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Es Cristo Crucificado el signo de la Misericordia


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Todos van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana.

Es el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación del mismo hombre.

Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con u gobierno mundial.

Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.

Para esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la falsa iglesia en Roma.

Y la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero, ¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la Iglesia y de las almas.

Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.

La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.

Pero, se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un cristo que no es el del Evangelio.

El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo humano.

Es la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz, en el Hijo que muere clavado en la Cruz.

Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.

Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).

Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.

El amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje, consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole material, no espiritual.

Dios se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).

En la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona, que sólo está reservado a Él.

Pero, esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural. Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.

Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.

Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.

Para ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.

Esto es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.

Y oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la Voluntad de Dios.

Dios no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.

Dios pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace, para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia. Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es nuestro amigo.

Pero, a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos días.

«…el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en profundidad  los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres», no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío, inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y, por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!

Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.

Ellos muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias sociales y a predicar los derechos humanos.

Y enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así, cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo espera…».

Palabas propias de un demente.

¡Gran locura es lo que se dice aquí!

Se niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos. Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al Anticristo, pero predican su doctrina.

Es lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno, idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha, con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les corrige sus maldades.

Por eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda su descendencia.

Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.

¡Qué gran blasfemia!

Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.

Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.

Los ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios quería para el hombre.

Los ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en Roma.

Todo hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.

Hay que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve: en Su Padre.

Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple, que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del pensamiento humano.

Sé libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su negocio en la Iglesia.

Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.

¿No ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala, reconociendo en ella una figura de fe?

«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).

¿Cómo una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.

Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe, no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta, cosa que nunca va a hacer Bergoglio.

La religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana. Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia para con Dios.

Toda religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural. Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada. No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.

Los luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.

La división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para conseguir su gran negocio.

La religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la creación.

Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.

Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.

El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.

Por eso, Dios crea a la mujer.

Y la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.

Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne. Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza humana.

Una mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia funciona cuando gobierna el varón.

Pero, hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y, entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el papel que Dios quiere en toda mujer.

Dios crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que Dios ha querido al crear al varón.

Dios crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.

Dios crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre, para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.

Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.

El hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido natural.

Después, está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a la natural, a la carnal.

Adán, con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.

El pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la generación, sino sólo por la gracia.

En aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos anticonceptivos, se va  en contra de la misma religión natural. Dios castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.

Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.

La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.

En aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la mujer.

¿Qué relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida? Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de vivir naturalmente en relación con Dios.

En aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.

Se busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación. Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre. Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la nueva religión y tener un medio para vivir la vida.

Aquellos que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del Anticristo.

No tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás, se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.

Bergoglio no es materialmente Papa


«¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración, así como hacen cuando entra el Señor!» (Bergoglio, 28 de abril del 2015, a los huéspedes de los centros de Cáritas de Roma)

Arrodillarse…así como hacen cuando entra el Señor: cuando Jesús entra en la Eucaristía, todos se ponen de rodillas para adorarlo. Y se hace esto porque Jesús es Dios. Y sólo a Dios hay que darle culto de latría, adoración.

Enseñar que cuando un pobre, un hombre, entra en la iglesia, todos tienen que hacer lo mismo que se hace cuando entra Jesús en la Eucaristía, es enseñar la idolatría, pecado gravísimo que no admite parvedad de materia.

Es preciso sufrir la muerte antes que adorar a un pobre o a un hombre en la Iglesia.

No se puede obedecer el deseo de la mente de Bergoglio sin caer en la desgracia del pecado mortal.

Es una gran injuria contra Dios, no sólo adorar a un hombre, sino enseñar a dar culto al hombre, como si fuera un dios,  y hacerlo desde la Silla de Pedro.

Los hombres ya no saben medir las palabras de Bergoglio. Continuamente, ese hombre está blasfemando contra Dios, contra Cristo y contra la Iglesia. Y lo siguen manteniendo como si no pasara nada.

¿Acaso pueden juzgar las obras injustas de Bergoglio y no ser capaces de juzgar a Bergoglio como falso papa?

Quien lo tenga por su papa no puede juzgar sus obras, sus pensamientos, sus homilías, sus charlas…. Debe callar y obedecer la mente de Bergoglio.

¡Muchos católicos – y buenos católicos- no han aprendido a obedecer en la Iglesia! ¡Por tanto, no saben lo que es un Papa en la Iglesia! ¡No saben obedecer a un Papa verdadero! ¡No saben oponerse a Bergoglio, a un falso papa!

Las ideas de un Papa son las ideas de la Mente de Cristo. Y esas ideas no cambian de un Papa a otro. Son siempre las mismas, en todas las épocas, porque la doctrina de Cristo es eterna, no es temporal.

No se obedecen, en un Papa, las ideas humanas, que todo hombre tiene. Sino que se obedece a las ideas de Cristo, que el Papa da, enseña, ofrece, interpreta con la ayuda del Espíritu Santo.

Todos han caído en el mismo juego: obediencia a la mente humana de un Papa. No han sabido nunca obedecer en la Iglesia. Ni siquiera la misma Jerarquía sabe obedecer. Ahora, es un mundo para todos desobedecer a un falso papa. Muchos quedan perplejos.

Se obedece a la Verdad. Y la Verdad no la posee la mente humana de ningún hombre, ni siquiera el Papa. La Verdad es Cristo. Hay que dejar que actúe la Persona de Cristo en el hombre sacerdote, o en el hombre Obispo, para dar la Verdad a la Iglesia.

Todos dicen: sí, Bergoglio es hereje; pero materialmente es papa.

¡Gran absurdo! ¡Gran injuria!

Porque si Bergoglio es hereje, entonces no es Papa, porque el hereje no pertenece a la Iglesia, ni material ni formalmente.

El pecado de herejía es una obra que saca espiritualmente de la Iglesia de Cristo: no se está unido a Cristo ni a Su Cuerpo Místico. Se puede estar en la Iglesia de una manera exterior. Esa exterioridad no significa pertenecer a la Iglesia visible. Un hereje es como un muro, una pared de ladrillos: se ve el muro, pero ahí no está la Iglesia.

La Iglesia visible no son las parroquias ni los hombres que nuestros ojos observan. La Iglesia visible son las almas en gracia unidas a Cristo, que trabajan en una parroquia, en una capilla, en un lugar concreto.

La Iglesia es Cristo y sus almas. Si desaparecen las estructuras exteriores, la Iglesia permanece visible en las obras de sus almas.

Materialmente, las parroquias, los lugares de culto pertenecen a la Iglesia. Los hombres, en sus pecados de herejía, pueden hacer obras materiales, pero no dan el Espíritu, la Gracia en esas obras.

Un hereje que celebre una misa, materialmente hace una obra en un lugar material. Pero no hace una obra de la Iglesia. No hace una obra espiritual, regida por el Espíritu de Cristo. Su Misa no es una misa. Su sacerdocio no es el sacerdocio de Cristo. Materialmente, se viste como sacerdote. Pero no es sacerdote porque es hereje. Ni siquiera cuando celebra la misa, esa obra material, es materialmente hecha por el sacerdote.

Porque el sacerdocio es una gracia, algo espiritual, que se coloca en el corazón del alma, que es también algo espiritual. La herejía destruye la gracia del sacerdocio: pone un obstáculo que impide que el sacerdote obre con el Espíritu de Cristo. Materialmente, el sacerdote hace una obra; pero no se produce -en él, en su alma- la obra del Espíritu de Cristo.

Por la herejía, su alma no puede unirse a Cristo para actuar como sacerdote, en la Persona de Cristo. Actúa en su propia persona humana, pero no es otro Cristo: no se revela -en él, en su alma- la Persona de Cristo. Posee el sello del Sacramento del Orden, que lo marca como sacerdote de Cristo. Pero ese sello es de índole espiritual, no material. No es un sello en su cuerpo, sino en su corazón. Un sello indeleble, que no se pierde por la muerte del cuerpo, ni por el fuego del infierno.

Ser sacerdote no es hacer obras materiales en la Iglesia. Es actuar en la Persona de Cristo: es Cristo el que obra en el hombre sacerdote. Y esa obra, un hereje, nunca puede mostrarla. Cristo no obra materialmente en un sacerdote hereje. Cristo obra materialmente en un sacerdote pecador, que no ha caído en el pecado de herejía. Cristo no se une al alma de un sacerdote hereje: no aparece la Persona de Cristo en el hombre sacerdote. El pecado de herejía impide que se manifieste, material y formalmente, la Persona de Cristo en el hombre sacerdote.

Así, un hombre –como Bergoglio- que se sienta en la Silla de Pedro y que, por su herejía, no es Papa. Materialmente, está sentado en el Trono de Pedro. Pero espiritualmente, no tiene el carisma de Pedro: en él no puede revelarse, manifestarse, ser el Vicario de Cristo en la tierra. No posee, ni formal ni materialmente, el Poder Divino. No puede hablar como Cristo, no puede comunicar la Mente de Cristo, no puede actuar como Cristo en la Iglesia. Actúa en su propia persona humana, porque no tiene el carisma de Pedro. No se le puede llamar Papa por más que materialmente haga obras en la Iglesia. El oficio de Papa no es un asunto material en la Iglesia. No es un nombre que se lleva en la Iglesia.

Es algo divino: es Cristo quien guía Su Iglesia a través de Su Papa. Es Cristo quien se manifiesta a Su Iglesia a través de Su Papa. Aquellos que dicen que Bergoglio materialmente es Papa están injuriando a Cristo en la Iglesia. Cristo no puede guiar la Iglesia a través de un Obispo hereje. No la guía ni material ni formalmente.

Cristo sigue guiando Su Iglesia en el Papa Benedicto XVI: pero ya no la guía formal, sino materialmente. Benedicto XVI ya no gobierna formalmente la Iglesia. Pero la Iglesia es guiada por Cristo, a través de Benedicto XVI, materialmente. Benedicto XVI tiene el Poder Divino, pero ya no lo puede usar: no sirve el Poder Divino, no gobierna formalmente como Papa. Ese Poder Divino –que permanece en el alma de Benedicto XVI- sirve para poner un dique material a toda la obra del Anticristo. Mientras permanezca vivo el Papa Benedicto XVI, materialmente el Anticristo no puede revelarse. Tiene que ser removido el Poder Divino en el Papa, no sólo formal, sino materialmente, para que comience todo.

Han removido formalmente el gobierno del Papa en la Iglesia, poniendo un usurpador; pero queda materialmente el Poder Divino en el Papa Benedicto XVI. Y queda materialmente, porque permanece en un hombre que todavía no ha muerto. El carisma permanece en el alma de Benedicto XVI, pero materialmente. Benedicto XVI no puede usarlo formalmente. Para usarlo tiene que enfrentarse con el usurpador. Pero, Cristo, que es la Cabeza invisible de la Iglesia, lo usa materialmente para frenar al Anticristo: mantiene vivo al Papa verdadero.

Por eso, la vida de Benedicto XVI peligra. Hay que quitarlo de en medio, y cuanto antes. El demonio tiene prisa por acabar su obra.

El carisma de ser Pedro es diferente a ser sacerdote. En el sacerdocio, es Cristo quien obra en el sacerdote, es la Persona del Verbo en el sacerdote. En Pedro, es Cristo quien guía a la Iglesia, quien obra en la Iglesia, quien enseña a la Iglesia, a través de Su Papa. Es Cristo en Su Poder Divino, es Cristo en la Obra de Su Espíritu. No es Cristo en Su Persona Divina. Por eso, la Iglesia es la Obra del Espíritu de Cristo. El sacerdocio es la Obra de Cristo como Persona Divina.

El gobierno de un Papa, en la Iglesia, es la manifestación del Espíritu en toda la Iglesia. En la obediencia al Papa, el Espíritu obra en todas las almas, para que la Iglesia siga enseñando la Verdad, sea guía en la Verdad y muestre al mundo y a los hombres el único camino de salvación, que es Cristo.

El gobierno de un Papa no es imponer sus deseos humanos a los hombres. Esto es lo que hace habitualmente Bergoglio: «¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración…!». Bergoglio sólo está en sus ideas humanas, en sus caprichos, en sus errores, en sus herejías. Y es lo que da a la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo. Sólo le interesan sus pobres, su cultura del encuentro, su diálogo, su comunismo, sus ideas protestantes, acaparar la gloria de los hombres y del mundo.

Pero, a Bergoglio, no le interesa ni Cristo ni la Iglesia. Y eso lo palpan, lo viven, todos los verdaderos católicos. Hay una persecución interna a todo lo que huela a catolicidad.

La obra de un Papa, en la Iglesia, es luchar en contra del error, de la herejía; es excomulgar a los herejes; es definir nuevos dogmas. Porque el Poder Divino, en la Iglesia, se muestra en llevar a toda la Iglesia hacia la plenitud de la Verdad. Todo Papa muestra Su Poder Divino enseñando la verdad, defendiendo la verdad, guardando el tesoro de la verdad, guiando a todos hacia la verdad plena.

En un Papa, es Cristo el que obra en Su Espíritu. Por eso, el Señor les mandó a Sus Apóstoles «esperar la promesa del Padre»: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra» (Act 1, 8).

Ya Pedro había sido elegido como Papa, pero no podía actuar como Papa. Tenía el Poder divino en su alma, pero de manera material. Era necesario que viniera el Espíritu para que Pedro pudiera obrar formalmente como Papa: para poder gobernar la Iglesia en el Espíritu, en la obra del Espíritu.

Un Papa gobierna siempre en la Obra del Espíritu, nunca fuera de Ella. Por eso, un Papa nunca puede equivocarse, es infalible, porque es el Espíritu quien lo mueve todo para que la Iglesia sea testigo de Cristo, sea testimonio de la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles. Es el Espíritu el que recuerda esta Verdad inmutable, el que la muestra, no sólo al Papa, sino a toda la Iglesia.

Por eso, la Obra del Espíritu no se refiere a los pensamientos humanos de un Papa. Nunca se obedece a la mente humana de un Papa. Sólo se obedece a la Mente de Cristo que el Papa ofrece en la Iglesia.

Es la Obediencia a la Verdad que muchos, fieles y Jerarquía, nunca han comprendido. En estos 50 años, muchos han caído en la trampa, que ha puesto el demonio para desbaratar la obediencia a un Papa. Y ahora no saben desobedecer a un falso papa. Ahora, les cuesta esta parte. Por eso, muchos tienen a Bergoglio como materialmente Papa. Y no caen en la cuenta de que Bergoglio no ha sido elegido por Dios para que posea el Poder Divino. Dios nunca elige a un hombre hereje. Son los hombres los que ponen a sus herejes, no sólo en el sacerdocio, sino en la Silla de Pedro.

Ahora, quien tenga a Bergoglio como su papa, necesariamente tiene que dar obediencia a la mente de ese hombre. Porque Bergoglio no es capaz de dar la Mente de Cristo, la Verdad, a la Iglesia.

En los otros Papas, se podía discernir entre la mente humana del Papa y la Mente de Cristo en el Papa. Y se daba la obediencia al Papa porque se veía claro la Mente de Cristo en él.

Pero, con Bergoglio, es imposible este discernimiento: sólo se ve en él su mente humana. Bergoglio sólo vive dentro de su pensamiento humano. Pero no es capaz de dar el Pensamiento Divino en la Iglesia. Por eso, todo su magisterio no es papal. En todo su magisterio no se refleja el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia. Es el magisterio propio de un hereje. Y es la obra propia de un cismático. Y es la vida propia de un apóstata de la fe.

Y esto es lo que muchos están apoyando, justificando, aplaudiendo: la herejía, el cisma y la apostasía. Al tener a Bergoglio como su papa, ya material ya formalmente.

Es una gran injuria contra Dios llamar a Bergoglio con el nombre de Papa. Porque es caer en el pecado de idolatría. Como Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo, entonces se tiene que obedecer, necesariamente, su idea humana en la Iglesia. Y esto es dar culto a la mente de un hombre. Esto es buscar miles de razones para justificar el pecado de Bergoglio, para mantener en el cargo a Bergoglio. Al final, siempre son los demás los que se han equivocado porque no han comprendido lo que ha querido decir Bergoglio. Bergoglio siempre queda como el justo, como el santo. Es la idolatría en que caen muchos al tenerlo como su papa.

Ahora, tienen que enseñar, en la Iglesia, a arrodillarse ante los pobres. Es justo que se haga eso: están obedeciendo a los deseos de un hombre. Se están sometiendo a la mente de un hombre. Y ya nadie es capaz de ver que Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo. Todos han quedado oscurecidos, en sus mentes, para no ver la Verdad. Y eso es una Justicia Divina en la Iglesia. Preferís las palabras baratas y blasfemas de un hombre que la Mente de Cristo. Entonces, quedaos con ese hombre y levantad vuestra falsa iglesia, que os va a llevar a lo más profundo del infierno.

Cristo sigue guiando a toda la Iglesia en Su Papa Benedicto XVI. La guía materialmente, manteniendo vivo a Su Papa para que los verdaderos católicos tengan tiempo de salir al desierto. Es en el desierto en donde está toda la Iglesia en Pedro, en la oración, en la penitencia, en la vida escondida. Y allí tiene que vivir y ser alimentada durante un tiempo. No es en Roma ni en la Jerarquía en donde se ve a la Iglesia.

Ya todos los Papas han cumplido su misión en la Iglesia. Una vez que muera Benedicto XVI, hay un tiempo de sede vacante, necesario para que aparezca el falso profeta y el Anticristo y hagan su obra.

Pero, la Iglesia sigue siendo la Obra del Espíritu. No es la obra de ninguna cabeza humana. Nadie dicta la fe en la Iglesia. La Jerarquía de la Iglesia no impone lo que hay que creer o lo que no hay que creer. La fe divina no es el dictado de los hombres. Es un don divino al hombre. Y sin humildad, ese don divino no puede funcionar en ningún hombre.

Por eso, lo que ahora observamos en toda la Iglesia son hombres: con sus ideas, con sus planes, con sus obras. Que es la manifestación del pecado de soberbia en los fieles y en la Jerarquía. Y, en ese pecado de soberbia, el pecado de orgullo, que se revela principalmente en quienes gobiernan la iglesia. Son ellos los que hacen lo que les da la gana en la Iglesia, poniéndose por encima de toda ley divina, de todo el magisterio de la Iglesia, quitando a su capricho lo que no les gusta o no va con su estilo de vida.

nuevareligion

«Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro, y postrándose a sus pies, le adoró. Pedro le levantó, diciendo: Levántate, que yo también soy hombre» (Act 10, 25).

Si no hay que arrodillarse ante el Papa para adorarlo, porque es un hombre, menos hay que hacerlo ante un pobre. La adoración es debida y conviene a solo Dios. A las demás criaturas, ni por el cargo que ejercen, ni por la posición social que tienen, ni por otra cualidad o circunstancia, se les debe la adoración. Sólo el respeto que toda persona humana merece.

Sólo hay que arrodillarse ante Cristo, ante Jesús en la Eucaristía. Y quien lo hace ya no puedo hacerlo ante un hombre. El único Hombre ante el cual todo hombre debe arrodillarse es Cristo. Porque la carne de Cristo está sólo en la Eucaristía, no en los pobres. Y aquel que ponga la carne de Cristo en los pobres, como hace Bergoglio, sólo está diciendo que no ama la Eucaristía porque no cree en Ella. Y no cree en Ella porque, para él, Jesús no es Dios, sino un hombre cualquiera.

«Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único» (Homilía, 22 de mayo del 2008, Benedicto XVI en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo)

Bergoglio cae en esta idolatría porque no cree en Dios. Es un ateo que no cree en la existencia de Dios, sino que se ha inventado, con su mente humana, su concepto de Dios. Un dios no real, no verdadero. Un dios que es el fruto de su desvarío como hombre. Su vida le lleva a ese concepto de dios. Y vive para esa mentalidad propia de un hombre que no ha sabido adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Aquel que enseña a adorar a un hombre está diciendo que no adora a Dios, que no ha sabido nunca adorarlo. Bergoglio nunca se ha sometido a Dios. Siempre con la cabeza levantada ante Dios, como un orgulloso. Nunca ha sabido inclinarse, poner su cabeza en el suelo. No puede. Su soberbia se lo impide.

Bergoglio mira a un hombre, mira a un pobre, y no sabe ver su alma: no sabe buscar a Dios en el alma de ese pobre. Sólo está interesado en la vida humana, en la vida social, en la vida carnal de los hombres

Quien no ve el alma, que es algo invisible para el hombre, sólo está pendiente de los cuerpos de los hombres, de lo exterior, de una vida natural. Pero no sabe tratar con las almas. No sabe vivir con ellas. No sabe enseñarlas el camino del cielo. Sino que sólo les da una doctrina que es puro demonio. Y tiene que caer en esta abominación de enseñar a adorar a los hombres.

«Apártate, Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”» (Mt 4, 10).

Esto es lo que hay que decirle a Bergoglio: Apártate, Satanás. Enseñas a adorar a los hombres. Eres un demonio encarnado. Enseñas el camino del infierno a todas las almas. Sólo a Dios se le debe adoración. Es un precepto divino positivo.

Pero, Bergoglio no entiende de preceptos: no cree en el derecho natural, por el cual a Dios se le da culto, ya interno, ya externo, ya individual, ya social, al ser el principio y el fin de todas las cosas.

Para Bergoglio, el principio de todas las cosas es su mente humana: con ella se inventa su dios, su cristo, su iglesia, su religión, su vida. Y si su mente es el inicio de una vida de blasfemia, entonces el fin de su vida es lo que encuentra en su mente. Bergoglio vive para lo que estamos viendo en la Iglesia: para su idea masónica de la fraternidad, para su idea protestante de una iglesia llena de pecadores, y para su idea comunista de un gobierno global, en la cual poder culminar su gran negocio en la vida.

Bergoglio no cree en el derecho divino, por el cual Dios ha dado al hombre mandamientos que debe cumplir para que ame a Dios.

Sólo cree en su soberbia, sólo obra con su orgullo y sólo ama en su lujuria de la vida.

¡Pobre aquel que tenga a Bergoglio como su papa! ¡Idolatra, no sólo al hombre, sino a todo hombre! Y se dedica a hacer su negocio en la Iglesia:

masonx

La locura del desarrollo sostenible


fazs

«Encontraréis mejores cosas en los bosques que en los libros. Los árboles y las rocas os enseñarán lo que ningún maestro humano puede enseñar» (San Bernardo de Claraval).

Dios ha puesto al hombre en la tierra para ejercer un poder: «sometedla y dominadla» (Gn 1, 28c). El hombre tiene derecho a manejarla pero con la ley de Dios, con el sentido común, que es lo que falta en muchos discursos de gente que no sabe lo que es la ecología.

Hay que ver la naturaleza con reverencia, con un espíritu religioso, porque es la obra de Dios. Hay que tratar a la naturaleza como Dios lo hace: con sus leyes, con una ética y con una moral que conserve lo que Dios ha creado.

No hay que tratar a la naturaleza como algo sagrado, porque todo está maldito por el pecado original: ni la creación ni la persona humana son sagradas. Hay que cuidar la naturaleza como la obra de Dios, que exige un orden divino en ella.

La ecología debería ser un conocimiento profundo de la tierra: es decir, un conocimiento religioso de la tierra. Y, por tanto, una toma de conciencia de cuál es la capacidad del hombre en la obra de la creación de Dios. ¿Hasta dónde el hombre es capaz, tiene poder para someter y dominar lo que Dios ha creado, y que la sigue manteniendo en su Providencia? ¿Qué quiere Dios que el hombre obre en Su Creación? ¿Cómo hay que dominarla y someterla en la Voluntad de Dios?

Hoy, la mayoría de los ecologistas se han vuelto idólatras: niegan a Dios y promueven leyes en contra de la ley de Dios: aborto, derechos de los homosexuales, eutanasia, etc. Ninguno de ellos busca la Voluntad de Dios en la naturaleza: no buscan el conocimiento religioso de la tierra, sino una iluminación diabólica para conseguir que la creación sea un nido de maldad, regida sólo por poderes ocultos.

«Hoy día, la quema cada vez más acelerada de los combustibles fósiles, que nuestra maquinaria económica potencia, están alterando el delicado equilibrio ecológico a escala casi insondable» (Cardinal Peter K.A. Turkson, 28 de abril del 2015): la relación causa-efecto entre los combustibles fósiles y el cambio climático. Esto es volver a las cavernas del pensamiento humano, y generar la confusión entre la teoría científica del cambio climático y las acciones morales humanas.

Están todos preocupados porque ven que se gasta el gas, el petróleo; que esas energías no se usan adecuadamente, y entonces caen en un absurdo: la combustión acelerada de los combustibles fósiles producen los cambios climáticos. Esto es un pensamiento cavernícola, propio de la nueva y falsa jerarquía de la Iglesia.

La naturaleza se rebela contra el hombre sólo por su pecado, por su mala acción moral. La naturaleza no se rebela contra el hombre porque se quemen de forma no recta o acelerada los combustibles.

Todo el problema es que ven lo que no es: «el planeta Tierra, el jardín que nos fue dado como nuestra casa». ¡No estamos en el jardín del Paraíso! Dios expulsó al hombre «del jardín de Edén, a labrar la tierra de que había sido tomado». Y «puso delante del jardín de Edén un querubín» (Gn 3, 23.24).

La tierra no es un jardín ni el hombre es parte de la naturaleza: «El ser humano es parte de la naturaleza» (C. Turkson). Vivimos en una naturaleza creada por Dios, pero no estamos unidos a esa naturaleza. La integración en la naturaleza es sólo participar exteriormente de ella.  El ser humano vive con otras naturalezas, pero no las crea, no las transforma, no se une a ellas en ninguna manera. El ser humano es el rey de la creación, no una parte de la creación.

«Hagamos al hombre…para que domine» (Gn 2, 1) sobre todas las demás naturalezas. Ejercer el dominio es algo más que participar de la naturaleza.

La falsa jerarquía, que gobierna falsamente la Iglesia, niega el pecado original y, por lo tanto, va en busca del paraíso perdido. Quiere construir, con sus grandes pensamientos humanos, con su verborrea insoportable, una ideología barata para solucionar los problemas de los hombres. Ni los soluciona ni saben hablar con propiedad de la obra de la creación divina.

Ellos parten de un principio equivocado: «somos hechos en la imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto, (los hombres) poseen una dignidad innata que nunca puede ser negada, degradad o denigrada» (C. Turkson). Se olvidan del pecado original, por el cual la obra de Dios, no sólo en la Creación, sino en el hombre, se degrada, se niega, se denigra.

Toda esta jerarquía, que ha perdido la cabeza, ven a todos los hombres como justos, como santos, como divinos, como celestiales, por ser imagen y semejanza de Dios. Y en ese pensamiento se quedan para poder explicar el mal en la creación y en el mundo.

Ven todo como bueno: «También significa reconocer que todo lo que Dios ha creado es bueno, precioso y valioso» (C. Turkson). Pero no son capaces de ver la obra del pecado. No ven la realidad de esa maldad, sino que se inventan el concepto de pecado, el concepto de mal, según sus intereses, sus negocios en sus vidas.

Como ya el pecado no es una ofensa del hombre a Dios, entonces hay que ver el mal del cambio climático en el mal de la quema de los combustibles fósiles. Es un mal científico. No se queman bien esos combustibles… Se queman aceleradamente… Los hombres no saben quemar de manera apropiada…

Y con esta mentalidad, se hacen vaticinios apocalípticos: «En nuestra imprudencia, estamos atravesando algunos de los más fundamentales límites naturales del planeta… La misma tecnología que ha traído un gran beneficio es, ahora, un veneno que trae una gran ruina. Los desastres relacionados con el clima son una realidad tanto para los países pobres, que están en los márgenes de la economía moderna, como para aquellos que están en el corazón….Todos ellos están a merced de la furia de la naturaleza» (C. Turkson).

¿Captan el discurso apocalíptico?

¿Quién es el culpable de todo esto? ¿Es el hombre el que lleva al cambio climático con sus ciencias, técnicas, etc…? ¿O es el cambio climático, la furia de la naturaleza, lo que impulsa el desastre de tener países pobres, de estar en el riesgo de que se acaben los alimentos, las energías fósiles (gas, petróleo…), de presenciar la quiebra de una economía global que no sirve, que no ayuda a las sociedades para vivir dignamente?

Este es el mismo problema de Galileo: ¿es el Sol el que gira en torno a la tierra o es la tierra la gira en torno al Sol?

¿Cómo es posible que la tecnología sea un bien para la creación y al, mismo tiempo, un mal? ¿Qué cosa cambió en ella para convertirse en un veneno para la creación?

Si hay desastres naturales, si hay un cambio climático, ¿eso incide en la economía de los países? ¿Es el culpable el desastre natural de que la economía ya no sirva? ¿Hay que buscar otra economía –un desarrollo sostenible–  porque la naturaleza se revuelve contra el hombre? ¿Es posible encontrar un desarrollo sostenible que no ponga en furia a la naturaleza?

¿Por qué los hombres sufren? ¿Por el cambio climático o por su pecado? ¿O porque no han sido capaces de encontrar ese gobierno mundial que cuide a los hombres y al planeta?

¿Por qué la naturaleza se rebela contra el hombre? ¿Por qué obedece a Dios o por el pecado de los hombres?

¿Cuál es la solución a todo esto? Quitar el pecado. Solución que a nadie interesa. Todos se olvidan de que Dios sigue guiando Su Creación, y que por más maldad que el hombre ponga en Ella, a causa de su pecado, ni se acaban los combustibles fósiles, ni los terremotos o los cambios climáticos degradan al hombre, lo anulan, ni lo denigran.

La tierra está maldita por causa del pecado original. Esto es lo que todo el mundo olvida: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17c). Es la maldición que trae la obra del pecado original. En esa maldición, la tierra sufre por el pecado de los hombres. Pero ningún pecado del hombre puede acabar ni con el hombre ni con los recursos naturales que hay en la creación. Ningún desarrollo sostenible podrá quitar la maldición que sufre toda la Creación, porque esa maldición es una obra espiritual en la Creación de Dios. Es la obra del demonio, que ningún hombre entiende y puede anular con sus grandes pensamientos humanos.

El pecado del hombre hará la vida más complicada para el mismo hombre. Y lo que parece un cambio climático es sólo la justica de Dios en la misma obra de la creación. Porque todo el universo obedece sólo a Dios, no a los hombres. Y por más que los hombres transformen lo creado, no pueden anular ni destruir lo creado. Siempre habrá recursos naturales para todos los hombres. El hombre sólo tiene que trabajar la tierra, como Dios le mandó al expulsarlo del Paraíso. Y este es todo el problema: saber trabajar la tierra. Saber poner la Voluntad de Dios cuando se trabaja la tierra. Pero esto es lo que no enseña la falsa jerarquía.

¿Qué es lo que proponen en la iglesia de Bergoglio? El ecumenismo ecológico: todas las religiones unidas para un compromiso de una nueva y falsa moral, que la ONU lidera.

«Cada persona y cada comunidad tienen un deber sagrado para extraer con prudencia, con respeto y gratitud de la bondad de la tierra, y cuidarla en una manera que asegure su continua fecundidad para las generaciones venideras» (C. Turkson). Estos personajes se olvidan de la Voluntad de Dios, de la ley eterna. Y sólo hablan de deberes sagrados. Como la persona es imagen y semejanza de Dios, entonces obra sagradamente, tiene un deber sagrado. Nada se dice de buscar lo que Dios quiere en el trabajo de la tierra. Y, entonces, aparece el comunismo, el socialismo:

«Los que cultivan y mantienen la tierra también tienen una gran responsabilidad de compartir sus frutos con los demás – especialmente los pobres, los desposeídos, los forasteros, los olvidados…el don de la tierra es un regalo para todos» (C. Turkson). La responsabilidad de compartir porque todo es un regalo. Ellos ee olvidan del merecimiento que todo hombre tiene por su trabajo.

«Sabéis bien cómo debéis imitarnos, pues no hemos vivido entre vosotros en ociosidad, ni de balde comimos el pan de nadie, sino que con afán y con fatiga trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros… Y mientras estuvimos entre vosotros, os advertíamos que el que no quiere trabajar, que no coma» (2 Ts 3, 7.9).

El hombre está obligado a trabajar, a tener la gran responsabilidad del trabajo, que hay que hacerlo con afán y con fatiga. Pero nadie está obligado a compartir el fruto de su trabajo, para que la gente no ande ociosa en la vida. Quien no quiera trabajar, que no coma. El pobre que no quiera trabajar, que siga siendo pobre, que se muera de hambre. Porque nada es un regalo en esta vida. Todo es un merecimiento.

La falsa solidaridad -la globalización de la solidaridad- que predica toda esa falsa jerarquía, liderada por Bergoglio, proviene de haber anulado el pecado original. Y, por lo tanto, ya no hay obras de misericordia, ya no hay limosnas que expíen el pecado. Ahora, para ellos, al pobre hay que darle de comer por ser pobre, por su cara bonita: «Quisiera ser portavoz de todas estas personas, cristianos y no cristianos (…) Jesús nos ha enseñado a pedir a Dios Padre ‘danos el pan de cada día’. ¡Que la Expo sea una ocasión propicia para globalizar la solidaridad!» (Bergoglio, 1 de mayo del 2015, en la inauguración de la Expo de Milán). Jesús nos ha enseñado a regalar el fruto de nuestro trabajo. Es el mensaje del que se llama voz de los incautos pobres, de esos hombres que siguen a Bergoglio sólo por su nombre, no por la verdad que nunca puede decir, que nunca va a enseñar. Hay que globalizar la solidaridad. No sólo hay que ganar el pan con el sudor de la frente, sino que también hay que regalarlo al que no tiene. Esta es la falacia de ese hombre, que se apoya en las Palabras de Jesús para mostrar su clara herejía. Por supuesto, que a nadie le interesa ya la herejía de ese hombre. Sólo ven que habla muy bonito. Y así la gente va tirando detrás de ese hombre, sin saber que los lleva a lo más profundo del infierno.

Todo es un bien común para toda la humanidad. Todo es un regalo: tengamos «el sentido de la solidaridad intergeneracional» (C. Turkson). Esta es la falsa espiritualidad y el falso misticismo, propio de una jerarquía que no sabe lo que está diciendo. Sólo sabe hablar de política comunista. Sólo está en su lenguaje humano:

«Es evidente que hemos “labrado demasiado” y hemos “protegido muy poco”. Nuestras relaciones con Dios, con nuestros vecinos, especialmente el pobre, y con el entorno ha llegado a ser fundamentalmente “sin protección”. Debemos alejarnos de este modo de comportamiento, para llegar a ser protector, más “guardián”» (C. Turkson). Guarda a tu hermano, protege a tu hermano, mantiene a tu hermano, dale de comer, dale el fruto de tu trabajo porque se lo merece, porque es tu hermano. Pero no hagas con él una obra para expiar el pecado: el suyo y el tuyo.

Y, por eso, se predica un programa político:

«En términos prácticos, necesitamos soluciones tecnológicas y económicas,  innovadoras  y sostenibles, así como el liderazgo político, valiente y decidido, ejercido en diferentes niveles, incluyendo el global» (C. Turkson). Para que los hombres regalen el fruto de su trabajo a lo más pobres hace falta un gobierno global, que ponga una nueva economía y una nueva tecnología, y así se quitan los cambios climáticos, así desaparecen los pobres.

«Necesitamos aprender a trabajar juntos hacia el desarrollo sostenible, en un marco que vincule la prosperidad económica con la inclusión social y la protección del mundo natural. Necesitamos que la comunidad de naciones abrace este concepto de “desarrollo sostenible”» (C. Turkson).

Trabajar juntos para que no haya pobres, para quitar la pobreza, para que nadie se sienta excluido de la sociedad, para cuidar el medio ambiente. ¿Ven el discurso programático, interesado, falaz, errado y herético de la falsa jerarquía?

¿Qué es la ONU, la comunidad de naciones?

La ONU es un poderoso instrumento globalista, sincretista y gnóstico, manejado por un poder oculto, -el propio de la masonería-, desde la cual se impone a todo el mundo la voluntad de unos pocos. La ONU urde y participa en proyectos y campañas de control imperativo demográfico basadas en métodos perversos moralmente, campañas que atentan contra la identidad cultural y religiosa de los pueblos. Y, en unión con los poderes financieros, la ONU es el instrumento que se ha elegido para la instauración de un gobierno mundial que anula cualquier ley sensata que el hombre tenga y cualquier ley divina que Dios ha dado a los hombres. Es un gobierno sin ley,  llevado en el lenguaje de unos pocos hombres, para imponer sus leyes malditas a todos. Es una subversión de toda ley. Es una abominación que la mente del hombre ha creado sólo para conseguir una cosa: que el hombre sea aclamado como dios por el mismo hombre.

Y toda la jerarquía de la Iglesia, esa falsa jerarquía que gobierna la Iglesia, están detrás de esto, de ser el apoyo a este gobierno global. Y, por eso, hablan de esta manera. Hablan de un imperativo moral:

«Se trata de un imperativo moral que todo lo abarca: proteger y cuidar tanto la creación, nuestra casa jardín, y la persona humana que lo habita  – y tomar medidas para lograrlo. Si el ethos dominante, penetrante,  es el egoísmo y el individualismo, el desarrollo sostenible no se logrará» (C. Turkson). Tienes que ser ternura con los otros, tienes que vivir el bien común, y entonces el desarrollo sostenible se tendrá.

Imperativo moral: es poner la voluntad de los hombres. Hablan como lo hacen los intelectuales más obstinados en su soberbia. Es el idealismo kantiano y hegeliano que está en toda la jerarquía. No creen en nada, sólo en lo que producen sus mentes humanas, lo que ellos se inventan con sus filosofías de la vida. Es la falsa moralidad de la solidaridad. Se quiere llegar a un desarrollo sostenible con un lenguaje humano, diciendo que los hombres destruyen las especies humanas, degradan la integridad de la tierra, destruyen la naturaleza, dañan a otros hombres provocando diversas enfermedades por su mal trabajo de la tierra, porque los hombres no son solidarios con los hombres: son egoístas y viven en su individualismo.

Y viene el claro comunismo:

«Los ciudadanos de los países más ricos deben estar hombro con hombro con los pobres, tanto en casa como en el extranjero. Ellos tienen una obligación especial de ayudar a sus hermanos y hermanas en los países para hacer frente al cambio climático mediante la mitigación de sus efectos en desarrollo y ayudando con la adaptación. Ellos tienen la obligación tanto para reducir sus propias emisiones de carbono y para ayudar a proteger a los países más pobres de los desastres causados o exacerbados por los excesos de la industrialización» (C. Turkson).

¿Ven el descalabro mental de este sujeto?

Los ricos, que han propiciado una tecnología buena para todos, han trabajado mucho y han obtenido riquezas, son culpables porque no han dado el fruto de su trabajo a los pobres. Y, por lo tanto, esa gran tecnología, esa gran economía, que han seguido, se ha convertido en un veneno para los países pobres. Y han puesto a la tierra en una situación insostenible, porque no han sido solidarios con los pobres. Ese desarrollo, que han creado, no sostiene a los demás en la misma riqueza, sino que los excluye. Ahora, se les exige, es un imperativo moral, que ayuden a los países pobres del cambio climático, que ellos mismos han propiciado con su tecnología, con la quema acelerada de los combustibles, para salvar el planeta, para que emerja el desarrollo sostenible, con nuevas energías que sostengan a todos – la economía sostenible con un gobierno sostenible-, que es el propio del gobierno global.

Hay que seguir sosteniendo la mentira de unos pocos con estos cuentos chinos.

¿Ven la fábula que cuenta a todo el mundo?

Y el pobre orador va a caer en una locura mental:

«¡Seamos líderes religiosos con el ejemplo! ¡Piense en el mensaje positivo que enviaría a las personas de fe, no sólo para predicar la sostenibilidad sino para vivir vidas sostenibles! Por ejemplo, piense en el mensaje positivo que enviaría para las iglesias, mezquitas, sinagogas y templos en todo el mundo para convertirse en carbono neutral» (C. Turkson).

Vivir vidas sosteniblesSer carbono neutral… ¿Ven la locura de este hombre?

Quieren buscar las virtudes que propicien esa economía sostenible, ese gobierno global sostenible, que es el que va a quitar el bióxido de carbono de la atmósfera, que es el culpable del cambio climático.

Quieren remover de la atmósfera el bióxido de carbono con un ecumenismo ecológico:

«En este espacio moral básico, las religiones del mundo desempeñan un papel vital. Todas estas tradiciones afirman la dignidad inherente de cada individuo vinculado al bien común de toda la humanidad. Afirman la necesidad de una economía de inclusión y de oportunidad, donde todos puedan prosperar y cumplir su propósito dado por Dios. Afirman la belleza, la maravilla y la bondad inherente del mundo natural, y aprecian que es un don precioso confiado a nuestro cuidado común – por lo que es nuestro deber moral de respetar más que hacer estragos, de mantener en lugar de poner la basura, de proteger en lugar de hacer pillaje, de administrar en lugar de hacer sabotaje, el jardín, que es nuestro hogar y la herencia compartida de los recursos naturales» (C. Turkson).

Todas las religiones son buenas para este proyecto del desarrollo sostenible. Por eso, no hay que hacer proselitismo. No hay que convertir a nadie. Que todos sigan la identidad de sus creencias. Hay que apuntarse al carro de una nueva economía que sostenga al más pobre, que le regale la vida, que coma sin trabajar, y a un liderazgo de tontos e inútiles, marionetas del demonio, veletas del pensamiento humano, hombres sin fe, sin verdad, sin ley, que se pasan la vida buscando una idea maravillosa para que todo el mundo lo ponga como el modelo a seguir.

En esta conferencia, de ese falso cardenal, se invitó a leer el nuevo libro de Jeffrey Sachs, que es el autor, el que está detrás,  del vómito de Bergoglio en su falsa encíclica sobre el ecologismo. Jeffrey Sachs es el nuevo profeta de la ideología neomalthusiana:

«¿Cómo podremos disfrutar de un desarrollo sostenible en un planeta lleno de gente?…Hace dos siglos, el pensador británico Thomas Robert Malthus advirtió que el crecimiento excesivo de la población podría socavar el progreso económico. Esta es la amenaza que enfrentamos hoy…» (21 de octubre del 2011)

La falacia del control de la natalidad maltusiana, más o menos perfeccionada por los neomalthusianos, ha llegado hasta nuestros días mutando en argumentos del desarrollo sostenible aceptados inmediata y casi universalmente, sostenidos acríticamente por poderosas instituciones y organismos políticos y financieros multilaterales (ONU, BM, BEI, FMI, UE) en la aplicación de sus políticas socio-económicas.

Todos siguen un gran negocio mundial de unos pocos hombres, que tiene el poder en todo el mundo. Un poder oculto, invisible, pero que se manifiesta por todas partes.

En todo este negocio del desarrollo sostenible está en juego la célula de la sociedad, la columna vertebral, que es la familia. Y la pérdida del sentido de lo que es el matrimonio y la familia llevan a este desastre en todos los gobiernos del mundo y en la Iglesia. Buscan un desarrollo que no es el propio de la familia.

Se olvidan de que el hombre fue creado por Dios para dar hijos a Dios: dar una humanidad a Dios. Como el hombre no siguió el plan de Dios, vienen todos los problemas para el mismo hombre y para todo lo que sea matrimonio: unión entre hombre y mujer. Y, por eso, se inventan estos desarrollos, que son sólo más complicaciones para todos los hombres. Ya no se respeta el orden natural, sino que se va buscando nuevos órdenes, nuevas estructuras, nuevas energías, nuevas tecnologías, que sólo hacen la vida más difícil.

Todo es sencillo: contempla la naturaleza porque «lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son conocidos mediante las criaturas» (Rom 1, 20). No hay que inventarse nada para vivir. Hay que aplicar lo que se conoce en la naturaleza.

Pero, como los hombres no creen en Dios, entonces «Dios los entregó a los deseos de su corazón, a la impureza, con que deshonran sus propios cuerpos» (Rom 1, 24). Aquel que peca contra su propia naturaleza, aquel que la deshonra, también peca contra toda la creación y contra Dios. Y viven en el desorden más total.

No quieran quitar ese desorden con otro desorden, con el desorden de un desarrollo sostenible. Es a lo que se va por la falta de fe de todo el mundo.

Falsa obediencia, falso misticismo


blasfemia

«Os traigo a la memoria, hermanos, el Evangelio que os he predicado, que habéis recibido, en el que os mantenéis firmes…» (1 Cor 15, 1).

Bergoglio no trae a la mente de los hombres el Evangelio de Jesucristo. Su noción del Evangelio es una reforma social, una economía para las clases más pobres, una cultura del encuentro para caer bien a todo el mundo.

Bergoglio está, no sólo influenciado por la teología de la liberación, sino metido de lleno en una falsa espiritualidad y un falso misticismo, propio de la falsa iglesia que está levantando.

Bergoglio no puede comprender la Palabra de Dios, la esencia del mensaje de Cristo, no puede hacer suya las palabras del primer Papa de la Iglesia Católica:

«No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy» (Act 3, 6).

¿A qué se ha dedicado este hombre?

«Los males más graves que afligen al mundo en estos años son la desocupación de los jóvenes y la soledad en la que se deja a los ancianos….Esto, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene ante sí» (1 de octubre – Entrevista Scalfari)

No tengo oro ni plata: no me dedico encontrar trabajo para los jóvenes; no me dedico a dar a los ancianos un cariño que no merecen.

A los ancianos y a los jóvenes hay que darles a Jesucristo, que es poner en práctica la obra de la Redención.

Pero, Bergoglio anda en otras cosas, en su política:

«Al cumplir su misión apostólica, la Iglesia debe asumir un papel profético en defensa de los pobres y contra toda corrupción y abuso de poder…» (Visita ad limina de los Obispos de Kenia – 16 de abril).

¿Papel profético en defensa de los pobres? No existe una profecía que defienda a los pobres, tal como lo entiende Bergoglio, que es en su comunismo. No existe una profecía que lleve a la Iglesia a atacar toda corrupción y abuso de poder.

«Arrepentíos, pues, y convertíos para que sean borrados vuestros pecados» (Act 3, 19).

Este es el mensaje que San Pedro dirigió a todos los israelitas. Esta es la doctrina de los Apóstoles. Esta es la misión de toda la Iglesia. Esta es la voz profética que recorre toda profecía verdadera: el arrepentimiento del pecado, la lucha contra el pecado. Si el hombre viera su pecado, entonces no habría pobres ni corrupción ni abuso de poder. Pero, hoy día, al hombre no se le predica del pecado, sino que se le da un lenguaje lleno de tantas cosas que le impiden ver la verdad de la vida. Bergoglio no enseña el pecado, porque no cree en el dogma del pecado.

Bergoglio sólo está en su falsa espiritualidad: «entrar…en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (Bula del jubileo de la misericordia).

Son los pecadores, no los pobres, los privilegiados de la Misericordia de Dios: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia» (Lc 5, 32).

No he venido a llamar ni a los pobres ni a los ricos: no he venido a hacer propaganda política de la Palabra de Dios. No he venido a hablar lo políticamente correcto.

Jesús ha venido a poner un camino de penitencia a todo aquel que reconozca su pecado como una ofensa a Dios.

«Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas. El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia y, mientras no se logre una distribución equitativa de la riqueza, no se resolverán los males de nuestra sociedad (cf. Evangelii gaudium 202)» (Mensaje a la séptima cumbre de la Américas en Panamá – 10 de abril 2015).

Bergoglio se predica a sí mismo, pero es incapaz de predicar el Evangelio de Jesucristo.

Como el pecado no es una ofensa a Dios, entonces: «Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas». ¿Qué es el pecado? Aquello que ofende al hombre, a su persona, a su dignidad. Automáticamente, Bergoglio se baja de la Cruz de Cristo, que es la que libera al hombre de cualquier mal, ya sea espiritual, ya humano, para presentar al mundo su falso misticismo.

«El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia»: en esta frase está ensamblada todo el falso misticismo de la falsa iglesia.

La falsa iglesia va hacia una unión entre todos los hombres, entre todas las religiones, confesiones, para un gobierno mundial. Se necesita un misticismo: solidaridad y fraternidad. Que inevitablemente es falso, porque no es la solidaridad ni la fraternidad que provienen del Evangelio de Cristo. Es la solidaridad y la fraternidad que está en la mente de los grandes masones, que son los que rigen el mundo y la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano.

En ese falso misticismo no hay que discriminar a la gente. Por lo tanto, no hay que tener dogmas, credo, símbolos de la fe. No hay que ser indiferentes con los hombres porque tienen una manera de ver la vida, de pensarla, de obrarla. Hay que buscar la forma de unir a los hombres con este falso misticismo.

Muchos católicos no saben lo que es la vida mística. Y, por lo tanto, no saben lo que significa una falsa vida mística, un falso misticismo.

Lo místico es la unión de Cristo con cada alma. Lo místico no es lo espiritual. Cristo se une con el alma a través de la gracia: esto es una unión espiritual. Pero, Cristo también se une al alma a través del Espíritu: esto es lo místico.

A través de la gracia, el alma posee una vida divina, que es en todo espiritual, porque Dios es Espíritu.

Pero a través del Espíritu, el alma posee una vida mística, en la que el alma participa de todo lo que es Cristo.

Por la gracia se participa de la Vida de Dios. Eso es el Bautismo y todos los Sacramentos. Ser hijo de Dios es una participación de la vida divina.

Pero, por el Espíritu, el alma participa de la vida de Cristo. Por eso, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: participa toda la Iglesia de la vida de Cristo.

La Eucaristía no sólo es una participación de la vida divina, sino del Misterio de la Encarnación. Participar en ese Misterio es vivir algo místico con el Verbo Encarnado.

Por lo tanto, quien no vive lo místico en la gracia, en los Sacramentos, tiene que vivir un falso misticismo. Ese falso misticismo es la obra del espíritu del demonio en el alma: en su mente, en su memoria, en su voluntad.

En el falso misticismo, la mente está poseída por el demonio para pensar lo que quiere el demonio. Esto es lo que se ve en Bergoglio y, no sólo en la Jerarquía que le obedece, sino en muchos fieles.

En el falso misticismo no hay manera de que la mente vea la verdad: vive una oscuridad espiritual, por su pecado de soberbia, que le impide, que le obstaculiza asentarse en la verdad. Ve la verdad de las cosas, pero siempre el alma haya una razón, una idea, para salirse de la verdad.

Esto está en todas las homilías de Bergoglio: dice una verdad y la continúa con una mentira. Esto es el falso misticismo: es la unión de la mente de la persona con el entendimiento del demonio.

El verdadero misticismo es la unión de la mente de la persona con la mente de Cristo. Por eso, dice San Pablo: «Mas nosotros tenemos la Mente de Cristo» (1 Cor 2, 16).

El espiritual juzga de todo: es decir, el que participa de la vida divina, por la gracia, puede hacer juicios espirituales sin cometer pecado. Pero nadie puede juzgar al espiritual, al que hace juicios espirituales. ¿Por qué? Porque tiene una vida mística, no sólo espiritual.

Por la vida espiritual, juzga de todo y no se equivoca. Y no se equivoca porque participa de la mente de Cristo. Y en la mente de Cristo no hay error, no hay herejía, no hay desviación de la verdad.

Muchos poseen la gracia, es decir, tienen una vida espiritual. Pero muchos, al no saber usar la gracia, no alcanzan la vida mística con Cristo. Tienen la gracia, pero siguen pensando y obrando como hombres del mundo, como hombres paganos. Eso señala una sola cosa: hay un falso misticismo. En la persona, se da una unión en la mente con el espíritu del demonio, que la lleva a pensar muchos errores y a obrarlos.

Hay tantas filosofías, tantas teologías, tantas formas de pensar en la actualidad que son impedimento para la vida mística de muchos católicos. Son el inicio y el contrafuerte de una falsa vida mística.

Para vivir con Cristo no hace falta tanta filosofía ni tanta teología. Sólo hace falta la humildad de corazón, que hace que la mente del hombre no se apoye en ninguna idea humana, por más buena y perfecta que sea para su vida. Sólo en la Mente de Cristo no está el error, sino toda la Verdad. Y es el Espíritu de la Verdad el que nos hace penetrar esa Mente Divina.

Por eso, muchos teólogos, muchos filósofos, muchos pensadores católicos ven la herejía de Bergoglio, pero lo siguen llamando Papa. No tienen vida mística: con sus teologías, con sus pensamientos impiden que el Espíritu les lleva a conocer la Mente de Cristo, ¿qué piensa Cristo de Bergoglio?  Es su pecado de soberbia, que debe incidir en toda su vida espiritual, en la manera de vivir la gracia.

La vida espiritual, es decir, la vida de la gracia, conduce, de manera necesaria, a la vida mística. Cristo no sólo te hace hijo de Dios, no sólo te da una vida divina, sino la manera de pensar esa vida divina, la manera de obrarla, de vivirla.

Quien no purifica su corazón, su mente, de tantas ideas, filosofías, teologías, errores, entonces hace un daño a su vida de la gracia y no puede penetrar la mente de Cristo, no puede vivir la vida de Cristo, no puede tener una vida mística.

Muchos, sin teología, sin filosofía, captan a la primera lo que es Bergoglio. Cuando escuchan sus homilías, en seguida dicen: no es doctrina católica. Esta persona no es Papa. Viven sencillamente su gracia y, por eso, están unidos a la Mente de Cristo, que les enseña la verdad de todas las cosas.

La gracia es siempre una inteligencia divina que sólo se puede captar en la unión con la mente de Cristo.

Quien no viva su gracia, en los Sacramentos, no tiene una vida mística, sino una falsa vida mística.

En los falsos profetas, se puede ver esa falsa vida mística: esa mente demoniaca que va dirigiendo la mente del falso profeta.

En Bergoglio, es lo que se ve en todas sus homilías, en todos sus escritos, en todos sus discursos, aun los que parecen católicos, pero nunca lo son. Un hereje nunca puede dar un discurso católico.

El demonio siempre sabe hablar a todo hombre. Siempre sabe decir la palabra que quiere oír el hombre. Por eso, Dios dice pocas palabras, pero cuando las dice las obra en el alma.

El demonio llena de palabras la mente de los hombres, para tenerlos en su juego. Esto es lo que hace, constantemente, Bergoglio. Palabras bonitas, hermosas, para terminar diciendo su herejía de siempre.

Muchos no han aprendido a discernir las palabras de Bergoglio. Son todas heréticas:

«…el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad» (Sto. Tomás, II-II q.5 a.3).

Bergoglio niega el primer artículo de la fe: «Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser».

Quien no cree en el Dios católico no cree en Dios. Y si no cree en Dios, no cree en nada más: ni en Cristo, ni en la Iglesia, ni en la Cruz, ni en los Sacramentos. Sólo cree en lo que dicta su razón humana

¿Quién es Dios? Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Quien no cree en Dios como lo enseña el primer artículo de la fe, no cree en Dios. No tiene fe. Sino que tiene una opinión sobre Dios. Tiene su propio concepto de Dios: Dios es la luz, Abba, el Creador, etc…

Quien niega un artículo de fe los niega todos.

Bergoglio no habla el lenguaje de la fe, sólo puede dar su opinión sobre todos los temas de la fe, como la da cualquier hombre del mundo, cualquier pagano, cualquier cismático, cualquier hereje.

Por eso, nunca se equivoquen con Bergoglio cuando dice algo que parece católico. Sólo está dando su opinión, pero no puede enseñar la fe católica. Nunca. El pecado de herejía impide la fe. Y la herejía, en Bergoglio, es pertinaz. Dice sus herejías y continúa viviendo su vida como si nada hubiera dicho: no hay arrepentimiento. Y, por eso, Bergoglio está condenado en vida. Esto es lo que escandaliza a muchos.

El espiritual juzga de todo: como Bergoglio no hace un acto de arrepentimiento de sus herejías, sino que cada día las aumenta y las hace pública para todo el mundo, entonces va camino de condenación. Él vive como si fuera un santo, como si sus palabras fueras justas, apropiadas para todo el mundo. Como si sus obras tuvieran el sello de Dios. Bergoglio no puede ver sus pecados porque no cree en Dios. Y aquel que no cree en Dios, no puede salvarse. Vive su propia condenación en vida.

Todo el problema de Bergoglio es que está sentado en la Silla de Pedro. Por eso, se necesita algo más que un mea culpa para decir que Bergoglio se ha salvado. Bergoglio vive su propia condenación en vida, lo que él ha escogido para su vida. Y, por lo tanto, lleva a muchas almas a lo mismo: vivir condenadas en vida.

Este es el fruto del falso misticismo: vivir condenados.

El verdadero misticismo lleva a vivir la santidad de Dios. Vivir esperando el Cielo. Vivir para una felicidad que no es de este mundo. Por eso, los santos se confesaban hasta dos veces al día. Porque sabían que el pecado les impide el Cielo.

Hoy, en el falso misticismo de Bergoglio, todos se van al cielo. Es decir, todos viven su condenación ya en la tierra. Ya no se vive para convertir al otro, para salvar su alma del pecado. Se vive para comulgar con el pecado del otro. Se vive para una condenación.

Bergoglio sólo es un político que está en su negocio en la Iglesia. Por eso, buscó la unidad con Kenneth Copeland, con Palmer, que son personajes que sólo les importa el dinero, pero no la verdad del Evangelio. Copelando y Palmer predican el evangelio de la prosperidad, que es la teología de la liberación en Bergoglio, y son considerados herejes por los mismos protestantes.

Bergoglio no puede unirse con los Sprouls, Carsons, Piper y otros, que son los que siguen en todo a Calvino, a Lutero, en su herejía de la Sola Scriptura para alcanzar la justificación de la fe. Ellos preservan su doctrina protestante sin mezclarla con la idolatría y la avaricia de Palmer y de Copeland. Ellos quieren seguir el mensaje puro del Evangelio. A ellos ataca también Bergoglio. Por eso, entre los protestantes ya hay mucha división en torno a Bergoglio. Bergoglio es, para muchos de ellos, un hereje de la Sagrada Escritura, que hace sólo un comercio religioso de la Palabra de Dios.

A Bergoglio sólo le interesa la bolsa del dinero, como a Judas. Y busca a los judíos, sólo por el dinero. Y busca a los musulmanes, sólo por el dinero.

Para dar de comer a los pobres se necesita dinero. ¿Quién se lo da? Sólo vean con quién se junta Bergoglio. Y obliga a todas las diócesis a hacer lo mismo. Todo el mundo católico está buscando dinero para los malditos pobres de Bergoglio.

Ha corrido Bergoglio para implantar su gobierno horizontal, para promoverlo, para imponerlo. Los demás, como bobos, sin hacer nada en contra de ese gobierno de herejes y cismáticos. Por lo tanto, no les van a salvar las teologías  a muchos Obispos y sacerdotes con lo que viene. Su falsa obediencia a un falso papa llena su vida espiritual de un falso misticismo.

Cuanta jerarquía está ya poseída, en sus mentes, por el demonio. Y eso es lo que va a trabajar -en ellos- en lo que viene.

Van a poner una inteligencia que doblegue a todos los teólogos, a todos los canonistas, para poner un falso credo, apropiado a la falsa iglesia. Ya el primer artículo de la fe no será el Dios católico, sino el falso dios que la cabeza de cada hombre se quiera inventar. Es el dios gnóstico, propio de la masonería.

Aquel que no viva su vida de la gracia, el demonio le espera en su mente, y tendrá parte en el falso cuerpo místico del Anticristo, que es la falsa iglesia, que ya es visible en Roma y en todas las parroquias del mundo entero.

El martirio es por fe y por caridad, no por el nombre de cristianos


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«Sé que Vuestra Santidad sufre profundamente por las atrocidades de las que son víctimas sus amados fieles, asesinados sólo por el hecho de seguir a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. […] No hay ninguna diferencia en que las víctimas sean católicos, coptos, ortodoxos o protestantes. ¡Su sangre es la misma en su confesión de Cristo! La sangre de nuestros hermanos y de nuestras hermanas cristianos es un testimonio que grita para hacerse escuchar por todos los que todavía saben distinguir el bien del mal». (Mensaje al patriarca de la Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Etiopía, 21 de abril de 2015).

Su sangre es la misma: esta es la herejía del ecumenismo de sangre. Una misma sangre.

Mártir significa testigo: «y seréis Mis Testigos» (Act 1, 8c). El mártir da testimonio de la fe en Cristo: es testigo de Cristo, es testigo de la Palabra de Dios, es testigo de la obra de Dios, que es la Iglesia. El mártir no es el que derrama su sangre, sino el que hace un acto de fe y de fortaleza en Cristo cuando derrama su sangre.

Todo el problema del mártir está en su fe. ¿Cuál es la fe que profesa el hombre que muere con un sufrimiento que es un tormento mortal? Porque «la madre del martirio es la fe católica, que atletas ilustres rubricaron con su sangre» (San Máximo Tuarinense, Sermones, serm 88: ML 57, 708).

La madre del martirio, lo que engendra el martirio es la fe católica. Es una gracia que el alma merece por su fe, por la perseverancia en la fe, por la fidelidad a la fe.

El católico, el copto, el ortodoxo, el protestante, el budista, el judío, cuando mueren atrozmente, a manos de sus enemigos, ¿mueren con la fe católica o con qué tipo de fe mueren?

No es la sangre lo que hace un martirio: es la fe católica lo que hace un martirio. Aquellas almas que derraman su sangre en la misma confesión católica de Cristo, entonces son mártires.

Se necesita la confesión católica, la fe católica.

Bergoglio niega esto: ¡Su sangre es la misma en su confesión de Cristo! Todo el mundo confiesa a Cristo, de una manera o de otra. Pero son pocos los que tienen la fe católica. FE CATOLICA. CONFESION CATOLICA.

Ni siquiera los católicos actuales poseen la fe católica. Muchos no saben lo que supone y exige esta fe católica.

Para salvarse se requiere no cualquier fe divina, sino la fe divina y católica, en la cual el alma da adhesión a todas las verdades reveladas, que están en la Sagrada Escritura, y que la Iglesia ha declarado como tales, estableciendo así los dogmas, que son el Magisterio infalible y auténtico de la Iglesia, que es un Magisterio objetivamente cerrado, el cual nadie lo puede abrir, nadie lo puede tocar, nadie lo puede cambiar.

Para salvarse se requiere creer, no en cualquier dios, sino en el Dios que enseña la Iglesia Católica.

¿Quién es Dios? Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

«Creo en el Padre Omnipotente, y en Jesucristo, Salvador nuestro, y en el Espíritu Santo Paráclito, en la Santa Iglesia, y en el perdón de los pecados» (D1)

Esta es la forma más antigua del Símbolo Apostólico: se cree en un solo Dios, que es Tres Personas distintas.

No se cree en un argumento sobre un Dios Uno y Trino. Se cree en Dios Uno y Trino.

Muchos ya no tienen esta fe divina y católica. Sólo poseen su fe humana,  que es un invento de su mente humana. Creen que Dios es muchas cosas, pero no creen «en un solo Dios, Padre Omnipotente…Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios Unigénito….y en el Espíritu Santo,…Espíritu de Dios, Espíritu perfecto, Espíritu consolador, increado, que procede del Padre y recibe del Hijo…» (D13).

Bergoglio, y muchos como él, ya no creen en Dios como lo enseña la Iglesia Católica, sino en su concepto de Dios. Por tanto, ya no tienen la fe católica. Sólo están dando testimonio de su fe humana sobre Cristo, pero no de Cristo, no de la doctrina de Cristo, no de la Iglesia de Cristo. Si mueren a manos de ISIS, no son mártires, aunque digan con su boca que creen en Cristo, aunque lo confiesen con sus palabras, aunque se llamen cristianos o católicos.

Santa María Goretti, a fin de defender la castidad, para dar testimonio de su fe en la pureza, en la virginidad de Cristo, murió para ejercitar esta virtud. No es mártir el que es matado por motivos políticos o por otra causa. Es mártir el que muere con un tormento que se da en señal de odio contra la fe o que muere defendiendo una virtud cristiana. Pero si no se posee la fe divina y católica, no es posible morir ejercitando una virtud de Cristo. Si no se profesa la fe católica nadie te mata por odio contra la fe católica.

La fe católica y divina exige del alma la práctica de esta fe. Las demás fes no exigen del alma tal práctica. Muchos mueren, no por su fe humana, sino por otros motivos circunstanciales a su fe. Si llevarán su fe humana al límite, a la práctica, entonces no sería fe humana. Ningún hombre da la vida por otro hombre a causa de un amor humano. Todo hombre teme a la muerte. Ningún hombre quiere morir por su fe, sino que muere siempre por otro motivo distinto a su fe humana.

Muchos católicos han puesto en duda la verdad de la religión católica. Esto es un hecho que se puede constatar en todas partes. Ya no tienen certeza en su fe. Creen cualquier cosa que los hombres, que la Jerarquía les diga. Y son muchos los que han abandonado la religión católica formando sus grupos, sus asociaciones, sus iglesias, que quieren ser católicas, pero ya no poseen toda la verdad.

Desde hace 50 años está en juego la fe acerca de la verdad del magisterio de la Iglesia, de ese magisterio infalible, auténtico, intocable, objetivamente cerrado.

Muchos han perdido la credibilidad en la Iglesia, en su magisterio, por muchos motivos, y ya no pueden hacer un acto de fe divina y católica. Viven de su fe, la que su razón se inventa. Pero ya no pueden creer.

Un católico jamás puede apartarse de la fe divina y católica sin culpa alguna por su parte, porque toda defección de la fe es un pecado mortal de apostasía: «Porque quienes una vez iluminados gustaron del don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo….y cayeron en la apostasía, es imposible que sean renovados otra vez a penitencia, y de nuevo crucifiquen para sí mismo al Hijo de Dios y le expongan a la afrenta» (Heb 6, 4.6).

La apostasía pone al alma fuera de la Iglesia y en vías de condenación: «es imposible que sean renovados otra vez a penitencia».

Muchos católicos viven en esta apostasía de su fe divina y católica. No se pueden salvar porque desprecian toda la verdad. Viven sólo de sus verdades, de sus tradiciones, de sus ritos litúrgicos, de sus doctrinas. Y se hacen maestros, doctores, legistas de su fe, que es en todo falsa.

«Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, abandonar los santos preceptos que les fueron dados» (2 Pe 2, 21).

Santos preceptos: eso es la fe divina y católica. Es algo del cielo, no de la tierra. La fe no es una clase de teología. Los dogmas no son el invento de los teólogos. Es poner con palabras humanas la Verdad que Dios ha revelado en la Sagrada Escritura. Es necesario hacer eso en la economía del pecado original en que el hombre nace y muere. Todo hombre necesita de ese sustento del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para poder entender la Voluntad de Dios en su vida. De otra manera, todo se volvería confusión porque todos los hombres interpretan, a su manera, la Sagrada Escritura. Se necesita un magisterio auténtico, que diga al hombre: de esta manera hay que entender la Palabra de Dios. Por eso, todas las condenaciones, todas las herejías, todos los cismas que se han producido son sólo por no seguir este magisterio. Han seguido su interpretación de la Sagrada Escritura, y han hecho su iglesia, y creen en su concepto de cristo, con sus verdades relativas, inventándose su fe.

No de todos es la fe. Y, por lo tanto, no de todos es pertenecer a la Iglesia de Cristo. No toda la Jerarquía es la verdadera, la que permanece fiel a la doctrina de Cristo, al magisterio infalible de la Iglesia. Muchos se han vuelto lobos, traidores, engendros del demonio.

Estamos viviendo en la Iglesia con falsos católicos, con falsos sacerdotes, con falsos obispos, que ya no creen en el Magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Y esa falta de credibilidad en la Iglesia produce la apostasía de la fe. Esa falta de credibilidad en la Iglesia es falta de credibilidad en Cristo, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia. ¡Muchos se inventan su falso cristo!

Quien se aparta del Magisterio infalible se aparta de la Iglesia y de Cristo. Ya no es Iglesia. Ya no es oveja de Cristo. Y vamos a llegar a la Gran Apostasía de la fe, que significa cambiar lo que no se puede cambiar, tocar lo intocable, abrir lo que está cerrado: el Magisterio auténtico e infalible.

Eso es lo que viene en el Sínodo próximo: la división en la doctrina, en el Magisterio infalible. Ahí va a iniciar la gran apostasía de la fe, comandada por los falsos católicos, que están en todas partes, no sólo en Roma. Esos falsos católicos que se saben la teología, el catecismo, el derecho canónico, la tradición, pero que la tuercen a su gusto y a su capricho.

Si no hay fe divina y católica, entonces tampoco hay caridad divina. Y no puede darse el martirio: «Si entregare mi cuerpo a las llamas y no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13, 3).

Muchos quieren dar la vida por sus amigos, pero no poseen la caridad divina. Y, por lo tanto, sus muertes no unen en la verdad.

«Para los perseguidores, nosotros no estamos divididos, no somos luteranos, ortodoxos, evangélicos, católicos… ¡No! ¡Somos uno! Para los perseguidores, somos cristianos. No les interesa otra cosa. Es el ecumenismo de la sangre que se vive hoy» (A los miembros de Asociaciones Carismáticas de Alianza, 31 de octubre de 2014).

No estamos divididos: es la gran herejía de este hombre. Todos estamos unidos en un nombre: cristianos. Somos cristianos. Y que cada cual interprete el Evangelio como quiera. Que cada cual tenga su concepto de Dios, de Cristo, de la Iglesia. Eso no interesa. Lo que interesa es el nombre vacío de cristiano.

En esto están todos los falsos católicos: siguen a Bergoglio sólo por el nombre. Como lo llaman papa, entonces hay que obedecerlo. Es el nombre lo que a muchos sólo les interesa de Bergoglio. Cuando se les dice sus herejías, no lo pueden creer. Le toman a uno por loco.

Son católicos de nombre, que sólo creen en el nombre. Ya han dejado de creer en el magisterio auténtico e infalible, que les enseña que Bergoglio no es papa, no tiene el nombre de papa. Pero esto, a ellos, ya no les interesa.

Se persiguen católicos, cristianos, ortodoxos, coptos, budistas…pero el que persigue, ¿con qué odio mata? ¿Con qué fin mata?

Hay un odio contra la fe verdadera. Y si persigue infligiendo esta señal de odio, entonces el que muere es mártir.

Pero muchos matan por diversas causas. ISIS mata a la cristiandad por muchos motivos, no todos religiosos. Le interesa políticamente matar. Quieren hacer propaganda de sus muertes. Ya la intención en matar no es el odio contra la fe, es otra cosa: la fama, la política, el dinero, la publicidad, el miedo, etc… Entonces, los que mueren no son mártires. Muchos mueren en la guerra y no son mártires. Muchos en los atentados de ISIS y no son mártires.

La unión entre los cristianos no está en el nombre de cristianos, que es lo que enseña Bergoglio: «nosotros no estamos divididos, no somos luteranos, ortodoxos, evangélicos, católicos… ¡No! ¡Somos uno!». No somos uno en el nombre de cristianos. Somos uno porque poseemos la misma caridad, el mismo amor: «La caridad es el vínculo de perfección» (Col 3, 14).

La unión entre los cristianos está en la obra de la caridad divina.

«¿Consideran que Cristo está con ellos cuando se reúnen, aquellos que lo hacen fuera de la Iglesia de Cristo? Estos hombres, aunque fuesen muertos en confesión del Nombre, su mancha no será lavada ni siquiera con la sangre vertida: el pecado grande e inexpiable de la discordia no se purga ni con suplicios. No puede ser mártir quien no está en la Iglesia: no puede lograr el Reino quien abandonó Aquélla que debe reinar. Cristo nos dio la paz. Él nos mandó ser concordes e unidos, ordenó conservar los lazos de amor y de la caridad incólumes e intactos. No puede pretender mártir aquel que no conservó la caridad fraterna». (San Cipriano de Cartago, De la unidad de la Iglesia, p. II, n.14 – ML 4, 510-511)

Se demuestra la perfección de la caridad, el mayor amor a una cosa, cuando por ella se desprecia lo más amado y se elige sufrir lo que más se odia.

Por amor a Cristo, por amor a la Iglesia, los mártires despreciaron su vida. Por sólo este amor. Esta es la caridad divina.

¿Qué luteranos, qué evangélicos, qué coptos,…, tienen este Amor a Cristo y a la Iglesia Católica para ser llamados mártires? Ninguno de ellos. Todos tienen el nombre de cristianos. Pero el tener el nombre de Cristo no obra el amor a Cristo: «aunque fuesen muertos en confesión del Nombre, su mancha no será lavada ni siquiera con la sangre vertida».

El amor a Cristo y a la Iglesia Católica procede de la profesión de la fe divina y católica: «No puede ser mártir quien no está en la Iglesia: no puede lograr el Reino quien abandonó Aquélla que debe reinar». Hay que estar en la Iglesia, hay que profesar la fe divina y católica.

El amor a Cristo y a Su Iglesia no viene de cualquier fe, ya humana, ya divina. Hay que creer en el Magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para poseer la caridad divina, ese mayor amor que «lleva a dar la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

Muchos mueren en la guerra, con atroces tormentos, profesando una fe en su dios…Pero no son mártires. Porque se necesita la caridad divina para sellar el martirio.

«No hay ninguna diferencia en que las víctimas sean católicos, coptos, ortodoxos o protestantes»: sí la hay, y una gran diferencia.

Ni el protestante, ni el copto, ni el ortodoxo, ni el judío,…, son de Dios, porque no son de la Iglesia Católica:

«No pueden permanecer con Dios los que no quisieron permanecer unánimes en la Iglesia de Dios…».  (San Cipriano de Cartago, De la unidad de la Iglesia, p. II, n.14 – ML 4, 510-511).

Y, por lo tanto, si mueren a manos de sus enemigos, se van al infierno:

«…y aunque consumidos por las llamas, arrojados al fuego o lanzados a las bestias, ellos perdiesen la vida, no sería una corona de fe, mas antes castigo de su perfidia, no sería la consumación gloriosa de una vida religiosa intrépida, sino un fin sin esperanza. Un individuo así puede dejarse matar, pero no puede hacerse coronar. Él se confiesa ser cristiano del mismo modo que el diablo se hace de Cristo, como el mismo Señor advierte diciendo: “Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: ‘yo soy Cristo,’ e engañarán a muchos” (Mc 13,16). Así como el diablo no es Cristo no obstante usurpe su nombre, así no puede pasar por cristiano aquel que no permanece en la verdad del Evangelio y de la Fe» (Ib).

Para ser mártir es necesario poseer la fe divina y católica: guardar el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ser de la Iglesia, que es lo que lleva a alma al mayor amor, a la caridad divina.

Todo el problema de Bergoglio es su falta de fe divina y católica. Y, por eso, cae en tantas herejías porque quiere salvar a todos con su sola palabra humana. Ha dejado el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia y se dedica a hacer su política. Y no hay manera de que hable claro cuando ISIS mata a los cristianos. Sólo llora por su ecumenismo de sangre, que es su herejía que le lleva  a levantar una falsa iglesia donde entren todos.

Y la herejía del ecumenismo de sangre nace de su falta de fe: ya no cree en Dios. Ya no cree en el Símbolo Apostólico, que es la base del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Sin esa base, sin ese Dios, todo es un invento de su cabeza herética. Y Bergoglio sólo muestra su orgullo en el gobierno de la Iglesia. Y la gente lo sigue por su orgullo, no por la doctrina que predica. En su orgullo, Bergoglio se pone por encima de Dios, por encima del magisterio auténtico e infalible. Están siguendo a un orgulloso. Y, por lo tanto, están aprendiendo, muchos falsos católicos, a ser orgullosos, como Bergoglio. Y sólo saben decir que Bergoglio es un buen hombre que quiere unir a todos los hijos de Dios en una sola iglesia. Pero no saben hablar de sus herejías porque ya no las ven. Sólo ven el orgullo de ese hombre, que es el motor de muchos, que es lo que muchos imitan en la Iglesia: si este idiota ha podido llegar a sentarse en la Silla de Pedro, entonces seamos como él. Alcancemos los puestos grandes en la Iglesia. Busquemos el negocio en la Iglesia. Ya no importa la doctrina, sino sólo la política.

Muchos lo siguen por su sonrisa, por su cara bonita, por sus besos y abrazos a todo el mundo, porque habla con la gente, porque entiende la vida de la gente. Pero ninguno de ellos entiende lo que predica, porque ya su fe no se basa en un magisterio que no se puede cambiar. Su fe sólo es una veleta del pensamiento humano. Y así viven: defienden lo que dice ese hombre aunque suelte una estupidez. Defienden al hombre, defienden el nombre que le han puesto. Defienden el orgullo de ese hombre. Pero no son capaces de defender a Cristo en Su Iglesia, porque no viven a Cristo en sus almas. No son capaces de defender la Iglesia de un hereje, de un cismático, porque sólo buscan levantar la iglesia que esté construida por la herejía. Muchos se pasan la vida dando vueltas a lo que encuentran en sus mentes humanas. Y así construyen su vida. Y luchan por sus ideas humanas y mueren por ellas. Pero no son ni de Cristo ni de Su Iglesia. Son de ellos mismos: de sus mentes.

Es la herejía que se observa en toda la Iglesia: el culto a la mente del hombre. Y, por eso, se destroza el magisterio infalible de la Iglesia. Se destroza la vida de la Iglesia. Se destrozan muchas almas en la Iglesia.

«Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y, sus ángeles (Mt 25,41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica. (D 1351 –  Concilio de Florencia, Decreto para los Jacobitas, 4 de febrero de 1442).

Sólo se puede permanecer en el seno y en la unidad de la Iglesia Católica en la obediencia hasta la muerte al Papa legítimo y verdadero: Benedicto XVI. Sin esta obediencia, todos están en lo que vemos: ayudando a construir, a levantar, la falsa iglesia de un hombre orgulloso.

Quien se une a las intenciones de Bergoglio no es Iglesia


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«Ésa que están presentando no es Mi Iglesia. Quien está unido a las intenciones del Innominado no está unido a Mí, porque no se puede servir a dos patrones» (Conchiglia, 25 de marzo del 2015).

La Iglesia visible –en Roma y en todas las parroquias unidas a Roma- no es la Iglesia de Cristo.

Luego, la Iglesia gobernada por el Innominado, es decir, por el falso papa Bergoglio, no representa la fe católica, no enseña la Verdad del Evangelio, no mantiene la fidelidad a la Tradición, y no es capaz de señalar el camino de la salvación y de la santificación a todas las almas.

«Quien tiene Mi Luz en el propio corazón y en la propia mente bien ve que está alterando lo que he enseñado» (Conchiglia, 22 de septiembre del 2013).

Muchos -que se dicen católicos- tienen un corazón no purificado, que vive en el pecado, que obra el pecado, y que les imposibilita poseer la luz de Dios para conocer la verdad, siéndoles un obstáculo –su mismo corazón cerrado a la vida de la gracia- para poder entender qué pasa en la Iglesia.

El pecado es un muro que se levanta en la vida del hombre,  en el cual el alma no puede ver la realidad.

Quien se une a las intenciones de Bergoglio no está unido a Dios, sino que se ha separado de la Voluntad de Dios. Porque un Papa representa sólo la Voluntad del Padre. Cristo representa a su Padre Dios en la tierra. Cristo dio a conocer e hizo amar a su Padre Dios: «No sabéis que es necesario que me ocupe de las cosas de Mi Padre» (Lc 2, 49). Cristo sólo vino a la tierra, sólo se Encarnó para hacer la Voluntad de Su Padre.

Y todo Papa, que es el Vicario de Cristo en la tierra, tiene la misma misión de Jesucristo: llevar a toda la Iglesia hacia la Voluntad del Padre. Y, por lo tanto, enseñar a toda la Iglesia qué cosa es la Voluntad de Dios y cómo obrarla.

«Nadie viene al Padre si no es por medio de Mí»: Cristo es el Mediador entre el Padre y los hombres. Es el camino para encontrar al Padre. Y Cristo, que es Mediador, ha puesto en Pedro su mediación divina: para ir a Cristo hay que ir por el Papa; es decir, hay que obedecer, hay que someterse al Papa.

Quien se une a las intenciones del Papa, está unido a las intenciones de Cristo, que son las de Su Padre.

Pero quien se une a las intenciones de un hombre que no es papa, como es Bergoglio, automáticamente se separa de la Voluntad del Padre en la intención; y en las obras ya no sirve a Dios, sino al demonio. Y se pueden hacer obras muy buenas, pero son sólo para el demonio.

«El Innominado es astuto…astuto…astuto. Ha convocado un falso jubileo, ya que es falsa esta iglesia, como es falsa la misericordia que propone, puesto que no es Mi Misericordia» (Conchiglia, 25 de marzo del 2015).

Si Bergoglio ha puesto un gobierno horizontal, entonces está levantando una falsa iglesia, con su poder humano. Y es una falsa iglesia que remeda, que imita a la verdadera: se proclaman santos, se convocan jubileos…. Son todos ellos falsos santos y falsos jubileos…

¡Pero, qué difícil es encontrar a una Jerarquía que predique que lo que hay en Roma es una falsa iglesia!

Ni siquiera el cardenal Burke se atreve a decir esto.

Nadie se atreve a hablar en contra de Bergoglio. Es el gran pecado de toda la Jerarquía.

Todos aquellos que se unen a las intenciones de Bergoglio no están unidos a Dios. Han perdido el Poder Divino en la Iglesia.

¡Qué difícil de entender esto para los católicos!

¡Sólo hay poder divino en un gobierno vertical! Si se da -de hecho- el gobierno horizontal, automáticamente, cualquier sacerdote, cualquier Obispo, que obedezca a ese gobierno horizontal, pierde el Poder Divino. Es decir, ya no son la Jerarquía de la Iglesia Católica. Ya no representan a la Iglesia Católica. Ya no tienen poder para poner leyes, para juzgar, para mandar, para guiar en la Iglesia.

Desde hace 50 años se ha trabajado para librarse de la unidad de gobierno, dando a los Colegios Episcopales más autoridad de la que realidad poseen, colocando el poder en el pueblo de Dios, en los consejos presbiterales y pastorales, en las instituciones del sínodo, en las muchas comisiones romanas y nacionales, en los dictámenes de las distintas congregaciones religiosas…. Todo ello ha degradado la Autoridad en la Iglesia y ha sido fuente de anarquía y desorden, que es lo que se ve por todas partes.

¡Ningún católico sabe lo que es el Poder Divino en la Iglesia! ¡Ni lo que significa este Poder Divino en la Jerarquía! ¡Porque la misma Jerarquía de la Iglesia no da ejemplo de gobierno, de autoridad divina! ¡Hacen lo que quieren! ¡Gobiernan como quieren y a todos imponen sus leyes humanas y una doctrina que no son el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia!

Jesús pone Su Iglesia en Pedro. Y concede a Pedro el Primado de Jurisdicción: es decir, Pedro es el primero por derecho de autoridad en la Iglesia. En otras palabras, posee todo el Poder Divino, tiene toda la Autoridad. Y los demás participan de ese Primado por la obediencia a Él. Y sólo por la obediencia.

Si un Obispo no obedece al Papa legítimo, automáticamente, pierde el poder divino.

En Pedro hay un gobierno vertical, una monarquía. El Papa comunica su Autoridad en la medida que lo considera oportuno, ya en circunstancias ordinarias como extraordinarias.

Este Primado de Jurisdicción es distinto a la potestad ministerial. Para celebrar Misa no hace falta el Primado de Jurisdicción, sino el poder que da el Orden para poner a Cristo en el Altar. Para predicar no hace falta el Primado de Jurisdicción, sino sólo el poder que da el Sacramento del Orden para enseñar la verdad de la Palabra de Dios.

«Jesucristo puso a San Pedro como gobernante supremo de la Iglesia. En verdad hizo a San Pedro y a nadie más aquella insigne promesa: “Tu eres Pedro sobre esta piedra edificare Mi Iglesia” (San Mateo 16,18). Por estas palabras queda claro que por voluntad y por mandato de Dios la Iglesia se asienta en San Pedro, así como un edificio está asentado en sus cimientos… Por consiguiente pertenece a Pedro el sustentar la Iglesia y el defenderla unida y firme con estructura irrompible…» (León XIII Encíclica “Satis cognitum”  AAS 28, 726s).

Pedro es el gobernante supremo de la Iglesia. Eso es el Primado de Jurisdicción: la suprema autoridad en la Iglesia. Y nadie más tiene esa Autoridad: «En verdad hizo a San Pedro y a nadie más aquella insigne promesa».

Todo está asentado en Pedro. La Misa de un sacerdote o de un Obispo, para que tenga validez para toda la Iglesia, tiene que estar unida a Pedro. La predicación de un sacerdote o de un Obispo, para que valgan para toda la Iglesia, debe estar unida a Pedro. Cualquier oración, cualquier obra apostólica que se haga, para que tenga validez en la Iglesia, debe estar unida a las intenciones del Sumo Pontífice. Una Misa, o una predicación, o una obra apostólica, que no se una a las intenciones de Pedro, valdrán en cuanto misa o predicación u obra apostólica, pero no en cuanto medio para salvar y santificar las almas.

Un sacerdote sin cabeza, sin obediencia a una cabeza legítima, su misa vale si la hace según la intención de la Iglesia, pero no vale para la Iglesia. El poder ministerial se ejerce, pero no el Poder Divino. Lo que salva y santifica en la Iglesia es el poder divino, no el poder ministerial. La Misa es para la Iglesia, no para el sacerdote. El sacerdote no vive para sí mismo, sino para Cristo y sus almas, es decir, para la Iglesia. No tiene sentido una misa si no se ofrece para salvar y santificar las almas de toda la Iglesia. Y sólo es posible ese ofrecimiento si el sacerdote obedece a una cabeza legítima. Cristo actúa para realizar la obra de Su Padre. No actúa por sí mismo. Su Misa, que es Su Calvario, sólo salva almas porque es la Voluntad de Su Padre, en obediencia su Padre. El Padre quiso el Calvario, quiso esa Misa.

Un sacerdote o un Obispo que haga de la Misa un acto comunitario o que dé su obediencia a un falso papa, a una falsa cabeza, su misa no tendrá valor para salvar y santificar, porque la intención se pone en un hombre no elegido por Dios para guiar la Iglesia. La Misa valdrá por el Sacramento, por el poder ministerial, pero no construye la Iglesia, no levanta la Iglesia, no hace Iglesia. Muy al contrario, esas misas sólo sirven para destruir la verdad del Sacrificio Eucarístico y poner la mentira de la comunión social, del engendro de la unión de todas las religiones para un falso culto a Dios.

Por eso, es necesario ir saliendo de las parroquias.

«El Innominado, que es el Vicario del Anticristo, pronto dejará el lugar al Anticristo, que representará a Lucifer en la Tierra…deberán ya sea obedecer al Anticristo, o esconderse para celebrar la Santa Misa en refugios improvisados, o bien morir por mano de los servidores del Anticristo…» (Conchiglia, 25 de marzo del 2015).

La Iglesia se fundamenta en el Poder Divino, no en el poder ministerial, que da el Sacramento. Esto es muy importante entenderlo. Se es Iglesia porque se obedece al Papa, no porque se celebra una misa o se predica la Palabra de Dios o se hace una obra apostólica.

Aquellos sacerdotes u Obispos que todavía predican bien y hacen las cosas como Dios quiere en la misa, pero dan su intención al falso papa Bergoglio, tendrá que elegir muy pronto: o el Anticristo o esconderse para seguir haciendo las cosas como Dios quiere, pero no en la obediencia a un falso papa. Estos sacerdotes, todavía su misa vale, pero no sirve para salvar y santificar las almas, porque la intención no es recta, no es verdadera. Están cometiendo un gran pecado que, aunque no anula su poder ministerial, les pone en camino para perder la fe. Y si pierden la fe, entonces se anula en ellos también el poder ministerial: sólo hacen una obra de teatro en sus misas.

Todos participan del Poder Divino, que sólo lo tiene Pedro, en la obediencia a Pedro, en su sometimiento. En reconocerlo como Papa, como Vicario de Cristo, como infalible en su magisterio ordinario y extraordinario en la Iglesia.

Mientras un Papa permanezca en el gobierno vertical, todos participan de ese Poder Divino, y la Iglesia (todo el Cuerpo Místico) es guiada por el Espíritu Santo en la obediencia al Papa.

Por eso, todos los Papas, desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, se mantuvieron en la verticalidad. Y a pesar de todos las desobediencias de los Obispos y sacerdotes, a pesar de que colocaran falsos papas, sosias, la Iglesia continuaba su curso, ayudada en todo por el Espíritu Santo.

Pedro es el que tiene el Poder Divino en la Iglesia. Y toda la Iglesia se construye en este Poder Divino. Quien no se someta a este Poder Divino, por más que luche por la tradición de la Iglesia,  por más que celebre en el rito antiguo de la misa…, no construye la Iglesia, no hace Iglesia, no es Iglesia.

¡Esto es lo que cuesta entender!

¿Para qué asisten a la misas de los sedevacantistas o lefebvrianos? Ellos no siguen a los Santos, que enseñan: «Dejo esta llave al Vicario de Cristo en la tierra, a quien todos estáis obligados a obedecer hasta la muerte, y quien está fuera de su obediencia, está en estado de condenación» (Sta. Catalina de Sena – Diálogos- Tratado de la obediencia, cap. 1, pag. 365). No salvan los Sacramentos, no salvan los ritos litúrgicos, no salva la Tradición. Sólo salva la obediencia hasta la muerte al Papa legítimo y verdadero. Quien deje esta obediencia por estar en una misa que se celebra con el rito tradicional, o por guardar la tradición, está en vía de condenarse. La Cruz es el Dolor de la Obediencia al Padre. El Sacrificio de la Cruz tiene valor sólo por la obediencia espiritual a la Voluntad de Dios: «por la desobediencia de uno solo muchos fueron los pecadores…por la obediencia de uno solo muchos será hechos justos» (Rom 5, 19).

No de todos es la fe. No todos son de la Iglesia. Sólo en la Iglesia, que permanece unida al Papa, está la salvación de las almas. Quien no esté unido a los Papas verdaderos y legítimos, no puede salvarse. No salva el poder ministerial: no salva una misa. Salva el Poder Divino. La Misa salva porque el sacerdote se une a las intenciones del Papa legítimo.

Mientras ha existido la verticalidad en el gobierno de la Iglesia, el Poder Divino ha estado presente en todos los miembros y en la Jerarquía que ha sido obediente a los Papas.

Quien se haya rebelado contra los Papas, quien proclame el sedevacantismo, quien se haya separado de la Autoridad del Papa porque no ha aceptado un Concilio…, ha perdido el poder divino en la Iglesia. Hará su Misa con su poder ministerial, el propio del Sacramento, pero esa Misa no sirve para hacer Iglesia, para unir en la Verdad, para dar frutos divinos en la Iglesia.

La gran división en toda la Iglesia ha sido en la cabeza. Por eso, el demonio la ha atacado de una manera magistral, y ahora vemos el gran cisma y la gran división en todas partes de la Iglesia.

Unos atacan a todos los Papas, otros hicieron renunciar al Papa legítimo para poner su falso papa, otros encumbran a este falso papa a una gran santidad para que todos los demás lo tengan por verdadero, y así construir la falsa iglesia que se quiere.

Desde el momento en que Bergoglio puso en funcionamiento su gobierno horizontal, el poder divino desapareció en toda la Iglesia.

Ya la Iglesia no hay quien la sustente, no hay quien la defienda unida y firme, porque se ha fundamentado todo en una estructura rompible: en un poder humano, en un conjunto de hombres que deciden lo que es bueno y lo que es malo con sus mentes, con sus obras heréticas y cismáticas.

El Poder Divino significa la potestad de mandar, de prohibir, de juzgar. Ya en la Iglesia mandan todos en sus diócesis, nadie juzga el pecado ni al pecador, y nadie prohíbe que se enseñe la mentira en la Iglesia.

El Poder Divino significa atar y desatar. Y eso ratificado por Dios. Cuando se ha perdido ese poder divino, ya nadie ata y desata de manera divina, sino que todo es oscuridad. Todos van buscando -ahora- la forma de poner leyes en que no se juzgue ni se castigue el pecado ni al pecador. Se busca una ley humana adecuada al poder humano que se representa. Se busca que sea el mismo hombre el que ratifique su mismo poder. Se busca un poder que ate a los hombres a una forma de pensar humana y que los desate de la Mente de Cristo. ¡Una Abominación!

Bergoglio no es Papa. Luego, no tiene poder divino para nada. Y aquellos que se unen a su intención, pierden todo poder divino.

El Poder Divino sólo está en el Papa: en Benedicto XVI. Quien éste unido a Él, sigue poseyendo el poder divino y su misa, o su predicación o su obra apostólica salva y santifica las almas, construye la Iglesia.

Cuando muera Benedicto XVI, no habrá poder divino y se manifestará el hombre de la iniquidad: «el ministerio de la iniquidad está ya en acción; sólo falta que el que le retiene sea apartado» (2 Ts 2, 7).

La Jerarquía de la Iglesia no se va a salvar por su poder ministerial, ni porque saben la teología. Sólo pueden salvarse si dejan de obedecer a Bergoglio como papa y se oponen totalmente a él. Si no hacen esto, llevarán consigo a muchas almas al infierno por su falsa obediencia a un hombre sin verdad.

Un hereje nunca representa a la Iglesia Católica. Con las herejías de Bergoglio no se construye la Iglesia Católica. Con las palabras babosas de ese payaso vestido de papa no se levanta la Iglesia Católica.

Toda la Iglesia está sólo en el Papa verdadero y legítimo: Benedicto XVI. Y nadie le obedece. Nadie se une a él. Entonces, ¿qué Iglesia están haciendo? La propia del Anticristo.

El tiempo de la gran prueba ha llegado


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Los pastorcillos de Fátima estaban jugando a hacer un muro y vieron un relámpago; según Lucía no era propiamente un relámpago, sino el reflejo de una luz que se aproximaba.

Ellos,   creyendo   que   podía   venir   una   tormenta, cogieron sus ovejas y se marcharon, y  al llegar hacia la mitad de la finca brilló otro relámpago.

La aparición de Nuestra Señora en Fátima no es una visión de los pastorcillos: ellos  están distraídos, jugando, y tienen miedo de la posible tormenta.

La distracción y el miedo es lo menos propicio para que el alma se ponga en comunicación con Dios, en oración. Los  pastorcillos no están orando,  están jugando y con miedo.

La aparición de la Virgen en Fátima es un hecho real, no imaginario. Es un acontecimiento divino en la historia del hombre.

Y ven un relámpago: una luz que viene del lado de donde nace el sol, del oriente. Esto recuerda aquello de Mt 24, 27:

«… porque la segunda venida del Hijo del Hombre será semejante al relámpago que sale del oriente (que se ve en el oriente) y brilla hasta el occidente (y en un instante llega al occidente)».

Nuestra Señora viene a Fátima como su Hijo vendrá en Su Segunda Venida gloriosa: viene en la Gloria del Hijo; viene antes que el Hijo. Fátima prepara la Segunda Venida de Cristo.

En Fátima, María  se presenta como la Aurora que precede a Cristo;  como la Estrella que guía hacia Cristo, que va delante de  los  que  quieran atender sus suplicas hasta detenerse donde está Cristo, Su Hijo.

Luego, el mensaje de Fátima va a  ser trascendental para la humanidad  y, por lo tanto, para la Iglesia. Quiere  introducir  a la  humanidad  -y a toda la Iglesia- en  un  tiempo nuevo: el del retorno glorioso de Cristo. La Segunda Venida de Cristo: su Venida en Gloria, para reinar; no para juzgar.

Esto conlleva la preparación de la humanidad y de la Iglesia  a ese tiempo. Señala un camino que la humanidad debe seguir: un camino de cruz para una gloria.

María desciende gloriosa del Cielo a esta tierra llena de pecado. Baja del cielo para ponerse en camino con nosotros, para señalar el camino: Mi Corazón Inmaculado será… el camino que te conducirá a Dios. Es María el camino hacia Cristo. Es María la que conduce a toda la Iglesia hacia Su Hijo. Son las virtudes de ese Corazón Inmaculado lo que en cada alma debe reinar para ser de Cristo: humildad, obediencia, pureza y santidad.

Baja del cielo: la presencia de María en la tierra no va a acabar con el mensaje de Fátima. No pisó la tierra de Fátima para luego dejar huérfanos a sus hijos.

Fátima es el inicio de un tiempo nuevo, de una presencia extraordinaria -y de modo continuo- de María en el mundo. Por eso, sus numerosas apariciones, después de Fátima, no pueden silenciarse,  despreciarse, obligar a no creer en ellas.

«…los últimos remedios dados al mundo son: el Santo Rosario y la devoción al Corazón Inmaculado de María. La tercera vez me dijo que “agotados los otros medios despreciados por los hombres, nos ofrece con pavor la última áncora de salvación: la Santísima Virgen en persona, sus numerosas apariciones, sus lágrimas, los mensajes de los videntes esparcidos por todas partes del mundo”; y la Virgen dijo además que, si no la escuchamos y continuamos las ofensas, no seremos más perdonados» (Carta del 22 de Mayo 1958 de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes).

Nadie tiene derecho a impedir que los demás crean, porque «no de todos es la fe», dice San Pablo.

Impedir la fe constituye un grave pecado.  ¿Dónde está la libertad dada por Dios al hombre?

Ni tampoco se puede hablar mal de las apariciones marianas, porque si no se examinan su contenido, ¿cómo se las juzga? Y si no se creen en ellas, ¿con qué medida se examinan si la medida de lo sobrenatural está en la fe (en la sabiduría divina),  no en la razón (no en la sabiduría humana)?

Ellas tienen su significado, su importancia. Y son dadas al hombre como una muestra de Misericordia, no porque el hombre las merezca.

Dios ha agotado todos los medios que hay en Su Iglesia para que las almas se salven y se santifiquen. Y su misma Iglesia los ha despreciado, como vemos en ese hombre que han sentado en la Silla de Pedro: un hombre sin nombre, sin verdad, que no es capaz de marcar el camino de Cristo, sino que lleva a todas las almas al mismo precipicio del infierno.

Todas las apariciones están entroncadas con el mensaje de Fátima, con la misión de María de guiar a la humanidad hacia Cristo.

La Iglesia ha perdido el norte de Cristo: sólo señala al Anticristo. Es lo que todos están esperando. Es lo que han preparado durante cincuenta años. Ahora, es su consumación, la plenitud de toda maldad que se verá en Roma.

María es la que señala a Cristo en estos últimos tiempos. Ya no es la Jerarquía de la Iglesia la que pone el camino: ya no aman a Cristo porque no aman a Su Madre. No la imitan. Han perdido la devoción a Ella porque no la han obedecido. La Jerarquía, con Su Poder Divino, se ha creído más sabia y más poderosa que la Virgen María. Y, por eso, está haciendo el juego del demonio: se dedican a engañar a las almas. A darles una doctrina que no tiene nada que ver con la doctrina de Cristo.

Y la Virgen María se aparece para guiar en la Verdad a todas las almas, para enseñarles el camino de la verdad en sus vidas, para hacer que cada alma viva deseando lo divino en sus vidas humanas. Es la función que tiene todo el orden sacerdotal. Misión que han dejado de cumplir por estar negociando con el mundo.

Y la Virgen María actúa como sacerdote, sin tener el Sacramento, porque es la Madre del Sacerdote Eterno: si lo ha engendrado, sabe muy buen cuál es la misión de todo sacerdote en la tierra: ser otro Cristo, guiar hacia la verdad, que es Su Hijo.

María se presenta en Fátima como la Mujer vestida del Sol. Jesús se quiere servir de su Madre para reinar gloriosamente en el mundo. Jesús quiere venir a nosotros, de nuevo, a través de su Madre.

A través de María: es la Mediación Materna lo que constituye el mensaje principal de Fátima.

¿Qué será el triunfo del Inmaculado Corazón de María sino que la Iglesia proclame este dogma?

¿Y cómo se podrá proclamar si la Iglesia no se deja guiar por María? Es lo que conlleva este dogma: ser niños en manos de la Madre, que sabe lo que nos hace falta en cada momento.

Dios no es una teoría, una serie de ideas, una fe que no se pone en práctica. Dios está vivo y quiere en el hombre una fe viva.

La Mediación Materna de María incluye tres cosas:

que María sufre: es lo que vio Lucía: Su Corazón rodeado de espinas: es la Corredención. «…se le clavaban por todas partes. Comprendíamos que era el Inmaculado Corazón de María ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación»;

que María defiende a la humanidad de las asechanzas del demonio: es el ser Abogada: Mi Corazón será tu refugio le dirá a Lucía en la segunda aparición;

y   que   María   media   entre   Dios   y  el  hombre: «…quiero que toda mi Iglesia reconozca esa consagración (la  de  Rusia) como un triunfo del Inmaculado Corazón de María…. De no mediar la realización de este acto no habrá paz en el mundo.

Es tan grande el pecado, en que el hombre ha caído, que si no es por la Mediación de María, el hombre no sería capaz de salir de ese pecado. De cuantos castigos no se habrá librado la humanidad, en estos últimos tiempos, a causa del Inmaculado Corazón.

Ella lo puede todo ante Dios.

Pero, para que la Iglesia enseñe este dogma tiene que pasar, antes, por su Calvario. Sólo así podrá entender lo que significa la Virgen María para la humanidad y para toda la Iglesia.

Los Apóstoles no terminaron de creer en Jesús hasta que no se vieron envueltos en Su Pasión Redentora.

La Jerarquía, que ha despreciado las palabras de la Virgen María en Fátima, no va a terminar de creer en lo que es María, hasta que no se vea envuelta en la Gran Abominación que el Anticristo va a poner en la Iglesia. Ahí es cuando la Virgen triunfará en Su Iglesia: engendrará una Jerarquía, que fiel a Jesucristo, sepa luchar contra todos los errores del Anticristo y promulgue el dogma que va a poner a toda la Iglesia en el camino del Reino Glorioso.

Ahora, nadie cree en las profecías: es imposible que crean en el Apocalipsis. Es imposible ese dogma en la Iglesia. Ese dogma es para el Reino Glorioso. Ese dogma es un absurdo para la actual Jerarquía de la Iglesia: no creen en los sufrimientos de la Mujer, no creen en el Poder de la Mujer; no creen en la mediación de la Mujer.

Y la Mujer es la Virgen María y, también, todo el Cuerpo Místico de Cristo. Nadie cree ni en la Virgen ni en la Iglesia. Todos han construido su iglesia, la idea que cada uno tiene de la iglesia. Por eso, se ve tanta división, tanta oscuridad, tanta apostasía en todas partes

No se puede promulgar este dogma sin el triunfo de la Iglesia. Y, ahora, la Iglesia está metida en una podredumbre en la cual no hay salvación.

La gran crisis de la Iglesia es su falta de obediencia a Dios. Y, por eso, está donde tiene que estar: en las  manos de Su Enemigo: en las manos del mundo, de la carne y del demonio. Así vive toda la Jerarquía y todos los fieles: son mundanos, carnales y unos engendros del demonio.

Tanta gente que dice que conoce a Dios, pero no guarda sus mandamientos. ¿Cuál es su dios? ¿Cuál es su padre? El demonio.

«Vosotros tenéis por padre al diablo». ¿Y pretendéis levantar una iglesia para vuestro padre? ¿A quién queréis engañar? A todos aquellos que buscan ser engañados, que sólo tienen oídos para escuchar lo que hay en sus mentes humanas.

María, al bajar del cielo  en Fátima, nos trae la luz del Paraíso. Decía Lucía: vimos…una Señora vestida toda de blanco, su vestido –dirá Jacinta – blanco, adornado con oro, y en la cabeza un manto también blanco. Y sigue Lucía: más brillante que el sol y esparciendo luz.

Esto  nos  lleva  al  Apocalipsis:

«…una  gran  señal apareció en el cielo: una Mujer envuelta en el sol». Doce estrellas  vio Lucía en la última aparición en su túnica: «la túnica toda blanca, tenía doce estrellas de la cintura para abajo, una seguida de la otra».

Esto anuncia  una gran batalla entre María y Satanás. Y va a ser María la encargada, en estos tiempos, de dar  la luz que ilumine esta gran oscuridad con que el Maligno ha  oscurecido  a  la  humanidad  y  a  toda la Iglesia. La luz ha sido dada a través de todos los verdaderos profetas.

Es a través de la luz de María cómo la Iglesia sigue avanzando en medio de tan gran oscuridad. Y sólo gracias a esa luz profética. Toda la Jerarquía ha mentido a la Iglesia: ha envuelto a la Iglesia en una gran oscuridad, la propia del demonio. Y en la tiniebla del pecado no se puede amar a Dios. Hay que salir de la oscuridad del pecado y ponerse en la luz de la gracia

Esa luz envolvió  a  los  pastorcillos: quedábamos dentro de la luz… que Ella esparcía, decía Lucía. «En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el cielo y yo en la que se esparcía por la tierra».

«Le recuerdo, Padre, que dos hechos contribuyeron a santificar a Jacinta y Francisco: la aflicción de la Virgen y la visión del infierno»  (Carta del 22 de Mayo 1958 de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes).

Francisco y Jacinta se fueron al Cielo porque vieron el infierno y el dolor de la Madre por los pecados de todos los hombres. Estas dos verdades son silenciadas por toda la Jerarquía.

Las almas se salvan y se santifican cuando contemplan sus pecados como lo que son: como obras que ofenden a Dios. Si la Jerarquía ya no predica del pecado y de su castigo, entonces no hay manera de que un alma se salve. El camino de salvación pasa por el reconocimiento del pecado por la misma alma.

El que se sienta en la Silla de Pedro predica que todos se van al cielo. ¡Qué gran absurdo! Para ir al cielo hay que contemplar el infierno. Contemplar nuestros pecados y ver cómo hemos ofendido a Dios. Ver el dolor del pecado en Cristo y en la Virgen María. Y esto es lo que la gente no quiere ver.

La gente sólo se dedica a ver el dolor que hay en el mundo, en los hombres. Sólo ve los efectos externos del pecado. Y se lamenta, y se compadece, y llora sin sentido.

Para que un alma se salve tiene que llorar por sus pecados; tiene que hacer suyos el sufrimiento de Cristo. Sufrir con Cristo. No tiene que sufrir con los hombres. No tiene que asociarse con los hombres para quitar los problemas de la sociedad. Tiene que asociarse con la Obra de Cristo, que es sólo una cosa: la Cruz. Esa Cruz que nadie quiere para su vida.

Ver a la Madre llorar por nuestros pecados eso es buscar la salvación. Pero ver al hombre llorar por sus problemas eso es quedarse en la condenación. No llores por ningún hombre en tu vida: no merece la pena.

Francisco y Jacinta lloraron por los dolores de la Virgen y por la visión del infierno que sus pecados merecían. Y eso sólo les salvó y les santificó.

Cuando un hombre comunista – como lo es Bergoglio- está gobernando la Iglesia con su doctrina protestante y masónica, entonces está envolviendo a toda la Iglesia en la mayor tiniebla del pecado: está condenado almas. Las está llevando por el camino ancho del infierno.

Nuestra Señora viene con su Corazón Inmaculado en su mano, «derramando por el mundo esa luz tan grande, que es Dios».

«Dios es Luz» y «en Él no hay tiniebla alguna».

En esa luz divina, Lucía vio «al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo».

Ella misma da la interpretación de este pasaje:

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«…la punta de la lanza como una llama que se desprende, toca el eje de la Tierra; y ésta se estremece: montañas, ciudades, regiones y pueblos son sepultados con sus habitantes. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites, desbordándose, inundando y arrastrando en un torbellino, casas y personas en un número que no se puede contar; es la purificación del mundo del pecado en el cual está inmerso. El odio, la ambición, provocan la guerra destructiva…» (“Un caminho sob o olhar de Maria”, pág. 267).

El Ángel tiene una espada en su mano izquierda: es un ángel de justicia, que tiene la misión de obrar una justicia en el mundo. La mano izquierda representa la Justicia de Dios; la mano derecha representa la Misericordia de Dios.

Por eso, ante las llamas de esa Justicia, la Virgen muestra Su Misericordia: «pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él». Dios, cuando obra Su Justicia, nunca se puede olvidar de Su Misericordia. Y, por eso, en Su Justicia, Dios no aniquila al mundo, no destruye completamente al hombre. Dios ama lo que ha creado. Pero ese Amor es Justicia y Misericordia al mismo tiempo.

Cuando el Ángel toca con la punta de su lanza el eje de la Tierra, entonces sobreviene el castigo divino. Lucía ve el castigo para toda la humanidad. El ángel castiga a los hombres y la Virgen muestra Su Misericordia, terminando el castigo y haciendo que el Ángel exclame:

«…el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!».

El Ángel usa su mano derecha: señal de que va a hablar con Misericordia. E invita a todos a la penitencia. Después del castigo, la penitencia, que es siempre un camino de misericordia. No es antes del castigo la penitencia. Porque los hombres se han apartado de la penitencia, que es despreciar la Misericordia Divina, por eso, viene el castigo, la obra de la Justicia. Y, una vez que se cumple ese castigo, el hombre recapacita sobre su vida, ve sus pecados y comienza a hacer penitencia por sus pecados. Por eso, el Ángel, después del castigo, llama a la penitencia.

Ya ese castigo primero no se puede quitar. Los hombres se han olvidado de hacer penitencia, porque ya no creen en el pecado.  Sólo creen que se van a ir al cielo, que se merecen el cielo porque son unas buenísimas personas. Es lo que enseña constantemente Bergoglio en su falsa iglesia. Es lo que enseña toda la jerarquía que ya no hace ni oración ni penitencia por el pecado.

Viene un gran castigo para todo el mundo. Un castigo en el que nadie cree. Si no creen en el pecado, no creen en el castigo. Todos se apuntan, ahora, al año de la falsa misericordia. Y es, justamente en ese año, cuando comienza el castigo.

«Y vimos…a un Obispo vestido de blanco…También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz…llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones».

El castigo es la Pasión del Cuerpo Místico de la Iglesia. El castigo empieza por la Iglesia. La parte que ha sido ocultada corresponde al Santo Padre: «el Santo Padre tendrá mucho que sufrir». Le han obligado a renunciar. Esto es lo que se ha ocultado. Falta esta parte para poder entender por qué el Papa, con toda la Iglesia obediente a Él, va camino del Calvario.

El Papa Benedicto XVI es el Obispo vestido de blanco, que tiene que sufrir el castigo que viene a toda la humanidad: «atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino». Tiene que ver sangre y muerte antes de morir por Cristo en la Cruz.

Y es necesario ese Calvario de toda la Iglesia, con Su Cabeza Visible, para que comience el Reino de Gloria:

«….en el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. ¡En la eternidad el Cielo!» (“Un caminho sob o olhar de Maria”, pág. 267).

En el tiempo, en la Iglesia militante, el Reino Glorioso de Cristo, en donde se da una sola fe, un solo Bautismo, una sola Iglesia. Sin ese Reino, es perder el tiempo todo ecumenismo. Es la charlatenería de muchos que creen que con hablar las cosas se solucionan.

La paz que Dios da al mundo no la da como el mundo la da: hablando, con acuerdos de paz. La paz que Dios da es siempre la obra de la gracia: cuando el hombre deja su pecado, entonces encuentra la paz.

Y el canal de la gracia, quien da la gracia al hombre es la Virgen. Reza el santo Rosario y salvarás tu alma y la de los tuyos.

«Es urgente, Padre, que nos demos cuenta de la terrible realidad. No se quiere llenar de miedo a las almas, sino que es solo una urgente invitación, porque desde que la Virgen SS. le dio gran eficacia al S. Rosario, no hay problema ni material, ni espiritual, nacional o internacional, que no se pueda resolver con el S. Rosario y con nuestros sacrificios. Rezado con amor y devoción consolará a María, enjugando tantas lágrimas de su Corazón Inmaculado» (Carta del 22 de Mayo 1958 de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes).

«Que los siete años que nos separan del centenario de las Apariciones  puedan acelerar el triunfo previsto del Inmaculado Corazón de María, para gloria de la Santísima Trinidad» (Benedicto XVI, 2010).

No pongan su fe en el hombre o en lo que dice el hombre, sino en la Palabra de Dios que se da a través de los profetas verdaderos. Es con la pureza del corazón cómo se cree en Dios. Un corazón purificado es el que hace las obras de Dios. Un alma que vive en sus pecados sólo obra sus pecados. Es tiempo sólo de creer en Dios. No crean en ninguna Jerarquía, porque todos están detrás de los hombres. El tiempo ha llegado. El tiempo de ver el castigo y de sufrirlo. Pero, después del castigo, es el tiempo para hacer penitencia por los pecados, para así preparar la venida de Cristo al mundo. Cristo no viene a un mundo que ama el pecado. Cristo viene a un hombre que sabe llamar al pecado por su nombre y que sabe luchar contra aquel que es el que obra todo pecado en los hombres: Satanás. Cristo viene para reinar en un mundo sin pecado. Cristo no viene a un mundo dormido en la esclavitud de su ignorancia, que es su perdición. Cristo viene a por las almas que tienen las lámparas encendidas, que están prontas para ver la Voluntad de Dios y obrarla al instante. El tiempo de la gran prueba ha llegado: se separan las cabras de las ovejas. Se produce el cisma. Y sólo los humildes podrán resistir a todo lo que viene a la Iglesia y al mundo. El tiempo del Padre llega a su fin. Comienza el tiempo del Hijo.

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