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No hace falta la fe para casarse válidamente

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«Entre las circunstancias que pueden consentir tratar la causa de nulidad matrimonial por medio del proceso más breve según los cánones 1683-1687, se encuentran por ejemplo: la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad, la brevedad de la convivencia conyugal, el aborto procurado para impedir la procreación, la obstinada permanencia en una relación extraconyugal en el momento de la boda o en un tiempo inmediatamente posterior, el ocultamiento doloso de la esterilidad o de una grave enfermedad contagiosa o de hijos nacidos de una precedente relación o de un encarcelamiento, una causa matrimonial del todo extraña a la vida conyugal o consistente en la gravidez imprevista de la mujer, la violencia física infligida para obligar el consentimiento, la falta de uso de razón comprobada por documentos médicos, etc…» (Art. 14§1).

El Sacramento del Matrimonio causa la gracia, es decir, comunica “per se” (por sí mismo) el ser de la gracia al hombre y a la mujer, que se unen en matrimonio.

No hace falta la fe, ni del varón ni de la mujer, para casarse. La fe no es un pre-requisito para que el Sacramento actúe.

Sin embargo, hace falta la fe para que el alma pueda recibir esa gracia, tenga disposición en su alma para recibir la gracia ya dada en el Sacramento.

Una cosa es la gracia que comunica el Sacramento; otra es la disposición del alma, que por su pecado o falta de fe, pone un óbice, un obstáculo para recibir en el alma la gracia que ya se ha dado en el Sacramento.

El pecado o la falta de fe no impide que el Sacramento haga su función: comunicar el ser de la gracia. Impide, por el contrario, que el alma tenga esa gracia en su interior y pueda vivir la vida divina en el matrimonio.

Por lo tanto, legislar que entre las circunstancias que pueden anular un matrimonio está la falta de fe es un error en la fe. Gravísimo error.

Porque el impedimento que anula un matrimonio es el error en la mente, no la falta de fe. Hay que discernir el error para ver si afecta a la esencia del contrato matrimonial o al objeto del contrato matrimonial, que es la misma persona.

Hay que legislar sobre el error, no sobre la falta de fe.

Legislar «la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad» es anular el impedimento del error en el matrimonio.

Se centra en la falta de fe que, “per accidens”, puede viciar el consentimiento. Pero no se centra en si hubo, antes del matrimonio, un error que impidiera el contrato matrimonial.

Si no existe error en cuanto a la naturaleza de lo que es el matrimonio y en cuanto a la persona, con la cual se contrae matrimonio, entonces siempre el matrimonio es válido.

El valor del Sacramento del Matrimonio no depende “per se” de la fe los contrayentes. Sólo depende “per accidens”.

Aquella persona que no crea en nada en absoluto, el Sacramento que realiza es válido por sí mismo. Porque el que se casa no obra como causa principal en el Sacramento. No es por su propia fe cómo Cristo da el ser de la gracia del Sacramento. Ni es por su falta de fe cómo Cristo niega el ser de la gracia del Sacramento. El Sacramento es obra de Cristo mismo, no de la fe de la persona.

Por eso, formalmente, no influye la falta de fe para la validez de un matrimonio. Puede influir “per accidens”, indirectamente, viciando la intención de la voluntad o la forma del matrimonio (=la libre aceptación del otro).

Cuando se da un error en la mente, que tuerce la intención de querer ese contrato matrimonial como lo quiere Cristo o la Iglesia, o que se niega a aceptar la voluntad de la otra persona como parte del contrato matrimonial, entonces no puede haber matrimonio.

Aquel que se case ignorando el derecho al cuerpo, o que piense que el matrimonio sea soluble, se casa válidamente, si su pensamiento no influye ni en la libre aceptación de la otra persona, ni en la intención de su voluntad de casarse. Él quiere casarse, aunque ignore todo lo demás.

Pero aquel que tuerza su voluntad por su incredulidad, entonces se casa inválidamente. Tiene el impedimento de un error sustancial.

Una cosa es la voluntad de casarse, la intención; y otra el error, la ignorancia, la duda.

Por derecho divino, no hace falta la fe para casarse, ya que el contrato matrimonial es indisoluble por ley natural. Antes de Cristo, la gente se casaba naturalmente, sin la fe, y eso era indisoluble.

«En el plano teológico, la relación entre la fe y el matrimonio tiene un significado más profundo. El vínculo esponsal, aunque sea realidad natural entre los bautizados, fue elevado por Cristo a la dignidad de sacramento. El pacto indisoluble entre hombre y mujer no requiere, a los fines de la sacramentalidad, la fe personal de los contrayentes. Lo que si se pide como condición mínima necesaria es la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Y si bien es importante no confundir el problema de la intención con el de la fe personal de los contrayentes, no es posible separarlos totalmente. Como hacía notar la Comisión Teológica Internacional en un documento de 1977, “En el caso en el que no se advierta ningún rastro de fe en cuanto tal (en el sentido del término “creencia” disposición a creer) ni algún deseo de la gracia y de la salvación, se pone en el problema de saber en realidad si la intención general de la que hemos hablado es verdaderamente sacramental, está presente o no, y si el matrimonio ha sido contraído válidamente o no”». (La dottrina cattolica sul sacramento del matrimonio [1977], 2.3: Documenti 1969-2004, vol. 13, Bolonia 2006, p. 145). (Alocuciones a la Rota – 2003 – Benedicto XVI).

En el matrimonio todo gira en la voluntad de la persona. Aquí está la clave de la validez de un matrimonio, en que la persona decide casarse o no, y decide o no aceptar a la otra parte con un lazo eterno.

La fe no tiene nada que ver con la validez de un matrimonio, ya que el vínculo es indisoluble por derecho natural.

Por derecho eclesiástico, la Iglesia manda que los cónyuges tengan un conocimiento básico del Sacramento del Matrimonio, porque Jesús elevó el contrato matrimonial a la gracia. Es decir, ya es una ley de la gracia que incumbe a los miembros de la Iglesia, no así a los paganos. Un miembro de la Iglesia Católica tiene que saber cómo llevar su matrimonio en la ley de la gracia, en la vida eclesial, no sólo en la ley natural y en la divina. De esta manera, con ese conocimiento, el alma queda dispuesta para recibir la gracia que el Sacramento, por sí mismo, comunica.

Pero este conocimiento de lo que es un matrimonio, como Sacramento, no es una condición sin la cual no pueda darse el matrimonio. La falta de conocimiento no es un impedimento.

Una persona que tenga en su mente el error de que el matrimonio es soluble, pero acepta el deseo que tiene la otra persona de casarse para siempre, de forma indisoluble, entonces el matrimonio es válido, a pesar del error en su mente.

Porque el error en la mente, en este caso, no vicia el libre consentimiento de la voluntad hacia la otra persona: libremente se entrega a la otra persona, acepta su deseo, su mente de casarse para toda la vida, aunque en su mente permanezca el error. Su error en la mente no impide “per se” la gracia sacramental, porque en su voluntad acepta a la otra persona. Su falta de fe, su incredulidad, será un obstáculo en su matrimonio. Pero eso es otro problema.

Esta persona se casa válidamente, es decir, tiene la gracia del Sacramento, pero en su alma tiene un óbice, por el cual no puede obrar, en su matrimonio, con la gracia del Sacramento.

Legislar que la falta de fe es causa de anulación es un pecado gravísimo y un error en la fe.

Muchos ven este error manifiesto, claro, patente, en este documento, pero dicen: como formalmente no se ha cambiado la doctrina sobre el matrimonio, entonces no hay error en la fe en la doctrina, aunque sí en la reforma de la ley canónica.

Esta es la hipocresía de muchos sacerdotes y Obispos.

¡Un gran fariseísmo!

Si de hecho se ha cambiado la doctrina del matrimonio con estas leyes perversas en lo canónico, es que también se ha cambiado la doctrina del matrimonio en la Iglesia.

La forma ambigua que se emplea en ese documento, el cual no es infalible por más que se llame “motu proprio”, quiere hacer creer a la Iglesia Católica que la doctrina de 2000 años no ha cambiado.

Es el juego del lenguaje en el hereje Bergoglio. Habla para dar a cada uno lo que quiere escuchar. A los católicos, les dice que la doctrina no cambia. A los progresistas, les ofrece unas leyes que destruyen toda la doctrina católica sobre el Matrimonio.

Este es el juego de Bergoglio. Siempre ha sido así. Y siempre lo será. Y los católicos todavía en babia con ese hombre, con ese usurpador de la Sede de Pedro.

¡Qué poco espíritu de discernimientos tiene la Iglesia Católica!

¡Qué fácil es engañar a toda la Iglesia Católica con palabritas que se quieren escuchar!

Bergoglio presenta la anulación del Sacramento porque éste fue celebrado sin fe. Esta es la herejía principal en este documento. Y esto llevará, inevitablemente, a un número enorme de nulidades matrimoniales. Porque, es claro, en un tiempo en que brilla la fe por su ausencia, hay que poner leyes que gusten a todos esos hombres y mujeres que viven sin fe en sus matrimonios y que quieren otra cosa, precisamente, porque no creen en nada.

¡Es la jugada maestra de un hombre sin fe, como Bergoglio! ¡Todo cuanto toca es para pervertirlo, para anularlo, para destruirlo!

Con este documento, se abre verdaderamente el camino de la Gran Apostasía de la fe en millones de matrimonios.

Ahora, hay que creer para casarse. Y ¿en qué van a creer? ¿En un matrimonio indisoluble? Entonces, se seguirán casándose sin fe para poder seguir anulando su matrimonio, precisamente, por su falta de fe.

¡Qué jugada maestra de Bergoglio!

¡Cómo ha sabido engatusar a toda la Jerarquía!

No se puede legislar como causa posible de anulación «el aborto procurado para impedir la procreación».

Porque el valor del Sacramento del Matrimonio no depende “per se” del estado de gracia de los contrayentes.

El pecado mortal no anula ningún matrimonio. Para la validez el matrimonio, sólo es necesaria la unión de cuerpos, no engendrar un hijo. Ningún pecado que los cónyuges hagan durante la consumación de su matrimonio anula el matrimonio. Mucho menos, si ese aborto se da mucho después de la primera unión conyugal.

Un matrimonio consumado significa que se ha realizado el acto conyugal, no que de ese acto se haya seguido la prole. Ni que, en ese acto, se haya impedido la prole de alguna manera. Y, si en ese acto se ha concebido, el aborto que se procura es sólo un pecado de la persona, no causa de anulación del matrimonio.

Porque sólo se exige, para el matrimonio, el acto conyugal, no lo demás: no engendrar un hijo.

Por otra parte, legislar que «la brevedad de la convivencia conyugal» es causa de anulación es ignorar lo que es un matrimonio consumado. Sólo se pide a los cónyuges, para la validez de su matrimonio, unir sus cuerpos. No se pide que esa unión ni sea larga, ni sea breve.

No está ni en la calidad ni en la cantidad del acto conyugal la validez de un matrimonio. Sólo está en la unión física de los dos sexos. Si se ha conseguido esta unión para buscar una generación apta, entonces hay matrimonio. No se pide la cantidad del acto conyugal.

¿Qué tiene que ver la brevedad del acto con la validez del consentimiento o la aceptación de la otra persona?

¿Se la ama menos porque el acto conyugal fue breve?

Lo que es impedimento para la validez del matrimonio es la impotencia o la esterilidad. La impotencia impide la unión conyugal; la esterilidad altera el vínculo matrimonial.

Pero, un aborto o un acto conyugal breve no son impedimentos del matrimonio.

Un matrimonio es inválido porque ha sido contraído existiendo algún impedimento que lo dirime. Ese impedimento quedó oculto o fue desconocido en el momento del matrimonio.

Y la Iglesia ya ha declarado qué clases de impedimentos son los que anulan un matrimonio.

El impedimento es una ley que inhabilita a los hombres para contraer matrimonio; es decir, es una circunstancia que afecta a la persona, por la cual le queda como prohibida, como nula o ilícita, la celebración del matrimonio.

Por lo tanto, ni el aborto, ni la infidelidad, ni la falta de fe, ni la brevedad del acto conyugal, ni una enfermedad grave, ni la existencia de otros hijos, ni una encarcelamiento, ni un embarazo impuesto a la persona, ni la violencia hacia la otra persona, son causas para legislar.

Hay que legislar sobre los impedimentos, no sobre los efectos de los pecados o las circunstancias de la vida de cada persona.

No se puede legislar, como causa de anulación, «la obstinada permanencia en una relación extraconyugal en el momento de la boda o en un tiempo inmediatamente posterior».

Porque, lo que hace un matrimonio es la voluntad del que lo contrae, no su pecado obrado, ni antes, ni durante, ni después del matrimonio. El valor del Sacramento de un Matrimonio no depende de la santidad, ni de la honradez, ni de la justicia, ni del pecado que esa persona tenga en ese momento.

«No puede nadie, por más manchado que esté, manchar los sacramentos divinos…» (D334).

El Sacramento, por su propia naturaleza, no depende ni de la santidad de la persona ni exige esa santidad. Es independiente.

Es Cristo mismo el que obra. El poder que realiza el Sacramento es el poder de Jesucristo. No es la santidad de la persona. Y, por lo tanto, el pecado de la persona no puede anular el poder de Jesucristo. Jesús no viene a conferir su gracia a los santos, a los justos, a los inmaculados, sino a los pecadores. Sólo exige de ellos la disposición del alma para que pueda actuar ese poder.

Si la validez de un matrimonio se pusiera en la santidad de los contrayentes, entonces habría una gran incertidumbre acerca del matrimonio. Por consiguiente, legislar que un aborto o una infidelidad conyugal, ya sea antes, durante o después de celebrado el matrimonio, es causa de anulación, es hacer que todo el mundo se divorcie. Es anular el Sacramento del Matrimonio. Es hacerlo depender sólo de los males o circunstancias de la vida.

El que se casa pecando, al mismo tiempo, con otra persona, obtiene la gracia del Sacramento, pero no la puede recibir en su alma por el óbice de su pecado. Cristo actúa en el Sacramento del Matrimonio, pero la gracia no actúa en el alma del que contrae matrimonio en estado de pecado mortal.

Además, el vínculo matrimonial que se da entre las dos personas que se casan, excluye una tercera persona. Y, por más unión carnal que esa persona que se casa tenga con otra, antes, durante o después del matrimonio, eso ni impide el verdadero matrimonio, ni anula el vínculo matrimonial.

Lo que impide un matrimonio es la existencia de otro matrimonio, no de una unión carnal o situación de pecado.

El vínculo matrimonial es intrínsecamente indisoluble; y, por lo tanto, no puede disolverse ni siquiera por adulterio del cónyuge.

¿Desde cuándo hace falta para casarse válidamente ser santos o tener un conocimiento altísimo sobre lo que es el matrimonio?

Esta reforma de las leyes canónicas cambia la naturaleza misma del contrato matrimonial porque se legisla sobre los problemas de la vida, sobre los males, las circunstancias, no sobre los impedimentos del matrimonio.

No se centra en lo que hizo la persona con su voluntad, con su intención. Y este es el error más garrafal.

Todo el problema del matrimonio está en la libre voluntad de la persona, con la cual se acepta o no a la otra persona. Por eso, hay muy pocos matrimonios inválidos, porque casi todos se casan bien, dando su voluntad al otro, que es lo que hace válido el contrato matrimonial.

Esta reforma destruye esta esencia: la intención que tiene la persona al casarse. Y sólo se centra en lo exterior de los problemas de la vida.

En esta reforma se ve, con nitidez, la destrucción del matrimonio. Son leyes eclesiásticas para eso.

No son leyes que salvan la integridad del vínculo matrimonial, que sólo está en la intención de los contrayentes, sino que están a favor de la nulidad.

No se puede legislar con un etcétera: esto es burlarse de todo el mundo y abrir la puerta para el libre albedrío. La excusa que quieran dar para anular su matrimonio.

¡Qué bufón del Anticristo es Bergoglio!

¡Cómo se ríe de todo el mundo católico!

Y lo peor es que ese mundo católico se ríe junto con él, aplaudiendo sus burlas, obedeciendo su estúpida mente humana, y dándole una autoridad en la Iglesia que no tiene ni merece.

¡Pobre Iglesia Católica!

¡Sus días están contados!

Y aquel que no salga de Roma, después del desastre que va a ocurrir en el Sínodo, es que vive en la más absoluta inopia, en el más absurdo de la vida, en la idiotez más grande de todas.

¡Cuánta será la Jerarquía que caiga en el Sínodo!

Así como hicieron caer al Papa Benedicto XVI, imponiéndole una renuncia que no quería, así van a hacer caer a toda la Jerarquía, imponiéndoles una doctrina que desprecian.

Y la Iglesia caerá porque Su Papa, el verdadero, el legítimo, Benedicto XVI también ha caído. Se sigue el ejemplo de la Cabeza. Se sigue su martirio. Se está con él en la Cruz de la Verdad. Y se elige a Cristo por encima de todo pensamiento humano.

 

Es Cristo Crucificado el signo de la Misericordia

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Todos van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana.

Es el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación del mismo hombre.

Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con un gobierno mundial.

Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.

Para esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la falsa iglesia en Roma.

Y la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero, ¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la Iglesia y de las almas.

Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.

La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.

Pero, se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un cristo que no es el del Evangelio.

El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo humano.

Es la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz, en el Hijo que muere clavado en la Cruz.

Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.

Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).

Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.

El amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje, consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole material, no espiritual.

Dios se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).

En la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona, que sólo está reservado a Él.

Pero, esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural. Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.

Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.

Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.

Para ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.

Esto es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.

Y oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la Voluntad de Dios.

Dios no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.

Dios pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace, para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia. Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es nuestro amigo.

Pero, a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos días.

«…el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en profundidad  los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres», no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío, inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y, por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!

Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.

Ellos muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias sociales y a predicar los derechos humanos.

Y enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así, cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo espera…».

Palabas propias de un demente.

¡Gran locura es lo que se dice aquí!

Se niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos. Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al Anticristo, pero predican su doctrina.

Es lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno, idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha, con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les corrige sus maldades.

Por eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda su descendencia.

Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.

¡Qué gran blasfemia!

Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.

Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.

Los ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios quería para el hombre.

Los ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en Roma.

Todo hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.

Hay que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve: en Su Padre.

Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple, que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del pensamiento humano.

Sé libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su negocio en la Iglesia.

Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.

¿No ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala, reconociendo en ella una figura de fe?

«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).

¿Cómo una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.

Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe, no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta, cosa que nunca va a hacer Bergoglio.

La religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana. Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia para con Dios.

Toda religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural. Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada. No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.

Los luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.

La división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para conseguir su gran negocio.

La religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la creación.

Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.

Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.

El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.

Por eso, Dios crea a la mujer.

Y la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.

Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne. Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza humana.

Una mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia funciona cuando gobierna el varón.

Pero, hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y, entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el papel que Dios quiere en toda mujer.

Dios crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que Dios ha querido al crear al varón.

Dios crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.

Dios crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre, para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.

Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.

El hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido natural.

Después, está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a la natural, a la carnal.

Adán, con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.

El pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la generación, sino sólo por la gracia.

En aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos anticonceptivos, se va  en contra de la misma religión natural. Dios castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.

Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.

La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.

En aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la mujer.

¿Qué relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida? Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de vivir naturalmente en relación con Dios.

En aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.

Se busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación. Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre. Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la nueva religión y tener un medio para vivir la vida.

Aquellos que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del Anticristo.

No tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás, se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.

Ley, Gracia y Espíritu

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«personas que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo comprenda que el cristianismo es la religión del amor» (Juan Pablo II – Mensaje para la conmemoración de la consagración de la humanidad al Sagrado Corazón).

El Corazón de Jesús es el corazón de la Iglesia: para ser Iglesia, hay que ser Cristo; es decir, tener su misma Mente Divina, hacer sus mismas Obras Divinas.

No se puede ser Iglesia buscando una nueva forma de lenguaje humano, haciendo de la Palabra de Dios la obra de la historia, el paso del tiempo, la evolución del pensamiento humano.

El Evangelio no es el pensamiento de una época en la historia de los hombres: es la Palabra de Dios inspirada en almas dóciles a la Voluntad de Dios. Inspiración que no pasa nunca, que es siempre camino para todo hombre. Inspiración divina que es ley para el hombre.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre y por los siglos» (Hb 13, 8), porque es una Persona Divina, que no cambia en el tiempo, que permanece siempre siendo la misma. Y lo que Jesús enseñó a Sus Apóstoles es su misma Mente Divina. Y la Mente de Dios no pide interpretación de los hombres, no se somete ni a la filosofía ni a la teología del hombre, no depende ni del análisis ni de la síntesis humana. La Mente de Dios no puede ser expresada con el lenguaje humano: no existe una forma humana del lenguaje para alcanzar la Mente de Dios. Es Dios mismo el que habla su lenguaje divino acomodado a los hombres.

Cuando Dios habla, el hombre tiene que callar en su entendimiento humano para poder comprender lo que Dios dice. Callar es obedecer a Dios que, cuando habla, nunca miente. Callar es someterse a la Autoridad de Dios, que tiene Poder para obrar lo que dice. Callar es hacer de la vida humana un instrumento para la obra de Dios.

Jesús es una doctrina viva: no es conjunto de ideas, de normas, de satisfacciones humanas.

Quien ama a Jesús ama su doctrina: no existe un Jesús sin su doctrina, sin su Mente Divina. Jesús no es una persona humana, sino divina. No se puede predicar a Jesús y hablar para entretener a la masa.

Hoy, gran parte de la Jerarquía, predica un Jesús sin doctrina. Predica fábulas, cuentecillos, cosas que entretienen a los hombres: «No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas» (Hb 13, 9).

La gente busca a esa Jerarquía, la gente aplaude las herejías de Bergoglio porque está ávida de un pensamiento humano, pero no de la Verdad. No quieren seguir la Escritura, que es «divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena» (2 Tim 3, 16-17).

Toda esa Jerarquía vive al margen de las obras de Jesús, que son sólo divinas y por lo tanto, perfectas y sagradas. Viven en su humanismo, buscando el bien para los hombres, pero sin la gracia de Dios: son una Jerarquía «que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella» (2 Tim 3, 5), viven al margen de la vida misma de Jesús. Y hay que guardarse de toda esa Jerarquía, que gobierna a muchas almas sin la autoridad divina, porque han convertido su ministerio en una cueva de demonios: «resisten a la verdad como hombres de entendimiento corrompido, reprobados en la fe» (2 Tim 3, 8).

El Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: Cristo pone en Su Iglesia tres dones:

  1. Su Eucaristía;
  2. Su Madre;
  3. Su Cruz.

«¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el Sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?» (Pío XII – Haurietis aquas, n. 20).

Son tres dones, unidos entre sí, que no se pueden separar. Sin la Cruz, no hay Eucaristía ni es posible tener una Madre Divina en la tierra.

Es imprescindible participar en el Misterio de la Redención, en la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, en donde el demonio es el rey.

Jesús viene para mostrar un camino a los hombres: Su Cruz. Un camino en la ley Eterna, que se rige – en todo- por la ley natural, por la ley divina, por la ley de la gracia y por la ley del Espíritu.

Es un camino que crucifica la voluntad de los hombres, que está sujeta al pecado. Sólo atándose el hombre al orden que Dios ha puesto, tanto en su naturaleza humana como en la Creación, tanto en la Iglesia como en el mundo, los hombres pueden conocer la Verdad y vivir de acuerdo a ese conocimiento divino.

Si el hombre no se ata a la ley de Dios, a una norma de moralidad, que nunca cambia, entonces la vida del hombre carece de sentido divino. Y sólo posee el sentido que cada hombre quiera darle con su inteligencia humana. Hoy el hombre vive asomado a su mente humana: y sólo dentro de ella mora y vive, sin posibilidad de salir de ella. Y la razón: no se crucifica; no pone dolor en su vida: no expía sus pecados. Vive para sí mismo.

El Camino es la Cruz y, por eso, hay que morir a todo lo humano: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Este es el amor al que Cristo llama a todos los hombres: un amor victimal; un amor de sacrificio; un amor divino.

No quieras amar a tus hijos si no te sacrificas por ellos; no quieras amar a tu cónyuge si no vives para llevarlo al cielo; no quieras amar a Cristo sin Su Cruz, sin Sus llagas, sin Su Sangre, sin Sus Dolores místicos.

Hoy la gente sólo quiere consuelos para su vida humana y espiritual, pero se ha olvidado de amar la Cruz de Cristo.

Amarse a sí mismo es crucificarse por amor a Cristo: nadie tiene amor más grande por sí mismo si no da su vida misma en oblación a Cristo. La vida es para Cristo, no para uno mismo.

Si el amor hacia sí mismo no tiene otra meta que uno mismo, entonces no merece la pena vivir. Cada hombre que mira su vida, su alma, su pensamiento, acaba detestándose: lo que encuentra no es vida, no tiene ningún valor, si Dios no se lo da, no se lo muestra.

Es necesario que el hombre dé la vida a Cristo: ofrezca su voluntad humana a Cristo. Es al único al que se puede ofrecer, porque Jesús es el Camino, la verdad y la Vida.

Por eso, lo primero para amar a Cristo es amar la ley: «Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). La mayor oblación del alma a Cristo no es morir como un mártir, sino dejar la propia voluntad humana, las propias leyes, la propia visión de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios, la ley que Dios ha revelado, y que ha puesto en las entrañas del ser humano.

Y si se guardan los mandamientos, entonces el hombre tiene la fuerza del Espíritu para obrar la verdad de su vida: «y Yo rogare al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16).

Cumplir la ley es tener en el corazón la Verdad, que el Espíritu enseña al alma. Sin el camino de la Cruz, sin crucificar la propia voluntad, el hombre no puede seguir al Espíritu de Cristo, que es el único que puede llevar al hombre, a su mente y a su corazón, a la plenitud de toda la Verdad.

Si no hay ley, si no hay amor a Cristo, no hay Espíritu, no hay Verdad. Y si el hombre no es capaz de obrar la Verdad en su vida, entonces su existencia es un continuo estar en el error, en la oscuridad, en la mentira, en la duda, en el temor, en la angustia, en la desesperación.

Para poder alcanzar este Amor, Jesús mismo se queda en la Eucaristía.

La Eucaristía es Espíritu: «Yo Soy el Pan de la Vida» (Jn 6, 48). Es un alimento para el alma y el corazón del hombre. No es un alimento para la carne del hombre ni para su sentimiento.

En la Eucaristía se da la vida divina al alma, la misma vida de Dios. Y en Dios no puede haber pecado. Y, por lo tanto, comulgar a Dios es rechazar, combatir, enfrentarse al pecado. No se puede comulgar en pecado: es ofender al mismo Dios que entra en el alma. Es herirlo en lo más íntimo de su vida. Es comerse la propia condenación, el propio pecado.

Sin la Eucaristía es imposible tener el mismo amor de Cristo, que es un amor Redentor, que conduce hacia la Cruz, hacia la oblación de la propia voluntad humana. Y sin ese amor Redentor es imposible salvarse: «En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 51).

La Vida que Jesús da a las almas es una Gracia, un don de Él Mismo. Para eso se hace carne, para habitar en cada corazón que cree en Él (cf. Jn 1, 14). Habita por la Gracia.

La Eucaristía es la Gloria de Dios, que mora entre los hombres. Y para poder dar la Eucaristía a los hombres son necesarios los sacerdotes. Y se necesita una Madre que los engendre a la Vida de la Gracia; una Madre que les enseñe a ser como Su Hijo; una Madre que los guíe por el mismo Camino de Su Hijo; una Madre que los lleve a la santificación de su alma sacerdotal.

El Camino de la Cruz necesita la Vida de la Gracia, que sólo la Virgen María puede dar a las almas: «para encontrar la gracia, hay que encontrar a María» (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Cumplir la ley es una gracia; perseverar en ella es otra gracia; luchar contra el pecado es una gracia; combatir al demonio es otra gracia; comulgar debidamente es una gracia. Todo es gracia. Nada se puede hacer, en la vida espiritual, sin la Virgen María, Madre de la gracia.

Ella es el Canal de gracias, por la que Dios se comunica con todos los hombres. Por la Virgen María se derraman al mundo todas las gracias divinas. Por eso, Ella es la plena de gracia: lo tiene todo para darlo todo. Tiene toda la Vida de Dios; engendra toda la Vida de Dios; lleva al alma al culmen de la Vida Divina.

«Dios la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres, con la colaboración de María». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 11).

Amar a Cristo es amar a Su Madre: es imitarla en sus virtudes: humildad, obediencia, esclavitud. Sin estas virtudes, la vida de la Gracia no puede fluir en las almas.

Nadie puede quitar el pecado si no es humilde; nadie puede cumplir los mandamientos sin la obediencia; nadie puede crucificar su voluntad humana sin la esclavitud a la Voluntad de Dios.

Para caminar con Cristo, hacia Su Cruz, se necesita una Madre a quien imitar. Sin Ella, los hombres se pierden en el laberinto de sus amores y deseos humanos.

«Que una madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza. Por consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), debe dejarse formar en María por la gracia de Jesucristo». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Amar a María es amar con el amor de Dios, con el amor de hijo de Dios. No se puede amar a la Virgen con un amor, con un deseo, con un sentimiento humano.

La Virgen engendra en el alma la vida divina: un hijo para Dios, en la gracia. Y todo hijo de la Virgen tiene que amar a Su Madre en la gracia, no en lo humano. Buscarla en la Gracia.

La Gracia sólo se puede dar por medio de los Sacramentos: sin Sacramentos, no hay Gracia, no hay Vida. Por eso, es necesaria una vida de oración y de penitencia, una vida interior, en la que la práctica de las virtudes sea el pan de cada día. Y eso conduce al alma a la Gracia y a su permanencia en Ella. Sin Cruz, el alma vuelve a su pecado de siempre, que es su vida humana, material, natural, carnal de siempre. Sin la negación de sí misma, por el solo amor a Cristo y a Su Madre, el alma se autoafirma en ella misma, alcanzando sólo su perdición eterna.

Una Jerarquía que no se sacrifica por Cristo, sino que sólo se dedica a vivir su humanismo, pone la Gracia en un saco roto, y hace que muchas almas caminen hacia el fuego del infierno.

El Camino de la Cruz conduce hacia la Vida de Dios. Pero sólo se puede alcanzar esa Vida en la Verdad. No se puede ir al Cielo en la mentira del pecado. No se puede entrar en el Reino de los Cielos si las almas viven de sus pensamientos humanos y de sus obras sociales. El bien del hombre no lleva a la salvación del alma. Sólo cuando los hombres se despojan de sus bienes humanos, sociales, terrenales, materiales, es entonces cuando caminan hacia el Paraíso.

Hoy el mundo camina en busca de un paraíso en la tierra: camina sin Dios, sin verdad, sin vida, sin camino. Caminante no hay camino: éste el ideal de muchos. Un norte sin norte. El hombre quiere hacer su camino él mismo. Y el camino ya está hecho: es Cristo. Caminante hay un camino: Cristo. Y es un camino para lo divino, no para lo humano.

Por eso, la Misericordia de Dios no es para el pecador que quiera seguir en su pecado: no hay una Misericordia para todos los hombres: «que no de todos es la fe» (2 Ts 3, 3). La Misericordia exige al hombre quitar su pecado para poder alcanzar el Reino de los Cielos. Y hay hombres perversos y malvados que han nacido para pecar, para vivir en el error.

En el pecado no puede haber verdad inmutable. Ninguna obra de pecado permanece siempre en sí misma. Todo pecado cambia, porque el que vive en su mentira no puede permanecer en algo inmutable. Sólo el que ama permanece en la verdad de la vida; pero el que no ama, el que peca, cambia constantemente de forma de vida: está en la mentira de su vida, que es el propio engaño que cultiva en su mente, en su ley.

Por eso, hay muchos católicos de los cuales hay que separarse: «no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con esos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Con esa falsa iglesia que están levantando Bergoglio y los suyos: ni comer. Llevan el nombre de católicos, pero son del demonio. «Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13). Es lo que no hace ningún Obispo viendo el desastre que hay en el Vaticano. Todos callados aplaudiendo el mal que ven, acogiéndolo, invitando a pecar a todo el mundo.

El que sigue a un hereje se vuelve él mismo hereje: acaba pensando y obrando como el hereje.

El hombre necesita de la fe para permanecer en la Verdad.

Es la Verdad la que hace libre al alma: «Si permanecéis en Mi Palabra, seréis en verdad discípulos Míos y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres» (Jn 8, 31).

Permanecer en la Palabra de Dios es permanecer en la doctrina de Cristo; en esa Verdad inmutable, que no cambia porque los hombres o el mundo cambie.

Pedro no cambia en la Iglesia, es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Bergoglio es un hombre de palabra ambigua y herética. Luego, Bergoglio no puede ser Papa nunca, no puede representar a Pedro en la Iglesia de Cristo. Sólo representa al hombre en su falsa iglesia. Sólo es líder de una iglesia sin camino, sin vida y sin verdad.

La Verdad es Cristo; la Verdad es la Palabra del Pensamiento del Padre. La Verdad no la posee ningún hombre. Todo hombre que quiera conocer la Verdad tiene que creer en la Verdad. La fe en Cristo conduce al conocimiento del Corazón de Cristo. Sin fe, el alma permanece en su vida de veleidades, de superficialidades, de exterioridades.

Quien permanece en lo inmutable se hace libre, vive en la libertad del Espíritu, y puede caminar hacia la Vida de Dios: puede obrar las obras divinas en su vida humana. Hace -en todo- la Voluntad de Dios.

Pero quien es un veleta del pensamiento humano, del lenguaje de los tiempos, es esclavo -no sólo de los hombres-  sino de sí mismo, de su propia inteligencia, de su propia vida. Y va buscando en su vida humana una ley, una norma, una forma de obrar que nunca puede saciar el anhelo del cielo que su alma constantemente tiene.

El Camino de la Cruz necesita de una Verdad inmutable: el dolor necesita del amor divino.

Cuando los hombres no permanecen en la doctrina, sino que la van cambiando, según sus interpretaciones, sus culturas, sus artes, sus ciencias, su progreso, entonces es claro que el alma ha dejado de hacer penitencia, ha dejado el camino de la cruz, para andar otros caminos, los cuales son tan variados como el pensamiento del hombre. Y quien deja la cruz, deja el amor.

«El justo anda por caminos derechos, bienaventurados sus hijos después de él» (Prov 20, 7).

El hombre que no busca una sociedad en la ley del Señor, una sociedad que busque la Cruz de Cristo, edifica para sus hijos un auténtico infierno. Lo que vemos en el mundo actual es por el pecado de muchas generaciones pasadas. Es el fruto de andar por caminos extraviados: los hombres producen, con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos, una maldición en todos sus hijos.

«Al hombre siempre le parecen buenos sus caminos, pero es el Señor quien pesa en los corazones» (Prov 21, 2).

¿Te parece bueno el camino de la Iglesia que se levanta en el Vaticano? ¿Tu mente humana te dice que es bueno lo que habla Bergoglio?

El Señor es el que pesa en el corazón: no sigas lo que hay en Roma. Es todo maldad encubierta. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

El hombre se ha apartado de la Gracia, no ha mirado a la Virgen María, no ha practicado las virtudes, no puede permanecer con Cristo, con la Verdad. Tiene que construir un mundo de mentira, una iglesia de hombres falsos, que llevan inevitablemente hacia la destrucción del propio hombre.

La Cruz está fija una doctrina inmutable: no se puede arrancar la muerte de Cristo de la Verdad que enseñó a Sus Apóstoles. Cristo dio su vida por la Verdad. Y sólo por la Verdad inmutable. Esa Verdad que es Él Mismo.

No se puede arrancar la Iglesia de la doctrina de Cristo: no se puede obviar 20 siglos de magisterio infalible, para estar siguiendo a un hombre que sólo habla su vanidad.

«… tú permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado» (2 Tim 3, 14):  no sigas a Bergoglio y su doctrina.

Es el gran pecado de la Iglesia en la actualidad: le gusta la palabra barata y blasfema de un espantapájaros, de un esperpento humano. Y reniega  así de la Doctrina de Cristo. Ya no quiere la Verdad, sino que va en busca de los cambios en la Iglesia.

¿Qué amor a la Cruz hay en Bergoglio? Ninguno. Sólo ama al hombre sin la doctrina de Cristo, sin la verdad que el Señor ha enseñado en Su Palabra.

¿Qué Iglesia está levantando? No la de Cristo, en Pedro, sino la suya propia, la que tiene en su mente, en muchas cabezas, que son cabezas de orgullo y de soberbias declaradas.

¿Qué obras son las de Bergoglio en la Iglesia? No las de Cristo: no son obras para salvar y santificar a las almas; no son obras de redención. Son obras de condenación.

¿Y por qué la gente lo sigue? Porque piensan igual que él. Y no hay otra razón. Si tuvieran la Mente de Cristo crucificarían a Bergoglio, no lo aplaudirían. Pero ellos tienen el líder que se merecen sus pecados en la Iglesia. Viven sin piedad filial ni a Cristo ni a Su Madre.

«Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 11).

Ésta es la señal del amor a Cristo: si amas la verdad te persiguen por lo que amas.

La Eucaristía enseña a amar la Verdad: enseña a amar a Cristo. Enseña a cumplir la doctrina de Cristo: a vivirla, a ponerla por obra. Una obra de reparación del pecado; una obra victimal; una obra divina.

Todo aquel que comulgue y, después, obre la mentira en su vida, es que no comulgó a Cristo, es que no se dejó enseñar por Cristo en la comunión.

En cada Eucaristía se ama la Verdad: el alma conoce la Verdad y la ama: la pone por obra, la vive en su vida humana.

Y, por eso, cada sacerdote debe predicar, en su misa, sólo la Verdad. Si predica una mentira, ¿qué cosa va a poner en el Altar? Si Cristo es la Verdad, no se puede obrar esa Verdad con la palabra de un mentiroso.

La Cruz vive en la Verdad; pero si no se cree en la Verdad, entonces el alma sólo vive en su mentira, que es su razón humana. Vive en sus placeres y busca a los hombres para que les den un camino ancho, en donde la verdad brilla por su ausencia.

Si el hombre no cree en la Verdad Crucificada: si el hombre no mira a Cristo Crucificado para contemplar sus pecados y expiarlos, entonces el hombre sólo se mira a sí mismo para obrar sus pecados.

Hay que creer en el Crucificado para amar la Eucaristía. Para recibir a Cristo en la Eucaristía, el alma tiene que vivir una vida de penitencia, de mortificación, de despojo de todos sus apegos y pecados.

¡Cuántos comulgan sin confesarse! ¡Cuántos reciben a Cristo sin las debidas disposiciones en su cuerpo y en su alma! ¿Cómo pretenden permanecer en la gracia si no viven rechazando el pecado? Si la vida no es una lucha en contra del mundo, del demonio y de la carne, entonces ¿cuál es la lucha del hombre en su vida terrena? ¿Por qué lucha en su vida? ¿Cuál es el fin de su vida?

«La Santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección; pero es preciso recibirla con el deseo y el compromiso de eliminar del corazón todo lo que desagrada a quien queremos recibir» (P. Pío).

El Corazón de Cristo es: Ley, Gracia y Espíritu. Y, por eso, el Sagrado Corazón da a Su Iglesia tres dones:

  1. La Cruz, que es el camino para cumplir con la Ley del Señor;
  2. La Virgen, que es la maestra en la vida divina de la Gracia;
  3. La Eucaristía, que transforma el alma en otro Cristo por medio del Espíritu.

La devoción al Sagrado Corazón es «la más segura espiritualidad» (León XIII – Annum sacrum). Lo tiene todo para salvar y santificar el alma.

«en esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo y con más eficacia impulsa a amarle con ardor y a imitarle con exactitud?» (Pío XI – Miserentissimus Redemptor).

Son muy pocos los devotos del Corazón de Jesús. Es una devoción que exige la práctica diaria de todas las virtudes cristianas. Y la gente no suele vivir para esto, sino para su vida humana y mundana.

«Es la mejor manera de practicar la religión cristiana» (Pío XII – Haurietis Aquas): Mandamientos, penitencia y Santo Rosario. Esto es todo para ser santo, para ser Iglesia, para ser otro Cristo.

«que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona» (Benedicto XVI – Carta pontificia al Prepósito General de la Compañía de Jesús): esto es lo que falta en muchos católicos: el encuentro con la Persona Divina de Cristo. El encuentro con un Dios que no pasa nunca de moda, que enseña en toda las épocas lo mismo. Un Dios que sufre y muere siempre por amor a los hombres, cuya naturaleza humana ha asumido para poner al hombre el camino del Cielo.

O con Cristo o contra Cristo

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«Se levantará nación contra nación y reino contra reino» (Mt 24, 7).

Dentro de las familias, habrá guerra entre hermanos, entre padres e hijos por defender el Nombre de Cristo.

Dentro de la Iglesia división de opiniones: los fieles y los infieles. Los fieles a la Tradición, los infieles a ella.

Dentro de la Iglesia un cisma de división abierto y claro, desde donde hace falta establecer posiciones abiertas y claras. No son posibles las medianías.

O con Cristo o contra Cristo.

El Papa Benedicto XVI tuvo miedo de producir el cisma: no se separó de toda esa Jerarquía que, en la actualidad, lo han abandonado, lo han dejado a un lado. Jerarquía preocupada por el gobierno de la Iglesia, pero no preocupada por ser de Cristo, por ser otro Cristo, por imitar a Cristo. Si la Jerarquía no mira a Cristo, los fieles de la Iglesia se apartan de Cristo, para mirar sólo a los hombres. Una Jerarquía que no está unida a Cristo produce un Rebaño que se dispersa en todas las cosas del hombre y del mundo.

Con el Papa Benedicto XVI todos discutiendo una nueva fórmula para gobernar la Iglesia. Y dejaron al Papa solo. Y el Papa tuvo que claudicar, renunciar, para que se impusiera esa nueva fórmula, la cual no es Voluntad de Dios. Esa nueva fórmula de gobierno es la horizontalidad impuesta desde el Vaticano.

Ese gobierno horizontal ha destruido el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, el Papado. Y, por lo tanto, la consecuencia es clara: la Iglesia de Cristo, la Iglesia en Pedro, como tal, ha dejado de existir. Sólo se ve en el Vaticano hombres corruptos: la política de siempre, el negocio de siempre.

Bergoglio es un hombre que maneja el poder a base de reformas, que llevan a las almas hacia el pecado, hacia el error, hacia el desorden más total, consiguiendo sólo una cosa: sembrar división, discordia. Todo el mundo discute si Bergoglio es bueno o malo. Todo el mundo ve que Bergoglio está haciendo lo que le da la gana, según su voluntad humana, sin atender a las normas de la Iglesia, sin tener en cuenta la ley de Dios, tergiversando –en todo- las enseñanzas de la Iglesia y de la Palabra de Dios. Todo el mundo pierde el tiempo hablando sobre lo que hace ese hombre, pero nadie se atreve a echarlo. Eso es señal de que todos lo quieren ahí, todos lo ven como una solución al problema de la Iglesia.

En Roma, ya hay un cisma muy abierto. Y muchos católicos no se han dado cuenta. Después de dos años, hay católicos que siguen en babia con Beroglio.

En la Iglesia ya hay división contraria y abierta de opiniones, en la que cada uno debe tomar su posición. Y con todas las consecuencias.

Benedicto XVI dejó a la Iglesia en la oscuridad: no tomó la posición verdadera. No se puso al lado de Cristo. Se fue al otro lado: no se puede dejar a la Iglesia en las manos del lobo.

Pedro es la cabeza de la Iglesia. Pedro es la Voz de Cristo en la Iglesia. Pedro representa a Cristo en la Iglesia.

Pedro no representa a los hombres: no es la voz de la mayoría de los Obispos.

Benedicto XVI, con su renuncia, fue voz de los Obispos. No fue voz de Cristo. Él tuvo que decantarse con Cristo. Y no lo hizo.

Hay que dar testimonio de la verdad: Dios no quiere un gobierno horizontal. Y si los hombres quieren ponerlo, hay que ser como Juan Pablo II: no renuncio. Y si toca salir de Roma, se sale de Roma huyendo de los hombres para preservar el Papado, que es el fundamento de la Iglesia. Sin Pedro, no hay Iglesia.

Por eso, ahora es obligación de cada alma, en la Iglesia, de decantarse: o con Cristo o en contra de Cristo. O estás con la doctrina de Cristo o estás con la doctrina que enseña la Jerarquía desde el Vaticano. Esa Jerarquía ya no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que están levantando su nueva estructura de iglesia: gobierno y doctrina horizontales.

El Rebaño de Cristo se divide entre buenos y malos: y eso es la señal de que viene el Fin de los Tiempos. Una Iglesia dividida; una iglesia que busca el cisma, un cisma necesario para seguir siendo la Iglesia de Cristo. Hay que apartarse de lo que no es Verdad, quedarse solo ante la mentira, para seguir siendo la Verdad. Hay que apartarse de esa jerarquía falsa que se muestra como verdadera, que llama al pecado como santo y bueno. Cristo no está representado en esa Jerarquía ni en esa iglesia.

En la renuncia del Papa Benedicto XVI, todos los Obispos buscaron una modernización de la Iglesia. No buscaron una continuidad, una permanencia en la verdad. Buscaron defender la Iglesia reduciendo la exigencia de la Tradición y el Evangelio. Es lo que se observa con Bergoglio. Y eso es sólo la ruina de toda la Iglesia. Eso no defiende los intereses de Cristo, que es la Iglesia,  de los ataques de los hombres y del mundo. Eso es acomodarse a los pensamientos y a las obras de los hombres en el mundo. Eso es abrir la Iglesia al espíritu del mundo.

Se tiene fe en Cristo porque se ama a Cristo. Si no hay amor, no hay fe.

Y amar a Cristo es unirse a Él. Y eso sólo significa una cosa: imitarlo.

El que ama a Cristo imita la vida de Cristo: es otro Cristo; hace las mismas obras de Cristo porque tiene la misma mente de Cristo.

Benedicto XVI, en su renuncia, no amó a Cristo: no lo imitó. Cristo dio Su vida por la Verdad, que es Él mismo. Cristo no dio Su vida por un hombre, por una idea humana, por una obra humana.

Cristo se separó de todos los hombres. Y se quedó solo ante todos los hombres. Y murió solo. No murió por los hombres. No murió para que los hombres tuvieran un paraíso en la tierra. No murió por una idea política. Murió para expiar los pecados de todos los hombres. Murió para hacer una obra divina. Murió para poner al hombre el camino para salvar y santificar su alma.

Y toda alma, en la Iglesia, tiene que imitar a Cristo para ser de Cristo, para amar a Cristo y poseer la fe en Cristo.

Benedicto XVI no murió para expiar los pecados de toda la Jerarquía: no imitó a Cristo en la Iglesia. Renunció. Tenía que haberse separado y quedarse solo en la Verdad de Cristo. Solo con Cristo, que es permanecer en la Iglesia de Cristo, que es seguir guiando a la Iglesia por el camino, que es Cristo, que es enseñar a la Iglesia cómo sufrir por amor a Cristo.

Si el Papa, en la Iglesia, no es testimonio de la vida de Cristo, entonces ¿quién lo va a ser? Todos, en la Iglesia, siguen al Papa porque es otro Cristo. Pero si el Papa deja a toda la Iglesia en manos del lobo, entonces ¿qué pasa con todas las almas?

Hubo un gran pecado en la renuncia del Papa Benedicto XVI: pecado en la cabeza, pecado en la Jerarquía, pecado en los fieles.

Benedicto XVI tenía que haberse separado para seguir la obra divina de la Iglesia: allí donde está Pedro, está la Iglesia. El Papado es un gobierno vertical, no horizontal. Es un gobierno en Pedro, en una cabeza.

Benedicto XVI tenía que dar a la Iglesia el camino de salvación y de santificación. Pero dejó a la Iglesia en el camino de condenación: Bergoglio condena a las almas. Su doctrina es doctrina de demonios.

En el Vaticano, ya se ha comenzado la reforma eclesial, que Dios no la quiere. Y el Rebaño de Cristo tiene que repartirse entre un lado y otro.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo.

Ya no vale: o estás con el Papa Benedicto XVI o estás con Bergoglio o con el que le suceda. Eso ya no vale. El Papado se ha roto, se ha aniquilado.

Para estar con Benedicto XVI, él tiene que demostrar que sigue siendo el Papa: tiene que dar testimonio de Cristo ante toda la Iglesia: tiene que imitar a Cristo. Y eso no lo hace. No se puede estar con él, aunque siga siendo el Papa hasta la muerte.

Y estar con Bergoglio es elegir el camino claro de la condenación.

Aquel que elija estar con Bergoglio, elige estar en contra de Cristo. Esto es lo que muchos católicos no acaban de comprender: tienen a ese hombre como Papa. Es su perdición.

Ya no hay que ser fieles a un Papa en la Iglesia: han quitado el Papado. Han puesto un gobierno de muchas cabezas. ¿A qué cabezas quieres obedecer? ¿Cuál es tu cabeza favorita? ¿Kasper? ¿Marx? ¿Pell? La Iglesia es una cabeza: Pedro. Los demás, son cabezas en Pedro, porque se someten a Pedro, le obedecen. ¿Quiénes del gobierno horizontal obedecen a Bergoglio? Ninguno. Todos rodean a Bergoglio por el gran negocio que hay. No por otra cosa. No por una verdad: todos ellos viven en el relativismo universal de la verdad. No creen en ninguna verdad, ni siquiera la de sus mentes humanas. Sólo creen en el dinero, o en la fama, o en el poder que da ser papa en la nueva iglesia.

Ahora es el momento de ser fieles a la Verdad, que es sólo Cristo. Ya la Jerarquía, en toda la Iglesia, no da la verdad. Sólo da una mentira. Y sólo están para eso: para mentir a todo el mundo, poniendo en sus bocas los intereses de Dios, los intereses de Cristo.

Para salvar a las almas del pecado, para arrancar a las almas del demonio, se necesitan grandes oblaciones, grandes sacrificios. Están todos, en la Iglesia, buscando cómo llenar estómagos, cómo resolver injusticias sociales, como hacer valer los derechos de los hombres. Pero nadie busca a Cristo, su doctrina. Nadie da testimonio del Nombre de Cristo ante los hombres. Nadie conoce a Cristo porque no lo aman, no saben lo que es el amor a Cristo. No lo buscan en la Eucaristía. Buscan a Cristo en los hombres, en sus pobres, en sus conceptos tan míseros que tienen del hombre.

Cruz, Redención, Gloria: esta es la obra de Cristo. Esto es lo que nadie busca.

Nadie quiere crucificar su voluntad humana; nadie quiere expiar los pecados; nadie quiere ser santo.

Para crucificar los deseos del hombre, se necesita que la mente del hombre acepte la verdad revelada: cumplir con los mandamientos de Dios. Cumplir con el dogma.

Si no hay una norma de moralidad, si se ataca a la ley natural, a la ley divina, a la ley de la gracia y a la ley del Espíritu, entonces nadie expía los pecados. Porque el pecado es una obra sin ley, en contra de toda ley. Allí donde no hay ley, reina el pecado.

Y si las almas viven en el pecado, entonces no hay salvación, no hay santidad, no hay justificación. Hay sólo condenación.

En el Vaticano, sólo se observa otra iglesia, pero no la de Cristo. Es la iglesia de la Justicia de Dios.

«La venganza de Dios se aproxima, el tiempo urge, penitencia, oh pecadores… La iniquidad ha inundado la tierra, que no es sino iniquidad… ¿A qué santos rezaremos nosotros?… La venganza celeste alcanzará todas las clases…. Nosotros hemos abusado del sacrificio, el sacrificio cesará…. Iglesia de Dios, tu gemirás; ministros del Señor, vos lloraréis por nuevas profanaciones….Sangre, se beberá Sangre, sangre, se beberá… La tierra culpable será purificada por el hierro y devorará aquel que se ha sentado en la iniquidad» (Fray Calixto, sermón del 3 de diciembre de 1751).

Esa iglesia, que están levantando desde el gobierno horizontal, es sólo iniquidad. Y no es más que iniquidad.

Si sigues a esa iglesia, ¿a qué santo de tu devoción vas a rezar? ¿A Monseñor Romero? ¿A ese hombre comunista?

¿Es esto predicar a Cristo?

«En la medida que un hombre es feliz, se está manifestando allí, la gloria de Cristo. En la manera que un pueblo encuentra los caminos de la paz y la justicia, la fraternidad y el amor, Cristo está glorificándose, Cristo está en la historia y la historia lo refleja, como alegría de los pueblos, como confianza de los hombres» (Monseñor Oscar Romero, 20 de enero de 1980).

La gloria de Cristo, ¿está en Su Cruz o en darle al hombre una vida feliz?

«No pongamos nuestra felicidad en gozar de una salud floreciente; de lo contrario, estaríamos igual que los tontos mundanos privados de los secretos celestiales» (San Pío de Pietrelcina).

Hay que padecer con Cristo para ser con él glorificados (cf. Rom 8, 17). Hay que predicar a Cristo Crucificado: «la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan» (1 Cor 1, 18).

En la medida que un hombre sufre, se está manifestando allí la gloria de Cristo, el poder de Dios. ¡Esto es predicar el Evangelio!

Para Monseñor Romero, esto es necedad: el hombre tiene que ser feliz para que se manifieste el poder de Dios.

¿Qué opinan los católicos? ¿Cristo predicó para que el hombre fuera feliz? ¿Cristo predicó para que el pueblo encontrara los caminos de paz, justicia, fraternidad y amor? ¿En dónde se glorifica Cristo? ¿No es en Su Padre, en la Voluntad de Su Padre? ¿Cristo predicó la alegría de los pueblos o la persecución por causa de su Nombre?

Las predicaciones de este hombre están plagadas de teología de la liberación. ¿Ahora un comunista va a ser santo? Eso es una iniquidad. Por algo, Juan Pablo II y Benedicto XVI pararon el proceso. Ahora un comunista, como Bergoglio, lo ha abierto. Y todos los católicos contentos. Esto es señal de que esos católicos no buscan en sus vidas la santidad: les da igual un santo que un marxista.

Cristo está en la historia y la historia lo refleja: todos los hombres son santos y justos. ¿Qué santidad, qué martirio por la verdad, por Cristo, hay en Romero? Ninguna.

«Nuestra Cuaresma debe despertar el sentimiento de esa justicia social. Hacemos un llamamiento, entonces, para que nuestra Cuaresma la celebremos así: dándole a nuestros sufrimientos, a nuestra sangre, a nuestro dolor, el mismo valor que Cristo le dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación, de injusticia, convirtiendo todo eso en la cruz salvadora que redime al mundo y al pueblo. Y hacer un llamamiento también, para que sin odio para nadie nos convirtamos a compartir consuelos y también ayudas materiales, dentro de nuestras pobrezas, junto con quienes tal vez necesitan más» (Monseñor Oscar Romero, 2 de marzo de 1980).

Cristo dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación social, de injusticia, el signo de la cruz salvadora: esto es puro marxismo. Esto no es predicar el Evangelio. Esto no es dar testimonio de la verdad, de la doctrina de Cristo. Esto es engañar a la gente. La Cuaresma es para buscar la justicia social y para repartir consuelos humanos. ¡Un santo verdadero nunca enseña estas cosas! Enseña a quitar el pecado y a hacer expiación del pecado, para una sola cosa: salvar el alma.

Este hombre, en sus prédicas hacía política. Coge un texto de la Sagrada Escritura y da su versión política, no da la enseñanza espiritual:

«… los hombres nuevos, los hombres renovados, son aquellos que con su fe en la resurrección de Jesucristo hacen suya toda esta grandiosa Teología de la Transfiguración. No le tienen miedo al sufrimiento, se abrazan a la cruz no con conformismo sino como María, que desde su pobreza y desde su sufrimiento supo decir también: “Ha despachado vacíos a los ricos y ha colmado de bienes a los humildes, y ha despedido del trono a los poderosos cuando se convierten en idólatras de su propio poder…”».

María, desde su pobreza, va en contra de los ricos, de los que tienen riquezas. María, desde su sufrimiento, va en contra de los poderosos, que con sus leyes oprimen al pueblo, que se hacen ídolos de su propio poder. Esto es lucha de clases, pero no el Evangelio de Cristo.

Este hombre era un político, no un sacerdote. Y lo mataron por eso, no por otra cosa. No murió dando testimonio de la Verdad, que es Cristo. No murió defendiendo a Cristo, a la verdad. Murió defendiendo a sus pobres, a su visión de lo que debía ser Cristo y la Iglesia. Él se metió con los militares y con los políticos, y acabó mal.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo. Pero no puede estar en medio: hoy con Bergoglio, porque ha dicho una cosa muy bonita; mañana lo critico porque, como siempre, ha desbarrado en su palabra.

En el Vaticano ya no está la Iglesia en Pedro, sino que está una iglesia que hay que levantarla para el anticristo. Y tienen que salir de todo eso. Y es lo que más les cuesta a los católicos, porque se dejan engañar de la falsa jerarquía, que ya ha tomado posesión en todas las parroquias, y se va al asalto final: cargarse el dogma.

«La Iglesia -como tal- ya ha caído; sólo le falta el último empujón de la bestia para ya dejarla caída, pisoteada del todo en el fango. Si todas estas reformas -y las que están por llegar- se ejecutan, será el fin de la Iglesia de Pedro. Sólo unos pocos consagrados escaparán a esta mentira, que se ciñe sobre la figura de Jesús y su Iglesia. Muy pocos los que desobedecerán al que se hace llamar Papa, por miedo, por ignorancia… quedarán muy pocos ya que a muchos serán perseguidos y dados muerte para que no prediquen la verdad» (Juan Pablo II – Mensajes personales, octubre 2014)

El mundo no necesita de una ternura, sino una cruz, una verdad, un camino de salvación.

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«Creemos… en Nuestro Único Señor Jesucristo… quien por nuestra salvación descendió y se encarnó…» (D54).

Así define el Concilio Niceno el motivo de la Encarnación del Verbo: nuestra salvación, es decir, la redención del pecado. Redimir al género humano de la obra del demonio en su naturaleza humana.

Jesús viene al mundo para redimir. Por eso, dice:

«…así como el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28).

La Encarnación es para dar la vida en rescate por muchos. Eso es redimir: morir para dar la vida a otros. Redimir no es darle un beso al otro, no es darle un cariñito, ni un abrazo. Es morir. Redimir no es hablar para contentar al otro con un lenguaje que agrade a su mente y a sus oídos. Es morir a toda lengua humana, a toda filosofía del hombre. Redimir es señalar al hombre el camino en el cual no hay pecado. Porque donde no está el pecado, allí está la salvación del alma.

«… pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10).

La Encarnación es para buscar y salvar lo perdido. El hombre, desde que nace hasta que muere, está perdido. Y aunque esté bautizado y reciba unos sacramentos, siempre se puede perder para toda la eternidad. Nadie está salvado mientras viva en este mundo. Nadie está confirmado en gracia mientras haya un pecado en su alma. En un instante, la salvación eterna se puede perder. Es sólo cuestión de orgullo y de soberbia:

«No hay justo, ni siquiera uno; no hay uno sabio, no hay quien busque a Dios. Todos se han extraviado, todos están corrompidos; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno» (Rom 3, 11-12).

Jesús se encarnó, Jesús nació para salvar a los pecadores. Para esto la muerte en Cruz: para que los hombres obtuvieran la gracia y la gloria.

«Cierto es, y digno de ser por todos recibido, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero». (Gal 4, 5).

Jesús no murió en la Cruz para alimentar los estómagos de los pobres, sino para purificar los corazones de sus negros pecados.

Jesús, cuando se encarna en una naturaleza humana no asume al hombre, no asume a todos los hombres, no asume sus vidas humanas, no asume sus sufrimientos humanos, no asume sus lágrimas humanas, no asume sus obras humanas, no asume sus mentes humanas.

Jesús asume una naturaleza humana gloriosa, no las miserias de los hombres, no sus pecados. Jesús, en su naturaleza gloriosa, carga con los pecados de todos los hombres. Es su obra redentora. Carga, pero no los asume, no se une a ellos. Es su Misterio de Salvación. Y, por eso, el mundo necesita la Cruz de Cristo, no necesita ternura. Necesita clavar en la Cruz la voluntad del hombre para impedir el pecado, el mal en el mundo.

«¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy!» (ver texto).

¡Cuánta estupidez en la boca de este super-necio!

Bergoglio, Obispo (falso Obispo), ministro del Señor en la Iglesia (falso ministro), ni juzga rectamente ni guarda la ley del Señor.

No es verdadero profeta del Señor:

«Clama a voz en cuello sin cesar; alza tu voz como trompeta y echa en cara a Mi Pueblo sus iniquidades, y sus pecados a la casa de Jacob» (Is 58, 1).

Bergoglio no predica nunca del pecado. Nunca. Porque no tiene el Espíritu del Señor.

¿Qué es lo que predica?

Dale un beso al mundo; abraza el mundo; baila con el mundo; únete al mundo.

Falso Profeta, que clama al mundo desde su falsa iglesia, instalada en el mismo Vaticano.

«Todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que precede del mundo» (1 Jn 2, 16).

Luego, el mundo no necesita de la ternura de Dios ni de la paciencia de Dios: todo lo que hay en él es pecado. Y el pecado no necesita una ternurita, sino una justicia, un castigo, una expiación, un dolor, un sufrimiento, un despojo, una negación.

El mundo vive en sus pecados, ¿vas a darle cariñitos?

«No hay paz, dice el Señor, para los impíos» (Is 57, 21)

Dios es paciente, pero no con el mundo. No puede; Dios es Misericordioso, pero no con el mundo. No puede.

«El mundo pasa, y también sus concupiscencias» (Ib).

¿Para qué quiere el mundo la ternura si va a pasar, si se va a terminar, si no vale para nada?

¿Para qué quiere Dios ser misericordioso con un mundo que no quiere la misericordia, porque vive en el triple pecado?

Esta es la frase bella, sentimentaloide, que gusta a todos, pero que es una clara herejía, va en contra de la Sagrada Escritura. Dios enseña que:

«el que hace la Voluntad de Dios permanece para siempre» (Ib).

Dios es tierno con el que hace Su Voluntad; Dios tiene Misericordia con el que hace Su Voluntad. Esto, Bergoglio se lo pasa por su entrepierna: le importa un comino la Voluntad de Dios porque sólo vive para su estúpido orgullo de su vida.

«Riquezas, honra y vida son premio de la humildad y del temor de Dios» (Prov 22, 4).

¿Quieres dinero en tu vida? No peques. Arrepiéntete de tus pecados. Haz la Voluntad de Dios.

¿Quieres honra en tu vida? No peques. Obra, siempre, buscando la gloria de Dios con los demás.

¿Quieres una vida feliz? No peques. Usa todas las cosas como plataforma para hacer la Voluntad de Dios.

Necia es esta pregunta:

«¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio?» (ver texto).

¿Tenemos el coraje de decir al prójimo: no peques más para que tu problema se quite?

¿Quedan católicos en la Iglesia que no tienen miedo de hablar claro a sus semejantes, y de decirles la verdad de las cosas aunque se queden solos, aunque pierdan el amigo o el hijo?

¿O eres de esos católicos que quieren solucionar las cosas siendo buenísimos con todo el mundo, con un beso, con un abrazo, con un cariño, con una condescendencia que los condena, porque fallan a Cristo?

El pecado del otro no necesita una ternura, sino una cruz, una espada, una justicia. ¿Se la das?

El problema de la vida se quita arrepintiéndose y expiando el pecado en cada corazón. ¿Lo haces?

¡Pero qué necios los católicos que no saben discernir una frase tan sencilla de un hombre que sólo habla para conquistar sentimientos de la gente, pero no para darles la verdad de sus vidas!

¿Qué cosa ofrece Bergoglio? La fe fiducial:

«Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?»(ver texto).

¿Qué no es importante buscar a Dios?

«Buscad a Dios mientras puede ser hallado» (Is 55, 6): porque hay un tiempo en que Dios se esconde y nadie lo encuentra.

El que no busca no encuentra.

El que no se despoja de su humanidad, no encuentra la divinidad.

El que no busca la ley eterna en su naturaleza humana no encuentra la paz del corazón en su vida espiritual.

¡Qué necesario es buscar! Porque en la vida lo más fácil es vivir sin Dios, creyendo que con un amor sentimental ya Dios está contento con uno.

«Ancho es el camino del infierno, ¡cuántos van por él!». Porque no buscan en la verdad; no buscan en la crucifixión de sus voluntades humanas; no buscan en el desierto de sus vidas.

Cuando el hombre aprende a despojarse de su vida humana, entonces comienza a buscar a Dios.

Y Dios se deja encontrar de los que le buscan. De los que no le buscan, Dios se esconde:

«Me dejé hallar de los que me buscaban» (Is 65, 1).

Dios «se deja hallar de los que no le tientan, se manifiesta a los que no desconfían de Él» (Sab 1, 2).

Hay que buscar a Dios:

«Buscad a Yavé y Su Poder, buscad siempre su Rostro» (Sal 14, 4).

Sólo los necios buscan el rostro del hombre. Sólo los estúpidos de corazón predican que no es importante buscar a Dios. Sólo los idiotas de mente hacen caso a las palabras de un necio y dejan de buscar la verdad en sus vidas.

«El Santo Espíritu de la disciplina huye del engaño y se aleja de los pensamientos insensatos, y al sobrevenir la iniquidad se aleja» (Sab 1, 5).

Dios está apartado del pecado de Bergoglio en la Iglesia. Dios se aleja de toda aquella Jerarquía que obedece a Bergoglio. Quien busca a Bergoglio como Papa deja de buscar a Dios en su vida espiritual, porque busca el engaño. Y Dios huye del engaño. Dios nunca da un Papa de pensamientos insensatos. Nunca. Cuando Bergoglio usurpó el Trono de Pedro, Dios se alejó de Roma.

Dios sólo está en el corazón que le ama como un niño:

«¿Quién te amó que no haya llegado a conseguirte?» (San Agustín).

Sólo los humildes de corazón consiguen a Dios, lo encuentran, lo hallan. Porque:

«el corazón amante está habitado por lo que ama. Quien ama a Dios lo posee en sí mismo» (Sto. Tomás – El hombre cristiano).

Amar a Dios es hacer Su Santa Voluntad. No es darle besos al mundo. Es crucificar al mundo y a los hombres, para que aprendan que la salvación es un camino estrecho, donde no hay cariñitos para nadie.

«llamadle en tanto que está cerca»: porque en el pecado Dios está lejos, pero en el arrepentimiento, Dios está al lado: «Yo habito en la altura y en la santidad, pero también con el contrito y humillado» (Is 57, 15b).

Para buscar a Dios hay que dejar los caminos del pecado, hay que abandonar los pensamientos de herejía, hay que vivir haciendo la Voluntad de Dios.

«dejar que sea él quien me busque»: Dios no busca al hombre.

«quien me encuentre»: Dios no encuentra al hombre.

«y me acaricie con cariño»: Dios no acaricia con cariño al hombre.

Dios no anda detrás del hombre. Dios no persigue al hombre. Dios hace Justicia y Misericordia con los hombres.

«Oíd y no entendáis, ved y no conozcáis. Endurece el corazón de ese pueblo, tapa sus oídos, cierra sus ojos. Que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, y no sea curado de nuevo» (Is 6, 10).

Esto es lo que ha hecho el Señor con toda la Iglesia.

Los católicos oyen a Bergoglio y no entienden que es un falso profeta. Ven sus obras y no conocen la maldad que está en ellas. Toda la Iglesia se ha endurecido en su corazón y ya no sabe amar a Dios: sólo sabe seguir un engaño, la palabra rastrera de un hombre sin piedad.

Ya los católicos no escuchan la verdad: tapan sus oídos a la verdad revelada. Sólo quieren llorar con las lágrimas de los hombres; sólo quieren vocear con las voces de los hombres; sólo quieren hablar con las palabras de los hombres.

Los católicos no ven a Dios porque no son capaces de ver al maldito que los gobierna: lo llaman bendito, santo, justo. Y lo aplauden como si fuera la figura central del Misterio de la Iglesia.

Fundamento del error es Bergoglio y ¡cuántos son los que lo ensalzan en sus parroquias, en sus capillas, en sus despachos episcopales, en sus vidas podridas en la Iglesia!

La Iglesia no tiene cura porque no quiere ser curada de la maldad, del pecado, de la mentira, del error que cada día un hombre, al que llaman Papa, pregona desde su absurdo gobierno horizontal.

¿Para qué quieres tantas cabezas en el gobierno si ninguna tiene a Dios en su corazón?

¿Para qué tanto discurso vacío de la verdad si lo que te importa es llenar tus bolsillos de dinero?

«¡Cuánta necesidad de dinero tiene el mundo de hoy!».

Cuando Bergoglio se pone sentimental es para pedir dinero en la Iglesia. Él es un maniático de la bolsa del dinero. No puede predicar una homilía sin pronunciar a sus malditos pobres en su iglesia.

«Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús» (ver texto): llora, Bergoglio, llora por tu humanidad.

«Que su fuerza redentora transforme las armas en arados, la destrucción en creatividad, el odio en amor y ternura» (Ib): predica, Bergoglio, predica tu teología de la liberación.

Nadie en la Iglesia se levanta para criticarte. Todos miran como bobos a un idiota de Papa. Y todos saben que es idiota. Pero todos callan, porque tú les das de comer. Y es lo único que quieren en la Iglesia. Lo demás, no les interesa.

Cristo no es importante ya en la Iglesia.

Son las lágrimas de Bergoglio lo que mueve el dinero en la Iglesia.

Bergoglio y sus estúpidas homilías eso es negocio redondo en la Iglesia.

¡Qué vergüenza de católicos!

¡Qué vergüenza de Jerarquía!

¡Qué vergüenza es Bergoglio, no sólo para la Iglesia, sino para todo el mundo!

Jesús es la delicia de los hombres cuando éstos quitan de sus vidas sus malditos pecados:

«Cuando te abstengas de profanar el sábado y de ocuparte de tus negocios el día santo, y hagas del sábado tus delicias y lo santifiques, alabando a Yavé, y Me honres, dejando tus negocios, el trabajo que te ocupa y los discursos vanos, entonces será Yavé tu delicia y te llevará tu carro a las alturas de la tierra» (Is 58, 13).

El Niño Dios no pregunta desde los brazos de Su Madre: ¿permito a Dios que me quiera?

¡Qué sentimentaloide es este personaje!

¡Qué ramalazo tiene de humanismo!

¡Cómo llora por sus hombres, por su humanidad!

¡Qué falso misticismo!

¡Qué caradura de tipo!

Jesús pregunta desde su cuna: ¿Quieres quitar tus pecados para hacer Mi Voluntad o quieres seguir pecando haciendo tu propia voluntad? ¿Es Mi Voluntad Divina tu delicia o es tu voluntad humana tu placer en tu vida de hombre?

¡Que haya católicos que todavía no se enteren de los engaños de Bergoglio es señal de que la Iglesia está muy mal! ¡Todo está podrido! ¡Todo! ¡Nada más es contemplar lo absurdo de la vida de los católicos!

¿Cómo pueden obedecer la mente de un hombre que no es capaz de darles la verdad como Dios la ha revelado? ¡Esto es lo absurdo!

¡Gente que ve la herejía de este hombre y se atreven a llamarlo Papa!

¡Qué absurdo!

¡Que miopía espiritual!

Pero, ¿dónde está la Verdad en Bergoglio?

«La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre (Ib).

¡Que no! ¡Hombre, que no es eso! ¡Que no hay que vivir para una bondad humana ni para una humildad artificial, de sentimientos baratos!

¡Que la VIDA ES PARA UNA VERDAD!

¡Una verdad que Dios pone en el corazón de cada alma!

¡Una verdad divina!

¡Una verdad revelada!

¿Comprenden esto los católicos?

¿O qué quieren que se les predique?

¿Qué quieren escuchar? ¿Esto?

«Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros»(ver texto).

¿Esta mentira les gusta?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de un hombre?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de la pequeñez de los hombres?

¿Los hombres son pequeños?

¿Los hombres son humildes?

¿Los hombres son sencillos?

¡Anda ya! ¡No te burles de los católicos! ¡Deja tu guasa a un lado!

Jesús se encarna, no para encontrarse con los hombres, sino para salvarlos de sus pecados.

¡SALVACIÓN DEL ALMA! ¡No cultura del encuentro masónico!

Jesús no viene a encontrarse con ningún hombre, con ninguna cultura, con ningún político, con ningún pensamiento del hombre.

Jesús viene a que el hombre se dedique a hacer Su Santa Voluntad.

¡Y ay de aquel hombre que decida no hacerla!

Pero a los católicos les gusta lo que predica Bergoglio:

«la humildad de Dios… es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones»: la Navidad es el amor que asume la vida de los hombres, sus sentimientos, sus ideas, sus problemas humanos.

¡Cómo gusta esto!

Jesús no nace para esto: no nace para llorar con los hombres; no nace para caminar con los hombres, no nace para abrazar y besar las heridas de los hombres. Jesús no se encarna para esto. Jesús no pierde el tiempo con los problemas de los hombres, ni con sus lágrimas, ni con sus obras maravillosas.

¿Por qué habla así este personaje?

Es fácil. Lo dice él mismo:

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Dios esperaba. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13)».

Este es el concepto que Bergoglio tiene de Dios. Un concepto que no pertenece a la fe católica.

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre»: Dios nunca espera en el hombre, nunca pone sus esperanzas en el hombre: es el hombre el que tiene que esperar en Dios, el que tiene que desear a Dios, el que está obligado a dejar sus deseos humanos, sus planes humanos, su mente humana, para poseer la virtud de la esperanza que sólo se da en la fe.

Quien no sabe esperar a Dios es que no sabe creer a Dios cuando habla, no sabe escucharlo en su corazón, no sabe desprenderse de sus ideas humanas sobre su vida humana para someterse a la Mente de Dios.

¡Gran error de Bergoglio!

Decir esto, que Dios pone sus esperanzas en el hombre, significa que el concepto que Bergoglio tiene de Dios pertenece al hombre: es un concepto racional, natural, humano, pero nunca espiritual ni divino; que sólo se puede obrar en lo horizontal, no en lo vertical: sólo se obra mirando al hombre, no se obra desde Dios, mirando a lo alto. Se obra para darle un gusto al hombre, una gloria al hombre, pero nunca dando gloria a Dios.

Si al hombre se le muestra un Dios que no confía en el hombre, entonces el hombre no quiere ese Dios, lo aparta de sí. Es lo que trata de enseñar este personaje.

Os doy un Dios, un concepto de Dios compasivo, tierno, abierto a las necesidades del hombre, amable con todo el mundo, que está pendiente de la vida, de los problemas, de los sentimientos y deseos de los hombres. Que te da un beso, un abrazo, un cariñito: «¿permito a Dios que me quiera?»

Y, por eso, yo soy un “papa” para el hombre, para sus vidas humanas, terrenales. Yo os comprendo porque os sigo en vuestra vida de hombres, me ocupo de vosotros. Tenéis que amarme porque os doy un dios amor, un dios tan sentimentaloide que se nos cae la baba – a todos – de idiotas como nos convertimos al pensar en este concepto de Dios.

Bergoglio trata a todos los hombres como imbéciles al enseñarles un dios que no existe en la realidad:

«Seis cosas aborrece el Señor: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente. Corazón que trama iniquidades, pies que corren presurosos al mal. Testigo falso, que difunde calumnias y enciende rencores entre hermanos» (Prov 6, 16).

¿Puede un Dios estar esperando a un hombre que obra lo que Él aborrece?

¿Puede un Dios poner la esperanza en un hombre que obra lo que Él odia?

¡Por favor!

¿Cómo los católicos se dejan engañar tan fácilmente por la palabrería barata e inútil de este sinvergüenza?

¿Por qué le siguen llamando Papa a un hombre que no sabe decir una verdad dogmática cuando habla?

¿Qué ven en la mente de este hombre para alabar su inmundicia cuando habla?

Sólo hay una respuesta: los católicos pervertidos y tibios andan detrás de Bergoglio, no por sus palabras, sino por lo que les da: todos quieren sacar tajada de su gran negocio que ha montado en el Vaticano y en todas las parroquias.

Todos quieren un trozo de pastel:

Poder: estar en ese gobierno horizontal, ser una cabeza que piense la Iglesia

Dinero: repartirse las ganancias en la nueva administración donde sólo los ricos ganan, mientras se habla de que hay que recoger dinero para los pobres

Placer: una vida de felicidad terrenal en la cual no haya que ocuparse de ningún problema mientras se bese el trasero de Bergoglio, mientras se le dé publicidad.

El mundo necesita ternuritas. Sí, sí. El mundo necesita de un sistema económico que me haga rico a mí, que soy el “papa” de los idiotas, de los que se dejan engañar por mis palabras baratas y rastreras.

Y no hay más explicación. No hay otra razón.

Nadie ama a Bergoglio, pero todos dicen que lo quieren porque les da de comer, porque es negocio redondo en la Iglesia.

Es el hombre que se quería. Ahora, todos detrás del poder. Todos detrás del dinero. Todos detrás de la fama.

Quieren a Bergoglio porque quieren participar de lo que antes no podían. Ahora, a destruir la Iglesia y hacer una empresa humana en la que todos den su opinión. Todos hagan lo que les dé la gana. Todos se digan a sí mismos: qué buenos que somos porque alimentamos estómagos de los pobres.

¿Quieren comunismo? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren condenarse? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren ser del mundo? Obedezcan a Bergoglio.

Cristo conoce a los suyos. Y ninguno de ellos anda besando el trasero de Bergoglio.

No se puede defender la Tradición juzgando a los Papas

herejias

«Como la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos, la destrucción del Reino de Nuestro Señor avanza aceleradamente…»   (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llamó anticristos a cada Papa y a toda la Curia Romana: se escandalizó de los errores y horrores postconciliares. Se escandalizó del pecado de muchos, dando la responsabilidad de esos pecados al Concilio, a los Papas y a las reformas de la liturgia.

Pero éste no fue el pecado principal de Lefebvre. Esto es la consecuencia de su pecado de orgullo.

No se puede pertenecer a la Iglesia si no se cree en el Papado. No se puede hacer Iglesia sin el Papa. Se hace una blasfemia contra Dios:

«La situación del papado a partir de Juan XXIII y sus sucesores va planteando problemas cada vez más graves… Éstos han fundado una Iglesia conciliar nueva… ¿Esta Iglesia es todavía apostólica y católica?… ¿Debemos considerar que este Papa es católico?» (Tissier 569).

Lutero destrozó la roca que sostiene el edificio de la Iglesia: la fe en la enseñanza de la Iglesia apostólica. Fe en los Obispos que enseñan una doctrina verdadera en un Concilio. Fe en el Papa legítimo, que obra en un Concilio. Fe en el Magisterio de la Iglesia, que es infalible y sagrado. Fe que exige la obediencia de la persona, su sometimiento.

El papa León X, en la bula Exurge, Domine (1520), condena esta proposición de Lutero:

«Tenemos camino abierto para enervar la autoridad de los Concilios y contradecir libremente sus actas y juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que nos parezca verdad, ora haya sido aprobado, ora reprobado por cualquier Concilio» (n.29: DS 1479).

Lefebvre es lo mismo que Lutero: anula la fe en el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia; aplasta la autoridad divina de la Iglesia. ¿La Iglesia sigue siendo apostólica, católica? ¿El Papa sigue siendo católico? Preguntarse esto es anular todo en la Iglesia.

Nadie puede juzgar a un Papa legítimo en la Iglesia. Nadie puede juzgar a la Iglesia. La Iglesia es la Obra del Espíritu; quien juzga a la Iglesia, juzga al Espíritu. Y quien juzga a Dios, se condena.

Lefebvre está condenado, en el infierno. Pero esto, muchos, no lo creen. Y no pueden creerlo, porque están en la Iglesia luchando por sus verdades, no por la Verdad, que es Cristo. No son de Cristo, son de los hombres; no se someten a la Mente de Cristo, sino que se esclavizan a la mente de los hombres.

Y los que conciben estos 50 años como el levantamiento de una nueva iglesia en Roma, en cada Papa, sólo pueden ver a Bergoglio como el continuador de este desastre. Bergoglio es el que continúa la acción demoledora que los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, han hecho en la Iglesia, porque han levantado una Iglesia conciliar nueva.

Son muchos los católicos que piensan así. Y si continúan en este pensamiento, no podrán salvarse nunca. Es un pensamiento cismático, no sólo herético, porque les lleva a poner la Iglesia Católica en su iglesia cismática, en una persona no elegida por Dios para decidir en la Iglesia lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdadero y lo que es falso: se creen salvadores de la Iglesia; se creen los sabios en Ella.

Un gran pecado fue el que hizo Lefebvre, y el que continúa en toda esa comunidad cismática.

Ellos mismos lo declaran: en las conversaciones habidas entre la FSSPX y la Santa Sede «es preciso distinguir el fin que persigue Roma del que tenemos nosotros. Roma indicó que existían problemas doctrinales con la Fraternidad y que los mismos debían aclararse antes de un reconocimiento canónico –problemas que, tratándose de la aceptación del Concilio, obviamente provendrían de nuestra parte. Para nosotros, en cambio, se trata de otra cosa: queremos exponer a Roma lo que la Iglesia siempre enseñó, y con eso, señalar las contradicciones existentes entre esta enseñanza multisecular y lo que sucede después del Concilio. De nuestra parte, ése es el único objetivo que perseguimos» (Entrevista concedida por el Superior General de la FSSPX (2-II-2011), Mons. Bernard Fellay, en el Seminario de Santo Tomás (Winona, EE.UU.)).

Es el pecado de orgullo: ellos son los sabios, los entendidos, los que exponen a Roma lo que siempre la Iglesia enseñó, los que no están en excomunión. Es Roma la equivocada, la necia, la maldita, la excomulgada.

«ellos no aceptan reconocer las contradicciones entre el Vaticano II y el Magisterio anterior (…) se trata de hacer oír en Roma la fe católica y, más aún incluso, de hacerla oír en toda la Iglesia» (Ib.)

En el Magisterio auténtico de la Iglesia hay contradicciones. La fe católica procede de la obra cismática de Lefebvre, no de Roma, no de los Papas legítimos, no del Vaticano II. Esta es la locura de esta gente, que se llaman tradicionalistas y son sólo hijos del demonio, como Bergoglio.

Si se afirma que esos Papas han fundado una nueva iglesia, se está cayendo en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo; es negar todos los dogmas, es recorrer el camino de condenación en vida. Es levantar un cisma en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II fue sagrado. Esto es lo que se le atraganta a todos aquellos que siguen el espíritu lefebvriano. ¿Sagrado el Vaticano II?

Allí donde un Papa legítimo se reúne con los Obispos para tratar asuntos de la Iglesia, de la salvación de las almas, siempre es infalible, siempre enseña la verdad, siempre da la santidad en la Iglesia.

El Papa es infalible; y los Obispos, cuando enseñan una doctrina, bajo la autoridad del Romano Pontífice, para ser aceptada por todos, son infalibles.

Y lo que se enseña, de manera infalible, es camino de salvación y de santificación en la Iglesia: es una doctrina sagrada. Y sagrado es todo aquello que conduce a la salvación y a la santificación de las almas.

Los Obispos se reunieron, bajo el Papa, en el Concilio Vaticano II, y de allí surgió una doctrina infalible y sagrada, una doctrina que llama a la santidad de vida. Y, por eso, hay que decir, como San Ambrosio: «Del Concilio de Nicea, no podrá separarme ni la muerte ni la espada» (R 1250).

O como San Gregorio Magno: «Confieso que yo acepto y venero los cuatro Concilios así como los cuatro Libros del Santo Evangelio… porque han sido constituidos los Concilios con el mutuo acuerdo universal. Por consiguiente quien quiera que piensa otra cosa, sea anatema» (R 2291).

Sean anatemas los que no aceptan el Concilio Vaticano II.

Muchos católicos, que tienen el espíritu lefebvriano, que son hijos espirituales de Lefebvre, no son capaces de decir: del Concilio Vaticano II no podrá separarme ni los pensamientos de todos los sedevacantistas, ni la de aquellos tradicionalistas que comienzan a cuestionar si los Papas anteriores eran masones. No pueden: ellos son los sabios, lo entendidos, los que poseen la Tradición de la Iglesia. Ellos han luchado por una verdad, su idea humana de lo que debe ser la Tradición, anulando otra verdad: el Papado. Se han quedado fuera de la Iglesia, por seguir su verdad. Es el pecado de siempre en la Iglesia: pecado de soberbia y de orgullo.

Muchos no comprenden este acto cismático de Lefebvre, su pecado de orgullo, y tratan de excusarlo juzgando a todos los Papas: es que el Papa Juan Pablo II hizo un acto en Asís en nombre del ecumenismo, es que besó el Corán, es que hizo oraciones en el muro de las lamentaciones…Juzgan la autoridad de un Papa legítimo; juzgan el Poder Divino en el Papa; juzgan a Dios en el Papa. Y si hacen esto, no pueden comprender los actos del Papa.

Muchos católicos es lo que están haciendo: autodemoliendo la Iglesia con sus juicios a todos los Papas. Y esto no es nuevo:

«La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de autodemolición. Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio. La Iglesia está prácticamente golpeándose a sí misma» (Disc. al Seminario Lombardo, Roma 7-XII-1968).

El error de Mons, Lefebvre, y de sus seguidores, fue acusar al Concilio Ecuménico Vaticano II, y a los Papas que lo siguieron, como los causantes principales de todo este desastre que se ve en la Iglesia.

¡Gravísimo error!

El error de muchos católicos es acusar a todos los Papas y defender sus propias ideas en la Iglesia.

Si no comprenden un acto de un Papa legítimo, es mejor callar la boca, para no cometer un pecado de desobediencia y de juicio al Papa, que es un pecado de soberbia y de orgullo.

El desastre que vemos en la Iglesia es por el pecado de la Jerarquía, que no se ha sometido ni a los Papas ni al Magisterio; y de todos aquellos fieles que han acompañado a esta Jerarquía rebelde a la Verdad.

«¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! (…) La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón» (Cardenal Raztinger)

Los sacerdotes no están entregados a las cosas de Dios, sino del mundo. Y, por eso, cogen el Vaticano II y lo tuercen. Y cada uno tiene su pecado.

El Concilio Vaticano II no niega ni silencia la salvación, la condenación, la existencia del demonio; no invita a que los matrimonios no tengan hijos, que busquen soluciones anticonceptivas para dedicarse a una vida más social, placentera, humana, sin la responsabilidad del sexo; no predica doctrinas heréticas ni gravemente desviadas; no enseña el feminismo ni los diversas liberacionismos que los hombres persiguen en el mundo; no lleva al desprecio de la ley natural, divina, eclesiástica, civil…. El Concilio Vaticano II no enseña a pecar, no enseña a hacer un cisma, no enseña a apartarse de la Iglesia, no enseña a juzgar a la Iglesia ni a los Papas…

Si la gente hace esto, es por ellos mismos: ellos quieren pecar. No echen la culpa de sus pecados ni al Papa, ni al Concilio ni a nadie.

Acusar al Concilio Vaticano II de todos esos males que se ven, tanto en la Iglesia como en el mundo, es una gran falsedad, una calumnia y una ofensa al Espíritu Santo.

Aquel católico que no defienda el Concilio Vaticano II no es católico, sino que es un falso católico.

Aquel católico que se pregunte si Juan XXIII, o los otros Papas, eran masones, no son católicos, sino falsos católicos.

La Apostasía de la Iglesia no se inició en el tiempo del Concilio; fue preparada, durante muchos años antes, hasta llegar al Concilio. Si una falsa jerarquía entró en el Concilio para querer desbaratarlo, es que esa jerarquía, ya antes, estaba obrando ocultamente en la Iglesia. El Concilio sólo fue el tiempo para que lo oculto se viera a la luz. Y como en el Concilio había un Papa legítimo, entonces todo ese trabajo de esa falsa jerarquía no pudo conseguir su objetivo. El Concilio salió intacto.

Pero el trabajo de la falsa jerarquía no acabó al finalizar el Concilio. Se incrementó. Y, por eso, el Papa Pablo VI dice: «Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio». Si no consiguieron su objetivo en el Concilio, se pusieron a trabajar para conseguirlo. Y les ha costado 50 años hasta que han puesto a su falso Papa: Bergoglio.

Ha sido la lucha espiritual entre el bien y el mal, en la Iglesia.

Muchos son del mal: los lefebvrianos, que son blasfemos del Espíritu de la Iglesia. Son los fariseos de la Tradición de la Iglesia. La culpa de todo: el Papa. Ellos, los que no se sometieron al Papa, los inmaculados, los intachables, los tradicionalistas, los que saben de qué va la Iglesia. Y han combatido, y siguen combatiendo, contra la Iglesia Católica. Ellos no son católicos; ellos no son Iglesia.

El pecado de Lefebrve no fue a causa del Concilio: él nunca puso en duda la validez ni la ortodoxia de la Nueva Misa, ni de la elección del Papa Juan Pablo II:

«1) Que no tengo ninguna duda acerca de la legitimidad y validez de su elección y, por tanto, no puedo afirmar que no se dirigen a Dios las oraciones prescritas por la Santa Iglesia a Su Santidad. Yo ya lo tenía aclarado y lo sigo haciendo, cara a cara, con algunos seminaristas y sacerdotes que reciben alguna influencia de algunos clérigos ajenos a la Hermandad.

2) Que estoy plenamente de acuerdo con el juicio de Su Santidad sobre el Concilio Vaticano II, del 06 de noviembre 1978 en la reunión del Sacro Colegio, que señala “que el Concilio debe entenderse a la luz de la Sagrada Tradición y sobre la base de la enseñanza constante de la Santa Iglesia”.

3) En cuanto a la Misa del Novus Ordo , a pesar de todas las reservas que debo tener al respecto, yo nunca dije que es, en sí misma, inválida o herética» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 08 de marzo de 1980).

El problema de Lefebrve fue su pecado de orgullo: no someterse al Papa. Y de ese pecado, nace después, por el pecado de soberbia, todo lo demás, su obra cismática:

«Es para guardar intacta la Fe de nuestro Bautismo que debimos enfrentarnos al espíritu del Vaticano II y a las reformas por él inspiradas.

El falso ecumenismo, que está en la base de todas las innovaciones del Concilio, en la liturgia, en las nuevas relaciones de la Iglesia y el mundo, en la concepción de la misma Iglesia, conduce a la Iglesia a su ruina y a los católicos a la apostasía.

Radicalmente opuestos a esta destrucción de nuestra Fe y resueltos a permanecer en la doctrina y en la disciplina tradicionales de la Iglesia, especialmente en lo que concierne a la formación sacerdotal y a la vida religiosa, experimentamos la necesidad absoluta  de tener autoridades eclesiásticas que compartan nuestras preocupaciones y nos ayuden a precavernos contra el espíritu del Vaticano II y contra el espíritu de Asís…» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 2 de Junio de 1988).

Su pecado de orgullo- no obedecer al Papa- le hace esconder su pecado de soberbia: no obedecer al Espíritu del Vaticano II. En su orgullo, acepta la interpretación que da el Papa Juan Pablo II del Concilio. Pero ocho años después manifiesta su pecado de soberbia a las claras. Y, por tanto, lo obra, produciendo el cisma, al ordenar los cuatro Obispos para su obra, para su ideal de iglesia, para su idea de lo que es la Tradición. En este pecado, de orgullo y de soberbia, se ve, claramente, lo que es este hombre.

Aceptó el Concilio Vaticano II, pero sólo la letra, no Su Espíritu, que es el Espíritu de la Iglesia. Aquí se aprecia su fariseísmo: como algunas cosas de ese Concilio no las podía integrar con la Tradición de la Iglesia, entonces tiene que quedarse en la idea de su verdad, en el lenguaje humano de cómo se expresa la verdad en la Iglesia. Eso que ve en los textos del Concilio no entra en su idea de la Tradición, no entra en su mente.

Este fariseísmo es propio de las personas inteligentes, que se saben la teología y la filosofía, y si una idea no concuerda con lo que tienen en la mente, aparece este fariseísmo: se quedan en la idea, en el texto, en la palabra, pero no pueden interpretar, no pueden llegar al Espíritu de la Palabra.

Tres errores son los que señala Lefebvre por su mala interpretación del Concilio Vaticano II:

«Hay tres errores fundamentales, que, de origen masónico, son profesados públicamente por los modernistas que ocupan la Iglesia.

[1] La sustitución del Decálogo por los Derechos del Hombre [en referencia a la libertad religiosa]…

[2] Este falso ecumenismo que establece de hecho la igualdad entre las religiones…

[3] Y la negación del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo mediante la laicización de los Estados…

La situación es, pues, extremadamente grave, porque todo indica que la realización del ideal masónico haya sido cumplido por la misma Roma, por el Papa y los cardenales. Es esto lo que los francmasones siempre han deseado, y lo han conseguido no por sí mismos sino por los propios hombres de la Iglesia» (ver texto).

Su mala interpretación del Concilio constituye su fariseísmo: se queda en su lenguaje humano de lo que tiene que ser la libertad religiosa, el ecumenismo y el gobierno en los Estados. No puede ver que, en esos tres frentes, el Concilio Vaticano II no cambió nada con referencia a los anteriores Concilios. Es una cuestión de verdadera interpretación de la palabra del Concilio.

Este fariseísmo le lleva a anularlo todo. Desde ese momento, ellos solos se gobiernan a sí mismo, totalmente al margen del Papa y de los Obispos. Y sin ningún problema de conciencia, ejercitan ilícitamente sus ministerios episcopales y sacerdotales, celebrando Misas, matrimonios, confesiones, confirmaciones, ordenaciones, catequesis, etc., pues estiman que su situación en la Iglesia es perfectamente lícita, ya que viene exigida por la Providencia divina «para la continuidad de la Iglesia».

Y, por ellos, mucho mal ha venido a toda la Iglesia. De ella ha nacido, y se ha fortalecido, toda la corriente del sede vacantismo. Ellos no se declaran tales en la teoría, pero sí en la práctica. Con sus obras anulan la Iglesia Católica en Roma, anulan a un Papa, para erigirse ellos como salvadores de la Iglesia. En ellos está la verdadera sucesión apostólica, no en Roma.

Su obra es un gran cisma, y muchos católicos la siguen. Se les ve cuando comienzan a criticarlo todo. Y, por eso, esos católicos no saben ver lo que es Bergoglio. Todo lo confunden, pero se quedan tan tranquilos. Son los nuevos santos, los nuevos justos, los que deciden quién es santo y quién es pecador en la Iglesia.

Todas las herejías se han desprendido, siempre, de la Iglesia, como algo inútil, como algo necio, como algo sin valor para salvar el alma.

El espíritu lefebvriano no sirve para ir al Cielo; no sirve para vivir una vida espiritual de amor a Dios; no sirve para enseñar la Verdad, no sirve para obedecer ni a Dios ni a los hombres, por más que luchen por la Tradición de la Iglesia.

Hay que permanecer en la Verdad, pero no en la que los hombres comprenden con sus inteligencias humanas, sino en la Verdad, que es Dios. Y la Verdad, Dios no la comprende como lo hace el hombre: Dios no necesita de un lenguaje humano, de una palabra humana, de una razón humana, de una interpretación humana. Dios es la Verdad. Y, por tanto, para el hombre la Verdad sigue siendo un Misterio inalcanzable para su mente. Cuando el hombre se quiere quedar en su interpretación de la Verdad Inmutable, en su lenguaje, en su idea, en su filosofía de la vida, entonces no permanece en la Verdad, no entiende la Verdad.

El hombre tiene que obedecer, con su mente, la Verdad que Dios le revela. Y eso es un acto de la gracia, del amor divino en el alma; no es un acto humano, racional, intelectual. Es un acto de fe pura, en donde la razón se queda en el suelo, para que el corazón se llene del amor. Y cuando el corazón ama, la mente comprende.

Muchos hombres no saben vivir de fe, del corazón, porque andan metidos en sus razones, en sus vidas, en sus conquistas, en sus justificaciones humanas. Quieren comprender, pero no saben amar.

Para ser Iglesia hay que excluir las mentes y las obras de los hombres

sm

« Unidad en la diversidad. La uniformidad no es católica, no es cristiana. La unidad en la diversidad. La unidad católica es diversa, pero es una. ¡Es curioso! El mismo que hace la diversidad, es el mismo que después hace la unidad: el Espíritu Santo. Hace las dos cosas: unidad en la diversidad». (viernes, 31 de octubre del 2014 – OS, número 45, pág. 3)

Esto, no sólo es perversión del entendimiento de Bergoglio, sino clara abominación intelectual y espiritual.

Hay una sola fe católica, es decir, no puede haber muchas fes.

Hay una sola Iglesia Católica; es decir, no hay muchas Iglesias Católicas.

Hay una sola doctrina de Cristo, un solo Magisterio auténtico de la Iglesia, no hay muchas doctrinas, ni muchos magisterios.

Hay una única Iglesia Católica, fuera de la cual no hay otras Iglesias; pero hay muchos miembros que son de la única Iglesia Católica.

Hay una sola fe que se da en muchos, que se halla en muchos, que se predica en muchos miembros católicos.

Y esta sola fe se da en ellos en el mismo sentido, de manera unívoca. No se da en ellos de manera diversa.

Que Jesús es un Espíritu se da en todos los miembros; todos lo creen, todos lo predican igual; todos lo entienden en el mismo sentido. Ningún miembro de la Iglesia Católica puede decir: Jesús no es un Espíritu. Si lo dice, como lo dice Bergoglio, entonces es que no pertenece a la Iglesia Católica, no tiene la fe católica. No se puede entender a Jesús en parte igual y en parte diversa. La naturaleza divina de Jesús no es equívoca, sino unívoca. No se puede pensar a Jesús de una manera diversa, según la idea que cada hombre tiene de Jesús. Hay que pensar en Jesús de una manera igual, en el mismo sentido que da la fe, no en la diversidad de las razones humanas.

No hay un Jesús para los ricos y otro para los pobres; no hay un Jesús para el intelectual ni otro para los ignorantes; no hay un Jesús para la Jerarquía y otro para los fieles de la Iglesia. No se puede dar un Jesús para cada mente humana. La fe católica, la doctrina católica no es una opción para los hombres, sino que es una obligación y un deber para cada alma de la Iglesia.

La fe católica da un Jesús que debe ser aceptado por todas las mentes, sin cambiar nada de lo que es Jesús. Porque «todo reino en sí dividido será desolado» (Mt 12, 25b). La Iglesia en Roma será desolada porque no tiene la unidad de la fe. Y «toda ciudad o casa en sí divida no subsistirá» ( v. 25c). Muchas almas, que se dicen católicas no subsistirán; muchas familias, que se creen unidas, perecerán porque no tienen humildad de corazón. No se abajan a la verdad del Evangelio.

Por tanto, se da una uniformidad en la fe. La uniformidad es católica. Tiene que ser católica.

Pero aquí Bergoglio, está en la idea hegeliana de la unidad. No está hablando de la unidad católica: «La unidad no es uniformidad, no es hacer obligatoriamente todo junto, ni pensar del mismo modo, ni mucho menos perder la identidad».

¿Qué está diciendo este hombre? Como la unidad no es la uniformidad, entonces no hay que pensar del mismo modo: hay que pensar en la diversidad, en el modo diverso, en parte diverso. No pienses en el mismo sentido de la fe, sino que tienes que pensar de manera diversa, según la mente de cada uno, según la idea de cada cultura, según la religión que cada uno profese.

Como la unidad no es la uniformidad, entonces no hagas en los diversos Sacramentos lo mismos ritos litúrgicos: cada uno en su misa puede hacer lo que quiera, porque la unidad no es uniformidad, sino que es pluralidad: «La unidad católica es diversa». Cada uno, en su oración, puede adorar a su dios y a la manera que quiera; cada uno, en su apostolado puede obrar lo que quiera y como lo quiera. La unidad es diversa, según la mente de Bergoglio.

La unidad es opuesta a la pluralidad, a la diversidad. Este es el “abc” de la filosofía. La unidad nunca puede ser diversa, plural.

La fe no es diversa, la enseñanza de Jesús no es diversa, el gobierno de la Iglesia no es diverso.

¿Captan la maldad de este hombre?

Va en contra del mismo Evangelio: «Sólo hay un Cuerpo y un Espíritu, como también una sola Esperanza, la de vuestra vocación. Sólo un Señor, una Fe, un Bautismo, un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (Ef 4, 4-6).

San Pablo dice que «la vocación con que fuisteis llamados» (v. 1c), exige de todos los miembros de la Iglesia la unidad, tanto externa del cuerpo social, como interna de las almas. Es una unidad bajo un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. No es una unidad bajo muchos pensamientos humanos. No es una unidad en la diversidad de cultos, de adoraciones. No es una unidad en la diversidad de mentes y obras humanas. Es una unidad en la Verdad de la Mente Divina, en la Verdad de la Voluntad de Dios.

Hay una sola Mente Divina. Hay una sola Verdad. La unidad es una y única. No es plural, no es diversa. La unidad exige una Verdad, y que ésta sea única.

Este es el punto que niega Bergoglio al negar la esencia divina en su herejía sabeliana: «‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray no existe! ¡Existen las personas!» (9 de octubre del 2014). Existe la modalidad de las personas, pero no Dios, no la esencia de Dios. Al negar a Dios, al negar su existencia, está negando la unidad en Dios, la verdad en Dios. Y, por tanto, tiene que caer en la herejía de Hegel: tiene que buscar una unidad en la división, en lo plural, en lo caótico, en lo múltiple, en lo contrario a la misma unidad. Es una unidad mental, no es real. Es una unidad abominable.

En la Iglesia Católica, la unidad es en la Verdad. La unidad no es en la diversidad.

Al negar Bergoglio la verdad como absoluta, tiene que buscar la unidad en lo relativo, en la diversidad de las mentes de los hombres, en las relaciones que cada hombre tiene consigo mismo y con el mundo.

La Iglesia, al ser el Cuerpo Místico de Cristo es uno solo: «Así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo» (1 Cor 12, 12).

Uno se opone a muchos: una fe, una doctrina, un Señor, un bautismo, un cuerpo, una Iglesia.

Pero en la Iglesia hay muchos, hay pluralidad, hay multitud de miembros. Pero la Iglesia sigue siendo una; la doctrina no cambia; la fe es para todos igual, uniforme, sin posibilidad de cambios modales. Cada miembro de la Iglesia posee la misma fe, en el mismo sentido. No hay diversidad de fes, no hay multitud de fes, ni de doctrinas, porque sólo hay una Verdad, sólo hay un Dios.

Bergoglio, al poner la verdad en lo relativo, en las relaciones, anula la unidad en la verdad. E introduce su herejía: la unidad en la diversidad.

La Iglesia Católica es una y única.

Pero la Iglesia lleva a la unidad.

¿Qué es la unidad? Es aquello por la que una cosa no es multitud, no es diversidad, es decir, es una, sin división interna; y , al mismo tiempo, esa cosa está separada, es distinta, de cualquier otra cosa, es decir, es única.

La Iglesia no es la multitud de los miembros: es una en muchos miembros. Una en muchos corazones fieles al Espíritu de la Verdad.

Y estos muchos están unidos en una sola fe. Si esos muchos no siguen una sola fe, no siguen una sola doctrina, sino que siguen diversas fes, entonces no hay Iglesia. Ya la Iglesia no es una, sino múltiple: en cada miembro hay una iglesia, hay una idea de lo que es Cristo, hay una idea de lo que es el gobierno de la Iglesia. Según sea la idea de cada miembro, la fe de cada miembro, el concepto de verdad que cada miembro tiene, así hay tantos cristos, tantas iglesias, tantas fes, tantas enseñanzas, tantos cultos.

La Iglesia lleva hacia la unidad a muchos miembros: la multitud de miembros es una y única.

En la diversidad de pensamientos humanos no se puede hacer Iglesia. No se puede. La unidad en la Iglesia exige la unidad en la fe. Y para conseguir esta unidad en la fe, los hombres tienen que aceptar, tienen que someterse a la Verdad Revelada. Y eso significa: pensar lo mismo, obrar lo mismo. Eso significa uniformidad. Eso significa obediencia a la Verdad, sometimiento de la mente humana a la Verdad Revelada.

La unidad excluye la división interna de la cosa y no tolera el que la cosa se aparte de un todo.

La fe no puede estar dividida; la doctrina de Cristo no puede estar dividida; la enseñanza de los Papas no puede estar dividida. Y ningún miembro de la Iglesia puede apartarse de la fe, de la unidad que da la fe, del todo de la Iglesia.

En la Iglesia se da la unidad social, que significa que muchos tienden a un fin bajo una suprema potestad social. Muchos unidos en un solo fin. Muchos obedeciendo a un solo Pastor: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que Yo las traiga, y oirán Mi Voz, y habrá un solo Rebaño y un solo Pastor» (Jn 10, 16).

Y ese fin en la Iglesia es uno solo: salvar y santificar las almas: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad».

En la Iglesia se da:

  • Unidad de gobierno: Un solo y único gobierno: el del Papa. «y Él constituyó a los unos apóstoles…a aquellos pastores y doctores» (Ef 4, 11a.11d). Un gobierno en la verdad de la fe, en la obediencia a la fe, en la fidelidad a la gracia recibida.

 

  • Unidad de fe: Una sola y única fe: todas las mentes de sus miembros profesan una misma fe, bajo el supremo magisterio de la Iglesia.. «a los otros profetas, a éstos evangelistas» (Ef 4, 11b). Una misma doctrina de fe para todos, que se da por los profetas, por el magisterio de la Iglesia, por los doctores, por los santos, por los que viven el Evangelio, por los que dan testimonio de la verdad con sus vidas.

 

  • Unidad de culto: Una sola y única celebración del Sacrificio Eucarístico con el uso adecuado de los Sacramentos y actos litúrgicos. «para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4, 12). Un solo camino para llegar a la salvación y a la santificación del alma: la obra de la gracia, la fidelidad en la gracia, la perseverancia en la gracia. Y la gracia da el culto debido a Dios, la adoración que toda criatura tiene que dar a Dios en Su Iglesia. Y eso es lo que salva al alma y la santifica: «Adorar a Dios en Espíritu y en Verdad»

 

Para que se dé esta triple unidad es necesario que todos los miembros tiendan a un solo fin, bajo una suprema potestad social. Es decir, todos, bajo el Papa, tienden hacia el fin de la Iglesia, que es salvar y santificar las almas.

El gobierno de la Iglesia es para salvar y santificar las almas; la fe, la doctrina es para lo mismo; y los Sacramentos se usan para lo mismo. Tiene que haber uniformidad, unión entre los miembros en un solo fin. Si los miembros no se unen para este fin, sino que ponen otros fines, entonces no se puede dar la Iglesia. Habrá multitud de iglesias. Y así, necesariamente, se llega al falso ecumenismo.

Para que se dé la unidad en la verdad es necesario que todos en la Iglesia se sujeten al Papa, que tiene la triple potestad: enseñar, gobernar y santificar.

Es necesario que la Jerarquía obre el derecho y la obligación que tiene de enseñar, gobernar y santificar a las almas. Y lo obre en la Gracia, no fuera de Ella.

Y es necesario que los fieles se obliguen a creer, a obedecer y a recibir los Sacramentos, para poder salvarse y santificarse. Y sólo es posible esto si el alma es fiel a la gracia divina.

La unidad católica no es diversa, sino que es una y única. Y esta unidad no pierde su esencia porque los miembros tengan dones diversos, que es lo que dice Bergoglio:

«El mismo que hace la diversidad, es el mismo que después hace la unidad: el Espíritu Santo».

No va en contra de la unidad de la Iglesia la patente y visible diversidad de dones, de ministerios, de operaciones, porque éstos proceden de un solo Dios (cf. 1 Cor 12, 4-11).

Dios no hace la diversidad en la Iglesia, sino que Dios obra la unidad en la Iglesia y da a cada alma sus dones, sus gracias. Y esto que da a cada alma no destruye la unidad de la Iglesia. Eso que da no produce la diversidad en la fe. Sigue siendo una misma fe en cada alma; pero cada alma tiene su don particular, su gracia, su carisma.

La unidad de la Iglesia se mantiene en la diversidad de los dones en cada alma. Y, por eso, Dios no obra la unidad porque haya diversidad de dones, porque no se pierde la unidad al dar Dios sus dones.

Es lo que dice Bergoglio: como Dios al dar sus dones produce una diversidad, se pierde la unidad. Entonces, Dios hace la unidad después. Y ¿cómo la hace?

«La unidad es saber escuchar, aceptar las diferencias, tener la libertad de pensar diversamente, y manifestarlo. Con todo respeto hacia el otro, que es mi hermano. ¡No tengáis miedo de las diferencias!». ¡Su doctrina masónica!

Bergoglio rompe la unidad de la fe: hay que saber escuchar. Ya no hay que aprender a creer como un niño pequeño en lo que Dios revela. Saber escuchar al otro. Ya no hay oración personal a Dios: no escuches a Dios en tu corazón, sino escucha tu idea magnífica en tu pensamiento humano. La diversidad de pareceres, de mentes, de ideas humanas.

Sé libre para pensar lo que te da la gana, para pensar diversamente. ¡Qué gran abominación! ¡Libertado, igualdad, fraternidad!

El otro es tu hermano. No tengas miedo de lo que el otro piense, de sus errores. Acepta sus mentiras porque son una verdad para ti.

¡Ven qué monstruo es Bergoglio! ¡Y cuánta gente queda embobada por su inútil palabrería humana. Palabra barata que condena a muchas almas. Muchos católicos prefieren esta charlatanería de un hombre sin fe a la Palabra de Dios, al Evangelio, al único camino que hay para salvarse: poner tu mente humana en el suelo, pisotear tu orgullo, darle al otro la Voluntad de Dios en su vida.

Y este hombre trata de convencer de su herejía con su misma enseñanza:

Como dije en la exhortación Evangelii gaudium: «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad» (n. 236) pero construyen la unidad».

¡Que mente, la de Bergoglio, más loca, más obtusa, más inútil para toda verdad!

¡Qué mente tan oscura, tan llena de tiniebla, tan insoportable!

La esfera es unidad; el cuadrado es unidad; el poliedro es unidad. Todos construyen la unidad. Todos. Pero él se refiere a las partes, no al conjunto. Nunca Bergoglio habla del conjunto, sino de las partes. Bergoglio no se fija en la Iglesia como unidad, como un todo, sino en cada hombre del mundo, en cada parte. Y cada hombre está por encima del conjunto, de la Iglesia, del todo.

En la doctrina de Bergoglio, hay que fijarse en cada parte, en cada hombre, pero no en el conjunto, no en la Iglesia. No hay que fijarse en Cristo, que es el centro de la Iglesia, sino en cada hombre, en cada parte, que es el centro de la creación: «el hombre está llamado a custodiar al hombre, de que el hombre está en el centro de la creación» (4 de octubre del 2103).

Dios es el centro de la creación; el hombre es nada más el administrador de la creación, el que usa la creación, no el que custodia la creación. El hombre tiene que custodiar en su corazón la ley Eterna de Dios para hacer un buen uso de todo lo creado.

Por eso, no quiere el ejemplo de la esfera, porque en la esfera, lo importante es el centro. Todos los puntos convergen en el centro. Y Bergoglio dice: no miréis el centro. No miréis a Cristo. El hombre es el centro, no Cristo. Cada mente humana es el centro, no es la Mente de Cristo. Hay que resaltar cada parte, cada hombre, la diversidad, pero sin resaltar el centro. Lo importante es la originalidad de cada hombre, no Cristo, no que cada alma imite a Cristo, sino que cada hombre dé su idea humana en la Iglesia sobre Cristo.

Esta abominación de la mente de Bergoglio es fácil de discernir, pero muy pocos católicos se dan a esta tarea. No saben leer a este hombre con una cabeza bien puesta en la Verdad inmutable, absoluta, eterna.

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Muchos católicos ya se creen santos y justos porque saben lo que es Bergoglio y lo atacan. Otros se creen los católicos verdaderos porque siguen a Bergoglio como Papa en la Iglesia. Otros están entre dos aguas: entre Bergoglio y no se sabe qué: lo siguen para una cosa, pero no para otra. Les interesa cuando habla de los pobres, pero no les interesa cuando habla de los homosexuales o de los malcasados.

En la Iglesia Católica hay que excluir, no sólo a Bergoglio y a todo su clan maldito, sino a los demás católicos que todavía no saben lo que es la Iglesia, lo que es un Papa en la Iglesia, lo que es un sacerdote en la Iglesia y lo que es un laico en la Iglesia.

Y son muchos los que se van a condenar por sus juicios a toda la Iglesia y a todos los miembros de la Iglesia.

La Iglesia, en todas partes, se ha convertido en un juicio público: todo el mundo opina, da su criterio, juzga la vida espiritual del otro… Pero nadie habla la verdad de las cosas. Todos, al final, dan la verdad de sus mentes.

Y esa verdad es una abominación en el hombre. Y muchos pecan así: porque no saben callar sus mentes, sus ideas. No saben hablar cuando hay que hablar; y no saben callar cuando toca callar.

A este blog todo el mundo lo ataca: buenos y malos. Pero a nosotros nos da igual. Ni estamos con los buenos ni con los malos. Sólo damos la verdad como hay que darla: sin miedo, sin condiciones, guste o no guste; clara, para que todo el mundo la comprenda. Y si no quieren comprenderla, nos trae sin cuidado.

Aquí no hacemos comunidad virtual con nadie, porque la Iglesia no está en el internet. Aquí mostramos el camino a seguir en este momento en la Iglesia, que es un camino de lucha, de discernimiento espiritual; que es una batalla que cada alma tiene que librar en su interior contra el Enemigo que siempre está ahí.

Aquí no se dan lenguajes humanos bonitos. Aquí sólo se da la Verdad. Si no la quieren, nos trae sin cuidado. Ahí tienen todo el magisterio de la Iglesia. Ahí tienen toda la verdad. Y es lo único que tienen que seguir. No tienen que seguir a este blog. No hace falta. No hay que hacer un blog para una Iglesia remanente. Se hace un blog para recordar la verdad, para transmitir la verdad, para señalar el camino de la verdad. Lo demás, no interesa.

A todos aquellos que critican, que se oponen a lo que aquí se dice, sólo una cosa: sigan con sus vidas. No nos interesan sus opiniones ni sus vidas.

La Iglesia pasa por un tiempo de desierto. Ni está en Roma, ni está en Bergoglio, ni está en la Jerarquía, ni está en ninguna bitácora del internet.

La Iglesia es una y única: allí donde hay un alma fiel al Espíritu de Cristo, a la Gracia que ha recibido, allí está toda la Iglesia. Es toda la Iglesia, porque la Iglesia no es una parte, no es una diversidad de comunidades, ni de blogs. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y éste es Uno y Único. Y cada alma, en la Iglesia una y única, es también una y única. El Misterio de la unidad de la Iglesia no se puede comprender con el entendimiento humano, sino sólo con el corazón abatido y arrepentido de sus pecados.

Déjense de criticar a los demás y empiecen a criticarse a sí mismos; comiencen a despellejar sus mentes humanas de sus brillantes teorías sobre Cristo y sobre la Iglesia. Aprendan a ser Iglesia de los santos, de los profetas, de la Jerarquía humilde y escondida. Pero que nadie venga aquí a dar sus opiniones, sus críticas, sus juicios. Que se las meta por donde quiera. Si no saben callar sus mentes entonces no son de Cristo ni de la Iglesia. Si no saben hablar movidos por el Espíritu de la Verdad, entonces son del demonio, que le gusta hablar cuando hay que callar.

Somos de Cristo, del Espíritu de la Iglesia. No somos de nadie, de ningún hombre, de ningún pensamiento humano.

Para ser Iglesia no hay que estar unidos a la mente de Bergoglio, no hay que sujetarse al poder humano que ese hombre se arroga en el Vaticano. Para ser Iglesia hay que unirse a la Mente de Cristo. Y si no pisas tu mente humana, acabas unido a la mente del demonio.

¿Quieren permanecer en la unidad de la Verdad? Excluyan a Bergoglio y a todo su clan masónico de sus vidas espirituales y humanas. Si no lo hacen, muy pronto verán las graves consecuencias que vienen para todos los católicos.

Y muchos, por estar criticando a los demás, no van a saber luchar contra lo que viene. Y se van a perder en lo que viene.

En la gracia del matrimonio, no hay divorcio

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«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles [Mc. 10; 1 Cor. 7], no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema». (Concilio de Trento – Sesión XXIV: Sobre el matrimonio – Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio – D-977 – Can. 7).

El vínculo del matrimonio es la unión de dos voluntades, de dos intenciones: la de la mujer y la del hombre. En el Sacramento del Matrimonio, se casan ellos: es decir, hombre y mujer obran el Sacramento, producen el vínculo matrimonial. No es algo externo a ellos. No es un contrato o un papel que firman. Son ellos los que se unen con sus voluntades. Y lo hacen sin posibilidad de desunión: no hay posibilidad de desatar ese vínculo.

En la Eucaristía, es Dios quien obra el Sacramento en el instrumento, que es el Sacerdote. No es el Sacerdote sólo quien obra, sino que es Dios en él.

En el matrimonio, Dios no obra el Sacramento: hombre y mujer no son instrumentos de Dios para realizar el vínculo matrimonio. Sino que ellos son la forma del Sacramento de Matrimonio: sus voluntades, sus intenciones, producen el vínculo, necesario para obrar el Sacramento. Y esta unión de intenciones es única y para siempre.

En la Eucaristía, el Sacerdote tiene que poner su intención cada vez que celebra la Misa. Si no pone su intención, no hay Misa. El sacerdote puede poner y quitar su intención cuando quiera. Pero, en el matrimonio, una vez que los dos han puesto su intención, ya no pueden quitarla. Ellos dos, por sí mismos, no pueden romper el vínculo matrimonial.

Por eso, la unidad y la indisolubilidad de un matrimonio está sólo en la unión de intenciones, que los dos muestran al casarse. Los dos unen sus voluntades para un matrimonio único y para siempre.

Y no hay pecado que quite este vínculo matrimonial; no hay herejía; ni siquiera la pérdida de fe anula el vínculo del matrimonio: «Si alguno dijere que, a causa de herejía o por cohabitación molesta o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (Ibidem – D-975 Can. 8).

Los malcasados, aquellos que, teniendo un vínculo matrimonial, buscan otra pareja, esa nueva unión, situación, no desata el vínculo de su matrimonio original, porque el hombre o la mujer no puede tener otras mujeres u hombres, una vez que tiene un matrimonio: «Si alguno dijere que es lícito a los cristianos tener a la vez varias mujeres y que esto no está prohibido por ninguna ley divina [Mt. 19, 4 s 9], sea anatema [cf. 969]» (Ibidem – D-972 – Can. 2.). «Quien repudia a su mujer y se casa con otra, adultera» (Mt 19, 9).

Si está en adulterio, entonces si no quita ese adulterio, no puede estar en Gracia: está en un pecado que no lo quiere quitar. Por más que lo confiese, sigue en su pecado. Kasper dice: no; pueden confesarse y recibir la comunión: «Si ellos pueden recibir la comunión espiritual, ¿por qué no también el sacramento de la comunión?» (ver texto) Un teólogo que no sabe discernir entre vida espiritual y vida sacramental. Y, por tanto, tiene que anular el Sacramento. Tiene que juntarlo todo y decir: «La comunión espiritual va más lejos: si se es uno con Cristo, entonces, ¿por qué estas personas son excluidas de la comunión?» (Ibidem). Lo junta todo en su pensamiento herético y no sabe ver que la unión espiritual es totalmente diferente a la unión sacramental con Cristo. Y, con esto, está diciendo una clara herejía y apostasía de la fe:

Si para comulgar sólo es necesario la unión espiritual con Cristo, entonces cualquier hombre, sea del credo que sea, tenga fe o no, esté en pecado o no, pertenezca o no a la Iglesia Católica, puede recibir a Cristo en la Eucaristía. Este es el argumento de Kasper. Entonces, Kasper es anatema. Y cae en esta blasfemia por su falsa concepción de la misericordia: «Tenemos un sacramento de la misericordia, el Sacramento de la Penitencia, que debemos reevaluar, creo. Y esto debe ser realizado para un comportamiento social y en obras sociales» (Ibidem). La penitencia es para el alma, no para la sociedad. El sacramento de la confesión es para quitar el pecado del alma y que pueda vivir en Gracia. Sin la gracia, es imposible salvarse en la Iglesia. Kasper niega este Sacramento y quiere ordenarlo para una vida social, para quitar problemas de los hombres, no para quitar los pecados del alma. Y, por eso, exclama: «Hay quienes creen que la Iglesia es para los puros. Se olvidan de que la Iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de esta verdad porque si no fuera así no pertenecería a la Iglesia» (Ibidem). Kasper no recuerda que los paganos, los herejes y los cismáticos no pertenecen a la Iglesia. Kasper no quiere recordar que los pecados contra el Espíritu Santo ponen a las almas fuera de la Iglesia. Kasper se olvida que el fin último de la Iglesia es salvar el alma: por tanto, no se puede vivir en la Iglesia en estado de pecado, sino en Gracia. Y santificar el alma: es decir, es obligatorio para el alma, en la Iglesia, buscar en todo la Voluntad de Dios para hacer las obras agradables a Dios: «Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo»

Con este planteamiento, Kasper dice: «He hablado sobre el papa acerca de esto, y me ha dicho que el 50 por ciento de los matrimonios no son válidos. El matrimonio es un sacramento. Un sacramento presupone la fe. Y si la pareja sólo quiere una ceremonia burguesa en una iglesia porque es más bonito, más romántico, que una ceremonia civil, hay que preguntarse allí había fe y si realmente se aceptaron las condiciones de una matrimonio sacramental valido, que es la unidad, la exclusividad y la indisolubilidad»(Ibidem). Esto es hablar por hablar, para ganar la atención del público, y decir unas cuantas mentiras, mal dichas.

El Sacramento del Matrimonio sólo necesita la materia y la forma: las palabras que se dicen, cuando contraen matrimonio, y la voluntad de ambos. No se necesita nada más para producir el vínculo: «§ 1. El consentimiento interno de la voluntad se presume que está conforme con las palabras o signos empleados al celebrar el matrimonio. § 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen inválidamente» (canon 1101).

No hace falta la fe. No hace falta conocer lo que significa unidad e indisolubilidad. El conocimiento o ignorancia de estas cosas no produce el vínculo matrimonial: «El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial» (Canon 1099).

La falta de fe o una fe débil o el estado de pecado o de gracia, no produce el vínculo matrimonial. Produce un óbice a la Gracia, pero no dirime el matrimonio. Hombre y mujer se casan cuando se dan sus voluntades y así la expresan con sus palabras y, después, con la consumación del matrimonio en la unión de sus cuerpos.

Para producir el vínculo matrimonial: unión de voluntades, consentimiento: «Son incapaces de contraer matrimonio: 1 quienes carecen de suficiente uso de razón; 2 quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar; 3 quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica» (Canon 1095).

Para obrar el matrimonio: hace falta la fe y el estado de gracia. Con una fe débil, viviendo en pecado, la gracia del Sacramento no funciona. Y, entonces, el matrimonio acaba en un desastre. Pero este desastre no anula el vínculo matrimonial.

Si la pareja quiere casarse con una ceremonia burguesa, eso no va en contra del matrimonio, no es un impedimento dirimente del matrimonio. Lo que impide un matrimonio es la intención no recta cuando los dos se casan: hay un engaño, una mentira, una doblez, una ocultación grave, que va a afectar a toda la vida matrimonial (= ser impotente, tener una demencia grave, casarse para no consumar el matrimonio, tener voto de castidad perpetuo, etc…)
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«El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, proclamólo por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne [Gen. 2, 23 s; cf. Eph. 5, 31]. Que con este vinculo sólo dos se unen y se juntan, enseñólo más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne [Mt. 19, 6], e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, confirmóla El con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [Mt. 19, 6; Mc. 10, 9]. Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. Lo cual insinúa el Apóstol Pablo cuando dice: Varones, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella [Eph. 5, 25], añadiendo seguidamente: Este sacramento, grande es; pero yo digo, en Cristo y en la Iglesia [Eph. 5, 32]» (Ibidem – D-969).

El matrimonio sólo tiene sentido en Cristo y en la Iglesia. No tiene sentido fuera de la Iglesia, fuera de la fe en Cristo.

Los matrimonios civiles, del mundo, son sólo eso: un sin sentido. Una unión que vuelve al principio, cuando Adán pecó y perdió la Gracia. Los hombres y las mujeres se casaban sólo atendiendo a la ley natural y a la ley de la concupiscencia. Una unión en que no se discierne ni el bien ni el mal. Una unión natural con un fin sólo natural: el que dé la ley natural, que es la luz del entendimiento. Pero en ese fin natural, el mal que se obra sin dique: por la ley de la concupiscencia, que está en todo hombre.

El hombre, hoy día, rechaza la Gracia del matrimonio, y quiere volver a su vómito de siempre. Y hay muchos católicos así. Y Kasper es el portador de este vómito.

En la Iglesia tenemos la gracia. Y una gracia permanente. Ya no es la gracia que tenía Abrahán por su fe en Dios. Ya no es la gracia que se obtenía al cumplir los mandamientos de Dios, dados por Moisés. Todo eso era una gracia que iba y venía. Los hombres no podían permanecer en la Gracia. Pero en la Iglesia, ya hay forma de vivir en Gracia, con el sacramento de la Penitencia. Y, por tanto, hay forma de hacer el matrimonio que Dios quiere: en la Gracia.

Dios, cuando crea al hombre y a la mujer, crea el matrimonio: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne» (Gn 2, 23). El matrimonio es una creación de Dios. No es un contrato natural entre hombre y mujer. No es algo externo al hombre y a la mujer. No es un invento del hombre. Lo llevan los dos inscritos en su ser. Por eso, Adán, nada más ver a la mujer, exclama: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». Ha comprendido lo que es unirse a una mujer. Ha comprendido el matrimonio.

El matrimonio, en la Creación de Dios, es una Gracia. Y una Gracia para el hombre y otra para la mujer. Es una vida divina que tienen que realizar los dos en la Gracia. El matrimonio no es una elección de vida para Adán. Es su vocación: Adán es creado para una Mujer. Y la Mujer es creada de Adán. El pecado original rompe este designio divino sobre el hombre y la mujer y, por tanto, el matrimonio se convierte en una elección, no en una vocación. Una elección que los hombres tienen que hacer en sus vidas. Pero, al principio era de otra manera.

Jesús restaura esta manera divina del matrimonio en Su Iglesia. En la Iglesia, el matrimonio es ya una vocación. No es ya una elección. Y, muchos, no han comprendido esto y, por eso, se ponen a elegir: matrimonio o vida religiosa. Si las almas, dentro de la Iglesia, tuvieran fe, verdadera fe, entonces verían su vocación al instante, sin necesidad de discernir entre una cosa y otra. Pero el Señor, en la Iglesia, sabe esperar siempre al hombre, porque sabe que el hombre no nace en gracia; y, por tanto, le cuesta entender su vocación, que ya trae del Cielo cuando es engendrado por sus padres.

El matrimonio, al ser una vocación divina, necesita el estado de gracia para poder obrarla. Sin gracia, el matrimonio es un infierno para los dos. Y, por eso, los dos buscan otras cosas una vez que ven que eso no les funciona. Y este es el error de muchas parejas.

Una vez que han dado su voluntad para un matrimonio, una vez que han puesto el vínculo matrimonial con sus intenciones, no se puede quitar eso: «lo que Dios unió, el hombre no lo separe». No hay nada humano que pueda romper el vínculo matrimonial, porque es una atadura divina: lo que Dios ha unido. Dios ha puesto el matrimonio en el ser del hombre y en el ser de la mujer. Y, de esta manera, todo hombre que se une a una mujer, produce un vínculo matrimonial. Un vínculo divino, por la misma Creación del hombre y de la mujer.

El pecado original tapó este vínculo divino. Los hombres y las mujeres se unen pero no atienden al vínculo. Con la ley que Moisés da, el hombre, en la fe, comienza a entender este vínculo divino, pero le resulta difícil vivirlo en plenitud. Y, por eso, Moisés, por la dureza de los corazones, tiene que permitir el divorcio: «Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles Él: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio ni fue así» (Mt 19, 7-8).

En la gracia, no hay divorcio. No puede existir: «Al principio no fue así». Cuando Dios crea al hombre y a la mujer, los crea en la Gracia, en la ley de la Gracia. No sólo con una ley natural o divina. Dios los crea en la gracia del matrimonio, en una vocación matrimonial, en una vida divina para un fin divino. Adán no tiene que elegir una mujer, sino que tiene que unirse a su mujer. Y el pecado de Adán fue precisamente esto: no se unió a su mujer, sino que eligió comer la manzana prohibida. No siguió su vocación divina.

Con el pecado de Adán, es necesario el divorcio porque los hombres no comprenden lo que es el matrimonio. En la Iglesia, teniendo la Gracia, ya no es posible ningún divorcio. Aquellos malcasados, tienen que organizar su vida según la Gracia y, por tanto, salir de ese estado de pecado al unirse con un hombre o con una mujer que no les pertenece, que les hace vivir una vida de pecado. Y si por las circunstancias de la vida, porque ya se tienen hijos,…, no pudieran romper esa nueva unión, entonces tienen que practicar la vida de virtudes: continencia, castidad, etc., esperando una gracia: que el primer vínculo se desate por la muerte de uno de ellos. En la Iglesia se vive para conquistar una gracia, para merecerla. No se puede vivir en un estado de pecado permanente.

En la Iglesia, todo es Gracia, pero no todo me es permitido: «Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica» (1 Cor 10, 23). Es necesario el sacrifico para alcanzar la perfección de vida. Un matrimonio que no funciona, es lícito separarse: «Si alguno dijere que yerra la Iglesia cuando decreta que puede darse por muchas causas la separación entre los cónyuges en cuanto al lecho o en cuanto a la cohabitación, por tiempo determinado o indeterminado, sea anatema» (D-978 Can. 8). Pero no es lícito buscar otra pareja. Si se hace eso, la salvación del alma está en juego, porque la Iglesia es para vivir en la Gracia, para ser fieles a esa Gracia. Y es necesario la fidelidad a la gracia de un matrimonio, aunque no funcione en la realidad. Esa fidelidad es el camino para salvar el alma. La infidelidad a esta gracia, que poseen muchos malcasados, es camino para perderse, para condenarse.

Hoy día, la Iglesia no enseña la penitencia, ni siquiera a los que están mal casados. Vean a Kasper: «¿Vivir juntos como hermano y hermana? Por supuesto, respeto a los que hacen esto. Pero esto es un acto heroico, y el heroísmo no es para el cristiano promedio». Kasper enseña a los católicos tibios a permanecer en su tibieza. Kasper enseña a los católicos a no buscar la santidad de la vida. Kasper enseña a toda la Iglesia que es mejor pecar que estar en gracia. Si no se pone un camino de cruz a los malcasados para que comprendan lo que es su pecado, entonces los condenamos a todos con leyes abominables.

Porque, por derecho divino, no se puede dispensar del vínculo del matrimonio: «§ 1. Atenta inválidamente matrimonio quien está ligado por el vínculo de un matrimonio anterior, aunque no haya sido consumado. § 2. Aun cuando el matrimonio anterior sea nulo o haya sido disuelto por cualquier causa, no por eso es lícito contraer otro antes de que conste legítimamente y con certeza la nulidad o disolución del precedente» (Canon 1085).

Y este derecho divino es inmutable, aunque se den muchas circunstancias que propicien buscar otra unión porque la que se tiene es un camino absurdo en la vida. Hay que cargar con la Cruz de un matrimonio que, a todas luces, no les sirve ni a uno ni a otro. Si se carga con es cruz, entonces se camina en la verdad y se encuentra la solución divina al problema de ese matrimonio.

Pero las almas, hoy día, no quieren cruz, sino vivir su vida. Vive y deja vivir. Es el pensamiento de muchos. Y eso es un pensamiento abominable en la Iglesia Católica.

En la Gracia, no hay divorcio. Fuera de la gracia, existen toda clases de separaciones que muestran sólo el camino de la maldad.

Ciegos para ver la Verdad

“Santifícalos en la Verdad; Tu Palabra es Verdad…Y por ellos Yo me santifico a Mí Mismo para que ellos también seas santificados en la Verdad” (Jn 17, 17.19).

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La Iglesia ha quedado ciega para ver la Verdad, porque rechaza la Palabra, que es Verdad.

La Palabra es el Pensamiento del Padre y es la efusión del Espíritu en el alma del que cree.

Son tres cosas: Palabra, Pensamiento, Efusión.

Esta es la Verdad.

Un alma que vive en sus pensamientos humanos, en sus palabras humanas, en sus fuerzas humanas es un alma que carece de la Verdad en su vida.

La Verdad en la vida comienza escuchando la Palabra. Eso es la Fe en la Palabra, que es la Fe en Cristo.

Y quien cree en la Palabra, cree en el Pensamiento del Padre, que es el que engendra esa Palabra.

Y quien cree en la Palabra lo hace en el soplo del Espíritu, que es el que procede del Padre y del Hijo.

No se puede creer en Jesús y, después, cada uno estar en su mente humana y en sus obras humanas. Esa fe, que es la que poseen muchos, es sólo una fe humana, es decir, un producto de la mente del hombre que le gusta fabricar su fe en Dios y su fe en la Iglesia.

La Palabra es Verdad. Y esa Palabra Divina es un soplo de santidad en el alma que la posee. Es un camino hacia la verdad de la vida que el alma debe procurar hasta que muera.

Pero ese camino es un camino divino, no humano: está guiado sólo por Dios y sólo Dios sabe caminar ese camino.

Por eso, el hombre necesita ser humilde para poder comprender este camino y hacer en su vida la Voluntad de Dios.

La Iglesia está ciega, ya no ve la Verdad porque se ha separado de Cristo y de Su Iglesia.

De los dos, al mismo tiempo.

La Iglesia, en Roma, ya no es la Iglesia de Cristo, que Jesús fundó en Pedro.

Y no es desde la renuncia de Benedicto XVI. Ahí dejó de ser Iglesia y se convirtió en una falsa iglesia.

Los frutos de esa falsa iglesia no se vieron en ese momento, sino que se han ido viendo poco a poco. Las obras de esa falsa iglesia son claras para que el que tiene fe. Pero, para los demás, que se han fabricado la fe en su mente humana, sigue siendo la Iglesia de siempre.

Pero sólo por las obras se conoce dónde está la Verdad. Sólo por las obras. No por lo que diga la Jerarquía, Francisco o Benedicto XVI. Sus palabras ya no valen para guiar a la Iglesia hacia la Verdad, porque se han separado del soplo de la Verdad, del Espíritu de la Verdad. Y ahí quedan las obras para demostrarlo.

Pero, hoy día, tampoco la Jerarquía atiende a las obras para ver la Verdad. Tampoco. Y por una sencilla razón: porque ya no tienen fe en la Palabra. Y, cuando se pierde la fe, el pensamiento humano se hace dios. El hombre se cree dios.

Es lo que vemos en Roma. Por supuesto, que la Jerarquía no se llama a si misma dios. Pero lo demuestra con sus obras. Y sólo con sus obras, no con sus palabras, no con sus razonamientos.

Y ¿cuáles son esas obras?

Sólo una, que la resume todas: el silencio de la Verdad.

Ese callar el pecado de otro, ese no corregirlo, ese aplaudir el pecado del otro, ese ensalzar el pecado del otro, ese justificar el pecado del otro, lleva siempre a una obra de pecado en donde no puede aparecer la Verdad.

Benedicto XVI renunció y todo el mundo calló. Y había obligación moral, espiritual y mística de corregir al Papa. Y nadie en la Jerarquía de Roma hizo eso. Otros lo hicieron en la Iglesia, pero se les calló la boca.

Ante el pecado no se puede callar. Quien calla otorga el pecado. Quien no juzga el pecado comete el mismo pecado que no juzga.

Benedicto XVI obró su pecado en la Iglesia. Y ese obrar su pecado lo cegó y ya no ve la Verdad. Sólo ve su verdad, que es su renuncia. Sólo atiende a su pecado. Y toda la Iglesia es culpable en ese pecado porque calló ese pecado. Y al callar cometió la Iglesia el mismo pecado que cometió Benedicto XVI: la Iglesia renunció a la Verdad, como lo hizo Benedicto XVI.

Sólo por las obras se ve la ceguera de toda la Jerarquía Eclesiástica. Obras que atienden porque las tienen como verdad, no como pecado.

Y cuando el alma no ve el pecado, el alma se pone por encima de Dios en su pensamiento y sólo vive de su pensamiento, sin quitar su pecado. Y eso la ciega para no ver la Verdad.

Los Cardenales se pusieron a elegir un nuevo Papa. Y nadie dijo nada. Nadie corrigió a los Cardenales. Todos callaron el pecado de los Cardenales. Todos alabaron a los Cardenales por esa obra que hicieron. Todos justificaron a los Cardenales en el cónclave para elegir un Papa. Todo dijeron que eso que hicieron los Cardenales era la Voluntad de Dios.

La Iglesia no corrigió el pecado de los Cardenales y, entonces, la Iglesia cometió el mismo pecado de los Cardenales en el Cónclave: ha aceptado un falso Papa como Papa.

Esta es la ceguera de la Iglesia. No puede ver que Francisco sea un anticristo. No puede verlo. Por más que se le presenten razones y se den las obras de ese anticristo en la Iglesia, que son manifiestas, la Iglesia lo sigue teniendo como Papa verdadero.

Esta es la ceguera, no sólo de la Jerarquía Eclesiástica, sino de toda la Iglesia.

Por eso, es tan difícil de hacer Iglesia actualmente. La Iglesia tiene una división que la rompe en dos partes. Y son dos abismos. Y no se puede pasar de uno a otro.

Quien está con Francisco está en su abismo. Y no hay forma de que entiendan que van mal, que están en el error. No hay manera. Aunque se demuestre con palabras y obras al mismo Francisco lo que está haciendo, nadie hace caso en esa nueva iglesia en Roma. Nadie. Porque ellos ya se han creído que están en la Verdad y los demás en la mentira.

Ya han asumido su pecado como Voluntad de Dios, como algo verdadero, como algo bueno. Y eso es ponerse como dios en la Iglesia. Cuando el hombre no reconoce su pecado, hace un altar a su pecado. Es lo que vemos en Roma.

Se ha quitado el culto divino para poner el culto del hombre.

Quien no está con Francisco no puede comulgar en nada con Francisco ni con Roma. En nada, porque hay un abismo, hay una división que ya nadie puede unir de nuevo. Y, por tanto, los que no están con Francisco tienen que renunciar a Roma de forma necesaria. Es una exigencia del Espíritu en cada alma, porque el Espíritu es el que lleva a la Verdad completa. Y esa Verdad ya no la da Roma.

Luego, hay que buscarla fuera de Roma.

Esto es claro, pero no tan claro para muchas personas, porque todavía están entre el sí a Francisco y el no a Francisco. Todavía dudan y hacen dudar a los demás.

Hay una corriente, ahora, de opinión en toda la Iglesia. Es la corriente de la masonería, que consiste en esto: presentar a Dios como el que todo lo puede, todo lo sabe, todo lo obra. Pero presentarlo desde la perspectiva del hombre. Y, para eso, es necesario que el hombre explique a la Iglesia la forma de adorar a ese dios. Ya no se basa en la Palabra de Dios para adorar a Dios. sino que es necesario nuevas normas de adoración a Dios.

Esta corriente nació con Francisco. Por eso, él ha dado sus declaraciones explicando su forma de dar culto a dios en la Iglesia. Pero este culto divino no es el verdadero, porque quien tiene dos dedos de frente ve que las declaraciones de Francisco son sólo una herejía.

Pero para la iglesia que apoya a Francisco, son algo bueno, son algo verdadero, son algo que hay que tener en cuenta para hacer iglesia. Las preguntas que ahora se han enviado a los Obispados es lo mismo: es la corriente de opinión que se da en la iglesia para recabar la mente de la iglesia: qué quieren los hombres de la iglesia.

Francisco lanzó sus declaraciones y muchos lo apoyaron. Y Francisco hace caso a los que le apoyaron para hacer la iglesia.

Ahora la verdad en la iglesia nueva se da de esta manera, ya no de la otra, como todos los Papas han hecho siempre. Porque ya el que se sienta en la Silla de Pedro no le interesa la unidad en la Verdad. Sólo le interesa unir a los hombres en sus pensamientos humanos. Y, para eso, es necesario crear corrientes de opinión en la iglesia, como se hace en el mundo.

Eso se ve en los medios de comunicación que se dedican a las cosas de la iglesia. Están todos imbuidos por esta corriente que la masonería ha creado en todas partes desde Francisco.

Esta corriente de opinión tiene un objetivo: mantener a las almas en la mentira de Francisco. Sólo eso. Que la gente lo siga viendo como Papa, aunque haya dicho tamañas herejías. Se ha limpiado la cara a Francisco en esa corriente de opinión y, por eso, no pasa nada, todo está bien, todo marcha como siempre en la Iglesia.

Esto produce que las almas se queden dormidas en la mentira. Y esta es la obra del demonio porque el demonio quiere conseguir una cosa: atar a toda la Iglesia sin que nadie se oponga cuando se quite la Eucaristía.

Esto es muy importante para el demonio.

Porque la Eucaristía es el culto a Dios. Si el demonio la quita y los hombres no disciernen lo que ha pasado, los hombres en la Iglesia todos adoran a Satanás. Esto es lo que quiere conseguir el demonio.

Por eso, ahora ha habido un tiempo de descanso, en que sólo Francisco ha seguido diciendo sus herejías diarias. Pero eso ya no preocupa a nadie en la nueva iglesia. Ahora lo que preocupa en la nueva iglesia es cómo seguir mintiendo. Esa es la única preocupación. Porque si no se obra lo que se ha hecho con el gobierno horizontal, la nueva iglesia tiene un grave problema con toda la Iglesia.

¿Para qué ocho cabezas si no hacen nada en la Iglesia? ¿Para qué ese gobierno si sólo con una cabeza es suficiente?

El gobierno horizontal no hace ni hará nada. Está ahí sólo para crear una diversión en la Iglesia, para dirigir la mirada hacia otra cosa menos importante y que dé tranquilidad a la Iglesia, como es el caso de Muller con el matrimonio. Eso sólo es una pantalla para tranquilizar a todos. No se puede confiar de Muller aunque diga la verdad. Es una verdad encubierta, dirigida por la masonería, que también dice la verdad cuando conviene.

Ahora la nueva iglesia necesita caminar hacia la destrucción de toda verdad en la Iglesia. Y es necesario zanjar el tema de la Eucaristía. Quitada ésta, lo demás es fácil. Si no se quita ésta, lo demás es difícil.

Por eso, este tiempo es crucial en la Iglesia. Ya no hay que hacer caso de las herejías de Francisco, porque son siempre lo mismo. Ya es agua que cae en tierra mojada.

Ahora hay que atender a lo que no se ve. Y eso que no se ve es lo peligroso en la Iglesia. Porque se ha creado una corriente de opinión que tapa la realidad de lo que se hace en la Iglesia. Eso es siempre la masonería. Es una cortina de humo.

La masonería pone a hombres en lo exterior para que distraigan la atención de lo que importa conocer. Y ellos obran en lo oculto y nadie sabe cómo obran. Sólo se conoce cuando esa obra sale a la luz.

Por eso, ahora hay que estar atentos a todo aquello que ponga en duda el culto a la Eucaristía en la Iglesia, porque por ahí van los tiros.

Sólo hay una Verdad

San Agustin

Sólo hay una Verdad.

Y no pueden darse muchas verdades.

Existe la Verdad Absoluta, y existen verdades relativas, pero no existe cualquier verdad que la mente de los hombres se fabrican.

Desde la Jerarquía de la Iglesia, desde la mente de muchos sacerdotes, Obispos, Cardenales, se difunde que no existe la Verdad Absoluta.

Es lo que está enseñando el falso Profeta que se sienta ahora en el Trono de Pedro y que se hace llamar Papa.

Si no existiera la Verdad Absoluta, entonces el hombre crearía su propia verdad. Y, en cada hombre, habría una verdad distinta, que sólo pertenece a ese hombre y no a los demás.

Y con esas verdades que se inventa la mente no puede formarse una Verdad que aune a todas, porque todas son verdades y son vidas en sí mismas. Sirven para algo en la vida y eso es lo que importa en la verdad: que sirva para obrar algo.

Por tanto, si se enseña que no se da ninguna Verdad Absoluta, sino que cada cual tiene en su mente y en su vida la verdad: entonces, vienen cantidad de errores en la vida. Y ya no existe nada: ni el pecado, ni el infierno, ni la muerte, ni la enfermedad, ni la cruz, ni la oración, ni la penitencia, ni el cielo, ni el demonio, ni los ángeles, ni la iglesia, ni el espíritu, etc. Sólo se da la verdad que está en la mente de cada cual. En consecuencia, sólo se da el pensamiento humano, que decide por sí mismo la verdad y la mentira, el bien y el mal.

Sólo hay una Verdad.

La que está en Dios.

Y Dios obra esa Verdad. Y, por eso, la Creación es la Obra de la Verdad. Y la Redención es la Obra de la Verdad. Y la Iglesia es la Obra de la Verdad.

Pero esa Verdad no es una idea o un pensamiento como están en la mente de los hombres.

Los hombres poseen la idea de una verdad, pero no la Verdad.

En Dios, la Verdad es Su Vida. Y la Vida es el Amor. Y el Amor es una Obra, no es un pensamiento bello, no es una idea muy bonita y bien orquestada.

Y, para entender esa Verdad, hay que penetrar el Corazón de Dios.

No es suficiente con pensar en Dios. Todo el mundo piensa en Dios. Todo el mundo piensa en muchas cosas bonitas. Pero pocos saben tener la Verdad en sus corazones.

La Verdad, que está en Dios, se da al corazón de la persona, no se da a la mente de la persona.

Por eso, la Fe no consiste en un conocimiento de las cosas de Dios, sino en la Obra de la Verdad: obrar lo que Dios quiere en la vida.

La Verdad de la Iglesia es Una. Y no hay otras verdades, otras iglesias, otros caminos, otros Cristos, otros Papas.

Y la Verdad es una sola: y no son varias, no son cosas que suceden y que hay que conformarse con ellas o que hay que dejarlas así.

La Verdad que vive la Iglesia ahora es que no tiene en Su Cabeza un Papa que la guíe. El Papa está en su pecado y no quiere salir de su pecado. Esa es la Verdad.

Y aquel que se sienta en el Trono de Pedro es sólo un falso Profeta. No puede ser llamado Papa, no puede ser seguido como Papa, no puede ser obedecido como Papa.

Se da la obediencia al Verdadero Papa, no al falso Profeta. Pero el verdadero Papa vive en su pecado. Y no se puede obedecer al que vive en pecado.

Por tanto, la Verdad de la Iglesia, ahora mismo, es que las almas de la Iglesia no tienen una Cabeza a quien seguir. Y eso es trágico en la Iglesia. No hay una Unidad, una Verdad, un Amor, un Camino en la Iglesia, porque Su Cabeza, la verdadera, ha renunciado a ser Cabeza sin Voluntad de Dios, por el capricho de algunos sacerdotes, Obispos, cardenales y por el pecado de la misma Cabeza.

Y, entonces, se está en la Iglesia y no se sabe para qué se está, porque ya la Iglesia no es camino de la Verdad.

La Iglesia ha errado el camino. Ante la renuncia de un Papa, la Iglesia tenía que haberse puesto en oración y penitencia por ese Papa para que hubiese visto su pecado y volviera a ser Cabeza. Pero nadie en la Iglesia ha hecho esto, porque ya no existe el Amor, la Caridad en la Iglesia. El amor de muchos se ha enfriado y ya ven las cosas de la Iglesia con ojos materiales, humanos, carnales, pero no espirituales.

La Iglesia vive, en estos momentos, un desastre espiritual. Y nadie atiende a ese desastre. Todos aplauden al falso Profeta que se presenta con una humildad exterior, con palabras hermosas, llenas de calor humano, protegiendo los derechos de los más débiles, pero sin hacer caso a los problemas espirituales de las almas.

Para este falso Profeta todos somos santos y justos, todos se pueden salvar, todos merecen el cielo por sus pecados y no importa no quitar el pecado. Lo que importa es que el hombre se sienta bien consigo mismo y así, en su comodidad de vida, vaya al cielo.

Esta mentira es la que se está predicando desde la Cabeza de la Iglesia. Y todos aplauden esta mentira como si fuera la Verdad.

Y Cristo ha enseñado otras cosas. Ha enseñado el Camino para salvarse. Pero ese Camino es una Verdad Absoluta. Pero como hoy no se cree en la Verdad Absoluta, entonces la Jerarquía de la Iglesia construye un camino para las almas de la Iglesia por el cual, dicen, hay salvación para todos.

Solo hay una Verdad. Y esa Verdad no está fuera, en lo exterior de la vida, en la mente de los hombres, en la forma de vivir de cada uno. Esa Verdad la tiene Dios en su Corazón y sólo la ofrece al humilde de corazón, no a los necios que creen que con su poder intelectivo pueden salvar al mundo de tanto desastre.

Lo que se avecina a la Iglesia no es cualquier cosa: es Su Purificación y Su Gran Tribulación, por no creer en Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

No es cualquier camino, cualquier verdad, cualquier vida. Son algo absoluto, que sólo se puede entender en Cristo, no con la cabeza de unos cuantos idiotas que se llaman sacerdotes, Obispos, Cardenales y que se atreven a sentarse en el Trono de Pedro para que la gente los aplauda y los tome por santos.

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