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La filosofía del género

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«Nunca creyeron los reyes de la tierra, ni cuantos habitan en el mundo, que entraría el Enemigo, el Adversario, por las puertas de Jerusalén» (Lm 4, 12).

Ahí está, el enemigo de Cristo y de la Iglesia, Bergoglio, sentado en la Silla que no es suya, que no le pertenece por derecho divino.

El Adversario de Cristo ha puesto su hombre para gobernar la Iglesia, que es sólo de Cristo, que no le pertenece ni al hombre ni al demonio.

Bergoglio destruye la verdad en su gobierno en la Iglesia. Y la destruye, no con su inteligencia, sino con su voluntad: con un poder humano, dado a él sólo por un tiempo.

Las personas no se convierten por las palabras de Bergoglio, sino por sus obras. Bergoglio no habla con autoridad porque no tiene inteligencia: no sabe llegar al hombre con la inteligencia. Sabe llegar al hombre con el sentimiento, con la voluntad, con las obras.

Sus obras revelan su pecado: son obras en contra de la voluntad de Dios. Obras que gustan al mundo, porque Bergoglio es del mundo. Bergoglio ama al mundo y lo que hay en el mundo. No puede no amarlo, porque en el corazón de Bergoglio no está el amor de Dios.

En Bergoglio sólo está el orgullo de la vida: él quiere su vida de pecado. Y es lo que muestra a todos en la Iglesia: no se corta a la hora de hablar o de hacer algo que vaya en contra de una ley divina; en él la concupiscencia de los ojos: su mente sólo se fija en la inteligencia que mata, que busca la mentira, que oscurece la verdad, que aniquila toda ley de Dios; y en él se encuentra la concupiscencia de la carne: sólo vive para agradar a los hombres en su carne, en su vida material, en sus conquistas humanas.

«Y el mundo pasa»: Y Bergoglio se acaba, no es eterno, no permanece en la Iglesia, porque no obra la Voluntad de Dios:

«Santificaos y sed santos, porque Yo soy Yavé, vuestro Dios. Guardad mis leyes y practicadlas» (Lev 20, 7).

Bergoglio nunca enseña a cumplir con los mandamientos de Dios. Nunca habla de la ley natural; nunca pone al alma en la ley de la gracia. No sabe lo que es la ley del Espíritu. No sabe ni hacer Iglesia ni ser Iglesia.

Bergoglio apoya la filosofía del género. Le dijo a la lesbiana Diego Neria, que fue con su pareja al Vaticano:

«¡Claro que eres hijo de la Iglesia!’ ‘Dios quiere a todos sus hijos. Te acepta como eres’, y por eso la Iglesia te quiere y te acepta como eres» (ver texto)

Esta lesbiana vio las puertas abiertas con Bergoglio:

«Ha salido de él. Vi sus brazos muy abiertos en arropar a todo el mundo y a gente en desigualdad. Unos brazos demasiado abiertos. Y la forma que tenía de hablar y de transmitir era de absoluta bondad».

Con Bergoglio se ha sentido arropada; con Benedicto se sintió discriminada y apartada:

«Pero no he dejado de sentirme católico, apostólico y romano por ello. Cuando naces y te educas en la religión católica, no la pierdes por muy mal que lo pases. Estaba dolido, pero mi base era fuerte».

El Papa Benedicto XVI predicaba la verdad, que no gustaba a este transexual:

«no a filosofías como la del gender» (19 de enero del 2013).

Esta persona transexual es como todo homosexual: «mi base era fuerte». No creen en lo que son: son hombres (tienen una naturaleza humana). Y no creen en Dios: Dios los ha hecho así: hombres. Y, por no creer en estas dos cosas, no pueden creer en el demonio: están poseídos por el demonio.

Todo homosexual y toda lesbiana tienen una posesión demoníaca en sus cuerpos, que los lleva a vivir en contra de la verdad de su naturaleza humana y de la Voluntad de Dios sobre su vida. No son enfermos, son poseídos del demonio. Más que enfermos.

Y ese ir en contra de la verdad los hace escalar la cumbre de la soberbia: hacerse dioses a sí mismos. Y, por lo tanto, ver en los otros, en los que le ayudan a vivir como piensan, a otros dioses:

«Solo puedo decir que (Bergoglio) es un dios, es el más digno representante de Jesús de Nazaret».

Es el precio a pagar por su gran pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. ¡Quedan ciegos para la verdad!

«Lo que con frecuencia se expresa y entiende con el término «gender«, se reduce en definitiva a la auto-emancipación del hombre de la creación y del Creador. El hombre quiere hacerse por sí solo y disponer siempre y exclusivamente por sí solo de lo que le atañe. Pero de este modo vive contra la verdad, vive contra el Espíritu creador» (21 de diciembre del 2008)

La persona homosexual vive contra la verdad de lo que es en su ser humano. Vive oponiéndose a esa verdad de su naturaleza. Y vive contra Dios, que lo ha creado en esa naturaleza.

La homosexualidad es la manipulación del hombre, que busca ser libre para hacer su vida, sin depender ni de Dios ni de su naturaleza humana.

Es la búsqueda de una libertad que no existe en su ser humano, en su esencia, sino que la crea él mismo en su inteligencia.

En el hombre está «inscrito un mensaje que no significa contradicción de nuestra libertad, sino su condición» (Ib). En la naturaleza humana, está la libertad que le lleva a obrar conforme a lo que es en sí mismo.

Para eso es la libertad: para obrar la naturaleza del hombre. Para poner en obra todo lo que el hombre encuentra en su ser de hombre.

Y la libertad no tiene otra función que ésta. No existe una libertad para ir en contra de la propia naturaleza humana. No existe esa libertad natural. No está inscrita en el ser del hombre. El hombre la tiene que crear él mismo. Pero es una creación sólo en su mente, que no se da en la realidad de la vida, de las cosas.: es un ideal que es imposible de vivir en la realidad. Para vivirlo hay que imponerlo a los demás: hay que someter a los demás a los dictados de la propia razón humana. Por eso, los gobiernos hacen leyes abominables a Dios y a los propios hombres. Leyes que no se pueden seguir, porque son una ruptura con todo el orden de la Creación. Por esas leyes abominables, la Creación se parece a otra Sodoma y Gomorra.

Un hombre nace hombre; una mujer nace mujer. Y se es libre para eso: para ser hombre o para ser mujer.

Y todo aquello que contradiga esta libertad en la naturaleza humana es una cosa abominable:

«Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen una cosa abominable» (Lv 20, 13).

Ni el hombre ha nacido para acostarse con otro hombre; ni la mujer está hecha para estar con otra mujer.

No se es libre para ser homosexual o lesbiana. Dios no da la libertad para pecar, para obrar algo moralmente malo.

El pecado siempre es esclavitud, nunca señala libertad. El pecado nunca es camino para ser libre. Sólo la Voluntad de Dios hace caminar al hombre en la libertad del Espíritu.

Quien vive en el pecado, vive imponiendo su propio pensamiento, que le lleva a hacer una obra en contra de sí mismo, en contra de la humanidad y en contra de la misma Creación.

En todo pecado, el hombre se destruye a sí mismo, se hace un mal en sí mismo. Y destruye todo lo demás. El pecado siempre se irradia, como la santidad, pero en opuesto camino.

Su mente soberbia le lleva a obrar algo que, en lo exterior, parece inofensivo, pero que en lo interior, desgarra al alma y al corazón.

Lo que está en la naturaleza humana no es contradictorio con la libertad, sino su condición: es lo que necesita la libertad para poder ejercer su dominio en el hombre.

El hombre domina cuando es libre, cuando ejerce el poder de su libertad. Y lo hace en su naturaleza humana. Quien quiera ser libre fuera de su naturaleza humana obra algo abominable.

El hombre está sometido cuando se esclaviza a algo, cuando otro anula su poder de ser como es: hombre en su naturaleza humana.

El pecado siempre saca al hombre de su ser de hombre. Siempre. El que obra el pecado es dominado en su libertad, e infiere a su naturaleza humana una llaga maligna, que debe ser curada para que el hombre pueda vivir, no sólo espiritual, sino humanamente.

El hombre, pecando, quiere auto-emanciparse: quiere salir de donde está, de su ser de hombre. Este es el anhelo de todo hombre que nace en el pecado original.

Viene a un cuerpo y se encuentra encerrado en ese cuerpo. Y quiere salir, porque comprende que ese no es su cuerpo verdadero.

«Mi cárcel era mi propio cuerpo porque no se correspondía en absoluto con lo que mi alma sentía» (falso hombre, lesbiana, Diego Neria Lejárraga)

Este sentimiento lo tiene todo hombre que viene a este mundo. Las almas espirituales se conforman con la Voluntad de Dios, y con la ayuda de la gracia soportan esta vida, que es sólo un mal rato en una mala posada.

El pecado original dividió al hombre. Por eso, todo hombre experimenta estas angustias. Y de esta división, se vale el demonio para incentivar en los hombres la homosexualidad y el lesbianismo.

Todo hombre que no ha comprendido lo que es el pecado original, que niega el pecado en su vida, que niega al demonio como un ser superior a él, termina en esta abominación de su naturaleza humana.

¿Qué es eso abominable?

Que el hombre se recree a sí mismo:

«El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que esta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear» (21 de diciembre del 2012).

¡Algo abominable! Negar la propia naturaleza humana: es el pecado de Lucifer para conseguir un ideal: ser dios, no en la esencia, sino en su mente.

Todo homosexual se hace dios a sí mismo: él mismo se crea, se recrea. Él mismo decide su naturaleza humana.

El hombre rechaza que está atado a su naturaleza humana: quiere desligarse de esa atadura para realizarse él mismo, sin necesidad ni de la ley natural ni de su libertad natural.

«el hombre quiere ser absolutus, libre de todo vínculo y de toda constitución natural. Pretende ser independiente y piensa que sólo en la afirmación de sí está su felicidad» (19 de enero del 2013).

Sólo en la afirmación de sí, el hombre pretende alcanzar la felicidad. Sólo en su yo; sólo en su persona. Su orgullo le hace levantarse en contra de su propia naturaleza humana.

Esta es la nueva filosofía de la sexualidad, que cabalga por todo el mundo: el hombre no se nace, se hace; la mujer no se nace, se hace.

Hay que ir en busca de la felicidad que no se encuentra en el propio cuerpo. El cuerpo es una cárcel donde no es posible ser feliz.

Todo homosexual tiene que juzgar a Dios por haberle encerrado en esa cárcel, y no haber puesto un camino para ser feliz.

«Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía» (Ib).

Es un papel social. El sexo ya no es de la naturaleza humana, no es de la persona, sino que es un objeto de la sociedad.

El homosexual no tiene fuerza si no está amparado por una estructura social, por una autoridad humana.

Por sí mismo, ningún hombre puede vivir solo en esta vida. Siempre el hombre necesita de algo o de alguien para vivir. Y esto sólo por el pecado original, que mató al hombre en su ser sólo para Dios.

Dios creó al hombre sólo para Él, para que el hombre hiciera una obra divina, que era llevar hijos al Cielo: engendrarlos para el Cielo. Eso fue todo el plan original de Dios con el hombre y con la mujer.

Cuando Dios crea a los seres espirituales, los crea todos al mismo tiempo. Todos a la vez. No hay una generación espiritual ni entre los ángeles ni entre los demonios. Su creación es su misión: son seres para Dios, no para lo creado.

El hombre es un ser para lo creado, no sólo para Dios. Por eso, tiene la misión de engendrar hijos y de llevarlos al Cielo. El hombre vive para un hijo, no sólo para Dios.

Por eso, muy pocos han comprendido lo que es la vida sexual. El sexo define a toda la persona humana en su naturaleza. Sin sexo, la persona no puede existir. Dios ha creado al hombre con un sexo, con un fin en su sexo: engendrar hijos para Dios. De esa manera, el hombre sirve a Dios. Sólo así el hombre es sólo de Dios.

El ángel sólo ha sido creado para servir a Dios, no para tener hijos, no para administrar una creación divina.

Todo hombre sirve a Dios con su sexo. Por eso, todo hombre tiene que preguntarse qué Dios quiere con su sexo. Este es el sentido de la vida de cualquier hombre.

Un homosexual, una lesbiana, no se pregunta esto. Viven en la angustia de su sexo, de su naturaleza humana. No están conformes con lo que son en su ser natural. Están peleando consigo mismos, odiándose a sí mismo porque nacieron así y quieren ser de otra manera.

Un homosexual, para salir de esta angustia vital, necesita una estructura, una legislación, un poder humano, que lo apoye.

Por eso, hoy día todos los gobiernos se han hecho fuertes en el campo homosexual. Y es un gran peligro:

«las políticas que suponen un ataque a la familia amenazan la dignidad humana y el porvenir mismo de la humanidad» (9 de enero del 2012).

El matrimonio homosexual destruye toda la dignidad de la persona humana, la familia y el porvenir de todo hombre. Son una amenaza para todo lo creado.

«Se trata en efecto de una corriente negativa para el hombre, aunque se enmascare de buenos sentimientos con vistas a un presunto progreso o a presuntos derechos, o a un presunto humanismo» (Ib).

Lo que hoy día se legisla en todas los gobiernos es que Dios no ha creado al ser humano como varón o mujer, sino que es la sociedad la que tiene que determinar lo que es el ser humano.

El poder social destruye la familia, el matrimonio de hombre y de mujer. Todos los gobiernos del mundo están destruyendo la creación de Dios en el hombre y en la mujer. Están recreando un hombre y una mujer nuevos, que les sirva a ellos para su propia idolatría.

«Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad». (21 de diciembre del 2012).

Ya el hombre no es hombre: no es ni varón ni mujer. Es un alma, es un espíritu, que elige el cuerpo que quiere para su vida.

Este es el pensamiento diabólico que está en todas partes: el hombre quiere ser como Dios: espíritu. Le molesta su cuerpo. Y, por eso, decide determinar lo que es con su cuerpo. Y tiene que manipular toda la naturaleza del hombre.

Por lo tanto, tiene que rechazar el matrimonio como un vínculo con otra persona: un vínculo en la naturaleza humana. Y sólo puede ver el matrimonio como la autorrealización de su propio yo, sin atarse a nada ni a nadie. Si el otro comparte su vida es sólo como un objeto que le ayuda para conseguir su fin.

Y, por eso:

«La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya» (Ib).

Todos hablan de que el hombre está corrompiendo la Creación con sus progresos, con sus ciencias, con sus técnicas humanas. Y es sólo hablar para no quedarse callado.

Los gobiernos de todo el mundo están manipulando al hombre con leyes para implantar la filosofía del género. Y eso es lo que destruye al hombre mismo. No es la contaminación del medio ambiente, no son las economías que ponen al hombre al borde de una guerra mundial.

Es el mismo hombre el que se aborrece a sí mismo. Es el mismo hombre el que ya no quiere seguir siendo hombre. Sólo se ha inventado un abstracto de hombre: una pintura que, por más que se la vea, se la estudie, no se puede comprender.

No hay quien comprenda a un homosexual ni a una lesbiana, porque no quieren ser ni hombres ni mujeres. Quieren elegir su propia especie, su propia naturaleza, su propia existencia humana.

¡Es una abominación!

«Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente» (Ib).

Esto es lo que hacen las leyes abominables del género: negar que el hombre sea hombre, y que la mujer sea mujer. Y, de esa manera, no se pueden integrar en la sociedad natural. El hombre ya no es para unirse a una mujer. El hombre no encuentra su camino dentro de la mujer. Y la mujer no es para ser de un hombre. La mujer no planifica la vida para un hombre. Y, por lo tanto, hay que inventarse una sociedad para ellos, para el nuevo hombre y la nueva mujer: un gobierno mundial, un estado mundial. En donde ya la familia no puede tener cabida, porque:

«si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación» (Ib).

Están todos los gobiernos confabulados en contra de la familia que Dios quiere, para implantar la familia que la sociedad busca en su afán de una vida feliz, que le resuelva el destino que su alma no entiende en su cuerpo.

El matrimonio no ha sido creado por Dios, sino que se lo inventa cada sociedad, cada cultura, cada estructura religiosa.

Y eso supone ir en contra de los hijos. Si cada hombre y cada mujer decide lo que es en su naturaleza humana, entonces los hijos son sólo un objeto a buscar, pero no un deseo de la naturaleza humana. No son un amor en la vida, sino un uso que se da para el bien de la sociedad.

Se buscan si van a ser útiles para la sociedad. No se buscan si son un tropiezo para el medio ambiente y para la felicidad, que todo hombre persigue en su autorrealización de su yo.

«Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser» (Ib).

La homosexualidad es la degradación del hombre en su esencia. Por eso, dice San Pedro Damián, en su liber gomorrhianus, cap. XVI:

«Este vicio, sin duda, no puede compararse en modo alguno con ningún otro, pues a todos los supera enormemente…Esta peste expulsa el fundamento de la fe, absorbe las fuerzas de la esperanza, destruye el vínculo de la caridad, elimina la justicia, abate el vigor, retira la temperancia, mina el fundamento de la prudencia… El que es devorado por los ensangrentados colmillos de esta famélica bestia, es mantenido lejos, como por cadenas, de cualquier obra buena, y es instigado sin freno que lo contenga, por el precipicio de la más infame perversión. En cuanto se cae en este abismo de total perdición, se lleva a efecto el ser desterrado de la patria celeste, ser separado del Cuerpo de Cristo, rechazados por la autoridad de toda la Iglesia, condenados por el juicio de los Santos Padres, expulsados de la compañía de los ciudadanos de la ciudad celeste. El cielo se vuelve como de hierro, la tierra de bronce: ni se puede ascender a aquél, pues se está lastrado por el peso de crimen, ni sobre aquella podrá por mucho tiempo ocultar sus maldades en el escondrijo de la ignorancia. Ni podrá gozar aquí cuando está vivo, ni siquiera esperar en la otra vida cuando muera, porque ahora deberá soportar el oprobio del escarnio de los hombres y después los tormentos de la condenación eterna».

El hombre y la mujer son bellos porque hacen, en su naturaleza humana, lo que Dios les ha puesto:

«el no a filosofías como la del gender se motiva en que la reciprocidad entre lo masculino y lo femenino es expresión de la belleza de la naturaleza querida por el Creador» (19 de enero del 2013).

Todo homosexual que quiera salir de su pecado, sólo tiene que ser él mismo en su ser de hombre. Tiene que poner su vida en la penitencia de su pecado:

«Pero el hombre sólo logra ser él mismo en la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro, a los otros, a los hijos, a la familia; sólo dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser persona humana » (21 de diciembre del 2012).

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El lobby gay de Francisco en el Vaticano

Se alaba la obra del pecado de un homosexual

Se alaba la obra del pecado de un homosexual

«Bien, se escribe mucho del lobby gay. Todavía no he encontrado quién me enseñe un carnet de identidad que diga “gay” en el Vaticano. Dicen que los hay. Creo que cuando uno se encuentra con una persona así, debe distinguir el hecho de ser una persona gay, del hecho de hacer un lobby, porque ningún lobby es bueno. Son malos. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? El Catecismo de la Iglesia Católica explica esto de una manera muy hermosa; dice… Un momento, cómo se dice… y dice: “No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad”. El problema no es tener esta tendencia; no, debemos ser hermanos, porque éste es uno, pero si hay otro, otro. El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de los masones, tantos lobby. Éste es el problema más grave para mí» (Francisco).

La mentira siempre está en la boca de un hombre que ha perdido los papeles ante Dios, que no sabe lo que significa la palabra Dios y, mucho menos, sabe hablar de Dios.

El Catecismo no dice: «No se debe marginar a estas personas, por eso, deben ser integradas en la sociedad». Esto sólo es palabra de Francisco, no de un Vicario de Cristo, que debe enseñar y guardar íntegramente el Magisterio de la Iglesia

El catecismo dice: «Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta» (CIC – n 2358), porque todo hombre, sea pecador, sea santo, sea un demonio, tiene derecho a vivir su vida humana según su libre voluntad. Discriminarlos porque sienten unas tendencias homosexuales sería injusto, porque la Iglesia está para enseñar a estas personas la forma de atacar esas tendencias. Si se las discrimina, entonces la persona no aprende a vencer eso que tiene, que siente.

Por eso, el Catecismo añade: «Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana» (CIC – n 2359).

El Magisterio de la Iglesia es muy claro y revelador. Francisco miente en todas sus palabras cuando habla de la homosexualidad.

a. Primero, es necesario juzgar a la persona gay:

La Sagrada Escritura presenta la homosexualidad como abominación: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 23). Y añade: «Cualquiera que cometa estas abominaciones será borrado de en medio de su pueblo» (v.29).

Dios ha sido muy claro con el hombre homosexual desde el principio. El homosexual es libre de vivir en ese pecado; pero Dios castiga su libertad en su pecado, con la muerte. Dios dice que no pueden seguir viviendo en sociedad. Y, por eso, existía la pena de muerte sobre el homosexual: «Si uno se acuesta con otro hombre como se hace con mujer, ambos hacen cosa abominable y serán castigados con la muerte. Caiga sobre ellos su sangre» (Lv 20, 13).

Estas leyes, Dios la dio directamente a Moisés. Es Palabra de Dios. Y esa Palabra es siempre verdadera, actual, vale para todos los tiempos, para todas las épocas. La ley de Dios no es sólo Misericordia, sino también Justicia. Claramente, Dios castiga al homosexual.

La maldad de todos los hombres ha sido poner sus leyes, sus reglas, para que el homosexual, no sólo pueda tener sus derechos como otros hombres, sino que imponga a los demás el respeto a ellos.

El movimiento homosexual quiere obligar a la gente a aceptar su ideología, que los demás asientan, en su mente humana, que la homosexualidad no es una abominación, que es algo que Dios quiere. Con la excusa de una protección legal para sus vidas humanas, con la excusa de que tienen que comer y vestir y trabajar como todos los demás, ahora usan el sistema legal para asegurarse de que los que no están de acuerdo con su vida homosexual, entonces pierdan sus trabajos, sus derechos, sus ingresos, su libertad.

Pareja de homosexuales, que obran su pecado en medio de la Iglesia

Pareja de homosexuales, que obran su pecado en medio de la Iglesia

Este es el gran mal. Y Francisco apoya este gran mal con sus palabras: «¿quién soy yo para juzgarla?». Tiene el derecho y el deber, por ser sacerdote, de hacer un juicio sobre cada persona homosexual. Y si no lo haces, te conviertes –Francisco- en otro de ellos: «conociendo la sentencia de Dios, que quienes tales cosas hacen son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen» (Rom 1, 32).

¿No juzgas, Francisco, a los homosexuales? Entonces, eres homosexual y aplaudes la vida que ellos llevan. Y una imagen vale más que mil palabras, mil razonamientos. Cada uno vive en la Iglesia según su idea. Quien vive de fe, obra las obras de Cristo, imita a Cristo. Y Cristo nunca enseñó a coger de la mano a otro homosexual, sino a tener pureza de cuerpo con todos. Quien vive en contra de le fe, entonces obra su pecado siempre. Y lo ensalza en medio de todos, para que todos los vean.

b. Segundo, es necesario enseñar al homosexual cómo salir de esa vida:

«Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados» (CDF, decl. Persona humana 8). Es decir, son actos en contra de la naturaleza humana, actos contra la ley natural, que enseña que el hombre es para una mujer, y la mujer para el hombre. Y, por tanto, por ley natural, el amor sexual es siempre entre hombre y mujer. Ése es el amor natural en el sexo. El amor contra natura, en el sexo, es hombre con hombre o mujer con mujer. Este amor no es natural, sino contrario al orden que Dios ha puesto en la naturaleza.

Por tanto, no existe el hombre homosexual por naturaleza. El hombre no nace homosexual, sino que nace inclinado al homosexualismo. Y nace de esta forma por el pecado original. Si negamos la existencia de este pecado, entonces negamos la inclinación que tienen algunos hombres, cuando nacen, hacia este pecado contra natura, que es la homosexualidad. Inclinación, que es pecaminosa, pero que hay que saber juzgarla en el Espíritu: «En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» (CDF, decl. Persona humana 8).

Hay que poner a la persona homosexual un camino espiritual para que pueda resolver su problema, que es de índole espiritual, no es social.

Se dice que esta tendencia proviene de una educación falsa, de que la persona no ha evolucionada con normalidad en su vida sexual, de un hábito contraído, que ya no pueden quitar, de malos ejemplos que han visto en otros, o porque tienen una especia de instinto innato, que los lleva, de forma natural, hacia lo homosexual, o porque tienen una patología, un estado mental desviado, que es incurable, y que les hace obrar y ser homosexuales.

Y no existe una razón psicológica, filosófica, teológica, metafísica, para excusar este pecado y para justificarlo en la sociedad. Y mucho menos en la Iglesia. No se pueden justificar las relaciones homosexuales, ni elevarlas al rango de un matrimonio, ni de hacer leyes civiles para ellos.

El ser homosexual no le da derecho a esa persona de que tenga una ley para poder vivir su vida homosexual. Esta es la trampa en la que muchos han caído. Han querido legalizar el homosexualismo. Y defienden los derechos de esas personas con una ley en la mano. Y esto es la abominación de la sociedad.

Un país que permita ajustar en sus códigos civiles leyes que aprueban la vida del homosexual tiene sobre su cabeza la espada de la Justicia.

Hay que distinguir dos cosas: el hombre y su pecado homosexual. El hombre tiene sus derechos como todo hombre. Y debe vivir su vida con esos derechos, atendiendo a la ley divina y a la ley natural, y a los demás derechos positivos y civiles. Pero, cuando se quiere reglar la vida sexual de la persona homosexual, entonces el hombre se pone por encima de la ley de Dios. Se hace dios y comienza a inventarse una vida que no le pertenece.

La Iglesia enseña claramente: «Indudablemente esas personas homosexuales deben ser acogidas, en la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable» (CDF, decl. Persona humana 8).

Las relaciones homosexuales son siempre pecado, una ofensa contra Dios. Esta es la regla esencial que nadie puede anular con una ley humana. Esto es indispensable conocerlo y defenderlo siempre, si no se quiere errar en este tema tan claro para el que tiene fe en la Palabra de Dios, pero oscuro para el que no vive de fe.

c. Tercero, es necesario atacar la idea de Francisco porque viene del demonio:

Un hombre que no discierne lo que es un homosexual, como es Francisco, entonces sus obras son siempre confusión y mentira en la Iglesia.

Se besa en la mano a un sacerdote porque sus manos están consagradas; son manos que traen al Verbo Encarnado; que lo tocan, que, a través de ellas, el sacerdote es transformado en otro Cristo. Y se besa la mano de aquel sacerdote que vive íntegramente su sacerdocio en Cristo. Pero no se pueden besar esas manos cuando el sacerdote vive públicamente su pecado en la Iglesia, porque hacer eso significa alabar su vida de pecado, aplaudirla en medio de toda la Iglesia.

Es lo que ha hecho Francisco con Don Michele de Paolis, un sacerdote que está en la Iglesia para vivir su pecado de abominación, y que dice cosas como ésta: «Algunas personas de la iglesia dicen: «Está bien ser gay, pero no deben tener relaciones sexuales, no pueden amarse». Esta es la mayor hipocresía. Es como decir que una planta que crece, «no tiene que florecer, no hay que dar frutos!» ¡Eso sí que es ir contra la naturaleza!». Un hombre que no ha comprendido la Palabra de Dios, que no puede aceptarla en su corazón y que vive blasfemando contra el Espíritu Santo en la Iglesia. Con este sacerdote, no sólo no hay que besarle la mano, sino prohibirle que siga celebrando misa, porque exalta su pecado y lo justifica ante Dios y ante la Iglesia.

Francisco, al dar un beso a la mano de este hombre, hace un gesto abominable. Y enseña a toda la Iglesia que él es también homosexual, porque no rechaza, en su mente, la idea del homosexualismo.

Se puede ser homosexual porque, en la vida sexual hay una unión carnal con otro hombre. Pero, también se es homosexual porque la mente participa de la idea del demonio. La homosexualidad no es una idea que nace de la mente del hombre, ni de su vida social, ni de sus problemas en el sexo.

La homosexualidad es una idea demoníaca, porque el hombre o la mujer homosexual va hacia el sexo, no por el amor carnal o el deseo de lujuria, sino por una idea en su mente. Esa idea la pone el demonio. Y eso significa que el demonio posee, de alguna manera, la mente del hombre. Existe una idea obsesiva, que trabaja la mente de la persona, y que no se puede quitar, y que lleva a esa persona al acto homosexual.

Por eso, es necesario hacer exorcismos a las personas homosexuales o lesbianas. Porque el demonio no sólo posee el campo sexual de la persona, sino su mente.

Hoy, como todo se quiere explicar con la psiquiatría, entonces el hombre no cree en el demonio, en la acción del demonio en la mente del hombre. Por eso, hay tantos sacerdotes, que, aunque sean exorcistas, no creen. Dan fe a la psiquiatría y no son capaces de comprender que en la mente del hombre hay un demonio, por su falta de fe en la Palabra de Dios.

Hay demonios para todo: para el estómago, columna vertebral, esternón, intestino, piernas, manos, mandíbulas, etc. Y, también, para la cabeza, la mente, la memoria; que no se manifiestan al exterior del cuerpo, pero que la persona los siente en su alma.

Aquel que empiece a poner su idea de lo que es la vida homosexual sin fijarse en la Palabra de Dios, queriendo explicar esa vida, de otra manera, con conceptos humanos, comienza a fornicar con la mente del demonio, y la idea del demonio se arraiga en él. Y comienza a defender a los homosexuales. Y eso es ser homosexual.

No se puede defender un pecado, porque si se hace la persona comete ese mismo pecado, aunque no sea en la obra. Lo comete en su pensamiento o en su deseo. Ya pecó y, por tanto, es esclavo del pensamiento del demonio, y éste lo lleva a la obra de ese pecado.

Por eso, Francisco es homosexual y obra como piensa, con su idea homosexual. Y, por eso, hay que atacar a Francisco. No se le puede dar obediencia ni respeto en la Iglesia. Es un hombre que no enseña la Verdad como está en la Palabra de Dios; sino que enseña sus interpretaciones de la Palabra, su deformación de la Verdad, su maldad en la Iglesia.

Por eso, Francisco, no sólo va a aprobar que los divorciados puedan comulgar, sino también el matrimonio homosexual en la Iglesia.

Él ve algo natural la unión entre hombre y hombre: «No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad». Pero si ya están integradas, ya tienen los derechos que todos los demás. ¿De qué integración hablas? Hay que integrar su vida homosexual en la sociedad, en la Iglesia. Hay que integrar su pecado abominable. Hay que dar ese paso.

Por eso, un hombre que no juzga al homosexual está permitiendo el lobby gay en el Vaticano. Sus palabras son sólo propaganda: «Todavía no he encontrado quién me enseñe un carnet de identidad que diga “gay” en el Vaticano. Dicen que los hay». Francisco sabe que existe ese lobby y lo aprueba, pero tiene que callarse. Tiene que dar un rodeo: «El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de los masones, tantos lobby». Existe el lobby gay, pero eso no importa. Hay que centrarse en los demás lobbys. Si aprueba a sacerdotes homosexuales, como son Don Michele de Paolis y Don Luigi Ciotti, entre otros muchos, tiene que aprobar, tiene que aplaudir, lo que es un secreto a voces: que Cardenales se acuestan con hombres en el Vaticano.

En la Iglesia, ahora se camina solo, sin una guía espiritual, sin un Pastor que enseñe la Verdad. Y, por eso, no se puede seguir a ninguna Jerarquía. A nadie. Todo hay que cotejarlo, medirlo, juzgarlo, porque la Jerarquía miente clara y descaradamente. Sólo se puede obedecer a aquellos sacerdotes y Obispos que hablen clarito, que llamen a cada cosa por su nombre. A los demás, hay que alejarse de ellos como si se viera al mismo demonio.

Como de este Cardenal, Lorenzo Baldisseri, cabeza del Sínodo de los Obispos, que tiene su mitra para ir en contra de la doctrina de Cristo: «La Iglesia no es eterna, vive entre las vicisitudes de la historia y el Evangelio debe ser conocido y experimentado por la gente de hoy. Es en el presente lo que el mensaje debería ser, con todo el respeto por la integridad de quien ha recibido el mensaje. Ahora tenemos dos sínodos para tratar este complejo tema de la familia, y creo que esta dinámica en dos movimientos permitirán una respuesta más adecuada a las expectativas de la gente» (Lorenzo Baldisseri). Es darle a la gente lo que ella quiere. No es darle a las personas lo que quiere Dios. Es poner el mensaje del Evangelio al capricho de la vida actual de la gente. Porque ya la Iglesia no es eterna. Tampoco Cristo y su doctrina. Todo cambia con el hombre, con los tiempos, con la evolución del pensamiento humano. Se niega la Voluntad de Dios y, por tanto, su Ley Divina. Se pone la ley de los hombres y a eso lo llaman ley divina. Mayor abominación no cabe.

Para que la idea homosexual se imponga en la Iglesia, es necesario obrarla sin más. Hacer que en cada sitio se obre esa idea, aunque no haya sido aprobada en ningún Concilio o Sínodo. Para cambiar la idea doctrinal es necesario la idea pastoral; que se imponga esa idea. El cisma es la obra de la idea, no es una idea. Quien obra la idea del homosexualismo en la Iglesia está ya produciendo el cisma, lo está ya obrando. Los demás, al aceptar esa idea como buena en la práctica, se suman al cisma y, al final, cambian la idea doctrinal. Así siempre obra el mal: haciendo caminar por el pecado. Y una vez que el pecado ha arraigado en el alma, entonces se exige la idea, se manda con obediencia esa idea, se pone la ley que promulga el pecado, que lo legaliza.

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