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La iglesia de los maricones, comunistas y herejes

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«… está en curso la destrucción espiritual de la Iglesia y de las almas y harán de todo por establecer lo antes posible una Única Religión Mundial» (Conchiglia – 28 de julio del 2014).

Bergoglio ha usurpado el Trono de Pedro y representa -en el gran teatro del Vaticano- funciones públicas para entretener a las masas, y así amansarlas y hechizarlas con una doctrina en que sólo busca la gloria de sí mismo.

Bergoglio habla para atraer sobre sí mismo los méritos y las glorias que no puede tener.

Bergoglio obra para complacerse a sí mismo, dando a la masa lo que le pide, lo que le agrada, lo que le hace disfrutar de la vida.

Bergoglio es un hombre sin amor, sin fe, sin humildad. Es decir, es un hombre orgulloso, que se muestra como el salvador del mundo, que se alumbra con las luces de la herejía, del cisma y de la apostasía de la fe. Y, por eso, Bergoglio se arrodilla sólo delante  de las falsas religiones. No puede arrodillarse delante de Jesucristo porque no cree en Su Divinidad. Se arrodilla ante los herejes, en vez de atraerlos a la fe católica, porque no cree en la verdad inmutable.

La idea de la masonería es reunir a todas las religiones y crear una religión universal: la religión en la que todos los hombres están de acuerdo. Es la unión de mentes, que pasa por la unión de los cuerpos.

Para llegar al matrimonio gay es preciso llegar primero a la unión gay, unión de cuerpos. Una vez legalizado esta unión, en todas las iglesias, entonces se pasa al siguiente nivel: la unión de mentes. Las mentes de los hombres se unen en un matrimonio, con una atadura para formar la sociedad ideal, la iglesia universal.

Es necesario unir los cuerpos espirituales de las diversas religiones para formar la unión mística de la iglesia del anticristo, el matrimonio místico entre las almas y el anticristo, su cuerpo místico.

Para eso es necesario atacar la doctrina católica que impide que muchos hombres puedan entrar en esta religión universal.

Es necesario cambiar la doctrina católica, borrar de la faz de la tierra el sacrificio de Cristo en la Cruz.

Se quiere suprimir a Cristo para que los hombres sigan a los hombres, den culto a sus ideas maquiavélicas.

La Iglesia está en ruinas. Y esto no lo sabe ver la mayoría de los católicos.

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Están levantando la Iglesia mundial de Satanás, en donde se enseña a todos los fieles a respetar y aprender de las enseñanzas heréticas de Martín Lutero:

«Después de cincuenta años de diálogo ecuménico, incluso para un cristiano católico se puede leer con respeto el texto de Lutero y aprovechar sus ideas» (Cardenal Reinhard Marx – Revista “Politik y Kultur”).

Sólo un hereje enseña a seguir a otro hereje. Sólo un hereje no ataca a otro hereje. Sólo un hereje destruye el camino que los santos han marcado para la salvación de las almas.

Así lo hizo Bergoglio cuando usurpó el Trono: puso como modelo la doctrina de un hereje, Kasper. Y está destruyendo todo lo santo que hay en la Iglesia.

Y así lo hacen los que lo siguen, los que obedecen a Bergoglio. Es la Jerarquía que no combate a los herejes, que no batalla por la vida espiritual, que no se dedica a salvar almas, sino que pone la herejía, el error, la mentira, como norte de la iglesia.

El error, en vez de la verdad, es el alimento de muchos católicos. Han dejado de amar la verdad, han dejado de buscar el sentido a su vida. Ahora son sólo veletas de las mentes de muchos sacerdotes y Obispos, que son falsos porque han perdido la fe en Cristo y en Su Iglesia.

Ahora es el tiempo de luchar por un prestigio social, político, económico, material, humano.

Ahora es el tiempo de la condenación de las almas en vida. Vivir sin arrepentirse de los pecados: esta es la iglesia que se busca, que se persigue.

Como «la unión con Cristo es el bien supremo del hombre, hay que unir a todos los cristianos, independientemente de su identidad» (ib): buscan el anhelo humano de tener una iglesia que no condene el pecado, que no divida por la libertad del pensamiento, que sepa reunir todas las ideas de los hombres bajo una bandera de fraternidad, de igualdad y de libertad.

«…la cooperación de las iglesias conduce a ser un testigo más creíble en la sociedad, por lo que su voz será mejor oída si se ponen de pie para el pueblo y denuncian las estructuras injustas de la sociedad, la política y la cooperación» (ib). No se quiere escuchar la voz de la Iglesia Católica porque no es la voz del pueblo. No lleva a una sociedad globalizada.

La Iglesia Católica es la voz de Cristo, que es la verdad que el hombre no quiere escuchar. Es la voz a la obediencia de la Palabra de Dios.

Pero se va a la formación de una iglesia sin verdad, con la mentira que al hombre le agrada escuchar, con la obediencia a la imposición de una idea global.

En esta iglesia de herejes, se declara mártir y beato a un sacerdote que fue víctima de la política, pero no mártir ni de Cristo ni de Su Iglesia.

«Esta muerte divide la historia de la Iglesia en antes y después. Antes de la muerte de Romero la Iglesia decía: estos cristianos mueren por razones políticas, no religiosas. Ahora (después de su muerte) está claro que Romero fue asesinado por cuestiones religiosas, aunque haya muerto no por defender los derechos de la Iglesia sino los derechos de los pobres». (Gustavo Gutiérrez – En el diario “Il Giorno”).

Romero no defendió los derechos de la Iglesia que son los derechos de Cristo. Defendió a los hombres, los derechos de los hombres. Hizo de su ministerio sacerdotal una política comunista, socialista, que sólo se centra en la conquista de un reino humano.

Por eso, todos alaban al rey Bergoglio. Es su hombre, es su papa. El papa del mundo, el papa de una sociedad globalizada, el papa amorfo que sólo sabe hablar las locuras que el mundo habla. En Bergoglio sólo se puede encontrar el lenguaje del mundo. Es el hombre que salva al pueblo salvadoreño. ¿Queréis un comunista como vuestro mártir? Yo os lo doy. Yo hago que se cumplan las palabras de Romero que si lo mataban su espíritu resucitaría en el pueblo.

El legado de este falso sacerdote está en que encarnó la voz del proletariado revolucionario salvadoreño. El pueblo encontró en este personaje, no un sacerdote que pusiera la esperanza en el más allá, sino un hombre con la firme convicción de luchar por hacer de la tierra un lugar tan agradable como un paraíso, para que así los hombres no tengan que aspirar a dejar esta vida para ser felices. Los hombres merecen ser felices, gozar de esta vida. Y, por eso, la clase trabajadora tiene que luchar en contra de la clase opresora rica, para transformar la sociedad en una igualdad humana, social. La misión es que desaparezca la pobreza en el mundo.

«El arzobispo Oscar Romero cayó sobre el altar víctima de la violencia que siempre combatió. Es un mártir» (Leonardo Boff – En el diario “Folha de S. Paulo” – 30-3-80).

Los hombres buscan sacerdotes y Obispos que sean ejemplo de denuncias y de lucha contra las injusticias sociales, para así construir la sociedad globalizada, en la que no exista la represión ni la clase alta de los ricos capitalistas. En este ideal irrealizable se hacen esfuerzos para mostrar a la gente la posibilidad de una religión que tome partido por el sufrimiento de los pobres, que su jerarquía termine sirviendo, no tanto a la causa de Cristo ni de la Iglesia, sino a sus propias concepciones religiosas personales.

Monseñor Romero es sólo un mártir del proletariado, una víctima de las ideas comunistas de los hombres. Pero no es un sacerdote de Cristo: es un hombre que olvidó que Jesús, que nació y vivió en la Palestina subyugada por la dominación romana, se dedicó sólo a una obra espiritual, sin contaminarse de las ideas políticas y sociales: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Monseñor Romero fue un hombre que olvidó que los Apóstoles misionaron en un mundo en que las injusticias socio-políticas eran mucho más graves que las actuales y los derechos civiles eran constantemente violados. Ellos sólo siguieron al Evangelio: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura». Y así conquistaron el mundo lleno de injusticias. Pusieron la Justicia de Dios en medio de un mundo sin justicia. Monseñor Romero sólo buscó el reino temporal, la promoción humana, la fama del pueblo. Y por esa gloria humana, por ser voz del pueblo, murió. No murió por cristo, murió por sus malditos pobres.

Y ahora, un maldito lo hace mártir y beato. Por supuesto, que es un falso mártir y un falso santo. Pero queda la obra de ese maldito, al que muchos llaman su papa.

«Por sus obras los conoceréis»: si no conocen por las obras que hace Bergoglio lo que es Bergoglio, es que están pervertidos en la mente como él lo está.

Si les cuesta llamar a Bergoglio por su nombre, usurpador, es que trabajan para él dentro de la Iglesia.

Después de dos largos años todavía hay católicos que dudan de Bergoglio: y hoy están con él, y mañana en contra de él. Esto sólo señala una cosa: la tibieza espiritual en que viven muchos católicos. Y a los tibios, Dios los vomita.

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En la iglesia de los herejes y de los comunistas se nombra a un conocido hereje, que apoya el matrimonio homosexual, como Consejero Pontifico para la justicia y la paz, a Timothy Radcliffe:

«Y podemos presumir que Dios continuará llamando tanto a homosexuales como a heterosexuales al sacerdocio porque la iglesia necesita los dones de ambos» Timothy Radcliffe – En “The Tablet”).

La cara de este maldito es, claramente, la de un maricón. Su alma, por tanto, le pertenece al demonio. Y vive para él, para hacer las obras de su padre.

«Si la feminización de la Iglesia continúa, los hombres buscarán el alimento de su espiritualidad fuera de las iglesias, en las falsas e inadecuadas religiones, con las consecuencias mayores del daño a la Iglesia y a la sociedad» (Leon Podles – The Church Impotent: The Feminization of Christianity).

Una Iglesia de maricones, de hombres homosexuales, aleja a los varones, los despide. Y daña a toda la sociedad, a todo el mundo.

La misión del hombre es engendrar vida, dominar la vida, dar a la vida el camino de la verdad.

En una iglesia y en una sociedad de homosexuales, la misión de esos hombres es anular la vida, ser dominados por todas las cosas de la vida, y presentar al mundo el camino de la mentira.

Jesús puso Su Iglesia en Obispos varones, no en Obispos maricones. La Iglesia es de hombres, no de maricones. La Iglesia necesita a los varones, hombres heterosexuales, que tienen lo que un hombre tiene que tener: el amor varonil a Dios y a las almas. El amor verdadero a su naturaleza humana, un amor en la ley natural.

Un maricón no conoce ni su alma ni a Su Creador. Un sacerdote maricón no puede cuidar las almas, no puede alejarlas de los muchos peligros que tiene la vida, porque vive en los mismos peligros, dominados por ellos.

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Bergoglio es un Obispo maricón que se rodea de maricones. Un Obispo sin ley divina, que ha echado por tierra la ley natural y que sólo vive  de lo que su mente, a diario, le va descubriendo.

La iglesia de Bergoglio es la iglesia de los maricones. Y esa no es la Iglesia de Cristo. Una iglesia que destruye la verdad, el matrimonio, la familia y toda la sociedad.

«Los intentos actuales, dentro de las casi todas denominaciones cristianas, para normalizar la homosexualidad, más que otra cosa, convence a los hombres heterosexuales de que la religión hay que mantenerla a gran distancia» (Ib).

¡Qué gran verdad!

La religión de Bergoglio: hay que mantenerla a gran distancia. En ella no hay varones, no hay hombres hechos y derechos. No hay hombres que amen la verdad, que luchen por la verdad, que sean testimonio de la verdad. Sólo hay mujercitas, que lloran por sus estúpidas vidas de coqueteo con los hombres y con el mundo.

Allí donde está el maricón, no está ni el sacerdocio ni la familia católica. Se destruye la jerarquía, el matrimonio y se tergiversa la función de la mujer en la Iglesia, en el matrimonio y en la sociedad.

«Las Iglesia católicas que cultivan una atmósfera gay (servicios especiales arquidiocesanos para gays y lesbianas, coros gays, charlas en las escuelas para la tolerancia gay) mantienen a los hombres heterosexuales lejos. El miedo de la afeminación es una de las motivaciones más fuertes en los hombres que, a veces, prefieren morir que aparecer afeminados» (Ib).

La agenda de los sodomitas es la agenda de Bergoglio. Y es lo que se está comenzando a enseñar desde los púlpitos. Ya hay Obispos a favor de las relaciones sodomitas, como este sujeto Radcliffe.

El Obispo Cordoba en Colombia, el cardenal Nichols en Londres ofreciendo misas para los grupos “soho LGBT catolicos”. El Cardenal Dolan en Nueva york aprobó los desfiles de sodomitas para representar la Iglesia para las fiestas de San Patricio.

En Suiza la mayoría de “catolicos” votaron para que se aprueben las uniones de homosexuales.

El lema de esta agenda diabólica es: aprobar las “uniones” homosexuales, pero no calificarlo como “matrimonio”. Todo esto bajo el manto de la “divina misericordia y una Iglesia pobre para los pobres”. Primero es la unión de cuerpos, de estilos de vida; después, la unión pervertida en la mente. Crear matrimonios para una perversidad de vida, para una sociedad de perversión absoluta. Y esos matrimonios, esa sociedad, avalados por una iglesia universal.

La Iglesia universal es la iglesia de los maricones, de los comunistas y de los herejes. Esta es la base para que entre todos los demás.

Se anula el pecado y, por lo tanto, la ley divina en todas las cosas; se anula la obra de la Redención y, en consecuencia, se vive buscando un paraíso en la tierra; se anula la verdad y así se comete la blasfemia contra el Espíritu Santo, que es el único que conduce al hombre a la plenitud de la verdad.

Los hombres acaban viviendo para sus ideas en la vida, para sus filosofías, para sus grandiosas teologías, para sus locas y perversas ideas. Consecuencia: los hombres se constituyen en veletas del pensamiento humano, se dan culto a sí mismos y sólo viven para darse gloria a sí mismos.

Bergoglio: perversión y abominación

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Los males más graves que existen en el mundo son la pérdida de la fe, el alejamiento de Dios, los ataques a las leyes de la moral, la anulación de la ley natural, el compromiso con el espíritu del mundo.

Esto es lo que todo sacerdote debería predicar.

¿Cuál es el pensamiento de Bergoglio?

«Los males más graves que afligen al mundo en estos años son la desocupación de los jóvenes y la soledad en la que se deja a los ancianos. Los ancianos tienen necesidad de cuidados y de compañía; los jóvenes de trabajo y de esperanza, pero no tienen ni lo uno ni lo otro, y el problema es que ya no los buscan. Han sido aplastados en el presente. Dígame usted: ¿se puede vivir aplastados en el presente?» (Observatore Romano, pag 12 – viernes, 4 de octubre de 2013 – “Entrevistas y conversaciones con los periodistas” –Libreria Editrice Vaticana -).

Los jóvenes no tienen trabajo y los ancianos están solos. Y dice: «han sido aplastados». Lenguaje comunista, de lucha de clases. Los jóvenes no buscan trabajo porque otros los aplastan. Se acabó el pecado en la mente de Bergoglio y sale a luz su filón marxista, que le hace proclamar: «Esto, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene ante sí». Su iglesia, que ha levantado en el Vaticano, al poner su gobierno horizontal, sólo se ocupa de este urgentísimo problema: un problema político anticapitalista.

¿Dónde está la salvación de las almas, tanto de los jóvenes como de los ancianos? No está. En la mente de este hombre, sólo es necesario vivir para el cuerpo del hombre, pero no para su alma. El alma, para Bergoglio, no existe, porque «Dios no existe».

Si la naturaleza divina no existe, entonces tampoco existe todo lo demás. Es decir, el hombre se inventa la realidad de la vida, como hacía la mente de Kant, de Hegel y de tantos hombres sin fe.

Bergoglio es un ateo, como mucha Jerarquía en la Iglesia. No lo expresan con sus bocas, porque saben dónde están; pero lo viven cada día en sus labores en la Iglesia. Y lo viven engañando a todo el mundo con palabras llenas de lenguajes atractivos, pero que señalan su ateísmo.

No se puede esconder el pensamiento de un ateo. No se puede. Cada hombre habla lo que piensa con su razón natural. Y no hay hombre que no revele su pensamiento. Por eso, por más que se intente excusar, justificar, aprobar, defender, ensalzar el pecado de herejía de este hombre, siempre él va a manifestar lo que es.

Muchos tratan a Bergoglio como un tonto. Y lo es. Pero muchos no se dan cuenta de que Bergoglio no es sólo un tonto, sino que habla como un tonto. Habla un lenguaje no llano, sino sin inteligencia, que es peor.

Un hombre de pueblo, con su lenguaje llano, es más inteligente que Bergoglio cuando manifiesta su razón humana.

Bergoglio, cuando habla, da lo que es: su locura, su desvarío mental. No sabe razonar, no sabe meditar, no sabe sintetizar la verdad. No sabe quedarse en la verdad. Y, por eso, su pensamiento vuela de una idea a otra. No descansa en una verdad permanente, sino que está cambiando constantemente. Es un pensamiento roto, propio de los pervertidos en la inteligencia espiritual. Es tipo de pensamiento lo tienen muchos católicos en la Iglesia.

«Santidad, le digo, es un problema sobre todo político y económico, se refiere a los Estados, a los gobiernos, a los partidos, a las asociaciones sindicales». Es mucho más inteligente Scalfari en su ateísmo, tiene más sentido común, que Bergoglio.

Bergoglio siempre está en su método inductivo. Primero, da la verdad: «Cierto, tiene usted razón». Pero, en seguida, induce su mentira, lleva al que le escucha, al que le lee, hacia su idea loca: «pero se refiere también a la Iglesia es más, sobre todo a la Iglesia, porque esta situación no hiere sólo los cuerpos, sino también las almas. La Iglesia debe sentirse responsable tanto de las almas como de los cuerpos». Esto es romper la inteligencia espiritual, pervertir la verdad, ser un tarado para la vida del Espíritu.

«Sobre todo se refiere a la Iglesia porque» ésta trata de las almas, es una situación que hiere a las almas. Entonces si trata de las almas, ¿para qué preocuparse de que los jóvenes no tienen trabajo o de que los ancianos están solos? ¿Por qué esa preocupación cuando lo material viene por añadidura si el alma va en busca de lo espiritual? Si hay que preocuparse del alma, entonces hay que ver si los jóvenes y los ancianos no tienen trabajo o están solos por causa de su pecado o por causa del pecado de otros, pero no porque otros los aplastan social, humana, materialmente. Hay que ir a la raíz espiritual de los problemas; no hay que centrarse en los efectos del pecado.

Bergoglio está en su idea política, y dice una locura: «La Iglesia debe sentirse responsable tanto de las almas como de los cuerpos». Éste es su desvarío mental. «Buscad primero el Reino de Dios y lo demás por añadidura». La Iglesia es responsable de las almas, no de los cuerpos.

Si Bergoglio fuera político, entonces resolvería el problema de manera política. Y hablaría como un político. Centraría el tema, como lo hace Scalfari.

Pero Bergoglio, siendo un Obispo infiel a su ministerio, a la gracia del Sacramento, se ha vuelto loco. Y habla como un loco. Persigue como Obispo lo que sólo se puede hacer como político. Ésta es su locura. Persigue la solución de los efectos del pecado en la sociedad siendo un Obispo, pero como un político, buscando en la Iglesia un camino que no existe.

Si los jóvenes no tienen trabajo es una cuestión política, que no le incumbe a la Iglesia. La Iglesia da las normas morales para que los gobernantes pongan las leyes y den trabajo a todos. Pero la Iglesia no se mete en ver los caminos para que todos los jóvenes tengan trabajo.

Bergoglio, al no ser fiel al Espíritu de Cristo, cae en este desvarío mental, que es el propio de los que siguen la teología de la liberación: se han vuelto sacerdotes y Obispos pervertidos, tarados y degenerados de la vida espiritual. Lo peor de esta locura de Bergoglio es que se irradia a todos en la Iglesia, al estar en el gobierno, mandando cosas que no le incumben a la Iglesia. Y la Iglesia se vuelve loca, tarada, pervertida, como lo vemos en la actualidad.

El pensamiento tarado de Bergoglio es claro: «El proselitismo es una solemne tontería, no tiene sentido». Es decir, es una solemne tontería «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mt, 9 –10). El Evangelio no tiene sentido en la mente de Bergoglio. Sino que «hay que conocerse, escucharse y hacer crecer el conocimiento del mundo que nos rodea». Lo que tiene sentido es la palabra de los hombres.

¿Dónde queda la Mente de Cristo? En ninguna parte. No existe ni puede existir para Bergoglio. Para este hombre, que desvaría cuando habla de Cristo, de la Iglesia, sólo el mundo es el camino para vivir, para obrar, para hacer que el hombre pueda tener una dignidad en su existencia. Sólo el mundo.

Hay que dar el conocimiento del mundo: no hay que dar testimonio de la Verdad. No hay que dar al otro el conocimiento de la verdad, que es Cristo, sino que hay que dar al otro el propio conocimiento: hay que charlar, dialogar, intercambiar conocimientos; y sólo así el hombre puede vivir en la justicia y en la paz.

Es lo que hace este hombre continuamente: pasa su vida hablando con los hombres. No tiene tiempo para hablar con Dios. No sabe escuchar a Dios en el interior de su corazón, porque pasa su vida escuchando las mentes de los demás hombres: «A mí me sucede que después de un encuentro tengo ganas de tener otro, porque nacen nuevas ideas y se descuben nuevas necesidades».

Todo está en hablar con los hombres para encontrar la novedad, el camino que se debe seguir. Dios no es el que da el camino, Dios no es el que indica la verdad, sino que es el diálogo con los hombres. Ya no es la fe el objeto de la inteligencia de Bergoglio. Bergoglio no busca la fe en el diálogo con los otros hombres, sino que busca la razón, la idea que tienen los otros hombres. Bergoglio es un hombre sin fe, que sólo vive de razones, sólo se apoya en las ideas racionales. Es un intelectual, pero pervertido, sin dos dedos de frente. No hay una idea divina en su mente humana. No puede haberla. Hay que «ampliar el círculo de los pensamientos»; no hay que penetrar con el pensamiento los misterios de la fe. No puede Bergoglio llegar a esto porque sólo vive de razones, no de fe.

Y dice su desvarío mental: «El mundo está recorrido por caminos que acercan y alejan, pero lo importante es que lleven hacia el Bien». ¡Qué locura! ¿No es el mundo del demonio? ¿No dice San Juan: «Si alguno ama el mundo, no está en él la caridad del Padre» (1 Jn 2, 15)? Entonces, ningún camino en el mundo lleva hacia el Bien. Ninguno. Éstas son sus locuras cuando habla. Y nadie las ve, nadie sabe discernirlas. Y siempre las dice. Siempre.

Bergoglio tiene una mente pervertida, rota, degenerada, inculta, sin posibilidad de redimirse.

Ninguno hombre puede salvarse pesando así: «Cada uno de nosotros tiene una visión del bien y también del mal. Nosotros debemos incitarlo a proceder hacia lo que el él piensa que es el bien». Este es el mismo pensamiento del demonio en el Paraíso, que incitó a Adán y a Eva al pecado: «el día que de él comas se os abrirán los ojos y seréis como dios, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5). ¿Quién no se da cuenta de que Bergoglio está haciendo el mismo papel que hacía Satanás en el Paraíso? Es el mismo: Bergoglio es una clara y permanente tentación en la Iglesia. Tienta a todos a rebelarse contra la Voluntad de Dios. Su pensamiento pervertido, dado constantemente en sus homilías, charlas, escritos, es una fuente de perversión en todas las almas que lo siguen, que le obedecen.

Por eso, Bergoglio conduce al pecado, llama a pecar, invita a pecar. Es un demonio. Y lo peor de todo es que obra sin impunidad, de una manera irresponsable, libre de cualquier pena: la Jerarquía no se atreve a decirle: no hagas eso, no prediques eso, que estás llevando a las almas al infierno. Bergoglio habla y todos callan, todos aplauden, todos se conforman con lo que dice. La Iglesia vive en el infierno, en el odio, donde todos se unen para condenarse, juzgarse, criticarse, para odiarse, para sentirse provocativos, para meditar la venganza.

Bergoglio pone la lucha del hombre en su misma mente: «Cada uno tienen su idea del bien y del mal; y debe elegir seguir el bien y combatir el mal». Cada hombre, para Bergoglio, tiene que seguir su idea del bien y tiene que combatir su idea del mal. Pensamientos positivos y pensamiento negativos. Todo está en la mente de cada hombre. El bien y el mal no es una realidad fuera del hombre, sino que cada uno se la inventa.

Esto es monstruoso, no sólo pervertido. Esto ya no es una locura, un desvarío mental: esto es la abominación de la mente.

Una mente abominable sólo se apoya en su ley, en su regla, en su idea: la que ella concibe y encuentra en sí misma.  No puede buscar, fuera de ella, la ley natural, la ley divina, la ley de la gracia, ni siquiera las leyes humanas. Todo lo concibe en su propio pensamiento. Y quien piensa así, obra así: de manera abominable. Es decir, sin ley. O con otras palabras: imponiendo su manera de pensar, sus leyes, sus reglas, a los demás. O de otra forma: gobierna para anular toda ley divina en la Iglesia, toda verdad dogmática, todo el magisterio de la Iglesia.

Esto es lo que muchos no han comprendido de Bergoglio. Y le siguen dando obediencia a una mente abominable, que tiene sus caminos para destrozarlo todo en la Iglesia.

¡Cuánta oscuridad hay en la Iglesia que no sabe oponerse a Bergoglio! Hombres oscuros que viven en la oscuridad y que llevan a los demás hacia una profunda oscuridad, que es un infierno.

Con esta mente abominable, Bergoglio comienza a presentar su falso Cristo: «El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios». Esta es una clara herejía, que se opone al dogma de la Redención, que dice que Cristo se encarna para satisfacer el pecado y reparar la ofensa a Dios. Y por esta expiación, el hombre es reconciliado con Dios:

«Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, (con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no solamente eso, sino que también nos gloriamos en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación» (Rom 5,10s).

El hijo de Dios se encarna para satisfacer, con Su Pasión, verdaderamente al Padre ofendido por el pecado original. Esta verdad es enseñada para ser creída como revelada por Dios en el Concilio Vaticano I: «Si alguno no confiesa que el mismo Dios Verbo, padeciendo y muriendo en la carne asumida, pudo satisfacer a Dios por nuestros pecados y verdadera y propiamente satisfizo y nos mereció la gracia y la gloria, sea anatema. Igualmente condenamos como doctrina herética, si algunos dijesen que el mismo Dios Verbo, por su naturaleza humana asumida, no satisfizo verdaderamente a Dios ofendido…».

Bergoglio dice lo contrario: Jesús se encarna para hermanar a los hombres, para hacerlos hijos de Dios. Anula el pecado; anula la Justicia en Dios; anula la ofensa del pecado a Dios; anula la satisfacción del pecado, su expiación, la penitencia, el arrepentimiento, la vida de mortificación, la virtud de la templanza, el dominio del cuerpo, que fue el origen del pecado original. En el cuerpo de Adán se obró el pecado; en el cuerpo de Jesús se obró la expiación del pecado.

Bergoglio propone un falso cristo para el hombre y para todo el hombre: todos somos hermanos e hijos de Dios. Está manifestando la idea de la masonería, que es abominable. Y, por esto, tiene que poner su falso amor, que nace de su idea del bien y del mal:

«El amor de cada uno de nosotros hacia todos los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente el único modo que Jesús nos ha indicado para encontrar el camino de la salvación y de las Bienaventuranzas». Si cada uno tiene, en su cabeza, una idea del bien y del mal, entonces cada uno la obra: eso es el amor, para Bergoglio. Cada uno concibe el amor como concibe el bien en su mente. Cada uno obra ese amor que ha concebido en su perversa mente. Esa obra es una abominación.

La perversión está en la mente del hombre; pero la abominación está en sus obras, en su voluntad. Bergoglio es perverso en su mente y abominable en su voluntad, en sus obras. Esta concepción del amor anula la misma gracia divina que cristo ha merecido, por Su Pasión, para todo hombre. Anula el amor divino, que sólo se puede dar a través de la Gracia.

Esta idea del amor, que Bergoglio manifiesta, hace que los hombres sólo se dediquen a hacer obras humanas, a obrar una abominación en la Iglesia: como el único camino para salvarse es la fraternidad, el bien humano, entonces hay que unirse a las demás religiones, hay que participar en sus cultos, en sus ritos, en sus adoraciones, en sus creencias. Esta idea del amor le lleva al falso ecumenismo, del cual él es portavoz en su nueva iglesia.

Con esta concepción de lo que es Jesús, tiene que fundamentar su falsa iglesia:

«Los jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisos, adulados y mal excitados por sus cortesanos. La corte es la lepra del papado». Aquí se refleja el odio de Bergoglio hacia toda la Iglesia. Toda. En una frase mete a toda la Jerarquía y la llama narcisista, gente que busca el aplauso del mundo, gente fanática y que promueve el fanatismo entre los suyos. Y tiene una visión napoleónica de lo que es el gobierno en la Iglesia: lo llama corte.

En su nueva iglesia se da una abominación: «la Curia tiene un defecto: es Vaticano-céntrica. Ve y atiende los intereses del Vaticano, que son todavía, en gran parte, intereses temporales. Esta visión Vaticano-céntrica descuida el mundo que nos rodea. No comparto esta visión y haré lo posible por cambiarla». Aquí, en este pensamiento, está la raíz de su cisma en la Iglesia: su gobierno horizontal.

Hay que descentralizarlo todo: hay que quitar el centro, el nervio del papado: al Papa; la verticalidad, el gobierno de uno solo. Y pone una gran mentira, propia de su pensamiento perverso: los intereses del Vaticano son temporales. Esta perversión produce que en su nueva iglesia los intereses de ella sean sólo eso: temporales. Ataca al Vaticano con una mentira, para poner esa misma mentira en su nueva iglesia. Esto no sólo es perversión intelectual, sino que declara que Bergoglio tiene la misma mente del demonio. La misma. Ha sido puesto en esa Silla para destruir esa Silla. Y está trabajando para cambiar todo el Vaticano.

Y eso que llama lepra, es su misma lepra. Él ha sido Obispo y Cardenal con los Papas: Él a sí mismo de llama lepra del papado. Él mismo cae en su juego del lenguaje, en su misma mente pervertida. Es un loco. Un gran loco, porque no sabe discernir a los hombres, a la Jerarquía que está en el papado. No sabe ver quiénes son buenos y quiénes malos. Todos en el mismo rasero.

Bergoglio odia toda la Iglesia, no sólo el papado. A todos en la Iglesia. A todos. Y lo ha demostrado en este tiempo de abominable gobierno en la Iglesia. Lo ha demostrado y lo sigue demostrando.

«La Iglesia es o debe volver a ser una comunidad del pueblo de Dios y los presbíteros, los párrocos, los obispos con atención de almas, están al servicio del pueblo de Dios». La Iglesia no es el pensamiento pervertido de Bergoglio; la Iglesia no es la obra abominable de Bergoglio. La Iglesia no sirve a los hombres, sino sólo a Cristo. La Iglesia tiene que aprender a adorar a Cristo para poder servir al hombre en la verdad.

No se puede servir al pueblo teniendo en la mente un concepto abominable y perverso del bien y del mal. No se puede. No se pueden hacer obras de amor al prójimo sin la gracia en el alma. En el pecado, las obras apostólicas en la Iglesia son sólo abominación, maldición, condenación para muchos. Y es lo que ahora todo el mundo se dedica a hacer: no se atiende a la gracia, al amor de Dios en cada alma, sino que todos están atendiendo a las vidas exteriores de los hombres. Y, ¿de qué sirve ganar el mundo entero si pierdes el alma?

Esta es la abominación que se ve en toda la Iglesia: están buscando la perdición de las almas con la perversión de la inteligencia. Cambiemos el dogma y hagamos nuestras verdades como nos gusta.

Esta entrevista, que ahora es editada de nuevo por la misma Iglesia, la que antes tuvo miedo de darla a conocer, es la clave para ver el pensamiento pervertido de Bergoglio y las obras abominables que hace en la Iglesia. Pero tienen que saber leerla para no quedar atrapados en la mente demoníaca de este hombre, que es toda confusión en la Iglesia.

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