesia, que es una nueva estructura, que no se apoya en Pedro, sino en un consejo de hombres, en un gobierno horizontal., en la nueva ley de la gradualidad.

La Sede usurpada significa levantar una nueva estructura de iglesia, una nueva forma de gobernar la Iglesia, que no tiene nada que ver con lo que Jesús instituyó en Pedro.

Esto es lo que muchos ilustrísimos católicos no acaban de ver, de discernir. Y se pierden en la hermenéutica del lenguaje humano.

Si con un Papa legítimo, las almas se salvan o se condenan por la obediencia o la desobediencia a la Jerarquía, con un falso papa, las almas se condenan, de manera absoluta, si siguen a ese falso papa; pero encuentran un camino de salvación si desobedecen a ese falso papa.

El alma se salva en comunión espiritual con el Papa verdadero y legítimo, que es Benedicto XVI. El alma se condena cuando no está en comunión espiritual con el Papa.

Cuando el Papa Benedicto XVI deja el gobierno vertical y se pone en obediencia a un usurpador, entonces la salvación y condenación de las almas ya no depende de la Jerarquía.

El ministerio sacerdotal sólo tiene una misión: salvar las almas.

Cada sacerdote tiene la gracia de llevar al Cielo las almas que Dios le pone. Esas almas no se conocen en la realidad. Pueden ser de la parroquia en la que trabaja ese sacerdote o de otro lugar de la tierra. Pueden ser almas que nunca han conocido la verdad, que no pisan la Iglesia, que no saben creer con sencillez.

Dios hace depender la salvación del alma de la gracia. Sin la gracia, nadie se puede salvar. La fe es un don de Dios. Sin las gracias que vienen de la fe, es imposible llegar al Cielo. Sin la oración perseverante, el alma no tiene fuerza para salir de sus pecados, y continúa en ellos sin posibilidad de recuperarse, de caminar hacia la salvación.

En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de la gracia. Puede permanecer en el estado de pecado. Y puede vivir su condenación en vida.

Con un Papa verdadero y legítimo, las almas en la Iglesia se salvan por el ministerio sacerdotal. Aunque ese alma tenga fe, crea, ore, haga penitencia, viva en gracia, etc…, siempre se va a salvar por la gracia del sacerdocio.

En la Iglesia, todas las gracias están unidas. El alma no puede tener fe en Dios si no cree en el Papa, si no obedece al Papa, si no obedece a la Jerarquía verdadera. De nada sirven las penitencias, si el alma no se somete al Papa, no cree en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

La Iglesia es una gracia: es el Cuerpo de Cristo que se levanta en Pedro. Cualquier gracia que se reciba en la Iglesia es a través de Pedro.

Fuera de la Iglesia, el alma se salva si cree en Dios, si cumple con la ley natural y divina. Pero Dios no exige, para la salvación del alma, la ley de la gracia, que sólo se da en la Iglesia Católica.

Fuera de la Iglesia, cumplir con la ley divina lleva al alma a un estado de gracia, pero no permanente. Sin el Sacramento de la confesión, las almas caen del estado de gracia al pecado. Y ahí permanecen hasta que cumplan, de nuevo, con la ley de Dios. Ese cumplimiento, llevará al alma al conocimiento de la gracia y, por tanto, de la verdadera Iglesia. Cuando el alma conoce que necesita la Iglesia para salvarse, entonces Dios le exige algo más que cumplir con la ley de Dios para poder salvarse. Le exige la ley de la gracia. Y eso supone entrar en la Iglesia y someterse al Papa reinante.

Los sacerdotes, los Obispos y los Cardenales están en la Iglesia para salvar almas. Tienen esa gracia y deben aprender a usarla para conquistar almas para Dios.

Cuando la Jerarquía se dedica a la política, como vemos en el Vaticano, entonces esa Jerarquía sólo trabaja para el demonio, es decir, para condenar almas. Y, a pesar de todas sus obras buenas humanas, sólo condenan almas.

No se da el sacerdocio para hacer obras buenas humanas, sino para salvar almas: para hacer una obra divina, una obra redentora, la obra de Cristo por excelencia.

Cuando el Papa legítimo y verdadero, Benedicto XVI, decidió renunciar, en la Iglesia las almas quedaron libres de la Jerarquía.  Al pasar la Iglesia al Reino de Dios, automáticamente, las salvación del alma sólo queda en ella: en su oración, en su penitencia, etc… Pero no queda ligada a ninguna Jerarquía.

Este punto es muy importante de conocer.

Toda gracia en la Iglesia está ligada al Papa. Si el Papa no gobierna, porque el Trono ha sido usurpado, ninguna gracia está ligada al Papa.

Benedicto XVI sigue teniendo el Poder Divino, pero no puede atar y desatar: no puede decidir si un alma se salva o se condena.

Mientras viva, el Poder Divino sigue vivo en él. Y quien esté en comunión espiritual con Benedicto XVI recibe gracias especiales en este tiempo de usurpación. Quien no esté en comunión espiritual con él, no puede recibir esas gracias, y queda en manos del usurpador, que sólo trabaja para engañar a las almas con una doctrina de demonios.

Pero la Iglesia permanece en lo que es, sin posibilidad de crecer ni de disminuir, hasta que la usurpación no se quite.

Benedicto XVI ya no puede construir más la Iglesia: sólo puede hacer, con la gracia que tiene, que la Iglesia se mantenga en lo que es. Al no gobernar la Iglesia, ésta no se puede seguir construyendo con un gobierno horizontal. Se para de construir, queda como un edificio que no ha terminado de levantarse, que no ha llegado a su perfección en sus miembros. Sin embargo, no decae de su perfección, de lo que ha sido construido. Por la usurpación, queda oculta, maniatada, esclavizada a los hombres.

En este tiempo, en que desde Roma se ha iniciado una nueva forma de ser iglesia, conviene a los verdaderos católicos dejar de ver a Roma como se ha visto siempre. Mientras el católico siga esperando algo de Roma va a quedar atrapado en los engaños de la Jerarquía masónica que gobierna la Iglesia.

Por eso, el Sínodo que viene es sólo una trampa, como fue el pasado. Pero, esta vez, van a tener éxito.

Conviene a los católicos ir dejando parroquias que sólo hacen política en la Iglesia. Ya no están ligados a ninguna jerarquía en la Iglesia. Y tampoco hace falta la Jerarquía para darse cuenta de la abominación que hay en Roma.

Cuando muera Benedicto XVI la Sede quedará vacante, pero seguirá usurpada. Y será el momento más confuso para los católicos que no hayan discernido lo que hay en el Vaticano.

Desde la muerte de Benedicto XVI los hombres tendrán prisa por levantar su nueva iglesia universal, que tiene que estar apta para apoyar el gobierno mundial, que será regido por el Anticristo de estos días.

La Iglesia verdadera, la remanente, quedará oculta y perseguida. Oficialmente se llamarán católicos los que sigan a un falso papa. Falsos católicos que sólo buscan en sus vidas agradar a los hombres.

Ya no hay que estar viendo qué hace o no hace Bergoglio. No hay que ir a misa para estar pendiente de la homilía del sacerdote. Sólo vayan  a misa para comulgar con Cristo y con el Papa verdadero. Lo demás, no interesa de la Misa. Sólo interesa saber si ese sacerdote cree en el Misterio del Altar.

En la usurpación del Trono cae toda obediencia de los fieles a la Jerarquía. No se sometan a nadie en la Iglesia. Es Cristo el que sigue gobernando la Iglesia con Su Espíritu.

Bergoglio no es garantía ni de verdad ni de unidad: es el fundamento de la destrucción de la Iglesia. Él ha puesto la piedra que destruye la Iglesia: el gobierno horizontal.

Desprecien a ese hombre porque es el mismo Satanás. Y su obra es demoniaca por los cuatro costados. Y desprecien a toda Jerarquía que se siga sometiendo a ese hombre. La salvación de sus almas depende de ello.

En el tiempo de la usurpación del Trono, Roma se vuelve la prostituta de todas las naciones. Va a ser más importante, en el pecado, que EEUU. No sólo lo va a igualar, sino que va a dejar pequeño las maldades que en la Casa Blanca se han tejido para organizar un mundo sin Dios.

Ahora, desde Roma se tejen las más perfectas maldades para levantar, no sólo un mundo sin Dios, sino también una iglesia sin Dios. Una iglesia sólo inventada por la mente de los hombres que no puede existir en la realidad de la vida. Una vez que crean que tienen todo listo para mostrarla al mundo, el mundo caerá en el más terrible castigo, impidiendo que esa nueva iglesia y que ese nuevo gobierno mundial pueda perdurar en el tiempo.

Es el tiempo de huir de Roma. Estar en el desierto, con la Virgen María, viviendo de fe y de amor divinos. Lo demás, lo que venga de Roma hay que pásarselo por la entrepierna. Ya no se hace caso de nadie en la Iglesia. No vivan para el pensamiento de los hombres, sino sólo para Cristo.

Bergoglio: servidor de Satanás

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«Esta es la hora de la confusión, la hora del Falso Profeta, que busca imponer a los hombres su propia doctrina inspirada por el espíritu del mal. Porque Mi Verdadero Evangelio no es doctrina de hombres, pues es de origen Divino» (Jesús a un alma escogida).

Es el tiempo de estar arraigados en la fe. Pero en esa fe divina y católica, dada por Jesús a Sus Apóstoles. En esa fe existe la claridad, la integridad, el conocimiento del bien y del mal. Sin esa fe, todo es oscuridad y confusión.

No existe otro Evangelio, sino el dado por Jesús.

Es la hora de la confusión, en la que Jesús sufre:

«Sufro terribles dolores en Mi Corazón Traspasado a causa del silencio e indiferencia de Mis sacerdotes y siervos consagrados, porque cuántos de vosotros sabéis que se está acercado la hora y no preparáis a las almas frente a los acontecimientos venideros, y por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

¡Cuántos de vosotros sabéis que es ya la hora!

La Jerarquía de la Iglesia sabe lo que está pasando. Y calla. Y no prepara a las almas hacia lo que viene. No hay excusa de su pecado.

Conocen el tercer secreto de Fátima y lo siguen escondiendo, siguen callando.

El silencio culpable de la Jerarquía y de los religiosos hace pecar a toda la Iglesia, y lleva a la condenación a muchos: «por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

Muchos siguen la Iglesia oficial y se perderán. No hay camino si sigues obedeciendo a la Jerarquía oficial. Búscate a un sacerdote que crea y que se oponga a Roma. Sólo así te salvarás.

Esto es duro de predicar, pero es la única verdad.

La Jerarquía no se atreve a hablar claro y deja estar la situación de la Iglesia en un veremos qué pasa en el Sínodo. Ese veremos mata almas. Se las deja en manos de ese lobo vestido de Obispo, al cual tienen la desfachatez de llamarlo “santo padre”, y es sólo el servidor de Satanás, con la misión de engañar a la Iglesia y al mundo entero.

Bergoglio ya se ha quitado la careta, y aun así muchos no ven su juego.

Muchos intelectuales ven las herejías de Bergoglio, ven su descalabro, y lo siguen llamando “papa”. No tienen vergüenza. No son capaces de llamarlo por su nombre: falso profeta, bufón del Anticristo, usurpador, falso Obispo. Están agarrados a la palabra oficial de la Jerarquía. ¿Qué dice Roma? Si Roma no habla, la cosa sigue sin resolverse. Hay que seguir esperando. Hay que nombrar a Bergoglio como papa.

¡Este es el error garrafal de muchos! Ya no son los tiempos de esperar a que Roma hable. Es la hora de la confusión. Es la hora del Falso Profeta. No busquen una verdad en Roma porque no la van a encontrar.

«Dirijo estas palabras a todos Mis fieles que habéis reconocido ya los Signos de los Tiempos, y vivís bajo mi Guía preparándoos, día a día, a los grandes acontecimientos del Fin de los Tiempos, poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes. Si habéis decidido seguirme, estad listos para la prueba, armaos de valor y no os acobardéis, porque os señalarán y os enjuiciarán Mis mismos Pastores, como lo hicieron conmigo los Ancianos y los Maestros de la ley.  Lo hicieron primero conmigo, llamándome blasfemo, por proclamar la Verdad y defenderla. Ahora, a vosotros, os aborrecerán por denunciar la mentira y el engaño, habiendo descubierto al impostor, al que le llaman multitudes “santo padre”, a quien él mismo se dio el título de obispo de Roma, y es solamente un servidor del diablo, porque abandonó el Espíritu de la Verdad, el Espíritu Santo, para recibir el espíritu del mal, haciéndose servidor de Satanás, dejando de ser miembro de Mi Cuerpo Místico».

Es el fin de los tiempos: nadie lo cree. «…poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes». La Jerarquía tiene un empacho de teología y no ve nada. No sabe discernir nada. Tanta teología que les va a llevar al infierno de cabeza. Carecen de auténtica vida espiritual.

San Juan escribió Su Evangelio para que creyeran que «Jesús es el Mesías» (Jn 20, 31).

Bergoglio, servidor de Satanás, enseña su doctrina para que las almas sean conducidas hacia el infierno, para que no crean en Jesús, sino en el concepto nuevo de Jesús.

Todo sacerdote de Cristo, cuando habla, cuando predica, lo hace para que las almas crean en la Palabra de Dios.

Todo servidor de Satanás, cuando habla, es para que las almas sólo crean en sí mismas, en sus vidas, en su humanidad, en lo que pueden ver y tocar, en su lenguaje humano. Son expertos en demoler el lenguaje dogmático para quedarse en su barato y blasfemo lenguaje humano, vacío de toda verdad.

Es difícil predicar para convertir a las almas hacia la Verdad. Es muy fácil hablar muchas cosas, y muy concertadas en la inteligencia, pero que no sirven para abrir el corazón de la persona a la fe en Cristo.

Es muy fácil hablar lo que el pueblo quiere escuchar. Eso lo hace la mayoría de la Jerarquía, que no quiere pringarse los dedos dando la doctrina que no cambia, la eterna, la inmutable, la que nadie quiere escuchar y vivir.

Hoy la Jerarquía no es testimonio de Cristo, de la Verdad. Son sólo eso: un conjunto de hombres veletas del pensamiento de Bergoglio. Y son ellos mismos los que producen la confusión dentro de la Iglesia.

Y hay que oponerse a ellos, sabiendo que ellos mismos van a perseguir a los verdaderos católicos: «os señalarán y os enjuiciarán mis mismos pastores».

No esperen de la Jerarquía, que sigue a Bergoglio, que se somete a su inteligencia humana, comprensión ni misericordia con ustedes. Si siguen a uno que no pertenece a la Iglesia Católica, tienen que atacar a los que están dentro de la Iglesia Católica, a los que siguen la doctrina católica, la de siempre.

Y, por seguirla, por permanecer fiel a esa verdad inmutable, deben juzgar y condenar a Bergoglio. Y esto es lo que la Jerarquía de la Iglesia no admite: que se juzgue a Bergoglio, que no se le tenga como papa.

Roma ya no habla la verdad. Hay que juzgar y condenar a Roma.

Ellos van  hacer lo mismo que hicieron con Jesús: van a llamar blasfemos a todo aquel católico que critique, que denuncie a Bergoglio como el impostor que es. Van a querer que todos se sometan al juicio de los Obispos en el Sínodo. Quien no lo haga, será excomulgado.

No hay que tener miedo de esta Jerarquía que no pertenece a la Iglesia Católica, pero que está al frente de todas las parroquias del mundo. Hay que saber enfrentarse a ellos, sin miedo. Y si ellos, en público, exigen la obediencia a la doctrina de Bergoglio, entonces en público se les escupe a la cara y se abandona esa parroquia, como lugar tomado por Satanás para levantar su iglesia.

Quien no tenga las cosas claras de lo que pasa en la Iglesia, está totalmente perdido en esta hora: es la hora de la oscuridad. No hay luz por ninguna parte. En Roma no hay conocimiento de la Verdad. En la Jerarquía no hay sabiduría divina. Entre los fieles, sólo existe la opinión de la mayoría.

Nadie se atreve a dar la cara por la verdad. Tienen miedo a los hombres: a lo que piensan, a lo que dicen. Y no saben enfrentarse a ellos.

¿Qué es la mente de Bergoglio? Una cloaca de maldad. Y punto y final. Quien vea en Bergoglio alguna sabiduría, se ha vuelto loco de remate.

No se puede comulgar con una cloaca de impurezas para constituir la Iglesia de Cristo. No se puede excusar la mente de Bergoglio sólo para tenerlo contento a él. No se pueden limpiar las babas que continuamente salen de la boca de ese maldito. Hay que batallar en contra de ese ignorante y decirle que se marche, que viva su vida como quiera, pero que deje de hacer el idiota.

Todo católico está obligado a comulgar con el Papa Benedicto XVI si quiere salvar su alma. Y aquel que no lo haga no pertenece a la Iglesia Católica, no es católico.

«Os he permitido, hasta ahora, venir al lugar de Mi Santo Sacrificio para que ofrezcáis reparación ante lo que vuestros ojos del alma ven, y se os ha sido revelado, así como el Espíritu de la Verdad os guía a hacer la ofrenda y la unión espiritual y mística con Mi Verdadera Iglesia, guiada y sostenida por Mi Verdadero Vicario Benedicto XVI, y os abstenéis de la unión con Francisco, el obispo de Roma. Llegará el día en que debéis abandonar el Lugar Santo, y Yo mismo os enviaré a un lugar reservado en donde se Me dará un Verdadero Culto, y la Verdadera Adoración, en comunión de Mis sacerdotes escogidos para esta hora, porque para entonces el lugar en donde se celebrará Mi Santo Sacrificio estará terriblemente profanado y convertido en guarida de demonios».

Cuando en la Misa se conmemora el nombre de Francisco en la liturgia, se produce una comunión espiritual de los fieles con el apóstata Bergoglio.

Para no entrar en esa unión, los fieles tienen que ir a la Misa con la intención de reparar todos los pecados que se ven en la Iglesia. El pecado de haber puesto a un hereje como papa. El pecado de someterse a la mente de ese hereje. El pecado de callarse ante las herejías de ese hereje. El pecado de mantener a ese hereje en la Silla que no le corresponde. El pecado de nombrarlo en las misas. El pecado de predicar la doctrina de ese hereje. El pecado de alabar y ensalzar la persona de ese hereje. El pecado de amenazar a los fieles que no comulguen con ese hereje.

Si se va con esta intención, todo lo que ocurra en esa misa no contamina al alma. Se está en el Calvario, en la Presencia de Jesús, que sufre y muere por sus almas, por sus sacerdotes y religiosos que callan ante el desastre que ven en la Iglesia.

No tengan miedo a las palabras de la Jerarquía: son sólo hombres, que han perdido toda autoridad divina en la Iglesia. Actúan como hombres, piensan como hombres, miran la vida de la Iglesia como lo hacen los hombres.

«No temáis a los juicios de los hombres, porque a todo el que Me sigue se le perseguirá, y serán juzgados injustamente. El Ángel del Señor estará con vosotros para proteger a Mis Mensajeros hasta que cumplan con la misión que se les ha sido encomendada, y que libremente recibieron por amor a Mí y a Mi Padre del cielo».

Jesús es la Revelación del Padre, es decir, es la Palabra del Pensamiento del Padre. Jesús descubre lo que piensa Dios; Jesús obra lo que quiere Dios; Jesús vive como vive Dios.

Jesús ya todo lo ha dicho. Y ha puesto Su Revelación en la Iglesia Católica, que Él mismo ha fundado en Pedro.

Poner es confiar a la Iglesia, a la Jerarquía unida a Pedro, todo el Pensamiento de Su Padre.

Poner es hacer que la Iglesia, Su Jerarquía, custodie y propague toda la Vida de Dios, que se manifiesta en los Sacramentos.

Cuando la Jerarquía de la Iglesia ha perdido la fe en la Iglesia, es decir, cuando ya no cree en la Iglesia que Cristo ha fundado, cuando ya no custodia ni propaga la doctrina de Cristo, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia, porque se vuelve herética, vive en la apostasía de la fe, y obra el apartamiento de toda Autoridad Divina, de toda ley Eterna.

Dios ha confiado a la Iglesia custodiar en santidad y declarar infaliblemente la doctrina de fe y de costumbres. Si la Iglesia no hace esto, automáticamente pierde su autoridad doctrinal, que es divina. Ya la Iglesia no enseña con autoridad, con el poder divino, la verdad, lo que hay que creer; sino que se dedica a hablar de muchas cosas para no decir ninguna verdad. Se oculta la verdad divina para manifestar todo un conjunto de verdades a medias, de relativismos.

No hay que seguir ese hablar, ese lenguaje humano, porque no refleja el Poder de Dios, la Autoridad de Dios. Sólo está manifestando un poder humano, una obra humana, que no tiene nada que ver con la de Cristo. Sólo se refleja el pecado de orgullo.

Bergoglio es herejía pura:

«Me imagino ese susurro de Jesús en la Última Cena como un grito… El Bicentenario de aquel grito de Independencia de Hispanoamérica…. nacido de la conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos, saqueados, sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno».

Bergoglio toma en vano el nombre de Jesús para predicar su blasfemia. Y tiene que pedir perdón por las atrocidades de los colonizadores:

«… pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América».

Todo el problema de Bergoglio es que cree en lo que dice. Para el que lo lee, sólo hay una expresión: este tipo se ha vuelto loco.

¡Qué escándalo son estas palabras!

¡Qué ultrajante es este pensamiento del impostor!

¡Ofende a toda la Iglesia Católica! Y él tan contento. Y los que lo tienen como papa, felices de que muestre su odio a la Iglesia Católica

Este personaje sigue la teología de la liberación, en la cual los colonizadores trajeron de Europa un cristianismo sincrético, es decir, una síntesis entre la experiencia religiosa antigua de los griegos, romanos y bárbaros, con la tradición judeocristiana.

Para esta teología, los colonizadores no trajeron la fe auténtica, no predicaron la Verdad del Evangelio de Cristo, no enseñaron a ser Iglesia. Ellos no creen en Jesús como Dios, sino como un hombre más. Ellos no pueden creer en Jesús sin más; tienen que creer en la comunidad, es decir, en el Jesús de la historia, en el Jesús que cada comunidad, cada cultura, cada nación se inventa.

Jesús, para estos herejes, es alguien que se insertó en la historia humana y que dio sentido a los que lo seguían. Un sentido humano, un sentido contemporáneo para aquellos hombres. De esta manera, ese Jesús tiene que ser traducido de forma comprensible para las personas del tiempo presente. No se puede seguir al Jesús de los Evangelios, porque fueron escritos en una época determinada, con unas culturas, con unas creencias, con unos mitos. Cada pueblo tiene que inventar, adaptar ese Jesús del Evangelio a su vida de comunidad en particular.

Por eso, este hombre tiene que pedir perdón porque la Iglesia hizo su trabajo según la mentalidad de la época, y lo que tenía que hacer era acomodarse a las culturas que encontraba, sin enjuiciar ni condenar nada. Como no lo hizo, entonces cometieron muchos crímenes, como el de apropiarse de tierras indígenas, el de quedarse con el oro y la plata, y el de matar a los aborígenes. Por estos tres crímenes: saqueo, robo y muerte, ese hombre ha pronunciado unas palabras inadmisibles, llenas de injusticia, de oprobio y de vejámenes.

Bergoglio está en su marxismo y le duele lo que hicieron los conquistadores, porque es incapaz de ver la verdad histórica. Él sólo vive en la memoria de su pensamiento, en su fe fundante. Y, por eso, sis palabras producen un daño incalculable.

Por eso, Bergoglio presenta a un Jesús revolucionario: el grito de la Última Cena es el grito de la revolución de la independencia. Jesús pronunció ese grito de acuerdo a la mentalidad de aquella época. Hoy hay que hacerlo de otra manera.

«… digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra…».

Hoy lo que impera en el mundo es el nuevo orden mundial. Y hay que gritar ese cambio: un cambio de estructuras. Hay que dejar los Estados, los países particulares y centrarse en un gobierno mundial. Y la razón: su comunismo. Sus campesinos, sus trabajadores, sus comunidades.

Bergoglio lanza dos ideas: la masónica o el idealismo puro, el orden mundial; y la comunista, el bien común global.

Además, mete la idea protestante: su panenteísmo. Hay que cuidar la madre tierra.

En estas tres ideas se basa toda la doctrina de Bergoglio, todo su magisterio, que no tiene ninguna autoridad doctrinal, porque no custodia la Revelación de Jesucristo, la doctrina que Jesús dio a Sus Apóstoles.

La autoridad doctrinal, en la Iglesia, está apoyada en la verdad absoluta e inmutable. Quien enseñe esta Verdad automáticamente tiene el poder de Dios. Lo hace con Autoridad, con la fuerza del Espíritu. Y nunca se equivoca en lo que enseña.

Pero quien enseñe una mentira en la Iglesia, automáticamente pierde el poder divino, y lo que enseña es con su poder humano, con su pobre autoridad humana, con las fuerzas de su mente y de su voluntad. Y, por lo tanto, quiere imponer su idea, su doctrina a los demás. El mentiroso da mil vueltas para imponer a los demás su visión de la vida. El que dice la verdad deja libre siempre a los demás, enseñando el verdadero camino.

Bergoglio impone su idea en Roma y en toda la Iglesia. Para ello tiene a la masonería, que ocultamente trabaja en todas las parroquias del mundo, haciendo que toda la Jerarquía enseñe el magisterio de Bergoglio.

Por eso, ahora los sacerdotes están obligados a defender a Bergoglio, a predicar su doctrina. Una vez que Bergoglio ha vomitado su Laudato Si, que es el magisterio de un heresiarca, la persecución dentro de la Iglesia se ha establecido.

Hay que decirlo sin miedo: Bergoglio es un loco de atar. Y hay que meterlo en un manicomio.

Bergoglio es un maldito endemoniado, con un odio visceral a la Iglesia Católica. Es un ser totalmente ciego, que vive la depravación de su conciencia. Él vive su conciencia global y tiene que atacar a los de conciencia aislada:

«Es el drama de la conciencia aislada, de aquellos discípulos y discípulas que piensan que la vida de Jesús es solo para los que se creen aptos. En el fondo hay un profundo desprecio al santo Pueblo fiel de Dios».

Los de conciencia aislada, en el lenguaje baboso de este hombre, son los verdaderos católicos que disciernen que el amor de Dios es exigente. Y quien no esté preparado no puede entrar en el Reino de los Cielos.

Esto lo ha enseñado hoy en la reunión con el clero boliviano: les enseña a comulgar con su doctrina. Y la Jerarquía asintiendo con su cabeza, callada como idiotas al matadero.

Bergoglio ha elegido el mal para su vida, y eso es lo único que le interesa en la vida. Y es lo único que ofrece a los demás, a los que le quieran seguir. Por eso, tiene que atacar la verdad, la Iglesia, la ley de Dios, la Autoridad de Dios.

Digámoslo sin miedo: queremos que Bergoglio se vaya a su casa y muera allí en la más absoluta miseria, olvidado de todos.

Digámoslo sin miedo: queremos que se muera Bergoglio. Desear la muerte de alguien, por su bien espiritual, es lo mejor que se puede hacer con este personaje. Si sigue viviendo, no hay salvación para su alma. Pero si tiene un accidente y muere, quizás se pueda salvar, aunque sólo sea por temor a lo desconocido. Bergoglio no cree en Dios, sólo cree en su concepto de Dios: él vive su idealismo puro, su ateísmo radical, mezclado de comunismo y protestantismo.

Jesús es la Revelación y ha puesto esta Revelación en Su Iglesia, en Su Jerarquía. Pero la Jerarquía tiene el deber y el derecho de custodiarla en santidad y de proclamar a los cuatros vientos el magisterio infalible, la doctrina de fe. Si la Jerarquía no hace esto, lo que diga oficialmente no hay que seguirlo en la Iglesia Católica.

No hay que escuchar lo que viene de Roma. No hay obediencia a los herejes, porque no son Iglesia. Son usurpadores de la Verdad.

Este es el punto que se le atraganta a muchos católicos: lo oficial y la Revelación de Jesús.

¿Todo lo que habla la Iglesia oficial, todo cuanto sale de la boca de la Jerarquía, es para decir la verdad pese a quien pese? O, por el contrario, ¿las palabras y las obras de la Jerarquía oficial no tienen nada que ver con la Revelación que Jesús ha confiado a la Iglesia?

Cuando la Jerarquía oficial predica herejías y vive la apostasía de la fe, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia Católica, y el católico tiene el deber y la obligación de no obedecer a esa Jerarquía, de separarse de Ella. Si no hace esto, entonces la sigue y admite muchos pecados, que le apartan de la gracia de Dios.

«Sacerdotes, despertad, no durmáis que el Enemigo ya está entre vosotros y no lo reconocéis».

Si la Jerarquía no reconoce al demonio es que vive con el demonio, come con él y se acuesta con él: hace una vida de demonios. Son demonios encarnados.

Si la Jerarquía no reconoce a Bergoglio como enemigo de Cristo y de la Iglesia Católica es que se han vuelto enemigos de la verdad y se han unido a ese viejo verde para destruir la Iglesia.

 

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