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El gran fracaso de Bergoglio en el Sínodo

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«Se llama… cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos» (Canon 751).

En la historia de la Iglesia, se han dado cismas: personas que se han apartado de la unidad de la Iglesia, que es la unidad principal.

Esa unidad de la Iglesia radica en dos cosas: en la comunión de todos los miembros de la Iglesia entre sí y en la obediencia de todos ellos al Sumo Pontífice, que es la Cabeza de la Iglesia.

Sólo hay una Cabeza en la Iglesia: Pedro y sus Sucesores.

Actualmente, esa Cabeza es el Papa Benedicto XVI.

Son muchos los que tienen a Bergoglio como Papa y, por lo tanto, no están en comunión con el Papa legítimo y verdadero. Están fuera de la Iglesia en Pedro. Están siguiendo una falsa iglesia.

«Cuánta tiniebla en los hombres, cuánta obscuridad en sus corazones y en sus mentes, que no pueden reconocer al enemigo que está sentado en la Silla de Pedro, y se hace llamar santo padre, obispo de Roma, pero en verdad es un impostor, el lobo vestido con piel de oveja que engaña, con su poder seductor, y hace que los hombres lo bendigan como pastor universal; cuando, en verdad, al rebaño que él guía es el de los hombres necios, que viven sin estar en gracia, y son engañados fácilmente por el enemigo, porque si viviesen en Mi Gracia, y con sus corazones limpios, no caerían fácilmente en las trampas del que se hace llamar santo padre» (Jesús a un alma escogida)

En estos días, estamos contemplando el gran cisma dentro de la Iglesia Católica, que es el descalabro de muchas almas que siguen a un falso papa y están en una falsa iglesia.

Una obra cismática hizo Jorge Mario Bergoglio el 28 de septiembre del año 2013: puso un gobierno horizontal, creando un «Consejo de Cardenales» para gobernar la Iglesia.

Muy pocos han llamado por su nombre, como cisma, a este Consejo de Cardenales: todos han aceptado, de alguna manera, por conveniencia, este gobierno horizontal, el cual hace trizas el fundamento de la Iglesia, que es el Papado. El Papado, en la Iglesia, es un gobierno vertical en Pedro.

Jorge Mario Bergoglio puso el fundamento para levantar su nueva iglesia, precisamente, sentado en la Silla de Pedro, usurpando el gobierno de Pedro en la Iglesia, no su poder divino.

Es un cisma que proviene de un hombre que está gobernando la Iglesia con una autoridad que no tiene, que no le ha sido dada por Dios, sino que es dada por los hombres, por aquellas personas que lo han colocado, que han conspirado durante muchos años, para que este hombre se siente en el Trono de Pedro.

Se gobierna la Iglesia con la Autoridad Divina, en un gobierno vertical.

Bergoglio gobierna la Iglesia con una autoridad humana: y esto es ponerse por encima de la Autoridad Divina, que representa y tiene el Sumo Pontífice. Esto es rechazar la sujeción al Sumo Pontífice, al Espíritu de Pedro en la Iglesia. Jorge Mario Bergoglio no se sujeta a ese Espíritu y, por eso, no es el Sucesor de Pedro; y gobierna la Iglesia con un poder humano, que es el propio de un usurpador.

Jorge Mario Bergoglio no es el Sumo Pontífice, no es el Vicario de Cristo, no es el Papa de la Iglesia Católica. Si lo fuera, no hubiera obrado en contra de sí mismo colocando un gobierno horizontal. No hubiera tocado la verticalidad del Papado. Hubiera seguido a todos los Papas en la Iglesia en el gobierno vertical. Él se ha separado de la Sucesión de Pedro: y eso es el cisma.

Jorge Mario Bergoglio al no ser Papa, al ser sólo el Obispo de Roma, está ejerciendo un ministerio episcopal, pero sin el ministerio petrino. Por lo tanto,  puede hacer lo que hizo. Y puede hablar de una descentralización del Papado y de la Iglesia.

Además, su ministerio episcopal es falso. Por su clara herejía, Jorge Mario Bergoglio no es Obispo verdadero, que conduce y guía a las almas hacia la verdad. Es un Obispo falso que no puede ejercer el Espíritu de Cristo, no puede tener la Mente de Cristo ni hacer las obras de Cristo en la Iglesia, porque lo ha rechazado, le pone un óbice con su herejía.

Benedicto XVI renunció al ministerio episcopal, pero no al ministerio petrino. Ya no puede gobernar la Iglesia, pero todavía posee, hasta su muerte, el Primado de Jurisdicción, el ministerio petrino. Por ese ministerio petrino, los fieles y toda la Jerarquía están obligados a permanecer en comunión espiritual con él si quieren estar en la Iglesia de Cristo, si quieren ser Iglesia, si no quieren perderse en la gran apostasía que se contempla en Roma y en todas las diócesis del mundo.

Ya los fieles no están obligados a prestarle obediencia porque no gobierna la Iglesia, no realiza actos de gobierno ni de magisterio, que es lo propio del Papado. Su gobierno ha quedado inútil, no sirve, no cuenta. De esta manera, se cumple lo que la Virgen dijo a Conchita sobre un papa que Ella no contaba. No cuenta su ministerio episcopal, pero sigue contando su ministerio petrino. Por lo tanto, queda la comunión espiritual con el Espíritu de Pedro, que posee el Papa Benedicto XVI. Ese Espíritu de Pedro es el Espíritu de la Iglesia, que une a todos los miembros con Su Cabeza.

Sigue siendo Pedro el que guía a la Iglesia en estos momentos. Pero sólo guía a aquellos en comunión con el Papa Benedicto XVI. A los demás, ellos mismos se pierden en la gran confusión que hay en todas partes por seguir a un falso papa, que no tiene el Espíritu de Pedro, y por estar colaborando en el levantamiento de una nueva iglesia, contraria a la Iglesia de Cristo.

Un hereje, como es Jorge Mario Bergoglio, no tiene jurisdicción en la Iglesia.

Fueron muy pocos los que no quisieron aceptar esta mentira del gobierno horizontal y se apartaron de Roma, en ese momento, por haber caído en el cisma. Un cisma que iniciaba y sólo se mostraba encubierto.

Los demás, han seguido mirando a Roma y tienen como papa a un hereje, a un cismático y a un apóstata de la fe. Están dentro de una falsa iglesia, siguiendo como corderos llevados al matadero, a una cabeza falsa.

El Papa de la Iglesia Católica es Benedicto XVI, que es el último Papa antes del fin de los tiempos, antes de que se concluyan los tiempos del mal y aparezcan los nuevos tiempos, en donde el Papado continuará, pero con Papas puestos por el Cielo, no en una reunión de Cardenales.

El católico verdadero es el que comulga con el Papa Benedicto XVI: en Él está la Iglesia, la verdadera, la que ha fundado Cristo en Pedro. Todo aquel que comulgue con el Papa Benedicto XVI no puede caer en el cisma que Jorge Mario Bergoglio está obrando desde la Silla de Pedro.

«Las puertas del infierno» no pueden prevalecer sobre la Iglesia en Pedro, sobre los fieles que comulgan con el Papa Benedicto XVI. Sin embargo, las puertas del infierno están por encima de esa iglesia, que está levantando Jorge Mario Bergoglio, para engullirla una vez haya sido levantada en la perfección de todo mal.

«Entre el cisma y la herejía creo que hay esta diferencia: la herejía crea dogmas alterados, mientras que el cisma separa de la Iglesia» (San Jerónimo – In Tit. Super 3, 10; ML 26, 633).

Jorge Mario Bergoglio ha estado creando, desde el Consistorio de febrero del 2014, el dogma alterado de los divorciados vueltos a casar que pueden comulgar y de las parejas gays en la Iglesia.

Ha ido en contra de dos documentos claves en la Iglesia Católica: la Familiaris Consortio y la Humanae Vitae. Señal de que él no puede seguir ni a los Papas ni al Magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, que es irreformable. Señal de que no es Papa.

Jorge Mario Bergoglio puso a su anticristo, Kasper, que fue el único relator de ese Consistorio, para comenzar la reforma del magisterio de la Iglesia. Kasper fracasó, pero el mal continuó.

En el Sínodo del 2014, Jorge Mario Bergoglio, de acuerdo a su agenda programada, intentó imponer su doctrina con un documento infame. Y tuvo que cambiarla por la gran oposición de toda la Iglesia. De nuevo, fracasó. Pero el mal continúo.

En su orgullo, como un dictador, reinsertó su dogma alterado en el Instrumentum Laboris para el Sínodo del 2015. Y puso a todos sus hombres al frente de ese Sínodo, amordazando a los Padres Sinodales. Nombró a una comisión especial para escribir su relatio final. Y su dogma alterado, de nuevo, fracasó.

El gran fracaso de Bergoglio ha sido este último Sínodo. Pero, sin embargo, el mal continúa.

Bergoglio ha montado en cólera por este fracaso, diciendo que no debemos sentarnos en el trono de Moisés y juzgar a la gente, que debemos supuestamente ser caritativos y misericordiosos, negando claramente la realidad del pecado, y dando el mensaje protestante de que Jesús ama a todo el mundo y se hace cargo de todo. En su ira, ofreció su falsa misericordia en la que se anula toda justicia y en la que se ataca a toda la Iglesia Católica. Ni una palabra sobre el pecado ni sobre el arrepentimiento. Sólo se ha desahogado con su baboso modernismo, sólo le ha interesado poner en claro su herético pensamiento:

«…hemos visto también que lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo, para el obispo de otro continente; lo que se considera violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede parecer simplemente confusión. En realidad, las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado». (24 de octubre 2015)

Lo que parece normal para un Obispo, no es tan normal para otro; lo que una sociedad o cultura entiende por violación de derecho, no es para otra…

Jorge Mario Bergoglio sigue su idealismo: todo principio general tiene que ser inculturalizado. Es decir, que no existe la ley divina, la verdad absoluta, no existen los dogmas, no existe la ley natural, no existe la ley de la gracia. Sino que todo es del cristal como los hombres, las culturas, las sociedades, las conciencias de cada uno lo miren. Esto no es nuevo en él. Siempre ha pensado así y no hay manera de que este hombre piense lo contrario. Él está en la descentralización del Papado y de la Iglesia. Pero, no sabe cómo hacerla.

Ahora, para toda la Iglesia, hay un momento de compás de espera.

El Sínodo ha fracasado porque no alcanzó los objetivos que el mal planeaba. No se dijo que los divorciados podían comulgar. No se dijo que los homosexuales se podían casar. Y esta es la ira de Jorge Mario Bergoglio y su gran fracaso. Por eso, él no puede ser el Falso Profeta. Sólo es un pobre payaso que entretiene a todo el mundo con una palabra que fracasa.

No son con palabras cómo se cambian a los hombres: es lo que lleva intentando este hombre desde que usurpó el Trono de Pedro. Se ha dedicado a hablar, a contar fábulas a todo el mundo. Y eso cansa después de dos largos años. Cansa escuchar a un hombre obsesionado con los mismos asuntos de siempre. Un hombre sin verdad, sin vida espiritual y sin vida eclesial.

Por eso, son muchos los intelectuales que también fracasan al querer estudiar lo que es Bergoglio como papa, como miembro de la Iglesia.

Este hombre no puede enseñar nada a la Iglesia: está creando sus dogmas alterados. Para eso, tiene que ir en contra de toda la fe católica. Tiene que hacer, como hacen todos los herejes, conocedores del dogma, pero que lo interpretan a su manera, que ocultan la verdad que ellos no quieren que se diga, para que sólo se manifieste su mentira.

Esto es la relatio final: un documento ambiguo. Hace aguas por todas partes, porque se oculta la verdad. Sólo se manifiestan aquellas palabras, aquel lenguaje que dice muchas cosas y no dice absolutamente nada. Todos los pueden interpretar a su gusto.

A pesar del fracaso del Sínodo, Bergoglio sigue adelante con su mal. El Sínodo sólo fue un montaje para intentar poner un rótulo de doctrina en la cual todos puedan participar, todos puedan aportar algo, menos la verdad. De esta manera, se coge a los falsos conservadores, a los que creen que la doctrina no ha cambiado, que todo sigue igual, para atrerlos a su juego. Ellos no buscaban un consenso, sino la manera de introducir su lenguaje bajo la carpa de la doctrina de siempre. No se toca la doctrina, sino que se abre la puerta para múltiples interpretaciones. Es buscar el fin democrático, el fin del pueblo, el sentido que el pueblo quiere en la vida. Es darle al hombre lo que en su pensamiento quiere encontrar.

Para toda esta gente, es lo pastoral lo que cuenta. No es la doctrina. A ellos les interesa muy poco la doctrina. Ellos quieren que la gente viva sin doctrinas absolutas, sin leyes divinas, sin normas de moralidad.

Por eso, ahora, tiene que dedicarse a descentralizar la Iglesia, a poner en cada diócesis la fuerza del cambio, que es el levantamiento de la nueva iglesia.

Ellos tienen que reformar los Sacramentos de alguna manera para que entren todos en la Iglesia. Ellos van a ir a la práctica, no a la doctrina. Con la práctica, es más fácil reformar la doctrina.

«El cisma, en un principio y en parte, puede entender como distinto a la herejía; mas no hay cisma en que no se forje la herejía, para convencerse de que se ha obrado rectamente apartándose de la Iglesia» (Ib. San Jerónimo)

No hay cisma en que no se forje, en que no se consolide la herejía.

Bergoglio no se va a dar por vencido en este fracaso del Sínodo. Bergoglio sigue forjando su herejía, sigue trabajando con su mente cerrada a la verdad: ahí están sus escritos heréticos y sus falsos motus propios que abren la puerta al divorcio en la iglesia, es decir, a la herejía. Son con los motus propios, con la pastoral, cómo cambian la Iglesia, cómo lo alteran todo.

¡Cuántas almas se van a separar de la Iglesia por esos motus propios! Van a tener una nulidad que es falsa. A los ojos de Dios, seguirán casados. Y ellos vivirán en sus pecados sin posibilidad de arrepentimiento. Esto es un claro cisma que pocos han contemplado.

Bergoglio, con sus escritos, con sus homilías, con sus enseñanzas heréticas, va apartando a las almas de la Iglesia: de la verdad, de lo que significa un Papa en la Iglesia, de lo que es la obediencia a un Papa en la Iglesia, de lo que es el magisterio infalible de la Iglesia.

Muchos, que siguen a Bergoglio, lo critican y lo juzgan. Han caído en su juego. Porque a un Papa no se le puede criticar ni juzgar. Y, por eso, muchas almas ya no saben obedecer a la verdad porque están obedeciendo la mentira que un hombre les da en la Iglesia. Ese hombre los está separando de la Iglesia, y no se dan cuenta. Y esto es el cisma.

Se forja la herejía, la obediencia a la mentira, que las almas piensen el error y lo obren. De esta manera, se va haciendo el cisma. Y, poco a poco, se van quitando las caretas, van saliendo del armario curas homosexuales que ya quieren ser de esa iglesia que está levantando Bergoglio.

Bergoglio está convencido de su herejía. Y está convencido de que debe apartarse del magisterio infalible de la Iglesia, de todos los Papas, sólo por estar forjando su herejía, sólo porque cree en su herejía. Muchos, no ven esto en Bergoglio, este convencimiento, este trabajo en forjar sus dogmas alterados. Y quedan ciegos con ese hombre.

Ahora, ellos se van dar a la tarea de la descentralización de la Iglesia. Porque, para que el Anticristo se siente en la Silla de Pedro, necesita que en todas las diócesis, en todas las parroquias, en todas las capillas católicas, se viva el pecado, se obre el pecado, y que la gente tenga el pecado como un camino en su vida.

Esto sólo puede hacerse de manera pastoral. Y el contenido de la relatio final del Sínodo es apropiado para comenzar las reformas de las liturgias de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía.

Si doctrinalmente no ha quedado escrito que los divorciados vueltos a casar pueden comulgar, lo van a hacer pastoralmente. Y el cisma se irá viendo más claro, día a día. Van a dar sacramentos en los que se va a invitar a todo el mundo a participar. Y, muchos, si quieren salvarse tienen que apartarse de todo esto.

«…la Iglesia no fue pensada y hecha por hombres, sino que fue creada por medio del Espíritu; es y sigue siendo criatura del Espíritu Santo» (Eclesiología de la Lumen Gentium – Conferencia del Cardenal Ratzinger, febrero 2000).

La Iglesia de Cristo existe realmente, porque Él mismo la fundó y el Espíritu Santo la va recreando continuamente.

No es la obra de los hombres, sino del Espíritu. Y, en un mundo, en una Iglesia, en que el hombre ha perdido el sentido espiritual, lo que es la realidad y el mundo del Espíritu, sólo contemplamos una Iglesia llena de hombres, que piensan como los hombres, que obran como ellos, pero que no siguen al Espíritu de la Iglesia, que no son movidos por este Espíritu, que sólo les interesa un reino material, humano, natural, carnal. Una vida mirando sólo lo de acá. Conquistando sólo proyectos humanos.

Por eso, no contemplamos la Iglesia de Cristo ni en Roma ni en muchas parroquias. Sólo contemplamos a hombres que quiere edificar una nueva iglesia, siguiendo las enseñanzas de un hombre que sólo habla para fracasar en su palabra.

Contemplamos un cisma en la Iglesia. Y que ya se está manifestando con claridad, porque se sigue forjando la herejía. Nadie lucha en contra de ella. Todos se acomodan al lenguaje herético que de Roma viene.

Graves momentos para la Iglesia. No se ha vencido en el Sínodo porque ninguno de los Cardenales ha excomulgado a Jorge Mario Bergoglio. Se ha contenido, por un tiempo, la obra de herejía de ese usurpador.

Pero, si los hombres no se ponen en la Verdad, entonces perderán toda fuerza de contención y caerán en la abominación que ya se está levantando por todas partes.

La división está entre los miembros de la Iglesia. Ya no hay comunión en la verdad entre ellos. Y esta es la obra cismática de un hombre, que ha puesto esta guerra, esta división, este odio hacia los católicos verdaderos, que siguen el dogma y cumplen con la ley de Dios. Jorge Mario Bergoglio ha dividido la comunión de los fieles en la Iglesia. Ha dividido la verdad, la unión en la verdad. Y esto es el cisma.

Un Sínodo falible para levantar una iglesia llena de herejías

«He manifestado tu Nombre a los que me has dado sacándolos del mundo… Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de Ti; porque Yo les he comunicado lo que Tú me comunicaste; ellos han aceptado verdaderamente que vengo de Ti, y han creído que Tú me has enviado… Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como Yo no soy del mundo… Conságralos en la verdad: Tu Palabra es verdad. Como Tú me has enviado al mundo, Yo también los he enviado al mundo...» (San Juan 17,6ss.14.17s; véase San Juan 10,36).

El magisterio de la Iglesia fue instituido por Jesucristo, enviado por el Padre como Maestro auténtico de la verdad, en los Apóstoles.

Jesús eligió a Doce para enseñarles su doctrina: «ahora saben que todo lo que me has dado viene de Ti».

Jesús comunicó a los Doce una doctrina divina, celestial, espiritual y sagrada.

Y los Doce aceptaron esa doctrina: creyeron en las Palabras de Jesús. Dieron asentimiento, obedecieron con su mente, hicieron un acto de fe a la Palabra de Jesús: «han creído que Tú me has enviado».

Y los Doce fueron consagrados en la verdad: se les dio la virtud del Espíritu Santo para ser enseñados continuamente por el Espíritu de la Verdad, como lo fueron por el Maestro, y así aprendieron toda la plenitud de la doctrina de Jesucristo, para propagarla perpetuamente y con fidelidad hasta los confines de la tierra.

Muchos han combatido este Magisterio infalible de la Iglesia, que está por encima de toda razón humana, de toda ciencia y progreso del hombre, que va más allá de la conciencia del individuo, que proclama una autoridad divina en la Jerarquía de la Iglesia Católica.

El Magisterio infalible de la Iglesia es lo que la Iglesia enseña como revelado por Dios. No es, por tanto, la opinión de una escuela teológica, ni el magisterio privado de un teólogo o de un Obispo, ni los magisterios falibles que se dan en las Encíclicas o en los decretos que no están conexionados con las verdades reveladas, ya jurídicos, ya litúrgicos, ya magistrales.

Hay mucho magisterio del Romano Pontífice en el cual él habla con una autoridad que no alcanza la infalibilidad, es decir, no está expresando, no está enseñando algo revelado por Dios.

Hay muchos decretos que son publicados en virtud de la autoridad legítimamente comunicada por el Sumo Pontífice, es decir, tienen la firma del Papa, pero la doctrina, en ellos, no es segura.

Por ejemplo, el “Directorio para la aplicación de los principio y normas sobre el Ecumenismo”, publicado el 25 de marzo de 1993. Contiene este directorio instrucciones que van en contra de la doctrina de la Iglesia. Cualquiera que lo lea se da cuenta que la doctrina contenida en tal decreto no es segura. Y, por lo tanto, no se puede aceptar con el asentimiento de la mente. Se ha usado el nombre del Papa, su firma, para crear un directorio de normas, de leyes, que van en contra de la misma verdad revelada.

Desde el Concilio Vaticano II se dan en la Iglesia esta clase de documentos, que no pertenecen  a los decretos que están conexionados con las verdades reveladas y a los cuales se exige el asentimiento interno y religioso de la mente, sino que exponen unas reglas y unas leyes prácticas que anulan la doctrina de Cristo.

Y esto la Jerarquía lo sabe. Y es tal la perversidad de mucha Jerarquía que imponen estos decretos como verdaderos, como seguros, a sus fieles en las parroquias. Así sucedió con todos los decretos litúrgicos que se introdujeron en la Iglesia, después del Concilio, que tienen la firma del Papa, pero que no son doctrina segura, sino que imponen leyes, como la comunión en la mano, que van en contra del magisterio infalible de la Iglesia.

A estos decretos no se les puede obedecer porque no provienen de una autoridad sagrada. Tienen la firma del Papa legítimo, que es siempre una autoridad sagrada en la Iglesia, el cual tiene la función de velar por la salud y la seguridad en la doctrina. Pero han sido dados en contra de esa misma autoridad sagrada, por motivos que los hombres no pueden explicar.

¿Cómo un Papa legítimo permite en la Iglesia este tipo de documentos que enseñan doctrinas que van en contra de lo que Jesús ha revelado?

Es el Misterio del Mal: existe una jerarquía en la Iglesia Católica que combate la autoridad sagrada del Papa y que impone su doctrina a toda la Iglesia.

Muchos católicos se equivocan al decir que los Papas fueron los culpables. Y acaban llamando a esos Papas herejes. Y quedan ciegos para siempre porque no son humildes, no piden luz al Espíritu para discernir este problema en la Iglesia.

El ecumenismo no está en la Revelación. Sin embargo, la Jerarquía ha querido meter a toda la Iglesia en el objetivo de la búsqueda de la unidad de los cristianos. Un objetivo que no pertenece a la fe, a los artículos de la fe.

Y mucha Jerarquía ha publicado cantidad de documentos para fortalecer este objetivo.

Ellos son maestros de la ley: promulgaron un nuevo Código de Derecho Canónico, en la cual se introdujo una nueva situación disciplinar para todos los fieles en materia ecuménica. Esa situación disciplinar no existía en el antiguo Código, porque el ecumenismo no pertenece al depósito de la fe. Es doctrina de demonios. Son fábulas de la mente del hombre que se dan para engañar al mismo hombre.

Y la Jerarquía ha trabajado durante 50 años en el Ecumenismo, llegando al absurdo que vemos hoy día: ya nadie cree en la doctrina que salva. Todos están buscando un lenguaje nuevo que haga cambiar el mismo magisterio infalible de la Iglesia. Un nuevo lenguaje para una nueva teología.

Lo que vemos con estos documentos es claramente el Misterio del Mal dentro de la Iglesia. Y los Papas legítimos han estado prisioneros, de una forma o de  otra, de la Jerarquía movida por este Misterio del Mal.

Hoy se niega el Magisterio infalible de la Iglesia por la misma Jerarquía.

Por supuesto, esa Jerarquía ha dejado de ser católica y sólo hace la función de destruir la Iglesia, usurpando la verdad para poder introducir las innovaciones en la doctrina, para hacer una nueva teología, para levantar una nueva iglesia con un nuevo magisterio, no instituido por Cristo, sino por los hombres.

Esa Jerarquía, infiltrada en la Iglesia Católica, tiene un grupo numerable de aficionados a novedades, que desprecian toda teología escolástica para menospreciar el Magisterio infalible de la Iglesia.

Son muchos los falsos católicos que ven el Magisterio infalible de la Iglesia como impedimento al progreso, y como óbice de la ciencia humana. Muchos lo consideran como un freno injusto a sus pensamientos, a sus filosofías, a sus obras en la vida.

Y esto es señal de la falta de fe: ya no se cree que Jesús ha dado un Magisterio a sus Apóstoles que permanece siempre lo mismo, que nunca cambia, que es inmutable, que no tiene ningún error.

Por eso, ahora todos tienen a un hereje como su papa, como su maestro en el ministerio sacerdotal, como el que enseña y une a la Iglesia en la mentira de su palabra.

Y ahora todos enseñan una doctrina que no es segura, que va en contra de todas las verdades reveladas, y que son la base de la  nueva teología que se quiere imponer a todos en la Iglesia.

Las encíclicas de Bergoglio no son cartas de un Papa a los fieles exponiendo una doctrina segura, un magisterio ordinario, infalible. Son escritos de un  hereje que llevan a las almas a la apostasía de la fe y a la clara herejía. Son los escritos de un cismático que gobierna la Iglesia con un gobierno de hombres, de muchas cabezas, propio de un líder político

Ya los Jerarcas de la Iglesia no creen en el Magisterio de la Iglesia que enseña a excomulgar a un hereje. Ya no creen en el Evangelio que proclama que todo aquel que enseñe un evangelio distinto al de Jesucristo, sea tomado por anatema, sea apartado de la vida de la Iglesia.

Han dejado de creer, los hombres han perdido la fe en la Palabra de Dios.

El Magisterio de la Iglesia es infalible cuando se centra en los artículos de la fe, que son las verdades formalmente reveladas, y en aquellas verdades que están necesariamente conexionadas con los artículos de la fe.

Es decir, «per se pertenecen a la fe aquellas verdades, que nos ordenan directamente a la vida eterna» (Sto. Tomás).

«Esto es lo que has de predicar y enseñar» (1 Tim 4, 11): todo aquello que conduce al alma hacia su salvación y su santificación.

No se puede enseñar ni el ecumenismo, ni la ecología, ni tantas doctrinas que no llevan al alma hacia su salvación. Y los fieles están obligados, en la Iglesia, a combatir esas doctrinas si quieren salvarse.

Los Obispos han recibido de los Apóstoles esta doctrina de la fe que deben custodiar en santidad y ser expuesta con fidelidad por la Iglesia.

«¡Oh, Timoteo!, guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan, extraviándose de la fe» (1 Tim 6, 20).

Es claro que en las actuales circunstancias de la Iglesia, la mayoría de los Obispos no guarda el depósito de la fe porque se han extraviado con la falsa sabiduría humana de la ciencia y de la técnica, llenándose de errores, de mentiras, de dudas, que infestan a toda la Iglesia.

Los Apóstoles eran infalibles: hablaban en nombre de Dios, eran ayudados y fortalecidos por la asistencia divina, y su predicación estaba confirmada por milagros y profecías.

Y eran infalibles porque aceptaron «verdaderamente que vengo de Ti, y han creído que Tú me has enviado». Aceptaron y creyeron: pusieron su cabeza en el suelo y obedecieron la Palabra de Dios que Jesús les enseñaba.

Los Apóstoles, en lo concerniente a la fe y a las costumbres, eran cada uno de ellos personalmente infalibles.

«Yo estoy contigo y nadie se atreverá a hacerte mal, porque Yo tengo en esta ciudad un pueblo numeroso» (Act 18, 10).

Yo estoy contigo: significa la asistencia eficaz de Dios para realizar la misión que Dios le confió a San Pablo.

Muchos Obispos, hoy día, ya no son infalibles como lo fueron los Apóstoles. Y la razón sólo es una: ya no aceptan ni creen en Jesús. No aceptan ni creen en la doctrina de Jesús.

Creer en Jesús es creer en su doctrina.

Muchos han disociado a Jesús de su doctrina. Se quedan con un Jesús acomodado a sus intereses y pensamientos humanos. Pero no quieren saber nada de la doctrina de Jesús.

Jesús es la Palabra de Dios: es el Pensamiento vivo del Padre. Jesús es una doctrina viva. Una doctrina que no es de este mundo, que no puede caber en la mente de ningún hombre. Es la Mente de Dios lo que enseñó Jesús a Sus Apóstoles. Una mente infalible, incapaz de errar. Una mente inmutable, incapaz de ser alcanzada por ninguna novedad humana. La Mente de Dios no puede variar según los tiempos ni las culturas de los hombres. Es siempre la misma. Son los hombres los que no creen en la mente de Dios y acaban colocando su mente humana por encima de Dios.

Ser infalible no significa ser impecable. Se puede pecar y ser infalible al mismo tiempo.

La infalibilidad es la vigilancia de Dios, que dirige por sí mismo al hombre, para que éste predique sin error la Palabra de Dios. Dios preserva del error la inteligencia del hombre.

El que Dios preserve del error no significa hacer que la mente del hombre sea siempre infalible. La mente del hombre sigue estando sujeta a muchos errores, nieblas, dudas, oscuridades. Pero, cuando el hombre humilde trabaja para Dios, su mente queda preservada del error para que se obre lo que Dios quiere entre los hombres.

Dios es el que custodia su misma Palabra. Y lo hace asistiendo al hombre, desde fuera, para que propague esa misma Palabra sin error. El hombre puede perder esta asistencia del Espíritu sólo por el pecado de herejía y de apostasía de la fe.

Predicar de forma infalible lo tuvieron los Apóstoles y sus Sucesores, los Obispos.

Los Obispos son infalibles cuando, obedeciendo al Romano Pontífice, imponen a sus fieles la misma doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles.

Imponen la misma doctrina: hoy, nadie en la Iglesia quiere escuchar la verdad; nadie quiere obedecer la verdad; nadie quiere cumplir con las leyes divina y de la gracia.

La gente ya no quiere la doctrina de siempre, sino que va en busca de las fábulas. Y estas son las que quieren imponer a los demás. Las fábulas del ecumenismo, las fábulas de la ecología, las fábulas de tener unos ritos litúrgicos en donde se pueda pecar libremente.

Los Obispos, para ser infalibles, tienen que imponer la doctrina de Jesús. Como los Obispos hablan a los hombres las palabras que éstos quieren escuchar, entonces pierden la infalibilidad, la asistencia de Dios en sus ministerios.

Si los Obispos dan a sus fieles otra doctrina distinta a la de Cristo pierden la infalibilidad, es decir, predican y enseñan con error y con la herejía. Y esto conduce a la apostasía de la fe y a la herejía.

Es lo que comenzó después del Concilio Vaticano II: todo el mundo metió en la Iglesia doctrinas extrañas, un magisterio contrario al magisterio de la Iglesia. Y ese falso magisterio ha alcanzado la cabeza de la Iglesia.

El Magisterio de la Iglesia es auténtico e infalible, es vivo y tradicional, es inmutable.

«La doctrina de la Fe ha sido entregada a la Esposa de Jesucristo, para custodiarla fielmente y para que la enseñe infaliblemente» (D 1800).

No se puede enseñar infaliblemente (sin error) la verdad si no se cree en la verdad revelada. Es el acto de fe el que produce la infalibilidad, es decir, el que trae consigo la asistencia de Dios para que el hombre, cuando hable, cuando piense, no se equivoque.

Todo el problema de la crisis actual de la Iglesia es el objeto de la fe.

Los Apóstoles creyeron en la doctrina de Jesús. Y creyeron en la doctrina que el Espíritu de la Verdad les enseñó. Éste es el objeto de la fe. Es la doctrina que viene de la fe, que surge en la fe. No es la doctrina que viene de la mente de un hombre, de la palabra y del lenguaje de los hombres. Se cree en la Palabra de Dios. Se conoce la Palabra de Dios. Se interpreta correctamente esa Palabra de Dios. Y se enseña con la autoridad divina la Palabra de Dios.

Esto es lo que hicieron los Apóstoles: porque creyeron en la Palabra de Dios fueron infalibles. En la fe no hay error. En el ateísmo, en la falta de fe, en la infidelidad al don de la fe están todos los errores.

Porque creyeron en la Palabra siempre enseñaron lo mismo al rebaño. Nunca introdujeron extrañas doctrinas, leyes en contra del magisterio que Jesús y el Espíritu les enseñaron.

Ellos, con la infalibilidad, pudieron levantar la Iglesia que Cristo quería. La infalibilidad es para construir la Iglesia en la Verdad: que la inteligencia de los hombres tenga la luz de la verdad, que ellos sepan dónde está la verdad, dónde encontrarla, cómo obrarla en sus vidas.

Esta infalibilidad en la inteligencia es distinta a la impecabilidad en la voluntad.

La mente no tiene el error en ella misma: eso es ser infalible;

Y la voluntad no puede elegir el pecado: eso es ser impecable.

Ser infalibles en la inteligencia no supone ser impecables en la voluntad. Y eso es sólo debido al pecado original, en el cual el hombre quedó dividido en su misma naturaleza humana.

El hombre entiende, con su mente, el bien; pero obra, con su voluntad, el mal.

Jesús construye Su Iglesia en la infalibilidad de la inteligencia humana: preserva del error la mente del hombre para que pueda obrar, sin error, con su voluntad humana. Pero, por el pecado original, la voluntad se desvía de lo que la mente ha conocido y el hombre acaba obrando el mal con su voluntad.

Para combatir esta voluntad desviada por la concupiscencia del pecado, son necesarios los Sacramentos de la Iglesia.

Jesús da a Su Iglesia, no sólo la infalibilidad, sino la gracia, la vida divina.

Es la gracia lo que sostiene la voluntad del hombre para que pueda obrar el bien que la mente entiende. Es la gracia lo que impide pecar. Pero es necesario que el alma sea fiel a la gracia que ha recibido.

La inteligencia del hombre ya conoce la verdad sin ningún error. Pero necesita la vida divina para obrar la verdad conocida. Necesita que el hombre permanezca en la gracia, persevere en la gracia, viva en la gracia.

Muchos conocen la verdad, pero no la obran. Todos los herejes conocen la verdad, pero se dedican a obrar la mentira. No obra en la gracia, sino que obran en el pecado.

No es el conocimiento de la verdad el camino para obrar el bien. Es la gracia, la vida de Dios, no sólo el camino sino la fuerza para realizar la Voluntad de Dios.

Y la gracia da al hombre una vida moral, una norma de moralidad, una voluntad arraigada en la ley de Dios.

La infalibilidad da al hombre una inteligencia sin error.

Muchas almas caen en el pecado porque en sus mentes hay muchos errores: no se asientan en la verdad, en la doctrina de la fe, que es infalible, y necesariamente deben caer, deben obrar con sus voluntades el error, el mal. No pueden ser sostenidos por la gracia: caen en el pecado, se apartan de la vida moral.

Los errores en la mente llevan a los pecados más comunes entre los hombres: gula, lujuria, desobediencias, iras, críticas, mentiras, etc…

Pero las herejías en la mente conducen a la perversidad de la mente y a la perfección en la obra del pecado. La herejía lleva a obrar sin norma de moralidad. Hace que el hombre tenga una voluntad para obrar siempre el mal.

La Iglesia, cuando custodia la verdad y mantiene los Sacramentos en la fidelidad a la verdad, en la norma de moralidad, entonces puede crecer en la vida espiritual y alcanzar la perfección que ya posee en sí misma.

Pero si los hombres de la Iglesia, si los Obispos y los fieles, se alejan de la verdad y hacen que los Sacramentos se desvirtúen al introducir leyes o reglas que conducen al pecado, entonces vemos lo que sucede actualmente en la Iglesia: la Iglesia es destruida por los mismos que deberían custodiar lo que Jesús dio a Sus Apóstoles.

La Iglesia está podrida y corrompida porque en sus miembros está el pecado de herejía, que conlleva ser falibles en la predicación y en la enseñanza; y está la anulación de la vida divina al echar en saco roto la gracia (al no cumplir la vida moral)  que dan los sacramentos.

Sin la verdad revelada y sin la gracia divina en el alma se construye una nueva iglesia con una nueva doctrina, que da culto a un falso cristo.

Ya no sólo observamos una Iglesia que peca; sino que vemos una Iglesia que no quiere la verdad, que no cree en la verdad, que no puede escuchar la verdad, y que sólo quiere vivir para lo humano, para las grandezas de la tierra, buscando una felicidad que no existe en la tierra.

Una iglesia que prefiere unos sacramentos en donde se enseñe a la gente a pecar.

Una iglesia que se ha embarcado en un Sínodo maldito, en el que se busca legislar el pecado.

Una Iglesia falible que se prepara para un Sínodo falible, en donde se da una enseñanza llena de errores y de herejías, un Sínodo construido en la herejía. Y no va haber un Papa que contenga la herejía, como lo hizo Pablo VI en el Concilio Vaticano II.

La Jerarquía de la Iglesia ha tenido tiempo de liquidar a Bergoglio, de anatematizarlo. Pero han callado. Y quien calla, otorga la herejía del que habla. Está de acuerdo con la doctrina del rufián que gobierna la Iglesia.

Y es el Sínodo el inicio del desmantelamiento del magisterio infalible de la Iglesia. Es, por lo tanto, el inicio del levantamiento de una nueva iglesia en una nueva doctrina.

Ya esa iglesia fue levantada en una cabeza de usurpación, que puso el gobierno horizontal, el cual anula de raíz toda la Iglesia. Pero los hombres no saben ver que el fundamento de la Iglesia, que es la verticalidad de Pedro, ha sido acabado, ha sido destruido. Y donde no está Pedro, no está la Iglesia.

Y están todos pendientes de lo que no tienen que estar: de un Sínodo maldito.

Y siguen pendientes de las palabras de un hereje, que cuando habla sólo quiere dar  publicidad a su mentira. Y este es el error de muchos católicos: no han sabido combatir al hereje y sólo le dan publicidad.

El verdadero católico cuando lucha contra un hereje, lo deja un lado, una vez que lo ha combatido, y sigue su vida ignorando al hereje, despreciándole. Porque la vida eclesial es estar en comunión espiritual con el Papa verdadero, Benedicto XVI. Lo demás, que pase en la Iglesia, ya no interesa al verdadero católico.

Una vez que se conocen las verdaderas intenciones del hereje, entonces el alma tiene que prepararse para lo peor, sin estar pendiente de lo que dice o no dice ese hereje.

Muchos católicos no comprenden esto. Y continúan pendientes de nada en la Iglesia.

Es el momento de formar la Iglesia remanente, la Iglesia que calla y espera a que venga Su Señor para que repare todo el mal que existe en la Iglesia.

Ya no es tiempo de atacar al hereje: ya nadie busca la verdad en la Iglesia.  Nadie se va a convertir por más razones que se les den. Hay que sacudirse el polvo de las sandalias y seguir predicando la verdad a aquellas almas que quieren escuchar la verdad. A los demás, hay que dejarlos que hagan su obra: «Lo que has de hacer, hazlo pronto» (Jn 13, 27).

Lo que la Jerarquía, reunida con un maldito, obedeciendo la mente del usurpador, tenga que hacer, que lo haga pronto después del Sínodo.

La Jerarquía lleva años buscando la evolución del dogma, que supone inventarse una nueva teología. Que construya esta nueva teología pronto. Esto ya no importa a los verdaderos católicos. No hay quien pare este Misterio del Mal.

Al Cuerpo Místico de Cristo le espera la Cruz del Calvario: tiene que sufrir y morir como Su Cabeza. Sólo de esa manera, la Iglesia de Cristo resucita gloriosa. Sólo así comienza el nuevo milenio, en donde se alcanzará la gloria que Adán perdió para todo el linaje humano.

«Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que Tú me diste; porque son tuyos» (Jn 17, 9).

La Iglesia no es de todos, sino de los que son del Padre. Y sólo el Padre conoce a sus hijos. Y sólo el rebaño de Cristo conoce a Cristo.

Tienen que conocer quién son de Cristo y del Padre. Aquellos que no aceptan ni creen en la Palabra de la Verdad, son del demonio y hay que tratarlos como merecen.

No recen por el Sínodo, no recen por Bergoglio, no recen por la Jerarquía que ha claudicado en la doctrina de Cristo y que sólo le interesa en la Iglesia su gran negocio: dinero, sexo y poder.

Del gobierno de Bergoglio saldrá la monstruosidad del cisma

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«No hay paz sin justicia y no hay justicia sin verdad. Y la verdad es que el hombre inicuo, el vicario del anticristo está sentado en el Trono de Pedro. El Innominado no tiene ninguna autoridad ni para decir ni para hacer porque no es vicario de Jesucristo» (10 de mayo de 2015).

La verdad es que… el vicario del anticristo está sentado en el Trono de Pedro: esta verdad sólo se puede comprender en otra verdad.

«Ahora se han levantado en el mundo muchos seductores, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Este es el seductor y el Anticristo. Guardaos, no vayáis a perder lo que habéis trabajado, sino haced por recibir un galardón cumplido» (2 Jn 7-8).

Bergoglio está sentado en el Trono de Pedro con la misión de seducir, de llevar al abismo a toda la Iglesia.

¿Qué hay que hacer? Guardarse de él. Resistidlo, atacadlo, huid de su doctrina.

«Todo el que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios» (Ib, 9a)

Bergoglio no tiene a Dios en su corazón porque sigue una doctrina contraria a la verdad. Bergoglio no es de Dios, sino del demonio.

«El que permanece en la doctrina, ése tiene al Padre y al Hijo» (Ib, 9b).

¡Cuánta Jerarquía en la Iglesia que no permanece en la doctrina de Cristo, sino que está extraviada en doctrina de demonios! ¡No son de la Iglesia! ¡No son de Cristo!

¿Por qué Dios ha permitido que un seductor se sentara en el Trono de Pedro?

«Tocó el séptimo ángel… Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: “Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos”» (Ap 11, 15).

La Segunda Venida de Cristo está ya a las puertas. Son pocos los que creen en esto.

Bergoglio está usurpando el Trono de Pedro porque Cristo viene en gloria para reinar por mil años en un cielo nuevo y en una tierra nueva.

«…vivieron y reinaron con Cristo mil años» (Ap 20, 4): nadie cree en el milenio. Luego, nadie cree que un usurpador esté en el Trono de Pedro. Nadie atiende al peligro que viene del gobierno humano de Bergoglio.

Todos tienen ante sus narices ese peligro y nadie lo quiere ver.

Bergoglio no es papa, luego hay que echarlo de la Iglesia por su herejía y por su atrevimiento en sentarse en la Silla que no le corresponde.

Esto es lo que se debe hacer, pero esto es lo que nadie va a hacer.

Esta es la única verdad que a nadie le interesa conocer y cumplir.

El tiempo de atacar a ese hombre ya pasó. Ahora, es el tiempo de echarlo, de hacerlo renunciar. Si no se hace esto, todos -fieles y Jerarquía- van a quedar atrapados en las leyes inicuas que van a salir del Sínodo, que es la obra del Anticristo en la Iglesia.

¡Qué pocos saben lo que es Bergoglio! ¡Qué pocos han sabido atacar a Bergoglio! ¡Qué pocos ven que las almas van camino de condenación eterna!

Bergoglio está llevando a las almas hacia el infierno. Pero, a nadie le interesa esta verdad.

Y eso quiere decir que todos viven caminando hacia el infierno. Todos se creen salvos y justos, pendientes de un hombre sin verdad, que está destruyendo la Iglesia, más interesados en limpiarle las babas a ese hombre cuando habla, que en poner distancias con él, con toda la jerarquía que lo obedece y con todos los fieles tibios en su vida espiritual, que no les interesa -para nada- la verdad de lo que está sucediendo en la Iglesia.

La verdad es que el hombre sin ley –el hombre inicuo- está sentado en la Silla de Pedro. Y cuando falta la ley eterna, se hace ley el pecado. Se obliga a pecar a todo el mundo.

Cuando no se juzga ni al pecador ni al pecado, entonces se condena a todo el mundo por su pensamiento.

El que no juzga impone a los demás su idea humana. Es un tirano, un dictador de mentiras. Saca de su propia mente humana el concepto del bien y del mal. Y, con ese concepto, se hace juez de todo el mundo: se pone por encima de toda verdad, tanto divina como humana.

Jesús no fue juzgado, sino condenado en un falso juicio. Hicieron un juicio no para resolver una situación, sino para buscar una razón que condenara a un hombre.

Esto es lo que ha hecho Bergoglio con el Sínodo: allí no se van a resolver los problemas de la familia. Allí se va a buscar una razón para condenar a toda la Iglesia Católica, a todos los católicos que siguen la verdad del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, a todas las familias que cumplen con la ley de Dios.

Quien no juzga, condena por imposición de su mismo pensamiento humano. Es el imperativo categórico-moral que está en toda la Jerarquía que gobierna en la Iglesia. Es lo que tienen en sus mentes y que, aunque sea una herejía, un error, lo tienen que poner en ley, en práctica, en una obra. Es una necesidad absoluta para ellos. No pueden escapar de esta necesidad porque son incapaces de cumplir con la ley eterna de Dios. Sólo cumplen con sus leyes, con sus pensamientos humanos hechos ley en ellos mismos. Son esclavos de sus mentes humanas.

«Y me viene a la mente decir algo que puede ser una insensatez, o quizás una herejía, no sé» (Web vaticana)

Me viene a la mente: imperativo moral. Esclavitud al pecado de soberbia.

No juzgo –antes de hablar- si ese pensamiento es bueno o malo. No sé si lo que voy a decir es una insensatez o una herejía. Y, a pesar de que tengo duda, lo digo. Y no importa que sea una insensatez o una herejía. Eso no interesa. No me interesa si lo que voy a decir es una verdad o una mentira; una locura o un error.

Lo que me importa, lo que me interesa es lo que voy a decir: atiendan a mis palabras. Céntrense en mis palabras, en mi lenguaje, en mi pensamiento. Y sigan lo que yo digo porque yo lo digo.

Me viene a la mente: es un imperativo categórico-moral. No lo puedo callar. No puedo pararme a pensar si lo que voy a decir está bien o está mal. Tengo que decir lo que me viene a la mente, aunque sea una locura, aunque sea una herejía. Es una necesidad; es una esclavitud en mi mente. Tengo que decirlo y a todo el mundo. Que todo el mundo lo oiga: lo digo yo, y eso basta para agachar la cabeza y aceptar mi palabra porque es mi palabra.

¡Esta es la audacia, la osadía, el atrevimiento de un hombre que habla sin fundamento: no sabe lo que habla! Habla con la duda. Habla sin certeza. Habla una locura. ¡Habla una herejía! ¡Y la quiere hablar! ¡Quiere escandalizar a todos! ¡Quiere enseñar la herejía a todos!

Bergoglio se declara –él mismo- hereje: «…algo que puede ser… una herejía».

«Aborrece mi alma tres suertes de gentes, cuya vida me da en rostro: pobre soberbio, rico embustero y anciano adúltero y necio» (Ecle 25, 3-4).

Bergoglio: anciano adúltero de la Palabra de Dios y necio en el conocimiento de Dios. Ha llegado a su vejez y no ha acumulado sabiduría divina en su alma. No sabe lo que es al amor de Dios. No sabe amar a los hombres. Sólo sabe perseguir su necedad de vida.

¡Bergoglio es un hombre excesivamente imprudente en el hablar, temerario, que arrastra al peligro, que conduce a las almas hacia la perdición eterna con su diaria verborrea barata y blasfema! ¡Y no le pesa en su conciencia hacer esto! ¡Duerme a pierna suelta después de mostrar a las almas -cada día- el camino para irse al infierno!

¡La desfachatez con que habla, la burla que Bergoglio hace de todos los católicos por medio de sus nefastas palabras!

El gobierno de este loco es para los católicos idiotizados. Esos católicos –falsos en su fe, tibios en su vida espiritual, caducos en la vida de la gracia- que no saben llamar a un hereje por su nombre. No saben enfrentarse a los hombres, a sus mentes, a sus obras dentro de la Iglesia.

Hay que ser idiota para tener a Bergoglio como papa.

Hay que ser idiota para obedecer la mente de Bergoglio, que es la mente de un orgulloso, de uno que habla sin autoridad. Él mismo se pone por encima de la Autoridad divina para decir su mente a los hombres. Decir una locura y una herejía, y que todo el mundo aplauda ese dicho, esté atento a esa idiotez.

Bergoglio, no sólo es un hereje manifiesto: sus herejías son claras, patentes, todos las pueden leer. Sino que es un hereje pertinaz: este hombre está anclado en su forma de pensar, en su manera de ver la vida, y la impone a los demás. Vive constantemente para comunicar a todos, para publicar -por todos los medios- su falso y perverso pensamiento.

Este hombre se desvive dando entrevistas a todo el mundo. Le gusta salir en la televisión para expresar su maldito pensamiento. Le gusta echarse flores, constantemente, para que lo tengan como humilde, como pobre, como santo, como justo en sus palabras y en sus obras.

¡Qué vergüenza es -para toda la Iglesia- este sujeto!

¡No sabemos cómo a los Cardenales, a los Obispos, a los sacerdotes, no se les cae la cara de vergüenza cuando habla este personaje!

¡No entendemos cómo no saltan de indignación, cómo no les hierve la sangre viendo cómo este personaje está destruyendo la Iglesia, y cómo lleva almas al infierno!

¡Han dejado de creer en su sacerdocio!

El sacerdocio es para salvar almas de las garras del demonio. Y ellos están dando almas a Satanás en la persona de Bergoglio.

La Jerarquía que obedece a un hereje como su papa es enemiga de Cristo y de la Iglesia. Son enemigos, a los cuales no se les puede obedecer, seguir, escuchar en la Iglesia. Ningún fiel puede obedecer a la Jerarquía que se somete a un hereje como su papa.

Bergoglio no tiene autoridad ni para decir ni para hacer porque no es vicario de Jesucristo. No es Papa. No tiene Autoridad Divina en la Iglesia. El Espíritu Santo no puede elegir a un hereje como Papa de la Iglesia.

Si Bergoglio está sentado en la Silla de Pedro, no es por el Espíritu Santo, sino por los hombres, que lo han elegido para una obra satánica en la Iglesia.

¡Qué pocos se atreven a decir esto! ¡Obra de Satanás es el gobierno de Bergoglio!

¡Cuántos están en lo políticamente correcto! Y, por eso, no han atacado a Bergoglio y no son capaces de hacerle renunciar.

Para obrar el derecho canónico es necesario primero atacar al hereje, enfrentarse cara  a cara con el hereje. Y ningún Obispo ha dicho esta boca es mía. Todos sometidos a la mente de ese hereje. Todos culpables de herejía, como Bergoglio. Porque quien obedece a un hereje, sigue necesariamente su pensamiento herético: acaba perdiendo la fe.

Es lo que se ve en todas las parroquias: sacerdotes y fieles dando culto a los hombres. Abajándose a la doctrina protestante, comunista y masónica de ese hereje. Todos han perdido el norte de la verdad. Están dejando a Cristo por un plato de lentejas. Prefieren seguir comiendo y teniendo un trabajo que hablar con la verdad en la boca.

No hay justicia sin verdad: las obras de todos los sacerdotes y fieles que tienen a Bergoglio como su papa son injustas, son una clara rebeldía a la Voluntad de Dios.

Sólo en la verdad se hace una obra justa. En la mentira, todo es una injusticia.

«Quien declara la verdad, descubre la justicia; el testigo mentiroso, la falsedad» (Prov 12, 17).

Bergoglio siempre está hablando la duda, el error, la mentira, la oscuridad. Habla y no sabe lo que habla: «Quien habla sin tino hiere como espada» (Prov 12, 18a). Las palabras de Bergoglio hacen daño a toda la Iglesia, a todas las almas. Enferman más a las almas, porque sólo «la lengua de los sabios, cura» (ib, 18b).

Todo lo que se está levantando en la Iglesia con Bergoglio es una injusticia. Todas las parroquias están llenas de obras injustas, obras sin verdad, obras sin fe. Es el inicio de la gran apostasía de la fe. Todos se alejan de la justicia de Dios porque se creen justos en sus mentiras, en sus falsedades, en sus errores. Justos porque tienen a Bergoglio como su papa.

Todos viven en el camino de la condenación eterna porque se han justificado a sí mismos con sus pensamientos humanos.

Condenarse es llamar a Bergoglio como papa, es tenerlo como papa, es obedecerlo como papa.

Muchos dicen: como los Obispos lo mantienen en el Papado, a pesar de sus herejías, como no han aplicado el derecho canónico, entonces hay que tener a Bergoglio como papa. Esto es pecar, hacer pecar y vivir en el pecado. Mantenerse en este pecado. No arrepentirse de este pecado porque no se ve como pecado.

El silencio culpable de los Obispos hace que los fieles obren un imperativo moral: hay que tener a Bergoglio como papa de la Iglesia Católica. Cuando la ley de Dios dice lo contrario: Bergoglio no es papa porque es hereje.

La Iglesia: ¿es el cumplimiento de una ley canónica o el de una ley divina? Si nadie cumple con la ley canónica eso no quiere decir que no estén sujetos a la ley divina, que no haya que cumplir con la ley divina. Todos pecan por ponerse por encima de la ley divina al no cumplir con la ley canónica. Todos pecan por cumplir con la palabra oficial en la Iglesia, palabra de hombre que no puede salvar ni santificar; que no puede justificar el mal en el gobierno de la Iglesia.

Ese silencio culpable condena a muchas almas al infierno. Un silencio culpable que obra el pecado en muchas almas, que hace pecar, que justifica a un hereje en la Iglesia.

¿Para qué son Obispos de la Iglesia? Para hacer pecar a los demás.

¡Han dejado de creer en su sacerdocio!

Mayor pecado que el de Adán es lo que se ve en toda la Jerarquía actual de la Iglesia.

La misión de Adán era sembrar su semilla para formar la humanidad que Dios quería.

La misión de todo sacerdote es sembrar la Palabra de Dios en las almas para que se puedan salvar y santificar.

Adán rehusó a esa misión y engendró una humanidad para el demonio. Pero esa humanidad todavía podía salvarse por la gracia.

Los sacerdotes y Obispos rehúsan a su misión y hacen que las almas ya no puedan salvarse por la gracia. Hacen hombres sin capacidad de salvar su alma. Porque les presentan, siembran en sus almas la palabra de la condenación. Les dan falsos sacramentos. Levantan para esas almas una iglesia maldita en sus orígenes.

Toda esa Jerarquía que obedece a un hereje está creando el cisma dentro de la Iglesia Católica. Y van a perseguir y excomulgar a todos los verdaderos católicos que no pueden obedecer a un hereje como papa.

Del gobierno de Bergoglio va a salir una monstruosidad: una iglesia modernista dirigida por un falso papa, que es el falso profeta que combatirá a la iglesia remanente, que defiende la tradición y el magisterio. Iglesia que será clandestina y perseguida.

El fruto del gobierno de Bergoglio: el gran cisma en el interior de la Iglesia.

«Yo os traje a la tierra fértil…»: a la Iglesia Católica;

«…para que comierais sus ricos frutos. Y en cuanto en Ella entrasteis contaminasteis Mi Tierra e hicisteis abominable Mi Heredad»: pocos entienden que ha sido la misma Jerarquía la que ha obrado esta abominación que vemos en el Vaticano. Ellos han hecho abominable la Iglesia en Pedro. Lo han contaminado todo. La han destrozado. La Iglesia Católica está en ruinas.

«Tampoco los sacerdotes se preguntaron: ¿Dónde está el Señor?»: ¿está Cristo en Bergoglio? ¿Tiene Bergoglio el Espíritu de Pedro? ¿El Espíritu Santo puede poner a un hereje como Papa?

La Jerarquía de la Iglesia vive sin Dios dentro de Ella: vive sin buscar la Voluntad de Dios. No les interesa ser Santos en la Iglesia. Sólo quieren que los demás los alaben y los tomen por santos y por justos en sus decisiones.

«Siendo ellos los maestros de la Ley, Me desconocieron, y los que eran pastores Me fueron infieles» (Jer 2, 7-8).

Dios les ha dado la vocación a muchos sacerdotes y Obispos, los ha traído a la Iglesia Católica, y ellos están levantando una nueva iglesia porque desconocen la riqueza espiritual de su sacerdocio. Son infieles a la gracia que han recibido en sus sacerdocios. Son sólo fieles a las mentes de los hombres, al lenguaje que todos ellos emplean para mostrar al mundo su gran soberbia y su orgullo demoledor.

Es tiempo de persecución. Cuando no se hace caso al clamor de la verdad, se persigue al que la clama para que no moleste en la obra de abominación que se ha levantado en Roma. Necesitan una iglesia en la que todos estén de acuerdo en la maldad. Los que no quieran esa maldad, tienen que desaparecer del mapa. Ya lo están haciendo a escondidas, ocultamente, sin que nadie se entere. Pero viene el tiempo de hacerlo público, porque esa maldita iglesia de los modernistas tiene que ser visible para todos, universal, mundial, tiene que apoyar el nuevo orden mundial.

No hay paz sin justicia: sólo la guerra, las persecuciones se suceden por la obra de la injusticia de la falsa iglesia en Roma. La infidelidad a la gracia trae consigo la pérdida de la paz, tanto en el mundo como en la Iglesia.

Bergoglio es sólo tiniebla para toda la Iglesia

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«Cuánto quisiera esto, que se tocara la carne de Cristo presente en los necesitados…» (Mensaje a Cáritas en Roma)

Tocar la carne de Cristo, que está presente en los necesitados: ésta es la principal herejía de Bergoglio.

«Es el misterio de la carne de Cristo: no se comprende el amor al prójimo, no se comprende el amor al hermano, si no se comprende este misterio de la Encarnación. Yo amo al hermano porque también él es Cristo, es como Cristo, es la carne de Cristo. Yo amo al pobre, a la viuda, al esclavo, a quien está en la cárcel… Pensemos en el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados: Mateo 25. Amo a todos ellos porque estas personas que sufren son la carne de Cristo, y a nosotros que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo. Ir a las periferias, precisamente donde hay tantas necesidades, o hay —digámoslo mejor— tantos necesitados, tantos necesitados…» (Caserta, lunes 28 de julio 2014).

Bergoglio anula el culto a Dios en Jesús, para poner el culto al hombre: «yo amo al hermano porque…es la carne de Cristo»…«Amo a todos ellos… que sufren… porque… son la carne de Cristo»… «(los) que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo».

La carne de Cristo es la naturaleza humana de Cristo. Es la propia del Verbo Encarnado. Todo hombre, engendrado de mujer, tiene una carne, que es suya propia. Carne que pertenece a la naturaleza humana, pero es de cada hombre.

En el Misterio de la Encarnación, el Verbo asume una naturaleza humana, pero no asume a todo hombre.

Ésta es la herejía de Bergoglio: en ese misterio se asume a todo hombre. El hombre queda divinizado en la carne. Por eso, Bergoglio puede decir, según su herejía, la idolatría:

«Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración del mismo modo que cuando entra el Señor».(Mensaje a Cáritas en Roma)

Su herejía le lleva a la idolatría. La idolatría es el culto al hombre. Es decir, es anular el culto a Dios. Es interpretarlo de una manera humana, con un lenguaje apropiado, lleno de errores, de oscuridades, en donde sólo el amor al hombre está presente.

Es habitual en Bergoglio hablar de muchas cosas, tratar muchos temas y no centrarse en el culto a Dios, en la adoración a Dios. Su hablar siempre hace referencia a su principal herejía: tocar la carne de Cristo en los hombres.

Todo hombre, para Bergoglio, es dios, es santo, es justo, es bueno. Al igual que todo lo creado. Todo participa de Dios, pero no por la gracia, no por la Presencia Omnipotente de Dios en todo lo creado, sino porque realmente las cosas son divinas.

Es su herejía del panenteísmo, que se ve en la fraternidad:

«Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia humana creada por Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Es la fraternidad, es esa relación entre los hombres por tener una misma naturaleza humana, por compartir el mismo origen, por tener la dignidad de persona humana, la que crea una red de comunicación, de relaciones entre los hombres.

Para Bergoglio, Dios  «creó los seres humanos y los dejó desarrollarse según las leyes internas que Él dio a cada uno, para que se desarrollase, para que llegase a la propia plenitud» (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias, 27 de octubre de 2014).

Bergoglio anula la Omnipotencia de Dios en el acto creador y el atributo de su Perfección, poniendo en todo lo creado un evolucionismo, que va desarrollando todas las cosas hacia su perfección, hacia su plenitud, de acuerdo a unas leyes internas. Dios no crea las cosas perfectas, sino de un modo imperfecto. No tiene ese poder para crearlo todo en su plenitud: «Cuando leemos en el Génesis el relato de la creación corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas. Pero no es así» (Ib).

Por eso, cuando habla de la fraternidad, está hablando de una ley interna que Dios ha puesto en el hombre cuando lo ha creado. Y esa ley interna de la fraternidad lleva al hombre hacia su plenitud.

La familia humana nace de la fraternidad original. Este es su panenteísmo: la imagen y semejanza de Dios, en la creación del hombre, la tiene todo hombre, gracias a la fraternidad.

Adán y Eva crearon la primera fraternidad: «Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Adán y Eva no concibieron la primera fraternidad: no pudieron concebir hijos como Dios lo quería. Los concibieron en el pecado de Adán, por la astucia de Eva, engañada por el demonio. Luego, los hijos que tienen no pueden ser fraternales. No son hermanos y hermanas como Dios los quería. Vienen de la misma carne y sangre, pero no del Espíritu.

Y «lo que nace de la carne, carne es» (Jn 3, 14). Caín y Abel son carne. No tienen el Espíritu de Dios. Luego, no pueden amarse en Dios, según el amor de Dios. Consecuencia, es necesario que uno mate al otro, porque si no hay amor de Dios, tampoco hay amor al hermano, es imposible obrar este amor.

Esta verdad es la que niega constantemente Bergoglio. Porque él se centra en su idea de la fraternidad, como ley interna que lleva a la plenitud a todo hombre. Por esa ley interna, Adán y Eva conciben hijos fraternales, hijos que son hermanos.

Y el pecado de Caín es un error al pensamiento de la fraternidad: «El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos» (Ib). Su pecado no es una ofensa a Dios, sino un rechazo a la vocación de ser hermanos, un rechazo a la ley interna de la fraternidad, que rige en todo hombre, la cual le lleva a su plenitud.

Esta vocación la renueva Cristo en el misterio de la Encarnación. Quien cree en Cristo, entra de nuevo en la fraternidad: «Todos los que respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidad de la primera comunidad cristiana» (Ib). La obra de Cristo es, para Bergoglio, volver al origen de la primera fraternidad. Y, además, se hace eso por medio de un imperativo: «El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión» (Ib).

Ya el ser hijo de Dios no es un don de la gracia, sino un imperativo: o te conviertes, o cambias de mentalidad, o no entras en la fraternidad.

Es un imperativo al modo de pensar humano: hay que convertirse, hay que predicar el Evangelio según los tiempos, según las culturas, según la perfección de la mente humana. De esta manera, se encuentra la perfección de la ley de la fraternidad, que Caín rechazó. No tenía alguien que le predicara, que le mostrara el evangelio de la fraternidad. Cristo viene a trae de nuevo la palabra mágica -fraternidad- que el olvidó en el Paraíso. Y la pone en su misma carne, la obra con su misma carne.

Adán y Eva concibieron el amor al prójimo, pero Caín rechazó esta vocación. Tuvo un error en la mente. Su mente no era perfecta en la ley de la fraternidad. Dios creó a Adán, pero no es un mago. No lo crea en perfección, sino con unas leyes internas que van llevando al hombre hacia su plenitud. De esa manera, Bergoglio explica el pecado de Adán y el todos los demás hombres. Hasta llegar a Cristo, que pone en el hombre el amor que ya no pasa, que es para siempre. Lo pone en la carne del hombre.

Lo tienen en cualquier homilía:

«El mandamiento de Cristo es nuevo porque Él primero lo ha realizado, le ha dado carne, y así la ley del amor está escrita una vez para siempre en el corazón del hombre…Jesús ha demostrado que el amor de Dios se obra en el amor al prójimo…Es un amor redentor, liberado del egoísmo. Un amor que dona a nuestro corazón la alegría…» (Regina Coeli, 10 de mayo del 2015

Cristo ha dado carne a su amor: lo ha materializado, lo ha puesto en el corazón del hombre. Y para siempre.

Este es el desvarío de este hombre.

«Yo pondré Mi Ley en ellos, y la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán Mi Pueblo» (Jer 31, 33).

Jesús no da carne a su amor, sino que obra en su naturaleza humana el amor de Su Padre, el amor divino. Su mente humana tiene la idea divina, piensa lo divino. No puede apoyarse en ninguna idea humana. Su voluntad humana obra aquella idea divina, aquello que es Voluntad de Dios. La pone en acto. Y su carne humana es el instrumento para que se pueda obrar la idea divina, el Pensamiento de Su Padre.

Jesús nunca da carne a su amor. Jesús usa su carne humana para una obra divina.

En el panenteísmo de Bergoglio, la carne es algo divino. La carne misma obra lo divino, no es instrumento de lo divino. Por eso, Bergoglio tiene que caer en su idolatría, de manera necesaria.

Dios pone la Ley Eterna en la naturaleza humana: todo hombre tiene que regirse por esta Ley para ser de Dios, para adorar a Dios, para obrar el amor de Dios en su vida.

Dios pone en el corazón la gracia divina, la vida de Dios, para que el alma participe de la divinidad: sea Dios por participación, sea hijo de Dios por gracia, no por naturaleza.

El hombre ya ha perdido la imagen y semejanza de Dios, por el pecado de Adán: ya no es Dios por creación. Sólo es Dios por participación de la gracia divina.

Pero la gracia se puede perder por el pecado personal de cada hombre. Por eso, no está escrita para siempre en el corazón del hombre. Bergoglio siempre anula el pecado. Y, por tanto, pone al hombre como si fuera un dios, como si fuera un ser que nunca ha perdido la semejanza con Dios.

Dios crea al hombre a imagen y semejanza. Pero el hombre perdió las dos cosas: la imagen y la semejanza en su pecado.

Bergoglio, al poner la ley del amor escrita para siempre en el corazón, tiene que hablar de un amor redentor, liberado del egoísmo. Y, por eso, tiene que decir: el amor de Dios se obra en el amor al prójimo.

¡Gran disparate!

El amor de Dios se obra por sí mismo, en sí mismo, desde sí mismo. Nunca Dios obra en el otro, en el prójimo, desde el hombre, con el hombre.

Dios obra su Amor sin necesidad de nada ni de nadie.

Como Dios ha obrado todo por Su Amor, Dios da su Amor a todo lo creado. Pero, este dar Su Amor no es sacar lo creado de sí mismo, de lo divino. Dios lo crea todo de la nada, es decir, no existe el ser de nada.

El hombre es nada para Dios. La Creación es nada para Dios. No es algo. No pertenece a Dios. Es nada. Y de la nada, Dios saca todo lo creado.

Dios sólo se ama a Sí mismo. No ama nada fuera de Sí Mismo. Y cuando decide crear al hombre, pone en el hombre creado la capacidad para amar. Y esa capacidad es el Poder del Amor Divino, que sólo se puede obrar en la gracia y en el Espíritu.

Por eso, el amor de Dios se obra con la gracia, y así se realiza un amor al prójimo. El amor de Dios no se obra en el amor al prójimo. Se obra en la gracia, en la vida divina. La ley del amor necesita la ley de la gracia, en el corazón del hombre. Quien viva en el pecado, no puede ni amar a Dios ni amar al prójimo como a sí mismo. Hará un bien natural, un bien humano, un bien carnal, que no tiene la capacidad para salvar su alma, para poner la Voluntad de Dios en el otro. El que peca no puede amar a Dios. Sólo se ama a sí mismo en su obra de pecado.

Para Bergoglio, amor de Dios y amor al prójimo son dos cosas iguales: se confunden, se mezclan, se anulan. Es la ley de la fraternidad, que ha llegado a su plenitud con Cristo. En Cristo, amar a Dios es amar al prójimo. Es el lenguaje que él constantemente emplea para confundir a las almas que no conocen su fe. Es un imperativo moral: si amas a Dios tienes que amar al prójimo.

Nunca Bergoglio enseña el camino para amar al prójimo: que es usar la gracia divina, que es en la vida divina, en la Mente de Cristo, en los mandamientos de Dios.

Por eso, Bergoglio enseña su nueva y falsa espiritualidad:

«¡Jamás hay que negar el Bautismo a quien lo pide!» (Homilía del 26 de abril del 2015)

Una espiritualidad sin discernimiento espiritual, porque «el amor de Dios se obra en el amor al prójimo». El amor de Dios no es una Ley Eterna en la naturaleza humana. Todos los hombres son hermanos, han sido concebidos en la fraternidad. Es la ley interna de la fraternidad. Por lo tanto, en todos los hombres está la carne de Cristo. No niegues la carne de Cristo negando el bautismo a tu hermano de carne y sangre.

«En el confesonario estaréis para perdonar, no para condenar» (Ib). Es una espiritualidad amorfa, sin justicia, sin rectitud. Es un perdón que no sirve para nada porque no juzga nada, no condena nada.

El perdón al prójimo viene del amor que juzga, del amor que castiga, del amor que es recto, del que ama en la verdad de la vida.

En la espiritualidad de Bergoglio, el amor de Dios es en el amor al prójimo: está condicionado por el amor al prójimo; depende del amor al prójimo; está limitado por el amor al prójimo. Y como el prójimo es tu hermano, entonces no puedes condenarlo. Tienes que ir a la plenitud de la fraternidad, para que no seas como Caín, que rechazó la vocación – la ley interna de su naturaleza humana- que tenía escrita  en su interior.

Así, los nuevos sacerdotes, que son falsamente ordenados por Bergoglio, se hacen voz del pueblo:

«Al celebrar los sagrados ritos y elevando en los diversas horas del día la oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del pueblo de Dios y de toda la humanidad» (Ib).

Ya no son la voz de Dios al pueblo, a toda la humanidad. Ya no enseñan la verdad divina al pueblo, sino que hablan lo que el pueblo quiere escuchar. Son los servidores del pueblo, los instrumentos del pueblo, los veletas del pensamiento de los hombres.

Es así como se va formando el cuerpo místico del Anticristo.

Primero, haciendo de la gracia un saco roto. Ya no se vive en muchas almas la gracia de cada sacramento. Sólo se viven palabras humanas, lenguaje humano, imperativos morales: jamás niegues el bautismo, no juzgues cuando confieses, conviértete…

Una vez que los hombres hacen de los Sacramentos algo –un lenguaje- que no sirve para nada, viene el cambio en la liturgia de los sacramentos. Y aparecerán los nuevos sacramentos, que son sólo burdas imitaciones de la verdad. Pronto se van a ver estos nuevos sacramentos.

Ya, de hecho, hay sacerdotes que empiezan a confesar a través del teléfono, de las redes sociales. Ya se hace una caricatura del Sacramento de la Penitencia. Ya no hay que ir en busca del sacerdote, lo que supone una penitencia, en muchos casos, sino que con un dedo, con un botón, lo encuentras al momento, y te da una falsa absolución.

Es la revolución de la estupidez.

Mucha es la Jerarquía que calla ante las palabras de Bergoglio. Y se hacen estúpidos, como lo es Bergoglio.

Y muchos son los fieles auténticamente estúpidos, que se creen todas las palabras bellas de ese bastardo de la Sagrada Escritura, que es Bergoglio.

Bergoglio es tiniebla:

«Queridos hijos, rezad con el corazón y no os apartéis de la verdad. Llegará un día en que habrá desprecio en la Casa de Dios y lo sagrado será lanzado fuera. Un Xino estará en el Trono, contrariando a muchos, pero Dios es el Señor de la Verdad. Lo que os digo ahora, no lo podéis comprender, pero un día os será revelado y todo estará claro para vosotros. El espejo: éste es el misterio. Como criaturas, confiad. Como siervos, sed fieles. Dios está controlándolo todo…» (04.04.2005 – Mensagem de Nossa Senhora, n° 2.505)

Bergoglio es el Xino. La palabra Xino hay que leerla en el espejo, delante de un espejo: Onix.

La palabra Onix viene del griego o-νυξ, que significa la noche, la tiniebla, la oscuridad, la calamidad, la desgracia.

Esto es Bergoglio: una desgracia para toda la Iglesia. Una luz que no ilumina. Una tiniebla que combate, que persigue la luz. Una piedra negra, como el ónix, que brilla por lo exterior que da, en la superficialidad de la vida, para aparentar una riqueza que no se tiene.

Bergoglio está en el trono para contrariar a muchos, para producir confusión y división en todas partes. Pero Dios es el Dueño de la Verdad. Por eso, Bergoglio sólo puede hablar sus estupideces todos los días, pero no las puede poner en ley. No puede obligar a los demás a seguir sus idioteces. Quien lo sigue es porque es idiota, como él; porque vive lo mismo que ese sujeto, piensa lo mismo, porque tiene su negocio en la Iglesia –y no quiere soltarlo- como Bergoglio.

Bergoglio es la tuerca necesaria que el demonio necesitaba para poner su camino de destrucción de la Iglesia. Ahora, vendrá el que, de verdad, rompa la autoridad papal y deje a la Iglesia en el abandono más total ante el mundo.

Salgan de lo que se cuece en el Vaticano. Queda poco tiempo para entender los signos de los tiempos. Ya son muy claros. Y hay que vivir la vida de acuerdo a esos signos, que sólo se pueden discernir en el Espíritu.

No quieran conocer el futuro viendo lo que pasa en el Vaticano, porque donde reina el demonio, allí no hay conocimiento de la verdad. Sólo está el error y la mentira, que son la base para inventarse las fábulas que todo el mundo se las traga como verdaderas, como divinas. Bergoglio es un cuenta fábulas. Y no es otra cosa. Cuenta lo que el otro quiere escuchar. Y habla a cada uno en su lenguaje. Por eso, es tan popular. Usa el lenguaje de los necios, el propio que rige en el mundo actual.

En Roma suceden muchas cosas. Pero sólo se da a conocer lo que interesa, lo que vale para la propaganda del nuevo gobierno mundial. Lo demás, lo que no interesa revelarlo, se esconde para así tener un as debajo de la manga.

Como Bergoglio no sirve, hay que cambiarlo. Pero esto no se dice al público. Sino que se da la orden de sostener las palabras heréticas de ese hombre hasta que llegue el tiempo de su renuncia. Se le hace propaganda a ese hereje porque conviene a los planes de todos. Y así como ha sido puesto en el gobierno, por el imperativo de unos pocos, así será quitado, por el imperativo de esa gentuza, que es la jerarquía masónica en Roma.

El terror se acerca a toda la Iglesia

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«La Delegación de la Santa Sede se une al creciente número de Estados que apoyan la quinta resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, pidiendo una moratoria global sobre el uso de la pena de muerte. Entre la opinión pública es cada vez mayor el apoyo a las diversas medidas para abolir la pena de muerte o suspender su aplicación. Y esta delegación espera que ese dato impulse a los Estados que aún aplican la pena de muerte a avanzar hacia su abolición» (El arzobispo Silvano Tomasi, en la XXVIII Sesión del Consejo de Derechos Humanos, – 4 de marzo del 2015)

«…según la Ley, casi todas las cosas han de ser purificadas con sangre, y no se hace la remisión (del pecado) sin efusión de sangre» (Hb 9, 22).

En donde la pena de muerte sea abolida, la sociedad destila sangre por todos sus poros.

Sin la sangre derramada por el Redentor, sin la pena de muerte impuesta por los romanos, no se hubiera extinguido nunca la deuda del pecado original, que Adán contrajo para todo el género humano.

Jesús es el Nuevo Adán, que otorga a todo el género humano la gracia en su naturaleza humana.

Adán, con su pecado, ofreció al género humano el pecado en su propio ser.

Cristo expió el pecado original de Adán.

Y Cristo expió los pecados personales de todos los hombres.

Pero la gracia es un merecimiento: es necesario unirse al Sacrifico de Cristo, a la Sangre que Cristo derramó para expiar el pecado.

Los pecados de los hombres legitiman la necesidad y la conveniencia de la pena de muerte. Ciertos pecados sólo se pueden reparar con la sangre.

Abolir la pena de muerte, en nombre de una patria común, de una paz, de una fraternidad universal, es poner todas las cosas en el mayor desorden y desconcierto.

Sólo con sangre, el hombre vuelve a Dios, retorna al cumplimiento de las leyes divinas.

Suprimir la pena de muerte, en los delitos que atacan la seguridad del Estado y a los particulares, es de una inconsecuencia monstruosa. El hombre corre hacia la misma guerra mundial buscando una paz que no existe.

Se suprime la pena de muerte porque se niega el delito político. Y negando eso se obtiene que el Estado es falible: no hay una ley humana, una ley en las cosas del Estado que se pueda seguir. Se ponen leyes abominables, dignas de condena, pero que todo el mundo las cumple porque son abominables. Se tiene un Estado con leyes inicuas, leyes que nacen, precisamente, en contra de las leyes de Dios. Todos cumplen esas leyes abominables sin delito. Y aquellos que no las cumplen se les tacha de locos, de dementes.

Negar la ley divina, para afirmar las leyes humanas inicuas, es afirmar el delito y negar el pecado. Se niega a Dios pero se afirma una forma de gobierno de iniquidad. Se afirma aquello que se niega: la iniquidad. No hay delitos políticos. No hay pena de muerte. Pero sí hay delitos políticos. La gente vive para pecar con una ley de iniquidad. Vive en el delito político. Y no se castiga ese delito porque se niega el delito político. La negación de Dios y de su ley es la negación de los gobiernos en sí mismos. Un gobierno que no castiga el delito se niega a sí mismo, se suprime a sí mismo. Porque, de manera inevitable, viene la revolución, la guerra, las luchas. Y son estas revueltas lo que restauran la lógica de la verdad.

Sin sangre es imposible expiar los pecados. Imposible que el hombre, una sociedad se purifique.

Aquellos que buscan la paz en el lenguaje humano están buscando la guerra.

La paz es la conquista de un corazón purificado. Hasta que el corazón del hombre no se purifique de sus pecados, con el sufrimiento, con la sangre, no es posible el orden de la paz.

La paz es un orden divino en el corazón humano. Es un orden en la verdad. Si se quita la verdad, que es cumplir con las leyes de Dios, se quita el orden y la paz.

El ateísmo de la ley y del Estado, es decir, la secularización completa del Estado y de la ley es fruto sólo del apartamiento del hombre de Dios, que lleva a abolir la penalidad. Conducen a teorías laxas en las que se abre la mano y no se castiga, debidamente, a los criminales. Y esas teorías vienen de la mano de la decadencia religiosa. Donde el poder religioso afloja su mano y no castiga, el poder político hace su tanto. Si no hay excomuniones en la Iglesia, tampoco hay pena de muerte en los Estados.

Y a los criminales, en vez de llevarlos a la pena de muerte, para que expíen sus pecados y el mal en la sociedad se quite, se les miran como objeto de lástima. El horror de su pecado es compasión para los hombres. A lo mucho se les llama locos y se les interna en un manicomio. Pero ya no son criminales. Ya no son pecadores. Ya no hay que expiar el pecado con sangre, con sufrimientos. Se les encierra en una casa y viven más cómodos que muchos hombres. Viven sin expiar el pecado, con una penitencia que no les purifica de su maldad. Salen de ese manicomio y son peores que cuando entraron. Y llegará un día en que esos criminales sean los dirigentes de los gobiernos, y entonces no habrá otro crimen que la inocencia, que el seguir en la verdad, que el vivir permaneciendo en la verdad.

¿No es un criminal Bergoglio? Y ahí lo tienen: en la cúspide. Gobernando.

¿Y quiénes son los que pagan? Los inocentes. Los que cumplen con el dogma, con la tradición, con el magisterio de la Iglesia.

Si la Iglesia Católica ha sido capaz de elevar a Su Trono más sagrado a un criminal, ¿qué no harán los gobiernos del mundo? ¿A qué gente criminal no pondrán como sus jefes?

Bergoglio se merece la excomunión: eso es la pena de muerte para él. Y sólo así ese hombre puede salvarse en su gran maldad. Pero esto, ni se piensa ni se va a hacer.

Se niega que Bergoglio cometa un delito contra Dios, contra la Iglesia y contra toda la sociedad. Y negando esto se autoriza a Bergoglio a seguir en sus pecados, en sus herejías, en sus apostasías de la fe. Se niega la ley divina, que enseña que Bergoglio es hereje, y se afirma la ley humana: sigan a ese hereje como Papa, obedezcan a ese hereje como Papa. Se afirma el delito, la herejía. Se institucionaliza la herejía. Y, al mismo tiempo, se niega el pecado: todos pueden ser herejes, cismáticos, apóstatas de la fe.

Este es el absurdo en que vive toda la Iglesia, que la lleva, de manera inevitable, a una revuelta, a un cisma en su interior, a una gran división de la cual tiene que darse el martirio de sangre.

Sin derramamiento de sangre no se puede expiar lo que sucede en la Iglesia, el gran pecado que hay en la Iglesia.

¡Cuántos han hecho creer a las gentes que la tierra puede ser un paraíso! Y eso es lo que predica Bergoglio.

¡Pero cuántos más –y aquí hay que meter a casi toda la Jerarquía- han hecho creer a todo el mundo que la tierra ha de ser un paraíso sin sangre, sin sufrimientos, sin penitencia!

La Iglesia ha echado en el olvido la penitencia. Es echar en el olvido el sufrimiento y la muerte de Cristo. Es dejar a un lado la Obra Redentora de Cristo y ponerse a luchar por un reino en la tierra.

Bergoglio es por lo que lucha: por sus pobres, sus ancianos, sus enfermos, sus escuelas, su dinero, su bien común. Pero ya no lucha por salvar un alma. No les da el alimento que salva: la penitencia, el dolor, el purgatorio, el infierno. Y muchos católicos se lo creen. Viven en esa ilusión, en ese sueño de tener un papa que sólo vive de sus emociones, de sus sentimientos, de sus placeres en la vida. Y cuando la ilusión se cree por todos, no sólo por unos pocos, viene la revuelta, la sangre, el martirio. Hacia eso lleva Bergoglio a toda la Iglesia. Está predicando una ilusión y todos se la están creyendo. Necesariamente tiene que brotar la sangre de las rocas duras. No se puede aspirar a una felicidad imposible sin ser infelices, sin palpar la pérdida de la poca felicidad que se alcanza.

Todos se creen felices con Bergoglio: van a perder esa felicidad. Van a perderlo todo. Porque no se puede poner a un hereje gobernando la Iglesia. No se puede mantener a un hereje en el gobierno de la Iglesia, y decir que aquí no pasa nada. Pasa y mucho.

¿A quiénes llama locos Bergoglio?

«…hay sacerdotes y obispos que hablan de una “reforma de la reforma.” Algunos son “santos” y hablan “de buena fe.” Pero “es un error”… algunos obispos aceptaron a seminaristas “tradicionalistas” que más tarde fueron expulsados de otras diócesis, sin hacer averiguaciones sobre ellos, porque “parecían bastantes buenos y devotos.” Después de su ordenación se descubrió que tenían “trastornos psicológicos y defectos morales.” No es una práctica habitual, pero “sucede con frecuencia” en esos ambientes, y ordenar a seminaristas así es como “hipotecar la Iglesia.” El problema de fondo es que a veces hay obispos que se sienten agobiados por la acuciantes necesidad de sacerdotes en su diócesis.” En razón de ello, no se hace suficiente discernimiento de los candidatos, y algunos de ellos podrían ocultar ciertos “desequilibrios” que más tarde se manifiestan en la liturgia. De hecho, la Congregación para los Obispos se ha visto obligada a intervenir en tres casos así con otros tantos obispos, si bien ninguno en Italia».

A los católicos los llama locos. A todos aquellos que simpatizan, que siguen la liturgia sagrada tradicional. Y son muchos. Es la inocencia que se persigue.

Tenían los “seminaristas tradicionalistas” “trastornos psicológicos y defectos morales”. Fíjense que sólo indica los tradicionales. Y ellos son lo que hipotecan la Iglesia. “Sucede con frecuencia en esos ambientes”: vean la maldad. En esos ambientes tradicionales se dan trastornos psicológicos y defectos morales. En los demás, no se da. Son todos unos santos pecadores. No son locos y no tienen pecado: no tienen defectos morales. Y muchos ocultan sus desequilibrios que después se manifiestan en la liturgia. Y sólo en la liturgia; no en las demás cosas. ¿Ven la demencia de este hombre?. Cómo ataca sutilmente a los católicos verdaderos.

¿Quiénes son los culpables de lo que pasa en la Iglesia? Los que siguen la doctrina tradicional. Los que cumplen con los dogmas. Los que se aferran a las enseñanzas del Papa. Ellos son los que hipotecan la Iglesia.

Y ahora viene el terror: la Congregación para los Obispos está interviniendo en este sentido. Todo aquel que muestre una preferencia por la misa tradicional, la de siempre, es un loco. Al manicomio.

Benedicto XVI dio luz verde para celebrar la Misa según los textos litúrgicos preparado en 1962 por Juan XXIII. Y lo hizo porque: «En primer lugar existe el temor de que se menoscabe la Autoridad del Concilio Vaticano II y de que una de sus decisiones esenciales – la reforma litúrgica – se ponga en duda»; en segundo lugar, «Muchas personas que aceptaban claramente el carácter vinculante del Concilio Vaticano II y que eran fieles al Papa y a los Obispos, deseaban no obstante reencontrar la forma, querida para ellos, de la sagrada Liturgia» (ver)

El Papa Benedicto XVI hizo ese motu para la Iglesia:

«Los sumos pontífices se han preocupado constantemente hasta nuestros días de que la Iglesia de Cristo ofreciese a la Divina Majestad un culto digno de «alabanza y gloria de su nombre» y «para el bien de toda su Santa Iglesia»» (ver)

La misión de todo Papa es continuar al Papa anterior. Y esto es lo que hizo el Papa: preocuparse de lo más importante en la Iglesia: el culto a Dios, que se da en la Misa.

Bergoglio lo primero que hizo nada más usurpar el Trono fue atacar la Misa. Atacar a los que cumplían con el Motu proprio de Benedicto XVI. Ellos, los inocentes, son los culpables. Hay que perseguirlos. Hay que anularlos. Hay que llamarlos locos, degenerados, dementes.

Es el régimen del terror que se ha iniciado con Bergoglio y que conducirá a la sangre.

Si la Iglesia quiere permanecer en la Verdad de lo que es, necesita el martirio de muchos para expiar los pecados de toda la Jerarquía, que han puesto al frente de la Iglesia a un hereje como su Papa.

Sin derramamiento de sangre, no se puede expiar ese pecado porque es un pecado de la cabeza. Por eso, el Papa Benedicto XVI tiene que ir al martirio, como está profetizado en Fátima. Hay que reparar ese pecado de renuncia con la sangre. Ese pecado puso en la Iglesia en manos de un hereje, que la está destrozando.

Hay pecados que necesitan la pena de muerte. Cuanto más alta es la dignidad de la persona, su pecado es mayor a los ojos de Dios y también su castigo.

A toda la Jerarquía le viene un castigo del cielo: si quieren salvarse, tienen que sufrir. Las muchas teologías que tienen no es excusa de su pecado. No podrán salvarse por su teología. Conociendo la herejía de ese hombre, lo siguen manteniendo en el puesto. Le siguen obedeciendo como su Papa. Tienen que demostrar que aman la Verdad con la Sangre, no con la teología.

Jesús sólo habla a Su Iglesia Remanente

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«La caridad no pasa jamás; las profecías tienen su fin, las lenguas cesarán, la ciencia se desvanecerá» (1 Cor 13, 8).

Dios siempre está hablando, pero los hombres no saben estar atentos a Su Palabra. No viven en Su Presencia. No saben buscar a Dios. Sólo saben vivir su vida humana.

El Padre engendra a Su Verbo. Y es una Obra Eterna, que el hombre ni puede entender ni sabe cómo explicarla.

La Palabra de Dios se da a los corazones de los humildes. Humildad que no significa una presencia exterior del hombre. No porque el hombre vista pobremente se tenga que considerar como una persona humilde. No porque el hombre hable suavemente, diciendo palabras bellas, agradables, haya que considerarlo como un hombre humilde.

La humildad es una virtud en el hombre. Y toda virtud es una lucha del hombre contra el vicio.

El humilde es el que lucha contra su soberbia. Y la soberbia está en la mente del hombre. Está en sus ideas, en sus filosofías, en su lenguaje humano.

Todo hombre nace soberbio y muere en la soberbia. Y, por eso, los santos caen siete veces al día. Porque el pecado de Adán fue la soberbia: la mente del hombre quedó dividida para siempre.

Por más que el hombre piense, medite, analice, sintetice, nunca va a llegar a la verdad plena. Necesita al Espíritu de la Verdad para comprender la plenitud de la Verdad, para poder penetrar en la Verdad.

Es Cristo la Verdad. Porque Cristo no tenía pecado. Fue engendrado sin pecado original y, en su vida terrena, nunca pecó. Luego, su mente humana nunca estuvo dividida. Cristo, como Hombre, conocía toda la Verdad. Cristo, como Dios, era la Verdad.

Dios es la Verdad; el hombre puede conocer toda la Verdad, pero no es la Verdad.

En la vida de todo hombre, su «conocimiento es imperfecto» (Ib., v.9), por la división de su mente. Y, por lo tanto, todo cuanto conoce el hombre es imperfecto: sus filosofías, su ciencia, su técnica, sus estudios, su teología, las profecías…Todo es imperfección.

Cuando Dios habla al hombre no puede decirle toda la verdad, porque el hombre, por la división de su mente humana, no es capaz de asimilar toda la verdad. No puede. Una cosa dividida no puede alcanzar la plenitud. El hombre tiene que morir para que pueda penetrar, con su inteligencia humana, los misterios divinos.

Adán conocía toda la Verdad. Su pecado fue inmenso. Adán fue creado en la Verdad, en toda la Verdad. Pero fue creado para una obra divina, que no aceptó, a la cual no se sometió. Su mente humana rechazó la verdad de esa Obra y produjo -en todo hombre- la división de la mente.

La mente del hombre está dividida; pero también su cuerpo está dividido de su alma. El cuerpo del hombre, unido sustancialmente con el alma, no sigue al alma. No se une al alma. Sino que busca sólo lo carnal. Es una división espiritual, no de la sustancia de la naturaleza humana.

La carne fue el otro pecado de Adán. Primero, en su mente; después, en su carne. Primero, la soberbia de la mente; después, la lujuria de la carne.

La Virgen María fue Inmaculada, no sólo en su carne, sino también en su mente. Creyó en la Palabra de Dios, atajando así la soberbia. Y engendró, en Su Cuerpo, la misma Palabra del Padre.

Adán no creyó en la Palabra, produciendo la soberbia en su mente. Y engendró, con su cuerpo, un hijo para el demonio.

Los dos pecados más comunes de los hombres son: la soberbia y la lujuria. Mente pervertida y sexo desenfrenado. Estos dos vicios definen la vida espiritual de muchos hombres. Una mente pervertida en los errores, en las mentiras, en los juicios; una carne ciega en el placer.

La carne, al no buscar la luz del alma (por la división en su espíritu), queda ciega. Al querer sólo carne, queda desamparada en lo terrenal, en lo natural, en la material. Pero la carne que busca la perversión de la mente del hombre, queda –no sólo ciega- sino que hace al hombre abominable en su ser. El pecado de un homosexual es esto: una mente pervertida y una carne que vive una abominación. El hombre rechaza la luz natural para seguir una oscuridad, que es su única luz. Y eso es abominable.

Las profecías terminan: «Voy a hablar con vosotros sólo periódicamente y a través del Remanente de ahora en adelante» (ver)

Jesús ya no habla a través de la Iglesia Jerárquica. No es la Iglesia en el Vaticano la Iglesia de Jesús. Unos herejes consumados no pertenecen a la Iglesia de Cristo. No pueden ser Iglesia. No pueden construir la Iglesia en la Palabra y en la Obra de la Verdad.

Jesús sólo habla a Su Iglesia Remanente, la que está en el Reino de Dios. La que ha pasado a los corazones de los humildes, una vez que hicieron renunciar al Papa Benedicto XVI. Quitaron el fundamento de la Iglesia, Pedro (un gobierno vertical), para poner otro fundamento, un conjunto de hombre (un gobierno horizontal). La Iglesia dejó de estar en Pedro, en la Jerarquía, para pasar a estar en cada corazón fiel a la Palabra de Dios.

La Iglesia es Cristo con sus almas fieles a Él, a Su Palabra. La Iglesia no son los hombres: no es una comunidad de hombres, con una estructura externa, que se rige con una serie de normas.

En la estructura externa del Vaticano, visible a todos, ya no se ve la Iglesia en Pedro. Se ve el inicio de la abominación de la desolación, en unos hombres que no tienen a Dios en sus corazones.

Cuando Dios deja de hablar con los hombres, a través de sus profetas, es señal de que todo se ha dicho con ese profeta.

Cada profeta tiene su misión; es para una obra que Dios quiere. Pero el profeta no está siempre hablando de lo mismo. Una vez que ha edificado, exhortado y consolado, el que profetiza calla ante los hombres.

Dios tiene mucho más que decir a los hombres; pero no lo va a decir por medio de un profeta, sino por otros.

Cuando un profeta calla, es que comienza su misión, su obra. Mientras habla, sólo da la inteligencia de la obra. Cuando calla, entonces el profeta se pone a obrar lo que ha recibido.

El que recibe la profecía tiene que estudiarla, entenderla y vivirla:

«Vosotros estáis preparados para levantar vuestra armadura para luchar por mantener viva Mi Palabra en un lugar de desolación».

La obra de Dios con este profeta es que las almas difundan Su Palabra, mantengan Su Palabra viva en medio de una Iglesia que la ha rechazado completamente.

En el tiempo en que los hombres han puesto a un falso Papa como líder de una falsa iglesia, era necesario advertir a toda la Iglesia de esta maldad. Esa maldad señala el tiempo del Apocalipsis en la persona del Anticristo.

Y es cuando se necesita la luz del Espíritu: que el Espíritu enseñe al hombre la verdad de estos tiempos.

Todos los teólogos se han estancado en la cuestión del reino milenario. No ven nada. No disciernen nada. Porque son todos unos soberbios. Quieren comprender una verdad en la división de sus mentes.

La verdad de la gloria no se comprende en la verdad del pecado. Todos los teólogos no comprenden el Reino Glorioso en la tierra si existe el pecado. Y, por eso, dan multitud de interpretaciones y acaban negando el reino del milenio. Niegan la misma Palabra de Dios, que es la Verdad. Y la niegan con la soberbia de sus mentes, de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías.

Es Dios quien enseña al hombre la Palabra, la interpretación de Su Misma Palabra. Pero los hombres, siempre han sido muy soberbios. Y la Iglesia, en Su Jerarquía, que tiene la plenitud del Espíritu, acaba siempre negando esa Plenitud porque se acomodan, con sus mentes humanas, con sus soberbias, a lo que comprenden, a lo que entienden en sus ridículas inteligencias humanas.

Hoy día, ninguna Jerarquía de la Iglesia cree en los profetas. Eso es un hecho. Pregunten a los tradicionalistas y verán que creen en sus profetas, pero no en los profetas. Pregunten a los lefebvrianos y verán cómo niegan a todo profeta si no está amparado por la autoridad de la Iglesia. Pregunten a cualquiera sobre los profetas y cada uno tiene su idea de lo que es la profecía. Ninguno sabe discernir los espíritus. Ninguno sabe ver la realidad de la vida eclesial en estos momentos. Están todos perdidos en lo que pasa en el Vaticano.

Por eso, la confusión es total en la Iglesia. Es la ceguera propia de la mente del hombre que, en su soberbia, ha creído tener el camino para hacer de la Iglesia una nueva cosa, más acorde con los tiempos del mundo.

«La confusión no viene de Mí. Mi Palabra es clara; Mis Enseñanzas infinita. La humanidad ha abrazado el humanismo y el ateísmo como un sustituto de Mí. He sido apartado y Mi Palabra sólo es tolerada en algunas partes, mientras que en las otras ha sido deformada para satisfacer las necesidades de los pecadores, que quieren justificar sus iniquidades» (inglésespañol).

Todos están siguiendo la soberbia: el humanismo y el ateísmo. Nadie sigue la Palabra de Dios. Nadie escucha a los profetas. La Jerarquía de la Iglesia se cree sabia sin los profetas. Se creen profetas sin acudir al Espíritu de Profecía, negándolo en todas las cosas de sus ministerios sacerdotales.

Y ponen su soberbia como la verdad a seguir: sustituyen la Palabra de Dios con las palabras, con la verborrea de su lenguaje humano, lleno de humanismo y de ateísmo.

Toda la Jerarquía da culto a su lenguaje humano, que es dar culto a la mente del hombre, a la idea del hombre. Cuando se hace esto, entonces se pone por obra el orgullo de la persona: todo se deforma para cubrir las necesidades de la vida, de las obras, de los pensamientos de gente pecadora, gente que vive sin arrepentimiento de sus pecados, justificando, a cada paso de su vida, sus malditos pecados, sus obras de iniquidad.

La Jerarquía ya no condena la herejía, ni en la Iglesia, ni en el mundo. Sino que la condona, la excusa, la perdona, la justifica. Y eso es obrar en contra de la misma Palabra de Dios, que llama anatema a todo aquel que enseñe a vivir una mentira a los hombres.

Dios juzga al hombre por la manera que él rechaza la Palabra de Dios y por las obras pecaminosas que abraza.

Dios no juzga al hombre por su lenguaje humano, por sus errores en su mente, por sus imperfecciones en el conocimiento de la verdad. Cuando el hombre conoce una verdad, que Dios ha revelado, y vive en contra de ella, la rechaza, entonces viene el juicio de Dios contra ese hombre.

La Jerarquía de la Iglesia es la que más conoce la Verdad. Y ¿cómo viven? Viven rechazando la verdad en la realidad de la vida eclesial. Viven obrando la mentira como verdad.

Hoy la gente vive adorando a un degenerado como Papa. Están rechazando, con sus obras pecaminosas, con su obediencia a un hombre sin verdad, al mismo Cristo y a la misma Iglesia.

Y Dios juzga todo eso. Dios ha dado conocimiento a todo hombre de la verdad de quien se sienta, actualmente, en la Silla de Pedro. Y muchos han rechazado esa Verdad. Y, por eso, el castigo que viene a la Iglesia es mejor ni pensar en él.

«Yo fui rechazado por muchos durante Mi Tiempo en la tierra y especialmente por aquellas almas orgullosas que guiaban Mi Rebaño en los templos. Ellos predicaban la Palabra de Dios, pero no les gustaba oír la Verdad de Mis Labios, al verdadero Mesías. Hoy hay siervos desleales a Mí, que fallan en la adhesión a la Verdad. Muchos de ellos ya no aceptan Mi Palabra Sagrada, la cual permanece como lluvia primaveral en un cristal claro. Ellos han ensuciado el agua, que vierte la fuerza del Espíritu Santo, y que las almas inocentes beberán. La verdad será distorsionada y muchos serán forzados a tragar la doctrina de la oscuridad, que resplandecerá brillantemente, como una deslumbrante estrella».

Esta es la maldad que se avecina con el poder sacerdotal. Es el cisma, obrado por la misma Jerarquía de la Iglesia, la que gobierna actualmente la Iglesia. Jerarquía apóstata de la verdad revelada y dogmática. Jerarquía que vive en la herejía de la mente. Jerarquía que obra el cisma con su poder sacerdotal.

Es la Jerarquía la que enseña la verdad. Y la impone en la Iglesia. Si el alma quiere salvarse, dentro de la Iglesia, tiene que aceptar los dogmas que enseña la Jerarquía.

Es la Jerarquía, ahora, la que enseña la mentira. E impone esa mentira, forzando a muchos a aceptar la mentira como verdad. Y esa imposición de la mentira va a brillar en todo el mundo: «resplandecerá brillantemente, como una deslumbrante estrella»

Por eso, se necesita que las almas den testimonio de la Verdad ante una Iglesia que sólo da testimonio de su mentira, de su lenguaje humano lleno de oscuridades, de maldades, de errores.

La nueva doctrina, que ya se manifiesta en las obras de gran parte de la Jerarquía que sigue a Bergoglio como su Papa, no tiene nada que ver con Cristo, con la doctrina que Cristo enseñó a Su Iglesia, en Sus Apóstoles. Y es necesario combatirla de una manera nueva.

Porque hay que enfrentarse a la misma Jerarquía, que es la que va a poner una falsa doctrina como si fuera un dogma, que todos tienen que creer, aceptar, seguir, si quieren estar en esa falsa iglesia.

Muchos no han sabido combatir a un hombre que no es Papa. Han acabado adorándole, conformándose con su lenguaje humano, con sus obras, que no sólo son humanas, sino del demonio.

Y si no han sabido combatir a un demente, a un hombre que no tiene sentido común cuando habla, menos sabrán combatir a toda esa jerarquía que lo apoya de manera incondicional. Ellos son poderosos, no sólo por el poder que tienen sobre todos en la Iglesia, sino por la inteligencia. Saben engañar a las almas, dando vueltas a la verdad. Y la gente no sabe percibir esas vueltas, porque ya no creen en la verdad. Se quedan en las vueltas del lenguaje humano. Se quedan en lo exterior de la palabra: algo bello, algo agradable que se dice, algo interesante para la mente… Pero ya no escuchan la Verdad. No puede oírla. Sus mentes han quedado atrapadas en la soberbia.

El soberbio no escucha la Verdad, sino que está atento a la mentira, al error, a la duda.

«La vida del cuerpo llega a ser vuestra cuando creéis en Mí y vuestra alma vivirá para siempre. RechazadMe antes de Mi Segunda Venida y no estaréis preparados para recibirMe. Abrazad las mentiras, a pesar de que ya conocéis la Verdad de Mi Palabra, y caeréis en la desesperación. Y ahora, Yo voy a ser crucificado una vez más; y este tiempo habrá poco duelo para Mi Cuerpo – Mi Iglesia – porque habréis desertado de Mí en el tiempo en que Yo llego en Mi Gran Día. Yo habré sido olvidado, pero el impostor va a ser idolatrado; adorado y tratado como de la realeza, mientras Yo yaceré en la cuneta y seré pisoteado».

La nueva doctrina, que está predicando el impostor, el falsario, es sólo el inicio del mal. Una doctrina para el hombre, que gusta, no sólo a la mente del hombre, sino a su vida diaria. Una doctrina popular, de la calle, que es admirada por todos los hombres pecadores, del mundo. Es una doctrina para sus vidas de pecado: que ensalza, que justifica, esas vidas de iniquidad.

La gente aplaude a Bergoglio sólo por esto: porque les da la falsedad de una vida como si fuera la verdad. Se enseña un nuevo enfoque, una nueva visión del magisterio de la Iglesia. Se reinterpreta la Palabra de Dios según el lenguaje humano de cada uno. Lo que cada hombre ve en su mente, eso tiene que ser lo que viva. Por eso, Bergoglio anima a leer la Palabra de Dios y regala Biblias. Actúa como todo protestante.

La Jerarquía no está para decir que se lea la Biblia o para regalarla, sino que está puesta por Dios para enseñar la verdadera interpretación de las Escrituras. Por supuesto que Bergoglio no hace esto. Y en sus enseñanzas, tergiversa constantemente la Palabra de Dios. La disfraza de una manera tan bella para los hombres que estos creen que está hablando justa, rectamente, con verdad.

Muchos han quedado ciegos con la palabra barata y blasfema de Bergoglio. Ciegos. Ya no pueden ver la verdad. Y ya no hay manera de que la vean.

Si el hombre no lucha contra el vicio de su soberbia, para poder alcanzar la humildad de corazón, entonces rechaza a Cristo y rechaza a la Iglesia de Cristo.

Y para esto Dios ha puesto a este profeta: para que la Verdad permanezca en los corazones humildes. Para que la Iglesia no sea destruida por la Jerarquía que ya ha perdido el norte de la Verdad.

Dios calla para que el hombre obre lo que ha escuchado de Dios.

Cuando Dios calla, entonces comienza la Obra del Espíritu en los corazones.

Si Dios calla, es que no hay que estar repitiendo la misma cosa de siempre. Hay que comenzar a obrar.

La Iglesia Remanente no es la Iglesia en el Vaticano ni en ninguna parroquia. Es la Iglesia de Cristo, que sólo puede vivir en la humildad de los corazones. Ahora, no tiene una Jerarquía que la guíe. Porque no hace falta. Hay quienes piensan que Burke está organizando la resistencia. Y no saben que la resistencia a la mentira ya está organizada por Dios en sus profetas, en sus almas fieles a la Verdad. Burke, hasta que no salga de esas estructuras infames del Vaticano, hasta que no se oponga firmemente a Bergoglio, hablando en contra de él, sin miedo a perder su oficio, su trabajo, su comida, no organiza ninguna resistencia y no es capaz de guiar a la Iglesia remanente. Se necesitan sacerdotes y Obispos que crean en los tiempos apocalípticos que vive la Iglesia. Y ninguno de ellos cree. Todos quieren seguir en la Iglesia como hasta ahora. Quieren seguir en el gobierno de la Iglesia y ver un camino de solución.

El único camino para solucionar los problemas de la Iglesia, que es una Jerarquía que ha perdido la fe en Cristo, es salir de Roma y batallar, desde fuera, a toda esa falsa Iglesia que se muestra como verdadera. Como nadie va a hacer esto, ahora, no hace falta la guía de ninguna jerarquía para la Iglesia remanente. Cuando esa Jerarquía sienta en su propia carne la maldad que, ahora, no se atreven a combatirla, entonces actuarán como verdaderos jerarcas. Ahora, todos son unos inútiles que se refugian en sus palabritas humanas, pero que no saben oponerse a Bergoglio como falso Papa. ¡Qué miedo tienen todos!

Cuando Dios vea la necesidad, según los tiempos, la jerarquía fiel a la Palabra de Dios se levantará y guiará a la Iglesia remanente. Porque la Iglesia es la Jerarquía.

Pero hasta que no salgan de las estructuras externas, que los atan a la maldad, no hay que confiar en ninguna Jerarquía.

La única Jerarquía confiable es la que se opone TOTALMENTE a Bergoglio y a sus matones. Y de estos hay muy poquitos. Estos están escondidos, porque saben cómo es el juego del Vaticano.

Cuando Dios calla, es que todo se avecina: el mal da un paso adelante y las consecuencias serán inevitables para todos.

El pecado de superstición de la Jerarquía en Chile

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No es un pecado privado de un sacerdote o de un Obispo.
Es un pecado público de toda la Jerarquía. Y, por lo tanto, tiene mayor gravedad, mayor importancia para la vida de la Iglesia.
Católicos que dan culto a otros dioses: ya no son católicos. Ya no son de la Iglesia. Siguen ahí, pero ¿quién puede confiar en ellos? Si quieren adorar a sus dioses, ¿por qué no se van fuera de la Iglesia? ¿Por qué no dejan el sacerdocio y se dedican a sus obras de pecado?
Esta es la maldad que se contempla en la actualidad, en la Iglesia. Y nadie se escandaliza. Todo sigue como si nada.
Gran castigo es el que se avecina.

El Anticristo maneja los hilos de la Iglesia y de los gobiernos del mundo

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«antes de instaurar el Nuevo Orden Mundial, que es político, se deberá instaurar la Única Religión Mundial» (Conchiglia)

Hay muchas personas a quienes no les gusta Bergoglio. Esto es, cada día, más evidente. No se puede esconder. No se puede disimular ya. Ni siquiera los que lo siguen se encuentran a gusto con él, porque no les da lo que ellos quieren: una iglesia sin cruz, sin doctrina, sin sacramentos, sin Cristo.

Es necesario ir a la única Religión mundial. Pero no se puede ir si no se acaba con la Iglesia Católica. Hay que meter en la Iglesia Católica la división en la doctrina. Esto es lo que Bergoglio no ha podido hacer todavía. No le han dejado porque él sólo es un hombre que habla su vida de pecado, pero que no sabe poner en una ley, en una norma, esa vida.

Bergoglio es el falso profeta, pero no es la persona del Falso Profeta: no está en la iglesia del anticristo. Está, a penas, levantando su nueva estructura de iglesia. Ya ha puesto su primera división: el gobierno horizontal; pero le falta lo más importante: la doctrina.

Bergoglio es un hombre que no convierte a nadie, porque es un hombre que busca el ecumenismo sin la cruz.

«los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese» (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.1).

No hay división si hay fe en la verdad sobre la Cruz. Si los hombres no creen en la Cruz, no sólo como un hecho histórico, sino también real, eterno, que permanece y se realiza en cada Altar, entonces los hombres nunca podrán unirse en Cristo.

Cristo une en Su Cruz: ahí está toda la Vida de la Iglesia. La Cruz es el Camino hacia la Verdad de la Vida Divina. A los pies de la Cruz permaneció la Virgen y el discípulo amado. Los demás huyeron en la gran división de sus mentes humanas. El hombre no tiene otro camino, otra esperanza: el mundo hay que llevarlo a la Cruz. Hay que crucificar al hombre viejo para que renazca el nuevo.

No se puede ir al mundo sin la Cruz de Cristo, sin el mensaje que ésta representa: oración y penitencia. ¡Conversión!

«la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica». (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.9).

Fe católica, sacramentos y jerarquía: esta es la unidad que pide el Espíritu a Su Iglesia.

Y esto es, precisamente, lo que no se ve por ninguna parte.

Hombres que se pasan la vida repensando la antropología y la moral: «Hace años que tendría  que ser posible que se ordenen tanto hombres como mujeres, tanto célibes como casados» (Juan Masía, sj).

Cardenales que han perdido el juicio: «leer con respeto los textos de Lutero y sacar provecho de sus ideas» (Cardenal Marx).

Obispos que han perdido el temor de Dios y la verdad de la Iglesia: «No podemos vivir en una Iglesia con doscientos años de retraso» (Obispo Nicolás Castellanos).

La Jerarquía va buscando una religión mundial. Por eso, es necesario presentar al mundo un nuevo Cristo, un nuevo concepto del cristianismo, una nueva doctrina basada -en todo- en el lenguaje humano, en sus formas, no en la verdad.

Hay que llevar a Cristo al pueblo, a encontrarse con los hombres:

«Pongamos ante los ojos de la mente el icono de María Madre que va con el Niño Jesús en brazos. Lo lleva al Templo, lo lleva al pueblo, lo lleva a encontrarse con su pueblo» (2 de febrero del 2015).

Esta es toda la espiritualidad de Bergoglio: los hombres, el pueblo, la humanidad, sus problemas, sus vidas.

Bergoglio nunca puede predicar la verdad del Evangelio: hay que sumergir al hombre en la muerte de Cristo.

«Con Él hemos sido sepultados por el Bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 4).

La Virgen María no lleva a Su Hijo para encontrarse con su pueblo. Lo lleva para presentarlo al Señor: Ella debía cumplir los deberes que como primogénito le imponía la Ley (Ex 13, 2s: “todo varón primogénito sea consagrado al Señor”) y la purificación de la Madre, prescrita en el Levítico (12, 1 s: “un par de tórtolas o dos pichones”). Pero más allá de estas ceremonias legales, la Virgen lleva a Su Hijo al Templo para que se revele la Verdad a los hombres.

La Presentación del Niño en el Templo es la segunda manifestación de Jesús. La primera a los pastores, humildes y sencillos. Jesús viene por estas almas, que son dóciles al Espíritu de la Verdad en sus corazones. Pero Jesús también se manifiesta a las almas que vivían de la esperanza del Mesías; el anciano Simeón. Y el testimonio de este hombre -testimonio de la Verdad, que se manifiesta a su alma, en los brazos de Su Madre- es la manifestación del Niño: Jesús es el Salvador y la luz de las Naciones. Un hombre que da testimonio de la verdad que contempla: eso es Simeón. Y eso es lo que no es ninguna Jerarquía actual en la Iglesia.

Es lo que enseña un verdadero Papa:

«¿Quién es, en realidad, este recién nacido? La respuesta a esta pregunta, fundamental para la historia del mundo y de la humanidad, la da proféticamente el anciano Simeón, quien, estrechando al Niño entre los brazos, ve e intuye en El “la salvación” de Dios, la “luz para alumbrar a las naciones”, la “gloria” del pueblo de Israel, la “ruina y la resurrección de muchos en Israel”, el “signo de contradicción”. Todo esto es ese Niño, que, aun siendo “Rey de la gloria”, “Señor del templo”, entra allí por vez primera, en silencio, en ocultamiento y en fragilidad de naturaleza humana» (2 de febrero de 1981).

Un Papa legítimo y verdadero, como Juan Pablo II, enseña la misma Palabra de Dios: no la cambia, no la interpreta a su manera humana, no habla para el pueblo, para quedar bien con los hombres; sino que transmite el mismo pensamiento que está contenido en la Palabra de Dios, que es la Mente de Cristo.

Un falso Papa enseña su impostura:

«Guiemos el pueblo a Jesús dejándonos a su vez guiar por Él. Eso es lo que debemos ser: guías guiados». Esto es lo que deben ser los consagrados para este hombre. Una frase muy bonita, pero sin ninguna verdad: ser guías guiados. Es la mayor estupidez de este hombre.

El consagrado tiene que imitar a Jesús:

«estáis llamados a una particular imitación de Jesús y a un testimonio vivido de las exigencias espirituales del Evangelio en la sociedad contemporánea. Y si el cirio, que tenéis en la mano, es también símbolo de vuestra vida ofrecida a Dios, ésta debe consumarse toda entera para su gloria» (2 de febrero de 1981).

Imitar a Cristo, -es lo que enseña un verdadero Papa-, dar testimonio de la Verdad del Evangelio en un mundo que no quiere la verdad. Y es un testimonio que es radical:

«Pero precisamente por esta opción tan radical, os convertís, como Cristo y como María, en un “signo de contradicción”, es decir, es un signo de división, de ruptura y de choque en relación con el espíritu del mundo, que pone la finalidad y la felicidad del hombre en la riqueza, en el placer y en la autoafirmación de la propia individualidad» (Ib).

Esto es lo que no se encuentra en ningún discurso de Bergoglio: hay que romper con el espíritu del mundo, hay que ser signo de división con el mundo.

Bergoglio no da la doctrina de Cristo, sino su cristo, la doctrina que tiene en su mente sobre Cristo. Por eso, dice esa frase hermosa, pero sin la doctrina de Cristo. ¿Qué significa ser guiados por Cristo? Imitarlo. ¿Y cómo se imita a Cristo? Expiando los pecados del pueblo. ¿Y cómo se guía al pueblo hacia Cristo? Hay que meterlo en la muerte de Cristo: en la cruz, en la penitencia, en el despojo de todas las cosas por amor a Cristo.

¿Enseña esto, Bergoglio, en este discurso? No; Bergoglio predica un cristo sin doctrina, sin verdad. Sólo enseña sus frases bonitas, que sólo demuestran una cosa: este hombre sólo habla por hablar, para que los demás den publicidad a sus discursos. Pero, mientras tanto, obra otra cosa a lo que habla, a la propaganda que dan los demás de sus palabras. Así se hace la nueva iglesia: a base de impostura religiosa, de fariseísmo, el más perfecto de todos.

Bergoglio enseña como un falso papa, que sólo habla para la masa de los ignorantes, y de los tibios y pervertidos:

1. Una obediencia falsa: «quien sigue a Jesús se pone en el camino de la obediencia, imitando de alguna manera la «condescendencia» del Señor, abajándose y haciendo suya la voluntad del Padre, incluso hasta la negación y la humillación de sí mismo (cf. Flp 2,7-8). Para un religioso, caminar significa abajarse en el servicio, es decir, recorrer el mismo camino de Jesús, que «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Flp 2,6). Rebajarse haciéndose siervo para servir».

a. El camino de la obediencia no es imitar la condescendencia del Señor, no es abajarse, no es la negación y la humillación de sí mismo: es obrar la Voluntad de Dios. Se obedece a Dios para hacer lo que Él quiere. Son dos cosas diferentes: que Cristo no muestre Su Gloria a los hombres y su obediencia al Padre, hasta la muerte. Bergoglio mete ambas cosas en el mismo saco para un fin: sé obediente a los hombres, a los mayores, a la mente del hombre: «El fortalecimiento y la renovación de la Vida Consagrada pasan por un gran amor a la regla, y también por la capacidad de contemplar y escuchar a los mayores de la Congregación». Escuchar a los mayores: escucha a tantos superiores falsos como hay en la Iglesia. Escucha a tantos herejes y apóstatas de la fe en Cristo como hay en las congregaciones, asociaciones, seminarios, etc… ¡Aquella Jerarquía que no dé la verdad no se la puede escuchar, no se la puede obedecer aunque estén como Superiores! Pero a Bergoglio lo que le interesa es:

b. Su conclusión: «caminar significa abajarse en el servicio». Es su impostura religiosa: bájate de tus ideas, de tus dogmas, de tus liturgias, de la verdad absoluta, con el fin de servir a todos los hombres, al pueblo. Es siempre su humanismo: rebájate en la mentira para servir a los demás.

No tiene nada que ver con lo que un Papa verdadero enseña a los religiosos: «También vosotros, hermanos y hermanas queridísimos, debéis conservar siempre intacta esa “voluntad de oblación”, con la que habéis respondido generosamente a la invitación de Jesús para seguirle más de cerca, en el camino hacia el Calvario, mediante los sagrados vínculos que os unen a El de manera singular en la castidad, en la pobreza y en la obediencia: estos votos constituyen una síntesis, en la que Cristo desea manifestarse a Sí mismo, entablando —a través de vuestra respuesta—, una lucha decisiva contra el espíritu de este mundo» (2 de febrero de 1981): caminar significa tener una voluntad de oblación para llegar a la Cruz, a la muerte con Cristo en la Cruz. Y se llega con los votos de castidad, de pobreza y de obediencia. Esto no lo enseña Bergoglio porque ni los tiene ni sabe cómo vivirlos. La obediencia es una voluntad de oblación en la que se muestra la lucha contra el espíritu del mundo. No es una obediencia para servir al mundo, que es lo que enseña Bergoglio. Todo al revés con este hombre. Todo. La casa se construye por el techo, según Bergoglio. Una vez que el hombre está arraigado en esta obediencia, es cuando sirve a los demás en la verdad de su vida. Y el servicio a los demás da frutos de vida eterna. Pero este servicio es lo último que se hace, lo de menos. Lo que importa es esa voluntad de oblación, por amor a Cristo, para imitar en todo a Cristo. Bergoglio sólo está en su camino humano de servicio a los intereses del hombre. Y, por lo tanto, tiene que predicar una:

2. Falsa sabiduría: «En el relato de la Presentación de Jesús, la sabiduría está representada por los dos ancianos, Simeón y Ana (…) El Señor les concedió la sabiduría tras un largo camino de obediencia a su ley. Obediencia que, por una parte, humilla y aniquila, pero que por otra parte levanta y custodia la esperanza, haciéndolos creativos, porque estaban llenos de Espíritu Santo».

a. La sabiduría siempre es Cristo, nunca los hombres. Los hombres participan de la sabiduría divina por la gracia y el Espíritu. En Simeón y en Ana está representada las almas fieles a la gracia y a al Espíritu. Son dos cosas totalmente diferentes.

b. Una sabiduría creativa: los hace creativos: el alma obediente no es creativa, sino imitativa de la Mente de Dios, de la vida de Cristo: pone por obra lo que Dios piensa: no crea una idea nueva ni una obra nueva. Es el lenguaje de los modernistas, que les lleva a proclamar esta gran herejía: «Perseverando en el camino de la obediencia, madura la sabiduría personal y comunitaria, y así es posible también adaptar las reglas a los tiempos: de hecho, la verdadera «actualización» es obra de la sabiduría, forjada en la docilidad y la obediencia». Vamos a cambiar el dogma, las enseñanzas de siempre en la Iglesia. Hay que adaptar la ley de Dios a los tiempos. Hay que actualizar la norma de moralidad. El magisterio de la Iglesia ya se quedó anticuado y, entonces, hay que buscar otro, más acorde con los tiempos, con la mente de los hombres, con sus culturas. ¡Y eso es sabiduría divina! ¡Esta es la gran blasfemia de este hombre, que sólo vive para su humanismo! Hay que obedecer a una mentira para ser actuales, para actualizar la sabiduría, para madurar en la sabiduría. Bergoglio lo rompe todo.

Para Bergoglio todo es un relato del hombre, todo es una fiesta para los hombres:

«Es curioso advertir que, en esta ocasión, los creativos no son los jóvenes sino los ancianos. Los jóvenes, como María y José, siguen la ley del Señor a través de la obediencia; los ancianos, como Simeón y Ana, ven en el Niño el cumplimiento de la Ley y las promesas de Dios. Y son capaces de hacer fiesta: son creativos en la alegría, en la sabiduría».

María y José son jóvenes, inexpertos, que cumplen con la ley; Simeón y Ana son los maduros, los que tienen la experiencia del conocimiento de Dios, los que saben ser creativos, los que transforman la obediencia en cumplimiento de la ley, y así hacen fiesta. Este es todo el mensaje de este hombre perverso.

Son los ancianos, como él, los que están destruyendo la Iglesia con su sabiduría creativa. En el camino de la obediencia se madura la sabiduría. Este hombre no sabe lo que está diciendo. No tiene ni idea, ni de lo que es la obediencia ni lo que es la sabiduría.

Pone la obediencia a la mente del hombre, pero no a la Mente de Dios. Y, por lo tanto, como la mente del hombre cambia, entonces se madura la sabiduría.

Cuando el hombre obedece a Dios no madura en su sabiduría, sino que crece en sabiduría. En la medida que el hombre vaya aceptando la Mente de Dios, por la obediencia, por el sometimiento de su mente a la verdad revelada, inmutable, eterna, en esa medida, el hombre crece en las virtudes: «El que guarda la Ley es hijo prudente» (Prov 28, 7). Y el virtuoso está lleno de la sabiduría divina: «en alma maliciosa no entrará la sabiduría» (Sab 1, 4).

María y José estaban anclados a una obediencia. Simeón es el más listo, por ser el más creativo, por cambiar en su mente y contemplar –en su ancianidad- lo que no ven María y José por ser jóvenes. Es todo un relato humano. Cuando Bergoglio predica el evangelio, es esto lo que hace: da su cuento, su fábula, su interpretación humana, su chiste. Y le queda algo que no tiene nada que ver con la Palabra de Dios.

Como se madura la sabiduría, entonces es posible también adaptar las reglas a los tiempos. ¿Por qué los homosexuales no pueden casarse? Hay que estar con los tiempos. ¿Por qué no dar la comunión a los malcasados? Hay que madurar en estas reglas que son fruto de una obediencia a lo antiguo. Hay que obedecer a los modernos, a las mentes de todos los soberbios, porque en ellas está la sabiduría creativa, que es – para este hombre sin nombre- una obra divina: «Y el Señor transforma la obediencia en sabiduría con la acción de su Espíritu Santo». ¡Mayor sin sentido no puede haber en la mente de Bergoglio!

¿Quién es María para este personaje?

«Los brazos de su Madre son como la «escalera» por la que el Hijo de Dios baja hasta nosotros, la escalera de la condescendencia de Dios (…) María que entra en el templo con el Niño en brazos. La Virgen es la que va caminando, pero su Hijo va delante de Ella. Ella lo lleva, pero es Él quien la lleva a Ella por ese camino de Dios, que viene a nosotros para que nosotros podamos ir a Él (…) También nosotros, como María y Simeón, queremos llevar hoy en brazos a Jesús para que se encuentre con su pueblo».

María es la que lleva en brazos a Jesús. Y no más: una madre joven, inexperta en el misterio de Cristo. Es la escalera de la condescendencia de Dios: una frase muy hermosa, pero herética:

«Cristo «tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel» (Hb 2,17). Es el doble camino de Jesús: bajó, se hizo uno de nosotros, para subirnos con Él al Padre, haciéndonos semejantes a Él».

Si se va a la Palabra de Dios, se ve lo que oculta Bergoglio:

«Por esto hubo de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel, en las cosas que tocan a Dios, para expiar los pecados del pueblo»: Cristo se hace hombre, vive como los hombres, en una naturaleza humana, con un fin: expiar los pecados. Se hace sacerdote para expiar los pecados del pueblo, no para hacer fiesta con los hombres, con el pueblo.

Bergoglio calla la expiación del pecado porque no puede entrar en su discurso bello, pero sin verdad alguna. Es el discurso que gusta a la mente de los hombres. Esas mentes que ya no saben pensar la verdad, sino que sólo quieren escuchar lo que tienen en sus propias mentes. Y si hay un viejo, como Bergoglio, inexperto en la verdad, entonces se tragan cualquier cosa que sale de su inmunda boca. Y la tienen como verdad, como voluntad de Dios, como una bendición. Así siempre trabaja un falso profeta: con las formas del lenguaje humano. Formas externas: palabras bellas, frases puestas en una bandeja de plata, con un colorido que agrada a los hombres, para mostrar su mentira siempre.

Los brazos de la Virgen María no son como una escalera, sino que son el resguardo de la Madre. María protege a su Niño del mundo y de los hombres. María conserva en su corazón la Verdad y es lo que transmite al mundo cuando lleva en sus brazos a Su Hijo. María no va caminando con su Hijo para mostrarlo al pueblo. María camina con Su Hijo, en brazos, para realizar la Voluntad de Dios en Su Templo, porque María es la que está asociada en todo a Su Hijo:

«Por asociación con su Hijo, esta mujer se hace también signo de contradicción para el mundo y, a un tiempo, signo de esperanza, a quien todas las generaciones llamarán bienaventurada. La mujer que concibió espiritualmente antes de concebir físicamente, la mujer que acogió la Palabra de Dios, la mujer que se insertó íntima e irrevocablemente en el misterio de la Iglesia ejerciendo la maternidad espiritual con todos los pueblos. La mujer que es venerada como Reina de los Apóstoles sin quedar encuadrada en la constitución jerárquica de la Iglesia, y que sin embargo hizo posible toda jerarquía porque dio al mundo al Pastor y Obispo de nuestras almas. Esta mujer, esta María de los Evangelios, a quien no se menciona entre los presentes en la última Cena, acude de nuevo al pie de la cruz para consumar su aportación a la historia de la salvación. Por su actuación valiente prefigura y anticipa la valentía a lo largo de los siglos de todas las mujeres que contribuyen a dar a luz a Cristo en cada generación». (Octubre del 1979)

Leer a Juan Pablo II y leer a Bergoglio es como el día a la noche. La diferencia es abismal, porque Juan Pablo II es Papa verdadero, elegido por el Espíritu del Señor para guiar a Su Iglesia por el camino de Cristo. Pero Bergoglio no es el Papa, ni puede serlo por más que los hombres griten que Bergoglio es el Papa.

Bergoglio es sólo un falso profeta, que anuncia al anticristo de la nueva iglesia. Es ese anticristo el que va a romper la Iglesia. El anticristo es un ser inteligente que sabe romper la doctrina de Cristo con su inteligencia, con su idea, con su mente. Bergoglio sólo sabe hablar, pero no romper. Quiere romper, pero no puede. No es su tiempo.

Tiene que venir, después de él, el temido, que no es el Anticristo, sino el falso Papa que continúa la obra que ha iniciado Bergoglio. Porque hasta que no se levante la nueva iglesia, la ecuménica, la que engloba a todo el mundo, a todas las religiones, no se levanta el nuevo  orden mundial, y no puede aparecer ni el Falso Profeta ni el Anticristo.

El Anticristo necesita de un anticristo en la Iglesia: uno que lleve a la Iglesia hacia la religión mundial. Y el Anticristo necesita de un anticristo en el mundo: uno que lleve a todo el mundo hacia un gobierno mundial. Y estos dos anticristos todavía no han aparecido. Están sus voceros: Bergoglio y Obama, pero no son los indicados para el gran juego del Anticristo.

La Iglesia Católica, por las profecías, tiene que pasar dos años de sede Vacante antes de que se levante la nueva iglesia, que será la Iglesia del Anticristo. Y hasta que no muera el Papa legítimo, Benedicto XVI, Bergoglio sólo seguirá hablando de sus muchas cosas. Y, mientras entretiene  a todo el mundo con sus majaderías, se va obrando en lo oculto todo lo demás. Así, cuando llegue el tiempo requerido, se cambia todo a base de palos, de imposiciones, de sangre, de persecución.

El Anticristo está guiando a toda esta Jerarquía que apoya a Bergoglio: uno de ellos se hará con el poder en la Iglesia para hacer lo que no hace Bergoglio: dividir la doctrina, destruir el dogma. Por eso, ni entre ellos se tienen confianza: todos están en ese gobierno horizontal con el deseo, no declarado, de ser papas y así imponer la doctrina que ellos quieren en la Iglesia. A Bergoglio lo echan fuera, como a todos los demás, porque ya no sirve: sirve para la fiesta, pero no para la Iglesia que el Anticristo quiere. El Anticristo necesita una cabeza pensante, que no tenga miedo a romper el dogma. Necesita un Kasper. No necesita de un hombre que viva su pecado, como Bergoglio, porque eso ya lo tiene en el mundo y en la Iglesia. Hay que cambiar la doctrina, el dogma, para crear la nueva iglesia. Y esto hay que hacerlo a las bravas, no con sonrisitas.

Mientras Bergoglio vive su estúpida vida en la Iglesia, la doctrina no se cambia: sólo hay confusión. Sólo hay lío, división, enfrentamientos dentro de la Jerarquía y de los fieles. Y esto es sólo el fruto del gobierno de este hombre: nada claro, sin claridad, sin camino. Habla muchas cosas y nada se hace. Todo el mundo hace y deshace, pero la doctrina sigue igual. Con Bergoglio, todo sigue igual. Y esto es lo que no le gusta al Anticristo. Bergoglio fue débil en el Sínodo pasado. Y eso el Anticristo lo va a remediar en el próximo Sínodo: debe cortar la cabeza de Bergoglio para eso. Tiene que poner su anticristo, que levante su nueva iglesia mundial.

Roma: sede del Anticristo

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«… hizo Yavhé llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de Yavhé, desde el cielo. Destruyó estas ciudades y toda la hoya, y cuantos hombres habían en ellas y hasta las plantas de la tierra» (Gn 19, 24).

Abominación es Roma. Abominación es la cabeza de Roma: Bergoglio. Abominación es toda la Jerarquía que se somete a Bergoglio.

Este hombre es un dictador de su mentira. Y, por tanto, es un hombre que sabe que está en esa posición, en ese liderazgo, para imponer su mentira a toda la Iglesia.

Este hombre es vulgar en su palabra, pero es idiota en su pensamiento; en otras palabras: es un hombre que vive dando vueltas a su idea maquiavélica, y que la transmite en un lenguaje vulgar, plebeyo, que gusta a todo el mundo por su sentimiento barato y blasfemo.

Decir idiota a alguien no es decirle tonto: Bergoglio sabe muy bien lo que dice y lo que hace. El idiota es aquel que está privado del conocimiento de la verdad y, por tanto, tiene que obrar siempre la mentira. Y si se está en la cabeza de un gobierno, eso significa una cosa: dictadura. Bergoglio es un dictador. Todos tienen que hacer lo que dice esa mente, aunque las leyes digan otra cosa.

¿Qué es, si no, la aclaración del Obispado sobre el matrimonio (ver texto) trasns celebrado en la iglesia de Santiago del Estero, en Argentina? Esta aclaración es una clara hipocresía, una fariseísmo de una Jerarquía que no pertenece a Cristo, sino que lo combate.

La ley de la Iglesia es muy clara. Se la han pasado por el arco del triunfo y se han sometido a Bergoglio. Obedecen la mente de ese hombre, poniéndose en contra de la mente de Cristo.

Aquellos que piden que Roma suspenda a este sacerdote y al Obispo por hacer este casamiento, no saben de lo que están hablando. Porque este casamiento se ha hecho con la “bendición” de Roma. Ningún Obispo hace nada en la Iglesia sin Roma. Ningún sacerdote hace nada en su parroquia, sin su Obispo.

Bergoglio: dictador de mentiras, de maldades, de abominaciones. Y todos le besan el trasero. ¡Todos! ¿Todavía no tienen inteligencia?

¡Tienen que despertar si quieren seguir en la verdadera Iglesia: la que Cristo fundó en Pedro!

Tienen que aprender a discernir la falsa de la verdadera Jerarquía. Y llamar a cada una por su nombre. Y poner a cada uno en su lugar.

Es tiempo de cuestionar a toda la Jerarquía. ¡A toda! Ya no es tiempo de obedecer a nadie en la Iglesia. Porque eso que vemos en Roma no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia Católica. Es un invento de unos hombres que, desde hace mucho tiempo, están en la Iglesia para lo que vemos: destruirla desde dentro.

No pueden asistir a misas donde sacerdotes u Obispos, casen a personas transexuales, bauticen a hijos de homosexuales, se den predicaciones claramente comunistas, protestantes, masónicas. ¡No pueden! ¡Allí donde se obra una abominación, como es casar a personas trans, después, no se puede poner a Cristo en el Altar! ¡O se está con Cristo o contra Cristo! O se tienen las ideas claras de lo que Cristo exige a un sacerdote en Su Iglesia, o se levanta una nueva y falsa iglesia con un nuevo y falso Cristo!

¡Tienen que despertar!

Dios ha dado Sus Leyes a los hombres. Y si los hombres desprecian esas leyes, sencillamente esos hombres no son hijos de Dios, sino del demonio. No son hijos de la Iglesia. No pertenecen a la Iglesia Católica.

A ese sacerdote, que casó a esta pareja, tienen que llamarlo por su nombre: sacerdote apóstata de la fe, hereje, cismático. Sacerdote que pertenece a la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Sacerdote de la masonería, instrumento de la obra masónica en la Iglesia. Y, por tanto, tienen que apartarse de ese sacerdote y del Obispo que lo mantiene en su ministerio; y, por supuesto, de Bergoglio, que es el que está detrás de todo esto.

Muchos no han comprendido lo que es la herejía. Creen que hace falta un sistema filosófico o teológico para expresar una herejía.

Bergoglio las dice cada día. No hay día que no diga su herejía. Pero nadie se da cuenta. Su famosa frase: no soy quién para juzgar; es una herejía.

La herejía es oponerse a la Verdad. Y la Verdad es la Palabra de Dios: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22).

Dios enseña al hombre a juzgar al homosexual. Todo homosexual es una abominación. Luego, cada hombre tiene el deber y la obligación de juzgar. Cada hombre es quién para juzgar porque el poder se lo da Dios en Su Enseñanza, en Su Palabra, en Sus Leyes.

Por tanto, todo aquel que diga que no es quién para juzgar a un homosexual se opone directamente a Dios, a la verdad. Está enseñando su mente humana, su idea. Y la pone por encima de la idea de Dios, de lo que enseña Dios. Y si eso que dice no lo retira, sino que lo mantiene y lo pone por obra, entonces ese hombre cae en la herejía automáticamente. Es pertinaz en su mentira.

Las obras del Bergoglio ahí están. Este casamiento es su obra, porque viene de su herejía. Este casamiento es la obra de su herejía. Es lo que se llama apostasía de la fe. Ser apóstata de la fe es obrar la herejía. Y ser hereje es ser, al mismo tiempo, cismático.

Son tres pecados que están unidos. No se pueden separar. Uno está en la mente: la herejía. Y quien piensa la herejía, la obra. Y, por eso, cae en la apostasía de la fe: vive para obrar la maldad. Y quien obra la herejía, quien es apóstata, comienza a levantar una nueva vida, un nuevo camino, una nueva iglesia: el cisma.

El hereje está «enteramente pervertido y peca, condenado por su propio juicio» (Tit 3, 11). Bergolgio se condena a sí mismo con su propia sentencia: no soy quién para juzgar. Y, por tanto, sus obras son siempre de pecado y de abominación. Nunca son obras de verdad. Nunca. Su juicio lo tiene pervertido. Esto es lo que significa la palabra idiota, en griego: el hombre privado de verdadero conocimiento: el pervertido en su juicio.

Y una persona pervertida, idiota, es mala por los cuatro costados. Y, aunque su palabra sea vulgar, aunque ponga una sonrisa a todo el mundo, aunque se quiera mostrar con el vestido de la humildad y de la pobreza, hay que apartarse de estas personas, como si fueran el mismo demonio: «Al hombre herético, tras la primera y la segunda amonestación, evítalo» (Tit 3, 10)

Esto es lo que muchos católicos, que todavía dudan de si Bergoglio es o no es Papa, no hacen. Algunos todavía se preguntan si Bergoglio se ha puesto o no al margen de la Iglesia. Después de 18 meses de ver las obras de este hombre, ¿todavía no ven nada, no lo evitan, no huyen de él, están esperando todavía algún milagro en el Sínodo?. ¡Esto es de locos!

Para quien ya ha captado lo que es Roma, el Sínodo sólo es un grupo de hombres que van como corderos al matadero. No es más que eso.

“Vuestra palabra homosexualidad se puede explicar por la historia de Sodoma y Gomorra. Leed en vuestras Biblias o consultad a vuestro clero. Buscad, hijos Míos, un clero humilde y piadoso. Muchos han perdido la fe. Muchos han vendido sus almas por llegar a los altos cargos. Y esto hijos Míos, yo digo, de todas las denominaciones!” (Verónica de la cruz).

¿Por qué este sacerdote ha casado a esta pareja de homosexuales? Porque está en ese ministerio para hacer su negocio, su empresa en la Iglesia. Ha vendido su alma al demonio, para tener un puesto, una posición social y política, dentro de la nueva iglesia que se levanta en Roma.

Si este sacerdote se hubiera opuesto al pensamiento de Bergoglio, lo tendríamos en la calle mendigando comida y un vestido. Pero, como quiere seguir teniendo un plato de comida todos los días en su mesa, entonces decide limpiar las babas de Bergoglio y oponerse a Cristo en Su Misma Iglesia y con la vocación que el mismo Cristo le dio: usa los dones de Dios para hacer una obra del demonio. Esto tiene el nombre de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Y esto señala otra cosa: la aparición del Anticristo. Cuando la Jerarquía de la Iglesia se convierte en anticristo, como este sacerdote, automáticamente los tiempos se aclaran y se precipitan para que aparezca el Malvado, el otro dictador que tiene que ponerse en el mundo.

Hay dos dictadores en este tiempo del Anticristo: uno en la falsa iglesia: un falso Papa. Y otro en el mundo: el Anticristo. Y esos dos dictadores son los que manejan todos los gobiernos del mundo y todas las iglesias, incluida la que está en Roma.

“Debéis seguir haciendo una vigilia de oración por el clero del mundo. La oscuridad ha descendido a la iglesia de Mi Hijo. ¡Sea lo que sobrevenga a todos vosotros por el caos que está llegando rápido a vuestro país y a otras naciones del mundo! Pronto habrá un déspota en el mundo. Lo llamo número dos. Pero muchos lo han nombrado, y en el libro de la vida se refiere como el Anticristo.

Sí, hijos Míos, vosotros lo reconoceréis por sus hechos. Muchos venderán sus almas a él para conseguir altos cargos, pero todo lo que está podrido caerá. No importa las batallas que haya que librar por mantener la luz en vuestro país y en el mundo. Vosotros seguiréis adelante como soldados de la luz, llevando vuestra bandera de la fe y la verdad frente a la adversidad» (Ib).

Hay que ser soldados de Cristo para poder oponerse a los soldados del Anticristo. Tienen que oponerse, con valentía, a toda esa Jerarquía pervertida si quieren ser de Cristo. Y no tienen que tener miedo de esa Jerarquía, porque son sólo hombres, que se visten de ropas bonitas, pero que no son lo que parecen: no son sacerdotes, no son Obispos, no son Cardenales.

Tienen que tener el valor de despreciarlos en sus caras. De decirles la verdad como es, porque no merecen el respeto que un sacerdote de Cristo se merece. No tienen el espíritu de Cristo, sino del anticristo. Y, por tanto, no hay obediencia a ellos.

Esto es lo que mucha gente no comprende. Se sigue obedeciendo a una Jerarquía que cae en el pecado, que es débil en el pecado. Pero no se obedece a una Jerarquía que comete los tres pecados que le apartan de la Iglesia: herejía, cisma y apostasía de le fe.

Un sacerdote puede ser mujeriego, pero después sigue predicando la verdad. Hay obediencia a él, a pesar de su pecado de lujuria. Porque ese pecado de lujuria no se opone a la doctrina de Cristo de manera directa.

Pero un sacerdote que, por sus obras, se opone a la doctrina de Cristo, como es este sacerdote que casó a esta pareja, aunque su homilía sea maravillosa, aunque diga palabras que parecen verdaderas, cae toda obediencia. Porque la fe está en las obras. Si se tiene fe en Cristo, se obran las mismas obras de Cristo. Si no se tiene fe en Cristo, se hacen las obras del demonio, que son contrarias a las obras de Cristo. Y Cristo nunca casó a parejas homosexuales. ¡Nunca! Este sacerdote lo ha hecho. Conclusión: no hay obediencia a esta Jerarquía. Hay que combatirla, no sólo resistirla. Porque es la propia del demonio. Son los soldados del Anticristo.

“¿Qué podéis esperar para vuestro país, que permite que florezca la homosexualidad, y se vuelva una forma de vida ahora por parte de sus líderes bajo la bandera de la verdad? ¿Y la fidelidad? A su dios; ellos han tirado la bandera y están yendo en la dirección de Satanás.

“Ahora las leyes se están haciendo para proteger los que ofenden a Dios, los homosexuales. La humanidad llevará el estandarte por delante. Habrá muchas tribulaciones para la humanidad antes de que vuelva Mi Hijo para reuniros Él mismo. En su momento muchos serán quitados de la tierra. Pero habrá una tribulación antes de ese momento» (Ib).

La nueva y falsa iglesia, que se ve en Roma, está protegiendo a los que ofenden a Dios. Y van a sacar las leyes correspondientes para eso. Y ya no van a tardar. Ya no será como han hecho ahora: un fariseísmo. Ahora se van a apoyar en sus mismas leyes, que serán una gran blasfemia a Dios.

La homosexualidad es una forma de vida en la nueva iglesia. ¿No es esto lo que predicó ese sacerdote?

“Estamos reunidos celebrando el amor de Dios en nuestras vidas, un amor que estaba desde el origen de nuestra existencia, y que los ha sostenido en momentos de dificultades, de alegría, de esfuerzo cotidiano por hacer que la opción de vida que han tomado sea respetada por todos, sea el que los acompañe por el resto de sus vidas”.

Esta opción de vida es respetada por ellos, por la Jerarquía del demonio. Y tiene que ser aborrecida por los soldados de Cristo, por la verdadera Jerarquía. Si no hacen esto, entonces ustedes pertenecen a esa nueva iglesia en Roma. Si no se separan de Roma, totalmente, van a perecer en la Justicia que viene ya a toda la Iglesia. Primero a la Iglesia, después al mundo entero.

Hay que salir de Roma pagana. Roma inmunda. Roma abominable. Y hay que salir ya. No esperen a después del Sínodo. Ya Roma no es el asiento de la Verdad, sino la sede del Anticristo.

El falso ecumenismo: ardid del demonio para romper la Iglesia

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Transigir el mal es como consentirlo, y quien hace esto toma parte en las obras de las tinieblas, que son las obras del demonio. Y lo que hace el demonio no es algo bueno ni agradable a Dios.

Aquellos que transigen el mal son tan culpables como los que lo obran.

Todo el problema está en la conciencia de la persona. Si ésta está bien formada, a la luz de la fe y de la Palabra Revelada, entonces el hombre conoce el bien y el mal, y siempre sabe elegir lo correcto.

Pero si la conciencia de la persona no está bien formada, sino que anda tras verdades relativas, cambiantes, mediáticas, que evolucionan según los diversos tiempos, culturas, filosofías, etc…, entonces el hombre no sabe discernir entre el bien y el mal, y siempre se equivoca en su decisión o elección.

Se transige el mal porque la persona no ve ese mal como un mal, sino como un bien, un valor. Y aquí comienza el falso ecumenismo.

El verdadero ecumenismo no transige ningún mal, porque la conciencia llama a corregir cualquier mal para llevar al buen camino a los que andan extraviados.

La pregunta es: ¿hace esto Francisco con los judíos, musulmanes, protestantes, budistas, ateos, etc…? La respuesta es clarísima: No. Los deja en su extravío, y él mismo quiere ese extravío. No los deja porque no conozca el extravío o no sabe corregirlo. Los deja en el error porque él mismo vive ese error en su persona. Y, por tanto, lo irradia al otro, lo comunica al otro.

El falso ecumenismo es la destrucción de la Verdad Revelada: del dogma, de la Tradición Divina, del Magisterio de la Iglesia. Y, por tanto el falso ecumenismo es el compendio de todos los errores y la confusión de todas las ideas. De esta manera, se va socavando los cimientos de la fe, se va ahogando el espíritu de piedad y se va desfigurando el Evangelio.

Estas tres cosas es lo que hace Francisco con su falso y aberrante ecumenismo: fe, piedad y Evangelio se van transformando en la diversidad de pensamientos humanos, en la multitud de obras humanas, y en el establecimiento de un nuevo evangelio.

Francisco quiere hacer cómplice a Jesús de los errores que existen en las diversas iglesias, que engendran vidas de corrupción en el mundo.

Cuando Francisco dice que todas las iglesias tienen su verdad o que hay alguna parte de verdad, está diciendo algo que es lo natural, porque no hay que olvidar que la Ley natural está escrita en el corazón de todo hombre. Y, naturalmente, el hombre encuentra verdades en su vida y obra algún tipo de bien natural o humano en sus iglesias, en sus espiritualidades.

Pero la Iglesia es un bien divino que se rige por la ley de la Gracia, no sólo por la ley natural o divina o eclesiástica. Y la ley de la Gracia hace que la Iglesia, que ha fundado Jesús, tenga la plenitud de la Verdad. Y esta plenitud sólo puede darse en la Iglesia Católica, no en las otras. Las otras tienen verdades naturales, que también las posee la Iglesia Católica; pero no tienen verdades que proceden de la Gracia. No tienen verdades divinas; sólo humanas, naturales, materiales. Y esto es lo que niega Francisco. Él dice que las demás iglesia tienen una parte de la verdad divina, para poner los errores de las diversas iglesias como una verdad que debe ser seguida.

Tener una verdad no es estar en posesión de toda la Verdad. Sólo el que esté dentro de la Iglesia Católica posee toda la Verdad, por la Gracia, y puede discernir cualquier error y a cualquiera persona, ya sea de la Iglesia, ya fuera de Ella.

Por eso, los fieles que no disciernen lo que es Francisco es que no viven en Gracia: son como la gente del mundo, como los judíos, budistas, etc…: viven un catolicismo tibio y perverso en la inteligencia. Espiritualmente siguen sus doctrinas, sus ideas sobre Cristo, sobre la vida de oración, etc. No siguen el camino, que es Cristo, sino sus caminos y hacen de su tibieza una virtud, una santidad, una justificación. Y, por eso, sus inteligencias se corrompen y pervierten, y no son capaces de ver al lobo, porque se han vuelto como el lobo.

Para construir la unión entre las diversas iglesias es necesario que el hombre destierre de su corazón el error y ame la verdad. Son dos cosas: odiar el pecado, amar la verdad.

Si los hombres no forman su conciencia según la Verdad que Dios ha revelado, entonces, nunca podrán odiar el pecado, desterrarlo de sus vidas, luchar en contra de todo mal; y de esa manera, sólo van en busca del falso ecumenismo.

Para la unidad hay que tener un mismo sentir, una sola alma, un solo corazón, una sola fe, un solo bautismo y un solo Señor, Dios y Padre. Si no se odia el pecado, es imposible la unidad.

Lo que Francisco quiere hacer es una unidad en la mentira, en la diversidad. Y está diciendo un auténtico absurdo.

Dios, cuando une a dos almas, une sus mentes y sus voluntades, y no hay diferencias, diversidades. Los dos piensan lo mismo y quieren lo mismo, porque los dos han quitado los pensamientos que llevan al error, al pecado, y se quedan sólo con aquellos pensamientos que vienen de Dios. Los dos han quitado las obras que los conducen el pecado, y sólo son capaces de obrar lo divino, las obras de Dios.

La unidad en la diversidad es la aberración del pensamiento de Francisco. Y esta idea la dice todos los días. Y nadie la combate. Señal de que la Jerarquía está con Francisco: quieren destruir la fe, la piedad y el Evangelio.

Para la unidad hace falta un único Dios, pero no en el sentido nominativo, que es lo que predica Francisco: no creo en el Dios católico, sino que creo en Dios. Dios lo toma como un nombre, un lenguaje, pero sin el concepto, sin el significado. Como todos los hombres creen en Dios, en sentido nominativo, entonces nos vamos a unir en un solo Dios.

Para la unidad, es necesario creer en el Dios que se ha Revelado al hombre: la Santísima Trinidad. Pero no hay que creer en el nombre que se da al Padre, o al Hijo, o al Espíritu Santo. Muchos, para engañar, dicen que creen en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Creen en el término Padre, pero no en lo que significa el Padre. Creen en el lenguaje Hijo, pero no en el concepto que tiene el Hijo en la Iglesia Católica. Creen en la etiqueta del Espíritu Santo, pero no en la Persona divina. Hoy sólo se cree en un lenguaje humano, vacío de la verdad. Pero no se cree en la Verdad de las cosas. Son nominalistas: se quiere creer sólo en el sentido nominal, no en el sentido dogmático de las palabras.

Cristo es la Verdad; los hombres son todos unos mentirosos. Y, por tanto, los que quieren seguir sus caminos, buscando verdades que no son las de Cristo, entonces se pierden de forma inevitable. Quien no está con Cristo, quien no está con la Verdad, que es Cristo, está contra Cristo. Y el que con Cristo no siembra, desparrama.

Por lo tanto, los judíos, musulmanes, budistas, protestantes, ateos, etc… están en contra de Cristo, están desparramando sus mentiras por todo el orbe. No enseñan la verdad, que es Cristo, sino que invitan a las almas a perderse en todos los caminos del mundo. Y, con esta gente, no es posible el ecumenismo, hasta que no llamen al pecado con el nombre de pecado y no se ponga a quitarlo de sus vidas, a odiarlo.

Francisco está en contra de Cristo, y lo que hace en la Iglesia es desparramar la gracia: es decir, destruir, no sólo la Iglesia, sino las almas. Porque, siendo un Obispo, tiene el deber de dar sólo la Verdad en la Iglesia y de corregir cualquier pecado, no sólo dentro de la Iglesia, sino en el mundo. Cosa que nunca ha hecho y nunca lo va a hacer. Y, por tanto, con Francisco, no es posible nada en la Iglesia Católica: no hay obediencia, no hay respeto, no hay cariñitos. Tolerancia cero. No se puede transigir con el pecado de Francisco en la Iglesia. No se puede. Quien lo hace se pone en contra de Cristo en su propia Iglesia. Por eso, es necesario combatir a Francisco, para no perderse en los caminos del mal, del error, del pecado, que ese hombre transmite a todos. Es lo que vive, es lo que irradia. Francisco es un vividor de su pecado. Y no es otra cosa. Quiere el mal y se goza haciendo el mal.
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En la Iglesia Católica han entrado muchos pastores, ladrones, salteadores, y han dejado que el rebaño enfermo y raquítico se aparee con ovejas lustrosas y sanas, naciendo de esta unión entre el bien y el mal, unos corderos escuálidos y sin vida. Esto es lo que han conseguido durante 50 años, después del Concilio: doctrinas que no dan la Verdad ni llevan a la Verdad plena, haciendo que las almas se alimenten de mentiras, que la propia Jerarquía ha tratado de modelar, de encauzar, para que los católicos sean hombres del mundo y vean las otras iglesias como una parte que no tienen, que es necesario unirse a ellos para conseguir un bien mayor. Por eso, hay tantos grupos, dentro de la Iglesia Católica, sin vida de la gracia: es una unión entre almas que ya no poseen la verdad, sino el lenguaje de la verdad, y almas dadas al mundo que les da igual ser budista o masón, pero que traen esas inteligencias rastreras para formar asociaciones, grupos, que son una auténtica blasfemia dentro de la Iglesia Católica. Ejemplos son los neocatecumenales, focolares…

El falso ecumenismo engendra culpables silenciosos. Los hombres recorren el mar y la tierra para hacer un prosélito, y luego, en la realidad, se les cierra el Reino de Dios. Esto es lo que hace Francisco: viajando para hacer proselitismo y cerrando el Cielo a muchas almas, porque él se centra en una mentira: «es más lo que nos une, que lo que nos separa». Hay muchas cosas que nos unen con los protestantes, budistas, y demás, pero en lo humano, en lo cultural, en lo político, en lo económico. Y, por tanto, para no crear contiendas, se ponen de acuerdo en alguna verdad, pero en las otras, se callan. Se adecua la verdad a la mentira de cada uno, como si el Evangelio fuera cosa de hombres; se pretende unir lo que está desunido por caminos humanos, con soluciones pastorales, haciendo lo políticamente correcto, pero destruyendo la Verdad, desuniendo lo que Dios ha unido. Para Francisco, basta para unirse tener alguna verdad, pero no la verdad plena. Basta estar de acuerdo en alguna verdad. Lo demás, ni mentarlo. Por eso, lo que se firmó en Jerusalén con el Patriarca ortodoxo es una aberración: es querer estar de acuerdo en aquello que conviene a los dos; y las demás cosas, que son las más graves, ni tocarlas. Se deja en estudio, pero sin resolverlo porque ya no existe la conciencia del pecado. Todo vale, todo se puede hacer.

Una verdad a medias o la verdad incompleta se convierte en mentira, con lo que se cae en las garras de un falso ecumenismo. Estar de acuerdo en algunas cosas, pero olvidando que una verdad, entre un cúmulo de mentiras, no basta como principio de unidad. El principio de unidad exige tener toda la verdad, aceptar toda la Verdad, someterse a toda la Verdad. Este principio nunca lo va a buscar Francisco en su falso ecumenismo, porque él sólo va en busca de la verdad que más le conviene para su negocio en la Iglesia.

Los hombres son todos unos insensatos que se fascinan por las obras de sus manos, por sus apostolados, por sus servicios en la Iglesia. Y se creen los constructores del mundo. ¡Es que hay que hacer algo por la unidad! ¡Qué vergüenza que los cristianos estén desunidos! Y la única vergüenza que el hombre de fe tiene que tener es su pecado. Adán y Eva se escondieron de Dios, estaban temerosos, sentían vergüenza de sus pecados. Y la Jerarquía de la Iglesia, con Francisco a la cabeza, no tiene ningún temor de Dios. No sienten vergüenzas de sus pecados, sino que se rasgan las vestiduras, como los fariseos, porque los cristianos están separados. En la Iglesia no hay que hacer nada para buscar la unidad. Sólo quitar el maldito pecado. Sólo sentir odio hacia el pecado. Sólo luchar contra el mundo, el demonio y la carne para no pecar. Sólo hay que seguir al Espíritu de la Verdad. Y habrá un solo pastor y un solo rebaño. Pero si no se sigue a este Espíritu, entonces vemos cómo destruye el lobo en la Iglesia.

¡Tan necios son los miembros de la Jerarquía, que han sido instruidos en la Verdad, y en toda la Verdad, y se abrazan a la mentira! ¡Y obedecen a un mentiroso y lo mantienen como Papa! ¿Para qué os sirve tanta teología si sólo vivís para vuestro insensato lenguaje humano? ¿Para qué queréis ser sacerdotes si os empeñáis en anular la Verdad de vuestros sacerdocios? ¿Para qué seguís en vuestros sacerdocios, sin obedecer a la Verdad, y cimentáis el camino de vuestra condenación? ¿No es mejor retirarse y no ser sacerdote para la mentira? ¿No es mejor no obedecer a Francisco que estar dependiendo de las fábulas de la cabeza de un hombre sin ninguna inteligencia? ¿Os regís en vuestros sacerdocios por la insensatez de un mentiroso? ¿Se merece Cristo que aduléis el pensamiento de un idiota? ¿Creéis construir la Iglesia porque habéis puesto a un idiota como jefe de Ella? ¿Acaso la Iglesia se construye con ideas humanas? ¿Acaso se es Papa porque se habla un lenguaje humano? ¿No se es Papa porque se tiene el Espíritu de Pedro? ¿Y dónde está ese Espíritu en Francisco? ¿Francisco habla como Pedro? ¿Habéis cogido las cartas de Pedro y las habéis confrontado con las homilías de Francisco para poder discernir si es verdadero Papa? Os conviene que esté Francisco, un necio vestido de payaso, para hacer vuestro falso ecumenismo.
jesusnosunespiriuz

¿Puede haber unidad en la fe cuando no se aceptan todos los misterios de la fe? ¿Puede haber unidad entre los miembros del Cuerpo de la Iglesia, cuando no se pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia? Francisco no acepta los misterios de la fe: ¿puede haber unidad con él, obediencia a él, sometimiento a él? Y, entonces, Jerarquía de la Iglesia ¿por qué obedecéis a uno que no se somete a los misterios de la fe? Francisco no pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia católica: un hombre que no cree en el Dios católico, ¿puede pertenecer al cuerpo y al alma de la Iglesia? Sabéis que no. Y, entonces, ¿por qué le seguís dando pleitesía y obediencia a un hombre sin la fe católica?

¿Puede haber unidad en la comunión del pan cuando no se cree en el Pan de Vida que ha bajado del Cielo? Jerarquía de la Iglesia, ¿por qué en vuestras misas os unís a la intenciones de un Francisco que no cree en la Eucaristía? ¿Por qué pecáis dando vuestra intención sagrada a un hombre sin Cristo en su corazón, a un hombre que consagra al demonio en cada misa que celebra?

¿Cómo es posible que pueda existir unidad en la Verdad si se corrompe, se manipula y se atropella la Verdad? ¿Cómo es posible obedecer a un hombre, que se sienta en la Silla que no le pertenece, cuando está todo el día manipulando, atropellando, corrompiendo el Evangelio, el Magisterio de la Iglesia y toda la Tradición católica?

La confusión de ideas se acrecienta ante los fieles cuando, desde la misma Iglesia, desde la misma Jerarquía, desde la misma jefatura, desde ese gobierno de herejes, surgen personas, grupos, sacerdotes, fieles, obispos y falsos papas que propician un falso ecumenismo. Vosotros mismos, Jerarquía de la Iglesia, estáis trabajando, con el demonio, para destruir a la Iglesia, para acabar con los sacramentos y para desprestigiar la Palabra Revelada. Vosotros mismos, Jerarquía de la Iglesia, sois culpables de toda la oscuridad que la Iglesia tiene en todos sus miembros. Vosotros, que os gusta llevar el nombre de Jerarquía (sois sacerdotes y Obispos en el sentido nominativo, con la etiqueta del sacerdocio), pero habéis rehusado al Espíritu del sacerdocio. Ya no sabéis para qué sirve ese Espíritu. Ya no sabéis ser sacerdotes de Cristo, sino que os habéis convertido en sacerdotes de un payaso, de un bufón, del Vicario del Anticristo. ¿Y pretendéis que los fieles obedezcan a vuestros pensamientos humanos porque os ponéis como ejemplo de obediencia a un usurpador? ¿Y es que ya no sabéis lo que es la obediencia al verdadero Papa? ¿No sabéis discernir entre un Papa legítimo y un usurpador? ¿Para qué queréis la teología? Para hacer vuestro falso ecumenismo Por vuestra falsedad como sacerdotes, los fieles se pierden en la Iglesia en la confusión de ideas, que nace de vuestros pecados, de vuestra falta de fe, de no tener temor de Dios.

Habéis convertido la mentira en verdad, y la verdad en mentira; y de esta terrible deformación nace la confusión de ideas, que lleva al paganismo y a la incredulidad. ¿No es esto lo que habéis conseguido al poner a un usurpador en el Trono? Habéis convertido la verdad del Primado de Jurisdicción en el Papa Benedicto XVI en la mentira del Primado de honor de Francisco como Obispo. Habéis puesto esta mentira y os habéis inventado el Primado de Honor para el Papa legítimo. Y esto lo habéis hecho por vuestro falso ecumenismo, porque queréis destruir la Iglesia completamente.

Francisco lleva al paganismo y a la incredulidad. Lleva al desequilibrio espiritual, que destruye la conciencia, acaba con la fe y termina con la piedad. Y esto hace que la Iglesia se separe, se aparte de Dios.

Las almas están siendo separadas de Dios por las palabras baratas y blasfemas de hombre que no cree en nada, sólo en sí mismo. Que se ha engreído en el gobierno de su nueva sociedad y se ha creído santo. Cree que lo está haciendo todo muy bien. Cree en su película del falso ecumenismo. Y arrastra a muchos dentro de la Iglesia.

El falso ecumenismo empieza con una falsa predicación, con un concepto errado de la verdad, con unas ideas engañosas y con un deseo de notoriedad egoísta y vanidoso, por parte de una Jerarquía hinchada de orgullo y de todos aquellos que, olvidando la Verdad, se adhieren a la mentira.

Y esto es lo que ha hecho Francisco desde que comenzó a gobernar la iglesia de los malditos, que es la nueva sociedad religiosa que ya ha nacido en la Roma Ramera, Roma que fornica con los pensamientos de todos los hombres porque los ve como una verdad a conquistar. Esa Roma, en donde se ha asentado la Verdad Plena y que, ahora es rechazada por la misma Jerarquía para producir una Torre de Babel. La ciudad de Babel es el símbolo del falso ecumenismo: las mentiras disfrazadas, que es lo que le gusta tanto a Francisco, construyen esa ciudad

El falso ecumenismo es una mezcla del bien con el mal, de la verdad con la mentira, de la virtud con el vicio, del fruto sano con el fruto dañino. Y, en esta mezcla, es imposible que haya hijos de Dios. Es imposible, no sólo la santidad sino incluso la salvación. Nadie se salva en el falso ecumenismo. Por eso, siguiendo a Francisco no hay salvación alguna. Y siguiendo a una Jerarquía que obedece a Francisco tampoco hay salvación.

Sólo hay salvación siguiendo al Espíritu de la Verdad, el cual no puede promover consorcios con la mentira. Dios ayuda a salir del pecado, pero no ama ni el pecado ni al pecador. Dios no mira a otro lado cuando ve un pecado, un error, una injusticia, sino que monta en cólera y despliega toda su Justicia. Y, por eso, a esta iglesia de falsos pastores, que se creen santos y que llaman santos a todos, Dios la va a castigar tan fuerte que todos van a hablar del castigo merecido por ser una Jerarquía de nombre, que le gusta que la llamen Jerarquía, que le gusta vestirse como Jerarquía, pero que está llena de demonios encarnados. Y Francisco es la cabeza de todos ellos.

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