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La creación del hombre

La creación del hombre: lectura espiritual

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«Dios hizo al hombre y le ciñó con la corona de su imagen y de su semejanza… solamente del hombre podía proceder otro hombre que le llamara padre y progenitor; y la ayuda dada por Dios al primer hombre provino también de él mismo, y es carne de su carne…, teniendo el nombre derivado del hombre, porque fue formado de éste. Por encima de la escala de los vivientes, el hombre, dotado de alma racional, está colocado por Dios como príncipe del reino animal» (Pío XII, a los miembros de la Academia Romana de las Ciencias, 1941).

El hombre creado por Dios sólo procede de Dios. No puede venir del animal por generación natural. No se puede dar el cruce genético entre un animal y un hombre. No existe la evolución de la naturaleza animal en humana.

Adán no proviene de otro hombre, porque no existía la naturaleza humana. Adán no tiene padre humano. Sin embargo, es concebido como todo hombre: de un esperma humano y de un óvulo humano. Es engendrado naturalmente.

Adán no puede provenir de la generación natural de un animal. Porque el animal es animal. No puede ser hombre. El animal no tiene la esencia humana. No puede evolucionar naturalmente para tener capacidad de engendrar a un hombre. Su adn animal no posee elementos del adn humano, no tiene una exigencia de lo humano.

Y sobrenaturalmente, por una acción especial de Dios en esa generación del animal, tampoco es posible. Ningún animal puede ser elevado a la vida sobrenatural, a la vida divina y así producir un hombre que es hijo de Dios, porque el animal no posee un alma inteligente, con capacidad para obrar sólo lo divino: no puede elegir entre el bien y el mal. Un animal no tiene voluntad, sino sólo instinto. Adán no puede tener por padre a un animal.

El hombre no ha surgido por evolución natural del animal bruto, sino que ha sido creado sobrenaturalmente por Dios, usando el instrumento de un animal. En virtud de una acción especial de Dios en el vientre de un animal, sale Adán.

Es de fe el que Dios creó el cuerpo del hombre inmediatamente, en una acción especial sobre la materia. Es la creación inmediata.

Pero no es de fe que la materia sea realmente tierra o materia inorgánica (polvo). Los teólogos no se ponen de acuerdo en cuanto a la materia, porque ven contradicciones.

Si la materia es sólo polvo de la tierra, entonces ¿por qué hay hombres que poseen un adn animal en su naturaleza humana? ¿Ese polvo de la tierra no era también un animal? ¿No pudo crear Dios al hombre de la esencia de un animal, de sus genes?

Desde el s. XV al s. XVIII los teólogos católicos sostenían que Dios hizo el cuerpo del hombre inmediatamente de la materia orgánica; según otros mediante el ministerio de los ángeles, los cuales prepararon la materia para el alma, dejando a Dios la acción especial sobre esa materia.

Desde el año 1860 hasta nuestros días, los teólogos mantienen la misma fórmula de la creación inmediata, por medio de una acción especial de Dios, pero no se ponen de acuerdo en cuanto a la materia. La mayoría admite un transformismo mitigado, aunque no natural o espontáneo, ya que éste fue condenado por el Concilio de Colonia:

«Los primeros padres fueron formados inmediatamente por Dios. Así pues declaramos totalmente contraria a la Sagrada Escritura y a la fe la sentencia de aquellos que no dudan en afirmar el que mediante un cambio espontáneo de una naturaleza más imperfecta a una naturaleza más perfecta, de forma continuada y últimamente a una naturaleza humana, ha surgido el hombre, ciertamente por lo que se refiere al cuerpo»

En el Concilio, se pone de relieve la acción especial de Dios, la creación inmediata, una obra fuera de las leyes ordinarias de la naturaleza. Pero nada se dice de la materia de la cual es creado el hombre:

«Los primeros padres fueron formados inmediatamente por Dios»

Y se condena el transformismo natural:

«… mediante un cambio espontáneo de una naturaleza imperfecta a una naturaleza más perfecta…ha surgido el hombre»

El hombre no surge del cambio de la naturaleza de un animal a la naturaleza humana: la esencia de un animal no puede cambiar, no evoluciona a un ser distinto de lo que es. Es siempre la misma. Es siempre perfecta en su naturaleza. No ha sido creada para evolucionar y llegar a una naturaleza superior, la del hombre. Siempre se mantiene en el ser que Dios le ha dado por creación.

Los que siguen el transformismo mitigado conciben un triple momento posible en que el animal bruto pasa a ser cuerpo humano. La generación es:

a. el origen de un ser viviente que procede de otro ser viviente;

b. es un principio de unión, en el cual la substancia del que realiza la generación pasa al
generado;

c. es una semejanza de naturaleza, por la cual el engendrado es de la misma naturaleza que el que lo engendra, intrínsecamente tiene capacidad para trasfundir esa semejanza.

La generación de un animal bruto tiende a producir naturalmente otro animal bruto, que es semejante a él. Este animal bruto, sin una especial acción de Dios no puede engendrar al hombre, no puede ser llamado padre de éste, porque le faltan las últimas disposiciones que exigen la infusión de un alma humana. Estas últimas disposiciones tienen que venir de Dios. Puede decirse que el hombre viene del bruto pero bajo una acción especial de Dios. Para ellos, esta acción especial de Dios no consiste en el hecho de que Dios creara e infundiera el alma humana en un cuerpo de un animal bruto que está muy evolucionado, sino en el hecho de que de uno o de otro modo extraordinario, un modo que ellos no pueden explicar, el cual está fuera de las leyes ordinarias de la naturaleza, Dios hizo que el cuerpo del animal bruto llegara a aquella disposición en la cual se exige la infusión del alma racional, porque el cuerpo de ese animal es ya humano.

En su transformismo mitigado, ellos dicen que o bien Dios en algún momento de la evolución transforma el cuerpo del bruto de repente en humano, o bien que Dios, con su providencia extraordinaria ha establecido desde el principio de la creación el curso de las causas y les ha puesto la virtualidad y dirección, para que realizaran lo que por sí mismas no lo podrían hacer; de este modo, poco a poco, sin ningún milagro, se obtiene en último término el cuerpo humano mediante la evolución del animal bruto. Este influjo divino, el cual ellos dicen que no puede determinarse, sin embargo se concibe como posible de estos dos modos descritos. Ellos afirman que Dios, ya sin el transformismo o mediante él fue el principal autor del cuerpo humano. Por lo tanto, ellos no excluyen la existencia de seres preadamitas, los cuales han muerto antes de nacer Adán y al menos antes del pecado de éste. Y no ven contradicción en las fuentes de la revelación para afirmar que Adán y Eva hayan podido nacer de los hombres preadamitas, con tal de que quede salvo que Dios influyó especialmente, de uno o de otro modo en la formación de sus cuerpos humanos.

Nosotros no podemos seguir este transformismo mitigado.

Ni en el origen: Dios no pone en el origen de una especie animal, en sus genes, en su generación animal, el poder y la exigencia de engendrar una naturaleza humana, a la cual llega el animal en su evolución. De esta manera, Dios no sería el autor del hombre, sino el autor de esa especie humana que se convierte con el tiempo en hombre. En la obra de la Creación no se distinguiría la creación de las especies animales de la creación del hombre.

Ni en la substancia: Dios no puede transformar la esencia de un animal en la esencia de un hombre. Porque Dios se debe a su obra creadora. Crea cada especie para lo que sirve en la Creación. Y una especie animal no sirve para dar hijos de Dios a Dios. Luego, de la sustancia de la especie animal no surge la naturaleza del hombre, que es también semejante a Dios. Ningún animal puede dar la substancia divina al hombre. No hay un principio de unión entre el animal y el hombre.

Ni en la semejanza: Dios no puede elevar la especie animal a la participación de la naturaleza divina con el fin de que este animal genere a un hombre elevado a esa naturaleza divina. Porque la especie animal no posee un alma racional, inteligente, con capacidad para elegir entre el bien y el mal. No ha existido un animal que haya sido hijo de Dios y que, por lo tanto, haya engendrado al hombre como hijo de Dios.

Adán no fue creado de una carne animal, de una especie animal, sino en una carne animal

Dios crea el gameto masculino y el gameto femenino:

«…los creó macho y hembra» (Gn 1, 27)

Dios creó la genética humana. Y la crea del polvo:

«Modeló… el polvo» (Gn 2, 07)

Porque…

«… polvo eres, y al polvo volverás» (Gn 3, 19d)

El hombre es hombre, no es animal. Cuando muere, vuelve a la muerte de un hombre, no a la muerte de un animal. Su cuerpo queda con la forma de la muerte humana, y su alma no se aniquila, sino que permanece viva para siempre.

Y Dios modela el polvo dentro de un animal, que es de la tierra, porque…

«… de ella ha sido tomado» (Gn 3, 19b).

«De la tierra creó Dios al hombre» (Ecl 17, 1).

Antes de crear a la persona de Adán, Dios crea la naturaleza humana: el esperma y el óvulo. Los esculpe como lo hace un alfarero.

Estos dos gametos fueron puestos, bajo la acción especial de Dios, en el cuerpo de un animal, en su vientre.

Adán fue creado de la tierra, a la cual pertenece esta especie animal. Es de un vientre terreno.

«El primer hombre, salido de la tierra, es terreno» (1 Cor 15, 47)

Esa especie animal no da el cuerpo a Adán. No da a Adán, un ser animal, un adn animal. Sólo sirve como incubadora, como instrumento para realizar la unión de los dos gametos.

El cuerpo de Adán nace de la unión de los dos gametos, que han sido creados por Dios, a imagen y semejanza de Dios, dentro del vientre de ese animal.

¿Por qué Dios emplea una especie animal para engendrar a Adán?

Porque el hombre nace de dos gametos humanos: nace de la unión natural entre el esperma y el óvulo.

El hombre no puede nacer de un animal, de un gameto animal, de un adn animal. No puede venir de una evolución de un animal en sus genes, ni siquiera con una acción especial de Dios.

Si Dios ha elevado la naturaleza humana a la participación de la vida divina, es una injuria a Dios y al hombre invocar la generación del hombre de un animal.

Hay que distinguir dos cosas en la creación del hombre:

1. La acción especial de Dios;

2. La fecundación natural del ser humano.

Dios crea la naturaleza humana según las exigencias naturales de esa naturaleza. Esa naturaleza exige la unión del esperma y del óvulo: una unión natural. Y también exige un vientre apropiado para que se lleve a cabo esa concepción y posterior desarrollo.

Toda la Creación, siendo una obra sobrenatural, es al mismo tiempo una obra natural: en la acción sobrenatural Dios pone un orden natural en todas las cosas que crea. Están regidas con una ley natural en cada especie creada.

Dios no puede crear las especies según una ley contraria a la naturaleza de esa especie. Dios no juega con lo que crea. Da a cada naturaleza creada un orden natural. En su acción creadora divina, Dios pone lo natural en cada naturaleza creada.

Dios, para crear al hombre, tiene que hacerlo según las exigencias de su propia naturaleza humana. Dios, al crear al hombre, le pone un fin divino.

Por eso, el sexo del hombre no es como el de los animales. Es un sexo para engendrar hijos de Dios. Si el hombre tiene la misión de engendrar hijos de Dios, entonces tiene que ser engendrado de esa manera: en el Espíritu Divino, en una acción sobrenatural sobre su esencia de hombre, en que sea elevada la naturaleza humana a la participación de la naturaleza divina. El hombre tiene que poseer una naturaleza que esté capacitada para dar hijos de Dios a Dios. El hombre es creado en la gracia, no fuera de ella. Por eso, no puede venir de la evolución de un animal porque ningún animal puede poseer la gracia santificante.

Las diversas especies animales no pueden hacer esto en sus naturalezas creadas. Es absurdo pensar que la generación natural de un animal puede dar al hombre la capacidad de engendrar hijos de Dios. Si ningún animal puede dar a Dios hijos de Dios, menos podrá engendrar a un hombre que tiene la capacidad de engendrar hijos de Dios. ¿Para qué Dios infunde en la generación del animal la capacidad de engendrar hijos de Dios si el animal no es un hijo de Dios?

Adán es engendrado naturalmente, pero de manera sobrenatural, en el vientre de un animal. Dios pone los dos gametos, que ha creado, en ese vientre, y se produce naturalmente la concepción del hombre. Una vez concebido, se eleva esa concepción humana a la gracia. Desde la concepción, Adán era divino, poseía la gracia. Pero, no decimos que su concepción fuese inmaculada. Es decir, Adán no tenía la plenitud de la gracia.

El cuerpo de Adán no viene del cuerpo del animal. El cuerpo de Adán viene de la unión de los dos gametos. Los dos gametos son creados por Dios del polvo de la tierra, porque es necesario poner al hombre en el orden material de la creación. Dios no crea al hombre en el cielo, como creó a sus ángeles. Lo crea en el orden material, pero para una vida espiritual.

¿Por qué Dios emplea una especie animal para engendrar a Adán?

Porque no se puede engendrar naturalmente dos gametos fuera de un vientre natural. Necesitan el calor de un vientre natural.

Dios no une los dos gametos en un tubo de ensayo y los mantiene ahí hasta que llegue su hora. Eso que engendra no puede vivir naturalmente. Dios necesita un vientre natural, de la tierra, para esos dos gametos. Ese vientre natural no pertenece a la naturaleza que va a engendrar. Es diferente a esa naturaleza humana.

En ese vientre animal no se da una evolución natural: no hay un cambio de naturaleza, sino que Dios hizo que ese vientre animal llegara a aquella disposición natural que exige engendrar dos gametos que no pertenecen a la naturaleza del animal. Ese llegar a esa disposición es una acción divina fuera de las leyes ordinarias de la naturaleza en ese animal. Esa acción divina no cambia la esencia de ese animal, sino que lo dispone para engendrar un hombre en su vientre, una naturaleza distinta a ella.

El cuerpo del animal no se transforma en humano, porque Dios es fiel a su obra. Un animal es siempre animal. Un animal engendra naturalmente otro animal. Pero, un animal tiene capacidad de engendrar otra cosa, ya sea por cruce de especies, ya sea por una acción especial de Dios.

El animal, ni con sus solas fuerzas naturales ni con una acción extraordinaria de Dios, no evolucionó el cuerpo de Adán. Sólo actuó como incubadora, desde la concepción, en el período embrionario, hasta el parto. Todo ese proceso sólo se pudo dar bajo la acción o influjo especial de Dios. Sin ese concurso extraordinario de Dios, entonces hubiera salido otra cosa. Dios modela el polvo en el vientre de ese animal, que es de la tierra.

Ese influjo especial de Dios no evoluciona el cuerpo del animal, sino que obra en el vientre del animal hasta que lo concebido llegue a su término.

El animal es sólo la causa instrumental en la creación del hombre por Dios. Pero es un instrumento que no pone sus genes, sino sólo su vientre. Dios es la causa principal: Dios lo hace todo en ese vientre terreno. Y, por eso, la obra es divina: el hombre es divino, nace con la participación de la naturaleza divina. Nace en la elevación de la naturaleza humana a la gracia.

Adán no es de la substancia de la especie animal, porque el animal no realiza la generación natural de la naturaleza humana. No es el que engendra al hombre. Es Dios quien modela al hombre en el animal. Es Dios quien pone en obra la unión de los dos gametos en el vientre de ese animal. Por lo tanto, Adán no es de la misma naturaleza del animal. Es semejante a la naturaleza del esperma y del óvulo: una semejanza humana. Y, además,  esa naturaleza creada es a imagen y semejanza de Dios: tiene una semejanza divina.

Es Dios quien en una acción instantánea, dispone el vientre del animal, crea los gametos, los une, infunde el alma en ese cuerpo engendrado, eleva lo concebido a la gracia, y lleva todo eso a su término en la naturaleza.

Pío XII en la Humani generis, n.29, enseña:

Por todas estas razones, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios—. Mas todo ello ha de hacerse de manera que las razones de una y otra opinión —es decir la defensora y la contraria al evolucionismo— sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente; y con tal que todos se muestren dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe. Pero algunos traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los datos e indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados; y ello, como si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija la máxima moderación y cautela en esta materia ».

Para poder comprender cómo Dios ha creado al hombre sólo hay que saber leer la Palabra de Dios. La inteligencia humana, por el pecado original, busca muchos caminos extraños para poder resolver algo tan sencillo. Y el motivo es sólo uno: la falta de fe. La falta de aceptación, de asentimiento a la Palabra que Dios ha revelado. El hombre no asiente con su mente esa verdad revelada y lee, pero no entiende lo que lee, no penetra en esa lectura.

¡No existe el evolucionismo! El hombre ha sido siempre hombre, desde su origen; es decir, desde el momento en que fue plasmado, en que fue modelado.

El plasma humano que Dios creó es único, imposible de imitar porque no viene del cruce con un animal, no viene de una mezcla de substancias, ni de una evolución de esas substancias.

Dios, desde el comienzo, lo ha hecho todo: no ha dejado la Creación a medias, en un evolucionismo que no tiene fin. Cada cosa creada tuvo su origen sólo en Dios. Y, por eso, cada cosa creada se reprodujo cuando Dios dio esa orden.

Dios no dio una orden a algo creado por Él para reproducir al hombre. Sino que lo creó todo Él, sin mezclar su obra en el hombre con ninguna especie animal.

Dios ha creado el mundo vegetal, el mundo animal, la criatura humana. ¿Por qué el hombre quiere colocarse en el mundo animal si es una criatura humana?

Sólo hay una respuesta: porque el hombre no cree en Su Creador. Y se complica la vida, y la quiere vivir a su manera humana.

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7 comentarios

  1. Muchas gracias por su respuesta, que le da claridad a esa duda que planteé. Es muy interesante esta revelación, que no obstante ya había leído en otros escritos algo similares aunque provenientes de estudios mas o menos concienzudos por otras personas, como por ejemplo en las páginas: http:// donaldmarshallrevolution.com/ y http://www.sherryshriner.com/spanish/. Dichas páginas las he leído mas por curiosidad que por credibilidad, ya que hay algo de verdad, y algo de ciencia ficción, no lo sé exactamente, aunque si se que quien las quiera leer, lo haga con mucho cuidado, teniendo la cabeza bien amueblada y una fe católica a prueba de bomba. Lo curioso es que hablan de que existió una manipulación genética cuando se cometió el pecado original, y la intervención de los ángeles caídos, creando una raza paralela híbrida: la raza de Caín, la raza maldita y por tanto no raza de los hijos de Dios. Esto lo expongo aquí simplemente como simple curiosidad.
    Un saludo en Cristo.
    Jesús María Nadal

    • josephmaryam dice:

      Ellos tienen alguna verdad, pero con errores.
      La manipulación genética es después del pecado original y distinta de él.
      En el pecado original se engendra una raza híbrida, los hijos de los hombres, que pueden ser redimidos.
      En la manipulación genética se crea una raza maldita, la cual no pertenece a la naturaleza humana, aunque exteriormente se parecen a los hombres. Esta raza maldita subsiste hoy día en todo lo que se obra en los tubos de ensayos con los gametos masculino y femenino de los hombres. No pueden ser redimidos. Esta raza maldita no es raza híbrida porque son seres sin alma. La raza híbrida son seres con alma, es decir, hombres.

  2. Pedro Peñas dice:

    No quiero molestar, pero creo que lo que me pasó a mí puede ayudar. Yo he sido y sigo siendo una persona que se guía por el razonamiento científico. No obstante estaba leyendo Mística Ciudad de Dios porque me atraía ese lenguaje y esa vida mística.

    Pongo un extracto que puede ayudar a entender este tipo de situaciones: Lo podría explicar yo,,, pero lo estropearía.. ¡¡¡ es precioso este texto¡¡¡

    Empieza el texto cuando Jesús se dispone a lavarle los pies a los apóstoles:

    Llegó a la cabeza de los Apóstoles, San Pedro,para lavarle; y cuando el fervoroso Apóstol vio postrado a sus pies al mismo Señor que había conocido y confesado por Hijo de Dios vivo y renovando en su interior esta fe con la nueva luz que le ilustraba y conociendo con
    humildad profunda su propia bajeza, turbado y admirado dijo: ¿Tú, Señor, me lavas a mí los pies? Respondió Cristo nuestro bien, con incomparable mansedumbre: Tú ignoras ahora lo que yo hago, pero después lo entenderás (Jn 13, 6-7).

    Que fue decirle: obedece ahora primero a mi dictamen y voluntad y no antepongas el tuyo propio, con que perviertes el orden de las virtudes y
    las divides. Primero has de cautivar tu entendimiento y creer que conviene lo que yo hago, y después de haber creído y obedecido entenderás los misterios ocultos de mis obras, a cuya inteligencia has de entrar por la puerta de la obediencia, y sin ésta, no puede ser verdaderamente humilde sino presuntuosa. Ni tampoco tu humildad se puede anteponer a la mía; yo me humillé hasta la muerte (Flp 2, 8) y para humillarme tanto padecí,
    y tú, que eres mi discípulo, no sigues mi doctrina y con color de humillarte eres inobediente y pervirtiendo el orden te privas de la humildad y de la obediencia, siguiendo la presunción de tu propio juicio. 1170.

    No entendió San Pedro esta doctrina, encerrada en la primera respuesta de su Señor y Maestro, porque aunque estaba en su escuela no había llegado a experimentar los divinos efectos de su lavatorio y contacto, y embarazado con el indiscreto afecto de su humildad replicó al Señor y le dijo: Jamás consentiré, Señor, que Tú me laves los pies.

    Respondióle con más severidad el autor de la vida: Si yo no te lavare, no tendrás parte conmigo (Jn 13, 8). Con esta respuesta y amenaza dejó el Señor canonizada la seguridad de la obediencia, porque, al juicio de los hombres, alguna disculpa parece que tenía San Pedro en resistir a una
    obra tan inaudita y que la capacidad humana la tuviera por muy desigual, como consentir un hombre terreno y pecador que a sus pies estuviera postrado el mismo Dios, a quien estaba conociendo y adorando.

    Pero no se le admitió esta disculpa, porque su divino Maestro no podía errar en lo que hacía; y cuando no se conoce con evidencia este engaño en el que manda, ha de ser la obediencia ciega y sin buscar otra razón para resistir a ella. Y en este misterio quería nuestro Salvador soldar la
    inobediencia (Rom 5, 19) de nuestros primeros padres Adán y Eva, por donde había entrado el pecado en el mundo, y por la semejanza y participación que con ella tenía la inobediencia de San Pedro, le amenazó Cristo Señor nuestro con el amago de otro semejante castigo, diciendo que si no obedecía no tendría parte en él, que fue excluirle de sus merecimientos y fruto de la redención, por la cual somos capaces y dignos de su
    amistad y participación de la gloria.

    También le amenazó con negarle la participación de su cuerpo y sangre, que luego había de sacramentar en las especies de pan y vino, donde, aunque se quería dar el Señor no por partes sino por entero y deseaba ardentísimamente comunicarse por este misterioso modo, con todo eso la
    inobediencia pudiera privar al Apóstol de este amoroso beneficio si en ella perseverase.

    Pero con la amenaza de Cristo nuestro bien quedó San Pedro tan castigado y enseñado, que con excelente rendimiento respondió luego: Señor, no sólo doy los pies, sino las manos y la cabeza (Jn 13, 9), para que todo me lavéis. Que fue decir: Ofrezco mis pies para correr a la obediencia y mis manos para ejercitarla y mi cabeza para no seguir mi propio juicio contra ella.

    Admitió el Señor este rendimiento de San Pedro y le dijo: Vosotros estáis limpios, aunque no todos —porque estaba entre ellos el inmundísimo Judas Iscariotes— y el que está limpio no tiene que lavarse más de los pies (Jn 13, 10). Esto dijo Cristo Señor nuestro, porque los discípulos,
    fuera de Judas Iscariotes, estaban justificados y limpios de pecado con su doctrina y sólo necesitaban lavar las imperfecciones y culpas leves o veniales para llegar a la comunión con mayor decencia y disposición, como se requiere para recibir sus divinos efectos y conseguir más
    abundante gracia y con mayor plenitud y eficacia, que para esto impiden mucho los pecados veniales, distracciones y tibieza en recibirla. Con esto se lavó San Pedro y obedecieron los demás llenos de asombro y lágrimas, porque todos iban recibiendo con este lavatorio nueva luz y dones de la gracia.

    • Maria de los Angeles dice:

      Gracias por este extracto…es perfectísimo para saber cuál debe ser nuestra actitud, fente a estas revelaciones tan asombrosas. Dios te bendiga.

  3. Maria de los Angeles dice:

    Padre, la primera vez que leí esta revelación, me resultó incomprensible. Pero es como dice usted: Uno en su “creer tener el conocimiento” le resulta imposible aceptar ésto. Yo le oré al Espíritu Santo pidiendo discernimiento, porque yo no quería ofender a Dios creyendo algo que no provenía de Él. Las revelaciones dadas a Conchiglia las encontré hace un tiempo atrás. Luego encontré su sitio, padre, y ya no tengo dudas de que todo es cierto. Gracias por extender la explicación y tratar de ponerlo a nuestro nivel para poder entender mejor toda esta revelación.

  4. Aceptando la hipótesis de que Adán fue el producto de la fusión de los dos gametos, masculino y femenino, desarrollándose por tanto dentro de un vientre animal, y conservando entonces el ADN divino, es decir creado por Dios, tanto femenino como masculino, ¿como es posible entonces que para ese desarrollo del embrión adámico, no tuviera ninguna traza de ADN del animal que sirvió de receptáculo o de “incubadora” durante ese tiempo de desarrollo prenatal, cuando todos sabemos por biología humana que el embrión necesita del aporte sanguíneo del cuerpo de la madre? ¿Y esa sangre materna –que es animal– no se mezclara con la del embrión humano? Imposible aceptarlo.
    Ya me dirá Ud. la respuesta

    • josephmaryam dice:

      En el orden divino, es decir, sin el pecado original ni la sangre ni la alimentación de la madre alteran sustancialmente el adn del hijo.

      En el estado de pecado original, el adn se altera por la manipulación genética, no directamente por la sangre o alimentación de la madre. Es decir, el cambio del adn del hijo es alterado por la alimentación o por la sangre a causa de esa manipulación. Ya que no es lo que come o lo que entra externamente en un hombre lo que mancha al hombre, lo que cambia su adn, sino lo que hay dentro del hombre, que es su adn alterado, sujeto a cambios.

      Por lo tanto, cuando Dios crea al primer hombre, Adam, en Eva, que es animal prehumano, pone ese ser concebido en el vientre de ese animal prehumano como lugar para que sea alimentado naturalmente durante el tiempo necesario.

      Esa sangre, que el primer hombre recibe en el vientre de ese animal, sangre de un animal, con un adn distinto al adn humano, no altera sustancialmente el adn humano, porque tanto ese animal-prehumano como el primer hombre son perfectos en su adn, sin manipulación genética, es decir, no están sujetos a ningún cambio sustancial. Lo que es perfecto en su naturaleza cumple en todo ese orden. La sangre de ese animal cumple su misión, que es la de alimentar al hijo que tiene en su vientre. Y no hace nada más, porque no está dañado, es perfecto. Se da al otro sin dañar al otro. Con el pecado original, esta perfección creada ha sido alterada y, por eso, el daño de un hijo puede venir directamente de la madre en su gestación.

      Tenga en cuenta que el adn viene directamente de la fusión del gameto masculino y femenino, no de la sangre o de la alimentación de la madre. El adn se concibe perfecto en la unión del gameto masculino y del gameto femenino, realizado por Dios, en el vientre de ese animal. Ese adn perfecto humano recibe, mediante la sangre del animal, el adn de ese animal. Y ese adn animal, transmitido por la alimentación, no cambia sustancialmente el adn humano, porque es perfecto, no está dañado.

      En el orden del pecado original, que es en el que vivimos, la madre puede afectar el adn del hijo por el daño que ya tiene el adn humano en sí mismo por la manipulación genética. Ni el adn de la madre ni el adn del hijo son perfectos, es decir, ambos están sometidos tanto a la imperfección como a su destrucción. Por eso, el Anticristo, en su marca, podrá romper el adn humano y transformar al hombre en un ser que ya no tiene la esencia del hombre. En el principio, no era así: ambos obraban la perfección que tenían sin afectar al otro aunque se comunicaran externamente.

      Pero en el orden original de Dios, cuando Dios creó todas las cosas perfectas en su ser, no es posible este cambio de adn por lo que se come. Sólo es posible via generación, que fue el pecado del primer hombre, en el cual Adam concibió un hijo, el cual ya no poseía el adn humano completo, sino que era una mezcla de humano y de animal. Ese adn venía directamente de los genes del animal-prehumana, es decir, de la esencia de ese animal-prehumano.

      Debe recordar que el hombre se define por su sexo, por sus genes, no por lo que come o deja de comer, lo que piensa o deja de pensar. La sexualidad humana define a la persona humana. Por lo tanto, la esencia de hombre, su adn, viene directamente de sus genes, via generación. Ese adn humano no se pierde, en su esencia, aunque se mezcle con un adn animal-prehumano. Sigue estando el hombre ahí, su esencia, pero con la mezcla del adn animal prehumano. Esa mezcla está en su cuerpo, no en su alma ni en su espíritu. Esto hay que tenerlo muy en cuenta. En el pecado original, lo que se ve afectado es el cuerpo, no el alma del hombre ni su espíritu. Adam concibe un hijo con un cuerpo que no posee el adn humano perfecto. Si embargo, ese hijo tiene un alma humana. No tiene un alma animal. Es un hombre, pero en un cuerpo que no pertenece totalmente a la esencia del hombre, ya que recibe en él mismo otra esencia, tiene una mezcla de esencias. Esta mezcla de adns en su cuerpo no afecta al ser del hombre, es decir, el alma humana puede encarnarse en ese cuerpo mezclado por adns. Esa mezcla de adn no diluye el adn humano, pero lo dificulta para que obre en el orden perfecto. Caín era hombre, pertenecía al la esencia humana porque tenía un alma humana, aunque su cuerpo tenía una mezcla de adns. Hay que saber en qué consiste el pecado original para entender este punto.

      Con el pecado original, lo que come un hijo en el vientre de su madre, afecta el adn del cuerpo del hijo. Y lo puede afectar sustancialmente. Pero ese hijo sigue siendo hombre en su alma y en su espíritu, aunque su cuerpo se vea dañado por la manipulación genética del adn, que es la consecuencia del pecado original.

      Todo esto es cuestión de fe, de creer, de aceptar la Palabra de Dios que Dios da por Revelación. Para esto hay que poner la mente en el suelo. Y esto es lo que cuesta obrar al hombre. Siga buscando la verdad, pero deje su soberbia a un lado, para comprender que las cosas de Dios tienen sentido en un mundo sin pecado. Cuando entra el pecado en lo que Dios ha creado, a la mente del hombre se le dificulta entender la obra original de Dios. Pero, para conseguir esto, es necesario que el hombre se deje guiar por la Mente del Espíritu, cosa que muchos hombres no quieren aceptar por su pecado de soberbia.

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