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Las falsas enfermedades de la Curia II

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Sólo un demente puede llamar a todos los hombres como locos.

Éste es el lenguaje que utiliza Bergoglio cuando hace su examen de conciencia a la curia, cayendo en el pecado que Jesús llama como raca:

«…todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere “raca” será reo ante el Sanedrín, y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego» (Mt 5, 21-22).

Tres pecados enuncia Jesús:

  1. pecado de blasfemia, maldiciendo al otro: monta en ira diciendo una palabra que lleva en sí una maldición a la otra persona. Es un pecado grave, del cual todos puede juzgar porque es hecho públicamente;
  2. pecado de herejía contra el otro, tratándole en las cosas de Dios, en la vida espiritual, como un hereje, sin serlo. Por lo cual, tiene el juicio de toda la Iglesia en la Jerarquía, que lo excomulga de la Iglesia. Quien llama a hereje a otro sin serlo, cae en la herejía. Niega toda verdad en el otro, teniéndola;
  3. pecado de apostasía de la fe, injuriando al otro, llamándole hombre sin mente, tratándolo de un loco en las cosas espirituales. Este pecado tiene la sentencia del infierno.

Estos tres pecados son muy comunes en este siglo, en que los hombres viven diariamente en sus blasfemias de su vida, en sus herejías en la mente y en sus locuras como hombres, en sus obras que sólo un loco se atrevería a hacer.

Hoy día, la psiquiatría llama locos a todos los hombres. Muchos psiquiatras caen en el tercer pecado con gran facilidad: niegan el Espíritu en el hombre, cometiendo el pecado de blasfemia, del cual no hay perdón.

Si el hombre quiere medirlo todo con su mente humana, lo único que obtiene es cerrarse a la Verdad que el Espíritu lleva a todo hombre. Y en eso consiste el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo: el hombre no quiere aprender la verdad de Dios, sino que su propia mente humana le dicta la verdad, que es su gran mentira en su vida.

Bergoglio pone en la curia un pecado que no existe:

«el mal de una falta de coordinación». (22 de diciembre del 2015)

La falta de coordinación no es un pecado. Si los miembros no están coordinados, entonces los miembros tienen la culpa. Cada miembro, cada hombre no se relaciona con el otro. Y si no hay relación, no hay armonía, no hay orden, no hay comunidad, no hay curia. Si cada miembro vive su vida en la curia, entonces no hay curia.

Decir que hay una falta de coordinación y no ser más específico es decir absolutamente nada.

Una persona, en su trabajo, puede estar distraída en lo que sea. No hay coordinación con los demás. Y el estar distraído, sin culpa, no es ningún pecado.

Una persona, que en su trabajo, tiene que estar metida en su oficio, para poder resolverlo, desconecta de los demás. No hay coordinación con los otros. Y esa persona no peca, porque está en su oficio.

<p style="text-align:justify;text-indent:13pt;margin-left:2px;margin-right:2px;font-family:Tahoma;”>«Cuando los miembros pierden la comunión entre ellos»

¿Y qué es perder la comunión en la Curia? ¿No están todos allí para dar la Verdad? ¿Se pierde la comunión porque cada uno deja la verdad que tiene que obrar? ¿O por qué otro motivo se pierde la comunión?

¿Es perder la comunión enfrentarse al otro que mantiene una mentira como verdad? ¿No es eso hacer comunión en la verdad, dejando a un lado a un miembro que no quiere la comunión en la verdad?

Así que Bergoglio pone la comunión en dos cosas:

«…el cuerpo pierde la armoniosa funcionalidad y su templanza».

La curia, para no estar sin coordinación, tiene que tener estas dos cosas: ser funcional y ser templada.

Dos virtudes que no pueden darse sin otras muchas, que son más importantes y son el cuello de la vida espiritual. Dos virtudes que no son cabeza en la vida espiritual y que, por lo tanto, no deciden la vida espiritual.

No hay templanza si hay lujuria. No hay funcionalidad si hay avaricia. No hay templanza si no hay pureza. No hay funcionalidad si no hay pobreza.

Si los hombres quieren ser funcionales con los asuntos de los demás, deben antes vivir en la pureza de mente, de corazón, de cuerpo y de espíritu. Sin estas cuatro purezas, no se puede dar la templanza. Si hay lujuria en el cuerpo, soberbia en la mente, avaricia en el corazón y orgullo en el espíritu, una persona siempre comete dos pecados al mismo tiempo: gula y lujuria.

Ser funcionales lleva consigo ser templados. No son dos cosas distintas. Es una la consecuencia de la otra. Si el cuerpo vive en su lujuria, no puede estar coordinado con la mente, con el corazón, con el espíritu. No puede funcionar. No se puede dar al otro una verdad. No puede haber comunión entre las personas.

Es claro que Bergoglio no habla de nada en este «mal de una falta de coordinación». Él está en la psicología de los hombres, en lo externo de sus vidas. Él habla de los temperamentos de los hombres, que los hacen sacar de la vida de comunión. Y el temperamento del hombre no es un pecado en el hombre. Es su forma de vivir en el cuerpo que posee.

En este lenguaje psicológico de Bergoglio, llama a la curia con el nombre orquesta, que produce mucho ruido:

«…convirtiéndose en una orquesta que produce ruido, porque sus miembros no cooperan y no viven el espíritu de comunión y de equipo».

¡Como si existiera el espíritu de comunión y de equipo!

¿De qué comunión habla? ¿De qué equipo habla?

En la Curia no hay equipos. En la Curia no hay comunión.

La Curia es para obrar lo que decide el Papa. Si no obediencia al Papa, ¿de qué espíritu de comunión y de qué equipos está hablando este hombre?

¡Qué fácil es desbaratar el lenguaje de este hombre!

No tiene un magisterio eclesiástico. No enseña una verdad en la Iglesia. Enseña su mente, sus ideas, sus teorías, sus herejías, sus locuras mentales.

«También existe la enfermedad del “Alzheimer espiritual”».

Es común de los psiquiatras poner un nombre, etiquetar la vida espiritual de una persona.

Aquí se ve claro cómo es la mente de Bergoglio.

Al olvido del primer amor lo llama este hombre: Alzheimer espiritual:

«También existe la enfermedad del «Alzheimer espiritual», es decir, el olvido de la historia de la salvación, de la historia personal con el Señor, del primer amor».

¡Fíjense hasta dónde llega la mente de este hombre!

¿Quién es aquel que se olvida que el Señor lo salvó?

El condenado. El que quiere vivir en su pecado. El que quiere irse al infierno. El que quiere cometer la blasfemia contra el Espíritu Santo. El que no quiere arrepentirse de sus pecados, por más que los vea, que los conozca.

Y este hombre juega con la Palabra de Dios:

«Tengo contra ti que dejaste tu primera caridad» (Ap 2, 4).

Es ésta una grave reprensión del Señor contra la Iglesia de Éfeso, que son aquellos que combaten a los pecadores, pero sin caridad: «no puedes tolerar a los malos». Es la Iglesia que pone a prueba todos los que sirven en Ella, pero sin caridad: «has probado a los que se dicen apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos». Es la Iglesia que practica la paciencia, que sufre en el nombre de Cristo y persevera en ese sufrimiento, pero sin caridad: «tienes paciencia, y sufriste por mi Nombre sin desfallecer».

Pero dejó la primera caridad. Y sin caridad no hay vida, y el que no vive no existe:

«Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3, 14).

Si te has olvidado del primer amor, entonces es que vives en la muerte de tu pecado. Vives en la desgracia. Y por más que combatas el mal, por más que no toleres a los malos, Dios no puede tolerar tu pecado, tu mal; por más que veas la mentira en los demás, si no eres capaz de ver tu mentira, Dios no puede tolerarte a ti; por más que sufras en el Nombre de Cristo, que tengas paciencia en tu vida de sufrimientos, si no sabes sufrir, tener paciencia para quitar tu pecado, para vencerlo, Dios te suprime de la Iglesia.

Quien ha olvidado al Señor es aquel que no quiere seguir al Señor por sus pecados. Y la única solución para salir de ese estado es:

«Considera, pues, de dónde has caído…».

Medita con tu entendimiento humano tu maldad, tu pecado. No el mal de los otros, no la mentira de los demás. No te alabes porque sabes sufrir. Profundiza con las tres potencias de tu alma tu maldad, y entonces:

«…arrepiéntete, y práctica las obras primeras».

Las obras propias del amor divino, que consiste en hacer la voluntad de Dios: con Dios, con uno mismo y con el prójimo. La Voluntad de Dios es una Ley Eterna. Cumple esa Ley y tendrás Vida.

Pero, ¿de qué habla este hombre?

«Es una disminución progresiva de las facultades espirituales»

Su ley de la gradualidad. Es su psiquiatría en la Iglesia. Poco a poco, grado a grado, se van deteriorando las facultades espirituales.

¿Qué son las facultades espirituales para este hombre? La mente y la voluntad del hombre. Él no puede referirse a otra cosa. No cree ni en la gracia, ni en el corazón ni en el Espíritu. Este hombre niega que Dios sea Espíritu. El Espíritu Santo sólo es un lenguaje humano para expresar el amor.

Y esta disminución:

«…en un período de tiempo más largo o más corto, causa una grave discapacidad de la persona, por lo que se hace incapaz  de llevar a cabo cualquier actividad autónoma, viviendo en un estado de dependencia absoluta de su manera de ver, a menudo imaginaria».

Llama locos a todos los pedófilos. Llama locos a todos los corruptos, avariciosos del dinero. Llama locos a todos lo que siguen el dogma en la Iglesia. Llama locos a todos los que siguen la tradición en la Iglesia. Llama locos a todos los que combaten contra el aborto, contra la homosexualidad, etc… Llama locos a todos los que sigue el magisterio de la Iglesia, el auténtico. Llama locos a todos los que quieren convertir a los pecadores de sus pecados, hacer proselitismo.

Él es claro en su pensamiento:

«Lo vemos en los que han perdido el encuentro con el Señor; en los que no tienen sentido deuteronómico de la vida; en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías; en los que construyen muros y costumbres en torno a sí, haciéndose cada vez más esclavos de los ídolos que ha fraguado con sus propias manos».

¡Cuántas personas viven en sus pecados y han perdido el encuentro con el Señor! Tienen la enfermedad del Alzheimer espiritual para este hombre. Son unos locos. A los pecadores, comunes y no comunes, este hombre los llama locos. Tienen que ir la psiquiatra para salir de su enfermedad, de su locura, de su postración.

El Deutoronomio es la palabra de la ley, la segunda ley que Dios dio a Moisies. Es todo el discurso de Moisés para que el pueblo cumpliera la ley de Dios e hiciera Justicia Divina.

Como Bergoglio, no cree en la inspiraciónn de los libros canónicos, sino que sigue en todo a los protestantes, toma el sentido deuteronómico de la vida por la lucha contra las desigualdades sociales, injusticas, derechos humanos, etc… Si no luchas por dar de comer a un hambriento, tienes la enfermedad de Alzheimer. Si no cuidas a los ancianos, estás loco.

«Hay que luchar por esto, tenemos que defender nuestra dignidad, como ciudadanos, como hombre, mujeres, jóvenes».

¿No tienes este sentido deuteronómico de la justicia social, de los derechos humanos…? ¿No eres socialista? ¿No eres comunista? Entonces, eres un loco.

Hay que vivir el momento presente: hay que depender de la vida presente. Y completamente.

Ese es el dogma de la Providencia Divina: colgados plena, completamente de la Voluntad de Dios.

«Danos el pan de cada día» (Mt 6, 9). No el del pasado, ni del futuro. No se hace el presente fijándose en el pasado. Se hace el presente fijándose en el rostro de Dios, estando en la Presencia de Dios, viviendo en Su Voluntad, conformados a todo lo que venga de Él o que Él permita.

¿Qué dice este hombre?

«los que dependen completamente de su presente»: ellos están locos.

Y además, como todos los hombres tenemos pasiones, manías, caprichos, entonces todos estamos locos:

«en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías».

¿Y tú llamas tu papa a este subnormal, a este hombre que te llama loco en tu cara, a este hombre que llama loco a toda la humanidad?

¡Qué vergüenza de católicos!

¿No se te cae la cara de vergüenza llamando a este hombre tu papa? ¿Teniendo a este hombre como tu papa?

¡Dios mío, qué ciegos andan todos los católicos! ¡Detrás de un hombre ciego y loco de remate!

«El mal de la esquizofrenia existencial».

¡Hasta qué profundidades de maldad no llega este hombre!

Los fariseos son locos:

«Es la enfermedad de quien tiene una doble vida, fruto de la hipocresía típica de los mediocres y del progresivo vacío espiritual que grados o títulos académicos no pueden colmar».

¡Cuántos hombres con doble vida!: todos esquizofrénicos!!!!

¡Cuántos hombres mediocres en sus vidas, tibios: todos esquizofrénicos!!!

¡Cuántos hombres que viven de su vanidad, de sus títulos: todos esquizofrénicos!!!

«Es una enfermedad que afecta a menudo a quien, abandonando el servicio pastoral, se limita a los asuntos burocráticos, perdiendo así el sentido con la realidad, con las personas concretas».

Todos los que están detrás de una mesa, son unos esquizofrénicos. No ven la realidad. No ven las personas concretas. No dan beso y un abrazo al otro. No lloran con los que lloran. No se alegran con los que se alegran. No son herejes con los herejes. No son cismáticos con los cismáticos. No son demonios con los demonios. Son sólo locos.

¡Esto es Bergoglio! Un loco sentado en la Silla de Pedro.

Y no es otra cosa.

Leer un escrito suyo hay que hacerlo sólo para condenarlo. Y no para otra cosa.

No pierdan el tiempo con este demente. No merece la pena.

Ha cometido el tercer pecado, que dice Jesús:

«y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego».

Reo del infierno es la persona de Bergoglio.

Mide con su cabeza humana a toda la humanidad y la llama loca.

¿Qué se merece este hombre?

¡Que se quede loco hasta su muerte, que lo traten como un loco!

Y no se merece otra cosa.

Francisco es un hombre sin Dios

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«Espero lío. Que acá adentro va a haber lío, va a haber. Que acá en Río va a haber lío, va a haber. Pero quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera… Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos» (Francisco, 25 de julio de 2013).

La Iglesia es objeto de una verdadera revolución: la que rompe con la causa de Cristo, la que divide la Verdad que Cristo ha dado a Ella, la que pone al mundo de rodillas ante Satanás.

La revolución no reconoce antepasados, tradición, verdad, magisterio, sino que persigue el lenguaje nuevo, que los hombres se han creado: «Quiero que la Iglesia salga a la calle». La Iglesia es Cristo, ¿para qué quieres salir fuera de Cristo -a la calle-, donde no está Cristo? Respuesta: Para abrazar el mundo de Satanás.

La Iglesia está en un estado de revolución; y eso no sólo significa que existe un estado de ruptura con el pasado: el pasado es sólo una memoria, pero ya no una vida; el pasado es una mentira, pero no la Verdad que permanece. Eso, también, significa que existe un desprecio evidente de todo lo mejor que ha habido en el pasado, en la tradición, en el Magisterio de la Iglesia.

Observamos cómo Francisco y todo su gobierno horizontal, desprecia la verdad que viene por la Tradición: «quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad». Entonces, es necesario no salir a la calle. Si quieres que la Iglesia se defienda del mundo, no salgas al mundo. Si quieres que la Iglesia se defienda de la mundanidad, entonces ataca al mundo, lucha contra el mundo, da al mundo la Justicia de Dios. Para Francisco, la mundanidad significa que la Iglesia es mundana, que seguir la tradición, el dogma, el magisterio auténtico, es mundanidad. La Iglesia se ha encerrado en su mundo de dogmas: eso es la mundanidad para Francisco. Y, por eso, hay que luchar contra esa Iglesia llena de verdades dogmáticas, que no es capaz de ver las verdades que están fuera de Ella, en el mundo, en las demás religiones, en los masones, en la vida de cada hombre. El desprecio de la Verdad.

Francisco concibe la religión –y por tanto la Iglesia- como una especie de fraternidad del hombre con el Universo; es decir, la fe consiste en conservar los valores humanos: «Les invito a promover juntos una verdadera movilización ética mundial que, más allá de cualquier diferencia de credo o de opiniones políticas, difunda y aplique un ideal común de fraternidad y solidaridad, especialmente con los más pobres y excluidos» (Francisco, 9 de mayo de 2014).

Su comunismo, su ateísmo, su protestantismo es claro en la fe que profesa Francisco. Un hombre que no cree en Dios porque ha vaciado, en su mente, lo que es Dios. La palabra de Dios está vacía de todo su contenido, y queda desleída, difusa, para que se pueda acomodar al pensamiento de los hombres, a sus vidas, a sus obras, a sus empresas. Y, por lo tanto, Dios es una idea sin consistencia. Cristo es sólo un lenguaje humano para Francisco. La Iglesia es sólo una idea para el hombre, pero no es la Obra de Cristo.

«Por esta razón, a ustedes, que representan las más altas instancias de cooperación mundial, quisiera recordarles un episodio de hace 2000 años contado por el Evangelio de san Lucas (19,1-10): el encuentro de Jesucristo con el rico publicano Zaqueo, que tomó una decisión radical de condivisión y de justicia cuando su conciencia fue despertada por la mirada de Jesús» (Ibidem). Francisco, ¿acaso no sabes que Zaqueo, jefe de publicanos, cumplía a rajatabla la ley de Dios que imponía una pena a los ladrones (cf. Ex 22, 1), para así expiar su pecado; y, por eso, decía: “doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado en algo le devuelvo el cuádruplo”? Zaqueo, cuando se encontró con Jesús vivía haciendo penitencia de su pecado, por haber estado robando a los hombres.

Y tú, Francisco, que haces de la Palabra de Dios tu negocio en la Iglesia, no te atreves a amonestar a esos gobernantes y ponerles la verdad de un hombre rico –como Zaqueo- que ha visto su pecado, se ha arrepentido de él y lo expía siguiendo la ley de Dios; sino que hablas sandeces, dices tus mentiras, hablas para engañar: «tomó una decisión radical de condivisión y de justicia».

¡Pobres almas en la Iglesia que se tragan las mentiras de Francisco como si se bebieran un vaso de agua! Ante un hombre así, que no vive para enseñar la Verdad a los hombres del mundo -no predica el Evangelio, sino que lo tuerce a su conveniencia humana-, vive para unirse a ellos y formar una nuevo orden mundial, una nueva iglesia universal; ante esto, es necesario despreciar –valientemente y en público- su pensamiento humano y toda su obra en la Iglesia, al frente de su gobierno. Desprecien a Francisco.

Hay que moverse hacia una ética mundial, donde no haya credos, verdades absolutas, opiniones de los hombres, donde no haya una política que gobierne, sino que todo sea un común, una idea común, un proyecto común para poder amar al hermano y solidarizarse con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que viven con dificultades.

Éste es el absurdo de Francisco: quiere amar al hermano sin un credo, sin una verdad, sin una ley divina, sin la ley natural. Zaqueo amó a los pobres expiando su pecado contra ellos. Los amó en la ley divina. Francisco no habla del pecado ni de la expiación. Sino quiere encontrar un ideal común, en lo más profundo de su mente humana, y hacer que todos los hombres se arrodillen ante él, ante la idea que él ha concebido del amor al prójimo.

¡Gran disparate en un Obispo! Pero, Francisco no es Obispo, sino que se viste de Obispo. Se parece, en su forma de vestir, a un Obispo. Entonces, no sólo es un disparate, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo. Cuando un hombre, que proclama ser el Papa y, por lo tanto, su palabra es infalible, -no puede dar la mentira ni el engaño-, cambia la Palabra de Dios para satisfacer a un mundo secular, entonces –abran los ojos- ese hombre no es el Papa, ese hombre no es un Obispo; ese hombre no habla como Papa; a ese hombre no hay que darle la obediencia, a ese hombre no se le puede creer, ni en lo que habla, ni en lo que obra en la Iglesia.

Ese hombre ha blasfemado contra el Espíritu Santo que enseña la manera de amar al prójimo en el Evangelio.

El amor al prójimo, el amor a los pobres, que Cristo enseña en Su Evangelio, no puede ser cambiado ni malinterpretado para acomodarlo al hombre, al mundo. Y esto es lo que hace Francisco todos los días y, sobre todo, cuando habla con los gobernantes del mundo: rompe la Verdad del Evangelio; divide la verdad, que es Cristo. Y pone su comunismo, su protestantismo, su idea humana, el valor del hombre por encima de Dios: «Jesús no pide a Zaqueo que cambie de trabajo ni denuncia su actividad comercial, solo lo mueve a poner todo, libremente, pero inmediatamente y sin discusiones, al servicio de los hombres» (Ibidem).

Como Jesús no pide a Zaqueo que cambie de trabajo ni denuncia su actividad comercial, entonces no hay que hablar en contra del mundo, ni de sus políticas, ni de sus obras. El mundo y el hombre son muy buenos. Las empresas mundiales son garantía para una vida de felicidad y de paz. Lo que hacen los hombres en el mundo está bien, pero…hay que darle un cambio… hay que dirigirlo hacia otro lado…hacia el bien común, hacia el ideal común, hacia el comunismo, hacia el humanismo: hay que servir a los hombres. Y es a los hombres, no a Dios.

Y, por eso, le encanta a Francisco decir su frase favorita: «Hoy, en concreto, la conciencia de la dignidad de cada hermano, cuya vida es sagrada e inviolable desde su concepción hasta el fin natural, debe llevarnos a compartir, con gratuidad total, los bienes que la providencia divina ha puesto en nuestras manos, tanto las riquezas materiales como las de la inteligencia y del espíritu, y a restituir con generosidad y abundancia lo que injustamente podemos haber antes negado a los demás» (Ibidem).

Ésta es su idea, que la dice todos los días:

1. La conciencia de la dignidad de cada hermano: esto es el protestantismo. Se tiene conciencia del pecado, que está en el alma. Y no existe otro tipo de conciencia en el hombre. No se da la conciencia social, la conciencia universal, la conciencia de lo humano, de lo fraterno, etc. Se conoce que el hombre tiene dignidad como hombre, pero eso no implica una obligación hacia el hombre. Cuando se habla de la conciencia se está refiriendo siempre al pecado que cada uno ha hecho y que grita en el interior de cada uno, exigiendo quitarlo. Por eso, muchos acallan su conciencia y siguen en su pecado. El que se arrepiente de su pecado, entonces hace caso de su conciencia. Ver a un pobre no es conciencia. La conciencia de la dignidad de un hombre pobre no existe. Existe la realidad: ese hombre vive en la pobreza. Pero nadie es culpable de esa pobreza. Es pobre por su pecado. Y no por otra cosa. Es pobre por el pecado de otros, que lo llevaron a su pecado. No se cae en la pobreza porque sí, por culpa de otros, de las circunstancias de la vida. Se cae en la pobreza porque hubo un momento en la vida en que esa persona creció en su pecado de avaricia, y su vida dio un cambio para mal, por no saben usar su dinero en la Voluntad de Dios, en la ley de Dios. A Francisco le encanta acusar a todos los hombres como culpables de la pobreza de los demás hombres. Es un acusador, como el demonio. El trabajo del demonio es acusar al hombre: «¿Acaso teme Job a Dios en balde?» (Job 1, 9). ¿Es que no tenéis conciencia de la dignidad de un ser humano, que pasa hambre por vuestra culpa, porque no le dais vuestro dinero?

2. El compartirlo todo con los hombres: esto es su comunismo. Como no existe el pecado, sino la conciencia de que hay pobres, entonces hay que repartir el dinero, los bienes materiales y espirituales, hay que darlo todo, hay que buscar el bien común, el bien que sirva para todos los hombres. Es hacer una limosna ciega, sin valor para el Cielo. Es sólo obrar cosas humanas, que gustan a los hombres. ¿A quien no le gusta que le den dinero gratis? Cuesta trabajar para ganar dinero. Cuesta esforzarse para recibir una bendición de Dios, porque hay que quitar el pecado, hay que trabajar en quitar el pecado. Pero, con Francisco, todo es gratis, todo es buscar un camino para compartir, para hacer vida social, para un nuevo orden mundial. Y, por eso, que los divorciados puedan comulgar, que los homosexuales se casen, que se bauticen a los hijos de las lesbianas…Hay que compartirlo todo sin discernir la Verdad. Se destroza la Iglesia.

Francisco ha destronado a Dios en su corazón y, por eso, trabaja para destronarlo de las almas, que todavía creen en Cristo, y de la Iglesia. Francisco coloca la idea del hombre en lugar de Dios: su ideal común de la fraternidad y de la solidaridad. Un ideal que no es el Evangelio, sino que nace de su ateísmo, de su negación de Dios, de su alejamiento de la Verdad, de su hipocresía en la Iglesia: vive como si fuera santo, y es un demonio.

Hay que defenderse de todo lo que sea instalación. El alma ya no tiene que vivir pisando las huellas de Cristo, poniendo su vida en la Vida de Cristo, instalando su corazón en el Corazón de Cristo. Ya Cristo no es el centro de la Vida, la seguridad de la existencia. Ya los problemas de la vida no se resuelven acudiendo a Cristo, por el camino de la Cruz, que Cristo marcó a todo hombre.

La vida tiene solución sólo instalándose en lo mundano, en la calle, en los hombres. Ahora, hay que tener en cuenta al hombre para darle un camino en la vida. Ya Cristo no es el camino, sino que el problema de cada hombre es el inicio de una nueva forma de pensar a Cristo y a la Iglesia.

Dios se reduce al humanismo; Dios queda humanizado. Y, por tanto, el hombre queda naturalizado. Lo natural es ser hombre, vivir para el hombre, ser solidario con los hombres, amar a los hombres, resolver los problemas de los hombres.: «les aliento a continuar en este trabajo de coordinación de la actividad de los Organismos internacionales, que es un servicio a todos los hombres» (Ibidem). Les aliento a seguir pecando en sus obras que hacen en la ONU. Trabajen para servir a los hombres. Sigan trabajando para seguir sirviendo a los hombres. Pero no ponga a Dios en medio de su trabajo. No hace falta. Porque ya Dios está en medio de todos los hombres. Ya a Dios nos lo inventamos cada día con nuestro trabajo.

Todo es el hombre. El hombre es, ahora, el que resuelve, el que dice, el que habla, lo que es Dios, los misterios divinos. Y es el que pone el camino a todo hombre. Para que los hombres se amen, busquemos un ideal común de fraternidad. Busquemos una idea en la que entren las demás ideas de los hombres, en las que se toleren las demás ideas humanas. Busquemos respetar al hombre, pero ya no a Dios.

Francisco abaja la Iglesia a sus pies humanos: él camina hacia el comunismo, hacia el protestantismo, hacia el ateísmo; así lleva a toda la Iglesia. ¿Todavía no tenéis inteligencia? Después de un año de fracaso tras fracaso, ¿no veis lo que es ese hombre? ¿Por qué no le pedís que renuncie a su falso gobierno en la Iglesia? Porque ¿está haciendo lo políticamente correcto? Porque ¿tiene que está ahí, entreteniendo a los hombres mientras se prepara la destrucción de toda la Iglesia?

Hay que defenderse de lo que sea clericalismo: entonces hay que defenderse de las ideas de Francisco que llevan al clericalismo. Francisco instrumenta la religión para poner su política, su comunismo en la Iglesia y en el mundo. Francisco trabaja para un fin político en la Iglesia. Trabaja para inmiscuirse en los asuntos públicos y profanos, para levantar un poder mundial en favor de los pobres, de los hombres sin dinero, de los marginados, de una clase social baja. Hay que defenderse de Francisco. Él siempre habla de lo que hace en la Iglesia. Pero habla de manera engañosa. Acusa a los que hacen clericalismo para poder él hacer el suyo libremente.

Pío IX condenó el liberalismo y el modernismo; León XIII atacó el capitalismo y el socialismo; San Pío X fulminó el modernismo. Porque hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Esto es lo que no sabe hacer Francisco. Y está construyendo el nuevo gobierno mundial, que es todo política. Es sumergirse en los gobiernos del mundo para encontrar un líder apropiado que tenga el ideal común para compartir todos los bienes con todos los hombres.

Francisco lleva al Anticristo porque es un hombre sin Dios; un ateo. Y, por eso, presenta una religión sin Dios: no creo en el Dios de los Católicos, sino que creo en todos los dioses; y un cristianismo sin Cristo: hay que servir al hombre, no a Cristo.

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