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La falsa iglesia con el falso cristo en el Vaticano, regida por un falso Papa

pio xii

«Algunas piensan que no están obligados por la doctrina expuesta hace pocos años en Nuestras Encíclicas, y fundamentada en las fuentes de la revelación, la cual enseña en verdad que el Cuerpo Místico de Cristo y la Iglesia Católica Romana son una sola y misma realidad» (Pío XII – «Humani generis»).

El Cuerpo Místico de Cristo es la Iglesia Católica. No es un concepto más amplio, según el cual los que están bautizados, pero no están en la Iglesia Católica, son miembros del Cuerpo Místico: «Muchos en los pueblos orientales se han apartado lamentablemente de la unidad del Cuerpo Místico de Cristo» (Pío XII – «Sempiternus Rex»). Para ser miembros del Cuerpo Místico, no sólo es necesario el bautismo, sino vivir la misma doctrina que Cristo enseñó. Vivir los dogmas, los Sacramentos, la vida de la gracia. Y esto sólo se puede hacer en la Iglesia Católica.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, pero no es el Cuerpo real o físico de Cristo: «La Iglesia, sin embargo, no es solamente un cuerpo edificado en el Espíritu: la Iglesia es el cuerpo de Cristo. Y no se trata sencillamente de un modo de decir: ¡lo somos de verdad!» (Audiencia General – 22/10/2014).

¿Qué es lo que somos de verdad?

¿Un cuerpo natural? No: «en un cuerpo natural el principio de unidad traba las partes, de suerte que éstas se ven privadas de la subsistencia propia» (Pío XII – AAS 35,197). Naturalmente los hombres no son nada en la Iglesia: no se unen vidas naturales ni obras naturales. No se unen vidas sociales, ni vidas políticas. Todo esto, en la Iglesia, no tiene subsistencia propia. No hay vínculos sociales o civiles o naturales entre los miembros del Cuerpo Místico.

¿Un cuerpo físico? No: «Su Cuerpo físico, que, nacido de la Virgen Madre de Dios, está sentado ahora a la diestra del Padre» (Ib). Sólo Jesús ha nacido de Mujer, de la Virgen María, de una manera física. Los demás, hemos nacido de la Virgen de una manera espiritual. La cercanía física entre los miembros del Cuerpo Místico no hace Iglesia. La carne y la sangre no obran el ser hijos de Dios.

¿Un cuerpo moral? No: «en el cuerpo que llamamos moral el principio de unidad no es sino el fin común y la cooperación común de todos a un mismo fin por medio de la autoridad social» (Ib). La Iglesia no es para un asunto social o un gobierno social. No es para dar de comer, ni para poner escuelas, ni para levantar hospitales, ni para una cultura del encuentro. No se hace Iglesia para un bien común comunista, masónico, humanista. Se hace Iglesia para obrar el bien divino de la salvación de las almas, que sólo es posible en el cuerpo místico.

¿Un Cuerpo Místico? Sí: «en el Cuerpo místico, de que tratamos, a esta cooperación se añade otro principio interno, a saber, el Espíritu divino» (Ib)

El Cuerpo Místico es aquel que está formado por el Espíritu en cada alma. Por tanto el Cuerpo de Cristo:

  1. no es una comunidad de justos, de predestinados o de santos;
  2. no es un conjunto de almas que tienen dones y carismas;
  3. no es una institución humana dotada sólo de unas normas de disciplina y de ritos externos;
  4. no es una sociedad alimentada y formada por una caridad fraternal, comunista, masónica, social, en la que los miembros se unen con una serie de leyes, de preceptos humanos, para ayudarse, apoyarse, servirse;
  5. no es una iglesia que no pueda ser sentida ni vista, que une a muchos por algo invisible, por un espíritu que no obra la verdad;
  6. no es un quietismo por el cual sólo el Espíritu es el que obra, los demás a vivir su vida, sea la que sea, sin colaborar, sin unirse moralmente a la obra del Espíritu.

El Cuerpo Místico significa la obra del Espíritu en cada alma: «A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad…Dios ha dispuesto los miembros en el cuerpo, cada uno de ellos como ha querido» (1 Cor 12, 7.18)

Y esa obra es la que forma la Iglesia: «El Espíritu Santo vivifica y une de modo invisible a la Iglesia»: (S. Tomás, 3 q.8 a.1 a 3; véase 3 d.13 q.2 a.2 .sol. 2). Todos buscan el bien común que quiere el Espíritu. Nadie busca el bien común que quieren los hombres.

Por eso, cada alma tiene que colaborar con el Espíritu para formar la Iglesia. Y colaborar significa: quitar el pecado, expiar el pecado, crucificar la propia voluntad humana, practicar las virtudes: «no teniendo caridad, nada me aprovecha…Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, la caridad…Esforzaos por alcanzar la caridad, aspirad a los dones espirituales» (1 Cor 13, 3c.13- 14,1)

¿Qué dice Bergoglio? «La Iglesia, sin embargo, no es solamente un cuerpo edificado en el Espíritu: la Iglesia es el cuerpo de Cristo» (Audiencia General – 22/10/2014).

  1. El Espíritu no edifica un cuerpo: no existe un cuerpo edificado en el Espíritu, sino que cada alma está edificada en el Espíritu. En cada alma se manifiesta la obra del Espíritu.

La Iglesia se edifica en un alma: en Pedro. Y Pedro sigue al Espíritu y obra lo que Él quiere, y así forma la Iglesia, el Cuerpo de Místico de Cristo. Pedro es fiel a la Gracia del Espíritu, es fiel a los dones del Espíritu, es fiel a la obra del Espíritu en la Iglesia.

La obediencia a Pedro en la Iglesia edifica la Iglesia. La obediencia de cada alma a Pedro. Cada alma tiene que poner de su parte para obedecer. Quien no obedece a Pedro, entonces no es Iglesia, no es miembro del cuerpo Místico de Cristo. Se necesita del alma la fidelidad a la Gracia; seguir al Espíritu que lleva a obedecer a Pedro.

La Iglesia no se edifica en el Espíritu, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu en cada alma. La Iglesia está en cada alma fiel a la Gracia que ha recibido. Para ser Iglesia se necesita la fidelidad a la Gracia, la perseverancia en la Gracia, la permanencia en la Gracia.

Este punto es importantísimo para comprender lo que es el Cuerpo Místico de Cristo.

El Espíritu es el que une a las almas fieles en Cristo. Esa unión es mística: y así se forma el Cuerpo Místico.

El Espíritu no puede unir las almas infieles a la Gracia en Cristo, porque donde está el pecado, allí no está la Gracia. La Gracia es la unión divina, la vida divina. Un pecado rompe esa vida, rompe la unión del alma con Cristo.

  1. La Iglesia no es el Cuerpo de Cristo, sino que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: «el divino Redentor constituye con su Cuerpo social una sola persona mística» (Pío XII).

La Iglesia y Jesús forman una persona mística, una unión mística, un matrimonio místico: son dos en uno: «resulta como una sola persona de dos, de la Cabeza y del Cuerpo, del esposo y de la esposa…el Cuerpo en la Cabeza y la Cabeza en el Cuerpo» (S. Agustín). Todos las almas fieles a la Gracia, «todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo» (1 Cor 12, 12).

Como dice San Roberto Bellarmino: «esta denominación del Cuerpo de Cristo no debe explicarse solamente por el hecho de que Jesucristo debe decirse que es la Cabeza de su Cuerpo místico, sino también porque sostiene a la Iglesia y en cierto modo vive en la Iglesia de tal modo que ésta misma es como otra persona de Cristo». Cristo vive en cada miembro fiel a la Gracia; Cristo habla en cada miembro que persevera en la Gracia; Cristo está en cada miembro que permanece en la Gracia: «y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en Mí» (Gal 2, 20).

Hay una unidad por la fe entre el alma y Cristo: unidad mística. Unidad moral, porque en la Iglesia todos están sometidos a una autoridad moral, espiritual, social; pero unidad en el Espíritu: se necesita la fe para poder obrar ese sometimiento, para que esa obediencia no se quede sólo en lo exterior de la virtud, del consejo evangélico, sino que se realice la obra divina de la fe en el alma.

Pero, ¿cuál es el pensamiento de Bergoglio?

«Esta es la Iglesia, es una obra maestra, la obra maestra del Espíritu, quien infunde en cada uno la vida nueva del Resucitado y nos coloca uno al lado del otro, uno al servicio y en apoyo del otro, haciendo así de todos nosotros un cuerpo, edificado en la comunión y en el amor» (Audiencia General – 22/10/2014).

Para Bergoglio:

  1. El Espíritu infunde en cada alma la vida del Resucitado: Bergoglio nada dice de la manifestación del Espíritu en cada alma. Es un conocimiento infuso que cada alma tiene, pero está negando la obra del Espíritu en cada alma. Está diciendo que con ese conocimiento infuso el alma es el que obra en la Iglesia. No sabe discernir entre conocimiento infuso y manifestación del Espíritu.
  2. coloca un miembro al lado del otro, para servirlo, para apoyarlo: Bergoglio está diciendo que el Espíritu une hombres en la Iglesia para un bien común humano, natural, material. Recalca el servicio al otro, el apoyo al otro; pero nada dice de la fidelidad que el alma tiene que tener a la manifestación del Espíritu. Nada dice de la voluntad del Espíritu en repartir sus dones: «distribuye a cada uno según quiere» (1 Cor 12, 11c)
  3. hace de todos un cuerpo que se levanta en la comunión y en el amor.

El Espíritu no une a hombres, no coloca un hombre al lado del otro hombre, no es para servir al otro, no es para apoyarlo: no hace una unión humana ni moral ni física ni espiritual.

El Espíritu se comunica a cada alma para que obre según las funciones de cada miembro en la Iglesia: «Es un cuerpo constituido de muchos miembros y anima a todos los miembros un solo Espíritu… Las funciones de los miembros están repartidas; sin embargo el Espíritu abarca todas» (S. Agustín).

El Espíritu es el principio interno y sobrenatural que perfecciona y lleva a su término la unión moral, por la cual todos colaboran al fin de la Iglesia: que es salvar almas, que es santificar las almas.

Para Bergoglio, el Cuerpo de Cristo es una comunidad de amor, social, humana, sentimental, física, jurídica y llena de un falso misticismo, de una falsa espiritualidad, en la que todos se aman, pero ninguno sabe ver su negro pecado.

«Es el gran don que recibimos el día de nuestro Bautismo. En el sacramento del Bautismo, en efecto, Cristo nos hace suyos, acogiéndonos en el corazón del misterio de la cruz, el misterio supremo de su amor por nosotros, para hacernos luego resucitar con Él, como nuevas criaturas. Esto es, así nace la Iglesia, y así la Iglesia se reconoce cuerpo de Cristo. El Bautismo constituye un verdadero renacimiento, que nos regenera en Cristo, nos hace parte de Él, y nos une íntimamente entre nosotros, como miembros del mismo cuerpo, del cual Él es la cabeza» (Audiencia General – 22/10/2014).

Bergoglio sólo se centra en el Bautismo, pero no ha comprendido la Escritura: «Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu» (1 Cor 13, 13)

Muchos son los bautizados que no son de la Iglesia Católica. En la práctica de su vida espiritual, viven en el pecado. Por el Bautismo son miembros de la Iglesia, pero no usan la Gracia que da el Bautismo para unirse a Cristo de manera mística: el pecado les impide amar a Cristo, ser de Cristo, pertenecer al Cuerpo de Cristo. Han sido bautizados, pero no constituyen un solo cuerpo, por el estado de pecado de sus almas.

Siempre Bergoglio calla el tema del pecado. Consecuencia: da una doctrina falsa sobre el Cuerpo de Cristo. Una doctrina diluida en su mente humana, incapaz de enseñar la verdad sobre el Cuerpo de Cristo.

Quien peca no puede amar a Dios. El pecado nos arranca de Cristo. Bergoglio dice: no: «somos su cuerpo, ese cuerpo que nada ni nadie puede ya arrancar de Él» (Audiencia General – 22/10/2014). No hay pecado para Bergoglio.

Bergoglio anula la ley del pecado: por tanto, te has bautizado, entonces ya eres de Cristo para siempre. Ya eres miembro de Cristo, ya perteneces a la Iglesia Católica.

Esto es lo que él quiere decir con esa frase: «no se trata sencillamente de un modo de decir: ¡lo somos de verdad!» (Ib). Como estamos bautizados – y eso es irrompible-, entonces: «Lo que brota de ello… es una profunda comunión de amor» (Ib). Para Bergoglio, el Cuerpo de Cristo se tiene que entender como comunidad de amor, con vínculos sociales, jurídicos, pero no sobrenaturales, porque es irrompible, no se da la ley del pecado.

«Qué hermoso sería si nos acordásemos más a menudo de lo que somos, de lo que hizo con nosotros el Señor Jesús: somos su cuerpo, ese cuerpo que nada ni nadie puede ya arrancar de Él y que él recubre con toda su pasión y todo su amor, precisamente como un esposo con su esposa» (Ib).: este es su falso misticismo.

«Qué hermoso sería si nos acordásemos más a menudo… de lo que hizo el Señor»: todo es un recuerdo en la mente de este hombre. No sabe decir: «qué hermoso sería si cada alma quitar sus malditos pecados de la presencia de Dios en la Iglesia». Esto es imposible que algún día lo diga ese hombre

A Bergoglio siempre se le olvida poner la colaboración del alma para ser de Cristo, para constituir la Iglesia. Es el Espíritu el que da el Bautismo; es el Espíritu el que mantiene la gracia; es el Espíritu el que obra. Pero cada alma tiene que ser fiel a la Gracia de Cristo, fiel a ese Bautismo que ha recibido. Y eso es lo que cuesta para ser Iglesia, para formar la Iglesia.

No hay pecado: «nada ni nadie puede arrancar de Él» (Ib).

Sólo hay un amor sentimental de Cristo hacia la Iglesia: «él recubre con toda su pasión y todo su amor, precisamente como un esposo con su esposa» (Ib). ¡Qué palabras más bellas y tan vacías de la verdad!

Es muy fácil predicar que nos amemos todos, que nos besemos, que nos apoyemos, que seamos solidarios, que ayudemos a los necesitados… Todo eso es política de los hombres: bellas palabras para no decir ninguna Verdad.

Lo que tiene que hacer cada miembro, para Bergoglio, es compartir el amor de Cristo en todos. Y ¿cómo se hace? «Apreciar en nuestras comunidades los dones y las cualidades de los demás, de nuestros hermanos…Apreciar las cualidades, estar cerca y participar en el sufrimiento de los últimos y de los más necesitados; expresar la propia gratitud a todos. El corazón que sabe decir gracias es un corazón bueno, es un corazón noble, es un corazón que está contento» (Ib).

Para quitar las divisiones en las comunidades: apreciar los dones, las cualidades, estar cerca, expresar gratitud…Todo el sentimentalismo vacío de este hombre. Pero no quites tu pecado…No luches contra tu pecado…No expíes tu pecado…Esto no se ve en ninguna predicación de este hombre. En ninguna. Esto es el falso misticismo, propio de este hombre.

En Bergoglio todo es amor, pero nada es pecado. Bergoglio sólo se queda en el asunto social del Cuerpo de la Iglesia: nos damos la mano, nos besamos, reímos, damos gracias, nos apoyamos unos a otros…, pero no da el principio sobrenatural interno por el cual el alma sigue, en todo, la obra del Espíritu. No es capaz de dar la unión moral y las virtudes necesarias para ser Iglesia, para ser Cuerpo de Cristo.

Da palabras babosas: «El apóstol Pablo dio a los corintios algunos consejos concretos que son válidos también para nosotros: no ser celosos, sino apreciar en nuestras comunidades los dones y la cualidades de nuestros hermanos. Los celos: «Ese se compró un coche», y yo siento celos. «Este se ganó la lotería», son también celos. «Y a este otro le está yendo bien, bien en esto», y son más celos» (Ib).

San Pablo está dando la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo. No está dando algunos consejos. Está enseñando cómo el Espíritu obra en cada alma de la Iglesia. Y esto es lo que no enseña este hombre. Sólo da su babosidad: no ser celosos, apreciar a los demás en sus dones. Esto es lo que no enseña San Pablo. Los capítulos 12 al 14 de Corintios es toda la doctrina sobre el Cuerpo de Cristo. Es una maravilla, pero este hombre se la pasa por la entrepierna. ¿A quién le importa que el otro se compre un coche o que gane la lotería? Estos ejemplos no ayudan, para nada, para ser Iglesia, para ser de Cristo, para poder comprender lo que significa ser Cuerpo de Cristo.

Bergoglio no puede continuar la obra de los Papas legítimos. No habla como ellos.

Cristo es un solo: «un solo señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas» (1 Cor 8, 6). Sin embargo, Cristo tiene muchos y diversos miembros, que son uno: «así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo» (Rom 12, 5). Y es único cuerpo es una sola realidad con Jesucristo. Los muchos miembros son uno solo: «Jesucristo todo entero es Cabeza y Cuerpo. Cabeza es el Hijo unigénito de Dios, y Cuerpo es su Iglesia, el esposo y la esposa, dos en una sola carne» (S. Agustín).

Jesucristo es la Iglesia: este es lo que somos en verdad. Si los miembros no pertenecen a Cristo por la fe, no lo imitan por la Gracia, no son fieles a la manifestación del Espíritu en ellos, esos miembros no son Cristo, no son Iglesia.

Jesucristo es Su Iglesia, no es la iglesia que se inventan los hombres, con sus vidas, con sus pensamientos, con sus obras.

En cada miembro de la Iglesia tiene que verse al mismo Jesucristo: si no se ve, entonces ese miembro no es de la Iglesia, no constituye la Iglesia.

Por eso, si en los fieles no hay vida auténtica de fe, sino que viven un protestantismo un comunismo, un masonismo, propio de la falsa espiritualidad que predica Bergoglio; si los fieles están obedeciendo, siguiendo la mente de un hombre que no sabe decir una verdad bien dicha, que le es imposible predicar lo mismo que Cristo enseño a Sus Apóstoles, entonces lo que vemos en el Vaticano no es a Jesucristo, no es la Iglesia Católica, sino una burda representación en la que cada uno hace su papel para su negocio en esa iglesia.

Si Cristo no vive en cada alma, Cristo no es Iglesia en esa alma.

Cristo no puede hacer Iglesia en una Roma apóstata de la fe, hereje por los cuatro costados y que gobierna la Iglesia con un cisma en la cabeza, con un personaje que obra el cisma en todas partes.

Cristo hace su Iglesia en los humildes de corazón, en los que trabajan para quitar sus pecados de su vista, en los que se esfuerzan por seguir las obras que el Espíritu realiza en todas partes, porque «hemos bebido del mismo Espíritu».

Es el Espíritu el que lleva a toda la Iglesia, a todo el Cuerpo Místico, a ser el mismo Cristo; que cada alma sea otro Cristo. Esa es una obra del Espíritu y sólo del Espíritu. No es una obra del alma. Los hombres no tienen que unirse para ser Iglesia, para ser Cuerpo de Cristo.

No hay unirse a Bergoglio para estar en comunión con toda la Iglesia. La Iglesia no se hace en el lenguaje de los hombres.

Jesucristo es la Iglesia: la Iglesia se hace en la manifestación del Espíritu en cada alma. Y en Bergoglio no se da la manifestación del Espíritu de Dios, sino que se da la obra del Enemigo de la Iglesia, de las almas. Es un falso profeta, al cual no es posible unirse para ser Iglesia.

Quien se una a él no pertenece a la Iglesia Católica, no se de Jesucristo, sino que es del demonio.

Bergoglio no enseña lo que es Jesucristo; luego tampoco enseña lo que es la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. No hay obediencia a la mente de Bergoglio. No hay sometimiento a los mandatos de Bergoglio en la Iglesia. No se puede obedecer a un hereje. No se puede. Aunque el mundo lo aclame, sigue siendo hereje. Aunque los católicos tibios y pervertidos hagan una fiesta de este hombre, sigue siendo hereje. Aunque la Jerarquía se someta a él, sigue siendo un hereje.

Y Cristo no es hereje. Cristo es la Verdad. Y la Iglesia de Cristo es la obra de la Verdad, no es la obra de la herejía.

Todos están contentos con una iglesia de herejía, que lleva a la apostasía de la fe. Todos cabalgan en sus lenguajes humanos, pero nadie quiere dar la fe. Nadie comunica la fe en Cristo. y, por tanto, nadie constituye la Iglesia de Cristo. Ahora mismo, en Roma, hay una falsa Iglesia con un falso Cristo. Es un falso cuerpo de Cristo: un conjunto de hombres que buscan un bien común, el de ellos, el de su comunismo, movidos por un falso amor al prójimo; un amor que no se apoya en Cristo, en las virtudes de Su Corazón Divino, sino que sólo se apoya, se refugia en los hombres, en las mentes de cada uno que forma esa falsa iglesia.

Por tanto, si quieren salvarse, sólo tienen que renunciar a todo lo que ven en Roma y en sus parroquias, porque eso no es Jesucristo, no es la Iglesia. Sólo es el camino, bien preparado, para condenar a muchos con bellas y blasfemas palabras.

Ningún masón puede declarar santos en la Iglesia

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“¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).

Después de ver el doble lenguaje de Francisco, y de seguir constatando que Roma ha perdido la Fe, y ya no se opone al inicuo que usurpa la Silla de Pedro, sino que lo protege, excusa su pecado, y le abre caminos para que siga destruyendo la Iglesia, como lo está haciendo; sólo queda refugiarse en el Corazón de Jesús. Lo demás, es perderse en un mundo y en una Iglesia que ya no ama a Dios, sino que da culto al demonio y al pensamiento de los hombres.

¿Cómo reconocer al Anticristo?: “Ustedes los reconocerán porque no llevará nunca la cruz, símbolo de redención. Él tendrá doce discípulos, se valdrá de todo tipo de prodigios para hacerlos caer en engaño. En las Iglesia habrá desorden” (Cuadernos 1943 – María Valtorta).

Francisco lleva una cruz, que no es el símbolo de la redención, sino el símbolo de la condenación: una paloma, que cae en picado, hacia un grupo de ovejas, donde hay una calavera, representada como “buen pastor”. Francisco es un anticristo, pero no el Anticristo. Él ha puesto a ocho cabezas para gobernar la Iglesia, que piensan lo mismo que él, que obran lo mismo que él. Ese grupo de herejía es el que inicia la falsa Iglesia, el que da cuerpo a la iglesia negra del demonio.

«Vendrá un hombre, ostentará obras de beneficencia; demostrará gran estabilidad, hará el bien y mucha gente lo amará y creerá en sus hazañas. Pero recuerden que la humildad viene de Dios y el que procede de Dios no se pavonea» (Ibidem). Francisco, desde que inició su falso pontificado, se pavonea con todo el mundo; el mundo lo aplaude, el mundo lo sigue, porque el mundo reconoce lo que hay en Francisco.

En la Iglesia, Francisco se ha puesto a recoger dinero. Las almas no le interesan para nada. Quiere llegar a la gente dándole lo que quieren escuchar. Por eso, la masa lo ama; la masa cree en sus palabras, en sus obras. La masa lucha por Francisco, pero ya no lucha por la Verdad. Creen que Francisco da la Verdad porque da dinero a los pobres, porque está metido en los asuntos del mundo, de la gente; porque se preocupa de la vida de los demás. Es el engaño de un hombre que sólo se pavonea, que sólo quiere publicidad, que busca la propaganda, como todo político. Está haciendo su campaña política en la Iglesia y nadie se ha dado cuenta.

«Vi qué nefastas iban a ser las consecuencias de esta falsa iglesia. Ví cómo aumentaba de tamaño; herejes de todo tipo venían a la Ciudad (Roma). El clero local se tornaba tibio, y vi una gran oscuridad… Entonces la visión pareció extenderse por todas partes. Comunidades católicas enteras eran oprimidas, asediadas, confinadas y privadas de su libertad. Vi muchas iglesias que eran cerradas, por todas partes grandes sufrimientos, guerras y derramamiento de sangre. Gentuza salvaje e ignorante se entregaba a acciones violentas. Pero todo ellos no duró largo tiempo” (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 13 de mayo 1820).

Esto es lo que viene ahora. Se inicia la falsa iglesia. Ya, durante 50 años, en Roma, las herejías han ido aumentado de tamaño. Y no han sido los Papas los culpables, sino los Obispos y sacerdotes que no han obedecido a la Cabeza Reinante. Herejes de todo tipo hay en el Vaticano. Y, por tanto, la tibieza en la vida espiritual es manifiesta, clara, es lo que los fieles ven en sus pastores: ya no viven sus sacerdocios, sino otra cosa. Y, entonces, viene un Francisco, otro hereje, que se alimenta de engaños, que vive su vida según su propia voluntad, y extiende la herejía a todo el mundo. Hace que todos la vivan, la abracen, la obren.

Esto es lo que está pasando: quien sigue a un hereje, se hace él mismo hereje. Empieza a comulgar con su mismo pensamiento humano, que es errado cien por cien. Y, claro, tiene que venir la persecución.

Y ya hay señales que empiezan, por todas partes, grandes sufrimientos por causa del pecado de la Iglesia actual. Francisco y los suyos, son los culpables de lo que viene ahora a la Iglesia y al mundo.

«Veo al Santo Padre muy angustiado. Él vive en un palacio, distinto al anterior, donde recibe sólo a un número limitado de amigos allegados a él. Temo que el Santo Padre tenga que sufrir muchas otras pruebas antes de morir. Veo que la falsa iglesia de las tinieblas está haciendo progresos, y veo la tremenda influencia que ella tiene sobre la gente. El Santo Padre y la Iglesia están verdaderamente en una aflicción tan grande que habría que estar implorando a Dios día y noche» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 1º de agosto 1820).

Del Papa Benedicto XVI habla la beata. Está presentando la potestad espiritual que tiene el Papa. En la persona del Papa confluyen dos potestades distintas: una temporal (sobre la Ciudad del Vaticano) y otra espiritual (sobre el gobierno de las almas y de la Iglesia Católica).

Benedicto XVI ya no gobierna el Vaticano y, por tanto, no posee esa potestad temporal, a imagen de Cristo, que se separó de la Sinagoga de su tiempo, para poder ejercer su potestad espiritual, y así fundar Su Iglesia. Benedicto XVI está separado del Vaticano y de todas sus iniquidades, como Jesús. Pero sigue conservando su potestad espiritual porque su renuncia no significa la pérdida del Poder Divino. Él sigue siendo el Papa, pese a quien le pese. Y el Papa de toda la Iglesia Católica, el Papa elegido por Dios. En este Papa está la Verdad, se guarda la Verdad. Vive en un palacio, distinto al que ocupó siendo Papa, recibiendo sólo a pocas personas. Pero vive sufriendo por la Iglesia y le llega la hora del mayor sufrimiento: ir a la Cruz de la cual se bajó: «llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombre y mujeres de diversas clases y posiciones» (Lucía – Tercera parte del Secreto de Fátima).

Francisco es el Soberano Absoluto del Vaticano, antro de los siete vicios capitales; tiene un poder humano temporal y material, pero no tiene la potestad espiritual sobre las almas ni sobre la Iglesia Católica.

Francisco ha demostrado una actitud ecuménica exaltada, una escandalosa negligencia y libertad litúrgica, una pastoral de considerable ambigüedad, y una concepción doctrinal herética y totalmente discutible.

Francisco es un masón, un hombre que, desde 1999, es miembro honorífico del Rotary Club de Buenos Aires. Y un masón no puede nunca ser el verdadero Papa, el Papa legítimo, sino que es, a todas luces, ilegítimo; y lo que hace en la Iglesia es nulo, a los ojos de Dios. A los ojos de los hombres, tiene una validez humana, pero no espiritual.

El Rotary es de inspiración masónica, pone en práctica los ideales masónicos y tiene vínculos con la Masonería. Y, por eso, al Rotary se le conoce como Masonería blanca o Masonería sin máscara.

Francisco, desde que salió al balcón se dirigió al mundo y a la Iglesia como masón, no como Papa. Y sus palabras fueron claras: “Dado que muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia Católica, otros no son creyentes, os imparto esta bendición, en silencio, a cada uno de ustedes, respetando la conciencia de cada uno, pero a sabiendas de que cada uno de ustedes es un hijo de Dios Que Dios los bendiga” (13 de marzo 2013). Puso el sello de la masonería en su primera actuación. No puso la palabra de Dios, no llevó a Cristo, no ofreció la Verdad, sino la mentira.

Lo que dijo está totalmente de acuerdo con lo expresado por la masonería: “la masonería enseña que ya que Dios es el Creador, todos los hombres y todas las mujeres son los hijos de Dios. Debido a esto, todos los hombres y todas las mujeres son hermanos y hermanas“ (Gran Logia de Michigan). Este es el gran principio de la fraternidad: el amor al hombre se pone por encima del amor a Dios. Porque sois hijos, sois hermanos. No se dice: porque sois amados por Dios, entonces sois hijos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, que grita: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4, 6). Somos hijos en el Hijo del Padre. Somos hermanos en el Espíritu del Hijo, que es el Espíritu de Cristo. No somos hermanos por Creación de Dios. Somos hermanos porque «Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción» (Gal 4, 4b-5). La masonería niega la Redención y, por tanto, predica el amor fraterno, anulando el amor de Dios.

Francisco predica su fraternidad en la Iglesia, que se asemeja a la del universalismo antropocéntrico, de matiz iluminista, revolucionaria y atea: «el Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad» (Francisco en la entrevista a Scalafarri). Clamorosa inexactitud, que anula la obra de la Redención. Jesús se encarna para redimir al hombre del pecado y así hacerlo hijo de Dios por adopción. Y, por tanto, la fraternidad es sólo una mera consecuencia de la Redención, pero no es el fin de la Encarnación del Hijo de Dios. Y esto le lleva a la adoración del hombre: «sobre el altar adoramos la carne de Jesús; en ellos (en los pobres) encontramos las llagas de Jesús. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí está la carne de Jesús; Jesús está presente ente ustedes, es la carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (Francisco, en Asís, a los niños discapacitados). Francisco ha perdido el camino de la Verdad y no sabe diferenciar la presencia de Cristo en la Eucaristía y la presencia de Cristo entre los pobres. Las llagas de los pobres son sólo un símbolo de las llagas de Cristo, una analogía, no real, sino sólo relativa, conceptual. Y la presencia de Cristo en la Eucaristía es real, sustancial, no es un símbolo. Y, por tanto, hay que destacar a Cristo en la Eucaristía, no las llagas de los pobres. El primer plano, para Francisco, son los pobres, no es Cristo. Señal de que Francisco da culto a los hombres, a sus obras, a sus pensamientos. Pero no es capaz de dar culto a Dios. Habla que Jesús está en la Eucaristía para llevar la mente del que lo escucha a lo que le interesa: el hombre. Este es siempre el doble lenguaje de Francisco. ¡Siempre!

En la elección de Francisco a la Silla de Pedro estuvo la masonería: él fue el candidato de los masones cardenales; puesto en una hábil maniobra del demonio para quitar al Papa reinante, y poner al que destruye el Papado con su vida de vulgaridad, con su vida social y política; con su inteligencia errada en todas las cosas de la Iglesia. Habla de muchas cosas y todo es mentira en lo que habla. Habla para darse importancia, pero nunca para enseñar la verdad. Habla para poner a otros los modelos de vida que él tiene: «En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien» (Ángelus – Plaza de San Pedro -Domingo 17 de marzo de 2013). «Otra cosa: ayer, antes de dormir, pero no para dormirme, leí -releí- el trabajo del cardenal Kasper y me gustaría darle las gracias, porque me encontré con una profunda teología, un pensamiento claro en teología. Es agradable leer teología clara. Y también encontré aquello que San Ignacio nos decía, del sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me ha hecho bien y me vino una idea -discúlpeme si le hago avergonzarse Eminencia- pero la idea es que a esto se le llama “hacer teología de rodillas”. Gracias. Gracias.» (Aula del Sínodo en el Vaticano – 21 de febrero).

Al Cardenal Kasper no se le puede considerar un buen teólogo, sino merecedor de reprobación expresa, por su posición marcadamente herética y cismática con relación a varios dogmas de Fe, entre ellos la negación de la divinidad de Jesús, en su libro Jesús el Cristo, donde dice: «esta confesión Jesucristo, Hijo de Dios, es un residuo de mentalidad mítica, pasivamente aceptado» (p. 22); la negación del dogma extra Eccelsiam nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación), donde afirma que en Jesucristo la salvación incluye todo lo que es bueno y verdadero en las otras religiones; la negación de los milagros, de la Resurrección, de la Ascensión, de la Concepción Virginal de María y de la Infalibilidad de la Iglesia.

Esto no es profunda teología, estoy no es hacer teología de rodillas. Esto es dar culto a la mente del hombre; esto es ponerse por encima de la ley de Dios; esto es anular la Palabra de Dios y llamarla herética.

El elogio público de un teólogo herético representa una afirmación herética. Por tanto, Francisco ha caído en clara herejía al alabar a Kasper. Y sólo este elemento basta -de por sí- para considerar a Francisco excomulgado, desprovisto del cargo eclesiástico que se le ha confiado, anulando así su falso Pontificado. Esto es pública herejía de Francisco en la Iglesia. Y nadie quiere llamar a las cosas por su nombre.

El canón 194 § 1, n. 2, dice: «Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico: quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia». Francisco, poniendo como modelo de fe a un hombre hereje, se aparta públicamente de la fe católica; porque los sacerdotes y Obispos en la Iglesia deben ser padres de la fe y, por tanto, modelos de la fe. Y poner por modelos de fe en la Iglesia a los santos, que son los que han obrado y vivido la fe. Ponen como modelo para creer a uno que no cree en nada. ¡Esto es reírse de toda la Iglesia!

Todo esto es muy grave, y nadie en el Vaticano dice una palabra. Al revés, se están preparando para representar la mayor comedia de la historia: canonizar a dos beatos. Falsa canonización, porque un masón no tiene poder para hacer santos, para declarar santos. Va a ser solo una pantomima, una obra de teatro más de Francisco y todos los suyos. Y, por supuesto, para sacar tajada de eso.

Pero, ¿a quién le interesa esto? A nadie le importa la verdad. Todos contentísimos con el doble lenguaje de Francisco. Todos esperando a ver qué pasa en octubre con el sínodo de los Obispos. Todos haciendo planes para el futuro. Y nadie combate el error. Nadie se enfrenta a Francisco.

«Veo muchos eclesiásticos que han sido excomulgados y que no parecen preocuparse por ellos, y por tanto menos tener conciencia de su situación. Y, sin embargo, ellos quedan excomulgados cuando cooperan con empresas, entran en asociaciones y abrazan opiniones sobre las cuales se ha impuesto el anatema. Se puede ver cómo Dios ratifica las órdenes, las interdicciones y los decretos emanados de la Cabeza de la Iglesia, manteniéndolo vigente aun si los hombres no muestran interés por ellos, los rechazan o se burlan» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick –1820-1821).

La beata sólo está recordando el Evangelio: «lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto destares en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16, 19). Francisco, Kasper y todo su gobierno horizontal están excomulgados por Dios, porque Dios no se olvida de lo que los Papas han atado en Su Iglesia. El canon 1364 dice que: «el apóstata de la fe, el herético o el cismático cae en excomunión latae sententiae»; es decir, automáticamente él mismo se pone fuera de la Iglesia sin necesidad de un acto oficial, sin necesidad de que se lo recuerden.

Cualquiera que proclame o ponga en práctica otra doctrina distinta a la de Cristo, dentro de la Iglesia Católica, es herético y de hecho queda excomulgado, aunque sea Sacerdote, Obispo, Cardenal o Papa; porque nadie se puede poner por encima de las Verdades de Fe, que son sagradas para Dios y son ley divina para el hombre.

Dios ratifica a Sus Papas, los que ellos han atado en la tierra. Y aunque nadie le importa ya eso, Dios sigue ratificando a Su Iglesia, porque su Iglesia es la Verdad. Y no hay más Verdad que lo que los diferentes Papas han obrado en la Iglesia en toda su historia. Un Papa es el que custodia la Verdad y sólo la Verdad

Lo que obra actualmente ese infeliz de Francisco es sólo su nueva iglesia, negra, del demonio. Y todo aquel que lo apoye, queda excomulgado automáticamente. Francisco sigue haciendo su comedia en la Iglesia. Y todos ríen, aplauden. Consecuencia: ya no hay tiempo. Ya se acabó el tiempo. No esperen Misericordia; sólo Justicia.

Abandonar un dogma es hundir la Iglesia

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Cuando en la Iglesia se abandona un dogma definido, entonces todos los demás dogmas se desmoronan y el Magisterio supremo y auténtico de la Iglesia es algo falible, errado, inconcluso.

Las almas no han comprendido esta verdad: la Iglesia la hace sólo el Espíritu de la Verdad, no los pensamientos de los hombres.

Jesús fundó su Iglesia en Pedro y eso es un dogma: el dogma del Papado, del gobierno vertical. Se abandona este dogma, no existe el gobierno en la Iglesia.

Jesús es célibe, es virgen, no tuvo mujer, luego el sacerdote es célibe: es un dogma en la Iglesia que los sacerdotes no pueden casarse. Está definido. Se abandona este dogma, y entonces desaparece el sacerdocio. Se tienen sacerdotes dedicados a la Iglesia y a una mujer. Eso es ridículo. Eso es no ser sacerdote.

Jesús hizo el matrimonio hasta la muerte y nadie lo puede romper. Y quien lo rompa va contra la Verdad en la Iglesia. Es un dogma que los casados que se vuelven a juntar no pueden confesarse ni recibir la Eucaristía, porque tienen un matrimonio que dura hasta la muerte. Se abandona este dogma y ya no existe el matrimonio como Sacramento.

Jesús puso su Eucaristía como alimento para el alma. Y eso supone dar a las almas lo mismo que hizo Jesús. Cuando se abandona este dogma, entonces desaparece la Eucaristía.

Jesús dio a las almas el poder para limpiar sus pecados en la confesión. Se abandona la Confesión y las almas viven en sus pecados siempre.

Muchas almas son bobas en la Iglesia.

Quieren una Iglesia según su manera de pensar, según se lo han explicado con bellas palabras y bellos razonamientos, pero no son capaces de una Iglesia en la que se ponga la Verdad como es.

Esto es lo que duele en la Iglesia hoy: las almas no quieren escuchar la Verdad y no quieren poner en la Iglesia la Verdad. Prefieren sus inútiles discursos de la Verdad.

Y esto supone hacer una Iglesia que no sirve absolutamente para nada.

Muchos quieren los sacerdotes, pero no quieren el dogma del celibato. Eso es perder el sentido común en la Iglesia.

Muchos quieren un Papa en la Iglesia, pero no la obediencia al Papa. Eso es lo más absurdo que hay.

Muchos quieren el matrimonio en la Iglesia, pero que les dejen decidir cuándo se puede anular ese matrimonio. Eso es el negocio de ahora en la Iglesia. Y de ese negocio vive la Iglesia.

Hoy día la Iglesia es un conjunto de idiotas y de estúpidos que se creen que, con su soberbia humana, con sus razonamientos brillantes, con su lenguaje lleno de frases convincentes, hacen una Iglesia feliz para todo el mundo.

Y ¿cuando aprenderán a pisotear su necio pensamiento y a tragarse sus estúpidas palabras y razones para conocer la Verdad que Jesús ha dado a su Iglesia?

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Pero ¿qué se creen que es la Verdad?

¿Lo que piensa cada uno en su cabeza?

¿Lo que alcanza cada uno con su cabeza?

La Verdad es creer a Jesús. Y sólo eso.

La Verdad no es razonar sobre la vida de Jesús o investigar lo que hizo en la Iglesia.

Si se cree a Jesús entonces el alma se pone en la Verdad.

Si no se cree a Jesús, entonces el alma se pone en la mentira.

Y la Iglesia está llena de mentirosos, de gente que se cree sabia porque ha leído unos cuantos libros o porque alguien le ha explicado unas cuantas cosas sobre la Iglesia.

La Verdad se aprende escuchando al Espíritu de la Verdad.

Y eso es lo que nadie hace en la Iglesia. Todos andan escuchando los pensamientos de todos. Cuando hay que aborrecer los pensamientos de todos los hombres para ponerse en la Verdad. Y esto es lo que nadie hace en la Iglesia, porque se han acomodado a sus verdades, a sus estúpidas inteligencia sobre la Verdad.

Por eso, la Iglesia está llena de soberbios y de orgullosos. Cada uno enarbola una mentira y hace que la gente siga esa mentira.

Cada uno en la Iglesia ha hecho de su vida su orquesta para que la disfruten los demás en la Iglesia.

Cada uno en la Iglesia quiere tener la Verdad y no quiere someter su inteligencia al Espíritu de la Verdad.

Y, por eso, tenemos una Iglesia que nada en el pecado y que hace del pecado su obra principal en la Iglesia.

Es una pena ver tantas almas dormidas por el demonio que ya no luchan por la Verdad, sino por sus estúpidas verdades que la vida acomodada les trae a su orgullo.

Es lástima ver a tanta gente que se cree poderosa porque tiene una verdad en su vida, que es la mentira más grande de su vida.

Es ridículo estar en una Iglesia que ya no enseña la Verdad, sino múltiples verdades para que todos estén contentos en la Iglesia.

Una Iglesia así es mejor tirarla a la basura, porque sólo sirve para condenar a las almas.

La gente no toma en serio la Iglesia, no toma en serio las palabras del Evangelio, no toma en serio la vida de Jesús. Y, por eso, la gente destroza la Iglesia con sus razonamientos brillantes sobre la Iglesia, sobre el Evangelio y sobre la vida de Jesús.

La ruina de la Iglesia es por la soberbia de la Iglesia. Porque las almas sólo han aprendido a ser soberbias y a discutirlo todo en la Iglesia. No hay gente humilde en la Iglesia. No hay que gente que quiera aprender la Verdad, sino que todos quieren decir sus verdades y defenderlas como lo más valioso en sus vidas.

Lo único importante en la vida es la Verdad, la Verdad que trae el Espíritu, no la verdad que se encuentra en la razón.

Y si las almas no aprenden a someter su inteligencia al Espíritu, las almas se condenan por soberbias. Y no por otra cosa. Porque les gusta enfrentarse al Espíritu de la Verdad con sus inútiles razonamientos humanos. Y el que se enfrenta a Dios acaba perdiendo su alma.

Las almas creen que estar en la Iglesia es un juego, es una diversión , es una carrera, es un estudio, es un almanaque, en el que cada día hay que aprender algo.

Estar en la Iglesia significa no estar en la humanidad, en lo humano, en lo material, en lo natural de la vida.

Estar en la Iglesia significa poner la cabeza en el suelo y no levantarla hasta que Dios lo diga. No hay que pensar nada en la Iglesia. No hay que obrar nada en la Iglesia. Sólo hay que someterse a Dios en todo. Y eso es lo que nadie hace en la Iglesia.

No hay obediencia de la fe, porque ha obediencia a la razón del hombre. Es más importante lo que el hombre dice que lo que Dios dice de Su Iglesia.

La Iglesia no necesita a tantos adúlteros, fornicadores, ateos, homosexuales, lesbianas, sacerdotes corruptos, masones, desviados de la moral, Obispos que son engendros del demonio y que sólo hablan el lenguaje de Satanás.

La Iglesia necesita de corazones humildes. Y no de otra cosa. Lo demás que sigan en sus pecados y que corran a la condenación si es lo que quieren.

Pero Jesús sólo quiere pobres de espíritu, gente sencilla, que tenga dos dedos de frente, sentido común, que es el sello de la Verdad.

Tanta gente complicada en la vida porque son soberbios en sus razonamientos y todo lo quiere saber y entender para conseguir sólo su acomodo de vida humana. Por eso, dividen la verdad en miles de partes para este fin. Y así que los homosexuales se casen, que los divorciado comulguen, que los sacerdotes vivan con una mujer, que todo el mundo obre su pecado porque es lo que enseñó Jesús.

A este absurdo estamos llegando. Y esto no es ser Iglesia. Y esto no es hacer Iglesia. Esta Iglesia es para quien la quiera, pero no para el que sigue a Jesús.

Noviembre será un mes crítico para la Iglesia. Un mes revuelto. Un mes para olvidar. Y de este mes saldrá para la Iglesia su camino en la Verdad.

Si se ha abandonado la verticalidad del gobierno, entonces todos los dogmas caen por su propio peso. No hay forma de levantar la Iglesia. La Iglesia se hunde. La Iglesia se va al abismo. La Iglesia es para el infierno.

La Iglesia no se salva sin sus Pastores

Jesús Buen Pastor

Jesús ha dado a la Iglesias Pastores que la pastoreen.

Y, por la maldad de Sus Pastores, la Iglesia obra el mal. Y, por la bondad de Sus Pastores, la Iglesia obra el bien.

Las almas, en la Iglesia, no se pueden salvar sin sus sacerdotes, sin sus Obispos. Es imposible.

Por eso, la Iglesia es un Misterio Divino. Y si no se ve como Misterio, entonces la Iglesia es el invento de cualquier hombre en la tierra.

Y -como Misterio- en la Iglesia se da la unión entre la cabeza y su cuerpo, entre los pastores y el rebaño. Es una unión mística, no sólo espiritual. Es una unión que se produce en el Espíritu de la Iglesia y que hace que las cargas del rebaño las lleve el Pastor (el sacerdote), y las cargas del Pastor las lleve todo el rebaño.

En esta unión mística, el pecado del sacerdote es el pecado de sus fieles. Y el pecado de sus fieles es el pecado de los sacerdotes.

Este Misterio sólo se resuelve en Dios, porque hay muchos malos pastores y hay muchas ovejas que son del demonio en la Iglesia. Y eso hace que la Iglesia se condene de muchas maneras, por sus sacerdotes malos y por sus fieles malos.

Estar en la Iglesia no es estar en una empresa donde se deciden algunos asuntos y se ven los caminos para resolver otros asuntos de los hombres.

Estar en la Iglesia es vivir este Misterio de comunión entre sacerdotes y fieles.

Y, cuando un Papa, peca contra la Iglesia, como es el caso de Francisco, hace que la Iglesia peque, no sólo contra Ella misma, sino contra la cabeza. El pecado de la cabeza rompe la Unidad de la Iglesia, destruye la Verdad de la Iglesia, provoca la Ruina de la Iglesia.

Esto es lo que no se discierne con la actuación de Francisco, porque está en la Silla de Pedro, actuando como cabeza y produce un mal en la Iglesia. Un mal para él mismo y un mal para toda la Iglesia.

La Iglesia no se puede salvar si sigue a un Pastor malo: “el que es asalariado, ve venir al lobo y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa” (Jn 10, 12).

Esto es lo que hizo Benedicto XVI, un mal Pastor, un asalariado, uno que no entendía el oficio para el cual lo llamó Jesús a Su Iglesia, y dejó al rebaño, por miedo al lobo. Y el rebaño quedó a la deriva, en manos del lobo.

El lobo es Francisco. Y, para muchos, es Papa, un buen Papa. Muchos lo ven como elegido por Dios. Y es sólo un Papa que Dios ha permitido tener en Su Iglesia para enseñar a Su Iglesia a discernir la Verdad.

Francisco ha hablado, pero no ha obrado. Y eso es una Misericordia de Dios con Su Iglesia. Francisco ha obrado ciertas cosas, pero que no tambalean la Fe de muchos, que no destruye el edificio de la Verdad de la Iglesia.

Dios ha permitido este Papa para un fin: porque en la Iglesia tiene que darse la Purificación.

La Purificación es un estado espiritual de toda la Iglesia en la que Dios salva a sus fieles sin su Cabeza Visible, que es el Papa.

Con la renuncia de Benedicto XVI, comienza la Purificación de la Iglesia.

Purificar significa quitar lo que impide la santidad. Purgar, arrancar lo que estorba en la Iglesia.

Y Dios comienza la Purificación de la Iglesia arrancando la Cabeza Visible de la Iglesia. La quita. Pero eso no quiere decir que no se dé la Cabeza de la Iglesia. La Cabeza es Cristo, no el Papa. El Papa es la Cabeza Visible, el Vicario de Cristo en la Tierra. Pero es un Vicario débil, frágil, pecador, porque es un hombre. Y, como Vicario, es impedimento para hacer la Iglesia que Dios quiere en la Tierra, que deber ser gloriosa. Y, por tanto, la Cabeza Visible de la Iglesia tiene que revestirse de Gloria. Y eso no puede darse si hay debilidad, fragilidad, pecado en esa Cabeza Visible de la Iglesia.

Por eso, Dios permitió la renuncia de Benedicto XVI para iniciar la Purificación de la Iglesia por la Cabeza Visible. Porque Dios siempre obra en Su Iglesia, primero por la Cabeza, después por las almas que están en la Iglesia.

Dios permite la renuncia del Papa Benedicto XVI por el pecado de un hombre. Si Benedicto XVI no hubiera pecado, Dios purifica a la Iglesia de otra manera. Pero, porque existe el pecado, entonces Dios suprime la Cabeza Visible, y deja a Su Iglesia sin Cabeza Visible. Esto significa la renuncia de Benedicto XVI: un pecado contra el Espíritu Santo, que tiene estas consecuencias. Pecado que, -para muchos en la Iglesia-, no es pecado y no lo ven como un pecado contra el Espíritu Santo.

Pero si Benedicto XVI tuvo la Infabilidad Papal, y -cuando se posee- no es posible pecar, entonces su renuncia es un misterio, no se puede explicar con palabras humanas. Si Benedicto XVI, como verdadero Papa, no puede hacer algo en la Iglesia que vaya en contra de la Verdad de la Iglesia, porque Dios lo asiste, Dios lo ayuda, entonces no se puede comprender su renuncia. O su renuncia es algo que Dios quiere y, por tanto, no es un pecado en Benedicto XVI. O su renuncia es algo que Dios no quiere y, por tanto, es un pecado. Pero si Dios quiere esa renuncia en el Papa, entonces el Papa tiene que dar la Mente de Dios en esa renuncia. Tiene que decir todo en esa renuncia. El motivo verdadero en esa renuncia. Si el Papa no dice eso, el Papa va contra la Infabilidad que tiene, va contra la Verdad que posee, y ahí su pecado contra el Espíritu Santo, que es un Espíritu de Verdad. Se es Papa para decir la verdad a la Iglesia, no para convencer a la Iglesia de un pecado, no para esconder a la Iglesia el pecado de unos cuantos para así no ofender, no dañar, a esas personas que hacen de la Iglesia una reunión para el pecado.

Si Benedicto XVI pudo ir en contra de su Infabilidad Papal, que le daba poder para no pecar, para no hacer algo en la Iglesia en contra de la Verdad en el Papado, es por el Misterio de la libertad y de la Gracia, que nos lleva al pecado de Adán y Eva en el Paraíso, donde tampoco podían pecar, porque lo tenía todo. Pero pecaron. Este es el Misterio: Adán y Eva no estaban confirmados en la Gracia, no tenían la Plenitud de la Gracia, que sólo la Virgen María posee. Tampoco la Infabilidad Papal hace al Papa confirmado en Gracia y, por tanto, puede pecar.

En la Iglesia, la única criatura que no puede pecar es la Virgen María. Esta es la excelencia de esa Mujer, a la cual se desprecia hoy en la misma Iglesia, porque se la persigue en tantas apariciones que da para toda la Iglesia y para el mundo. Cuando la Virgen habla hay que escucharla en silencio y poner en práctica lo que dice en la Iglesia. Y es lo que no se hace.

Y muchos sacerdotes no creen en la Virgen María y enseñan que lo que dice la Virgen es mentira. La llaman mentirosa y eso va contra la Plenitud de Gracia, que es Ella Misma en la Iglesia. Y, por eso, no se creyó en Fátima, porque los sacerdotes, los Obispos sólo tienen a la Virgen en sus Teologías, en sus entendimientos, pero no en sus corazones. No viven la Palabra de la Virgen en sus corazones, sino que la desprecian, porque viven las palabras que están en sus entendimientos humanos. Y eso es despreciar la Plenitud de Gracia, el Misterio de la Virgen en su Corazón.

Benedicto XVI pecó y dejó a la Iglesia en manos del lobo Francisco. Como lobo se ha comportado en su Pontificado. No como Pastor, no como buen Pastor. Y la Iglesia está en el mismo pecado que Benedicto XVI. Este es el Misterio: el pecado de la Cabeza es el pecado de toda la Iglesia.

Si Benedicto XVI pudo pecar contra su Infabilidad Papal, también toda la Iglesia puede pecar contra la Verdad, que es Ella Misma.

Y esta es la Purificación de la Iglesia. ¿Hacia dónde va la Iglesia, en estos momentos, si sólo se descubre su pecado y no quiere salir de su pecado, porque la Iglesia ve su pecado como un bien? Así ha visto el pecado de su cabeza, de Benedicto XVI: un bien. Y, entonces, la Iglesia no ve al lobo, no descubre en Francisco al lobo, sino algo bueno.

Y, por sus obras, se discierne lo que es Francisco. Y, por las obras de toda la Iglesia, se discierne lo que hay hoy en la Iglesia. Y, por eso, estamos en unos momentos de incertidumbre en la Iglesia. Tenemos un Papa en su pecado, que es Benedicto XVI, y un lobo sentado en la Silla de Pedro, no reconocido como lobo. ¿A dónde nos lleva todo esto? ¿Cómo nos podemos salvar si quien nos guía es un lobo, que no da la verdad a la Iglesia, que no produce la Verdad en la Iglesia, que ha comenzado su Pontificado derribando verdades en la Iglesia?

Las Llaves de la Iglesia

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“los labios del sacerdote deben guardar la ciencia, y la doctrina han de buscar su boca” (Malaquías 2, 7).

Los labios de Francisco son los labios de la corrupción del demonio que habita en él. Todo sacerdote que habla como Francisco es porque vive en su pecado.

Francisco no guarda la ciencia divina, los tesoros de la Iglesia. Y eso se ve en sus obras en la Iglesia, no sólo ahora, estando sentado en donde no debería estar. Vean sus obras anteriores y juzguen las obras de ese sacerdote, que no da la verdad del sacerdocio a la Iglesia.

“Si pecas siendo hombre particular, tu castigo será menor, pero si pecas siendo sacerdote estás perdido” (San Juan Crisóstomo).

Francisco es un sacerdote perdido en su pecado, que se mofa de entender las cosas de la Iglesia porque tiene la experiencia de un ministerio en la Iglesia.

el sacerdote, al pecar pierde la luz y queda ciego: Mejor les fuera, dice San Pedro, no haber conocido el camino de la justicia que, después de haberlo conocido, volverse atrás de la ley santa a ellos enseñada [2 Petr. 2, 21]. Más le valdría al sacerdote que peca ser un sencillo aldeano ignorante que no entendiese de letras…. (San Alfonso María de Ligorio – De la gravedad de los pecados del sacerdote).

Mas le vale a Francisco dejar esa Silla antes que le ocurra algo peor. Mas le vale dejar el sacerdocio que continuar, de esa forma, en él.

La Iglesia, ahora, no tiene el Espíritu Santo, por el pecado del Papa Benedicto XVI, que hizo que el Espíritu se retirara de la Silla de Pedro. En la Silla de Pedro, -ahora-, está el espíritu del demonio que rige a toda la Iglesia en su conjunto.

Las llaves de Roma están ahora en manos de Jesucristo, por el pecado de Benedicto XVI, que es un pecado contra el Espíritu Santo.

Ahora quien abre y cierra la Iglesia, no son los hombres, no es la Jerarquía de la Iglesia, no es el que se sienta en la Silla de Pedro, no es ningún Pastor de la Iglesia, se llame sacerdote, Obispo, religioso, fiel.

Quien abre y cierra la Iglesia, quien decide el destino de la Iglesia, quien guía a la Iglesia, en estos momentos, es Jesucristo, que es la Roca de San Pedro y, por tanto, la Iglesia está fundada en esa Roca.

Y Pedro, y los sucesores de Pedro, pertenecen a esa Roca. Pero Benedicto XVI ha destruido la Cabeza Visible de la Iglesia y ya no hay más Papas en la Iglesia, más hombres que rijan a la Iglesia como se ha hecho hasta ahora.

Esta es una consecuencia del pecado de Benedicto XVI que nadie ha comprendido, pero que es una Verdad.

Las llaves de Roma, las llaves del Reino de Dios, las llaves de la Iglesia estaban en la Cabeza Visible de la Iglesia, que es el Papa. Como el Papa Benedicto XVI pecó contra el Papado, es decir, contra la vocación divina a la que había sido llamado por el Espíritu Santo, entonces, el Espíritu se retira de la Cabeza de la Iglesia, de la Silla de Pedro, y las Llaves de la Iglesia, retornan a la Cabeza Invisible de la Iglesia, que es Jesucristo, Rey y Pastor Eterno de Su Iglesia.

Jesucristo y la Cabeza Visible son la Roca de san Pedro. Y, en el pecado de un Papa, en la Roca de san Pedro sólo está Jesucristo, no la Cabeza Visible, que es el Papa.

Y, por tanto, no hay más Papas. El que queda, según la Profecía de San Malaquías, es puesto sólo por el Cielo en el Tiempo en que el Cielo lo juzgue oportuno para dirigir a la Iglesia hacia donde Dios quiere.

Con el pecado de Benedicto XVI, se acabaron los Papas, porque es un pecado contra el Espíritu Santo, y no hay perdón, no hay vuelta atrás, no hay misericordia. Sigue el Trono de Pedro, sigue la Roca de San Pedro, en que se fundó la Iglesia, siguen las Llaves de la Iglesia, pero sólo en Jesucristo.

Por eso, ahora sólo hay que esperar en la Iglesia la sucesión de hombres, de personajes, vestidos con sotana, para construir una Nueva Iglesia, según los hombres. Lo que hagan en la Iglesia, sea lo que sea, así sea una función solemne, sagrada, como la de proclamar un santo o un beato en la Iglesia, no viene de Dios, sino del demonio.

Ahora es Jesucristo quien dirige Su Iglesia sin cabezas humanas. Y los pastores de la Iglesia, si no creen en esta Verdad y dan oídos a la mofa de ese impostor, no pueden regir el rebaño de la Iglesia.

Cristo dirige la Iglesia con sus Pastores. Pero esos Pastores tienen que ver la Verdad de lo que pasa ahora en la Iglesia. Si no la ven, los fieles no están sometidos a ellos. Sólo los fieles se pueden someter a aquellos Pastores que ven esta verdad y atacan la mentira que la Jerarquía de la Iglesia propone actualmente.

El pecado de Benedicto XVI no es cualquier pecado. Trae un castigo enorme de Dios sobre Su Iglesia. Un castigo que tiene que ser medido sólo en la Inteligencia Divina, porque es un pecado contra el Espíritu Santo, no es cualquier pecado.

“Muy grande es, dice San Jerónimo, la dignidad del sacerdote, pero muy grande es también su ruina si en semejante estado vuelve la espalda a Dios” (…). “Cuánto mayor es la altura a que le sublimó Dios, dice San Bernardo, tanto mayor será el precipicio” (…). “Quien se cae del mismo suelo, dice san Ambrosio, no se suele hacer mucho daño, pero quien cae de lo alto no se dice que cae, sino que se precipita, y por eso la caída es mortal” (…). Alegrémonos, dice San Jerónimo, nosotros los sacerdotes, al vernos en tal altura, pero temamos por ello tanto más la caída” [In Ez. 44](San Alfonso María de Ligorio – De la gravedad de los pecados del sacerdote).

Grande es la caida de Benedicto XVI y, por eso, la Iglesia está en un precipicio por el pecado de un Obispo, elegido por Dios para lo más santo, lo más sagrado, lo eterno, que es el trato íntimo con la Cabeza Invisible de la Iglesia, que es Cristo Jesús.

Y el estar en ese precipio, hace que la Iglesia no vea la Verdad que se le viene encima, por el mismo pecado de Benedicto XVI. Es el castigo de Dios a Su Pueblo, por el pecado de un consagrado. Y, sólo por ese pecado, la Iglesia entera tiene que sufrir las consecuencias, por el Misterio del Cuerpo Místico de Cristo, en que todos somos Uno en la Cabeza de la Iglesia. Unidad para el bien y unidad para el mal.

Y, por eso, lo que se viene encima, no sólo es un caos, sino la destrucción de toda la Iglesia, como se la ha venido entendiendo desde siempre. Y quedará la Iglesia sólo en los corazones abiertos al Espíritu de la Verdad. Y esos corazones guardarán la Fe de la Iglesia, la Tradición de la Iglesia, el Evangelio de Jesucristo, tal como es, tal como la quiso Su Maestro desde que la fundó.

Sólo en los corazones ahora está la Iglesia. No está en la Jerarquía de la Iglesia. No está en ningún Pastor de la Iglesia. Cristo Jesús ahora habla a cada uno y le dice qué tiene que hacer en la Iglesia. Y eso basta para que la Iglesia siga viviendo y obrando la Verdad de la Iglesia.

Y no importa lo que los demás hagan. Lo que hagan, lo que digan, las normas que pongan, hay que despreciarlas porque ahora sólo el Cielo conduce a la Iglesia hacia la Verdad.

La Iglesia es la obra del corazón

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Papa San Pío X, E Supremi, #5, 4 de octubre 1903:

Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita
en este mundo el hijo de la perdición (2 Tes. 2, 3) de quien habla el Apóstol
”.

Profecía de San Nicolás de Flüe (1417-1487):

La Iglesia será castigada porque la mayoría de sus miembros, grandes y pequeños, se pervertirán grandemente. La Iglesia se hundirá más y más, hasta que, finalmente, parecerá haber quedado destruida, y la sucesión de Pedro y de los demás apóstoles parecerá haber terminado. Pero después de esto, será exaltada triunfalmente a la vista de todos los que dudaban”.

Bto. Joaquín († 1202):

Hacia el fin del mundo, el anticristo va a derrocar al Papa y usurpar su sede”.

Nuestra Señora de La Salette, 19 de septiembre de 1846:

Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo (…) la Iglesia será eclipsada”.

La Verdad de la Iglesia es su unión con Cristo.

Cristo se une a la Cabeza de la Iglesia y a Su Cuerpo Místco.

Son dos uniones distintas en la Iglesia. Dos uniones para fundamentar la Verdad de la Iglesia.

La unión de Cristo con la Cabeza Visible, que es un hombre de carne y hueso, es una unión en el Espíritu y, por tanto, una unión que no se puede ver en la realidad de las cosas. Una unión que sólo se puede contemplar en las obras de los Papas, de esos hombres de carne y hueso.

No hay que poner la Verdad de la Iglesia en las palabras de ningún Papa, de ningún Cardenal, de ningún Obispo, de ningún religioso, de ningún fiel. Porque ¿quién va a defender la Palabra de Dios si no necesita de la palabra humana, del pensamiento de los hombres?

Para defenderla, es necesario el Espíritu de la Palabra, que el Señor da a Sus Doctores, Predicadores, Confesores, Mártires de Su Palabra.

La defensa de la Fe de la Iglesia está en las obras que se hacen movidos por esa Palabra, que es Verdad. No está en los razonamientos, que son válidos y que son útiles para todos, porque todos necesitan la palabra humana para poder entender la Palabra Divina.

Pero la Palabra Divina se defienda sola, porque Es la Palabra de Dios. Y ¿quién contra Dios? ¿Quién puede luchar contra Dios y vencerlo? Sólo los humildes de corazón lo vencen, no los demás.

Por eso, es necesario poner la Fe en la Palabra, no la Fe en lo que se dice de la Palabra. No la fe en los razonamientos de la Palabra, no la Fe en lo que alguien pueda decir sentado en la Silla de Pedro.

Cuando se tiene la Fe en la Palabra, entonces se discierne lo que esa persona está diciendo como sacerdote, como Obispo, como Cardenal, como Papa. Pero si la fe se pone en la persona, en el hombre de carne y hueso, entonces es cuando viene el error y no se discierne nada, porque se cae en el engaño de las palabras humanas.

Es lo que está haciendo Francisco. Hablando muchas cosas. Y, algunas son bonitas. Otras son una mentira y una herejía. Y combina las dos cosas. No hay que fijarse en lo que está diciendo. Si ahora dice algo bonito. Si después dice una mentira.

Hay que fijarse en las obras que hace. Eso basta para poder discernir lo que es Francisco. Sus obras.

Pero para ver sus obras hay que tener Fe en la Palabra, hay que creer en la Palabra.

Y la Palabra dice que no se puede elegir a un Papa mientras viva otro. Eso es lo que en la Iglesia se ha hecho siempre. Eso es la Tradición de la Iglesia. La Verdad en la Iglesia no sólo está en el Evangelio, sino en la Tradición, en lo que siempre se ha obrado, aunque no esté escrito. Los Evangelios se escribieron después de que los Apóstoles vivieran la Fe en la Palabra. No se dieron antes.

La doctrina de Cristo no es un libro, no es un conjunto de ideas hermosas, es una Vida. Y si no se vive, no se puede transmitir después. Los Apóstoles primero vivieron la Palabra. Después, escribieron un libro sobre esa Vida que les hizo obrar la Palabra.

Los hombres creen que la fe consiste en hacer muchas cosas, muchas prácticas o leer muchos libros de santos o tener muchos conocimientos de Dios, de la Iglesia, de las costumbres de los hombres, etc. Y no es así.

La Fe está en vivir la Palabra. Y esa vida es una Obra continúa. No se puede obrar la Verdad sin vivir la Verdad, sin aceptar la Verdad, sin acoger la Verdad tal como Dios la revela al corazón.

Por eso, en la Iglesia se dan tantas cosas que no pertenecen a Dios, porque no se vive de FE. Cada uno vive lo que entiende, lo que busca con su pensamiento humano, y ya no cree.

Y ante la renuncia de un Papa, la Fe dice no elegir a otro. Como no se vive la Fe, sino que los sacerdotes, los Obispos, los Cardenales están en la Iglesia sin Fe, aceptando doctrinas que no dan Vida, que no llevan a la Obra de la Verdad, entonces pasa lo que pasa.

Quien vive de Fe en seguida entendió lo que era esa renuncia y lo que es Francisco. Vio lo que había detrás de Francisco y no necesita más para decir que Francisco es un falso Profeta.

Quien no vive de Fe, tiene que argumentar esa renuncia y la aceptación al Papado de Francisco. Porque no vive de Fe, sino que vive de sus razonamientos e intenta explicar lo que está pasando sin acudir a la Fe, sino a su razonamientos, a su filosofía, a lo que los demás hacen, a su discurso de la vida.

Es lo que pasa a tantos sacerdotes, Obispos de la Iglesia. Viven su discurso de la vida, viven lo que ellos han asimilado en su pensamiento sobre lo que es Dios, la Iglesia, Cristo, su doctrina, etc. Y lo que ellos entienden eso viven.

No viven escuchando la Palabra. No viven estando atentos a la Palabra, que siempre está hablando al corazón del alma humilde. Viven para sus pensamientos, que son para ellos muy importantes, más que la Palabra. E intentan, cuando escuchan a Francisco, proteger sus palabras y decir que esas palabras son delicadas y que hay que entenderlas bien. No son capaces de llamar al pecado, pecado. No son capaces de comprender que un sacerdote peca, así esté sentado en la Silla de Pedro. Ellos buscan la Infabilidad del Papa -y se equivocan- porque esa Infabilidad no hace al que se sienta en la Silla perfecto en su vida, sino que le da sólo el Poder para guiar a la Iglesia hacia donde Dios quiere, sin romperla, sin dividirla, sin obrar nada en contra de la Fe de la Iglesia.

Muchos Papas en la Iglesia han sido pecadores, pero ninguno ha obrado nada en contra de la Fe de la Iglesia, por ser verdaderos Papas.

Pero Francisco, nada más ser elegido, empezó a obrar desfigurando el Papado para así acercarlo a los hombres, quitando cosas exteriores, que dieron lugar a que las almas se rebelaran en contra de él. Un Papa tiene que ser prudente, porque lo mira todo el mundo. Y no puede dedicarse a destruir lo que las almas aman, porque así es lo que él entiende del Papado. Tiene que respetar la Tradición y no ser imprudente. Y eso, desde el principio, no lo fue Francisco. Sus obras le delatan. Y no se quieren aceptar esas obras. Después, se les pone una excusa barata para seguir aplaudiendo a Francisco, para seguir diciendo que Francisco tiene fe.

Francisco lavó los pies de dos mujeres en la Misa del Jueves santo. ¿Qué Papa ha hecho esto en la Tradición de la Iglesia? Si la Palabra te enseña que Jesús lavó los pies de los hombres, ¿tú qué quieres enseñar con esa obra a la Iglesia? ¿Tu obra es la Fe de la Iglesia o es la Fe es la obra que hizo Jesús al lavar los pies de los Apóstoles? ¿Estás con la Palabra, que es Jesús, o estás con tu pensamiento, con lo que tú entiendes que debe ser Jesús, que debe hacer Jesús, que debe ser un Papa en la Iglesia? Francisco quiso demostrar que Jesús se equivocó en lavar los pies a los hombres, porque también tenia que lavar los pies a las mujeres. Francisco se sentó en la Silla de Pedro para rectificar las obras de Jesús. No se ha sentado para aprender las obras de Jesús. Y todavía los hombres lo están siguiendo y lo tienen como santo.

Ahí están las obras de Francisco, pero ¿quién se opone a ellas, quién las ve?

Muy pocos en la Iglesia. Se ven y se mira para otro lado y no se corrige a Francisco. Y Francisco sigue diciendo mentiras y nadie en la Iglesia abre su boca.

Y nadie se atreve a decirle algo porque todos viven lo que Francisco vive. Viven sus pensamientos, sus ideas, sus planes, sus apostolados en la Iglesia, lo que ellos entiende que debe ser la Iglesia.

Así, Roma va a perder la Fe, por el pecado de sus consagrados, que se han creído con el derecho de dar a la Iglesia la verdad que está en sus pensamientos.

Y la Iglesia tiene que preguntarse ahora qué hacer con todos los tesoros de la Iglesia: con la Tradición, con los Dogmas, con todas las enseñanzas que Dios ha dado a Su Iglesia. ¿Quién las va a custodiar? ¿Quién las va a defender? ¿Quién será capaz de vivir la Fe de la Iglesia en su corazón y llevar la Iglesia, ahora, en el corazón, porque ya no está en la Jerarquía.

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