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La nueva iglesia de Bergoglio: estercolero de la humanidad

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«Se levantó un fuerte vendaval, y las olas se echaban sobre la barca, de suerte que ésta estaba ya para llenarse» (Mc 8, 37). Mateo escribe: «las olas cubrían la nave» (8, 24). Y Lucas: «el agua que entraba los ponía en peligro» (8, 23).

La Iglesia está a la deriva en el mar impetuoso de este mundo, en un grave peligro. No hay nadie que la gobierne, que sepa poner el rumbo cierto, que tenga la fuerza necesaria para luchar en contra de la corriente que la arrastra y la lleva al precipicio.

La Jerarquía se ha hecho cómplice del mal en la Cabeza, incapaces de conducir a las almas por la senda de la verdad, temerosos de predicar a Cristo, la Verdad. Ellos constituyen un ejemplo diabólico que no puede ni imitarse ni seguirse en la Iglesia Católica. Ellos se han convertido en el estercolero de la humanidad: no están llenos del Espíritu de Cristo, sino atiborrados del espíritu mundano.

El Señor está «a la popa durmiendo» (Mc 4, 38), sin ocuparse de Ella, porque la Jerarquía se ha vuelto altanera, orgullosa, ya no cree más en las verdades de la fe, ni en los dogmas, ni en la tradición ni en el magisterio auténtico e infalible. Sólo buscan lo que encuentran en su cerrada mente humana: las ideas heréticas y erradas que se han sucedido a lo largo de toda la historia humana. Ellos las recuerdan y las manifiestan con palabras nuevas, pero ambiguas, oscuras y llenas de maldad. Ellos sólo persiguen lo que en su corazón, muerto a la vida de la gracia y a la verdad de la fe, han erigido como bastión de su necia vida humana.

Jesús es la Cabeza Invisible de la Iglesia, «el Buen Pastor» que conoce a sus ovejas, que da la vida por ellas (cf Jn 10, 14.15), que siempre las guía a pesar de los hombres, aunque ellos intenten, por todos los medios, llevarlas por otros caminos. Pero, Él duerme, deja que la Iglesia camine a la deriva, sin rumbo, poniendo en peligro todo. La Iglesia está desprovista del Espíritu de Cristo, porque el Espíritu Santo la ha abandonado a su destino.

Es el abandono de Dios para purificar a Su Iglesia, para hacer una selección, para dividir el trigo de la cizaña.

La Iglesia está en alta mar, rodeada de pensamientos y obras humanas que la cubren, que la llenan hasta poderla hundir. La Iglesia está amenazada por la misma Jerarquía que la conduce hacia el mal, que la pone bajo las cuerdas, en situaciones extremadamente peligrosas (= renuncia del verdadero papa, usurpación del gobierno de la Iglesia, establecimiento de un gobierno horizontal, falsas doctrinas, falso Sínodo de la familia, falsa reforma del derecho canónico, falso año de la misericordia… ).

Desde la renuncia del Papa Benedicto XVI al gobierno de la Iglesia- no al Papado-, muchas almas han perecido en este gravísimo peligro; muchas son engañadas -cada día- por los falsos pastores; muchas han preferido irse a otros barcos, refugiarse en otras iglesias, perdiendo así la fe en el Señor que todavía duerme «apoyado sobre un cabezal» (Mc 8, 38).

«El oro se prueba en el fuego, y los hombres gratos a Dios, en el crisol de la tribulación» (Ecle 2, 5): hay que amar a Cristo por ser Cristo, aunque permanezca dormido, indiferente a todo lo que pasa. Este es el fuego, la tribulación por el que debe pasar cada alma que aspira a la santidad de la vida: no ames a Dios por los dones que te ofrece, sino porque es Dios, aunque te deje desnudo de todo.

Aunque Jesús deje Su Iglesia a la deriva, sin gobierno real, con un gobierno usurpado, lleno de mentiras, de maldades, de iniquidades, hay que permanecer en la Iglesia de Cristo sólo porque es la Iglesia que Cristo ha fundado. A pesar de que se vea que el barco se hunde, hay que seguir en el barco, no hay que tirarse a alta mar, no hay que buscar otros barcos.

Hay que permanecer en la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles por ser la Verdad, la única Verdad que el hombre tiene que seguir, aunque un Papa haya renunciado a gobernar la Iglesia. Su renuncia al gobierno no es la renuncia a la verdad del Papado. Benedicto XVI sigue siendo fiel a Cristo, que lo ha elegido como Vicario Suyo en la Iglesia hasta la muerte.

Las almas tienen que permanecer fieles a esta verdad, a este dogma del Papado, defendiendo al Papa que ha puesto Cristo en Su Iglesia, hasta que él muera, sufriendo las humillaciones de tanta Jerarquía y de tanto católico, que son necios (= carecen de la sabiduría divina) en sus corazones, estúpidos (= obran sin sabiduría humana) en sus mentes humanas e idiotas (= viven en sus propias ideas profanas, mundanas, alejadas de la verdad) en sus vidas; y que prefieren comulgar y obedecer a un hombre que no es capaz de enseñar ni de gobernar con la verdad.

La Jerarquía no ha permanecido fiel a la verdad del papado, obligando a un papa a renunciar, y poniendo su falso papa, su hombre, su ídolo para que lo aplaudan y lo sigan las masas.

La imagen de la Iglesia, que la Jerarquía está mostrando, es la de una máquina de fango: suciedad, pecado por todas partes, culto a la personalidad, apego al dinero y al poder, combatiendo constantemente contra los que permanecen fieles a la doctrina católica.

Hay que seguir siendo fieles a Cristo aunque la Jerarquía hable de falsas excomuniones e imponga falsas obediencias a la doctrina que enseña Bergoglio.

«… tenemos que comprender bien “la violencia física” porque algunas veces, también, las palabras son rocas y piedras, y por lo tanto creo que alguno de estos pecados, también, se extienden mucho más de lo que podemos pensar»: Monseñor Rino Fisichella tenemos que comprender los términos de la ley canónica que sólo excomulga a los que claramente obran una desobediencia al Papa.

Nunca el “lenguaje duro” contra un Papa ha sido crimen canónico. Sólo la violencia física hacia la Jerarquía de la Iglesia es puesta en la ley. Y expresamente, en ese canon, se excluye la violencia verbal.

Los cánones deben ser comprendidos según el significado de sus propias palabras, es decir, hay que leerlos estrictamente, no según interpretaciones de cada mente humana. Por eso, no tenemos que seguir su burdo razonamiento humano que juzga al que critica, al que se opone a su ídolo Bergoglio, como excomulgado en la Iglesia. Usted hace eso sólo porque no tiene una ley en la mano para excomulgar oficialmente a los que atacan a Bergoglio. Por eso, recurre a la manipulación, a infundir miedo, temor, dudas, a dejar caer que es mejor callar la herejía de ese hombre y aceptarlo como papa, que hablar mal de él y oponerse a él.

La Jerarquía que obedece a Bergoglio ya no sabe qué hacer para que la gente siga a ese hombre.

«Cuando el Papa apoya esto, no es simplemente porque la mayoría diga que la opinión científica piensa así, esta ya no es sólo una opinión; sino que es parte del magisterio,… no es dogma e infalible, pero exige un nivel de obediencia»: Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo debe recordar que Jesús otorgó la autoridad en la enseñanza cuando envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio, quedando obligados todos los hombres a prestar su asentimiento porque estaba en juego la salvación eterna del alma. Esto usted lo puede leer en San Mateo 28, 18-20 y en San Marcos 16, 15.

Por lo tanto, ningún Papa, ningún Obispo, ningún sacerdote posee autoridad en la Iglesia sobre cuestiones científicas, no pueden hablar en materia de ciencia con una autoridad que exija asentimiento de la mente de los católicos.

La opinión de Bergoglio sobre el calentamiento global no es materia de fe, no pertenece al Evangelio de Jesucristo, no es un tema de una encíclica papal, no está incluida en el magisterio ordinario de la Iglesia.

La opinión de un hereje, como es la de Jorge Mario Bergoglio, no es parte del magisterio, sino que pertenece al magisterio herético, que está fuera de la Iglesia Católica.

Además, la ciencia ha demostrado que no existe el cambio climático como se enseña en esa falsa encíclica, sino que es un burdo engaño de los científicos, un invento de la élite que gobierna el mundo que los ayude a llevar a cabo su plan mundial. Esta falsa encíclica se hace cómplice de esta mentira y quiere aportar credibilidad sobre los peligros de una falsa crisis ambiental, creada por gente que no se preocupa en lo más mínimo del medio ambiente y que, además, son enemigos acérrimos de la Iglesia, de Cristo y de la Verdad Revelada.

¿Cómo es posible tomar en consideración a un hombre que dice que «la humanidad ha defraudado las expectativas divinas» por no apagar el aire acondicionado, porque no escucha el gemido de la tierra? Tantas barbaridades de orden moral como tiene lugar por todo el mundo y que claman al cielo, que conducen a la condenación de las almas, y que un hombre se dedique a hacer un llamado mundial hacia una “conversión ecológica”. Esto es una locura y es propio de una mente que alucina con su necedad. ¿Y se tiene la osadía de pedir obediencia a esta chalada de Bergoglio?

No es posible prestar la obediencia a un hombre que no es papa en la Iglesia Católica. Y no es papa por tres caminos: su herejía, su cisma y su apostasía de la fe.

Y, mucho menos, prestar obediencia a una falsa teología de la creación, en donde se anula el pecado original, y se cree en un dios que no existe en la realidad.

La creación está maldita por el pecado original, en donde la manipulación genética de los hombres, de los animales y de las plantas ha producido un caos en todo el planeta tierra. Además, la obra del demonio está también en todo el Universo, produciendo que la tierra y sus habitantes vivan esclavizados a la mente de unos pocos hombres, guiados en todo por el mismo Satanás.

Ante esta maldición sólo es posible un camino: el de la gracia. Si las almas no viven en gracia, sino que se dedican a vivir en sus pecados, la misma maldición se les echa encima y acaban malditas.

Una Jerarquía que no combata el aborto, que no luche en contra de la clonación humana, que no enseñe la doctrina de la “humanae vitae” sobre la vida en el matrimonio y en la familia, que no combata la teoría del género, y que no enseñe que el matrimonio entre hombre y mujer es una creación de Dios, sino que se apoye en ideas científicas descabelladas que han sido demostradas como un engaño global, que esté preocupada por un “planeta frágil” que se echa a perder con el uso de automóviles y lacas para el pelo, que pretende tomar medidas para “salvar” a la tierra, al agua, a los insectos de la maldad de los hombres, que “llora” por las especies extintas, que escucha el “gemido de la hermana tierra”, que impone apagar los acondicionadores de aire para alcanzar una sensibilidad ecológica,… esta Jerarquía no es de Dios, no pertenece a la Iglesia Católica, no hay que seguirla ni obedecerla, sino que hay que atacarla por los cuatro costados.

La Apostasía está en curso y la obra la propia Jerarquía de la Iglesia.

Ellos han puesto al lobo, Jorge Mario Bergoglio, al ladrón que no ha venido «sino para robar, matar y destruir» (Jn 10, 10). Este hombre ha robado la Cátedra de la Verdad, que es la Silla de Pedro; mata, con su doctrina llena de fábulas, los corazones que Cristo ha conquistado con Su Sangre; y destruye todo lo Santo y lo Sagrado en la Iglesia Católica.

Bergoglio es «un asalariado» (Jn 10, 11), un negociante de la verdad, uno que ha puesto su empresa en medio del Vaticano: la moneda del diálogo y del falso ecumenismo, con la cual la Alta Jerarquía, los poderosos de la Iglesia, salen de la Santa Iglesia, se alejan de Ella, obran la Apostasía de la Fe, para ir al encuentro y para hacer camino con los que están lejos, con los que son del mundo y quieren seguir siendo del mundo.

De esta manera, se ha iniciado oficialmente una nueva iglesia modernista que quiere estar cerca de la gente del mundo, que ya no quiere seguir más lo que Jesús ha enseñado, sino que pretende aunar en el pensamiento de los hombres una ideología global, una mente dedicada sólo a la mentira, al error, a la duda, al temor, al vicio y al pecado.

Bergoglio está dando escándalo público e incitando, pública e imperativamente, a los fieles católicos a rezar, a unirse con los herejes, apóstatas y cismáticos.

«Deben rezar con herejes, apóstatas y cismáticos» (4 de julio 2015). Deben: imperativo categórico, el propio que usan los masones, que no siguen la ley divina en sus corazones, sino la ley de su mente, lo que su conciencia les dicta que es bueno y malo, la ley de la gradualidad.

Y a ese imperativo categórico le añade su apostasía: únete con los que atacan la verdad, los herejes. Gózate con los que se apartan de la Voluntad de Dios, los apóstatas; vibra de emoción con los rebeldes y desobedientes a la Palabra de Dios, los cismáticos.

Esto es un auténtico escándalo público. Una auténtica enseñanza del infierno por la boca de Jorge Mario Bergoglio.

Y la Jerarquía que lo sigue es culpable de este escándalo, son cómplices de la ruina espiritual que las palabras y las obras de Bergoglio ocasionan en muchas almas de la Iglesia.

Bergoglio no es Pastor de las ovejas, no alimenta a las almas con la doctrina de la verdad, no confirma a la Iglesia en la verdad de la fe; es un lobo que «arrebata y dispersa a las ovejas, porque es asalariado» (Jn 10, 12), sólo le interesa su negocio, su diálogo, el quedar bien con todo el mundo, procurando que su imagen, su gloria, su personalidad, no sea dañada ni dentro ni fuera de la Iglesia. A Bergoglio sólo le importa su imagen, él mismo, no «el cuidado de las ovejas» (Jn 10, 13), no la salud de la Iglesia ni sus almas. Se ha convertido en un ídolo, en un dios, en un gigante de la decadencia y de la mentira.

Bergoglio está creando una iglesia que persigue la verdad. Una iglesia que se autodestruye a sí misma.

«La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas la persiguieron (= no la abrazaron)» (Jn 1, 5).

El verbo griego que utiliza San Juan significa: echar por tierra, demoler. Κατά (= contra) – λαμβάνω (= considerar, recibir). Es el mismo verbo que usa San Pablo: «los gentiles, que no perseguían la justicia, alcanzaron la justicia, es decir, la justicia por la fe» (Rom 9, 30). Los hombres del mundo que viven sus vidas echando por tierra la justicia, persiguiendo la injusticia, sin embargo, alcanzaron la justicia que viene por la fe, se convirtieron. Señal de que sus corazones no estaban totalmente cerrados, sino todavía abiertos para acoger la verdad que viene de Dios.

Pero en los hombres de la Iglesia, Jerarquía y fieles, que han conocido la verdad, que se saben la teología, viven en medio de las tinieblas de sus errores y de sus pecados, y se han convertido en la escoria de la humanidad; ya no pueden considerar el conocimiento de la verdad, ya no lo toman en cuenta, sino que se dedican a perseguir, a ir en contra de la luz, a demoler la verdadera Iglesia de Cristo. Sus corazones han quedado cerrados a la verdad revelada.

La Jerarquía que ha usurpado el gobierno de la Iglesia no puede abrazar a Cristo, que es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), sino que lo rechaza, lo persigue, destruye lo que Él ha construido.

La Iglesia, siendo Santa en su raíz, sin embargo está falsamente representada por una Jerarquía convertida en estercolero, que la corrompe y la inunda del espíritu del mundo.

Esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia Católica, sino a la nueva iglesia que Bergoglio y compañía está levantando en el Vaticano. Es una Jerarquía excomulgada automáticamente por seguir a un hereje dentro de la Iglesia.

La base de esta nueva iglesia de Bergoglio es la corrupción de la verdad (= la herejía), la infidelidad a la gracia (= el amor a la obra del pecado) y la traición a Cristo en Su Palabra (= el culto a la mente y a la voluntad del hombre). Una iglesia llena de herejías, servidora de los poderes del mundo, en la cual los pastores se convierten en un gran obstáculo para el pueblo. Por eso, ya no es posible la obediencia de los fieles a ninguna Jerarquía.

Los sacerdotes, Obispos y Cardenales no están más en condición de conducir a las almas a la salvación eterna. Se han transformado en cómplices del pecado: aplauden, justifican, exaltan a cualquier hombre del mundo que viva en su pecado. Ya no combaten la blasfemia contra Dios que continuamente se ve en las palabras y en las obras de la gente del mundo. Ahora, ellos mismos se desviven por esos hombres, y se agachan para recibir las migajas corrompidas que caen de las mesas de esos personajes mundanos. Y su vida de pecado es lo que predican en sus homilías y hacen partícipes a todos en la Iglesia.

La falta de fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la causa de todo el mal que hay en el planeta tierra.

Los hombres ya no esperan a Cristo, ya no viven para Cristo, ya no son de Cristo. Y quien no cree en Jesucristo está perdido para la vida eterna. Quien no se abra a la Palabra de Dios poniendo su mente humana a un lado, queda colgado de su herejía, de su error, de su duda, de sus temores, de sus miedos, y sólo obra en contra de la Voluntad de Dios.

La Iglesia seguirá a la deriva y se verán más cosas que van a clamar al cielo. Es tiempo de lucha, de permanecer bajo la bandera de Cristo. Pero hay que saber estar en el bando de Cristo, comulgando con el verdadero Papa Benedicto XVI.

Hay que elegir una bandera: o la de Cristo o la del Anticristo. Quien está con Cristo no está con Bergoglio. Quien está con el Anticristo no está con el Papa Benedicto XVI.

Muchos quieren estar con los dos. Y no es posible: si tienes a Bergoglio como tu papa, no tienes a Benedicto XVI como papa, no estás en la Iglesia Católica, sino que estás en la nueva iglesia que ese hombre está levantando.

Muchos, todavía, no comprenden esto. Y esto es esencial para la vida eterna.

Bergoglio no tiene intención de convertirse ni tiene intención de ser un sacerdote a imitación de Cristo. No es un Obispo que continúe y transmita la enseñanza de los Apóstoles. Está excomulgado. Y, con él, todos los que lo sigan y lo obedezcan en la Iglesia Católica.

Can. 1364 § 1: «El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latae sententiae». “Latae sententia”, automáticamente, por el solo hecho de transgredir una ley se incurre, sin más, sin una declaración oficial, en la pena de excomunión.

En la Iglesia, el alma se salva o se condena porque sigue o no sigue al papa. Tener claro quién es el Papa de la Iglesia Católica es una verdad de fe, es materia de fe, es predicar el Evangelio de Cristo, es indicar el camino de salvación para las almas.

Quien todavía ande confundido en torno al dogma del papado, no podrá salvarse por más que comulgue o se confiese semanalmente.

Tener como papa a Bergoglio es ir en el camino de la condenación. Combatir a Bergoglio, defendiendo al Papa Benedicto XVI, es permanecer en la verdad del papado. Quien combata a Bergoglio, pero no comulgue con el Papa Benedicto XVI, sigue el mismo camino que conduce al infierno.

Sólo la verdad libera, salva al alma. La mentira, condena, ata, esclaviza, manipula la mente del hombre y la oscurece para ver el camino y la obra de la verdad.

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Objetivo del Sínodo: destruir la Iglesia por completo

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Todos han perdido el tiempo estando atentos al viaje del usurpador a Cuba y EE.UU, y todos perderán su tiempo esperando algo bueno en el falso Sínodo que comienza ahora.

«Mis enemigos se reúnen, y se levantarán contra Mí y Mi Iglesia Fiel» (Jesús a un alma escogida): esto es ese falso Sínodo. Ahí se van a reunir los enemigos de Cristo para levantarse, con orgullo, con soberbia, contra Cristo y Su Iglesia.

«Mis enemigos se reúnen»

Jorge Mario Bergoglio es enemigo de Cristo y de la Iglesia Católica. El líder, la pieza clave para que todo el aparato masónico pueda moverse libremente en las Alturas de la Iglesia.

Pero, también son enemigos de Cristo, todos los demás que tienen a Bergoglio como papa.

Enemigo de Cristo es aquel que obedece a un hereje en la Iglesia.

Enemigo de Cristo es aquel que, versado en la tradición y en el magisterio de la Iglesia, los tuerce sólo para complacer la mente del hereje.

Enemigo de Cristo es aquel que conociendo la herejía de Jorge Mario Bergoglio lo declara papa de la Iglesia Católica.

«Mis enemigos se reúnen»

Cristo no estará en el centro del Sínodo. La Verdad ha desaparecido de la Iglesia. Sólo queda la mentira promulgada por la mente del usurpador.

El Espíritu Santo no puede soplar en aquellas almas sacerdotales que no saben discernir a un hereje en la Iglesia. Los Obispos tienen el poder de excomulgar a Bergoglio y no lo hacen. No esperen que el Espíritu de la Verdad esté en las bocas de esos Obispos.

El centro del Sínodo: la mente de Jorge Mario Bergoglio. Y todos dando vuelta al contenido de esa mente llena de errores, de oscuridades y de ambigüedades.

Todos han caído en el hechizo del espíritu del Falso Profeta. Están aprisionados en su mente humana, y sólo pueden abrir sus bocas para bendecir a un hereje en la Iglesia. Sólo saben aplaudir la maldad que ese hombre obra públicamente.

«Mis enemigos se reúnen»

Van a destrozar a Cristo y a Su Iglesia en el Sínodo.

Y, al final, se verán los aplausos de toda la Jerarquía hacia el impío, hacia su maniobra, aceptando la maldad que trae esta obra demoniaca.

En el Sínodo está todo amañado. Lo que va a suceder es sólo una pantalla exterior para dar publicidad a la doctrina impía en la Iglesia, que ya está siendo preparada.

Una treintena de personas están elaborando el documento final del Sínodo en la que se legisla el pecado en la Iglesia.

Todos los Cardenales, Obispos, se reúnen bajo la mente de un hereje, bajo su dictadura, su autocracia.

Por lo tanto, no van a poder ejercer el Magisterio de la Iglesia porque estarán unidos bajo un hombre que no es el Romano Pontífice. Un hombre que sólo busca, en la Iglesia, la gloria para sí mismo. Un hombre que los ha engañado en todo y que sólo vive para engañar a la Iglesia.

Lo que saldrá, por tanto, de esa reunión será siempre el error, la mentira, la duda y la clara herejía.

A ese falso Sínodo no se va a deliberar y a decidir sobre temas eclesiásticos, sino sobre asuntos que son inaceptables para la Iglesia Católica.

Se reúnen para tratar lo que es ya herejía, lo que no tiene vuelta de hoja, lo que no se puede obrar sin violentar claramente los mandamientos divinos.

«.. abrirá las puertas de la Iglesia a todo pecador, a todo soberbio que contradice Mis Leyes y  Decretos Divinos,  acomodando sus leyes a su propia conveniencia, pisoteando así Mi Ley Divina y Mi Autoridad» (Jesús a un alma escogida).

El resultado carecerá, como todo lo que hace Bergoglio en la Iglesia, de valor divino, porque será sólo ratificado por una potestad humana, que es el gobierno horizontal impuesto por Bergoglio en la Iglesia, un organismo externo que, por sí mismo, produce el cisma en la Iglesia.

Comienza el cisma oficial en la Iglesia:

«El 4 de octubre 2015, en memoria a este Santo y Mártir de Mi Pasión [San Francisco de Asís]… se abrirá un sello dentro de Mi Iglesia… a fin de que se manifieste, abiertamente, el espíritu de Impiedad, que hasta ahora se ha ocultado a muchos: el espíritu de la Mentira, el espíritu de la Gran  Apostasía, que dará abiertamente el inicio en la preparación de la destrucción de Mis Leyes, por el espíritu de Impiedad y del Mal, que obra ya en todos Mis enemigos, que buscan -y se han propuesto- destruir a Mi Iglesia, desde la más Alta Jerarquía, el obispo de Roma y sus seguidores».

En esa reunión se va a manifestar abiertamente el espíritu de la Impiedad, que es el espíritu propio del Impío, del Falso Profeta y del Anticristo.

El hombre impío es el que desprecia a Dios y a su Ley, combatiendo con un poder humano la Autoridad Divina.

El hombre impío es hostil a Dios, persigue la Verdad, la ataca de muchas maneras, hace propaganda del error y de la mentira, con el sólo fin de aniquilar toda verdad.

Ese espíritu de impiedad «hasta ahora se ha ocultado a muchos», porque se necesitaba tiempo para ir haciendo la nueva doctrina, las nuevas leyes, el nuevo credo. Mientras tanto, se entretenía a las masas con la oratoria magistral de Jorge Mario Bergoglio.

Una oratoria que es propia de la sabiduría diabólica, aprendida en el mundo y ejercida, durante años, en la Iglesia, arrastrando consigo a muchas almas hacia la perdición eterna.

Ahora, ha llegado el tiempo de quitarse la careta, de que todos contemplen las verdaderas intenciones de aquel que se hace llamar papa sin serlo. Todos verán su traición.

Y son ellos mismos los que lo van a hacer. Tienen que hablar claro porque ya no pueden ocultar más el desastre que se vive en toda la Iglesia. Desastre que ellos mismos ha obrado y que ya ha dado su fruto perfecto en el mal.

Ese espíritu de impiedad «dará abiertamente el inicio en la preparación de la destrucción de Mis Leyes»: después del Sínodo comenzarán a sacar leyes que destruirán las leyes de la gracia, las leyes divinas y las leyes naturales.

Los Sacramentos experimentarán una involución: se introducirán elementos nuevos y extraños, que romperán la esencia del Sacramento y lo acabarán por anular en la misma Iglesia. Lo último que desaparecerá será la Eucaristía con la aparición de la nueva jerarquía, en donde la mujer tendrá parte esencial en ella.

Los Mandamientos de Dios serán anulados completamente, dándose una nueva interpretación más conforme a las necesidades de la gente. Del pecado se dirá que ya no existe, y que lo único que hay que valorar en la Iglesia es la persona humana, con sus ideas, sus vidas, sus obras.

Todos los pecadores podrán acceder a todos los Sacramentos sin necesidad de quitar el óbice del pecado. La confesión sólo será un tribunal psiquiátrico, en donde se enseñará a la persona a ser más humana y a buscar en su vida la felicidad natural.

Se impondrán leyes contra natura, inventándose el matrimonio de los homosexuales, y dando valor a los pecados de impureza más comunes, como la masturbación y el onanismo. Se enseñará que el sexo es sólo una función orgánica del hombre. Y se educará a los niños en toda impureza carnal.

¿Qué cree la gente que buscan en el Sínodo la Jerarquía?

«… buscan -y se han propuesto- destruir a Mi Iglesia, desde la más Alta Jerarquía, el obispo de Roma y sus seguidores».

¡Déjense de falsas esperanzas!

Se han propuesto destruir la Iglesia. Y no hay otro camino. No hay otra solución. No hay punto de retorno.

«Caminamos como Iglesia hacia una renovación profunda y global… Los misioneros, los evangelizadores… son los primeros en darse cuenta de los insuficientes que son las formas de acción tradicionales… El papa [Francisco] quiere llevar la renovación de la Iglesia a un punto de no retorno» (Cardenal Oscar Madariaga).

Destruir el magisterio auténtico de la Iglesia: los dogmas, los Sacramentos, la liturgia.

Ya ha sido anunciada la venida del hombre impío, «que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el Templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4).

Estas Palabras Divinas han quedado en el olvido de muchos católicos que se han vuelto paganos dentro de la Iglesia, y que no son capaces de discernir los Signos de los Tiempos: no ven la apostasía que hay dentro de la Iglesia.

Están aplaudiendo las obras de pecado de un hombre que sólo habla lo que encuentra en su mente humana.

Lo están llamando papa sabiendo que ni habla ni obra como un papa.

Lo están defendiendo conociendo que es el primer culpable de la situación actual de la Iglesia.

«El misterio de iniquidad ya está en acción» desde el principio de la historia, cuando Adán despreció, como un hombre impío, el mandamiento de Dios.

Adán quiso ser dios:

«… es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5).

Y Dios lo expulsó del Paraíso:

«He aquí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre. Y le arrojó Yavé Dios del jardín de Edén» (Gn 3, 22.23).

Esta impiedad de Adán se repite constantemente en toda la historia del hombre, obrando Dios con el hombre Su Justicia.

Esta impiedad se ve en Jorge Mario Bergoglio: quiere ser como dios. Quiere decidir por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. Quiere sus leyes de la gradualidad en la Iglesia.

Y se reúnen con él, en el falso Sínodo, para asestar el golpe definitivo a la Iglesia Católica.

«… se abrirá un sello dentro de Mi Iglesia…»: la apertura de un sello significa la obra de la justicia divina.

«El primer sello es la apostasía, vista no solo entre los no creyentes, sino entre aquellos que profesan conocerme y aquellos que públicamente proclaman su amor por Mí. Este es el momento cuando la verdadera fe será torcida, cuando ustedes Mis hijos, son presentados con una doctrina diluida, la cual es un insulto a Mis enseñanzas. Les digo, hijos, que cuando vean creencias falsas nuevas y doctrinas religiosas surgir, sabrán que este es el tiempo para que primer sello sea revelado» (MDM, 7 marzo 2012).

La apostasía está en la Iglesia desde hace 50 años, obrada por la Jerarquía masónica en contra de todos los Papas.

Pero, ahora, lo que se abre en la Iglesia es la Gran Apostasía que la misma cabeza que gobierna la Iglesia obra oficialmente, sin la careta de buena persona que no ha roto un plato, como ha sido presentada hasta ahora. Una cabeza que es masónica y que ha puesto a su gente en todas las diócesis, con el único propósito de destruir la Iglesia Católica.

En este falso Sínodo, la doctrina de la fe será totalmente torcida con la aparición de una nueva doctrina que será impuesta a todos. Una doctrina que contiene todas las herejías de todos los tiempos, presentadas con una palabra ambigua, hermosa para la mente, pero errada en la inteligencia.

Y esta falsa doctrina revela que una nueva iglesia se está levantando a los ojos de todos, oficialmente, en el Vaticano.

La nueva iglesia necesaria para mostrar el nuevo orden mundial, que tiene que ser, ante todo, de carácter religioso, no político.

Los hombres viven según una idea religiosa, no según una idea política. Hay que unirlos a todos en un mismo lenguaje religioso que contenga todas las ideas religiosas.

Es el comienzo de las profecías:

«En el momento de esta tribulación un hombre, elegido no canónicamente, se elevará al Pontificado, y con su astucia se esforzará por llevar a muchos al error y a la muerte» (Opúsculo del Seráfico Patriarca Francesco D´Assisi).

Esta profecía es para estos Últimos Tiempos, para nuestros días.

El Falso Profeta estuvo detrás en la elección de Jorge Mario Bergoglio. Es tiempo de que aparezca, de que dé la cara. Es tiempo de un hombre inteligente, que no necesita a un grupo de herejes para poner una doctrina, sino que comande ese mismo grupo con su inteligencia.

Bergoglio se ayuda de intelectuales herejes para gobernar. Y, por eso, produce escándalo cuando habla. Predica lo que otros le dicen, pero no sabe argumentar lo que predica. Todos ven su ambigüedad en sus palabras. No ven inteligencia, lógica. Siempre se necesita a otro que interprete sus palabras.

Tiene que aparecer el verdadero Falso Profeta, el que lo mueve todo. Porque ya no hay que entretener a las masas, que ha sido la misión de Bergoglio. Ya las masas han sido arrastradas al error. Ahora, es necesario sellarlas en el error: darles una doctrina que puedan poner en práctica con leyes específicas.

Bergoglio sólo ha dado su discurso y, sólo al final, ha sabido romper la ley canónica del matrimonio con leyes abominables: un motu proprio que otros han hecho por él.

«Mis enemigos se reúnen, y se levantarán contra Mí y Mi Iglesia Fiel. Con grandes engaños y seducciones abrirán las puertas de Mi Iglesia, contradiciendo Mis Leyes, e imponiendo su palabra mentirosa y de engaño sobre Mi Palabra Santa y Verdadera, sus  decretos humanos contra Mi Ley y Decretos Divinos, que son inmutables.  Llevarán, a  muchos, a la confusión, habiendo logrado seducir los corazones de muchos, y confundiendo sus entendimientos, para que no reconozcan más la Verdad y Mi Ley».

Es el tiempo del traidor, que entrega la Iglesia al Falso Profeta, para que lo destruya todo y levante la Iglesia que necesita el Anticristo para aparecer.

Con esta iglesia que se ve es imposible que aparezca el hombre impío. Hay que llevar a esta iglesia al punto de no retorno. Por eso, es necesario un cambio en el gobierno de la Iglesia. Hay que hacer que ese gobierno horizontal actúe más claramente en toda la Iglesia. Que no sólo sea un grupo de ayuda, exterior al gobierno, sino que gobierne realmente en la Iglesia.

Hay que poner una cabeza que no hable con ambigüedad, que no entretenga, sino que instruya con su inteligencia a todos. Inteligencia pervertida en el mal. Bergoglio es sólo el vividor de esa vida pervertida, pero no sirve para gobernar, para ser cabeza inteligente. Sólo ha servido para crear confusión, división, que es lo único que se quería.

Todo lo que ha hecho Bergoglio no es por su autoridad, sino por imposición de otros. Él es sólo un juguete de la masonería: el pelele de turno que tiene que dar la cara al público, mientras otros hacen y deshacen en lo oculto. Así siempre trabaja la masonería: ponen al que todos miran para distraer de lo que verdaderamente ocurre.

Ahora, es el tiempo de romper oficialmente la Iglesia. Ya no es el tiempo de entretener a la masa. Por eso, es el tiempo de la verdadera persecución: quien no acepte esa nueva doctrina, ese nuevo credo, será excomulgado oficialmente. Ellos caerán en su misma trampa: hablan de misericordia con todos, pero no tienen ninguna misericordia con los que siguen la verdad absoluta.

Toda la Iglesia que ha contemplado a Bergoglio como papa, que lo tiene como tal, caerá en la trampa del Sínodo:

«Los necios caerán en el engaño, y serán parte de ese rebaño, que no es guiado por el Espíritu Santo, sino por el espíritu del Engañador, del Precursor del Anticristo, de la primera Bestia que prepara el camino a la segunda Bestia, el Anticristo» (Jesús a un alma escogida).

Esa Jerarquía necia, esos fieles estúpidos, incapaces de discernir la verdad de la mentira, son los que van a levantar la nueva iglesia, serán parte de ese rebaño, siguiendo al Falso Profeta que señala al Anticristo.

Por eso, como dice San Francisco de Asís:

«Habrá tal diversidad de opiniones y cismas entre la gente, entre los religiosos y entre el clero, que, si esos días no se acortaren, según las palabras del Evangelio, aun los escogidos serían inducidos a error, si no fuere que serán especialmente guiados, en medio de tan grande confusión, por la inmensa misericordia de Dios».

Cristo no está en la discusión que se va a observar en el Sínodo.

Cristo no está en la diversidad de opiniones y cismas que vendrán después del Sínodo.

No tomen partido por nadie en la Iglesia. Ninguno de ellos es de Cristo.

Cristo está en la Verdad, y sólo en la Verdad.

Y la única Verdad que hay que exigir a la Jerarquía es que excomulgue al hereje. Si no hacen esto, que se queden con sus opiniones, con su fe en la tradición y en el magisterio de la Iglesia. Se convierten en unos fariseos: tenéis la tradición y el magisterio y seguís a un hereje. No sois Iglesia por más que os vistáis de traje talar y celebréis una misa en latín.

No hay que estar ni con Burke ni con Bergoglio.

Hay que estar con Cristo. Hay que mirar sólo a Cristo. Los demás, que caigan en el engaño.

« ¡Ay de vosotros, pastores tibios, que no os esforzasteis por vivir en la Verdad,  pues, fácilmente, seréis engañados!»: fácilmente engañados.

Cuando no se lucha por la verdad, entonces la vida es sólo aparentar que se sigue la verdad, pero obrando lo contrario a lo que se cree.

¡Gran tibieza es lo que se observa en toda la Jerarquía! Su mucha teología no les podrá salvar del engaño. Serán engañados en su teología.

No pierdan el tiempo con el Sínodo. Ya se sabe cómo va a acabar.

La crisis de la Iglesia

PChTV – Polonia Christiana
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En este video se recogen las diferentes opiniones de la Jerarquía y de los laicos sobre la crisis de la Iglesia. Pero, en ninguna de ellas, se da la clave de esta crisis. Toda la Jerarquía ha perdido el Espíritu de la Verdad para discernir los Signos dentro de la Iglesia. Signos que se ven en el propio gobierno de la Iglesia. Muchos de entre la Jerarquía no ven esos Signos, porque no son espirituales. Ven los problemas, las situaciones, las analizan, las meditan, pero son incapaces, después, de llamar a cada cosa por su nombre. Por eso, todos hablan de la crisis, pero nadie dice dónde está el culpable actual de esta crisis. El culpable tiene un nombre: aquel que usurpa la Silla de Pedro. Y, no sólo es él el culpable, sino todos los que lo han puesto ahí, que es la Jerarquía masónica. Y, además, todos aquellos que acaban obedeciéndole como su papa. ¿Hacia dónde va la Iglesia? Al desastre más total. Y ¿por qué? Porque están obedeciendo la mente de un hereje, al tenerlo como papa. Esa comunión espiritual con Bergoglio les produce tal ceguera en su intelecto, que no son capaces de vislumbrar lo que viene, no sólo para la Iglesia sino para todo el mundo. Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia de Cristo, pero sí podrán destruir la Iglesia que el usurpador está levantando en Roma, con el aplauso general de toda la Iglesia, un aplauso filial, que connota la gran ceguera espiritual de todos los miembros de la Iglesia. Lo que se ve en el Vaticano ya no es más la Iglesia de Cristo, por más que la Jerarquía se canse de dar argumentos para seguir apostando y apoyando el gobierno de Bergoglio. Un gobierno masón que ha producido un auténtico caos en todas partes de la Iglesia. Por las obras se conoce quien gobierna en la Iglesia: un dictador de mentiras, incapaz de hablar una sola verdad a derechas, que ha sido capaz de engañar, con su palabra babosa y blasfema, a toda la Jerarquía y a medio mundo. Y esto muchos sacerdotes y Obispos se niegan reconocerlo.

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00: 05 – «No son necesarios más argumentos de prueba que estamos viviendo, realmente, en una verdadera crisis profunda, crisis interna de la Iglesia, de la fe.» (Obispo Athanasius Schneider).

00: 24 – «…estamos en un tiempo de crisis en la Iglesia, un momento crítico, en el cual tenemos que darlo todo para salvaguardar y promover la Verdad de la Fe, no sólo por nuestra propia salvación sino también por la salvación de nuestro mundo y por la generación que viene…» (Cardenal Burke).

00: 44 – Crisis.

¿Hacia dónde el Sínodo nos conduce?

00: 51 – La Iglesia Católica ha experimentado muchas veces grandes crisis en su historia. Desde hace 2000 años ha sido azotada por numerosos vendavales, pero siempre ha superado las dificultades, las conspiraciones y las traiciones.

01: 07 – Esta vez, ¿será lo mismo?

01: 25 – «Sin lugar a dudas, estamos viviendo en un tiempo de una de la más grande – si no la más grande – crisis en la historia de la Iglesia.   Una crisis que se ha hecho manifiesta en el hecho de que los Pastores de la Iglesia, de entre ellos muchos sacerdotes, prefieren obedecer al mundo en vez de a las enseñanza de Jesucristo» (Slawomir Skiba – Redactor de ´Polonia Cristiana´).

01: 46 – «Actualmente, estamos presenciando, con referencia a la confusión que rodea al Sínodo de la Familia y a las sesiones sinodales posteriores, otra emanación de la crisis, la cual prácticamente ha afligido a la Iglesia durante 50 años, la tan llamada reforma conciliar, también conocida como la obra del espíritu del concilio» (Grzegorz Kucharczyk – Historiador).

02: 17 – «Las personas de la Iglesia, que son responsables de la predicación del Evangelio, tal como lo enseñó Cristo, a tiempo y a destiempo, deberían enseñar lo que es y no es moral, en una forma clara y directa. No creo que el Espíritu del Evangelio reine en la Iglesia hoy día. Esto es porque todas esas predicaciones de la Alta Jerarquía no son fuertes. No son palabras que tengan poder. Son hermosas palabras, pero no contienen la Verdad» (Obispo Jan Pawel Lenga).

03: 03 – «Es una muy extendida siembra de doctrina relativista, que está cayendo en muchas facultades teológicas, seminarios…, en todo el mundo» (Athanasius Schneider).

03: 14 – «En las iglesias, Cristo ya no es más predicado , ya no se habla más como Cristo, ´Si, sí; no, no´. Y esto causa un silencio que se cierne alrededor del pecado, un calmante tonificante…. El pecado es lo que usted quiere que sea… Dios es misericordioso, bueno… En algunos países, Cristo no es ya más representado colgado de la Cruz, sino sólo resucitado, para no tener problemas uno mismo con el sufrimiento… Esto no es la Verdad sobre Cristo. La Verdad sobre Cristo no puede ser de una parte, sino total. Si no tenemos la totalidad de la Verdad, entonces se levantan complicaciones, las cuales estamos viendo en todos los niveles» (Jan Pawel Lenga).

04: 08 – «E, incluso, en nuestros años pasados han habido manifestaciones de algunos Obispos, que se han pronunciado públicamente contradiciendo algunos aspectos de la doctrina católica, especialmente en las cuestiones morales» (Athanasius Schneider).

04: 32 – «Actualmente, durante las Asambleas más importantes de la Iglesia, no hace mucho tiempo, por ejemplo, se discute el ´lenguaje de la liturgia´, pero incluso los Diez Mandamientos son objeto de debate» (Grzegorz Kucharczyk).

04: 49 – La experiencia histórica muestra que a lo largo de los siglos, los Cristianos fueron amenazados no sólo por los declarados enemigos de la Iglesia, sino también por muchos hombres pusilánimes en el servicio de Cristo.

05: 02 – En el Siglo XXI hemos llegado a experimentar el escándalo de su deserción de la batalla contra la palabra moderna, la cual ataca, de una manera enloquecida, todas las cosas relativas a Dios y a la moralidad católica.

05: 23 – «Esto está manifestándose a sí mismo, esta crisis, en el sentido de una situación de confusión. Desde fuera, ellos tienen las inmutables y claras enseñanzas del magisterio de la Iglesia, de los 20 siglos de Magisterio, muy claro; pero, por otra parte, hay ´fenómenos´ que contradicen estas claras enseñanzas, e incluso válidas enseñanzas de la Iglesia. El renacimiento de estos escritos en donde, de estas disputas, el Papa aceptó, en alguna manera, el espíritu de este mundo. Esto significa un nuevo renacimiento del estilo pagano, que se alcanza no de una manera doctrinal, sino en el estilo de la vida, en la cultura, en la Iglesia de Roma…, este espíritu, en alguna forma, neo pagano, en la forma de cultura» (Athanasius Schneider).

06: 50 – «Así ocurre, que nos estamos aproximando al 500 aniversario de la Reforma de Lutero, en el 2017, y parece que como parte de estas preparaciones, los Obispos germánicos nos han recordado, por sus actos, que ya llegó semejante tiempo en la historia de la Iglesia, cuando un amplio segmento de la Iglesia germana inició una revolución que, verdaderamente, sacudió el cristianismo occidental, y casi conduce a una permanente destrucción. Después de todo, en el comienzo del siglo XVII, el monje agustiniano Martín Lutero no estuvo solo. No fue solamente el influyente príncipe germano quien le respaldó, sino también muchos de los Obispos germanos. Su movimiento hubiera muerto por una muerte natural si no hubiera sido por este apoyo. En cierta manera, guardando, por supuesto, todas las proporciones adecuadas relativas a este contexto histórico en el cual nos encontramos, aquí también afrontamos con una repetición; es decir, esos hombres de la Iglesia, por la cual deberíamos luchar en este instante, se han puesto ellos mismos por encima de lo que consultamos con Roma, la Eterna Roma, que es la enseñanza inmemorial de la Iglesia, que está inmersa en la Tradición y en la Escritura» (Grzegorz Kucharczyk).

08: 21 – «Cristo es el mismo ahora como Él fue en el pasado. Él no es diferente. Pero esos, que actúan en Su Nombre, no son de Él, no son de Su Rebaño. Ellos han sido, por mucho tiempo, lobos vestidos de ovejas. Pero, algunas veces, la gente normal no ve esto. Gracias a Dios, no obstante, que los laicos hoy día son fuertes» (Jan Pawel Lenga).

08: 52 – «Relativismo doctrinal, moral y también litúrgico son hoy un gigante» (Athanasius Schneider).

08: 58 – «La Curia Romana asignó tales Obispos, que no eran Obispos según el Corazón de Cristo. La Curia había ya anteriormente reconocido a aquellos Obispos que discretamente aceptaron todas las cosas de sí mismos, o como yo refería de ellos en mi carta, ´los corderos silenciosos´ o ´perros que no ladran´. Ellos cuidaban de sí mismos. Ellos no advertían a las naciones y a las sociedades sobre lo que estaba ocurriendo y cómo confrontarlo, así como no someterse a todo» (Jan Pawel Lenga).

09: 50 – En Octubre del 2014, en el Vaticano, hubo el Sínodo de los Obispos, en el cual la materia tratada fueron cuestiones católicas. Ante el asombro de los observadores, durante las reuniones de las más Alta Jerarquía, se discutió la cuestión de la homosexualidad, y se cuestionó las enseñanzas de la Iglesia en la indisolubilidad del matrimonio.

10: 15 – « ¿No estamos tratando aquí con algo singular? Aquí estamos, viviendo en los tiempos de una casi universal y dominante crisis de la Iglesia. Pero no sólo de la Iglesia, sino también de la familia como una institución, del matrimonio. La familia y el matrimonio, la cual hace frente contra muchas amenazas. Y durante este mismo tiempo, cuando un Sínodo se ha convocado para tratar con estas cuestiones, no hablamos sobre la familia misma, sobre los peligros que la amenazan y el matrimonio, sino, por ejemplo, hablamos sobre el alejamiento de la homosexualidad» (Slawomir Skiba).

10: 45 – «Si alguien vio cuidadosamente lo que estaba sucediendo en el último Sínodo del 2014, podría observar que en una reunión de Obispos de la Iglesia Católica en Roma, se dijeron declaraciones y afirmaciones contrarias a la verdad divina. Por ejemplo, algunos de los miembros del Sínodo dijeron que tenían que evaluar positivamente las relaciones o uniones homosexuales» (Athanasius Schneider).

11: 36 – «La cuestión de la condición homosexual, de las personas que tienen estas tendencias, no pertenece al Sínodo de la familia y del matrimonio, porque no es matrimonio. Si queremos tener un Sínodo en el cual se haga revista de los sufrimientos de la gente, que tiene un desorden en la atracción hacia el mismo sexo, podemos hacerlo, pero no pertenece a un Sínodo del matrimonio y de la familia… Fue un shock para mí, y creo que para muchos de los padres sinodales también, que, de repente, el informe presentado después de la primera semana de trabajo, presentó la alegación relativa a la búsqueda de los aspectos positivos de la homosexualidad y de las relaciones sexuales fuera del matrimonio. En otras palabras: en el adulterio, la fornicación y los actos homosexuales. Nos quedamos muy sorprendidos» (Cardenal Burke).

12: 43 – «No es el caso que, de repente, alguien dijera algo como esto. Todo esto maduró con el tiempo. Así que cuando ellos declararon estas cosas en el Vaticano, esto no fue una sorpresa para mí. Porque ahora fue solamente el caso del Vaticano teniendo que aceptar amablemente esto. Este proceso estaba lentamente ´agarrando a uno por la garganta´, por así decirlo, con el fin de mostrar la depravación incluso en el Vaticano» (Jan Pawel Lenga).

13: 09 – «He sido sacerdote durante cuarenta años. En el curso de mi ministerio he tenido el cuidado pastoral con las personas que tienen la atracción sexual hacia su mismo sexo, gente con atracción homosexual. La Iglesia, en mi experiencia, nunca ha sido cruel con estos individuos. Y no creo que si mira a la historia de la Iglesia, no encontrará ejemplos de persecución o de crueldad hacia las personas con tales tendencias. Pero, la Iglesia ha sido respetuosa, especialmente propicia a personas que sufren de estas tendencias, por lo que hay que decir la verdad» (Cardenal Burke).

13: 49 – «De cualquier modo, si uno cree que los homosexuales han aportado algo a la Iglesia, que no tenemos nada sino libertinaje y desenfreno, las Sagradas Escrituras establecen, de una manera muy sucinta, que esas personas no entrarán en el Cielo. Estas no son nuestras palabras, no han sido inventadas entonces, pero deberían repetirse a todos los niveles de la Jerarquía y de nuestro servicio, de que esto no se puede hacer. El paciente siempre puede recurrir al doctor para recibir tratamiento, y el doctor debe y debería ayudar incluso a aquellos que son sus enemigos. Pero esto no significa que al hombre enfermo se le permita contagiar a otros, sólo porque él mismo no desea ser curado» (Jan Pawel Lenga).

14: 44 – «Esto, ciertamente, es el rostro de un proceso el cual hemos sido testigos en los dos últimos años. Un proceso que tiene como objetivo – según lo indicado por el cardenal Kasper- para lograr un cambio de paradigma en la Iglesia, es decir, cambios radicales en relación a la familia y, especialmente, como lo indicó el Cardenal Kasper, en relación a la propia comprensión del Sexto Mandamiento de Dios. En adicción, está la cuestión de una mayor atención pastoral hacia las personas que tienen, la así llamada, tendencias homosexuales» (Grzegorz Kucharczyk).

15: 25 – «Lo que ocurrió en octubre del 2014, durante el Sínodo de los Obispos, fue el propósito de remitir cambios de la disciplina de la iglesia en cuanto al matrimonio, específicamente la disciplina con respecto a la exclusión de los sacramentos de las personas que viven en una unión irregular. Se afirmó que la Iglesia puede cambiar la disciplina, manteniendo la doctrina de que el matrimonio es irresoluble. Pero esto no es cierto. Esta herejía es la enseñanza de que los actos homosexuales no son desordenados o tiene elementos positivos» (Cardenal Burke).

16: 12 – «La posición de los Obispos polacos que fue presentada en la sesión, en el 2014, junto con el Arzobispo Stanislaw Gadecki o, en términos más generales, de la Jerarquía de la Europa Central y del Este, u Obispos africanos, nos permite esperar que no habrá una desviación efectiva realizada en el Sínodo del 2015. La desviación significa un intento de apartarse radicalmente de la Tradición, del Magisterio y Palabras de Jesucristo mismo. Sin duda, estos informes, que comenzaron a llegar desde el Vaticano, a partir de febrero del 2014, atrajeron la atención mediática porque los cardenales discutían entre sí» (Grzegorz Kucharczyk).

17: 10 – «Porque si una persona que vive con otra persona, que es una persona casada, que no es su esposo o esposa, y que está realmente unida en matrimonio con otra persona, esa persona es culpable de adulterio y no puede ser admitida a los Sacramentos. Ciertamente, la Iglesia ama a esta persona, ella es parte de la iglesia. La iglesia trata por todos los medios de ayudar a la persona, pero hasta que no sea capaz de solucionar su situación en casa no se puede admitir a los sacramentos. La iglesia siempre ha practicado esto; y cualquier intento de determinar lo contrario, es una falsedad. Y la introducción de la práctica contraria simplemente significa la negación de la enseñanza sobre la indisolubilidad del matrimonio. Así que no podría hacer otra cosa que oponerme muy fuertemente a esta propuesta» (Cardenal Burke).

19: 19 – «La nueva pastoral es tan difícil de describir como el espíritu del concilio. Todo el mundo está hablando de ello, pero nadie sabe realmente lo que es» (Grzegorz Kucharczyk).

19: 37 – «Este nuevo enfoque pastoral es sólo una cubierta, bajo la cual se esconde el verdadero problema. Y, definitivamente, creo que no se recoge, que no es la honestidad del Cardenal Kasper y sus partidarios, escondiéndose él mismo detrás de esta cubierta» (Athanasius Schneider).

20: 00 – «Mirando a la práctica de la Iglesia en Alemania, la cual ha sido guiada por esta nueva pastoral, desde hace 30 años, conocemos que está fundamentada en la admisión de los adúlteros al Altar del Señor, sin ninguna restricción en la forma de un camino particular de penitencia, como ha sido mencionada por el Cardenal Kasper» (Grzegorz Kucharczyk).

20: 35 – «Cristo dijo: Vuestro hablar sea: Sí, sí; no, no. Ellos quieren que se reconozca, en estos días, el reconocimiento de estas relaciones sexuales y, por supuesto, que se reconozca que ellos pueden usar la sexualidad humana fuera de la validez del sacramento del matrimonio. Y esto está en contra del mandamiento divino. Pero, hoy día, se esconden ellos mismos con las expresiones de misericordia, de nuevas puertas abiertas… Esto es falso, falsedad. Y estas palabras falsas ellos la quieren divulgar. Cristo dijo: ´Pues no hay nada oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de conocerse y salir a la luz´. Y toda esta estrategia del Cardenal Kasper y su grupo que es divulgada, es una mentira, una estrategia, la cual va en contra del Espíritu de Cristo y de Sus Apóstoles» (Athanasius Schneider).

21: 44 – «Esto es por lo que se habla de los divorciados, que ellos quieren admitir a la Sagrada Comunión, porque sienten lástima por ellos, ya que son miserables. Pero cuando la humanidad pecó, vino el diluvio. Dios tuvo misericordia de la pobre gente, pero Él sólo salvó a los que creían en Él» (Jan Pawel Lenga).

22: 27 – La Iglesia nunca cambiará la enseñanza de Cristo. Desde siglos la ha enseñado, e incluso, aunque la verdad sobre la indisolubilidad del matrimonio es difícil para mucha gente, ninguna persona tiene el derecho de cambiarla.

En efecto, su doctrina está claramente contenida en las Palabras del Señor Jesús: ¨Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre¨.

22: 47 – «El matrimonio es el fundamento básico de la sociedad y, por supuesto, el fundamento básico de la vida de la Iglesia. Desde el principio, Dios quiso que el hombre y la mujer se unieran, orientaran su vida a la procreación. Eso sería una participación en la divinidad, en en el amor que está en la Santísima Trinidad. El libro del Génesis es muy claro sobre esto. Dios dice: ¨Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, varón y hembra¨. Y así entendemos que en el matrimonio y su fruto, la familia, es el primer lugar en el que Dios es conocido, Dios es adorado y reconocido. Y donde se vive en Dios, donde se practica la vida divina de amor» (Cardenal Burke).

23: 48 – «No es verdad que el matrimonio sea sólo una cuestión sociológica. El matrimonio es, en primer lugar, una institución religiosa y teológica» (Athanasius Schneider).

24: 05 – «Tenemos un ejemplo de esto que nos llega con San Juan Bautista, que debido al testimonio sobre la verdad del matrimonio, como Dios lo creó desde el principio, fue asesinado por Herodes, que estaba viviendo en una relación adúltera con la esposa de su hermano. Si no defendemos de nuevo el matrimonio, no vamos a defender a la iglesia misma. Tenemos que estar, también, preparados, en una cultura completamente secularizada, para dar la vida en defensa de la verdad sobre el matrimonio» (Cardenal Burke).

25: 16 – «Fue Martín Lutero el primero que declaró esta afirmación: que el matrimonio es un asunto mundano (“ding weltlich” – en alemán). Cosa secular. Esta es una apostasía… porque Dios creó el matrimonio… La Biblia… se puede leer en las primeras páginas de la Biblia: Dios lo creó. Es una creación de Dios. Y, por eso, incluso los gobernantes no tienen verdadera competencia sobre el matrimonio, el Estado, sólo una secundaria competencia en algunos aspectos, como lo económico, los bienes materiales o herencia, pero no la principal competencia. La primera competencia es Dios, es decir, Jesucristo y la Iglesia, la Jerarquía. Y, por supuesto, el matrimonio Cristo lo elevó a la dignidad del Sacramento» (Athanasius Schneider).

26: 34 – «Si esto significa que los Cardenales se tuvieran que oponer a los Cardenales, tendríamos que aceptar la situación con la cual nos encontramos. Ciertamente, por mi parte, no busco esta clase de conflicto. Pero, si en la defensa de la verdad de fe se da lugar a un desacuerdo con otro Cardenal, es de suma importancia para mí es la verdad de la fe, como maestro de la fe, un Pastor de las almas para defender la Verdad» (Cardenal Burke).

27: 13 – Las enseñanzas de Cristo sobre el matrimonio y la verdad cristiana sobre la homosexualidad son hechos que no son bien recibidos por mucha gente, hoy día. Desafortunadamente, de entre ellos también hay Obispos. Algunos de la Jerarquía se han atrevido a anunciar que ellos decidirán lo que han de enseñar – ellos, no Roma. Estas son las tremendas palabras que fueron dichas: “no somos una rama de Roma”.

27: 39 – «La frase que pronunció uno de los Cardenales, el Cardenal alemán Marx, que no somos una rama de Roma, preocupa a muchos católicos y nos ha puesto contra la verdadera amenaza del cisma» (Slawomir Skiba).

27: 57 – «Fue Marx, Karl Marx. Y si el actual Marx dice cosas semejantes, entonces no hay verdadera diferencia» (Jan Pawel Lenga).

28: 07 – «El Cardenal Marx, recientemente, atrajo la atención de los medios con su declaración, durante una conferencia de prensa, diciendo que nosotros no somos una rama del Vaticano. Esto fue comprendido como un atentado a ponerse por encima de cualquier posible decisión de la futura Asamblea del Sínodo de la familia, en octubre del 2015, que podría enfrentarse – como temido por el Cardenal Marx- a un rumbo desfavorable, y en donde podrían ser tomadas decisiones negativas. Supuestamente demuestra que, cualquiera que sea la decisión de Roma o del Sínodo, nosotros, la Iglesia germana seguiremos nuestro propio camino» (Grzegorz Kucharczyk).

28: 54 – «Ellos creen que Alemania, como una parte de la Iglesia Universal, es así de importante. Pero no significa eso. Es lo que ellos creen. Es una especie de fantasma, que deberíamos ahuyentarlo con el signo de la Cruz. Recomiendo, fuertemente, la conversión en lugar de tratar de dominar la Iglesia» (Jan Pawel Lenga).

29: 18 – «Fijándose en las palabras exactas alemanas, en las cuales se dice: no somos una rama de Roma, pero somos todos sarmientos de Cristo, sus ramas visibles Todos estamos injertados en Cristo. Hay un único Cristo, un único Vicario de Cristo, que es el Romano Pontífice, y hay una única Iglesia. No sé lo que estos Obispos alemanes están tratando de decir con su declaración, pero si ellos quieren decir que son independientes de la Iglesia universal, entonces ya no son más católicos. Esto no puede ser» (Cardenal Burke).

30: 22 – «Durante los dos últimos años hemos visto aún otra emanación de lo que se ha llamado el “síndrome anti-Roma” de la Iglesia germana, cuyos representantes se ponen a sí mismos como en una oposición real a Roma, comprendida como la Tradición de la Iglesia, como el Magisterio de la Iglesia, que no cambia a través de los siglos. Así que somos la Iglesia, somos la Iglesia abierta, somos la Iglesia que comprende al hombre moderno. No somos la Iglesia rigorista que rechaza las necesidades la Iglesia moderna. En pocas palabras, esto es el “síndrome anti-Roma” de la Iglesia germana. Las Iglesia en la Europa Occidental o pasivamente han visto los vigorosos esfuerzos de los Obispos alemanes, o los han ayudado» (Grzegorz Kucharczyk).

31: 12 – «Estamos viviendo ya en el tiempo del cisma, porque cuando hay sacerdotes y obispos que se oponen claramente a la verdad de Dios, y por sus declaraciones, por sus acciones, están en contra, de alguna manera ellos mismos se separan de la verdad de la Iglesia. Es decir, cuando uno se separa de la verdad de la iglesia, se encuentra en una especie de cisma» (Athanasius Schneider).

31: 51 – Los católicos de todo el mundo se están preguntando: ¿hacia dónde va nuestra Iglesia? En la situación de tan avanzada crisis de la Iglesia, ansiosamente esperamos la próxima Asamblea del Sínodo prevista para Octubre del 2015.

32: 12 – «Temo que será un compromiso carcomido, basado en el hecho de que todas las cosas serán adornadas con palabras vacías, tal como la mencionada “nueva pastoral” (Grzegorz Kucharczyk).

32: 28 – «Desafortunadamente, la futura Asamblea del Sínodo de la Familia ha creado una muy peligrosa situación. Por supuesto, la polarización se profundiza entre aquellos que defienden fuertemente la enseñanza de Jesús en el matrimonio y en la familia, y aquellos que fuertemente buscan cambiar la actual enseñanza de la Iglesia basada en el Evangelio» (Slawomir Skiba).

32: 57 – «El Papa, durante el Sínodo, mostrará de qué lado él está. Si acepta la declaración de aquellos que quieren distribuir la Sagrada Comunión a los divorciados, habría la herejía en la Iglesia; pero si no la acepta, puede haber un cisma en la Iglesia, un cisma alemán, belga y holandés» (Jan Pawel Lenga).

33: 21 – «Una situación de tal pluralismo pastoral, que depende de las Iglesia locales individuales, fundamentalmente podría asestar un golpe al Magisterio de la Iglesia y al gobierno de la Iglesia» (Slawomir Skiba).

33: 41 – «Vivimos en tiempos de crisis, en los tiempos en los que los Miembros de su Cuerpo, incluyendo el Clero, la Alta Jerarquía, se convierten en indignos, infieles, incluso en traidores. Y estas son heridas del Cuerpo Místico de Cristo: Cristo está en un continuo sufrimiento» (Athanasius Schneider).

34: 10 – «No quieras ser más sabio que Dios. Si no hablamos al mundo lo que deberíamos hablar, el mundo se atreverá a decirnos lo que ellos piensan que es lo verdadero. Hoy hay una lucha espiritual, ya sea en el lado de Cristo -no en la izquierda ni en la derecha del Vaticano-, o estamos en el lado de Cristo, o en el lado del demonio. No hay una tercera opción… La gente común está muchas veces más cerca de Cristo que los sacerdotes» (Jan Pawel Lenga).

34: 52 – «La Iglesia no es la Iglesia de los Obispos, o del Papa. La Iglesia es de Cristo. Es muy importante hacer hincapié en esto: la Iglesia es la Iglesia de Cristo. Y Cristo es la Cabeza de la Iglesia. Él es el Jefe. Y Él permanece como Jefe, incluso cuando hay tanta confusión y tal indignidad en sus representantes. Él gobierna la Iglesia porque Él es Dios. Cristo nos dijo, el Apóstol Pablo lo demostró: cuando nos damos cuenta de que algo es evidentemente falso, como estas manipulaciones, tenemos que hablar de ello: esto no es correcto en la Iglesia» (Athanasius Schneider).

35: 59 – Aunque en las actitudes de muchos Obispos es difícil ver, hoy día, el deseo de lucha por la Verdad de Cristo, otra parte de la Jerarquía, quizás un número menor, pero fuerte, todavía nos recuerda sin descanso las Palabras del Señor. También, los fieles emprenden numerosas iniciativas que nos recuerdan la imposibilidad de cambiar la enseñanza del Señor Jesús.

36: 19 – «Consciente de la apelación del Santo Padre, al comienzo de su pontificado, para hacer que los laicos sean activos en la vida de la Iglesia, les habló con estas palabras: lío, hagan lío. En este contexto del Sínodo, que comenzó el pasado otoño, hemos decidido organizar una petición, una solicitud filial al Santo Padre, por la que recabamos firmas, que se oponen, clara y definitivamente, a los intentos de alguna Jerarquía que quiere cambiar la enseñanza de la Iglesia. De esta manera, defendemos la enseñanza de Jesucristo» (Slawomir Skiba).

37: 05 – «El Papa nunca me dijo que no enseñe lo que enseña la Iglesia. Y si me lo dijera así, me hubiera opuesto» (Cardenal Burke).

37: 12 – «Junto a muchos católicos con una completa humildad filial, espero una clara posición de nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, en este caso que preocupa a mucha gente» (Grzegorz Kucharczyk).

37: 30 – «Es nuestro deber, primera obligación ser fieles a las Palabras de Dios, a la Revelación. Y cuando observamos que la Verdad de Dios, -no es nuestra opinión-, sino que si la Verdad de Dios está amenazada por el cambio, debemos reaccionar. Tenemos que elevar la voz. De otra parte, Jesucristo nos juzgará: ¿Por qué te callaste? ¿Por qué no me confesaste enfrente de los hombres?» (Athanasius Schneider).

38: 17 – «Las diferentes ideologías nos hablan que mientras permanezcamos sentados y seamos políticamente correctos, todas las cosas estarán bien y, simplemente, todo desaparecerá. Nada pasará porque sea motivado ideológicamente» (Jan Pawel Lenga).

38: 31 – «El Concilio Vaticano II enseña que los fieles, no sólo tienen el derecho, sino el deber de presentar sus deseos a la Jerarquía de la Iglesia, especialmente en las cuestiones que pertenecen a la fe, que es importante para la Iglesia, para el beneficio de la Iglesia. Y así esta solicitud filial pide que se dé cuenta de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Es, por eso, que me uní a la gran cantidad de obispos que firmaron una petición de los fieles. Debemos ser una sola Iglesia, una sola familia: los fieles, sacerdotes, obispos, el Papa, una sola familia. Esta solicitud filial fue firmada no sólo por los laicos, sino también por los sacerdotes, obispos y cardenales. Es un bello ejemplo de manifestación de nuestro espíritu de familia en la iglesia» (Athanasius Schneider).

39: 49 – «De acuerdo a las Palabras de Cristo que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia, la Iglesia superará esta crisis bien. Con la ayuda de Dios, con la ayuda del Fundador de la Iglesia. Aunque, ciertamente, el Calvario de la Iglesia y su Forma de la Cruz, todavía está al final de este camino la Resurrección. Conocemos eso con seguridad» (Slawomir Skiba).

40: 15 – «Así que tenemos que creer siempre en las Palabras de Cristo: las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia. Y Cristo habló a Pedro: Tú eres Pedro, tú eres la Roca, y sobre esta piedra Yo levantaré Mi Iglesia. No tú Iglesia, Pedro. Mi Iglesia» (Athanasius Schneider).

Un Sínodo falible para levantar una iglesia llena de herejías

«He manifestado tu Nombre a los que me has dado sacándolos del mundo… Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de Ti; porque Yo les he comunicado lo que Tú me comunicaste; ellos han aceptado verdaderamente que vengo de Ti, y han creído que Tú me has enviado… Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como Yo no soy del mundo… Conságralos en la verdad: Tu Palabra es verdad. Como Tú me has enviado al mundo, Yo también los he enviado al mundo...» (San Juan 17,6ss.14.17s; véase San Juan 10,36).

El magisterio de la Iglesia fue instituido por Jesucristo, enviado por el Padre como Maestro auténtico de la verdad, en los Apóstoles.

Jesús eligió a Doce para enseñarles su doctrina: «ahora saben que todo lo que me has dado viene de Ti».

Jesús comunicó a los Doce una doctrina divina, celestial, espiritual y sagrada.

Y los Doce aceptaron esa doctrina: creyeron en las Palabras de Jesús. Dieron asentimiento, obedecieron con su mente, hicieron un acto de fe a la Palabra de Jesús: «han creído que Tú me has enviado».

Y los Doce fueron consagrados en la verdad: se les dio la virtud del Espíritu Santo para ser enseñados continuamente por el Espíritu de la Verdad, como lo fueron por el Maestro, y así aprendieron toda la plenitud de la doctrina de Jesucristo, para propagarla perpetuamente y con fidelidad hasta los confines de la tierra.

Muchos han combatido este Magisterio infalible de la Iglesia, que está por encima de toda razón humana, de toda ciencia y progreso del hombre, que va más allá de la conciencia del individuo, que proclama una autoridad divina en la Jerarquía de la Iglesia Católica.

El Magisterio infalible de la Iglesia es lo que la Iglesia enseña como revelado por Dios. No es, por tanto, la opinión de una escuela teológica, ni el magisterio privado de un teólogo o de un Obispo, ni los magisterios falibles que se dan en las Encíclicas o en los decretos que no están conexionados con las verdades reveladas, ya jurídicos, ya litúrgicos, ya magistrales.

Hay mucho magisterio del Romano Pontífice en el cual él habla con una autoridad que no alcanza la infalibilidad, es decir, no está expresando, no está enseñando algo revelado por Dios.

Hay muchos decretos que son publicados en virtud de la autoridad legítimamente comunicada por el Sumo Pontífice, es decir, tienen la firma del Papa, pero la doctrina, en ellos, no es segura.

Por ejemplo, el “Directorio para la aplicación de los principio y normas sobre el Ecumenismo”, publicado el 25 de marzo de 1993. Contiene este directorio instrucciones que van en contra de la doctrina de la Iglesia. Cualquiera que lo lea se da cuenta que la doctrina contenida en tal decreto no es segura. Y, por lo tanto, no se puede aceptar con el asentimiento de la mente. Se ha usado el nombre del Papa, su firma, para crear un directorio de normas, de leyes, que van en contra de la misma verdad revelada.

Desde el Concilio Vaticano II se dan en la Iglesia esta clase de documentos, que no pertenecen  a los decretos que están conexionados con las verdades reveladas y a los cuales se exige el asentimiento interno y religioso de la mente, sino que exponen unas reglas y unas leyes prácticas que anulan la doctrina de Cristo.

Y esto la Jerarquía lo sabe. Y es tal la perversidad de mucha Jerarquía que imponen estos decretos como verdaderos, como seguros, a sus fieles en las parroquias. Así sucedió con todos los decretos litúrgicos que se introdujeron en la Iglesia, después del Concilio, que tienen la firma del Papa, pero que no son doctrina segura, sino que imponen leyes, como la comunión en la mano, que van en contra del magisterio infalible de la Iglesia.

A estos decretos no se les puede obedecer porque no provienen de una autoridad sagrada. Tienen la firma del Papa legítimo, que es siempre una autoridad sagrada en la Iglesia, el cual tiene la función de velar por la salud y la seguridad en la doctrina. Pero han sido dados en contra de esa misma autoridad sagrada, por motivos que los hombres no pueden explicar.

¿Cómo un Papa legítimo permite en la Iglesia este tipo de documentos que enseñan doctrinas que van en contra de lo que Jesús ha revelado?

Es el Misterio del Mal: existe una jerarquía en la Iglesia Católica que combate la autoridad sagrada del Papa y que impone su doctrina a toda la Iglesia.

Muchos católicos se equivocan al decir que los Papas fueron los culpables. Y acaban llamando a esos Papas herejes. Y quedan ciegos para siempre porque no son humildes, no piden luz al Espíritu para discernir este problema en la Iglesia.

El ecumenismo no está en la Revelación. Sin embargo, la Jerarquía ha querido meter a toda la Iglesia en el objetivo de la búsqueda de la unidad de los cristianos. Un objetivo que no pertenece a la fe, a los artículos de la fe.

Y mucha Jerarquía ha publicado cantidad de documentos para fortalecer este objetivo.

Ellos son maestros de la ley: promulgaron un nuevo Código de Derecho Canónico, en la cual se introdujo una nueva situación disciplinar para todos los fieles en materia ecuménica. Esa situación disciplinar no existía en el antiguo Código, porque el ecumenismo no pertenece al depósito de la fe. Es doctrina de demonios. Son fábulas de la mente del hombre que se dan para engañar al mismo hombre.

Y la Jerarquía ha trabajado durante 50 años en el Ecumenismo, llegando al absurdo que vemos hoy día: ya nadie cree en la doctrina que salva. Todos están buscando un lenguaje nuevo que haga cambiar el mismo magisterio infalible de la Iglesia. Un nuevo lenguaje para una nueva teología.

Lo que vemos con estos documentos es claramente el Misterio del Mal dentro de la Iglesia. Y los Papas legítimos han estado prisioneros, de una forma o de  otra, de la Jerarquía movida por este Misterio del Mal.

Hoy se niega el Magisterio infalible de la Iglesia por la misma Jerarquía.

Por supuesto, esa Jerarquía ha dejado de ser católica y sólo hace la función de destruir la Iglesia, usurpando la verdad para poder introducir las innovaciones en la doctrina, para hacer una nueva teología, para levantar una nueva iglesia con un nuevo magisterio, no instituido por Cristo, sino por los hombres.

Esa Jerarquía, infiltrada en la Iglesia Católica, tiene un grupo numerable de aficionados a novedades, que desprecian toda teología escolástica para menospreciar el Magisterio infalible de la Iglesia.

Son muchos los falsos católicos que ven el Magisterio infalible de la Iglesia como impedimento al progreso, y como óbice de la ciencia humana. Muchos lo consideran como un freno injusto a sus pensamientos, a sus filosofías, a sus obras en la vida.

Y esto es señal de la falta de fe: ya no se cree que Jesús ha dado un Magisterio a sus Apóstoles que permanece siempre lo mismo, que nunca cambia, que es inmutable, que no tiene ningún error.

Por eso, ahora todos tienen a un hereje como su papa, como su maestro en el ministerio sacerdotal, como el que enseña y une a la Iglesia en la mentira de su palabra.

Y ahora todos enseñan una doctrina que no es segura, que va en contra de todas las verdades reveladas, y que son la base de la  nueva teología que se quiere imponer a todos en la Iglesia.

Las encíclicas de Bergoglio no son cartas de un Papa a los fieles exponiendo una doctrina segura, un magisterio ordinario, infalible. Son escritos de un  hereje que llevan a las almas a la apostasía de la fe y a la clara herejía. Son los escritos de un cismático que gobierna la Iglesia con un gobierno de hombres, de muchas cabezas, propio de un líder político

Ya los Jerarcas de la Iglesia no creen en el Magisterio de la Iglesia que enseña a excomulgar a un hereje. Ya no creen en el Evangelio que proclama que todo aquel que enseñe un evangelio distinto al de Jesucristo, sea tomado por anatema, sea apartado de la vida de la Iglesia.

Han dejado de creer, los hombres han perdido la fe en la Palabra de Dios.

El Magisterio de la Iglesia es infalible cuando se centra en los artículos de la fe, que son las verdades formalmente reveladas, y en aquellas verdades que están necesariamente conexionadas con los artículos de la fe.

Es decir, «per se pertenecen a la fe aquellas verdades, que nos ordenan directamente a la vida eterna» (Sto. Tomás).

«Esto es lo que has de predicar y enseñar» (1 Tim 4, 11): todo aquello que conduce al alma hacia su salvación y su santificación.

No se puede enseñar ni el ecumenismo, ni la ecología, ni tantas doctrinas que no llevan al alma hacia su salvación. Y los fieles están obligados, en la Iglesia, a combatir esas doctrinas si quieren salvarse.

Los Obispos han recibido de los Apóstoles esta doctrina de la fe que deben custodiar en santidad y ser expuesta con fidelidad por la Iglesia.

«¡Oh, Timoteo!, guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan, extraviándose de la fe» (1 Tim 6, 20).

Es claro que en las actuales circunstancias de la Iglesia, la mayoría de los Obispos no guarda el depósito de la fe porque se han extraviado con la falsa sabiduría humana de la ciencia y de la técnica, llenándose de errores, de mentiras, de dudas, que infestan a toda la Iglesia.

Los Apóstoles eran infalibles: hablaban en nombre de Dios, eran ayudados y fortalecidos por la asistencia divina, y su predicación estaba confirmada por milagros y profecías.

Y eran infalibles porque aceptaron «verdaderamente que vengo de Ti, y han creído que Tú me has enviado». Aceptaron y creyeron: pusieron su cabeza en el suelo y obedecieron la Palabra de Dios que Jesús les enseñaba.

Los Apóstoles, en lo concerniente a la fe y a las costumbres, eran cada uno de ellos personalmente infalibles.

«Yo estoy contigo y nadie se atreverá a hacerte mal, porque Yo tengo en esta ciudad un pueblo numeroso» (Act 18, 10).

Yo estoy contigo: significa la asistencia eficaz de Dios para realizar la misión que Dios le confió a San Pablo.

Muchos Obispos, hoy día, ya no son infalibles como lo fueron los Apóstoles. Y la razón sólo es una: ya no aceptan ni creen en Jesús. No aceptan ni creen en la doctrina de Jesús.

Creer en Jesús es creer en su doctrina.

Muchos han disociado a Jesús de su doctrina. Se quedan con un Jesús acomodado a sus intereses y pensamientos humanos. Pero no quieren saber nada de la doctrina de Jesús.

Jesús es la Palabra de Dios: es el Pensamiento vivo del Padre. Jesús es una doctrina viva. Una doctrina que no es de este mundo, que no puede caber en la mente de ningún hombre. Es la Mente de Dios lo que enseñó Jesús a Sus Apóstoles. Una mente infalible, incapaz de errar. Una mente inmutable, incapaz de ser alcanzada por ninguna novedad humana. La Mente de Dios no puede variar según los tiempos ni las culturas de los hombres. Es siempre la misma. Son los hombres los que no creen en la mente de Dios y acaban colocando su mente humana por encima de Dios.

Ser infalible no significa ser impecable. Se puede pecar y ser infalible al mismo tiempo.

La infalibilidad es la vigilancia de Dios, que dirige por sí mismo al hombre, para que éste predique sin error la Palabra de Dios. Dios preserva del error la inteligencia del hombre.

El que Dios preserve del error no significa hacer que la mente del hombre sea siempre infalible. La mente del hombre sigue estando sujeta a muchos errores, nieblas, dudas, oscuridades. Pero, cuando el hombre humilde trabaja para Dios, su mente queda preservada del error para que se obre lo que Dios quiere entre los hombres.

Dios es el que custodia su misma Palabra. Y lo hace asistiendo al hombre, desde fuera, para que propague esa misma Palabra sin error. El hombre puede perder esta asistencia del Espíritu sólo por el pecado de herejía y de apostasía de la fe.

Predicar de forma infalible lo tuvieron los Apóstoles y sus Sucesores, los Obispos.

Los Obispos son infalibles cuando, obedeciendo al Romano Pontífice, imponen a sus fieles la misma doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles.

Imponen la misma doctrina: hoy, nadie en la Iglesia quiere escuchar la verdad; nadie quiere obedecer la verdad; nadie quiere cumplir con las leyes divina y de la gracia.

La gente ya no quiere la doctrina de siempre, sino que va en busca de las fábulas. Y estas son las que quieren imponer a los demás. Las fábulas del ecumenismo, las fábulas de la ecología, las fábulas de tener unos ritos litúrgicos en donde se pueda pecar libremente.

Los Obispos, para ser infalibles, tienen que imponer la doctrina de Jesús. Como los Obispos hablan a los hombres las palabras que éstos quieren escuchar, entonces pierden la infalibilidad, la asistencia de Dios en sus ministerios.

Si los Obispos dan a sus fieles otra doctrina distinta a la de Cristo pierden la infalibilidad, es decir, predican y enseñan con error y con la herejía. Y esto conduce a la apostasía de la fe y a la herejía.

Es lo que comenzó después del Concilio Vaticano II: todo el mundo metió en la Iglesia doctrinas extrañas, un magisterio contrario al magisterio de la Iglesia. Y ese falso magisterio ha alcanzado la cabeza de la Iglesia.

El Magisterio de la Iglesia es auténtico e infalible, es vivo y tradicional, es inmutable.

«La doctrina de la Fe ha sido entregada a la Esposa de Jesucristo, para custodiarla fielmente y para que la enseñe infaliblemente» (D 1800).

No se puede enseñar infaliblemente (sin error) la verdad si no se cree en la verdad revelada. Es el acto de fe el que produce la infalibilidad, es decir, el que trae consigo la asistencia de Dios para que el hombre, cuando hable, cuando piense, no se equivoque.

Todo el problema de la crisis actual de la Iglesia es el objeto de la fe.

Los Apóstoles creyeron en la doctrina de Jesús. Y creyeron en la doctrina que el Espíritu de la Verdad les enseñó. Éste es el objeto de la fe. Es la doctrina que viene de la fe, que surge en la fe. No es la doctrina que viene de la mente de un hombre, de la palabra y del lenguaje de los hombres. Se cree en la Palabra de Dios. Se conoce la Palabra de Dios. Se interpreta correctamente esa Palabra de Dios. Y se enseña con la autoridad divina la Palabra de Dios.

Esto es lo que hicieron los Apóstoles: porque creyeron en la Palabra de Dios fueron infalibles. En la fe no hay error. En el ateísmo, en la falta de fe, en la infidelidad al don de la fe están todos los errores.

Porque creyeron en la Palabra siempre enseñaron lo mismo al rebaño. Nunca introdujeron extrañas doctrinas, leyes en contra del magisterio que Jesús y el Espíritu les enseñaron.

Ellos, con la infalibilidad, pudieron levantar la Iglesia que Cristo quería. La infalibilidad es para construir la Iglesia en la Verdad: que la inteligencia de los hombres tenga la luz de la verdad, que ellos sepan dónde está la verdad, dónde encontrarla, cómo obrarla en sus vidas.

Esta infalibilidad en la inteligencia es distinta a la impecabilidad en la voluntad.

La mente no tiene el error en ella misma: eso es ser infalible;

Y la voluntad no puede elegir el pecado: eso es ser impecable.

Ser infalibles en la inteligencia no supone ser impecables en la voluntad. Y eso es sólo debido al pecado original, en el cual el hombre quedó dividido en su misma naturaleza humana.

El hombre entiende, con su mente, el bien; pero obra, con su voluntad, el mal.

Jesús construye Su Iglesia en la infalibilidad de la inteligencia humana: preserva del error la mente del hombre para que pueda obrar, sin error, con su voluntad humana. Pero, por el pecado original, la voluntad se desvía de lo que la mente ha conocido y el hombre acaba obrando el mal con su voluntad.

Para combatir esta voluntad desviada por la concupiscencia del pecado, son necesarios los Sacramentos de la Iglesia.

Jesús da a Su Iglesia, no sólo la infalibilidad, sino la gracia, la vida divina.

Es la gracia lo que sostiene la voluntad del hombre para que pueda obrar el bien que la mente entiende. Es la gracia lo que impide pecar. Pero es necesario que el alma sea fiel a la gracia que ha recibido.

La inteligencia del hombre ya conoce la verdad sin ningún error. Pero necesita la vida divina para obrar la verdad conocida. Necesita que el hombre permanezca en la gracia, persevere en la gracia, viva en la gracia.

Muchos conocen la verdad, pero no la obran. Todos los herejes conocen la verdad, pero se dedican a obrar la mentira. No obra en la gracia, sino que obran en el pecado.

No es el conocimiento de la verdad el camino para obrar el bien. Es la gracia, la vida de Dios, no sólo el camino sino la fuerza para realizar la Voluntad de Dios.

Y la gracia da al hombre una vida moral, una norma de moralidad, una voluntad arraigada en la ley de Dios.

La infalibilidad da al hombre una inteligencia sin error.

Muchas almas caen en el pecado porque en sus mentes hay muchos errores: no se asientan en la verdad, en la doctrina de la fe, que es infalible, y necesariamente deben caer, deben obrar con sus voluntades el error, el mal. No pueden ser sostenidos por la gracia: caen en el pecado, se apartan de la vida moral.

Los errores en la mente llevan a los pecados más comunes entre los hombres: gula, lujuria, desobediencias, iras, críticas, mentiras, etc…

Pero las herejías en la mente conducen a la perversidad de la mente y a la perfección en la obra del pecado. La herejía lleva a obrar sin norma de moralidad. Hace que el hombre tenga una voluntad para obrar siempre el mal.

La Iglesia, cuando custodia la verdad y mantiene los Sacramentos en la fidelidad a la verdad, en la norma de moralidad, entonces puede crecer en la vida espiritual y alcanzar la perfección que ya posee en sí misma.

Pero si los hombres de la Iglesia, si los Obispos y los fieles, se alejan de la verdad y hacen que los Sacramentos se desvirtúen al introducir leyes o reglas que conducen al pecado, entonces vemos lo que sucede actualmente en la Iglesia: la Iglesia es destruida por los mismos que deberían custodiar lo que Jesús dio a Sus Apóstoles.

La Iglesia está podrida y corrompida porque en sus miembros está el pecado de herejía, que conlleva ser falibles en la predicación y en la enseñanza; y está la anulación de la vida divina al echar en saco roto la gracia (al no cumplir la vida moral)  que dan los sacramentos.

Sin la verdad revelada y sin la gracia divina en el alma se construye una nueva iglesia con una nueva doctrina, que da culto a un falso cristo.

Ya no sólo observamos una Iglesia que peca; sino que vemos una Iglesia que no quiere la verdad, que no cree en la verdad, que no puede escuchar la verdad, y que sólo quiere vivir para lo humano, para las grandezas de la tierra, buscando una felicidad que no existe en la tierra.

Una iglesia que prefiere unos sacramentos en donde se enseñe a la gente a pecar.

Una iglesia que se ha embarcado en un Sínodo maldito, en el que se busca legislar el pecado.

Una Iglesia falible que se prepara para un Sínodo falible, en donde se da una enseñanza llena de errores y de herejías, un Sínodo construido en la herejía. Y no va haber un Papa que contenga la herejía, como lo hizo Pablo VI en el Concilio Vaticano II.

La Jerarquía de la Iglesia ha tenido tiempo de liquidar a Bergoglio, de anatematizarlo. Pero han callado. Y quien calla, otorga la herejía del que habla. Está de acuerdo con la doctrina del rufián que gobierna la Iglesia.

Y es el Sínodo el inicio del desmantelamiento del magisterio infalible de la Iglesia. Es, por lo tanto, el inicio del levantamiento de una nueva iglesia en una nueva doctrina.

Ya esa iglesia fue levantada en una cabeza de usurpación, que puso el gobierno horizontal, el cual anula de raíz toda la Iglesia. Pero los hombres no saben ver que el fundamento de la Iglesia, que es la verticalidad de Pedro, ha sido acabado, ha sido destruido. Y donde no está Pedro, no está la Iglesia.

Y están todos pendientes de lo que no tienen que estar: de un Sínodo maldito.

Y siguen pendientes de las palabras de un hereje, que cuando habla sólo quiere dar  publicidad a su mentira. Y este es el error de muchos católicos: no han sabido combatir al hereje y sólo le dan publicidad.

El verdadero católico cuando lucha contra un hereje, lo deja un lado, una vez que lo ha combatido, y sigue su vida ignorando al hereje, despreciándole. Porque la vida eclesial es estar en comunión espiritual con el Papa verdadero, Benedicto XVI. Lo demás, que pase en la Iglesia, ya no interesa al verdadero católico.

Una vez que se conocen las verdaderas intenciones del hereje, entonces el alma tiene que prepararse para lo peor, sin estar pendiente de lo que dice o no dice ese hereje.

Muchos católicos no comprenden esto. Y continúan pendientes de nada en la Iglesia.

Es el momento de formar la Iglesia remanente, la Iglesia que calla y espera a que venga Su Señor para que repare todo el mal que existe en la Iglesia.

Ya no es tiempo de atacar al hereje: ya nadie busca la verdad en la Iglesia.  Nadie se va a convertir por más razones que se les den. Hay que sacudirse el polvo de las sandalias y seguir predicando la verdad a aquellas almas que quieren escuchar la verdad. A los demás, hay que dejarlos que hagan su obra: «Lo que has de hacer, hazlo pronto» (Jn 13, 27).

Lo que la Jerarquía, reunida con un maldito, obedeciendo la mente del usurpador, tenga que hacer, que lo haga pronto después del Sínodo.

La Jerarquía lleva años buscando la evolución del dogma, que supone inventarse una nueva teología. Que construya esta nueva teología pronto. Esto ya no importa a los verdaderos católicos. No hay quien pare este Misterio del Mal.

Al Cuerpo Místico de Cristo le espera la Cruz del Calvario: tiene que sufrir y morir como Su Cabeza. Sólo de esa manera, la Iglesia de Cristo resucita gloriosa. Sólo así comienza el nuevo milenio, en donde se alcanzará la gloria que Adán perdió para todo el linaje humano.

«Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que Tú me diste; porque son tuyos» (Jn 17, 9).

La Iglesia no es de todos, sino de los que son del Padre. Y sólo el Padre conoce a sus hijos. Y sólo el rebaño de Cristo conoce a Cristo.

Tienen que conocer quién son de Cristo y del Padre. Aquellos que no aceptan ni creen en la Palabra de la Verdad, son del demonio y hay que tratarlos como merecen.

No recen por el Sínodo, no recen por Bergoglio, no recen por la Jerarquía que ha claudicado en la doctrina de Cristo y que sólo le interesa en la Iglesia su gran negocio: dinero, sexo y poder.

Del gobierno de Bergoglio saldrá la monstruosidad del cisma

serdespreciable

«No hay paz sin justicia y no hay justicia sin verdad. Y la verdad es que el hombre inicuo, el vicario del anticristo está sentado en el Trono de Pedro. El Innominado no tiene ninguna autoridad ni para decir ni para hacer porque no es vicario de Jesucristo» (10 de mayo de 2015).

La verdad es que… el vicario del anticristo está sentado en el Trono de Pedro: esta verdad sólo se puede comprender en otra verdad.

«Ahora se han levantado en el mundo muchos seductores, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Este es el seductor y el Anticristo. Guardaos, no vayáis a perder lo que habéis trabajado, sino haced por recibir un galardón cumplido» (2 Jn 7-8).

Bergoglio está sentado en el Trono de Pedro con la misión de seducir, de llevar al abismo a toda la Iglesia.

¿Qué hay que hacer? Guardarse de él. Resistidlo, atacadlo, huid de su doctrina.

«Todo el que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios» (Ib, 9a)

Bergoglio no tiene a Dios en su corazón porque sigue una doctrina contraria a la verdad. Bergoglio no es de Dios, sino del demonio.

«El que permanece en la doctrina, ése tiene al Padre y al Hijo» (Ib, 9b).

¡Cuánta Jerarquía en la Iglesia que no permanece en la doctrina de Cristo, sino que está extraviada en doctrina de demonios! ¡No son de la Iglesia! ¡No son de Cristo!

¿Por qué Dios ha permitido que un seductor se sentara en el Trono de Pedro?

«Tocó el séptimo ángel… Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: “Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos”» (Ap 11, 15).

La Segunda Venida de Cristo está ya a las puertas. Son pocos los que creen en esto.

Bergoglio está usurpando el Trono de Pedro porque Cristo viene en gloria para reinar por mil años en un cielo nuevo y en una tierra nueva.

«…vivieron y reinaron con Cristo mil años» (Ap 20, 4): nadie cree en el milenio. Luego, nadie cree que un usurpador esté en el Trono de Pedro. Nadie atiende al peligro que viene del gobierno humano de Bergoglio.

Todos tienen ante sus narices ese peligro y nadie lo quiere ver.

Bergoglio no es papa, luego hay que echarlo de la Iglesia por su herejía y por su atrevimiento en sentarse en la Silla que no le corresponde.

Esto es lo que se debe hacer, pero esto es lo que nadie va a hacer.

Esta es la única verdad que a nadie le interesa conocer y cumplir.

El tiempo de atacar a ese hombre ya pasó. Ahora, es el tiempo de echarlo, de hacerlo renunciar. Si no se hace esto, todos -fieles y Jerarquía- van a quedar atrapados en las leyes inicuas que van a salir del Sínodo, que es la obra del Anticristo en la Iglesia.

¡Qué pocos saben lo que es Bergoglio! ¡Qué pocos han sabido atacar a Bergoglio! ¡Qué pocos ven que las almas van camino de condenación eterna!

Bergoglio está llevando a las almas hacia el infierno. Pero, a nadie le interesa esta verdad.

Y eso quiere decir que todos viven caminando hacia el infierno. Todos se creen salvos y justos, pendientes de un hombre sin verdad, que está destruyendo la Iglesia, más interesados en limpiarle las babas a ese hombre cuando habla, que en poner distancias con él, con toda la jerarquía que lo obedece y con todos los fieles tibios en su vida espiritual, que no les interesa -para nada- la verdad de lo que está sucediendo en la Iglesia.

La verdad es que el hombre sin ley –el hombre inicuo- está sentado en la Silla de Pedro. Y cuando falta la ley eterna, se hace ley el pecado. Se obliga a pecar a todo el mundo.

Cuando no se juzga ni al pecador ni al pecado, entonces se condena a todo el mundo por su pensamiento.

El que no juzga impone a los demás su idea humana. Es un tirano, un dictador de mentiras. Saca de su propia mente humana el concepto del bien y del mal. Y, con ese concepto, se hace juez de todo el mundo: se pone por encima de toda verdad, tanto divina como humana.

Jesús no fue juzgado, sino condenado en un falso juicio. Hicieron un juicio no para resolver una situación, sino para buscar una razón que condenara a un hombre.

Esto es lo que ha hecho Bergoglio con el Sínodo: allí no se van a resolver los problemas de la familia. Allí se va a buscar una razón para condenar a toda la Iglesia Católica, a todos los católicos que siguen la verdad del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, a todas las familias que cumplen con la ley de Dios.

Quien no juzga, condena por imposición de su mismo pensamiento humano. Es el imperativo categórico-moral que está en toda la Jerarquía que gobierna en la Iglesia. Es lo que tienen en sus mentes y que, aunque sea una herejía, un error, lo tienen que poner en ley, en práctica, en una obra. Es una necesidad absoluta para ellos. No pueden escapar de esta necesidad porque son incapaces de cumplir con la ley eterna de Dios. Sólo cumplen con sus leyes, con sus pensamientos humanos hechos ley en ellos mismos. Son esclavos de sus mentes humanas.

«Y me viene a la mente decir algo que puede ser una insensatez, o quizás una herejía, no sé» (Web vaticana)

Me viene a la mente: imperativo moral. Esclavitud al pecado de soberbia.

No juzgo –antes de hablar- si ese pensamiento es bueno o malo. No sé si lo que voy a decir es una insensatez o una herejía. Y, a pesar de que tengo duda, lo digo. Y no importa que sea una insensatez o una herejía. Eso no interesa. No me interesa si lo que voy a decir es una verdad o una mentira; una locura o un error.

Lo que me importa, lo que me interesa es lo que voy a decir: atiendan a mis palabras. Céntrense en mis palabras, en mi lenguaje, en mi pensamiento. Y sigan lo que yo digo porque yo lo digo.

Me viene a la mente: es un imperativo categórico-moral. No lo puedo callar. No puedo pararme a pensar si lo que voy a decir está bien o está mal. Tengo que decir lo que me viene a la mente, aunque sea una locura, aunque sea una herejía. Es una necesidad; es una esclavitud en mi mente. Tengo que decirlo y a todo el mundo. Que todo el mundo lo oiga: lo digo yo, y eso basta para agachar la cabeza y aceptar mi palabra porque es mi palabra.

¡Esta es la audacia, la osadía, el atrevimiento de un hombre que habla sin fundamento: no sabe lo que habla! Habla con la duda. Habla sin certeza. Habla una locura. ¡Habla una herejía! ¡Y la quiere hablar! ¡Quiere escandalizar a todos! ¡Quiere enseñar la herejía a todos!

Bergoglio se declara –él mismo- hereje: «…algo que puede ser… una herejía».

«Aborrece mi alma tres suertes de gentes, cuya vida me da en rostro: pobre soberbio, rico embustero y anciano adúltero y necio» (Ecle 25, 3-4).

Bergoglio: anciano adúltero de la Palabra de Dios y necio en el conocimiento de Dios. Ha llegado a su vejez y no ha acumulado sabiduría divina en su alma. No sabe lo que es al amor de Dios. No sabe amar a los hombres. Sólo sabe perseguir su necedad de vida.

¡Bergoglio es un hombre excesivamente imprudente en el hablar, temerario, que arrastra al peligro, que conduce a las almas hacia la perdición eterna con su diaria verborrea barata y blasfema! ¡Y no le pesa en su conciencia hacer esto! ¡Duerme a pierna suelta después de mostrar a las almas -cada día- el camino para irse al infierno!

¡La desfachatez con que habla, la burla que Bergoglio hace de todos los católicos por medio de sus nefastas palabras!

El gobierno de este loco es para los católicos idiotizados. Esos católicos –falsos en su fe, tibios en su vida espiritual, caducos en la vida de la gracia- que no saben llamar a un hereje por su nombre. No saben enfrentarse a los hombres, a sus mentes, a sus obras dentro de la Iglesia.

Hay que ser idiota para tener a Bergoglio como papa.

Hay que ser idiota para obedecer la mente de Bergoglio, que es la mente de un orgulloso, de uno que habla sin autoridad. Él mismo se pone por encima de la Autoridad divina para decir su mente a los hombres. Decir una locura y una herejía, y que todo el mundo aplauda ese dicho, esté atento a esa idiotez.

Bergoglio, no sólo es un hereje manifiesto: sus herejías son claras, patentes, todos las pueden leer. Sino que es un hereje pertinaz: este hombre está anclado en su forma de pensar, en su manera de ver la vida, y la impone a los demás. Vive constantemente para comunicar a todos, para publicar -por todos los medios- su falso y perverso pensamiento.

Este hombre se desvive dando entrevistas a todo el mundo. Le gusta salir en la televisión para expresar su maldito pensamiento. Le gusta echarse flores, constantemente, para que lo tengan como humilde, como pobre, como santo, como justo en sus palabras y en sus obras.

¡Qué vergüenza es -para toda la Iglesia- este sujeto!

¡No sabemos cómo a los Cardenales, a los Obispos, a los sacerdotes, no se les cae la cara de vergüenza cuando habla este personaje!

¡No entendemos cómo no saltan de indignación, cómo no les hierve la sangre viendo cómo este personaje está destruyendo la Iglesia, y cómo lleva almas al infierno!

¡Han dejado de creer en su sacerdocio!

El sacerdocio es para salvar almas de las garras del demonio. Y ellos están dando almas a Satanás en la persona de Bergoglio.

La Jerarquía que obedece a un hereje como su papa es enemiga de Cristo y de la Iglesia. Son enemigos, a los cuales no se les puede obedecer, seguir, escuchar en la Iglesia. Ningún fiel puede obedecer a la Jerarquía que se somete a un hereje como su papa.

Bergoglio no tiene autoridad ni para decir ni para hacer porque no es vicario de Jesucristo. No es Papa. No tiene Autoridad Divina en la Iglesia. El Espíritu Santo no puede elegir a un hereje como Papa de la Iglesia.

Si Bergoglio está sentado en la Silla de Pedro, no es por el Espíritu Santo, sino por los hombres, que lo han elegido para una obra satánica en la Iglesia.

¡Qué pocos se atreven a decir esto! ¡Obra de Satanás es el gobierno de Bergoglio!

¡Cuántos están en lo políticamente correcto! Y, por eso, no han atacado a Bergoglio y no son capaces de hacerle renunciar.

Para obrar el derecho canónico es necesario primero atacar al hereje, enfrentarse cara  a cara con el hereje. Y ningún Obispo ha dicho esta boca es mía. Todos sometidos a la mente de ese hereje. Todos culpables de herejía, como Bergoglio. Porque quien obedece a un hereje, sigue necesariamente su pensamiento herético: acaba perdiendo la fe.

Es lo que se ve en todas las parroquias: sacerdotes y fieles dando culto a los hombres. Abajándose a la doctrina protestante, comunista y masónica de ese hereje. Todos han perdido el norte de la verdad. Están dejando a Cristo por un plato de lentejas. Prefieren seguir comiendo y teniendo un trabajo que hablar con la verdad en la boca.

No hay justicia sin verdad: las obras de todos los sacerdotes y fieles que tienen a Bergoglio como su papa son injustas, son una clara rebeldía a la Voluntad de Dios.

Sólo en la verdad se hace una obra justa. En la mentira, todo es una injusticia.

«Quien declara la verdad, descubre la justicia; el testigo mentiroso, la falsedad» (Prov 12, 17).

Bergoglio siempre está hablando la duda, el error, la mentira, la oscuridad. Habla y no sabe lo que habla: «Quien habla sin tino hiere como espada» (Prov 12, 18a). Las palabras de Bergoglio hacen daño a toda la Iglesia, a todas las almas. Enferman más a las almas, porque sólo «la lengua de los sabios, cura» (ib, 18b).

Todo lo que se está levantando en la Iglesia con Bergoglio es una injusticia. Todas las parroquias están llenas de obras injustas, obras sin verdad, obras sin fe. Es el inicio de la gran apostasía de la fe. Todos se alejan de la justicia de Dios porque se creen justos en sus mentiras, en sus falsedades, en sus errores. Justos porque tienen a Bergoglio como su papa.

Todos viven en el camino de la condenación eterna porque se han justificado a sí mismos con sus pensamientos humanos.

Condenarse es llamar a Bergoglio como papa, es tenerlo como papa, es obedecerlo como papa.

Muchos dicen: como los Obispos lo mantienen en el Papado, a pesar de sus herejías, como no han aplicado el derecho canónico, entonces hay que tener a Bergoglio como papa. Esto es pecar, hacer pecar y vivir en el pecado. Mantenerse en este pecado. No arrepentirse de este pecado porque no se ve como pecado.

El silencio culpable de los Obispos hace que los fieles obren un imperativo moral: hay que tener a Bergoglio como papa de la Iglesia Católica. Cuando la ley de Dios dice lo contrario: Bergoglio no es papa porque es hereje.

La Iglesia: ¿es el cumplimiento de una ley canónica o el de una ley divina? Si nadie cumple con la ley canónica eso no quiere decir que no estén sujetos a la ley divina, que no haya que cumplir con la ley divina. Todos pecan por ponerse por encima de la ley divina al no cumplir con la ley canónica. Todos pecan por cumplir con la palabra oficial en la Iglesia, palabra de hombre que no puede salvar ni santificar; que no puede justificar el mal en el gobierno de la Iglesia.

Ese silencio culpable condena a muchas almas al infierno. Un silencio culpable que obra el pecado en muchas almas, que hace pecar, que justifica a un hereje en la Iglesia.

¿Para qué son Obispos de la Iglesia? Para hacer pecar a los demás.

¡Han dejado de creer en su sacerdocio!

Mayor pecado que el de Adán es lo que se ve en toda la Jerarquía actual de la Iglesia.

La misión de Adán era sembrar su semilla para formar la humanidad que Dios quería.

La misión de todo sacerdote es sembrar la Palabra de Dios en las almas para que se puedan salvar y santificar.

Adán rehusó a esa misión y engendró una humanidad para el demonio. Pero esa humanidad todavía podía salvarse por la gracia.

Los sacerdotes y Obispos rehúsan a su misión y hacen que las almas ya no puedan salvarse por la gracia. Hacen hombres sin capacidad de salvar su alma. Porque les presentan, siembran en sus almas la palabra de la condenación. Les dan falsos sacramentos. Levantan para esas almas una iglesia maldita en sus orígenes.

Toda esa Jerarquía que obedece a un hereje está creando el cisma dentro de la Iglesia Católica. Y van a perseguir y excomulgar a todos los verdaderos católicos que no pueden obedecer a un hereje como papa.

Del gobierno de Bergoglio va a salir una monstruosidad: una iglesia modernista dirigida por un falso papa, que es el falso profeta que combatirá a la iglesia remanente, que defiende la tradición y el magisterio. Iglesia que será clandestina y perseguida.

El fruto del gobierno de Bergoglio: el gran cisma en el interior de la Iglesia.

«Yo os traje a la tierra fértil…»: a la Iglesia Católica;

«…para que comierais sus ricos frutos. Y en cuanto en Ella entrasteis contaminasteis Mi Tierra e hicisteis abominable Mi Heredad»: pocos entienden que ha sido la misma Jerarquía la que ha obrado esta abominación que vemos en el Vaticano. Ellos han hecho abominable la Iglesia en Pedro. Lo han contaminado todo. La han destrozado. La Iglesia Católica está en ruinas.

«Tampoco los sacerdotes se preguntaron: ¿Dónde está el Señor?»: ¿está Cristo en Bergoglio? ¿Tiene Bergoglio el Espíritu de Pedro? ¿El Espíritu Santo puede poner a un hereje como Papa?

La Jerarquía de la Iglesia vive sin Dios dentro de Ella: vive sin buscar la Voluntad de Dios. No les interesa ser Santos en la Iglesia. Sólo quieren que los demás los alaben y los tomen por santos y por justos en sus decisiones.

«Siendo ellos los maestros de la Ley, Me desconocieron, y los que eran pastores Me fueron infieles» (Jer 2, 7-8).

Dios les ha dado la vocación a muchos sacerdotes y Obispos, los ha traído a la Iglesia Católica, y ellos están levantando una nueva iglesia porque desconocen la riqueza espiritual de su sacerdocio. Son infieles a la gracia que han recibido en sus sacerdocios. Son sólo fieles a las mentes de los hombres, al lenguaje que todos ellos emplean para mostrar al mundo su gran soberbia y su orgullo demoledor.

Es tiempo de persecución. Cuando no se hace caso al clamor de la verdad, se persigue al que la clama para que no moleste en la obra de abominación que se ha levantado en Roma. Necesitan una iglesia en la que todos estén de acuerdo en la maldad. Los que no quieran esa maldad, tienen que desaparecer del mapa. Ya lo están haciendo a escondidas, ocultamente, sin que nadie se entere. Pero viene el tiempo de hacerlo público, porque esa maldita iglesia de los modernistas tiene que ser visible para todos, universal, mundial, tiene que apoyar el nuevo orden mundial.

No hay paz sin justicia: sólo la guerra, las persecuciones se suceden por la obra de la injusticia de la falsa iglesia en Roma. La infidelidad a la gracia trae consigo la pérdida de la paz, tanto en el mundo como en la Iglesia.

La falsa misericordia

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«El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor» (1 Jn 4, 8).

Dios es Amor: así es como se define el Misterio de la Santísima Trinidad.

Las Tres Personas Divinas distintas en una sola Esencia son sólo una cosa: Amor. Amor Divino. No el amor que el hombre entiende con su razón o el que siente con sus sentimientos. Tanto el Padre, como el Hijo, como el Espíritu Santo es Amor.

Dios no es ni Justicia, ni Misericordia, ni Fidelidad, ni ningún otro Atributo Divino.

Dios es muy simple: Amor.

¿Cómo define Bergoglio a Dios?

«Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad» (Bula).

Para este falsario de la Palabra de Dios, conocer la Santísima Trinidad es conocer una palabra: misericordia. Todo está en esa palabra. Ni siquiera es capaz de nombrar la Misericordia como un atributo o una perfección divina. La misericordia, para este hombre, es sólo un concepto humano, un lenguaje humano, bello, atractivo, pero no una realidad divina. No es un atributo divino.

Dios se revela al hombre como Amor:

«El Amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que Dios envió al mundo a Su Hijo Unigénito para que nosotros vivamos por Él» (1 Jn 4, 9).

El Padre envía a Su Hijo para que el hombre viva por Su Hijo. Lo que revela el misterio de la Santísima Trinidad es el Amor de Dios, no la palabra misericordia.

El Padre envía Su Palabra, que es Su Hijo. Y en la Palabra del Hijo está la Vida que todo hombre tiene que vivir:

«En Él era la Vida y la Vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4).

Esa Vida Divina, que es la Gracia, que Cristo ha merecido a todo hombre, está en Cristo. Y sólo en Cristo. No está en el hombre. No es un invento del hombre.

Esa Vida Divina es conocimiento divino para el hombre. Un conocimiento que es una obra. No es sólo unas ideas sobre Dios. Es una obra divina que el hombre tiene que realizar para ser de Dios, para ser llamado hijo de Dios, para merecer el cielo, para salir de su vida de pecado.

Muchos hablan de la Misericordia y no saben de lo que están hablando.

Bergoglio es uno de ellos:

«Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Bula).

No sabe, este hombre, lo que está diciendo en esta frase.

«La palabra misericordia significa, efectivamente, tener el corazón compasivo por la miseria del otro» (Sto. Tomas, II-IIa q.30 a.1).

La Misericordia hace referencia a la miseria. El Amor hace referencia a la Vida.

El Amor es Vida. Amar es dar la Vida.

Amar no es compadecerse del otro. No es llorar por los problemas de los hombres, como lo hace Bergoglio: «Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio». Por más que el hombre grite ante el mundo sus miserias, no hay que hacer caso. Porque amar al otro no es sentirse provocado a escuchar su grito de auxilio. Amar al otro es darle una Voluntad Divina. Y esto es lo que más duele al hombre, porque hay que sujetarse a una Ley que viene de Dios.

Tener Misericordia no es dar la Vida, es sólo tener compasión de la miseria del otro.

Dar un pedazo de pan al hambriento no es darle una vida divina, no es enseñarle el camino del cielo. Es sólo eso: tener compasión de su hambre, de su miseria física. Si el hombre sólo se dedica a dar de comer al hambriento, entonces nunca va a amar verdaderamente al que vive en su miseria.

Es necesario saber discernir el amor de la misericordia. Cuando se ama se da una misericordia al otro; pero cuando se hace una misericordia, no siempre se ama.

Dios, cuando viene a nuestro encuentro, no viene para tener compasión de nosotros, sino para darnos Su Vida Divina. Ese es su acto último y supremo:

«En eso está el Amor de Dios, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y envió a Su Hijo, víctima expiatoria de nuestros pecados» (1 Juan 4, 10).

Dios ama primero al hombre: lo crea por un acto de Su Voluntad, por un acto de Amor. Dios crea al hombre no por el hombre. Dios no está obligado a crear al hombre. Si lo crea es porque Él Se ama a Sí mismo y obra conforme a Su Voluntad.

Dios pone al hombre en el mundo sólo por Su Amor, pero éste peca.

Dios, al ser fiel a Su Voluntad, al ser Su Voluntad una Verdad inmutable, que no se puede cambiar, al ser Su Voluntad libre en todo lo que obra, al ser Su Voluntad justa, entonces viendo al hombre en el pecado, muestra Su Misericordia.

Dios ha creado todo por un acto de Su Voluntad: «la Voluntad Divina es la única regla de su acto, ya que no está ordenada a un fin más elevado» (Sto. Tomás, q.63 a.1). Dios no se sujeta a nada ni a nadie cuando obra. Dios no obra porque el hombre sea miserable, o porque tenga problemas en su vida, o porque viva en sus pecados.

La Voluntad de Dios es Amor. Dios obra por Su Amor. El Amor de Dios es la única virtud que tiene Dios formalmente

Las perfecciones de esa Voluntad Divina son cinco cosas: veracidad, fidelidad, liberalidad, justicia y misericordia (Sto. Tomás, q.21)

Dios, cuando obra Su Amor, obra la verdad, obra la fidelidad, es libre en todo su actuar, da a cada uno su derecho y se compadece de la miseria del otro.

Cuando se habla del Amor de Dios se habla de muchas cosas, no sólo de Su Misericordia.

Dios, viendo al hombre en el pecado, siente compasión de la miseria espiritual y física del hombre. Y envía a Su Hijo para poner un camino al hombre que le haga salir de su miseria.

Ese Camino, que es Cristo mismo, enseña a todo hombre a salir de su pecado, que es lo único que impide al hombre obrar el Amor de Dios.

Muchos, en la actualidad, están cometiendo el pecado de presunción: ese pecado lleva al hombre «al extremo de pensar que puede alcanzar la gloria sin méritos y el perdón sin arrepentimiento» ((Sto. Tomas, II-IIa q.14 a.2).

Ésta es la enseñanza de Bergoglio. Para este hombre, no hay que convertir a nadie: que todos sigan en sus pecados, en sus obras y vidas de pecado. Sólo hay que remediar los problemas sociales, económicos, culturales, etc… de la gente. Todos quieren ir al cielo sin merecerlo: sin luchar contra el pecado, sin arrepentirse de sus pecados.

En este pecado de presunción, que es un desprecio a la Misericordia Divina y a Su Justicia, caen muchos y ya no esperan la salvación, sino que buscan en sus propias fuerzas, creen sólo en su capacidad personal para salvarse.

Sin penitencia no se puede obtener el perdón de los pecados. Sin obras de merecimiento no se puede alcanzar la gloria del cielo.

No se puede hablar de la misericordia sin hablar de la justicia, de la verdad, de la libertad, que es lo que hace este falsario:

«Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida» (Bula). En estas palabras, anula la ley de Dios en el corazón, para poner su falsa misericordia.

La ley fundamental que habita en el corazón de todo hombre es la ley Eterna de Dios, que son cuatro cosas: ley natural, ley divina, ley de la gracia y ley del Espíritu. Esta Ley Eterna es el Amor de Dios en el corazón del hombre. El hombre tiene que sujetarse, tiene que cumplir esta Ley para poder amar como ama Dios al hombre.

Bergoglio dice: mira con ojos a tu hermano que sufre, que está en tu vida. No señala el pecado del otro. No enseña a amar al otro en la Ley de Dios, en una verdad inmutable, en la libertad de elección. Enseña sólo a mirarle con compasión, con ternura. Y así se inventa su falsa misericordia.

El hombre es libre para pecar: si vive en su pecado y no quiere arrepentirse de su pecado, Dios no puede tener misericordia de Él. Dios no remedia ni siquiera las miserias físicas de los hombres cuando han decidido vivir en sus pecados. Es el demonio el que da al pecador una vida de felicidad, material, en este mundo, porque es lo que el hombre desea. Muchos venden su alma al demonio. ¿Cómo Dios va a tener Misericordia de estas almas? No puede. Les mostrará Su Justicia: les dará a cada uno de ellos su derecho. Los castigará en su justicia. Y si esos castigos no provocan en sus almas el arrepentimiento, entonces Dios los tendrá que condenar en Su Amor.

Esto es lo difícil de comprender para el hombre.

Dios ha amado al hombre desde el comienzo: lo ha creado por Amor. Y por Amor lo sigue sosteniendo en su ser. Y, a pesar del pecado del hombre, lo sigue amando. Pero ese amor no significa sólo misericordia, sino también justicia, verdad, libertad, fidelidad.

Dios es fiel a su obra en el hombre. Y, por eso, aunque el hombre haya elegido vivir en sus pecados, vivirá para siempre en el infierno con sus pecados, porque Dios es fiel a Su Amor. Dios no puede aniquilar al hombre que ha creado por Amor. Es fiel a Su Obra. Pero da al hombre, que ha creado, -porque lo merece su pecado-, el infierno.

«Al castigar a los malos eres justo, pues lo merecen; al perdonarlos, eres justo, porque así es tu bondad» (San Anselmo – Proslog. C. 10; ML 158, 233).

Así es el Amor de Dios: justicia y misericordia; veraz y fiel; libre para salvar y libre para condenar.

Nunca, en el Amor de Dios, hay que olvidarse de cinco atributos divinos para poder comprender este Amor: veracidad, fidelidad, liberalidad, justicia y misericordia.

La Misericordia de Dios se atribuye a Dios no como una pasión: Dios no llora por el hombre. Dios no siente lástima de ningún hombre. Dios no se turba, no se entristece porque el hombre tenga problemas en su vida. La miseria del hombre no es la miseria de Dios. Dios, cuando aplica Su Misericordia con el hombre, no destierra la miseria ajena porque sienta lástima de ese hombre o porque haga suya esa miseria.

Bergoglio dice una clara herejía:

«Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón» (Bula).

Es un amor visceral: pone en Dios una pasión que no tiene. Manifiesta herejía. La miseria del hombre no es la miseria de Dios. Si Dios se compadece, no lo hace como se compadece el hombre de sus semejantes. Dios no obra una compasión humana por un bien humano.

Dios hace Misericordia por una Bondad Divina: el origen de la Misericordia es la Bondad de Dios, es su Amor Divino. Y el amor de Dios es una ley en Dios. Dios es Ley para Sí mismo. El amor de Dios no es el mal del hombre, no es la compasión de su miseria, no es sentir ternura hacia el hombre. Dios, cuando se compadece del hombre, lo hace movido sólo por Su Bondad Divina, por Su Amor Divino.

Cuando Dios muestra Su Misericordia, está mostrando Su Amor, que es al mismo tiempo, veraz, fiel, justo, liberal y misericordioso. Dios remedia la miseria física del hombre, pero también la espiritual. Es decir, Dios da una justicia al hombre, pone una verdad en el hombre, exige del hombre una elección, una sumisión a Su Voluntad Divina.

La Misericordia de Dios no anula Su Justicia, sino que es la plenitud de Su Justicia:

«La misericordia hace sublime el juicio» (Sant 2, 13).

Bergoglio sólo presenta una misericordia sin estos cinco atributos. Es su falsa misericordia.

«Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción» (Bula): el atributo de la misericordia no se pone por encima de la justicia, no prevalece por encima del castigo. Esa Misericordia es, al mismo tiempo, una Justicia en Dios. Y sólo así, Dios es fiel a su obra, es veraz con su obra y muestra su poder al hombre.

Bergoglio anula la Justicia y tuerce la Sagrada Escritura. Y presenta un Jesús sin Justicia, portador de una justicia falsa, humana, carnal:

«Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión» (Bula).

Nada en Jesús es falto de compasión. Todo en él habla de misericordia. Sus signos son sobre todo para las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes. El gran fallo de Bergoglio, como el de muchos teólogos es no saber discernir entre amor y misericordia. Y el de poner la liberación de Dios en la miseria del hombre. Dios libera las miserias humanas, pero no las espirituales. Es su claro comunismo. Es su lucha de clases. Es la idea masónica de hacer una iglesia y un gobierno que sean ejemplares para la humanidad: con hombres dignos de portar la idea de ser dioses ante los demás. Hombres que viven en sus pecados, que tienen la maldad como el norte de sus vidas y que sean reconocidos por todos como buenos, justos y santos. Es el pecado de presunción que Bergoglio está enseñando en todo su magisterio en la Iglesia. Y que es claro en su bula, y será muy claro en todo ese año de gran condenación para todos los que le obedezcan.

Dios es Amor, no Misericordia. Dios es Voluntad Divina. Y aquel que niegue un atributo divino para hacer prevalecer sólo la Misericordia, está negando a Dios y su Voluntad.

No hay que tener miedo de predicar: Dios castiga porque es Amor. Se está diciendo una verdad inmutable: el Amor de Dios es Justicia y Misericordia. Si Dios permite tantos males, tantos pecados de los hombres, es sólo para obtener un bien divino: para obtener la penitencia del pecador o para castigar o condenar al que peca. Y ambas cosas son sólo por Amor, porque Dios es, sencillamente, Amor.

«Concédenos, Señor, el comprender con todos los santos, cuál es la longitud, la latitud y la sublimidad y la profundidad de tu divinidad: concédeme que, apartándome totalmente de mí mismo en el pensamiento y en el deseo, me sumerja en este océano de tu divinidad y me pierda en él a mí y a todo lo creado, sin ocuparme, ni sentir, ni amar ni desear ni ninguna otra cosa y sin anhelar nada más, sino que descanse únicamente en Ti y que posea y disfrute plenamente de todo bien sólo en Ti. Pues así como tu esencia es infinita e inmensa, del mismo modo todo bien que hay en Ti es igualmente infinito e inmenso. ¿Quién es tan avaro que no se dé por satisfecho con el bien infinito e inmenso? Por consiguiente no buscaré ni desearé nada fuera de Ti, sino que tú serás para mí a manera de todas las cosas y por encima de todas las cosas el Dios de mí corazón y de mi heredad, Dios para siempre (Lessio, Sobre las perfecciones divinas, 12 c.4).

«Me resulten viles y despreciables a mí todas las cosas transitorias a causa de Ti, y me sean queridas todas tus cosas, y Tú, Dios mío, más que todas ellas. Pues ¿qué son todas las otras cosas en comparación de la excelencia de tus bienes?. Son humo, son sombra y vanidad todas las riquezas y delicias y toda la honra de este mundo, las cuales subyugan miserablemente los ojos de los mortales, no permitiéndoles conocer ni ver a fondo los bienes verdaderos, los cuales están en Ti.

«Así pues, no amaré ni estimaré nada de las cosas de este mundo, sino que te amaré y te estimaré solamente a Ti y a tus bienes, los cuales están ocultos en Ti, bienes que en realidad consisten en Ti mismo, y bienes de los cuales gozarán eternamente aquellos que, habiendo despreciado las cosas caducas de la tierra, se hayan unido estrechamente a Ti. Te amaré sobre todas las cosas y te serviré siempre: porque eres infinitamente mejor que todos los seres y digno de que todas las criaturas por toda la eternidad te ofrezcan y consagren todo su amor, todo su afecto, todas sus bendiciones, toda su gratitud, todas sus manifestaciones de alabanza, todos sus actos de servicio, amén.» (Lessio, la obra anteriormente citada, 1. 1 c.7).

Busquen las cosas de allá arriba; no busquen el magisterio de Bergoglio para ser de la Iglesia. Con Bergoglio, la Iglesia sólo está en el desierto de cada corazón, que permanece fiel a la Palabra de Dios. Mientras un hereje permanezca en el gobierno cismático, anclado en el Vaticano, las almas sólo tienen que vivir mirando a Cristo, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia. Desprecien a Bergoglio, y a toda su compañía, y serán de la Verdad, serán de la Iglesia, serán hijos de Dios. Amen a Bergoglio y serán pasto del fuego del infierno. Los tiempos se han cumplido. Y viene el tiempo de la abominación. Hay que huir de Roma. Ya no interesa lo que haga o no haga Roma. Sólo interesa lo que Dios tiene preparado para Su Iglesia. Y esto es algo que no es de este mundo.

Tres caminos de maldad abiertos en Roma

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«Más les hubiera no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás» (2 Pe 2, 21).

La regla de la fe no es el conocimiento humano, sino la verdad divina.

La Iglesia no se hace históricamente, según vaya evolucionando la mente de los hombres. No existe la verdad gradual. Sólo existe la verdad objetiva.

Muchos están en la Iglesia y no son Iglesia, no la hacen, no la construyen, no ponen los cimientos de la verdad sobre el único fundamento, que es Jesucristo.

Están en la Iglesia y son detestables. Han conocido la verdad, el camino de la justicia, pero se han vuelto atrás. Han mirado a los hombres, a lo que ellos piensan, a como ellos obran, a lo que hablan en sus lenguajes, que son claramente soberbios y orgullosos.

¡Cuántos luchan contra la fe recibida!

¡Cuántos rechazan el Evangelio corrompiéndolo, interpretándolo a su manera!

¡Cuántos resisten a la fe!

«No es en manera alguna igual la situación de aquellos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica y la de aquellos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa; porque los que han recibido la fe bajo el magisterio de la Iglesia no pueden tener causa justa de cambiar o poner en duda esa misma fe» (C. Vaticano I – DS 3014).

No hay causa justa para llamar a Bergoglio como Papa. No se puede. No es una opinión teológica.

Como no hay una causa justa para que los malcasados puedan comulgar o que los homosexuales puedan casarse o que las mujeres accedan al gobierno de la Iglesia. Nadie puede poner en duda o cambiar la fe divina.

La fe católica enseña que un hombre hereje no puede ser Papa. Esta es una verdad objetiva: revelada y dogmática. Está en la sagrada Escritura, transmitida por toda la Tradición y enseñada en el magisterio de la Iglesia.

Por tanto, el que cree tiene que refutar los errores, tiene que enfrentarse a todos los hombres, a todos aquellos que quieren presentar a un hombre hereje como Papa legítimo y verdadero.

Muchos disputan dudando de la fe. Y cometen un gran pecado, porque quieren enseñar sus errores como verdaderos. Quieren probar una mentira: Bergoglio es el papa reinante. Hay que obedecerlo, hay que someterse a él. Hay que seguirlo en todas las cosas.

«Como la palabra imprudente arrastra al error, el silencio indiscreto deja en el error a aquellos que podían haber sido instruidos» (San Gregorio – II Pastor – C. 4; ML 77, 30).

No se puede callar la verdad divina: Bergoglio no es Papa. Ni tampoco es el Obispo de Roma.

Callar esto es dejar en el error a muchos: es condenar almas dentro de la Iglesia.

¡Bergoglio no es Papa!

Esta es una verdad divina, no humana. Es una verdad que está en la Mente de Dios, que no ha nacido de la mente del hombre. Pero nadie, en la Iglesia, quiere esta verdad divina, porque no creen. No tienen fe divina. Tienen su fe humana, científica, histórica, natural, filosófica, teológica, etc…

¡Bergoglio no es Papa!

¿Por qué? Porque es un hereje manifiesto. Es decir, un hombre que no pertenece a la Iglesia católica.

Bergoglio no es sólo un pecador, sino que también es un hereje.

Papas pecadores han habido muchos en la Iglesia, pero ninguno hereje.

Papas pecadores, que están en el infierno, los hay. Pero ninguno de ellos está en el infierno por su herejía, sino por su pecado.

Bergoglio es hereje: no puede ser Papa nunca. Porque no pertenece a la Iglesia Católica.

¡Esta es la verdad objetiva que nadie sigue!

Pedro es una verdad objetiva en la Iglesia. Es un dogma. Nadie puede tocar a Pedro. Nadie puede poner en duda lo que es Pedro ni cambiar su forma de gobierno en la Iglesia.

¡Nadie!

Bergoglio lo ha hecho: ha tocado a Pedro. Ha cambiado su gobierno vertical en la Iglesia. Es decir, ha cometido su pecado de herejía, que es siempre un pecado de infidelidad a la gracia recibida.

Y lo obra porque no pertenece a la Iglesia.

Nadie que pertenezca a la Iglesia obra una herejía. Es imposible. En la Iglesia se puede pecar mucho, pero no se es hereje. Quien está fuera de la Iglesia es por su pecado de herejía. Sólo se puede pecar de herejía fuera de la Iglesia, no dentro.

Quien obra una herejía destruye la verdad, la Iglesia. Nunca la edifica.

Bergoglio está destruyendo el Papado: a Pedro y su gobierno vertical.

¿Cómo es que los católicos no pueden ver esta verdad?

¿Un hereje puede proclamar santos en la Iglesia? No; nunca.

Entonces, ¿por qué llaman muchos católicos a Juan Pablo II como santo? Juan Pablo II es sólo beato. Fue proclamado beato por el Papa legítimo Benedicto XVI.

¿Por qué lo llamáis santo, si es sólo beato?

Bergoglio no es Papa, porque es hereje. Luego, no puede proclamar santos en la Iglesia. NO PUEDE. Consecuencia: Juan Pablo II es beato, no santo.

Pero, como esta cuestión – para muchos que se  dicen católicos- es sólo algo opinable, no es una verdad objetiva, entonces cada cual hace y dice lo que le da la gana en la Iglesia.

¡Toda alma, en la Iglesia, está capacitada para discernir si el hombre que se sienta en la Silla de Pedro es Papa o no es Papa!

Porque Pedro no es una verdad de los hombres, de la historia de la Iglesia, de las circunstancias que vive la Iglesia. Pedro no es una opinión de los hombres. Es una verdad dogmática, objetiva, revelada.

La fe es para el individuo, no para la masa de la gente.

El protestantismo niega esta individualidad de la fe. Bergoglio la niega. Lean en su lumen fidei. Pero muchos, leyendo la herejía, lo siguen llamando Papa u Obispo de Roma.

En la Iglesia se entra por la fe. Y se sale de Ella por la herejía.

En la Iglesia no se fuerza a creer a nadie, pero sí se fuerza a no poner obstáculos a la fe de Cristo.

¡Hay que promover la guerra contra los herejes! Eso es ser Iglesia. Eso es hacer la Iglesia.

El hereje ataca la Iglesia. Ataca la fe en Cristo del Rebaño. Uno no puede estar con los brazos cruzados, como hay muchos católicos.

¡Cuántos, que se llaman tradicionalistas, tienen a Bergoglio como Papa!

¿Qué tradición están siguiendo?

¿Cuál es su Fe en Cristo?

¿Qué es, para ellos, un Papa en la Iglesia? ¿Una opinión teológica, histórica? ¿Una fuerza de la costumbre? ¿Una rutina más que hay que aceptar para estar en la Iglesia?

¡Cuántos sede-vacantistas anulan la Iglesia calumniando a los Papas! ¡Y defienden la tradición y el magisterio de la Iglesia! ¡Pero no son Iglesia! ¡Ni pueden serlo!

Jesús levanta Su Iglesia en Pedro. Y sólo en Pedro. Y nadie puede cambiar esta verdad revelada y dogmática porque no le guste el lenguaje de un Concilio o de un Papa.

Es lo que hacen muchos con todos los Papas después del Concilio Vaticano II.

Es lo que hacen muchos teniendo a Bergoglio como Papa.

Y quien toca una verdad revelada, ya está metido en la herejía. Ya se sale fuera de la Iglesia.

«…el terror de las leyes fue tan provechoso que muchos han llegado a decir: gracias al Señor, que rompió nuestros lazos» (San Agustín – Ad Vincent – Epis. 93, c5; ML 33, 239).

Ya no se excomulga a nadie. Ya no se saca –aplicando las leyes- fuera de la Iglesia a nadie. Y, por eso, vemos lo que vemos: herejes gobernando la Iglesia.

La excomunión rompe el pecado de herejía. Rompe lazos con el demonio. El castigo es lo que salva a las almas.

San Pablo, para creer, primero fue castigado por el Señor:

«Donde resuene el griterío acostumbrado de quienes dice: es libre creer o no creer, ¿a quién hizo Cristo violencia?, reconozcan esos tales que a San Pablo Cristo le obligó primero y después le enseñó» (San Agustín – Ad Bonifacium – Epis. 185 c6; ML 33, 803).

¿Es libre creer o no creer que Bergoglio no es Papa? No; no es libre.

Es un pecado contra la fe argumentar que Bergoglio es Papa. Un gran pecado. Es otro pecado, contra la fe, llamar a Bergoglio Papa. Y es otro pecado, contra la fe, decir que Bergoglio obra como Papa en la Iglesia.

Son tres pecados diferentes, que hacen tres caminos de maldad en la Iglesia.

Quien pone a Bergoglio como Papa, pide la obediencia a un hereje. Está pidiendo una blasfemia contra el Espíritu Santo. Nadie puede obedecer la mente de un hereje. En la Iglesia, toda alma tiene que obedecer la mente del Papa. TODA. Porque esa mente humana está asumida, de manera espiritual y mística, por Cristo. Es el Misterio de la Iglesia en Pedro. Aunque el Papa sea muy pecador, no hay manera que su mente se deslice fuera de la verdad, en la herejía. Y así, con el carisma de Pedro, pueda gobernar siempre la Iglesia en la verdad. Su pecado no impide el carisma, la unión de Cristo con Pedro.

Quien llama a Bergoglio como Papa, está usurpando el nombre de Dios en la Iglesia. No sólo es un pecado contra el segundo mandamiento, que prohíbe usar el Nombre de Dios en vano, sino que es un pecado mucho más grave: no se puede llamar a un hereje como el nombre de Papa. Porque el Papa es el Vicario de Cristo, actúa como Cristo, habla como Cristo, es otro Cristo. Quien ve al Papa, ve al mismo Cristo. Un hereje llamado Papa es un hombre que se hace pasar por Cristo, y no lo es en la realidad. Es un hombre que usurpa, que roba el nombre de Cristo. Y ese robo es un sacrilegio, una simonía y un escándalo para toda la Iglesia.

Quien dice que Bergoglio obra como Papa en la Iglesia está obligando a que las almas obren las mismas obras de ese hombre. Y eso es el pecado de odio. No sólo, en la Iglesia, hay una obediencia a la mente del Papa, sino a sus obras. Y esto es ir en contra de la misma caridad divina. La Iglesia es la obra del Espíritu, no es la obra de los hombres. Es una obra divina, que comienza en Su Cabeza, en el Papa, y que continúa en los demás, que imitan lo que obra el Papa. No se puede imitar las obras de un hereje sin caer en su herejía. No se puede pensar lo que piensa un hereje sin caer en el pecado de herejía. Ni el pensamiento ni la obra de un hereje pertenecen a la Iglesia, porque no son ni la Mente de Cristo ni Su Obra de Redención en su Iglesia. Son otra cosa. Sólo en la verdad se obra el amor; en la mentira, en la falsedad, en el error, en la duda, en la oscuridad, sólo se obra el odio, la maldad, la abominación.

Son tres pecados distintos, que producen tres caminos:

El camino de la herejía: obedeciendo la mente de un hereje.

El camino de la apostasía de la fe: obrando con la voluntad de un hereje.

El camino del cisma: viviendo fuera de la ley de Dios, como el hereje.

Tres cosas son las que se ven en el Vaticano. Tres maldades. Y cada una de ellas es un abismo de pecado; es decir, contienen muchos pecados diferentes.

El pecado de cisma: el gobierno horizontal. Un organismo exterior al Papado, contrario a la autoridad divina del Papa. Impuesto por la autoridad de los hombres. Que conduce a toda la Iglesia, a todo el Rebaño, fuera de la Iglesia. FUERA.

Bergoglio está levantando su nueva iglesia: quien esté en esa nueva estructura no pertenece a la Iglesia. No puede.

Por eso, es tan peligroso ver la cuestión Bergoglio como una opinión en la Iglesia. Eres libre de creer si Bergoglio es Papa o no es Papa. Libre para creer o no creer. En la Iglesia no se da esta libertad, porque Pedro es un dogma, una verdad objetiva. Por lo tanto, cada alma, en la Iglesia, sabe si Bergoglio es o no Papa. Cada alma lo CONOCE.

Pedro no es una verdad histórica: la Iglesia no se merece a Bergoglio como Papa. No es una verdad que venga de la historia de los últimos acontecimientos y que haya que aceptarla como inevitable.

La Iglesia sólo se merece el Papa que Cristo da. Y sólo a ese Papa. Por lo tanto, la Iglesia sólo se merece al Papa Benedicto XVI. Y a nadie más. Porque no hay nadie más. No existe el Papa emérito. Lo emérito está fuera del dogma del Papado. No se puede llamar a Benedicto XVI como Papa emérito. Es un pecado llamarlo así.

Benedicto XVI es el Papa de la Iglesia Católica: el legítimo, el verdadero. Punto y final. Benedicto XVI es el último verdadero Papa. El ULTIMO.

¡Esta es la verdad objetiva que nadie sigue! ¡NADIE!

Todos creen en el lenguaje humano: nos inventamos el nombre de emérito. ¡Qué nombre más bello, más bonito!

Nadie en la Iglesia es libre para creer o no creer.

Nadie en la Iglesia es libre para llamar a Bergoglio como Papa.

La verdad no es libre, sino que obra la libertad cuando es aceptada.

Nunca la verdad es libre. Por eso, la mente del hombre no es libre para pensar lo que quiera. Ha sido creada para la Verdad. Y sólo para la verdad. La voluntad del hombre es la que la puede sacar de esa verdad objetiva

Quien llama a Bergoglio como Papa está pecando. Ya es esclavo de su pecado.

Nadie, en la Iglesia, puede obligar a aceptar una verdad, pero sí todos pueden atacar a aquel que no la acepta.

No aceptar una verdad es destruir la Iglesia. Si eres Iglesia tienes que luchar contra aquellos que la destruyen. Lucha contra Bergoglio y sus matones para ser Iglesia.

No puedes conformarte diciendo lo de todos: Bergoglio es Papa; Juan Pablo II es santo, Benedicto XVI es el Papa emérito, etc..

Para implantar una idea en la Iglesia es necesario vivirla: eso es lo que produce el pecado de cisma. El cisma es siempre una obra fuera de la verdad, ejercida por un poder, avalada por un poder.

Es lo que los Cardenales han puesto en un Cónclave: la vida del cisma. Un hombre, con un poder humano, que está levantando un edifico que no es la Iglesia. Y la gente, -muy pronto-, se conforma con esas obras, con esa vida de ese personaje.

Bergoglio vive su vida de herejía. No sólo tiene la mente de un hereje; no sólo obra con la apostasía de la fe, llevando fuera de la fe a muchos con sus obras humanas, materiales, sociales; sino que vive su vida y otros la imitan sin ningún problema.

Bergoglio vive su humanismo. Y esto es lo que le encanta a muchos católicos: un Papa humano, que se ocupe de los marginados, de los machacados, de los que están en la periferia. Católicos que no ya no saben pensar su fe, sino sólo vivir imitando a los hombres, lo que ven en los otros.

La gente imita a Bergoglio: este es el pecado de cisma. ¿Con qué autoridad lo imitan? Con el poder humano de Bergoglio. Como Bergoglio es el Papa, entonces se puede hacer. Ya no interesa el argumento. No interesa si esa obra se puede o no se puede hacer.

Bergoglio ha bendecido hojas de coca, entonces los Obispos y los sacerdotes también pueden hacer esa clase de bendición. Es la vida lo que se imita siempre al principio.

Que Bergoglio dice que hay que dar de comer a los pobres, ocuparse de los enfermos, de los ancianos, etc… Pues eso es lo que hay que vivir en la Iglesia: la dictadura del proletariado. Si no haces eso, te echan del sacerdocio.

Bergoglio no llega a la gente por su palabra: es un idiota en su mente y un estúpido en su palabra.

Bergoglio llega por su vida. Y sólo por eso. Y arrastra por el poder humano que tiene en su gobierno horizontal. Si no lo tuviera, a Bergoglio nadie le haría caso.

El pecado de cisma lleva al pecado de apostasía de la fe. Si se vive sin ley, en el pecado, entonces se obra siempre el pecado. El alma se va apartando de la Voluntad de Dios. Y quien obra el pecado de apostasía, va pensando en la mentira; medita el error. Y lo pone como verdad, cometiendo así el pecado de herejía.

Tres caminos de maldad se observan ya en el Vaticano. Son los tres caminos propios de la maldad, del demonio: soberbia, orgullo y lujuria. Los tres son un mundo de pecado. Y los tres arrastran a todas las almas, dentro y fuera de la Iglesia.

Son tres maldades, que son tres misterios. Y son la obra del demonio en la Jerarquía. En toda la Jerarquía que ha aceptado a Bergoglio como Papa.

Por eso, la Iglesia remanente es de pocos: pocos fieles y poca Jerarquía.

El trigo y la cizaña se separan: los buenos y los malos se les conoce por sus obras. Ya no permanecen juntos. La verdad divide. Y aquel que no acepte la verdad como es, objetiva, está con los malos, aunque se llame tradicionalista, sedevacantistas, bergogliano, lo que sea…

O se vive la regla de fe o se vive una auténtica utopía en la Iglesia. Es lo que viven muchos: esperando otro Papa. ¡Estáis locos! No hay camino en la Iglesia para un Papa legítimo y verdadero. Si han echado al verdadero, es quedarse ciego ilusionándose con las obras de los hombres en la Iglesia. El Vaticano es ya la Ramera del Apocalipsis. Si quieren seguir en el Vaticano, prostitúyanse con esa Ramera: con la mente de toda la Jerarquía, que obra su ministerio incensando a falsos ídolos.

Bergoglio: el falso papa de los sodomitas, ateos, herejes, cismáticos, apóstatas de la fe

idolo

«´Hermanos´ y ´hermanas´ son palabras que el cristianismo quiere mucho» (Audiencia general, 18 de febrero del 2015).

Se cae en la herejía, no sólo diciendo el error como una verdad que hay que seguir, sino también por hacer uso inadecuado de las palabras. Esto es constante en Bergoglio. Un hombre, que no tiene  cautela y modestia en el hablar, se expresa con un lenguaje de herejía, con sabor a herejía. Hay que saber, cuando se habla, emplear los términos, las palabras adecuadas y evitar todo aquello que produzca confusión en el hablar.

Bergoglio es siempre confusión, cuando habla, cuando escribe: dice tantas cosas, en su lenguaje, que son una mentira, pero que se transmiten como una verdad, como algo cierto. Y la mente del hombre no suele captarlo al momento. Sólo los que están muy despiertos en la vida espiritual, ven la herejía en el lenguaje bello de Bergoglio. Los demás, se la tragan como si este hombre hablase una verdad.

Ante esta primera frase de Bergoglio, la gente suele tomarla como buena, como verdad. Pero la gente no ve la herejía, porque no está acostumbrada a discernir las palabras.

Para discernir el discurso de un hombre, hay que fijarse en sus palabras, en sus términos, en sus giros. Sólo así se ve la mente de ese hombre, lo que piensa, lo que está revelando.

El verdadero católico no ama la palabra ´hermano´ ni la palabra ´hermana´. No se aman palabras o ideas humanas o una filosofía o un lenguaje de la vida. El católico verdadero ama a Cristo, ama a una persona, pero no una idea de Cristo ni una idea de una persona.

En el corazón está la ley del Señor: «dentro de mi corazón está tu ley» (Sal 39, 9). Y la ley del Señor es la ley del Amor, que son dos preceptos:

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tus fuerzas. Éste es el más grande y el primer mancamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la ley y los profetas» (Mt 22, 37-40).

Se ama a Dios o al prójimo en la Ley del Señor: en una regla divina, en una norma de moralidad, en una ley de la gracia.

Por tanto, nadie ama la palabra hermano: no tiene sentido amar esta palabra.

De esta manera predican los falsos sacerdotes y Obispos: predican dando ideas a la mente del hombre. Predican un lenguaje humano, que es bello: la palabra hermano el cristiano la quiere mucho. Es un lenguaje bonito, agradable, pero cargado, con sabor a herejía.

Quien ha discernido a Bergoglio, ante esta primera frase, ya sabe de qué va a ir el discurso. Y no tiene que leer más. Lo tira al cubo de la basura y no pierde el tiempo con este hombre.

Pero hay muchos católicos, que siguen atentos a las palabras y a las obras de Bergoglio, y que todavía no saben discernir lo que es Bergoglio. Todavía esperan algo de ese hombre. Son católicos ciegos, como Bergoglio. Buscan al hombre en Bergoglio; pero no la verdad en el hombre, en Bergoglio.

Quien no busca la verdad en los hombres, se queda con los hombres, con sus ideas, con sus obras, y desprecia la verdad.

En la Iglesia se ama la Verdad. Y la Verdad es una Persona Divina: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

La verdad no es una idea sobre Cristo o sobre el amor de Cristo. La Verdad es Cristo, una Persona Divina, Dios y Hombre verdadero. Por tanto, amar la verdad no es amar la idea de hermano, sino que es imitar con el hermano lo que hizo Cristo con los hombres.

Amar a Cristo es imitarlo: hablar sus mismas palabras y obrar sus mismas obras.

Gran parte de la Jerarquía predica la idea de Cristo y obra lo que ellos quieren. No predican el Evangelio, la Palabra de Dios; ni hacen las mismas obras de Cristo. Cogen la idea: Jesús, Cristo; cogen una frase del Evangelio y dan su interpretación: su lenguaje, su filosofía, su idea de lo que es Cristo o de lo que es esa obra.

Esto ha sido constante en toda la historia de la Iglesia. Y seguirá siempre lo mismo. Al hombre le cuesta tener la mente de Cristo y, por tanto, le cuesta hacer las mismas obras de Cristo. Es muy fácil dar una interpretación del Evangelio de turno y obrar lo que a uno le parezca que es bueno.

Hay muy pocos católicos que sepan discernir a una Jerarquía por sus palabras. Cuando llegue el Anticristo, esos católicos lo van a pasar muy mal. Si no pueden descifrar el lenguaje baboso de Bergoglio, menos van a poder descifrar el lenguaje científico y filosófico que traerá el Anticristo.

Si muchos católicos caen como moscas antes las idioteces de un Bergoglio, ¿cuántos no se van a perder por el lenguaje brillante de un Anticristo, que se las sabe todas para engañar a los más afamados teólogos de la Iglesia?

«El vínculo fraterno tiene un sitio especial en la historia del pueblo de Dios, que recibe su revelación en la vivacidad de la experiencia humana».

El vínculo fraterno recibe su revelación en la experiencia del hombre: gravísima herejía que nadie contempla. Pero que está ahí: en este lenguaje bello, pero oscuro.

El vínculo fraterno: la unidad entre hermanos. ¿Dónde se revela? En la experiencia de la vida del hombre.

¡Gran falsedad!

Lo que se revela en la experiencia humana son las obras de lo que se piensa: obras de fe, obras de impiedad. Obras de virtud, obras de pecado, de vicios.

Lo que vemos en la historia de los hombres son obras: buenas o malas.

¿Dónde está el vínculo entre hermanos? Hay que buscarlo, no en la experiencia del hombre, sino en la Revelación de Dios:

«¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque quien quiera que hiciere la voluntad e Mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48- 50).

El vínculo entre hermanos es siempre una atadura espiritual, no de sangre, no de carne, no de raza humana. Ser hijos de Dios son aquellos «que creen en su Nombre, que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 12-13).

Es el Espíritu de Dios el que une a los hombres como hermanos, como hijos de Dios. Y los une en la medida en que cada hombre tiene fe en la Palabra de Dios. Si el hombre  no tiene fe, es decir, si el hombre no obedece la Voluntad de Dios, no pone su mente humana en el suelo para aceptar los mandamientos de Dios, entonces el Espíritu no puede unir entre los hombres, no puede hacer un vínculo fraterno.

Para el vínculo fraterno, se necesita que los hombres obren la Voluntad del Padre. Entonces, serán uno en Cristo.

Bergoglio habla aquí de su falso ecumenismo: el de la historia, el del hombre, el que viene de la revelación de la experiencia humana. Por eso, habla una herejía oponiéndose a la Palabra de Dios. Pero los hombres, los católicos, como no saben pensar la verdad, toman este lenguaje de Bergoglio como algo bello, algo sin error, sin mentira. Y se tragan la herejía sin saberlo. Pero es una ignorancia culpable: son católicos cómodos en la vida espiritual. No luchan por la Verdad, no luchan por Cristo, sino que están sólo interesados por la obra de Bergoglio, de un hombre, en la Iglesia.

«Jesucristo llevó a su plenitud incluso esta experiencia humana de ser hermanos y hermanas, asumiéndola en el amor trinitario y potenciándola de tal modo que vaya mucho más allá de los vínculos del parentesco y pueda superar todo muro de extrañeza»: otra gravísima herejía que los hombres no ven.

Jesús coge la experiencia humana de ser hermanos y la asume en el amor trinitario: esto es anular la Encarnación, el dogma del Verbo Encarnado. Esto se llama: panenteísmo: Dios en todas las cosas. Todo en Dios. Jesús que vive en todas las experiencias humanas. Jesús que supera todo muro de extrañeza humana. Todas las experiencias de los hombres están en Dios.

Este lenguaje humano de Bergoglio está cargado de herejías: no sólo tiene el sabor de la herejía, sino que habla con la herejía.

Jesús, en Su Encarnación, asume una naturaleza humana: un alma y un cuerpo humano.

Jesús, por lo tanto, no asume ninguna experiencia humana: no asume en su amor trinitario la experiencia humana de ser hermanos y hermanas. Decir esto, como lo dice este hombre, es decir la herejía del panenteísmo: Jesús, al asumir la naturaleza humana, asume a todos los hombres, sus vidas, sus obras, sus mentes. Y, por lo tanto, Jesús está en todos los hombres. Todos en Jesús. Eso es el panenteísmo: Dios en todo; todo en Dios. Consecuencia: Jesús lleva la vida, las obras, las mentes de los hombres, sus experiencias de ser hermanos, sus vínculos fraternos, a otra dimensión: a otra potencia, en la cual no hay un muro de extrañeza, de exclusión.

Por eso, Bergoglio es el falso papa de los sodomitas. Los sodomitas no son extraños a Jesús. Jesús ha dado a esa experiencia sodomítica una potencialidad nueva.

Bergoglio, en su lenguaje rastrero, sabe muy bien lo que está diciendo: sabe la herejía que piensa y que obra en su vida.

Los católicos, muchos católicos, siguen dormidos, atentos a Bergoglio, sin discernir nada ni de su persona, ni de su mente, ni de sus obras. Les gusta el lenguaje baboso de este hombre, porque eso es lo que viven en sus vidas espirituales: una tibieza que les ciega para ver la verdad, para discernir la verdad de la mentira.

«Sabemos que cuando la relación fraterna se daña, cuando se arruina la relación entre hermanos, se abre el camino hacia experiencias dolorosas de conflicto, de traición, de odio»: este hombre comienza, ahora, a faltar contra el segundo mandamiento: coge la Palabra de Dios, coge el nombre de Dios y lo usa en vano: interpreta como le da la gana esa Palabra Divina.

Una vez que ha mostrado su herejía: el panenteísmo; tiene que exponerla.

Se rompe una relación entre hermanos, queda un dolor. Este hombre sólo se queda en el dolor: en lo sentimental. Pero no distingue el dolor.

En la vida de cada hombre se tiene la experiencia de que hay que cortar con los hombres: ya sean hermanos, parientes, amigos, desconocidos, etc… Y eso es siempre un dolor. Pero eso no es la vida.

No se vive ni para amar a un hermano ni para odiar a un hermano. Se vive para hacer la Voluntad de Dios, aunque se corten relaciones entre hermanos o entre hombres.

Como Bergoglio no puede fijarse en la Voluntad de Dios, que exige al alma cortar con un hombre por amor a Dios, aunque se produzca un dolor, entonces este hombre vive en la angustia existencia del dolor:

«Después del asesinato de Abel, Dios pregunta a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?» (Gen 4, 9a). Es una pregunta que el Señor sigue repitiendo en cada generación. Y lamentablemente, en cada generación, no cesa de repetirse también la dramática respuesta de Caín: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano? » (Gen 4, 9b)». Esta angustia existencial es lo propio de todos los modernistas.

Como han anulado la Justicia de Dios, el pecado, no pueden comprender las consecuencias del pecado entre los hombres. Y lanzan a la humanidad hacia la angustia vital: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Es una pregunta que el Señor sigue repitiendo en cada generación».

Dios no pregunta eso a ninguna generación. Eso se lo preguntó a Caín. Punto y final. Bergoglio coge el Nombre de Dios, es decir, Su Palabra Revelada, y la usa en vano: en su angustia vital, en su herejía del panenteísmo, anulando así la Palabra de Dios. Y, por lo tanto, enseñando una nueva y falsa doctrina: la fraternidad universal.

Cada generación de hombres vive una angustia vital: «Y lamentablemente, en cada generación, no cesa de repetirse también la dramática respuesta de Caín: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?»: esto es poner el pecado como un ser filosófico y social.

El pecado ya no es la ofensa que cada hombre hace a Dios, sino la ofensa que una generación hace a los hombres. El pecado de una estructura social o de una estructura religiosa. Hay que levantar una nueva estructura de iglesia en donde se incluyan a todos los hombres, sean ateos, sodomitas, etc…

Y, claro, Bergoglio descansa en su sentimentalismo: esto es algo feo, algo que hay que quitar:

«La ruptura del vínculo entre hermanos es algo feo y malo para la humanidad. Incluso en la familia, cuántos hermanos riñen por pequeñas cosas, o por una herencia, y luego no se hablan más, no se saludan más. ¡Esto es feo! La fraternidad es algo grande, cuando se piensa que todos los hermanos vivieron en el seno de la misma mamá durante nueve meses, vienen de la carne de la mamá. Y no se puede romper la hermandad».

La unidad está en la sangre: «todos los hermanos vivieron en el seno de la misma mamá durante nueve meses, vienen de la carne de la mamá. Y no se puede romper la hermandad». Este es el grito típico de este hombre: su ecumenismo de sangre, que viene de su herejía del panenteísmo.

Porque una mujer os ha engendrado, entonces no se puede romper la hermandad.

¿Quién es mi hermano? ¿El que nace en la mujer? ¿El que está en el seno de una misma mujer? No; el que hace la Voluntad de Mi Padre, que está en los cielos, no en la tierra.

Bergoglio come tierra y eso es lo que ofrece a todas las almas: una iglesia de carne, de sangre, de mentes humanas, de obras humanas, de vidas humanas. Se quiere hacer una iglesia universal sin muros de extrañeza, sin exclusiones de ningún tipo.

¡Cuánto cuesta a los católicos ver esto en el lenguaje de Bergoglio! Siempre este hombre anda dando vueltas a su herejía panenteista. Y la dice de muchas maneras y siempre acaba en lo mismo: llorando por sus hombres. Llora por sus sodomitas, por sus ateos, por sus luteranos, por sus budistas…. Es la perversión de su mente humana, que ya no es capaz de ver la Verdad. Bergoglio no puede ver a Cristo como Verdad: lo ve como una idea que ha concebido en su mente humana.

«La fraternidad no se debe romper y cuando se rompe sucede lo que pasó con Caín y Abel»: la fraternidad hay que romperla siempre por un bien mayor y más perfecto: la ley del Señor, que obliga a romper con los hombres que no hacen Su Voluntad Divina.

Se ama al prójimo rompiendo con él cuando muestra un pecado, una herejía, un error en su vida, en sus obras, en sus palabras.

La única forma que tiene toda la Iglesia de amar a Bergoglio es rompiendo con él como Papa. Es la única manera de amarlo. Y esto es lo que muchos católicos no acaban de comprender, porque ponen el amor de Dios en un sentimiento, en una idea, en un lenguaje humano.

El amor de Dios en el alma es siempre una cruz entre los hombres, en la relación con los hombres. No se puede levantar una estructura religiosa o social sin la Cruz, sin poner diferencia, sin poner muros, sin excluir.

Por eso, hay que poner un muro de división, hay que excluir de la vida de la Iglesia a Bergoglio. Si no se hace esto, Bergoglio es la causa de que muchos se condenen dentro de la Iglesia. Y esto es una obra abominable.

Y los católicos que permiten esto, que no luchan contra el error y la herejía dentro de la Iglesia, se suman a esta obra abominable y a través de ellos se condenan muchos más.

Aquel que, después de dos años, siga viendo a Bergoglio como bueno para la Iglesia, ya está haciendo una obra abominable dentro de la Iglesia y se une a la obra de Bergoglio en la Iglesia.

Aquel que obedece a un hereje, comete el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Y no puede salvarse por más que comulgue y se confiese todos los días.

Bergoglio no es cualquier cosa en la Iglesia: ha sido puesto como falso papa, para que la Iglesia le dé obediencia. Esto es abominable. Y no discernir lo que es Bergoglio es caer en esta abominación.

¡Cuántos católicos y sacerdotes y Obispos ya son abominables en la Iglesia! Por obedecer a Bergoglio como Papa han caído en este pecado.

¡Cuántos católicos hay que no comprenden este punto! Creen que ser Iglesia es una asunto social o filosófico o teológico.

Y ser Iglesia es cuestión de obediencia. Si el alma obedece la Verdad, que está en Cristo y que está en la Jerarquía fiel a Cristo, entonces se salva y se santifica. Pero si el alma obedece la mentira, que no está en Cristo, pero sí en la Jerarquía infiel a Cristo, entonces se condena por la fuerza de esa obediencia.

¿Quiénes son mis hermanos? Los que obedecen la Verdad, que es la Voluntad de Mi Padre.

La verdad es una Voluntad Divina: una obra divina. El Padre revela Su Voluntad, Su Obra, en Su Hijo, en Su Palabra. Por eso, Jesús es la verdad revelada, la verdad, que está en el Padre, pero revelada, manifestada en la obra de Su Hijo. Y el Hijo la dio a conocer en la Cruz: es una Verdad Divina que lleva a todo hombre a amar la Cruz. La verdad es algo que está en la Mente de Dios y que necesita el sometimiento de la mente del hombre para poder ser obrada como Dios quiere. Y para que el hombre conozca la verdad, Dios tiene que manifestar su Mente. Por eso, dio a Su Hijo para que el hombre lo escuche y aprenda a obrar la Verdad.

Los hombres ya no quieren escuchar a Cristo. Sólo escuchan a los hombres y se quedan con el lenguaje de ellos. Prefieren las palabras baratas y blasfemas de Bergoglio a la verdad del Evangelio.

«El vínculo de fraternidad que se forma en la familia entre los hijos, si se da en un clima de educación abierto a los demás, es la gran escuela de libertad y de paz».

Esto es su frase necia: «Si la educación de un chico se la dan los católicos, los protestantes, los ortodoxos o los judíos, a mí no me interesa. A mí me interesa que lo eduquen y que le quiten el hambre. En eso tenemos que ponernos de acuerdo» (29 de julio del 2013).

El vínculo de sangre, de fraternidad, que no se puede romper, tiene que ser mantenido con una educación abierta a todos los demás, buscando ¿qué cosa? La libertad y la paz. Hay que enseñar a los hombres a ser libres. Es la idea de la masonería. Fraternidad en las familias, libertad en la educación e igualdad en la idea religiosa para obrar: el amor, la libertad y la paz.

Son los tres ejes de la masonería, que vienen de una herejía: el panenteísmo. Dios está en todas las cosas porque todas las cosas han sido creadas de la esencia de Dios. Cada hombre es una idea divina. Por eso, no se puede romper con la fraternidad de sangre. Es algo feo, para Bergoglio.

«En la familia, entre hermanos se aprende la convivencia humana, cómo se debe convivir en sociedad. Tal vez no siempre somos conscientes de ello, pero es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo»: otra gravísima herejía que nadie ha captado.

¿Qué es la familia? Aquella en la que no se rompe la fraternidad. Ya no se llama padre, madre, hermanos, a los que hacen la Voluntad de Dios, sino a los que viven en sus mentiras, en sus errores, en sus pecados, en sus abominaciones debajo de un mismo techo. Los padres ya no tienen que corregir, castigar a sus hijos; ni los hijos tienen que dar la obediencia a sus papás. Sino que todo es fraternidad de sangre: como todos han nacido en un mismo seno, hay que vivir el sentimentalismo, que es el ecumenismo de sangre.

Consecuencia, las sociedades tienen que levantarse, tienen que construirse de la misma manera: es la familia la que introduce la fraternidad en el mundo.

Las familias católicas, ¿cómo es que no se levantan contra esta frase de Bergoglio? ¿Van a esperar al Sínodo de octubre para comprobar cómo se destruye la familia y para lamentarse de no haber visto a tiempo esta desgracia?

Bergoglio está siendo claro: está dando a conocer lo que quiere obrar. Y esto es desde siempre, desde que lo pusieron como falso papa. En el Sínodo pasado, no le dejaron. No pudo. Pero ya se siente fuerte, ya ha puesto a sus cardenales, a sus obispos, a sus sacerdotes en los sitios claves, porque quiere poner en ley lo que predica.

Y ninguna familia católica se levanta contra lo que esté predicando este hombre. Y sólo se lamenta la gente de que este hombre se está abriendo a los sodomitas y quiere cosas que la Iglesia no quiere. Pero no son capaces de llamar a Bergoglio como lo que es. Lo tienen como su papa.

Después, no os lamentéis de lo que va a suceder en Octubre.

Es claro lo que va a pasar. Bergoglio ya lo está diciendo en sus homilías, en sus discursos, en sus mensajes. ¿Cómo es que no lo veis?

Porque ya no sois católicos, como ese hombre no lo es. Y queréis a ese hombre porque queréis lo humano para la Iglesia: queréis soluciones humanas para la Iglesia.

Una familia que no busca la Verdad, la ley de Dios, que no castiga a sus hijos, que no ama a sus hijos dándoles la Voluntad de Dios, que no los educa para conquistar el cielo, sino sólo para que sean hombres en la sociedad, buenos, pero auténticos demonios, quiere una sociedad donde se refleje eso mismo: lo humano, lo natural, lo carnal, lo material, la sangre y la carne. Y, por lo tanto, se va en busca de un poder temporal globalizante, que lo abarque todo y que sea un paraíso en la tierra.

Es la gran herejía que predica este hombre:

«La bendición que Dios, en Jesucristo, derrama sobre este vínculo de fraternidad lo dilata de un modo inimaginable, haciéndolo capaz de ir más allá de toda diferencia de nación, de lengua, de cultura e incluso de religión»: gobierno mundial, iglesia universal. Más allá de toda diferencia; más allá de toda idea religiosa. Bergoglio siempre está en su idea panenteista: Dios en todas las cosas. Dios se refleja en todos los hombres, en todas las culturas, en todas las religiones…

Por eso, sigue llorando por los hombres: «Pensad lo que llega a ser la relación entre los hombres, incluso siendo muy distintos entre ellos, cuando pueden decir de otro: «Este es precisamente como un hermano, esta es precisamente como una hermana para mí». ¡Esto es hermoso!».

Para terminar diciendo su blasfemia masónica:

«La historia, por lo demás, ha mostrado suficientemente que incluso la libertad y la igualdad, sin la fraternidad, pueden llenarse de individualismo y de conformismo, incluso de interés personal».

Las tres ideas maravillosas de la masonería: libertad, igualdad y fraternidad. No se es libre sin el amor de la sangre y de la carne. Todo aquel que quiere ser libre tiene que aceptar la sangre y la carne: tiene que ver al otro, sea lo sea, como un hermano. No importa su mal, su pecado, su error, su mentira…Eso no interesa. El sodomita es tu hermano. Si tú quieres ser libre, acepta al sodomita como lo que es: es tu hermano de sangre y de carne. No lo juzgues. No rompas el vínculo de la fraternidad. Qué feo que es eso.

Si quieres ser libre en tu religión sé igual con todas las religiones. No hagas proselitismo. No busques convertir a nadie. Son tus hermanos de sangre. Es el ecumenismo de sangre.

Esto es Bergoglio. Y no es otra cosa. La gente se queda en lo superficial de Bergoglio, pero no va a su mente.

Bergoglio es tres cosas: una persona que vive en el orgullo de su vida; un hombre sin la gracia, que vive en la muerte de su pecado; un corazón cerrado al Amor de Dios, que pone, con sus obras, el odio a Dios y a todos los hombres.

Orgullo, muerte y odio: este es el ser de Bergoglio.

Y Bergoglio muestra su ser revelando su mente. Si quieren conocer lo que es este hombre, acudan a su mente: a su palabra, a su idea. No se queden en su lenguaje florido, bonito, rastrero, vulgar.

Bergoglio es el falso papa de los ateos, de los sodomitas, de los herejes, de los cismáticos, de los apóstatas de la fe. El falso papa de una falsa iglesia, que ya se está viendo por todas partes.

Y deben combatirlo como falso papa -no como Papa- y, por tanto, deben combatir su falsa iglesia, con su falso cristo, su falsa misericordia, su falsa doctrina, su falsa jerarquía.

Si no lo hacen cada uno tendrá su culpa, su pecado. Y el demonio podrá con ustedes una vez que cambie el papado.

Con Bergoglio se ha iniciado un nuevo y falso papado. Todos aquellos que están en ese falso papado, que den su obediencia a Bergoglio como Papa, estarán bajo el reino del demonio. Atados. Y no podrán salir de esa falsa iglesia. Si salen, será con una grave dolencia espiritual, que los marcará para toda su vida.

Muchos sacerdotes, Obispos, que son teólogos, no se van salvar aunque tengan una gran teología. Nadie tiene excusa por estar viendo a un hereje y no combatir con las armas del Espíritu a ese hereje. No hay excusa ante Dios. Ante los hombres, se ponen muchas excusas, pero no sirven ante la Voluntad de Dios.

La Iglesia Católica condena para siempre

ISIS

«El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre» (Bergoglio, 15 de febrero del 2015).

La Iglesia está sin pastor, sin cabeza. Una cabeza que no condena para siempre no es cabeza de la Iglesia, no es la voz de Cristo:

«Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25, 41).

Esta es la Palabra de Dios que condena para siempre.

Se condena para siempre el pecado, el error, la herejía, el cisma, toda obra en contra de la Voluntad de Dios.

Hay un fuego eterno, hay una condenación para siempre. Decir otra cosa es enmendar la Palabra de Dios. Es llamarle a Jesús: mentiroso.

La Iglesia, que es el Cuerpo Místico de cristo, condena, como lo hace Su Cabeza. Pero ya la Iglesia no cree en sí misma, sino en lo que los hombres dicen.

Hay que condenar a ISIS. Pero eso no lo puede hacer un hombre que habla así en la Iglesia. Un hombre que no juzga a nadie no es un hombre de Iglesia.

La herejía es condenar el error para siempre. Y, por tanto, se condena al que acepta una herejía en su mente, para obrarla en su vida. Se condena a la persona por su herejía.

La herejía es lo contrario a la fe. Quien comete herejía carece de fe divina. Y no pertenece a la Iglesia.

Lo que una vez fue condenable, ya no lo es. Éste es el sentido de las palabras de Bergoglio. Frase que esconde un pensamiento perverso. Lo oculta, porque no se atreve a darlo a conocer abiertamente.

Para Bergoglio no existe ni el infierno ni el purgatorio. Y tampoco existe el alma como ser inmortal.

Si todos se salvan, entonces ¿cómo explicar lo que hizo Hitler, cómo explicar las almas de los que han decapitado a esos católicos coptos? ¿Se salvan o se condenan? En el pensamiento de Bergoglio: se aniquilan.

Estos hombres no pueden entender a un Dios que castiga. Ellos creen que Dios acepta todo lo que es misericordioso. Y, por eso, todo el mundo se salva, se va al cielo, por el solo hecho de su buena voluntad:

«difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero» (Ib).

¿Qué pasa con aquellas almas que no piden la misericordia con corazón sincero? ¿Se condenan para siempre? No; porque la Iglesia no condena para siempre. ¿Entonces, qué ocurre? El alma tiene que aniquilarse: cuando muere su cuerpo, deja de existir el alma. Pero el alma también se va al cielo.

«En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie se acabe no se apagará la luz de Dios, que en ese momento invadirá todas las almas y todo será en todos» (RepubblicaEdición Osservatore).

La luz de Dios invadirá todas las almas y todo será en todos: no puede darse ni el infierno ni el purgatorio. Si acaso se dan es sólo temporal o están vacíos. Como el fuego eterno fue preparado por Dios para el diablo y sus ángeles, entonces está vacío de hombres. Sólo está el demonio, si existe como tal.

También las almas, que se aniquilan, las invadirá la luz de Dios, aunque no hayan alcanzado la buena voluntad en esta vida. Vuelven a la nada, es decir, vuelven a la luz de Dios, de la cual fueron creadas. La luz de Dios no se aniquila.

Para estos hombres pervertidos en su inteligencia humana, la creación de las almas, como la del universo, no es de la nada, sino de la esencia de Dios (es el panteísmo y el panenteísmo). Y, por lo tanto, el alma que se aniquila vuelve a la esencia de la cual fue creada: Dios. Vuelve a ser luz de Dios. Por eso, dice Bergoglio: «la luz de Dios invadirá todas las almas y todo será en todos».

Por eso, este hombre no puede fustigar a toda esa basura islámica que ha hecho esta matanza. No puede juzgar al alma que mata, porque se va a morir y va a volver a Dios, va a ser Dios.

Tengan en cuenta que Bergoglio pone la luz de Dios – la gracia-  en el alma, no en el corazón:

«La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón»: una vez que muere el alma, esa luz vuelve a Dios.

La gracia es una cantidad de luz: algo medible, algo finito, algo que puede dejar de ser.

El alma es una cantidad de luz: cuando el hombre hace su trabajo de amar a los demás, más que a sí mismo, entonces tiene el cielo. Pero si el hombre no hace ese trabajo, esa luz de Dios va despareciendo hasta que el alma encuentra la muerte. Ya no tiene la cantidad de luz y muere Y muere antes que la muerte del cuerpo. Y esa alma, que se aniquila, no puede condenarse, sino que vuelve a su origen, Dios. Como la misericordia de Dios es infinita, entonces esa luz invade esa alma y se reencuentra en el cielo con las demás almas. La memoria que hizo esa alma no se pierde. Se vuelve a encontrar, pero de otra manera, más sublime.

Por eso, para Bergoglio no existe el dogma, lo absoluto, lo incondicional.

Todo es un relativismo. Él está en el relativismo universal de la verdad. Todo es del color como los hombres se lo inventen con sus pensamientos humanos. Es el culto a la mente del hombre. Es la perversión de la verdad: todo se trastoca, todo se reinterpreta, todo tiene el nombre de humanismo.

No se puede condenar a ISIS porque están haciendo un buen trabajo: el ecumenismo de sangre.

«Recordando a estos hermanos que han sido muertos por el solo hecho de confesar a Cristo, pido que nos animemos mutuamente a seguir adelante con este ecumenismo que nos está alentando, el ecumenismo de la sangre» ( (ver texto) : estamos todos unidos en la sangre. Ecumenismo.

«La sangre de nuestros hermanos cristianos es un testimonio que grita. Sean católicos, ortodoxos, coptos, luteranos, no interesa: son cristianos. Y la sangre es la misma, la sangre confiesa a Cristo».

La sangre que confiesa a Cristo: vean la clarísima herejía.

Es esa nueva iglesia universal, en la que todos se reúnen, es la que confiesa, con su sangre, a Cristo.

¡Que ISIS siga matando!: está obrando el ecumenismo de sangre: la nueva iglesia de los católicos, de los ortodoxos, de los coptos, de los luteranos, de los cristianos…

¡Qué gran obra la de ISIS! Ninguna condena por parte de este hombre. Sólo su llanto:

«Me permito recurrir a mi lengua materna para expresar un hondo y triste sentimiento»: deja ya de llorar, Bergoglio, por tus hombres. Deja tu sentimiento a un lado y vete a un monasterio a llorar tu triste vida. No te necesitamos en la Iglesia Católica. A un hombre que llora por los hombres no hay ninguna necesidad de él. Queremos un Papa, como Benedicto XVI, que fustigue a ISIS.

Los coptos son católicos, no cristianos. ¿No conoces a tu gente, Bergoglio? No eres católico. ¡Es normal que no conozca lo que es la Iglesia Católica! Ya a nadie le sorprende eso. Eres del mundo, y hablas como habla un político del mundo: instrumentalizando esa matanza para tu idea política de una iglesia universal, de un ecumenismo de sangre.

Bergoglio es todo del hombre y todo para el hombre.

Por eso, al explicar Bergoglio la ley de Moisés sobre los leprosos, tiene que caer en su idea humana del pecado:

«la finalidad de esa norma era la de salvar a los sanos, proteger a los justos y, para salvaguardarlos de todo riesgo, marginar el peligro, tratando sin piedad al contagiado» (15 de octubre 2015).

¡Qué poco ha entendido este hombre lo que es el Antiguo Testamento, es decir, la Palabra de Dios revelada!

No ha leído a Santo Tomás:

«Todos estos ritos tenían sus causas racionales, según que se ordenaban al culto de Dios para aquel tiempo; y las tenían figurativas, en cuanto se ordenaban a figurar a Cristo» (Sto. Tomás – Prima secundae q.102 a.5). Causas racionales y causas figurativas.

Y, por lo tanto, «las purificaciones de la ley antigua se ordenaban a remover los impedimentos del culto divino» (Ib resp. 4): esta es la primera causa racional.

Los pecados son los impedimentos para dar culto espiritual de Dios. Hay que apartar del culto exterior a los hombres que tenían ciertas inmundicias corporales, como la lepra, el flujo de semen o el flujo de sangre en las mujeres, etc…

«Todas estas impurezas tenían razón literal y figurativa. La literal, por la revelación de cuanto pertenece al culto divino, ya porque los hombres no suelen tocar las cosas preciosas cuando están manchados, ya porque la dificultad de acercarse a las cosas sagradas hacía a éstas más venerables…Había otra razón literal: que los hombres, por asco de algunos enfermos y temor del contagio, por ejemplo de los leprosos, temiesen acercarse al culto divino» (Ib. resp. 4).

La finalidad de esta norma era dar culto a Dios en Espíritu y en Verdad. Los leprosos, por su enfermedad, no pueden tocar lo sagrado, no pueden estar en un sitio sagrado. Y su enfermedad podía impedir que otros viniesen a dar culto a Dios. No se les marginaba, sino que se les ponía en su lugar.

Bergoglio está en su sentimentalismo perdido:

«Imaginad cuánto sufrimiento y cuánta vergüenza debía de sentir un leproso: físicamente, socialmente, psicológicamente y espiritualmente. No es sólo víctima de una enfermedad, sino que también se siente culpable, castigado por sus pecados» (15 de octubre 2015).

No comprende, Bergoglio, que para llegar a ver a Dios hay que pasar una gran purificación, una gran expiación. Dios exige la purificación del alma y del cuerpo para su culto divino.

Por eso, las Misas que se celebran sin esta purificación del alma y del cuerpo no son agradables a Dios. Hay que ayunar antes de comulgar. El cuerpo tiene que estar dispuesto para tocar a Dios, para estar en la presencia de Dios, para recibir la Hostia Santa. Disposición corporal y espiritual.

Bergoglio pone el grito en el cielo con esta marginación de los leprosos. No ha entendido, ni el sentido racional, literal, ni el sentido figurativo de la ley mosaica1:

«La razón figurativa de estas impurezas es ésta: que por ellas se significaban diversos pecados… La impureza de la lepra es la impureza de la doctrina heretical, ya porque la herejía es contagiosa como la lepra, ya porque ninguna falsa doctrina hay que no lleve alguna verdad mezclada, como también en el cuerpo del leproso aparecen manchas de lepra en medio de la carne sana…».

En la lepra, Moisés figuraba la herejía. Cada enfermedad es de acuerdo a su pecado. La lepra en el cuerpo señala la lepra en la mente: el pecado de herejía, que aparta al alma del pueblo, de la Iglesia. La excomulga, hasta que no haya curado de su lepra, de su herejía. El apartamiento era la expiación de su pecado: era un bien para su alma. Encontraba en ese castigo la paz para su corazón.

La impureza que se originaba de la corrupción, ya sea de la mente, ya del cuerpo, tenía que ser expiada. Había que hacer sacrificios por el pecado. Por eso, el leproso tenía que irse fuera del poblado: no era por marginación social, no era por abandono de sus propios familiares, no era por exclusión de los sanos…Era para expiar el pecado.

Esto es lo que, hoy día, nadie entiende. Nos parecen las leyes del AT muy fuertes, muy exigentes, muy radicales. Pero ellos se ponían en la verdad: en el pecado como ofensa a Dios.

Bergoglio se pone en la mentira: en el pecado como ofensa a la sociedad. Entonces, tiene que predicar su vómito comunista, su bien común social. Estamos en una iglesia con una mentalidad llena de prejuicios. Hay que revolucionar las conciencias sociales. Hay que mirar la Iglesia de otra manera.

A la no condenación para siempre de Bergoglio, se opone el Papa Gelasio I2:

«¿Acaso Nos es a nosotros lícito desatar lo que fue condenado por los venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos arrancados? ¿Qué sentido tiene, pues, que tomemos toda precaución porque ninguna perniciosa herejía, una vez que fue rechazada, pretenda venir nuevamente a examen, si lo que de antiguo fue por nuestros mayores conocido, discutido, refutado, nosotros nos empeñamos en restablecerlo?»

Lo que una vez fue condenado no es lícito desatarlo. Se condenó para siempre.

Lo que una vez fue rechazado como herejía no hay que examinarlo de nuevo como si no fuera herejía. Se rechazó para siempre.

Bergoglio se empeña en restablecer a todos los herejes, los cismáticos y apóstatas de la fe. Ponerlos dentro de la Iglesia, cuando tenían que estar fuera de ella. Es su nueva iglesia mundial.

«¿Acaso somos más sabios que ellos o podremos mantenernos en sólida estabilidad, si echamos por tierra lo que por ellos fue constituido?…»: ¿la Iglesia del siglo XXI es más sabia que la de los primeros siglos Jerusalén para echar por tierra todos los anatemas que se hicieron?

No; no es más sabia. Es más pecadora.

La Iglesia ha compuesto, durante siglos, la regla de la fe católica contra todas las herejías. Los Papas y los Concilios comenzaron a explicitar las verdades de la fe para refutar, condenar y corregir las herejías.

¡La Iglesia condena para siempre!

Hay una regla de fe que todo católico tiene que saber. Son los principios del catolicismo.

Todas las condenas de la Iglesia, para Bergoglio, no son condenas. Son sólo formas de hablar que en el tiempo de la condena se hacía. Ahora, en estos tiempos nuevos, hay que hablar de otra manera, restableciendo al que una vez se le condenó.

Es su mente pervertida: «la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables» (15 de octubre 2015). Lo que es incurable en el pensamiento de Dios, es curable en el lenguaje de los hombres. El hombre ha anulado a Dios.

El camino que Dios ha puesto para curar el pecado en los hombres, que es la purificación, la penitencia, la expiación del pecado, ya no sirve para la nueva y falsa Jerarquía.

Si el hombre no sigue ese camino divino, es incurable en su pecado. Está en su vida de pecado. Y quien no quiere salir de esa vida de pecado, no puede ser curado con fórmulas humanas. Porque todo pecado tiene una raíz espiritual. Y hay que quitarla para ser curado.

Pero el problema de toda esta Jerarquía es que ha puesto el pecado en la raíz humana o social. Ha hecho del pecado una cuestión filosófica o social.

Por eso, Bergoglio no es quién para juzgar: no puede condenar a nadie para siempre. No ha condenado a Isis. No puede. Todo vuelve a Dios. Incluso aquella alma que ha hecho un gran mal en su vida. Es la aberración que lleva su pensamiento. Por eso, Bergoglio es un vómito cuando habla.

Las herejías antiguas –según Bergoglio- son verdaderas ahora, en este tiempo histórico, para el hombre. No son condenables. Porque todo el problema está en el pensamiento del hombre, en su filosofía de la vida, en su visión del mundo y del hombre.

San Pablo le enseña a Bergoglio:

«Al hombre herético, después de una y segunda corrección, evítalo, sabiendo que el tal se ha pervertido y peca, condenándose por su propia sentencia» (Tit 3, 10).

La Iglesia condena para siempre porque ellos se condenan para siempre por su propia sentencia.

Norma sabia para todo aquel que quiera discernir la Jerarquía de la Iglesia. Son los sordos lo que no quieren oír la Verdad y enseñan su mentira, su corrupción de doctrina, su perversión en su mente y su lenguaje ambiguo en su boca.

Lo que sale de la boca de este hombre no es ni sano ni intachable, sino todo lo contrario. La palabra de Bergoglio mata a las almas: es enfermedad para la mente y el corazón del hombre. Y, además, está provista de una espada de doble filo: mete el puñal de la mentira con el puñal de la palabra melosa, agradable, sentimental, cargada sólo de humanismo.

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1 «La razón figurativa de estas impurezas es ésta: que por ellas se significaban diversos pecados. En efecto, la impureza de los cadáveres significa la del pecado, que es muerte del alma. La impureza de la lepra es la impureza de la doctrina heretical, ya porque la herejía es contagiosa como la lepra, ya porque ninguna falsa doctrina hay que no lleve alguna verdad mezclada, como también en el cuerpo del leproso aparecen manchas de lepra en medio de la carne sana. Por la impureza de la mujer que padece flujo de sangre, se significa la impureza de la idolatría, a causa de la sangre de las víctimas. La impureza del varón por el derrame del semen designa la impureza de la vana parlería, porque semilla es la palabra de Dios (Lc 8,11). La impureza del coito y de la mujer parturienta significa la impureza del pecado original. La impureza de la menstruación es la impureza de la mente muelle por los placeres. En general, la impureza que proviene del contacto con una cosa impura significa la impureza del consentimiento en el pecado ajeno, según 2 Cor 5,17: Salid de en medio de ellas y apartaos y no toquéis cosa inmunda» (Sto. Tomás – Prima secundae q.102 a.5 resp.4).

2 « ¿Acaso Nos es a nosotros lícito desatar lo que fue condenado por los venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos arrancados? ¿Qué sentido tiene, pues, que tomemos toda precaución porque ninguna perniciosa herejía, una vez que fue rechazada, pretenda venir nuevamente a examen, si lo que de antiguo fue por nuestros mayores conocido, discutido, refutado, nosotros nos empeñamos en restablecerlo? ¿No es así como nosotros mismos – lo que Dios no quiera y lo que jamás sufrirá la Iglesia – proponemos a todos los enemigos de la verdad el ejemplo para que se levanten contra nosotros? ¿Dónde está lo que está escrito: No traspases los términos de tus padres [Prov. 22, 28] y: pregunta a tus padres y te lo anunciarán, a tus ancianos y te lo contarán [Deut. 32, 7]? ¿Por qué, pues, vamos más allá de lo definido por los mayores o por qué no nos bastan? Si, por ignorarlo, deseamos saber sobre algún punto, cómo fue mandada cada cosa por los padres ortodoxos y por los antiguos, ora para evitarla, ora para adaptarla a la verdad católica; ¿por qué no se aprueba haberse decretado para esos fines? ¿Acaso somos más sabios que ellos o podremos mantenernos en sólida estabilidad, si echamos por tierra lo que por ellos fue constituido?…» (PL 59, 31 A – De la Carta Licet inter varias, a Honorio, obispo de Dalmacia, de 28 de julio de 493).

El hedonismo social en la cuaresma de Bergoglio

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«Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos». (ver texto).

La Cuaresma es para una cosa: pensar en salir ya de las estructuras viejas de una Iglesia, que sólo está en su gran decadencia espiritual.

Lo espiritual se hace a un lado para que entre todo el modernismo ateo y pagano que los hombres viven en el mundo. En el Vaticano, brilla el humanismo por encima de Dios.

Gran pecado hace el que alaba, ensalza, justifica y defiende a Bergoglio, que se ha puesto en el lugar de Dios, para enseñar la mentira a las almas.

Gran pecado en el que está toda la Iglesia.

Salir del pecado: eso es la Cuaresma. Salir de lo humano, porque

«El hombre saborea el pecado, y Dios está triste hasta la muerte a causa del mismo. Las angustias de una cruel agonía le hacen sudar sangre» (San Pío de Pietrelcina).

El hombre siempre está mirando al suelo, a la tierra; deja de contemplar el dolor de Dios y se olvida de que:

«Todos somos obreros, artífices de la Redención. La Misa debe ser para cada uno la ocasión de transustancializar nuestros dolores que, incorporados a Cristo, adquieren valor de eternidad» (San Pío de Pietrelcina).

Convertir el sufrimiento en amor, mediante la Pasión de Cristo, y así la vida tiene el sentido de lo divino, de lo eterno.

Para eso es la Cuaresma: para contemplar nuestros pecados en Cristo Crucificado.

Pero Bergoglio enseña otra cosa. Y es normal que enseñe su falsa doctrina de la misericordia, porque no sabe vivir sólo para Cristo, sino constantemente de cara a los hombres.

No sabe vivir la vida del alma:

«Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios» (San Gregorio Nacianceno).

El alma vive para ver a Dios, no a los hombres. Bergoglio enseña la herejía de su humanismo.

Si quieren saborear el pecado de Bergoglio, lean su mensaje político de Cuaresma: nada de Cristo, nada del pecado, nada de la penitencia. Sólo lo de siempre: su idea masónica, su idea protestante, y su idea comunista.

No pierdan el tiempo con este inútil ser, que lo llaman Papa esos católicos tibios y pervertidos, que están por todas partes. No pierdan el tiempo con su magisterio, que no es papal ni, por lo tanto, se puede calificar de doctrina católica.

Es sólo la doctrina de un hombre borracho de poder y de gloria humana. Un hombre que usurpó el Trono de Pedro para ser aclamado por las multitudes; pero que no sabe hacer ningún milagro, no puede hablar una sola palabra de verdad, y no puede poner a Cristo, ni en el Altar, ni en los corazones, porque sólo vive para su orgullo de la vida.

  • «Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien».

Esto se llama la doctrina del hedonismo social: esta doctrina señala que el fin último de la vida del hombre es el procurar el mayor deleite posible para el mayor número de hombres. Es necesario alcanzar un bien común que esté en armonía con el bien privado o las inclinaciones egoístas de cada hombre.

Yo estoy bien a gusto en mi vida, pero no estás en armonía con los demás porque no les procuras la felicidad que también ellos merecen en la sociedad. Y, entonces, caes en la indiferencia social. Hay una desarmonía entre tu egoísmo y la falta de felicidad en el prójimo.

«Me olvido de quienes no están bien»: se busca el bien humano, el bien temporal, el bien social, el bien económico, etc… Pero no se busca el bien del alma: su salvación, su santificación.

Y como hay tal desarmonía, entonces la indiferencia es global.

«podemos hablar de una globalización de la indiferencia».

El pecado de indiferencia no existe. Se llama así porque es una actitud de la persona ante un hecho concreto. La persona se despreocupa de algo porque está en su mundo, en su vida, que es estar en su pecado personal que le impide obrar la caridad.

Hoy la gente clama por este pecado, pero no sabe de lo que habla. Se pone la imagen del pobre Lázaro y del rico Epulón para decir que el pecado de todo el mundo es la indiferencia: hay un abismo, una diferencia entre banquetear espléndidamente y estar muerto de hambre. Como el mundo actual no suprime esta diferencia, entonces se inventan el pecado de indiferencia social.

Ningún acto moral es indiferente: el hombre o hace un acto bueno o uno malo. Toda palabra es buena o es mala; pero nunca indiferente. Toda obra es buena o es mala; pero nunca indiferente. No existe la indiferencia como pecado capital.

La soberbia, el orgullo, la avaricia, la omisión, etc.., llevan a un estado de indiferencia hacia el prójimo, pero no a un pecado de indiferencia.

Bergoglio nunca habla al alma: es decir, nunca se pone en la vida moral de la persona. Bergoglio sólo habla a la mente del hombre, para convencerla de una mentira. Habla para la vida social de la persona, pero no para la vida espiritual del alma.

Todo hombre vive una norma de moralidad en su naturaleza humana: tiene la ley natural inscrita en su ser de hombre. Tiene una norma moral natural que le obliga a hacer el bien de su naturaleza y, por tanto, a apartarse del mal en su naturaleza.

Por ley natural, el hombre nunca es indiferente. Siempre va a obrar algo que le saca de un estado de indiferencia.

Bergoglio no habla de la conciencia moral de la persona, sino de la conciencia social: «Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar…».

El egoísmo es de cada uno: nunca es global. No existe un egoísmo que tenga una dimensión global. No existe el pecado de dimensiones globales. No existe el pecado social.

Existe la maldición de la tierra, pero por el pecado de un solo hombre.

Cada uno lleva en sí mismo su pecado: «sus moradores llevan sobre sí las penas de sus crímenes» (Is 24, 6b).  Las penas, los efectos de sus pecados. Eso es la carga social, política, económica. Eso es el fruto del pecado personal del hombre. Se peca y la consecuencia del pecado se manifiesta en toda la vida humana, social, económica, política del hombre.

Y esto hace que la tierra sea profanada por sus moradores: «La tierra está profanada por sus moradores, que traspasaron la Ley, falsearon el derecho, rompieron la alianza eterna» (v. 5). El mal de muchos, que se ve por todas partes, es el mal de cada uno. Y cada uno, traspasando la ley de Dios, profana toda la tierra. Eso global no es un pecado: es el efecto del pecado de cada uno. Muchos pecando.

Si los hombres, si muchos hombres viven en su egoísmo, en su pecado, no es por un pecado global de indiferencia: eso sólo existe en la mente de los modernistas. Existen los males universales como efecto de los pecados personales, los de cada uno. Pero no se pueden resolver el mal universal sin quitar primero el pecado personal.

A Bergoglio sólo le interesa fijarse en el mal global, universal, pero no pone al hombre mirando a su pecado personal. Y, por lo tanto, no puede hablar para hacer penitencia por el pecado propio. No puede dar a Cristo en la Cruz. Tiene que bajarlo para centrarse sólo en su idea social de lo que debe ser la iglesia: alimentar pobres, dar salud a los enfermos, cuidar a los ancianos, etc…

Hay tanto egoísmo en el mundo porque cada hombre es egoísta, peca, hace una obra mala. No porque la humanidad sea indiferente.

«ningún acto individual es indiferente» (Sto. Tomás – 1-2 q.18 a.9). Luego, todo acto del hombre señala una diferencia, un grado de bien o de mal, una obra moral buena o mala.

Ningún hombre es indiferente: todo hombre, con su libertad, se determina a algo Y si ese algo es una cosa mala, entonces la tierra se vuelve maldita por el pecado de cada hombre, no porque exista el pecado global de indiferencia.

Bergoglio no cree en el pecado y, por tanto, tiene que dar su miseria terrenal, su concepto de indiferencia.

Ante el egoísmo de muchos, entonces cada hombre decide qué hacer en su vida, porque ningún hombre está obligado a quitar el pecado de muchos: nadie puede hacer eso. Nadie puede quitar el hambre que hay en el mundo por el egoísmo de muchos.

Pero tampoco nadie está obligado reparar en algo ese egoísmo global, porque sólo se repara el pecado de un hombre, pero no el pecado global. El pecado global no existe, luego no hay reparación.

La Cuaresma es para quitar el pecado personal: la obra moral mala. Y eso exige la oportuna penitencia. Si Dios quiere que se haga una limosna para dar de comer a un pobre, se hace; pero si Dios no lo quiere, entonces no hay que hacer una obra buena en lo humano para quitar el hambre global del mundo. Esto sería caer en el humanismo, en el hedonismo social, perdiendo el fin último que tiene todo hombre en su vida: ver cara a cara a Dios.

La vida espiritual es oración y penitencia, no es dar de comer a los pobres, no es hacer un negocio de la cuaresma, no es resolver los problemas sociales de la gente.

  • «La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan».

La indiferencia… es una tentación… ¡Gran mentira!

Así predica un falso profeta: dando generalidades, hablando para la masa, en un lenguaje universal, sin conceptos claros, precisos.

Si hay indiferencia hacia Dios y hacia el prójimo, es que el hombre ya no es libre, sino que está determinado hacia un mal. La indiferencia no es una tentación, sino que es libertad.

Todo hombre libre es indiferente: es decir, no está determinado a nada. Cuando pone su libertad en algo, entonces ya no es indiferente: ya ha hecho algo bueno o malo. Ya es un hombre bueno o malo.

Bergoglio juega con la palabra indiferencia: no señala ningún pecado concreto, sino que los engloba todos. Y, por tanto, él mismo habla contradictoriamente: es decir, habla con confusión, con oscuridad, con mentiras, con engaños.

Hablar de indiferencia es hablar de libertad. Pero, como Bergoglio está en su idea social de indiferencia, como un conjunto de males sociales, universales, por eso, habla mal en su pésimo discurso.

Nunca la indiferencia es una tentación, sino que es un estado propio del hombre en su libertad. Todo hombre que no elige nada está en estado indiferente, es decir, no determinado hacia algo. Es libre de hacer una cosa u otra. Y eso no es tentación, eso es estar en lo propio de la naturaleza humana: su libertad, que no está determinada a nada ni a nadie. Es indiferente.

Lo que es tentación son los pecados concretos: lujuria, avaricia, fama, etc…

Ante la maldad que se ve en todo el mundo, el hombre que permanece en su indiferencia no peca, porque ningún hombre está obligado a hacer una obra global para quitar esa maldad global. Y nadie está obligado a hacer obras pequeñas que se vayan acercando a una obra global para quitar esa maldad que hay en todas partes. Y la razón: no existe el pecado global. Sólo existen los pecados concretos, específicos. Existen los efectos de los pecados personales. Y esos efectos pueden ser universales. Pero la vida del hombre no consiste en reparar defectos o males universales, sino en quitar el pecado personal.

Todo hombre está obligado a reparar su propio pecado. Y si tiene una familia: los pecados de su familia. Y si trabaja en algo, los pecados de aquellos con los cuales trabaja. El sacerdote hace penitencia por los pecados de las almas que tiene a su cargo. Pero nadie está obligado a una penitencia global, porque no existe la gracia global, universal. La gracia es para cada alma, no es para el conjunto de los hombres.

Para el modernista, la indiferencia se define como no estar atento a la diferencia del otro.

Eres indiferente con el pobre, con el que pasa hambre, porque no pones atención a su diferencia: él pasa hambre. Tú no pasas hambre. No estés en tu egoísmo: mira la diferencia del otro que tú no tienes. Si no la miras, si no la sientes, entonces eres indiferente con el que se muere de hambre. No vives buscando una armonía entre tu vida y la de tu prójimo. Es la búsqueda de la armonía social, propio del comunismo.

Bergoglio nunca habla del pecado específico, sino que lo engloba todo en su concepto de indiferencia. Por eso, hace un discurso sin lógica, sin sentido.

  • «Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre».

Esto no tiene ni pies ni cabeza.

Dios no es indiferente al mundo: ¿qué tiene que ver Dios y el mundo? Nada. El mundo es del demonio. Dios ama tanto Su Creación que, por eso, envía a Su Hijo, para poner un camino de salvación, no sólo al hombre, sino a toda Su Creación.

Toda la creación ha quedado en la maldición del pecado. Hay que sacarla de esa maldición. Pero sólo Dios conoce ese camino.

Dios, viendo el pecado del hombre, viendo los males que hay en el mundo por los pecados de los hombres, entonces envía a Su Hijo. Y lo hace por Amor Divino al hombre, no por amor humano. Dios ama lo que ha creado: ese amar indica que Dios siempre obra el bien en toda Su Creación.

Dios no mira la diferencia del mundo para no ser indiferente.

Dios no atiende las necesidades del mundo para no caer en la indiferencia.

Dios crea el mundo y a los hombres. Dios gobierna lo que crea. Y, por tanto, Dios da a cada uno según Su Justicia. No metas la palabra indiferencia para tu juego masónico: para reinterpretar el Evangelio:

«Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio Su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16).

Como Dios ama, entonces el hombre tiene un camino de salvación, una vida eterna. Primero es el amor.

Bergoglio dice: como Dios no es indiferente, entonces ama al mundo. Primero es no ser indiferente; después es amar. La idea masónica del amor fraterno.

Así es como se discierne a un falso profeta, como Bergoglio. Y son pocos los que lo hacen. Se han puesto en el juego de su lenguaje humano.

  • «El mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él».

El mundo está cerrado a Dios, porque le pertenece al demonio. El Verbo se hace Carne, pero no entra en el mundo ni el mundo entra en Dios. El Verbo no se encarna en el mundo, sino en la carne de un hombre.

Estas cosas son las que definen a Bergoglio: una unión entre Dios y el mundo. Una unión imposible, en la cual, construye todo su sentimental discurso. Un discurso para la galería, pero lleno de errores por todas partes.

El mundo está en Dios: es su panenteísmo.

Dios entra en el mundo: es su panteísmo.

La puerta por la cual Dios entra en el mundo: una Virgen sin pecado. Una Virgen sin humanidad, sin el peso de lo humano. Una Virgen libre de la soberbia del hombre, que vive en la libertad del Espíritu.

Dios entra en un mundo glorioso, que es Su Madre. Pero Dios no entra en el mundo de pecado en el que vive todo hombre. Dios está en ese mundo, pero no pertenece a ese mundo.

  • «La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él».

¡Que Cristo nos sirva! Y, mientras tanto, el hombre sin luchar contra su maldito pecado.

¡Que Dios sirva la vida de los hombres! ¡Que Dios se preocupe por la vida de los hombres!

¿No ven la locura de este hombre? ¿Todavía no la captan?

La Cuaresma es el tiempo para luchar y quitar los pecados que traspasan el Corazón de Cristo. Para eso es la Cuaresma. No para dejarnos servir por Cristo.

Sirve a Cristo quitando tus malditos pecados, y el Señor te mostrará el camino de la verdad en tu vida.

Para ser como Cristo: crucifícate con Él en Su Cruz. ¡Crucifica tu voluntad humana!

Esto es lo que hay que predicar. No esta bazofia de discurso para tontos.

  • «En ella (en la Eucaristía) nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo».

¡Por favor, más seriedad con Cristo en la Eucaristía!

La Eucaristía es Cristo. Quien come a Cristo se une a Él, es una sola cosa con Él. No es el Cuerpo de Cristo. No se recibe a Cristo para transformarse en el Cuerpo de Cristo. Se recibe a Cristo para ser otro Cristo, por participación de su divinidad y de su humanidad.

«¿No es cada Misa una invitación de Cristo a sus miembros para hacerse con su parte en la Pasión Redentora?» (San Pío de Pietrelcina).

Para ser otro Cristo, primero hay que transformarse en el dolor de Cristo: participar de su Pasión, de Su Calvario, de su humanidad sufriente, porque eso es la Misa:

«La Misa es Cristo en el Calvario, con María y Juan a los pies de la Cruz, y los ángeles en permanente adoración… ¡Lloremos de amor y de adoración en esta contemplación!» (San Pío de Pietrelcina).

La Misa es Cristo en el Calvario: la Eucaristía es el Amor en el Dolor.

Y se llega al Amor de Dios, en la Eucaristía, a través de este Dolor:

«El amor se templa en el dolor». Hay que «poner el corazón en el costado abierto de Jesús» (San Pío de Pietrelcina) para comprender su Amor, para ser Amor, para ser otro Cristo.

Pero Bergoglio sólo está en su concepto social de iglesia: comunidad de hombres que piensan en Cristo, que se dicen que son de Cristo, que se llaman cristianos, que forman el cuerpo de cristo.

Ser Iglesia es imitar la vida y las obras de Cristo. Ser Iglesia no es comulgar la
Eucaristía. Hay tantos que comulgan y que forman la iglesia del demonio, el cuerpo místico de los hombres.

Para ser Iglesia hay que ser dolor en Cristo: hay que asociarse a Su Pasión. Lo demás, es un cuento chino, que es el que le gusta a todos los católicos de hoy día.

  • «En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?».

Para no estar en la indiferencia global hay que estar atentos a las diferencias globales.

¿Experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo?

Es su idea masónica: la fraternidad universal, global.

¿Experiencia física? ¿Espiritual? ¿Mística?

Porque el hombre experimenta que en la Iglesia no todos son de la Iglesia. Muchos siguen una doctrina, un credo, una fe que los saca de la Iglesia.

¿De qué experiencia está hablando este hombre?

El hombre tiene que experimentar las diferencias globales para meter a todos en un solo cuerpo. No excluyas a los herejes, a los cismáticos, a los apóstatas de la fe. Si excluyes: caes en la indiferencia. Fraternidad: todos somos, todos formamos parte de una humanidad, de un amor fraternal.

¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar?

Esta es su idea protestante: todos son buenos a los ojos de Dios y de los hombres. No hay demonios entre los hombres, no existen hombres malos, perversos. Hay que recibir de todos para compartir con todos.

¡Qué gran mentira bien dicha!

Los hombres no reciben lo que Dios quiere darles por sus pecados. Esta es la verdad que niega este hombre: el pecado es impedimento para que Dios ame al hombre, para que Dios bendiga al hombre.

Bergoglio habla de una iglesia donde no hay pecado. El único pecado: la indiferencia global. No excluyas los dones que tienen otras personas que, aunque sean pecadores, aunque vivan en otra religión, aunque estén malcasados, sin embargo te aprovechan para tu vida. Hay que recibir las ideas y las obras de los demás y compartirlo con todo el mundo, porque todo eso viene de Dios. Todo vale en la iglesia de Bergoglio. No hay norma de moralidad. Todo es la ley de la gradualidad.

¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos?

Su comunismo, que no podía faltar.

Carga con las necesidades materiales, económicas, del otro. Pero no cargues con sus pecados. No corrijas al otro por sus errores, sino busca el bien común de todos. No busques el bien privado de nadie. Porque la vida es para todos: «nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos». Es su hedonismo social, su comunismo que busca satisfacer el bien común de todos.

¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?

Esto es la guinda en el pastel.

Nadie se compromete con los que están lejos en el mundo. En la realidad de la vida humana, los hombres siempre tienden a ayudar a los que tienen a su alrededor. El hombre, cuando no conoce, no hace nada por nadie. Si ayuda a los que están lejos, es porque conoce su situación real.

El hombre, por su naturaleza de pecado, siempre se refugia en los suyos, en los que tiene cerca, en ese pobre que se muere de hambre. Siempre. No hay un hombre que se refugie en un amor universal a lo desconocido. Es un imposible.

Por eso, este discurso no tiene ni pies ni cabeza. No tiene ni siquiera una lógica humana. Y entonces hay que leer estas cosas:

  • «La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario… Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos».

Los santos… todavía peregrinan: Si todavía peregrinan, entonces no están en el cielo. ¿Qué necesitan, según Bergoglio, para estar en el cielo, para no peregrinar? Ocuparse de la gente del mundo.

Con la muerte se termina el tiempo de merecer y desmerecer; luego el que muere en gracia y, por lo tanto, va a ser destinado a la gloria, disfrutará de ella eternamente. Ya se acabó el tiempo del peregrinaje.

Un buen teólogo le diría unas cuantas cosas a este subnormal. Pero no se atreven.

«Porque este peso pasajero y leve… nos produce eterno caudal de gloria…» (2 Cor 4, 17): la vida humana es una peregrinación hacia el cielo. Y se lleva un peso, una carga, que es temporal. Cuando se entra en el cielo, ya no hay peso, no hay carga, no hay peregrinación. Sólo hay gloria eterna.

La Iglesia triunfante es eso: triunfante del pecado y de todo mal. Ya no peregrina. Ya se acabó su tiempo de lucha espiritual. La prueba de su vida la pasaron con éxito y, por eso, expiaron todos sus pecados y ahora están en el cielo triunfando. Y les importa nada la vida de los hombres: sus problemas sociales, políticos, económicos, humanos, etc,.. NADA. Porque han sabido aprovechar su vida, mientras estaban en este valle de lágrimas: han sabido vivir para conquistar el cielo en la tierra.

«Al que quede vencedor… nunca jamás saldrá fuera» (Ap 3, 12): los santos no salen del cielo para seguir peregrinando. El cielo no es verdadero si no es perpetuo. Si todavía hay que peregrinar, entonces eso no es el cielo.

Y, por lo tanto, las palabras de los Santos, como Santa Teresita del Niño Jesús, hay que entenderlas de la vida mística.

Como las entendió San Pío:

«He pactado con el Señor que, cuando mi alma se haya purificado en las llamas del Purgatorio haciéndose digna de entrar en el cielo, yo me coloque a la puerta y no pase dentro hasta que no haya vito entrar al último de mis hijos e hijas».

Jesús, que está glorioso, sigue sufriendo en cada Altar: es el sufrimiento místico, que es un Misterio para el hombre. Todos los santos del cielo sufren de manera mística en Cristo, no en ellos. Es decir, quieren que los hombres se salven, se santifiquen, como ellos lo han hecho. Pero ellos conocen más: conocen quiénes de los hombres, que peregrinan aun en la tierra, se van a salvar, y quiénes no.

Nadie en el cielo sufre por los males físicos de los hombres o de sus familiares. Ellos sólo viven para Dios y únicamente quieren cumplir Su Voluntad.

Todos los que están en el cielo ven a sus parientes como enemigos de Dios si están en camino de condenación. Piden a Dios por sus almas, pero los consideran enemigos hasta que no se conviertan. Y si se condenan, no sufren la condenación de éstos, porque en el cielo ya no se sufre: se ve claramente que Dios tiene motivos para condenar a un alma y, por lo tanto, el alma se conforma en todo con el Querer Divino.

En el cielo no hay sufrimientos, no hay tristezas, no hay nada. Sólo permanece la unión mística en Cristo. Todavía hay almas que salvar en Cristo.

«Los ángeles sólo nos tienen envidia por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios» (San Pío de Pietrelcina).

Pero Bergoglio sólo está en su gran locura: «la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima».

¡Esto es una gran locura! ¡Esto es ir en contra del dogma!

La alegría del cielo no es plena: le falta algo. Es la gran locura. Como no puede entender el Misterio de la Cruz, por la cual el dolor se une al amor, entonces tampoco puede entender la vida gloriosa, en la que sólo hay plenitud de gozo, de alegría, de amor divino, con el dolor místico, porque los hombres siguen pecando en la tierra y así siguen ofendiendo a Dios.

Como Bergoglio sólo está en su idea social de la indiferencia, tiene que negar todos estos misterios y decir sus locuras bien dichas: «También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación».

Participa que participa: los hombres de la tierra participan del cielo y los hombres del cielo participan de la tierra. ¿Quieren más locura en menos palabras?

Con Bergoglio ya no hay deseo del cielo: ya no hay santidad, no hay un fin último en la vida. Todo es conseguir una estúpida armonía: que el cielo y la tierra estén sin diferencias. Y mientras no se consigue eso, los que están en el cielo siguen sufriendo. Mayor estupidez no cabe en la boca de este sujeto infernal.

¿Esto es un mensaje para la Cuaresma? No; esto es el negocio del Vaticano.

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