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La babosería protestante de Bergoglio

interreligiosidad

«Pues la Ira de Dios se manifiesta desde el Cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres, de los que en su injusticia aprisionan la verdad con la injusticia» (Rom 1, 18).

El verdadero mal del hombre es el pecado.

El pecado es «un hecho o un dicho o un deseo en contra de la Ley Eterna» (S Agustín – R 1605). Es decir, una ofensa contra Dios, que lleva al apartamiento de Dios, a romper una ley que obliga moralmente.

«El que comete pecado traspasa la Ley, porque el pecado es transgresión de la Ley» (1 Jn 3, 4).

Obrar el pecado es obrar sin ley, por encima de la ley. Y la ley Eterna son cuatro cosas: ley natural, ley divina, ley de la gracia y ley del Espíritu.

El pecado es un desorden de la voluntad humana, por el cual el hombre se aparta de Dios para obrar su mente humana. Este apartarse de Dios produce en el alma una mancha:

«En el pecado se pueden considerar dos cosas, a saber: el acto culpable y la mancha consiguiente…la mancha del pecado no puede borrarse del alma más que por la unión con Dios, por cuyo distanciamiento incurrió en la pérdida de su propio esplendor» (1.2 q.87 a.6).

Esa mancha no es el pecado, sino el reato del pecado, que hay que purificar, expiar. Por el acto del pecado, el hombre se aparta de Dios; pero queda la mancha. Para quitarla, es necesario confesar el acto del pecado y hacer una penitencia por ese pecado:

«no vuelve el hombre inmediatamente al estado en que estaba, sino que se requiere un movimiento de la voluntad contrario al movimiento anterior» (1.2 q.87 a.1).

Hay que expiar: hay que hacer un acto de voluntad, una obra, contraria a la que se hizo en la obra del pecado.

Hoy día, se niega todo esto y las almas pecan y se confiesan y no hacen nada. No salen de sus pecados, porque no quitan sus manchas de sus almas, con la oportuna penitencia. El alma queda manchada y, por lo tanto, inclinada con mayor fuerza al pecado.

Ya aquel que esté con el alma manchada es digno de la Justicia de Dios. Por eso, el purgatorio después de la muerte: quitas tus pecados (con el sacramento de la penitencia), pero no las manchas de tu alma. Hay que purgarlas en la Justicia de Dios.

El pecado hace resaltar la justicia de Dios: «Pero si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿No es Dios injusto en desfogar su ira? (hablo a lo humano). De ninguna manera. Si así fuese, ¿cómo podría Dios juzgar la mundo?» (Rom 3, 5).

Hoy todos niegan que Dios castigue a los hombres. Se niega Su Justicia porque se niega el pecado.

«ir a confesarse no es ir a la tintorería para que te quiten una mancha» (ver texto).

No vayas a confesarte para buscar una penitencia, para saldar la deuda de tu pecado.

Bergoglio está enseñando su fe fiducial: Dios no imputa el pecado, porque Jesús me ha salvado:

«para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar. Lo que debo hacer es pedir perdón y reconciliarme, no ir a la tintorería del japonés de la vuelta de mi casa. En todo caso, debo ir a encontrarme con Jesús que dio su vida por mí. Es una concepción bien distinta del pecado. Dicho de otra manera: el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado» (El Jesuita – pag. 100).

El pecado no es una mancha que tengo que limpiar: no es una ofensa a Dios que mancha el alma. Y, por lo tanto, se va a la confesión no para limpiar el alma, para quitar esa mancha. No se vive la vida para expiar el pecado, para hacerla un purgatorio. Se va para hablar con el sacerdote y decirse a sí mismo: soy muy pecador, pero Dios ya me perdona.

El pecado es el lugar de encuentro personal con Jesús: Bergoglio niega la gracia de Dios como lugar de encuentro con Jesús. Pone al pecado como un lugar privilegiado: es decir, está exaltando el pecado. No lo ve como un mal, como una ofensa a Dios. No muestra el pecado como lo que revela la ira de Dios.

No; el hombre tiene que estar en su pecado para que se encuentre con Dios, para que Jesús lo salve. No tiene que salir del pecado, no tiene que huir de él.

«Como de serpiente huye del pecado» (Ecle 21, 2).

Bergoglio va en contra de la palabra de Dios y dice: no huyas, la gloria del hombre es ser pecador:

«Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores» (El Jesuita – pag. 99).

O con otras palabras más claras:

«Finalmente, la idea de que iban al infierno. Pero también los protestantes… Cuando era niño, hace 70 años, todos los protestantes iban al infierno, todos. Eso nos decían… en la catequesis, nos decían que todos iban al infierno. Pero me parece que la Iglesia ha crecido mucho en la conciencia del respeto…  Y sí, ha habido tiempos oscuros en la historia de la Iglesia, tenemos que decirlo, sin vergüenza, porque también nosotros nos encontramos en un camino de conversión continua: del pecado a la gracia siempre. Y esta interreligiosidad como hermanos, respetándose siempre, es una gracia» (ver texto).

Tenemos que decirlo sin vergüenza: Bergoglio es un protestante.

Hay que decirlo a cara descubierta: los tiempos oscuros en la historia de la Iglesia han comenzado con Bergoglio.

Que todo el mundo sepa esto: Bergoglio divide a la Iglesia con su gobierno horizontal y con su doctrina protestante.

Los protestantes se van al infierno siempre: no sólo hace 70 años, sino desde que surgieron como falsa iglesia. Lutero está en el infierno. Y a pesar de que rabie Bergoglio: él se va al infierno por sus malditos pecados, y por no enseñar la verdad a la Iglesia y en la Iglesia.

Él está obligado a enseñar la verdad por ser Obispo. Y está obligado moralmente a conducir las almas hacia la verdad, sin ningún error, sin ninguna mentira. Para eso tiene la plenitud del sacerdocio, que la ha metido en un saco roto.

Con Bergoglio no hay cariñitos: hay juicio y condenación.

Todos aquellos que lean a Bergoglio para quitarle los pañales, y así que no huela mal, le hacen el juego y contribuyen a destruir la Iglesia más y más.

Si quieren ser Iglesia, pisen la mente y las obras de Bergoglio. Si no hacen eso, sus vidas espirituales se van a perder para siempre, porque el que espera algo de un cismático y de un hereje sólo encuentra condenación en su vida.

Para Bergoglio, el hombre no tiene que quitar su pecado; no tiene que luchar contra su pecado. El hombre tiene que ponerse en su pecado para que Dios lo ame. Es su gloria: el pecado. La gloria del hombre no es el amor divino, sino su pecado.

El pecado de «interreligiosidad entre hermanos, respetándose siempre, es una gracia»: mayor herejía no se puede decir.

Porque una cosa es el respeto al otro porque es hombre y ha elegido el pecado para su vida: si quiere seguir pecando, que siga pencando.

Y otra cosa es decirle al que peca: quita tu pecado, porque si no lo haces te vas a condenar.

Bergoglio dice: primero es el amor al prójimo: el otro es tu hermano. Respétalo.

Segundo: no le digas que vive mal: su irreligiosidad (su religión falsa) es tu gloria.

Esta es su falsa misericordia, que viene de su protestantismo: la redención es el sumo amor de Dios a los hombres. Es entender la pasión de Cristo quitando el fin de ella: liberar al hombre de la ofensa a Dios, del pecado.

Bergoglio, como todos los protestantes, entiende la Pasión como salvar al hombre, como amar al hombre: Jesús anuncia el camino de la salvación eterna y así lo muestra a todos. El hombre no tiene que hacer nada más, sino ser salvado por Cristo, ser amado por Dios. No tiene que hacer nada por Cristo, porque ya él lo ha hecho todo. No hay que expiar el pecado:

«la duda que podría surgir en el corazón humano está en el “cuánto” Dios está dispuesto a perdonar. Y bien basta arrepentirse y pedir perdón: No se debe pagar nada, porque ya Cristo ha pagado por nosotros» (ver texto).

No se debe pagar nada, porque ya Cristo lo ha sufrido todo: no hay penitencia, no hay cruz, no hay dolor por el pecado.

Y, por lo tanto, Dios lo perdona todo:

«No hay pecado que Él no perdone. Él perdona todo» (Ib). El pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo también es perdonado por Dios.

A los protestantes ya Dios los ha perdonado porque son muy buenas personas.

«Pregunté a mi abuela: “Abuela, ¿son monjas?”. Y me dijo: “No, son protestantes, pero son buenas”. Fue la primera vez que oí hablar bien de una persona de otra religión, de un protestante. Entonces, en la catequesis, nos decían que todos iban al infierno»(ver texto).

La mente de un protestante tiene que negar el dogma de la muerte expiatoria de Cristo. Jesús es el mensajero y el que trae la felicidad a todos los hombres: no viene a poner un camino de Cruz al hombre para salvarlo de sus pecados, porque el pecado no es una ofensa a Dios, sino una gloria del hombre, una gracia.

Y, por lo tanto, todo el mundo se salva, todos para el cielo.

Bergoglio no presenta a Jesús como el que quita el pecado, sino como el que salva.

Y, por lo tanto, confesarse es encontrarse con Jesús, que salva y hace fiesta, no con un Jesús que hace un juicio al hombre y a su pecado:

«La confesión más que un juicio, es un encuentro. Tantas veces las confesiones parecen una práctica, una formalidad : ‘Bla, bla, bla…, bla, bla, bla…, bla, bla … Vas. ¡Todo mecánico! ¡No! ¿Y el encuentro dónde está? El encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta». (ver texto).

«más que un juicio: es un encuentro»: ante todo, la confesión es un juicio. El alma va a ese Sacramento a decir sus pecados y a que el sacerdote haga un juicio sobre ellos.

No hacer esto, es convertir la confesión en una charla de hombres, en un doctorado psiquiátrico.

No se va a la confesión para dar ternuritas al alma, sino para ver su pecado y corregirlo. Si no ve su pecado: si no se llama al pecado con el nombre de pecado, entonces no hay absolución de nada.

Muchos sacerdotes no absuelven porque no juzgan el pecado como ofensa a Dios.

O no lo ven como pecado o sólo ven males sociales, humanos, carnales, etc…

La confesión es sólo un juicio: hay que juzgar el pecado que trae el alma. Hay que verlo como pecado, y hay que discernir en qué grado pecó ese alma.

Hay que ver, también, si ese alma tiene arrepentimiento de su pecado.

¡Hay que juzgar el pecado y al pecador!

Bergoglio sólo habla para la galería: para darle al hombre lo que gusta escuchar: Dios nos ama, Dios nos salva, Dios hace fiesta por los hombres. Es el Dios que se encuentra con el hombre, pero no es el Dios que juzga al hombre, que castiga al hombre. Esto lo enseña constantemente Bergoglio y tantos como él.

El hombre tiene que experimentar haber sido salvado, no tiene que experimentar el juicio divino, la ira de Dios: «el encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta».

Ahí está el encuentro, con este Jesús que es dos cosas, para Bergoglio:

«Jesús salva y Jesús es el intercesor. Estas son las dos palabras clave» (ver texto).

Jesús salva e intercede.

Para el católico: Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres, y es el Rey de todos los hombres y pueblos.

El mal del que Jesús salva principalmente a los hombres es el pecado: «salvará… de sus pecados» (Mt 1, 21).

La obra de Cristo, para el católico, es una liberación de los hombres del pecado. Y, en consecuencia, una restitución y una reintegración al estado de salvación.

Este estado de salvación es un estado del alma, un estado espiritual: el alma se pone en la gracia. Y, en ella, tiene el camino para salvarse.

Ese camino significa dos cosas:

  1. Expiar el pecado que al alma haya cometido o que cometa;
  2. Santificar su alma en la gracia.

Esta salvación que Cristo hizo la obró en su Pasión y muerte: fue el sacrifico de su vida. Toda alma que esté en el estado espiritual de gracia, tiene que asociarse a la Pasión y a la muerte de Cristo para permanecer en la gracia. Su vida, por lo tanto, es una vida de oración y de penitencia constante, porque siempre el pecado hace tender al alma fuera de la gracia.

El hombre se reconcilia con Dios y se libra del pecado por la pasión y por la muerte de Cristo. Por lo tanto, el hombre debe salir de su pecado y meterse en la Pasión de Cristo, en su muerte. Allí se encuentra a Dios, a Jesús.

Un alma que sufre con Cristo encuentra el amor de Cristo en su corazón.

Un alma que crucifica su pecado es un alma que sigue a Cristo.

Bergoglio sólo está hablando de su fe protestante, porque Cristo es el que intercede por nosotros, pero no es el Mediador, el Rey que está sentado a la derecha del Padre para gobernar y juzgar a los hombres:

«Así la gente busca a Jesús con esa intuición de la esperanza del pueblo de Dios, que esperaba al Mesías, y trata de encontrar en Él la salud, la verdad, la salvación, porque Él es el Salvador y como Salvador aún hoy, en este momento, intercede por nosotros. Que nuestra vida cristiana esté cada vez más convencida de que nosotros hemos sido salvados, que tenemos un Salvador, Jesús a la diestra del Padre, que intercede» (Ib).

Cristo, en cuanto hombre, une a los hombres con Dios, mostrándoles los preceptos y dones de Dios, y satisfaciendo e interpelando a Dios por los hombres. Esto es la Mediación de Cristo.

Cristo sigue satisfaciendo a Su Padre por los pecados de los hombres, porque su sacerdocio es eterno. Jesús es algo más que un intercesor. Intercesor son todos los santos; pero Jesús es Dios: es el Santo de los Santos. Su misión, a la diestra de Su Padre, no es sólo interceder, interpelar por los hombres, sino también satisfacer por sus pecados.

Los protestantes niegan esto porque sólo dan la visión de un Jesús que salva, de un Dios que es amor y que nos salva a todos.

Para los protestantes, Jesús no es Dios y, por lo tanto, es sólo un intercesor, no un mediador:

«¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria»(ver texto).

Jesús es sólo un hombre muy santo, que está en la gloria intercediendo por nosotros. Es el que ora; es el que tiene las llagas en sus manos. Algo muy bonito, pero no real.

«Porque Él es el primero en orar, es nuestro hermano. Es hombre como nosotros. Jesús es el intercesor»

Pero Jesús no es el Mediador: no es el que satisface la ofensa a su Padre. Es sólo un hombre como nosotros.

Pero no es Dios: no es una Persona Divina; que está a la derecha de la Persona Divina del Padre. Y está con su Humanidad Gloriosa. Y esa Humanidad sigue satisfaciendo por las ofensas, que los hombres siguen haciendo a Su Padre, en cada altar, en cada Misa.

«¿Decimos a Jesús: “Ruega por mí, tú que eres el primero de nosotros, tú ruega por mí”? Seguro que ora; pero decirle: “Ruega por mí, Señor, tú eres el intercesor” es mostrar una gran confianza. Él ruega por mí, Él ora por todos nosotros. Y ora valientemente, porque hace ver al Padre el precio de nuestra justicia, sus llagas».

Jesús no es el que hace ver al Padre el precio de nuestra justicia, sino el que muere en la Cruz en cada altar: sigue sufriendo, sigue expiando el pecado de los hombres, sigue muriendo. Y eso es mucho más que hacer ver al Padre sus llagas. Es el Misterio del Altar, que es el Misterio de la Eucaristía.

Por eso, la Misa es algo muy serio: es estar en el Calvario, uniéndose al Sacrifico de Cristo. La Misa no es para bailar y cantar; no es para pasárselo bien. Es para sufrir con Cristo. Y,por eso, no se puede comulgar de cualquier manera. Se comulga para sufrir, para expiar el pecado, para unirse a Dios en el dolor.

Bergoglio niega el sacrifico de la Cruz en cada misa, porque ha negado la divinidad de Jesús. Sólo presenta un Jesús que llora por los hombres y al cual le hicieron una injusticia social al matarlo.

¡Qué fácil es discernir lo que es Bergoglio para la Iglesia!

Pero los católicos ya no disciernen nada. Sólo están ocupados en destruir la Iglesia, y cada uno a su manera, según su pecado, según su injusticia.

Y Dios, mientras tanto, mirando desde el Cielo el pecado de Su Iglesia para manifestar Su Justicia.

Cuando se quite oficialmente la Eucaristía, entonces Jesús ya no podrá hacer el oficio de Mediador, en sus sacerdotes, y es cuando vendrá el Gran Día de la Ira: toda la Creación pasará por el fuego de la Cólera Divina.

¡Cuántos, antes se condenarán por estar bailando con un idiota como Papa!

El que obedece a la verdad revelada nunca se equivoca

corromper

«por el cual hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe» (Rom 1, 5).

El hombre está obligado a obedecer a la fe. Los dones de Dios son para la obediencia. No son para jugar con ellos, no son para decir que se tienen dones y carismas. Son para obedecer la Palabra de Dios que se da en ellos.

La fe es un acto de obediencia a Dios. Obedecer la Mente de Dios, que es obedecer Su Voluntad, hacer Su Voluntad, obrar lo divino.

Hay una fe que se rinde a Dios. Y hay otra fe que se rinde al hombre.

Cuando se cree a la autoridad del hombre que habla, entonces la fe es humana.

Cuando se cree a la autoridad de Dios que habla, entonces la fe es divina.

Cuando se cree a un hombre, no por su autoridad, sino por la evidencia de su testimonio, de sus estudios, de su trabajo, de sus investigaciones, entonces eso es una fe científica.

La fe divina es una fe de autoridad; no es científica: no se cree a los científicos, ni a los filósofos, ni a los psiquiatras…, para llegar a Dios. No se alcanza a Dios por la ciencia de ningún hombre, por ninguna sabiduría humana.

Se alcanza a Dios por la autoridad de Dios que habla, que revela Su Palabra.

«El justo vive de fe» (Rom 1, 17c).

Los hombres suelen caminar en la vida «de una fe a otra fe» (Rom 1, 17b), imitando así a los hombres del Antiguo Testamento, que creían en las divinas promesas, pero no podían creer en Cristo.

En el Nuevo Testamento, el objeto de la fe es Cristo, muerto y resucitado, en quien el Padre puso la salvación del mundo.

Muchos hombres son científicos en su fe: creen porque otros demuestran los hechos. Son como santo Tomás: si no ven con sus razonamientos humanos, no creen, no pueden creer. De estos hombres hay muchos: no se apoyan en la autoridad de la Iglesia, ni en la autoridad de la Jerarquía, ni en el poder humano de los hombres. Sólo se apoyan en su sabiduría humana.

Si estos hombres creen en algún falso profeta, entonces aparece en ellos la fe humana, porque todo falso profeta habla con una autoridad, en nombre de algo o de alguien.

Por eso, hay muchas falsas espiritualidades o religiones porque se pide la obediencia por la falsa autoridad de un hombre, por el falso poder que tiene ese hombre.

Los que van dejando a los falsos profetas y se van introduciendo en los verdaderos, son como los hombres del Antiguo Testamento: creen en lo que prometen las escrituras, las profecías, pero no han llegado a la verdadera fe, la fe divina, que sólo tiene un objeto: Cristo.

Con la fe divina se imita a Cristo, se hacen las obras de Cristo.

Quien no tiene esta fe divina, habla así de la fe:

«la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre» (LF, n. 4).

La luz de la fe ilumina la vida de Cristo para imitarla. La fe no es para iluminar la existencia del hombre. Dios no da el don de la fe para que el hombre viva una historia, una cultura, una vida humana.

Dios da el don de la fe para que el hombre se transforme en Su Hijo. El objeto de la fe es Cristo, no es la existencia del hombre. Es Cristo y su Cruz. La vida del hombre es para poner los ojos en la vida de Cristo Crucificado.

La fe no es la apertura a un futuro, no es la promesa de una plenitud, no es una luz en el sendero:

«experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe…se presenta como luz en el sendero» (LF, n.4).

La luz de la fe es Cristo. Cristo es el Camino, no es la luz en el camino. Cristo no es una promesa, sino la Obra Redentora del Padre a la que todos tienen que asociarse si quieren salvarse. Cristo es una doctrina divina, sagrada, inmutable.

La fe divina es un Poder Divino:

«no me avergüenzo del Evangelio, que es Poder de Dios» (Rom 1, 16a);

es un Poder «para la salvación de todo el que cree; del judío primero, pero también del griego» (v. 16b).

Es un Poder que salva el alma que cree; por lo tanto, es un Poder que condena al alma que no cree. La salva de sus pecados, no de sus problemas sociales.

Si el alma obedece el Evangelio, a esa Palabra Divina, -que es un Poder Divino-, entonces esa alma encuentra un camino de salvación en su vida, aunque sea griego, aunque sea un hombre de mundo, aunque viva en sus pecados.  Si no hay obediencia a la fe, a la verdad revelada, no hay camino de salvación.

El Evangelio se funda en la Cruz de Cristo. Y la Cruz es siempre salvación o condenación.  Es la Roca que si se desecha, el hombre construye en el aire su vida; pero si se acepta, entonces la vida del hombre adquiere el sentido de Cristo.

Los hombres no quieren salvarse porque no obedecen a Dios, a la Verdad que Dios revela.  No es porque Dios no quiera salvarlos, es porque ellos no obedecen a Dios.

Dios se revela en la ley natural: los hombres no la obedecen. Luego, no hay salvación.

Dios se revela en la ley divina: los hombres no cumplen con los mandamientos. No es posible salvarse. No hay obediencia a la fe.

Dios da la ley de la gracia en Su Iglesia: los hombres meten en un saco roto la gracia y anulan el camino de salvación. Quien no cumple la ley de la gracia tampoco cumple con la ley divina ni con la ley natural.

La fe divina es la Mente de Dios que se da a conocer al hombre.

Y la Mente de Dios es siempre presente: no tiene tiempo.

Bergoglio habla de una fe científica, de una fe apoyada en el tiempo:

«Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

Una fe que viene del pasado (= el recuerdo de la vida de Jesús) y que viene del futuro (= de Jesús resucitado): es la evolución del pensamiento del hombre y, por tanto, los múltiples cambios en su vida y en sus obras.

La fe no viene ni del pasado ni del futuro, porque la Mente de Dios no tiene tiempo, no vive en el tiempo, sino que es eterna.

La fe –para Bergoglio- ya no es algo eterno, permanente, igual, en todos los tiempos lo mismo; sino que es un vaivén de pensamientos. No es un presente, sino un pasado para construir un futuro.

La fe es la Mente de Dios. Y Dios no tiene tiempo. Dios no es un pasado ni un futuro. Es un presente eterno. Esa Mente es la misma para todos los hombres y para todos los tiempos de los hombres: nunca cambia. Cuando Dios habla dice siempre lo mismo. Su Pensamiento Divino no cambia en el tiempo, en la historia de los hombres.

Es necesario que el hombre obedezca esta Mente Divina si quiere encontrar un camino para salvar su alma. ¡Obediencia! ¡Obediencia a la fe! ¡Creer en la Verdad que Dios habla!

Es lo que no habla Bergoglio, porque es un hombre sin fe divina. Él mismo se obedece a su propio pensamiento humano. Él mismo cae en su propia fe científica. Bergoglio abaja lo divino, no sólo a lo humano, sino a su propio pensamiento de hombre. Encierra en su mente a Dios. Y, por lo tanto, se hace él mismo inútil para conocer la Mente y la Vida de Dios.

Para conocer a Dios: obedecer Su Mente Divina.

Obediencia a una Sabiduría Divina:

«la fe es la substancia de las cosas que se esperan, es el argumento de lo que no es mostrado» (Hb 11, 1)..

  • Es la substancia: es una verdad que subsiste por sí misma, que no está apoyada en otra realidad, sino en la suya propia, que es una realidad sobrenatural. Es algo sobrenatural que no se posee, sino que se espera. Por la misma fe se hace existente en el corazón aquello que todavía no existe en el presente. Existe en el alma que cree, pero no existe en la realidad de la vida.

Se cree en el Cielo, pero no se vive en el Cielo. Se cree en Dios, pero no se ve a Dios. Se cree en la Eucaristía, pero no se ve con los ojos humanos a Jesús. No se cree para construir un futuro, sino para obrar una Voluntad de Dios en el presente del hombre, en la historia, en la cultura, en la vida del hombre.

La fe divina es siempre para un presente, para una obra divina; la fe humana es siempre para construir un futuro humano, para una obra humana.

La fe divina es una substancia sobrenatural para el corazón, no para ponerla en la realidad de la existencia humana.

Con la fe divina no se puede construir un paraíso en la tierra.

Con una fe humana, los hombres intentan conquistar la Creación para cambiarla a su capricho. Y, al final, tampoco consiguen la felicidad que persiguen. Los que persiguen el establecimiento de un gobierno mundial tienen esta fe humana, que se apoya en una fe científica, en una interpretación del dogma, de la verdad que Dios ha revelado:

«El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación» (ver texto).

El mundo ha cambiado, pero no la Mente de Dios. Se apela al hombre, a sus cambios, para salir del dogma, para no obedecer la ley de la Iglesia, para no sujetarse a la Autoridad Divina en la Iglesia, para cambiar la doctrina y la moral.

El que vive sin fe divina tiene que estar mirando al hombre, a lo social, a la vida de los hombres para inventarse una falsa misericordia, que conlleva una falsa promesa de salvación: se quiere liberar al hombre de sus problemas sociales, quitando de en medio, del centro de su vida, la ley Eterna de Dios.

El que vive su fe humana se centra sólo en el hombre: pone al hombre como el centro de todas las cosas humanas, como el rey del universo:

«cuando el hombre no está en el centro, hay otra cosa en el centro y el hombre está al servicio de esta otra cosa. La idea es, por lo tanto, salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Conducir al hombre, nuevamente, al centro (…) Os agradezco la ayuda que ofrecéis con vuestro trabajo, con vuestra reflexión para recuperar esta situación desequilibrada y para recuperar al hombre y volver a llevarlo al centro de la reflexión y al centro de la vida. ¡Es el rey del universo!» (ver texto).

Bergoglio está preocupado de que el hombre pierde la humanidad y se convierte «en un instrumento del sistema, sistema social, económico, sistema donde dominan los desequilibrios». Y, entonces, aparece «una política, una sociología, una actitud «del descarte»: se descarta lo que no sirve, porque el hombre no está en el centro» (Ib).

Es su fe humana: el hombre en el centro. Si se pierde ese centro, entonces viene la cultura del descarte. Y hay que arreglar esa cultura, que se convierta en una cultura del encuentro, en donde el hombre sea el rey del universo.

El centro de la vida de todo hombre es la Mente de Dios, la Mente de Cristo, la ley Eterna de Dios. Si se quita este centro, entonces el hombre pone su mente humana y sus leyes, olvidándose para qué Dios lo ha creado, que no es para estar en el centro de la Creación, sino para hacer una obra divina en su vida humana. No es para construir un paraíso en la tierra, sino para salvar su alma.

Si el hombre no está en el centro, no está al servicio de lo suyo humano, de su vida, entonces está al servicio de otra cosa. Esa cosa es el centro. Toda la salvación del hombre consiste en poner al hombre en el centro. ¡Esta es la barbaridad que predica Bergoglio! Ya no se salva el alma, sino que se idolatra al hombre. ¡No hay redención del pecado con Bergoglio, sino liberación social, económica, política, cultural!

Por eso, vivir de fe divina es difícil para los hombres, porque éstos quieren tocar lo que creen, quieren palpar la felicidad; buscan aquello que creen, pero no lo encuentran en el mundo que viven. No lo pueden encontrar. Dios no está en el mundo, sino en el Cielo.

Con frecuencia los hombres buscan una fe humana: ponen al hombre en el centro. Y se olvidan de la fe divina: Dios es el que está en el centro. Dios es el que manda, el que ordena, el que planifica la vida de los hombres, el que provee. No es el hombre.

Por eso, dice Jesús que Su Reino no es de este mundo: «mi Reino no es de aquí» (Jn 18,36d). Hay que vivir aquí, en el mundo, pero sin ser del mundo. No hay que vivir para poner al hombre en el centro. Si se vive así, se condena al hombre al infierno: no sólo hace su existencia humana un infierno, sino que se le impide la salvación de su alma.

Hay que vivir con esa substancia sobrenatural, con esa realidad sobrenatural en el corazón, pero siempre pensando que «esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Sólo la fe divina está por encima de todas las grandezas humanas, porque aspira a lo que ningún hombre puede dar con sus esfuerzos humanos. La gloria de Dios en la tierra sólo se alcanza en el Espíritu, no con el esfuerzo del hombre.

  • Es el argumento: es la prueba, es demostrar que esas cosas sobrenaturales, que no se ven, son ciertas y verdaderas.

La fe es un acto del entendimiento: no es un sentimiento, no es algo sensible, no es una opinión de las masas, no es una memoria fundante. «Es el asentimiento racional del alma libre» (San Clemente de Alejandría – R 421).

La fe es una inteligencia divina en el alma: es pensar como Dios piensa: sin tiempo, sin espacio, sin límites, sin condiciones, sin presupuestos humanos. Es tener la Mente de Cristo, para ver la Iglesia como la ve Cristo, para obrar en la Iglesia las mismas obras de Cristo.

Es poca la Jerarquía que posee la Mente de Cristo: carece de fe divina. Están en una fe humana o en una fe científica.

En la fe divina, el hombre entiende la verdad que Dios le revela para obedecerla. El hombre no es ciego en la obediencia: primero el hombre debe entender que hay una verdad. Si no ve la verdad, no puede dar su asentimiento, porque no se puede obedecer una mentira o a un hombre mentiroso.

El ciego siempre obedece a una mentira. Y la ve como verdad, a causa de su pecado de soberbia.

Muchos dicen que obedecen a Bergoglio porque el que obedece no se equivoca. Estas personas viven sin discernimiento espiritual y son ciegos en su fe: creen cualquier cosa y a cualquier hombre.

«el que obedece cumple siempre la voluntad de Dios, no porque la orden de la autoridad sea siempre conforme con la voluntad de Dios, sino porque es voluntad de Dios que se obedezca a quien preside» (San Agustín – La vida fraterna en comunidad, 50).

Se obedece a quien preside, a quien tiene la autoridad divina. Los anticonceptivos no son malos porque lo diga el Papa, sino porque el Papa, en su autoridad divina, enseña que son malos, enseña lo mismo que ha revelado Dios, la misma verdad. No cambia la doctrina, no cambia la fe, la verdad.

La Autoridad está obligada a buscar la Verdad que Dios revela para enseñarla:

«Ahora bien, la autoridad, por su parte, ha de buscar asiduamente y con ayuda de la oración y la reflexión, junto con el consejo de otros, lo que Dios quiere de verdad. En caso contrario, el superior o la superiora, más que representar a Dios, se arriesga temerariamente a ponerse en lugar de Él» (ver texto).

Se cree en la verdad que Dios revela: en la doctrina, en la moral; pero se obedece a la persona que habla con autoridad divina: que enseña la misma verdad divina. Y entonces nunca hay error en la obediencia, porque el alma se sujeta a una verdad revelada, a un dogma, a algo inmutable, a una substancia, a una realidad sobrenatural que se espera.

Pero aquella jerarquía que no enseña la verdad divina, no puede ser obedecida, porque ya no representa a Dios, sino a sí misma: habla con un poder humano, no con un poder divino. Habla con una fe humana, no con una fe divina. Esa jerarquía se pone en el lugar de Dios (= lo usurpa) para enseñar una mentira.

El que obedece la verdad revelada nunca se equivoca; pero el que obedece la mentira, se queda ciego para toda su vida.

La fe es un argumento, una prueba: la razón humana tiene que probar que lo que Dios revela es una verdad. Y sólo se puede probar cuando el hombre piensa: si Dios revela, entonces no puede engañar al alma. En lo que Dios revela, el hombre no encuentra ningún engaño, ninguna mentira. Si la encuentra, entonces es que no es Dios quien habla, sino el demonio o el hombre mismo.

Sólo se puede obedecer a la verdad que Dios siempre revela. Y cuando Dios revela, nunca engaña.

Pero no se puede obedecer a una mentira, porque Dios no puede revelar una mentira.

Cuando el hombre se ciega, entonces es que su mente está cerrada en la soberbia: no sabe distinguir entre verdad y mentira. Llama verdad a una mentira; y llama mentira a una verdad.

Es lo que pasa en muchos católicos con Bergoglio: lo tienen como papa verdadero. Le dan obediencia como papa verdadero. Han quedado ciegos por la soberbia de sus mentes. No han sabido discernir ante las palabras o las obras de un hombre que lo llaman Papa, sin serlo.

Si la fe es un argumento, entonces la razón tiene que ver si Bergoglio está en la verdad, si habla la misma verdad que Dios ha revelado. Porque si no la habla entonces ese hombre no habla con la autoridad de Dios, sino con la suya propia: ese hombre se pone él mismo en el centro. Usurpa el poder de Dios para dar su mentira.

La obediencia nunca es ciega; pero la fe es siempre oscura.

La fe divina es el asentimiento rendido por la autoridad de Dios que habla.

Dios habla al alma, pero Dios no demuestra lo que habla. Dios no da datos al alma para que el alma vaya argumentando su fe. Creer no es demostrar las cosas de las cuales se habla. Dios da la verdad al alma. Creer es obedecer a esa Verdad que Dios habla. Para esa obediencia, se necesita que el hombre haga un acto de entendimiento.

Con su razón tiene que ver la verdad y someterse, libremente, a esa verdad.

No se puede creer porque el otro cree; no se puede creer por una opinión común; por un sentimiento que está en el ambiente; por las obras que se hacen en una comunidad. No se puede creer a un Papa porque lo han puesto, lo han elegido unos cardenales o ha habido un cónclave. Cada hombre tiene que creer por sí mismo. No existe una fe común de la cual se echa mano para tener una serie de conocimientos sobre Dios o para estar en la Iglesia.

Cada hombre tiene que creer en el Papa. Y, por tanto, cada hombre está obligado a discernir si ese hombre que han puesto en el trono de Pedro tiene el Espíritu de Pedro o no lo tiene.

La fe divina es un acto de entendimiento: no es aceptar a un hombre porque unos cardenales lo han puesto ahí. No es aceptar ciegamente a un hombre: es discernir al hombre.

Es necesario ver si ese hombre habla con la autoridad de Dios; y si habla la verdad divina. Dos cosas:

  1. ¿Tiene el Poder de Dios para ser Papa? (Respuesta: No. Bergoglio gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal. La Iglesia sólo se gobierna con un gobierno vertical. Luego, Bergoglio no posee la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo tiene un poder humano en su gobierno. Con ese poder humano, está levantando su iglesia.)
  2. ¿Enseña la Verdad que Dios ha revelado? (Respuesta: No. Las herejías de Bergoglio son claras y manifiestas. Nunca las ha quitado, sino que constantemente enseña lo contrario a lo que Dios ha revelado. Bergoglio no posee la fe católica, sino que posee su fe humana y científica.)

La fe divina no es una ciencia, no es un conjunto de saberes humanos, no es una recopilación de datos, no es someterse ciegamente a un hombre, o a una jerarquía: es la obediencia de cada hombre a Dios, a la Verdad que Dios habla. Y es una obediencia libre, pero no ciega. Oscura, porque en la fe no se posee toda la verdad. Hay misterios que permanecen ocultos a los hombres, que los hombres no pueden captar con sus entendimientos.

Por eso, el motivo para creer no es la verdad intrínseca de lo que se conoce, sino la autoridad de Dios que revela.

El motivo para creer en un Papa no es el Papa mismo, no es el hombre que se conoce como Papa; es la autoridad de Dios que revela que ese hombre es el Papa que Dios ha elegido.

¿En Bergoglio se revela la autoridad divina? Esta es la pregunta que hay que hacerse.

En la Iglesia no se cree en los hombres, sino en el Poder de Dios que habla a través de los hombres. Si un hombre, una jerarquía, no está con Dios, no ha sido elegida por Dios, entonces no se manifiesta en ella el Poder de Dios, la Verdad de Dios. Es imposible. No se da la Presencia de Dios en un hombre que Dios no ha elegido.

El motivo del hombre que cree en Dios es la Autoridad Divina. No se cree en Dios por una autoridad humana: no por un poder humano, no por una elección humana.

Dios ha puesto Su Autoridad en la Iglesia: la Jerarquía.

La Jerarquía verdadera es aquella que cuando habla transmite la misma Palabra de Dios, la misma Verdad que Dios ha revelado y enseñado. Entonces esa Jerarquía tiene Autoridad Divina. No engaña al Rebaño. Son otros Cristo.

La Jerarquía falsa es aquella que cuando habla comunica una palabra distinta a lo que Dios ha hablado. Entonces esa Jerarquía sólo posee una autoridad humana. Engaña al Rebaño. Son lobos vestidos de humildad y de pobreza.

Aquel que obedece a la Jerarquía verdadera, entonces nunca se equivoca en la Iglesia. Porque esa Jerarquía nunca lo engaña.

Pero aquel que obedece a la Jerarquía falsa, entonces está en el error como se encuentra dicha Jerarquía. Vive en el engaño que transmite esa Jerarquía. Por eso, toda la Iglesia vive, actualmente, en un gran engaño, en el mayor engaño: obedeciendo a un hombre que no tiene Autoridad Divina en la Iglesia. Es decir, están levantando una nueva iglesia que no puede salvar a nadie.

Como la fe es una obediencia, entonces si crees que Bergoglio es Papa, tienes que obedecerle como Papa. Eso significa: asentir a lo que su mente comunica: pensar como él piensa y obrar como él obra.

La fe es siempre una obra. El que cree obra lo que cree.

Si crees en la mente de un masón, entonces vas a obrar las obras del masón. Porque la fe es obediencia; es asentir con el entendimiento humano por la autoridad del que habla.

Si crees en Bergoglio, tienes que sujetarte a su autoridad humana, y pensar y obrar como él piensa y obra en la Iglesia.

Si haces eso, entonces no posees la fe divina, sino sólo fe humana. Y como la fe de Bergoglio es científica, entonces crees sólo en Bergoglio, no por su autoridad, sino por lo que dice, por lo que enseña, por lo que habla.

Y como lo que habla Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza, es un hablar sin lógica, entonces tu fe es nada, una locura, una impostura.

Para Bergoglio, nadie puede creer por sí mismo: luego Bergoglio anula el acto de entendimiento. Ya la fe no es un argumento, una prueba de algo que no se ve. La fe no es un asentimiento a una verdad revelada; no es asentir por la autoridad de Dios; no es algo impuesto por la autoridad de la Iglesia. Sino que es algo que va evolucionando, una perpetua evolución, que se opone a toda concepción de verdades inmutables, a las cuales el hombre no puede adherirse, porque no existe el acto de entendimiento: no se da la obediencia a la fe.

Para Bergoglio, se cree en la comunidad, en el pueblo, en un lenguaje humano común. Y, por lo tanto, para Bergoglio no se da una relación vital entre el hombre y Dios: no se cree para una vida divina, para dar a la vida un sentido religioso, personal, privado.

Se cree para un bien común, nunca privado; que es del hombre y sólo para el hombre: no existe una relación personal entre el hombre y Dios. Sólo se da los encuentros humanos, sociales, de masa, culturales.

Por tanto, si crees que Bergoglio es Papa, no tienes ninguna fe: Bergoglio es antiintelectual. Va en contra de toda inteligencia. Por eso, él vive y deja vivir. Es un vividor de su negación de Dios.

Es la última hora

obisposcondenado

«Hijitos, ésta es la última hora» (1 Jn 2, 18).

Es la «novissima hora»: la hora de los combates contra el demonio. Y no hay otra: detrás de un hombre de poder, están las oscuras artes del demonio.

Es la hora en que el demonio se manifiesta a través de los hombres. No hay que pararse en los hombres, sino discernir el espíritu con que cada hombre habla y obra. Los hombres son movidos por el espíritu del demonio. No sólo son tentados. No sólo se percibe una obsesión demoníaca en ellos. Hay muchos hombres poseídos por el demonio (= el demonio posee sus mentes humanas, no sólo sus cuerpos), y que ostentan un poder: político, económico, social, religioso.

Es la «novissima hora»: es la última de este tiempo: es la lucha contra el Anticristo de este tiempo. Porque todavía falta otro Anticristo; pero ése será al final, en el fin de los fines.

¡Estamos en el fin de los tiempos!

Ahora es el Anticristo del fin de los tiempos.

Ahora es cuando se implanta el gobierno mundial y la Iglesia universal.

Los hebreos que odiaron a Cristo: que lo mataron, que lo vieron muerto en la Cruz, que fueron testigos de Su Resurrección, pero que dieron falso testimonio…:

«Decir que, viniendo los discípulos de noche, le robaron mientras nosotros dormíamos… Esta noticia se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy» (Mt 28, 13. 15b).

… esos hebreos, esos judíos son los que gobiernan, en la actualidad, la Iglesia.

«Se está consumando la más perversa conspiración contra la Santa Iglesia. Sus enemigos traman destruir sus más sagradas tradiciones y realizar reformas tan audaces y malévolas como las de Calvino, Zwinglio y otros grandes heresiarcas, con el fingido celo de modernizar a la iglesia y ponerla a la altura de la época, pero en realidad con el oculto propósito de abrir las puertas al comunismo, acelerar el derrumbe del mundo libre y preparar la futura destrucción del cristianismo» (Prólogo a la edición italiana – Conspiración contra la Iglesia – Maurice Pinay, 1962).

Desde hace mucho tiempo entraron en el interior del Vaticano y siempre se han movido en la oscuridad, nunca a la luz.

«(…) esas fuerzas anticristianas cuentan dentro de las jerarquías de la Iglesia con una verdadera quinta columna de agentes incondicionales a la masonería, al comunismo y al poder oculto que los gobierna, pues indican que esos cardenales, arzobispos y obispos serán quienes formando una especie de ala progresista dentro del Concilio, tratarán de llevar a cabo las perversas reformas, sorprendiendo la buena fe y afán de progreso de muchos piadosos padres» (Ib).

Esos judíos, por medio de otros, han matado a Papas, los han chantajeados, los han sustituidos con sosías, han manipulado sus mentes, porque es necesario poner al Anticristo, al rey terrenal, que es también mundial, el cual tiene que oponerse al Rey del Universo, que es Cristo Jesús, y a Su Iglesia en Pedro.

Por eso, ante un Papa legítimo no hay que alabar ni juzgar ni condenar su persona. Sólo hay que discernir a los que tiene a su alrededor. Es la única manera de saber qué está pasando en la Iglesia.

El poder masónico es maestro en dar a conocer lo que los hombres quieren creer. Esconde muchas cosas y sólo muestra lo que conviene en ese momento.

Todos aquellos que juzgan a todos los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, sólo siguen el juego de este poder masónico. Ellos son más inteligentes que todos los católicos juntos. Siempre van un paso adelante. Y, por eso, saben jugar con todo el mundo, saben poner el entretenimiento de masas.

Bergoglio es sólo eso: puro entretenimiento. Por debajo, está la jugada maestra que no enseñan.

Bergoglio está sometido, en todo, a ese poder masónico, a esos judíos que sólo quieren el poder en el Vaticano. Bergoglio es un rey que no gobierna, pero que tiene su orgullo propio, con el cual se opone a ese poder masónico.

Los judíos son el poder; los musulmanes, los que hacen el trabajo sucio. Son los romanos del tiempo de Cristo.

Los judíos usaron a los romanos para matar a Cristo.

El holocausto judío fue obra de los mismos judíos, del poder masónico, que usaron a otros para hacer la obra. Y no dudaron en suprimir una parte del pueblo judío para hacer recaer la culpa sobre otros. Y sólo con un fin: que el mundo entero y que la Iglesia, respete, reverencie, haga honor a los judíos

La culpa de la muerte de Jesús: los romanos. Sobre ellos vino el castigo de Dios. ¿Quién movió a los romanos? Los judíos.

¿Quién mueve las matanzas en el mundo entero? Los judíos, que usan a los terroristas, a los musulmanes, a los integristas, para ese trabajo sucio.

Es la «novissima hora»: no es la hora para dormirse en los laureles, creyendo que por pertenecer a la Iglesia, ya estamos salvados.

La Iglesia que vemos en el Vaticano –y, por lo tanto, en todo el mundo- no es la Iglesia de Cristo. ¡No es la verdadera Iglesia!

¡Bergoglio está tergiversando todo –TODO- lo que Cristo ha enseñado! TODO.

¡Bergoglio precede al Anticristo!

¡Es un falso Profeta, que ama ser glorificado por el pueblo!

¡Sediento de gloria humana!

Su vanidad y su orgullo preceden al Anticristo.

¡Labran el camino!

¡Señalan el camino!

¡Abren puertas para que se instale, en la cúpula vaticana, la gran abominación!

¡Su gobierno horizontal es el cisma declarado! ¡Es la primera división!

Se divide la Verdad del Papado: muchas cabezas gobiernan. Muchas cabezas piensan. Muchos hombres hablan la confusión, la torre de babel. Se parte el pastel del gobierno.

Se descentra el gobierno de Roma: cada cual decide, en su diócesis, lo que es la Iglesia.

Son cabecillas de un hereje.

Son los nuevos dictadores, que obran el poder de la masonería: son instrumentos de ellos, de esos judíos que nunca tuvieron intención de creer en Jesús, pero sí de seguirlo para atacarlo en todo.

¡Cuántos católicos hay así! Escuchan a Cristo, Su Evangelio, siguen las enseñanzas que la Iglesia da, pero es para espiar, es para meterse en lo más íntimo de la Iglesia para desbaratarla, romperla desde dentro.

Son como el demonio: la mona de Dios. El demonio ve todo lo que hace Dios, pero para imitarlo en el mal.

¡Cuántos Obispos y sacerdotes han hecho lo mismo!

Están en la Iglesia imitando lo que los buenos y santos sacerdotes hacen, pero para el mal.

Mucha Jerarquía da la impresión de ser santa: han asumido una falsa humildad. Han aprendido los gestos, las palabras, las obras que los santos hacían en su humildad y en su pobreza.

Un claro ejemplo: Bergoglio. Este hombre se maquilla de humildad y de pobreza para conseguir un amor de los hombres. Pero no tiene ni idea de lo que es vivir ni en pobreza ni en humildad.

¡Cuántos muestran al exterior una vida aparentemente irreprensible: inmaculados, puros, honestos! ¡Qué fácil es engañar con lo exterior de la vida! ¡Cuántos católicos caen en este engaño! Porque sus vidas son lo mismo: vidas para lo social, lo exterior, ligeras, superficiales, mundanas, llenas de nada.

¡Cuántos hacen, ante los demás, grandes obras – y muy buenas obras humanas – para que la gente vea que son buenos católicos, buenos sacerdotes, que deben confiar en ellos, que saben lo que hacen en la Iglesia!

Imitan exteriormente a los grandes santos sólo con un objetivo: alcanzar la cúpula, los puestos claves en el Vaticano, en cada diócesis. Buscan el mando, la autoridad, el gobierno de la Iglesia.

Desde siempre el ansia de poder, el orgullo de mandar, de tener un cargo en la Iglesia, ha hecho que muchas almas sacerdotales hayan destruido, ladrillo por ladrillo, la Iglesia. ¡Destruido! Para eso están en la Iglesia. Para eso son sacerdotes y Obispos y Cardenales: para destruirlo todo.

La destrucción que vemos en toda la Iglesia no es de ahora: viene de muy lejos. Ha sido tan oculta que nadie se ha dado cuenta.

Sólo, en estos cincuenta años, se ha ido descubriendo la maldad oculta en muchos sacerdotes y Obispos. ¡Y sigue la destrucción! Pero ahora se suman muchos más.

Ahora, toda la masa de los tibios y de los pervertidos, que con los Papas legítimos han estado atacando a la Iglesia, pero desde fuera; tienen con Bergoglio las puertas totalmente abiertas, para entrar y saquearlo todo. Y lo hacen en nombre de los mismos católicos, de la misma iglesia católica, poniendo como estandarte a su falso papa, Bergoglio. Ellos son lo que dicen, imitando a su demonio, Bergoglio, que la Iglesia está enferma y que Bergoglio es el sano, el justo, el inmaculado, el santo, el que ama a la Iglesia.

Es la «novissima hora»: Bergoglio lleva almas al Anticristo como don: es el regalo de un falso profeta a su mesías, a su dios, a su esclavitud.

Al igual que San Juan Bautista bautizó a las almas para prepararlas a penitencia; así Bergoglio bautiza a las almas en la vanidad y en el orgullo, para condenarlas, para que se pierdan por toda la eternidad.

El problema de Bergoglio es que no señala al Anticristo, como san Juan señaló a Cristo. No puede, porque no lo conoce. Bergoglio es un falso Profeta: es decir, tiene el Espíritu del Falso Profeta, pero no es la persona del Falso Profeta.

Bergoglio hace el trabajo del falso profeta, que es levantar la falsa iglesia para el Anticristo. Hasta que esa iglesia no sea puesta en pie, no sólo en el gobierno sino también en la doctrina, el Anticristo no puede aparecer.

La persona del Falso Profeta señala la persona del Anticristo. El Falso Profeta es el Falso Papa de la falsa iglesia universal, ecuménica. Todavía falta por ver quién es el verdadero Falo Profeta de la falsa iglesia. Hay que levantar, antes, esa falsa iglesia.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa; pero todavía la falsa iglesia no aparece, no está levantada, no está consolidada. Bergoglio es la primera piedra de esa falsa iglesia.

Él ya ha puesto la primera división: quitar la verticalidad. Ahora, la Iglesia se construye de abajo arriba: del pueblo al jefe. No de la Jerarquía al pueblo.

Es el pueblo, es la gente, es la opinión de todos lo que levanta esa iglesia. Es una fe común, es una doctrina universal, es un camino en el mundo lo que fundamenta esa falsa iglesia.

Por eso, Bergoglio se dedica a dar entrevistas, a hacer que su doctrina sea conocida por todos, a poner en el gobierno de toda la Iglesia, en cada diócesis, su gente herética y cismática, como él, porque hay que ir a la segunda división.

¡Hay que dividir, no sólo la cabeza, el poder, sino también la doctrina!

El poder masónico presentó a Bergoglio la doctrina que tenía que ser impuesta en el Sínodo extraordinario.

Y Bergoglio se echó para atrás. ¡Fue su orgullo!

Bergoglio ha creado nuevos cardenales, porque se teme lo peor: no ha sido fiel al poder masónico, que lo ha puesto ahí. Y ellos ya no confían en él: ellos no esperan que en el próximo Sínodo, Bergoglio sea fuerte e imponga la doctrina que ellos quieren.

Por eso, es necesario poner a un jefe, a otro falso papa, que divida la iglesia en la doctrina. ¡Segunda división!

Un gobierno horizontal sin una doctrina horizontal no sirve para nada: sólo para crear más confusión en todas partes.

«El falso Profeta – el que se hace pasar como el líder de Mi Iglesia – está preparado para colocarse las ropas, que no fueron hechas para él. Él profanará Mi Sagrada Eucaristía y dividirá Mi Iglesia por la mitad, y luego a la mitad otra vez» (MDM – 8 de marzo 2013).

La Iglesia es Pedro, se levanta en Pedro, en un Papa legítimo, único. Y Pedro es: poder y doctrina. Pedro es un gobierno al que hay que obedecer; y una doctrina que hay que creer.

Estar en la Iglesia, ser Iglesia es obedecer al Papa y someterse a una doctrina, para poder salvarse y santificarse. Son dos cosas. Y quien falla en una de ellas, no puede salvarse ni santificarse. El camino en la Iglesia es el Papa y Cristo; el gobierno del Papa y la doctrina de Cristo.

Nadie se salva sin la Jerarquía: sin la obediencia a una autoridad legítima, divina, puesta por Dios. Pero no se obedece la persona del Papa, sino a Cristo en ella. Es decir, se obedece la doctrina de Cristo que el Papa enseña, que es una verdad Absoluta, inmutable, eterna.

Por eso, todo Papa legítimo es la Voz de Cristo, el mismo Cristo en la tierra.

Todo falso Papa es lo contrario: la voz del demonio, del mismo demonio encarnado en él, que posee su mente humana.

Todo falso profeta, todo falso papa, todo usurpador del Papado, divide a Pedro: divide el poder y la doctrina.

Todo falso profeta, todo falso papa profana a Cristo en la Iglesia: la Eucaristía, la santa Misa, su doctrina.

Bergoglio, falso profeta, el que se hace pasar por lo que no es; se hace pasar por Papa, y no es Papa; se hace llamar Papa, y no tiene el nombre de Papa; gobierna la iglesia como Papa y no gobierna nada, ni siquiera su falsa iglesia, porque su gobierno oficial horizontal carece de una doctrina oficial horizontal.

Bergoglio profana la Eucaristía: nada más vestirse las ropas para aparentar su falso Papado, lavó los pies a los hombres, a las mujeres, a los musulmanes, a los que tienen que hacer el trabajo sucio en la Iglesia.

Bergoglio profana la Palabra de Dios: en sus predicaciones, en sus misas, dice herejías. Predica que Jesús no es Dios, no es un Espíritu, sino sólo un hombre, una persona humana.

Bergoglio, en la Iglesia, profana a Cristo en las almas: se dedica a dar de comer a los pobres, a solucionar problemas sociales, humanos, a darle al hombre el reino de este mundo: la vanidad de la vida humana, el vacío de una vida mirando y enseñando la mentira.

Con su gobierno horizontal, Bergoglio dividió la Iglesia por la mitad.

El poder dividido: partido por la mitad. El poder ya no es para una obediencia, sino para repartirlo. Y así nace la dictadura en la Iglesia: se impone una forma de gobierno, que no es la verdad ni puede dar ni hacer caminar hacia la verdad. ¡Y se impone! Es una obediencia a la mentira. Todos obedecen un gobierno horizontal: eso es la dictadura. Todos esclavos de un mentiroso.

En la Iglesia sólo se obedece a Pedro: a una verticalidad. Es la obediencia a la Verdad que enseña Pedro.

En la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano, se obedece a la mentira que enseña el falso papa, que actúa como lo que no es: Pedro. Bergoglio es sólo la figura vacía de Pedro. No tiene el espíritu de Pedro. No es Voz de la Verdad.

El poder de la Iglesia ha sido dividido en el Papado. Lo que vemos en el Vaticano no es el Papado como Cristo lo constituyó: no es un Pedro y, bajo él, toda la Jerarquía. Es un falso Pedro y, junto a él, muchas cabezas gobernando.

Primera división de la Iglesia: se reparte el poder. Se oficializó el gobierno horizontal. Ya no existe, oficialmente, la verticalidad. Ya no hay Iglesia en el Vaticano. No está la Iglesia en Pedro. Hay una iglesia en muchas cabezas: en un falso Pedro, con cantidad de mentes humanas a su alrededor que se reparten el pastel.

Con el Sínodo próximo, la Iglesia se va dividir de nuevo, por la mitad.

Se va a oficializar la nueva doctrina: la del error, la de la herejía, la del cisma.

Hasta el momento, Bergoglio es el único que sigue su propia doctrina, al margen de la doctrina de Cristo. Pero su doctrina no es oficial en la Iglesia: no es algo que todos deban creer, asumir, obedecer, obrar.

Después del Sínodo, será distinto. Es la nueva iglesia, con una nueva doctrina: la que predica el falso Papa, Bergoglio.

Se dividirá la doctrina: la Iglesia, en la doctrina, se partirá por la mitad. Ya no será una doctrina para obedecer, para someterse a ella, sino una doctrina para interpretarla al gusto de cada cual. Una doctrina abierta a todas la mentes de los hombres, menos a los que creen en la Verdad Absoluta.

Es la doctrina del relativismo universal de la verdad: es poner lo que piensa el hombre, lo que opina el pueblo, lo que está abajo, llevarlo arriba, al gobierno, para ser puesto como ley, como norma, como evolución del dogma. Es la ley de la gradualidad que fracasó en el Sínodo extraordinario.

Bergoglio es sólo un hombre que habla para la vida del mundo, la vida que agrada a muchos hombres que son del mundo. Y en el mundo sólo reina uno: el demonio.

Bergoglio, cuando predica, conduce a las almas hacia el demonio, hacia el reino de Satanás. No puede conducirlas hacia Dios, sino hacia su propio dios: su mente humana.

Antes estas dos divisiones, ¿qué hay que hacer en la Iglesia?

Los que todavía creen que Bergoglio es oficialmente Papa, no pueden otra cosa que seguirle y obedecerle.

Porque a «un Papa hereje y que persevera en la herejía no tiene sobre la tierra un poder superior a sí; tan sólo un poder ministerial para su destitución» (Cardenal Cayetano).

No lo pueden juzgar, ni criticar, porque es su papa. Y nadie es superior al papa.

Para los que creen que Bergoglio no es Papa, entonces pueden juzgar a Bergoglio y oponerse a él en todas las cosas.

Un hereje no es oficialmente Papa: esto es lo que enseña la Iglesia en la Bula Cum ex Apostolatus Officio, del Papa Pablo IV.

Es lo que enseña San Roberto Belarmino, Cardenal y Doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30:

«Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Este es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción».

Y es lo que enseñan lo Santos.

San Francisco de Sales (siglo XVII), Doctor de la Iglesia, «The Catholic Controversy» La Controversia Católica, edición inglesa, pp. 305-306:

«Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente hereje, cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia…».

Bergoglio no tiene dignidad; está fuera de la Iglesia.

Pero muchos, ahora, prefieren seguir a Cayetano y esperar que un poder ministerial, es decir, un grupo de Cardenales y de Obispos, hagan renunciar a Bergoglio como Papa. Mientras no se haga esto, los que siguen esta línea teológica, están obligados a unirse a la mente de Bergoglio: tienen que obedecerlo y seguir su doctrina de herejía.

Esto es peligrosísimo para las almas. Y esto no es lo recomendable que haya que hacer, porque esto es ir en contra de la misma doctrina de Cristo.

¿Qué hay que hacer en la Iglesia?

¡Permanecer en Cristo, que es permanecer en la Verdad, en la doctrina que Cristo ha enseñado y que no puede cambiar nunca!

Permanecer: no corran de un lado al otro para encontrar a Cristo en la Jerarquía ni en los falsos profetas. ¡No hagan eso!

La Jerarquía que obedece a un falso Papa no da a Cristo, no enseña la doctrina de Cristo, no hace caminar hacia la salvación ni hacia la santidad.

¡No estén pendientes de lo que diga o haga la Jerarquía! Porque no hay un Papa que aúne, que una en la Verdad Absoluta. Hay un falso papa que dispersa en la mentira: que une en la diversidad de ideologías.

El Clero se ha vuelto traidor a Cristo. Y la razón: quieren preservar su propio prestigio ante los hombres y ante el mundo entero. Teniendo un falso papa aclamado por el mundo entero, ¿quién no quiere participar de esa gloria humana?

El clero no es tonto: sabe lo que es Bergoglio. Y, por eso, reverencia a Bergoglio porque tergiversa la doctrina de Cristo y la echa a la basura, que es lo que toda la Jerarquía traidora, infiel a la gracia, persigue en la Iglesia.

Se obedece a un traidor porque está destruyendo el poder y la doctrina. Esta es la maldad de mucha Jerarquía. Y esta es la verdad que nadie dice.

Es la «novissima hora»: es el tiempo de la Justicia Divina. Comenzó con el Sínodo extraordinario. En el tiempo de la Justicia, sólo se obra lo que el demonio quiere. No lo que quieren los hombres. Los hombres, en la Iglesia, ya no deciden nada. Es el Espíritu el que guía a toda la Iglesia. Quien no esté en la Verdad, entonces es guiado por el demonio; quien permanezca en la Verdad, entonces encontrará a Cristo en su vida.

No llames a Bergoglio con el nombre de Papa

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Nunca un Papa puede ser hereje; nunca se puede llamar a un hereje con el nombre de Papa:

«…Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).

Pedro, -todo Papa-, tiene el encargo, la misión del Señor de confirmar a los otros en la fe. Y, por eso, Pedro es el primero en la fe, está por encima de todos los demás en el conocimiento de la fe, ejerce la primacía sobre los demás, gobierna en vertical: no se le puede juzgar; todos le tienen que obedecer.

Si todo Papa tiene la misión de enseñar sólo la Verdad que salva a las almas, de guiar en la sola Verdad que santifica a las almas y de señalar el camino del Espíritu, el cual lleva a la plenitud de la Verdad, es claro que Bergoglio no es Papa ni puede ser llamado Papa por su manifiesta herejía.

Aquel católico o aquella Jerarquía que sostenga que un Papa pueda ser hereje o que un hereje pueda ser Papa o ser llamado Papa, es hacer una ofensa a la Palabra de Dios, a las enseñanzas infalibles de la Iglesia y es tomar por idiotas a todos los católicos.

Quien llame a Bergoglio con el nombre de Papa, quien lo reconozca como Papa verdadero está cometiendo la idolatría del pensamiento humano: el hombre que obedece una herejía, -la mente de un hombre hereje-, da culto al error en esa mente. Tiene que adorar, forzosamente, esa mente y apartarse de la Mente de Dios. Pretende buscar a Dios con conceptos equivocados sobre el bien y el mal.

«De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la santa, romana, católica y apostólica, fuera de la cual creemos nadie se salva» (Papa Inocencio III, Eius exemplo, 18 de diciembre de 1208).

En la Iglesia no hay herejes. Quien practique la herejía se pone él mismo fuera de la Iglesia. No hace falta un escrito oficial para declarar a alguien hereje.

Quien se aparta de la Verdad Revelada, quien no sigue la doctrina de Cristo enseñada a sus Apóstoles y transmitida por toda la Tradición católica, y dada en el Magisterio infalible de la Iglesia, automáticamente está excomulgado, es anatema.

Después, la Jerarquía de la Iglesia puede poner penas al hereje. Pero no hay que esperar a la voz oficial de la Iglesia para llamar a alguien, que se ha apartado de la verdad, como hereje.

Bergoglio es hereje. Punto y final.

Bergoglio no puede ser Papa, porque Dios no puede sustentar con Su Poder los delirios de un hereje. Jesús no fundamenta Su Iglesia en los delirios del hereje Bergoglio.

Jesús cimienta Su Iglesia en Pedro:

«Apacienta Mis Corderos…Apacienta Mis Ovejas…» (Jn 21, 15.16).

Jesús no puede poner sus corderos, sus ovejas, sus almas, su rebaño, en manos de un hereje. ¡Nunca! Jesús no puede engañar ni engañarnos. Él es la Verdad y pone Su Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede caer en el pecado de herejía.

Por eso, la renuncia del Papa Benedicto XVI clama al cielo: es poner a toda la Iglesia en las manos de un hereje. ¡Nadie ha meditado en esta renuncia! ¡Un gran pecado! Y, por ese pecado, se inutiliza el Papado de Benedicto XVI: las llaves pasan al Padre; la Iglesia sólo está en los corazones, que permanecen fieles a la Palabra de Dios, no en la Jerarquía. ¡Ya no hay Iglesia en Roma!

Jesús confirma a Pedro –y por tanto a todo Papa-, en el oficio de jefe y cabeza de los Apóstoles y Pastor de Su Rebaño.

¡Nunca un Papa es hereje!

Esto es lo que enseña el dogma del Papado, que muchos católicos desconocen. Y siguen a una Jerarquía culpable.

«Finalmente, algunas de estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso los herejes pueden obtener la vida eterna» (Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, # 2, 27 de mayo de 1832).

Esto es lo que enseña Bergoglio: él no quiere convertir a nadie a la fe verdadera, sino que los demás continúen en su fe, en sus vidas, en sus religiones, en sus iglesias, y formar una unidad en la diversidad: una iglesia para todos. Y esto es declarar que los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe pueden ir al cielo. Él quiere celebrar con una fiesta la reforma de Lutero. Son los delirios de un hereje.

Ni Bergoglio ni los que obedecen a Bergoglio (= los que lo tienen como Papa verdadero) son de la Iglesia Católica ni se pueden salvar.

Todo hereje y todo aquel que siga al hereje y a su herejía, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia: son anatemas. Y, por tanto, nadie tiene que obedecer a esos hombres que viven en el delirio de su herejía. Quien los obedezca no puede encontrar salvación, en ellos, para su alma: se condena con ellos. ¡En la herejía, en una Jerarquía hereje, no hay salvación!

Por eso, lo que vemos en el Vaticano es un cisma claro: un hereje que levanta –en su orgullo- una nueva iglesia, y que atrae hacia ella a muchos católicos que han perdido totalmente la fe verdadera.

Un católico verdadero no puede obedecer a Bergoglio como Papa. Bergoglio es un hombre que vive en los delirios de su herejía. Y hay que llamarlo así: loco. Ningún hombre cuerdo se sienta en el Trono de Pedro para engañar, con su palabra, a las almas. Nadie hace eso. El que lo haga es un loco: está siguiendo la maldad que encuentra en su pensamiento humano y la está poniendo por obra, a pesar de las estupideces que habla a cada rato.

En Bergoglio no es tan importante lo que dice, sino lo que obra. El hereje no es el que predica una mentira como verdad. Todos los hombres son unos mentirosos. Aun el más santo, tiene que mentir.

El hereje es el que obra su mentira: cada uno vive en su vida lo que tiene en su pensamiento humano. Toda idea lleva al acto. Si piensas algo, eso es lo que obras siempre. Esto es ley del hombre.

Todo hombre es racional: vive de su mente humana. Dios ha dado a todo hombre el ser espiritual: el hombre tiene que esforzarse en dejar su racionalidad para entrar en la espiritualidad. Por eso, el camino de la cruz: para crucificar la voluntad humana, poner la mente en el suelo, y poder obrar la Voluntad de Dios. En la oración y en la penitencia, el hombre es siempre espiritual, hijo de Dios. Como los hombres quieren hacer su oración y su penitencia, entonces siempre se quedan en su racionalidad.

Bergoglio obra su herejía cada día. Después, entretiene a todo el mundo con su palabra barata y blasfema. Y de esa palabra se ven sus delirios de grandeza, sus locuras de hombre que sólo vive para ser adorado por los demás.

Muchos le hacen una mala publicidad: dicen sus frases, pero no las disciernen. No las combaten, porque no tienen a Bergoglio como enemigo de sus almas, sino que confían en él:

«No te fíes jamás de tu enemigo, pues como el ácido que destruye el hierro, así es su maldad» (Ecle 12, 10).

Como muchos ven a Bergoglio como una buena persona, un buen hombre, que de vez en cuando dice una buena palabra, algo que gusta al oído y a la mente del hombre, entonces siguen esperando algo de él: confían en su juicio, en su gobierno, en sus planes.

¿Quién puede confiar en los delirios de un hereje? Sólo confía aquel que se ha vuelto hereje, como él lo es. Sólo los locos confían en los locos.

«Aunque a ti acuda y se te muestre obsequioso, ponte sobre aviso y guárdate de él» (Ib., v. 11).

Los católicos verdaderos tienen que estar con la mosca detrás de la oreja. No porque Bergoglio declare palabras bonitas a los católicos, ni porque obre, en apariencia, cosas santas (bendiciones, misas, proclamación de santos,…), hay que acogerlo como Papa.

Como enseña Paulo IV en la Bula “Cum ex Apostolatus”, y el Código de Derecho Canónico lo asume e incorpora como Ley: el hereje, ipso facto, pierde el cargo cualquiera sea, sin necesidad de una declaración oficial y, por lo tanto, con el cargo pierde la jurisdicción que tuviere en la Iglesia.

Bergoglio no es nada: ni siquiera Obispo de Roma. Es un hereje que está levantando su nueva iglesia en Roma. Y no es más que eso. Sólo tiene un poder humano: el que los hombres, que lo han colocado ahí, le han dado. Es un poder temporal. Y, por su pecado de infidelidad, Bergoglio ni puede celebrar misa, ni puede bendecir nada, ni puede proclamar santos en la Iglesia. Todo lo que hace es una obra de teatro. ¡Cuánto cuesta entender esto a muchos católicos!

No te fíes de Bergoglio: guárdate de él si quieres salvar tu alma.

Predicar esto es hacer Iglesia, levantar la Iglesia.

No predicar esto, sino lo contrario, es destruir la Iglesia.

«El enemigo te acariciará con sus labios, pero en su corazón medita cómo echarte a la fosa» (Ecle 12, 15).

Bergoglio está tramando, todo el día, desde que se levanta hasta que se acuesta, cómo engañar, más y más, a todos los católicos. Cómo llevarlos al fuego del infierno. Y, como él, así obra toda aquella Jerarquía que se somete a su mente humana y le da obediencia como Papa.

Un hereje no milita en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, sino que se aparta, sin necesidad de sentencia oficial, de Él.

Esto es el catecismo:

«¿Quiénes están fuera de la verdadera Iglesia?Está fuera de la verdadera Iglesia los infieles, los judíos, los herejes, los apóstatas, los cismáticos y los excomulgados» (Catecismo Mayor de San Pío X – n. 226).

¡Muchos católicos desconocen el Catecismo!

«¿Quiénes son los herejes?Herejes son los bautizados que rehúsan con pertinacia creer alguna verdad revelada por Dios y enseñada como de fe por la Iglesia Católica; por ejemplo los arrianos, los nestorianos y las varias sectas de los protestantes» (Ib., n. 229).

¿Bergoglio es hereje? – Sí, porque siendo un bautizado, teniendo el Sacramento del Orden ha rehusado, de manera pertinaz, manifiesta, con sus homilías, con sus escritos doctrinales, con sus variadas declaraciones, con sus libros y con sus obras, que no cree en muchas verdades reveladas por Dios y que la Iglesia ha enseñado, de manera infalible, a lo largo de la historia.

Bergoglio no cree en ninguna verdad revelada. ¡Ninguna! Pero esto los católicos no saben verlo, porque se dejan engañar de su lenguaje humano.

La herejía de los modernos está sólo en el lenguaje, no en el concepto, no en la idea: no atacan sólo una verdad revelada, sino todas en su conjunto. Y lo hacen sin que nadie se dé cuenta. Todo el mundo está pendiente del lenguaje, no de la idea. Todo el mundo sigue el giro, el juego del lenguaje. Pero nadie sigue la idea.

Esto se llama hablar al sentimiento del hombre, dando a su mente una palabra bella, una estructura mental, una bandeja de plata, en la que el hombre se agrade: no encuentra en ello alguna idea que le moleste. Por eso, los modernistas no hablan de temas negativos: infierno, pecado, cruz, penitencia, mortificación, etc…Hablan de lo que gusta a todo el mundo: amor, perdón, paz, misericordia, tolerancia, diálogo, etc…

Si Bergoglio está levantando una nueva estructura de iglesia, es claro que hay que salir de ella: de parroquias, de comunidades, etc., en donde se establezca el gobierno de herejía de este sujeto y se imponga el estudio y la enseñanza de sus escritos herejes.

Hay que salir de Roma para permanecer en la Iglesia de Pedro, en la Roca de la Verdad que Cristo ha puesto para siempre.

Hay que esperar el tiempo del Espíritu. Ya no hay que esperar a los hombres, a la Jerarquía.

Muchos esperan un Papa católico después de Bergoglio: no han comprendido que, una vez que hagan renunciar a Bergoglio, el desastre viene para toda la Iglesia, sin excepción.

Por eso, hay que elegir en la Iglesia: o Cristo o el gobierno horizontal de la nueva iglesia. Y cada uno tiene que elegir.

Y estar con Cristo es oponerse, no sólo a Bergoglio sino a mucha Jerarquía y a muchos fieles que ya no son de la Iglesia Católica, pero que han cogido el poder: tiene capillas, tienen parroquias, tienen comunidades…y se han hecho fuertes: se llaman católicos, sin serlo, y van en contra de los verdaderos católicos que no quieren someterse a sus delirios de herejía.

Es tiempo de persecución real. Y esa persecución no viene de fuera de la Iglesia. Viene de los que una vez se sentaron a la mesa, partieron el pan y ahora han traicionado a Cristo por un plato de lentejas.

Todo Papa legítimo es columna de fe y fundamento de la Iglesia: nunca es hereje.

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Todo Papa legítimo es «columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica» (Concilio de Éfeso – Sobre la primacía del Romano Pontífice – D112). Es decir, en su persona no puede existir el pecado de infidelidad, por el cual carece de la fe católica.

Aquel que no tiene fe, o que la ha perdido, se llama infiel. El infiel es el que voluntariamente se encuentra en estado de pecado y obra su pecado en contra de la verdad. El infiel no es estar en cualquier pecado, sino en aquel pecado que impide la fe, que combate la verdad dogmática.

Lo que impide la fe es someter la mente a la mentira, al error, a la duda, haciéndose el hombre enemigo del dogma, de la verdad revelada, de aquello que hay que creer para poder salvarse.

El infiel combate los dogmas que la Iglesia Católica siempre ha enseñado. Y, por eso, todo infiel es herético, produce el cisma, vive una apostasía, una renuncia de la fe verdadera.

Infiel no es el que comete un pecado de lujuria y, después, se arrepiente y se confiesa.

Infiel no es el que duda de Cristo o de la Iglesia, pero después sale de su duda para seguir creyendo.

Infiel no es el que teme enfrentarse a los hombres y dar testimonio de Cristo ante ellos, como le pasó a San Pedro en su pecado de negación, si inmediatamente resuelve su temor a los hombres en las lágrimas de su arrepentimiento.

Infiel es todo aquel que combate la verdad: combatir a Cristo y combatir a la Iglesia.

Por eso, encontramos a muchos católicos que han cometido el pecado de infidelidad y que se llaman, con la boca, católicos, sin serlo en la práctica de la vida espiritual.

La fe es una obra divina, no es un conjunto de ideas que se memorizan y que se repiten como un loro. Es una obra divina, no es un apostolado humano.

La fe es realizar una Voluntad Divina en la vida del hombre. Y, por eso, se necesita que el hombre obedezca, con su mente humana, la Verdad que Dios ha revelado.

La fe católica es obedecer a Dios. OBEDECER. Si no hay obediencia, no hay fe católica.

La fe no es natural, sino sobrenatural: el alma cree, la mente obedece a una verdad sobrenatural, no a una verdad natural, no a un escrito oficial.

Se obedece a una Verdad que Dios habla, que Dios dice, que Dios manda.

En la Iglesia Católica, desde el Papa hasta el último fiel, se tiene que dar la obediencia a esta Verdad sobrenatural. Si no hay esta obediencia, no hay Iglesia. Si el Papa no obedece la Verdad Revelada, los dogmas, no hay Iglesia. Ese Papa no es Papa legítimo, sino un falsario, un impostor.

Por eso, todo Papa  legítimo es fundamento de la Iglesia, porque todo Papa legítimo  obedece a Dios, confirma en la Verdad que Dios revela, muestra el camino para obrar la Verdad, que es siempre Cristo Crucificado.

Para obedecer a Dios –en la Iglesia- hay que crucificar el entendimiento humano. Sin esto, ningún Papa, ninguna Jerarquía es de la Iglesia de Cristo. Si el hombre no se somete, con su entendimiento humano, a la verdad revelada, al dogma, a lo que es de fe divina y católica definida, entonces el hombre no pertenece a la Iglesia porque está en su pecado de infidelidad, en el cual no puede obedecer la Verdad que Dios revela, sino que se está obedeciendo a sí mismo: a su mente, a su idea, a su plan humano, a la mentira que su mente encuentra en sí misma.

La vida de la gracia se pierde por cualquier pecado mortal: fornicarios, adúlteros, afeminados, sodomitas, ladrones, avaros, borrachos, maldicientes, rapaces, etc… (cf. 1 Cor 6, 9s).

Pero la fe sólo se pierde por el pecado de infidelidad: toda aquella Jerarquía de la Iglesia que por medio de dulces palabras y lisonjas seducen los corazones de los hombres para que acepten una mentira como verdad, no posee la fe católica, no son de la Iglesia Católica, no hacen Iglesia; sino que la destruyen, -tanto la fe como la Iglesia-, vestidos de lobos, con un traje que da una apariencia de santidad a los demás, de respeto, de obediencia, pero que sólo poseen un corazón sin posibilidad de amar a Dios, porque no obedecen, con sus mentes humanas, la Verdad Revelada, la Verdad de la Mente de Dios.

La herejía es un pecado de infidelidad: todo hereje ha perdido la fe católica. Todo hereje no se somete a la Mente de Cristo, sino que impone su propia mente humana a la Iglesia.

Por eso, es imposible que un Papa legítimo sea hereje. IMPOSIBLE. Porque todo Papa legítimo es columna de la fe. Y lo que derriba esa columna es la herejía, el pecado de infidelidad en la persona del Papa.

Jesús pone la Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede cometer el pecado de herejía. NUNCA.

Muchos Papas han sido grandes pecadores, pero ninguno hereje. NINGUNO.

Esta verdad, tan sencilla, muchos católicos la desconocen. Y son culpables en su ignorancia. Tienen una ignorancia que les lleva al pecado mortal. Todo católico que no viva su fe es que, sencillamente, vive en su pecado, está en estado de pecado.

Vivir la fe católica es oponerse a toda herejía en la Iglesia. No sólo fuera de Ella, en el mundo, sino dentro de Ella. Porque es la herejía lo que destruye la Iglesia. Es la herejía lo que aniquila la vida espiritual de las almas.

No son los otros pecados, que la gente comete habitualmente, lo que impide ser de Cristo. Una prostituta puede tener más fe que mucha Jerarquía junta, que muchos católicos. Y, por eso, dice el Señor: «En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el Reino de Dios» (Mt 21, 32). Ellos, en sus pecados, todavía creen; pero los fariseos, los que creen tener fe, los que se dicen que tienen fe, esos no la tienen, no pueden tenerla porque han rechazado, con su mente humana, la Verdad que Dios les muestra; y que no se puede cambiar jamás, no se puede interpretar como al hombre le venga en gana.

Ningún pecado mortal lleva al pecado de infidelidad: no porque una persona sea muy lujuriosa o muy ladrona o muy sodomita eso sea señal de que cometa su pecado de herejía. No; no es eso. Una prostituta que pase toda su vida en su pecado de lujuria puede salvarse y estar muy alta en el Cielo, si no comete el pecado de infidelidad.

Este pecado no se comete ni con el cuerpo ni con las manos ni con el apego a las riquezas o a las criaturas. Sino que se comete con la mente humana: el hombre decide no someterse a la Verdad. Esta decisión es su pecado de infidelidad, por el cual pierde la fe católica y ya no puede salvarse, aunque se pase la vida haciendo obras humanas maravillosas, aunque dé de comer a todos los hambrientos del mundo entero.

Donde no está la fe verdadera, allí tampoco está la caridad verdadera: «Si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13,3).

Si el hombre no se somete, con su mente humana, a la Verdad, entonces sus obras son sin amor, sin caridad divina. Son obras de una falsa caridad, un falso amor, que viene de su falsa fe, de obedecer a una mentira.

Hubo Papas muy pecadores, pero tenían fe a pesar de sus pecados: sus mentes seguían obedeciendo la Verdad, aunque obraran sus pecados.

Hay mucha Jerarquía que sucumbe al pecado; pero se mantiene en la verdad: sus mentes se someten a la Verdad Revelada, no combaten esta Verdad, no enseñan una mentira a sus fieles. Les predican la verdad, aunque ellos vivan en sus pecados. Esta Jerarquía es digna de misericordia, porque no engaña en la Iglesia.

Pero aquella Jerarquía que engaña, que predica una mentira, que calla ante un mentiroso, esa Jerarquía no es digna de ninguna misericordia, porque está en su pecado de infidelidad: ninguna misericordia les puede salvar porque combaten la verdad de la misericordia.

«Por eso, os digo: que os será quitado el reino de Dios y será entregado a un pueblo que rinda sus frutos» (Mt 21, 43).

Estamos en este tiempo: el tiempo del Fin.

En este tiempo, en la Iglesia no hay un Papa que sea columna de la fe ni fundamento de la Iglesia. No puede existir esa Cabeza, porque es el tiempo del Fin.

Los católicos no comprenden esto porque no tienen fe: son infieles a la Verdad que Dios revela en Su Palabra. Son fieles al lenguaje humano de los hombres, a la palabra oficial que en la Iglesia se da.

La fe no es la palabra oficial, un escrito oficial, un lenguaje humano sin verdad, unas obras apostólicas llenas de herejías, que muchos pregonan y obran.

No se puede estar en la Iglesia obedeciendo la mente de un hombre hereje, como es Bergoglio. NO SE PUEDE.

Quien se una a Bergoglio como Papa está declarando que no es católico, que no posee la fe católica, que no es de la Iglesia Católica.

En la mente de Bergoglio no se dan las Verdades sobrenaturales: en sus escritos, en su doctrina, en su magisterio no se enseña la fe católica. NO HAY LUGAR PARA ELLA. Lo que hay en la mente de Bergoglio es una clara apostasía de la fe, un claro fundamento de la mentira, una perspicaz obra en el error.

Quien se someta a la mente de Bergoglio no puede hacer comunión con la Iglesia verdadera. Donde está la herejía, donde está el pecado de infidelidad, allí no está la verdad sobrenatural, allí no está Cristo. Cristo está en el alma pecadora, pero no en el alma que comete el pecado de herejía. Cristo está en el alma que todavía tenga fe, no en el alma que decide echar a Cristo de su vida con su infidelidad a la Verdad dogmática.

Para discernir si un Papa es o no legítimo no hay que fijarse si los Cardenales lo han elegido o no. Muchos antipapas fueron elegidos por los Cardenales viviendo el Papa legítimo. No está en lo oficial que la Iglesia muestra. Ahí no está la Fe en la Iglesia de Cristo. Nadie puede creer a un Papa porque ha sido elegido por los Cardenales. NADIE.

El católico verdadero cree en el Papa porque éste es columna de la fe y fundamento de la Iglesia: es decir, en ese Papa no se da el pecado de herejía.

Si los Cardenales eligen a un hombre como Papa, y este hombre comienza a declarar herejías y a hacer obras claramente cismáticas, como es el caso de Bergoglio, entonces los católicos no tienen que esperar a que oficialmente sea declarado nulo el falso pontificado de Bergoglio. NO PUEDEN ESTAR ESPERANDO ESTO. Porque es imposible obedecer la mente de un hombre que enseña herejías. Es imposible darle obediencia, por más que oficialmente se declare a Bergoglio como Papa. Porque la fe es una verdad Revelada, no es una verdad oficial, natural, humana. La fe es obedecer la Verdad Divina; no es obedecer la mentira del hombre como una verdad, como algo impuesto que todos tienen que aceptar oficialmente. La fe no está en lo oficial, sino en la Palabra de Dios. Todo escrito oficial, toda obra oficial en la Iglesia tiene que dar testimonio de la Palabra de Dios, de la Verdad inmutable, para ser aceptada como Verdad. Sin este testimonio, es imposible seguir algo oficial que la Jerarquía imponga.

Quien vive de fe verdadera sabe que nunca Jesús pone un Pedro falso, herético. NUNCA: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Si Jesús es la Verdad, no puede poner una roca de mentira para levantar su Iglesia. Pedro es columna de fe divina, nunca de mentira humana. NUNCA. Siempre Jesús va a poner a un Papa que defienda a la Iglesia de la herejía. SIEMPRE. Nunca va a poner a un Papa que llene la Iglesia de herejías, que conduzca al Rebaño hacia la apostasía de la fe. NUNCA.

Bergoglio ya ha dicho cantidad de herejías. Y eso no es de ahora. Eso es toda su vida. Lo que hace ahora es el culmen, la perfección de su obra herética, de su vida para una maldad.

¿Qué hacen los católicos obedeciendo, sometiéndose a un hombre que no tiene la verdad en su mente?

¿A qué juegan?

¿Qué se creen que es la Iglesia de Cristo?

¿Qué se creen que es Cristo?

¿Qué creen que es Pedro en la Iglesia?

En un Papa legítimo nadie se atreve a discutir su juicio y todos le obedecen.

Pero en un falso Papa, en un impostor, –como es Bergoglio-, es necesario cuestionar todo lo que dice porque no tiene autoridad divina en la Iglesia; no se le puede dar obediencia; no hay lugar para imitar sus obras en la Iglesia.

Fiel es el Señor en sus palabras (Sal 144, 13); pero infiel es todo hombre sobre la tierra. Jesús nunca se puede apartar de la Verdad porque iría contra Sí Mismo: «Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida». Son los hombres – y sobre todo son los sacerdotes y los Obispos-, los que se apartan de Cristo, los infieles a la Verdad Revelada: los que obran la herejía.

Y en la Iglesia no se obedece a hombres, a doctrina de hombres. En la Iglesia se obedece a Cristo. Y toda aquella Jerarquía que no dé a Cristo, no hay obediencia, no hay sometimiento, aunque exteriormente, -oficialmente-, sea declarado un hombre como Papa.

La Fe no está en una declaración oficial de la Iglesia. La fe no es un lenguaje humano. La fe no es una palabra humana. La fe no es un apostolado humano.

La fe es una obra divina. Y si los hombres no obedecen, con sus cabezas humanas, la verdad divina; si la Jerarquía de la Iglesia no enseña, no guía, no señala el camino de la Verdad, entonces es que son unas ratas, unos lobos que se aprovechan de las circunstancias para realizar su negocio humano en la Iglesia.

¡Cuántos Obispos que prefieren su sillón episcopal antes de enfrentarse a Bergoglio! No quieren perder su oficio, su puesto en la Iglesia, su cargo oficial, y miran para otro lado, y dicen que todo va bien, que no hay que preocuparse. Y mienten a sus fieles. Y llevan por el camino de la maldad a su rebaño. Y sólo por apegarse a su sillón. No son capaces de dar testimonio de la Verdad ante la Iglesia porque han cometido el pecado de infidelidad: ya no poseen la fe católica. Están en el juego de Bergoglio.

Fiel es el Señor; infieles todos los demás.

«Nadie osó jamás poner sus manos sobre el que es Cabeza de los Apóstoles, y a cuyo juicio no es lícito poner resistencia: nadie jamás se levantó contra él, sino quien quiso hacerse reo de juicio» (San Bonifacio I – De la carta Manet Beatum a Rufo y demás Obispos – D 109).

Desde hace ya más de 50 años, en la Iglesia la Jerarquía ha osado poner sus manos sobre el Papa de turno. Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, quitados de en medio antes de tiempo. Se los han cargado.

Muchos, en la Iglesia, han puesto resistencia a los juicios de los Papas. Muchos se han levantado contra los Papas. Y, por tanto, son incontables los que han querido hacerse reos de juicio: se condenan en sus juicios contra los Papas.

Es cantidad la Jerarquía de la Iglesia que ha combatido a los Papas legítimos. No son sólo unos cuantos. ¡Muchísimos! Y, por eso, se ha tenido que dar lo inevitable: la renuncia de un Papa legitimo para poner un falso Papa: el falso Papa que muchos quieren.

Y a este falso Papa lo obedecen, se someten a su mente humana, e instan a que todo el mundo haga lo mismo, no por una verdad, no porque defiendan a Cristo, no porque les interese la Iglesia Católica, sino porque no son de Cristo, no son de la Iglesia. Combaten a Cristo y a la Iglesia.

Y esto es lo que a muchos católicos no les entra en la cabeza: que pueda existir una Jerarquía tan malvada dentro de la Iglesia. Y, claro, viene Bergoglio y quedan ciegos. Totalmente ciegos. Porque viven sólo de la fe oficial, de documentos oficiales. Y no recurren al Evangelio, a la Verdad, para resolver una herejía:

«Pero aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gal 1, 8).

El Evangelio no es lo oficial en la Iglesia: no es el documento oficial que la Iglesia saca. Pedro no es lo que los cardenales eligen.

El Evangelio es la Palabra de Dios, que Cristo enseñó a sus Apóstoles y que no cambia por el transcurso del tiempo. No puede cambiar. Es siempre lo mismo. Pedro es siempre aquel que elige el Espíritu Santo en la muerte de un Papa. ¡En su muerte, no en su renuncia!

Si viene un Bergoglio que enseña un comunismo: su evangelio de la alegría; que es distinto al Evangelio de Cristo, entonces, por más que los Cardenales lo hayan elegido para Papa, sea Bergoglio anatema. Y por más que los Obispos callen y lo sigan manteniendo como Papa, sea Bergoglio y esos Obispos, anatema. No son de la Iglesia Católica. No hay que seguirlos, no hay que obedecerlos, no hay que someterse a sus mentes humanas. Y eso no es destruir la Iglesia, sino levantarla en la verdad.

Esta es la fe católica: la doctrina de Cristo no es doctrina de hombres. No es lo que los hombres explican sobre Cristo y sobre la Iglesia. Es lo que Cristo siempre ha enseñado y que la Jerarquía verdadera lo ha transmitido sin poner ni quitar nada.

Pero el problema de tantos católicos es que no saben discernir la Jerarquía verdadera de la falsa en la Iglesia Católica. Y no lo saben porque no viven de fe.

La fe es una obra divina. Hay tantos católicos que su fe es muy humana, con unas obras muy humanas, muy sentimentales, y que se creen salvos porque comulgan cada domingo en la Iglesia. No tienen la fe divina; no tienen la fe católica. Ni saben lo que es esto.

Son como muchos protestantes: creen en un Dios amor, misericordioso, que no imputa el pecado, que no castiga, que no manda al infierno. Y, claro, están contentísimos con Bergoglio: les habla lo que ellos quieren escuchar, lo que hay en sus mentes. Les hace la vida mucho más agradable a sus sentidos.

«Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; pero cuidado con tomar la libertad por pretexto para servir a la carne, antes servíos unos a otros por la caridad» (Gal 5, 13).

Servir a la carne es servir a la propia mente humana, al propio pensamiento de la vida, a la idea política que gusta a todo el mundo.

Muchos toman el sacerdocio para esto: para servir a sus intereses humanos dentro de la Iglesia. Dan de comer a los pobres para alcanzar una gloria humana. Esto es lo que hace Bergoglio y toda aquella Jerarquía que calla ante su herejía.

No solamente la Jerarquía falsa es la que dice herejías; también hay que contar aquellos sacerdotes y Obispos que tienen miedo de enfrentarse a Bergoglio. Tampoco son de la Iglesia Católica. Ya ha pasado el tiempo de discernir qué cosa es Bergoglio. Ahora es el tiempo de obrar: o estoy con ese impostor o estoy con Cristo, es decir, me opongo TOTALMENTE a Bergoglio como Papa.

¿Qué Jerarquía hace esto en la Iglesia? NADIE.

¿Qué web católica hace esto? NADIE.

Por eso, os será quitado el reino de Dios, porque de Dios, de Su Iglesia, de Cristo, nadie se ríe.

Es muy grave lo que está pasando en la Iglesia para estar contentos con un subnormal de Papa. O se ponen en la verdad o caminan para el infierno de la mano de un escrito oficial. Que cada uno elija. Son libres para decidir su destino final en la vida.

Bergoglio: ese loco que vive en Santa Marta

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«La fe es por la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17).

Dios no dialoga con los hombres, sino que les da Su Palabra. Y en Su Palabra, Dios enseña al hombre a vivir su vida sólo para Dios, no para los hombres.

El hombre tiene que creer en la Mente de Dios; es decir, tiene que obedecer la Palabra de Dios, someterse a Ella, asentir a lo que Dios le revela, sin poner su juicio propio. Esta es la obediencia de la fe: «Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma». (CIC, n. 144).

Para Bergoglio, la fe es un acto de la mente, no una obediencia, no un asentir con la mente a la verdad que Dios revela, no es someterse a la palabra que se escucha, no es una confesión, no es un creer, sino un hablar, un dialogar sobre la palabra que se escucha:

«El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo» (LF, n. 39).

Por tanto, Bergoglio va buscando la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección en el diálogo. No busca, en la fe, una verdad, sino su interpretación, su visión humana, un lenguaje humano apropiado a la vida, a la historia, a los problemas de los hombres. Por eso, Bergoglio es idealista, sigue los postulados de Hegel:

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad» (EG, n. 231).

El problema del hombre que vive su idea es encontrar una relación, una tensión entre su idea y la realidad. Éste es el problema de todo idealista, de todo filósofo que no comprenda que la razón sólo sirve a la fe, no es guía de la fe.

Todo hombre se comporta de esta manera: piensa y obra lo que piensa. Por tanto, la realidad de su vida son sus obras, que nacen de su idea, de su meditación, de su síntesis, de su análisis. El hombre, cuando piensa, no se pregunta la relación, la tensión que hay entre lo que piensa y la realidad. Su idea le lleva al acto.

El problema de todo hombre es el pecado: no siempre obra lo que piensa. Y, por tanto, la realidad de la vida se vuelve complicada para el mismo hombre. Es el «no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rm 7, 15) de San Pablo.

Dios da al hombre la fe, es decir, su Mente Divina, para que el hombre viva de una manera divina en su humanidad: piense de forma divina y, por tanto, obre de forma divina. El hombre de fe ya no es sólo una vida racional, sino espiritual. El hombre, creyendo en lo que Dios le revela, encuentra la libertad de su vida:

«(…) la obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre» (Homilía – Benedicto XVI, 27 de marzo del 2012).

Bergoglio, en su idealismo, tiene que convertir su vida en un diálogo:

«La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG, n. 231).

«La realidad es, la idea se elabora»: el hombre ideal trabaja para elaborar su idea. El hombre, con los pies en el suelo, trabaja para que su idea sea conforme a la verdad. Esta es la distinción entre verdad e idealismo. El idealista no busca la verdad, sino que se la inventa, la elabora, la trabaja, la reinterpreta.

Este es el problema de Bergoglio: elabora su verdad, su perfección en su mente humana. No busca, primero, la verdad en Dios y se conforma con esa verdad, se somete a esa verdad. No busca entender a Dios, asimilar a Dios, cambiar su mentalidad humana, que es la propia de un hombre racional, para ser hijo de Dios, para ser un hombre que piense como Dios piensa, un hombre que tenga la Mente de Cristo.

No; Bergoglio quiere dialogar: «se debe instaurar un diálogo constante»; pero no quiere poner en la realidad de la vida, la verdad que encuentra en Dios, sino la mentira que su mente elabora. Esto es lo propio del idealista.

La realidad es como es; pero la idea es, también, como es. Idea y realidad son como son. No hay que elaborarlas, no hay que establecer un diálogo entre ambas. Hay que ver la idea que se tiene en la mente y discernirla con la idea que viene de Dios. Ese es el trabajo en la vida espiritual: que la razón obedezca a la fe, a la Mente de Dios, a la Mente de Cristo; no que la razón humana elabore la fe.

Si la idea del hombre se somete a Dios, entonces la realidad de la vida pertenece a Dios; pero si la idea que tiene el hombre no es de acuerdo a lo que Dios le revela, entonces la realidad de la vida no es para Dios, sino para el Enemigo de las almas y de Dios, que es el demonio.

La vida espiritual es siempre una lucha espiritual: Dios o el demonio. Hay que dar a Dios lo que es de Dios y al demonio lo que es del demonio. Por eso, la realidad de la vida es conforme a lo que el hombre obra, no a lo que el hombre piensa. Se hacen obras para Dios u obras para el demonio. Se sirve a Dios o se sirve al demonio. Se construye una familia, una sociedad, una iglesia para Dios o para el demonio. Esto es lo que Bergoglio anula: esta distinción fundamental para poder comprender la realidad de la vida. Para el idealista, no existe este discernimiento porque va buscando esa tensión, ese diálogo, esa comunicación entre la mente del hombre y la realidad de lo que ve, de lo que piensa, de lo que obra.

Decir que «la idea se termina separando de la realidad», es decir que el hombre es el que tiene que construir la realidad según su idea. Tiene que buscar una idea que no se separe de la realidad sino que se integre en ella. La idea y la realidad son dos cosas diferentes. Siempre están separadas una de otra. Buscar una idea que no esté separada de la realidad es inventarse, necesariamente, esa realidad. Bergoglio, no sólo cae en un idealismo, sino en un realismo: va buscando su realidad, una realidad perfecta, en donde no haya separación entre idea y realidad. Por eso, dice:

«Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (Ib).

«La realidad es superior a la idea»: Bergoglio no es racionalista, sino realista. Toda idea racional lleva a un acto racional, conduce a obrar, en la realidad, algo que el hombre quiere. Es poner, en la realidad, algo que el hombre busca en su inteligencia. El que hombre que piensa, va formando su vida de acuerdo a ese pensamiento. Si es un hombre de fe, el hombre vive una vida, no sólo racional, sino espiritual. El hombre de fe vive una realidad racional, humana, natural, pero también espiritual.

Pero, para Bergoglio, la realidad está por encima de la vida racional. ¿Cómo entender esa realidad con la mente? No se puede, porque es superior: no hay una idea racional que nos lleve a esa realidad. Y, por eso, dice:

«Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismo sin sabiduría» (Ib). Este párrafo es lo que predicó, hace poco, en su discurso al Parlamento Europeo. Está haciendo gala de la búsqueda de la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección de su realidad. Por eso, él propone una iglesia universal, ecuménica; un gobierno mundial con una economía para todos, etc…Porque va en busca de esta vida, de esta realidad que está por encima de toda idea, de todo dogma, de toda tradición, de cualquier verdad que el hombre haya adquirido o creído en toda su historia. Esto es anular la verdad de la Iglesia Católica y poner su mentira, su falsa iglesia.

El hombre piensa muchas cosas que ocultan la realidad, que no le procuran esa realidad que está por encima de su vida racional. Y, entonces, Bergoglio lo ataca todo. Va buscando una idea que le haga subir a la realidad ideal, perfecta, que le haga entender esa realidad, que le haga mirar su realidad.

Esto es el realismo: la primacía de lo real, independientemente del acto cognoscitivo. La realidad es como es, las cosas son como son sin que se les sobrepongan interpretaciones, teorías, filosofías, teologías, dogmas, que impidan ver esa realidad. Por eso, Bergoglio busca su idea que le lleve a lo real, que no tape lo real.

¿Y cómo es esa idea?

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (EG, n. 239).

Esa idea es la «búsqueda de consensos y de acuerdos»: es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Es encontrar un lenguaje humano apropiado a todos los hombres. Esto es lo que quiso hacer el Sínodo extraordinario, poner esta base: Bergoglio va en busca de su iglesia perfecta, en la que no es posible ninguna exclusión, ninguna excomunión; en la que se viva de la memoria humana, del comportamiento de los hombres, de su historia; y en la que el pecado ya no sea llamado como tal, sino una perfección en el obrar del hombre, porque nace de su mente, de su historia, de su vida. El pecado está en su ADN y, por lo tanto, Dios no se lo imputa.

Es una idea que no está separada de una «sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones»: aquí se resume su fe: fe fiducial, fe masónica y fe comunista.

Una sociedad justa, en la que entren todos, en la que a nadie se le juzgue por su vida, en la que Dios no impute el pecado; una sociedad memoriosa, que haga gala de la memoria de los hombres, de sus experiencias en la vida, de sus obras en la historia, de sus culturas, tradiciones, filosofías; una sociedad sin excluir a las clases más bajas, luchando contra las clases altas, pudientes, autoritarias.

Por tanto, en este diálogo entre idea y realidad, Bergoglio no busca el Reino de Dios, sino su reino humano, material, carnal, natural, histórico, de tejas para abajo, donde la persona es sagrada, es el centro del universo.

«El común reconocimiento de la sacralidad de la persona humana sustenta la compasión, la solidaridad y la ayuda efectiva a los que más sufren» (Discurso en la Diyaner del 28 de noviembre – OR, n. 49, pag. 7). Éste es el grave problema de Bergoglio: la persona humana es sagrada. Y, por tanto, necesita de compasión, de solidaridad, de ayudas humanitarias.

Y Bergoglio anula que la vida humana es sagrada, porque Dios es Vida, «en Él era la Vida» (Jn 1, 4), y es Dios quien da la Vida y quien la quita. Es la vida, y toda vida, lo que es sagrada, porque toda vida viene de Dios. El hombre no puede producir la vida, no la puede obrar. Pero lo que no es sagrado es el fruto de la vida: ya sean los vegetales, los animales, el hombre, el ángel.

El hombre idealista abaja lo divino a lo humano: al no creer en Dios como es, al querer interpretarlo, poner una relación material entre Dios y el hombre, al buscar una tensión entre lo divino y lo humano, debe anular a Dios y poner al hombre como dios, como sagrado, como santo.

La persona humana nunca es sagrada. Se hace sagrada cuando recibe de Dios lo sagrado: un sacerdote es sagrado porque recibe el sacramento del Orden que le hace sagrado. Un objeto se hace sagrado porque recibe una bendición de Dios.

Dios, al crear al hombre no le hace sagrado cuando lo crea. Dios le da dones y gracias a ese hombre para que viva lo sagrado, para que obre lo sagrado, para que ordene su existencia humana hacia lo sagrado.

Por eso, Bergoglio, en su discurso, lleva al hombre hacia la negación de Dios:

«Nosotros, los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables riquezas espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de coincidencia, aunque vividos según las propias tradiciones: la adoración de Dios misericordioso, la referencia al patriarca Abraham, la oración, la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero, pueden transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad de los hombres» (Ib, pag. 8). No hay un solo Dios, sino dos dioses: el de los musulmanes y el de los cristianos. Hay dos iglesias, hay dos confesiones, hay dos fes, hay dos tradiciones, hay dos magisterios y, por lo tanto, esos elementos son aptos para una cosa: esa realidad en la que se viva la fraternidad universal. Hay que buscar esa religión que no oculte esta realidad. Se niega a Dios que ha puesto Su Iglesia donde sólo es posible que se dé esa realidad. Es una realidad gloriosa, no humana, no material. Es una unidad que sólo Dios puede hacerlo en Su Reino Glorioso. Pero Bergoglio no va buscando esta Verdad Revelada, sino su “verdad” en su diálogo:

«Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad»: no se dialoga para permanecer en la verdad, para enseñar una verdad, para guiar a la verdad Revelada. La verdad no es el centro en la vida de Bergoglio. La verdad no le interesa a Bergoglio. Hay que comunicar una belleza, una palabra bonita, llena de sentimientos que agraden al hombre:

«En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (EG, n. 142). La belleza de las imágenes, de lo sensible, de lo sentimental. Bergoglio sólo está en la humanidad. Al no ver la Verdad como Palabra de Dios, tiene que transmitir una verdad que agrade al hombre, una verdad puesta en una bandeja de plata, adornada con frases, con imágenes, con palabras, con sensiblerías que gusten al hombre, que le acaricien el oído, que le hagan sentir bien en su vida. Por eso, Bergoglio nunca predica del infierno, de la justicia de Dios, del castigo, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del desprendimiento de lo humano, etc… Son verdades que no gustan al hombre, que no vienen con una belleza. No valen para la homilía, para hacer un diálogo.

Bergoglio tiene que predicar que todos nos salvamos o que los animales van al cielo. Es su desvarío mental.

Para Bergoglio, la conversión no nace del encuentro con la verdad, sino en el diálogo:

«Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed» (EG, n. 72); «La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer» (EG, n. 120).

«Apenas salió de su diálogo»: la samaritana no fue a someter su mente a la Palabra que Jesús le hablaba. No salió de ese encuentro para confesar su fe. Fue a Jesús para hablar con él. Y Jesús fue a ella para dialogar con ella, no para enseñarle el camino para salvar su alma. Dios, cuando ama a un alma, no le enseña la verdad de su vida, sino que sólo habla de muchas cosas con ella para tenerla entretenida.

A Bergoglio no le importa la verdad, sino el diálogo:

«El diálogo con la multiculturalidad. En Estrasburgo hablé de una Europa multipolar. Pero también las grandes ciudades son multipolares y multiculturales. Y debemos dialogar con esta realidad, sin miedo. Se trata, entonces, de adquirir un diálogo pastoral sin relativismos, que no negocia la propia identidad cristiana, sino que quiere alcanzar el corazón del otro, de los demás distintos a nosotros, y allí sembrar el Evangelio» (27 de nov del 2014 – OR, n. 49, pag. 4).

Bergoglio no negocia con la propia identidad cristiana: que los musulmanes sigan siendo lo que son; los judíos en su religión, los evangélicos en sus ideales…. Hay que negociar con la verdad: hay que dialogar con esta realidad: un mundo multicultural, multipolar. Gran cantidad de ideas humanas, de obras, de vidas, de filosofías, de economías, de estructuras, que es necesario juntar, unir de una manera que sirva para los intereses de unos pocos, pero que hay que transmitir la idea que es para el bien de toda la humanidad, que todos se van a beneficiar de ese diálogo, de esa realidad en la que ninguna idea la puede ocultar. Una realidad que tiene todas las ideas de los hombres. Es la idea masónica de la búsqueda de un orden mundial, de una iglesia para todos.

Para Bergoglio, es primero el dialogar y después sembrar el Evangelio:

«En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando  el  anuncio fundamental:  el  amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad» (EG, n.128).

Primero es llenar la cabeza de mentiras, de oscuridades, de dudas, de temores, de errores, de un lenguaje bello, atractivo en que los que dialogan se sientan contentos, se sientan plenos de los humano, comprendidos, consolados…Y después da una palabra del evangelio, o una cita de un santo o lo que dijo un hombre en la historia. Pero eso no es lo que importa, sino recordar que Dios nos ama a todos, que Dios es amigo de todos los hombres, que Dios salva a todo el mundo, incluso a las mascotas.

Esto es Bergoglio: un idealista, un realista, un hegeliano, pero no un Obispo de Cristo. No es una Jerarquía de Dios, sino del demonio en la Iglesia. Y, por tanto, está en la Iglesia para destruirla con su diálogo. Y muchos quedan atrapados por sus frases, por su lenguaje barato. No saben discernirlo porque viven como él vive: en su pecado. Y llaman a su pecado con el nombre de santidad, de voluntad de Dios.

Muchos que dudan de Bergoglio le siguen todavía como Papa. Y se alegran porque proclama santos en la Iglesia o decide nuevos santos. Se alegran porque siguen escribiendo cosas bonitas o porque predica, de vez en cuando, algo interesante. Y no saben ver el juego de Bergoglio.

Si Bergoglio no es Papa, entonces no puede atar ni desatar nada en la Iglesia. ¿Cuándo van a aprender a discernir a Bergoglio? ¿Por qué no cogen el dogma del Papado y disciernen lo que es Bergoglio? Porque, a muchos, ya no les interesa el dogma, la verdad revelada y enseñada por la Iglesia desde siempre. Todos se apuntan al carro del diálogo. Y, por eso, no saben combatir a Bergoglio ni a toda la Jerarquía que se somete a su mente humana. No saben discernir las palabras de ese hombre. No saben ver lo que está construyendo ese hombre en el Vaticano.

No saben creer ni en Cristo ni en Su Iglesia. Sólo saben seguir a los hombres en sus pensamientos y en sus obras.

La iglesia que está en el Vaticano, liderada por Bergoglio, no es la de Cristo. Es la de la masonería, gobernada por ellos, que se abre a un mundo masón en su totalidad y que quiere abarcar el mundo entero poniendo a su hombre ideal: el Anticristo.

Bergoglio es un anticristo, porque rompe con la doctrina de Cristo en su misma Iglesia. Pero es algo más que un falso profeta: es el inicio de una nueva iglesia, una nueva estructura de espiritualidad, en donde no hay una sola verdad. No puede haberla. Es la búsqueda de una realidad común, universal, en la que ninguna idea humana pueda taparla, oscurecerla. Es la locura de poner la mente del hombre por encima de la Mente de Dios.

Por eso, Bergoglio es un loco que vive en santa Marta y que obra esta locura: buscar esa realidad ideal, que sólo es posible en su mente, pero que al querer hacerla en la práctica de la vida tiene que destrozarlo todo, tiene que ir en contra del mismo hombre: para buscar la realidad ideal, la unidad de todas las mentes humanas, hay que destruir la verdad y a Dios mismo en la mente de cada hombre. Hay que darle al hombre un sucedáneo de la verdad: una verdad ideal, una verdad que le guste para su vida, una verdad que no sea plena, sino que vaya evolucionando, según sea el diálogo que los hombres procuren con los demás. Hay que darle al hombre un concepto de Dios, un ideal de iglesia, una terapia de la verdad.

La verdad se oculta con Bergoglio: sólo su locura se trasluce en todo lo que habla y en todo lo que obra en su gobierno en la Iglesia.

Quien habla con los hombres se vuelve más hombre y más capaz para hacer del hombre su dios en su vida.

Bergoglio enseña, como un falso papa, su falsa y herética doctrina

vividor

1. «El Concilio Vaticano II, al presentar la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo, tenía bien presente una verdad fundamental, que jamás hay que olvidar: la Iglesia no es una realidad estática, inmóvil, con un fin en sí misma, sino que está continuamente en camino en la historia, hacia la meta última y maravillosa que es el Reino de los cielos, del cual la Iglesia en la tierra es el germen y el inicio» [cf. Conc. ecum. Vat. II, const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 5] (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 20 – Audiencia general del miércoles, 26 de noviembre).

Si van a la Lumen Gentium comprobarán que no se dice nada de lo que Bergoglio habla. Allí, el Papa enseña que la Iglesia: «constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria». La Iglesia va hacia su fin: la Gloria, que es la unión con Su Cabeza Invisible en la gloria; va creciendo en la gracia y en el Espíritu. No crece en lo humano, en lo material, en lo natural. La Iglesia es una realidad divina, espiritual y, por tanto, siempre la Iglesia está en acto, pero es una obra divina en Ella, no humana.

Bergoglio pone el acento en su herejía: la Iglesia está «continuamente en camino en la historia». Ve la Iglesia como una realidad histórica, pero no divina, no espiritual. La hacen los hombres durante el tiempo en que viven. Y, por eso, este hombre pone la Iglesia, no en Jesús, sino en Abraham, en el pueblo de Dios del AT. Por eso, habla así y enseña su estilo de iglesia, que no es la Iglesia Católica.

Nombra, además, un documento de la Iglesia para predicar su mentira. Es lo que hacen muchos ahora en la Iglesia: nombran a un Papa o al magisterio o a un santo para decir su gran mentira a todos con una sonrisa.

El fin de la Iglesia es salvar y santificar las almas. Es un fin en sí mismo. Se quita ese fin, se anula la Iglesia.

• Lc 19,10:  «Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». Jesús viene a salvar el alma. Éste es el fin. Confirman lo mismo las parábolas de la oveja perdida, del hallazgo de la dracma y del hijo pródigo (cfr. Lc 15,1-32).

• El Nombre de Jesús indica la finalidad de la Misión de Jesucristo: la salvación de los hombres: «Dará a luz un hijo, a quién pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

• Y esta salvación del alma sólo se puede realizar mediante la perfección moral: «Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre Celestial» (Mt 5, 48);

«Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24); «cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 33). La Iglesia no se hace en la historia, en el tiempo de los hombres, sino en la lucha, en la batalla de los hombres contra los enemigos de su alma. La Iglesia no es una realidad histórica, no se lucha por un motivo humano, por un ideal social, para que no haya pobres. Se lucha para ganar el cielo:

«Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése será salvo» (Mt 10, 22). No todos son amigos de Dios en la Iglesia. Hay enemigos, hay extraños, hay traidores. Y hay que perseverar hasta el final.

¿Qué dice Bergoglio? «Es muy necesario que esto se verifique en la comunidad cristiana, en la que nadie es extranjero y, por consiguiente, todos merecen acogida y apoyo». (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 9 – Audiencia del viernes, 21 de noviembre). Nadie es extraño en la Iglesia, sino que todos son amigos, conocidos. Nadie es peligroso. Y pone la razón: «La Iglesia, además de ser una comunidad de fieles que reconoce a Jesucristo en el rostro del prójimo, es madre sin confines y sin fronteras. Es madre de todos y se esfuerza por alimentar la cultura de la acogida y de la solidaridad, en la que nadie es inútil, está fuera de lugar o hay que descartar» (Ib). En este párrafo hay tantas herejías que sería largo de desarrollar aquí. Pero tienen el pensamiento de un hombre sin fe, sin verdad, sin brújula alguna. Es el hombre que quiere la Iglesia en estos momentos. Y, por eso, con él, se pierde toda la Iglesia.

La Iglesia no es para todos, porque la misión de Jesús estaba restringida a la Casa de Israel: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 15, 24). Y la misión de los Apóstoles estaba también restringida a Israel: «No vayáis a los gentiles… id más bien a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 10, 5). Eso no impide que se predique el Evangelio a todos: «Antes habrá de ser predicado el Evangelio a todas las naciones» (Mc 13, 10); «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Pero se va a predicar al mundo entero impulsado por el Espíritu, como lo hizo San Pedro con Cornelio: «Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro». San Pedro, al dar cuenta de su comportamiento hace referencia no a un mandato de Jesucristo, sino a la revelación del Espíritu, a la visión que él tuvo y a la revelación que el mismo Cornelio recibió del ángel (cf. Act. 10, 17- 29). La Iglesia es la obra del Espíritu, no del hombre. Y, por tanto, entran en la Iglesia aquellas almas que quiere el Espíritu, no las que desea el hombre. «En verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10, 23). El mandato del Señor de evangelizar a Israel no contradice la evangelización del mundo entero por el Espíritu. Es el Espíritu el que sabe a quién hay que evangelizar, quién tiene que entrar en la Iglesia. Los hombres, con cumplir el mandato del Señor es suficiente para hacer la Iglesia. No tienen que meter en la Iglesia a los que Dios no ha purificado.

Al no interpretar correctamente la Sagrada Escritura, se cae en el falso ecumenismo, que hoy hace gala todo el mundo en la Iglesia. Hay que ir sólo a los infieles por mandato de Dios en su Espíritu, no porque uno lo vea. Son las misiones que antes se tenían en la Iglesia: se mandaba a misionar a los infieles. Ya eso se ha perdido. Hoy se va a los infieles, no para convertirlos, sino para ser sus amigos y vivir con ellos en sus pecados.

Al anular Bergoglio el fin de la Iglesia, y al decir que es para todo el mundo, que no hay extranjeros, que es madre de todos, que alimenta las culturas de los hombres,  entonces tiene que concluir –necesariamente- que todos van al cielo.

2. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma donde nuestras expectativas más profundas se realizarán de modo superabundante y nuestro ser, como criaturas y como hijos de Dios, llegará a la plena maduración. Al final seremos revestidos por la alegría, la paz y el amor de Dios de modo completo, sin límite alguno, y estaremos cara a cara con Él (cf. 1 Cor 13, 12). Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos. Es hermoso, da fuerza al alma».

a. «Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos»

¿Qué enseña la Iglesia?

«Por esta constitución que ha de valer para siempre por autoridad apostólica definimos que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos…, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo, ni habrá cuando salgan igualmente en lo futuro, o si entonces lo hubo habrá luego algo purgable en ellos, cuando después de su muerte se hubieron purgado…, inmediatamente después de su muerte o de la dicha purgación… aún antes… del juicio universal, después de la ascensión del Salvador Señor Nuestro Jesucristo…, estuvieron, están y estarán en el cielo… y vieron y ven la divina esencia con visión intuitiva y también cara a cara… definimos además, que según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales…» (Benedicto XII (D530).

Se enseña explícitamente que las almas reciben, una vez que mueren, un premio o un castigo. Y lo reciben inmediatamente: «definimos que (…) las almas de todos los santos (…) inmediatamente después de su muerte(…) están y estarán en el cielo(…)definimos además, que (…)  las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno ».

Es la definición de la Iglesia que significa que hay que creer que cuando se muere, unos van al cielo y otros al infierno. Es de fe divina y católica definida. Es un dogma definido por la Iglesia, que está en la Sagrada Escritura y en toda la Tradición.

Bergoglio, por tanto, enseña su propio magisterio, que no pertenece a la Iglesia Católica. Con su doctrina, Bergoglio enseña el camino de condenación a las almas en la Iglesia.

Y esto significa una cosa: que Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

b. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma»

El cielo es un lugar concreto.

Según la sentencia común de los teólogos, las almas quedan constituidas no sólo en un cierto estado de bienaventuranza o de condenación o de purificación, sino en un lugar determinado:

• Lc 16, 22: «Sucedió, pues, que murió el pobre, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham». El alma del pobre es llevada a un lugar, no se transforma en un estado, no vive en un estado: murió en estado de gracia y fue llevada al seno de Abraham, a un lugar concreto.

• Hech, 1, 25: «para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado de que prevaricó Judas para irse a su lugar»: Judas pecó, murió y se fue a su lugar en el infierno.

• Jn 14,2s: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… y luego que os haya preparado el lugar, volverá otra vez y os tomaré conmigo, a fin de que donde yo estoy, también estéis vosotros»: Jesús prepara un lugar concreto para sus almas elegidas, que son las que se salvan y se santifican. Jesús, siendo Dios, también tiene su lugar en el Cielo, porque posee un Cuerpo Glorioso.

• Lc 23, 43: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso»: el buen ladrón, cuando muera, va a estar con Jesús en el lugar del Paraíso; su alma no cambiará de estado, sino que estará junto a Jesús en un lugar concreto.

• Ap 21, 2: «Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del Cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa»: la Nueva Jerusalén baja del cielo, baja de un lugar concreto. Y en el Cielo se encuentra al lado de Dios, está en un lugar concreto del cielo.

• El Concilio Florentino (D 693): «Y que las almas de aquellos que después de recibir el bautismo, no incurrieron absolutamente en mancha alguna de pecado, y también aquellas que, después de contraer mancha de pecado, la han purgado, o mientras vivían en sus cuerpos o después que salieron de ellos, según arriba se ha dicho, son inmediatamente recibidas en el cielo y ven claramente a Dios mismo, trino y uno, tal como es, unos sin embargo con más perfección que otros, conforme a la diversidad de los merecimientos. Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes». En esta definición se enseña que las almas que mueren sin pecado o que han purificado sus pecados son «inmediatamente recibidas en el cielo»: son recibidas en el lugar concreto del cielo. Y las que muere en pecado mortal  «bajan inmediatamente al infierno»: bajan al lugar concreto del infierno.

• San Cirilo de Jerusalén: «Los ángeles ven continuamente en los cielos el rostro de Dios; ahora bien cada uno ve según la medida de su propio orden y lugar. Sin embargo la pura intuición del esplendor de la gloria del Padre está reservada propia y sinceramente al Hijo juntamente con el Espíritu Santo»: los ángeles también estén en un lugar concreto del cielo, no sólo en el orden de su jerarquía.

• San Gregorio Niseno: «Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios»: las almas, en el cielo, ven a Dios, pero cada una en su lugar, en su mansión:

• San Agustín: «Todas las almas tienen cuando salen de este mundo, sus diversas mansiones. Las buenas alcanzan el gozo, las malas los tormentos. Mas cuando haya acaecido la resurrección, el gozo de los buenos será mayor y los tormentos de los malos serán más terribles, cuando sean atormentadas las almas juntamente con el cuerpo…»

Más aún, los Padres y los Teólogos juzgan comúnmente que las almas no pueden salir de sus lugares, según la ley ordinaria, si bien no excluyen el que esto suceda de manera extraordinaria.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero no se atreven a llamarlo hereje manifiesto: están esperando otra herejía. Y no se han dado cuenta que el verdadero hereje no es el que dice herejías, sino el que vive su herejía, su pecado, aunque no manifieste con la palabra esa herejía.

Bergoglio es el que vive su herejia y deja vivir a otros en su herejía, en su vida de pecado. Por tanto, es el que condena a todos al infierno. Y lo hace con una sonrisa, tomando mate: vive y deja vivir, porque todos nos vamos al cielo.

No existe la conciencia crística, ni la conciencia colectiva, ni el amor crístico

ethos

«Si los fundamentos se destruyen, ¿qué podrá hacer el justo» (Sal 12 [11], 3).

El fundamento del hombre: Dios. Pero no el concepto que el hombre tiene de Dios en su mente humana, sino lo que Dios Es.

Dios no es una idea para el hombre, sino una Vida.

Dios no es una conciencia universal para la humanidad, sino una Ley Eterna, Inmutable, que cada hombre, en particular, debe obrarla.

Todo hombre está obligado a formar su conciencia moral. Si no la forma, el mismo hombre destruye, con su mente humana, su fundamento.

«En nuestro tiempo se hace cada vez más fuerte la voz de los que quieren convencernos de que la religión como tal está superada. Solo la razón crítica debería orientar el actuar del hombre. Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio» (Benedicto XVI – Universidad Urbaniana  – 21 de octubre 2014).

La razón del hombre busca el poder, el orgullo de dominarlo todo sin Dios. Con su razón crítica, el hombre se inventa el concepto de Dios, el concepto de la ley natural y divina. El hombre se hace su religión, su iglesia, su espiritualidad; es decir, su fábula. Fábula que siguen muchos porque ya no saben abajar su mente a la Verdad Revelada.

El hombre crea con su razón humana una nueva moral sin moral: una moral de conceptos vacíos, de lenguaje agradable al oído humano, pero lleno de errores y de oscuridades.

El hombre va en busca de una conciencia universal, humana, crística, personal que no existe. Sólo se da en su cabeza humana, en su falsa interpretación de lo que Dios ha revelado.

«Considerarlo como el único válido disminuiría al hombre, sustrayéndole dimensiones esenciales de su existencia» (Ib.). Es lo que se ve: un hombre disminuido porque ha puesto en su mente lo único que tiene valor, y así le falta lo más importante para su vida: el sentido de lo divino. El sentido real, su fundamento real, que no está en su mente, sino fuera de ella.

Si la mente del hombre no se cierra a ella misma, entonces sólo vive para sí misma.

El hombre que aprende a cerrar su mente, vive con el corazón abierto a Dios, a su fundamento real, vivo.

Pero el hombre que busca en su mente la solución al problema de su vida, se hace él mismo esclavo de sus mismos pensamientos y los adora como dios.

El hombre tiene que abajarse, humillarse, despreciarse. Y, entonces, Dios lo ensalza, obra lo divino en su existencia humana.

«El hombre se hace más pequeño, no más grande, cuando no hay espacio para un ethos que, en base a su naturaleza auténtica retorna más allá del pragmatismo, cuando no hay espacio para la mirada dirigida a Dios» (Ib).

El hombre tiene que mirar a Dios, pero no con su pensamiento humano, sino con su corazón. Un corazón que no mira a Dios no ama al prójimo, no sabe darle lo que Dios quiere.

En el corazón humano, Dios pone su amor divino; pero en la mente humana, el demonio es el que trabaja.

Con el corazón abierto al Amor de Dios, el hombre forma su conciencia moral: el hombre es enseñado por Dios para obrar, con su mente, aquello que Dios quiere y le pone en su corazón. La mente del hombre es la que guía a la voluntad del hombre, para que haga aquello que ha comprendido de Dios con su corazón.

La mente humana no decide nada en el orden divino, no manda nada, no ejerce ningún dominio. Es sólo la guía, que tiene el hombre, para poder poner por obra la Voluntad de Dios.

La conciencia moral es el juicio de la mente, un acto de la mente sobre una acción moral, sobre una obra buena o mala moralmente. Lo moral es lo que sigue una norma suprema, una ley eterna, divina. Lo moral no está en los hombres, no lo deciden ellos con sus pensamientos o con sus obras en la vida, sino que lo regula Dios con Su Ley, con Su Voluntad.

La ley natural es una ley moral, es norma para formar la conciencia moral. Quien vaya en contra de la ley natural va en contra de su propia conciencia, hace de su propia conciencia un juicio falso del bien y del mal. Hace de su vida una abominación, como son los homosexuales.

La conciencia moral no es la conciencia psicológica, por la cual el hombre conoce que está pensando, que quiere algo en la vida, que obra algo. Conocer los propios actos internos, entendimiento y voluntad, no es tener una conciencia moral. Es sólo mirar lo humano con ojos humanos.

Conocer que esos actos internos se dirigen o no hacia Dios, hacia lo que Dios quiere, eso es la conciencia moral.

Los falsos profetas hablan de una conciencia colectiva: «Amados, oren en la praxis cotidiana de sus actos, en la conciencia personal y alertando la conciencia colectiva» (Luz de María – 17 julio 2013).

No existe ni la conciencia personal ni la colectiva. La humanidad no tiene conciencia, no tiene alma. Una comunidad, un grupo de hombres, no tiene conciencia. Una familia no tiene conciencia. Un pueblo no tiene conciencia. Para tener conciencia, es necesario poseer un alma racional.

La persona no tiene una conciencia personal: tiene un alma, un cuerpo y un espíritu. Y, en su alma, está su mente; pero la mente humana no es la conciencia personal del hombre.

Muchos confunden la razón humana con la conciencia; muchos llaman con el nombre de conciencia a sus pensamientos, a lo que conciben con sus juicios humanos. Y yerran.

El hombre tiene una conciencia psicológica, pero no como persona. Porque la persona es todo el hombre: alma, espíritu y cuerpo. La persona es algo más que el juicio de la mente y las obras de la voluntad humanas. La persona es algo más que las obras de la carne; no es sólo el estado de gracia o de pecado. La persona es intocable en el ser humano, intangible, es la que dirige todo: su alma, su espíritu y su cuerpo. Es la que ve con su conciencia moral lo que tiene que hacer. Hablar de conciencia personal es hablar de nada.

El hombre tiene una conciencia psicológica, nacida de su mente humana. Pero el hombre no es su conciencia, ni psicológica ni moral. El hombre es un ser que posee tres cosas: alma, espíritu y cuerpo.

Muchos confunde esto: hombre y conciencia. Los ponen juntos y así dicen que hay que buscar el amor crístico, la conciencia crística. Han confundido a Cristo con su conciencia moral. Cristo no es su conciencia moral. Cristo es el Verbo Encarnado. Y Cristo obró la Voluntad de Su Padre: obró una moralidad perfecta, sin pecado. Hay que buscar el Amor del Verbo, no el amor crístico. El Amor del Padre y del Hijo, no el amor de un lenguaje humano: la palabra, el verbo. Cristo no es una idea, un concepto, una forma de comprender el amor de Dios. Cristo es el Mismo Amor, porque es Dios.

Hay que unirse al Verbo Encarnado, pero eso el hombre no sabe hacerlo por más que piense en Cristo, por más que cumpla una ley divina. Es el Amor de Dios el que transforma al hombre en otro Cristo, no es el hombre el que se unifica con Cristo:

«Ustedes, amados, deben confluir unificándose con la conciencia crística en todos sus preceptos y en sus principios» (Luz de María – 14 de abril del 2014).

No existe la conciencia crística: existe el Verbo Encarnado, existe la doctrina que Cristo ha enseñado; existe la Ley Eterna, que Cristo ha cumplido totalmente en su vida humana; existe la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, un cuerpo místico, no un cuerpo universal.

El hombre se une a Cristo sólo por la Gracia. Y la Gracia es la Vida Divina. Y no es más que eso: lo divino que el Señor pone en el espíritu del hombre, no en su alma. La Gracia es la Vida para el espíritu del hombre. Y se vive la Gracia con el corazón, no con la mente humana.

¡Cómo engañan los falsos profetas a los mismos católicos que no saben su fe, que vive amparados de su razón práctica! Todo lo quieren entender con sus pensamientos humanos y así se disminuyen, se hacen una abominación en la misma Iglesia de Cristo.

Los falsos profetas hablan de abrir la mente:

«que abran el pensamiento, la mente, que permitan que sus sentidos se impregnen de mi amor, porque este instante es difícil» (Luz de María – 16 de Mayo de 2012).

Dios habla al corazón; Dios abre el corazón; el demonio habla a la mente; el demonio abre la mente para conquistar lo humano, la soberbia de las ideas, el orgullo de las obras de los hombres, la lujuria de la vida de cada uno sobre la tierra.

El Amor de Dios se da al corazón del hombre; pero el corazón tiene que abrirse en la humildad de la mente, cuando la mente se cierra a toda idea del hombre y del demonio. El hombre tiene que trabajar en quitar su soberbia de la mente. La soberbia abre la mente del hombre al mundo del demonio; la humildad abre el corazón del hombre al mundo de Dios. Para ser humildes, hay que pisotear la mente, hay que despreciarla, no hay que vivir pensando como lo hacen los hombres. Hay que vivir con la Mente de Cristo, que es la Mente de Dios. Y Dios no tiene conciencia porque no puede pecar. Cristo no tiene conciencia porque no puede pecar. La conciencia es para el hombre pecador, no para el santo. El Santo es aquel que siempre hace la Voluntad de Dios. Siempre. Por eso, es necesario el purgatorio porque los hombres no saben hacer la Voluntad de Dios en sus vidas humanas, a pesar de tener una conciencia que les grita que no están haciendo lo que Dios quiere.

Este es el lenguaje del demonio: «que abran el pensamiento, la mente».

¡Cuántos siguen este lenguaje! ¡A cuántos católicos les gusta este lenguaje! ¡Lo usa Bergoglio constantemente: es un hombre con la mente abierta al mundo del demonio! ¡Un hombre con un corazón cerrado al mundo de Dios!

Abrir la mente es meterse en la conciencia psicológica. Y de ella inventarse la conciencia universal, personal, crística. Es la razón práctica que busca el dominio, el poder.

Cuando el hombre habla de abrir su mente, entonces se quiere poner la raíz del mal en el mismo pensamiento humano, los pensamientos negativos:

«Se han negado a Dios, y desconocen que los pensamientos y vibraciones de cada uno no se quedan en el ser, sino se expanden y van produciendo una cadena de energía que se tornará en su contra. Los actos humanos no se dan y desaparecen; las consecuencias de éstos, acumulan negatividad, la cual regresa con prontitud a derramarse sobre la tierra» (Luz de María – 26 de Agosto de 2012).

¡Cuántos se levantan todos los días para buscar un pensamiento positivo de la vida! Van en busca de la razón práctica: quiere conseguir con sus pensamientos que la vida les vaya bien. ¡Un absurdo! El hombre no decide con su pensamiento su vida. El pensamiento del hombre no es la vida del hombre. Por más que pienses la vida no te vas a salvar. Por más que medites en el cielo, no vas a ir al cielo.

La idea humana crea una energía: es la fuerza de la mente, es el poder de la mente, es el dominio de la razón: «Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio».

El hombre está convencido de que con sus pensamientos puede arreglar el mundo: ten pensamientos positivos, no tengas negativos. El hombre quiere dominar el mundo con su mente, con su energía positiva, la que nace de sus pensamiento positivos. Son ideas que fluyen de la mente del hombre, de su boca. Estamos en el platonismo. La idea platónica: todo está en la mente: en cómo piensas, en cómo meditas, en cómo sintetizas tus ideas para crear una energía, una fuerza vital que ponga en marcha la conciencia universal.

Así hablan los falsos profetas. Y ¿qué hacen los católicos detrás de estos falsos profetas, detrás de una Luz de maría que es el atractivo del demonio para engañar a mucha gente que se cree sabia con su inteligencia humana?

«Reciban la luz divina con amplitud de conciencia y lo demás se les dará por añadidura» (Luz de María – 10 de octubre de 2013).

Pero, no dice el Evangelio: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás por añadidura» (Mc 6, 33). Entonces, ¿qué hacen leyendo a Luz de María, que es la luz del Maitreya? ¿A qué juegan con sus vidas espirituales?¿De qué les sirve el Magisterio, la enseñanzas de los Santos Padres, la doctrina de Cristo en Su Evangelio?

¿Es que la luz divina se recibe con una conciencia ancha, laxa? Dios da su luz para enseñar al hombre a formar su conciencia moral, no para ampliar su conciencia, sino para hacer de la conciencia del hombre un manantial de sabiduría para no pecar más.

Dios enseña, con su luz divina, a no pecar. Y, entonces el hombre tiene una conciencia recta, verdadera, no amplia, no laxa, no ancha.

Luz de María pone en la mente del hombre, la conciencia. Y, entonces, como hay que abrir la mente, hay que ampliar la conciencia. Consecuencia, enseña este disparate:

«….miremos los apegos y a la vez los desterremos, dando paso a esa luz divina que nos conduce a la conciencia crística, en donde lo humano es superado por el ser divino de donde procedemos». (Luz de María – 14 de abril del 2014).

Una vez que se amplía la conciencia, entonces lo humano queda superado por lo divino. Y eso es la conciencia crística: estar en donde lo humano es superado por lo divino. Hay que llegar a esa conciencia.

Y ¿qué enseña la teología?

La gracia supera al hombre, pero no lo anula. La gracia da una vida que no es del hombre, una vida que está por encima del hombre, pero no es una vida que anule la conciencia, la libertad, la mente del hombre.

Dios da la gracia al hombre para que pueda vivir dos vidas mientras está de paso. Mientras el hombre viva esta vida de prueba, el hombre no puede tener a la perfección la vida divina de la gracia. El hombre tiene que morir para vivir perfectamente en la vida de Dios. Y en esa vida divina el hombre está en lo divino. No es superado por lo divino, sino que es transformado en todo lo divino.

¿Ven hacia donde lleva un falso profeta? Hacia el descalabro más total.

Para hacer un juicio moral, la persona debe aprender lo que es el bien y el mal moral.

«Hacer el bien y evitar el mal», «lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas a otro», «la suprema deidad debe ser adorada», «las promesas deben ser guardadas», «los preceptos deben ser cumplidos»…, no es la conciencia moral. Son sólo principios universales de donde se deduce la moralidad de los actos, pero no son un juicio de la mente sobre una obra buena o mala.

Con estos principios, se deducen muchas verdades, que son universales, para todos, y se puede hacer muchos bienes: materiales, carnales, naturales, humanos, espirituales, divinos. Y también se realizan muchos males que los hombres cree que son buenos.

Estos principios universales no constituyen una conciencia universal: un pueblo bárbaro que siga el principio de rendir culto a la divinidad, aunque esta divinidad sea un demonio, no tiene una conciencia errada como pueblo, sino que cada hombre de ese pueblo tiene su propia conciencia errada en lo moral. Hay que formar a cada miembro del pueblo para que obren lo correcto, lo verdadero, lo cierto. Las diversas culturas no forman la conciencia colectiva del pueblo. Un hombre que conozca su cultura no tiene una conciencia moral. La conciencia moral se forma en la ley divina, en la sabiduría divina, no en la sabiduría de los hombres.

La Iglesia que sigue a un usurpador, como Bergoglio, significa que los miembros de la Iglesia no tienen la conciencia moral recta, sino errada en ese punto. Y es neceario formar esa conciencia moral de cada miembro con la verdad de lo que es un Papa en la Iglesia.

Los católicos que siguen a un falso profeta, como Luz de María, tienen una conciencia moral errada. Y debe ser formada si quiere salvarse dentro de la Iglesia. Porque los falsos profetas combaten contra la Verdad de la Iglesia y producen que las almas vivan para el pecado en su inteligencia humana.

Hay que «hacer el bien y evitar el mal», pero esto no es lo que salva ni santifica al hombre. No existe un bien universal ni un mal universal; no existe un bien cultural ni un mal cultural, porque la conciencia no es universal, no es colectiva, sino de cada hombre, es particular. Y lo que cada hombre obre en su vida privada, después, tiene sus efectos en la vida comunitaria. Según sea la conciencia moral de cada hombre, así será su obra en la familia, en la comunidad, en la sociedad, en el trabajo, en las diversas culturas de los pueblos… Y esa obra que se hace para todos, ese bien o mal común, tiene repercusiones en el orden moral, ya para el individuo, ya para la sociedad en la que se hace ese bien o ese mal.

Para salvarse, el hombre tiene que hacer el bien moral y evitar el mal moral. El hombre tiene que ponerse en el orden moral para encontrar el camino de la salvación. El orden humano no salva, no es camino. El orden natural es sólo para un camino natural; pero lo moral hace referencia a Dios, no al hombre, no a lo natural.

Se necesita la ley Eterna para una norma de moralidad. Pero hoy los hombres, con su razón práctica, la anulan. Y así la gente va buscando falsos profetas.

¡Cuántos hay que se van a condenar por seguir la conciencia ancha, la conciencia colectiva! ¡Bergoglio es Papa, entonces hay que obedecerle porque si no se va en contra de la conciencia eclesial, colectiva, universal! No existe tal conciencia. Sólo existe la conciencia de cada individuo. Y cada uno tiene que resolver por sí mismo: o aceptar a Bergoglio o rechazarlo. Pero no se puede seguir la opinión de la masa en la Iglesia. Eso es condenarse.

Bergoglio, en su discurso en la ONU, no habló ninguna verdad (2)

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Muchos católicos quedan fascinados por la palabra barata de Bergoglio. Y eso es una señal de que ellos buscan el pensamiento barato, fácil, simplón en la Jerarquía. Muchos, que dudan de este hombre, ante su palabra vuelven a darle un voto de confianza. Y así están en la Iglesia, entre dos aguas, entre dos señores: Cristo y el diablo. Y quieren servir a los dos, al mismo tiempo.

Bergoglio resuelve el problema económico poniendo la divinización del hombre, colocando al hombre como dios: «ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana». En estas palabras anula toda la doctrina social de la Iglesia, todo el Evangelio de Jesús y toda la Tradición católica. Y muchos católicos no han despertado después de leer este discurso. Y nunca despertarán, porque ya siguen el camino barato que un usurpador pone en la Iglesia.

Un Papa verdadero, legítimo, que tiene la verdad en su corazón, habla y enseña con la misma Verdad, con la misma boca de Cristo:

“La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece –la doctrina social- al ámbito de la ideología, sino al de la teología, y especialmente de la teología moral” (Juan Pablo II – Sollicitudo rei sociales).

Europa tiene que girar en torno a la teología moral, no al hombre. Sin norma de moralidad, Europa se destruye a sí misma, porque se considera dios para el mundo entero.

La doctrina social de la Iglesia no es una ideología, sino una vida de fe, que sólo es posible ponerla en práctica luchando en contra del querer de los hombres. Esto es lo que no hace Bergoglio ni la Jerarquía que lo acompaña al valle de la muerte, en donde van a encontrar la Justicia de Dios para sus cabezas.

La doctrina social de la Iglesia pertenece a la teología moral, es decir, enseña una vida moral, una conciencia moral, una norma de moralidad a todo hombre. Enseña una verdad que no puede cambiarse por la mente de ningún hombre, una verdad para el corazón, no para la mente del hombre. Una verdad que sólo el humilde de corazón puede obrar en su vida.

Bergoglio, en su discurso en la ONU, no habla de ninguna verdad, no dice una verdad, no señala una verdad, sino que rompe con toda verdad.

«El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad…»: este es el lema de la masonería y del falso ecumenismo. Es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos, que hay que tolerarlos todos porque existe una graduación intelectual entre los hombres, una evolución hacia una conciencia más alta, más perfecta, que sólo unos privilegiados poseen.

Se quiere aunar las mentes de los hombres en una conciencia común, en un pensamiento global, al cual nadie puede dominar, pero sí acceder. Es la autoridad de un hombre que se cree dios y que quiere tener dominio sobre todos los hombres: es la mente del Anticristo.

Entre los hombres, la única manera de hacer un común es por la fuerza, es imponiendo ese común como un bien universal, global.

Dios es Uno en la Trinidad; y Trino en la Unidad. Dios obra la unidad en la Verdad. A Dios no le interesa la unidad en la diversidad de pensamientos, porque «Mis Pensamientos no son vuestros pensamientos».

La mente humana tiene sólo que vivir de fe. Y esto es lo que más le cuesta al hombre y, por eso, va en busca de su concepto de fe, de su obra de fe, de su vida de fe. Y la fe sólo es tener la Mente de Cristo. Y para llegar a esto, sólo hay un camino: crucificar la voluntad de los hombres, que es matar su idea humana de la vida y de Dios.

La Unión Europea nació para eso: para ser el gobierno del Anticristo, para que ese hombre tuviera un campo de dominio propio sobre el mundo.  Y, desde ese poder humano, alcanzar el poder divino.

«…toda auténtica unidad vive de la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida cuanto cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin temor».

Toda auténtica unidad vive sólo de una riqueza: del amor divino. Sin esa riqueza, lo que el hombre llama unidad es una fantasía de su mente humana. Quiere buscar entre las vidas de los hombres, en sus existencias propias, la unidad. Y es un imposible y un absurdo.

Si el hombre nace en el pecado original, todo hombre, toda sociedad, toda familia, todo grupo social, está desunido. Es imposible la unidad en la diversidad, en la desunión de vidas, de pareceres, de obras humanas.

Un hombre no se une a otro hombre porque sea carne y sangre. Las almas se unen, unas a otras, porque tienen el mismo Espíritu. Y si las almas no perciben ese mismo Espíritu, los hombres no se unen, sino que siempre buscan un camino para la desunión.

¡Cuántos unen sus cuerpos en el espíritu de la lujuria! ¡Tienen un mismo espíritu! Sus cuerpos buscan lo mismo, pero no sus almas. Al final, el placer del momento acaba cansando y se busca otra cosa, otra vida distinta a esa unión carnal.

No es la carne y la sangre lo que une: no es el ecumenismo de sangre, que tanta predica este demonio encarnado. O se hace una unión en la Verdad, que es la doctrina de Cristo, que es la enseñanza de la Iglesia, que es lo que la Tradición siempre ha vivido; o se hace una unión con el demonio que es siempre una división con todo lo demás.

«En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Poner en el centro la persona humana significa sobre todo dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular que como pueblo».

Unión en la diversidad;

Unión aceptando las tradiciones, las culturas, los pecados, los errores, las mentiras de los demás;

Unión para tomar conciencia de la humanidad, de la historia del hombre, para ir a la raíz del hombre: ¿cuál es su raíz? ¿No es acaso la tierra, el polvo: «polvo eres y en polvo te convertirás»?¿No es el hombre sólo vanidad de vanidades? No; para Bergoglio será otra cosa.

Unión para dejar las fobias de las mentes: ¡qué miedo pensar que los homosexuales se puede casar… tienen valores! Hay que dejar estas fobias, estos temores…Hay que ser hombres valerosos que lo pueden pensar todo, porque así son libres.

Unión para dar culto al hombre: que cada uno «muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad»: no hay reglas, no hay dogmatismos, no hay norma de moralidad.

Bergoglio busca un pueblo de degenerados, de demonios encarnados, de gente que vive en su pecado y que exalta su pecado porque es su pecado. Es necesario justificar el pecado de los hombres para conseguir esta unidad en la diversidad.

Bergoglio habla de la unidad en la diversidad, pero no es cualquier unidad, porque no es cualquier diversidad. Entre la infinidad de pensamientos humanos, de vida y de obras humanas, hay muchos que no sirven a esta unidad en la diversidad.

«En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría».

He aquí el pensamiento necio de un demonio encarnado. Comienza una crítica a todo, pero sin ninguna referencia, sin ninguna verdad. Es la crítica de su filosofía absurda:

Primera contradicción: «Hay que mantener viva la democracia»: ¿Cómo quieres conseguir la unidad en la diversidad en una democracia? No se puede, porque es necesario mantener la propiedad privada, los dogmas, la ética, la moral, la sabiduría divina…  Y esto impide, precisamente, la unidad en la diversidad. Donde hay una ley divina ya no hay diversidad de pensamientos. La democracia no significa libertinaje, sino moralidad, conciencia moral en el pueblo.

Segunda contradicción: «No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático»: lo uniforme no va con la democracia. Y preguntamos: ¿cuál es la idea de lo uniforme que va con la democracia? ¿Existe la idea uniforme de lo global? ¿Esa idea se ajusta a la idea democrática?

Porque lo uniforme es lo que está en todas partes, lo que se da en todas partes, lo que es igual, lo que todos siguen. Una idea uniforme de lo global es eso: lo que vale para todos, para un mundo global. ¿Cómo es que este concepto de lo uniforme debilita «el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos»?  En la democracia hay muchas cosas para todos que son uniformes, ¿qué cosas uniformes no valen para la democracia? ¿A qué mundo global se está refiriendo? ¿A qué idea de la globalidad se refiere para que se encuentre la idea apropiada de la uniformidad, para que no debilite la organización política?

El pensamiento de Bergoglio no tiene lógica humana. Es un pensamiento oscuro y totalmente contradictorio. Tenía que haber razonado así: la idea de la uniformidad no es posible en un mundo global, no es para todos los hombres, no es para una masa de hombres, no es para una democracia. No existe un pueblo uniforme; no se da una cultura uniforme, porque los pensamientos, las vidas, las obras de todos los hombres son diversas, contradictorias, sin semejanza, sin continuidad una con otra. Sólo se puede dar una uniformidad en aspectos muy particulares, pero es imposible que se de en todos los aspectos de la vida de los hombres. No se puede hablar de la concepción uniforme de la globalidad en la democracia. Es hablar de un disparate. Para hablar de la uniformidad hay que meter la conciencia moral, que es lo que no hace Bergoglio. Los hombres viven en lo uniforme si hay una verdad, la referencia a una verdad. Pero no hay uniformidad en la referencia una globalidad sin verdad.

Tercera contradicción: «De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político». ¡Toma ya! La idea no lleva a la realidad de la democracia. Quien vive de la idea vive en un ideal, en un concepto de la democracia, pero no en la realidad. ¡Puro sentimentalismo de este hombre! No vivas en el reino de la idea: vive en el reino del sentimiento, del afecto. Pensar es vivir una fábula, un sueño. Toda la Unión Europea vive en el reino de la idea masónica. ¿A qué vienes a predicar que no vivan en el reino de la idea? ¡Qué disparate! ¿Qué es la realidad de la democracia? Si no es la idea, que es lo que mueve a todo hombre, aunque sea un subnormal, tiene que ser lo sensible, lo sentimental, los afectos vacíos y ciegos de los hombres, sus instintos carnales y animales.

Bergoglio critica el reino de la idea, pero no dice de qué ideas se refiere, qué ideas son malas para la vida. Habla de un nominalismo político, es decir, de conceptos vacíos, de ideas sin contenido. Pero, ¿cuál es el contenido de la idea para Bergoglio? Es lo que no dice, porque lo critica todo. Bergoglio va en busca de una idea, de su idea, pero no de la Verdad. Entonces, siempre su pensamiento se queda en la oscuridad. Habla de muchas cosas y no dice nada en concreto.

Y, entonces, termina con una blasfemia:

«Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría». Ha llamado idiotas a todos los hombres. Ha jugado a todos los hombres. Ha condenado a todos los hombres.

«Maneras globalizantes de diluir la realidad»: se busca un mundo real, pero la gente vive de una manera que imposibilita esa realidad. Y son maneras globalizantes, son formas de vivir, acuñadas por una mayoría, que entorpecen la realidad de la vida. Y he aquí su salvajada, esas maneras globalizantes:

Los purismos angélicos: serán los conventos de las carmelitas, la gente que vive separada del mundo, los anacoretas, los monjes del desierto, los que no quieren saber nada del mundo, los que buscan el cielo en la tierra, los que quieren ser como ángeles, sin pecado, los que luchan contra el pecado, los que llaman al pecado con el nombre del pecado, los que quiere purificar su corazón del pecado, los que todavía creen que con la gracia el hombre se hace puro, santo, justo…Pues, estos viven una manera globalizante que impide la realidad de la vida. No sirven para la democracia, para la unidad en la diversidad.

Los totalitarismos de lo relativo: Todos los hombres buscan su propiedad privada, su relación personal y privada con otra persona, con el mundo que le rodea, su vida que a nadie le incumbe. Todos viven para una relación, no para un global. Todos en esa relación se comunican con otros hombres; pero no es una comunicación totalitaria, absoluta, incondicional…Este hombre dice: en lo relatico, no seas totalitario. Y ¿qué pretende enseñar con eso? Nada. Porque lo relativo nunca es totalitario, nunca es lo absoluto. No tiene lógica Bergoglio. Ninguna lógica. Habla por hablar, para quedar bien ante todo el mundo. En la comunicación con los hombres no busques totalidad, sino parcialidad. Sé parcial, sé comprensivo, no vivas tu vida imponiendo tu relación. Ten una relación global, en la que todo el mundo entre. Si no vives así, entonces tu vida privada impide la unidad en la diversidad.

Los fundamentalismos ahistóricos: el aborto, el homosexualismo, la eutanasia, hay que mirarlos en la historia del momento, no en el pasado del tiempo. No hay que quedarse en un dogma, en una revelación, en el pasado ahistórico. Hay que coger el pasado y que sea un camino nuevo, una evolución nueva para la mente del hombre moderno, para construir el hombre del futuro, el hombre de las ideas viejas y locas, como Bergoglio. Todos aquellos que viven de una idea fija no sirven para la unidad en la diversidad. Tiene que dejar su fijeza, su dogma. Como Bergoglio no discierne entre el pecado de soberbia que lleva a un fundamentalismo malo, pecaminoso, y la norma de moralidad que lleva a un fundamentalismo bueno, entonces anula la Verdad Absoluta y condena a los hombres por sus ideas fijas.

Bergoglio juzga a toda la Tradición católica. No hay moral permanente. Tiene que haber una moral que cambie a todas horas para que se pueda producir la unidad en la diversidad

Los eticismos sin bondad: ¿Cuándo la ética no es buena? Es que si no es buena, no es ética. ¿Qué clase de bondad hay que no sea ética? ¡Qué majadero! ¡Pero qué idiota es Bergoglio!

Los intelectualismos sin sabiduría: Todo intelectual es sabio, aunque posea una sabiduría equivocada, mundana. Todo conocimiento es sabiduría. Un intelectual sin sabiduría no es intelectual sino un animal irracional. ¿Qué sabiduría humana no es intelectual, no nace del intelecto del hombre? ¡Pero, Dios mí, qué hombre más necio!

¿Cuál es el pensamiento de Bergoglio? Ninguno. Sólo vive en la voluntad: no quiere ni ética ni moral; no quiere intelectuales, no quiere sabiduría, no quiere absolutos, no quiere egoísmos…Sólo quiere una cosa: lo bueno que hay que hacer ahora: llenar estómagos, dar trabajo a los jóvenes, cuidar ancianos…La voluntad. Bergoglio es un ser que vive para obrar. Y no importa si eso que obra es bueno o malo. Hay que obrarlo, y punto y final. Por eso, Bergoglio se carga todo y no gusta a nadie. A nadie.

La gente del mundo conoce lo que es Bergoglio. Y están más despiertos que muchos católicos en la Iglesia.

Hay muchos paganos que ya están de vuelta ante lo que propone Bergoglio. Y han descubierto que eso no es la verdad. ¡Cuántos paganos van a entrar en la verdadera Iglesia porque la Jerarquía de la Iglesia ha despreciado la Verdad!

¡Cuántos paganos están viendo que lo que propone Bergoglio, desde el Vaticano, no sirve para encontrar la Verdad! ¡Pero qué poca gente en la Iglesia hay que discierna esto!

«Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece»: la fuerza real del pueblo. Es lo que le interesa a Bergoglio. Esta realidad. Y las maneras globalizantes de muchos impiden esta realidad. Esas maneras transforman el poder del pueblo en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos: teología de la liberación. El pueblo se siente oprimido por el capitalismo. Lucha de clases sociales. Fuera la tiranía del capital. Es la vieja batalla del marxismo, que un viejo la saca a relucir porque no tiene otra cosa que hacer en su maldita vida. A sus años es lo único que puede hacer: hablar sin sensatez de algo que ya la gente no quiere, porque ha visto por experiencia la maldad de lo que predica Bergoglio.

Y una vez que hace esta crítica a todo el mundo, que vive unas maneras globalizantes que impiden la unidad en la diversidad, ahora se pone como maestro. Va a hablar de la educación, de las familias, de la ecología, del trabajo. Y va a terminar su discurso con la falsa idea de la paz, buscada en el diálogo. Quiere encontrar la identidad europea, pero ¿con qué leyes, con qué verdad, con qué ética, con qué norma de moralidad? Con ninguna. Con lo que los hombres se inventen, en sus cabezas, para hallar esa unidad en la diversidad que sirva. Y pone el resumen de su loco pensamiento:

«Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira, defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad».

Creíamos que construir la Europa significaría poner a Dios en el centro. No; todo debe girar en torno al hombre, en torno a su mente, a su vida, a sus valores, a sus obras. Es el hombre, el centro. Y ese hombre es sagrado: la «sacralidad de la persona humana». Pero, ¿cuándo el hombre, que nace en el pecado original, que vive una vida para pecar, es sagrado? ¿Qué es lo sagrado para este hombre? ¿Cuál es el concepto de lo divino, de la santidad, que tiene este hombre?

Juan Pablo II resolvió el dilema de las economías en la doctrina social de la Iglesia que exige una ley moral, una ley ética, una ley divina entre los hombres.

Bergoglio anula a Juan Pablo II y pone el culto al hombre como solución de los problemas de los pueblos.

¿A quién quieren seguir? Cada alma tiene que elegir en la Iglesia: el usurpador, Bergoglio, o Cristo. No se pueden seguir a los dos. Quien obedece a Bergoglio anula a Cristo. Quien obedece a cristo, combate a Bergoglio y lucha por la Iglesia verdadera.

Pero, muchos católicos, no piensan en esto, no ven esto.

Bergoglio es un hombre de cabeza hueca: no tiene, dentro de su mente humana, la verdad. Nada más es leer este su discurso totalmente herético por los cuatro costados.

¿Por qué obedecen a un hombre de cabeza hueca, de palabra barata, de corazón malvado en la Iglesia?

¿Por qué lo llaman Papa?

¿Por qué le dan publicidad?

¿Cuál es su vida espiritual en la Iglesia? ¿Qué se creen que es la Iglesia? ¿La opinión de Bergoglio? ¿La Iglesia está en la mente de Bergoglio? ¿El camino para salvarse en la Iglesia es aceptar la mente de Bergoglio? ¿Se está en comunión con la Iglesia porque se obedece la mente de Bergoglio? ¿Cómo la comunión en la verdad puede surgir sometiendo el entendimiento a la herejía de un hombre? ¿Es eso posible?¿La verdad nace del disparate de Bergoglio? ¿La verdad se encuentra en las estupideces que dice Bergoglio todos los días? ¿Qué es la verdad para muchos católicos? ¿Es amar a Cristo en el Altar y después amar a un hereje como Papa? ¿Se puede amar a Bergoglio como Papa y no odiar a Cristo como Rey de la Iglesia?

Muchos no saben responder a estas preguntas porque ya no les importa la verdad en la Iglesia. Sólo van con la masa: con lo que dicen muchos, con lo que opinan muchos. Y, ante un discurso blasfemo de un hombre sin conocimiento de la verdad, siguen con la boca abierta, con la sorpresa de haber encontrado al gran reformador de la Iglesia.

Si ciega está toda la Jerarquía con respecto a Bergoglio, más ciega están todos los católicos que se creen algo por tener a Bergoglio como Papa verdadero, sabiendo que es un hereje contumaz.

¡Qué gran ignorante es Bergoglio y cómo lo ha demostrado en su discurso en la ONU!

Las batallitas de Bergoglio en la ONU (I)

San_Benito_(El_Greco)

Bergoglio ha ido a la ONU a contar sus batallitas a los hombres que quieren escuchar algo para dormirse pronto. Es de esta manera, cómo hay que calibrar este discurso. Un discurso de un viejo con ideas viejas, que ya en la ONU nadie sigue, a nadie le interesa, porque ellos se mueven por la idea masónica del poder, no por la idea comunista del hombre.

Bergoglio no se apoya ni en el Magisterio de la Iglesia, ni en el Evangelio ni en la Tradición católica, sino sólo en su mente, que es el de un hombre desquiciado.

Bergoglio hace referencia al «espíritu de sus Padres fundadores», da un «mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente» (ver texto). El Patrono de Europa es San Benito, olvidado por este demonio. San Benito es el pasado de la cristiandad que ya no cuenta para la Europa masónica. San Benito deseaba que la verdad del Evangelio fuera obedecido por los hombres. Para eso puso su regla monástica, para que los hombres la copiaran, la imitaran en sus vidas humanas.

«Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social, es decir, posee como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes» (Juan Pablo II – Sollicitudo rei sociales).

Esto es lo que enseña un auténtico Papa sobre la economía.

El hombre tiene derecho a la propiedad privada, pero este derecho no es absoluto, porque los bienes de este mundo son del Creador. No son de los hombres.

Muchos luchan por lo bienes comunes como algo propio al hombre. Y es una mentira. No hay que buscar los bienes comunes: hay que usar los bienes creados en la Voluntad de Dios. Y sólo de esa manera, el bien común llega a todos los hombres.

Siempre el problema del bien común es porque los hombres se apegan a los bienes que no son suyos, que son de Dios.

Por eso, nace el capitalismo y el marxismo: un capitalismo sin normas éticas ni morales; y un marxismo sin la verdad del Evangelio, que lucha sólo por los bienes comunes como si fuera propios del hombre y que otros se han apoderado.

Unos se acaparan las riquezas de este mundo, que no les pertenece: es el culto al dinero;

Otros luchan por las riquezas que otros se acaparan, y que tampoco les pertenece: es el culto al hombre.

Pero ninguno se desprende de los bienes creados para usarlos convenientemente, según la ley de Dios: ninguno de ellos da culto a Dios, quitando el pecado y los apegos a la vida.

Y, por eso, los dos sistemas producen muchos males en la sociedad.

Así habla un marxista, como Bergoglio: «cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma» (ver texto).

El hombre está unido a una sociedad, a una forma de vida social. En consecuencia, tiene derechos y deberes con los demás.

En este planteamiento marxista, en esta ideología, es el hombre el centro del problema, de la vida, de las obras, de las ideas humanas.

Y su error es éste: ningún hombre está unido a otro por su contexto social. Esto es sólo una frase bella, pero vacía de contenido, vacía de verdad.

Dios no crea al alma para que viva unida a los hombres. Dios crea al alma para que se una a Él. Y sin está unión, si el alma no busca en su vida la unión con Dios, entonces cuando se une a los hombres, de cualquier manera que se obre esta unión, es siempre falsedad, un error, una división en su vida.

Ningún hombre se une a un contexto social: el hombre vive en una familia, en una sociedad, en un grupo social. Vive, pero puede unirse o no a ese ambiente social.

Hay que estar en el mundo, pero no ser del mundo: hay que vivir en el mundo, pero no unido al mundo, no unido a un contexto social. Quien lo haga, peca contra Dios y contra los hombres. No se peca cuando se da a los hombres, en la sociedad, en la familia, en el grupo social, la Voluntad de Dios.

Por eso, Bergoglio lucha por su ideología marxista, pero no lucha por la verdad del Evangelio, no lucha por Cristo, sólo lucha por sus pobres, por el hombre, por el “evangelio” que hace feliz a los hombres, que da alegría a los cuerpos humanos, a sus vidas. Bergoglio propone el camino ancho, en la vida humana, que lleva al infierno al alma. Bergoglio va buscando la cultura del hombre, de los derechos del hombre, pero no busca la Voluntad de Dios en la sociedad humana. No pone la ley Eterna en el contexto social, en la familia, sino su idea marxista:

«Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. En efecto, si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias».

El hombre busca una unión entre lo individual y lo comunitario; pero lo busca al margen del Evangelio, al margen de la doctrina social de la Iglesia. Bergoglio impulsa que el derecho de cada uno se ordene al bien de todos. Y esto es una barbaridad: «si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande».

El fin del hombre es ordenarse a Dios. Y sólo a Dios. Pero el fin del hombre no es unirse a los bienes de Dios, a los bienes de la Creación, aunque sea el más grande bien para toda la humanidad. Cristo no murió por el bien más grande del hombre, del mundo, de la creación. Cristo murió por el bien de la Voluntad de Dios sobre el mundo, sobre el hombre y sobre la creación.

Bergoglio ya no recuerda que, al ser el fin del hombre la unión con Dios, entonces el hombre tiene que usar los bienes creados convenientemente, sin el pecado, sin los apegos, para llegar a ese fin. Esto es lo que anula Bergoglio en todo su discurso.

Para Bergoglio sólo hay un pecado: el social, el de la mente del hombre: como los hombres no piensan bien las cosas para poner sus derechos individuales en servicio a los demás, en armonía con los derechos de los demás, entonces vienen los conflictos, las violencias. Esto es lo que llaman la conciencia de la humanidad, que los falsos profetas, como Luz de María, predican constantemente. Es la conciencia “crística”, que es buscar esta armonía que dice aquí este demonio encarnado.

Y, entonces Bergoglio comienza a contar sus batallitas:

«Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor».

Bergoglio comienza a llorar por sus ancianos, que están tan solos, tan abandonados…; derrama lágrimas por los jóvenes que no tienen trabajo, que han perdida el punto de referencia, pero no las ganas de pasárselo bien en la vida; este punto lo calla Bergoglio…Y hay que conseguir que todo el mundo tenga dinero para que la vida sea felicidad para todos…; clama por sus malditos pobres, que tienen los estómagos vacíos de comida, y sus almas negras para el infierno…; y es un político más que quiere resolver los problemas de la inmigración…El futuro del hombre: el Paraíso en la tierra, el nuevo orden mundial…

¡Qué llorón es este hombre por la vida de los hombres! Y no sabe decir, como todos los Paaas han proclamado:

«la Iglesia no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo». ((Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 43)

Bergoglio: ¿a qué vas a la ONU? ¿A proponer tu sistema comunista?

¿Para qué dices? «Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor». Esto es una gran mentira, porque no hablas como Pastor de las ovejas, no hablas como Vicario de Cristo, no eres la Voz de la Verdad en un mundo sin Verdad, sino que hablas como un lobo que destrozas la vida espiritual de las ovejas con tu inútil verborrea humana, hablas como un loco, que ha perdido el juicio, porque no luchas por la gloria de Dios en este mundo, sino por la gloria de los hombres.

Es necesario escuchar las palabras de un Papa con una cabeza bien puesta:

«La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí. Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual —como queda dicho— reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común. Esta doctrina reconoce también la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa, de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros, puedan considerar en cierto sentido que «trabajan en algo propio», al ejercitar su inteligencia y libertad». (Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 43)

La Iglesia no propone modelos, no llora por los hombres, sino que se dedica a salvar almas, a poner un camino de salvación y de santificación a todo el mundo. Pero Bergoglio no está por esta labor.

Una vez que ha llorado por su maldita humanidad, viene la lucha de clases:

«Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas».

Hay grupos sociales que establecen reglas que van en contra de los pobres, de los ancianos, de los inmigrantes. Es clara su teología de la liberación: siempre en contra de las reglas por vivir sólo en la opción de los pobres, en el culto a la vida de los hombres.

Y hay que recordar a Bergoglio lo que dijo Juan Pablo II:

«¿Se puede decir quizá, que después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que traten de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del progreso económico y civil?» (Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 42)

Y el Papa respondía:

«Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre»» (Ib.)

Juan Pablo II dijo sí al capitalismo, pero era contrario a un capitalismo sin reglas; pero Bergoglio es contrario a todo aquel que ponga reglas y que no beneficie a sus pobres.: es un no al capitalismo y un sí al marxismo.

Y Juan Pablo II enseña: «La solución marxista ha fracasado» (Ib.); pero Bergoglio no sigue el Magisterio de la Iglesia, la doctrina social de los Papas, sino su ideología marxista:

«los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones. A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer».

Es siempre su lenguaje: el descarte, la cultura del descarte. Palabras tan maravillosas como huecas. Es su lucha de clases. A Bergoglio no le interesa decir que el capitalismo es malo porque tiene malas reglas y, por tanto, tiene que cambiar sus reglas. Esto no lo puede decir; y tampoco lo sabe decir.

Bergoglio contraataca a esos estilos de vida, opulentos, egoístas, porque no aman a los pobres. Éste es el punto de su comunismo.

Hay que atacar al capitalista porque no ama a Dios en su economía. Y, entonces, se le hace un bien al capitalismo, se le da luz sobre su equivocación.

Pero Bergoglio contrapone al sistema capitalista su sistema marxista, que también ya ha fracasado.

El dinero no es malo porque se niega a los pobres. El dinero es malo porque no se usa en la Voluntad de Dios, se usa en el pecado, en el apego a la vida, en el orgullo de la razón humana.

La ciencia y la técnica es mala por lo mismo: no porque no se ponga en servicio de los ancianos, niños, etc., se hace buena, sino porque el hombre la usa en contra de la Voluntad de Dios. Esta es la maldad de la ciencia humana, de su técnica: el pecado del hombre en el uso de la ciencia. Es el hombre el que peca; es el hombre el que lleva al pecado cuando usa la ciencia para su pecado, en su provecho.

En el discurso de Bergoglio, Dios, la Voluntad de Dios, el pecado de los hombres, sus apegos a la vida, no aparecen nunca. Sólo aparece su opción por los pobres, su ideología marxista. Y ahí se queda, dando vueltas y vueltas, siempre a lo mismo: su mismo cuento, su misma fábula, su misma batallita. Y esa batallita ya es vieja, es la del marxismo de los años 60. Hoy el nuevo marxista no va por ese camino, sino por el dominio de los pueblos.

Bergoglio es un viejo que sólo cuenta sus batallas. Y ya cansa a todo el mundo. Ya apesta Bergoglio cuando habla:

«Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad».

Este es el tufillo comunista de este hombre.

Los pueblos no son frágiles, ni tampoco las personas. No hay que besar a los hombres, no hay que darles un abrazo, un cariño, una oportunidad en la vida. Hay que marcarles el camino de la santidad, de la Voluntad de Dios. Hay que enseñar a los hombres a formar su conciencia moral, no hablar de conciencia de la humanidad, de la preocupación por la vida de los hombres.

Bergoglio sólo está en su falsa misericordia: todos somos buenos. Hay que ayudarnos unos a otros, hay que respetarnos, hay que ser felices haciendo el bien, para no producir la cultura del descarte. Palabras tan bonitas y tan cursis. Tan del demonio. No es el bien humano lo que impide el pecado entre los hombres. No son las obras de los hombres lo que salvan de la ruina a las sociedades. Es el obrar lo divino en lo humano lo que da valor a la sociedad, a las familias, al mundo entero. Obrar lo divino, que sólo se puede hacer de la mano de Dios, en el Camino, que es Cristo mismo.

Pero Bergoglio da vueltas a su ideología: es que este mundo vive en el «modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la “cultura del descarte”». Es siempre lo mismo: opción por los pobres, lucha de clases, fuera la propiedad privada, viva el bien común…

Y hace gala de su acto de fe, su memoria fundante: hay que« proteger la memoria…hacerse cargo del presente….ser capaz de dotarlo de dignidad». Esta es su herejía, que ya expuso en su “lumen fidei”, un escrito para quemar, para olvidar, eje de su pensamiento maquiavélico.

Después de llorar por la humanidad, ahora viene su ídolo:

«deseo afirmar la centralidad de la persona humana, que de otro modo estaría en manos de las modas y poderes del momento»: el hombre, el centro del Universo, de la historia, de los problemas.

«El hombre es el rey del universo»: esto ya lo predicó en su nueva iglesia. Es su idea eje; es su culto, es su adoración: ser hombre, vivir como hombre, obrar como hombre, pensar como hombre, mirar al hombre. Pone su imagen:

«Uno de los más célebres frescos de Rafael que se encuentra en el Vaticano representa la Escuela de Atenas. En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta». El mundo de las ideas platónicas y el mundo de las obras humanas.

Para Bergoglio, Dios es sólo una idea transcendente, pero no una realidad: «el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios… Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida…». Es sólo el lenguaje de Bergoglio: el cielo como apertura a lo trascendente; los pueblos como capacidad de abrirse a lo transcendente. Es un lenguaje florido, ero vacío de la verdad. Porque el cielo es el mismo Dios y el hombre vive siempre para Dios, para el cielo, para lo transcendente, para lo que no es de este mundo. Si el hombre no vive para Dios, entonces los pueblos no viven para Dios, sino sólo para sus ideas de lo transcendente, de lo divino, de lo espiritual, de lo sagrado.

Si los pueblos no viven cumpliendo los mandamientos de Dios, los pueblos buscan sólo el lenguaje de lo transcendente, que es de muchas maneras, porque los camino del demonio, que son todos espirituales, ofrecen a los hombres muchas maneras de vivir en lo “transcendente”. Esta es la falsa espiritualidad de este hombre, su falso misticismo, que agrada a muchos. ¡Qué bonita predicación la de este hombre, dicen muchos! ¡Qué vacía predicación la que tiene este hombre todos los días! ¡Cómo engaña a muchos!

Bergoglio pone la Creación en el hombre, no pone la Creación para ser administrada por el hombre. El hombre no administra; el hombre es dueño de la Creación. Esta es su herejía principal, al negar el dogma del pecado original y a Dios como Creador. La creación, para Bergoglio, es un asunto de la evolución, no de Dios.

Es el hombre el que crea; es la materia la que evoluciona, son las fuerzas cósmicas las que siempre permanecen, las que son poderosas para llevar lo creado hacia su fin, que es un objetivo humano.

El centro: la persona humana. Comienza su idea masónica. Él está hablando a masones.

Lo principal, para Bergoglio, lo que ha hecho el hombre, no el cristianismo. Aquí se carga la Tradición católica:

«En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona».

El patrimonio cristiano del pasado es eso: pasado. Ahora, ha evolucionado a una cosa mejor: las ideas de paz, de solidaridad, de tolerancia, de dignidad humana. Esto es lo máximo para este loco. El lenguaje humano, la conquista de los hombres con sus pensamientos, su ley de la gradualidad, que «no constituye un peligro para la laicidad de los Estados». Todo el desastre que vemos en los gobiernos de todo el mundo, por poner leyes en contra de la Voluntad de Dios, de la ley Eterna, eso no es nada, eso no es un peligro. Esto es una locura de este hombre. Todas esas leyes inicuas son «un enriquecimiento». Y además dice que lo que vemos son «los ideales que la han formado desde el principio». San Benito: anulado. Sus leyes, sus reglas, que por eso es el patrono de Europa, anulado por el bello lenguaje de este hombre.

Los Estados son sagrados en su laicidad y, por eso, «quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea».

Y nos preguntamos: ¿qué saldrá del dialogo entre los comunistas y los masones? Los comunistas: la Santa Sede, que ya no es Santa; la Iglesia católica, que ya no es católica: es decir, la nueva falsa iglesia que se levanta en el Vaticano. Y esta bazofia de gente habla con los demonios encarnados de la ONU: tiene que salir un nuevo orden mundial y una nueva iglesia ecuménica para todos.

(Continuará)

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