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Benedicto XVI: un Papa atacado por los Cardenales, Obispos y sacerdotes.

«Al emprender su ministerio, el Nuevo Papa sabe que su deber es hacer resplandecer ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia, sino la de Cristo» (Benedicto XVI, 19 de abril 2005 – Mensaje urbi et orbi).

Este fue el estilo del pontificado del Papa Benedicto XVI: que brille la doctrina de Cristo en el mundo y en la Iglesia. Él nunca quiso ser el protagonista, sino sólo el que señalaba a Cristo, que es el verdadero protagonista en la Iglesia.

Benedicto XVI siempre fue mirado con recelo y todo lo que hizo o dijo estaba mal. En su pontificado, no le dejaron pasar una. Él siempre siguió su visión teológica, su integridad en la fe católica. Y eso le hizo dar pasos “políticamente incorrectos”. Tuvo muchos ataques que venían del campo de los intereses políticos, que buscaban en él un punto débil.

Muchos ataques de los disidentes internos de la Iglesia, que no compartían sus posiciones en la liturgia, o sobre el diálogo interreligioso, o sobre el levantamiento de la excomunión a los obispos lefebvrianos.

Benedicto XVI siempre se posicionó en defensa de la vida, el no al control de la natalidad a través de métodos artificiales, el no a la experimentación con células estaminales embrionarias, temas que se oponen a intereses, no sólo políticos, sino financieros.

Pero quien más atacó al Papa fueron los hombres de Iglesia: teólogos, sacerdotes y laicos. Esos hombres que con la boca se dicen católicos pero que, en su interior, no tienen el Espíritu de la Iglesia, están cerrados a la verdad que viene del Espíritu:

«Quizá no había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada de este modo. A las persecuciones de tantos cristianos, literalmente crucificados en varias partes del mundo, a los múltiples intentos de desarraigar el cristianismo de las sociedades antaño cristianas con una violencia devastadora en el plano legislativo, educativo y de las costumbres que no puede encontrar explicaciones en el normal sentido común, se añade desde hace tiempo un encarnizamiento contra este Papa, cuya grandeza providencial está ante los ojos de todos. A estos ataques hacen tristemente eco cuantos no escuchan al Papa, también entre los eclesiásticos, profesores de teología en los seminarios, sacerdotes y laicos. Cuantos no acusan abiertamente al Pontífice, pero ponen en sordina sus enseñanzas, no leen los documentos de su magisterio, escriben y hablan sosteniendo exactamente lo contrario de cuanto él dice, dan vida a iniciativas pastorales y culturales, por ejemplo en el terreno de la bioética o del diálogo ecuménico, en abierta divergencia con cuanto él enseña. El fenómeno es muy grave en cuanto que también está muy difundido» (Monseñor Giampaolo Crepaldi, 20 de mayo del 2010).

No había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada por la misma Jerarquía, por los mismos que tienen la obligación de obedecer a un Papa. Esa Jerarquía ha resistido al Papa brutalmente, hasta hacerlo caer.

El fenómeno es muy grave y difundido. De tal manera, que estos hombres de Iglesia, que han acusado al Papa, que han puesto en sordina sus enseñanzas, que han enseñado lo contrario a su magisterio, son los que ahora tienen el poder, los que han puesto a su hombre, Bergoglio.

Ellos, los que gobiernan la Iglesia con un gobierno horizontal, fueron los antipapas en el Pontificado de Benedicto XVI:

Benedicto XVI «ha dado lecciones sobre el Vaticano II a las que muchísimos Cardenales católicos se oponen abiertamente, promoviendo formas de contra-formación y de sistemático magisterio paralelo guiados por muchos “antipapas”» (Ib).

Cardenales guiados por “antipapas”.

Muy grave lo que dice Monseñor Giampaolo: en el pontificado de Benedicto XVI muchos cardenales actuaron como antipapas, enseñando lo contrario al magisterio ordinario del Papa, con otro magisterio paralelo, en abierta rebeldía al Papa reinante.

No es de extrañar que esos Cardenales hayan sido el motivo principal en la renuncia del Papa Benedicto XVI. No se puede gobernar cuando nadie quiere obedecer. Esta es la clave de la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Si un Papa ve a sus Cardenales actuando como antipapas, guiados por el espíritu contrario a Pedro, entonces ¿qué tiene que hacer el Papa?

Fueron muchísimos Cardenales los que se opusieron abiertamente al Papa. No fueron unos cuantos. Eso da idea de la gravísima ruptura que había en la Curia. División que llevó, de manera inevitable, a la renuncia en el gobierno de la Iglesia. Renuncia aplaudida a rabiar por todos esos Cardenales que han hecho del Pontificado de Benedicto XVI un gran martirio espiritual.

No había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada por los Cardenales que habían elegido al Papa Benedicto XVI con el fin de anular su gobierno y de poner a otro. Una jugada maestra. Hacer que el gobierno central de la Iglesia no colabore con el Papa:

«En el pasado ha habido momentos de crisis, a veces incluso disputas furiosas entre los Cardenales, y más de un pontífice, refiriéndonos al siglo XX, en distintas ocasiones ha debido defenderse también de detractores dentro de la Iglesia. A menudo se han visto obispos contra obispos, con frecuencia ha habido discrepancias importantes también dentro de la Iglesia. Pero nunca se había llegado a la situación que vemos hoy…es suficiente seguir los asuntos eclesiásticos para darse cuenta de que, muchas veces, el que hace aguas es el gobierno central de la Iglesia, es la escasa disponibilidad de las personas que deberían ayudar al Papa a gobernar…Un Papa, como Benedicto XVI, que dice cosas enormes, como la referencia a la suciedad de la Iglesia y a la necesidad de que la Iglesia haga penitencia, no puede ser dejado a merced de ciertos ataques….» (Declaración de Benny Lai recogida en el libro “En defensa del Papa” – “Complots, Campañas mediáticas e incidentes de recorrido, pag 363).

Un Papa, como Benedicto XVI, que dice cosas enormes y lo dejaron solo en el gobierno de la Iglesia, le hicieron la vida imposible.

Cuando Benedicto XVI hablaba claramente de ciertos problemas, como la liturgia, la importancia de la relación entre fe y razón, los curas pedófilos, sin asumir actitudes demagógicas, sin tener miedo de hablar, la mayoría de los hombres de Iglesia, le hacían resistencia.

«No quiero criticar a las personas individuales, pero se ve claramente que este pontificado tiene un problema de governance, es un hecho objetivo, bajo los ojos de todos. Sería fácil decir que el cardenal Bertone no es un diplomático… demasiado fácil. El problema de fondo es que el Papa desde el inicio de su pontificado ha decidido dejar la governance técnica a algún otro, porque, para él, el buen gobierno es el que lo apuntala todo en la Santidad de la Iglesia, el resto lo seguirá. Bertone hace lo que puede». (Declaración de  Jean-Marie Guenois recogida en el libro “En defensa del Papa” – “Complots, Campañas mediáticas e incidentes de recorrido, pag 373).

Benedicto XVI no se dedicó a la diplomacia, sino a hablar claro a todo el mundo. Y esto supone atacar a todo el mundo. De ahí la resistencia de muchos hombres de la Iglesia a la palabra del Papa.

El buen gobierno es el que lo apuntala todo hacia la Santidad: hay que hablar de santidad, hay que gobernar la Iglesia en la santidad de la gracia, porque esa es la misión de toda la Iglesia, esa es la misión de todo sacerdote: salvar y santificar las almas.

Los que eligieron al Papa Benedicto XVI resistieron a este gobierno en que todo estaba fijado en buscar aquello que nadie quería para la Iglesia: la santidad. No querían una cabeza que les enseñara esto. Querían otra cabeza, una cabeza que estructurara la curia para poner los ideales de una nueva teología que haga reformar la Iglesia de pies a cabeza.

Lo único que no perdonan a Ratzinger es haber sido elegido Papa para seguir en lo mismo.

Benedicto XVI «ha dado lecciones sobre los “valores no negociables”, que muchísimos católicos minimizan o reinterpretan, y esto ocurre también por parte de teólogos y comentaristas famosos cobijados en la prensa católica, además de en la laica; ha dado lecciones sobre la primacía de la fe apostólica en la lectura sapiencial de los acontecimientos y muchísimos siguen hablando de primacía de la situación, o de la praxis o de los datos de las ciencia humanas; ha dado lecciones sobre la conciencia o sobre la dictadura del relativismo, pero muchísimos anteponen la democracia o la constitución al Evangelio»  (Monseñor Giampaolo Crepaldi, 20 de mayo del 2010).

Benedicto XVI ha dado lecciones a todo el mundo como Papa. Esto es lo que nadie le perdona. Por eso, ahora todos están contentos con Bergoglio: él no da lecciones como Papa, sino como un hombre lleno de mundo, de profanidad, de vulgaridad.

Benedicto XVI ha hablado como Papa, es decir, ha hecho «resplandecer ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia, sino la de Cristo». Y nadie lo ha escuchado. Y si se cierran los oídos a la voz del Papa, el alma se cierra a Cristo en la Iglesia. Si no se comulga con el Papa, tampoco se puede comulgar con Cristo. Y aparece la apostasía de la fe: todos se apartan de la verdad para comulgar con un hombre lleno de herejías, de mentiras. Y todos quieren la herejía para la Iglesia.

«El hablar del Papa es claro, sencillo y apropiado, su decir “al pan, pan y al vino, vino”, delante de cualquiera y en cualquier circunstancia, choca con muchas personas… Nada es superficial, nada en la doctrina ni en la fe que el Papa está volviendo a proponer en su verdad y en su entusiasta praxis, ni en el análisis ni en las vías de escape de la crisis moral y social en las que se debate el planeta. Nadie puede imaginar que los ataques de estos años, desde las críticas inventadas en Regensburg, sean fruto de circunstancias casuales. La pareja de hierro, Wojtyla-Ratzinger, ha gobernado y colaborado durante varias décadas, volviendo a proponer la belleza de la fe, combatiendo las heréticas interpretaciones posconciliares, reordenando muchos aspectos de la vida religiosa y curial, actualizando la doctrina social de la Iglesia y entusiasmando a centenares de millones de hombres y mujeres de todo el mundo. Esto ha producido enemigos, enemigos en aquellos que se lucraban con la ideología consumista, proponían al hombre sólo el modelo libertario y utilitarista, apostaban por vetustas ideas maltusianas y eugenésicas» (Luca Volonté – Investigación sobre la pedofilia en la Iglesia, 2010).

Benedicto XVI ha chocado con muchos Cardenales, muchos Obispos, muchos sacerdotes, muchos laicos porque ninguno de ellos quería el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Por eso, los ataques al Papa no fueron circunstancias casuales. Muchos católicos han querido su revolución en la Iglesia, el lío que ha iniciado Bergoglio. Si Bergoglio hace lo que le da la gana, entonces los Cardenales, los Obispos, los sacerdotes y los fieles hacen lo que les da la gana en la Iglesia. Este es el lío de Bergoglio. Este es el teatro montado con Bergoglio.

Y ahora todos hacen sus apuestas con qué pasará en el Sínodo. Ahora, todos ocultan la verdad de lo que pasa en la Iglesia porque les interesa promover esta situación, no sólo de herejía, sino de claro cisma en la Iglesia.

Bergoglio no propone la belleza de la fe, no combate las herejías, no le interesa ni la vida religiosa ni la vida curial, ha echado por tierra toda la doctrina social de la Iglesia con la fábula de su ecología modernista, y sólo habla a los hombres y a las mujeres para que sigan viviendo su vida en la obra de sus pecados.

¿Quién resiste a Bergoglio? Nadie en la Iglesia. Todos se dicen católicos, pero los fieles que siguen de verdad los preceptos de la Iglesia son una pequeña minoría. Y ese remanente es el que resiste a Bergoglio. Los demás, que es la mayoría de los Cardenales, Obispos, sacerdotes y fieles, tienen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, pero no creen en él. Si creyeran resistirían a Bergoglio y le harían, no ya la vida imposible, sino que lo hubieran sacado de la Iglesia con una excomunión oficial.

Se ha atacado abiertamente a Benedicto XVI. Han montado toda una estrategia con la única intención instrumental de liquidar a Benedicto XVI. Le han obligado a renunciar.

Y esto supone decir que la figura del Papa es el problema en la Iglesia, no la solución. Y, por eso, han puesto a un hombre que ha destruido el Papado, la figura del Papa en la Iglesia. Ahí lo tienen en Bergoglio: no es un Papa. No habla como Papa, no obra como Papa, no busca los intereses de Cristo en la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo en la Iglesia. Él es el único protagonista en la Iglesia. Bergoglio es sólo un diplomático, como todos los políticos, que quiere quedar bien con todo el mundo, menos con los católicos verdaderos. Benedicto XVI quiso quedar bien con la Iglesia católica, quedando mal con todos los demás que no lo amaban como papa.

Muchos católicos siguen en la miopía con respecto a Bergoglio. Y son los que defienden que Bergoglio es la solución a todos los problemas. Que ese hombre, que ha destruido lo que es un Papa en la Iglesia, tiene la llave para reformar toda la Iglesia. En esta miopía viven ilustrísimos católicos, que ven la herejía de Bergoglio y caen en el pecado de llamarlo “santo padre”.

Si ha existido esa estrategia en contra del Papa Benedicto XVI para colocar a un impostor en el Papado, es que lo que está en curso es un atentado contra toda la credibilidad global de la Iglesia. No sólo han querido imponer un hombre para un nuevo papado; sino que quieren imponer una doctrina para una nueva iglesia. Quieren levantar la iglesia en la que todo el mundo crea.

Es lo que la gente no quiere enterarse. Muchos pronostican qué pasará en el Sínodo y ponen en Bergoglio un poder que no tiene. Y se ciegan diciendo que con esa autoridad, divina para ellos, se va a reformar la Iglesia hacia lo que Dios quiere. Y no caen en la cuenta que la verdad no puede destrozar la misma verdad.

El que está en la verdad permanece en ella, no cambia los dogmas, las tradiciones, los ritos, sino que profundiza en la misma verdad para sacar nuevos conocimientos que no supone la destrucción de lo que se tenía.

El que está en la verdad no edifica un Sínodo para aprobar la comunión a los malcasados, para que los homosexuales tengan cabida en el actuar de la Iglesia, para que se mire con bondad a los herejes y a los cismáticos.

Al poner muchos en Bergoglio el poder divino, se vuelven ciegos en sus discursos. El poder de Dios no es para destrozar lo que Dios ha levantado durante siglos en la Iglesia. Luego, el Sínodo no es la obra de Dios, sino la obra de los hombres. Y allí estarán bajo una cabeza de herejía, un heresiarca, que sólo tiene un poder humano. Y gobierna la Iglesia con ese poder humano. Y de ese Sínodo saldrá la nueva iglesia, que será herética por los cuatros costados, que es la falsa iglesia que necesita el Anticristo para implantar su gobierno mundial.

Y la Iglesia, después del Sínodo, no se vuelve herética, no cae en herejía. Porque la Iglesia en Pedro, no está en Bergoglio, sino en el Papa Benedicto XVI. Nunca la Iglesia cae en herejía. Son los hombres de Iglesia los que han puesto a un hombre de herejía para levantar una nueva iglesia. Y esa nueva iglesia, comandada por un falso papa, es la iglesia de la herejía. Una secta más, pero llamada por la palabra oficial de la Jerarquía como iglesia católica, falsa iglesia católica.

Esto es lo que muchos ilustrísimos católicos no acaban de entender ni quieren entenderlo. Se mueven en la palabra oficial de la Jerarquía. Y sólo creen en esa palabra de los hombres. Han perdido la fe en la Palabra de Dios. Ni saben lo que es creer ni les importa la fe en Cristo ni en Su Iglesia, porque han unido fe y razón. La fe, para ellos, es la síntesis de todo lo que la razón puede abarcar. Ya no es un don divino, ni puede serlo, porque mucha Jerarquía son sólo hombres ateos.

Necesitan poner un falso papa que enseñe una nueva teología, en la que se abatirá para siempre los dogmas, los ritos, las leyes religiosas y clericales. Sólo va a quedar la fe en Jesucristo y cada uno puede entenderla a su manera.

Necesitan un falso papa que ofrezca un nuevo concepto de Dios como energía que se propaga continuamente en todo el universo, que lo hace expandir, que está en todas las cosas: en el reino vegetal, en el reino animal, en el átomo más pequeño hasta la galaxia más grande.

Necesitan un falso papa que proclame que todas las cosas en el Universo tienen inteligencia. Y que esas inteligencias se han encarnado durante toda la historia en los hombres.

Que diga que el Universo entero es el cielo de lo creado, que el infierno es sólo aquello que el hombre piensa y elige negativamente en su vida, y que el purgatorio no es más que la purificación de los efectos que las obras de los hombres producen. Es sólo un período tiempo en que se van curando las heridas.

Que diga que el hombre está en evolución y, por eso, la reencarnación es necesaria para la vida. Que la muerte no existe, sino que la vida es eterna a través de reencarnaciones.

Que todos somos hermanos y hermanas. Y, por lo tanto, todos somos hijos de Dios. Y hay que buscar un acuerdo de fraternidad con todos los hombres, para instaurar  una super-civilización sin trabas, sin exclusiones, sin crisis. Y, por lo tanto, se necesita una iglesia en la que Jesús, Krishna, Buda, Mahoma, Lutero, etc… sean uno, con un mismo mensaje, que recoja todas las verdades relativas y las presenten como una verdad absoluta.

El Sínodo es el inicio para levantar esta nueva iglesia. Y lo harán con el poder humano que tiene Bergoglio. Y, por eso, no hay que esperar al Sínodo para estar en la Iglesia de Cristo. No hay que rezar por el Sínodo para que todo salga bien. Esta es la ceguera de muchos ilustrísimos católicos, ciegos a la verdad, que sólo quieren ver lo que su mente quiere encontrar.

Tienen miedo de hablar claro, de dar el mensaje que el Papa Benedicto XVI se propuso desde el inicio de su pontificado.

La Jerarquía de la Iglesia ha olvidado que «la Iglesia no es nuestra Iglesia, sino su Iglesia, la Iglesia de Dios. El siervo debe rendir cuentas de cómo ha gestionado el bien que le ha sido confiado. No atamos a los hombres a nosotros, no buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Conducimos a los hombres hacia Jesucristo y, así, hacia el Dios viviente» (Benedicto XVI, 12 de septiembre 2009).

El sacerdocio no es un dominio, sin un  servicio en la verdad de la Palabra de Dios.

Con Bergoglio, el sacerdocio se ha convertido en servir al pueblo que manda. Servir los intereses de los hombres, anulando la misma Iglesia de Cristo.

Con Bergoglio, la Jerarquía conduce a los hombres a la comunión con el mundo, a estar en el juego del demonio, a obrar lo que los hombres quieren en sus vidas. Presentan un Jesucristo que no existe en la realidad. Presentan un Dios misericordioso que es una fábula de la mente del hombre. Hacen que los fieles de la Iglesia vivan en la memez de sus pensamientos y de sus obras humanas. Son bastardos que crían bastardos.

«A menudo nos preocupamos afanosamente de las consecuencias sociales, culturales, políticas de la fe, dando por descontado que esta fe es, que por desgracia es, cada vez menos realista. Se ha puesto quizá demasiada confianza en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y de funciones; pero ¿qué ocurrirá si la sal se vuelve insípida?» (Benedicto XVI – 11 de mayo 2010).

¿Qué ocurrirá en el Sínodo si los Cardenales, los Obispos y los sacerdotes ya no son sal de la tierra, ya no viven para la vocación a la que han sido llamados? Sólo van a levantar una nueva iglesia porque están preocupados sólo de agraciar al mundo.

Todos han puesto su confianza en la estructura de un Sínodo para cargarse la Iglesia: para oscurecer la verdad y que sólo brille la luz de las tinieblas. Por eso, después del Sínodo la Jerarquía tendrá que sufrir la mayor abominación. Y la querrán y la buscarán. Y morirán en ese sufrimiento creyendo que es para el bien de la Iglesia.

Está tan cegada toda la Jerarquía que actualmente se cree santa siguiendo la mente de un hereje.

Están tan idiotizados por las palabras babosas de su hombre, que no caen en la cuenta que sin sacrificar la propia vida por la verdad inmutable, cualquier otro sacrificio no tiene ningún valor.

«No vengo a imponer la fe, sino a instar el valor por la verdad» (Benedicto XVI – Enero 2008 en la Universidad La Sapienza de Roma).

Este es el resumen del pontificado de un Papa elegido por el Espíritu Santo para gobernar una Iglesia cerrada a la verdad.

Un Pontífice para el tiempo más extraño de la Iglesia: el tiempo en que un falso papa tiene que levantar una falsa iglesia, apoyada sólo en la mentira y en el ataque sin piedad a toda la Iglesia Católica.

Un falso papa que quiere imponer su mentira en el Sínodo. Y muchos lo seguirán porque han resistido, hasta morir, al Papa Benedicto XVI. Y ahora sólo lo tienen como una estatua, que ni siquiera le quitan el polvo.

Han destrozado la cabeza de la Iglesia, anulando al Papa. Pero necesitan levantar una nueva estructura de iglesia. Y son necesarias personas inteligentes para ello. Personas que vivan para la perversidad de sus mentes. Personas que no les importe la Iglesia como tal, sino el negocio que en la Iglesia se lleva a cabo.

Muy pocos han captado la gran crisis de la Iglesia. Y se hacen ilusiones con el Sínodo. ¡Cuánta cháchara se publica por internet! ¡Y cuántos pierden el tiempo creyendo y dando mente a  esas chácharas!

El valor de la verdad nadie lo quiere escuchar ni obrar. Todos van hacia el valor de la mentira para construir una iglesia de mentira.

¡Qué les aproveche su gran necedad para su condenación en vida!

 

En comunión espiritual con el Papa Benedicto XVI

verdaderofalso

«No tengáis miedo, adelante en comunión con Benedicto» (Jesús a un alma escogida).

Todas las almas, en la Iglesia, tienen que estar unidas a Su Cabeza.

Pero hay una Cabeza Invisible, que es Jesucristo; y una Cabeza visible, que es el Papa.

La unión del alma con Cristo es mística; la unión del alma con el Papa es espiritual.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: son las almas unidas místicamente a Cristo bajo una Cabeza espiritual, sometidas, obedeciendo a esa Cabeza.

En toda oración litúrgica, en la Sta. Misa, el alma tiene que tener dos intenciones: la de unirse a Cristo, a su obra redentora en la Cruz; y la de unirse a las intenciones del Papa, a la obra del Papa en la Iglesia.

Quien se une a Cristo, participa de Su Obra Redentora: le ayuda a salvar y santificar las almas; quien se une al Papa, participa de su Espíritu, el Espíritu de Pedro, que es el que mueve a toda la Iglesia; construye, con él, la Iglesia de Cristo.

Todos aquellos que se separan del Papa también lo hacen de Cristo. Si no se está unido espiritualmente al Papa, tampoco se está unido místicamente a Cristo.

No se puede estar en comunión mística con Cristo sin estar en comunión espiritual con el Papa. Y si se comulga espiritualmente con un falso papa no puede darse la unión mística con Cristo.

Jesús ha puesto a Benedicto XVI como Pedro en la Iglesia. Jesús construye la Iglesia sobre el Papa Benedicto XVI:

«…pues os digo, Mi Benedicto, que tú eres Pedro, y sobre ti edifico Yo Mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Ib).

Jesús no puede edificar Su Iglesia sobre un hereje, porque la obra de la Iglesia es una verdad revelada, divina, inmutable, dogmática. Es una verdad moral y espiritual. Los herejes, no sólo atacan la verdad sino a toda la Iglesia, a toda la obra de Cristo en Pedro.

Allí donde está Pedro está la visibilidad de la Iglesia. Pero allí donde está un falso Pedro, sólo es posible ver una secta más, no una iglesia.

«Ninguna tempestad puede conmover a la Iglesia fundada sobre la piedra, ni destruirla nunca el furor de los vientos» (San Jerónimo – In Isai); pero puede ser ocultada, perseguida, atacada, de tal manera que ya no sea visible.

La Iglesia es visible en todo el mundo porque es autoridad moral y espiritual, Al dar normas morales y espirituales para todas las almas y para todos los gobiernos, se produce la visibilidad moral de la Iglesia. Esta visibilidad es universal: se extiende a todas las naciones. La Iglesia existe y domina moral y espiritualmente en toda la tierra. Esto es lo que se llama la catolicidad. La Iglesia de Cristo es católica porque ejerce su dominio moral sobre todos los pueblos.

Muchos han anulado esta catolicidad porque sólo la relacionan con la nota de lo universal. Lo católico es lo moral, lo espiritual. No es lo global, lo universal, no es algo que todos pueden usar a su capricho.

«Pídeme, y te daré las naciones en herencia tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra» (Salm 2, 8b).

La Iglesia domina todo el mundo, con una autoridad moral, porque propaga la ley de Dios entre las naciones: señala lo que es la Voluntad de Dios y la manera de obrarla.

La Iglesia no conquista tierras, no domina políticamente, no establece un reino humano ni material. La Iglesia domina corazones, almas, evangelizando, administrando los Sacramentos, haciendo observar los mandamientos divinos.

Desde hace más de dos años, Bergoglio ha dado muestras suficientes de que es un hereje consumado y manifiesto. Pero «pocos parecen percatarse de la falsedad del lobo vestido de oveja, que anda abriendo las puertas del redil para dejar extraviar a las ovejas buenas, y dejar entrar a los lobos, a los que son ovejas de otro rebaño» (Ib).

Pocos se dan cuenta de que en Roma están en comunión espiritual con un hereje. Si Roma es hereje, la Iglesia verdadera queda encarcelada, oculta, perseguida, porque eso supone alejarse de la comunión mística con Cristo. Eso es alejarse de la Iglesia Católica. Eso es presentar al mundo, a las almas, a los gobiernos, una iglesia que no ejerce su domino moral sobre todos, sino que es abiertamente inmoral. Una secta que ejerce una imposición, un imperativo moral (= una inmoralidad).

Si no se aplica la ley de Dios, si no se enseña lo que es la Voluntad de Dios, entonces el mundo recibe una doctrina no moral, herética por los cuatro costados. Es decir, se ofrece al mundo lo mismo que éste tiene. Automáticamente, esa iglesia pierde la universalidad y la catolicidad. Esa iglesia es sólo mundo, una secta más con sus ideas propias.

Pero tiene un agravante: se da esa doctrina amparada en una autoridad moral y espiritual, que es falsa. Porque el verdadero Papa, el que tiene ese dominio moral y espiritual, no gobierna la Iglesia:

«Oh, Mi Pedro, estáis encarcelado, impedido de ejercer vuestro ministerio, porque el usurpador ha tomado vuestro puesto, haciéndose pasar por uno de los Míos, pero el espíritu del mal ya entró en él, y vendió su alma al poder del mal. (ib).

Si el usurpador ha tomado el puesto del Papa, haciéndose pasar por Papa, arrogándose un poder que no tiene ni puede tener, la consecuencia es clara: ese falso papa ejerce una dictadura física entre todos los miembros de la Iglesia. Impone una inmoralidad. No sólo él se ha prostituido con todas las ideas contrarias a la verdad revelada, sino que quiere hacer que todos hagan lo mismo: quiere que todas las almas en la Iglesia, fieles y Jerarquía, se vendan y caigan en el adulterio espiritual. Se alimenten de la herejía. Y quien no siga sus pensamientos, su lenguaje bello y bien elaborado, acaba como se ha hecho con los Frailes de la Inmaculada.

Lo que se ve en Roma no es la catolicidad de la Iglesia sino la mundanidad de la iglesia: la iglesia se ha hecho mundo, como el mundo. Ha adquirido el pensamiento del mundo, que nunca puede ser moral ni espiritual.

Muchos no se han percatado que Bergoglio es una persona inmoral y totalmente mundana, nada espiritual. El poder que ejerce es necesariamente en contra de todo poder moral y espiritual, en contra de toda la doctrina católica. No ejerce un dominio moral, sino una dictadura humana: si no se está en la Iglesia pensando lo mismo que piensa ese hombre, te persiguen, te destruyen, te atacan por todos los frentes.

El dominio moral de la Iglesia nunca es una imposición a los hombres; pero toda dictadura humana esclaviza a todos los hombres a un ideal humano.

Quien obedece a Bergoglio, quien se une a él en la oración, a sus intenciones en la Santa Misa, en sus oraciones de cada mes, recibe el mismo espíritu que anima a esa alma. Bergoglio es movido por dos espíritus: el del falso profeta y el del Anticristo.

Con el primero, ese hombre habla siempre la mentira, es decir, nunca es capaz de enseñar la doctrina de Cristo ni de guiar a las almas hacia la verdad revelada. Es imposible que Bergoglio piense y hable la verdad absoluta. Continuamente, él está en sus relativismos. Y no es capaz de darse cuenta que no sabe nada, que está haciendo el mayor de los ridículos, ante el mundo y ante toda la Iglesia.

Con el segundo espíritu, ese hombre destruye toda la obra de Cristo, que es la Iglesia. Pone a sus hombres claves en todas las diócesis del mundo, para tener control de todo e ir lanzando su doctrina boca a boca, para que la gente la vaya conociendo y poniendo en práctica. Y una vez que ha sembrado su doctrina, comenzará a poner sus leyes, a cambiarlo todo, tanto en el magisterio de la Iglesia, como en toda la tradición.

Bergoglio no cree en los dogmas: ni vive de ellos ni le interesa su existencia. Los conoce como se conoce el sol y la luna: ahí están. Pero él vive lo suyo, lo que le da la gana. Y hace lo que quiere en su ministerio sacerdotal, que es falso a todas luces.

Aquel que se una espiritualmente a Bergoglio, recibe estos dos espíritus.

El sacerdote o fiel que en la Misa se una a las intenciones de Bergoglio como papa, no sólo peca, sino que es movido por estos dos espíritus.

Quien comulga espiritualmente con Bergoglio no puede comulgar con Cristo ni, por tanto, puede estar unido a toda la Iglesia.

Toda esa Jerarquía que sigue obedeciendo a Bergoglio como su papa no pertenece a la Iglesia de Cristo.

Para pertenecer a la Iglesia Católica hay que estar en comunión espiritual con el verdadero y legítimo Papa, Benedicto XVI. Y eso supone y exige tener a Bergoglio como falso papa.

No se puede decir que se está unido a lo que Benedicto XVI ha hecho en la Iglesia y también unido a lo que Bergoglio va haciendo. No se pueden servir a dos cabezas, a dos papas al mismo tiempo.  O se está con Dios o con el demonio. No se construye la Iglesia con dos cabezas. Y menos cuando las dos son totalmente opuestas en la doctrina y en la moral.

Por eso, lo que se ve, no sólo en Roma sino en todas partes del mundo, en cada diócesis, no es la Iglesia Católica. Es otra iglesia en comunión espiritual con un hereje. Una iglesia herética, llena de herejes. Porque quien obedece a un hereje, se hace hereje.

Cuesta entender esta verdad a muchos. Esos católicos, que se saben la teología, el derecho canónico, dicen que esto no es posible. Es la gran oscuridad que se cierne sobre toda la Iglesia.

La Iglesia no es como la cuentan los hombres. Es una verdad revelada: es como la cuenta Dios, como la piensa Dios, como la obra Dios.

Como nadie cree en las profecías, porque todos se han vuelto sabios de su propia cabeza humana, entonces nadie puede comprender esta verdad: Benedicto XVI es el último Vicario, el último Papa. No hay más Papas. No existe un Bergoglio como papa. Existe Bergoglio como usurpador del papado.

«… Mi Verdadero Vicario, BENEDICTO XVI, quien permanece y sostiene a la Verdadera Iglesia, sosteniéndola con su oración, con su sufrimiento, pues Él sabe que a Él se le ha concedido la palma del martirio, y es el Pilar que sostiene la Iglesia; es Pedro encarcelado, privado de predicar la Verdad y ejercer su ministerio petrino; quien todavía tiene las llaves de la Iglesia, aunque por el momento está encarcelado» (Ib).

De momento, Benedicto XVI sigue en la cárcel, pero sostenido por la oración y el sufrimiento de los verdaderos católicos, que son ciertamente muy pocos. Todos están idiotizados por las palabras baratas y blasfemas de un idiota.

Benedicto XVI «quien guiado por El Espíritu Santo supo salir, en el tiempo señalado, para guiar y sostener debidamente a la Verdadera Iglesia, Mi Santa Doctrina. Se entregó para salvar Mi Iglesia. Este gesto, de humildad y de amor de Benedicto, marcó el principio del fin».

Si la Jerarquía hubiera comprendido el gesto de Benedicto XVI, su renuncia que no es renuncia, entonces no hubieran elegido a un impostor e hubieran hecho todo lo posible por quitar a Bergoglio de la Silla de Pedro.

En estas dos cosas toda la Iglesia, toda la Jerarquía, es culpable. Nadie se opuso al Cónclave; nadie se ha opuesto a Bergoglio.

Ninguno ha movido un dedo. Ni un solo dedo. Porque son cobardes: esos Obispos, que tienen todo el poder para gobernar con la verdad en la Iglesia, temen a los hombres; no saben enfrentarse a ellos; no han aprendido a obedecer a un Papa en la Iglesia y, por eso, ahora quedan ciegos en una falsa obediencia a un idiota. Y ellos no lo ven como idiota, sino como sabio, como un portento de santidad y de justicia.

Acaban de presentar el Instrumentum Laboris del Sínodo, con novedades que refieren sobre todo al contexto antropológico-cultural, al socio-económico y al ecológico, ”ahora felizmente iluminado por la nueva encíclica Laudato sí’ (Visnews).

Lo que va a salir de ese falso Sínodo es una imposutra porque está basado en un documento construido sobre una gran mentira: el cambio alarmante del clima. Sobre esa mentira, que todos quieren, todos la buscan y aplauden, se va a liquidar todo el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Quien hace comunión espiritual con un falso papa ayuda a destruir toda la Iglesia.

Quien comulga espiritualmente con Benedicto XVI construye la Iglesia y, por lo tanto, se opone radicalmente a Bergoglio como papa. Se opone con todas las consecuencias.

Bergoglio es «un falso pastor que, por falsa piedad y falsa misericordia, deja entrar a los mentirosos, a los soberbios y orgullosos, a los idólatras y homosexuales, a todos los que cometen adulterio y fornicación, viviendo sus leyes y sus antojos, y no en obediencia a Mi Ley Divina» (Ib)

Todos pueden comprobar estas palabras a diario. Y todos pueden ver cómo nadie hace nada en contra de ese hereje. Todos le dejan actuar.

¡Cuántos asisten a las falsas misas de ese hombre, llenas de hipocresía, cometiendo muchos sacrilegios! Quien asiste a una misa de ese hombre comete un pecado mortal, además de recibir los espíritus que animan a ese hombre. ¡Cuántos van a comulgar sin discernir que un hereje no puede consagrar a Cristo en las especies del pan y del vino! ¡Cometen un sacrilegio al comulgar! ¡Adoran un trozo de pan!

¡Cuántos fieles que comulgan con Bergoglio y reciben la comunión en estado de pecado mortal! Quien se une espiritualmente a un hereje cae en estado de pecado mortal. Muchos no ven este pecado porque han quedado ciegos. Y se siguen confesando, pero no confiesan este pecado. Hacen confesiones sacrílegas. La ignorancia culpable de un pecado no les excusa de ese pecado.

¡Cuánto fariseísmo aparece en toda la Iglesia! El fariseo es el que se separa de la verdad. Cuantos, por seguir a Bergoglio, se vuelven fariseos, sepulcros blanqueados. Se creen santos y justos porque se dicen a sí mismos que están en comunión con el papa; que es el Espíritu Santo el que ha elegido a Bergoglio como papa. Y quien no se una a él, entonces se va a condenar, está fuera de la Iglesia.

«¡Ay del falso profeta más le valiera no haber nacido! Porque no sólo cargará con su pecado, pondré Yo Mismo sobre sus hombros los pecados de todos los que arrastró con él al mal, y se perdieron por su causa».

Si la Iglesia católica ya no ejerce su dominio moral y espiritual sobre todas las naciones, eso significa que ningún país es ya católico. La Iglesia católica sólo es visible en una sociedad católica.

La obra de la Iglesia es formar sociedades católicas, regidas por la doctrina moral, que es la doctrina de Cristo.

Jesús no es una idea muy bonita, sino una vida divina. Y ha construido Su Iglesia para que el mundo viva como Dios quiere. Cuando las sociedades se rebelan contra la norma de la moralidad, entonces la Iglesia no puede ejercer su dominio y ya no es visible. Sus miembros se van acomodando a todo lo del mundo, a las leyes abominables que se imponen en esa sociedad. Y la Iglesia se oculta, desaparece, sólo vive en sus corazones fieles.

Por eso, ahora todos están buscando una nueva sociedad, un nuevo orden mundial, una nueva iglesia. Han perdido el norte de la moralidad, de la catolicidad. Son sólo veletas del pensamiento humano, y todos se han vuelto más brutos que los brutos.

Si no saben, con su razón, ver la mentira de la doctrina de Bergoglio, menos saben discernir sus herejías.

Si aplauden una doctrina que ha sido demostrada falsa por los científicos, que sólo se mantiene porque da de comer a muchos, por interés político y económico, entonces tampoco saben ver lo que es Bergoglio, ni saben discernir lo que está levantando en Roma. Y esperan al falso Sínodo para que todo se arregle. En esta estupidez viven muchísimos católicos, que ya no saben llamar a cada uno por su nombre.

Permanezcan en comunión espiritual con el Papa Benedicto XVI. Escupan, no sólo a Bergoglio sino a toda aquella Jerarquía que les obligue a seguir a ese traidor. Que ninguna Jerarquía les meta miedo. Sólo hay que temer a Dios. Y el temor de Dios es el principio de toda sabiduría. Aquel que no quiera quitar su pecado, entonces se pasa la vida temiendo a los hombres, y vive su vida limpiando las babas y los traseros de mucha gente que no les importa la verdad. El mundo sigue su mentira, y quiere seguirla, sabiendo que es una mentira. Y la nueva secta en Roma sigue su mentira, sabiendo que es mentira. Y desean con todo su corazón podrido llevar a la perfección esa mentira. Para eso han sacada ese documento ecológico: es el fundamento de la nueva iglesia y del nuevo orden mundial. Ahora, tienen que ir por lo más difícil: imponer las nuevas leyes, el nuevo credo, que rija esa nueva iglesia y que sea el apoyo del nuevo gobierno mundial.
 

Bergoglio no es materialmente Papa

«¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración, así como hacen cuando entra el Señor!» (Bergoglio, 28 de abril del 2015, a los huéspedes de los centros de Cáritas de Roma)

Arrodillarse…así como hacen cuando entra el Señor: cuando Jesús entra en la Eucaristía, todos se ponen de rodillas para adorarlo. Y se hace esto porque Jesús es Dios. Y sólo a Dios hay que darle culto de latría, adoración.

Enseñar que cuando un pobre, un hombre, entra en la iglesia, todos tienen que hacer lo mismo que se hace cuando entra Jesús en la Eucaristía, es enseñar la idolatría, pecado gravísimo que no admite parvedad de materia.

Es preciso sufrir la muerte antes que adorar a un pobre o a un hombre en la Iglesia.

No se puede obedecer el deseo de la mente de Bergoglio sin caer en la desgracia del pecado mortal.

Es una gran injuria contra Dios, no sólo adorar a un hombre, sino enseñar a dar culto al hombre, como si fuera un dios,  y hacerlo desde la Silla de Pedro.

Los hombres ya no saben medir las palabras de Bergoglio. Continuamente, ese hombre está blasfemando contra Dios, contra Cristo y contra la Iglesia. Y lo siguen manteniendo como si no pasara nada.

¿Acaso pueden juzgar las obras injustas de Bergoglio y no ser capaces de juzgar a Bergoglio como falso papa?

Quien lo tenga por su papa no puede juzgar sus obras, sus pensamientos, sus homilías, sus charlas…. Debe callar y obedecer la mente de Bergoglio.

¡Muchos católicos – y buenos católicos- no han aprendido a obedecer en la Iglesia! ¡Por tanto, no saben lo que es un Papa en la Iglesia! ¡No saben obedecer a un Papa verdadero! ¡No saben oponerse a Bergoglio, a un falso papa!

Las ideas de un Papa son las ideas de la Mente de Cristo. Y esas ideas no cambian de un Papa a otro. Son siempre las mismas, en todas las épocas, porque la doctrina de Cristo es eterna, no es temporal.

No se obedecen, en un Papa, las ideas humanas, que todo hombre tiene. Sino que se obedece a las ideas de Cristo, que el Papa da, enseña, ofrece, interpreta con la ayuda del Espíritu Santo.

Todos han caído en el mismo juego: obediencia a la mente humana de un Papa. No han sabido nunca obedecer en la Iglesia. Ni siquiera la misma Jerarquía sabe obedecer. Ahora, es un mundo para todos desobedecer a un falso papa. Muchos quedan perplejos.

Se obedece a la Verdad. Y la Verdad no la posee la mente humana de ningún hombre, ni siquiera el Papa. La Verdad es Cristo. Hay que dejar que actúe la Persona de Cristo en el hombre sacerdote, o en el hombre Obispo, para dar la Verdad a la Iglesia.

Todos dicen: sí, Bergoglio es hereje; pero materialmente es papa.

¡Gran absurdo! ¡Gran injuria!

Porque si Bergoglio es hereje, entonces no es Papa, porque el hereje no pertenece a la Iglesia, ni material ni formalmente.

El pecado de herejía es una obra que saca espiritualmente de la Iglesia de Cristo: no se está unido a Cristo ni a Su Cuerpo Místico. Se puede estar en la Iglesia de una manera exterior. Esa exterioridad no significa pertenecer a la Iglesia visible. Un hereje es como un muro, una pared de ladrillos: se ve el muro, pero ahí no está la Iglesia.

La Iglesia visible no son las parroquias ni los hombres que nuestros ojos observan. La Iglesia visible son las almas en gracia unidas a Cristo, que trabajan en una parroquia, en una capilla, en un lugar concreto.

La Iglesia es Cristo y sus almas. Si desaparecen las estructuras exteriores, la Iglesia permanece visible en las obras de sus almas.

Materialmente, las parroquias, los lugares de culto pertenecen a la Iglesia. Los hombres, en sus pecados de herejía, pueden hacer obras materiales, pero no dan el Espíritu, la Gracia en esas obras.

Un hereje que celebre una misa, materialmente hace una obra en un lugar material. Pero no hace una obra de la Iglesia. No hace una obra espiritual, regida por el Espíritu de Cristo. Su Misa no es una misa. Su sacerdocio no es el sacerdocio de Cristo. Materialmente, se viste como sacerdote. Pero no es sacerdote porque es hereje. Ni siquiera cuando celebra la misa, esa obra material, es materialmente hecha por el sacerdote.

Porque el sacerdocio es una gracia, algo espiritual, que se coloca en el corazón del alma, que es también algo espiritual. La herejía destruye la gracia del sacerdocio: pone un obstáculo que impide que el sacerdote obre con el Espíritu de Cristo. Materialmente, el sacerdote hace una obra; pero no se produce -en él, en su alma- la obra del Espíritu de Cristo.

Por la herejía, su alma no puede unirse a Cristo para actuar como sacerdote, en la Persona de Cristo. Actúa en su propia persona humana, pero no es otro Cristo: no se revela -en él, en su alma- la Persona de Cristo. Posee el sello del Sacramento del Orden, que lo marca como sacerdote de Cristo. Pero ese sello es de índole espiritual, no material. No es un sello en su cuerpo, sino en su corazón. Un sello indeleble, que no se pierde por la muerte del cuerpo, ni por el fuego del infierno.

Ser sacerdote no es hacer obras materiales en la Iglesia. Es actuar en la Persona de Cristo: es Cristo el que obra en el hombre sacerdote. Y esa obra, un hereje, nunca puede mostrarla. Cristo no obra materialmente en un sacerdote hereje. Cristo obra materialmente en un sacerdote pecador, que no ha caído en el pecado de herejía. Cristo no se une al alma de un sacerdote hereje: no aparece la Persona de Cristo en el hombre sacerdote. El pecado de herejía impide que se manifieste, material y formalmente, la Persona de Cristo en el hombre sacerdote.

Así, un hombre –como Bergoglio- que se sienta en la Silla de Pedro y que, por su herejía, no es Papa. Materialmente, está sentado en el Trono de Pedro. Pero espiritualmente, no tiene el carisma de Pedro: en él no puede revelarse, manifestarse, ser el Vicario de Cristo en la tierra. No posee, ni formal ni materialmente, el Poder Divino. No puede hablar como Cristo, no puede comunicar la Mente de Cristo, no puede actuar como Cristo en la Iglesia. Actúa en su propia persona humana, porque no tiene el carisma de Pedro. No se le puede llamar Papa por más que materialmente haga obras en la Iglesia. El oficio de Papa no es un asunto material en la Iglesia. No es un nombre que se lleva en la Iglesia.

Es algo divino: es Cristo quien guía Su Iglesia a través de Su Papa. Es Cristo quien se manifiesta a Su Iglesia a través de Su Papa. Aquellos que dicen que Bergoglio materialmente es Papa están injuriando a Cristo en la Iglesia. Cristo no puede guiar la Iglesia a través de un Obispo hereje. No la guía ni material ni formalmente.

Cristo sigue guiando Su Iglesia en el Papa Benedicto XVI: pero ya no la guía formal, sino materialmente. Benedicto XVI ya no gobierna formalmente la Iglesia. Pero la Iglesia es guiada por Cristo, a través de Benedicto XVI, materialmente. Benedicto XVI tiene el Poder Divino, pero ya no lo puede usar: no sirve el Poder Divino, no gobierna formalmente como Papa. Ese Poder Divino –que permanece en el alma de Benedicto XVI- sirve para poner un dique material a toda la obra del Anticristo. Mientras permanezca vivo el Papa Benedicto XVI, materialmente el Anticristo no puede revelarse. Tiene que ser removido el Poder Divino en el Papa, no sólo formal, sino materialmente, para que comience todo.

Han removido formalmente el gobierno del Papa en la Iglesia, poniendo un usurpador; pero queda materialmente el Poder Divino en el Papa Benedicto XVI. Y queda materialmente, porque permanece en un hombre que todavía no ha muerto. El carisma permanece en el alma de Benedicto XVI, pero materialmente. Benedicto XVI no puede usarlo formalmente. Para usarlo tiene que enfrentarse con el usurpador. Pero, Cristo, que es la Cabeza invisible de la Iglesia, lo usa materialmente para frenar al Anticristo: mantiene vivo al Papa verdadero.

Por eso, la vida de Benedicto XVI peligra. Hay que quitarlo de en medio, y cuanto antes. El demonio tiene prisa por acabar su obra.

El carisma de ser Pedro es diferente a ser sacerdote. En el sacerdocio, es Cristo quien obra en el sacerdote, es la Persona del Verbo en el sacerdote. En Pedro, es Cristo quien guía a la Iglesia, quien obra en la Iglesia, quien enseña a la Iglesia, a través de Su Papa. Es Cristo en Su Poder Divino, es Cristo en la Obra de Su Espíritu. No es Cristo en Su Persona Divina. Por eso, la Iglesia es la Obra del Espíritu de Cristo. El sacerdocio es la Obra de Cristo como Persona Divina.

El gobierno de un Papa, en la Iglesia, es la manifestación del Espíritu en toda la Iglesia. En la obediencia al Papa, el Espíritu obra en todas las almas, para que la Iglesia siga enseñando la Verdad, sea guía en la Verdad y muestre al mundo y a los hombres el único camino de salvación, que es Cristo.

El gobierno de un Papa no es imponer sus deseos humanos a los hombres. Esto es lo que hace habitualmente Bergoglio: «¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración…!». Bergoglio sólo está en sus ideas humanas, en sus caprichos, en sus errores, en sus herejías. Y es lo que da a la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo. Sólo le interesan sus pobres, su cultura del encuentro, su diálogo, su comunismo, sus ideas protestantes, acaparar la gloria de los hombres y del mundo.

Pero, a Bergoglio, no le interesa ni Cristo ni la Iglesia. Y eso lo palpan, lo viven, todos los verdaderos católicos. Hay una persecución interna a todo lo que huela a catolicidad.

La obra de un Papa, en la Iglesia, es luchar en contra del error, de la herejía; es excomulgar a los herejes; es definir nuevos dogmas. Porque el Poder Divino, en la Iglesia, se muestra en llevar a toda la Iglesia hacia la plenitud de la Verdad. Todo Papa muestra Su Poder Divino enseñando la verdad, defendiendo la verdad, guardando el tesoro de la verdad, guiando a todos hacia la verdad plena.

En un Papa, es Cristo el que obra en Su Espíritu. Por eso, el Señor les mandó a Sus Apóstoles «esperar la promesa del Padre»: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra» (Act 1, 8).

Ya Pedro había sido elegido como Papa, pero no podía actuar como Papa. Tenía el Poder divino en su alma, pero de manera material. Era necesario que viniera el Espíritu para que Pedro pudiera obrar formalmente como Papa: para poder gobernar la Iglesia en el Espíritu, en la obra del Espíritu.

Un Papa gobierna siempre en la Obra del Espíritu, nunca fuera de Ella. Por eso, un Papa nunca puede equivocarse, es infalible, porque es el Espíritu quien lo mueve todo para que la Iglesia sea testigo de Cristo, sea testimonio de la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles. Es el Espíritu el que recuerda esta Verdad inmutable, el que la muestra, no sólo al Papa, sino a toda la Iglesia.

Por eso, la Obra del Espíritu no se refiere a los pensamientos humanos de un Papa. Nunca se obedece a la mente humana de un Papa. Sólo se obedece a la Mente de Cristo que el Papa ofrece en la Iglesia.

Es la Obediencia a la Verdad que muchos, fieles y Jerarquía, nunca han comprendido. En estos 50 años, muchos han caído en la trampa, que ha puesto el demonio para desbaratar la obediencia a un Papa. Y ahora no saben desobedecer a un falso papa. Ahora, les cuesta esta parte. Por eso, muchos tienen a Bergoglio como materialmente Papa. Y no caen en la cuenta de que Bergoglio no ha sido elegido por Dios para que posea el Poder Divino. Dios nunca elige a un hombre hereje. Son los hombres los que ponen a sus herejes, no sólo en el sacerdocio, sino en la Silla de Pedro.

Ahora, quien tenga a Bergoglio como su papa, necesariamente tiene que dar obediencia a la mente de ese hombre. Porque Bergoglio no es capaz de dar la Mente de Cristo, la Verdad, a la Iglesia.

En los otros Papas, se podía discernir entre la mente humana del Papa y la Mente de Cristo en el Papa. Y se daba la obediencia al Papa porque se veía claro la Mente de Cristo en él.

Pero, con Bergoglio, es imposible este discernimiento: sólo se ve en él su mente humana. Bergoglio sólo vive dentro de su pensamiento humano. Pero no es capaz de dar el Pensamiento Divino en la Iglesia. Por eso, todo su magisterio no es papal. En todo su magisterio no se refleja el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia. Es el magisterio propio de un hereje. Y es la obra propia de un cismático. Y es la vida propia de un apóstata de la fe.

Y esto es lo que muchos están apoyando, justificando, aplaudiendo: la herejía, el cisma y la apostasía. Al tener a Bergoglio como su papa, ya material ya formalmente.

Es una gran injuria contra Dios llamar a Bergoglio con el nombre de Papa. Porque es caer en el pecado de idolatría. Como Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo, entonces se tiene que obedecer, necesariamente, su idea humana en la Iglesia. Y esto es dar culto a la mente de un hombre. Esto es buscar miles de razones para justificar el pecado de Bergoglio, para mantener en el cargo a Bergoglio. Al final, siempre son los demás los que se han equivocado porque no han comprendido lo que ha querido decir Bergoglio. Bergoglio siempre queda como el justo, como el santo. Es la idolatría en que caen muchos al tenerlo como su papa.

Ahora, tienen que enseñar, en la Iglesia, a arrodillarse ante los pobres. Es justo que se haga eso: están obedeciendo a los deseos de un hombre. Se están sometiendo a la mente de un hombre. Y ya nadie es capaz de ver que Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo. Todos han quedado oscurecidos, en sus mentes, para no ver la Verdad. Y eso es una Justicia Divina en la Iglesia. Preferís las palabras baratas y blasfemas de un hombre que la Mente de Cristo. Entonces, quedaos con ese hombre y levantad vuestra falsa iglesia, que os va a llevar a lo más profundo del infierno.

Cristo sigue guiando a toda la Iglesia en Su Papa Benedicto XVI. La guía materialmente, manteniendo vivo a Su Papa para que los verdaderos católicos tengan tiempo de salir al desierto. Es en el desierto en donde está toda la Iglesia en Pedro, en la oración, en la penitencia, en la vida escondida. Y allí tiene que vivir y ser alimentada durante un tiempo. No es en Roma ni en la Jerarquía en donde se ve a la Iglesia.

Ya todos los Papas han cumplido su misión en la Iglesia. Una vez que muera Benedicto XVI, hay un tiempo de sede vacante, necesario para que aparezca el falso profeta y el Anticristo y hagan su obra.

Pero, la Iglesia sigue siendo la Obra del Espíritu. No es la obra de ninguna cabeza humana. Nadie dicta la fe en la Iglesia. La Jerarquía de la Iglesia no impone lo que hay que creer o lo que no hay que creer. La fe divina no es el dictado de los hombres. Es un don divino al hombre. Y sin humildad, ese don divino no puede funcionar en ningún hombre.

Por eso, lo que ahora observamos en toda la Iglesia son hombres: con sus ideas, con sus planes, con sus obras. Que es la manifestación del pecado de soberbia en los fieles y en la Jerarquía. Y, en ese pecado de soberbia, el pecado de orgullo, que se revela principalmente en quienes gobiernan la iglesia. Son ellos los que hacen lo que les da la gana en la Iglesia, poniéndose por encima de toda ley divina, de todo el magisterio de la Iglesia, quitando a su capricho lo que no les gusta o no va con su estilo de vida.

nuevareligion

«Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro, y postrándose a sus pies, le adoró. Pedro le levantó, diciendo: Levántate, que yo también soy hombre» (Act 10, 25).

Si no hay que arrodillarse ante el Papa para adorarlo, porque es un hombre, menos hay que hacerlo ante un pobre. La adoración es debida y conviene a solo Dios. A las demás criaturas, ni por el cargo que ejercen, ni por la posición social que tienen, ni por otra cualidad o circunstancia, se les debe la adoración. Sólo el respeto que toda persona humana merece.

Sólo hay que arrodillarse ante Cristo, ante Jesús en la Eucaristía. Y quien lo hace ya no puedo hacerlo ante un hombre. El único Hombre ante el cual todo hombre debe arrodillarse es Cristo. Porque la carne de Cristo está sólo en la Eucaristía, no en los pobres. Y aquel que ponga la carne de Cristo en los pobres, como hace Bergoglio, sólo está diciendo que no ama la Eucaristía porque no cree en Ella. Y no cree en Ella porque, para él, Jesús no es Dios, sino un hombre cualquiera.

«Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único» (Homilía, 22 de mayo del 2008, Benedicto XVI en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo)

Bergoglio cae en esta idolatría porque no cree en Dios. Es un ateo que no cree en la existencia de Dios, sino que se ha inventado, con su mente humana, su concepto de Dios. Un dios no real, no verdadero. Un dios que es el fruto de su desvarío como hombre. Su vida le lleva a ese concepto de dios. Y vive para esa mentalidad propia de un hombre que no ha sabido adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Aquel que enseña a adorar a un hombre está diciendo que no adora a Dios, que no ha sabido nunca adorarlo. Bergoglio nunca se ha sometido a Dios. Siempre con la cabeza levantada ante Dios, como un orgulloso. Nunca ha sabido inclinarse, poner su cabeza en el suelo. No puede. Su soberbia se lo impide.

Bergoglio mira a un hombre, mira a un pobre, y no sabe ver su alma: no sabe buscar a Dios en el alma de ese pobre. Sólo está interesado en la vida humana, en la vida social, en la vida carnal de los hombres

Quien no ve el alma, que es algo invisible para el hombre, sólo está pendiente de los cuerpos de los hombres, de lo exterior, de una vida natural. Pero no sabe tratar con las almas. No sabe vivir con ellas. No sabe enseñarlas el camino del cielo. Sino que sólo les da una doctrina que es puro demonio. Y tiene que caer en esta abominación de enseñar a adorar a los hombres.

«Apártate, Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”» (Mt 4, 10).

Esto es lo que hay que decirle a Bergoglio: Apártate, Satanás. Enseñas a adorar a los hombres. Eres un demonio encarnado. Enseñas el camino del infierno a todas las almas. Sólo a Dios se le debe adoración. Es un precepto divino positivo.

Pero, Bergoglio no entiende de preceptos: no cree en el derecho natural, por el cual a Dios se le da culto, ya interno, ya externo, ya individual, ya social, al ser el principio y el fin de todas las cosas.

Para Bergoglio, el principio de todas las cosas es su mente humana: con ella se inventa su dios, su cristo, su iglesia, su religión, su vida. Y si su mente es el inicio de una vida de blasfemia, entonces el fin de su vida es lo que encuentra en su mente. Bergoglio vive para lo que estamos viendo en la Iglesia: para su idea masónica de la fraternidad, para su idea protestante de una iglesia llena de pecadores, y para su idea comunista de un gobierno global, en la cual poder culminar su gran negocio en la vida.

Bergoglio no cree en el derecho divino, por el cual Dios ha dado al hombre mandamientos que debe cumplir para que ame a Dios.

Sólo cree en su soberbia, sólo obra con su orgullo y sólo ama en su lujuria de la vida.

¡Pobre aquel que tenga a Bergoglio como su papa! ¡Idolatra, no sólo al hombre, sino a todo hombre! Y se dedica a hacer su negocio en la Iglesia:

masonx

No se puede defender la Tradición juzgando a los Papas

herejias

«Como la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos, la destrucción del Reino de Nuestro Señor avanza aceleradamente…»   (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llamó anticristos a cada Papa y a toda la Curia Romana: se escandalizó de los errores y horrores postconciliares. Se escandalizó del pecado de muchos, dando la responsabilidad de esos pecados al Concilio, a los Papas y a las reformas de la liturgia.

Pero éste no fue el pecado principal de Lefebvre. Esto es la consecuencia de su pecado de orgullo.

No se puede pertenecer a la Iglesia si no se cree en el Papado. No se puede hacer Iglesia sin el Papa. Se hace una blasfemia contra Dios:

«La situación del papado a partir de Juan XXIII y sus sucesores va planteando problemas cada vez más graves… Éstos han fundado una Iglesia conciliar nueva… ¿Esta Iglesia es todavía apostólica y católica?… ¿Debemos considerar que este Papa es católico?» (Tissier 569).

Lutero destrozó la roca que sostiene el edificio de la Iglesia: la fe en la enseñanza de la Iglesia apostólica. Fe en los Obispos que enseñan una doctrina verdadera en un Concilio. Fe en el Papa legítimo, que obra en un Concilio. Fe en el Magisterio de la Iglesia, que es infalible y sagrado. Fe que exige la obediencia de la persona, su sometimiento.

El papa León X, en la bula Exurge, Domine (1520), condena esta proposición de Lutero:

«Tenemos camino abierto para enervar la autoridad de los Concilios y contradecir libremente sus actas y juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que nos parezca verdad, ora haya sido aprobado, ora reprobado por cualquier Concilio» (n.29: DS 1479).

Lefebvre es lo mismo que Lutero: anula la fe en el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia; aplasta la autoridad divina de la Iglesia. ¿La Iglesia sigue siendo apostólica, católica? ¿El Papa sigue siendo católico? Preguntarse esto es anular todo en la Iglesia.

Nadie puede juzgar a un Papa legítimo en la Iglesia. Nadie puede juzgar a la Iglesia. La Iglesia es la Obra del Espíritu; quien juzga a la Iglesia, juzga al Espíritu. Y quien juzga a Dios, se condena.

Lefebvre está condenado, en el infierno. Pero esto, muchos, no lo creen. Y no pueden creerlo, porque están en la Iglesia luchando por sus verdades, no por la Verdad, que es Cristo. No son de Cristo, son de los hombres; no se someten a la Mente de Cristo, sino que se esclavizan a la mente de los hombres.

Y los que conciben estos 50 años como el levantamiento de una nueva iglesia en Roma, en cada Papa, sólo pueden ver a Bergoglio como el continuador de este desastre. Bergoglio es el que continúa la acción demoledora que los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, han hecho en la Iglesia, porque han levantado una Iglesia conciliar nueva.

Son muchos los católicos que piensan así. Y si continúan en este pensamiento, no podrán salvarse nunca. Es un pensamiento cismático, no sólo herético, porque les lleva a poner la Iglesia Católica en su iglesia cismática, en una persona no elegida por Dios para decidir en la Iglesia lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdadero y lo que es falso: se creen salvadores de la Iglesia; se creen los sabios en Ella.

Un gran pecado fue el que hizo Lefebvre, y el que continúa en toda esa comunidad cismática.

Ellos mismos lo declaran: en las conversaciones habidas entre la FSSPX y la Santa Sede «es preciso distinguir el fin que persigue Roma del que tenemos nosotros. Roma indicó que existían problemas doctrinales con la Fraternidad y que los mismos debían aclararse antes de un reconocimiento canónico –problemas que, tratándose de la aceptación del Concilio, obviamente provendrían de nuestra parte. Para nosotros, en cambio, se trata de otra cosa: queremos exponer a Roma lo que la Iglesia siempre enseñó, y con eso, señalar las contradicciones existentes entre esta enseñanza multisecular y lo que sucede después del Concilio. De nuestra parte, ése es el único objetivo que perseguimos» (Entrevista concedida por el Superior General de la FSSPX (2-II-2011), Mons. Bernard Fellay, en el Seminario de Santo Tomás (Winona, EE.UU.)).

Es el pecado de orgullo: ellos son los sabios, los entendidos, los que exponen a Roma lo que siempre la Iglesia enseñó, los que no están en excomunión. Es Roma la equivocada, la necia, la maldita, la excomulgada.

«ellos no aceptan reconocer las contradicciones entre el Vaticano II y el Magisterio anterior (…) se trata de hacer oír en Roma la fe católica y, más aún incluso, de hacerla oír en toda la Iglesia» (Ib.)

En el Magisterio auténtico de la Iglesia hay contradicciones. La fe católica procede de la obra cismática de Lefebvre, no de Roma, no de los Papas legítimos, no del Vaticano II. Esta es la locura de esta gente, que se llaman tradicionalistas y son sólo hijos del demonio, como Bergoglio.

Si se afirma que esos Papas han fundado una nueva iglesia, se está cayendo en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo; es negar todos los dogmas, es recorrer el camino de condenación en vida. Es levantar un cisma en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II fue sagrado. Esto es lo que se le atraganta a todos aquellos que siguen el espíritu lefebvriano. ¿Sagrado el Vaticano II?

Allí donde un Papa legítimo se reúne con los Obispos para tratar asuntos de la Iglesia, de la salvación de las almas, siempre es infalible, siempre enseña la verdad, siempre da la santidad en la Iglesia.

El Papa es infalible; y los Obispos, cuando enseñan una doctrina, bajo la autoridad del Romano Pontífice, para ser aceptada por todos, son infalibles.

Y lo que se enseña, de manera infalible, es camino de salvación y de santificación en la Iglesia: es una doctrina sagrada. Y sagrado es todo aquello que conduce a la salvación y a la santificación de las almas.

Los Obispos se reunieron, bajo el Papa, en el Concilio Vaticano II, y de allí surgió una doctrina infalible y sagrada, una doctrina que llama a la santidad de vida. Y, por eso, hay que decir, como San Ambrosio: «Del Concilio de Nicea, no podrá separarme ni la muerte ni la espada» (R 1250).

O como San Gregorio Magno: «Confieso que yo acepto y venero los cuatro Concilios así como los cuatro Libros del Santo Evangelio… porque han sido constituidos los Concilios con el mutuo acuerdo universal. Por consiguiente quien quiera que piensa otra cosa, sea anatema» (R 2291).

Sean anatemas los que no aceptan el Concilio Vaticano II.

Muchos católicos, que tienen el espíritu lefebvriano, que son hijos espirituales de Lefebvre, no son capaces de decir: del Concilio Vaticano II no podrá separarme ni los pensamientos de todos los sedevacantistas, ni la de aquellos tradicionalistas que comienzan a cuestionar si los Papas anteriores eran masones. No pueden: ellos son los sabios, lo entendidos, los que poseen la Tradición de la Iglesia. Ellos han luchado por una verdad, su idea humana de lo que debe ser la Tradición, anulando otra verdad: el Papado. Se han quedado fuera de la Iglesia, por seguir su verdad. Es el pecado de siempre en la Iglesia: pecado de soberbia y de orgullo.

Muchos no comprenden este acto cismático de Lefebvre, su pecado de orgullo, y tratan de excusarlo juzgando a todos los Papas: es que el Papa Juan Pablo II hizo un acto en Asís en nombre del ecumenismo, es que besó el Corán, es que hizo oraciones en el muro de las lamentaciones…Juzgan la autoridad de un Papa legítimo; juzgan el Poder Divino en el Papa; juzgan a Dios en el Papa. Y si hacen esto, no pueden comprender los actos del Papa.

Muchos católicos es lo que están haciendo: autodemoliendo la Iglesia con sus juicios a todos los Papas. Y esto no es nuevo:

«La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de autodemolición. Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio. La Iglesia está prácticamente golpeándose a sí misma» (Disc. al Seminario Lombardo, Roma 7-XII-1968).

El error de Mons, Lefebvre, y de sus seguidores, fue acusar al Concilio Ecuménico Vaticano II, y a los Papas que lo siguieron, como los causantes principales de todo este desastre que se ve en la Iglesia.

¡Gravísimo error!

El error de muchos católicos es acusar a todos los Papas y defender sus propias ideas en la Iglesia.

Si no comprenden un acto de un Papa legítimo, es mejor callar la boca, para no cometer un pecado de desobediencia y de juicio al Papa, que es un pecado de soberbia y de orgullo.

El desastre que vemos en la Iglesia es por el pecado de la Jerarquía, que no se ha sometido ni a los Papas ni al Magisterio; y de todos aquellos fieles que han acompañado a esta Jerarquía rebelde a la Verdad.

«¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! (…) La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón» (Cardenal Raztinger)

Los sacerdotes no están entregados a las cosas de Dios, sino del mundo. Y, por eso, cogen el Vaticano II y lo tuercen. Y cada uno tiene su pecado.

El Concilio Vaticano II no niega ni silencia la salvación, la condenación, la existencia del demonio; no invita a que los matrimonios no tengan hijos, que busquen soluciones anticonceptivas para dedicarse a una vida más social, placentera, humana, sin la responsabilidad del sexo; no predica doctrinas heréticas ni gravemente desviadas; no enseña el feminismo ni los diversas liberacionismos que los hombres persiguen en el mundo; no lleva al desprecio de la ley natural, divina, eclesiástica, civil…. El Concilio Vaticano II no enseña a pecar, no enseña a hacer un cisma, no enseña a apartarse de la Iglesia, no enseña a juzgar a la Iglesia ni a los Papas…

Si la gente hace esto, es por ellos mismos: ellos quieren pecar. No echen la culpa de sus pecados ni al Papa, ni al Concilio ni a nadie.

Acusar al Concilio Vaticano II de todos esos males que se ven, tanto en la Iglesia como en el mundo, es una gran falsedad, una calumnia y una ofensa al Espíritu Santo.

Aquel católico que no defienda el Concilio Vaticano II no es católico, sino que es un falso católico.

Aquel católico que se pregunte si Juan XXIII, o los otros Papas, eran masones, no son católicos, sino falsos católicos.

La Apostasía de la Iglesia no se inició en el tiempo del Concilio; fue preparada, durante muchos años antes, hasta llegar al Concilio. Si una falsa jerarquía entró en el Concilio para querer desbaratarlo, es que esa jerarquía, ya antes, estaba obrando ocultamente en la Iglesia. El Concilio sólo fue el tiempo para que lo oculto se viera a la luz. Y como en el Concilio había un Papa legítimo, entonces todo ese trabajo de esa falsa jerarquía no pudo conseguir su objetivo. El Concilio salió intacto.

Pero el trabajo de la falsa jerarquía no acabó al finalizar el Concilio. Se incrementó. Y, por eso, el Papa Pablo VI dice: «Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio». Si no consiguieron su objetivo en el Concilio, se pusieron a trabajar para conseguirlo. Y les ha costado 50 años hasta que han puesto a su falso Papa: Bergoglio.

Ha sido la lucha espiritual entre el bien y el mal, en la Iglesia.

Muchos son del mal: los lefebvrianos, que son blasfemos del Espíritu de la Iglesia. Son los fariseos de la Tradición de la Iglesia. La culpa de todo: el Papa. Ellos, los que no se sometieron al Papa, los inmaculados, los intachables, los tradicionalistas, los que saben de qué va la Iglesia. Y han combatido, y siguen combatiendo, contra la Iglesia Católica. Ellos no son católicos; ellos no son Iglesia.

El pecado de Lefebrve no fue a causa del Concilio: él nunca puso en duda la validez ni la ortodoxia de la Nueva Misa, ni de la elección del Papa Juan Pablo II:

«1) Que no tengo ninguna duda acerca de la legitimidad y validez de su elección y, por tanto, no puedo afirmar que no se dirigen a Dios las oraciones prescritas por la Santa Iglesia a Su Santidad. Yo ya lo tenía aclarado y lo sigo haciendo, cara a cara, con algunos seminaristas y sacerdotes que reciben alguna influencia de algunos clérigos ajenos a la Hermandad.

2) Que estoy plenamente de acuerdo con el juicio de Su Santidad sobre el Concilio Vaticano II, del 06 de noviembre 1978 en la reunión del Sacro Colegio, que señala “que el Concilio debe entenderse a la luz de la Sagrada Tradición y sobre la base de la enseñanza constante de la Santa Iglesia”.

3) En cuanto a la Misa del Novus Ordo , a pesar de todas las reservas que debo tener al respecto, yo nunca dije que es, en sí misma, inválida o herética» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 08 de marzo de 1980).

El problema de Lefebrve fue su pecado de orgullo: no someterse al Papa. Y de ese pecado, nace después, por el pecado de soberbia, todo lo demás, su obra cismática:

«Es para guardar intacta la Fe de nuestro Bautismo que debimos enfrentarnos al espíritu del Vaticano II y a las reformas por él inspiradas.

El falso ecumenismo, que está en la base de todas las innovaciones del Concilio, en la liturgia, en las nuevas relaciones de la Iglesia y el mundo, en la concepción de la misma Iglesia, conduce a la Iglesia a su ruina y a los católicos a la apostasía.

Radicalmente opuestos a esta destrucción de nuestra Fe y resueltos a permanecer en la doctrina y en la disciplina tradicionales de la Iglesia, especialmente en lo que concierne a la formación sacerdotal y a la vida religiosa, experimentamos la necesidad absoluta  de tener autoridades eclesiásticas que compartan nuestras preocupaciones y nos ayuden a precavernos contra el espíritu del Vaticano II y contra el espíritu de Asís…» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 2 de Junio de 1988).

Su pecado de orgullo- no obedecer al Papa- le hace esconder su pecado de soberbia: no obedecer al Espíritu del Vaticano II. En su orgullo, acepta la interpretación que da el Papa Juan Pablo II del Concilio. Pero ocho años después manifiesta su pecado de soberbia a las claras. Y, por tanto, lo obra, produciendo el cisma, al ordenar los cuatro Obispos para su obra, para su ideal de iglesia, para su idea de lo que es la Tradición. En este pecado, de orgullo y de soberbia, se ve, claramente, lo que es este hombre.

Aceptó el Concilio Vaticano II, pero sólo la letra, no Su Espíritu, que es el Espíritu de la Iglesia. Aquí se aprecia su fariseísmo: como algunas cosas de ese Concilio no las podía integrar con la Tradición de la Iglesia, entonces tiene que quedarse en la idea de su verdad, en el lenguaje humano de cómo se expresa la verdad en la Iglesia. Eso que ve en los textos del Concilio no entra en su idea de la Tradición, no entra en su mente.

Este fariseísmo es propio de las personas inteligentes, que se saben la teología y la filosofía, y si una idea no concuerda con lo que tienen en la mente, aparece este fariseísmo: se quedan en la idea, en el texto, en la palabra, pero no pueden interpretar, no pueden llegar al Espíritu de la Palabra.

Tres errores son los que señala Lefebvre por su mala interpretación del Concilio Vaticano II:

«Hay tres errores fundamentales, que, de origen masónico, son profesados públicamente por los modernistas que ocupan la Iglesia.

[1] La sustitución del Decálogo por los Derechos del Hombre [en referencia a la libertad religiosa]…

[2] Este falso ecumenismo que establece de hecho la igualdad entre las religiones…

[3] Y la negación del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo mediante la laicización de los Estados…

La situación es, pues, extremadamente grave, porque todo indica que la realización del ideal masónico haya sido cumplido por la misma Roma, por el Papa y los cardenales. Es esto lo que los francmasones siempre han deseado, y lo han conseguido no por sí mismos sino por los propios hombres de la Iglesia» (ver texto).

Su mala interpretación del Concilio constituye su fariseísmo: se queda en su lenguaje humano de lo que tiene que ser la libertad religiosa, el ecumenismo y el gobierno en los Estados. No puede ver que, en esos tres frentes, el Concilio Vaticano II no cambió nada con referencia a los anteriores Concilios. Es una cuestión de verdadera interpretación de la palabra del Concilio.

Este fariseísmo le lleva a anularlo todo. Desde ese momento, ellos solos se gobiernan a sí mismo, totalmente al margen del Papa y de los Obispos. Y sin ningún problema de conciencia, ejercitan ilícitamente sus ministerios episcopales y sacerdotales, celebrando Misas, matrimonios, confesiones, confirmaciones, ordenaciones, catequesis, etc., pues estiman que su situación en la Iglesia es perfectamente lícita, ya que viene exigida por la Providencia divina «para la continuidad de la Iglesia».

Y, por ellos, mucho mal ha venido a toda la Iglesia. De ella ha nacido, y se ha fortalecido, toda la corriente del sede vacantismo. Ellos no se declaran tales en la teoría, pero sí en la práctica. Con sus obras anulan la Iglesia Católica en Roma, anulan a un Papa, para erigirse ellos como salvadores de la Iglesia. En ellos está la verdadera sucesión apostólica, no en Roma.

Su obra es un gran cisma, y muchos católicos la siguen. Se les ve cuando comienzan a criticarlo todo. Y, por eso, esos católicos no saben ver lo que es Bergoglio. Todo lo confunden, pero se quedan tan tranquilos. Son los nuevos santos, los nuevos justos, los que deciden quién es santo y quién es pecador en la Iglesia.

Todas las herejías se han desprendido, siempre, de la Iglesia, como algo inútil, como algo necio, como algo sin valor para salvar el alma.

El espíritu lefebvriano no sirve para ir al Cielo; no sirve para vivir una vida espiritual de amor a Dios; no sirve para enseñar la Verdad, no sirve para obedecer ni a Dios ni a los hombres, por más que luchen por la Tradición de la Iglesia.

Hay que permanecer en la Verdad, pero no en la que los hombres comprenden con sus inteligencias humanas, sino en la Verdad, que es Dios. Y la Verdad, Dios no la comprende como lo hace el hombre: Dios no necesita de un lenguaje humano, de una palabra humana, de una razón humana, de una interpretación humana. Dios es la Verdad. Y, por tanto, para el hombre la Verdad sigue siendo un Misterio inalcanzable para su mente. Cuando el hombre se quiere quedar en su interpretación de la Verdad Inmutable, en su lenguaje, en su idea, en su filosofía de la vida, entonces no permanece en la Verdad, no entiende la Verdad.

El hombre tiene que obedecer, con su mente, la Verdad que Dios le revela. Y eso es un acto de la gracia, del amor divino en el alma; no es un acto humano, racional, intelectual. Es un acto de fe pura, en donde la razón se queda en el suelo, para que el corazón se llene del amor. Y cuando el corazón ama, la mente comprende.

Muchos hombres no saben vivir de fe, del corazón, porque andan metidos en sus razones, en sus vidas, en sus conquistas, en sus justificaciones humanas. Quieren comprender, pero no saben amar.

Es católico decir: Francisco Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica

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«La fe es obra del Espíritu Santo, es un don de Mi Corazón traspasado; ella exige que se confíen al plan salvífico del Padre, aun en los sufrimientos y en las pruebas…» (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “Yo bendigo a quienes escuchan Mi Palabra”, 10/05/1996, pág. 6) (PDF)

La fe no es la obra de la inteligencia humana, sino de la Mente de Dios en cada alma. Es lo que Dios piensa, planea. Es lo que Dios decide en Su Espíritu. Es como Dios lo ve, no como los hombres lo entienden. Po eso:

«Un corazón dividido no está hecho para Mí. Soy esposo celoso, reclamo enteramente para Mí el corazón del alma esposa. La santidad perfecta consiste en no querer rehusar nada al Amor». (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “Un corazón dividido no está hecho para Mí”, pág. 14).

Una Iglesia dividida, como la que observamos en el Vaticano, no es para Jesús. No puede serlo. En Ella no está Jesús.

La división provocada en el Sínodo por Bergoglio es signo manifiesto de las intenciones de ese hombre en Roma. Quien es de Cristo no divide a la Jerarquía como Bergoglio lo ha hecho –y lo lleva haciendo- desde que asumió su falso pontificado, en su falsa iglesia. Quien es de Cristo une a toda la Jerarquía en la Verdad, que es el mismo Cristo. ¡Esto es lo que no ha hecho Bergoglio en el Sínodo!

Si las almas leen la Palabra de Dios: «Mas aun cuando nosotros, o un ángel del cielo os evangelice fuera de lo que nosotros os hemos evangelizado, sea anatema» (Gal 1, 8); y, después, no son capaces de llamar a Bergoglio como anatema, es que no tienen fe: en ellas no se da la obra del Espíritu Santo, sino que se da la obra de su misma inteligencia humana.

Un Papa legítimo no puede enseñar una falsa doctrina, un falso evangelio. Y toda aquella alma en la Iglesia, sea fiel o sea Jerarquía, que no deseche toda novedad en la fe, por grande que sea la Autoridad de los que la quieran introducir, esa alma no tiene fe verdadera; esa alma no se confía plenamente en el plan que Dios ha puesto para salvarla; esa alma está dividida en su corazón y, por tanto, no pertenece al Corazón de Cristo, por más que comulgue diariamente.

Las almas que pertenecen a Jesús no son las que reciben, cada día, la comunión, sino las que se someten a toda la Verdad que Jesús ha enseñado en Su Iglesia. ¡Someterse a la Verdad es lo que no quiere la Iglesia actual, la que gobierna en el Vaticano!

Bergoglio enseña un evangelio del demonio, en el cual se ve claramente las ideas protestantes, comunistas y masónicas; y, en consecuencia, Bergoglio es anatema.

Y ser anatema quiere decir ser desechado con maldición, con execración y con horror: «Si alguno no ama al Señor sea anatema. Maran Atha» (1 Cor 16, 22).

«Maran Atha quiere decir: El Señor venga para ser su Juez, y para vengarse de él según su rigor» (S. Jerónimo).

Bergoglio no ama al Señor: sus obras en la Iglesia lo demuestran. Entonces, sea anatema: sea separado de la comunión del Cuerpo Místico de Cristo; sea juzgado por el Señor en cada alma de Su Cuerpo Místico. ¡Toda la Iglesia tiene el deber y el poder de juzgar a Bergoglio y a todo su clan masónico, porque no son de la Iglesia Católica!

Y si el alma en la Iglesia espera que la Jerarquía haga oficial este anatema de la Palabra de Dios para poder creer, para poder obrar, para poder decidir en la Iglesia, entonces esa alma no tiene la fe verdadera, no es católica.

En la Iglesia no se cree a la palabra de los hombres, sino a la Palabra de Dios que los hombres deben manifestar. Y si esos hombres, por más Autoridad que tengan en la Iglesia, por más sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papas, que sean, no manifiestan, no revelan, la misma Palabra de Dios como es, la Verdad como es, sin ese leguaje ambiguo tan común en todos hoy día, no hay que obedecerles, no hay que estar esperando un comunicado oficial para decir públicamente: Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica.

«Es menester obedecer a Dios que a los hombres» (Act 5, 29), que a las autoridades legítimas de la Iglesia; porque esas Autoridades, esa Jerarquía, ya no da la Verdad en la Iglesia, ya no hace caminar hacia la Verdad en la Iglesia, ya no es legítima, porque está siguiendo la doctrina de un hereje, de un anatematizado por la Palabra de Dios. Esa Jerarquía se anatematiza, se excluye ella misma de la Iglesia, obedeciendo a un hereje.

Si el fiel de la Iglesia lee en la Bula «Cum ex apostolatus officio», de Paulo IV: «si en algún tiempo aconteciese que un Obispo… o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto…»; y, después, sigue llamando a Bergoglio como Papa, sigue diciendo a Bergoglio: gracias por habernos beatificado al Papa Pablo VI; es que, sencillamente, ese fiel no tiene la fe verdadera, no es de la Iglesia Católica, no es católico.

Porque la palabra de un Papa legítimo en la Iglesia es la Palabra del mismo Cristo, Cabeza Invisible de la Iglesia. Y si el alma no obedece lo que un Papa ha enseñado a la Iglesia sobre un falso Papa, sobre un electo Romano Pontífice que, desviado de la fe católica, falsamente gobierna la Iglesia; y está esperando que alguien en la Jerarquía diga oficialmente que los actos de Bergoglio en la Iglesia son inválidos y, por lo tanto, Pablo VI no está beatificado, es que, sencillamente, no tiene fe verdadera. Tiene, como muchos, una fe intelectual, que le impide al Espíritu Santo obrar en esa alma el don de la fe.

Ya Paulo IV ha manifestado oficialmente que Bergoglio no es Papa en la Iglesia Católica. ¿Por qué están esperando otro acto oficial de la Jerarquía? ¿No les basta ese? ¿Por qué no obedecen al Papa Paulo IV? ¿Es que sus palabras, su documento, ya no vale para este tiempo de la historia del hombre? ¿Es que han quedado anticuadas? ¿Es que ya no es el lenguaje políticamente correcto?

«…el que sea desobediente a Cristo en la tierra, que hace las veces de Cristo en el cielo, no tendrá parte en el fruto de la Sangre del Hijo de Dios» (Sta. Catalina de Sena – Carta 207, I, 435, Epistolario, di V. Mattini, Ed. Paoline, Alba 1966). La Iglesia está desobedeciendo a lo que un Papa, un Vicario de Cristo, ha enseñado en la Iglesia. No puede salvarse. No tiene parte en el fruto de la Sangre de Cristo.

A todos aquellos que critican y difaman a todos los Papas, sobre todo desde Juan XXIII: «Lo que le hacemos a él, se lo hacemos al Cristo del Cielo, sea reverencia, sea vituperio lo que hacemos». (Carta 28, I, 549). Si se llama a Juan Pablo II hereje, estamos llamando a Cristo hereje en su misma Iglesia. Y ¿piensas salvarte llamando a Cristo hereje en Su Iglesia? Y ¿pretendes salvarte llamando a Bergoglio como Vicario de Cristo? ¿Con una blasfemia a Cristo quieres ir al Cielo?

«Yo os digo que Dios lo quiere y así lo tiene mandado: que aunque los Pastores y el Cristo en la tierra fuesen demonios encarnados y no un padre bueno y benigno, nos conviene ser súbditos y obediente a él, no por sí mismos (non per loro in quanto loro), sino por obediencia a Dios, como Vicario de Cristo» (Carta 407, I, 436). Todos esos que no pueden tragar a los Papas, desde Juan XXIII hasta el mismo Benedicto XVI, no pertenecen a la Iglesia Católica. No pueden salvarse. Se es Iglesia porque se obedece a un Papa legítimo, aunque sea un demonio encarnado.

¡Qué pocos han entendido la obediencia a los Papas después del concilio Vaticano II! ¡Qué pocos! ¡Cómo está la Iglesia actualmente de dividida en su interior!

En la Iglesia no nos casamos con ningún Papa: nos casamos con Cristo. Nos unimos a Cristo, a Su Mente. Y aquella Jerarquía de la Iglesia que no dé la misma Mente de Cristo, que todos los Papas legítimos han manifestado – y eso no cambia, es inmutable, es para siempre, para todo tiempo- , no es Jerarquía de la Iglesia, no hay que seguirla, porque no lleva al alma, a la Iglesia, a vivir la fe en Cristo, a vivir la Mente de Cristo, sino que la hace esperar a un pronunciamiento de los hombres.

Así andan muchos en la Iglesia: tienen una fe colgada de la mente de los hombres: lo que diga la Jerarquía. Si la Jerarquía calla, entonces hay que seguir llamando a Bergoglio como Santo Padre, porque los hombres lo han sentado en ese Trono y le han puesto ese título de honor. ¡Y hay que respetar eso, hay que obedecer eso! ¡Formas externas de obediencia es lo que hay en muchos católicos! Pero no se da la obediencia a la Verdad porque, para eso, hay que someter la mente humana a toda la Verdad, que ningún hombre sabe dar.

Si te unes a Bergoglio haces comunión con toda la iglesia de Bergoglio; y ya te no puedes salvar. No hay salvación con un hereje. Hay salvación con un Papa legítimo, aunque sea un demonio encarnado.

La fe es la obra del Espíritu Santo en el alma; no es la obra de la mente del hombre: no hay que llamar a Bergoglio como falso Papa cuando la Jerarquía lo llame. ¡Este es el error de muchos!

La fe es un don de Dios al alma, no es un don de la mente de la Jerarquía al fiel de la Iglesia. No es cuando la Jerarquía decida, es cuando Dios dice.

Es católico decir: Francisco Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

Es católico decir: Francisco Bergoglio es anatema en la Iglesia Católica.

Es católico decir: todos los actos de Bergoglio en el gobierno de la Iglesia Católica son ilícitos e inválidos.

Esto es lo que mucha gente, muchos intelectuales, callan. Esto lo calla toda la Jerarquía de la Iglesia.

O la Iglesia se pone en la Verdad – y la Verdad nace sólo de la Mente de Dios- o la Iglesia vive su mentira; y obra la herejía y el cisma obedeciendo a un hereje y un cismático, como es Bergoglio.

Si el dogma de la Iglesia dice: un Papa gobierna la Iglesia en vertical; ¿cómo es que puedes obedecer a un hombre que gobierna la Iglesia en horizontal? ¿Cuál es tu fe si en la Iglesia sólo puede darse un gobierno vertical en Pedro?

Muchos desconocen el dogma: las implicaciones del dogma, sus exigencias, sus obligaciones.

En la Iglesia Católica todo miembro está obligado a obedecer a un Papa, porque debajo del Papa se encuentran todos. No hay nadie que se pueda poner por encima del Papa o a su misma altura. Entonces, Bergoglio ha puesto un gobierno horizontal y, por lo tanto, no puede nunca estar gobernando la Iglesia Católica. ¿Por qué lo llamas Papa si ha anulado el dogma del Papado con su gobierno horizontal?

¿Cuál es la fe de muchos en la Iglesia? Fe a las formas externas, pero no fe a la Verdad Revelada.

Desde el momento en que Bergoglio decidió poner su gobierno horizontal: se acabó la obediencia en la Iglesia. No sólo a él, que es el líder, sino a toda la Jerarquía que le obedece.

Ya Bergoglio no puede nunca continuar la obra del Papado en la Iglesia. Nunca. Porque la gobierna con la horizontalidad. Por tanto, ha puesto la piedra del cisma con ese gobierno. Y está levantando su nueva iglesia. Y no hay manera de que esa nueva iglesia sea la de Jesús: porque no tiene a Pedro en la verticalidad. Tiene a un dictador, un falso Pedro, en la horizontalidad. Luego, no es posible la obediencia y todos los actos de Bergoglio y los de la misma Jerarquía son nulos.

Consecuencia: no esperan una nota oficial del Vaticano diciendo que Bergoglio no es Papa. ¡Nunca se va dar!

«Vestíos toda la armadura de Dios» (Ef 6, 11): la armadura son las virtudes necesarias para combatir contra nuestros enemigos, y defendernos de todas sus emboscadas: la fe, la esperanza y la caridad.

Quien no vista su corazón de fe no podrá combatir contra Bergoglio y su clan masónico. No podrá. Sino que le hará el juego de los hombres, que es lo que se ve en todas partes.

«Ceñíos vuestros lomos en la Verdad» (v. 14): arma poderosa contra el padre de la mentira es la rectitud, la sinceridad en el obrar, el vivir obedeciendo a una norma de moralidad, a una ley Eterna, a un dogma, que ninguna mente humana puede cambiar. Si la existencia del hombre no cabalga, no se rodea de la pura Verdad, la Verdad Absoluta, entonces el hombre sólo vive para su mentira, y es lo que obra siempre en su vida.

Esa iglesia del Vaticano es una obra de la mentira, del engaño, del fracaso del hombre.

«Sobre todo embrazando el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno» (v. 16): si estás llamando a Bergoglio como Papa, si lo estás obedeciendo, entonces, ¿cómo pretendes ganar la batalla contra el demonio en la Iglesia? Es imposible, porque un reino, en sí mismo, dividido, no podrá subsistir por mucho tiempo.

«Todo reino en sí dividido será desolado, y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá» (Mt 12, 26). ¡No puede subsistir lo que ha creado Bergoglio en el Vaticano! Y aquel que obedezca esa estructura externa de iglesia no puede salvarse nunca.

¿Cómo es que sigues rezando por Bergoglio?

«Además los herejes y cismáticos están sujetos a la censura de la mayor excomulgación por la ley del Can. “De Liguribus” (23, quest. 5), y de Can. “Nulli” (5, dist. 19). Pero los sagrados cánones de la Iglesia prohíben la oración pública por los excomulgados, como se puede ver en el capítulo “A Nobis” (cap. 4, n. 2), y cap. “Sacris,De Sententia Excomunicationis”. Aunque esto no prohíbe la oración para su conversión, aun así tales oraciones no pueden tomar forma por proclamar sus nombres en la oración solemne durante el Sacrificio de la Misa» (Papa Benedicto XIV, Ex Quo Primum # 23, 1 de marzo 1756).

Un Papa está prohibiendo la oración pública por una persona que sea hereje, que haya caído en el anatema, en la excomunión. Y, por tanto, no se puede pedir por las intenciones del Papa, si ese Papa se refiere a Bergoglio. No se puede nombrar a Bergoglio en las santas Misas. Se comete un pecado de sacrilegio, porque no se da a culto verdadero al Dios en el Sacrifico de la Misa o en las oraciones litúrgicas que se hacen en la Iglesia.

Nombrar en la oración al Papa legítimo es alabar, nombrar,  a Cristo en Su Iglesia. Pero nombrar a un hereje, a un cismático, a un apóstata de la fe, es llamar a todo el infierno para que se haga presente en esa oración, en esa santa misa.

«Por esta razón, el obispo de Constantinopla, Juan, declaró solemnemente – y después todo el octavo Concilio Ecuménico hizo lo mismo – «que los nombres de los que fueron separados de la comunión con la Iglesia católica, es decir, de aquellos que no quisieron estar de acuerdo con la Sede Apostólica con todo los asuntos, no deben ser nombrados durante los sagrados misterios» (Papa Pio IX, Quartus Supra # 9, 6 de enero de 1873).

Mucha gente ora por «nuestro amado papa Francisco»: esto es una abominación en la Iglesia Católica. Oren por su conversión: para que deje lo que está haciendo y se vaya a un convento a expiar sus negros pecados. Pero no oren para que lo haga bien en la Iglesia.

Por quien hay que rezar es por el verdadero Papa, Benedicto XVI, y clamar como lo hacía Santa Catalina, para que corresponda a las llamadas de Cristo en el Cielo:

«Abre los ojos de tu Vicario en la tierra para que no te ame a Ti por sí, ni a sí mismo por sí, sino que te ame a Ti por Ti y a sí mismo por Ti; porque cuando te ama a Ti por sí, todos padecemos, ya que en él están nuestra vida y nuestra muerte, y tiene él el cuidado de recogernos a nosotros, ovejas que perecemos. Si se ama a sí mismo por Ti y a Ti por Ti, vivimos, porque del Buen Pastor recibimos ejemplo de vida» (Elevazioni, 1; Morta, 569).

La fe no es un acto racional en la Iglesia, sino que es la obra, es un acto del Espíritu santo, que sólo se puede dar en las almas humildes, en aquellas que han puesto su mente en el suelo y que son capaces de llamar a cada cosa por su nombre.

«el racionalismo ha hecho de Mi Iglesia un destierro, la ha convertido en ruinas donde las serpientes se han anidado. Mis almas sacerdotales reprimen hoy a Mis elegidos, bloquean el camino con su escepticismo, sus dudas, su hipocresía y esto Me hace sufrir» (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “El racionalismo ha hecho de la Iglesia un desierto”, 20/07/1996, pág. 23).

La Iglesia ha errado el camino

caradecristo

La Iglesia ha errado el camino en la renuncia del Papa Benedicto XVI a su Pontificado.

No ha visto esa renuncia como lo que es en Dios: el pecado de la Cabeza de la Iglesia.

Y, por no saber mirar esa renuncia como pecado, la Iglesia comete el mismo pecado que su Cabeza.

Porque el Papa se une a la Iglesia en Cristo. Cristo es la Cabeza del Cuerpo Místico de la Iglesia. Y Cristo da a su Cuerpo una Cabeza visible, que es el Papa, Su Vicario en la Tierra.

Y lo que haga ese Vicario como Cabeza de la Iglesia pertenece también al Cuerpo Místico de la Iglesia. Las virtudes y los pecados de la Cabeza lo son también del Cuerpo Místico.

Este es el Misterio de la Iglesia: misterio de Unidad y de Amor.

El Cuerpo Místico de la Iglesia no supo apreciar el pecado de su Cabeza, de su Papa, y, por tanto, sufre las consecuencias de ese pecado.

Porque el pecado no es sólo una cuestión de la conciencia, como pretende enseñar ese falso Profeta que se pone como Papa. El pecado del bautizado pertenece a toda la Iglesia, no sólo a la conciencia del que lo comete.

El Papa Benedicto XVI pecó contra el Espíritu Santo en la renuncia al Pontificado. Porque Dios no da derecho al Papa para renunciar al Don que se le da. El Papa no tiene ese derecho de dejar de ser Papa, porque el Llamado de Dios es único y para el alma del Papa.

Dios no juega con la Cabeza de la Iglesia. No la pone para después quitarla. Nunca la quita por una razón humana, natural, física, carnal, material.

Dios da el Poder a la Cabeza para hacer su misión en la Iglesia. Y los poderes del infierno y los poderes del mundo no pueden con un Papa, porque Dios lo asiste desde el principio hasta el fin de sus días.

Dios elige un Papa hasta su muerte. Y hasta que no muera, Dios no elige otro Papa. Esa es la Fe de la Iglesia. Esa es la Fe en Cristo. Y no hay otra Fe. Y los hombres no quieran inventarse la fe, según su manera humana de entender las cosas divinas y de la Iglesia.

El Papa es Elegido por Dios hasta su muerte, hasta el último hálito de vida. Y no retira esa Elección Divina ni por enfermedad del Papa, ni por el pecado del Papa, ni por los intereses humanos.

Dios es muy serio en la Elección del Papa. No pone a cualquiera. No da a la Iglesia el Papa que los hombres quieren. Da a la Iglesia el Papa que Su Corazón Divino quiere.

El Papa, como hombre, tiene el don de la libertad, con el cual puede renunciar a la Voluntad de Dios. Ese don, Dios no lo anula en el Papa. Dios da al Papa todo el Poder Divino para obrar su misión como Cabeza de la Iglesia. Pero ese Poder Divino no hace santo al Papa, no lo confirma en Gracia. A pesar de ese Poder Divino, el Papa tiene facultad para pecar, por su libre albedrío. Y Dios siempre respeta la libertad de sus almas si quieren elegir otro camino que el que Dios les traza.

Por tanto, el Papa Benedicto XVI ha pecado con su renuncia al Pontificado. Y ese pecado hace que Dios se retire de la Cabeza de la Iglesia. Y una Iglesia sin Cabeza es una Iglesia sin Unidad, sin Amor, sin Paz.

Por tanto, el Cuerpo Místico de la Iglesia, al contemplar el pecado de su Cabeza, el Papa, debería haber esperado y pedido al Señor la Luz para obrar en la Iglesia cuando la Cabeza renuncia a ser Cabeza del Cuerpo Místico.

Es lo que no hizo el Cuerpo Místico de la Iglesia, porque no vió en esa renuncia un pecado, sino algo propio de la vida de un hombre que está cansado de la vida que lleva y que quiere un poco de paz a su alrededor.

La Iglesia se embarcó en el juego del demonio y buscó una cabeza, cuando el Papa todavía está vivo. Este es el error en el camino.

Teniendo un Papa vivo, Dios no da otro Papa hasta que no muera. Hay que esperar a su muerte para elegir un Papa.

La Iglesia, por tanto, erró en el camino porque no tiene vida espiritual.

Ni el Papa Benedicto XVI tiene vida espiritual, ni tampoco la Jerarquía de la Iglesia tiene vida espiritual. Carecen de fe, de oración, de penitencia. Tienen miedo a la Cruz del Señor. Tienen miedo de las palabras de los hombres. Es una Iglesia que sirve al pensamiento de los hombres, pero no es capaz de servir al Corazón de Dios.

Por tanto, la Iglesia al errar el camino, eligió a uno que no es Papa, que no es elegido por Dios. Ese falso Profeta no es un Don de Dios a la Iglesia, porque todavía el Papa está vivo. Dios no da dos Papas. Es el hombre y el demonio el que busca sus cabezas, sus jefes para hacer de la Iglesia un pastizal del infierno.

Sólo hay una Verdad

San Agustin

Sólo hay una Verdad.

Y no pueden darse muchas verdades.

Existe la Verdad Absoluta, y existen verdades relativas, pero no existe cualquier verdad que la mente de los hombres se fabrican.

Desde la Jerarquía de la Iglesia, desde la mente de muchos sacerdotes, Obispos, Cardenales, se difunde que no existe la Verdad Absoluta.

Es lo que está enseñando el falso Profeta que se sienta ahora en el Trono de Pedro y que se hace llamar Papa.

Si no existiera la Verdad Absoluta, entonces el hombre crearía su propia verdad. Y, en cada hombre, habría una verdad distinta, que sólo pertenece a ese hombre y no a los demás.

Y con esas verdades que se inventa la mente no puede formarse una Verdad que aune a todas, porque todas son verdades y son vidas en sí mismas. Sirven para algo en la vida y eso es lo que importa en la verdad: que sirva para obrar algo.

Por tanto, si se enseña que no se da ninguna Verdad Absoluta, sino que cada cual tiene en su mente y en su vida la verdad: entonces, vienen cantidad de errores en la vida. Y ya no existe nada: ni el pecado, ni el infierno, ni la muerte, ni la enfermedad, ni la cruz, ni la oración, ni la penitencia, ni el cielo, ni el demonio, ni los ángeles, ni la iglesia, ni el espíritu, etc. Sólo se da la verdad que está en la mente de cada cual. En consecuencia, sólo se da el pensamiento humano, que decide por sí mismo la verdad y la mentira, el bien y el mal.

Sólo hay una Verdad.

La que está en Dios.

Y Dios obra esa Verdad. Y, por eso, la Creación es la Obra de la Verdad. Y la Redención es la Obra de la Verdad. Y la Iglesia es la Obra de la Verdad.

Pero esa Verdad no es una idea o un pensamiento como están en la mente de los hombres.

Los hombres poseen la idea de una verdad, pero no la Verdad.

En Dios, la Verdad es Su Vida. Y la Vida es el Amor. Y el Amor es una Obra, no es un pensamiento bello, no es una idea muy bonita y bien orquestada.

Y, para entender esa Verdad, hay que penetrar el Corazón de Dios.

No es suficiente con pensar en Dios. Todo el mundo piensa en Dios. Todo el mundo piensa en muchas cosas bonitas. Pero pocos saben tener la Verdad en sus corazones.

La Verdad, que está en Dios, se da al corazón de la persona, no se da a la mente de la persona.

Por eso, la Fe no consiste en un conocimiento de las cosas de Dios, sino en la Obra de la Verdad: obrar lo que Dios quiere en la vida.

La Verdad de la Iglesia es Una. Y no hay otras verdades, otras iglesias, otros caminos, otros Cristos, otros Papas.

Y la Verdad es una sola: y no son varias, no son cosas que suceden y que hay que conformarse con ellas o que hay que dejarlas así.

La Verdad que vive la Iglesia ahora es que no tiene en Su Cabeza un Papa que la guíe. El Papa está en su pecado y no quiere salir de su pecado. Esa es la Verdad.

Y aquel que se sienta en el Trono de Pedro es sólo un falso Profeta. No puede ser llamado Papa, no puede ser seguido como Papa, no puede ser obedecido como Papa.

Se da la obediencia al Verdadero Papa, no al falso Profeta. Pero el verdadero Papa vive en su pecado. Y no se puede obedecer al que vive en pecado.

Por tanto, la Verdad de la Iglesia, ahora mismo, es que las almas de la Iglesia no tienen una Cabeza a quien seguir. Y eso es trágico en la Iglesia. No hay una Unidad, una Verdad, un Amor, un Camino en la Iglesia, porque Su Cabeza, la verdadera, ha renunciado a ser Cabeza sin Voluntad de Dios, por el capricho de algunos sacerdotes, Obispos, cardenales y por el pecado de la misma Cabeza.

Y, entonces, se está en la Iglesia y no se sabe para qué se está, porque ya la Iglesia no es camino de la Verdad.

La Iglesia ha errado el camino. Ante la renuncia de un Papa, la Iglesia tenía que haberse puesto en oración y penitencia por ese Papa para que hubiese visto su pecado y volviera a ser Cabeza. Pero nadie en la Iglesia ha hecho esto, porque ya no existe el Amor, la Caridad en la Iglesia. El amor de muchos se ha enfriado y ya ven las cosas de la Iglesia con ojos materiales, humanos, carnales, pero no espirituales.

La Iglesia vive, en estos momentos, un desastre espiritual. Y nadie atiende a ese desastre. Todos aplauden al falso Profeta que se presenta con una humildad exterior, con palabras hermosas, llenas de calor humano, protegiendo los derechos de los más débiles, pero sin hacer caso a los problemas espirituales de las almas.

Para este falso Profeta todos somos santos y justos, todos se pueden salvar, todos merecen el cielo por sus pecados y no importa no quitar el pecado. Lo que importa es que el hombre se sienta bien consigo mismo y así, en su comodidad de vida, vaya al cielo.

Esta mentira es la que se está predicando desde la Cabeza de la Iglesia. Y todos aplauden esta mentira como si fuera la Verdad.

Y Cristo ha enseñado otras cosas. Ha enseñado el Camino para salvarse. Pero ese Camino es una Verdad Absoluta. Pero como hoy no se cree en la Verdad Absoluta, entonces la Jerarquía de la Iglesia construye un camino para las almas de la Iglesia por el cual, dicen, hay salvación para todos.

Solo hay una Verdad. Y esa Verdad no está fuera, en lo exterior de la vida, en la mente de los hombres, en la forma de vivir de cada uno. Esa Verdad la tiene Dios en su Corazón y sólo la ofrece al humilde de corazón, no a los necios que creen que con su poder intelectivo pueden salvar al mundo de tanto desastre.

Lo que se avecina a la Iglesia no es cualquier cosa: es Su Purificación y Su Gran Tribulación, por no creer en Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

No es cualquier camino, cualquier verdad, cualquier vida. Son algo absoluto, que sólo se puede entender en Cristo, no con la cabeza de unos cuantos idiotas que se llaman sacerdotes, Obispos, Cardenales y que se atreven a sentarse en el Trono de Pedro para que la gente los aplauda y los tome por santos.

San Malaquías predice el Fin de los Tiempos

Profecías de San Malaquías.

sanmalaquias

Sobre su propia muerte

Según nos relata San Bernardo, San Malaquías anunció el día exacto de sus muerte (2 de noviembre) estando con el en la abadía de Clairvaux.

Sobre Irlanda

Anuncia que Irlanda, su patria, será oprimida y perseguida por Inglaterra, trayéndole calamidades por 7 siglos, pero que preservaría la fidelidad a Dios y a Su Iglesia en medio de todas sus pruebas. Al final de ese período sería liberada y sus opresores serían entonces castigados. Irlanda católica será instrumental en el regreso de Inglaterra a la fe. Se dice que esta profecía fue copiada por Dom Mabillon de un antiguo manuscrito de Clairvaux y transmitida por el al mártir sucesor de Oliver Plunkett.

Sobre los Papas

La mas famosa de las profecías atribuidas a San Malaquías es sobre los Papas. Está compuesta de “lemas” para cada uno de 112 Papas, desde Celestino II, elegido en 1130, hasta el fin del mundo.

Los últimos Papas.

#101: “Crux de Cruce” (Cruz de Cruz). Pío IX (1846-1878)

#102: “Lumen in caelo” (Luz en el cielo). León XIII (1878-1903).

#103: “Ignis ardens” (Fuego Ardiente). Pío X (1903-1914).

#104: “Religio Depopulata” (Religión devastada). Benedicto XV (1914-1922).

# 105: “Fides intrepida” (La Fe Intrépida). Pío XI (1922 –1939).

# 106: “Pastor angelicus” (Pastor angélico). Pío XII (1939-1958). Reconocido como un gran intelectual y defensor de la paz

# 107: “Pastor y nauta” (Pastor y navegante). Juan XXIII (1958-1963)

Juan XXIII fue Cardenal de Venecia, ciudad de navegantes. Condujo la Iglesia al Con. Vat II.

# 108: “Flos florum” (Flor de las flores). Pablo VI (1963-1978).

Su escudo contiene la flor de lis (la flor de las flores).

# 109: “De medietate Lunae” (De la Media Luna). Juan Pablo I (1978-1978).

Su nombre era “Albino Luciani” (luz blanca). Nació en la diócesis de Belluno (del latín bella luna). Fue elegido el 26 de agosto del 1978. La noche del 25 al 26 la luna estaba en “media luna”. Murió tras un eclipse de la luna. También su nacimiento, su ordenación sacerdotal y episcopal ocurrieron en noches de media luna.

# 110: “De labore solis” (De la fatiga o trabajo del sol). Juan Pablo II (1978-2005). Ha sido capaz de un trabajo extraordinario y extenso. Los días de su nacimiento y muerte hubo eclipses solares.

# 111: “Gloria Olivae” (La gloria del olivo). No pertenece a Benedicto XVI, porque renunució al Pontificado sin la Voluntad de Dios. Es un Papa que no cuenta. Tampoco pertenece al Papa Francisco, porque no es Elegido por Dios para ser Papa.

# 112: “Petrus Romanus” (Pedro Romano). En su reinado ocurrirá el fin:

“En la persecución final de la Santa Iglesia Romana reinará Petrus Romanus (Pedro el Romano), quien alimentará a su grey en medio de muchas tribulaciones. Después de esto la ciudad de las siete colinas será destruida y el temido juez juzgará a su pueblo. El Fin.”

La profecía de San Malaquías es sobre el Papado y describe los Papas hasta el Fin de los Tiempos.

El Fin de los Tiempos comienza con Benedicto XVI al renunciar al Pontificado. Con él se termina un Tiempo y se inicia el Fin de los Tiempos.

El Fin de los Tiempos no son unos tiempos medidos por el hombre, sino sólo por el Espíritu.

En esos Tiempos pueden pasar muchas cosas dentro de la Iglesia. Cosas que no son relacionadas con la verdad de la Iglesia, sino con la acción del demonio dentro de la Iglesia.

El Fin de los Tiempos no es un Tiempo de Misericordia, ni de Amor, sino de Justicia.

En estos Tiempos se ve la Justicia Divina y queda oculta Su Misericordia. La Misericordia se sigue dando, pero se pone de manifiesto la Justicia Divina.

La Justicia Divina es sobre la Iglesia y sobre el mundo.

Sobre la Iglesia, porque la Iglesia desprecia la Misericordia Divina y, por tanto, cae sobre ella la Justicia. Y esa Justicia se ve en la Jerarquía de la Iglesia que no obra según el Espíritu de Cristo ni de la Iglesia, sino según el Espíritu del demonio y del mundo.

Por eso, el Papa Francisco pertenece a la Justicia Divina, no a la Misericordia Divina. En ese Papa, Dios pone de manifiesto su clara renuncia al Amor de Dios y a la Misericordia en la Iglesia. Es un Papa que no sabe dar el Espíritu de Amor y de Misericordia, sino que sólo es una pantalla del amor y de la misericordia como la entienden los hombres y no como está en Dios.

Por eso, nada bueno hay que esperar de este Papa, porque pertenece al Fin de los Tiempos. No pertenece al Tiempo de la Misericordia.

Juan Pablo II: el último Papa

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Las profecías de la Virgen María sobre la Iglesia son muy variadas, pero siempre tocando un punto esencial: la falta de fe de la Iglesia.

El problema de la Iglesia radica en su falta de fe, porque tiene todo lo que se necesita para obrar lo divino en un mundo que es un infierno.

Pero no lo hace porque no cree y quiere resolver los problemas de los hombres por caminos humanos y dando solución humana a cuestiones espirituales.

Por eso, la Iglesia vive en la oscuridad en cuanto a lo que se le viene encima.

La Virgen ha sido clara en todos sus mensajes: ya no hay tiempo. El tiempo ha concluido. Ya estamos viviendo el Tiempo del Fin. Un Tiempo en que deben darse muchas cosas, pero que debe ser claro para las almas que creen en la Palabra de Dios.

Reina la confusión en todas partes y todos siguen lo que los hombres dicen en la Iglesia. Pero muy pocos siguen lo que Dios dice a través de Sus Profetas.

La Iglesia ha apagado la Lámpara de la Profecía, porque ha apagado el Espíritu. Y, por tanto, ya no puede enseñar la verdad, que está en Dios, sino que se dedica a enseñar las verdades que nacen de las mentes de los hombres. Y no sabe salir de esas verdades.

Por eso, hoy no se cree que el Papa que está ahora sentado en el Trono de Pedro, en la Catedra de Cristo, en la Majestad de la Gloria, no es un Papa que Dios ha elegido, sino uno que los hombres han elegido.

Para entender esta verdad, hay que ir a las profecías de la Virgen sobre el Papado. Después de Juan XXXIII, sólo quedan tres Papas. Son cuatro, pero uno no cuenta. Después de eso, viene el Fin de los Tiempos.

Por tanto, con la muerte de Juan Pablo II, se acaba un tiempo en la Iglesia e se inicia otro muy distinto.

Benedicto XVI fue elegido por Dios, pero él tomó la decisión de abdicar de su gobierno, de salir de la Elección Divina. Y eso supone un tremendo caos en la Iglesia, porque nadie se puede atribuir, para sí mismo, la Elección de Dios. Y nadie puede decidir sobre esa Elección. Benedicto XVI debería haber estado en esa Elección hasta la muerte y, por su soberbia, decidió lavarse las manos en la Iglesia. Fue un Papa que se opuso al Espíritu en su Elección y eso ha costado caro a la misma Iglesia.

Benedicto XVI fue un Papa que no supo discernir su Elección Divina y, por eso, hizo de su cargo un negocio para la Iglesia. Si el Papa tiene el derecho de dejar una vocación divina por una razón sólo humana, como fue su enfermedad, entonces, el sucesor de ese Papa también tiene el derecho de irse cuando quiera. Y eso supone una puerta abierta al Anticristo.

Benedicto XVI tuvo miedo de los hombres en la Iglesia y escogió la puerta más fácil: renunciar. Tenía que haber luchado por la Cabeza de la Iglesia. Y no lo hizo. Sigue luchando por su sacerdocio, pero él fue llamado por Dios para un oficio en la Iglesia y el más importante en la Iglesia. E hizo de ese llamado un saco roto a la Iglesia.

Quien se sienta ahora en el Trono de la Iglesia no ha sido elegido por el Espíritu, porque el Papa anterior a él se opuso al Espíritu en el oficio de poner una Cabeza en la Iglesia. Es el Espíritu el que decide quién poner, y es el Espíritu el que decide hasta cuándo se está en ese cargo como Cabeza de la Iglesia. Y el Papa que quiera decidir su destino en la Iglesia, al margen de la Voluntad del Espíritu, está diciendo que los hombres pueden decidir en poner y quitar la Cabeza de la Iglesia.

Es lo que pasó con Benedicto XVI: hizo lo que ningún Papa se atrevió a hacer en la Iglesia. Y eso produce que el Espíritu se retire de la Cabeza de la Iglesia y su sucesor, es sólo un Papa que los hombres han elegido.

Dios da a Su Iglesia lo que los hombres quieren. Ellos han querido un Papa humano. Y eso es lo que tienen: un falso Profeta, que actúa como Papa. Dios se reserva el Tiempo de poner en la Cabeza de Su Iglesia el Papa que no vaya contra el Espíritu y que haga de la Iglesia la Obra del Espíritu.

Con Benedicto XVI comenzó el Final de los Tiempos. No fue un Papa completo, fue un Papa para un tiempo. Es el Papa que la Virgen dijo que no cuenta, como señaló a Conchita, porque renunció a la Elección de Dios sobre su Pontificado. El Poder Divino quedó obsolete en el gobierno de la Iglesia. No cuenta como Papa, no sirve como modelo de Papa. Por eso, el Papado se acaba con Benedicto XVI, que aún fue Elegido por Dios como Cabeza de la Iglesia, pero que renunció a esa Elección por su capricho humano, no por Voluntad Divina.

El último Papa verdadero fue Juan Pablo II, que dio a la Iglesia un tiempo de Paz en el Espíritu y que, gracias a su fe, la Iglesia pudo caminar hacia la Voluntad de Dios.

Y el Papa que está ahora en la Cabeza de la Iglesia no es elegido por Dios. Es un Papa, el actual, que pretende mostrar a los hombres, que él es una buena persona y que todos en la Iglesia somos buenos y santos y que, por eso, Dios está contento con los hombres.

Es un Papa que abre las puertas para que entre el Anticristo. Por eso, después de él, ya nadie se sentará en la Cátedra de Pedro, porque estará vacía y llena de la presencia del demonio.

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