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Génesis 2, 18.21-24

Génesis 2, 18.21-24: lectura bíblica

01

«… del hombre fue tomada (laqach) ella» (Gn 2, 23).

La mujer ha sido tomada, arrebatada del hombre.

«Pídeme lo que quieras que haga por ti antes que sea arrebatado (laqach) de ti» (2 Re 2, 9).

El profeta Elías fue apartado de Eliseo en un éxtasis. Así la mujer, en el éxtasis del hombre.

«Hizo… Yavé Dios caer sobre el hombre un profundo sopor (tardemah)» (Gn 2, 21).

La vox hebrea tardemah señala un sueño profundo producido por un espíritu, no de la naturaleza. No es un sueño natural, sino impuesto por un espíritu:

«… porque derrama Yavé sobre vosotros un espíritu de letargo (tardemah) y cierran vuestros ojos los profetas, y velan vuestras cabezas los videntes…» (Is 29, 10).

En ese letargo, el alma se encuentra en la presencia del espíritu profético (= cierran vuestros ojos los profetas) y ve visiones espirituales (= velan vuestras cabezas los videntes).

Dios pone a Adán en un enajenamiento místico y sobrenatural, que no le impide conocer ni obrar con su cuerpo.

Y lo pone porque quiere arrebatar del hombre el espíritu de la mujer.

«… tomó una de sus costillas (tsela), cerrando en su lugar con carne» (Gn 2, 21).

Dios ha creado al hombre y ha puesto en él el modelo de la naturaleza humana: Dios quiere hijos de Dios, una humanidad con una vida divina en su ser. El varón es el primer hombre. Y del varón nace la mujer.

Hay que comprender cómo Dios crea todas las criaturas.

El espíritu de toda la creación es aquello que dice el Catecismo: “Hacer de la nada todas las cosas”.

Crear no es modificar seres, o dar un impulso inicial para que todo vaya surgiendo en una adecuada evolución, o guiar a los seres creados en su evolución.

Crear es hacerlo todo perfecto, en su máxima perfección, y según la naturaleza que se va a crear. Dios lo crea todo en su imagen y semejanza natural. Dios no crea monstruos.

Dios crea el gameto masculino:

«Hiervan de animales las aguas, y vuelen sobre la tierra aves bajo el firmamento de los cielos» (Gn 1, 20).

La orden divina, hiervan, significa la creación del primer elemento de la especie, del macho.

Dios crea el principio de la vida, que es siempre el macho de la especie.

Después, con la participación del macho, en un vientre adecuado, crea el gameto femenino, y sale la hembra de la especie, surge la especie:

«Y creó Dios los grandes monstruos del agua y todos los animales que bullen en ella, según su especie» (Gn 1, 21).

Dios, en todo lo que crea, sigue un orden natural. Va creando las diferentes especies, elige los vientres adecuados para formar otra especie diferente, y así todo queda perfecto, según un orden natural y divino.

Con la naturaleza humana es lo mismo.

Para crear al varón, elige un vientre animal adecuado, que no es ni animal ni hombre. Es un vientre en donde se puede engendrar una naturaleza humana. Y, por lo tanto, es un vientre que puede mezclarse tanto con los animales como con los hombres.

Y, una vez que ha creado al varón, con el concurso de éste, es decir, en un acto sexual, en una relación sexual del varón con una hembra animal, crea el gameto femenino, y sale la mujer.

La mujer es hija del varón. Y esto por creación divina. Porque Dios ha creado todas las especies animales de esta manera. Por eso, la Creación es una obra exclusivamente divina. No hay nada dejado al azar. Dios interviene en todas las cosas. Y, por eso, no puede existir ningún evolucionismo.

«De la costilla… formó… a la mujer» (Gn 2, 22).

¿Qué es esta costilla (tsela) que posee Adán y que Dios se la quita?

No es un hueso del hombre:

«… una segunda bestia, semejante a un oso, tenía en su boca entre los dientes tres costillas (ala)….» (Dn 7, 5). La Vulgata traduce: “tres órdenes de dientes”.

Muchos han pensado que Dios durmió a Adán para hacerle una cirugía y así extraerle un hueso. Dios no va a crear a la mujer de un hueso de Adán. Eso es un procedimiento extraño en la obra de la creación.

Para que la mujer fuera de la misma sustancia que el hombre no hay que buscar un hueso, sino el esperma del hombre.

En el esperma del hombre está la imagen y semejanza de la mujer en la naturaleza humana. El esperma humano es el principio de la vida humana. La mujer tiene que venir de este principio si quiere ser semejante al hombre en su naturaleza.

Dios no crea una mujer diferente al hombre. Dios no se repite en su obra. ¿Para qué Dios quiere utilizar un hueso del hombre para crear lo que ya ha creado con el varón, a través del polvo? No tiene sentido. Ya ha creado al varón del polvo. No va a crear a la mujer de un hueso.

Dios usa al varón para crear a la mujer. Y lo usa en su sexo, con el poder que tiene el sexo del varón, con la virilidad propia del varón.

El hebreo tsela se usa para envolver, envasar, encerrar algo.

Así el Arca estaba encerrada por costillas, envuelta por lados. Son los lados del tabernáculo.

«…y los pasarás por los anillos de los lados (tsela) del arca para que puedan llevarse…» (Ex 25, 14).

No se emplea tsela para referirse sólo a un lado, sino a todos los lados o a un par de lados. Y los pasarás por los anillos de los lados que envuelven, que rodean al arca.

El Templo estaba encerrado en lados, en costillas:

«… haciendo cámaras (tsela) laterales todo en derredor» (1 Re 6, 5).

La costilla de Adán es algo que encierra el modelo de la naturaleza humana. Era una cámara que guardaba lo más sagrado en el hombre.

Dios le quita esta costilla a Adán y construye la mujer con ella.

Esta costilla es algo espiritual en Adán; no es un hueso, un trozo de carne.

Dios quita la costilla y cierra ese lugar con carne. Dios, al desprender a Adán de un ser espiritual, lo deja en la carne, en un ser carnal, en una obra carnal. Todo ese lugar, en donde se escondía el ser espiritual, queda en la carne, sin lo espiritual.

Ese lugar tenía la costilla que hacía que Adán obrara espiritualmente. Ese lugar sin la costilla, deja a Adán en la carne, envuelto en la carne, cosido a la carne. Adán sólo puede obrar carnalmente, movido por la carne, no por el Espíritu. Ese lugar es el miembro viril.

Adán no sólo tenía la gracia en su alma sino el espíritu en su sexo. Su sexo era movido por un espíritu. Adán, cuando fue creado no era carnal en la relación sexual, sino espiritual. Cuando pecó, no sólo su sexo se convirtió en pura lujuria, sino que su vida fue para esa lujuria carnal.

Si Dios ha usado al varón para crear a la mujer, ha usado su sexo espiritualmente. El sexo del varón se ha movido por el Espíritu para buscar la hembra que Dios quería, para entrar en ella, para realizar en ella el acto sexual y engendrar –en esa hembra- el hijo que Dios quería.

El sexo del varón estaba encerrado, envuelto, por ese espíritu; ese espíritu que le llevaba al amor sexual, con el cual Adán no podía pecar. El amor sexual es un amor espiritual; no es sólo un amor carnal. Es el amor en la carne, pero guiado por un espíritu. Es la unión con otra carne distinta (con sexo diferente), pero guiada por un espíritu.

Dios, en el acto sexual del varón con la hembra, le arranca el espíritu, la costilla, y el sexo del varón, su miembro viril, se queda en la carne, sin capacidad de ser movido por el espíritu. El sexo del varón queda sólo para buscar el placer sexual, pero no el amor sexual. El hombre es carne, placer, en su sexo. No sabe amar, sólo sabe buscar el placer, moverse en el placer, llegar al placer.

Este amor sexual, este espíritu del amor entre un hombre y una mujer, es lo que posee toda mujer. El sexo de la mujer está encerrado en un espíritu, envuelta en él, como lo estaba el sexo del varón cuando Dios lo creó.

Por eso, la mujer es siempre más espiritual que el hombre. En toda relación sexual, el hombre sólo sabe comportarse buscando el placer en la mujer; sin embargo, la mujer quiere algo más que placer, entiende el sexo como amor.

La mujer ha sido creada con este espíritu del amor sexual, que es el espíritu del amor matrimonial.

En el Sacramento del matrimonio, los esposos no sólo tienen la gracia del Sacramento, sino el espíritu que los une en una sola carne. Este espíritu lo da la mujer. Y la mujer tiene que ser espiritual para saber discernir este espíritu en ella misma. Con el pecado original, la mujer ha perdido este sentido espiritual de su sexo, de su feminidad, que es algo espiritual, no sólo carnal o humano.

Una vez creada la mujer y presentada al varón, éste exclama:

«… ésta… es hueso de mis huesos y carne de mi carne…» (Gn 2, 23).

Adán ha encontrado en la mujer lo que él tenía en su sexo. Encuentra en ella el amor sexual, es decir, el amor matrimonial. Amor que une a un hombre y a una mujer, los hace uno en la carne, en el alma y en el espíritu.

El pecado original no anula la obra creadora de Dios en la mujer. Toda mujer está encerrada por el espíritu en su sexo, para que sea camino para el placer del hombre. Sea un camino espiritual. Pocas mujeres saben usar este espíritu en sus matrimonios. No saben ser espirituales, sino que son como el hombre, carnales.

Adán, al perder el espíritu en su sexo, todavía tenía la gracia en su alma, que le movía para unirse a su mujer. Y conocía que en ella estaba lo que Dios le había quitado en el sexo. Adán se tenía que unir a su mujer para que ella lo uniera en el amor sexual, para ser una sola cosa en el amor sexual, una sola cosa en la carne.

El Espíritu es siempre unión. El espíritu en el sexo de la mujer une dos sexos para una obra espiritual. El hombre entra como carne en la mujer, y ésta lo une en el espíritu, es decir, lo hace caminar según el espíritu que tiene, no según la carne.

Por eso, el matrimonio es una unión irrompible, para siempre. Es una unión espiritual. Porque, los dos sexos están unidos por el espíritu, para una obra divina. Y, por eso, toda relación sexual es para una obra espiritual, para un amor espiritual, no es sólo para un placer sexual. El sexo es espíritu, no es sólo carne.

Dios realiza en Adán una circuncisión espiritual de su corazón. Al igual que Abraham y toda su descendencia circuncidan su carne para señalar que son hijos de Dios, así también Dios señala a Adán como hijo de Dios.

La circuncisión espiritual de su corazón significa que Adán es elegido por Dios para dar los hijos que Dios quiere vía generación. Es el principio de la vida divina. Su adn es puro. Su genética es pura, sin ninguna hibridación.

Dios le presenta la mujer en la cual tiene que realizar ese ser hijo de Dios. Adán se siente atraído por la mujer por su espíritu, no por su carne.

Por eso…

«Ambos estaban desnudos… sin avergonzarse de ello» (Gn 2, 23).

Adán miraba a su mujer sólo como espíritu, no como carne. Con el pecado original, el hombre siempre mira a una mujer como carne, como objeto sexual, pero no como espíritu. No busca en ella un amor, sino un placer. No quiere una vida de amor con ella, sino que impone a la mujer su vida humana, su vida carnal, sus deseos lujuriosos.

Adán conocía el camino espiritual en el sexo de su mujer. No conocía en ella el camino carnal. Sabía para qué cosa era ese espíritu que encerraba el sexo de su mujer. Sabía para qué era una mujer.

Por eso, el pecado de Adán no es con ignorancia, sino el propio de un soberbio, que sabiendo la verdad elige obrar con su sexo de otra manera.

«E hizo (banah) Dios… a la mujer» (Gn 2, 22).

El verbo banah se emplea para construir:

«Noé construyó (banah) un altar al Señor» (Gn 8, 20). (Véase también: Gn 12, 7; Gn 13, 18; Gn 22, 9; Gn 26, 25; Gn 35, 7; Ex 17, 15…)

«… entró en Asiria y edificó (banah) Nínive» (Gn 10, 11). (Véase también: Gn 33, 17; Jue 1, 26; 1 Re 7, 2…).

Dios construye a la mujer, no sólo la forma de Adán. No sólo la mujer es hija de Adán, porque viene del principio vital en el hombre, de su esperma, sino que es imagen y semejanza de Dios.

Dios hace pasar el espíritu, vía generación, del sexo del hombre al sexo de la mujer.

El hombre engendra una mujer espiritual, una mujer que es imagen y semejanza de Dios. El hombre, no sólo engendra una carne, sino un espíritu. Engendra la encargada por Dios de dar el espíritu al hijo.

Adán, al dar su esperma para unirse al óvulo que Dios ha puesto en ese vientre, da también el espíritu que encerraba su sexo. Y no da sólo una parte de su espíritu, sino todo su espíritu. Adán queda sin el espíritu en su primer acto sexual.

Elías le dio a Eliseo dos partes de su espíritu:

«Que tenga yo dos partes en tu espíritu» (2 Re 2, 9).

Significando, de esta manera, que Eliseo es el que continúa la obra profética de Elías. Elías fue el inicio de esa obra.

Adán da todo el espíritu del matrimonio a su mujer, que es su hija. De esta manera, se significa que la mujer es el inicio de la obra de Dios en el hombre. Ella es la que tiene el espíritu para poder engendrar la humanidad que Dios quiere. No es el hombre el que da el espíritu, sino que es el hombre el que se queda sin ese espíritu, viéndose obligado a buscar la mujer que tiene el espíritu si quiere hacer algo por Dios en su vida.

Toda la astucia del demonio estuvo en esto: Adán, al perder el espíritu en su sexo, se queda desnudo y puede ser tentado con otra hembra. El demonio lo tienta en la carne, en lo carnal, porque su sexo se ha convertido en algo cosido a la carne:

«… cerrando (saw-gar) en su lugar con carne» (Gn 2, 21).

Dios apartó (saw-gar) el sexo del varón del espíritu. Lo aisló (saw-gar) para que sólo pudiera vivir en la carne. El sexo del varón quedó prisionero (saw-gar) en la carne.

«Que sea ella hecha prisionera (saw-gar) fuera del campamento durante siete días» (Num 12, 14).

Dios tiene que construir a la mujer de esta manera: para que dé el espíritu al hijo que engendra del varón.

En el plan de Dios, la mujer era la que daba la gracia y el Espíritu Divino al hijo que engendraba. El hombre sólo ponía la carne, el esperma material. Y así nacía un hijo de Dios: alma, carne y espíritu divino.

Porque todo hombre tiene en su naturaleza humana tres cosas:

«… que se conserve entero vuestro espíritu, vuestra alma y vuestro cuerpo, sin mancha, para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5, 23)

Con el pecado original, la mujer tiene el espíritu, pero no puede dar la gracia. La mujer está hecha para hacer hijos de Dios. No ha sido construida para hacer hijos de los hombres o hijos carnales.

El hijo del hombre es aquel que posee un alma racional, un cuerpo hibridado y un espíritu demoníaco.

Teniendo el espíritu, la mujer no sabe usarlo porque el cuerpo de todo hombre está mezclado, hibridado.

«Viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, las tomaron… por mujeres…» (Gn 6,2).

El Espíritu de Dios se tenía que dar a todo hombre por generación entre un hombre puro en sus genes y una mujer pura en los suyos. Con el pecado original, el hombre recibe ese espíritu por la gracia del Bautismo, no por generación.

Por generación, recibe muchos espíritus que no son de Dios.

Con el pecado original, a la mujer se le impide dar el Espíritu Divino vía generación. Es decir, que la mujer da otros espíritus vía generación, porque ese pecado no anula lo que es una mujer: la que da el espíritu. Ha sido construida para dar el espíritu.

Pero, en un cuerpo hibridado no puede ponerse el Espíritu Divino. Por eso, todo hombre nace endemoniado, con un espíritu del demonio, vía generación. En un alma redimida del pecado, si puede estar el Espíritu Divino.

Adán, sabiendo lo que es su mujer, elige otra hembra y de ella nace un hombre sin espíritu divino en un cuerpo hibridado. Nace poseído por el demonio en ese cuerpo, porque esa hembra no puede dar el espíritu.

Sólo la mujer es capaz de dar el espíritu. Otra hembra sólo da la vida carnal.

La mujer es ish-shah: la que da lo que viene del hombre, ish:

«Ésta se llamará varona (isha), porque ha sido tomada del varón» (Gn 2, 23).

Adán llama a la mujer como ishshah, cambiando su propia identificación lingüística, de adam a ish.

Dios formó a adam del polvo de la tierra. Dios sopló aliento de vida dentro de adam. Adam fue llevado al Paraíso. Adam caminó y habló con Dios en el Paraíso. Dios le dio a adam un primer mandamiento. Dios reconoció que no era bueno que adam estuviera solo. Pero, cuando a adam le fue presentada la mujer, el hombre no dice de adam fue tomada, sino de ish fue tomada.

Adán no dice: ésta es de la naturaleza humana (adam), sino que ésta es de mí (shah), mía (ish-shah), de mí como varón, de mi acto sexual, de mis genes, de mí virilidad, de mi esperma humano, es de los dos.

Varón (ish) y varona (isha) tienen una común identidad. La mujer no significa una persona humana de género femenino, sino una persona que hace un uno con el varón, que hace un matrimonio, una familia, una comunidad.

Adán llama a la mujer como ishshah porque es esencialmente complemento del varón, no sólo en su genética, en su parte sexual, sino también en su alma y en su espíritu.

Ishshah no es un derivado lingüístico de ish. Es simplemente una palabra con la cual Adán nombra a su mujer. Nace del propio Adán al ver a su mujer, al comprobar que su virilidad (ish) necesita la feminidad (ishshah). Él mismo la llama por una palabra que le conecte a ella, a su mujer.

La mujer es la llave, el interruptor para poner el sexo del hombre en movimiento.

Adam no exclama: “Ella será llamada varona porque ha sido tomada de la naturaleza humana”. Esto sería lo correcto en Adán. Pero no dice esto, sino que altera la descripción de sí mismo para acomodarse, para ajustarse a la mujer, a la existencia de su mujer. Adán cambia lo que él es a causa de su mujer. Adam se convierte en ish porque existe una llave, una ayuda adecuada (‘ezer kenegdo), un camino adecuado a su virilidad. Existe una ishshah.

«… no es bueno que el hombre esté solo; vamos a hacerle una ayuda adecuada (‘ezer kenegdo)» (Gn 2, 18).

La función de la mujer es ser ayuda adecuada a la virilidad del varón, ser camino para el sexo del hombre, que se ha convertido sólo en placer sexual, que vive sólo pegado a la carne. Y que, por lo tanto, sin esa ayuda adecuada, el hombre puede entrar en otras hembras que engendren vidas para la carne, pero no vidas para lo espiritual.

A Eva, el hombre la llama como madre de los vivientes. Toma el nombre de ella de la propia naturaleza viva (khav), no de él mismo (ish).

Eva (khav-vaw’) sólo podía ser madre (ame), de los seres vivientes (khah’-ee), pero no ishshah, es decir no tenía la feminidad. No tenía la función de ser camino espiritual al sexo del hombre, sino que sólo tenía la función de engendrar un ser vivo (khan) como todo animal lo hace por su instinto. Eva sólo tenía la maternidad propia de un animal. Eva no es la mujer (ishshah) del hombre, la que da el espíritu en su maternidad.

El hombre ya ha puesto nombre a su mujer: ishshah. Si pone otro nombre a otra mujer, es que esa otra mujer no es su mujer, no es ishshah.

El nombre de la mujer del hombre no es Eva (khan), sino varona (ishshah).

Adán, con Eva, no está nombrando a la persona, sino que está designando la función que esa criatura juega desde ese momento del pecado original. Función propia de un animal: ser madre de los vivientes.

Con su mujer, Adán la nombra poniéndole la vocación a la cual ha sido llamada por Dios: es la misma carne del varón. Es para unirse a ella, no sólo para engendrar de ella.

En la mujer está la unión, porque tiene el espíritu del amor matrimonial. Pero en Eva sólo está la vida animal, porque es una hembra sin espíritu. No es una carne con la cual se produzca la unión espiritual de los que se unen en el sexo. Eva es sólo una carne para la carne, que se mueve sólo en el instinto de la carne.

La mujer es el fin de la creación del hombre, es la omega. Adán era el alfa. Perdió esa prerrogativa por su pecado. Y el papel de la mujer quedó oscurecido, anulado, olvidado.

Ahora, Jesús es el alfa y la omega de toda la humanidad.


5 comentarios

  1. Salomé dice:

    Gracias por responder

  2. Salomé dice:

    Una pregunta basada en la parte siguiente del artículo: “La función de la mujer es ser ayuda adecuada a la virilidad del varón, ser camino para el sexo del hombre, que se ha convertido sólo en placer sexual, que vive sólo pegado a la carne. Y que, por lo tanto, sin esa ayuda adecuada, el hombre puede entrar en otras hembras que engendren vidas para la carne, pero no vidas para lo espiritual.” Antes de que Dios “durmiera” a Adán para sacarle el espíritu que le daría a la mujer en su creación, Adán era ya carnal, movido por su virilidad? Porque yo pensé q se había vuelto dependiente de su carnalidad luego de perder su espíritu. No entendí bien. Gracias

    • josephmaryam dice:

      El primer hombre, el Adam, fue creado con un sexo espiritual: tenía el placer sexual natural, propio del cuerpo, y el espíritu en su sexo. El primer hombre era movido hacia la mujer, no sólo por motivo del placer natural, sino del espíritu. Era el espíritu del amor sexual, el cual se le dio a la mujer, cuando Dios durmió al hombre. Dios arrebató al hombre este espíritu de amor sexual, y el hombre se quedó sólo con el placer sexual, sin comprender el amor sexual.

      El primer hombre comprendía que el sexo era amor, porque tenía el espíritu de amor en su sexo. Cuando Dios arrebata este amor, el hombre sólo comprende que el sexo es placer, pero no amor. Es la mujer la que comprende que el sexo es algo más que un placer. La mujer ve el sexo como un amor, no sólo como un placer.

      El amor sexual estaba al principio en el primer hombre. Dios usó este amor sexual para hacer que el hombre engendrara a la mujer con amor, no sólo con placer. El hombre buscó el hijo movido por este amor sexual. Por eso, el hombre engendró la mujer llena de amor sexual. La mujer que no era objeto sexual del placer del hombre. La mujer ideal para el hombre. Por eso, la mujer es hija del hombre, hija del amor del hombre. No es el fruto del placer sexual, sino del amor sexual en el hombre.

      Cuando el primer hombre pecó, añadió a su sexo la lujuria. Todo hombre, en su sexo, está dividido: placer sexual natural y lujuria carnal. La mujer, por el pecado original, tiene tres cosas en su sexo: amor sexual, placer sexual y lujuria. Si la mujer sabe ser espiritual, entonces sabe ser camino para el placer y la lujuria que hay en el hombre. Porque tiene el amor sexual, que es lo que le falta a todo hombre.

      El primer hombre, antes del pecado, no tenía lujuría: sólo amor sexual y placer sexual.
      El primer hombre, una vez quitado de él el amor sexual, sólo se queda en el placer sexual natural, que no es pecaminoso. El primer hombre vivía el sexo en el placer natural, pero no en la lujuría carnal. Necesitaba el amor sexual de la mujer para que su placer sexual encontrara un sentido. Porque lo natural (el placer) sin lo espiritual (el amor) no tiene sentido para la vida del hombre.

  3. martin dice:

    gracias Padre por tanta ayuda . gloria a Dios uno y trino . y muchas bendiciones Amen

  4. Hijo pródigo dice:

    Sencillamente luminoso. Agua viva para el que tiene sed de Dios. Alabado sea Jesucristo, por los siglos de los siglos, Amén.

Los comentarios están cerrados.

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