Lumen Mariae

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Consummatum est

«Todo se ha cumplido» (Jn 19, 30).

Llegamos a los días claves en la vida espiritual: la Pasión del Señor.

Esta Cuaresma marca una etapa en la vida de la Iglesia, etapa espiritual. Se acaban los días de la Misericordia y se entran en los días de la Justicia Divina, en que todo será juzgado según las obras de cada uno.

Una obra fue encomendada por Dios que se hiciera en este blog: dar la verdad de la Iglesia en estos momentos de su existencia. Esa obra ya se ha hecho: se ha encaminado a las almas por el camino de la Voluntad de Dios para este tiempo. La Iglesia pasa al desierto, y allí es alimentada por Dios con un manjar espiritual, el maná divino de la misa espiritual.

El cometido de este blog ha sido llevar a las almas hacia la Iglesia Remanente, hacia esa unión de las almas con Cristo, unión mística y espiritual, que permanecen en la obediencia a Dios, porque la Jerarquía de la Iglesia está comulgando y obedeciendo a un hombre que no es de Dios, que Dios no lo ha puesto para dirigir Su Iglesia en la tierra. Esa Jerarquía pierde sus derechos de gobernar al Pueblo de Dios, porque no se pueden servir a dos señores. No se pueden hacer dos obras al mismo tiempo: no se puede incensar a Dios y al diablo.

Nunca fue el cometido de este blog hacer la Iglesia Remanente, cosa que muchos confunden, sino el de llevar hacia esa Iglesia, llevar a la permanencia en la verdad, hacer comprender a las almas dónde está la verdad, en un mundo y en una Iglesia llena de ciegos y de sordos espirituales.

El ciego espiritual es aquel que dice que ve, y en realidad no ve nada: está tan lleno de sus conocimientos teológicos y filosóficos, tan rebosante y envenenado de su soberbia, que ha perdido hasta el sentido común de la vida; y el sordo espiritual es el que se niega a escuchar la verdad, porque pone su mente como principio de su conocimiento espiritual.

La Palabra de Dios, que se da en las profecías, es para ponerla en obra. Y, por lo tanto, se ha dado a las almas la misa espiritual, que es el maná divino para las almas que están en este desierto espiritual de la Iglesia. Es un error no hacer la misa espiritual, error que proviene o porque no se cree en las profecías o porque se interpreta la profecía según un discernimiento racional, no espiritual.

Vienen los tiempos en que se va a suprimir el sacrificio eucarístico y , si no tienen un sacerdote a su lado, en las catacumbas, tendrán que recurrir a este maná espiritual para fortalecer sus espíritus.

Los que ya lo hacen, están preparados para los acontecimientos que vienen después de la Semana Santa.

También se ha cumplido el tiempo de las misas espirituales públicas, ofrecidas por la radio, en favor del Papa Benedicto XVI, pedidas por el cielo. Las misas seguirán ofreciéndose, pero variará la programación en la radio.

Quedarán, para cada día, las misas espirituales privadas, que podrán ser descargadas por quien desee escucharlas.

Nuestra misión ha terminado en este blog. Recuerden que estamos en el tiempo de la gran apostasía, en la que todo el mundo se aleja de toda verdad, no sólo de una parte, y serán multitudes los que seguirán al Falso Profeta y al Anticristo, en esta hora del Apocalipsis.

Es tiempo de persecución, de angustia y de castigos divinos. Es el tiempo de la renovación del mundo, de los corazones y de los cuerpos. Es el tiempo del advenimiento del Reino de Jesús: en el mundo transformado reinará Cristo. Verdad divina negada y combatida por la fe intelectual de muchísimos católicos.

Recen por el Papa Benedicto XVI, último papa verdadero y legítimo de la Iglesia, al cual le quedan pocos días de vida. Después de su muerte, la Sede de Pedro quedará vacante un tiempo, hasta la aparición de Pedro Romano, que gobernará la Iglesia remanente en una gran tribulación.

Busquen la verdad y permanezcan en ella, porque sólo la verdad los hace libres, con esa libertad propia que da el Espíritu a sus hijos, una libertad para el amor y para la vida en Dios.

“Amoris Laetitia”: la nueva fábula de Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

«Recordando que el tiempo es superior al espacio…» (AL, 3):

Así comienza Bergoglio su falsa exhortación, llena de errores y de un lenguaje ambiguo propio de su modernismo.

Comienza con algo que nadie comprende, sólo los que lo siguen ciegamente: su tesis kantiana del tiempo y del espacio.

Para Bergoglio, el tiempo del pasado, el del presente y el del futuro deben unirse en un mismo espacio, en una misma situación de vida, en una comunidad eclesial. Y, por eso, hay que recoger todos los datos, todas las vivencias de los hombres, todas sus culturas, todas las maneras de ver la vida, y formar una doctrina que se pueda vivir por todos los hombres en este espacio de vida eclesial.

Y, por eso, lo primero que hace este hereje es dar un repaso a la Sagrada Escritura en donde se habla del matrimonio, de las familias, para sacar una conclusión que se ajuste a su tesis kantiana:

«En este breve recorrido podemos comprobar que la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje…» (AL, 22).

Es aquí donde quiere llegar: nada de teologías, nada de ideas abstractas, todo es la praxis.

La Palabra de Dios no enseña ni guía al hombre: «no es una secuencia de tesis abstractas»,

sino que es una praxis: «una compañera de viaje».

Dios que camina con el hombre. Es el hombre el que hace el camino. Ya no es Cristo el Camino de la Iglesia, un Camino en la Verdad Única y Absoluta.

Para Bergoglio, se viaja en el tiempo, no en el espacio. La fe es un recordar el tiempo pasado, coger esas ideas y actualizarlas al tiempo presente, para que se obren en el espacio concreto (matrimonio, familia, comunidad, parroquia, asociación, sociedad…) en que vive el hombre.

Bergoglio sólo está exponiendo su fe fundante que ya desarrolló en su otra fábula “lumen fidei”.

Y, por lo tanto, si en el tiempo pasado, los hombres entendieron la Palabra de Dios de una manera acorde a su vida humana o eclesial (a su espacio cultural, social, eclesial), ahora, en este tiempo hay que entenderla de otra manera, ya que el tiempo es superior al espacio. El tiempo es el que va cambiando, el que impone una reforma del espacio; el espacio, las familias, la Iglesia, las sociedades, son siempre las mismas, estructuras que no cambian pero sí que admiten reformas en cada tiempo.

De esta manera, Bergoglio enfrenta la Palabra de Dios, el Magisterio de la Iglesia, la teología católica con la pastoral, diciendo que el matrimonio nadie lo ha sabido explicar hasta que Él ha llegado a la Iglesia para exponer su inmoralismo universal:

«… hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario» (AL, 36).

El matrimonio de la Sagrada Familia es demasiado abstracto: la pureza, cumplir con los mandamientos divinos, usar la gracia del Sacramento, son construcciones artificiosas que no resuelven las situaciones concretas de las familias.

Todos los matrimonios santos, a lo largo de toda la historia eclesial, no son ejemplo para la Iglesia, porque se han construido en algo abstracto, en una doctrina inmutable que no sirve, en este tiempo actual, para los demás.

En otras palabras, para Bergoglio el matrimonio ideal es el de los cónyuges que se pelean, que son infieles a la gracia, que usan los anticonceptivos, que se divorcian, que no comulgan con una doctrina inmutable, sino cambiante…. Lo demás, es teología abstracta.

Y hay que resolverles la vida, hay que dar un espacio eclesial, social, cultural, a este “matrimonio ideal”.

El matrimonio ideal, el católico, es aquel en que los dos cónyuges están unidos a Cristo: viven y se esfuerzan por realizar la gracia del Sacramento, que han recibido en su matrimonio.

Pero esto es abstracto para la mente del usurpador. El matrimonio como lo instituyó Cristo es un insulto para la mente de Bergoglio.

Él está en su tesis kantiana: «no hemos despertado la confianza en la gracia».

La gracia, para Bergoglio, es algo inmerecido, gratis, a la cual todos pueden acceder sin ningún obstáculo. Por eso,

«Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia inmerecida, incondicional y gratuita. Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio» (AL, 297).

«Id malditos de mi Padre al fuego eterno…»: Jesús, para Bergoglio, no era consecuente con su lógica. Jesús dijo eso en un tiempo concreto, pero que ya no sirve para este tiempo actual.

No se puede hablar, ahora, de condenación para siempre, ni de infierno, ni de pecados que sacan de la comunión de la Iglesia.

No se puede seguir a San Pablo que enseña inspirado

«… que no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con éstos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Bergoglio dice: «hay que integrar a todos… No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación que se encuentren» (AL, 297).

De estas palabras, se deduce que los Obispos no se van a reunir en un Concilio para excomulgar a Bergoglio como hereje, porque ya no existe el pecado de herejía, ni de apostasía de la fe, ni el de cisma, que saca automáticamente de la Iglesia al que lo comete.

Ahora, se trata de hacer una iglesia para todos los herejes, ateos, homosexuales, divorciados, cismáticos, etc…

Dice Bergoglio: «hay que integrar a todos».

Dice San Pablo: «no os mezcléis… Dios juzgará a los de fuera; vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos».

Los Obispos deben extirpar el mal de Bergoglio, pero no lo van a hacer, porque ya no creen ni en Cristo ni en la Iglesia. Ya nadie defiende la doctrina inmutable de Cristo. Ahora, todos defienden su parcela, sus intereses privados en la Iglesia.

¿Quién tiene razón? ¿Quién acierta? ¿Quién está haciendo la Iglesia de Cristo? ¿San Pablo o Bergoglio?

¿Hay obligación en conciencia de seguir la verdad revelada, la que enseña Dios a través de San Pablo, o hay que seguir el invento de un hombre que se ha creído Dios en la Iglesia?

Es claro que no se debe nada a Bergoglio: ni respeto ni obediencia. Y que, para ser de Cristo y pertenecer a la Iglesia de Cristo, hay que atacar a Bergoglio y estar en comunión con el Papa Benedicto XVI, dos cosas que muchos católicos, entre ellos los tradicionalistas, no acaban de entender.

¿Por qué hay que integrar a todos?

Es sencillo: Bergoglio nos recuerda su propia herejía.

“A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio” (AL, 303).

Gran error doctrinal, moral y pastoral: la conciencia de las personas integrada en la praxis. En otras palabras, la moral autónoma kantiana.

La práctica de la Iglesia, la norma de moralidad, no está en la conciencia de ninguna persona, sino sólo en la Ley de Dios y en el magisterio de la Iglesia. Toda persona tiene obligación de aceptar esta ley divina y de someterse a la enseñanza de la Iglesia en cuestiones morales.

Cuando la conciencia de cada uno decide la moralidad, entonces el bien y el mal sólo está en la propia persona. No hay que buscarlo ni en Dios ni en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Esa conciencia personal es el camino para todo, ya no es la fe la guía de la persona.

Y, por eso, este hombre continúa en su tesis kantiana:

«Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas» (AL, 298).

«Situaciones muy diferentes… consolidada por el tiempo»: el tiempo está por encima del espacio familiar. Hay nuevos hijos, hay un nuevo amor mutuo entre los cónyuges… no se puede estar pensando en la culpa del pecado. No hay que encerrar esa vida en afirmaciones rígidas, en una doctrina inmutable, en el pecado de fornicación o de adulterio….Sino que hay que dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral.

En otras palabras:

Si la gente quiere fornicar, adulterar, y ser un homosexual, que lo haga con la bendición de los pastores. Y como los pastores ya lo hacen, pues ellos también apoyados en este documento.

Los pecadores públicos se convierten en católicos que pueden participar en todo lo que hasta ahora han sido excluidos por la Iglesia. Se hace a los Obispos jueces, los cuales en animada charla con esos pecadores, disciernen la manera de que participen en todos los Sacramentos.

La unión civil estable hay que aceptarla como camino para poder recibir el Sacramento de la Eucaristía. Los homosexuales ya pueden seguir en sus vidas y pronto tendrán su matrimonio aprobado por la Iglesia. Al cura violador de niños hay que acogerlo e integrarlo en la comunidad también. Y a aquellos sacerdotes que se quieran casar, que lo hagan sin problemas.

Esta idea Bergoglio la fundamenta en su pecado de apostasía:

«… ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada « irregular » viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante» (AL, 301).

En este párrafo, Bergoglio va a falsear la doctrina de Santo Tomás de Aquino y a decir lo contrario de lo que dice.

Santo Tomás enseña que el que tiene la gracia puede experimentar dificultad en el obrar con las virtudes, ya adquiridas ya infusas. Y quien pierde la gracia por el pecado mortal, pierde también las virtudes morales infusas.

Bergoglio dice que los que viven en situación de pecado mortal, irregular, están en gracia y, por lo tanto, hay que aplicar a su situación irregular lo que dice Santo Tomás. Y, por eso,

«… un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada» (AL, 302).

Es decir, no se puede juzgar a los divorciados vueltos a casar sobre su situación concreta porque cometan personalmente el pecado de adulterio o de fornicación. Ellos, según Bergoglio, están en la gracia santificante, tienen las virtudes morales infusas, y, por lo tanto,

«Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano» (AL, 304).

Es mezquino.

Toda la apostasía de Bergoglio está en negar el pecado mortal actual y pretender resolver una situación particular sin la gracia de Dios, apoyado sólo en el mismo pecado de la persona, como si ese pecado fuera un bien, un valor, un camino que debe seguir recorriendo esa persona, pese a que la ley de Dios o el magisterio le obligue a lo contrario.

Y, por eso,

«… un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones « irregulares », como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas» (AL, 305).

Es repetir, con otras palabras, lo que ya dijo al principio:

La Palabra de Dios no es una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje.

El pastor debe acompañar, no juzgar a la persona porque incumpla una ley moral. La norma de la moralidad sólo está en la conciencia de la persona, en su mente. Y es ella, junto al pastor, la que va a decidir su vida.

«Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios» (AL, 305).

El adulterio da gloria a Dios, así como la fornicación, la homosexualidad, etc… Esta es la idea de Bergoglio, apoyándose en Santo Tomás de Aquino.

El pobre majadero flipa en colores. Bergoglio ha quedado “colocado” bajo los efectos de su propia droga kantiana. Y ha sacado un documento que es su alucinación, que revela su estado de locura permanente. Una locura diabólica.

Bergoglio, en este panfleto, se pone por encima de Dios y crucifica a Cristo y a Su Iglesia.

Pero, muchos católicos lo van a seguir y van a continuar llamando papa a un auténtico majadero.

Muy pocos tradicionalistas reconocen lo que es Bergoglio: un falso papa. Lo tienen como su papa, aunque vean sus herejías, y las resistan. Pero siguen comulgando con él, lo siguen teniendo como su papa. Y esto es monstruoso en un católico tradicionalista.

O se está con el verdadero Papa, Benedicto XVI, o se está con el falso. O se obra el magisterio de la Iglesia en lo concerniente a los herejes o se obra el nuevo magisterio que enseña Bergoglio. Pero no se pueden estar en los dos bandos. O con Cristo o contra Cristo.

Muy pocos católicos reconocen esto: la nueva iglesia que es ya visible en Roma y en las parroquias de todo el mundo. Y se rasgan las vestiduras por este panfleto, pero seguirán esperando en Bergoglio como su papa.

Seguirán esperando que Bergoglio renuncie para que venga otro y resuelva esta situación.

Ya no ven lo que significa este documento para la Iglesia. No ven lo que hay detrás de todo esto. No disciernen los Signos de los Tiempos. Y seguirán en lo de siempre, sin salir de esa falsa iglesia que hay en Roma.

No entienden que la Iglesia verdadera ya está en el desierto. Y que hay que ir al desierto, llevando la Iglesia en el corazón, sin hacer caso a lo que diga Bergoglio porque no es el Papa que guía la Iglesia Católica.

Bergoglio es un usurpador. Todo cuanto dice y obra a cabo carece de validez divina. Bergoglio no tiene el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios, en la Iglesia. Y, por eso, todo lo obra con un poder humano, el propio de la masonería.

Desde hace tres años, todo es inválido: sus nombramientos, sus homilías, sus escritos, sus reformas, sus proclamaciones, su falso año de la falsa misericordia, etc… No vale para nada, ni para los fieles, ni para la Jerarquía.

Ningún Obispo tiene que obedecer a Bergoglio; ningún sacerdote tiene que obedecer a Su Obispo; y los fieles no tienen que dejarse manejar, engañar, por la Jerarquía.

A Bergoglio le queda poco tiempo. Lo van a hacer renunciar. Y morirá muy pronto. Pero lo que él ha levantado, la nueva iglesia, va a seguir hasta la perfección de la maldad en el anticristo, que ya emerge.

Salgan de la nueva iglesia comandada por un loco, Bergoglio. Y estén en comunión con el único Papa de la Iglesia Católica, Benedicto XVI.

Y ya que conocen cuál es el pensamiento de Bergoglio, no estén detrás de él: no les importe lo que diga u obre ese infeliz. Porque la Iglesia ya no está en Roma, sino en cada corazón que permanece fiel a la Palabra de Dios y al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

El pensamiento kantiano de Bergoglio

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Asistimos, desde hace tres años, al desmantelamiento de la Iglesia Católica y, por lo tanto, al levantamiento de una nueva iglesia, con una nueva doctrina.

Los modernistas y apóstatas han colocado en el Trono de Pedro a un traidor, a un ser repugnante y a un idólatra de su propio pensamiento humano.

Un hombre que vive en la idea de la inmanencia, es decir, la religión empieza, según él, y se realiza en la esfera de la propia conciencia.

Cada hombre se declara creyente, cree en algo, porque el culto a Dios empieza en uno mismo.

Cada hombre, en su conciencia aislada, se inventa su propia religión, su propia forma de buscar a Dios, de darle culto. No busca a Dios exteriormente, porque se haya manifestado de alguna manera al hombre, sino que busca a Dios porque el hombre vive en sí mismo un sentimiento indigente de lo divino, que le impera ciegamente a desear a Dios, a ir hacia Dios, a salir de sí mismo.

Bergoglio considera a la persona como un ser aislado, no como un ser espiritual que domina toda su naturaleza humana, que la gobierna, que participa de la naturaleza humana y del ser divino, sino como un ser indigente, con necesidad de algo, que le falta algo para ser persona.

«El ser humano no es plenamente autónomo. Su libertad se enferma cuando se entrega a las fuerzas ciegas del inconsciente, de las necesidades inmediatas, del egoísmo, de la violencia» (LS, n. 105).

No es plenamente autónomo: le falta un poder para regirse adecuadamente.

Dios ha constituido al hombre plenamente autónomo, con toda la libertad, con todo el poder para elegir, para gobernarse a sí mismo, para ser él mismo.

Cuando el hombre peca, su libertad no se enferma, sino que queda intacta. Es su alma la que se esclaviza a la obra del pecado, la que se enferma espiritualmente. Es su razón y su voluntad humanas las que se desvían del camino de la verdad, de la obra divina de la vida, de la vocación particular a la que Dios ha llamado a todo hombre. Y, por esa desviación, el hombre hace de todas las criaturas plataforma para obrar su pecado, viviendo mal y haciendo el mal.

Bergoglio anula la libertad del hombre cuando se extravía en su pecado. Eso es señal de que no ha comprendido lo que es la persona humana ante Dios.

La persona, para Bergoglio, está en referencia a sí misma, vive en la autorreferencialidad aislada, incapaz de gobernarse a sí misma, ni de relacionarse con los demás, sintiendo que le falta algo para ser persona.

Por eso, para Bergoglio todo está

«… en salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos… involucrarse…» meterse «con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás», achicando «distancias…» asumiendo «la vida humana…» acompañando «a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean» (EG, n. 24).

Salir de sí, salir de la conciencia aislada, salir de la doctrina inmutable, salir de las tradiciones, para encontrar una conciencia común, universal:

«Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos» (LS, n. 202).

Este salir de sí hacia el otro lo llama autotrascenderse: la persona a sí misma traspasa los límites de su propia experiencia posible, de su conciencia aislada, para penetrar, comprender, averiguar las experiencias de los demás, las conciencias aisladas ajenas, que están ocultas para ella, y así unirse a ellas.

Bergoglio sigue el pensamiento kantiano en el cual las personas no se relacionan naturalmente entre sí, sino que es necesario un conocimiento que se ocupe no de la verdad de las cosas, sino de los conceptos que tenemos, en la conciencia aislada, de las cosas que nos impiden ver al otro como es. La persona tiene que transcender su conocimiento y ponerse en diálogo con el conocimiento del otro para así relacionarse, dejar su conciencia aislada y entrar en una conciencia común, universal, con una moral autónoma universal.

«La actitud básica de autotrascenderse, rompiendo la conciencia aislada y la autorreferencialidad es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo» (LS, n. 208).

Para Bergoglio, el ser humano no es un individuo que pueda vivir un estilo de vida según lo que tiene inscrito en su naturaleza humana, sino que necesita superar su individualismo, traspasar los límites de su propia experiencia vital, para así formar una norma de moralidad, una familia, una sociedad, una iglesia que valga para todos, que sea común, universal.

Para Bergoglio hay que llegar a esa

«… amorosa conciencia… de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS, n. 220).

Este panenteísmo, en el cual

«… Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo más íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz» (LS, n. 221),

hace que Bergoglio sólo viva para desarrollar la idea que tiene en su mente, una idea que no se corresponde con la verdad, con la realidad de la vida, sino que es una fábula nacida de su apostasía de la fe verdadera.

Muchos siguen a Bergoglio porque son kantianos y no pueden entender la verdad de la naturaleza humana ni la verdad de la Iglesia Católica según los postulados tradicionales, según la filosofía y teología católicas, sino que todo lo revolucionan porque siguen, cada uno a su manera, las fábulas de su mente.

Y estas fábulas, este lenguaje lleno de bellas palabras pero sin ninguna verdad sustancial, es lo que agrada a la gente, a la mayoría de los católicos, que sólo se rigen en sus vidas espirituales por las palabras de los hombres, por sus obras, por lo que enseñan en sus mentiras.

Para Bergoglio la fe nos lleva más allá de nuestro yo aislado:

«… la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

El hombre vive en el aislamiento del propio yo, en su conciencia aislada, no vive en el dominio de sí mismo, no puede entender para qué vive sin la luz de esta

«… fe que crece en la convivencia que respeta al otro» (LF, n. 34).

La fe es una luz que viene del futuro: no es una verdad divina a la cual el hombre tiene que someterse, debe obedecer si quiere salvarse, si quiere dar sentido a su vida, a su existencia humana.

La verdad, para Bergoglio,

«… es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro yo pequeño y limitado» (LF, n. 26).

La verdad es una cuestión de memoria: un trabajo intelectual del hombre en sí mismo.

Es una luz que viene de un futuro que no existe realmente, pero que hay que construirlo rompiendo la conciencia aislada, acercándose a los demás, acompañándoles en sus vidas.

La fe es un conocimiento divino, una verdad divina revelada, que se vive en el momento presente del hombre. Y éste no tiene que preocuparse por ningún futuro, porque buscando el Reino de Dios, Dios da al hombre todo lo demás que necesita para vivir, le va labrando su futuro.

La vida espiritual, para Bergoglio, no está en la oración íntima con Dios, no está en buscar la Voluntad de Dios para cada cosa de la vida humana, no está en regirse por los mandamientos divinos, no está en crecer sólo para Dios, porque cada persona vive aislada en sí misma.

Es necesario, por tanto, construir un nosotros, un diálogo, un respeto por las creencias de los otros, una estructura de iglesia en que se acepten las ideas de los demás, ya que la persona no puede creer por sí misma:

«Es imposible creer cada uno por su cuenta… la fe… por su misma naturaleza se abre al “nosotros”, se da siempre dentro de la comunión… » (LF, n. 39).

La persona que vive en su pensamiento inmanente es agnóstica: ni conoce a Dios, ni se conoce a sí misma, ni conoce la realidad del mundo exterior.

No puede creer por su cuenta: no puede entender un conocimiento que se da fuera de ella, fuera de su conciencia aislada.

Por eso, esta religión que comienza en su conciencia aislada sólo se puede ir obrando en la apertura a los demás, formando una conciencia universal: ahí es cuando la persona empieza a conocer los pensamientos de los demás, que también son aislados, y levantar así una comunidad, una iglesia llena de ideas diversas, contrarias, pero unida en una sola cosa: hombres que buscan salir de sí mismos, de su aislamiento, de su conciencia aislada, construyendo una fe que sea modelo para los demás, integrada de una conciencia universal que exige una moral autónoma común.

El hombre, para Bergoglio, es por naturaleza hijo de Dios: para él observar la naturaleza del hombre es deducir la paternidad de Dios sobre el hombre.

Bergoglio tiene que negar el pecado original, por el cual la humanidad se divide en dos: hijos de Dios e hijos de los hombres. Él no puede comprender este punto porque el trabajo que la persona tiene que realizar para construir un mundo mejor sólo está en ella misma, no en lo exterior.

El pecado original es un acto exterior a la persona, que involucra la vida del hombre. Este acto exterior no lo puede entender un hombre que viva en su inmanencia.

El pecado, para estos hombres, consiste en seguir su conciencia aislada, que les impide autotrascenderse, es decir, buscar a otros, formar una comunidad, una religión, una iglesia. El pecado es, según ellos, algo interior, no algo exterior que sacude al hombre.

Por eso, Bergoglio llama a todos los hombres como hijos de Dios porque todos tienen ese sentimiento, esa indigencia de lo divino, que los llama, sin conocerlo objetivamente, a buscar a Dios, a ese Dios que se encuentra en cada criatura.

La fe, por su misma naturaleza, es divina, se abre al mundo de Dios, a la vida de la gracia, a la enseñanza del Espíritu.

No se abre al nosotros humano, al mundo de los hombres, no busca agradar a ningún hombre, no repara en las vidas de los demás, sino que es un camino para el hombre en donde éste encuentra la verdad plena, la que lo salva, lo libera y santifica, y la vida divina que le satisface por encima de toda vida.

Para Bergoglio es el hombre el que debe confiar en su propia idea de Dios, en su propio sentimiento religioso para construir su vida, su fe, su iglesia. El hombre no tiene que buscar en Dios el camino de su vida, ni el bien ni el mal, porque ya lo busca en sí mismo, en su propia conciencia aislada. Sólo tiene que autotrascenderse, salir de los límites de su conciencia, para construir un futuro compartido por todos.

Por eso, no es Dios el que impera al hombre lo que se debe hacer o evitar, sino que es el mismo hombre, en su razón que se trasciende a sí misma, en la idea que tiene del bien y del mal, el que se impera a sí mismo y decide, absolutamente, lo que hay que hacer, lo que hay que creer, cómo caminar en la vida, cómo construir la iglesia.

Esto es lo que se llama el imperativo categórico: el hombre debe hacer algo, no porque Dios se lo manda, no porque haya una ley divina que hay que cumplir, no porque sea la Voluntad de Dios, no porque hay un magisterio auténtico e infalible, necesario para salvarse, sino porque él mismo se obliga, de manera absoluta, a hacer algo, a creer en algo, a vivir algo.

«Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo» (Entrevista a Scalfarri).

El hombre, para Bergoglio, no puede escapar de su conciencia, la cual la concibe libre y autónoma, no dependiente de Dios, pero aislada. Es el hombre el que peca a causa de su conciencia aislada, al concebir pensamientos que son malos para su vida y para la de los demás. Y es el pensamiento humano el mismo camino para quitar todo mal en el mundo: el hombre debe salir de sus límites, debe aprender el conocimiento universal que no produzca en el otro un mal. Así, de la manera como el hombre concibe combatir el mal común eso basta para cambiar el mundo.

Por eso, Bergoglio tiene que explicar el mal de una manera peculiar, con una fábula:

«… tres días atrás, un gesto de guerra, de destrucción, en una ciudad de Europa… detrás de ese otro gesto están los traficantes de armas que quieren la sangre, no la paz, que quieren la guerra, no la fraternidad» (Bergoglio a los que lavó los pies en el Jueves Santo).

Para este hombre, el origen de la matanza de Bruselas no es Isis, no es el islamismo, no es el pecado de odio contra Dios, sino los que han fabricado las armas. Estos fabricantes pensaron mal la vida e hicieron armas que quieren la sangre. Así, él concibe el camino para quitar este mal de Isis, que es un mal universal, no es el pecado particular de odio en esos hombres, sino un pecado que los hace volver a su conciencia aislada, que les impide buscar la conciencia universal, común para todos. Y, por eso, el problema está en la armas.

En esta superficialidad vive Bergoglio. Él se queda en los medios materiales que se usan mal, pero no es capaz de captar el origen del mal, el misterio del mal, porque para Bergoglio el pecado no es una mancha que tiene que limpiar en su alma, no es una ofensa que el alma hace a Dios, sino un mal en el hombre, concebido por la mente del hombre y obrado en su vida. Un mal que hay que saber combatir: hay que suprimir las armas. No hay que mentar a Isis, no hay que juzgar la doctrina del islamismo.

El hombre peca por su conciencia aislada, que le impide buscar y construir la conciencia común, universal, válida para todos los hombres.

Para Bergoglio, aquello que afirmó, en Estambul, el Papa Benedicto XVI que «la violencia asociada a la fe es el producto inevitable del frágil vínculo entre fe y razón en la doctrina musulmana y en su misma comprensión de Dios», es algo herético e incomprensible para su pensamiento inmanentista.

O el Islam encuentra la razón o seguirá difundiendo la fe a través de la violencia.

Pero, para Bergoglio, cada uno sigue su conciencia, su manera de entender el bien y el mal. Y hay que respetarlos, pero es necesario descubrir la forma de luchar contra el mal universal aparecido por los que han fabricado las armas.

Muchos se preguntan: ¿este hombre ha estudiado? ¿Qué cultura tiene? ¿Qué hace de Papa? ¿Para qué está sentado en la Silla de Pedro? ¿En qué manos está la Iglesia y sus miembros?

No caen en la cuenta que este hombre vive en su inmanencia y, por eso, cada día se inventa una nueva fábula en su inagotable mente. Él va desarrollando su pensamiento, y no se cansa de alucinar ni pierde la oportunidad de decir auténticas tonterías y barbaridades.

Bergoglio, en su inmanencia, no puede conocer ni creer en un Dios católico, según lo enseña la Iglesia, porque sólo se rige por sus criterios subjetivos, por su experiencia interna subjetiva, no por una teología, ya que

«… cada uno de nosotros conoce en qué medida, tantas veces estamos ciegos de la luz linda de la fe, no por no tener a mano el Evangelio sino por exceso de teologías complicadas» (Bergoglio, 24 marzo 2016, en su falsa misa crismal).

El hombre, según Bergoglio, conoce que está ciego sólo porque no lee el Evangelio, no busca en Él su propio sentimiento religioso, su propia interpretación, algo subjetivo para su vida, sino que se pierde en las teologías complicadas, en el magisterio sagrado, que es imposible de conocer y aceptar para las mentes de los herejes y apóstatas de la fe.

Por eso, para Bergoglio, es necesario explicar los dogmas por su coherencia con la vida del hombre: hay que adaptarlos a las obras y a las vidas de los hombres.

No hay que enseñar que Dios los ha revelado ni que la Iglesia ha formado un magisterio auténtico e infalible con ellos, porque hay que dar continuidad a la memoria del pasado.

Hay que actualizar los dogmas, hay que inculturar el Evangelio, la doctrina de Cristo, ya que la verdad es una cuestión de memoria, un trabajo intelectual, que nos lanza a conseguir unirnos más allá de nuestro yo, de nuestra conciencia aislada.

«… a fin de que cada persona lo reciba en su propia experiencia de vida y así lo pueda entender y practicar —creativamente— en el modo de ser propio de su pueblo y de su familia» (Ibid).

Es el hombre el que crea su fe, su religión, su forma de buscar a Dios, su manera de entender el Evangelio, «en su propia experiencia de vida», sin hacer proselitismo, sin buscar un cambio, un arrepentimiento, ni en él mismo, ni en la familia ni en las sociedades.

Hay que ser creativos con el Evangelio que se recibe. Hay que recordar lo que hizo Jesús y actualizarlo a la forma propia de vivir entre los hombres.

Bergoglio está en «la luz de una memoria fundante», concibe la fe como un «acto de memoria», no como el asentimiento de la mente del hombre a lo que Dios revela.

Concibe los sacramentos como «la comunicación de una memoria encarnada», no como la comunicación de la gracia, de la vida divina, que no es una memoria, sino un eterno presente divino.

Por eso, Bergoglio va al pasado, hace un acto de memoria, y actualiza ese pasado a la cultura que viven actualmente los hombres, a sus vidas, obras e ideas.

Es decir, tiene que romper con toda la doctrina de Cristo. Tiene que dividir a Cristo de su obra divina. Tiene que presentar a los hombres un falso cristo con una falsa doctrina, para así levantar su falsa iglesia, la de la pirámide invertida, la propia del anticristo de esta hora.

Para Bergoglio, no interesa demostrar que Dios existe o que Dios revela o que la Iglesia enseña algo. Esto no es práctico para los hombres. Él supone que existe Dios, y no importa definir cómo es Dios y cómo debe ser la espiritualidad y la fe de los hombres. No interesa la Iglesia como institución divina, sino sólo como desarrollo histórico de los hombres.

Para este hombre, hay que buscar un fin práctico. Hay que reducir la religión a un cierto moralismo autónomo, en donde no cabe el conocimiento de Dios ni de la verdad revelada ni dogmática, sino que es necesario construir una iglesia para todos, en donde sólo haya que dedicarse a hacer gestos con los hombres, movido por ese imperativo categórico de que hay que hacer un bien, sea el que sea, para satisfacer las necesidades de los hombres, para acompañarlos, para darles un sentido a su vida.

Es lo que hace en el lavatorio de los pies, y en tantísimas obras humanas, en donde sólo le interesa incluir al hombre como el centro de toda la vida eclesial y espiritual.

La praxis es lo esencial en un imanentista.

Así como se concibe en la mente un bien, así hay que obrarlo en la práctica de la vida. Y se hace por imperativo categórico, de manera absoluta, porque así lo exige la conciencia que se autotrasciende.

No se pregunta a Dios si hay que obrarlo o no, no se hace referencia a una ley divina o a la ley de la gracia, sino que es el hombre el que se impera a sí mismo esa obra. Es el mismo hombre el que pone su ley, el que se inventa su doctrina para llevar a cabo su obra.

Por eso, Bergoglio siendo jefe de la Iglesia tiene que mandar de manera autocrática, a base de decretos o falsas exhortaciones impositivas: hay que lavar los pies de las mujeres porque lo dice Bergoglio; los divorciados pueden comulgar porque lo dice Bergoglio.

Es el “bien” que él ha concebido en su mente. Y es un bien que él mismo se impera a obrarlo. Y un bien práctico porque se va en busca del establecimiento de una conciencia común, que todos puedan seguir.

Y a Bergoglio no le importa lo que digan los demás o lo que enseñe la Iglesia. Con ese bien, él cree combatir el mal que en 20 siglos de Iglesia, la teología complicada de los Papas, de los teólogos y de los Concilios ha originado en las almas.

Por eso, este bien imperado por su razón es su despotismo en la Iglesia. Y muchos aceptan este despotismo porque es bueno para sus negocios en la Iglesia.

El anticristo Kasper confirma el pensamiento imanentista de Bergoglio:

«La doctrina no cambia, la novedad concierne sólo la praxis pastoral».

No se toca el dogma, sino que se actualiza, se adapta la obra de la Iglesia, la doctrina de Cristo, a las vidas y a las mentes de cada hombre, ya que la Iglesia tiene que «caminar con todo el pueblo de Dios y ver cuáles son sus necesidades» (Kasper, 29 sep 2014).

De esta manera, se divide a Cristo de su obra divina, de su enseñanza eterna, inmutable, que es válida para todos los hombres, para todas las sociedades y para todos los tiempos y épocas.

Muchos andan con miedo, con temor, con aprensión ante la publicación de la falsa exhortación post-sinodal.

Temen a un hombre: tienen miedo de leer los escritos de Bergoglio. Y esto es porque no conocen el pensamiento real de este hombre.

Quien lo conoce, ya sabe de qué va a ir esa falsa exhortación. Y no la está esperando, porque no sigue a Bergoglio como su papa.

Se trata de la praxis: de integrar a los que están en situación irregular en la Iglesia, por causa de su situación de pecadores públicos, a la comunidad, a que sean catequistas, animadores litúrgicos, padrinos de bautizos, de confirmación, testigos de boda, lectores, acólitos, etc…

No van a tocar la teología porque les trae sin cuidado lo que enseña la Iglesia, los mandamientos de Dios, la moral divina que está por encima de toda conciencia humana.

No se van a poner a teorizar, porque no les interesa. Ellos sólo quieren la solución práctica del problema de las almas, con el fin de llegar a una iglesia que tenga una conciencia universal.

Por eso, van a mandar, con su despotismo, que los sacerdotes decidan caso por caso la admisión a los sacramentos y a la vida eclesial. Que usen su poder para obligar a las almas a pecar, a seguir en su pecado, engañándolas miserablemente.

El católico verdadero sólo teme a Dios y, por eso, le trae sin cuidado lo que Bergoglio hable cada día y obre ante el mundo.

Se teme a Dios y, por eso, se está en comunión espiritual con el Papa de la Iglesia Católica, que es Benedicto XVI, para no pecar.

Y lo que hagan los hombres, contemplar cómo los sacerdotes y los Obispos, por estar siguiendo al vicario del anticristo, están en el camino de condenación, llevando tras de sí a tantas almas, sólo tiene que ser motivo para estar alertas, para no dormirse, para entender los Signos de los Tiempos.

Todo cuanto haga Bergoglio es sin valor para Dios. No tiene el sello del Dios Vivo. Todo cuanto escriba ese hombre, su exhortación post-sinodal, es inválido.

Lo que estamos viviendo en la Iglesia es lo que anunciaba Castellani:

«Cuando venga el Anticristo no necesitará más que tomar a Kant y Nietzsche como base programal de su religión autoidolátrica. Son sus profetas» (Apokalypsis, Ecursus E-G, pag. 152).

Jorge Mario Bergoglio es el falso profeta que lleva consigo, en su mente, la idea de Kant: nada existe en la realidad, es la mente del hombre la que lo crea todo.

Con esa idea kantiana, obra todo en su falsa iglesia.

Desde que pusieron a este hombre, que habla sin ningún fundamento en la realidad, es decir, que habla fábulas todos los días en sus homilías y en sus escritos, la falsa Jerarquía de la Iglesia se ha sentido liberada de todas las normas, de las Tradiciones y el Dogma, y han comenzado a trazar un magisterio a su capricho y acorde con el espíritu del mundo, que se opone al Espíritu Santo.

De esta manera, todos en la Iglesia han perdido la línea de la Gracia y están presentando, de manera visible, una iglesia que no es la Iglesia Católica.

La significación de lo sagrado en la Misa

misainvalida

«… el nuevo Ordo Missae… se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio. Las razones pastorales atribuidas para justificar una ruptura tan grave, aunque pudieran tener valor ante las razones doctrinales, no parecen suficientes… Es evidente que el nuevo Ordo Missae renuncia de hecho a ser la expresión de la doctrina que definió el Concilio de Trento como de fe divina y católica, aunque la conciencia católica permanece vinculada para siempre a esta doctrina. Resulta de ello que la promulgación del nuevo Ordo Missae pone a cada católico ante la trágica necesidad de escoger entre cosas opuestas entre sí». (Breve Examen crítico del Novus Ordo Missae, Carta de presentación 1.; n. VI, Card. Ottaviani y Bacci, Corpus Christi 1969).

La gran abominación del Santo Sacrifico de la Misa quedó oficialmente decretada el día 3 de abril de 1969, un Jueves Santo.

En esa fecha se promulgó el nuevo Ordo Missae, que es una obra de apostasía, de alejamiento de la verdad de la misa como Sacrifico de Cristo, y que ha sido obrada por todo el clero católico, y apoyada por todos los fieles en la Iglesia.

Toda la Iglesia, en el nuevo Ordo, ha roto la ley de Dios, y sobre Ella ha caído la maldición, «por los pecados de sus profetas, por las iniquidades de sus sacerdotes, que demarraron en medio de Ella sangre de justos» (Lam 4, 13).

Lo que Trento fijó como una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar la integridad de la misa, ese decreto lo echó por tierra, haciendo inútil la verdad que la Iglesia había vivido hasta ese momento, y produciendo el comienzo del tiempo de la apostasía de la fe, dentro de la Iglesia Católica, persiguiendo así a los justos que quieren hacer bien las cosas en la misa.

Cincuenta años contemplando misas inválidas. Y esto cuesta entenderlo a muchos católicos.

Lo que se decretó fue una ruptura tan grave que el católico tiene que elegir y tiene que exigir a la Jerarquía que celebre como antes de la publicación de ese decreto.

Ese decreto fue el inicio de lo que el Anticristo, en medio de la semana, llevará a su perfección: instalar la Abominación de la Desolación en el Templo, quitando el Sacrifico y la Oblación (cf. Dn 9, 27).

El sacerdote, para celebrar su misa, tiene que pronunciar con la debida intención las palabras de la consagración. De esta manera, el sacerdote representa y hace las veces de la Persona de Jesucristo, la cual es la que realiza el Sacrificio que se obra en el Altar.

Sin esta intención, Jesucristo no puede ofrecerse a Sí Mismo por ministerio del sacerdote; es decir, no se consagra, no se obra el Misterio del Altar, sino que sólo aparece un hombre que actúa como hombre, sin el poder divino, obrando sólo lo humano.

La intención es un acto deliberado de la voluntad, por el cual alguien quiere hacer u omitir algo.

La acción sacramental es un acto verdaderamente humano. Para obrar un Sacramento, se necesita que el ministro haga lo que hace la Iglesia, es decir, obre aquel rito que se hace en la Iglesia.

Este rito no es un simple rito externo, sino que es:

  1. sagrado,
  2. y es un sacramento que produce la gracia.

Es necesario que el ministro no sólo quiera realizar un rito externo, sino que se exige que se realice como sagrado, que se dé lo sagrado, que se obre lo sagrado, que se manifieste, en las palabras y en todas las acciones litúrgicas, lo sagrado.

La realidad externa del rito se puede separar de la realidad sagrada de éste. Son dos realidades diferentes.

Si el ministro sólo expresa las palabras materiales del rito, obra sólo lo externo del rito sin querer obrar lo sagrado, sin hacer referencia a lo sagrado, en un contexto más o menos litúrgico, con oraciones aprobadas pero que no tienen o han perdido la referencia a lo sagrado, entonces no puede obrar el Sacramento. Lo que hace sería inválido, ya que su intención es sólo material, se ciñe al rito externo: sólo dice las palabras o actúa según un papel que ha aprendido.

Para obrar el Sacramento, el ministro tiene que tener la voluntad auténtica de obrar lo sagrado, que además confiere también la gracia. Lo sagrado lleva a la gracia; lo profano es siempre un obstáculo para la gracia.

Un ministro que obra dentro de un contexto sagrado, con oraciones, palabras, acciones, que llevan a lo sagrado, es decir, que son plataforma para dar culto verdadero a Dios, se presume que tiene la intención formal de hacer lo que hace la Iglesia: está obrando el Sacramento y, por lo tanto, la misa es válida y produce la gracia.

Pero un ministro que obra dentro de un contexto profano, el cual ha perdido el carácter de lo sagrado –como es el nuevo Ordo- , realiza acciones o pronuncia palabras que no llevan a dar culto a Dios, entonces no se puede presumir la intención formal del sacerdote. El fiel tiene que discernir su intención.

El sacerdote puede tener la intención formal, interna, de hacer lo que hace la Iglesia, pero lo obra en un contexto profano, como es el nuevo Ordo Missae, entonces, la misa es válida, por la intención formal del ministro, aunque el contexto sea profano o no absolutamente sagrado. Por eso, no todas las misas del nuevo Ordo Missae son inválidas: algunas son salvadas por la intención formal del sacerdote.

Pero aquel sacerdote que sólo tiene la intención material, es decir, que sólo obra lo externo del rito, en un contexto profano, como es el nuevo ordo, es inválido lo que hace. No está celebrando una misa. Su intención material, la cual no es interna, lo impide.

Un sacerdote que se vista de payaso o con otras vestiduras no adecuadas a lo sagrado, o que introduce oraciones y obras profanas e incluso mundanas, como bailes dentro de la misa, ya sea al principio o al final, o actuaciones del público en medio de la misa, etc…, no puede tener voluntad de obrar lo sagrado del rito. Y, por lo tanto, esas misas son inválidas, aunque se digan correctamente las palabras de la consagración.

Hay que tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia obrando el rito sagrado. No basta buscar el rito externo de las palabras o de las acciones.

Incluso en un contexto absolutamente sagrado, tradicional, el ministro puede tener sólo una intención material, es decir, no quiere realizar el Sacramento, sino sólo llevar a cabo una simulación, una apariencia externa del Sacramento. Entonces, al no haber intención formal, el Sacramento no puede darse.

El contexto sagrado no basta para consagrar el Misterio, para hacer válida una misa.

Celebrar una Misa no es simplemente decir unas palabras u obrar una serie de acciones externas, sino hacer todo eso con la significación sagrada que quiso Jesucristo.

Coger un pan y un cáliz y pronunciar unas palabras, incluso en un contexto sagrado y tradicional, no significa que se esté celebrando una misa.

Hay que dar, en todo eso, la significación sagrada.

Es la intención formal del sacerdote lo que hace estar presente a Cristo en la Eucaristía.

Con la introducción de la nueva misa, se han ido celebrando en toda la Iglesia misas con sabor a protestante, violando la materia y las formas sagradas, poniendo otras que no son verdaderas. Todo lo sagrado ha quedado protestantizado.

La nueva misa no manifiesta la fe en la Presencia real de Jesucristo, sino que se ha convertido en un paganismo, un socialismo, un invento más de la masonería eclesiástica.

La Eucaristía no exige la santidad del sacerdote, ya que éste obra como Vicario de Cristo, es decir, con el mismo poder de Jesucristo mismo (= realiza una acción vicaria de Cristo), pero sí es necesario que el pecado del sacerdote no cambie esencialmente la materia o la forma del Sacramento, o anule su intención formal.

Un sacerdote que viva continuamente en el pecado de herejía o de apostasía de la fe se puede presumir que no tiene intención de realizar un signo sagrado en el Altar, porque no cree en lo sagrado. Si no cree, no tiene voluntad de obrar lo sagrado ni de conferir la gracia. Estos dos pecados, el de herejía y de apostasía, anulan el Sacramento del Altar, al anular la intención del ministro. Si no se quiere lo sagrado, si no se busca lo sagrado, si no se da esta voluntad en el sacerdote, ¿cómo Cristo puede bajar al Altar?

Muchos sacerdotes y Obispos viven no sólo en pecado mortal, lo cual no es impedimento para hacer válida una misa, pero sí viven en una gran apostasía de la fe, siguiendo muchos errores y alimentándose de muchas herejías. Éstos no pueden celebrar una misa válidamente, puesto que su pecado les impide ser instrumentos de Cristo. Tienen el poder de consagrar, pero no quieren obrarlo como Cristo quiere, buscando el significado de lo sagrado que Jesucristo quiso en su Misa, en el Calvario. No quieren obrar una acción sagrada, es decir, no quieren dar culto verdadero a Dios en eso que realizan.

Para dar culto a Dios en una misa, ésta debe considerarse como un sacrificio, no como un banquete pascual en el cual se come a Cristo. La significación sagrada del rito de la misa está en que es el memorial de la muerte y resurrección de Cristo. El sacerdote o el Obispo que, por su pecado, anule su intención de hacer la misa como Sacrificio de Cristo, y sólo la realice como banquete, no consagra válidamente.

Esto es muy común, hoy día, entre la Jerarquía católica. Creen en el misterio del Altar, pero su pecado les lleva a celebrar misas para el pueblo, para que los fieles se fortalezcan en la mesa del Señor, para una alabanza o una acción de gracias o un memorial que se debe realizar cada ocho días, o para que el pueblo se ofrezca a sí mismo a Dios, sus vidas, sus obras, en la misa. Éstas son misas inválidas porque el pecado del sacerdote cambia su intención formal, dejando de buscar el significado sagrado en la misa.

En la Misa se ofrece a Dios el Sacrificio de la Cruz, no un sacrificio de alabanza o de acción de gracias, o una mera memoria de lo que pasó en el Calvario, anulando así el carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa. El sacerdote que no busque esto en su misa, por más que crea o pronuncie correctamente las palabras de la consagración, carece de la verdadera intención, que es dar a la misa el significado de lo sagrado, que es el significado del Sacrificio de la Cruz.

La Eucaristía no depende de la fe del sacerdote: un hereje, un pagano, puede obrar una misa válidamente. No influye per se, por si misma, formalmente, la falta de fe en un sacerdote para la validez de una misa. Pero si esa falta de fe vicia la misma intención o las palabras de la consagración, entonces se hace inválida la misa.

Un sacerdote hereje, que no cree en lo sagrado del Altar, que no cree en Dios, que le da culto de muchas maneras o idolatra a otros dioses, pervierte su intención formal: ya no persigue el significado sagrado del rito, o no cree que el Sacramento confiere la gracia como obra de Cristo, entonces su misa es inválida.

Un sacerdote hereje o apóstata de la fe que celebre una misa para paganos, homosexuales, para otros herejes, etc…, aunque pronuncie correctamente las palabras de la consagración, no celebra la misa porque va a dar la Eucaristía a los perros. Da una cosa sagrada y divina a personas que están en sus vidas de pecado. Su intención está viciada por su falta de fe. Cuando un sacerdote, en una santa misa, profana las cosas sagradas, no sólo está cometiendo un pecado mortal, sino que está viciando, pervirtiendo su intención al consagrar.

Muchos sacerdotes transvasan su herejía o su vida de pecado a la intención necesaria para consagrar, cambiándola, anulándola o pervirtiéndola. Sólo hacen una obra de teatro, pero no una misa.

Un sacerdote que predica una homilía llena de herejías, de errores, de mentiras, de engaños, anulando así la oratoria sagrada, olvidando que es sacerdote para enseñar lo sagrado, para guiar en lo sagrado y para hacer caminar a las almas hacia el culto verdadero a Dios, ¿cómo después va a poner a Cristo en el Altar? Su homilía herética, en la cual no se significa lo sagrado, ha pervertido su intención formal. Sólo hará misas inválidas.

En un contexto litúrgico en el cual:

  1. se ha retirado el sagrario del centro del templo y se ha colocado el asiento del sacerdote celebrante, haciendo que el hombre ocupe el puesto de Dios en el Templo, y que la misa se convierta en un encuentro humano, fraternal, siendo el sacerdote el animador o el director litúrgico;
  2. se ha orientado el altar hacia el pueblo, para que el sacerdote ya no mire a Dios, sino al pueblo, convirtiendo la misa en una mera reunión de oración;
  3. el altar hecho una mesa para una cena fraterna, anulando el significado de altar para un sacrificio expiatorio;
  4. se ha suprimido el antiguo ofertorio, en que se ofrecía a Cristo como víctima al Padre, por una preparación de los dones, en que sólo se ofrece pan y vino sin referencia a lo sagrado;
  5. se han suprimido muchas oraciones que aludían al sacrifico propiciatorio por los pecados y numerosas señales de la cruz, haciendo de la misa una reunión en memoria de una cena, pero no un Sacrificio en memoria de la Cruz;
  6. se presenta la consagración como una narración, un relato, un cuento, que es un impedimento para que el sacerdote se ponga a obrar el misterio, actúe la renovación, incruenta, pero real del divino sacrificio;
  7. se ha abolido el lenguaje sagrado del latín, en donde se manifestaba el misterio del Altar y las palabras que el sacerdote dirigía a Dios, para llenar la misa de palabras y pensamientos humanos, incapaces de profundizar en la verdad de lo sagrado;
  8. se ha suprimido la confesión de los pecados, el confiteor, y la absolución sacerdotal, cambiando el significado sagrado del sacerdote como juez y mediador ante Dios, como un hermano más entre la asamblea, que abraza a todos porque son hombres como él;
  9. las lecturas bíblicas las pueden efectuar los simples laicos, incluso mujeres, suprimiendo el orden clerical, al cual se reservaba las cosas del Altar, abriendo así la puerta de lo sagrado a todo el mundo para su profanación;
  10. se han quitado las oraciones que el sacerdote hace en voz baja, propias de su oficio, dejando sólo lo común entre el sacerdote y el pueblo, para acentuar más la comunidad de fieles;
  11. se ha suprimido toda clase de genuflexiones, porque entre hombres ya no hay que someterse a Dios, inclinar la cabeza, caer rostro en tierra en adoración a Dios. Se da culto al hombre, no a Dios;
  12. la administración de la comunión es hecha ordinariamente por los fieles, hombres y mujeres;

En este ambiente, propicio para las cosas humanas, naturales, profanas, mundanas, materiales, si el sacerdote no tiene una intención interna, formal, de buscar la significación de lo sagrado en el rito que hace, nunca va a celebrar válidamente una misa.

Muchos católicos son engañados por la Jerarquía que ha acomodado las leyes de Dios a su capricho, a las modas de los hombres, a sus culturas, a sus maneras de entender lo divino y lo sagrado.

La gran abominación pesa sobre toda la Iglesia y, en estos acontecimientos que se suceden en la Iglesia con un usurpador, hay que volver a lo antiguo en la misa, que es lo que salva y santifica a las almas.

La Iglesia es Cristo. Y Cristo, sufriendo en el Calvario. Cristo se entregó a los Apóstoles para que lo comieran y bebieran, e hicieran ellos lo mismo. Cristo ha dado poder a Su Jerarquía para que obren, en una Misa, lo mismo que Él obró en el Calvario.

Es necesario que la Jerarquía crea en este Misterio. Pero no se trata de tener una fe divina o una fe católica. Se trata de tener la misma voluntad que Cristo tiene. Para eso, el sacerdote tiene que desprenderse de su voluntad humana, para conformarse con la Voluntad de Cristo.

Este desprendimiento interesa a la intención del sacerdote, es decir, a su forma de obrar en una misa los Misterios Divinos.

Cuanto más apegado esté el sacerdote a su voluntad, su intención se vuelve sólo material, externa, buscando sólo el significado de lo profano, de lo humano, de lo que no sirve para salvar.

Cuando más libre es el sacerdote de su propia voluntad, cuanto más se abandona a la Voluntad de Dios en su ministerio, entonces puede obrar lo divino en una misa.

En la misa, todo está en la intención con que se consagra. Por eso, son muchas las misas que se invalidan por la intención del ministro, no por su fe o por la pronunciación correcta de las palabras de la consagración.

Ahora es más fácil discernir las verdaderas misas de las falsas, porque un usurpador está como jefe de la Iglesia. Y ese usurpador no busca lo sagrado en la Iglesia, no quiere que los sacerdotes celebren la misa tradicional, y condiciona a todos para desmantelar más lo que es una misa.

Busquen misas tradicionales. Es tiempo de ir dejando las misas del nuevo ordo en donde se vea que se ha perdido la intención, en el sacerdote, de buscar lo sagrado, de llevar a lo sagrado, de exponer lo sagrado.

payasada

Las Bestias del mar y de la tierra

usurpador

«Y vi una Bestia surgiendo del mar…» (Ap 13, 1).

Del mar: del mundo, del pecado, de la ignominia. La Bestia primera vive en la obra de su pecado. No conoce la gracia, el cielo, la vida de Dios. Vive en la blasfemia contra Dios, poniendo leyes que niegan el culto debido a solo Dios, que anulan los mandamientos de Dios.

Esta Bestia tiene diez cuernos, como la Bestia de Daniel (cfr. 7, 7g), «y sobre sus cuernos diez diademas» (Ap 13, 1b), que indican dominio y realeza: «son diez reyes» (Dn 7, 24), diez gobernantes, que pertenecen a la clase alta de ese reino. Personas con dinero, fama y con gran poder en todo el mundo, no sólo en sus países, quienes forman un reino, una estructura global.

«La Bestia con diez cuernos es la Unión Europea» (MDM, 19 feb 2012), que es «la ciudad grande, Babilonia, la ciudad poderosa» del Apocalipsis (Ap 18, 10b), «con la cual los reyes de la tierra fornicaron y se entregaron al lujo» (Ap 18, 9).

La Unión Europea «ejerce realeza sobre los reyes de la tierra» (Ap 17, 18), quiere dominarlo todo, ya que tiene el poder: el «Dragón le entregó su poder y su trono y su potestad» (Ap 13, 2d).

«El Dragón Grande Rojo, la serpiente antigua» (Ap 12, 9) es el que «persigue a la Mujer» (cfr. v.13), que es la Iglesia de Cristo, y «hace la guerra» (cfr. v. 17) contra los hijos de Dios, descendientes de la Mujer.

«El enorme Dragón Rojo es el comunismo…, el ateísmo marxista…, ha logrado conquistar la humanidad con el error del ateísmo teórico o práctico, que ya ha seducido a todas las naciones de la tierra», construyendo «una nueva civilización sin Dios, materialista, egoísta, hedonista, árida y fría, que lleva en sí los gérmenes de la corrupción y de la muerte» (P. Gobbi, 14 may 1989).

El Dragón Rojo representa una forma de vida en la apostasía de toda verdad, que los hombres obran al admitir las ideas que nacen del comunismo. Es una vida diabólica, propia de Satanás.

El Dragón Rojo se manifestó en Rusia, que es el Oso, la segunda Bestia de Daniel, que es el que se levantó «a comer mucha carne» (cf. Dn 7, 5) con la revolución llena de terror y de violencia.

El Dragón Rojo es también China, que ahora está emergiendo, revelándose al mundo, y que es la que va a orquestar todas las guerras del Anticristo.

El poder comunista no desapareció con la caída del muro de Berlín, sino que cambió de cara, se ocultó de Rusia, el Oso se hizo manso, democrático, para mostrarse ahora, en los tiempos del Anticristo, como una nueva energía, una nueva fuerza en el mundo, que viene de China. Es una fuerza de odio, de destrucción, de apostasía, de dictadura camuflada.

Este poder lo tiene recibido la Bestia de diez cuernos: es decir, el reino del Dragón Rojo se extiende al reino de la Unión Europea. China y la Unión Europea comulgan en una misma filosofía de vida, totalmente contraria a la ley de Dios. En ambas, los hombres son esclavos de unos pocos. No importa cómo vivan los hombres esa esclavitud. La libertad, que tanto esgrimen los europeos, es sólo una forma más de esclavitud al dinero, al alimento, a la salud, al placer, a las culturas, etc… En el fondo, es una idea la que gobierna todo el mundo. Una idea contraria a Dios.

Los hombres, tanto en China como en la Unión Europea, se han acostumbrado a vivir en el pecado, en el rechazo a la ley de Dios, en la idolatría a muchos dioses. Y esto es una esclavitud que proporciona al hombre un poder global: los hombres prefieren antes un plato de lentejas que cumplir con los mandamientos de Dios. Cualquier gobernante que les dé de comer, que les resuelva la salud, que trabaje para hacer de la tierra un paraíso lleno de pecado, lo siguen con los ojos cerrados.

Con este poder del Dragón Rojo, que se extiende por todo el mundo, es fácil introducir el gobierno comunista, el dominio del bien común, sin ningún derecho al bien privado, anulando así toda libertad del hombre.

«Cada nación será absorbida por otra. Lucharán entre sí por el poder. Muchas naciones comenzarán a introducir leyes, que equivalen al comunismo. Entonces vendrá un tiempo, cuando el Dragón Rojo y el Oso controlarán todo, pero muchas personas no se darán cuenta de esto, porque mucha de esta dictadura será ocultada de la mirada pública» (MDM, 30 nov 2012).

China y Rusia lo controlarán todo: «Europa será el primer blanco y después los Estados Unidos de América. El comunismo será introducido y afligirá a aquellos que se opongan al reino del Dragón Rojo» (MDM, 14 feb 2012). «Babilonia caerá y será dominada por el gran Dragón Rojo, China y sus aliados, el Oso, Rusia» (MDM, 19 feb 2012).

La Bestia con diez cuernos, la Unión Europea, es «semejante a un leopardo» (Ap, 2, 2a): obra siempre en la sombra, se esconde, se oculta, cambia de cara, con el único fin de introducirse en todas partes. Quiere estar metida en todos los países, tantos en sus gobiernos como en sus religiones.

Se mueve con «pies de oso» (Ap, 2, 2b), es decir obra con astucia, hábil para engañar: es lo propio del seductor, que emplea el halago y la mentira para hacer creer que algo falso es verdadero.

Y tiene una «boca de león» (v. 2c): está metida en todos los medios de comunicación social. Se mueve por las modas, la propaganda, las culturas, la vida placentera.

El Anticristo es, propiamente, el undécimo cuerno de este reino, el apéndice, un inmiscuido entre las naciones, que tras los diez reyes «se levantará» y «derribará a tres reyes» (Dn 7, 24b).

El Anticristo se levanta en una guerra: hay que poner al mundo de rodillas para que surja en gloria militar y cree una falsa paz. En esa guerra, derriba a tres personajes importantes para el mundo, a tres líderes que pertenecen a la Unión Europea. Los demás, se le someten. Él se levanta imponiendo su dominio, su poder global.

El Anticristo, teniendo en su mano la Unión Europea, controlándola, se presenta al mundo como una amenaza para la Unión Europea. Él es del oriente: viene con toda la fuerza militar de Rusia y China. Tiene poder para conquistar toda Europa.

El Anticristo se levanta como un flagelo mundial: crea un falso fin de la guerra, para después continuarla de otra manera.

Es una persona real, no es una estructura social de pecado, no es un conjunto de poderes o de gobiernos que dominan sobre la tierra. El Anticristo no es la Unión Europea, no es el Impero Romano o la vieja Europa. No es un conjunto de fuerzas del mal, no es la idea de un movimiento, de una ideología o cuerpo moral.

Es un hombre, es «el impío», «el anomos» (2 Ts 2, 8a), el sin ley, el que es ley para sí mismo, que sólo puede ser destruido por la boca del Señor, aniquilado por su venida en Gloria (cfr. v. 8b).

Estamos en el fin de los tiempos: es el fin del dominio del demonio sobre el hombre y toda la creación. El demonio ha puesto sus bestias sobre la tierra para esclavizar a los hombres de muchas maneras. Ahora, en este tiempo de la gran tribulación, pone a su Anticristo, que es el Adversario de Cristo, para rematar su plan diabólico, para llevarlo a su perfección en el mal.

La aparición del Anticristo es, para el creyente, su liberación: el Señor viene a renovarlo todo, a llevar, a la perfección del amor, la obra que comenzó en un principio con el hombre.

El Señor ha mostrado su Misericordia en la caída del hombre en el pecado. Y le ha puesto un camino de salvación en su pecado. Pero, siempre el hombre ha tropezado en la misma piedra, en su soberbia. Ha crecido tanto en esa soberbia, que el tiempo está maduro para un cambio en todas las cosas. Cambio producido por la Justicia de Dios, que da a cada criatura intelectual su tiempo para obrar y arrepentirse de su pecado.

El demonio, en su obra, sólo tiene que hacer una cosa: ponerse como dios en un hombre, para esclavizar a todos los hombres y aniquilar a todos los hijos de Dios. Por eso, al hombre de este tiempo, del fin de los tiempos, sólo le queda una cosa: observar la obra del Anticristo en este mundo.

Y eso significa que ya no es tiempo para planes humanos, para medir y construir un futuro más o menos cercano.

Es el tiempo del fin: todo se acaba. El pecado se acaba. La infestación diabólica se termina. El Dragón será encadenado «para mil años» (Ap 20, 2), y los hombres podrán obrar aquello que Dios quería de ellos desde el principio de la Creación: «se le dará el reino, el dominio y la majestad de todos los reinos de debajo del cielo al pueblo de los santos del Altísimo» (Dn 7, 27).

Es el tiempo de una elección: estar con Cristo o estar con el Anticristo. «Reinar con Cristo durante mil años» (Ap 20, 4) o «ser atormentado día y noche por los siglos de los siglos» (Ap 20, 10d) en el «estanque de fuego y azufre» (v. 10b). Es una elección que toda persona humana tiene que hacer.

El Anticristo se dirige a todos los hombres. Y exige la respuesta y la obediencia de ellos.

El Anticristo se levanta para esclavizar a toda la humanidad. Y Cristo lo va a combatir, montado en su «caballo blanco», para liberar al hombre de esa esclavitud. Aquel que no espere al Señor que viene en Gloria para liberarlo, queda atrapado en las garras del Anticristo.

Aquel que no crea en la Segunda Venida del Señor, la que trae la Nueva Jerusalén, la Ciudad Santa, que debe descender del Cielo como una esposa adornada para su esposo, y así formar la morada de Dios entre los hombres, no podrá comprender estos tiempos del fin. Porque parecerá el fin del mundo y, sin embargo, no es el fin del mundo. No es la Venida del Señor para juzgar. El Señor viene para reinar en Su Gloria, no para el Juicio Universal.

Muchos católicos, al no comprender lo que pasó en el Paraíso, al no entender lo que es el pecado original, tampoco entienden el Apocalipsis.

Dios va a poner un sello al abismo para que el demonio no pueda seducir ya más a las naciones (cfr. Ap. 20, 3). Y entonces pueda cumplirse las profecías del “Gran Papa” o “Pastor Angélico”, que llevará a la Iglesia a su triunfo, teniendo en el mundo al “Gran Monarca”.

El triunfo de la Iglesia terrenal es la Gloria de Dios en la tierra: que el Rey y la Reina de los Cielos, Jesús y María, reinen por un tiempo, con sus cuerpos gloriosos y divinos, en una tierra renovada. El Cielo y la tierra se unen. Esto sólo es posible antes de que el dragón, después de los mil años, sea «desatado por breve tiempo» (Ap 20, 3).

No comprender hacia dónde Dios dirige a Su Iglesia es contemplar lo que hoy vemos en toda la Jerarquía: están construyendo un reino temporal, humano, material, vestidos de talar. Se paran en las realidades temporales, sociales, humanas, y se olvidan de obrar la fe divina. Caen en el mismo pecado de los Apóstoles: ver a Jesús como un Mesías terrenal. Cuando llegó la Pasión del Señor, todos los Apóstoles huyeron, porque no creyeron en la Palabra de Dios.

La Jerarquía que no luche por el Reinado Glorioso de Cristo en la tierra, sino que luche por las injusticias sociales y reformas de los hombres, acaba construyendo, en la tierra, un paraíso lleno de pecado y de toda clase de abominaciones.

Es lo que vemos que está haciendo Bergoglio y todos los que lo siguen en su nueva iglesia, que está clamando ya por un Mesías terrenal.

«Y vi otra Bestia que subía de la tierra…» (Ap 13, 11a).

De la tierra: de la religión del hombre, de lo que el hombre ha construido sobre la tierra. Es la Bestia que vive su propia idolatría, que pone al hombre como el centro de todo, que hace que el hombre se crea dios sobre la tierra.

Tiene «dos cuernos, semejantes a los del Cordero» (v. 11b): es una estructura de carácter religioso: son sacerdotes, Obispos y Cardenales que aparentan ser religiosos, pero hablan como «un dragón» (v. 11c). Hablan sin ley, enseñando fábulas a la gente. Son comunistas y obran con el poder del Dragón Rojo: esclavizando a las almas a la vida de pecado.

Esta Bestia segunda es la masonería en la Iglesia: una Jerarquía infiltrada en la Iglesia con el sólo fin de destruirla desde dentro.

Esta Jerarquía toma su fuerza después del Concilio Vaticano II, llevando a la desobediencia a muchos miembros, especialmente en la Alta Jerarquía, que comanda en el Vaticano.

Son los Obispos las Cabezas de la Iglesia: éstas han sido contaminadas por la doctrina y el poder masónico. Ellos, desde dentro, han levantado una falsa iglesia y un falso Cristo.

El falso Cristo proviene de la falsa doctrina del ecumenismo, de la ecología y de la teología de la liberación. En estas tres vertientes, se inocula todo tipo de herejías, que se enseñan en todos los Seminarios, y que son predicadas por la mayoría de la Jerarquía.

La falsa Iglesia proviene de instalar en el Vaticano un falso papa: Bergoglio. Ellos han destruido el fundamento de la unidad de la Iglesia, que es el Papa, al poner un gobierno horizontal, gobierno de muchas cabezas. Ese gobierno produce división en toda la Iglesia. Y es el principio del cisma en la Iglesia.

Apoyados en este falso papa, ellos intentan gobernar a los católicos con un poder humano, y ofrecerles una estructura religiosa que sea fusión de todas las confesiones cristianas. De esta manera, la verdad ya no es patrimonio de la Iglesia Católica, sino que está en todas las religiones del mundo; y la vida de la gracia desaparece, como medio eficaz para la salvación de las almas, colocándose la vida de pecado, como un valor y un bien que debe ser seguido imperativamente.

Esta Bestia tiene su líder, el Falso Profeta, el cual «hace grandes prodigios» (Ap 13, 13), no verdaderos milagros, pero tampoco ficciones o prestidigitaciones. Con estos prodigios, dirigidos a los reyes del mundo, se quiere congregar a los hombres «a la batalla del Gran Día de Dios Omnipotente» (Ap 14, 14). El demonio conoce que llega el fin de su obra malvada en la creación. Por eso, todo lo mueve para los tres días de tinieblas, que es el gran día del Señor, en donde el Señor, por obra de Su Justicia, hará «perecer cuanto hay sobre la haz de la tierra…, hombres y animales…, aves del cielo y los peces del mar. Yo hará tropezar a los impíos y exterminaré a los hombres de sobre la haz de la tierra» (Sof 1, 2).

La Iglesia ya no camina pisando las huellas ensangrentadas de Cristo, Su Maestro. La Jerarquía no da testimonio de Cristo: son perros mudos que callan las herejías del usurpador. Tienen miedo de perder sus cargos eclesiásticos si se oponen en algo a la doctrina del falso papa. Ya no imitan a Cristo, sino que viven del dinero y del prestigio que les da el usurpador.

Los católicos están contemplando la era del Falso Profeta, la cual contiene multitud de falsos profetas, que hablan para el mundo y que obran su poder de cara al mundo.

Bergoglio, falso profeta, es «un impostor que se sienta en la Iglesia, en Roma» (MDM, 10 abril 2012), un hombre de pecado, «amartia» (2 Ts 2, 3c), el hombre que vive en su pecado, que ama su pecado, que lo obra, que lo justifica, lo ensalza y hace propaganda de él. Es el hijo de la perdición, «apoleias» (v. 3d), el hombre que lo destruye todo, que ataca la doctrina de Cristo, que anula la ley de la Iglesia, que lleva a las almas hacia la total perdición, completo extravío, sin posibilidad de arrepentimiento.

Muchos siguen y creen que Bergoglio ha sido enviado por Dios para gobernar Su Iglesia, porque son incapaces de creer en la Palabra de Dios:

«Nunca creyeron los reyes de la tierra, ni cuantos habitan el mundo, que entraría el Enemigo, el Adversario, por las puertas de Jerusalén» (Lam 4, 12).

No creen que el Enemigo que está destruyendo la Iglesia es el que está sentado actualmente en el Trono de Pedro, y al que todos llaman su papa.

Bergoglio entró por las puertas de la Iglesia para destruirla. Esta verdad no la creen. Pregunten a sus sacerdotes, a sus Obispos, si creen que Bergoglio es un falso papa, un falso profeta, que se pone por encima de Dios para implantar su doctrina de demonios en la Iglesia. Todos les van decir, que no. Que Bergoglio es el papa de la Iglesia Católica.

Pregunten si ellos consideran a Bergoglio como un hombre de pecado, impío, que vive en su pecado y que justifica continuamente sus obras de pecado. La respuesta que van a obtener es que Bergoglio es pecador, como todos, pero está haciendo lo posible para llevar a las almas al Reino de Dios.

Muchos no creen que el Falso Profeta y el Anticristo se tienen que sentar en el Trono de Pedro, gobernando a toda la Iglesia. Este es el escollo en que la Jerarquía se ciega al interpretar las diferentes profecías y el Apocalipsis.

Es una gracia discernir lo que es Bergoglio para Dios: un hombre que no ha sido llamado a la vocación divina del sacerdocio. Un Judas traidor que ha frustrado el designio de Dios sobre él. Un hombre que conserva su forma mental, que no puede aceptar la verdad como es, porque su mente se pone siempre a investigar, a cavilar, a oponer resistencia a la verdad conocida, para quedarse sólo en su idea ya concebida. Un hombre pervertido en su inteligencia humana, contaminada con muchas doctrinas e ideas que no son de Dios. Un hombre que ataca a la Iglesia negando todas las verdades de Fe: no deja una verdad dogmática en pie. Las destruye todas. Y lo hace bajo engaños muy sutiles, que muy pocos se dan cuenta.

Bergoglio ha entrado por las puertas de la Iglesia. Es el enemigo de Cristo, un anticristo, que salió de nosotros, pero no es de los nuestros (cf. 1 Jn 2,19). Si Bergoglio fuera de los nuestros, de la Iglesia Católica, entonces hubiera permanecido en la verdad. Pero, ahí tienen todas las obras blasfemas que ha hecho este hombre en tres años. Para sentir con la Iglesia, “sentire cum Ecclesia”, no es posible sentir con la mente de Bergoglio ni con sus obras en la Iglesia: no se pueden callar las herejías de Bergoglio si uno quiere ser Iglesia..

Bergoglio es lo contrario a lo que es Jesús: escandaliza, enseña a violar la ley de Dios, ataca al magisterio auténtico e infalible, divide a la Iglesia, a los matrimonios, a las familias, a las religiones, a las sociedades.

Estamos viviendo la Gran Apostasía en la Iglesia que culmina en el Gran Cisma: el último cisma de la Iglesia, el mayor de los cismas y divisiones, que va a causar pánico y desconcierto en toda la Jerarquía.

Es un tiempo de cambios sustanciales en toda la Creación. Es una renovación en el Espíritu. Los hombres sólo tiene que hacer una cosa: arrepentirse de sus pecados. Lo demás, no tiene ninguna importancia.

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Próxima ordenación de un sacerdote homosexual

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El «Hombre impío» (2 Ts 2, 3) está a punto de surgir de las tinieblas.

Y tiene necesidad de una humanidad impía, de hombres rebeldes que, habiendo nacido para ser luz, «prefieren las tinieblas» (Jn 3, 19) y, estando predestinados para la vida eterna, buscan la muerte, «la llaman con sus obras y palabras» (Sab 1, 19), y la muerte les viene a las manos como recompensa de lo que son sus vidas.

Muerte eterna es lo que merecen muchos en la Iglesia, porque son insensatos, «siervos inútiles, infieles y haraganes» (Mt 25, 26.30), se acomodan a los pensamientos y al estilo de vida del mundo, no luchan por conquistar la verdad, desprecian la verdad que han conocido, viven la vida como si jamás se hubieran de morir, y ya no quieren convertirse de corazón al Señor.

Hombres obstinados en el pecado, que pretenden dirigir una iglesia de pecadores y de gente insensata.

El Cardenal Maradiaga, hereje manifiesto, perteneciente al gobierno horizontal instalado por Bergoglio en el Vaticano, declaró que existe un lobby gay en el Vaticano:

«… llegó hasta a haber un lobby en este sentido. Esto, poco a poco, el Santo Padre trata de irlo purificando, son cosas…» ( El Heraldo)

«… trata de irlo purificando…»: ¿cómo se puede purificar un grupo de Cardenales, Obispos y sacerdotes homosexuales si Bergoglio no es quién para juzgarlos? Si no hay justicia, no hay purificación, no hay expiación, no se resuelve ningún problema.

Este hombre iracundo, que se ufana de tener el poder de Dios y que desprecia la verdad cuando se la dicen a la cara:

« ¡Todo el poder me ha sido dado a mí! ¡Yo soy el que monto el espectáculo aquí. ¿Quiénes se han creído que son esos Cardenales? Yo les quitaré sus sombreros rojos» (Onepeterfive)

Este hombre es incapaz de poner orden, no purifica nada, sino que él mismo ampara una red de silencios y de encubrimientos sobre sus estilos de vida, sus escándalos y enredos.

Bergoglio no corta la mala cizaña, sino que la presenta con otra cara, con un lenguaje apropiado para la masa católica.

Es claro, que tanto Bergoglio como Maradiaga son cómplices de este lobby porque no han hecho nada, en su gobierno, ni para depurarlo ni para purificarlo, sino que – al contrario- lo están aumentando con la manga ancha y concesiones.

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Muchos católicos no han comprendido que si se permiten que un hombre maricón, homosexual, sea ordenado de diácono -y pronto de sacerdote-, rasgarse las vestiduras sobre los escándalos de los curas pederastas es propio de fariseos y de hipócritas.

Jason Welle, SJ, de la compañía de Jesús, fue ordenado diácono el pasado 24 Octubre, por el Obispo Michael C. Barber, también perteneciente a la Compañía.

Este hombre, que ha puesto en su página de twitter la bandera gay, trabaja para el LGTB Católico, haciendo entrevistas con gente que está a favor del sacerdocio homosexual y de las religiosas lesbianas dentro de la Iglesia Católica.

Aquí tienen una entrevista con el disidente homosexual, Arthur Fitzmaurice, en un video publicado por el ministerio jesuita, América Media:

A los pocos meses de su ordenación diaconal escribió un artículo para el Jesuit Post, sitio web plagado de propaganda homosexual, titulado: “El amor gana”.

Welle se regocija de la reciente sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos:

«… el Tribunal Supremo ha dictaminado que el matrimonio debe ser considerado un derecho civil para todas las parejas, sin excepción. Esta semana, miles de parejas en los Estados Unidos no tendrán que soportar una vida de secretismo y de inseguridad jurídica. Esta decisión significa que sus uniones están respaldadas por la ley. Sus familias serán tratadas por igual por los estados, no van a arriesgarse a perder a sus hijos y los bienes porque alguien desaprueba su unión».

Un hombre que sólo le interesa en la vida aquella ley del hombre que es una abominación, que va en contra de la ley natural y divina. Pero que no le importa lo más mínimo la norma de moralidad ni el magisterio auténtico de la Iglesia:

«Sé que seguirá habiendo objeciones por parte de los que creen que las relaciones homosexuales y lesbianas son inmorales o que los matrimonios del mismo sexo no pueden simplemente ser reconocidos como matrimonios apropiados, entre ellos los hermanos católicos y otros estadounidenses de buena voluntad».

Los católicos objetarán, pero yo no objeto, porque no me interesa la doctrina de Cristo ni lo que enseña la Iglesia Católica sobre la homosexualidad. Yo estoy construyendo otra iglesia con mi ídolo Bergoglio.

¿Cómo un hombre así, que abiertamente va en contra de la fe católica, ha sido ordenado de diácono y se dispone a recibir el sacerdocio?

¿Dónde está la purificación del lobby gay vaticano?

En ningún sitio. Todo es obra del lobby gay.

Es un cambio de cara:

«En esas discusiones, es necesario, por ejemplo, reconocer la unión de personas del mismo sexo, porque hay muchas parejas que sufren porque no se reconocen sus derechos civiles; lo que no se puede reconocer es que esa pareja sea un matrimonio.» (Entrevista al Arzobispo Marini – La nación, 20 abril 2013).

Sí a las uniones civiles, no al matrimonio religioso. La noción heterosexual del matrimonio no se debe imponer a las parejas homosexuales. Hay que atender a sus problemas humanos, no hay que predicarles ni el verdadero matrimonio ni la verdadera orientación sexual. Se trata de tolerancia, de aceptar la abominación por parte de la sociedad. Es la sociedad, no ellos, la culpable de no acoger a los homosexuales como diferentes.

Estas parejas sufren el acoso legal. Y hay que buscar una ley acomodada a su situación civil. No interesa la moral, no hay que insistir en la inmoralidad, porque a estos hombres no hay que salvarles el alma, sino que hay que ponerles el camino para que no se arrepientan más.

Esta es la impiedad de la Jerarquía: ya no salvan almas. Ahora, se dedican a ser libertadores de los derechos humanos, civiles, sociales, políticos.

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«Es alentador ver la ola de apoyo a los matrimonios homosexuales. Muestra una sociedad que aspira a una tolerancia abierta de todo tipo de personas, el deseo de que vivamos juntos en la aceptación mutua» (P. Timothy Radcliffe, homosexual dominico, consultor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz).

Para este hombre, hay que olvidar la moral, no hay mandamientos divinos, no existe una ley natural:

«No podemos empezar con la pregunta de si [el matrimonio homosexual] está permitido o prohibido».

Es necesario apelar a una nueva moral:

«Debemos preguntarnos qué significa, y hasta qué punto es eucarístico. Ciertamente, puede ser generosa, vulnerable, tierna, mutua y no violenta. Así que de muchas maneras, pensaría que ésta puede ser expresión de un regalo de Cristo».

Si la homosexualidad es un regalo de Cristo, si está llena de un amor eucarístico, entonces el lobby gay vaticano también es un regalo de Cristo. No hay que ni depurar ni purificar nada.

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Por eso, hay que ordenar otros sacerdotes al estilo Charamasa. Sacerdotes que se dediquen a las uniones civiles, y que vayan preparando el terreno para meter en la Iglesia el matrimonio religioso entre homosexuales.

Es un cambio de cara.

Es lo propio que ha traído el gobierno masónico de Bergoglio: un gobierno político, que hunde sus raíces en las libertades del hombre buscadas sin un fin último, al margen de la Voluntad de Dios, apostatando de toda verdad, incluso la propia de la naturaleza humana.

Con los Sínodos del 2014 y 2015, el lobby gay ha crecido en poder e influencia en toda la Iglesia. El Arzobispo Bruno Forte fue el que insertó los pasajes sobre la homosexualidad a espaldas de los Padres Sinodales. Y lo hizo actuando en nombre del lobby gay. No fueron acciones aisladas, sino bien planeadas por la cúpula del Vaticano.

Es un secreto a voces que la mayoría de los clérigos del Vaticano son homosexuales. Y es esta gente abominable la que ejerce presión para cambiar la doctrina en la Iglesia.

¿Cuándo fue la última vez que se escuchó a un sacerdote hablar de pecados sexuales desde el púlpito? Es la influencia del lobby gay. Desde Roma mandan no predicar sobre ninguna cuestión sexual. Ahora, todo es tolerancia, fraternidad, dialogo. Y, por eso, el lobby gay no sólo existe en Roma, sino en todas las diócesis del mundo. Basta con contemplar la Conferencia Episcopal Alemana después del Sínodo.

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Los Obispos alemanes están promoviendo la homosexualidad activa, sin reservas, para que sea el puente que conduzca a la participación de los homosexuales en todos los sacramentos de la Iglesia.

Están erigiendo la estatua del ídolo de la ideología del género, socavando el magisterio católico.

«Sal de ella, pueblo mío, para que no os contaminéis con sus pecados y para que no os alcance parte de sus plagas; porque sus pecados se amontonaron hasta llegar al cielo» (Ap 18, 4-5).

Bergoglio tiene la misión de poner el camino para llegar al pecado perfecto dentro de la Iglesia: ese pecado que condena al alma en vida, sin posibilidad de arrepentimiento.

Muchos católicos se preguntan: ¿Hasta dónde va a llegar este hombre? Hasta el pecado perfecto. Hasta poner la Iglesia en manos del Anticristo.

Si Bergoglio ha llegado a blasfemar contra el Espíritu Santo, sus obras en la Iglesia son propias de este pecado: él condena almas en todo lo que hace. Él cierra el camino de salvación. Y lo cierra totalmente. Por eso, este hombre no puede salvarse si no deja lo que está haciendo y se retira a un monasterio para expiar sus pecados. No lo va a hacer. Él busca la muerte eterna del alma.

«Los impíos, con las obras y las palabras, llaman a la muerte; teniéndola por amiga, se desviven por ella; y con ella conciertan un pacto, pues bien merecen que la muerte les tenga por suyos» (Sab 1, 16).

Bien merece que Bergoglio se condene. Es lo que vive actualmente: su condenación en vida. ¡Ojalá se muera pronto y se condene!

Esto es lo que no comprenden muchos católicos que siguen teniendo a este hombre como su papa. Y esto es también obra de Bergoglio.

Si Bergoglio obra como un impío, el pueblo se hace idólatra, ya no comprende la verdad porque sigue a un ciego que se ceba siempre en sus propios pecados. Muchos católicos ya comienzan a reírse de las palabras conversión y arrepentimiento, porque tienen un ejemplo a seguir en ese hombre. Y esas risas están preñadas de soberbia y de altivez. Y darán un fruto: la persecución y la muerte de todos aquellos que confiesan la fe en Jesucristo.

Los hijos fieles siempre han sido perseguidos y ajusticiados, pero los que sembraron iniquidad cosecharon desgracias, y atrajeron sobre sí el castigo de sus muchos pecados. Los hechos de Sodoma y Gomorra son un testigo fiel, no sólo de la estulticia humana, sino de la justicia divina. Porque tan grande es el Señor en Su Misericordia como en Su Justicia.

Hay que salir de Roma; hay que salir de las parroquias. Están todas a una, unidas en la impiedad.

Comulgar con las ideas de Bergoglio, tenerlo como papa, es contaminarse con los pecados que ese hombre irradia cada día, y tener una espada de justicia colgando sobre la cabeza.

Quien reniega de Cristo, él sólo se juzga; quien desprecia su doctrina, es un réprobo; pero quien peca contra el Espíritu Santo, es reo de condenación eterna; no precisa, por tanto, ser juzgado, porque juicio y sentencia condenatoria penden de su cabeza.

El pecado debe ser eliminado de la vida, porque sólo «los limpios de corazón verán a Dios». Los que viven en sus pecados no pueden descubrir el reino de Dios que está en las profundidades del alma, porque Dios sólo está en aquellos que lo aman y en los que lo reciben sacramentalmente en su corazón.

Dios no está en aquellos que hacen de su vida una obra del pecado, ni en aquellos que no disciernen lo que comulgan.

Dios no está en una Iglesia que no sabe discernir al homosexual, que no elimina el pecado, sino que se hunde, cada día con más fuerza, en él.

No se puede obedecer a una Jerarquía que ama la abominación de la homosexualidad, que alardean de justos, y por doquier derraman injusticias; se creen libres, y son esclavos de los más bajos instintos; defienden los derechos humanos, y privan a los más débiles del derecho más elemental, que es la vida; enarbolan la bandera de la paz y hablan palabras sentidas de amor, de misericordia, ante los hombres, pero mienten, porque profanan el amor.

Cristo es profanado en toda la Jerarquía que comulga y obedece a Bergoglio.

La Iglesia es socavada por todos aquellos que prefieren las obras de los hombres a las del Espíritu.

Un cadáver en la Sede de Pedro

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«Si no hacemos de la verdad un punto importante en la proclamación de nuestra fe, y si esta verdad ya no es esencial para la salvación del hombre, entonces las misiones pierden su significado. En efecto, se elaboró la conclusión, y lo sigue siendo hoy, que en el futuro, sólo debemos buscar que los cristianos sean buenos cristianos, los musulmanes buenos musulmanes, los hindúes buenos hindúes, y así sucesivamente. Y si llegamos a estos resultados, ¿cómo sabemos cuándo alguien es un “buen” cristiano, o “buen” musulmán? La idea de que todas las religiones son – o pretenden serlo – sólo símbolos de lo que finalmente es incomprensible, está ganando terreno rápidamente en la teología, y ya ha penetrado la práctica litúrgica. Cuando las cosas llegan a este punto, la fe es dejada a un lado, porque la fe realmente consiste en creer la verdad por cuanto es conocida» (El Concilio y la dignidad de lo sagrado – Joseph Raztinger, 13 julio 1988).

La fe consiste en la creencia de la verdad por cuanto es conocida por la mente humana.

Dios habla y enseña una verdad al hombre. El hombre la conoce con su mente. Pero el hombre que no cree la verdad que Dios le revela, que no acepta esa verdad, no tiene fe. Sólo se queda en sus pensamientos o sentimientos humanos. Sólo está en la experiencia subjetiva de su vida. Sólo vive dentro de sí, pero no quiere conocer la verdad, no quiere salir de su razón y aceptar, someterse a la verdad que Dios le enseña, no quiere obedecer a Dios cuando le habla.

Así viven muchos hombres en el mundo y dentro de la Iglesia Católica.

Viven para ver al budista, al judío, al musulmán, al hereje, al cismático, como una “buena” persona: buenos hombres, justos en lo que hacen, en lo que viven, hijos de Dios porque -de alguna manera- creen en Dios.

Así ven muchos católicos “buenistas” a Jorge Mario Bergoglio: una buena persona. No importa que diga herejías; no importa que no confirme en la verdad de la fe católica. Es un buen hombre. Lo único que desea es que todos vivamos en paz y seamos hermanos entre sí, que no nos matemos unos a otros.

Muchos, ante el video de Bergoglio, dicen cosas como ésta: gracias por aclarar a todo el mundo que si Dios existe es uno solo y es para todos, no para unos sí y otros no. Y si Dios es uno, entonces todos los que creen en Dios, e incluso los que no creen, son hijos de Dios.

Así está el patio de la Iglesia: los comentarios de muchos pseudo-católicos dan auténtica nauseas. Si uno va recorriendo los distintos sitios webs católicos se va haciendo cada vez más evidente quiénes van apoyando la herejía y la blasfemia de Jorge Mario Bergoglio y se van convirtiendo, así, en la cizaña que debe ser quemada, destruida: aciprensa, rome reports, religión digital, aleteia, vox fides, el observador de la actualidad, catholic-link… Algunos de esos sitios ya rayan en el paroxismo del lameculismo papal.

A la gran apostasía que estamos viviendo no se llega de otro modo que con el estropicio y el daño que hace este tipo de videos. La gente capta la idea a través de la imagen, del sentimiento que genera poner a Cristo a la misma altura de un ídolo de buda, de un candelabro de siete brazos, de unas cuentas de madera musulmana.

Esta imagen es una blasfemia, compartida y aceptada por muchos que se llaman católicos. Todo el que promueva los escritos, las homilías, los videos, las obras de Jorge Mario Bergoglio se hace parte de la gran apostasía, pierde la fe católica y construye, junto a la falsa Jerarquía, la nueva iglesia ecuménica.

Cuando la fe se concibe como un símbolo, pero no como algo objetivo, no como una certeza, una verdad, entonces los hombres ya no van en busca de la religión verdadera, sino que se quedan en su propia religión, en la que ellos se han inventado con sus cabezas humanas.

El simbolismo es toda doctrina según la cual el hombre no conoce más que símbolos, mitos, sueños, es incapaz de conocer la verdad objetiva con su razón. Todo está relacionado con el juego de la emotividad humana. Y se va creando un lenguaje simbólico distinto del lenguaje conceptual.

Todos los habitantes del planeta están obligados a inquirir, a investigar acerca de la religión que ha sido revelada y prescrita por Dios. Y todo hombre tiene que hacer esto porque es siervo de Dios, es criatura contingente, dependiente absolutamente de Dios.

Esto es lo que enseña la Iglesia en su magisterio autentico e infalible:

“Dependiendo el hombre totalmente de Dios, como de su Creador y Señor, y estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada, cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe, plena obediencia de entendimiento y de voluntad” (D. 1789).

El hombre tiene que investigar, tiene que discernir sus pensamientos humanos para descartar aquellos que no están de acuerdo a la verdad que Dios ha revelado, porque Dios le impera la fe.

Al depender el hombre totalmente de Dios, está obligado a creer, a prestar a Dios la obediencia de la fe, que se obra humillando su entendimiento humano a la Mente de Dios, y sometiendo su voluntad humana a la Voluntad Divina.

La razón de todo hombre está sujeta a la Verdad increada: luego, cuando Dios habla al hombre, cuando Dios le descubre Su Mente Divina, el hombre tiene que dejar de pensar, de filosofar, y darle a Dios la obediencia de la fe.

Por eso, la Iglesia ha condenado a los que digan que

“la razón humana es de tal modo independiente que no puede serle imperada la fe por Dios” (D. 1810).

Esto es lo que se oye por todos lados: nadie quiere sujetarse a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, al dogma.

Dios impera la fe al hombre: obliga al hombre a sujetarse a la Verdad revelada. La razón del hombre no depende de sí misma para buscar y encontrar la verdad. Depende de Dios, del conocimiento de Dios, de lo que Dios habla y obre.

«… la fe cristiana no se basa en la poesía ni en la política, esas dos grandes fuentes de la religión; se basa en el conocimiento. Venera a ese Ser que es el fundamento de todo lo que existe, el «Dios verdadero». En el cristianismo, el racionalismo se ha hecho religión y no es ya su adversario» (Raztinger, ¿Dios existe? – La pretensión de la verdad puesta en duda, pag 13)

El hombre moderno vive independiente de la verdad que Dios revela. Es la independencia de su razón. La razón se ha vuelto enemiga de la religión. Ya la fe no es conocimiento, sino sentimiento. Y, por eso, a través de los simbolismos, de los mitos, se quiere explicar el misterio de Dios.

Es el pensamiento pagano de muchos.

«Todos veneran lo mismo, todos pensamos lo mismo, contemplamos las mismas estrellas, el cielo sobre nuestras cabezas es uno, el mismo mundo nos acoge; ¿qué más da a través de qué forma de sabiduría busque cada uno la verdad? No se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande» (Discurso del Senador Quinto Aurelio Símaco a Valentiniano II, año 384).

¿Qué más da la forma de pensar, de adquirir pensamientos, de sentir, de obrar, de vivir, de creer, si todos vemos salir el sol cada mañana?

Precisamente esto mismo dice hoy Bergoglio en su video:

«Muchos piensan distinto, sienten distinto. Buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera».

Bergoglio está proclamando que no conocemos la verdad como tal, como es; que sólo conocemos la diversidad de pensamientos humanos, los cuales son todos distintos, contrapuestos, absurdos unos, inútiles otros; que los hombres opinan lo mismo, creen lo mismo, se dicen creyentes, pero en formas diferentes:

«La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes».

Esto es promover el indiferentismo religioso, en el cual todas las religiones son igualmente buenas y legítimas, y son consideradas como vías de salvación.

Creyentes, para la mente de un modernista, son aquellos que van en busca de algo que viene del interior del hombre, que el hombre busca apelando a su subjetivismo inmanentista y a su relativismo. La verdad está en el interior de cada hombre; está en ese simbolismo o sentimiento que se relaciona con su vida, que se acomoda a su plan de vida existencial.

Creyente, para un católico, es aquel que presta a Dios la obediencia de la fe, que somete su entendimiento humano a la verdad que Dios revela. La Verdad sólo es posesión de Dios, no del hombre. El hombre la descubre en Dios, pero no la posee. El hombre la vive en Dios, pero no la puede crear.

Lo que es inmanente o subjetivista deforma el concepto y el conocimiento, anula la realidad de la vida, de la existencia del hombre. El hombre comienza a inventarse, a crearse, su propia vida. Va en busca de sus propios intereses personales egoístas. Sólo vive para sí mismo, para su gloria, para su honor.

Como no se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande, como todos somos creyentes, entonces

«Esto debería provocar un diálogo entre las religiones».

Multitud de caminos: una mesa de diálogo, la vida es una ruleta rusa, un experimento de los grandes, de los poderosos, que quieren dominarlo todo y a todos. Es el falso ecumenismo.

Sólo hay un camino: la obediencia de la fe, la vida sujeta a la obra de la verdad increada.

Y, por lo tanto,

«… no hay salvación en ningún otro. Pues debajo del cielo no hay otro Nombre dado a los hombres por medio del cual nosotros podamos salvarnos» (Act 4, 12).

Hay una solo Salvador; hay una sola Iglesia verdadera; hay una sola Vida, la de la gracia divina. Sólo hay una clase de hijos de Dios: no los que nacen de la carne y sangre, sino los que vienen por la gracia, adoptados por Dios en el Bautismo.

La salvación sólo viene de la fe en Jesucristo.

El problema del hombre moderno es que se ha apartado de la verdad revelada y sólo ve la religión no como algo verdadero o falso, sino como un sentimiento válido que aporta algo a su propia existencia. La fe se convierte en un ungüento y bálsamo del alma: cada uno se procura su maquillaje religioso, que lo puede reemplazar según la moda o la necesidad del momento de su vida.

Como cualquiera puede definir a Dios con sus ideas; cualquiera puede sentirlo; cualquiera puede construir una filosofía, una forma de pensar; cualquiera puede edificar una iglesia, entonces lo que funciona es la fe de masas, y se urge a los hombres que se pongan de acuerdo, hablen entre ellos, para establecer una ética de la tolerancia:

«No debemos dejar de orar por él (por el diálogo) y colaborar con quienes piensan distinto».

En esta falsa ética se reconoce en todo un poco de verdad, pero no la verdad como es. Se quiere ir a Dios mediante multitud de símbolos: un buda, un candelabro, una cruz, una guerra santa… Pero a nadie le interesa la verdad como verdad, como conocimiento de lo divino.

Todos van buscando una religión, una iglesia que les funcione en su vida, prescindiendo de la verdad.

Sólo interesa el diálogo entre los hombres. Y se pide orar por ese diálogo. No se pide orar por los hombres, por sus vidas, por sus errores, por sus obras, por sus problemas. Porque ya no importa la verdad del hombre. Lo que tiene valor es el diálogo, un conjunto de ideas que se ponen sobre una mesa, las cuales no son personales, no se dirigen, no se relacionan con la dignidad de la persona humana, con los problemas y anhelos de cada persona, con las exigencias de la naturaleza y de la vida humana, sino que van buscando un bien común impersonal, en donde la propia identidad personal y religiosa se anule, desaparezca.

No interesa si buda es verdadero o falso; no interesa la verdadera interpretación de la Cruz; no interesa si el judío cree no cree en Jesús como Mesías; no interesa que los musulmanes liquiden a los cristianos como rebeldes a su causa. Todo esto no interesa en el dialogo. No interesa la verdad de cada persona, la verdad de cada hombre.

Lo que interesa es que seamos fraternos, que colaboremos con los que nos matan, con los que blasfeman contra la divinidad de Jesucristo, que apoyemos, que colaboremos con el pecado de los demás.

Y esto es caer en un nihilismo, una ilusión, en el opio del pueblo, de los individuos, en exaltar la religión como oscuridad, como algo subsconsciente, en donde sólo se ofrece un relativismo moral.

Y muchas personas ya están aceptando esta ilusión, este mito, este símbolo de nueva iglesia, sabiendo que es una auténtica patraña.

El hombre modernista no cree que Dios habla. Tiene que rechazar la Palabra de Dios, los mandamientos divinos y la Iglesia que Dios ha fundado. Tiene que interpretar todo esto de acuerdo a su subjetivismo, a su inmanentismo, a su relativismo.

Bergoglio cuando habla de las creencias de la mayor parte de la humanidad se está refiriendo sólo a que gran cantidad de personas sólo creen en lo que adquieren con su razón, en lo que tienen en su mente, en lo que sienten en la experiencia de sus vidas, y a eso lo llama fe, o creencia, o religión, o espiritualidad.

Si el hombre no se dedica a investigar si la religión que profesa es o no es la que Dios ha revelado, si se tapona las orejas, si dice que todas las religiones son igualmente buenas y legítimas o que la religión no es tanto fruto de una inquisición intelectual como una manifestación del sentimiento, el cual se puede encontrar sustancialmente igual en todas las religiones, entonces el hombre hace un agravio a Dios, a su ciencia divina, a la verdad que ha revelado. Y dice cosas como éstas del video:

«Confío en Buda. Creo en Dios. Creo en Jesucristo. Creo en Dios, Alá».

Confío en el dios que mi inteligencia o mi sentimiento o mis verguenzas han creado. Confío en mi misma mente, en lo que yo entiendo por verdad.

Esto es un insulto a la Verdad revelada por Dios. Esto es quedarse en la propia inteligencia y sentimiento humanos sobre lo que es Dios.

Es la idea de la falsa fraternidad que quiere conseguir una falsa armonía pacífica:

«… que el diálogo sincero entre hombres y mujeres de diversas religiones conlleve frutos de paz y justicia»

Todos los paganos viven así: no importa la multitud de pensamientos. No les interesa si las ideas judías o musulmanas o budistas son verdaderas o falsas. Sólo les interesa si éstas les sirven para su vida, para sus proyectos, para sus obras. Usan a las personas para llegar a sus objetivos en su vida. Usan sus emociones, sus sentimientos, sus deseos, sus vidas para conseguir sus fines, una paz que nunca va a llegar, una felicidad que es sólo una ilusión que no captan, que no pueden ver. Se abrazan, se besan, se consuelan si el otro les da lo que ellos quieren.

Muchos católicos se han vuelto así, como los paganos: ya no les interesa la verdad, el magisterio auténtico e infalible. No viven su fe católica mirando al dogma. Se han vuelto inmanentes, subjetivistas, relativistas, sentimentales, burdos, estúpidos, idiotas. Ya no saben pensar su fe católica. Ya no saben obedecer la verdad. Sólo siguen a los hombres por lo exterior que ven, no por las ideas que proclaman los hombres. Por eso, les encanta Bergoglio como su papa. Ven reflejado en él su estilo propio de vida pagana.

Y, por eso, van buscando ese amor subjetivista, inmanente, sentimentaloide:

«Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor».

No es de extrañarse que algunos de los falsos católicos se hayan masturbado mientras han visto este video. La masturbación es el amor inmanente, es el amor que a muchos les sirve para estar bien en su vida, para agradarse a sí mismos, para decirse a sí mismos que son buenas personas. Y este video idólatra conduce a esta clase de amor.

Para el católico, la verdad está fuera del hombre, viene de Dios.

Para el modernista, la verdad se encuentra dentro del hombre, es inmanente a él, a su vida, a sus obras, a sus pensamientos, a sus sentimientos.

Es decir, la religión, la fe, la Iglesia, la espiritualidad, el concepto de Dios mismo, el magisterio, es un fenómeno vital que sólo se puede explicar por la misma vida del hombre, que proviene de un cierto sentimiento íntimo, que emana de una necesidad subsconsciente de creer en Dios o de tener una religión, o de pertenecer a una iglesia o a una comunidad religiosa.

Pluralidad de caminos hacia el misterio de Dios: es lo que predica Jorge Mario Bergoglio.

La unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Una unidad subjetiva, inmanente, que no se puede realizar en la vida cotidiana, porque sólo existe aquello que piensa o siente cada hombre. No existe la verdad fuera del pensamiento del hombre.

En la nueva iglesia de Bergoglio, sólo existe una mentira, una blasfemia, puesta como certeza, como dogma:

«En esta multitud, en este abanico de religiones, hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios».

El mensaje de Bergoglio se descalifica en sí mismo.

Buda nunca habló de un Dios personal o de Jesús. En el budismo no se da el concepto de Dios o de hijo de Dios, no se vive para ser hijo de Dios. No tienen la certeza de ser hijos de Dios. El buda se considera un hijo de hombre que señala el camino para otros, ese camino irreal de la inmanencia, de lo subjetivo, de lo oculto.

Esta mentira de Bergoglio es puesta porque es una idea que hay que venderla: todos somos hijos de Dios. Todos somos muy buenas personas, buenos hombres, gente con capacidad para hacer el bien.

El ser hijo de Dios es por gracia, no por creación ni por sentimentalismo. Hay muchos hombres que, descaradamente, mienten. Y estos son hijos del diablo, son del padre de la mentira.

Es claro que no se puede rezar por las intenciones de Jorge Mario Bergoglio. No son católicas. Y él no es el Papa de la Iglesia Católica. Es un usurpador del Trono de Pedro. Sólo gobierna la Iglesia con un poder humano, pero no puede decidir los destinos de la Iglesia Católica. Sólo está levantando su nueva iglesia.

No difundan nunca más las estampillas-inventos de las intenciones del Papa. No les den donativo alguno.

La fe no es cuestión de gustos. No es que guste o no guste el video de este traidor. Es que estamos en la gran apostasía, que han anunciado todos los Profetas. Es que la abominación de la desolación está presentada en la misma cabeza que gobierna la Iglesia.

Ahí tienen a un muerto gobernando la Iglesia: un cadáver en lo espiritual. Un viejo que, junto a sus falsos cardenales y obispos, chochea y es el adalid, el caudillo de la herejía, del cisma y de la apostasía de la fe.

Todos ellos son especialistas en manipulación de masas: esto está a la orden del día en el falso pontificado de Bergoglio. Todo está orquestado, usando el sentimentalismo al estilo hollywood, propio de guionistas y escritores sionistas, para llevar a las masas a donde quieren.

El enemigo está dentro de la Iglesia y la está violando desde sus entrañas, la está profanando. La Jerarquía -y muchos fieles- están trabajando para el gobierno mundial. Cuando llegue el momento, van a renegar públicamente de Cristo y aparecerá claramente la falsa iglesia, que ahora empieza a asomarse con timidez a los ojos de todos.

La nueva iglesia de Bergoglio: estercolero de la humanidad

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«Se levantó un fuerte vendaval, y las olas se echaban sobre la barca, de suerte que ésta estaba ya para llenarse» (Mc 8, 37). Mateo escribe: «las olas cubrían la nave» (8, 24). Y Lucas: «el agua que entraba los ponía en peligro» (8, 23).

La Iglesia está a la deriva en el mar impetuoso de este mundo, en un grave peligro. No hay nadie que la gobierne, que sepa poner el rumbo cierto, que tenga la fuerza necesaria para luchar en contra de la corriente que la arrastra y la lleva al precipicio.

La Jerarquía se ha hecho cómplice del mal en la Cabeza, incapaces de conducir a las almas por la senda de la verdad, temerosos de predicar a Cristo, la Verdad. Ellos constituyen un ejemplo diabólico que no puede ni imitarse ni seguirse en la Iglesia Católica. Ellos se han convertido en el estercolero de la humanidad: no están llenos del Espíritu de Cristo, sino atiborrados del espíritu mundano.

El Señor está «a la popa durmiendo» (Mc 4, 38), sin ocuparse de Ella, porque la Jerarquía se ha vuelto altanera, orgullosa, ya no cree más en las verdades de la fe, ni en los dogmas, ni en la tradición ni en el magisterio auténtico e infalible. Sólo buscan lo que encuentran en su cerrada mente humana: las ideas heréticas y erradas que se han sucedido a lo largo de toda la historia humana. Ellos las recuerdan y las manifiestan con palabras nuevas, pero ambiguas, oscuras y llenas de maldad. Ellos sólo persiguen lo que en su corazón, muerto a la vida de la gracia y a la verdad de la fe, han erigido como bastión de su necia vida humana.

Jesús es la Cabeza Invisible de la Iglesia, «el Buen Pastor» que conoce a sus ovejas, que da la vida por ellas (cf Jn 10, 14.15), que siempre las guía a pesar de los hombres, aunque ellos intenten, por todos los medios, llevarlas por otros caminos. Pero, Él duerme, deja que la Iglesia camine a la deriva, sin rumbo, poniendo en peligro todo. La Iglesia está desprovista del Espíritu de Cristo, porque el Espíritu Santo la ha abandonado a su destino.

Es el abandono de Dios para purificar a Su Iglesia, para hacer una selección, para dividir el trigo de la cizaña.

La Iglesia está en alta mar, rodeada de pensamientos y obras humanas que la cubren, que la llenan hasta poderla hundir. La Iglesia está amenazada por la misma Jerarquía que la conduce hacia el mal, que la pone bajo las cuerdas, en situaciones extremadamente peligrosas (= renuncia del verdadero papa, usurpación del gobierno de la Iglesia, establecimiento de un gobierno horizontal, falsas doctrinas, falso Sínodo de la familia, falsa reforma del derecho canónico, falso año de la misericordia… ).

Desde la renuncia del Papa Benedicto XVI al gobierno de la Iglesia- no al Papado-, muchas almas han perecido en este gravísimo peligro; muchas son engañadas -cada día- por los falsos pastores; muchas han preferido irse a otros barcos, refugiarse en otras iglesias, perdiendo así la fe en el Señor que todavía duerme «apoyado sobre un cabezal» (Mc 8, 38).

«El oro se prueba en el fuego, y los hombres gratos a Dios, en el crisol de la tribulación» (Ecle 2, 5): hay que amar a Cristo por ser Cristo, aunque permanezca dormido, indiferente a todo lo que pasa. Este es el fuego, la tribulación por el que debe pasar cada alma que aspira a la santidad de la vida: no ames a Dios por los dones que te ofrece, sino porque es Dios, aunque te deje desnudo de todo.

Aunque Jesús deje Su Iglesia a la deriva, sin gobierno real, con un gobierno usurpado, lleno de mentiras, de maldades, de iniquidades, hay que permanecer en la Iglesia de Cristo sólo porque es la Iglesia que Cristo ha fundado. A pesar de que se vea que el barco se hunde, hay que seguir en el barco, no hay que tirarse a alta mar, no hay que buscar otros barcos.

Hay que permanecer en la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles por ser la Verdad, la única Verdad que el hombre tiene que seguir, aunque un Papa haya renunciado a gobernar la Iglesia. Su renuncia al gobierno no es la renuncia a la verdad del Papado. Benedicto XVI sigue siendo fiel a Cristo, que lo ha elegido como Vicario Suyo en la Iglesia hasta la muerte.

Las almas tienen que permanecer fieles a esta verdad, a este dogma del Papado, defendiendo al Papa que ha puesto Cristo en Su Iglesia, hasta que él muera, sufriendo las humillaciones de tanta Jerarquía y de tanto católico, que son necios (= carecen de la sabiduría divina) en sus corazones, estúpidos (= obran sin sabiduría humana) en sus mentes humanas e idiotas (= viven en sus propias ideas profanas, mundanas, alejadas de la verdad) en sus vidas; y que prefieren comulgar y obedecer a un hombre que no es capaz de enseñar ni de gobernar con la verdad.

La Jerarquía no ha permanecido fiel a la verdad del papado, obligando a un papa a renunciar, y poniendo su falso papa, su hombre, su ídolo para que lo aplaudan y lo sigan las masas.

La imagen de la Iglesia, que la Jerarquía está mostrando, es la de una máquina de fango: suciedad, pecado por todas partes, culto a la personalidad, apego al dinero y al poder, combatiendo constantemente contra los que permanecen fieles a la doctrina católica.

Hay que seguir siendo fieles a Cristo aunque la Jerarquía hable de falsas excomuniones e imponga falsas obediencias a la doctrina que enseña Bergoglio.

«… tenemos que comprender bien “la violencia física” porque algunas veces, también, las palabras son rocas y piedras, y por lo tanto creo que alguno de estos pecados, también, se extienden mucho más de lo que podemos pensar»: Monseñor Rino Fisichella tenemos que comprender los términos de la ley canónica que sólo excomulga a los que claramente obran una desobediencia al Papa.

Nunca el “lenguaje duro” contra un Papa ha sido crimen canónico. Sólo la violencia física hacia la Jerarquía de la Iglesia es puesta en la ley. Y expresamente, en ese canon, se excluye la violencia verbal.

Los cánones deben ser comprendidos según el significado de sus propias palabras, es decir, hay que leerlos estrictamente, no según interpretaciones de cada mente humana. Por eso, no tenemos que seguir su burdo razonamiento humano que juzga al que critica, al que se opone a su ídolo Bergoglio, como excomulgado en la Iglesia. Usted hace eso sólo porque no tiene una ley en la mano para excomulgar oficialmente a los que atacan a Bergoglio. Por eso, recurre a la manipulación, a infundir miedo, temor, dudas, a dejar caer que es mejor callar la herejía de ese hombre y aceptarlo como papa, que hablar mal de él y oponerse a él.

La Jerarquía que obedece a Bergoglio ya no sabe qué hacer para que la gente siga a ese hombre.

«Cuando el Papa apoya esto, no es simplemente porque la mayoría diga que la opinión científica piensa así, esta ya no es sólo una opinión; sino que es parte del magisterio,… no es dogma e infalible, pero exige un nivel de obediencia»: Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo debe recordar que Jesús otorgó la autoridad en la enseñanza cuando envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio, quedando obligados todos los hombres a prestar su asentimiento porque estaba en juego la salvación eterna del alma. Esto usted lo puede leer en San Mateo 28, 18-20 y en San Marcos 16, 15.

Por lo tanto, ningún Papa, ningún Obispo, ningún sacerdote posee autoridad en la Iglesia sobre cuestiones científicas, no pueden hablar en materia de ciencia con una autoridad que exija asentimiento de la mente de los católicos.

La opinión de Bergoglio sobre el calentamiento global no es materia de fe, no pertenece al Evangelio de Jesucristo, no es un tema de una encíclica papal, no está incluida en el magisterio ordinario de la Iglesia.

La opinión de un hereje, como es la de Jorge Mario Bergoglio, no es parte del magisterio, sino que pertenece al magisterio herético, que está fuera de la Iglesia Católica.

Además, la ciencia ha demostrado que no existe el cambio climático como se enseña en esa falsa encíclica, sino que es un burdo engaño de los científicos, un invento de la élite que gobierna el mundo que los ayude a llevar a cabo su plan mundial. Esta falsa encíclica se hace cómplice de esta mentira y quiere aportar credibilidad sobre los peligros de una falsa crisis ambiental, creada por gente que no se preocupa en lo más mínimo del medio ambiente y que, además, son enemigos acérrimos de la Iglesia, de Cristo y de la Verdad Revelada.

¿Cómo es posible tomar en consideración a un hombre que dice que «la humanidad ha defraudado las expectativas divinas» por no apagar el aire acondicionado, porque no escucha el gemido de la tierra? Tantas barbaridades de orden moral como tiene lugar por todo el mundo y que claman al cielo, que conducen a la condenación de las almas, y que un hombre se dedique a hacer un llamado mundial hacia una “conversión ecológica”. Esto es una locura y es propio de una mente que alucina con su necedad. ¿Y se tiene la osadía de pedir obediencia a esta chalada de Bergoglio?

No es posible prestar la obediencia a un hombre que no es papa en la Iglesia Católica. Y no es papa por tres caminos: su herejía, su cisma y su apostasía de la fe.

Y, mucho menos, prestar obediencia a una falsa teología de la creación, en donde se anula el pecado original, y se cree en un dios que no existe en la realidad.

La creación está maldita por el pecado original, en donde la manipulación genética de los hombres, de los animales y de las plantas ha producido un caos en todo el planeta tierra. Además, la obra del demonio está también en todo el Universo, produciendo que la tierra y sus habitantes vivan esclavizados a la mente de unos pocos hombres, guiados en todo por el mismo Satanás.

Ante esta maldición sólo es posible un camino: el de la gracia. Si las almas no viven en gracia, sino que se dedican a vivir en sus pecados, la misma maldición se les echa encima y acaban malditas.

Una Jerarquía que no combata el aborto, que no luche en contra de la clonación humana, que no enseñe la doctrina de la “humanae vitae” sobre la vida en el matrimonio y en la familia, que no combata la teoría del género, y que no enseñe que el matrimonio entre hombre y mujer es una creación de Dios, sino que se apoye en ideas científicas descabelladas que han sido demostradas como un engaño global, que esté preocupada por un “planeta frágil” que se echa a perder con el uso de automóviles y lacas para el pelo, que pretende tomar medidas para “salvar” a la tierra, al agua, a los insectos de la maldad de los hombres, que “llora” por las especies extintas, que escucha el “gemido de la hermana tierra”, que impone apagar los acondicionadores de aire para alcanzar una sensibilidad ecológica,… esta Jerarquía no es de Dios, no pertenece a la Iglesia Católica, no hay que seguirla ni obedecerla, sino que hay que atacarla por los cuatro costados.

La Apostasía está en curso y la obra la propia Jerarquía de la Iglesia.

Ellos han puesto al lobo, Jorge Mario Bergoglio, al ladrón que no ha venido «sino para robar, matar y destruir» (Jn 10, 10). Este hombre ha robado la Cátedra de la Verdad, que es la Silla de Pedro; mata, con su doctrina llena de fábulas, los corazones que Cristo ha conquistado con Su Sangre; y destruye todo lo Santo y lo Sagrado en la Iglesia Católica.

Bergoglio es «un asalariado» (Jn 10, 11), un negociante de la verdad, uno que ha puesto su empresa en medio del Vaticano: la moneda del diálogo y del falso ecumenismo, con la cual la Alta Jerarquía, los poderosos de la Iglesia, salen de la Santa Iglesia, se alejan de Ella, obran la Apostasía de la Fe, para ir al encuentro y para hacer camino con los que están lejos, con los que son del mundo y quieren seguir siendo del mundo.

De esta manera, se ha iniciado oficialmente una nueva iglesia modernista que quiere estar cerca de la gente del mundo, que ya no quiere seguir más lo que Jesús ha enseñado, sino que pretende aunar en el pensamiento de los hombres una ideología global, una mente dedicada sólo a la mentira, al error, a la duda, al temor, al vicio y al pecado.

Bergoglio está dando escándalo público e incitando, pública e imperativamente, a los fieles católicos a rezar, a unirse con los herejes, apóstatas y cismáticos.

«Deben rezar con herejes, apóstatas y cismáticos» (4 de julio 2015). Deben: imperativo categórico, el propio que usan los masones, que no siguen la ley divina en sus corazones, sino la ley de su mente, lo que su conciencia les dicta que es bueno y malo, la ley de la gradualidad.

Y a ese imperativo categórico le añade su apostasía: únete con los que atacan la verdad, los herejes. Gózate con los que se apartan de la Voluntad de Dios, los apóstatas; vibra de emoción con los rebeldes y desobedientes a la Palabra de Dios, los cismáticos.

Esto es un auténtico escándalo público. Una auténtica enseñanza del infierno por la boca de Jorge Mario Bergoglio.

Y la Jerarquía que lo sigue es culpable de este escándalo, son cómplices de la ruina espiritual que las palabras y las obras de Bergoglio ocasionan en muchas almas de la Iglesia.

Bergoglio no es Pastor de las ovejas, no alimenta a las almas con la doctrina de la verdad, no confirma a la Iglesia en la verdad de la fe; es un lobo que «arrebata y dispersa a las ovejas, porque es asalariado» (Jn 10, 12), sólo le interesa su negocio, su diálogo, el quedar bien con todo el mundo, procurando que su imagen, su gloria, su personalidad, no sea dañada ni dentro ni fuera de la Iglesia. A Bergoglio sólo le importa su imagen, él mismo, no «el cuidado de las ovejas» (Jn 10, 13), no la salud de la Iglesia ni sus almas. Se ha convertido en un ídolo, en un dios, en un gigante de la decadencia y de la mentira.

Bergoglio está creando una iglesia que persigue la verdad. Una iglesia que se autodestruye a sí misma.

«La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas la persiguieron (= no la abrazaron)» (Jn 1, 5).

El verbo griego que utiliza San Juan significa: echar por tierra, demoler. Κατά (= contra) – λαμβάνω (= considerar, recibir). Es el mismo verbo que usa San Pablo: «los gentiles, que no perseguían la justicia, alcanzaron la justicia, es decir, la justicia por la fe» (Rom 9, 30). Los hombres del mundo que viven sus vidas echando por tierra la justicia, persiguiendo la injusticia, sin embargo, alcanzaron la justicia que viene por la fe, se convirtieron. Señal de que sus corazones no estaban totalmente cerrados, sino todavía abiertos para acoger la verdad que viene de Dios.

Pero en los hombres de la Iglesia, Jerarquía y fieles, que han conocido la verdad, que se saben la teología, viven en medio de las tinieblas de sus errores y de sus pecados, y se han convertido en la escoria de la humanidad; ya no pueden considerar el conocimiento de la verdad, ya no lo toman en cuenta, sino que se dedican a perseguir, a ir en contra de la luz, a demoler la verdadera Iglesia de Cristo. Sus corazones han quedado cerrados a la verdad revelada.

La Jerarquía que ha usurpado el gobierno de la Iglesia no puede abrazar a Cristo, que es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), sino que lo rechaza, lo persigue, destruye lo que Él ha construido.

La Iglesia, siendo Santa en su raíz, sin embargo está falsamente representada por una Jerarquía convertida en estercolero, que la corrompe y la inunda del espíritu del mundo.

Esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia Católica, sino a la nueva iglesia que Bergoglio y compañía está levantando en el Vaticano. Es una Jerarquía excomulgada automáticamente por seguir a un hereje dentro de la Iglesia.

La base de esta nueva iglesia de Bergoglio es la corrupción de la verdad (= la herejía), la infidelidad a la gracia (= el amor a la obra del pecado) y la traición a Cristo en Su Palabra (= el culto a la mente y a la voluntad del hombre). Una iglesia llena de herejías, servidora de los poderes del mundo, en la cual los pastores se convierten en un gran obstáculo para el pueblo. Por eso, ya no es posible la obediencia de los fieles a ninguna Jerarquía.

Los sacerdotes, Obispos y Cardenales no están más en condición de conducir a las almas a la salvación eterna. Se han transformado en cómplices del pecado: aplauden, justifican, exaltan a cualquier hombre del mundo que viva en su pecado. Ya no combaten la blasfemia contra Dios que continuamente se ve en las palabras y en las obras de la gente del mundo. Ahora, ellos mismos se desviven por esos hombres, y se agachan para recibir las migajas corrompidas que caen de las mesas de esos personajes mundanos. Y su vida de pecado es lo que predican en sus homilías y hacen partícipes a todos en la Iglesia.

La falta de fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la causa de todo el mal que hay en el planeta tierra.

Los hombres ya no esperan a Cristo, ya no viven para Cristo, ya no son de Cristo. Y quien no cree en Jesucristo está perdido para la vida eterna. Quien no se abra a la Palabra de Dios poniendo su mente humana a un lado, queda colgado de su herejía, de su error, de su duda, de sus temores, de sus miedos, y sólo obra en contra de la Voluntad de Dios.

La Iglesia seguirá a la deriva y se verán más cosas que van a clamar al cielo. Es tiempo de lucha, de permanecer bajo la bandera de Cristo. Pero hay que saber estar en el bando de Cristo, comulgando con el verdadero Papa Benedicto XVI.

Hay que elegir una bandera: o la de Cristo o la del Anticristo. Quien está con Cristo no está con Bergoglio. Quien está con el Anticristo no está con el Papa Benedicto XVI.

Muchos quieren estar con los dos. Y no es posible: si tienes a Bergoglio como tu papa, no tienes a Benedicto XVI como papa, no estás en la Iglesia Católica, sino que estás en la nueva iglesia que ese hombre está levantando.

Muchos, todavía, no comprenden esto. Y esto es esencial para la vida eterna.

Bergoglio no tiene intención de convertirse ni tiene intención de ser un sacerdote a imitación de Cristo. No es un Obispo que continúe y transmita la enseñanza de los Apóstoles. Está excomulgado. Y, con él, todos los que lo sigan y lo obedezcan en la Iglesia Católica.

Can. 1364 § 1: «El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latae sententiae». “Latae sententia”, automáticamente, por el solo hecho de transgredir una ley se incurre, sin más, sin una declaración oficial, en la pena de excomunión.

En la Iglesia, el alma se salva o se condena porque sigue o no sigue al papa. Tener claro quién es el Papa de la Iglesia Católica es una verdad de fe, es materia de fe, es predicar el Evangelio de Cristo, es indicar el camino de salvación para las almas.

Quien todavía ande confundido en torno al dogma del papado, no podrá salvarse por más que comulgue o se confiese semanalmente.

Tener como papa a Bergoglio es ir en el camino de la condenación. Combatir a Bergoglio, defendiendo al Papa Benedicto XVI, es permanecer en la verdad del papado. Quien combata a Bergoglio, pero no comulgue con el Papa Benedicto XVI, sigue el mismo camino que conduce al infierno.

Sólo la verdad libera, salva al alma. La mentira, condena, ata, esclaviza, manipula la mente del hombre y la oscurece para ver el camino y la obra de la verdad.

asimilate

Manipulación de las mentes de los catolicos

“El Magisterio Sagrado, en lo concerniente, a fe y a costumbres, debe ser para cualquier teólogo la norma próxima y universal de la verdad, como que a este Sagrado Magisterio Nuestro Señor Jesucristo confió todo el depósito de la fe a saber la Sagrada Escritura y la tradición divina para custodiarlo y defenderlo e interpretarlo… Juntamente con estas fuentes sagradas Dios dio a su Iglesia el Magisterio vivo, a fin de iluminar y explicar incluso aquella doctrina que está contenida en el depósito de la fe solamente de un modo velado y como implícitamente. Este depósito en verdad no se lo confió el divino Redentor ni a cada uno de los cristianos ni a los teólogos mismos a fin de ser interpretado auténticamente, sino solamente al Magisterio de la Iglesia” (Encíclica “Humani generis” el mismo Pío XII –   AAS 42 (1950) 567-569).

Pío XII ensalza extraordinariamente la autenticidad y la autoridad del Magisterio de la Iglesia. Y este Magisterio es de la Iglesia, no del Papa, ni de los Obispos, ni de los teólogos, ni de los fieles. Es un Magisterio vivo. Este Magisterio es Cristo mismo dado a la Iglesia, en la Eucaristía, en los Santos, en los Profetas, para «custodiarlo y defenderlo e interpretarlo».

Siguen siendo muchos los católicos necios (= aquellos que no tienen sabiduría divina) y estúpidos (= aquellos que carecen de sabiduría humana), que llaman a Bergoglio como su papa y esperan de él un camino verdadero en la Iglesia. Están siendo manipulados.

Muchos no quieren darse por enterado que no existe el Papado en Roma. Allí sólo hay un conjunto de hombres -un gobierno cismático- que están colocando las bases para su nueva iglesia, que no tiene nada que ver con la Iglesia Católica.

El Papa de la Iglesia Católica, pese a quien pese, lo entiendan o no lo entiendan, es Benedicto XVI hasta su muerte. Él no puede gobernar la Iglesia porque su gobierno ha sido usurpado. Sin embargo, el poder divino, el Primado de Jurisdicción, permanece en él porque ha sido elegido Papa por el Espíritu Santo.

Esta verdad absoluta sigue escociendo a mucha Jerarquía en la Iglesia: no la aceptan. Y no la van a aceptar hasta que no vean correr la sangre en sus parroquias y en Roma.

A Benedicto XVI se le debe obediencia y comunión espiritual. Obediencia, porque a pesar de que su gobierno no sea visible, ha dejado -como cabeza de la Iglesia- la verdad en la Iglesia, que todos tienen que seguir. Y comunión espiritual con él: para poder tener el poder divino -que sólo puede dimanar de él- y así ejercerlo en la Iglesia.

Sin el poder divino, la Jerarquía no puede mandar, ni enseñar, ni mostrar a los fieles el camino de salvación y de santificación en la Iglesia. Y esto se comprueba cada día en las parroquias, en donde los sacerdotes están atacando todo lo que huela a católico para imponer a los fieles la mente de Bergoglio. Una Jerarquía que no habla claramente la verdad a sus fieles, los manipula de muchas maneras. No tienen el poder divino porque obedecen y comulgan con un hereje en la Iglesia. Se hacen déspotas y arrogantes con su poder humano.

Benedicto XVI fue obligado a renunciar, y debe callar ante la situación claramente desastrosa que se contempla en el Vaticano.

Bergoglio es el mayor desastre de todos para la Iglesia: un desastre sin precedentes.

Un hombre que no cree en el Magisterio auténtico de la Iglesia, que no puede dar testimonio de la Verdad, y que hace todo lo posible para destruir los fundamentos de la Iglesia Católica:

«El fundamentalismo es una enfermedad que existe en todas las religiones. Nosotros los católicos tenemos algunos (muchos), que creen que tienen la verdad absoluta y siguen adelante ensuciando a los demás con la calumnia, la difamación, y hacen daño. Esto lo digo porque es mi Iglesia. Hay que combatir el fundamentalismo religioso».

En estas palabras, Bergoglio niega a Cristo y se declara él mismo dios.

Él miente: «nosotros, los católicos». Él quiere decir: «nosotros, los masones, tenemos gente católica que creen tener la verdad absoluta…».

Bergoglio está trabajando para hacer que los católicos pierdan su fe católica, y se ajusten a los nuevos cambios, a la nueva doctrina, al nuevo credo, que él ya ha predicado y que no para de hacerle publicidad. Por eso, dice: «Esto lo digo porque es mi Iglesia». En su nueva iglesia no quiere gente que siga la verdad absoluta. No quiere maestros que enseñen la Palabra de Dios. Sólo quiere títeres de su pensamiento humano, gente que se deje manipular por sus ideas masónicas.

Dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí».

Para el verdadero católico, la Verdad Absoluta es Cristo. La Verdad Absoluta es una Persona Divina.

Bergoglio no cree en Jesús como Dios. Sólo lo ve como un hombre cualquiera. Y, por eso, a los que abrazan a Cristo como Verdad Absoluta los llama, este engendro del demonio, como fundamentalistas. Sus palabras son clarísimas. Sin embargo, habrá muchos -católicos necios y estúpidos- que buscarán lo de siempre: una razón para decir que Bergoglio no quiso decir eso, sino otra cosa.

Aquel que no comulga con Cristo, que «es Dios con nosotros», se hace él mismo dios para el hombre.

Bergoglio es el ídolo, el dios de la nueva iglesia, que están levantando en Roma y en todas las parroquias. Sus palabras babosas, su inteligencia nefasta, su ideología marxista y su pensamiento masónico son las claves de esta nueva iglesia.

Bergoglio es sólo un hombre sin verdad, es decir, un hombre lleno de todas las mentiras (= todas las herejías) que se pueden concebir con la mente humana. Él continuamente está rodeando la verdad para poder manifestar su mentira, su idea errónea, falsa, engañosa, relativista, modernista. Bergoglio se sabe el dogma, sabe lo que la Iglesia enseña, pero no la sigue. Ni la puede seguir. No es un tonto, pero sí es un idiota.

Idiota es la persona que se mete en su mente, y da vueltas a sus ideas, y es incapaz de salir de ella y de sus ideas. El idiota fabrica su propia realidad, su propio mundo, su propia iglesia, su propia religiosidad y espiritualidad.

Para estas personas la única fuente y criterio de la verdad religiosa y humana es la propia conciencia.

Bergoglio sólo predica la conciencia autónoma: «Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal, y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo».

Es decir, él sólo habla y predica su mentira, la que ha concebido en su mente. Lo que él piensa que es bueno y malo, eso es lo que impone en su gobierno en la Iglesia. Esto es hacerse dios: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Porque el bien y el mal es lo que Dios revela al hombre, lo que Dios manda al hombre, no lo que el hombre piensa en su mente. Todo hombre tiene que salir de su mente, sometiéndose a la Mente de Dios, para poder conocer el bien y el mal.

La gente que tiene a Bergoglio como a su papa lo sigue como un dios. Es el nuevo dios, el nuevo ídolo de la gente. Por lo tanto, ellos han quedado ciegos para descubrir la verdad. No pueden ver lo que es Bergoglio. Es, para ellos, como un enamoramiento ciego, que sólo se puede romper con una violencia, con algo que saque a la persona de esa atracción fatal.

Bergoglio, al seguir su conciencia autónoma, tiene que destruir necesariamente el papado en la Iglesia. Por eso, es el gran déspota que rige a los suyos sólo con lo que concibe en su mente. En otras palabras, quien siga a Bergoglio es y quiere ser manipulado por él, se deja manipular por él. Bergoglio es un ciego que guía a otros ciegos, que manipula mentalmente a los católicos que han despreciado la verdad absoluta en la Iglesia Católica.

Bergoglio, gran modernista, menosprecia, no sólo la verdadera teología, sino el Magisterio mismo de la Iglesia. Este Magisterio es, para este hombre, impedimento del progreso humano y óbice injusto, que le frena para poder hacer sus innovaciones en la doctrina y disciplina de la Iglesia.

Por eso, desde que usurpó el gobierno de la Iglesia está atacando la doctrina de Cristo -con sus palabras babosas, con sus falsas encíclicas y escritos, con su lenguaje doble y malintencionado- y persiguiendo – principalmente, de manera oculta – a los verdaderos católicos fieles a la verdad absoluta.

Por eso, los verdaderos católicos, viendo el desastre que viene de Roma, sólo les queda una cosa: permanecer en la Verdad Absoluta. Defender a Cristo, que es defender el Magisterio autentico e infalible de la Iglesia. Y sólo así pueden seguir construyendo la Iglesia Católica en estos momentos de usurpación.

La Iglesia Católica no puede apartarse nunca de la Verdad Revelada, de la verdadera fe, porque Su Cabeza es la Verdad y rige a Su Iglesia con el Espíritu de la Verdad.

«Jesucristo ilumina a su Iglesia Universal… Viniendo de Dios como Maestro a fin de dar testimonio de la verdad (San Juan 3,2; 18,37), iluminó con su luz la primitiva Iglesia de los Apóstoles de tal forma que el Príncipe de los Apóstoles exclamó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (San Juan 6,68); Desde el cielo estuvo tan presente en los Evangelistas que ejecutaron como miembros de Jesucristo lo que conocieron como al dictado de la Cabeza. Y también hoy es para nosotros, que estamos en este exilio de la tierra, el autor de la fe, así como será el que la lleve a término en la Patria del Cielo. Él mismo es el que infunde en los fieles la luz de la fe; Él mismo es el que enriquece por obra de su poder divino con los dones celestiales de ciencia, de entendimiento y de sabiduría a los Pastores y a los Doctores, y sobre todo a su Vicario en la tierra, a fin de que custodien con fidelidad el tesoro de la fe, lo defiendan con denuedo y lo expliquen y lo confirmen piadosa y diligentemente; por último Él mismo es el que, aunque invisible, preside y brilla vivamente en los Concilios de la Iglesia» ( Pío XII Encíclica “Mystici Corporis” – AAS 35 (1943) 216).

¿A quién iremos al contemplar este desastre en el Papado de la Iglesia obrado por Bergoglio?

¿Qué hacer cuando se vive en todas las parroquias una gran desolación?

Hay que permanecer con Cristo: en la Verdad que es Él Mismo.

Cristo es el autor de la fe y el que la lleva a su término. Hay que estar unidos a Cristo, como el sarmiento a la vid. Unidos en la verdad por la gracia divina. Y aquel que no quiera la gracia, tampoco se le puede dar la verdad ni se hace comunión con él.

Por eso, la Iglesia Católica se hace remanente: es de muy pocos. Son pocos los que se han atrevido a dar testimonio de la Verdad en este tiempo de usurpación. Son pocos los que siguen a Cristo dentro de la Iglesia y no tienen miedo de hablar claramente. Muchos, que comulgan a diario, que se confiesan cada ocho días, están siguiendo a un falso cristo, a un falso papa, y pertenecen ya a una falsa iglesia.

Lo que la mayoría de la Jerarquía y fieles están derribando en la Iglesia, por seguir manteniendo a ese impostor en la cabeza de la Iglesia, por darle una obediencia que no tiene ni puede merecer -por sus claras herejías y su gobierno cismático-, el católico fiel tiene que seguir levantando, defendiendo la fe católica, que supone atacar a Bergoglio y a toda la Jerarquía, junto con los fieles, que lo siguen de alguna manera.

Poca es la Jerarquía que enseña a atacar a Bergoglio. Y esta es la única verdad que hay que seguir en la Iglesia actualmente. Atacar al hereje. Hacer apología, que es lo que muchos han olvidado. La lucha de la Iglesia es contra todo aquel que niega la verdad absoluta. No se puede hacer amistad con un hereje.

Quien comulga con el Papa verdadero, Benedicto XVI, no comulga con el falso papa, Francisco-Bergoglio, sino que lo ataca sin ninguna clase de misericordia.

No hay misericordia, no hay compasión, para aquella alma que vive en su pecado y que ha hecho -de esa vida de pecado- su proyecto en su vida humana. Sólo hay justicia con ella. Amor que hace justicia. Amor que da a esa alma lo que ella busca en su vida.

Si Bergoglio quiere seguir viviendo en sus herejías, obrando su protestantismo, haciendo que los hombres sean formados en el espíritu masónico en la Iglesia, que continúe así, pero no hay -con él- ni obediencia ni comunión en la Iglesia. Esto es lo justo, lo recto, la verdad que hay que obrar con Bergoglio. Es la única manera de amar a ese hombre, que es enemigo público de Cristo y de toda la Iglesia Católica.

Bergoglio es un pecador público, que ha hecho de su pecado el gran negocio de su vida.

Por eso, Bergoglio tiene que ser mirado como una persona apestosa, leprosa, con la cual existe un impedimento para hacer comunidad con él, iglesia con él. Si no se contempla de esta manera a este engendro del demonio, el alma está en el juego del lenguaje, de los sentimientos, de las palabras, de las ideas, de la doctrina masónica que dimana de él y de toda la Jerarquía que lo aplaude, que lo ensalza como a su dios.

Para el verdadero católico no existe el año de la misericordia, sino el tiempo de la Justicia. Que nadie los engañe en este falso año santo. La falsa iglesia sigue haciendo sus prosélitos: atacando la verdad católica para que los fieles vivan una impostura.

La nueva iglesia de Bergoglio encarna una privación de la libertad espiritual del ser humano (sujetados al espíritu masónico), una esclavitud brutal, criminal y explotadora de la conciencia humana (sólo es bueno y malo lo que la ley humana promulga), una dependencia total a los intereses humanos de una élite oculta, una falta de fuerza de voluntad que imposibilita obrar lo que Dios quiere (cauce para hacer sólo la voluntad del hombre), y un camino al fanatismo, a la enfermedad mental, a la obsesión y posesión demoníaca, y a la absoluta idiotez en las personas.

Que nadie los engañe:

«… la hora de la gran prueba ya ha llegado… Ya está próximo el momento de la Justicia Divina y de la gran Misericordia… se prepara a escondidas un verdadero cisma que pronto podrá llegar a ser abierto y proclamado. Entonces, quedará solamente un pequeño Resto Fiel que Yo guardaré en el jardín de Mi Corazón Inmaculado… Iluminad la tierra en estos tiempos de gran oscuridad. Haced bajar sobre el mundo los rayos de luz de vuestra fe, de vuestra santidad, de vuestro amor. Habéis sido escogidos para combatir contra la fuerza de aquél que se opone a Cristo, para conseguir, al final, Mi Mayor Victoria» (P. Gobbi – La hora de la gran prueba – 15 noviembre 1990).

Bergoglio: el gran déspota

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«Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt, 19, 6).

Lo que Dios ha unido que no lo separe Bergoglio, ni ningún obispo, ni ningún sacerdote y, mucho menos, un laico.

Porque es Dios quien ha hablado, quien ha revelado su Mente. Y cualquier hombre que no se someta a la Mente de Dios no puede encontrar el camino de salvación para su alma, y vive sólo para la idea que concibe en su mente humana.

Los bautizados, los cuales se han divorciado y se han vuelto a casar por lo civil, viven en estado de pecado mortal habitual.

Este pecado les impide hacer muchas cosas en la Iglesia, porque son miembros muertos. No son miembros vivos y, por lo tanto, no tienen que estar más integrados en las parroquias o comunidades, porque la Iglesia se construye con la vida de la gracia, no con una vida de pecado.

Quien esté en pecado en la Iglesia sabe cuál es el camino para quitar su pecado: arrepentimiento,  confesión sacramental y penitencia por sus pecados.

Los divorciados vueltos a casar no pueden confesarse porque tienen un óbice: su pecado mortal habitual, que no es sólo su lujuria, sino el de estar unidos a otra persona que no es su cónyuge a los ojos de Dios.

El matrimonio es una creación de Dios, no un invento de la mente, de los caprichos de los hombres.

Quien quiera casarse tiene que elegir en Dios la persona adecuada para poder obrar la Voluntad de Dios en su vida. Ante los ojos de Dios, no vale cualquier unión, aunque sea perfecta en lo humano.

Dios creó el matrimonio, y Dios puso el camino para que ese matrimonio tuviera validez a sus ojos.

Y, por eso:

«Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 6).

«En cuanto a los casados, les doy esta orden, que no es mía sino del Señor: que la mujer no se separe de su marido. Y si se ha separado de él, que no se vuelva a casar o que haga las paces con su marido. Y que tampoco el marido despida a su mujer» (1 Cor 7, 10-11).

Es una orden de Dios, un mandato divino.

Por lo tanto, todo Obispo y todo sacerdote tienen que enseñar este mandato de Dios a las almas.

La Jerarquía no tiene que acompañar a las personas, que viven en pecado mortal habitual, en un camino de discernimiento para ver si algún día pueden comulgar.

No es la misión de la Jerarquía ser juez de estas personas ni orientarlas hacia la comunión sacramental.

No se trata de que la jerarquía decida que los divorciados vueltos a casar están aptos para recibir los sacramentos.

La Jerarquía de la Iglesia no decide nada, sino que sólo da testimonio de la Palabra de Dios en la Iglesia.

Es misión de la Jerarquía predicar la verdad a estas personas, aconsejarlas en la verdad, para que luchen contra ese pecado mortal habitual, y ellos –no la Jerarquía- pongan el camino para erradicarlo de sus vidas.

Y hasta que ellos no se esfuercen por vivir como Dios quiere, no hay nada con ellos en la Iglesia, porque no se puede dar lo santo a los perros, a los que viven en pecado mortal habitual.

El Beato Juan Pablo II, Papa de la Misericordia, lo dejó muy claro en la Familiaris Consortio:

«La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

Ellos mismos son los que ponen el camino para que su forma de vida no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Ellos se esfuerzan por vivir practicando la virtud de la castidad que señala un arrepentimiento del pecado.

Si a la gente no se le enseña a practicar las virtudes cristianas, entonces la gente vive, cada uno, en el vicio que ha escogido para su vida.

Jorge Mario Bergoglio, en su falso motu proprio, con el cambio del derecho canónico, ha puesto la base legal para la obra del cisma en la Iglesia. Él ha actuado como déspota, hombre orgulloso que se pone por encima de Dios, hombre que gobierna y promulga leyes que anulan las leyes de Dios.

Bergoglio establece el adulterio como ley anulando matrimonios que, a los ojos de Dios, siguen siendo válidos.

Aquel matrimonio que, por las circunstancias propias, se separan, y se vuelven a casar con otro o con otra, ese segundo matrimonio no es válido ante Dios, sino que es un estado de adulterio habitual, en el cual la persona no se va a arrepentir de su pecado, porque ha anulado la ley de Dios.

Se ha puesto el camino, en la Iglesia, para que muchos fieles y la Jerarquía colaboren para que las leyes y mandatos de Dios sean abolidos por el mismo hombre.

Muchos van a obtener el divorcio express con esa reforma, y se van a volver a casar por la Iglesia, con el Sacramento del matrimonio. Ese segundo matrimonio, aunque los case Bergoglio, un cardenal, un obispo o un sacerdote, no lo aprueba Dios, porque no están cumpliendo su Ley. Y pecarán, y comulgarán en pecado, y se comerán y beberán su propia condenación.

La Iglesia se fundamenta en la Palabra de Dios, no en las palabras de los hombres que quieren acomodarse al gusto y a la vida del hombre y de su pecado.

La cuestión de los divorciados vueltos a casar no es un camino de discernimiento en la Iglesia ni una cuestión de foro interno entre el sacerdote y los cónyuges. Es una cuestión de cumplir con los mandamientos de la ley de Dios.

Las intenciones de Bergoglio son claras:

“El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad de la Iglesia y de las distintas sociedades en las que actúa, pero el intento es común y en lo que se refiere a la admisión de los divorciados a los sacramentos confirma que ese principio ha sido aceptado por el sínodo. Éste es el resultado de fondo, las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores, pero al final de trayectos más veloces o más lentos todos los divorciados que lo pidan serán admitidos” (“La Repubblica”, 28 de octubre).

Y no interesa que Lombardi, de nuevo, niegue la mente de Bergoglio:

“no es verosímil y no puede ser considerado como el pensamiento del Papa” (National Catholic Register, 2 de noviembre).

Es una mentira más que ni él mismo se la cree.

La mente del gran déspota es clara:

“El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad y de la Iglesia y de las distintas sociedad en las que actúa”.

En otras palabras:

“lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo -¡casi!- para el obispo de otro continente; lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Son sus mismas palabras, pronunciadas en su discurso de clausura del Sínodo, lo que dan la clave de la perversidad de su mente.

No entendemos a aquellos que dicen que ahora las expectativas están todas dirigidas hacia lo que dirá Bergoglio.

¿Qué expectativas tiene la Iglesia en la palabra y en las obras perversas de un hereje?

¿Cuál es el futuro de la Iglesia cuando un hereje la gobierna despóticamente?

Después de dos largos años de gobierno despótico en la Iglesia, ¿no saben cómo piensa Jorge Mario Bergoglio? ¿Todavía no conocen la profundidad de su pensamiento perverso en el mal? ¿Todavía tienen que esperar, con la boca abierta, como agua de mayo, lo que un traidor a Cristo y a Su Iglesia tiene que decir y decidir sobre la Mente de Dios?

¿Quién es Bergoglio para interpretar lo que Dios ha mandado a toda Su Iglesia?

¿Quién se cree que es ese hombre que sólo vive para proclamar su orgullo sentado en la Sede de Pedro?

Y los católicos que lo obedecen, ¿piensan salvarse y santificarse limpiando las babas, cada día, de un hereje, de un cismático y de un apóstata de la fe?

Jorge Mario Bergoglio está exponiendo la esencia de su nueva iglesia: la diversidad regional, el que los obispos locales tengan autoridad a nivel pastoral para resolver los problemas que sólo con los Sacramentos, en la ley de la gracia, se pueden resolver.

Jorge Mario Bergoglio expone una doctrina contraria a la fe católica, a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y, además, se pone por encima, no sólo de la ley de la gracia y de la ley divina, sino de la ley natural, de las exigencias mismas de la naturaleza humana en el matrimonio.

Lo que parece normal para un obispo de un continente tiene que ser normal –no extraño, ni un escándalo-  para el obispo de otro continente.

Y la razón es sencillísima: la Iglesia es una sola en todo el mundo. Una en la Verdad Revelada. No es una en la diversidad.

Y, por lo tanto, ningún obispo puede cambiar esa Verdad. No se pueden dar cambio de verdades de uno a otro continente. Todos los Obispos y sacerdotes de la Iglesia Católica tienen que pensar igual, tienen que obedecer la Verdad Revelada. No pueden cambiar la Palabra de Dios a su antojo, según su interpretación o por las circunstancias que se viven en un tiempo o en un lugar determinado.

Lo que Dios ha enseñado y establecido es para todos los hombres, así los hombres no lo conozcan o pretendan no conocerlo. La ley Eterna es para todos.

Bergoglio dice lo contrario:

“… lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra”.

Este déspota está diciendo que son las sociedades las que promulgan la ley. No es Dios quien impone su ley, quien marca el camino de la verdad. Esto significa ponerse por encima de la Autoridad Divina. Esto es crear una autoridad humana sin dependencia de la autoridad divina. Una autoridad despótica en cada diócesis.

Toda autoridad ha sido ordenada por Dios, para que tenga poder de aplicar la ley divina en sus gobiernos. La violación de un derecho en una sociedad es la violación de derecho en otra sociedad, porque el derecho proviene de Dios, no de los hombres, no de las sociedades. Y Dios ordena la autoridad humana para que ejerza el derecho divino y, por eso, son ministros de Dios para el bien, y ministros de Dios para castigo del que obra el mal.

Jorge Mario Bergoglio, al anular el derecho divino en la autoridad humana, está diciendo que las sociedades tienen que gobernarse sin ley divina, cada una como le parezca, según sus derechos humanos.

Esto es lo propio de su despotismo. Estas ideas son el fruto de su poder déspota, un poder que no se rige por el derecho divino, por la ley divina, por un gobierno divino. Su despotismo en el gobierno le viene de la herejía de la horizontalidad que ha establecido en el gobierno de la Iglesia. La Iglesia se gobierna vertical, no horizontalmente. Sólo en la verticalidad se encuentra la Autoridad Divina. En la horizontalidad, el hombre construye su propia autoridad humana, sin dependencia de la autoridad divina, que en la Iglesia se traduce por despotismo, absolutismo.

En consecuencia, el gobierno de Bergoglio no es ministro de Dios, ni para el bien ni para el mal. Y todos tienen el deber y la obligación de despreciarlo, porque se basa en una sola cosa:

“… lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Para Jorge Mario Bergoglio, es el hombre el que decide lo que es bueno y lo que es malo.

Este es el orgullo propio de Lucifer, que pone su mente por encima de la Mente Divina. Es la libertad de su razón, de su conciencia, lo que se proclama.

Cuando la razón del hombre no es libre, sino que ha sido creada por Dios para sujetarse a la Verdad que conoce. Ha sido creada para buscar la Verdad y permanecer en esa Verdad.

Nadie es libre, en su razón, para declarar una mentira como verdad. Porque la razón siempre ve la mentira como mentira, siempre llama a la mentira por su nombre.

El hombre es libre, en su voluntad, para ir en contra de lo que claramente ve su razón.

Es la voluntad de la persona, no su razón, no su conciencia, la que decide en la vida de cada hombre.

Todos estos herejes siempre están en lo mismo: la supremacía de la razón. El culto a la mente, a la idea del hombre. Su soberbia que les lleva a su orgullo. Y, por este culto, hacen el trabajo del falso profeta, que es engañar a los hombres, darles una mentira, un engaño, una falsedad para sus mentes, presentándola como verdad, para que elijan la mentira, la falsedad, en sus vidas.

Estas ideas de Jorge Mario Bergoglio significan que su nueva iglesia no es ya católica, universal, porque no se da una única enseñanza en todo el mundo, en todas las diócesis. No hay una sola verdad en la cual la persona deba fundamentar su vida. No hay una jerarquía fundamentada, anclada, en una idea inmutable, infalible.

Se divide la doctrina y, pastoralmente, se enseña cualquier cosa, según la mente del obispo o sacerdote de turno. La práctica pastoral ya no está apoyada en la verdad, ya no existe para ayudar a vivir las verdades de la fe. Es una pastoral cambiante, que anula la doctrina, y que enseña el error y la confusión en la misma práctica pastoral: se practica la mentira apoyado sólo por la razón, por la idea que alguien ha concebido en su mente, por la idea a la cual se llega fruto de una diálogo de besugos.

Es su frase:

“…las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores”.

Los confesores sólo juzgan el pecado y al pecador. No pueden juzgar a una persona que vive en pecado mortal habitual, y que no muestra ningún arrepentimiento ni deseo de salir de su pecado.

Jorge Mario Bergoglio pone su falsa jerarquía: la que decide, caso por caso, si pueden o no recibir los sacramentos. Es una jerarquía propia de Lucifer: sin ley, sin gobierno, sin verdad. Es una jerarquía ebria en el orgullo y en el poder humano, que reciben de un déspota, para sellar las almas y entregárselas al demonio.

Si el matrimonio es indisoluble, entonces no hay manera, no hay camino, no hay una razón pastoral que enseñe que el divorciado, vuelto a casar, esté preparado para recibir los sacramentos. No existe esta razón pastoral. Si se da es porque la persona se pone por encima de la doctrina verdadera e impone su doctrina perversa a las almas. Impone dos cosas: su herejía y su cisma. Y esta imposición lleva a la obra de la apostasía de la fe.

Claramente, todo esto lleva a la pérdida de una sola fe, al desprecio de todos los Sacramentos, lo cual significa despreciar la vida de Dios en el hombre, en el actuar humano, en las sociedades humanas.

Los hombres se apartan de Dios por estar siguiendo a los hombres, a sus mentes, a sus ideas, a sus importantísimas razones.

Todo el problema de la Iglesia actual es tener a un déspota como su papa. Este es el descalabro de muchos católicos.

El problema no viene de antes, de un Concilio. El problema comienza con Jorge Mario Bergoglio. Esto es lo que muchos no han comprendido. Y empiezan a juzgar el Concilio y a todos los papas, los cuales los llaman “conciliares”. Ya no los llaman católicos. Los juzgan y condenan; de esa manera, juzgan y condenan a toda la Iglesia. Y ellos quedan como los justos y santos, los que son de la Iglesia verdadera.

Muchos ponen la ruptura en el Concilio. Y se equivocan. La ruptura comienza con Jorge Mario Bergoglio, con su gobierno horizontal. Esta es la clave. Este es el cisma que trae la herejía de la horizontalidad.

El problema de la Iglesia no está en el Concilio Vaticano II. Ese Concilio trajo discordia, desunión y la pérdida de muchas almas. Pero el problema estuvo en los Obispos, no en el Concilio mismo. Obispos que fueron engañados en la búsqueda de una paz y una fraternidad, que no se puede dar entre los hombres si no viven como hijos de Dios, en estado de gracia.

Muchos Obispos han trabajado, desde ese momento, bajo las órdenes de Satanás en la Iglesia, poniendo en marcha la formación de una estructura de iglesia mundial, que no es la Iglesia Católica. Y eso lo han hecho en sus mismas diócesis, en el mismo Vaticano. Eso lo han hecho en franca rebeldía y desobediencia a todos los papas reinantes.

Jorge Mario Bergoglio no podría estar haciendo lo que hace en la Iglesia sin el consentimiento de todos esos Obispos y Cardenales que han trabajado durante años para consolidar la nueva iglesia. Son muy pocos los Obispos y sacerdotes fieles a Cristo y a la Iglesia. Ya en el tiempo del pontificado de Benedicto XVI muchísimos Cardenales católicos se opusieron abiertamente a sus enseñanzas «promoviendo formas de contra-formación y de sistemático magisterio paralelo guiados por muchos antipapas» (Monseñor Giampolo)

Con el Concilio Vaticano II se abrieron las puertas a toda clase de herejes, produciendo que la fe se contaminara en muchos corazones. E hizo que la Jerarquía viviera en un sopor, en un sueño del cual muchos no han despertado todavía.

No se puede comprometer la fe católica con los enemigos de Dios, de esa fe. Ningún católico se puede asociar con los enemigos de Dios, con aquellos hombres que viven sin ley, que gobiernan sin ley, que su única verdad es su mente humana, lo que conciben en ella.

Ningún católico se puede unir a un ateo, a un musulmán, a un judío, a cualquiera que viva en su herejía, o en su cisma, o en su vida de apostasía.

Por eso, no entendemos a los católicos que tienen a Bergoglio como su papa. ¿Cómo pueden comprometer su fe católica siguiendo y obedeciendo a un hombre que está destruyendo la fe católica?

Esto que vemos en la Iglesia es fruto del Concilio, que comenzó con buenas intenciones, pero que fue pervertido por la mente de muchos Obispos, que fueron instrumentos de Satanás, para implantar en la Iglesia una nueva norma de moralidad, la propia de la masonería.

No se puede convertir al enemigo de Dios, al pecador, bajando las normas, ocultando las leyes, pavimentando un camino lleno de ambigüedades.

La fe inamovible no puede cambiar, no se puede substituir por otra cosa. Se cambian las cosas para llevar al hombre a Dios. Pero no se cambian las cosas para quitar al hombre de Dios y entregárselo a Lucifer.

Después del Concilio, toda la Iglesia fue engañada por todos aquellos Obispos y sacerdotes, agentes de Satanás, siervos del demonio, que han sembrado en las almas las semillas de la propia destrucción de la Iglesia.

Quien está destruyendo la Iglesia, actualmente, son los Obispos, los Sacerdotes, los fieles que siguen a un déspota como su papa. No es el resultado de un Sínodo. No es el fruto de un Concilio. Es cada persona que se ha entregado al mal y que lo obra en la Iglesia.

El mal camino en la Iglesia, la apostasía de la fe, ya se inició con el Concilio. Y eso ha llevado a contemplar un mundo en el cual la humanidad se ha ido difamando a sí misma y revolcándose en toda clase de soberbias, lujurias y orgullo.

Pero, lo que hoy contemplamos es el inicio y el levantamiento de una nueva religión, que llama a gritos a una nueva sociedad, destruyendo la base de fe que está basada en la Tradición y en el conocimiento de los profetas. Destruyendo la doctrina católica. Haciendo caso omiso del magisterio infalible e inmutable de la Iglesia.

Estamos viendo una religión y una Iglesia que no es la de Cristo Jesús, que no tiene su misma  verdadera base.

¿Dónde está el fundamento de Pedro en la iglesia de Bergoglio si está gobernando  con la horizontalidad? ¿Dónde está la base de la verticalidad del papado en el falso pontificado de Bergoglio?

No está, ni puede estar, porque es una nueva iglesia, en donde se toma el Cuerpo de Cristo y se difama, ya no se da el conocimiento de su Divinidad. Ya Jesús no es el Dios que está con el hombre en la Eucaristía. Sino que es un hombre más, que camina con los hombres, y que los apoya en toda su vida de perversión y de pecado.

En esta nueva iglesia se va en busca de un gobierno sin ley, un gobierno de déspotas. Cada uno, en su diócesis, gobierna según sus luces, según sus inteligencias, según sus criterios humanos.

Y estos jerarcas déspotas se unirán a los gobiernos déspotas del mundo para levantar el nuevo orden mundial. Es en la diversidad cómo se establece la unión entre los hombres que sólo buscan destruir, atacar, perseguir, la Verdad Revelada.

El hombre que busca emplear sus propias desviaciones para promover una paz y una fraternidad que sólo existen en su mente humana, no en la realidad de la vida, trae al propio hombre la guerra, la destrucción, la aniquilación de toda verdad. No puede haber paz sin Fe, sin que el hombre se sujete, obedezca una verdad absoluta.

Muchos han tergiversado los mensajes y las declaraciones dados en el Concilio y los han acomodado a ellos mismos, interpretando todas las cosas para su propia conveniencia.

Han sido muy pocos los que ha sabido leer ese Concilio y ponerlo en el lugar teológico que corresponde. El Concilio no hace daño para aquella alma que tiene las ideas claras de lo que es su fe católica. Pero el Concilio hace un daño gravísimo a aquellas almas que no saben razonar su fe en la Iglesia.

Ya lo dijo el Papa Benedicto XVI:

«Ciertamente los resultados [del Concilio Vaticano II] parecen estar cruelmente opuestos a las expectaciones de todos… Yo estoy repitiendo lo que dije hace diez años después de la conclusión del trabajo: Es incontrovertible que este período definitivamente ha sido desfavorable para la Iglesia»  (Joseph Cardenal Ratzinger, L’Osservatore Romano, Edición en Inglés, 24 de Diciembre, 1984).

El Concilio trajo a la Iglesia los errores del humanismo y del modernismo, que se metieron en la mente y en el corazón de la Alta Jerarquía, la cual anda en el camino de la perdición y llevando consigo muchos almas.

Cardenales, Obispos y fieles llevan 50 años distorsionando la doctrina de Cristo, el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ocultando la verdad, persiguiendo a los que viven la verdad. Son ellos, no es el Concilio. Son ellos que son movidos por un Espíritu que no es el de Cristo, sino el del Anticristo.

Y es ahora cuando a los buenos se les empieza a llamar los malos.

Es ahora cuando los malos son alabados por todo el mundo católico y son tenidos como redentores del mundo.

¿No es, acaso, eso Jorge Mario Bergoglio para muchos que se llaman católicos y para toda la gente del mundo? ¿No se ha convertido en el redentor del mundo para ellos? ¿No está, Jorge Mario Bergoglio, siendo glorificado constantemente por los hombres?

Por eso, no es fácil permanecer en el camino de la Iglesia, que es un camino angosto. Muchos renuncian a la verdad en sus ministerios para ir detrás de un déspota como su papa. Y saben que es un dictador de mentiras. Saben lo que está realmente haciendo en su gobierno de máscaras.

Lo que Jorge Mario Bergoglio está manifestando es que él se pone por encima de toda ley divina, y obra un cisma en la propia Iglesia, como jefe sentado en la Sede de Pedro. Y esto es gravísimo. Esto es la perdición de muchas almas en la Iglesia.

La Iglesia Católica no está en Jorge Mario Bergoglio, sino en el Papa Benedicto XVI. Ahí, en él, permanece la verdad de lo que es la religión católica. Y todo fiel, en la Iglesia, debe comulgar con el Papa si quiere salvarse y santificarse. Esa comunión es hasta la muerte del Papa. Una vez que el Papa muera, los fieles que permanezcan en la verdad ya no estarán obligados a obedecer a ninguna jerarquía, sino que formarán la Iglesia Remanente, la que permanece en la Verdad, esperando que el Cielo ponga su papa.

Bergoglio es el falso papa de una falsa iglesia.

¡Cómo cuesta entender esto a muchos católicos!

¡Esta verdad no es compartida por la Jerarquía! ¡Ni siquiera por las más fiel, por la más tradicional!

Eso es señal de que el gobierno despótico de Bergoglio está haciendo su trabajo en las mentes de los Cardenales, de los Obispos y de los sacerdotes.

Él está levantando su nueva jerarquía.

Y esto es abominable, porque supone que el mal está adquiriendo la perfección que necesita para instalar al Anticristo en la Iglesia y en el mundo.

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