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Evangelii gaudium: la maldita falsa iglesia en Roma

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“Es la Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local” (n. 30).

La falsa Iglesia que propone este anticristo es la de una Iglesia encarnada en el mundo y en los hombres. Y, por eso, todo lo que expresa en este documento es para hacer brillar esta idea: la encarnación de la Iglesia en el hombre.

Y en esa encarnación se anula los medios de salvación que Cristo ha dado y se ponen otros: los mismos, pero sin Espíritu. Todos los Sacramentos se cambian en la Iglesia cuando la Iglesia se encarna en el mundo. Y hay que hacerlo así si se quiere dejar entrar en la Iglesia a gente que vive su pecado y que no quiere quitar su pecado.

Esa encarnación de la Iglesia tiene todos los medios de salvación, pero que, en la práctica, no salvan a nadie. Esto es lo que no dice Francisco. Porque todavía no puede decir los cambios que se van a hacer en todos los Sacramentos.

Esta encarnación supone ir en contra de cualquier Verdad dada por Jesús en Su Evangelio, en la Tradición, en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

“quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (n.9): aquí comienza a explicar lo que es la idea de la encarnación de la Iglesia, su idea maldita para una iglesia maldita. La dignidad del hombre en la tierra, en su ser humano, como persona, sólo está en buscar al otro, en darle un bien.

Esto es lo más contrario a la Palabra de Dios y a la Obra de esa Palabra, que es la Iglesia.

Se es Iglesia para ser de Cristo. Y no hay más. El camino para que el hombre sea hombre y viva su ser de hombre de acuerdo a lo que Dios le ha puesto es reconocer a Cristo y hacer el Bien que Cristo quiere. Y punto.

Este anticristo empieza mal su discurso, porque es mentiroso desde el principio. Habla la mentira para engañar a todo el mundo con frases bonitas, pero totalmente erradas.

El hombre tiene dignidad humana porque se pone en la Verdad de su Vida. Y esa Verdad sólo se la enseña Cristo Jesús. Esa Verdad no se descubre mirando al hombre, haciendo obras humanas buenas. Esa Verdad sólo se descubre en la intimidad del alma con Cristo Jesús.

“La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión «esencialmente se configura como comunión misionera». Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” (n. 23): pone la intimidad de la Iglesia en algo intinerante, propia de su idea: hay que encarnarse en el mundo y, por tanto, hay que salir al mundo y vivir para el mundo y hacer las obras del mundo, porque así se llega a todos los hombres. Y hay que tener prisas por hacer esto. Las prisas del demonio. Con Dios sólo hay que esperar para obrar. Con este anticristo todo es prisas. Esta es su herejía, clarísima, pero que nadie se opone a ella, porque todos viven lo que predica este necio en la Iglesia.

El anticristo Francisco sabe bien cómo está la Iglesia, sus miembros: sin vida espiritual, sólo preocupados por las cosas del mundo. Y habla para todos esos que viven para el mundo y hacen las obras del mundo, que son muchísimos en la Iglesia. Tenemos una Iglesia mundana, profana, humana, carnal, material, demoniaca, pero no divina, ni espiritual, ni sagrada, ni santa.

Y, por eso, dice él, con gran descaro: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos… Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» “ (n. 49).

Aquí contemplamos todo el desastre que viene a la Iglesia ahora y que se traduce en construir una falsa Iglesia. Ya la Verdad no hay que seguirla en la Iglesia, sino el pecado: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”.

La Iglesia enferma es la que sigue la doctrina de Cristo, la que se pone en la Verdad, la que guarda los dogmas, la que se enfrenta a los hombres con sus errores y con sus mentiras, la que se opone a todo aquello que oculte la Verdad, que es Jesús. Esa es la Iglesia enferma para este necio. Y, por tanto, es preferible accidentarse en el mundo, porque hay que buscar a los hombres pecadores, mentirosos y hay que comulgar con ellos en sus mentiras, que vivir el Amor a la Verdad, que es la Palabra de Dios.

Este necio quiere una Iglesia de pecadores que no luchan por sus pecados sino que llaman al pecado un bien en la vida y en la Iglesia.

“Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos”: él cree que estar en la Verdad, decir la Verdad, obrar la Verdad en la Iglesia es estar tranquilos. Y, por eso, él no juzga en la Iglesia a nadie para vivir su tranquilidad sin enfrentarse con nadie. Él no va contra las personas que tumban la Iglesia con sus pecados y sus mentiras. Eso no hay que hacerlo, porque es cómodo en la vida. Es cómo encerrarse en los dogmas y no ayudar a los hombres. Y encerarse en dogma, en la Verdad es lo más incómodo y la lucha más terrible en la vida espiritual, porque hay que luchar contra los hombres, contra el demonio y contra uno mismo. Y eso duele mucho. Y eso produce muchas cosas que a nadie. A este absurdo llega, porque sólo su pensamiento va hacia los hombres: ”afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!»”. Él sólo quiere contentar a los hombres y decirse a sí mismo: qué bueno que eres Francisco porque das de comer a los hombres.

Le gusta a este anticristo seducir con la Palabra de Dios. ”Dadle de vosotros de comer”: ésta es su seducción, pero no la Verdad. Él calla la Verdad de estas palabras que dijo Cristo a Sus Apóstoles para probarles en la fe. Jesús iba a hacer el milagro que representaba, que simbolizaba, la Eucaristía. Jesús estaba probando la fe de sus Apóstoles, no estaba mandando a sus Apóstoles que dieran de comer a los hombres: “Esto decía para probarle, que bien sabía Él lo que iba a hacer” (Jn 6, 6). Más claro agua para el que lee el Evangelio con sencillez. Pero para la mente obtusa, complicada, necia de este anticristo -y de muchos como él-, tuercen la sencillez de la Palabra de Dios sólo con el fin de poner su idea, su magnífica idea en la Iglesia, que es su fábula, su cuento chino. Y punto.

Para este anticristo “La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»”(n. 15): esto es presentar en la Iglesia una lucha de clases: las clases que dirigen la Iglesia, que es para él la lepra de la Iglesia, y la clase trabajadora, la de los fieles, que, para él, es la única Iglesia. Están enfrentando a todos los miembros de la Iglesia. Y esto es porque está embebido de la teología de la liberación, que supone la lucha de clases: “no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (n. 28). Palabras de enfrentamiento, no de corrección en la Iglesia. Todos los que están en la Verdad, que dejen de estarlo, de mirarse a sí mismos, y se dediquen a mirar el pecado y a los hombres que viven su grandiosa mentira en la Iglesia, como este anticristo.

Por eso, se quiere quitar el Papado y toda la Jerarquía en la Iglesia y hacer que los sacerdotes sean sólo laicos. Eso ya lo ha predicado un Obispo que pertenece al gobierno de los malditos de la Iglesia en Roma.

Y este anticristo lo recuerda en este panfleto comunista: “debo pensar en una conversión del papado” (n. 32). Esto es el pensamiento que se deriva de la renuncia de Benddicto XVI a ser Pedro y, por tanto, del engaño de los Cardenales al elegir a un impostor en la Iglesia que sólo ha tenido un objetivo: eliminar el Papado.

“También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral” (n. 32): Se acabó Pedro y la Jerarquía Eclesiástica.

Pedro sólo necesita escuchar la Voz de Cristo para ser Iglesia, para formar la Iglesia, para Evangelizar al mundo. Pedro no necesita escuchar a los hombres ni en la Iglesia ni en el mundo para saber qué cosa hay que hacer en la Iglesia. Pedro sólo necesita ser Pedro. Punto y final. Eso es lo que no quiso ser Benedicto XVI: no quiso ser Pedro.

Por tanto, tenemos la total destrucción de la Iglesia con este anticristo y con sus sucesores. La total ruina de la Iglesia. Y se presenta una falsa iglesia para los pobres, para el mundo, para los hombres en sus pecados, para gente que le da igual estar en gracia o estar en pecado. Sólo quieren comer y divertirse en la Iglesia.

Esta es la falsa Iglesia que presenta ese necio. ¿Todavía no creen que Francisco es un anticristo? ¿Todavía dudan cuando leen sus inútiles palabras? ¿Todavía se paran a pensar que algo bueno puede traer este anticristo a la Iglesia? Pero si ha hundido a la Iglesia quitando el Papado. ¿Qué más quieren para oponerse a él y a todos los que le sigan, se unan a él, con todas las consecuencias para la vida?

La gente tiene miedo de vivir la verdad y de decir la Verdad porque, para eso, hay que enfrentarse a energúmenos como Francisco, que sólo viven para su idea humana de lo que es la Iglesia y de lo que es Cristo en la Iglesia. Ideas humanas, baratas, que no hay quien las siga, que son muy bonitas para los oídos de los hombres, pero que sólo producen la condenación de las almas al infierno.

Este anticristo vive con “el sueño misionero de llegar a todos” (n. 31): vive de sueños, de ilusiones, de imaginaciones. No vive en la realidad de la Iglesia. No se puede llegar a todos. Es imposible. Eso es la experiencia de 20 siglos de Iglesia: muy pocos se salvan. Muy pocos. Pero esto a él le trae sin cuidado, porque sólo está en la Iglesia para vivir su sueño. Y su sueño es: destruir la Iglesia, poniendo la seducción de dar de comer a los pobres.

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