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Benedicto XVI: un Papa atacado por los Cardenales, Obispos y sacerdotes.


«Al emprender su ministerio, el Nuevo Papa sabe que su deber es hacer resplandecer ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia, sino la de Cristo» (Benedicto XVI, 19 de abril 2005 – Mensaje urbi et orbi).

Este fue el estilo del pontificado del Papa Benedicto XVI: que brille la doctrina de Cristo en el mundo y en la Iglesia. Él nunca quiso ser el protagonista, sino sólo el que señalaba a Cristo, que es el verdadero protagonista en la Iglesia.

Benedicto XVI siempre fue mirado con recelo y todo lo que hizo o dijo estaba mal. En su pontificado, no le dejaron pasar una. Él siempre siguió su visión teológica, su integridad en la fe católica. Y eso le hizo dar pasos “políticamente incorrectos”. Tuvo muchos ataques que venían del campo de los intereses políticos, que buscaban en él un punto débil.

Muchos ataques de los disidentes internos de la Iglesia, que no compartían sus posiciones en la liturgia, o sobre el diálogo interreligioso, o sobre el levantamiento de la excomunión a los obispos lefebvrianos.

Benedicto XVI siempre se posicionó en defensa de la vida, el no al control de la natalidad a través de métodos artificiales, el no a la experimentación con células estaminales embrionarias, temas que se oponen a intereses, no sólo políticos, sino financieros.

Pero quien más atacó al Papa fueron los hombres de Iglesia: teólogos, sacerdotes y laicos. Esos hombres que con la boca se dicen católicos pero que, en su interior, no tienen el Espíritu de la Iglesia, están cerrados a la verdad que viene del Espíritu:

«Quizá no había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada de este modo. A las persecuciones de tantos cristianos, literalmente crucificados en varias partes del mundo, a los múltiples intentos de desarraigar el cristianismo de las sociedades antaño cristianas con una violencia devastadora en el plano legislativo, educativo y de las costumbres que no puede encontrar explicaciones en el normal sentido común, se añade desde hace tiempo un encarnizamiento contra este Papa, cuya grandeza providencial está ante los ojos de todos. A estos ataques hacen tristemente eco cuantos no escuchan al Papa, también entre los eclesiásticos, profesores de teología en los seminarios, sacerdotes y laicos. Cuantos no acusan abiertamente al Pontífice, pero ponen en sordina sus enseñanzas, no leen los documentos de su magisterio, escriben y hablan sosteniendo exactamente lo contrario de cuanto él dice, dan vida a iniciativas pastorales y culturales, por ejemplo en el terreno de la bioética o del diálogo ecuménico, en abierta divergencia con cuanto él enseña. El fenómeno es muy grave en cuanto que también está muy difundido» (Monseñor Giampaolo Crepaldi, 20 de mayo del 2010).

No había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada por la misma Jerarquía, por los mismos que tienen la obligación de obedecer a un Papa. Esa Jerarquía ha resistido al Papa brutalmente, hasta hacerlo caer.

El fenómeno es muy grave y difundido. De tal manera, que estos hombres de Iglesia, que han acusado al Papa, que han puesto en sordina sus enseñanzas, que han enseñado lo contrario a su magisterio, son los que ahora tienen el poder, los que han puesto a su hombre, Bergoglio.

Ellos, los que gobiernan la Iglesia con un gobierno horizontal, fueron los antipapas en el Pontificado de Benedicto XVI:

Benedicto XVI «ha dado lecciones sobre el Vaticano II a las que muchísimos Cardenales católicos se oponen abiertamente, promoviendo formas de contra-formación y de sistemático magisterio paralelo guiados por muchos “antipapas”» (Ib).

Cardenales guiados por “antipapas”.

Muy grave lo que dice Monseñor Giampaolo: en el pontificado de Benedicto XVI muchos cardenales actuaron como antipapas, enseñando lo contrario al magisterio ordinario del Papa, con otro magisterio paralelo, en abierta rebeldía al Papa reinante.

No es de extrañar que esos Cardenales hayan sido el motivo principal en la renuncia del Papa Benedicto XVI. No se puede gobernar cuando nadie quiere obedecer. Esta es la clave de la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Si un Papa ve a sus Cardenales actuando como antipapas, guiados por el espíritu contrario a Pedro, entonces ¿qué tiene que hacer el Papa?

Fueron muchísimos Cardenales los que se opusieron abiertamente al Papa. No fueron unos cuantos. Eso da idea de la gravísima ruptura que había en la Curia. División que llevó, de manera inevitable, a la renuncia en el gobierno de la Iglesia. Renuncia aplaudida a rabiar por todos esos Cardenales que han hecho del Pontificado de Benedicto XVI un gran martirio espiritual.

No había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada por los Cardenales que habían elegido al Papa Benedicto XVI con el fin de anular su gobierno y de poner a otro. Una jugada maestra. Hacer que el gobierno central de la Iglesia no colabore con el Papa:

«En el pasado ha habido momentos de crisis, a veces incluso disputas furiosas entre los Cardenales, y más de un pontífice, refiriéndonos al siglo XX, en distintas ocasiones ha debido defenderse también de detractores dentro de la Iglesia. A menudo se han visto obispos contra obispos, con frecuencia ha habido discrepancias importantes también dentro de la Iglesia. Pero nunca se había llegado a la situación que vemos hoy…es suficiente seguir los asuntos eclesiásticos para darse cuenta de que, muchas veces, el que hace aguas es el gobierno central de la Iglesia, es la escasa disponibilidad de las personas que deberían ayudar al Papa a gobernar…Un Papa, como Benedicto XVI, que dice cosas enormes, como la referencia a la suciedad de la Iglesia y a la necesidad de que la Iglesia haga penitencia, no puede ser dejado a merced de ciertos ataques….» (Declaración de Benny Lai recogida en el libro “En defensa del Papa” – “Complots, Campañas mediáticas e incidentes de recorrido, pag 363).

Un Papa, como Benedicto XVI, que dice cosas enormes y lo dejaron solo en el gobierno de la Iglesia, le hicieron la vida imposible.

Cuando Benedicto XVI hablaba claramente de ciertos problemas, como la liturgia, la importancia de la relación entre fe y razón, los curas pedófilos, sin asumir actitudes demagógicas, sin tener miedo de hablar, la mayoría de los hombres de Iglesia, le hacían resistencia.

«No quiero criticar a las personas individuales, pero se ve claramente que este pontificado tiene un problema de governance, es un hecho objetivo, bajo los ojos de todos. Sería fácil decir que el cardenal Bertone no es un diplomático… demasiado fácil. El problema de fondo es que el Papa desde el inicio de su pontificado ha decidido dejar la governance técnica a algún otro, porque, para él, el buen gobierno es el que lo apuntala todo en la Santidad de la Iglesia, el resto lo seguirá. Bertone hace lo que puede». (Declaración de  Jean-Marie Guenois recogida en el libro “En defensa del Papa” – “Complots, Campañas mediáticas e incidentes de recorrido, pag 373).

Benedicto XVI no se dedicó a la diplomacia, sino a hablar claro a todo el mundo. Y esto supone atacar a todo el mundo. De ahí la resistencia de muchos hombres de la Iglesia a la palabra del Papa.

El buen gobierno es el que lo apuntala todo hacia la Santidad: hay que hablar de santidad, hay que gobernar la Iglesia en la santidad de la gracia, porque esa es la misión de toda la Iglesia, esa es la misión de todo sacerdote: salvar y santificar las almas.

Los que eligieron al Papa Benedicto XVI resistieron a este gobierno en que todo estaba fijado en buscar aquello que nadie quería para la Iglesia: la santidad. No querían una cabeza que les enseñara esto. Querían otra cabeza, una cabeza que estructurara la curia para poner los ideales de una nueva teología que haga reformar la Iglesia de pies a cabeza.

Lo único que no perdonan a Ratzinger es haber sido elegido Papa para seguir en lo mismo.

Benedicto XVI «ha dado lecciones sobre los “valores no negociables”, que muchísimos católicos minimizan o reinterpretan, y esto ocurre también por parte de teólogos y comentaristas famosos cobijados en la prensa católica, además de en la laica; ha dado lecciones sobre la primacía de la fe apostólica en la lectura sapiencial de los acontecimientos y muchísimos siguen hablando de primacía de la situación, o de la praxis o de los datos de las ciencia humanas; ha dado lecciones sobre la conciencia o sobre la dictadura del relativismo, pero muchísimos anteponen la democracia o la constitución al Evangelio»  (Monseñor Giampaolo Crepaldi, 20 de mayo del 2010).

Benedicto XVI ha dado lecciones a todo el mundo como Papa. Esto es lo que nadie le perdona. Por eso, ahora todos están contentos con Bergoglio: él no da lecciones como Papa, sino como un hombre lleno de mundo, de profanidad, de vulgaridad.

Benedicto XVI ha hablado como Papa, es decir, ha hecho «resplandecer ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia, sino la de Cristo». Y nadie lo ha escuchado. Y si se cierran los oídos a la voz del Papa, el alma se cierra a Cristo en la Iglesia. Si no se comulga con el Papa, tampoco se puede comulgar con Cristo. Y aparece la apostasía de la fe: todos se apartan de la verdad para comulgar con un hombre lleno de herejías, de mentiras. Y todos quieren la herejía para la Iglesia.

«El hablar del Papa es claro, sencillo y apropiado, su decir “al pan, pan y al vino, vino”, delante de cualquiera y en cualquier circunstancia, choca con muchas personas… Nada es superficial, nada en la doctrina ni en la fe que el Papa está volviendo a proponer en su verdad y en su entusiasta praxis, ni en el análisis ni en las vías de escape de la crisis moral y social en las que se debate el planeta. Nadie puede imaginar que los ataques de estos años, desde las críticas inventadas en Regensburg, sean fruto de circunstancias casuales. La pareja de hierro, Wojtyla-Ratzinger, ha gobernado y colaborado durante varias décadas, volviendo a proponer la belleza de la fe, combatiendo las heréticas interpretaciones posconciliares, reordenando muchos aspectos de la vida religiosa y curial, actualizando la doctrina social de la Iglesia y entusiasmando a centenares de millones de hombres y mujeres de todo el mundo. Esto ha producido enemigos, enemigos en aquellos que se lucraban con la ideología consumista, proponían al hombre sólo el modelo libertario y utilitarista, apostaban por vetustas ideas maltusianas y eugenésicas» (Luca Volonté – Investigación sobre la pedofilia en la Iglesia, 2010).

Benedicto XVI ha chocado con muchos Cardenales, muchos Obispos, muchos sacerdotes, muchos laicos porque ninguno de ellos quería el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Por eso, los ataques al Papa no fueron circunstancias casuales. Muchos católicos han querido su revolución en la Iglesia, el lío que ha iniciado Bergoglio. Si Bergoglio hace lo que le da la gana, entonces los Cardenales, los Obispos, los sacerdotes y los fieles hacen lo que les da la gana en la Iglesia. Este es el lío de Bergoglio. Este es el teatro montado con Bergoglio.

Y ahora todos hacen sus apuestas con qué pasará en el Sínodo. Ahora, todos ocultan la verdad de lo que pasa en la Iglesia porque les interesa promover esta situación, no sólo de herejía, sino de claro cisma en la Iglesia.

Bergoglio no propone la belleza de la fe, no combate las herejías, no le interesa ni la vida religiosa ni la vida curial, ha echado por tierra toda la doctrina social de la Iglesia con la fábula de su ecología modernista, y sólo habla a los hombres y a las mujeres para que sigan viviendo su vida en la obra de sus pecados.

¿Quién resiste a Bergoglio? Nadie en la Iglesia. Todos se dicen católicos, pero los fieles que siguen de verdad los preceptos de la Iglesia son una pequeña minoría. Y ese remanente es el que resiste a Bergoglio. Los demás, que es la mayoría de los Cardenales, Obispos, sacerdotes y fieles, tienen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, pero no creen en él. Si creyeran resistirían a Bergoglio y le harían, no ya la vida imposible, sino que lo hubieran sacado de la Iglesia con una excomunión oficial.

Se ha atacado abiertamente a Benedicto XVI. Han montado toda una estrategia con la única intención instrumental de liquidar a Benedicto XVI. Le han obligado a renunciar.

Y esto supone decir que la figura del Papa es el problema en la Iglesia, no la solución. Y, por eso, han puesto a un hombre que ha destruido el Papado, la figura del Papa en la Iglesia. Ahí lo tienen en Bergoglio: no es un Papa. No habla como Papa, no obra como Papa, no busca los intereses de Cristo en la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo en la Iglesia. Él es el único protagonista en la Iglesia. Bergoglio es sólo un diplomático, como todos los políticos, que quiere quedar bien con todo el mundo, menos con los católicos verdaderos. Benedicto XVI quiso quedar bien con la Iglesia católica, quedando mal con todos los demás que no lo amaban como papa.

Muchos católicos siguen en la miopía con respecto a Bergoglio. Y son los que defienden que Bergoglio es la solución a todos los problemas. Que ese hombre, que ha destruido lo que es un Papa en la Iglesia, tiene la llave para reformar toda la Iglesia. En esta miopía viven ilustrísimos católicos, que ven la herejía de Bergoglio y caen en el pecado de llamarlo “santo padre”.

Si ha existido esa estrategia en contra del Papa Benedicto XVI para colocar a un impostor en el Papado, es que lo que está en curso es un atentado contra toda la credibilidad global de la Iglesia. No sólo han querido imponer un hombre para un nuevo papado; sino que quieren imponer una doctrina para una nueva iglesia. Quieren levantar la iglesia en la que todo el mundo crea.

Es lo que la gente no quiere enterarse. Muchos pronostican qué pasará en el Sínodo y ponen en Bergoglio un poder que no tiene. Y se ciegan diciendo que con esa autoridad, divina para ellos, se va a reformar la Iglesia hacia lo que Dios quiere. Y no caen en la cuenta que la verdad no puede destrozar la misma verdad.

El que está en la verdad permanece en ella, no cambia los dogmas, las tradiciones, los ritos, sino que profundiza en la misma verdad para sacar nuevos conocimientos que no supone la destrucción de lo que se tenía.

El que está en la verdad no edifica un Sínodo para aprobar la comunión a los malcasados, para que los homosexuales tengan cabida en el actuar de la Iglesia, para que se mire con bondad a los herejes y a los cismáticos.

Al poner muchos en Bergoglio el poder divino, se vuelven ciegos en sus discursos. El poder de Dios no es para destrozar lo que Dios ha levantado durante siglos en la Iglesia. Luego, el Sínodo no es la obra de Dios, sino la obra de los hombres. Y allí estarán bajo una cabeza de herejía, un heresiarca, que sólo tiene un poder humano. Y gobierna la Iglesia con ese poder humano. Y de ese Sínodo saldrá la nueva iglesia, que será herética por los cuatros costados, que es la falsa iglesia que necesita el Anticristo para implantar su gobierno mundial.

Y la Iglesia, después del Sínodo, no se vuelve herética, no cae en herejía. Porque la Iglesia en Pedro, no está en Bergoglio, sino en el Papa Benedicto XVI. Nunca la Iglesia cae en herejía. Son los hombres de Iglesia los que han puesto a un hombre de herejía para levantar una nueva iglesia. Y esa nueva iglesia, comandada por un falso papa, es la iglesia de la herejía. Una secta más, pero llamada por la palabra oficial de la Jerarquía como iglesia católica, falsa iglesia católica.

Esto es lo que muchos ilustrísimos católicos no acaban de entender ni quieren entenderlo. Se mueven en la palabra oficial de la Jerarquía. Y sólo creen en esa palabra de los hombres. Han perdido la fe en la Palabra de Dios. Ni saben lo que es creer ni les importa la fe en Cristo ni en Su Iglesia, porque han unido fe y razón. La fe, para ellos, es la síntesis de todo lo que la razón puede abarcar. Ya no es un don divino, ni puede serlo, porque mucha Jerarquía son sólo hombres ateos.

Necesitan poner un falso papa que enseñe una nueva teología, en la que se abatirá para siempre los dogmas, los ritos, las leyes religiosas y clericales. Sólo va a quedar la fe en Jesucristo y cada uno puede entenderla a su manera.

Necesitan un falso papa que ofrezca un nuevo concepto de Dios como energía que se propaga continuamente en todo el universo, que lo hace expandir, que está en todas las cosas: en el reino vegetal, en el reino animal, en el átomo más pequeño hasta la galaxia más grande.

Necesitan un falso papa que proclame que todas las cosas en el Universo tienen inteligencia. Y que esas inteligencias se han encarnado durante toda la historia en los hombres.

Que diga que el Universo entero es el cielo de lo creado, que el infierno es sólo aquello que el hombre piensa y elige negativamente en su vida, y que el purgatorio no es más que la purificación de los efectos que las obras de los hombres producen. Es sólo un período tiempo en que se van curando las heridas.

Que diga que el hombre está en evolución y, por eso, la reencarnación es necesaria para la vida. Que la muerte no existe, sino que la vida es eterna a través de reencarnaciones.

Que todos somos hermanos y hermanas. Y, por lo tanto, todos somos hijos de Dios. Y hay que buscar un acuerdo de fraternidad con todos los hombres, para instaurar  una super-civilización sin trabas, sin exclusiones, sin crisis. Y, por lo tanto, se necesita una iglesia en la que Jesús, Krishna, Buda, Mahoma, Lutero, etc… sean uno, con un mismo mensaje, que recoja todas las verdades relativas y las presenten como una verdad absoluta.

El Sínodo es el inicio para levantar esta nueva iglesia. Y lo harán con el poder humano que tiene Bergoglio. Y, por eso, no hay que esperar al Sínodo para estar en la Iglesia de Cristo. No hay que rezar por el Sínodo para que todo salga bien. Esta es la ceguera de muchos ilustrísimos católicos, ciegos a la verdad, que sólo quieren ver lo que su mente quiere encontrar.

Tienen miedo de hablar claro, de dar el mensaje que el Papa Benedicto XVI se propuso desde el inicio de su pontificado.

La Jerarquía de la Iglesia ha olvidado que «la Iglesia no es nuestra Iglesia, sino su Iglesia, la Iglesia de Dios. El siervo debe rendir cuentas de cómo ha gestionado el bien que le ha sido confiado. No atamos a los hombres a nosotros, no buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Conducimos a los hombres hacia Jesucristo y, así, hacia el Dios viviente» (Benedicto XVI, 12 de septiembre 2009).

El sacerdocio no es un dominio, sin un  servicio en la verdad de la Palabra de Dios.

Con Bergoglio, el sacerdocio se ha convertido en servir al pueblo que manda. Servir los intereses de los hombres, anulando la misma Iglesia de Cristo.

Con Bergoglio, la Jerarquía conduce a los hombres a la comunión con el mundo, a estar en el juego del demonio, a obrar lo que los hombres quieren en sus vidas. Presentan un Jesucristo que no existe en la realidad. Presentan un Dios misericordioso que es una fábula de la mente del hombre. Hacen que los fieles de la Iglesia vivan en la memez de sus pensamientos y de sus obras humanas. Son bastardos que crían bastardos.

«A menudo nos preocupamos afanosamente de las consecuencias sociales, culturales, políticas de la fe, dando por descontado que esta fe es, que por desgracia es, cada vez menos realista. Se ha puesto quizá demasiada confianza en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y de funciones; pero ¿qué ocurrirá si la sal se vuelve insípida?» (Benedicto XVI – 11 de mayo 2010).

¿Qué ocurrirá en el Sínodo si los Cardenales, los Obispos y los sacerdotes ya no son sal de la tierra, ya no viven para la vocación a la que han sido llamados? Sólo van a levantar una nueva iglesia porque están preocupados sólo de agraciar al mundo.

Todos han puesto su confianza en la estructura de un Sínodo para cargarse la Iglesia: para oscurecer la verdad y que sólo brille la luz de las tinieblas. Por eso, después del Sínodo la Jerarquía tendrá que sufrir la mayor abominación. Y la querrán y la buscarán. Y morirán en ese sufrimiento creyendo que es para el bien de la Iglesia.

Está tan cegada toda la Jerarquía que actualmente se cree santa siguiendo la mente de un hereje.

Están tan idiotizados por las palabras babosas de su hombre, que no caen en la cuenta que sin sacrificar la propia vida por la verdad inmutable, cualquier otro sacrificio no tiene ningún valor.

«No vengo a imponer la fe, sino a instar el valor por la verdad» (Benedicto XVI – Enero 2008 en la Universidad La Sapienza de Roma).

Este es el resumen del pontificado de un Papa elegido por el Espíritu Santo para gobernar una Iglesia cerrada a la verdad.

Un Pontífice para el tiempo más extraño de la Iglesia: el tiempo en que un falso papa tiene que levantar una falsa iglesia, apoyada sólo en la mentira y en el ataque sin piedad a toda la Iglesia Católica.

Un falso papa que quiere imponer su mentira en el Sínodo. Y muchos lo seguirán porque han resistido, hasta morir, al Papa Benedicto XVI. Y ahora sólo lo tienen como una estatua, que ni siquiera le quitan el polvo.

Han destrozado la cabeza de la Iglesia, anulando al Papa. Pero necesitan levantar una nueva estructura de iglesia. Y son necesarias personas inteligentes para ello. Personas que vivan para la perversidad de sus mentes. Personas que no les importe la Iglesia como tal, sino el negocio que en la Iglesia se lleva a cabo.

Muy pocos han captado la gran crisis de la Iglesia. Y se hacen ilusiones con el Sínodo. ¡Cuánta cháchara se publica por internet! ¡Y cuántos pierden el tiempo creyendo y dando mente a  esas chácharas!

El valor de la verdad nadie lo quiere escuchar ni obrar. Todos van hacia el valor de la mentira para construir una iglesia de mentira.

¡Qué les aproveche su gran necedad para su condenación en vida!

 

Bergoglio: parte integrante del plan global


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«En la búsqueda de un nuevo enemigo que nos una, se nos ocurrió la idea de la contaminación, la amenaza del calentamiento global, la escasez de agua, el hambre y similares cosas que encajen con el proyecto» (“La primera revolución Global”, un informe del Consejo del Club de Roma por Alexander King y Bertrand Schneider, 1991).

Se nos ocurrió la idea: y montaron todo un negocio con el calentamiento global. Una mentira científica que da millones a la élite luciferina, que es la que rige el mundo en todos los ámbitos.

Bergoglio ha escrito la fábula de su laudato si sobre esta mentira y eso le trae millones.

De él, han dicho que «es el hombre más peligroso del planeta», que «va a crear un cisma en la Iglesia», que es un «lobo, una persona mala» (verver)

Esto lo dice gente no religiosa, pero que sabe de política. Y Bergoglio es un hombre de política que no sabe lo que está diciendo. Un mal político, que se mete en asuntos que no son de su incumbencia, que se enfrenta a todos los capitalistas del mundo para poner su comunismo como salvador de la economía y de la política mundial.

Un gran batacazo ha sido esta falsa encíclica para Bergoglio. Y ahora es necesario auparle, mandando a toda la Jerarquía que diga en sus misas que esta fábula hay que leerla y regalarla a toda la familia.

Tienen que hacer algo para levantar a Bergoglio de donde ha caído.

Están en el proyecto de una nueva humanidad, renovando así el pecado original de Adán.

Se tienen que inventar un gigante como enemigo de la humanidad. Y hay que fabricar un quijote, una nueva humanidad, para que luche contra ese gigante.

Un enemigo que no existe: el calentamiento global. Es un molino de viento, pero lo presentan como un gigante a destronar. Porque lo que importa, para crear esa humanidad, es algo que una a la humanidad, algo por lo cual la humanidad luche globalmente.

Bergoglio es parte integrante del plan global que tiene por objetivo la instauración de una Única Religión Mundial que apoye al Único Gobierno Mundial.

Bergoglio y la élite luciferina son una misma cosa.

La élite luciferina es esa élite de elegidos que quieren gobernar un mundo dividido en 24 regiones, con su propia moneda, leyes y fuerza policial (Cf. Gerald and Patricia Mische, Toward A Human World Order: Beyond the National Security Straitjacket (New York: Paulist Press, 1977)).

Es una élite que se cree que es las más avanzada forma de humanidad: una raza inteligente, civilizada, solidaria, competente, que se sabe controlar a sí misma con el fin de ejercer el  dominio sobre los demás. Se creen superiores a todos los hombres. Se creen con derecho a cambiar el mundo sólo por lo que ellos piensan.

Ya no se habla de la capacidad individual de cada persona, ni de su libertad, ni de su conciencia individual, ni de una conversión personal:

«… no basta que cada uno sea mejor para resolver una situación tan compleja como la que afronta el mundo actual» (LS – n. 219): no quieren santos para resolver los problemas del mundo. No quieren hombres que sigan los mandamientos de Dios. No quieren una humanidad que se someta a la Voluntad de Dios, sino una humanidad que se someta la voluntad de unos pocos hombres.

Es todo tan complejo «que no hay forma de satisfacerlas con las posibilidades de la iniciativa individual y de la unión de particulares formados en el individualismo» (Ib.). No quieren hombres que piensen, que se rijan por sus ideas particulares, que sean individuos responsables de sus vidas. Las empresas familiares ya no salvan al planeta. Lo que tú piensas, lo que tú obres, tu trabajo, no vale para salvar el mundo. Es el pensamiento global la solución a la situación tan compleja que afronta el mundo actual.

Quieren hombres veletas del pensamiento y del lenguaje humano, que obedezcan ciegamente lo que esa élite proponga con su vacía inteligencia humana; que no piensen, que no decidan, que no obren libremente. Quieren esclavos a una idea global. Esclavos a una mentira. Y que es mentira sea llamada como verdad a obedecer ciegamente. Quieren hombres a los cuales se les pueda lavar el cerebro, que se dejen manejar por las inteligencias de unos pocos maestros iluminados.

Por eso, hay que convertir a los hombres a la idea ecológica, hay que predicar una conversión comunitaria, global:

«La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria» (LS – n. 219)

Cambio duradero: van buscando un gobierno mundial, una estructura mundial, y que dure siempre. No van buscando cualquier filosofía de vida. No buscan una teoría. Ya no valen las ideas filosóficas del gobierno mundial. Buscan un proyecto demoníaco: el mismo que tenía Satanás en el Paraíso y que siguió Adán.

Siempre el hombre cae en la misma piedra.

Hablan de conversión ecológica, comunitaria, porque ya no existe el pecado como ofensa a Dios, sino que sólo se da el pecado como ofensa a la inteligencia de esa élite, el pecado como ofensa a la creación.

Esa élite luciferina se ha inventado los problemas del mundo durante milenios. Y ahora quieren un cambio radical en el modo de vivir de todos los hombres. Quieren implantar un gobierno mundial y que sea para siempre, que sea eterno. Un gobierno mundial para crear la humanidad que ellos quieren. Una humanidad que dé culto a la tierra, que cuide la tierra.

Para esto, necesitan una conversión comunitaria de toda la humanidad a la idea del  gobierno mundial. El hombre tiene que dejar su mentalidad de convertirse a Dios. Está en juego la salud de la madre tierra. El hombre tiene que pensar en la ecología, no en su vida espiritual, no en su vida humana, no en sus problemas personales.

Necesitan que el hombre acepte ese cambio, que es para siempre. Y, porque conocen la rebeldía de los pueblos, entonces a base de guerras, de crisis económicas, de enfermedades que no se curan, de virus para matar a los hombres que no acepten ese cambio, van a imponer a los que sobrevivan esa estructura mundial.

Este proyecto del gobierno mundial viene con sangre, con persecuciones. No se instala porque unos piensen que es una cosa muy buena. Se impone a todo el mundo. Y lo que es imposición es siempre del demonio.

Quieren dominar el planeta: para eso tienen que dominar a los hombres, a sus inteligencias humanas, a sus voluntades.

Ellos no buscan la idea en los hombres, la filosofía, la teología, sino el sometimiento de los hombres a su idea global. No buscan, en el diálogo, crear una filosofía del gobierno mundial. Buscan someter las inteligencias de todos los hombres a la ley de su pensamiento gradual, que es una clara tiranía, que lleva a un feudalismo salvaje.

Tres cosas son la clave del nuevo gobierno mundial: evolución de la mente, la conciencia de Dios y la autoridad mundial (fuera patriotismo).

Se predica la evolución de la mente humana: el hombre tiene que llegar a la idea global: «la realidad es más importante que la idea» (EG – n. 231). Hay que llegar a esa realidad, que es una perfección en la mente del hombre, algo no real, que es más importante que la idea dogmática, que el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Se va en la búsqueda de la realidad de la existencia humana: es lo que el hombre vive y cómo lo vive; es lo que el hombre piensa y cómo lo piensa; es lo que el hombre obra y cómo lo obra.

Esa realidad, esa existencia humana, es más importante que las diversas ideas. Es el hombre que se pone por encima de la misma Verdad. El hombre se hace verdad para sí mismo, es decir una abominación.

Para esta élite, la mente del hombre tiene poder para sintetizar la religión, la filosofía, la ciencia, la psicología. Sintetizar.

Evangelizar la síntesis, no la Palabra de Dios, no la Verdad Absoluta:

«El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón» (EG – n. 143). Donde está tu mentira, tu verdad relativa, tu síntesis, allí está tu corazón cerrado a la verdad, alejado de Dios, viviendo la estupidez de tu loco pensamiento.

Evangelizar la síntesis, no las ideas, no los dogmas. No hay que dar en la Iglesia el magisterio auténtico e infalible. Hay que meterles a todos la doctrina de los masones, de los protestantes, de la teología de la liberación. Hay que lavarles el cerebro a toda la masa idiota de católicos.  Y lo tiene que hacer la Jerarquía encargada de esa masa. Esa masa obedece sólo a la Jerarquía.

Es la única manera de llegar a una unidad entre todos los hombres, que piensan la vida de forma diferente, diversa. Ya no interesa la verdad absoluta que lleva a excluir a aquellos que no se someten a la verdad divina. Sólo interesa el puro relativismo, la pura mentira, que conduce a aunar a los hombres, no en una idea, sino en una realidad existencial.

Es la fe en desarrollo, buscando una perfección que sólo se da en la unión de las mentes de los hombres, aceptando las ideas, la vida, las obras del otro. Es el vive tu mentira y deja al otro vivir su mentira. Vive tu existencia como quieras y deja que el otro viva su existencia como le parezca.

De esta manera, se destruye la fe católica y aparece la fe cultural, la fe construida en la aceptación de todas las culturas, de todas las ideas, la fe con la capacidad «de crear nuevas síntesis culturales» (EG – n. 211), una fe inculturacionada, o la fraternidad de fes. O también llamada la fraternidad universal.

Es la «evangelización entendida como inculturación» (EG – n. 122): hacer una síntesis entre fe y culturas, evolucionar el dogma hacia las nuevas ideas que la gente vive en sus culturas.

De esta manera, se llega a la perfección de un conocimiento humano, a reconciliar todas las religiones bajo un sistema de ideas relativas, sometidas a la ley de la gradualidad, subyugadas en la perfección de una inteligencia humana.

Esa síntesis es la idea global, la conciencia global, «es la realidad que es superior a la idea» (EG – n. 231).

Ya no es tu idea lo que importa en tu vida: es la conciencia global, la idea global, la realidad de un mundo unificado en la mayor tiranía posible. Un mundo en que será imposible vivir naturalmente, porque todo estará controlado por la razón del hombre. Habrá policías para todo. Nadie podrá buscar un bien privado, para sí mismo. Quien lo busque, tendrá que morir, porque no servirá para esa realidad que supera toda idea.

La evolución de la mente humana lleva al hombre a dos cosas: al panteísmo y al panenteísmo.

Para conseguir esta realidad hay que poner por obra la idea panteísta de que todos somos uno con todo, incluyendo la naturaleza. Y la idea panenteísta de que todo está en Dios.

«El universo se desarrolla en Dios» (LS – n. 233): todo el universo está evolucionando en su conciencia divina. Esto es lo que significa esta frase. Hay que elevar la materia a la divinidad; hay que hacer del hombre un dios; hay que dar a cada parte de la naturaleza la posibilidad de ser dios.

Todo está en evolución, en desarrollo: el Universo tiende a ser el mismo Dios. Va creciendo en Dios, va tomando conciencia de que es Dios. Hay que darle al Universo un cerebro y un corazón.

«Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre» (LS – n. 233). Hay mística en todo el universo. Hay conocimiento divino en una hoja, en una piedra, en el mar, en las aves. Hay una conciencia global en todos los seres del planeta. Este es el panteísmo y el panenteísmo de Bergoglio. Todo es Dios; todo está en Dios. Todo permanece en Dios. Todo es un misterio divino, algo sagrado, un sacramento. El  mundo es un sacramento:

«Los cristianos estamos llamados a aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global» (LS – n. 9). El mundo es un sacramento, es algo sagrado, algo divino. Todo es dios; todo está en dios. Aceptar el mundo como sacramento, como divino, como sagrado, como misterio de comunión: «… formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS – n. 221).

Somos interdependientes o estamos interrelacionados, viviendo en ciudades que son globales, que son planetarias, que son para todos. Con problemas que son de todos. No hay problemas particulares; no hay soluciones particulares. Porque todo es común, global, universal.

Se va a obligar al hombre a obrar como miembro de una comunidad mundial, pendiente de los demás, incluso de la naturaleza.

Hay que amar a los gatos, a las aves, al sol, al agua porque somos uno con ellos, estamos conectados: «Todo está conectado» (LS – n. 117).

«Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz» (ib.). Cristo habita en lo íntimo de cada ser: panteísmo puro.

Sólo el hombre tiene a Dios en su interior, porque ha sido creado a imagen y semejanza con Dios. Las demás criaturas «son sombras, resonancias y pintura de Aquel primer Principio poderosísimo, sapientísimo y óptimo, de Aquel origen, luz y plenitud eterna, y de aquella arte eficiente, ejemplante y ordenante» (San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios, c. 2, n. 11).

Es decir, en las demás criaturas no habita Cristo: «… son, en una palabra, ejemplares o, por mejor decir, copias propuestas a las almas todavía rudas y materiales, para que de las cosas sensibles que ven se trasladen a las cosas inteligibles como del signo a lo significado» (Ib).

Es la gran blasfemia de Bergoglio: a escala global, todos somos dioses, todo está divinizado, todos tenemos una conciencia de ser dios, porque Jesús ha metido en el Universo un germen de transformación definitiva:

«… todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva» (Ls – n. 235). La planta, el animal, la roca, la tierra, etc…  no tienen sentido en sí mismos, sino en el Verbo Encarnado, el cual ha metido en su persona parte del universo. Mayor blasfemia no se puede decir en tan pocas palabras. Es la conciencia de Dios que está en el Universo lo que dice aquí Bergoglio.

Esta es la realidad que está por encima de toda idea. Una realidad monstruosa que tiene la raíz panteísta inscrita en lo más íntimo de su ser. Todos somos dioses. Todos estamos en Dios. Dios vive en cada partícula del Universo.

Esta élite luciferina lleva a la humanidad hacia este panteísmo: se va en busca de la conciencia de Dios. Es decir, la divinidad es para todos, incluso para la misma naturaleza material. Esto significa inventarse para el universo, para la tierra, una conciencia, un cerebro, una voluntad que no pueden tener.

Hay que elevar toda la materia, toda la creación, a la divinidad, a la realidad de que es divina por sí misma. Hay que crear una familia humana divina, sagrada:

«…todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde» (LS – n. 89).

Somos una familia universal, una nueva especie creada por la mente del hombre que no existe en la realidad: la roca, el mar, el fuego, la planta, el animal, el hombre…Esta es la fábula que vende Bergoglio en su falsa encíclica.

Existe una unión invisible con todos las criaturas, la cual produce una familia universal, una comunión tan sublime que la gente se queda con la boca abierta de comprender que amando a una roca, a un gato, el hombre adquiere su sentido en la vida.

A esta estupidez llega Bergoglio, que pertenece a esta élite de personas super- inteligentes, que no tiene nada más que hacer en la vida sino inventarse un cuento de hadas para recoger dinero para sus malditos pobres del comunismo.

Bergoglio llora por la extinción de las especies, llora por la creación material:

«… la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación» (LS – n. 89; EG – n. 215). Si el sol quema de más, entonces en este sujeto aparece una enfermedad que le quita la vida. Si se talan árboles, entonces en este super-idiota, se da un grito de angustia y de lamento porque sufre una mutilación: le han arrancado de su vida algo tan íntimo cuando talaron ese árbol.

A esta brutalidad, a esta estupidez, a esta locura, llega este hombre al cual la masa de idiotas católicos llama papa.

Hay que buscar la unidad de toda la existencia humana: los hombres, porque existen (no porque son), tienen que estar unidos:

«Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras política o sociales que nos permitan aislarnos…» (LS – n. 52).

Fortalecer algo que no existe en la realidad: la conciencia de que somos una sola familia humana. Esta idea es herética, va en contra del dogma del pecado original.

El hombre se dividió en el Paraíso, cuando Adán pecó. Y unos son hijos de Dios, y otros son hijos de los hombres. No hay una sola familia humana. Hay un solo pecado original, que viene de un solo hombre: Adán.

El hombre es lo que es, es como ha sido creado por Dios: una persona para un fin divino. Una persona con una vida privada. Una persona con una responsabilidad por sus actos. Una persona que es para los demás, no que existe para los demás.

El hombre no ha sido creado para ser familia, para estar en una familia, sino para obrar la familia de Dios. Adán se negó a dar a Dios los hijos que Dios le pedía. Su pecado dividió a todo el género humano:

«El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios, de los cuales el uno combate sin descanso por la verdad y la virtud, y el otro lucha por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El primer campo es el reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo…. El otro campo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos lo que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer a la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo contra Dios. …Durante todos los siglos han estado luchando entre sí con diversas armas y múltiples tácticas, aunque no siempre con el mismo ímpetu y ardor. En nuestros días, todos los que favorecen el campo peor parecen conspirar a una y pelear con la mayor vehemencia bajo la guía y con el auxilio de la masonería, sociedad extensamente dilatada y firmemente constituida por todas partes. No disimulan ya sus propósitos. Se levantan con suma audacia contra la majestad de Dios. Maquinan abiertamente la ruina de la santa Iglesia con el propósito de despojar enteramente, si pudiesen, a los pueblos cristianos de los beneficios que les ganó Jesucristo nuestro Salvador» (Humanun Genus, n. 1).

El género humano quedó dividido en dos campos contrarios: no somos una sola familia. Está la familia de Dios; está la familia del demonio. Y cada hombre tiene que elegir su familia. Cada hombre es libre para ser hijos de Dios o ser hijo de los hombres.

No somos una sola familia.

Somos personas humanas, individuales, singulares, intangibles, incomunicables. Luego, hay fronteras, hay barreras políticas, sociales. El hombre depende absolutamente de Dios. Por eso, vive para lo que Dios lo ha creado. Y su vida es siempre una elección: o Dios o el demonio. Y, por eso, hay que poner fronteras entre los hombres, hay que poner división, espada; hay que delimitar los campos. No todos quieren a Dios; muchos prefieren el campo del demonio.

No existe la conciencia de que somos una sola familia humana. Cada persona humana tiene su conciencia individual, intangible, incomunicable. Y cada persona elige a quien quiere servir en la vida.

Los hombres se inventan una conciencia global porque viven en el panteísmo de su razón humana: en la mente de esa élite todas las ideas de los hombres son una sola cosa, se aúnan en una sola realidad, porque el hombre es un dios sobre la tierra. Y hay que buscar la humanidad que quiera esta realidad, este idealismo puro, que no se detenga en las diversas ideas, que es lo que divide a los hombres.

«… lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento» (EG n- 232). Lo que atrae a la gente es esa realidad que la mente del hombre descubre. Se acabó la fe que ilumina la razón. Se acabó la vocación divina.

Es la realidad que la mente ilumina, que la mente del hombre esclarece. Una realidad mental, no real. Una realidad inventada por la mente del hombre porque no se apoya en la realidad del ser de Dios, en la ley de Dios, en la Autoridad divina. Sólo se apoya en sí misma. Todo está iluminado por el razonamiento: el culto a la mente del hombre. Racionalismo salvaje.

Es necesario meter en los hombres la idea que les «obligue a pensar en un solo mundo, en un proyecto común» (LS – n. 164), de tener «la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS – n. 220).

Ellos buscan su nueva humanidad: hombres inteligentes que no vivan para procrear, sino para ejercer el dominio de su inteligencia sobre los demás.

Buscan maestros que iluminen a los hombres con la luz de la inteligencia racional. Buscan una conciencia de lo absoluto, una conciencia total de Dios, un conocimiento de la divinidad que está escondido a la mayoría de los hombres, porque sólo viven para alimentarse y procrear la raza humana, pero que sólo está abierto para los seres inteligentes que ponen la fe en la auto-perfección de la inteligencia y de la voluntad humanas.

Para esta élite, el hombre es hombre porque existe, no porque es.

Para Bergoglio el hombre no significa nada, no tiene esencia, no tiene valor en sí mismo. Por eso, él dice que el alma se aniquila una vez muere el hombre.

Y como el hombre sólo tiene valor en su existencia, no en su esencia, entonces hay que buscar una humanidad con una sola alma, con una sola mente para todos los hombres, sin dejar lugar para la responsabilidad personal, sin derecho a la propiedad privada, sin dar importancia a la persona humana. Sólo fijos en lo común de la naturaleza humana. Somos humanidad. Eso basta para ser hombres. Pensemos en el bien común, en la idea común, en la mente común, en la voluntad común. Busquemos la realidad que supere toda idea.

Esto se llama la herejía del monopsiquismo: una sola psique, una sola razón, una conciencia común, que está en todos los hombres:

«Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos» (LS – n. 202).

La conciencia de un origen común. Pero, ¿no es acaso Dios el origen común de todo hombre? No. El origen común no es Dios, sino la humanidad.

Una humanidad a la que todos pertenecemos. Con un futuro que es común. Nada es personal. No se vive para una vocación particular, divina, sino que se vive para un pensamiento global, universal, una vida para todos. Una vida esclavizada a lo que una élite de superdotados piensa.

La persona desaparece para dar lugar a la masa de gente. Gente que sólo tiene una idea en su cabeza: obedecer lo que digan los hombres. Aceptar, sin rechistar, lo que la élite de los elegidos proponga.

Para conseguir este absurdo mental, es necesario que los hombres acepten todas las ideas relativas, sin juzgar ni condenar a nadie por lo que piense. Esta es la diversidad que predica Bergoglio. Es el afán de su diálogo, que no se apoya en la verdad absoluta, sino sólo en el juego de la razón humana, del lenguaje humano.

Bergoglio va buscando esa humanidad unificada en la conciencia global, en la mentalidad de un mundo unificado:

«…un evangelizador se ha liberado de la conciencia aislada…» (EG – n.282).  El evangelizador está en diálogo con el mundo, con la mente de los hombres. Está en la conciencia global. Se liberó de la conciencia asilada. Y entonces, tiene que vivir para un bien común, no para el bien privado, no para su persona, no encerrado en los límites de su propio lenguaje, no aislado en su propio saber:

«Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos. Si no lo hacemos, cargamos sobre la conciencia el peso de negar la existencia de los otros» (LS – n. 95). No puedes tener tu propiedad privada que, por ley natural, por creación divina, tiene derecho todo hombre. Lo tuyo no lo puedes administrar para ti, sino para los demás.

En la nueva humanidad que quieren crear sólo existe la conciencia global: si no vives para dar al otro el bien que merece, entonces niegas la existencia del otro. Gran blasfemia. No quieren hombres que se aíslen en sus pensamientos y que absoluticen su propio saber. Por eso, tienen que enfrentarse a toda la Iglesia Católica, a 20 siglos de dogmas y de magisterio auténtico e infalible. Tienen que derribar la Iglesia Católica.

Sólo quieren algo abominable, que es la consecuencia de su pecado.

«La corrupción de lo mejor es la peor de todas»: la autoridad mundial es la consecuencia de la corrupción de toda la Jerarquía de la Iglesia.

No se puede llegar a un gobierno mundial si la Jerarquía no ha sido capaz de traicionar la vocación divina a la que ha sido llamada en la Iglesia.

Es así que toda la Jerarquía de la Iglesia quiere obedecer la mente de un hereje y ponerla por obra.

Luego, el mundo tendrá su gobierno mundial gracias a la Jerarquía de la Iglesia.

Para hacer que un falso papa promueva el gobierno mundial en las Naciones Unidas, se requiere antes que ese falso papa levante la religión mundial, que será la síntesis de todos los pensamientos de los hombres. Hay que cogerlos todos y formar una idea global que sirva, que encaje en cada mente humana. De esa manera, aparece el Anticristo con su gobierno mundial y se le hace sentar en el Trono de Pedro, como el Mesías esperado.

A esta abominación quieren llegar.

Sede usurpada


fazs

Estamos viviendo la época en que la Sede de Pedro ha sido usurpada.

Tiempo profetizado en los antiguos y modernos profetas.

Tiempo oscuro para la Iglesia.

Tiempo de decadencia, no sólo en la vida espiritual, sino también en la vida eclesial.

Tiempo para marcar un límite, una sucesión de hombres que tienen la misión demoniaca de levantar una iglesia que combata la Iglesia en Pedro.

Desde hace cincuenta años, el gobierno vertical de la Iglesia ha sido prisionero de la mentalidad de los hombres.

Sólo el Romano Pontífice tiene todo el Poder en la Iglesia y, por lo tanto, todos los Pastores y, cada uno de ellos, se hallan sometidos al Romano Pontífice. Es decir, ningún Obispo está llamado por Dios para gobernar la Iglesia, y ninguno de ellos está dotado de igual potestad que el Romano Pontífice.

Sólo ha sido llamado por Dios para gobernar la Iglesia el Papa legítimo. Y los demás Obispos reciben del Papa el Poder Divino para gobernar, si se someten a Él, si le obedecen. Esto es lo que se llama el gobierno vertical en la Iglesia, que supone una jerarquía, no sólo de hombres, sino de ideas.

Sólo con la verdad absoluta se gobierna la Iglesia. Y toda idea que se someta a la Verdad Absoluta, vale en la Iglesia. Está en una jerarquía. Pero aquella idea que no venga de la Verdad Absoluta, hay que despreciarla en la Iglesia, si no se quiere caer en la herejía y en la excomunión.

Desde hace cincuenta años, se ve en el gobierno de la Iglesia una horizontalidad, añadida por los hombres: los Obispos quieren decidir el destino de la Iglesia, cada uno en sus diócesis. Por eso, ha sido tan difícil para los Papas gobernar, con la Voluntad de Dios, verticalmente la Iglesia. Los Obispos se han negado a lo que el Romano Pontífice expresaba. Y ellos han sabido hacer muy bien este juego, para no ser pillados en desobediencia y en rebeldía al Papa reinante.

Ellos han sabido cargar con todas las culpas al Papa. Ellos han quedado como buenos, como santos, como justos, como los que no han roto un plato.

Y son muchos los Obispos que han guardado las formas exteriores con el Papa reinante, para después seguir en su vida personal en la Iglesia, haciendo lo que ellos querían en el gobierno de la Iglesia. Obrando, de hecho, una horizontalidad que combate la verticalidad del Papado.

El gobierno horizontal en la Iglesia es una herejía, porque Cristo no quiso que Su Iglesia fuera administrada a modo de democracia, de república, de socialismo, de comunismo… Cristo nunca quiso un gobierno de hombres, de muchas cabezas. Siempre quiso el gobierno de un solo hombre, de una sola cabeza.

El ministerio petrino no tiene nada que ver con los gobiernos humanos: es esencialmente distinto a cualquier presidencia, a cualquier monarquía de tipo político, que existan en las sociedades humanas.

El Romano Pontífice no tiene un poder para aconsejar y advertir a los demás sobre cómo dirigir la Iglesia, cómo encaminarla en este mundo. No es un hombre más que se reúne con otros hombres y da su opinión en el gobierno de la Iglesia.

El Papa tiene el poder de mandar, de defender y de juzgar, no sólo en la Iglesia, sino en el mundo entero. Su Poder de Jurisdicción lo abarca todo, incluso los gobiernos del mundo. Porque es imposible que una sociedad humana, verdadera y perfecta, no esté gobernada por un poder supremo espiritual. Allí donde está la verdad entre los hombres, está Dios con los hombres. Pero toda sociedad humana que se ordene a la mentira, allí reside un poder supremo para aplicar una Justicia de Dios. Por eso, es el Papa el que juzga a todos los pueblos de la tierra.

Lo que dice el Papa eso es la Voluntad de Dios en la Iglesia y en el mundo, eso es lo que hay que obrar en la Iglesia y en el mundo.

Esta verdad es la que desconocen muchos fieles en la Iglesia. Y, por eso, no saben explicar todo lo que ha pasado en la Iglesia durante más de cincuenta años.

Ha habido un Papa legítimo, con el Primado de Jurisdicción, pero trabado en su gobierno vertical por el Episcopado, que ha querido imponer los distintos Sínodos para manifestar ideas que no pertenecen al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Desde hace cincuenta años se ha querido imponer un magisterio espiritual como si fuera dogmático. Y, por eso, hay tanta confusión en torno al Concilio Vaticano II. Las reformas litúrgicas no tienen nada que ver con el Concilio Vaticano II, sino sólo con la rebeldía del Episcopado, que dogmatiza un magisterio que sólo es espiritual. Y que lo impone en su diócesis como algo que hay que seguir.

Toda la cuestión de la comunión en la mano, de las revelaciones privadas, de los cambios en la liturgia de la misa, etc… son sólo imposiciones del Episcopado en la Iglesia, que no hay que seguir en ninguna diócesis, porque ningún Obispo que no se someta al Romano Pontífice, puede gobernar con el Poder Divino su diócesis. No es posible la obediencia, ni de los fieles, ni de la Jerarquía, a Obispos que no obedecen la verdad en el Romano Pontífice. Y hay muchísimos de estos Obispos, que han guardado las formas exteriores con el Papa de turno, pero que sólo imponen su mente humana en el gobierno de su diócesis.

Hay muchos Obispos que gobiernan la Iglesia con un poder humano al desobedecer a los Papas, es decir, al no seguir el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia en Ellos. Sólo siguen lo que viene de Roma, del Vaticano. Sólo siguen lo que ven hacer en otras diócesis a otros Obispos. Pero ninguno de ellos cree en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ninguno de ellos lo sigue y lo enseña a su rebaño. Ninguno de ellos cree en el Papado.

Y los laicos no saben oponerse a estos Obispos, no saben discernir a ninguna Jerarquía en la Iglesia, no saben ser Iglesia, pertenecer a la Iglesia, construir la Iglesia.

La Sede de Pedro está usurpada. Esto quiere decir, que la Iglesia está gobernada sólo por hombres, con un poder humano, con un gobierno horizontal, con la ley de la gradualidad.

Esos hombres se visten con vestiduras sagradas. Exteriormente, parecen sacerdotes, Obispos y Cardenales. Interiormente, son sólo hombres, que viven su idea humana en la Iglesia. No creen ni en Cristo ni en la Iglesia. Sólo creen en lo que hay en sus mentes humanas. Y sus obras, en la Iglesia, son sólo humanas, no divinas. Sus misas son una obra de teatro para entretener a las masas.

Desde el momento en que oficialmente Bergoglio puso su gobierno horizontal, el poder divino despareció en la Iglesia. De hecho, fue mucho antes, cuando el Papa Benedicto XVI decidió renunciar al gobierno vertical de la Iglesia. Esa intención produjo que el Cielo se cerrara a cuanto el hombre obrara en la Iglesia.

«Lo que ates en la tierra» ya no será atado en el Cielo; «y lo que desates en la tierra», no será desatado en el Cielo.

El Misterio de las llaves del Reino de los Cielos está en la persona del Papa reinante. Cuando el Papa decide renunciar al gobierno, pero no al Papado, como es el caso de Benedicto XVI, el Papa sigue poseyendo el Primado de Jurisdicción, el Poder Divino, hasta su muerte, pero no puede ejercerlo.

Sólo se puede ejercer el Poder de Dios en un gobierno vertical, en el cual todos obedecen al Papa reinante. Pero, en la renuncia del Papa Benedicto XVI, el Poder de Dios queda inútil en la persona del Papa, y nada puede quedar atado o desatado en el Cielo.

Ese Poder de Dios queda vivo en aquellos que siguen obedeciendo la verdad en la Iglesia, la verdad absoluta, sin someterse al falso papa Bergoglio. Pero, nada pueden hacer con ese Poder Divino que suponga una atadura o desatadura en el Cielo.

De igual manera, Bergoglio ni puede atar ni desatar en el Cielo. Es imposible que un hereje mande en el Cielo. Si la fe sólo se pierde por la herejía, entonces el Poder Divino sólo se pierde por obrar la herejía.

La herejía es la idea que combate a la verdad dogmática. Todo hereje conoce la verdad dogmática, pero con su pensamiento da mil vueltas a esa verdad para quedarse sólo en su idea herética. Por eso, un hereje no puede tener fe, pero sí puede conocer toda la verdad. El grado de su herejía depende del grado de conocimiento de la verdad. Cuanto más conozca la verdad, más la destruye, le da mil vueltas, para vivir sólo de las ideas que nacen de su mente humana.

No está la salvación en el conocimiento de la doctrina, sino en la obra de la fe, obra divina que supone creer en la doctrina, no sólo conocerla.

Bergoglio sólo posee un poder humano. Perdió el Poder Divino, que le venía por el Papa Benedicto XVI, por su clara herejía. Es más, nunca Bergoglio, desde que fue sacerdote, tuvo Poder Divino por su herejía y apostasía de la fe. Siempre ha obrado con un poder humano. Nunca ha creído. Siempre ha visto el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia como una obra a destruir.

El que ata o desata es siempre el Papa y los Obispos que se someten a Él. Pero si el Papa decide renunciar al gobierno vertical, nadie ata o desata en la Iglesia. Sin embargo, queda el Poder Divino vivo, aunque inútil.

Por eso, en el momento en que Benedicto XVI renuncia al gobierno vertical, en ese instante el Cielo queda cerrado. Y cuanto haga el Papa Benedicto XVI no queda registrado en el Cielo.

Si el Papa Benedicto XVI hubiera huido de Roma, gobernando la Iglesia en otro sitio, entonces el Cielo seguiría abierto, porque el Poder de Dios se seguiría obrando, ejerciendo en un gobierno vertical.

Pero Benedicto XVI dejó a un usurpador en el Trono. Y él conocía que era un usurpador. Pero tuvo que permitir ese pecado, porque allí donde los hombres desprecian el Poder del Papa, allí se inaugura la Justicia de Dios. Y el Papa reinante tuvo que obrar permitiendo el pecado de muchos Obispos, que quieren un gobierno horizontal en la Iglesia.

Desde el momento de la renuncia del Papa Benedicto XVI, la Iglesia pasa a estar en el Reino de Dios, no ya en la Jerarquía.

Jesús funda Su Iglesia en Pedro: se construye, se levanta en una Jerarquía que obedece al Papa. Y esto se ha mantenido desde hace 20 siglos. Y a pesar de todas las contrariedades de la Iglesia, siempre ha habido un Papa legítimo en Ella, que es el bastión de la Verdad, es el que garantiza la unidad de la Iglesia.

Cuando la Sede de Pedro ha sido usurpada, es decir, cuando los hombres en la Iglesia han llegado a la perfección de la maldad, iniciando una abominación con un gobierno horizontal, la Iglesia nunca puede desaparecer, pero sí queda oculta, oscurecida, maniatada, esclavizada.

Lo que Cristo ha levantado durante 20 siglos en Su Iglesia ha sido gracias a Su Pedro, al Papa reinante. Pero Cristo no puede seguir levantando Su Iglesia en un falso papa, con un gobierno horizontal en el Vaticano. No se construye la Iglesia en la herejía del gobierno horizontal, en muchas cabezas. Se construye la Iglesia en la verdad del gobierno vertical, en Pedro.

La Iglesia deja de construirse en la Jerarquía, cuando el Papa reinante, Benedicto XVI, renunció, y pasa al desierto de cada alma. La Iglesia permanece en lo que es en cada alma fiel al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Permanece, pero no puede seguir levantándose el edificio de la Iglesia porque no está la Roca de Pedro en el gobierno.

Pedro todavía sigue vivo, pero no gobierna. Todavía tiene el Poder de Dios en su persona. Pero su Trono ha sido usurpado. El Poder de Dios queda inutilizado por la usurpación. Sólo se manifiesta oficialmente un poder humano, que viene de un gobierno horizontal. Ese poder humano usurpa el Poder Divino: obra en la Iglesia apelando a la Voluntad de Dios, pero sin la capacidad de obrar esa Voluntad Divina. Se cae necesariamente en el pecado de tomar el Nombre de Dios en vano para ejercer una tiranía en la Iglesia, desde ese gobierno.

Mientras el Trono de Pedro permanezca usurpado, la Iglesia no puede crecer más, no puede seguir construyéndose en Pedro, pero sí puede permanecer en lo que es, en lo que los Papas han enseñado y han gobernado en la Iglesia.

Por eso, la Iglesia remanente es de muy pocos. Muchos prefieren la oficialidad del Vaticano. Muchos siguen eso y no les importa lo que es la Iglesia, ni la figura del Papa legítimo en la Iglesia, ni su gobierno vertical, ni el poder divino que nace de ese gobierno vertical.

Muchos quieren la política que el gobierno horizontal de Bergoglio manifiesta en la Iglesia y en  el mundo. Muchos quieren esa nueva iglesia, que es una nueva estructura, que no se apoya en Pedro, sino en un consejo de hombres, en un gobierno horizontal., en la nueva ley de la gradualidad.

La Sede usurpada significa levantar una nueva estructura de iglesia, una nueva forma de gobernar la Iglesia, que no tiene nada que ver con lo que Jesús instituyó en Pedro.

Esto es lo que muchos ilustrísimos católicos no acaban de ver, de discernir. Y se pierden en la hermenéutica del lenguaje humano.

Si con un Papa legítimo, las almas se salvan o se condenan por la obediencia o la desobediencia a la Jerarquía, con un falso papa, las almas se condenan, de manera absoluta, si siguen a ese falso papa; pero encuentran un camino de salvación si desobedecen a ese falso papa.

El alma se salva en comunión espiritual con el Papa verdadero y legítimo, que es Benedicto XVI. El alma se condena cuando no está en comunión espiritual con el Papa.

Cuando el Papa Benedicto XVI deja el gobierno vertical y se pone en obediencia a un usurpador, entonces la salvación y condenación de las almas ya no depende de la Jerarquía.

El ministerio sacerdotal sólo tiene una misión: salvar las almas.

Cada sacerdote tiene la gracia de llevar al Cielo las almas que Dios le pone. Esas almas no se conocen en la realidad. Pueden ser de la parroquia en la que trabaja ese sacerdote o de otro lugar de la tierra. Pueden ser almas que nunca han conocido la verdad, que no pisan la Iglesia, que no saben creer con sencillez.

Dios hace depender la salvación del alma de la gracia. Sin la gracia, nadie se puede salvar. La fe es un don de Dios. Sin las gracias que vienen de la fe, es imposible llegar al Cielo. Sin la oración perseverante, el alma no tiene fuerza para salir de sus pecados, y continúa en ellos sin posibilidad de recuperarse, de caminar hacia la salvación.

En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de la gracia. Puede permanecer en el estado de pecado. Y puede vivir su condenación en vida.

Con un Papa verdadero y legítimo, las almas en la Iglesia se salvan por el ministerio sacerdotal. Aunque ese alma tenga fe, crea, ore, haga penitencia, viva en gracia, etc…, siempre se va a salvar por la gracia del sacerdocio.

En la Iglesia, todas las gracias están unidas. El alma no puede tener fe en Dios si no cree en el Papa, si no obedece al Papa, si no obedece a la Jerarquía verdadera. De nada sirven las penitencias, si el alma no se somete al Papa, no cree en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

La Iglesia es una gracia: es el Cuerpo de Cristo que se levanta en Pedro. Cualquier gracia que se reciba en la Iglesia es a través de Pedro.

Fuera de la Iglesia, el alma se salva si cree en Dios, si cumple con la ley natural y divina. Pero Dios no exige, para la salvación del alma, la ley de la gracia, que sólo se da en la Iglesia Católica.

Fuera de la Iglesia, cumplir con la ley divina lleva al alma a un estado de gracia, pero no permanente. Sin el Sacramento de la confesión, las almas caen del estado de gracia al pecado. Y ahí permanecen hasta que cumplan, de nuevo, con la ley de Dios. Ese cumplimiento, llevará al alma al conocimiento de la gracia y, por tanto, de la verdadera Iglesia. Cuando el alma conoce que necesita la Iglesia para salvarse, entonces Dios le exige algo más que cumplir con la ley de Dios para poder salvarse. Le exige la ley de la gracia. Y eso supone entrar en la Iglesia y someterse al Papa reinante.

Los sacerdotes, los Obispos y los Cardenales están en la Iglesia para salvar almas. Tienen esa gracia y deben aprender a usarla para conquistar almas para Dios.

Cuando la Jerarquía se dedica a la política, como vemos en el Vaticano, entonces esa Jerarquía sólo trabaja para el demonio, es decir, para condenar almas. Y, a pesar de todas sus obras buenas humanas, sólo condenan almas.

No se da el sacerdocio para hacer obras buenas humanas, sino para salvar almas: para hacer una obra divina, una obra redentora, la obra de Cristo por excelencia.

Cuando el Papa legítimo y verdadero, Benedicto XVI, decidió renunciar, en la Iglesia las almas quedaron libres de la Jerarquía.  Al pasar la Iglesia al Reino de Dios, automáticamente, las salvación del alma sólo queda en ella: en su oración, en su penitencia, etc… Pero no queda ligada a ninguna Jerarquía.

Este punto es muy importante de conocer.

Toda gracia en la Iglesia está ligada al Papa. Si el Papa no gobierna, porque el Trono ha sido usurpado, ninguna gracia está ligada al Papa.

Benedicto XVI sigue teniendo el Poder Divino, pero no puede atar y desatar: no puede decidir si un alma se salva o se condena.

Mientras viva, el Poder Divino sigue vivo en él. Y quien esté en comunión espiritual con Benedicto XVI recibe gracias especiales en este tiempo de usurpación. Quien no esté en comunión espiritual con él, no puede recibir esas gracias, y queda en manos del usurpador, que sólo trabaja para engañar a las almas con una doctrina de demonios.

Pero la Iglesia permanece en lo que es, sin posibilidad de crecer ni de disminuir, hasta que la usurpación no se quite.

Benedicto XVI ya no puede construir más la Iglesia: sólo puede hacer, con la gracia que tiene, que la Iglesia se mantenga en lo que es. Al no gobernar la Iglesia, ésta no se puede seguir construyendo con un gobierno horizontal. Se para de construir, queda como un edificio que no ha terminado de levantarse, que no ha llegado a su perfección en sus miembros. Sin embargo, no decae de su perfección, de lo que ha sido construido. Por la usurpación, queda oculta, maniatada, esclavizada a los hombres.

En este tiempo, en que desde Roma se ha iniciado una nueva forma de ser iglesia, conviene a los verdaderos católicos dejar de ver a Roma como se ha visto siempre. Mientras el católico siga esperando algo de Roma va a quedar atrapado en los engaños de la Jerarquía masónica que gobierna la Iglesia.

Por eso, el Sínodo que viene es sólo una trampa, como fue el pasado. Pero, esta vez, van a tener éxito.

Conviene a los católicos ir dejando parroquias que sólo hacen política en la Iglesia. Ya no están ligados a ninguna jerarquía en la Iglesia. Y tampoco hace falta la Jerarquía para darse cuenta de la abominación que hay en Roma.

Cuando muera Benedicto XVI la Sede quedará vacante, pero seguirá usurpada. Y será el momento más confuso para los católicos que no hayan discernido lo que hay en el Vaticano.

Desde la muerte de Benedicto XVI los hombres tendrán prisa por levantar su nueva iglesia universal, que tiene que estar apta para apoyar el gobierno mundial, que será regido por el Anticristo de estos días.

La Iglesia verdadera, la remanente, quedará oculta y perseguida. Oficialmente se llamarán católicos los que sigan a un falso papa. Falsos católicos que sólo buscan en sus vidas agradar a los hombres.

Ya no hay que estar viendo qué hace o no hace Bergoglio. No hay que ir a misa para estar pendiente de la homilía del sacerdote. Sólo vayan  a misa para comulgar con Cristo y con el Papa verdadero. Lo demás, no interesa de la Misa. Sólo interesa saber si ese sacerdote cree en el Misterio del Altar.

En la usurpación del Trono cae toda obediencia de los fieles a la Jerarquía. No se sometan a nadie en la Iglesia. Es Cristo el que sigue gobernando la Iglesia con Su Espíritu.

Bergoglio no es garantía ni de verdad ni de unidad: es el fundamento de la destrucción de la Iglesia. Él ha puesto la piedra que destruye la Iglesia: el gobierno horizontal.

Desprecien a ese hombre porque es el mismo Satanás. Y su obra es demoniaca por los cuatro costados. Y desprecien a toda Jerarquía que se siga sometiendo a ese hombre. La salvación de sus almas depende de ello.

En el tiempo de la usurpación del Trono, Roma se vuelve la prostituta de todas las naciones. Va a ser más importante, en el pecado, que EEUU. No sólo lo va a igualar, sino que va a dejar pequeño las maldades que en la Casa Blanca se han tejido para organizar un mundo sin Dios.

Ahora, desde Roma se tejen las más perfectas maldades para levantar, no sólo un mundo sin Dios, sino también una iglesia sin Dios. Una iglesia sólo inventada por la mente de los hombres que no puede existir en la realidad de la vida. Una vez que crean que tienen todo listo para mostrarla al mundo, el mundo caerá en el más terrible castigo, impidiendo que esa nueva iglesia y que ese nuevo gobierno mundial pueda perdurar en el tiempo.

Es el tiempo de huir de Roma. Estar en el desierto, con la Virgen María, viviendo de fe y de amor divinos. Lo demás, lo que venga de Roma hay que pásarselo por la entrepierna. Ya no se hace caso de nadie en la Iglesia. No vivan para el pensamiento de los hombres, sino sólo para Cristo.

Dos Papas en Roma: uno verdadero; otro falso.


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Dos Papas en Roma: uno, que es falso, llamado Bergoglio; otro, que es el verdadero, el Cristo en la tierra, llamado Benedicto XVI.

El que obedezca a Bergoglio no tiene parte en la obra de la Redención de Cristo; es decir, desprecia la Misericordia y tiene una espada de Justicia colgando de su cabeza. Camina hacia la condenación eterna. Vive como un demonio encarnado.

El que obedezca a Benedicto XVI, que es el Vicario de Cristo, se puede salvar porque se somete a la Cabeza que ha puesto el Espíritu Santo en la Iglesia. La salvación está en la obediencia al Papa verdadero.

El Papa es el que es enviado para conquistar las almas perdidas en el pecado. La persona y el ministerio del Papa tienen un significado salvífico: al igual que Cristo vino para librar a los hombres de la pena y muerte del pecado; así todo Papa realiza la misma función. Es el camino para que los hombres vean dónde está la única verdad, la inmutable, la que nunca pasa, y así puedan obrarla y vivirla en sus vidas humanas.

Y sólo la Verdad es la que libera al hombre del pecado. Sólo la Verdad es la que salva al hombre.

Obedecer al Papa es ser libre, no es estar esclavo del pecado, es batallar contra el demonio, es obrar lo divino en lo humano.

No obedecer al Papa es caer en las garras del demonio y vivir sometidos a todo pecado.

La fe es obediencia. Y obediencia a la verdad. Y sólo el Papa da la Verdad. Tiene esa misión: es el que defiende la verdad y la muestra como camino de salvación.

El Papa es el que une en la verdad porque es la Roca de la Verdad. Y, por eso, ningún Papa puede caer en la herejía, porque Cristo levanta Su Iglesia en la Roca de la Verdad, que es Pedro y sus sucesores legítimos.

Esta es la fe que todo católico debe profesar. Aquel que juzgue y condene a un Papa, automáticamente, sale fuera de la Iglesia.

Ningún alma puede salvarse, aunque siga toda la tradición, todo el dogma, todo el Evangelio, si no obedece al Papa reinante.

El Papa reinante es, en estos momentos, Benedicto XVI: es el que tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, el Poder Divino en la Iglesia. Es el que tiene las llaves del Reino de los Cielos.

El Papa que reina es el que posee el Primado de Jurisdicción; el Papa que gobierna es el que ejerce ese Primado en Roma.

Benedicto XVI dejó de gobernar en Roma, pero no dejó el Primado, su reinado, las llaves. Sigue siendo el Papa, aunque no gobierne la Iglesia. Él no renunció a la Elección Divina sobre su persona; pero sí renunció al gobierno de la Iglesia.

No se puede gobernar con herejes. Hay que marcharse. Hay que dejar que los herejes pongan su hombre hereje y gobiernen la Iglesia como ellos quieren.

La Iglesia se gobierna con el Poder Divino que tiene el Papa Benedicto XVI. No se gobierna con el poder humano que le han dado a Bergoglio, el hombre de las mil caras.

Y si la Iglesia sigue a un hombre que no tiene el Poder Divino, se pierde necesariamente en la mente de ese hombre y es culpable de tres cosas: de herejía, de cisma y de apostasía de la fe.

Dos Papas: uno, con un poder humano, Bergoglio; otro, con el Poder Divino, Benedicto XVI.

Todo cuanto haga Bergoglio es nulo para Dios y para la Iglesia. Todo cuanto haga Benedicto XVI es válido para Dios y para la Iglesia.

Cada alma tiene que elegir entre los dos: no se pueden seguir a los dos, al mismo tiempo.

No se puede decir: como ya había cosas que con Benedicto XVI se estaban estudiando, lo que aprueba Bergoglio vale. Esto no se puede decir. Juan Pablo II sigue siendo Beato, aunque su proceso de canonización ya estaba listo. Como no fue canonizado por el Papa verdadero y legítimo, Benedicto XVI, no tiene validez su canonización. Un hereje no posee el Poder Divino para sellar una canonización. Así, todo lo demás, ya sean anulaciones de matrimonios u otras cosas que venían del Papa Benedicto XVI.

La Iglesia Católica descansa sólo en el Papa legítimo y verdadero: Benedicto XVI. La Iglesia sólo está en el Papa verdadero. No puede estar en un falso papa.

No se hace la Iglesia buceando en la herejía. No se es Iglesia alimentándose de herejías. No se levanta la Iglesia con el sello de un hereje.

En Roma, se está levantando otra estructura de iglesia, la cual se apoya en un gobierno horizontal, regido por la ley del hombre, la ley de la gradualidad; con una doctrina llena de fábulas, sacadas de la masonería, del marxismo y del protestantismo. Esta nueva iglesia no tiene ningún conocimiento de la verdad, ninguna sabiduría divina, sino que es un sincretismo religioso: en ella todo vale y nada tiene valor sagrado, divino, santo.

Jesús ha abierto la puerta de la vida eterna. Y dejó las llaves de esta puerta al Apóstol Pedro y a todos los que le han sucedido y le sucederán hasta el juicio final.

No se acaba el Papado con Benedicto XVI, sino que se sublima, se transforma.

El Papa Benedicto XVI es el último Papa verdadero antes del fin de los tiempos. Con él se acaba un tiempo: el tiempo en que las almas han sido redimidas.

Pero, tiene que abrirse otro tiempo: el Milenio, en donde se verá la redención de los cuerpos.

Muchos cojean en su fe: sólo ven dos venidas de Cristo. La primera, como Redentor; la segunda, como Juez. Y anulan la venida intermedia: Jesús viene como Rey de reyes y Señor de señores. Y viene para reinar mil años, aquí en una tierra totalmente renovada y purificada.

«Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; sobre ellos no tendrá poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con Él por mil años» (Ap 20, 6).

Esta Verdad Revelada a muchos se les atraganta, porque tienen una mentalidad dogmática, que les impide bucear en la inteligencia del Espíritu.

Ellos suelen resolver esta Palabra de Dios en los mártires de los primeros siglos, en que ellos reinaban en la Iglesia con Cristo, y con Él regían la Iglesia. Después, vino la época oscura del Renacimiento hasta nuestros días. Y lo que se ve es ya el juicio final.

Esta interpretación es, claramente, una necedad. Pero así piensan muchos teólogos, que amarrados a su dogmatismo, se quedan ciegos para poder comprender la Mente de Dios.

Muchos católicos se vuelven fariseos cuando se habla del Milenio: empiezan a sacar sus argumentos racionales y dogmáticos, ocultando la verdad de lo que ha sido revelado.

Benedicto XVI cierra un tiempo del Papado. Y lo ha cerrado con una Cruz: un Papado que le ha llevado a vivir el desprecio de los suyos en el gobierno de la Iglesia.

Los Cardenales y Obispos han osado tocar a Cristo en la tierra: lo han juzgado y condenado; se han rebelado en contra de él, y le han hecho la vida imposible en su Papado. Para esa Jerarquía tiene que venir la mayor ruina, el mayor castigo: han despreciado la Verdad en un Papa; ahora, se quedan ciegos para siempre y sólo pueden ver la mentira en un falso papa y seguirla de forma necesaria.

Los Obispos y los sacerdotes son otros Cristos sólo si están unidos al Romano Pontífice: si le ayudan en su gobierno en la Iglesia, si siguen su pensamiento. Pero si desobedecen al Papa hasta el punto de hacerlo renunciar de su Papado, entonces esos Obispos y sacerdotes son sólo demonios encarnados. Y así tienen que ser tratados por toda la Iglesia.

No hay respeto ni reverencia a aquella Jerarquía que busca el orgullo del poder humano en la Iglesia. No se puede obedecer la mente de los hombres en la Iglesia. No hay ningún respeto ni ninguna reverencia hacia Bergoglio y sus seguidores en el gobierno de la Iglesia.

Para los verdaderos católicos, lo que diga Bergoglio entra por un oído y sale por otro. No hay que estar ya perdiendo el tiempo con Bergoglio. Porque ya es una pérdida de tiempo el luchar en contra de Bergogio. Ahora, hay que dejarlo en su herejía, en su cisma y en su apostasía de la fe. Y hay que seguir siendo Iglesia, comulgando espiritualmente con el Papa reinante, Benedicto XVI. Hay que despreciar al falso papa que gobierna la Iglesia con un falso gobierno de hombres, de cabezas humanas que sólo miran por lo suyo, por su negocio en la Iglesia.

La Iglesia hay que contemplarla desde Cristo, no a partir de las Iglesias locales, no a partir de Roma. Es Cristo el que ha forjado, en la historia de los hombres, Su propio Cuerpo, que es la Iglesia. Y es Cristo el que sigue forjando, en estos últimos tiempos, Su Cuerpo, aunque Su Papa, Benedicto XVI, no gobierne la Iglesia.

Él sigue teniendo las llaves del Reino de los Cielos: Benedicto XVI reina en toda la Iglesia Católica. Él solo tiene la capacidad de abrir y cerrar el Cielo. Nadie se puede salvar si no obedece al Papa Benedicto XVI. Nadie puede entrar en el Cielo sin pasar por la puerta, que sólo puede abrir el Papa Benedicto XVI.

Esta verdad ha sido anulada por la Jerarquía que gobierna actualmente la Iglesia.

El Episcopado nace sólo del Apóstol Pedro, no de los Apóstoles. De Pedro procede todo el orden clerical. Los Apóstoles son Apóstoles porque Pedro les da el sentido de su vocación divina. Sin la obediencia a Pedro, el Apóstol no tiene ningún sentido que exista.

La Jerarquía del Vaticano sigue la teoría de que el Episcopado deriva de los Apóstoles,  no de Pedro. Por lo tanto, siempre cabe la independencia de Pedro: no someterse a él. De esta manera, se presiona a Pedro, al Papa reinante, para que gobierne con el Episcopado, para que valorice el Sínodo de los Obispos, lo que piensan las múltiples cabezas de la Iglesia. Y así un Papa queda prisionero en su gobierno vertical, y no puede hacer nada que Dios quiera en la Iglesia. El Episcopado no se lo permite.

Así han estado los Papas durante cincuenta años. Y la presión ha sido tanta que Benedicto XVI tuvo que dejar de gobernar. Es imposible gobernar a herejes, a cismáticos y a una Jerarquía que vive la apostasía de la fe.

El Papa Benedicto XVI es Cristo en la tierra y tiene las llaves del Reino de los Cielos. Se obedece al Papa porque tiene las llaves, porque es Cristo en la tierra. No se obedece al Papa porque ejerce un gobierno en la Iglesia.

Muchos católicos caen en este error: como Benedicto XVI no está gobernando, entonces hay que darle a Bergoglio la obediencia.

Jesús levanta Su Iglesia en Pedro, no en Roma. En Roma está el gobierno de Pedro; pero en Pedro está el Poder de Dios, las llaves del Reino de los Cielos. Sin esas llaves, el gobierno en Roma es sólo un poder humano, un gobierno de hombres.

Se ama al Papa Benedicto XVI porque es Cristo en la tierra; porque a través de Él el alma entra en el Cielo.

Se odia a Bergoglio porque es un hombre pagano que deambula, como un demonio, por la tierra buscando sus adeptos; porque a través de él se entra en el infierno.

Dos Papas: uno, pecador, Benedicto XVI; otro, hereje, cismático y apóstata de la fe, Bergoglio. El hereje es un falso papa; el pecador es un verdadero papa.

Muchos católicos sólo se fijan en los defectos del Papa, en sus pecados personales. Y olvidan que se da obediencia a un Papa no por él mismo, sino al Poder Divino que tiene el Papa, a lo que representa el Papa en la Iglesia, que es a Cristo.

Ningún pecado en que caiga un Papa disminuye la Autoridad Divina que posee, ni quita nada a la perfección de la Obra Redentora de Cristo, ni puede anular los Sacramentos, en los cuales se da a las almas la vida de la gracia.

Ningún pecado mortal del Papa reinante produce la sede vacante. La renuncia al gobierno no produce la Sede Vacante.

El Papa tiene la misión de administrar la Iglesia, que son tres cosas: guiar en la Verdad, enseñar la Verdad, señalar el camino de la verdad.

Esta misión no es dañada por ningún pecado mortal o venial que la persona del Papa pueda cometer. En esa persona, disminuirá la gracia, aumentará la culpa, pero no puede perder el Poder Divino, porque este Poder no se mancha con ningún pecado de la persona del Papa.

El Poder Divino no es una cosa, una frase, un sentimiento, unas bellas palabras. Es un carisma en la persona del Papa. Y todo carisma es un Espíritu, es decir, es una inteligencia divina y una voluntad divina.

El Espíritu de Pedro, que tiene todo Papa verdadero y legítimo, está en el Papa aunque peque mortalmente. Su pecado personal no nubla la inteligencia divina que posee por el carisma, ni impide la obra de la voluntad divina.

Un Papa puede pecar mortal y venialmente; pero nunca puede cometer el pecado de herejía. Si un Papa comete ese pecado, eso quiere decir que antes de ser Papa ya era hereje. Y, además, que fue puesto en la Silla de Pedro por los hombres, no por el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo nunca puede elegir como Papa a un hombre que tenga el pecado de herejía. Eso va en contra de la misma Revelación. La Iglesia se fundamenta en la Verdad, no en la herejía. Y, por eso, Cristo no puede levantar Su Iglesia en el pecado de la herejía. Nunca.

Bergoglio era ya un hombre hereje. Y los herejes no pertenecen a la Iglesia Católica. Luego, Bergoglio no pudo haber sido elegido Papa por el Espíritu Santo. Fueron los hombres los que lo pusieron en ese cargo: lo pusieron como falso papa. Y él tomó el nombre de Obispo de Roma para organizar una nueva estructura de iglesia en Roma.

Bergoglio no es Papa. Es un falso Papa; es decir, es un hombre que usurpa el Papado para obrar su negocio en la Iglesia.

Es un hombre que levanta un falso papado, un falso gobierno, en el que muchas cabezas son las que deciden el destino de la iglesia.

Bergoglio, al no ser Papa, es sólo un hombre de ideas políticas, que pone por obra con un poder humano, el que le dieron los que lo elevaron a ese cargo. Ese poder humano es un poder masónico, que está basado sólo en una ley: la ley de la gradualidad.

Los masones gobiernan de grado en grado. Ellos tienen su propia jerarquía abominable, la cual nace del pensamiento humano. Buscan la idea más perfecta de todas las mentes. Y ésa es la que se impone a los demás. Quien quiera alcanzar el grado de esa idea perfecta, tiene que renunciar a muchas cosas para poder servir a esa idea, que sólo está en la mente del hombre, no en la realidad de las cosas. El masón vive el idealismo puro: se inventa su vida, sus obras, su dios, su religión, su salvación, sus castigos, sus normas de moralidad, sus gobiernos, etc… Construye su vida de acuerdo a su ideal mental. Construye su realidad como está en su mente, no como está en la realidad. Por eso, todo masón vive imponiendo su idea y habla lo que el otro quiere escuchar, para llevarlo siempre a su idea.

Esto es lo único que hace Bergoglio. Por eso, Bergoglio entretiene a todo el mundo y vive imponiendo su idea. Es un gran orgulloso. Y los que están a su alrededor conocen este orgullo. Bergoglio es putrefacción mental. Sólo hay que leer sus escritos para darse cuenta del sueño que vive ese hombre, del vacío en que se encuentra su vida, de la testarudez con que invoca su pensamiento para justificarse a sí mismo de que vive bien.

Bergoglio vive su vida dando vueltas a su pensamiento humano. Y no puede salir de ese rodeo. Sólo ve lo que él piensa. No puede detenerse en el pensamiento de los demás. Si lo que piensa el otro está de acuerdo a su idea, entonces acepta al otro. Pero si no está de acuerdo, entonces lo usa para una cosa y después lo tira, lo desprecia.

Bergoglio no tiene las llaves del Cielo. Bergoglio no es Cristo en la tierra. A Bergoglio no se le puede respetar porque vive en su herejía.

A los Obispos y sacerdotes que están en el pecado mortal, se les debe el respeto y la reverencia. Pero aquella Jerarquía que ha caído en la herejía, ya no hay respeto ni reverencia, porque ya no son otros Cristos. Sólo son hombres, que piensan y viven como los hombres.

Dos Papas: la división en la Iglesia y en el mundo entero.

«Así está ya sucediendo en todos los niveles, dentro de la Institución de Mi Iglesia: desde la más Altar Jerarquía, dos Papas, uno que es el Verdadero Vicario, Hijo de la Luz, defensor de la Verdad, Pastor Verdadero y legítimo de Mi Rebaño, contra el falso profeta, el hijo de las tinieblas, el engañador, el que se disfraza de luz pero es tiniebla. Es como el sepulcro blanqueado: por fuera, aparenta pureza, y por dentro, está lleno de obscuridad, la tiniebla que hay en su corazón.

En todos los niveles se está dando ya esta división, que es la separación del trigo y la cizaña, de la verdad y la mentira; entre las familias, en todas las sociedades y en todos los niveles; en creyentes y no creyentes también hay esta separación de los justos y los injustos.

Todas las órdenes religiosas, seminarios, empresas y gobiernos, están ya siguiendo la verdad o aceptando la mentira. Por sus frutos los reconocerán.

Lo mismo es en toda parroquia, y en el lugar de vuestra diócesis de esta ciudad, tierra de mártires, semillero vocacional para el sacerdocio ministerial.

Ya se nota la división entre Mis consagrados, los fieles y los infieles». (Jesús a un alma escogida).

La Verdad sólo puede estar en una cabeza, no en dos cabezas al mismo tiempo. Cristo es la Verdad, los hombres son la mentira.

En la Iglesia se sigue el pensamiento de Cristo, no se sigue el pensamiento de ningún hombre, aunque esté vestido como un Obispo. Si esa Jerarquía no da la Verdad, entonces se la desprecia y se deja a un lado.

Es Cristo el que da la interpretación de la verdad. No son los hombres los que trabajan para aclarar la Verdad. La Verdad se aclara en Ella misma, no en la bodega de un pensamiento humano.

Muchos católicos son sólo racionales, pero nada espirituales. Caen en el racionalismo: todo lo miden, todo lo calculan, y no hay manera de que se enteren de la soberbia que tienen, que muestran cuando hablan.

Muchos católicos se pierden con Bergoglio sólo por su soberbia: ven las cosas como son, pero como todo lo miden con sus cabezotas, acaban dando culto al hereje.

Tienen que rezar por la Jerarquía, que es la ciega en todo lo que acontece en la Iglesia. Ellos no ven nada. Y no les sirve su teología para salvarse, sino su amor y obediencia al Papa verdadero, Benedicto XVI.

Si ellos no lo ven como el Papa, están todos perdidos. Por eso, no pierdan el tiempo rezando por el Sínodo. Eso es sólo un teatro que se van a montar para iniciar la destrucción de la Iglesia. Recen para que la Jerarquía abra sus ojos y elija: el verdadero papa o el falso papa. Que se vean claras sus intenciones.

Mucha Jerarquía dice que está con el Papa Benedicto XVI, pero sigue obedeciendo a Bergoglio. Es un absurdo. Mucha Jerarquía se sabe el dogma y la tradición, y continúan obedeciendo a Bergoglio. Otro gran absurdo. Son tibios: ni fríos ni calientes. Hablan la vedad y obran la mentira. Y Dios a los tibios los vomita de su boca.

Que Burke no espere salvarse si no obra en contra de Bergoglio. Él sabe cómo son las cosas en la Iglesia, pero sigue teniendo a Bergoglio como papa. Es un tibio, como muchos católicos.

Bergoglio: servidor de Satanás


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«Esta es la hora de la confusión, la hora del Falso Profeta, que busca imponer a los hombres su propia doctrina inspirada por el espíritu del mal. Porque Mi Verdadero Evangelio no es doctrina de hombres, pues es de origen Divino» (Jesús a un alma escogida).

Es el tiempo de estar arraigados en la fe. Pero en esa fe divina y católica, dada por Jesús a Sus Apóstoles. En esa fe existe la claridad, la integridad, el conocimiento del bien y del mal. Sin esa fe, todo es oscuridad y confusión.

No existe otro Evangelio, sino el dado por Jesús.

Es la hora de la confusión, en la que Jesús sufre:

«Sufro terribles dolores en Mi Corazón Traspasado a causa del silencio e indiferencia de Mis sacerdotes y siervos consagrados, porque cuántos de vosotros sabéis que se está acercado la hora y no preparáis a las almas frente a los acontecimientos venideros, y por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

¡Cuántos de vosotros sabéis que es ya la hora!

La Jerarquía de la Iglesia sabe lo que está pasando. Y calla. Y no prepara a las almas hacia lo que viene. No hay excusa de su pecado.

Conocen el tercer secreto de Fátima y lo siguen escondiendo, siguen callando.

El silencio culpable de la Jerarquía y de los religiosos hace pecar a toda la Iglesia, y lleva a la condenación a muchos: «por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

Muchos siguen la Iglesia oficial y se perderán. No hay camino si sigues obedeciendo a la Jerarquía oficial. Búscate a un sacerdote que crea y que se oponga a Roma. Sólo así te salvarás.

Esto es duro de predicar, pero es la única verdad.

La Jerarquía no se atreve a hablar claro y deja estar la situación de la Iglesia en un veremos qué pasa en el Sínodo. Ese veremos mata almas. Se las deja en manos de ese lobo vestido de Obispo, al cual tienen la desfachatez de llamarlo “santo padre”, y es sólo el servidor de Satanás, con la misión de engañar a la Iglesia y al mundo entero.

Bergoglio ya se ha quitado la careta, y aun así muchos no ven su juego.

Muchos intelectuales ven las herejías de Bergoglio, ven su descalabro, y lo siguen llamando “papa”. No tienen vergüenza. No son capaces de llamarlo por su nombre: falso profeta, bufón del Anticristo, usurpador, falso Obispo. Están agarrados a la palabra oficial de la Jerarquía. ¿Qué dice Roma? Si Roma no habla, la cosa sigue sin resolverse. Hay que seguir esperando. Hay que nombrar a Bergoglio como papa.

¡Este es el error garrafal de muchos! Ya no son los tiempos de esperar a que Roma hable. Es la hora de la confusión. Es la hora del Falso Profeta. No busquen una verdad en Roma porque no la van a encontrar.

«Dirijo estas palabras a todos Mis fieles que habéis reconocido ya los Signos de los Tiempos, y vivís bajo mi Guía preparándoos, día a día, a los grandes acontecimientos del Fin de los Tiempos, poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes. Si habéis decidido seguirme, estad listos para la prueba, armaos de valor y no os acobardéis, porque os señalarán y os enjuiciarán Mis mismos Pastores, como lo hicieron conmigo los Ancianos y los Maestros de la ley.  Lo hicieron primero conmigo, llamándome blasfemo, por proclamar la Verdad y defenderla. Ahora, a vosotros, os aborrecerán por denunciar la mentira y el engaño, habiendo descubierto al impostor, al que le llaman multitudes “santo padre”, a quien él mismo se dio el título de obispo de Roma, y es solamente un servidor del diablo, porque abandonó el Espíritu de la Verdad, el Espíritu Santo, para recibir el espíritu del mal, haciéndose servidor de Satanás, dejando de ser miembro de Mi Cuerpo Místico».

Es el fin de los tiempos: nadie lo cree. «…poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes». La Jerarquía tiene un empacho de teología y no ve nada. No sabe discernir nada. Tanta teología que les va a llevar al infierno de cabeza. Carecen de auténtica vida espiritual.

San Juan escribió Su Evangelio para que creyeran que «Jesús es el Mesías» (Jn 20, 31).

Bergoglio, servidor de Satanás, enseña su doctrina para que las almas sean conducidas hacia el infierno, para que no crean en Jesús, sino en el concepto nuevo de Jesús.

Todo sacerdote de Cristo, cuando habla, cuando predica, lo hace para que las almas crean en la Palabra de Dios.

Todo servidor de Satanás, cuando habla, es para que las almas sólo crean en sí mismas, en sus vidas, en su humanidad, en lo que pueden ver y tocar, en su lenguaje humano. Son expertos en demoler el lenguaje dogmático para quedarse en su barato y blasfemo lenguaje humano, vacío de toda verdad.

Es difícil predicar para convertir a las almas hacia la Verdad. Es muy fácil hablar muchas cosas, y muy concertadas en la inteligencia, pero que no sirven para abrir el corazón de la persona a la fe en Cristo.

Es muy fácil hablar lo que el pueblo quiere escuchar. Eso lo hace la mayoría de la Jerarquía, que no quiere pringarse los dedos dando la doctrina que no cambia, la eterna, la inmutable, la que nadie quiere escuchar y vivir.

Hoy la Jerarquía no es testimonio de Cristo, de la Verdad. Son sólo eso: un conjunto de hombres veletas del pensamiento de Bergoglio. Y son ellos mismos los que producen la confusión dentro de la Iglesia.

Y hay que oponerse a ellos, sabiendo que ellos mismos van a perseguir a los verdaderos católicos: «os señalarán y os enjuiciarán mis mismos pastores».

No esperen de la Jerarquía, que sigue a Bergoglio, que se somete a su inteligencia humana, comprensión ni misericordia con ustedes. Si siguen a uno que no pertenece a la Iglesia Católica, tienen que atacar a los que están dentro de la Iglesia Católica, a los que siguen la doctrina católica, la de siempre.

Y, por seguirla, por permanecer fiel a esa verdad inmutable, deben juzgar y condenar a Bergoglio. Y esto es lo que la Jerarquía de la Iglesia no admite: que se juzgue a Bergoglio, que no se le tenga como papa.

Roma ya no habla la verdad. Hay que juzgar y condenar a Roma.

Ellos van  hacer lo mismo que hicieron con Jesús: van a llamar blasfemos a todo aquel católico que critique, que denuncie a Bergoglio como el impostor que es. Van a querer que todos se sometan al juicio de los Obispos en el Sínodo. Quien no lo haga, será excomulgado.

No hay que tener miedo de esta Jerarquía que no pertenece a la Iglesia Católica, pero que está al frente de todas las parroquias del mundo. Hay que saber enfrentarse a ellos, sin miedo. Y si ellos, en público, exigen la obediencia a la doctrina de Bergoglio, entonces en público se les escupe a la cara y se abandona esa parroquia, como lugar tomado por Satanás para levantar su iglesia.

Quien no tenga las cosas claras de lo que pasa en la Iglesia, está totalmente perdido en esta hora: es la hora de la oscuridad. No hay luz por ninguna parte. En Roma no hay conocimiento de la Verdad. En la Jerarquía no hay sabiduría divina. Entre los fieles, sólo existe la opinión de la mayoría.

Nadie se atreve a dar la cara por la verdad. Tienen miedo a los hombres: a lo que piensan, a lo que dicen. Y no saben enfrentarse a ellos.

¿Qué es la mente de Bergoglio? Una cloaca de maldad. Y punto y final. Quien vea en Bergoglio alguna sabiduría, se ha vuelto loco de remate.

No se puede comulgar con una cloaca de impurezas para constituir la Iglesia de Cristo. No se puede excusar la mente de Bergoglio sólo para tenerlo contento a él. No se pueden limpiar las babas que continuamente salen de la boca de ese maldito. Hay que batallar en contra de ese ignorante y decirle que se marche, que viva su vida como quiera, pero que deje de hacer el idiota.

Todo católico está obligado a comulgar con el Papa Benedicto XVI si quiere salvar su alma. Y aquel que no lo haga no pertenece a la Iglesia Católica, no es católico.

«Os he permitido, hasta ahora, venir al lugar de Mi Santo Sacrificio para que ofrezcáis reparación ante lo que vuestros ojos del alma ven, y se os ha sido revelado, así como el Espíritu de la Verdad os guía a hacer la ofrenda y la unión espiritual y mística con Mi Verdadera Iglesia, guiada y sostenida por Mi Verdadero Vicario Benedicto XVI, y os abstenéis de la unión con Francisco, el obispo de Roma. Llegará el día en que debéis abandonar el Lugar Santo, y Yo mismo os enviaré a un lugar reservado en donde se Me dará un Verdadero Culto, y la Verdadera Adoración, en comunión de Mis sacerdotes escogidos para esta hora, porque para entonces el lugar en donde se celebrará Mi Santo Sacrificio estará terriblemente profanado y convertido en guarida de demonios».

Cuando en la Misa se conmemora el nombre de Francisco en la liturgia, se produce una comunión espiritual de los fieles con el apóstata Bergoglio.

Para no entrar en esa unión, los fieles tienen que ir a la Misa con la intención de reparar todos los pecados que se ven en la Iglesia. El pecado de haber puesto a un hereje como papa. El pecado de someterse a la mente de ese hereje. El pecado de callarse ante las herejías de ese hereje. El pecado de mantener a ese hereje en la Silla que no le corresponde. El pecado de nombrarlo en las misas. El pecado de predicar la doctrina de ese hereje. El pecado de alabar y ensalzar la persona de ese hereje. El pecado de amenazar a los fieles que no comulguen con ese hereje.

Si se va con esta intención, todo lo que ocurra en esa misa no contamina al alma. Se está en el Calvario, en la Presencia de Jesús, que sufre y muere por sus almas, por sus sacerdotes y religiosos que callan ante el desastre que ven en la Iglesia.

No tengan miedo a las palabras de la Jerarquía: son sólo hombres, que han perdido toda autoridad divina en la Iglesia. Actúan como hombres, piensan como hombres, miran la vida de la Iglesia como lo hacen los hombres.

«No temáis a los juicios de los hombres, porque a todo el que Me sigue se le perseguirá, y serán juzgados injustamente. El Ángel del Señor estará con vosotros para proteger a Mis Mensajeros hasta que cumplan con la misión que se les ha sido encomendada, y que libremente recibieron por amor a Mí y a Mi Padre del cielo».

Jesús es la Revelación del Padre, es decir, es la Palabra del Pensamiento del Padre. Jesús descubre lo que piensa Dios; Jesús obra lo que quiere Dios; Jesús vive como vive Dios.

Jesús ya todo lo ha dicho. Y ha puesto Su Revelación en la Iglesia Católica, que Él mismo ha fundado en Pedro.

Poner es confiar a la Iglesia, a la Jerarquía unida a Pedro, todo el Pensamiento de Su Padre.

Poner es hacer que la Iglesia, Su Jerarquía, custodie y propague toda la Vida de Dios, que se manifiesta en los Sacramentos.

Cuando la Jerarquía de la Iglesia ha perdido la fe en la Iglesia, es decir, cuando ya no cree en la Iglesia que Cristo ha fundado, cuando ya no custodia ni propaga la doctrina de Cristo, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia, porque se vuelve herética, vive en la apostasía de la fe, y obra el apartamiento de toda Autoridad Divina, de toda ley Eterna.

Dios ha confiado a la Iglesia custodiar en santidad y declarar infaliblemente la doctrina de fe y de costumbres. Si la Iglesia no hace esto, automáticamente pierde su autoridad doctrinal, que es divina. Ya la Iglesia no enseña con autoridad, con el poder divino, la verdad, lo que hay que creer; sino que se dedica a hablar de muchas cosas para no decir ninguna verdad. Se oculta la verdad divina para manifestar todo un conjunto de verdades a medias, de relativismos.

No hay que seguir ese hablar, ese lenguaje humano, porque no refleja el Poder de Dios, la Autoridad de Dios. Sólo está manifestando un poder humano, una obra humana, que no tiene nada que ver con la de Cristo. Sólo se refleja el pecado de orgullo.

Bergoglio es herejía pura:

«Me imagino ese susurro de Jesús en la Última Cena como un grito… El Bicentenario de aquel grito de Independencia de Hispanoamérica…. nacido de la conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos, saqueados, sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno».

Bergoglio toma en vano el nombre de Jesús para predicar su blasfemia. Y tiene que pedir perdón por las atrocidades de los colonizadores:

«… pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América».

Todo el problema de Bergoglio es que cree en lo que dice. Para el que lo lee, sólo hay una expresión: este tipo se ha vuelto loco.

¡Qué escándalo son estas palabras!

¡Qué ultrajante es este pensamiento del impostor!

¡Ofende a toda la Iglesia Católica! Y él tan contento. Y los que lo tienen como papa, felices de que muestre su odio a la Iglesia Católica

Este personaje sigue la teología de la liberación, en la cual los colonizadores trajeron de Europa un cristianismo sincrético, es decir, una síntesis entre la experiencia religiosa antigua de los griegos, romanos y bárbaros, con la tradición judeocristiana.

Para esta teología, los colonizadores no trajeron la fe auténtica, no predicaron la Verdad del Evangelio de Cristo, no enseñaron a ser Iglesia. Ellos no creen en Jesús como Dios, sino como un hombre más. Ellos no pueden creer en Jesús sin más; tienen que creer en la comunidad, es decir, en el Jesús de la historia, en el Jesús que cada comunidad, cada cultura, cada nación se inventa.

Jesús, para estos herejes, es alguien que se insertó en la historia humana y que dio sentido a los que lo seguían. Un sentido humano, un sentido contemporáneo para aquellos hombres. De esta manera, ese Jesús tiene que ser traducido de forma comprensible para las personas del tiempo presente. No se puede seguir al Jesús de los Evangelios, porque fueron escritos en una época determinada, con unas culturas, con unas creencias, con unos mitos. Cada pueblo tiene que inventar, adaptar ese Jesús del Evangelio a su vida de comunidad en particular.

Por eso, este hombre tiene que pedir perdón porque la Iglesia hizo su trabajo según la mentalidad de la época, y lo que tenía que hacer era acomodarse a las culturas que encontraba, sin enjuiciar ni condenar nada. Como no lo hizo, entonces cometieron muchos crímenes, como el de apropiarse de tierras indígenas, el de quedarse con el oro y la plata, y el de matar a los aborígenes. Por estos tres crímenes: saqueo, robo y muerte, ese hombre ha pronunciado unas palabras inadmisibles, llenas de injusticia, de oprobio y de vejámenes.

Bergoglio está en su marxismo y le duele lo que hicieron los conquistadores, porque es incapaz de ver la verdad histórica. Él sólo vive en la memoria de su pensamiento, en su fe fundante. Y, por eso, sis palabras producen un daño incalculable.

Por eso, Bergoglio presenta a un Jesús revolucionario: el grito de la Última Cena es el grito de la revolución de la independencia. Jesús pronunció ese grito de acuerdo a la mentalidad de aquella época. Hoy hay que hacerlo de otra manera.

«… digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra…».

Hoy lo que impera en el mundo es el nuevo orden mundial. Y hay que gritar ese cambio: un cambio de estructuras. Hay que dejar los Estados, los países particulares y centrarse en un gobierno mundial. Y la razón: su comunismo. Sus campesinos, sus trabajadores, sus comunidades.

Bergoglio lanza dos ideas: la masónica o el idealismo puro, el orden mundial; y la comunista, el bien común global.

Además, mete la idea protestante: su panenteísmo. Hay que cuidar la madre tierra.

En estas tres ideas se basa toda la doctrina de Bergoglio, todo su magisterio, que no tiene ninguna autoridad doctrinal, porque no custodia la Revelación de Jesucristo, la doctrina que Jesús dio a Sus Apóstoles.

La autoridad doctrinal, en la Iglesia, está apoyada en la verdad absoluta e inmutable. Quien enseñe esta Verdad automáticamente tiene el poder de Dios. Lo hace con Autoridad, con la fuerza del Espíritu. Y nunca se equivoca en lo que enseña.

Pero quien enseñe una mentira en la Iglesia, automáticamente pierde el poder divino, y lo que enseña es con su poder humano, con su pobre autoridad humana, con las fuerzas de su mente y de su voluntad. Y, por lo tanto, quiere imponer su idea, su doctrina a los demás. El mentiroso da mil vueltas para imponer a los demás su visión de la vida. El que dice la verdad deja libre siempre a los demás, enseñando el verdadero camino.

Bergoglio impone su idea en Roma y en toda la Iglesia. Para ello tiene a la masonería, que ocultamente trabaja en todas las parroquias del mundo, haciendo que toda la Jerarquía enseñe el magisterio de Bergoglio.

Por eso, ahora los sacerdotes están obligados a defender a Bergoglio, a predicar su doctrina. Una vez que Bergoglio ha vomitado su Laudato Si, que es el magisterio de un heresiarca, la persecución dentro de la Iglesia se ha establecido.

Hay que decirlo sin miedo: Bergoglio es un loco de atar. Y hay que meterlo en un manicomio.

Bergoglio es un maldito endemoniado, con un odio visceral a la Iglesia Católica. Es un ser totalmente ciego, que vive la depravación de su conciencia. Él vive su conciencia global y tiene que atacar a los de conciencia aislada:

«Es el drama de la conciencia aislada, de aquellos discípulos y discípulas que piensan que la vida de Jesús es solo para los que se creen aptos. En el fondo hay un profundo desprecio al santo Pueblo fiel de Dios».

Los de conciencia aislada, en el lenguaje baboso de este hombre, son los verdaderos católicos que disciernen que el amor de Dios es exigente. Y quien no esté preparado no puede entrar en el Reino de los Cielos.

Esto lo ha enseñado hoy en la reunión con el clero boliviano: les enseña a comulgar con su doctrina. Y la Jerarquía asintiendo con su cabeza, callada como idiotas al matadero.

Bergoglio ha elegido el mal para su vida, y eso es lo único que le interesa en la vida. Y es lo único que ofrece a los demás, a los que le quieran seguir. Por eso, tiene que atacar la verdad, la Iglesia, la ley de Dios, la Autoridad de Dios.

Digámoslo sin miedo: queremos que Bergoglio se vaya a su casa y muera allí en la más absoluta miseria, olvidado de todos.

Digámoslo sin miedo: queremos que se muera Bergoglio. Desear la muerte de alguien, por su bien espiritual, es lo mejor que se puede hacer con este personaje. Si sigue viviendo, no hay salvación para su alma. Pero si tiene un accidente y muere, quizás se pueda salvar, aunque sólo sea por temor a lo desconocido. Bergoglio no cree en Dios, sólo cree en su concepto de Dios: él vive su idealismo puro, su ateísmo radical, mezclado de comunismo y protestantismo.

Jesús es la Revelación y ha puesto esta Revelación en Su Iglesia, en Su Jerarquía. Pero la Jerarquía tiene el deber y el derecho de custodiarla en santidad y de proclamar a los cuatros vientos el magisterio infalible, la doctrina de fe. Si la Jerarquía no hace esto, lo que diga oficialmente no hay que seguirlo en la Iglesia Católica.

No hay que escuchar lo que viene de Roma. No hay obediencia a los herejes, porque no son Iglesia. Son usurpadores de la Verdad.

Este es el punto que se le atraganta a muchos católicos: lo oficial y la Revelación de Jesús.

¿Todo lo que habla la Iglesia oficial, todo cuanto sale de la boca de la Jerarquía, es para decir la verdad pese a quien pese? O, por el contrario, ¿las palabras y las obras de la Jerarquía oficial no tienen nada que ver con la Revelación que Jesús ha confiado a la Iglesia?

Cuando la Jerarquía oficial predica herejías y vive la apostasía de la fe, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia Católica, y el católico tiene el deber y la obligación de no obedecer a esa Jerarquía, de separarse de Ella. Si no hace esto, entonces la sigue y admite muchos pecados, que le apartan de la gracia de Dios.

«Sacerdotes, despertad, no durmáis que el Enemigo ya está entre vosotros y no lo reconocéis».

Si la Jerarquía no reconoce al demonio es que vive con el demonio, come con él y se acuesta con él: hace una vida de demonios. Son demonios encarnados.

Si la Jerarquía no reconoce a Bergoglio como enemigo de Cristo y de la Iglesia Católica es que se han vuelto enemigos de la verdad y se han unido a ese viejo verde para destruir la Iglesia.

 

Multitudes seguirán al Falso Profeta y al Anticristo


caputnigrum

«Multitudes seguirán al falso profeta y su doctrina de demonios…» (Jesús a un alma escogida).

Multitudes siguen a un loco que bendice y mastica hojas de coca.

Y lo siguen con la boca abierta, incapaces para discernir la verdad de las mentiras que, continuamente, lanza por su boca de dragón.

Multitudes han quedado ciegas: ya no pueden ver la maldad como tal. Sólo son capaces de ver su concepto de mal. Y, apoyados en él, levantar la mayor mentira de la historia.

No se puede ser católico sin reconocer quién es Bergoglio.

No te llames católico si tienes a Bergoglio como tu papa.

No digas que perteneces a la Iglesia Católica porque obedeces a Bergoglio como tu papa.

No quieras ser un católico que defienda la tradición defendiendo a Bergoglio como tu papa. Es imposible. Es un absurdo. Es vivir en la locura de la apostasía de la fe.

«… profetiza contra Roma y todos sus seguidores apóstatas, todos los que han dejado de seguir al Verdadero Pastor, para seguir al impostor de Francisco, al lobo vestido con piel de oveja, que seduce con su astucia a  las almas y al clero infiel, que se han dejado prostituir por su tibieza y falta de fe» (Jesús a un alma escogida).

Roma es apostasía. Ya no es la Verdad, el asiento de la Verdad. Ahora, quien siga a Roma sigue la apostasía de la fe. Y cree en esa apostasía.

El verdadero Pastor de la Iglesia Católica es el Papa Benedicto XVI, al que se debe seguir, al que hay que darle la obediencia como papa, porque sigue siendo el Papa, el que representa a Cristo en la tierra, el Vicario de Cristo. Es el que tiene el Poder Divino, el Primado de Jurisdicción en la Iglesia.

Y Bergoglio, el impostor, el lobo, el que se cree papa y no lo es, no tiene Autoridad Divina para hacer lo que está haciendo en la Iglesia. No es la Voluntad de Dios destruir la Iglesia como lo está haciendo ese hombre. El poder de Dios no se usa para destruir la obra de Dios. Quien destruye la Iglesia lo hace con un poder humano.

Todo cuanto hace Bergoglio, ya sean anulaciones de matrimonios, ya publicación de bulas, decretos, constituciones, canonizaciones, etc… no tienen ningún valor ni para Dios ni para la Iglesia Católica.

Bergoglio sólo posee una autoridad humana, la que los masones le han dado para hacer lo que hace en su falso gobierno en la Iglesia. Con esa autoridad está levantando su nueva iglesia, una estructura vieja como el pecado del hombre, llena de todas las herejías de la historia, desde que el hombre es hombre.

Bergoglio es un impostor, un lobo vestido con piel de oveja: parece un Obispo bueno, justo, santo, humilde, pobre… Pero, en la realidad, es un hombre poseído por un demonio, que le mueve para destruir la Iglesia Católica. Lleva más de dos años hablando como un falso profeta, es decir, engañando a todo el mundo, no sólo a los fieles y a la Jerarquía de la Iglesia. Emplea la astucia propia de una serpiente.

Bergoglio es un lobo, que seduce con su astucia de serpiente, a las almas que son de Cristo, para llevarlas a las riberas del protestantismo, del comunismo y de la masonería. Es un lobo que depreda a esas almas, las mata espiritualmente, las incapacita para vivir de fe, una vez que las ha seducido.

Su predicación, su hablar, sólo gira alrededor de estas tres ideas, que son las ideas fabricadas por su mente. Son su locura, porque son imposibles de realizarlas en la vida. Son inútiles para salvar el alma. Son fábulas que la gente se las cree por su gran ignorancia de lo que es un papa y de lo que es la Iglesia. En esa predicación está su astucia de serpiente, está la inteligencia de Satanás.

Bergoglio no posee la fe católica: no puede decir una sola Verdad Absoluta. Para él no existe. En su cabeza humana sólo hay lugar para el relativismo. Y es un relativismo absoluto: no hay lugar para asentarse en ninguna verdad. Su cabeza sólo está regida por el cambio de ideas relativas, por el juego del lenguaje humano. Y coge aquellas ideas o conceptos que le sirven para el momento y para la circunstancia de la vida. Por eso, Bergoglio siempre habla lo que el otro quiere escuchar. Es la perversidad de su mente, que muy pocos han captado.

Bergoglio, siendo un idiota, sabe lo que está diciendo, cómo lo dice y a quién lo dice. El idiota tiene un rasgo común: su perversidad. Lo propio de la mente de Bergoglio es su perversidad: piensa un mal. Nunca va pensar un bien. Él no ve el bien del otro, sino el mal que él quiere conseguir. Es su idea perversa que la camufla en su lenguaje estúpido, pueblerino, el propio de un idiota.

La mente de Bergoglio no da ninguna inteligencia, sino sólo la experiencia de su propia vida, que es siempre perversa. Como vive para un mal, para su mal, lo manifiesta de cualquier forma. Eso no interesa. Lo que le importa a Bergoglio es expresar su perversidad.

«Os pido perdón por las actitudes y los comportamientos no cristianos, incluso inhumanos, que en la historia hemos tenido contra vosotros. En nombre del Señor Jesucristo, ¡perdonadnos!» (Webvaticana)

Esto es ejemplo de su idea perversa.

El movimiento valdense nació de un laico, Pedro Valdés, casado, que metió a sus dos hijas en una abadía, repartió sus bienes entre los pobres y se puso a mendigar por amor de Dios. Hizo un voto de pobreza, tradujo el Evangelio a la lengua vulgar, y se puso a predicarlo por las calles. Vestía humildemente, de todo estaba desprendido, pero cuando hablaba profería cantidad de errores y de impertinencias. Carecía de todo fundamento teológico.

El Concilio de Verona, en 1184, presidido por el papa Lucio III, los anatematizó, envolviendo sus herejías con los cátaros, patarinos, arnaldistas y otros herejes.

Bergoglio, como no puede seguir la Verdad Absoluta, lo que se hizo en el siglo XII queda en la historia, es del pasado. Ya el dogma ha evolucionado. Por lo tanto, ese Papa que los anatematizó tuvo una actitud y un comportamiento inhumano con los valdenses. Hay que pedir perdón. Esta es la idea perversa.

¿Pedir perdón de qué? ¿De cumplir con la Voluntad de Dios en la Iglesia? ¿De discernir entre la verdad y la mentira? ¿De anatematizar a quien se lo merecía?

Para Bergoglio, ya no existe la Justica de Dios, sino la injusticia de los hombres. El Papa Lucio III fue injusto con los humillados y pobres valdenses. Ahora, yo, Bergoglio, el idiota, juzgo al Papa Lucio III y pido perdón a los excomulgados porque a mí me parece bien.

Esto es lo que hay en la mente de ese hombre: su perversidad. Y la manifiesta con un lenguaje sin inteligencia. Dice que pide perdón por los errores, pero no quiere meterse en más. No quiere decir qué errores fueron  y porqué ya no son errores. Y la gente, tan contenta, sigue a este hombre que no habla con inteligencia, sino que habla como un idiota.

Bergoglio lanza su idea perversa: como todos somos hermanos, entonces hay que respetar la mente de los demás, aunque sea errada. Y pide perdón: éste es su imperativo categórico. Ese pedir perdón no está basado en un error que se cometió por la Iglesia Católica. Sólo se basa en la cabeza de Bergoglio, en la idea falsa que tiene Bergoglio de la fraternidad y de la misericordia.

¿Inhumano el Papa Lucio III? No. Él fue justo. Inhumano eres tú que condenas sin tener pruebas, sin basarte en la verdad de los hechos. Hablas solamente para vender tu idea perversa, no para dar inteligencia de una verdad, de un hecho histórico.

Bergoglio seduce al clero, que se ha vuelto infiel a Cristo, que ha dejado de alimentar al Rebaño con la Verdad, para comenzar la política en la Iglesia y conseguir adeptos para levantar una nueva estructura de iglesia.

«Multitudes seguirán al falso profeta y su doctrina de demonios, un gran número de  pastores lo seguirán ciegamente, quedando al servicio del Falso Profeta y del Anticristo, que ya están obrando en este mundo a la vista de todos, pero todos han sido cegados y engañados» (Jesús a un alma escogida).

Son multitudes los que siguen a Bergoglio.

Serán multitudes los que seguirán la nueva estructura de iglesia, que de mano de la misma Jerarquía, de ese clero tibio e incrédulo, se está ya levantando, construyendo sobre una gran mentira, sobre las fábulas que la mente de Bergoglio enseña en la Iglesia.

Todos los católicos que siguen a Bergoglio, que le tienen como su papa, que le obedecen como el que posee autoridad divina, han quedado ciegos para siempre. No sólo para un tiempo, sino para siempre.

«… Yo los vomito de Mi Boca a los tibios de corazón» (Jesús a un alma escogida).

La gente que sigue a Bergoglio como su papa son -todos ellos- tibios, ni fríos ni calientes, sirviendo a dos amos: a Dios y al demonio. Y no quieren dejar de servirlos porque se han creído que la mejor manera de dar culto a Dios es obrar las obras del demonio. En esta falacia caen porque han anulado el pecado. Ya no creen en él. Y, por eso, intentan solucionar todos los problemas del mundo, que son a causa del pecado, con la mente del demonio, con sus obras. Es la ceguera de muchos. No pueden penetrar en la verdad, sino sólo en la mentira, que está en el centro de sus inteligencias.

«Ahora, todos ellos han quedado confundidos, obscurecidas sus mentes y ya nada ven, y nada entienden de la Verdad» (Jesús a un alma escogida).

No hay manera de que entiendan que Bergoglio no es el papa de la Iglesia Católica. No les entra en su cabeza humana. No pueden ver la verdad y no pueden entender de la verdad. Sólo entienden de la mentira. Sólo penetran en la mentira. Sólo ponen caminos para resolver las cosas humanas de la mentira.

«Les ciega su maldad» (Sab 2, 21).

Entender la verdad significa, para estos católicos, un obstáculo que les impide conseguir el fin de lo que más aman: su vida humana.

Estas almas, que van persiguiendo las obras humanas, que quieren estar bien con todo el mundo, agradarles en todo su actuar humano, han perdido la fe. Viven en la apostasía de la fe, es decir, en el alejamiento de la doctrina de Cristo, de la Verdad Absoluta.

Con sus mentes humanas, se han fabricado una fe humana, un nuevo credo, una nueva religión, un nuevo culto a Dios, que esté más acorde a su humanidad. Acomodan todo lo divino, todo lo sagrado, todo lo celestial, a sus intereses humanos en la vida.

Si no tienen fe divina, que es el principio de la vida espiritual, entonces todo gira mirando hacia su creencia humana. Han dejado de tener un recuerdo continuo de los mandamientos de Dios, van borrando de su memoria la ley de Dios, y han caído en la ceguera de la mente.

La luz del entendimiento, la luz de la verdad, sólo se consigue a través de la doctrina y la disciplina. Es el dogma aplicando el corazón a lo que se  enseña. Es poner las palabras de Dios en el corazón:

«Las Palabras que Yo te mando estarán en tu corazón» (Dt 6, 6).

Como esto lo han dejado de hacer -no les interesa ya el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia-, entonces su corazón se cierra a la verdad y su mente queda sin esa luz divina. Queda en lo natural, en lo humano, en la superficie de la vida.

«No olvides las palabras que han visto tus ojos y no caigan de tu corazón en todos los días de tu vida» (Dt 4, 9).

Olvidarse de las palabras de Dios, de su doctrina, de su ley, es fabricar una nueva iglesia en la apostasía de la fe.

«Muchos de sus discípulos apostataron» (Jn 6, 66). En el griego original: caminaron hacia atrás, hacia lo que tenían antes de convertirse.

Muchos católicos están retrocediendo de Dios. Dejan la fe católica, ya no obedecen a los mandamientos divinos, comienzan a obrar no según como son en la Iglesia Católica (sacerdotes, religiosos, fieles), sino como ellos quieren ser.

En toda apostasía siempre hay una voluntad rebelde a lo que manda Dios. Y, por lo tanto, un amor al pecado y un odio a la verdad.

Muchos católicos son ya apóstatas, y eso significa que son inútiles para seguir construyendo la Iglesia Católica.

Sin la fe católica es imposible agradar a Cristo en la Iglesia. Si la gente ya no cree en los dogmas, entonces ya no cree en la Iglesia Católica. Si se pierde la fe, entonces nada dispone el hombre en el mundo que le sea útil para salvar su alma. Y quien no busca salvar su alma está fuera de la Iglesia Católica. Si permanece dentro recibiendo los Sacramentos, sin este deseo divino en su corazón de salvar su alma, entonces sólo vive para destruir la Iglesia con sus obras y sus pensamientos.

«Roma, la Ciudad de las siete colinas, la que me era Fiel y ahora ha dejado de serlo, porque se prostituye, y han llenado de abominaciones el Lugar Santo; han llenado el Cáliz de Oro de blasfemias y prostitución y toda clase de abominaciones, convirtiendo el lugar de la Catedra de Pedro en una guarida de lobos, una cueva de ladrones, y ya nada bueno se escucha en el lugar de la Catedra de Pedro, porque las enseñanzas y la doctrina ya no es la Mia, no está en la Verdad, sino en  la mentira y en el engaño del gran Seductor, que obra y actúa en el falso profeta, quien se sienta en la silla de Pedro».

La que me era Fiel y ahora no lo es: apostasía de la fe.

Y esa Roma infiel, en su pecado de infidelidad, es por su prostitución: fornica espiritualmente con todo el mundo.

Hay dos fornicaciones: la propia del cuerpo y la de la mente.

Quien fornica con su mente, también fornica con su cuerpo. Quien lo hace en el cuerpo, no siempre lo hace con su mente.

La fornicación de la mente significa unir la mente, las ideas propias, a otra mente, a otras ideas, a otras filosofías. Es comulgar con esas ideas extrañas a la fe católica. Es lo que muchos predican: abrir la mente. Se abre la mente a la inteligencia del mal.

Roma se está prostituyendo en la mente: la Jerarquía ha abierto sus mentes para recibir aquellas ideas que van en contra de la Verdad Absoluta.

Cuando se abre la mente a la mentira, automáticamente el corazón se cierra a la verdad.

La mente, para caminar en la verdad, tiene que recibir la luz del corazón, que es la luz de la fe, la luz divina. Es Dios quien enseña al hombre la verdad, lo que es bueno y lo que es malo.

En Roma hay una cabeza que enseña a la gente que el bien y el mal proceden de cada uno. Esto es prostituirse en la mente. Esto se llama la fornicación espiritual. Y esto lleva a meter en la Iglesia, en los Altares, en los Sagrarios, lo abominable.

Allí, en Roma, sólo hay ladrones, lobos y gente mentirosa que vive la vida de su mentira, que construye su vida apoyado sólo en las fábulas de su cabeza.

Bergoglio está enseñando una doctrina de demonios, que no es la de Cristo. Es la propia de su cabeza humana, que no sólo ha fornicado con todas las mentes del mundo, sino que ha quedado loca en sus propias ideas.

El loco es el que da vueltas a su idea constantemente. Esto es Bergoglio. No hay manera de que salga de su idea y pueda ver la verdad. Siempre vuelve a su idea. Siempre busca un pensamiento para afianzarse en su idea.

Bergoglio está en la mentira y en el engaño del gran Seductor, es decir, de Satanás. Este hombre es movido por el espíritu satánico, que es la inteligencia de Lucifer. Lucifer es el orgullo; Satanás es el camino intelectual para obrar ese orgullo.

Después del Sínodo, la obra cumbre:

«El acuerdo del judas de estos tiempos con los ancianos y los maestros de la ley, dentro del Vaticano, está ya por firmarse -acontecimiento que sacudirá fuertemente la Iglesia, provocando más Mi Ira contra su traición y prostitución- en unión con los reyes de este mundo y todos los que les siguen engañados».

El Sínodo es para dar un sí a la doctrina que Bergoglio está enseñando. Una vez que se tenga esa aprobación, viene la firma con los reyes del mundo, con los gobernantes de este mundo, para levantar un nuevo orden mundial.

Se necesita una iglesia universal que apoye ese gobierno mundial. Y esto lo harán los Cardenales, los Obispos, los canonistas que se saben toda la ley pero para hacer la trampa.

«¡Ay de  aquellos pastores que nieguen Mi Verdad, que dejen de seguirme para ir tras el Falso Profeta!».

Esta es la encrucijada de toda la Jerarquía.

Ellos conocen toda la verdad y conocen todas las herejías de Bergoglio. Y prefieren estar callados, mientras hablan los laicos. Son los laicos los que dan testimonio de la verdad en la Iglesia. La Jerarquía es un conjunto de idiotas que sólo miran por su comida y su techo en la Iglesia.

¡Ay de tantos sacerdotes y Obispos que se creen con poder para ocultar la verdad de lo que está pasando en la Iglesia!

¿Quiénes son ellos para enseñar que Bergoglio es papa de la Iglesia Católica?

Son nadie, pero se han puesto por encima de Dios sólo por seguir a Bergoglio. Están detrás de un hombre, que además es un ser sin inteligencia: es un auténtico idiota. Pero lo siguen porque ese idiota les da de comer. Tienen miedo de enfrentarse  a toda la Jerarquía. Tienen miedo de lo que piensen los hombres. No quieren oponerse a los planes de los políticos, que Bergoglio ha abierto en la Iglesia.

Roma se ha vuelto política: un negocio, una revuelta, una cumbre de personajes del mundo que quieren velar por su idea perversa.

Y, desde Roma, se da la orden para que todo el mundo haga la vista gorda y den importancia a la doctrina de Bergoglio. Y es una orden categórica, basada sólo en una falsa obediencia, en una mentira. Es una orden que trae una falsa moralidad: o estás con Bergoglio o te echamos de la Iglesia.

Y la Jerarquía debe seguir callada porque ha sido amaestrada para obedecer la mente de los hombres, no para obedecer la Mente de Cristo.

Son un juguete en las manos de Bergoglio. Por no tener vida sacerdotal auténtica, ahora están que no saben qué hacer. Ven el peligro, pero no saben moverse en ese peligro. Prefieren amoldarse a la situación, como siempre han hecho, y seguir esperando.

Y si ahora es fácil oponerse a Bergoglio, porque ese hombre no le interesa lo que digan de él, sino sólo la publicidad: que la gente hable, mal o bien, pero que hable, que publiquen sus ideas perversas, lo que lanza cada día por las nubes del internet.

Si ahora es fácil, porque no hay persecución, sólo por debajo; después del Sínodo es cuando comienza la verdadera persecución. Y será mucho más difícil salir de esa encrucijada.

«¡Ay de  aquellos que cambien Mi verdadera Doctrina por la falsa doctrina de muerte, inspirada por el mismo Satanás, que entró en el falso profeta!».

No se puede cambiar ni una sola tilde del Evangelio. Y, por lo tanto, no se puede tocar el magisterio infalible y auténtico de la Iglesia. Quien los toque, sencillamente se condena en vida.

Sólo la Palabra de Dios salva al alma. Las palabras de los hombres son las que condenan, las que llevan al alma hacia una vida de maldad, de error, de mentira.

«¡Ay de vosotros sacerdotes, que habiéndome manifestado a vosotros por distintos medios, a través de mis Mensajeros de la Verdad, y  profetas de estos tiempos, se burlan de Mí, Me flagelan en ellos,  y Me ponen a prueba, martirizándome aún más, en lugar de recibir algún consuelo y alivio de sus corazones!».

Nadie de la Jerarquía cree en los profetas. Están cerrados a las enseñanzas del Espíritu en sus sacerdocios. Se creen sabios en sus estudios teológicos. Y por más que no encuentran un camino a su pensamiento teológico, no quieren bucear en los profetas para salir de su mentalidad humana. Y basan todo su sacerdocio en una teología falsa.

Por eso, tienen que dar importancia a la ecología de Bergoglio. Es la única salida que ellos ven a todo el problema teológico del pecado original.

Toda la Jerarquía se burla de todos los profetas que enseñan con claridad que Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica. Acallan Fátima, Garabandal, San Malaquías… Y no quieren escucharlos. De nada les va a servir sus grandes estudios teológicos. No se van a salvar por ellos. Cuando acepten a los profetas, entonces tendrán la luz que ahora rechazan por su soberbia.

Ahora, son los profetas quienes indican el camino de la salvación. Ya no es la Iglesia en la Jerarquía la que guía hacia la salvación. No; ellos condenan, muestran el camino del error.

«¡Ay de vosotros que sois duros de corazón, incrédulos como Tomás, cobardes como Pedro que me negó tres veces!».

Si no veo, no creo: este es todo el lenguaje de muchos católicos. ¿Para qué tienen la razón? Como impedimento para creer. Si la Iglesia oficial no me dice que Bergoglio no es papa, yo no lo creo. Rehuso con mi inteligencia a descubrir la verdad. Mi mente me impide llamar a Bergoglio como impostor. Mi propia mente me condena, es impedimento para la salvación de mi alma.

Tienen que entender primero con su razón y ver lo que no pueden ver. Así viven muchos, y así mueren muchos. Cuando mueren, entonces ven, pero ya es tarde.

Hay mucha dureza en los corazones de los católicos, porque sólo aman la mentira y atacan la verdad.

Un corazón se vuelve duro sólo porque se cierra a la verdad. Si la mente queda abierta a toda mentira, entonces el odio entra en el corazón y se dirige sólo hacia aquellos que enarbolan la bandera de la verdad.

Quien odia la verdad absoluta no puede comprender que no se ame  la mentira.

Hay cantidad de católicos así, con esta manera de pensar. Es el concepto de falsa misericordia: como todos somos hombres y erramos, entonces hay que seguir aguantando, hay que perdonar, hay que ser pacientes, hay que dar espacio para que el que vive mal no esté molesto con nuestro pensamiento que le juzga, sino agradado en comprobar que también entendemos su estado de vida, su pensamiento, sus obras.

Quien va pensado así la vida en sociedad, acaba odiando toda la verdad. Necesariamente tiene que acoger la mentira del mentiroso y verla como un valor en la sociedad y en la Iglesia.

Niegan a Cristo muchas veces, pero ya sin arrepentimiento. Se creen superiores a Pedro porque viven en una sociedad más progresista, más moderna.

Son cobardes, pero no les interesa salir de esa cobardía porque es su fuerza para seguir en su mentira.

«El castigo profetizado contra Roma pagana, beber Ella misma el Cáliz amargo de sus abominaciones y traiciones, la Roma infiel, es también para vosotros, que sois duros de corazón y estáis llenos de tibieza e hipocresía en vuestro servicio sacerdotal».

La Roma pagana es la mujer embriagada con la sangre de los mártires de Jesús: es esa Roma que persigue a los verdaderos católicos porque no pueden aceptar a un idiota como papa.

Y quien lo rechace, también tiene que rechazar toda su absurda doctrina. Y como esta doctrina es la llave para un nuevo orden mundial, entonces resulta que desde Roma viene la persecución de sangre.

Pero «quedará desolada y desnuda, y comerán sus carnes y la quemarán al fuego» (Ap 17, 16). Y eso lo hará el mismo Anticristo, que va a aborrecer a la misma Ramera que le ha servido para engañar a multitudes.

Y este castigo de Roma es para también para las multitudes de católicos que se dejan amaestrar por el loco de Bergoglio. Van a tener lo que han creído, lo que han buscado con sus inteligencias: la maldad.

«Podréis aparentar ser sepulcros blanqueados por fuera y engañar a los fieles que Me buscan en cada uno de vosotros, Mis Amados sacerdotes, pero Yo, vuestro Dios, que todo lo sé y todo lo veo, conozco cada uno de vuestros corazones, y muchos de vosotros sois dobles, sois hipócritas, porque por fuera estáis blancos, pero por dentro estáis llenos de podredumbre».

Es lo que se vive en toda la Iglesia: un fariseísmo brutal. Todos son santos en sus grandes herejías y pecados. Nadie quiere salvar su alma. Todos quieren agradar al mundo.

Medjugorje: gracia extraordinaria para toda la Iglesia.


«Medjugorje, continuación de Fátima, con el mismo llamado a la paz, a la conversión de corazón, a la vida de Gracia» (La Virgen  a un alma escogida).

Muy pocos católicos creen en esta verdad, porque han dejado de creer en Fátima. Fátima pertenece al pasado. Ahora, es necesario construir un futuro con un lenguaje nuevo, adaptado a la moda de los hombres, a sus culturas. Por eso, muchos no creen en la Virgen María, en su obra en el mundo, en su misión divina.

Si la Virgen se aparece en tantos lugares del mundo es que está anunciando la segunda Venida de Su Hijo en Gloria.

Pero, no creen en esto. Sólo creen que esa segunda venida es para el juicio final. Si no han comprendido lo que pasó en el Paraíso, tampoco comprenden el Apocalipsis, que les habla claramente del Milenio.

Y no ven las apariciones de la Virgen como «medios para vuestra verdadera conversión y salvación» (Ib): no hay reino glorioso si el pecado reina en los corazones como señor. Hay que buscar la verdadera conversión, aquello que pone en camino de salvación al hombre entero, no sólo a su alma. Y, entonces, las apariciones son sólo impedimentos para construir el paraíso en la tierra. Están todos dando vueltas a lo que hay en sus grandes inteligencias humanas, y han quedado embrutecidos en su sabiduría:

«… hay algunos que siempre necesitan novedades en la identidad cristiana y olvidan que han sido elegidos, ungidos”, que “tienen la garantía del Espíritu” y que “buscan: ¿dónde están los videntes, qué nos dice hoy la carta que la Virgen les enviará a las cuatro de la tarde? – Por ejemplo ¿no? Y viven de esto. Esta no es identidad cristiana. La  última palabra de Dios se llama ‘Jesús’ y nada más».

Hay muchos que ponen su mente en el cubo de la basura y se pasan el día repitiendo las necedades y estupideces de Bergoglio. Necesitan esas palabras -tan vacías de verdad, tan llenas de mentira- porque viven buscando las fábulas en sus vidas.

¡Muchos viven del cuento! ¡Y Bergoglio es el mejor cuentista de la historia! En la Iglesia ya ha comenzado el negocio que traen las fábulas de Bergoglio!

La última palabra de Dios se llama la Virgen María. Y nada más y nada menos.

«¡Qué hermosa eres, Amada Mía, qué hermosa eres!… Cintillo de grana son tus labios, y tu hablar es suave… Eres toda hermosa… y no hay en ti defecto alguno…  eres jardín cercado, fuente sellada… fuente que mana a borbotones, fuente de aguas vivas» (Ct 4, 1a.3a.7.12b.15a).

La última palabra es la que es Fuente de aguas vivas, la que da las inteligencias del Espíritu a todos los hombres, la que ofrece al hombre la clave de los Misterios de Dios.

Sabiduría Divina es la Virgen María. Y un hombre se hace sabio porque acepta las palabras de la Virgen María en sus apariciones. Un hombre se vuelve un loco porque desprecia  a la que es toda hermosa, a la que no tiene pecado ninguno, a la que no cae en ningún error en su mente.

Bergoglio es sólo un idiota porque no cree en las apariciones.

Nadie tiene la garantía del Espíritu, porque todos somos siervos inútiles del Señor, que no merecen nada por haber sido elegidos. Nadie tiene el derecho de arrogarse el Espíritu del Señor porque es sólo del Señor, no de ninguna Jerarquía.

Y el Espíritu sopla donde quiere: «todo el que nace del Espíritu» (Jn 3, 8) no está sujeto, no vive de ningún pensamiento humano. El Espíritu lleva a las cosas espirituales,  a buscar la acción de Dios en los corazones humildes. Aquel que busque al hombre porque sólo está vestido de sacerdote o porque sólo cumple un oficio en la Iglesia, no es del Espíritu, no tiene el Espíritu. Dios se esconde a los grandes del mundo y de la Iglesia: a esos que dicen que tienen la garantía del Espíritu. Dios sólo hace maravillas con los que son nada: «¡Hermanos, empecemos de nuevo, porque hasta ahora no hemos hecho nada!» (San Francisco de Asís).

Que ningún insensato loco se atreva a maldecir a la Virgen María, porque la Iglesia vive de esto: de las palabras de la Virgen María. Esta es la identidad de la Iglesia Católica, le guste o no le guste al loco de Bergoglio. Lo entienda o no lo entienda.

La Iglesia ha silenciado a la Madre de Dios en Fátima: ahora, que sufra con las palabras malditas de Bergoglio. Ahí tenéis lo que habéis buscado. Habéis despreciado las palabras de sabiduría divina de la Virgen María, arrastraos -todo el maldito día- para alimentaros de las palabras babosas y blasfemas de un loco de atar, que ni siquiera tiene sabiduría humana. Es más bruto que los brutos.

¡No se juega con la Virgen María! Se la respeta y se la obedece por encima de todas las cosas. Hay que hacer caso antes a la Madre de Dios que a la Jerarquía de la Iglesia.

«Estos son tiempos difíciles para la Iglesia, en donde todo lo que os anuncié se cumple, pues muy despreciada por los hombres he sido, y hoy en día se cuestiona y se pone en juicio Mis Apariciones y Mi Santuario Mariano en Medjugorje» (La Virgen  a un alma escogida).

¡No hay más tiempo! ¡Se están cumpliendo lo anunciado en las profecías! Y, por eso, es necesario negar toda aparición mariana.

«Serán silenciados todos los videntes auténticos y mensajeros de Dios, y se escucharán los falsos profetas y falsos testigos, que hablan de parte del Enemigo y se levantan contra Dios, contradiciendo Su Ley y Sus Manifestaciones Divinas» (Ib).

Ya lo hicieron con Sor Lucía de Fátima, con las niñas de Garabandal, lo están haciendo con las videntes de Medjugorje, han suprimido Akita, se han olvidado de La Salette, se burlan de Guadalupe, en el Escorial lanzaron una ofensiva política contra todos, y ninguna Jerarquía cree en nada. Cada vez que oyen hablar de mensajes comienzan a despotricar por sus bocas.

«Ha llegado el tiempo profetizado, y de tanto dolor en Mi Corazón como Madre de la Iglesia: ROMA PERDERÁ LA FE, y será consumida en llamas para acabar con su pecado, purificándola de todas sus iniquidades e inmundicias, porque se prostituyó y profanó el Lugar que era tan Sagrado para Dios» (Ib).

Es el tiempo de que Roma pierda la fe. Ya ha llegado. Es el tiempo, profetizado en Fátima, de que en Roma habría dos papas: uno, el verdadero, al cual lo tienen prisionero; otro, un impostor, que prepara a la Iglesia para ser la prostituta del Anticristo.

Es el tiempo de los profetas: ¡ay de aquel que no siga el Espíritu de la profecía! Se va a perder en sus tradiciones, en sus liturgias, en su forma de comprender el magisterio de la Iglesia. Es la mediocridad de muchos: quieren defender la tradición obedeciendo a un falso papa. Al final, van a vomitar la tradición para quedarse con la mente de un pervertido.

Es el «tiempo de confusión para los tibios y los mediocres, pero no para los Verdaderos Hijos de Dios: nada los detendrá ni confundirán vuestros espíritus, impregnados de la Verdad de Dios, de Su Ley y su Verdadera Doctrina» (ib).

Hoy, como ayer, nadie cree en los profetas. Porque así es el hombre: ha nacido incrédulo, por el pecado original, y a pesar de haber recibido la fe, es como Santo Tomás: si no veo, no creo. Si no veo a Roma en llamas, no creo. Si no veo que en el Sínodo sacan una ley en contra de la ley de Dios, no creo. Si no veo cambios en la liturgia, no creo.

¡Es el tarugo mental que tienen tantos católicos llenos de teologías y filosofías!

Sus formas de pensamiento les conducen a la mayor ceguera de todas: no saben discernir los signos de los tiempos. No saben dar el paso en su mente: estamos viviendo el inicio de la Segunda Venida de Jesucristo.

Para que venga Cristo a reinar sobre la tierra, es necesario primero un gran castigo sobre la Iglesia y sobre el mundo. Los secretos de Medjugorje hablan sobre eso. Pero, como no son conocidos por la Jerarquía, entonces hay que silenciar Medjugorje. No pueden actuar como lo hicieron con Sor Lucía: no pueden presentar un mensaje adulterado. Hay que hacer callar a esos videntes o quitarlos de en medio.

«El Ángel del Señor, con la flecha de fuego para herir a Roma, la Ciudad Santa, sólo aguarda la voz potente del que está sentado en el Trono Divino y gobierna todo» (ib).

El castigo es inminente. Castigo de fuego. Castigo para purificar la Iglesia de tanto pecado como hay en toda la Jerarquía. Se lo merecen. ¡Muchos se merecen el infierno! ¡Viven como auténticos demonios encarnados!

Nadie cree en este castigo divino, sino que todos andan buscando cómo salvar el planeta del sobrecalentamiento global, que sólo existe en sus imaginaciones. Y así andan castigando a todo aquel que no se someta a su gran barbaridad intelectual, al gran insulto para la inteligencia humana que es Laudato Si.

Medjugorje es una gracia extraordinaria para toda la Iglesia:

«Todo el que recibe una gracia extraordinaria debe hacerla fructificar a favor de la Iglesia. Prueba de ello es que los videntes han dicho, a propósito de algunos secretos, que cuando éstos sean revelados, para muchos será ya tarde. Esto significa que la atención está puesta sobre nuestra participación en la acción divina en nosotros, incluida la que se manifiesta en Medjugorje de modo tan extraordinario». (P. Tomislav – Veinticinco años con María).

Quien no acoge la acción de Dios, que se manifiesta de modo ordinario en su vida y de modo extraordinario en Medjugorje (y en otras apariciones marianas), será tarde para él: no podrá encontrar un camino de salvación para su alma.

¡Así está de dura la vida eclesial!

¡Ya no puedes confiar en lo que dice la Iglesia oficial! ¡Roma ha perdido la fe!

¡Es el tiempo de los secretos de Medjugorje! Pero, para que sean revelados, antes hay que silenciar a Medjugorje.

Los videntes han hecho fructificar el don que han recibido. Y muchas personas, a su alrededor, también han participado de esa obra divina en los videntes. Pero, muchos otros, dentro de la Iglesia se han dedicado a no creer: a atacar y a destruir a la Madre de Dios. Y aquel que no sabe discernir dónde está la Virgen María, no puede encontrar nunca a Jesús. Y, menos, sabrá edificar la Iglesia sobre la roca de la verdad. Sólo sabe levantar una iglesia apoyada sólo en el lenguaje humano.

Si la Jerarquía, y los miembros de la Iglesia, hubieran hecho caso a la Virgen María, fuente de aguas vivas, habrían entendido todas las cosas de este tiempo del Anticristo, que es el que se opone a Cristo.

Pero, como han despreciado a la Virgen, también han despreciado a Cristo, y están demostrando su amor al Anticristo: están levantando una iglesia para el Anticristo.

«Pedid por el clero que es impostor, por los judas de estos tiempos que traicionan al Hijo, entregando y traicionando a Su Iglesia.

Dentro de la misma Iglesia se está tramando la Traición de la Misma: el beso de Judas, uno de entre los amigos íntimos del Hijo.

Porque el instante ya está con vosotros, mis hijitos, en que manipularán la Ley de Dios y sus Mandatos Divinos. El hombre malo se hará más malo, y el bueno será más bueno por la Gracia de Dios; y será más piadoso y santo, para ser luz en medio de las tinieblas, que ya van cubriendo la tierra y la Iglesia de Mi Hijo» (La Virgen  a un alma escogida).

El clero es impostor; son judas que van tras la bolsa de dinero; se presentan con una sonrisa en la boca para terminar dando una patada en el trasero a todo aquel que no se someta a las locuras de Bergoglio.

La Virgen María reveló, desde las primeras semanas de sus apariciones, el sentido espiritual profundo de su extraordinaria presencia en Medjugorje:

«Se está desarrollando un gran combate entre mi Hijo y Satanás. Lo que está en juego son las almas de los hombres» (02.08.1981).

La Virgen recuerda lo que está en las Sagradas Escrituras: Ella es la Mujer vestida de sol, que lucha contra el Dragón que se abalanza contra la Mujer que ha dado a luz a un Hijo Varón.

Están en juego las almas, no los estómagos de los pobres. Peligra la salvación  de las almas, no la salvación del planeta para conseguir un paraíso en la tierra. Muchos ya no creen en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro, sino que han puesto su esperanza en su comunismo y en su idea masónica del Universo.

Quieren hacer de Medjugorje sólo un lugar de oración, pero no de Aparición. Y Medjugorje no es un lugar de devociones piadosas, sino que es el lugar elegido por la Virgen María para un gran combate espiritual.

«Satanás está rabioso con los que ayunan y se convierten» (15.08.1983).

Luego, Satanás está contento con Bergoglio que no quiere proselitismos: quiere que todo el mundo permanezca en su pecado y dé culto a sus dioses.

En toda aparición mariana hay combate espiritual. Es la primera señal de la Presencia de Dios.

«Os invito a todos de una manera especial a la oración y a la renuncia, porque ahora como nunca antes, Satanás quiere mostrar al mundo su rostro infame con el que arrastrar al mayor número de gente posible por el camino de la muerte y del pecado. Por esto, queridos hijos, ayudad a mi Corazón Inmaculado a triunfar en un mundo de pecado»  (25.09.1991).

En Fátima, la Virgen enseñó a los niños el infierno, para salir del pecado. En Medjugorje, la Virgen sigue haciendo lo mismo: enseña a quitar el pecado.

Medjugorje renueva el mensaje de Fátima, porque ninguna Aparición de la Virgen es para dar algo nuevo que nunca se ha revelado. Sino que es para que la mirada del hombre sea capaz de percibir lo que ha sido revelado, pero que el hombre, por su gran soberbia, por su obstinado orgullo, por su clara lujuria de la vida, no ve ni puede ver, aunque tenga todos los conocimientos filosóficos y teológicos acumulados.

Toda la Jerarquía que gobierna la Iglesia vive en sus pecados, en su mundo de pecado. Y lo saben. Tienen los caminos para quitar el pecado y no los siguen. Entonces, la consecuencia es lógica: acallemos unos mensajes que hablan de la oración, del ayuno, de la renuncia para que el hombre quite sus pecados. Si no son capaces de seguir el catecismo de la Iglesia, que les enseña a luchar contra el pecado, menos son capaces de seguir las palabras de la Virgen que les enseña lo mismo.

«No dudéis en recibir el mensaje, que es mensaje del Cielo, si se os llama a la oración, a la penitencia, al ayuno y las obras de piedad. No temáis recibir con gratitud ese mensaje porque son medios para vuestra verdadera conversión y salvación» (La Virgen  a un alma escogida).

El hombre no sabe ver el mundo espiritual: no sabe convertirse al mundo de Dios. Sólo sabe vivir su mundo humano, su mundo racional, que es totalmente limitado, oscuro. Y, por eso, la Virgen se aparece para mostrárselo al hombre como es.

Muchos desprecian las apariciones porque no han comprendido el camino espiritual de la Iglesia. Se han quedado en el camino humano: lo que los hombres, la Jerarquía, dice o no dice. Y no salen de esas medidas humanas, porque tampoco saben obedecer a la Jerarquía. Siempre caen en el falso respeto y en la falsa obediencia a una Jerarquía que ha perdido la fe, que cuando habla sólo le interesa poner de relieve el temor de las revelaciones privadas para la vida eclesial.

Así son muchísimos católicos: tienen miedo de enfrentarse a una aparición de la Virgen, porque no quieren salirse de sus medidas humanas. Están tan metidos en su mente, en sus ideas, en sus malabarismos intelectuales, que ven extraño que Dios hable o que la Virgen se aparezca en algún lugar para repetir lo que ya saben.

Viven en su sueño de que ellos son mejores que muchos católicos que van buscando, aquí y allá, mensajes para su vida espiritual. Ellos, con sus dogmas, con sus tradiciones, con sus santos, acaban haciéndose unos sepulcros blanqueados.  Y sólo saben criticar a todo aquel que cree en una revelación privada. Sólo saben llenarse la boca de desprecios a la Virgen, anulando sus apariciones, para después hablar con orgullo, con palabras medidas sobre las excelencias de la Virgen.

Si la Virgen se aparece en Medjugorje, ¿quién es el hombre para negar esta verdad? ¿Quién puede comprender los designios de Dios?

«Queridos hijos, hoy, como nunca antes, os invito a la oración… Satanás es fuerte y desea destruir no sólo la vida humana, sino también la naturaleza y el planeta en el que vivís. Por esto, queridos hijos, orad para estar protegidos a través de la oración con la bendición de la paz de Dios. Dios me ha enviado a vosotros para ayudaros. Si queréis, coged el Rosario, ya sólo el Rosario puede hacer milagros en vuestra vida» (25.01.1991).

Sólo es el Rosario el que hace milagros: la oración a la Virgen María. Lo demás, no sirve para levantar este mundo lleno de pecado.

Quien sostiene a la Iglesia es el Rosario. No es la Jerarquía que obedece a un falso papa: ellos están destruyendo a la Iglesia.

Sólo los humildes de corazón saben luchar contra satanás para que las puertas del infierno no prevalezcan contra la Iglesia.

La gente humilde, con el Rosario en la mano y en el corazón, es la que edifica la Iglesia, la que levanta la Iglesia y la lleva a donde Dios la quiere.

Los demás, están perdidos en su falsa sabiduría humana. No acuden a la Fuente de aguas vivas, que es la Virgen María en todas sus apariciones.

¡Todos tienen miedo de defender las apariciones marianas! ¡Todos se apuntan al carro del relativismo!

Dios quiere realizar por medio de la Virgen María un gran plan de gracia para salvar las almas del objetivo central que tiene Satanás:

«Yo estoy con vosotros también en estos días inquietos, en los que Satanás quiere destruir todo lo que yo y mi Hijo estamos construyendo… Satanás quiere destruir todo lo que hay de santo en vosotros y en vuestro entorno. Por esto, hijitos, orad, orad, orad…» (25.09.1992).

Porque «no es nuestra lucha contra la carne y la sangre,… sino contra los espíritus que se mueven en los aires» (Ef 6, 12), que quieren destruir todo el planeta, no sólo las almas.

Y, para vencer en esa lucha, la Virgen María dictó a Jelena cómo vestirse de la armadura de Dios:

1. Renunciad a todas las pasiones y deseos desordenados. Evitad la televisión, sobretodo las transmisiones nocivas. Los deportes excesivos, el placer excesivo de la comida y las bebidas, el alcohol, el tabaco.
2. Abandonaos a Dios sin reservas.
3. Desterrad definitivamente cualquier tipo de angustia. No hay lugar para la angustia en el corazón de quien se abandona a Dios. Las dificultades subsistirán, pero servirán para el crecimiento espiritual y darán gloria a Dios.
4. Amad a vuestros adversarios. Desterrad el odio del corazón, la amargura, los juicios, los prejuicios. Orad por vuestros adversarios e invocad la bendición divina sobre ellos.
5. Ayunad a pan y agua dos veces por semana. Reuníos en grupo al menos una vez a la semana.
6. Consagrad a la oración al menos tres horas cada día, de las cuales al menos media hora por la mañana y media hora por la tarde. En este tiempo de oración están incluidos la Santa Misa y el Rosario. Reservaos momentos de oración a lo largo del día y recibid la Santa Comunión siempre que os sea posible. Orad con gran recogimiento. No miréis continuamente el reloj, más bien dejaos guiar por la gracia de Dios. No os preocupéis demasiado de las cosas de este mundo, confiando todo, en la oración, a nuestro Padre celestial. Cuando uno está demasiado preocupado, no puede rezar porque falta la serenidad interior.

Dios contribuirá a conducir a buen fin las cosas terrenas, cuando uno se esfuerza por abrirse a las cosas de Dios. Aquellos que van a la escuela o al trabajo deben rezar media hora por la mañana y media hora por la tarde y participar, si es posible, en la Eucaristía. Es necesario extender el Espíritu de oración al trabajo cotidiano, es decir, acompañar el trabajo con la oración.

7. Sed prudentes, porque el demonio tienta a todos aquellos que han decidido consagrarse a Dios y sobretodo a ellos. Les sugerirá que rezan demasiado, que ayunan demasiado; que deben ser como los otros jóvenes y buscar los placeres. ¡No deben escucharlo ni obedecerle! Deben prestar atención a la voz de la Virgen. Cuando su fe se haya consolidado, el demonio ya no conseguirá seducirlos.
8. Orad mucho por el obispo y por los responsables de la Iglesia. No menos de la mitad de sus oraciones y de sus sacrificios deben consagrarse a esta intención. (“Messagi e pedagogia di Maria a Medjugorje” de R. Laurentin – R. Lejeune)

Las reglas que la Virgen María dictó a los jóvenes del grupo, ¿no están totalmente de acuerdo con la doctrina de Cristo y con el magisterio de la Iglesia? Entonces, ¿por qué dicen que estas apariciones son falsas? ¿En qué se fundamentan?

Todo el problema es éste: han dejado de creer en la Palabra de Dios. Sólo creen en sus palabras humanas, que las hacen oficiales. Oficializan su incredulidad

«…muchos oran, pero poquísimos entran en la oración» (La Virgen a Jelena). Muchos católicos están toda su oración en el run-run de su mente humana, dando vueltas a sus ideas magníficas, creyendo que oran cuando sólo están hablando consigo mismo. Y están así sólo por una cosa, que es la primera regla del grupo: «Renunciad a todas las pasiones y deseos desordenados». No han renunciado a sus pasiones y a sus grandes apegos humanos.

Quien se entrega al pecado, no puede entrar en la oración. Sólo el que renuncia a los pecados, el que los arranca de su alma, tiene la capacidad de entrar en la Presencia de Dios.

Toda esa Jerarquía que quiere negar Medjugorje es gente que no reza, porque vive muy a gusto en sus grandísimos pecados de herejía, de apostasía de la fe y de cisma.

Medjugorje es una gracia extraordinaria para la Iglesia que la misma Iglesia ha despreciado. Gracia que no puede fructificar allí donde no hay fe.

Si Fátima abría a la Iglesia el camino hacia el Reino Glorioso de Cristo, Medjugorje lo descubre en su plenitud.

«Todo lo que se oponga a la Cruz y al sufrir con Cristo, no es de Dios, viene del príncipe de las mentiras.

Toda enseñanza contraria al Evangelio que les predicó Mi Hijo, y os dejó en herencia y por medio del testimonio de los primeros Apóstoles, que sea cambiado o manipulado, viene del Enemigo, el diablo, y debéis negaos a consentir todo error, toda herejía que contradiga la Palabra Divina. No provoquéis al Santo de Dios, para que no os veáis atribulados por ver el Juicio Divino sobre vosotros, que consentís el pecado» (La Virgen  a un alma escogida).

Combatan a toda esa jerarquía que combate las apariciones de la Madre de Dios. Ellos no son de la Virgen, aunque tengan en sus bocas el nombre de Ella. Lo toman en vano, para su gran negocio en la Iglesia.

Es tiempo para que los videntes de Medjugorje dejen de predicar que Bergolio es papa y defiendan la gracia extraordinaria que la Virgen les ha dado. Si no lo hacen, comprometen la misma aparición. Es la Cruz, la vida crucificada lo que da la fuerza para esto:

«La Cruz será un signo de esperanza y salvación para muchos, que se verán obligados y limitados a mantener viva esta devoción a Mis Apariciones, en ese lugar de Medjugorje» (La Virgen  a un alma escogida).

 

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