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Hacia la destrucción del magisterio auténtico e infalible


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Francisco Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica.

Esta es la verdad que nadie sigue. Todos, de alguna manera, tienen a ese hombre como su papa, su jefe, su hombre que lidera su iglesia.

Desde la renuncia del Papa verdadero y legítimo, Benedicto XVI, la Iglesia está sin Cabeza visible. Sólo está manejada por una Jerarquía, que infiel a la gracia que han recibido, impone un magisterio totalmente herético y contrario al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

No hay Cabeza visible, no hay Iglesia visible.

Esto es muy importante discernirlo para no caer en tantas desviaciones como existen, hoy día, en la Iglesia.

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia».

Pedro es una persona física en la Iglesia. No es una persona moral. El Papado o la Santa Sede es una persona moral.

Jesús levanta Su Iglesia sobre una persona física, no sobre una persona moral. La Iglesia no está en la Santa Sede, no está en el Vaticano, entendido como una estructura externa moral. La Iglesia está en Pedro.

Si se quita a Pedro, su gobierno vertical en la Iglesia, entonces se quita la Iglesia: la Iglesia desaparece. Pero desaparece en Pedro; no desaparece en Jesús.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: es Jesús y sus almas. Eso es la Iglesia.

La Iglesia es una Persona Divina: el Verbo Encarnado; que ha realizado una obra divina, una obra de Redención: ha salvado a las almas de las garras del demonio y las ha unido a Él. Con una unión mística y espiritual. Una unión que no se puede explicar con el lenguaje humano, porque es la Obra del Espíritu de Dios en cada alma.

Jesús ha dado Su Carisma al hombre Pedro, para que gobierne y lleve a todas sus almas hacia la Verdad del Evangelio. Y en Pedro está todo el Poder Divino para realizar esta misión divina.

Quitaron al Papa legítimo Benedicto XVI, con el fin de colocar a su hombre. A ese hombre le ponen el nombre de Papa; un falso nombre. Y ese hombre tiene la función de destruir toda la Iglesia.

Se destruye la Iglesia aniquilando su magisterio auténtico e infalible. Es la única manera de hacer desaparecer la Iglesia: se quita su doctrina.

Para hacer esto, es necesario reemplazar esa doctrina auténtica por una falsa, que parece auténtica en lo exterior de las palabras, del lenguaje humano, pero que es manifiestamente herética.

El gran triunfo de la masonería es haber estado bombardeando, durante 50 años, la doctrina  de la Iglesia atacando dos cosas principales: la vida interior (la fe) y la vida exterior (la liturgia).

Si hay crisis de fe, entonces la esperanza y el amor van desapareciendo del corazón de las almas. Las virtudes, como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, ya no se ejercitan, sino que dan paso a los vicios contrarios. Y aparecen la desobediencia, la impureza, la impaciencia, la impiedad y el orgullo.

Si se dan estos vicios, entonces el alma ya no siente el deseo de Dios, el hambre y la sed de buscar la Voluntad de Dios para su vida, sino que se abre al deseo del mundo, de lo material, de lo humano. Se vive para construir un mundo humano, bello, perfecto, pero en donde no está la ley de Dios, porque los hombres se han olvidado de arrepentirse de sus pecados, de expiar sus pecados y de vivir luchando contra ese pecado que favorece la apostasía de la fe: la soberbia. Si no hay humildad en las almas, éstas viven, se alimentan y desean los innumerables pensamientos que conciben en su mente, y que el demonio pone.

Sin vida interior, en la crisis de fe, está la crisis de la gracia. La Gracia es el alma del alma. Es la vida sobrenatural en el alma. Sin esa vida, sin esa imagen y semejanza de Dios en el alma, aparece en ella la ausencia de Dios. Y el alma ya no posee esa vida divina, sino que comienza a poseer una vida extraña espiritualmente: la misma vida del demonio en el alma.

O el alma está con Dios o está con el demonio. No se pueden servir a dos señores al mismo tiempo. Si no hay semejanza espiritual con Dios, la hay con el demonio.

Si el alma pierde la vida sobrenatural, entonces el alma vive en la oscuridad, en la tiniebla de la vida preternatural, que es la propia del demonio. Y se alimenta y desea esa tiniebla: desea el pecado, vive de su pecado, ama su pecado. Lo mismo que hace el demonio.

Esta crisis de fe, que es crisis de vida interior, está en toda la Iglesia: es un gran mal, que hace de la Iglesia un cadáver en putrefacción. Las almas viven en estado de pecado actual: viven muertas espiritualmente. La obra de la Redención es inútil para ellas. Esas almas vuelven, de nuevo, a crucificar a Cristo. Ya no viven para quitar sus pecados, sino que viven para obrar sus pecados.

La doctrina de la Iglesia, auténtica e infalible, sigue ahí; pero nadie la vive, nadie la pone en práctica. Todos viven otra cosa diferente a esa doctrina. No se ha cambiado la doctrina, pero las almas han dejado de conocerla y practicarla.

Y esta falta de conocimiento en las almas es porque la Jerarquía de la Iglesia, los sacerdotes y los Obispos, ya no predican, ya no enseñan ese magisterio auténtico e infalible. Predican y enseñan otras cosas, que son más agradables a las almas. El pecado, el purgatorio, el infierno, la mortificación, la humildad, etc… son temas que se olvidan para poner en la memoria otros temas más importantes y relevantes para la vida del hombre.

Si hay crisis de fe, crisis de la gracia, habrá crisis en la vida de los sacramentos. Sin los Sacramentos, las almas no pueden salvarse: éstos están ligados a la Obra de la Redención. Son los frutos de la Cruz de Cristo. En ellos está todo el misterio de la vida de la gracia en las almas.

Con los Sacramentos, el hombre se vuelve espiritual. Deja la vida humana para dedicarse a un objetivo divino que le da la gracia del Sacramento. Sin Sacramentos, la vida del hombre carece del sentido divino. Y, por lo tanto, el hombre sólo se pone un sentido: el suyo, lo humano, lo material, lo carnal, lo natural…

Con los Sacramentos, los hombres tienen todos los medios, no sólo para salvarse, sino para defenderse de todos los males. Es decir, para vivir una vida sin pecado actual, haciendo en cada instante la Voluntad de Dios.

Sin la vida sacramental, el hombre vive su vida de pecado actual y, por lo tanto, hace en cada segundo lo contrario a la Voluntad de Dios.

Todos los males que se ven en la Iglesia es sólo por esta crisis de fe en sus miembros: los hombres se sacuden de encima sus propios pecados, para no atenderlos, y así dedicarse a otra cosa dentro de la Iglesia.

Sus miembros, fieles y Jerarquía, son responsables de no saber para qué están en la Iglesia. Son responsables de todo el mal que se ve en la Iglesia.

Y si no hay vida interior, entonces ¿qué es la vida exterior? ¿En qué consiste la liturgia? En vez de manifestar la obra de Dios, en las oraciones, en los ritos, sólo manifiesta la obra de los hombres.

Se administran los Sacramentos como si fuesen cosas materiales: se perdió la “sacralidad” del Sacramento. Se ha puesto lo sagrado en el hombre, en su cultura, en su mente, en sus obras, en su vida. Si hay crisis de fe, hay crisis de lo sagrado, de lo divino, de lo celestial. Y todo se ve con ojos humanos, terrenales. Y van apareciendo leyes, disposiciones, reglas litúrgicas en donde se anula lo sagrado. Y eso produce un verdadero cisma en la Iglesia: muchas divisiones en la Iglesia vienen por la liturgia, por la práctica de la vida exterior.

Sin vida interior, ¿qué se practica en la vida litúrgica? Lo que vemos en tantas misas, en tantos grupos de oración, en tantas comunidades que ya no son católicas porque, en la práctica, no ponen en obra el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Si hay crisis de fe y crisis de liturgia, entonces aparece la crisis de la doctrina. Entonces, es cuando se comienza a cuestionar lo que no se puede poner en duda: el magisterio auténtico e infalible, que es un magisterio objetivamente cerrado. Nadie lo puede tocar; nadie lo puede cambiar. Es el propio de la Iglesia. Y es lo que define a la Iglesia.

Quien no se apoya en este magisterio, sencillamente está construyendo su iglesia, su religión, su espiritualidad, a su manera humana.

Desde hace 50 años, vemos el cisma, la división, la ruptura en toda la Iglesia.

Por eso, hay un poco de todo: los lefebvristas, que imitaron a los ortodoxos, produciendo el cisma. Se separaron del Papa, para seguir teniendo sus tradiciones, sus liturgias, su doctrina. Ellos no siguen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia porque dijeron que el Papa era falible. Permitió muchas cosas con un Concilio, que no debería haber permitido, y por lo tanto, ya no representaba a la Iglesia en Pedro.

Los sedevacantistas, que se inventan una iglesia sin papa formalmente, con un antipapa que se sienta materialmente en la Silla de Pedro. Tienen el error de poner la Iglesia en el Papado, en la Santa Sede, pero no en Pedro. Y se olvidan de que estando la Sede Vacante, la Iglesia permanece hasta que no se elija otro Papa. Y aunque tarde en elegirse, la Iglesia continúa su curso. Porque la Sede Vacante no anula ni a Pedro ni a la Iglesia. Es un requisito para que la Iglesia siga: un Papa tiene que morir para que sea elegido otro. Mientras no haya Papa, ahí está la Iglesia. Esperando un Papa. Y mientras no haya Papa, nadie puede decidir nada en la Iglesia. Poner la sede vacante con antipapas es decir un absurdo. Es negar la sucesión de Papas. Es negar la infalibilidad del Papa. Es negar la doctrina del Papa. Ellos no caen en la cuenta que sólo se puede hablar de sede vacante permanente cuando no se puede elegir a un Papa. Entonces, en este caso, no se puede dar la Iglesia, porque no hay Pedro que la guíe como Vicario de Cristo. Ellos luchan por sus tradiciones, por sus papas, por sus liturgias, pero no saben oponerse a un falso papa. Y no lo saben reconocer como lo que es. Por eso, muchos critican a Bergoglio, pero tienen que juzgar a los demás papas también. Están haciendo la obra propia del demonio: destruir la Iglesia, destruyendo la doctrina en Pedro.

¡Cuántos tradicionalistas que destruyen la doctrina auténtica e infalible al atacar a un Papa legítimo!

¡Defienden sus tradiciones, pero no al Papa!

¡El Papa es el que da a la Iglesia el magisterio auténtico e infalible! ¡Es el que enseña este magisterio; el que lo recuerda, el que lo explica, el que lo defiende!

¿Quieres defender la Tradición en la Iglesia? ¡Defiende siempre al Papa en Ella! Porque en la Tradición hay muchas cosas que no pertenecen al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. ¡Cuántos Santos Padres erraron en muchas cuestiones! ¡Cuántos Obispos que tienen un magisterio herético antes de ser sacerdotes! ¡Cuántos con un magisterio herético, siendo sacerdotes! Y es sólo un Papa lo que decide en la Iglesia el magisterio que nunca se puede cambiar. Santo Tomás enseña que la Virgen no es Inmaculada. No se le puede seguir en ese punto. ¡No hay que defender la Tradición, sino a un Papa en la Iglesia!

¡Quien no defiende al Papa, construye su propia iglesia, su propia vida espiritual, su propio sacerdocio! Todos son falibles en la Iglesia, menos Su Cabeza Visible. En Ella, en obediencia a Ella, todos son infalibles. Este es el carisma de Pedro.

¡Todo aquel que quite a un Papa legítimo y verdadero en la Iglesia va en contra de todo el magisterio auténtico e infalible! ¡Y su salvación está pendiente de una espada de justicia! Si no quita su pecado en contra de la autoridad del Papa, que es una autoridad divina, no puede salvarse, aunque defienda toda la Tradición de la Iglesia.

¡Muchas divisiones se han visto en la Iglesia durante 50 años! ¡Pero, ahora, vemos la mayor de todas! ¡Ahora, presenciamos la cumbre del pecado!

Y los Obispos lo saben, pero ¿por qué no intervienen?

Porque no se preocupan ya ni de la situación ni de los peligros con los que están amenazados todo el Rebaño de la Iglesia.

No viven para salvar almas: viven para su negocio en la Iglesia.

Ya no les importa la doctrina auténtica e infalible: nadie lucha para que se ponga en práctica. Todos se han acomodado a lo que ven. Y ese acomodo hace que esos Obispos se conviertan en traidores de Cristo y de Su Iglesia.

Ahora es la cumbre del pecado en la Iglesia. Y, por lo tanto, es la cumbre de la justicia divina. Es su tiempo. Es su camino.

Francisco Bergoglio ha quitado a Pedro y el Papado: las dos cosas. Él no es el Sucesor de Pedro porque, sencillamente, es un hombre de herejía; es decir, enseña un magisterio manifiestamente herético. Todos los pueden ver, leer, discernir. No hay excusa si sigues llamando a Bergoglio como papa. Tu pecado no tiene justificación, excusa, razón de existir.

Y este hombre gobierna la Iglesia con un gobierno externo a Ella: su gobierno horizontal. Esto produce, necesariamente, en toda la Iglesia, un cisma. Y es muy claro el cisma.

Los que integran ese gobierno horizontal llevan a toda la Iglesia hacia su iglesia, es decir, a implantar una nueva doctrina que anule, oficialmente,  el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. En otras palabras, es un gobierno que quiere institucionalizar la herejía, poner un magisterio herético para que todos lo obren como si fuera un dogma, algo infalible en la Iglesia.

Ante esta cumbre del pecado, son pocos los católicos despiertos. Todos se han acomodado a Bergoglio. Lo llaman su papa y están esperando algo de ese hombre, un bien para toda la Iglesia.

Caen en un absurdo de vida.

Lo tienen como su papa, pero lo critican, lo juzgan. ¡Qué gran absurdo! Si Bergoglio es vuestro papa, entonces no le podéis criticar. Se comete un pecado grave. Muchos cometen el pecado de llamar a Bergoglio con el nombre de papa. Y todos ellos, al ver sus errores, sus oscuridades, sus dudas, sus herejías, cometen un segundo pecado de crítica contra su papa. Entonces, ¿cuál es la Iglesia a la que pertenecen esos católicos? No a la Iglesia Católica. Porque en Ésta no se puede criticar a un Papa legítimo: no se puede juzgar su doctrina, su magisterio.

Aquellos que tienen a Bergoglio como su papa tienen que someterse a su mente y a sus palabras. Tienen que aceptar como verdaderas sus herejías, su lenguaje humano, sus ideas. Y no criticarlas, no juzgarlas. Porque Bergoglio es su papa. Por tanto, Bergoglio enseña su doctrina que hay que aceptarla sin rechistar.

¡Gran absurdo es el que viven muchísimos católicos! ¡Ya no son católicos! Han perdido, no sólo la fe, sino lo que significa estar en la Iglesia Católica! ¡No son capaces de vivir el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia! ¡El cual no sólo enseña a llamar a Bergoglio con el nombre de hereje, sino que enseña a juzgar a toda aquella Jerarquía que quiera gobernar la Iglesia con la mentira de un gobierno horizontal!

Si quieres criticar a Bergoglio, entonces deja de llamarlo como tu papa. Es lo primero. Es el sentido común, que muchos católicos ya no lo tienen. Porque si no se hace eso, se comete un grave pecado, no sólo al criticarlo, sino al tenerlo como un hombre de verdad, por el cual Cristo habla a la Iglesia Su Voluntad.

Y Cristo nunca habla a través de un hereje. Decir esto; decir que Bergoglio es el Vicario de Cristo es llamar a Cristo mentiroso.

Nunca Jesús pone un Papa con un magisterio herético en Su Iglesia. Jesús no se contradice a sí mismo. Creer en Jesús es creer en una doctrina auténtica e infalible, la cual nadie la puede tocar, la puede cambiar. Ni siquiera un Papa.

Jesús pone siempre un Papa en la Verdad de la doctrina: claro, sencillo, que defiende siempre a Cristo y a Su Iglesia.

Jesús no ha puesto a Bergoglio como Papa en la Iglesia. ¡Eso ni hay que decirlo! ¡Eso se ve en las obras de ese hombre, al que muchos católicos tibios y pervertidos llaman con el nombre de papa!

Lo que dice la masa de los tibios no hace Iglesia, no es la Iglesia.

La Iglesia es la Palabra de Dios: es lo que dice Dios.

Dios nunca habla la herejía por medio de un Papa legítimo. Nunca dice una mentira a través de la Jerarquía.

Dios sólo habla la Verdad por medio de Su Jerarquía, que es fiel a la gracia que han recibido. Por eso, tienen que aprender a discernir la Jerarquía verdadera de la falsa para discernir lo que viene de Dios, la Palabra que es Verdad, de lo que viene del demonio, la palabra que siempre es mentirosa.

Han quitado a Pedro en la Iglesia. No hay Iglesia. No es visible ni en la Jerarquía ni en los fieles. Lo que es visible es la división  clara en todas partes. Y esa división no interesa a la Iglesia.

La Iglesia no es la división de pareceres; es la unidad en la verdad.

Si quieres seguir siendo Iglesia, ponte en la verdad. Y la verdad no está en tu mente humana ni en tu conciencia ni en tu estilo de vida.

La Verdad es la obra del Espíritu en la Iglesia: es la obra de un amor divino en cada alma.

Ahora, sin cabeza visible, tienes que seguir no a una Jerarquía, sino sólo al Espíritu. Porque la Iglesia ya no está en Pedro, es decir, no está en la Jerarquía. Y tampoco está en la Tradición. No está en el pasado.

Hay que mantener todas las cosas como las dejó el último papa verdadero y legítimo. Ahí debe permanecer la Iglesia, en lo que el último papa enseñó en la Iglesia. Cuando el cielo ponga a Pedro Romano, entonces habrá una autoridad divina que enseñe lo que este tiempo de un falso papa se está obrando en la Iglesia: validará o invalidará todas o parte de las obras de Bergoglio. Mientras tanto, todo cuanto hace Bergoglio es, para la Iglesia, inválido. No tienen el sello de Pedro. Sólo un Papa legítimo puede juzgar todas las obras de ese hombre, como siempre lo han hecho los Papas en los tiempos de los antipapas.

Hay que saber luchar contra Bergoglio, que es un falso papa. Y ya no es tiempo de atacar su doctrina. Cada día dice las mismas cosas, añadiendo una herejía más. Para el que sepa lo que es Bergoglio, sabe por dónde va. Sólo le queda enseñar su vómito en la Iglesia: su doctrina de la evolución, de la ecología, en la cual todos verán claramente lo que ahora no se atreven a decir, por el falso respeto humano que tienen a  ese hombre.

Es tiempo de dejar todo lo social porque viene la persecución en la Iglesia. Y viene desde arriba, desde la cabeza. Viene de sus propios miembros. Y va a ser un peligro estar con gente que es bergogliana, que aunque critican a Bergoglio lo siguen teniendo como su papa.

Muchos van a caer en el gran engaño que viene a la Iglesia. Y eso es la parte de la justicia divina.

Todos aquellos que no tengan a Bergoglio como papa, no caerán en el engaño. Pero los que sí lo tengan, -y no importa que sean lefebrvistas, o sedevacantistas, o tradicionalistas, o progresistas, o lo que sea- no van a saber discernir la mentira que la Jerarquía va a presentar a toda la Iglesia. Porque es necesario romper oficialmente lo que no se puede tocar: el magisterio auténtico e infalible. Y eso hay que hacer con la inteligencia perversa, que está en la cumbre de la perfección en el mal. Por eso, muchos sabios, muchos teólogos, mucha gente que tiene mucho conocimiento en la Iglesia, van quedar engañados. Porque tienen la verdad y la usan para obedecer a un hereje como su papa. Eso exige una justicia divina sobre ellos. La verdad es para obedecer a un hombre que sólo habla la verdad. Pero teniendo la verdad ¿la abajáis para someteros a un hombre, a su pensamiento, sólo por un interés humano? ¡No lo hacéis por el bien mayor de salvar un alma! ¡Cambiáis la verdad divina por la mente de un hombre! Es el culto al hombre, del cual se derivan muchos pecados. Y ese culto al hombre anula el culto de Dios en la Iglesia. Muchos van a quedar cegados, creyendo que siguen dando culto a Dios en la Iglesia y sólo están dando culto a la mente de un hombre. ¡Gran castigo el que viene a toda la Iglesia, principalmente a la Jerarquía!

Saben y no hacen nada. Ya no les interesan las almas en la Iglesia. Sólo velan por sus negocios en la Iglesia.

Y es un gran negocio los pobres en la Iglesia. Por eso, se tiene a Bergoglio como papa: es el negocio que da una doctrina protestante y comunista en la Iglesia.

Entrevista al Cardenal Burke


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LSN: Después del sínodo extraordinario sobre la familia, hemos entrado en un período de incertidumbre y de confusión a propósito de varias cuestiones “sensibles”: la comunión para las parejas divorciadas y “vueltas a casar”, un cambio de actitud hacia las uniones homosexuales y una aparente relajación de actitudes hacia las parejas no casadas. ¿Considera, su Eminencia, que esta confusión ya está dejando sus efectos contrarios entre los católicos?

Cardenal Burke: Con toda seguridad, así es. Lo escucho yo mismo: lo escucho de los católicos, lo escucho de los obispos. La gente está reclamando ahora, por ejemplo, que la Iglesia ha cambiado su enseñanza con respecto a las relaciones sexuales fuera del matrimonio, o en cuanto a la maldad intrínseca de los actos homosexuales. O las personas que están dentro de las uniones matrimoniales irregulares exigen recibir la Sagrada Comunión, afirmando que ésta es la voluntad del Santo Padre. Y tenemos situaciones sorprendentes, como las declaraciones del obispo de Amberes con respecto a los actos homosexuales, que pasan sin ser castigadas, y así podemos ver que esta confusión se está extendiendo, en realidad, de una manera alarmante.

LSN: El Arzobispo Bonny ha declarado que la Humanae vitae ha sido cuestionada por muchos: y que ahora es el momento para cuestionar otras cosas. ¿No estamos en un período en que las enseñanzas de la Iglesia están siendo discutidas más que antes?

CB: Sí, creo que sí. Ahora, parece que las personas, que antes no contestaban la enseñanza de la Iglesia, porque estaba claro que la autoridad de la Iglesia prohibía ciertas discusiones, ahora se sienten muy libres para disputar incluso la ley moral natural, que incluye una enseñanza como la Humanae vitae, que ha sido la enseñanza constante de la Iglesia con respecto a la cuestión de la anticoncepción.

LSN: Se ha dicho, después de la publicación de la Relatio post disceptationem, que hubo una manipulación que consistía en introducir en las preguntas sinodales lo que en realidad no tiene nada que ver con la familia. ¿Aceptaría expresarse sobre cómo y por qué se produjo esta “manipulación”? ¿Quién se beneficia?

CB: Es claro que hubo una manipulación, porque las intervenciones reales de los miembros del sínodo no fueron publicadas, y sólo el informe de la mitad de la sesión, o la “Relatio post disceptationem”, fue dado a conocer, el cual no tenía nada que ver con lo que estaba ocurriendo en el sínodo. Y es claro que había individuos que, obviamente, tenían una influencia muy fuerte en el proceso sinodal, que estaban presionando con un programa que no tiene nada que ver con la verdad sobre el matrimonio, como Nuestro Señor mismo nos lo enseña, como nos es transmitida en la Iglesia. Ese programa se refería a  tratar de justificar las relaciones sexuales fuera del matrimonio y los actos sexuales entre personas del mismo sexo y, en cierto manera, claramente relativizar -e incluso ocultar- la belleza de las enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio como una unión fiel, indisoluble, procreadora entre un hombre y una mujer.

LSN: ¿Quién se está beneficiando? Como fieles católicos, estamos sorprendidos y preocupados por la aparición repentina de estos temas.

CB: Bueno, no puede ser un beneficio para nadie, porque no es cierto: no es la verdad. Y así sólo está haciendo daño a todos. Puede ser percibido como un beneficio, por ejemplo, para las personas que por alguna razón se encuentran atrapados en situaciones inmorales. Puede ser visto por algunos, en alguna manera, para justificarlos. Pero no pueden justificarlos, porque los propios actos no pueden ser justificados.

LSN: Usted ha hablado, en otra ocasión, sobre la firme resistencia puesta en estos puntos por muchos padres sinodales. ¿No es esto un gran signo de esperanza? ¿Esta resistencia le sorprende?

CB: No, no me sorprende, aunque yo estaba muy agradecido por ello, porque en cierto modo, cuando la Relatio post disceptationem fue publicada, por ejemplo, cuando se observaba la dirección que claramente se estaba dando al sínodo, se tenía miedo que, quizás, los padres sinodales no iban a hablar – pero lo hicieron. Y ellos hablaron con fuerza, un número de ellos, y gracias a Dios por eso. Confío que estos mismos padres sinodales – espero que muchos de ellos serán designados para la sesión de septiembre del 2015 – también hablarán con fuerza en esa ocasión.

LSN: En los tres artículos que no obtuvieron una mayoría absoluta de dos tercios permanece alguna confusión en el significado de los votos. Se han incluido en el informe final y en los Lineamenta.  Ellos obtuvieron simples mayorías de más de la mitad, pero se me ocurre que la redacción de los párrafos es tal que realmente no se puede saber lo que significa el voto. ¿Es errónea mi idea?

CB: Es muy confuso. He participado, creo, en cinco sínodos, y en cada sínodo, excepto éste, en el cual participé, una propuesta – en este caso, un párrafo – que no recibió el voto de dos tercios necesario fue simplemente eliminado; no fue publicado, y no se convirtió en parte del documento del sínodo. En este caso se insistió en publicar el documento con todos los párrafos, simplemente indicando el número de votos. Y así, muchas personas toman esto como una indicación de que estos párrafos son, más o menos, tan aceptables como los otros. Pero, de hecho, ellos fueron excluidos por los miembros del sínodo. Tristemente, recibieron una mayoría simple de los votos, lo que es de gran preocupación para mí – que muchos padres sinodales hayan votado a favor de los textos que eran confusos, y algunos simplemente por error.

LSN: En repetidas ocasiones, todavía los padres sinodales que han promocionado los temas del “nuevo matrimonio” de los divorciados y de los homosexuales, o las uniones no matrimoniales, han repetido que la cuestión no es doctrinal, sino pastoral. ¿Cuál es su respuesta a esto?

CB: Eso es simplemente una falsa distinción. No puede haber nada que sea saludable propiamente en la pastoral que no sea saludable en lo doctrinal. En otras palabras: no se puede separar la verdad del amor. Todavía en otras palabras: no se puede amar no vivir la verdad (otra traducción: una vida fuera de la verdad no puede ser una vida de amor). Y así, decir que sólo estamos haciendo cambios pastorales que no tienen nada que ver con la doctrina es falso. Si se admiten a la Sagrada Comunión personas que se encuentran en uniones matrimoniales irregulares, entonces se está haciendo directamente una declaración sobre  la indisolubilidad del matrimonio, porque Nuestro Señor dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio”. Y la persona, en una unión matrimonial irregular, está viviendo en un estado de adulterio público. Si se le da la Sagrada Comunión a esa persona entonces, de alguna manera, se está diciendo que esto está bien doctrinalmente. Pero esto no puede ser.

LSN: Así que el simple hecho de poner esto en discusión es ya un error.

CB: Sí. De hecho, he pedido, más de una vez, que estos temas, los cuales no tienen nada que ver con la verdad sobre el matrimonio, sean sacados de los trabajos del sínodo. [Si la gente quiere discutir estas cuestiones, muy bien, pero no tienen nada que ver con la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio]. Y lo mismo pasa con la cuestión de los actos sexuales entre personas del mismo sexo, y cosas así.

LSN: Como católicos, conocemos que el matrimonio es vincularse a una vida, y que el matrimonio es un “signo” de la unión de Cristo y de la Iglesia, y también conocemos de su profundo vínculo con la Eucaristía. La “Teología del cuerpo” del Papa Juan Pablo II trajo una especial luz en esto, pero su trabajo no ha sido citado en los sucesivos documentos sinodales. ¿Cuál es su opinión sobre esta omisión? ¿La extensión de este trabajo no sería proporcionar respuestas reales a los problemas de hoy en día?

CB: Por supuesto. La enseñanza de san Juan Pablo II es tan luminosa, y él se consagró con tal atención e intención a la cuestión de la verdad sobre la sexualidad humana y la verdad sobre el matrimonio, como dijimos un número de nosotros en los debates del Sínodo y en los pequeños grupos de discusión. Nosotros abogamos por un retorno a ese magisterio del Papa San Juan Pablo II, que es un reflejo de lo que la Iglesia siempre ha enseñado y practicado. Pero, de hecho, se ha dado la impresión de que la Iglesia no ha sentado cátedra en estas áreas.

LSN: Esto es lo más extraordinario…

CB: Es muy extraordinario. Es pasmoso. Lo encontré difícil de creer habiendo sido testigo de ello. De hecho, creo que algunas personas se niegan a creer esta realidad porque es absurdo.

LSN: En realidad, san Juan Pablo II respondió a la ideología de género antes que llegara a ser bien conocida.

CB: Absolutamente. Él estaba tratando todas estas cuestiones en un nivel más profundo, y tratando con ellas estrictamente en términos de la ley moral natural, qué razón nos enseña, y qué la fe nos enseña, obviamente, en la unión con la razón, pero elevando e iluminando lo que la razón nos enseña sobre la sexualidad humana y sobre el matrimonio.

LSN: Entre los puntos de vista del cardenal Kasper y, más recientemente, del arzobispo Bonny de Amberes, y de otros, fue la consideración de que los “fieles” homosexuales, los divorciados “vueltos a casar” y las parejas no casadas, muestran cualidades de abnegación, generosidad y dedicación que no pueden ser ignoradas. Pero a causa de su elección de forma de vida, permanecen, en lo que exteriormente se juzga, como en un estado objetivo de pecado mortal: un estado de pecado mortal elegido y prolongado. ¿Podría recordarnos la enseñanza de la Iglesia sobre el valor y el mérito de la oración y las buenas obras en este estado?

CB: Si se está viviendo públicamente en un estado de pecado mortal no hay ninguna buena obra que pueda ser hecha que justifique esta situación: la persona permanece en pecado grave. Creemos que Dios ha creado a cada uno bueno, y que Dios quiere la salvación de todos los hombres, pero que sólo puede lograrse mediante la conversión de la vida. Y así, tenemos que llamar a las personas, que viven en estas situaciones gravemente pecaminosas, a la conversión. Y  dar la impresión que, de alguna manera, hay algo bueno en una vida en estado de pecado grave, es simplemente contrario a lo que la Iglesia ha enseñado siempre y en todas partes.

LSN: Así que cuando el hombre de la calle dice, sí, es verdad que estas personas son amables, se dedican una a la otra, son generosos, ¿eso no es suficiente?

CB: Por supuesto que no lo es. Es como la persona que asesina a alguien y todavía es amable con otras personas…

LSN: ¿Qué auténtica pastoral recomienda para las personas en esas situaciones, y qué pueden obtener de la práctica de su fe, en la medida en que es posible, cuando no pueden obtener la absolución o recibir la Sagrada Comunión?

CB: En mi propia experiencia pastoral he trabajado con personas que se encuentran en estas situaciones, y he tratado de ayudarlos, con el tiempo, con respecto también a las obligaciones, que en justicia tienen que cumplir, para cambiar sus vidas. Por ejemplo, en el caso de los que están en uniones matrimoniales no válidas, tratar de ayudarlos, ya sea que se separen si eso es posible, o que vivan como hermano y hermana en una relación casta, si hay niños y están obligados a criar a los niños.

LSN: En el caso de las parejas vueltas a casar que tienen sus propios hijos e hijos de un matrimonio anterior, ¿no crea esto situaciones muy difíciles?

CB: Evidentemente. De hecho, estoy profundamente preocupado por el debate acerca del proceso de nulidad matrimonial: se da la impresión de que hay sólo una parte involucrada, es decir, la persona que está solicitando la declaración de nulidad. El hecho es que hay dos partes involucradas, hay niños involucrados, y hay todo tipo de relaciones implícitas en cualquier matrimonio. Y así, el asunto es extremadamente complejo, nunca se es capaz de dar cualquier solución fácil.

LSN: Se ha planteado la cuestión de la comunión espiritual para estas personas que viven en matrimonios inválidos o uniones imposibles. No entiendo muy bien cómo se puede tener una comunión espiritual en esta especie de estado.

CB: Este término fue utilizado de una manera imprecisa. Para hacer una comunión espiritual hay que tener todas las disposiciones necesarias para recibir, en la práctica, la Sagrada Comunión. La persona, que hace una comunión espiritual, está simplemente en una situación en la que -él o ella- no tiene acceso al Sacramento, pero se halla totalmente dispuesta a recibirlo, y así hace un acto de comunión espiritual. Creo que algunas personas que utilizaron este término, estaban hablando sobre el deseo de la persona, que se encuentra a sí misma en una situación de pecado, de ser liberada de esa situación, y así ruegan y piden la ayuda de Dios para voltear sus vidas, cambiar sus vidas, para encontrar una nueva forma de vivir, y así puedan estar en estado de gracia. Podemos llamar a esto el deseo de la Sagrada Comunión, pero no es la comunión espiritual. No puede ser. La naturaleza de la comunión espiritual, por cierto, fue definida en el Concilio de Trento: se dejó muy claro que se requiere de todas las disposiciones, y así tiene sentido.

LSN: ¿Cómo puede ayudar la Iglesia realmente a todos los implicados en estas situaciones: cónyuges abandonados, hijos de matrimonios legítimos que han sido heridos por el divorcio de sus padres, personas que están luchando con tendencias homosexuales o que permanecen en alguna manera “atrapados” en una unión ilegítima? ¿Y cuál debe ser nuestra actitud: la actitud de los fieles?

CB: Lo que la Iglesia puede hacer, y que es el mayor acto de amor por parte de la Iglesia, es presentar la enseñanza sobre el matrimonio, la enseñanza que viene de las palabras mismas de Cristo, la enseñanza que ha sido una constante en la tradición, a cada uno, como un signo de esperanza para ellos. Y también ayudar a reconocer la pecaminosidad de la situación en la que se encuentran; y al mismo tiempo llamar a abandonar esa situación pecaminosa, y encontrar una forma de vivir de acuerdo con la verdad. Y esta es la única manera que la Iglesia puede ayudar. Esta fue mi gran esperanza para el Sínodo: que el Sínodo levantara ante el mundo la gran belleza del matrimonio, y la belleza del matrimonio es la verdad sobre el matrimonio. Siempre le digo a las personas: la indisolubilidad no es una maldición, es la gran belleza de la relación matrimonial. Esto es lo que da belleza a la relación entre un hombre y una mujer, que la unión es indisoluble, que es fiel, que es procreativa. Pero, ahora casi se comienza a tener la impresión que, de alguna manera, la Iglesia se avergüenza del tesoro tan hermoso que tenemos en el matrimonio, como Dios hizo al hombre y la mujer desde el principio.

LSN: Algunos pastores, algunas veces, dan la impresión que se avergüenzan de hablar sobre el pecado, o de hablar sobre la castidad.

CB: Esto también fue planteado en el sínodo. Uno de los padres sinodales, dijo: “¿Acaso no existe más el pecado?” Uno tiene esa impresión. Y, lamentablemente, desde la caída de nuestros primeros padres, siempre existe la tentación de pecar, y existe el  pecado en el mundo, y tenemos que reconocerlo y  llamarlo por su nombre, y tratar de superarlo.

LSN: ¿No están llamados de una manera especial los católicos y los padres cristianos para educar a sus hijos en la modestia y en la decencia? Esto ha desaparecido completamente en muchos lugares.

CB: Sí, esto es tan cierto. Una parte del Evangelio de la Vida ordena enseñar a los niños, en el hogar y en las escuelas, las virtudes fundamentales que muestran el respeto por nuestra propia vida y por la vida de los demás, así como para nuestros propios cuerpos; a saber, la modestia, y la pureza, y la castidad. Formar en esta manera, desde sus primeros años a los niños pequeños. Pero esto también está en gran peligro, simplemente porque la catequesis en la Iglesia ha sido tan débil, y en algunos casos confusa y errónea, y ha habido una tal fractura en la vida familiar, que los niños han sido sometidos a una educación que les deja indefensos para vivir la verdad sobre el matrimonio, y vivir la verdad sobre su propio cuerpo, su propia vida humana.

LSN: ¿Qué es lo más urgente que deberíamos hacer para evitar el desorden del divorcio y de todas las uniones inaceptables?

CB: Yo, realmente, creo que comienza en la familia. Necesitamos fortalecer las familias, formar primero al esposo y a la esposa para que vivan la verdad del matrimonio en su propia casa, que se convierte, entonces, no sólo en la fuente de salvación para ellos, sino también en una luz en el mundo. Un matrimonio que viva en la verdad es tan atractivo y tan hermoso, que lleva a la conversión de otras almas. Necesitamos formar, de esta manera, a los niños y, sobre todo, hoy día, los niños tienen que ser criados de tal manera que sean capaces de vivir contra la cultura. No pueden, por ejemplo, aceptar esta teoría del género que está infectando a nuestra sociedad; tienen que ser criados para que rechacen estas falsedades y vivir la verdad.

LSN: Existe un vínculo entre la anticoncepción y el divorcio: del 30 al 50 por ciento de las parejas casadas, que usan la anticoncepción, llegan al divorcio; mientras que menos del 5 por ciento de las personas, que no usan la anticoncepción, ya sean cristianos o no, o que usan la planificación familiar natural, se divorcian. ¿Está de acuerdo que un lenguaje claro y una mayor participación pastoral de la Iglesia para promover la Humanae vitae son esenciales para obtener uniones más estables?

CB: Absolutamente. Y el Beato Papa Pablo VI lo dejó claro en la Carta Encíclica Humanae vitae: que la práctica de la anticoncepción llevaría a la desintegración de la vida familiar, a la pérdida del respeto por la mujer. Simplemente, necesitamos reflexionar sobre el hecho que una pareja, que usa la anticoncepción, ya no se entrega totalmente el uno al otro. Que introduce ya un elemento de ruptura en el matrimonio; y si esto no se corrige y se remedia, fácilmente puede conducir al divorcio.

LSN: Sobre la cuestión del número de la familia y la libertad de los padres, ¿es materia de especial preocupación para usted el movimiento mundial “ecológico” y la promoción internacional de la planificación familiar y del control de la población?

CB: Sí, estoy muy preocupado sobre esto, porque las personas están siendo conducidas falsamente a pensar, que deberían usar alguna forma de control de la natalidad con el fin de ser  administradores responsables de la tierra. En realidad, la tasa de natalidad, en la mayoría de los países, es muy inferior a lo que debería ser para reemplazar la actual población. Dejando de lado todo esto, la verdad es que si Dios ha llamado a una pareja al matrimonio, entonces Él los está llamando también a ser generosos para recibir el don de una nueva vida humana. Y así, hoy necesitamos muchas familias numerosas, y gracias a Dios veo hoy, entre algunas parejas jóvenes, una generosidad notable con respecto a los niños. La otra cosa que escucho que rara vez se menciona hoy, pero que siempre se enfatizó cuando yo estaba creciendo, y también en la tradición de la Iglesia, es que los padres deberían ser generosos en tener hijos para que algunos de sus hijos pudieran recibir la llamada al sacerdocio o a la vida consagrada, y al servicio de la Iglesia. Y que la generosidad de los padres, sin duda, inspirará, en el niño que tiene una vocación, una generosa respuesta a la misma.

LSN: El matrimonio monógamo de por vida es muy bien conocido para los católicos, muchos dirán, pero la “dureza de corazón” de los no católicos debiera permitir el divorcio y el nuevo matrimonio en las legislaciones civiles. Por otro lado, las naciones cristianas han hecho mucho para llevar la estabilidad social y la dignidad del matrimonio natural en muchos lugares del mundo. ¿La venida de Cristo cambia la situación de todos los hombres, y es correcto promover e incluso, tal vez, imponer esta visión del matrimonio natural, incluso en las sociedades no católicas?

CB: Creo que tiene que ser exactamente subrayado, que la enseñanza de Cristo sobre el matrimonio es una afirmación, una confirmación, de la verdad sobre el matrimonio desde el principio, para usar Sus palabras, o que la verdad sobre el matrimonio está escrita en cada corazón humano. Y así la Iglesia, cuando enseña sobre el matrimonio monógamo, fiel, de toda la vida, está enseñando la ley moral natural, y tiene razón en insistir en esto en la sociedad en general. El Concilio Ecuménico Vaticano II se refiere al divorcio como una plaga en nuestra sociedad, y lo es. La Iglesia tiene que ser cada vez más fuerte en la oposición a la práctica generalizada del divorcio.

LSN: ¿Cree que los estudios sobre la situación y mejores resultados de los niños en las familias estables monógamas deberían desempeñar un papel más importante, en los preparativos para el matrimonio?

CB: Creo que sí. Enfatizar la belleza del matrimonio como es vivida por muchas parejas hoy en día, de una manera fiel y generosa, y la vida familiar, como es experimentada por los niños que viven en una familia amorosa… lo cual no significa que no haya problemas. Esto no quiere decir que no haya tiempos difíciles en la familia y en el matrimonio, pero que con la ayuda de la gracia de Dios, la respuesta es siempre, en última instancia, una respuesta de amor, de sacrificio, de aceptación de cualquier sufrimiento que sea necesario para ser fieles en el amor.

LSN: Pero la sociedad moderna no acepta el sufrimiento, ya sea al final de la vida, o durante el embarazo, o en el matrimonio…

CB: Por supuesto, no lo hace porque no entiende el significado del amor. Cristo dijo: si alguno quiere venir en pos de mí tome la cruz y sígame, y así la esencia de nuestra vida es sufrir en el nombre del amor: el amor de Dios y del prójimo.

LSN: ¿Estaría de acuerdo, como dice algunas personas, que muchos matrimonios católicos hoy en día, a causa de una preparación insuficiente o por la ignorancia del significado de los votos matrimoniales, son a menudo inválidos? ¿Cuál es su específica experiencia en este punto como prefecto del supremo Tribunal de la Signatura Apostólica?

CB: Creo que es muy injustificado hacer declaraciones generales sobre el número de los matrimonios que son válidos o inválidos. Cada matrimonio debe ser examinado; y el hecho de que las personas puedan no haber tenido una buena catequesis,  y así ciertamente puedan haber sido débiles (espiritualmente) para la vida matrimonial, no necesariamente es una indicación que lleve un consentimiento inválido del matrimonio, porque la naturaleza misma enseña sobre el matrimonio. Lo vimos en la Signatura Apostólica: sí, hubo más declaraciones de nulidad del matrimonio, pero examinando esos casos que se presentaron no se  estableció la nulidad del matrimonio, no se demostró ser verdad.

LSN: Usted ha mostrado en el libro “Permanecer en la Verdad de Cristo” que la simplificación del procedimiento no es la respuesta.

CB: No, en absoluto.  Porque se trata de situaciones muy complejas y requieren un proceso cuidadosamente articulado con el fin de llegar a la verdad. Si la verdad no nos importa  más, entonces cualquier proceso será aceptable; pero si la verdad nos preocupa, entonces tendrá que haber un proceso como el que la Iglesia emplea actualmente.

LSN: Y la Iglesia ha hecho mucho por los procedimientos judiciales en el mundo civilizado…

CB: La Iglesia ha sido admirada durante años como un espejo de justicia; su manera de administrar justicia fue un modelo para otras jurisdicciones. Ya ha existido una experiencia en la Iglesia con un proceso modificado de nulidad matrimonial, que tuvo lugar en los Estados Unidos de 1971 a 1983. Tuvo efectos desastrosos y las personas comenzaron a hablar de “divorcio católico“, y no sin razón. Esto es un escándalo para aquellos que trabajan en el ámbito de la justicia o son ministros de justicia en el orden secular, porque cuando ven que la Iglesia no practica la justicia, la verdad no les importa  más, entonces ¿qué pueden posiblemente significar la ley y la justicia?

LSN: Un exorcista italiano, el padre Sante Babolin, dijo recientemente que durante un exorcismo, el espíritu malo, que atormentaba a la esposa de uno de sus amigos, le dijo: “No puedo soportar que se amen” ¿No es esto un mensaje que las parejas casadas deberían meditar?

CB: Por supuesto. No hay mayor fuerza, en el mundo, contra el demonio que el amor entre un hombre y una mujer en el matrimonio. Después de la Santa Eucaristía, tiene un poder más allá de lo que podemos imaginar. Yo no sabía nada de esta historia, pero no me sorprende; y seguramente es cierto que cada vez que una pareja ha contraído matrimonio con toda su mente y su corazón, el diablo va a hacer el trabajo de  tratar de destruir ese hogar, porque ese hogar es una cuna de gracia, donde la gracia se recibe, no sólo para la pareja, sino para los niños y para todos aquellos que están cerca de la familia.

LSN: ¿Cómo pueden las parejas casadas valorar mejor y proteger su amor conyugal?

CB: En primer lugar, con una vida diaria de oración fiel, y con la confesión frecuente, porque todos necesitamos esa ayuda con el fin de vencer el pecado en nuestras vidas, incluso pecados pequeños, pecados veniales, y también protegernos contra los pecados más graves. Y luego, por supuesto, la Eucaristía que es el centro de toda vida cristiana de una manera muy particular. Es el centro de la vida matrimonial porque es comunión con nuestro Señor Jesucristo, para vivir de ese amor que Él tiene por la Iglesia, donde el matrimonio es sacramento: es el signo de Su amor en el mundo, y así en la Eucaristía la pareja recibe la gracia, de la manera más abundante y más fuerte, que le permite vivir su alianza de amor.

LSN: ¿Cree usted que existe un vínculo entre el “culto a la muerte” – una liturgia antropocéntrica, sin adoración a Dios – y la cultura de la muerte?

CB: Estoy muy convencido que donde los abusos introducidos en la práctica de la liturgia en la Iglesia, abusos que reflejaban una dirección muy antropocéntrica, en otras palabras, donde el culto sagrado comenzó a ser presentado como la actividad del hombre en lugar de la acción de Dios entre nosotros, claramente ha conducido a las personas en una dirección equivocada, y que ha tenido un impacto muy negativo en la vida de cada individuo, y de un modo particular en la vida matrimonial. La belleza de la vida matrimonial es percibida y confirmada, en una manera muy particular, en el Sacrificio Eucarístico.

LSN: Como católicos estamos obligados a actuar en la sociedad y también a actuar políticamente, teniendo un compromiso político. Pero en Francia no existe un único partido representado que defienda el matrimonio por completo y que defienda la vida completamente. ¿Qué deberían hacer los católicos: comprometerse en un movimiento incluso cuando saben que este movimiento está en contra de los principios no negociables, o deberían tratar de construir otra cosa?

CB: Lo ideal es que deberían tratar de construir una fuerza política en la sociedad que se mantenga totalmente en la verdad, en los bienes no negociables con respecto a la vida humana y a la familia. Y ellos deberían manifestar con claridad su propia posición, e insistir en esto con los partidos políticos existentes, para ser una fuerza que reforme esos partidos políticos. Es evidente que no se puede tomar partido en ningún tipo de movimiento que sea contrario a la ley moral. Por otro lado, si en ese partido o movimiento político hay signos de una reforma, de una adhesión a la ley moral, entonces deberíamos apoyarlo y alentarlo.

LSN: ¿Qué santos deberíamos invocar hoy día para la familia?

CB: En primer lugar, la Sagrada Familia de Nazaret: la Virgen María, San José y Nuestra Señor Jesús. Y luego, hay  grandes santos casados. Pienso, por ejemplo, en los padres de la pequeña Teresa, el Beato Luis y Celia Martin; pienso también en un gran santo como San Gianna Molla, aquí en Italia; en un gran santo que murió mártir por la familia, Santo Tomás Moro, que era un hombre casado y comprendió plenamente la vocación matrimonial. También la pareja Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi, beatificados aquí en Italia. Pienso mucho de Santa Rita de Cascia, que era una madre muy fiel: rezó mucho por la conversión de su esposo, y también por la conversión de sus dos hijos… Estos serían sólo algunos ejemplos… hay tantos otros.

LSN: ¿Cómo podemos permanecer fieles a la Iglesia y al Papa en estos tiempos difíciles?

CB: Hay que adherirse claramente a lo que la Iglesia siempre ha enseñado y practicado; esta es nuestra ancla. Nuestra fe no está en las personas individuales, nuestra fe está en Jesucristo. Sólo Él es nuestra salvación, y Él está vivo para nosotros en la Iglesia a través de su enseñanza, a través de sus sacramentos, y a través de su disciplina. Digo a las personas – porque muchas personas hoy día están en comunicación conmigo, las cuales se encuentran bastante confusas, preocupadas y molestas – no, tenemos que mantener la calma, y ​​debemos permanecer llenos de esperanza para llegar a una apreciación cada vez más profunda de la verdad de nuestra fe, y adhiriéndose a esto. Esto es inmutable, y nos dará la victoria al final. Cristo dijo a San Pedro cuando hizo su confesión de fe: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia“. Sabemos que esto es verdad, y tenemos que sufrir, mientras tanto, por la verdad; pero tenemos que estar seguros de que el Señor va a ganar la victoria al final.

Traducción no oficial de la entrevista en inglés al Cardenal Burke. En la versión francesa.

Las falsas enfermedades de la Curia II


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Sólo un demente puede llamar a todos los hombres como locos.

Éste es el lenguaje que utiliza Bergoglio cuando hace su examen de conciencia a la curia, cayendo en el pecado que Jesús llama como raca:

«…todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere “raca” será reo ante el Sanedrín, y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego» (Mt 5, 21-22).

Tres pecados enuncia Jesús:

  1. pecado de blasfemia, maldiciendo al otro: monta en ira diciendo una palabra que lleva en sí una maldición a la otra persona. Es un pecado grave, del cual todos puede juzgar porque es hecho públicamente;
  2. pecado de herejía contra el otro, tratándole en las cosas de Dios, en la vida espiritual, como un hereje, sin serlo. Por lo cual, tiene el juicio de toda la Iglesia en la Jerarquía, que lo excomulga de la Iglesia. Quien llama a hereje a otro sin serlo, cae en la herejía. Niega toda verdad en el otro, teniéndola;
  3. pecado de apostasía de la fe, injuriando al otro, llamándole hombre sin mente, tratándolo de un loco en las cosas espirituales. Este pecado tiene la sentencia del infierno.

Estos tres pecados son muy comunes en este siglo, en que los hombres viven diariamente en sus blasfemias de su vida, en sus herejías en la mente y en sus locuras como hombres, en sus obras que sólo un loco se atrevería a hacer.

Hoy día, la psiquiatría llama locos a todos los hombres. Muchos psiquiatras caen en el tercer pecado con gran facilidad: niegan el Espíritu en el hombre, cometiendo el pecado de blasfemia, del cual no hay perdón.

Si el hombre quiere medirlo todo con su mente humana, lo único que obtiene es cerrarse a la Verdad que el Espíritu lleva a todo hombre. Y en eso consiste el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo: el hombre no quiere aprender la verdad de Dios, sino que su propia mente humana le dicta la verdad, que es su gran mentira en su vida.

Bergoglio pone en la curia un pecado que no existe:

«el mal de una falta de coordinación». (22 de diciembre del 2015)

La falta de coordinación no es un pecado. Si los miembros no están coordinados, entonces los miembros tienen la culpa. Cada miembro, cada hombre no se relaciona con el otro. Y si no hay relación, no hay armonía, no hay orden, no hay comunidad, no hay curia. Si cada miembro vive su vida en la curia, entonces no hay curia.

Decir que hay una falta de coordinación y no ser más específico es decir absolutamente nada.

Una persona, en su trabajo, puede estar distraída en lo que sea. No hay coordinación con los demás. Y el estar distraído, sin culpa, no es ningún pecado.

Una persona, que en su trabajo, tiene que estar metida en su oficio, para poder resolverlo, desconecta de los demás. No hay coordinación con los otros. Y esa persona no peca, porque está en su oficio.

<p style="text-align:justify;text-indent:13pt;margin-left:2px;margin-right:2px;font-family:Tahoma;”>«Cuando los miembros pierden la comunión entre ellos»

¿Y qué es perder la comunión en la Curia? ¿No están todos allí para dar la Verdad? ¿Se pierde la comunión porque cada uno deja la verdad que tiene que obrar? ¿O por qué otro motivo se pierde la comunión?

¿Es perder la comunión enfrentarse al otro que mantiene una mentira como verdad? ¿No es eso hacer comunión en la verdad, dejando a un lado a un miembro que no quiere la comunión en la verdad?

Así que Bergoglio pone la comunión en dos cosas:

«…el cuerpo pierde la armoniosa funcionalidad y su templanza».

La curia, para no estar sin coordinación, tiene que tener estas dos cosas: ser funcional y ser templada.

Dos virtudes que no pueden darse sin otras muchas, que son más importantes y son el cuello de la vida espiritual. Dos virtudes que no son cabeza en la vida espiritual y que, por lo tanto, no deciden la vida espiritual.

No hay templanza si hay lujuria. No hay funcionalidad si hay avaricia. No hay templanza si no hay pureza. No hay funcionalidad si no hay pobreza.

Si los hombres quieren ser funcionales con los asuntos de los demás, deben antes vivir en la pureza de mente, de corazón, de cuerpo y de espíritu. Sin estas cuatro purezas, no se puede dar la templanza. Si hay lujuria en el cuerpo, soberbia en la mente, avaricia en el corazón y orgullo en el espíritu, una persona siempre comete dos pecados al mismo tiempo: gula y lujuria.

Ser funcionales lleva consigo ser templados. No son dos cosas distintas. Es una la consecuencia de la otra. Si el cuerpo vive en su lujuria, no puede estar coordinado con la mente, con el corazón, con el espíritu. No puede funcionar. No se puede dar al otro una verdad. No puede haber comunión entre las personas.

Es claro que Bergoglio no habla de nada en este «mal de una falta de coordinación». Él está en la psicología de los hombres, en lo externo de sus vidas. Él habla de los temperamentos de los hombres, que los hacen sacar de la vida de comunión. Y el temperamento del hombre no es un pecado en el hombre. Es su forma de vivir en el cuerpo que posee.

En este lenguaje psicológico de Bergoglio, llama a la curia con el nombre orquesta, que produce mucho ruido:

«…convirtiéndose en una orquesta que produce ruido, porque sus miembros no cooperan y no viven el espíritu de comunión y de equipo».

¡Como si existiera el espíritu de comunión y de equipo!

¿De qué comunión habla? ¿De qué equipo habla?

En la Curia no hay equipos. En la Curia no hay comunión.

La Curia es para obrar lo que decide el Papa. Si no obediencia al Papa, ¿de qué espíritu de comunión y de qué equipos está hablando este hombre?

¡Qué fácil es desbaratar el lenguaje de este hombre!

No tiene un magisterio eclesiástico. No enseña una verdad en la Iglesia. Enseña su mente, sus ideas, sus teorías, sus herejías, sus locuras mentales.

«También existe la enfermedad del “Alzheimer espiritual”».

Es común de los psiquiatras poner un nombre, etiquetar la vida espiritual de una persona.

Aquí se ve claro cómo es la mente de Bergoglio.

Al olvido del primer amor lo llama este hombre: Alzheimer espiritual:

«También existe la enfermedad del «Alzheimer espiritual», es decir, el olvido de la historia de la salvación, de la historia personal con el Señor, del primer amor».

¡Fíjense hasta dónde llega la mente de este hombre!

¿Quién es aquel que se olvida que el Señor lo salvó?

El condenado. El que quiere vivir en su pecado. El que quiere irse al infierno. El que quiere cometer la blasfemia contra el Espíritu Santo. El que no quiere arrepentirse de sus pecados, por más que los vea, que los conozca.

Y este hombre juega con la Palabra de Dios:

«Tengo contra ti que dejaste tu primera caridad» (Ap 2, 4).

Es ésta una grave reprensión del Señor contra la Iglesia de Éfeso, que son aquellos que combaten a los pecadores, pero sin caridad: «no puedes tolerar a los malos». Es la Iglesia que pone a prueba todos los que sirven en Ella, pero sin caridad: «has probado a los que se dicen apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos». Es la Iglesia que practica la paciencia, que sufre en el nombre de Cristo y persevera en ese sufrimiento, pero sin caridad: «tienes paciencia, y sufriste por mi Nombre sin desfallecer».

Pero dejó la primera caridad. Y sin caridad no hay vida, y el que no vive no existe:

«Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3, 14).

Si te has olvidado del primer amor, entonces es que vives en la muerte de tu pecado. Vives en la desgracia. Y por más que combatas el mal, por más que no toleres a los malos, Dios no puede tolerar tu pecado, tu mal; por más que veas la mentira en los demás, si no eres capaz de ver tu mentira, Dios no puede tolerarte a ti; por más que sufras en el Nombre de Cristo, que tengas paciencia en tu vida de sufrimientos, si no sabes sufrir, tener paciencia para quitar tu pecado, para vencerlo, Dios te suprime de la Iglesia.

Quien ha olvidado al Señor es aquel que no quiere seguir al Señor por sus pecados. Y la única solución para salir de ese estado es:

«Considera, pues, de dónde has caído…».

Medita con tu entendimiento humano tu maldad, tu pecado. No el mal de los otros, no la mentira de los demás. No te alabes porque sabes sufrir. Profundiza con las tres potencias de tu alma tu maldad, y entonces:

«…arrepiéntete, y práctica las obras primeras».

Las obras propias del amor divino, que consiste en hacer la voluntad de Dios: con Dios, con uno mismo y con el prójimo. La Voluntad de Dios es una Ley Eterna. Cumple esa Ley y tendrás Vida.

Pero, ¿de qué habla este hombre?

«Es una disminución progresiva de las facultades espirituales»

Su ley de la gradualidad. Es su psiquiatría en la Iglesia. Poco a poco, grado a grado, se van deteriorando las facultades espirituales.

¿Qué son las facultades espirituales para este hombre? La mente y la voluntad del hombre. Él no puede referirse a otra cosa. No cree ni en la gracia, ni en el corazón ni en el Espíritu. Este hombre niega que Dios sea Espíritu. El Espíritu Santo sólo es un lenguaje humano para expresar el amor.

Y esta disminución:

«…en un período de tiempo más largo o más corto, causa una grave discapacidad de la persona, por lo que se hace incapaz  de llevar a cabo cualquier actividad autónoma, viviendo en un estado de dependencia absoluta de su manera de ver, a menudo imaginaria».

Llama locos a todos los pedófilos. Llama locos a todos los corruptos, avariciosos del dinero. Llama locos a todos lo que siguen el dogma en la Iglesia. Llama locos a todos los que siguen la tradición en la Iglesia. Llama locos a todos los que combaten contra el aborto, contra la homosexualidad, etc… Llama locos a todos los que sigue el magisterio de la Iglesia, el auténtico. Llama locos a todos los que quieren convertir a los pecadores de sus pecados, hacer proselitismo.

Él es claro en su pensamiento:

«Lo vemos en los que han perdido el encuentro con el Señor; en los que no tienen sentido deuteronómico de la vida; en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías; en los que construyen muros y costumbres en torno a sí, haciéndose cada vez más esclavos de los ídolos que ha fraguado con sus propias manos».

¡Cuántas personas viven en sus pecados y han perdido el encuentro con el Señor! Tienen la enfermedad del Alzheimer espiritual para este hombre. Son unos locos. A los pecadores, comunes y no comunes, este hombre los llama locos. Tienen que ir la psiquiatra para salir de su enfermedad, de su locura, de su postración.

El Deutoronomio es la palabra de la ley, la segunda ley que Dios dio a Moisies. Es todo el discurso de Moisés para que el pueblo cumpliera la ley de Dios e hiciera Justicia Divina.

Como Bergoglio, no cree en la inspiraciónn de los libros canónicos, sino que sigue en todo a los protestantes, toma el sentido deuteronómico de la vida por la lucha contra las desigualdades sociales, injusticas, derechos humanos, etc… Si no luchas por dar de comer a un hambriento, tienes la enfermedad de Alzheimer. Si no cuidas a los ancianos, estás loco.

«Hay que luchar por esto, tenemos que defender nuestra dignidad, como ciudadanos, como hombre, mujeres, jóvenes».

¿No tienes este sentido deuteronómico de la justicia social, de los derechos humanos…? ¿No eres socialista? ¿No eres comunista? Entonces, eres un loco.

Hay que vivir el momento presente: hay que depender de la vida presente. Y completamente.

Ese es el dogma de la Providencia Divina: colgados plena, completamente de la Voluntad de Dios.

«Danos el pan de cada día» (Mt 6, 9). No el del pasado, ni del futuro. No se hace el presente fijándose en el pasado. Se hace el presente fijándose en el rostro de Dios, estando en la Presencia de Dios, viviendo en Su Voluntad, conformados a todo lo que venga de Él o que Él permita.

¿Qué dice este hombre?

«los que dependen completamente de su presente»: ellos están locos.

Y además, como todos los hombres tenemos pasiones, manías, caprichos, entonces todos estamos locos:

«en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías».

¿Y tú llamas tu papa a este subnormal, a este hombre que te llama loco en tu cara, a este hombre que llama loco a toda la humanidad?

¡Qué vergüenza de católicos!

¿No se te cae la cara de vergüenza llamando a este hombre tu papa? ¿Teniendo a este hombre como tu papa?

¡Dios mío, qué ciegos andan todos los católicos! ¡Detrás de un hombre ciego y loco de remate!

«El mal de la esquizofrenia existencial».

¡Hasta qué profundidades de maldad no llega este hombre!

Los fariseos son locos:

«Es la enfermedad de quien tiene una doble vida, fruto de la hipocresía típica de los mediocres y del progresivo vacío espiritual que grados o títulos académicos no pueden colmar».

¡Cuántos hombres con doble vida!: todos esquizofrénicos!!!!

¡Cuántos hombres mediocres en sus vidas, tibios: todos esquizofrénicos!!!

¡Cuántos hombres que viven de su vanidad, de sus títulos: todos esquizofrénicos!!!

«Es una enfermedad que afecta a menudo a quien, abandonando el servicio pastoral, se limita a los asuntos burocráticos, perdiendo así el sentido con la realidad, con las personas concretas».

Todos los que están detrás de una mesa, son unos esquizofrénicos. No ven la realidad. No ven las personas concretas. No dan beso y un abrazo al otro. No lloran con los que lloran. No se alegran con los que se alegran. No son herejes con los herejes. No son cismáticos con los cismáticos. No son demonios con los demonios. Son sólo locos.

¡Esto es Bergoglio! Un loco sentado en la Silla de Pedro.

Y no es otra cosa.

Leer un escrito suyo hay que hacerlo sólo para condenarlo. Y no para otra cosa.

No pierdan el tiempo con este demente. No merece la pena.

Ha cometido el tercer pecado, que dice Jesús:

«y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego».

Reo del infierno es la persona de Bergoglio.

Mide con su cabeza humana a toda la humanidad y la llama loca.

¿Qué se merece este hombre?

¡Que se quede loco hasta su muerte, que lo traten como un loco!

Y no se merece otra cosa.

Un Papa, en su magisterio ordinario, es siempre infalible


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Muchos piensan que un Papa es sólo infalible cuando habla ex catedra, que es el magisterio extraordinario, y, por lo tanto, es falible en el magisterio ordinario. Este error está en muchos católicos y se opone al dogma de la infalibilidad del magisterio de la Iglesia.

Por eso, los que tienen a Bergoglio como su papa, le excusan su herejía diciendo esto: se puede equivocar en el magisterio ordinario.

El magisterio infalible es aquel que conlleva el sumo grado de autoridad. Hay que ser cabeza en la Iglesia para poseer esta infalibilidad en el magisterio: es decir, hay que ser Obispo.

Donde está la infalibilidad allí está la inmunidad de error. Es decir, la persona está libre, está protegida de caer en el error, en la mentira, en las dudas, en la oscuridad de la mente.

Es una imposibilidad de errar a causa de la asistencia del Espíritu Santo. Es el Espíritu el que preserva del error al sacerdote o al Obispo. Es la vigilancia de Dios sobre Su Jerarquía fiel, para que siempre dé la Verdad que Cristo enseñó a Sus Apóstoles.

Este magisterio infalible sólo recae en la Iglesia sobre la Jerarquía. No sobre los fieles, porque necesita del sumo grado de autoridad, que sólo lo tiene la Jerarquía.

Es la Jerarquía la que enseña a los fieles la verdad, la doctrina verdadera de Cristo. Los laicos pueden equivocarse cuando quieren enseñar algo en la Iglesia. No tienen esa asistencia del Espíritu Santo. Un laico obediente a la Jerarquía fiel posee esta infalibilidad en su enseñanza. Pero un laico no obediente, no tiene la asistencia del Espíritu cuando enseña una verdad a la Iglesia.

«Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 18-20). Esta es una promesa solemne de Dios, que se hace para cumplir una misión. Es decir, significa el auxilio divino, la ayuda que Dios promete a Sus Apóstoles y, por tanto, a Sus Sucesores, que son los Obispos, de una manera absoluta y eficaz, para que la Jerarquía enseñe la doctrina misma de Jesucristo en todos los tiempos de la historia del hombre.

Hasta el fin del mundo, los Apóstoles y sus sucesores van a enseñar, con certeza y de forma infalible, la misma doctrina de Jesús, la misma y eterna verdad, la cual no puede cambiar porque al hombre no le guste o haya alcanzado, con sus conocimientos humanos, un grado de sabiduría en la que se ponga por encima de Dios.

Siempre la Jerarquía verdadera va a combatir al mundo y a los hombres, poniendo en claro la verdad que ningún conocimiento humano puede cambiar.

«Es verdad que la Iglesia católica entera no puede engañar ni vivir engañada, habiendo prometido a los Apóstoles el divino Redentor, el cual es la Verdad Misma: “He aquí que Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos”…» (Pío XII – Alocución “Nostis profecto”, 30 de octubre de 1950).

La Iglesia no puede engañar ni vivir engañada: lo que fue verdad hace 2000 años, sigue siendo verdad hoy día. No se da la evolución del dogma. No existe la ley de la gradualidad. Hay un magisterio auténtico e infalible, que todos pueden conocer en la Iglesia, desde el Papa hasta el último fiel. Y no sólo conocerlo, sino vivirlo, custodiarlo, enseñarlo, defenderlo.

Este magisterio infalible se refiere al magisterio tradicional, es decir, a aquel que solamente custodia, declara, explica y defiende el depósito de las verdades que hay que creer para estar en la Iglesia.

Todo aquel sacerdote, Obispo, fiel que enseñe la misma doctrina de Jesús, que la explique, que la defienda, que la custodie, siempre tendrá la asistencia del Espíritu para no equivocarse.

Aquella Jerarquía que añada verdades nuevas a lo ya enseñado no es magisterio infalible. Es un magisterio inventivo, que añade otras cosas todavía no aprobadas por la Iglesia con su autoridad papal.

El magisterio infalible, tradicional, es algo objetivamente cerrado: es el dogma de siempre, en el cual no se puede añadir nada más.

Por ejemplo: Jesús es Dios. A este dogma, no se puede añadir una verdad. Aquel que enseñe en la Iglesia que Jesús es Dios está en el magisterio infalible, tiene la asistencia del Espíritu Santo. Aquel que enseñe otras cosas o que niegue que Jesús sea Dios, no está en el magisterio infalible y, por lo tanto, no tiene la asistencia del Espíritu Santo.

Bergoglio enseña que Jesús no es Dios: claramente enseña, no sólo un magisterio no tradicional, inventivo, abierto, sino herético.

Si Bergoglio fuera de la Iglesia Católica, si ejerciera como Obispo, con la suma autoridad que tiene como Obispo, entonces no podría equivocarse en su enseñanza ordinaria. Tendría siempre la asistencia del Espíritu Santo. Como se equivoca, entonces hay que concluir que Bergoglio no pertenece a la Iglesia, por causa de su magisterio herético. No por causa de su pecado, sino por causa de su herejía

En la Iglesia, el magisterio infalible consiste en enseñar, en defender, en custodiar, en explicar el depósito de la fe. Aquel que no enseñe esto automáticamente está dando una herejía en su magisterio. Por lo tanto, se pone fuera de la Iglesia.

Jesucristo ha instituido en los Apóstoles, es decir, en los Obispos, un Magisterio auténtico e infalible.

Por tanto, un Obispo que no sea fiel a su vocación no posee este magisterio auténtico e infalible.

Y ser infiel a su vocación no se refiere a pecados personales, privados. Se refiere a los tres pecados que sacan a la persona fuera de la Iglesia: cisma, apostasía de la fe y herejía. Esto tres pecados imposibilitan a la Jerarquía de poseer un magisterio auténtico e infalible.

Es lo que dice san Juan:

«…muchos se han hecho anticristos… De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (2, 18c.19a).

Muchos católicos son culpables al aceptar a Bergoglio como su Papa.

Muchos católicos están pecando al estar atentos a Bergoglio como su Papa.

Porque un Papa verdadero, en su magisterio ordinario, es auténtico e infalible: enseña con autoridad divina una verdad y sin error alguno.

Es así que Bergoglio, en su magisterio ordinario, no está dotado de autoridad, enseña cosas nuevas, y ataca todo el depósito de las verdades que han sido recibidas por la Iglesia.

Luego, Bergoglio no es Papa. Cuando habla tiene que equivocarse siempre.

Bergoglio, en todas sus homilías, en todos sus discursos, en todos sus escritos, malinterpreta la Sagrada Escritura: le da un giro, le añade cosas que no existen, razona como un hombre de mundo, y enseña una doctrina contraria a la propia Palabra de Dios.

Bergoglio sólo propone a la Iglesia mentiras para que todo el mundo las crea y las tenga como dogma. No ha sabido ofrecer a la Iglesia una verdad que deba ser creída, conservada, defendida. Para Bergoglio, no existe la verdad absoluta. Por lo tanto, no puede proponer un dogma en la Iglesia. No puede recordar los dogmas. No puede defender un dogma.

Este hombre nunca podrá someter a la Iglesia a su mente errada, porque la Iglesia no puede ser engañada, ni siquiera, por un falso Papa, como Bergoglio.

Bergoglio no sabe juzgar de nada, ni en lo científico, ni en lo filosófico, ni en lo teológico, ni en lo espiritual. Y, por lo tanto, Bergoglio no sabe descubrir si existe alguna conexión entre estas verdades y el depósito de la fe. Bergoglio no tiene la fe católica, ¿con qué autoridad va a descubrir en la ciencia profana y humana alguna verdad de fe? Sólo dará al mundo lo que el mundo quiere escuchar. Sólo predicará a los hombres los que desean oír de un hombre de mundo, profano, materialista, comunista.

Sólo un Obispo dotado de autoridad divina puede enseñar de manera auténtica las verdades en la Iglesia.

Aquella Jerarquía que enseñe la mentira, el error, la duda, la herejía, como lo hace Bergoglio, está proclamando, en ese magisterio ordinario, que no tiene la autoridad divina para enseñar en la Iglesia. Que está en la Iglesia con un poder humano para una doctrina humana. En su ministerio como Obispo pone un impedimento, un óbice, para que el Espíritu Santo lo asista y así no caiga en el error.

Si no hay autoridad divina en el Obispo, tampoco se da la infalibilidad en él.

«…pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe. Y, ciertamente, la apostólica doctrina de ellos, todos los venerables Padres la han abrazado y los Santos Doctores ortodoxos venerado y seguido, sabiendo plenísimamente que esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: “Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tu, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32)» (Concilio Vaticano I – Cap. 4. Del magisterio infalible del Romano Pontífice – D 1836).

La Santa Sede de Pedro, es decir, la sucesión de Papas verdaderos y legítimos en la Iglesia, «permanece siempre intacta de todo error»: infalibilidad.

Si hay un hombre sentado en la Silla de Pedro que en su magisterio ordinario comience a dar errores, enseñe una verborrea anticatólica, como es el caso de Bergoglio, ese hombre no es Papa, a ese hombre no se le puede llamar Papa, a ese hombre no se le puede seguir como Papa, a ese hombre hay que echarlo de la Iglesia por la impostura que hace en la Sede de Pedro.

Por eso, es de locos nombrar a Bergoglio como Papa. El Papa verdadero sigue siendo Benedicto XVI, pese a quien pese. Se crea o no se crea. Porque Pedro es un gracia en la Iglesia, no una elección de hombres en Ella, no una institución humana.

El magisterio ordinario de la Iglesia es infalible, porque no se da la autoridad divina a los Obispos para que enseñen nuevas doctrinas; no se da la asistencia del Espíritu Santo para llenar de fábulas a la Iglesia.

La autoridad que tienen los Obispos es para custodiar y fielmente exponer «la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe».

Y esto lo hacen los Obispos «santamente»: no se puede ofrecer a la Iglesia un magisterio auténtico e infalible si el Obispo vive en sus pecados, hace del pecado su obra y su vida, como la hace Bergoglio.

El que un Obispo enseñe con autoridad, es decir, sea auténtico en su magisterio; y enseñe sin error, es decir, sea infalible en su magisterio, es necesario que el alma de ese Obispo viva en la santidad de su vida sacerdotal. Si no hay esta santidad, en el magisterio ordinario, se caen en muchos errores, como lo venimos observando desde hace 50 años.

«Jesucristo ilumina a su Iglesia Universal… Viniendo de Dios como Maestro a fin de dar testimonio de la verdad (San Juan 3,2; 18,37), iluminó con su luz la primitiva Iglesia de los Apóstoles de tal forma que el Príncipe de los Apóstoles exclamó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (San Juan 6,68); Desde el cielo estuvo tan presente en los Evangelistas que ejecutaron como miembros de Jesucristo lo que conocieron como al dictado de la Cabeza. Y también hoy es para nosotros, que estamos en este exilio de la tierra, el autor de la fe, así como será el que la lleve a término en la Patria del Cielo. Él mismo es el que infunde en los fieles la luz de la fe; Él mismo es el que enriquece por obra de su poder divino con los dones celestiales de ciencia, de entendimiento y de sabiduría a los Pastores y a los Doctores, y sobre todo a su Vicario en la tierra, a fin de que custodien con fidelidad el tesoro de la fe, lo defiendan con denuedo y lo expliquen y lo confirmen piadosa y diligentemente; por último Él mismo es el que, aunque invisible, preside y brilla vivamente en los Concilios de la Iglesia” (Pío XII – Encíclica Mystici Corporis – AAS 35 (1943) 216).

Custodiar, defender, explicar y confirmar la doctrina misma de Jesucristo: esto es el magisterio ordinario de la Iglesia, que es auténtico e infalible.

Y todo sacerdote, Obispo, fiel a la gracia que Cristo le ha dado, es infalible en la Iglesia.

Pero todo sacerdote, Obispo, infiel a la gracia que Cristo le ha dado, es falible en la Iglesia.

El problema está en el hombre, no en la Silla de Pedro.

Es el hombre, que se sienta en la Silla de Pedro, el problema.

Si es hombre que ha usurpado esa Silla, inmediatamente, desde el inicio de su falso pontificado se ve que su magisterio ordinario ni es auténtico ni es infalible.

Muchos aguardan a que Bergoglio hable ex catedra para decir que no es Papa. Pero, ¡qué ciegos están todos!

Vayan a su magisterio ordinario y resolverán todo el problema con Bergoglio. ¡Y qué fácil es resolverlo! Sólo hay que conocer el depósito de la fe. Muchos católicos ni saben qué cosa es esto. ¡Con una sola homilía que cojan de las que da en Santa Marta ven que Bergoglio no es Papa! ¡Con una sola homilía! ¡Con las palabras con que inició su falso pontificado, en su primera misa! ¡Qué fácil es resolver el problema Bergoglio en la Iglesia! ¡Pero, qué ciegos están todos!

Dos años en que se ven a muchos católicos todavía dudar de lo que es Bergoglio y que le dan una oportunidad: a ver si se convierte.

Están ciegos. Y su ceguera es por su pecado.

Y no van a salir de su ceguera porque en la vida ordinaria no saben ver la mentira de un hombre. Si no sabéis huir de un hombre que os engaña tan claramente en el día a día, tampoco sabéis ver vuestros pecados diarios. No veis al demonio en vuestra vida diaria. No sabéis luchar en contra de él. No sabéis ver vuestros negros pecados. ¿Cómo vais a ver los pecados de un hombre que os vuelve loco con su verborrea diaria?. Estáis viviendo, como muchos, la novedad de tener a un hombre que habla de todas las cosas, menos de lo que importa. Así son muchos en su vida espiritual: se llenan de tantas cosas, que pierden el norte de sus almas. Un alma que no se alimenta de la verdad diariamente, es un alma que va en busca sólo de la novedad, de la moda, que cada día el hombre se inventa en su vida. ¡A cuántos gustan las fábulas que Bergoglio cuenta en Santa Marta todos los días! ¡Cuántos están ávidos de leer sus nuevas y estúpidas entrevistas! ¡Quieren descubrir perlas en un océano de herejías! ¡Qué insensatez! ¡Qué estupidez de vida! ¡Qué locura de mentes tienen muchos en la Iglesia!

¡Cuánta ceguera se observa en todas partes!

Os habéis quedado ciegos con la palabra barata de un hombre. Y la gracia no es una bisutería en la Iglesia. No deis los tesoros del cielo a los cerdos. La gracia cuesta en la Iglesia: es oro divino. Y hay que merecerla para obtenerla.

¡Cuántos viven de sus rentas en la Iglesia! ¡Les es cómodo Bergoglio para sus vidas!

Bergoglio: el político que siembra la palabra de condenación


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«Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 39).

Este es el segundo mandamiento más grande, junto con el primero, que es amar a Dios sobre todas las cosas.

Primero hay que amarse a sí mismo; es decir, hay que dar al cuerpo la ley natural, para que se mantenga en lo propio del cuerpo, de lo carnal; al alma, la ley divina, para que la mente se sujete a la verdad de los mandamientos y la voluntad la obre; al espíritu, la ley de la gracia, para que el hombre pueda, no sólo obrar la verdad de las cosas, sino lo divino en su vida humana; y al corazón, el amor de Dios, la ley del Espíritu, con el cual el hombre alcanza esa plenitud de la verdad en su vida que sólo el Espíritu puede darle.

Si el hombre no se ama de esta forma, entonces no puede amar al prójimo en la verdad de su vida. Porque al prójimo hay que darle, a su cuerpo, la ley natural; un hombre no puede buscar otro hombre para una unión carnal; ni la mujer, otra mujer. Hay que mantener el cuerpo en lo suyo natural y obrar con él en la naturaleza de las cosas.

Al prójimo, hay que darle los mandamientos de Dios: cumplir con él lo que quiere Dios para su alma. Quien da al otro, leyes fuera de la ley divina, hace de su vida, no sólo una abominación, sino un camino para el infierno.

Al prójimo, hay que darle la ley de la gracia: usar la gracia con él para una obra divina, para un fin divino en la vida, para un camino de salvación y de santidad.

Y al prójimo, hay que darle la ley del Espíritu: caminar con él en la verdad que enseña el Espíritu, para producir la verdad que la vida espiritual exige en todo hombre.

Amar a Dios es hacer la Voluntad de Dios: con uno mismo, con Dios y con el prójimo.

¿Qué enseña Bergoglio?

«La palabra de Cristo es poderosa…Su poder es el del amor: un amor que no conoce límites, un amor que nos hace amar a los demás antes que a nosotros mismos» (Napoles, 21 de marzo 2015).

Esta palabrería no es nueva en Bergoglio. Lleva dos años en la misma herejía. Y los hombres todavía no se han dado cuenta.

Habla como un protestante: «la palabra de Cristo es poderosa. Su poder es el del amor…». Para el católico, la Palabra de Cristo es la Verdad, tiene el poder de obrar la Verdad.

Habla como un hombre de herejía: «un amor que no conoce límites, un amor que nos hace amar a los demás antes que a nosotros mismos».

El amor, que no tiene límites, -para Bergoglio-, es el amor que va en contra del segundo mandamiento más grande. Hay que pasar el límite de amarse a sí mismo. Ya no ames al otro como a ti mismo, sino que tienes que amarlo antes que a ti mismo.

Diciendo esto: «amar a los demás antes que a nosotros mismos», está diciendo que hay que ir en contra de toda ley. No hay que fijarse ni en la ley natural, para poner un límite al cuerpo. Por tanto, tienes que amar al homosexual antes que a tu propio cuerpo, antes que a tu propia vida, a tu propia verdad que encuentras en la ley de Dios, antes que a tu propia salvación, que la ley de la gracia te ofrece; antes que el amor de Dios, que la ley del Espíritu pone en tu corazón. No quieras ser santo en tu vida. No quieras salvarte en tu vida. No hay que hacer proselitismo. No hay que convertir a nadie. Porque Dios es amor. Cristo nos ha amado, con un sumo amor. Y ese amor poderoso basta para salvarse. No busques ni tu salvación ni tu santidad personal. Ama antes al homosexual, ama antes al ateo, ama antes al budista, ama antes al cismático, por encima de tu santidad personal, por encima de tu vida humana.

Bergoglio no cree en la ley Eterna. Sólo está en su gradualidad.

No cree, ni siquiera en la naturaleza del hombre. No cree en el hombre. Para amar al hombre antes el hombre tiene que amar otra cosa que no sea a sí mismo. Antes que amarte a ti, como hombre, como persona en tu naturaleza humana, ama al otro sin saber lo que es el otro. Ama al otro por el otro, no por una Voluntad de Dios, que es una ley siempre para el hombre. No es un amor, no es un sumo amor sentimental.

Después, Bergoglio caerá en muchos absurdos al pedir que se ame al otro porque en ellos está la cara de Dios. Si hay que amar al otro antes que a Dios, antes que a uno mismo, es imposible ver en el otro la cara de Dios. Para ver el rostro de Dios tengo que amar a Dios por encima de todas las cosas. Y sólo así se contempla a Dios en todas las cosas. Pero es una contemplación mística, no real, no panteísta, como la que predica Bergoglio en muchas de sus homilías.

¿Qué ha ido a hacer a Nápoles, Bergoglio?

Nada. Lo de siempre. Política comunista. Doctrina protestante. Religión masónica.

¡Esto es todo Bergoglio!

Para Bergoglio no existe el pecado como ofensa a Dios. Por lo tanto, Bergoglio tiene que anular la obra de Cristo.

Cristo muere para quitar el pecado, para satisfacer a Su Padre por la ofensa que el pecado le producía. El honor divino fue dañado por el pecado, por la obra de pecado que Adán introdujo en toda la naturaleza humana. La obra de Cristo compensa todo el daño de la obra del pecado. Esa obra de Cristo no es material, humana, carnal, natural, sino espiritual, mística y divina. En otras palabras, Cristo no viene a quitar los problemas sociales de los hombres, ni los económicos, ni los políticos, ni los humanos…Ni  ningún problema que se origine del pecado.

Cristo viene a quitar el pecado, del cual surgen todos los problemas entre los hombres. Hay muerte porque hay pecado. Hay enfermedades porque hay pecado. Hay crisis económicas porque hay pecado. Hay lucha de clases porque hay pecado. Hay injusticias porque hay pecado.

Sin la obra de pecado, este mundo sería de otra manera: un paraíso. Pero ya no puede ser un paraíso, porque el pecado permanecerá hasta el fin del mundo, no sólo de los tiempos.

Al anular Bergoglio, la obra de Cristo, tiene que ponerla en el amor, en el sumo amor. Es decir, en lo que se llama la redención entendida en sentido subjetivo.

El católico la entiende en sentido objetivo: Todo el género humano está en la fosa del pecado, caído, con una ofensa a Dios, de la cual se sigue la ira divina, no sólo contra el pecado, sino contra el pecador. El hombre permanece cautivo en el pecado, en su obra, en las garras del demonio. Cristo viene a satisfacer la ofensa a Dios. Es decir, la obra de Cristo es una Justicia Divina. No es un amor ni una misericordia. Objetivamente, Cristo satisface por la ofensa a Su Padre. Y esta satisfacción, aplaca a Su Padre y Éste da al género humano un camino de Misericordia, que le lleva hacia el Amor de Dios. Este camino de Misericordia es, para el hombre, un sacrificio y una liberación, que el hombre la hace unido a Cristo en Su Pasión. Es un mérito para el hombre. Cristo salva al hombre mereciéndolo el propio hombre.

Los protestantes, es decir, lo que Bergoglio constantemente está predicando, la redención es sólo el amor de Cristo al hombre. El hombre no tiene que hacer nada ni por su salvación ni por su santificación. Sólo tiene que dedicarse a resolver los muchos problemas que encuentra en su vida. Si hace el bien al otro entonces se va al cielo. Cristo nos anunció el camino de la salvación eterna, lo mostró con el ejemplo de su vida, y eso es lo que destruye en el hombre el impero del pecado. Con la muerte de Cristo se manifiesta la iniquidad de todo hombre y el amor de Dios hacia todos los hombres. Ese amor divino aniquila toda la iniquidad humana y, por eso, todos se salvan, se van al cielo.

Bergoglio está entre los modernistas, al decir que el camino de Jesús lleva a la felicidad. Está diciendo esa concepción de los griegos antiguos según la cual el Mesías era el mensajero y el mediador de la inmortalidad y de la felicidad. Con este pensamiento, Bergoglio anula el dogma de la muerte expiatoria de Cristo.

Jesús es el Mesías de la inmortalidad, de la gloria, de la vida feliz:

«Jesús se revela así como el icono perfecto del Padre, la irradiación de su gloria» (Angelus, 1 de marzo del 2015)

Jesús es sólo un icono del Padre, pero no el Hijo del Padre. Es una clara herejía.

No hay que escuchar a Jesús por ser el Hijo del Padre, sino por ser el Salvador:

«”¡Escuchadlo!”. Escuchad a Jesús. Él es el Salvador: seguidlo. Escuchar a Cristo, en efecto, lleva a asumir la lógica de su misterio pascual, ponerse en camino con Él para hacer de la propia vida un don de amor para los demás, en dócil obediencia a la voluntad de Dios, con una actitud de desapego de las cosas mundanas y de libertad interior…» (Ib).

«Escuchar a Cristo es asumir una lógica»: no es crucificarse con él. No es sufrir una vida, la de Cristo. No es morir con Cristo. No es participar de la vida de Cristo en la gracia. Bergoglio está hablando de la redención tomada subjetivamente. La redención como la siente, como la quiere, como la piensa el hombre. No la redención objetiva: la que quiso el Padre en Su Hijo. Esa no aparece por ninguna parte. Es un camino subjetivo:

«ponerse en camino con Él para hacer de la propia vida un don de amor para los demás»: no tienes que ponerte en camino con Cristo para expiar tus pecados, y para merecer el Cielo, quitando esos pecados. Porque lo único que impide que Dios te ame, son tus malditos pecados. No; tienes que hacer de tu propia vida, no una expiación de los pecados, no una justicia divina, imitando así a Cristo en su vida, que vino para reparar el honor divino, que el pecado hizo en Su Padre,  sino que tienes que pasarte la vida entregándote a los demás. Es el subjetivismo. Se anula lo objetivo: tu vida es para hacer una justicia, quitar tus pecados, reparar la ofensa a Dios. Y se pone lo subjetivo: tu vida es para amar los demás. Y entonces se cae en la clara herejía: tienes que amar a los demás antes que a ti mismo, que es lo que ha predicado en Nápoles.

«en dócil obediencia a la voluntad de Dios, con una actitud de desapego de las cosas mundanas y de libertad interior»: como la redención de Cristo es el sumo amor a nosotros, entonces el hombre tiene que ser dócil a ese sumo amor, obediente a esa voluntad de Dios, que lo ha salvado. Bergoglio es siempre un maestro en la oratoria. La dócil obediencia a la Voluntad de Dios  no es la dócil obediencia a una ley de Dios, a unos mandamientos de Dios, sino al amor de Dios que se muestra como salvador de todos los hombres. Bergoglio no entiende la Voluntad de Dios como Ley Eterna. Por eso, muchas persona se confunden con el lenguaje de Bergoglio. Creen que aquí está diciendo una verdad. Y no dice ninguna verdad, sólo explica su mentira: como Jesús te ha salvado, entonces debes prestarle obediencia a su amor. Un amor que salva, pero que no exige, con un ley, con una justicia, quitar el pecado. Y, por lo tanto, hay que estar desapegado de todas las cosas mundanas o de la mundanidad espiritual, que es su herejía favorita sobre el pecado filosófico y social.

Después de exponer su tesis, dice su clara herejía:

«El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad, ¡no lo olvidéis! El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad. Habrá siempre una cruz en medio, pruebas, pero al final nos lleva siempre a la felicidad. Jesús no nos engaña, nos prometió la felicidad y nos la dará si vamos por sus caminos».

¡Qué pocos ven la herejía en estas palabras!

¡Muchos dirán: si Bergoglio está en lo cierto! Al final, es el cielo lo que nos espera!

«El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad»: el camino de Jesús nos lleva siempre a una obra buena digna de premio. Bergoglio anula el mérito en las almas que siguen a Jesús. Como Jesús te ha salvado, ya estás en el cielo, hagas lo que hagas, pienses como pienses, vivas como vivas. Es la conclusión lógica de la redención subjetiva.

«Habrá siempre una cruz en medio, pruebas, pero al final nos lleva siempre a la felicidad»: habrá siempre problemas en la vida, pero al final te vas al cielo. Esos problemas no te merecen el cielo. Súfrelos como puedas, que al final Jesús nos lleva siempre al cielo.

Bergoglio está en el puro pelagianismo.

Hay que hacer penitencia para salvarse, para llegar a la felicidad plena. Y la penitencia no es sufrir la vida. Todo el mundo sufre en la vida, pero pocos aprovechan ese sufrimiento de la vida para expiar sus pecados. Se sufre la cruz con un fin divino. El alma se conforma con la Voluntad de Dios para hacer penitencia por sus pecados, y así merece el cielo y se va al cielo.

Bergoglio no puede hablar de la penitencia porque no cree en el pecado; no cree en la Justicia de Dios. Sólo cree en las pruebas de la vida, que sufre como todo el mundo las sufre. Pero no enseña el camino para tener la felicidad. Pone sus palabras vagas, que se acomodan a su mentira de manera magistral:

«Jesús no nos engaña, nos prometió la felicidad y nos la dará si vamos por sus caminos»: Jesús te ha prometido una cruz en tu vida, un dolor, un sacrificio. No te da un caramelo en la vida. Te muestra el camino que es Él Mismo. No hay caminos en Jesús. No hay que ir por sus caminos. Jesús es el Camino, el único Camino, en donde sólo se puede dar la única Vida, la de Dios, y sólo se puede obrar la única Verdad, la divina, la que da el Espíritu de la Verdad.

El camino de Jesús es la Cruz para todo hombre: se merece la salvación y la santificación sólo en la Cruz: sufriendo y muriendo con Cristo.

Todo el problema de los protestantes y de los modernistas es negar la ofensa a Dios. Se niega la Justicia, entonces sólo queda el amor de Dios. Cristo no viene a poner una Justicia, a hacer una Justicia, sino que viene a poner un Amor. Cristo padeció y murió para que se manifestase el inefable amor de Dios hacia los hombres. No padece ni muere para satisfacer el honor divino dañado por el pecado. Si se anula el pecado como ofensa a Dios, necesariamente se anula la Justicia de Dios, y se pone la obra de la Redención sólo en un sentimiento de amor, en la fe fiducial. El hombre sólo tiene que creer en Cristo. No tiene que merecer su salvación. No tiene que sufrir para salvarse. No tiene que ser santo para ir al Cielo. No tiene que quitar el pecado para poder recibir la Eucaristía. No tiene que dejar de ser homosexual para ser amado por Dios. Dios ama a todos los hombres, y así lo ha manifestado en Cristo.

Y esto lo repite Bergoglio en todos los discursos. No podía falta en Nápoles:

Una inmigrante filipina le pidió una palabra que le asegurase que eran hijos de Dios. Y Bergoglio, el llorón de la vida humana, con lágrimas en los ojos, ¿qué iba a decir? ¿Qué va a enseñar?

«…. ¿los emigrantes son seres humanos de segunda clase? Debemos hacer sentir a nuestros hermanos y hermanas emigrantes que son ciudadanos, que son como nosotros, hijos de Dios, que son emigrantes como nosotros, porque todos somos emigrantes hacia otra patria, y tal vez todos llegaremos. Y nadie se puede perder por el camino. Todos somos emigrantes, hijos de Dios porque a todos nos han puesto en el mismo camino. No se puede decir: el emigrante son tal cosa…No…Todos somos emigrantes, todos estamos en el camino. Y esta palabra de que todos somos emigrantes no está escrita en un libro, sino que está escrita en nuestra carne, en nuestro camino de la vida, que nos asegura que en Jesús todos somos hijos de dios, hijos amados, hijos queridos, hijos salvados…»

¡Ven, qué maestro en la oratoria!

Primero: confunde la cosa espiritual con la cosa política: «Debemos hacer sentir a nuestros hermanos y hermanas emigrantes que son ciudadanos, que son como nosotros, hijos de Dios».

Una cosa es ser ciudadano de un  país; otra cosa es ser hijo de Dios. Una cosa es cumplir con las leyes humanas para poder ser ciudadano; otra cosa es cumplir con las leyes divinas para ser hijo de Dios, para poder ir al Cielo.

Aquí demuestra Bergoglio que es un político, que habla como un político cuando va a dar su mitin. Bergoglio ha ido a Nápoles para hacer proselitismo: buscar adeptos para lo que está levantando en su iglesia. Él quiere comandar todo eso y, por eso, predica manifiestas herejías. ¿Por qué Bergoglio predica herejías? Porque está construyendo la nueva iglesia que sea el fundamento del nuevo orden mundial.

Segundo: anula el dogma de la muerte de Cristo: «en Jesús todos somos hijos de Dios, hijos amados, hijos queridos, hijos salvados…»: ésta es la redención subjetiva: como Jesús te ha amado, estás salvado, eres hijo de Dios, te vas al cielo.

Bergoglio no pone a esa mujer emigrante un camino de salvación en donde merezca la salvación. No habla de leyes humanas ni de leyes divinas, ni de penitencia, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. No existe la Justicia de Dios. Sólo existe un Dios que ama al hombre, sea como sea, obre lo que sea, viva como quiera.

Cristo no ha muerto para expiar los pecados, sino para esto:

«La falta de trabajo es un signo negativo de nuestro tiempo, de un sistema que descarta a la gente y esta vez el turno les ha tocado a los jóvenes que no pueden esperar en un futuro» (Napoles, 21 de marzo).

Cristo ha muerto para resolver problemas sociales de la gente: no hay trabajo, no hay futuro…

«La falta de trabajo es un signo negativo de nuestro tiempo»: Bergoglio está en la herejía de la historicidad. En el tiempo de nuestra historia está el problema de la falta de trabajo. Un signo negativo. Hay un sistema que descarta a la gente.

Si se anula el pecado como ofensa a Dios, ¿qué es lo que queda? El mal como un problema social y de las sociedades, de las estructuras externas, de los grupos, de las clases sociales…Y se está diciendo una abominación: el mal se pone, no en la persona física, sino en la persona moral, en la sociedad, en el estado, en la Iglesia, es un grupo, en una comunidad. De aquí surge, en Bergoglio, su comunismo, que es clarísimo en Nápoles. «Tienes que luchar por tu dignidad»:

«¿Qué hace un joven sin empleo? ¿Cuál es el futuro? ¿Qué forma de vida elige? ¡Esta es una responsabilidad no sólo de la ciudad, sino del país, del mundo! ¿Por qué? Porque hay un sistema económico, que descarta a la gente y ahora le toca el turno a los jóvenes que son desechados, que están sin empleos. Y esto es grave. Pero están las obras de caridad, están los voluntariados, está Caritas, está ese centro, aquel club que da de comer… Pero el problema no está en comer, sino que el problema más grave es no tener la posibilidad de llevar el pan a la casa, de ganarlo. Y cuando no se gana el pan, entonces se pierde la dignidad. Hay que luchar por esto, tenemos que defender nuestra dignidad, como ciudadanos, como hombres, mujeres, jóvenes. Este es el drama de  nuestro tiempo. No debemos permanecer en silencio».

¿No ven al político Bergoglio en estas palabras? ¿No ven su claro comunismo? ¿No ven que no habla como sacerdote, ni como Obispo ni como Papa? ¿No ven que no pertenece a la Iglesia, que no es de la Iglesia Católica?

¿Qué hace un joven sin empleo?: ¿Qué hace un joven sin Cristo, sin el Pan de la Vida que Cristo da a toda alma que cree en Su Palabra?

«No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que nace de la boca de Dios».

Bergoglio: el político insensato.

Está destruyendo las obras de caridad: «Pero están las obras de caridad, están los voluntariados, está Caritas, está ese centro, aquel club que da de comer…».

«Pobres siempre tendréis»: aprovechad los pobres para merecer el cielo. Hagan obras de misericordia, de caridad, dando de comer a los pobres…así se hace penitencia de los pecados. Así se salva el alma.

Pero Bergoglio va a su idea política, a vender su idea, a hacer proselitismo: el problema no está en comer, sino en que no hay trabajo, no hay dinero, hay un sistema económico que impide el futuro del joven.

«…cuando no se gana el pan, entonces se pierde la dignidad. Hay que luchar por esto, tenemos que defender nuestra dignidad, como ciudadanos, como hombre, mujeres, jóvenes. Este es el drama de  nuestro tiempo. No debemos permanecer en silencio».

Comunismo, comunismo, comunismo. Cuando un Obispo se mete en política, defendiendo los derechos sociales de la gente, es que, sencillamente, ha perdido la fe en Cristo y su sacerdocio. Está en el sacerdocio para buscar un reino humano, material, haciendo creer a la gente que ése es el camino que Dios quiere para la Iglesia. Y se dedica a hacer sus mitines políticos, buscando gente para su negocio en la Iglesia.

Defiende tus derechos humanos. Defiéndete como hombre. Ya estás salvado, ya estás en el cielo. Pero: no hay derecho. Tengo que ganar el pan para ser hombre, para tener dignidad humana.

Y el hombre sólo tiene dignidad humana cuando quita sus malditos pecados. La pierde en el pecado:

«…el hombre, al pecar, se separa del orden de la razón, y por ello decae en su dignidad, es decir, en cuanto que el hombre es naturalmente libre y existente por sí mismo; y se hunde, en cierto modo, en la esclavitud de las bestias…» (Suma Teologica, II-II, q. 64, art. 2, ad 3).

Bergoglio no lucha para sacar al hombre de su estado de bestia, por su pecado, sino que lucha por hacerlo más bestia, más abominable a los ojos de los hombres y de Dios.

¡Cómo destruye este hombre con su palabra!

¡A cuántos engaña!

¡Y a cuántos seguirá engañando!

Las falsas enfermedades de la Curia I


payaso

El Usurpador de la Silla de Pedro, Bergoglio, cuyo nombre de batalla es Francisco, y cuya mente es la de un demente, dio un discurso el 22 de diciembre del 2014, en la que puso de manifiesto su herejía, que es múltiple.

«…siendo la Curia un cuerpo dinámico, no puede vivir sin alimentarse y cuidarse…sin tener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo».

Primero, hay que recordar a Bergoglio una máxima en filosofía:

Las sociedades y las personas morales no son sujetos de la moralidad, porque carecen de libertad y de la advertencia del entendimiento.

Sólo la persona física es el sujeto de moralidad.

Por lo tanto, la Curia no es un cuerpo moral y, en consecuencia, no tiene que alimentarse ni cuidarse, no tiene que tener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo.

Bergoglio tergiversa este pasaje de la Sagrada Escritura:

«Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vida, así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mí. Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 4-5).

Cada miembro de la Iglesia es una persona física. Y, por tanto, cada miembro tiene que unirse, permanecer en Cristo. Cada miembro, no el conjunto de los miembros. No la Iglesia. No el Cuerpo Místico. No la Curia.

Porque la Iglesia es Cristo, es Su Cuerpo. La Iglesia es Cristo con sus almas, que están unidas a Él, a la Cabeza. Y la Cabeza y el Cuerpo de Cristo forman una unidad. Unidad moral: porque la Cabeza es una persona física. Cada alma se une místicamente a Cristo,  a la Cabeza, para formar Su Cuerpo. Pero el Cuerpo de Cristo es de Cristo, no del alma; no del conjunto de almas; no de la Curia.

El Cuerpo de Cristo sigue siendo Cristo. Las almas son los sarmientos en ese Cuerpo: son los frutos de la obra de Cristo. Una obra redentora, hecha con el entendimiento y la voluntad de Cristo.

Cada alma se une a esa obra redentora de Cristo para ser de Cristo. Se une a Su Cuerpo; no a Su Cabeza. Es el Misterio de la Iglesia.

Bergoglio no puede entender lo que es la Iglesia porque no cree en la Divinidad de Cristo. Jesús, al ser Dios, puede hacer una Iglesia con Su Cuerpo. Y en Su Cuerpo unir a las almas. Esa unión es espiritual y mística. Nunca humana, ni natural, ni carnal, ni material. Por eso, «Mi Reino no es de este mundo». La Iglesia es un organismo místico y espiritual, que se ve en la realidad de los hombres, pero que no es esa realidad. Es visible, porque existen almas unidas a Cristo, de una manera mística, que forman Su Cuerpo, Su Iglesia.

Si hay pecados en el Cuerpo de Cristo, en la Curia, en una comunidad, hay que buscarlos en cada alma, no en la Curia, no en la Iglesia en su conjunto. Porque la Iglesia es Santa, ya que el Cuerpo de Cristo es Glorioso, Santo, Divino. Pero las almas, que están unidas a Cristo, a Su Cuerpo, no son santas, no están gloriosas, sino que son pecadoras, siguen en estado de via.

No se puede hablar de los pecados de la Curia sin decir nombres concretos. Esto es lo que no hace Bergoglio. Todo un discurso para no decir nada. Se lo sacó de la manga para quedar bien con todo el mundo, menos con la Curia.

Si hay un mal en la Curia, entonces se debe a dos cosas:

  1. Al pecado de cada miembro;
  2. A las leyes o normas que rigen esa curia.

Si es lo primero, entonces hay que combatir el pecado y al pecador. Una persona que peca hace mal a todos en su trabajo. Ese mal repercute, de muchas maneras, en todos los miembros. Pero ese mal procede de una persona física. No es un mal de la Curia. Y los efectos de ese mal,  que salen del pecado de esa persona física, son otros males, que pueden o no pueden ser motivo de pecado en otros que componen esa comunidad.

Si es lo segundo, es fácil corregir esas normas para que todo funcione bien.

Si no se ataca el pecado, si no se dicen nombres, entonces el discurso que se hace es un absurdo. Es para conquistar aplausos. Es su ego. Todo gira alrededor de Bergoglio en su falso pontificado.

Bergoglio es un insensato. Su primer berrido:

  • «El mal de sentirse inmortal, inmune e incluso indispensable»: Bergoglio ataca la santidad de la Iglesia en estas palabras. Él no se dirige a una persona física. No está tratando de pecados de ciertos miembros de la Curia, que se sienten inmortales, inmunes, indispensable. Él no puede hablar de pecado porque –en su mente obtusa- no existe el pecado como ofensa a Dios.

Para Bergoglio, como para todos los hombres, existe el bien y el mal. Pero Bergoglio sigue el pensamiento de Mendeville, el cual estimaba que el bien y el mal son una invención de hombres superiores, que han llegado a convencer a los demás para considerar como bueno todo lo cuanto era para sí mismos, y malo, todo lo que fuera un perjuicio.

Esta curia tiene el sentimiento de sentirse inmortal: se cree superior a los demás hombres. Y esta curia, que ha trabajado durante tanto tiempo en convencer a los demás de hacer una serie de bienes, que sólo miran para sí mismos, para que sigan creciendo en su inmunidad, en verse como indispensables, entonces va mal: «una curia que no se autocrítica, que no se actualiza, que no busca mejorarse, es un cuerpo enfermo».

Es la persona física, cada alma, el sujeto de moralidad. No es la Curia la que tiene que hacerse una autocrítica. Cada persona de la Curia tiene que ver sus pecados y quitarlos para que la Curia funcione. Cada persona de la Curia tiene que ver si hay leyes o normas que son contrarias a la ley de Dios y quitarlas, para que la Curia funcione.

Pero Bergoglio no está en este sentido común de las cosas. Él llama cuerpo enfermo a la Curia porque no se actualiza. Está en su clara herejía: la Curia, como se ha entendido con todos los Papas, es un organismo de ayuda a todo el Papado, pero no de gobierno. Quien gobierna es el Papa y los Obispos obedientes a Él. Los demás, trabajan para el Papa.

Pero Bergoglio quiere meter el modernismo en la Curia, es decir, institucionalizar la herejía: poner leyes que vaya en contra de la santidad de la Iglesia. Y la razón: es que en la Curia hay un mal de creerse superior a los demás: «se convierten en amos, y se sienten superiores a todos, y no al servicio de todos».

Este mal, para esta mente subnormal, es una patología: «Esta enfermedad se deriva a menudo de la patología del poder, del complejo de elegidos, del narcisismo que mira apasionadamente la propia imagen y no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros, especialmente de los más débiles y necesitados».

1. Bergoglio está llamando locos a toda la Curia. Y es a toda porque no dice nombres concretos.

2. Bergoglio sólo concibe el pecado como un ser filosófico: «esta enfermedad se deriva a menudo de la patología».

Si te crees superior al otro es por dos pecados: orgullo y vanidad. Quita estos dos pecados y todo marchará bien. Pero, no. Es una patología que hay que ir a la farmacia para buscar unas pastillas y así acabar con la patología del poder.

3. Bergoglio da su herejía: el que obra así «no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros». Es su falso misticismo con sabor a panteísmo. Un pensamiento lleno de maldad, que le conduce a su idea comunista:

4. «especialmente de los más débiles y necesitados». La Curia está para servir a los débiles, no para aprovecharse de ellos, no para sentirse superiores a ellos. Es la lucha de clases, que siempre Bergoglio predica en todos sus discursos. Bergoglio enfrenta la Jerarquía con los fieles. La Jerarquía que enseña la verdad, el dogma, se está oponiendo a los fieles, porque se creen superiores a ellos.

Este es el pensamiento de un hombre que no sabe lo que es la norma de moralidad. No tiene las ideas claras sobre lo que es el bien y el mal moral.

En esta oscuridad de su mente, va a decir su estúpida concepción de la oración:

  • «El mal de «martalismo» (que viene de Marta), de la excesiva laboriosidad, es decir, el de aquellos enfrascados en el trabajo, dejando de lado, inevitablemente, «la mejor parte»: el estar sentados a los pies de Jesús».

El martalismo: una palabra que no existe, pero que Bergoglio la acuña para desprestigiar a Santa Marta. Esta Santa no tuvo el pecado de la excesiva laboriosidad, sino el pecado de no confiar en Dios. Son dos pecados diferentes:

«Marta andaba solícita en los muchos cuidados del servicio…» (Lc 10, 40). Pero, en su solicitud, creía en Jesús. Era una trabajadora, pero con fe. Le faltaba solo una cosa: la confianza en Dios. Todo se hace en el tiempo de Dios, no en el de los hombres: «te turbas o inquietas por muchas cosas; pero pocas son necesarias» (Ib).

Hay muchas personas que no son como Marta, que ponen en su trabajo todo el esfuerzo. Trabajan sin fe. Y, por lo tanto, sólo confían en sus esfuerzos humanos. Es la fiebre de la actividad que muchas personas tienen. Y que refleja su falta de fe en la Palabra de Dios, además de su falta de confianza.

Marta, en su actividad, tuvo tiempo de ir a la oración para pedir consejo a Jesús en su trabajo: «acercándose, dijo: Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje sola a mí en el servicio?» (Ib). Marta paró su actividad para la oración. Una oración de queja, pero oración auténtica al Señor.

Muchas personas, en su febril actividad, no tienen ni siquiera la presencia de Dios para recordar que existe Dios, que Dios las está mirando. Y no paran su trabajo para ir a la oración. No tienen fe en Dios, que es lo que se ve en este mundo moderno.

Bergoglio, que no sabe lo que es Santa Marta, no sabe su espiritualidad, no conoce su alma, todo lo confunde; y ¿qué es lo que enseña? Una blasfemia:

«Jesús llamó a sus discípulos a «descansar un poco» (Mc 6, 31), porque descuidar el necesario descanso conduce al estrés y la agitación. Un tiempo de reposo, para quien ha completado su misión, es necesario, obligado, y debe ser vivido en serio: en pasar algún tiempo con la familia y respetar las vacaciones como un momento de recarga espiritual y física».

¿Ven el desequilibrio mental de este hombre?

Jesús llamó a Santa Marta a la confianza en Dios en el trabajo. Estás abrumada por tantas cosas. Deja tu trabajo e imita a tu hermana. Si haces esto, si pones tu confianza en Mi Palabra, el trabajo se hace solo: «pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada».

No voy a quitar a María de la contemplación para darte un gusto a ti, Marta. Eres tú, Marta, la que te debes alejar de tu trabajo, dejarlo como está, para adentrarte en la sola cosa necesaria, que todo hombre tiene que tener para que su trabajo sea efectivo: amar a Dios. Hay que poner el amor de Dios por encima del amor del trabajo, por encima del servicio a los demás. A esta plena confianza, llamó Jesús a Marta, enseñando Jesús cuál es el camino espiritual. Qué cosa el hombre tiene que hacer en su vida: amar a Dios. Si ama a Dios profundamente, hasta el punto de dejar lo que hace para estar con Dios, en Su Presencia, entonces Dios se ocupa de lo demás: «Buscad, primero, el Reino de Dios; lo demás, por añadidura».

Bergoglio, ¿qué es lo que enseña? A descansar. Pasa un tiempo con tu familia, vete de vacaciones, haz una vida profana, mundana, pero nada de amar a Dios. Confundiendo, además, la oración con el descanso que todo hombre necesita en su naturaleza humana.

Su tercer berrinche:

  • “También existe el mal de la «petrificación » mental y espiritual, es decir, el de aquellos que tienen un corazón de piedra y son «duros de cerviz»”.

Aquí, Bergoglio, sólo se centra en la herejía del humanismo: «Es peligroso perder la sensibilidad humana necesaria para hacernos llorar con los que lloran y alegrarnos con quienes se alegran».

Eres un hombre duro porque no lloras con los que lloran; no te alegras con los que se alegran…. Eso es todo en la dureza de corazón, para Bergoglio.

Te vuelves duro, te escondes detrás de los papeles, de la doctrina, de la ley divina, del dogma. Y, en tu dureza, eres una máquina de legajos. Conviertes tu vida en fabricar papales para el archivo. Montones de papales reunidos, atados, que no sirven para nada, porque estás petrificado en tu mente y en tu espíritu. Petrificado en el dogma, en las leyes canónicas, en la doctrina inmutable de Cristo.

Y para salir de esa dureza, tienes que llorar con los que lloran. No archives montones de doctrina. No acumules el dogma. No enseñes la verdad. Llora, ríe, canta, habla, dialoga, vive, obra, sé generoso, entrégate a los demás, porque –para Bergoglio- «Ser cristiano, en efecto, significa tener «los sentimientos propios de Cristo Jesús», sentimientos de humildad y entrega, de desprendimiento y generosidad».

Si estás petrificado en tu mente y en tu espíritu, entonces tienes dos grandes pecados: soberbia y orgullo. Que son el caldo de cultivo para los demás pecados. ¿Qué hay que hacer para quitar estos dos grandes pecados? Tener los sentimientos de Cristo. ¿Cuáles son?

«…se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombres se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 7-8).

Bergoglio cita a San Pablo y da su propia interpretación, tergiversando así la Palabra de Dios.

Para quitar la soberbia y el orgullo: anonadarse, obedecer la verdad, someterse a la Voluntad de Dios, cumplir con los mandamientos divinos. Y entonces la petrificación de la mente y del espíritu se rompe.

Pero Bergoglio está en su humanismo: el bien y el mal son conceptos del hombre, no de Dios. No haces el bien de llorar con los que lloran porque estás petrificado en tu ideas dogmáticas. Es el bien y el mal como los concibe el hombre. Quita tus ideas petrificadas para explorar los afectos de los demás. Es la vida de sentidos a la cual Bergoglio llama a todos los hombres: salgan de sus ideas para dar un beso al otro, para abrazar al abominable homosexual. No estés petrificado en tu mente. No seas una persona orgullosa que cree estar en la posesión de toda la verdad.

Su cuarta blasfemia:

  • «El mal de la planificación excesiva y el funcionalismo»: para explicar este mal, acude a una herejía que predicó en Estambul, el 29 de noviembre del 2014:

«La Iglesia…es investida por el viento del Espíritu que no transmite un poder, sino que dispone para un servicio de amor, un lenguaje que todos pueden entender».

En Pentecostés, no se da el poder del Espíritu, sino un lenguaje común a todos. Esta es la gran blasfemia, que nadie ha captado.

Para Bergoglio, no existen las personas en Dios, sino sus modalidades:

«Y nuestra oración debe ser así, trinitaria. Tantas veces: ‘¿Pero usted cree?’: ‘¡Sí! ¡Sí!’; ¿En qué cree?’; ‘¡En Dios!’; ‘¿Pero qué es Dios para usted?’; ‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray non existe! ¡Existen las personas!» (9 de octubre del 2014).

No existe el Dios Uno, la Esencia de Dios, el Dios como spray. Sino que existen las personas, pero no como reales, sino como modales: existe una forma de hablar de las personas divinas:

«Jesús es el compañero de camino que nos da lo que le pedimos; el Padre que nos cuida y nos ama; y el Espíritu Santo que es el don, es ese plus que da el Padre, lo que nuestra conciencia no osa esperar» (Ib).

Esta es su herejía del sabelianismo.

Padre, Hijo y Espíritu Santo no son más que tres modos con los que se manifiesta la única persona divina, como Creador.

La única persona divina, para Bergoglio, es el Padre. Es la herejía del subordinacianismo:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba es la luz y el Creador. Este es mi Ser» (1 de octubre 2013).

Dios es el Padre; Dios no es el Hijo; Dios no es el Espíritu Santo.

De este subordinacianismo, nace su herejía del sabelianismo: se niega la divinidad de Jesucristo para afirmar que en Dios se pueden distinguir un Jesús, que es el amigo, que actúa como compañero del hombre, porque es sólo una persona humana, no es Persona Divina; un Espíritu, que actúa como don, como una voluntad impersonal, que hace la función de unir lo que es la diferencia, lo que está disperso. Y un Padre, que es Creador, que es amor. Ese ser creador, Bergoglio, lo va a entender, como un Dios que está en el hombre, en la creación, dentro del hombre: será su paneneteísmo. Todas las cosas en Dios. La Creación, para Bergoglio, no se hace de la nada, sino de algo ya existente. Por eso, todas las cosas creadas son sagradas, divinas, modelos para todos los hombres.

El Espíritu Santo no es un poder personal, porque no es Dios, es sólo un modo de hablar para expresar el amor que deben buscar los hombres: un lenguaje común.

Este demente va en contra de la Iglesia, de su doctrina: «Se cae en esta enfermedad porque «siempre es más fácil y cómodo instalarse en las propias posiciones estáticas e inamovibles».

El dogma, que es algo estático, inamovible, que es una verdad inmutable, es una enfermedad para Bergoglio. Y los que están en el dogma «pretenden regular y domesticar al Espíritu Santo».

El Espíritu Santo, al no ser la Persona Divina que lleva al alma a la plenitud de la Verdad, sino sólo ser una forma de hablar, de lenguaje, una disposición para un amor, entonces los hombres no tienen que quedarse en sus lenguajes ortodoxos, dogmáticos, que son inamovibles. Si se quedan, están enfermos. Y están domesticando al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es novedad, frescura, sueño, ilusión, fantasía, alegría mundana, vida pecaminosa:

«…nosotros, los cristianos, nos convertimos en auténticos discípulos misioneros, capaces de interpelar las conciencias, si abandonamos un estilo defensivo para dejarnos conducir por el Espíritu. Él es frescura, fantasía, novedad».

¡Fíjense la maldad!: el auténtico cristiano es capaz de interpelar las conciencias si se deja el dogma, la verdad absoluta. Si se abandona el estilo defensivo… ¡Fuera la apología de la fe! ¡Hay que anular todo tipo de sana crítica filosófica y teológica! ¡No hay que defender la verdad! ¡No hay que defender la doctrina de Cristo! ¡No hay que defender a Cristo en la Iglesia! ¡No hay que luchar por una verdad en la vida, sino por un sentimiento, por un sueño, por una ilusión, por una fantasía por una novedad humana!

¿Ven qué demencia?

Hay que defenderse contra los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe, si se quiere seguir siendo Iglesia.

Bergoglio quiere una Iglesia para todos, con las puertas abiertas a todo el mundo. Pero no quiere una Iglesia para la verdad. No existe la verdad en él. Sólo existen las fábulas que hay en su pensamiento humano.

No se puede seguir a Bergoglio en nada. En ninguna cosa.

No hay una verdad en todos sus discursos, en todas sus homilías, en todos sus escritos. Ninguna verdad. No hay alimento para el alma, sino para su mente.

Bergoglio no habla para el corazón, sino para la mente del hombre.

Y si no son despiertos en la mente, analizando cada idea, cada palabra, van a quedar atrapados en ese lenguaje barato y confuso, que constantemente usa ese hombre para engañar a todo el mundo.

Seguiremos analizando esta fábula de discurso, en la que se ve la demencia clara de ese hombre.

Obispo Barros: acusado de encubrir abusos sexuales


«Un solo cura, que abuse de un menor, es suficiente para mover toda la estructura de la Iglesia y enfrentar el problema» (ver)

¡Cómo apesta Bergoglio en su última entrevista!

¡Huele a podrido!

Un solo cura, que abuse de un menor, es necesario excomulgarlo de la Iglesia. Es lo que hicieron todos los Santos.

No hay que cambiar estructuras: hay que cambiar a las personas. Si son pecadoras, si cometen el pecado de abominación, entonces, -es muy fácil-, fuera de la Iglesia.

Pero esta justicia no se encuentra en la cabeza de ese demente que gobierna la Iglesia.

En esa mente desquiciada, se encuentra el pecado como solución social a los problemas de los hombres. Y, entonces, hay que cambiar las estructuras: son las que tienen culpa de que haya curas que pequen.

Ante esta mentalidad retorcida, tenemos que Bergoglio ha puesto como Obispo, en Chile, a uno que ha abusado de jóvenes, el Obispo Juan Barros:

«…yo veía al padre Fernando Karadima y a Juan Barros besarse y tocarse mutuamente. Generalmente, más de parte del padre Karadima venían los toqueteos en los genitales por encima del pantalón de Juan Barros, al igual que hacía con el hoy también obispo Koljatic. En el caso de Juan Barros, éste jugaba a una especie de celos entre sus más cercanos y se turnaban por sentarse al lado de Karadima, estar solos con él en su cuarto y desplazar a otros. Como yo era bastante menor, veía esto entre horrorizado y a la vez paralizado, ya que yo estaba viviendo mi parte del abuso de Karadima, lo que ya fue comprobado en los juicios canónico y penal.» (ver)

Esto es lo que cuenta el periodista Juan Carlos Cruzm en una carta enviada al Vaticano, en la cual acusa al Obispo Barros de ser cómplice de Karadima, sacerdote acusado de varios abusos sexuales, no sólo a jóvenes, sino a adultos.

Juan Carlos Cruz está decepcionado con Bergoglio porque ha nombrado «dentro de sus cardenales reformadores al cardenal Francisco Javier Errázuriz, un hombre que encubrió los abusos del sacerdote Fernando Karadima y desestimó muchos otros casos, como el del sacerdote condenado por la justicia chilena Richard Aguinaldo, después de súplicas de los padres para que hiciese algo».

También señala cómo Karadigma «logró instalar a al menos cuatro de sus más cercanos como obispos de la iglesia católica chilena: Horacio Valenzuela en Talca, Andrés Arteaga como auxiliar de Santiago, Tomislav Koljatic en Linares y Juan Barros hasta el mes pasado vicario General Castrense. Hoy Barros ha sido nombrado obispo de Osorno, lo que ha re-victimizado a tantos que sabemos todo el mal que han hecho estos obispos y conocemos su participación en los abusos de Karadima, lo que niegan hasta hoy».

Bergoglio, en su estúpida entrevista, habla de clericalismo, que ha sido una traba para el laicado, en América Latina; habla de las homilías, las cuales no se parecen a las de Lutero, ni tienen la exquisitez de las de los pentecostales, y que no acercan al pueblo, no mueven para las cosas sociales… Y son estas tres cosas: distancia, clericalismo y homilías aburridas, lo que hace que los católicos se vayan de la Iglesia. En esto, «los hermanos evangélicos trabajan bien».

Después, de hablar de sí mismo, inflándose en su falso ecumenismo: «en Argentina trabajábamos mucho juntos con los pastores. En Buenos Aires yo me reunía con un grupo de pastores amigos, y rezábamos juntos y organizamos tres retiros espirituales para pastores y para sacerdotes juntos. De varios días. Y venía, y predicaba o sacerdote católico y un pastor»… Después de entretener con sus palabras a todo el mundo, ¿cuál es su obra?

Poner un Obispo que le gusta el sexo con los jóvenes:

«Juan Barros se sentaba en la mesa al lado de Karadima y le ponía la cabeza en el hombro para que lo acariciase. Disimuladamente le daba besos. Más difícil y fuerte era cuando estábamos en la habitación de Karadima y Juan Barros, si no se estaba besando con Karadima, veía cuando a alguno de nosotros, los menores, éramos tocados por Karadima y nos hacía darle besos diciéndome: “Pon tu boca cerca de la mía y saca tu lengua”. Él sacaba la suya y nos besaba con su lengua. Juan Barros era testigo de todo esto y lo fue incontables veces, no solo conmigo sino con otros también».

Por sus obras deben conocer a Bergoglio. No por sus palabras.

Hombres como este Obispo deben estar excomulgados, fuera de la Iglesia, metidos en la cárcel:

«El abuso sexual de menores no es sólo un delito canónico, sino también un crimen perseguido por la autoridad civil. Si bien las relaciones con la autoridad civil difieran en los diversos países, es importante cooperar en el ámbito de las respectivas competencias. En particular, sin prejuicio del foro interno o sacramental, siempre se siguen las prescripciones de las leyes civiles en lo referente a remitir los delitos a las legítimas autoridades» (ver)

No sólo hay penas eclesiásticas para el sacerdote, como la dimisión del estado clerical, sino las que imponga la ley civil, que son de cárcel.

La respuesta del Vaticano a esta carta ha sido el completo silencio.

¿Qué van a decir?

Ante un Obispo querido por Bergoglio, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?

Sólo se juzga a los inocentes, pero no a los culpables. Esta es la política, ahora, en el Vaticano.

Predicar que los curas que son pederastas son motivo para cambiar estructuras. Se las cambia, pero se dejan en ellas a Obispos tan abominables como éste. Y nadie dice nada, porque hay que complacer al demente de Bergoglio. Bergoglio elige a su gente abominable para destrozar la Iglesia con palabras baratas y hermosas.

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