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Un gesto infame que exige una renuncia

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Entrevista entre San Pío X y Teodoro Herzl (el padre del sionismo)

Narración de Teodoro Herzl:

Ayer fui recibido por el Papa Pío X. Me recibió de pie y tendió la mano que no besé. Se sentó en un sillón, especie de trono para “los asuntos menores” y me invitó a sentarme cerca de él. El Papa es un sacerdote lugareño, más bien rudo, para quien el Cristianismo permanece como una cosa viviente, aún en el Vaticano. Le expuse mi demanda en pocas palabras. Pero, tal vez enojado porque no le había besado la mano, me contestó de modo demasiado brusco:

No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecerlo. La tierra de Jerusalén si no ha sido sagrada, ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.

De modo que el antiguo conflicto entre Roma y Jerusalem, personificado por mi interlocutor y por mí, revivía en nosotros. Al principio traté de mostrarme conciliador. Le expuse mi pequeño discurso sobre la extraterritorialidad. Esto no pareció impresionarlo. “Gerusalemme”, dijo, no debía a ningún precio, caer en manos de los judíos.

— Y sobre el estatuto actual, ¿qué pensáis vos, Santidad?

Lo sé; es lamentable ver a los turcos en posesión de nuestros lugares Santos. Pero debemos resignarnos. En cuanto a favorecer el deseo de los judíos a establecerse allí, nos es imposible.

Le repliqué que nosotros fundábamos nuestro movimiento en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas.

Bien, pero Nos, en cuanto Jefe de la Iglesia Católica, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría una de las dos cosas siguientes: o bien los judíos conservarán su antigua Fe y continuarán esperando al Mesías, que nosotros los cristianos creemos que ya ha venido sobre la tierra, y en este caso ellos niegan la divinidad de Cristo y no los podemos ayudar, o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy.

Yo tenía a flor de labio la observación: “Esto ocurre en todas las familias; nadie cree en sus parientes próximos”; pero de hecho contesté: “El terror y la persecución no eran ciertamente los mejores medios para convertir a los judíos”.

Su réplica tuvo, en su simplicidad, un elemento de grandeza:

Nuestro Señor vino al mundo sin poder. Era povero. Vino in pace. No persiguió a nadie. Fue abbandonato aún por sus apóstoles. No fue hasta más tarde que alcanzó su verdadera estatura. La Iglesia empleó tres siglos en evolucionar. Los judíos tuvieron, por consiguiente, todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión y sin violencias. Pero eligieron no hacerlo y no lo han hecho hasta hoy.

— Pero los judíos pasan pruebas terribles. No sé si Vuestra Santidad conoce todo el horror de su tragedia. Tenemos necesidad de una tierra para esos errantes.

¿Debe ser Gerusalemme?

— Nosotros no pedimos Jerusalem sino Palestina, la tierra secular.

Nos no podemos declararnos a favor de ese proyecto.

Teodoro Herzl

Nota: He aquí el testimonio luego de su visita a San Pío X, en Roma, el 26 de enero de 1904. Aparecido originalmente en “La Terre Retrovée”, 1º de Julio de 1956.

«La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy» (San Pío X).

Las palabras de un Papa verdadero son siempre la Voz de Cristo en la Iglesia y en el mundo entero. Cristo enseña a los hombres con Su Papa. Por eso, hay que obedecer siempre a un Papa y hay que seguir siempre la enseñanza de un Papa en la Iglesia.

Pedro se sucede en cada Papa. Y, por tanto, ningún Papa puede ir en contra de lo que han hecho los anteriores. Un Papa continúa a los demás. Nunca innova. Nunca introduce cambios sustanciales. Un Papa guarda la obra de sus predecesores.

Pero, cuando en la Silla de Pedro no se sienta un Papa legítimo, entonces la señal es siempre clara: división, diferencia, cambio sustancial con los anteriores.

Un Papa ilegítimo, como Francisco, hace lo contrario a la obra de San Pío X. Éste se negó a la petición de Herzl por un motivo de fe: los judíos siguen sin reconocer a Jesús como el Mesías y, por tanto, no se puede apoyar el proyecto de Herzl.

San Pío X no se movió por un motivo político, ni económico, ni cultural, ni social, sino sólo por un motivo espiritual, por una señal de fe: como no creéis, entonces no tenéis mi apoyo.

Esto es un Papa verdadero: obra con el prójimo por fe. Ama al prójimo por una razón de fe. Es la fe la que da la Voluntad de Dios, el querer divino.

San Pío X no se movió por un sentimiento humano, ni por una idea u obra humana; no porque haya una hermandad carnal; ni porque los judíos hayan sufrido mucho en la historia.

San Pío X vio a los judíos con la visión de Cristo: no creen. Si no hay fe, no hay amor, no hay obras divinas. No hay esperanza de salvación. No hay providencia divina sobre lo material o humano.

Es necesario creer en la Palabra de Dios. Es necesario que los judíos crean en Jesús para recibir la bendición de Dios sobre su pueblo.

Entonces, Herzl se dedicó a fundar su movimiento para conseguir lo que Dios no quería. Hizo una obra humana en contra de la Voluntad de Dios. Una obra que Dios no puede bendecir, porque el pecado de los judíos les lleva siempre a estar errantes, como Caín. Y dejarán ese castigo sólo cuando se conviertan a Cristo.

La formación del estado de Israel es sólo una obra del hombre, sugerida por el demonio, pero no es divina. La quiere el demonio para su plan con el Anticristo. Necesita ese país para poner su nueva iglesia, de orden mundial, justamente donde Jesús redimió al hombre de su pecado.

El Anticristo tiene que fundar su iglesia allí donde Jesús fundó la suya. Por eso, lo que vemos en el Vaticano no es todavía la iglesia del Anticristo. Es el inicio de la ruptura con toda la tradición, con todos los dogmas, para destruir la obra de Jesús, y así estar libre el Anticristo para comenzar la suya.

Hasta que no caiga el último dogma en la Iglesia Católica no aparece el Anticristo. Y todo lo que hace Francisco es preparar el terreno. Y no puede hacer más, porque su misión no es romper con los dogmas, sino hacer lo que está haciendo: poner las nuevas bases para que otros lleguen hasta el final.

El viaje de Francisco a Jerusalén tiene mucha importancia, pero por parte del demonio, no de Dios. Para Dios, ese viaje no sirve para nada. Sólo sirve para crear más confusión, más división, en todas partes. Pero, para el demonio, le sirve y mucho.

Porque necesitaba un hombre que abrazase a los judíos sólo por ser judíos, no por el contenido de su fe. Un hombre que mirase a los judíos, no como san Pío X, de manera espiritual, sino de forma humana, carnal, material, pero –sobre todo- política.

Este viaje es un hecho político, no religioso. Son personas que no creen en nada. Sólo creen en lo que sus mentes deciden. Después, cada uno se viste con su ropa religiosa y hace sus oraciones al demonio. Son los nuevos fariseos, hipócritas, saduceos, que miran a los demás por encima del hombro, con prepotencia, con orgullo, con la soberbia de aparentar una sabiduría que no poseen.

Son hombres vulgares, del pueblo, de la calle, de las tabernas, de las juergas en el mundo, pero no son hombres de Dios. No piensan como lo hace Dios y, menos, obran con el poder de Dios.

Por eso, este viaje marca un trayecto para la Iglesia y para el mundo.

En la nueva iglesia, en la casa del Vaticano, comandada por los innumerables herejes y cismáticos, hay una lucha por el poder. Todos quieren sentarse en la Silla de Pedro. Y, por esa Silla, van a pasar innumerables personas, con la sola función de ir quitando dogmas. Es una sucesión de reyes, de gente que se viste de Papa, y que pone sus órdenes para que todo el mundo las cumpla. Porque es necesario destrozar toda la Iglesia. Y eso lleva tiempo.

Francisco tiene mucha oposición, porque no ha sabido hacer las cosas. Como es tan orgulloso, habla, pero después obra como quiere y lo que quiere. Y, claro, eso no gusta en la Iglesia. Eso no lo hace un Papa. Y, ahora, está en un dilema, porque hay una gran división en toda la Iglesia: unos con Francisco, otros en contra de él.

La división ya no está fuera de la Iglesia, sino dentro. Y es manifiesta. No es como en estos 50 años: oculta. La gente se separaba, pero no hacía nada en contra de la Iglesia.

Ahora es otra cosa: o estás con un hereje o no lo estás, y esto trae consecuencias para todo el mundo. Todos palpan esta división en sus casas, entre familiares, en el trabajo, en la misma Iglesia. Las mentes no están conformes. No hay unión en la Verdad. Todos opinan y, además, hablan de lo que Francisco ha dicho. Y eso trae más división, porque lo que dice ese hombre divide más la verdad, no protege a la Verdad, sino que protege al error, a la mentira. Todos hacen lenguas de los dichos de ese hombre y no ven su pecado. No atienden al pecado de Francisco, sino a lo que habla. No ven su herejía formal, porque como dice vulgaridades, como habla tonterías, el pobre hay que dejarlo así.

Para ser un hereje formal sólo hay que tener voluntad de serlo. Y ésta la tiene Francisco. Quiere obrar la mentira, quiere obrar el error, quiere obrar el pecado. Quiere. Después, no importa la forma como lo obre; ni interesan las razones que diga para que se obre. Francisco obra su pecado, porque quiere, y ya está. Y eso le convierte en un hereje formal.

Ir a reuniones de los judíos, de los protestantes para comulgar con sus ritos, con sus leyes, etc., eso es una herejía formal: se obra el error que se piensa, aunque no se diga, aunque no quede escrito en un papel.

Las flores a la tumba de Herzl es una obra de su voluntad libre, que va en contra de la enseñanza de un Papa y de lo que dice todo el Magisterio de la Iglesia sobre los judíos.

Y esta simple obra es herética porque se opone, en la obra, en la práctica, a la verdad que la Iglesia enseña. La herejía está en la obra, no en la idea. La herejía es una idea puesta en obra. Nunca la herejía es la sola idea. Hay muchas ideas que los hombres dicen, a lo largo de su vida, y son herejías, pero no le convierten en herejes, hasta que no la obran.

En la Iglesia no hay opiniones, gustos. Como San Pío X pensaba así, según las culturas de esos tiempos, ahora, como hay otras, hay que pensar de otra manera y obrar otra cosa.

En la Iglesia se da la Verdad: hasta que los judíos no crean, no hay nada con ellos. Esta es la verdad, que se ha transmitido siempre por Tradición, y que recoge el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Pues, esta verdad es la que no sigue Francisco. Y, para ello, él invoca a todo el mundo, a un amor fraterno, para conseguir su fin, que es su pecado de orgullo.

Y, como Francisco, ha hecho un gesto inaudito, lleno de traición, infame, cismático, con el sabor de un hereje, con la vulgaridad de un hombre del mundo, con la necedad de aquellos que sólo contemplan su maravillosa idea humana, oponiéndose a toda la Iglesia, entonces hay que concluir que Francisco debe renunciar a su cargo en la Iglesia.

Se ha opuesto a la obra de San Pio X contra el modernismo. Ha derribado esa obra con un simple gesto. Ese gesto es el culmen de su orgullo. Es la perla de su pecado. Es el inicio de su caída en la Iglesia. Es una obra para el demonio, que ataca más los cimientos de la fe en la Iglesia.

Ante un hombre así, que no protege a la Iglesia Católica, sino que da la mano y protege a los judíos, a los musulmanes y a todos los cristianos que no viven su fe (como los ortodoxos), es necesario separarse de él, de una manera drástica.

Sólo lean su declaración conjunta y vean por donde vienen lo tiros, ahora en la Iglesia.

Esa obra de poner flores, en una tumba llena de demonios, hace de la Iglesia una orgía de demonios, porque en Jerusalén se ha puesto el cimiento de la nueva iglesia: cristianos, judíos y musulmanes. Y se ha hecho conforme a la enseñanza del demonio en Herzl. Un hombre, profeta del demonio, para una obra que debe servir al Anticristo.

«El plan es, en su forma primera, extremadamente sencillo y debe serlo si se quiere que todos lo comprendan. Que se nos dé la soberanía sobre un pedazo de la superficie terrestre que satisfaga nuestras justas necesidades como pueblo; a todo lo demás ya proveeremos nosotros mismos» (El Estado Judío – II. Parte general – El Plan- Herzl). Y esto lo hace con su oficina central: la Society of Jews, que es «el nuevo Moisés de los judíos», que «sabrá y verificará si los judíos ya quieren y deben emigrar a la Tierra Prometida» (El Estado Judío – II. Parte general – El gestor de los judíos- Herzl). Es clara la relación del sionismo con el Anticristo.

La nueva iglesia nace en Jerusalén, no en Roma. En Roma está la ramera, que fornica con todo el mundo, con todos los pensamientos de los hombres para dejar a la Iglesia sin una Verdad. Es necesario dividir la verdad fornicando con la mente de todos los hombres.

El gobierno horizontal divide la verdad, no la unifica, no la guarda, no la preserva, no lucha por ella. Es un gobierno que trae división a toda la Iglesia. Un gobierno que destruye el fundamento de la fe. Y lo hace con el amor a los hermanos, a los pobres, con los derechos de los hombres, con las justicias sociales, con lo que le gusta escuchar al hombre.

Francisco es un hombre que crea división, que produce vértigo, que da nauseas, que vomita sus pecados, que sólo vive para hacer lo que da la real gana en la Iglesia. Y muchos son como él: viven con su voluntad, que imponen a los demás en su orgullo. O haces lo que yo hago, o no hay tolerancia.

Francisco es un hombre que lo juzga todo, que lo critica todo, pero que no sabe juzgar lo que Dios juzga. Cuando Francisco se enfrenta con la ley divina, mira para arriba, y salta por encima de la autoridad de Dios para poner su dictadura.

Por eso, es necesario que el hombre comprenda que lo que viene ahora a la Iglesia son tiempos muy difíciles, porque no hay una cabeza que guíe hacia la Verdad, que mantenga al alma en la verdad, sino que todo es un vaivén de opiniones, de críticas, de juicios, de resoluciones sin sentido.

Benedicto XVI calló la verdadera razón de su renuncia

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La Iglesia ha considerado siempre la ley divina de que la elección del Papa es ad vitam, es decir, para la vida terrena del Papa, hasta la muerte del Papa.

Y esa elección no es un derecho negociable entre los hombres, es decir, los hombres no pueden poner sus leyes para elegir un Papa para un tiempo ni pueden poner condiciones para renunciar al Papado, sino que se elige un Papa para la vida, para el tiempo de su vida hasta su muerte.

Este derecho divino, no negociable, da la posibilidad de una renuncia al Papado por el Papa sólo por razones divinas, razones gravísimas para la vida espiritual del Papa.

Por eso, el derecho canónico permite la renuncia al Papado, si existe un causa gravísima para eso.

El Papa no expuso esa causa gravísima, sólo dijo que era por causas de enfermedad, que no producen la renuncia al Papado. La razón que expuso Benedicto XVI no es razón divina, no es causa gravísima, para renunciar al Papado.

Benedicto XVI escondió la verdadera razón de su renuncia. Él, como Papa, tenía el deber de decir esa verdadera razón a toda la Iglesia. Como él escondió esa razón, su renuncia es inválida. Si hubiera dicho la verdadera razón, entonces la renuncia sería válida. Pero él calló lo más importante en su renuncia: la Verdad. La Iglesia aceptó esa renuncia, pero Dios no la aceptó, porque Dios no acepta la mentira. Y, por eso, sigue siendo el verdadero Papa, aunque inútil Papa.

Benedicto XVI -como Papa- es custodio de la Verdad de la Iglesia. Él tiene que defender la Verdad de la Iglesia. La Verdad del Papado. Callando esa verdad va en contra de la Verdad del Papado, porque lo hace por miedo a los hombres, no lo hace por Voluntad Divina. Callando esa Verdad hace a Dios mentiroso y del Papado una mentira. Se es Papa para obrar la Verdad en todo, no para esconder la Verdad por miedo a los hombres.

Si lo hubiera hecho por Voluntad Divina, hubiera huido del Vaticano para seguir siendo Papa, y hubiera puesto a salvo el Trono de Pedro fuera de Roma.

Porque el Papa, lo primero que tiene que defender en la Iglesia es el Papado, es el Trono de Pedro, porque es lo que da Unidad a la Iglesia, es lo que conserva la Unidad en la Iglesia, es lo que da la Vida a la Iglesia.

Y si su vida corría peligro, no tenía que fijarse en su vida humana, sino en la vida de todo el Cuerpo Místico de la Iglesia, al cual él se unía en el Papado.

Pero no se fijó en la Iglesia, en el valor de las almas en la Iglesia, en sus ovejas, sino en su propia vida, la suya como hombre. Y eso es su pecado: el no imitar a Su Maestro hasta dar la vida por los suyos, por sus ovejas, por la Iglesia entera. Hasta dar la vida por Cristo en su Iglesia.

Benedicto XVI tenía el deber y el derecho de anunciar a la Iglesia, no sólo su renuncia, sino la verdadera causa de su renuncia para que su renuncia fuera aceptada por Dios.

Dios no permite la mentira en Su Iglesia. Hay que servirle a Dios con la Verdad, no con la mentira. Dios no hace un Papa para que después renuncie, porque haya en la Iglesia sectores que no les gusta ese Papa y que quieren atentar contra su vida.

El Papa no debe tener miedo a los hombres, porque si lo tiene, está diciendo que no sabe luchar contra los hombres en la Iglesia y que se conforma con el pensamientos de cualquier hombre en la Iglesia.

Para tener el Pensamiento de Dios, para tener la Mente de Cristo, los Pastores, en la Iglesia, deben aprender a renunciar a sus propios pensamientos humanos, a despreciar cualquier pensamiento humano que se oponga a la Voluntad de Dios y a decirle a cada hombre que para hacer Iglesia hay que seguir el camino del Crucificado, que consiste en aplastar toda voluntad humana, en despreciarla como inútil porque impide hacer en la Iglesia las Obras de Dios.

Dios no pudo aceptar la renuncia de Benedicto XVI para después poner otro Papa. Dios le pedía a Benedicto XVI que dijera la verdadera razón. Pero no lo hizo por su soberbia y orgullo. El Papa renunció y el Papa pecó contra el Espíritu Santo, que le pedía la Verdad para no cometer ese pecado.

Nadie en la Iglesia tiene derecho a renunciar a una Vocación Divina sin la Voluntad de Dios, si antes no entiende esa Voluntad y las exigencias para renunciar a esa Vocación que Dios le ha dado y Él mismo le pide que renuncie. Hay que conocer del mismo Dios por qué elige para una Vocación y por qué pide la renuncia a esa Vocación. Y Dios tiene que dar la razón divina de esa renuncia.

Ser Papa es una cosa muy seria. No es cualquier oficio en la Iglesia. Ser Papa es para hacer la Iglesia que Dios quiere. Y eso cuesta horrores, porque la Iglesia está llena de hombres que no quieren hacer la Voluntad de Dios y que llaman obras divinas a cualquier obra humana que nace de sus estúpidas cabezas.

No es fácil ser Papa en una Iglesia infestada por demonios, por hombres que han fornicado con la mente del demonio y que están en la Iglesia, en sus sacerdocios, en sus ministerios, para obrar las obras del demonio.

La renuncia del Papa Benedicto XVI es el acto más grave que un Papa ha hecho en toda la historia de la Iglesia. Es el pecado mayor, es la ignominia más grande hecha al Corazón de Jesús.

Pero los hombres no les gusta meditar en estas verdades, y así lo ven todo con sus ojos humanos y no son capaces de dar la Verdad de la Iglesia, de vivir la Verdad de la Iglesia.

Pastores que son lobos en la Iglesia. Obispos que son Carneros en la Iglesia. Sacerdotes que son engendros de Satanás en la Iglesia. Y, por eso, la Iglesia está como está: y nadie mueve un dedo para luchar por la Fe de la Iglesia, por la Verdad de la Iglesia, por el Amor de Cristo a Su Iglesia.

¿Qué Iglesia estamos construyendo si sólo le sirve al pensamiento de los hombres, no a los corazones de los hombres?

¿Qué Iglesia es ésta que se pasa la vida buscando la manera de agradar a los hombres y no profundiza en el alma de la Iglesia, que es la adoración y el servicio de Dios en Espíritu y en Verdad?

¿Qué se han creído los sacerdotes que hacen en sus Misas cuando consagran la Hostia: una fiesta, un festival, una comida, una política, una reunión de hombres para pasarlo bien?

Nadie en la Iglesia tiene fe porque se han inventado su propia fe, sus propias reglas, sus propias normas para servir a Dios y a la Iglesia. ¿Y de qué sirve eso si el corazón no aprende a amar a Dios?

¿De qué tanto apostolado falso en la Iglesia, tanta palabrería de sacerdotes soberbios y orgullosos que no saben ponerse en la Presencia de Dios y pedir misericordia por sus almas ni por las almas de sus ovejas?

¿Qué ha hecho el hombre consagrado de la Iglesia que Jesus fundó en la Verdad de Su Corazón? Ha convertido la Verdad en una mentira, en un engaño, en una falsificación de todo lo divino. Y, después, ¿quieren que Dios les bendiga y les muestre el camino del Cielo, si no saben sujetarse a la Verdad del corazón, si sólo viven para las verdades que hay en sus soberbias mentes humanas?

Gran pecado de Benedicto XVI con su renuncia, pero no mayor el que la Iglesia, en su Jerarquía, hizo al elegir otro Papa. Ese acto es mayor que el pecado contra el Espíritu Santo. Porque fue la obra del demonio en cada miembro de los que eligieron nuevo Papa. No sólo se añade el pecado contra el Espíritu Santo, sino el pecado que hace de la Iglesia la cuna de Satanás, pecado que va contra la adoración de Dios, contra el único Dios, y que pone a Satanás como dios en la Iglesia.

La Iglesia ha errado el camino

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La Iglesia ha errado el camino en la renuncia del Papa Benedicto XVI a su Pontificado.

No ha visto esa renuncia como lo que es en Dios: el pecado de la Cabeza de la Iglesia.

Y, por no saber mirar esa renuncia como pecado, la Iglesia comete el mismo pecado que su Cabeza.

Porque el Papa se une a la Iglesia en Cristo. Cristo es la Cabeza del Cuerpo Místico de la Iglesia. Y Cristo da a su Cuerpo una Cabeza visible, que es el Papa, Su Vicario en la Tierra.

Y lo que haga ese Vicario como Cabeza de la Iglesia pertenece también al Cuerpo Místico de la Iglesia. Las virtudes y los pecados de la Cabeza lo son también del Cuerpo Místico.

Este es el Misterio de la Iglesia: misterio de Unidad y de Amor.

El Cuerpo Místico de la Iglesia no supo apreciar el pecado de su Cabeza, de su Papa, y, por tanto, sufre las consecuencias de ese pecado.

Porque el pecado no es sólo una cuestión de la conciencia, como pretende enseñar ese falso Profeta que se pone como Papa. El pecado del bautizado pertenece a toda la Iglesia, no sólo a la conciencia del que lo comete.

El Papa Benedicto XVI pecó contra el Espíritu Santo en la renuncia al Pontificado. Porque Dios no da derecho al Papa para renunciar al Don que se le da. El Papa no tiene ese derecho de dejar de ser Papa, porque el Llamado de Dios es único y para el alma del Papa.

Dios no juega con la Cabeza de la Iglesia. No la pone para después quitarla. Nunca la quita por una razón humana, natural, física, carnal, material.

Dios da el Poder a la Cabeza para hacer su misión en la Iglesia. Y los poderes del infierno y los poderes del mundo no pueden con un Papa, porque Dios lo asiste desde el principio hasta el fin de sus días.

Dios elige un Papa hasta su muerte. Y hasta que no muera, Dios no elige otro Papa. Esa es la Fe de la Iglesia. Esa es la Fe en Cristo. Y no hay otra Fe. Y los hombres no quieran inventarse la fe, según su manera humana de entender las cosas divinas y de la Iglesia.

El Papa es Elegido por Dios hasta su muerte, hasta el último hálito de vida. Y no retira esa Elección Divina ni por enfermedad del Papa, ni por el pecado del Papa, ni por los intereses humanos.

Dios es muy serio en la Elección del Papa. No pone a cualquiera. No da a la Iglesia el Papa que los hombres quieren. Da a la Iglesia el Papa que Su Corazón Divino quiere.

El Papa, como hombre, tiene el don de la libertad, con el cual puede renunciar a la Voluntad de Dios. Ese don, Dios no lo anula en el Papa. Dios da al Papa todo el Poder Divino para obrar su misión como Cabeza de la Iglesia. Pero ese Poder Divino no hace santo al Papa, no lo confirma en Gracia. A pesar de ese Poder Divino, el Papa tiene facultad para pecar, por su libre albedrío. Y Dios siempre respeta la libertad de sus almas si quieren elegir otro camino que el que Dios les traza.

Por tanto, el Papa Benedicto XVI ha pecado con su renuncia al Pontificado. Y ese pecado hace que Dios se retire de la Cabeza de la Iglesia. Y una Iglesia sin Cabeza es una Iglesia sin Unidad, sin Amor, sin Paz.

Por tanto, el Cuerpo Místico de la Iglesia, al contemplar el pecado de su Cabeza, el Papa, debería haber esperado y pedido al Señor la Luz para obrar en la Iglesia cuando la Cabeza renuncia a ser Cabeza del Cuerpo Místico.

Es lo que no hizo el Cuerpo Místico de la Iglesia, porque no vió en esa renuncia un pecado, sino algo propio de la vida de un hombre que está cansado de la vida que lleva y que quiere un poco de paz a su alrededor.

La Iglesia se embarcó en el juego del demonio y buscó una cabeza, cuando el Papa todavía está vivo. Este es el error en el camino.

Teniendo un Papa vivo, Dios no da otro Papa hasta que no muera. Hay que esperar a su muerte para elegir un Papa.

La Iglesia, por tanto, erró en el camino porque no tiene vida espiritual.

Ni el Papa Benedicto XVI tiene vida espiritual, ni tampoco la Jerarquía de la Iglesia tiene vida espiritual. Carecen de fe, de oración, de penitencia. Tienen miedo a la Cruz del Señor. Tienen miedo de las palabras de los hombres. Es una Iglesia que sirve al pensamiento de los hombres, pero no es capaz de servir al Corazón de Dios.

Por tanto, la Iglesia al errar el camino, eligió a uno que no es Papa, que no es elegido por Dios. Ese falso Profeta no es un Don de Dios a la Iglesia, porque todavía el Papa está vivo. Dios no da dos Papas. Es el hombre y el demonio el que busca sus cabezas, sus jefes para hacer de la Iglesia un pastizal del infierno.

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