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Próxima ordenación de un sacerdote homosexual


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El «Hombre impío» (2 Ts 2, 3) está a punto de surgir de las tinieblas.

Y tiene necesidad de una humanidad impía, de hombres rebeldes que, habiendo nacido para ser luz, «prefieren las tinieblas» (Jn 3, 19) y, estando predestinados para la vida eterna, buscan la muerte, «la llaman con sus obras y palabras» (Sab 1, 19), y la muerte les viene a las manos como recompensa de lo que son sus vidas.

Muerte eterna es lo que merecen muchos en la Iglesia, porque son insensatos, «siervos inútiles, infieles y haraganes» (Mt 25, 26.30), se acomodan a los pensamientos y al estilo de vida del mundo, no luchan por conquistar la verdad, desprecian la verdad que han conocido, viven la vida como si jamás se hubieran de morir, y ya no quieren convertirse de corazón al Señor.

Hombres obstinados en el pecado, que pretenden dirigir una iglesia de pecadores y de gente insensata.

El Cardenal Maradiaga, hereje manifiesto, perteneciente al gobierno horizontal instalado por Bergoglio en el Vaticano, declaró que existe un lobby gay en el Vaticano:

«… llegó hasta a haber un lobby en este sentido. Esto, poco a poco, el Santo Padre trata de irlo purificando, son cosas…» ( El Heraldo)

«… trata de irlo purificando…»: ¿cómo se puede purificar un grupo de Cardenales, Obispos y sacerdotes homosexuales si Bergoglio no es quién para juzgarlos? Si no hay justicia, no hay purificación, no hay expiación, no se resuelve ningún problema.

Este hombre iracundo, que se ufana de tener el poder de Dios y que desprecia la verdad cuando se la dicen a la cara:

« ¡Todo el poder me ha sido dado a mí! ¡Yo soy el que monto el espectáculo aquí. ¿Quiénes se han creído que son esos Cardenales? Yo les quitaré sus sombreros rojos» (Onepeterfive)

Este hombre es incapaz de poner orden, no purifica nada, sino que él mismo ampara una red de silencios y de encubrimientos sobre sus estilos de vida, sus escándalos y enredos.

Bergoglio no corta la mala cizaña, sino que la presenta con otra cara, con un lenguaje apropiado para la masa católica.

Es claro, que tanto Bergoglio como Maradiaga son cómplices de este lobby porque no han hecho nada, en su gobierno, ni para depurarlo ni para purificarlo, sino que – al contrario- lo están aumentando con la manga ancha y concesiones.

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Muchos católicos no han comprendido que si se permiten que un hombre maricón, homosexual, sea ordenado de diácono -y pronto de sacerdote-, rasgarse las vestiduras sobre los escándalos de los curas pederastas es propio de fariseos y de hipócritas.

Jason Welle, SJ, de la compañía de Jesús, fue ordenado diácono el pasado 24 Octubre, por el Obispo Michael C. Barber, también perteneciente a la Compañía.

Este hombre, que ha puesto en su página de twitter la bandera gay, trabaja para el LGTB Católico, haciendo entrevistas con gente que está a favor del sacerdocio homosexual y de las religiosas lesbianas dentro de la Iglesia Católica.

Aquí tienen una entrevista con el disidente homosexual, Arthur Fitzmaurice, en un video publicado por el ministerio jesuita, América Media:

A los pocos meses de su ordenación diaconal escribió un artículo para el Jesuit Post, sitio web plagado de propaganda homosexual, titulado: “El amor gana”.

Welle se regocija de la reciente sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos:

«… el Tribunal Supremo ha dictaminado que el matrimonio debe ser considerado un derecho civil para todas las parejas, sin excepción. Esta semana, miles de parejas en los Estados Unidos no tendrán que soportar una vida de secretismo y de inseguridad jurídica. Esta decisión significa que sus uniones están respaldadas por la ley. Sus familias serán tratadas por igual por los estados, no van a arriesgarse a perder a sus hijos y los bienes porque alguien desaprueba su unión».

Un hombre que sólo le interesa en la vida aquella ley del hombre que es una abominación, que va en contra de la ley natural y divina. Pero que no le importa lo más mínimo la norma de moralidad ni el magisterio auténtico de la Iglesia:

«Sé que seguirá habiendo objeciones por parte de los que creen que las relaciones homosexuales y lesbianas son inmorales o que los matrimonios del mismo sexo no pueden simplemente ser reconocidos como matrimonios apropiados, entre ellos los hermanos católicos y otros estadounidenses de buena voluntad».

Los católicos objetarán, pero yo no objeto, porque no me interesa la doctrina de Cristo ni lo que enseña la Iglesia Católica sobre la homosexualidad. Yo estoy construyendo otra iglesia con mi ídolo Bergoglio.

¿Cómo un hombre así, que abiertamente va en contra de la fe católica, ha sido ordenado de diácono y se dispone a recibir el sacerdocio?

¿Dónde está la purificación del lobby gay vaticano?

En ningún sitio. Todo es obra del lobby gay.

Es un cambio de cara:

«En esas discusiones, es necesario, por ejemplo, reconocer la unión de personas del mismo sexo, porque hay muchas parejas que sufren porque no se reconocen sus derechos civiles; lo que no se puede reconocer es que esa pareja sea un matrimonio.» (Entrevista al Arzobispo Marini – La nación, 20 abril 2013).

Sí a las uniones civiles, no al matrimonio religioso. La noción heterosexual del matrimonio no se debe imponer a las parejas homosexuales. Hay que atender a sus problemas humanos, no hay que predicarles ni el verdadero matrimonio ni la verdadera orientación sexual. Se trata de tolerancia, de aceptar la abominación por parte de la sociedad. Es la sociedad, no ellos, la culpable de no acoger a los homosexuales como diferentes.

Estas parejas sufren el acoso legal. Y hay que buscar una ley acomodada a su situación civil. No interesa la moral, no hay que insistir en la inmoralidad, porque a estos hombres no hay que salvarles el alma, sino que hay que ponerles el camino para que no se arrepientan más.

Esta es la impiedad de la Jerarquía: ya no salvan almas. Ahora, se dedican a ser libertadores de los derechos humanos, civiles, sociales, políticos.

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«Es alentador ver la ola de apoyo a los matrimonios homosexuales. Muestra una sociedad que aspira a una tolerancia abierta de todo tipo de personas, el deseo de que vivamos juntos en la aceptación mutua» (P. Timothy Radcliffe, homosexual dominico, consultor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz).

Para este hombre, hay que olvidar la moral, no hay mandamientos divinos, no existe una ley natural:

«No podemos empezar con la pregunta de si [el matrimonio homosexual] está permitido o prohibido».

Es necesario apelar a una nueva moral:

«Debemos preguntarnos qué significa, y hasta qué punto es eucarístico. Ciertamente, puede ser generosa, vulnerable, tierna, mutua y no violenta. Así que de muchas maneras, pensaría que ésta puede ser expresión de un regalo de Cristo».

Si la homosexualidad es un regalo de Cristo, si está llena de un amor eucarístico, entonces el lobby gay vaticano también es un regalo de Cristo. No hay que ni depurar ni purificar nada.

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Por eso, hay que ordenar otros sacerdotes al estilo Charamasa. Sacerdotes que se dediquen a las uniones civiles, y que vayan preparando el terreno para meter en la Iglesia el matrimonio religioso entre homosexuales.

Es un cambio de cara.

Es lo propio que ha traído el gobierno masónico de Bergoglio: un gobierno político, que hunde sus raíces en las libertades del hombre buscadas sin un fin último, al margen de la Voluntad de Dios, apostatando de toda verdad, incluso la propia de la naturaleza humana.

Con los Sínodos del 2014 y 2015, el lobby gay ha crecido en poder e influencia en toda la Iglesia. El Arzobispo Bruno Forte fue el que insertó los pasajes sobre la homosexualidad a espaldas de los Padres Sinodales. Y lo hizo actuando en nombre del lobby gay. No fueron acciones aisladas, sino bien planeadas por la cúpula del Vaticano.

Es un secreto a voces que la mayoría de los clérigos del Vaticano son homosexuales. Y es esta gente abominable la que ejerce presión para cambiar la doctrina en la Iglesia.

¿Cuándo fue la última vez que se escuchó a un sacerdote hablar de pecados sexuales desde el púlpito? Es la influencia del lobby gay. Desde Roma mandan no predicar sobre ninguna cuestión sexual. Ahora, todo es tolerancia, fraternidad, dialogo. Y, por eso, el lobby gay no sólo existe en Roma, sino en todas las diócesis del mundo. Basta con contemplar la Conferencia Episcopal Alemana después del Sínodo.

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Los Obispos alemanes están promoviendo la homosexualidad activa, sin reservas, para que sea el puente que conduzca a la participación de los homosexuales en todos los sacramentos de la Iglesia.

Están erigiendo la estatua del ídolo de la ideología del género, socavando el magisterio católico.

«Sal de ella, pueblo mío, para que no os contaminéis con sus pecados y para que no os alcance parte de sus plagas; porque sus pecados se amontonaron hasta llegar al cielo» (Ap 18, 4-5).

Bergoglio tiene la misión de poner el camino para llegar al pecado perfecto dentro de la Iglesia: ese pecado que condena al alma en vida, sin posibilidad de arrepentimiento.

Muchos católicos se preguntan: ¿Hasta dónde va a llegar este hombre? Hasta el pecado perfecto. Hasta poner la Iglesia en manos del Anticristo.

Si Bergoglio ha llegado a blasfemar contra el Espíritu Santo, sus obras en la Iglesia son propias de este pecado: él condena almas en todo lo que hace. Él cierra el camino de salvación. Y lo cierra totalmente. Por eso, este hombre no puede salvarse si no deja lo que está haciendo y se retira a un monasterio para expiar sus pecados. No lo va a hacer. Él busca la muerte eterna del alma.

«Los impíos, con las obras y las palabras, llaman a la muerte; teniéndola por amiga, se desviven por ella; y con ella conciertan un pacto, pues bien merecen que la muerte les tenga por suyos» (Sab 1, 16).

Bien merece que Bergoglio se condene. Es lo que vive actualmente: su condenación en vida. ¡Ojalá se muera pronto y se condene!

Esto es lo que no comprenden muchos católicos que siguen teniendo a este hombre como su papa. Y esto es también obra de Bergoglio.

Si Bergoglio obra como un impío, el pueblo se hace idólatra, ya no comprende la verdad porque sigue a un ciego que se ceba siempre en sus propios pecados. Muchos católicos ya comienzan a reírse de las palabras conversión y arrepentimiento, porque tienen un ejemplo a seguir en ese hombre. Y esas risas están preñadas de soberbia y de altivez. Y darán un fruto: la persecución y la muerte de todos aquellos que confiesan la fe en Jesucristo.

Los hijos fieles siempre han sido perseguidos y ajusticiados, pero los que sembraron iniquidad cosecharon desgracias, y atrajeron sobre sí el castigo de sus muchos pecados. Los hechos de Sodoma y Gomorra son un testigo fiel, no sólo de la estulticia humana, sino de la justicia divina. Porque tan grande es el Señor en Su Misericordia como en Su Justicia.

Hay que salir de Roma; hay que salir de las parroquias. Están todas a una, unidas en la impiedad.

Comulgar con las ideas de Bergoglio, tenerlo como papa, es contaminarse con los pecados que ese hombre irradia cada día, y tener una espada de justicia colgando sobre la cabeza.

Quien reniega de Cristo, él sólo se juzga; quien desprecia su doctrina, es un réprobo; pero quien peca contra el Espíritu Santo, es reo de condenación eterna; no precisa, por tanto, ser juzgado, porque juicio y sentencia condenatoria penden de su cabeza.

El pecado debe ser eliminado de la vida, porque sólo «los limpios de corazón verán a Dios». Los que viven en sus pecados no pueden descubrir el reino de Dios que está en las profundidades del alma, porque Dios sólo está en aquellos que lo aman y en los que lo reciben sacramentalmente en su corazón.

Dios no está en aquellos que hacen de su vida una obra del pecado, ni en aquellos que no disciernen lo que comulgan.

Dios no está en una Iglesia que no sabe discernir al homosexual, que no elimina el pecado, sino que se hunde, cada día con más fuerza, en él.

No se puede obedecer a una Jerarquía que ama la abominación de la homosexualidad, que alardean de justos, y por doquier derraman injusticias; se creen libres, y son esclavos de los más bajos instintos; defienden los derechos humanos, y privan a los más débiles del derecho más elemental, que es la vida; enarbolan la bandera de la paz y hablan palabras sentidas de amor, de misericordia, ante los hombres, pero mienten, porque profanan el amor.

Cristo es profanado en toda la Jerarquía que comulga y obedece a Bergoglio.

La Iglesia es socavada por todos aquellos que prefieren las obras de los hombres a las del Espíritu.

Un cadáver en la Sede de Pedro


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«Si no hacemos de la verdad un punto importante en la proclamación de nuestra fe, y si esta verdad ya no es esencial para la salvación del hombre, entonces las misiones pierden su significado. En efecto, se elaboró la conclusión, y lo sigue siendo hoy, que en el futuro, sólo debemos buscar que los cristianos sean buenos cristianos, los musulmanes buenos musulmanes, los hindúes buenos hindúes, y así sucesivamente. Y si llegamos a estos resultados, ¿cómo sabemos cuándo alguien es un “buen” cristiano, o “buen” musulmán? La idea de que todas las religiones son – o pretenden serlo – sólo símbolos de lo que finalmente es incomprensible, está ganando terreno rápidamente en la teología, y ya ha penetrado la práctica litúrgica. Cuando las cosas llegan a este punto, la fe es dejada a un lado, porque la fe realmente consiste en creer la verdad por cuanto es conocida» (El Concilio y la dignidad de lo sagrado – Joseph Raztinger, 13 julio 1988).

La fe consiste en la creencia de la verdad por cuanto es conocida por la mente humana.

Dios habla y enseña una verdad al hombre. El hombre la conoce con su mente. Pero el hombre que no cree la verdad que Dios le revela, que no acepta esa verdad, no tiene fe. Sólo se queda en sus pensamientos o sentimientos humanos. Sólo está en la experiencia subjetiva de su vida. Sólo vive dentro de sí, pero no quiere conocer la verdad, no quiere salir de su razón y aceptar, someterse a la verdad que Dios le enseña, no quiere obedecer a Dios cuando le habla.

Así viven muchos hombres en el mundo y dentro de la Iglesia Católica.

Viven para ver al budista, al judío, al musulmán, al hereje, al cismático, como una “buena” persona: buenos hombres, justos en lo que hacen, en lo que viven, hijos de Dios porque -de alguna manera- creen en Dios.

Así ven muchos católicos “buenistas” a Jorge Mario Bergoglio: una buena persona. No importa que diga herejías; no importa que no confirme en la verdad de la fe católica. Es un buen hombre. Lo único que desea es que todos vivamos en paz y seamos hermanos entre sí, que no nos matemos unos a otros.

Muchos, ante el video de Bergoglio, dicen cosas como ésta: gracias por aclarar a todo el mundo que si Dios existe es uno solo y es para todos, no para unos sí y otros no. Y si Dios es uno, entonces todos los que creen en Dios, e incluso los que no creen, son hijos de Dios.

Así está el patio de la Iglesia: los comentarios de muchos pseudo-católicos dan auténtica nauseas. Si uno va recorriendo los distintos sitios webs católicos se va haciendo cada vez más evidente quiénes van apoyando la herejía y la blasfemia de Jorge Mario Bergoglio y se van convirtiendo, así, en la cizaña que debe ser quemada, destruida: aciprensa, rome reports, religión digital, aleteia, vox fides, el observador de la actualidad, catholic-link… Algunos de esos sitios ya rayan en el paroxismo del lameculismo papal.

A la gran apostasía que estamos viviendo no se llega de otro modo que con el estropicio y el daño que hace este tipo de videos. La gente capta la idea a través de la imagen, del sentimiento que genera poner a Cristo a la misma altura de un ídolo de buda, de un candelabro de siete brazos, de unas cuentas de madera musulmana.

Esta imagen es una blasfemia, compartida y aceptada por muchos que se llaman católicos. Todo el que promueva los escritos, las homilías, los videos, las obras de Jorge Mario Bergoglio se hace parte de la gran apostasía, pierde la fe católica y construye, junto a la falsa Jerarquía, la nueva iglesia ecuménica.

Cuando la fe se concibe como un símbolo, pero no como algo objetivo, no como una certeza, una verdad, entonces los hombres ya no van en busca de la religión verdadera, sino que se quedan en su propia religión, en la que ellos se han inventado con sus cabezas humanas.

El simbolismo es toda doctrina según la cual el hombre no conoce más que símbolos, mitos, sueños, es incapaz de conocer la verdad objetiva con su razón. Todo está relacionado con el juego de la emotividad humana. Y se va creando un lenguaje simbólico distinto del lenguaje conceptual.

Todos los habitantes del planeta están obligados a inquirir, a investigar acerca de la religión que ha sido revelada y prescrita por Dios. Y todo hombre tiene que hacer esto porque es siervo de Dios, es criatura contingente, dependiente absolutamente de Dios.

Esto es lo que enseña la Iglesia en su magisterio autentico e infalible:

“Dependiendo el hombre totalmente de Dios, como de su Creador y Señor, y estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada, cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe, plena obediencia de entendimiento y de voluntad” (D. 1789).

El hombre tiene que investigar, tiene que discernir sus pensamientos humanos para descartar aquellos que no están de acuerdo a la verdad que Dios ha revelado, porque Dios le impera la fe.

Al depender el hombre totalmente de Dios, está obligado a creer, a prestar a Dios la obediencia de la fe, que se obra humillando su entendimiento humano a la Mente de Dios, y sometiendo su voluntad humana a la Voluntad Divina.

La razón de todo hombre está sujeta a la Verdad increada: luego, cuando Dios habla al hombre, cuando Dios le descubre Su Mente Divina, el hombre tiene que dejar de pensar, de filosofar, y darle a Dios la obediencia de la fe.

Por eso, la Iglesia ha condenado a los que digan que

“la razón humana es de tal modo independiente que no puede serle imperada la fe por Dios” (D. 1810).

Esto es lo que se oye por todos lados: nadie quiere sujetarse a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, al dogma.

Dios impera la fe al hombre: obliga al hombre a sujetarse a la Verdad revelada. La razón del hombre no depende de sí misma para buscar y encontrar la verdad. Depende de Dios, del conocimiento de Dios, de lo que Dios habla y obre.

«… la fe cristiana no se basa en la poesía ni en la política, esas dos grandes fuentes de la religión; se basa en el conocimiento. Venera a ese Ser que es el fundamento de todo lo que existe, el «Dios verdadero». En el cristianismo, el racionalismo se ha hecho religión y no es ya su adversario» (Raztinger, ¿Dios existe? – La pretensión de la verdad puesta en duda, pag 13)

El hombre moderno vive independiente de la verdad que Dios revela. Es la independencia de su razón. La razón se ha vuelto enemiga de la religión. Ya la fe no es conocimiento, sino sentimiento. Y, por eso, a través de los simbolismos, de los mitos, se quiere explicar el misterio de Dios.

Es el pensamiento pagano de muchos.

«Todos veneran lo mismo, todos pensamos lo mismo, contemplamos las mismas estrellas, el cielo sobre nuestras cabezas es uno, el mismo mundo nos acoge; ¿qué más da a través de qué forma de sabiduría busque cada uno la verdad? No se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande» (Discurso del Senador Quinto Aurelio Símaco a Valentiniano II, año 384).

¿Qué más da la forma de pensar, de adquirir pensamientos, de sentir, de obrar, de vivir, de creer, si todos vemos salir el sol cada mañana?

Precisamente esto mismo dice hoy Bergoglio en su video:

«Muchos piensan distinto, sienten distinto. Buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera».

Bergoglio está proclamando que no conocemos la verdad como tal, como es; que sólo conocemos la diversidad de pensamientos humanos, los cuales son todos distintos, contrapuestos, absurdos unos, inútiles otros; que los hombres opinan lo mismo, creen lo mismo, se dicen creyentes, pero en formas diferentes:

«La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes».

Esto es promover el indiferentismo religioso, en el cual todas las religiones son igualmente buenas y legítimas, y son consideradas como vías de salvación.

Creyentes, para la mente de un modernista, son aquellos que van en busca de algo que viene del interior del hombre, que el hombre busca apelando a su subjetivismo inmanentista y a su relativismo. La verdad está en el interior de cada hombre; está en ese simbolismo o sentimiento que se relaciona con su vida, que se acomoda a su plan de vida existencial.

Creyente, para un católico, es aquel que presta a Dios la obediencia de la fe, que somete su entendimiento humano a la verdad que Dios revela. La Verdad sólo es posesión de Dios, no del hombre. El hombre la descubre en Dios, pero no la posee. El hombre la vive en Dios, pero no la puede crear.

Lo que es inmanente o subjetivista deforma el concepto y el conocimiento, anula la realidad de la vida, de la existencia del hombre. El hombre comienza a inventarse, a crearse, su propia vida. Va en busca de sus propios intereses personales egoístas. Sólo vive para sí mismo, para su gloria, para su honor.

Como no se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande, como todos somos creyentes, entonces

«Esto debería provocar un diálogo entre las religiones».

Multitud de caminos: una mesa de diálogo, la vida es una ruleta rusa, un experimento de los grandes, de los poderosos, que quieren dominarlo todo y a todos. Es el falso ecumenismo.

Sólo hay un camino: la obediencia de la fe, la vida sujeta a la obra de la verdad increada.

Y, por lo tanto,

«… no hay salvación en ningún otro. Pues debajo del cielo no hay otro Nombre dado a los hombres por medio del cual nosotros podamos salvarnos» (Act 4, 12).

Hay una solo Salvador; hay una sola Iglesia verdadera; hay una sola Vida, la de la gracia divina. Sólo hay una clase de hijos de Dios: no los que nacen de la carne y sangre, sino los que vienen por la gracia, adoptados por Dios en el Bautismo.

La salvación sólo viene de la fe en Jesucristo.

El problema del hombre moderno es que se ha apartado de la verdad revelada y sólo ve la religión no como algo verdadero o falso, sino como un sentimiento válido que aporta algo a su propia existencia. La fe se convierte en un ungüento y bálsamo del alma: cada uno se procura su maquillaje religioso, que lo puede reemplazar según la moda o la necesidad del momento de su vida.

Como cualquiera puede definir a Dios con sus ideas; cualquiera puede sentirlo; cualquiera puede construir una filosofía, una forma de pensar; cualquiera puede edificar una iglesia, entonces lo que funciona es la fe de masas, y se urge a los hombres que se pongan de acuerdo, hablen entre ellos, para establecer una ética de la tolerancia:

«No debemos dejar de orar por él (por el diálogo) y colaborar con quienes piensan distinto».

En esta falsa ética se reconoce en todo un poco de verdad, pero no la verdad como es. Se quiere ir a Dios mediante multitud de símbolos: un buda, un candelabro, una cruz, una guerra santa… Pero a nadie le interesa la verdad como verdad, como conocimiento de lo divino.

Todos van buscando una religión, una iglesia que les funcione en su vida, prescindiendo de la verdad.

Sólo interesa el diálogo entre los hombres. Y se pide orar por ese diálogo. No se pide orar por los hombres, por sus vidas, por sus errores, por sus obras, por sus problemas. Porque ya no importa la verdad del hombre. Lo que tiene valor es el diálogo, un conjunto de ideas que se ponen sobre una mesa, las cuales no son personales, no se dirigen, no se relacionan con la dignidad de la persona humana, con los problemas y anhelos de cada persona, con las exigencias de la naturaleza y de la vida humana, sino que van buscando un bien común impersonal, en donde la propia identidad personal y religiosa se anule, desaparezca.

No interesa si buda es verdadero o falso; no interesa la verdadera interpretación de la Cruz; no interesa si el judío cree no cree en Jesús como Mesías; no interesa que los musulmanes liquiden a los cristianos como rebeldes a su causa. Todo esto no interesa en el dialogo. No interesa la verdad de cada persona, la verdad de cada hombre.

Lo que interesa es que seamos fraternos, que colaboremos con los que nos matan, con los que blasfeman contra la divinidad de Jesucristo, que apoyemos, que colaboremos con el pecado de los demás.

Y esto es caer en un nihilismo, una ilusión, en el opio del pueblo, de los individuos, en exaltar la religión como oscuridad, como algo subsconsciente, en donde sólo se ofrece un relativismo moral.

Y muchas personas ya están aceptando esta ilusión, este mito, este símbolo de nueva iglesia, sabiendo que es una auténtica patraña.

El hombre modernista no cree que Dios habla. Tiene que rechazar la Palabra de Dios, los mandamientos divinos y la Iglesia que Dios ha fundado. Tiene que interpretar todo esto de acuerdo a su subjetivismo, a su inmanentismo, a su relativismo.

Bergoglio cuando habla de las creencias de la mayor parte de la humanidad se está refiriendo sólo a que gran cantidad de personas sólo creen en lo que adquieren con su razón, en lo que tienen en su mente, en lo que sienten en la experiencia de sus vidas, y a eso lo llama fe, o creencia, o religión, o espiritualidad.

Si el hombre no se dedica a investigar si la religión que profesa es o no es la que Dios ha revelado, si se tapona las orejas, si dice que todas las religiones son igualmente buenas y legítimas o que la religión no es tanto fruto de una inquisición intelectual como una manifestación del sentimiento, el cual se puede encontrar sustancialmente igual en todas las religiones, entonces el hombre hace un agravio a Dios, a su ciencia divina, a la verdad que ha revelado. Y dice cosas como éstas del video:

«Confío en Buda. Creo en Dios. Creo en Jesucristo. Creo en Dios, Alá».

Confío en el dios que mi inteligencia o mi sentimiento o mis verguenzas han creado. Confío en mi misma mente, en lo que yo entiendo por verdad.

Esto es un insulto a la Verdad revelada por Dios. Esto es quedarse en la propia inteligencia y sentimiento humanos sobre lo que es Dios.

Es la idea de la falsa fraternidad que quiere conseguir una falsa armonía pacífica:

«… que el diálogo sincero entre hombres y mujeres de diversas religiones conlleve frutos de paz y justicia»

Todos los paganos viven así: no importa la multitud de pensamientos. No les interesa si las ideas judías o musulmanas o budistas son verdaderas o falsas. Sólo les interesa si éstas les sirven para su vida, para sus proyectos, para sus obras. Usan a las personas para llegar a sus objetivos en su vida. Usan sus emociones, sus sentimientos, sus deseos, sus vidas para conseguir sus fines, una paz que nunca va a llegar, una felicidad que es sólo una ilusión que no captan, que no pueden ver. Se abrazan, se besan, se consuelan si el otro les da lo que ellos quieren.

Muchos católicos se han vuelto así, como los paganos: ya no les interesa la verdad, el magisterio auténtico e infalible. No viven su fe católica mirando al dogma. Se han vuelto inmanentes, subjetivistas, relativistas, sentimentales, burdos, estúpidos, idiotas. Ya no saben pensar su fe católica. Ya no saben obedecer la verdad. Sólo siguen a los hombres por lo exterior que ven, no por las ideas que proclaman los hombres. Por eso, les encanta Bergoglio como su papa. Ven reflejado en él su estilo propio de vida pagana.

Y, por eso, van buscando ese amor subjetivista, inmanente, sentimentaloide:

«Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor».

No es de extrañarse que algunos de los falsos católicos se hayan masturbado mientras han visto este video. La masturbación es el amor inmanente, es el amor que a muchos les sirve para estar bien en su vida, para agradarse a sí mismos, para decirse a sí mismos que son buenas personas. Y este video idólatra conduce a esta clase de amor.

Para el católico, la verdad está fuera del hombre, viene de Dios.

Para el modernista, la verdad se encuentra dentro del hombre, es inmanente a él, a su vida, a sus obras, a sus pensamientos, a sus sentimientos.

Es decir, la religión, la fe, la Iglesia, la espiritualidad, el concepto de Dios mismo, el magisterio, es un fenómeno vital que sólo se puede explicar por la misma vida del hombre, que proviene de un cierto sentimiento íntimo, que emana de una necesidad subsconsciente de creer en Dios o de tener una religión, o de pertenecer a una iglesia o a una comunidad religiosa.

Pluralidad de caminos hacia el misterio de Dios: es lo que predica Jorge Mario Bergoglio.

La unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Una unidad subjetiva, inmanente, que no se puede realizar en la vida cotidiana, porque sólo existe aquello que piensa o siente cada hombre. No existe la verdad fuera del pensamiento del hombre.

En la nueva iglesia de Bergoglio, sólo existe una mentira, una blasfemia, puesta como certeza, como dogma:

«En esta multitud, en este abanico de religiones, hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios».

El mensaje de Bergoglio se descalifica en sí mismo.

Buda nunca habló de un Dios personal o de Jesús. En el budismo no se da el concepto de Dios o de hijo de Dios, no se vive para ser hijo de Dios. No tienen la certeza de ser hijos de Dios. El buda se considera un hijo de hombre que señala el camino para otros, ese camino irreal de la inmanencia, de lo subjetivo, de lo oculto.

Esta mentira de Bergoglio es puesta porque es una idea que hay que venderla: todos somos hijos de Dios. Todos somos muy buenas personas, buenos hombres, gente con capacidad para hacer el bien.

El ser hijo de Dios es por gracia, no por creación ni por sentimentalismo. Hay muchos hombres que, descaradamente, mienten. Y estos son hijos del diablo, son del padre de la mentira.

Es claro que no se puede rezar por las intenciones de Jorge Mario Bergoglio. No son católicas. Y él no es el Papa de la Iglesia Católica. Es un usurpador del Trono de Pedro. Sólo gobierna la Iglesia con un poder humano, pero no puede decidir los destinos de la Iglesia Católica. Sólo está levantando su nueva iglesia.

No difundan nunca más las estampillas-inventos de las intenciones del Papa. No les den donativo alguno.

La fe no es cuestión de gustos. No es que guste o no guste el video de este traidor. Es que estamos en la gran apostasía, que han anunciado todos los Profetas. Es que la abominación de la desolación está presentada en la misma cabeza que gobierna la Iglesia.

Ahí tienen a un muerto gobernando la Iglesia: un cadáver en lo espiritual. Un viejo que, junto a sus falsos cardenales y obispos, chochea y es el adalid, el caudillo de la herejía, del cisma y de la apostasía de la fe.

Todos ellos son especialistas en manipulación de masas: esto está a la orden del día en el falso pontificado de Bergoglio. Todo está orquestado, usando el sentimentalismo al estilo hollywood, propio de guionistas y escritores sionistas, para llevar a las masas a donde quieren.

El enemigo está dentro de la Iglesia y la está violando desde sus entrañas, la está profanando. La Jerarquía -y muchos fieles- están trabajando para el gobierno mundial. Cuando llegue el momento, van a renegar públicamente de Cristo y aparecerá claramente la falsa iglesia, que ahora empieza a asomarse con timidez a los ojos de todos.

La nueva iglesia de Bergoglio: estercolero de la humanidad


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«Se levantó un fuerte vendaval, y las olas se echaban sobre la barca, de suerte que ésta estaba ya para llenarse» (Mc 8, 37). Mateo escribe: «las olas cubrían la nave» (8, 24). Y Lucas: «el agua que entraba los ponía en peligro» (8, 23).

La Iglesia está a la deriva en el mar impetuoso de este mundo, en un grave peligro. No hay nadie que la gobierne, que sepa poner el rumbo cierto, que tenga la fuerza necesaria para luchar en contra de la corriente que la arrastra y la lleva al precipicio.

La Jerarquía se ha hecho cómplice del mal en la Cabeza, incapaces de conducir a las almas por la senda de la verdad, temerosos de predicar a Cristo, la Verdad. Ellos constituyen un ejemplo diabólico que no puede ni imitarse ni seguirse en la Iglesia Católica. Ellos se han convertido en el estercolero de la humanidad: no están llenos del Espíritu de Cristo, sino atiborrados del espíritu mundano.

El Señor está «a la popa durmiendo» (Mc 4, 38), sin ocuparse de Ella, porque la Jerarquía se ha vuelto altanera, orgullosa, ya no cree más en las verdades de la fe, ni en los dogmas, ni en la tradición ni en el magisterio auténtico e infalible. Sólo buscan lo que encuentran en su cerrada mente humana: las ideas heréticas y erradas que se han sucedido a lo largo de toda la historia humana. Ellos las recuerdan y las manifiestan con palabras nuevas, pero ambiguas, oscuras y llenas de maldad. Ellos sólo persiguen lo que en su corazón, muerto a la vida de la gracia y a la verdad de la fe, han erigido como bastión de su necia vida humana.

Jesús es la Cabeza Invisible de la Iglesia, «el Buen Pastor» que conoce a sus ovejas, que da la vida por ellas (cf Jn 10, 14.15), que siempre las guía a pesar de los hombres, aunque ellos intenten, por todos los medios, llevarlas por otros caminos. Pero, Él duerme, deja que la Iglesia camine a la deriva, sin rumbo, poniendo en peligro todo. La Iglesia está desprovista del Espíritu de Cristo, porque el Espíritu Santo la ha abandonado a su destino.

Es el abandono de Dios para purificar a Su Iglesia, para hacer una selección, para dividir el trigo de la cizaña.

La Iglesia está en alta mar, rodeada de pensamientos y obras humanas que la cubren, que la llenan hasta poderla hundir. La Iglesia está amenazada por la misma Jerarquía que la conduce hacia el mal, que la pone bajo las cuerdas, en situaciones extremadamente peligrosas (= renuncia del verdadero papa, usurpación del gobierno de la Iglesia, establecimiento de un gobierno horizontal, falsas doctrinas, falso Sínodo de la familia, falsa reforma del derecho canónico, falso año de la misericordia… ).

Desde la renuncia del Papa Benedicto XVI al gobierno de la Iglesia- no al Papado-, muchas almas han perecido en este gravísimo peligro; muchas son engañadas -cada día- por los falsos pastores; muchas han preferido irse a otros barcos, refugiarse en otras iglesias, perdiendo así la fe en el Señor que todavía duerme «apoyado sobre un cabezal» (Mc 8, 38).

«El oro se prueba en el fuego, y los hombres gratos a Dios, en el crisol de la tribulación» (Ecle 2, 5): hay que amar a Cristo por ser Cristo, aunque permanezca dormido, indiferente a todo lo que pasa. Este es el fuego, la tribulación por el que debe pasar cada alma que aspira a la santidad de la vida: no ames a Dios por los dones que te ofrece, sino porque es Dios, aunque te deje desnudo de todo.

Aunque Jesús deje Su Iglesia a la deriva, sin gobierno real, con un gobierno usurpado, lleno de mentiras, de maldades, de iniquidades, hay que permanecer en la Iglesia de Cristo sólo porque es la Iglesia que Cristo ha fundado. A pesar de que se vea que el barco se hunde, hay que seguir en el barco, no hay que tirarse a alta mar, no hay que buscar otros barcos.

Hay que permanecer en la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles por ser la Verdad, la única Verdad que el hombre tiene que seguir, aunque un Papa haya renunciado a gobernar la Iglesia. Su renuncia al gobierno no es la renuncia a la verdad del Papado. Benedicto XVI sigue siendo fiel a Cristo, que lo ha elegido como Vicario Suyo en la Iglesia hasta la muerte.

Las almas tienen que permanecer fieles a esta verdad, a este dogma del Papado, defendiendo al Papa que ha puesto Cristo en Su Iglesia, hasta que él muera, sufriendo las humillaciones de tanta Jerarquía y de tanto católico, que son necios (= carecen de la sabiduría divina) en sus corazones, estúpidos (= obran sin sabiduría humana) en sus mentes humanas e idiotas (= viven en sus propias ideas profanas, mundanas, alejadas de la verdad) en sus vidas; y que prefieren comulgar y obedecer a un hombre que no es capaz de enseñar ni de gobernar con la verdad.

La Jerarquía no ha permanecido fiel a la verdad del papado, obligando a un papa a renunciar, y poniendo su falso papa, su hombre, su ídolo para que lo aplaudan y lo sigan las masas.

La imagen de la Iglesia, que la Jerarquía está mostrando, es la de una máquina de fango: suciedad, pecado por todas partes, culto a la personalidad, apego al dinero y al poder, combatiendo constantemente contra los que permanecen fieles a la doctrina católica.

Hay que seguir siendo fieles a Cristo aunque la Jerarquía hable de falsas excomuniones e imponga falsas obediencias a la doctrina que enseña Bergoglio.

«… tenemos que comprender bien “la violencia física” porque algunas veces, también, las palabras son rocas y piedras, y por lo tanto creo que alguno de estos pecados, también, se extienden mucho más de lo que podemos pensar»: Monseñor Rino Fisichella tenemos que comprender los términos de la ley canónica que sólo excomulga a los que claramente obran una desobediencia al Papa.

Nunca el “lenguaje duro” contra un Papa ha sido crimen canónico. Sólo la violencia física hacia la Jerarquía de la Iglesia es puesta en la ley. Y expresamente, en ese canon, se excluye la violencia verbal.

Los cánones deben ser comprendidos según el significado de sus propias palabras, es decir, hay que leerlos estrictamente, no según interpretaciones de cada mente humana. Por eso, no tenemos que seguir su burdo razonamiento humano que juzga al que critica, al que se opone a su ídolo Bergoglio, como excomulgado en la Iglesia. Usted hace eso sólo porque no tiene una ley en la mano para excomulgar oficialmente a los que atacan a Bergoglio. Por eso, recurre a la manipulación, a infundir miedo, temor, dudas, a dejar caer que es mejor callar la herejía de ese hombre y aceptarlo como papa, que hablar mal de él y oponerse a él.

La Jerarquía que obedece a Bergoglio ya no sabe qué hacer para que la gente siga a ese hombre.

«Cuando el Papa apoya esto, no es simplemente porque la mayoría diga que la opinión científica piensa así, esta ya no es sólo una opinión; sino que es parte del magisterio,… no es dogma e infalible, pero exige un nivel de obediencia»: Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo debe recordar que Jesús otorgó la autoridad en la enseñanza cuando envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio, quedando obligados todos los hombres a prestar su asentimiento porque estaba en juego la salvación eterna del alma. Esto usted lo puede leer en San Mateo 28, 18-20 y en San Marcos 16, 15.

Por lo tanto, ningún Papa, ningún Obispo, ningún sacerdote posee autoridad en la Iglesia sobre cuestiones científicas, no pueden hablar en materia de ciencia con una autoridad que exija asentimiento de la mente de los católicos.

La opinión de Bergoglio sobre el calentamiento global no es materia de fe, no pertenece al Evangelio de Jesucristo, no es un tema de una encíclica papal, no está incluida en el magisterio ordinario de la Iglesia.

La opinión de un hereje, como es la de Jorge Mario Bergoglio, no es parte del magisterio, sino que pertenece al magisterio herético, que está fuera de la Iglesia Católica.

Además, la ciencia ha demostrado que no existe el cambio climático como se enseña en esa falsa encíclica, sino que es un burdo engaño de los científicos, un invento de la élite que gobierna el mundo que los ayude a llevar a cabo su plan mundial. Esta falsa encíclica se hace cómplice de esta mentira y quiere aportar credibilidad sobre los peligros de una falsa crisis ambiental, creada por gente que no se preocupa en lo más mínimo del medio ambiente y que, además, son enemigos acérrimos de la Iglesia, de Cristo y de la Verdad Revelada.

¿Cómo es posible tomar en consideración a un hombre que dice que «la humanidad ha defraudado las expectativas divinas» por no apagar el aire acondicionado, porque no escucha el gemido de la tierra? Tantas barbaridades de orden moral como tiene lugar por todo el mundo y que claman al cielo, que conducen a la condenación de las almas, y que un hombre se dedique a hacer un llamado mundial hacia una “conversión ecológica”. Esto es una locura y es propio de una mente que alucina con su necedad. ¿Y se tiene la osadía de pedir obediencia a esta chalada de Bergoglio?

No es posible prestar la obediencia a un hombre que no es papa en la Iglesia Católica. Y no es papa por tres caminos: su herejía, su cisma y su apostasía de la fe.

Y, mucho menos, prestar obediencia a una falsa teología de la creación, en donde se anula el pecado original, y se cree en un dios que no existe en la realidad.

La creación está maldita por el pecado original, en donde la manipulación genética de los hombres, de los animales y de las plantas ha producido un caos en todo el planeta tierra. Además, la obra del demonio está también en todo el Universo, produciendo que la tierra y sus habitantes vivan esclavizados a la mente de unos pocos hombres, guiados en todo por el mismo Satanás.

Ante esta maldición sólo es posible un camino: el de la gracia. Si las almas no viven en gracia, sino que se dedican a vivir en sus pecados, la misma maldición se les echa encima y acaban malditas.

Una Jerarquía que no combata el aborto, que no luche en contra de la clonación humana, que no enseñe la doctrina de la “humanae vitae” sobre la vida en el matrimonio y en la familia, que no combata la teoría del género, y que no enseñe que el matrimonio entre hombre y mujer es una creación de Dios, sino que se apoye en ideas científicas descabelladas que han sido demostradas como un engaño global, que esté preocupada por un “planeta frágil” que se echa a perder con el uso de automóviles y lacas para el pelo, que pretende tomar medidas para “salvar” a la tierra, al agua, a los insectos de la maldad de los hombres, que “llora” por las especies extintas, que escucha el “gemido de la hermana tierra”, que impone apagar los acondicionadores de aire para alcanzar una sensibilidad ecológica,… esta Jerarquía no es de Dios, no pertenece a la Iglesia Católica, no hay que seguirla ni obedecerla, sino que hay que atacarla por los cuatro costados.

La Apostasía está en curso y la obra la propia Jerarquía de la Iglesia.

Ellos han puesto al lobo, Jorge Mario Bergoglio, al ladrón que no ha venido «sino para robar, matar y destruir» (Jn 10, 10). Este hombre ha robado la Cátedra de la Verdad, que es la Silla de Pedro; mata, con su doctrina llena de fábulas, los corazones que Cristo ha conquistado con Su Sangre; y destruye todo lo Santo y lo Sagrado en la Iglesia Católica.

Bergoglio es «un asalariado» (Jn 10, 11), un negociante de la verdad, uno que ha puesto su empresa en medio del Vaticano: la moneda del diálogo y del falso ecumenismo, con la cual la Alta Jerarquía, los poderosos de la Iglesia, salen de la Santa Iglesia, se alejan de Ella, obran la Apostasía de la Fe, para ir al encuentro y para hacer camino con los que están lejos, con los que son del mundo y quieren seguir siendo del mundo.

De esta manera, se ha iniciado oficialmente una nueva iglesia modernista que quiere estar cerca de la gente del mundo, que ya no quiere seguir más lo que Jesús ha enseñado, sino que pretende aunar en el pensamiento de los hombres una ideología global, una mente dedicada sólo a la mentira, al error, a la duda, al temor, al vicio y al pecado.

Bergoglio está dando escándalo público e incitando, pública e imperativamente, a los fieles católicos a rezar, a unirse con los herejes, apóstatas y cismáticos.

«Deben rezar con herejes, apóstatas y cismáticos» (4 de julio 2015). Deben: imperativo categórico, el propio que usan los masones, que no siguen la ley divina en sus corazones, sino la ley de su mente, lo que su conciencia les dicta que es bueno y malo, la ley de la gradualidad.

Y a ese imperativo categórico le añade su apostasía: únete con los que atacan la verdad, los herejes. Gózate con los que se apartan de la Voluntad de Dios, los apóstatas; vibra de emoción con los rebeldes y desobedientes a la Palabra de Dios, los cismáticos.

Esto es un auténtico escándalo público. Una auténtica enseñanza del infierno por la boca de Jorge Mario Bergoglio.

Y la Jerarquía que lo sigue es culpable de este escándalo, son cómplices de la ruina espiritual que las palabras y las obras de Bergoglio ocasionan en muchas almas de la Iglesia.

Bergoglio no es Pastor de las ovejas, no alimenta a las almas con la doctrina de la verdad, no confirma a la Iglesia en la verdad de la fe; es un lobo que «arrebata y dispersa a las ovejas, porque es asalariado» (Jn 10, 12), sólo le interesa su negocio, su diálogo, el quedar bien con todo el mundo, procurando que su imagen, su gloria, su personalidad, no sea dañada ni dentro ni fuera de la Iglesia. A Bergoglio sólo le importa su imagen, él mismo, no «el cuidado de las ovejas» (Jn 10, 13), no la salud de la Iglesia ni sus almas. Se ha convertido en un ídolo, en un dios, en un gigante de la decadencia y de la mentira.

Bergoglio está creando una iglesia que persigue la verdad. Una iglesia que se autodestruye a sí misma.

«La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas la persiguieron (= no la abrazaron)» (Jn 1, 5).

El verbo griego que utiliza San Juan significa: echar por tierra, demoler. Κατά (= contra) – λαμβάνω (= considerar, recibir). Es el mismo verbo que usa San Pablo: «los gentiles, que no perseguían la justicia, alcanzaron la justicia, es decir, la justicia por la fe» (Rom 9, 30). Los hombres del mundo que viven sus vidas echando por tierra la justicia, persiguiendo la injusticia, sin embargo, alcanzaron la justicia que viene por la fe, se convirtieron. Señal de que sus corazones no estaban totalmente cerrados, sino todavía abiertos para acoger la verdad que viene de Dios.

Pero en los hombres de la Iglesia, Jerarquía y fieles, que han conocido la verdad, que se saben la teología, viven en medio de las tinieblas de sus errores y de sus pecados, y se han convertido en la escoria de la humanidad; ya no pueden considerar el conocimiento de la verdad, ya no lo toman en cuenta, sino que se dedican a perseguir, a ir en contra de la luz, a demoler la verdadera Iglesia de Cristo. Sus corazones han quedado cerrados a la verdad revelada.

La Jerarquía que ha usurpado el gobierno de la Iglesia no puede abrazar a Cristo, que es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), sino que lo rechaza, lo persigue, destruye lo que Él ha construido.

La Iglesia, siendo Santa en su raíz, sin embargo está falsamente representada por una Jerarquía convertida en estercolero, que la corrompe y la inunda del espíritu del mundo.

Esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia Católica, sino a la nueva iglesia que Bergoglio y compañía está levantando en el Vaticano. Es una Jerarquía excomulgada automáticamente por seguir a un hereje dentro de la Iglesia.

La base de esta nueva iglesia de Bergoglio es la corrupción de la verdad (= la herejía), la infidelidad a la gracia (= el amor a la obra del pecado) y la traición a Cristo en Su Palabra (= el culto a la mente y a la voluntad del hombre). Una iglesia llena de herejías, servidora de los poderes del mundo, en la cual los pastores se convierten en un gran obstáculo para el pueblo. Por eso, ya no es posible la obediencia de los fieles a ninguna Jerarquía.

Los sacerdotes, Obispos y Cardenales no están más en condición de conducir a las almas a la salvación eterna. Se han transformado en cómplices del pecado: aplauden, justifican, exaltan a cualquier hombre del mundo que viva en su pecado. Ya no combaten la blasfemia contra Dios que continuamente se ve en las palabras y en las obras de la gente del mundo. Ahora, ellos mismos se desviven por esos hombres, y se agachan para recibir las migajas corrompidas que caen de las mesas de esos personajes mundanos. Y su vida de pecado es lo que predican en sus homilías y hacen partícipes a todos en la Iglesia.

La falta de fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la causa de todo el mal que hay en el planeta tierra.

Los hombres ya no esperan a Cristo, ya no viven para Cristo, ya no son de Cristo. Y quien no cree en Jesucristo está perdido para la vida eterna. Quien no se abra a la Palabra de Dios poniendo su mente humana a un lado, queda colgado de su herejía, de su error, de su duda, de sus temores, de sus miedos, y sólo obra en contra de la Voluntad de Dios.

La Iglesia seguirá a la deriva y se verán más cosas que van a clamar al cielo. Es tiempo de lucha, de permanecer bajo la bandera de Cristo. Pero hay que saber estar en el bando de Cristo, comulgando con el verdadero Papa Benedicto XVI.

Hay que elegir una bandera: o la de Cristo o la del Anticristo. Quien está con Cristo no está con Bergoglio. Quien está con el Anticristo no está con el Papa Benedicto XVI.

Muchos quieren estar con los dos. Y no es posible: si tienes a Bergoglio como tu papa, no tienes a Benedicto XVI como papa, no estás en la Iglesia Católica, sino que estás en la nueva iglesia que ese hombre está levantando.

Muchos, todavía, no comprenden esto. Y esto es esencial para la vida eterna.

Bergoglio no tiene intención de convertirse ni tiene intención de ser un sacerdote a imitación de Cristo. No es un Obispo que continúe y transmita la enseñanza de los Apóstoles. Está excomulgado. Y, con él, todos los que lo sigan y lo obedezcan en la Iglesia Católica.

Can. 1364 § 1: «El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latae sententiae». “Latae sententia”, automáticamente, por el solo hecho de transgredir una ley se incurre, sin más, sin una declaración oficial, en la pena de excomunión.

En la Iglesia, el alma se salva o se condena porque sigue o no sigue al papa. Tener claro quién es el Papa de la Iglesia Católica es una verdad de fe, es materia de fe, es predicar el Evangelio de Cristo, es indicar el camino de salvación para las almas.

Quien todavía ande confundido en torno al dogma del papado, no podrá salvarse por más que comulgue o se confiese semanalmente.

Tener como papa a Bergoglio es ir en el camino de la condenación. Combatir a Bergoglio, defendiendo al Papa Benedicto XVI, es permanecer en la verdad del papado. Quien combata a Bergoglio, pero no comulgue con el Papa Benedicto XVI, sigue el mismo camino que conduce al infierno.

Sólo la verdad libera, salva al alma. La mentira, condena, ata, esclaviza, manipula la mente del hombre y la oscurece para ver el camino y la obra de la verdad.

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Manipulación de las mentes de los catolicos


“El Magisterio Sagrado, en lo concerniente, a fe y a costumbres, debe ser para cualquier teólogo la norma próxima y universal de la verdad, como que a este Sagrado Magisterio Nuestro Señor Jesucristo confió todo el depósito de la fe a saber la Sagrada Escritura y la tradición divina para custodiarlo y defenderlo e interpretarlo… Juntamente con estas fuentes sagradas Dios dio a su Iglesia el Magisterio vivo, a fin de iluminar y explicar incluso aquella doctrina que está contenida en el depósito de la fe solamente de un modo velado y como implícitamente. Este depósito en verdad no se lo confió el divino Redentor ni a cada uno de los cristianos ni a los teólogos mismos a fin de ser interpretado auténticamente, sino solamente al Magisterio de la Iglesia” (Encíclica “Humani generis” el mismo Pío XII –   AAS 42 (1950) 567-569).

Pío XII ensalza extraordinariamente la autenticidad y la autoridad del Magisterio de la Iglesia. Y este Magisterio es de la Iglesia, no del Papa, ni de los Obispos, ni de los teólogos, ni de los fieles. Es un Magisterio vivo. Este Magisterio es Cristo mismo dado a la Iglesia, en la Eucaristía, en los Santos, en los Profetas, para «custodiarlo y defenderlo e interpretarlo».

Siguen siendo muchos los católicos necios (= aquellos que no tienen sabiduría divina) y estúpidos (= aquellos que carecen de sabiduría humana), que llaman a Bergoglio como su papa y esperan de él un camino verdadero en la Iglesia. Están siendo manipulados.

Muchos no quieren darse por enterado que no existe el Papado en Roma. Allí sólo hay un conjunto de hombres -un gobierno cismático- que están colocando las bases para su nueva iglesia, que no tiene nada que ver con la Iglesia Católica.

El Papa de la Iglesia Católica, pese a quien pese, lo entiendan o no lo entiendan, es Benedicto XVI hasta su muerte. Él no puede gobernar la Iglesia porque su gobierno ha sido usurpado. Sin embargo, el poder divino, el Primado de Jurisdicción, permanece en él porque ha sido elegido Papa por el Espíritu Santo.

Esta verdad absoluta sigue escociendo a mucha Jerarquía en la Iglesia: no la aceptan. Y no la van a aceptar hasta que no vean correr la sangre en sus parroquias y en Roma.

A Benedicto XVI se le debe obediencia y comunión espiritual. Obediencia, porque a pesar de que su gobierno no sea visible, ha dejado -como cabeza de la Iglesia- la verdad en la Iglesia, que todos tienen que seguir. Y comunión espiritual con él: para poder tener el poder divino -que sólo puede dimanar de él- y así ejercerlo en la Iglesia.

Sin el poder divino, la Jerarquía no puede mandar, ni enseñar, ni mostrar a los fieles el camino de salvación y de santificación en la Iglesia. Y esto se comprueba cada día en las parroquias, en donde los sacerdotes están atacando todo lo que huela a católico para imponer a los fieles la mente de Bergoglio. Una Jerarquía que no habla claramente la verdad a sus fieles, los manipula de muchas maneras. No tienen el poder divino porque obedecen y comulgan con un hereje en la Iglesia. Se hacen déspotas y arrogantes con su poder humano.

Benedicto XVI fue obligado a renunciar, y debe callar ante la situación claramente desastrosa que se contempla en el Vaticano.

Bergoglio es el mayor desastre de todos para la Iglesia: un desastre sin precedentes.

Un hombre que no cree en el Magisterio auténtico de la Iglesia, que no puede dar testimonio de la Verdad, y que hace todo lo posible para destruir los fundamentos de la Iglesia Católica:

«El fundamentalismo es una enfermedad que existe en todas las religiones. Nosotros los católicos tenemos algunos (muchos), que creen que tienen la verdad absoluta y siguen adelante ensuciando a los demás con la calumnia, la difamación, y hacen daño. Esto lo digo porque es mi Iglesia. Hay que combatir el fundamentalismo religioso».

En estas palabras, Bergoglio niega a Cristo y se declara él mismo dios.

Él miente: «nosotros, los católicos». Él quiere decir: «nosotros, los masones, tenemos gente católica que creen tener la verdad absoluta…».

Bergoglio está trabajando para hacer que los católicos pierdan su fe católica, y se ajusten a los nuevos cambios, a la nueva doctrina, al nuevo credo, que él ya ha predicado y que no para de hacerle publicidad. Por eso, dice: «Esto lo digo porque es mi Iglesia». En su nueva iglesia no quiere gente que siga la verdad absoluta. No quiere maestros que enseñen la Palabra de Dios. Sólo quiere títeres de su pensamiento humano, gente que se deje manipular por sus ideas masónicas.

Dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí».

Para el verdadero católico, la Verdad Absoluta es Cristo. La Verdad Absoluta es una Persona Divina.

Bergoglio no cree en Jesús como Dios. Sólo lo ve como un hombre cualquiera. Y, por eso, a los que abrazan a Cristo como Verdad Absoluta los llama, este engendro del demonio, como fundamentalistas. Sus palabras son clarísimas. Sin embargo, habrá muchos -católicos necios y estúpidos- que buscarán lo de siempre: una razón para decir que Bergoglio no quiso decir eso, sino otra cosa.

Aquel que no comulga con Cristo, que «es Dios con nosotros», se hace él mismo dios para el hombre.

Bergoglio es el ídolo, el dios de la nueva iglesia, que están levantando en Roma y en todas las parroquias. Sus palabras babosas, su inteligencia nefasta, su ideología marxista y su pensamiento masónico son las claves de esta nueva iglesia.

Bergoglio es sólo un hombre sin verdad, es decir, un hombre lleno de todas las mentiras (= todas las herejías) que se pueden concebir con la mente humana. Él continuamente está rodeando la verdad para poder manifestar su mentira, su idea errónea, falsa, engañosa, relativista, modernista. Bergoglio se sabe el dogma, sabe lo que la Iglesia enseña, pero no la sigue. Ni la puede seguir. No es un tonto, pero sí es un idiota.

Idiota es la persona que se mete en su mente, y da vueltas a sus ideas, y es incapaz de salir de ella y de sus ideas. El idiota fabrica su propia realidad, su propio mundo, su propia iglesia, su propia religiosidad y espiritualidad.

Para estas personas la única fuente y criterio de la verdad religiosa y humana es la propia conciencia.

Bergoglio sólo predica la conciencia autónoma: «Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal, y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo».

Es decir, él sólo habla y predica su mentira, la que ha concebido en su mente. Lo que él piensa que es bueno y malo, eso es lo que impone en su gobierno en la Iglesia. Esto es hacerse dios: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Porque el bien y el mal es lo que Dios revela al hombre, lo que Dios manda al hombre, no lo que el hombre piensa en su mente. Todo hombre tiene que salir de su mente, sometiéndose a la Mente de Dios, para poder conocer el bien y el mal.

La gente que tiene a Bergoglio como a su papa lo sigue como un dios. Es el nuevo dios, el nuevo ídolo de la gente. Por lo tanto, ellos han quedado ciegos para descubrir la verdad. No pueden ver lo que es Bergoglio. Es, para ellos, como un enamoramiento ciego, que sólo se puede romper con una violencia, con algo que saque a la persona de esa atracción fatal.

Bergoglio, al seguir su conciencia autónoma, tiene que destruir necesariamente el papado en la Iglesia. Por eso, es el gran déspota que rige a los suyos sólo con lo que concibe en su mente. En otras palabras, quien siga a Bergoglio es y quiere ser manipulado por él, se deja manipular por él. Bergoglio es un ciego que guía a otros ciegos, que manipula mentalmente a los católicos que han despreciado la verdad absoluta en la Iglesia Católica.

Bergoglio, gran modernista, menosprecia, no sólo la verdadera teología, sino el Magisterio mismo de la Iglesia. Este Magisterio es, para este hombre, impedimento del progreso humano y óbice injusto, que le frena para poder hacer sus innovaciones en la doctrina y disciplina de la Iglesia.

Por eso, desde que usurpó el gobierno de la Iglesia está atacando la doctrina de Cristo -con sus palabras babosas, con sus falsas encíclicas y escritos, con su lenguaje doble y malintencionado- y persiguiendo – principalmente, de manera oculta – a los verdaderos católicos fieles a la verdad absoluta.

Por eso, los verdaderos católicos, viendo el desastre que viene de Roma, sólo les queda una cosa: permanecer en la Verdad Absoluta. Defender a Cristo, que es defender el Magisterio autentico e infalible de la Iglesia. Y sólo así pueden seguir construyendo la Iglesia Católica en estos momentos de usurpación.

La Iglesia Católica no puede apartarse nunca de la Verdad Revelada, de la verdadera fe, porque Su Cabeza es la Verdad y rige a Su Iglesia con el Espíritu de la Verdad.

«Jesucristo ilumina a su Iglesia Universal… Viniendo de Dios como Maestro a fin de dar testimonio de la verdad (San Juan 3,2; 18,37), iluminó con su luz la primitiva Iglesia de los Apóstoles de tal forma que el Príncipe de los Apóstoles exclamó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (San Juan 6,68); Desde el cielo estuvo tan presente en los Evangelistas que ejecutaron como miembros de Jesucristo lo que conocieron como al dictado de la Cabeza. Y también hoy es para nosotros, que estamos en este exilio de la tierra, el autor de la fe, así como será el que la lleve a término en la Patria del Cielo. Él mismo es el que infunde en los fieles la luz de la fe; Él mismo es el que enriquece por obra de su poder divino con los dones celestiales de ciencia, de entendimiento y de sabiduría a los Pastores y a los Doctores, y sobre todo a su Vicario en la tierra, a fin de que custodien con fidelidad el tesoro de la fe, lo defiendan con denuedo y lo expliquen y lo confirmen piadosa y diligentemente; por último Él mismo es el que, aunque invisible, preside y brilla vivamente en los Concilios de la Iglesia» ( Pío XII Encíclica “Mystici Corporis” – AAS 35 (1943) 216).

¿A quién iremos al contemplar este desastre en el Papado de la Iglesia obrado por Bergoglio?

¿Qué hacer cuando se vive en todas las parroquias una gran desolación?

Hay que permanecer con Cristo: en la Verdad que es Él Mismo.

Cristo es el autor de la fe y el que la lleva a su término. Hay que estar unidos a Cristo, como el sarmiento a la vid. Unidos en la verdad por la gracia divina. Y aquel que no quiera la gracia, tampoco se le puede dar la verdad ni se hace comunión con él.

Por eso, la Iglesia Católica se hace remanente: es de muy pocos. Son pocos los que se han atrevido a dar testimonio de la Verdad en este tiempo de usurpación. Son pocos los que siguen a Cristo dentro de la Iglesia y no tienen miedo de hablar claramente. Muchos, que comulgan a diario, que se confiesan cada ocho días, están siguiendo a un falso cristo, a un falso papa, y pertenecen ya a una falsa iglesia.

Lo que la mayoría de la Jerarquía y fieles están derribando en la Iglesia, por seguir manteniendo a ese impostor en la cabeza de la Iglesia, por darle una obediencia que no tiene ni puede merecer -por sus claras herejías y su gobierno cismático-, el católico fiel tiene que seguir levantando, defendiendo la fe católica, que supone atacar a Bergoglio y a toda la Jerarquía, junto con los fieles, que lo siguen de alguna manera.

Poca es la Jerarquía que enseña a atacar a Bergoglio. Y esta es la única verdad que hay que seguir en la Iglesia actualmente. Atacar al hereje. Hacer apología, que es lo que muchos han olvidado. La lucha de la Iglesia es contra todo aquel que niega la verdad absoluta. No se puede hacer amistad con un hereje.

Quien comulga con el Papa verdadero, Benedicto XVI, no comulga con el falso papa, Francisco-Bergoglio, sino que lo ataca sin ninguna clase de misericordia.

No hay misericordia, no hay compasión, para aquella alma que vive en su pecado y que ha hecho -de esa vida de pecado- su proyecto en su vida humana. Sólo hay justicia con ella. Amor que hace justicia. Amor que da a esa alma lo que ella busca en su vida.

Si Bergoglio quiere seguir viviendo en sus herejías, obrando su protestantismo, haciendo que los hombres sean formados en el espíritu masónico en la Iglesia, que continúe así, pero no hay -con él- ni obediencia ni comunión en la Iglesia. Esto es lo justo, lo recto, la verdad que hay que obrar con Bergoglio. Es la única manera de amar a ese hombre, que es enemigo público de Cristo y de toda la Iglesia Católica.

Bergoglio es un pecador público, que ha hecho de su pecado el gran negocio de su vida.

Por eso, Bergoglio tiene que ser mirado como una persona apestosa, leprosa, con la cual existe un impedimento para hacer comunidad con él, iglesia con él. Si no se contempla de esta manera a este engendro del demonio, el alma está en el juego del lenguaje, de los sentimientos, de las palabras, de las ideas, de la doctrina masónica que dimana de él y de toda la Jerarquía que lo aplaude, que lo ensalza como a su dios.

Para el verdadero católico no existe el año de la misericordia, sino el tiempo de la Justicia. Que nadie los engañe en este falso año santo. La falsa iglesia sigue haciendo sus prosélitos: atacando la verdad católica para que los fieles vivan una impostura.

La nueva iglesia de Bergoglio encarna una privación de la libertad espiritual del ser humano (sujetados al espíritu masónico), una esclavitud brutal, criminal y explotadora de la conciencia humana (sólo es bueno y malo lo que la ley humana promulga), una dependencia total a los intereses humanos de una élite oculta, una falta de fuerza de voluntad que imposibilita obrar lo que Dios quiere (cauce para hacer sólo la voluntad del hombre), y un camino al fanatismo, a la enfermedad mental, a la obsesión y posesión demoníaca, y a la absoluta idiotez en las personas.

Que nadie los engañe:

«… la hora de la gran prueba ya ha llegado… Ya está próximo el momento de la Justicia Divina y de la gran Misericordia… se prepara a escondidas un verdadero cisma que pronto podrá llegar a ser abierto y proclamado. Entonces, quedará solamente un pequeño Resto Fiel que Yo guardaré en el jardín de Mi Corazón Inmaculado… Iluminad la tierra en estos tiempos de gran oscuridad. Haced bajar sobre el mundo los rayos de luz de vuestra fe, de vuestra santidad, de vuestro amor. Habéis sido escogidos para combatir contra la fuerza de aquél que se opone a Cristo, para conseguir, al final, Mi Mayor Victoria» (P. Gobbi – La hora de la gran prueba – 15 noviembre 1990).

Bergoglio: el gran déspota


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«Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt, 19, 6).

Lo que Dios ha unido que no lo separe Bergoglio, ni ningún obispo, ni ningún sacerdote y, mucho menos, un laico.

Porque es Dios quien ha hablado, quien ha revelado su Mente. Y cualquier hombre que no se someta a la Mente de Dios no puede encontrar el camino de salvación para su alma, y vive sólo para la idea que concibe en su mente humana.

Los bautizados, los cuales se han divorciado y se han vuelto a casar por lo civil, viven en estado de pecado mortal habitual.

Este pecado les impide hacer muchas cosas en la Iglesia, porque son miembros muertos. No son miembros vivos y, por lo tanto, no tienen que estar más integrados en las parroquias o comunidades, porque la Iglesia se construye con la vida de la gracia, no con una vida de pecado.

Quien esté en pecado en la Iglesia sabe cuál es el camino para quitar su pecado: arrepentimiento,  confesión sacramental y penitencia por sus pecados.

Los divorciados vueltos a casar no pueden confesarse porque tienen un óbice: su pecado mortal habitual, que no es sólo su lujuria, sino el de estar unidos a otra persona que no es su cónyuge a los ojos de Dios.

El matrimonio es una creación de Dios, no un invento de la mente, de los caprichos de los hombres.

Quien quiera casarse tiene que elegir en Dios la persona adecuada para poder obrar la Voluntad de Dios en su vida. Ante los ojos de Dios, no vale cualquier unión, aunque sea perfecta en lo humano.

Dios creó el matrimonio, y Dios puso el camino para que ese matrimonio tuviera validez a sus ojos.

Y, por eso:

«Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 6).

«En cuanto a los casados, les doy esta orden, que no es mía sino del Señor: que la mujer no se separe de su marido. Y si se ha separado de él, que no se vuelva a casar o que haga las paces con su marido. Y que tampoco el marido despida a su mujer» (1 Cor 7, 10-11).

Es una orden de Dios, un mandato divino.

Por lo tanto, todo Obispo y todo sacerdote tienen que enseñar este mandato de Dios a las almas.

La Jerarquía no tiene que acompañar a las personas, que viven en pecado mortal habitual, en un camino de discernimiento para ver si algún día pueden comulgar.

No es la misión de la Jerarquía ser juez de estas personas ni orientarlas hacia la comunión sacramental.

No se trata de que la jerarquía decida que los divorciados vueltos a casar están aptos para recibir los sacramentos.

La Jerarquía de la Iglesia no decide nada, sino que sólo da testimonio de la Palabra de Dios en la Iglesia.

Es misión de la Jerarquía predicar la verdad a estas personas, aconsejarlas en la verdad, para que luchen contra ese pecado mortal habitual, y ellos –no la Jerarquía- pongan el camino para erradicarlo de sus vidas.

Y hasta que ellos no se esfuercen por vivir como Dios quiere, no hay nada con ellos en la Iglesia, porque no se puede dar lo santo a los perros, a los que viven en pecado mortal habitual.

El Beato Juan Pablo II, Papa de la Misericordia, lo dejó muy claro en la Familiaris Consortio:

«La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

Ellos mismos son los que ponen el camino para que su forma de vida no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Ellos se esfuerzan por vivir practicando la virtud de la castidad que señala un arrepentimiento del pecado.

Si a la gente no se le enseña a practicar las virtudes cristianas, entonces la gente vive, cada uno, en el vicio que ha escogido para su vida.

Jorge Mario Bergoglio, en su falso motu proprio, con el cambio del derecho canónico, ha puesto la base legal para la obra del cisma en la Iglesia. Él ha actuado como déspota, hombre orgulloso que se pone por encima de Dios, hombre que gobierna y promulga leyes que anulan las leyes de Dios.

Bergoglio establece el adulterio como ley anulando matrimonios que, a los ojos de Dios, siguen siendo válidos.

Aquel matrimonio que, por las circunstancias propias, se separan, y se vuelven a casar con otro o con otra, ese segundo matrimonio no es válido ante Dios, sino que es un estado de adulterio habitual, en el cual la persona no se va a arrepentir de su pecado, porque ha anulado la ley de Dios.

Se ha puesto el camino, en la Iglesia, para que muchos fieles y la Jerarquía colaboren para que las leyes y mandatos de Dios sean abolidos por el mismo hombre.

Muchos van a obtener el divorcio express con esa reforma, y se van a volver a casar por la Iglesia, con el Sacramento del matrimonio. Ese segundo matrimonio, aunque los case Bergoglio, un cardenal, un obispo o un sacerdote, no lo aprueba Dios, porque no están cumpliendo su Ley. Y pecarán, y comulgarán en pecado, y se comerán y beberán su propia condenación.

La Iglesia se fundamenta en la Palabra de Dios, no en las palabras de los hombres que quieren acomodarse al gusto y a la vida del hombre y de su pecado.

La cuestión de los divorciados vueltos a casar no es un camino de discernimiento en la Iglesia ni una cuestión de foro interno entre el sacerdote y los cónyuges. Es una cuestión de cumplir con los mandamientos de la ley de Dios.

Las intenciones de Bergoglio son claras:

“El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad de la Iglesia y de las distintas sociedades en las que actúa, pero el intento es común y en lo que se refiere a la admisión de los divorciados a los sacramentos confirma que ese principio ha sido aceptado por el sínodo. Éste es el resultado de fondo, las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores, pero al final de trayectos más veloces o más lentos todos los divorciados que lo pidan serán admitidos” (“La Repubblica”, 28 de octubre).

Y no interesa que Lombardi, de nuevo, niegue la mente de Bergoglio:

“no es verosímil y no puede ser considerado como el pensamiento del Papa” (National Catholic Register, 2 de noviembre).

Es una mentira más que ni él mismo se la cree.

La mente del gran déspota es clara:

“El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad y de la Iglesia y de las distintas sociedad en las que actúa”.

En otras palabras:

“lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo -¡casi!- para el obispo de otro continente; lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Son sus mismas palabras, pronunciadas en su discurso de clausura del Sínodo, lo que dan la clave de la perversidad de su mente.

No entendemos a aquellos que dicen que ahora las expectativas están todas dirigidas hacia lo que dirá Bergoglio.

¿Qué expectativas tiene la Iglesia en la palabra y en las obras perversas de un hereje?

¿Cuál es el futuro de la Iglesia cuando un hereje la gobierna despóticamente?

Después de dos largos años de gobierno despótico en la Iglesia, ¿no saben cómo piensa Jorge Mario Bergoglio? ¿Todavía no conocen la profundidad de su pensamiento perverso en el mal? ¿Todavía tienen que esperar, con la boca abierta, como agua de mayo, lo que un traidor a Cristo y a Su Iglesia tiene que decir y decidir sobre la Mente de Dios?

¿Quién es Bergoglio para interpretar lo que Dios ha mandado a toda Su Iglesia?

¿Quién se cree que es ese hombre que sólo vive para proclamar su orgullo sentado en la Sede de Pedro?

Y los católicos que lo obedecen, ¿piensan salvarse y santificarse limpiando las babas, cada día, de un hereje, de un cismático y de un apóstata de la fe?

Jorge Mario Bergoglio está exponiendo la esencia de su nueva iglesia: la diversidad regional, el que los obispos locales tengan autoridad a nivel pastoral para resolver los problemas que sólo con los Sacramentos, en la ley de la gracia, se pueden resolver.

Jorge Mario Bergoglio expone una doctrina contraria a la fe católica, a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y, además, se pone por encima, no sólo de la ley de la gracia y de la ley divina, sino de la ley natural, de las exigencias mismas de la naturaleza humana en el matrimonio.

Lo que parece normal para un obispo de un continente tiene que ser normal –no extraño, ni un escándalo-  para el obispo de otro continente.

Y la razón es sencillísima: la Iglesia es una sola en todo el mundo. Una en la Verdad Revelada. No es una en la diversidad.

Y, por lo tanto, ningún obispo puede cambiar esa Verdad. No se pueden dar cambio de verdades de uno a otro continente. Todos los Obispos y sacerdotes de la Iglesia Católica tienen que pensar igual, tienen que obedecer la Verdad Revelada. No pueden cambiar la Palabra de Dios a su antojo, según su interpretación o por las circunstancias que se viven en un tiempo o en un lugar determinado.

Lo que Dios ha enseñado y establecido es para todos los hombres, así los hombres no lo conozcan o pretendan no conocerlo. La ley Eterna es para todos.

Bergoglio dice lo contrario:

“… lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra”.

Este déspota está diciendo que son las sociedades las que promulgan la ley. No es Dios quien impone su ley, quien marca el camino de la verdad. Esto significa ponerse por encima de la Autoridad Divina. Esto es crear una autoridad humana sin dependencia de la autoridad divina. Una autoridad despótica en cada diócesis.

Toda autoridad ha sido ordenada por Dios, para que tenga poder de aplicar la ley divina en sus gobiernos. La violación de un derecho en una sociedad es la violación de derecho en otra sociedad, porque el derecho proviene de Dios, no de los hombres, no de las sociedades. Y Dios ordena la autoridad humana para que ejerza el derecho divino y, por eso, son ministros de Dios para el bien, y ministros de Dios para castigo del que obra el mal.

Jorge Mario Bergoglio, al anular el derecho divino en la autoridad humana, está diciendo que las sociedades tienen que gobernarse sin ley divina, cada una como le parezca, según sus derechos humanos.

Esto es lo propio de su despotismo. Estas ideas son el fruto de su poder déspota, un poder que no se rige por el derecho divino, por la ley divina, por un gobierno divino. Su despotismo en el gobierno le viene de la herejía de la horizontalidad que ha establecido en el gobierno de la Iglesia. La Iglesia se gobierna vertical, no horizontalmente. Sólo en la verticalidad se encuentra la Autoridad Divina. En la horizontalidad, el hombre construye su propia autoridad humana, sin dependencia de la autoridad divina, que en la Iglesia se traduce por despotismo, absolutismo.

En consecuencia, el gobierno de Bergoglio no es ministro de Dios, ni para el bien ni para el mal. Y todos tienen el deber y la obligación de despreciarlo, porque se basa en una sola cosa:

“… lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Para Jorge Mario Bergoglio, es el hombre el que decide lo que es bueno y lo que es malo.

Este es el orgullo propio de Lucifer, que pone su mente por encima de la Mente Divina. Es la libertad de su razón, de su conciencia, lo que se proclama.

Cuando la razón del hombre no es libre, sino que ha sido creada por Dios para sujetarse a la Verdad que conoce. Ha sido creada para buscar la Verdad y permanecer en esa Verdad.

Nadie es libre, en su razón, para declarar una mentira como verdad. Porque la razón siempre ve la mentira como mentira, siempre llama a la mentira por su nombre.

El hombre es libre, en su voluntad, para ir en contra de lo que claramente ve su razón.

Es la voluntad de la persona, no su razón, no su conciencia, la que decide en la vida de cada hombre.

Todos estos herejes siempre están en lo mismo: la supremacía de la razón. El culto a la mente, a la idea del hombre. Su soberbia que les lleva a su orgullo. Y, por este culto, hacen el trabajo del falso profeta, que es engañar a los hombres, darles una mentira, un engaño, una falsedad para sus mentes, presentándola como verdad, para que elijan la mentira, la falsedad, en sus vidas.

Estas ideas de Jorge Mario Bergoglio significan que su nueva iglesia no es ya católica, universal, porque no se da una única enseñanza en todo el mundo, en todas las diócesis. No hay una sola verdad en la cual la persona deba fundamentar su vida. No hay una jerarquía fundamentada, anclada, en una idea inmutable, infalible.

Se divide la doctrina y, pastoralmente, se enseña cualquier cosa, según la mente del obispo o sacerdote de turno. La práctica pastoral ya no está apoyada en la verdad, ya no existe para ayudar a vivir las verdades de la fe. Es una pastoral cambiante, que anula la doctrina, y que enseña el error y la confusión en la misma práctica pastoral: se practica la mentira apoyado sólo por la razón, por la idea que alguien ha concebido en su mente, por la idea a la cual se llega fruto de una diálogo de besugos.

Es su frase:

“…las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores”.

Los confesores sólo juzgan el pecado y al pecador. No pueden juzgar a una persona que vive en pecado mortal habitual, y que no muestra ningún arrepentimiento ni deseo de salir de su pecado.

Jorge Mario Bergoglio pone su falsa jerarquía: la que decide, caso por caso, si pueden o no recibir los sacramentos. Es una jerarquía propia de Lucifer: sin ley, sin gobierno, sin verdad. Es una jerarquía ebria en el orgullo y en el poder humano, que reciben de un déspota, para sellar las almas y entregárselas al demonio.

Si el matrimonio es indisoluble, entonces no hay manera, no hay camino, no hay una razón pastoral que enseñe que el divorciado, vuelto a casar, esté preparado para recibir los sacramentos. No existe esta razón pastoral. Si se da es porque la persona se pone por encima de la doctrina verdadera e impone su doctrina perversa a las almas. Impone dos cosas: su herejía y su cisma. Y esta imposición lleva a la obra de la apostasía de la fe.

Claramente, todo esto lleva a la pérdida de una sola fe, al desprecio de todos los Sacramentos, lo cual significa despreciar la vida de Dios en el hombre, en el actuar humano, en las sociedades humanas.

Los hombres se apartan de Dios por estar siguiendo a los hombres, a sus mentes, a sus ideas, a sus importantísimas razones.

Todo el problema de la Iglesia actual es tener a un déspota como su papa. Este es el descalabro de muchos católicos.

El problema no viene de antes, de un Concilio. El problema comienza con Jorge Mario Bergoglio. Esto es lo que muchos no han comprendido. Y empiezan a juzgar el Concilio y a todos los papas, los cuales los llaman “conciliares”. Ya no los llaman católicos. Los juzgan y condenan; de esa manera, juzgan y condenan a toda la Iglesia. Y ellos quedan como los justos y santos, los que son de la Iglesia verdadera.

Muchos ponen la ruptura en el Concilio. Y se equivocan. La ruptura comienza con Jorge Mario Bergoglio, con su gobierno horizontal. Esta es la clave. Este es el cisma que trae la herejía de la horizontalidad.

El problema de la Iglesia no está en el Concilio Vaticano II. Ese Concilio trajo discordia, desunión y la pérdida de muchas almas. Pero el problema estuvo en los Obispos, no en el Concilio mismo. Obispos que fueron engañados en la búsqueda de una paz y una fraternidad, que no se puede dar entre los hombres si no viven como hijos de Dios, en estado de gracia.

Muchos Obispos han trabajado, desde ese momento, bajo las órdenes de Satanás en la Iglesia, poniendo en marcha la formación de una estructura de iglesia mundial, que no es la Iglesia Católica. Y eso lo han hecho en sus mismas diócesis, en el mismo Vaticano. Eso lo han hecho en franca rebeldía y desobediencia a todos los papas reinantes.

Jorge Mario Bergoglio no podría estar haciendo lo que hace en la Iglesia sin el consentimiento de todos esos Obispos y Cardenales que han trabajado durante años para consolidar la nueva iglesia. Son muy pocos los Obispos y sacerdotes fieles a Cristo y a la Iglesia. Ya en el tiempo del pontificado de Benedicto XVI muchísimos Cardenales católicos se opusieron abiertamente a sus enseñanzas «promoviendo formas de contra-formación y de sistemático magisterio paralelo guiados por muchos antipapas» (Monseñor Giampolo)

Con el Concilio Vaticano II se abrieron las puertas a toda clase de herejes, produciendo que la fe se contaminara en muchos corazones. E hizo que la Jerarquía viviera en un sopor, en un sueño del cual muchos no han despertado todavía.

No se puede comprometer la fe católica con los enemigos de Dios, de esa fe. Ningún católico se puede asociar con los enemigos de Dios, con aquellos hombres que viven sin ley, que gobiernan sin ley, que su única verdad es su mente humana, lo que conciben en ella.

Ningún católico se puede unir a un ateo, a un musulmán, a un judío, a cualquiera que viva en su herejía, o en su cisma, o en su vida de apostasía.

Por eso, no entendemos a los católicos que tienen a Bergoglio como su papa. ¿Cómo pueden comprometer su fe católica siguiendo y obedeciendo a un hombre que está destruyendo la fe católica?

Esto que vemos en la Iglesia es fruto del Concilio, que comenzó con buenas intenciones, pero que fue pervertido por la mente de muchos Obispos, que fueron instrumentos de Satanás, para implantar en la Iglesia una nueva norma de moralidad, la propia de la masonería.

No se puede convertir al enemigo de Dios, al pecador, bajando las normas, ocultando las leyes, pavimentando un camino lleno de ambigüedades.

La fe inamovible no puede cambiar, no se puede substituir por otra cosa. Se cambian las cosas para llevar al hombre a Dios. Pero no se cambian las cosas para quitar al hombre de Dios y entregárselo a Lucifer.

Después del Concilio, toda la Iglesia fue engañada por todos aquellos Obispos y sacerdotes, agentes de Satanás, siervos del demonio, que han sembrado en las almas las semillas de la propia destrucción de la Iglesia.

Quien está destruyendo la Iglesia, actualmente, son los Obispos, los Sacerdotes, los fieles que siguen a un déspota como su papa. No es el resultado de un Sínodo. No es el fruto de un Concilio. Es cada persona que se ha entregado al mal y que lo obra en la Iglesia.

El mal camino en la Iglesia, la apostasía de la fe, ya se inició con el Concilio. Y eso ha llevado a contemplar un mundo en el cual la humanidad se ha ido difamando a sí misma y revolcándose en toda clase de soberbias, lujurias y orgullo.

Pero, lo que hoy contemplamos es el inicio y el levantamiento de una nueva religión, que llama a gritos a una nueva sociedad, destruyendo la base de fe que está basada en la Tradición y en el conocimiento de los profetas. Destruyendo la doctrina católica. Haciendo caso omiso del magisterio infalible e inmutable de la Iglesia.

Estamos viendo una religión y una Iglesia que no es la de Cristo Jesús, que no tiene su misma  verdadera base.

¿Dónde está el fundamento de Pedro en la iglesia de Bergoglio si está gobernando  con la horizontalidad? ¿Dónde está la base de la verticalidad del papado en el falso pontificado de Bergoglio?

No está, ni puede estar, porque es una nueva iglesia, en donde se toma el Cuerpo de Cristo y se difama, ya no se da el conocimiento de su Divinidad. Ya Jesús no es el Dios que está con el hombre en la Eucaristía. Sino que es un hombre más, que camina con los hombres, y que los apoya en toda su vida de perversión y de pecado.

En esta nueva iglesia se va en busca de un gobierno sin ley, un gobierno de déspotas. Cada uno, en su diócesis, gobierna según sus luces, según sus inteligencias, según sus criterios humanos.

Y estos jerarcas déspotas se unirán a los gobiernos déspotas del mundo para levantar el nuevo orden mundial. Es en la diversidad cómo se establece la unión entre los hombres que sólo buscan destruir, atacar, perseguir, la Verdad Revelada.

El hombre que busca emplear sus propias desviaciones para promover una paz y una fraternidad que sólo existen en su mente humana, no en la realidad de la vida, trae al propio hombre la guerra, la destrucción, la aniquilación de toda verdad. No puede haber paz sin Fe, sin que el hombre se sujete, obedezca una verdad absoluta.

Muchos han tergiversado los mensajes y las declaraciones dados en el Concilio y los han acomodado a ellos mismos, interpretando todas las cosas para su propia conveniencia.

Han sido muy pocos los que ha sabido leer ese Concilio y ponerlo en el lugar teológico que corresponde. El Concilio no hace daño para aquella alma que tiene las ideas claras de lo que es su fe católica. Pero el Concilio hace un daño gravísimo a aquellas almas que no saben razonar su fe en la Iglesia.

Ya lo dijo el Papa Benedicto XVI:

«Ciertamente los resultados [del Concilio Vaticano II] parecen estar cruelmente opuestos a las expectaciones de todos… Yo estoy repitiendo lo que dije hace diez años después de la conclusión del trabajo: Es incontrovertible que este período definitivamente ha sido desfavorable para la Iglesia»  (Joseph Cardenal Ratzinger, L’Osservatore Romano, Edición en Inglés, 24 de Diciembre, 1984).

El Concilio trajo a la Iglesia los errores del humanismo y del modernismo, que se metieron en la mente y en el corazón de la Alta Jerarquía, la cual anda en el camino de la perdición y llevando consigo muchos almas.

Cardenales, Obispos y fieles llevan 50 años distorsionando la doctrina de Cristo, el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ocultando la verdad, persiguiendo a los que viven la verdad. Son ellos, no es el Concilio. Son ellos que son movidos por un Espíritu que no es el de Cristo, sino el del Anticristo.

Y es ahora cuando a los buenos se les empieza a llamar los malos.

Es ahora cuando los malos son alabados por todo el mundo católico y son tenidos como redentores del mundo.

¿No es, acaso, eso Jorge Mario Bergoglio para muchos que se llaman católicos y para toda la gente del mundo? ¿No se ha convertido en el redentor del mundo para ellos? ¿No está, Jorge Mario Bergoglio, siendo glorificado constantemente por los hombres?

Por eso, no es fácil permanecer en el camino de la Iglesia, que es un camino angosto. Muchos renuncian a la verdad en sus ministerios para ir detrás de un déspota como su papa. Y saben que es un dictador de mentiras. Saben lo que está realmente haciendo en su gobierno de máscaras.

Lo que Jorge Mario Bergoglio está manifestando es que él se pone por encima de toda ley divina, y obra un cisma en la propia Iglesia, como jefe sentado en la Sede de Pedro. Y esto es gravísimo. Esto es la perdición de muchas almas en la Iglesia.

La Iglesia Católica no está en Jorge Mario Bergoglio, sino en el Papa Benedicto XVI. Ahí, en él, permanece la verdad de lo que es la religión católica. Y todo fiel, en la Iglesia, debe comulgar con el Papa si quiere salvarse y santificarse. Esa comunión es hasta la muerte del Papa. Una vez que el Papa muera, los fieles que permanezcan en la verdad ya no estarán obligados a obedecer a ninguna jerarquía, sino que formarán la Iglesia Remanente, la que permanece en la Verdad, esperando que el Cielo ponga su papa.

Bergoglio es el falso papa de una falsa iglesia.

¡Cómo cuesta entender esto a muchos católicos!

¡Esta verdad no es compartida por la Jerarquía! ¡Ni siquiera por las más fiel, por la más tradicional!

Eso es señal de que el gobierno despótico de Bergoglio está haciendo su trabajo en las mentes de los Cardenales, de los Obispos y de los sacerdotes.

Él está levantando su nueva jerarquía.

Y esto es abominable, porque supone que el mal está adquiriendo la perfección que necesita para instalar al Anticristo en la Iglesia y en el mundo.

El gran fracaso de Bergoglio en el Sínodo


xxxxxxto

«Se llama… cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos» (Canon 751).

En la historia de la Iglesia, se han dado cismas: personas que se han apartado de la unidad de la Iglesia, que es la unidad principal.

Esa unidad de la Iglesia radica en dos cosas: en la comunión de todos los miembros de la Iglesia entre sí y en la obediencia de todos ellos al Sumo Pontífice, que es la Cabeza de la Iglesia.

Sólo hay una Cabeza en la Iglesia: Pedro y sus Sucesores.

Actualmente, esa Cabeza es el Papa Benedicto XVI.

Son muchos los que tienen a Bergoglio como Papa y, por lo tanto, no están en comunión con el Papa legítimo y verdadero. Están fuera de la Iglesia en Pedro. Están siguiendo una falsa iglesia.

«Cuánta tiniebla en los hombres, cuánta obscuridad en sus corazones y en sus mentes, que no pueden reconocer al enemigo que está sentado en la Silla de Pedro, y se hace llamar santo padre, obispo de Roma, pero en verdad es un impostor, el lobo vestido con piel de oveja que engaña, con su poder seductor, y hace que los hombres lo bendigan como pastor universal; cuando, en verdad, al rebaño que él guía es el de los hombres necios, que viven sin estar en gracia, y son engañados fácilmente por el enemigo, porque si viviesen en Mi Gracia, y con sus corazones limpios, no caerían fácilmente en las trampas del que se hace llamar santo padre» (Jesús a un alma escogida)

En estos días, estamos contemplando el gran cisma dentro de la Iglesia Católica, que es el descalabro de muchas almas que siguen a un falso papa y están en una falsa iglesia.

Una obra cismática hizo Jorge Mario Bergoglio el 28 de septiembre del año 2013: puso un gobierno horizontal, creando un «Consejo de Cardenales» para gobernar la Iglesia.

Muy pocos han llamado por su nombre, como cisma, a este Consejo de Cardenales: todos han aceptado, de alguna manera, por conveniencia, este gobierno horizontal, el cual hace trizas el fundamento de la Iglesia, que es el Papado. El Papado, en la Iglesia, es un gobierno vertical en Pedro.

Jorge Mario Bergoglio puso el fundamento para levantar su nueva iglesia, precisamente, sentado en la Silla de Pedro, usurpando el gobierno de Pedro en la Iglesia, no su poder divino.

Es un cisma que proviene de un hombre que está gobernando la Iglesia con una autoridad que no tiene, que no le ha sido dada por Dios, sino que es dada por los hombres, por aquellas personas que lo han colocado, que han conspirado durante muchos años, para que este hombre se siente en el Trono de Pedro.

Se gobierna la Iglesia con la Autoridad Divina, en un gobierno vertical.

Bergoglio gobierna la Iglesia con una autoridad humana: y esto es ponerse por encima de la Autoridad Divina, que representa y tiene el Sumo Pontífice. Esto es rechazar la sujeción al Sumo Pontífice, al Espíritu de Pedro en la Iglesia. Jorge Mario Bergoglio no se sujeta a ese Espíritu y, por eso, no es el Sucesor de Pedro; y gobierna la Iglesia con un poder humano, que es el propio de un usurpador.

Jorge Mario Bergoglio no es el Sumo Pontífice, no es el Vicario de Cristo, no es el Papa de la Iglesia Católica. Si lo fuera, no hubiera obrado en contra de sí mismo colocando un gobierno horizontal. No hubiera tocado la verticalidad del Papado. Hubiera seguido a todos los Papas en la Iglesia en el gobierno vertical. Él se ha separado de la Sucesión de Pedro: y eso es el cisma.

Jorge Mario Bergoglio al no ser Papa, al ser sólo el Obispo de Roma, está ejerciendo un ministerio episcopal, pero sin el ministerio petrino. Por lo tanto,  puede hacer lo que hizo. Y puede hablar de una descentralización del Papado y de la Iglesia.

Además, su ministerio episcopal es falso. Por su clara herejía, Jorge Mario Bergoglio no es Obispo verdadero, que conduce y guía a las almas hacia la verdad. Es un Obispo falso que no puede ejercer el Espíritu de Cristo, no puede tener la Mente de Cristo ni hacer las obras de Cristo en la Iglesia, porque lo ha rechazado, le pone un óbice con su herejía.

Benedicto XVI renunció al ministerio episcopal, pero no al ministerio petrino. Ya no puede gobernar la Iglesia, pero todavía posee, hasta su muerte, el Primado de Jurisdicción, el ministerio petrino. Por ese ministerio petrino, los fieles y toda la Jerarquía están obligados a permanecer en comunión espiritual con él si quieren estar en la Iglesia de Cristo, si quieren ser Iglesia, si no quieren perderse en la gran apostasía que se contempla en Roma y en todas las diócesis del mundo.

Ya los fieles no están obligados a prestarle obediencia porque no gobierna la Iglesia, no realiza actos de gobierno ni de magisterio, que es lo propio del Papado. Su gobierno ha quedado inútil, no sirve, no cuenta. De esta manera, se cumple lo que la Virgen dijo a Conchita sobre un papa que Ella no contaba. No cuenta su ministerio episcopal, pero sigue contando su ministerio petrino. Por lo tanto, queda la comunión espiritual con el Espíritu de Pedro, que posee el Papa Benedicto XVI. Ese Espíritu de Pedro es el Espíritu de la Iglesia, que une a todos los miembros con Su Cabeza.

Sigue siendo Pedro el que guía a la Iglesia en estos momentos. Pero sólo guía a aquellos en comunión con el Papa Benedicto XVI. A los demás, ellos mismos se pierden en la gran confusión que hay en todas partes por seguir a un falso papa, que no tiene el Espíritu de Pedro, y por estar colaborando en el levantamiento de una nueva iglesia, contraria a la Iglesia de Cristo.

Un hereje, como es Jorge Mario Bergoglio, no tiene jurisdicción en la Iglesia.

Fueron muy pocos los que no quisieron aceptar esta mentira del gobierno horizontal y se apartaron de Roma, en ese momento, por haber caído en el cisma. Un cisma que iniciaba y sólo se mostraba encubierto.

Los demás, han seguido mirando a Roma y tienen como papa a un hereje, a un cismático y a un apóstata de la fe. Están dentro de una falsa iglesia, siguiendo como corderos llevados al matadero, a una cabeza falsa.

El Papa de la Iglesia Católica es Benedicto XVI, que es el último Papa antes del fin de los tiempos, antes de que se concluyan los tiempos del mal y aparezcan los nuevos tiempos, en donde el Papado continuará, pero con Papas puestos por el Cielo, no en una reunión de Cardenales.

El católico verdadero es el que comulga con el Papa Benedicto XVI: en Él está la Iglesia, la verdadera, la que ha fundado Cristo en Pedro. Todo aquel que comulgue con el Papa Benedicto XVI no puede caer en el cisma que Jorge Mario Bergoglio está obrando desde la Silla de Pedro.

«Las puertas del infierno» no pueden prevalecer sobre la Iglesia en Pedro, sobre los fieles que comulgan con el Papa Benedicto XVI. Sin embargo, las puertas del infierno están por encima de esa iglesia, que está levantando Jorge Mario Bergoglio, para engullirla una vez haya sido levantada en la perfección de todo mal.

«Entre el cisma y la herejía creo que hay esta diferencia: la herejía crea dogmas alterados, mientras que el cisma separa de la Iglesia» (San Jerónimo – In Tit. Super 3, 10; ML 26, 633).

Jorge Mario Bergoglio ha estado creando, desde el Consistorio de febrero del 2014, el dogma alterado de los divorciados vueltos a casar que pueden comulgar y de las parejas gays en la Iglesia.

Ha ido en contra de dos documentos claves en la Iglesia Católica: la Familiaris Consortio y la Humanae Vitae. Señal de que él no puede seguir ni a los Papas ni al Magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, que es irreformable. Señal de que no es Papa.

Jorge Mario Bergoglio puso a su anticristo, Kasper, que fue el único relator de ese Consistorio, para comenzar la reforma del magisterio de la Iglesia. Kasper fracasó, pero el mal continuó.

En el Sínodo del 2014, Jorge Mario Bergoglio, de acuerdo a su agenda programada, intentó imponer su doctrina con un documento infame. Y tuvo que cambiarla por la gran oposición de toda la Iglesia. De nuevo, fracasó. Pero el mal continúo.

En su orgullo, como un dictador, reinsertó su dogma alterado en el Instrumentum Laboris para el Sínodo del 2015. Y puso a todos sus hombres al frente de ese Sínodo, amordazando a los Padres Sinodales. Nombró a una comisión especial para escribir su relatio final. Y su dogma alterado, de nuevo, fracasó.

El gran fracaso de Bergoglio ha sido este último Sínodo. Pero, sin embargo, el mal continúa.

Bergoglio ha montado en cólera por este fracaso, diciendo que no debemos sentarnos en el trono de Moisés y juzgar a la gente, que debemos supuestamente ser caritativos y misericordiosos, negando claramente la realidad del pecado, y dando el mensaje protestante de que Jesús ama a todo el mundo y se hace cargo de todo. En su ira, ofreció su falsa misericordia en la que se anula toda justicia y en la que se ataca a toda la Iglesia Católica. Ni una palabra sobre el pecado ni sobre el arrepentimiento. Sólo se ha desahogado con su baboso modernismo, sólo le ha interesado poner en claro su herético pensamiento:

«…hemos visto también que lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo, para el obispo de otro continente; lo que se considera violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede parecer simplemente confusión. En realidad, las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado». (24 de octubre 2015)

Lo que parece normal para un Obispo, no es tan normal para otro; lo que una sociedad o cultura entiende por violación de derecho, no es para otra…

Jorge Mario Bergoglio sigue su idealismo: todo principio general tiene que ser inculturalizado. Es decir, que no existe la ley divina, la verdad absoluta, no existen los dogmas, no existe la ley natural, no existe la ley de la gracia. Sino que todo es del cristal como los hombres, las culturas, las sociedades, las conciencias de cada uno lo miren. Esto no es nuevo en él. Siempre ha pensado así y no hay manera de que este hombre piense lo contrario. Él está en la descentralización del Papado y de la Iglesia. Pero, no sabe cómo hacerla.

Ahora, para toda la Iglesia, hay un momento de compás de espera.

El Sínodo ha fracasado porque no alcanzó los objetivos que el mal planeaba. No se dijo que los divorciados podían comulgar. No se dijo que los homosexuales se podían casar. Y esta es la ira de Jorge Mario Bergoglio y su gran fracaso. Por eso, él no puede ser el Falso Profeta. Sólo es un pobre payaso que entretiene a todo el mundo con una palabra que fracasa.

No son con palabras cómo se cambian a los hombres: es lo que lleva intentando este hombre desde que usurpó el Trono de Pedro. Se ha dedicado a hablar, a contar fábulas a todo el mundo. Y eso cansa después de dos largos años. Cansa escuchar a un hombre obsesionado con los mismos asuntos de siempre. Un hombre sin verdad, sin vida espiritual y sin vida eclesial.

Por eso, son muchos los intelectuales que también fracasan al querer estudiar lo que es Bergoglio como papa, como miembro de la Iglesia.

Este hombre no puede enseñar nada a la Iglesia: está creando sus dogmas alterados. Para eso, tiene que ir en contra de toda la fe católica. Tiene que hacer, como hacen todos los herejes, conocedores del dogma, pero que lo interpretan a su manera, que ocultan la verdad que ellos no quieren que se diga, para que sólo se manifieste su mentira.

Esto es la relatio final: un documento ambiguo. Hace aguas por todas partes, porque se oculta la verdad. Sólo se manifiestan aquellas palabras, aquel lenguaje que dice muchas cosas y no dice absolutamente nada. Todos los pueden interpretar a su gusto.

A pesar del fracaso del Sínodo, Bergoglio sigue adelante con su mal. El Sínodo sólo fue un montaje para intentar poner un rótulo de doctrina en la cual todos puedan participar, todos puedan aportar algo, menos la verdad. De esta manera, se coge a los falsos conservadores, a los que creen que la doctrina no ha cambiado, que todo sigue igual, para atrerlos a su juego. Ellos no buscaban un consenso, sino la manera de introducir su lenguaje bajo la carpa de la doctrina de siempre. No se toca la doctrina, sino que se abre la puerta para múltiples interpretaciones. Es buscar el fin democrático, el fin del pueblo, el sentido que el pueblo quiere en la vida. Es darle al hombre lo que en su pensamiento quiere encontrar.

Para toda esta gente, es lo pastoral lo que cuenta. No es la doctrina. A ellos les interesa muy poco la doctrina. Ellos quieren que la gente viva sin doctrinas absolutas, sin leyes divinas, sin normas de moralidad.

Por eso, ahora, tiene que dedicarse a descentralizar la Iglesia, a poner en cada diócesis la fuerza del cambio, que es el levantamiento de la nueva iglesia.

Ellos tienen que reformar los Sacramentos de alguna manera para que entren todos en la Iglesia. Ellos van a ir a la práctica, no a la doctrina. Con la práctica, es más fácil reformar la doctrina.

«El cisma, en un principio y en parte, puede entender como distinto a la herejía; mas no hay cisma en que no se forje la herejía, para convencerse de que se ha obrado rectamente apartándose de la Iglesia» (Ib. San Jerónimo)

No hay cisma en que no se forje, en que no se consolide la herejía.

Bergoglio no se va a dar por vencido en este fracaso del Sínodo. Bergoglio sigue forjando su herejía, sigue trabajando con su mente cerrada a la verdad: ahí están sus escritos heréticos y sus falsos motus propios que abren la puerta al divorcio en la iglesia, es decir, a la herejía. Son con los motus propios, con la pastoral, cómo cambian la Iglesia, cómo lo alteran todo.

¡Cuántas almas se van a separar de la Iglesia por esos motus propios! Van a tener una nulidad que es falsa. A los ojos de Dios, seguirán casados. Y ellos vivirán en sus pecados sin posibilidad de arrepentimiento. Esto es un claro cisma que pocos han contemplado.

Bergoglio, con sus escritos, con sus homilías, con sus enseñanzas heréticas, va apartando a las almas de la Iglesia: de la verdad, de lo que significa un Papa en la Iglesia, de lo que es la obediencia a un Papa en la Iglesia, de lo que es el magisterio infalible de la Iglesia.

Muchos, que siguen a Bergoglio, lo critican y lo juzgan. Han caído en su juego. Porque a un Papa no se le puede criticar ni juzgar. Y, por eso, muchas almas ya no saben obedecer a la verdad porque están obedeciendo la mentira que un hombre les da en la Iglesia. Ese hombre los está separando de la Iglesia, y no se dan cuenta. Y esto es el cisma.

Se forja la herejía, la obediencia a la mentira, que las almas piensen el error y lo obren. De esta manera, se va haciendo el cisma. Y, poco a poco, se van quitando las caretas, van saliendo del armario curas homosexuales que ya quieren ser de esa iglesia que está levantando Bergoglio.

Bergoglio está convencido de su herejía. Y está convencido de que debe apartarse del magisterio infalible de la Iglesia, de todos los Papas, sólo por estar forjando su herejía, sólo porque cree en su herejía. Muchos, no ven esto en Bergoglio, este convencimiento, este trabajo en forjar sus dogmas alterados. Y quedan ciegos con ese hombre.

Ahora, ellos se van dar a la tarea de la descentralización de la Iglesia. Porque, para que el Anticristo se siente en la Silla de Pedro, necesita que en todas las diócesis, en todas las parroquias, en todas las capillas católicas, se viva el pecado, se obre el pecado, y que la gente tenga el pecado como un camino en su vida.

Esto sólo puede hacerse de manera pastoral. Y el contenido de la relatio final del Sínodo es apropiado para comenzar las reformas de las liturgias de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía.

Si doctrinalmente no ha quedado escrito que los divorciados vueltos a casar pueden comulgar, lo van a hacer pastoralmente. Y el cisma se irá viendo más claro, día a día. Van a dar sacramentos en los que se va a invitar a todo el mundo a participar. Y, muchos, si quieren salvarse tienen que apartarse de todo esto.

«…la Iglesia no fue pensada y hecha por hombres, sino que fue creada por medio del Espíritu; es y sigue siendo criatura del Espíritu Santo» (Eclesiología de la Lumen Gentium – Conferencia del Cardenal Ratzinger, febrero 2000).

La Iglesia de Cristo existe realmente, porque Él mismo la fundó y el Espíritu Santo la va recreando continuamente.

No es la obra de los hombres, sino del Espíritu. Y, en un mundo, en una Iglesia, en que el hombre ha perdido el sentido espiritual, lo que es la realidad y el mundo del Espíritu, sólo contemplamos una Iglesia llena de hombres, que piensan como los hombres, que obran como ellos, pero que no siguen al Espíritu de la Iglesia, que no son movidos por este Espíritu, que sólo les interesa un reino material, humano, natural, carnal. Una vida mirando sólo lo de acá. Conquistando sólo proyectos humanos.

Por eso, no contemplamos la Iglesia de Cristo ni en Roma ni en muchas parroquias. Sólo contemplamos a hombres que quiere edificar una nueva iglesia, siguiendo las enseñanzas de un hombre que sólo habla para fracasar en su palabra.

Contemplamos un cisma en la Iglesia. Y que ya se está manifestando con claridad, porque se sigue forjando la herejía. Nadie lucha en contra de ella. Todos se acomodan al lenguaje herético que de Roma viene.

Graves momentos para la Iglesia. No se ha vencido en el Sínodo porque ninguno de los Cardenales ha excomulgado a Jorge Mario Bergoglio. Se ha contenido, por un tiempo, la obra de herejía de ese usurpador.

Pero, si los hombres no se ponen en la Verdad, entonces perderán toda fuerza de contención y caerán en la abominación que ya se está levantando por todas partes.

La división está entre los miembros de la Iglesia. Ya no hay comunión en la verdad entre ellos. Y esta es la obra cismática de un hombre, que ha puesto esta guerra, esta división, este odio hacia los católicos verdaderos, que siguen el dogma y cumplen con la ley de Dios. Jorge Mario Bergoglio ha dividido la comunión de los fieles en la Iglesia. Ha dividido la verdad, la unión en la verdad. Y esto es el cisma.

Objetivo del Sínodo: destruir la Iglesia por completo


xxxxxxto

Todos han perdido el tiempo estando atentos al viaje del usurpador a Cuba y EE.UU, y todos perderán su tiempo esperando algo bueno en el falso Sínodo que comienza ahora.

«Mis enemigos se reúnen, y se levantarán contra Mí y Mi Iglesia Fiel» (Jesús a un alma escogida): esto es ese falso Sínodo. Ahí se van a reunir los enemigos de Cristo para levantarse, con orgullo, con soberbia, contra Cristo y Su Iglesia.

«Mis enemigos se reúnen»

Jorge Mario Bergoglio es enemigo de Cristo y de la Iglesia Católica. El líder, la pieza clave para que todo el aparato masónico pueda moverse libremente en las Alturas de la Iglesia.

Pero, también son enemigos de Cristo, todos los demás que tienen a Bergoglio como papa.

Enemigo de Cristo es aquel que obedece a un hereje en la Iglesia.

Enemigo de Cristo es aquel que, versado en la tradición y en el magisterio de la Iglesia, los tuerce sólo para complacer la mente del hereje.

Enemigo de Cristo es aquel que conociendo la herejía de Jorge Mario Bergoglio lo declara papa de la Iglesia Católica.

«Mis enemigos se reúnen»

Cristo no estará en el centro del Sínodo. La Verdad ha desaparecido de la Iglesia. Sólo queda la mentira promulgada por la mente del usurpador.

El Espíritu Santo no puede soplar en aquellas almas sacerdotales que no saben discernir a un hereje en la Iglesia. Los Obispos tienen el poder de excomulgar a Bergoglio y no lo hacen. No esperen que el Espíritu de la Verdad esté en las bocas de esos Obispos.

El centro del Sínodo: la mente de Jorge Mario Bergoglio. Y todos dando vuelta al contenido de esa mente llena de errores, de oscuridades y de ambigüedades.

Todos han caído en el hechizo del espíritu del Falso Profeta. Están aprisionados en su mente humana, y sólo pueden abrir sus bocas para bendecir a un hereje en la Iglesia. Sólo saben aplaudir la maldad que ese hombre obra públicamente.

«Mis enemigos se reúnen»

Van a destrozar a Cristo y a Su Iglesia en el Sínodo.

Y, al final, se verán los aplausos de toda la Jerarquía hacia el impío, hacia su maniobra, aceptando la maldad que trae esta obra demoniaca.

En el Sínodo está todo amañado. Lo que va a suceder es sólo una pantalla exterior para dar publicidad a la doctrina impía en la Iglesia, que ya está siendo preparada.

Una treintena de personas están elaborando el documento final del Sínodo en la que se legisla el pecado en la Iglesia.

Todos los Cardenales, Obispos, se reúnen bajo la mente de un hereje, bajo su dictadura, su autocracia.

Por lo tanto, no van a poder ejercer el Magisterio de la Iglesia porque estarán unidos bajo un hombre que no es el Romano Pontífice. Un hombre que sólo busca, en la Iglesia, la gloria para sí mismo. Un hombre que los ha engañado en todo y que sólo vive para engañar a la Iglesia.

Lo que saldrá, por tanto, de esa reunión será siempre el error, la mentira, la duda y la clara herejía.

A ese falso Sínodo no se va a deliberar y a decidir sobre temas eclesiásticos, sino sobre asuntos que son inaceptables para la Iglesia Católica.

Se reúnen para tratar lo que es ya herejía, lo que no tiene vuelta de hoja, lo que no se puede obrar sin violentar claramente los mandamientos divinos.

«.. abrirá las puertas de la Iglesia a todo pecador, a todo soberbio que contradice Mis Leyes y  Decretos Divinos,  acomodando sus leyes a su propia conveniencia, pisoteando así Mi Ley Divina y Mi Autoridad» (Jesús a un alma escogida).

El resultado carecerá, como todo lo que hace Bergoglio en la Iglesia, de valor divino, porque será sólo ratificado por una potestad humana, que es el gobierno horizontal impuesto por Bergoglio en la Iglesia, un organismo externo que, por sí mismo, produce el cisma en la Iglesia.

Comienza el cisma oficial en la Iglesia:

«El 4 de octubre 2015, en memoria a este Santo y Mártir de Mi Pasión [San Francisco de Asís]… se abrirá un sello dentro de Mi Iglesia… a fin de que se manifieste, abiertamente, el espíritu de Impiedad, que hasta ahora se ha ocultado a muchos: el espíritu de la Mentira, el espíritu de la Gran  Apostasía, que dará abiertamente el inicio en la preparación de la destrucción de Mis Leyes, por el espíritu de Impiedad y del Mal, que obra ya en todos Mis enemigos, que buscan -y se han propuesto- destruir a Mi Iglesia, desde la más Alta Jerarquía, el obispo de Roma y sus seguidores».

En esa reunión se va a manifestar abiertamente el espíritu de la Impiedad, que es el espíritu propio del Impío, del Falso Profeta y del Anticristo.

El hombre impío es el que desprecia a Dios y a su Ley, combatiendo con un poder humano la Autoridad Divina.

El hombre impío es hostil a Dios, persigue la Verdad, la ataca de muchas maneras, hace propaganda del error y de la mentira, con el sólo fin de aniquilar toda verdad.

Ese espíritu de impiedad «hasta ahora se ha ocultado a muchos», porque se necesitaba tiempo para ir haciendo la nueva doctrina, las nuevas leyes, el nuevo credo. Mientras tanto, se entretenía a las masas con la oratoria magistral de Jorge Mario Bergoglio.

Una oratoria que es propia de la sabiduría diabólica, aprendida en el mundo y ejercida, durante años, en la Iglesia, arrastrando consigo a muchas almas hacia la perdición eterna.

Ahora, ha llegado el tiempo de quitarse la careta, de que todos contemplen las verdaderas intenciones de aquel que se hace llamar papa sin serlo. Todos verán su traición.

Y son ellos mismos los que lo van a hacer. Tienen que hablar claro porque ya no pueden ocultar más el desastre que se vive en toda la Iglesia. Desastre que ellos mismos ha obrado y que ya ha dado su fruto perfecto en el mal.

Ese espíritu de impiedad «dará abiertamente el inicio en la preparación de la destrucción de Mis Leyes»: después del Sínodo comenzarán a sacar leyes que destruirán las leyes de la gracia, las leyes divinas y las leyes naturales.

Los Sacramentos experimentarán una involución: se introducirán elementos nuevos y extraños, que romperán la esencia del Sacramento y lo acabarán por anular en la misma Iglesia. Lo último que desaparecerá será la Eucaristía con la aparición de la nueva jerarquía, en donde la mujer tendrá parte esencial en ella.

Los Mandamientos de Dios serán anulados completamente, dándose una nueva interpretación más conforme a las necesidades de la gente. Del pecado se dirá que ya no existe, y que lo único que hay que valorar en la Iglesia es la persona humana, con sus ideas, sus vidas, sus obras.

Todos los pecadores podrán acceder a todos los Sacramentos sin necesidad de quitar el óbice del pecado. La confesión sólo será un tribunal psiquiátrico, en donde se enseñará a la persona a ser más humana y a buscar en su vida la felicidad natural.

Se impondrán leyes contra natura, inventándose el matrimonio de los homosexuales, y dando valor a los pecados de impureza más comunes, como la masturbación y el onanismo. Se enseñará que el sexo es sólo una función orgánica del hombre. Y se educará a los niños en toda impureza carnal.

¿Qué cree la gente que buscan en el Sínodo la Jerarquía?

«… buscan -y se han propuesto- destruir a Mi Iglesia, desde la más Alta Jerarquía, el obispo de Roma y sus seguidores».

¡Déjense de falsas esperanzas!

Se han propuesto destruir la Iglesia. Y no hay otro camino. No hay otra solución. No hay punto de retorno.

«Caminamos como Iglesia hacia una renovación profunda y global… Los misioneros, los evangelizadores… son los primeros en darse cuenta de los insuficientes que son las formas de acción tradicionales… El papa [Francisco] quiere llevar la renovación de la Iglesia a un punto de no retorno» (Cardenal Oscar Madariaga).

Destruir el magisterio auténtico de la Iglesia: los dogmas, los Sacramentos, la liturgia.

Ya ha sido anunciada la venida del hombre impío, «que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el Templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4).

Estas Palabras Divinas han quedado en el olvido de muchos católicos que se han vuelto paganos dentro de la Iglesia, y que no son capaces de discernir los Signos de los Tiempos: no ven la apostasía que hay dentro de la Iglesia.

Están aplaudiendo las obras de pecado de un hombre que sólo habla lo que encuentra en su mente humana.

Lo están llamando papa sabiendo que ni habla ni obra como un papa.

Lo están defendiendo conociendo que es el primer culpable de la situación actual de la Iglesia.

«El misterio de iniquidad ya está en acción» desde el principio de la historia, cuando Adán despreció, como un hombre impío, el mandamiento de Dios.

Adán quiso ser dios:

«… es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5).

Y Dios lo expulsó del Paraíso:

«He aquí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre. Y le arrojó Yavé Dios del jardín de Edén» (Gn 3, 22.23).

Esta impiedad de Adán se repite constantemente en toda la historia del hombre, obrando Dios con el hombre Su Justicia.

Esta impiedad se ve en Jorge Mario Bergoglio: quiere ser como dios. Quiere decidir por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. Quiere sus leyes de la gradualidad en la Iglesia.

Y se reúnen con él, en el falso Sínodo, para asestar el golpe definitivo a la Iglesia Católica.

«… se abrirá un sello dentro de Mi Iglesia…»: la apertura de un sello significa la obra de la justicia divina.

«El primer sello es la apostasía, vista no solo entre los no creyentes, sino entre aquellos que profesan conocerme y aquellos que públicamente proclaman su amor por Mí. Este es el momento cuando la verdadera fe será torcida, cuando ustedes Mis hijos, son presentados con una doctrina diluida, la cual es un insulto a Mis enseñanzas. Les digo, hijos, que cuando vean creencias falsas nuevas y doctrinas religiosas surgir, sabrán que este es el tiempo para que primer sello sea revelado» (MDM, 7 marzo 2012).

La apostasía está en la Iglesia desde hace 50 años, obrada por la Jerarquía masónica en contra de todos los Papas.

Pero, ahora, lo que se abre en la Iglesia es la Gran Apostasía que la misma cabeza que gobierna la Iglesia obra oficialmente, sin la careta de buena persona que no ha roto un plato, como ha sido presentada hasta ahora. Una cabeza que es masónica y que ha puesto a su gente en todas las diócesis, con el único propósito de destruir la Iglesia Católica.

En este falso Sínodo, la doctrina de la fe será totalmente torcida con la aparición de una nueva doctrina que será impuesta a todos. Una doctrina que contiene todas las herejías de todos los tiempos, presentadas con una palabra ambigua, hermosa para la mente, pero errada en la inteligencia.

Y esta falsa doctrina revela que una nueva iglesia se está levantando a los ojos de todos, oficialmente, en el Vaticano.

La nueva iglesia necesaria para mostrar el nuevo orden mundial, que tiene que ser, ante todo, de carácter religioso, no político.

Los hombres viven según una idea religiosa, no según una idea política. Hay que unirlos a todos en un mismo lenguaje religioso que contenga todas las ideas religiosas.

Es el comienzo de las profecías:

«En el momento de esta tribulación un hombre, elegido no canónicamente, se elevará al Pontificado, y con su astucia se esforzará por llevar a muchos al error y a la muerte» (Opúsculo del Seráfico Patriarca Francesco D´Assisi).

Esta profecía es para estos Últimos Tiempos, para nuestros días.

El Falso Profeta estuvo detrás en la elección de Jorge Mario Bergoglio. Es tiempo de que aparezca, de que dé la cara. Es tiempo de un hombre inteligente, que no necesita a un grupo de herejes para poner una doctrina, sino que comande ese mismo grupo con su inteligencia.

Bergoglio se ayuda de intelectuales herejes para gobernar. Y, por eso, produce escándalo cuando habla. Predica lo que otros le dicen, pero no sabe argumentar lo que predica. Todos ven su ambigüedad en sus palabras. No ven inteligencia, lógica. Siempre se necesita a otro que interprete sus palabras.

Tiene que aparecer el verdadero Falso Profeta, el que lo mueve todo. Porque ya no hay que entretener a las masas, que ha sido la misión de Bergoglio. Ya las masas han sido arrastradas al error. Ahora, es necesario sellarlas en el error: darles una doctrina que puedan poner en práctica con leyes específicas.

Bergoglio sólo ha dado su discurso y, sólo al final, ha sabido romper la ley canónica del matrimonio con leyes abominables: un motu proprio que otros han hecho por él.

«Mis enemigos se reúnen, y se levantarán contra Mí y Mi Iglesia Fiel. Con grandes engaños y seducciones abrirán las puertas de Mi Iglesia, contradiciendo Mis Leyes, e imponiendo su palabra mentirosa y de engaño sobre Mi Palabra Santa y Verdadera, sus  decretos humanos contra Mi Ley y Decretos Divinos, que son inmutables.  Llevarán, a  muchos, a la confusión, habiendo logrado seducir los corazones de muchos, y confundiendo sus entendimientos, para que no reconozcan más la Verdad y Mi Ley».

Es el tiempo del traidor, que entrega la Iglesia al Falso Profeta, para que lo destruya todo y levante la Iglesia que necesita el Anticristo para aparecer.

Con esta iglesia que se ve es imposible que aparezca el hombre impío. Hay que llevar a esta iglesia al punto de no retorno. Por eso, es necesario un cambio en el gobierno de la Iglesia. Hay que hacer que ese gobierno horizontal actúe más claramente en toda la Iglesia. Que no sólo sea un grupo de ayuda, exterior al gobierno, sino que gobierne realmente en la Iglesia.

Hay que poner una cabeza que no hable con ambigüedad, que no entretenga, sino que instruya con su inteligencia a todos. Inteligencia pervertida en el mal. Bergoglio es sólo el vividor de esa vida pervertida, pero no sirve para gobernar, para ser cabeza inteligente. Sólo ha servido para crear confusión, división, que es lo único que se quería.

Todo lo que ha hecho Bergoglio no es por su autoridad, sino por imposición de otros. Él es sólo un juguete de la masonería: el pelele de turno que tiene que dar la cara al público, mientras otros hacen y deshacen en lo oculto. Así siempre trabaja la masonería: ponen al que todos miran para distraer de lo que verdaderamente ocurre.

Ahora, es el tiempo de romper oficialmente la Iglesia. Ya no es el tiempo de entretener a la masa. Por eso, es el tiempo de la verdadera persecución: quien no acepte esa nueva doctrina, ese nuevo credo, será excomulgado oficialmente. Ellos caerán en su misma trampa: hablan de misericordia con todos, pero no tienen ninguna misericordia con los que siguen la verdad absoluta.

Toda la Iglesia que ha contemplado a Bergoglio como papa, que lo tiene como tal, caerá en la trampa del Sínodo:

«Los necios caerán en el engaño, y serán parte de ese rebaño, que no es guiado por el Espíritu Santo, sino por el espíritu del Engañador, del Precursor del Anticristo, de la primera Bestia que prepara el camino a la segunda Bestia, el Anticristo» (Jesús a un alma escogida).

Esa Jerarquía necia, esos fieles estúpidos, incapaces de discernir la verdad de la mentira, son los que van a levantar la nueva iglesia, serán parte de ese rebaño, siguiendo al Falso Profeta que señala al Anticristo.

Por eso, como dice San Francisco de Asís:

«Habrá tal diversidad de opiniones y cismas entre la gente, entre los religiosos y entre el clero, que, si esos días no se acortaren, según las palabras del Evangelio, aun los escogidos serían inducidos a error, si no fuere que serán especialmente guiados, en medio de tan grande confusión, por la inmensa misericordia de Dios».

Cristo no está en la discusión que se va a observar en el Sínodo.

Cristo no está en la diversidad de opiniones y cismas que vendrán después del Sínodo.

No tomen partido por nadie en la Iglesia. Ninguno de ellos es de Cristo.

Cristo está en la Verdad, y sólo en la Verdad.

Y la única Verdad que hay que exigir a la Jerarquía es que excomulgue al hereje. Si no hacen esto, que se queden con sus opiniones, con su fe en la tradición y en el magisterio de la Iglesia. Se convierten en unos fariseos: tenéis la tradición y el magisterio y seguís a un hereje. No sois Iglesia por más que os vistáis de traje talar y celebréis una misa en latín.

No hay que estar ni con Burke ni con Bergoglio.

Hay que estar con Cristo. Hay que mirar sólo a Cristo. Los demás, que caigan en el engaño.

« ¡Ay de vosotros, pastores tibios, que no os esforzasteis por vivir en la Verdad,  pues, fácilmente, seréis engañados!»: fácilmente engañados.

Cuando no se lucha por la verdad, entonces la vida es sólo aparentar que se sigue la verdad, pero obrando lo contrario a lo que se cree.

¡Gran tibieza es lo que se observa en toda la Jerarquía! Su mucha teología no les podrá salvar del engaño. Serán engañados en su teología.

No pierdan el tiempo con el Sínodo. Ya se sabe cómo va a acabar.

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