Lumen Mariae

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Bergoglio, en el ejercicio de su gobierno, es un hereje

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Se han cumplido dos años de una usurpación y de una dinamitación del Papado.

Este es el resumen claro de la obra de Bergoglio.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero dicen: el Papa, en el ejercicio de su gobierno, no es hereje.

Al decir esto, incurren en una grave consideración de los hechos.

Si Bergoglio es hereje, es decir, sus errores o dudas en materia de fe no pueden encubrirse de ninguna manera; están ahí, todos lo pueden ver, leer, discernir… Entonces, por ser Bergoglio hereje, no pertenece a la Iglesia Católica, porque –como decía San Jerónimo- «los herejes fulminan la sentencia contra ellos mismos al apartarse de la Iglesia siguiendo su albedrío». O, como decía San Agustín: «… ¿para qué voy a estar diciendo que se separen de la Iglesia cuando ya lo han hecho? En efecto, son herejes; ya están fuera de la Iglesia».

Si «soy católico, no quiero ser hereje» (San Hilario).

Bergoglio es hereje. Luego, ya está fuera de la Iglesia. No puede gobernar la Iglesia.

Hay muchos que quieren ser herejes y seguir llamándose católicos.

Si se ve la manifiesta herejía de ese hombre, ¿por qué dicen que en su gobierno no hay herejía?

Aquel que viola la ley moral nunca, bajo ninguna circunstancia, puede probar, por la razón, tener razón. Lo que es inmoral nunca puede acabar siendo un gobierno correcto, una enseñanza verdadera, un camino de salvación y de santificación en la Iglesia.

¿Cuál es el ejercicio de gobierno de Bergoglio? ¿Cómo ejerce su gobierno en la Iglesia?

Lo ejerce en una estructura que no pertenece al régimen establecido por Jesucristo como esencial en la Iglesia. En una estructura que viene de una obra inmoral, de pecado.

Jesús puso a Pedro para gobernar la Iglesia; en otras palabras, puso un gobierno vertical en la Iglesia. Quien gobierna la Iglesia es una sola cabeza, un solo hombre, que no es igual entre muchos. Pedro es el principio del poder en la Iglesia. La autoridad que posee no la tiene nadie más en la Iglesia. Aquel que obedece a Pedro, posee esa autoridad, que dimana de él; pero aquel que no lo obedece, no puede poseer esa autoridad divina.

Bergoglio ha colocado un gobierno horizontal en la Iglesia: una estructura de muchas cabezas, en la que Pedro es uno entre muchos. Esas cabezas deciden el destino de la Iglesia. Ese gobierno horizontal no pertenece al régimen esencial de la Iglesia. Sino que va en contra de la propia esencia de la Iglesia. Ya la Iglesia no se levanta en una cabeza, sino en muchas. Poner un gobierno horizontal viola la ley moral, es un pecado, no sólo grave, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo. Ese gobierno horizontal es claramente inmoral en la Iglesia. Y, en consecuencia, quien ejerce ese gobierno da la herejía en acto. El ejercicio de ese gobierno es herético. Además, los que componen ese gobierno horizontal son hombres de herejía. Por lo tanto, tampoco pertenecen a la Iglesia. Están gobernando la Iglesia desde una estructura exterior a Ella: éste es el gran pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

¿Cómo es que muchos quieren apoyarse en ese pensamiento: el papa, en el ejercicio de su gobierno, no es hereje; cuando claramente no pueden probar que su gobierno sea correcto? Su gobierno no es el que quiere Cristo en Su Iglesia. No es el correcto. Es un gobierno de herejes y de manifiesta herejía.

¿Por qué dicen eso si están diciendo un absurdo?

Lo inmoral no es el fundamento del ejercicio de ningún gobierno. De un hereje no puede salir una verdad. De un gobierno de herejes no puede salir un gobierno de verdad en la Iglesia, una norma de moralidad, una Voluntad Divina.

Muchos argumentan así: como Bergoglio no ha dicho ex cátedra, es decir, no ha impuesto una norma, una ley, una doctrina que sea contraria a la ley de Dios, al Magisterio de la Iglesia… No ha impuesto su herejía a todos como una verdad, sino que solamente dice cosas que tapan la verdad, entonces lo tenemos como Papa verdadero y lo defendemos como el Papa.

A este absurdo están llegando muchos católicos: fieles y Jerarquía.

Y se olvidan de que el Papa sólo habla ex catedra para dejar sentado una verdad, para definir una verdad ya revelada y que toda la Iglesia la siga desde ese momento. Que esa verdad revelada sea una verdad dogmática.

Si Bergoglio es un hereje, ¿piensan que tiene capacidad de definir una verdad ex cátedra, una verdad dogmática? ¿Acaso un hereje puede hablar con la verdad?

¿Ven el absurdo al que llegan muchos, incluso tradicionales, gente que sigue la doctrina católica, y que no son tradicionalistas, pero que van perdiendo la fe?

Hablar ex cátedra sólo lo puede hacer un Papa legítimo, un hombre católico. Nunca puede hablar ex cátedra un hombre hereje. Muchos esperan eso para decir: Bergoglio no es Papa. Claramente, ellos mismos, se contradicen en su argumento.

Son como los tibios que dejan la confesión para antes de morir. Mientras no llegue la muerte, siguen viviendo en sus pecados.

Hasta que Bergoglio no diga, claramente, no lo publique, no enseñe en su magisterio que haya que tener otra fe distinta a la que se sigue en la Iglesia, entonces hay que tenerlo como Papa legítimo.

Llegar a este pensamiento es negar muchas verdades en la Iglesia. Además, ser Papa no se manifiesta en hablar ex cátedra, sino en gobernar la Iglesia en la Verdad: en la verticalidad, exigiendo a todos la obediencia a sus mandatos y enseñanzas.

Y ¿por qué la Jerarquía llega a este pensamiento?

Sólo hay una razón: tienen mucho que perder. El dinero, el trabajo, la comida, una casa, una fama, una gloria entre los hombres, un prestigio social… Y no quieren perder eso. Y, entonces, tienen que buscar un argumento, que no convence a nadie, ni siquiera a ellos mismos, en que se defienda al hombre Bergoglio y a su herejía. Hay que defender la figura que Bergoglio tiene en la Iglesia: a Pedro. Falsa obediencia a la figura vacía que representa Bergoglio.

¿Vais a defender a Pedro en la persona de un hereje? ¿Vais a defender la Verdad aceptando la herejía de un hombre sólo porque se sienta en la Silla de Pedro?

¡Cuánta demencia hay en toda la Iglesia.

No se puede probar, con la razón, que un hereje tiene razón. No se puede probar, con la razón, que Bergoglio es Papa. Un hereje nunca puede ser Papa. Un hereje nunca puede gobernar en lo correcto, en la verdad, sin la herejía. El ejercicio de su gobierno es, claramente, herético.

Bergoglio está violando la ley moral. ¿Por qué lo defienden con sus palabras, con sus razones, con sus argumentos?

¿Por qué quieren buscar un lenguaje humano adecuado para callar las manifiestas herejías de Bergoglio?

¿Por qué no quieren creer la sencilla Palabra de Dios: «aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema»?

¿Ya San Pablo ha dejado de ser guía en la Iglesia?

¿Ya un católico, de a pie, no tiene derecho de proclamar que  Bergoglio y su doctrina (su evangelio de la alegría, su falsa misericordia de las lágrimas) son  anatemas en la Iglesia?

Muchos están obligando a los fieles a decir que Bergoglio es Papa. Que es la autoridad de la Iglesia la que tiene que proclamar que Bergoglio no es Papa. Y hasta que esos jerarcas no lo hagan, hay que considerar, hay que llamar, hay que obedecer a Bergoglio como Papa.

Ya no sois como niños en la fe: ya no creéis como creen los niños: sin argumentos, sin teología, sin la ciencia del hombre. Sois como Santo Tomas: si no veo, no creo. Si una autoridad, en la Iglesia, no enseña (no proclama) que Bergoglio no es Papa, entonces no creo.

Muchos se han instalado en su clara soberbia y es lo que enseñan a su rebaño. No tienen las agallas de dar testimonio de Cristo a los demás. Creen que la Iglesia es un conjunto de borregos que deben unirse para defender a un hereje como su papa.

¿Cómo ve la Iglesia a Bergoglio?

Lo ve como un mensajero de un dios que no existe: el Dios de las sorpresas. Un concepto de Dios inventado por el lenguaje de los modernistas. Un concepto para un dios que cambia según la mente de cada uno. Ya no es un Dios que permanece en la Verdad, que enseña la misma Verdad, sino que es un dios que sorprende al hombre con cosas nuevas e inesperadas. Con este dios de las sorpresas, se acaba todo dogma, toda Tradición, se anula el Evangelio y los hombres se dedican a hacer su gran negocio en la Iglesia: el falso ecumenismo. Querer integrar a todos en una nueva iglesia ecuménica, universal, en la que las mentes de todo el mundo puedan participar. Incluso los ateos pueden creer en el dios de las sorpresas. Ellos, que no creen en dios, pueden reflejarse en ese concepto porque el dios de las sorpresas no es un dios religioso, que imponga una ley, una Voluntad a seguir, sino que es un dios de la mente del hombre. Cada uno se inventa su dios en su cabeza humana, con su lenguaje humano, con su idea filosófica. Y el ateo tiene en el dios de las sorpresas su no dios: el concepto de que dios no existe.

El falso ecumenismo es sólo la unión de las mentes de todos los hombres. No se unen las religiones, ni sus ritos, ni sus liturgias. Cada uno sigue con los suyo, pero abierto a la mente del otro, aceptando sus ritos, sus liturgias, participando de ellas, y haciendo unión con ellos sólo en la mente, en un lenguaje humano nuevo, con conceptos nuevos, inventados para esa iglesia ecuménica.

Para otros, Bergoglio es su sueño: su papa evangélico, es decir, la imitación de Lutero. Bergoglio es el nuevo Lutero para muchos fieles y gran parte de la Jerarquía. El pensamiento de Bergoglio es el que siguen muchos jerarcas. Quieren llevar el evangelio a la calle, al pueblo, a las culturas, a los problemas de los hombres, pero sin cambiar a los hombres, sin hacer proselitismo, dejándoles en sus vidas, en sus pensamientos, en sus obras, porque ya no se trata de dar una ley, sino un afecto, un sentimiento a los hombres. Ya ese papa evangélico tiene que acercarse al pueblo, al hombre, pero enseñando lo evangélico, es decir, una palabra amable, una palabra nueva, tierna, que guste al hombre, que la quiera escuchar el hombre, que regale los oídos del hombre. No se quiere a un papa que sea como todos los demás: imponiendo una doctrina. Se quiere un papa de gestos: que se vista pobremente, que hable sencillamente, que obre cosas que agraden a los hombres. Se quiere la figura de un papa pero sin el Espíritu de Pedro. No importa lo que diga ese hombre. Con tal de que lo diga que guste a los hombres, eso basta. Porque hay que estar con los hombres, con sus problemas, con sus vidas. Hay que dejar vivir a los hombres en sus erradas vidas y no decirles que van mal.

Por eso, muchos gustan de Bergoglio por su populismo: es un hombre del pueblo, del mundo, para los hombres, con los hombres, que sólo está preocupado por los asuntos de los hombres. Es lo que enseñaba Lutero que el poder de Dios está en el pueblo, no en la jerarquía: «a los cristianos no se les puede imponer bajo ningún derecho ley alguna». Esto es lo que enseña Bergoglio. Lo mismo. Los teólogos tienen que tener olor a pueblo. Los sacerdotes, con olor a oveja. No hay un mandamiento para cumplir: «Pero si uno piensa que la vida moral sea solamente ”hacer esto” y ”no hacer aquello” no es cristiano». Amar a Jesús no es cumplir una norma de moralidad, sino que es ser amado por Dios: «La moralidad cristiana es ésta: ¿Has caído? Levántate enseguida y continúa. Este es el camino. Pero siempre con Jesús». Siempre con Jesús, pero no con la doctrina que enseña Jesús. Es un Jesús para el pueblo. Si has caído, sigue en tu pecado. Levántate de tu caída, pero sigue en tu vida. Es un problema social tu caída, pero no es un pecado en tu alma. Es un problema que te hace caer, que te hace renunciar a la vida social, que es donde tienes que estar si quieres creer. Es el pueblo el que cree. Es la masa la que decide lo que es bueno y lo que es malo. Bergoglio es el hombre del mundo, el falso papa ideal para el hombre mundano. Es una figura vacía de la verdad, pero llena de todas las mentiras. La gente quiere ser pueblo. Que el pueblo tenga el poder, el conocimiento, la ley. Que del pueblo venga las leyes para todos los hombres. Muchos ven así a Bergoglio.

Por eso, para muchos estudiosos del Vaticano, Bergoglio ha traído no una época que cambia, sino un cambio de época. No es la historia del hombre que va cambiando, sino que es el cambio de la historia. Ya no se tiene a un papa católico, sino a un hombre que no es católico, pero que se le deja actuar como papa. Es el cambio de época. Ya la Iglesia tiene que asemejarse a los hombres, a sus tiempos, a su mentalidad. La Iglesia tiene que ser para todos los hombres. Tiene que ser de la época del hombre. La época en que el hombre se vuelve dios para sí mismo. Es la visibilidad de falsa iglesia del Anticristo. Ya se ven sus cabezas, sus miembros. Ya se ve el rol que manifiestan muchos porque se creen superiores a los demás hombres. Se creen dioses y con poder, con la sabiduría para cambiar la Iglesia, para romper con sus fundamentos más esenciales y hacer una iglesia totalmente nueva: refundar la Iglesia. Es el cambio de época: se necesita una nueva iglesia. Es el cambio de iglesia. Ya no es la Iglesia que cambia algunas cosas, sin cambiar lo esencial de Ella; es la iglesia que lo cambia todo, porque es el cambio de una época: la del hombre. Es la perfección de la soberbia del hombre, que nació en el Renacimiento, pero que sólo ha llegado a su culmen a finales del siglo pasado. Bergoglio es sólo el inicio de este cambio de época: el inicio de una falsa iglesia, que será el cuerpo místico del Anticristo.

Por eso, para los ciegos de la Jerarquía, que obedecen a Bergoglio como Papa, ese hereje se mueve en la normalidad del pensamiento del hombre: si vives como pecador, sigue en la obra de tu pecado. Bergoglio no cambia eso, sino que lo deja en lo de siempre, en lo normal. Bergoglio sólo ataca la doctrina católica, pero no ataca al pecador que vive su pecado y que ensalza, en la sociedad, su negro pecado. Es un papa normal para el mundo. Es la normalidad que se pide a un papa no católico, que no posee la fe católica. Y, por tanto, Bergoglio es oportunista: sabe dar a cada hombre lo oportuno, lo que desea, lo que busca en su vida. No es inoportunista: no cierra caminos, no señala dogmatismo. Es políticamente correcto en todas las cosas.

Muchos ven a Bergoglio como el que ha sembrado una iglesia y un mundo mejores. Son los que van buscando la novedad en la Iglesia, el placer, la felicidad en todas las cosas. Les llega la frase de ese hereje: «el camino de Jesús es la felicidad». Es lo que mucha Jerarquía está sembrando en el rebaño: ya no les hablan de la Cruz de Cristo, sino de la felicidad de la vida. Es el nuevo Paraíso, que viene con el cambio de época. Y es lo que va a predicar el Anticristo: un mundo nuevo, feliz, en el que todos tienen de todo, y en donde ya no hay enfermedades. El Anticristo va a curar a muchos, va a hacer muchos milagros para que todos lo sigan, fabriquen un nuevo paraíso en la tierra. Hagamos un mundo mejor con las obras del pecado de todo el mundo. Hagamos una iglesia mejor con las herejías de todo el mundo. Esto es lo que la Jerarquía busca, lo que ellos quieren para el Rebaño.

Después de dos años, la Iglesia ha caído en la degeneración más absoluta.

Un demente, no sólo un hereje, guía a la Iglesia.

Y hay que llamarlo demente. Si eres teólogo recto y has estudiado los escritos de Bergoglio, te habrás dado cuenta de que no tienen lógica humana. Ni siquiera tienen  la lógica de un Kant, de un Hegel, en que uno puede seguir su lógica errada y llegar a algo concreto en el error. Con este hombre, no hay manera de llegar a una concreción. Es todo una demencia. Y sólo por una cosa: Bergoglio no es intelectual, sino un hombre que resume, que sintetiza el pensamiento de otros hombres intelectuales, para expresarlo a su manera, en su jerga. Por eso, Bergoglio es un auténtica demencia como hombre intelectual

Y en manos de este demente está toda la Iglesia.

¡Qué gran castigo viene para todos!

Sacerdotes y Obispos poseídos por la mente del demonio

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«Cogió al Dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, y Satanás, y lo encadenó por mil años» (Ap 20, 2).

El Dragón es la serpiente antigua, la que apareció en el Paraíso, enemiga de la Mujer y del linaje de la Mujer (cf. Gn 3, 15).

La serpiente no es un mito o un ser fantástico, no es el diablo en forma de serpiente, sino una verdadera serpiente:

«la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios» (Gn 3, 1).

Dios creó a la serpiente, pero el demonio la poseyó.

La serpiente es un animal, pero poseído por el diablo: «El Misterio de iniquidad está ya en acción» (2 Ts 2, 7)….en el Paraíso; y se mostrará hasta el fin del mundo en que «el diablo, que los extraviaba, será arrojado en el estanque de fuego y azufre» (Ap 20, 10).

Este Misterio del Mal vive en la Creación de Dios.

Dios crea al hombre y a la mujer para una obra en la carne. El demonio posee una carne animal para imitar la obra de Dios en la naturaleza humana.

Un animal, creado por Dios, pero poseído por el diablo. Esto supone que en el Paraíso hay un ser dominado por el pecado de Lucifer, pero que no ha recibido la sentencia de Dios.  Un ser, que siendo animal, es más astuto que el hombre, más sagaz, más inteligente.

El diablo posee un animal con una sola intención: seducir a Adán y a Eva.

El diablo se encarna en un animal: es una encarnación espiritual, no real. Es una encarnación que quiere imitar la Encarnación del Verbo, que Lucifer conocía en Dios. Es una encarnación que es una posesión.

El primer paso es tomar una bestia para anular la obra de Dios en Adán: la naturaleza humana perfecta en Dios; el segundo paso es tomar un hombre para anular la obra de Dios en el nuevo Adán, Jesús: la naturaleza espiritual y divina en el hombre. Y el tercer paso es tomar a un hombre glorioso para anular toda la obra de Dios en Cristo:

«Cuando se hubiese acabado los mil años, será satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones…y reunirlos para la guerra…Subirán sobre la anchura de la tierra y cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada» (Ap 20, 8).

Sale el diablo a extraviar a un mundo transformado: «No todos moriremos, pero todos seremos transformados» (1 Cor 15, 51). Si no se muere, no se puede ver a Dios; sino que se sigue viviendo en peregrinación. Pero se vive con un cuerpo transformado, espiritualizado, glorioso, pero no con la plenitud de gloria que se tiene en el cielo. Es el Misterio del Reino glorioso en la tierra. El Misterio de los mil años, en que nadie cree.

Tres batallas el demonio pone a Dios:

1. En la primera, en el Paraíso, el demonio conquista al hombre y crea su linaje: hombres con un cuerpo, con un alma, pero sellados por el espíritu del diablo. De Caín nació todo ese linaje maldito:

a. «andarás maldito…Cuando labres la tierra, ella no te dará más su fruto; fugitivo, errante, vivirás sobre la tierra» (Gn 4, 12): El pecado de Caín no tiene ya remedio: es una maldición que no se puede suprimir con los buenos frutos humanos. Ni siquiera el bien de la tierra será alivió para el alma de Caín. Caín es el primer hombre que no espera el perdón. No puede esperarlo, porque Caín fue engendrado para condenarse: ese fue el pecado de Adán en Eva. Este es el Misterio de la iniquidad que se puso en acto en el Paraíso. Y que pasa a todos los hombres, de generación en generación; es decir, pasa vía acto sexual. Por eso, el Anticristo viene de una generación: de un Obispo y de una mujer hebrea dada a las artes de Satanás: . «Durante este tiempo nacerá el anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa Virgen, que tendrá comunicación con la antigua serpiente, maestra de impureza. Su padre será Obispo» (Profecía de la Salette). El Anticristo es un hombre poseído por el diablo, con una posesión perfecta, irrompible, que lleva al alma a obrar sólo la mente del demonio. El Anticristo no puede obrar su mente humana: no es libre. Está poseído en todo por la mente de satanás para una obra del demonio.

b. «cualquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces. Y puso Yavé una señal a Caín para que no lo matara quien lo hallase» (Gn 4, 15): Caín no será víctima de la venganza humana, sino que el mismo Dios se reserva su castigo y el de su linaje. Ningún ser humano puede acabar con todos los males que el linaje del demonio produce en la Creación. Sólo Dios puede aniquilar esa raza maldita de hombres, que viven poseídos por Satanás y que combaten, día y noche, contra los hijos de Dios, que es el linaje de la Mujer.

El demonio hace su obra poseyendo un animal, una bestia. Así engaña al hombre. Así de fácil. La inteligencia del demonio es superior a la inteligencia del hombre. Su astucia es su poder: «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11, 14). Sabe presentar su conocimiento mentiroso como si fuese una verdad que debe ser seguida. Es lo que hacen los falsos profetas, los falsos apóstoles, los falsos sacerdotes y Obispos. Y es lo que hace, continuamente, el maestro del error, Bergoglio, que ocupa el lugar que nunca debería haber sido suyo. Pero toda su vida ha sido un satanás disfrazado de bondad, humildad, pobreza inmaculada. Bergoglio pertenece al linaje del Anticristo: ha nacido para combatir contra Cristo y Su Iglesia. Y lo hace revistiéndose exteriormente de Cristo, como los fariseos que buscan llamar la atención con las palabras y las obras exteriores, que siempre son conformes a los pensamientos y obras humanas.

Si a Adán y a Eva, teniendo todos los dones de la gracia, dones preternaturales, una bestia poseída por el demonio los engañó, ¿se llevan las manos a la cabeza al contemplar cómo son engañados todos los católicos por un hombre poseído por Satanás? ¿Por un Bergoglio que no tiene inteligencia, que habla con un lenguaje de pueblo, que sus discursos son sin sentido común, carente de toda verdad, sólo dichos para impresionar, para captar el sentimiento, el afecto del que escucha? Pues este hombre, que es un animal poseído por el demonio en su inteligencia, ha engañado a toda la Iglesia, a todos los católicos.

¡Qué fácil es engañar a los hombres!

¡Y muchos católicos continúan en el engaño!

¡Nadie cree en el demonio; nadie cree en el misterio del mal!

Si Satanás pudo engañar a un hombre con un animal que no tiene razón, inteligencia, entonces es más fácil engañar a los hombres con hombres que poseen una inteligencia. Porque Satanás es el maestro de la mente humana. Es el que habla a la mente. Es el que conduce al hombre a través de su mente, de sus ideas humanas.

Si Adán lo tenía todo y fue engañado por un animal, los católicos, que no tienen toda la gracia, entonces son engañados por un loco. Un loco que los hace creer que todos somos santos y justos a los ojos de Dios: «Dios quiere a todos sus hijos, estén como estén, y tú eres hijo de Dios y por eso la Iglesia te quiere y te acepta como eres».

amabominacio

¡Cómo está el patio!

Ya nadie cree ni en la ley natural, ni en la ley divina ni en la ley de la gracia. Ahora todos creen en la ley de la gradualidad: Dios nos ama a todos, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios; cada uno va gradualmente a Dios, según la evolución de su idea humana de la vida, de la iglesia, de Dios, de Jesús, etc… Cada cultura tiene su momento: ahora estamos en la cultura del encuentro, en que hay que unir las mentes de los hombres, porque la felicidad sólo está en cada hombre, en cada mente, en cada obra del hombre. Todos aportan al bien de la humanidad su granito, su valor, su dignidad, su respeto. No hay verdades absolutas, sólo hay verdades como el hombre se las invente: el relativismo universal de toda idea humana.

2. En la segunda, en el Calvario, el demonio conquista a los hombres que no creen en Cristo Crucificado: son los nuevos anticristos que marcan la venida del Anticristo. Así como el demonio se formó un linaje humano, carnal, para su obra en la Creación; así el demonio, en la Iglesia, se forma su jerarquía, su linaje espiritual, que combate al linaje de Cristo y de María.

a. «antes ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición» (2 ts 2, 3): el Anticristo de nuestros días es posible porque hubo un Caín en el Rebaño de Cristo: el demonio poseyó el alma de Judas. Él derramó sangre inocente, como Caín; él mató al Justo, como lo hizo Caín con su hermano Abel; y él creyó que su pecado fue demasiado grande para obtener la misericordia divina, como así lo declaró Caín: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla» (Gn 4, 13). Judas «fue y se ahorcó» (Mt 27, 5) para que se cumpliese la Escritura: «Asoladas sean sus moradas y no haya quien habite sus tiendas» (Sal 69, 26), pero «sucédale otro en su ministerio» (Sal 109, 8). El pecado de Caín se sucede en el pecado de Judas; y se sigue sucediendo en toda la Jerarquía que imita el pecado de Judas. Por más que muera un Judas, siempre habrá otro. Y esto hasta el fin del mundo. Y, por eso, en la Iglesia hay que saber discernir a toda la Jerarquía: unos son de Cristo; otro son del Anticristo. Y hay que llamarlos a cada uno por su nombre, que es lo que muchos católicos no saben hacer, ni con Bergoglio, ni con la demás jerarquía que lo sigue y que le obedece.

b. «muchos se han hecho anticristos» (1 Jn 2, 18): se sabe que es la última hora sólo por una cosa: abunda una jerarquía en la Iglesia que es del demonio, que está poseída por Satanás, con la posesión más perfecta, que no es en el cuerpo, sino en la inteligencia, en la mente del hombre. Abunda: son mayoría. Han escalado los puestos más altos para conquistar toda la Iglesia, para hacer una iglesia según la entienden los hombres. Sacerdotes y Obispos tan soberbios en sus mentes que serán capaces de poner al Anticristo como jefe de la Iglesia: el Anticristo se sentará «en el templo de Dios y se proclamará dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Y esto lo hará la misma Jerarquía de la Iglesia Católica, la que una vez fueron católicos, pero ya no lo son. Si van a llegar a eso, lo de poner a Bergoglio como un falso papa es sólo el camino, el inicio de esta gran abominación; es algo tan sencillo porque la maldad es más astuta que los hombres de bien.

«Cortos de días» (Sal 109, 8) es el falso pontificado de Bergoglio, pero una gran brecha ha puesto ese hombre en el interior de la Iglesia. Brecha que ya no se puede cerrar. División que sólo la palpan los que creen con sencillez. Todos los demás, a pesar de que ven el destrozo de ese hombre en el gobierno de la Iglesia, lo siguen llamando Papa, y siguen esperando algo de él (vean la solicitud que se hace a ese energúmeno): no creen en el misterio de la iniquidad. No creen en Bergoglio como falso papa, como un hombre poseído por el demonio. No ven en Bergoglio el misterio del mal; sino que lo ven como papa verdadero, y quieren hacerle una súplica filial, como si ese hombre amara la Iglesia de Cristo y a los católicos fieles a la doctrina de Cristo. ¿No ha dado ya, durante dos años, muestras palpables de su odio a Cristo y a la Iglesia?

Esta es la ceguera de toda la Iglesia: y están ciegos por su falta de fe. ¿De qué le sirven los dogmas? De nada. No creen en el dogma del Papado: no lo practican con Bergoglio. Para muchos, mientras oficialmente no pongan una ley que apruebe el pecado, siguen llamando a Bergoglio como Papa, a pesar de su manifiesta herejía. Entonces, toda esta gente ¿en qué cree? No creen en un Papa que tenga en su corazón la verdad, sino que creen en un hombre que sólo tiene en su mente su idea de la iglesia. Sólo creen en su lenguaje humano, en su visión humana de la vida, en su pensamiento de hombre. Después del Sínodo, verán su error, pero ya será tarde para muchos. Quien sigue a Bergoglio como Papa acaba pensando como él. Hay que combatir a Bergoglio y a toda la Jerarquía para seguir siendo la familia que Dios quiere. No hay que crear un ambiente favorable para decirse a sí mismos: aquí no pasa nada; en la Iglesia todos somos santos, todos aportamos un granito de arena en esta gran confusión que reina en todas partes. Este es el conformismo de muchos que no saben batallar contra el demonio, ni en sus vidas, ni en la Iglesia.

¿No vino Cristo «para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8)? Entonces, ¿qué hacen los católicos que no cogen las armas del Espíritu para combatir a Bergoglio y a todos los que le siguen? ¿Para qué se creen que están en la Iglesia: para firmar una solicitud y así procurar que Bergoglio no haga el daño que va a hacer?

¡Destruyan las obras del diablo en Bergoglio! ¡Eso es ser de Cristo! ¡Eso es ser Iglesia!

¡Cuántos católicos falsos, sólo de nombre, solo de boquilla!

«Que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» (Ef 6, 12), que están en Bergoglio, en su alma y en su corazón, y que están en toda la Jerarquía.

Todo el Vaticano está infestado de demonios: «Los jefes, los conductores del Pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias, se han convertido en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer» (Profecía de la Salette).

Estrellas errantes: eso son Bergoglio y todos los suyos. Hombres sin oración ni penitencia. Hombres para el mundo, para la sociedad, para el aplauso de los tibios y pervertidos.

Como no se cree en el demonio, tampoco se cree en las obras del demonio en cada alma. Tampoco se ve que Roma ha perdido ya la fe. Se está ya prostituyendo con todos los gobiernos de la tierra, para aparecer, ante todos los hombres, como la Gran Ramera. Y, como toda prostituta, se engalana de sus pecados, de sus fechorías, de sus maldades, para enriquecerse a costa de otros.

El demonio hace su obra poseyendo hombres sagrados: sacerdotes, Obispos. Y así engaña a todo hombre, a todo católico, a toda la Iglesia. Así de sencillo. Así ha penetrado en toda la Iglesia y ha escalado puestos hasta llegar a la cima, al vértice tan deseado.

3. En la tercera, el demonio irá, no sólo contra todo lo sagrado, sino contra la ciudad gloriosa, santa, la Nueva Jerusalén que baja del cielo, que «tenía la gloria de Dios» (Ap 20, 10). Pero esto nadie se lo cree porque no creen en los mil años. Nadie en la Jerarquía les va a predicar del milenio, porque no creen.

Ya nadie cree que las Escrituras han sido inspiradas por Dios. Todo el mundo quita palabras que no les gusta, frases que incomodan o interpretan la Escritura según la mente de cada cual, según la cultura, la ciencia, los avances científicos, etc… Y nadie sabe ver los Signos de los Tiempos. A nadie le interesa eso.

Nadie comprende cómo atando al demonio, puede haber un reino glorioso en la tierra si después va a ser desatado y va a extraviar a muchos hombres. ¡Este es el Misterio! No puede haber una gloria si hay un pecado, si el demonio puede seguir tentando a los hombres y conquistando almas.

Por eso, mucha Jerarquía acaba negando el Apocalipsis y se mete en una vida mundana y humana, buscando un fin en este mundo: un bien común universal, un gobierno mundial, una iglesia para todos.

Al no creer en la Palabra de Dios, tienen que negar los misterios que su mente no puede comprender ni aceptar, y pasan sus vidas condenando a las almas dentro de la Iglesia.

Y a eso sólo se dedican, a destruir la Iglesia:

El Cardenal Baldisseri ha dicho que nadie «debería estar sorprendido por los teólogos que contradicen la enseñanza de la Iglesia». Porque «los dogmas pueden evolucionar». Por lo tanto, «no habría ningún punto en celebrar un Sínodo si fuéramos simplemente a repetir lo que siempre se ha dicho». Expresó que «sólo porque una particular comprensión se haya sostenido por 2000 años, eso no quiere decir que no pueda ser cuestionada» (ver texto).

Este Cardenal claramente es un anticristo. Peor nadie se atreve a llamarlo así.

Nadie se sorprenda de que haya herejes, como Kasper, como Bergoglio, como Baldisseri, y que el vaticano no diga nada, sino que lo apruebe. Si contradices la enseñanza de la Iglesia es que vas bien en la Iglesia. ¿Para qué sirve, entonces, el magisterio infalible de la Iglesia, si se puede cambiar? ¿Para qué los dogmas si pueden evolucionar? ¿Para qué la Palabra de Dios si ya no le sirve al lenguaje de la época? ¿Para qué creer en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre?

Si los dogmas evolucionan estamos hablando de la ley de la gradualidad: se anula la ley Eterna. Se acabó la ley natural. Y, por lo tanto, hay que casar a los homosexuales. Se acabó la ley divina. En consecuencia, los malcasados pueden comulgar con toda tranquilidad de conciencia. Se acabó la ley de la gracia. ¿Por qué no las mujeres al sacerdocio, o como Obispas o que sean Papas? Se acabó la ley del Espíritu: la Iglesia no es la obra del Espíritu; los dones y carismas no pertenecen a Dios; la gracia es un ser creado por el hombre para sentirse bien en su vida humana, para tener sus conocimientos y compartirlos con todos.

Van a hacer el próximo Sínodo para empezar a destruirlo todo: no van a repetir el fracaso del pasado Sínodo. No están dispuestos a otro fracaso, a otra humillación. Ahora van a humillar a todos esos que juzgan a Kasper, a Bergoglio, y a tantos teólogos que son del demonio.

Nadie quiere la Verdad en el Vaticano: ya han puesto sus gentes en lo más alto del gobierno en la Iglesia. Todo el mundo piensa lo mismo: lo que se ha sostenido durante siglos hay que cuestionarlo. Jesús se equivocó en su enseñanza a los discípulos. Todos los Papas han errados en la Iglesia. Ningún Concilio ha dado la verdad a la Iglesia. Ahora, es el tiempo de clarificar las cosas. Ahora están en la Iglesia las superinteligencias del demonio que van a enseñar a todo el mundo sus grandes locuras. Y la mayoría de los católicos va a asentir con sus mentes a esas locuras, porque andan detrás de los hombres, pero no de Cristo.

El diablo anda suelto por todas partes, pero ya nadie cree en él. Y, por eso, se acerca el tiempo de la gran justicia. Y los primeros: la Iglesia. No queréis combatir al demonio en la Jerarquía; entonces los demonios, a través de esa jerarquía, os van a hacer la vida imposible a todos los que se dicen católicos. Y ¡ay! de quien se atreva a levantar su voz ante el linaje del demonio: quedará excomulgado, porque no besa el trasero de tantos hombres que sólo viven para agradarse a sí mismos, con sus palabras baratas y blasfemas.

Bergoglio es un anticristo, pero no es el Anticristo. Tiene, como todo anticristo, el espíritu del Falso Profeta. Pero no es el Falso Profeta. Es un gran charlatán, embaucador, que sólo vive buscando la gloria humana. Y su magisterio, no sólo está lleno de herejías manifiestas, sino que reluce en él la mente de Lucifer. Una mente rota en la inteligencia que sólo puede obrar una vida para los sentidos.

El diablo es una trinidad de personas demoníacas: Lucifer, Satanás y Belzebub. Lucifer, el que porta la luz de la maldad (= una luz rota, un conocimiento loco), representa el orgullo de la vida; Satanás, el rayo de la inteligencia, la soberbia de la mente; y Belcebub, el señor del estiércol, las obras de la lujuria.

Bergoglio es orgullo y, por lo tanto, su mente está rota: su magisterio no tiene ni pies ni cabeza: coge de aquí, de allá, e hilvana frases sólo para decir su mensaje, que es su obra: vivan como quieran. Es la obra de Belcebub. Bergoglio no tiene inteligencia para romper el dogma, pero sí es voluntad para arrastrar hacia el pecado. Vive su pecado y eso es lo que muestra a todo el mundo. Y no se le cae la cara de vergüenza. Vive convencido de que eso es la verdad. Ha llamado al pecado como un valor en la vida, como un bien para la inteligencia del hombre. Él ensalza su propio pecado; él lo justifica. Y muchos otros se encargan de aplaudirlo. Esto es siempre una persona orgullosa. Por eso, Bergoglio no sabe gobernar nada. Sus gobiernos son siempre un desastre para todo el mundo. Bergoglio sólo sabe vivir su vida. Y nada más. Los demás, que arreen: le importa nada la vida de los otros.

¡Qué pocos han sabido ver lo que es Bergoglio! Y, por eso, siguen y seguirán confundidos. Porque si a la persona orgullosa no se la encara, entonces el hombre tiene miedo de ella y termina convirtiéndose en un juego del orgulloso.

Bergoglio está jugando con toda la Iglesia. Y nadie se ha dado cuenta.

Hablemos claro: Bergoglio no enseña ninguna verdad.

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«Hablemos claro» (ver texto).

Así iniciaba su mentira este hombre al cual llaman Papa, alias Francisco.

«Creo que ambos son derechos fundamentales: la libertad religiosa y la libertad de expresión».

Está hablando según Voltaire: defiendo mi derecho a decir lo que pienso, aunque a usted no le guste o esté en contra de lo que usted piensa o dice.

Defender la libertad religiosa o defender la libertad de expresión eso es la modernidad: en la libertad, es decir, en la voluntad libre del hombre reposa todas las libertades públicas y privadas.

Se acabó la ley de Dios. El hombre es el propio fundamento de su libertad, de su pensamiento, de sus palabras, de sus obras.

¡El libre pensamiento! ¡Esta es la soberbia que corroe al mundo y a toda la Iglesia!

¿Cuáles son los derechos fundamentales del hombre?

Si el hombre no viene a este mundo por sí mismo, entonces ¿a qué tiene derecho?

Si el hombre no decide la vida, la existencia, sino que todo eso es un don de Dios, entonces ¿a qué tiene derecho?

El hombre tiene derecho a ser hombre. Eso es lo primero

El hombre tiene una mente y una voluntad humanas, que le constituyen en ser humano.

Pero el hombre no es hombre por sí mismo, sino que Dios lo ha creado. Luego, lo segundo, el derecho fundamental de todo ser humano es ir hacia Dios, vivir para Dios, obrar la Voluntad de Dios. ¡El hombre depende absolutamente de Dios!

Estos son los dos derechos fundamentales de todo ser humano.

Dios ha creado al hombre: le ha dado una naturaleza humana, con una razón, con una voluntad libre. Y Dios quiere que el hombre construya su vida para Dios. Y sólo para Dios. Y, por lo tanto, use su naturaleza humana, su mente y su voluntad humana, su libertad, para Dios, para hacer las obras que Dios quiere.

Por eso, Dios pone en la naturaleza humana, su Ley Eterna. Para que el hombre, con su libertad, tienda hacia este fin, que es el propio de su vida, que es el único en su vida.

Y si el hombre no hace esto, Dios lo castiga.

«No se puede ocultar una verdad: cada persona tiene el derecho de practicar la propia religión sin ofender». Esto no es una verdad. Esto es una mentira.

Cada persona tiene la obligación moral grave de abrazar y de ejercer la verdadera religión. No la propia religión de cada uno; la que cada uno con su mente se fabrica.

Sólo hay una religión positiva verdadera: la que se funda en la naturaleza humana y contiene dogmas, ritos y doctrina revelados por Dios. Y ésta es sola la Iglesia Católica.

Cada persona está obligada a investigar en una religión positiva si ésa es la verdadera, la auténtica. Si ésa es la que Dios ha revelado y ha dado sus leyes para que el hombre dé culto a Dios en ella. Y si no lo es, el hombre está obligado a seguir buscando la verdadera religión.

Pero ninguna persona tiene derecho a inventarse ninguna religión ni a practicarla.

La religión que no se fundamente en la naturaleza humana, es decir, en la ley natural, y que no haga depender al hombre totalmente de Dios, eso no es religión. Eso se llamará lo que el hombre quiera. Hay más de cuarenta mil sectas e iglesias distintas, con sus nombres variados. Toda son un bulo, un engaño.

La religión verdadera es para dar culto verdadero a Dios, con la mente y con la voluntad libre del hombre. El hombre se somete a unos preceptos divinos para realizar ese culto.

Hablemos claro: Bergoglio habla su idealismo.

Como el hombre es el que tiene el concepto del bien y del mal, entonces la obligación moral de buscar a Dios, de dar culto a Dios no procede de Dios, no está en su misma naturaleza humana, no está en lo que Dios revela, sino viene del mismo hombre: de su mente humana. El mismo hombre, en su idea del bien y del mal, busca a Dios, el concepto de Dios; la religión, el concepto de religión; la iglesia, el concepto de iglesia. Consecuencia: cada persona tiene derecho a estar en su religión, en su culto, en su iglesia, pero sin ofender al otro.

¡Sin ofender la libertad de pensamiento!

¡Pero puedes ofender a Dios lo que te dé la gana!

¡Este es el fariseísmo de Bergoglio y de muchos que se dicen católicos!

«Dos: no se puede ofender o hacer la guerra, matar en nombre de la propia religión, en nombre de Dios». Otra gran mentira, con mayúsculas.

La ley del Islam, que castiga con la muerte toda blasfemia contra Alá o su profeta, no fue inventada por los musulmanes, sino promulgada por Dios:

«Saca del campamento al blasfemo; que cuantos le han oído le pongan su mano sobre la cabeza, y que toda la asamblea le lapide. Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Quienquiera que maldijere a Su Dios llevará sobre sí su iniquidad; y quien blasfemare el Nombre de Yavhé será castigado con la muerte; toda la asamblea lo lapidará. Extranjero o indígena, quien blasfemare el Nombre de Yavhé morirá» (Lev 24, 15-16).

Hoy, como queremos un Dios de ternuritas, entonces nos pasamos esta Palabra de Dios por la entrepierna. Y entonces, decimos una blasfemia: no se puede matar en nombre de la propia religión, en nombre de Dios.

Bergoglio ha blasfemado contra Dios. Dice que su Palabra es una mentira. Que Dios se equivocó cuando se escribió el levítico.

Dios está mandado matar al blasfemo, y lo manda a Su Pueblo, a través de Moisés.

¿Qué hicieron los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín con Jesús? Aplicaron la Sagrada Escritura: como te haces Hijo de Dios, eres un blasfemo, a la muerte.

Aquellos Sacerdotes, en su fariseísmo, creían en la Palabra de Dios: Dios manda castigar en Su Nombre. Dios manda matar en Su Nombre.

¿Qué le mandó Dios a Abraham? Matar a su hijo.

¿Qué hace San Pedro con Ananías y Safira? Obrar una Justicia Divina.

Toda la Sagrada Escritura está llena de ejemplos en los cuales Dios daba la victoria a su pueblo con las guerras.

No hay que negar la Palabra de Dios para complacer a los hombres.

No hay que negar la Palabra de Dios para callar la maldad de la ley musulmana: ellos no matan porque Dios se lo manda, sino porque el demonio se lo manda. Es una religión del demonio.

Bergoglio, en su fariseísmo, no cree en la Palabra de Dios. Siempre da una vuelta, siempre la reinterpreta a su manera, para acabar diciendo su blasfemia: «Como se comprenderá, también nosotros fuimos pecadores en esto, pero no se puede matar en nombre de Dios, esta es una aberración. Se debe hacer con libertad y sin ofender».

Anula todas las guerras santas que se describen en la Sagrada Escritura, anula todos los mandatos de Dios a almas que vivían la verdad, para decir su estupidez, una vez más.

No se puede matar en nombre de Dios…, y ¿por qué dices que el Corán es un libro de paz?

Estas son las aberraciones de este hombre. Habla sin lógica. Se contradice constantemente. Bergoglio no ataca a los musulmanes, sino a los que tienen una idea fundamentalista.

Los musulmanes tienen «el derecho de practicar la propia religión sin ofender»: los musulmanes están en la verdadera religión. Pero que no ofendan. Que quiten la idea fundamentalista. Tienen que evolucionar en su pensamiento como los católicos ya han evolucionado:

«pero pensemos en nuestra historia: ¡cuántas guerras de religión hemos tenido! Pensemos en la noche de San Bartolomé. Como se comprenderá, también nosotros fuimos pecadores en esto».

También fuimos pecadores en esto…, ahora no los somos: ahora hemos evolucionado el dogma, hemos cambiado la Sagrada Escritura; ahora son otras interpretaciones: las propias de la masonería.

Hoy el hombre está en los suyo, es decir, en la idea del masón: el horror homicida fundamentalista y el fanatismo intolerante. En esta idea, los hombres están dando vueltas para aceptar la blasfemia de Charlie Hebdo y de todos aquellos que se pasan la vida blasfemando contra Dios, apelando a su libre pensamiento, y queriendo no ver la realidad de los musulmanes. No todos son malos. En ellos, como en todas las demás religiones, hay fundamentalistas y fanatismo.

Esto es lo que enseña Bergoglio: hay que reivindicar la tolerancia, la laicidad y la libre expresión, para reaccionar ante todo terrorismo, que es un idea fundamentalista, cerrada en sí misma, obsesiva, enferma, corrupta.

Es hablar al hombre de manera psiquiátrica, no de manera espiritual: no se le dice la verdad revelada, sino la verdad que conviene, que gusta a los hombres. La verdad inventada por la cabeza del hombre.

«En cuanto a la libertad de expresión: cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común».

Tienes derecho a blasfemar: tienes derecho a decir lo que piensas si eso vale para el bien común.

Y la libertad no es una función social: no es para un bien común. La libertad es para cumplir la ley natural: para un bien privado. Y sólo así, cumpliendo lo natural, se puede cumplir, se puede hacer un bien común, un bien social.

Bergoglio habla de su comunismo, en el cual la propiedad privada, el derecho que tiene el hombre a poseer sus bienes es siempre un bien común: el hombre está obligado (no tiene libertad) a hacer un bien común, un bien para el otro. Eso es el idealismo kantiano, que tanto le gusta a Bergoglio, que le hace desembocar en su comunismo, que es la utopía del bien común, del gobierno mundial, de la iglesia para todos.

«Estás obligado a decir lo que piensas»: el hombre no tiene libertad para callar, para poner la otra mejilla, para guardar silencio, para humillarse ante los improperios de los otros. Está obligado a decir algo.

Y, entonces, tiene que ir en contra de la misma Palabra de Dios:

«si el doctor Gasbarri, que es un amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás»

¿Dónde queda:

«al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra» (Mt 5, 39)?

Esta Palabra de Dios no sirve para resolver el problema. Estas obligado a decir lo que piensas para el bien común, para construir una sociedad justa, armoniosa, redimida.

Si alguien ofende a tu mamá, entonces practica la virtud. Y si no puedes sujetar tu ira, entonces huye de aquel que te tienta en la virtud. Pero si caes en el pecado, una vez que has puesto los medios para no pecar, entonces sólo caes por debilidad, no por malicia. Arrepiéntete por tu pecado.

Pero si no practicas la virtud y te dejas llevar, entonces pecas por malicia. Es más grave tu pecado, pero si te arrepientes, hay perdón de Dios.

Esto es lo que un Papa legítimo tiene que enseñar.

¿Qué enseña Bergoglio? Su idealismo.

«El Papa Benedicto, en un discurso habló de esta mentalidad post-positivista, de la metafísica post-positivista, que llevaba a creer que las religiones o las expresiones religiosas eran una especie de sub-cultura, toleradas, pero poca cosa, no forman parte de la cultura iluminista. Y esta es una herencia de la Ilustración. Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás».

Primero: ¿qué cosa dijo el Papa Benedicto XVI?

«En el mundo occidental domina ampliamente la opinión de que solamente la razón positivista y las formas de filosofía que de ella derivan son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo perciben precisamente en esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón un ataque a las convicciones más íntimas. Una razón que frente a lo divino es sorda y margina la religión al ámbito de las subculturas es incapaz de incluirse en el diálogo entre culturas» (ver texto).

La razón, cuando se cierra a Dios, a la Revelación de Dios, entonces genera lucha de culturas, enfrentamiento entre los hombres. Esto es lo que dice este párrafo.

¿Cuál es la interpretación de Bergoglio?

«llevaba a creer que las religiones o las expresiones religiosas eran una especie de sub-cultura, toleradas, pero poca cosa, no forman parte de la cultura iluminista». Ha torcido el pensamiento del Papa Benedicto XVI: las religiones son una especie de subculturas. Y no tiene nada que ver con lo que dice el Papa, que habla de la relación entre fe y razón.

Bergoglio está en lo suyo:

«Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás». No juzgues. Y, entonces cae en una contradicción:

¿No dices, Bergoglio, que

«cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que pienso para apoyar el bien común»?

Entonces, tengo que decir que los musulmanes no son una religión que sirva para el bien común: ni para la familia, ni para la sociedad, ni para la iglesia, ni para nada.

Estoy obligado a decir esto: tengo «la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común». Por tanto, tengo que juzgar, tengo que hablar mal de los musulmanes, tengo que decir la verdad de los musulmanes, tengo que burlarme de sus ritos y de sus doctrinas porque son un engaño para todos.  No puedo tomarlo como algo verdadero, como algo serio, algo que dé fruto para el alma.

El mismo Bergoglio se contradice porque está en su idealismo: en su idea. Por eso, Bergoglio tiene que chocar con todo el mundo. Bergoglio no quiere que la gente se burle de los pensamientos del otro, pero sí quiere que la gente siga blasfemando contra Dios. Por defender al hombre, ataco a Dios. ¡Qué gran locura!

El mismo Bergoglio dice que es un loco:

«¿sabe usted que yo tengo un defecto? Una buena dosis de inconsciencia». Se está describiendo en lo que es: un loco de su idea humana. Un vividor de su herejía. Un hombre que obra su orgullo, cada día, en la Iglesia y que nadie le dice nada.

Y esto va a ser la ruina de muchas almas: callan ante un loco, cuando tienen la obligación de hablar clarito a las almas.

Hablemos claro: Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica. Porque no dice una sola Verdad.

Esto es lo que muchos no creen ni quieren creer: tienen a ese personaje como su papa. Allá ellos. No son de la Iglesia Católica. Porque en la Iglesia Católica se sigue al que enseña la Verdad Absoluta. No se puede seguir al que enseña sus verdades relativas universales.

Hablemos claro: si sigues a Bergoglio te vas a condenar. No puedes obedecer la mente de un hereje. Es un pecado, no sólo grave, sino de blasfemia contra el Espíritu Santo. En Jesús no había ninguna herejía. En Bergoglio están todas las herejías. ¡El que lea entienda! Y si no quiere entender, nos da igual.

Las blasfemias de Bergoglio en su herético mensaje para la jornada de la paz

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«del deseo de una vida plena… forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer» (1 de enero del 2014).

Aquí, Bergoglio, está desarrollando la idea herética de la ecología, que nace de la concepción errada que tiene de la fe en Dios creador; una concepción desde la “horizontalidad”, no desde la verticalidad: como todos somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos entre sí; todos habitamos en la misma casa del Padre, en la creación, en el universo. Consecuencia: se da una gran intimidad, una gran cercanía con todas las cosas.

Es decir, que el hombre es un ser en el mundo con todas las cosas. Y, por lo tanto, el hombre se une, se casa, hace un matrimonio con todo el universo, está en relación, interactúa, dialoga con todos los seres vivientes, con todo lo que existe, aunque no sea un ser viviente. Todos se convierten en hermanos, no sólo de sangre, sino de alma, de mente, de espíritu.

Adán y Eva «concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios» (8 de diciembre del 2014).

Bergoglio no puede entender el pecado de Adán y, por lo tanto, concibe lo que sucedió en el Paraíso desde la fraternidad, no desde el pecado, no desde el mal, no desde la verdad revelada: concibieron la primera fraternidad. No puede hablar de que Adán y Eva concibieron el primer hijo en pecado. Anula esta verdad para poner su mentira, su fraternidad.

El mal, para Bergoglio, va a estar en el hombre, no en la acción del demonio en el hombre. El mal no tiene una raíz espiritual en Bergoglio y, por eso, dice: «el pecado no es una mancha en el alma que tengo que quitar». No es algo que el demonio ha puesto en mí; sino algo que ha hecho el hombre y que se resuelve sólo por caminos humanos, por su falso misticismo: la fraternidad.

«El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros» (1 de enero del 2014). El mal de Caín es un problema humano, fraternal, no espiritual. Bergoglio ha puesto la vocación a ser hermanos como la misión de todo hombre cuando nace. Ése es su mayúsculo error en su enseñanza.

Dios crea al hombre para ser hijo de Dios: le da una vocación divina. No le ofrece una fraternidad, sino la participación en el ser divino: el hombre es Dios por participación. Esta es la vocación sublime de todo hombre, que Bergoglio se carga de manera absoluta.

Y porque el hombre es hijo de Dios, por eso, el demonio le acecha para poner en la naturaleza humana su obra demoníaca, que es lo que hizo con Adán. Y, por tanto, Adán engendró a un demonio: Caín. Y el pecado de Caín es la obra del demonio en Caín: es una obra espiritual. Caín mata a Abel porque éste tiene el sello de Dios, del cual carecía Caín. No lo mata porque rechaza la vocación de hermano. Caín carecía de esta vocación.

Pero Bergoglio está a lo suyo: en su clara herejía, en su nefasta apostasía de la fe.

Por eso, dice: Caín y Abel creados a imagen y semejanza de Dios. Bergoglio no comprende que al pecar Adán, la gracia, la vida sobrenatural, la semejanza con Dios se pierde. No lo comprende porque ha anulado el concepto de pecado, como dogma, como verdad revelada.  Ni Caín ni Abel fueron engendrados en la semejanza de Dios, porque no hay gracia. Caín y Abel fueron engendrados en el pecado original. Tienen un mismo padre, pero diferente madre. Esto Bergoglio no lo puede enseñar porque no cree en el Paraíso, en las palabras reveladas, sino que las interpreta a su manera. Para él, el génesis es un cuento de hadas, no la realidad de la vida sobrenatural.

Bergoglio sólo está en su idea ecológica: la fraternidad.

El hombre existe en un universo y, por tanto, coexiste con todo lo demás, se une a todo lo demás, se relaciona con todo lo demás, con una necesidad absoluta, como algo inscrito en su ser, que está por encima, incluso de su libertad como hombre: es como un imperativo de ser del universo, de encajar en el universo, de relacionarse con todo el universo, de ser hermano de todos. Es el falso misticismo propio de Bergoglio: quiere abarcar en su mente la totalidad de las cosas, unidas entre sí de una manera mágica, cósmica, universal, fraternal.

Por eso, habla de que la vida plena necesita de un anhelo indeleble de fraternidad: es el amor al hombre puesto por encima del amor a Dios.

La plenitud de la vida sólo es posible en el anhelo infinito de Dios: si el alma no desea lo divino, de una manera indeleble, no puede amar al hombre, al prójimo, a la creación.

Pero Bergoglio dice: «Así, la conversión a Cristo, el comienzo de una vida de discipulado en Cristo, constituye un nuevo nacimiento que regenera la fraternidad como vínculo fundante de la vida familiar y base de la vida social» (8 de diciembre del 2014). Lo que funda la vida familiar y social es el amor fraterno, no el amor de Dios, no la ley eterna, no la ley natural. Por eso, habla de una conversión totalmente contraria a la que enseña san Pablo en su carta a los Corintios. Habla de que la persona se convierte para una fraternidad: regenera la fraternidad. Es su idea herética de la ecología: como todos somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos. Anula la conversión para ser hijo de Dios. Quien se convierte a Cristo, recibe la gracia que le regenera en un hombre nuevo: el ser hijo de Dios. Bergoglio se carga la gracia, anula el amor de Dios, y se pone por encima de toda ley natural, divina y de la gracia.

Bergoglio tuerce el concepto de hermano que san Francisco utiliza en sus obras. Para San Francisco de Asís todo hombre es hermano porque tiene una naturaleza humana. Somos hermanos porque poseemos una naturaleza humana: ése es el sentido del amor al prójimo, que enseña Jesús en Su Evangelio: ama al prójimo como a ti mismo. Se ama al otro porque cada hombre ama su naturaleza humana. Es la ley natural. Amo al otro porque amo su naturaleza humana, que es también la mía, aunque en otro cuerpo, con otra alma, guiada por otra persona.

Por ley natural, los hombres se aman a sí mismos y, por tanto, aman a todo hombre que tenga una naturaleza humana como se tiene en sí mismo. Esto, tan sencillo, lo tuerce Bergoglio.

Hay que amar al otro porque no encontramos enemigos, contrincantes: «en los que encontramos no enemigos o contrincantes». Y esto es una gran mentira. Hay que amar al otro porque es hombre, porque tiene una naturaleza humana. Pero en el otro, no se puede amar lo que nos hace enemigos: su pecado. Se ama al pecador, pero se odia su pecado, se aleja uno de su pecado, se pone un muro entre su pecado y la vida de uno.

El hombre, para amar en la verdad a sus semejantes, tiene que juzgar el pecado del otro y darle al otro lo que se merece, lo que el otro busca en su misma vida de hombre: una justicia para su pecado. Esto es lo que anula Bergoglio, por estar en su idea ecológica, que es un falso misticismo, es un panenteísmo y es la concepción masónica de la vida del hombre: la falsa tolerancia.

No se puede acoger el pecado, el error del prójimo, que es lo que quiere Bergoglio: «hermanos a los que acoger y querer». No se puede querer la herejía, el pecado, la mentira, el error de una persona. No se puede tolerar que las personas vivan sus vidas engañando con sus mentes a los demás, como hace Bergoglio. No es digno de un Obispo ser mentiroso. No hay respeto a un Obispo que miente cada día en la Iglesia. No hay obediencia a la mente de un Obispo que se ha pervertido por estar fornicando con la mente de todos los hombres, que viven en el error de sus vidas.

Esto es lo que muchos católicos todavía no han comprendido de Bergoglio: le siguen obedeciendo. Pero, ¿a qué le obedecen? ¿A su sonrisa? ¿A su cara bonita?

La obediencia en la Iglesia es a la Jerarquía que da, que enseña, que guía, en la Verdad. Bergoglio no da, ni enseña ni guía en la verdad. Entonces, ¿por qué los católicos viven un disparate en la Iglesia al someterse a un hombre que no vale para nada en la vida eclesial, que no es camino para salvar el alma ni para santificarla? ¿Por qué?

Porque los católicos, que obedecen a Bergoglio y a toda la Jerarquía que se somete a ese charlatán, son como Bergoglio: no tienen fe católica, no son de la Iglesia Católica, no sirven para ser Iglesia, para obrar en la Iglesia la verdad de la doctrina de Cristo.

«En la historia de los orígenes de la familia humana, el pecado de la separación de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión traduciéndose en la cultura de la esclavitud (cf. Gn 9, 25-27), con las consecuencias que ello conlleva y que se perpetúan de generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación de la dignidad y los derechos fundamentales, la institucionalización de la desigualdad» (8 de diciembre del 2014).

Fíjense el disparate que dice este hombre, este necio que cuando habla da la verdad de lo que es: un demonio.

Bergoglio no comprende la maldición de Noé y llama a todo eso: cultura de la esclavitud. Ha anulado la obra de expiación del pecado que esa maldición conlleva, pero que Bergoglio no puede verla, como no ve la maldición que hace Dios de la creación cuando Adán peca.

El problema del hombre actual, lo que se ha transmitido de generación en generación es esa cultura de la esclavitud. Anula el pecado en la generación del hombre. Todo hombre –para Bergoglio-  nace santo; es la vida, las circunstancias, esa tara de esa cultura de la esclavitud que arrastra la sociedad, el mal en el hombre y en el mundo.

¿Han captado el disparate? El pecado no es un dogma, no es una verdad revelada en el Paraíso, que tiene una raíz espiritual y, por lo tanto, unas consecuencia espirituales para todo hombre, que se transmite de generación en generación, sino que es un asunto humano, de culturas: es la cultura de la esclavitud. Y sobre esta base herética, totalmente contraria a la verdad que Dios ha revelado, construye su mensaje de la paz diciendo que todos somos hermanos y que nadie es esclavo.

¿Ven la estupidez de este hombre? ¿Todavía no la ven?

Así está la Iglesia: llena de estúpidos como Bergoglio.

Un hombre estúpido es el que dice esto: «El que escucha el evangelio, y responde a la llamada a la conversión, llega a ser en Jesús «hermano y hermana, y madre» (Mt 12, 50)» (Ib.).

¡Pero qué estúpido que es Bergoglio que pone la cita y da una idiotez de interpretación! ¡No seas estúpido! ¡No cites el Evangelio para después dar tu mentira! ¡Bergoglio mismo se condena en sus mismas palabras!

¿Qué dice Mt 12, 50? «He aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo aquel que hiciere la Voluntad de mi Padre, que está en los Cielos, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre». Hay que hacer la Voluntad del Padre para ser hermano de Cristo. No hay que escuchar el Evangelio. Hay tantos hombres que escuchan la Palabra de Dios y después hacen sus propias voluntades humanas, que no pueden ser hermanos de Cristo, aunque crean en Cristo.

Hay que cumplir con la Voluntad de Dios, no hay que responder a la llamada de la conversión. Dios llama a las almas a convertirse, a salir de su vida de pecado.  Pero una vez que el hombre sale, se convierte, tiene que aprender a hacer la Voluntad de Dios. Y si no aprende eso, vuelve a su pecado.

Bergoglio nunca habla de la Voluntad de Dios. Ya lo ven cuando cita este pasaje. No declara el pasaje como es, no puede hablar de la Voluntad del Padre, porque no cree en Dios Padre. Bergoglio cree en su concepto de Dios, en su concepto de Dios creador, en su concepto de Dios Padre. Pero Bergoglio no cree en el Padre como el que engendra a Su Hijo en Su Voluntad. Esto no le entra en cabeza; él no puede entrar en el Misterio de la Santísima Trinidad porque no cree en ese dogma: «No creo en un Dios Católico». Entonces, ¿qué haces en la Iglesia Católica? ¿Para qué estás sentado en la Silla de Pedro? Para destruir la Iglesia Católica, la fe católica en las almas con su palabra barata, rastrera y blasfema, que es lo que hace cada día. Y muchos católicos, muchos teólogos ni se han enterado –todavía- de esta destrucción.

Al torcer el Evangelio de Mateo, le sale otra herejía, que es una clara blasfemia contra el Espíritu Santo:

«No se llega a ser cristiano, hijo del Padre y hermano en Cristo, por una disposición divina autoritativa, sin el concurso de la libertad personal, es decir, sin convertirse libremente a Cristo. El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38)» (Ib.).

El imperativo de la conversión: esto es Hegel.

Eres hijo de Dios por el imperativo de la conversión. No eres hijo de Dios por gracia y por libertad. Este Misterio, el de la gracia y la libertad, queda anulado en Bergoglio.

Bergoglio no comprende la conversión del hombre: El hombre se convierte por una gracia divina, que le toca en su corazón y que le abre para responder a esa gracia. El hombre, en su libertad, responde o no responde a esa gracia. Esa gracia es un don de Dios, que el hombre no se merece. Esa gracia no es una exigencia de Dios, no es una disposición autoritativa de Dios, porque Dios no impone nada. Dios lo regala todo.

El hombre, en su libertad, responde o no a Dios, a ese regalo divino. Y responde libremente, no por imperativo. En la libertad, el hombre no está coaccionado: es libre. Nada ni nadie le impera. La conversión no le impera para convertirse, para elegir. El hombre elige sin imperativo, sin coacción. Si hay imperativo, si la conversión es un imperativo, entonces el hombre no es libre.

Es lo que está diciendo Bergoglio: se es hijo de Dios por imperativo de la conversión. Es decir, no eres libre en tu conversión. Esto es el imperativo de la razón de Hegel: el hombre hace las cosas por imperativo de su razón, con la coacción de su razón. No puede quitarse la razón para ejercer su libertad. Es una libertad impuesta por la razón, que no es libertad. Esto es una gran blasfemia contra el Espíritu Santo, porque Dios ha creado a todos los hombres libres. Y en su conversión, los hombres siguen siendo libres. No existe el imperativo de la conversión.

En este planteamiento de su falso misticismo, de su falsa fraternidad, de cargarse todo el dogma, tiene que decir otra herejía:

«Todo esto demuestra cómo la Buena Nueva de Jesucristo… también es capaz de redimir las relaciones entre los hombres, incluida aquella entre un esclavo y su amo, destacando lo que ambos tienen en común: la filiación adoptiva y el vínculo de fraternidad en Cristo. El mismo Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15)».

Jesús ha redimido la esclavitud, la cultura de la esclavitud, las relaciones entre un esclavo y su amo. ¡Tamaña barbaridad! ¡Necio discurso de un hombre sediento de la gloria humana! ¡Estúpida cabeza de un loco que se cree superior a todos porque se sienta, en su orgullo, en la Silla de Pedro!

El evangelio, la Buena Nueva, no redime las relaciones entre los hombres. La Palabra de Dios redime las almas de los hombres: las salva del pecado, purifica sus corazones y transforma al alma en otro Cristo. Si el alma imita a Cristo en su vida, si el alma se asimila a Cristo en su vida, si el alma se niega a sí misma en su vida, entonces salva y santifica a los demás hombres, irradia la verdad, el amor de Cristo: obra la santidad en la familia, en el matrimonio, en lo social, en el estado, en la Iglesia.

Los hombres no tienen en común ni la filiación adoptiva ni el vínculo de la fraternidad. Esta es la idea ecológica. Esto es lo principal en la ecología: como somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos. Este es el eje central de toda la herejía de Bergoglio. Y esta idea está en todas sus homilías y escritos. Y esta idea la va a reflejar en ese documento blasfemo que va a sacar, próximamente, sobre la ecología.

Bergoglio, en su blasfemia contra el Espíritu Santo, está construyendo una nueva iglesia, con una nueva doctrina, con un falso cristo, con un falso evangelio, con un falso magisterio. Y los católicos como imbéciles, detrás de este blasfemo. ¡No tienen vergüenza!

El grave problema de la ecología es torcer la Palabra de Dios para expresar el negocio de los hombres. Se apoyan en todos los santos, en el magisterio de la Iglesia, en la Sagrada Escritura, para poner de relieve una grave blasfemia: el hombre, el culto al hombre en la creación.

Para el ecologista no se puede hablar de esclavitud, del dominio de la naturaleza humana, que Dios revela en Su Palabra: «Procread y multiplicaos; y henchid la tierra; sometedla y dominad…» (Gn 1, 28). Este domino, esta esclavitud va en contra de la fraternidad para el que sigue la herejía del ecologismo.

Para el ecologista, el hombre no está por encima de la naturaleza, no la domina, sino que está dentro de la naturaleza: es el panenteísmo: el ser humano está en el mundo y con todas las cosas: la libertad del hombres se realiza en el interior del mundo, no sobre el mundo, no dominando al mundo, sino siendo uno con todas las cosas del mundo.  El mundo, la creación le impera al hombre para obrar con libertad.

Lo que tiene valor es la creación, no el hombre. Es el panenteísmo: Dios crea la creación de sí mismo, no de la nada. Por tanto, toda la creación es divina, sagrada. El hombre es parte de esa creación sagrada, divina, y no puede dominarla, esclavizarla. El hombre es sagrado y, por eso, Bergoglio, predica que la persona humana es sagrada. El hombre, al ser sagrado, se une a la creación, que también es sagrada. No tiene que dominarla, sino establecer relaciones para no dañarla, para no esclavizarla. En esta herejía, que es una blasfemia, del panenteísmo, cabalga toda la ecología.

Y Bergoglio pone, en su blasfemo discurso, una sarta de ejemplos que no tienen nada que ver con la esclavitud, con ninguna cultura de la esclavitud, sino con el pecado de los hombres, en los diferentes países. Para Bergoglio todo es esclavitud: las prostitutas, los emigrantes, los que trabajan de manera ilegal, etc… Pone una serie de ejemplos que sólo muestran una cosa: su comunismo:

«Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite el que pueda ser tratada como un objeto. Cuando el pecado corrompe el corazón humano, y lo aleja de su Creador y de sus semejantes, éstos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos».

La raíz de la esclavitud está en el concepto de la persona humana: Hegel.Todo el problema de los hombres está en la idea, en la mente, dentro de la racionalidad. El culto a la razón del hombre, al lenguaje humano, a la palabra barata y blasfema.

Y, además, es un concepto de la persona en el que se admite el ser tratada como objeto: no existe ese concepto de la persona humana. Ni en teología ni en la filosofía ni en la metafísica. Es un invento de la mente de Bergoglio para destacar una cosa: el bien común.

La raíz de la esclavitud está en el pecado de la persona humana: no está en no ver al otro como hombre, en su dignidad humana. No; está en pecar contra el otro al tratarlo como objeto y, a pesar de que se vea su dignidad humana. No se pierde la visión de la dignidad humana al pecar. Se peca por una maldad, no porque se tenga presente o no el concepto de dignidad humana.

Bergoglio apela a su comunismo: «hermanos y hermanas en la humanidad»: el bien común. Como no buscas el bien común de ser hombre, de tener una naturaleza humana, de respetar al otro porque es una persona humana, porque tiene dignidad, entonces caes en la esclavitud.

Bergoglio niega la propiedad privada, el bien privado de la libertad de cada hombre. El hombre, en su bien privado, en su libertad, elige hacer daño al otro, tratarlo como un objeto, aunque sepa que sea hombre. Siempre la persona comunista ve el bien privado, la propiedad privada, la libertad del hombre como una función social: si quieres ser hombre tienes que hacer un bien común a todos los hombres en la sociedad, en el estado, en la iglesia. Es el comunismo que está fundamentado en el panenteísmo: hay que hacer el bien común porque el hombre, para ser hombre, para ejercer su libertad humana, tiene que estar en el mundo, dialogar con el mundo, ser del mundo, unirse a todo hombre, porque es su hermano, su sagrado hermano.

Y se podría seguir diciendo las herejías que Bergoglio expone en este mensaje para la próxima jornada de la paz, que escribió el día de la Inmaculada. Pero no merece la pena. A nadie le interesa mostrarse ante Bergoglio como enemigo. Todos están tan contentos con este subnormal, que se les cae la baba. Y Bergoglio no es nada en la Iglesia Católica. Nada. Y quien lo tenga por algo, sencillamente escribe, con letras de oro, su misma condenación.

Dejen a Bergoglio en su gran blasfemia, y dedíquense a discernir el camino de la Iglesia, que no está en Roma ni en las Parroquias. No lo tiene la Jerarquía de la Iglesia. Ellos van a salir escaldados de esa falsa iglesia en busca de los católicos verdaderos, que se han dedicado a permanecer en la Verdad, batallando contra todos los hombres, contra todos sus pensamientos y obras en la Iglesia, para seguir siendo Iglesia.

El que es de Cristo no necesita a Bergoglio como Papa. Lo que necesita es dar testimonio de la Verdad a todo aquel que se atreva a dar publicidad a las herejías de un charlatán, que sólo vive para alimentarse de la gloria, del dinero y del poder de los hombres.

Escupan la mente de Bergoglio, porque dentro de ella está toda la blasfemia del demonio para la Iglesia.

¡Ay de aquel que no se atreva a dar una patada a Bergoglio por el falso respeto y la falsa obediencia a un hombre que no se merece ni los buenos días!

¡Es una vergüenza lo que hacen muchos católicos que ven la herejía de Bergoglio y que por un falso amor al hombre lo siguen sosteniendo porque así creen que no hacen mal a la Iglesia! ¡Son ellos los que destruyen la Iglesia sosteniendo, obedeciendo a un hereje como Papa! ¡Ningún Papa es hereje ni puede serlo! ¡Cuántos católicos, y renombrados católicos, desconocen esta verdad! ¡Qué infierno van a tener por estar dando buena y mala publicidad a un hereje!

Bergoglio: ídolo de los que se van a condenar

idolo

“El Señor, a todos, a todos nos ha redimido con la sangre de Cristo: a todos, no sólo a los católicos. ¡A todos! ‘Padre, ¿a los ateos?’. También a ellos. ¡A todos! ¡Y esta sangre nos hace hijos de Dios de primera categoría! Somos creados hijos con la semejanza de Dios y la sangre de Cristo ¡nos ha redimido a todos! Y todos nosotros tenemos el deber de hacer el bien. Y este mandamiento de hacer el bien a todos creo que es un bello camino hacia la paz. Si nosotros, cada uno por su parte, hacemos el bien a los demás, nos encontramos allá, haciendo el bien, y hacemos lentamente, despacio, poco a poco, hacemos esa cultura del encuentro, de la que tenemos tanta necesidad. Encontrase haciendo el bien. ‘Pero yo no creo, padre, ¡yo soy ateo!’. Pero haz el bien: ¡nos encontramos allá!”. (ver texto).

  • «a todos nos ha redimido» : Jesús ha muerto en la Cruz por todos los hombres, pero no salva a todos;
  • «a todos, no sólo a los católicos»: Jesús no ha redimido a todos los hombres: la Redención es la obra de dos: de Jesús y de cada alma. Jesús muere por todos los hombres, pero le toca a cada uno aceptar la muerte de Jesús como camino de salvación para su alma. Y aceptar esa muerte es aceptar la Mente de Dios sobre cada alma. Si no se cree en la muerte de Jesús, el alma no puede agradar a Dios. Es la fe en lo que hace Jesús, en la obra de la Redención, lo que redime al alma. No es la obra de Jesús, no es la obra de la Redención lo que redime al hombre;
  • «esta sangre nos hace hijos de Dios»: La Sangre de Cristo no hace al alma hijo de Dios. Es la Gracia del Bautismo lo que hace al alma ser hijo de Dios. La filiación divina se da por la Gracia del Bautismo. Y esta Gracia es dada por Dios al hombre por los méritos de Su Hijo, Jesús, en la Cruz. La Sangre de Cristo derramada en sacrificio para expiar el pecado y satisfacer la Justicia del Padre es lo que abre la puerta del Cielo al hombre. Y para pasar por esa puerta, el hombre tiene que caminar por el puente, que es Jesús. Para llegar al Cielo, desde el infierno en el que se encuentra el hombre, por el pecado original, el Padre pone el puente, que es Su Hijo. Ese puente es un Camino Divino, que se eleva sobre el mundo, sobre los hombres, sobre la Creación entera, y se dirige directamente al Cielo. Por tanto, la Sangre de Cristo no nos hace ser hijos de Dios de primera categoría. Nos hace ser de Cristo, almas que Cristo ha comprado con Su Sangre. Y esa compra no hace esclava al alma de Cristo. Cristo compra, con Su Sangre todas las almas, pero da a cada una de ellas una elección: o ser para Cristo totalmente, o ser del demonio totalmente. Cristo, con las almas compradas en el Calvario, no se muestra como un dictador, sino como un Maestro del alma. Le enseña al alma lo que ha hecho por Ella, pero deja al alma en la libertad de seguirlo por el mismo camino que Él ha trazado, o que esa alma elija su propio camino en el mundo.
  • «Somos creados hijos con la semejanza de Dios»: Dios no ha creado a todos los hombres con su semejanza: sólo creó a Adán y a su mujer. Ellos dos eran semejantes a Dios por creación. Los demás hombres, por el pecado de Adán, nacen sin la semejanza divina: nacen en el pecado original. Sólo a Adán y a su mujer. No a todos. Luego, la consecuencia, que dice Bergoglio es una auténtica blasfemia: como todos han sido creados por Dios en semejanza divina, todos han sido redimidos por Cristo. Es una blasfemia porque tiene que negar la Obra de la Redención, que es la obra del Espíritu en el Hijo. Y al negarla, tiene que reinterpretarla según su mente humana.
  • «todos nosotros tenemos el deber de hacer el bien»: Como todos somos redimidos, entonces todos tenemos que hacer el bien: hacer el bien está en la naturaleza humana, en la ley natural. No nace de la Obra de la Redención. Todos los hombres pueden hacer el bien si son fieles a la ley natural inscrita en su propia naturaleza humana. Y es un bien sólo natural, no divino, ni siquiera humano. Es el bien de la naturaleza del hombre, no es el bien que el hombre piensa con su mente humana. El bien natural es distinto al bien racional o humano. Todos los hombres pueden hacer el bien natural, pero pocos son los que hacen un bien humano. Y muy pocos los que hacen un bien divino o espiritual.
  • «este mandamiento de hacer el bien a todos»: Este hacer el bien natural no es un mandamiento de Dios, no es una ley positiva, sino una obligación, un deber en todo hombre. Es una obligación que su propia naturaleza le exige, le demanda. Por tanto, si el hombre no hace el bien natural, no puede hacer el bien al otro, ni como hermano, ni como amigo, ni como hombre, ni como enemigo. Para hacer el bien a todos, es necesario discernir a cada persona y darle una Justicia y un Amor. No se puede hacer el bien a todos de manera general, con una ley general o globalizante. No existe un amor global o universal. Es necesaria la ley divina, la ley de la gracia y la ley del Espíritu. El amor es para cada alma; el amor es en cada alma; el amor mira las necesidades de cada alma. Y, por tanto, el que ama da al otro la Voluntad de Dios, no su capricho, no sus deseos, no sus sentimientos. Y, por eso, para amar a todos, hay que conocer de Dios qué hay que darles a todos. Y Dios, cuando ama a un alma no le exige este amor global, porque es imposible. Dios, cuando ama a un alma, la va guiando en el amor, y el alma va aprendiendo a amar a su semejante, en particular. Va aprendiendo a amar a cada alma que encuentra en su camino: sea hermano, amigo, hombre, enemigo, etc… Bergoglio, como se inventa que somos hijos de Dios por creación y, por tanto, todos somos buenos y santos, y justos, entonces –al no haber pecado- vivimos en un Paraíso, en un Cielo. Y así todo bien que los hombres hacen son buenos para conseguir la paz. Es una clara blasfemia. Una más que la dice y la gente no cae en cuenta. Pero ahí están. Están escritas para aquellos que quieran ver lo que es este hombre.
  • ¿A dónde quiere llevar Bergoglio? Hacia su cultura del encuentro, que es otra gran blasfemia contra el Espíritu santo: «hacemos esa cultura del encuentro, de la que tenemos tanta necesidad». Bergoglio está hablando en horizontal, no en vertical. Enseña para todos los hombres; quiere abarcar a todos los hombres y así formar esa cultura del encuentro, en donde se reúnan, se encuentren todos los hombres haciendo el bien. Y no importa qué clase de bien. No interesa discernir el bien porque todos somos buenos por Creación. Todos hacemos un bien.
  • «‘Padre, ¿a los ateos?’ (…) «‘Pero yo no creo, padre, ¡yo soy ateo!’. Pero haz el bien: ¡nos encontramos allá!». Que el ateo haga el bien natural; que el ateo haga el bien como él lo concibe con su mente; que el ateo, aunque no crea en Dios, está en Dios, se salva, para el cielo.

 

infierno

Esto último es lo que refleja en su carta:

«En primer lugar, me pregunta si el Dios de los cristianos perdona a quien no cree o no busca la fe. Considerando que  -y es la cuestión fundamental-  la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a Él con corazón sincero y contrito, la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia. Escucharla y obedecerla significa tomar una decisión frente a aquello que se percibe como bien o como mal. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestro actuar» (Carta a un ateo – ver texto).

Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

«la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia»: en otras palabras: no hace falta creer para ir al cielo. El ateo, si sigue su conciencia, su propia conciencia, si escuchar y obedece a su mente humana, entonces se salva o se condena.

Esto va en contra de la misma Palabra de Dios: Cristo es «la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). El hombre tiene que creer en Cristo, tiene que obedecer la Mente de Cristo, que es la luz que Cristo ha traído para iluminar al hombre. La luz divina, que es un conocimiento y una obra divina, al mismo tiempo. Y esa luz divina es la misma Vida de Cristo en la tierra. Cristo ilumina a todo hombre con su vida, con sus obras. Sus palabras divinas son obras divinas. Su Evangelio son obras divinas, que sólo se pueden hacer, imitar, si el hombre cree en Cristo. Y creer en Cristo es obedecer a Cristo.

Aquel que cree en su propia conciencia, no puede salvarse, no puede agradar a Dios: «Pero antes de ser trasladado, recibió el testimonio de haber agradado a Dios, cosa que sin la fe es imposible» (Heb 11, 6).

El ateo para salvarse tiene que dejar ser ateo. Por más que mire su conciencia, no hay camino de salvación, no se puede llegar a la vida eterna: «Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo» (Jn 3, 13). Un ateo no puede subir al Cielo si no va detrás de Jesús, agarrado a Él, sometido a Él. Sólo Jesús puede subir al Cielo. Sólo Él. Y, por eso, Jesús ha comprado todas las almas con Su Sangre, pero es necesario creer en la Cruz de Cristo, para ir al Cielo: «A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que creyere en Él tenga vida eterna» (v. 14-15).

Hay que creer en la Obra de la Redención: mirar la Cruz de Cristo, la que salva. Mirar al Crucificado. Quien mira y cree, entonces se va al Cielo. Pero quien mira y pone su inteligencia humana, entonces no puede ir al Cielo. Hay que mirar y creer en lo que se ve: un hombre crucificado por tus pecados. Si se mira y se cree en la propia conciencia, entonces no se alcanza el arrepentimiento del pecado, y el hombre sigue en su pecado, a pesar de la Sangre de Cristo.

Todo está en la fe de la persona, no en su conciencia. Todo está en abrirse a Dios: abrir el corazón, no la mente. Las personas suelen pensar acerca de Dios y, entonces, no creen. Acaban por dudar, por temer, por anular la Palabra de Dios. Hay que creer en Dios, no hay que pensar en Dios, no hay que tomar conciencia de Dios, no hay que mirar la conciencia para ir a Dios. Hay que dejar de mirar la conciencia con la mente humana y abrir el corazón a la Mente Divina.

Esto es claro en la Iglesia Católica, pero hay muchos católicos ciegos, que ya no ven esta claridad. Y hay mucha gente en el mundo, con sus errores, pero que ven la claridad: están abiertos a la Palabra de Dios, al Espíritu de la Palabra. Siguen siendo pecadores, porque están en el error, pero no son como muchos católicos, no son como Bergoglio: blasfemos a la obra del Espíritu.

Por eso, un protestante, ante estas palabras de Bergoglio, dijo:

«¡Que frase tan blasfema! ¡Esto es blasfemia, papa Francisco! ¡Esto es blasfemia, señor! (…)   ¿Qué le pasa a Ud. Señor? ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo los católicos se los permiten?(…) ¡Esto es absolutamente increíble!(…) ¡Ud. está equivocado! ¡Está equivocado! (…) ¿Por qué el líder de los católicos está ahora diciendo que los creyentes y los agnósticos tienen la misma oportunidad de (…) ir al Cielo? (…) ¡Sus argumentos son lunáticos, porque los ateos no creen! (…) La verdad es que Francisco no es un creyente. Él no cree en Dios. No cree en las palabras de Jesús tal como constan en la Biblia.(…) Por eso, destruye la palabra de Dios (…) Este hombre es el Anticristo (…) Los católicos, en todo el mundo, debería abrir sus ojos, de que este Papa ha dicho ahora que no hay distinción en ir al cielo entre los creyentes (…) y aquellos que no creen en Dios»

Bergoglio cae en esta blasfemia por esta herejía:

«En segundo lugar, me pregunta si el pensamiento según el cual no existe absoluto alguno y por ende tampoco una verdad absoluta, sino solo una serie de verdades relativas y subjetivas, es un error o un pecado. Para comenzar, yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta”, en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación! Tanto es así que incluso cada uno de nosotros la percibe, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc. Esto no significa que la verdad sea variable y subjetiva, todo lo contrario. Significa que la verdad se nos revela siempre y sólo como un camino y una vida». (ver texto).

  • Uno que cree no necesita de verdad absoluta: entonces cada uno cree según su verdad relativa, según su idea de la verdad, de la vida, de cristo, de la iglesia. Cada uno se inventa su fe. Si no hay una Verdad Absoluta, no existe Dios y no existe el concepto absoluto de Dios. Existen definiciones de Dios: lo que cada hombre concibe en su mente sobre Dios.
  • Bergoglio niega que exista la verdad absoluta porque es inconexa: en la mente de este hombre si uno tiene la verdad absoluta, entonces no puede haber conexión con otros hombres; no puede haber una relación, una comunicación. Aquí Bergoglio lo anula todo. Como Dios es Verdad Absoluta, entonces no puede relacionarse ni con Él Mismo, ni con las criaturas que ha creado: no hay conexión, no hay unión. Como la Iglesia es una Verdad Absoluta, entonces los miembros de la Iglesia no pueden relacionarse con los demás hombres, no pueden comunicarse con ellos, no pueden estar en la vida de esos hombres, no pueden aceptar las mentes de esos hombres… Luego, como la Verdad Absoluta carece de toda relación, nos vamos a inventar el concepto de Dios, el concepto, de Iglesia, el concepto de Padre, el concepto de Hijo, el concepto del Espíritu Santo, el concepto de Jesús, etc… Nos inventamos la Palabra de Dios. Todo lo inventamos. Por eso, él predica tanto de la unidad en la diversidad. Una herejía en la verdad le lleva a una obra blasfema: «Es el Espíritu vivo que todos nosotros tenemos dentro: él hace la unidad de la Iglesia, en la diversidad de los pueblos, de las culturas, de las personas» (24 de octubre del 2014).Como todos somos semejantes a Dios por creación, todos tenemos el Espíritu de Dios. Y, entonces, éste es el que hace la unidad en la diversidad de las mentes humanas, de sus vidas, de sus obras. Ésta es la clara enseñanza de un gobierno mundial, de una doctrina global para todos, de una Iglesia ecuménica en la que todo el mundo entra y vive su vida y así se salva, según el bien que hace a todo el mundo.
  • La unidad en la diversidad: que le hace poner la verdad en el amor de Dios hacia el hombre, cuando la verdad está en al Amor de Dios hacia Sí Mismo; que le hace decir: la verdad es una relación, cuando la Verdad es una Persona Divina, no una idea humana. Es una verdad -para Bergoglio- que no cambia al hombre: «cada uno de nosotros la percibe, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc». Por tanto, es una verdad que está en el hombre y que el hombre puede seguirla sin ningún discernimiento. El hombre, como nace santo, hijo de Dios, como es semejante a Dios por creación, como no ha pecado, entonces cuando ve su mente, ve la verdad y la sigue sin problemas, y agrada a Dios haciendo el bien a toda la humanidad.
  • Y Bergoglio olvida y niega una cosa: que la Verdad es una Persona: Cristo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Jn 14, 6). La verdad es la Persona Divina del Verbo. Es un Ser Absoluto que no le impide relacionarse ni con Su Padre ni con el Espíritu Santo, ni con todas las criaturas que ha creado y redimido. El que una cosa sea absoluta no anula la relación, la comunicación, la conexión, la unión a otras cosas. Pero esa relación nace del mismo Ser Absoluto, no está en la criatura, no está en el otro: es el Camino que Dios tiene para relacionarse con los hombres. Es un Camino que es una Verdad y que lleva a una Vida. La relación, la comunicación, la unión, no es algo mental, sino algo vital: una obra, una vida en cada hombre. Por eso, Jesús es el Camino para la mente del hombre. Si el hombre se somete a la doctrina de Jesús, entonces la mente de hombre camina, ve la luz, ve la verdad, y puede obrar la verdad en su vida humana. Pero si la mente del hombre no se somete a esa Verdad Absoluta, Inmutable, Eterna, a esa doctrina divina, entonces no puede caminar, no puede salvarse, no puede conocer, ni siquiera bien lo humano ni lo natural.

Por eso, Bergoglio no puede salvarse: Él niega a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Y quiere ir al cielo con su conciencia, buceando en su mente humana sobre lo que es el bien y el mal. Y así es imposible salvarse. Y todo aquel que le obedezca cae en su misma herejía, en su mismo cisma, en su misma apostasía de la fe.

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Por eso, Bergoglio odia a la Iglesia Católica. Ya lo manifestó en Caserta. Odia la Verdad, odia a Cristo, odia el dogma, odia a Dios. Para él no existe la certeza total. Para Bergoglio todo es duda, porque no hay un absoluto, no hay dónde poder agarrarse. Cada uno tiene que agarrarse a su mente humana. Y la mente del hombre, por experiencia, está llena de dudas, de temores, de debilidades:

«Este buscar y encontrar a Dios en todas las cosas deja siempre un margen a la incertidumbre. Debe dejarlo. Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Yo tengo esto por una clave importante. Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él. Quiere decir que es un falso profeta que usa la religión en bien propio. (…) El riesgo que existe, pues, en el buscar y hallar a Dios en todas las cosas, son los deseos de ser demasiado explícito, de decir con certeza humana y con arrogancia: “Dios está aquí”. Así encontraríamos sólo un Dios a medida nuestra» ()

«Si uno tiene respuestas a todo, es que Dios no está con él»: Bergoglio está destruyendo la Palabra de Dios: «pero cuando viniere Aquel, el Espíritu de Verdad, os guiará hacia la Verdad completa» (Jn 16, 13). Se tienen respuestas a todo porque el que cree tiene el Espíritu de la Verdad, que le lleva a la plenitud del conocimiento divino y humano.

¡Pobre Bergoglio! ¡Pobrecito! Ya no puede salvarse. Para salvarse, tendría que dejarlo todo e irse a un monasterio a expiar su pecado. Pero es claro que no va a hacerlo. Si no cree en el pecado como ofensa a Dios, tampoco cree en la necesidad del silencio y de la soledad para expiar el pecado, y se dedica a lo suyo: a ser un ídolo de los paganos.

A ellos les ha trazado un camino de perdición. Y ellos lo aceptan. Mayor oscuridad no puede haber en un hombre y desde la Silla de Pedro.
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Los engaños del Sínodo I

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Primer engaño: «esto motiva la necesidad de que la Iglesia anuncie sin descanso y con profunda convicción el “Evangelio de la familia” que le ha sido confiado con la revelación del amor de Dios en Jesucristo» (v. 4): no existe el Evangelio de la familia, sino sólo el Evangelio de Jesús. Dios no ha confiado a la Iglesia ningún Evangelio de la familia, sólo le ha confiado la Palabra de Dios, que es Jesús.

Segundo engaño: «Ya el convenire in unum alrededor del Obispo de Roma es un evento de gracia, en el cual la colegialidad episcopal se manifiesta en un camino de discernimiento espiritual y pastoral» (v. 3). El sínodo no es un evento de gracia, sino de desgracia, por haber sido convocado por un falso Papa, Bergoglio. Todos hacen unidad alrededor del Obispo de Roma, que es apóstata de la fe, hereje y cismático. Conclusión: la colegialidad episcopal se halla sin la luz del Espíritu, marcando un camino en que no se puede dar ningún discernimiento espiritual ni pastoral. Nadie busca la verdad, la sola verdad, que es Cristo. Luego, nadie discierne nada, sino que abren un camino de auténtica mentira para toda la Iglesia.

Tercer engaño: «Es necesario partir de la convicción de que el hombre viene de Dios y que, por lo tanto, una reflexión capaz de proponer las grandes cuestiones sobre el significado del ser hombres, puede encontrar un terreno fértil en las expectativas más profundas de la humanidad» (v. 11). Han anulado el pecado original y el pecado personal de cada hombre. Porque si se quieren hacer las cosas bien en la Iglesia, es necesario partir del hecho de que el hombre es pecador por naturaleza, es decir, nace en pecado original, y comete el pecado en su vida de forma diaria, si no se ayuda de la gracia, de los sacramentos. Ya no se parte del hecho del pecado, sino de que el hombre viene de Dios. Por lo tanto, la reflexión que se hace es totalmente falsa, llena de mentiras y de claras herejías. El significado del ser hombre no se busca en la humanidad, sino en Dios: en el plan que Dios puso al hombre en el Paraíso. En el plan que Cristo puso al hombre en Su Iglesia. Como no se va a la Revelación Divina, sino que se la niega con bonitas palabras, con la jerga del lenguaje humano, entonces tenemos un documento que no pertenece a la Iglesia Católica.

En este Sínodo están respirando lo mismo que pasó en el Concilio Vaticano II, pero hay un agravante: no hay un Papa legítimo que sostenga esta impiedad, este cisma claro, que se da ya con este documento.

Cuarto engaño: «Es necesario aceptar a las personas con su existencia concreta, saber sostener la búsqueda, alentar el deseo de Dios y la voluntad de sentirse plenamente parte de la Iglesia, incluso de quien ha experimentado el fracaso o se encuentra en las situaciones más desesperadas» (v. 11). Es necesario dar a las personas la doctrina de Cristo, para que acepten la vida de Cristo. No hay que aceptar la vida de las personas, con sus existencias, porque todos son pecadoras. Este es el punto que anulan. Se dedican a lo social, a lo cultural, a dar un gusto a la gente. Te acepto como homosexual, pero no te obligo a vivir la doctrina de Cristo, porque es más importante ser homosexual, que ser cristiano, que ser de Cristo. Si no se les enseña a las personas a buscar la vida de la gracia, sino que se les anima a seguir en sus existencias humanas, nunca van a encontrar a Dios. ¿Cómo es posible alentar el deseo de Dios si no se les alienta en el deseo de que quiten sus pecados? ¿Ven que con gran facilidad engañan con sus lenguajes humanos? Así es todo el documento: una bazofia sacada de la mente del demonio. Hay que llevar a esas personas, a la cuales se les acepta como son, a sentirse Iglesia. Pero, ¿de qué Iglesia están hablando? De la de ellos, no de la de Cristo.

Quinto engaño: la herejía de la ley de la gradualidad. Esta ley consiste en decir que todo es por un grado en la Creación. Ya no es por Gracia:

«Desde el momento en que el orden de la creación es determinado por la orientación a Cristo, es necesario distinguir sin separar los diversos grados mediante los cuales Dios comunica a la humanidad la gracia de la alianza. En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía divina, se trata de leer en términos de continuidad y novedad la alianza nupcial, en el orden de la creación y en el de la redención» (v. 13)

¿En qué parte de la sagrada Escritura está la ley de la gradualidad? En ninguna parte. Este es el invento de la Jerarquía modernista que quiere explicar la historia de los hombres, desde Adán hasta nuestros días, con la graduación, la proporción, la relación.

Ellos no parten del hecho del pecado original, sino del orden de la creación. Orden que es orientado a Cristo. Ellos anulan el pecado original y sólo lo tienen como una fantasía, un cuento; pero no una realidad.

Y Dios no comunica al hombre la gracia según estos grados. ¿Captan la herejía? Como no existe el pecado original, ni ningún pecado, hay que entender los males porque el hombre no ha evolucionado en su vida. Entonces, en la medida en que va evolucionando, en la medida en que va de un grado a otro (en lo afectivo, en lo sexual, en lo humano, en lo natural, en su madurez psicológica, etc), en esa medida Dios va dando la gracia. Según avance el hombre, Dios da la gracia.

Uno que se masturba es porque no tiene una madurez psicológica o afectiva adecuada. Hay que esperar a que alcance ese grado, y entonces Dios le da la gracia. No tiene que dominar su cuerpo. No tiene que hacer ayunos ni penitencia. Tiene que seguir masturbándose hasta que alcance el grado necesario y así pasar a otro.

Esta herejía de la ley de la gradualidad viene de Kant: todo es un grado en el Universo, en la vida de los hombres. Los hombres se relacionan con todo lo demás dependiendo del grado, de la proporción, de la relación que en sus mentes hay con lo demás. Es una relación mental, no real. Es un grado mental, ideal, que en la práctica se desarrolla en mucha facetas humanas.

Es poner la vida divina de la gracia a la par de la vida humana. Como en lo humano estás en un grado inferior, entonces no avanzas en la vida divina. ¿Captan la herejía?

Hay niños de tres años en el infierno por su pecado sexual. Y eran inmaduros en todo. Pero se merecían el infierno sólo por su pecado.

Dios no enseña con la ley de la gradualidad: «En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía divina». Dios enseña con la ley de la gracia, que completa la ley divina, que nace en la ley natural, inscrita en todo hombre. Y esa ley natural es independiente de los grados en la vida humana o afectiva o psicológica o cultural, etc. Independiente. Las dos cosas no se pueden relacionar de la misma manera, no dependen una de la otra.

La ley natural, que es la ley eterna en el hombre, obra de manera independiente de la vida humana o natural de cada hombre. La ley natural no depende del grado de la vida humana. La ley divina no depende del grado de la vida del hombre. Y menos la ley de la gracia. Es clara la herejía de todo el Sínodo, que se han reunido sólo para esto: destruir la Iglesia con un lenguaje bello, pero totalmente herético.

Con esta ley de la gradualidad, van a decir sus herejías. Han anulado la ley de la gracia y cualquier ley en el hombre. Van a poner sus leyes, el concepto que ellos tienen de toda ley.

«Podemos distinguir tres etapas fundamentales en el plan divino sobre la familia: la familia de los orígenes, cuando Dios creador instituyó el matrimonio primordial entre Adán y Eva, como fundamento sólido de la familia: hombre y mujer los creó; la familia histórica, herida por el pecado y la familia redimida por Cristo» (v. 16).

La maldad de este texto es la siguiente: No existen tres etapas en el plan divino sobre la familia. Ellos ponen su ley de la gradualidad. Primer grado: Adán y Eva; segundo grado: el pecado en toda la historia del hombre; tercer grado: la redención de Cristo. No existen tres etapas, no existen tres grados de familia. ¿Van comprendiendo qué quieren transmitir? Se centran sólo en el hombre, pero no en la Gracia. Se centran en los problemas sociales, culturales, etc.; pero no en la vida de la gracia de las personas.

¿Qué pasó con la Gracia en el Paraíso? No lo dicen. Sólo dicen que Dios instituye un matrimonio primordial que es el fundamento de la familia. Y eso es una mentira bien dicha, con el lenguaje que a ellos les gusta. Su lenguaje humano, el propio de gente mentirosa y que engaña con su palabra humana.

Dios crea a un hombre y a una mujer y les pone a prueba. No instituye ningún matrimonio, porque al crearlos, hombre y mujer, en sus naturalezas humanas está la ley natural, que les empuja a unirse naturalmente como hombre y como mujer. Y, por eso, Adán exclama, al ver la mujer: «Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne»: aquí está el matrimonio entre hombre y mujer. En la ley natural. Todavía no se dice nada de la ley divina, ni de la ley de la gracia.

Está en la misma naturaleza humana, que Dios ha creado, el matrimonio. Y aunque el hombre peque, el matrimonio sigue en la naturaleza humana. ¿Ven que no puede darse la ley de la gradualidad en la familia?

Hay un solo matrimonio. Punto y final. Hay una sola familia. No tres grados, no tres etapas. No existe ni la familia histórica ni la familia redimida. No existe la familia del origen. Sólo existe el matrimonio natural, como hecho natural, como debido a la ley natural.

Ven: se están reinventando la ley de la naturaleza con la ley de la gradualidad. ¿Van viendo la herejía?

Después, en el matrimonio está la gracia en cada alma; está el pecado en cada alma. Son dos realidades diferentes: la vida divina de la gracia en cada alma, que es independiente de la vida del matrimonio, o de la vida humana o natural o carnal o afectiva o material. Independiente. Dios da una gracia al alma sin mirar su vida matrimonial. Dios no espera a la historia de los hombres, ni a sus avances, ni a sus evoluciones, ni nada de lo que piense u obre el hombre. La Gracia no está condicionada por ninguna vida del hombre, por ningún pensamiento del hombre, por ninguna vida de lástima o de peligro que tenga el hombre. Dios no tiene misericordia de los cuerpos de los hombres, sino de sus almas. Y sólo de sus almas. Un alma arrepentida de sus pecados, merece la gracia de la conversión. Pero un alma no arrepentida, aunque pase por momentos graves económicos, merece el castigo de Dios.

Adán, en el Paraíso, tenía toda la Gracia para hacer con su mujer lo que Dios le pedía. Adán en el Paraíso tenía toda la luz infusa para comprender lo que es la vida humana al detalle. No se le escapaba nada. Era el hombre perfecto, no sólo en la gracia, sino en lo humano. No necesitaba leer libros para avanzar en su conocimiento de lo humano, ni de la Creación. Todo lo sabía. Todo lo podía. No tenía que atender a la gradación de su vida humana, porque era perfecta en todo. Y, en esa perfección humana, pecó: no obró la Voluntad de Dios. Y se condenó por su pecado. Adán, desde lo más alto en su grado de humanidad, desde la perfección humana, cayó en el pecado. No tienen que ver lo humano para pecar. No se trata ni de estar arriba ni de estar abajo en la vida social o humana. No se trata de que se tengan o no se tengan problemas en la vida. Se trata de que cuando el alma quiere pecar, aunque esté en lo más alto de su vida de gracia, cae sin más al más profundo de los abismos. Y cae, no por el grado de su perfección en lo humano, sino por su malicia en la obra de su pecado: por su voluntad. Es la voluntad del hombre lo que no admite gradación. La voluntad del hombre no se mide por la ley de la gradualidad. Ningún hombre quiere porque está más alto en su vida humana o en su vida de gracia. Todo hombre quiere algo en la vida porque quiere, por la fuerza sola de su voluntad, así sea un pobre mendigo, que pasa hambre todo el día, así sea santo o pecador.

Adán comenzó otra vida con su mujer llena de imperfecciones, de maldades, de pecados, de impurezas, de miserias. Y lo hizo con su mujer, unida a ella, en matrimonio. Y es un matrimonio el mismo del Paraíso, pero en estado de pecado. El mismo matrimonio, la misma mujer, la misma familia, con más hijos, pero todo lo mismo. El mismo matrimonio que viene por la ley natural. No hay otro matrimonio. No hay otra familia.

Empezó desde la nada una nueva vida de pecado en su matrimonio. Y por más que avanzase en esa vida de pecado o en esa vida humana, Dios no le daba la gracia. Ya perdió toda la Gracia. Él tenía toda la Gracia para usar de Ella sólo en la Voluntad de Dios. ¿Iba a darle Dios, iba a retornarle la gracia sólo porque iba de grado en grado en su vida humana? Nunca. Dios no atiende a la vida de los hombres para dar una gracia. Dios sólo atiende a la vida espiritual del alma: es necesario merecer esa gracia. Y se merece con una vida de oración y de penitencia, que es lo que nadie en el Sínodo está diciendo. Todo está en la ley de la gradualidad.

Entonces, ellos se preguntan: «En consideración del principio de gradualidad en el plan salvífico divino, nos preguntamos ¿Qué posibilidades tienen los cónyuges que viven el fracaso de su matrimonio? o ¿Cómo es posible ofrecerles a ellos la ayuda de Cristo por medio del ministerio de la Iglesia?» (v. 17). Respuesta: No hay ninguna posibilidad para los cónyuges que viven un fracaso en su matrimonio. Ninguna. Sólo si se arrepienten de sus pecados, si hacen penitencia, entonces por la ley de la gracia, hay posibilidad. No se les puede ofrecer la ayuda de Cristo, porque esta ayuda es de la ley de la gracia, no de la ley de la gradualidad.

Ellos caminan en el lenguaje de la herejía. Y este lenguaje está en todo el documento. Tengan cuidado al leerlo, porque ellos saben hablar bien, escondiendo la verdad en múltiples palabras afectivas, bellas, que gustan a la gente de hoy día. Ellos van a poner su clave hermenéutica y, por eso, cogen el Concilio Vaticano II y le dan la vuelta, porque no han comprendido de lo que trata el Concilio cuando habla de que en el mundo hay elementos de santificación, de verdad, positivos.

Como no comprenden la Gracia que Cristo da en el Bautismo, entonces hacen más daño con sus interpretaciones del Concilio.

Tengan en cuenta que desde Adán hasta Jesús no hay Gracia: no existe la ley de la gracia. Desde Jesús, esa ley se da en todos los bautizados, aunque reciban el bautismo fuera de la Iglesia Católica. Por eso, hay elementos de santificación en almas que tienen el Bautismo, el mismo que la Iglesia da, pero que no pertenecen a la Iglesia, sino a otra religión.

Si esa persona, que ha recibido la gracia por ese bautismo, es fiel a esa gracia, entonces se va acercando a la verdad, que es Cristo. Necesita, esa persona, los demás sacramentos para poder subir en la vida espiritual, para avanzar en la vida de la gracia. Y, por eso, si esa persona es fiel a esa gracia, el Espíritu le llevará a la verdadera Iglesia, para que entre en Ella y pueda recibir los demás Sacramentos.

Por la ley de la gracia, esa persona, tiene la posibilidad de levantarse cuando peca, por el acto de contrición perfecta que la misma gracia da. Esa persona no necesita, en ese estado, el Sacramento de la Penitencia, que está en la Iglesia Católica. Y, por eso, puede volver a la gracia sin necesidad de ese Sacramento. No le obliga el confesar porque todavía no está en la Iglesia. Si es fiel a la gracia, entonces esa persona está en camino de santidad, pero fuera de la Iglesia. Y, por eso, existen elementos de santificación, que son los mismos que están en la Iglesia Católica. No son distintos. No es que en la Iglesia Católica falte un elemento de santificación que se da, entonces, fuera de Ella. No. La santidad que vive esa persona, es la misma que se vive en la Iglesia, pero de una manera imperfecta, por no tener los demás Sacramentos.

Ellos dicen: no. Esos elementos no son de la Iglesia Católica, sino formas nuevas que hay que acoger en la Iglesia. Mal interpretan todo el Concilio Vaticano II, no sólo en cuanto al matrimonio, sino a cuanto a las demás religiones.

Hay que saber bien leer e interpretar el Concilio a la luz de la fe, de los otros documentos de la Iglesia Católica. Si no, hacen como estos herejes: hacen un dogma de las palabras del Concilio.

«Se hace por lo tanto necesario un discernimiento espiritual, acerca de las convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar, compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de sus confines visibles y sacramentales. Siguiendo la amplia mirada de Cristo, cuya luz ilumina a todo hombre, la Iglesia se dirige con respeto a aquellos que participan en su vida de modo incompleto e imperfecto, apreciando más los valores positivos que custodian, en vez de los límites y las faltas» (v. 20).

No hay que discernir nada. Porque el matrimonio civil entre dos bautizados es un pecado. Y punto. Que salgan de su pecado, para poder recibir la gracia. Los malcasados, lo mismo: que salgan de su pecado. No hay que reconocer las semillas del Verbo en ellos porque no existe. ¿Ven el lenguaje humano tan agradable a los hombres? No hay que dirigirse con respeto a aquellos que están malcasados y en un matrimonio por civil, para apreciar lo positivo y callar sus pecados. No; no es eso. Hay que dirigirse a ellos para que vean sus pecados y lo quiten de la vista de Dios, porque a Dios no le agrada el alma que peca, sino que la aborrece. Esto es lo que no enseñan en ese Sínodo del demonio.

Se está dando culto sólo al hombre en este documento. Pero no se da culto a Cristo. No es Cristo el norte del Sínodo, sino que es sólo los hombres y sus ideas maravillosas.

Continuaremos analizando lo que queda del documento.

Testigos de la Gran Apostasía dentro de la Iglesia

St_Michael

Estamos siendo testigos de la gran Apostasía que se da en el Vaticano. Muchos cambios se han presentado durante once meses en la doctrina de Cristo con la careta de actos públicos de caridad, de amor a los enfermos, de solidarizarse con las otras religiones, con aparentar ser buenos, pero negando la Verdad.

Se desvía esta negación de la Verdad con la falsa caridad, el falso amor fraterno, la falsa solidaridad con los hombres de todo el mundo.

“La solidaridad cristiana entraña que el prójimo sea amado no sólo como “un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos”, sino como “la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo” , como un hermano” (Francisco, 8 de diciembre 2013).

Para Francisco todo prójimo es la imagen viva del Padre, rescatado por Jesús y que obra en toda su vida el Espíritu Santo. Esta es la gran herejía del amor fraterno de Francisco. No sólo dice Francisco que el Padre es de todos los hombres, sino que Jesús ha salvado a todos los hombres y que se da el Espíritu en todos los hombres.

¿Por qué dice eso? Porque no cree en el pecado.

El pecado, en el Paraíso, es sólo un conflicto entre los hombres, no una desobediencia a Dios.

El pecado, con Jesucristo, se anuló al poner Jesús en el hombre la armonía perdida en el Paraíso. Como Cristo nos ha unido a todos los hombres en la fraternidad, quitando el conflicto, entonces todos somos hermanos.

Y, como Jesús derramó su Espíritu sobre todos, entonces el prójimo, todos los hombres, somos hermanos. Hay que amar al otro como un hermano, aunque sea nuestro enemigo, un demonio, uno que solo busca el mal en la vida.

Éste es el pensamiento de Francisco, su doctrina en la Iglesia, mantenida en Ella, sin que nadie se oponga a Ella, porque Francisco es popular en la Iglesia, hace actos de caridad: besa a un enfermo, a los pobres, se saca fotos con la gente, recibe premios de los homosexuales, da dinero para ayudar a las necesidades de los hombres, habla bonito, con un sentimiento que agrada a todos, etc. Y, por eso, hay que mantener a Francisco. ¿Importa que diga herejías? No, como es el Papa, que diga todas las que quiera. Y que nadie se oponga y diga que Francisco no es Papa, porque si no se siembra división en la Iglesia, se siembra el cisma en la Iglesia.

Ahora, la división en la Iglesia la hacen los que hablan la verdad, pero no los que publican y aplauden a un mentiroso, como Francisco. Esos no. Esos pueden seguir mintiendo en la Iglesia porque, como son la Jerarquía de la Iglesia, como Dios los ha puesto para mentir en la Iglesia, como Dios ha elegido a Francisco para que inunde la Iglesia con sus grandes opiniones heréticas sobre la Iglesia y sobre Cristo, entonces, son los demás, los que no quieren aceptar la mentira, los que dividen la Iglesia, los que crean el cisma en la Iglesia.

Así piensa muchos católicos. Y esto se llama apostasía en la Iglesia. A nadie le interesa la Verdad, sino que a todos les importa más la popularidad de un hereje que la Verdad de Cristo.

Francisco se solidariza con los paganos y tiene para ellos frases hermosas, pero con la gente de la Iglesia, Francisco habla con odio y con resentimiento para aquellos que se ponen en la Verdad y se enfrentan a él.

Francisco no es de la verdad, sino de la mentira. Y, por eso, Francisco es un hijo del demonio. Está vestido de Obispo, pero el traje no hace al monje. Francisco es el típico fariseo que oculta la Verdad, que sabe que la está ocultando, para dar lo que él quiere: su mentira, su opinión en la Iglesia, su fábula compartida con estruendo de los mentirosos, como él.

Y hace esto sólo con un fin: recibir el aplauso de los hombres del mundo, no de la Iglesia, porque él sabe que dentro de la Iglesia no tiene amigos, no tiene hermanos, ve oposición a él y a su doctrina.

Y, por eso, ha puesto a su alrededor a hombres que son como él, heréticos en todo: humanistas, sentimentalistas, idealistas, mundanos, profanos, comunistas, marxistas, proselitistas, amanerados. Gente que les da igual la vida espiritual, porque la tergiversan con cualquier pensamiento humano. Son gente que sabe hablar bonito para tapar la mentira, para dar la mentira entre muchas verdades.

Esa gente que rodea a Francisco son sus mismos traidores, porque, en el mal, con el demonio, no existe el amor, la unión, sino sólo el odio y el juntarse para romper, para dividir, para ser fuertes destruyéndolo todo.

En el Vaticano hay una ralea de hipócritas, desde Francisco hasta el último de ellos. No se salva uno, porque Francisco ha puesto a su gente. Los demás, que se vayan, que sigan con lo suyo, pero él quiere romper la Iglesia. No puede, porque ve que él es sólo un peón más en ese gobierno.

Es la masonería eclesiástica la que gobierna ahora la Iglesia. No es Francisco, no es nadie, porque se ha puesto a Francisco por algo, no para poner un Papa más, como los otros, que había que esperar el tiempo para liquidarlo. Con Francisco, no. Francisco ha sido puesto para una cosa. Cuando la realice, se pone a otro, porque así es ahora la Iglesia.

Francisco no es sólo la decadencia del Papado, no sólo está representada la figura del Papa, una figura externa, una apariencia de Papa, un Papa que no tiene el Espíritu de Pedro, porque enseña la mentira constantemente. Francisco se ha hecho la ilusión de ser Papa, sabiendo que no puede ser Papa, sabiendo lo que está haciendo: su teatro como Papa, su obra en la Iglesia, obra para los hombres, obra externa, para contentar a muchos, y para tapar lo que nadie entiende.

Mientras Francisco está sentado en la Silla de Pedro, interpretando su papel de Papa, otros se dedican a ultimar los nuevos documentos en lo que se va a dividir a toda la Iglesia, en los que el cisma estará visible para todos.

Francisco es sólo una cortina de humo, en este tiempo necesario para el demonio para poner sus hombres en el Vaticano, y así romper sin más toda la doctrina de la Iglesia, que sólo se puede hacer así: imponiendo en la Iglesia nuevas forma de adoración a Dios, que son sólo el culto al demonio, pero que se dan con el lenguaje bonito que a los hombres les gusta tanto.

Cuando un sacerdote predica regalando el oído, malo: ése sacerdote es del demonio.

Pero cuando un sacerdote habla claro y da la doctrina que nadie quiere escuchar, entonces ése sacerdote es un Profeta de Dios en medio de la Iglesia.

Muchos van buscando en la Iglesia gente que les regale el oído, que les hable bien, que les dé un sentimiento bonito de la vida, un pensamiento positivo, algo agradable. Y, por eso, no pueden ver la herejía porque ya se han abrazado a ella en sus vidas humanas.

Hoy, para dar la Verdad en la Iglesia, hay que ser impopulares. Los verdaderos Profetas son impopulares, nadie los quiere a su lado. Pero quien busca el aplauso de los hombres, sus alabanzas, sus criterios, entonces ése siempre dará la mentira en la Iglesia y será siempre un falso profeta del demonio y de los hombres.

Para ser Iglesia hay que ser como Jesús: que el mundo persiga sin tregua a la Iglesia, que haya que esconderse de los hombres, que haya que huir, hasta esperar el tiempo de Dios para morir por la Iglesia.

Pero muchos no quieren ser así en la Iglesia y, por eso, escogen lo cómodo de la vida: callar ante un hereje, y decir que es mejor hacer eso que sembrar división en la Iglesia.

Es muy cómodo vivir nuestra vida, la nuestra y, después, ir a misa y comulgar, para seguir viviendo lo nuestro. Eso lo hacen muchos católicos. Y, por eso, les asusta que otros tomen la espada de la Verdad y se enfrenten al maldito que está sentado en la Silla de Pedro. Ellos no pueden llamarlo maldito por el falso respeto humano que tienen, por su diplomacia ante los hombres, por el lenguaje amanerado que emplean en sus vidas. ¡Hay que cuidar la imagen de los hombres, pero no hay que cuidar a Cristo en la Iglesia!

Por eso, no saben hablar con el lenguaje de Dios, lenguaje recio, seco, duro, cortante, que ha sido siempre claro en toda la historia del hombre, que nunca se ha mordido la lengua con ningún hombre.

Pero hoy, como queremos agradar a los hombres, entonces dejamos de agradar a Dios por no decir las cosas como son. Y eso es señal de que la Iglesia no funciona, no marcha, no hay camino dentro de la Iglesia.

Poco tiempo queda para ver el mayor desastre de todos: el cisma creado por la misma Jerarquía que gobierna la Iglesia. Un gran cisma. Algo que nunca en la historia de la Iglesia ha pasado. Y ese cisma, que ya está encubierto, solapado, sin que se muestre, sólo se da porque en la Iglesia nadie ha comprendido nada en este tiempo.

Si los hijos de Dios, que tienen la gracia y el Espíritu, se hubieran movido, desde hace 50 años, contra todos los mentirosos en la Iglesia, ésta sería otra cosa ahora.

Pero como, durante 50 años, nos hemos dedicado a mirarnos el ombligo mientras otros destrozaban la Iglesia, entonces tenemos lo que merecemos: el cisma.

Y, por eso, es necesario salir de una iglesia que ya no es la Iglesia de Cristo. Es otra cosa. Es el invento de los hombres. Es la ruptura más total con la Verdad, que es Jesús.

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