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Ley, Gracia y Espíritu

laobradeunnecio

«personas que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo comprenda que el cristianismo es la religión del amor» (Juan Pablo II – Mensaje para la conmemoración de la consagración de la humanidad al Sagrado Corazón).

El Corazón de Jesús es el corazón de la Iglesia: para ser Iglesia, hay que ser Cristo; es decir, tener su misma Mente Divina, hacer sus mismas Obras Divinas.

No se puede ser Iglesia buscando una nueva forma de lenguaje humano, haciendo de la Palabra de Dios la obra de la historia, el paso del tiempo, la evolución del pensamiento humano.

El Evangelio no es el pensamiento de una época en la historia de los hombres: es la Palabra de Dios inspirada en almas dóciles a la Voluntad de Dios. Inspiración que no pasa nunca, que es siempre camino para todo hombre. Inspiración divina que es ley para el hombre.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre y por los siglos» (Hb 13, 8), porque es una Persona Divina, que no cambia en el tiempo, que permanece siempre siendo la misma. Y lo que Jesús enseñó a Sus Apóstoles es su misma Mente Divina. Y la Mente de Dios no pide interpretación de los hombres, no se somete ni a la filosofía ni a la teología del hombre, no depende ni del análisis ni de la síntesis humana. La Mente de Dios no puede ser expresada con el lenguaje humano: no existe una forma humana del lenguaje para alcanzar la Mente de Dios. Es Dios mismo el que habla su lenguaje divino acomodado a los hombres.

Cuando Dios habla, el hombre tiene que callar en su entendimiento humano para poder comprender lo que Dios dice. Callar es obedecer a Dios que, cuando habla, nunca miente. Callar es someterse a la Autoridad de Dios, que tiene Poder para obrar lo que dice. Callar es hacer de la vida humana un instrumento para la obra de Dios.

Jesús es una doctrina viva: no es conjunto de ideas, de normas, de satisfacciones humanas.

Quien ama a Jesús ama su doctrina: no existe un Jesús sin su doctrina, sin su Mente Divina. Jesús no es una persona humana, sino divina. No se puede predicar a Jesús y hablar para entretener a la masa.

Hoy, gran parte de la Jerarquía, predica un Jesús sin doctrina. Predica fábulas, cuentecillos, cosas que entretienen a los hombres: «No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas» (Hb 13, 9).

La gente busca a esa Jerarquía, la gente aplaude las herejías de Bergoglio porque está ávida de un pensamiento humano, pero no de la Verdad. No quieren seguir la Escritura, que es «divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena» (2 Tim 3, 16-17).

Toda esa Jerarquía vive al margen de las obras de Jesús, que son sólo divinas y por lo tanto, perfectas y sagradas. Viven en su humanismo, buscando el bien para los hombres, pero sin la gracia de Dios: son una Jerarquía «que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella» (2 Tim 3, 5), viven al margen de la vida misma de Jesús. Y hay que guardarse de toda esa Jerarquía, que gobierna a muchas almas sin la autoridad divina, porque han convertido su ministerio en una cueva de demonios: «resisten a la verdad como hombres de entendimiento corrompido, reprobados en la fe» (2 Tim 3, 8).

El Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: Cristo pone en Su Iglesia tres dones:

  1. Su Eucaristía;
  2. Su Madre;
  3. Su Cruz.

«¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el Sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?» (Pío XII – Haurietis aquas, n. 20).

Son tres dones, unidos entre sí, que no se pueden separar. Sin la Cruz, no hay Eucaristía ni es posible tener una Madre Divina en la tierra.

Es imprescindible participar en el Misterio de la Redención, en la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, en donde el demonio es el rey.

Jesús viene para mostrar un camino a los hombres: Su Cruz. Un camino en la ley Eterna, que se rige – en todo- por la ley natural, por la ley divina, por la ley de la gracia y por la ley del Espíritu.

Es un camino que crucifica la voluntad de los hombres, que está sujeta al pecado. Sólo atándose el hombre al orden que Dios ha puesto, tanto en su naturaleza humana como en la Creación, tanto en la Iglesia como en el mundo, los hombres pueden conocer la Verdad y vivir de acuerdo a ese conocimiento divino.

Si el hombre no se ata a la ley de Dios, a una norma de moralidad, que nunca cambia, entonces la vida del hombre carece de sentido divino. Y sólo posee el sentido que cada hombre quiera darle con su inteligencia humana. Hoy el hombre vive asomado a su mente humana: y sólo dentro de ella mora y vive, sin posibilidad de salir de ella. Y la razón: no se crucifica; no pone dolor en su vida: no expía sus pecados. Vive para sí mismo.

El Camino es la Cruz y, por eso, hay que morir a todo lo humano: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Este es el amor al que Cristo llama a todos los hombres: un amor victimal; un amor de sacrificio; un amor divino.

No quieras amar a tus hijos si no te sacrificas por ellos; no quieras amar a tu cónyuge si no vives para llevarlo al cielo; no quieras amar a Cristo sin Su Cruz, sin Sus llagas, sin Su Sangre, sin Sus Dolores místicos.

Hoy la gente sólo quiere consuelos para su vida humana y espiritual, pero se ha olvidado de amar la Cruz de Cristo.

Amarse a sí mismo es crucificarse por amor a Cristo: nadie tiene amor más grande por sí mismo si no da su vida misma en oblación a Cristo. La vida es para Cristo, no para uno mismo.

Si el amor hacia sí mismo no tiene otra meta que uno mismo, entonces no merece la pena vivir. Cada hombre que mira su vida, su alma, su pensamiento, acaba detestándose: lo que encuentra no es vida, no tiene ningún valor, si Dios no se lo da, no se lo muestra.

Es necesario que el hombre dé la vida a Cristo: ofrezca su voluntad humana a Cristo. Es al único al que se puede ofrecer, porque Jesús es el Camino, la verdad y la Vida.

Por eso, lo primero para amar a Cristo es amar la ley: «Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). La mayor oblación del alma a Cristo no es morir como un mártir, sino dejar la propia voluntad humana, las propias leyes, la propia visión de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios, la ley que Dios ha revelado, y que ha puesto en las entrañas del ser humano.

Y si se guardan los mandamientos, entonces el hombre tiene la fuerza del Espíritu para obrar la verdad de su vida: «y Yo rogare al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16).

Cumplir la ley es tener en el corazón la Verdad, que el Espíritu enseña al alma. Sin el camino de la Cruz, sin crucificar la propia voluntad, el hombre no puede seguir al Espíritu de Cristo, que es el único que puede llevar al hombre, a su mente y a su corazón, a la plenitud de toda la Verdad.

Si no hay ley, si no hay amor a Cristo, no hay Espíritu, no hay Verdad. Y si el hombre no es capaz de obrar la Verdad en su vida, entonces su existencia es un continuo estar en el error, en la oscuridad, en la mentira, en la duda, en el temor, en la angustia, en la desesperación.

Para poder alcanzar este Amor, Jesús mismo se queda en la Eucaristía.

La Eucaristía es Espíritu: «Yo Soy el Pan de la Vida» (Jn 6, 48). Es un alimento para el alma y el corazón del hombre. No es un alimento para la carne del hombre ni para su sentimiento.

En la Eucaristía se da la vida divina al alma, la misma vida de Dios. Y en Dios no puede haber pecado. Y, por lo tanto, comulgar a Dios es rechazar, combatir, enfrentarse al pecado. No se puede comulgar en pecado: es ofender al mismo Dios que entra en el alma. Es herirlo en lo más íntimo de su vida. Es comerse la propia condenación, el propio pecado.

Sin la Eucaristía es imposible tener el mismo amor de Cristo, que es un amor Redentor, que conduce hacia la Cruz, hacia la oblación de la propia voluntad humana. Y sin ese amor Redentor es imposible salvarse: «En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 51).

La Vida que Jesús da a las almas es una Gracia, un don de Él Mismo. Para eso se hace carne, para habitar en cada corazón que cree en Él (cf. Jn 1, 14). Habita por la Gracia.

La Eucaristía es la Gloria de Dios, que mora entre los hombres. Y para poder dar la Eucaristía a los hombres son necesarios los sacerdotes. Y se necesita una Madre que los engendre a la Vida de la Gracia; una Madre que les enseñe a ser como Su Hijo; una Madre que los guíe por el mismo Camino de Su Hijo; una Madre que los lleve a la santificación de su alma sacerdotal.

El Camino de la Cruz necesita la Vida de la Gracia, que sólo la Virgen María puede dar a las almas: «para encontrar la gracia, hay que encontrar a María» (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Cumplir la ley es una gracia; perseverar en ella es otra gracia; luchar contra el pecado es una gracia; combatir al demonio es otra gracia; comulgar debidamente es una gracia. Todo es gracia. Nada se puede hacer, en la vida espiritual, sin la Virgen María, Madre de la gracia.

Ella es el Canal de gracias, por la que Dios se comunica con todos los hombres. Por la Virgen María se derraman al mundo todas las gracias divinas. Por eso, Ella es la plena de gracia: lo tiene todo para darlo todo. Tiene toda la Vida de Dios; engendra toda la Vida de Dios; lleva al alma al culmen de la Vida Divina.

«Dios la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres, con la colaboración de María». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 11).

Amar a Cristo es amar a Su Madre: es imitarla en sus virtudes: humildad, obediencia, esclavitud. Sin estas virtudes, la vida de la Gracia no puede fluir en las almas.

Nadie puede quitar el pecado si no es humilde; nadie puede cumplir los mandamientos sin la obediencia; nadie puede crucificar su voluntad humana sin la esclavitud a la Voluntad de Dios.

Para caminar con Cristo, hacia Su Cruz, se necesita una Madre a quien imitar. Sin Ella, los hombres se pierden en el laberinto de sus amores y deseos humanos.

«Que una madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza. Por consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), debe dejarse formar en María por la gracia de Jesucristo». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Amar a María es amar con el amor de Dios, con el amor de hijo de Dios. No se puede amar a la Virgen con un amor, con un deseo, con un sentimiento humano.

La Virgen engendra en el alma la vida divina: un hijo para Dios, en la gracia. Y todo hijo de la Virgen tiene que amar a Su Madre en la gracia, no en lo humano. Buscarla en la Gracia.

La Gracia sólo se puede dar por medio de los Sacramentos: sin Sacramentos, no hay Gracia, no hay Vida. Por eso, es necesaria una vida de oración y de penitencia, una vida interior, en la que la práctica de las virtudes sea el pan de cada día. Y eso conduce al alma a la Gracia y a su permanencia en Ella. Sin Cruz, el alma vuelve a su pecado de siempre, que es su vida humana, material, natural, carnal de siempre. Sin la negación de sí misma, por el solo amor a Cristo y a Su Madre, el alma se autoafirma en ella misma, alcanzando sólo su perdición eterna.

Una Jerarquía que no se sacrifica por Cristo, sino que sólo se dedica a vivir su humanismo, pone la Gracia en un saco roto, y hace que muchas almas caminen hacia el fuego del infierno.

El Camino de la Cruz conduce hacia la Vida de Dios. Pero sólo se puede alcanzar esa Vida en la Verdad. No se puede ir al Cielo en la mentira del pecado. No se puede entrar en el Reino de los Cielos si las almas viven de sus pensamientos humanos y de sus obras sociales. El bien del hombre no lleva a la salvación del alma. Sólo cuando los hombres se despojan de sus bienes humanos, sociales, terrenales, materiales, es entonces cuando caminan hacia el Paraíso.

Hoy el mundo camina en busca de un paraíso en la tierra: camina sin Dios, sin verdad, sin vida, sin camino. Caminante no hay camino: éste el ideal de muchos. Un norte sin norte. El hombre quiere hacer su camino él mismo. Y el camino ya está hecho: es Cristo. Caminante hay un camino: Cristo. Y es un camino para lo divino, no para lo humano.

Por eso, la Misericordia de Dios no es para el pecador que quiera seguir en su pecado: no hay una Misericordia para todos los hombres: «que no de todos es la fe» (2 Ts 3, 3). La Misericordia exige al hombre quitar su pecado para poder alcanzar el Reino de los Cielos. Y hay hombres perversos y malvados que han nacido para pecar, para vivir en el error.

En el pecado no puede haber verdad inmutable. Ninguna obra de pecado permanece siempre en sí misma. Todo pecado cambia, porque el que vive en su mentira no puede permanecer en algo inmutable. Sólo el que ama permanece en la verdad de la vida; pero el que no ama, el que peca, cambia constantemente de forma de vida: está en la mentira de su vida, que es el propio engaño que cultiva en su mente, en su ley.

Por eso, hay muchos católicos de los cuales hay que separarse: «no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con esos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Con esa falsa iglesia que están levantando Bergoglio y los suyos: ni comer. Llevan el nombre de católicos, pero son del demonio. «Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13). Es lo que no hace ningún Obispo viendo el desastre que hay en el Vaticano. Todos callados aplaudiendo el mal que ven, acogiéndolo, invitando a pecar a todo el mundo.

El que sigue a un hereje se vuelve él mismo hereje: acaba pensando y obrando como el hereje.

El hombre necesita de la fe para permanecer en la Verdad.

Es la Verdad la que hace libre al alma: «Si permanecéis en Mi Palabra, seréis en verdad discípulos Míos y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres» (Jn 8, 31).

Permanecer en la Palabra de Dios es permanecer en la doctrina de Cristo; en esa Verdad inmutable, que no cambia porque los hombres o el mundo cambie.

Pedro no cambia en la Iglesia, es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Bergoglio es un hombre de palabra ambigua y herética. Luego, Bergoglio no puede ser Papa nunca, no puede representar a Pedro en la Iglesia de Cristo. Sólo representa al hombre en su falsa iglesia. Sólo es líder de una iglesia sin camino, sin vida y sin verdad.

La Verdad es Cristo; la Verdad es la Palabra del Pensamiento del Padre. La Verdad no la posee ningún hombre. Todo hombre que quiera conocer la Verdad tiene que creer en la Verdad. La fe en Cristo conduce al conocimiento del Corazón de Cristo. Sin fe, el alma permanece en su vida de veleidades, de superficialidades, de exterioridades.

Quien permanece en lo inmutable se hace libre, vive en la libertad del Espíritu, y puede caminar hacia la Vida de Dios: puede obrar las obras divinas en su vida humana. Hace -en todo- la Voluntad de Dios.

Pero quien es un veleta del pensamiento humano, del lenguaje de los tiempos, es esclavo -no sólo de los hombres-  sino de sí mismo, de su propia inteligencia, de su propia vida. Y va buscando en su vida humana una ley, una norma, una forma de obrar que nunca puede saciar el anhelo del cielo que su alma constantemente tiene.

El Camino de la Cruz necesita de una Verdad inmutable: el dolor necesita del amor divino.

Cuando los hombres no permanecen en la doctrina, sino que la van cambiando, según sus interpretaciones, sus culturas, sus artes, sus ciencias, su progreso, entonces es claro que el alma ha dejado de hacer penitencia, ha dejado el camino de la cruz, para andar otros caminos, los cuales son tan variados como el pensamiento del hombre. Y quien deja la cruz, deja el amor.

«El justo anda por caminos derechos, bienaventurados sus hijos después de él» (Prov 20, 7).

El hombre que no busca una sociedad en la ley del Señor, una sociedad que busque la Cruz de Cristo, edifica para sus hijos un auténtico infierno. Lo que vemos en el mundo actual es por el pecado de muchas generaciones pasadas. Es el fruto de andar por caminos extraviados: los hombres producen, con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos, una maldición en todos sus hijos.

«Al hombre siempre le parecen buenos sus caminos, pero es el Señor quien pesa en los corazones» (Prov 21, 2).

¿Te parece bueno el camino de la Iglesia que se levanta en el Vaticano? ¿Tu mente humana te dice que es bueno lo que habla Bergoglio?

El Señor es el que pesa en el corazón: no sigas lo que hay en Roma. Es todo maldad encubierta. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

El hombre se ha apartado de la Gracia, no ha mirado a la Virgen María, no ha practicado las virtudes, no puede permanecer con Cristo, con la Verdad. Tiene que construir un mundo de mentira, una iglesia de hombres falsos, que llevan inevitablemente hacia la destrucción del propio hombre.

La Cruz está fija una doctrina inmutable: no se puede arrancar la muerte de Cristo de la Verdad que enseñó a Sus Apóstoles. Cristo dio su vida por la Verdad. Y sólo por la Verdad inmutable. Esa Verdad que es Él Mismo.

No se puede arrancar la Iglesia de la doctrina de Cristo: no se puede obviar 20 siglos de magisterio infalible, para estar siguiendo a un hombre que sólo habla su vanidad.

«… tú permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado» (2 Tim 3, 14):  no sigas a Bergoglio y su doctrina.

Es el gran pecado de la Iglesia en la actualidad: le gusta la palabra barata y blasfema de un espantapájaros, de un esperpento humano. Y reniega  así de la Doctrina de Cristo. Ya no quiere la Verdad, sino que va en busca de los cambios en la Iglesia.

¿Qué amor a la Cruz hay en Bergoglio? Ninguno. Sólo ama al hombre sin la doctrina de Cristo, sin la verdad que el Señor ha enseñado en Su Palabra.

¿Qué Iglesia está levantando? No la de Cristo, en Pedro, sino la suya propia, la que tiene en su mente, en muchas cabezas, que son cabezas de orgullo y de soberbias declaradas.

¿Qué obras son las de Bergoglio en la Iglesia? No las de Cristo: no son obras para salvar y santificar a las almas; no son obras de redención. Son obras de condenación.

¿Y por qué la gente lo sigue? Porque piensan igual que él. Y no hay otra razón. Si tuvieran la Mente de Cristo crucificarían a Bergoglio, no lo aplaudirían. Pero ellos tienen el líder que se merecen sus pecados en la Iglesia. Viven sin piedad filial ni a Cristo ni a Su Madre.

«Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 11).

Ésta es la señal del amor a Cristo: si amas la verdad te persiguen por lo que amas.

La Eucaristía enseña a amar la Verdad: enseña a amar a Cristo. Enseña a cumplir la doctrina de Cristo: a vivirla, a ponerla por obra. Una obra de reparación del pecado; una obra victimal; una obra divina.

Todo aquel que comulgue y, después, obre la mentira en su vida, es que no comulgó a Cristo, es que no se dejó enseñar por Cristo en la comunión.

En cada Eucaristía se ama la Verdad: el alma conoce la Verdad y la ama: la pone por obra, la vive en su vida humana.

Y, por eso, cada sacerdote debe predicar, en su misa, sólo la Verdad. Si predica una mentira, ¿qué cosa va a poner en el Altar? Si Cristo es la Verdad, no se puede obrar esa Verdad con la palabra de un mentiroso.

La Cruz vive en la Verdad; pero si no se cree en la Verdad, entonces el alma sólo vive en su mentira, que es su razón humana. Vive en sus placeres y busca a los hombres para que les den un camino ancho, en donde la verdad brilla por su ausencia.

Si el hombre no cree en la Verdad Crucificada: si el hombre no mira a Cristo Crucificado para contemplar sus pecados y expiarlos, entonces el hombre sólo se mira a sí mismo para obrar sus pecados.

Hay que creer en el Crucificado para amar la Eucaristía. Para recibir a Cristo en la Eucaristía, el alma tiene que vivir una vida de penitencia, de mortificación, de despojo de todos sus apegos y pecados.

¡Cuántos comulgan sin confesarse! ¡Cuántos reciben a Cristo sin las debidas disposiciones en su cuerpo y en su alma! ¿Cómo pretenden permanecer en la gracia si no viven rechazando el pecado? Si la vida no es una lucha en contra del mundo, del demonio y de la carne, entonces ¿cuál es la lucha del hombre en su vida terrena? ¿Por qué lucha en su vida? ¿Cuál es el fin de su vida?

«La Santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección; pero es preciso recibirla con el deseo y el compromiso de eliminar del corazón todo lo que desagrada a quien queremos recibir» (P. Pío).

El Corazón de Cristo es: Ley, Gracia y Espíritu. Y, por eso, el Sagrado Corazón da a Su Iglesia tres dones:

  1. La Cruz, que es el camino para cumplir con la Ley del Señor;
  2. La Virgen, que es la maestra en la vida divina de la Gracia;
  3. La Eucaristía, que transforma el alma en otro Cristo por medio del Espíritu.

La devoción al Sagrado Corazón es «la más segura espiritualidad» (León XIII – Annum sacrum). Lo tiene todo para salvar y santificar el alma.

«en esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo y con más eficacia impulsa a amarle con ardor y a imitarle con exactitud?» (Pío XI – Miserentissimus Redemptor).

Son muy pocos los devotos del Corazón de Jesús. Es una devoción que exige la práctica diaria de todas las virtudes cristianas. Y la gente no suele vivir para esto, sino para su vida humana y mundana.

«Es la mejor manera de practicar la religión cristiana» (Pío XII – Haurietis Aquas): Mandamientos, penitencia y Santo Rosario. Esto es todo para ser santo, para ser Iglesia, para ser otro Cristo.

«que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona» (Benedicto XVI – Carta pontificia al Prepósito General de la Compañía de Jesús): esto es lo que falta en muchos católicos: el encuentro con la Persona Divina de Cristo. El encuentro con un Dios que no pasa nunca de moda, que enseña en toda las épocas lo mismo. Un Dios que sufre y muere siempre por amor a los hombres, cuya naturaleza humana ha asumido para poner al hombre el camino del Cielo.

La blasfemia de Bergoglio contra la Maternidad Divina

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«El Evangelio que acabamos de escuchar, lo acogemos hoy como el Evangelio del encuentro entre los jóvenes y los ancianos: un encuentro lleno de gozo, de fe y de esperanza» (ver texto).

Así comienza un hereje su homilía: poniendo su idea humana por encima de la Mente de Cristo, del Evangelio de Jesucristo, de la Palabra del Pensamiento del Padre.

No podemos acoger una blasfemia como ésta: el Evangelio de Jesucristo no es el evangelio del encuentro con los hombres y, menos, del encuentro entre los jóvenes y los ancianos.

El Evangelio de Jesús es una Ley Eterna; el falso evangelio del encuentro es una idea masónica, protestante y comunista, sin gozo, sin fe y sin esperanza.

La Palabra de Dios no es para hacer un encuentro entre los hombres, sino para hacer una selección entre ellos: es para poner espada, división; es para indicar el camino de la salvación y hacer que el alma elija un camino en su vida.

El Evangelio de Jesucristo es el que lleva al Cielo; el evangelio del encuentro es el que lleva al infierno. Elijan uno de ellos. Elijan a Cristo o a un Obispo que no sabe leer el Evangelio de Jesús, que sólo sabe malinterpretarlo con sus palabras baratas y llenas de blasfemias.

Tienen que elegir ya. Tienen que saber escupir cada palabra de Bergoglio y decirle a la cara: tú no eres el Papa verdadero de la Iglesia Católica, porque no hablas como Jesucristo, no eres la Voz de Cristo en la tierra, sino que hablas como tu padre, el demonio: eres la misma voz del demonio.

Si no se atreven a decir esto, están haciendo como todos esos católicos, tibios y pervertidos en sus juicios, que buscan una razón para lavar las babosidades de este hombre cuando habla; son como toda esa Jerarquía, que se ha acomodado al lenguaje herético de un hombre, y que no tiene ninguna vergüenza en llamar a esta doctrina como católica, cuando es claramente anticatólica.

¡Da asco Bergoglio! ¡Pero más asco dan los católicos y la Jerarquía que apoyan y obedecen a Bergoglio! ¡Porquería demoníaca es lo que abunda en toda la Iglesia!

Si Bergoglio es un ser que ha perdido el juicio, es decir, un idiota, uno que no sabe pensar ni hablar una verdad, porque no hay verdad ni en su mente ni en su boca humana, más locos son todos esos católicos, que sólo son de nombre, pero no de obras, que alaban a Bergoglio, que lloran las palabras de un mentiroso, que repiten las herejías de un demonio en la Iglesia.

¡Bastardo es el nombre de Bergoglio: es el nombre de la Bestia! Nombre que se ha escondido en la falsedad de Francisco.

Francisco es un farsante (= su nombre es falsedad, porque no tiene el Espíritu de San Francisco de Asís, que es el motivo por el cual lo eligió); Bergoglio es el demonio en persona (= su nombre es su vocación en la vida: Bergoglio viene Beriko (Beriko, Berko, Bergo, Bergolio, Bergoglio), que significa burro, asno, persona incapaz de pensar la verdad. Es una hernia en el pie (Beriko, bernia, hernia); es un malestar que no se quita en la vida; es un dolor de cabeza, que ninguna medicina lo saca).

«María nos muestra el camino: ir a visitar a la anciana pariente, para estar con ella, ciertamente para ayudarla, pero también y sobre todo para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida».

En estas palabras ha anulado todo el Misterio de la Maternidad Divina.

¡Qué hombre tan cegado por lo humano! ¡Qué hombre tan inculto! ¡Qué demonio es Bergoglio!

La Virgen María va a aprender de una criatura humana, de la sabiduría de la vida humana: clarísima herejía, blasfemia contra la Santidad de la Virgen María.

¿Dónde están las Glorias de María en esta homilía? En ninguna parte, en ninguna palabra, en ningún párrafo.

¿Dónde están las glorias del hombre en esta homilía? En todas partes: desde el principio hasta el final.

Conociendo la mente de este sinvergüenza, es lógico que trate así a la Virgen María: sin ningún respeto, sin ninguna obediencia a Su Misterio, sin ninguna alabanza a su persona humana.

¿Quién es la Virgen María? La Madre de Dios. Y, por ser Madre, tiene la perfecta sabiduría humana, no sólo la divina. Luego, por ser Madre de Dios, la Virgen María no tiene que aprender de nadie, y menos de una mujer, lo que es la sabiduría de la vida.

Si no ponen a la Virgen María en su puesto, entonces caen en la blasfemia de este hombre, de esta piltrafa humana, de esta sabandija demoníaca.

La Virgen María, por Su Maternidad, no es una mujer como las demás. Es una persona humana con dos naturalezas. Este es Su Misterio, Su Gloria.

¿Quién es Jesús? Es el Verbo Divino que tiene dos naturalezas: la Divina y la Humana. Jesús no es un hombre: no pertenece a la naturaleza humana. El hombre sólo posee una sola naturaleza: la suya propia de su especie: la humana.

Jesús posee dos naturalezas: no es un hombre, no pertenece a la naturaleza humana. Posee otra naturaleza en su ser. ¡Este es el Misterio de la Encarnación! Nadie enseña este gran Misterio. Todos colocan a Jesús como Hombre. Y no es un Hombre como los demás.

En Él se resuelve la unión hipostática: el Verbo, que es Dios, se une a otra naturaleza, la del hombre, y surge así un nuevo ser, que es Dios y Hombre, al mismo tiempo.

En este Misterio, participa en grado supremo, Su Madre, la Virgen María.

La Virgen María, para poder ser Madre de Dios, tiene que ser elevada a esa unión hipostática. Y cuando el Verbo asume la naturaleza humana, en el vientre de María, asume la persona humana de Su Madre. Y esto significa, que María posee la misma Naturaleza Divina del Verbo por asunción. En otras palabras, María es Divina.

No sólo la Virgen María es divina por la Gracia, que la hace ser Hija de Dios por adopción; no sólo participa de la Naturaleza Divina por la gracia. Sino que es divina por su Maternidad; no sólo por su Bautismo.

Esta es la Gloria de María: tener por Hijo al mismo Hijo del Padre. Es algo que no se puede explicar, alcanzar con la mente humana. Es algo que supone una elevación del ser humano de María al Ser Divino, en que la Virgen pasa a ser Divina por la unión del Verbo con su naturaleza humana, en Su Seno Virginal.

Y, por tanto, María es poseída por toda la Sabiduría Divina. Y, en esa Sabiduría Divina, conoce lo que es el hombre, su valor y su sabiduría. María no necesita leer un libro para conocer lo que es el hombre. María no necesita que otra persona le enseñe lo que es la vida humana. No tiene ninguna necesidad porque lo sabe todo. Esta es Su Grandeza, que anula ese bribón con sus palabras de blasfemia, porque no cree en el dogma de la Maternidad Divina.

Hoy día la Jerarquía de la Iglesia no cree en esta divinidad de la Virgen, en Su Maternidad que la hace divina. No cree. Hace falta ser niños para poder creer en la Virgen María y para poder decir: María es Divina. Hay que poner la mente en el suelo y pisotear toda filosofía y toda la teología. Sólo los niños creen en las Grandezas del alma de Su Madre. Los hombres, los adultos, los sabios, ven sólo a María como una simple mujer

Como somos tan hombres, tan humanos, tan carnales, tan materiales, tan de la tierra, entonces lloramos y nos divertimos con las palabras necias de un estúpido: «para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida».

Es Isabel la que aprende de la Virgen María, porque la alaba en Su Maternidad Divina.

¿Por qué va la Virgen María a visitar a su prima Isabel?

Lo dice la misma escritura: «Así que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo, y clamó en voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1, 41-42)

Santa Isabel engrandece la Gloria de la Virgen María: su maternidad divina.

Bergoglio alaba a los hombres, los engrandece.

¿Quién tiene la razón? ¿Una Santa o un demonio? ¿Quién está dando lo que es la Virgen María, la verdad de su vida, de su persona, de su unión con Dios? ¿Lo da Bergoglio o lo da Santa Isabel? ¿Con quién te quedas: con Bergoglio o con los Santos de Dios? ¿A qué iglesia perteneces: a la de Bergoglio o a la de Jesús?

Ya hay que elegir. Ya hay que ponerse o de parte del Anticristo o de parte de Cristo.

Hay mucha gente que no sabe discernir nada. Están en la Iglesia con una estupidez morrocotuda.

La Virgen María lleva en su Seno al Santificador; y ¿cuál es su obra? Santificar un seno de una mujer que ha creído en el Mesías, pero que tiene un hombre, un sacerdote, que no ha creído y, por eso, se quedó mudo. ¿En qué cabeza cabe que la Virgen María vaya a escuchar las palabras de un anciano que no cree ni puede hablar? ¿En qué está pensando Bergoglio al hacer de este encuentro con Isabel una tertulia social? Es lo que quiere este hombre: la sociedad, lo cultural, lo humano. Pero aborrece a Cristo y a Su Madre.

La Virgen Maria hace una obra: santificar. Y la hace, no sólo como instrumento del Verbo, que está en Su Seno Virginal. Es su misma Maternidad la que obra: es el mismo Verbo unido a Su Madre. Son los dos, al mismo tiempo, los que santifican el hijo de esa mujer. Porque, para esto, el Verbo se encarna en el Seno de una Virgen: para llevar a la santidad a todas las almas, a través de Su Madre, la Virgen María. Jesús y Su Madre no se pueden separar en la Iglesia, en la Obra de la Redención. No se puede amar a Jesús y no amar a Su Madre. No se puede dar culto a Jesús y no dar culto a la Virgen María. No se puede. Quien no es devoto de la Virgen María, aunque comulgue no puede salvarse.

¿Predica esto Bergoglio? ¿Habla alguna vez Bergoglio de la santidad? Ninguna. Claramente no lo predica. Y, entonces, ¿por qué le llaman Papa? ¿Por qué le obedecen? ¿Por qué lloran con sus homilías oscuras y llenas de errores por todas partes? ¿Por qué hacen publicidad a un burro?

«Podemos pensar que la Virgen María, estando en la casa de Isabel, habrá oído rezar a ella y a su esposo Zacarías con las palabras del Salmo Responsorial de hoy: «Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud… No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones… Ahora, en la vejez y en las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu poder, tus hazañas a la nueva generación» (Sal 70,9.5.18). La joven María escuchaba, y lo guardaba todo en su corazón».

«Podemos pensar…»: esto es todo en Bergoglio: su mente…Podemos pensar, recordar, imaginar, ilusionarnos, soñar…. Se pone a pensar, se pone a interpretar, se pone a malinterpretar, se pone a destruir la Palabra de Dios con la misma Palabra de Dios. ¿Por qué no va a los Santos Padres y dice lo que ellos han dicho de este pasaje? Porque no cree en la Tradición Divina, ni en los Santos, ni en nadie. Sólo cree en lo que hay en su estúpida cabeza humana, que es una cabeza de chorlito.

Aprende, Obispo necio, estúpido e idiota, lo que significa este pasaje de otro Obispo:

«Bien pronto se manifestó los beneficios de la llegada de María y de la Presencia del Señor; pues en el momento mismo en que Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo. Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del Misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la Mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos» (De la exposición de San Ambrosio, obispo, sobre el Evangelio de San Lucas – Libro 2, 19.22-23.26-27; CCL 14, 39-42).

La Virgen María no fue a casa de Isabel para dialogar con esa mujer, sino para santificar su seno.

La Virgen María no fue a la casa de Isabel para aprender de ella una sabiduría de la vida, sino para profetizar lo que viene con el Hijo que tiene en su seno virginal: Misericordia y Justicia, que es el Magnificat, que Bergoglio ni se molesta en nombrar, porque ha anulado la misión de la Virgen María en la Iglesia: ser profeta de Su Hijo; ser Apóstol de Su Hijo; ser mártir con su Hijo.

«María supo escuchar a aquellos padres ancianos y llenos de asombro, hizo acopio de su sabiduría, y ésta fue de gran valor para ella en su camino como mujer, esposa y madre». ¿Ven la gran blasfemia de este hombre? ¿Ven cómo no predica el Evangelio de Jesucristo, sino que predica lo que le da la gana?

¿No ven que Bergoglio no puede ser el Papa de los católicos porque no da la unidad de la fe? No lleva a la Tradición, no continúa la línea de los Papas, no hace nada para salvar a la Iglesia del error y de la mentira. No une en la Verdad: desune con su mentira, con sus errores, con sus palabras llenas de sin sentido. Sólo está interesado en su humanidad, en los hombres, pero no en Cristo, no en Su Obra, no en su Plan de Salvación.

¿Todavía no lo disciernen? ¿Qué más hay que decir para que comprendan la situación de toda la Iglesia?

¿Qué más hay que escribir para que comprendan que, a partir de ahora, la Jerarquía va a dar un cambio sustancial en todo? Si están apoyando las palabras de un hereje, también van a apoyar las reformas malditas que ese hereje quiere. Y van a destruir toda la Iglesia, como lo hace el mismo Bergoglio: con palabras baratas, sentimentales, que agradan los oídos de todos los hombres.

¿Todavía no ven lo que viene a la Iglesia? ¿Todavía rezan por el Sínodo? Todos se van a abrazar en un mismo lenguaje: igualdad, libertad y fraternidad. Y van a consentir con el pecado, y lo van a obrar como si fuera un vaso de agua en sus vidas.

La Virgen María enseña sólo un camino: el de Su Hijo. Y llama a todos a caminar por ese Camino. Y no es fácil ese caminar, porque el hombre tiene que aprender la humildad: tiene que aprender a no mirar su vida humana ni su humanidad: es el negarse a sí mismo que Bergoglio no lo quiere ni lo vive, sino que muestra, en todo su obra en la Iglesia, lo contrario: sean hombres, busquemos los derechos humanos, seamos justos con todos, vivamos en la fraternidad, en la igualdad de todas las mentes humanas, y amémonos en la creación porque es algo maravilloso: Dios todo lo ha creado bueno, todo es hermoso, todo es amable. Todo consiste en el cristal como se lo mire. Y, por eso, anulemos las Verdades Absolutas que impiden esta unión global, este levantamiento del hombre por encima de Dios.

Bergoglio se ha hecho un dios; la Jerarquía de la Iglesia se ha hecho un dios. Todo el mundo juega a ser dios. Y nadie quiere reconocer los derechos de Dios sobre todas las criaturas. Y eso es lo que viene ahora: la Justicia de Dios. Y nadie se puede esconder de Su Justicia.

Los gobernantes de las naciones se les va a ir de la mano todo su plan; los que gobiernan la Iglesia en Roma van a quedar al desnudo, con todas sus verguenzas al aire; y los católicos, tan ufanos para proclamar las herejías de un hereje, van a quedar mudos y espantados ante lo que viene a la Iglesia.

María es nuestra esperanza

VirgenMaria

María es la verdadera Madre de Dios. Ella fue escogida desde la eternidad por el Padre Celestial. Su vocación, su inefable misión le viene de Dios, no de Ella misma. Todo en María es puesto por Dios. Por no tener pecado, Ella no hizo nunca su voluntad, sino que Dios pudo obrar en Ella sin obstáculos. No hay nada en María que desagradara a Dios.

La Virgen María fue elegida para que el Padre formara un cuerpo a su Hijo. Para eso, antes formó un cuerpo a la Madre. Y, por eso, decimos que desde toda la eternidad María ha salido del divino Pensamiento del Padre. Porque desde siempre el Padre pensó que su Hijo se iba a encarnar en una Mujer. Esta Mujer debió existir en el Pensamiento del Padre desde toda la eternidad, pues su Hijo es Eterno, es engendrado eternamente por el Padre.

Por eso, el Verbo siempre ha contemplado a su Madre. Desde siempre ha visto en Ella cómo se realiza su Encarnación. Desde toda la eternidad el Hijo se ha visto en su Madre, como Hijo de su Madre. Y cuando llego el tiempo, Dios se hizo Hijo de María.

El Espíritu Santo también desde toda la eternidad ha contemplado Su Amor en su Esposa. Un Amor que la ha hecho Madre sin ninguna intervención del hombre. Él es desde siempre el Esposo divino de la Virgen María.

Por eso, María, siendo Madre de Dios, se convierte para nosotros en una esperanza. María fue Madre pobre y humilde para la primera venida del Hijo. Hoy es para nosotros una Madre gloriosa y potente, que está preparando la segunda venida de su Hijo. Su maternidad se ejerce en preparar este acontecimiento: Jesús vuelve a la tierra en Gloria. Esto significa que se está preparando el mayor triunfo de Dios: el retorno de Jesucristo en gloria.

Y esta es nuestra esperanza. No tenemos otra. Después de ver tanto mal en el mundo, no podemos estar tristes, desanimarnos, decir que Dios ha olvidado a los suyos. La Cruz es una victoria sobre el Mal. Y ese triunfo debe manifestarse con la culminación de la segunda venida gloriosa de Jesús.

san miguel arcangel

La Misión de María es la de abrirnos la puerta de una nueva era: la era en que Jesús estará con los suyos reinando gloriosamente en la tierra. Por eso, María nos va conduciendo hacia los nuevos Cielos y la nueva Tierra. Para  hacer esto, Ella debe vencer a Satanás y a toda fuerza del mal, para que Dios pueda obtener en el mundo su mayor triunfo. Por eso, el rezo del Santo Rosario es esencial para la victoria de María sobre Satanás. Es el arma que vence a Satanás. El demonio nunca podrá nada contra la Virgen, porque no pudo nada en su Concepción Inmaculada.

Nuestra esperanza es que María es nuestra Madre, Madre de toda la humanidad. Y como Madre ha seguido siempre a sus hijos en todo el curso de la historia humana. En estos últimos tiempo, María es más Madre porque sus hijos son más esclavos de los Espíritus del mal. Su maternidad refleja la Misericordia divina, que se da con el fin de salvar a los pecadores.

Satanás triunfa hoy. Ha conducido a toda la humanidad al rechazo de Dios y así la ha vuelto súbdita de su dominio maligno. Los hombres sufrimos a causa de este dominio perverso. Sufrimos a causa del demonio. Es un sufrimiento espiritual, que va a lo íntimo del corazón del hombre. un sufrimiento que no puede quitarse con medicinas, sino sólo con exorcismos, con liberaciones, atando los demonios para que no sigan haciendo el mal.

Hoy los sacerdotes se han olvidado de exorcizar, de liberar, de sanar los corazones. No ponen en práctica el Evangelio de Jesucristo. Creen que siguiendo la ciencia humana, todos se van a curar, todos se van a liberar. Han puesto los medios de salvación en las ciencias humanas, en las palabras humanas, en razonamientos humanos, pero se han olvidado de la Palabra divina, que es Jesucristo. Por eso, Satanás triunfa, porque no encuentra oposición. La oposición al Mal la deben realizar los sacerdotes. Y hay tan pocos que sepan ver lo preternatural, la acción diabólica en las almas. Hasta que los sacerdotes no se decidan a ser fieles a la Palabra de Dios, al Evangelio, haciendo lo que hizo Jesús con las almas que se encontraba a su paso, el Mal seguirá avanzando y, por tanto, los sufrimientos de nosotros, los hombres, irán aumentando.

santo rosario

Pero María es la que debe sustraernos a la escalvitud de Satanás. Y, por, eso, estamos obligados a seguir a María en esta lucha contra Satanás. Ella obtendrá el mayor triunfo sobre Satanás: «Al final Mi Corazón Inmaculado triunfará». María está luchando con sangre contra el demonio. El pecado de sus hijos la hace derramar sangre. Es una batalla a muerte, pero que tiene su triunfo sólo en la Virgen. Nuestros pecados cuestan derramar sangre a nuestra Madre. Pero Satanás será reducido por la Virgen María a la impotencia y el gran poder del mal será completamente destruido por María.

Una vez heco esto, es cuando se producirá el retorno glorioso de Cristo. Es cuando habrá unos cielos nuevos y una nueva tierra. La tierra será entonces un nuevo paraiso, en que el Amor de Dios reinará. Esta es nuestra esperanza, la que nos trae la Virgen María. Una esperanza que nos lleva por el camino de la purificación y de la gran tribulación. Por el camino de la cruz, que es siempre victoria.

Ha llegado el momento en que La Virgen María se manifestará en toda su potencia. María es la aurora que precede al gran Día del Señor.

Ella es la Voz que difunde por todas partes este anuncio profético: todos debemos prepararnos para recibir a su Hijo Jesús, que ya está retornando entre nosotros sobre las nubes del cielo, en el esplendor de su Gloria divina.

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