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En Roma está la muerte

La Iglesia es el Misterio del Espíritu Divino, porque nace en el Espíritu y obra sólo en el Espíritu.

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Nace la Iglesia cuando Jesús está muerto en la Cruz: “Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia” (SC 5). De un muerto nace la obra de la Iglesia en el Espíritu, de la muerte nace la Vida.

Y en la Resurrección se da la obra de la Palabra en el Espíritu Divino. Jesús reúne a sus discípulos para que, una vez, dado el Espíritu, la Iglesia comience a dar la Palabra de Dios a todos los hombres.

La Iglesia es para dar la Palabra Divina. No es para dar las palabras humanas.

Y, por eso, la Iglesia se ha esforzado para quitar sus palabras humanas, quitar sus razones humanas, y ofrecer la Verdad de la Palabra Divina.

Pero este esfuerzo no ha sido siempre igual, sino que en cada época el hombre ha intentado hacer su Iglesia, la que tiene en su mente humana, según vaya interpretando la Palabra de Dios con su filosofía de la vida.

Y cuando el hombre se puso como dios en el mundo, ya hace muchos siglos, en la Iglesia se comenzó a introducir el hombre, de muchas maneras, llegando a lo que vemos hoy día.

En la Iglesia, en este siglo XXI sólo se contempla el pensamiento de los hombres y sus obras. Y no hay otra cosa.

Por eso, todos besan al hombre en la Iglesia, todos dan culto al pensamiento del hombre en la Iglesia, y todos desprecian la Palabra de Dios.

Esto es claro para aquellos que tienen la fe despierta. Para los demás, les suena a chino, porque viven para los hombres y obran en la Iglesia como los hombres obran en el mundo.

Por eso, estamos en la Iglesia sin un camino divino. Desde la cabeza falsa impuesta por la masonería en la Iglesia, se han cerrado los caminos divinos en la Iglesia. Sólo se da los caminos humanos. Pero no es posible que se den los caminos del Espíritu en la Iglesia. Ya no hay manera de hacer eso con falsas cabezas.

“Donde está Pedro allí está la Iglesia; donde está la Iglesia no hay muerte, sino la Vida eterna” (San Ambrosio – Sobre el Salmo 40, V, 30).

Como ya no está Pedro en la Iglesia, sino una falsa cabeza, entonces en Roma ya no está la Iglesia, sólo está una falsa Iglesia, llena de hombres que sólo siguen y obedecen a hombres, pero no a Cristo Jesús. Ya no pueden porque no hay Pedro.

Benedicto XVI fue expulsado de la Cátedra de Pedro, de la Silla de Pedro, del Trono de Dios, y, por tanto, quien se puso es sólo un hombre que se viste de Obispo y que se hace llamar Papa sin serlo, sin la vocación divina a ser Pedro.

Dios ha dado a Su Iglesia ocho meses para que discierna esto y, muy pocos, lo han discernido. Muy pocos. Por las obras se coge a Francisco y a los suyos. Por sus obras. No por sus palabras. Francisco ha dicho muchas herejías. Pero lo que importa en él sus obras heréticas, porque según se habla así se obra. Si se dice la mentira, se obra la mentira.

Y, desde el principio, Francisco ha obrado la mentira. Pero los hombres, como también viven para sus mentiras, no se han dado cuenta de esta verdad, de las obras mentirosas de Francisco en medio de la Iglesia.

Pedro ya no está en Roma, luego en Roma sólo queda muerte. Ya no es posible la Vida desde Roma, la Vida que da el Espíritu a toda la Iglesia.

Y los hombres no han captado esta verdad. Y los hombres siguen mirando a Roma para buscar la Verdad y la Vida. Y los hombres siguen esperando algo de Roma y de la Iglesia en Roma.

Y Roma sólo da la mentira a todo el mundo y a toda la Iglesia.

Y esto es lo que nadie discierne. Se tiene miedo de enfrentar a Roma. Mucho miedo.

Y, por eso, cuando venga el desastre, muchos quedarán pillados, anclados en ese desastre, porque ahora no se han enfrentado ni a Francisco ni a Roma.

Los hombres no han sabido luchar contra el demonio que ha puesto una cabeza falsa en la Iglesia para engañar a toda la Iglesia, para seducir a toda la Iglesia.

Los hombres no han sabido confrontar a Francisco. No han sabido llamarle por su nombre: un maldito. No han sabido ver sus mentiras, sus errores, sus herejías en la Iglesia. Sino que muchos, sabiendo la mentira de Francisco, lo siguen aplaudiendo en la Iglesia. Y muchos que ven sus errores en su teología se unen a él en la Iglesia.

Y en la Iglesia sólo se puede estar unido a Pedro para ser Iglesia. Cuando las almas se unen a una cabeza falsa, como es Francisco, ya no se hace Iglesia.

Este es el punto más crítico de todos que nadie ve, que nadie contempla, que nadie discierne. Y esta es la señal de que no se ama a Pedro en la Iglesia. Que en la Iglesia cualquiera que se ponga como cabeza es lo que vale. No importa que sea un hereje o un santo. Que gobierne el que quiera, pero que nos dejen en paz en la Iglesia con nuestra comunión y con nuestra misa.

Así piensan muchos, por eso, no disciernen la Verdad en la Iglesia. Se conforman con cualquier cabeza en la Iglesia.

Donde está Pedro, allí está la Iglesia. Y es de vital importancia discernir siempre a Pedro para ser Iglesia.

El falso respeto a Pedro, la falsa obediencia a Pedro es la razón de que muchos no ven a Francisco como lo que es: un anticristo. Lo tienen como Papa y no son capaces de decir que no es Papa. No se atreven, porque les falta fe.

“No se puede tener parte en la herencia de Pedro sino con la condición de permanecer adherido a su Sede” (San Ambrosio – De la Penitencia, I, l, cap. Vll).

Francisco no se adhiere a la Sede de Pedro porque ha anulado la Sede de Pedro con su gobierno horizontal. y, por tanto, Francisco no pertenece a la Iglesia, queda excluido de la Iglesia. No puede tener parte en la herencia de Pedro, que es el Reino de los Cielos.
Esta gran Verdad es descuidada por todos en la Iglesia.

Esperan que Francisco dé soluciones los problemas de la Iglesia con su apertura al mundo, y no se dan cuenta de que Francisco no está adherido a Pedro en la Iglesia.

Si Francisco, como impostor que es, no hubiera tocado el gobierno vertical en la Iglesia, entonces habría solución en la Iglesia.

Pero Francisco se opuso a Pedro, quitando el gobierno vertical. Entonces ya no existe la Iglesia en Roma. No se da. Es imposible. No está Pedro. Roma ya no va a volver a poner la verticalidad en la Iglesia. No pueden, porque el demonio ya quiere otra cosa en la Iglesia.

Estamos en tiempos de gran confusión porque la gente no ha aprendido a discernir y, por tanto, no sabe batallar las luchas espirituales en la Iglesia.

Somos soldados de Cristo, pero muchos se comportan en la Iglesia como soldados del demonio y así arrasan con toda la Iglesia.

Hay que huir de Roma

En los momentos claves de la Iglesia, la Virgen ha hecho su aparición para mostrar el camino a la Iglesia, de la cual es Madre.

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En el año 40 d.c. la Virgen se apareció a Santiago para indicar a toda la Iglesia el camino que había que seguir: la Fe en la Palabra de Dios.

Esta debe ser siempre la andadura de la Iglesia: los pasos de la Fe, seguir las huellas de Su Hijo Jesús, que marcan un camino de negación a toda palabra humana en la Iglesia.

Hoy vivimos el diálogo con la palabra humana y eso destruye la Palabra Divina. Porque el Evangelio no está ni para comentarlo, ni para hablarlo, ni para recordarlo, ni para sintetizarlo, ni para estudiarlo, sino para obedecerlo, sometiendo el entendimiento humano a la Palabra de Dios, que es lo que nadie hace hoy en la Iglesia.

Y, por eso, tenemos una Iglesia dormida en las boberías que Francisco enseña en Ella. Una Iglesia que ha perdido toda su fe y que se convierte en un juguete de los pensamientos de los hombres.

Ya la Iglesia que está en Roma no es la Iglesia de Jesús: es sólo aquello que quieren los hombres. Y sólo eso. Y los hombres, cada día, quieren una cosa distinta. Por eso, los grandes cambios vienen ya a la Iglesia. Y la Iglesia tiene que dejar Roma porque Roma no sirve para nada.

La Virgen se apareció en Fátima: “Una gran señal fue vista en el Cielo” (Ap 12, 1).

Y se aparece justo en el momento en que se establece el comunismo en Rusia: “Y otra señal fue vista en el Cielo, y he aquí un dragón grande rojo” (Ap 12, 3).

Y la Virgen en Fátima indicó a la Iglesia lo que tenía que hacer. Y se lo indicó por su profeta. Y la Iglesia no hizo caso a las Palabras de la Virgen y, por eso, la Virgen tuvo que venir otra vez a dar la Verdad de la Palabra de Dios.

Pero esta vez la dio por todo el mundo. Porque:

“Y el Dragón se ha apostado frente a la Mujer… para poder devorar a su Hijo” (Ap. 12, 4b).

El Dragón Rojo se metió en la Iglesia en el Concilio Vaticano II para devorar la Palabra de Dios, que es lo que ha hecho durante 50 años.

Y la Virgen se presentó en Garabandal, iniciando la etapa de las apariciones marianas en todos los países, para defender a la Iglesia del ataque del Dragón dentro de la misma Iglesia, a cargo de los mismos sacerdotes y Obispos, que han devorado al Hijo de la Virgen, y han destrozado a la Hija de la Virgen, que es la Iglesia.

Y ¿qué ha hecho la Iglesia con todas las apariciones marianas? Todas a un lado, todas negadas, todas manipuladas, todas combatidas.

Porque ese es el trabajo de la soberbia en los sacerdotes y Obispos: perseguir la Palabra de Dios, que es la Palabra de la Verdad, para poner en la Iglesia la palabra humana y que todos obedezcan a esa palabra humana.

Y, entonces, la Iglesia se ha oscurecido en 50 años, se ha eclipsado, y Roma ha perdido la fe por combatir la Verdad, por devorar la Verdad, por querer implantar su verdad a la Iglesia y al mundo. Por anular a Jesús en la Iglesia.

Y, en esta situación, después de 50 años, ¿qué hace la Mujer?

“Y la Mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten mil doscientos sesenta días” (Ap. 12, 6)

Este tiempo es en el que estamos. Hay que huir de Roma al desierto que Dios ha preparado para su Iglesia durante 3 años y medio.

Y hay que huir ya, llevándose dos cosas: “Y le fueron dadas a la Mujer las dos alas de la Grande Águila, para que volase al desierto a su lugar” (Ap. 12, 14).

Hay que ir al desierto con dos cosas: la fe y la gracia. Lo demás, no interesa. Con estas dos cosas, el alma vive sin problemas en la lucha espiritual que viene, porque:

“Y lanzó la serpiente de su boca tras la Mujer agua como ría, para hacer que sea arrastrada por el río” (Ap 12, 15).

Roma ya no es la Iglesia de Jesús. Allí ya no está Jesús. El Espíritu de la Iglesia huyó de Roma al desierto cuando Benedicto xVI renunció a ser Papa, renunció a la Iglesia de Jesús, renunció al sacerdocio, renunció a la Verdad, renunció a la Vida Divina, renunció a la Fe en la Palabra de Dios.

Y, desde esa renuncia, el demonio está combatiendo a la Iglesia dando sus errores desde la Silla de Pedro para arrastrar a toda la Iglesia y hundirla, ahogarla, sofocarla para siempre.

Y la Iglesia tiene que huir de Roma. Las almas que pertenecen a Roma por ser de la Iglesia Católica tiene que renunciar a Roma para seguir siendo la Iglesia Católica. Porque Roma es la la Gran Ramera. Y actúa de esta manera: fornicando con todo el mundo, que es lo que ha hecho desde que inició su triste reinado en Roma.

Este es el punto en que se vive ahora en toda la Iglesia.

Roma ya no sirve para ser Iglesia, para hacer Iglesia. No sirve. Porque no tiene el Espíritu de la Iglesia. Su Espíritu ha huido de Roma. ¿Qué queda en Roma? Sólo los hombres, sus pensamientos, sus obras, sus ideales humanos. Y eso no sirve para hacer Iglesia. Eso sólo sirve para condenarse como Iglesia.

Y hay que irse con la fe y con la gracia.

La Fe en la Palabra de Dios y la gracia que obra la salvación mediante la fe. Las obras de la fe hay que realizarlas en gracia. Y Roma ya no está en gracia, ya no vive la gracia, ya no obra la gracia, ya ha perdido la gracia, porque no tiene fe en la Palabra.

Para perder la gracia hay que perder la fe. Y se pierde la fe mirando el pensamiento humano, que es lo que han hecho todos los sacerdotes y Obispos desde hace 50 años: mirándose a sí mismos, a sus inteligencias y a sus planes de vida humana en la Iglesia.

Por eso, Francisco ha construido su fábrica de hacer hombres en la iglesia. Quien quera un puesto en esa fábrica, que lo pida. Pero el camino de esa iglesia va hacia la condenación, hacia el infierno, hacia la autodestrucción.

Tres años y medio tiene que estar la Iglesia en el desierto. Y va a ser combatida por Roma y por todo el mundo, hasta que llegue el final con el Anticristo. Y, después, será otra cosa para la Iglesia. Pero, ahora, sólo persecución, abandono, muertes, humillaciones, dolores. Cosas necesarias para purificar la Iglesia.

Y en este tiempo se acaban todas las apariciones marianas. La Virgen María se calla, porque se ha ido al desierto. Y en el desierto sigue su trabajo pero en las almas llenas de fe y de gracia. Y sólo habla para ellas, no para el mundo. Porque la Iglesia ahora sólo está en los corazones de aquellas almas que viven de fe y de gracia.

Se van a perseguir a todos los Profetas que ahora dan sus mensajes a la Iglesia, porque todos los que creemos en la Palabra de Dios y nos esforzamos por vivir en gracia, tenemos que irnos al desierto para vivir allí lo que Dios quiera en este tiempo. Y no va a faltar el sustento, porque Dios ha preparado ese desierto para Su Iglesia.

Pero hay que irse al desierto para tenerlo todo en este tiempo. Quien quiera buscar sus caminos en el mundo, entonces le va faltar de todo, en lo espiritual y en lo material.

Dios se ocupa de las almas que viven de fe y de gracia. Lo demás viene por añadidura.

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