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Es Cristo Crucificado el signo de la Misericordia

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Todos van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana.

Es el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación del mismo hombre.

Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con un gobierno mundial.

Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.

Para esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la falsa iglesia en Roma.

Y la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero, ¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la Iglesia y de las almas.

Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.

La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.

Pero, se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un cristo que no es el del Evangelio.

El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo humano.

Es la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz, en el Hijo que muere clavado en la Cruz.

Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.

Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).

Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.

El amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje, consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole material, no espiritual.

Dios se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).

En la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona, que sólo está reservado a Él.

Pero, esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural. Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.

Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.

Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.

Para ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.

Esto es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.

Y oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la Voluntad de Dios.

Dios no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.

Dios pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace, para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia. Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es nuestro amigo.

Pero, a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos días.

«…el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en profundidad  los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres», no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío, inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y, por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!

Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.

Ellos muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias sociales y a predicar los derechos humanos.

Y enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así, cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo espera…».

Palabas propias de un demente.

¡Gran locura es lo que se dice aquí!

Se niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos. Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al Anticristo, pero predican su doctrina.

Es lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno, idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha, con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les corrige sus maldades.

Por eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda su descendencia.

Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.

¡Qué gran blasfemia!

Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.

Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.

Los ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios quería para el hombre.

Los ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en Roma.

Todo hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.

Hay que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve: en Su Padre.

Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple, que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del pensamiento humano.

Sé libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su negocio en la Iglesia.

Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.

¿No ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala, reconociendo en ella una figura de fe?

«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).

¿Cómo una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.

Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe, no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta, cosa que nunca va a hacer Bergoglio.

La religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana. Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia para con Dios.

Toda religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural. Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada. No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.

Los luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.

La división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para conseguir su gran negocio.

La religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la creación.

Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.

Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.

El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.

Por eso, Dios crea a la mujer.

Y la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.

Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne. Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza humana.

Una mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia funciona cuando gobierna el varón.

Pero, hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y, entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el papel que Dios quiere en toda mujer.

Dios crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que Dios ha querido al crear al varón.

Dios crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.

Dios crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre, para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.

Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.

El hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido natural.

Después, está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a la natural, a la carnal.

Adán, con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.

El pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la generación, sino sólo por la gracia.

En aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos anticonceptivos, se va  en contra de la misma religión natural. Dios castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.

Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.

La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.

En aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la mujer.

¿Qué relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida? Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de vivir naturalmente en relación con Dios.

En aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.

Se busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación. Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre. Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la nueva religión y tener un medio para vivir la vida.

Aquellos que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del Anticristo.

No tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás, se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.

Ley, Gracia y Espíritu

laobradeunnecio

«personas que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo comprenda que el cristianismo es la religión del amor» (Juan Pablo II – Mensaje para la conmemoración de la consagración de la humanidad al Sagrado Corazón).

El Corazón de Jesús es el corazón de la Iglesia: para ser Iglesia, hay que ser Cristo; es decir, tener su misma Mente Divina, hacer sus mismas Obras Divinas.

No se puede ser Iglesia buscando una nueva forma de lenguaje humano, haciendo de la Palabra de Dios la obra de la historia, el paso del tiempo, la evolución del pensamiento humano.

El Evangelio no es el pensamiento de una época en la historia de los hombres: es la Palabra de Dios inspirada en almas dóciles a la Voluntad de Dios. Inspiración que no pasa nunca, que es siempre camino para todo hombre. Inspiración divina que es ley para el hombre.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre y por los siglos» (Hb 13, 8), porque es una Persona Divina, que no cambia en el tiempo, que permanece siempre siendo la misma. Y lo que Jesús enseñó a Sus Apóstoles es su misma Mente Divina. Y la Mente de Dios no pide interpretación de los hombres, no se somete ni a la filosofía ni a la teología del hombre, no depende ni del análisis ni de la síntesis humana. La Mente de Dios no puede ser expresada con el lenguaje humano: no existe una forma humana del lenguaje para alcanzar la Mente de Dios. Es Dios mismo el que habla su lenguaje divino acomodado a los hombres.

Cuando Dios habla, el hombre tiene que callar en su entendimiento humano para poder comprender lo que Dios dice. Callar es obedecer a Dios que, cuando habla, nunca miente. Callar es someterse a la Autoridad de Dios, que tiene Poder para obrar lo que dice. Callar es hacer de la vida humana un instrumento para la obra de Dios.

Jesús es una doctrina viva: no es conjunto de ideas, de normas, de satisfacciones humanas.

Quien ama a Jesús ama su doctrina: no existe un Jesús sin su doctrina, sin su Mente Divina. Jesús no es una persona humana, sino divina. No se puede predicar a Jesús y hablar para entretener a la masa.

Hoy, gran parte de la Jerarquía, predica un Jesús sin doctrina. Predica fábulas, cuentecillos, cosas que entretienen a los hombres: «No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas» (Hb 13, 9).

La gente busca a esa Jerarquía, la gente aplaude las herejías de Bergoglio porque está ávida de un pensamiento humano, pero no de la Verdad. No quieren seguir la Escritura, que es «divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena» (2 Tim 3, 16-17).

Toda esa Jerarquía vive al margen de las obras de Jesús, que son sólo divinas y por lo tanto, perfectas y sagradas. Viven en su humanismo, buscando el bien para los hombres, pero sin la gracia de Dios: son una Jerarquía «que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella» (2 Tim 3, 5), viven al margen de la vida misma de Jesús. Y hay que guardarse de toda esa Jerarquía, que gobierna a muchas almas sin la autoridad divina, porque han convertido su ministerio en una cueva de demonios: «resisten a la verdad como hombres de entendimiento corrompido, reprobados en la fe» (2 Tim 3, 8).

El Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: Cristo pone en Su Iglesia tres dones:

  1. Su Eucaristía;
  2. Su Madre;
  3. Su Cruz.

«¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el Sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?» (Pío XII – Haurietis aquas, n. 20).

Son tres dones, unidos entre sí, que no se pueden separar. Sin la Cruz, no hay Eucaristía ni es posible tener una Madre Divina en la tierra.

Es imprescindible participar en el Misterio de la Redención, en la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, en donde el demonio es el rey.

Jesús viene para mostrar un camino a los hombres: Su Cruz. Un camino en la ley Eterna, que se rige – en todo- por la ley natural, por la ley divina, por la ley de la gracia y por la ley del Espíritu.

Es un camino que crucifica la voluntad de los hombres, que está sujeta al pecado. Sólo atándose el hombre al orden que Dios ha puesto, tanto en su naturaleza humana como en la Creación, tanto en la Iglesia como en el mundo, los hombres pueden conocer la Verdad y vivir de acuerdo a ese conocimiento divino.

Si el hombre no se ata a la ley de Dios, a una norma de moralidad, que nunca cambia, entonces la vida del hombre carece de sentido divino. Y sólo posee el sentido que cada hombre quiera darle con su inteligencia humana. Hoy el hombre vive asomado a su mente humana: y sólo dentro de ella mora y vive, sin posibilidad de salir de ella. Y la razón: no se crucifica; no pone dolor en su vida: no expía sus pecados. Vive para sí mismo.

El Camino es la Cruz y, por eso, hay que morir a todo lo humano: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Este es el amor al que Cristo llama a todos los hombres: un amor victimal; un amor de sacrificio; un amor divino.

No quieras amar a tus hijos si no te sacrificas por ellos; no quieras amar a tu cónyuge si no vives para llevarlo al cielo; no quieras amar a Cristo sin Su Cruz, sin Sus llagas, sin Su Sangre, sin Sus Dolores místicos.

Hoy la gente sólo quiere consuelos para su vida humana y espiritual, pero se ha olvidado de amar la Cruz de Cristo.

Amarse a sí mismo es crucificarse por amor a Cristo: nadie tiene amor más grande por sí mismo si no da su vida misma en oblación a Cristo. La vida es para Cristo, no para uno mismo.

Si el amor hacia sí mismo no tiene otra meta que uno mismo, entonces no merece la pena vivir. Cada hombre que mira su vida, su alma, su pensamiento, acaba detestándose: lo que encuentra no es vida, no tiene ningún valor, si Dios no se lo da, no se lo muestra.

Es necesario que el hombre dé la vida a Cristo: ofrezca su voluntad humana a Cristo. Es al único al que se puede ofrecer, porque Jesús es el Camino, la verdad y la Vida.

Por eso, lo primero para amar a Cristo es amar la ley: «Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). La mayor oblación del alma a Cristo no es morir como un mártir, sino dejar la propia voluntad humana, las propias leyes, la propia visión de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios, la ley que Dios ha revelado, y que ha puesto en las entrañas del ser humano.

Y si se guardan los mandamientos, entonces el hombre tiene la fuerza del Espíritu para obrar la verdad de su vida: «y Yo rogare al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16).

Cumplir la ley es tener en el corazón la Verdad, que el Espíritu enseña al alma. Sin el camino de la Cruz, sin crucificar la propia voluntad, el hombre no puede seguir al Espíritu de Cristo, que es el único que puede llevar al hombre, a su mente y a su corazón, a la plenitud de toda la Verdad.

Si no hay ley, si no hay amor a Cristo, no hay Espíritu, no hay Verdad. Y si el hombre no es capaz de obrar la Verdad en su vida, entonces su existencia es un continuo estar en el error, en la oscuridad, en la mentira, en la duda, en el temor, en la angustia, en la desesperación.

Para poder alcanzar este Amor, Jesús mismo se queda en la Eucaristía.

La Eucaristía es Espíritu: «Yo Soy el Pan de la Vida» (Jn 6, 48). Es un alimento para el alma y el corazón del hombre. No es un alimento para la carne del hombre ni para su sentimiento.

En la Eucaristía se da la vida divina al alma, la misma vida de Dios. Y en Dios no puede haber pecado. Y, por lo tanto, comulgar a Dios es rechazar, combatir, enfrentarse al pecado. No se puede comulgar en pecado: es ofender al mismo Dios que entra en el alma. Es herirlo en lo más íntimo de su vida. Es comerse la propia condenación, el propio pecado.

Sin la Eucaristía es imposible tener el mismo amor de Cristo, que es un amor Redentor, que conduce hacia la Cruz, hacia la oblación de la propia voluntad humana. Y sin ese amor Redentor es imposible salvarse: «En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 51).

La Vida que Jesús da a las almas es una Gracia, un don de Él Mismo. Para eso se hace carne, para habitar en cada corazón que cree en Él (cf. Jn 1, 14). Habita por la Gracia.

La Eucaristía es la Gloria de Dios, que mora entre los hombres. Y para poder dar la Eucaristía a los hombres son necesarios los sacerdotes. Y se necesita una Madre que los engendre a la Vida de la Gracia; una Madre que les enseñe a ser como Su Hijo; una Madre que los guíe por el mismo Camino de Su Hijo; una Madre que los lleve a la santificación de su alma sacerdotal.

El Camino de la Cruz necesita la Vida de la Gracia, que sólo la Virgen María puede dar a las almas: «para encontrar la gracia, hay que encontrar a María» (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Cumplir la ley es una gracia; perseverar en ella es otra gracia; luchar contra el pecado es una gracia; combatir al demonio es otra gracia; comulgar debidamente es una gracia. Todo es gracia. Nada se puede hacer, en la vida espiritual, sin la Virgen María, Madre de la gracia.

Ella es el Canal de gracias, por la que Dios se comunica con todos los hombres. Por la Virgen María se derraman al mundo todas las gracias divinas. Por eso, Ella es la plena de gracia: lo tiene todo para darlo todo. Tiene toda la Vida de Dios; engendra toda la Vida de Dios; lleva al alma al culmen de la Vida Divina.

«Dios la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres, con la colaboración de María». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 11).

Amar a Cristo es amar a Su Madre: es imitarla en sus virtudes: humildad, obediencia, esclavitud. Sin estas virtudes, la vida de la Gracia no puede fluir en las almas.

Nadie puede quitar el pecado si no es humilde; nadie puede cumplir los mandamientos sin la obediencia; nadie puede crucificar su voluntad humana sin la esclavitud a la Voluntad de Dios.

Para caminar con Cristo, hacia Su Cruz, se necesita una Madre a quien imitar. Sin Ella, los hombres se pierden en el laberinto de sus amores y deseos humanos.

«Que una madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza. Por consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), debe dejarse formar en María por la gracia de Jesucristo». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Amar a María es amar con el amor de Dios, con el amor de hijo de Dios. No se puede amar a la Virgen con un amor, con un deseo, con un sentimiento humano.

La Virgen engendra en el alma la vida divina: un hijo para Dios, en la gracia. Y todo hijo de la Virgen tiene que amar a Su Madre en la gracia, no en lo humano. Buscarla en la Gracia.

La Gracia sólo se puede dar por medio de los Sacramentos: sin Sacramentos, no hay Gracia, no hay Vida. Por eso, es necesaria una vida de oración y de penitencia, una vida interior, en la que la práctica de las virtudes sea el pan de cada día. Y eso conduce al alma a la Gracia y a su permanencia en Ella. Sin Cruz, el alma vuelve a su pecado de siempre, que es su vida humana, material, natural, carnal de siempre. Sin la negación de sí misma, por el solo amor a Cristo y a Su Madre, el alma se autoafirma en ella misma, alcanzando sólo su perdición eterna.

Una Jerarquía que no se sacrifica por Cristo, sino que sólo se dedica a vivir su humanismo, pone la Gracia en un saco roto, y hace que muchas almas caminen hacia el fuego del infierno.

El Camino de la Cruz conduce hacia la Vida de Dios. Pero sólo se puede alcanzar esa Vida en la Verdad. No se puede ir al Cielo en la mentira del pecado. No se puede entrar en el Reino de los Cielos si las almas viven de sus pensamientos humanos y de sus obras sociales. El bien del hombre no lleva a la salvación del alma. Sólo cuando los hombres se despojan de sus bienes humanos, sociales, terrenales, materiales, es entonces cuando caminan hacia el Paraíso.

Hoy el mundo camina en busca de un paraíso en la tierra: camina sin Dios, sin verdad, sin vida, sin camino. Caminante no hay camino: éste el ideal de muchos. Un norte sin norte. El hombre quiere hacer su camino él mismo. Y el camino ya está hecho: es Cristo. Caminante hay un camino: Cristo. Y es un camino para lo divino, no para lo humano.

Por eso, la Misericordia de Dios no es para el pecador que quiera seguir en su pecado: no hay una Misericordia para todos los hombres: «que no de todos es la fe» (2 Ts 3, 3). La Misericordia exige al hombre quitar su pecado para poder alcanzar el Reino de los Cielos. Y hay hombres perversos y malvados que han nacido para pecar, para vivir en el error.

En el pecado no puede haber verdad inmutable. Ninguna obra de pecado permanece siempre en sí misma. Todo pecado cambia, porque el que vive en su mentira no puede permanecer en algo inmutable. Sólo el que ama permanece en la verdad de la vida; pero el que no ama, el que peca, cambia constantemente de forma de vida: está en la mentira de su vida, que es el propio engaño que cultiva en su mente, en su ley.

Por eso, hay muchos católicos de los cuales hay que separarse: «no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con esos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Con esa falsa iglesia que están levantando Bergoglio y los suyos: ni comer. Llevan el nombre de católicos, pero son del demonio. «Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13). Es lo que no hace ningún Obispo viendo el desastre que hay en el Vaticano. Todos callados aplaudiendo el mal que ven, acogiéndolo, invitando a pecar a todo el mundo.

El que sigue a un hereje se vuelve él mismo hereje: acaba pensando y obrando como el hereje.

El hombre necesita de la fe para permanecer en la Verdad.

Es la Verdad la que hace libre al alma: «Si permanecéis en Mi Palabra, seréis en verdad discípulos Míos y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres» (Jn 8, 31).

Permanecer en la Palabra de Dios es permanecer en la doctrina de Cristo; en esa Verdad inmutable, que no cambia porque los hombres o el mundo cambie.

Pedro no cambia en la Iglesia, es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Bergoglio es un hombre de palabra ambigua y herética. Luego, Bergoglio no puede ser Papa nunca, no puede representar a Pedro en la Iglesia de Cristo. Sólo representa al hombre en su falsa iglesia. Sólo es líder de una iglesia sin camino, sin vida y sin verdad.

La Verdad es Cristo; la Verdad es la Palabra del Pensamiento del Padre. La Verdad no la posee ningún hombre. Todo hombre que quiera conocer la Verdad tiene que creer en la Verdad. La fe en Cristo conduce al conocimiento del Corazón de Cristo. Sin fe, el alma permanece en su vida de veleidades, de superficialidades, de exterioridades.

Quien permanece en lo inmutable se hace libre, vive en la libertad del Espíritu, y puede caminar hacia la Vida de Dios: puede obrar las obras divinas en su vida humana. Hace -en todo- la Voluntad de Dios.

Pero quien es un veleta del pensamiento humano, del lenguaje de los tiempos, es esclavo -no sólo de los hombres-  sino de sí mismo, de su propia inteligencia, de su propia vida. Y va buscando en su vida humana una ley, una norma, una forma de obrar que nunca puede saciar el anhelo del cielo que su alma constantemente tiene.

El Camino de la Cruz necesita de una Verdad inmutable: el dolor necesita del amor divino.

Cuando los hombres no permanecen en la doctrina, sino que la van cambiando, según sus interpretaciones, sus culturas, sus artes, sus ciencias, su progreso, entonces es claro que el alma ha dejado de hacer penitencia, ha dejado el camino de la cruz, para andar otros caminos, los cuales son tan variados como el pensamiento del hombre. Y quien deja la cruz, deja el amor.

«El justo anda por caminos derechos, bienaventurados sus hijos después de él» (Prov 20, 7).

El hombre que no busca una sociedad en la ley del Señor, una sociedad que busque la Cruz de Cristo, edifica para sus hijos un auténtico infierno. Lo que vemos en el mundo actual es por el pecado de muchas generaciones pasadas. Es el fruto de andar por caminos extraviados: los hombres producen, con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos, una maldición en todos sus hijos.

«Al hombre siempre le parecen buenos sus caminos, pero es el Señor quien pesa en los corazones» (Prov 21, 2).

¿Te parece bueno el camino de la Iglesia que se levanta en el Vaticano? ¿Tu mente humana te dice que es bueno lo que habla Bergoglio?

El Señor es el que pesa en el corazón: no sigas lo que hay en Roma. Es todo maldad encubierta. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

El hombre se ha apartado de la Gracia, no ha mirado a la Virgen María, no ha practicado las virtudes, no puede permanecer con Cristo, con la Verdad. Tiene que construir un mundo de mentira, una iglesia de hombres falsos, que llevan inevitablemente hacia la destrucción del propio hombre.

La Cruz está fija una doctrina inmutable: no se puede arrancar la muerte de Cristo de la Verdad que enseñó a Sus Apóstoles. Cristo dio su vida por la Verdad. Y sólo por la Verdad inmutable. Esa Verdad que es Él Mismo.

No se puede arrancar la Iglesia de la doctrina de Cristo: no se puede obviar 20 siglos de magisterio infalible, para estar siguiendo a un hombre que sólo habla su vanidad.

«… tú permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado» (2 Tim 3, 14):  no sigas a Bergoglio y su doctrina.

Es el gran pecado de la Iglesia en la actualidad: le gusta la palabra barata y blasfema de un espantapájaros, de un esperpento humano. Y reniega  así de la Doctrina de Cristo. Ya no quiere la Verdad, sino que va en busca de los cambios en la Iglesia.

¿Qué amor a la Cruz hay en Bergoglio? Ninguno. Sólo ama al hombre sin la doctrina de Cristo, sin la verdad que el Señor ha enseñado en Su Palabra.

¿Qué Iglesia está levantando? No la de Cristo, en Pedro, sino la suya propia, la que tiene en su mente, en muchas cabezas, que son cabezas de orgullo y de soberbias declaradas.

¿Qué obras son las de Bergoglio en la Iglesia? No las de Cristo: no son obras para salvar y santificar a las almas; no son obras de redención. Son obras de condenación.

¿Y por qué la gente lo sigue? Porque piensan igual que él. Y no hay otra razón. Si tuvieran la Mente de Cristo crucificarían a Bergoglio, no lo aplaudirían. Pero ellos tienen el líder que se merecen sus pecados en la Iglesia. Viven sin piedad filial ni a Cristo ni a Su Madre.

«Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 11).

Ésta es la señal del amor a Cristo: si amas la verdad te persiguen por lo que amas.

La Eucaristía enseña a amar la Verdad: enseña a amar a Cristo. Enseña a cumplir la doctrina de Cristo: a vivirla, a ponerla por obra. Una obra de reparación del pecado; una obra victimal; una obra divina.

Todo aquel que comulgue y, después, obre la mentira en su vida, es que no comulgó a Cristo, es que no se dejó enseñar por Cristo en la comunión.

En cada Eucaristía se ama la Verdad: el alma conoce la Verdad y la ama: la pone por obra, la vive en su vida humana.

Y, por eso, cada sacerdote debe predicar, en su misa, sólo la Verdad. Si predica una mentira, ¿qué cosa va a poner en el Altar? Si Cristo es la Verdad, no se puede obrar esa Verdad con la palabra de un mentiroso.

La Cruz vive en la Verdad; pero si no se cree en la Verdad, entonces el alma sólo vive en su mentira, que es su razón humana. Vive en sus placeres y busca a los hombres para que les den un camino ancho, en donde la verdad brilla por su ausencia.

Si el hombre no cree en la Verdad Crucificada: si el hombre no mira a Cristo Crucificado para contemplar sus pecados y expiarlos, entonces el hombre sólo se mira a sí mismo para obrar sus pecados.

Hay que creer en el Crucificado para amar la Eucaristía. Para recibir a Cristo en la Eucaristía, el alma tiene que vivir una vida de penitencia, de mortificación, de despojo de todos sus apegos y pecados.

¡Cuántos comulgan sin confesarse! ¡Cuántos reciben a Cristo sin las debidas disposiciones en su cuerpo y en su alma! ¿Cómo pretenden permanecer en la gracia si no viven rechazando el pecado? Si la vida no es una lucha en contra del mundo, del demonio y de la carne, entonces ¿cuál es la lucha del hombre en su vida terrena? ¿Por qué lucha en su vida? ¿Cuál es el fin de su vida?

«La Santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección; pero es preciso recibirla con el deseo y el compromiso de eliminar del corazón todo lo que desagrada a quien queremos recibir» (P. Pío).

El Corazón de Cristo es: Ley, Gracia y Espíritu. Y, por eso, el Sagrado Corazón da a Su Iglesia tres dones:

  1. La Cruz, que es el camino para cumplir con la Ley del Señor;
  2. La Virgen, que es la maestra en la vida divina de la Gracia;
  3. La Eucaristía, que transforma el alma en otro Cristo por medio del Espíritu.

La devoción al Sagrado Corazón es «la más segura espiritualidad» (León XIII – Annum sacrum). Lo tiene todo para salvar y santificar el alma.

«en esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo y con más eficacia impulsa a amarle con ardor y a imitarle con exactitud?» (Pío XI – Miserentissimus Redemptor).

Son muy pocos los devotos del Corazón de Jesús. Es una devoción que exige la práctica diaria de todas las virtudes cristianas. Y la gente no suele vivir para esto, sino para su vida humana y mundana.

«Es la mejor manera de practicar la religión cristiana» (Pío XII – Haurietis Aquas): Mandamientos, penitencia y Santo Rosario. Esto es todo para ser santo, para ser Iglesia, para ser otro Cristo.

«que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona» (Benedicto XVI – Carta pontificia al Prepósito General de la Compañía de Jesús): esto es lo que falta en muchos católicos: el encuentro con la Persona Divina de Cristo. El encuentro con un Dios que no pasa nunca de moda, que enseña en toda las épocas lo mismo. Un Dios que sufre y muere siempre por amor a los hombres, cuya naturaleza humana ha asumido para poner al hombre el camino del Cielo.

El mundo no necesita de una ternura, sino una cruz, una verdad, un camino de salvación.

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«Creemos… en Nuestro Único Señor Jesucristo… quien por nuestra salvación descendió y se encarnó…» (D54).

Así define el Concilio Niceno el motivo de la Encarnación del Verbo: nuestra salvación, es decir, la redención del pecado. Redimir al género humano de la obra del demonio en su naturaleza humana.

Jesús viene al mundo para redimir. Por eso, dice:

«…así como el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28).

La Encarnación es para dar la vida en rescate por muchos. Eso es redimir: morir para dar la vida a otros. Redimir no es darle un beso al otro, no es darle un cariñito, ni un abrazo. Es morir. Redimir no es hablar para contentar al otro con un lenguaje que agrade a su mente y a sus oídos. Es morir a toda lengua humana, a toda filosofía del hombre. Redimir es señalar al hombre el camino en el cual no hay pecado. Porque donde no está el pecado, allí está la salvación del alma.

«… pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10).

La Encarnación es para buscar y salvar lo perdido. El hombre, desde que nace hasta que muere, está perdido. Y aunque esté bautizado y reciba unos sacramentos, siempre se puede perder para toda la eternidad. Nadie está salvado mientras viva en este mundo. Nadie está confirmado en gracia mientras haya un pecado en su alma. En un instante, la salvación eterna se puede perder. Es sólo cuestión de orgullo y de soberbia:

«No hay justo, ni siquiera uno; no hay uno sabio, no hay quien busque a Dios. Todos se han extraviado, todos están corrompidos; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno» (Rom 3, 11-12).

Jesús se encarnó, Jesús nació para salvar a los pecadores. Para esto la muerte en Cruz: para que los hombres obtuvieran la gracia y la gloria.

«Cierto es, y digno de ser por todos recibido, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero». (Gal 4, 5).

Jesús no murió en la Cruz para alimentar los estómagos de los pobres, sino para purificar los corazones de sus negros pecados.

Jesús, cuando se encarna en una naturaleza humana no asume al hombre, no asume a todos los hombres, no asume sus vidas humanas, no asume sus sufrimientos humanos, no asume sus lágrimas humanas, no asume sus obras humanas, no asume sus mentes humanas.

Jesús asume una naturaleza humana gloriosa, no las miserias de los hombres, no sus pecados. Jesús, en su naturaleza gloriosa, carga con los pecados de todos los hombres. Es su obra redentora. Carga, pero no los asume, no se une a ellos. Es su Misterio de Salvación. Y, por eso, el mundo necesita la Cruz de Cristo, no necesita ternura. Necesita clavar en la Cruz la voluntad del hombre para impedir el pecado, el mal en el mundo.

«¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy!» (ver texto).

¡Cuánta estupidez en la boca de este super-necio!

Bergoglio, Obispo (falso Obispo), ministro del Señor en la Iglesia (falso ministro), ni juzga rectamente ni guarda la ley del Señor.

No es verdadero profeta del Señor:

«Clama a voz en cuello sin cesar; alza tu voz como trompeta y echa en cara a Mi Pueblo sus iniquidades, y sus pecados a la casa de Jacob» (Is 58, 1).

Bergoglio no predica nunca del pecado. Nunca. Porque no tiene el Espíritu del Señor.

¿Qué es lo que predica?

Dale un beso al mundo; abraza el mundo; baila con el mundo; únete al mundo.

Falso Profeta, que clama al mundo desde su falsa iglesia, instalada en el mismo Vaticano.

«Todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que precede del mundo» (1 Jn 2, 16).

Luego, el mundo no necesita de la ternura de Dios ni de la paciencia de Dios: todo lo que hay en él es pecado. Y el pecado no necesita una ternurita, sino una justicia, un castigo, una expiación, un dolor, un sufrimiento, un despojo, una negación.

El mundo vive en sus pecados, ¿vas a darle cariñitos?

«No hay paz, dice el Señor, para los impíos» (Is 57, 21)

Dios es paciente, pero no con el mundo. No puede; Dios es Misericordioso, pero no con el mundo. No puede.

«El mundo pasa, y también sus concupiscencias» (Ib).

¿Para qué quiere el mundo la ternura si va a pasar, si se va a terminar, si no vale para nada?

¿Para qué quiere Dios ser misericordioso con un mundo que no quiere la misericordia, porque vive en el triple pecado?

Esta es la frase bella, sentimentaloide, que gusta a todos, pero que es una clara herejía, va en contra de la Sagrada Escritura. Dios enseña que:

«el que hace la Voluntad de Dios permanece para siempre» (Ib).

Dios es tierno con el que hace Su Voluntad; Dios tiene Misericordia con el que hace Su Voluntad. Esto, Bergoglio se lo pasa por su entrepierna: le importa un comino la Voluntad de Dios porque sólo vive para su estúpido orgullo de su vida.

«Riquezas, honra y vida son premio de la humildad y del temor de Dios» (Prov 22, 4).

¿Quieres dinero en tu vida? No peques. Arrepiéntete de tus pecados. Haz la Voluntad de Dios.

¿Quieres honra en tu vida? No peques. Obra, siempre, buscando la gloria de Dios con los demás.

¿Quieres una vida feliz? No peques. Usa todas las cosas como plataforma para hacer la Voluntad de Dios.

Necia es esta pregunta:

«¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio?» (ver texto).

¿Tenemos el coraje de decir al prójimo: no peques más para que tu problema se quite?

¿Quedan católicos en la Iglesia que no tienen miedo de hablar claro a sus semejantes, y de decirles la verdad de las cosas aunque se queden solos, aunque pierdan el amigo o el hijo?

¿O eres de esos católicos que quieren solucionar las cosas siendo buenísimos con todo el mundo, con un beso, con un abrazo, con un cariño, con una condescendencia que los condena, porque fallan a Cristo?

El pecado del otro no necesita una ternura, sino una cruz, una espada, una justicia. ¿Se la das?

El problema de la vida se quita arrepintiéndose y expiando el pecado en cada corazón. ¿Lo haces?

¡Pero qué necios los católicos que no saben discernir una frase tan sencilla de un hombre que sólo habla para conquistar sentimientos de la gente, pero no para darles la verdad de sus vidas!

¿Qué cosa ofrece Bergoglio? La fe fiducial:

«Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?»(ver texto).

¿Qué no es importante buscar a Dios?

«Buscad a Dios mientras puede ser hallado» (Is 55, 6): porque hay un tiempo en que Dios se esconde y nadie lo encuentra.

El que no busca no encuentra.

El que no se despoja de su humanidad, no encuentra la divinidad.

El que no busca la ley eterna en su naturaleza humana no encuentra la paz del corazón en su vida espiritual.

¡Qué necesario es buscar! Porque en la vida lo más fácil es vivir sin Dios, creyendo que con un amor sentimental ya Dios está contento con uno.

«Ancho es el camino del infierno, ¡cuántos van por él!». Porque no buscan en la verdad; no buscan en la crucifixión de sus voluntades humanas; no buscan en el desierto de sus vidas.

Cuando el hombre aprende a despojarse de su vida humana, entonces comienza a buscar a Dios.

Y Dios se deja encontrar de los que le buscan. De los que no le buscan, Dios se esconde:

«Me dejé hallar de los que me buscaban» (Is 65, 1).

Dios «se deja hallar de los que no le tientan, se manifiesta a los que no desconfían de Él» (Sab 1, 2).

Hay que buscar a Dios:

«Buscad a Yavé y Su Poder, buscad siempre su Rostro» (Sal 14, 4).

Sólo los necios buscan el rostro del hombre. Sólo los estúpidos de corazón predican que no es importante buscar a Dios. Sólo los idiotas de mente hacen caso a las palabras de un necio y dejan de buscar la verdad en sus vidas.

«El Santo Espíritu de la disciplina huye del engaño y se aleja de los pensamientos insensatos, y al sobrevenir la iniquidad se aleja» (Sab 1, 5).

Dios está apartado del pecado de Bergoglio en la Iglesia. Dios se aleja de toda aquella Jerarquía que obedece a Bergoglio. Quien busca a Bergoglio como Papa deja de buscar a Dios en su vida espiritual, porque busca el engaño. Y Dios huye del engaño. Dios nunca da un Papa de pensamientos insensatos. Nunca. Cuando Bergoglio usurpó el Trono de Pedro, Dios se alejó de Roma.

Dios sólo está en el corazón que le ama como un niño:

«¿Quién te amó que no haya llegado a conseguirte?» (San Agustín).

Sólo los humildes de corazón consiguen a Dios, lo encuentran, lo hallan. Porque:

«el corazón amante está habitado por lo que ama. Quien ama a Dios lo posee en sí mismo» (Sto. Tomás – El hombre cristiano).

Amar a Dios es hacer Su Santa Voluntad. No es darle besos al mundo. Es crucificar al mundo y a los hombres, para que aprendan que la salvación es un camino estrecho, donde no hay cariñitos para nadie.

«llamadle en tanto que está cerca»: porque en el pecado Dios está lejos, pero en el arrepentimiento, Dios está al lado: «Yo habito en la altura y en la santidad, pero también con el contrito y humillado» (Is 57, 15b).

Para buscar a Dios hay que dejar los caminos del pecado, hay que abandonar los pensamientos de herejía, hay que vivir haciendo la Voluntad de Dios.

«dejar que sea él quien me busque»: Dios no busca al hombre.

«quien me encuentre»: Dios no encuentra al hombre.

«y me acaricie con cariño»: Dios no acaricia con cariño al hombre.

Dios no anda detrás del hombre. Dios no persigue al hombre. Dios hace Justicia y Misericordia con los hombres.

«Oíd y no entendáis, ved y no conozcáis. Endurece el corazón de ese pueblo, tapa sus oídos, cierra sus ojos. Que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, y no sea curado de nuevo» (Is 6, 10).

Esto es lo que ha hecho el Señor con toda la Iglesia.

Los católicos oyen a Bergoglio y no entienden que es un falso profeta. Ven sus obras y no conocen la maldad que está en ellas. Toda la Iglesia se ha endurecido en su corazón y ya no sabe amar a Dios: sólo sabe seguir un engaño, la palabra rastrera de un hombre sin piedad.

Ya los católicos no escuchan la verdad: tapan sus oídos a la verdad revelada. Sólo quieren llorar con las lágrimas de los hombres; sólo quieren vocear con las voces de los hombres; sólo quieren hablar con las palabras de los hombres.

Los católicos no ven a Dios porque no son capaces de ver al maldito que los gobierna: lo llaman bendito, santo, justo. Y lo aplauden como si fuera la figura central del Misterio de la Iglesia.

Fundamento del error es Bergoglio y ¡cuántos son los que lo ensalzan en sus parroquias, en sus capillas, en sus despachos episcopales, en sus vidas podridas en la Iglesia!

La Iglesia no tiene cura porque no quiere ser curada de la maldad, del pecado, de la mentira, del error que cada día un hombre, al que llaman Papa, pregona desde su absurdo gobierno horizontal.

¿Para qué quieres tantas cabezas en el gobierno si ninguna tiene a Dios en su corazón?

¿Para qué tanto discurso vacío de la verdad si lo que te importa es llenar tus bolsillos de dinero?

«¡Cuánta necesidad de dinero tiene el mundo de hoy!».

Cuando Bergoglio se pone sentimental es para pedir dinero en la Iglesia. Él es un maniático de la bolsa del dinero. No puede predicar una homilía sin pronunciar a sus malditos pobres en su iglesia.

«Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús» (ver texto): llora, Bergoglio, llora por tu humanidad.

«Que su fuerza redentora transforme las armas en arados, la destrucción en creatividad, el odio en amor y ternura» (Ib): predica, Bergoglio, predica tu teología de la liberación.

Nadie en la Iglesia se levanta para criticarte. Todos miran como bobos a un idiota de Papa. Y todos saben que es idiota. Pero todos callan, porque tú les das de comer. Y es lo único que quieren en la Iglesia. Lo demás, no les interesa.

Cristo no es importante ya en la Iglesia.

Son las lágrimas de Bergoglio lo que mueve el dinero en la Iglesia.

Bergoglio y sus estúpidas homilías eso es negocio redondo en la Iglesia.

¡Qué vergüenza de católicos!

¡Qué vergüenza de Jerarquía!

¡Qué vergüenza es Bergoglio, no sólo para la Iglesia, sino para todo el mundo!

Jesús es la delicia de los hombres cuando éstos quitan de sus vidas sus malditos pecados:

«Cuando te abstengas de profanar el sábado y de ocuparte de tus negocios el día santo, y hagas del sábado tus delicias y lo santifiques, alabando a Yavé, y Me honres, dejando tus negocios, el trabajo que te ocupa y los discursos vanos, entonces será Yavé tu delicia y te llevará tu carro a las alturas de la tierra» (Is 58, 13).

El Niño Dios no pregunta desde los brazos de Su Madre: ¿permito a Dios que me quiera?

¡Qué sentimentaloide es este personaje!

¡Qué ramalazo tiene de humanismo!

¡Cómo llora por sus hombres, por su humanidad!

¡Qué falso misticismo!

¡Qué caradura de tipo!

Jesús pregunta desde su cuna: ¿Quieres quitar tus pecados para hacer Mi Voluntad o quieres seguir pecando haciendo tu propia voluntad? ¿Es Mi Voluntad Divina tu delicia o es tu voluntad humana tu placer en tu vida de hombre?

¡Que haya católicos que todavía no se enteren de los engaños de Bergoglio es señal de que la Iglesia está muy mal! ¡Todo está podrido! ¡Todo! ¡Nada más es contemplar lo absurdo de la vida de los católicos!

¿Cómo pueden obedecer la mente de un hombre que no es capaz de darles la verdad como Dios la ha revelado? ¡Esto es lo absurdo!

¡Gente que ve la herejía de este hombre y se atreven a llamarlo Papa!

¡Qué absurdo!

¡Que miopía espiritual!

Pero, ¿dónde está la Verdad en Bergoglio?

«La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre (Ib).

¡Que no! ¡Hombre, que no es eso! ¡Que no hay que vivir para una bondad humana ni para una humildad artificial, de sentimientos baratos!

¡Que la VIDA ES PARA UNA VERDAD!

¡Una verdad que Dios pone en el corazón de cada alma!

¡Una verdad divina!

¡Una verdad revelada!

¿Comprenden esto los católicos?

¿O qué quieren que se les predique?

¿Qué quieren escuchar? ¿Esto?

«Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros»(ver texto).

¿Esta mentira les gusta?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de un hombre?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de la pequeñez de los hombres?

¿Los hombres son pequeños?

¿Los hombres son humildes?

¿Los hombres son sencillos?

¡Anda ya! ¡No te burles de los católicos! ¡Deja tu guasa a un lado!

Jesús se encarna, no para encontrarse con los hombres, sino para salvarlos de sus pecados.

¡SALVACIÓN DEL ALMA! ¡No cultura del encuentro masónico!

Jesús no viene a encontrarse con ningún hombre, con ninguna cultura, con ningún político, con ningún pensamiento del hombre.

Jesús viene a que el hombre se dedique a hacer Su Santa Voluntad.

¡Y ay de aquel hombre que decida no hacerla!

Pero a los católicos les gusta lo que predica Bergoglio:

«la humildad de Dios… es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones»: la Navidad es el amor que asume la vida de los hombres, sus sentimientos, sus ideas, sus problemas humanos.

¡Cómo gusta esto!

Jesús no nace para esto: no nace para llorar con los hombres; no nace para caminar con los hombres, no nace para abrazar y besar las heridas de los hombres. Jesús no se encarna para esto. Jesús no pierde el tiempo con los problemas de los hombres, ni con sus lágrimas, ni con sus obras maravillosas.

¿Por qué habla así este personaje?

Es fácil. Lo dice él mismo:

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Dios esperaba. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13)».

Este es el concepto que Bergoglio tiene de Dios. Un concepto que no pertenece a la fe católica.

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre»: Dios nunca espera en el hombre, nunca pone sus esperanzas en el hombre: es el hombre el que tiene que esperar en Dios, el que tiene que desear a Dios, el que está obligado a dejar sus deseos humanos, sus planes humanos, su mente humana, para poseer la virtud de la esperanza que sólo se da en la fe.

Quien no sabe esperar a Dios es que no sabe creer a Dios cuando habla, no sabe escucharlo en su corazón, no sabe desprenderse de sus ideas humanas sobre su vida humana para someterse a la Mente de Dios.

¡Gran error de Bergoglio!

Decir esto, que Dios pone sus esperanzas en el hombre, significa que el concepto que Bergoglio tiene de Dios pertenece al hombre: es un concepto racional, natural, humano, pero nunca espiritual ni divino; que sólo se puede obrar en lo horizontal, no en lo vertical: sólo se obra mirando al hombre, no se obra desde Dios, mirando a lo alto. Se obra para darle un gusto al hombre, una gloria al hombre, pero nunca dando gloria a Dios.

Si al hombre se le muestra un Dios que no confía en el hombre, entonces el hombre no quiere ese Dios, lo aparta de sí. Es lo que trata de enseñar este personaje.

Os doy un Dios, un concepto de Dios compasivo, tierno, abierto a las necesidades del hombre, amable con todo el mundo, que está pendiente de la vida, de los problemas, de los sentimientos y deseos de los hombres. Que te da un beso, un abrazo, un cariñito: «¿permito a Dios que me quiera?»

Y, por eso, yo soy un “papa” para el hombre, para sus vidas humanas, terrenales. Yo os comprendo porque os sigo en vuestra vida de hombres, me ocupo de vosotros. Tenéis que amarme porque os doy un dios amor, un dios tan sentimentaloide que se nos cae la baba – a todos – de idiotas como nos convertimos al pensar en este concepto de Dios.

Bergoglio trata a todos los hombres como imbéciles al enseñarles un dios que no existe en la realidad:

«Seis cosas aborrece el Señor: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente. Corazón que trama iniquidades, pies que corren presurosos al mal. Testigo falso, que difunde calumnias y enciende rencores entre hermanos» (Prov 6, 16).

¿Puede un Dios estar esperando a un hombre que obra lo que Él aborrece?

¿Puede un Dios poner la esperanza en un hombre que obra lo que Él odia?

¡Por favor!

¿Cómo los católicos se dejan engañar tan fácilmente por la palabrería barata e inútil de este sinvergüenza?

¿Por qué le siguen llamando Papa a un hombre que no sabe decir una verdad dogmática cuando habla?

¿Qué ven en la mente de este hombre para alabar su inmundicia cuando habla?

Sólo hay una respuesta: los católicos pervertidos y tibios andan detrás de Bergoglio, no por sus palabras, sino por lo que les da: todos quieren sacar tajada de su gran negocio que ha montado en el Vaticano y en todas las parroquias.

Todos quieren un trozo de pastel:

Poder: estar en ese gobierno horizontal, ser una cabeza que piense la Iglesia

Dinero: repartirse las ganancias en la nueva administración donde sólo los ricos ganan, mientras se habla de que hay que recoger dinero para los pobres

Placer: una vida de felicidad terrenal en la cual no haya que ocuparse de ningún problema mientras se bese el trasero de Bergoglio, mientras se le dé publicidad.

El mundo necesita ternuritas. Sí, sí. El mundo necesita de un sistema económico que me haga rico a mí, que soy el “papa” de los idiotas, de los que se dejan engañar por mis palabras baratas y rastreras.

Y no hay más explicación. No hay otra razón.

Nadie ama a Bergoglio, pero todos dicen que lo quieren porque les da de comer, porque es negocio redondo en la Iglesia.

Es el hombre que se quería. Ahora, todos detrás del poder. Todos detrás del dinero. Todos detrás de la fama.

Quieren a Bergoglio porque quieren participar de lo que antes no podían. Ahora, a destruir la Iglesia y hacer una empresa humana en la que todos den su opinión. Todos hagan lo que les dé la gana. Todos se digan a sí mismos: qué buenos que somos porque alimentamos estómagos de los pobres.

¿Quieren comunismo? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren condenarse? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren ser del mundo? Obedezcan a Bergoglio.

Cristo conoce a los suyos. Y ninguno de ellos anda besando el trasero de Bergoglio.

En la gracia del matrimonio, no hay divorcio

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«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles [Mc. 10; 1 Cor. 7], no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema». (Concilio de Trento – Sesión XXIV: Sobre el matrimonio – Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio – D-977 – Can. 7).

El vínculo del matrimonio es la unión de dos voluntades, de dos intenciones: la de la mujer y la del hombre. En el Sacramento del Matrimonio, se casan ellos: es decir, hombre y mujer obran el Sacramento, producen el vínculo matrimonial. No es algo externo a ellos. No es un contrato o un papel que firman. Son ellos los que se unen con sus voluntades. Y lo hacen sin posibilidad de desunión: no hay posibilidad de desatar ese vínculo.

En la Eucaristía, es Dios quien obra el Sacramento en el instrumento, que es el Sacerdote. No es el Sacerdote sólo quien obra, sino que es Dios en él.

En el matrimonio, Dios no obra el Sacramento: hombre y mujer no son instrumentos de Dios para realizar el vínculo matrimonio. Sino que ellos son la forma del Sacramento de Matrimonio: sus voluntades, sus intenciones, producen el vínculo, necesario para obrar el Sacramento. Y esta unión de intenciones es única y para siempre.

En la Eucaristía, el Sacerdote tiene que poner su intención cada vez que celebra la Misa. Si no pone su intención, no hay Misa. El sacerdote puede poner y quitar su intención cuando quiera. Pero, en el matrimonio, una vez que los dos han puesto su intención, ya no pueden quitarla. Ellos dos, por sí mismos, no pueden romper el vínculo matrimonial.

Por eso, la unidad y la indisolubilidad de un matrimonio está sólo en la unión de intenciones, que los dos muestran al casarse. Los dos unen sus voluntades para un matrimonio único y para siempre.

Y no hay pecado que quite este vínculo matrimonial; no hay herejía; ni siquiera la pérdida de fe anula el vínculo del matrimonio: «Si alguno dijere que, a causa de herejía o por cohabitación molesta o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (Ibidem – D-975 Can. 8).

Los malcasados, aquellos que, teniendo un vínculo matrimonial, buscan otra pareja, esa nueva unión, situación, no desata el vínculo de su matrimonio original, porque el hombre o la mujer no puede tener otras mujeres u hombres, una vez que tiene un matrimonio: «Si alguno dijere que es lícito a los cristianos tener a la vez varias mujeres y que esto no está prohibido por ninguna ley divina [Mt. 19, 4 s 9], sea anatema [cf. 969]» (Ibidem – D-972 – Can. 2.). «Quien repudia a su mujer y se casa con otra, adultera» (Mt 19, 9).

Si está en adulterio, entonces si no quita ese adulterio, no puede estar en Gracia: está en un pecado que no lo quiere quitar. Por más que lo confiese, sigue en su pecado. Kasper dice: no; pueden confesarse y recibir la comunión: «Si ellos pueden recibir la comunión espiritual, ¿por qué no también el sacramento de la comunión?» (ver texto) Un teólogo que no sabe discernir entre vida espiritual y vida sacramental. Y, por tanto, tiene que anular el Sacramento. Tiene que juntarlo todo y decir: «La comunión espiritual va más lejos: si se es uno con Cristo, entonces, ¿por qué estas personas son excluidas de la comunión?» (Ibidem). Lo junta todo en su pensamiento herético y no sabe ver que la unión espiritual es totalmente diferente a la unión sacramental con Cristo. Y, con esto, está diciendo una clara herejía y apostasía de la fe:

Si para comulgar sólo es necesario la unión espiritual con Cristo, entonces cualquier hombre, sea del credo que sea, tenga fe o no, esté en pecado o no, pertenezca o no a la Iglesia Católica, puede recibir a Cristo en la Eucaristía. Este es el argumento de Kasper. Entonces, Kasper es anatema. Y cae en esta blasfemia por su falsa concepción de la misericordia: «Tenemos un sacramento de la misericordia, el Sacramento de la Penitencia, que debemos reevaluar, creo. Y esto debe ser realizado para un comportamiento social y en obras sociales» (Ibidem). La penitencia es para el alma, no para la sociedad. El sacramento de la confesión es para quitar el pecado del alma y que pueda vivir en Gracia. Sin la gracia, es imposible salvarse en la Iglesia. Kasper niega este Sacramento y quiere ordenarlo para una vida social, para quitar problemas de los hombres, no para quitar los pecados del alma. Y, por eso, exclama: «Hay quienes creen que la Iglesia es para los puros. Se olvidan de que la Iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de esta verdad porque si no fuera así no pertenecería a la Iglesia» (Ibidem). Kasper no recuerda que los paganos, los herejes y los cismáticos no pertenecen a la Iglesia. Kasper no quiere recordar que los pecados contra el Espíritu Santo ponen a las almas fuera de la Iglesia. Kasper se olvida que el fin último de la Iglesia es salvar el alma: por tanto, no se puede vivir en la Iglesia en estado de pecado, sino en Gracia. Y santificar el alma: es decir, es obligatorio para el alma, en la Iglesia, buscar en todo la Voluntad de Dios para hacer las obras agradables a Dios: «Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo»

Con este planteamiento, Kasper dice: «He hablado sobre el papa acerca de esto, y me ha dicho que el 50 por ciento de los matrimonios no son válidos. El matrimonio es un sacramento. Un sacramento presupone la fe. Y si la pareja sólo quiere una ceremonia burguesa en una iglesia porque es más bonito, más romántico, que una ceremonia civil, hay que preguntarse allí había fe y si realmente se aceptaron las condiciones de una matrimonio sacramental valido, que es la unidad, la exclusividad y la indisolubilidad»(Ibidem). Esto es hablar por hablar, para ganar la atención del público, y decir unas cuantas mentiras, mal dichas.

El Sacramento del Matrimonio sólo necesita la materia y la forma: las palabras que se dicen, cuando contraen matrimonio, y la voluntad de ambos. No se necesita nada más para producir el vínculo: «§ 1. El consentimiento interno de la voluntad se presume que está conforme con las palabras o signos empleados al celebrar el matrimonio. § 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen inválidamente» (canon 1101).

No hace falta la fe. No hace falta conocer lo que significa unidad e indisolubilidad. El conocimiento o ignorancia de estas cosas no produce el vínculo matrimonial: «El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial» (Canon 1099).

La falta de fe o una fe débil o el estado de pecado o de gracia, no produce el vínculo matrimonial. Produce un óbice a la Gracia, pero no dirime el matrimonio. Hombre y mujer se casan cuando se dan sus voluntades y así la expresan con sus palabras y, después, con la consumación del matrimonio en la unión de sus cuerpos.

Para producir el vínculo matrimonial: unión de voluntades, consentimiento: «Son incapaces de contraer matrimonio: 1 quienes carecen de suficiente uso de razón; 2 quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar; 3 quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica» (Canon 1095).

Para obrar el matrimonio: hace falta la fe y el estado de gracia. Con una fe débil, viviendo en pecado, la gracia del Sacramento no funciona. Y, entonces, el matrimonio acaba en un desastre. Pero este desastre no anula el vínculo matrimonial.

Si la pareja quiere casarse con una ceremonia burguesa, eso no va en contra del matrimonio, no es un impedimento dirimente del matrimonio. Lo que impide un matrimonio es la intención no recta cuando los dos se casan: hay un engaño, una mentira, una doblez, una ocultación grave, que va a afectar a toda la vida matrimonial (= ser impotente, tener una demencia grave, casarse para no consumar el matrimonio, tener voto de castidad perpetuo, etc…)
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«El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, proclamólo por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne [Gen. 2, 23 s; cf. Eph. 5, 31]. Que con este vinculo sólo dos se unen y se juntan, enseñólo más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne [Mt. 19, 6], e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, confirmóla El con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [Mt. 19, 6; Mc. 10, 9]. Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. Lo cual insinúa el Apóstol Pablo cuando dice: Varones, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella [Eph. 5, 25], añadiendo seguidamente: Este sacramento, grande es; pero yo digo, en Cristo y en la Iglesia [Eph. 5, 32]» (Ibidem – D-969).

El matrimonio sólo tiene sentido en Cristo y en la Iglesia. No tiene sentido fuera de la Iglesia, fuera de la fe en Cristo.

Los matrimonios civiles, del mundo, son sólo eso: un sin sentido. Una unión que vuelve al principio, cuando Adán pecó y perdió la Gracia. Los hombres y las mujeres se casaban sólo atendiendo a la ley natural y a la ley de la concupiscencia. Una unión en que no se discierne ni el bien ni el mal. Una unión natural con un fin sólo natural: el que dé la ley natural, que es la luz del entendimiento. Pero en ese fin natural, el mal que se obra sin dique: por la ley de la concupiscencia, que está en todo hombre.

El hombre, hoy día, rechaza la Gracia del matrimonio, y quiere volver a su vómito de siempre. Y hay muchos católicos así. Y Kasper es el portador de este vómito.

En la Iglesia tenemos la gracia. Y una gracia permanente. Ya no es la gracia que tenía Abrahán por su fe en Dios. Ya no es la gracia que se obtenía al cumplir los mandamientos de Dios, dados por Moisés. Todo eso era una gracia que iba y venía. Los hombres no podían permanecer en la Gracia. Pero en la Iglesia, ya hay forma de vivir en Gracia, con el sacramento de la Penitencia. Y, por tanto, hay forma de hacer el matrimonio que Dios quiere: en la Gracia.

Dios, cuando crea al hombre y a la mujer, crea el matrimonio: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne» (Gn 2, 23). El matrimonio es una creación de Dios. No es un contrato natural entre hombre y mujer. No es algo externo al hombre y a la mujer. No es un invento del hombre. Lo llevan los dos inscritos en su ser. Por eso, Adán, nada más ver a la mujer, exclama: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». Ha comprendido lo que es unirse a una mujer. Ha comprendido el matrimonio.

El matrimonio, en la Creación de Dios, es una Gracia. Y una Gracia para el hombre y otra para la mujer. Es una vida divina que tienen que realizar los dos en la Gracia. El matrimonio no es una elección de vida para Adán. Es su vocación: Adán es creado para una Mujer. Y la Mujer es creada de Adán. El pecado original rompe este designio divino sobre el hombre y la mujer y, por tanto, el matrimonio se convierte en una elección, no en una vocación. Una elección que los hombres tienen que hacer en sus vidas. Pero, al principio era de otra manera.

Jesús restaura esta manera divina del matrimonio en Su Iglesia. En la Iglesia, el matrimonio es ya una vocación. No es ya una elección. Y, muchos, no han comprendido esto y, por eso, se ponen a elegir: matrimonio o vida religiosa. Si las almas, dentro de la Iglesia, tuvieran fe, verdadera fe, entonces verían su vocación al instante, sin necesidad de discernir entre una cosa y otra. Pero el Señor, en la Iglesia, sabe esperar siempre al hombre, porque sabe que el hombre no nace en gracia; y, por tanto, le cuesta entender su vocación, que ya trae del Cielo cuando es engendrado por sus padres.

El matrimonio, al ser una vocación divina, necesita el estado de gracia para poder obrarla. Sin gracia, el matrimonio es un infierno para los dos. Y, por eso, los dos buscan otras cosas una vez que ven que eso no les funciona. Y este es el error de muchas parejas.

Una vez que han dado su voluntad para un matrimonio, una vez que han puesto el vínculo matrimonial con sus intenciones, no se puede quitar eso: «lo que Dios unió, el hombre no lo separe». No hay nada humano que pueda romper el vínculo matrimonial, porque es una atadura divina: lo que Dios ha unido. Dios ha puesto el matrimonio en el ser del hombre y en el ser de la mujer. Y, de esta manera, todo hombre que se une a una mujer, produce un vínculo matrimonial. Un vínculo divino, por la misma Creación del hombre y de la mujer.

El pecado original tapó este vínculo divino. Los hombres y las mujeres se unen pero no atienden al vínculo. Con la ley que Moisés da, el hombre, en la fe, comienza a entender este vínculo divino, pero le resulta difícil vivirlo en plenitud. Y, por eso, Moisés, por la dureza de los corazones, tiene que permitir el divorcio: «Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles Él: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio ni fue así» (Mt 19, 7-8).

En la gracia, no hay divorcio. No puede existir: «Al principio no fue así». Cuando Dios crea al hombre y a la mujer, los crea en la Gracia, en la ley de la Gracia. No sólo con una ley natural o divina. Dios los crea en la gracia del matrimonio, en una vocación matrimonial, en una vida divina para un fin divino. Adán no tiene que elegir una mujer, sino que tiene que unirse a su mujer. Y el pecado de Adán fue precisamente esto: no se unió a su mujer, sino que eligió comer la manzana prohibida. No siguió su vocación divina.

Con el pecado de Adán, es necesario el divorcio porque los hombres no comprenden lo que es el matrimonio. En la Iglesia, teniendo la Gracia, ya no es posible ningún divorcio. Aquellos malcasados, tienen que organizar su vida según la Gracia y, por tanto, salir de ese estado de pecado al unirse con un hombre o con una mujer que no les pertenece, que les hace vivir una vida de pecado. Y si por las circunstancias de la vida, porque ya se tienen hijos,…, no pudieran romper esa nueva unión, entonces tienen que practicar la vida de virtudes: continencia, castidad, etc., esperando una gracia: que el primer vínculo se desate por la muerte de uno de ellos. En la Iglesia se vive para conquistar una gracia, para merecerla. No se puede vivir en un estado de pecado permanente.

En la Iglesia, todo es Gracia, pero no todo me es permitido: «Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica» (1 Cor 10, 23). Es necesario el sacrifico para alcanzar la perfección de vida. Un matrimonio que no funciona, es lícito separarse: «Si alguno dijere que yerra la Iglesia cuando decreta que puede darse por muchas causas la separación entre los cónyuges en cuanto al lecho o en cuanto a la cohabitación, por tiempo determinado o indeterminado, sea anatema» (D-978 Can. 8). Pero no es lícito buscar otra pareja. Si se hace eso, la salvación del alma está en juego, porque la Iglesia es para vivir en la Gracia, para ser fieles a esa Gracia. Y es necesario la fidelidad a la gracia de un matrimonio, aunque no funcione en la realidad. Esa fidelidad es el camino para salvar el alma. La infidelidad a esta gracia, que poseen muchos malcasados, es camino para perderse, para condenarse.

Hoy día, la Iglesia no enseña la penitencia, ni siquiera a los que están mal casados. Vean a Kasper: «¿Vivir juntos como hermano y hermana? Por supuesto, respeto a los que hacen esto. Pero esto es un acto heroico, y el heroísmo no es para el cristiano promedio». Kasper enseña a los católicos tibios a permanecer en su tibieza. Kasper enseña a los católicos a no buscar la santidad de la vida. Kasper enseña a toda la Iglesia que es mejor pecar que estar en gracia. Si no se pone un camino de cruz a los malcasados para que comprendan lo que es su pecado, entonces los condenamos a todos con leyes abominables.

Porque, por derecho divino, no se puede dispensar del vínculo del matrimonio: «§ 1. Atenta inválidamente matrimonio quien está ligado por el vínculo de un matrimonio anterior, aunque no haya sido consumado. § 2. Aun cuando el matrimonio anterior sea nulo o haya sido disuelto por cualquier causa, no por eso es lícito contraer otro antes de que conste legítimamente y con certeza la nulidad o disolución del precedente» (Canon 1085).

Y este derecho divino es inmutable, aunque se den muchas circunstancias que propicien buscar otra unión porque la que se tiene es un camino absurdo en la vida. Hay que cargar con la Cruz de un matrimonio que, a todas luces, no les sirve ni a uno ni a otro. Si se carga con es cruz, entonces se camina en la verdad y se encuentra la solución divina al problema de ese matrimonio.

Pero las almas, hoy día, no quieren cruz, sino vivir su vida. Vive y deja vivir. Es el pensamiento de muchos. Y eso es un pensamiento abominable en la Iglesia Católica.

En la Gracia, no hay divorcio. Fuera de la gracia, existen toda clases de separaciones que muestran sólo el camino de la maldad.

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