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La historicidad del pensamiento

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«Cuando nos acercamos a una persona que profesa con convicción su propia religión, su testimonio y su pensamiento nos interpelan y nos llevan a preguntarnos sobre nuestra espiritualidad misma. Al principio del diálogo está, pues, el encuentro» (Bergoglio, 24 de enero 2015).

Dos cosas se revelan en el pensamiento de este hombre:

  1. La duda de Descartes: nos preguntamos sobre nuestra espiritualidad: tenemos dudas en lo que creemos, no estamos convencidos, porque no existe la verdad absoluta. Hay que dudar de todo para encontrar una verdad absoluta: que será la mente de cada uno. La mente que se vuelve consciente a sí misma, que se ve reflejada en sí misma. Y como la mente del hombre no puede tener en sí toda la verdad, entonces tiene que buscar al hombre, tiene que dialogar con todos los hombres, para así poseer toda la verdad. Por eso, es necesario buscar una religión mundial en donde se reúnan las mentes diversas de los hombres, y así poseer toda la verdad, que será encontrar la felicidad en la tierra.
  2. Al principio del diálogo, ya no está la verdad, sino la mente de los hombres, el encuentro con cada mente humana: esto se llama el pensamiento histórico.

O con las palabras de Kasper:

«Aprendemos en presencia de una historización radical de todos los ámbitos de la realidad. Todo está en agitación y cambio; apenas hay algo sólido y resistente. Este cambio histórico también ha tomado la iglesia y su comprensión de la fe» (Kasper – E. Troeltsch, más del método histórico y dogmático en la teología)

Todo el problema de estos hombres está sólo en esto: en negar a Dios Creador.

El hombre no es obra de la historia, sino del Creador. Esta es la verdad combatida por toda la Jerarquía herética, modernista, cismática, que guía, en la actualidad, a la Iglesia.

La mente del hombre es obra de Dios, no es la consecuencia de una historia, de un suceso cambiante, de unas circunstancias en las que vive el hombre.

Dios ha hecho la mente del hombre para la verdad absoluta, para que el hombre haga en su vida la obra de una permanencia, de una estabilidad, de algo que sea eterno, para siempre. Si el hombre no vive para un fin absoluto, sino que vive para algo que cambia, que es inestable, entonces el hombre no puede dar sentido a su existencia humana.

Siempre, y en todas partes, el hombre es lo que es, es como Dios lo ha creado. En cada tiempo de la historia. Y a pesar de los sucesos históricos, el hombre sigue siendo hombre. Su mente no cambia, su esencia no cambia. Y, por lo tanto, para resolver el problema del hombre sólo hay que mirarlo como Dios lo creó. Sólo hay que ver lo que hizo el hombre ante la Creación de Dios. Y sólo así se puede entender qué Dios quiere de cada hombre.

Si el hombre está en cambio y en agitación, entonces ¿qué es el hombre? Si lo que Dios ha creado, está siempre en evolución, entonces ¿qué es la Creación? Si la Iglesia que Jesús ha puesto en Pedro no es siempre la misma, entonces ¿qué es la Iglesia? Si los dogmas no son verdades absolutas, entonces ¿para qué los dogmas?

Este es el grave problema de la historicidad del pensamiento de estos hombres. No conciben al hombre como ser dependiente de Dios, con una dependencia absoluta. No lo ven como un ser creado por Dios. Lo conciben sin la sujeción a un ser inmutable, eterno, infinito.  Y, por lo tanto, buscan en el hombre sólo una cosa: el imperio de su libertad, anulando así la esencia propia del hombre. No buscan lo que es el hombre, su esencia, el orden de su naturaleza, sino que se ponen por encima del mismo ser del hombre, para así crear, con sus inteligencias humanas, un nuevo hombre, un ente de razón sin fundamento en la realidad.

Primero es el orden, no la libertad:

«Orden, no la libertad, es el principio más elevado, y la mejor garantía también del grado correcto de la libertad» (Ethics and the national economy – Henrich Pesch – pag 34).

Sin un orden moral, el hombre se esclaviza a su propia libertad, que será la obra de su propio pecado. Sin un orden divino en la creación, el hombre la destruye con su libertad. Sin un orden humano, las sociedades son sólo engendros del demonio.

Primero es la naturaleza que Dios ha creado; después es la obra en esa naturaleza.

«en lo más íntimo del ser humano, el Creador ha impreso un orden que la conciencia humana descubre y manda observar estrictamente. Los hombres muestran que los preceptos de la ley están escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia» [Rom 2,15] (Juan XXIII – Pacem in Terris).

La libertad es para obrar la naturaleza racional del hombre: para poner por obra lo que el hombre piensa y decide, de acuerdo al orden natural, racional, divino, que Dios ha escrito en la naturaleza del hombre.

Pero si la mente duda de su propia naturaleza humana, de su propia esencia, entonces el hombre sólo busca su interés en la vida, pero no la verdad de su naturaleza humana.

Busca su autonomía, su independencia, su libertad y, con ella, engendra un “orden” contrario a su propia naturaleza, que es siempre un desorden en el hombre, en su misma esencia.

Hoy se pone la libertad como madre del orden. Por tanto, el hombre tiene que destruirlo todo para construir su mundo, su creación, su humanidad, su dios, su religión, su iglesia.

Si en la naturaleza humana no hay un orden inmutable, puesto por Dios, entonces el hombre vive buscando ser como Dios: se hace dios para sí mismo.

Bergoglio dice a los fieles del islam: «cuando nos acercamos a una persona que profesa con convicción su propia religión», entonces no hay decirle la verdad: vas mal en tu religión. Está prohibido decir esto, porque la mente enseña a dudar: «su testimonio y su pensamiento nos interpelan y nos llevan a preguntarnos sobre nuestra espiritualidad misma».

No puedes juzgar el testimonio y el pensamiento del otro porque son verdaderos: «nos interpelan y nos cuestionan». Por eso, Bergoglio no puede juzgar a nadie, porque ve la mente de los demás como una verdad, no como una mentira. Y lo ve así porque ha anulado el orden divino en la naturaleza humana. Se ha construido un nuevo orden, que su mente lo crea en ella misma. Y lo construye porque mira la historia, mira al hombre. Ya no mira a Dios.

El hombre, su mente, su vida, sus obras, son una hechura de la historia: no son una creación divina, una providencia de Dios, un poder divino. La mente ya no se rige por la ley de su naturaleza, sino por la ley de la historia, que es una ley gradual, de perfección en la inteligencia humana.

Por eso, Bergoglio, al no poseer la verdad en su naturaleza humana, tiene que buscarla en los demás, en el diálogo, en la charla, en las ideas diversas de todos los hombres. Y, por eso, dice: «Al principio del diálogo está, pues, el encuentro».

El encuentro con la verdad se halla sólo en el diálogo con los hombres. Bergoglio anula la fe, porque ha anulado a Dios como ser real, independiente del hombre y de la Creación.

Para Bergoglio, Dios está en la creación, metido en ella. Y hay que descubrirlo en los cambios, en cada época, en cada tiempo de la historia, en cada hombre, en cada cultura. Ese dios se va manifestando de muchas maneras, y sólo así se puede llegar a toda la verdad. Y se llega en el asombro, en la sorpresa, en la maravilla:

«si se parte del presupuesto de la pertenencia común a la naturaleza humana, se pueden superar los prejuicios y las falsedades, y se puede comenzar a comprender al otro según una perspectiva nueva».

Hay que partir del hecho de un humanismo: todos pertenecemos a una naturaleza humana. Bergoglio no parte del hecho de un orden moral, de una ley divina. Bergoglio se centra en el hombre.

Para hablar con los hombres que profesan una fe distinta, no hay que fijarse en el contenido de esa fe. Sólo hay que mirar que son hombres como nosotros. Y así se puede superar los prejuicios y las falsedades. Esto que dice Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza en la vida real de los hombres.

Por más que mires al otro como un hombre, siempre vas a ver cosas que no te gustan y que no quieres seguir. Siempre vas a rechazar a los hombres por las ideas que muestran, y que no están conformes a una ley, a una norma de moralidad, a un orden establecido.

Bergoglio enseña  algo utópico: si miras al otro como hombre, entonces no hay diferencias, se superan los prejuicios y las falsedades. Bergoglio siempre carece del mínimo sentido común. No tiene lógica humana su pensamiento.

Claro: si sólo vemos al otro como hombre, entonces nos tenemos que inventar una perspectiva nueva, que tiene  que ir, necesariamente, en contra de toda verdad. Y eso conlleva inventarse un nuevo pensamiento, el de la historia:

«El trabajo académico, fruto del esfuerzo diario, va a investigar las fuentes, a colmar las lagunas, a analizar la etimología, a proponer una hermenéutica del diálogo y, a través de un enfoque científico inspirado en el asombro y la maravilla, es capaz de no perder la brújula del respeto mutuo y la estima recíproca».

Investigar las fuentes: no hay que creer en las fuentes de la Revelación. Todo debe ser medido, sopesado, triturado, por la inteligencia del hombre. Es la razón la que debe mostrar la verdad de las cosas. No es la fe: no es la obediencia de la razón humana a Dios lo que revela la verdad al hombre. Es la conquista de la razón por la razón. El hombre se hace dios en su historia propia.

Y, por eso, hay que colmar las lagunas: aquello que la razón no comprenda,  tiene que llenarlo con sus investigaciones, suplirlo, con sus ciencias, con su progreso humano.

Hay que analizar la etimología de las palabras porque no hay palabras absolutas. Todas cambian. No hay una palabra que signifique una verdad absoluta. Hay que dar al lenguaje humano una nueva forma de comprensión, para que todos los hombres participen en ella, y puedan ser comprendidos y aceptados por los demás hombres.

Es lo que dicen continuamente Kasper y demás compañía: no queremos cambiar la doctrina, sino la forma del lenguaje.

Todo -el hombre- lo analiza, lo sintetiza, lo divide, hasta el diálogo: hay que proponer una hermenéutica del diálogo. Los hombres no saben dialogar, no saben escucharse: hay que educarlos. Una nueva educación.

Y, ahora, viene el colmo de la estupidez: «a través de un enfoque científico inspirado en el asombro y la maravilla». Hay que dedicarse a hacer ciencia ficción.

¡Este es el mensaje de Bergoglio!

Una ciencia inspirada en el asombro y en la maravilla. El científico se basa en datos, en razones, en comprobaciones. Esa ciencia no vale. Como Dios es un Dios de sorpresas, hay que dialogar para crear un método de ficción, en donde haya cosas mágicas, mentales, preternaturales, etc… Por eso, si un extraterrestre se aparece, hay que bautizarlo. Es la ciencia inspirada en el asombro…

Los católicos, cuando leen a este hombre, ¿qué leen? ¿No se dan cuenta de las estupideces que dice a cada rato? ¿No disciernen esto?

«Con estas premisas, uno se acerca de puntillas al otro, sin levantar el polvo que enturbia la vista»: esto es para reírse. Si le muestras al otro un mundo de asombro, de maravillas, mágico, ficticio, ¿cuál va a ser la respuesta del otro? Este hombre, ¿de qué me está hablando? Este hombre se está riendo de mí;  me cuenta un cuento, una fábula. De esta manera, es claro que espantamos a los demás –no nos acercamos de puntillas-, porque no hay seriedad en las palabras.

¡Esto es Bergoglio! ¿Qué se creen que es este hombre?

Un hombre sin ninguna verdad:

«el antídoto más eficaz contra cualquier forma de violencia es la educación en el descubrimiento y la aceptación de la diferencia como riqueza y fecundidad».

Caín mató a Abel porque no descubrió en él la diferencia; no la aceptó como riqueza y fruto para su vida, no fue un valor para su vida.

Todos los hombres que ejercen una violencia, tienen el mismo problema: no fueron educados para descubrir las diferencias que hay en el pensamiento de los otros.

Y, entonces, ya no se mata por odio o por cualquier otro pecado. Sólo se mata por falta de educación. Hay que meter a los asesinos en clases de diálogo, para que aprendan a ver a los demás como algo valioso para sus vidas. El remedio para la violencia, el remedio para acabar con Isis: el psiquiatra.

El católico tiene que aprender a quitar sus dogmatismos, porque son una especie de violencia contra los musulmanes. Los católicos tienen que descubrir que los musulmanes son buena gente, son hombres que Dios ha salvado. Dios los ama  aunque maten muchos hombres.

En el pensamiento histórico de estos herejes y cismáticos, la gracia se da de manera absoluta a todos los hombres. Y, por eso, todos se salvan y se van al cielo:

«en el concepto absoluto del cristianismo no se trata de las pretensiones absolutas de una comunidad religiosa particular, sino del valor absoluto del evangelio de la gracia para todos los hombres» (Carácter absoluto del cristianismo -Walter KASPER – Sacramentum Mundi, Herder, Barcelona 1976, vol II, cols. 54-59).

No hay una Iglesia que posea toda la Verdad, sino que existe el evangelio de la gracia: la gracia, que Cristo ha traído, ha sido derramada en todos los hombres. Cristo ha dado a la historia del hombre un nuevo cambio. Ya lo antiguo, el Antiguo Testamento no existe, ha quedado suplantado por lo nuevo, que trae Cristo.

Ellos van buscando un cristianismo que «implica una aceptación y afirmación incondicionales del hombre y del mundo»,  en el cual se proclame «que Dios ama al mundo  y lo ha aceptado en forma absoluta y divina, y que, por tanto, él no puede hallarse abandonado en el abismo del vacío y de la nada, del absurdo y de la esquizofrenia» (Ib).

La maldición del Paraíso ha sido quitada por la bendición de Cristo. Y, por lo tanto, Dios ya puede amar el mundo, de una manera absoluta y divina. Antes no podía: el hombre no había progresado en su pensamiento histórico:

«El hombre no vive sólo en una historia que de alguna manera sigue siendo externo a él; la historia es más bien  […] la constitución del pueblo […] El hombre […] es profundamente histórico» (Kasper – E. Troeltsch, más del método histórico y dogmático en la teología).

El hombre es profundamente histórico: el hombre y  su historia: el hombre es la obra de la historia. Según el progreso de la historia, así va a ser el hombre y su mente. Y, por eso, con Kant, con Hegel, con el idealismo alemán, el hombre llega a su culmen, a la perfección del pensamiento. El modernismo sólo es el fruto de esa perfección.

Y, por lo tanto, hay que concluir que «el cristianismo no excluye sino que incluye las otras religiones y los demás esfuerzos en torno a la verdad; más que exclusivo es inclusivo. Por eso el cristianismo está dispuesto al diálogo con las religiones y la filosofía» (Carácter absoluto del cristianismo -Walter KASPER – Sacramentum Mundi, Herder, Barcelona 1976, vol II, cols. 54-59).

Ellos buscan una religión que no excluya a nadie, sino que lo incluya todo. En la práctica es siempre una utopía este proyecto. Levantarán esa nueva iglesia mundial, que lo incluye todo, pero será por poco tiempo. Por el pecado original, los hombres siempre tienden a separarse, a dividirse, a criticarse unos a otros. Nadie puede ocultar el pecado original en la sociedad.

Para estos herejes, no existe la norma de moralidad, la ley:

«Cristo, como cumplimiento, es también el final de la ley (Rom 10, 4); él cumple la ley en cuanto la suprime (Ef 2, 15; Col 2, 14); el cumplimiento, por ser una acción prodigiosa de Dios, crea una realidad nueva que no puede deducirse de otra anterior» (Ib).

Cristo ha suprimido la ley. Por eso, para estos herejes sólo existe la ley de la gradualidad: todo es una evolución del pensamiento del hombre. Cristo mismo es una evolución en la historia del hombre.

Toda esa Jerarquía va buscando la falsa iglesia, que incluya a todo el mundo, menos a los católicos verdaderos. A estos no; porque son un claro peligro a la paz y a la felicidad que va a dar a todo el mundo esa nueva y falsa religión. Y será esta iglesia universal la que imponga la marca de la bestia. No es un gobierno mundial. La marca de la bestia es el sello de la nueva iglesia mundial; es el nuevo credo, el nuevo pensamiento, la nueva fe en el hombre que se cree, que se ha hecho a sí mismo, en su mente, dios.

Cristoc Rey

«Es la iglesia la que pondrá la marca en la frente y en la mano. Es la iglesia la dispensadora de los alimentos y la que se presentará como única salvación del hombre… Pero es la falsa iglesia (…) «Ponte esta señal en la frente y te dispensaremos los alimentos». «Únete a nosotros». «Abandona ritos ancestrales». «Ven a una reunión con tus hermanos y goza de la alegría fraterna verdadera». «No vivas aislado». «¿Te crees mejor? ¿Te crees bueno?…». «No te aíslas tú, sino que aíslas a tus hijos por querer seguir con tradiciones ancestrales pasadas de moda». «¿No sabes que la iglesia ha cambiado?». «Libérate y no te llenes de hijos. Sobre todo no en esta época de carestía». Y una vez que dices que no, que no te pueden convencer, los malos, los peores te perseguirán hasta procurarte, incluso, la muerte» (Jesús, 19 de marzo del 2004 – La verdadera devoción al Corazón de Jesús, Dictados de Jesús a Marga, Parte II, pág. 50).

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