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Imagen y semejanza

Imagen y semejanza (lectura espiritual)

01

«Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; y los creó macho y hembra» (Gn 1, 26a. 27).

El texto original hebreo presenta al hombre como una imagen de otro ser a quien ha de asemejarse: este ser es el mismo Dios:

«Hagamos al hombre a modo de semejanza que represente nuestra imagen».

El hombre es una semejanza de Dios, imagen de las Tres Personas de la Santísima Trinidad:

«Hagamosque represente nuestra imagen»

¿En qué consiste esta imagen? ¿Qué es lo que el hombre representa a Dios?

La imagen es la figura, la representación de una cosa; semejanza es la proporción o conveniencia en alguna forma.

El hombre es imagen de Dios: lo representa en toda la Creación. Y lo representa por ser hijo 1. Ser hijo es poseer el entendimiento del que lo engendró. El hombre muestra ser imagen de Dios porque piensa como Dios 2.

Tanto el varón como la mujer son imagen de Dios en la intelectualidad.

«…el varón… es imagen y gloria de Dios, más la mujer es gloria del varón» (1 Cor 11, 7).

Con estas palabras no queda excluida la imagen de Dios en la mujer, sino reforzada: si el varón es imagen de Dios, la mujer es la gloria de esa imagen, es el vértice de la intelectualidad. La mujer conduce el pensamiento del hombre hacia su plenitud en la verdad, porque en su ser posee el espíritu del amor.

El hombre es imagen de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: posee la inteligencia del Verbo.

El varón representa la imagen del Verbo en la Santísima Trinidad: hagamos al hombre que represente nuestra Imagen.

La mujer representa la imagen de la Virgen María en la Santísima Trinidad. María pertenece al orden hipostático. Y, por eso, está dentro de la Trinidad.

Por eso, San Pablo dice:

« ¿Quién conoció la Mente del Señor, para poder enseñarle? Mas nosotros tenemos la Mente de Cristo?» (1 Cor 2, 16)

El hombre es semejanza de Dios: posee –en su naturaleza humana- una forma divina que lo hace ser a modo de semejanza de Dios, con la cual participa de Dios. El hombre es semejante a Dios porque posee la Naturaleza Divina en su ser, participa de Ella. No sólo piensa como Dios, sino que vive la misma vida de Dios.

«Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido» (1 Cor 2, 12).

Por esta semejanza, el hombre ha sido

«…hecho poco inferior a Dios… coronado de gloria y de honor. Le diste el señorío sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto debajo de sus pies» (Salm 8, 6-7).

Al ser el hombre imagen de Dios es Señor de la tierra: domina sobre la Creación; representa el dominio de Dios en toda la Creación. A Dios se le representa con una obra divina, no con palabras o argumentos humanos, no con ideales humanos. Dios crea al hombre para que éste obre como Señor de la tierra, no para que sea uno más de la tierra, un hombre de la tierra, con un pensamiento terreno, carnal.

«… y tenga señorío en los peces del mar, y en las aves de los cielos y en los cuadrúpedos y en la tierra entera, y en todo reptil que se arrastra sobre la tierra» (Gn 2, 26b)

Adán tenía la imagen divina sobrenatural en su ser para que dominara todo: poseía el Pensamiento Divino. Con su pecado, es la creación la que domina al hombre. El hombre vive esclavizado en su propia naturaleza humana. Ya no comprende lo que es Dios. Ya no alcanza el conocimiento divino.

Al ser el hombre semejante a Dios es hijo de Dios. El hijo de Dios es el que participa de la naturaleza divina. Eso se hace por la gracia y por la in-habitación del Espíritu Divino en el hombre. Dios creó a Adán en estado de gracia y con el Espíritu Santo para hacerlo semejante a Él en la Vida Divina. Le dio una semejanza divina sobrenatural. Creó a Adán elevado a la Vida de Dios. Su pecado hizo caer al linaje humano, no sólo en la vida humana, sino en una vida bestial, animal.

Si el hombre fue creado poco inferior a Dios, su caída es de tal magnitud que vive arrastrándose por el suelo como los gusanos.

«Verdad que yo soy un gusano, no un hombre; el oprobio de los hombres y el desprecio del pueblo» (Salm 22, 7).

Todo lo creado es imagen y semejanza de Dios, pero de una manera natural. La belleza del mundo es representación natural de la belleza de Dios. En el mundo se ven perfecciones que son una semejanza natural de la perfección de Dios. El mundo es un vestigio natural de las perfecciones divinas. Sólo el hombre es algo divino en la Creación. Tiene una semejanza divina con Su Creador.

Cuando Dios hace las distintas especies –vegetales, animales- no las crea a su imagen y semejanza. Sólo el hombre es creado de esta manera. En el hombre, Dios ha puesto algo que no está en toda la Creación, y que es lo que es Dios, lo que representa a Dios. Dios ha dado al hombre la inteligencia divina y la participación en su misma naturaleza divina, que no lo poseen los demás seres.

Por la inteligencia, el hombre es figura del poder de Dios: gobierna todo lo creado con la inteligencia de Dios.

Por la participación de la divinidad, el hombre es creador con Dios: engendra una humanidad para Dios.

Por eso, el hombre es creado en sus dos sexos:

«…y los creó macho y hembra» (Gn 2, 27b).

El hombre es la inteligencia; la mujer es la vida. El hombre es el que gobierna, el que es cabeza; la mujer es la que pone la vida en el camino del hombre, la que marca el camino de la inteligencia del hombre.

Macho y hembra no se refieren a la persona humana, hombre y mujer, sino a la constitución genética:

zā-ḵār : el macho, los genitales masculinos, la masculinidad, el esperma.

ū-nə-qê-ḇāh: la hembra, los genitales femeninos, la femineidad, el óvulo.

La imagen y la semejanza de Dios en el hombre están reunidas en el gameto masculino y en el femenino: en el esperma y en el óvulo.

Para anular la obra de Dios en el hombre hay que anular la concepción humana, hay que alterar sustancialmente el adn de los dos gametos.

Esa es la tarea de Lucifer: anular la esencia del hombre. Y, por eso, mueve a los hombres para que, científica y técnicamente, produzcan un virus capaz de modificar sustancialmente lo que es el hombre creado por Dios en su genética. Ese virus será la marca de la Bestia.

Por más que el demonio mate almas y cuerpos, el hombre continúa en la tierra. Y eso es lo que le molesta. Desde el Paraíso ha batallado contra el hombre para quitarlo de la cima de la Creación. Y su lucha es hasta el final.

Dios crea la naturaleza humana: forma los dos gametos, que van a producir al hombre y a la mujer. Y los crea para una tarea:

«Procread y multiplicaos» (Gn 1, 28).

La misión del hombre sobre la tierra es sólo engendrar otros hombres en y para una vida divina. Esa fue la misión en el plan originario de Dios. Con el pecado original, esa misión se ve transformada, anulada e incluso opacada por el mismo hombre.

Se engendra en una vida de pecado y para una vida de maldad.

Dios crea al hombre en gracia y con el Espíritu de Dios: esa es la imagen y la semejanza de Dios en el hombre.

Dios no sólo crea un alma racional, sino que le da al hombre la vida divina, la inteligencia, la voluntad divina que rige esa vida de Dios. Y eso es la gracia. Adán perdió esa gracia originaria; y ahora es comunicada al hombre a través de los Sacramentos. Es una gracia sacramental. No es la gracia que en el origen tenía Adán. No es toda la gracia que tenía Adán. Sólo la Virgen María poseía toda esa gracia, porque fue creada como lo fue Adán.

Adán tenía toda la gracia, pero podía pecar. Su misión en la tierra era dar hijos de Dios a Dios: que los hombres amaran a Dios desde su generación, desde el primer instante de su concepción. La imagen y semejanza de Dios se iba a transmitir a todo el linaje humano vía generación, vía sexo. Por eso, el sexo del hombre no es como el sexo de los animales. El sexo humano es espiritual; el sexo animal es sólo instinto carnal. El sexo humano es para realizar un amor divino, una obra en Dios; el sexo animal es sólo para perpetuar la especie animal.

Los hombres iban a nacer en la imagen y semejanza de Dios, tal como fue creado Adán. Iban a nacer para realizar una Voluntad de Dios en sus vidas humanas, una obra divina, que ya conocían desde el primer momento en que fueron concebidos.

Ahora, con el pecado de Adán, los hombres nacen sin saber para qué nacen. Y les resulta a los hombres difícil entender lo que Dios quiere de sus vidas.

Adán fue creado en gracia; los hombres son engendrados y nacen en el pecado original, sin la inteligencia divina, sin la Voluntad de Dios, sin poder vivir la vida divina.

Adán fue creado en la misma vida de Dios. Por lo tanto, lo tenía todo para poder obrar lo que Dios quería en su existencia humana. No hay excusa para su pecado.

Los hombres nacen sin saber qué quiere Dios de sus vidas. Nacen para buscar la Voluntad de Dios. Y, muchas veces, no se encuentra con facilidad. Por eso, la vida de los hombres es una batalla continúa por discernir lo que Dios quiere de sus vidas. Hay que bucear en un mundo en donde Dios no tiene parte. Y hay que saber quitar, poner aparte, muchas inteligencias que no son camino para la Voluntad de Dios.

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1 «… hagamos…. al hombre a nuestra imagen… ¿quién dijo esto? ¿acaso no fue Dios, el que te hizo?…. ¿a quién se lo dice?…. no a los ángeles, porque son servidores de Él; y los servidores no pueden tener consorcio en la obra con el Señor ni las obras pueden tener consorcio con el autor; sino que se lo dicen al Hijo…» (San Ambrosio).

2 «Te diferencias del animal en el entendimiento; no te ufanes de otra cosa. ¿Presumes de tus fuerzas? Serás vencido por las bestias. ¿Presumes de velocidad? las moscas son más veloces que tú. ¿Presumes de belleza? Cuánto más belleza hay en las plumas de un pavo real. ¿Así pues, de dónde te viene el ser tú mejor? De ser imagen de Dios. ¿Y dónde se muestra que eres imagen de Dios? En la mente, en el entendimiento» (San Agustín, R 1806).

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