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El descalabro mental de Bergoglio

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«Cuando tantas veces en mi vida como sacerdote he oído objeciones. “Pero dime, ¿por qué la Iglesia se opone al aborto, por ejemplo? ¿Es un problema religioso? “-” No, no. No es un problema religioso “-” ¿Es un problema filosófico? “-” No, no es un problema filosófico”. Es un problema científico, porque hay una vida humana, y no es lícito echar fuera una vida humana para resolver un problema. “Pero no, el pensamiento moderno…” – “Pero, mira, en el pensamiento antiguo y el pensamiento moderno, la palabra matar significa lo mismo.” Lo mismo se aplica a la eutanasia: todos sabemos que con tantos ancianos, en esta cultura del descarte, si se hace esto la eutanasia se oculta. Pero, también es el otro. Y esto es decir a Dios: “No, el final de la vida lo hago yo, como yo quiero.” El pecado en contra de Dios Creador.» (ver texto)

Sólo un hombre que desvaría en su cabeza puede decir esto: el aborto es «un problema científico, porque hay una vida humana, y no es lícito echar fuera una vida humana para resolver un problema».

Vean la locura:

a. el aborto es un problema científico, porque hay una vida humana. Entonces, la vida del hombre sólo se puede ver tras la ciencia, en lo experimental, en los datos que los científicos buscan y obran. Esto es decir, que lo que rige la vida humana es la ley de la ciencia, ley humana, ley de datos, ley de la experiencia científica.<

Nos recuerda el magisterio de la Iglesia: «la norma suprema de la vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal mediante la cual Dios ordena, dirige y gobierna, con el designio de su sabiduría y de su amor, el mundo y los caminos de la comunidad humana. Dios hace al hombre partícipe de esta ley suya, de modo que el hombre, según ha dispuesto suavemente la Providencia divina, pueda reconocer cada vez más la verdad inmutable» (Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, 3).

En otras palabras, el aborto es un problema religioso, porque la vida humana se rige por una ley moral, por una norma de moralidad, no por una ley científica.

b. El aborto es un problema científico, y no es lícito echar fuera una vida humana para resolver un problema. Y nos preguntamos: ¿qué es lo lícito o lo ilícito en un problema científico si no hay ni una ética ni una moral?

El científico es el que experimenta. Y, en la experiencia, llega a unos datos. Usa o no usa esos datos; coge unos métodos u otros, con esos datos. Y así llega a una conclusión, a un fin en su estudio científico.

Entonces, los científicos producen el aborto porque están experimentando con datos: experimentan con la madre, con el feto, etc… Y llegan a una conclusión: hay que echar fuera a ese feto. ¿Qué tienen que hacer esos científicos? Tienen que corregir su experimentación. Experimentan mal, según un camino equivocado, según un método que no es. Y, entonces, ¿cuál es el camino para que el científico no eche fuera al feto? ¿cuál es el camino para no matar a un anciano?¿cómo resolver esos datos que tiene el científico para no matar al feto?¿qué hace con el dato de la madre y qué hace con el dato del feto?

¿Ven el pensamiento de este loco? No tiene lógica, Bergoglio, en su pensamiento humano. No habla con lógica, sino con el sentimiento.

Está diciendo que el científico debe decidir libremente su comportamiento sobre el feto, pero atendiendo al significado que la palabra matar tiene en la historia: «en el pensamiento antiguo y el pensamiento moderno, la palabra matar significa lo mismo»; atendiendo a ciertos comportamientos que el hombre tiene en su vida cultural o social: «todos sabemos que con tantos ancianos, en esta cultura del descarte, si se hace esto la eutanasia se oculta». Los hombres matan a los ancianos porque son desechables, no son útiles. Es decir, hay que amar al otro porque también el otro es libre para vivir. Hay que respetar la libertad del otro. Y así hacemos una cultura del encuentro: encontramos al otro en su libertad. Pero si le negamos la libertad de vivir, hacemos una cultura del descarte,

Y termina con una blasfemia: «es un pecado contra Dios creador». ¿Qué cosa es un pecado contra Dios? ¿Usar unos datos, obrar una experiencia? ¿Que el científico experimente con los datos de la madre y del hijo?¿que el científico eche fuera el dato del feto?¿que el científico no use el método apropiado para no echar fuera el dato del feto?

En esta concepción, no hay que matar al otro porque Dios al crear al hombre lo ha dejado libre. Y es un pecado contra Dios porque se quita la libertad al hombre.

Bergoglio siempre tiene este problema: no sabe unir libertad humana con la verdad inmutable. Pone la libertad del hombre por encima de la verdad.

El acto humano es aquel que procede de la voluntad libre de la persona. Bergoglio ensalza esta libertad del hombre, pero no sabe unirla al acto moral. Tiene que negar la moralidad.

El acto moral es aquel que es conforme o disconforme con una norma suprema de moralidad, que Dios da al hombre en la ley natural, en la ley divina, en la ley de la gracia, en la ley del Espíritu. Existe una Ley Eterna que todo hombre tiene que cumplir, para llegar a su fin último, que es Dios. Y, por tanto, todo hombre, en su libertad, en su dignidad humana, tiene que aceptar la verdad, la ley que Dios le manda. Los científicos, los médicos, para hacer bien su trabajo, tienen que regirse, no por la experiencia de sus datos, sino por una norma de moralidad. No sólo por una ley ética que ellos conciben con sus mentes; sino con una ley que no viene del hombre, sino de Dios.

Bergoglio no hace referencia a esta norma suprema de la moralidad, la anula: el aborto no es un problema religioso; y, por tanto, pone la libertad del hombre por encima de toda ley, aun la ética. Y, por eso, dice que el aborto no es un problema filosófico: matar al feto no se rige por una ley ética. Sólo es un problema científico: se rige por la ley de la experiencia vital. Lo que cada uno experimenta con su libertad en la vida. Tiene, cada hombre, que saber dirigir su libertad hacia el otro para no quitarle el derecho de ser libre, de ser hombre, para no hacer una cultura del descarte: «reconocen la dignidad de la persona humana como criterio de su actividad».

El criterio para el científico es la dignidad de la persona humana: su libertad; pero no la obra moral de esa persona humana, no su vida moral, no el fin último para el cual vive esa persona.

Y esto le lleva a un falso amor: «Si el juramento de Hipócrates os compromete a ser siempre servidores de la vida, el Evangelio os empuja más allá: a amarla siempre y de todos modos, sobre todo cuando requiere atención y cuidados especiales». El Evangelio no empuja al hombre a amar a todo hombre y de cualquier manera. Cristo no enseña a atender y a cuidar a los hombres. El Evangelio es la norma suprema de la moralidad. Cristo enseña una ley moral en Su Palabra. Y, cada hombre, en su libertad, tiene que aceptar o no esa ley. Hay que amar al feto y al anciano porque sus vidas son de Dios y para Dios, son para una vida moral, no porque son hombres libres, no porque tenga una dignidad humana, no porque vivan para una vida humana.

«la unidad de la Iglesia es herida no sólo por los cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos que desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio (cf. 1 Co 5, 9-13) (…) Promover y custodiar, en la unidad de la Iglesia, la fe y la vida moral es la misión confiada por Jesús a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20), la cual se continúa en el ministerio de sus sucesores» (Beato Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 26-27).

Bergoglio falsea el Evangelio porque anula las obligaciones morales que todo hombre tiene con su prójimo. Bergoglio no desconoce las obligaciones morales, sino que en su pecado de rebeldía contra Dios se pone por encima de la ley moral, de la ley eterna, de Dios. Y le lleva a una predicación del sentimiento, de la falsa misericordia: ama a tu prójimo porque es tu hermano, porque es un hombre libre, como tú.: «La compasión evangélica en cambio, es la que acompaña en tiempos de necesidad, o sea la del Buen Samaritano, que “ve”, “tiene compasión”, se acerca y da ayuda concreta. Vuestra misión como médicos os pone en contacto diario con muchas formas de sufrimiento. Os animo a haceros cargo como “buenos samaritanos”, cuidando especialmente de los ancianos, de los enfermos y de los discapacitados». Todo es puro sentimentalismo el de este hombre, que nace de su locura: niega el orden moral, la vida moral, la norma de moralidad.

Esto es un hombre que ha perdido el juicio totalmente. Por eso, las agencias informativas del vaticano ocultan esta parte. Sólo está en italiano. Al hacer el resumen, la agencia VIS no pone estas frases, porque sabe que son un descalabro, son un desvarío mental.

¿Qué dice un verdadero Papa sobre el aborto?

«Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal» (Beato Juan Pablo II -Evangelium vitae, n. 62)

El aborto es un desorden moral grave. Acto moral grave. Esto es hablar claro. Esto es tener una cabeza bien montada. Bergoglio es un auténtico loco en su pensamiento humano. No tiene cabeza.

Un acto científico no es un acto moral; un acto humano no es un acto moral; un acto natural no es un acto moral.

El acto moral es aquel que realiza un hombre bajo un fin divino, moral: se hace una obra atendiendo a una ley: natural, divina, de la gracia, del Espíritu. Se atiende a la ley Eterna. Y de acuerdo a esa ley, se actúa.

Un acto humano es aquel que se realiza sin atender a una ley Eterna, sin apoyarse en una norma de moralidad: sentarse, estar de pie, comer, etc… son actos humanos, pero no morales.

Cuando el hombre se pregunta si su acto humano lo quiere Dios o no, entonces ahí entra el acto moral.

Si el hombre no se pregunta si es la Voluntad de Dios obrar ese acto humano, entonces el hombre peca siempre, si ese acto humano es necesario para la salvación de su alma; si no es necesario, no hay pecado, pero sí puede haber imperfección.

Todo acto moral es un acto humano; pero no todo acto humano es acto moral.

Un acto científico es un acto humano: el científico usa datos para su investigación. Si esa investigación u obra trae repercusiones para su alma, entonces el científico tiene que preguntarse la norma de moralidad. Y su acto científico ya es un acto moral, ya es un acto religioso.

Allí donde hay un acto moral allí hay siempre un problema religioso, espiritual, divino.

Por tanto, el aborto es un problema religioso, porque atañe a un acto moral de la persona.

Luego, hay que enseñar al científico a usar sus datos con respecto a una norma de moralidad. Usar su libertad en la ley moral, en la verdad inmutable, universal, eterna. Hay que enseñar que matar un feto es un pecado grave. Hay que decirle que es un pecado, que es un acto moral en contra de la Voluntad de Dios, que es una ofensa contra Dios, que es una mancha del alma, que hace que el alma viva en condenación. Esto es lo que no enseña Bergoglio. Y esto es lo que enseña Juan Pablo II.

La diferencia es clarísima: a Bergoglio sólo le interesa la cultura del descarte: no hagamos una sociedad donde se deseche a los hombres. Miremos la dignidad humana, la libertad del hombre, porque toda vida la ha creado Dios. Esto es todo en este hombre. Y esto no es la Verdad.

Hay que enseñar al hombre a no matar, a no pecar, porque así lo ha mandado Dios, no a formar una sociedad justa, buena para el hombre, donde no haya desechos. Es que es imposible que el hombre no mate, no aborte. Es imposible buscar una cultura donde no haya desechos, que este es el ideal de Bergoglio: no matemos ni a los niños ni a los ancianos, porque es más bonito no matar.

Existe el pecado original, luego, necesariamente, tienen que haber abortos y eutanasia. Necesariamente. Hay que ofrecer al hombre el camino para que salve su alma. Hay que darle al científico el camino para que salve su alma en su obra médica, científica. Esto es lo que no enseña este hombre. Y nunca lo va a enseñar.

Bergoglio no da la ley moral al científico. Ésta es su locura. Si hubiera dicho: empleen métodos más justos, más éticos, en sus obras científicas, hubiera salvado, en parte, su locura. Pero es que ni siquiera el aborto es un problema filosófico. Deja al científico en su propia experimentación, en su propia libertad. Y el que experimenta no sabe cuál es el camino recto. Hay que darle una norma moral; hay que decirle las cosas claras, el camino para que su experimento sea saludable para su alma y la de los demás. Deja al científico en su misma libertad y le dice: no dañes la libertad del otro.

No hay que decir que eso es un pecado porque va en contra de Dios creador. No se dice nada con eso. ¿De qué Dios habla este hombre? ¿Del dios de los judíos o del dios del musulmán? Porque si habla del Dios del musulmán, entonces está diciendo que se puede matar al feto.

Hay que decir que eso es un pecado porque va en contra de la ley de Dios en la Creación, va a en contra de una norma suprema de moralidad. No porque existe un Dios creador. Cada uno entiende al Dios Creador de una manera. Luego, no se dice nada de nada. Se habla para quedar bien con todo el mundo.

Son muy pocos los que disciernen, en verdad, las palabras de este loco. Muy pocos.

¿Por qué muchos católicos siguen llamando Papa a un hombre que desvaría en su mente humana? ¿A un hombre que no da continuidad al magisterio de los Papas? ¿Por qué no lo ven como es: como un falsario, como un falso Papa? Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católico, ni es tampoco un antipapa. Bergoglio es un falso papa de una falsa iglesia que él ha levantado en Roma con su gobierno horizontal.

¿Por qué no se ve esto?

Porque la Iglesia ha quedado dividida por muchos hombres, ya de la Jerarquía, ya de los fieles, que con sus ideas prefabricadas sobre lo que debe ser la Tradición, el Magisterio, la liturgia, se atreven a formar su grupito dentro de la Iglesia para defender sus verdades. Y ahí están todos siguiendo, cada uno, su fábula, su cuento para no dormir.

Bergoglio se ha quedado solo en su obra cismática. Y viene el tiempo de la destrucción de la Iglesia con un nuevo hombre, al que todos van a seguir, porque se va a dirigir a todos esos católicos que han producido la división y que quieren encontrar al hombre ideal en sus mentes: al Papa que los una en sus desvaríos mentales. Están todos esperando un Papa salvador de este desastre. Esta es la obra del demonio en la Iglesia. Cristo ya puso su Papa: Benedicto XVI. Al hombre no le gustó, y buscó a otro: Bergoglio. Y ahora, al hombre no le gusta lo que puso y va a buscar a su papa salvador.

La Iglesia es sólo Una, pero son muchos sus destructores. Que cada cual elija el hombre para su vida espiritual, para su vida eclesial. Aquí somos claros: el Papa Benedicto XVI sigue siendo el Papa de los católicos, hasta su muerte. Lo demás, una fantasía de los hombres, un negocio en la Iglesia, un cisma en Roma.

Cisma abierto en toda la Iglesia

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Muchos dicen: ¿por qué se le critica tanto a Francisco? ¿No ha dicho el Señor que no juzguen para no ser juzgados?

Las almas no han comprendido lo que es la vida espiritual, que es algo diferente a la vida moral.

Todos pueden juzgar el espíritu de otra persona: «el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle» (1 Cor 2, 15).

Todos pueden juzgar a un homosexual, un ateo, a un masón, a un budista, a un protestante, a un comunista, etc., cuando el juicio es sobre su vida espiritual.

Jesús ya ha marcado el camino de la verdad en el Espíritu: las leyes divinas, las leyes naturales, los dogmas, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, la Palabra de Dios.

Todos aquellos que siguen la doctrina de Cristo juzgan a los demás: a los que la siguen y a los que no la siguen.

Los que no siguen la doctrina de Cristo no saben juzgar a los demás de manera espiritual, porque no tienen la Verdad, que viene del Espíritu de Cristo.

Todo aquel que permanece en la Verdad, que es Cristo, lo juzga todo, porque se apoya en esa Verdad, en Cristo mismo, en Su Mente; no se apoya en la verdad que tiene en su mente humana. Es la verdad que Dios ha dado al hombre y que nunca cambia, que es siempre la misma, aunque el hombre y el mundo cambien.

La ley divina dada a Moisés es para siempre, para todos los tiempos. La doctrina que enseñó Jesús a Sus Apóstoles, y que ha sido transmitida por la Tradición, enseñada por el Magisterio auténtico de la Iglesia, y contenida en los Evangelios, es para siempre. No se puede cambiar una tilde, una palabra, a esa doctrina. Esa doctrina es la única verdad. La Verdad Absoluta. La verdad que todo hombre debe tener en su corazón, para que su mente piense la vida como Dios la ve.

Todo aquel que está en la Verdad, que se agarra a los dogmas, que no transige con la mente de los hombres ni con sus leyes, entonces lo puede juzgar todo, cualquier cosa y a cualquier persona, sea sacerdote, Obispo o Papa, en el aspecto espiritual.

Puede decir: ese sacerdote se equivoca porque no sigue el dogma, no sigue la verdad.

«Pero como todos sabemos, es el jardín de Dios una gran variedad de colores. No todos los que han nacido como un hombre se sentirán como un hombre, y también en el lado femenino. Ellos se merecen, como seres humanos, el respeto a la que todos tenemos derecho. Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito. (…) oren por él, por la bendición de Dios para su vida. ¿Una victoria de la tolerancia? (…) Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista» (Cardenal Christoph Schönborn – 15/05/2014).

Todos aquellos que siguen la Verdad pueden juzgar al Cardenal Schönborn porque se ha puesto en la mentira.

1. en el jardín de Dios, que es la Creación material sólo se da: hombre y mujer, varón y hembra, masculino y femenino. Es decir, no se dan ni los homosexuales, ni las lesbianas ni otra cosa que se invente el hombre;

2. en el jardín de Dios, se produjo el pecado de Adán y, por lo tanto, el demonio es el que crea a los homosexuales, las lesbianas, etc.

3. Dios juzga el pecado de los homosexuales y las lesbianas como abominación y lo castiga con una pena social: pena de muerte.

4. Si Dios juzga a la persona homosexual como abominación, todo hijo de Dios tiene la obligación de juzgar al homosexual como abominación. Porque el hijo de Dios sigue la mente de Dios; no sigue la mente de ningún hombre.

5. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado, en la Iglesia, a seguir la Mente de Dios y enseñarla a todas las almas. Quien no haga esto, automáticamente se pone fuera de la Iglesia.

6. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado a hacer oración y penitencia por los pecadores, para que reciban la gracia del arrepentimiento. Y están obligados a decir a un pecador público que quite su pecado si no quiere condenarse por él.

7. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, que no enseñe la ley divina, sino que se invente su ley divina en la Iglesia, y procure contentar a los hombres con sus bellas palabras humanas (=tolerancia) no pertenece a la Jerarquía verdadera, sino a la infiltrada, a la que no es de Cristo.

8. Todo fiel en la Iglesia está obligado a obedecer la Mente de Dios, no la mente de los hombres, aunque sean sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papa, cuando dicen, predican, obran lo contrario a la ley divina.

Esto es hacer un juicio espiritual: el Cardenal Schönborn pertenece a la Jerarquía infiltrada porque no enseña la Verdad sobre la homosexualidad ni sobre el acto creador divino sobre la naturaleza humana. Por tanto, no se le puede dar obediencia ni respetarlo como sacerdote ni como Obispo. Se le respeta como hombre, porque es libre de condenarse por sus pecados.

Hasta aquí el juicio espiritual, que todo el mundo puede hacer si está en la Verdad, que es Cristo.

Lo que Cristo prohíbe es el juicio moral sobre las personas.

Cada persona, independientemente de su vida espiritual, tiene una vida moral. Esa vida moral nace de su voluntad humana, que está regida por una razón.

Todo acto moral es una obra de la voluntad del hombre. Todo hombre, en su vida, elige una obra guiado por una razón: divina, humana, demoníaca. Y, según sea esa razón, así será su acto moral. Este acto moral sólo Dios puede juzgarlo, no el hombre.

Dios mandó al profeta Oseas buscar una prostituta. Y Oseas realizó un acto moral que, para los hombres es pecaminoso, pero no para Dios. Dios le mandó obrar una justicia en esa prostituta. Es un mandato divino.

Dios mandó a Abraham sacrificar a su hijo. Eso es ir en contra del mandamiento divino: «no matarás». Pero, como Dios lo manda en Su Justicia, para obrar una justicia por el pecado del hombre, entonces no es pecado y ese acto moral es bueno para Dios, para Abraham y para el hijo que se sacrifica. Igualmente, lo que hizo Oseas es un acto moral bueno, para él y para la prostituta.

Cuando Dios manda estas cosas, no se las dice a cualquiera, sino a personas de mucha vida espiritual, como Abraham y Oseas. Personas de gran fe en la Palabra de Dios. Y esto que manda Dios no es saltarse la ley divina, los mandamientos; no es una excepción en la regla; no es un capricho divino. Es una obra divina, santa, que sólo Dios sabe medir; no los hombres. Y sólo el que la obra, sabe por qué Dios se lo manda. Esta obra no es conocida por nadie. Por eso, Abraham la obró sin el conocimiento de nadie. Y lo mismo Oseas.

Pero si el hombre, en su acto moral, no sigue los mandamientos de Dios, la ley divina, entonces siempre comete un pecado. Se puede juzgar el pecado de esa persona, porque entra en la vida espiritual; pero no se puede juzgar a la persona, porque no se conoce la intención con que realizó ese pecado. No se puede juzgar su vida moral: su acto moral. Pero sí su pecado. Y, entonces, sólo queda un camino ante el acto moral de la persona: rezar por ella, hacer penitencia por su pecado.

Adán, siguiendo la mente del demonio engendró un hijo: Caín. Este acto moral es un pecado. Se juzga espiritualmente el pecado, pero no se juzga a Adán, su acto moral, que sólo Dios sabe medirlo y ponerle el camino de Su Justicia. Lo que hizo Adán es una obra de su voluntad humana según el orden de una razón demoníaca. Es un acto moral, no sólo del hombre, sino también del demonio en el hombre. Por eso, el demonio tiene derecho a la vida moral de los hombres; por el pecado de Adán.

Ante las declaraciones de este cardenal, se juzga su visión espiritual del homosexualismo, pero no su acto moral. Ha pecado con esas declaraciones. Y su pecado es muy grave, porque ha dicho una herejía y ha puesto el camino para el cisma. Pero no se puede decir que este Cardenal está condenado al fuego del infierno, porque no se le puede juzgar en su vida moral. Ésta la juzga Dios.

Lo que tiene que hacer toda alma, fiel a Jesucristo, es apartarse de este Cardenal, no seguir sus predicaciones, sus enseñanzas, porque son heréticas; y rezar para que deje lo que está haciendo en la Iglesia y busque ayuda espiritual para su alma. Porque si no ve su pecado, entonces es cuando se condena.

Estas cosas hay que tenerlas claras en la Iglesia. La Iglesia es para salvar el alma y santificarla. Y se salva luchando contra el pecado y contra los hombres que ayudan a pecar, que son tentación para el pecado. Y, por tanto, en la Iglesia sobra la tolerancia humana, que es un pecado grave.

Una cosa es respetar a ese homosexual como hombre, porque es libre para obrar su pecado, donde quiera y ante quien quiera. Y otra cosa es defender la verdad ante el pecado de ese hombre.

Si no se defiende la Verdad, sino que se tolera la mentira, el pecado, el error, el engaño, entonces el pecado se anula, el pecado se apoya, se justifica, se ensalza, y se hace un mal mucho mayor. Porque quien alaba el pecado de un homosexual, quien no lo corrige, entonces no es capaz de hacer penitencia por su pecado para que su alma se salve. Sino que se le invita a seguir pecando, a seguir en el camino del pecado, y se le enseña una utopía: que Dios lo bendice en su pecado.

Es lo que este cardenal ha dicho: «oren por él, por la bendición de Dios para su vida». Lo que este Cardenal no sabe es el cisma que ha abierto con estas palabras. Este cardenal alaba el pecado del homosexual: «Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito». Esto es una grave herejía viniendo de un consagrado.

Hay que orar para que este homosexual diga un no a su pecado. No hay que orar para que Dios bendiga su vida. Dios no bendice si el alma no se aleja del pecado. Dios no derrama sus dones si el alma justifica su pecado. Dios no da nada al hombre que quiere pecar y que vive su pecado, sin poner ninguna traba a él.

Es muy grave lo que este Cardenal ha expresado. Gravísimo. Pero así es todo ahora. El culpable de estas declaraciones es Francisco. El comenzó con el juego del lenguaje: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar» (Entrevista del P. Antonio Spadaro, S.J.- Director de La Civiltà Cattolica).

Yo soy hijo de la Iglesia, pero tenéis que pensar como yo pienso: no juzgues a los homosexuales. Hay que cambiar la ley divina en cuanto a los homosexuales.

¡Faltaría más!: yo soy hijo de la Iglesia, pero es mejor ser hijo del demonio en cuestión de los homosexuales. Es la propaganda que Francisco se hace a su orgullo, a su pecado. El que es de la Verdad dice la Verdad como es, no se anda con juegos semánticos, con licencias linguísticas, con eufemismos pegajosos.

Es que es necesario seguir insistiendo que el homosexual es una abominación. No hay que lanzar la doctrina de la tolerancia. No podemos ser tolerantes con la mentira, con la idea del demonio, con las ideas de los hombres. Porque el hijo de Dios sólo tiene la Mente de Dios. No posee ni siquiera su propia mente humana. El hijo de Dios no es de él mismo, sino de Su Padre Dios. Y, por eso, todo hijo de Dios lucha contra su mente humana y contra la mente de todo hombre, si es tentación para su vida espiritual, si es un peligro para la salvación de su alma y la de los demás.

La vida moral de las personas es para su vida espiritual. Y no es al revés. No es primero la vida espiritual: no es primero ser masón, budista, protestante, marxista, pecador, etc., para tener una vida moral. Esto es una aberración, y es lo que, hoy día, observamos en la Iglesia –y no digamos en el mundo.

Todo hombre debe cultivar su vida moral y, entonces, crece en la vida espiritual; y es capaz de juzgarlo todo; porque ya no es un niño en las cosas de Dios, sino un adulto, que sabe mirar a todos los hombres a su cara y decirles las verdades sin pestañear.

Porque los hombres se ponen por encima de la ley de Dios y de la ley natural, entonces caen en un absurdo: quieren vivir como ellos obran, según el capricho de sus voluntades. Y no se dan cuenta que para obrar, necesitan una razón. Y, como no saben discernir sus pensamientos, obran siempre una abominación, un absurdo, una ilusión, una utopía en sus vidas.

Hoy se da esa especie de culto a ser uno mismo, sin relación al ser, a la verdad, al bien y a la ley divina y a la natural.

El homosexual se da culto a sí mismo: quiere ser homosexual sin relación a su masculinidad; sin la verdad de que Dios lo ha creado para una mujer; sin el bien de un matrimonio con una mujer; sin hacer caso a la ley divina que le impone alejarse del pecado del homosexualismo, por ser una abominación; y queriendo ser ley natural para sí mismo: un gran absurdo.

Y este modo de ser uno mismo, se dice, que es signo de autenticidad y de madurez. Hasta aquí llega la oscuridad del hombre. Y que es lo que dice ese Cardenal: «Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista». Se es auténtico porque se vive en contra de la ley de Dios. Se vive poniéndose por encima de la autoridad de Dios.

Hay que tolerar a ese hombre, hay que respetarlo porque así él lo ha decidido su vida; hay que respetar su decisión personal de ser homosexual y hay que ayudarlo en ese camino.

Éste es el pensamiento de muchos con la doctrina de la tolerancia. Es un gran pecado pensar así. Y es pecado contra la fe cuando viene de un Cardenal.

En este pensamiento, que es el de muchos, se pone el bien y el mal, sólo en la persona humana. Y, entonces se cae en la herejía: como yo, en mi vida, decido ser homosexual, y no decido ser varón, entonces la verdad es lo que yo obro.

El decidir en sí mismo es aquello que funda la bondad o la maldad del ser humano. El hombre es él mismo la medida, la verdad, la bondad de todos sus actos libres. Ya no es algo fuera del hombre, ya no es la ley divina, la ley natural, la mente de Dios. Es el mismo hombre ley para sí mismo. Por eso, se clama por la tolerancia. Hay que respetar lo que otro decide sobre sí mismo. Una abominación en la vida.

Ésta es la abominación que se vive hoy día, y que predica Francisco y los suyos, con la doctrina de la tolerancia.

Y esta abominación tiene su origen en esto: en poner la vida como sola elección de la voluntad del hombre. La voluntad humana es la que ordena vivir, ordena elegir: haz lo que te dé la gana. Vive como quieras: sin ley, sin razón, sin conciencia. Sé tú mismo dios para tu vida. Ésta es la falsedad que se enseña.

Y no se cae en la cuenta de que la voluntad del hombre no puede ordenar nada sin un orden de la razón. Se tiende a algo según una razón, según una idea. En este caso, se pone la idea de que el hombre es dios en sí mismo y, por lo tanto, puede hacer lo que le dé la gana en su vida. Puede decidir lo que le parezca. Es el culto a la mente del hombre, a la vida del hombre, a las obras del hombre. Es el orgullo de ser uno mismo, independientemente de los demás.

Estamos en la Iglesia con el cisma abierto. Y, ahora, se escuchan barbaridades de sacerdotes, de Obispos, y de fieles que se creen con derecho de hacer su propia voluntad en la Iglesia, y que todos estén de acuerdo con esa voluntad. Es una gran abominación lo que vemos en toda la Iglesia.

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