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Bergoglio: servidor de Satanás

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«Esta es la hora de la confusión, la hora del Falso Profeta, que busca imponer a los hombres su propia doctrina inspirada por el espíritu del mal. Porque Mi Verdadero Evangelio no es doctrina de hombres, pues es de origen Divino» (Jesús a un alma escogida).

Es el tiempo de estar arraigados en la fe. Pero en esa fe divina y católica, dada por Jesús a Sus Apóstoles. En esa fe existe la claridad, la integridad, el conocimiento del bien y del mal. Sin esa fe, todo es oscuridad y confusión.

No existe otro Evangelio, sino el dado por Jesús.

Es la hora de la confusión, en la que Jesús sufre:

«Sufro terribles dolores en Mi Corazón Traspasado a causa del silencio e indiferencia de Mis sacerdotes y siervos consagrados, porque cuántos de vosotros sabéis que se está acercado la hora y no preparáis a las almas frente a los acontecimientos venideros, y por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

¡Cuántos de vosotros sabéis que es ya la hora!

La Jerarquía de la Iglesia sabe lo que está pasando. Y calla. Y no prepara a las almas hacia lo que viene. No hay excusa de su pecado.

Conocen el tercer secreto de Fátima y lo siguen escondiendo, siguen callando.

El silencio culpable de la Jerarquía y de los religiosos hace pecar a toda la Iglesia, y lleva a la condenación a muchos: «por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

Muchos siguen la Iglesia oficial y se perderán. No hay camino si sigues obedeciendo a la Jerarquía oficial. Búscate a un sacerdote que crea y que se oponga a Roma. Sólo así te salvarás.

Esto es duro de predicar, pero es la única verdad.

La Jerarquía no se atreve a hablar claro y deja estar la situación de la Iglesia en un veremos qué pasa en el Sínodo. Ese veremos mata almas. Se las deja en manos de ese lobo vestido de Obispo, al cual tienen la desfachatez de llamarlo “santo padre”, y es sólo el servidor de Satanás, con la misión de engañar a la Iglesia y al mundo entero.

Bergoglio ya se ha quitado la careta, y aun así muchos no ven su juego.

Muchos intelectuales ven las herejías de Bergoglio, ven su descalabro, y lo siguen llamando “papa”. No tienen vergüenza. No son capaces de llamarlo por su nombre: falso profeta, bufón del Anticristo, usurpador, falso Obispo. Están agarrados a la palabra oficial de la Jerarquía. ¿Qué dice Roma? Si Roma no habla, la cosa sigue sin resolverse. Hay que seguir esperando. Hay que nombrar a Bergoglio como papa.

¡Este es el error garrafal de muchos! Ya no son los tiempos de esperar a que Roma hable. Es la hora de la confusión. Es la hora del Falso Profeta. No busquen una verdad en Roma porque no la van a encontrar.

«Dirijo estas palabras a todos Mis fieles que habéis reconocido ya los Signos de los Tiempos, y vivís bajo mi Guía preparándoos, día a día, a los grandes acontecimientos del Fin de los Tiempos, poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes. Si habéis decidido seguirme, estad listos para la prueba, armaos de valor y no os acobardéis, porque os señalarán y os enjuiciarán Mis mismos Pastores, como lo hicieron conmigo los Ancianos y los Maestros de la ley.  Lo hicieron primero conmigo, llamándome blasfemo, por proclamar la Verdad y defenderla. Ahora, a vosotros, os aborrecerán por denunciar la mentira y el engaño, habiendo descubierto al impostor, al que le llaman multitudes “santo padre”, a quien él mismo se dio el título de obispo de Roma, y es solamente un servidor del diablo, porque abandonó el Espíritu de la Verdad, el Espíritu Santo, para recibir el espíritu del mal, haciéndose servidor de Satanás, dejando de ser miembro de Mi Cuerpo Místico».

Es el fin de los tiempos: nadie lo cree. «…poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes». La Jerarquía tiene un empacho de teología y no ve nada. No sabe discernir nada. Tanta teología que les va a llevar al infierno de cabeza. Carecen de auténtica vida espiritual.

San Juan escribió Su Evangelio para que creyeran que «Jesús es el Mesías» (Jn 20, 31).

Bergoglio, servidor de Satanás, enseña su doctrina para que las almas sean conducidas hacia el infierno, para que no crean en Jesús, sino en el concepto nuevo de Jesús.

Todo sacerdote de Cristo, cuando habla, cuando predica, lo hace para que las almas crean en la Palabra de Dios.

Todo servidor de Satanás, cuando habla, es para que las almas sólo crean en sí mismas, en sus vidas, en su humanidad, en lo que pueden ver y tocar, en su lenguaje humano. Son expertos en demoler el lenguaje dogmático para quedarse en su barato y blasfemo lenguaje humano, vacío de toda verdad.

Es difícil predicar para convertir a las almas hacia la Verdad. Es muy fácil hablar muchas cosas, y muy concertadas en la inteligencia, pero que no sirven para abrir el corazón de la persona a la fe en Cristo.

Es muy fácil hablar lo que el pueblo quiere escuchar. Eso lo hace la mayoría de la Jerarquía, que no quiere pringarse los dedos dando la doctrina que no cambia, la eterna, la inmutable, la que nadie quiere escuchar y vivir.

Hoy la Jerarquía no es testimonio de Cristo, de la Verdad. Son sólo eso: un conjunto de hombres veletas del pensamiento de Bergoglio. Y son ellos mismos los que producen la confusión dentro de la Iglesia.

Y hay que oponerse a ellos, sabiendo que ellos mismos van a perseguir a los verdaderos católicos: «os señalarán y os enjuiciarán mis mismos pastores».

No esperen de la Jerarquía, que sigue a Bergoglio, que se somete a su inteligencia humana, comprensión ni misericordia con ustedes. Si siguen a uno que no pertenece a la Iglesia Católica, tienen que atacar a los que están dentro de la Iglesia Católica, a los que siguen la doctrina católica, la de siempre.

Y, por seguirla, por permanecer fiel a esa verdad inmutable, deben juzgar y condenar a Bergoglio. Y esto es lo que la Jerarquía de la Iglesia no admite: que se juzgue a Bergoglio, que no se le tenga como papa.

Roma ya no habla la verdad. Hay que juzgar y condenar a Roma.

Ellos van  hacer lo mismo que hicieron con Jesús: van a llamar blasfemos a todo aquel católico que critique, que denuncie a Bergoglio como el impostor que es. Van a querer que todos se sometan al juicio de los Obispos en el Sínodo. Quien no lo haga, será excomulgado.

No hay que tener miedo de esta Jerarquía que no pertenece a la Iglesia Católica, pero que está al frente de todas las parroquias del mundo. Hay que saber enfrentarse a ellos, sin miedo. Y si ellos, en público, exigen la obediencia a la doctrina de Bergoglio, entonces en público se les escupe a la cara y se abandona esa parroquia, como lugar tomado por Satanás para levantar su iglesia.

Quien no tenga las cosas claras de lo que pasa en la Iglesia, está totalmente perdido en esta hora: es la hora de la oscuridad. No hay luz por ninguna parte. En Roma no hay conocimiento de la Verdad. En la Jerarquía no hay sabiduría divina. Entre los fieles, sólo existe la opinión de la mayoría.

Nadie se atreve a dar la cara por la verdad. Tienen miedo a los hombres: a lo que piensan, a lo que dicen. Y no saben enfrentarse a ellos.

¿Qué es la mente de Bergoglio? Una cloaca de maldad. Y punto y final. Quien vea en Bergoglio alguna sabiduría, se ha vuelto loco de remate.

No se puede comulgar con una cloaca de impurezas para constituir la Iglesia de Cristo. No se puede excusar la mente de Bergoglio sólo para tenerlo contento a él. No se pueden limpiar las babas que continuamente salen de la boca de ese maldito. Hay que batallar en contra de ese ignorante y decirle que se marche, que viva su vida como quiera, pero que deje de hacer el idiota.

Todo católico está obligado a comulgar con el Papa Benedicto XVI si quiere salvar su alma. Y aquel que no lo haga no pertenece a la Iglesia Católica, no es católico.

«Os he permitido, hasta ahora, venir al lugar de Mi Santo Sacrificio para que ofrezcáis reparación ante lo que vuestros ojos del alma ven, y se os ha sido revelado, así como el Espíritu de la Verdad os guía a hacer la ofrenda y la unión espiritual y mística con Mi Verdadera Iglesia, guiada y sostenida por Mi Verdadero Vicario Benedicto XVI, y os abstenéis de la unión con Francisco, el obispo de Roma. Llegará el día en que debéis abandonar el Lugar Santo, y Yo mismo os enviaré a un lugar reservado en donde se Me dará un Verdadero Culto, y la Verdadera Adoración, en comunión de Mis sacerdotes escogidos para esta hora, porque para entonces el lugar en donde se celebrará Mi Santo Sacrificio estará terriblemente profanado y convertido en guarida de demonios».

Cuando en la Misa se conmemora el nombre de Francisco en la liturgia, se produce una comunión espiritual de los fieles con el apóstata Bergoglio.

Para no entrar en esa unión, los fieles tienen que ir a la Misa con la intención de reparar todos los pecados que se ven en la Iglesia. El pecado de haber puesto a un hereje como papa. El pecado de someterse a la mente de ese hereje. El pecado de callarse ante las herejías de ese hereje. El pecado de mantener a ese hereje en la Silla que no le corresponde. El pecado de nombrarlo en las misas. El pecado de predicar la doctrina de ese hereje. El pecado de alabar y ensalzar la persona de ese hereje. El pecado de amenazar a los fieles que no comulguen con ese hereje.

Si se va con esta intención, todo lo que ocurra en esa misa no contamina al alma. Se está en el Calvario, en la Presencia de Jesús, que sufre y muere por sus almas, por sus sacerdotes y religiosos que callan ante el desastre que ven en la Iglesia.

No tengan miedo a las palabras de la Jerarquía: son sólo hombres, que han perdido toda autoridad divina en la Iglesia. Actúan como hombres, piensan como hombres, miran la vida de la Iglesia como lo hacen los hombres.

«No temáis a los juicios de los hombres, porque a todo el que Me sigue se le perseguirá, y serán juzgados injustamente. El Ángel del Señor estará con vosotros para proteger a Mis Mensajeros hasta que cumplan con la misión que se les ha sido encomendada, y que libremente recibieron por amor a Mí y a Mi Padre del cielo».

Jesús es la Revelación del Padre, es decir, es la Palabra del Pensamiento del Padre. Jesús descubre lo que piensa Dios; Jesús obra lo que quiere Dios; Jesús vive como vive Dios.

Jesús ya todo lo ha dicho. Y ha puesto Su Revelación en la Iglesia Católica, que Él mismo ha fundado en Pedro.

Poner es confiar a la Iglesia, a la Jerarquía unida a Pedro, todo el Pensamiento de Su Padre.

Poner es hacer que la Iglesia, Su Jerarquía, custodie y propague toda la Vida de Dios, que se manifiesta en los Sacramentos.

Cuando la Jerarquía de la Iglesia ha perdido la fe en la Iglesia, es decir, cuando ya no cree en la Iglesia que Cristo ha fundado, cuando ya no custodia ni propaga la doctrina de Cristo, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia, porque se vuelve herética, vive en la apostasía de la fe, y obra el apartamiento de toda Autoridad Divina, de toda ley Eterna.

Dios ha confiado a la Iglesia custodiar en santidad y declarar infaliblemente la doctrina de fe y de costumbres. Si la Iglesia no hace esto, automáticamente pierde su autoridad doctrinal, que es divina. Ya la Iglesia no enseña con autoridad, con el poder divino, la verdad, lo que hay que creer; sino que se dedica a hablar de muchas cosas para no decir ninguna verdad. Se oculta la verdad divina para manifestar todo un conjunto de verdades a medias, de relativismos.

No hay que seguir ese hablar, ese lenguaje humano, porque no refleja el Poder de Dios, la Autoridad de Dios. Sólo está manifestando un poder humano, una obra humana, que no tiene nada que ver con la de Cristo. Sólo se refleja el pecado de orgullo.

Bergoglio es herejía pura:

«Me imagino ese susurro de Jesús en la Última Cena como un grito… El Bicentenario de aquel grito de Independencia de Hispanoamérica…. nacido de la conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos, saqueados, sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno».

Bergoglio toma en vano el nombre de Jesús para predicar su blasfemia. Y tiene que pedir perdón por las atrocidades de los colonizadores:

«… pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América».

Todo el problema de Bergoglio es que cree en lo que dice. Para el que lo lee, sólo hay una expresión: este tipo se ha vuelto loco.

¡Qué escándalo son estas palabras!

¡Qué ultrajante es este pensamiento del impostor!

¡Ofende a toda la Iglesia Católica! Y él tan contento. Y los que lo tienen como papa, felices de que muestre su odio a la Iglesia Católica

Este personaje sigue la teología de la liberación, en la cual los colonizadores trajeron de Europa un cristianismo sincrético, es decir, una síntesis entre la experiencia religiosa antigua de los griegos, romanos y bárbaros, con la tradición judeocristiana.

Para esta teología, los colonizadores no trajeron la fe auténtica, no predicaron la Verdad del Evangelio de Cristo, no enseñaron a ser Iglesia. Ellos no creen en Jesús como Dios, sino como un hombre más. Ellos no pueden creer en Jesús sin más; tienen que creer en la comunidad, es decir, en el Jesús de la historia, en el Jesús que cada comunidad, cada cultura, cada nación se inventa.

Jesús, para estos herejes, es alguien que se insertó en la historia humana y que dio sentido a los que lo seguían. Un sentido humano, un sentido contemporáneo para aquellos hombres. De esta manera, ese Jesús tiene que ser traducido de forma comprensible para las personas del tiempo presente. No se puede seguir al Jesús de los Evangelios, porque fueron escritos en una época determinada, con unas culturas, con unas creencias, con unos mitos. Cada pueblo tiene que inventar, adaptar ese Jesús del Evangelio a su vida de comunidad en particular.

Por eso, este hombre tiene que pedir perdón porque la Iglesia hizo su trabajo según la mentalidad de la época, y lo que tenía que hacer era acomodarse a las culturas que encontraba, sin enjuiciar ni condenar nada. Como no lo hizo, entonces cometieron muchos crímenes, como el de apropiarse de tierras indígenas, el de quedarse con el oro y la plata, y el de matar a los aborígenes. Por estos tres crímenes: saqueo, robo y muerte, ese hombre ha pronunciado unas palabras inadmisibles, llenas de injusticia, de oprobio y de vejámenes.

Bergoglio está en su marxismo y le duele lo que hicieron los conquistadores, porque es incapaz de ver la verdad histórica. Él sólo vive en la memoria de su pensamiento, en su fe fundante. Y, por eso, sis palabras producen un daño incalculable.

Por eso, Bergoglio presenta a un Jesús revolucionario: el grito de la Última Cena es el grito de la revolución de la independencia. Jesús pronunció ese grito de acuerdo a la mentalidad de aquella época. Hoy hay que hacerlo de otra manera.

«… digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra…».

Hoy lo que impera en el mundo es el nuevo orden mundial. Y hay que gritar ese cambio: un cambio de estructuras. Hay que dejar los Estados, los países particulares y centrarse en un gobierno mundial. Y la razón: su comunismo. Sus campesinos, sus trabajadores, sus comunidades.

Bergoglio lanza dos ideas: la masónica o el idealismo puro, el orden mundial; y la comunista, el bien común global.

Además, mete la idea protestante: su panenteísmo. Hay que cuidar la madre tierra.

En estas tres ideas se basa toda la doctrina de Bergoglio, todo su magisterio, que no tiene ninguna autoridad doctrinal, porque no custodia la Revelación de Jesucristo, la doctrina que Jesús dio a Sus Apóstoles.

La autoridad doctrinal, en la Iglesia, está apoyada en la verdad absoluta e inmutable. Quien enseñe esta Verdad automáticamente tiene el poder de Dios. Lo hace con Autoridad, con la fuerza del Espíritu. Y nunca se equivoca en lo que enseña.

Pero quien enseñe una mentira en la Iglesia, automáticamente pierde el poder divino, y lo que enseña es con su poder humano, con su pobre autoridad humana, con las fuerzas de su mente y de su voluntad. Y, por lo tanto, quiere imponer su idea, su doctrina a los demás. El mentiroso da mil vueltas para imponer a los demás su visión de la vida. El que dice la verdad deja libre siempre a los demás, enseñando el verdadero camino.

Bergoglio impone su idea en Roma y en toda la Iglesia. Para ello tiene a la masonería, que ocultamente trabaja en todas las parroquias del mundo, haciendo que toda la Jerarquía enseñe el magisterio de Bergoglio.

Por eso, ahora los sacerdotes están obligados a defender a Bergoglio, a predicar su doctrina. Una vez que Bergoglio ha vomitado su Laudato Si, que es el magisterio de un heresiarca, la persecución dentro de la Iglesia se ha establecido.

Hay que decirlo sin miedo: Bergoglio es un loco de atar. Y hay que meterlo en un manicomio.

Bergoglio es un maldito endemoniado, con un odio visceral a la Iglesia Católica. Es un ser totalmente ciego, que vive la depravación de su conciencia. Él vive su conciencia global y tiene que atacar a los de conciencia aislada:

«Es el drama de la conciencia aislada, de aquellos discípulos y discípulas que piensan que la vida de Jesús es solo para los que se creen aptos. En el fondo hay un profundo desprecio al santo Pueblo fiel de Dios».

Los de conciencia aislada, en el lenguaje baboso de este hombre, son los verdaderos católicos que disciernen que el amor de Dios es exigente. Y quien no esté preparado no puede entrar en el Reino de los Cielos.

Esto lo ha enseñado hoy en la reunión con el clero boliviano: les enseña a comulgar con su doctrina. Y la Jerarquía asintiendo con su cabeza, callada como idiotas al matadero.

Bergoglio ha elegido el mal para su vida, y eso es lo único que le interesa en la vida. Y es lo único que ofrece a los demás, a los que le quieran seguir. Por eso, tiene que atacar la verdad, la Iglesia, la ley de Dios, la Autoridad de Dios.

Digámoslo sin miedo: queremos que Bergoglio se vaya a su casa y muera allí en la más absoluta miseria, olvidado de todos.

Digámoslo sin miedo: queremos que se muera Bergoglio. Desear la muerte de alguien, por su bien espiritual, es lo mejor que se puede hacer con este personaje. Si sigue viviendo, no hay salvación para su alma. Pero si tiene un accidente y muere, quizás se pueda salvar, aunque sólo sea por temor a lo desconocido. Bergoglio no cree en Dios, sólo cree en su concepto de Dios: él vive su idealismo puro, su ateísmo radical, mezclado de comunismo y protestantismo.

Jesús es la Revelación y ha puesto esta Revelación en Su Iglesia, en Su Jerarquía. Pero la Jerarquía tiene el deber y el derecho de custodiarla en santidad y de proclamar a los cuatros vientos el magisterio infalible, la doctrina de fe. Si la Jerarquía no hace esto, lo que diga oficialmente no hay que seguirlo en la Iglesia Católica.

No hay que escuchar lo que viene de Roma. No hay obediencia a los herejes, porque no son Iglesia. Son usurpadores de la Verdad.

Este es el punto que se le atraganta a muchos católicos: lo oficial y la Revelación de Jesús.

¿Todo lo que habla la Iglesia oficial, todo cuanto sale de la boca de la Jerarquía, es para decir la verdad pese a quien pese? O, por el contrario, ¿las palabras y las obras de la Jerarquía oficial no tienen nada que ver con la Revelación que Jesús ha confiado a la Iglesia?

Cuando la Jerarquía oficial predica herejías y vive la apostasía de la fe, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia Católica, y el católico tiene el deber y la obligación de no obedecer a esa Jerarquía, de separarse de Ella. Si no hace esto, entonces la sigue y admite muchos pecados, que le apartan de la gracia de Dios.

«Sacerdotes, despertad, no durmáis que el Enemigo ya está entre vosotros y no lo reconocéis».

Si la Jerarquía no reconoce al demonio es que vive con el demonio, come con él y se acuesta con él: hace una vida de demonios. Son demonios encarnados.

Si la Jerarquía no reconoce a Bergoglio como enemigo de Cristo y de la Iglesia Católica es que se han vuelto enemigos de la verdad y se han unido a ese viejo verde para destruir la Iglesia.

 

Las falsas enfermedades de la Curia II

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Sólo un demente puede llamar a todos los hombres como locos.

Éste es el lenguaje que utiliza Bergoglio cuando hace su examen de conciencia a la curia, cayendo en el pecado que Jesús llama como raca:

«…todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere “raca” será reo ante el Sanedrín, y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego» (Mt 5, 21-22).

Tres pecados enuncia Jesús:

  1. pecado de blasfemia, maldiciendo al otro: monta en ira diciendo una palabra que lleva en sí una maldición a la otra persona. Es un pecado grave, del cual todos puede juzgar porque es hecho públicamente;
  2. pecado de herejía contra el otro, tratándole en las cosas de Dios, en la vida espiritual, como un hereje, sin serlo. Por lo cual, tiene el juicio de toda la Iglesia en la Jerarquía, que lo excomulga de la Iglesia. Quien llama a hereje a otro sin serlo, cae en la herejía. Niega toda verdad en el otro, teniéndola;
  3. pecado de apostasía de la fe, injuriando al otro, llamándole hombre sin mente, tratándolo de un loco en las cosas espirituales. Este pecado tiene la sentencia del infierno.

Estos tres pecados son muy comunes en este siglo, en que los hombres viven diariamente en sus blasfemias de su vida, en sus herejías en la mente y en sus locuras como hombres, en sus obras que sólo un loco se atrevería a hacer.

Hoy día, la psiquiatría llama locos a todos los hombres. Muchos psiquiatras caen en el tercer pecado con gran facilidad: niegan el Espíritu en el hombre, cometiendo el pecado de blasfemia, del cual no hay perdón.

Si el hombre quiere medirlo todo con su mente humana, lo único que obtiene es cerrarse a la Verdad que el Espíritu lleva a todo hombre. Y en eso consiste el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo: el hombre no quiere aprender la verdad de Dios, sino que su propia mente humana le dicta la verdad, que es su gran mentira en su vida.

Bergoglio pone en la curia un pecado que no existe:

«el mal de una falta de coordinación». (22 de diciembre del 2015)

La falta de coordinación no es un pecado. Si los miembros no están coordinados, entonces los miembros tienen la culpa. Cada miembro, cada hombre no se relaciona con el otro. Y si no hay relación, no hay armonía, no hay orden, no hay comunidad, no hay curia. Si cada miembro vive su vida en la curia, entonces no hay curia.

Decir que hay una falta de coordinación y no ser más específico es decir absolutamente nada.

Una persona, en su trabajo, puede estar distraída en lo que sea. No hay coordinación con los demás. Y el estar distraído, sin culpa, no es ningún pecado.

Una persona, que en su trabajo, tiene que estar metida en su oficio, para poder resolverlo, desconecta de los demás. No hay coordinación con los otros. Y esa persona no peca, porque está en su oficio.

<p style="text-align:justify;text-indent:13pt;margin-left:2px;margin-right:2px;font-family:Tahoma;»>«Cuando los miembros pierden la comunión entre ellos»

¿Y qué es perder la comunión en la Curia? ¿No están todos allí para dar la Verdad? ¿Se pierde la comunión porque cada uno deja la verdad que tiene que obrar? ¿O por qué otro motivo se pierde la comunión?

¿Es perder la comunión enfrentarse al otro que mantiene una mentira como verdad? ¿No es eso hacer comunión en la verdad, dejando a un lado a un miembro que no quiere la comunión en la verdad?

Así que Bergoglio pone la comunión en dos cosas:

«…el cuerpo pierde la armoniosa funcionalidad y su templanza».

La curia, para no estar sin coordinación, tiene que tener estas dos cosas: ser funcional y ser templada.

Dos virtudes que no pueden darse sin otras muchas, que son más importantes y son el cuello de la vida espiritual. Dos virtudes que no son cabeza en la vida espiritual y que, por lo tanto, no deciden la vida espiritual.

No hay templanza si hay lujuria. No hay funcionalidad si hay avaricia. No hay templanza si no hay pureza. No hay funcionalidad si no hay pobreza.

Si los hombres quieren ser funcionales con los asuntos de los demás, deben antes vivir en la pureza de mente, de corazón, de cuerpo y de espíritu. Sin estas cuatro purezas, no se puede dar la templanza. Si hay lujuria en el cuerpo, soberbia en la mente, avaricia en el corazón y orgullo en el espíritu, una persona siempre comete dos pecados al mismo tiempo: gula y lujuria.

Ser funcionales lleva consigo ser templados. No son dos cosas distintas. Es una la consecuencia de la otra. Si el cuerpo vive en su lujuria, no puede estar coordinado con la mente, con el corazón, con el espíritu. No puede funcionar. No se puede dar al otro una verdad. No puede haber comunión entre las personas.

Es claro que Bergoglio no habla de nada en este «mal de una falta de coordinación». Él está en la psicología de los hombres, en lo externo de sus vidas. Él habla de los temperamentos de los hombres, que los hacen sacar de la vida de comunión. Y el temperamento del hombre no es un pecado en el hombre. Es su forma de vivir en el cuerpo que posee.

En este lenguaje psicológico de Bergoglio, llama a la curia con el nombre orquesta, que produce mucho ruido:

«…convirtiéndose en una orquesta que produce ruido, porque sus miembros no cooperan y no viven el espíritu de comunión y de equipo».

¡Como si existiera el espíritu de comunión y de equipo!

¿De qué comunión habla? ¿De qué equipo habla?

En la Curia no hay equipos. En la Curia no hay comunión.

La Curia es para obrar lo que decide el Papa. Si no obediencia al Papa, ¿de qué espíritu de comunión y de qué equipos está hablando este hombre?

¡Qué fácil es desbaratar el lenguaje de este hombre!

No tiene un magisterio eclesiástico. No enseña una verdad en la Iglesia. Enseña su mente, sus ideas, sus teorías, sus herejías, sus locuras mentales.

«También existe la enfermedad del “Alzheimer espiritual”».

Es común de los psiquiatras poner un nombre, etiquetar la vida espiritual de una persona.

Aquí se ve claro cómo es la mente de Bergoglio.

Al olvido del primer amor lo llama este hombre: Alzheimer espiritual:

«También existe la enfermedad del «Alzheimer espiritual», es decir, el olvido de la historia de la salvación, de la historia personal con el Señor, del primer amor».

¡Fíjense hasta dónde llega la mente de este hombre!

¿Quién es aquel que se olvida que el Señor lo salvó?

El condenado. El que quiere vivir en su pecado. El que quiere irse al infierno. El que quiere cometer la blasfemia contra el Espíritu Santo. El que no quiere arrepentirse de sus pecados, por más que los vea, que los conozca.

Y este hombre juega con la Palabra de Dios:

«Tengo contra ti que dejaste tu primera caridad» (Ap 2, 4).

Es ésta una grave reprensión del Señor contra la Iglesia de Éfeso, que son aquellos que combaten a los pecadores, pero sin caridad: «no puedes tolerar a los malos». Es la Iglesia que pone a prueba todos los que sirven en Ella, pero sin caridad: «has probado a los que se dicen apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos». Es la Iglesia que practica la paciencia, que sufre en el nombre de Cristo y persevera en ese sufrimiento, pero sin caridad: «tienes paciencia, y sufriste por mi Nombre sin desfallecer».

Pero dejó la primera caridad. Y sin caridad no hay vida, y el que no vive no existe:

«Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3, 14).

Si te has olvidado del primer amor, entonces es que vives en la muerte de tu pecado. Vives en la desgracia. Y por más que combatas el mal, por más que no toleres a los malos, Dios no puede tolerar tu pecado, tu mal; por más que veas la mentira en los demás, si no eres capaz de ver tu mentira, Dios no puede tolerarte a ti; por más que sufras en el Nombre de Cristo, que tengas paciencia en tu vida de sufrimientos, si no sabes sufrir, tener paciencia para quitar tu pecado, para vencerlo, Dios te suprime de la Iglesia.

Quien ha olvidado al Señor es aquel que no quiere seguir al Señor por sus pecados. Y la única solución para salir de ese estado es:

«Considera, pues, de dónde has caído…».

Medita con tu entendimiento humano tu maldad, tu pecado. No el mal de los otros, no la mentira de los demás. No te alabes porque sabes sufrir. Profundiza con las tres potencias de tu alma tu maldad, y entonces:

«…arrepiéntete, y práctica las obras primeras».

Las obras propias del amor divino, que consiste en hacer la voluntad de Dios: con Dios, con uno mismo y con el prójimo. La Voluntad de Dios es una Ley Eterna. Cumple esa Ley y tendrás Vida.

Pero, ¿de qué habla este hombre?

«Es una disminución progresiva de las facultades espirituales»

Su ley de la gradualidad. Es su psiquiatría en la Iglesia. Poco a poco, grado a grado, se van deteriorando las facultades espirituales.

¿Qué son las facultades espirituales para este hombre? La mente y la voluntad del hombre. Él no puede referirse a otra cosa. No cree ni en la gracia, ni en el corazón ni en el Espíritu. Este hombre niega que Dios sea Espíritu. El Espíritu Santo sólo es un lenguaje humano para expresar el amor.

Y esta disminución:

«…en un período de tiempo más largo o más corto, causa una grave discapacidad de la persona, por lo que se hace incapaz  de llevar a cabo cualquier actividad autónoma, viviendo en un estado de dependencia absoluta de su manera de ver, a menudo imaginaria».

Llama locos a todos los pedófilos. Llama locos a todos los corruptos, avariciosos del dinero. Llama locos a todos lo que siguen el dogma en la Iglesia. Llama locos a todos los que siguen la tradición en la Iglesia. Llama locos a todos los que combaten contra el aborto, contra la homosexualidad, etc… Llama locos a todos los que sigue el magisterio de la Iglesia, el auténtico. Llama locos a todos los que quieren convertir a los pecadores de sus pecados, hacer proselitismo.

Él es claro en su pensamiento:

«Lo vemos en los que han perdido el encuentro con el Señor; en los que no tienen sentido deuteronómico de la vida; en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías; en los que construyen muros y costumbres en torno a sí, haciéndose cada vez más esclavos de los ídolos que ha fraguado con sus propias manos».

¡Cuántas personas viven en sus pecados y han perdido el encuentro con el Señor! Tienen la enfermedad del Alzheimer espiritual para este hombre. Son unos locos. A los pecadores, comunes y no comunes, este hombre los llama locos. Tienen que ir la psiquiatra para salir de su enfermedad, de su locura, de su postración.

El Deutoronomio es la palabra de la ley, la segunda ley que Dios dio a Moisies. Es todo el discurso de Moisés para que el pueblo cumpliera la ley de Dios e hiciera Justicia Divina.

Como Bergoglio, no cree en la inspiraciónn de los libros canónicos, sino que sigue en todo a los protestantes, toma el sentido deuteronómico de la vida por la lucha contra las desigualdades sociales, injusticas, derechos humanos, etc… Si no luchas por dar de comer a un hambriento, tienes la enfermedad de Alzheimer. Si no cuidas a los ancianos, estás loco.

«Hay que luchar por esto, tenemos que defender nuestra dignidad, como ciudadanos, como hombre, mujeres, jóvenes».

¿No tienes este sentido deuteronómico de la justicia social, de los derechos humanos…? ¿No eres socialista? ¿No eres comunista? Entonces, eres un loco.

Hay que vivir el momento presente: hay que depender de la vida presente. Y completamente.

Ese es el dogma de la Providencia Divina: colgados plena, completamente de la Voluntad de Dios.

«Danos el pan de cada día» (Mt 6, 9). No el del pasado, ni del futuro. No se hace el presente fijándose en el pasado. Se hace el presente fijándose en el rostro de Dios, estando en la Presencia de Dios, viviendo en Su Voluntad, conformados a todo lo que venga de Él o que Él permita.

¿Qué dice este hombre?

«los que dependen completamente de su presente»: ellos están locos.

Y además, como todos los hombres tenemos pasiones, manías, caprichos, entonces todos estamos locos:

«en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías».

¿Y tú llamas tu papa a este subnormal, a este hombre que te llama loco en tu cara, a este hombre que llama loco a toda la humanidad?

¡Qué vergüenza de católicos!

¿No se te cae la cara de vergüenza llamando a este hombre tu papa? ¿Teniendo a este hombre como tu papa?

¡Dios mío, qué ciegos andan todos los católicos! ¡Detrás de un hombre ciego y loco de remate!

«El mal de la esquizofrenia existencial».

¡Hasta qué profundidades de maldad no llega este hombre!

Los fariseos son locos:

«Es la enfermedad de quien tiene una doble vida, fruto de la hipocresía típica de los mediocres y del progresivo vacío espiritual que grados o títulos académicos no pueden colmar».

¡Cuántos hombres con doble vida!: todos esquizofrénicos!!!!

¡Cuántos hombres mediocres en sus vidas, tibios: todos esquizofrénicos!!!

¡Cuántos hombres que viven de su vanidad, de sus títulos: todos esquizofrénicos!!!

«Es una enfermedad que afecta a menudo a quien, abandonando el servicio pastoral, se limita a los asuntos burocráticos, perdiendo así el sentido con la realidad, con las personas concretas».

Todos los que están detrás de una mesa, son unos esquizofrénicos. No ven la realidad. No ven las personas concretas. No dan beso y un abrazo al otro. No lloran con los que lloran. No se alegran con los que se alegran. No son herejes con los herejes. No son cismáticos con los cismáticos. No son demonios con los demonios. Son sólo locos.

¡Esto es Bergoglio! Un loco sentado en la Silla de Pedro.

Y no es otra cosa.

Leer un escrito suyo hay que hacerlo sólo para condenarlo. Y no para otra cosa.

No pierdan el tiempo con este demente. No merece la pena.

Ha cometido el tercer pecado, que dice Jesús:

«y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego».

Reo del infierno es la persona de Bergoglio.

Mide con su cabeza humana a toda la humanidad y la llama loca.

¿Qué se merece este hombre?

¡Que se quede loco hasta su muerte, que lo traten como un loco!

Y no se merece otra cosa.

La demencia de Bergoglio

manicomio

«Jesús se revela así como el icono perfecto del Padre, la irradiación de su gloria» (Ángelus, 1 de marzo del 2015).

Esta es la demencia de un hombre, al que muchos insensatos lo tienen como su papa. Y es sólo un hereje consumado, que en su palabra se ve a un maestro de la mentira.

¡A cuántos engaña con su palabra barata y blasfema!

¡Cuántos están embobados con lo que dice cada día!

¡Cuántos locos tienen a este hombre como su papa!

Jesús es el Hijo Eterno del Padre. Nunca es el icono perfecto del Padre. Jesús no es un icono, una imagen, una representación de lo divino.

Jesús es Dios: cómo escuece esta verdad a muchos católicos. Ya no quieren a un Jesús que sea Dios; sino que sólo quieren al hombre, al concepto humano de Jesús, de Mesías, de Salvador.

¡Cómo juega –Bergoglio- con las palabras de la Escritura! Y nadie se da cuenta. Da vueltas a la verdad para manifestar sólo su mentira.

Jesús es «la imagen de Dios invisible» (Col 1, 15). No es la imagen, el icono, del Padre. Jesús es, no sólo la imagen de las cosas visibles, sino del Dios invisible, porque es el Hijo, el Verbo, la Palabra del Pensamiento del Padre. Y toda idea, toda palabra es una imagen de la mente, del pensamiento.

Al ser Jesús el Verbo Encarnado, la Palabra de Dios, manifiesta en toda su vida humana el Pensamiento de Dios, la Mente y la Voluntad de Su Padre: lo revela al hombre, lo da a conocer.

Pero esa Mente Divina no está en los hombres que viven en la soberbia de sus mentes humanas. La doctrina de Cristo, que es el Evangelio, queda impenetrable a la soberbia de muchos hombres:

«Que si todavía nuestro Evangelio queda velado, está velado para los infieles, que van a la perdición, cuya inteligencia cegó el dios de este mundo, para que no brille en ellos la luz del Evangelio de la Gloria de Cristo, que es Imagen de Dios» (2 Cor 4, 4).

La oscuridad de la mente del hombre es por su pecado, por su maldad. Y en ellos, en su vida humana, en sus obras humanas, no brilla, no puede brillar la luz del Evangelio de la Gloria de Cristo. No resplandece, en ellos, la Sabiduría de Dios: sus corazones han quedado cerrados a la Verdad y al Amor verdadero.

Para este hombre que no cree en Jesús como Dios, sino que sólo toma la humanidad de Jesús para hacer su gran negocio, su gran empresa en el Vaticano, la victoria sobre el mal es un don: «A la luz de este Evangelio, hemos tomado nuevamente conciencia…de la victoria sobre mal donada a quienes inician el camino de conversión».

Cristo no dona Su Victoria a nadie. Cristo da la Gracia para merecer la victoria. Lo que consiguió Cristo para toda alma es la Gracia, la Vida Divina.

Como Bergoglio niega la Gracia, entonces tiene que inventarse su protestantismo: peca fuertemente, te salvarás porque tienes el don de la victoria.

La victoria sobre el mal no es donada; sino que es merecida por cada alma. Y cada alma, que quiera salvarse, tiene que mirar al Crucificado. No tiene que mirar al hombre para encontrar un camino de liberación para sus problemas de su vida. Se mira al Crucificado para salvarse y santificarse, en un mundo que no ama la salvación ni la santificación del alma.

Así inicia este falso profeta su homilía con una clara herejía que ya a nadie le interesa. Por más que se prediquen las herejías de Bergoglio, los católicos lo siguen teniendo como su papa. Falsos católicos que quieren un papa sin la doctrina. Falsos católicos que quieren una Iglesia sin Cristo, sin la Verdad que Cristo ha ofrecido a toda alma.

Y así –Bergoglio- termina su demencial homilía:

«El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad… Jesús no nos engaña, nos prometió la felicidad y nos la dará si vamos por sus caminos».

Bergoglio no sabe ni lo que dice.

Quien camina el camino de Jesús nunca encuentra la felicidad. En mis años de sacerdocio no la he encontrado. Siempre he encontrado una humillación, un desprecio, una tristeza, una maldad de los hombres.

Bergoglio es un loco que habla para sus locos: para gente como él. Se pasan su vida buscando un placer, una felicidad, un aplauso de los hombres, un consuelo humano. No quieren estar solos. No quieren sufrir. Sólo quieren vivir su vida y ser felices de cualquier manera.

Bergoglio va contra el sentido común: ningún hombre que viva esta vida es feliz. Y eso lo sabe todo hombre, sea santo, sea pecador, sea un demonio, sea un hereje, sea quien sea.

La vida es un valle de lágrimas. Y no es otra cosa. Y decir otra cosa es estar loco de remate.

Muchos, que no son católicos, que son ateos, saben que lo que está diciendo aquí Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza.

Pero los católicos quieren encontrar un lenguaje humano para excusar la demencia del que se sienta en la Silla de Pedro. Y no tienen las agallas de declarar que Bergoglio no es Papa.

El camino de Jesús es la Cruz Redentora. Y la Cruz no es un baile, es un Dolor. Es un sufrimiento expiatorio y una muerte victimal.

No hay otro camino en la vida: sufrir para salvarse y poder salvar. SUFRIR. Para ser feliz tienes que sufrir toda la vida. En el sufrimiento está el amor de Dios. En el sufrimiento está la alegría espiritual. No hay Gloria sin pasar por la Cruz, sin vivir en la Cruz, sin obrar la Cruz.

El amor verdadero es la obra de un sufrimiento: un sufrimiento divino, espiritual y místico, que sólo los santos lo pueden comprender. Quien no lo comprenda, sólo le queda aceptar la Cruz como don de Dios al alma.

Fe en el Crucificado: es lo que nadie tiene hoy en la Iglesia.

Es Cristo el que ha muerto y ha sufrido por ti, por tus malditos pecados. Si no crees en su muerte ni en sus sufrimientos, no crees en Cristo ni en Su Iglesia. Si no te crucificas con Cristo, si no atas tu voluntad humana al madero de la cruz y no pones en tu cabeza una corona de espinas, que te impidan pensar la mentira, el error, entonces vives tu vida de católico como un auténtico demente.

¿Para qué te llamas católico si piensas y obras como la gente del mundo?

Deja la Iglesia y vive tu vida de inmundicia, en los olores de tu pecado. Pero no te llames católico.

Los santos, todos ellos, recorrieron el mismo camino: la Cruz. Ninguno fue feliz en su vida. Lean la vida de los santos. No lean a Bergoglio, porque es un hereje que lleva a las almas a la total apostasía de la fe.

Los Santos juzgan y condenan a Bergoglio:

«Que siempre seamos amigos de la Cruz, que nunca huyamos de Ella, porque quien elude la cruz huye de Jesús, y quien escapa de Jesús jamás hallará la felicidad. Jesús nunca está sin la Cruz, pero la Cruz jamás está sin Jesús» (San Pío de Pieltrecina)

Los místicos juzgan y condenan a Bergoglio:

«Por un alma hay que sufrir mucho. ¿No sabes que la Cruz y Yo somos inseparables? Si me ves a Mí verás la Cruz, y cuando encuentres mi Cruz me encontrarás a Mí. El alma que me ama, ama la Cruz, y el que ama la Cruz, me ama a Mí. Nadie poseerá la vida eterna sin amar la Cruz y abrazarla de buena voluntad por mi amor. El camino de la virtud y de la santidad se compone de abnegación y de sufrimiento; el alma que generosamente acepta y abraza la Cruz, camina guiada por la verdadera luz y sigue la senda recta y segura, sin temor de resbalar en las pendientes, porque no las hay… La Cruz es la puerta de la verdadera vida y el alma que la acepta y la ama tal cual Yo se la he dado, entrará por ella en los resplandores de la vida eterna» (Sor Josefa Menéndez)

Jesús nunca está sin la Cruz. Quien quiera un Jesús sin Cruz nunca va ser feliz, nunca llegará al Cielo.

Jesús mismo crucifica a las almas en Su Cruz. Jesús da la Cruz y no deja al alma sin la fuerza necesaria para llevarla. Jesús no te da un beso ni un abrazo. Te da un sufrimiento en la vida. Te hace sufrir.

Jesús nunca prometió la felicidad. Siempre prometió la cruz, el sufrimiento, la persecución.

«…en el mundo tendréis tribulación; pero no temáis: Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

¡Vete al infierno, Bergoglio, y llévate tu doctrina de demonios contigo! Allí, en el infierno, los locos se reirán de tu locura. Aquí la gente aplaude tu locura y tú te lo crees. Eres tan necio que ni siquiera ves tu demencia. Te vas a pasar todo tu infierno viendo tu demencia y dando vueltas a tu demencia, porque eso es lo que has buscado para tu vida.

¡Qué mente tan rota la de este hombre!

Cada hombre tiene lo que se merece, lo que busca en su vida.

Todo el problema con Bergoglio es la anulación del pecado. Por tanto, tiene que anular la Cruz y poner el camino de Jesús en la felicidad.

El pecado es una obra contra la ley eterna:

«El pecado es un dicho, hecho o deseo contra la ley eterna» (S.Tomás – 1.2 q.71 a.6).

Sto. Tomás se apoya en las palabras de San Agustín para sustentar su tesis:

«Luego, el pecado es un hecho o un dicho o un deseo contra la ley eterna. La ley eterna es la razón divina o la Voluntad de Dios, que manda conservar el orden natural y prohíbe lo que lo perturba» (San Agustín – R 1605).

Y San Agustín se apoya en la Escritura:

«… del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás» (Gn 2, 17).

Dios le da a Adán una ley eterna: no comas del árbol. Ese mandamiento de Dios a Adán refleja lo que es el Árbol: el bien y el mal no pertenecen al hombre. Ningún hombre decide lo que es bueno y lo que es malo. Es Dios quien enseña el bien y el mal al hombre.

Dios prohíbe a Adán: le está enseñando lo que es el mal.

Adán rechaza esta enseñanza divina y come del árbol. Automáticamente, la muerte para él: «el día que de él comieres, morirás».

Muerte, no sólo del alma, sino espiritual. El alma se llena de pecado: se pierde la gracia. Pero el alma queda condenada por su pecado. No puede salvarse.

Y esa muerte entró en todo hombre. Todo hombre es engendrado en la muerte. Se tiene un hijo que nace condenado al infierno. Por eso, el Bautismo, que es el camino para salvar el alma.

El Bautismo no salva a las almas, sino que pone a cada alma en el camino de salvación. Y el camino es Cristo. Hay que ir detrás de sus huellas ensangrentadas para llegar a la cumbre, a la santidad de la vida, que es el sentido a la vida. Y no es fácil este camino porque hay que cumplir con la ley eterna, que es lo que rechazó Adán en su pecado.

Dios muestra a Adán la norma de la moralidad que está en la naturaleza del hombre y en todo lo creado: haz el bien, evita el mal. El bien es el bien moral, no es el bien humano o social o natural o carnal. Es un bien divino, que nace de la ley de Dios Eterna. Y el mal es el mal moral, no es un mal social o humano o natural o carnal. Es un mal que va en contra de la ley de Dios Eterna.

Dios enseña el bien moral y el mal moral. Adán rechazó esa enseñanza.

El hombre, por tanto, tiene que vivir su vida cerrando puertas, buscando la Voluntad de Dios. Porque no todo es válido.

«Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero yo no me dejará dominar de nada,… no todo edifica» (1 Cor 6, 12; 10, 23).

Es lícito el sexo, pero no la fornicación: no conviene, no edifica, no hay que sujetar el cuerpo a la lujuria de la carne.

Es lícito el pensamiento del hombre, pero no la herejía: no hay que atar la mente a la perversión de la mentira, al error.

Dios enseña al hombre dónde está el bien y el mal.

Bergoglio enseña a los hombres que el bien y el mal está en la mente de cada hombre: «Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe» (1 de octubre del 2013).

Es la misma enseñanza de la serpiente en el Paraíso: el día en que el hombre abra su mente al bien y al mal, entonces al hombre se le abren los ojos y es como Dios, conocedor del bien y del mal (cfr. Gn 3, 5).

Esto es lo que enseña Bergoglio: abre tu mente. Ábrete a la diferencia de las mentes de los hombres. Únete en la diversidad de las mentes de los hombres. Abre los ojos de tu entendimiento humano y serás como Dios, conocerás lo que es el bien y lo que es el mal. Podrás poner tu visión del bien y del mal. Y vivirás tu vida de acuerdo a tu visión.

¡Qué gran maldad la de Bergoglio! Es una serpiente en su boca. Habla como la serpiente, como el mismo demonio.

Bergoglio quiere una Iglesia llena de pecado. Y, por eso, dice: «Acogiendo a cada uno tal como es, con benevolencia y sin proselitismo, vuestras comunidades muestran que quieren ser una Iglesia de puertas abiertas, siempre en salida» (Audiencia a los Prelados de África – 2 de marzo del 2015).

Si se acoge a cada uno como es, hay que aceptar su pecado, su mal, su error, su mentira, su mente pervertida.

No se acoge al otro para llevarlo a la verdad, para convertirlo de su mentira a la verdad. Sino que se le acoge para estar con él en su mentira, para aprender de él su mentira. No hay proselitismo: no hay conversión.

Bergoglio está enseñando que no existe el dogma del pecado. No existe la verdad del pecado. Ni la verdad revelada ni la verdad dogmática. Sólo existe su verdad gradual del concepto de pecado. El pecado es sólo –para Bergoglio- una idea filosófica, pero no algo real, verdadero.

Y, por eso, este hombre, sin sentido común, sin dos dedos de frente, -un loco de atar, que se merece el manicomio-  tiene que predicar lo siguiente:

«El antídoto más eficaz contra toda forma de violencia es la educación en el descubrimiento y la aceptación de la diferencia como riqueza y fecundidad».

Esta es la gran demencia de este hombre, que se opone a la ley Eterna.

Hay que educar a la gente que descubra el pecado como un bien para su vida, como una riqueza, como una fecundidad. ¡Esto es de locos!

Hay que enseñar a la gente que acepte la diferencia del otro: su error, su mentira, su obra de maldad. Y la acepte como riqueza, como fecundidad. ¡Esto es para llevar a Bergoglio al manicomio!

El antídoto más eficaz contra toda forma de violencia es evitar la violencia; evitar al violento; castigar al que ejerce la violencia; condenar al hombre violento; ajusticiar al hombre violento.

Esto es lo que ha enseñado el Magisterio de la Iglesia durante siglos.

El gravísimo problema de Bergoglio está en la concepción del pecado. El pecado no existe para Bergoglio. Sólo se da el pecado como un ser filosófico: un pensamiento negativo.

Por lo tanto, hay que aceptar el pensamiento negativo, aceptar la diferencia para que no haya violencias.

Ésta es la tara de Bergoglio: como no puede acabar con la violencia, en la realidad de la vida, entonces tiene que acudir a su ley de la gradualidad, que no existe: el pensamiento negativo está en un grado menor al pensamiento positivo. Los hombres violentos no han llegado a lo positivo, a pensar positivamente, porque se han estancado, de alguna manera, en su negatividad. Hay que curarlos. ¿Cómo? Con cariñitos, siendo benevolentes con ellos, aceptando su error, dialogando con ellos. Y sólo así, a base de besos y abrazos, de buenas comidas con ellos, esos hombres llegarán a lo positivo.

Hay que aceptar a los hombres que matan, que hacen violencia, como son: esta es la gran locura de este hombre.

Hay que aceptarlos con benevolencia y sin proselitismo: no los saques de su violencia. No les digas que son violentos, que pecan contra la ley Eterna. No los castigues. Tienes que darles un caramelo. Tienes que mostrarles una cara bonita, una sonrisa, un gesto amable. Mientras matan a tus familiares, sonríeles. Mientras te hacen daño, diles: qué buena obra la que hacéis. Cómo me gusta que me cortéis la cabeza.

¡Esta es la gran locura del que se sienta en la Silla de Pedro!

¡Y cuántos locos lo llaman su papa!

¡Es increíble que la gente no se dé cuenta de quién es Bergoglio!

El pecado es una mancha en el alma:

«…cuando lave el Señor la inmundicia de las hijas de Sión, limpie en Jerusalén las manchas de sangre, al viento de la justicia, al viento de la devastación…» (Is 4, 4).

«…su mente y su conciencia están manchadas» (Tit 1, 15).

En todo pecado, concurren los actos del entendimiento y de la voluntad. El alma queda manchada, contaminada, sucia, inmunda, porque la mente piensa el error y la voluntad lo obra.

Un alma manchada es una mente en la mentira y una voluntad apegada a las criaturas.

Y esta mancha del alma consiste en la privación de la gracia. Si un hombre vive en el pecado, no tiene gracia para pensar la verdad ni para obrarla. No puede hacer el bien moral y no puede evitar hacer muchos males morales.

Toda mancha en el alma oscurece la luz de la razón: el hombre, ni siquiera entiende la verdad natural, la verdad racional, humana.

Y toda mancha en el alma oscurece la luz de la fe y de la gracia, que ilustra la razón humana: el hombre no es capaz ni de entender a Dios ni de hacer Su Voluntad.

Un pecado venial oscurece la mente y hace que la voluntad se apegue a la tierra, al hombre, a la carne, a lo material. Y quien obra un bien, en su pecado venial, no obra la Voluntad de Dios.

Para hacer la Voluntad de Dios, el hombre tiene que estar sin mancha de pecado en su alma. Por eso, Jesús puso la confesión: para que toda alma quite su pecado de su alma, la mancha que tiene su alma, la oscuridad de su mente, el apego de su voluntad. La confesión da al alma la luz que necesita para obrar la Voluntad de Dios.

Las almas no saben confesarse. Se confiesan de manera rutinaria. Siguen manchadas, en la oscuridad de sus mentes. Salen del confesionario y siguen pecando.

Hoy la gente quiere vivir en sus pecados veniales: son tibios en la vida espiritual. Y, por eso, llaman a Bergoglio como Papa. No ven el desastre que hay en la Iglesia. Sus almas están en la oscuridad, por sus pecados.

Para quitar la mancha del alma, cuatro cosas: oración, para el corazón; ayuno, para el cuerpo; penitencia, para el alma; sacrificio, para la vida del hombre.

Un hombre que no abre su corazón a la Verdad Revelada, su mente queda atrapada en la mentira. Muy pocos saben orar: sólo saben leer, meditar, estudiar, rezar de manera rutinaria.

Se ora para escuchar la voz de Dios. Y sólo para eso. Es Dios quien enseña el bien y el mal al hombre: lo que tiene que hacer, lo que tiene que obrar en su vida.

La gente se levanta para comer, no para orar. Después, la vida de cada día es una tibieza insoportable. Están en sus pecados veniales y hacen muchas obras que no sirven para nada. Y las manchas del alma siguen ahí: no hay verdadera oración.

Si el hombre no pone su cuerpo en el ayuno, sino que le da lo que le pide el cuerpo, es claro que va a caer en muchos pecados. Por los cinco sentidos del cuerpo entran todos los demonios. Si no se atan los cinco sentidos, la vida de muchos católicos es como la vemos: viven para obrar sus pecados y mueren en sus pecados.

Si el alma no hace penitencia interior, es decir, practicar las virtudes, luchar en contra de los muchos vicios, el hombre se queda en la soberbia de su mente y en el apego a las muchas cosas de su voluntad. Vive su vida con un fin humano, para una obra humana, con una inteligencia humana. Carece de la sabiduría de Dios, que es la Cruz.

Si el hombre no sacrifica su vida por un ideal más alto que lo que contempla con su mente humana, el hombre lucha sólo por sus intereses humanos, que pueden ser muy buenos y perfectos, pero que le distraen del fin último de su vida: ver a Dios. Hay muy pocas víctimas que Jesús pueda ofrecer a Su Padre para salvar a las almas de sus pecados. La gente vive su vida y, después quiere que todo le vaya bien en su vida.

Bergoglio, al anular el dogma del pecado, tiene que anular la obra de la redención. Y así muestra el camino del hombre para quitar el pecado:

«La suciedad del corazón no se quita como se quita una mancha: vamos a la tintorería y salimos limpios. Se quita con el obrar» (3 de marzo del 2015).

La suciedad del corazón se quita acudiendo a la tintorería de la confesión. Esto es lo primero que hay que enseñar.

El pecado es una mancha. Quítala en el lugar adecuado: el Sacramento de la confesión. Después, queda expiar ese pecado. Pero la mancha se quitó. Para no volver a mancharse, es necesario las cuatro cosas.

Pero Bergoglio sólo atiende a su humanismo: se quita con el obrar. Haz obras humanas buenas. No importa el pecado. Que tu alma viva manchada por el pecado de herejía. Eso no interesa. Haz un bien al hombre y te vas al cielo de cabeza. Esta es la enseñanza de este hombre. Y, por eso, predica que todos se van al cielo:

«…ve donde están las llagas de la humanidad, donde hay mucho dolor; y así, haciendo el bien, lavarás tu corazón. Tú serás purificado. Esta es la invitación del Señor».

Esta es la gran demencia de este subnormal.

No necesitamos a un Bergoglio. No lo queremos. No nos sujetamos a su mente humana. Nos da igual lo que piense y obre como jefe de una iglesia que no es la de Cristo.

Lo que hay en el Vaticano no es la Iglesia Católica. Es otra cosa. Y qué pocos católicos lo han entendido así.

Incluso, los muy tradicionales, siguen teniendo a ese idiota como su papa.

¿Queréis a un Papa sin doctrina?

Es imposible. Bergoglio no os va a dar lo que es un Papa. Os va a dar su idea masónica del Papado, que es la sinodalidad; la idea protestante de la Iglesia, que es vivir en el pecado; y la idea comunista de la sociedad, que es trabajar por el bien común del mundo, el orden mundial.

Si seguís aceptando a ese loco como vuestro papa, entonces estáis diciendo que queréis una iglesia sin la Cruz de Cristo, sin la doctrina de Cristo, sin la verdad de salvar y santificar el alma. Y esa no es la Iglesia en Pedro. Esa es la abominación que ya se ve en todas partes.

Las blasfemias de Bergoglio en su herético mensaje para la jornada de la paz

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«del deseo de una vida plena… forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer» (1 de enero del 2014).

Aquí, Bergoglio, está desarrollando la idea herética de la ecología, que nace de la concepción errada que tiene de la fe en Dios creador; una concepción desde la “horizontalidad”, no desde la verticalidad: como todos somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos entre sí; todos habitamos en la misma casa del Padre, en la creación, en el universo. Consecuencia: se da una gran intimidad, una gran cercanía con todas las cosas.

Es decir, que el hombre es un ser en el mundo con todas las cosas. Y, por lo tanto, el hombre se une, se casa, hace un matrimonio con todo el universo, está en relación, interactúa, dialoga con todos los seres vivientes, con todo lo que existe, aunque no sea un ser viviente. Todos se convierten en hermanos, no sólo de sangre, sino de alma, de mente, de espíritu.

Adán y Eva «concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios» (8 de diciembre del 2014).

Bergoglio no puede entender el pecado de Adán y, por lo tanto, concibe lo que sucedió en el Paraíso desde la fraternidad, no desde el pecado, no desde el mal, no desde la verdad revelada: concibieron la primera fraternidad. No puede hablar de que Adán y Eva concibieron el primer hijo en pecado. Anula esta verdad para poner su mentira, su fraternidad.

El mal, para Bergoglio, va a estar en el hombre, no en la acción del demonio en el hombre. El mal no tiene una raíz espiritual en Bergoglio y, por eso, dice: «el pecado no es una mancha en el alma que tengo que quitar». No es algo que el demonio ha puesto en mí; sino algo que ha hecho el hombre y que se resuelve sólo por caminos humanos, por su falso misticismo: la fraternidad.

«El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros» (1 de enero del 2014). El mal de Caín es un problema humano, fraternal, no espiritual. Bergoglio ha puesto la vocación a ser hermanos como la misión de todo hombre cuando nace. Ése es su mayúsculo error en su enseñanza.

Dios crea al hombre para ser hijo de Dios: le da una vocación divina. No le ofrece una fraternidad, sino la participación en el ser divino: el hombre es Dios por participación. Esta es la vocación sublime de todo hombre, que Bergoglio se carga de manera absoluta.

Y porque el hombre es hijo de Dios, por eso, el demonio le acecha para poner en la naturaleza humana su obra demoníaca, que es lo que hizo con Adán. Y, por tanto, Adán engendró a un demonio: Caín. Y el pecado de Caín es la obra del demonio en Caín: es una obra espiritual. Caín mata a Abel porque éste tiene el sello de Dios, del cual carecía Caín. No lo mata porque rechaza la vocación de hermano. Caín carecía de esta vocación.

Pero Bergoglio está a lo suyo: en su clara herejía, en su nefasta apostasía de la fe.

Por eso, dice: Caín y Abel creados a imagen y semejanza de Dios. Bergoglio no comprende que al pecar Adán, la gracia, la vida sobrenatural, la semejanza con Dios se pierde. No lo comprende porque ha anulado el concepto de pecado, como dogma, como verdad revelada.  Ni Caín ni Abel fueron engendrados en la semejanza de Dios, porque no hay gracia. Caín y Abel fueron engendrados en el pecado original. Tienen un mismo padre, pero diferente madre. Esto Bergoglio no lo puede enseñar porque no cree en el Paraíso, en las palabras reveladas, sino que las interpreta a su manera. Para él, el génesis es un cuento de hadas, no la realidad de la vida sobrenatural.

Bergoglio sólo está en su idea ecológica: la fraternidad.

El hombre existe en un universo y, por tanto, coexiste con todo lo demás, se une a todo lo demás, se relaciona con todo lo demás, con una necesidad absoluta, como algo inscrito en su ser, que está por encima, incluso de su libertad como hombre: es como un imperativo de ser del universo, de encajar en el universo, de relacionarse con todo el universo, de ser hermano de todos. Es el falso misticismo propio de Bergoglio: quiere abarcar en su mente la totalidad de las cosas, unidas entre sí de una manera mágica, cósmica, universal, fraternal.

Por eso, habla de que la vida plena necesita de un anhelo indeleble de fraternidad: es el amor al hombre puesto por encima del amor a Dios.

La plenitud de la vida sólo es posible en el anhelo infinito de Dios: si el alma no desea lo divino, de una manera indeleble, no puede amar al hombre, al prójimo, a la creación.

Pero Bergoglio dice: «Así, la conversión a Cristo, el comienzo de una vida de discipulado en Cristo, constituye un nuevo nacimiento que regenera la fraternidad como vínculo fundante de la vida familiar y base de la vida social» (8 de diciembre del 2014). Lo que funda la vida familiar y social es el amor fraterno, no el amor de Dios, no la ley eterna, no la ley natural. Por eso, habla de una conversión totalmente contraria a la que enseña san Pablo en su carta a los Corintios. Habla de que la persona se convierte para una fraternidad: regenera la fraternidad. Es su idea herética de la ecología: como todos somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos. Anula la conversión para ser hijo de Dios. Quien se convierte a Cristo, recibe la gracia que le regenera en un hombre nuevo: el ser hijo de Dios. Bergoglio se carga la gracia, anula el amor de Dios, y se pone por encima de toda ley natural, divina y de la gracia.

Bergoglio tuerce el concepto de hermano que san Francisco utiliza en sus obras. Para San Francisco de Asís todo hombre es hermano porque tiene una naturaleza humana. Somos hermanos porque poseemos una naturaleza humana: ése es el sentido del amor al prójimo, que enseña Jesús en Su Evangelio: ama al prójimo como a ti mismo. Se ama al otro porque cada hombre ama su naturaleza humana. Es la ley natural. Amo al otro porque amo su naturaleza humana, que es también la mía, aunque en otro cuerpo, con otra alma, guiada por otra persona.

Por ley natural, los hombres se aman a sí mismos y, por tanto, aman a todo hombre que tenga una naturaleza humana como se tiene en sí mismo. Esto, tan sencillo, lo tuerce Bergoglio.

Hay que amar al otro porque no encontramos enemigos, contrincantes: «en los que encontramos no enemigos o contrincantes». Y esto es una gran mentira. Hay que amar al otro porque es hombre, porque tiene una naturaleza humana. Pero en el otro, no se puede amar lo que nos hace enemigos: su pecado. Se ama al pecador, pero se odia su pecado, se aleja uno de su pecado, se pone un muro entre su pecado y la vida de uno.

El hombre, para amar en la verdad a sus semejantes, tiene que juzgar el pecado del otro y darle al otro lo que se merece, lo que el otro busca en su misma vida de hombre: una justicia para su pecado. Esto es lo que anula Bergoglio, por estar en su idea ecológica, que es un falso misticismo, es un panenteísmo y es la concepción masónica de la vida del hombre: la falsa tolerancia.

No se puede acoger el pecado, el error del prójimo, que es lo que quiere Bergoglio: «hermanos a los que acoger y querer». No se puede querer la herejía, el pecado, la mentira, el error de una persona. No se puede tolerar que las personas vivan sus vidas engañando con sus mentes a los demás, como hace Bergoglio. No es digno de un Obispo ser mentiroso. No hay respeto a un Obispo que miente cada día en la Iglesia. No hay obediencia a la mente de un Obispo que se ha pervertido por estar fornicando con la mente de todos los hombres, que viven en el error de sus vidas.

Esto es lo que muchos católicos todavía no han comprendido de Bergoglio: le siguen obedeciendo. Pero, ¿a qué le obedecen? ¿A su sonrisa? ¿A su cara bonita?

La obediencia en la Iglesia es a la Jerarquía que da, que enseña, que guía, en la Verdad. Bergoglio no da, ni enseña ni guía en la verdad. Entonces, ¿por qué los católicos viven un disparate en la Iglesia al someterse a un hombre que no vale para nada en la vida eclesial, que no es camino para salvar el alma ni para santificarla? ¿Por qué?

Porque los católicos, que obedecen a Bergoglio y a toda la Jerarquía que se somete a ese charlatán, son como Bergoglio: no tienen fe católica, no son de la Iglesia Católica, no sirven para ser Iglesia, para obrar en la Iglesia la verdad de la doctrina de Cristo.

«En la historia de los orígenes de la familia humana, el pecado de la separación de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión traduciéndose en la cultura de la esclavitud (cf. Gn 9, 25-27), con las consecuencias que ello conlleva y que se perpetúan de generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación de la dignidad y los derechos fundamentales, la institucionalización de la desigualdad» (8 de diciembre del 2014).

Fíjense el disparate que dice este hombre, este necio que cuando habla da la verdad de lo que es: un demonio.

Bergoglio no comprende la maldición de Noé y llama a todo eso: cultura de la esclavitud. Ha anulado la obra de expiación del pecado que esa maldición conlleva, pero que Bergoglio no puede verla, como no ve la maldición que hace Dios de la creación cuando Adán peca.

El problema del hombre actual, lo que se ha transmitido de generación en generación es esa cultura de la esclavitud. Anula el pecado en la generación del hombre. Todo hombre –para Bergoglio-  nace santo; es la vida, las circunstancias, esa tara de esa cultura de la esclavitud que arrastra la sociedad, el mal en el hombre y en el mundo.

¿Han captado el disparate? El pecado no es un dogma, no es una verdad revelada en el Paraíso, que tiene una raíz espiritual y, por lo tanto, unas consecuencia espirituales para todo hombre, que se transmite de generación en generación, sino que es un asunto humano, de culturas: es la cultura de la esclavitud. Y sobre esta base herética, totalmente contraria a la verdad que Dios ha revelado, construye su mensaje de la paz diciendo que todos somos hermanos y que nadie es esclavo.

¿Ven la estupidez de este hombre? ¿Todavía no la ven?

Así está la Iglesia: llena de estúpidos como Bergoglio.

Un hombre estúpido es el que dice esto: «El que escucha el evangelio, y responde a la llamada a la conversión, llega a ser en Jesús «hermano y hermana, y madre» (Mt 12, 50)» (Ib.).

¡Pero qué estúpido que es Bergoglio que pone la cita y da una idiotez de interpretación! ¡No seas estúpido! ¡No cites el Evangelio para después dar tu mentira! ¡Bergoglio mismo se condena en sus mismas palabras!

¿Qué dice Mt 12, 50? «He aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo aquel que hiciere la Voluntad de mi Padre, que está en los Cielos, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre». Hay que hacer la Voluntad del Padre para ser hermano de Cristo. No hay que escuchar el Evangelio. Hay tantos hombres que escuchan la Palabra de Dios y después hacen sus propias voluntades humanas, que no pueden ser hermanos de Cristo, aunque crean en Cristo.

Hay que cumplir con la Voluntad de Dios, no hay que responder a la llamada de la conversión. Dios llama a las almas a convertirse, a salir de su vida de pecado.  Pero una vez que el hombre sale, se convierte, tiene que aprender a hacer la Voluntad de Dios. Y si no aprende eso, vuelve a su pecado.

Bergoglio nunca habla de la Voluntad de Dios. Ya lo ven cuando cita este pasaje. No declara el pasaje como es, no puede hablar de la Voluntad del Padre, porque no cree en Dios Padre. Bergoglio cree en su concepto de Dios, en su concepto de Dios creador, en su concepto de Dios Padre. Pero Bergoglio no cree en el Padre como el que engendra a Su Hijo en Su Voluntad. Esto no le entra en cabeza; él no puede entrar en el Misterio de la Santísima Trinidad porque no cree en ese dogma: «No creo en un Dios Católico». Entonces, ¿qué haces en la Iglesia Católica? ¿Para qué estás sentado en la Silla de Pedro? Para destruir la Iglesia Católica, la fe católica en las almas con su palabra barata, rastrera y blasfema, que es lo que hace cada día. Y muchos católicos, muchos teólogos ni se han enterado –todavía- de esta destrucción.

Al torcer el Evangelio de Mateo, le sale otra herejía, que es una clara blasfemia contra el Espíritu Santo:

«No se llega a ser cristiano, hijo del Padre y hermano en Cristo, por una disposición divina autoritativa, sin el concurso de la libertad personal, es decir, sin convertirse libremente a Cristo. El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38)» (Ib.).

El imperativo de la conversión: esto es Hegel.

Eres hijo de Dios por el imperativo de la conversión. No eres hijo de Dios por gracia y por libertad. Este Misterio, el de la gracia y la libertad, queda anulado en Bergoglio.

Bergoglio no comprende la conversión del hombre: El hombre se convierte por una gracia divina, que le toca en su corazón y que le abre para responder a esa gracia. El hombre, en su libertad, responde o no responde a esa gracia. Esa gracia es un don de Dios, que el hombre no se merece. Esa gracia no es una exigencia de Dios, no es una disposición autoritativa de Dios, porque Dios no impone nada. Dios lo regala todo.

El hombre, en su libertad, responde o no a Dios, a ese regalo divino. Y responde libremente, no por imperativo. En la libertad, el hombre no está coaccionado: es libre. Nada ni nadie le impera. La conversión no le impera para convertirse, para elegir. El hombre elige sin imperativo, sin coacción. Si hay imperativo, si la conversión es un imperativo, entonces el hombre no es libre.

Es lo que está diciendo Bergoglio: se es hijo de Dios por imperativo de la conversión. Es decir, no eres libre en tu conversión. Esto es el imperativo de la razón de Hegel: el hombre hace las cosas por imperativo de su razón, con la coacción de su razón. No puede quitarse la razón para ejercer su libertad. Es una libertad impuesta por la razón, que no es libertad. Esto es una gran blasfemia contra el Espíritu Santo, porque Dios ha creado a todos los hombres libres. Y en su conversión, los hombres siguen siendo libres. No existe el imperativo de la conversión.

En este planteamiento de su falso misticismo, de su falsa fraternidad, de cargarse todo el dogma, tiene que decir otra herejía:

«Todo esto demuestra cómo la Buena Nueva de Jesucristo… también es capaz de redimir las relaciones entre los hombres, incluida aquella entre un esclavo y su amo, destacando lo que ambos tienen en común: la filiación adoptiva y el vínculo de fraternidad en Cristo. El mismo Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15)».

Jesús ha redimido la esclavitud, la cultura de la esclavitud, las relaciones entre un esclavo y su amo. ¡Tamaña barbaridad! ¡Necio discurso de un hombre sediento de la gloria humana! ¡Estúpida cabeza de un loco que se cree superior a todos porque se sienta, en su orgullo, en la Silla de Pedro!

El evangelio, la Buena Nueva, no redime las relaciones entre los hombres. La Palabra de Dios redime las almas de los hombres: las salva del pecado, purifica sus corazones y transforma al alma en otro Cristo. Si el alma imita a Cristo en su vida, si el alma se asimila a Cristo en su vida, si el alma se niega a sí misma en su vida, entonces salva y santifica a los demás hombres, irradia la verdad, el amor de Cristo: obra la santidad en la familia, en el matrimonio, en lo social, en el estado, en la Iglesia.

Los hombres no tienen en común ni la filiación adoptiva ni el vínculo de la fraternidad. Esta es la idea ecológica. Esto es lo principal en la ecología: como somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos. Este es el eje central de toda la herejía de Bergoglio. Y esta idea está en todas sus homilías y escritos. Y esta idea la va a reflejar en ese documento blasfemo que va a sacar, próximamente, sobre la ecología.

Bergoglio, en su blasfemia contra el Espíritu Santo, está construyendo una nueva iglesia, con una nueva doctrina, con un falso cristo, con un falso evangelio, con un falso magisterio. Y los católicos como imbéciles, detrás de este blasfemo. ¡No tienen vergüenza!

El grave problema de la ecología es torcer la Palabra de Dios para expresar el negocio de los hombres. Se apoyan en todos los santos, en el magisterio de la Iglesia, en la Sagrada Escritura, para poner de relieve una grave blasfemia: el hombre, el culto al hombre en la creación.

Para el ecologista no se puede hablar de esclavitud, del dominio de la naturaleza humana, que Dios revela en Su Palabra: «Procread y multiplicaos; y henchid la tierra; sometedla y dominad…» (Gn 1, 28). Este domino, esta esclavitud va en contra de la fraternidad para el que sigue la herejía del ecologismo.

Para el ecologista, el hombre no está por encima de la naturaleza, no la domina, sino que está dentro de la naturaleza: es el panenteísmo: el ser humano está en el mundo y con todas las cosas: la libertad del hombres se realiza en el interior del mundo, no sobre el mundo, no dominando al mundo, sino siendo uno con todas las cosas del mundo.  El mundo, la creación le impera al hombre para obrar con libertad.

Lo que tiene valor es la creación, no el hombre. Es el panenteísmo: Dios crea la creación de sí mismo, no de la nada. Por tanto, toda la creación es divina, sagrada. El hombre es parte de esa creación sagrada, divina, y no puede dominarla, esclavizarla. El hombre es sagrado y, por eso, Bergoglio, predica que la persona humana es sagrada. El hombre, al ser sagrado, se une a la creación, que también es sagrada. No tiene que dominarla, sino establecer relaciones para no dañarla, para no esclavizarla. En esta herejía, que es una blasfemia, del panenteísmo, cabalga toda la ecología.

Y Bergoglio pone, en su blasfemo discurso, una sarta de ejemplos que no tienen nada que ver con la esclavitud, con ninguna cultura de la esclavitud, sino con el pecado de los hombres, en los diferentes países. Para Bergoglio todo es esclavitud: las prostitutas, los emigrantes, los que trabajan de manera ilegal, etc… Pone una serie de ejemplos que sólo muestran una cosa: su comunismo:

«Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite el que pueda ser tratada como un objeto. Cuando el pecado corrompe el corazón humano, y lo aleja de su Creador y de sus semejantes, éstos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos».

La raíz de la esclavitud está en el concepto de la persona humana: Hegel.Todo el problema de los hombres está en la idea, en la mente, dentro de la racionalidad. El culto a la razón del hombre, al lenguaje humano, a la palabra barata y blasfema.

Y, además, es un concepto de la persona en el que se admite el ser tratada como objeto: no existe ese concepto de la persona humana. Ni en teología ni en la filosofía ni en la metafísica. Es un invento de la mente de Bergoglio para destacar una cosa: el bien común.

La raíz de la esclavitud está en el pecado de la persona humana: no está en no ver al otro como hombre, en su dignidad humana. No; está en pecar contra el otro al tratarlo como objeto y, a pesar de que se vea su dignidad humana. No se pierde la visión de la dignidad humana al pecar. Se peca por una maldad, no porque se tenga presente o no el concepto de dignidad humana.

Bergoglio apela a su comunismo: «hermanos y hermanas en la humanidad»: el bien común. Como no buscas el bien común de ser hombre, de tener una naturaleza humana, de respetar al otro porque es una persona humana, porque tiene dignidad, entonces caes en la esclavitud.

Bergoglio niega la propiedad privada, el bien privado de la libertad de cada hombre. El hombre, en su bien privado, en su libertad, elige hacer daño al otro, tratarlo como un objeto, aunque sepa que sea hombre. Siempre la persona comunista ve el bien privado, la propiedad privada, la libertad del hombre como una función social: si quieres ser hombre tienes que hacer un bien común a todos los hombres en la sociedad, en el estado, en la iglesia. Es el comunismo que está fundamentado en el panenteísmo: hay que hacer el bien común porque el hombre, para ser hombre, para ejercer su libertad humana, tiene que estar en el mundo, dialogar con el mundo, ser del mundo, unirse a todo hombre, porque es su hermano, su sagrado hermano.

Y se podría seguir diciendo las herejías que Bergoglio expone en este mensaje para la próxima jornada de la paz, que escribió el día de la Inmaculada. Pero no merece la pena. A nadie le interesa mostrarse ante Bergoglio como enemigo. Todos están tan contentos con este subnormal, que se les cae la baba. Y Bergoglio no es nada en la Iglesia Católica. Nada. Y quien lo tenga por algo, sencillamente escribe, con letras de oro, su misma condenación.

Dejen a Bergoglio en su gran blasfemia, y dedíquense a discernir el camino de la Iglesia, que no está en Roma ni en las Parroquias. No lo tiene la Jerarquía de la Iglesia. Ellos van a salir escaldados de esa falsa iglesia en busca de los católicos verdaderos, que se han dedicado a permanecer en la Verdad, batallando contra todos los hombres, contra todos sus pensamientos y obras en la Iglesia, para seguir siendo Iglesia.

El que es de Cristo no necesita a Bergoglio como Papa. Lo que necesita es dar testimonio de la Verdad a todo aquel que se atreva a dar publicidad a las herejías de un charlatán, que sólo vive para alimentarse de la gloria, del dinero y del poder de los hombres.

Escupan la mente de Bergoglio, porque dentro de ella está toda la blasfemia del demonio para la Iglesia.

¡Ay de aquel que no se atreva a dar una patada a Bergoglio por el falso respeto y la falsa obediencia a un hombre que no se merece ni los buenos días!

¡Es una vergüenza lo que hacen muchos católicos que ven la herejía de Bergoglio y que por un falso amor al hombre lo siguen sosteniendo porque así creen que no hacen mal a la Iglesia! ¡Son ellos los que destruyen la Iglesia sosteniendo, obedeciendo a un hereje como Papa! ¡Ningún Papa es hereje ni puede serlo! ¡Cuántos católicos, y renombrados católicos, desconocen esta verdad! ¡Qué infierno van a tener por estar dando buena y mala publicidad a un hereje!

Bergoglio gobierna la Iglesia con sus delirios de grandeza

sanroberto

«para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social: desde la familia a la política y a la economía. Es decir, la cultura de las relaciones. El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto).

Esta es la boca de un masón. Y no de cualquier masón, sino de un hombre que está sentado en el Trono de la Bestia. Un hombre con delirios de grandeza.

Él habla la palabra de la fraternidad, que es su evangelio: «la ciudadela fundada por Chiara Lubich, que está inspirada en el Evangelio de la fraternidad – esa fraternidad universal-» (Ib). El movimiento de esta persona no se inspira en el Evangelio de Jesús, sino en la carne y la sangre, en la amistad entre los hombres, en la mente de cada hombre que quiera formar una unidad en la mentira.

«no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13) los que creen en el Nombre de Jesús. El poder de ser hijos de Dios lo da la Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús, aceptado, obedecido, por la mente del hombre. No se es hijo de Dios por el evangelio de la fraternidad, por ninguna palabra humana, por ningún afecto humano.

El hombre tiene que unirse a la Verdad de la Palabra de Dios para ser Iglesia, para ser de Cristo. No tiene que unirse a Cristo, sino a la Verdad que enseña Cristo, a su doctrina inmutable, para ser de Él. Aquel hombre que, con su mente, se une a la mentira que nace de la palabra de todo hombre, no es Iglesia, no está unido a Cristo, aunque tenga un Bautismo, aunque sea sacerdote, aunque se siente en la Silla de Pedro. Bergoglio no está unido a Cristo, porque su mente no acepta la verdad que nace de la mente de Cristo.

Someterse al Evangelio de Jesús, a las enseñanzas que Cristo dio a Sus Apóstoles, que nadie puede cambiar, y que la Iglesia ha enseñado siempre, eso es pertenecer a la Iglesia Católica, ser Iglesia, que muy pocos lo comprenden. Muy pocos han comprendido que Chiara Lubich no es de la Iglesia Católica. Y el mismo Bergoglio lo confirma al poner la inspiración de ese movimiento en un evangelio falso, que es anatema en la Iglesia Católica: el evangelio de la fraternidad. Bergoglio habla para los suyos: para la gente masónica que está dentro de la Iglesia Católica. Pocos entienden que Bergoglio no es de la Iglesia Católica.

Bergoglio predica como un masón: la palabra del humanismo, de la fraternidad universal, del amor en la que toda idea humana tiene valor, porque simboliza que los hombres son hermanos. Es el ideal del masón. La fraternidad es «uno de los lemas de la Orden. Es la palabra secreta de muchos grados masónicos. Es el título de muchas logias (…)» (Diccionario de la masonería – Frau Abrines Lorenzo, Tomo 1, pag 320).

Bergoglio no es católico, sino que pertenece a la religión de la masonería: «Cada Logia Masónica es un templo de la religión; y sus enseñanzas son instrucciones en religión» (Albert Pike, Morals and Dogma, pag. 213 – 13° Cavaliere dell’Arco Reale di Salomone – ver texto). La masonería no es un grupo de amigos que se reúnen para tratar diversos temas, sino que es la Iglesia del Anticristo, es una religión de orden mundial, en la que se engloba a todo el mundo, a todas las creencias, a todas las mentes de los hombres. Esa iglesia, que el demonio ha ido manteniendo durante siglos, para oponerse a la Iglesia de Pedro, que es la auténtica Iglesia de Cristo.

Para el masón, toda la Palabra de Dios es un símbolo: «la Biblia es usada entre los masones como símbolo de la voluntad de Dios, en cualquier modo que ésta pueda expresarse» ( Albert G. Mackey en su “Lessico della Massoneria” bajo el término ‘Biblia’- ver texto). Por lo tanto, nunca Bergolgio va a dar la Voluntad de Dios cuando habla o cuando escribe. Sino que va a dar el símbolo de esa Voluntad de Dios: va a dar su interpretación, su visión humana, su idea que concibe en su mente. A todos aquellos que esperan que Bergolgio diga algo del Sínodo, que quite ese cisma que se ha levantado, y que ponga las cosas en su sitio, es que no han comprendido el juego del lenguaje de un masón.

Un masón nunca puede hablar como un católico, con una fe católica: nunca va a decir, Bergoglio, la verdad católica, lo que quiere escuchar todo católico que se precie: la Verdad como es, como está en el Evangelio, como la Iglesia siempre la ha enseñado. Esto no lo puede hacer Bergoglio, porque pertenece a la iglesia del Anticristo, que es la iglesia de la masonería. Y se dedica a jugar con las palabras, con las verdades reveladas, con los dogmas. A jugar: a dar vueltas a la tortilla para que sólo se vea su mentira como una verdad que todos tienen que seguir. Sólo resalta lo que él quiere explicar, lo que la gente quiere oír.

Bergoglio no cree en Dios, sino en su concepto, que en su mente tiene, de Dios. Es el símbolo que él ha sacado de la sagrada Escritura. Es su símbolo, su interpretación. Por eso, “Dios no existe”; “Jesús no es un espíritu”, etc… Sólo un hombre masón, arrogante, que tiene un delirio de grandeza, se atreve a decir tantas herejías desde la Silla de Pedro y quedarse tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera dicho nada. Sólo un hombre que tiene delirios de grandeza puede hacer esto.

Muchos sacerdotes, piensan lo mismo, pero lo callan. Ocultamente obran su pecado, porque saben lo que es la dignidad del Sacramento del Orden en la Iglesia. Saben lo que es ser sacerdote, aunque ellos vivan otra cosa. Pero ya se ve, desde el Vaticano, la Jerarquía propia de la masonería, la jerarquía bergogliana, la propia que vive y obra su delirio de grandeza, la cual no le interesa el sacerdocio de Cristo para nada, ni Su Iglesia, sino que sólo viven para un plan masónico.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, con un nuevo gobierno, con un nuevo evangelio, comandado por su delirio de grandeza; y que es la misma iglesia del Anticristo. Él está sentado en el Trono de la Bestia. Es ya su Trono (no es el Trono de Pedro), porque Bergoglio ha puesto en el Vaticano el gobierno de la Bestia: su gobierno horizontal. La masonería ha tomado posesión oficial del Vaticano en la persona misma de Bergoglio, en la obra misma que este hombre se ha dedicado a hacer en su tiempo de gobierno en la Iglesia. Obra masónica y, por tanto, obra demoniaca, obra que pertenece al Anticristo, unido a esa mente, a esas intenciones maquiavélicas.

Bergoglio se ve a sí mismo con centro del mundo: «Estaremos siempre con el Señor» (ver texto). Bergoglio hizo que la gente coreara esto tres veces. Esto es lo propio de un líder de masas, no de un pastor de almas, que se cree el centro de todos. Bergoglio lleva a las masas al juego de su lenguaje humano, de su obra humana en la Iglesia. Entretiene a las masas con el lenguaje de su simbolismo, ocultándoles la verdad, para que todos hablen de él, para bien o para mal. Pero que hablen de él, que es lo que quiere: está sediento de la gloria del mundo.

Todo tiene un sentido para Bergoglio, menos para los demás. Lo que piensen los otros, eso no le interesa. Sólo busca su sentido masónico, que es una interpretación simbólica, en su gobierno: una ética humanista, fraternal, globalizante. Y, por eso, Bergoglio es un hombre que genera muchas reacciones cada día. Y, muchas de ellas, agresivas y violentas.

Cada día el mundo se despierta con una frase que este hombre ha dicho; con una entrevista nueva; con una herejía, la cual se va añadiendo a su lista como lo único que puede hablar este hombre a la Iglesia.

Bergoglio no puede decir una verdad católica, porque él está metido en su idea fija de lo que debe ser la Iglesia. Esa idea, que le obsesiona, es el nexo que usa para ser social, para estar en la realidad de la vida. Es una idea que forma parte de su vida de manera esencial: si la quita, su vida ya no tiene sentido. Esa idea, carente de toda verdad, es el centro de su existir. Por eso, este hombre no puede convertirse: está atrapado en su mente. Una mente pragmática, pero incurable. La vida le ha hecho un eterno demonio: su forma de vivir, su manera de poner su idea obsesiva como obra, como acto en su existencia. Todo son sus pobres, su comunismo, su libertad, su diálogo, su fraternidad. Pero no le interesa la Iglesia Católica. ¡Le trae sin cuidado!

«La cultura de las relaciones»: Para ser Iglesia hay que fantasear con una nueva cultura. Bergoglio es el nuevo Kant, pero en moderno. Kant, en su herejía, era lógico en la mente. Bergoglio, en su idea loca, es precisamente, un hombre que desvaría.

A Bergoglio no le gusta la teología, el orden del pensamiento: coge de aquí, de este filósofo; coge de allá, de aquel teólogo, y cocina su idea. Una idea sin el orden de la lógica, pero con un fin en el pensamiento. Un fin oscuro, secreto, que sólo él comprende, le da sentido. Los demás, no comprenden por qué se dedica a decir herejías todo el día. Y menos comprenden a la Jerarquía de la Iglesia que calla ante esas herejías.

Bergoglio habla la moderna herejía, que tiene que abarcar todas las verdades fundamentales, absolutas, dogmáticas, para ocultarlas con ideas mentirosas, pero fabricadas con un lenguaje de salón, puestas en una bandeja de plata: el lenguaje del simbolismo. De esa manera, quien lee, quien escucha, queda agradado por el lenguaje, sin ver el contenido de la mente, de lo que se está diciendo, que es todo una mentira.

Todo es relación en la creación y en las criaturas. Las Personas Divinas se comunican según una relación real, que no puede ser comprendida por la mente del hombre.

Los hombres, en sus vidas, buscan la relación, de muchas maneras, para darse uno al otro.

La relación es algo que está ahí, es real, pero nadie piensa en ella: se da sin más. Se da en la vida diaria, sin necesidad de hacer un acto mental para tener una relación. Se piensan las cosas, se obran y surgen las relaciones.

Pero para Kant, la relación es un ser mental, una idea. No es algo real. Para Kant, como para Bergoglio, no existe la Verdad: la verdad sólo está en la mente del hombre. No está fuera de ella. Entonces, el hombre, para vivir su vida, tiene que crearse, él mismo, con su mente, las relaciones con los demás, que significa crearse una ley para poder obrar en la vida: es la ley de la gradualidad.

Hay que crear «la cultura de las relaciones»: de las múltiples relaciones que el hombre tiene en su vida: familiar, social, económica, sexual, política, etc… De estas muchas relaciones, hacer un común; juntarlas todas en una cultura, que defina la vida de todos los hombres. En esa cultura de las relaciones, se da la ley de la gradualidad: los grados distintos, en las diversas facetas de la vida, para constituir una comunidad armónica, ordenada, fraternal, liberal, pragmática, movida por una caridad ficticia: «una ciudadela que es testimonio vivo y eficaz de comunión entre personas de distintas naciones, culturas y vocaciones, prestando atención sobre todo al vivir cotidiano, manteniendo entre ustedes la mutua y continua caridad» (Ib).

La comunión entre distintos credos, culturas, naciones, vocaciones: unir las múltiples mentes de los hombres, con sus diversas ideas, filosofías, en un lenguaje que sirva para todos. Un lenguaje que gobierne todas las mentes, en que todos se pueden apoyar para construir esa ciudad, ese mundo de todos y para todos.

«Esto significa que la Iglesia, además de esposa, está llamada a convertirse en una ciudad, un símbolo por excelencia de la convivencia y la relación humana» (ver texto). La Nueva Jerusalén es un símbolo, pero no una realidad divina. Esa Nueva Jerusalén hay que entenderla como una ciudad del mundo, en donde se dé lo humano: «la convivencia y la relación humana». La Iglesia está llamada a ser ciudad del mundo, a ser del mundo.

No hay nada divino en esa ciudad, porque es un símbolo de la Voluntad de Dios: «¡Qué bien, entonces, poder contemplar ya, según otra imagen muy sugerente del Apocalipsis, todos los pueblos y todas las naciones agrupados en esta ciudad, como en una tienda de campaña, será »la tienda de Dios» .Y en este marco glorioso no habrá más aislamiento, ni intimidaciones ni discriminaciones de cualquier tipo – social, étnica o religiosa – porque todos seremos uno en Cristo» (Ib.). Todo es un símbolo, una imagen del Evangelio, que hay que ponerla en la realidad de la vida actual, según lo que pide el mundo. Así habla un hombre que tiene delirios de grandeza, que busca el nuevo orden mundial, la nueva iglesia para todos: «qué bien poder contemplar todas la naciones, todos los pueblos, todos los hombres…agrupados en esta ciudad….todos seremos uno en Cristo». Para Bergoglio es el vocablo humano: todos, sin excluir a nadie. Todos: santos y demonios. Todos: justos y pecadores. Todos. La comunión con todos: la cultura de las relaciones, la ley de la gradualidad, la ciudadela de todos los pueblos.

Para el Evangelio de Jesús no son todos, porque: «los cobardes, los infieles, los abominables, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque, que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte» (Ap 21, 8). Este pasaje, tan importante para poder comprender qué es la Nueva Jerusalén, Bergoglio lo tiene que callar, porque va en contra de la idea masónica, que él sigue a ciegas: «La masonería es el adelanto hacia la luz en todas las líneas del progreso, moral, intelectual y espiritual» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Y, entonces, la idea católica del infierno hay que superarla, hay que llevarla hacia adelante e interpretarla como otro símbolo, no como una palabra real, dogmática, absoluta. Hay que desarrollarla en el lenguaje positivo de la vida: la ley de la gradualidad.

El infierno es un grado del intelecto del hombre: una idea que el hombre ha concebido, que es una proporción, una relación entre su vida religiosa y su vida humana de su tiempo. En este tiempo actual, hay que hablar a la Iglesia en positivo, avanzando de esos grados negativos a los grados positivos, que pertenecen al pasado, y que hay verlos y entenderlos de otra manera, simbólicamente. No son realidades, son sólo una manera de pensar antigua, propia de un grado de perfección intelectual, que ya no tiene valor para el mundo actual.

Bergoglio usa un lenguaje que dice: «para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social» (ver texto). La linfa espiritual del Evangelio es la santidad. Pues bien, para ser santos hay que imaginar, hay que fantasear, hay que experimentar la cultura. Es el lenguaje del símbolo. Es la interpretación de la Sagrada Escritura según la mente del hombre, según su cultura, según los tiempos que vive, según lo que pide y exige el mundo actual.

¿Qué es la cultura? Es cultivar (= labrar, cuidar) la inteligencia en productos, en obras, en servicios para el hombre. Y una cultura que integre todos los campos de la vida social, humana, significa: crear el habitante del mundo. Crear el nuevo orden mundial. Crear una nueva religión mundial. Crearlo todo según la mente del hombre, según su ley de la gradualidad.

Bergoglio está hablando del nuevo orden mundial, que es la idea eje del masón. Todo es llevar al hombre a vestirse de lo humano, a presentarse ante los demás con la educación de un hombre que acepta a los demás, que lo tolera todo, que lo abarca todo, no por la verdad que cree el hombre, sino por la mentira que obra.

Para el masón, sólo existe la verdad que se encuentra en su mente. Fuera de ella, todo es mentira. Todo. Todos son grados del intelecto, pero no la verdad. En el progreso de todas las líneas humanas, se alcanza la verdad. En el progreso, en la gradualidad, en ver la vida como una proporción entre lo espiritual y lo humano.

Por tanto, el masón busca la mentira en todos los hombres. No puede buscar la verdad, porque ésta es una gradación, un desarrollo de toda idea humana. Busca todos los simbolismos para unirlos, para tolerarlos, para acogerlos, para formar una gradación de la mente del hombre, una perfección en su inteligencia. Perfección que no es la verdad. Es sólo un símbolo, pero no la verdad: «los símbolos se inventan con el fin de ocultarla (la verdad), y no de proclamarla» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Nunca Bergoglio puede proclamar la verdad. Nunca. Siempre la oculta, para que se vea su mentira. Esto es el delirio de grandeza.

El masón quiere todas las obras de los hombres, quiere todas las ideas que han concebido los hombres, a lo largo de toda su historia, y ponerlas en grados, para aunarlas, para ocultarlas, en una mente humana modelo, maestra de todas, que tiene el grado mayor, que sólo uno puede poseer, el Anticristo. Quiere llevar a todos los hombres hacia el Uno: hacia una unidad mental, no real. Una unidad impuesta por una cabeza humana, que es una cabeza demoniaca, que contempla en ella misma todas las ideas de los hombres, las abarca todas.

La ley de la gradualidad es la propia de los masones. Todo en la masonería se concibe en los grados. Pero no se puede comprender la masonería en los grados, porque son sólo éstos símbolos que ocultan otras cosas. La masonería sólo se puede comprender en la mente del Anticristo. Los demás, trabajan para esta mente diabólica. Bergoglio trabaja para la mente del Anticristo.

El Anticristo es maestro en unir mentes humanas, todas con sus ideas, todas son mentiras, son símbolos que ocultan la verdad, porque sólo existe una mente verdadera: la de Él.

Bergoglio predica que hay que experimentar el nuevo orden mundial: «una nueva cultura en todos los campos de la vida social». En esa nueva cultura estarán todas las mentes de los hombres, en una ley de gradación, unidas en una mente maestra, en un arquitecto del mundo, que es el Anticristo.

Bergolgio sólo atiende a su lenguaje simbólico: «El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto). Ser sabio es una gradación en la mente del hombre: hay que instruirse, hay que estudiar, hay que filosofar, hay que pensar… La fe es un acto de la mente del hombre para Bergoglio… La perfección del hombre es un acto de la mente del hombre, es una obra de la ley de la gradualidad.

Pensamiento que es totalmente contrario a la Palabra de Dios: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor, y son necios los que desprecian la sabiduría y la disciplina» (Prov 1, 7). No pecar, no ofender a Dios es el comienzo de la vedad divina. Es la verdadera instrucción, enseñanza. Pero el masón ha quitado la ley del pecado. Luego, ya no hay temor de Dios. Este pasaje de la Sagrada Escritura, sólo hay que entenderlo de manera simbólica, no real.

Si no existe este comienzo, si los hombres no aprenden esta sabiduría (= quitar sus pecados, mirarlos, arrepentirse de ellos), que es una disciplina para todo el hombre, para dominar su cuerpo y sus pasiones desenfrenadas, entonces el hombre habla, piensa y obra como un necio. Esto es lo que es Bergoglio: un necio, que vive de su lenguaje humano, en el cual no es posible hallar una verdad.

En el lenguaje humano que buscan en el Sínodo se quiere poner la ley de la gradualidad: el grado homosexual, el grado de los malcasados, el grado del Papa emérito, el grado de los sacerdotes que se casan, el grado de las uniones libres….Todo es un grado en la mente del hombre… Todo es un grado en la masonería.

La ley de la gradualidad es dividir la verdad absoluta en muchas partes, en muchas medidas, y seguir avanzando hasta conseguir el grado mayor, la cima en el grado, que sólo uno puede tener: el Anticristo. Y todos haciendo un común en esa mente, atados por una lenguaje humano, que se rige por una ley: la ley de la gradualidad.

¿Entienden por qué en el Sínodo en la primera semana sólo se han dedicado a esto: lenguaje humano, ley de la gradualidad, acompañar a todos en sus vidas de pecado? Estamos ante la religión del Anticristo, ante su iglesia, ante su trono en el Vaticano.

A mucha gente todavía le cuesta entender este punto, porque sólo se queda en el exterior del hombre Bergoglio, pero no sabe penetrar lo que hay en él. Él lo sabe esconder de manera maravillosa, porque es maestro de su propio lenguaje. Y todos quieren aprender de ese lenguaje, que es barato y blasfemo. Y nadie quiere aprender de la Palabra de Dios, que sale de la boca de los humildes, de los sencillos, de los disponibles a la Voluntad de Dios. Por eso, hay tantos falsos profetas por todas partes; tantos falsos doctores de la ley; tanto intelectual del demonio, que sólo habla doctrinas del demonio. Pero nadie quiere dar la Verdad como es.

Bergoglio tiene delirios de grandeza sólo por esto: desde la Sede de Pedro, siendo un sacerdote, siendo un Obispo, no se puede predicar la cultura de las relaciones, el evangelio de la fraternidad, el nuevo orden mundial, la iglesia ecuménica, en la que todos se salvan…. porque esto no es la Mente de Cristo. Esto no es lo que ha enseñado la Iglesia. Esto no es lo que está en el Evangelio. Todos han perdido el juicio en la Iglesia si callan ante las locuras de un hombre que sólo habla para él mismo, pero no para la Iglesia.

Es necesario no dar la obediencia a un hombre que sufre delirios de grandeza y que no sabe ver su pecado en la Iglesia. No se puede obedecer la mente de un hombre que no se arrepiente públicamente de las muchas herejías que ha dicho durante más de 18 meses en la Iglesia. No se puede. Hay que enfrentarlo y hay que invitarlo a que deje ese cargo para que su alma pueda salvarse. Pero él no va a escuchar esto, porque vive centrado en su delirio: ser grande entre los hombres; alcanzar el grado mayor entre ellos; ir a la profundidad de la inteligencia sin la verdad del amor. Sólo con el odio de su mentira.

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