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La penas del infierno son eternas


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«Vivís en la crápula y os olvidáis de alimentar el alma con los dogmas y la doctrina»1.

Estas palabras de San Basilio reflejan el estado actual de toda la Iglesia: jerarquía y fieles. La gran mayoría vive en la crápula, en la depravación, en el libertinaje de la vida. Son hombres que llevan una vida de vicio y de inmoralidad. Hay que olvidarse de ellos porque son muerte: invitan, aconsejan, llevan a la muerte espiritual del alma.

Quien vive en el vicio de su pecado, vive sin alimentar su alma de la verdad objetiva: el dogma, la regla de la fe, la norma de moralidad, la doctrina infalible de Cristo y de Su Iglesia.

Y si esa persona está como cabeza de la Iglesia – es Jerarquía –  entonces el daño es irreversible para las almas. Vive en su vicio, en la obra de su pecado, y hace que los demás vivan en sus pecados, en la vida de extravagancia que sus errores traen consigo.

Hoy las almas hacen más caso de lo que el mundo publica que de la fe que deberían profesar: «Según Francisco, en el DNA de la Iglesia de Cristo, no existe un castigo para siempre, sin retorno, inapelable» (ver)

La Iglesia ha vivido siempre de un credo: el credo de la fe. Aquel que quiera cambiar este credo, cambia toda la Iglesia. La Eucaristía dejará de existir porque los hombres impondrán su credo en la Iglesia. Y allí donde no hay fe, no hay Eucaristía.

Pero muchos católicos ya no saben -ni siquiera- lo que es la fe católica. Viven en su fe humana, científica, histórica, natural, carnal, material, técnica…Pero no poseen la fe divina en el corazón.

Si el corazón no posee el don de Dios, -la fe-, el alma nunca puede estar en la Verdad. La inteligencia de los hombres se pierde sólo por su falta de fe, es decir, porque los hombres cierran sus corazones al don de Dios, a la gracia divina, a la obra del Espíritu.

Cierran sus corazones; es decir, abren sus mentes humanas a la idea del hombre, al lenguaje de los hombres, a las obras de las civilizaciones, de las culturas.

Un corazón cerrado es una mente soberbia: una mente metida en sí misma, incapaz de alcanzar la verdad. Es una incapacidad espiritual. Por más que el hombre analice, sintetice, medite, lea, investigue, se aconseje, no puede ver -con su mente- la verdad. La tiene en sus mismas narices, pero se fija en otra cosa, que le distrae de la verdad.

Un corazón abierto es una mente humilde: una mente que por más que piense, medite, analice, sintetice, nunca se queda en su trabajo, sino que siempre lo pone a un lado. Ha hecho lo que tenía que hacer: investigar la verdad, penetrarla, buscarla. Pero lo ha hecho como siervo inútil, porque para eso Dios ha dado al hombre la razón: para permanecer en la verdad, para sujetarse a ella, para someterse a ella.

Y la verdad, para una mente humilde, está siempre fuera de ella, nunca dentro. La verdad no es un invento de la mente del hombre, sino que es la vida de Dios, la obra de Dios, el Pensamiento Divino.

Los hombres de mente soberbia no pueden comprender esto. Para ellos la verdad es una conquista del hombre, una evolución humana, un progreso en las fuerzas de la naturaleza. Pero no es algo inmutable, que permanece para siempre, y que está ahí para que el hombre se agarre fuertemente a ese clavo y no pueda soltarse, por más marea y viento que vengan.

La verdad, para muchas personas, es algo gradual: es una idea que va evolucionando en la mente del hombre. Si la mente ha alcanzado un grado de perfección, entonces el hombre obra ese grado y la idea cambia. Ya no se piensa como antes, sino de otra forma. Ya lo que antes era malo, ahora no lo es. El hombre, en su perfección mental, ha adquirido un grado que antes no tenía. Ese grado es siempre una evolución, nunca una permanencia, nunca una estabilidad, una sujeción.

La verdad gradual es el culto a la mente del hombre. Y, por eso, se basa –sobre todo- en un lenguaje humano; en formas exteriores de expresarse. Nunca la verdad gradual es una vida interior del hombre, sino que siempre indica una vida exterior, superficial, ligera, una obra humana. Es la urgencia de hacer esa obra lo que lleva al hombre a la verdad gradual.

Todo hombre que viva para una actividad exterior, si no sujeta su mente a una verdad inmutable, objetiva, tiene que comprobar cómo su mente va cambiando según su obra exterior, según su actividad. Y ese cambio mental es siempre una perfección en el mal, en el error, en la mentira. La mente del hombre, en vez de penetrar en la verdad inmutable, penetra en la mentira que siempre cambia de color, que nunca es la misma, nunca permanece en lo que es.

Por eso, el mal es un misterio que el hombre no puede conocer. ¿Cómo algo que cambia siempre permanece siempre en el mismo cambio? Este es el Misterio del Mal, del pecado de Lucifer. Una mente espiritual que no quiso penetrar la verdad en el Espíritu de Dios, y que concibió su vida de ángel para penetrar la mentira, que su misma mente le ofrecía, buscaba y encontraba. Y Lucifer no puede cambiar en esa penetración de la mentira. Permanece penetrando lo que cambia siempre, lo que siempre se opone a la verdad objetiva. Permanece en la obra de su pecado, mientras su pensamiento espiritual va cambiando según vaya penetrando la mentira, el error, la oscuridad. Su pensamiento se va haciendo gradual en su obra de pecado: va alcanzando una profundidad, una perfección en el mal, en el pecado, en el error. Por eso, toda mente soberbia siempre tiene una excusa, siempre encuentra una razón para seguir en su vida de pecado. El humilde ve que su idea equivocada no es camino para su vida y llega al arrepentimiento. El soberbio no puede llegar a este arrepentimiento porque profundiza constantemente en su mentira, en su error. Está ciego en su maldad.

Por eso, el infierno fue preparado por Dios para Lucifer:

«Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles» (Mt 25, 41).

Fuego eterno: pena eterna.

Lo eterno se toma en la Sagrada Escritura en su sentido propio, es decir, es una duración sin término. Lo que no tiene ni principio ni tendrá fin.

«Él era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque no ha verdad en él» (Jn 8, 44b). Este es el Misterio del Mal, de la obra de pecado del demonio.

Homicida desde el principio de su obra de pecado. Esa obra de pecado es eterna.

Dios es eterno; la obra de pecado del demonio es eterna.

Dios tiene que preparar un lugar para el demonio: para él y para su obra de pecado. Un lugar eterno, con una pena eterna, porque la obra del demonio, que es el pecado, es eterna.

Y decir que la obra del demonio sea eterna no es decir que el demonio sea eterno.

La obra del demonio no tiene principio en el bien, en Dios. Y no tiene fin en el bien, en Dios. Por eso, se la llama eterna. Pero el demonio tiene su principio en Dios –fue creado por Dios de la nada-, pero no tiene fin –Dios no lo aniquila.

La duración de la obra del demonio, su pecado, comienza en el demonio mismo, no en Dios. Y no termina, no puede tener fin porque Dios no puede aniquilar al demonio. El demonio tiene que vivir en su propia obra de pecado. Y, por eso, Dios le preparó ese lugar eterno: para él, para sus ángeles que apostataron de la verdad, para las almas que se dejaron engañar del mismo demonio, de su misma mente pervertida en la mentira.

Esta eternidad de las penas del infierno ha sido enseñada siempre por el Magisterio de la Iglesia:

«Limpios nosotros por su muerte y sangre, creemos hemos de ser resucitados por Él en el último día en esta carne en que ahora vivimos, y tenemos esperanza que hemos de alcanzar de Él o la vida eterna, premio de nuestro buen mérito, o el castigo de suplicio eterno por nuestros pecados. Esto lee, esto retén, a esta fe has de subyugar tu alma. De Cristo Señor alcanzarás la vida y el premio» (Fórmula de fe de Dámaso – D16).

Para aquellos que escriben que «la Iglesia oficial defiende desde el siglo XV que el castigo del infierno destinado a los pecadores es eterno», hay que decirles: sois unos mentirosos. Escribís un artículo para defender sólo a un hombre: Bergoglio. Y, por tanto, lo escribís para atacar a toda la Iglesia. Es un escrito lleno de mentiras, por todas partes. Y son culpables de esas mentiras, porque la verdad está escrita en muchos libros. Pero esa gente, le importa un rábano la verdad. Escribe para engañar.

La Iglesia oficial, la de san Pedro, desde siempre ha defendido la pena eterna del infierno. Desde siempre.

Aquellos que quieren volver al origen de la Iglesia, a sus inicios, que se lean todas las homilías de todos los santos Padres desde el inicio de la Iglesia hasta el siglo XV, y verán cómo se enseña el infierno y sus penas eternas.

En el principio de la Iglesia no hacían falta los dogmas, porque las almas creían en la verdad como niños. Sus mentes eran humildes, no soberbias. Y, por eso, la Iglesia de los principios vivía en las catacumbas, porque defendían la verdad sin dogmas: la verdad como era, la que está en el Evangelio, en la Revelación. Defendían a Cristo en Su Iglesia. Y defendían la Iglesia de los hombres, del mundo, de la vida de pecado. Y, por eso, tenían que vivir escondidos. Porque los hombres sólo defienden sus intereses, sus mentalidades, sus lenguajes humanos, sus vidas, sus obras, pero no a Cristo, no el Evangelio, no la Palabra de Dios, no la Iglesia.

Hoy en la Iglesia, que tiene un magisterio de 20 siglos, que tiene un dogma, la gente sólo defiende su palabra humana. Porque quiere su vida humana. Y su humanismo dentro de la Iglesia. No quiere una vida de catacumbas. No le interesa vivir escondidos con la verdad en el corazón. No quieren una vida interior, de silencio y de soledad de todo lo humano. Quieren vivir para los hombres, con el consuelo que dan los hombres, con sus aplausos, con la fama social de ser hombre para los hombres.

La gente está defendiendo el lenguaje barato y rastrero de Bergoglio. Pero no tiene agallas para defender a Cristo, la Mente de Cristo, la Palabra de Dios en la Iglesia. Tienen miedo de estar en contra de un hombre, al que llaman falsamente Papa, sin serlo. Tienen  miedo de enfrentarlo como es y con las armas del Espíritu. No quieren perder el plato de lentejas. Prefieren limpiarle sus babas, cuando habla, que juzgarlo y condenarlo por su manifiesta herejía. Y ¿está Iglesia apela a los orígenes de la Iglesia para ser Iglesia?

En los orígenes de la Iglesia se defendía a Cristo de los hombres herejes y cismáticos. Se defendía a la Iglesia de todos los sacerdotes y Obispos heréticos. Hoy día nadie defiende a Cristo ni a Su Iglesia. Hoy día todos los medios de comunicación defienden a los herejes y cismáticos, a los apostatas de la fe, como salvadores de la Iglesia. Hoy día, los herejes y cismáticos son los que gobiernan la Iglesia. ¡Hasta dónde hemos llegado!

Kasper es el que salva hoy a la Iglesia; Bergoglio, «sin necesidad de grandes encíclicas, con sus charlas habituales, está llevando a cabo una revisión de la Iglesia para acercarla a sus raíces históricas».

Este es el pensamiento de muchos católicos. Ya no quieren los dogmas, ya no quieren la doctrina, porque viven en la crápula, en la perversidad de sus mentes humanas. Viven anclados en sus pensamientos soberbios de la vida.

Las raíces históricas de la Iglesia es la Roca de la Verdad. Ahí está la raíz. Y los primeros cristianos, los de las catacumbas, vivían apoyados en esa Roca. Y les importaba nada la sociedad, un gobierno mundial, una iglesia universal. No necesitaban charlas de un hombre que no sabe hablar, que es un loco cuando empieza a dar sus discursos. No tenían necesidad del  demente de Bergoglio. Sólo tenían necesidad de una mente humilde, de un corazón dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Esos primeros cristianos ponían su mente en el suelo –la pisoteaban- y obraban la verdad; esa verdad que es la Mente de Cristo, la Mente de Dios. Penetraban en esa Mente y, por eso, no necesitaban de un dogma. Eran, -sus vidas-, un dogma vivido, una enseñanza puesta en vida, practicada con sus vidas, con su misma sangre: vivían para Cristo, no para los hombres. Vivían para agradar a Cristo, no a los hombres.

Hoy la gente de Iglesia, -los fieles, la Jerarquía-, vive para agradar a un hombre: Bergoglio. ¿Y tenéis la caradura de apelar a las raíces históricas de la Iglesia si sólo os interesa el negocio que ese hombre os da en la Iglesia?

Si los católicos supieran, de verdad, lo que significa un Papa en la Iglesia, desde el principio del falso pontificado de Bergoglio, toda la Iglesia hubiese enfrentado y liquidado a ese hombre. Pero, ahora, tenéis lo que habéis perseguido: un ignorante de la verdad, que os hace bailar con el demonio, para llevaros al fuego del infierno, aunque vuestras mentes humanas no crean en él, no puedan concebirlo como real, como una verdad objetiva.

El infierno no es el invento de una cabeza humana, de un lenguaje humano, de una época histórica, de una mentalidad arcaica.

Dios creó el infierno para el demonio, para la obra de pecado que el demonio saca con su mente espiritual.

El infierno es la obra de Dios: obra preparada para el demonio. Esto es lo que muchos católicos no quieren entender. Porque van en busca de un Dios que no castigue: «son muy importantes para millones de cristianos que durante siglos han sufrido oprimidos por la doctrina de un Dios tirano, sediento de castigo y de castigo eterno».

Lo que ha enseñado la Iglesia, durante siglos, es opresión para muchos católicos: cuántos se reflejan en estas palabras. Cuántos tienen en sus bocas que la doctrina del infierno da un Dios tirano, un Dios que castiga, un Dios que hace Justicia. Y eso no nos gusta. Nos gusta un Dios de misericordia, que perdona siempre, que olvida siempre.

Desde el inicio de la Iglesia se ha enseñado el castigo eterno del infierno. Ahí tienen la fórmula de la fe de Dámaso; ahí tienen el Símbolo de Atanasio:

«…y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno. Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse» (Profesión de fe de Atanasio – D 40).

En estas dos profesiones de fe, apoyado en las dos, que se remontan a las raíces históricas de la Iglesia, el Concilio Lateranense IV definió el dogma:

«Todos éstos (a saber, los réprobos y los elegidos)… resucitarán… para recibir según sus obras… los réprobos con el diablo el castigo eterno, y los elegidos en unión con Jesucristo la gloria eterna». (D 429).

El dogma, definido en el siglo XIII, dice lo mismo que las profesiones de fe, que la Iglesia tenía desde el comienzo.

El dogma que se define no es algo nuevo en la vida de la Iglesia: es la verdad de siempre, que Cristo enseñó a Sus Apóstoles, y que ha sido transmitida por toda la Tradición.

No fue San Agustín el que ideó la eternidad de las penas del infierno: no es la mente de un hombre, su lenguaje, la que ha fabricado el infierno. Es Dios el que ha creado el infierno. Es Dios el que mantiene el infierno como es. Es Dios.

Los hombres pueden pensar muchas cosas, pero si son humildes, acabarán aceptando la verdad del infierno, como le pasó a Orígenes.

Este teólogo sostenía la doctrina de la restauración universal de todos los seres, en la cual al final todos los seres participarán de la salvación de Jesucristo. Pero él hablaba como teólogo privado, diciendo una verdad que -hoy día- muchos teólogos no dicen:

«todas estas cosas las trato con gran temor y cautela, más teniéndolas por discutibles y revisables que estableciéndolas como ciertas y definitivas» (Orígenes – Peri. Arjon I,6.1).

Orígenes, en su error, tenía una mente humilde. No enseñaba su error como una verdad definitiva, sino con gran temor y cautela.

Muchos sacerdotes y Obispos, en sus errores, tienen una mente soberbia. No son capaces de decir lo que dijo Orígenes en su error.

Orígenes enseña un error:

«¿Qué significa la pena del fuego eterno?… todo pecador enciende para sí mismo la llama del propio fuego. No que sea inmerso en un fuego encendido por otros y existente antes de él, sino que el alimento y materia de ese fuego son nuestros pecados… Así, el fuego infernal de la Escritura es símbolo del tormento interior del condenado, afligido por su propia deformidad y desorden».

Es verdad que todo pecador enciende para sí mismo la llama del propio fuego; pero también es verdad que todo pecador es lanzado al fuego encendido que ya existe. Su enseñanza no va en contra directamente de la pena eterna en el infierno, sino que produce confusión.

Orígenes menciona el fuego eterno: «… las almas, cuando salen de este mundo,… ya para la vida eterna…ya para el fuego eterno…» (R 446), sin embargo establece el principio de que la pena es medicinal: «la pena que se indica mediante el fuego del infierno se entiende que se usa como ayuda» (R 468). Orígenes pone el fuego del infierno, no en algo real, extrínseco a la persona, sino en ella misma, en su conciencia: «la conciencia misma es atormentada y herida por su propios aguijones y ella viene a ser acusadora y testigo de sí misma» (R 463). Orígenes creía sólo que el fuego del infierno era metafórico, pero no real. Y eso también va contra el dogma.

En oriente y en occidente esta teoría fue aceptada por muchos, incluso por Padres de la Iglesia, como Dídimo Alejandrino, Clemente Alejandrino, Gregorio Niseno, Gregorio Nacianceno, San Jerónimo, San Ambrosio. Pero aceptada como teólogos privados, hablando sobre el tema antes que el magisterio de la Iglesia lo hubiera confirmado. Y esto no es de extrañar que los teólogos tomen teorías que contradigan, de alguna manera, la verdad revelada, si éstas no han sido definidas como dogma. Pero ninguno de los Padres de la Iglesia negó nunca ni la eternidad del infierno ni las penas eternas de éste. Sino que tomaron la dificultad que proponía Orígenes y la criticaron, pero nunca enseñando esas dificultades como ciertas, como necesarias para la vida espiritual.

La Iglesia, para acabar con estas dificultades, pone su magisterio infalible. Ningún santo es infalible. Sólo la Iglesia es infalible en su magisterio:

«Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema» (Liber adversus Origenes, año 543 – D 211).

Ya desde el siglo VI, la doctrina de Orígenes estaba condenada por la Iglesia. No es hasta el siglo XIII donde se define el dogma de la pena eterna del infierno. Una cosa es lo que pensaba Orígenes, y otra cosa lo que nació de ese pensamiento errado y que fue llamado el origenismo. Este origenismo llega hasta nuestros días, encontrándose en la profesión de muchísimos protestantes, los cuales no sólo caen en el restitucionismo (= restauración final, las almas de los condenados van a ser restituidas, convertidas a la amistad de Dios), sino en la palingenesia (= reencarnación).

Y este origenismo, con todas sus desviaciones, está en la mente de Bergoglio y de toda la Jerarquía que le obedece.

Orígenes, en su error, fue humilde. Pero toda esta gente que gobierna la Iglesia no es humilde. Porque una vez que la Iglesia ha enseñado a pensar la verdad correctamente, nadie puede volver atrás.

Ningún católico puede ir al pensamiento de Orígenes, ni de ningún Padre antiguo de la Iglesia, para pensar como ellos antes de la definición del dogma. Ya no hay excusa para sostener lo que pensaba Orígenes. Ya la Iglesia ha hablado en su magisterio infalible. No se puede mirar hacia atrás, poniendo la excusa, la vana razón, de querer buscar los orígenes de la Iglesia.

El inicio de la Iglesia es la Verdad objetiva, inmutable: las penas del infierno son eternas. Y lo que la Iglesia ha condenado sigue estando condenado, porque la Iglesia no se inventa la verdad, no crea la verdad con su lenguaje humano. Sino que la clarifica. Coge la discusión de todos los teólogos y saca la regla de la fe: esto es herejía, esto es certeza, esto es error teológico, etc… Esa regla de la fe es el credo de la Iglesia: lo que todo católico tiene que creer para ser Iglesia, para salvarse.

Muchos católicos no saben lo que la Iglesia ha definido: su fe es una mezcla de tantas cosas que caen, necesariamente, en el pecado, en la oscuridad de la mente, en una vida de crápula.

Si un católico defiende que el fuego del infierno es sólo metafórico, no propio, no se le puede absolver2. Todo católico está obligado a aprender lo que la Iglesia ha enseñado en su magisterio infalible. En la Iglesia todo el mundo tiene que pensar igual en aquello que es dogma. No puede haber diversidad de opiniones. Eso no es la unidad en la verdad.

Bergoglio enseña lo contrario: la unidad en la diversidad. Tiene que meter en la iglesia todos los errores, todas las mentiras, todas las herejías que la Iglesia ya ha condenado. Tiene que inventarse que la Iglesia no condena para siempre.

Si no están fuertes en la Verdad objetiva no pueden ser una Iglesia remanente, que viva en las catacumbas.

Es la verdad la que guía a la Iglesia. Pero la Verdad que ofrece el Espíritu del Padre y del Hijo. No es la verdad que las mentes de los hombres se inventan. La Iglesia no necesita el lenguaje de Bergoglio. La Iglesia sólo necesita de corazones humildes, valientes, que sepan llamar a cada uno por su nombre y, por lo tanto, que sepan dar a cada hombre lo que se merece.

Bergoglio, por su pecado de herejía, se merece estar fuera de la Iglesia. ¡Hay que echarlo! En vez de estar escribiendo cartitas en que se implore a Bergoglio que no haga nada en contra de la doctrina de la Iglesia en el Sínodo que viene; que se haga un escrito en que se condene a Bergoglio y se le saque fuera de la Iglesia.

El que ama a la Iglesia no quiere herejes dentro de Ella.

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1 «Añade a todo esto que el ayuno no sólo te libra de la condenación futura; sino que te preserva de muchos males y sujeta tu carne, de otro modo indómita… Ten cuidado, no sea que, por despreciar ahora el agua, tengas después que mendigar una gota desde el infierno. Vivís en la crápula y os olvidáis de alimentar el alma con los dogmas y la doctrina, como si no supierais que vivimos en batalla perpetua y que quien abastece a una de las partes influye en la derrota de su contraria, y, por lo tanto, el que sirve a la carne aniquila al espíritu, mientras que quien le ayuda reduce a servidumbre al cuerpo…» (Ad Populum variis argumentis homiliae XIX. Homiliae I et II de ieiunio Divi Basilii Magni… omnia quae in hunc diem latino sermone donata sunt opera. Apud Philippum Nuntium Antuerpiae, MDLXVIII, p. 128)

2 El 30 de junio de 1890 se le hizo a la Sagrada Penitenciaría la siguiente pregunta: «Un penitente se presenta al confesor y le dice entre otras cosas que opina que en el infierno el fuego no es real, sino metafórico, a saber que las penas del infierno, cualesquiera que éstas sean, han sido llamadas fuego según un modo de hablar; pues así como el fuego produce el dolor más intenso de todas las cosas, del mismo modo para juzgar las penas enormemente atroces del infierno no hay una imagen más adecuada en orden a formarnos idea del infierno. De aquí que el párroco pregunta, si puede dejar a los penitentes en esta opinión y si le está permitido absolverlos. E indica el párroco que no se trata de la opinión de alguna persona concreta, sino que es una opinión generalmente extendida en cierto pueblo donde suele decirse: convence solamente si puedes, a los niños de que hay fuego en el infierno». Respuesta de la Sagrada Penitenciaría: «Estos penitentes deben ser instruidos con toda diligencia y si se obstinan en su opinión no se les debe absolver» (De los Novísimos – El fuego del infierno no es metafórico, sino propio, n. 204 – P. Sagues)

El pensamiento de herejía de Bergoglio


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Bergoglio es un hombre que ha usurpado el Papado; es decir, es un falso papa, rodeado de una falsa jerarquía, con el fin de levantar una nueva estructura de iglesia.

Y esto lo hace «a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos» (EG – n.223), porque es necesario «preocuparse por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político, fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana» (EG – n. 224).

Este es el claro pensamiento herético de este hombre, que nace de su principio masónico: el tiempo es superior al espacio.

Su reforma es lanzar al pueblo sus ideas, sembrar su falsa doctrina de la misericordia, para que genere procesos, es decir, ideas, vidas, obras, actitudes, con el fin de construir el pueblo que ellos necesitan para su nueva iglesia. No les preocupa la inmediatez, porque saben cómo es la Iglesia. Ellos van hacia la plenitud humana: alcanzar la cima del pecado de humanismo. El culto al hombre, la idea del hombre, la obra del hombre, la vida del hombre. Todo entorno al hombre. Y necesitan gente para eso.

Con Bergoglio, el concepto de pecado ha desaparecido y sólo se asoma el concepto luterano de misericordia, que el Concilio de Trento ha anatemizado:

  • D-822 Can. 12. Si alguno dijere que la fe justificante no es otra cosa que la confianza de la divina misericordia que perdona los pecados por causa de Cristo, o que esa confianza es lo único con que nos justificamos, sea anatema [cf. 798 y 802].

Esto es constante en las homilías de Bergoglio: Dios todo lo perdona, no se cansa de perdonar. Sólo hay que confiar en Dios que perdona.

  • D-831 Can. 21. Si alguno dijere que Cristo Jesús fue por Dios dado a los hombres como redentor en quien confíen, no también como legislador a quien obedezcan, sea anatema.

Jesús es sólo el hombre que salva, no es el Dios al que hay que escuchar. No vienen a poner una ley, una doctrina, un gobierno, sino que viene a estar con los hombres, a caminar con ellos, a vivir su misma vida.

  • D-837 Can. 27. Si alguno dijere que no hay más pecado mortal que el de la infidelidad, o que por ningún otro, por grave y enorme que sea, fuera del pecado de infidelidad, se pierde la gracia una vez recibida, sea anatema [cf. 808].

Si eres infiel a la fe en Cristo, entonces no te puedes salvar. Eso es un grave pecado. Los demás pecados no existen, no quitan la gracia. Por eso, los sodomitas están en gracia. Los malcasados permanecen en la gracia. Sólo los corruptos no están en gracia: son infieles a la fe.

Estas tres cosas son la base de la falsa misericordia de Bergoglio. Constantemente las predica, de una manera o de otra. Pero siempre él enseña estos anatemas como una verdad que hay que seguir en su nueva iglesia.

Ya la homosexualidad no se considera un pecado, ni una tendencia desordenada, no es un acto en contra de la ley natural, sino que se reconoce en ellos una tensión hacia el bien, con derechos jurídicos y con una acción de acogimiento pastoral. Después del Sínodo, se han aplicado aperturas pastorales, que son totalmente contrarias a la doctrina. Y han sido llevadas a cabo por la jerarquía modernista, que apoya en todo a Bergoglio.

Bergoglio desprecia la Tradición, la Roma Eterna de los Papas y toda la Liturgia. Su pensamiento es claro en la entrevista concedida al P. Antonio Spadaro, Director de La Civiltà Cattolica:

«El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. Sí, hay líneas de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible. Luego están algunas cuestiones concretas, como la liturgia según el Vetus Ordo. Pienso que la decisión del papa Benedicto estuvo dictada por la prudencia, procurando ayudar a algunas personas que tienen esa sensibilidad particular. Lo que considero preocupante es el peligro de ideologización, de instrumentalización del Vetus Ordo».

  • La cultura contemporánea debe ser leída a la luz del Evangelio: con Bergoglio es al revés: el Evangelio se lee a la luz de la sabiduría del mundo, no ya del hombre. De lo que hay en cada cultura en el mundo. Las consecuencias de este pensamiento son claras: demos al mundo lo que pide. ¿Por qué no bendecir las hojas de coca?
  • La crisis de la fe es por la crisis de la liturgia: para Bergoglio, la Iglesia no ha gozado de tanta salud espiritual. Grandes y enormes frutos. Ya la liturgia sirve al pueblo, no a Dios. Es para dar culto al hombre, no a Dios. Las consecuencias son manifiestas: bautizar a los hijos de los homosexuales, casar a los homosexuales, romper el vínculo matrimonial, permitir la comunión a todo hombre por más pecador que sea.
  • El Evangelio es inmutable: para este hombre, la situación histórica ha cambiado el Evangelio. Por tanto, han evolucionado todos los dogmas. Los Misterios de Dios ya no son misterios, sino una forma de inteligencia humana, una función del lenguaje humano. La verdad es gradual, no objetiva.
  • La doctrina auténtica ha desaparecido, de hecho y de derecho: es el peligro de ideologización del Vetus Ordo. En otras palabras, la represión de la Tradición se desarrolla por medios de medidas autoritarias, fuera del derecho establecido. Esos son los casos de los Franciscanos de la Inmaculada; la remoción del Cardenal Burke, y otros.

Con Bergoglio la ruptura es innegable. No hay continuidad en su falso papado. Muchos reconocen esta ruptura, pero siguen llamando a este hombre como Papa.

El daño ya es abismal en toda la Iglesia: hay una clara división en la Jerarquía y en los fieles.

Bergoglio está llevando a toda la Iglesia hacia su autodestrucción: Ella misma se destruye porque no ataca la herejía que vive dentro de Ella, en su propia Jerarquía, en su propia cabeza que la gobierna, de una forma dictatorial.

Es una dictadura lo que vemos en la Iglesia: el dictado de la mente de un hombre. Su imposición como doctrina verdadera. Y, por lo tanto, Bergoglio tiene que enfrentarse a todos los verdaderos católicos. Es lo que hace todos los días en sus homilías desde Santa Marta. No hay una en que no martillee a los defensores de la Tradición, del dogma, que son los que cargan sobre los hombres pesos insoportables.

Bergoglio odia a todos los católicos verdaderos: los pisotea constantemente. Para ellos no hay ninguna misericordia. Y es lo normal en él y en todo su clan: tiene que levantar su iglesia en donde los moralistas, los tradicionalistas, todo lo que huela a doctrina eterna, inmutable, no puede tener cabida.

La doctrina de la Iglesia es inmutable. Y la práctica pastoral no puede contradecir a la doctrina. De hecho, se la está contradiciendo constantemente. Y eso conlleva la instalación, de una manera disfrazada, de una nueva doctrina. Es así como se hace siempre cuando se quiere destruir una verdad. Se le ataca, no frontalmente, sino de manera oculta, disfrazada, velada. Es la obra del masón: el trabajo oculto.

La doctrina de Kasper, que es lo que sigue al pie de la letra Bergoglio, contradice totalmente la doctrina de la Iglesia. Y esa doctrina ya ha sido lanzada por Bergoglio para poner clara división en toda la Jerarquía.

Es una batalla, que ha arrojado el demonio, a través de Bergoglio, para imponer un gran mal a toda la Iglesia. Y la verdadera Jerarquía está callada. No lucha como tiene que hacerlo. No batalla. Se conforma con lo que tiene. Y eso va a ser el triunfo del mal en toda la Iglesia. Tienen miedo de perder el plato de lentejas. Miedo. Y no hay otra razón. Las almas se condenan y ellos callan. Esto es gravísimo para toda la Iglesia. Esta es la tibieza, clara y manifiesta, en toda la Jerarquía verdadera.

Bergoglio no cree en la Divinidad de Jesús (“Jesús no es un Espíritu”) y, por lo tanto, tiene que construir su falsa espiritualidad y misticismo: la divinización del hombre:

«Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas. ¡Necesitan ser escuchadas! Tal vez no tanto en los periódicos, como noticias; esa es una escucha que dura uno, dos, tres días, luego viene otro, y otro… Deben ser escuchadas por quienes se dicen cristianos. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Y hoy, todos nosotros, aquí, necesitamos decir: «Estas llagas deben ser escuchadas». Pero hay otra cosa que nos da esperanza. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí es la Carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, es la Carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (4 de octubre 2013).

Bergoglio pone en el mismo plano la Eucaristía y la carne de los discapacitados. Esto sacraliza la carne de los hombres que sufren por muchos motivos. Sólo por analogía la carne de los pobres es la de Cristo, pero no de una manera unívoca.

En la Eucaristía, Jesús está presente, vivo, es verdadero; pero en los pobres, en las persona enfermas, Jesús no está presente. Su carne no es la carne de Jesús. Sus llagas no son las llagas de Jesús. Esta forma de hablar tiene el sabor de la herejía y lleva a la herejía.

Todo lo que se hace «al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt 25, 40), pero la Iglesia siempre ha enseñado y practicado el sentido de la pobreza evangélica, la de los pobres en espíritu. Quien viva esta espiritualidad, obra en consecuencia: ayudando con sus obras de misericordia a los pobres materiales por un sentido de expiación del pecado, no por un sentido de un bien humanitario.

Quien siga la doctrina de este hombre cae en dos pecados: antropocentrismo y la idolatría del pauperismo. Es decir, se mete de lleno en la doctrina comunista, del bien común, produciendo que la doctrina social de la Iglesia se anule totalmente.

El pobre no es Cristo. El Evangelio enseña la pobreza espiritual y a amar a los pobres. Pero eso no significa que el Evangelio consista en el mismo pobre o en la pobreza. Y, por lo tanto, no significa que el católico tenga que escuchar a los pobres. Se escucha la voz de Cristo. Y por mandato del Padre: «Este es Mi Hijo amado: escuchadlo». Ningún católico escucha a los hombres en la Iglesia. Para ser Iglesia hay que escuchar la Voz de Cristo en el corazón. Lo demás, es la falsa espiritualidad de los pobres materiales, de los machacados, de los discapacitados; y el falso misticismo de construir el cuerpo místico de los hombres, que es la divinización de todo lo humano. Es la iglesia de los pobres y para los pobres: de los hombres y para los hombres.

No se puede equiparar, como lo hace Bergoglio, el amor a los pobres con la adoración a Cristo. Cuidar a los pobres no es adorar a Cristo. Cada uno tiene su lugar en la creación. Los pobres siempre los tendréis, para hacer con ellos una obra de expiación del pecado. Pero no siempre a Cristo se le tiene, se le posee. El alma que no está en gracia no posee a Cristo. Lo tiene en el Altar, en el sagrario, pero no vive imitando a Cristo, siendo otro Cristo por participación de la gracia.

Como Bergoglio anula la Persona Divina de Jesús (“Jesús es sólo un hombre, una persona humana, pero en la gloria”), la encarnación se realiza en todos los hombres: «estas personas y sus llagas son la carne de Jesús». Jesucristo no se ha encarnado en la humanidad. Ha asumido una naturaleza humana, pero ésta no es la de todos los hombres, sino la del hombre Jesús. Su Persona Divina, el Verbo, que Bergoglio niega absolutamente, asume un alma humana y una carne humana, unidas entre sí de manera sustancial. Y producen un ser divino, que no es un hombre solamente: es Dios y Hombre verdadero, sin persona humana. Y se adora al Verbo Encarnado. No se adora a los pobres ni a ningún hombre en la tierra. Porque Jesús sólo está en la Eucaristía, no en los pobres. En los pobres está de manera mística, pero no espiritual. Está por sus pecados. Los pecados de los pobres, como los pecados de los ricos, como los pecados de todo hombre, ofenden al Verbo Encarnado de una manera mística. Y son por estos pecados la causa de la muerte de Cristo. Jesús no murió por los pobres, ni por los ricos, ni por ningún hombre. Murió por los pecados de todos los hombres.

Poniendo a Jesús presente en todos los hombres, se está diciendo que el Verbo se une con la naturaleza pecaminosa de cada hombre. De esa manera, hay que anular el dogma de la Inmaculada Concepción, el dogma del pecado original y el dogma de la Redención.

Si Jesús se encarna en cada hombre, todos los hombres tienen una huella divina perenne en su naturaleza. No se borra por más que pequen, haciendo del bautismo una gracia por naturaleza, no por adopción:

«El hijo de Dios se ha encarnado para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios. Abba, de esta manera él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y encontraréis al Padre y seréis todos hijos suyos y él se complacerá en vosotros. El ágape, el amor de cada uno de nosotros hacia todos los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente el único modo que Dios nos ha indicado para encontrar la vía de la salvación y de las Bienaventuranzas» (1 de octubre 2013).

  • El Verbo se ha encarnado para redimir al hombre de su pecado: no se ha encarnado para dar al hombre un sentimiento de la hermandad. La auténtica hermandad nace de la Cruz, no del amor humano. En el alma del hombre no está la hermandad.
  • El amor de Cristo a los hombres, que es el ágape, es el punto de partida para poder amar a los hombres: no es el amor de cada uno de nosotros para los demás el camino de la salvación.
  • Todos somos criaturas. El Hijo de Dios es uno solo: El Verbo, el cual no ha sido creado sino generado por el Padre y se ha hecho hombre en el seno virginal de María. No se ha hecho hombre en toda la humanidad. Por lo tanto, no todos los hombres son hijos de Dios. Jesús, al encarnarse, cambia la naturaleza humana, la transforma con su gracia, la cual nos hace ser hijos de Dios por participación de la vida divina, que se da en los Sacramentos.
  • El hombre es hijo de Dios por adopción, no por naturaleza: somos hijos en el Hijo, si lo acogemos por fe. El hombre es hijo de Dios por adopción si cree en el Nombre de Jesús (Jn 1, 12). No es por el sacramento del Bautismo, sino por la fe en Cristo. Sin esa fe, el Bautismo y todo sacramento se vuelve inútil porque hay un obstáculo que impide que la vida divina pueda ser obrada por el hombre viador.
  • Dios da la gracia al hombre, pero no sustituye su naturaleza humana: sólo la transforma: «Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la Gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma Imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor» (2 Cor 3, 18).
  • La salvación no es automática, sino que hay que acogerla. Y, por eso, el sentido de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo: es la que enseña a salvarse. Es la que anuncia y proporciona la salvación que Cristo ha dado a todos los hombres. Es la Iglesia la que salva, no es el amor de los hombres para con los demás.

Constantemente, Bergoglio cae en esta idolatría del hombre. Cojan cualquier discurso, homilía y ahí tienen su clara herejía.

Bergoglio no cree en el Dios católico. Por lo tanto, levanta su falso ecumenismo. Y lo hace de su principio masónico: la realidad es superior a la idea.

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (EG – n. 231)

El diálogo, para Bergoglio, no tiene que separar idea y realidad. La idea de un Dios católico no es objetiva, sino gradual: hay una tensión bipolar entre la idea y la realidad. En el tiempo histórico, la idea de un Dios católico servía para esa realidad de la vida. En los tiempos modernos, esta idea está desfasada. Ha crecido tanto los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría, que la idea de un Dios católico ha alejado de la realidad de la vida.

La idea tiene que elaborarse, es decir, el dogma tiene que evolucionar, cambiar, buscando el bien común. No hay que buscar la verdad Absoluta. El bien común es superior a cualquier verdad. La vida de los hombres, sea ésta la que sea, vivan en pecado o vivan en santidad, es lo que vale, es lo superior, está por encima de la idea de un Dios católico.

Por lo tanto, Bergoglio tiene que ir a su falso ecumenismo, que es el camino del diálogo entre todas las religiones, para buscar la realidad de una iglesia universal, para todos, en la que la idea esté por debajo del bien común, del bien globalizante:

«el ecumenismo es un aporte a la unidad de la familia humana… No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros… Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada… Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas… Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse… Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales… La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente… Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes… el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violenciaLos no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo… debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios…. El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía…» (EG – n. 244-254).

  • El verdadero ecumenismo es el que salva a las almas del pecado: no es para producir la unidad de la familia humana. No existe esa unidad. Decir esto es buscar la unión entre las mentes y las obras de los hombres, una unión en la mentira, en el error. Es buscar una filosofía, un lenguaje humano, en la que la realidad de la familia humana está por encima de cualquier idea, de la verdad absoluta, del mismo Dios.
  • El Espíritu Santo no puede sembrar en los corazones que viven en el pecado. Al sembrar, una parte cae junto al camino, otra las aves se la comieron, otra cae en terreno pedregoso, otra entre cardos, otra en tierra buena (cf. Mc 4, 4- 8): no se puede recoger, en el diálogo, lo que no se ha sembrado. Hacer esto es anular la verdad para sólo fijarse en las obras, en las vidas de esos hombres que viven en sus pecados. Es la realidad por encima de la idea.
  • En el verdadero ecumenismo se enseña al otro la verdad absoluta, la verdad sin error, la verdad sin un lenguaje ambiguo. No se va al ecumenismo para aprender del otro, para aceptar al otro en su manera de pensar, de vivir, de obrar. Lo que una vez se condenó como herejía, como error, como maldad, no puede cambiar en el diálogo con los hombres. No se puede leer los escritos de Lutero para aceptar su mente herética. Lutero nunca estuvo en la verdad y nunca lo estará. Hay que leer los escritos de Lutero para criticarlos, juzgarlos, anatematizarlos con el Poder que Dios ha dado a Su Iglesia. No hacer esto es meterse en el juego del demonio, que quiere una iglesia sólo de herejes que se creen santos por lo que piensan, por lo que viven en la realidad de sus vidas. Nadie puede poner la mente de los hombres por encima de la Mente de Dios. La única realidad que existe es la divina. Quien acepta esa realidad, comprende su realidad humana, que siempre es limitada, relativa, condicionada, cambiante.
  • El verdadero ecumenismo es para hacer proselitismo: no es para dejar al otro radicado en su propia identidad. Nadie habla con el otro porque sea una buena persona, por su cara bonita. No se dialoga con los hombres, sino que se escucha a Dios y se da a los hombres lo que se ha escuchado de Dios. Y Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios no quiere que los hombres se queden en sus pecados, en sus vidas llenas de errores, de mentiras, de dudas, mirando sólo su identidad religiosa, humana, natural, carnal. Dios no busca cerdos que sigan mirando lo que comen: su bazofia humana en su mente pervertida. Dios busca almas humildes, que sepan dejar sus ideas maravillosas sobre la creación y sobre Dios y se pongan en la escucha silenciosa de la Palabra de Dios, que es la única que los puede salvar de su negra vida de pecado.
  • El verdadero ecumenismo es para ofrecer la gracia, la vida divina a las almas. Se enseña la Verdad Absoluta para obrarla en la vida, con la fuerza del Espíritu. Los no cristianos no tienen la gracia ni pueden tenerla. Su conciencia no les lleva a la gracia. Sólo el arrepentimiento de sus pecados, les lleva a conocer la verdad. Y una vez que la aceptan, que acogen por fe el Nombre de Dios, comienza la gracia en sus corazones. En el verdadero ecumenismo, se ofrece el perdón de los pecados. Y, por tanto, se enseña el verdadero arrepentimiento y la verdadera penitencia por el pecado.

Desde aquella amarga primavera del 2013, en la que a los fieles se les ha impuesto la visión rosa de la Iglesia, la alegría de ser del mundo, el alejamiento de la Cruz de Cristo, la idea de que todo va viento en popa, cuando la realidad de la vida de la Iglesia es totalmente contraria, sólo se ven en los católicos un conformismo con lo que ese hombre habla y obra. Sólo se capta la tibieza en todas partes. Y Dios vomita a los tibios. Dios tiene que aborrecer lo que en el Vaticano se está levantando y vendiendo como bueno, como verdad.

Para muchos católicos –que ya no son tales-  el signo de estar en comunión con esta falsa iglesia  es hacerse un selfie con Bergoglio, falso papa de los pervertidos. Es el sentimentalismo perdido de muchos católicos. Ya no saben pensar la verdad. No saben ver ni al hereje ni a la herejía. No saben llamar a los hombres por sus nombres, por su vida de pecado, por sus obras de maldad. Todos se suben a la carroza del humanismo que Bergoglio les ofrece cada día.

Bergoglio es el hombre del año, el papa del mundo. Quien está con él, tiene la vida arreglada. Quien no está con él, lo pisotean hasta hacerle callar. Quien se opone a este hombre, lo crucifican como peste dentro de la Iglesia.

Los verdaderos católicos nos quedamos solos, en la Iglesia y en el mundo. Todo apunta hacia una iglesia universal y un orden mundial donde no pueden entrar los verdaderos católicos. Al final, tendrán que aniquilar a los dos testigos del Apocalipsis. Uno de ellos: los verdaderos católicos

La Jerarquía sigue callando miserablemente las herejías de Bergoglio y de todos los matones de este hombre. Lo siguen teniendo como Papa verdadero. El daño va a ser irreversible en toda la Iglesia.

Bergoglio: el falso papa de los sodomitas, ateos, herejes, cismáticos, apóstatas de la fe


idolo

«´Hermanos´ y ´hermanas´ son palabras que el cristianismo quiere mucho» (Audiencia general, 18 de febrero del 2015).

Se cae en la herejía, no sólo diciendo el error como una verdad que hay que seguir, sino también por hacer uso inadecuado de las palabras. Esto es constante en Bergoglio. Un hombre, que no tiene  cautela y modestia en el hablar, se expresa con un lenguaje de herejía, con sabor a herejía. Hay que saber, cuando se habla, emplear los términos, las palabras adecuadas y evitar todo aquello que produzca confusión en el hablar.

Bergoglio es siempre confusión, cuando habla, cuando escribe: dice tantas cosas, en su lenguaje, que son una mentira, pero que se transmiten como una verdad, como algo cierto. Y la mente del hombre no suele captarlo al momento. Sólo los que están muy despiertos en la vida espiritual, ven la herejía en el lenguaje bello de Bergoglio. Los demás, se la tragan como si este hombre hablase una verdad.

Ante esta primera frase de Bergoglio, la gente suele tomarla como buena, como verdad. Pero la gente no ve la herejía, porque no está acostumbrada a discernir las palabras.

Para discernir el discurso de un hombre, hay que fijarse en sus palabras, en sus términos, en sus giros. Sólo así se ve la mente de ese hombre, lo que piensa, lo que está revelando.

El verdadero católico no ama la palabra ´hermano´ ni la palabra ´hermana´. No se aman palabras o ideas humanas o una filosofía o un lenguaje de la vida. El católico verdadero ama a Cristo, ama a una persona, pero no una idea de Cristo ni una idea de una persona.

En el corazón está la ley del Señor: «dentro de mi corazón está tu ley» (Sal 39, 9). Y la ley del Señor es la ley del Amor, que son dos preceptos:

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tus fuerzas. Éste es el más grande y el primer mancamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la ley y los profetas» (Mt 22, 37-40).

Se ama a Dios o al prójimo en la Ley del Señor: en una regla divina, en una norma de moralidad, en una ley de la gracia.

Por tanto, nadie ama la palabra hermano: no tiene sentido amar esta palabra.

De esta manera predican los falsos sacerdotes y Obispos: predican dando ideas a la mente del hombre. Predican un lenguaje humano, que es bello: la palabra hermano el cristiano la quiere mucho. Es un lenguaje bonito, agradable, pero cargado, con sabor a herejía.

Quien ha discernido a Bergoglio, ante esta primera frase, ya sabe de qué va a ir el discurso. Y no tiene que leer más. Lo tira al cubo de la basura y no pierde el tiempo con este hombre.

Pero hay muchos católicos, que siguen atentos a las palabras y a las obras de Bergoglio, y que todavía no saben discernir lo que es Bergoglio. Todavía esperan algo de ese hombre. Son católicos ciegos, como Bergoglio. Buscan al hombre en Bergoglio; pero no la verdad en el hombre, en Bergoglio.

Quien no busca la verdad en los hombres, se queda con los hombres, con sus ideas, con sus obras, y desprecia la verdad.

En la Iglesia se ama la Verdad. Y la Verdad es una Persona Divina: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

La verdad no es una idea sobre Cristo o sobre el amor de Cristo. La Verdad es Cristo, una Persona Divina, Dios y Hombre verdadero. Por tanto, amar la verdad no es amar la idea de hermano, sino que es imitar con el hermano lo que hizo Cristo con los hombres.

Amar a Cristo es imitarlo: hablar sus mismas palabras y obrar sus mismas obras.

Gran parte de la Jerarquía predica la idea de Cristo y obra lo que ellos quieren. No predican el Evangelio, la Palabra de Dios; ni hacen las mismas obras de Cristo. Cogen la idea: Jesús, Cristo; cogen una frase del Evangelio y dan su interpretación: su lenguaje, su filosofía, su idea de lo que es Cristo o de lo que es esa obra.

Esto ha sido constante en toda la historia de la Iglesia. Y seguirá siempre lo mismo. Al hombre le cuesta tener la mente de Cristo y, por tanto, le cuesta hacer las mismas obras de Cristo. Es muy fácil dar una interpretación del Evangelio de turno y obrar lo que a uno le parezca que es bueno.

Hay muy pocos católicos que sepan discernir a una Jerarquía por sus palabras. Cuando llegue el Anticristo, esos católicos lo van a pasar muy mal. Si no pueden descifrar el lenguaje baboso de Bergoglio, menos van a poder descifrar el lenguaje científico y filosófico que traerá el Anticristo.

Si muchos católicos caen como moscas antes las idioteces de un Bergoglio, ¿cuántos no se van a perder por el lenguaje brillante de un Anticristo, que se las sabe todas para engañar a los más afamados teólogos de la Iglesia?

«El vínculo fraterno tiene un sitio especial en la historia del pueblo de Dios, que recibe su revelación en la vivacidad de la experiencia humana».

El vínculo fraterno recibe su revelación en la experiencia del hombre: gravísima herejía que nadie contempla. Pero que está ahí: en este lenguaje bello, pero oscuro.

El vínculo fraterno: la unidad entre hermanos. ¿Dónde se revela? En la experiencia de la vida del hombre.

¡Gran falsedad!

Lo que se revela en la experiencia humana son las obras de lo que se piensa: obras de fe, obras de impiedad. Obras de virtud, obras de pecado, de vicios.

Lo que vemos en la historia de los hombres son obras: buenas o malas.

¿Dónde está el vínculo entre hermanos? Hay que buscarlo, no en la experiencia del hombre, sino en la Revelación de Dios:

«¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque quien quiera que hiciere la voluntad e Mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48- 50).

El vínculo entre hermanos es siempre una atadura espiritual, no de sangre, no de carne, no de raza humana. Ser hijos de Dios son aquellos «que creen en su Nombre, que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 12-13).

Es el Espíritu de Dios el que une a los hombres como hermanos, como hijos de Dios. Y los une en la medida en que cada hombre tiene fe en la Palabra de Dios. Si el hombre  no tiene fe, es decir, si el hombre no obedece la Voluntad de Dios, no pone su mente humana en el suelo para aceptar los mandamientos de Dios, entonces el Espíritu no puede unir entre los hombres, no puede hacer un vínculo fraterno.

Para el vínculo fraterno, se necesita que los hombres obren la Voluntad del Padre. Entonces, serán uno en Cristo.

Bergoglio habla aquí de su falso ecumenismo: el de la historia, el del hombre, el que viene de la revelación de la experiencia humana. Por eso, habla una herejía oponiéndose a la Palabra de Dios. Pero los hombres, los católicos, como no saben pensar la verdad, toman este lenguaje de Bergoglio como algo bello, algo sin error, sin mentira. Y se tragan la herejía sin saberlo. Pero es una ignorancia culpable: son católicos cómodos en la vida espiritual. No luchan por la Verdad, no luchan por Cristo, sino que están sólo interesados por la obra de Bergoglio, de un hombre, en la Iglesia.

«Jesucristo llevó a su plenitud incluso esta experiencia humana de ser hermanos y hermanas, asumiéndola en el amor trinitario y potenciándola de tal modo que vaya mucho más allá de los vínculos del parentesco y pueda superar todo muro de extrañeza»: otra gravísima herejía que los hombres no ven.

Jesús coge la experiencia humana de ser hermanos y la asume en el amor trinitario: esto es anular la Encarnación, el dogma del Verbo Encarnado. Esto se llama: panenteísmo: Dios en todas las cosas. Todo en Dios. Jesús que vive en todas las experiencias humanas. Jesús que supera todo muro de extrañeza humana. Todas las experiencias de los hombres están en Dios.

Este lenguaje humano de Bergoglio está cargado de herejías: no sólo tiene el sabor de la herejía, sino que habla con la herejía.

Jesús, en Su Encarnación, asume una naturaleza humana: un alma y un cuerpo humano.

Jesús, por lo tanto, no asume ninguna experiencia humana: no asume en su amor trinitario la experiencia humana de ser hermanos y hermanas. Decir esto, como lo dice este hombre, es decir la herejía del panenteísmo: Jesús, al asumir la naturaleza humana, asume a todos los hombres, sus vidas, sus obras, sus mentes. Y, por lo tanto, Jesús está en todos los hombres. Todos en Jesús. Eso es el panenteísmo: Dios en todo; todo en Dios. Consecuencia: Jesús lleva la vida, las obras, las mentes de los hombres, sus experiencias de ser hermanos, sus vínculos fraternos, a otra dimensión: a otra potencia, en la cual no hay un muro de extrañeza, de exclusión.

Por eso, Bergoglio es el falso papa de los sodomitas. Los sodomitas no son extraños a Jesús. Jesús ha dado a esa experiencia sodomítica una potencialidad nueva.

Bergoglio, en su lenguaje rastrero, sabe muy bien lo que está diciendo: sabe la herejía que piensa y que obra en su vida.

Los católicos, muchos católicos, siguen dormidos, atentos a Bergoglio, sin discernir nada ni de su persona, ni de su mente, ni de sus obras. Les gusta el lenguaje baboso de este hombre, porque eso es lo que viven en sus vidas espirituales: una tibieza que les ciega para ver la verdad, para discernir la verdad de la mentira.

«Sabemos que cuando la relación fraterna se daña, cuando se arruina la relación entre hermanos, se abre el camino hacia experiencias dolorosas de conflicto, de traición, de odio»: este hombre comienza, ahora, a faltar contra el segundo mandamiento: coge la Palabra de Dios, coge el nombre de Dios y lo usa en vano: interpreta como le da la gana esa Palabra Divina.

Una vez que ha mostrado su herejía: el panenteísmo; tiene que exponerla.

Se rompe una relación entre hermanos, queda un dolor. Este hombre sólo se queda en el dolor: en lo sentimental. Pero no distingue el dolor.

En la vida de cada hombre se tiene la experiencia de que hay que cortar con los hombres: ya sean hermanos, parientes, amigos, desconocidos, etc… Y eso es siempre un dolor. Pero eso no es la vida.

No se vive ni para amar a un hermano ni para odiar a un hermano. Se vive para hacer la Voluntad de Dios, aunque se corten relaciones entre hermanos o entre hombres.

Como Bergoglio no puede fijarse en la Voluntad de Dios, que exige al alma cortar con un hombre por amor a Dios, aunque se produzca un dolor, entonces este hombre vive en la angustia existencia del dolor:

«Después del asesinato de Abel, Dios pregunta a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?» (Gen 4, 9a). Es una pregunta que el Señor sigue repitiendo en cada generación. Y lamentablemente, en cada generación, no cesa de repetirse también la dramática respuesta de Caín: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano? » (Gen 4, 9b)». Esta angustia existencial es lo propio de todos los modernistas.

Como han anulado la Justicia de Dios, el pecado, no pueden comprender las consecuencias del pecado entre los hombres. Y lanzan a la humanidad hacia la angustia vital: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Es una pregunta que el Señor sigue repitiendo en cada generación».

Dios no pregunta eso a ninguna generación. Eso se lo preguntó a Caín. Punto y final. Bergoglio coge el Nombre de Dios, es decir, Su Palabra Revelada, y la usa en vano: en su angustia vital, en su herejía del panenteísmo, anulando así la Palabra de Dios. Y, por lo tanto, enseñando una nueva y falsa doctrina: la fraternidad universal.

Cada generación de hombres vive una angustia vital: «Y lamentablemente, en cada generación, no cesa de repetirse también la dramática respuesta de Caín: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?»: esto es poner el pecado como un ser filosófico y social.

El pecado ya no es la ofensa que cada hombre hace a Dios, sino la ofensa que una generación hace a los hombres. El pecado de una estructura social o de una estructura religiosa. Hay que levantar una nueva estructura de iglesia en donde se incluyan a todos los hombres, sean ateos, sodomitas, etc…

Y, claro, Bergoglio descansa en su sentimentalismo: esto es algo feo, algo que hay que quitar:

«La ruptura del vínculo entre hermanos es algo feo y malo para la humanidad. Incluso en la familia, cuántos hermanos riñen por pequeñas cosas, o por una herencia, y luego no se hablan más, no se saludan más. ¡Esto es feo! La fraternidad es algo grande, cuando se piensa que todos los hermanos vivieron en el seno de la misma mamá durante nueve meses, vienen de la carne de la mamá. Y no se puede romper la hermandad».

La unidad está en la sangre: «todos los hermanos vivieron en el seno de la misma mamá durante nueve meses, vienen de la carne de la mamá. Y no se puede romper la hermandad». Este es el grito típico de este hombre: su ecumenismo de sangre, que viene de su herejía del panenteísmo.

Porque una mujer os ha engendrado, entonces no se puede romper la hermandad.

¿Quién es mi hermano? ¿El que nace en la mujer? ¿El que está en el seno de una misma mujer? No; el que hace la Voluntad de Mi Padre, que está en los cielos, no en la tierra.

Bergoglio come tierra y eso es lo que ofrece a todas las almas: una iglesia de carne, de sangre, de mentes humanas, de obras humanas, de vidas humanas. Se quiere hacer una iglesia universal sin muros de extrañeza, sin exclusiones de ningún tipo.

¡Cuánto cuesta a los católicos ver esto en el lenguaje de Bergoglio! Siempre este hombre anda dando vueltas a su herejía panenteista. Y la dice de muchas maneras y siempre acaba en lo mismo: llorando por sus hombres. Llora por sus sodomitas, por sus ateos, por sus luteranos, por sus budistas…. Es la perversión de su mente humana, que ya no es capaz de ver la Verdad. Bergoglio no puede ver a Cristo como Verdad: lo ve como una idea que ha concebido en su mente humana.

«La fraternidad no se debe romper y cuando se rompe sucede lo que pasó con Caín y Abel»: la fraternidad hay que romperla siempre por un bien mayor y más perfecto: la ley del Señor, que obliga a romper con los hombres que no hacen Su Voluntad Divina.

Se ama al prójimo rompiendo con él cuando muestra un pecado, una herejía, un error en su vida, en sus obras, en sus palabras.

La única forma que tiene toda la Iglesia de amar a Bergoglio es rompiendo con él como Papa. Es la única manera de amarlo. Y esto es lo que muchos católicos no acaban de comprender, porque ponen el amor de Dios en un sentimiento, en una idea, en un lenguaje humano.

El amor de Dios en el alma es siempre una cruz entre los hombres, en la relación con los hombres. No se puede levantar una estructura religiosa o social sin la Cruz, sin poner diferencia, sin poner muros, sin excluir.

Por eso, hay que poner un muro de división, hay que excluir de la vida de la Iglesia a Bergoglio. Si no se hace esto, Bergoglio es la causa de que muchos se condenen dentro de la Iglesia. Y esto es una obra abominable.

Y los católicos que permiten esto, que no luchan contra el error y la herejía dentro de la Iglesia, se suman a esta obra abominable y a través de ellos se condenan muchos más.

Aquel que, después de dos años, siga viendo a Bergoglio como bueno para la Iglesia, ya está haciendo una obra abominable dentro de la Iglesia y se une a la obra de Bergoglio en la Iglesia.

Aquel que obedece a un hereje, comete el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Y no puede salvarse por más que comulgue y se confiese todos los días.

Bergoglio no es cualquier cosa en la Iglesia: ha sido puesto como falso papa, para que la Iglesia le dé obediencia. Esto es abominable. Y no discernir lo que es Bergoglio es caer en esta abominación.

¡Cuántos católicos y sacerdotes y Obispos ya son abominables en la Iglesia! Por obedecer a Bergoglio como Papa han caído en este pecado.

¡Cuántos católicos hay que no comprenden este punto! Creen que ser Iglesia es una asunto social o filosófico o teológico.

Y ser Iglesia es cuestión de obediencia. Si el alma obedece la Verdad, que está en Cristo y que está en la Jerarquía fiel a Cristo, entonces se salva y se santifica. Pero si el alma obedece la mentira, que no está en Cristo, pero sí en la Jerarquía infiel a Cristo, entonces se condena por la fuerza de esa obediencia.

¿Quiénes son mis hermanos? Los que obedecen la Verdad, que es la Voluntad de Mi Padre.

La verdad es una Voluntad Divina: una obra divina. El Padre revela Su Voluntad, Su Obra, en Su Hijo, en Su Palabra. Por eso, Jesús es la verdad revelada, la verdad, que está en el Padre, pero revelada, manifestada en la obra de Su Hijo. Y el Hijo la dio a conocer en la Cruz: es una Verdad Divina que lleva a todo hombre a amar la Cruz. La verdad es algo que está en la Mente de Dios y que necesita el sometimiento de la mente del hombre para poder ser obrada como Dios quiere. Y para que el hombre conozca la verdad, Dios tiene que manifestar su Mente. Por eso, dio a Su Hijo para que el hombre lo escuche y aprenda a obrar la Verdad.

Los hombres ya no quieren escuchar a Cristo. Sólo escuchan a los hombres y se quedan con el lenguaje de ellos. Prefieren las palabras baratas y blasfemas de Bergoglio a la verdad del Evangelio.

«El vínculo de fraternidad que se forma en la familia entre los hijos, si se da en un clima de educación abierto a los demás, es la gran escuela de libertad y de paz».

Esto es su frase necia: «Si la educación de un chico se la dan los católicos, los protestantes, los ortodoxos o los judíos, a mí no me interesa. A mí me interesa que lo eduquen y que le quiten el hambre. En eso tenemos que ponernos de acuerdo» (29 de julio del 2013).

El vínculo de sangre, de fraternidad, que no se puede romper, tiene que ser mantenido con una educación abierta a todos los demás, buscando ¿qué cosa? La libertad y la paz. Hay que enseñar a los hombres a ser libres. Es la idea de la masonería. Fraternidad en las familias, libertad en la educación e igualdad en la idea religiosa para obrar: el amor, la libertad y la paz.

Son los tres ejes de la masonería, que vienen de una herejía: el panenteísmo. Dios está en todas las cosas porque todas las cosas han sido creadas de la esencia de Dios. Cada hombre es una idea divina. Por eso, no se puede romper con la fraternidad de sangre. Es algo feo, para Bergoglio.

«En la familia, entre hermanos se aprende la convivencia humana, cómo se debe convivir en sociedad. Tal vez no siempre somos conscientes de ello, pero es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo»: otra gravísima herejía que nadie ha captado.

¿Qué es la familia? Aquella en la que no se rompe la fraternidad. Ya no se llama padre, madre, hermanos, a los que hacen la Voluntad de Dios, sino a los que viven en sus mentiras, en sus errores, en sus pecados, en sus abominaciones debajo de un mismo techo. Los padres ya no tienen que corregir, castigar a sus hijos; ni los hijos tienen que dar la obediencia a sus papás. Sino que todo es fraternidad de sangre: como todos han nacido en un mismo seno, hay que vivir el sentimentalismo, que es el ecumenismo de sangre.

Consecuencia, las sociedades tienen que levantarse, tienen que construirse de la misma manera: es la familia la que introduce la fraternidad en el mundo.

Las familias católicas, ¿cómo es que no se levantan contra esta frase de Bergoglio? ¿Van a esperar al Sínodo de octubre para comprobar cómo se destruye la familia y para lamentarse de no haber visto a tiempo esta desgracia?

Bergoglio está siendo claro: está dando a conocer lo que quiere obrar. Y esto es desde siempre, desde que lo pusieron como falso papa. En el Sínodo pasado, no le dejaron. No pudo. Pero ya se siente fuerte, ya ha puesto a sus cardenales, a sus obispos, a sus sacerdotes en los sitios claves, porque quiere poner en ley lo que predica.

Y ninguna familia católica se levanta contra lo que esté predicando este hombre. Y sólo se lamenta la gente de que este hombre se está abriendo a los sodomitas y quiere cosas que la Iglesia no quiere. Pero no son capaces de llamar a Bergoglio como lo que es. Lo tienen como su papa.

Después, no os lamentéis de lo que va a suceder en Octubre.

Es claro lo que va a pasar. Bergoglio ya lo está diciendo en sus homilías, en sus discursos, en sus mensajes. ¿Cómo es que no lo veis?

Porque ya no sois católicos, como ese hombre no lo es. Y queréis a ese hombre porque queréis lo humano para la Iglesia: queréis soluciones humanas para la Iglesia.

Una familia que no busca la Verdad, la ley de Dios, que no castiga a sus hijos, que no ama a sus hijos dándoles la Voluntad de Dios, que no los educa para conquistar el cielo, sino sólo para que sean hombres en la sociedad, buenos, pero auténticos demonios, quiere una sociedad donde se refleje eso mismo: lo humano, lo natural, lo carnal, lo material, la sangre y la carne. Y, por lo tanto, se va en busca de un poder temporal globalizante, que lo abarque todo y que sea un paraíso en la tierra.

Es la gran herejía que predica este hombre:

«La bendición que Dios, en Jesucristo, derrama sobre este vínculo de fraternidad lo dilata de un modo inimaginable, haciéndolo capaz de ir más allá de toda diferencia de nación, de lengua, de cultura e incluso de religión»: gobierno mundial, iglesia universal. Más allá de toda diferencia; más allá de toda idea religiosa. Bergoglio siempre está en su idea panenteista: Dios en todas las cosas. Dios se refleja en todos los hombres, en todas las culturas, en todas las religiones…

Por eso, sigue llorando por los hombres: «Pensad lo que llega a ser la relación entre los hombres, incluso siendo muy distintos entre ellos, cuando pueden decir de otro: «Este es precisamente como un hermano, esta es precisamente como una hermana para mí». ¡Esto es hermoso!».

Para terminar diciendo su blasfemia masónica:

«La historia, por lo demás, ha mostrado suficientemente que incluso la libertad y la igualdad, sin la fraternidad, pueden llenarse de individualismo y de conformismo, incluso de interés personal».

Las tres ideas maravillosas de la masonería: libertad, igualdad y fraternidad. No se es libre sin el amor de la sangre y de la carne. Todo aquel que quiere ser libre tiene que aceptar la sangre y la carne: tiene que ver al otro, sea lo sea, como un hermano. No importa su mal, su pecado, su error, su mentira…Eso no interesa. El sodomita es tu hermano. Si tú quieres ser libre, acepta al sodomita como lo que es: es tu hermano de sangre y de carne. No lo juzgues. No rompas el vínculo de la fraternidad. Qué feo que es eso.

Si quieres ser libre en tu religión sé igual con todas las religiones. No hagas proselitismo. No busques convertir a nadie. Son tus hermanos de sangre. Es el ecumenismo de sangre.

Esto es Bergoglio. Y no es otra cosa. La gente se queda en lo superficial de Bergoglio, pero no va a su mente.

Bergoglio es tres cosas: una persona que vive en el orgullo de su vida; un hombre sin la gracia, que vive en la muerte de su pecado; un corazón cerrado al Amor de Dios, que pone, con sus obras, el odio a Dios y a todos los hombres.

Orgullo, muerte y odio: este es el ser de Bergoglio.

Y Bergoglio muestra su ser revelando su mente. Si quieren conocer lo que es este hombre, acudan a su mente: a su palabra, a su idea. No se queden en su lenguaje florido, bonito, rastrero, vulgar.

Bergoglio es el falso papa de los ateos, de los sodomitas, de los herejes, de los cismáticos, de los apóstatas de la fe. El falso papa de una falsa iglesia, que ya se está viendo por todas partes.

Y deben combatirlo como falso papa -no como Papa- y, por tanto, deben combatir su falsa iglesia, con su falso cristo, su falsa misericordia, su falsa doctrina, su falsa jerarquía.

Si no lo hacen cada uno tendrá su culpa, su pecado. Y el demonio podrá con ustedes una vez que cambie el papado.

Con Bergoglio se ha iniciado un nuevo y falso papado. Todos aquellos que están en ese falso papado, que den su obediencia a Bergoglio como Papa, estarán bajo el reino del demonio. Atados. Y no podrán salir de esa falsa iglesia. Si salen, será con una grave dolencia espiritual, que los marcará para toda su vida.

Muchos sacerdotes, Obispos, que son teólogos, no se van salvar aunque tengan una gran teología. Nadie tiene excusa por estar viendo a un hereje y no combatir con las armas del Espíritu a ese hereje. No hay excusa ante Dios. Ante los hombres, se ponen muchas excusas, pero no sirven ante la Voluntad de Dios.

Bergoglio lleva a los jóvenes en carroza al infierno


x3

«… En hacer Tu Voluntad, Dios mío, tengo mi complacencia, y dentro de mi corazón1 está Tu Ley» (Sal 40 (39), 9).

Cuando se habla de corazón, se habla del hombre interior, de ese interior del hombre que está en su vértice. El hombre es: espíritu, alma y cuerpo (cf. 1 Ts 5, 23). Lo superior de la naturaleza humana es el espíritu, que es lo sobrenatural, la semejanza que el hombre tiene con Dios.

Dios crea al hombre, a su imagen y a su semejanza (cf. Gn 1, 26), lo crea con un espíritu, semejante a Dios, que es Espíritu (Jn 4, 24); y lo crea en la gracia: en la imagen divina, en su vida divina, para que el hombre sea Dios por participación. Para quien contemple al hombre vea la imagen de Dios, su misma vida divina, en una criatura.

La palabra corazón designa toda la vida interior del hombre, su vida espiritual, no la vida racional. El corazón no es el hombre en su humanismo, sino que es el hombre en su espíritu.

Las personas suelen confundir el corazón con la mente. Son dos cosas distintas:

«Amarás a Yavhé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 5; Mt 22, 37).

Corazón y alma se distinguen en el hombre: en el alma está la mente, lo que es racional. En el corazón, está el ser espiritual: lo que no es la idea racional, lo que viene de la fe, de la Mente de Dios. Lo que es oscuridad, tiniebla, a la mente del hombre.

Para Bergoglio, el corazón es la mente del hombre, la vida humana, racional : «nuestro corazón concentra al ser humano en su totalidad y unidad de cuerpo y alma» (ver texto)

El corazón no concentra al ser humano en su totalidad, sino sólo en su vida interior. Es la totalidad de la vida espiritual.

La totalidad del hombre es: corazón, mente y fuerzas de la naturaleza humana. Es la totalidad de la vida interior más la totalidad de la vida racional.

Y de ahí nace la enseñanza de Jesús: el amor total: corazón, alma y fuerzas.

Lo que importa, en la vida espiritual, es el amor total, que brota de Dios, del Corazón de Jesús, y que nace de lo íntimo del corazón del hombre.

Ese amor, que es lo único importante, que es lo que hace válida una vida, sólo se puede lograr mediante la íntima unión con Jesús. Para esa intimidad, el corazón del hombre –no su mente, no sus fuerzas-  debe colocarse en el Corazón de Dios, abierto a la gracia y al Espíritu Divino. Es una apertura sin reservas, sin condiciones, sin límites, con un abandono pleno a la Voluntad de Dios. Si el corazón está unido con Dios, entonces en la mente está la Verdad y, esa Verdad, se obra con las fuerzas del ser humano en toda su vida.

Si el corazón del hombre se inflama con el amor de Dios, entonces la voluntad del hombre, que está en su alma, va a tender, necesariamente, hacia el bien divino, va a obrar la Voluntad de Dios, no sus voluntades humanas, no sus bienes humanos.

Poner el corazón en el ser humano en su totalidad es no comprender, en absoluto, lo que es la vida espiritual, que es diferente a la vida racional.

«Para la cultura semita el corazón es el centro de los sentimientos, de los pensamientos y de las intenciones de la persona humana»: este hombre –para definir el corazón- va a lo que dice la cultura semita, la sabiduría humana, pero no va a las fuentes de la Revelación, que es la Palabra de Dios, que es lo que Dios ha dado a conocer al hombre, la sabiduría divina. Y, entonces, Bergoglio sólo enseña doctrina de hombres, con un lenguaje sentimental, barato, bello y blasfemo. Pero no es capaz de enseñar la verdad a las almas. Bergoglio confunde corazón y mente, los une en una sola cosa. Y, de esa manera, es cómo nacen las falsas espiritualidades.

Lo característico del pensamiento de muchos católicos es poner la espiritualidad por encima de la religión. Por eso, se aboga por una fraternidad que no se llene de individualismo, sino de humanismo.

La religión2 es dar culto verdadero a Dios. Para eso es necesario la Ley de Dios, las normas que rigen ese culto divino.

El hombre, con su mente, se crea la espiritualidad. Y, por lo tanto, se pone por encima de lo religioso, de la ley de Dios. De esa manera, a muchos católicos no les van los dogmas, no les gustan los proselitismos, no entienden una fe que ciega el entendimiento, que somete la razón a la Mente Divina.

Para muchos católicos, el corazón es lo importante, pero lo entienden mal. Entienden un corazón que no se cierra ni renuncia a los errores, a las experiencias que se viven en otras religiones, que se ofrecen en las diversas filosofías. Es un corazón que quiere abarcarlo todo del hombre: lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, pero que es incapaz de obedecer a Dios, incapaz de someterse a los dones y a las gracias de Dios.

Son católicos que siempre van con la excusa de que el hombre, a lo largo de toda la historia, ha manipulado las cosas, que con el poder quiere someter a los demás a la visión que ellos tienen de la vida. Son católicos que no se someten a nada, pero que exigen que los demás se sometan a sus pensamientos humanos, que los demás les merezcan respeto a lo que ellos piensan. Y hablan de humildad y de sencillez, pero no es la humildad de corazón, ni es la sencillez de la vida espiritual. Es sólo su lenguaje humano, muy bonito, pero sin ninguna verdad en el corazón.

Si el corazón es para la vida interior, entonces lo que impide esa vida interior es siempre el pecado. De ahí que es necesario purificar el corazón: la penitencia interior.

Hoy se pone el pecado, no como un ser espiritual, sino como un ser filosófico y social.

El pecado es una obra en contra de la Voluntad de Dios. Es, por lo tanto, una ofensa a Dios.

Para el modernista, el pecado es una obra en contra del hombre, de la sociedad, del mundo, de la creación. En consecuencia, en el pecado se ofende al hombre o a la sociedad. La limpieza del corazón sólo atañe a la vida humana o social del hombre:

«…se trata sobre todo de algo que tiene que ver con el campo de nuestras relaciones. Cada uno tiene que aprender a descubrir lo que puede ”contaminar” su corazón».

Se trata de algo que está en lo social, entre las relaciones de los hombres. Limpiar el corazón no es un asunto de la vida interior del hombre, sino de la vida social.

Bergoglio no entiende lo que es el Espíritu ni, por tanto, la vida espiritual. Bergoglio sólo comprende al hombre y lo encierra en los límites de su mente humana. Y ahí construye su fábula: una colección de cuentos que va predicando, aquí y allá, y que sólo se alimentan de ellos los pervertidos como él en su mente. Y de estos pervertidos la Iglesia está llena.

«Si hemos de estar atentos y cuidar adecuadamente la creación, para que el aire, el agua, los alimentos no estén contaminados…»: es el deseo humano de que todo lo exterior al hombre sea perfecto. Pero, ¿cómo el hombre pretende conseguir la perfección en la creación si no posee la perfección en su vida interior? Si el corazón es impuro, las obras exteriores son impuras, contaminan toda la creación… Pero hay que estar atentos a no dejar caer un trozo de papel al suelo: ¡es una ofensa contra la fraternidad universal!

No hay que estar atentos y cuidar la creación: eso no sirve de nada. Eso lleva al fariseísmo de mucha gente, que se inventa una vida para luchar por lo que no tiene ninguna importancia: las aves, los animales, las plantas, las aguas, el cuerpo, etc… El mundo ecológico, el mundo carnal, el mundo material.

«Los ejercicios corporales sirven para poco; en cambio la piedad es provechosa para todo, pues tiene la promesa de la vida, de la presente y de la futura»  (1 Tim 4, 7 s).

No te canses cuidando la creación, cuidando tu cuerpo, cuidando el parque…No es eso la vida del corazón.

«… golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado» (1 Cor 9, 27).

Si sabes dominar tu cuerpo con la mortificación, entonces sabes cuidar la creación como Dios quiere. Pero si das a tu cuerpo el regalo que te pide, entonces, por más que luches para que la creación no se corrompa, se va a corromper porque todos buscan en ella el regalo para sus cuerpos.

Esta es la ley del pecado. Por eso, todos los que hablan, como Bergoglio, de ecología humana, están locos de remate. No tienen ninguna vida espiritual. No son hombres de vida interior. Son comunistas, socialistas, liberales, modernistas, panteístas, pelagianistas, etc…

«…mucho más tenemos que cuidar la pureza de lo más precioso que tenemos: nuestros corazones y nuestras relaciones.  Esta ”ecología humana” nos ayudará a respirar el aire puro que proviene de las cosas bellas del amor verdadero, de la santidad»: esto es sólo la palabrería barata de Bergoglio, de la cual muchos insensatos se alimentan.

¡Respirar el aire puro que viene de la santidad, del amor verdadero!: ¡Qué chiste tan malo! ¿Quién puede hacer caso a esta babosidad? Muchos.

La Cuaresma no es ecología humana, sino penitencia interior, vida interior en la cual el hombre combate sólo contra sí mismo, no contra el mundo ni contra el demonio.

Esta es la penitencia3 que la Iglesia Católica ha perdido: llorar por nuestros pecados. Y sólo por los nuestros. Sin mirar lo demás. Penitencia por nuestros pecados. Si se hace esto, entonces se hace penitencia por todo lo demás.

Hay que pasar las noches en insomnio, para violentar la propia naturaleza que quiere descanso. No hay descanso cuando hay tanto que expiar.

Hay que pasar por la oración callada, con el rostro en la tierra, mirando la fealdad de ella para verse reflejado, sin pedir nada a Dios, sin desear nada. Sólo ofreciendo a Dios nuestras miserias, que es lo único que podemos darle.

Hay que dormir en el suelo, hay que sentarse en sillas incómodas, hay que dar al cuerpo dolor, para que el alma se acostumbre a pensar que en esta tierra no hay felicidad ni puede haberla.

Hay que estar mirando, continuamente, nuestros pecados para golpearse el pecho por la ofensa que hice a Dios. Hay que lamentarse, sollozar por haber pecado tanto. Hay que dar voces de angustia hasta comprender que un solo pecado mortal es merecimiento del más profundo infierno.

Hoy día la Cuaresma es cualquier cosa menos penitencia interior.

«..lo que da sentido a nuestra vida es sabernos amados incondicionalmente por Dios»: esto es lo que oyen ustedes a todos los sacerdotes y Obispos. Dios es amor, Dios te ama, qué bueno es Dios. Dios no castiga. Dios no juzga.

Nadie descubre a las almas lo que son ante los ojos de Dios. Tienen miedo, porque ya no viven una vida interior, el hombre nuevo de la gracia. Viven para lo exterior de su vida, para la superficialidad de un ambiente social, familiar, para el desorden de una cultura sin el culto verdadero a Dios.

«…ningún ser viviente puede justificarse en la Presencia del Señor; que hay que rogarle para que no entre en juicio con sus siervos» (San Agustín – De los méritos y perdón de los pecados – Libro II, cap. XIV –“Todos somos pecadores”).

¡Que Dios no entre en juicio con el alma! Esto es predicar la verdad. No esa falsedad de que Dios es amor.

Lo que da sentido a nuestra vida es sabernos pecadores. De esa manera, el alma pide a Dios que le muestre cómo quitar el pecado para que Dios no entre en juicio con ella.

Esta gran verdad es la que ya no se predica. Se predica un amor sentimental, propio de un nuevo pelagianismo, que es la babosería de Bergoglio:

«¿Recuerdan el diálogo de Jesús con el joven rico?  El evangelista Marcos dice que Jesús lo miró con cariño,  y después lo invitó a seguirle para encontrar el verdadero tesoro.  Les deseo, queridos jóvenes, que esta mirada de Cristo,  llena de amor, les acompañe durante toda su vida».

Jesús no dialogó con el joven rico, sino que le enseñó el camino de la perfección:

«Ya sabes los mandamientos: no matarás, no adulterarás, no robarás, no levantarás falso testimonio, no harás daño a nadie, honra a tu padre y a tu madre» (Mc 10, 19). Enseñanza moral. Jesús le recuerda los mandamientos de Dios, la ley divina. Jesús no pierde el tiempo charlando con los hombres. Cuando habla es para enseñar la verdad.

No lo invitó a seguirle, sino que le manifestó la obligación de seguirle:

«Una sola cosa te falta: vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme»  (Mc 10, 21b). No fue invitando a una fiesta, sino exigiendo del alma la renuncia de todo para seguir a Cristo. Jesús no invita a nadie, sino que exige al alma. Y de esa exigencia, el joven rico se fue triste, porque la comprendió.

Jesús miró el alma de ese joven para ver su intención en el hablar:

«Jesús, poniendo en él los ojos, lo amó4» (Mc 10, 21a): Jesús puso los ojos en el alma del joven, porque lo que iba a decirle era el amor espiritual, el amor total, que exige todo el corazón, toda la mente y todas las fuerzas de la persona. Jesús lo amó con el amor de caridad, no con un cariñito. Es el ágape, que significa siempre el amor divino hacia el alma. Jesús no da cariñitos a nadie, ni besitos ni abrazos. Jesús, cuando ama pone en el alma un peso de amor, un dolor, un sufrimiento, una cruz. Es lo que sintió el joven rico: la exigencia del amor divino, la cruz del amor divino.

Pero Bergoglio está en su cháchara:

«Durante la juventud, emerge la gran riqueza afectiva que hay en sus corazones, el deseo profundo de un amor verdadero, maravilloso, grande. ¡Cuánta energía hay en esta capacidad de amar y ser amado!»: todo sentimentalismo el de este hombre. No lleva a los jóvenes a la verdad del amor, a ese amor verdadero, como lo hizo Jesús con el joven rico. Bergoglio no exige a los jóvenes el desprendimiento de todo lo humano, sino todo lo contrario: el apego a todo lo humano.

Lo que emerge en todo hombre es un amor falso que hay que quitar del corazón a base de penitencias. Un amor que no es energía para amar y ser amado. Es una fuerza demoníaca que le cierra el corazón al verdadero amor. ¡Ningún hombre que nace en el pecado original nace con este dese profundo de un amor verdadero! ¡Esta es la fábula este hombre! ¡Qué bien la cuenta!

Todo hombre nace en su corazón con un odio profundo a Dios. Eso es el pecado original.

«Yo, en cambio, les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contracorriente;  sí, en esto les pido que se rebelen contra esta cultura de lo provisional,  que, en el fondo, cree que ustedes no son capaces de asumir responsabilidades,  cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente.  Yo tengo confianza en ustedes, jóvenes, y pido por ustedes.  Atrévanse a ”ir contracorriente”. Y atrévanse también a ser felices»: este es el lenguaje de un político, pero no de un director espiritual, de una persona con cura de almas, no de un Obispo que tienen que velar por la vida de las almas en el mundo.

No se puede pedir al hombre que sea revolucionario: eso lo piden los políticos, los hombres del mundo, que apelan a la revolución para implantar su idea o su obra en el mundo.

No existe la cultura de lo provisional: existe el pecado en cada hombre. ¿Qué es la cultura de lo provisional? Lo que cada uno piense. Si los hombres banalizan el sexo, o el matrimonio, lo hacen por su pecado, no por la cultura, no por el ambiente que viven; no por el mundo que les rodea. Se pone el mal en la sociedad. Y entonces se habla como los revolucionarios: rebélense contra  esa idea cultural. El alma que no es capaz de asumir sus responsabilidades no es por una cultura, no es por ese pensamiento que flota en el ambiente. Es por el pecado de esa alma, que huye de la ley de Dios, que quiere hacer su vida como le parece, como le gusta.

Para Bergoglio, el pecado es un ser social, cultural, pero no una ofensa a Dios. Por tanto, no lleva al alma al arrepentimiento de su pecado, para que sea responsable en su vida. Lleva al alma a la revolución de la mente, de la idea social que impera en esa cultura. Y así se llega a imponer la cultura del encuentro: la idea de la fraternidad universal.

¡Qué pocos entienden el lenguaje herético de este hombre!

¡Qué pocos ven su descaro!:

«Ustedes, jóvenes, son expertos exploradores.  Si se deciden a descubrir el rico magisterio de la Iglesia en este campo,  verán que el cristianismo no consiste en una serie de prohibiciones que apagan sus ansias de felicidad,  sino en un proyecto de vida capaz de atraer nuestros corazones»: esto es hablar con malicia, con perversidad de mente.

Todo aquel que vaya al Magisterio auténtico de la Iglesia tiene que ver las prohibiciones, la regla de la fe, los principios de la moral, que tienen que apagar las ansias de toda felicidad humana, natural, carnal, material, sentimental, afectiva de los hombres. Y que ponen al alma en el camino de las bienaventuranzas: en el camino hacia el cielo, que es un camino de cruz.

Pero Bergoglio predica a los jóvenes: «atrévanse a ser felices». Esto no es la predicación del Evangelio. Esto no es la Palabra de Dios. Esto no es la verdad.

Bergoglio tiene, lo que se llama, la añoranza del Paraíso: «En los Salmos encontramos el grito de la humanidad que, desde lo hondo de su alma, clama a Dios: ”¿Quién nos hará ver la dicha si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?”».

¡El grito de la humanidad!

La humanidad ha perdido la felicidad original. La humanidad está en angustia: «La ”brújula” interior que los guiaba en la búsqueda de la felicidad pierde su punto de orientación y la tentación del poder, del tener y el deseo del placer a toda costa los lleva al abismo de la tristeza y de la angustia». Es lo que se vive: esa cultura del pesimismo, de la tristeza, de la angustia… Por eso, se necesita el evangelio de la alegría, de la felicidad. Hay que ser revolucionarios, hay que ir en contra de esa angustia. Hay que ser felices, no hay que temer miedo de ser felices:

«Pero no tengamos miedo ni nos desanimemos: en la Biblia y en la historia de cada uno de nosotros vemos que Dios siempre da el primer paso: Él es quien nos purifica para que seamos dignos de estar en su presencia».

Ya Dios te purifica. Tú vive feliz. No subas a la Cruz. No renuncies a tus sueños. No hagas nada por salvar tu alma del pecado. Da pan al que no lo tiene. Y eso basta para ver a Dios.

«Queridos jóvenes,  para entrar en la lógica del Reino de Dios es necesario reconocerse pobre con los pobres.  Un corazón puro es necesariamente también un corazón despojado,  que sabe abajarse y compartir la vida con los más necesitados».

Sólo habla del despojo cuando es necesario soltar el dinero. Esto es siempre toda la Jerarquía que predica su humanismo. ¡Hay que gente que pasa hambre: dame tu dinero, despójate de tu dinero. Es la lógica del Reino de Dios. Eso es tener un corazón puro.

¡Qué fácil es engañar a los católicos! ¡Continuamente lo hace este hombre!

Esto es llevar a las almas a la condenación.

Bergoglio les cuenta a los jóvenes la fábula de cómo se perdió «la espléndida bienaventuranza», que había en el Paraíso, y cómo Jesús vino y «nos descubre nuevos horizontes, impensables hasta entonces». Todo un cuento bellísimo, apto para dar al alma una gran oscuridad en su vida espiritual.

¿Quién es Cristo?

«Y así, en Cristo, queridos jóvenes, encontrarán el pleno cumplimiento de sus sueños de bondad y felicidad».

En Cristo, el hombre encuentra su sueño humano, su idea de la vida: sus obras buenas humanas y sus felicidades para lo humano.

Bergoglio ha anulado, completamente, la obra de la Redención.

La gente va buscando un Cristo a la medida de sus sueños, de sus ideales humanos, de su mente humana. Por eso, el falso ecumenismo: toda idea de Cristo vale, no importa que sea budista, protestante, judía, musulmana, etc.. Es el sueño del hombre lo que cuenta. No es la obra de Cristo en la Cruz.

Es muy hábil, Bergoglio, en elegir el lenguaje adecuado para engañar. Él es un maestro de la oratoria. Se sabe todos los trucos de cómo llegar a la mente y al afecto de los hombres. Y la gente cae en ese lenguaje porque ya no piensa la verdad. Vive su vida sin pensar, como un estúpido, como un idiota de la vida.

«No se va en carroza al Paraíso. Las almas no se compran con dinero; al Reino de los Cielos se sube a través del sendero de la oración y del sufrimiento» (Padre Pío de Pietrelcina).

Bergoglio: no se lleva a los jóvenes en carroza al Cielo. No se les dice: sean felices. Hay que subirlos a la Cruz. Hay que hacer que amen la cruz, que amen al Crucificado, que amen el dolor. Si esto no se hace en una predicación, entonces se lleva a los jóvenes en carroza al fuego del infierno.

¡Cuántos jóvenes se van a condenar por este escrito de este infame!

01

1 Καρδιας: καρα: vértice, superior;  δια: entre, en medio. Lo que está en el medio del vértice, de la vida superior. Κοιλιας: Las entrañas del hombre. Estas dos palabras son sinónimas en los LXX y, por el influjo del texto hebraico, se emplean indiscriminadamente. En los LXX, se tiene la palabra entrañas (κοιλιας); y en el códice B del Vaticano gr. 1209, se tiene corazón (καρδιας). Ambas significan la parte interior del hombre.

2 «Ya se llama religión de la relectura frecuente, ya de la elección iterada de quién fue perdido negligentemente, ya se lo llame por la religación, la religión lleva propiamente consigo un orden a Dios. Porque a Él, es a quien debemos ligarnos principalmente como a un principio indeficiente, al cual se debe dirigir también con asiduidad nuestra elección como al último fin, a quién también perdimos pecando negligentemente, y que debemos recuperar creyendo y prestándole fe» ( 2,2,q.81 a.1). Por tanto, la religión es el conjunto de verdades, obligaciones y ritos por los cuales el hombre se liga a Dios, y reconoce su suprema excelencia y dominio. Comprende, en consecuencia, los actos del entendimiento y voluntad, y otros, por los cuales el hombre reconoce esta dependencia de Dios.

3 «Penitencia es un modo de renovar el santo Bautismo. Penitencia es acordar con Dios una nueva vida. Penitente es el hombre que compra humildad. Penitencia es repudio perpetuo de todo consuelo corporal. Penitente es aquel que permanentemente se está acusando y condenando, el cual tiene un corazón descuidado de sí mismo por el continuo cuidado de satisfacer a Dios. Penitencia es hija de la esperanza y destierro de la desesperación. Penitente es el reo que está libre de confusión por la esperanza que tiene en Dios. Penitencia es reconciliación con el Señor, mediante la buena obra opuesta al pecado. Penitencia es purificación de la conciencia. Penitencia es sufrimiento voluntario de toda pena. Penitente es el artífice de su propio castigo. Penitencia es una fuerte aflicción del vientre, y una vehemente aflicción, y un gran dolor del alma». (San Juan Clímaco – La santa Escala, n. 140, a.2).

4 «Lo amó» = ηγαπησεν. El verbo αγαπη se usa en contraposición al verbo φιλη. «Como el Padre me amó (= ηγαπησεν), también yo os amé (= ηγαπησαμεν); permaneced en Mi Amor (= αγαπη)» (Jn 15, 9). El Padre ama a Su Hijo en el Amor del Espíritu, amor divino = αγαπη. Y, en ese amor, Jesús ama el alma y el alma permanece en el amor de Jesús, que es un amor en el Espíritu, en la Verdad que da el Espíritu. «Si me amarais (= αγαπατε), guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). Sólo se puede amar a Jesús en el Amor del Espíritu, en al amor divino. En ese amor, el alma  es capaz de guardar los mandamientos de Dios. Fuera de ese amor, el alma va hacia el pecado. «Quien ama (= φιλω) su vida, la pierde» (Jn 12, 25): la vida humana, natural, material, carnal, sólo se puede amar de manera humana, con lazos materiales, carnales, sentimentales. Si se ama así, se pierde la vida del Espíritu. Quien aborrece su vida humana, entonces gana la vida del Espíritu. Jesús siempre ama en el αγαπη, pero nunca en el πιλω.

La Iglesia Católica condena para siempre


ISIS

«El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre» (Bergoglio, 15 de febrero del 2015).

La Iglesia está sin pastor, sin cabeza. Una cabeza que no condena para siempre no es cabeza de la Iglesia, no es la voz de Cristo:

«Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25, 41).

Esta es la Palabra de Dios que condena para siempre.

Se condena para siempre el pecado, el error, la herejía, el cisma, toda obra en contra de la Voluntad de Dios.

Hay un fuego eterno, hay una condenación para siempre. Decir otra cosa es enmendar la Palabra de Dios. Es llamarle a Jesús: mentiroso.

La Iglesia, que es el Cuerpo Místico de cristo, condena, como lo hace Su Cabeza. Pero ya la Iglesia no cree en sí misma, sino en lo que los hombres dicen.

Hay que condenar a ISIS. Pero eso no lo puede hacer un hombre que habla así en la Iglesia. Un hombre que no juzga a nadie no es un hombre de Iglesia.

La herejía es condenar el error para siempre. Y, por tanto, se condena al que acepta una herejía en su mente, para obrarla en su vida. Se condena a la persona por su herejía.

La herejía es lo contrario a la fe. Quien comete herejía carece de fe divina. Y no pertenece a la Iglesia.

Lo que una vez fue condenable, ya no lo es. Éste es el sentido de las palabras de Bergoglio. Frase que esconde un pensamiento perverso. Lo oculta, porque no se atreve a darlo a conocer abiertamente.

Para Bergoglio no existe ni el infierno ni el purgatorio. Y tampoco existe el alma como ser inmortal.

Si todos se salvan, entonces ¿cómo explicar lo que hizo Hitler, cómo explicar las almas de los que han decapitado a esos católicos coptos? ¿Se salvan o se condenan? En el pensamiento de Bergoglio: se aniquilan.

Estos hombres no pueden entender a un Dios que castiga. Ellos creen que Dios acepta todo lo que es misericordioso. Y, por eso, todo el mundo se salva, se va al cielo, por el solo hecho de su buena voluntad:

«difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero» (Ib).

¿Qué pasa con aquellas almas que no piden la misericordia con corazón sincero? ¿Se condenan para siempre? No; porque la Iglesia no condena para siempre. ¿Entonces, qué ocurre? El alma tiene que aniquilarse: cuando muere su cuerpo, deja de existir el alma. Pero el alma también se va al cielo.

«En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie se acabe no se apagará la luz de Dios, que en ese momento invadirá todas las almas y todo será en todos» (RepubblicaEdición Osservatore).

La luz de Dios invadirá todas las almas y todo será en todos: no puede darse ni el infierno ni el purgatorio. Si acaso se dan es sólo temporal o están vacíos. Como el fuego eterno fue preparado por Dios para el diablo y sus ángeles, entonces está vacío de hombres. Sólo está el demonio, si existe como tal.

También las almas, que se aniquilan, las invadirá la luz de Dios, aunque no hayan alcanzado la buena voluntad en esta vida. Vuelven a la nada, es decir, vuelven a la luz de Dios, de la cual fueron creadas. La luz de Dios no se aniquila.

Para estos hombres pervertidos en su inteligencia humana, la creación de las almas, como la del universo, no es de la nada, sino de la esencia de Dios (es el panteísmo y el panenteísmo). Y, por lo tanto, el alma que se aniquila vuelve a la esencia de la cual fue creada: Dios. Vuelve a ser luz de Dios. Por eso, dice Bergoglio: «la luz de Dios invadirá todas las almas y todo será en todos».

Por eso, este hombre no puede fustigar a toda esa basura islámica que ha hecho esta matanza. No puede juzgar al alma que mata, porque se va a morir y va a volver a Dios, va a ser Dios.

Tengan en cuenta que Bergoglio pone la luz de Dios – la gracia-  en el alma, no en el corazón:

«La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón»: una vez que muere el alma, esa luz vuelve a Dios.

La gracia es una cantidad de luz: algo medible, algo finito, algo que puede dejar de ser.

El alma es una cantidad de luz: cuando el hombre hace su trabajo de amar a los demás, más que a sí mismo, entonces tiene el cielo. Pero si el hombre no hace ese trabajo, esa luz de Dios va despareciendo hasta que el alma encuentra la muerte. Ya no tiene la cantidad de luz y muere Y muere antes que la muerte del cuerpo. Y esa alma, que se aniquila, no puede condenarse, sino que vuelve a su origen, Dios. Como la misericordia de Dios es infinita, entonces esa luz invade esa alma y se reencuentra en el cielo con las demás almas. La memoria que hizo esa alma no se pierde. Se vuelve a encontrar, pero de otra manera, más sublime.

Por eso, para Bergoglio no existe el dogma, lo absoluto, lo incondicional.

Todo es un relativismo. Él está en el relativismo universal de la verdad. Todo es del color como los hombres se lo inventen con sus pensamientos humanos. Es el culto a la mente del hombre. Es la perversión de la verdad: todo se trastoca, todo se reinterpreta, todo tiene el nombre de humanismo.

No se puede condenar a ISIS porque están haciendo un buen trabajo: el ecumenismo de sangre.

«Recordando a estos hermanos que han sido muertos por el solo hecho de confesar a Cristo, pido que nos animemos mutuamente a seguir adelante con este ecumenismo que nos está alentando, el ecumenismo de la sangre» ( (ver texto) : estamos todos unidos en la sangre. Ecumenismo.

«La sangre de nuestros hermanos cristianos es un testimonio que grita. Sean católicos, ortodoxos, coptos, luteranos, no interesa: son cristianos. Y la sangre es la misma, la sangre confiesa a Cristo».

La sangre que confiesa a Cristo: vean la clarísima herejía.

Es esa nueva iglesia universal, en la que todos se reúnen, es la que confiesa, con su sangre, a Cristo.

¡Que ISIS siga matando!: está obrando el ecumenismo de sangre: la nueva iglesia de los católicos, de los ortodoxos, de los coptos, de los luteranos, de los cristianos…

¡Qué gran obra la de ISIS! Ninguna condena por parte de este hombre. Sólo su llanto:

«Me permito recurrir a mi lengua materna para expresar un hondo y triste sentimiento»: deja ya de llorar, Bergoglio, por tus hombres. Deja tu sentimiento a un lado y vete a un monasterio a llorar tu triste vida. No te necesitamos en la Iglesia Católica. A un hombre que llora por los hombres no hay ninguna necesidad de él. Queremos un Papa, como Benedicto XVI, que fustigue a ISIS.

Los coptos son católicos, no cristianos. ¿No conoces a tu gente, Bergoglio? No eres católico. ¡Es normal que no conozca lo que es la Iglesia Católica! Ya a nadie le sorprende eso. Eres del mundo, y hablas como habla un político del mundo: instrumentalizando esa matanza para tu idea política de una iglesia universal, de un ecumenismo de sangre.

Bergoglio es todo del hombre y todo para el hombre.

Por eso, al explicar Bergoglio la ley de Moisés sobre los leprosos, tiene que caer en su idea humana del pecado:

«la finalidad de esa norma era la de salvar a los sanos, proteger a los justos y, para salvaguardarlos de todo riesgo, marginar el peligro, tratando sin piedad al contagiado» (15 de octubre 2015).

¡Qué poco ha entendido este hombre lo que es el Antiguo Testamento, es decir, la Palabra de Dios revelada!

No ha leído a Santo Tomás:

«Todos estos ritos tenían sus causas racionales, según que se ordenaban al culto de Dios para aquel tiempo; y las tenían figurativas, en cuanto se ordenaban a figurar a Cristo» (Sto. Tomás – Prima secundae q.102 a.5). Causas racionales y causas figurativas.

Y, por lo tanto, «las purificaciones de la ley antigua se ordenaban a remover los impedimentos del culto divino» (Ib resp. 4): esta es la primera causa racional.

Los pecados son los impedimentos para dar culto espiritual de Dios. Hay que apartar del culto exterior a los hombres que tenían ciertas inmundicias corporales, como la lepra, el flujo de semen o el flujo de sangre en las mujeres, etc…

«Todas estas impurezas tenían razón literal y figurativa. La literal, por la revelación de cuanto pertenece al culto divino, ya porque los hombres no suelen tocar las cosas preciosas cuando están manchados, ya porque la dificultad de acercarse a las cosas sagradas hacía a éstas más venerables…Había otra razón literal: que los hombres, por asco de algunos enfermos y temor del contagio, por ejemplo de los leprosos, temiesen acercarse al culto divino» (Ib. resp. 4).

La finalidad de esta norma era dar culto a Dios en Espíritu y en Verdad. Los leprosos, por su enfermedad, no pueden tocar lo sagrado, no pueden estar en un sitio sagrado. Y su enfermedad podía impedir que otros viniesen a dar culto a Dios. No se les marginaba, sino que se les ponía en su lugar.

Bergoglio está en su sentimentalismo perdido:

«Imaginad cuánto sufrimiento y cuánta vergüenza debía de sentir un leproso: físicamente, socialmente, psicológicamente y espiritualmente. No es sólo víctima de una enfermedad, sino que también se siente culpable, castigado por sus pecados» (15 de octubre 2015).

No comprende, Bergoglio, que para llegar a ver a Dios hay que pasar una gran purificación, una gran expiación. Dios exige la purificación del alma y del cuerpo para su culto divino.

Por eso, las Misas que se celebran sin esta purificación del alma y del cuerpo no son agradables a Dios. Hay que ayunar antes de comulgar. El cuerpo tiene que estar dispuesto para tocar a Dios, para estar en la presencia de Dios, para recibir la Hostia Santa. Disposición corporal y espiritual.

Bergoglio pone el grito en el cielo con esta marginación de los leprosos. No ha entendido, ni el sentido racional, literal, ni el sentido figurativo de la ley mosaica1:

«La razón figurativa de estas impurezas es ésta: que por ellas se significaban diversos pecados… La impureza de la lepra es la impureza de la doctrina heretical, ya porque la herejía es contagiosa como la lepra, ya porque ninguna falsa doctrina hay que no lleve alguna verdad mezclada, como también en el cuerpo del leproso aparecen manchas de lepra en medio de la carne sana…».

En la lepra, Moisés figuraba la herejía. Cada enfermedad es de acuerdo a su pecado. La lepra en el cuerpo señala la lepra en la mente: el pecado de herejía, que aparta al alma del pueblo, de la Iglesia. La excomulga, hasta que no haya curado de su lepra, de su herejía. El apartamiento era la expiación de su pecado: era un bien para su alma. Encontraba en ese castigo la paz para su corazón.

La impureza que se originaba de la corrupción, ya sea de la mente, ya del cuerpo, tenía que ser expiada. Había que hacer sacrificios por el pecado. Por eso, el leproso tenía que irse fuera del poblado: no era por marginación social, no era por abandono de sus propios familiares, no era por exclusión de los sanos…Era para expiar el pecado.

Esto es lo que, hoy día, nadie entiende. Nos parecen las leyes del AT muy fuertes, muy exigentes, muy radicales. Pero ellos se ponían en la verdad: en el pecado como ofensa a Dios.

Bergoglio se pone en la mentira: en el pecado como ofensa a la sociedad. Entonces, tiene que predicar su vómito comunista, su bien común social. Estamos en una iglesia con una mentalidad llena de prejuicios. Hay que revolucionar las conciencias sociales. Hay que mirar la Iglesia de otra manera.

A la no condenación para siempre de Bergoglio, se opone el Papa Gelasio I2:

«¿Acaso Nos es a nosotros lícito desatar lo que fue condenado por los venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos arrancados? ¿Qué sentido tiene, pues, que tomemos toda precaución porque ninguna perniciosa herejía, una vez que fue rechazada, pretenda venir nuevamente a examen, si lo que de antiguo fue por nuestros mayores conocido, discutido, refutado, nosotros nos empeñamos en restablecerlo?»

Lo que una vez fue condenado no es lícito desatarlo. Se condenó para siempre.

Lo que una vez fue rechazado como herejía no hay que examinarlo de nuevo como si no fuera herejía. Se rechazó para siempre.

Bergoglio se empeña en restablecer a todos los herejes, los cismáticos y apóstatas de la fe. Ponerlos dentro de la Iglesia, cuando tenían que estar fuera de ella. Es su nueva iglesia mundial.

«¿Acaso somos más sabios que ellos o podremos mantenernos en sólida estabilidad, si echamos por tierra lo que por ellos fue constituido?…»: ¿la Iglesia del siglo XXI es más sabia que la de los primeros siglos Jerusalén para echar por tierra todos los anatemas que se hicieron?

No; no es más sabia. Es más pecadora.

La Iglesia ha compuesto, durante siglos, la regla de la fe católica contra todas las herejías. Los Papas y los Concilios comenzaron a explicitar las verdades de la fe para refutar, condenar y corregir las herejías.

¡La Iglesia condena para siempre!

Hay una regla de fe que todo católico tiene que saber. Son los principios del catolicismo.

Todas las condenas de la Iglesia, para Bergoglio, no son condenas. Son sólo formas de hablar que en el tiempo de la condena se hacía. Ahora, en estos tiempos nuevos, hay que hablar de otra manera, restableciendo al que una vez se le condenó.

Es su mente pervertida: «la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables» (15 de octubre 2015). Lo que es incurable en el pensamiento de Dios, es curable en el lenguaje de los hombres. El hombre ha anulado a Dios.

El camino que Dios ha puesto para curar el pecado en los hombres, que es la purificación, la penitencia, la expiación del pecado, ya no sirve para la nueva y falsa Jerarquía.

Si el hombre no sigue ese camino divino, es incurable en su pecado. Está en su vida de pecado. Y quien no quiere salir de esa vida de pecado, no puede ser curado con fórmulas humanas. Porque todo pecado tiene una raíz espiritual. Y hay que quitarla para ser curado.

Pero el problema de toda esta Jerarquía es que ha puesto el pecado en la raíz humana o social. Ha hecho del pecado una cuestión filosófica o social.

Por eso, Bergoglio no es quién para juzgar: no puede condenar a nadie para siempre. No ha condenado a Isis. No puede. Todo vuelve a Dios. Incluso aquella alma que ha hecho un gran mal en su vida. Es la aberración que lleva su pensamiento. Por eso, Bergoglio es un vómito cuando habla.

Las herejías antiguas –según Bergoglio- son verdaderas ahora, en este tiempo histórico, para el hombre. No son condenables. Porque todo el problema está en el pensamiento del hombre, en su filosofía de la vida, en su visión del mundo y del hombre.

San Pablo le enseña a Bergoglio:

«Al hombre herético, después de una y segunda corrección, evítalo, sabiendo que el tal se ha pervertido y peca, condenándose por su propia sentencia» (Tit 3, 10).

La Iglesia condena para siempre porque ellos se condenan para siempre por su propia sentencia.

Norma sabia para todo aquel que quiera discernir la Jerarquía de la Iglesia. Son los sordos lo que no quieren oír la Verdad y enseñan su mentira, su corrupción de doctrina, su perversión en su mente y su lenguaje ambiguo en su boca.

Lo que sale de la boca de este hombre no es ni sano ni intachable, sino todo lo contrario. La palabra de Bergoglio mata a las almas: es enfermedad para la mente y el corazón del hombre. Y, además, está provista de una espada de doble filo: mete el puñal de la mentira con el puñal de la palabra melosa, agradable, sentimental, cargada sólo de humanismo.

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1 «La razón figurativa de estas impurezas es ésta: que por ellas se significaban diversos pecados. En efecto, la impureza de los cadáveres significa la del pecado, que es muerte del alma. La impureza de la lepra es la impureza de la doctrina heretical, ya porque la herejía es contagiosa como la lepra, ya porque ninguna falsa doctrina hay que no lleve alguna verdad mezclada, como también en el cuerpo del leproso aparecen manchas de lepra en medio de la carne sana. Por la impureza de la mujer que padece flujo de sangre, se significa la impureza de la idolatría, a causa de la sangre de las víctimas. La impureza del varón por el derrame del semen designa la impureza de la vana parlería, porque semilla es la palabra de Dios (Lc 8,11). La impureza del coito y de la mujer parturienta significa la impureza del pecado original. La impureza de la menstruación es la impureza de la mente muelle por los placeres. En general, la impureza que proviene del contacto con una cosa impura significa la impureza del consentimiento en el pecado ajeno, según 2 Cor 5,17: Salid de en medio de ellas y apartaos y no toquéis cosa inmunda» (Sto. Tomás – Prima secundae q.102 a.5 resp.4).

2 « ¿Acaso Nos es a nosotros lícito desatar lo que fue condenado por los venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos arrancados? ¿Qué sentido tiene, pues, que tomemos toda precaución porque ninguna perniciosa herejía, una vez que fue rechazada, pretenda venir nuevamente a examen, si lo que de antiguo fue por nuestros mayores conocido, discutido, refutado, nosotros nos empeñamos en restablecerlo? ¿No es así como nosotros mismos – lo que Dios no quiera y lo que jamás sufrirá la Iglesia – proponemos a todos los enemigos de la verdad el ejemplo para que se levanten contra nosotros? ¿Dónde está lo que está escrito: No traspases los términos de tus padres [Prov. 22, 28] y: pregunta a tus padres y te lo anunciarán, a tus ancianos y te lo contarán [Deut. 32, 7]? ¿Por qué, pues, vamos más allá de lo definido por los mayores o por qué no nos bastan? Si, por ignorarlo, deseamos saber sobre algún punto, cómo fue mandada cada cosa por los padres ortodoxos y por los antiguos, ora para evitarla, ora para adaptarla a la verdad católica; ¿por qué no se aprueba haberse decretado para esos fines? ¿Acaso somos más sabios que ellos o podremos mantenernos en sólida estabilidad, si echamos por tierra lo que por ellos fue constituido?…» (PL 59, 31 A – De la Carta Licet inter varias, a Honorio, obispo de Dalmacia, de 28 de julio de 493).

La Iglesia abandonada a la perversión de la mente de los hombres


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«La Iglesia abandonada estará sin su suprema Cabeza, que la gobierna y dirige. Por un tiempo bastante largo, la Iglesia será privada de todas las oraciones y de todas las funciones; desterrada de Dios y de los Santos. Ellos intentarán remover todos los Crucifijos y estatuas de los Santos de todos los sepulcros y los arrojarán en un lugar profano para destrozarlos con alegría» (Marie Julie Jahenny  – 29 de marzo de 1879).

El tiempo para que las profecías se cumplan está a la mano.

La Profecía no es una Palabra de Dios inútil, sin ningún valor, a la cual no hay que creer.

La Profecía es la Palabra de Dios, la Mente Divina.

Dios nunca calla, nunca está en silencio. Dios es Revelación: es una Palabra que manifiesta la Verdad al hombre.

Y, por eso, ninguna profecía puede ser echada a un lado, ignorada, anulada, sometida a la interpretación de las mentes humanas.

Todos tienen la obligación moral de conocer a los profetas de Dios, de creer en ellos y de seguir sus profecías. Todos: Jerarquía y fieles de la Iglesia Católica.

La gran soberbia de la Jerarquía es combatir a los profetas de Dios. Y por eso, Dios castiga al sacerdote o al Obispo que no cree en los profetas. Tienen luz para discernir una profecía, y no lo hacen, sólo por su maldita soberbia. Y no por otra cosa.

Cada sacerdote, cada Obispo es un profeta. Pero, ¡qué mal uso se hace – entre la Jerarquía- de la gracia de la Profecía! Se convierten, entonces, en falsos profetas.

Una Iglesia sin Cabeza. Eso comenzó ya con la subida de Bergoglio al poder. Este hombre es sólo un político, que pertenece al bando de los comunistas:

«Yo anuncio un terrible castigo por aquellos que se han vestido con vestiduras sagradas y han sido colmados de gracia…Ellos persiguen Mi Iglesia…Ellos son muy culpables, no todos de ellos, pero muchos, un gran número… Conozco sus intenciones, conozco sus pensamientos… Veo la debilidad tomando cuerpo de mis sacerdotes para extenderse de manera espantosa…, la gran parte no está en el camino monárquico, ellos son de aquellos que plantan en este pobre país la bandera que es el color de la sangre y el terror…» (Marie Julie Jahenny  – 25 de octubre 1881).

Terrible castigo es Bergoglio para toda la Iglesia. Fue colmado de gracia y ha respondido -a esa plenitud de gracia- con la plenitud de su maldad.

¡Bergoglio: perseguidor de la Iglesia de Cristo!

¡Bergoglio de la bandera de color de sangre y terror! ¡Bandera comunista!

«La compasión lleva a Jesús a actuar concretamente: a reintegrar al marginado» (15 de febrero del 2015): esto es pura teología de la liberación. Puro marxismo. Puro comunismo. Es la enseñanza de este falso papa a sus falsos cardenales.

Reintegrar al marginado: hay que meter en la Iglesia al marginado homosexual, al marginado divorciado, a la marginada mujer, etc… Jesús salva almas, no reintegra en la sociedad. Jesús lleva almas al Cielo, no abre una sucursal del pecado en la tierra.

Integración, liberación, socialización: «la compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración» (Ib).

Esta homilía es el vómito comunista de Bergoglio.

¡Y cuántos se lo comen, se alimentan de esta basura ideológica!

Este hombre ha cogido la ley de Moisés y la ha torcido: el resultado lo que ha predicado, su evangelio de la marginación.

«El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre» (Ib): no condenes, no juzgues. Lo dice Bergoglio. No hay Justicia de Dios para Bergoglio. Sólo hay pura misericordia. Y pura significa: que todos se salvan. No hay ninguno que se condene.

Es una misericordia basada en una caridad masónica:

«La caridad es creativa en la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables y, por lo tanto, intocables. Encontrar el lenguaje justo…» (Ib): que la inteligencia del hombre no vaya en busca de la verdad absoluta. ¡No existe! Que la inteligencia del hombre se pervierta buscando el lenguaje que gusta a todo hombre: la bandeja de plata, la palabra melosa, la idea brillante, creativa. Hay que escoger la palabra para dirigirse al hombre….La Verdad ya no vale para enseñar, para gobernar, para salvar. Ya lo que Jesús ha predicado es inservible para alimentar a las almas. Ahora hay que darle a la gente melodía mental, lenguaje programático, ideas masónicas, obras protestantes, negocio comunista.

La caridad es creativa: ¿en qué lugar de la Sagrada Escritura se enseña eso? ¡En ningún lugar! Eso se enseña en el evangelio de la marginación del falso Papa Bergoglio. Falso evangelio para una falsa iglesia. Un hombre sin mente: un loco de atar es Bergoglio.

¡Cómo huele a marxismo!: «Invoquemos la intercesión de María, Madre de la Iglesia, que sufrió en primera persona la marginación causada por las calumnias y el exilio…». La Virgen María no es la que sufrió por los pecados de los hombres, sino la que sufrió la injustica social de las calumnias y del exilio. ¡Qué vomito de comunismo!

Este hombre ha iniciado, hace ya dos años, la ocultación de la Verdad en toda la Iglesia: habla como un maldito, comiendo su error en cada palabra que predica, que escribe.

Y otro lo va a continuar, porque él no sabe gobernar la iglesia de los masones. Él está con sus malditos pobres. Él es sólo el llorón de la vida de los hombres. Él levanta la iglesia de la reintegración social.

«os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos – edificados por nuestro testimonio – no tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial»: ¿quién puede seguir esta exhortación sin crucificar de nuevo a Cristo? ¿Quién puede hacer caso a este imberbe de la gracia, sin poner en riesgo la salvación de su propia alma?

¡Huyan de Bergoglio como de la peste!

Sólo tiene inteligencia para vivir su pecado y hacer que otros lo vivan: «edificados por nuestro testimonio»  ¡Maldito testimonio el que da Bergoglio a toda la Iglesia! ¡Maldito seas, Bergoglio!

Tu testimonio, como Obispo que eres, tiene que ser el de Cristo, la Mente de Cristo, la Mente de la Verdad. Y sólo das testimonio de la perversidad de tu mente humana ¡Maldita sea tu mente, hecha a la medida de tu padre, Satanás!

«No tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados»: sé un homosexual con los homosexuales; aborta con los que abortan; peca con los que quieren pecar… No margines con tus ideas dogmáticas, con tus tradiciones:

«Jesús revoluciona y sacude fuertemente aquella mentalidad cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios… abriendo nuevos horizontes para la humanidad y revelando plenamente la lógica de Dios…Para Jesús lo que cuenta… es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos».

Escandalizado está Bergoglio con aquellos que aman la Verdad Absoluta, que les hace excluir, marginar de la Iglesia a muchos hombres, a sus malditos pobres. No los puede ni ver.

¡Cómo les gusta a los modernistas las palabras: revolucionario, libertad, reintegración!

¡Están en su salsa! El bien común. Atender el cuerpo de las personas, pero no sus almas.

Para Jesús lo que cuenta son las almas: salvar las almas. Y eso es todo.

Para Bergoglio, que ataca a Jesús, lo que cuenta es la gloria del hombre, el aplauso, la fama: que le digan: qué bien que predicaste.

«No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado»: si no amas al homosexual, eres un pervertido para este hombre.

«…sobre el evangelio de los marginados, se juega y se descubre y se revela nuestra credibilidad»: eres creíble como Iglesia si eres comunista, si eres del pueblo, si das un gusto a la gente, si les hablas bien, si les das un beso y un abrazo, si les dices que Dios ama a todo el mundo…No quites tus mentiras de tu mente: Dios te ama porque eres un gran mentiroso, porque obras una gran mentira, porque predicas la mentira como verdad….

La Iglesia ha sido abandonada a la mente y a las obras de un comunista, de uno que predica para agradar a los hombres, para darles un gusto, un entretenimiento en sus vidas.

Abandonada está toda la Iglesia: todo el Rebaño disperso, sin un norte, sin una luz, sin un camino, sin una vida, sin una verdad.

Todo es muerte alrededor del Vaticano. Muerte. Muerte de la gracia, muerte del Espíritu. Muerte de la verdad: la Iglesia, en Bergoglio, se halla privada de la Verdad: de la oración que salva; de la penitencia que purifica el corazón, del poder del amor que obra la verdad en la vida.

Hay que desterrar a la Iglesia de todo lo santo, de todo lo sagrado, y hay que meterla en el sepulcro:

«San Miguel dijo que Satanás tomará posesión de todo por algún tiempo, y que reinará completamente sobre todas las cosas; que toda la bondad, la Fe, la Religión serán enterradas en el sepulcro… Satanás y los suyos triunfarán con alegría, pero después de este triunfo, el Señor volverá a coger su propio pueblo, y reinará y triunfará sobre el demonio, y levantará desde la tumba la Iglesia enterrada, y la postrada Cruz…» (Marie Julie Jahenny  – 19 de Marzo de 1878).

¡Qué pocos creen en estas profecías!

¡Qué pocos siguen creyendo a pesar de ver lo que ven en el Vaticano!

¡Qué pocos son los que buscan la verdad con sus inteligencias!

¡Muchos son los que viven una fe muerta: la fe oficial del Vaticano!

«…Ellos han hecho poco caso de lo que Yo he revelado… ¡Ellos no han querido la luz!… He sufrido mucho por todo esto. El dolor oprime Mi Corazón en este momento… cuando recuerdo la dura recepción de Mis Palabrasno hicieron caso…»1.

Esta es una Madre en el Dolor de Su Corazón. Los hombres de la Iglesia, sus sacerdotes, sus Obispos, no hacen caso de las palabas de Su Madre, como si estas no tuvieran ninguna importancia para la Iglesia; como si la Iglesia se hiciera sólo con el pensamiento de los hombres, con su palabra humana.

La Iglesia es Divina y, por tanto, necesita de la Palabra Divina: la Palabra de la Virgen y la Palabra de Jesús, que siguen hablando a sus almas, aunque les pese a la mayoría de la Jerarquía y de los fieles.

La Jerarquía actual de la Iglesia habla que el hombre está marginado, y lo único que hace es –con eso- marginar ellos a toda la Iglesia, a toda la verdad en la Iglesia. A todas las almas que siguen la Verdad en la Iglesia. Y eso trae un castigo del cielo.

Porque se rechaza la palabra de los profetas, de los verdaderos católicos, por eso, viene el castigo para toda la Iglesia:

«Mi Hijo Divino… que vio el desprecio de Mis Promesas, ha hecho los preparativos en el Cielo para dar una medida de severidad a todos aquellos que se negaron a dar a conocer Mi Palabra a mis hijos, como una  luz brillante, verdadera y justa…»2.

La Iglesia no ha creído ni en La Salette ni en Fátima. Ha dado sólo su burda interpretación de esas profecías, y las ha dejado en el olvido.

Esa Jerarquía, que tiene la plenitud del sacerdocio, y no es capaz de discernir una profecía. No es capaz de penetrar en la verdad absoluta que allí se manifiesta, y no es capaz de enseñar al Rebaño el camino que Dios quiere de Su Iglesia.

¿Qué enseñan? El falso evangelio de la marginación.

El camino de la Iglesia no lo hacen los Jerarcas; no lo hace Bergoglio, sino Cristo con Su Cruz. El camino es siempre Cristo, no los hombres. Nunca los hombres. Ya ellos, los que gobiernan en la Iglesia, no son humildes:

«El sacerdote ya no es más humilde; no es más respetuoso; él es frívolo y frío en el servicio sagrado. Piensa en la fortaleza de su cuerpo cuando permite que las almas giman sin consolación…»3.

La Jerarquía sólo vive para una vida humana, una vida en el cuerpo, y poco o nada le interesa la vida del Espíritu: alimentar a  las almas con el Pan del Cielo. Sólo se les da el alimento comunista, protestante. Y, por eso, se observan ya en muchas parroquias, en muchas capillas, la abominación de la desolación.

Sacerdotes que quieren que la Iglesia sea de otra manera, más acorde al pensamiento de la época. Son ya otros Judas. No tienen vergüenza de hablar de sus pecados y de sus herejías. Y enseñan al Rebaño a pensar como ellos, a vivir como ellos: en el pecado, en el error, en la mentira.

«¡Para salvar la vida de su cuerpo, muchos perderán sus almas!». Esto es lo que ya está pasando en toda la Iglesia.

Para seguir comiendo: no me opongo a Bergoglio.

Para seguir teniendo un trabajo: no me opongo a Bergoglio.

¡Fariseos, hipócritas!¡Hombres de fe muerta!

«…falsos apóstoles, que bajo la apariencia de las palabras melosas y falsas promesas, dicen mentiras prostituyendo a mis queridos hijos, para salvar sus vidas de la tormenta y el peligro de sangre…»4.

No se quiere la Cruz, el sufrimiento, el desprecio de los hombres. Se quiere su abrazo, su interés, su negocio: hay que «ir a buscar a los lejanos en las periferias esenciales de la existencia» (15 de febrero del 2015). ¡Este es el negocio redondo en el Vaticano!

«… ¡huid de la sombra misma de estos hombres que no son otros que los Enemigos de mi Hijo Divino!».

¡Huyan de la sombra de Bergoglio y de todo su clan!

Toda la Jerarquía que gobierna, en la actualidad la Iglesia, es Enemiga de Cristo. Y hay que huir de ellos: huir de Roma. Refugiarse, porque de Roma viene el gran castigo para todo el mundo.

De esos sacerdotes y Obispos que ya no son de Cristo, porque han puesto sus oídos en la mentira, en las palabras mentirosas de los hombres del mundo:

«¡Cuando veo a los enemigos presentando sus promesas…. a muchos de aquellos que son sacerdotes de mi Divino Hijo! Cuando veo aquellas almas dejándose descender hasta el fondo del abismo… ».

¿Qué ha sido este discurso para los nuevos Cardenales? Gente que se ha dejado descender hasta el fondo del abismo.

¿Qué se creen que es toda esa Jerarquía llamada el gobierno horizontal de la Iglesia? Gente que desciende al infierno. Y no es otra cosa. Y, por tanto, arrastran consigo multitud de almas. Muchísimas.

El Rebaño siempre sigue a la Jerarquía. Siempre. Donde va la cabeza, va el cuerpo.

«Dentro de 100 años el cielo cosechará su grano… incluso antes de que acaben los 100 años. Por lo tanto, no está muy lejano…Todos los pecadores, los masones, quieren unir las fuerzas para vengarse ellos mismos en Mi Templo Santo. La corrupción y el veneno propagarán sus hedores y Mi Iglesia Santa experimentará escándalos que hará llorar al cielo y a la tierra…Poco después ellos subirán al poder en todo, y será la liberación del demonio… El sagrado sacerdocio será cubierto de vergüenza… Una queja secreta reina en los corazones de muchos sacerdotes en contra del vínculo de la Fe…Y perpetrarán horribles escándalos y clavarán la espada en el corazón de la Iglesia. La protesta furiosa nunca fue tan grande… Y Satanás añadió: Yo atacaré a la Iglesia. Y derribaré la Cruz, yo diezmaré al pueblo, y pondré una gran debilidad de Fe en los corazones. Durante un tiempo seré el maestro de todas las cosas, todo está bajo mi control, incluso Tu Templo y todos Tus fieles» (Marie Julie Jahenny  – 19 de Marzo de 1878).

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1 «Hoy Mis Ojos todavía tienen un rastro de las lágrimas que derramé el día, cuando Yo quería llevar a mis hijos las buenas noticias si se convertían, pero tristes noticias si continuaban con sus iniquidades… Ellos han hecho poco caso de lo que Yo he revelado… Ahora es el tiempo que esas grandes promesas serán cumplidas, las cuales las Autoridades de la Iglesia han despreciado… ¡Ellos no han querido la luz!He sufrido mucho por todo esto. El dolor oprime Mi Corazón en este momento…. La espada más dolorosa es ver ahora mismo las disposiciones que han tomado y las que están en vías de plantearse… Es ver a los pastores separándose del Vínculo Sagrado que dirige y gobierna la Santa Iglesia… Mis hijos, cuando recuerdo el día que traje Mis Avisos a la Montaña Santa, al mundo amenazado; cuando recuerdo la dura recepción de Mis Palabras… no por todos, pero por muchos. Y aquellos que deberían haber dado a conocerlas a las almas, a los corazones y a los espíritus de los niños con una gran seguridad, con una penetración profunda; no hicieron caso. Ellos los despreciaron y la mayoría de ellos les negaron su confianza» (Marie Julie Jahenny – 19 de septiembre 1901 – Aniversario de la Aparición de La Salette).

2 «Mi Hijo Divino, que lo ve todo en las profundidades de la conciencia … que vio el desprecio de Mis Promesas, ha hecho los preparativos en el Cielo para dar una medida de severidad a todos aquellos que se negaron a dar a conocer Mi Palabra a mis hijos, como una  luz brillante, verdadera y justa… Cuando veo lo que le espera a la tierra, Mis Lágrimas fluyen de nuevo…» (Marie Julie Jahenny – 19 de septiembre 1901 – Aniversario de la Aparición de La Salette).

3 «El sacerdote ya no es más humilde; no es más respetuoso; él es frívolo y frío en el servicio sagrado. Piensa en la fortaleza de su cuerpo cuando permite que las almas giman sin consolación… Las fiestas mundanas serán pagadas terriblemente en la eternidad…En el Día de mi gran sacudida de Mi Ira: muchos negarán al Rey que han servido. Los sacerdotes infieles no tendrán miedo de negar a Su Padre y poner en evidencia su sacerdocio por toda la eternidad, como Judas. Veremos la traición que tendrá lugar el día en que el Terror será generalizado…. ¡Para salvar la vida de su cuerpo, muchos perderán sus almas!» (Marie Julie Jahenny – 19 de septiembre 1896).

4 «…falsos apóstoles, que bajo la apariencia de las palabras melosas y falsas promesas, y mienten prostituyendo a Mis queridos hijos, para salvar sus vidas de la tormenta y el peligro de sangre… Os aseguro: ¡huid de la sombra misma de estos hombres que no son otros que los Enemigos de mi Hijo Divino! Una vez más remito, de nuevo, a esta inmensa tristeza: Veo algunos pastores a la cabeza de la Iglesia Santa… cuando veo este atropello irreparable, el ejemplo mortal de quienes serán un desastre para Mi querido pueblo, cuando veo esta ruptura de vínculos… Mi Dolor es inmenso y el Cielo está grandemente irritado… Oren por aquellos pastores cuya debilidad causará la pérdida de una multitud de almas. ¡Cuando veo a los enemigos presentando sus promesas…. a muchos de aquellos que son sacerdotes de Mi Divino Hijo! Cuando veo aquellas almas dejándose descender hasta el fondo del abismo, te digo esto: Me sorprende, como Madre de Dios Todopoderoso, que Mi Hijo no abra inmediatamente los Cielos para derramar los golpes de su Ira sobre sus enemigos, que insultan y le indignan…» (Marie Julie Jahenny – 19 de septiembre 1901 – Aniversario de la Aparición de La Salette).

Fe viva, fe muerta


021

«…la verdad del entendimiento divino es inmutable. En cambio, la verdad de nuestro entendimiento es cambiable. No porque ella esté sometida a mutación, sino porque nuestro entendimiento pasa de la verdad a la falsedad»  (Sto. Tomás, parte 1, q. 16 a.8).

El pensamiento no es libre de pensar lo que se le antoje porque existe la verdad inmutable, que sólo está en la Mente de Dios. Por eso, todo hombre que se precie en su inteligencia tiene que parecer terco, dogmático e intransigente.

El hombre está hecho para pensar sólo la verdad. Y la verdad no es lo que el pensamiento piensa con más o menos evidencia subjetiva. Las cosas son como son: hay una verdad objetiva de las cosas (porque Dios las ha creado así), se da una auténtica realidad de las cosas. Y, por eso, el hombre tiene que ser dócil de espíritu, es decir, tiene que reconocer la verdad donde quiera que esté, y aunque el hombre –en su ser subjetivo- no la perciba con evidencia.

La verdad no es lo que percibe el sujeto, sino lo que se muestra a la persona.

El sujeto cambia según el cambio de su entendimiento. Siempre el hombre está pasando de una verdad a una falsedad; de una mentira a una verdad.

Por eso, el Señor ha puesto una autoridad dogmática y espiritual, que es infalible: el Papa. Es el que muestra la Verdad a todos los hombres. Una Verdad Divina, Revelada, que ningún hombre, ningún sujeto, ninguna mente humana puede cambiar. Porque la verdad no es subjetiva, ni relativa, ni opinable o dada a deliberación, sino que es absoluta, objetiva y accesible al hombre por dos caminos: la realidad de la vida y la autoridad de la revelación.

Cuando en la Silla de Pedro se sienta un hombre sin verdad, como es el caso de Bergoglio y de todo su gobierno horizontal, inmediatamente el pensamiento de los hombres se oscurece y se pierde en la mentira y en cualquier error. Y esto sucede en todas partes: dentro de la Iglesia y en el mundo entero.

Se quiere reformar la Iglesia para darle más credibilidad ante todo el mundo. Es lo que están haciendo, ahora, trastocando la Pastor Bonus, para así meter a los laicos y a las mujeres en la Curia de Roma. Hacer una nueva iglesia acorde con los nuevos tiempos. Y se pierde la verdadera credibilidad de la Iglesia: la de los santos de todos los tiempos, la de Cristo, la que enseña y gobierna con la Verdad. Y todos se engañan, porque la credibilidad no está en cambiar las estructuras de la Iglesia, sino en cambiar a las personas.

Se cambian estructuras y permanecen los mismos sujetos, que viven sus vidas en contra de la realidad misma de las cosas y de la autoridad divina. Una persona que alabe su obra de pecado es un sujeto que mueve masas -no corazones- en el mundo y en la Iglesia.

Es la Iglesia Católica la que enseña a pensar la verdad absoluta. Cuando la Iglesia comienza a enseñar la mentira, entonces el caos es total, universal e inmediato. Se pierde el realismo de la fe y el realismo de la verdad, que es el propio de la razón humana. La mente del hombre comienza a vivir una fábula, una ilusión, una noche mágica, un surrealismo, un encantamiento de la vida.

Una Jerarquía que no dogmatice la verdad revelada y, por lo tanto, que no excluya a los hombres, acaba imponiendo a todos la mentira de sus mentes, de sus ideas, de sus filosofías y teologías. Y es una imposición, una dictadura, que incluye a todos los hombres y que refleja en todas partes la apostasía de la fe, que conduce, inevitablemente, a la fe muerta.

San Anselmo hace una distinción entre la fe viva y la fe muerta:

«La fe viva cree en el ser en el cual debe creer1»: la fe viva es un creer en la verdad revelada. Es la fe que enseña Dios con su Autoridad. Es la fe que la Iglesia enseña con su magisterio infalible en el Papa.

«… la fe muerta cree solamente lo que debe creer»: la fe muerta es un conformarse con lo que le dicen a uno que debe creer. Es vivir en la ociosidad de la vida, en el lenguaje de los hombres. Es la fe que dictan los hombres. Es una fe sin discernimiento espiritual. Es declarar una mentira oficialmente como verdad, como ley, como norma de la vida.

La fe viva no está ociosa, porque está movida por el amor divino. Y, por eso, esa fe «se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto2».

Hay que amar la justicia: «Haz justicia y juicio, que eso es más grato a Yavé que el sacrificio» (Prov 21, 3).

Practicar la justicia: «Ofreced sacrificios de justicia y esperad en el Señor» (Salm 4, 6). Para este ofrecimiento, el hombre tiene que ser humilde en su mente: poner en el suelo su inteligencia humana. Es el mayor sacrifico que un hombre puede ofrecer a Dios. Es un sacrifico de justicia, para que se manifieste la Justicia de Dios entre los hombres. Cuando los hombres buscan sus ideas, sus filosofías, sus reformas, sólo se manifiesta la justicia de los hombres, que siempre es una injusticia, porque no puede abarcar, ni todo el bien ni todo el mal.

La fe viva busca la Justicia de Dios, porque está movida por el amor divino en el alma. Busca lo justo: no puede despreciar nada justo.

«El justo halla su gozo en practicar la justicia, en tanto que los obradores de iniquidad se espantan» (Prov 21, 15).

Admitir a Bergoglio como Papa es una injusticia, es obrar una iniquidad, es escandalizarse de la verdad. ¡Aterrador es para muchos decir que Bergoglio no es Papa! ¡Espantoso, ponen el grito en el cielo!: viven con una fe muerta.

No se puede creer en el diálogo, en la fraternidad, en la liberación de los pobres por las injusticias sociales de los ricos, en las reformas que se quieren hacer en el papado de la Iglesia…porque lo dice Bergoglio.

La Iglesia no es lo que está en la mente de un hombre. La Iglesia es la Mente de Cristo. Es decir, es la Verdad Eterna, Inmutable, útil para todos los hombres, necesaria para todos ellos, y el único camino que los lleva a la Vida.

No se puede creer allí donde no hay Verdad. Un hombre que se precie no puede conformarse con lo que le dicen que hay que pensar, obrar, creer.

Aquella persona que cree en el Papa cree en la Verdad que el Papa le ofrece, le da, le recuerda. Esto es tener una fe viva. Se cree en la Verdad. No se puede creer en un hombre ni en la mente de un hombre. No se puede conformarse con la mente de un hombre. No se puede vivir en la ociosidad que proviene de la mente de un hombre. ¡No se puede aceptar una mentira como verdad!

Un hombre que se precie en su inteligencia humana es persona, no es sujeto de la sociedad ni de la Iglesia. No se vive para un subjetivismo, sino para un personalismo.

La persona es el yo que nunca cambia en la naturaleza humana. La persona es la que decide su vida según la verdad que encuentra con su mente humana. Es algo inmutable y constante. Nadie puede cambiar a una persona. Pero todos pueden cambiar la mente de esa persona.

Cuando la persona se instala en la sociedad o en la Iglesia, se hace sujeto de esa estructura, pero no pierde su personalidad, su personalismo. Como sujeto, la persona aprehende muchas cosas que son cambiantes en su vida personal. En las estructuras sociales o religiosas o familiares, se dan muchas obras cambiantes, de acuerdo a las muchas ideas que los hombres ofrecen.

Una persona sin fe divina está expuesta a las modas, a las veleidades, a ser una veleta de cualquier pensamiento humano, un juguete de los hombres. Una persona que no esté asentada en la verdad dogmática se comporta como sujeto, en la subjetividad, en el relativismo, pero no manifiesta su persona, su verdad inmutable. No es persona, no vive su personalismo, sino su subjetivismo. Esconde su persona para seguir el pensamiento de muchos, el lenguaje variado de los hombres. Y su vida es eso: cambiante según los tiempos, según las culturas, según el progreso de los hombres.

Para dejar libre a la persona, para que se manifieste el personalismo, hay que matar en sí al sujeto: «si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga» (Lc 10, 23).

La persona tiene que seguir la Verdad con su mente y, por lo tanto, tiene que mortificar en sí misma lo que le inclina hacia la mentira, hacia el error, lo que le hace cambiar. Ser sujeto de una sociedad, de un estado, de una iglesia, dejándose llevar por lo que dicen, por lo que predican, por las leyes que imponen, es sumergir la persona en el error y llevarla hacia su autodestrucción.

«Expiación: ésta es la senda que lleva a la Vida»  (San José María Escrivá de Balaguer – Camino 210). Expiar los múltiples extravíos de la mente humana, que se sumerge en las diversas estructuras cambiantes. Que cambian porque las mentes de los hombres pasan de la verdad a la falsedad continuamente.

Lo que le hace cambiar al hombre, a la persona, de su ser inmutable, es su propia mente.

La mente está hecha sólo para la verdad. Pero el hombre vive en un mundo de mentira, en un mundo opuesto a la verdad, a su esencia.

Y, por eso, dice el Señor: «No améis el mundo ni lo que hay en el mundo» (1Jn 2, 15) Quien lo ama transforma su propia naturaleza humana y su propia personalidad.

Toda mentira es ir en contra de la misma esencia de la verdad. Es un pecado contra la verdad.

Todo hombre que vaya en contra de su misma naturaleza humana, se auto-degrada él mismo, se autodestruye.

Un homosexual no es persona porque va en contra de su misma naturaleza humana. Su mente, que ama el mundo, que ama el error, que ama su pecado de abominación (contra natura), sumerge a su persona en un mundo que no existe en la realidad de las cosas. Vive sin su personalidad, anclado sólo en el sujeto de su mente: en su subjetivismo, en su relativismo. Y, por eso, un homosexual no puede tener derechos: no existen en la realidad de las cosas. No existen en la Verdad Revelada por Dios.

Y toda sociedad, toda iglesia o religión que acepte a los homosexuales como personas, no puede subsistir: es un monstruo que el hombre crea como sociedad, pero que no se da en la realidad de la vida. No es una verdad que esté en Dios. Es una verdad que el hombre ha creado y que quiere proyectarla de alguna manera.

Un mundo que cambia constantemente es un mundo en busca de su propia autodestrucción. No quiere permanecer en la Verdad inmutable. Necesariamente trae la muerte a todo hombre. Por eso, tiene que venir un castigo divino a todo este mundo cambiante. Los tres días de tinieblas no andan lejos. Son necesarios para que el hombre siga siendo hombre, siga en la verdad de su naturaleza humana.

La expiación es la muerte de uno mismo3, la muerte de ese sujeto que tiende al cambio constantemente. En la expiación el hombre es hombre, adquiere el verdadero sentido de su existencia humana.

La fe no es el dictado de los hombres, sino que es la enseñanza del Espíritu a todos los hombres. Y el Espíritu es el Amor de Dios.

La fe viva es la que posee la vida del amor de Dios. Pero la fe muerta es la que carece de amor:

«… la fe ociosa no vive, porque carece de  la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad4»: muchos que se conforman con el pensamiento de Bergoglio no aman a Dios, no aman la exigencia de la verdad, que pide al alma salir de todo lo humano para poder comprender la vida de Dios.

Sólo en la expiación se llega a la vida de Dios. Ése es el camino.

Pero cuando se muestra un nuevo camino: hay que dar a los malcasados la comunión; hay que admitir a los homosexuales como hombres con derechos en la sociedad y en la Iglesia, Dios no quiere el mal, no hace justicia, no castiga, y por lo tanto, todo el mundo puede comulgar, todo el mundo puede ser bautizado, las mujeres pueden ser sacerdotes y obispas…se muestra el error, la muerte – no la vida- , la condenación eterna a los hombres.

Muchos católicos, fieles y Jerarquía, viven con una fe muerta: creen en lo que les dicen que deben creer. Y, por tanto, tienen que admitir la injusticia. Y, consecuencia, tienen que despreciar lo justo, lo santo, lo divino.

El amor es lo que vivifica la fe; no es el lenguaje de los hombres, no es la cultura del encuentro, no es el diálogo entre religiones, no es hacer obras humanas para cuidar a los niños, a los ancianos, a los pobres, al medio ambiente….

«Que amándote te encuentre, que encontrándote te ame5: la fe viva lleva en sí misma una raíz, que no pertenece a este mundo, que impulsa al alma a ver a Dios, que hace que el alma busque el rostro de Dios, se aleje de todo lo humano para estar en la Presencia de lo Eterno.

La fe viva busca al verdadero Dios y, por tanto, sólo está centrada en la Verdad que Dios manifiesta a los hombres. ¡Verdad inmutable!

Aquel que en su vida no vaya en busca de la verdad es que no busca al verdadero Dios. Busca un dios para su mente humana, para su idea de la vida, para su obra en la Iglesia. Eso es lo que Bergoglio va buscando: su dios, su cristo, su mesías, su iglesia. Eso es lo que ese hombre manifiesta cada día.

Un hombre que no busque con su inteligencia la verdad, sino el error, es un hombre insensato.

«Deseo entender de algún modo tu verdad, que cree y ama mi corazón. Y no busco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también que si no creyera, no entendería6».

El que no cree no puede entender: es insensato.

Si no se cree en la verdad que Dios revela, el hombre se ciega en su mentira, y eso le afecta en todo lo que es: en su vida y en su propia naturaleza humana.

La pérdida de la divinidad es la autodestrucción del hombre por sí mismo. La gente, hoy día, vive sin la gracia, en la desgracia de su pecado. Y la gracia es lo que diviniza al hombre. Por tanto, la gente vive en lo más absurdo de su vida: vive buscando la muerte, buscando su propia destrucción.

Un hombre que no cree en la verdad es un hombre que no levanta su mente a la contemplación de Dios, sino que pone su mente en la visión terrena de la vida. Hace como los puercos: no miran el cielo, sino las algarrobas de la tierra. Comen tierra, se alimentan de la vanidad, del orgullo de sus vidas.

El que tiene una fe viva, la verdad que encuentra con su mente, le hace ser lo que es y saber que lo es en Dios.

La fe que busca el intelecto, que busca la inteligencia de la verdad, es lo que se ha perdido en toda la Iglesia.

¡Cuántos católicos con una fe que busca la ociosidad, el conformarse con lo oficial en la Iglesia! ¡Son católicos necios, estúpidos, idiotas!

Una fe que no procura entender lo que pasa en el Vaticano es una fe muerta.

Una fe que no discierne si Bergoglio es Papa o no es Papa es una fe muerta.

Una fe que no combata las herejías que, cada día, se ofrecen desde el Vaticano, es una fe muerta.

«El insensato dijo en su corazón: no hay Dios» (Sal 14, 1): Bergoglio niega a Dios. Y esto no es sólo una pura idea, un lenguaje que se dice. Lo niega en su corazón. Por eso, se ha vuelto un impío, un hombre insensato, es decir, sin inteligencia, sin mente, sin razón, sin sentido de lo divino.

Y, por eso, Bergoglio, carece de toda prudencia en el hablar: habla como un enajenado, como un hombre fuera de sí. Es Obispo y habla fuera de su ser de Obispo. No habla como Obispo. Mucho menos como Papa.

Es un loco que se viste de Obispo y de Papa.

Un hombre cuerdo es el que entra en sí mismo, el que se recoge del mundo, de los sentidos, el que cierra las puertas al espíritu del mundo, para poder poseer la verdad, que sólo en Dios la encuentra.

Pero esto no es Bergoglio: leerlo es vomitar su contenido. Es insufrible para el alma, para el corazón y para el espíritu.

Bergoglio es demencia. Y sólo eso. Y los que le rodean han caído en la mayor estupidez de todas.

Aquel que niega la esencia de lo que es la Iglesia (= la verticalidad del Papado) está autodestruyendo la propia Iglesia. Está haciendo una obra en contra de la naturaleza de la Iglesia. Y eso es ser abominable. Eso es la abominación. El gobierno horizontal es eso: no es una verdad que está en la realidad de la Iglesia. No es una verdad que Dios ha revelado. Es una verdad que el hombre se ha fabricado en su mente y que no puede darse en la realidad de la Iglesia, porque Pedro es un gobierno vertical siempre.

Por eso, lo que hay en el Vaticano no se puede seguir: es algo anticatólico: va en contra de la misma naturaleza de la fe católica. Es la fe muerta, que se ha apoderado de toda Roma y que la lleva a una transformación que es su degradación más absoluta:

«vi una mujer sentada sobre una bestia bermeja, llena de nombres de blasfemia, la cual tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer…tenía en su mano una copa de oro, llena de abominaciones y de las impurezas de su fornicación» (Ap 17, 4).

Roma, el Vaticano, comienza a enseñar sus fornicaciones y a derramar las abominaciones por todo el mundo. La abominación es vivir una vida totalmente contraria a la verdad de la Iglesia, a la verdad de la naturaleza humana, a la verdad de la sociedad, a la verdad de la creación. Es vivir un mundo que no existe en la realidad, no existe en la Mente de Dios, pero que el hombre se esfuerza por que exista.

01

1 «Y así como esa fe que obra por el amor es reconocida como viva, por lo mismo, aquella que permanece inactiva, por desprecio, sin dudar se la llama muerta. Se puede, por tanto, decir con razón que la fe viva cree en el ser en el cual debe creer, y que la fe muerta cree solamente lo que debe creer» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

2 «En efecto, esta fe a la que el amor acompañe necesariamente, no será ociosa si se presenta la ocasión; al contrario, se ejercitará frecuentemente en actos que no hubiera podido hacer sin el amor, y la prueba de esto se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

3 «La santidad se adquiere muriendo uno a sí mismo en todo, y esta muerte se adquiere con la mortificación de las pasiones, de los sentidos y de los apetitos, esto en lo que toca al cuerpo; y en lo que toca al alma, haciendo porque muera la propia voluntad, el juicio propio y la vanidad y todos los apetitos del alma.…» (San José María Escrivá de Balaguer – Decenario al Espíritu Santo – Día sexto).

4 «Por tanto, si todo lo que obra algo muestra que hay en él una vida, sin la cual no podría obrar, no es absurdo el decir que la fe operante vive, porque tiene la vida del amor, sin la cual no operaría, y que la fe ociosa no vive, porque carece de la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

5 «Enséñame a buscarte, muéstrate al que te busca, porque no puedo buscarte si no me enseñas el camino. No puedo encontrarte si no te haces presente. Yo te buscaré deseándote, te desearé buscándote, te encontraré amándote, te amaré encontrándote» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n. 100).

6 «Reconozco Señor, y te doy gracias, que has creado en mí esta imagen tuya, para que, recordándote, piense en ti y te ame. Pero borrada por el desgaste de los vicios, obnubilada por el humo de los pecados, ya no sirve para lo que fue hecha si tú no la renuevas y restauras. No pretendo, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ningún modo puede comparar con ella mi inteligencia, pero deseo entender en cierta medida tu verdad, que mi corazón cree y ama. No busco tampoco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también esto: que “si no creyera no entendería” (Is 7, 9)» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n- 100).

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