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Francisco no es más que lo que se ve

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Francisco no es más que lo que se ve, es decir, un hombre pervertido en su inteligencia humana, idealista, mundano, profano, vividor de su orgullo, fornicario de las mentes de los hombres, con una boca que siembra tempestades, con un corazón lleno de odio hacia todos los hombres, con una mente propia de un loco.

Francisco no tiene ninguna vida espiritual. No tiene unión con Dios. Vive su vida, como a él le da la real gana. Y, después, habla un poco de todo, pero sólo para calentar el ambiente, para entretener a la masa, para desviar la atención de lo que otros están haciendo en la oscuridad.

Francisco habla y nunca dice nada. No hay una verdad cuando habla. Habla para hacer ruido, pero deja un vacío a su alrededor, propio de almas que están en la vida porque tienen que estar. A Francisco le ha tocado la lotería con la Silla de Pedro. Y ahí está divirtiéndose de lo lindo, gastando su premio, derrochándolo, para acabar como un idiota ante la Iglesia y el mundo. Porque es así como todos los ven, pero nadie se atreve a decirlo, por el respeto humano, por el qué dirán, porque la gente, hoy día, sólo vive haciendo caso a sus sentimentalismos baratos y le sienta mal escuchar que Francisco es un idiota. Y es lo que muchos piensan en su interior, pero, claro, les da cargo de conciencia porque no tienen la libertad del Espíritu y no saben llamar a un idiota cuando hay que llamarlo.

Esto es Francisco: no es más que lo que se ve, con un interior vacío de toda Verdad, pero lleno de la mente del demonio para engañar a todo el mundo con palabras baratas y blasfemas. Francisco es (citas tomadas de su Evangelium Gaudium: la alegría mundana de la palabra del demonio):

• un hombre simplón: “Hay que vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana (…) No te prives de pasar un buen día” (Pg. 6)

• que no busca la conversión de las almas, sino su unión en la mentira: “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción” (Pg.15).

• que su gloria es el mundo, su tiempo es para encontrar la alegría en el mundo, pero no para predicar a Cristo Crucificado. Hay que marcar el tiempo de la alegría profana, pero no el de la Cruz, no el del sufrimiento, no el del despojo de todo lo humano. La evangelización se marca con la Cruz, no con un beso y un abrazo: “En esta exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría” (Pg.3)

• un hombre que no sabe lo que es la alegría del corazón, porque no llama a las obras de la tecnología como las obras del pecado, que sólo engendran placer pecaminoso, incapaz de dar la alegría al hombre: “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría” (Pg.8).

• un personaje que no sabe hablar del amor, sino de la vida. Quien da amor da vida, pero quien da vida encuentra muerte a su alrededor. Jesús amó hasta el extremo y, por eso, dio su vida. Pero este burlón de la vida, sólo quiere crecer de cualquier manera en la vida, buscando sólo lo social, lo común, lo mundano, la fama, la gloria de los hombres. Y no se da cuenta de que está madurando para el infierno. Quien no se da a Dios no puede darse al otro: “La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. Madura a la vez que nos damos a los otros” (Pg.10).

• un hombre que no sabe que Jesucristo vino a hacer la Voluntad de su Padre, que sólo se puede obrar en la Cruz del Calvario, y que, por tanto, no vino a ser creativo, a inventarse una nueva forma de vivir entre los hombres, no vino a demostrar su sabiduría humana, sino a obrar la sabiduría eterna, la que no cambia, la que no inventa, la que no crea nada nuevo: “Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina” (Pg.11).

• Y, por eso, se hizo un maldito, se abajó de su rango para demostrar a los hombres que Dios pone un camino en la miseria del pecado a cualquier hombre que reconozca su pecado ante el Verbo Encarnado. Jesús no se hizo pobre. Jesús se humilló y escondió la riqueza de su divinidad para enseñar al hombre a caminar en la pobreza de su mente, en el despojo de su inteligencia humana, en la cruz de su voluntad propia. Dios no tiene preferencias sobre los estómagos vacíos. Dios ensalza a los humildes de corazón, a los que tienen temor de Él. A los demás, sean pobres o sean ricos, les da un manotazo en sus soberbias: “El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo se hizo pobre” (Pg.155).

• un hombre que ha anulado el poder divino por su ambición de poder humano: “Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado” (Pg.29).

• y que le urge descentralizarlo todo para poner el fundamento de la división y el cisma en toda la Iglesia. Los Obispos son nada en la Iglesia sin la Voz del Papa, sin la obediencia al Vicario de Cristo. Como Francisco no es Papa, entonces todos en la Iglesia están con un poder humano para hacer los que les da la gana. Y eso hay que llamarlo, en el lenguaje de un necio, sana descentralización. Es el lenguaje que usan para no decir: somos los nuevos inquisidores de Roma y estamos en todas partes. Ya no acudan a Roma para resolver nada. Nosotros somos los cabecillas de la nueva revolución comunista en cada parroquia, en cada diócesis porque tenemos el poder que un idiota nos ha entregado: “No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable ‘descentralización” (Pg.16).

• un hombre, que no sabe ser Obispo, sino un lobo que acecha a todas las ovejas, las investiga, está atento a cualquier cosa para devorarlas con su mente de iniquidad. Un Obispo que no sabe dar a la Iglesia la Voluntad de Dios. Un Obispo que no sabe enseñar las virtudes de la fe, esperanza y caridad, porque vive escuchando las necesidades del pueblo, sin hacer caso de los intereses divinos y celestiales. Un Obispo que se ha creído humilde y pobre, porque viste como un idiota, porque se sienta con la gente que come su almuerzo, porque se tira fotos con los católicos tibios que van a aplaudir a un subnormal como jefe de su iglesia. Un Obispo que se queda atrás en el camino para que las almas no pierdan la senda de la condenación, que ayuda a todos a condenarse y a bailar con el demonio mientras pasan la vida en sus grandes asuntos humanos: “El obispo estará a veces delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados” (Pg.28).

• que no sabe lo que es evangelizar a Cristo, no sabe lo que es dar la Palabra de Dios, que es la Palabra de la Cruz, sino que sólo le importa abrir su bocazas para irradiar humanidad: “Los evangelizadores tienen ‘olor a oveja’ y éstas escuchan su voz” (Pg.22).

• y, por tanto, está urgido a predicar lo que otros quieren oír, para engañarlos en la vida del mundo, en la tibieza de lo espiritual y en la condenación eterna: “El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar” (Pg.122).

• un hombre que vive la empresa económica y política de sus pobres en su nueva sociedad: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos” (Pg.157).

• que no ha comprendido que el Evangelio es para salvar y santificar el alma, no para llenar estómagos, ni para saldar cuentas económicas, ni para vivir la estructura de una política de masas, invocando el estúpido bien mundial. La fe y el comunismo es la atadura del modernismo para fundar una iglesia de pecadores y de pervertidos sexuales: “Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos” (Pg.41).

• un hombre, que ha sido llamado por el demonio para crear una comunidad de gente sin moral, de almas sin virtud, de corazones llamados a obrar las mismas obras de Satanás en la Iglesia. Gente que sólo quiere conquistar el mundo, pero que no le interesa conquistar el Cielo. Gente que no se apoya en la seguridad del dogma, sino en el viento de su lenguaje humano, lleno de relatividades y sentimentalismos: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (Pg.41).

• un hombre que hay que recordarle que el Sacramente de la Penitencia es para impartir Justicia, no Misericordia. Porque si no se juzga al pecador y a su pecado no hay Sacramento. Un hombre que convierte la gracia de la confesión en una charla psiquiátrica para darle al otro aquello que más le conviene en su estúpido sentimiento humano. En la confesión hay que estimular al penitente a nunca más pecar, a odiar el pecado, a que trabaje para quitar su maldito y negro pecado de su absurda vida: “A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible” (Pg.38).

• un hombre, que anulando la Justicia, y poniendo como camino la Misericordia mal entendida en su estúpido razonamiento humano, hace de la Eucaristía el lugar del sacrilegio perpetuo y la ocasión para que las almas, que no saben discernir la vida espiritual, queden en manos del demonio y vayan contentas al infierno al ganarse el premio de la condenación: “Y tampoco las puertas de los sacramentos deben cerrarse por una razón cualquiera (…) La Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (Pg.40).

• un hombre, que al no cerrar las puertas del pecado, las abre para que entre todo el infierno en las comunidades de la Iglesia y sean regidas por cabezas llenas de herejías y de cismas: “Pero hay otras puertas que no se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad”. (Pg.40).

• un hombre que se rasga las vestiduras porque hay gente que muere de hambre en las calles y no llora de dolor por los innumerables pecados de toda la Jerarquía de la Iglesia, que constantemente crucifica a Cristo en el Altar, cuando consagran. Un hombre que establece una paridad: el hambre y la economía. Hay hambre porque los hombres se dedican a sus negocios. Un hombre, inculto de la vida espiritual, que no sabe que el hambre y la avaricia sólo tienen un denominador común: la falta de fe en la Providencia Divina. Porque nadie sigue este dogma, esta Verdad Absoluta, por eso, los hipócritas, como Francisco, se dedican a luchar por sus pobres, juzgando a los ricos y condenándolos por su riqueza. La noticia es la falta de fe en Cristo Jesús, en su doctrina, no el hambre ni las crisis económicas: “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa” (Pg.45).

• un insensato que ha puesto la búsqueda de la verdad, el sentido de la vida en el otro, no en Dios: “Quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (Pg.9).

• porque no ha comprendido que «todo es vanidad», que los bienes terrenos no son de nadie, sino de Dios. No pertenecen a los pobres. Que estamos en esta vida para expiar nuestros pecados haciendo limosnas, pero que no estamos en esta vida para llenar estómagos ni para contentar a ningún hombre en la tierra. ¿Para qué acumulas riquezas? ¿Para dárselas a los pobres? Entonces, no has comprendido el Evangelio: atesora para Dios, no para los pobres: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos” (Pg.49).

• un hombre sin fe, que no sabe lo que es la vida de una parroquia llevada por el Espíritu de la Iglesia, sino sólo encauzada en el espíritu del mundo: “La parroquia tiene que estar en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no puede convertirse en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (Pg.26).

• que quiere solucionar los problemas sin inteligencia divina, acudiendo a la sabiduría humana, a los caminos de los hombres, a las vidas mundanas y profanas. Sólo le interesa su dinero y su política en la Iglesia: “Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra” (Pg.164).

• un hombre de poco seso, que no sabe de lo que habla, que anula lo privado para poner el camino del comunismo: “La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero” (Pg.163).

• que habla de una moral aislada como raíz de los problemas del mundo, pero no habla de la conciencia aislada de la norma de moralidad. Los hombres viven sin moral, aislados de Dios, ya no creen en la Verdad Revelada, por lo cual el gran riesgo del mundo actual es que se olvidó de que existe el pecado como ofensa a Dios, que es la raíz de todos los problemas, que es lo que destruye la sociedad, la familia, el mundo: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (Pg.3).

• que no sabe lo que es el hombre en su pecado, en su miseria espiritual, un sacerdote de escritorio, que no ha conocido lo que es ser misionero allí donde los pobres aman su pobreza y no quieren salir de ella por su falta de fe y de caridad hacia Dios y hacia los demás hombres: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mi vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (Pg.8).

• que no ha aprendido a seguir la Gracia, ni a ser fiel a Ella ni, por tanto, a perseverar en el amor de Dios. Sólo aprendió a medirlo todo con su inteligencia humana, haciendo de la Iglesia un problema social, un lugar donde se lucha por los derechos humanos e injusticias sociales.: “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (Pg.41).

El que habla exigiendo que no se controle la gracia, es el que quiere controlarlo todo con su mente del demonio. Así habla Francisco, haciendo de la Iglesia un hospital de idiotas, de subnormales, de gente estúpida, que no ha comprendido lo que es la vida de unión con Dios. Gente que se dedica a todo en la Iglesia, menos a adorar a Dios. Cada uno adora su idea que tiene de Dios, su lenguaje que usa de Dios. Pero no ponen sus orgullos en el suelo, ni pisan sus inteligencias humanas y se han creído los más importantes hombres de la Iglesia. Y son sólo paja que el viento de la Justicia se los va a llevar muy pronto.

Esto es Francisco: un hombre simple, sin seso, sin cultura, sin dos dedos de frente, que está lleno de una terrible ambición de poder.

La evolución del pensamiento

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Francisco es un hombre vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico. Moderno. Y aquí está la prueba de su obsesiva humildad.

Su humildad consiste en que se le perciba como un hombre del montón: viajar en colectivo o en coches de segunda mano, pagar las cuentas del hotel, hacer lo que todo el mundo hace: no destacarse, porque hay que estar en el mundo con el espíritu del mundo. Hay que obrar para que el hombre del mundo comprenda que se le entiende en su mundo, que se vive como él vive. Hay que ofrecer una imagen al hombre, una propaganda que guste al mundo, que lo atraiga. Francisco no entiende la humidad como el que da, ofrece, obra, la verdad. Sino como aquel que se abaja al error y comete el mismo error del otro.

En su concepto de amor al prójimo, ser humilde es respetar, aceptar el error del otro para poder amarlo

Francisco, toda su vida ha sido negador de la Verdad. Nunca se batió por la Verdad única, crucificada e indivisa, que es Cristo, sino que siempre ha predicado “la aceptación de la diversidad (…) que nos enriquece a todos” (El Jesuita – pag. 169). No la Verdad Revelada, no la Tradición Divina, no el Magisterio auténtico de la Iglesia, sino las verdades múltiples y consensuadas «con diálogo y amor» para «el reconocimiento del otro como otro (…) no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades, no absorbiendo al otro, sino reconociendo como valiosos lo que el otro es, y celebrando esa diversidad que nos enriquece a todos» (Ibidem). Y, en esta aceptación del otro, pone el amor al prójimo.

Los judíos, los musulmanes, lo masones, los que trafican con las armas, con el sexo, los corruptos, los indeseables, los que hacen el mal… son valiosos. Hay que dialogar; pero ¿hay reglas para el diálogo? No. ¿En que se fundamenta ese diálogo? ¿En la vida del otro, en sus verdades, en sus ideales, en sus obras, en sus pecados, en sus fechoría, en sus virtudes…? Ponte a dialogar y después bendice unas hojas de coca, porque tienes que aceptar la diversidad, tienes que reconocer al otro, no tienes que decirle al otro algo para que se humille, obedezca, se subordine a tus ideas, a tus sentimientos. No tienes que absorber al otro con tus ideas, con tus dogmas, con tus verdades reveladas. La fe es para todos. La fe es múltiple porque múltiples son las cabezas de los hombres, sus ideas, sus culturas, sus encuentros con la verdad.

«¿Cómo puedo dialogar, cómo puedo amar, cómo puedo construir algo común si dejo diluirse, perderse, desaparecer lo que hubiera sido mi aporte?» (Ibidem). Está declarando que ningún hombre es pecador, un demonio, sino que todos somos santos. Todos aportamos algo bueno a la humanidad, a la Iglesia. Todos tenemos una verdad que compartir. Y si las unimos todas, entonces tenemos la plenitud, lo global, el mundo feliz.

No mires el pecado del otro, no juzgues nada. Sólo acéptalo como es: el homosexual te aporta una verdad en tu vida. Esta es la gran herejía, que muchos siguen en la Iglesia, porque no se ponen en la Verdad Absoluta, sino que andan bailando de una verdad a otra, de un relativismo a otro, según les convenga en sus vidas. Y ahora dicen que los malcasados no pueden comulgar, pero después, con un telefonazo, se da la autorización para comulgar. La verdad es según la evolución del pensamiento humano. Una verdad que cambia, que se acomoda a la vivencia del hombre. Una verdad que nace en el mismo hombre, en su conciencia moral.

«Es que las culturas, en general, van progresando en la captación de la conciencia moral. No es que cambie la moral. La moral no cambia. La llevamos adentro. El comportamiento ético es parte de nuestro ser. Lo que pasa es que cada vez lo explicitamos mejor. Por ejemplo, ahora hay una conciencia creciente sobre la inmoralidad de la pena de muerte. Antes se sostenía que la Iglesia católica estaba a favor de ella o, por lo menos, que no la condenaba. La última redacción del catecismo pide, prácticamente, que sea abolida. En otras palabras, se tomó una mayor conciencia de que la vida es algo tan sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte» (El Jesuita – pag 87).

No cambia la moral, porque no viene impuesta por Dios: no hay ley divina, no hay ley natural, no hay ley moral. Es la conciencia de la persona la ley moral. Es lo que piensa la persona lo que es bueno o malo. Se lleva dentro, en el pensamiento. Y, por eso, no cambia. Todos los hombres piensan las mismas cosas. Todos los hombres van de una idea a otra. Unos se quedan en una idea, otros evolucionan en la idea. Y según avanza el progreso del hombre, entonces se va reflejando esa idea, esa evolución en el mundo. Y, por eso, antes la pena de muerte se podía justificar. Eran otros tiempos. Ahora, no hay «crimen tremendo que justifique la pena de muerte». Esta es la barbaridad que dice. Anula toda la Sagrada Escritura donde se ven los castigos que Dios enviaba a los hombres por otros hombres. Se anula la Justicia Divina como virtud en el hombre: el hombre no puede matar a otro si Dios se lo pide: «Perseguiréis a vuestros enemigos, que caerán ante vosotros al filo de la espada» (Lev 25, 7). En esta Palabra Divina está la pena de muerte. Y hay que saberla comprender en la Justicia de Dios, por el pecado de los hombres, no por una idea religiosa. No se mata en nombre de Dios, sino que se mata para hacer una Justicia que Dios pide, que Dios revela.

Esta Palabra Divina es, para Francisco, una idea vieja, un déficit que los hombres tuvieron en sus mentes en esa época. Y es necesario evolucionar, en la medida en que «la conciencia moral de las culturas va progresando, también la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino humano» (El Jesuita – pág. 88). Hay que afinar la mente, la idea vieja tiene que evolucionar hacia algo nuevo, amoroso, que al hombre le guste y le agrade. Pero, para Francisco siempre hay alguna excepción a la regla, una tolerancia cero:

«Uno no puede decir: “te perdono y aquí no pasó nada”. ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue la horca para muchos de ellos; para otros, la cárcel. Entendámonos: no estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia vigente» (El Jesuita – pág. 137). Francisco habla como un judío, resentido con los nazis y pone en evidencia que su conciencia moral exige una excepción a la regla.

No podemos perdonar a los nazis y aquí no pasó nada. Hay que matarlos porque era la ley del momento. Era buena, era aceptable esa ley. No estoy a favor de la pena de muerte, pero cuando me tocan los nazis, entonces sí estoy a favor. Lo que hicieron los nazis, ¿no justifica la pena de muerte? Francisco está en contra de la pena de muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos una excepción hermenéutica. Hay que justificar la pena de muerte. Era «la ley de ese momento». La evolución de la conciencia puede esperar un ratito más.

Y, por eso, porque era el momento, en la oración blasfema que se hizo en el Vaticano, un musulmán, recitó la pena de muerte para todos los infieles.


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Esto es lo que se llama una oración por la guerra. Y es el fruto recogido ahora: «Matadlos donde los encontreís (…) Combatidlos hasta que no haya más asociación y que la religión sea solo de Alá» (Sura 191). Soy un hombre pacífico que reúne a mis hombres en el Vaticano para declarar la guerra a todo el mundo.

Esto es siempre Francisco: maneja su lenguaje humano como quiere. Lo lleva de un sitio a otro, porque no se pone en la Verdad, sino que va buscando sus verdades de acuerdo al momento histórico.

Y todavía hay hombres en la Iglesia, y muchos de ellos con la teología a cuestas, que no saben llamar a Francisco como lo que es: falso Papa. En sus teologías buscan un argumento para salvar a Francisco. Que es lo que hace Lombardi y los demás: limpian los mocos de la nariz de Francisco cuando éste dice sus babosidades.

Esta evolución del pensamiento se refleja en la idea de una nueva iglesia y del gobierno mundial.«La globalización como imposición unidireccional y uniformante de valores, prácticas y mercancías va de la mano de la integración entendida como imitación y subordinación cultural, intelectual y espiritual» (El Jesuita – pag. 169). Está hablando del nuevo orden mundial. Esta es su idea de lo que es un gobierno en la Iglesia. Para continuar así: «Entonces, ni profetas de aislamiento, ermitaños localistas en un mundo global, ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo de los otros, con la boca abierta y aplausos programados. Los pueblos al integrarse al diálogo global, aportan valores de su cultura y han de defenderse de toda absorción desmedida o síntesis de laboratorio que los diluya en lo común, lo global. Y, al aportar esos valores, reciben de otros pueblos, con el mismo respeto y dignidad, las culturas que le son propias» (Ibidem).

a. Para un nuevo orden mundial se necesita imitar las culturas, las filosofías, las religiones de todos. Hay que integrar a los demás: «va de la mano de la integración entendida como imitación». Y sólo se integra, imitando a los hombres.

b. Se necesita subordinar las cosas de los hombres: esto va en contra de lo que él mismo dice sobre el diálogo: «no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades». Dialoga, pero no subordines. Pero, cuando hay que hacer un orden mundial, es necesario la subordinación de las culturas a otra cosa. Esta es la idea maquiavélica: seamos todos hermanos, nos besamos, nos abrazamos, pero una vez que estamos juntos, que nos hemos conocido y puesto de acuerdo, hay que someterse a algo. Y ese algo no aparece en el diálogo. Cuando los hombres se unen, entonces se les impone la idea de la dictadura.

c. profetas del aislamiento: Una vez que todos nos besamos, hay que quitar a los profetas que dan negatividades: que hablan del infierno, del pecado, de castigos divinos, etc. Hay que quedarse con los profetas del amor, de la misericordia, de las ternuras: el profetismo del relativismo, de la tolerancia, de la amistad, del bien comer, del hacer una fiesta, una alegría para todos. Hay que combatir a MDM, porque dice cosas que no le van a la publicidad de Francisco. Hay que aupar a este hombre y combatir a los que hablan la mentira que está en contra de la verdad que Francisco dice. La verdad es lo que dice Francisco. Y ahí del que se oponga. Es un profeta del aislamiento. Pena de muerte al profeta del aislamiento.

d. ermitaños localistas en un mundo global: que las carmelitas acepten a personas hermafroditas para que no se queden solas en este mundo. Tienen que subirse al carro de lo global, de lo para todos. Ya la soledad, el apartamiento del mundo no es un camino para alcanzar la santidad. Como todos somos santos, hay que meter a todos en los conventos. Todos las clausuras, los conventos que se abran al mundo, a las nuevas tendencias, y que acepten a los monjes budistas, a los sionistas, …

e. ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola: los idiotas de turno que aceptan los dogmas porque otros lo dicen, que van a la misa por un compromiso social, que hacen masa para aplaudir y vitorear a quienes no conocen, cuando los Papas viajan a sus países, a esos hay que hacerles de la causa global: que sigan en lo mismo, pero que sean idiotas del error, que aplaudan a los vulgares, a la Jerarquía que se dedica a cantar y a hacer fiesta, contratando payasos para la misa….

f. Cada pueblo que defienda sus culturas de las Verdades Reveladas, de los dogmatismos, de las leyes divinas, morales, naturales. Hay que ser del común, no de un grupo selecto de gente que no sabe besar y abrazar al otro. Seamos un pueblo mundial porque tenemos, aceptamos, con gran respeto y dignidad, los errores, las mentiras, las herejías, las leyes inicuas, las obras maliciosas de todos, porque ese es el camino para hacer un mundo feliz, que esté lleno de alegría.

Francisco es amigo de neologismos y de chabacanerías, que ha sabido acuñar aquello de «dejate misericordear por Cristo». Con Francisco, hay que dejarse sinagoguear por el mundo judío.

Su pública amistad con los rabinos Sergio Bergman, al cual prologó su libro “Argentina Ciudadana” y Alejando Avruj, al que le entregó el Convento de Santa Catalina en noviembre de 2009 para que festejara “la noche de los cristales rotos», una impostura, una blasfemia; y con el rabino Skorda, defensor del matrimonio homosexual (noticia); revela la mente de Francisco sobre Jesús, que es la mente de un judío.

«Usted no puede negar que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad»

«Debemos hacer una aclaración: hablar de mártires significa hablar de personas que dieron testimonio hasta el final, hasta la muerte. Decir que mi vida es un martirio debería significar que mi vida es un testimonio. Pero, actualmente, esta idea se asocia con lo cruento. No obstante, por el tramo final de la vida de algunos testigos, la palabra pasó a ser sinónimo de dar la vida por la fe. El término, si se me permite la expresión, fue achicado. La vida cristiana es dar testimonio con alegría, como lo hacía Jesús. Santa Teresa decía que un santo triste es un triste santo» (El Jesuita – pág. 42).

Es decir, para Francisco Jesús no fue mártir. Su muerte hay que explicarla de otra manera. Jesús vivió la vida cristiana con alegría y después lo mataron. Y, entonces, hagan todos lo mismo: vivan con alegría la vida. Y ya son mártires.

«Todo el que pierda su vida por mí la ganará» (San Mateo, 10, 39). La Iglesia enseña que la corona del mártir es Cristo: es dar la vida por Cristo, no por la fe, no por un testimonio. El mártir significa que el discípulo se asemeja a Su Maestro: como Cristo dio su vida por todos, así el que sigue a Cristo tiene que dar la vida por Él, tiene que unirse al martirio de Cristo, a los sufrimientos, a la muerte de Cristo. Para Francisco esto es un empequeñecimiento, una reducción, un “achique”.
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En consecuencia, Francisco se inclina por «La Crucifixión Blanca, de Chagall, que era un creyente judío; no es cruel, es esperanzadora. El dolor se muestra allí con serenidad. A mi juicio es una de las cosas más bellas que se pintó» (El Jesuita – pág. 41). La crueldad de Cristo en la Cruz eso no da esperanza al hombre. Mirar las llagas de Cristo, ver su sufrimiento real, eso es devastador para el alma. Hay que quitarlo. Hay que mostrar un Cristo alegre, con un dolor sereno, con una muerte dulce.

«La exaltación del sufrimiento en la Iglesia depende mucho de la época y de la cultura. La Iglesia representó a Cristo según el ambiente cultural del momento que se vivía. Si se observan los íconos orientales, los rusos, por ejemplo, se comprueba que son pocas las imágenes del crucificado doliente. Más bien, se representa la resurrección. En cambio, si echamos un vistazo al barroco español o al cuzqueño, nos encontramos con cristos de la paciencia todos despedazados, porque el barroco enfatizaba la pasión de Jesús» (El Jesuita – pág. 41).

En estas palabras, Francisco niega la obra Redentora de Cristo. En la Iglesia se exalta a Cristo y, por tanto, se exalta la Cruz: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose maldito, porque lo dice la Escritura: “Maldito todo el que cuelga de un árbol”» (Ga 3, 13). A un maldito no se le pinta con una cara de sonrisa. Un maldito tiene en su rostro la maldición del pecado. Y esa visión es horrenda, no se puede aguantar para el hombre que vive en su pecado. Ante un maldito, el hombre pecador lo aborrece, lo desprecia. Y, por eso, al Señor, lo despreciaron en la Cruz, le añadieron más sufrimientos que los que padecía.

Francisco recurre al tiempo de los hombres, a sus culturas, a sus ideas de cada época. Es la evolución del pensamiento. La fe, para Francisco, se representa, se vive, se interpreta según el momento histórico. Y, por tanto, no hay que poner una cruz maldita a los ojos de los hombres; no hay que representar en la Cruz el dolor de Cristo. No hay que poner la sangre, y una cara desfigurada. Hay que poner otras cosas más agradables a los hombres, que gustan, que están más de acuerdo con las ideas que cada hombre vive en su vida. Es el sentimiento de lo humano: dame sentir lo agradable de lo humano y soy feliz. Dame algo positivo y entonces vivo sin problemas. Miremos al Resucitado, pero no al Crucificado, porque ya no hay que hacer penitencia por nuestros pecados, hay que pasarlo bien.

«¿Dar testimonio de alegría aún cuando la Iglesia invite a la penitencia y al sacrificio como forma de expiación?»

«Claro que sí. Se puede hacer ayuno y otras formas de privación e ir progresando espiritualmente sin perder la paz y la alegría. Pero cuidado, tampoco puedo caer en la herejía del pelagianismo, en una forma de autosuficiencia, según la cual yo me santifico si hago penitencia y, entonces, todo pasa a ser penitencia. En el caso del dolor, el problema es que, en ciertas oportunidades, está mal llevado. De todas maneras, no soy muy amigo de las teorizaciones delante de personas que atraviesan momentos duros. Me viene a la mente el pasaje evangélico de la samaritana que había tenido cinco fracasos matrimoniales y no los podía asumir. Y que, cuando se encuentra con Jesús y le empieza a hablar de teología, el Señor la baja de un hondazo, la acompaña en su problema, la pone frente a la verdad y no deja que se aliene con una reflexión teológica» (Ibidem).

Es increíble la tergiversación que hace del pasaje de la samaritana para anular la Verdad. ¡Qué mente tan malvada la de este hombre! La samaritana asumía sus cincos matrimonios. Y tenía otro hombre más con el cual pecaba. Y eso no era un problema para la samaritana, no era un momento duro para ella. En este pasaje, el Señor se centra en uno de los puntos fundamentales de la división entre judíos y samaritanos: la adoración a Dios, el lugar en el que se debe dar el culto legítimo a Dios. Y el Señor le enseña que hay que «adorar al Padre en Espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). El Señor le habla como profeta y le enseña su vida de pecado, para que esta mujer entienda que está ante un hombre distinto a los demás. El Señor le enseña el camino para salir de su pecado: el culto verdadero a Dios. El Señor no le habla del fracaso de sus matrimonios. La samaritana no habla con ninguna teología. El Señor da su Palabra a un alma perdida en su pecado y le muestra el camino de salida, que es un camino de penitencia. Y, al final, el Señor se revela a ella como Mesías: «Yo soy, el que habla contigo» (v. 26).

Así que, para Francisco, hagan ayunos, pero progresen en la vida espiritual, porque no todo es penitencia, no todo es cruz, no todo es amargura. Hay que progresar. Hay que dejar la amargura, el dolor, y centrarse en la alegría. Haz ayuno, pero si sientes hambre, come. No hagas ayunos rigurosos. Hazlos según tu vida. Hazlos como te gusten. Pero no sufras mucho, porque ya no tienes que salvar tu alma o expiar tus pecados, o morir con Cristo. Tienes que vivir la alegría que Cristo vivió. Y, por eso, el Calvario tiene que ser una fiesta. Allí estuvo la virgen María bailando y comiendo, mientras su Hijo moría. Hay que hacer así las santas Misas: discotecas.

La evolución del pensamiento: esto es todo en Francisco. Una mente que baila con todas las ideas de los hombres, sean buenas, sean malas, y que escoge aquellas que son para el momento. Recurre a las leyes del momento. Piensa según el momento. Obra según el tiempo. Todo es según el cristal como se lo mire. Nada es Absoluto. No hay dogmas, sólo se da el pensamiento del hombre.

Roma se ha separado de Cristo y de Su Iglesia

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«Esta historia, o “prehistoria” de la Iglesia, ya se encuentra en las páginas del Antiguo Testamento» (texto).

Francisco está negando las profecías mesiánicas referidas a Jesús en el Antiguo Testamento. Decir que en las páginas del AT se encuentra la prehistoria de la Iglesia es negar la Revelación, es negar la Palabra de Dios: «escrudiñáis las Escrituras, ya que en ellas creéis tener la vida eterna, pues ellas dan testimonio de mí» (Jn 5,39). Las páginas del AT dan testimonio de Cristo, no de la historia de la Iglesia

En las profecías del AT se halla una imagen de Cristo, del Mesías, no de la Iglesia. Cada profeta aporta un rasgo distinto de la vida de Jesucristo. Y reuniendo a todos los profetas surge la figura completa y patente de Jesucristo. El AT habla sólo de Jesucristo y, por tanto, del Reino que el Mesías va a predicar, un Reino Espiritual, Glorioso, nunca humano o material.

Francisco es como aquellos discípulos que el Señor decía: «hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas» (Lc 24,25). No cree en la profecía, no cree en el Espíritu de la profecía, sino que lee el AT con su inteligencia, con su filosofía y, por tanto, anula la verdad que la Palabra de Dios da en esas profecías.

En la Iglesia «tenemos aún algo más firme, a saber, la palabra profética, a la cual muy bien hacéis en atender, como a lámpara que luce en lugar tenebroso…» (2 Pe 1,19). En la Iglesia Católica no nos hace falta la inteligencia de Francisco para ser Iglesia, para comprender a Cristo. Francisco no tiene ninguna inteligencia divina. Su palabra es la de un bastardo que no ha comprendido, con su mente humana, la Verdad, sino que divide, de muchas maneras, lo que nunca se puede dividir: el Pensamiento de Dios.

Dios, cuando revela Su Mente, el hombre tiene que abajarse -en su intelecto- para comprender la verdad que viene de esa Inteligencia divina. Si el hombre quita o a añade algo a la Revelación de Dios, automáticamente se pone fuera de la Verdad, y ya no cree a Dios que Revela, sino que cree sólo a su inteligencia humana, a su discurso humano, a su lenguaje de hombre.

«Hemos escuchado el libro del Génesis, Dios escogió a Abraham, nuestro padre en la fe, y le pidió que se marchara, que abandonara su patria natal y se fuera hacia otra tierra que Él le mostraría (cf. Gn 12,1-9). Y en esta vocación Dios no llamó a Abraham solo, como individuo, sino que desde el principio implicó a su familia, a sus familiares y a todos los que estaban al servicio en su casa». Nada dice Francisco de lo que significa esta profecía, sino que pone el énfasis en lo humano y dice una completa herejía: Dios no llamó a Abraham solo sino también a su familia. Esto es hablar sin sabiduría divina, esto no es exponer la doctrina del Reino de Dios, sino la doctrina de su comunismo en la Iglesia, en el Reino de Dios.

Hay muchas promesas al Patriarca Abraham, las cuales muestran la universalidad en una salvación futura. Dan a entender la Fe en el Mesías, que viene para salvar:

El texto del Génesis 12,2s, al que alude Francisco, contiene siete miembros (para dar a entender -incluso en el número- la universalidad de los bienes), la bendición de Dios a Abraham:

1. «Yo te haré un gran pueblo» [que será numeroso: «te bendeciré largamente y multiplicaré grandemente tu descendencia, como las estrellas del cielo y como las arenas de las orillas del mar, y se adueñará tu descendencia de las puertas de sus enemigos» (Gn 22,17)]

2. «te bendeciré» [también en lo material: «Bendijo Yavé por José la casa de Putifar, y derramó Yavé su bendición sobre todo cuanto tenía en casa y en el campo» (Gn 39,5)]

3. «y engrandeceré tu nombre» [que será glorioso: «por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un Nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp. 2, 9-10) ]

4. «que será una bendición» [«Bendito el que viene, el Rey, en Nombre del Señor. Paz en el Cielo y Gloria en las alturas» (Lc 19, 39 ]

5. «Y bendeciré a los que te bendigan» [«Después de la muerte de Abrahám, Dios bendijo a Isaac, su hijo» (Gn 25, 11)]

6. «y maldeciré a los que te maldigan» [«E Isaías clama de Israel: Aunque fuera el número de los hijos de Israel como la arena del mal, sólo un resto será salvo, porque el Señor ejecutará sobre la tierra un juicio consumado y decisivo (Is 10, 22s)» (Rom 9, 27]

7. «y serán bendecida en ti todas las familias de la tierra».

La razón de todas estas bendiciones es el Mesías, que de Abraham nacerá. Y ese Mesías es el que predicará el Reino escatológico, el Reino de Dios, fundando Su Iglesia.

La razón de esas bendiciones no es el comienzo de la Iglesia, no es el comienzo del pueblo de Dios, sino el inicio de la fe, por la cual Abraham es justificado: «Abraham, contra toda esperanza, creyó que había de ser padre de muchas naciones (…) y no flaqueó en la fe (…) sino que ante la promesa de Dios no vaciló, dejándose llevar de la incredulidad, antes, fortalecido por la fe, dio gloria a Dios (…) y por esto le fue computado a justicia» (Rom 4, 18.19.20.22).

Con Abraham, Dios inicia la fe del hombre, no de un pueblo. El hombre tiene que aprender a creer en la Palabra de Dios. Dios da a Abraham el don de la fe. No le da unos mandamientos, unas leyes, sino la fe en el Dios que se Revela a Sí Mismo. Porque sin fe no es posible cumplir con los mandamientos de Dios. Una vez que el hombre cree en Dios, se abre a Dios, es cuando comienza a obrar la Voluntad de Dios, que son los mandamientos.

Y esta fe, Dios se la da sólo a Abraham, no a sus hijos, no a su familia. Ellos, bendiciendo a Abraham, tienen la misma fe; siguiendo el camino que Dios le ponía a Abraham, los demás consiguen la fe y son justificados por esa fe.

La fe se da a cada alma, no a una familia, no a una sociedad, no a un grupo de gentes. La fe se inicia en cada uno, en cada corazón. Y según sea la fe en cada alma, así será la familia, la comunidad de personas, la Iglesia.

Como Francisco niega que la Iglesia tenga un fin en sí misma (= «la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma»), entonces tiene que negar el origen sobrenatural de Ella, y decir: «Está fundada por Jesús, pero es un pueblo con una larga historia a sus espaldas y una preparación que comenzó mucho antes que Cristo mismo». Es decir, tiene que ponerse a buscar el origen natural de la Iglesia, el origen histórico, el origen en el cual el hombre pensó en la Iglesia, negando así toda Revelación sobre Cristo y sobre la Iglesia. No sabe discernir en el AT lo que pertenece al pueblo de Dios, lo que es del Mesías y lo que es del Reino de Dios. Todo es uno en su mente humana.

Jesús fundó Su Iglesia en Pedro. Y, por tanto, la Iglesia no nace ni con Adán, ni con Abraham, ni con Moisés, ni con ninguno de los Profetas. No existe una prehistoria de la Iglesia, como falsamente enseña Francisco. Existe la Revelación de Dios al hombre. Dios es el que se Revela, el que se da a conocer al hombre y forma Su Pueblo. Ese Pueblo no es la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro. Son dos cosas totalmente diferentes. Es el Pueblo de la fe en Abraham, pero no es el Pueblo del Reino Escatológico que Cristo va a predicar en su vida humana.

a. «El primer hecho importante es éste: comenzando con Abraham, Dios forma un pueblo para que lleve su bendición a todas las familias de la tierra. Y dentro de este pueblo nació Jesús. Es Dios que hace este pueblo, esta historia, la Iglesia en camino. Y ahí nace Jesús: en este pueblo». Esta su herejía consiste en poner a Jesús como miembro espiritual del Pueblo de Dios, que es ya –en su mente- la Iglesia. Gran herejía.

Jesús tiene una existencia histórica, nace en Nazaret, de una Virgen, de la estirpe de David, ha «nacido bajo la ley» (Gál 4, 4):«los israelitas, cuya es la adopción, y la gloria, y las alianzas, y la legislación, y el culto y las promesas; cuyos son los patriarcas y de quienes según la carne procede Cristo” (Rom 9, 4-5). Jesús, carnalmente, pertenece al pueblo de Israel

Pero Jesús no nace en esa «iglesia en camino». Dios se revela a Abraham, pero no para fundar una Iglesia. Dios hace salir a Abraham de su tierra, pero no para fundar una Iglesia. Abraham camina hacia la Tierra Prometida, pero no se inicia –en ese camino- la Iglesia, como dice Francisco: «Después, una vez en camino – sí, así comenzó a caminar la Iglesia». Gravísima herejía. La Iglesia no camina con Abrahán. La Iglesia camina con Jesucristo:

Jesús no sólo predicó el Reino de Dios, sino que abrogó toda la economía religiosa del Antiguo Testamento y la substituyó por Su Iglesia: «mientras que ahora, por Cristo Jesús, los que un tiempo estaban lejos, habéis sido acercados por la Sangre de Cristo; pues Él es nuestra Paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación, la Enemistad; anulando en Su Carne la Ley de los mandamientos formulada en decretos, para hacer en Sí Mismo de los dos un solo Hombre Nuevo, y estableciendo la Paz, y reconciliándonos a ambos en un solo Cuerpo con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí Mismo a la Enemistad» (Ef 2, 13-16).

Estas palabras del Apóstol revelan:

i. Jesús instituye una nueva Alianza en Su Sangre (= «habéis sido acercados por la Sangre de Cristo»). Y, por tanto, abroga la Antigua Alianza que Dios, por medio de Moisés, había pactado con el pueblo de Israel en la sangre de las víctimas (Ex 24, 5-8).

ii. El Antiguo Testamento queda abrogado por la muerte de Cristo (= «anulando en Su Carne la Ley de los mandamientos formulada en decretos» ).

iii. Jesús es el Hombre Nuevo y pone Su Iglesia como lugar de reconciliación con el Padre (= «reconciliándonos a ambos en un solo Cuerpo con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí Mismo a la Enemistad» ). La Iglesia nace en la Cruz. No nace en Abraham. No camina con Abraham. La Iglesia camina con el Crucificado, en Su Cruz, desde Su Cruz, por Su Cruz.

Este punto es el más importante para comprender la herejía de Francisco. Porque él quiere irse a la historia, a la prehistoria de la Iglesia. Y se equivoca. No sabe discernir lo que Dios dijo a Abrahám y, por tanto, no sabe leer la historia del pueblo de Israel como esperanza del Mesías, del Reino del Mesías. El pueblo de Israel camina esperando al Mesías, pero no puede hacer Iglesia. Porque la Iglesia la hace el Mesías, no la esperanza del Mesías. Jesús nace en el pueblo de Israel, pero no es del pueblo de Israel, no es de la tradición de ese pueblo, no es del espíritu de ese pueblo.

Jesús cumple con todas los elementos esenciales del Antiguo Testamento: la Circuncisión (Gn 17,10), el Templo (Ex 25,27), el Sábado (Ex 20,8; 31,12), la Pureza levítica (Lev 11), la Prerrogativa del pueblo de Israel (Dt 7,6-14), la Ley misma (Ex 19,24 ).

Pero Jesucristo equipara la Circuncisión a una curación (Jn 7,22), anuncia que el Templo va a ser abandonado y destruido (Mt 23,38; 24,2), quebranta el Sábado y se declara Señor del Sábado y del Templo (Jn 5,18; San Mateo 12,6.8), desecha la Pureza levítica (Mt 15,11), rechaza la Prerrogativa del pueblo de Israel (Mt 8,10ss; 21,43), completa y perfecciona la Ley misma, y quita los indultos de ésta (Mt 5,21-48).

Jesús no es de la Tradición hebrea, sino que viene a poner la Tradición Divina, la doctrina de Dios para que el hombre pueda salvarse y santificarse. Por eso, la Iglesia camina con Cristo, no con Abraham.

b. «Cuando ha llamado a Abraham, Dios pensaba en esto: formar un pueblo bendecido por su amor y que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Este proyecto no cambia, está siempre vigente. En Cristo ha tenido su cumplimiento y aún hoy Dios continúa realizándolo en la Iglesia».

1) Cuando Dios llama a Abraham es para dar inicio a la fe en cada hombre

2) Por esa fe, se constituye un pueblo fiel a la Revelación de Dios

3) Los que no son fieles, no pertenecen a ese pueblo

4) La fe en Abraham es figura de la fe en Cristo. Abraham cree en la Palabra de Dios. La Iglesia cree en Cristo, no en Abraham. Por eso, la Iglesia no está en Abraham, sino en Cristo. La fe está en Abraham, porque Abraham cree en la Palabra de Dios: «Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días nos ha hablado por Su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo» (Hb 1, 1-2)

5) Los pueblos de la tierra no alcanzan todos la bendición, como falsamente dice Francisco, porque hay almas que no creen en Cristo. Y quien no cree recibe la maldición, conforme a la promesa de Dios a Abraham.

6) En Cristo se da el cumplimiento de la Obra del Padre, no de la fe de Abraham. Cristo viene a realizar la obra de Su Padre, que es una obra Redentora. Abraham, por su fe, hizo su obra, la que Dios le pedía. Cristo no da cumplimiento a ninguna obra que los hombres hayan hecho por su fe en el AT. Cristo viene a cumplir el mandamiento de Su Padre: «Entonces Yo dije: Heme aquí que vengo –en el volumen del libro está escrito de Mí- para hacer, Oh Dios, Tu Voluntad» (Hb 10, 7).

Como se ve, Francisco no tiene ni idea de lo que está hablando. Coge la Sagrada Escritura para argumentar, con su labia fina y mordaz, sus herejías, dando oscuridad a toda la Iglesia.

Y este es el problema: la Jerarquía calla las herejías de este hombre y eso produce el cisma, ya no encubierto, sino a las claras. Si nadie se opone al error, entonces todo el mundo haciendo el cisma. Y nadie quiere reconocer lo evidente: Roma se ha separado de Cristo y de la Iglesia. En la catequesis de este hombre sobre la Iglesia se ve lo que nadie quiere ver.

No existe el Papa emérito

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Dos Papas, ahora, hay en la Iglesia. Y eso es un signo de decadencia, no sólo dentro de la Iglesia sino, también, en el mundo entero.

Decadencia, porque a nadie le interesa la verdad de las cosas, sino que todos buscan la verdad que más les agrade para sus vidas humanas.

Decadencia, porque muchos en la Iglesia comienzan a mandar sin tener cargo de ello; comienzan a discutirlo todo, menos lo que hay que poner en entredicho.

Dos Papas para un holocausto, para una purificación, para abrir la puerta al Anticristo.

Es un dogma de fe, es algo revelado que sólo puede haber un Papa; no dos. Y, sin embargo, vivimos con dos Papas: uno de ellos es el legítimo: Benedicto XVI; el otro: un cualquiera, un usurpador de la Silla de Pedro.

Pero esta visión no es compartida por muchos en la Iglesia. Es más, en la Iglesia se sigue la otra versión: el auténtico, Francisco; el otro: es el otro, el que se ha dedicado a descansar, a hacer su vida porque es muy humilde, porque tiene mucha vida espiritual.

Por eso, a nadie le interesa ir a la teología y ver si realmente existe un Papa emérito, si se puede dar un Papa emérito.

Y quien se moleste en ir a los teólogos, comprobará que nunca, en la Iglesia, se puede dar un Papa emérito.

El Primado de Jurisdicción es perenne por Voluntad de Jesucristo. En otras palabras, la suprema potestad jerárquica de la Iglesia es ejercida por la persona del Papa y hasta su muerte. Y esto es siempre: un Papa sucede a otro Papa. En un Papa se da la sucesión de Pedro. Es algo perenne. Sólo, cuando no haya hombres en la tierra, no será posible la sucesión de Pedro en la Iglesia. El Poder de Dios, que es el Primado de Jurisdicción, se da siempre en un Papa legítimo, en la sucesión de Pedro en la Iglesia.

El Poder de Dios es siempre en la Iglesia, perdura siempre, porque hay un Papa que es Papa hasta la muerte; desde que es elegido hasta que muere.

El Primado legítimo de la Iglesia perdura siempre por Voluntad de Dios, no por voluntad de los hombres. El Papa es legítimo no porque es un privilegio de la persona de Pedro, no porque sea algo de la persona del Papa, sino porque es un don de Dios a Pedro, al Papa.

Pedro nunca puede renunciar a ser Papa. Puede renunciar al gobierno de la Iglesia, pero nunca al don de Dios. No se termina un Papado por un acto de humildad o porque falten las fuerzas físicas, o por una enfermedad, o por otra cualesquiera razón. Porque el Primado no es un premio ni un privilegio de la persona de Pedro. Se es Papa por Voluntad de Jesucristo; porque Cristo ayuda, con Su Espíritu, a ser Papa. Es una ayuda externa, eficaz, a la persona de Pedro, para que pueda realizar su misión de ser el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo. Se termina un Papado porque Dios lo quiere.

Pedro no tiene el Primado de honor en la Iglesia: no es una institución, no es un cargo como los demás. Pedro tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, todo el Poder de Dios sobre la Iglesia. No una parte, que comparte con los Obispos. Todo el Poder Divino está en las manos del Papa.

«Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro Apóstol no fue constituído por Cristo Señor, príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Señor nuestro Jesucristo solamente primado de honor, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema» (CVI. XX ecuménico (sobre la fe y la Iglesia) – Sesión IV -(18 de julio de 1870) – Cap. 1. De la institución del primado apostólico en el bienaventurado Pedro- [Contra los herejes])

Y este Primado de Jurisdicción es perenne, perdura siempre. Y, para que sea eterno, es necesario, se exige que el sucesor de Pedro reine hasta que muera, sea Papa hasta la muerte. No puede el Papa, por voluntad propia, dejar de ser Papa. No puede. Porque el Primado de Jurisdicción no descansa en la persona de Pedro, en su voluntad propia, en sus dotes espirituales o morales, sino en la Voluntad de Jesucristo.

Pedro ha sido elegido el Primero por Jesucristo para desempeñar el cargo del Primado: para gobernar la Iglesia con la misma Autoridad Divina. Pero, Pedro no ha sido elegido para un premio o para un privilegio de su persona, sino por vocación divina y para una obra divina en la Iglesia. Ha sido elegido por elección de Dios y para una obra de Redención. Y, por tanto, a la persona del Papa no le compete decir que no a este cargo, cuando lo ha aceptado. Porque no es un privilegio de su persona, no está en su voluntad propia decir que no. Es un don de Dios para su vida en la Iglesia. Es como el sacerdocio, es como el matrimonio: hasta la muerte.

Un Papa no puede renunciar a ser Papa; puede renunciar al gobierno temporalmente, por una causa grave (enfermedad, etc); pero no a la vocación de ser Papa. Porque ser Papa no es una institución, no es un honor, es una elección divina. No se tiene el Primado de honor, no se es cabeza de una institución humana para un poder humano, para un gobierno humano, unas obras humanas. Se es Vicario de Cristo. Y, por tanto, se es cabeza de un gobierno divino que sólo Cristo guía en Su Iglesia. Se es Cabeza con Cristo, en la Cabeza Invisible de la Iglesia, para realizar un Poder Divino en la Iglesia, una Obra Divina en Su Iglesia.

Por tanto, no puede darse el Papa emérito. Es el error de muchos, empezando por el mismo Papa Benedicto XVI. Y esto debe ser corregido.

El Papa, cuando renunció, lo hizo mal: abrió la puerta a la confusión y a la anulación del dogma del Papado.

Tenía que haber renunciado, pero no tenía que haber convocado un Cónclave, porque la Sede no estaba vacante, porque sigue teniendo el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios sobre toda la Iglesia, porque sigue vivo. Su Primado no pasa a otro Papa por renuncia, sino por sucesión del Espíritu de Pedro (= porque muere). Este Espíritu sólo se puede recibir cuando ha muerto el Papa anterior. Sólo hay un Papa. Sólo se da el Espíritu de Pedro en un Papa, en un solo Vicario de Cristo: «Pedro vive y emite el juicio hasta ahora y siempre en sus sucesores» (Celestino I – Concilio de Éfeso- D 112)

El Primado de Jurisdicción, que posee el Papa Benedicto XVI, es perenne. Viene por sucesión del Espíritu de Pedro. Es Pedro quien se sucede en cada Papa. Y, por tanto, no puede haber dos Papas, porque Pedro sólo puede estar en un Papa, no en dos. Dios ha dejado Su Iglesia en manos de un solo hombre, no en manos de dos. Pero la ha dejado en el Papa legítimo, sin abandonarlo a sus solas fuerzas humanas.

Ese hombre, que es el Papa legítimo, tiene toda la fuerza espiritual, para guiar la Iglesia, aunque le fallen las fuerzas humanas, físicas, naturales. Tiene una ayuda divina eficaz para ser Papa hasta la muerte. Porque no se es Papa por privilegio de la persona, porque se tenga o no se tenga una vida espiritual. No se es Papa porque se sea muy humilde o muy pecador. No se deja de ser Papa por un acto de humildad ni por un acto de voluntad propia, sino por Voluntad de Dios. El Papado no descansa en la persona del Papa. El Papado descansa en la Voluntad de Dios. Dios es el que decide cuándo un hombre es Papa y cuándo deja de ser Papa. La persona del Papa no puede decidir no ser Papa. Como un sacerdote no puede decidir, por sí mismo, dejar de ser sacerdote; ni un matrimonio puede decidir no estar más unidos por el Sacramento.

Los hombres sólo podemos renunciar, en la vocación divina, a los humano, a lo externo, a lo material, de esa vocación: gobierno, predicación, apostolado, etc. Pero no se puede renunciar al don divino, al Espíritu que da esa vocación.

Ser Papa no es un honor, es una vocación. No es una gloria de hombres, es para dar Gloria a Dios. Esto es tan importante que muchos no lo comprenden. Ser Papa es lo máximo que un hombre puede tener en su vida. El Papa está por encima de todas las cosas humanas, de todos los poderes humanos, de todas las inteligencias humanas, de todas las obras de los hombres. Por eso, nadie juzga a un Papa. No se puede juzgar. El juicio del Papa recae en Dios.

Se corrige a un Papa si peca, como lo hizo San Pablo con San Pedro, y como lo han hecho muchos santos en la historia de la Iglesia. Por eso, es necesario corregir al Papa Benedicto XVI: pecó abriendo la puerta a la destrucción del Papado, como así todos pueden contemplar en Francisco. Y Benedicto XVI tiene que levantarse de su pecado si quiere salvarse, porque no es cualquier pecado. Es un pecado que lleva a la Iglesia a un cisma declarado. Un gravísimo pecado.

Dos Papas hay en la Iglesia porque se toma el dogma como algo simbólico, como algo de los tiempos, de las circunstancias de la vida de los hombres, de sus culturas, de sus formas de pensar, de gobernar la vida, como un mito, como una parábola, como algo que el hombre puede hacer y deshacer con su pensamiento humano.

No se puede sostener lo que muchos dicen: que el Papa Benedicto XVI hizo un acto de humildad y dejó su puesto a otro. No se sostiene, porque sigue teniendo el Poder de Dios. El Poder de Dios no pasa a otro por un acto de humildad ni de renuncia. No pasa porque se esté enfermo o porque ya no se pueda razonar bien. El Poder de Dios pasa a otro sólo por Voluntad de Dios. Y es Voluntad Divina que el Papa muera para que ese Poder esté en otro hombre. Y si otro hombre quiere gobernar la Iglesia, estando el Papa legítimo vivo, lo hace sin el Poder de Dios, lo hace con un poder humano. Porque el Primado de Jurisdicción se obtiene por sucesión de Pedro, no por renuncia de Pedro. Si Pedro renuncia, sigue teniendo el Primado de Jurisdicción en sus manos, en su corazón, en todo su ser, porque el Papado es una vocación divina, no es un llamado de los hombres, un nombre de los hombres, una figura humana, un concepto humano. Si Pedro muere, entonces el Primado de Jurisdicción pasa a otro. El Papa legítimo nunca posee el Primado de honor: nunca se es Papa emérito; nunca se es una institución; nunca se tiene un cargo de honor, como lo puede tener un Obispo emérito.

Por eso, Francisco es el que ha robado la Silla de Pedro: gobierna la Iglesia con un poder humano y, por tanto, todo lo que hace es nulo para Dios. Para los hombres, queda escrito en sus libros humanos, pero Francisco no puede gobernar la Iglesia de Cristo porque el Poder de Dios lo tiene el Papa legítimo, el que tiene la sucesión de Pedro, el que es Papa porque fue elegido cuando murió el anterior Papa. Francisco gobierna la Iglesia haciéndola caminar hacia el error, la mentira, el engaño, la oscuridad. Lo hace con un poder humano: Dios no está en el gobierno de Francisco, porque tampoco está ni en su alma ni en su corazón. Francisco ha sido elegido por renuncia, no por sucesión de Pedro. Luego, no es Papa. Y, por eso, es el gran engaño del siglo. Y muchos se lo comen, sin discernir nada espiritualmente.

Y el gran pecado de Francisco es aceptar un cargo que sabía que no podía aceptar. No tiene excusa Francisco en su pecado. Aceptó porque está sediento de la gloria del mundo. No tiene ninguna sed de dar gloria a Dios en lo que hace en la Iglesia.

Ser Papa no es una institución, no es un honor, no es una elección de hombres, no es porque lo deciden así los hombres en la Iglesia o porque las circunstancias así lo exigen. Se es Papa por Voluntad de Cristo. Y se es Papa hasta la muerte. Y si se renuncia, se sigue siendo Papa. Y los Cardenales, si hubieran tenido un poco de fe en el Papado, habrían hecho un gobierno ad casum, ad tempus, hasta la muerte del Papa Benedicto XVI para poder elegir a otro como Papa.

Pero, desde hace mucho tiempo la Jerarquía está en la Iglesia sin vida espiritual, dedicándose a un negocio en la Iglesia, por eso, les resulta impensable esperar a la muerte del Papa para elegir a otro. No les entra en la cabeza, porque tenían muchas prisas para destruir la Iglesia.

Este Primado de Jurisdicción constituye una Iglesia bajo una sola forma invariable de gobierno: el de Cristo en Su Vicario: la verticalidad. Es invariable porque el Primado es perenne, es eterno, es siempre lo mismo. El Poder de Dios es para algo eterno en la Iglesia, no es para cambios según la mente de los hombres. No cambia según las modas de los hombres, según su progreso, según sus culturas. Dios siempre gobierna Su Iglesia para un objetivo divino: salvar almas y santificarlas. Se gobierna la Iglesia con un Papa para llevar a todos los hombres al cielo. Luego, no hay dos formas de gobierno, no hay múltiples formas de gobierno, no hay necesidad de un gobierno horizontal, ni externo al Papado. No se puede dar la opción por los pobres. El Evangelio no es ni de los pobres ni de los ricos. El Evangelio es Cristo. La Iglesia ni es pobre ni es rica. La Iglesia es Cristo. Y, por eso, el Vértice de la Iglesia se basta para gobernar toda la Iglesia. El Vértice es Cristo y Su Vicario. Los demás, no gobiernan nada en la Iglesia.

Por eso, Francisco es la utopía en el gobierno de la Iglesia. No sabe en dónde se ha sentado. Sin Poder Divino y con una inteligencia cero en la vida de la Iglesia. Y, por eso, le viene el batacazo. No es el hombre apropiado para destruir la Iglesia. Es el hombre apropiado para confundirlo todo, para dar a todo el mundo lo que a todo el mundo le gusta. Por eso, da una de cal y otra de arena.

El Papa Benedicto XVI erró al declarar la Sede Vacante. Primer error. No hay Sede Vacante hasta que no muera el Papa Benedicto XVI. Sólo está vacante el gobierno de la Iglesia, no el Papa. El Papa sigue vivo y coleando. Los dones de Dios son para siempre, no para un tiempo. Y sólo el pecado, pone un óbice al don de Dios, no las enfermedades, ni los pensamientos de los hombres.

Segundo error: proclamar al Papa Benedicto XVI como Papa emérito. El Papa no tiene el Primado de honor, sino de Jurisdicción. No puede darse, en la Iglesia, la institución del Papa Emérito. Si se da, como lo ha sido, supone anular el dogma del Papado en su raíz. Si el Papa es emérito entonces se dice que nunca tuvo el Primado de Jurisdicción, que no fue elegido por Dios en la muerte del Papa Juan Pablo II. Y, entonces, es necesario negar todos los Papas, porque no hay sucesión de Pedro.

Poner al Papa Benedicto XVI como Papa emérito es inventarse una nueva forma de ser Papa en la Iglesia que no pasa por la sucesión de Pedro (= por la muerte del Papa), sino por la renuncia de Pedro. Pedro nunca renunció a ser Pedro, sino que murió para dar Su Espíritu a su sucesor en el Trono de Pedro.

Y, por eso, Francisco dice su gran herejía: «Creo que él es una institución: hace 70 años, los obispos eméritos casi no existían. Y ahora hay tantos. ¿Qué sucederá con los Papas eméritos? Creo que debemos verlo a él como a una institución» (Entrevista en el avión). Ya se ha inventado el nuevo Papado. Un Papa sólo tiene el Primado de Jurisdicción. No puede tener el Primado de honor. Ni siquiera cuando renuncia al gobierno de la Iglesia, como ha hecho Benedicto XVI. Sigue teniendo, en su renuncia, el Primado de Jurisdicción. Francisco, como no posee la fe católica, lo que hace es anular el Papado, como así lo ha hecho poniendo su gobierno horizontal en la Iglesia, que significa el cisma declarado.

Con Francisco se ha anulado el Papado en la Iglesia. Y, por eso, no hay más Papas cuando muera Benedicto XVI. Eso es clarísimo, porque ya la Jerarquía se acomoda a lo que tiene. Ya no va a luchar por un Papa, porque ni siquiera el Papa Benedicto XVI lucha por seguir siendo Papa.

La situación de la Iglesia es muy crítica. Y nadie quiere ver la verdad, y todos dicen muchas cosas para acallar a tanta gente que no está conforme con la actuación de Francisco ni con la Jerarquía que lo apoya. Ellos son los primeros en mentir a toda la Iglesia. Y quien no vea a Francisco como el primer mentiroso, es que no ve nada en la Iglesia. Se contenta en la Iglesia con gente que le gusta decir sus mentiras, sus ideas y que todo el mundo las apruebe porque son Jerarquía.

Y si la Jerarquía de la Iglesia no aprende a ser humilde y a llamar a las cosas por su nombre, entonces toda Ella se va a perder en lo que viene a la Iglesia.

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