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La realidad de la Iglesia como ser sobrenatural

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«Es preciso que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios. Por lo demás, lo que en los dispensadores se busca es que sean fieles» (1 Cor 4, 1-2)

¿Qué es la Iglesia? Es la Jerarquía que obedece a Cristo. Eso es la Iglesia.

Aquella Jerarquía que no obedece a Cristo no pertenece a la Iglesia, aunque esté dentro de Ella, aunque trabaje en Ella. Y, por tanto, no es posible la obediencia a una Jerarquía que no se somete a la Mente de Cristo en la Iglesia; una Jerarquía que hace del Magisterio de la Iglesia un negocio y una empresa, para limpiar la cara del pecado a muchos hombres que, vestidos de talar y de púrpura, son simplemente lobos que ahuyentan el Rebaño y lo dispersan por las riberas de la humanidad sin Dios.

¿Qué es el sacerdote en la Iglesia de Cristo? Aquel que es otro Cristo, aquel que representa al mismo Cristo, el cual le hace participar de su misma Autoridad Divina.

Y, por tanto, el sacerdote no es un hombre con un papel, con una función que se basa en el consenso de la mayoría. No es un hombre para un pueblo, ni para una comunidad, ni para un colectivo, ni para una idea política. El sacerdote no hace un servicio de coordinación de ideas, de masa, de una opinión pública; sino que sirve a la Iglesia poniendo una Autoridad, que no le pertenece, que no es suya, pero a la cual representa, por ser el mismo Cristo.

Y, por tanto, el sacerdote tiene una misión sagrada en la Iglesia; no le pertenece ninguna misión social ni cultural: no es un hombre para una sociedad, no es un hombre para las redes sociales; no es un hombre para una política del mundo; no es un hombre para una empresa económica.

Es un hombre para el Reino de Dios, que es en todo espiritual, nunca humano ni material. Es el hombre que pone el camino para ese Reino, que no es de este mundo, que no puede pervivir en este mundo, bajo estas circunstancias de pecado en que vive todo hombre. Es el hombre que obra el Reino de Dios en medio de un mundo que no cree en Él. Y es una obra espiritual, no es un apostolado humano para una satisfacción humana, para dar un ejemplo a los hombres en sus vidas humanas. Un hombre contracorriente. Un hombre que se opone al hombre, que no vive la mentalidad humana, que no obra como los demás hombres: sólo obra como Cristo, sólo es otro Cristo.

El sacerdote no es un hombre de democracias ni de consensos, sino de Autoridad divina que pide y exige del pueblo la obediencia. Muchos católicos ya no obedecen a la Jerarquía, sino que sólo quieren obedecer a Cristo. No ven el sacerdocio como algo sagrado, sino como una cosa más en la Iglesia.

La Iglesia es Pedro. Y Pedro es Autoridad Divina. Y Pedro constituye una verticalidad, una jerarquía donde no hay democracia, donde no hay opiniones, juicios encontrados. Y, en esa verticalidad, sólo la obediencia es lo que edifica el organismo sobrenatural de la Iglesia. El sometimiento a la persona de Pedro es lo que hace ser Iglesia.

Pedro es todo en la Iglesia. La Jerarquía es todo en la Iglesia. No es una parte, no es un conjunto de hombres que sumados a otros, que no son la Jerarquía, hacen la Iglesia.

Este es el pensamiento de un hereje y de un cismático, al que le han puesto la etiqueta de Papa, al que muchos predican la obediencia a su mente, del que muchos dicen que su doctrina es católica:

«La Iglesia piensa…. La Iglesia somos todos. «¿De quién hablas tú?». «No, de los sacerdotes…». Ah, los sacerdotes son parte de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. No hay que reducirla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano… Estas son partes de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos, todos familia, todos de la madre» (ver texto).

¿Por qué los católicos siguen obedeciendo a un hombre que ha roto la Jerarquía en la Iglesia y, por tanto, está en el Vaticano construyendo su modelo de iglesia universal, su modelo de sacerdocio?

¿Por qué se da esa obediencia a un hombre que no sigue la enseñanza de la Iglesia sobra la misma Iglesia?

¿Para qué obedecen la mente de este hombre, que dice que la Iglesia somos todos y, en consecuencia, todos tienen algo que decir en la Iglesia; y la opinión de todos vale en la Iglesia?

¿No ven que se ha cargado la Jerarquía, a Pedro, la obediencia, y que ahora exige una obediencia que es imposible darla? Porque no se puede obedecer a todos en la Iglesia. Se obedece a Cristo, que es la única Verdad a la cual toda mente humana tiene que someterse, abajarse, inclinarse, oscurecerse. Se obedece a la Jerarquía, que es todo en la Iglesia.

Si la Jerarquía no obedece a Cristo, cae toda obediencia en la Iglesia. Nadie posee la Verdad, porque la Verdad no se crea, sino que se halla. Se encuentra en Cristo. Y sólo obedeciendo a Cristo, se permanece en la Verdad, se está en la verdad.

Como Francisco no obedece a Cristo, entonces hay que negarle cualquier obediencia, incluso la material. Francisco quiere crear la verdad por votación, por una unanimidad de sentimientos humanos, de acercamientos en las mentes. Eso es lo que va a ser el próximo Sínodo de los malditos, de los afeminados, de los pervertidos en la gracia divina: una votación para excusar el pecado en la Iglesia.

La Iglesia, para este hombre, ya no es la Jerarquía, ya no es Pedro, sino todos. Pedro y la Jerarquía es una parte de la Iglesia, pero no es el todo. Consecuencia: la Iglesia es un conjunto de hombres, que piensan y deciden qué hacer con la Iglesia, cómo vivir en Ella, cómo obrar en Ella.

La Iglesia no es ni una familia, ni un clan, ni un pueblo, ni un asunto social de los hombres. La Iglesia es la obra de la Verdad, que sólo la Jerarquía verdadera puede manifestar a toda la humanidad. Esa Verdad es camino y luz para todos. Y si no se obra esa Verdad, la Iglesia se oscurece y es sólo un tropiezo, un escollo, una escisión, una quiebra donde sólo se ve la ruina que el pecado hace en cada alma que pertenece a la Iglesia.

Es lo que contemplamos en la nueva iglesia que lidera Bergoglio en el Vaticano. Esa nueva iglesia no es la Iglesia Católica. Y si no saben discernir esta Verdad, entonces van a hacer como muchos ya hacen: construyen sus iglesias, sus asociaciones, sus comunidades, sus grupos, están en sus parroquias para dividir más a la Iglesia Católica. Y quieren seguir trabajando en la Iglesia Católica, obedeciendo a Francisco y a toda la Jerarquía que le obedece. ¡Es un absurdo! Quien no se opone a Francisco no pertenece a la Iglesia Católica, sino a la nueva sociedad instalada en los muros del Vaticano.

No se pertenece a la nueva iglesia, que lidera Bergoglio, sino que pertenecemos a la Iglesia Católica, cuyo Papa es Benedicto XVI hasta que se muera. Una vez que se muera, la Iglesia deja de verse en la realidad de la vida histórica de los hombres, porque ya no está Pedro. A Pedro se lo han cargado con la renuncia impuesta al Papa Benedicto XVI.

Hay una gran división ya en el Vaticano, y en cada parroquia que pertenece al Vaticano. Y esa división está promovida por la misma Jerarquía infiltrada que gobierna en el Vaticano. ¡Claro gobierno masónico!

Es la división en la cabeza hecha por Bergoglio con su gobierno horizontal. Es el cisma encubierto, que nadie quiere ver ni entender, pero que se manifiesta claramente: la Jerarquía se ha unido a un hereje y a un cismático, y le dan obediencia como si fuera el Papa legítimo. ¡Esto se llama cisma!

Los que están en el Vaticano lo llaman obediencia al “Papa” Francisco: están bajo Pedro, sometidos a Pedro. ¡Un falso Pedro! ¡Una falsa obediencia al falso Pedro! Y, por tanto, se llaman a sí mismos “Iglesia católica”. Y en la realidad de los hechos, ellos -los del Vaticano- han perdido la línea católica en el gobierno: no siguen la ley de la Gracia, al poner una horizontalidad que anula esta misma Ley.

La Gracia no puede darse allí donde hay un gobierno horizontal en la Iglesia. ¡No se puede! Porque la verticalidad es una iniciativa divina, una obra divina, un fin divino en la Iglesia.

Esta Verdad es la que no siguen en el Vaticano. Y esta Verdad, los católicos no saben meditarla en sus vidas y, por eso, siguen dando una obediencia que es una abominación en la Iglesia. Obedecen a una Jerarquía que no puede nunca dar la Voluntad de Dios en ninguna cosa de la Iglesia Católica. Esa obediencia no es una obediencia en la Gracia, sino en contra de la Gracia. Hacen un acto contra la Voluntad de Dios, que constituye un gran pecado de soberbia, de orgullo y de lujuria, que crucifica, de nuevo, a Cristo.

«Yo soy la Vid. Vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

Ser Iglesia es estar injertados en Cristo, en Su Cuerpo, que es la Vid llena de lo Divino.

Ser Iglesia no es insertarse en una familia de borregos, en una comunidad de herejes y de cismáticos, en un grupo de hombres que se ponen la etiqueta de católicos y se unen para vivir una obra de pecado, de tibieza y de perversión intelectual.

El origen de gran parte de los equívocos o de los auténticos errores que están amenazando tanto a la teología como a los fieles, es la crisis del concepto de Iglesia.

El sentido católico de la “Iglesia” se está perdiendo, o ya casi se ha perdido del todo. Y, en el Vaticano, ya no hay ese sentido católico, no hay línea católica, ni puede darse más. ¡No van a volver a la verticalidad! Ellos ya lo han decidido así.

Muchos no creen que la Iglesia es una realidad querida por Jesucristo, realidad sobrenatural, sino que es una mera construcción humana, un instrumento creado por los hombres de la Iglesia, y que se puede organizar según las circunstancias del momento.

Esta falsa creencia es la que ha originado la renuncia del Papa Benedicto XVI, para implantar un gobierno horizontal dentro de los muros del Vaticano; una estructura que no tiene nada que ver con la Iglesia fundada por Jesús en Pedro, y que contradice absolutamente la verticalidad exigida por el dogma del Papado, dañándolo. Es una nueva sociedad creada por la misma Jerarquía de la Iglesia: una abominación espiritual. Un engendro del demonio.

En esa nueva estructura, Cristo no está como Vid; ni puede estarlo. Y, por tanto, sin Cristo, esa nueva iglesia no puede hacer nada, no significa nada, no llega a ninguna parte, es nula para Dios. Sólo tiene el valor que los hombres quieran darle: es decir, es un engaño para todos. Es un poder humano para una obra sólo del hombre, con miras humanas y decisiones tomadas sólo por el hombre.

Cristo ha puesto su Iglesia en el Vértice, no en la horizontalidad de unas mentes humanas, de unas vidas y obras para dar gloria al mundo, que sólo trabajan en el pecado para reconocerse a sí mismos como santos y justos, dañando toda la vida eclesial en su raíz.

Esta concepción de Iglesia procede no sólo del protestantismo, sino de todas las teologías que, después del Concilio Vaticano II, han querido ofrecer una “iglesia libre” de Jerarquía, de sometimientos, de autoridad divina. Por eso, han quitado la Roca de la Iglesia, que es Pedro, en el Papa legítimo Benedicto XVI. Han puesto una serie de ladrillos, para levantar una fortaleza, que se va a caer con el viento de la Justicia Divina, una vez muera el Papa Benedicto XVI.

¡La han quitado! Y quien todavía no haya aprendido a discernir lo que es Francisco en la Iglesia, es que vive ciego, vive sin profesar la fe católica, vive sin dar frutos divinos en su unión con Cristo, en Su Cuerpo, y obra sólo para condenarse dentro de la misma Iglesia.

Francisco propone un concepto de Iglesia como “pueblo de Dios”. Con esta perspectiva, se abandona el Nuevo Testamento, para volver al Antiguo, y quedarse en una visión de la Iglesia que no es la real, que no tiene nada que ver con la verdadera Iglesia y, por tanto, con el verdadero pueblo.

“Pueblo de Dios” es, para la Escritura, Israel en sus relaciones de oración y de fidelidad al Señor, es decir, es una comunidad histórica de hombres (no es un movimiento sobrenatural), que buscan de alguna manera a Dios en sus vidas. Y ese conjunto de hombres, esa suma de intelectos humanos, esa contemplación de vidas y de obras humanas, es lo más contrario a la Iglesia que fundó Cristo en la persona de Pedro. Limitarse a esta expresión es anular la Iglesia, es ensombrecer la Palabra de Dios con discursos humanos, con razonamientos bien preparados, pero que son una auténtica blasfemia al Espíritu de la Iglesia.

El Nuevo Testamento ofrece el concepto de “Cuerpo de Cristo”. Y, por tanto, se es Iglesia y se entra en Ella, no porque se pertenece a una cultura, o una familia, o a una sociedad; sino porque el fiel está injertado en el Cuerpo mismo del Señor, por medio del Bautismo y de la Eucaristía.

Jesús era hebreo, pero no funda Su Iglesia porque pertenece al pueblo de la Alianza, por un imperativo histórico. Jesús funda Su Iglesia porque es la Voluntad de Su Padre: es un mandato divino, que sólo el Hijo lo puede realizar. Ningún otro hombre tiene capacidad de hacer lo mismo, que hizo Jesucristo al fundar Su Iglesia, en Su Misma Sangre.

Somos sarmientos que, para permanecer en la Vid, es necesario una unión con Cristo: unión individual, de cada alma con la Persona del Verbo. Y, en esa unión, el alma se une a los demás miembros de la Iglesia, por los méritos y las obras de la Cabeza, que es Cristo.

Y, por tanto, ¿quién puede obedecer la mente de este bastardo?:

«No estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su cuenta, no, nuestra identidad cristiana es pertenencia. Somos cristianos porque pertenecemos a la Iglesia» (ver texto)

Somos cristianos a título individual, porque cada alma es un sarmiento. «Y todo sarmiento que en Mí no lleve fruto, lo cortará» (Jn 15, 2). El Padre Eterno es el que decide quién es de la Iglesia de Su Hijo y quién no pertenece a Ella. No son los miembros de la Iglesia quienes deciden eso.

Para ser Iglesia hay que ser otro Cristo, hay que imitarlo en su vida, hay que hacer las mismas obras que Él hizo. Y todo aquel que pertenezca a la Iglesia, tiene la Gracia y el Espíritu de Cristo para ser un sarmiento injertado en la vid, chupando la Vida Divina y transformándose en otra cosa a su realidad humana.

Pero quien esté en la Iglesia y no viva en la Gracia, y no sea fiel a Ella, entonces el Padre lo corta: ya no está injertado en el Cuerpo de Cristo y, por tanto, ya no pertenece a la Iglesia.

Porque nuestra identidad cristiana es ser sarmiento de Cristo para dar frutos divinos. Nuestra identidad cristiana no significa pertenecer a una Iglesia, compuesta de gente pecadora, de borregos, de herejes, de hombres cismáticos, que sólo viven para sí mismos, sin discernir entre el bien y el mal, sin capacidad para quitar el pecado de sus vidas. Nuestra identidad es vivir para Cristo, no para la Iglesia. Vivir en el Cuerpo de Cristo, obrando la Gracia que esa unión con Cristo da al alma.

Esta Verdad es la que anula Francisco en sus dos documentos: lumen fidei y evangelium gaudium. Presenta un concepto de Iglesia que sugiere la política, el partidismo, la colectividad.

Porque pertenecemos a la Iglesia, como pueblo de Dios, no como Cuerpo de Cristo, entonces él dice en su herejía:

«Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no nació en un laboratorio, no nació improvisamente. Ha sido fundada por Jesús, pero es un pueblo con una historia larga a sus espaldas y una preparación que tiene su inicio mucho antes de Cristo mismo…el cristiano es parte de un pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un pueblo que se llama Iglesia… Pero nadie, nadie se convierte en cristiano por sí mismo» (Ibidem).

«nadie se convierte en cristiano por sí mismo»: ningún alma se injerta en el Cuerpo de Cristo para poseer la fe, sino que su fe se hace en la comunidad, en el pueblo de Dios. No hay fe particular en Cristo. Sólo existe la fe que los demás tienen de Cristo. El alma necesita beber de las fuentes de la razón humana para formar el pueblo, que es mal llamada Iglesia.

La Iglesia es una realidad más amplia, pero no es una realidad sobrenatural, divina, santa, hermosa en las virtudes, bella en la gracia, inmaculada en el Espíritu. No es capaz este hombre de hablar de manera trascendente de la Iglesia. Todo conduce a su inmanencia. Es una amplitud en la forma humana. Es más amplia en el concepto de los hombres, en su lenguaje humano. Como la Jerarquía es una parte de la Iglesia, no el todo, luego hay que meter a todos los hombres para formar la Iglesia: «se abre a toda la humanidad». Consecuencia: todos se salvan y se santifican.

La Iglesia es el Reino de Dios en la tierra y, por tanto, «¿no sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios» (1 Cor 6, 9-10). La Iglesia no está abierta a toda la humanidad. Es para todos los hombres, pero no todos pueden pertenecer a Ella. No pueden ser de la Iglesia hombres que viven en su pecado y que ensalzan su pecado por encima de Dios, del bien, de la verdad. No poseen el Reino lo que aman su pecado, su vida de pecado. Poseen el Reino los que luchan contra su vida de pecado.

No pueden pertenecer a la Iglesia Católica ni Francisco ni toda la Jerarquía que se somete a Francisco: ellos están ensalzando, mostrando, justificando la blasfemia de ese hombre en el Vaticano: su gobierno horizontal. Una blasfemia contra el Espíritu Santo, quien exige la verticalidad en la Iglesia para constituirla Santa, Divina, agradable a Dios.

¿Cómo es que sacerdotes y Obispos predican que la doctrina de Francisco es católica si este hombre está levantando una nueva iglesia, fuera de la Gracia, para llenarla de pecadores y de gente malvada, que ya no mira el pecado como es, sino que lo valora como una salvación y un modo de vivir en la vida?

¿Cómo es que no se han dado cuenta -tanta Jerarquía- de la mente blasfema de este hombre, que tiene un conocimiento pervertido de la teología de la Iglesia, al cual le están tributando obediencia? ¿Cómo es posible que le sigan obedeciendo? ¿Es que ya no son otros Cristo y, por eso, su inteligencia para ver la Verdad ha sido maniatada y oscurecida en el mal? ¿Cómo entender el silencio de una Jerarquía, que sabiendo lo que es Francisco, sin embargo, le dan obediencia y ordenan al Rebaño que también le obedezca? ¿Puede haber tanta maldad entre la Jerarquía? ¿Puede haber tanta perversión en las mentes de personas cuyo sólo ideal debería ser sólo la verdad? ¿Qué ha pasado en la Iglesia para que nadie se dé cuenta del engaño que vivimos? ¿En qué se ha convertido toda la Iglesia viviendo un absurdo, un camino sin salida, un objetivo humano para alcanzar una gloria mundana y profana?

«La Iglesia no es una institución finalizada a sí misma» (Ibidem). Esto es todo en la mente de este hombre. Quien no se finaliza en sí mismo no tiene ninguna identidad. Quien no se acaba en sí mismo, es un absurdo en su misma vida. Quien no da sentido a su existencia, no puede entender lo que es su vida.

La Iglesia, para la mente de este hombre, es una realidad histórica, no sobrenatural. No acabada, no finalizada, sin un fin divino, sin unos objetivos sobrenaturales. Abierta a toda la humanidad, mirando a lo humano: es un global, es una unión de todos los hombres, con sus ideas, con sus obras, con sus vidas, con sus culturas, con sus proyectos humanos sobre la vida.

Francisco tiene una idea de una iglesia humana, con unos contenidos de la fe totalmente arbitrarios, presentando una cristología sin la referencia a lo Divino, enmarcada sólo en lo humano-natural (un Cristo sólo hombre, un Jesús que no es Espíritu, sino sólo una persona humana; un santo humano); con un Evangelio que es sólo el “proyecto-Jesús”, un proyecto de liberación-social-histórico, inmanente, sin ninguna trascendencia, sin ninguna referencia a la Voluntad del Padre, sin la Obra de la Redención, y que es, en la realidad, absolutamente atea, una obra para demonizar a la sociedad y a la Iglesia.

No se es Iglesia porque se forma un colectivo, una comunidad de gentes, una familia de hombres con una fe determinada. No se es Iglesia porque se suma simplemente sus miembros. No se es Iglesia porque se aprende una fe ni porque se tiene una memoria de una fe pasada. Se es Iglesia porque se es Cuerpo de Cristo, un Cuerpo Místico, que sólo tiene implicaciones espirituales, no humanas.

La Iglesia no es nuestra, sino de Cristo. Los hombres no podemos disponer de Ella a nuestro antojo; porque siendo Cristo el que ha construido Su Iglesia, ha puesto en Ella vínculos misteriosos y realísimos, que hacen que el aspecto humano sea accesorio y efímero.

La Iglesia es una unión en la Vida Divina; unión de las almas en lazos espirituales, que los Sacramentos generan. Es una unión en las cosas santas, divinas. Es una unión en la Gracia de Cristo. Y, por tanto, no es una unión entre hombres, entre vidas humanas. No se hace Iglesia para una política, para un ideal económico. Se hace Iglesia para una obra santa, que no pertenece a este mundo, sino que lo trasciende y lleva al alma más allá de cualquier plan humano.

Por tanto, no existe la Iglesia pobre para los pobres. Existe el servicio a los pobres «que ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora» (San Vicente de Paúl – Carta 2.546).

La Iglesia es de Cristo, no es de los pobres. No es un negocio comunista. La Iglesia es para que cada alma se una a Su Cabeza, que es Cristo, y produzca obras de frutos divinos, no humanos.

Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y, por tanto, la unión con Jesús hace que el alma trascienda todo lo humano, y viva y obre para esa Persona Divina. Y Jesús no quiere de sus almas ni vidas ni obras humanas.

Jesús quiere lo divino en lo humano. Y esta es la dificultad de muchas almas dentro de la Iglesia. Porque viven para lo suyo humano, terminan haciendo de Cristo y de la Iglesia su negocio humano, su obra humana, su vida de hombres, que es una vida de masa, de borregos, de gente sin ningún discernimiento espiritual.

«Todo lo que hay en ti debe ser injertado en Él, y de Él debes recibir la Vida y ser gobernado por Él. Fuera de Él no hallarás la Vida verdadera, ya que Él es la única fuente de Vida verdadera; fuera de Él no hallarás sino muerte y destrucción. Él ha de ser el único principio de toda tu actividad y de todas tus energías; debes vivir de Él y por Él» (San Juan Eudes – Del tratado sobre el admirable Corazón de Jesús).

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