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Año de desgracias

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Sólo hay una palabra para definir el año de desgracias que Francisco ha traído a toda la Iglesia: pecado de orgullo.

La culpa da todos los males que la Iglesia tiene obedece sólo al pecado de orgullo de Francisco.

No le echen la culpa a Juan Pablo II por haberle hecho Cardenal. ¡No sean necios y estúpidos en la Iglesia!. Cada uno tiene que aguantar su pecado. Y el pecado de Francisco es su orgullo. Y, por ese orgullo, la Iglesia vive un cisma encubierto.

Porque un líder que se sienta en la Silla de Pedro y no guarda el depósito de la fe significa cisma en la Iglesia. Y el cisma viene por el pecado de Francisco, por su orgullo. El cisma no viene por Juan Pablo II que lo eligió ,ni viene por Pablo VI que permitió un Concilio que no debía permitir, ni por Juan XXIII que no supo ver la maldad de muchos Cardenales y se aventuró a un Concilio que Dios no quería.

Cada uno tiene su pecado en la Iglesia. Y a cada uno el Señor lo juzga conforme a su pecado. Y quien quiera juzgarlo todo sin atender al pecado de cada uno, se equivoca y nunca va a hacer un análisis de lo que pasa realmente en la Iglesia.

En la Iglesia hay muchos males, de todo tipo, porque hay mucho pecado personal en cada sacerdote, en cada Obispo, en cada Cardenal, en cada fiel de la Iglesia.

Que cada uno quite su maldito pecado y los males en la Iglesia desparecen.

Pero, como ya los hombres de la Iglesia les importa un rábano lo que es el pecado, todos están echando la culpa a quien no la tiene. Todos se juzgan santos y el pecado es del otro, pero no de uno.

Vean sus propios pecados para poder juzgar los pecados de los demás con justicia, con equidad, con rectitud y con misericordia.

Pero si no atienden a sus pecados, entonces dejen de charlar sobre el estado de la Iglesia porque no tienen ni idea de lo que pasa en la Iglesia.

La Iglesia no es el conjunto de hombres que se bautizan, que se confirman, que comulgan, que se casan, que se hacen sacerdotes.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Y hay que vivir eso en el alma, en el corazón y en el espíritu. Y si no se sabe vivir como Cuerpo de Cristo, si sólo se sabe hablar de los males de un conjunto de hombres, entonces la vida que tienen en la Iglesia es una ridiculez.

Se vive en la Iglesia para imitar la Cabeza de la Iglesia. Y la Cabeza es Cristo Jesús. Y quien no viva imitando a Cristo no sabe ni lo que es Cristo ni lo que es el Cuerpo de Cristo.

La Iglesia es un organismo espiritual que necesita de un alimento espiritual, que se da al alma, al corazón y al espíritu del hombre.

La Gracia es para el corazón del hombre; el Espíritu es para su espíritu; los dones divinos son para su alma.

Hay tantas riquezas en la Iglesia que las almas desconocen porque se pasan la vida en sus cosas humanas, en su vida social, en su vida económica, en su vida cultural, en su vida política, en su vida artística, en su vida científica.

Hay tantas vidas que los hombres viven que se han olvidado de vivir la única vida que importa: la de Cristo.

La vida de Cristo es para el alma, para el corazón y para el espíritu. Y, por tanto, la vida de un cristiano no es para la vida de los hombres, no es para hacer sociedad, no es para entretenerse en un matrimonio, no es para hacer castillos en el aire y ver caminos para solucionar problemas humanos desde un sacerdocio.

La vida de todo cristiano es para obrar las obras de Cristo allí donde está, allí donde vive, allí donde es, en su vocación, en su familia, en su trabajo.

Y quien se dedica a vivir su vida humana ya no vive la vida de Cristo. Porque Cristo vivió, en su humanidad, lo divino, lo eterno, lo inmutable, lo que es para siempre, para toda historia, para todo tiempo, para todo lugar, para todo hombre.

Pero las almas, hoy día, sólo viven para ellas, para su acomodada humanidad, para sus grandes intereses humanos, para sus bellas inteligencias humanas, para sus obras humanas, para sus principios humanos, pero no para Cristo.

Hoy se ha humanizado a Cristo. Sólo se ve como un hombre, y como un hombre idiota, lleno de un sentimentalismo afeminado, que está pendiente de los hombres, de darles un cariño inútil en sus vidas. Así son muchos sacerdotes; eso es lo que presentan al mundo en sus predicaciones y en sus vidas humanas: dan a un Jesús para el hombre, como el hombre, del hombre.

Y no son capaces de dar a un Jesús para el Padre, como el Padre, en el Padre, del Padre. No saben lo que es eso, porque no creen en Cristo. No tienen la fe divina. Se han fabricado su grandiosa fe humana, con su lenguaje humano lleno de artificios, de caminos para decirse a sí mismos que están haciendo lo que Dios quiere en sus vidas.

¡Cuántos sacerdotes, Obispos, Cardenales, se dan culto a sí mismos, a sus opiniones en la Iglesia, a sus formas de entender la Iglesia, a sus interpretaciones de lo que debe ser la Iglesia y Cristo! Y, por eso, ¡a cuántos condenan con sus ejemplos humanos, con sus obras humanas, con sus palabras humanas, con sus vidas humanas!

La Iglesia está llena de una Jerarquía absolutamente farisea: no posee un resquicio de Verdad ni en sus almas, ni en sus corazones ni en sus espíritus.

Jerarquía sin fe divina, que se ha fabricado su propio cristo y su propia iglesia dentro de la Iglesia de Cristo.

Jerarquía del demonio, obrada por el demonio desde que la Iglesia es Iglesia. Y llevada a la cima de esa obra maldita por el mismo demonio dentro de la Iglesia.

La Iglesia, ahora mismo, está corrompida en toda su Jerarquía. La Jerarquía, esa estructura de sacerdotes, Obispos, diáconos, no sirve como Jerarquía. Y muchos no saben ver esta Verdad, porque no saben ver a Cristo en sus propias vidas.

Una Jerarquía que no imite a Cristo es una Jerarquía que guía a la Iglesia hacia la ruina más total en todos los sentidos.

Una Jerarquía empeñada en solucionar problemas humanos, sociales, económicos, políticos, culturales, científicos, hace de toda la Iglesia el culto a Satanás; y lleva a toda la Iglesia a ese culto, en la práctica.

Y Satanás tiene una obra en la Iglesia: la mente del hombre. Satanás es el demonio de la mente, de la filosofía, de la ciencia, de la técnica, del saber humano, de la cultura, de todo lo que suponga obrar con la mente del hombre.

Hoy en la Iglesia predomina la mente del hombre para cualquier cosa. La Palabra de Dios se mide con la mente del hombre; los dogmas se miden con la mente del hombre; a Cristo se le mide con la mente del hombre. Todo es con la mente del hombre.

Y la Iglesia no es una idea del hombre; no es un conjunto de ideas, de razones sobre Cristo y sus dogmas.

La Iglesia es la Obra del Espíritu. Y aquel que no siga al Espíritu, no es de la Iglesia, no hace la Iglesia. Aunque posea una gracia, un Sacramento, unos carismas.

En la Iglesia se obra lo que quiere el Espíritu, porque la Iglesia es Cristo. Y sólo Cristo. Y, por tanto, en la Iglesia sólo está el Espíritu de Cristo, que guía hacia Cristo, hacia la imitación de Cristo, hacia la obra de Cristo, que es una Obra de Redención, de Expiación, de Justicia Divina.

Y aquel que no imite a Cristo no posee la Verdad en la Iglesia, no obra la Voluntad de Dios en la Iglesia, no tiene la fe divina en la Iglesia, no posee la intención divina en lo que hace, en lo que vive, en lo que es.

La gente se ha acostumbrado a decir que es de la Iglesia, porque lee el Evangelio o porque conoce el catecismo o porque va a misa el domingo o porque está casada por la Iglesia o porque es un sacerdote, etc.

Eres de la Iglesia porque imitas a la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo. Y sólo se le puede imitar teniendo Su Espíritu. Si no tiene Su Espíritu, por más que reces, por más que comulgues, por más que seas sacerdote, por más que estés casado por la Iglesia, no eres nada, no eres Iglesia, no haces Iglesia.

Pero ¿qué se creen que es la Iglesia? ¿Lo que ustedes piensan, lo que ustedes obran en sus vidas humanas, lo que ustedes rezan, sus apostolados en cada parroquia? ¿Sus limosnas hacen la Iglesia? ¿Sus matrimonios para el mundo hacen la Iglesia? ¿Sus hijos que han buscado en sus lujurias, hacen la Iglesia?

La Iglesia no es una estructura en la que se hacen cosas; la Iglesia es la vida de Cristo en cada alma, en cada corazón, en cada espíritu. La vida de Cristo. No el pensamiento, no el sentimiento, no la opinión que cada uno tenga de Cristo.

La vida de Cristo no se comprende estudiando la historia de Cristo, ni leyendo el Evangelio, ni sabiéndose los dogmas de la Iglesia.

En la vida de Cristo se penetra en Su Espíritu. Es el Espíritu el que se enseña a ser Cristo. Es el Espíritu el que enseña a comulgar a Cristo en la Eucaristía. Es el Espíritu el que enseña a hacer un matrimonio para Cristo. Es el Espíritu el que enseña a ser sacerdote de Cristo. Es el Espíritu el que enseña a combatir bajo la bandera de Cristo contra el demonio, contra el mundo y contra la carne. Es el Espíritu de Cristo el que hace los hijos de Dios en el Bautismo. ¡Es el Espíritu de Cristo!

Y nadie, en la Iglesia sigue a ese Espíritu, en la actualidad. Y, entonces, ¿cuál es la Iglesia que tenemos?

La Iglesia de los orgullosos, la Iglesia de los fracasados en el Espíritu, de los que se acobardaron cuando el Espíritu les mostró la Verdad y prefirieron sus mentiras en la Iglesia; es la Iglesia de los que aman su pecado y de los que hacen de su pecado un camino para que todo el mundo peque como ellos; es la Iglesia que se ha olvidado de la Verdad porque está centrada en sus mentiras, en sus errores, en sus engaños, en sus falsedades, que llama verdades para sí mismos; es la Iglesia de los estúpidos y dementes que sólo viven para su vida social, para su propaganda en el mundo, para dedicarse a sus negocios en la Iglesia; es la Iglesia maldita porque sólo se mira a sí misma, a sus problemas, a sus angustias, a sus sentimientos inútiles. Sólo llora por sí misma, pero no es capaz de llorar por las ofensas que continuamente se hacen al Corazón de Jesús; una iglesia que predica comunismo y marxismo como la tabla de salvación para los hombres, eso ser iglesia del demonio y para las obras del demonio.

No se equivoquen con Francisco: es un inútil en el gobierno de la Iglesia. Un sin dios, un ser incapaz de ver la Verdad, un ser que no tiene a Cristo en su sacerdocio, un ser que sólo se ha convertido en un bufón en la Iglesia, un payaso que entretiene a todos y se dedica a decir sus negras opiniones como si fueran dogmas en la Iglesia, un ser que más le valiera no haber nacido porque no es capaz de ver su propia maldad, no sabe lo que está haciendo sentado en la Silla de Pedro. Es un ser que sólo da nauseas escucharlo, leerlo, mirarlo. Es un ser para agradar a los hombres y sólo a los hombres, que habla siempre lo que los hombres quieren escuchar y que se hace continua propaganda a sí mismo con sus estúpidas y locas entrevistas, que sólo enseñan su maldito pecado.

Es Francisco el que ha comenzado el cisma en la Iglesia, todavía encubierto porque falta una cosa: que muera el Papa Benedicto XVI. El Señor sigue sosteniendo esta miserable Iglesia sólo por Su Papa. Cuando él falte, la sede quedará vacante y ahí comenzará el cisma abierto, sin posibilidad de encubrirlo, como se hace ahora, porque todavía el demonio no tiene todo el poder en la Iglesia. El poder está en el Papa Benedicto XVI. Lo han sacado de en medio para tener libertad de hacer lo que están haciendo; pero no pueden obrar la maldad que hay en sus corazones, porque algo se lo impide, algo divino que posee el Papa verdadero y hasta que no muera, no se obra ninguna maldad en la Iglesia.

Analicen en el Espíritu todo lo que es la Iglesia actualmente y no se dejen engañar por el lenguaje barato y blasfemo de Francisco. Sólo es un payaso que hace su negocio en la Iglesia. Y lo hace amparado por toda la Jerarquía corrupta que está en toda la Iglesia, lo hace con el aplauso de la gente del mundo que está esperando el giro en la Iglesia para poder tener poder en la misma Iglesia.

Días de gran turbación es lo que viene, no sólo en el mundo, sino en toda la Iglesia. Y tiene que ser así. Y la culpa de Francisco: su pecado de orgullo. No echen la culpa a nadie más. Él es el culpable de todo lo que venga ahora a la Iglesia. De todo, porque está puesto en donde no debe estar: en la Silla de Pedro. Y quien la usurpa tiene sobre su cabeza la espada de la Justicia Divina. Y, como es líder, esa espada es también para toda la Iglesia.

Habéis querido que un payaso os gobernará; no habéis luchado por el verdadero Papa, entonces no esperéis bendiciones del Señor. La Justicia caerá sobre toda la Iglesia, empezando por Su Jerarquía.

Tenéis miedo de enfrentaros a ese payaso, de dar testimonio de Cristo ante ese payaso; tenéis miedo de obedecer a Cristo porque preferís acomodaros a los pensamientos de ese payaso, para así no perder vuestro dinero, vuestra posición social, en la Iglesia; tenéis miedo de ser de Cristo porque os habéis anulado en las obras de los hombres, en las vidas de los hombres, en los caprichos de los hombres, en los placeres de los hombres.

Sois sólo hombres que miráis lo humano como camino en vuestras vidas; pero ya no sois Cristo, porque no sabéis seguir Su Espíritu, que os lleva al sufrimiento y a la muerte de todo lo vuestro humano. Y rechazáis esa Cruz, porque rechazáis la Verdad, que es Cristo.

No se puede seguir a Francisco sin caer en la maldición que trae su pecado de orgullo, sin caer en el castigo que viene ahora a toda la Iglesia, porque abraza a un payaso y lo encumbra como su salvador, echando a Cristo de su misma Iglesia.

Benedicto XVI: verdadero, pero inútil Papa

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Benedicto XVI es verdadero Papa por Su Elección Divina: Dios lo eligió como Papa. Por tanto, el Poder de Dios está en el Papa Benedicto XVI.

Su renuncia al Pontificado ha puesto a la Iglesia en un gran peligro espiritual y humano.

Porque el oficio del Papa no es un oficio humano o eclesiástico. Es algo divino, con un Poder Divino, no humano. Y, por tanto, el Papa en la Iglesia es asistido en todo por el Espíritu de la Iglesia. Y no debe acogerse a lo que los hombres piensan sobre la Iglesia.

Ver la renuncia de Benedicto XVI como algo humano, debido a la enfermedad o a otra cualquiera circunstancia o razón que se diga, es no entender el oficio del Papa en la Iglesia.

Un Papa es elegido por Dios para una msión en la Iglesia. Y sólo es Dios quien decide el tiempo de ese oficio. No lo puede decidir ni la Iglesia ni el mismo Pontífice. Dios pone el tiempo del reinado de cada Papa en la Iglesia.

Benedicto XVI, en su renuncia, no manifestó esa Voluntad de Dios y sólo se fue por razones humanas. Y las razones humanas de su enfermedad no convencen a nadie. Es claro que Benedicto XVI ha sido presionado por miembros de la Alta Jerarquía de la Iglesia para que abandone el oficio de Papa. Pero estas razones no se dicen por temor a los hombres.

Benedicto XVI, con su renuncia, pecó contra Dios, porque se opuso a la Elección del Espíritu sobre su Pontificado.

Ese pecado debe ser comprendido en su realidad para saber qué consecuencias para Benedicto XVI y para la Iglesia tiene ese pecado.

El pecado contra el Espíritu Santo es un pecado contra la Obra del Espíritu en la Iglesia. Y, por tanto, no es un pecado cualquiera. Es un pecado que va en contra de la Voluntad de Dios en aquello para lo que es elegido esa persona.

Benedicto XVI, al pecar contra el Espíritu Santo, hace de la Cabeza de la Iglesia un lugar para el demonio. Es decir, a partir de ese pecado, Dios ya no puede asistir a la Cabeza de la Iglesia como Papa. Y, por tanto, los sucesores de Benedicto XVI ya no vienen de Dios. Los eligen los hombres.

Eso supone que ya la Cabeza de la Iglesia, que es el Papa y los Obispos unidos al Papa, no son asistidos por el Espíritu en la misión que tienen encomendada en la Iglesia. Porque si ya no está el Espíritu en la Cabeza, que es el Papa, tampoco lo está en los Obispos que se unen a esa Cabeza. Y, de esta manera, el Espíritu no rige la Jerarquía de la Iglesia por el pecado de la Cabeza.

Esto trae consecuencias para toda la vida de la Iglesia. Y consecuencias muy graves, porque ese pecado no es cualquier pecado. No es un pecado personal de la persona de Benedicto XVI. Es el pecado del Papa Benedicto XVI que produce que Dios se retire de la Iglesia en la Cabeza.

Por tanto, con la renuncia de Benedicto XVI ya no puede darse la obediencia a lo que diga el Papa en la Iglesia, ni lo que digan los Obispos, porque Dios se ha retirado de ellos como Cabeza de la Iglesia. El gobierno de la Iglesia está ahora en un usurpador, no en el Papa Benedicto XVI. Dios sigue rigiendo los corazones de toda la Jerarquía de la Iglesia, pero que por el pecado de renuncia del Papa, sus oficios en la Iglesia quedan inutilizados. Y toda la Jerarquía de la Iglesia, ahora debe mirar al Espíritu, y ver en Él el destino de la Iglesia y de lo que hacen en la Iglesia.

Cada Obispo, cada sacerdote debe regirse por el Espíritu y luchar por su sacerdocio y por la Iglesia como Cuerpo Mísitco de Cristo, pero no luchar por la Cabeza de la Iglesia, porque en Ella ya no hay Espíritu. En la Cabeza está un usurpador.

Benedicto XVI pecó contra el Espíritu Santo en su oficio de Papa, pero no pecó contra el Espíritu Santo como alma sacerdotal, porque sigue siendo sacerdote. No ha dejado su sacerdocio y se ha dedicado a otra cosa. Su pecado es un pecado en la Iglesia como Cabeza, no es un pecado como alma sacerdotal. Ese pecado contra el Espíritu no se debe entender como el pecado de blasfemia contra el Espíritu.

Por tanto, Benedicto XVI, en su pecado contra el Espíritu, hace de la Cabeza de la Iglesia el lugar para que se instale el falso Profeta y el Anticristo. Ya el camino ha sido abierto por ese pecado. Y los sucesores de Benedicto XVI son sólo falsos Profetas y así hay que verlos. No se les puede seguir como Cabeza de la Iglesia, como Papa o como Obispos. No son Cabeza. Son sólo instrumentos del demonio para que éste ponga su cabeza demoniáca en la Iglesia.

De esta manera, se produce en la Iglesia la división en la Cabeza. Unos van a seguir al falso Profeta y otros no van a seguirlo. En la Iglesia, muy pronto se va a ver esta división y los que quieran oponerse al falso Profeta, que se presenta como Papa, serán marginados y perseguidos dentro de la misma Iglesia.

Las consecuencias del pecado de Benedicto XVI son nefastas para toda la Iglesia. Y es algo que todavía nadie ha meditado en ellas. Ya se ve en este falso Profeta, que es Francisco, la cabeza de la serpiente del error. Pero como se presenta con bonitas palabras para todo el mundo, nadie ha captado el trabajo del demonio en esa cabeza. Sus días están contados, porque todavía no es la cabeza que quiere el demonio. Este falso Profeta es débil en el poder, pero ha abierto la puerta para que entre lo que tiene que venir a la Iglesia.

En Benedicto XVI queda el poder de Dios como Cabeza de la Iglesia. Pero es un poder inútil. Él podría, todavía, hacer algo por la Iglesia, como Cabeza. Pero tiene que pedir mucho al Espírtitu que le enseñe la forma de quitar parte del destrozo que su pecado ha hecho. Él sigue siendo la verdadera Cabeza de la Iglesia, pero inutilizada por el pecado de la misma Iglesia, y por el pecado de Benedicto XVI como Cabeza.

Juan Pablo II: el último Papa

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Las profecías de la Virgen María sobre la Iglesia son muy variadas, pero siempre tocando un punto esencial: la falta de fe de la Iglesia.

El problema de la Iglesia radica en su falta de fe, porque tiene todo lo que se necesita para obrar lo divino en un mundo que es un infierno.

Pero no lo hace porque no cree y quiere resolver los problemas de los hombres por caminos humanos y dando solución humana a cuestiones espirituales.

Por eso, la Iglesia vive en la oscuridad en cuanto a lo que se le viene encima.

La Virgen ha sido clara en todos sus mensajes: ya no hay tiempo. El tiempo ha concluido. Ya estamos viviendo el Tiempo del Fin. Un Tiempo en que deben darse muchas cosas, pero que debe ser claro para las almas que creen en la Palabra de Dios.

Reina la confusión en todas partes y todos siguen lo que los hombres dicen en la Iglesia. Pero muy pocos siguen lo que Dios dice a través de Sus Profetas.

La Iglesia ha apagado la Lámpara de la Profecía, porque ha apagado el Espíritu. Y, por tanto, ya no puede enseñar la verdad, que está en Dios, sino que se dedica a enseñar las verdades que nacen de las mentes de los hombres. Y no sabe salir de esas verdades.

Por eso, hoy no se cree que el Papa que está ahora sentado en el Trono de Pedro, en la Catedra de Cristo, en la Majestad de la Gloria, no es un Papa que Dios ha elegido, sino uno que los hombres han elegido.

Para entender esta verdad, hay que ir a las profecías de la Virgen sobre el Papado. Después de Juan XXXIII, sólo quedan tres Papas. Son cuatro, pero uno no cuenta. Después de eso, viene el Fin de los Tiempos.

Por tanto, con la muerte de Juan Pablo II, se acaba un tiempo en la Iglesia e se inicia otro muy distinto.

Benedicto XVI fue elegido por Dios, pero él tomó la decisión de abdicar de su gobierno, de salir de la Elección Divina. Y eso supone un tremendo caos en la Iglesia, porque nadie se puede atribuir, para sí mismo, la Elección de Dios. Y nadie puede decidir sobre esa Elección. Benedicto XVI debería haber estado en esa Elección hasta la muerte y, por su soberbia, decidió lavarse las manos en la Iglesia. Fue un Papa que se opuso al Espíritu en su Elección y eso ha costado caro a la misma Iglesia.

Benedicto XVI fue un Papa que no supo discernir su Elección Divina y, por eso, hizo de su cargo un negocio para la Iglesia. Si el Papa tiene el derecho de dejar una vocación divina por una razón sólo humana, como fue su enfermedad, entonces, el sucesor de ese Papa también tiene el derecho de irse cuando quiera. Y eso supone una puerta abierta al Anticristo.

Benedicto XVI tuvo miedo de los hombres en la Iglesia y escogió la puerta más fácil: renunciar. Tenía que haber luchado por la Cabeza de la Iglesia. Y no lo hizo. Sigue luchando por su sacerdocio, pero él fue llamado por Dios para un oficio en la Iglesia y el más importante en la Iglesia. E hizo de ese llamado un saco roto a la Iglesia.

Quien se sienta ahora en el Trono de la Iglesia no ha sido elegido por el Espíritu, porque el Papa anterior a él se opuso al Espíritu en el oficio de poner una Cabeza en la Iglesia. Es el Espíritu el que decide quién poner, y es el Espíritu el que decide hasta cuándo se está en ese cargo como Cabeza de la Iglesia. Y el Papa que quiera decidir su destino en la Iglesia, al margen de la Voluntad del Espíritu, está diciendo que los hombres pueden decidir en poner y quitar la Cabeza de la Iglesia.

Es lo que pasó con Benedicto XVI: hizo lo que ningún Papa se atrevió a hacer en la Iglesia. Y eso produce que el Espíritu se retire de la Cabeza de la Iglesia y su sucesor, es sólo un Papa que los hombres han elegido.

Dios da a Su Iglesia lo que los hombres quieren. Ellos han querido un Papa humano. Y eso es lo que tienen: un falso Profeta, que actúa como Papa. Dios se reserva el Tiempo de poner en la Cabeza de Su Iglesia el Papa que no vaya contra el Espíritu y que haga de la Iglesia la Obra del Espíritu.

Con Benedicto XVI comenzó el Final de los Tiempos. No fue un Papa completo, fue un Papa para un tiempo. Es el Papa que la Virgen dijo que no cuenta, como señaló a Conchita, porque renunció a la Elección de Dios sobre su Pontificado. El Poder Divino quedó obsolete en el gobierno de la Iglesia. No cuenta como Papa, no sirve como modelo de Papa. Por eso, el Papado se acaba con Benedicto XVI, que aún fue Elegido por Dios como Cabeza de la Iglesia, pero que renunció a esa Elección por su capricho humano, no por Voluntad Divina.

El último Papa verdadero fue Juan Pablo II, que dio a la Iglesia un tiempo de Paz en el Espíritu y que, gracias a su fe, la Iglesia pudo caminar hacia la Voluntad de Dios.

Y el Papa que está ahora en la Cabeza de la Iglesia no es elegido por Dios. Es un Papa, el actual, que pretende mostrar a los hombres, que él es una buena persona y que todos en la Iglesia somos buenos y santos y que, por eso, Dios está contento con los hombres.

Es un Papa que abre las puertas para que entre el Anticristo. Por eso, después de él, ya nadie se sentará en la Cátedra de Pedro, porque estará vacía y llena de la presencia del demonio.

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