Lumen Mariae

Inicio » Posts tagged 'locura'

Tag Archives: locura

Las blasfemias de Bergoglio en su herético mensaje para la jornada de la paz

1904034-2560x1600-[DesktopNexus.com]

«del deseo de una vida plena… forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer» (1 de enero del 2014).

Aquí, Bergoglio, está desarrollando la idea herética de la ecología, que nace de la concepción errada que tiene de la fe en Dios creador; una concepción desde la “horizontalidad”, no desde la verticalidad: como todos somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos entre sí; todos habitamos en la misma casa del Padre, en la creación, en el universo. Consecuencia: se da una gran intimidad, una gran cercanía con todas las cosas.

Es decir, que el hombre es un ser en el mundo con todas las cosas. Y, por lo tanto, el hombre se une, se casa, hace un matrimonio con todo el universo, está en relación, interactúa, dialoga con todos los seres vivientes, con todo lo que existe, aunque no sea un ser viviente. Todos se convierten en hermanos, no sólo de sangre, sino de alma, de mente, de espíritu.

Adán y Eva «concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios» (8 de diciembre del 2014).

Bergoglio no puede entender el pecado de Adán y, por lo tanto, concibe lo que sucedió en el Paraíso desde la fraternidad, no desde el pecado, no desde el mal, no desde la verdad revelada: concibieron la primera fraternidad. No puede hablar de que Adán y Eva concibieron el primer hijo en pecado. Anula esta verdad para poner su mentira, su fraternidad.

El mal, para Bergoglio, va a estar en el hombre, no en la acción del demonio en el hombre. El mal no tiene una raíz espiritual en Bergoglio y, por eso, dice: «el pecado no es una mancha en el alma que tengo que quitar». No es algo que el demonio ha puesto en mí; sino algo que ha hecho el hombre y que se resuelve sólo por caminos humanos, por su falso misticismo: la fraternidad.

«El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros» (1 de enero del 2014). El mal de Caín es un problema humano, fraternal, no espiritual. Bergoglio ha puesto la vocación a ser hermanos como la misión de todo hombre cuando nace. Ése es su mayúsculo error en su enseñanza.

Dios crea al hombre para ser hijo de Dios: le da una vocación divina. No le ofrece una fraternidad, sino la participación en el ser divino: el hombre es Dios por participación. Esta es la vocación sublime de todo hombre, que Bergoglio se carga de manera absoluta.

Y porque el hombre es hijo de Dios, por eso, el demonio le acecha para poner en la naturaleza humana su obra demoníaca, que es lo que hizo con Adán. Y, por tanto, Adán engendró a un demonio: Caín. Y el pecado de Caín es la obra del demonio en Caín: es una obra espiritual. Caín mata a Abel porque éste tiene el sello de Dios, del cual carecía Caín. No lo mata porque rechaza la vocación de hermano. Caín carecía de esta vocación.

Pero Bergoglio está a lo suyo: en su clara herejía, en su nefasta apostasía de la fe.

Por eso, dice: Caín y Abel creados a imagen y semejanza de Dios. Bergoglio no comprende que al pecar Adán, la gracia, la vida sobrenatural, la semejanza con Dios se pierde. No lo comprende porque ha anulado el concepto de pecado, como dogma, como verdad revelada.  Ni Caín ni Abel fueron engendrados en la semejanza de Dios, porque no hay gracia. Caín y Abel fueron engendrados en el pecado original. Tienen un mismo padre, pero diferente madre. Esto Bergoglio no lo puede enseñar porque no cree en el Paraíso, en las palabras reveladas, sino que las interpreta a su manera. Para él, el génesis es un cuento de hadas, no la realidad de la vida sobrenatural.

Bergoglio sólo está en su idea ecológica: la fraternidad.

El hombre existe en un universo y, por tanto, coexiste con todo lo demás, se une a todo lo demás, se relaciona con todo lo demás, con una necesidad absoluta, como algo inscrito en su ser, que está por encima, incluso de su libertad como hombre: es como un imperativo de ser del universo, de encajar en el universo, de relacionarse con todo el universo, de ser hermano de todos. Es el falso misticismo propio de Bergoglio: quiere abarcar en su mente la totalidad de las cosas, unidas entre sí de una manera mágica, cósmica, universal, fraternal.

Por eso, habla de que la vida plena necesita de un anhelo indeleble de fraternidad: es el amor al hombre puesto por encima del amor a Dios.

La plenitud de la vida sólo es posible en el anhelo infinito de Dios: si el alma no desea lo divino, de una manera indeleble, no puede amar al hombre, al prójimo, a la creación.

Pero Bergoglio dice: «Así, la conversión a Cristo, el comienzo de una vida de discipulado en Cristo, constituye un nuevo nacimiento que regenera la fraternidad como vínculo fundante de la vida familiar y base de la vida social» (8 de diciembre del 2014). Lo que funda la vida familiar y social es el amor fraterno, no el amor de Dios, no la ley eterna, no la ley natural. Por eso, habla de una conversión totalmente contraria a la que enseña san Pablo en su carta a los Corintios. Habla de que la persona se convierte para una fraternidad: regenera la fraternidad. Es su idea herética de la ecología: como todos somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos. Anula la conversión para ser hijo de Dios. Quien se convierte a Cristo, recibe la gracia que le regenera en un hombre nuevo: el ser hijo de Dios. Bergoglio se carga la gracia, anula el amor de Dios, y se pone por encima de toda ley natural, divina y de la gracia.

Bergoglio tuerce el concepto de hermano que san Francisco utiliza en sus obras. Para San Francisco de Asís todo hombre es hermano porque tiene una naturaleza humana. Somos hermanos porque poseemos una naturaleza humana: ése es el sentido del amor al prójimo, que enseña Jesús en Su Evangelio: ama al prójimo como a ti mismo. Se ama al otro porque cada hombre ama su naturaleza humana. Es la ley natural. Amo al otro porque amo su naturaleza humana, que es también la mía, aunque en otro cuerpo, con otra alma, guiada por otra persona.

Por ley natural, los hombres se aman a sí mismos y, por tanto, aman a todo hombre que tenga una naturaleza humana como se tiene en sí mismo. Esto, tan sencillo, lo tuerce Bergoglio.

Hay que amar al otro porque no encontramos enemigos, contrincantes: «en los que encontramos no enemigos o contrincantes». Y esto es una gran mentira. Hay que amar al otro porque es hombre, porque tiene una naturaleza humana. Pero en el otro, no se puede amar lo que nos hace enemigos: su pecado. Se ama al pecador, pero se odia su pecado, se aleja uno de su pecado, se pone un muro entre su pecado y la vida de uno.

El hombre, para amar en la verdad a sus semejantes, tiene que juzgar el pecado del otro y darle al otro lo que se merece, lo que el otro busca en su misma vida de hombre: una justicia para su pecado. Esto es lo que anula Bergoglio, por estar en su idea ecológica, que es un falso misticismo, es un panenteísmo y es la concepción masónica de la vida del hombre: la falsa tolerancia.

No se puede acoger el pecado, el error del prójimo, que es lo que quiere Bergoglio: «hermanos a los que acoger y querer». No se puede querer la herejía, el pecado, la mentira, el error de una persona. No se puede tolerar que las personas vivan sus vidas engañando con sus mentes a los demás, como hace Bergoglio. No es digno de un Obispo ser mentiroso. No hay respeto a un Obispo que miente cada día en la Iglesia. No hay obediencia a la mente de un Obispo que se ha pervertido por estar fornicando con la mente de todos los hombres, que viven en el error de sus vidas.

Esto es lo que muchos católicos todavía no han comprendido de Bergoglio: le siguen obedeciendo. Pero, ¿a qué le obedecen? ¿A su sonrisa? ¿A su cara bonita?

La obediencia en la Iglesia es a la Jerarquía que da, que enseña, que guía, en la Verdad. Bergoglio no da, ni enseña ni guía en la verdad. Entonces, ¿por qué los católicos viven un disparate en la Iglesia al someterse a un hombre que no vale para nada en la vida eclesial, que no es camino para salvar el alma ni para santificarla? ¿Por qué?

Porque los católicos, que obedecen a Bergoglio y a toda la Jerarquía que se somete a ese charlatán, son como Bergoglio: no tienen fe católica, no son de la Iglesia Católica, no sirven para ser Iglesia, para obrar en la Iglesia la verdad de la doctrina de Cristo.

«En la historia de los orígenes de la familia humana, el pecado de la separación de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión traduciéndose en la cultura de la esclavitud (cf. Gn 9, 25-27), con las consecuencias que ello conlleva y que se perpetúan de generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación de la dignidad y los derechos fundamentales, la institucionalización de la desigualdad» (8 de diciembre del 2014).

Fíjense el disparate que dice este hombre, este necio que cuando habla da la verdad de lo que es: un demonio.

Bergoglio no comprende la maldición de Noé y llama a todo eso: cultura de la esclavitud. Ha anulado la obra de expiación del pecado que esa maldición conlleva, pero que Bergoglio no puede verla, como no ve la maldición que hace Dios de la creación cuando Adán peca.

El problema del hombre actual, lo que se ha transmitido de generación en generación es esa cultura de la esclavitud. Anula el pecado en la generación del hombre. Todo hombre –para Bergoglio-  nace santo; es la vida, las circunstancias, esa tara de esa cultura de la esclavitud que arrastra la sociedad, el mal en el hombre y en el mundo.

¿Han captado el disparate? El pecado no es un dogma, no es una verdad revelada en el Paraíso, que tiene una raíz espiritual y, por lo tanto, unas consecuencia espirituales para todo hombre, que se transmite de generación en generación, sino que es un asunto humano, de culturas: es la cultura de la esclavitud. Y sobre esta base herética, totalmente contraria a la verdad que Dios ha revelado, construye su mensaje de la paz diciendo que todos somos hermanos y que nadie es esclavo.

¿Ven la estupidez de este hombre? ¿Todavía no la ven?

Así está la Iglesia: llena de estúpidos como Bergoglio.

Un hombre estúpido es el que dice esto: «El que escucha el evangelio, y responde a la llamada a la conversión, llega a ser en Jesús «hermano y hermana, y madre» (Mt 12, 50)» (Ib.).

¡Pero qué estúpido que es Bergoglio que pone la cita y da una idiotez de interpretación! ¡No seas estúpido! ¡No cites el Evangelio para después dar tu mentira! ¡Bergoglio mismo se condena en sus mismas palabras!

¿Qué dice Mt 12, 50? «He aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo aquel que hiciere la Voluntad de mi Padre, que está en los Cielos, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre». Hay que hacer la Voluntad del Padre para ser hermano de Cristo. No hay que escuchar el Evangelio. Hay tantos hombres que escuchan la Palabra de Dios y después hacen sus propias voluntades humanas, que no pueden ser hermanos de Cristo, aunque crean en Cristo.

Hay que cumplir con la Voluntad de Dios, no hay que responder a la llamada de la conversión. Dios llama a las almas a convertirse, a salir de su vida de pecado.  Pero una vez que el hombre sale, se convierte, tiene que aprender a hacer la Voluntad de Dios. Y si no aprende eso, vuelve a su pecado.

Bergoglio nunca habla de la Voluntad de Dios. Ya lo ven cuando cita este pasaje. No declara el pasaje como es, no puede hablar de la Voluntad del Padre, porque no cree en Dios Padre. Bergoglio cree en su concepto de Dios, en su concepto de Dios creador, en su concepto de Dios Padre. Pero Bergoglio no cree en el Padre como el que engendra a Su Hijo en Su Voluntad. Esto no le entra en cabeza; él no puede entrar en el Misterio de la Santísima Trinidad porque no cree en ese dogma: «No creo en un Dios Católico». Entonces, ¿qué haces en la Iglesia Católica? ¿Para qué estás sentado en la Silla de Pedro? Para destruir la Iglesia Católica, la fe católica en las almas con su palabra barata, rastrera y blasfema, que es lo que hace cada día. Y muchos católicos, muchos teólogos ni se han enterado –todavía- de esta destrucción.

Al torcer el Evangelio de Mateo, le sale otra herejía, que es una clara blasfemia contra el Espíritu Santo:

«No se llega a ser cristiano, hijo del Padre y hermano en Cristo, por una disposición divina autoritativa, sin el concurso de la libertad personal, es decir, sin convertirse libremente a Cristo. El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38)» (Ib.).

El imperativo de la conversión: esto es Hegel.

Eres hijo de Dios por el imperativo de la conversión. No eres hijo de Dios por gracia y por libertad. Este Misterio, el de la gracia y la libertad, queda anulado en Bergoglio.

Bergoglio no comprende la conversión del hombre: El hombre se convierte por una gracia divina, que le toca en su corazón y que le abre para responder a esa gracia. El hombre, en su libertad, responde o no responde a esa gracia. Esa gracia es un don de Dios, que el hombre no se merece. Esa gracia no es una exigencia de Dios, no es una disposición autoritativa de Dios, porque Dios no impone nada. Dios lo regala todo.

El hombre, en su libertad, responde o no a Dios, a ese regalo divino. Y responde libremente, no por imperativo. En la libertad, el hombre no está coaccionado: es libre. Nada ni nadie le impera. La conversión no le impera para convertirse, para elegir. El hombre elige sin imperativo, sin coacción. Si hay imperativo, si la conversión es un imperativo, entonces el hombre no es libre.

Es lo que está diciendo Bergoglio: se es hijo de Dios por imperativo de la conversión. Es decir, no eres libre en tu conversión. Esto es el imperativo de la razón de Hegel: el hombre hace las cosas por imperativo de su razón, con la coacción de su razón. No puede quitarse la razón para ejercer su libertad. Es una libertad impuesta por la razón, que no es libertad. Esto es una gran blasfemia contra el Espíritu Santo, porque Dios ha creado a todos los hombres libres. Y en su conversión, los hombres siguen siendo libres. No existe el imperativo de la conversión.

En este planteamiento de su falso misticismo, de su falsa fraternidad, de cargarse todo el dogma, tiene que decir otra herejía:

«Todo esto demuestra cómo la Buena Nueva de Jesucristo… también es capaz de redimir las relaciones entre los hombres, incluida aquella entre un esclavo y su amo, destacando lo que ambos tienen en común: la filiación adoptiva y el vínculo de fraternidad en Cristo. El mismo Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15)».

Jesús ha redimido la esclavitud, la cultura de la esclavitud, las relaciones entre un esclavo y su amo. ¡Tamaña barbaridad! ¡Necio discurso de un hombre sediento de la gloria humana! ¡Estúpida cabeza de un loco que se cree superior a todos porque se sienta, en su orgullo, en la Silla de Pedro!

El evangelio, la Buena Nueva, no redime las relaciones entre los hombres. La Palabra de Dios redime las almas de los hombres: las salva del pecado, purifica sus corazones y transforma al alma en otro Cristo. Si el alma imita a Cristo en su vida, si el alma se asimila a Cristo en su vida, si el alma se niega a sí misma en su vida, entonces salva y santifica a los demás hombres, irradia la verdad, el amor de Cristo: obra la santidad en la familia, en el matrimonio, en lo social, en el estado, en la Iglesia.

Los hombres no tienen en común ni la filiación adoptiva ni el vínculo de la fraternidad. Esta es la idea ecológica. Esto es lo principal en la ecología: como somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos. Este es el eje central de toda la herejía de Bergoglio. Y esta idea está en todas sus homilías y escritos. Y esta idea la va a reflejar en ese documento blasfemo que va a sacar, próximamente, sobre la ecología.

Bergoglio, en su blasfemia contra el Espíritu Santo, está construyendo una nueva iglesia, con una nueva doctrina, con un falso cristo, con un falso evangelio, con un falso magisterio. Y los católicos como imbéciles, detrás de este blasfemo. ¡No tienen vergüenza!

El grave problema de la ecología es torcer la Palabra de Dios para expresar el negocio de los hombres. Se apoyan en todos los santos, en el magisterio de la Iglesia, en la Sagrada Escritura, para poner de relieve una grave blasfemia: el hombre, el culto al hombre en la creación.

Para el ecologista no se puede hablar de esclavitud, del dominio de la naturaleza humana, que Dios revela en Su Palabra: «Procread y multiplicaos; y henchid la tierra; sometedla y dominad…» (Gn 1, 28). Este domino, esta esclavitud va en contra de la fraternidad para el que sigue la herejía del ecologismo.

Para el ecologista, el hombre no está por encima de la naturaleza, no la domina, sino que está dentro de la naturaleza: es el panenteísmo: el ser humano está en el mundo y con todas las cosas: la libertad del hombres se realiza en el interior del mundo, no sobre el mundo, no dominando al mundo, sino siendo uno con todas las cosas del mundo.  El mundo, la creación le impera al hombre para obrar con libertad.

Lo que tiene valor es la creación, no el hombre. Es el panenteísmo: Dios crea la creación de sí mismo, no de la nada. Por tanto, toda la creación es divina, sagrada. El hombre es parte de esa creación sagrada, divina, y no puede dominarla, esclavizarla. El hombre es sagrado y, por eso, Bergoglio, predica que la persona humana es sagrada. El hombre, al ser sagrado, se une a la creación, que también es sagrada. No tiene que dominarla, sino establecer relaciones para no dañarla, para no esclavizarla. En esta herejía, que es una blasfemia, del panenteísmo, cabalga toda la ecología.

Y Bergoglio pone, en su blasfemo discurso, una sarta de ejemplos que no tienen nada que ver con la esclavitud, con ninguna cultura de la esclavitud, sino con el pecado de los hombres, en los diferentes países. Para Bergoglio todo es esclavitud: las prostitutas, los emigrantes, los que trabajan de manera ilegal, etc… Pone una serie de ejemplos que sólo muestran una cosa: su comunismo:

«Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite el que pueda ser tratada como un objeto. Cuando el pecado corrompe el corazón humano, y lo aleja de su Creador y de sus semejantes, éstos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos».

La raíz de la esclavitud está en el concepto de la persona humana: Hegel.Todo el problema de los hombres está en la idea, en la mente, dentro de la racionalidad. El culto a la razón del hombre, al lenguaje humano, a la palabra barata y blasfema.

Y, además, es un concepto de la persona en el que se admite el ser tratada como objeto: no existe ese concepto de la persona humana. Ni en teología ni en la filosofía ni en la metafísica. Es un invento de la mente de Bergoglio para destacar una cosa: el bien común.

La raíz de la esclavitud está en el pecado de la persona humana: no está en no ver al otro como hombre, en su dignidad humana. No; está en pecar contra el otro al tratarlo como objeto y, a pesar de que se vea su dignidad humana. No se pierde la visión de la dignidad humana al pecar. Se peca por una maldad, no porque se tenga presente o no el concepto de dignidad humana.

Bergoglio apela a su comunismo: «hermanos y hermanas en la humanidad»: el bien común. Como no buscas el bien común de ser hombre, de tener una naturaleza humana, de respetar al otro porque es una persona humana, porque tiene dignidad, entonces caes en la esclavitud.

Bergoglio niega la propiedad privada, el bien privado de la libertad de cada hombre. El hombre, en su bien privado, en su libertad, elige hacer daño al otro, tratarlo como un objeto, aunque sepa que sea hombre. Siempre la persona comunista ve el bien privado, la propiedad privada, la libertad del hombre como una función social: si quieres ser hombre tienes que hacer un bien común a todos los hombres en la sociedad, en el estado, en la iglesia. Es el comunismo que está fundamentado en el panenteísmo: hay que hacer el bien común porque el hombre, para ser hombre, para ejercer su libertad humana, tiene que estar en el mundo, dialogar con el mundo, ser del mundo, unirse a todo hombre, porque es su hermano, su sagrado hermano.

Y se podría seguir diciendo las herejías que Bergoglio expone en este mensaje para la próxima jornada de la paz, que escribió el día de la Inmaculada. Pero no merece la pena. A nadie le interesa mostrarse ante Bergoglio como enemigo. Todos están tan contentos con este subnormal, que se les cae la baba. Y Bergoglio no es nada en la Iglesia Católica. Nada. Y quien lo tenga por algo, sencillamente escribe, con letras de oro, su misma condenación.

Dejen a Bergoglio en su gran blasfemia, y dedíquense a discernir el camino de la Iglesia, que no está en Roma ni en las Parroquias. No lo tiene la Jerarquía de la Iglesia. Ellos van a salir escaldados de esa falsa iglesia en busca de los católicos verdaderos, que se han dedicado a permanecer en la Verdad, batallando contra todos los hombres, contra todos sus pensamientos y obras en la Iglesia, para seguir siendo Iglesia.

El que es de Cristo no necesita a Bergoglio como Papa. Lo que necesita es dar testimonio de la Verdad a todo aquel que se atreva a dar publicidad a las herejías de un charlatán, que sólo vive para alimentarse de la gloria, del dinero y del poder de los hombres.

Escupan la mente de Bergoglio, porque dentro de ella está toda la blasfemia del demonio para la Iglesia.

¡Ay de aquel que no se atreva a dar una patada a Bergoglio por el falso respeto y la falsa obediencia a un hombre que no se merece ni los buenos días!

¡Es una vergüenza lo que hacen muchos católicos que ven la herejía de Bergoglio y que por un falso amor al hombre lo siguen sosteniendo porque así creen que no hacen mal a la Iglesia! ¡Son ellos los que destruyen la Iglesia sosteniendo, obedeciendo a un hereje como Papa! ¡Ningún Papa es hereje ni puede serlo! ¡Cuántos católicos, y renombrados católicos, desconocen esta verdad! ¡Qué infierno van a tener por estar dando buena y mala publicidad a un hereje!

Bergoglio gobierna la Iglesia con sus delirios de grandeza

sanroberto

«para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social: desde la familia a la política y a la economía. Es decir, la cultura de las relaciones. El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto).

Esta es la boca de un masón. Y no de cualquier masón, sino de un hombre que está sentado en el Trono de la Bestia. Un hombre con delirios de grandeza.

Él habla la palabra de la fraternidad, que es su evangelio: «la ciudadela fundada por Chiara Lubich, que está inspirada en el Evangelio de la fraternidad – esa fraternidad universal-» (Ib). El movimiento de esta persona no se inspira en el Evangelio de Jesús, sino en la carne y la sangre, en la amistad entre los hombres, en la mente de cada hombre que quiera formar una unidad en la mentira.

«no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13) los que creen en el Nombre de Jesús. El poder de ser hijos de Dios lo da la Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús, aceptado, obedecido, por la mente del hombre. No se es hijo de Dios por el evangelio de la fraternidad, por ninguna palabra humana, por ningún afecto humano.

El hombre tiene que unirse a la Verdad de la Palabra de Dios para ser Iglesia, para ser de Cristo. No tiene que unirse a Cristo, sino a la Verdad que enseña Cristo, a su doctrina inmutable, para ser de Él. Aquel hombre que, con su mente, se une a la mentira que nace de la palabra de todo hombre, no es Iglesia, no está unido a Cristo, aunque tenga un Bautismo, aunque sea sacerdote, aunque se siente en la Silla de Pedro. Bergoglio no está unido a Cristo, porque su mente no acepta la verdad que nace de la mente de Cristo.

Someterse al Evangelio de Jesús, a las enseñanzas que Cristo dio a Sus Apóstoles, que nadie puede cambiar, y que la Iglesia ha enseñado siempre, eso es pertenecer a la Iglesia Católica, ser Iglesia, que muy pocos lo comprenden. Muy pocos han comprendido que Chiara Lubich no es de la Iglesia Católica. Y el mismo Bergoglio lo confirma al poner la inspiración de ese movimiento en un evangelio falso, que es anatema en la Iglesia Católica: el evangelio de la fraternidad. Bergoglio habla para los suyos: para la gente masónica que está dentro de la Iglesia Católica. Pocos entienden que Bergoglio no es de la Iglesia Católica.

Bergoglio predica como un masón: la palabra del humanismo, de la fraternidad universal, del amor en la que toda idea humana tiene valor, porque simboliza que los hombres son hermanos. Es el ideal del masón. La fraternidad es «uno de los lemas de la Orden. Es la palabra secreta de muchos grados masónicos. Es el título de muchas logias (…)» (Diccionario de la masonería – Frau Abrines Lorenzo, Tomo 1, pag 320).

Bergoglio no es católico, sino que pertenece a la religión de la masonería: «Cada Logia Masónica es un templo de la religión; y sus enseñanzas son instrucciones en religión» (Albert Pike, Morals and Dogma, pag. 213 – 13° Cavaliere dell’Arco Reale di Salomone – ver texto). La masonería no es un grupo de amigos que se reúnen para tratar diversos temas, sino que es la Iglesia del Anticristo, es una religión de orden mundial, en la que se engloba a todo el mundo, a todas las creencias, a todas las mentes de los hombres. Esa iglesia, que el demonio ha ido manteniendo durante siglos, para oponerse a la Iglesia de Pedro, que es la auténtica Iglesia de Cristo.

Para el masón, toda la Palabra de Dios es un símbolo: «la Biblia es usada entre los masones como símbolo de la voluntad de Dios, en cualquier modo que ésta pueda expresarse» ( Albert G. Mackey en su “Lessico della Massoneria” bajo el término ‘Biblia’- ver texto). Por lo tanto, nunca Bergolgio va a dar la Voluntad de Dios cuando habla o cuando escribe. Sino que va a dar el símbolo de esa Voluntad de Dios: va a dar su interpretación, su visión humana, su idea que concibe en su mente. A todos aquellos que esperan que Bergolgio diga algo del Sínodo, que quite ese cisma que se ha levantado, y que ponga las cosas en su sitio, es que no han comprendido el juego del lenguaje de un masón.

Un masón nunca puede hablar como un católico, con una fe católica: nunca va a decir, Bergoglio, la verdad católica, lo que quiere escuchar todo católico que se precie: la Verdad como es, como está en el Evangelio, como la Iglesia siempre la ha enseñado. Esto no lo puede hacer Bergoglio, porque pertenece a la iglesia del Anticristo, que es la iglesia de la masonería. Y se dedica a jugar con las palabras, con las verdades reveladas, con los dogmas. A jugar: a dar vueltas a la tortilla para que sólo se vea su mentira como una verdad que todos tienen que seguir. Sólo resalta lo que él quiere explicar, lo que la gente quiere oír.

Bergoglio no cree en Dios, sino en su concepto, que en su mente tiene, de Dios. Es el símbolo que él ha sacado de la sagrada Escritura. Es su símbolo, su interpretación. Por eso, “Dios no existe”; “Jesús no es un espíritu”, etc… Sólo un hombre masón, arrogante, que tiene un delirio de grandeza, se atreve a decir tantas herejías desde la Silla de Pedro y quedarse tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera dicho nada. Sólo un hombre que tiene delirios de grandeza puede hacer esto.

Muchos sacerdotes, piensan lo mismo, pero lo callan. Ocultamente obran su pecado, porque saben lo que es la dignidad del Sacramento del Orden en la Iglesia. Saben lo que es ser sacerdote, aunque ellos vivan otra cosa. Pero ya se ve, desde el Vaticano, la Jerarquía propia de la masonería, la jerarquía bergogliana, la propia que vive y obra su delirio de grandeza, la cual no le interesa el sacerdocio de Cristo para nada, ni Su Iglesia, sino que sólo viven para un plan masónico.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, con un nuevo gobierno, con un nuevo evangelio, comandado por su delirio de grandeza; y que es la misma iglesia del Anticristo. Él está sentado en el Trono de la Bestia. Es ya su Trono (no es el Trono de Pedro), porque Bergoglio ha puesto en el Vaticano el gobierno de la Bestia: su gobierno horizontal. La masonería ha tomado posesión oficial del Vaticano en la persona misma de Bergoglio, en la obra misma que este hombre se ha dedicado a hacer en su tiempo de gobierno en la Iglesia. Obra masónica y, por tanto, obra demoniaca, obra que pertenece al Anticristo, unido a esa mente, a esas intenciones maquiavélicas.

Bergoglio se ve a sí mismo con centro del mundo: «Estaremos siempre con el Señor» (ver texto). Bergoglio hizo que la gente coreara esto tres veces. Esto es lo propio de un líder de masas, no de un pastor de almas, que se cree el centro de todos. Bergoglio lleva a las masas al juego de su lenguaje humano, de su obra humana en la Iglesia. Entretiene a las masas con el lenguaje de su simbolismo, ocultándoles la verdad, para que todos hablen de él, para bien o para mal. Pero que hablen de él, que es lo que quiere: está sediento de la gloria del mundo.

Todo tiene un sentido para Bergoglio, menos para los demás. Lo que piensen los otros, eso no le interesa. Sólo busca su sentido masónico, que es una interpretación simbólica, en su gobierno: una ética humanista, fraternal, globalizante. Y, por eso, Bergoglio es un hombre que genera muchas reacciones cada día. Y, muchas de ellas, agresivas y violentas.

Cada día el mundo se despierta con una frase que este hombre ha dicho; con una entrevista nueva; con una herejía, la cual se va añadiendo a su lista como lo único que puede hablar este hombre a la Iglesia.

Bergoglio no puede decir una verdad católica, porque él está metido en su idea fija de lo que debe ser la Iglesia. Esa idea, que le obsesiona, es el nexo que usa para ser social, para estar en la realidad de la vida. Es una idea que forma parte de su vida de manera esencial: si la quita, su vida ya no tiene sentido. Esa idea, carente de toda verdad, es el centro de su existir. Por eso, este hombre no puede convertirse: está atrapado en su mente. Una mente pragmática, pero incurable. La vida le ha hecho un eterno demonio: su forma de vivir, su manera de poner su idea obsesiva como obra, como acto en su existencia. Todo son sus pobres, su comunismo, su libertad, su diálogo, su fraternidad. Pero no le interesa la Iglesia Católica. ¡Le trae sin cuidado!

«La cultura de las relaciones»: Para ser Iglesia hay que fantasear con una nueva cultura. Bergoglio es el nuevo Kant, pero en moderno. Kant, en su herejía, era lógico en la mente. Bergoglio, en su idea loca, es precisamente, un hombre que desvaría.

A Bergoglio no le gusta la teología, el orden del pensamiento: coge de aquí, de este filósofo; coge de allá, de aquel teólogo, y cocina su idea. Una idea sin el orden de la lógica, pero con un fin en el pensamiento. Un fin oscuro, secreto, que sólo él comprende, le da sentido. Los demás, no comprenden por qué se dedica a decir herejías todo el día. Y menos comprenden a la Jerarquía de la Iglesia que calla ante esas herejías.

Bergoglio habla la moderna herejía, que tiene que abarcar todas las verdades fundamentales, absolutas, dogmáticas, para ocultarlas con ideas mentirosas, pero fabricadas con un lenguaje de salón, puestas en una bandeja de plata: el lenguaje del simbolismo. De esa manera, quien lee, quien escucha, queda agradado por el lenguaje, sin ver el contenido de la mente, de lo que se está diciendo, que es todo una mentira.

Todo es relación en la creación y en las criaturas. Las Personas Divinas se comunican según una relación real, que no puede ser comprendida por la mente del hombre.

Los hombres, en sus vidas, buscan la relación, de muchas maneras, para darse uno al otro.

La relación es algo que está ahí, es real, pero nadie piensa en ella: se da sin más. Se da en la vida diaria, sin necesidad de hacer un acto mental para tener una relación. Se piensan las cosas, se obran y surgen las relaciones.

Pero para Kant, la relación es un ser mental, una idea. No es algo real. Para Kant, como para Bergoglio, no existe la Verdad: la verdad sólo está en la mente del hombre. No está fuera de ella. Entonces, el hombre, para vivir su vida, tiene que crearse, él mismo, con su mente, las relaciones con los demás, que significa crearse una ley para poder obrar en la vida: es la ley de la gradualidad.

Hay que crear «la cultura de las relaciones»: de las múltiples relaciones que el hombre tiene en su vida: familiar, social, económica, sexual, política, etc… De estas muchas relaciones, hacer un común; juntarlas todas en una cultura, que defina la vida de todos los hombres. En esa cultura de las relaciones, se da la ley de la gradualidad: los grados distintos, en las diversas facetas de la vida, para constituir una comunidad armónica, ordenada, fraternal, liberal, pragmática, movida por una caridad ficticia: «una ciudadela que es testimonio vivo y eficaz de comunión entre personas de distintas naciones, culturas y vocaciones, prestando atención sobre todo al vivir cotidiano, manteniendo entre ustedes la mutua y continua caridad» (Ib).

La comunión entre distintos credos, culturas, naciones, vocaciones: unir las múltiples mentes de los hombres, con sus diversas ideas, filosofías, en un lenguaje que sirva para todos. Un lenguaje que gobierne todas las mentes, en que todos se pueden apoyar para construir esa ciudad, ese mundo de todos y para todos.

«Esto significa que la Iglesia, además de esposa, está llamada a convertirse en una ciudad, un símbolo por excelencia de la convivencia y la relación humana» (ver texto). La Nueva Jerusalén es un símbolo, pero no una realidad divina. Esa Nueva Jerusalén hay que entenderla como una ciudad del mundo, en donde se dé lo humano: «la convivencia y la relación humana». La Iglesia está llamada a ser ciudad del mundo, a ser del mundo.

No hay nada divino en esa ciudad, porque es un símbolo de la Voluntad de Dios: «¡Qué bien, entonces, poder contemplar ya, según otra imagen muy sugerente del Apocalipsis, todos los pueblos y todas las naciones agrupados en esta ciudad, como en una tienda de campaña, será ”la tienda de Dios” .Y en este marco glorioso no habrá más aislamiento, ni intimidaciones ni discriminaciones de cualquier tipo – social, étnica o religiosa – porque todos seremos uno en Cristo» (Ib.). Todo es un símbolo, una imagen del Evangelio, que hay que ponerla en la realidad de la vida actual, según lo que pide el mundo. Así habla un hombre que tiene delirios de grandeza, que busca el nuevo orden mundial, la nueva iglesia para todos: «qué bien poder contemplar todas la naciones, todos los pueblos, todos los hombres…agrupados en esta ciudad….todos seremos uno en Cristo». Para Bergoglio es el vocablo humano: todos, sin excluir a nadie. Todos: santos y demonios. Todos: justos y pecadores. Todos. La comunión con todos: la cultura de las relaciones, la ley de la gradualidad, la ciudadela de todos los pueblos.

Para el Evangelio de Jesús no son todos, porque: «los cobardes, los infieles, los abominables, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque, que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte» (Ap 21, 8). Este pasaje, tan importante para poder comprender qué es la Nueva Jerusalén, Bergoglio lo tiene que callar, porque va en contra de la idea masónica, que él sigue a ciegas: «La masonería es el adelanto hacia la luz en todas las líneas del progreso, moral, intelectual y espiritual» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Y, entonces, la idea católica del infierno hay que superarla, hay que llevarla hacia adelante e interpretarla como otro símbolo, no como una palabra real, dogmática, absoluta. Hay que desarrollarla en el lenguaje positivo de la vida: la ley de la gradualidad.

El infierno es un grado del intelecto del hombre: una idea que el hombre ha concebido, que es una proporción, una relación entre su vida religiosa y su vida humana de su tiempo. En este tiempo actual, hay que hablar a la Iglesia en positivo, avanzando de esos grados negativos a los grados positivos, que pertenecen al pasado, y que hay verlos y entenderlos de otra manera, simbólicamente. No son realidades, son sólo una manera de pensar antigua, propia de un grado de perfección intelectual, que ya no tiene valor para el mundo actual.

Bergoglio usa un lenguaje que dice: «para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social» (ver texto). La linfa espiritual del Evangelio es la santidad. Pues bien, para ser santos hay que imaginar, hay que fantasear, hay que experimentar la cultura. Es el lenguaje del símbolo. Es la interpretación de la Sagrada Escritura según la mente del hombre, según su cultura, según los tiempos que vive, según lo que pide y exige el mundo actual.

¿Qué es la cultura? Es cultivar (= labrar, cuidar) la inteligencia en productos, en obras, en servicios para el hombre. Y una cultura que integre todos los campos de la vida social, humana, significa: crear el habitante del mundo. Crear el nuevo orden mundial. Crear una nueva religión mundial. Crearlo todo según la mente del hombre, según su ley de la gradualidad.

Bergoglio está hablando del nuevo orden mundial, que es la idea eje del masón. Todo es llevar al hombre a vestirse de lo humano, a presentarse ante los demás con la educación de un hombre que acepta a los demás, que lo tolera todo, que lo abarca todo, no por la verdad que cree el hombre, sino por la mentira que obra.

Para el masón, sólo existe la verdad que se encuentra en su mente. Fuera de ella, todo es mentira. Todo. Todos son grados del intelecto, pero no la verdad. En el progreso de todas las líneas humanas, se alcanza la verdad. En el progreso, en la gradualidad, en ver la vida como una proporción entre lo espiritual y lo humano.

Por tanto, el masón busca la mentira en todos los hombres. No puede buscar la verdad, porque ésta es una gradación, un desarrollo de toda idea humana. Busca todos los simbolismos para unirlos, para tolerarlos, para acogerlos, para formar una gradación de la mente del hombre, una perfección en su inteligencia. Perfección que no es la verdad. Es sólo un símbolo, pero no la verdad: «los símbolos se inventan con el fin de ocultarla (la verdad), y no de proclamarla» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Nunca Bergoglio puede proclamar la verdad. Nunca. Siempre la oculta, para que se vea su mentira. Esto es el delirio de grandeza.

El masón quiere todas las obras de los hombres, quiere todas las ideas que han concebido los hombres, a lo largo de toda su historia, y ponerlas en grados, para aunarlas, para ocultarlas, en una mente humana modelo, maestra de todas, que tiene el grado mayor, que sólo uno puede poseer, el Anticristo. Quiere llevar a todos los hombres hacia el Uno: hacia una unidad mental, no real. Una unidad impuesta por una cabeza humana, que es una cabeza demoniaca, que contempla en ella misma todas las ideas de los hombres, las abarca todas.

La ley de la gradualidad es la propia de los masones. Todo en la masonería se concibe en los grados. Pero no se puede comprender la masonería en los grados, porque son sólo éstos símbolos que ocultan otras cosas. La masonería sólo se puede comprender en la mente del Anticristo. Los demás, trabajan para esta mente diabólica. Bergoglio trabaja para la mente del Anticristo.

El Anticristo es maestro en unir mentes humanas, todas con sus ideas, todas son mentiras, son símbolos que ocultan la verdad, porque sólo existe una mente verdadera: la de Él.

Bergoglio predica que hay que experimentar el nuevo orden mundial: «una nueva cultura en todos los campos de la vida social». En esa nueva cultura estarán todas las mentes de los hombres, en una ley de gradación, unidas en una mente maestra, en un arquitecto del mundo, que es el Anticristo.

Bergolgio sólo atiende a su lenguaje simbólico: «El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto). Ser sabio es una gradación en la mente del hombre: hay que instruirse, hay que estudiar, hay que filosofar, hay que pensar… La fe es un acto de la mente del hombre para Bergoglio… La perfección del hombre es un acto de la mente del hombre, es una obra de la ley de la gradualidad.

Pensamiento que es totalmente contrario a la Palabra de Dios: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor, y son necios los que desprecian la sabiduría y la disciplina» (Prov 1, 7). No pecar, no ofender a Dios es el comienzo de la vedad divina. Es la verdadera instrucción, enseñanza. Pero el masón ha quitado la ley del pecado. Luego, ya no hay temor de Dios. Este pasaje de la Sagrada Escritura, sólo hay que entenderlo de manera simbólica, no real.

Si no existe este comienzo, si los hombres no aprenden esta sabiduría (= quitar sus pecados, mirarlos, arrepentirse de ellos), que es una disciplina para todo el hombre, para dominar su cuerpo y sus pasiones desenfrenadas, entonces el hombre habla, piensa y obra como un necio. Esto es lo que es Bergoglio: un necio, que vive de su lenguaje humano, en el cual no es posible hallar una verdad.

En el lenguaje humano que buscan en el Sínodo se quiere poner la ley de la gradualidad: el grado homosexual, el grado de los malcasados, el grado del Papa emérito, el grado de los sacerdotes que se casan, el grado de las uniones libres….Todo es un grado en la mente del hombre… Todo es un grado en la masonería.

La ley de la gradualidad es dividir la verdad absoluta en muchas partes, en muchas medidas, y seguir avanzando hasta conseguir el grado mayor, la cima en el grado, que sólo uno puede tener: el Anticristo. Y todos haciendo un común en esa mente, atados por una lenguaje humano, que se rige por una ley: la ley de la gradualidad.

¿Entienden por qué en el Sínodo en la primera semana sólo se han dedicado a esto: lenguaje humano, ley de la gradualidad, acompañar a todos en sus vidas de pecado? Estamos ante la religión del Anticristo, ante su iglesia, ante su trono en el Vaticano.

A mucha gente todavía le cuesta entender este punto, porque sólo se queda en el exterior del hombre Bergoglio, pero no sabe penetrar lo que hay en él. Él lo sabe esconder de manera maravillosa, porque es maestro de su propio lenguaje. Y todos quieren aprender de ese lenguaje, que es barato y blasfemo. Y nadie quiere aprender de la Palabra de Dios, que sale de la boca de los humildes, de los sencillos, de los disponibles a la Voluntad de Dios. Por eso, hay tantos falsos profetas por todas partes; tantos falsos doctores de la ley; tanto intelectual del demonio, que sólo habla doctrinas del demonio. Pero nadie quiere dar la Verdad como es.

Bergoglio tiene delirios de grandeza sólo por esto: desde la Sede de Pedro, siendo un sacerdote, siendo un Obispo, no se puede predicar la cultura de las relaciones, el evangelio de la fraternidad, el nuevo orden mundial, la iglesia ecuménica, en la que todos se salvan…. porque esto no es la Mente de Cristo. Esto no es lo que ha enseñado la Iglesia. Esto no es lo que está en el Evangelio. Todos han perdido el juicio en la Iglesia si callan ante las locuras de un hombre que sólo habla para él mismo, pero no para la Iglesia.

Es necesario no dar la obediencia a un hombre que sufre delirios de grandeza y que no sabe ver su pecado en la Iglesia. No se puede obedecer la mente de un hombre que no se arrepiente públicamente de las muchas herejías que ha dicho durante más de 18 meses en la Iglesia. No se puede. Hay que enfrentarlo y hay que invitarlo a que deje ese cargo para que su alma pueda salvarse. Pero él no va a escuchar esto, porque vive centrado en su delirio: ser grande entre los hombres; alcanzar el grado mayor entre ellos; ir a la profundidad de la inteligencia sin la verdad del amor. Sólo con el odio de su mentira.

A %d blogueros les gusta esto: