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Sin discernimiento no hay conocimiento de la mentira

cruz

Se está produciendo la gran división entre el bien y el mal dentro de la misma Iglesia.

Estamos en los tiempos de la gran división por la gran apostasía de muchos católicos que han perdido la fe. Y están en la Iglesia sin fe, es decir, proclamando una fe que no es la verdadera, que no es el don de la fe que Cristo da al que cree en Su Palabra.

Es fácil inventarse la fe; es decir, hablar sobre Cristo, su Evangelio, su doctrina, y decir sólo mentiras con bellas frases. Esto lo hacen muchos sacerdotes y Obispos en toda la Iglesia: la llenan de sus herejías camufladas en bandeja de plata, en verdades que no son verdades, sino sólo la apariencia de una verdad.

Esta es la división: el pecado y la Verdad. Quien está en la Verdad no puede estar en el pecado. O el alma permanece en la Verdad o el alma permanece en el pecado. Pero no es posible estar en los dos, al mismo tiempo, como muchos, dentro de la Iglesia, se esfuerzan por hacer comprender a las almas.

Peca, te confiesas, y sigue pecando. Esto es lo que muchos hacen, convirtiendo el pecado sólo en un mal social, un mal humano, económico, orgánico, y la confesión en un desahogo del hombre. A este punto se ha llegado en la Iglesia: sacerdotes que son sólo psiquiatras; personas que sólo cuentan sus problemas al sacerdote pero que ya no creen en el pecado, no confiesan sus pecados, sino que hablan de sus problemas. Hacen del tribunal de la penitencia una irrisión, una comedia absurda, una obra teatral.

Dentro de la Iglesia se está viviendo el protestantismo diariamente, en la práctica de cada día. Las almas son protestantes. No hay que irse al protestantismo para encontrar a estas almas. Las tenemos en cada parroquia, en cada diócesis, en cada familia, en la sociedad de cada país.

Y quien se sienta en la Silla de Pedro, Francisco, es sólo un protestante, vestido de Obispo. Realidad que muchos no quieren aceptar, porque se han fabricado su fe en la Iglesia. Y, según esa fe, Francisco es un santo y es el verdadero Papa.

En esta fe falsa, que muchos tienen en la Iglesia, se da una contradicción: la obediencia al pecado, la obediencia a la mentira, la obediencia al error.

La fe divina enseña a obedecer sólo a la Verdad: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act 5, 29). Aquel hombre que no dé la Verdad no está Dios en él y, por tanto, no es posible la obediencia espiritual. Se puede dar una obediencia material, pero ésta no es a la Verdad, sino a las costumbres de los hombres, a las leyes de los hombres, para no hacer pecar a otros en ese mal que se quiere imponer, para no escandalizar a los pequeños. Pero la obediencia material es sólo por un tiempo; después, ya ni siquiera esa obediencia material hay que darla.

Con Francisco ya ni siquiera es posible una obediencia material a lo que habla o a su pensamiento humano, porque ha quedado claro qué quiere ese hombre en la Iglesia: su destrucción.

Con Francisco sólo queda una cosa: una férrea oposición a todo lo que haga, así obre cosas buenas, que gusten a todos. Incluso eso hay que despreciarlo porque no viene de Dios, sino del demonio, que le gusta atraer a las almas por la bondad, sin declarar abiertamente la mentira. Así atrapa más al alma.

Muchos siguen a Francisco y están en esta contradicción: obedeciendo al pecado que ese hombre les muestra. Esto es lo que muchos no ven, porque sólo se fijan en sus palabras bonitas, pero no caen en la cuenta de la maldad que encierran.

Y esto sólo significa una cosa: siguen a Francisco por el lenguaje que usa, no por el contenido de ese lenguaje. Son almas que sólo se fijan en la palabra externa, la que se dice: si es bonita, si es agradable, si es hermosa, si tiene sentimiento, etc. Pero no saben discernir esa palabra.

Éste es el punto de muchos en la Iglesia: tienen una venda en sus ojos. No ven nada. No disciernen nada. No penetran nada. Se les ha educado para obedecer a quien esté ahí sentado en la Silla de Pedro. Pero no se les ha educado para discernir al que se sienta en la Silla de Pedro.

La vida espiritual es discernimiento. Y sólo eso. No se puede amar sin discernir. No se puede obedecer sin discernir. No se puede sufrir sin discernir. No se puede orar sin discernir. No se puede adorar sin discernir. No se puede dar una limosna sin discernir. No se puede ir a Misa sin discernir. No se puede escuchar una predicación sin discernir.

Muchos, dentro de la Iglesia, no son ovejas, sino borregos. Son idiotas, son locos, son necios, son estúpidos, porque no disciernen. Y viene un lobo y se van con el lobo. Por eso, dice el Señor que al Buen Pastor «las ovejas le siguen, porque conocen Su Voz; pero no seguirán al extraño; antes huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños» (Jn 10, 4-5).

¿Por qué muchos siguen a Francisco? Porque no son de las ovejas del Buen Pastor, de Cristo. Y ¿por qué no? Porque las ovejas de Cristo sólo escuchan a Cristo, no tienen oídos para otras voces. Y ¿cómo pueden sólo escuchar la Voz de Cristo? Porque saben discernir las voces.

¡Discernimiento! Es lo que falta en la Iglesia. Todos como borregos siguiendo a un verdadero idiota, como es Francisco.

Y, entonces, viene la pregunta: ¿Cómo es posible llamar a Francisco Papa si está dando verdaderas herejías en la Iglesia? ¿Cómo Dios puede darnos un Papa así? ¿Cómo el Espíritu Santo ha puesto a este hombre en la Silla de Pedro?

Esto es lo que muchos se siguen preguntando porque todavía no han discernido. Discernir no es preguntarse cosas. Todo el mundo tiene muchas preguntas sin resolver.

Discernir es sólo ver la Verdad. Cuando se ve la Verdad, entonces se acaba la pregunta. Pero quien quiera preguntarse para resolver un misterio, nunca discierne nada.

Muchos quieren preguntarse sobre el infierno porque tienen muchas dudas. Eso es señal de que no han discernido sobre el Infierno, no ven la Verdad del Infierno. Y eso sólo significa que no viven de fe. Sólo viven de sus preguntas.

Muchos se preguntan por qué Dios permite tanto mal en el mundo. Y eso es señal de que no creen en Dios, ni tienen fe, porque no han discernido la Voluntad Salvífica de Dios. No ven que para salvar hay que permitir el mal. No ven eso. No entienden eso. No les cabe en la cabeza, porque no tienen discernimiento.

Discernir es sólo ver la verdad. Francisco no es Papa. Ésa es la Verdad. Se llega a esa Verdad de una manera: viendo las obras de Francisco; escuchando sus palabras, leyendo sus escritos. Se ve al hombre, pero todavía sin obediencia ni rechazo.

Ante un hombre elegido para ser Papa, lo primero es verlo, escucharlo. Si lo que se hace es obedecerlo porque es Papa, ahí viene el error.

Cuando se va a una Misa, se ve al sacerdote como hombre: se ven sus gestos, lo que predica, lo que hace en el Altar, cómo se comporta con la gente, etc. Y se discierne: este sacerdote tiene la verdad o este sacerdote no tiene la verdad. Y, entonces, se puede dar la obediencia o el rechazo.

Pero si no se hace esto, entonces estamos en la Iglesia con una venda en los ojos: todos son santos, todos dan la verdad, todos nos llevan al cielo. Y esto es una falsedad. Porque Judas hay muchos dentro de la Iglesia; de fariseos está la Iglesia llena.

Sin discernimiento no es posible ponerse en la Verdad. Porque la Verdad es Jesucristo. Y, por tanto, la Verdad no la tiene ningún hombre, aunque parezca santo en lo exterior, aunque dé signos de gran humanidad, de gran santidad. Nunca hay que hacer caso a lo externo de la persona para discernir, porque si se hace eso, se peca.

Para no caer en el pecado de juicio contra otra persona, hay que ir a lo interior: esas palabras que esa persona predica, ¿las predicó Cristo? ¿Están en el Evangelio? Esas obras que esa persona hace, ¿las hizo Cristo?

Es Cristo la Verdad. Es sólo Cristo. Y Jesús es muy sencillo en Su Evangelio. Su vida es muy simple. Y, por eso, se capta en seguida quién es de Cristo y quién no es de Cristo. Para discernir si un sacerdote o un Obispo es de Cristo o no, sólo vean si obra y si habla como Cristo o no lo hace.

Cuando un sacerdote comienza a dar sus palabras humanas, ya es señal de que no tiene a Cristo. Cristo es muy sencillo cuando predica al pueblo, a las almas: va directo a la verdad, no rodea la verdad, no pone lenguajes artificiosos, humanos, oscuros. La Verdad es simple, sencilla, clara, pura, transparente. La Verdad se ve sin más: existe el pecado, existe el infierno, hay que confesarse, etc. Pero cuando los hombres quieren rodear la verdad, comienzan a dar sus verdades, sus frases bonitas, bellas, sus giros hermosos que captan la mente humana, pero que dejan vacío el corazón. Esto lo hacen muchos predicadores: giran y giran en torno a una verdad, sin caer en la verdad, sin ponerse en la verdad, sin dar la verdad como es: Francisco no es Papa. Ésa es la verdad. Punto.

Hoy los hombres viven en la locura de su lenguaje humano: dan vueltas y vueltas a sus ideas sin ver la verdad, sin ponerse en la verdad, tienen miedo de llamar a cada cosa por su nombre.

Y cuando se dice la verdad el alma tiene una fuerza que antes no poseía. Pero cuando se está en la mentira, revoloteando, como el águila, sin afianzarse en algo, entonces el alma se siente con miedo, con temor, porque no ve nada claro.

En la Iglesia, actualmente, no hay ningún discernimiento en la Jerarquía. Son borregos muchos sacerdotes y Obispos. Y esto les convierte en ciegos, guías de ciegos. Esto es muy peligroso para toda la Iglesia. Así el demonio conquista almas para el infierno de una manera simple, fácil, porque hace que los hombres obedezcan a hombres vestidos de piel de oveja, que no pueden predicar la verdad porque no la ven, no la disciernen. Y muchas almas se condenan por obedecer a hombres en su mentira, por seguir la mentira que esos sacerdotes y Obispos siguen en sus ministerios.

Muchos pastores invitan a sus fieles a seguir a Francisco, a leer sus escritos, a obrar lo que dice. Eso es llevar al infierno de una manera fácil, simple. Ésa es la acción del demonio dentro de la Jerarquía de la Iglesia. Y eso trae una oscuridad espantosa a toda la Iglesia. Y eso produce poner el pecado, la mentira, el error, por encima de la Verdad.

Este es el punto de la apostasía de la fe: se da valor al pecado; la verdad se oscurece, se tapa, se oculta, desparece. Y todos viviendo una mentira, todos obedeciendo a un mentiroso, todos queriendo resolver los problemas de la Iglesia por los caminos de la mentira.

Para resolver el problema de Francisco es sólo uno: decirle que se vaya. Punto y final. Hay que ponerse en la verdad para caminar en la Iglesia. Sólo diciendo la Verdad se abre camino, se abre una puerta.

Pero aquel que quiera resolver esta situación con las mentiras, apañando las cosas, entonces no resuelve nada.

Como la Iglesia no va a hacer esto, entonces viene el problema, un gravísimo problema para el que cree, para el que ve la Verdad, para el que discierne. Para los demás, no es problema.

Si Francisco no se va, entonces, ¿qué hay que hacer en la Iglesia? ¿A quién se obedece? Esto es un grave problema para el alma que escucha al Buen Pastor, porque no puede dar oídos al lobo, no puede escucharlo, no puede seguirlo.

Para resolver este problema, sólo hay que discernir la verdad. Mientras Francisco no rompa el dogma, entonces hay que permanecer en la Iglesia pero sin seguir a Francisco, sin hacerle caso en nada, porque es un mentiroso. Y sólo se puede dar la obediencia a aquellos Pastores que predican en contra de Francisco. A los demás, nada.

Pero en cuanto Francisco empiece a romper el dogma, hay que irse de la Iglesia, porque entonces eso ya no será la Iglesia verdadera.

¿Qué ha hecho Francisco en este año? Ha roto un dogma: el Papado. Con esto es suficiente para salir de Roma, porque conlleva romper todos los demás.

Espiritualmente, el cisma está ya declarado cuando Francisco puso su gobierno horizontal. Pero humanamente, la gente no ve ese cisma, porque los hombres necesitan que se les diga todo lo demás: no hay eucaristía, no hay pecado, no hay infierno, etc. Al hombre le cuesta ver la verdad como es. Dios la ve sin más; el Espíritu la ve sin más; el hombre espiritual la ve sin más.
Pero no todos los hombres son espirituales; muchos son racionales, viven de lo que sus pensamientos le proporcionan. Y, claro, no ven la verdad sin más. Y Dios sabe esperar a los hombres, porque sabe cómo son los hombres de brutos, de cabeza dura, de juicio duro.

Cuando Francisco o los suyos en el gobierno horizontal, empiecen a quitar dogmas, entonces hay que irse de una Iglesia que sólo sirve para condenarse. Con el gobierno horizontal, la Iglesia sólo sirve para condenar. Pero esto muy pocos lo disciernen. Cuando les quiten la Eucaristía, verán esta verdad.

Ya lo que ha montado Francisco en Roma sólo lleva al infierno. Pero Dios no obliga a salir de Roma ahora, porque todavía permanece en muchos sagrarios. Pero cuando el hombre se meta más hondo en el pecado, entonces es necesario salir de Roma para batallar contra esa iglesia que no es la Iglesia de Cristo.

La Iglesia de Cristo sólo está en los corazones: no en Roma, no en las estructuras que los hombres fabrican en la Iglesia. ¡Cuántas diócesis en el mundo hay que son del demonio, ya no son la Iglesia!

Porque la Iglesia sólo está en los corazones. ¡Sólo ahí! Porque es el Cuerpo Místico de Cristo. No es un cuerpo material, ni orgánico, ni humano, ni social, ni económico, ni político. Es algo místico, del espíritu, del corazón.

Al hombre le gusta siempre ver la Iglesia en lo exterior, en lo terreno, en lo humano. Y, por eso, se equivoca al decir quién es de la Iglesia y quién no. Por eso, el Señor decía: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que Yo las traiga» (Jn 10, 16). Porque el Rebaño de Cristo no está en las estructuras materiales, humanas, carnales, sino en el Espíritu.

Y Cristo conoce a su Rebaño. Sólo Cristo. Los hombres no saben cuál es el Rebaño de Cristo, dónde está la verdadera Iglesia de Cristo.

Sin discernimiento es imposible agradar a Dios en Su Iglesia. Quien quiera hacer apostolado siguiendo a un hereje, no hace nada en la Iglesia. Porque se está en la Iglesia para salvar a las almas. Y Francisco lleva a la Iglesia para salvar los cuerpos solamente. Por eso, sobra decir que Francisco es un hereje. Pero esto muchos todavía no lo ven. Les suena raro, porque creen que para ser herejes hay que ser formales; es decir, que la Iglesia tiene que decir: esta persona es un hereje. Y este es el error de muchos.

Si no hay discernimiento no hay Iglesia. Si para saber si una persona es hereje o no, hay que esperar a que ls diga la Iglesia, entonces nadie es hereje. La Iglesia sólo da la confirmación de la Verdad. Pero la verdad se da sin más.

La Iglesia confirmó la Inmaculada después de 18 siglos. Pero la Virgen es Inmaculada no porque lo diga la Iglesia, sino por la verdad de ser Inmaculada. Esa Verdad la vivió la Virgen en su propia vida antes de que Su Hijo fundara la Iglesia. Es una verdad que no pertenece a la Iglesia, sino que la Iglesia la transmite por ser la Verdad.

Esto es lo que muchos no comprenden. La Verdad es Cristo. Y Cristo se da a sus almas. Y esas almas forman la Iglesia. Y esas almas conocen quién está en la verdad y quién está en la mentira. No hace falta esperar al juicio de nadie, en la Iglesia, para conocer a un hereje. El juicio de la Iglesia ayuda a todos a poner división en la Iglesia. Pero la Verdad se da sin más, porque la Verdad es Cristo.

Por eso, los sencillos dicen que Francisco es un hereje, porque ven su mentira, y no están aguardando al juicio de nadie para decir esa Verdad, para predicarla a todos.

Pero los complicados temen dar testimonio de la verdad. Ven que Francisco no es bueno, pero callan. Y eso es un mal en toda la Iglesia. Así no se puede hacer Iglesia. No es posible, porque la Iglesia es la verdad. Y se calla sólo porque lo exige la Verdad. Y se habla sólo porque lo exige la Verdad.

Pero los hombres callan por muchos intereses humanos, mentirosos, engañosos, que pone a toda la Iglesia en un camino de condenación.

Discernir no es juzgar

espiritusanto

“Carísimos, no creáis a todo espíritu, antes probad los espíritus si son de Dios”(1 Jn 4, 1).

El discernimiento espiritual es antes que la obediencia a la Jerarquía.

Dios habla primero al corazón de cada persona para que comprenda la verdad y sepa distinguirla de la mentira.

Dios no habla a la Jerarquía primero, sino antes a toda alma. Y, cuando Dios quiere enseñar algo por la Jerarquía para que las almas obedezcan, entonces Dios siempre da al alma el discernimiento espiritual para que vea que lo que dice la Jerarquía viene de Él.

La Obediencia a la Jerarquía es fruto del discernimiento espiritual. Primero hay que discernir los espíritus, después dar la Obediencia o negar la Obediencia.

Si no se hace esto, el alma queda en el engaño de los pensamientos de los hombres y toma todo como bueno, como verdadero.

El hombre, al nacer en pecado original, está en un mundo de mentira y no sabe ver la verdad. Le parece que todo es verdad, que todo es bueno.

Dios enseña al alma, en su corazón, a discernir lo bueno de lo malo, la verdad de la mentira.

Dios, después, en Su Iglesia quiere Sus Verdades, Sus Dogmas. Y, para eso está la Jerarquía para enseñar esas verdades, para luchar por esas verdades, para poner el camino para que esas verdades se obren en toda la Iglesia.

Discernir no es juzgar el pensamiento de alguien. Discernir es ver si ese pensamiento da la verdad o da la mentira. Y, una vez que se ve, entonces viene el juicio sobre ese pensamiento.

Un pensamiento es de Dios cuando no produce en el alma ninguna turbación, ningún temor, ninguna, duda, ningún miedo. Un pensamiento es del demonio cuando turba al alma con muchas cosas, cuando deja al alma intranquila y la dispone hacia el mal, hacia el error. Un pensamiento es del hombre cuando deja al alma indiferente, sin inclinarse ni hacia lo bueno ni hacia lo malo.

Por ejemplo, este pensamiento de Francisco: “No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio sexual o al uso de anticonceptivos”.

Este pensamiento deja al alma intranquila. En seguida le viene al alma una duda: ¿entonces, en qué hay que insistir en el aborto, en el matrimonio homosexual, en el uso de anticonceptivos? Esta duda es suficiente para decir ese pensamiento no es de Dios. El pensamiento de Dios es verdadero, no deja dudas, no deja interrogantes, no deja temores. Deja al alma en paz. El alma ha comprendido.

Ante este pensamiento, el alma quiere saber la forma de entender el aborto y lo demás. Francisco no lo explica y, entonces, viene el engaño. ¿Para que lanzas ese pensamiento y lo dejas en el aire, sin satisfacer las dudas, los temores que ese pensamiento trae?

Esta forma de hablar de Francisco es la propia de un espíritu diabólico. Así habla el demonio: lanza la mentira y , después, dice otra cosa verdadera. Y la mentira sigue ahí, pero no se explica. La mentira está para turbar, para inquietar al alma, para hacer que el alma se fije en esa mentira y piense algo sobre esa mentira y vea que esa mentira es buena, que de ella se puede sacar algo bueno.

Entonces, el que sigue la mentira, empieza a razonar: bueno, veamos el aborto, no ya como un pecado, sino como algo que hay que permitir por las situaciones de los hombres, por la crisis económica, porque se tuvo el hijo sin quererlo o por otras razones. Veamos el matrimonio homosexual como algo válido, -como la prostitución-, algo inevitable, algo del hombre, que el hombre, por más que luche no lo puede quitar. Permitamos que los homosexuales se casen, porque eso es lo que viven. Y como son buenas personas, como tienen buena voluntad, como buscan a Dios, entonces ya Dios se encarga de ellos. Veamos los anticonceptivos como una necesidad para el amor entre hombre y mujer. Lo importante es que el hombre y la mujer sean felices en el sexo sin preocuparse por el compromiso que trae el sexo.

Cuando se sigue el pensamiento del demonio, en seguida se llegan a ideas, verdades, razones, que son buenas, pero que no son la Verdad, que no pueden caber en la doctrina de Cristo.

Como las almas, los fieles de la Iglesia, no han aprendido a discernir los pensamientos de la Jerarquía, entonces ante las barbaridades que dice Francisco, las aceptan como si Francisco fuera un ángel enviado por Dios. Las aceptan sin más, como si estuviera diciendo la verdad, como si esa forma de expresarse fuera verdad.

Ante lo que dice Francisco, una persona que discierne, automáticamente se echa las manos a la cabeza, porque esa persona tiene un poder en la Iglesia y lo está usando mal, para el error, para la mentira, para engañar a las almas y a la Iglesia.

El que discierne no juzga. Sólo ve. Y cuando entiende lo que ve, entonces hace un juicio. El juicio que se hace es distinto al discernimiento. El discernimiento es siempre verdadero, pero el juicio puede fallar.

El que sabe discernir nunca se equivoca: “el espiritual todo lo discierne, más él de nadie es discernido” (1 Cor 2, 15). Nadie puede juzgar al que discierne, porque siempre se discierne la verdad, se está en la verdad. El discernimiento es sólo ver si ese pensamiento es bueno o es malo. No es juzgar el pensamiento. Y, para ver si es bueno, sólo hay que ver los efectos que produce en el alma.

Para ver los efectos que produce en el alma, hay que tener vida espiritual. Como las almas no tienen esa vida, como viven para sus pensamientos, apegadas a sus pensamientos, no son ni siquiera capaces de discernir los suyos, pues tampoco los de los demás.

La Iglesia tiene que enseñar a discernir los espíritus. Y nadie enseña eso. Francisco sólo enseña a dar dinero a los pobres, a que la gente luche por su vida humana, por sus ideales en la vida, por sus obras en la vida. Y eso no es hacer Iglesia. Eso es meter al demonio en la Iglesia.

Las almas se escandalizan porque en estos escritos se dicen muchas cosas fuertes sobre la Jerarquía de la Iglesia. Pero, para el que discierne, para el que ve la verdad, después no puede quedarse con los brazos cruzados. Porque todo discernimiento trae un juicio. Ese juicio es ponerse o con la persona que dice ese pensamiento o en contra de esa persona que dice ese pensamiento.

Y hay que elegir entre Francisco o contra Francisco. No se puede permanecer en una posición cómoda y pensar que Dios ya arreglará esto como Él quiera. Este es el pensamiento humano de muchos: la indiferencia, no hacer nada, seguir viviendo la vida como si nada pasara, sin dar importancia a lo que dice Francisco.

El que ve la Verdad, lucha por la Verdad, combate el error y da a las almas la Obra de la Verdad.

El que no ve la Verdad, se queda en su casa y vive su vida y piensa que no es para tanto. Que a él le enseñaron a respetar al Papa. Y no hay que meterse con él.

Hay que seguir respetando a las personas. Pero respetar es hablar la verdad y poner en claro la verdad. Y si hay un pecado, decirlo a las claras. Y decir el pecado no es una falta de respeto, es obrar el amor hacia esa persona. Porque amar es dar la verdad, obrar la verdad, enseñar la verdad.

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