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El Anticristo maneja los hilos de la Iglesia y de los gobiernos del mundo

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«antes de instaurar el Nuevo Orden Mundial, que es político, se deberá instaurar la Única Religión Mundial» (Conchiglia)

Hay muchas personas a quienes no les gusta Bergoglio. Esto es, cada día, más evidente. No se puede esconder. No se puede disimular ya. Ni siquiera los que lo siguen se encuentran a gusto con él, porque no les da lo que ellos quieren: una iglesia sin cruz, sin doctrina, sin sacramentos, sin Cristo.

Es necesario ir a la única Religión mundial. Pero no se puede ir si no se acaba con la Iglesia Católica. Hay que meter en la Iglesia Católica la división en la doctrina. Esto es lo que Bergoglio no ha podido hacer todavía. No le han dejado porque él sólo es un hombre que habla su vida de pecado, pero que no sabe poner en una ley, en una norma, esa vida.

Bergoglio es el falso profeta, pero no es la persona del Falso Profeta: no está en la iglesia del anticristo. Está, a penas, levantando su nueva estructura de iglesia. Ya ha puesto su primera división: el gobierno horizontal; pero le falta lo más importante: la doctrina.

Bergoglio es un hombre que no convierte a nadie, porque es un hombre que busca el ecumenismo sin la cruz.

«los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese» (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.1).

No hay división si hay fe en la verdad sobre la Cruz. Si los hombres no creen en la Cruz, no sólo como un hecho histórico, sino también real, eterno, que permanece y se realiza en cada Altar, entonces los hombres nunca podrán unirse en Cristo.

Cristo une en Su Cruz: ahí está toda la Vida de la Iglesia. La Cruz es el Camino hacia la Verdad de la Vida Divina. A los pies de la Cruz permaneció la Virgen y el discípulo amado. Los demás huyeron en la gran división de sus mentes humanas. El hombre no tiene otro camino, otra esperanza: el mundo hay que llevarlo a la Cruz. Hay que crucificar al hombre viejo para que renazca el nuevo.

No se puede ir al mundo sin la Cruz de Cristo, sin el mensaje que ésta representa: oración y penitencia. ¡Conversión!

«la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica». (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.9).

Fe católica, sacramentos y jerarquía: esta es la unidad que pide el Espíritu a Su Iglesia.

Y esto es, precisamente, lo que no se ve por ninguna parte.

Hombres que se pasan la vida repensando la antropología y la moral: «Hace años que tendría  que ser posible que se ordenen tanto hombres como mujeres, tanto célibes como casados» (Juan Masía, sj).

Cardenales que han perdido el juicio: «leer con respeto los textos de Lutero y sacar provecho de sus ideas» (Cardenal Marx).

Obispos que han perdido el temor de Dios y la verdad de la Iglesia: «No podemos vivir en una Iglesia con doscientos años de retraso» (Obispo Nicolás Castellanos).

La Jerarquía va buscando una religión mundial. Por eso, es necesario presentar al mundo un nuevo Cristo, un nuevo concepto del cristianismo, una nueva doctrina basada -en todo- en el lenguaje humano, en sus formas, no en la verdad.

Hay que llevar a Cristo al pueblo, a encontrarse con los hombres:

«Pongamos ante los ojos de la mente el icono de María Madre que va con el Niño Jesús en brazos. Lo lleva al Templo, lo lleva al pueblo, lo lleva a encontrarse con su pueblo» (2 de febrero del 2015).

Esta es toda la espiritualidad de Bergoglio: los hombres, el pueblo, la humanidad, sus problemas, sus vidas.

Bergoglio nunca puede predicar la verdad del Evangelio: hay que sumergir al hombre en la muerte de Cristo.

«Con Él hemos sido sepultados por el Bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 4).

La Virgen María no lleva a Su Hijo para encontrarse con su pueblo. Lo lleva para presentarlo al Señor: Ella debía cumplir los deberes que como primogénito le imponía la Ley (Ex 13, 2s: “todo varón primogénito sea consagrado al Señor”) y la purificación de la Madre, prescrita en el Levítico (12, 1 s: “un par de tórtolas o dos pichones”). Pero más allá de estas ceremonias legales, la Virgen lleva a Su Hijo al Templo para que se revele la Verdad a los hombres.

La Presentación del Niño en el Templo es la segunda manifestación de Jesús. La primera a los pastores, humildes y sencillos. Jesús viene por estas almas, que son dóciles al Espíritu de la Verdad en sus corazones. Pero Jesús también se manifiesta a las almas que vivían de la esperanza del Mesías; el anciano Simeón. Y el testimonio de este hombre -testimonio de la Verdad, que se manifiesta a su alma, en los brazos de Su Madre- es la manifestación del Niño: Jesús es el Salvador y la luz de las Naciones. Un hombre que da testimonio de la verdad que contempla: eso es Simeón. Y eso es lo que no es ninguna Jerarquía actual en la Iglesia.

Es lo que enseña un verdadero Papa:

«¿Quién es, en realidad, este recién nacido? La respuesta a esta pregunta, fundamental para la historia del mundo y de la humanidad, la da proféticamente el anciano Simeón, quien, estrechando al Niño entre los brazos, ve e intuye en El “la salvación” de Dios, la “luz para alumbrar a las naciones”, la “gloria” del pueblo de Israel, la “ruina y la resurrección de muchos en Israel”, el “signo de contradicción”. Todo esto es ese Niño, que, aun siendo “Rey de la gloria”, “Señor del templo”, entra allí por vez primera, en silencio, en ocultamiento y en fragilidad de naturaleza humana» (2 de febrero de 1981).

Un Papa legítimo y verdadero, como Juan Pablo II, enseña la misma Palabra de Dios: no la cambia, no la interpreta a su manera humana, no habla para el pueblo, para quedar bien con los hombres; sino que transmite el mismo pensamiento que está contenido en la Palabra de Dios, que es la Mente de Cristo.

Un falso Papa enseña su impostura:

«Guiemos el pueblo a Jesús dejándonos a su vez guiar por Él. Eso es lo que debemos ser: guías guiados». Esto es lo que deben ser los consagrados para este hombre. Una frase muy bonita, pero sin ninguna verdad: ser guías guiados. Es la mayor estupidez de este hombre.

El consagrado tiene que imitar a Jesús:

«estáis llamados a una particular imitación de Jesús y a un testimonio vivido de las exigencias espirituales del Evangelio en la sociedad contemporánea. Y si el cirio, que tenéis en la mano, es también símbolo de vuestra vida ofrecida a Dios, ésta debe consumarse toda entera para su gloria» (2 de febrero de 1981).

Imitar a Cristo, -es lo que enseña un verdadero Papa-, dar testimonio de la Verdad del Evangelio en un mundo que no quiere la verdad. Y es un testimonio que es radical:

«Pero precisamente por esta opción tan radical, os convertís, como Cristo y como María, en un “signo de contradicción”, es decir, es un signo de división, de ruptura y de choque en relación con el espíritu del mundo, que pone la finalidad y la felicidad del hombre en la riqueza, en el placer y en la autoafirmación de la propia individualidad» (Ib).

Esto es lo que no se encuentra en ningún discurso de Bergoglio: hay que romper con el espíritu del mundo, hay que ser signo de división con el mundo.

Bergoglio no da la doctrina de Cristo, sino su cristo, la doctrina que tiene en su mente sobre Cristo. Por eso, dice esa frase hermosa, pero sin la doctrina de Cristo. ¿Qué significa ser guiados por Cristo? Imitarlo. ¿Y cómo se imita a Cristo? Expiando los pecados del pueblo. ¿Y cómo se guía al pueblo hacia Cristo? Hay que meterlo en la muerte de Cristo: en la cruz, en la penitencia, en el despojo de todas las cosas por amor a Cristo.

¿Enseña esto, Bergoglio, en este discurso? No; Bergoglio predica un cristo sin doctrina, sin verdad. Sólo enseña sus frases bonitas, que sólo demuestran una cosa: este hombre sólo habla por hablar, para que los demás den publicidad a sus discursos. Pero, mientras tanto, obra otra cosa a lo que habla, a la propaganda que dan los demás de sus palabras. Así se hace la nueva iglesia: a base de impostura religiosa, de fariseísmo, el más perfecto de todos.

Bergoglio enseña como un falso papa, que sólo habla para la masa de los ignorantes, y de los tibios y pervertidos:

1. Una obediencia falsa: «quien sigue a Jesús se pone en el camino de la obediencia, imitando de alguna manera la «condescendencia» del Señor, abajándose y haciendo suya la voluntad del Padre, incluso hasta la negación y la humillación de sí mismo (cf. Flp 2,7-8). Para un religioso, caminar significa abajarse en el servicio, es decir, recorrer el mismo camino de Jesús, que «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Flp 2,6). Rebajarse haciéndose siervo para servir».

a. El camino de la obediencia no es imitar la condescendencia del Señor, no es abajarse, no es la negación y la humillación de sí mismo: es obrar la Voluntad de Dios. Se obedece a Dios para hacer lo que Él quiere. Son dos cosas diferentes: que Cristo no muestre Su Gloria a los hombres y su obediencia al Padre, hasta la muerte. Bergoglio mete ambas cosas en el mismo saco para un fin: sé obediente a los hombres, a los mayores, a la mente del hombre: «El fortalecimiento y la renovación de la Vida Consagrada pasan por un gran amor a la regla, y también por la capacidad de contemplar y escuchar a los mayores de la Congregación». Escuchar a los mayores: escucha a tantos superiores falsos como hay en la Iglesia. Escucha a tantos herejes y apóstatas de la fe en Cristo como hay en las congregaciones, asociaciones, seminarios, etc… ¡Aquella Jerarquía que no dé la verdad no se la puede escuchar, no se la puede obedecer aunque estén como Superiores! Pero a Bergoglio lo que le interesa es:

b. Su conclusión: «caminar significa abajarse en el servicio». Es su impostura religiosa: bájate de tus ideas, de tus dogmas, de tus liturgias, de la verdad absoluta, con el fin de servir a todos los hombres, al pueblo. Es siempre su humanismo: rebájate en la mentira para servir a los demás.

No tiene nada que ver con lo que un Papa verdadero enseña a los religiosos: «También vosotros, hermanos y hermanas queridísimos, debéis conservar siempre intacta esa “voluntad de oblación”, con la que habéis respondido generosamente a la invitación de Jesús para seguirle más de cerca, en el camino hacia el Calvario, mediante los sagrados vínculos que os unen a El de manera singular en la castidad, en la pobreza y en la obediencia: estos votos constituyen una síntesis, en la que Cristo desea manifestarse a Sí mismo, entablando —a través de vuestra respuesta—, una lucha decisiva contra el espíritu de este mundo» (2 de febrero de 1981): caminar significa tener una voluntad de oblación para llegar a la Cruz, a la muerte con Cristo en la Cruz. Y se llega con los votos de castidad, de pobreza y de obediencia. Esto no lo enseña Bergoglio porque ni los tiene ni sabe cómo vivirlos. La obediencia es una voluntad de oblación en la que se muestra la lucha contra el espíritu del mundo. No es una obediencia para servir al mundo, que es lo que enseña Bergoglio. Todo al revés con este hombre. Todo. La casa se construye por el techo, según Bergoglio. Una vez que el hombre está arraigado en esta obediencia, es cuando sirve a los demás en la verdad de su vida. Y el servicio a los demás da frutos de vida eterna. Pero este servicio es lo último que se hace, lo de menos. Lo que importa es esa voluntad de oblación, por amor a Cristo, para imitar en todo a Cristo. Bergoglio sólo está en su camino humano de servicio a los intereses del hombre. Y, por lo tanto, tiene que predicar una:

2. Falsa sabiduría: «En el relato de la Presentación de Jesús, la sabiduría está representada por los dos ancianos, Simeón y Ana (…) El Señor les concedió la sabiduría tras un largo camino de obediencia a su ley. Obediencia que, por una parte, humilla y aniquila, pero que por otra parte levanta y custodia la esperanza, haciéndolos creativos, porque estaban llenos de Espíritu Santo».

a. La sabiduría siempre es Cristo, nunca los hombres. Los hombres participan de la sabiduría divina por la gracia y el Espíritu. En Simeón y en Ana está representada las almas fieles a la gracia y a al Espíritu. Son dos cosas totalmente diferentes.

b. Una sabiduría creativa: los hace creativos: el alma obediente no es creativa, sino imitativa de la Mente de Dios, de la vida de Cristo: pone por obra lo que Dios piensa: no crea una idea nueva ni una obra nueva. Es el lenguaje de los modernistas, que les lleva a proclamar esta gran herejía: «Perseverando en el camino de la obediencia, madura la sabiduría personal y comunitaria, y así es posible también adaptar las reglas a los tiempos: de hecho, la verdadera «actualización» es obra de la sabiduría, forjada en la docilidad y la obediencia». Vamos a cambiar el dogma, las enseñanzas de siempre en la Iglesia. Hay que adaptar la ley de Dios a los tiempos. Hay que actualizar la norma de moralidad. El magisterio de la Iglesia ya se quedó anticuado y, entonces, hay que buscar otro, más acorde con los tiempos, con la mente de los hombres, con sus culturas. ¡Y eso es sabiduría divina! ¡Esta es la gran blasfemia de este hombre, que sólo vive para su humanismo! Hay que obedecer a una mentira para ser actuales, para actualizar la sabiduría, para madurar en la sabiduría. Bergoglio lo rompe todo.

Para Bergoglio todo es un relato del hombre, todo es una fiesta para los hombres:

«Es curioso advertir que, en esta ocasión, los creativos no son los jóvenes sino los ancianos. Los jóvenes, como María y José, siguen la ley del Señor a través de la obediencia; los ancianos, como Simeón y Ana, ven en el Niño el cumplimiento de la Ley y las promesas de Dios. Y son capaces de hacer fiesta: son creativos en la alegría, en la sabiduría».

María y José son jóvenes, inexpertos, que cumplen con la ley; Simeón y Ana son los maduros, los que tienen la experiencia del conocimiento de Dios, los que saben ser creativos, los que transforman la obediencia en cumplimiento de la ley, y así hacen fiesta. Este es todo el mensaje de este hombre perverso.

Son los ancianos, como él, los que están destruyendo la Iglesia con su sabiduría creativa. En el camino de la obediencia se madura la sabiduría. Este hombre no sabe lo que está diciendo. No tiene ni idea, ni de lo que es la obediencia ni lo que es la sabiduría.

Pone la obediencia a la mente del hombre, pero no a la Mente de Dios. Y, por lo tanto, como la mente del hombre cambia, entonces se madura la sabiduría.

Cuando el hombre obedece a Dios no madura en su sabiduría, sino que crece en sabiduría. En la medida que el hombre vaya aceptando la Mente de Dios, por la obediencia, por el sometimiento de su mente a la verdad revelada, inmutable, eterna, en esa medida, el hombre crece en las virtudes: «El que guarda la Ley es hijo prudente» (Prov 28, 7). Y el virtuoso está lleno de la sabiduría divina: «en alma maliciosa no entrará la sabiduría» (Sab 1, 4).

María y José estaban anclados a una obediencia. Simeón es el más listo, por ser el más creativo, por cambiar en su mente y contemplar –en su ancianidad- lo que no ven María y José por ser jóvenes. Es todo un relato humano. Cuando Bergoglio predica el evangelio, es esto lo que hace: da su cuento, su fábula, su interpretación humana, su chiste. Y le queda algo que no tiene nada que ver con la Palabra de Dios.

Como se madura la sabiduría, entonces es posible también adaptar las reglas a los tiempos. ¿Por qué los homosexuales no pueden casarse? Hay que estar con los tiempos. ¿Por qué no dar la comunión a los malcasados? Hay que madurar en estas reglas que son fruto de una obediencia a lo antiguo. Hay que obedecer a los modernos, a las mentes de todos los soberbios, porque en ellas está la sabiduría creativa, que es – para este hombre sin nombre- una obra divina: «Y el Señor transforma la obediencia en sabiduría con la acción de su Espíritu Santo». ¡Mayor sin sentido no puede haber en la mente de Bergoglio!

¿Quién es María para este personaje?

«Los brazos de su Madre son como la «escalera» por la que el Hijo de Dios baja hasta nosotros, la escalera de la condescendencia de Dios (…) María que entra en el templo con el Niño en brazos. La Virgen es la que va caminando, pero su Hijo va delante de Ella. Ella lo lleva, pero es Él quien la lleva a Ella por ese camino de Dios, que viene a nosotros para que nosotros podamos ir a Él (…) También nosotros, como María y Simeón, queremos llevar hoy en brazos a Jesús para que se encuentre con su pueblo».

María es la que lleva en brazos a Jesús. Y no más: una madre joven, inexperta en el misterio de Cristo. Es la escalera de la condescendencia de Dios: una frase muy hermosa, pero herética:

«Cristo «tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel» (Hb 2,17). Es el doble camino de Jesús: bajó, se hizo uno de nosotros, para subirnos con Él al Padre, haciéndonos semejantes a Él».

Si se va a la Palabra de Dios, se ve lo que oculta Bergoglio:

«Por esto hubo de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel, en las cosas que tocan a Dios, para expiar los pecados del pueblo»: Cristo se hace hombre, vive como los hombres, en una naturaleza humana, con un fin: expiar los pecados. Se hace sacerdote para expiar los pecados del pueblo, no para hacer fiesta con los hombres, con el pueblo.

Bergoglio calla la expiación del pecado porque no puede entrar en su discurso bello, pero sin verdad alguna. Es el discurso que gusta a la mente de los hombres. Esas mentes que ya no saben pensar la verdad, sino que sólo quieren escuchar lo que tienen en sus propias mentes. Y si hay un viejo, como Bergoglio, inexperto en la verdad, entonces se tragan cualquier cosa que sale de su inmunda boca. Y la tienen como verdad, como voluntad de Dios, como una bendición. Así siempre trabaja un falso profeta: con las formas del lenguaje humano. Formas externas: palabras bellas, frases puestas en una bandeja de plata, con un colorido que agrada a los hombres, para mostrar su mentira siempre.

Los brazos de la Virgen María no son como una escalera, sino que son el resguardo de la Madre. María protege a su Niño del mundo y de los hombres. María conserva en su corazón la Verdad y es lo que transmite al mundo cuando lleva en sus brazos a Su Hijo. María no va caminando con su Hijo para mostrarlo al pueblo. María camina con Su Hijo, en brazos, para realizar la Voluntad de Dios en Su Templo, porque María es la que está asociada en todo a Su Hijo:

«Por asociación con su Hijo, esta mujer se hace también signo de contradicción para el mundo y, a un tiempo, signo de esperanza, a quien todas las generaciones llamarán bienaventurada. La mujer que concibió espiritualmente antes de concebir físicamente, la mujer que acogió la Palabra de Dios, la mujer que se insertó íntima e irrevocablemente en el misterio de la Iglesia ejerciendo la maternidad espiritual con todos los pueblos. La mujer que es venerada como Reina de los Apóstoles sin quedar encuadrada en la constitución jerárquica de la Iglesia, y que sin embargo hizo posible toda jerarquía porque dio al mundo al Pastor y Obispo de nuestras almas. Esta mujer, esta María de los Evangelios, a quien no se menciona entre los presentes en la última Cena, acude de nuevo al pie de la cruz para consumar su aportación a la historia de la salvación. Por su actuación valiente prefigura y anticipa la valentía a lo largo de los siglos de todas las mujeres que contribuyen a dar a luz a Cristo en cada generación». (Octubre del 1979)

Leer a Juan Pablo II y leer a Bergoglio es como el día a la noche. La diferencia es abismal, porque Juan Pablo II es Papa verdadero, elegido por el Espíritu del Señor para guiar a Su Iglesia por el camino de Cristo. Pero Bergoglio no es el Papa, ni puede serlo por más que los hombres griten que Bergoglio es el Papa.

Bergoglio es sólo un falso profeta, que anuncia al anticristo de la nueva iglesia. Es ese anticristo el que va a romper la Iglesia. El anticristo es un ser inteligente que sabe romper la doctrina de Cristo con su inteligencia, con su idea, con su mente. Bergoglio sólo sabe hablar, pero no romper. Quiere romper, pero no puede. No es su tiempo.

Tiene que venir, después de él, el temido, que no es el Anticristo, sino el falso Papa que continúa la obra que ha iniciado Bergoglio. Porque hasta que no se levante la nueva iglesia, la ecuménica, la que engloba a todo el mundo, a todas las religiones, no se levanta el nuevo  orden mundial, y no puede aparecer ni el Falso Profeta ni el Anticristo.

El Anticristo necesita de un anticristo en la Iglesia: uno que lleve a la Iglesia hacia la religión mundial. Y el Anticristo necesita de un anticristo en el mundo: uno que lleve a todo el mundo hacia un gobierno mundial. Y estos dos anticristos todavía no han aparecido. Están sus voceros: Bergoglio y Obama, pero no son los indicados para el gran juego del Anticristo.

La Iglesia Católica, por las profecías, tiene que pasar dos años de sede Vacante antes de que se levante la nueva iglesia, que será la Iglesia del Anticristo. Y hasta que no muera el Papa legítimo, Benedicto XVI, Bergoglio sólo seguirá hablando de sus muchas cosas. Y, mientras entretiene  a todo el mundo con sus majaderías, se va obrando en lo oculto todo lo demás. Así, cuando llegue el tiempo requerido, se cambia todo a base de palos, de imposiciones, de sangre, de persecución.

El Anticristo está guiando a toda esta Jerarquía que apoya a Bergoglio: uno de ellos se hará con el poder en la Iglesia para hacer lo que no hace Bergoglio: dividir la doctrina, destruir el dogma. Por eso, ni entre ellos se tienen confianza: todos están en ese gobierno horizontal con el deseo, no declarado, de ser papas y así imponer la doctrina que ellos quieren en la Iglesia. A Bergoglio lo echan fuera, como a todos los demás, porque ya no sirve: sirve para la fiesta, pero no para la Iglesia que el Anticristo quiere. El Anticristo necesita una cabeza pensante, que no tenga miedo a romper el dogma. Necesita un Kasper. No necesita de un hombre que viva su pecado, como Bergoglio, porque eso ya lo tiene en el mundo y en la Iglesia. Hay que cambiar la doctrina, el dogma, para crear la nueva iglesia. Y esto hay que hacerlo a las bravas, no con sonrisitas.

Mientras Bergoglio vive su estúpida vida en la Iglesia, la doctrina no se cambia: sólo hay confusión. Sólo hay lío, división, enfrentamientos dentro de la Jerarquía y de los fieles. Y esto es sólo el fruto del gobierno de este hombre: nada claro, sin claridad, sin camino. Habla muchas cosas y nada se hace. Todo el mundo hace y deshace, pero la doctrina sigue igual. Con Bergoglio, todo sigue igual. Y esto es lo que no le gusta al Anticristo. Bergoglio fue débil en el Sínodo pasado. Y eso el Anticristo lo va a remediar en el próximo Sínodo: debe cortar la cabeza de Bergoglio para eso. Tiene que poner su anticristo, que levante su nueva iglesia mundial.

El falso ecumenismo: ardid del demonio para romper la Iglesia

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Transigir el mal es como consentirlo, y quien hace esto toma parte en las obras de las tinieblas, que son las obras del demonio. Y lo que hace el demonio no es algo bueno ni agradable a Dios.

Aquellos que transigen el mal son tan culpables como los que lo obran.

Todo el problema está en la conciencia de la persona. Si ésta está bien formada, a la luz de la fe y de la Palabra Revelada, entonces el hombre conoce el bien y el mal, y siempre sabe elegir lo correcto.

Pero si la conciencia de la persona no está bien formada, sino que anda tras verdades relativas, cambiantes, mediáticas, que evolucionan según los diversos tiempos, culturas, filosofías, etc…, entonces el hombre no sabe discernir entre el bien y el mal, y siempre se equivoca en su decisión o elección.

Se transige el mal porque la persona no ve ese mal como un mal, sino como un bien, un valor. Y aquí comienza el falso ecumenismo.

El verdadero ecumenismo no transige ningún mal, porque la conciencia llama a corregir cualquier mal para llevar al buen camino a los que andan extraviados.

La pregunta es: ¿hace esto Francisco con los judíos, musulmanes, protestantes, budistas, ateos, etc…? La respuesta es clarísima: No. Los deja en su extravío, y él mismo quiere ese extravío. No los deja porque no conozca el extravío o no sabe corregirlo. Los deja en el error porque él mismo vive ese error en su persona. Y, por tanto, lo irradia al otro, lo comunica al otro.

El falso ecumenismo es la destrucción de la Verdad Revelada: del dogma, de la Tradición Divina, del Magisterio de la Iglesia. Y, por tanto el falso ecumenismo es el compendio de todos los errores y la confusión de todas las ideas. De esta manera, se va socavando los cimientos de la fe, se va ahogando el espíritu de piedad y se va desfigurando el Evangelio.

Estas tres cosas es lo que hace Francisco con su falso y aberrante ecumenismo: fe, piedad y Evangelio se van transformando en la diversidad de pensamientos humanos, en la multitud de obras humanas, y en el establecimiento de un nuevo evangelio.

Francisco quiere hacer cómplice a Jesús de los errores que existen en las diversas iglesias, que engendran vidas de corrupción en el mundo.

Cuando Francisco dice que todas las iglesias tienen su verdad o que hay alguna parte de verdad, está diciendo algo que es lo natural, porque no hay que olvidar que la Ley natural está escrita en el corazón de todo hombre. Y, naturalmente, el hombre encuentra verdades en su vida y obra algún tipo de bien natural o humano en sus iglesias, en sus espiritualidades.

Pero la Iglesia es un bien divino que se rige por la ley de la Gracia, no sólo por la ley natural o divina o eclesiástica. Y la ley de la Gracia hace que la Iglesia, que ha fundado Jesús, tenga la plenitud de la Verdad. Y esta plenitud sólo puede darse en la Iglesia Católica, no en las otras. Las otras tienen verdades naturales, que también las posee la Iglesia Católica; pero no tienen verdades que proceden de la Gracia. No tienen verdades divinas; sólo humanas, naturales, materiales. Y esto es lo que niega Francisco. Él dice que las demás iglesia tienen una parte de la verdad divina, para poner los errores de las diversas iglesias como una verdad que debe ser seguida.

Tener una verdad no es estar en posesión de toda la Verdad. Sólo el que esté dentro de la Iglesia Católica posee toda la Verdad, por la Gracia, y puede discernir cualquier error y a cualquiera persona, ya sea de la Iglesia, ya fuera de Ella.

Por eso, los fieles que no disciernen lo que es Francisco es que no viven en Gracia: son como la gente del mundo, como los judíos, budistas, etc…: viven un catolicismo tibio y perverso en la inteligencia. Espiritualmente siguen sus doctrinas, sus ideas sobre Cristo, sobre la vida de oración, etc. No siguen el camino, que es Cristo, sino sus caminos y hacen de su tibieza una virtud, una santidad, una justificación. Y, por eso, sus inteligencias se corrompen y pervierten, y no son capaces de ver al lobo, porque se han vuelto como el lobo.

Para construir la unión entre las diversas iglesias es necesario que el hombre destierre de su corazón el error y ame la verdad. Son dos cosas: odiar el pecado, amar la verdad.

Si los hombres no forman su conciencia según la Verdad que Dios ha revelado, entonces, nunca podrán odiar el pecado, desterrarlo de sus vidas, luchar en contra de todo mal; y de esa manera, sólo van en busca del falso ecumenismo.

Para la unidad hay que tener un mismo sentir, una sola alma, un solo corazón, una sola fe, un solo bautismo y un solo Señor, Dios y Padre. Si no se odia el pecado, es imposible la unidad.

Lo que Francisco quiere hacer es una unidad en la mentira, en la diversidad. Y está diciendo un auténtico absurdo.

Dios, cuando une a dos almas, une sus mentes y sus voluntades, y no hay diferencias, diversidades. Los dos piensan lo mismo y quieren lo mismo, porque los dos han quitado los pensamientos que llevan al error, al pecado, y se quedan sólo con aquellos pensamientos que vienen de Dios. Los dos han quitado las obras que los conducen el pecado, y sólo son capaces de obrar lo divino, las obras de Dios.

La unidad en la diversidad es la aberración del pensamiento de Francisco. Y esta idea la dice todos los días. Y nadie la combate. Señal de que la Jerarquía está con Francisco: quieren destruir la fe, la piedad y el Evangelio.

Para la unidad hace falta un único Dios, pero no en el sentido nominativo, que es lo que predica Francisco: no creo en el Dios católico, sino que creo en Dios. Dios lo toma como un nombre, un lenguaje, pero sin el concepto, sin el significado. Como todos los hombres creen en Dios, en sentido nominativo, entonces nos vamos a unir en un solo Dios.

Para la unidad, es necesario creer en el Dios que se ha Revelado al hombre: la Santísima Trinidad. Pero no hay que creer en el nombre que se da al Padre, o al Hijo, o al Espíritu Santo. Muchos, para engañar, dicen que creen en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Creen en el término Padre, pero no en lo que significa el Padre. Creen en el lenguaje Hijo, pero no en el concepto que tiene el Hijo en la Iglesia Católica. Creen en la etiqueta del Espíritu Santo, pero no en la Persona divina. Hoy sólo se cree en un lenguaje humano, vacío de la verdad. Pero no se cree en la Verdad de las cosas. Son nominalistas: se quiere creer sólo en el sentido nominal, no en el sentido dogmático de las palabras.

Cristo es la Verdad; los hombres son todos unos mentirosos. Y, por tanto, los que quieren seguir sus caminos, buscando verdades que no son las de Cristo, entonces se pierden de forma inevitable. Quien no está con Cristo, quien no está con la Verdad, que es Cristo, está contra Cristo. Y el que con Cristo no siembra, desparrama.

Por lo tanto, los judíos, musulmanes, budistas, protestantes, ateos, etc… están en contra de Cristo, están desparramando sus mentiras por todo el orbe. No enseñan la verdad, que es Cristo, sino que invitan a las almas a perderse en todos los caminos del mundo. Y, con esta gente, no es posible el ecumenismo, hasta que no llamen al pecado con el nombre de pecado y no se ponga a quitarlo de sus vidas, a odiarlo.

Francisco está en contra de Cristo, y lo que hace en la Iglesia es desparramar la gracia: es decir, destruir, no sólo la Iglesia, sino las almas. Porque, siendo un Obispo, tiene el deber de dar sólo la Verdad en la Iglesia y de corregir cualquier pecado, no sólo dentro de la Iglesia, sino en el mundo. Cosa que nunca ha hecho y nunca lo va a hacer. Y, por tanto, con Francisco, no es posible nada en la Iglesia Católica: no hay obediencia, no hay respeto, no hay cariñitos. Tolerancia cero. No se puede transigir con el pecado de Francisco en la Iglesia. No se puede. Quien lo hace se pone en contra de Cristo en su propia Iglesia. Por eso, es necesario combatir a Francisco, para no perderse en los caminos del mal, del error, del pecado, que ese hombre transmite a todos. Es lo que vive, es lo que irradia. Francisco es un vividor de su pecado. Y no es otra cosa. Quiere el mal y se goza haciendo el mal.
decalogo

En la Iglesia Católica han entrado muchos pastores, ladrones, salteadores, y han dejado que el rebaño enfermo y raquítico se aparee con ovejas lustrosas y sanas, naciendo de esta unión entre el bien y el mal, unos corderos escuálidos y sin vida. Esto es lo que han conseguido durante 50 años, después del Concilio: doctrinas que no dan la Verdad ni llevan a la Verdad plena, haciendo que las almas se alimenten de mentiras, que la propia Jerarquía ha tratado de modelar, de encauzar, para que los católicos sean hombres del mundo y vean las otras iglesias como una parte que no tienen, que es necesario unirse a ellos para conseguir un bien mayor. Por eso, hay tantos grupos, dentro de la Iglesia Católica, sin vida de la gracia: es una unión entre almas que ya no poseen la verdad, sino el lenguaje de la verdad, y almas dadas al mundo que les da igual ser budista o masón, pero que traen esas inteligencias rastreras para formar asociaciones, grupos, que son una auténtica blasfemia dentro de la Iglesia Católica. Ejemplos son los neocatecumenales, focolares…

El falso ecumenismo engendra culpables silenciosos. Los hombres recorren el mar y la tierra para hacer un prosélito, y luego, en la realidad, se les cierra el Reino de Dios. Esto es lo que hace Francisco: viajando para hacer proselitismo y cerrando el Cielo a muchas almas, porque él se centra en una mentira: «es más lo que nos une, que lo que nos separa». Hay muchas cosas que nos unen con los protestantes, budistas, y demás, pero en lo humano, en lo cultural, en lo político, en lo económico. Y, por tanto, para no crear contiendas, se ponen de acuerdo en alguna verdad, pero en las otras, se callan. Se adecua la verdad a la mentira de cada uno, como si el Evangelio fuera cosa de hombres; se pretende unir lo que está desunido por caminos humanos, con soluciones pastorales, haciendo lo políticamente correcto, pero destruyendo la Verdad, desuniendo lo que Dios ha unido. Para Francisco, basta para unirse tener alguna verdad, pero no la verdad plena. Basta estar de acuerdo en alguna verdad. Lo demás, ni mentarlo. Por eso, lo que se firmó en Jerusalén con el Patriarca ortodoxo es una aberración: es querer estar de acuerdo en aquello que conviene a los dos; y las demás cosas, que son las más graves, ni tocarlas. Se deja en estudio, pero sin resolverlo porque ya no existe la conciencia del pecado. Todo vale, todo se puede hacer.

Una verdad a medias o la verdad incompleta se convierte en mentira, con lo que se cae en las garras de un falso ecumenismo. Estar de acuerdo en algunas cosas, pero olvidando que una verdad, entre un cúmulo de mentiras, no basta como principio de unidad. El principio de unidad exige tener toda la verdad, aceptar toda la Verdad, someterse a toda la Verdad. Este principio nunca lo va a buscar Francisco en su falso ecumenismo, porque él sólo va en busca de la verdad que más le conviene para su negocio en la Iglesia.

Los hombres son todos unos insensatos que se fascinan por las obras de sus manos, por sus apostolados, por sus servicios en la Iglesia. Y se creen los constructores del mundo. ¡Es que hay que hacer algo por la unidad! ¡Qué vergüenza que los cristianos estén desunidos! Y la única vergüenza que el hombre de fe tiene que tener es su pecado. Adán y Eva se escondieron de Dios, estaban temerosos, sentían vergüenza de sus pecados. Y la Jerarquía de la Iglesia, con Francisco a la cabeza, no tiene ningún temor de Dios. No sienten vergüenzas de sus pecados, sino que se rasgan las vestiduras, como los fariseos, porque los cristianos están separados. En la Iglesia no hay que hacer nada para buscar la unidad. Sólo quitar el maldito pecado. Sólo sentir odio hacia el pecado. Sólo luchar contra el mundo, el demonio y la carne para no pecar. Sólo hay que seguir al Espíritu de la Verdad. Y habrá un solo pastor y un solo rebaño. Pero si no se sigue a este Espíritu, entonces vemos cómo destruye el lobo en la Iglesia.

¡Tan necios son los miembros de la Jerarquía, que han sido instruidos en la Verdad, y en toda la Verdad, y se abrazan a la mentira! ¡Y obedecen a un mentiroso y lo mantienen como Papa! ¿Para qué os sirve tanta teología si sólo vivís para vuestro insensato lenguaje humano? ¿Para qué queréis ser sacerdotes si os empeñáis en anular la Verdad de vuestros sacerdocios? ¿Para qué seguís en vuestros sacerdocios, sin obedecer a la Verdad, y cimentáis el camino de vuestra condenación? ¿No es mejor retirarse y no ser sacerdote para la mentira? ¿No es mejor no obedecer a Francisco que estar dependiendo de las fábulas de la cabeza de un hombre sin ninguna inteligencia? ¿Os regís en vuestros sacerdocios por la insensatez de un mentiroso? ¿Se merece Cristo que aduléis el pensamiento de un idiota? ¿Creéis construir la Iglesia porque habéis puesto a un idiota como jefe de Ella? ¿Acaso la Iglesia se construye con ideas humanas? ¿Acaso se es Papa porque se habla un lenguaje humano? ¿No se es Papa porque se tiene el Espíritu de Pedro? ¿Y dónde está ese Espíritu en Francisco? ¿Francisco habla como Pedro? ¿Habéis cogido las cartas de Pedro y las habéis confrontado con las homilías de Francisco para poder discernir si es verdadero Papa? Os conviene que esté Francisco, un necio vestido de payaso, para hacer vuestro falso ecumenismo.
jesusnosunespiriuz

¿Puede haber unidad en la fe cuando no se aceptan todos los misterios de la fe? ¿Puede haber unidad entre los miembros del Cuerpo de la Iglesia, cuando no se pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia? Francisco no acepta los misterios de la fe: ¿puede haber unidad con él, obediencia a él, sometimiento a él? Y, entonces, Jerarquía de la Iglesia ¿por qué obedecéis a uno que no se somete a los misterios de la fe? Francisco no pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia católica: un hombre que no cree en el Dios católico, ¿puede pertenecer al cuerpo y al alma de la Iglesia? Sabéis que no. Y, entonces, ¿por qué le seguís dando pleitesía y obediencia a un hombre sin la fe católica?

¿Puede haber unidad en la comunión del pan cuando no se cree en el Pan de Vida que ha bajado del Cielo? Jerarquía de la Iglesia, ¿por qué en vuestras misas os unís a la intenciones de un Francisco que no cree en la Eucaristía? ¿Por qué pecáis dando vuestra intención sagrada a un hombre sin Cristo en su corazón, a un hombre que consagra al demonio en cada misa que celebra?

¿Cómo es posible que pueda existir unidad en la Verdad si se corrompe, se manipula y se atropella la Verdad? ¿Cómo es posible obedecer a un hombre, que se sienta en la Silla que no le pertenece, cuando está todo el día manipulando, atropellando, corrompiendo el Evangelio, el Magisterio de la Iglesia y toda la Tradición católica?

La confusión de ideas se acrecienta ante los fieles cuando, desde la misma Iglesia, desde la misma Jerarquía, desde la misma jefatura, desde ese gobierno de herejes, surgen personas, grupos, sacerdotes, fieles, obispos y falsos papas que propician un falso ecumenismo. Vosotros mismos, Jerarquía de la Iglesia, estáis trabajando, con el demonio, para destruir a la Iglesia, para acabar con los sacramentos y para desprestigiar la Palabra Revelada. Vosotros mismos, Jerarquía de la Iglesia, sois culpables de toda la oscuridad que la Iglesia tiene en todos sus miembros. Vosotros, que os gusta llevar el nombre de Jerarquía (sois sacerdotes y Obispos en el sentido nominativo, con la etiqueta del sacerdocio), pero habéis rehusado al Espíritu del sacerdocio. Ya no sabéis para qué sirve ese Espíritu. Ya no sabéis ser sacerdotes de Cristo, sino que os habéis convertido en sacerdotes de un payaso, de un bufón, del Vicario del Anticristo. ¿Y pretendéis que los fieles obedezcan a vuestros pensamientos humanos porque os ponéis como ejemplo de obediencia a un usurpador? ¿Y es que ya no sabéis lo que es la obediencia al verdadero Papa? ¿No sabéis discernir entre un Papa legítimo y un usurpador? ¿Para qué queréis la teología? Para hacer vuestro falso ecumenismo Por vuestra falsedad como sacerdotes, los fieles se pierden en la Iglesia en la confusión de ideas, que nace de vuestros pecados, de vuestra falta de fe, de no tener temor de Dios.

Habéis convertido la mentira en verdad, y la verdad en mentira; y de esta terrible deformación nace la confusión de ideas, que lleva al paganismo y a la incredulidad. ¿No es esto lo que habéis conseguido al poner a un usurpador en el Trono? Habéis convertido la verdad del Primado de Jurisdicción en el Papa Benedicto XVI en la mentira del Primado de honor de Francisco como Obispo. Habéis puesto esta mentira y os habéis inventado el Primado de Honor para el Papa legítimo. Y esto lo habéis hecho por vuestro falso ecumenismo, porque queréis destruir la Iglesia completamente.

Francisco lleva al paganismo y a la incredulidad. Lleva al desequilibrio espiritual, que destruye la conciencia, acaba con la fe y termina con la piedad. Y esto hace que la Iglesia se separe, se aparte de Dios.

Las almas están siendo separadas de Dios por las palabras baratas y blasfemas de hombre que no cree en nada, sólo en sí mismo. Que se ha engreído en el gobierno de su nueva sociedad y se ha creído santo. Cree que lo está haciendo todo muy bien. Cree en su película del falso ecumenismo. Y arrastra a muchos dentro de la Iglesia.

El falso ecumenismo empieza con una falsa predicación, con un concepto errado de la verdad, con unas ideas engañosas y con un deseo de notoriedad egoísta y vanidoso, por parte de una Jerarquía hinchada de orgullo y de todos aquellos que, olvidando la Verdad, se adhieren a la mentira.

Y esto es lo que ha hecho Francisco desde que comenzó a gobernar la iglesia de los malditos, que es la nueva sociedad religiosa que ya ha nacido en la Roma Ramera, Roma que fornica con los pensamientos de todos los hombres porque los ve como una verdad a conquistar. Esa Roma, en donde se ha asentado la Verdad Plena y que, ahora es rechazada por la misma Jerarquía para producir una Torre de Babel. La ciudad de Babel es el símbolo del falso ecumenismo: las mentiras disfrazadas, que es lo que le gusta tanto a Francisco, construyen esa ciudad

El falso ecumenismo es una mezcla del bien con el mal, de la verdad con la mentira, de la virtud con el vicio, del fruto sano con el fruto dañino. Y, en esta mezcla, es imposible que haya hijos de Dios. Es imposible, no sólo la santidad sino incluso la salvación. Nadie se salva en el falso ecumenismo. Por eso, siguiendo a Francisco no hay salvación alguna. Y siguiendo a una Jerarquía que obedece a Francisco tampoco hay salvación.

Sólo hay salvación siguiendo al Espíritu de la Verdad, el cual no puede promover consorcios con la mentira. Dios ayuda a salir del pecado, pero no ama ni el pecado ni al pecador. Dios no mira a otro lado cuando ve un pecado, un error, una injusticia, sino que monta en cólera y despliega toda su Justicia. Y, por eso, a esta iglesia de falsos pastores, que se creen santos y que llaman santos a todos, Dios la va a castigar tan fuerte que todos van a hablar del castigo merecido por ser una Jerarquía de nombre, que le gusta que la llamen Jerarquía, que le gusta vestirse como Jerarquía, pero que está llena de demonios encarnados. Y Francisco es la cabeza de todos ellos.

La herejía del sentimiento en el holocausto

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«Adán, ¿dónde estás? ¿Dónde estás, hombre? ¿Dónde te has metido? En este lugar, memorial de la Shoah, resuena esta pregunta de Dios: Adán, ¿dónde estás? En esta pregunta, está todo el dolor del Padre que ha perdido a su hijo. El Padre conocía el riesgo de la libertad; sabía que el hijo podría perderse…, pero quizás ni siquiera el Padre podía imaginar una caída como ésta, un abismo tan grande. Ese grito: “¿Dónde estás?”, aquí, ante la tragedia inconmensurable del Holocausto, resuena como una voz que se pierde en un abismo sin fondo… Hombre, ¿dónde estás? Ya no te reconozco. ¿Quién eres, hombre? ¿En qué te has convertido? ¿Cómo ha sido capaz de este horror?¿Qué te ha hecho caer tan bajo? ¿No ha sido el polvo de la tierra de que estás hecho? El polvo del suelo es bueno, obra de mis manos. No ha sido el aliento de vida que soplé en tu nariz. Ese soplo viene de Mí, es muy bueno. No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón. ¿Quién te ha corrompido? ¿Quién te ha desfigurado? ¿Quién te ha contagiado la presunción de apropiarte del bien y del mal? ¿Quién te ha convencido de que eres dios? No sólo has torturado y asesinado a tus hermanos, sino que te los has ofrecido en sacrificio a ti mismo, porque te has erigido en dios”. Hoy volvemos a escuchar, aquí, la voz de Dios: Adán, ¿dónde estás? De la tierra se levanta un tímido gemido: ten piedad de nosotros, Señor. A ti, Señor Dios nuestro, la Justicia. Nosotros llevamos la deshonra en el rostro, la vergüenza. Se nos ha venido encima un mal como jamás sucedió bajo el cielo. Señor, escucha nuestra oración, escucha nuestra súplica, sálvanos por tu misericordia. Sálvanos de esta monstruosidad. Señor omnipotente, un alma afligida clama a ti. Escucha, Señor, ten piedad. Hemos pecado contra ti. Tú reinas por siempre. Acuérdate de nosotros en tu misericordia. Danos la gracia de avergonzarnos de lo que, como hombres, hemos sido capaces de hacer, de avergonzarnos de esta máxima idolatría, de haber despreciado y destruido nuestra carne, esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de vida. ¡Nunca más, Señor, nunca más! ‘Adán, ¿dónde estás?’. Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer. Acuérdate de nosotros en tu misericordia”» (Discurso Francisco en el Memorial del Yad Vashem).

Esta son las palabras vacías de verdad de un hombre que se cree que con hablar al sentimiento de los hombres ya es hombre que comprende el dolor de los hombres.

Para quien escuche este discurso y quiera aprender de la maldad de los hombres en el holocausto, no sólo no aprende que se hizo un mal, es decir, un pecado, sino que el alma se turba, se inquieta, al escuchar que ese pecado no es del hombre, sino de un conjunto de hombres, un pecado social, pero no una ofensa contra Dios: «Danos la gracia de avergonzarnos de lo que, como hombres, hemos sido capaces de hacer».

Este es el resumen de todo este discurso que no tiene ninguna verdad. Este hombre no sabe lo que está diciendo. Se pone a hablar y es mejor que calle su boca. Es un discurso que gusta al hombre insensato, pero que desagrada a Dios, porque no se centra en la verdad y habla muchas mentiras.

«En este lugar, memorial de la Shoah, resuena esta pregunta de Dios: Adán, ¿dónde estás?». El pecado de Adán no es el pecado del holocausto judío. Son dos pecados distintos, que nunca se repiten.

El pecado de Adán fue contra la Voluntad de Dios en el Paraíso; fue contra el Plan de Dios para el hombre. Por ese pecado, todo hombre tiene la soberbia en su mente, el orgullo en su corazón y la lujuria en su carne.

El pecado de Adán es uno: su soberbia.

El pecado del holocausto judío es múltiple: soberbia, orgullo y lujuria. Múltiple, porque reúne todos los pecados de las almas que hicieron esa matanza. No es sólo el pecado de un hombre, sino que son los pecados de muchos hombres. No es un pecado social: no es el pecado de muchos hombres. Son los pecados de todos los hombres que hicieron posible ese holocausto.

La culpa de ese holocausto no es del hombre, sino de muchos hombres que pecaron. La culpa del pecado de Adán fue sólo de Adán, no de todos los hombres. Los hombres son inocentes del pecado de Adán, pero culpables porque Adán les transmite, vía generación, su pecado. La culpa de los pecados que se hicieron en el holocausto son sólo de los hombres que pecaron, no de toda la sociedad.

Por tanto, clamar como lo hace Francisco es sólo retórica. Ganas de hablar y de salir por la tv y que le digan qué sentidas palabras las de este hombre.

Y son palabras muy sentimentales, pero llenas de blasfemias. Y la gente no ve las herejías en el sentimiento de este hombre. No capta lo que debe interesarle al hombre: ¿qué dice Francisco cuando habla? ¿qué cosa hay que discernir cuando habla? Si los hombres, escuchando a este falso profeta, se meten en su sentimentalismo herético, entonces quedan cogidos en el error que este hombre predica, en su juego de palabras, en su lenguaje humano, vacío de una verdad y lleno de mentiras, de verdades a medias.

«En esta pregunta, está todo el dolor del Padre que ha perdido a su hijo. El Padre conocía el riesgo de la libertad; sabía que el hijo podría perderse…, pero quizás ni siquiera el Padre podía imaginar una caída como ésta, un abismo tan grande».

¿Tiene dolor el Padre cuando Adán peca? No; no lo tiene. Tiene indignación, ira, cólera ante el pecado de Adán.

¿El Padre ha perdido a su hijo? No lo ha perdido, porque no es su hijo. Es el hombre que el Padre ha creado a Imagen de Su Hijo: el Verbo. Es el Verbo, Su Hijo. Adán ha sido creado por Dios como hijo de Dios, pero en prueba. No lo ha creado con toda la Gracia de ser hijo de Dios. Y, por tanto, Adán podía dejar de ser hijo de Dios por su pecado. Como Adán pecó, Adán se convirtió en un hombre, sin gracia, sin Espíritu. Ya perdió el ser hijo de Dios. Ya era sólo un hombre abierto a la mente del demonio. Un hombre para hacer la obra del demonio. Y, en esa obra demoníaca, el Padre tenía que poner Su Misericordia, en atención a Su Hijo, que debía encarnarse en el hombre.

«pero quizás ni siquiera el Padre podía imaginar una caída como ésta, un abismo tan grande»: Francisco, ¿no sabes lo que dice la teología sobre la ciencia de Dios? Dios lo sabe todo. Dios sabía que Adán iba a pecar. Dios sabía las consecuencias del pecado de Adán. Dios sabía hasta dónde ese pecado iba a transmitirse a los hombres como incentivo para pecar más, para hacer más ofensas a Dios. Dios ha medido la caída de Adán. Adán ni siquiera saber medir su pecado, sus consecuencias, lo que supone para el Plan de Dios. Adán no sabe nada de su pecado. Dios lo sabe todo. Francisco es un hombre que no sabe hablar la verdad. Sólo sabe hacer discursitos para el sentimiento humano, que es lo que le gusta a la gente: que alguien le diga lo que ellos quieren escuchar.

«Hombre, ¿dónde estás? Ya no te reconozco. ¿Quién eres, hombre? ¿En qué te has convertido? ¿Cómo ha sido capaz de este horror?¿Qué te ha hecho caer tan bajo? ¿No ha sido el polvo de la tierra de que estás hecho? El polvo del suelo es bueno, obra de mis manos. No ha sido el aliento de vida que soplé en tu nariz. Ese soplo viene de Mí, es muy bueno. No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón. ¿Quién te ha corrompido? ¿Quién te ha desfigurado? ¿Quién te ha contagiado la presunción de apropiarte del bien y del mal? ¿Quién te ha convencido de que eres dios? No sólo has torturado y asesinado a tus hermanos, sino que te los has ofrecido en sacrificio a ti mismo, porque te has erigido en dios”».

Francisco no responde a estas preguntas, porque no sabe responder. Sólo las dice para crear un efecto entre los hombres, para capturar la mente del hombre hacía lo que va a decir después. Capta la atención, pero calla la Verdad. Y, cuando alguien no dice la Verdad, entonces es un falso profeta, uno que habla para engañar y mentir.

«¿Quién te ha hecho caer tan bajo?» Tu pecado. Esa es la respuesta que un hombre con dos dedos de frente dice. Pero qué cosa habla Francisco: «¿No ha sido el polvo de la tierra de que estás hecho? El polvo del suelo es bueno, obra de mis manos. No ha sido el aliento de vida que soplé en tu nariz. Ese soplo viene de Mí, es muy bueno. No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón». Tamaña barbaridad.

Dios ha creado al hombre del limo de la tierra. Entonces, ¿por qué te preguntas, Francisco, si el polvo de la tierra ha sido la causa del holocausto? Es que, sencillamente, no hay que ni preguntarse eso. Dios es bueno en su obra Creadora. No hay un mal en esa obra. ¿Por qué te diriges a la obra de Dios si Dios no puede pecar? ¿Por qué haces referencia al aliento de vida, que Dios sopló en Adán, si eso es bueno, no es causa del pecado?

«No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón». Entonces, ¿de quién es? Si no sale del corazón del hombre, su pecado, entonces, ¿de dónde sale? Si no sale de la creación divina, entonces, ¿de dónde sale? Francisco, eres oscuro, porque hablas al sentimiento del hombre. No hablas la Verdad, sino que estás dando vueltas a muchas cosas sin pisar la Verdad, sin apoyarte en la Verdad, sin hacer camino en la Verdad, sin marcar el camino al hombre. El abismo del holocausto nace del alma que sigue al demonio en su corazón. Nace del pecado de ese alma.

«¿Quién te ha convencido de que eres dios?» Respuesta. El pecado que cada hombre tiene en su corazón. Y ese pecado viene de la mente del demonio. El hombre se convence que es dios porque escucha en su mente la voz del demonio. La raíz del holocausto: Satanás. Esto es lo que no se atreve a decir Francisco, porque no cree en Satanás; ni por tanto, no puede creer en el pecado como ofensa a Dios, y sólo ve el holocausto como un conjunto de males que muchos hombres hicieron, y que todos los hombres son culpables de ese mal social.

Por eso, Francisco se pone como el salvador: «Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer». Aquí, estoy yo, que he comprendido el misterio del mal en el Paraíso, y que sé medir lo que el hombre ha hecho en el holocausto, y lo llamo vergüenza, porque es la obra del hombre que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Esta es la estupidez de ese hombre. Estas son sus palabras sin sentido. ¿Para qué quieres cargar con la vergüenza del holocausto si no sabes cargar con los pecados de los hombres que obraron ese holocausto? ¿Para qué quieres ponerte como alma víctima ante Dios si no hablas la verdad sobre las víctimas del holocausto?

«Nosotros llevamos la deshonra en el rostro, la vergüenza. Se nos ha venido encima un mal como jamás sucedió bajo el cielo». Y ¿dónde llevas tú esa deshonra? ¿Haces penitencia para expiar el pecado de muchos? ¿O Pones cara de tristeza porque los hombres hicieron un holocausto? ¿O Te llenas la boca de palabras para decir que nunca más los hombres deben hacer eso?

El hombre no lleva la deshonra del pecado de los demás hombres en el rostro. El hombre, ante el pecado de los hombres, lleva en su rostro la justicia de Dios, la ira, la indignación.

El hombre no debe avergonzarse del pecado del otro. El hombre sólo debe tener vergüenza de su propio pecado. Sólo debe mirar su pecado. Sólo debe arrepentirse de su pecado. Sólo debe confesar su pecado. Pero no debe mirar el pecado de los demás hombres. Debe sentir ira y misericordia, pero no vergüenza. Porque el pecado es una ofensa a Dios, no es una ofensa a los hombres. No hay que avergonzarse «de haber despreciado y destruido nuestra carne», y menos de «esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de vida».

El hombre es malo por su pecado. Es lo que no comprende Francisco. Él siempre va a la creación del hombre: «esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de vida». Pero siempre se olvida de que el hombre pecó. Y todo está maldito. Y la carne es carne. Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios, porque pecan. Francisco no puede comprender de dónde nació el pecado de Adán, ni de dónde nació el holocausto. No sabe medir este hecho espiritual en la historia del hombre.

Para Francisco, el holocausto es un hecho social, histórico, en que el hombre hizo un mal. Pero nada más. Hizo un gran mal, por la perfección de su pecado. Pero ese gran mal no es toda la perfección a la que el hombre puede llegar en su pecado. Todavía queda por ver la perfección del pecado en el Anticristo. Ahí es cuando se va a llegar a obrar algo más que un holocausto de seis millones de judíos. Y eso lo hará el pecado de un hombre que se opone a Cristo en todo.

Pero esto Francisco tampoco sabe medirlo porque no cree en nada. Sólo cree en su sentimentalismo barato y eso es lo que predica.

¡División! ¡División! ¡División!: seamos una iglesia dividida

CRISTO CAÍDO CON LA CRUZ A CUESTAS (1698), en la Iglesia de San Ginés de Madrid (España). Esculpido por el italiano Nicola Fumo (c.1645-1725).

CRISTO CAÍDO CON LA CRUZ A CUESTAS (1698), en la Iglesia de San Ginés de Madrid (España). Esculpido por el italiano Nicola Fumo (c.1645-1725).

Benedicto XVI es el último verdadero Papa. Francisco no es Papa y no puede actuar como Papa.

Francisco ha degradado su nuevo y falso papado a la igualdad, o como les gusta en Roma, a la colegialidad de todos los Obispos; un cuerpo Jerárquico, pero sin obediencia a la Verdad, porque se anula la misma Jerarquía.

La idea es destruir la Jerarquía. Y hacerlo muy sutilmente. Es fácil hacerlo cuando los mismos sacerdotes ya no creen en el Calvario, ni en el sacerdocio, ni en la Eucaristía, ni en el Cuerpo ni en la Sangre de Cristo, ni en las manos del sacerdote, ni en lo que es un sacerdote: otro Cristo. Y, entonces, cualquiera puede ser sacerdote; cualquier celebración litúrgica es llamada Misa; cualquiera que se ponga a predicar unas palabras y a hacer unos ritos sobre una mesa, en eso se convierte la fe de muchos.

La idea es meter el concepto de la soberanía popular en la Iglesia: el pueblo es el que tiene la autoridad. El sacerdote es un laico, es uno más del pueblo, que se ocupa de los asuntos del pueblo, pero ya ha dejado de guiar al pueblo hacia la verdad, sino que es uno más que se integra con la gente para luchar por una verdad que no es evangélica, que no viene de Dios, que no tiene la ley divina, que no sigue una norma de moralidad, sino sólo sigue normas o mandamientos humanos.

Ya el sacerdote ha dejado de ser Profeta de la Verdad, para ser actor de la vida de Cristo; uno que interpreta un rol, un papel, para entretener a las masas; uno que hace su teatro, que es su trabajo. Le pagan por eso; su vida social es eso: animar a la gente que sea del mundo y para el mundo.

Cristina Scuccia, monja cismática de la nueva iglesia. Ver video dando click a la foto

Cristina Scuccia, monja cismática de la nueva iglesia. Ver video dando click a la foto

¿No es eso lo que el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, le dijo a la hermana Cristina Scuccia, de 25 años de edad, miembro de las Hermanas Ursulinas de la Sagrada Familia, que apareció en La Voz de Italia, un reality show similar a American Idol o el de Gran Bretaña Got Talent, felicitándola por su triunfo en el mundo del espectáculo: “Cada uno de ustedes debe usar cualquier don que haya recibido para servir a los demás” (1 Pedro 4: 10) ?

Una monja que no ha comprendido lo que es seguir a Cristo, y un Cardenal que ya no entiende lo que es el Evangelio de Cristo y no sabe ser Cabeza de Cristo en la Iglesia, sino que sólo es cabeza de herejes en Ella. Y, por su puesto, los fieles de la Iglesia están encantados con esta monja.

En Roma se acepta la apostasía de la fe. Y eso conduce a un cisma, a una nueva herejía. Y, por tanto, a un tiempo, que no es como lo ha sido siempre, sino absolutamente distinto a otro.

Porque el cisma viene de dentro de la Jerarquía de la Iglesia y se manifiesta en toda la Iglesia. Los culpables: muchos sacerdotes, Obispos, Cardenales.

La Jerarquía Eclesiástica es cismática. La fe se ha agotado. La fe ha caído. La fe se ha perdido. Obispos que ya no creen en la castidad, ni en la infalibilidad papal, ni siquiera en el primado de Pedro; que ya no creen en el infierno, ni en el Purgatorio, ni en el pecado, ni en la Resurrección.

Y son Obispos que están gobernando la Iglesia. Y esos Obispos son los que han elegido a Francisco, un hombre sin fe en Cristo, un hombre que evita los temas morales y doctrinales, para hacer sermones heréticos, que enseñan a pecar, a llenarse la mente de conceptos humanos, políticos, económicos, sociales; pero que no dan un alimento para el espíritu, no llenan el alma de verdad, sino la mente de mentira.

Francisco tiene problemas para poner dos palabras católicas coherentes, juntas, que signifiquen la Verdad del Evangelio; pero no tiene problemas para llenar cuartillas de mentiras, que signifiquen su comunismo, su protestantismo, su idea masónica.

La nueva iglesia de Francisco es dialogar con los cismáticos de todas las religiones, con los hijos de Israel, con los seguidores del Islam, con el paganismo de los hombres que aman sus vidas de pecado.

Francisco se ha destapado a sí mismo como comunista y sincretista. Y, ¿cómo puede ser un hombre así el sucesor de Pedro?

Después del Papa Benedicto XVI, no hay más sucesión en la Silla de Pedro, por vía ordinaria. Hay sucesión por vía extraordinaria.

Hay sólo sucesión de hombres por la vía ordinaria. Hombres que eligen a otros hombres, que se dan así mismos un poder que no lo tienen, que no merecen, que viene sólo de los hombres.

Benedicto XVI estuvo rodeado de enemigos poderosos de Dios; almas ambiciosas de poder y control de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI fue forzado a dejar el Vaticano, y la Iglesia ha entrado en un período de tiempo, el más oscuro, más que en el tiempo de Santa Catalina de Sena, en el que había varios Papas en el poder de la Iglesia.

En aquel tiempo, la Santa indicó quién era el Papa verdadero, y todos le hicieron caso en la Iglesia; pero, en este tiempo, nadie atiende a la Verdad, y todos siguen a un impostor como si fuera el verdadero Papa. Nadie se pregunta si ese personaje es verdadero Papa. Nadie de entre la Jerarquía, que es lo que importa. Si la Jerarquía sigue a un impostor, todos los demás en la Iglesia lo siguen. Por eso, la gran oscuridad reina sobre toda la Iglesia.

El trono de Pedro ha sido robado por Francisco, pero no ha podido robar el Poder Divino que tiene ese Trono.

La Autoridad Divina descansa sólo en el Papa Benedicto XVI. Su renuncia al Papado no significa que Dios le haya quitado el Poder que le ha dado por ser Papa. Su renuncia es sólo su pecado. Benedicto XVI ha caído, se apartó de la Verdad. Y, ahora, un impostor grita, sentado en la Silla de Pedro, habla con su palabra orgullosa para proclamar su solución para unir a todas las iglesias como una sola. Y lo hace con una autoridad humana dentro de la Iglesia. Una autoridad que, en la Iglesia, no tiene ningún valor, porque Ella es divina y sólo posee un Poder Divino. Y, por eso, a Francisco no se le puede obedecer ni siquiera como a un gobernante malo en la Iglesia –como se hace en el mundo-, porque su poder es humano, no viene de Dios. En la Iglesia, no se da la autoridad humana, no hay poderes humanos.

Cayó el Papa Benedicto XVI: ha caído el poder divino. Francisco es sólo un hombre, aclamado como un innovador moderno, como un reformista, aplaudido por el mundo y por muchos católicos que ya no creen en la Verdad, porque consiente el pecado, porque anula la ley natural, la ley divina, porque no quiere moralidad en su doctrina, en su iglesia; sólo quiere lo propio de un comunista: tener poder absoluto sobre las masas, dándoles lo que la gente quiere escuchar, -para engañarles-, y hacer que los hombres se sometan a su palabra barata y blasfema; y vivan, en sus vidas, una gran mentira.

Francisco es claro quién es él: hijo de Satanás, un demonio, una encarnación del demonio.

Y la Jerarquía, ¿qué ve en Francisco?

El sacerdote Helmut Schüller, párroco y capellán en una universidad alemana, dice: “El papa establece claras señales para una ruptura reformista de la Iglesia, pero entre los obispos impera la espera, con consecuencias fatales para las parroquias”.

Un sacerdote que pide, entre otras cosas, la ordenación de las mujeres y de las personas casadas, el que hombres y mujeres laicos preparados, solteros o casados, puedan oficiar misa y dirigir iglesias carentes de párroco, permitir que los divorciados puedan volver a contraer un segundo matrimonio religioso y que los protestantes puedan recibir la comunión. Pero que está descontento con Francisco porque no hace nada.

Francisco es un Caballo de Troya, que pasa como un Papa progre, pero que no toma decisiones importantes para ir haciendo una iglesia más abierta, menos dogmática, menos moralista. No destruye dogmas.

Francisco vende un producto que la gente necesita escuchar y, por eso, la gente desconfía. La gente con inteligencia no quiere a Francisco, porque nada más que habla, pero no actúa. La masa, que no piensa, le gusta Francisco; pero al intelectual, Francisco es uno más del montón. No puede abrir camino.

La gente quiere ver que Francisco se deja de palabras y vende el Vaticano a trozos, da el beneficio a los pobres y él se va a vivir a una choza. Esto es lo que la gente quiere ver: obras, no palabras baratas.

Francisco ha puesto la lucha de clases dentro de la Iglesia.

Los fieles ven a la Jerarquía como indeseable en el poder de la Iglesia; la ven con temor a perder el poder que poseen, porque ven a un Francisco que se ocupa de los pobres, de los marginados, de los afligidos y, por tanto, no se ocupa de gobernar la Iglesia.

Éste es el engaño en muchos que siguen a Francisco. No lo ven ávido de poder. Y, Francisco, es el hombre más ambicioso por el poder.

Muchos no han comprendido el lenguaje de Francisco, y creen que porque se muestra humilde y pobre, porque se ocupa de dar de comer a los hambrientos, entonces Francisco no le interesa el poder en la Iglesia.

Francisco ha subido al Trono de Pedro sólo por el poder humano, para tener poder entre los hombres. A él le encanta estar ahí, que lo vean todos, que lo aplaudan todos, que lo miren; salir en los medios de comunicación y, por supuesto, no quiere dejar el poder. Y da a los tontos que le siguen lo que ellos quieren escuchar: hay que hacer una iglesia para los pobres, hay que ocuparse de los marginados, hay que quitar la hambruna del mundo, hay que ser muy humanos, muy naturales, muy carnales, muy del mundo.

Esto es lo que le gusta escuchar a todo el mundo. Por eso, hay tantos sacerdotes, monjas, religiosos, que se les cae la baba con Francisco. Ven el camino de ser muy humanos con Francisco. No ven la barrera que todos los Papas han puesto al humanismo en la Iglesia.

Y Francisco sabe cómo son las cosas en la Iglesia. Sabe que la Jerarquía tiene una obediencia y que no puede dejarla así porque sí, porque a los fieles les guste más Francisco que los demás.

La Jerarquía de la Iglesia está que trina con Francisco, porque Francisco es muy mal gobernante. Es sólo un bocazas, que habla muchas cosas y no hace nada de nada. Promete a todo el mundo, y todo se queda igual. Y, claro, viene el problema, que la gente no sabe, no se da cuenta.

La gente critica a la Jerarquía porque ama el poder, porque no quiere dejar el poder. ¡Y es que no se puede dejar! Jesús ha hecho Su Iglesia Jerárquica, con un gobierno monárquico, absoluto, de una sola cabeza. ¡De una sola!

Francisco se ha cargado esta sola cabeza, y se ha metido en un grave problema. Porque ve la revuelta del pueblo, de los fieles, contra la Jerarquía. Ve el descontento de los fieles con todos esos sacerdotes y Obispos que están en la Iglesia con un poder, para gobernar; que siguen unos dogmas, unas verdades y que no pueden dejarlas.

Y Francisco se dedica a su palabra barata, a estar con la gente, a decir cosas que enervan los espíritus, y entonces, cae en un gravísimo error: tener una Jerarquía que ya no le sirve para gobernar nada porque la gente quiere una iglesia sin gobierno, sin jerarquía; que los sacerdotes y Obispos sean laicos y se dediquen a otras cosas, a unos sacramentos laicales, más humanos, más de la tierra.

La gente quiere ahora sacerdotes, Obispos, que sean como Francisco: que no juzguen a nadie; que no den importancia al pecado, al aborto y a tanta disciplina como hay en la Iglesia.

Ésta es la división que hay en la Iglesia con Francisco. ¡División! O estás con Francisco y eres de la Iglesia. O no estás con Francisco y eres un tradicionalista, fariseo, hipócrita, lobo vestido de piel de oveja, porque no eres pobre, no te ocupas del marginado, sino que estás hambriento de tus dogmas, de tus verdades, de tu ley divina, de tu ley moral; y a la gente hay que llenarle el estómago.

Este es el pensamiento de muchos católicos. Y de muchos que son sacerdotes, Obispos, religiosos. ¡Lucha de clases! ¡Comunismo es lo que hay en la Iglesia! ¡Y ponen el nombre de Jesús por delante! Es que Jesús era pobre, se hizo pobre, estuvo con los pobres. Y ahora la libertad está en ser pobres. ¡Para ser libres hay que ser pobres!

Esto es lo que se está escuchando en la Iglesia Católica; esto está en la boca de muchos sacerdotes y religiosos; de gente consagrada que ya perdió el norte de la Verdad, el norte de la fe.

Para ser libres sólo hay que someter la razón a la Verdad, que es Cristo: obedecer a Dios. ¡Esto es lo que nadie sigue! Y, claro, comienzan a hacer su comunismo, a buscar el bien común, la ideología común. Y, claro, como a nadie le gusta obedecer, todos quieren ser pobres, porque es más cómodo para la vida humana. Se puede aparentar exteriormente la pobreza, pero ocultar la soberbia, eso no es nada fácil.

¡Cuántos católicos orgullosos hay en la Iglesia! Se dedican a criticarlo todo, a menospreciarlo todo, y a poner su interés humano por encima de la ley de Dios, de la norma de moralidad.

Francisco tiene un problemón en su gobierno. Y, por eso, tiene que marcharse, porque no es inteligente en el gobierno. Se ha dedicado a su palabra barata y blasfema; pero no se ha dedicado a lo que predica todos los días. No puede obrar lo que predica: su herejía. Para obrarla, tiene que quitar todos los dogmas en la Iglesia. Y él no tiene cabeza para eso. Él sólo tiene lengua larga y barata. Y a la Jerarquía intelectual le sobra la lengua. No quiere un gobernante de lengua, sino de manos.

Por eso, la crisis interna del gobierno horizontal es lo que nadie ve, nadie atiende. ¡Hay una guerra de poder en ese gobierno! Todos ellos son cismáticos. ¡Todos!. Pero no pueden obrar su cisma como ellos lo viven. Tienen que hacer como Francisco: dar largas, hablar de muchas cosas y no hacer nada. Y eso crea un ambiente muy raro en toda la Iglesia. Porque hay que romper con el dogma, pero no se sabe la forma. Porque, claro, hay oposición en la Iglesia. La Iglesia vive de unos dogmas. Y eso no se puede quitar por el capricho de unos fieles que no creen en Jesús y que sólo lo ven como laico, no como sacerdote. Y, claro, les gusta Francisco, porque no es sacerdote, no tiene el espíritu del sacerdocio; es un laico más, que se viste de sacerdote; pero le importa un rábano el sacerdocio de Cristo.

Ven a un Francisco que, para ellos, sabe interpretar el Evangelio, y ven a una Jerarquía, anclada en sus dogmas, y entonces, viene la lucha de clases. Y Francisco tiene que parar esa lucha de clases. Los fieles en la Iglesia se están rebelando contra la misma Jerarquía. Y eso es la culpa de Francisco. Eso es la división que Francisco ha metido en la Iglesia. Esto se llama cisma.

Un gobernante malo hace lo de Francisco: se dedica a denunciar los abusos de poder, se dedica a criticarlo todo, se dedica a no dar soluciones concretas a nada. A hablar, hablar, hablar. A dar gusto a los oídos de la gente, pero no a obrar lo que vive.

¿Qué es lo que ha dicho a la mafia?

“El poder y el dinero que tenéis ahora por muchos negocios sucios, por crímenes mafiosos, está lleno de sangre” (Francisco, 20 de marzo).

Esto se llama política, porque se basa en su pensamiento protestante: “El deseo que tengo es el de compartir con ustedes una esperanza, y es ésta: que lentamente el sentido de responsabilidad venza sobre la corrupción, en todas partes del mundo… Y esto debe partir desde dentro, de las consciencias, y de allí resanar, resanar los comportamientos, las relaciones, las elecciones, el tejido social, de tal forma que la justicia gane espacio, crezca, se radique, y tome el lugar de la iniquidad” (Francisco, 20 de marzo).

De la propia conciencia viene la libertad, viene la sanación; del interior del hombre. Francisco no habla del pecado, sino de la conciencia de un mal que se hace. Y, entonces, critica a los mafiosos, no les enseña la verdad de su pecado; sino que habla como un comunista que quiere darles una moralina a los mafiosos. Esto es un gobernante malo. Esto enerva más a los mafiosos.

Así está toda la Iglesia: en una gran oscuridad. Y esto no tiene remedio. Las cosas van a peor. Francisco tiene que marcharse, pero viene otro peor que él. Viene el que le gusta a la gente intelectual: el que obra lo que habla su boca mentirosa.

Francisco cerca a la Iglesia con el protestantismo

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“¿Y quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn 4, 5).

La fe es confesar que Jesús es el Hijo de Dios. Para Francisco, “la fe es confesar a Dios, pero al Dios que se ha revelado a nosotros, desde el tiempo de nuestros padres hasta ahora; al Dios de la historia” (10 de enero).

No dice eso el Evangelio del día. La fe no es confesar a Dios. El budista, el judío, el protestante, el calvinista, el masón, el musulman, cada hombre en el mundo confiesa a dios, a su dios, el que sea. Pero el católico confiesa a Jesucristo, como Hijo de Dios, como Hijo del Padre. Y, por tanto, también, en el Hijo, confiesa al Padre, que ha engendrado a Su Hijo en el Espíritu. Y, al confesar a Jesús, como Hijo de Dios, también está confesando al Espíritu. En Jesús está toda la Trinidad, que se ha Revelado en Sí Misma. El Dios que creemos es el Dios de la Revelación. No es el Dios de la historia.

Cuando Francisco habla así, está indicando la doctrina protestante sobre Dios. Para el protestante Dios se revela en la historia, pero no en Sí Mismo. Y, por tanto, en la historia de los hombres, Dios va dando Su Palabra y esa Palabra va haciendo la vida de cada hombre.

Por eso, para Lutero es el Evangelio el que crea a la Iglesia, no es la Iglesia la que enseña a interpretar el Evangelio; es lo que dice Jesús, que es la Palabra de Dios encarnada, la autoridad final para ver si algo es cierto o no.

Jesús va dando pautas de lo que debe ser la vida. Y, por eso, el hombre, en su historia, tiene que leer el Evangelio y aplicarlo a su vida particular. Dios se revela en la historia de cada uno, pero Dios no se revela en Sí Mismo. Conocemos a Dios por la historia de los hombres, pero no en Sí Mismo. Por eso, el génesis es un mito para muchos, porque no se dan datos históricos, sino hechos que deben ser interpretados según la mitología o las creencias antiguas. En el Génesis no se ve a Dios en Sí Mismo. Dios empieza a verse en Abraham, pero no antes.

Y, entonces se cae en el error de la historia: poner la vida espiritual en lo que hacen o piensan los hombres. Y esa es la fe que predica Francisco, una fe llena del pensamiento luterano, protestante. Y, por eso, en Francisco está la libre interpretación de la Sagrada Escritura. Se apoya en el Evangelio y, de ahí, saca su idea humana. Ya no se apoya ni en la Tradición, ni en el Magisterio de la Iglesia, ni en el Dios que se revela, porque todo eso pasa con el tiempo. La Palabra de Dios es lo que importa. Pero hay que interpretarla según el tiempo histórico de cada uno, según la mente de cada uno, según su cultura o su ciencia o su filosofía de la vida.

Entonces, Francisco, en esta homilía quiere explicar qué significa eso de que la victoria que haya vencido al mundo sea nuestra fe.

Y, como siempre, mete su herejía, no sólo una mentira, sino algo que va en contra del dogma: “este «permanecer en el amor» de Dios es obra del Espíritu Santo y de nuestra fe y produce un efecto concreto: Quienquiera permanece en Dios, todos han sido generados por Dios, el que permanece en el amor vence al mundo y la victoria es nuestra fe”.

Todos han sido generados por Dios: ésta es su herejía. Como Jesús, con su muerte y su resurrección nos ha salvado, entonces todos salvados. Quien cree en esto, se salva. Quien cree que Jesús le ha salvado, se salva. Jesús ha dado la salvación a todos gratuitamente. Luego, todos salvados. Sólo hay que creer. Esto es puro protestantismo.

El Evangelio es muy claro: “Conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros en que nos dio Su Espíritu” (v. 13). Permanecemos en Dios porque hemos recibido de Su Espíritu, no porque todos hemos sido generados por Dios. Son dos cosas muy diferentes.

“Todo el que ama es nacido de Dios” (v.7). Hay muchos hombre que no aman, porque no han nacido de Dios, no son generados por Dios.

Francisco se basa en esta herejía, clara herejía, para construir una mentira, una homilía totalmente anticatólica y anticristiana.

Como todos han sido generados por Dios, entonces todos vencen al mundo. Pero, ¿por qué no lo vencen? Porque “la Iglesia está llena de cristianos vencidos, cristianos convencidos a medias”. ¿Han percibido su odio contra toda la Iglesia en estas palabras? ¿Ven la mentira que encierran estas palabras?

La Iglesia está llena de almas que no creen en Jesús, porque creen en las cosas del mundo. Y, por tanto, no tienen fe en Jesús, como Hijo de Dios. Tienen fe en el Jesús de la historia, en el Jesús que han aprendido en un libro, en el Jesús que alguien le ha enseñado. Pero no tienen fe en Jesús. Creen en Dios, creen en Jesús, creen en muchas cosas, pero a su manera humana. Y no creen en Jesús sólo por una razón: porque viven en su pecado: “El que no ama no conoce a Dios” (v. 8). El que no ama es el que vive su pecado. Éste no tiene el conocimiento de Dios, que viene por fe.

Pero. ¿qué es lo que dice Francisco? Porque eres un cristiano vencido, derrotado, que no crees que la fe es victoria, entonces nada puedes: “Pero la Iglesia está llena de cristianos vencidos, que no creen en esto, que la fe es victoria; que no viven esta fe, porque si no se vive esta fe, está la derrota y vence el mundo”. Para Francisco, hay que creer que la fe es victoria: “De nuestra parte, está la fe. ¡Es fuerte! Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria! Y esto sería bello que lo repitiéramos, también a nosotros, porque tantas veces somos cristianos derrotados”.

La fe no es creer que Jesús es el Hijo de Dios. No. La fe es algo que está dentro de nosotros mismos: “De nuestra parte, está la fe”. Ya no es un don de Dios. Es un esfuerzo humano. Y, como ese esfuerzo en muchos es débil, por eso no tienen fe. Tiene que ser fuerte: “¡Es fuerte! Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria!”.

Nuestra fe puede todo. Nuestra fe. No la fe en que Jesús es el Hijo de Dios.No. Nuestra fe. Como la Iglesia no cree que la fe es victoria, por eso está llena de derrotados. ¿Ven la maldad?

Y esto viene sólo por decir su herejía: Todos han sido generados por Dios. Luego, todos tienen que tener esta fe fuerte. Todos. Porque el Espíritu ya ha hecho su obra en todos. El problema está en el hombre, que no cree en esta fe. El hombre tiene que hacer su obra, poner de su parte. Y, por tanto, el problema no está en el pecado del hombre, sino en el hombre que no es fuerte, que vive derrotado, vive vencido.que no pone de su parte, no pone el esfuerzo humano para tener fe.

Y esto le lleva a decir que, como no existe el pecado, sino el esfuerzo de cada hombre por creer, entonces, tampoco existe la gracia divina. El hombre, por tanto, se salva por sí mismo, por su fe, porque cree en la Palabra de Dios. Y esa fe es fuerte. Es tan fuerte que siempre cree, que nunca es débil, nunca el hombre cae en el piso derrotado: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria!. ¿Ven? Se niega la gracia de Dios. Todo está en el hombre. El hombre se salva por su fe. Esto es lo que decía Lutero: la fe fiducial. Y esto lo que predica ese hereje.

“La Iglesia está llena de cristianos vencidos” = la Iglesia está llena de gente que no cree en sus propias fuerzas humanas. Éste es el odio de Francisco a la Iglesia. Francisco quiere llevar a las almas al cerco del Protestantismo. Es un lobo vestido de piel de oveja: usa la Palabra de Dios, cambiándola el sentido para adaptarla a sus necesidades, a donde él quiere llevar su homilía. La Iglesia ya no tiene que vivir siendo fiel a la Gracia, sino siendo fiel a su esfuerzo humano. Es la Gracia la que da la fuerza al hombre. Pero dice Francisco: no.Si está en el piso, derrotado, es que no has hecho el suficiente esfuerzo humano para tener esa fe fuerte en sí misma, porque ya el Espíritu te ha hecho hijo de Dios. Ya puedes tener esa fe fuerte. ¿Y el pecado, dónde lo metemos? Sólo es un problema de conciencia. Eso no daña el ser hijo de Dios.

Francisco siempre quiere, en toda homilía, dar una mentira. Cuando la ofrece, vuelve a lo de siempre. Por eso, muchas veces sus homilías no se comprenden. Comienza por una cosa y termina por otra, que no tiene nada que ver, como en ésta: “¿Y cómo puedo saber si confieso bien la fe? Hay un signo: quien confiesa bien la fe, y toda la fe, tiene la capacidad de adorar, adorar a Dios”. El evangelio no habla para nada de la adoración a Dios. Francisco lo mete porque ya ha terminado de decir su mentira. Y esa mentira le lleva a este absurdo: quien confiesa toda la fe tiene la capacidad de adorar a Dios. Es un absurdo, pero Francisco no sabe completar su idea del principio. No sabe hilar los pensamientos, porque no van con la Verdad. Es una verdad y una mentira. Otra verdad y otra mentira. Y eso tiene que romper la lógica del pensamiento y caer en absurdos, porque no se sabe cómo hilar, cómo acabar, como conectar una idea con otra. Y así, siguiendo su juego de palabras, llega a la confianza en Dios.

Nunca Francisco va hacer una homilía digna, porque es protestante. Va a lo suyo en cada homilía. A lo que salga. Y, entonces, dice estas barbaridades que deja claro lo que es su alma: es un demonio travestido que conduce a las fuentes de Satanás. Es un homosexual vestido de sacerdote del demonio. Su espiritualidad es amanerada, sensiblera, acomodada a los placeres de los hombres, pero nunca recia, viril, de un hombre de Dios, sino de un hijo del diablo.

Francisco usa lenguajes sabios y muchos gestos del mundo para que todos oigan y vean cuan santo y bueno es, pero da la doctrina más pura del demonio: el protestantismo. A Francisco le importa muy poco la Verdad; sólo le interesa el lenguaje a emplear: qué frases, qué giros, qué tonos hay que usar para decir lo que hay que decir. Y no importa la Verdad, porque no la persigue, ya que no la comprende.

Francisco tiene el mismo problema que Lutero: no comprendía muchos libros de la Biblia porque no percibía a Jesús en ellos. Como su mente quería leer la Biblia según sus ideas humanas, razones, sentimientos, entonces no podía captar la Verdad, que es Jesús. Pues, lo mismo le pasa a Francisco: como su mente no puede entender que Jesús haga milagros, como no puede comprender que Jesús sea un Espíritu, como sólo ve que Jesús nos ha salvado a todos y, por tanto, todos vamos al cielo, por que sí, entonces, cae siempre en el error y en la herejía.

Francisco persigue un proyecto mortífero, que es su evangelio de la fraternidad, que anula el Evangelio de Cristo: en nombre de la libertad religiosa y del Ecumenismo hay que abrirse a los hombres del mundo a todas las religiones, sin que éstas quiten sus errores, sino que la Iglesia se abaje de la Verdad para abrazar los errores de todos.

En nombre de fraternidad, se construye en Roma esa iglesia. Es lo que propone Francisco en su evangelii gaudium. Es sólo esto. No es más.

Francisco no es digno de estar sentado en la Silla de Pedro, porque su espíritu es el de un protestante y lleva a toda la Iglesia hacia lo mismo de Lutero: peca fuertemente y te salvarás. Hay que estar en la Iglesia con los pecados, cargados con ellos y, por tanto, hay que ser santos dando de comer a los pobres. Eso es imitar a Cristo. Así Francisco condena a tantas almas, con su prosa bonita, con su lenguaje hermoso, que esconde herejía tras herejía.

Una Iglesia sumergida en el error

Jesus Rey

La Iglesia se halla sumergida en el error, acogido y propagado por muchos, desconociendo la Verdad del Evangelio: “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vivir todavía en él?” (Rm 6, 2).

Las tinieblas del pecado han descendido sobre la Iglesia porque vive en el pecado. Jesús ha dado muerte al pecado con Su Muerte, pero muchos siguen viviendo según la carne y, por tanto, “no pueden agradar a Dios” (Rm 8, 8). Sólo los que “son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8, 14) y, por tanto, no viven según la carne, sino que son de Cristo.

Cristo no pertenece al mundo, Cristo no da la alegría del mundo, sino al Espíritu de Dios. Cristo no vino al mundo para dejar al hombre en sus pensamientos humanos, en sus vidas humanas, en sus obras humanas, sino que vino para darle una nueva Vida, que no es de este mundo, que no se puede encontrar en este mundo, porque es un don de Dios.

Pero hay que ganarse ese don de Dios luchando contra el pecado, que impide que se manifieste el Espíritu de Dios en el hombre. Y, en consecuencia, impide la verdadera alegría en el corazón.

Hay que arrancar de sí las raíces del pecado, que son las vestiduras del hombre viejo, para poder vestirse del hombre nuevo, del Nuevo Adán, que quiere asumir toda carne y llevarla a la Gloria de Dios.

Pero si los hombres desechan la Palabra de Dios, que es el camino para salvar y santificar al hombre, entonces Cristo no puede habitar en los corazones de los hombres y sus vidas se pierden sólo en las oscuridades del mundo.

Si el mundo está pervertido por el pecado, va a alcanzar la máxima perversión por la apostasía de la Iglesia, porque un gran mal significa para el mundo que un hereje esté sentado en la Silla de Pedro.

Si en la Iglesia primitiva, los gentiles obtuvieron la salvación por el pecado de los judíos: “su reprobación es reconciliación del mundo” (Rom 11, 14), ¿qué será del mundo, del pueblo gentil, ahora que la Iglesia vuelve la espalda a Su Salvador? ¿Qué castigo no vendrá al mundo y a la Iglesia?

En la Iglesia primitiva había fe en la Palabra para transformar los corazones de los hombres sin Dios. Las almas creían sencillamente en el Evangelio y daban testimonio de la Verdad con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos.

Pero en la Iglesia del siglo XXI, las almas carecen de fe en la Palabra de Dios y han vuelto a lo de antes, a lo que los fariseos vivían y obraban: en las promesas de un Mesías terreno, temporal, humano. Hoy se busca en la Iglesia el Paraíso en la tierra, la felicidad en la tierra, a un Mesías, a un rey, a un hombre que dé palabras de apoyo, de confianza, de seguridad en las cosas materiales, en lo humano de la vida.

Las almas han perdido el objeto de la fe: a Cristo. Ya no miran la Vida que Cristo ofrece en cada Eucaristía, sino que andan mirando sus vidas humanas y buscando un camino para ser feliz en esas vidas de hombre.

Las almas en la Iglesia prefieren a un gobernante que les hable de forma bella, agradable, que se ocupe de los asuntos del mundo, que a un gobernante que les diga la Verdad.

No quieren escuchar la Verdad, pero sí quieren acoger la mentira como verdad. Están dispuestos a morir por la mentira de sus vidas y a enseñar esas mentiras a otros en la Iglesia. Y eso da lugar a que se extienda la apostasía como una mancha de aceite hasta que llegue a su culmen.

Cristo ha abandonado a Su Iglesia. Cristo calla ahora en Su Iglesia. No se manifiesta por su Jerarquía, que debe ser la Voz de Cristo en la Iglesia. Y eso es un castigo para toda la Iglesia. Porque la Iglesia es lo que son sus primicias: “si las primicias son santas, también la masa; si la raíz es santa, también las ramas” (Rm 11, 16).

Y la Jerarquía de la Iglesia no es santa, sino pecadora, pervertida, corrupta. Por lo tanto, también la masa, también el Cuerpo de Cristo está lleno de pecadores, de perversión y de corrupción. Y, donde reina el pecado, no reina Cristo. Donde se comulga con la mentira no puede haber unión con la Verdad. Donde se obedece al error es imposible vivir la libertad de los hijos de Dios.

Cristo calla en Su Jerarquía porque ésta mira el pecado como solución para la vida de la Iglesia en muchos. Pero Cristo no calla en las almas de la Iglesia, porque cada alma ha sido redimida por la sangre de Cristo. Y, por lo tanto, Cristo guía, ahora, a su Iglesia desde el Cielo. Él solo, sin necesidad de hablar por ninguna cabeza en Su Iglesia.

Porque quien ha jubilado al Papa Benedicto XVI también ha jubilado la Voz de Cristo en la Iglesia.

Quien haya hecho renunciar al Papa Benedicto XVI al Papado, también ha hecho renunciar la Voz de Cristo en la Iglesia.

Si no hay Cabeza en la Iglesia, Cristo calla en toda cabeza de la Iglesia. Pero no puede callar en sus almas. Por eso, ahora sólo hay que hacer caso, en la Iglesia, a los profetas de Dios. Sólo a ellos. A los demás, ni caso.

Lo que haga Francisco y los suyos: ni caso. No hay obediencia a un judas en la Iglesia. Se obedece a Cristo, no a uno que parece de Cristo en su semblante exterior, pero sus obras son las de un anticristo.

El negocio de la Iglesia es la salvación de las almas. Quien quiera poner el negocio de la Iglesia en quitar la hambruna de los pobres del mundo, ése es del anticristo. Ése es un judas. Tiene el mismo pensamiento de Judas: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trecientos denarios y se dio a los pobres? Esto lo decía no por amor a los pobres, sino porque era ladrón” (Jn 12, 6). Francisco el ladrón del dinero, el que roba el dinero en la Iglesia.

“Pero, hombre, ¿quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros? Mira de guardaros de toda avaricia, porque, aunque se tenga mucho no está la vida en la hacienda” (Lc 12, 14).

La vida de la Iglesia no está en pedir dinero a los ricos del mundo para quitar la hambruna de los pobres. La vida de la Iglesia está en caminar detrás de las huellas ensangrentadas de Cristo para subir al Calvario, con Él, y alcanzar la Vida Eterna.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia no sigue a Cristo, no sube al Calvario, sino que mira, de nuevo a Cristo, para juzgarle y crucificarle en cada miembro de la Iglesia. Porque esto es lo que significa la apostasía de la fe: andar por el camino de la rebelión contra Dios, de la idolatría, de la blasfemia, de la impiedad, pervirtiendo todo en la Iglesia, anulando toda Verdad en la Iglesia, aniquilando la Vida de Cristo en la Iglesia.

Y, por tanto, persiguiendo a aquellos que siguen la doctrina de Cristo, que siguen los dogmas de siempre, que no negocian con la Verdad de la Iglesia.

No se puede negociar con los dones de Dios, con los tesoros divinos, con las gracias divinas, con los misterios de Dios, porque no pertenecen a nadie. Sólo a Dios. Los hombres son sus administradores. Pero si los hombres se pervierten, esos dones vuelven a Dios, no quedan entre los hombres. Por tanto, que nadie se engañe cuando le ofrezcan un evangelio lleno de felicidad, que dicen que es de Cristo, pero que es sólo la perversión de su mente humana.

Quien no vive a Cristo en su corazón, pierde los dones de Dios y sólo ofrece en la Iglesia lo adulterado de su pensamiento. Y lo ofrece como una mentira encubierta, maquillada de verdad.

Por eso, hay que combatir la doctrina de Francisco, porque no es la de Cristo en la Iglesia. Es la doctrina de un pervertido, de un amanerado, de uno que se ha olvidado de mirar los dones de Cristo, para observar los regalos que los hombres le hacen.

Hoy Francisco da a la Iglesia la Resurrección, pero olvidando el drama del Calvario, dejando el sufrimiento como una calamidad en la vida, pero no como camino de salvación. Muchos creen que el Nuevo Testamento es sólo alegría, diversión, la búsqueda de nuevos horizontes, porque Dios ya lo perdonó todo. No quieren oír hablar de castigos ni de profetas que anuncian tiempos difíciles.

Hoy no se quiere hablar de la muerte en la Iglesia, ni del infierno, ni del purgatorio, porque no hay que asustar a la gente, no hay que tener miedo, hay que dar el amor en la Iglesia, no hay que atemorizar con los castigos. Esto es lo que mucha gente saca de la doctrina de Francisco: todo es Misericordia. Dios todo lo perdona, Dios todo lo aguanta, Dios es bueno con todos. Y, por tanto, seamos santos con nuestros pecados en la Iglesia.

Francisco presenta un evangelio amable, cariñoso, de besos y de abrazos, de que todo va bien en todas partes, de que existe la esperanza para todos los hombres, de que todos se salvan, ninguno se va al infierno, porque lo dice Francisco, lo predica Francisco. Ha hablado el maestro de los tontos en la Iglesia: Francisco. Ha hablado el engañabobos en la Iglesia: Francisco.

Francisco habla de la necesidad de la alegría, pero no habla de la necesidad de ver el pecado para estar alegres en Dios. Francisco presenta una alegría humana, superficial, que le gusta a todos los hombres, pero que no es la alegría del Evangelio. Es la alegría de los que van bailando, corriendo al infierno.

Francisco dice que la humanidad está enferma de fraternidad y no ve que la enfermedad del hombre es el pecado. No pone el dedo en la llaga, porque sólo quiere ser hombre amable con los hombres. Sólo quiere decirles a los hombres: ¡qué bueno es la vida! ¡qué bello es vivir! Pero no le da al hombre la solución de su enfermedad: que es quitar su pecado, luchar contra su pecado, meter su vida humana en el desierto de todo lo humano para vivir a Cristo en su corazón.

Esto no lo enseña Francisco porque no lo vive. Él vive su estúpida vida. Y hace que los demás lo imiten, viviendo sus estúpidas vidas en la Iglesia, llamado a todo fraternidad, cuando habría que llamarlo todo engendro demoniaco.

Francisco quiere una Iglesia mundana, pero no quiere la santidad, que es crucifixión del mundo. Quiere aferrarse a su vida mundana, pero no puede acogerse a la Verdad de Cristo, a la vida divina que Cristo le ofrece en un camino de Cruz, de desprendimiento de todo lo humano. Él no puede comprender esto. Por eso, cuelga de su cuello una cruz con un cristo con los brazos cruzados, porque ya no hay que crucificarse, sufrir, ya que Cristo ha sufrido por todos. Ahora, a descansar en la vida: a comer, a ser felices, a ganar dinero y a morir contentos, que todos nos salvamos, que ya cristo negoció la salvación de todos los hombres y al Cielo sin sufrir más en la vida, con los sufrimientos que cada cual tenga en su vida. Esto es su mente. Esto es lo que piensan muchos en la Iglesia: esta espiritualidad cómoda, acomodada a la vida humana, que sólo pone la mira en los problemas de los hombres para vivir solucionando problemas humanos. Y eso da felicidad al hombre.

Por eso, a Francisco no le gustan los profetas. No puede con ellos, porque los Profetas ponen verde a Francisco, lo niegan como Vicario de Cristo, y le dan el nombre de falso profeta.

Pero, como Francisco se cree sabio, como él se que cree más que todos los profetas, él hace como los falsos profetas: habla en contra de la Verdad para decir sus mentiras en la Iglesia. Y así tapa a los profetas.

Francisco nunca va a escuchar a un Profeta, porque no cree en el Espíritu de Profecía. Sólo cree en su mente humana. Sólo habla en la Iglesia lo que se inventa su mente humana. Sólo sale de su boca la arrogancia de su mente humana.

Y los que los siguen, los que hacen coro a su estupidez doctrinal, son los que se niegan a reconocer la Verdad en la Iglesia, que son muchos, porque sólo quieren vivir felices en el mundo y en sus vidas.

La Iglesia ha perdido la fe en la Palabra de Dios. Por eso, lo que viene a la Iglesia no es nada bueno. Y el mismo Francisco tendrá que callar su boca ante la maldad que va a contemplar en la Iglesia, en esa iglesia que él quiere de la alegría y del bienestar.

El gobierno horizontal inició el cisma en la Iglesia

La obra del demonio en la Iglesia está definida sólo por la aparición de Satanás en el mundo.

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Cuando Satanás fue soltado del infierno (“En el año 1864, Lucifer junto con un gran número de demonios serán desatados desde el infierno” – La Salette), entonces se da la obra del demonio en el mundo y en la Iglesia.

Y esa obra ha llegado a nuestros días en la Iglesia.

Roma es ya la Sede del Anticristo. Ha sido un largo camino del demonio hasta llegar a ese Trono de Pedro.

Y el demonio tenía que llegar a Pedro para forzar a la Iglesia hacia su mente diabólica.

Porque Pedro es el que da la Mente de Cristo a la Iglesia.

Si el demonio se apodera de Pedro, entonces da su mente a la Iglesia.

Este es el principal punto del cisma en Roma.

Pedro hace el cisma. El mismo Pedro, la misma cabeza de la Iglesia. Pedro en lo que representa la Cabeza Visible en la Iglesia.

La Iglesia obedece a Pedro. Esta es la jugada del demonio en la Iglesia.

Cuando el demonio se sienta en la Silla de Pedro, entonces toda la Iglesia obedece al demonio.

Y ¿cómo puede ocurrir esto? Es facilísimo cuando la Iglesia ha sido machacada durante 50 años por la doctrina de la liberación. Esa doctrina abre el camino al demonio en la Iglesia. Abre todas las puertas al demonio en la Iglesia.

Así ha sucedido. Y así se muestra la Iglesia actualmente: obra del demonio.

Pero el demonio tenía que alcanzar la Silla de Pedro. Y eso también era fácil, porque sólo tenía que poner su hombre para que le diera esa Silla.

Ya está puesto, pero todavía el demonio no tiene todo el poder en la Iglesia. Le falta algo. Le falta lo más importante: darse culto a sí mismo en la Iglesia.

Para eso necesita quitar el culto divino: la Eucaristía. Y ¿cómo la quita? Es muy fácil. Con un acto de soberbia y de orgullo.

Son dos actos diferentes para quitar la Eucaristía.

Primero: un acto de soberbia, que es un acto de inteligencia. En este acto la mente del demonio tiene que poner a un hombre en el gobierno horizontal para que, después, haga el acto de orgullo.

Francisco no sirve para esto. Sólo sirve para hacer lo que ha hecho: dar al demonio la Silla de Pedro, poniendo el gobierno horizontal.

Ahora la Iglesia es guiada sólo por el demonio desde el falso Papa, que es Francisco. No la guía Cristo, porque ya no existe Pedro, sólo existe su figura sin vida espiritual, que es lo que representa Francisco: una estatua sin vida de Pedro.

Francisco ha hecho su trabajo. Sus homilías, su encíclica, sus obras no valen para nada en la nueva iglesia en Roma. Son sólo una cortina de humo que el demonio pone para entretener a las almas mientras se produce lo que viene a continuación.

A Francisco no hay que hacerle ni caso. Y aunque diga todas las herejías, ni caso. Porque Francisco es sólo un bufón, un payaso que da de comer a los payasos como él.

Lo que importa de Francisco es su gobierno horizontal. Ese es el cisma en Roma. Ahí ha comenzado el cisma.

Ese gobierno horizontal combate a Pedro en la Iglesia. Combate la verdad que da Pedro y combate la unidad que ofrece Pedro a toda la Iglesia. Y, por tanto, el gobierno horizontal sólo puede dar la mentira y sólo puede ofrecer la división en la Iglesia.

El que intenta hacer un cisma, engaña a muchos para que vayan tras de él. Este ha sido el papel de Francisco con todos: con la Iglesia, con los ateos, con los protestante, etc. Francisco engaña a todo el mundo. Y ¿por qué? Porque tiene que llevar a la Iglesia hacia el mundo, no hacia Dios. Tiene que encandilar a la Iglesia con las cosas del mundo, con el amor a los hombres, con la esperanza de los bienes terrenos. Eso es lo que hace Francisco en la Iglesia. Y no otra cosa. Francisco no gobierna la Iglesia. Es una estatua de Pedro. Es la decadencia del Papado. Y no otra cosa. El demonio quiere su gobierno donde no entre un Papa. Por eso, se va a quitar a Francisco. Y ese va a ser el acto de soberbia del demonio.

El gobierno horizontal trae un peligro para todas las almas de la Iglesia. Un peligro que nadie ha captado. Y es un peligro espiritual que incide en cada alma, en cada corazón, en cada persona de la Iglesia.

Este peligro supone despojar al alma de la adoración a Dios. Es el trabajo de 50 años quitando la santidad de la Eucaristía. Tenemos almas que van a misa y que no adoran a Dios en la Misa.

Y esto lleva al peligro máximo: que es estar en la Iglesia adorando a Satanás. Y ¿cómo se hace eso? Muy fácil. Quitando la Eucaristía sin que nadie se dé cuenta.

Este es el pecado de orgullo que tendrá que hacer el nuevo gobernante de la Iglesia una vez quiten a Francisco.

Este peligro produce en cada alma dos cosas:

a. la apostasía de la fe

b. el cisma de la Iglesia.

Cuando se adora al demonio en la Eucaristía, entonces el alma se aleja de su fe en la Eucaristía.

Y al alejarse de la fe en la Palabra de Dios, se aleja de la Obra de la Palabra, que es la Iglesia.

Este es el gran peligro para todas las almas en la Iglesia. Porque se quiere anular la Eucaristía sin que nadie discierna eso. Y quien comulga sin discernir lo que comulga es un sacrílego: apostata de su fe y se hace cismático en la Iglesia.

El gobierno horizontal está sólo puesto para crear división en la Iglesia, para apartar a las almas de la Verdad que tiene la Iglesia. Y ese apartamiento produce separarse de la Verdadera Iglesia de Jesucristo para seguir una falsa iglesia.

Lo que viene ahora a la Iglesia es lo peor de todo. Y a muchas almas les va a pillar todavía dormidas, porque eso es la obra del bufón: dormir a las almas con sus homilías y sus obras de caridad maliciosa en la Iglesia.

Francisco hace su trabajo. Y punto. Y no va a cambiar de hacer lo que hace aunque llene a la Iglesia de sus continuas herejías que ya las dice sin oposición de nadie.

Y, por supuesto, no hay que dar coba a Francisco. Que se dedique a hacer su trabajo, que los demás nos dedicamos a anular su trabajo, a combatirlo, porque así hay que obrar con un bufón. Sólo así.

Hay que quitarle la careta, ya que él no quiere quitársela.

Hay que desnudarlo y presentarlo a la Iglesia como un idiota, porque ése es su único papel en la Iglesia.

Y hay que darle lo que él quiere: su nueva iglesia, para que se condene con ella. No hay que ofrecer el arrepentimiento de sus pecados, porque no lo quiere. Ya ha despreciado la Misericordia de Dios en sus obras que hace en medio de la Iglesia.

Y, por supuesto, hay que negarle toda obediencia y toda sumisión a él y a los que componen su maldito gobierno horizontal en la Iglesia.

No se dan honores al Maldito. Sólo se da gloria a Dios.

A los hombres hay que darles lo que piden continuamente para hacerlos callar. Que Francisco se quede con su impostura en Roma. Que le sirva para su condenación y la de muchos que le siguen.

Los que aman a Cristo tiene que trabajar por Su Iglesia y hacer en la Iglesia lo que quiere Cristo. Y Francisco es un impedimento ahora para toda la Iglesia, para que la Iglesia obre las Obras de Cristo. Muchas almas están detenidas en la Iglesia por Francisco. Y hay que robar a Francisco las almas que ha cogido. Hay que despertar a la Iglesia de su dormición, para que vea claro el camino de cristo que es siempre la Cruz.

Acoger la mentira es oponerse a la verdad

“Yo soy el Rey de la corona. ¿Sabes por qué dije ‘Rey de la corona’? Porque mi naturaleza divina fue y será y es sin principio o fin. Mi naturaleza divina es aptamente comparada a una corona, porque una corona no tiene punto de principio ni de fin. Justamente como una corona está reservada para el futuro rey en un reino, así también mi naturaleza divina fue reservada para ser la corona de mi naturaleza humana” (El Señor a Santa Brígida).

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MIGUEL ANGEL LA PIEDAD RECORTADA

Nadie puede entender la razón de un gobierno horizontal si no se ve la herejía que lo ocasiona.

Se quiere el gobierno horizontal porque se dice que las Iglesias particulares forman la Iglesia Universal. Es decir, la Iglesia nace en Pentecostés, no nace en el Calvario.

Cristo inicia Su Iglesia abriendo Su Corazón en Su Muerte. Y tiene que iniciarla así, en un dolor, en un sufrimiento, en una muerte.

Cristo puso Su Iglesia en Pedro, pero no la inició. Cristo se subió a la Cruz, pero no inició Su Iglesia. Cristo murió en la Cruz, y fue traspasado, y es ahí, -cuando Su Corazón muerto es herido por la lanza-, cuando Cristo inicia Su Iglesia.

Y la inicia en los brazos de Su Madre y junto al discípulo que tanto amaba.

Es el inicio del Amor del Padre, de la Palabra del Hijo, de la Fuerza del Espíritu, que se da sólo en el Corazón de la Virgen María, en su Dolor, en su Soledad, en su Muerte Mística.

Y la Virgen María pasó tres días sin Jesús, esperando la Resurrección de Su Hijo para que todo se cumpliera, para que las profecías se llevasen a efecto, para que el Espíritu indicara el Camino hacia la Verdad de la Vida Divina.

Cristo Jesús, una vez que Resucita de entre los muertos, inicia Su Iglesia, enseñando a Sus Apóstoles, durante cuarenta días, qué había que hacer en la Iglesia.

La Iglesia es Cristo Jesús. Y la Iglesia es la Obra de Cristo Jesús en cada alma. No es la Obra para el mundo, en el mundo, desde el mundo. Es la Obra Divina en cada corazón que cree.

Y lo que pasó en Pentecostés es sólo la Obra del Espíritu de Cristo que, junto a los Apóstoles, hace la Iglesia, edifica la Iglesia, mueve la Iglesia.

Y, por no entender este punto de Pentecostés, viene la herejía del gobierno horizontal.

Los que quieren el gobierno horizontal entiende Pentecostés como la independencia de cada iglesia particular que ya se daba con Jesús. Jesús iba formando a sus discípulos y creaba comunidades allí donde predicaba. Y esas comunidades son lo principal en la Iglesia Universal, son lo primero. Esas comunidades forman la Iglesia Universal. Y, en Pentecostés, se da la consecución, el cumplimiento de la fuerza que tiene cada comunidad para hacer la Iglesia Universal. Esta es la herejía que anula la Iglesia Universal, y que dice que la Iglesia Universal es la suma de las Iglesias particulares.

Y, entonces, en la Iglesia Obispos y sacerdotes luchan por tener esto. Por estar independientes del gobierno central, que es el Papa. Para que se reconozca a cada diócesis, a cada Arzobispado, a cada Obispo la supremacía en el gobierno de la Iglesia. Esto sólo se puede conseguir con un gobierno horizontal, no de otra manera.

Por eso, cuando se acoge el gobierno horizontal se rechaza la Verdad de la Iglesia en el Papado y en sus inicios. Se va contra el Dogma principal que tiene la Iglesia. Se va contra el Misterio de la Iglesia, que es en Pedro y bajo Pedro.

La Iglesia no es junto a Pedro sólamente. No es Pedro y un conjunto de hombres. Es junto a Pedro y jamás sin Pedro.

Los Obispos luchan porque Pedro sólo sea un rey que gobierne la Iglesia y que dé a cada Obispo el poder para decidir en sus Iglesias particulares. Haciendo de Pedro sólo una figura que aune la suma de la vida eclesial que comienza y se desarrolla en cada Iglesia particular.

Y se pertenece, en el Bautismo, a la Iglesia, no a una Iglesia particular donde se recibió el Sacramento. Y se está en la Iglesia, aunque se vaya a una Iglesia particular. Y se recibe la enseñanza de la Verdad de la Iglesia, aunque se dé esa Verdad en una Iglesia particular. Primero es la Iglesia Universal. De la Iglesia Universal nacen las iglesias particulares. De la Madre nace el hijo. Pero se va contra esta Verdad.

Porque se quiere quitar a Pedro su significado en Cristo Jesús, entonces viene la ambición de poder por los Obispos y sacerdotes de la Iglesia.

Y esta herejía siempre ha caminado en la Iglesia. No es de ahora. Se da en sus comienzos, se tiene en cada cisma que hubo en la Iglesia y perdura, porque los hombres no luchan contra su pecado de orgullo, que les hace ambicionar el poder. Y, porque no batallan contra este pecado, entonces se inventan el gobierno horizontal, que es el camino para poner en la Iglesia toda clase de herejías, porque los Obispos ya tienen el poder, en cada diócesis, de poner y quitar lo que crean que es necesario para la vida de esa Iglesia particular, sin atender en nada a la Verdad de la Iglesia, porque ya la verdad está en cada hombre de esa comunidad y en cada vida humana, con sus problemas, que hay que resolver en esa Iglesia particular para el bien de todos.

Es fácil con un gobierno horizontal meter la herejía, porque así es como se hace en el mundo. En el mundo, cada uno piensa como quiere y vive de acuerdo a ese pensamiento. Y eso es válido para todos. Y nadie se mete con los otros por sus pecados o por sus ideas políticas o religiosas. Y así se vive sólo atendiendo a la verdad que cada hombre fabrica con su entendimiento.

El gobierno horizontal destruye la Verdad porque acoge la mentira. Y obra sólo la mentira, sin que nadie se oponga a esa obra, porque es aceptada por el rey, que da órdenes para que se lleva a cabo esa mentira.

El problema de Francisco: su mentira

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El demonio, cuando habla la mentira, habla de su cosecha, porque es mentiroso y padre de la mentira (Jn 8, 44).

Francisco, cuando habla dice su mentira, pero no se queda en su mentira, sino que la envuelve y la sabe disfrazar para que no se vea su mentira.

“…el conjunto de fieles es infalible cuando cree, y manifiesta esta infalibilidad suya al creer, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina” (Francisco en la Entrevista al Director de la CC)

Aquí está diciendo su mentira, que es una herejía: el conjunto de fieles es infalible cuando cree. Y la dice sin caer en la cuenta de lo que está diciendo, sin saber explicar eso que dice. Lo dice de pasada, lo dice dejando caer la mentira, para después decir otra cosa:

“Obviamente hay que tener cuidado de no pensar que esta infallibilitas de todos los fieles, de la que he hablado a la luz del Concilio, sea una forma de populismo. No…, es la experiencia de la Iglesia como Pueblo de Dios.”

Francisco suelta la mentira y después la recoge. Este es el problema de su pensamiento: su mentira.

Un pensamiento confuso, loco, ligero, que no sabe pensar. Él no es inteligente, porque no sabe presentar su mentira con palabras bonitas como las puede decir cualquier teólogo herético.

Francisco es muy simple en su pensamiento y, por eso, va a lo que va. Su pensamiento le conduce a su error: su humanismo.

Él dice que en el Pueblo de Dios está la infabilidad porque todos somos hermanos, todos somos muy buenas personas, porque creemos sencillamente en las cosas de Dios. Y así pone el ejemplo de su mamá y de otras personas en su vida, que las ve como buenas personas, y pone la santidad de la Iglesia en la bondad humana.

Esta forma de hablar dice muchas verdades, pero que son mentira. No son verdades entrelazadas, son verdades para dar una mentira, para presentar una mentira. Se dice la verdad, pero con la intención de dar la mentira.

Para hablar de la santidad ordinaria, no hay que decir que la infabilidad está en el Pueblo de Dios. No hace falta sacar una mentira, una herejía, para después decir una verdad, y acomodar esa mentira a esa verdad. Este es el engaño de su pensamiento y así se introduce en las mentes de los demás, de las personas que se lo creen todo y que no saben discernir la verdad de la mentira.

Este es su pensamiento: dice muchas cosas y no dice nada. Dice muchas verdades y muchas mentiras juntas, una detrás de otra. Y lo dice con el fin de enseñar, de presentar sólo su mentira, no porque la verdad le interese.

El Evangelio dice: es pecado de adulterio. ¿Existe el adulterio espiritual?. No lo se, pensadlo vosotros.” ( A los Obispos, 19 septiembre 2013)

A él no le interesa si existe o no existe el adulterio espiritual. Lo que le interesa es que los Obispos sean amigos de todo el mundo.

Así habla el demonio: proponiendo su mentira al principio, para después esconderla y dar otra cosa, lo que interese decir.

Así habla Francisco, como el demonio. Ése es el espíritu que se está manifestando en él. Por eso, no hay que hacer caso de las cosas que está diciendo, porque no está diciendo nada. Está entreteniendo con muchas cosas. Está observando cómo puede atacar a la Iglesia en la Silla de Pedro. Está viendo las reacciones que se producen en la Iglesia con este hablar. Y lo que importa de él es su obra: ¿qué va a hacer en la Iglesia, además de decir que hay que acoger a los homosexuales, los que abortan, los ateos y demás gentes que no sabe lo que es la Fe de la Iglesia?

Porque todos esperan una obra donde se manifieste su pecado. Lo que habla, que es su mentira, es para una obra de pecado. No es para una obra de santidad, de justicia. Francisco va a iniciar el desastre de la Iglesia en Su Fe, en sus Tradiciones, en los Dogmas. Va a poner el camino hacia la ruina de la Iglesia. De él no hay que esperar nada bueno.

Después de seis meses diciendo estupideces, mostrando una humildad falsa, haciendo que la gente lo tome como una primavera de la Iglesia, como un innovador, como un emprendedor. Después de darse importancia a sí mismo dentro y fuera de la Iglesia, ahora es necesario contemplar su obra, fruto de su error, que es su humanismo.

Para eso, se espera que con las ocho cabezas que ha puesto para destrozar el Papado, se vea cuál es esa obra de pecado. Porque no puede pasarse la vida diciendo cosas para no decir nada. ¿Que es lo que va a hacer ahora?. Se necesita saber qué va a derrumbar Francisco en la Iglesia, qué dogma va a caer, qué Verdad ya no se va a seguir en la Iglesia.

Al mentiroso se le coge en su mentira. Su pensamiento es su mentira. Todos puede ver su pensamiento. Y todos contemplan la imprudencia de ese pensamiento.

Francisco es un imprudente en su pensamiento. Y, por tanto, en lo que hace se manifiesta la obra de la imprudencia, que es el mostrar la mentira sin que los demás se den cuenta, como de pasada, como un bien, como un valor, como si fuera lo importante.

Un sacerdote que no juzga ni al pecador ni a su pecado está diciendo que no existe el pecado. Francisco no dice que no existe el pecado. Francisco dice que no juzga al que peca. Es lo mismo, pero a él le gusta hablar así, diciendo mentiras, encubriéndolas con verdades. Lo que le importa es que los demás acepten la persona del pecador, no que se fijen en su pecado, no que combatan su pecado, no que juzguen su pecado. Esto es una herejía, que nadie ve ni nadie entiende.

Esto lleva a un problema en la Iglesia: un Pastor que habla así, es decir, que no es claro cuando habla, que toca muchas cosas para no decir nada, que está en la Silla de Pedro para nada, sólo para decir estas tonterías, hace que la Iglesia, el Pueblo de Dios -no ya el mundo, no ya las sociedades, no ya los hombres- sino que los fieles de la Iglesia se pregunten ¿qué pasa con este Pastor? ¿Los Obispos de la Iglesia están de acuerdo con lo que dice Francisco en la Iglesia? Y si están de acuerdo, entonces ¿qué hay que hacer en la Iglesia ahora? ¿Seguir el pensamiento de Francisco, que es un pensamiento débil en la inteligencia, que no posee la sabiduría espiritual de las cosas divinas?

La gente se está preguntando: ¿por qué un Papa habla así si los Papas nunca han hablado de esta manera? ¿Qué pasa con este personaje? ¿Hay que obedecerle porque es Papa, porque está en la Silla de Pedro, aunque diga lo que diga, aunque hable tantas herejías y tantos errores?

Este es el problema de la Iglesia que nace del problema de Francisco, de su mentira.

Francisco ha puesto a la Iglesia en un dilema con su mentira. Porque no ha sido inteligente desde el principio. Ha querido innovar la Iglesia desde el principio, pero sólo apoyado en su error: en su humanismo, sólo guiado por su error.

Ha hecho cosas desde el principio para acercarse a la gente, a la vida común, a la vida humana, que es para lo que vive.

A él le gusta la vida humana. A él no le gusta la vida de Cristo, que es una vida dura. No le agrada el camino de Cristo, que es un camino de Cruz y, por eso, dice a la Iglesia: “Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos”.

Pero si ya tenemos la novedad del Camino de la Cruz. El camino existe. El camino no hay que buscarlo. El camino se da para aquel que pone su Fe en Cristo y deja su pensamiento humano a un lado, en el camino, como un estorbo para caminar.

Esto es lo que no hace Francisco. No deja su pensamiento a un lado. Este es su problema. Y, por eso, vive de su mentira y da vueltas a su mentira sólo para llegar a su error: ser una buena persona, ser un buen hombre que vive para los suyos, que vive para hacer el bien a todos, que conquista la vida humana porque eso es lo que da la felicidad al hombre.

Así piensa Francisco de la Iglesia. La Iglesia necesita caminos nuevos en el mundo. Caminos que fabriquen los hombres con sus obras y sus pensamientos humanos. Y eso es la santidad de la Iglesia. Y eso es la infabilidad de la Iglesia. En el hombre está la vida. En el hombre está la verdad. En el hombre está el amor.

Así piensa Francisco por su error, que es su humanismo. Y cae en ese error por su pensamiento, que es mentiroso y padre de la mentira. Sólo sabe mentir. No sabe encontrar la Verdad. “El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no escucháis, porque no sois de Dios” (Jn 8, 47).

Por eso, Francisco no escucha a nadie. No puede entender la verdad. La verdad, para él, es lo que encuentra con su pensamiento. No lo que está en el Pensamiento de Dios. No puede escuchar la Voz de Dios en su corazón, porque está cerrado en su pensamiento. Vive la vida dando vueltas a su pensamiento. Y sólo escucha la voz de su pensamiento.

Por eso, no hay que dialogar con él, no hay que sentarse con él para ver qué soluciones hay en la Iglesia. Hay que oponerse a él. Hay que decirle que se vaya de la Silla de Pedro y, si no quiere convertirse, que deje el sacerdocio y se dedique a su vida humana, que es lo que le gusta. Pero que deje, a los que quieren seguir el Camino de Cristo, preguntarle a Dios qué hay que hacer en la Iglesia ahora, porque la Iglesia no está para innovaciones, sino para una penitencia, por el pecado del Papa, Benedicto XVI.

Un Pastor que habla la mentira a su Pueblo no es Pastor de la Ovejas. Y los Obispos deberían levantarse en contra de Francisco y enseñar al Pueblo de Dios la Verdad de la Iglesia. Esto es lo que está esperando el Pueblo de Dios y, por supuesto, no se va a hacer. Porque todos han caído de rodillas ante Francisco y lo tienen como santo.

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