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Benedicto XVI: un Papa atacado por los Cardenales, Obispos y sacerdotes.

«Al emprender su ministerio, el Nuevo Papa sabe que su deber es hacer resplandecer ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia, sino la de Cristo» (Benedicto XVI, 19 de abril 2005 – Mensaje urbi et orbi).

Este fue el estilo del pontificado del Papa Benedicto XVI: que brille la doctrina de Cristo en el mundo y en la Iglesia. Él nunca quiso ser el protagonista, sino sólo el que señalaba a Cristo, que es el verdadero protagonista en la Iglesia.

Benedicto XVI siempre fue mirado con recelo y todo lo que hizo o dijo estaba mal. En su pontificado, no le dejaron pasar una. Él siempre siguió su visión teológica, su integridad en la fe católica. Y eso le hizo dar pasos “políticamente incorrectos”. Tuvo muchos ataques que venían del campo de los intereses políticos, que buscaban en él un punto débil.

Muchos ataques de los disidentes internos de la Iglesia, que no compartían sus posiciones en la liturgia, o sobre el diálogo interreligioso, o sobre el levantamiento de la excomunión a los obispos lefebvrianos.

Benedicto XVI siempre se posicionó en defensa de la vida, el no al control de la natalidad a través de métodos artificiales, el no a la experimentación con células estaminales embrionarias, temas que se oponen a intereses, no sólo políticos, sino financieros.

Pero quien más atacó al Papa fueron los hombres de Iglesia: teólogos, sacerdotes y laicos. Esos hombres que con la boca se dicen católicos pero que, en su interior, no tienen el Espíritu de la Iglesia, están cerrados a la verdad que viene del Espíritu:

«Quizá no había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada de este modo. A las persecuciones de tantos cristianos, literalmente crucificados en varias partes del mundo, a los múltiples intentos de desarraigar el cristianismo de las sociedades antaño cristianas con una violencia devastadora en el plano legislativo, educativo y de las costumbres que no puede encontrar explicaciones en el normal sentido común, se añade desde hace tiempo un encarnizamiento contra este Papa, cuya grandeza providencial está ante los ojos de todos. A estos ataques hacen tristemente eco cuantos no escuchan al Papa, también entre los eclesiásticos, profesores de teología en los seminarios, sacerdotes y laicos. Cuantos no acusan abiertamente al Pontífice, pero ponen en sordina sus enseñanzas, no leen los documentos de su magisterio, escriben y hablan sosteniendo exactamente lo contrario de cuanto él dice, dan vida a iniciativas pastorales y culturales, por ejemplo en el terreno de la bioética o del diálogo ecuménico, en abierta divergencia con cuanto él enseña. El fenómeno es muy grave en cuanto que también está muy difundido» (Monseñor Giampaolo Crepaldi, 20 de mayo del 2010).

No había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada por la misma Jerarquía, por los mismos que tienen la obligación de obedecer a un Papa. Esa Jerarquía ha resistido al Papa brutalmente, hasta hacerlo caer.

El fenómeno es muy grave y difundido. De tal manera, que estos hombres de Iglesia, que han acusado al Papa, que han puesto en sordina sus enseñanzas, que han enseñado lo contrario a su magisterio, son los que ahora tienen el poder, los que han puesto a su hombre, Bergoglio.

Ellos, los que gobiernan la Iglesia con un gobierno horizontal, fueron los antipapas en el Pontificado de Benedicto XVI:

Benedicto XVI «ha dado lecciones sobre el Vaticano II a las que muchísimos Cardenales católicos se oponen abiertamente, promoviendo formas de contra-formación y de sistemático magisterio paralelo guiados por muchos “antipapas”» (Ib).

Cardenales guiados por “antipapas”.

Muy grave lo que dice Monseñor Giampaolo: en el pontificado de Benedicto XVI muchos cardenales actuaron como antipapas, enseñando lo contrario al magisterio ordinario del Papa, con otro magisterio paralelo, en abierta rebeldía al Papa reinante.

No es de extrañar que esos Cardenales hayan sido el motivo principal en la renuncia del Papa Benedicto XVI. No se puede gobernar cuando nadie quiere obedecer. Esta es la clave de la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Si un Papa ve a sus Cardenales actuando como antipapas, guiados por el espíritu contrario a Pedro, entonces ¿qué tiene que hacer el Papa?

Fueron muchísimos Cardenales los que se opusieron abiertamente al Papa. No fueron unos cuantos. Eso da idea de la gravísima ruptura que había en la Curia. División que llevó, de manera inevitable, a la renuncia en el gobierno de la Iglesia. Renuncia aplaudida a rabiar por todos esos Cardenales que han hecho del Pontificado de Benedicto XVI un gran martirio espiritual.

No había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada por los Cardenales que habían elegido al Papa Benedicto XVI con el fin de anular su gobierno y de poner a otro. Una jugada maestra. Hacer que el gobierno central de la Iglesia no colabore con el Papa:

«En el pasado ha habido momentos de crisis, a veces incluso disputas furiosas entre los Cardenales, y más de un pontífice, refiriéndonos al siglo XX, en distintas ocasiones ha debido defenderse también de detractores dentro de la Iglesia. A menudo se han visto obispos contra obispos, con frecuencia ha habido discrepancias importantes también dentro de la Iglesia. Pero nunca se había llegado a la situación que vemos hoy…es suficiente seguir los asuntos eclesiásticos para darse cuenta de que, muchas veces, el que hace aguas es el gobierno central de la Iglesia, es la escasa disponibilidad de las personas que deberían ayudar al Papa a gobernar…Un Papa, como Benedicto XVI, que dice cosas enormes, como la referencia a la suciedad de la Iglesia y a la necesidad de que la Iglesia haga penitencia, no puede ser dejado a merced de ciertos ataques….» (Declaración de Benny Lai recogida en el libro “En defensa del Papa” – “Complots, Campañas mediáticas e incidentes de recorrido, pag 363).

Un Papa, como Benedicto XVI, que dice cosas enormes y lo dejaron solo en el gobierno de la Iglesia, le hicieron la vida imposible.

Cuando Benedicto XVI hablaba claramente de ciertos problemas, como la liturgia, la importancia de la relación entre fe y razón, los curas pedófilos, sin asumir actitudes demagógicas, sin tener miedo de hablar, la mayoría de los hombres de Iglesia, le hacían resistencia.

«No quiero criticar a las personas individuales, pero se ve claramente que este pontificado tiene un problema de governance, es un hecho objetivo, bajo los ojos de todos. Sería fácil decir que el cardenal Bertone no es un diplomático… demasiado fácil. El problema de fondo es que el Papa desde el inicio de su pontificado ha decidido dejar la governance técnica a algún otro, porque, para él, el buen gobierno es el que lo apuntala todo en la Santidad de la Iglesia, el resto lo seguirá. Bertone hace lo que puede». (Declaración de  Jean-Marie Guenois recogida en el libro “En defensa del Papa” – “Complots, Campañas mediáticas e incidentes de recorrido, pag 373).

Benedicto XVI no se dedicó a la diplomacia, sino a hablar claro a todo el mundo. Y esto supone atacar a todo el mundo. De ahí la resistencia de muchos hombres de la Iglesia a la palabra del Papa.

El buen gobierno es el que lo apuntala todo hacia la Santidad: hay que hablar de santidad, hay que gobernar la Iglesia en la santidad de la gracia, porque esa es la misión de toda la Iglesia, esa es la misión de todo sacerdote: salvar y santificar las almas.

Los que eligieron al Papa Benedicto XVI resistieron a este gobierno en que todo estaba fijado en buscar aquello que nadie quería para la Iglesia: la santidad. No querían una cabeza que les enseñara esto. Querían otra cabeza, una cabeza que estructurara la curia para poner los ideales de una nueva teología que haga reformar la Iglesia de pies a cabeza.

Lo único que no perdonan a Ratzinger es haber sido elegido Papa para seguir en lo mismo.

Benedicto XVI «ha dado lecciones sobre los “valores no negociables”, que muchísimos católicos minimizan o reinterpretan, y esto ocurre también por parte de teólogos y comentaristas famosos cobijados en la prensa católica, además de en la laica; ha dado lecciones sobre la primacía de la fe apostólica en la lectura sapiencial de los acontecimientos y muchísimos siguen hablando de primacía de la situación, o de la praxis o de los datos de las ciencia humanas; ha dado lecciones sobre la conciencia o sobre la dictadura del relativismo, pero muchísimos anteponen la democracia o la constitución al Evangelio»  (Monseñor Giampaolo Crepaldi, 20 de mayo del 2010).

Benedicto XVI ha dado lecciones a todo el mundo como Papa. Esto es lo que nadie le perdona. Por eso, ahora todos están contentos con Bergoglio: él no da lecciones como Papa, sino como un hombre lleno de mundo, de profanidad, de vulgaridad.

Benedicto XVI ha hablado como Papa, es decir, ha hecho «resplandecer ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia, sino la de Cristo». Y nadie lo ha escuchado. Y si se cierran los oídos a la voz del Papa, el alma se cierra a Cristo en la Iglesia. Si no se comulga con el Papa, tampoco se puede comulgar con Cristo. Y aparece la apostasía de la fe: todos se apartan de la verdad para comulgar con un hombre lleno de herejías, de mentiras. Y todos quieren la herejía para la Iglesia.

«El hablar del Papa es claro, sencillo y apropiado, su decir “al pan, pan y al vino, vino”, delante de cualquiera y en cualquier circunstancia, choca con muchas personas… Nada es superficial, nada en la doctrina ni en la fe que el Papa está volviendo a proponer en su verdad y en su entusiasta praxis, ni en el análisis ni en las vías de escape de la crisis moral y social en las que se debate el planeta. Nadie puede imaginar que los ataques de estos años, desde las críticas inventadas en Regensburg, sean fruto de circunstancias casuales. La pareja de hierro, Wojtyla-Ratzinger, ha gobernado y colaborado durante varias décadas, volviendo a proponer la belleza de la fe, combatiendo las heréticas interpretaciones posconciliares, reordenando muchos aspectos de la vida religiosa y curial, actualizando la doctrina social de la Iglesia y entusiasmando a centenares de millones de hombres y mujeres de todo el mundo. Esto ha producido enemigos, enemigos en aquellos que se lucraban con la ideología consumista, proponían al hombre sólo el modelo libertario y utilitarista, apostaban por vetustas ideas maltusianas y eugenésicas» (Luca Volonté – Investigación sobre la pedofilia en la Iglesia, 2010).

Benedicto XVI ha chocado con muchos Cardenales, muchos Obispos, muchos sacerdotes, muchos laicos porque ninguno de ellos quería el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Por eso, los ataques al Papa no fueron circunstancias casuales. Muchos católicos han querido su revolución en la Iglesia, el lío que ha iniciado Bergoglio. Si Bergoglio hace lo que le da la gana, entonces los Cardenales, los Obispos, los sacerdotes y los fieles hacen lo que les da la gana en la Iglesia. Este es el lío de Bergoglio. Este es el teatro montado con Bergoglio.

Y ahora todos hacen sus apuestas con qué pasará en el Sínodo. Ahora, todos ocultan la verdad de lo que pasa en la Iglesia porque les interesa promover esta situación, no sólo de herejía, sino de claro cisma en la Iglesia.

Bergoglio no propone la belleza de la fe, no combate las herejías, no le interesa ni la vida religiosa ni la vida curial, ha echado por tierra toda la doctrina social de la Iglesia con la fábula de su ecología modernista, y sólo habla a los hombres y a las mujeres para que sigan viviendo su vida en la obra de sus pecados.

¿Quién resiste a Bergoglio? Nadie en la Iglesia. Todos se dicen católicos, pero los fieles que siguen de verdad los preceptos de la Iglesia son una pequeña minoría. Y ese remanente es el que resiste a Bergoglio. Los demás, que es la mayoría de los Cardenales, Obispos, sacerdotes y fieles, tienen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, pero no creen en él. Si creyeran resistirían a Bergoglio y le harían, no ya la vida imposible, sino que lo hubieran sacado de la Iglesia con una excomunión oficial.

Se ha atacado abiertamente a Benedicto XVI. Han montado toda una estrategia con la única intención instrumental de liquidar a Benedicto XVI. Le han obligado a renunciar.

Y esto supone decir que la figura del Papa es el problema en la Iglesia, no la solución. Y, por eso, han puesto a un hombre que ha destruido el Papado, la figura del Papa en la Iglesia. Ahí lo tienen en Bergoglio: no es un Papa. No habla como Papa, no obra como Papa, no busca los intereses de Cristo en la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo en la Iglesia. Él es el único protagonista en la Iglesia. Bergoglio es sólo un diplomático, como todos los políticos, que quiere quedar bien con todo el mundo, menos con los católicos verdaderos. Benedicto XVI quiso quedar bien con la Iglesia católica, quedando mal con todos los demás que no lo amaban como papa.

Muchos católicos siguen en la miopía con respecto a Bergoglio. Y son los que defienden que Bergoglio es la solución a todos los problemas. Que ese hombre, que ha destruido lo que es un Papa en la Iglesia, tiene la llave para reformar toda la Iglesia. En esta miopía viven ilustrísimos católicos, que ven la herejía de Bergoglio y caen en el pecado de llamarlo “santo padre”.

Si ha existido esa estrategia en contra del Papa Benedicto XVI para colocar a un impostor en el Papado, es que lo que está en curso es un atentado contra toda la credibilidad global de la Iglesia. No sólo han querido imponer un hombre para un nuevo papado; sino que quieren imponer una doctrina para una nueva iglesia. Quieren levantar la iglesia en la que todo el mundo crea.

Es lo que la gente no quiere enterarse. Muchos pronostican qué pasará en el Sínodo y ponen en Bergoglio un poder que no tiene. Y se ciegan diciendo que con esa autoridad, divina para ellos, se va a reformar la Iglesia hacia lo que Dios quiere. Y no caen en la cuenta que la verdad no puede destrozar la misma verdad.

El que está en la verdad permanece en ella, no cambia los dogmas, las tradiciones, los ritos, sino que profundiza en la misma verdad para sacar nuevos conocimientos que no supone la destrucción de lo que se tenía.

El que está en la verdad no edifica un Sínodo para aprobar la comunión a los malcasados, para que los homosexuales tengan cabida en el actuar de la Iglesia, para que se mire con bondad a los herejes y a los cismáticos.

Al poner muchos en Bergoglio el poder divino, se vuelven ciegos en sus discursos. El poder de Dios no es para destrozar lo que Dios ha levantado durante siglos en la Iglesia. Luego, el Sínodo no es la obra de Dios, sino la obra de los hombres. Y allí estarán bajo una cabeza de herejía, un heresiarca, que sólo tiene un poder humano. Y gobierna la Iglesia con ese poder humano. Y de ese Sínodo saldrá la nueva iglesia, que será herética por los cuatros costados, que es la falsa iglesia que necesita el Anticristo para implantar su gobierno mundial.

Y la Iglesia, después del Sínodo, no se vuelve herética, no cae en herejía. Porque la Iglesia en Pedro, no está en Bergoglio, sino en el Papa Benedicto XVI. Nunca la Iglesia cae en herejía. Son los hombres de Iglesia los que han puesto a un hombre de herejía para levantar una nueva iglesia. Y esa nueva iglesia, comandada por un falso papa, es la iglesia de la herejía. Una secta más, pero llamada por la palabra oficial de la Jerarquía como iglesia católica, falsa iglesia católica.

Esto es lo que muchos ilustrísimos católicos no acaban de entender ni quieren entenderlo. Se mueven en la palabra oficial de la Jerarquía. Y sólo creen en esa palabra de los hombres. Han perdido la fe en la Palabra de Dios. Ni saben lo que es creer ni les importa la fe en Cristo ni en Su Iglesia, porque han unido fe y razón. La fe, para ellos, es la síntesis de todo lo que la razón puede abarcar. Ya no es un don divino, ni puede serlo, porque mucha Jerarquía son sólo hombres ateos.

Necesitan poner un falso papa que enseñe una nueva teología, en la que se abatirá para siempre los dogmas, los ritos, las leyes religiosas y clericales. Sólo va a quedar la fe en Jesucristo y cada uno puede entenderla a su manera.

Necesitan un falso papa que ofrezca un nuevo concepto de Dios como energía que se propaga continuamente en todo el universo, que lo hace expandir, que está en todas las cosas: en el reino vegetal, en el reino animal, en el átomo más pequeño hasta la galaxia más grande.

Necesitan un falso papa que proclame que todas las cosas en el Universo tienen inteligencia. Y que esas inteligencias se han encarnado durante toda la historia en los hombres.

Que diga que el Universo entero es el cielo de lo creado, que el infierno es sólo aquello que el hombre piensa y elige negativamente en su vida, y que el purgatorio no es más que la purificación de los efectos que las obras de los hombres producen. Es sólo un período tiempo en que se van curando las heridas.

Que diga que el hombre está en evolución y, por eso, la reencarnación es necesaria para la vida. Que la muerte no existe, sino que la vida es eterna a través de reencarnaciones.

Que todos somos hermanos y hermanas. Y, por lo tanto, todos somos hijos de Dios. Y hay que buscar un acuerdo de fraternidad con todos los hombres, para instaurar  una super-civilización sin trabas, sin exclusiones, sin crisis. Y, por lo tanto, se necesita una iglesia en la que Jesús, Krishna, Buda, Mahoma, Lutero, etc… sean uno, con un mismo mensaje, que recoja todas las verdades relativas y las presenten como una verdad absoluta.

El Sínodo es el inicio para levantar esta nueva iglesia. Y lo harán con el poder humano que tiene Bergoglio. Y, por eso, no hay que esperar al Sínodo para estar en la Iglesia de Cristo. No hay que rezar por el Sínodo para que todo salga bien. Esta es la ceguera de muchos ilustrísimos católicos, ciegos a la verdad, que sólo quieren ver lo que su mente quiere encontrar.

Tienen miedo de hablar claro, de dar el mensaje que el Papa Benedicto XVI se propuso desde el inicio de su pontificado.

La Jerarquía de la Iglesia ha olvidado que «la Iglesia no es nuestra Iglesia, sino su Iglesia, la Iglesia de Dios. El siervo debe rendir cuentas de cómo ha gestionado el bien que le ha sido confiado. No atamos a los hombres a nosotros, no buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Conducimos a los hombres hacia Jesucristo y, así, hacia el Dios viviente» (Benedicto XVI, 12 de septiembre 2009).

El sacerdocio no es un dominio, sin un  servicio en la verdad de la Palabra de Dios.

Con Bergoglio, el sacerdocio se ha convertido en servir al pueblo que manda. Servir los intereses de los hombres, anulando la misma Iglesia de Cristo.

Con Bergoglio, la Jerarquía conduce a los hombres a la comunión con el mundo, a estar en el juego del demonio, a obrar lo que los hombres quieren en sus vidas. Presentan un Jesucristo que no existe en la realidad. Presentan un Dios misericordioso que es una fábula de la mente del hombre. Hacen que los fieles de la Iglesia vivan en la memez de sus pensamientos y de sus obras humanas. Son bastardos que crían bastardos.

«A menudo nos preocupamos afanosamente de las consecuencias sociales, culturales, políticas de la fe, dando por descontado que esta fe es, que por desgracia es, cada vez menos realista. Se ha puesto quizá demasiada confianza en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y de funciones; pero ¿qué ocurrirá si la sal se vuelve insípida?» (Benedicto XVI – 11 de mayo 2010).

¿Qué ocurrirá en el Sínodo si los Cardenales, los Obispos y los sacerdotes ya no son sal de la tierra, ya no viven para la vocación a la que han sido llamados? Sólo van a levantar una nueva iglesia porque están preocupados sólo de agraciar al mundo.

Todos han puesto su confianza en la estructura de un Sínodo para cargarse la Iglesia: para oscurecer la verdad y que sólo brille la luz de las tinieblas. Por eso, después del Sínodo la Jerarquía tendrá que sufrir la mayor abominación. Y la querrán y la buscarán. Y morirán en ese sufrimiento creyendo que es para el bien de la Iglesia.

Está tan cegada toda la Jerarquía que actualmente se cree santa siguiendo la mente de un hereje.

Están tan idiotizados por las palabras babosas de su hombre, que no caen en la cuenta que sin sacrificar la propia vida por la verdad inmutable, cualquier otro sacrificio no tiene ningún valor.

«No vengo a imponer la fe, sino a instar el valor por la verdad» (Benedicto XVI – Enero 2008 en la Universidad La Sapienza de Roma).

Este es el resumen del pontificado de un Papa elegido por el Espíritu Santo para gobernar una Iglesia cerrada a la verdad.

Un Pontífice para el tiempo más extraño de la Iglesia: el tiempo en que un falso papa tiene que levantar una falsa iglesia, apoyada sólo en la mentira y en el ataque sin piedad a toda la Iglesia Católica.

Un falso papa que quiere imponer su mentira en el Sínodo. Y muchos lo seguirán porque han resistido, hasta morir, al Papa Benedicto XVI. Y ahora sólo lo tienen como una estatua, que ni siquiera le quitan el polvo.

Han destrozado la cabeza de la Iglesia, anulando al Papa. Pero necesitan levantar una nueva estructura de iglesia. Y son necesarias personas inteligentes para ello. Personas que vivan para la perversidad de sus mentes. Personas que no les importe la Iglesia como tal, sino el negocio que en la Iglesia se lleva a cabo.

Muy pocos han captado la gran crisis de la Iglesia. Y se hacen ilusiones con el Sínodo. ¡Cuánta cháchara se publica por internet! ¡Y cuántos pierden el tiempo creyendo y dando mente a  esas chácharas!

El valor de la verdad nadie lo quiere escuchar ni obrar. Todos van hacia el valor de la mentira para construir una iglesia de mentira.

¡Qué les aproveche su gran necedad para su condenación en vida!

 

Bergoglio no es materialmente Papa

«¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración, así como hacen cuando entra el Señor!» (Bergoglio, 28 de abril del 2015, a los huéspedes de los centros de Cáritas de Roma)

Arrodillarse…así como hacen cuando entra el Señor: cuando Jesús entra en la Eucaristía, todos se ponen de rodillas para adorarlo. Y se hace esto porque Jesús es Dios. Y sólo a Dios hay que darle culto de latría, adoración.

Enseñar que cuando un pobre, un hombre, entra en la iglesia, todos tienen que hacer lo mismo que se hace cuando entra Jesús en la Eucaristía, es enseñar la idolatría, pecado gravísimo que no admite parvedad de materia.

Es preciso sufrir la muerte antes que adorar a un pobre o a un hombre en la Iglesia.

No se puede obedecer el deseo de la mente de Bergoglio sin caer en la desgracia del pecado mortal.

Es una gran injuria contra Dios, no sólo adorar a un hombre, sino enseñar a dar culto al hombre, como si fuera un dios,  y hacerlo desde la Silla de Pedro.

Los hombres ya no saben medir las palabras de Bergoglio. Continuamente, ese hombre está blasfemando contra Dios, contra Cristo y contra la Iglesia. Y lo siguen manteniendo como si no pasara nada.

¿Acaso pueden juzgar las obras injustas de Bergoglio y no ser capaces de juzgar a Bergoglio como falso papa?

Quien lo tenga por su papa no puede juzgar sus obras, sus pensamientos, sus homilías, sus charlas…. Debe callar y obedecer la mente de Bergoglio.

¡Muchos católicos – y buenos católicos- no han aprendido a obedecer en la Iglesia! ¡Por tanto, no saben lo que es un Papa en la Iglesia! ¡No saben obedecer a un Papa verdadero! ¡No saben oponerse a Bergoglio, a un falso papa!

Las ideas de un Papa son las ideas de la Mente de Cristo. Y esas ideas no cambian de un Papa a otro. Son siempre las mismas, en todas las épocas, porque la doctrina de Cristo es eterna, no es temporal.

No se obedecen, en un Papa, las ideas humanas, que todo hombre tiene. Sino que se obedece a las ideas de Cristo, que el Papa da, enseña, ofrece, interpreta con la ayuda del Espíritu Santo.

Todos han caído en el mismo juego: obediencia a la mente humana de un Papa. No han sabido nunca obedecer en la Iglesia. Ni siquiera la misma Jerarquía sabe obedecer. Ahora, es un mundo para todos desobedecer a un falso papa. Muchos quedan perplejos.

Se obedece a la Verdad. Y la Verdad no la posee la mente humana de ningún hombre, ni siquiera el Papa. La Verdad es Cristo. Hay que dejar que actúe la Persona de Cristo en el hombre sacerdote, o en el hombre Obispo, para dar la Verdad a la Iglesia.

Todos dicen: sí, Bergoglio es hereje; pero materialmente es papa.

¡Gran absurdo! ¡Gran injuria!

Porque si Bergoglio es hereje, entonces no es Papa, porque el hereje no pertenece a la Iglesia, ni material ni formalmente.

El pecado de herejía es una obra que saca espiritualmente de la Iglesia de Cristo: no se está unido a Cristo ni a Su Cuerpo Místico. Se puede estar en la Iglesia de una manera exterior. Esa exterioridad no significa pertenecer a la Iglesia visible. Un hereje es como un muro, una pared de ladrillos: se ve el muro, pero ahí no está la Iglesia.

La Iglesia visible no son las parroquias ni los hombres que nuestros ojos observan. La Iglesia visible son las almas en gracia unidas a Cristo, que trabajan en una parroquia, en una capilla, en un lugar concreto.

La Iglesia es Cristo y sus almas. Si desaparecen las estructuras exteriores, la Iglesia permanece visible en las obras de sus almas.

Materialmente, las parroquias, los lugares de culto pertenecen a la Iglesia. Los hombres, en sus pecados de herejía, pueden hacer obras materiales, pero no dan el Espíritu, la Gracia en esas obras.

Un hereje que celebre una misa, materialmente hace una obra en un lugar material. Pero no hace una obra de la Iglesia. No hace una obra espiritual, regida por el Espíritu de Cristo. Su Misa no es una misa. Su sacerdocio no es el sacerdocio de Cristo. Materialmente, se viste como sacerdote. Pero no es sacerdote porque es hereje. Ni siquiera cuando celebra la misa, esa obra material, es materialmente hecha por el sacerdote.

Porque el sacerdocio es una gracia, algo espiritual, que se coloca en el corazón del alma, que es también algo espiritual. La herejía destruye la gracia del sacerdocio: pone un obstáculo que impide que el sacerdote obre con el Espíritu de Cristo. Materialmente, el sacerdote hace una obra; pero no se produce -en él, en su alma- la obra del Espíritu de Cristo.

Por la herejía, su alma no puede unirse a Cristo para actuar como sacerdote, en la Persona de Cristo. Actúa en su propia persona humana, pero no es otro Cristo: no se revela -en él, en su alma- la Persona de Cristo. Posee el sello del Sacramento del Orden, que lo marca como sacerdote de Cristo. Pero ese sello es de índole espiritual, no material. No es un sello en su cuerpo, sino en su corazón. Un sello indeleble, que no se pierde por la muerte del cuerpo, ni por el fuego del infierno.

Ser sacerdote no es hacer obras materiales en la Iglesia. Es actuar en la Persona de Cristo: es Cristo el que obra en el hombre sacerdote. Y esa obra, un hereje, nunca puede mostrarla. Cristo no obra materialmente en un sacerdote hereje. Cristo obra materialmente en un sacerdote pecador, que no ha caído en el pecado de herejía. Cristo no se une al alma de un sacerdote hereje: no aparece la Persona de Cristo en el hombre sacerdote. El pecado de herejía impide que se manifieste, material y formalmente, la Persona de Cristo en el hombre sacerdote.

Así, un hombre –como Bergoglio- que se sienta en la Silla de Pedro y que, por su herejía, no es Papa. Materialmente, está sentado en el Trono de Pedro. Pero espiritualmente, no tiene el carisma de Pedro: en él no puede revelarse, manifestarse, ser el Vicario de Cristo en la tierra. No posee, ni formal ni materialmente, el Poder Divino. No puede hablar como Cristo, no puede comunicar la Mente de Cristo, no puede actuar como Cristo en la Iglesia. Actúa en su propia persona humana, porque no tiene el carisma de Pedro. No se le puede llamar Papa por más que materialmente haga obras en la Iglesia. El oficio de Papa no es un asunto material en la Iglesia. No es un nombre que se lleva en la Iglesia.

Es algo divino: es Cristo quien guía Su Iglesia a través de Su Papa. Es Cristo quien se manifiesta a Su Iglesia a través de Su Papa. Aquellos que dicen que Bergoglio materialmente es Papa están injuriando a Cristo en la Iglesia. Cristo no puede guiar la Iglesia a través de un Obispo hereje. No la guía ni material ni formalmente.

Cristo sigue guiando Su Iglesia en el Papa Benedicto XVI: pero ya no la guía formal, sino materialmente. Benedicto XVI ya no gobierna formalmente la Iglesia. Pero la Iglesia es guiada por Cristo, a través de Benedicto XVI, materialmente. Benedicto XVI tiene el Poder Divino, pero ya no lo puede usar: no sirve el Poder Divino, no gobierna formalmente como Papa. Ese Poder Divino –que permanece en el alma de Benedicto XVI- sirve para poner un dique material a toda la obra del Anticristo. Mientras permanezca vivo el Papa Benedicto XVI, materialmente el Anticristo no puede revelarse. Tiene que ser removido el Poder Divino en el Papa, no sólo formal, sino materialmente, para que comience todo.

Han removido formalmente el gobierno del Papa en la Iglesia, poniendo un usurpador; pero queda materialmente el Poder Divino en el Papa Benedicto XVI. Y queda materialmente, porque permanece en un hombre que todavía no ha muerto. El carisma permanece en el alma de Benedicto XVI, pero materialmente. Benedicto XVI no puede usarlo formalmente. Para usarlo tiene que enfrentarse con el usurpador. Pero, Cristo, que es la Cabeza invisible de la Iglesia, lo usa materialmente para frenar al Anticristo: mantiene vivo al Papa verdadero.

Por eso, la vida de Benedicto XVI peligra. Hay que quitarlo de en medio, y cuanto antes. El demonio tiene prisa por acabar su obra.

El carisma de ser Pedro es diferente a ser sacerdote. En el sacerdocio, es Cristo quien obra en el sacerdote, es la Persona del Verbo en el sacerdote. En Pedro, es Cristo quien guía a la Iglesia, quien obra en la Iglesia, quien enseña a la Iglesia, a través de Su Papa. Es Cristo en Su Poder Divino, es Cristo en la Obra de Su Espíritu. No es Cristo en Su Persona Divina. Por eso, la Iglesia es la Obra del Espíritu de Cristo. El sacerdocio es la Obra de Cristo como Persona Divina.

El gobierno de un Papa, en la Iglesia, es la manifestación del Espíritu en toda la Iglesia. En la obediencia al Papa, el Espíritu obra en todas las almas, para que la Iglesia siga enseñando la Verdad, sea guía en la Verdad y muestre al mundo y a los hombres el único camino de salvación, que es Cristo.

El gobierno de un Papa no es imponer sus deseos humanos a los hombres. Esto es lo que hace habitualmente Bergoglio: «¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración…!». Bergoglio sólo está en sus ideas humanas, en sus caprichos, en sus errores, en sus herejías. Y es lo que da a la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo. Sólo le interesan sus pobres, su cultura del encuentro, su diálogo, su comunismo, sus ideas protestantes, acaparar la gloria de los hombres y del mundo.

Pero, a Bergoglio, no le interesa ni Cristo ni la Iglesia. Y eso lo palpan, lo viven, todos los verdaderos católicos. Hay una persecución interna a todo lo que huela a catolicidad.

La obra de un Papa, en la Iglesia, es luchar en contra del error, de la herejía; es excomulgar a los herejes; es definir nuevos dogmas. Porque el Poder Divino, en la Iglesia, se muestra en llevar a toda la Iglesia hacia la plenitud de la Verdad. Todo Papa muestra Su Poder Divino enseñando la verdad, defendiendo la verdad, guardando el tesoro de la verdad, guiando a todos hacia la verdad plena.

En un Papa, es Cristo el que obra en Su Espíritu. Por eso, el Señor les mandó a Sus Apóstoles «esperar la promesa del Padre»: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra» (Act 1, 8).

Ya Pedro había sido elegido como Papa, pero no podía actuar como Papa. Tenía el Poder divino en su alma, pero de manera material. Era necesario que viniera el Espíritu para que Pedro pudiera obrar formalmente como Papa: para poder gobernar la Iglesia en el Espíritu, en la obra del Espíritu.

Un Papa gobierna siempre en la Obra del Espíritu, nunca fuera de Ella. Por eso, un Papa nunca puede equivocarse, es infalible, porque es el Espíritu quien lo mueve todo para que la Iglesia sea testigo de Cristo, sea testimonio de la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles. Es el Espíritu el que recuerda esta Verdad inmutable, el que la muestra, no sólo al Papa, sino a toda la Iglesia.

Por eso, la Obra del Espíritu no se refiere a los pensamientos humanos de un Papa. Nunca se obedece a la mente humana de un Papa. Sólo se obedece a la Mente de Cristo que el Papa ofrece en la Iglesia.

Es la Obediencia a la Verdad que muchos, fieles y Jerarquía, nunca han comprendido. En estos 50 años, muchos han caído en la trampa, que ha puesto el demonio para desbaratar la obediencia a un Papa. Y ahora no saben desobedecer a un falso papa. Ahora, les cuesta esta parte. Por eso, muchos tienen a Bergoglio como materialmente Papa. Y no caen en la cuenta de que Bergoglio no ha sido elegido por Dios para que posea el Poder Divino. Dios nunca elige a un hombre hereje. Son los hombres los que ponen a sus herejes, no sólo en el sacerdocio, sino en la Silla de Pedro.

Ahora, quien tenga a Bergoglio como su papa, necesariamente tiene que dar obediencia a la mente de ese hombre. Porque Bergoglio no es capaz de dar la Mente de Cristo, la Verdad, a la Iglesia.

En los otros Papas, se podía discernir entre la mente humana del Papa y la Mente de Cristo en el Papa. Y se daba la obediencia al Papa porque se veía claro la Mente de Cristo en él.

Pero, con Bergoglio, es imposible este discernimiento: sólo se ve en él su mente humana. Bergoglio sólo vive dentro de su pensamiento humano. Pero no es capaz de dar el Pensamiento Divino en la Iglesia. Por eso, todo su magisterio no es papal. En todo su magisterio no se refleja el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia. Es el magisterio propio de un hereje. Y es la obra propia de un cismático. Y es la vida propia de un apóstata de la fe.

Y esto es lo que muchos están apoyando, justificando, aplaudiendo: la herejía, el cisma y la apostasía. Al tener a Bergoglio como su papa, ya material ya formalmente.

Es una gran injuria contra Dios llamar a Bergoglio con el nombre de Papa. Porque es caer en el pecado de idolatría. Como Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo, entonces se tiene que obedecer, necesariamente, su idea humana en la Iglesia. Y esto es dar culto a la mente de un hombre. Esto es buscar miles de razones para justificar el pecado de Bergoglio, para mantener en el cargo a Bergoglio. Al final, siempre son los demás los que se han equivocado porque no han comprendido lo que ha querido decir Bergoglio. Bergoglio siempre queda como el justo, como el santo. Es la idolatría en que caen muchos al tenerlo como su papa.

Ahora, tienen que enseñar, en la Iglesia, a arrodillarse ante los pobres. Es justo que se haga eso: están obedeciendo a los deseos de un hombre. Se están sometiendo a la mente de un hombre. Y ya nadie es capaz de ver que Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo. Todos han quedado oscurecidos, en sus mentes, para no ver la Verdad. Y eso es una Justicia Divina en la Iglesia. Preferís las palabras baratas y blasfemas de un hombre que la Mente de Cristo. Entonces, quedaos con ese hombre y levantad vuestra falsa iglesia, que os va a llevar a lo más profundo del infierno.

Cristo sigue guiando a toda la Iglesia en Su Papa Benedicto XVI. La guía materialmente, manteniendo vivo a Su Papa para que los verdaderos católicos tengan tiempo de salir al desierto. Es en el desierto en donde está toda la Iglesia en Pedro, en la oración, en la penitencia, en la vida escondida. Y allí tiene que vivir y ser alimentada durante un tiempo. No es en Roma ni en la Jerarquía en donde se ve a la Iglesia.

Ya todos los Papas han cumplido su misión en la Iglesia. Una vez que muera Benedicto XVI, hay un tiempo de sede vacante, necesario para que aparezca el falso profeta y el Anticristo y hagan su obra.

Pero, la Iglesia sigue siendo la Obra del Espíritu. No es la obra de ninguna cabeza humana. Nadie dicta la fe en la Iglesia. La Jerarquía de la Iglesia no impone lo que hay que creer o lo que no hay que creer. La fe divina no es el dictado de los hombres. Es un don divino al hombre. Y sin humildad, ese don divino no puede funcionar en ningún hombre.

Por eso, lo que ahora observamos en toda la Iglesia son hombres: con sus ideas, con sus planes, con sus obras. Que es la manifestación del pecado de soberbia en los fieles y en la Jerarquía. Y, en ese pecado de soberbia, el pecado de orgullo, que se revela principalmente en quienes gobiernan la iglesia. Son ellos los que hacen lo que les da la gana en la Iglesia, poniéndose por encima de toda ley divina, de todo el magisterio de la Iglesia, quitando a su capricho lo que no les gusta o no va con su estilo de vida.

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«Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro, y postrándose a sus pies, le adoró. Pedro le levantó, diciendo: Levántate, que yo también soy hombre» (Act 10, 25).

Si no hay que arrodillarse ante el Papa para adorarlo, porque es un hombre, menos hay que hacerlo ante un pobre. La adoración es debida y conviene a solo Dios. A las demás criaturas, ni por el cargo que ejercen, ni por la posición social que tienen, ni por otra cualidad o circunstancia, se les debe la adoración. Sólo el respeto que toda persona humana merece.

Sólo hay que arrodillarse ante Cristo, ante Jesús en la Eucaristía. Y quien lo hace ya no puedo hacerlo ante un hombre. El único Hombre ante el cual todo hombre debe arrodillarse es Cristo. Porque la carne de Cristo está sólo en la Eucaristía, no en los pobres. Y aquel que ponga la carne de Cristo en los pobres, como hace Bergoglio, sólo está diciendo que no ama la Eucaristía porque no cree en Ella. Y no cree en Ella porque, para él, Jesús no es Dios, sino un hombre cualquiera.

«Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único» (Homilía, 22 de mayo del 2008, Benedicto XVI en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo)

Bergoglio cae en esta idolatría porque no cree en Dios. Es un ateo que no cree en la existencia de Dios, sino que se ha inventado, con su mente humana, su concepto de Dios. Un dios no real, no verdadero. Un dios que es el fruto de su desvarío como hombre. Su vida le lleva a ese concepto de dios. Y vive para esa mentalidad propia de un hombre que no ha sabido adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Aquel que enseña a adorar a un hombre está diciendo que no adora a Dios, que no ha sabido nunca adorarlo. Bergoglio nunca se ha sometido a Dios. Siempre con la cabeza levantada ante Dios, como un orgulloso. Nunca ha sabido inclinarse, poner su cabeza en el suelo. No puede. Su soberbia se lo impide.

Bergoglio mira a un hombre, mira a un pobre, y no sabe ver su alma: no sabe buscar a Dios en el alma de ese pobre. Sólo está interesado en la vida humana, en la vida social, en la vida carnal de los hombres

Quien no ve el alma, que es algo invisible para el hombre, sólo está pendiente de los cuerpos de los hombres, de lo exterior, de una vida natural. Pero no sabe tratar con las almas. No sabe vivir con ellas. No sabe enseñarlas el camino del cielo. Sino que sólo les da una doctrina que es puro demonio. Y tiene que caer en esta abominación de enseñar a adorar a los hombres.

«Apártate, Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”» (Mt 4, 10).

Esto es lo que hay que decirle a Bergoglio: Apártate, Satanás. Enseñas a adorar a los hombres. Eres un demonio encarnado. Enseñas el camino del infierno a todas las almas. Sólo a Dios se le debe adoración. Es un precepto divino positivo.

Pero, Bergoglio no entiende de preceptos: no cree en el derecho natural, por el cual a Dios se le da culto, ya interno, ya externo, ya individual, ya social, al ser el principio y el fin de todas las cosas.

Para Bergoglio, el principio de todas las cosas es su mente humana: con ella se inventa su dios, su cristo, su iglesia, su religión, su vida. Y si su mente es el inicio de una vida de blasfemia, entonces el fin de su vida es lo que encuentra en su mente. Bergoglio vive para lo que estamos viendo en la Iglesia: para su idea masónica de la fraternidad, para su idea protestante de una iglesia llena de pecadores, y para su idea comunista de un gobierno global, en la cual poder culminar su gran negocio en la vida.

Bergoglio no cree en el derecho divino, por el cual Dios ha dado al hombre mandamientos que debe cumplir para que ame a Dios.

Sólo cree en su soberbia, sólo obra con su orgullo y sólo ama en su lujuria de la vida.

¡Pobre aquel que tenga a Bergoglio como su papa! ¡Idolatra, no sólo al hombre, sino a todo hombre! Y se dedica a hacer su negocio en la Iglesia:

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La iglesia del mundo visible en Roma

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«Hay quien considera que puede tener una relación personal, directa, mediata con Jesucristo fuera de la comunión y de la mediación de la Iglesia… ser cristiano significa pertenencia a la Iglesia. El nombre es «cristiano», el apellido es «pertenencia a la Iglesia» (25 de junio del 2015).

Muchos católicos no son capaces de ver la herejía en estas palabras del falsario, porque ya no conocen su fe católica.

«…ser cristiano significa pertenencia a la Iglesia»: esta es la gravísima herejía. Si tienes el nombre de cristiano, entonces perteneces a la Iglesia.

En otras palabras: si no estás bautizado, pero te llamas cristiano, perteneces a la Iglesia.

Si crees en tu idea de Cristo, si para ti Cristo es lo que se profesa en el budismo o en el judaísmo, o en cualquiera otra religión, entonces perteneces a la Iglesia.

Si no vives en gracia, sino en tu grandioso pecado, si no tienes los Sacramentos o una vez los recibiste, pero ya no los practicas o lo haces mal, si no obedeces al Romano Pontífice, sino que haces lo que te da la gana en tu vida, entonces eres de la Iglesia, perteneces a la Iglesia.

¿Ven o no ven la gravísima herejía?

Bergoglio está enseñando su iglesia mundial: la que es para todo el mundo. Con tal de que te llames cristiano, con tal de que te pongas el nombre de cristiano, un nombre vacío, un lenguaje humano, una palabra que todo el mundo usa para no decir nada, entonces perteneces a la iglesia que está levantando ese hombre, al cual muchos le ponen el nombre de papa.

Ahora, resulta que eres de la Iglesia porque tienes que seguir a Bergoglio. Si no sigues a Bergoglio como el gran papa del mundo, de los herejes, de los pervertidos, de los homosexuales, entonces no perteneces a la Iglesia. Tienes que tener el nombre de Bergoglio. Tienes que decirlo.

Si dices: Bergoglio no es papa. Entonces, no perteneces a la Iglesia.

Todo el mundo se apunta, ahora, al juego del lenguaje humano.

Para ser de la Iglesia hay que colocarse el nombre de cristiano.

Para estar en comunión con la Iglesia hay que colocarse el nombre de Bergoglio: hay que llamar a Bergoglio como papa. Y no importan sus claras herejías. Eso no interesa. Es el nombre el que interesa. Si no tienes el nombre de ese tipejo, si no dices el nombre de ese tipejo, si no lo llamas papa, estás condenado, has cometido el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Así piensan muchísimos católicos.

Para ser miembro de la Iglesia, es necesario poseer una perfecta unión con el Cuerpo de la Iglesia. Esto significa que la persona debe ser bautizada, y vivir su bautismo dentro de la comunión visible de hombres que profesan la misma fe divina, que comparten los mismos siete sacramentos y que están en obediencia al Romano Pontífice.

Estos son los tres requisitos externos de unión: si la Iglesia es visible, entonces sus miembros se conocen por estas tres cosas:

«Pero entre los miembros de la Iglesia sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo, y, profesando la verdadera fe, no se hayan separado, miserablemente, ellos mismos, de la contextura del Cuerpo, ni hayan sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas… Por lo cual, los que están separados entre sí por la fe o por la autoridad, no pueden vivir en este único Cuerpo, ni tampoco, por lo tanto, de este su único Espíritu» (Mystici Corporis, n. 10).

«Porque cuantos somos creyentes, teniendo… el mismo espíritu de fe, nos alumbramos con la misma luz de Cristo, nos alimentamos con el mismo manjar de Cristo y somos gobernados por la misma autoridad y magisterio de Cristo» (Mystici Corporis, n. 32).

Es claro lo que dice el Papa Pío XII: hay que estar bautizados.

Pero, además, hay que profesar la fe verdadera: la fe católica. Hay que obedecer el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Si no se obedece este magisterio, ya no tienes la fe verdadera.

Hay muchos católicos que no saben lo que es este magisterio. No lo conocen. Para ellos, no existe el pecado, ni el infierno, ni el purgatorio, ni la penitencia, ni la cruz, ni la gracia, ni los sacramentos, etc…

Hay que tener la misma Luz de Cristo: su doctrina. Esa doctrina son dos autoridades en la Iglesia Católica: la Palabra de Dios y el magisterio auténtico e infalible.

Estas dos autoridades están por encima del Papa, de los Obispos, de los Concilios, de los Cónclaves, de cualquier miembro de la Iglesia.

Estas dos autoridades son la Luz de Cristo, que se da a todo el mundo para que pueda creer.

Pero, además, hay que vivir los Sacramentos: hay que alimentarse de la Eucaristía. Si vives en tu pecado, sin confesarlo en el Sacramento de la Penitencia, entonces no puedes recibir al Sacramento de la Eucaristía y, en consecuencia, el Bautismo y la Confirmación los metes en un saco roto: no te sirven de nada. Y, mucho menos, el Sacramento del Matrimonio o el del Orden.

Si no usas bien los Sacramentos, NO ERES IGLESIA visiblemente.

¡Cuánta gente pervertida que no discierne lo que comulga y se come su propia condenación!

Pero, además, hay que someterse a la Jerarquía: gobierno vertical en Pedro. Si no obedeces al Papa, NO ERES IGLESIA visiblemente.

Los sedevacantistas, los lefebrvistas, y tantos católicos de nombre, no se someten a un Papa. NO SON IGLESIA visiblemente.

¡Y, ahora resulta, que todos quieren ser iglesia obedeciendo a un falso papa!

¡No comprendemos cuál es la fe de muchos católicos!

¿Para qué se dicen católicos?

¿Para qué están en la Iglesia?

Para pertenecer a la Iglesia, externamente, son necesarias estas tres cosas. Pero para pertenecer a la Iglesia, internamente, sólo se necesita las tres virtudes teologales:

«Puesto que no todos los pecados, aunque graves, separan por su misma naturaleza al hombre del Cuerpo de la Iglesia, como lo hacen el cisma, la herejía o la apostasía. Ni la vida se aleja completamente de aquellos que, aun cuando hayan perdido la caridad y la gracia divina pecando, y, por lo tanto, se hayan hecho incapaces de mérito sobrenatural, retienen, sin embargo, la fe y esperanza cristianas, e iluminados por una luz celestial son movidos por las internas inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo a concebir en sí un saludable temor, y excitados por Dios a orar y a arrepentirse de su caída» (Mystici Corporis, n. 10).

Bergoglio cae en otra herejía: «Hay quien considera que puede tener una relación personal, directa, mediata con Jesucristo fuera de la comunión y de la mediación de la Iglesia»: está negando que Cristo sea la Cabeza invisible de la Iglesia y, por lo tanto, hay almas que no son Iglesia visiblemente, pero si pertenecen a la Iglesia de manera invisible, por su unión con Cristo. Se puede tener una relación personal con Cristo porque sólo los pecados de herejía, de cisma, de apostasía de la fe, sacan de la comunión y de la mediación de Cristo, que es la Iglesia. El gravísimo problema de Bergoglio es poner la Iglesia en el pueblo, en una comunidad de personas; pero no la pone en Cristo. Y entonces tiene que caer en esta gravísima herejía: para tener comunión con Cristo, para tener una relación personal con Cristo tienes que ser de la Iglesia, tienes que estar en comunión con la Iglesia. Y, en esas palabras, deja de reconocer, está anulando que la Iglesia es Cristo. Pone la Iglesia en los hombres, como dice en su discurso: «Nadie llega a ser cristiano por sí mismo. No se hacen cristianos en el laboratorio. El cristiano es parte de un pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un pueblo que se llama Iglesia y esta Iglesia lo hace
cristiano».

¿Ven la maldad de este hombre?

El cristiano es parte de Cristo, no de un pueblo que viene de lejos. Uno se hace cristiano porque cree en Cristo, no porque cree en un pueblo. Al poner la Iglesia en el pueblo, entonces tiene que cargarse a Cristo como Rey y como Cabeza de la Iglesia. Y, por eso, lo que vemos en el Vaticano es la iglesia de un hombre, de un conjunto de hombres que han anulado la verdad, que es Cristo, y la Iglesia, que es Cristo y sus almas. Sólo queda el pueblo, el mundo, la masa.

Sólo la herejía, el cisma y la apostasía de la fe impiden ser de la Iglesia. Los que no han cometido estos tres pecados, pero sí viven en sus pecados no confesados, todavía son de la Iglesia pero no externamente.

Estos son los católicos tibios, que son muchos.

Los pervertidos, a los cuales ya no se les puede llamar católicos, son los que han cometido los tres pecados que sacan de la Iglesia: herejía, cisma y apostasía de la fe. Bergoglio es un pervertido. Todo el gobierno horizontal, ese grupo de cardenales que gobierna en la actualidad la Iglesia, son pervertidos. No son Iglesia.

Cuando el alma pierde la fe, entonces ya no puede pertenecer al Cuerpo de la Iglesia. Mientras mantenga la fe, hay una esperanza de conversión, y de salir del pecado. Todavía están unidos a la Cabeza Invisible de la Iglesia, que es Cristo, aunque no participen ni en los Sacramentos ni obedezcan a la Jerarquía. Externamente, no pertenecen a la Iglesia porque no obran visiblemente ni los Sacramentos ni se ponen en obediencia a la Jerarquía. Internamente, son de la Iglesia porque todavía no han renegado totalmente de Cristo, Su Cabera Invisible.

Ahora mismo, en la actualidad, observamos muchos falsos católicos que siguen a un falso papa.

Para ser de la Iglesia, en lo externo, para que sea vea visiblemente la Iglesia, es necesario el gobierno vertical del Papa: es necesaria una cabeza visible. Como Benedicto XVI no gobierna la Iglesia, y es el Papa verdadero y legítimo, es la legítima autoridad en la Iglesia, entonces la Iglesia ya no es visible. Falta el gobierno del Papa. Falta la cabeza visible. Es gobernada solo por Su Cabeza Invisible, que es Cristo. Por este gobierno invisible, la Iglesia se hace invisible: ya no se puede ver exteriormente, en una Jerarquía, en una Cabeza visble.

Pero resulta que un grupo de cardenales está gobernando exteriormente la Iglesia, con un gobierno horizontal. Eso que se ve, esa iglesia que resulta de ese gobierno horizontal, no es la Iglesia Católica. No es la Iglesia en Pedro, en un gobierno vertical. No es la Iglesia visible de Cristo.

Luego, quien obedece a ese gobierno, quien obedece a ese falso papa, se convierte, visible, externamente, en un falso católico.

El católico verdadero obedece al Papa legítimo. El falso católico obedece a un falso papa, que es ilegítimo, inválido, por su manifiesta herejía.

El católico tiene que ponerse en la Verdad para ser católico. El católico tiene que reconocer la verdadera autoridad en la Iglesia para ser católico.

Si no te pones en la verdad, sino sabes discernir a la Jerarquía de la Iglesia, te conviertes, te transformas en un falso católico.

Es lo que vemos en todas partes desde hace dos años. Está surgiendo una falsa iglesia. Luego, tienen que aparecer, visiblemente, los falsos católicos. Son los siguen a un falso papa y están en una falsa iglesia.

Los católicos verdaderos tienen que desparecer exteriormente. Es necesario que desaparezcan porque visiblemente no hay una cabeza que los gobierne.

Un católico verdadero no puede pertenecer visiblemente a la iglesia de Bergoglio y compañía. No puede. Es un gobierno horizontal. No es el gobierno visible en Pedro.

Luego, la Iglesia de Cristo pasa a ser el Reino de Dios, pero ya no está visiblemente en la Jerarquía.

Está visiblemente en cada corazón que permanece, que es fiel a la Verdad. Pero esos corazones fieles no pueden unirse bajo una cabeza visible, bajo un papa. Entonces, no hay Iglesia visible. Pero sí hay Iglesia invisible en Cristo.

Cada alma sigue unida a Cristo, pero el Cuerpo de Cristo no tiene cabeza visible: no se puede ver exteriormente. Por eso, la Iglesia pasa a ser remanente, tiene que estar escondida. Tiene que ser perseguida. En cada corazón está la verdad que no se muestra exteriormente. Y conviene que no se muestre. Hay, en la actualidad, muchos lobos, muchos falsos profetas que destruyen la fe católica.

Por eso, ahora no es tiempo de convertir a nadie. Y quien se convierta a la Iglesia católica, que no existe visiblemente, es una falsa conversión. Se convierte a la iglesia de Bergoglio y compañía, que visiblemente es una falsa iglesia.

Los católicos verdaderos, si quieren seguir en su fe católica, tienen que salir de todas las estructuras externas de la Iglesia porque han sido tomadas por un gobierno horizontal, que ya visiblemente no hace la Iglesia en Pedro.

¡Cuánto cuesta entender estas cosas a los católicos!

La Iglesia no es un conjunto de hombres, con un pensamiento común, con unas ideas, con unas obras más o menos buenas.

La Iglesia es Cristo y sus almas. Y cada alma tiene que estar unida a Cristo. Es la vid y los sarmientos. Cristo es el tronco de la vid. Las almas se unen a esa vid para poder alimentarse de Cristo.

En la Iglesia ningún hombre se alimenta de la mente del hombre. En la Iglesia, cada alma tiene que estar unida a la Mente de Cristo, unida a la Voluntad de Dios en Cristo, unida al Espíritu de la Verdad que procede del Padre y del Hijo.

Si no hay esta unión, vana es esa iglesia.

Una iglesia de hombres es la que vemos en el Vaticano y en muchas parroquias. Y ya eso es una falsa iglesia. Salgan de ahí porque es el inicio de la gran abominación.

No se puede defender la Tradición juzgando a los Papas

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«Como la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos, la destrucción del Reino de Nuestro Señor avanza aceleradamente…»   (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llamó anticristos a cada Papa y a toda la Curia Romana: se escandalizó de los errores y horrores postconciliares. Se escandalizó del pecado de muchos, dando la responsabilidad de esos pecados al Concilio, a los Papas y a las reformas de la liturgia.

Pero éste no fue el pecado principal de Lefebvre. Esto es la consecuencia de su pecado de orgullo.

No se puede pertenecer a la Iglesia si no se cree en el Papado. No se puede hacer Iglesia sin el Papa. Se hace una blasfemia contra Dios:

«La situación del papado a partir de Juan XXIII y sus sucesores va planteando problemas cada vez más graves… Éstos han fundado una Iglesia conciliar nueva… ¿Esta Iglesia es todavía apostólica y católica?… ¿Debemos considerar que este Papa es católico?» (Tissier 569).

Lutero destrozó la roca que sostiene el edificio de la Iglesia: la fe en la enseñanza de la Iglesia apostólica. Fe en los Obispos que enseñan una doctrina verdadera en un Concilio. Fe en el Papa legítimo, que obra en un Concilio. Fe en el Magisterio de la Iglesia, que es infalible y sagrado. Fe que exige la obediencia de la persona, su sometimiento.

El papa León X, en la bula Exurge, Domine (1520), condena esta proposición de Lutero:

«Tenemos camino abierto para enervar la autoridad de los Concilios y contradecir libremente sus actas y juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que nos parezca verdad, ora haya sido aprobado, ora reprobado por cualquier Concilio» (n.29: DS 1479).

Lefebvre es lo mismo que Lutero: anula la fe en el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia; aplasta la autoridad divina de la Iglesia. ¿La Iglesia sigue siendo apostólica, católica? ¿El Papa sigue siendo católico? Preguntarse esto es anular todo en la Iglesia.

Nadie puede juzgar a un Papa legítimo en la Iglesia. Nadie puede juzgar a la Iglesia. La Iglesia es la Obra del Espíritu; quien juzga a la Iglesia, juzga al Espíritu. Y quien juzga a Dios, se condena.

Lefebvre está condenado, en el infierno. Pero esto, muchos, no lo creen. Y no pueden creerlo, porque están en la Iglesia luchando por sus verdades, no por la Verdad, que es Cristo. No son de Cristo, son de los hombres; no se someten a la Mente de Cristo, sino que se esclavizan a la mente de los hombres.

Y los que conciben estos 50 años como el levantamiento de una nueva iglesia en Roma, en cada Papa, sólo pueden ver a Bergoglio como el continuador de este desastre. Bergoglio es el que continúa la acción demoledora que los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, han hecho en la Iglesia, porque han levantado una Iglesia conciliar nueva.

Son muchos los católicos que piensan así. Y si continúan en este pensamiento, no podrán salvarse nunca. Es un pensamiento cismático, no sólo herético, porque les lleva a poner la Iglesia Católica en su iglesia cismática, en una persona no elegida por Dios para decidir en la Iglesia lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdadero y lo que es falso: se creen salvadores de la Iglesia; se creen los sabios en Ella.

Un gran pecado fue el que hizo Lefebvre, y el que continúa en toda esa comunidad cismática.

Ellos mismos lo declaran: en las conversaciones habidas entre la FSSPX y la Santa Sede «es preciso distinguir el fin que persigue Roma del que tenemos nosotros. Roma indicó que existían problemas doctrinales con la Fraternidad y que los mismos debían aclararse antes de un reconocimiento canónico –problemas que, tratándose de la aceptación del Concilio, obviamente provendrían de nuestra parte. Para nosotros, en cambio, se trata de otra cosa: queremos exponer a Roma lo que la Iglesia siempre enseñó, y con eso, señalar las contradicciones existentes entre esta enseñanza multisecular y lo que sucede después del Concilio. De nuestra parte, ése es el único objetivo que perseguimos» (Entrevista concedida por el Superior General de la FSSPX (2-II-2011), Mons. Bernard Fellay, en el Seminario de Santo Tomás (Winona, EE.UU.)).

Es el pecado de orgullo: ellos son los sabios, los entendidos, los que exponen a Roma lo que siempre la Iglesia enseñó, los que no están en excomunión. Es Roma la equivocada, la necia, la maldita, la excomulgada.

«ellos no aceptan reconocer las contradicciones entre el Vaticano II y el Magisterio anterior (…) se trata de hacer oír en Roma la fe católica y, más aún incluso, de hacerla oír en toda la Iglesia» (Ib.)

En el Magisterio auténtico de la Iglesia hay contradicciones. La fe católica procede de la obra cismática de Lefebvre, no de Roma, no de los Papas legítimos, no del Vaticano II. Esta es la locura de esta gente, que se llaman tradicionalistas y son sólo hijos del demonio, como Bergoglio.

Si se afirma que esos Papas han fundado una nueva iglesia, se está cayendo en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo; es negar todos los dogmas, es recorrer el camino de condenación en vida. Es levantar un cisma en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II fue sagrado. Esto es lo que se le atraganta a todos aquellos que siguen el espíritu lefebvriano. ¿Sagrado el Vaticano II?

Allí donde un Papa legítimo se reúne con los Obispos para tratar asuntos de la Iglesia, de la salvación de las almas, siempre es infalible, siempre enseña la verdad, siempre da la santidad en la Iglesia.

El Papa es infalible; y los Obispos, cuando enseñan una doctrina, bajo la autoridad del Romano Pontífice, para ser aceptada por todos, son infalibles.

Y lo que se enseña, de manera infalible, es camino de salvación y de santificación en la Iglesia: es una doctrina sagrada. Y sagrado es todo aquello que conduce a la salvación y a la santificación de las almas.

Los Obispos se reunieron, bajo el Papa, en el Concilio Vaticano II, y de allí surgió una doctrina infalible y sagrada, una doctrina que llama a la santidad de vida. Y, por eso, hay que decir, como San Ambrosio: «Del Concilio de Nicea, no podrá separarme ni la muerte ni la espada» (R 1250).

O como San Gregorio Magno: «Confieso que yo acepto y venero los cuatro Concilios así como los cuatro Libros del Santo Evangelio… porque han sido constituidos los Concilios con el mutuo acuerdo universal. Por consiguiente quien quiera que piensa otra cosa, sea anatema» (R 2291).

Sean anatemas los que no aceptan el Concilio Vaticano II.

Muchos católicos, que tienen el espíritu lefebvriano, que son hijos espirituales de Lefebvre, no son capaces de decir: del Concilio Vaticano II no podrá separarme ni los pensamientos de todos los sedevacantistas, ni la de aquellos tradicionalistas que comienzan a cuestionar si los Papas anteriores eran masones. No pueden: ellos son los sabios, lo entendidos, los que poseen la Tradición de la Iglesia. Ellos han luchado por una verdad, su idea humana de lo que debe ser la Tradición, anulando otra verdad: el Papado. Se han quedado fuera de la Iglesia, por seguir su verdad. Es el pecado de siempre en la Iglesia: pecado de soberbia y de orgullo.

Muchos no comprenden este acto cismático de Lefebvre, su pecado de orgullo, y tratan de excusarlo juzgando a todos los Papas: es que el Papa Juan Pablo II hizo un acto en Asís en nombre del ecumenismo, es que besó el Corán, es que hizo oraciones en el muro de las lamentaciones…Juzgan la autoridad de un Papa legítimo; juzgan el Poder Divino en el Papa; juzgan a Dios en el Papa. Y si hacen esto, no pueden comprender los actos del Papa.

Muchos católicos es lo que están haciendo: autodemoliendo la Iglesia con sus juicios a todos los Papas. Y esto no es nuevo:

«La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de autodemolición. Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio. La Iglesia está prácticamente golpeándose a sí misma» (Disc. al Seminario Lombardo, Roma 7-XII-1968).

El error de Mons, Lefebvre, y de sus seguidores, fue acusar al Concilio Ecuménico Vaticano II, y a los Papas que lo siguieron, como los causantes principales de todo este desastre que se ve en la Iglesia.

¡Gravísimo error!

El error de muchos católicos es acusar a todos los Papas y defender sus propias ideas en la Iglesia.

Si no comprenden un acto de un Papa legítimo, es mejor callar la boca, para no cometer un pecado de desobediencia y de juicio al Papa, que es un pecado de soberbia y de orgullo.

El desastre que vemos en la Iglesia es por el pecado de la Jerarquía, que no se ha sometido ni a los Papas ni al Magisterio; y de todos aquellos fieles que han acompañado a esta Jerarquía rebelde a la Verdad.

«¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! (…) La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón» (Cardenal Raztinger)

Los sacerdotes no están entregados a las cosas de Dios, sino del mundo. Y, por eso, cogen el Vaticano II y lo tuercen. Y cada uno tiene su pecado.

El Concilio Vaticano II no niega ni silencia la salvación, la condenación, la existencia del demonio; no invita a que los matrimonios no tengan hijos, que busquen soluciones anticonceptivas para dedicarse a una vida más social, placentera, humana, sin la responsabilidad del sexo; no predica doctrinas heréticas ni gravemente desviadas; no enseña el feminismo ni los diversas liberacionismos que los hombres persiguen en el mundo; no lleva al desprecio de la ley natural, divina, eclesiástica, civil…. El Concilio Vaticano II no enseña a pecar, no enseña a hacer un cisma, no enseña a apartarse de la Iglesia, no enseña a juzgar a la Iglesia ni a los Papas…

Si la gente hace esto, es por ellos mismos: ellos quieren pecar. No echen la culpa de sus pecados ni al Papa, ni al Concilio ni a nadie.

Acusar al Concilio Vaticano II de todos esos males que se ven, tanto en la Iglesia como en el mundo, es una gran falsedad, una calumnia y una ofensa al Espíritu Santo.

Aquel católico que no defienda el Concilio Vaticano II no es católico, sino que es un falso católico.

Aquel católico que se pregunte si Juan XXIII, o los otros Papas, eran masones, no son católicos, sino falsos católicos.

La Apostasía de la Iglesia no se inició en el tiempo del Concilio; fue preparada, durante muchos años antes, hasta llegar al Concilio. Si una falsa jerarquía entró en el Concilio para querer desbaratarlo, es que esa jerarquía, ya antes, estaba obrando ocultamente en la Iglesia. El Concilio sólo fue el tiempo para que lo oculto se viera a la luz. Y como en el Concilio había un Papa legítimo, entonces todo ese trabajo de esa falsa jerarquía no pudo conseguir su objetivo. El Concilio salió intacto.

Pero el trabajo de la falsa jerarquía no acabó al finalizar el Concilio. Se incrementó. Y, por eso, el Papa Pablo VI dice: «Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio». Si no consiguieron su objetivo en el Concilio, se pusieron a trabajar para conseguirlo. Y les ha costado 50 años hasta que han puesto a su falso Papa: Bergoglio.

Ha sido la lucha espiritual entre el bien y el mal, en la Iglesia.

Muchos son del mal: los lefebvrianos, que son blasfemos del Espíritu de la Iglesia. Son los fariseos de la Tradición de la Iglesia. La culpa de todo: el Papa. Ellos, los que no se sometieron al Papa, los inmaculados, los intachables, los tradicionalistas, los que saben de qué va la Iglesia. Y han combatido, y siguen combatiendo, contra la Iglesia Católica. Ellos no son católicos; ellos no son Iglesia.

El pecado de Lefebrve no fue a causa del Concilio: él nunca puso en duda la validez ni la ortodoxia de la Nueva Misa, ni de la elección del Papa Juan Pablo II:

«1) Que no tengo ninguna duda acerca de la legitimidad y validez de su elección y, por tanto, no puedo afirmar que no se dirigen a Dios las oraciones prescritas por la Santa Iglesia a Su Santidad. Yo ya lo tenía aclarado y lo sigo haciendo, cara a cara, con algunos seminaristas y sacerdotes que reciben alguna influencia de algunos clérigos ajenos a la Hermandad.

2) Que estoy plenamente de acuerdo con el juicio de Su Santidad sobre el Concilio Vaticano II, del 06 de noviembre 1978 en la reunión del Sacro Colegio, que señala “que el Concilio debe entenderse a la luz de la Sagrada Tradición y sobre la base de la enseñanza constante de la Santa Iglesia”.

3) En cuanto a la Misa del Novus Ordo , a pesar de todas las reservas que debo tener al respecto, yo nunca dije que es, en sí misma, inválida o herética» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 08 de marzo de 1980).

El problema de Lefebrve fue su pecado de orgullo: no someterse al Papa. Y de ese pecado, nace después, por el pecado de soberbia, todo lo demás, su obra cismática:

«Es para guardar intacta la Fe de nuestro Bautismo que debimos enfrentarnos al espíritu del Vaticano II y a las reformas por él inspiradas.

El falso ecumenismo, que está en la base de todas las innovaciones del Concilio, en la liturgia, en las nuevas relaciones de la Iglesia y el mundo, en la concepción de la misma Iglesia, conduce a la Iglesia a su ruina y a los católicos a la apostasía.

Radicalmente opuestos a esta destrucción de nuestra Fe y resueltos a permanecer en la doctrina y en la disciplina tradicionales de la Iglesia, especialmente en lo que concierne a la formación sacerdotal y a la vida religiosa, experimentamos la necesidad absoluta  de tener autoridades eclesiásticas que compartan nuestras preocupaciones y nos ayuden a precavernos contra el espíritu del Vaticano II y contra el espíritu de Asís…» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 2 de Junio de 1988).

Su pecado de orgullo- no obedecer al Papa- le hace esconder su pecado de soberbia: no obedecer al Espíritu del Vaticano II. En su orgullo, acepta la interpretación que da el Papa Juan Pablo II del Concilio. Pero ocho años después manifiesta su pecado de soberbia a las claras. Y, por tanto, lo obra, produciendo el cisma, al ordenar los cuatro Obispos para su obra, para su ideal de iglesia, para su idea de lo que es la Tradición. En este pecado, de orgullo y de soberbia, se ve, claramente, lo que es este hombre.

Aceptó el Concilio Vaticano II, pero sólo la letra, no Su Espíritu, que es el Espíritu de la Iglesia. Aquí se aprecia su fariseísmo: como algunas cosas de ese Concilio no las podía integrar con la Tradición de la Iglesia, entonces tiene que quedarse en la idea de su verdad, en el lenguaje humano de cómo se expresa la verdad en la Iglesia. Eso que ve en los textos del Concilio no entra en su idea de la Tradición, no entra en su mente.

Este fariseísmo es propio de las personas inteligentes, que se saben la teología y la filosofía, y si una idea no concuerda con lo que tienen en la mente, aparece este fariseísmo: se quedan en la idea, en el texto, en la palabra, pero no pueden interpretar, no pueden llegar al Espíritu de la Palabra.

Tres errores son los que señala Lefebvre por su mala interpretación del Concilio Vaticano II:

«Hay tres errores fundamentales, que, de origen masónico, son profesados públicamente por los modernistas que ocupan la Iglesia.

[1] La sustitución del Decálogo por los Derechos del Hombre [en referencia a la libertad religiosa]…

[2] Este falso ecumenismo que establece de hecho la igualdad entre las religiones…

[3] Y la negación del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo mediante la laicización de los Estados…

La situación es, pues, extremadamente grave, porque todo indica que la realización del ideal masónico haya sido cumplido por la misma Roma, por el Papa y los cardenales. Es esto lo que los francmasones siempre han deseado, y lo han conseguido no por sí mismos sino por los propios hombres de la Iglesia» (ver texto).

Su mala interpretación del Concilio constituye su fariseísmo: se queda en su lenguaje humano de lo que tiene que ser la libertad religiosa, el ecumenismo y el gobierno en los Estados. No puede ver que, en esos tres frentes, el Concilio Vaticano II no cambió nada con referencia a los anteriores Concilios. Es una cuestión de verdadera interpretación de la palabra del Concilio.

Este fariseísmo le lleva a anularlo todo. Desde ese momento, ellos solos se gobiernan a sí mismo, totalmente al margen del Papa y de los Obispos. Y sin ningún problema de conciencia, ejercitan ilícitamente sus ministerios episcopales y sacerdotales, celebrando Misas, matrimonios, confesiones, confirmaciones, ordenaciones, catequesis, etc., pues estiman que su situación en la Iglesia es perfectamente lícita, ya que viene exigida por la Providencia divina «para la continuidad de la Iglesia».

Y, por ellos, mucho mal ha venido a toda la Iglesia. De ella ha nacido, y se ha fortalecido, toda la corriente del sede vacantismo. Ellos no se declaran tales en la teoría, pero sí en la práctica. Con sus obras anulan la Iglesia Católica en Roma, anulan a un Papa, para erigirse ellos como salvadores de la Iglesia. En ellos está la verdadera sucesión apostólica, no en Roma.

Su obra es un gran cisma, y muchos católicos la siguen. Se les ve cuando comienzan a criticarlo todo. Y, por eso, esos católicos no saben ver lo que es Bergoglio. Todo lo confunden, pero se quedan tan tranquilos. Son los nuevos santos, los nuevos justos, los que deciden quién es santo y quién es pecador en la Iglesia.

Todas las herejías se han desprendido, siempre, de la Iglesia, como algo inútil, como algo necio, como algo sin valor para salvar el alma.

El espíritu lefebvriano no sirve para ir al Cielo; no sirve para vivir una vida espiritual de amor a Dios; no sirve para enseñar la Verdad, no sirve para obedecer ni a Dios ni a los hombres, por más que luchen por la Tradición de la Iglesia.

Hay que permanecer en la Verdad, pero no en la que los hombres comprenden con sus inteligencias humanas, sino en la Verdad, que es Dios. Y la Verdad, Dios no la comprende como lo hace el hombre: Dios no necesita de un lenguaje humano, de una palabra humana, de una razón humana, de una interpretación humana. Dios es la Verdad. Y, por tanto, para el hombre la Verdad sigue siendo un Misterio inalcanzable para su mente. Cuando el hombre se quiere quedar en su interpretación de la Verdad Inmutable, en su lenguaje, en su idea, en su filosofía de la vida, entonces no permanece en la Verdad, no entiende la Verdad.

El hombre tiene que obedecer, con su mente, la Verdad que Dios le revela. Y eso es un acto de la gracia, del amor divino en el alma; no es un acto humano, racional, intelectual. Es un acto de fe pura, en donde la razón se queda en el suelo, para que el corazón se llene del amor. Y cuando el corazón ama, la mente comprende.

Muchos hombres no saben vivir de fe, del corazón, porque andan metidos en sus razones, en sus vidas, en sus conquistas, en sus justificaciones humanas. Quieren comprender, pero no saben amar.

Benedicto XVI es el que posee la Suprema Potestad en la Iglesia Universal

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“Cuando el peligro es grande no se puede escapar. Es, por eso, que éste definitivamente no es el momento de renunciar. Es precisamente en momentos como éste, que tenemos que resistir y superar la situación difícil. Este es mi pensamiento. Uno puede renunciar en un momento de paz, o en las que simplemente no puede hacerlo más. Pero uno no puede huir en el momento del peligro y decir: “que se ocupe otro” […] Cuando un Papa llega a la clara conciencia de no poder físicamente, mentalmente y espiritualmente para llevar a cabo la tarea que le ha confiado, entonces tiene el derecho, en determinadas circunstancias, y también el deber de dimitir”(Luz del Mundo, Libreria Editrice Vaticana, 2010, p. 53).

Las palabras del Papa Benedicto XVI son claras: no es el momento de renunciar (= «non è il momento di dimettersi»), sino que hay que resistir (= «che bisogna resistere»).

«Cuando un Papa llega a la clara conciencia de no poder físicamente, mentalmente y espiritualmente para llevar a cabo la tarea, entones tiene el derecho de… dimitir». Este pensamiento del Romano Pontífice es distinto cuando da su renuncia:

«he llegado a la certeza que mis fuerzas, por la edad avanzada, ya no son aptas»«para gobernar el barco de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor sea del cuerpo, sea del ánimo, vigor que, en los últimos meses, en mí ha disminuido en modo tal que debo reconocer mi incapacidad de administrar el ministerio a mí confiado».

El Papa, en su renuncia sólo da una razón: la disminución del vigor del cuerpo, la edad avanzada, que hace que el ánimo se sienta turbado, pesado, sin fuerzas. Pero el Papa no da una razón espiritual de su renuncia. El cuerpo puede estar débil, sin fuerzas; la cabeza puede estar no lúcida; pero no son razones para renunciar. Juan Pablo II se mantuvo hasta el final, con sus enfermedades. Y podía haber dicho: ahí os quedáis todos. Y, sin embargo, se mantuvo siendo un Papa católico hasta el final: perseveró en la gracia de su Pontificado. Fue fiel a esa gracia.

Benedicto XVI pone una excusa pobre y esconde la verdadera razón. No puede decirla. La razón espiritual debe callarla.

«No es el momento de renunciar» y, sin embargo, me han obligado a renunciar. Esto lo calla el Papa Benedicto XVI. Si el Papa hubiera sido fiel a su pensamiento: «uno no puede huir en el momento del peligro», entonces no hubiera renunciado. Quien conozca la mente de Benedicto XVI sabe muy bien que él siempre ha sido fiel a su pensamiento. El Papa Benedicto XVI tiene una cabeza bien montada: sabe lo que piensa y sabe lo que dice. No es como muchos seudo-teólogos, llenos de ambigüedades, que no saben ni lo que piensan ni lo que dicen. No es un Bergoglio que es un veleta del pensamiento del hombre: es un hombre sin ideales, sin rumbo, sin camino, sin una obra verdadera. Bergoglio es un pervertido en su juicio: no tiene cabeza, es un loco, carece de toda inteligencia espiritual y humana.

Al Papa Benedicto XVI le pusieron el arma en la sien: es un modo de hablar para decir que la Iglesia está gobernada por hombres que no pertenecen a Ella, sino que han escalado los puestos claves para dar el asalto a la Verdad.

La Verdad no puede ser vencida, pero sí ocultada de muchas maneras. Sí perseguida en muchos frentes.

El Papa Benedicto XVI sabe lo que hay en la Iglesia: en su interior. Los conoce a todos con los ojos cerrados. Pero debe callar. Si hubiera huido de Roma, entonces habría hecho la Voluntad de Dios. Pero dejó a la Iglesia en manos del lobo. Y esto es un pecado que hay que expiar.

Con la muerte del Papa Benedicto XVI se acaba el tiempo del Papado: surge el tiempo del Anticristo. Ya estamos en su inicio, pero debe morir el katejon. No sólo debe renunciar, sino morir, para que se cumplan las escrituras.

Tiene que cumplirse la profecía de Fátima, en su segunda parte: «y vimos…a un obispo vestido de blanco» que «llegado a la cima del monte… fue muerto por un grupo de soldados». La primera parte del Tercer Secreto, ya se cumplió en estos 18 meses: Dos Papas en Roma; uno de ellos bajo la influencia del demonio, poseído por Satanás..

La Iglesia vive de profecías, porque Jesús es un Profeta. Y todo sacerdote es un profeta. Jesús es la Palabra del Pensamiento del Padre. Eso es ser profeta: habla lo que el Padre le dice. Transmite íntegramente la Mente del Padre. El profeta no pone nada de su intelecto humano. No interpreta lo que recibe de Dios. Lo da sin más, aunque el mundo no lo comprenda.

Por eso, hoy los católicos se afanan por buscar falsos profetas que les digan que lo que pasa en la Iglesia no es nada, que todo va de maravilla, que continúen obedeciendo a Bergoglio, que tiene fama de santidad. No quieren escuchar la voz de Dios, no quieren buscar la verdad. No les interesa lo que piensa Dios de todo esto que pasa en la Iglesia, porque es más fácil acomodarse a lo que los demás piensan y deciden en la vida.

Siempre el falso profeta habla para que el otro se sienta contento, a gusto. Y, por eso, no es un profeta de calamidades, de desastres, de castigos, de muertes… Sino que es falso profeta de misericordia, de amor, de paz, de ternura, de fraternidad, que es siempre el lenguaje humano de los tontos, de los tibios, de los pervertidos en sus juicios humanos.

La Iglesia se llena de falsos profetas y de una falsa Jerarquía que limpia las babas que se le caen a Bergoglio cuando habla. Esto es la Iglesia actualmente: todos maquillando a un hereje, a un cismático y a un apóstata de la fe. Y lo hacen cobrando. Es el negocio que ahora se han montado en el Vaticano: gente que apoye las barbaridades de ese hombre, gente que haga filosofía de la mentira de ese hombre; gente que viva como ese hombre.

¿Renunció el Papa Benedicto XVI al ministerio petrino o al ministerio episcopal?

El Romano Pontífice es el Obispo legítimo de la diócesis de Roma, es decir, que el Papa es también el Obispo de Roma. Primero es ser Papa, después es ser Obispo de Roma.

«El Obispo de la Iglesia de Roma, en quien perdura el ministerio concedido singularmente por el Señor a la persona de Pedro, el primero de los Apóstoles, y que debe transmitirse a sus sucesores, es la cabeza del Colegio de Obispos, Vicario de Cristo y Pastor aquí en la tierra de la Iglesia universal; él, por ello, en virtud de su ministerio, tiene potestad ordinaria suprema, plena, inmediata y universal sobre la Iglesia, potestad que puede siempre ejercer libremente» (canon 331).

En este canon se reconoce al Obispo de Roma como en quien está el ministerio del Sucesor de Pedro: «El Obispo de la Iglesia de Roma es… el Pastor aquí en la tierra de la Iglesia Universal». Son dos poderes distintos: un poder que se vincula al gobierno de la diócesis de Roma y otro poder que es relativo a la Iglesia Universal, como Cabeza de Ella, como Papa. Son dos poderes en un mismo sujeto: el Papa.

El Papa es Obispo. Por lo tanto, tiene el primado de honor, es decir, la potestad sobre todos los Obispos, y gobierna en la jurisdicción de Roma, con ese poder. El poder del Papa es episcopal.

Pero el Papa también es el Vicario de Cristo, que tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, la Suprema Potestad en toda la Iglesia, para gobernar en todas las diócesis del mundo, no sólo en Roma.

Cuando Jesús da a Pedro la Potestad Suprema lo hace de manera independiente del cargo de Obispo de Roma. Este cargo lo asume San Pedro, después de recibir la Potestad Suprema, el Primado de Jurisdicción. Por tanto, es antes el Primado de Jurisdicción, el gobierno de toda la Iglesia Universal, que el gobierno de la diócesis de Roma, el ser Obispo de la Iglesia de Roma. Son, claramente, dos poderes distintos y que se pueden separar. No son absolutamente indisolubles. No existe en la Iglesia una ley canónica que imponga la indisolubilidad entre el Primado de Jurisdicción y la potestad de gobernar la diócesis de Roma. Hay que distinguir las dos potestades.

La Suprema Potestad que San Pedro transmite a sus sucesores es independiente de la potestad de ser el Obispo de Roma. Esta Suprema Potestad lleva aneja la jurisdicción sobre Roma. Jesús deja Su Vicario a la Iglesia, pero no deja un Obispo de Roma: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Sobre la persona de Pedro está levantada la Iglesia, no sobre la ciudad de Roma, no sobre el gobierno de la Iglesia de Roma.

Esta Suprema Potestad es por derecho divino, iure divino: «El Romano Pontífice, legítimamente elegido,… obtiene, por derecho divino, la plena potestad de Jurisdicción» (Canon 219 del Código de 1917). Pero el ser Obispo de la Iglesia de Roma no es por derecho divino; sino que es o bien por derecho humano-eclesiástico o bien por derecho eclesiástico-apostólico, según la naturaleza del derecho por el cual San Pedro unió de hecho el Primado con el Episcopado Romano.

¿Qué hizo el Papa Benedicto XVI?: «declaro me ministerio Episcopi Romae, Successoris Sancti Petri… renuntiare» («declaro que renuncio a mi ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro»).

Es claro el pensamiento del Papa Benedicto XVI: renuncia a ser Obispo de la Iglesia de Roma, que es también el Sucesor de Pedro; pero no renuncia a ser el Vicario de Cristo, el Pastor de la Iglesia Universal. El Papa nombra los dos poderes: Obispo de Roma y Sucesor de Pedro; pero sólo renuncia al ministerio episcopal de la diócesis de Roma.

¿Qué tenía que haber dicho Benedicto XVI para renunciar al ministerio petrino?

Tenía que haber empezado, precisamente, por ese poder: el Supremo Poder, el ministerio petrino, el papado. Porque el Papa es antes Vicario de Cristo que Obispo de Roma. Luego, para renunciar como Papa, como el que tiene la Suprema Potestad en la Iglesia Universal, tenía que haber dicho, como en la renuncia del Papa Celestino V:

«Ego Caelestinus Papa Quintus motus ex legittimis causis, idest causa humilitatis, et melioris vitae, et coscientiae illesae, debilitate corporis, defectu scientiae, et malignitate Plebis, infirmitate personae, et ut praeteritae consolationis possim reparare quietem; sponte, ac libere cedo Papatui, et expresse renuncio loco, et Dignitati, oneri, et honori, et do plenam, et liberam ex nunc sacro caetui Cardinalium facultatem eligendi, et providendi duntaxat Canonice universali Ecclesiae de Pastore»

«cedo Papatui, et expresse renuncio loco, et Dignitati, oneri, et honori»: «me retiro del Papado y, expresamente, renuncio al lugar y a la dignidad y al peso del deber y al cargo en el poder»

El Papa Benedicto XVI, para dar la Voluntad de Dios clara sobre su renuncia como Papa legítimo, tenía que haber manifestado que renunciaba al ministerio petrino, no al ministerio episcopal. Como no manifestó claramente esto, se sigue que el Papa Benedicto XVI sigue siendo el Papa legítimo. Sólo renunció a ser el Obispo de Roma, poder que está anejo a la Suprema Potestad que tiene como Vicario de Cristo, como Sucesor de San Pedro.

Si no se hace esta distinción de poderes, entonces no se puede discernir qué cosa hizo el Papa Benedicto XVI en su renuncia.

Bergoglio sólo está como Obispo de la Iglesia de Roma, pero sin el poder divino, que le viene por el Papa legítimo, que es Benedicto XVI. Por haber puesto un gobierno horizontal, automáticamente pierde ese poder divino y rige la Iglesia de Roma con un poder humano: es decir, está haciendo un cisma como Obispo de la Iglesia de Roma. Él no tiene ninguna potestad sobre la Iglesia Universal: carece del Primado de Jurisdicción que sólo permanece en el Papa Benedicto XVI.

Este Papa sólo renunció como Obispo de Roma, pero no como Vicario de Cristo.

Esta es la Verdad que nadie cuenta, porque a nadie le interesa el dogma del Papado, la ley de la Gracia, la Voluntad de Dios en Su Iglesia.

Atacar al Papa con un falso Papa es la obra cumbre de la maldad

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«– ¿De donde sabes que solamente quedan TRES papas?

Conchita respondió:

De la Santísima Virgen. En realidad me dijo que aún vendrían CUATRO papas pero que Ella no contaba uno de ellos.

Dice Aniceta:

Pero entonces, ¿por qué no tener en cuenta UNO?

Responde Conchita:

Ella no lo dijo, solo me dijo que UNO no le tenía en cuenta. Sin embargo me dijo que gobernaría la Iglesia por muy poco tiempo» (Conchita).

Tres Papas que cuentan y uno que no cuenta. Y un usurpador del Trono de Pedro.

a. Tres Papas: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. Son los que cuentan porque fueron elegidos por el Espíritu para gobernar la Iglesia y Jesús guió a Su Iglesia a través de ellos. Y no importa si sus gobiernos fueron cortos (Juan Pablo I), si le pusieron un sosía (Pablo VI), o si hicieron todo lo posible para anularlo (Juan Pablo II).

b. Un Papa que no cuenta: Benedicto XVI. Fue elegido por el Espíritu para gobernar la Iglesia, pero renunció. El Señor gobierna Su Iglesia sin Su Papa. No puede gobernar la Iglesia con Benedicto XVI. Y, por eso, no cuenta para gobernar la Iglesia. Cuenta como Papa. La Sede no está vacante porque sigue siendo el Papa elegido por Dios. El gobierno del Papa Benedicto XVI es el que está vacante. Un usurpador gobierna otra cosa, no la Iglesia Católica, su falsa iglesia. El Señor sigue guiando Su Iglesia, pero sin Su Cabeza, sin Su Vicario.

La Virgen María dijo que vendrían cuatro, pero que no contaba uno de ellos. No lo contaba para gobernar la Iglesia, pero sí para ser Papa. Gobernó la Iglesia por muy poco tiempo, pero –al renunciar- ya no cuenta su gobierno, porque ya no gobierna. Impide al Espíritu guiarlo en el gobierno de la Iglesia. Es un impedimento de su voluntad libre. Impedimento que es un grave pecado, porque produce un cisma dentro de la Iglesia. Benedicto XVI cuenta como Papa, porque –hasta que muera- sigue siendo el Papa verdadero, el legítimo, a pesar de su renuncia.

Benedicto XVI no cuenta para el Cielo para el gobierno de la Iglesia. Jesús es el que decide ahora cada cosa en Su Iglesia. Porque la Iglesia es de Cristo, no de los hombres. Y Jesús tiene que llevar Su Iglesia hacia el Plan de Su Padre. Y, por eso, la guía Él solo, sin ninguna Jerarquía. Es una forma de gobierno extraordinaria, que sólo la puede hacer Dios.

Jesús decide en cada alma lo que Su Iglesia tiene que hacer en estos momentos, sin pasar ni por la Cabeza, que sigue siendo Benedicto XVI, ni por la Jerarquía de la Iglesia. La Iglesia está en el corazón de los humildes, que viven su fe dejando sus brillantes pensamientos humanos a un lado. La Iglesia no está en ninguna de las cabezas que se creen con inteligencia para poner un camino al desastre que vive la Iglesia: «entre mis sacerdotes cuántos son los que no creen ya; sin embargo, permanecen aún en Mi Iglesia, como verdaderos lobos con piel de cordero, y pierden un ilimitado número de almas» (Mensaje de la Santísima Virgen María al P. Gobbi – El espíritu de rebelión contra Dios, 1 de diciembre de 1973 – Del libro: «A los sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen María”).

Ahora todos tienen que obedecer a Cristo, no a los lobos, no ver a Cristo en un hombre, porque la Cabeza renunció a ser Cabeza de la Iglesia; renunció a gobernarla en Cristo. Se retiró, pero no renunció a ser Papa. Sigue siendo el Papa, con la coletilla de emérito. Pero un Papa emérito sigue siendo Papa, porque el Papa, en la Iglesia Católica, no es un concepto, un término humano, sino una vocación divina, una elección de Dios sobre un alma que Él quiere para Su Iglesia.

c. Francisco: el que ha robado el Trono de Pedro para una nueva maqueta de Iglesia. Francisco es todo un montaje que el Vaticano ha hecho para dar al mundo lo que éste pide: un paraíso en la tierra. Es el gran engaño del siglo. Es mayor que el que se produjo con Pablo VI.

Tres Papas para una profecía:

i. El número 108, “Flos Florum” (“Flor de las Flores”): Pablo VI, que tiene en su escudo de armas el “lirio”, la “flor de las flores”.

ii. El número 109, “De Mediate Luna” (“De la Media Luna”): Juan Pablo I, que fue elegido en una Media Luna y falleció en la siguiente Media Luna.

iii. El número 110, “De Labore Solis” (“Sobre el eclipse del Sol”): Juan Pablo II, en cuyo Pontificado Cristo fue eclipsado por la idea humana en la Iglesia.

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Pablo VI, mártir en su Pontificado:

«J – El Papa, el Papa…es un mártir. De cierto modo podría decirse que yace por tierra, que desea morir, en la situación en que se encuentra. Lo tortura el pensamiento de lo que el dice, no sale publicado en el mundo y lo que sale publicado, es exactamente aquello que el no quería y que es publicado por sus cardenales. En todos los casos, muchos Cardenales, no todos, la siguen. El Papa tiene una inmensa dificultad en actuar. Está en una situación mucho peor que en la verdadera prisión, nosotros, nosotros nos agitamos, haciendo todo lo que podemos. Además, ya hicimos demasiado.

E – ¡Continúa! Diciendo la Verdad, en nombre (…) ¡y solo la verdad!

J – Lo privaron de su libertad… así poco puede hacer. Es por eso que hablamos de él como un reptil, solo es capaz de arrastrarse, y ya no tiene una palabra que decir, ni a la derecha, ni a la izquierda, ni al frente, ni atrás. Son los otros que lo hacen, los falsos, a los que les gustaría verlo desaparecer» (Testimonio de sacerdotes que participaron en el exorcismo del 31 de agosto de 1975 – Contra Judas Iscariote (alma condenada) – Del libro: “Confesiones del Infierno al mundo contemporáneo. Advertencia del más allá” – Editor Buonaventur Meyer).

Pablo VI cumplió su misión: «Su misión está cumplida. Así como sobre esta tierra le habéis estado muy cercanos con la oración y con vuestro amor, así ahora Él desde el Paraíso, con su poderosa ayuda de intercesión, estará cerca de vosotros para ayudaros a cumplir vuestra misión» (Mensaje de la Santísima Virgen María al P. Gobbi – En la muerte del Papa, 9 de agosto de 1975 – Del libro: «A los sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen María”).

A mitad de su Reinado en la Iglesia, el demonio se sentó en la Silla de Pedro para gobernarla con un impostor.

“Es ahora de conocimiento común en la ciudad de Roma, que hay una persona que ha estado haciéndose pasar por vuestro Vicario, un actor de gran talento, que a través de la cirugía ha obtenido el semblante de vuestro Vicario. Ahora es bien sabido, hijos Míos, y ahora se jugará un juego de ajedrez. Allí será obispo contra obispo y cardenal contra cardenal, porque Satanás se ha establecido a Sí Mismo en medio de ellos. Obispo contra obispo y cardenal contra cardenal, Satanás se ha puesto en medio de ellos. Todo lo que está podrido caerá “ (Nuestra Señora a Verónica Lueken , 14 de Agosto de 1976).

Desde 1972, las drogas neutralizantes fueron inyectados a Pablo VI, como lo confirma el testimonio de Mons. Basile Harambillet (Doctor en derecho caónico y abogado rotal). La existencia de un doble también fue demostrado por las grabaciones sonoras y fotografías de Theodore Kolberg, en sus libros: “Der Vertrug des Jahrhunderts” (“El engaño del siglo’) y “Umsturz im Vatikan?”(“Un derrocamiento en el Vaticano”).

En 1972, comenzó la tercera parte del secreto de Fátima: dos hombres usando la corona de Pedro. Uno sufre a manos de los hombres, siendo el Prisionero de los Cardenales. El otro, colocado por los hombres, es el que trae la destrucción.

“Hija Mía, te traigo una triste noticia, una que debe darse a conocer a la humanidad. Al hacer esto, hija Mía, debes proceder sin temor. Debe hacerse saber a la humanidad. Nuestro querido Vicario, el Papa Pablo VI, sufre mucho en manos de aquellos en quien él confía. Hija Mía, grítalo desde los tejados. No es capaz de llevar a cabo su misión. Ellos lo han escondido, hija Mía. Él está enfermo; él está muy enfermo. Ahora hay alguien quien gobierna en su lugar, un impostor, creado por las mentes de los agentes de satanás. Cirugía plástica, hija Mía – los mejores cirujanos fueron usados para crear a este impostor. ¡Grítalo desde los tejados! El debe ser expuesto y removido. Detrás de él, hija Mía, hay tres quienes se han entregado a satanás. Vosotros no recibís la verdad en vuestra nación ni en el mundo. Vuestro Vicario está prisionero.

“Antonio Casaroli, ¡condenaréis vuestra alma al infierno! Giovanni Benelli, ¿qué camino habéis tomado? ¡Estáis en el camino hacia el infierno y la condenación! Villot, líder del mal, apartaos de esos traidores; no sois desconocidos al Padre Eterno. Os asociáis con la sinagoga de satanás. ¿Creéis que no pagaréis por la destrucción de almas en la Casa de Mi Hijo?

“El anticristo, las fuerzas del mal, se han reunido hijos Míos, dentro de la Ciudad Eterna. Debéis hacerle saber a la humanidad que todo lo que viene de Roma viene de la oscuridad. La luz no ha pasado por allí. La apariencia en público no es de Pablo VI, es el papa impostor. Los medicamentos del mal han vuelto soso el cerebro del verdadero papa, el Papa Pablo VI. Ellos envían por sus venas, veneno para atontar su razonamiento y paralizar sus piernas. ¿A qué criatura maligna le habéis abierto las puertas de la Ciudad Eterna y habéis admitido a los agentes de Satanás? Planeáis remover al Padre Eterno de vuestro corazón y de los corazones de aquellos a quienes buscáis engañar. Esparcís el rebaño.” (Nuestra Señora, 27 de Septiembre, 1975).

En el momento que este mensaje fue dado en 1975, el Cardenal Jean Villot era el Secretario de Estado del Papa. Toda la correspondencia dirigida al Santo Padre pasaba por sus manos. El Cardenal Giovanni Benelli era el Secretario sustituto de Estado. En otras palabras, era el segundo al mando de Villot, y el tercero al mando del Papa. El Cardenal Agostino Casaroli era el Secretario del Consejo para Asuntos Públicos. Su trabajo ascendió a ser hombre de Relaciones Públicas del Vaticano, a escala internacional.

A Juan Pablo I lo liquidaron porque no cuadraba en sus planes. Era de la línea tradicional, de la disciplina de la Iglesia: «(…) cuando hablé a los cardenales en la Capilla Sixtina, aludí a la «gran disciplina de la Iglesia» que debía «mantenerse en la vida de los sacerdotes y de los fieles» (…) Esta existe sólo cuando la observancia externa es fruto de convicciones profundas y proyección libre y gozosa de una vida vivida íntimamente con Dios. Se trata –escribe el abad Chautard– de la acción de un alma, que reacciona continuamente para dominar sus malos inclinaciones y para ir adquiriendo poco a poco la costumbre de juzgar y de comportase en todas las circunstancias de la vida, según las máximas del Evangelio y los ejemplos de Jesús.» (Discurso al Clero Romano).

Por supuesto, que esto no fue el motivo de su asesinato, pero sí un impedimento para lo que el demonio quería desde la Silla de Pedro: el desastre, la destrucción de toda Verdad. Y buscaba un hombre, ya no un sosía, ya no uno que había que enmascararlo. Pero el Cónclave todavía no era de él. Así que había que elegir a otro.

“Regresaremos, hija Mía, en la historia, una corta historia, y recordaremos bien lo que ha sucedido en Roma a Juan, el Papa Juan, cuyo reinado duró 33 días. Oh, hija Mía, ahora es historia, pero está puesta en el libro que enumera los desastres para la humanidad. Él recibió el horror y el martirio al tomar de una copa. Fue una copa de champagne que le fue dada por un miembro, ahora fallecido, del clero y de la Secretaría del Estado.” – (Nuestra Señora, 21 de Mayo, 1983)

El P. Sáez escribe en su libro:

«Después de casi tres años de investigación, David Yallop escribió en su libro In God’s Name (En el Nombre de Dios, 1984), que las circunstancias precisas relacionadas al descubrimiento del cuerpo de Juan Pablo I “elocuentemente demuestran que el Vaticano practicó una campaña de desinformación.” El Vaticano dijo una mentira tras otra: “Mentiras acerca de pequeñas cosas, mentiras acerca de grandes cosas. Todas estas mentiras tenían un único propósito: disfrazar el hecho que Albino Luciani, el Papa Juan Pablo I, había sido asesinado.” El Papa Luciani “recibió la hoja de una palma del martirio debido a sus convicciones.”.

Sus días de su prueba estaban todos contados por el Cielo. Elegido para sufrir por la Iglesia. Elegido para dar la sucesión al último verdadero Papa Católico .

Con Juan Pablo II, se equivocaron, pero no pudieron con él. Era el Papa de la Virgen: «Justamente, cuando Satanás se ilusionaba con la victoria, después que Dios hubo aceptado el sacrificio de Pablo VI y de Juan Pablo I. Yo he obtenido de Dios para la Iglesia el Papa preparado y formado por Mí. Él se consagró a Mi Corazón Inmaculado y me confió solemnemente la Iglesia, de la que soy Madre y Reina. En la persona y en la obra del Santo Padre, Juan Pablo II, Yo irradio Mi Gran Luz, que se hará tanto más fuerte cuanto más tinieblas lo invadan todo» (Mensaje de la Santísima Virgen María al P. Gobbi – El designio del amor misericordioso, 1 de agosto de 1979 – Del libro: «A los sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen María”).

Su muerte abrió el fin de los tiempos, porque ya el Cónclave pertenecía al demonio. Había que poner un Papa para una renuncia, no para otra sucesión de Pedro. Un Papa que no supo conservar la fe católica hasta el final. Juan Pablo II fue católico, fue Papa de los Católicos, fue fiel a la gracia que había recibido, hasta su muerte. Una muerte no querida por Dios, pero a todos los Papas hay que quitarlos de en medio desde 1972, porque la Silla es del demonio.

Benedicto xVI es un Papa verdadero, legítimo, porque viene de la muerte de Juan Pablo II, que le precede; pero que no cuenta, es inútil, porque no dio su vida por el Papado ni por la Iglesia.

Su renuncia, ya decidida por la masonería, da al demonio pleno poder sobre el Papado para poner su maqueta: Francisco y su gobierno horizontal.

El Papa Benedicto XVI está en las profecías: El número 111, “De Gloria Olivae” (De la Gloria del Olivo). Y hasta que no muera, no se puede entender su nombre. La gloria del Olivo es la Verdad; pero sólo la Verdad tiene Su Gloria en la Cruz. Y la Cruz es lo que ha rechazado Benedicto XVI. Para cumplir su profecía, es necesario que reciba una cruz y que muera en ella.

Francisco no pertenece a ninguna profecía, porque no es Papa; es una maqueta nueva de Papa, una imagen, un esbozo, una escultura de bronce que los hombres adoran.

Francisco no sirve al Dios Uno y Trino y, por eso, está creando un nuevo sacerdocio en su nueva iglesia. Un sacerdocio que sirva al pueblo, a la masa, a la idea predominante en la sociedad.

Ahora, en la Iglesia se sirve al pensamiento del hombre, a la persona humana, pero no a Cristo, ni en la idea ni en la persona. Hay un culto desfigurado a todo lo que representa la Iglesia católica, a toda Verdad, a todo Dogma. Un culto a lo humano que hay en la Iglesia; un culto que debe anular lo divino para dar sólo lo que los hombres buscan en sus vidas.

Hoy no se ama la Verdad, sino la mentira que nace de un pensamiento del hombre, que se cree libre porque es capaz de engendrar ideas en su mente. Pero esta libertad del pensamiento es falsa, porque Dios ha hecho la razón para la Verdad, y la voluntad para la libertad.

Se tiene una mente humana para descubrir la verdad de la vida; se tiene una voluntad humana para elegir lo que más convenga en esa verdad encontrada por la razón.

Pero Francisco tiene una mente humana retorcida y sólo le sirve para poner su idea, su culto, su visión de Cristo y de la Iglesia. Y es arrogante, orgulloso. Se impone porque él lo quiere, porque él lo decide. Y, a pesar de que a nadie le interesa su opinión, todos le tienen que obedecer porque se ha creído dios en la Iglesia. Francisco es el que se ha puesto por encima de la autoridad de Dios y obra la maldad a la vista de todo el mundo. Y muchos lo apoyan. Son fieles a esa maldad y le ponen caminos para que se realice en la Iglesia.

Muchos quieren entender los gestos de Francisco en clave católica para poder evaluarlos en su catolicidad, y por eso, se engañan. Porque Francisco no tiene la fe católica. Luego, sus gestos no son católicos, son para la gente del mundo, pero no para la Iglesia. No se pueden comprender los gestos de Francisco en clave católica, sino en clave no-católica. Y, solo así, se puede evaluar lo que significa para la Iglesia Católica y para el mundo.

¡Cuántos hay que se engañan en esto! Todavía muchos, viendo el acto de Francisco con Shimón Peres y con Mahmud Abbas, está pidiendo al Señor que ilumine a Francisco para no errar como Papa. Es la venda en los ojos. Es no comprender que Francisco es sólo una víbora que ataca a la Iglesia para devorarla. Que Francisco no posee el Espíritu de la Iglesia. Que está en Ella para hacer una maqueta nueva de la Iglesia y de Cristo.

Quien atienda a la Verdad de la Iglesia podrá comprender cómo durante más de 50 años no hay Verdad en la Iglesia: hay muchas mentiras, muchos errores, muchas herejías, muchos cismas. Hay un poco de todo, que nadie ha sabido combatir y discernir. Hay una mezcla de ideas, de juicios, de obras, de vidas, que sólo tienen una finalidad: destruir la Verdad.

No se puede destruir a la Iglesia de un mazazo, sino que hay que ir golpe a golpe; poco a poco, quitando acá y allá hasta conseguir el objetivo.

El fin ya se tiene, pero hay que llevarlo a la perfección. Francisco entretiene a todo el mundo, para que otro dé el golpe definitivo. En este tiempo de Francisco, se ponen los peones en toda la Iglesia. En cada Obispado, hay un profeta del demonio, uno que trabaja ya de manera directa para que todos obedezcan lo que viene de Roma.

Los que se cansan en analizar las líneas del gobierno de Francisco son gente, no sólo con una venda en sus ojos, sino aliados de Francisco, instrumentos del demonio, gente que no tiene dos dedos de frente. Que está en la Iglesia para buscar el paraíso perdido; pero que ya no busca a Cristo ni en sus vidas espirituales, ni en sus vidas sociales, ni en la vida de la Iglesia.

Es tiempo de salir de una estructura vieja, inerme, jurídica, inservible para ser Iglesia. Hay que seguir siendo la Iglesia Católica sin ninguna estructura. Es lo que pide el Señor ahora: el desierto. «Fueron dadas a la Mujer dos alas de águila grande para que volase al desierto, a su lugar, donde es alimentada por un tiempo, y dos tiempos, y medio tiempo lejos de la vista de la serpiente» (Ap. 12, 14). Con la Eucaristía y con el Santo Rosario es como se hace hoy la Iglesia. Si faltan esas dos cosas, la Iglesia no sirve para nada.

El Papa y su fidelidad al don de la infalibilidad

El afán de ser popular y de recibir de los hombres la palabra amable y el aplauso a sus obras heréticas en la Iglesia. Francisco es el bufón del Vaticano.

El afán de ser popular y de recibir de los hombres la palabra amable y el aplauso a sus obras heréticas en la Iglesia. Francisco es el bufón del Vaticano.

El Papa Benedicto XVI es el Vicario de Cristo, porque, en su renuncia, se da Su Papado.

Su Papado acaba con su renuncia. Y eso significa que el Papa Benedicto XVI no puede seguir en el Papado, pero sigue siendo Papa, Vicario de Cristo.

Es un Papa al que le ha sido quitado Su Trono, pero no Su Poder.

El Trono se lo han robado los hombres, de una manera sutil, pero efectiva.

El Papa Benedicto XVI ha sido un ejemplo de un hombre que comenzó en la desviación doctrinal, pero que supo convertir su mente a la Verdad del Evangelio, y corrigió sus errores en la doctrina.

En sus comienzos en la teología, era protestante. Ha leído a todos los herejes y cismáticos del protestantismo. Él conoce muy bien lo que es esa teología.

Pero su discurso mental, difícil de seguir para un hombre de la calle, fue cambiando, poco a poco, hasta encontrar la Verdad en la doctrina.

El Papa Benedicto XVI es un hombre inteligente, pero falto de fe; con una fe débil, pero suficiente para caminar como Papa.

En su Papado, no hay desviaciones heréticas, pero sí ciertos errores doctrinales, en su último tiempo. Y esos errores le llevaron a la renuncia.

Su renuncia es el resultado de su infidelidad a la Gracia del Papado.

Un Papa legítimo siempre es infalible; pero deja de serlo si es infiel al don de la infalibilidad. Y, entonces, deja de ser Papa.

El don de la Infalibilidad es un carisma en la persona, no una gracia santificante. No es algo que santifique a la persona, sino un don que tiene la persona para obrar su misión en la Iglesia.

Por tanto, este don de la infalibilidad no quiere decir que el Papa no puede equivocarse, sino que el Papa siempre va a enseñar la Verdad en la Iglesia; lo que toca a la Fe, a las costumbres, al dogma, etc… en la Iglesia. Y su enseñanza es siempre verdadera. Dios actúa en el Papa, aunque éste sea un pecador.

El pecado personal de un Papa no anula el carisma de la infalibilidad; pero el pecado de un Papa contra el carisma de la infalibilidad, anula el carisma y al Papa.

El Papa Benedicto XVI, para renunciar, tiene que ir en contra del mismo carisma de la infalibilidad. Él sabe que no puede renunciar. Lo sabe por el carisma. Dios se lo hace entender. Si renuncia, va contra la Voluntad de Dios, y se hace indigno de seguir siendo Papa.

Ahora bien, se necesita que este carisma sea obrado en las circunstancias más graves para que el Papa siempre sea infalible.

Juan Pablo II lo obró en el último tramo de Su Pontificado, cuando todos le decían que se retirara por su enfermedad. Y él continuó, abrazado a la cruz de Su Papado, sin dejar esa Cruz, que fue su victimación, la señal inequívoca de haber sido un Papa legitimo en la Iglesia, a pesar de tantas herejías y cismas que a, su alrededor, se obraba por sacerdotes, Obispos y fieles. Juan Pablo II sabía muy bien cómo estaba el patio de la Iglesia. Pero tuvo que ser Papa en ese patio, en medio de lobos, en medio de una Jerarquía herética y cismática. Pero no podía excomulgar a ninguno, porque estaba atado de pies y manos.

Pablo VI obró su carisma en el infierno del Vaticano. Mientras otro hacía su papel, él se crucificaba con Cristo. Y, cuando le permitían ejercer el Papado, tenía que callar su boca y hacer como si nada pasara. Hay que ser Papa hasta la muerte. Eso significa el carisma de la infalibilidad. El Papa es Papa, nunca se equivoca porque cree que es Papa hasta la muerte. Hay que enseñar a ser Papa hasta la muerte. La Verdad se enseña con las obras, no con las palabras.

Benedicto XVI no obró su carisma en la negación de su humanidad. Todos los Obispos se pusieron en contra de él. Y él bajó la cabeza y se sometió al pensamiento de otro. Y eso le costó no ser fiel al carisma. Un hombre, con una fe pobre, pero suficiente para ser Papa hasta la muerte. No fue fiel a la Gracia suficiente del Papado. Y, entonces, cometió su pecado. Y su pecado es su inutilidad: es un Papa legítimo, pero inútil. Ha dejado de ser Papa: no fue fiel al carisma de la infalibilidad. No fue fiel a la vida de la Iglesia. Se abalanzó sobre su vida personal.

En el Papa está su vida personal de Gracia, su vida espiritual, y su vida en la Iglesia como Papa. El carisma es para su vida en la Iglesia, pero no para su vida personal.

Un Papa que decide marcharse de la vida de la Iglesia por un asunto personal (una enfermedad) siempre es algo que va contra el carisma de la infalibilidad. El Papa tiene que volverse loco para que otro asuma el poder; pero un Papa no puede marcharse porque esté enfermo.

Pedro es la Roca. Y la Roca es inamovible en la Iglesia. ¡Inamovible!

Por eso, la renuncia del Papa Benedicto XVI pone a la Iglesia en el camino de la purificación. Y esto significa una sola cosa: no hay más Papas. No hay más cabezas. No hay la Iglesia como se la viene observando últimamente.

Desde hace 50 años lo que hay en la Iglesia Católica es un desastre. La gente ha contado con los Sacerdotes, con los religiosos, con los Obispos de la Iglesia, y éstos los han llevado a la herejía. Es la misma Jerarquía de la Iglesia la que ha desacreditado el verdadero Dogma y ha enseñado, a todo el mundo, lo que ellos creen que hace sentirse bien a la gente.

Un Sacerdote dice que perdiendo la Misa en un Domingo, de vez en cuando, no es pecado mortal; pero si pasa mucho tiempo sin ir a Misa, sí lo es. Y esto es sólo pura herejía. Pero la gente hace caso a esos sacerdotes, porque les hablan lo que ellos quieren escuchar. Y, como estás, hay miles de cosas, que son herejía y cisma, dentro de la Iglesia Católica. Y la gente vive la herejía y el cisma como alimento de sus vidas.

El camino neocatecumenal es el camino de los protestantes en la Iglesia. Cuántos Obispos están de acuerdo con este grupo, que dice cosas como ésta: el hombre no puede cometer el pecado, no puede ofender a Dios, no debe expiar el pecado. Que la Pasión y Muerte de Cristo no es verdadero Sacrificio, ofrecido al Padre para reparar el pecado y redimir al hombre, sino que Jesús ha salvado al mundo en virtud de su Resurrección; y, por tanto, sólo es necesario reconocerse pecador y creer en la potencia de Cristo Resucitado. Que la Iglesia no ha sido fundada por Cristo como único camino de salvación, sino que los demás, en otras iglesias, en otras religiones, también pueden salvarse. Que la Iglesia no es una sociedad jurídica y jerárquica, sino espiritual y carismática. Y tiene otras cosas, como su misa, que es una abominación, donde se niega la verdadera, real y sustancial presencia de Cristo en las especies sacramentales.

Y esta gente está aprobada por Roma, por el Vaticano. ¿Y quién aprueba esto en Roma? No el Papa, sino los Obispos que se rebelan contra el Papa.

El movimiento de los focolares es la acción del demonio dentro de la Iglesia, promoviendo el culto a todos los dioses. Es el camino del ecumenismo, del diálogo entre las religiones, para conseguir una unidad mundial de todos los hombres. Chiara Lubich busca la unidad de todos los hombres sólo siguiendo una idea: como todos creen en Dios, entonces todos están unidos. De esta idea, nace todo su movimiento herético. Y pone el instrumento para formar esa unidad: el diálogo. Si no se escucha al otro, si no se interesa por su vida, entonces no hay unidad. Y, por supuesto, se pone por encima del amor de Dios, el amor al hombre, el amor al otro, el amor mutuo. Para hacer unidad, hay que amarse. Es un amor que dialoga, pero no es un amor que exija una norma de moralidad. Por tanto, se busca una unidad que no sea la verdad, sino el dialogo, el respeto a la mente del otro, la tolerancia con las ideas de los demás, la fraternidad con el otro.

Y esta gente está aprobada por Roma, y son muchos los que lo siguen. ¿Y quién aprueba esto en Roma? No el Papa, sino los Obispos que se ponen por encima del Papa.

Los Carismáticos, que nacieron de los Pentecostales, a los cuales Pablo VI no los quería ni ver. No quería aprobarlos. Pero le taparon la boca. Y nació un movimiento en la Iglesia que es toda una superstición. Invocan al espíritu y no saben que están llamando al demonio en esas oraciones. Muchos de ellos se auto-proclaman clarividentes del Espíritu Santo, y no son más que agentes del maligno. Se declaran a sí mismos grandes profetas, y sólo dicen palabras inventadas a los hombres. Ellos bailan y desfilan como si estuvieran drogados. Se proyectan, entre ellos, una gran autoridad, porque demuestran sus carismas a los demás, sus poderes a los otros. Y es todo un disparate del demonio. Los carismáticos tienen la gran capacidad para ser malignos, pero ellos no reconocen el mal en su obrar, en sus apostolados. Ellos creen en una fe que le da a uno autoridad para atraer al Espíritu Santo hacia los demás. Y eso es lo más contrario a la Fe. La renovación carismática busca poner en duda y modificar los principios de la verdadera fe.

Y esta gente está aprobada por Roma, y son muchos los que se dicen carismáticos. ¿Y quién aprueba esto en Roma? No el Papa, sino los Obispos que se alejado de la verdadera Fe.

Con la renuncia del Papa Benedicto XVI, lo que tenemos en el Vaticano ya no es la Iglesia Católica.

Francisco no representa a la Iglesia Católica; es decir, no es el Vicario de Cristo; no es Papa; no es ni siquiera un Obispo Católico.

El gobierno horizontal, que él ha puesto, no gobierna la Iglesia Católica. Sólo tiene el poder humano que los hombres le han otorgado. Pero el Poder de Dios lo tiene sólo el Papa Benedicto XVI. Ese Poder no pasa a nadie porque haya renunciado, sino que se queda en el Papa legítimo hasta que muera. Una vez que muera, la Silla de Pedro se quedará vacante, sin posibilidad de elegir a ningún Papa, porque el Papa Benedicto XVI ha renunciado a la sucesión de Pedro en la Iglesia. ¡No hay más sucesión petrina! En el Papa Benedicto XVI se para la sucesión. Y eso conlleva que la Iglesia esté sin Cabeza visible, que es el mal para toda la Iglesia.

Porque el Papa es el que para, el que estorba, la acción del Maligno: “El Misterio de Iniquidad está ya en acción; sólo falta que el que le retiene sea quitado de en medio” (2 Tes 2, 7). Es lo que han hecho con el Papa Benedicto XVI: lo han apartado para que comience la iniquidad en la Iglesia. No en el mundo, sino dentro de la Iglesia.

Por tanto, lo que vemos en Roma es la iniquidad. Un hombre, que no cree en el pecado, y se mofa de toda la Iglesia, se pone de rodillas, para que le tiren la foto y así seguir engañando a los incautos, como él.

Francisco: si para ti el pecado no es una ofensa a Dios, ¿para qué te vas a confesar? Para salir en la foto y que todos digan: que santo es Francisco; nos enseña a confesar en Cuaresma. Nos da ejemplo.

Así se ríe Francisco de todos los Católicos. Así los engaña. Así miente ante toda la Iglesia. Se ha dedicado, un año entero, a decir herejías y, ahora, ¿a quién quiere engañar confesándose ante un sacerdote? Si lo que tenía que hacer es renunciar a su falso reinado y meterse en un monasterio hasta su muerte para implorar de Dios por la salvación de su alma.

A la gente le gusta estas fotitos de Francisco. ¿Es que no tenéis inteligencia? ¿Es que ya no os acordáis de sus herejías diarias? ¿Es que no veis su gobierno horizontal lleno de herejes y cismáticos?

La gente vive a sus anchas en la Iglesia: en sus mentiras, en sus herejías, en sus cismas. Y llama a todo bendición de Dios. Y no sabe el precipicio donde su alma está.

“Pueblo Mío, Yo, Cristo Jesús, vuestro Dios, clara e irrevocablemente les digo, que existe el pecado, que hay Infierno y que hay Purgatorio. Que el 80% de la gente que muere diariamente va al Infierno para siempre, por toda la eternidad. Ninguna cantidad de baile, arenga, griterío emocional, que venga de estos Sacerdotes, me hará cambiar de parecer. Ellos han creado una religión totalmente nueva, una fe totalmente nueva, que niega el valor de Mi Pasión y de Mi Muerte, y el de Mi Santa Cruz” (Jesús a la Dra. M. J. Even , 1 de Noviembre 1993).

Vivimos en un tiempo de condenación, con una Iglesia que condena almas, con una Jerarquía ciega totalmente por la vida de la Iglesia. No sabe discernir los espíritus y, por tanto, se pasa la vida haciendo su negocio en la Iglesia. Y ¿vamos a creer a un idiota, que no sabe lo que es la confesión, que no sabe medir el pecado del homosexual, que no sabe llamar al pecado con el nombre de pecado, sino como un mal social… vamos a creerle en esa foto? Francisco: el payaso que entretiene a las masas en el Vaticano.

La dimisión de un Papa es una tragedia


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El P. Santiago Martín, fundador de los Franciscanos de María, predica sobre la renuncia del Papa Benedicto XVI. Para él es una tragedia. Es un plan programado en la Iglesia. Al Papa, los Obispos lo han dejado solo.

Luchar en contra del error

“No resistir al error es aprobarlo, no defender la verdad, es sofocarla”. (San Pío X)

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El Espíritu Santo eligió a Benedicto XVI hasta su muerte. Lo eligió Papa toda la vida hasta su muerte, porque la Elección Divina no claudica, no vence, no termina. Sólo vence por Voluntad Divina, no por voluntad de hombre.

En el cónclave que se formó para elegir al que tenía que sentarse en la Silla de Pedro estaba ausente el Espíritu Santo. Y esa ausencia se nota con el tiempo. Los hechos hablan por sí solos.

Donde está el Espíritu de Dios está la Verdad y no el error. Un Papa que predica el error no es un Papa que ha elegido el Espíritu Santo.

Entonces, ¿por qué no se creen en los hechos, en las obras que Francisco está llevando a cabo en la Iglesia? Las obras de Francisco son la verdad de Francisco, la verdad de su pecado.

Francisco es un camaleón que cambia de color. Y no es más que eso. Hoy pone cara de santo. Mañana pone cara de demonio.

Francisco no es lo que dice ser. Francisco no representa lo que obra en la Iglesia. Francisco no da lo que su corazón no puede tener.

¿Qué se creen las almas que es un Papa?¿Qué piensan las almas de un Papa?¿Qué han aprendido de lo que es un Papa en la Iglesia?

Muchos, con Francisco, se tragan sus errores y eso significa estar con Francisco, estar con su doctrina, aprobar su forma de entender la Iglesia.

Quien no combate el error, lo aprueba, lo aplaude, lo lleva a la obra.

Con Francisco la Iglesia ha caído en manos de los Enemigos de la Iglesia. Y ¿quiénes son los enemigos de la Iglesia?

Los mismos que están en la Iglesia, los sacerdotes, los Obispos, los fieles, que no son capaces de luchar en contra del error en la Iglesia. Y, entonces, aprobando el error se hacen enemigos de su propia Iglesia.

Es el fariseísmo reinante en toda la Iglesia la que destruye la misma Iglesia. Son los suyos, sus propios hijos, los hijos de la Iglesia, los que acaban con la Iglesia.

Esta es una gran verdad que se repite siempre en la Iglesia, porque quien traicionó a Jesús fue uno de sus Apóstoles, y los que abandonaron a Jesús fueron sus mismos Apóstoles.

Su misma Iglesia es la que mató a Jesús, lo crucificó. Y su misma Iglesia es la que lo está de nuevo crucificando porque se tiene miedo de enfrentarse al error. Y es más cómodo callarse y no meterse en problemas, que es lo que hace todo el mundo. La vida es bella. Sigamos viviendo nuestra vida y que los demás arreglen sus problemas como quieran.

Esto es lo que se palpa por todas partes. Esto y no otra cosa.

Estamos viviendo la decadencia espiritual de la Iglesia y, -no sólo eso-, sino también la ruptura espiritual en toda la Iglesia. Se rompe con la Tradición, se rompe con los Dogmas de la Iglesia, se rompe con las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, se rompe con todo.

Y este rompimiento espiritual trae sus consecuencias en toda la vida de la Iglesia. Consecuencias para las almas y consecuencias para la vida de los hombres en el mundo.

Lo que pasa en la Iglesia se lleva, después, al mundo. Si en la Iglesia hay santidad, en el mundo también la hay. Si en la Iglesia hay corrupción, en el mundo se vive para ser corruptos.

La medida de la Verdad la da la Iglesia. Si la Iglesia vive en la mentira, entonces no se encuentra la Verdad en ninguna parte. Si la Iglesia no lucha por la Verdad, entonces nadie en el mundo se interesa por conocer la Verdad. Si la Iglesia no obra la Verdad, entonces los hombres se dedican a sus vidas humanas y a sus obras humanas, que no son la obra de la Verdad.

Si no se lucha contra el error, las almas se quedan siempre en sus mentiras, en sus vidas, en sus problemas, en sus miras humanas.

El error impide salvarse. Quien vive pecando vive haciendo de su vida su mismo pecado. Y no puede salir de su pecado sin conocer la Verdad. Si la Iglesia oculta la Verdad, entonces todas las almas viven en su pecado y hacen de su vida una obra de su pecado.

Se necesita dar la Luz de la Verdad en la oscuridad que ahora vive la Iglesia. Porque si no se da, la Iglesia permanece en su pecado y vive para su pecado y enseña su pecado a todo el mundo. Y la consecuencia de todo eso es bien claro: la muerte espiritual de muchas almas que nadie les ha enseñado la Verdad de sus vidas, el sentido de sus vidas, la razón divina de sus existencias.

“Retirarse ante el enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamoreo para oprimir la Verdad, es actitud propia o de hombres cobardes o de hombres inseguros de la Verdad que profesan. La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del Bien Común, y provechosas únicamente para los enemigos del cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. El cristiano ha nacido para la lucha”. (León XIII)

La Iglesia ha errado el camino

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La Iglesia ha errado el camino en la renuncia del Papa Benedicto XVI a su Pontificado.

No ha visto esa renuncia como lo que es en Dios: el pecado de la Cabeza de la Iglesia.

Y, por no saber mirar esa renuncia como pecado, la Iglesia comete el mismo pecado que su Cabeza.

Porque el Papa se une a la Iglesia en Cristo. Cristo es la Cabeza del Cuerpo Místico de la Iglesia. Y Cristo da a su Cuerpo una Cabeza visible, que es el Papa, Su Vicario en la Tierra.

Y lo que haga ese Vicario como Cabeza de la Iglesia pertenece también al Cuerpo Místico de la Iglesia. Las virtudes y los pecados de la Cabeza lo son también del Cuerpo Místico.

Este es el Misterio de la Iglesia: misterio de Unidad y de Amor.

El Cuerpo Místico de la Iglesia no supo apreciar el pecado de su Cabeza, de su Papa, y, por tanto, sufre las consecuencias de ese pecado.

Porque el pecado no es sólo una cuestión de la conciencia, como pretende enseñar ese falso Profeta que se pone como Papa. El pecado del bautizado pertenece a toda la Iglesia, no sólo a la conciencia del que lo comete.

El Papa Benedicto XVI pecó contra el Espíritu Santo en la renuncia al Pontificado. Porque Dios no da derecho al Papa para renunciar al Don que se le da. El Papa no tiene ese derecho de dejar de ser Papa, porque el Llamado de Dios es único y para el alma del Papa.

Dios no juega con la Cabeza de la Iglesia. No la pone para después quitarla. Nunca la quita por una razón humana, natural, física, carnal, material.

Dios da el Poder a la Cabeza para hacer su misión en la Iglesia. Y los poderes del infierno y los poderes del mundo no pueden con un Papa, porque Dios lo asiste desde el principio hasta el fin de sus días.

Dios elige un Papa hasta su muerte. Y hasta que no muera, Dios no elige otro Papa. Esa es la Fe de la Iglesia. Esa es la Fe en Cristo. Y no hay otra Fe. Y los hombres no quieran inventarse la fe, según su manera humana de entender las cosas divinas y de la Iglesia.

El Papa es Elegido por Dios hasta su muerte, hasta el último hálito de vida. Y no retira esa Elección Divina ni por enfermedad del Papa, ni por el pecado del Papa, ni por los intereses humanos.

Dios es muy serio en la Elección del Papa. No pone a cualquiera. No da a la Iglesia el Papa que los hombres quieren. Da a la Iglesia el Papa que Su Corazón Divino quiere.

El Papa, como hombre, tiene el don de la libertad, con el cual puede renunciar a la Voluntad de Dios. Ese don, Dios no lo anula en el Papa. Dios da al Papa todo el Poder Divino para obrar su misión como Cabeza de la Iglesia. Pero ese Poder Divino no hace santo al Papa, no lo confirma en Gracia. A pesar de ese Poder Divino, el Papa tiene facultad para pecar, por su libre albedrío. Y Dios siempre respeta la libertad de sus almas si quieren elegir otro camino que el que Dios les traza.

Por tanto, el Papa Benedicto XVI ha pecado con su renuncia al Pontificado. Y ese pecado hace que Dios se retire de la Cabeza de la Iglesia. Y una Iglesia sin Cabeza es una Iglesia sin Unidad, sin Amor, sin Paz.

Por tanto, el Cuerpo Místico de la Iglesia, al contemplar el pecado de su Cabeza, el Papa, debería haber esperado y pedido al Señor la Luz para obrar en la Iglesia cuando la Cabeza renuncia a ser Cabeza del Cuerpo Místico.

Es lo que no hizo el Cuerpo Místico de la Iglesia, porque no vió en esa renuncia un pecado, sino algo propio de la vida de un hombre que está cansado de la vida que lleva y que quiere un poco de paz a su alrededor.

La Iglesia se embarcó en el juego del demonio y buscó una cabeza, cuando el Papa todavía está vivo. Este es el error en el camino.

Teniendo un Papa vivo, Dios no da otro Papa hasta que no muera. Hay que esperar a su muerte para elegir un Papa.

La Iglesia, por tanto, erró en el camino porque no tiene vida espiritual.

Ni el Papa Benedicto XVI tiene vida espiritual, ni tampoco la Jerarquía de la Iglesia tiene vida espiritual. Carecen de fe, de oración, de penitencia. Tienen miedo a la Cruz del Señor. Tienen miedo de las palabras de los hombres. Es una Iglesia que sirve al pensamiento de los hombres, pero no es capaz de servir al Corazón de Dios.

Por tanto, la Iglesia al errar el camino, eligió a uno que no es Papa, que no es elegido por Dios. Ese falso Profeta no es un Don de Dios a la Iglesia, porque todavía el Papa está vivo. Dios no da dos Papas. Es el hombre y el demonio el que busca sus cabezas, sus jefes para hacer de la Iglesia un pastizal del infierno.

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