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La cima de la maldad: el Anticristo

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San Pablo nos dice que ha pasado “peligros entre falsos hermanos” (2 corintios 11,26; Gálatas 2,4), porque estar en la Iglesia no es un Paraíso, sino un camino de cruz, un camino de negación a sí mismo, una vida que si no se entrega totalmente al Espíritu de Cristo, la persona se convierte en un demonio encarnado. Muchos sacerdotes, religiosos, son sólo eso: una figura, una entelequia de Cristo, pero, en su interior, viven al demonio.

San Pablo habla de los “que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella. Guárdate de esos…” (2 Timoteo 3,5-6), porque sus vidas están dedicadas al trabajo del demonio en el mundo, que es poner caminos para que los hombres tropiecen y no puedan salvarse. Así, con la falsa piedad, se ponen caminos en la Iglesia – que las almas no saben discernir – y se pierden creyendo que van bien en lo que hacen en la Iglesia. ¡Cuántas asociaciones, institutos, que la misma Iglesia ha aprobado, y son sólo refugio de demonios para condenar a las almas bajo la apariencia de piedad.

San Pablo pone en guardia contra los falsos maestros, doctores, ministros o apóstoles; a este género parecen pertenecer los que “con discursos suaves y engañosos seducen los corazones de los incautos” (Romanos 16,18). En estas palabras se refleja la obra de Francisco en la Iglesia. Su deseo de dar ternuras a la gente, para no herir sensibilidades, produce todo lo contrario en muchas almas que no son incautas, que saben discernir las palabras de los hombres y, por tanto, no pueden tragarse la mentira cuando se da en la sensibilidad de la mente.

Francisco tiene una mente sensible, débil, enfermiza, loca, que sólo mira una cosa, que sólo está fijo en una cosa: agradar a los hombres, caerles bien a los hombres, tener la sonrisa siempre en los labios para dar a entender que se vive en paz con todo el mundo.

Francisco escoge palabras tiernas para cautivar a los tontos de mente, a los insensatos de corazón, a los miserables en sus vidas en la Iglesia.

Por eso, la palabra de Francisco destruye toda verdad en la Iglesia. No deja la doctrina de Cristo sana: la tiene que torcer, tiene que dar su interpretación sensible, monótona, afectiva, ridícula, que cojea por todas partes, porque sólo quiere enternecer el corazón de la persona, darle algo agradable, algo que le gusta en su lenguaje humano. Y, entonces, los tontos que le escuchan se quedan en esa sensiblería y no saben discernir la Verdad; no saben ver la estupidez de homilía que habla ese hombre cada día.

Son muchos los que emplean discursos melosos, a juzgar por el pasaje de la Segunda Carta a los Corintios 2,17: “no somos como la mayoría que negocian con la Palabra de Dios”. La Iglesia está llena de sacerdotes y de Obispos tontos cuando predican. Sólo saben decir que Dios nos ama, que vayan a casa y den un abrazo a toda la familia, porque Dios nos ama; que a todo el que pase por nuestro lado, hay que decirle que Dios nos ama… Se quedan en la ternura estúpida, blasfema, inútil, sin sabiduría, ni siquiera humana. Y hablan así para contentar a todo el mundo, para hacer una iglesia donde todo está incluido, todo vale, todo sirve, todo es divino, todo es santo.

Y, por eso, en la misma carta, San Pablo los denuncia a éstos como: “unos falsos apóstoles, unos obreros engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo” (Corintios 11,13). ¡Cuántos hay, como Francisco, con su sotana, con su hábito, que parecen santos, y son sólo antros de demonios; tienen en su alma legiones de demonios; son la encarnación del demonio en un hombre religioso.

Francisco es un anticristo, es decir, uno que se parece a Cristo en lo exterior, en el vestuario, en sus palabras, en sus gestos, pero que obra de forma oculta la voluntad perversa del demonio. Nadie ve el mal que hace Francisco porque cuando aparece al exterior sólo se dedica a hacer bienes, a obrar cosas bonitas, maravillosas, que encantan a todos. Pero él vuelve a su pecado, cuando nadie lo ve, cuando desparece de la publicidad del mundo.

Y cuando quiere mostrar su pecado claramente, entonces elige el medio adecuado para eso: una entrevista con unas declaraciones totalmente heréticas, pero que las dice convencido de que ése debe ser el camino que tiene que recorrer la Iglesia. Y Francisco siempre hace esto por su orgullo: porque se siente líder de la Iglesia, se siente que va a la cabeza de los hombres y les va mostrando el camino. Francisco es un ciego que guía a muchos ciegos, por su maldita soberbia, por su orgullo declarado, por su mala vida conocida de todos.

Francisco no esconde su mala vida, sino que permite que otros hablen de lo que él ha hecho porque su obra de mentira es la verdad. Eso malo que él ha hecho es una verdad que vive sin más en su vida. Para él no es una mentira, un pecado, un error. Francisco tiene el pecado como una verdad, un valor, un camino, una sustancia en la vida. Él no puede vivir sin pecar. Y, por eso, quiere una Iglesia accidentada, pecadora, porque su experiencia en la vida es la del pecado, no la de la gracia. Él no conoce el misterio de la Gracia, la Vida de la Gracia, el Amor de la Gracia, la Verdad que da la Gracia. No sabe lo que es eso. Eso lo ha estudiado en su teología protestante, pero sólo son palabras humanas que no le dice nada.

La vida de Francisco es su pecado. Y, por eso, él no es capaz de juzgar a nadie, porque se siente libre pecando. Se siente esclavo cuando tiene que decir una verdad; se siente incómodo cuando en sus homilías tiene que ceñirse a la verdad tradicional, a la verdad de siempre. Y, por eso, siempre tiene que meter su cizaña, su mala palabra, su mentira, su engaño, su maldad.

Francisco no ama a nadie en la Iglesia porque sólo ama a su pecado. Y, por tanto, sólo se siente bien con gente pecadora, como él. Se siente bien, pero tampoco los puede amar, porque su pecado se lo impide. Les muestra sus cosas de hombre, sus sentimientos, sus afectos, sus ternuras, pero su corazón está podrido por su pecado. Es incapaz de obrar un acto de amor.

Francisco es un hombre corrupto en su vida interior; es decir, no posee vida para Dios, vida de Gracia, vida de Espíritu. Sólo posee una negrura de alma, una oscuridad de mente, una estupidez en su corazón. Está atado a su negro pecado; está poseído por Satanás en su mente; es llevado por Lucifer a las oscuras tinieblas de su orgullo; y Belcebú le mueve el cuerpo para que aprenda la lujuria en toda su carne.

Un hombre que no sabe juzgar el pecado de otro hombre, tampoco sabe juzgar el mal que tiene él en su propio corazón. Y, por eso, él se cree santo, justo, super-papa, superhombre, llamado por Dios a hacer una obra magnifica en la Iglesia. Él se cree lo que él mismo se dice. Él habla consigo mismo para darse importancia y tomar valor para enfrentar a los que se oponen a su orgullo.

Francisco es un hombre que gusta a todos y que es odiado por todos. Su palabra cariñosa es del gusto de todos; pero sus obras producen el odio de todos.

Cuando se lee o se escucha a Francisco, un sentimiento amable recorre el alma; un gusto, un atractivo, pero que deja al alma confusa en la mente.

El alma es encendida en el sentimiento; porque el demonio no puede entrar en el corazón. Y, entonces, ese sentimiento, al no ser verdadero, al ser algo pasional, no da una verdad a la mente, sino una oscuridad.

Dios, cuando habla al corazón, enseguida llega a la mente una verdad, una luz, una confianza, una seguridad, una certeza, un camino. Del amor del corazón a la verdad en la mente. Eso es siempre Dios.

Pero el demonio, al no poder entrar en el corazón, tiene que dar un sentimiento bueno al alma, pero es siempre humano, carnal, sensible, temporal, profano, mundano, natural; nunca algo sobrenatural ni santo. Y, entonces, la mente se queda sin verdad, sin luz, a oscuras, en una mentira, en un engaño. Y si el hombre no sabe discernir las palabras de Francisco se queda en ese engaño, sembrado por esa palabra de mentira, que ofrece Francisco en sus homilías.

Por eso, no se puede leer a Francisco sin una lupa. Su palabra hace mucho daño. Muchísimo. Hay que analizar palabra por palabra para entender la mentira que quiere decir. Porque él dice su mentira, pero de manera oculta, ya que no puede hablar abiertamente lo que le interesa. No puede decir: no existe el infierno. Tiene que inventarse una parrafada en que declare muchas cosas y no diga ninguna verdad. Así son siempre sus homilías. Y a primera vista parecen perfectas y es sólo la apariencia externa. Cuando uno se mete a analizar palabra por palabra, descubre la intención de ese hereje en esa homilía.

Por eso, muchos caen en sus redes nefastas, porque no saben discernir nada. No saben pensar nada. Todo es bueno, todo sirve, todo vale. Y con Francisco, nada vale, nada sirve, nada es bueno.

San Pablo desentraña la razón teológica de ser un falso Cristo: “Y nada tiene de extraño (que ellos actúen como impostores) ya que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por tanto, no es (cosa) grande que también los ministros de él se disfracen de ministros de justicia” (2 Corintios 11,14‑15). No es extraño que Francisco esté sentado en la Silla de Pedro. Está realizando lo mismo del demonio. Se disfraza de santo; da su luz a la Iglesia, una luz que es oscuridad en sí misma; una luz que es ceguedad para las almas; una luz que es tiniebla para el corazón. Y con esa luz podrida se recubre de justicia, de moralidad, de bien divino, de majestad divina. Quiere imponer la Voluntad de Dios, declararla con esa luz. Por eso, él se cargó la verticalidad en la Iglesia con un acto de majestad, de soberanía divina: como soy el Papa yo decido poner un gobierno horizontal. Es típico de su orgullo. Sólo consultó con Satanás para hacer esa obra, porque no puede escuchar la Voz de Cristo. No es el Vicario de Cristo, es el vicario de Lucifer en la Iglesia.

San Pablo pone en guardia a Timoteo contra una falsa ciencia que ha apartado a los que la profesaban, de la verdadera fe: “¡Oh Timoteo! guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan extraviándose de la fe” (1 Timoteo 6,20). Una persona inteligente debe despreciar las palabras de Francisco para no perder su alma. Ante Francisco, hay que guardar como un tesoro la verdadera doctrina de Cristo. Y no cambiarla por ternuras, por sensibilidades, por sentimientos vacíos.

La doctrina de Francisco lleva al alma al claro pecado, a la apostasía de la fe, a renegar de la Iglesia de Cristo. Eso ya se está viendo en muchos sacerdotes y Obispos que siguen a ese hereje. Eso se palpa en el ambiente de la Iglesia. Cuando se predica en contra de Francisco, la gente comienza a criticar y a señalar con el dedo, porque hay en muchos el sometimiento a la mentira que siembra Francisco. Se someten sin discernir sus palabras. Obedecen a una mente humana y no tienen la valentía de escuchar la Verdad. Y eso es señal de cisma dentro de la Iglesia. Una Iglesia que sigue a un hereje es una Iglesia cismática.

El cisma en la Iglesia comienza a estar patente, comienza a verse, a palparse. Ya nadie en la Iglesia lucha por la Verdad, sino sólo por la opinión de Francisco. Y se quiere poner esa opinión por encima de la Verdad, de la doctrina de Cristo.

Quien no guarde los dogmas se va a perder con las nuevas filosofías que vienen de parte del gobierno horizontal. Se va a dar un nuevo lenguaje para estar en la Iglesia, para ser Iglesia. Se van a dar unas nuevas formas de comunicación entre todos: ya no hay que dar la Verdad como es, sino el lenguaje de esa Verdad, la interpretación de esa Verdad, porque es necesario hacer una iglesia que sea para todo y para todos: todo incluido.

En una de sus primeras cartas San Pablo se refiere al “Hombre de la Apostasía” (2 Tesalonicenses 2,3). Esta expresión significa: un tipo de hombre, un modelo cultural. Así como se habla del hombre de hoy, o del hombre de la civilización técnica, o del hombre de los viajes a la luna, el hombre de ciencia, el hombre de negocios. Así como existen esas categorías humanas, así existe para San Pablo “el Hombre de la Apostasía”, el apóstata típico.

A este tipo de hombre lo define y lo caracteriza San Pablo como alguien que usurpa el lugar de Dios y se hace rendir el culto debido a Dios. Es la humanidad que se autodiviniza.

Desde el Renacimiento, el hombre se ha dado culto; pero no ha sido hasta la modernidad, hasta la vida contemporánea, la vida actual, en que el hombre ha llegado a la cima de ese culto. El hombre se ha hecho dios. Es lo que vivimos, lo que vemos, en todas las partes del mundo. El hombre ha conseguido hacer la obra de Lucifer: ser más que Dios, ponerse por encima de Dios, tener poder que se equipara al divino.

Y, en esa cima, se tiene que dar el poder religioso hecho dios: sacerdotes y Obispos que se creen dioses por lo que son y tienen en la Iglesia. Ellos tienen el Espíritu Santo, y los demás no. Ellos son los que deciden el destino de la Iglesia; los demás a someterse a ese destino; ellos son la sabiduría de la Iglesia; los demás a callar. Por eso, hoy se niega toda Aparición Mariana. Ellos, la Jerarquía de la Iglesia, dice que Dios no tiene que hablar más, que ya habló por Su Hijo, que eso basta para salvarse. ¡Se creen dioses! Tienen miedo de las apariciones porque temen perder su poder religioso en la Iglesia, que es un poder para hacer el mal como ellos quieren.

Y de esa Jerarquía Eclesiástica nace el Anticristo: de un Obispo. Y la razón es diabólica: para imitar a Cristo, es necesario tener el Espíritu de Cristo en lo más alto, en su culmen del sacerdocio. El Obispo representa ese culmen. Y, cuando un Obispo, se une a una mujer, lo que engendra tiene el Espíritu de Cristo, porque en el sexo se da cambio de espíritus: lo que está en la mujer, pasa al hombre; lo que está en el hombre, pasa a la mujer.

Un Obispo es otro Cristo, está regido por el Espíritu de Cristo, que le exige una vida sólo para Cristo, no para una mujer. El sacerdote u Obispo que se une a una mujer, fuera de la Voluntad de Dios, hace que su Espíritu sacerdotal esté en el hijo que engendra en esa mujer; se lo da vía sexo, no vía gracia; es decir, se lo da vía pecado. Y, por tanto, ese Espíritu de Cristo está encerrado en el pecado: ese hijo nace encarnado de pecado, sometido al pecado de su padre, inclinado al pecado de su padre. Y, por eso, siente el deseo de ser sacerdote, pero por el camino del demonio.

Lo que un sacerdote u Obispo engendra en una mujer es siempre una encarnación de Satanás; es decir un anticristo. Pero este anticristo, para que valga en la obra del demonio, tiene que ser ofrecido cuando se engendra en la mujer. Por eso, la mujer tiene que conocer las artes del demonio para engendrar un hijo de un sacerdote. Y ese hijo, engendrado del sacerdote, y consagrado al demonio en su concepción, son los anticristos verdaderos, que se meten en la Iglesia como falsos Cristos para destruirla. De estos hay muchos en la Jerarquía de la Iglesia. Por eso, son lobos vestidos de piel de oveja. Y para conseguir esto el demonio con eficacia, por eso, hace tantos maleficios vía generación, vía sexo. Maleficios que consagran a los hijos antes de ser concebidos por sus papás. Es la perfección de la maldad del demonio vía sexo, por el pecado de Adán.

Dios quería que Adán engendrara hijos de Dios vía sexo. Su pecado produce que el demonio engendre hijos del diablo vía sexo. Por eso, hay muchos anticristos y uno solo Anticristo. Hay un Anticristo que viene de un Obispo y de una mujer dada al demonio. En ese Anticristo, el demonio pone su perfección en la maldad, porque tiene que ser totalmente contrario a Cristo. En los demás, no se da esa perfección, sino que tienen alguna perfección, porque no son creados de un Obispo y de una mujer directamente, sino de manera indirecta, por generación en generación.

Por eso, Francisco es un anticristo: en sus generaciones pasadas tiene que haber una consagración al demonio que alguien le hizo. Una consagración que le hiciera ser un falso cristo en la Iglesia para destruir la Iglesia.

Los tiempos son terribles. Se ha llegado a la cima de la maldad. Y, en esa cima, sólo queda ver lo Horroroso, lo Decante, lo Infame, lo que no se puede Nombrar: al Anticristo.

¿Hacia dónde va la Iglesia?

“…todo espíritu que rompe la unidad de Jesús, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual habéis oído que viene, y ahora ya está en el mundo” (1 Jn 4, 3).

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El espíritu del anticristo rompe la unidad que Jesús ha hecho en Su Iglesia.

La unidad en la Iglesia sólo está en Pedro. Se quita a Pedro y se rompe la Iglesia.

Todos los dogmas pueden desaparecer y no se rompe la unidad en la Iglesia. Desparece el Papado y desparece la Iglesia.

La Iglesia, como ha sido contemplada en 20 siglos ya no existe.

Existe lo exterior de la Iglesia, lo que todos ven con sus ojos humanos. Pero no existe la vida interior de la Iglesia.

Una vez que Benedicto XVI renunció a ser Pedro, la Iglesia, interiormente, no existe.

Para comprender este punto es necesario contemplar la Iglesia como el Reinado de Cristo, como el gobierno de Cristo, como la Autoridad de Cristo.

La cabeza de la Iglesia sólo es Cristo Jesús: “Le dijo Pilato: ¿Luego, tú eres Rey? Tú dices que soy Rey” (Jn 18, 37) .

Y esa Cabeza es un Rey Divino, no un rey humano, terrenal, material, carnal.

Y, por tanto, la Iglesia es un Reino espiritual, no un reino material, humano.

Cristo Jesús reina en la Iglesia: gobierna la Iglesia, decide en la Iglesia, enseña en la Iglesia, obra en la Iglesia.

Los hombres no reinan en la Iglesia, no gobiernan la Iglesia, no enseñan en la Iglesia.

Y Cristo Jesús puso una cabeza visible para darle todo lo que es Él como Rey.

Pedro es el mismo Cristo en la Tierra. Enseña, obra, gobierna lo mismo que su Rey.

Pero si Pedro renuncia a ser Pedro, entonces nadie en la Iglesia decide nada, ni gobierna nada ni enseña nada.

Desde la renuncia de Benedicto XVI, la Iglesia está vacía de la Autoridad Divina. Cristo Jesús no da su Poder a ningún hombre. Sólo a Pedro.

Como Benedicto XVI no quiso ser Pedro, entonces la Iglesia se queda sin gobierno divino, es decir, con un gobierno humano, con unas enseñanzas humanas, con unas obras humanas.

Y la maldad que surge de este gobierno humano nadie lo ha comprendido en la Iglesia.

Nadie comprende lo que significa para la Iglesia tener un hereje, como Francisco, sentado en la Silla de Pedro, sin ninguna Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo con una autoridad humana, incapaz de poner un camino divino a la Iglesia.

¿Hacia dónde va la Iglesia? Hacia su destrucción. No va a salvaguardar los tesoros celestiales dados a Ella durante 20 siglos.

La Iglesia misma destruye todos sus tesoros. Eso significa tener a un hereje sentado en la Silla de Pedro.

Muchos quieren ver a Francisco como el que puede hacer algo bueno en la Iglesia a pesar de lo malo que ya ha hecho. Muchos todavía esperan algo de Francisco. Algo bueno. Esperan en vano.

No se le puede hacer el juego a Francisco, aunque haga o muestre cosas buenas. No se puede, porque Francisco no es un anti-Papa, sino un anticristo, el que rompe la unidad de la Iglesia.

Romper: esa es la obra de Francisco.

Romper con la Tradición, romper con los dogmas de la Iglesia, romper con el Magisterio de la Iglesia, romper con los Santos, romper con todo.

Y, para engañar a la Iglesia, se hacen cosas buenas, que a todo el mundo le gusta y que sólo se hacen para tranquilizar al Pueblo y no se inquiete por las cosas malas que ve en Francisco.

Este es el juego del demonio: lanza su mentira y, después, recoge velas, como si nada hubiera pasado. Es lo que vemos ahora.

¿Por qué todo está tan tranquilo? Porque se han recogido las velas. Y no interesa decir cosas que inquieten a la Iglesia. Por eso, Muller hace el juego del demonio. Dice que no se va a cambiar nada en cuanto al matrimonio. No hay que inquietar ahora a la Iglesia con eso. Bastante inquietud ha habido en la Iglesia con las declaraciones del santo Francisco.

Porque eso es Francisco para la Iglesia: un santo que ha tenido que marcar el camino de la Iglesia diciendo sus herejías, que son los dogmas ahora en la Iglesia.

Para la Iglesia Francisco es un gran Papa, el mejor de todos, porque Francisco recuerda los principios de la Iglesia que ésta ha olvidado en 20 siglos: atender a los pobres y necesitados, dando esperanza que Dios ama a todas las almas.

Esta es la predicación de Francisco, que no es la predicación de Jesús, que no es la tarea y origen de la Iglesia.

Pero Francisco, como es un santo tan humilde, tan caritativo, tan amable con todos, entonces lleva a la Iglesia hacia su origen: una Iglesia pobre, humilde y peregrina, atenta al pedido de cada alma.

Ante esta herejía, nadie dice nada, porque no se ve eso como una herejía. Se ve como una verdad.

Este es el problema de la Iglesia: ya no ve la Verdad. Sólo ve sus verdades, las que le interesa en estos momentos de la historia del hombre.

Porque la Jerarquía de la Iglesia vive para la historia del hombre, pero no vive para la Palabra de Dios. Y todo cuanto hace en la Iglesia es para dar tributo a la vida del hombre, pero no para dar gloria a Dios.

Como todos en la Iglesia están mirando a Francisco, que es su redentor, que es su mesías, entonces no se dan cuenta del peligro que es Francisco para toda la Iglesia.

Esta es la jugada del demonio.

Poner una cabeza que hable de amor y de paz a los hombres. Eso le gusta a todo el mundo, menos a Dios.

Y hacer que esa cabeza vaya indicando el camino para obrar la mentira en la Iglesia, como lo ha hecho Francisco en los siete meses que lleva.

Y, todos, con la baba en la boca por las palabras de Francisco, siguen ese camino sin discernir a Francisco. Porque han sido cogidos en el espíritu de Francisco, que es un espíritu que no deja ver la mentira cuando habla.

Francisco habla y nadie coge sus mentiras. Esa es la jugada del demonio. Ése es el espíritu que tiene todo anticristo: nadie ve el error, porque se muestra como una verdad.

Se da una verdad y, al mismo tiempo, se da una mentira. Así habla todo anticristo. Así habla Francisco.

Esto hace un daño gravísimo a toda la Iglesia, porque la Iglesia empieza a llenarse de esta ensalada: verdad y mentira al mismo tiempo. Y, entonces, ya la Verdad se oculta a la Iglesia. Ya hay que hacer caso de lo que dice Francisco, porque se recurre siempre a la frase más manida de todas: es el Papa.

El anticristo, cuando está sentado en la Silla de Pedro, esconde sus mentiras y da lo que la Iglesia quiere escuchar. Pero lo da mezclando la verdad con las mentiras y sin que nadie lo note.

Francisco ya lleva hablando así desde el principio de su sacerdocio. Con un lenguaje doble, engañoso, fácil de seguir por todos, pero difícil de comprender por todos.

Francisco habla y todos lo siguen, porque no dice palabras extrañas, teológicas, filosóficas. Pero nadie comprende lo que ha querido decir en eso, porque está lleno de mentiras que no son camino para la verdad nunca.

Y, aun así, aunque no se comprende, los hombres lo siguen todavía. Y ¿por qué? Por el trabajo del espíritu en cada alma que escucha a Francisco sin discernir.

Quien oye a Francisco o lo lee y no discierne lo que ese hombre está diciendo, entonces el demonio trabaja en su alma para que siga a Francisco sin discernir nada de lo que dice.

Y eso lleva a una conclusión: ¡cuántas almas en la Iglesia hay sin vida espiritual, fáciles de engañar con cualquier clase de idea sobre Dios y sobre Jesús!

Así está el patio de la Iglesia: almas que caen en la trampa del enemigo porque no tienen ninguna vida espiritual. Si, van a misa, hacen sus oraciones, sus apostolados, pero no tienen vida espiritual.

Porque la vida espiritual es seguir al Espíritu de Cristo. Y esto es lo que no se sabe hacer en la Iglesia. Todos hacen oración, penitencia y demás cosas, pero nadie sigue al Espíritu de Cristo. Y es el Espíritu el que enseña a discernir la verdad cuando un mentiroso habla en la Iglesia.

Tener sentado en la Silla de Pedro a Francisco, que es el primer anticristo de muchos que vienen ya a la Iglesia, es dejar que el demonio obre en toda la Iglesia a su gusto, sin ningún impedimento en la Iglesia.

Y, por eso, todo este teatro de Francisco y los suyos acaba en la destrucción de la Iglesia.

Eso es lo que viene ahora. Estamos ya en el inicio de la gran Apostasía de la Fe, en que muchos se van a perder porque no han comprendido lo que es la Fe, ni por tanto, han comprendido lo que es la Iglesia.

Momentos muy críticos vienen ya para la Iglesia. Momentos de lucha, pero también momentos para decidir la vida.

Porque ver a un hereje en la Silla de Pedro y ver la inanición de la Jerarquía para quitar a ese hereje, significa que muy pronto hay que decidir o seguir mirando a Roma o renunciar a Roma para seguir en la Iglesia de Jesús, que ya no está en Roma. En Roma lo que queda es lo exterior de la Iglesia, pero no su Espíritu.

Hay que renunciar a Roma y dejar que los que estén en Roma destruyan a su gusto la Iglesia, porque nadie va a defenderla en Roma. Cada uno tiene que defender su fe de Roma, de lo que Roma imponga al mundo.

Francisco hiere a la Iglesia

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maria“¿Porqué muchos pastores de mi grey no se preguntan la razón de la esterilidad de su febril actividad?…Porque, íntimamente, se auto consideran buenos. Viven como si fueran buenos pero un velo los envuelve, el velo de su presunción por la que no ven su realidad interior que, aunque frecuentemente pasa desapercibida para los hombres, pero no para Mí, Dios. En otras palabras: les falta la verdadera y sincera humildad, esa humildad que debe hacer de cada uno de vosotros un niño; les falta la simplicidad de la humildad y a ellos mi Padre no les revela nada. Es difícil su conversión; su soberbia es refinada, revestida de humildad. Pero bajo aquella pseudo humildad está el veneno de Satanás, exactamente como ciertas joyas de apariencia preciosas, pero bajo el recubrimiento de oro está el metal vil. No creen sino en sí mismos, desdeñan y no aguantan que algún otro vea un poco más lejos que ellos”. (Michelini)

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El Papa Benedicto XVI puso en su motu proprio del 2007, “Summorum pontificum”, el camino para poder celebrar la Misa Tradicional de la Iglesia.

Francisco ha prohibido a la congregación de los frailes franciscanos de la Inmaculada celebrar y ha dado esta razón: “elección prudencial ligada a la ayuda hacia algunas personas que tienen esta sensibilidad”.

Esta frase de Francisco se apoya en su idea del Conciliarismo, en que el Concilio Vaticano II está por encima del Papado y, por tanto, en ese Concilio se deriva que el bien de la Iglesia es ir hacia lo más novedoso, lo innovador, y que aquellas personas que velan por lo antiguo, por el Vetus Ordo, la liturgia antigua, son personas enfermas que tienen miedo a los cambios en la Iglesia, a pensar de otra manera, a ver la vida de la Iglesia con otros enfoques más modernistas, más de actualidad. Y, por tanto, Francisco viene a sanar a esas personas y decide quitarles la libertad de celebrar la Misa según el rito antiguo como una ayuda a sus emociones, a sus sentimientos, a sus pensamientos, y así aprendan lo que significa estar con la Iglesia del Concilio.

Esta decisión de Francisco anula el derecho puesto por el Papa Benedicto XVI para ejercer la verdad contenida en la Misa celebrada por el rito antiguo. Verdad que Francisco no ve porque él ya no sigue la Verdad de la Iglesia, sino sus verdades.

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Benedicto XVI expresó en su momento en la carta a los Obispos que acompañaba el motu que ” las dos Formas del uso del Rito romano pueden enriquecerse mutuamente… “. Y ponía la razón del motu: “Se trata de llegar a una reconciliación interna en el seno de la Iglesia… hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo”.

Esto es lo que ha destruido Francisco en esa prohibición. Y él se ha basado en esta razón: la reforma litúrgica postconciliar es “un servicio al pueblo como relectura del Evangelio a partir de una situación histórica concreta”.

Es decir, Francisco apela a la Universalidad del Concilio, no a la decisión de un Papa para legislar en materia de liturgia. Aquí se ve el daño, la herida que Francisco hace al Papado, en el motu propio del Papa Benedicto XVI.

Francisco rebaja la visión que tiene el Papa Benedicto XVI, que es buscar la unidad de la Iglesia, para poner su idea de la unidad en la Iglesia: «Yo veo claramente qué es lo que más necesita la Iglesia hoy: la capacidad de curar las heridas y de calentar los corazones de los fieles, la cercanía y la proximidad”. Esto es sólo la unidad de la Iglesia para Francisco: el servicio al pueblo. Y añade: “Hay que curar sus heridas. Después podremos hablar de lo demás. Curar las heridas, curar las heridas… Y hay que comenzar desde abajo”.

Esta visión de lo que es la Iglesia para Francisco viene de su pensamiento comunista en la Iglesia. Para Francisco la Iglesia es una comunión, no es un cuerpo. Es una comunidad y, por tanto, para gobernarla es necesario la colegialidad de los Obispos. No hace falta una cabeza, un Papa, sino un conjunto de hombres que atiendan las diversas necesidades que tiene la Iglesia abajo, en el Pueblo. No arriba, no en la Cabeza.

Por eso, llama a la Curia la peste, los leprosos, porque no atienden estas necesidades de las personas.

De esta manera, ejerce un acto de gobierno ejemplar sobre una comunidad que vive lo antiguo, que está en las cosas antiguas, pero que no está en las cosas de la gente, en las necesidades básicas de la Iglesia en el Pueblo.

La liturgia es para el pueblo, no es para la Jerarquía, no es para los religiosos, no es para los contemplativos. Hay que hacer liturgia curando las heridas materiales, humanas, económicas de las personas en la Iglesia.

Esto levanta ampollas en todos los sitios, porque así no se puede gobernar una Iglesia, según el capricho de Francisco que anula el motu propio por decisión sólo de su orgullo, no por hacer unidad en la Iglesia, no por buscar la unidad en la Iglesia.

A Francisco no le interesa la unidad en la Iglesia. A Francisco le interesa herir a la Iglesia, como lo ha hecho con ese acto de gobierno, que supone una decisión muy grave, porque es ir en contra de un Papa.

Y según conversaciones con las personas que visitan al Papa Benedicto XVI –como revela Chiesa-, el mismo Papa Benedicto XVI ve en ese acto de gobierno una herida hecha al Papado.

Francisco habla de curar heridas, pero para hacer eso tiene que abrir heridas, no sólo en cuanto a sus declaraciones, sino a su forma de gobierno que va en contra de la unidad de la Iglesia.

Y pocos han entendido lo que ha hecho Francisco con ese gobierno horizontal. Pocos ven la brecha que ha abierto en la Iglesia y que, con el tiempo, se verán sus obras de maldad.

Francisco ha provocado la división en la Cabeza. Y ha ido en contra del Papa Benedicto XVI sin una justificación ante lo que ha mandado el Papa en su motu. Y gobernar sin justificación, sin actos llenos de sabiduría, de prudencia, de respaldo en la verdad, es gobernar para hacer en la Iglesia el capricho de Francisco. Y eso es lo que desune la Iglesia.

La división en la Iglesia viene por Francisco, no por los franciscanos de la Inmaculada. El problema que la Iglesia tiene ahora es sólo Francisco, no los jóvenes que no tienen trabajo, o los ancianos que nadie cuida o los divorciados que quieren seguir en su pecado y comulgar con lo santo de la Iglesia.

El gran problema para toda la Iglesia es sólo Francisco. Un gobernante que no sirve para nada. Mucho hablar y pocas obras de verdad. Un gobernante que tiene miedo a gobernar y, por eso, se apoya en un grupo de hombres, mientras él se dedica a sus cosas, a fraternizar con los judíos, a llamar por teléfono a los jóvenes, a sonreír a las personas para conquistarlas en su vidas humanas, para ganarse el aplauso de los tontos, de los idiotas en la Iglesia, como él lo es.

Francisco hiere a la Iglesia, hiere al mundo, hiere a los corazones que buscan la verdad en sus vidas y que no pueden encontrarla en un charlatán, en un murmurador, en un demonio que ha hecho de su vida un honor a su pensamiento humano.

A Francisco lo quitan dentro de poco. No sirve para la Iglesia y tampoco sirve para el mundo. Sólo sirve para entretener a los ignorantes, a los que no saben discernir la verdad, a los que buscan en la vida lo que él proclama: seamos felices teniendo dinero, trabajo, salud. Lo demás, se encarga Dios. No importa vivir en el pecado. Lo que importa es el amor a Cristo. Y Cristo está en los pobres. Cristo no hay que buscarlo en las alturas de la contemplación de unos ritos antiguos, obsoletos, rígidos, que hacen que las personas se fundamenten en unas ideas morales, religiosas y tengan miedo a los cambios que hay que afrontar en la Iglesia.

Francisco pasará a la historia de la Iglesia como el que no hizo nada por la Iglesia. Sólo se dedicó a su teatro en la Iglesia.

La Iglesia no es lo que parece

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La Iglesia no es lo que parece.

La Iglesia es lo que no se ve con los ojos humanos.

La Iglesia pertenece al corazón, no al hombre, con sus sentidos, con sus obras humanas, con su vida de hombre.

La Iglesia no se hace construyendo Parroquias, ni despachos parroquiales, ni casas de retiros, ni radios, ni televisiones, ni periódicos, ni nada por el estilo. La Iglesia no se ve porque haya algo material, sensible, humano, natural, carnal que la identifique, que la señale.

El Amor es la Señal de la Iglesia.

La Iglesia es Espíritu, no es carne.

La Iglesia es la Obra del Espíritu, no es la obra del hombre.

La Iglesia es para el hombre, pero no pertenece al hombre.

Y, por eso, en la Iglesia no se puede hacer cualquier cosa que a los hombres les guste, que los hombres piensen, que los hombres decidan.

La Iglesia vive del Espíritu, no vive del pensamiento de ningún hombre, no vive de una teología, no vive de unas obras buenas humanas.

La Iglesia vive del Amor de Dios. Un Amor que no se puede comprender con los sentimientos del hombre, con el entendimiento del hombre, con las obras de los hombres.

La Iglesia es la Verdad que está en Dios. Y sólo es esa Verdad. Y nadie conoce el Pensamiento Divino sobre la Iglesia. Nadie sabe hacia dónde la Iglesia se dirige y cómo Dios guía a la Iglesia.

Y, entonces, en la Iglesia ocurren muchas cosas que no deben pasar, porque la Iglesia es Divina, es Santa, pero no sus miembros.

Y, cuando pasan, los hombres no saben ver la realidad de ese acontecimiento como la ve Dios. Los hombres ven con sus ojos y comprenden con sus razones, pero no llegan a la verdad de lo que ven.

Porque la Verdad no está delante del hombre. La Verdad no está en los acontecimientos de los hombres. La Verdad no la pregonan los hombres en su diario vivir. Cada uno vive su vida, pero no vive la Verdad de su Vida, la Verdad que Dios quiere que cada uno viva en su vida. Cada hombre vive como su razón le dice, pero no vive como el Pensamiento del Padre quiere.

La Iglesia está hecha por Dios para que cada hombre encuentre la Verdad de su vida, para que cada hombre viva esa Verdad, para que cada hombre obre esa Verdad.

Pero esa Verdad sólo es conocida por Dios, no por cada hombre. Sólo Dios la revela a cada hombre. Sólo Dios la da a cada hombre.

Pero el hombre tiene que estar abierto a esa Verdad, que es Dios. Tiene que tener su corazón abierto a la Verdad, que es Jesús. Tiene que aceptar la Verdad, que es la Iglesia.

Y este es el problema de la Iglesia: no sabe aceptar la Verdad que Es. Sus miembros viven otra cosa a la Verdad que la Iglesia Es, por ser la Obra de Jesús en la Tierra.

La Verdad no es lo que un hombre piensa. La Verdad no es lo que un hombre obra. La Verdad es Jesús. Y Jesús no es la filosofía del hombre, no es la política del hombre, no es el mesianismo del hombre, no es el ecumenismo del hombre, no es la teología del hombre, no es la espiritualidad del hombre.

Jesús es la Palabra del Pensamiento del Padre.

Y no es otra cosa que eso: Palabra. Palabra Divina. Palabra dada al corazón del hombre. Palabra que da al hombre un camino en su vida para llegar a la Verdad de su vida. Palabra que da al corazón del hombre un Amor, que obra una Vida Divina, una Vida distinta a la vida humana, una vida para una Verdad Divina.

La Palabra de Jesús es la Palabra del Corazón de Su Padre. No es la Palabra llena de pensamientos o de ideas sobre el Padre. Es la Palabra del Amor del Padre hacia el hombre. Es un Palabra que es una Obra. Cuando el Padre dice Su Palabra, el Padre Obra lo que dice.

Obra lo Divino. Obra la Verdad de lo Divino.

Por eso, el Evangelio es la enseñanza del Padre al hombre, a través de Su Palabra, que es el Hijo. Y, por tanto, el Evangelio no hay que interpretarlo según la mente de los hombres. No hay que estudiarlo con la ciencia de los hombres.

Para sacar algo de la Palabra Divina, el hombre tiene que arrodillarse ante esa Palabra y dejar que el Espíritu le diga qué tiene que aprender de esa Palabra, qué tiene que enseñar de esa Palabra, qué tiene que obrar con esa Palabra.

Y como los hombres no saben ser espirituales, sino carnales, entonces destrozan la Palabra del Pensamiento del Padre y destrozan la Obra de la Palabra, que es la Iglesia.

La Iglesia es la Obra de la Palabra, hecha con el Espíritu. La Iglesia la hace el Espíritu. El Espíritu Obra la Palabra en el corazón humilde, que recibe esa Palabra sin más, sin ponerle nada suyo humano, sin querer otras cosas en la vida sino aquello que quiere la Palabra. Y, entonces, se hace Iglesia.

Por eso, la Iglesia no es lo que parece. Hoy -en la Iglesia- los hombres luchan por sus verdades y todos quieren tener razón. Y todos se equivocan, porque no son humildes.

Y la falta de humildad es la ruina de la Iglesia.

Y la ruina de la Iglesia es lo que vemos desde hace setenta años, desde 1960 hasta nuestros días. Una ruina obrada por el Misterio de Iniquidad, que tiene poder de Dios para hacer lo que está haciendo en la Iglesia.

Este poder del demonio no se puede comprender. Sólo se puede ver en todo lo que ha pasado en la Iglesia.

Se ve en el Cardenal Siri, obligado por los Cardenales cuando lo eligieron a no aceptar el Pontificado. Dios eligió al Papa, pero el demonio hizo que esa elección no se llevase a efecto, y los Cardenales eligieron a otro Papa. El Cardenal Siri nunca fue Papa, porque no pudo aceptar el Papado ante los Cardenales reunidos en Cónclave, y no pudo manifestar ese Papado ante toda la Iglesia. No fue Papa, aunque fue elegido por los Cardenales, y era el Papa que Dios quería para la Iglesia. Pero el demonio quería para la Iglesia otro Papa.

Y fue elegido Juan XXIII. Elección verdadera, pero en el pecado de los Cardenales en el Cónclave. Elección válida, pero era el Papa que Dios no quería. Era el Papa que el demonio quería. Sin embargo, era verdadero Papa. No era un anti-Papa. Y Dios se comprometía a seguir llevando la Iglesia, de forma infalible, a pesar de esa elección hecha en el pecado de los Cardenales.

Este Misterio de la Iglesia no se puede comprender con la razón. Hay que ser humildes para aceptar la Justicia de Dios en la Elección de Juan XXIII al Papado. Ese Papa inicia el Tiempo de la Justicia Divina en la Cabeza Visible de la Iglesia. La Justicia Divina es obrada por el demonio. El demonio es el instrumento de Dios para obrar Su Justicia.

Por el pecado de los Cardenales, por no aceptar el Papa que Dios quería en Su Amor, Dios les da otro Papa, pero en Su Justicia. Y así Dios se lava las manos ante los hombres, porque da a cada hombre lo que quiere, lo que su corazón malvado quiere. Y así Dios no obliga nunca a aceptar su Voluntad Divina, sino que deja al hombre siempre en la libertad de su voluntad humana. No habéis querido Mi Voluntad en Siri, os doy lo que queréis en vuestra torcida voluntad. Pero Yo sigo guiando a Mi Iglesia hacia donde Yo quiero.

Y Juan XXIII inició el Concilio que Dios no quería. Y lo inició porque escuchó la voz del demonio, y no escuchó la Voz de Dios en su corazón. Y eso es sólo porque la Iglesia tenía que expiar el pecado de esos Cardenales que no aceptaron la Voluntad de Dios, sino que la rechazaron. Y Juan XXIII inició el Concilio Vaticano II, que es el Concilio del demonio, porque de él nacieron todas las herejías que se ven hoy en la Iglesia. El Misterio de la Iniquidad que obra en cada hombre. Y obra en la Iglesia.

Pero como Dios guía Su Iglesia, no puede permitir el error en Su Iglesia y, por eso, ese Concilio no tiene ningún error doctrinal, pero no sirve para nada. Sólo sirve para hacer crecer la maldad en la Iglesia, como ha sucedido.

Pablo VI amarró el Concilio a la Verdad de la Iglesia. Esa fue su obra. Cogió un concilio que Dios no quería y lo puso en orden. Y lo demás que pasó en su Pontificado hay que verlo en el Misterio de Iniquidad, que ya estaba en acción desde la elección de Juan XXIII.

Y si las cosas no se ven así, entonces cualquiera hace de la Iglesia lo que está pasando, y cualquiera se pone a juzgar a todo el mundo en la Iglesia.

El Misterio de la Iniquidad está dentro de la Iglesia haciendo su obra, no sólo en la Iglesia, sino en el Vértice de la Iglesia, que es el Papado. Y una obra oculta que nadie ve, porque el demonio se esconde siempre al hombre y le hace ver otras cosas que no son la verdad de lo que él está haciendo en la Iglesia.

Y hay que tener vida espiritual para estar en una Iglesia que no sirve para nada, porque no enseña la verdad, no obra la verdad, no manda la verdad. Aquí, en esta Iglesia que tenemos, todos enseñan sus verdades, obran sus verdades y mandan lo que les da la real gana.

Por eso, comienza en la Iglesia la oscuridad total. Cada uno va a querer formar su iglesia como la tiene en su cabeza. Ahí está Francisco que ha hecho su reino en la Iglesia, su corona en la Iglesia. Y ha puesto sus gobernantes para hacer lo que el demonio le pida. Y eso que hace Francisco es la Justicia Divina. No queréis escuchar Mi Palabra, que es Camino, que es Verdad, que es Vida, ahí os dejo la palabra de un juguete del demonio, que os llevará por los caminos del mundo, que os dará las verdades de los hombres, que obrará la vida que tiene en su corazón cerrado al Amor.

La Justicia Divina está sobre la Iglesia para purificarla, para hacerla como Dios quiere. Y hay que someterse a esa Justicia Divina, porque ya Dios se cansó de los hombres que sólo piden dinero y placer para sus vidas y no son capaces de pedir la santidad para sus corazones.

pdfLa Iglesia no es lo que parece

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