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Francisco: un judío infiltrado en la Iglesia Católica

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«La Mujer huyó al desierto, en donde tenía un lugar preparado por Dios, para que allí la alimentasen durante mil doscientos sesenta días» (Ap 12, 6).

Dos Papas en Roma: la Iglesia no camina, sino que está a la expectativa. Está perpleja y confusa. Muchos no saben discernir lo que se vive en la Iglesia. Muchos, al no creer en el dogma del Papado, no saben decir: el Papa Benedicto XVI es el verdadero y Francisco, ni siquiera puede ser Papa.

La Jerarquía de la Iglesia ha roto el dogma del Papado. Lo ha anulado y nadie se ha dado cuenta, porque ya la Jerarquía no enseña a sus ovejas la verdad, sino que les da alimento de demonios: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir» (Jn 10, 10).

La Iglesia, desde hace más de 50 años, no puede caminar en la Voluntad de Dios, sino que ha sido asaltada por los Enemigos del Evangelio, que son los judíos: «Por lo que toca al Evangelio, son enemigos por vuestro bien» (Rom 11, 28). Si los judíos no han creído en el Mesías, los judíos son los que atacan la obra del Mesías, que es la Iglesia Católica.

¿De qué manera la atacan? Con el pecado, propio del fariseísmo: la ocultación de la mentira. Judíos que se han introducido en el seno de la Iglesia como fieles, como clérigos y como Obispos. Judíos que fingen una conversión al cristianismo, fingen un cambio en los ritos exteriores, pero que tienen la intención de conquistar por dentro la Iglesia y llegar al centro de Ella, que es el Papado, para destruirla.

Es un trabajo de siglos, lento, pero eficaz. San Bernardo fue el que ayudó, en su tiempo a desenmascarar esta trama, y así los Cardenales pudieron elegir al Papa Inocencio II, salvando a la Iglesia de estar en las garras del judaísmo.

Más tarde, con la Inquisición, creada para extirpar las herejías y acabar con el poder oculto del judaísmo (que las dirigía y las alentaba), se logró derrotar y detener por un tiempo esta ocultación de los judíos en la Iglesia Católica.

El judío que se introduce en la Iglesia, obra dentro de Ella siguiendo órdenes y realizando actividades propias de las organizaciones judaicas: es necesario controlar las instituciones religiosas o desintegrarlas, reformar las liturgias, cambiar las leyes. Pero, sobre todo, hay que introducirse en la Jerarquía y escalar los puestos, los oficios, los cargos, para dominarla por completo.

Por eso, desde que nació la masonería, en el siglo XVIII, como una institución pública, se comenzó a introducir la masonería en la Jerarquía de la Iglesia.

El masón público es el que domina el mundo; el masón privado u oculto es el que domina la Iglesia. Y ya desde el siglo XV comienza la masonería a introducir en el mundo sus ideas en lo filosófico, hasta alcanzar una cumbre en el mundo. Y, por eso, era necesario que la masonería comenzase a tener públicamente instituciones, grupos, comunidades, para que la gente del mundo fuera instruida en ellas. Ya, en el mundo, era normal la idea masónica: igualdad, fraternidad, y libertad. Y había que mantener esa idea de muchas maneras.

Y lo que se comenzó en el mundo, también se inició dentro de la Iglesia. Esa idea masónica se ve reflejada en la Iglesia: los documentos del Concilio Vaticano II, sin ser masónicos, reflejan el trabajo de Cardenales, Obispos, sacerdotes masónicos.

El Concilio Vaticano II no es herético, ni sus documentos, pero hay que saber leerlos en la Tradición Divina, en el Magisterio Auténtico de la Iglesia, para no errar. Porque es muy fácil errar con los documentos de ese Concilio. Al ser un lenguaje espiritual, no dogmático, hay que saber explicar ese lenguaje de forma conveniente. Y muchas personas hacen dogma del Concilio por no saber leerlo de manera espiritual, acorde a la doctrina de Cristo en la Iglesia. El propio Francisco dogmatiza el Concilio, porque le conviene para su negocio en la Iglesia. Sin vida espiritual, se hace del Concilio una herejía y un cisma, que es lo que estamos viendo.

La masonería eclesiástica usa la máscara de un cristianismo aparentemente religioso y sincero, disimula sus creencias contrarias a Cristo con el velo de elocuentes y piadosos sermones. Muchos sacerdotes han sido excelentes oradores sagrados, pero eran masones. Es necesario ocultar la mentira con las buenas obras y con una labor impresionante en la administración, en el apostolado, en el gobierno de la Iglesia. Nadie debe enterarse que un sacerdote o un Obispo o Cardenal es masón. Es ejercer el fariseísmo a lo más perfecto. Es llegar a la cumbre del pecado de orgullo y de soberbia. Es blasfemar contra el Espíritu Santo. Mucha Jerarquía en la Iglesia ha sido masónica y nadie se ha dado cuenta.

Pero, desde hace 50 años, la masonería en la Iglesia trabaja al descubierto. Se han ido quitando impedimentos, excomuniones, leyes, y se ha hecho el camino más fácil para estar en el sacerdocio y, al mismo tiempo, pertenecer públicamente, con el conocimiento de todos, a la masonería. Un claro ejemplo es Francisco: masón y Obispo. Judío y Católico, al mismo tiempo.

Para Francisco, los judíos son una bendición: «Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada, porque «los dones y el llamado de Dios son irrevocables» (EG, n. 247). Y, Francisco, coge a San Pablo y lo tuerce, dando una mentira.

Dos cosas dice San Pablo:

i. Los judíos son enemigos del Evangelio por el bien de toda la Iglesia: no han creído en el Mesías, entonces se oponen al Evangelio. Y eso es un bien para toda la Iglesia, porque así la Iglesia camina tras las pisadas de Cristo, olvidando los antiguos preceptos mosaicos. Y es un bien para la Iglesia tener a los judíos como enemigos, para purificarse de sus propios pecados como Iglesia.

ii. Los judíos son amados por Dios a causa de la antigua promesa hecha a los Patriarcas. Dios los ama por la antigua promesa, no por la Antigua Alianza. La Antigua Alianza quedó abrogada, como lo enseña la Iglesia:

«Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituídas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, v empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas» (Eugenio IV – C. De Florencia, 1438 -1445 – De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441).

Pero, Francisco, no sólo se contenta con publicar una herejía, que es contraria al magisterio de los Papas, sino que trata, por todos los medios de declarar la bondad de los judíos:

«Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios» (EG, n. 247).

Y le responde a Francisco los Santos de la Iglesia Católica, esos que él no conoce y desprecia:

1. San Ambrosio, Obispo de Milán y gran Padre de la Iglesia, dijo a su grey que la sinagoga era: «…una casa de impiedad, un receptáculo de maldades, que Dios mismo había condenado…» (San Ambrosio, Obispo de Milán. Gran Padre de la Iglesia. Carta IX al Emperador Teodosio).

Y cuando las masas cristianas, debido a las pérfidas acciones de los judíos, no pudieron reprimir su ira y quemaron una sinagoga, San Ambrosio no sólo les dio todo su respaldo, sino que señaló: «Yo declaro que prendí fuego a la sinagoga o que cuando menos yo ordené a esas personas que lo hicieran…Y si se me objeta que yo no prendí personalmente fuego a la sinagoga, yo contesto, que empezó a ser quemada por juicio de Dios» (ibídem).

2. Santo Tomás de Aquino sostuvo doctrinalmente que: «Los judíos por razón de sus culpas están en perpetua servidumbre, los señores pueden por lo tanto, tomarles sus cosas, dejándoles lo indispensable para la vida, a no ser que lo prohíban las leyes santas de la Iglesia» (Tomás de Aquino, Opera Omnia. Edición Pasisills, 1880. Tábula 1 a-o, tomo XXXIII, p. 534). No tienen derecho a poseer privadamente nada.

3. Juan Duns Escoto, el Doctor Subtilis, propuso a la Cristiandad una solución del problema judío. Un famoso rabino se queja de que Juan Duns Escoto: «…sugirió que los niños judíos fueran bautizados a la fuerza y que los padres que se rehusaran a convertirse fueran transportados a una isla donde se les permitiera seguir observando su religión hasta el cumplimiento de la profecía de Isaías (10, 21) acerca de que `los residuos se convertirán´» (Rabino Jacob S. Raisin, obra citada. Cap. XIX, p. 525). Que vivan en una isla, como unos miserables en su impía religión.

4. San Atanasio, gran Padre de la Iglesia, sostuvo que «…los judíos ya no eran el pueblo de Dios, sino los jefes de Sodoma y Gomorra» (San Atanasio, Crta X (A. D. 338)). Son los que están detrás de los homosexuales y lesbianas.

5. San Juan Crisóstomo, otro gran Padre de la Iglesia, afirmó:: «Siempre que el judío dice a vosotros: fueron los hombres los que nos hicieron la guerra, fueron los hombres los que conspiraron contra nosotros; contestadles: los hombres no os hubieran hecho la guerra si Dios no lo hubiera permitido» (San Juan Crisóstomo, Sexta homilía contra los judíos) Y también sostiene que: «Dios odia a los judíos, porque Dios odia el mal; y los judíos, después de haber crucificado a Cristo Nuestro Señor, se convirtieron en el mal sumo» (Ibidem). Dios quiere el sufrimiento del pueblo judío para purificarlo de su pecado.

6. Su Santidad el Papa Inocencio IV, en su Bula “Impia Judaeorum Perfidia”, dice: «La impía perfidia de los judíos, de cuyos corazones por la inmensidad de sus crímenes, nuestro Redentor no arrancó el velo, sino que los dejó permanecer todavía en ceguedad cual conviene, no parando mientes en que por sola misericordia, la compasión cristiana los recibe y tolera pacientemente su convivencia; cometen tales enormidades que causan estupor a quienes las oyen, y horror a quienes son relatadas».

Los judíos no son unos santos: causan estupor a quienes los oyen, son pérfidos, impíos, que Dios tuvo misericordia por la fe de Abraham, sin embargo, son unos ciegos, unos demonios encarnados. Y hay que tratarlos así. Eso no quiere decir que no se les ame. Se les ama por eso, porque Dios los sigue amando, debido a la Promesa que hizo a los Patriarcas: «Mas ellos, de no perseverar en la incredulidad, serán injertados, que poderoso es Dios para injertarlos de nuevo» (Rom 11, 23).

Los judíos no tienen el mismo Dios que los Católicos, porque no creen en el Mesías. Y en Jesús está toda la Santísima Trinidad. Ellos creen en un Padre Creador, pero no creen en un Hijo Redentor. Y menos pueden comprender al Espíritu que santifica la Iglesia de Cristo.

Francisco ama tanto a los judíos que, por eso, enseña la doctrina de ellos en la Iglesia, cuando dice: «Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». Esta es la doctrina masónica sobre Dios, que es el mismo pensamiento de los judíos.

Francisco ha realizado un convenio con las otras religiones, con los judíos y con los musulmanes. Ese convenio todos lo pueden percibir, aunque no esté escrito de manera oficial. Pero Francisco se pasea como masón, como judío en medio de la Iglesia. Francisco habla como uno de ellos, abiertamente, acomodando su predicación a su misticismo judío. Francisco defiende a los judíos, quiere crear un ambiente de simpatía, de acercamiento hacia ellos, pero ataca a Cristo y a Su Iglesia. Y esta verdad es la que muchos no saben verla, no saben discernirla.

La Jerarquía de la Iglesia ha errado el camino al poner en el Trono de Pedro a un judío, a un masón, a un hombre que no es católico. Y esto va a traer consecuencias desastrosas para toda la Iglesia.

Los masones están contentísimos con Francisco, porque éste ha atado a los católicos de pies y manos: no ataquen a los judíos, no ataquen a los masones, no juzguen a nadie. Lloremos por el holocausto: «Con la vergüenza de lo que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer. Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal; con la vergüenza de que el hombre, creyendo dios, haya sacrificado a sí a sus hermanos. ¡Nunca más!! ¡Nunca más!!» (Francisco, 26-5-2014)

Francisco es un llorón: «con la vergüenza». Llora por tus negros pecados, pero no llores por los hombres, porque no merece la pena derramar una lágrima por ningún sufrimiento del hombre.

Francisco es un ignorante: «el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer». ¿Es que no sabes que el hombre pecador es un demonio encarnado, capaz de hacer el mismo pecado de su padre el demonio?.

Francisco no sabe nada del Misterio del Mal: «Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal». El Príncipe de este mundo no es el hombre, sino el demonio. El hombre es el juguete del mal. Su dueño: Lucifer.

Francisco no ha comprendido el holocausto: «con la vergüenza de que el hombre, creyendo dios, haya sacrificado a sí a sus hermanos». A esto le contesta San Juan Crisóstomo: «Pero son los hombres, dice el judío, quienes nos han acarreado estas desgracias y no Dios. Y ha sido todo lo contrario, pues de hecho Dios quien las acarreó. Si vosotros (judíos) las atribuís a los hombres, se deduce que aun suponiendo que los hombres se hayan atrevido a realizarlas, ellos no hubieran tenido fuerza para ejecutar tales acciones si Dios no lo hubiera deseado» (San Juan Crisóstomo, Sexta homilía contra los judíos). Es Dios el que ha hecho el holocausto, no los hombres.

Francisco se hace publicidad: ¡Nunca más!! ¡Nunca más! Está sediento de la gloria del mundo al hablar con un sentimentalismo pedante, fruto de su misticismo judío, sobre los sufrimientos de ese pueblo.

Hasta que los judíos no se conviertan, holocaustos vienen para ellos. Pero esto, a Francisco, no le interesa ni lo puede comprender.

Con Francisco en la cabeza, como un ciego que guía a otros ciegos, los católicos ya no defienden la Iglesia de los judíos, de los masones ni de nadie. Ahora, hay que empezar a introducir el paganismo en la Iglesia, que ese es el objetivo primero del Sínodo, del falso Sínodo, que se va a celebrar pronto. Un Sínodo que va a dar a la Iglesia un magisterio falso, errado, herético, cismático, propio de la nueva iglesia que Francisco ha fundado en Roma, en la Roma de los masones.

Y la Iglesia debe irse al desierto, porque no hay camino en Roma. Tiene que esperar, en el desierto, al Papa que la guíe hacia el Reino Glorioso.

Para ser de la Iglesia Católica hay que desobedecer la mente de Francisco

León XIII PP

León XIII PP

«Los más taimados enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, Esposa del Cordero Inmaculado, le han dado a beber ajenjo; han puesto sus manos impías sobre todo lo que para Ella es más sagrado. Allí donde ha sido establecida la Sede de San Pedro y la Cátedra de la Verdad para luz de las naciones, ellos han erigido el trono de la abominación y de su impiedad, para que, golpeado el Pastor, pueda dispersarse la grey» (Exorcismo contra Satanás y los Ángeles Apostáticos, mandado por León XIII PP, editado el ASS 23 [1890-1891], pag. 743 ).

A Francisco le preguntan: «¿Cómo le gustaría que le recordara la historia?»

Y él contesta: «No lo he pensado, pero me gusta cuando uno recuerda a alguien y dice: “Era un buen tipo, hizo lo que pudo, no fue tan malo”. Con eso me conformo» (Ver entrevista).

En la actualidad, los hombres se han olvidado de una verdad: tener una vida buena y honesta, ser un buen tipo, hacer lo que uno puede, no significa que sus ideas sean correctas. Francisco es un hereje y un cismático, aunque sea una buena persona para los hombres, para el mundo, para la gente que lo adora.

Francisco, al no poseer la fe católica, es peor que un protestante. Los protestantes están en el error, pero algunos de ellos son mejores que muchos católicos, porque viven su error sin atacar a la Iglesia Católica.

Pero Francisco, vive su error dentro de la Iglesia Católica, gobernándola y, lo que es peor, creyéndose justo y bueno en lo que hace. Por eso, tiene mayor pecado que un protestante.

En la Iglesia Católica no todos los católicos son santos, dan ejemplo de virtud, de amor a Cristo. Hay de todo. Y hay muchos lobos, mucha gente que se hace pasar por santa y que, sin embargo, no cree en nada, sino sólo en lo que hay en su cabeza humana.

Este es el caso de Francisco: es el modelo de tanta gente inculta e ignorante de la fe católica, de su Iglesia, del amor a Cristo.

Leer la última barbaridad de Francisco en una entrevista no es noticia para los que ya saben cómo piensa ese hombre. En esa entrevista no dice nada nuevo, sino que repite su herejía y su cisma.

No pierdan el tiempo leyendo la basura de la mente de Francisco. No enseña ninguna verdad. Y tampoco habla para enseñar, sino para darse importancia, en estos momentos, en que todo parece patas arriba en su gobierno.

A Francisco nadie lo ama: ni los buenos ni los malos. Los buenos, porque ven su jugada, pero poco pueden hacer por la estructura a que están sometidos. Los malos se preguntan cuándo Francisco va a romper los dogmas, y no entienden que Francisco no puede hacer nada en estas condiciones. Si no saca su nueva ley de gobierno, sino que mantiene lo de siempre, él está atado en su palabra. Es un mentiroso, también, para los malos. Y, por eso, es un mal gobernante.

Como es un sentimental, como sólo busca la gloria del mundo, que otros hablen de él, que la gente se entretenga con sus dichos, no cayó en la cuenta de que en la Iglesia o se sigue la Verdad o se impone la mentira. La gente que, en verdad cree, le trae sin cuidado el sentimentalismo de Francisco. Quiere salvar su alma y, lo demás, las fábulas de los pobres y de los ricos, que las lean otros.

Francisco, si quiere dar la comunión a los malcasados, tiene que hacer un complot, una conspiración: tiene que obligar a dar esa comunión. De otra manera, no puede hacer nada. Y es lo que se va a realizar: la fuerza bruta, como así se ha hecho con los Papas. Pero, ahora, hay que hacerlo de otra manera, porque ya no es un Papa, sino muchos Obispos, que saben cómo son las cosas en la Jerarquía.

Poca gente comprende la vida interior de la Jerarquía en la Iglesia. Todos nos conocemos cuando hablamos. Y se capta enseguida quién está en la mentira y quién en la verdad.

Por eso, mucha Jerarquía se calla la boca, en estos momentos, por muchos motivos, pero el principal: saben qué les pasa si hablan de más.

Para hablar abiertamente, hay que estar no ligados a la estructura, a esa armazón de leyes humanas, jurídicas, que ya no sirven en la Iglesia por ser un impedimento a la obediencia de la Verdad.

La Jerarquía está obedeciendo una estructura de leyes, códigos, pensamientos humanos, que ponen los hombres y que son imposiciones. Se impone un pensamiento humano no verdadero, pero dado como la verdad. Y todos saben ese juego. Y saben que si no obedecen a ese pensamiento humano, las consecuencias son funestas en lo humano: es decir, hay que buscarse la vida para tener un techo, una comida, etc.

Esa estructura es válida cuando existe una Cabeza en la Iglesia, un Vicario de Cristo elegido por Dios, como han sido los Papas hasta Benedicto XVI, que es el último. Después del Papa Benedicto XVI, ya no hay más Papas. Lo que hay es lo que vemos: una usurpación del Trono de Pedro: «ellos han erigido el trono de la abominación y de su impiedad, para que, golpeado el Pastor, pueda dispersarse la grey».

Estas palabras de León XIII son proféticas: se han cumplido en Francisco y en toda la Jerarquía que lo apoya. Estamos viviendo el tiempo de la Abominación de la Desolación que dice el profeta Daniel. Estamos inmersos en toda impiedad, donde la ley divina, la ley natural y toda la doctrina de Cristo desaparece, de una manera magistral, por los enemigos de la Iglesia.

Muchos no han comprendido el juego de Francisco y de la Jerarquía que lo apoya. Ellos están persuadiendo, a través de la estructura, de que hay que seguir obedeciendo a Roma, a pesar de lo que se ve, a pesar de lo que es evidente. Y, por eso, aparecen testimonios de sacerdotes que dicen una cosa en contra de Francisco y, después, dicen algo a favor. Están obligados a callar la terrible verdad: Francisco es un hereje, un cismático. Esto lo ven con su propio pensamiento humano. Esto lo sabe cada sacerdote que sepa lo que es la Iglesia y el sacerdocio de Cristo. Y están obligados a apoyar, por la estructura, por la obediencia interna, lo que piensa, lo que obra Francisco.

Por eso, ahora nadie de la Jerarquía se levanta contra Francisco. No pueden. Porque si lo hacen abiertamente, de patitas a la calle. Se quedan sin nada. Sólo el que está libre de esa Jerarquía puede combatir la mentira de Francisco y al mentiroso.

La Jerarquía de la Iglesia siempre ha actuado así. Se la controla a través de la estructura interna: Obispos-sacerdotes-religiosos. Esta obediencia es legítima si existe una Cabeza, un Papa legítimo. Pero esta obediencia cae cuando el Papa no es legítimo.

Por eso, ahora ninguna Jerarquía de la Iglesia tiene excusa por la estructura. Cuando aparecieron los problemas con el concilio Vaticano II y los diferentes Papas, había que callar, había que aguantar, porque sólo la salvación está dentro de la Iglesia Católica, y aunque se equivoquen los que mandan, aunque hagan maldades, como lo hicieron con todos los Papas, hay que aguantar, en la Iglesia y en la estructura interna que tiene la Jerarquía. Muchos no han sabido obedecer a un Papa por desobedientes en la vida espiritual. Y han terminado saliéndose de la Iglesia; y, hoy día, son peores que Francisco: no dejan nada en pie. Todo lo critican, todo lo juzgan, se han hecho dueños de la Verdad en la Iglesia.

Cogen a Juan Pablo II y lo destrozan totalmente. Cogen a Benedicto XVI y no hay manera de salvarlo. Cogen a todos los santos y sólo hay lo que ellos quieren, lo que ellos juzgan. Y, como desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI nadie ha combatido la herejía, entonces todos los santos proclamados son una mentira. Ya se está diciendo por ahí que Santa Faustina es un engaño y que otros santos son de la misma manera. Es la corrupción a la que han llegado muchos en la Iglesia por no saber obedecer a un Papa legítimo.

Y, ahora, que hay un usurpador del Trono, le obedecen, le respetan, quieren volver a la Iglesia. Mayor estupidez no puede haber. Eso sólo significa que se fueron de la Iglesia, no porque las cosas estaban feas en la doctrina, sino por soberbia y por orgullo: por clara desobediencia al Papa y a su Magisterio.

Es tiempo en la Iglesia de dejar la obediencia interna a los pensamientos de los hombres. Es tiempo de dejar de obedecer a los Obispos, para ser libres para Cristo. «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act 5, 29b). La Jerarquía eclesiástica está prisionera de una estructura legal, jurídica, que les impide guiar a las almas hacia la Verdad. Y la Verdad está en decir: no sigáis a Francisco, porque es un lobo vestido de piel de oveja. Muchos sacerdotes se acobardan a la hora de predicar la Verdad en los púlpitos. Y dan un caramelo a la gente, para callar lo que saben.

Esta prisión es de toda la Jerarquía, no sólo de unos pocos. Sólo los que apoyan las herejías de Francisco se sienten libres en esa estructura, la quieren, porque va con su mismo pensamiento humano, con sus mismos ideales de la vida. Pero los demás, sufren. Y tienen que estar dando una de cal y otra de arena, porque así son obligados por la estructura, que ya se ha convertido en una falsa obediencia, en un falso respeto a la persona de Francisco y de todos los Obispos que lo apoyan.

Es necesario salir de esta estructura para seguir siendo la Iglesia Católica. Es lo que muchos no han comprendido. No hay que salir de la Iglesia, sino de unas normas, de unas leyes, de unos pensamientos humanos, de una liturgia, de unas reglas, que ya no sirven en la Iglesia para ser la Iglesia Católica. La Iglesia se ha vuelto más legalista que los fariseos del tiempo de Jesús.

Es necesario guardar la Verdad Absoluta, todos los dogmas, toda la enseñanza auténtica de la Iglesia, si se quiere permanecer dentro de la Iglesia Católica. Y, para guardar esa Verdad, a Cristo que es el mismo ayer, hoy y siempre, hay que dejar la estructura. Un armazón ya viejo e inservible, que sólo da de comer, sólo da un techo, un dinero, pero no la Verdad del sacerdocio.

La Verdad de un sacerdote es ser otro Cristo, no es ser lo que los hombres legislan sobre el sacerdocio, lo que los hombres piensan que es mejor para la Iglesia en estos tiempos tan terribles. Muchos Obispos viven en la Iglesia sólo atendiendo a los asuntos legales de los sacerdotes y no permiten que ellos prediquen cosas o hagan obras que no vayan con la cultura del momento de la gente, con el pensamiento de la gente, con la movida del mundo. Es más importante en la Iglesia lo jurídico que lo espiritual. Y, por eso, hay muchos Obispos que son arrogantes, que son fantasmas, que son fascistas en su manera de gobernar el sacerdocio: imponen su idea humana como verdad evangélica. Y si hasta ahora era conveniente callar y obedecer un pensamiento del hombre, sabiendo que no venía de Dios -porque había un Papa que guardaba la doctrina de Cristo; ya no es hora de eso, porque hay un maldito sentado en la Silla de Pedro, uno que no tiene ni idea de lo que es la Verdad en la Iglesia. A los que siguen la Verdad Absoluta los llama ese hombre fundamentalistas.

Hay una razón gravísima para para no obedecer la mente de ningún hombre, de ninguna Jerarquía de la Iglesia, en estos momentos: salvar el alma. Si se obedece a la Jerarquía, si se obedece a una estructura, el alma se pierde, porque la cabeza no está con Cristo, sino con el demonio. Y esta razón es suficiente para que los sacerdotes no obedezcan a los Obispos, ni éstos a Francisco. Y los fieles no tienen que obedecer el montaje de Francisco: el montaje de un nuevo Papado, de un nuevo gobierno en la Iglesia. El Papa que no da la verticalidad en la Iglesia NO ES PAPA, no tiene el Espíritu de Pedro en el gobierno de la Iglesia. Francisco sólo da en su gobierno lo que encuentra en su estúpida cabeza humana. Y no puede salir de ella: se ha vuelto un idiota de su pensamiento humano. Es uno que da vueltas y vueltas a su idea humana de Cristo y de la Iglesia. Por eso, el magisterio de Francisco no es Papal, no pertenece a ningún Papa. Sólo pertenece a la mente de Francisco, que bebe de toda la doctrina protestante y masónica.

Pero muchos se acomodan a la estructura, a ese pensamiento humano y no ven la gravedad de los acontecimientos en la Iglesia. No ven hasta dónde les va a llevar esa falsa obediencia. Van a tener que salir corriendo de esa estructura y refugiarse en casas, cuando ya la cosa se vuelva muy peligrosa. Y va a ser peor para ellos y para todos.

Nadie que tenga dos dedos de frente puede seguir a Francisco ni a la Jerarquía que lo apoya. Para ser de la Iglesia Católica hay que desobedecer la mente de Francisco, hay que combatirla, hay que desprestigiarla completamente.

Quien quiera agradar a Francisco, que sólo siga su idea loca y, entonces, tendrá en la Iglesia un dinero asegurado, una vida feliz en lo material y en lo social, pero no será de la Iglesia Católica.

Es hora de ir conociendo quién es de Cristo y quién no; pero no por la vestimenta o por las palabras, sino por las obras. Los que obran siguiendo a Francisco; los que obran oponiéndose a Francisco (sin oponerse a los demás Papas). De estos últimos, hay poquísimos.

La blasfema declaración conjunta

cisma

«deseo renovar la voluntad ya expresada por mis Predecesores, de mantener un diálogo con todos los hermanos en Cristo para encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva y pueda ser, en el contexto actual, un servicio de amor y de comunión reconocido por todos» (Discurso en la Basílica del Santo Sepulcro).

Francisco quiere dialogar el Papado: necesita encontrar una forma de ejercicio propio del Obispo de Roma, que esté abierta a una nueva situación y pueda ser un servicio de amor y de comunión reconocido por todos. En otras palabras, el Papado está a la venta. Se negocia la Silla de Pedro. Se negocia el gobierno de la Iglesia.

La misión de Pedro en la Iglesia es guardar la Verdad intacta, tal como Cristo la enseñó a sus discípulos. Hay que negociar esta Verdad y encontrar una fórmula de ser Pedro, de todos bajo Pedro, pero que guste a todo el mundo. «Una situación nueva», «un servicio de amor y de comunión».

Y el Papado no se negocia. Francisco puede negociar su bodrio de gobierno horizontal, porque ya Francisco ha anulado el Papado. Estas palabras, que ha dicho en Jerusalén, es lo lógico, es el fruto de su pecado, es el camino de su pecado.

Hay que cambiar el Papado, porque no sirve al mundo actual, a las culturas de las personas, a las sociedades, a sus economías, a sus políticas. Pedro se ha quedado anticuado. Hace falta un Pedro más moderno, más al estilo de Francisco. ¡Faltaría más! Hay que imitar a Francisco, ahora. Hay que exaltar su idea de la renovación del Papado.

Y ¿cuál es esa idea?

1. Diversidad, diferencias, divisiones: «Nuestro encuentro fraterno de hoy es un nuevo y necesario paso en el camino hacia aquella unidad a la que sólo el Espíritu Santo puede conducirnos, la de la comunión dentro de la legítima diversidad» (Declaración conjunta de Francisco y del Patriarca Ecuménico Bartolomé I ).

El falso ecumenismo es una mezcla del bien con el mal, de la verdad con la mentira, de la virtud con el vicio, del fruto sano con el fruto dañino: de estos desposorios no pueden nacer hijos buenos.

El falso ecumenismo acumula todos los errores y confunde todas las ideas. Si no se quitan las diferencias es imposible que el Espíritu Santo una; porque no se puede hacer una unión entre lo sagrado y lo profano, entre lo santo y el pecado, entre lo humano y lo divino. Para la unidad, lo profano tiene que desaparecer, el pecado tiene que aniquilarse en la persona, el hombre tiene que crucificar su voluntad humana para que sea divina. Donde hay diferencias ahí está el demonio. El demonio de la mente, que es el que divide la verdad, hace la diferencia de la verdad, pone a la verdad en entre dicho, discute cualquier verdad, dialoga con la verdad. Y, entonces, nadie cree en la verdad, nadie defiende la verdad, nadie lucha por la verdad. Todos atentos a la mentira, a la diferencia que tienen en sus mentes y en sus corazones.

2. «No se trata de un mero ejercicio teórico, sino de un proceder en la verdad y en el amor, que requiere un conocimiento cada vez más profundo de las tradiciones del otro para llegar a comprenderlas y aprender de ellas. Por tanto, afirmamos nuevamente que el diálogo teológico no pretende un mínimo común denominador para alcanzar un acuerdo, sino más bien profundizar en la visión que cada uno tiene de la verdad completa que Cristo ha dado a su Iglesia, una verdad que se comprende cada vez más cuando seguimos las inspiraciones del Espíritu Santo» (Ibidem).

a. Hay que comprender las tradiciones del otro para aprender de ellas: es decir, como los ortodoxos dicen que la Virgen María no es Inmaculada, sino que fue concebida en la carne de manera natural como cualquier ser humano, entonces comprendamos este pensamiento para aprender de él, y decir que la Virgen María ya no es Inmaculada. Ahora hay que predicar que María no nació santa sino que se hizo santa, y si ella pudo, nosotros también. No hay un común denominador, no hay una verdad que deba ser creída, no hay una base para edificar la verdad, sino que todo es ir a la evolución del pensamiento del hombre. Profundicemos y encontraremos la mentira que más nos plazca.

b. Es que hay que profundizar en la visión que cada uno tiene de la verdad: es decir, como los ortodoxos dicen que no existe el pecado original, sino que el pecado es la inclinación natural de hacer el mal; uno se separa naturalmente de Dios; no es el demonio el culpable; es que el hombre libremente, y de manera natural, peca. Conclusión: Dios ha hecho al hombre pecador, malo. Naturalmente puede pecar. Ya el hombre, naturalmente no es bueno, sino un demonio. Entonces, profundicemos en esta visión, tan dogmática, tan bien pensada, tan herética, porque pertenece a la verdad plena, completa, que el Espíritu inspira.

Si no se defiende la Verdad, sino que se defienden las tradiciones, los puntos de vista, las opiniones, los juicios contrarios, los gustos de cada uno, entonces, ¿qué significa esta declaración conjunta? La defecación de Francisco y de Bartolomé en medio de la Iglesia. El mal olor del alimento que comen los dos y que, después, lo dejan para que todo el mundo vea su pecado en la Iglesia.

3. «Y, mientras nos encontramos aún en camino hacia la plena comunión, tenemos ya el deber de dar testimonio común del amor de Dios a su pueblo colaborando en nuestro servicio a la humanidad, especialmente en la defensa de la dignidad de la persona humana, en cada estadio de su vida, y de la santidad de la familia basada en el matrimonio, en la promoción de la paz y el bien común y en la respuesta ante el sufrimiento que sigue afligiendo a nuestro mundo. Reconocemos que el hambre, la pobreza, el analfabetismo, la injusta distribución de los recursos son un desafío constante. Es nuestro deber intentar construir juntos una sociedad justa y humana en la que nadie se sienta excluido o marginado» (Ibidem). Y, mientras nos las pasamos en grande dialogando sobre nuestras tradiciones, nuestros puntos de vista, nuestras hermosas visiones del futuro, nuestras grandes inteligencias sobre el dogma, vayamos a lo concreto: comunismo.

a. Es que hay que dar testimonio común del amor a Dios a su pueblo: hay que llenar estómagos; hay que dar dinero; hay que enseñar la herejía a quien no la sabe; hay que hacer un bien común para que todos vivan felices, coman perdices, y sean aptos para irse al infierno: «Comían y bebían, tomaban mujer los hombres, y las mujeres marido, hasta que vino el día» (Lc 17, 27)…y todos de cabeza con Satanás, para toda la eternidad, porque hicieron el negocio de los negocios: tú me das pan, yo te doy mi alma.

b. Especialmente, hay que dar testimonio de ese amor con la santidad de la familia: en los ortodoxos, los malcasados pueden comulgar, los sacerdotes se pueden casar. ¡Y esto es la santidad de la familia para los ortodoxos! ¡Fornica, adultera!. Eso ya está bien. Además, el rito del matrimonio ortodoxo es inválido para la Iglesia católica. Entonces, además de hacer comunismo, ¿hay que cambiar los ritos litúrgicos? ¿se va a permitir la comunión para los pecadores, se va a aprobar que los sacerdotes puedan fornicar? Como hay que dar testimonio de lo que hacen los ortodoxos, de la santidad de su matrimonio…. Si queremos comunismo, hay que hacer lo que hacen ellos.

4. «Estamos profundamente convencidos de que el futuro de la familia humana depende también de cómo salvaguardemos –con prudencia y compasión, a la vez que con justicia y rectitud– el don de la creación, que nuestro Creador nos ha confiado. Por eso, constatamos con dolor el ilícito maltrato de nuestro planeta, que constituye un pecado a los ojos de Dios. Reafirmamos nuestra responsabilidad y obligación de cultivar un espíritu de humildad y moderación de modo que todos puedan sentir la necesidad de respetar y preservar la creación» (Ibidem). Estamos profundamente convencidos de la blasfemia de Francisco sobre el amor ecológico y su hipocresía en estas palabras.

a. El futuro de la familia, es decir, para que no haya abortos: ama la creación. Para que no haya divorcios: ama la creación. Para que no haya infidelidades: ama la creación. Ama lo creado, pero no luches por la verdad. Ama a nuestro planeta, porque si no lo amas, pecas. Es un pecado a los ojos de Dios. ¿Quién no siente indignación ante estas palabras, que son pura blasfemia a Dios?

No luches para que en el mundo ningún gobierno ponga leyes en contra de la vida humana. No hay que hablar tanto del aborto, del homosexualismo, de los preservativos, de la clonación… Esto ya no es un pecado. Ya no hay que juzgarlo como antes se hacía. Ahora se peca si no amas la creación. Tienes que amar lo que está maldito: «Maldita, Adán, la tierra (el cosmos, la Creación), por causa de tu pecado». Si no amas lo que Dios ha maldecido, entonces pecas contra Dios. Esta es la blasfemia de estos dos hombres, superinteligentes, que llaman pecado a lo que no es pecado. Y no se atreven a juzgar lo que Dios ha juzgado.

¡Esto produce indignación! Claro, como no existe el pecado original, entonces el pecado es que no amas lo creado.

Para respetar y preservar lo que Dios ha creado, los dones divinos, los tesoros de Dios en la Creación, que cada hombre respete y preserve su alma del pecado, de la ofensa a Dios. Si a los hombres no se les enseña esta Verdad, este dogma: existe el pecado original; existe el pecado como ofensa a Dios. Si no se enseña esto, se enseña la herejía: si no amas lo creado, estás pecando.

«Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto» (Rom 8, 22), «pues las criaturas están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta» (Rom 8, 20). Si todo lo creado está sujeto al pecado, no se puede amar lo creado. ¡Es imposible! Quien ama la vanidad es vanidoso. Quien ama el pecado, es pecador. Quien ama la tentación, cae en el pecado.

Para amarlo, se necesita la GRACIA. Para cuidar lo creado, se necesita la GRACIA. Para usar lo creado y sirva para que el alma se salve y se santifique, hay que estar en GRACIA, hay que hacer penitencia, hay que mortificarse y no usar lo creado, no amar lo creado, no sentir lo creado.

Esto es la vida espiritual: nada de lo creado ayuda para salvarse. ¡Nada! «Vanidad de vanidades, todo vanidad». Si el hombre no vive en GRACIA, si el hombre no hace oración, si el hombre no se mortifica y se desprende de todo lo creado, entonces el hombre no sabe amar lo creado, sino que siempre la va a usar mal. Siempre la va a estropear. Esto es el abc de la vida espiritual, las bases. Esto es tener dos dedos de frente.

Por eso, la indignación ante estas palabras de esos dos herejes que están revelando a todo el mundo que no hacen oración y que no hacen penitencia, ni por sus pecados ni por los pecados de los demás, sino que se pasan la vida no pisando las hormigas, no pisando el verde porque es un pecado contra Dios. ¡Pobre Francisco: la gente no ama la creación!. Ésta es toda su preocupación en la Iglesia: ama la creación y serás de la Iglesia, porque no pecarás. ¡Ama la maldición de lo creado!. ¡Ámalo!, porque es palabra de Francisco, nace de su gran inteligencia como hombre. Es el hombre que piensa la verdad, es el hombre que se llena la boca de la verdad, es el hombre que tiene en su lengua el trapo del demonio para anular toda verdad con su negra mentira. ¡Qué alma más negra la de Francisco!

«hacemos un llamamiento a todos los hombres de buena voluntad a buscar formas de vida con menos derroche y más austeras, que no sean tanto expresión de codicia cuanto de generosidad para la protección del mundo creado por Dios y el bien de su pueblo»: inútiles gobernantes de dos iglesias que son la cueva de todo el infierno en la tierra.

a. ¿En qué cabeza cabe hacer un llamado a gente no austera para que viva la austeridad? ¿Cómo te atrevemos a pedir penitencia a gente que no vive en la gracia, que tiene buena voluntad –todo el mundo tiene buena voluntad; todo el mundo es bueno; el hombre es bueno por naturaleza- pero que no tiene ni idea de lo que es el camino de la mortificación cristiana, el camino de la cruz?

b. Y, segundo: quieres que la gente sea austera por un motivo de dinero: no gastes tu dinero, sino que vamos a hacer un fondo común para que des tu dinero y así cuidemos el planeta, hagamos verde el planeta, tengamos un planeta que sirva para todo el pueblo. ¡Puro comunismo!

5. «Asimismo, necesitamos urgentemente una efectiva y decidida cooperación de los cristianos para tutelar en todo el mundo el derecho a expresar públicamente la propia fe y a ser tratados con equidad en la promoción de lo que el Cristianismo sigue ofreciendo a la sociedad y a la cultura contemporánea. A este respecto, invitamos a todos los cristianos a promover un auténtico diálogo con el Judaísmo, el Islam y otras tradiciones religiosas. La indiferencia y el desconocimiento mutuo conducen únicamente a la desconfianza y, a veces, desgraciadamente incluso al conflicto» (Ibidem). ¡Es urgente ser hereje y cismático! ¡Es urgente que la nueva fe, la nueva iglesia, los nuevos sacerdotes, sirvan a la cultura del mundo y a sus políticas! ¡Es urgente que todos los hombres sean libres para dar culto a sus dioses! ¡Que cada uno pueda exspresar su fe donde quiera! ¡Abramos la Iglesia Católica para dar la comunión a los protestantes, a los judíos, a los musulmanes! ¡Es urgente! ¡Es de urgencia, es de máxima prioridad hablar con los judíos y con los árabes y con todas las demás religiones!, porque hay que enterarse bien de lo que ellos piensan, de lo que ellos dan culto, para que en la Iglesia católica demos culto a Mahoma, a Buda, a los dioses hindúes, volvamos a la ley de Moisés, aprendamos la Tora, porque es el Nuevo Evangelio. ¡Hagamos fiesta con todas las religiones porque es hermoso bailar con el demonio e irse al inferno con el beso de la herejía y del cisma!.

Francisco y Bartolomé están haciendo realidad estas palabras: “recorréis mar y tierra para hacer un solo prosélito y, luego de hecho, le hacéis hijo de la gehena dos veces más que vosotros” (Mt 23, 15).

¡Ay de vosotros, Francisco y Bartolomé, hijos del demonio, que con vuestro lenguaje comunista, masónico y protestante, hacéis de la Iglesia vuestra gran mentira y vuestro gran negocio! ¡Os habéis sentado a la mesa, como dos reyes, para dialogar sobre la verdad, y sólo habéis meditado el mal que está en vuestros corazones, porque vuestro hablar ha sido de lo que había en vuestras mentes, abiertas a la escucha del demonio, con el oído atento a la murmuración del mal!. ¡Y habéis dado a luz vuestro demonio: una declaración para una herejía y un cisma abierto en toda la Iglesia!.

¡Oh insensatos que os fascináis por las obras de vuestras manos, como si fuerais los artífices del orbe! ¿Tan insensatos sois que, habiendo sido instruidos en la verdad, venís a dar con la mentira? Buscáis la unidad entre las iglesias, pero ¿acaso puede haber unidad, apartándose de la verdad revelada? Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Y ¿puede existir unidad en la fe cuando no se aceptan todos los misterios de la fe? ¿Puede haber unidad entre los miembros del cuerpo de la Iglesia, cuando no se pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia? ¿Puede haber unidad en la comunión del pan cuando no se cree en el Pan de vida bajado del Cielo? ¿Cómo es posible que pueda existir unidad en la verdad si se corrompe, se manipula y se atropella la verdad?

Una declaración conjunta que significa que la Iglesia se ha vendido. Que ya no hay Iglesia. Que, a partir de ahora, todo cambia para peor. Que los tiempos son distintos y que no hay que esperar nada de los hombres, porque ellos, los que gobiernan la Iglesia, han decidido destruirla.

La idolatría del hombre en Belén

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«De todo esto nos avergonzamos hoy delante de Dios, el Dios que se ha hecho Niño» (Homilía de la Misa en la Plaza del Pesebre, en Belén (Palestina)).

Esta es la idolatría de la humanidad en Francisco. Este es el pensamiento clave para comprender la idea herética de este hombre, sus pasos en el gobierno de la Iglesia.

«Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño…». ¿Dónde encontramos al Niño Dios, a Jesús? No en Jesús como Dios; no en la Obra que Jesús ha hecho para salvar al hombre del pecado; no en la doctrina de Jesús, que es el Camino para encontrar la Verdad de todo hombre; no en la Gracia que Jesús ha merecido para todo hombre en la Cruz, y que es la Vida Divina que todo hombre tiene que vivir si quiere entender la Voluntad de Dios; no en la Iglesia que Jesús ha fundado en Pedro, y que es la única que salva al hombre y le da la paz para su corazón. No; esto ya no sirve. Esto ya no hay que predicarlo. Francisco no predica el Evangelio que salva, el Evangelio que despierta las conciencias dormidas por el pecado, el Evangelio que es la Palabra de Dios, viva y eficaz, que tiene la solución a todos los problemas de los hombres. Ya esto no es necesario recordarlo a los hombres, sino que hay que hacer una homilía política, económica, cultural, que se centre en los problemas reales del hombre y que obligue al hombre a buscar caminos humanos a su vida humana.

«En nuestro mundo, que ha desarrollado las tecnologías más sofisticadas, hay todavía por desgracia tantos niños en condiciones deshumanas, que viven al margen de la sociedad, en las periferias de las grandes ciudades o en las zonas rurales. Todavía hoy muchos niños son explotados, maltratados, esclavizados, objeto de violencia y de tráfico ilícito. Demasiados niños son hoy prófugos, refugiados, a veces ahogados en los mares, especialmente en las aguas del Mediterráneo».

Y, después de esta parrafada, es cuando se dice: «De todo esto nos avergonzamos hoy delante de Dios, el Dios que se ha hecho Niño».

En la Iglesia Católica, nos avergonzamos de que un Obispo, sentado en la Silla de Pedro, que se hace pasar por Papa, pero que no habla como Papa (porque no es Papa), sino como un ignorante de las Escrituras, esté hablando, en nombre de Cristo y de la Iglesia, sus mentiras y sus idolatrías, sin que nadie haga nada para callarle la boca.

Quien se avergüenza del sufrimiento humano, se avergüenza de Cristo y de la Iglesia. No ha sabido comprender la importancia que tiene el dolor para salvarse en la vida. Y no sabe predicarlo, de manera conveniente, para que los demás tengan inteligencia sobre el significado del dolor, el por qué del dolor, la raíz del dolor.

¿Por qué hay niños que viven en condiciones deshumanas? Porque el hombre quiere pecar y, por tanto, el fruto: el dolor de esos niños, sus vidas destrozadas.

¿Por qué hay niños que viven al margen de la sociedad? Por el pecado de los hombres, que sólo viven para su negocio y para conquistar un poder entre los hombres.

¿Por qué hay niños que son maltratados, esclavizados, usados como mercancía de los hombres? Por el pecado de muchos hombres que hacen de la humanidad el negocio de sus mentes soberbias y el comercio de sus lujurias.

¿Por qué hay niños refugiados, que huyen de muchas partes, donde es imposible vivir? Por el pecado de los hombres, que se han hecho dueños del mundo por su orgullo, su ambición de poder, sus miras egoístas.

El problema del hombre: su pecado. El problema de los países: el pecado de los hombres, que son los que componen esos países. El problema de Israel: el pecado de los judíos, de los musulmanes, de todos los hombres que no viven cumpliendo los mandamientos de Dios.

Esto es lo que no se atreve a predicar Francisco delante del Presidente Mahmoud Abbas, del Patriarca Fouad Twal, y demás autoridades. No tiene agallas de decir las cosas por su nombre. Al pan, pan; y al vino, vino. Y, por eso, hace su homilía, totalmente herética.

No pone a Jesús como el centro y, por tanto, el único Camino para resolver el problema de los hombres: sus pecados.

Sino que pone en el centro: lo que él considera su vergüenza. Francisco se avergüenza de todo eso, del sufrimiento de los niños. Y, porque cae en esta idolatría, entonces no sabe dar solución a este problema. Sólo grita como un político. Sólo da discursos para la mente del hombre, para captar una idea en el hombre, para que el hombre piense y vea la vida como la ve él. Y, entonces, vienen sus preguntas:

« Y nos preguntamos: ¿Quiénes somos nosotros ante Jesús Niño? ¿Quiénes somos ante los niños de hoy? ¿Somos como María y José, que reciben a Jesús y lo cuidan con amor materno y paterno? ¿O somos como Herodes, que desea eliminarlo? ¿Somos como los pastores, que corren, se arrodillan para adorarlo y le ofrecen sus humildes dones? ¿O somos más bien indiferentes? ¿Somos tal vez retóricos y pietistas, personas que se aprovechan de las imágenes de los niños pobres con fines lucrativos? ¿Somos capaces de estar a su lado, de “perder tiempo” con ellos? ¿Sabemos escucharlos, custodiarlos, rezar por ellos y con ellos? ¿O los descuidamos, para ocuparnos de nuestras cosas?».

Sus preguntas son juicios y condenas a los hombres. Te condeno porque no cuidas a los niños como lo hace María y José. Te condeno porque tienes deseos de eliminarlos, como lo hizo Herodes. Te condeno porque no adoras a los niños y les das ofrendas, como hicieron los pastores, sino que eres indiferente, egoísta. Te condeno porque ves la imagen de un niño, ves a un niño que sufre, que pasa hambre, y prefieres tu oración, tu piedad, tus liturgias, tus dogmas, que te impiden estar en las necesidades de los demás. Te condeno porque pierdes el tiempo de tu vida en tantas cosas y no estás atendiendo a lo principal: cuidar un niño. Te condeno porque descuidas a los niños por estar cuidando tu vida.

«Y nos preguntamos: ¿Quiénes somos nosotros ante Jesús Niño?». Respuesta: somos pecadores, soberbios, orgullosos, avariciosos, lujuriosos, demonios, gente sin alma. Somos una nada ante el Niño Dios. Somos los más inútiles ante el Niño Dios. Somos ignorantes ante el Niño Dios. Somos un esperpento ante el Niño Dios. Eso es lo que somos: somos los que no somos. El Niño Dios es el que Es.

«¿Quiénes somos ante los niños de hoy?». Respuesta: y como somos nada ante Dios, ante los hombres también somos nada. Si fuéramos algo ante Dios, también los seríamos ante los demás. Pero quien no se pone en su nada en la Presencia de Dios, tampoco sabe ponerse en su nada cuando está ante los hombres. El hombre que olvida ser nada, se hace idolatra de todas las criaturas. Es lo que está enseñando Francisco en esta homilía: adora a los niños pobres porque ellos son el Niño Dios. Como eres algo ante Dios, lo eres todo ante los hombres.

«¿Somos como María y José, que reciben a Jesús y lo cuidan con amor materno y paterno?» Respuesta: recibimos al Niño Dios en nuestro corazón porque creemos en Su Palabra. Y, por esa fe, el amor hacia el Niño Dios no es ni materno ni paterno, sino que es el mismo amor que la Virgen María y san José tuvieron en sus corazones para estar al lado del Niño Dios. Amamos a Jesús con su mismo Amor. No amamos a Jesús con un amor humano. Y, por tanto, no amamos a los hombres con el amor del hombre, sino con el amor de Dios, que exige cumplir la ley divina para dar algo a los hombres. María y José no amaron a Jesús con un amor materno ni paterno. Porque Jesús es Dios, es el Hijo del Padre, que se ha encarnado en la Virgen María. Y, por tanto, es el Hijo de la Madre. Y la Virgen María ama a Su Hijo por ser Dios en Ella. Y San José ama a Jesús porque es Hijo de la Madre y del Padre. Luego, no seas herético –hombre del demonio, que es lo que eres Francisco- y no enseñes a amar a Jesús con un amor humano. Y menos enseñes a idolatrar a los niños con ese amor humano.

«¿O somos como Herodes, que desea eliminarlo?». Respuesta: Tu pregunta –Francisco- es humillante para la inteligencia de todo hombre. Porque los hombres ven el pecado de Herodes. Y los hombres, cuando entienden que otro hombre ha hecho un mal, tienen compasión de ese hombre y rezan por él. Esto lo hacen los hombres, estén con Dios o no estén con Dios. Todo hombre, al ser bueno por naturaleza, sabe los límites entre el bien y el mal. El hombre, porque es malo por su pecado, porque nace en el pecado, entonces hace obras malas dignas de compasión, de misericordia, por otros hombres. Porque nadie tiene derecho a juzgar las obras de los hombres: su vida moral. El pecado de Herodes, que es una obra moral, la juzga Dios. Y, por tanto, todo hombre que ve el pecado de Herodes, no lo juzga, como tú lo estás haciendo, Francisco, sino que comprende ese mal y da un camino al hombre para que no realice lo mismo. Tú, Francisco, juzgas el pecado de Herodes y juzgas a todo hombre que mata a los niños, porque hacen lo mismo que Herodes. Pero, tú, Francisco, no sabes enseñar la verdad del pecado de Herodes y no sabes enseñar la verdad de los hombres que matan a los niños. Como no sabes juzgar lo espiritual de las obras de los hombres, entonces caes en el juicio moral y en la condenación moral de los demás. Y te haces culpable de lo que juzgas. Cometes el mismo pecado de quien juzgas.

Herodes pecó por su pecado de avaricia, de ambición de poder, porque veía en Cristo un Mesías político, que iba a poner en jaque su gobierno de entonces. Herodes no pecó porque despreció a los niños, sino por odio a Cristo. Y los hombres que matan a los niños, no tienen el mismo pecado de Herodes. Los matarán por muchas razones: políticas, económicas, lujuriosas, etc. Pero no por la razón que estaba en la mente de Herodes. Y, por eso, tu pregunta es una condena a los hombres que matan, a los hombres que pecan. Tiras la piedra y escondes la mano. Y no sabes hablar al hombre que mata a los niños, no sabes hablar al pecador, no sabes ponerle un camino de salvación, porque los juzgas en tu mente, ya que eres un inútil para discernir los espíritus que están en los hombres. Tu pregunta da la dimensión de tu inteligencia humana: la tienes podrida por tu pecado de idolatría hacia los hombres.

«¿Somos como los pastores, que corren, se arrodillan para adorarlo y le ofrecen sus humildes dones? ¿O somos más bien indiferentes?». Respuesta: Los pastores ofrecen al Niño Dios su corazón. Los pastores creyeron la Palabra de Dios y, por eso, fueron a adorar al Niño Dios. Su fe en Cristo es su Adoración a Cristo. Se da culto a Dios porque se cree en Su Palabra. Pero quien no cree en la Palabra de Dios, entonces da culto a muchos dioses. Quien adora a Dios, no tiene que adorar a los hombres. Quien da culto a Dios, tiene que dar a los hombres la Voluntad de Dios. Y, por eso, tiene que discernir esa Voluntad. Quien ora a Dios es para encontrar la obra que tiene que hacer con los hombres: entenderla y realizarla. Y, por eso, la vida del hombre que tiene fe en Cristo no consiste en ayudar a los hombres en sus necesidades materiales, sino en darles, en cada momento, lo que Dios quiere que se dé. Y, de esa manera, no se cae en el comunismo, que tú promueves –Francisco- con tu doctrina del humanismo. Tú amas a los hombres por encima de Dios. Tú prefieres dar a los hombres lo que a ti te parece que es bueno, pero no sabes preguntar a Dios qué cosa buena hay que dar a los hombres.

«¿Somos tal vez retóricos y pietistas, personas que se aprovechan de las imágenes de los niños pobres con fines lucrativos?». Respuesta: Francisco idolatras a los niños pobres. Ellos no son imágenes. Ellos no son el cuerpo de Cristo. Ellos no son Cristo. Ellos son niños pobres, que sufren por el pecado de los demás, o por su pecado propio. No condenes a la gente que hace su oración, que da culto a Dios y después no socorre a los niños pobres porque así lo han comprendido en Dios. ¿Por qué juzgas la vida espiritual de los que hacen oración? ¿Por qué juzgas a los hombres que siguen unos dogmas, unas verdades, una tradición, que significa la Voluntad de Dios, y que hay que seguirla para saber dar lo que el niño pobre necesita. Esta es tu mente comunista, Francisco. Y en la Iglesia Católica, despreciamos a los comunistas como tú. Y más cuando te sientas en la Silla de Pedro para lanzar tu ideología del marxismo, de la fraternidad masónica y del amor ecológico a los hombres. ¿Quién eres tú para juzgar a los hombres si no sabes juzgar lo que Dios juzga?

Y porque no sabes hablar con propiedad del pecado, por eso, caes en tu sentimentalismo barato. Se te caen las lágrimas ante los niños que sufren: «Tal vez aquel niño llora. Llora porque tiene hambre, porque tiene frío, porque quiere estar en brazos… También hoy lloran los niños, lloran mucho, y su llanto nos cuestiona. En un mundo que desecha cada día toneladas de alimento y de medicinas, hay niños que lloran en vano por el hambre y por enfermedades fácilmente curables. En una época que proclama la tutela de los menores, se venden armas que terminan en las manos de niños soldados; se comercian productos confeccionados por pequeños trabajadores esclavos. Su llanto es acallado: deben combatir, deben trabajar, no pueden llorar. Pero lloran por ellos sus madres, Raqueles de hoy: lloran por sus hijos, y no quieren ser consoladas».

Lloras, Francisco, por el hombre; pero no sabes llorar por los pecados de los hombres. No sabes cargar con ellos. No sabes hacer penitencia por tantos males que los hombres hacen en el mundo. No sabes coger una cruz y levantarla para sacar el demonio de los niños y de tantos hombres, endemoniados por sus pecados. Sólo sabes hacer tu política, tu negocio en la Iglesia. Sólo sabes llenarte la boca de tus estupideces, de tus sensiblerías. Y ahí te quedas: en el vacío de tus lágrimas. Y la gente, como tú, coge el pañuelo y se pone a llorar, y a decir qué bien que habló este hombre. Es un hombre de Dios porque entiende las necesidades de los hombres, entiende sus lágrimas. Gran mal hacen tus palabras en la Iglesia, hipócrita y fariseo: te llenas de lágrimas por la vida social de los hombres, y no has aprendido a meter tu corazón en la llagas de Cristo. Besas las llagas de los hombres idolatrando a los hombres. Pero no sabes besar a Cristo para que el corazón vea su pecado y se arrepienta de él. Besas a Cristo como Judas lo besó: para traicionarlo en su misma Iglesia.

Esto es Francisco: un hombre que idolatra al hombre y que persigue un ideal en la vida: destruir la Iglesia de Cristo, levantando sobre su orgullo la blasfemia a Cristo: el culto a la mentira que sale de los pensamientos de los hombres.

Desde la Iglesia, Francisco y los suyos, meten la confusión al convertir la mentira en verdad, y la verdad en mentira. Y de esto nace un océano de ideas, que llevan al paganismo y a la incredulidad. Que llevan a los hombres a trabajar por un ideal humano en la Iglesia; que hacen de la Iglesia una institución humana más en la vida de los hombres, perdiendo la Verdad, la Catolicidad. La Iglesia se convierte en cristiana, en una más entre tantas, porque se habla de Cristo, pero no se habla de Su Palabra, sino que se la desvirtúa, como hace Francisco en esta y en todas sus homilías. Coge una Palabra de Dios y, después pone lo que le da la gana. Nunca enseña la Verdad de esa Palabra Divina: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Sino que da su magisterio, que no es el de Cristo, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que es para hacer su falso ecumenismo.

Es necesario atraer a las demás religiones, a los demás hombres, ¿cómo? Desvirtuando los sacramentos, ocultando los dogmas y manipulando la Palabra revelada. Hay que dar a los hombres lo que ellos quieren escuchar: lágrimas, desastres, problemas. Un hombre que les hable de esto. Un hombre para el mundo.

El falso ecumenismo empieza con una falsa predicación, con un concepto errado de la verdad, con unas ideas engañosas y un deseo de notoriedad egoísta y vanidoso, que es lo que hace Francisco todos los días. Y lo hace porque está hinchado de orgullo.

El falso ecumenismo acaba destruyendo la verdad, socavando los cimientos de la fe, desfigurando el Evangelio y ahogando la piedad.

No esperen nada de Francisco: sólo dolor en la Iglesia porque ya es tiempo de destruirla.

Y la bestia abrió su boca en Amman

virtudes

Francisco ha abierto la boca en Amman para proferir blasfemias contra Dios:

1. «Las diversas intervenciones del Espíritu Santo forman parte de una acción armónica, de un único proyecto divino de amor. La misión del Espíritu Santo consiste en generar armonía –Él mismo es armonía– y obrar la paz en situaciones diversas y entre individuos diferentes. La diversidad de personas y de ideas no debe provocar rechazo o crear obstáculos, porque la variedad es siempre una riqueza. Por tanto, hoy invocamos con corazón ardiente al Espíritu Santo pidiéndole que prepare el camino de la paz y de la unidad».

a. La Obra de la Redención es el proyecto del Padre sobre la humanidad. Y esa obra se compone de Amor y de Justicia. Y, en la Justicia, un camino de Misericordia para los que creen en Jesús y en Su Iglesia. Esa Obra es la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo; es decir, no es la del hombre. El hombre no sabe el camino para realizar las obras divinas. Y, por tanto, el hombre no sabe discernir las intervenciones de Dios en la vida de los hombres. Dios actúa en todos los hombres, pero no para todos los hombres. Unos se salvan, otros se condenan. La unidad de la obra de Dios no es la unidad de todo el género humano. Jesús viene a redimir al género humano, pero no viene a salvar a todos los hombres. Cada hombre tiene que salvarse dando su voluntad libre a Dios en Su Hijo Jesucristo.

b. La misión del Espíritu Santo es la de defender la causa de Jesús. Y Jesús ha juzgado al mundo y lo ha desenmascarado de su mentira y de su pecado. Por eso, el Paráclito es el que convence al mundo en lo que se refiere al pecado, a la justicia y al juicio (cf. Jn 16, 5-15). En otras palabras, el Paráclito saca todo a luz para que se comprenda la malicia del mundo.

El Espíritu Santo no viene a poner paz entre los hombres, sino espada, que es lo mismo que hizo Jesús: «No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada» (Mt 10, 34). Por tanto, la afirmación de que el Espíritu Santo viene a «obrar la paz en situaciones diversas y entre individuos diferentes», no sólo es una opinión de un hereje, como Francisco, sino que va en contra de la Palabra de Dios, que muy claro dice: «Porque he venido a separar al hombre de su padre, y la hija de su madre, y a la nuera de su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mt 10, 35).

Aquí, Francisco habla el lenguaje que gusta a los hombres: como somos personas con juicios diferentes, con vida distintas, con religiones encontradas, vamos a buscar una solución a todo este problema, poniendo como testigo la Palabra de Dios. Y, yo como un santo Obispo de Roma, digo que el Espíritu Santo nos da a todos la paz, porque somos tan buenas personas, Dios nos ama tanto, que nos da un camino para la unidad.

«Porque la variedad es siempre una riqueza»: el judío, el israelita, el budista, el cristiano, el pagano, el homosexual, el ateo, el terrorista, los mafiosos,…, son siempre una riqueza para la humanidad, son siempre un bien para todas las culturas del hombre. Y sólo hay que ver el camino para unir tanta riqueza.

Cada hombre, en su pensamiento, tiene una verdad que hay que cultivar, que hay que proteger, a la cual hay que unirse.

En este párrafo de este hombre sin vida espiritual, sin sentido común, sin dos dedos de frente, se resume toda su homilía. Lo demás que ha dicho palabrería para entretener a la masa, que lo oye con la boca abierta, sin saber discernir ningún espíritu en ese hombre.

Un hombre que no se enfrenta al pecado que hay en Jerusalén no es un Papa, no habla como Papa, no es ni siquiera un Obispo. Un hombre que habla para contentar a los hombres, para darles un consuelo en su vida humana, es el Vicario del Anticristo.

2. «En segundo lugar, el Espíritu Santo unge. Ha ungido interiormente a Jesús, y unge a los discípulos, para que tengan los mismos sentimientos de Jesús y puedan así asumir en su vida las actitudes que favorecen la paz y la comunión. Con la unción del Espíritu, la santidad de Jesucristo se imprime en nuestra humanidad y nos hace capaces de amar a los hermanos con el mismo amor con que Dios nos ama».

a. El Espíritu Santo no unge: es el aceite el que está ungido o las manos del sacerdote que son ungidas, o se imponen las manos para dar un carisma a una persona (profeta, etc.). El alma bautizada tiene la unción del Santo; y así el que ha recibido el Orden, posee la unción del Espíritu (cf. 1 Jn 2, 20). Se unge con la Gracia de Dios. Se unge a una persona que está en Gracia de Dios. Si se unge a una persona que no está en Gracia, esa persona no recibe la unción del santo, porque pone un óbice, que es su pecado, y hasta que no lo quite, no puede recibir esa unción.

b. El Espíritu Santo no ha ungido interiormente a Jesús, sino que el Verbo, al encarnarse, ha hecho de esa humanidad el Templo de la Santísima Trinidad. Jesús no es ungido como son las almas cuando se bautizan o se casan o reciben cualquier sacramento. Jesús, por ser Dios, no necesita la unción del Santo. Su misma alma, su misma carne, su misma humanidad es ungida en la Encarnación. Las obras del Espíritu en la vida de Jesús no son unciones. Jesús, al ser bautizado en el Jordán, no es ungido con el Bautismo de la Penitencia de San Juan Bautista, porque no tiene necesidad de esa unción. Ese Bautismo es para manifestar al Mesías prometido, es para abrir el camino de salvación a los hombres; no es para el alma de Jesús, no es una obra para la vida interior de Jesús. Francisco trata a Jesús como un hombre, pero no como Dios. Equipara a Jesús con sus discípulos. Y, por eso, da oscuridad en su enseñanza en la Iglesia.

c. Para tener los mismos sentimientos de Jesús no se necesita la unción del Santo, sino la humildad, la disponibilidad, la sencillez, la obediencia, del alma al Espíritu de Cristo. Un soberbio, que se cree algo en la Iglesia, nunca da a Cristo ni en sus palabras ni en sus obras. Imitar a Cristo es desprenderse de todo lo humano: sólo así los discípulos tienen los mismos sentimientos de Cristo. Porque Jesús, en su vida humana, sólo se dedicó a seguir la Voluntad de Dios, que le mandaba a la Cruz, obra que aborrecía su humanidad. Ningún hombre quiere el dolor para su vida. Y menos la humanidad de Cristo, que es Santa por su Concepción. Y, sin embargo, Jesús acepta el dolor que le envía Su Padre, porque no sigue ningún pensamiento humano ni ninguna meta humana en su vida humana. Francisco sigue hablando para contentar a los hombres necios, como él, que no saben decir una verdad sobre Jesús.

d. «Con la unción del Espíritu, la santidad de Jesucristo se imprime en nuestra humanidad»: mayor estupidez no se puede decir. Un hombre necio y estúpido. Las dos cosas. Necio, porque no sabe diferenciar la santidad de Jesús de la santidad de los demás. Jesús no es Santo como los hombres son santos. Jesús es el Santo de los Santos, porque es Dios. Y los hombres son santos porque participan de la gracia santificante. Quien no vive en gracia, no es un santo sino un demonio. La Gracia es la que comunica la santidad al hombre. Y la comunica infundiendo en su alma las virtudes. Y el hombre, al sol de los dones del Espíritu, tiene que hacer méritos para alcanzar la santidad que Dios le pide. Así que, el Espíritu Santo no imprime nada, ni hace falta que imprima nada. ¡Qué necio es este hombre! ¿Pero no se dan cuenta que así no habla un Papa? ¡Qué necios son los que lo siguen porque se sienta en la Silla de Pedro! Y ya no tienen otra razón para excusar a ese hombre que decir que se sienta en Silla para obedecerle. ¡Hay gente en la Iglesia con una venda en los ojos incapaz de ver la estupidez de Francisco!

Si Dios imprime en nuestra humanidad la santidad de Jesucristo, entonces todos somos santos, todos al cielo, no existe el pecado, ni el mal en el mundo. Nuestro cuerpo es glorioso. Todo es un Paraíso: esta es la estupidez de ese hombre. Ese hombre cae en esta estupidez por su necedad: no distingue santidades, no discierne la verdad.

3. «La paz no se puede comprar: es un don que hemos de buscar con paciencia y construir “artesanalmente” mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana. El camino de la paz se consolida si reconocemos que todos tenemos la misma sangre y formamos parte del género humano; si no olvidamos que tenemos un único Padre del cielo y que somos todos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza».

a. «La paz os dejo, Mi Paz os doy; no como la da el mundo os la doy Yo» (Jn 14, 27): luego, no es un don que el hombre tenga que buscar y construir artesanalmente. El Evangelio es tan claro para el alma humilde que con sólo leer lo que dice este hombre se da cuenta de la gran soberbia que anima el espíritu de Francisco.

La paz es el fruto de la gracia en el alma: El apóstol Pablo enumera la múltiple fecundidad del Espíritu en la vida cristiana: «El fruto del Espíritu Santo es caridad: alegría, paz, paciencia, bondad, benignidad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gál 5,22-23). El Espíritu obra en el corazón del alma humilde y da la paz al corazón que permanece en gracia. El hombre sólo tiene que construir una vida en gracia: ser fiel a la Gracia, permanecer en la gracia, perseverar en la gracia. Y, de esa manera, el mundo va cambiando, porque la santidad del alma, que cree en la Palabra de Dios, se irradia sin hacer ningún esfuerzo humano, sin las obras humanas. Es Dios quien enseña a realizar las obras exteriores que Él quiere entre los hombres. Y, por eso, la paz es la enseñanza del Espíritu al alma para que obre una justicia, un orden, una rectitud, en la humanidad. La paz de Dios es poner una justicia: primero en el interior del alma: la gracia; segundo, al exterior: dar a cada uno lo que se merece. Y, sólo de esta manera, se consigue la paz ente los hombres. Si no se predica que los hombres quiten su pecado para encontrar la paz, entonces la predicación es sólo propaganda para el que predica: salir en la foto como hombre de paz. Si la paz no se puede comprar, entonces no la compres con tu artesanalidad. No quieras inventarte un mundo de pequeños y grandes gestos para vender tus palabras de paz. Hablas de que no hay que comprar y, sin embargo, te vendes al mejor postor para ganarte la amistad de los hombres sin paz en sus corazones.

b. Entonces, decir que: «El camino de la paz se consolida si reconocemos que todos tenemos la misma sangre y formamos parte del género humano»: es su comunismo. Habla del bien común que los hombres tienen que buscar para consolidar esa paz falsa. El amor de sangre, de carne y sangre, es lo que hace hijos de Dios. Ya no es la fe en Jesucristo. Es porque nos amamos tanto como hombres, nos besamos, nos abrazamos, nos cogemos la mano, dormimos juntos, que sólo hay que mirar que tenemos un Padre, que ha engendrado las carnes y las sangres. Tenemos un Padre carnal. Ya no es el Padre que da la Gracia ni el Espíritu. Es un Padre que une a todos los hombres porque somos de la misma sangre. Somos tan buenos hermanos unos con otros, que Dios da la paz por eso.

Seguir a Francisco es, sencillamente, una estupidez. No hay manera de comulgar con su pensamiento humano. Es que no se puede. Es que dice vulgaridades, sin fundamento, sin una verdad, sin un fin. Habla por hablar, para llenar cuartillas, para entretener a las masas, para no decir nada.

Habla para dividir a la Iglesia con su mentira, con su engaño, con su necedad. Su primera homilía ya indica la intención con qué va a Jerusalén: para iniciar el cisma en la Iglesia. Para poner a Jerusalén como el centro de todas las religiones del mundo.

Conspiración contra la Iglesia Católica

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El viaje de Francisco a Jerusalén estará formado por: un cristiano, un judío y un musulmán. Es un viaje planeado por los Illuminati, porque este grupo tiene una meta: imponer el Novus Ordo Saeculorum (o seclorum): el Nuevo Orden de los siglos o del Mundo, que es un plan global para el dominio mundial.

«En el momento preciso en la historia, el Papa visitará el sector combinado Judeo/Cristiano/Musulmán para anunciar que todas las religiones deberían ser combinadas en una. Esta acción finalmente destrabará “el atolladero” de Medio Oriente». (Bill Lambert – líder Illuminati de alto rango-, Casa de Teosofía, Boston Massachusetts, hablando en el seminario llamado “Eventos posibles y probables del futuro” – Agosto 18,1991).

La masonería está interesada en que un Papa sea el que manifieste la unidad entre cristianos, judíos y musulmanes.

Francisco va como cristiano a Jerusalén, no como católico: «Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo» (Evangelium gaudium – n 254). Estas palabras reflejan su fe.

Su fe no es la de un católico (no cree en el Dios de los católicos); su magisterio no guarda la Tradición ni las enseñanzas de la Iglesia Católica; su palabra no es la de un Papa, sino la de un falso Papa, un falso Profeta, que gusta a todo el mundo, menos a la verdadera Iglesia Católica.

Habla de la conciencia que justifica, anulando la gracia de Cristo, que es la que justifica al hombre:

«Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen —pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios— y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rm 3 ,21-26). Es necesario creer en Jesús para recibir la gracia del arrepentimiento y comenzar a ser una criatura nueva. La conciencia no justifica a nadie de su pecado; no quita el pecado de nadie. Quien vive fiel a su conciencia se hace infiel a la Gracia de Cristo.

Francisco se atreve a decir una blasfemia: «Pero, debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios» (Evangelium gaudium – n 254). Si los no cristianos no creen en Cristo, entonces Dios no puede obrar en ellos nada. Y sus ritos, sus cultos, sus religiones son sólo un camino para el infierno.

La blasfemia de Francisco consiste en decir que la gracia actúa en ellos también: «debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante». Cristo da su gracia a todo el mundo. No importa que no se esté bautizado, porque «El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía. Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones» (Evangelium gaudium – n 254). Así no habla un Papa verdadero en la Iglesia Católica, sino un hombre que se ha sentado en la Silla de Pedro, para que los demás digan que es el Papa y él pueda decir y hacer lo que le da la gana desde ese puesto. Es claro que no es posible obedecer a un hombre que no tiene ni idea de lo que es la Iglesia Católica ni lo que es ser Papa en Ella.

Francisco no va a Jerusalén representando a la Iglesia Católica, sino a su nueva iglesia: representa a todos los cristianos del mundo que no pertenecen a la Verdad, que no se convierten a la verdadera fe. Él representa a la iglesia llena de pecadores que ya no les interesan ni los dogmas ni la ley de Dios, ni la Tradición, sino que se pasan la vida con novedades y con fábulas que producen los abortos de su inteligencia humana.

Él va para hacer una unión entre tres fuerzas: cristianos (mundo), judíos y musulmanes.

“La unión que nosotros crearemos no será francesa, inglesa, irlandesa o alemana, sino una Unión Mundial judía… Bajo ninguna circunstancia un judío debe favorecer a un cristiano o a un musulmán; no antes que llegue el momento cuando el Judaísmo, la única verdadera religión, brille sobre el mundo entero” (“Manifiesto” de Adolph Isaac Cremieux –grado 33- Gran Maestro de la Orden del Rito ‘Memphis-Misraim’ y Maestro del ‘Gran Oriente’ de Francia – 1863).

Ahora, los judíos están con Francisco, favorecen a Francisco, que representa la idea cristiana y que está gobernado la Iglesia Católica de una manera fraudulenta, usurpando lo que no es suyo, pero con el apoyo de toda la Jerarquía, que tiene una venda en los ojos, y que ya no puede hacer nada para impedir la ruina de toda la Iglesia. Han puesto a un hombre sin fe –y eso lo conocían y, por tanto, son culpables de su pecado- y ahora no hay manera de volverse atrás. Su equivocación es su castigo dentro de la Iglesia.

Francisco es el hombre que recuerda que el pueblo judío fue el primero que aceptó la Palabra de Dios en Abraham y en Moisés: «Creemos junto con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada» (Evangelium gaudium – n 247).

Y Francisco enseña que esa misma Palabra de Dios ha sido enseñada por Mahoma: «Nunca hay que olvidar que ellos, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco une dos pueblos diferentes: judíos y los árabes, que se convirtieron en musulmanes. Francisco enseña el amor hacia el pueblo de Abraham, Isaac y de Jacob, iniciado con los judíos y continuado con los musulmanes. Enseña a amar a los musulmanes porque conservan enseñanzas del Evangelio. Y recuerda el atributo esencial que el Corán enseña, y que también está en la Tora y en el Evangelio: la Misericordia: «Los escritos sagrados del Islam conservan parte de las enseñanzas cristianas; Jesucristo y María son objeto de profunda veneración y es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos. Al mismo tiempo, muchos de ellos tienen una profunda convicción de que la propia vida, en su totalidad, es de Dios y para Él. También reconocen la necesidad de responderlo con un compromiso ético y con la misericordia hacia los más pobres» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco invita a los jefes de todas las secciones del Islam para insistir, por lo menos en dos de los cinco mandamientos de los musulmanes: la caridad y la oración: «¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales!» (Evangelium gaudium – n 254) . Antes ha llamado a la caridad a los cristianos: «Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica» (Evangelium gaudium – n 254).

Estas son señales alarmantes de una gran conspiración contra la Iglesia, que se lleva ya a cabo de forma descubierta dentro de la misma Iglesia.

Francisco nunca entendió la naturaleza del islam: «el verdadero Islam interpretación del Corán se oponen a toda violencia» (Evangelium gaudium – n 253). Y, entonces, enseña una herejía, diciendo que ellos: «adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso» (Evangelium gaudium – n 252).

Nunca hay que olvidar que el fenómeno del Islam niega directamente el misterio de la Santísima Trinidad y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y, por tanto, no puede sostenerse lo que dice Francisco.

El islamismo es la manifestación del Anticristo para destruir, con su fuerza militar, la cristiandad; pero no lleva en sí la idea de construir un orden mundial. Los judíos son los que conciben su religión como un reino del mundo y, por lo tanto, trabajan para que se dé esa religión en el mundo entero.

«El judío cree que está destinada para él la soberanía de los pueblos. Tiene una gran idea de su superioridad, un profundo desprecio por los demás y es hombre de pocos escrúpulos» (“Comunistas, judíos y demás ralea” – Pío Baroja)

Los judíos luchan en contra del islamismo: «El amor de los judíos a su pueblo sólo se traduce por odio a los demás pueblos de la tierra; odio disfrazado de amor a una idea, que es lo más abstracto que puede amarse y en nombre de la cual se predica la destrucción de todo lo existente, Humanidad inclusive. Donde veáis ruinas y estragos, podéis asegurar que por allí ha pasado el judío» (Jacinto Benavente – “Memorias, parte 1”). Nunca el judío aceptó la idea musulmana de la Biblia. Siempre la combatió, porque el fenómeno del Islam cree que son los que perfeccionan la Revelación de Dios. Son el culmen del pueblo judío. Y eso no les gustó a los judíos.

Los Illuminati controlan todo el movimiento masónico. Controlan a los Rotarios, a los Leones, la diferentes Logias, Comisiones, Grupos y Clubs.

El plan de los Illuminati tiene un objetivo principal: destruir la Iglesia Católica, que es una Sociedad Perfecta, con independencia de cualquier Estado del mundo. Los países del mundo y la Iglesia Católica están separados totalmente. Tienen convenios, pero nadie puede meterse con la Iglesia desde los gobiernos del mundo. Nadie legisla la Iglesia con las leyes del mundo, de los políticos. Nadie puede juzgar a la Iglesia desde los tribunales del mundo.

La Iglesia Católica tiene poder espiritual sobre todos los países; pero no tiene poder político ni económico, ni cultural, ni social, sobre ellos. La Iglesia tiene el deber de corregir lo moral, lo ético, lo espiritual, que se dé en los países. Pero no tiene que corregir nada que esté fuera del campo espiritual.

Por eso, es necesario destruir la Iglesia y su poder espiritual sobre todo el mundo. Ellos, para poder ejercer su dominio total en el mundo deben aniquilar el poder espiritual que tiene la Iglesia sobre todo el mundo, incluso sobre ellos mismos.

Los Illuminati tienen una táctica para conseguir su meta: «Conságrense ustedes mismos al arte del engaño, el arte de enmascararse, espiando en otros y percibiendo sus más profundos pensamientos» (Weishaupt). De esta manera, en lo oculto, con una máscara, se introducen en todas partes; también, por supuesto, en la Jerarquía de la Iglesia, formando así una falsa Jerarquía. Se infiltran para investigarlo todo y ver la manera de conseguir su fin, porque un principio de los Illuminati es: «el fin justifica los medios».

«… pero ¿para qué crió Dios a los judíos, si no para que nos sirvieran de espías?» (Duque de la Victoria: Israel Manda (Profecías cumplidas-Veracidad de los Protocolos). Editorial Época. Cuarta Edición. México D.F. 1977).

Ellos emplean el chantaje, la mentira, toda clase de engaños, el terrorismo, para alcanzar sus objetivos: «Realizaré una acción, si es pedida por la orden, a la cual no puedo no consentir, aun cuando (vista en su conjunto) fuese verdaderamente incorrecta» (Documento Nachtrag von weitern Originalschriften – Munich, 1787).

Para escalar el poder, se impone la obediencia al grupo: «Yo nunca usaré mi posición o mi puesto contra mi hermano». De esta manera, van poniendo sus hombres en lo alto de los gobiernos y en la cúpula de la Jerarquía de la Iglesia. Todos se conocen y nadie va en contra del otro. Todos están allí para conseguir sus objetivos. Todos trabajan en lo oculto, sin mostrar sus verdaderas intenciones, haciéndose pasar por otras personas, no revelando lo que realmente piensan. Ocultan sus mentes, sus intenciones. Piensan muchas cosas, pero no revelan lo que realmente piensan. Muestran al exterior un pensamiento que no es el de ellos. Hablan lo que el otro quiere escuchar, pero nunca van a hablar de sus verdaderas intenciones en lo que hacen. Son astutos en las palabras. Son serpientes en sus obras. Y todo lo que realizan al exterior es un teatro, una farsa, un modo más de engañar a todos. Mientras hacen toda esa comedia, en lo oculto, por debajo, se mueven todos los hilos del poder.

Los poderes invisibles de los Illuminati nadie los conoce. Ellos ponen sus hombres al exterior y los quitan cuando ya no conviene mantenerlos. Y esos hombres obedecen a esos poderes invisibles. Son sus marionetas. Y Francisco es una de ellas. Y no pueden no obedecer. No pueden rebelarse.

Religión, nacionalismo, patriotismo, lazos familiares, son reemplazados por una sola y fuerte lealtad a las causa del Illuminati: el nuevo orden mundial. Todo cae, cualquier sentimiento de lealtad se pierde, se abandona por el orden que establece este grupo.

Los puntos principales de este plan de los Illuminati son:

1. la supresión de todas las religiones, sin ninguna excepción. No hay doctrina, no hay iglesia, no hay secta que quede en pie.

2. la supresión de todos los sentimientos de nacionalidad y, por tanto, la abolición de todas las naciones, para que pueda surgir un nuevo mundo, una nueva nación para todos.

3. la transferencia de toda propiedad, ya privada, ya nacional, pública, a las manos de ese poder invisible, mediante leyes taxativas, impuestos a los ingresos, confiscación del dinero de los bancos, etc., con la sola intención de debilitar la sociedad. Es decir, crear un caos económico en todo el mundo, que vaya creciendo de muchas maneras, hasta que se produzca una gran depresión parecida a la del 1929.

4. un sistema de espionaje y denuncias que lo abarque todo, que lo vea todo, para tenerlo todo bajo control y saber moverse en cualquier país, en cualquier situación que los hombres hagan.

5. una regla moral global, en la que la fraternidad y el diálogo entre los hombres estén juntas para una sola cosa: someterse a una única voluntad de ese poder invisible. Todos deben dar su libertad a esos hombres. Y, para conseguir eso, hay que comenzar por hacer creer que los hombres son libres en un mundo dominado por una voluntad que obra en lo oculto.

Para instaurar un gobierno mundial es necesario abolir todas las formas de gobierno, patriotismo, religión, familia. Y, para eso, hay que emplear ideologías, de todo tipo (Nihilismo, liberalismo, fascismo, marxismo, comunismo, socialismo, Nueva Era, ecologismo) para meter las frases, las palabras, los sentimientos, que van a unir a todos los hombres. Hay que darles a los hombres lo que ellos piensan. Y, entonces, están contentos, son felices, podrán seguir a uno que les diga lo que ellos quieren.

Ese poder invisible no tiene una ideología concreta. Sólo tiene un fin: poner un hombre que lo gobierne todo: el Anticristo. Trabajan para este fin. Los medios: todos los que sirvan para colocar al hombre del mundo, al hombre del pueblo, al hombre de las ideologías humanas. Es el hombre que lo une todo, que reúne todas las ideologías, pero que es distinto a cualquier hombre, a cualquier ideología.

Los Illuminati son los enemigos de la libertad, de la verdad, del hombre. Pero se hacen pasar por los amigos de todo el mundo.

El poder de este grupo sólo es mantenido por ciertas personas escogidas, selectas. Los demás son un “don nadie”. Sólo ellos saben cómo se mueve todo en todas partes. Por eso, ellos son una dictadura ilimitada, sin fronteras, sin gobiernos, sin una política que asuman. Las quieren todas, pero gobiernan ellos a la sombra.

«Hoy en día los judíos mandan en el mundo a través de otros. Hacen que otros luchen por ellos» (Mahathir Mohamad – Discurso de apertura de la cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica. Putrajaya (Malasia) 16-10-2003).

Francisco conspira contra la Iglesia Católica en su viaje a Jerusalén. Después de ese viaje, muchas cosas cambiarán, porque ya no hay tiempo. Las cosas están tan en su punto, que o se elige seguir a un hereje o se elige ponerse en contra de ese hereje dentro de la Iglesia. Que cada uno elija lo que quiera. De esa elección saldrá su condenación o su salvación.

La teología ecológica o panenteísmo cristiano

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«Y Francisco es el hombre de la paz. Y así, el nombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación… Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre…» (Francisco – 16 de marzo de 2013).

«…el hombre que ama y custodia la creación»: esto no es San Francisco de Asís. Este santo amó y custodió a Cristo en su corazón. Fue uno con Cristo. Perseveró en la Fe de Cristo e hizo en la Iglesia la obra que Cristo le pedía.

Pero Francisco entiende a San Francisco según la teología ecológica o panenteísmo cristiano.

Para esta aberración filosófica, «la originalidad de San Francisco reside en el hecho de haber conseguido una síntesis feliz entre la ecología interior y la ecología exterior, es decir, dio origen a una fascinación mística cósmica» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

¿De qué habla el hereje y cismático Boff?

La ecología interior es la ecología mental, es decir, la polución del aire, la contaminación de la tierra, la pobreza de los hombres, los agujeros negros, etc…, manifiestan la mente del hombre. Y, por tanto, todo eso significa que el hombre está enfermo en su mente. Las violencias, las agresiones al medio ambiente producen en la mente del hombre un desequilibrio.

Y, para poder comprender este punto, hay que saber que para ellos el universo no está sólo fuera de la persona, sino que está dentro de ella. Lo que pasa en el universo, en su exterior, también se traduce en el interior de la persona. El sol, el agua, las plantas, los animales no son imágenes que vemos con los ojos y que producen un estímulo intelectual o sensible en nosotros, sino que viven en nosotros como figuras cargadas de emoción, como un arquetipo. Esto es una aberración, pero así piensan ellos.

Ellos creen que el mundo es el cuerpo de Dios. Y, por eso, Francisco predica: «Tenemos que tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús, tenemos que curar las llagas de Jesús con ternura, tenemos que besar las llagas de Jesús, y esto literalmente» (3 de julio de 2013). Los pobres son las llagas de Cristo. Los pobres son el cuerpo de Cristo. Los pobres son la carne de Cristo. Literalmente.

«Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo.» (12-05-2013). Cuando no se diferencia entre Cristo y los hombres; cuando todo es uno, entonces se llega a esta aberración. Ya no es sólo una herejía, sino una abominación.

Ningún pobre es la carne de Cristo. Ningún hombre es el cuerpo de Cristo. Cada pobre tiene su vida, cada hombre tiene su cuerpo.

El problema de este pensamiento filosófico es que pone a Dios más grande que el Universo y, por tanto, el Universo está en Dios (panenteísmo= todo en Dios, todo dentro de Dios, todo metido en Dios). En consecuencia, Dios impregna cada parte de la naturaleza, del cosmos; Dios es una parte de la naturaleza. Dios se extiende más allá de la naturaleza, pero está en la naturaleza. Es distinto a la naturaleza, pero es la naturaleza.

Y Dios no es más grande que la naturaleza, ni es más pequeño, porque Dios no tiene medida. Dios es el que es. Lo demás es lo que no es.

Como ellos no parten de acá, entonces todo es buscar la idea humana de Dios y de la Creación.

Ellos rompen a Dios y el acto creador de Dios. Por tanto, ellos lo niegan todo y quieren explicarlo todo desde el hombre. Es volver a Kant y a Hegel, pero más sofisticado.

Ellos tratan de explicar la relación del hombre con la naturaleza a lo largo de la historia. Por eso, San Francisco es el hombre que ama y custodia la Creación; es decir, ha encontrado una idea, un modo de relacionarse con lo creado, con el universo, con las criaturas, sin dañarlas, sin poner un pensamiento negativo. Llegó a un pensamiento positivo y con él vivió.

Cuando el hombre era primitivo, entonces desarrolló un instinto de agresividad, y eso dejó marcas en el hombre interior y en la sociedad. Si el hombre lucha por sobrevivir, comienza a hacer daño en la naturaleza y, entonces, eso se va reflejando en él mismo, en los que viven con él, en la sociedad, etc. Se va creando un estado mental, una idea fija, una acomodación al mundo, al espacio en que vive, etc. Se crean sociedades que viven de esa forma de pensar.

Según sea lo que el hombre obre, así será su estado mental, su enfermedad. Y así quieren explicar todos los pecados de los hombres. Los distintos sistemas son los que fabrican la vida de los hombres.

El sistema religioso mete en la mente del hombre la idea de Dios y le va proyectando lo que tiene que obrar con esa idea; el sistema del capital penetra en el hombre y le determina la manera de vivir, de relacionarse con los demás, la forma de amar a otros, etc, según el dinero, el capital, los negocios. El sistema tecnológico invade la mente de objetos inanimados, que crean soledad, egoísmo, odio, etc.

Como hay una unidad entre la naturaleza y el hombre (no hay una diferencia esencial), entonces lo que obra el hombre se traduce en la naturaleza, y eso pasa a los demás hombres. Por tanto, la ecología mental supone la anulación de la voluntad humana y de la razón humana. El hombre es un juguete de sí mismo y de la naturaleza.

Ellos quieren meter en la mente del hombre la idea de que el hombre puede convivir con la naturaleza. Y si el hombre alcanza esta idea, entonces no destruye la naturaleza ni así mismo. El pecado original, por supuesto, no existe. El hombre tiene que mirar al universo y descubrir un encantamiento, una belleza, una grandeza. Y vivir de acuerdo a eso.

Cuando Adán pecó, esto es ya imposible de realizar, porque todo está maldito. Es decir, nada de la Creación lleva al hombre a una bondad, una belleza, en la que pueda quedarse, permanecer siempre. Todo es transitorio, todo es vanidad, todo es vacío. «Vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?» (Ecles. 1, 2b-3). Ellos niegan esta Palabra de Dios. Ellos quieren encontrar en el Universo el eslabón perdido, lo que Adán perdió por su pecado.

Por eso, ellos dan mucha importancia a las energías psíquicas, a los pensamientos positivos del hombre, para poder ir a esta convivencia con lo naturaleza. Si el hombre tiene ideas positivas, entonces no hace un mal social, un mal natural, un mal cósmico. Ellos se impregnan de toda la dimensión mágica y chamánica del psiquismo humano. Ellos adaptan la doctrina budista de la reencarnación y del espíritu.

Se trata de observar la propia imaginería mental y aprender a moverse dentro de esa realidad subjetiva, poniéndose en contacto con todo ese universo para llegar a la idea que una al hombre con el universo.

La ecología es un campo abierto al espiritismo, adivinación, al budismo, que destruye completamente la fe en Cristo y la fe en la Iglesia.

La nueva encíclica o aberración filosófica que está preparando Francisco va por aquí. Es un destruir la doctrina de Cristo, para hablar de un lenguaje sobre Cristo, sobre Dios, sobre la Creación, sobre el pecado, que no tiene nada que ver con la Verdad.

Francisco ya emplea este lenguaje cuando habla del demonio, de los pobres, de Cristo, de la Iglesia, de la Misericordia. Dice cosas, que la gente no comprende que eso es una aberración, porque suenan bien al oído, gustan al entendimiento del hombre y hacen caminar con una gran confusión en su mente.

Cuando a los hombres se les habla la Verdad como es, estas personas, que siguen estas doctrinas, no son capaces de ver la verdad, porque están sólo mirando su idea humana, su filosofía humana. Y así viven: destrozando la verdad, persiguiendo la Verdad, con su idea.

Para los seguidores de esta aberración, San Francisco era un poeta, «capaz de sentir el corazón de la cosas, descifrar en cada cosa su mensaje ontológico y sentir, por connaturalidad, los lazos con los cuales están unidos todas las criaturas, ente sí y con Dios» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

Es decir, que San Francisco pudo conseguir entrar en el misterio de la Creación y de Dios. Conocía lo que había en cada ser, en su interior; podía leer la mente de los hombres; cuando veía una planta, conocía su interior, su energía que transmitía. Y, por eso, podía conectarse a esa planta, a ese universo, a ese cosmos. Veía las uniones entre las criaturas y Dios, y así podía formar una unión con ellas.

En esta aberración filosófica, que es la teología ecológica, se destruye la Creación de Dios y la obra que Dios ha puesto en esa Creación.

Dios, al crear, pone una Jerarquía de seres en lo que crea. Y, por eso, entre las criaturas, hay un orden, una jerarquía. Y se crean unas primero, y otras después, porque en Dios hay una razón divina en lo que crea: cada criatura es para algo divino en el plan de Dios. Hay una dependencia entre todas las criaturas. No hay una igualdad, una amistad, un lazo común entre ellas. Unas criaturas dependen de otras para vivir. Por eso, cuando Dios crea al hombre, crea un orden, una jerarquía: primero el varón, después la mujer. Y la mujer depende del hombre; no es igual al hombre. Porque el hombre y la mujer tienen funciones diferentes en la Creación. Pero todo esto queda anulado en esta aberración, que sólo quiere buscar un ideal común entre todas las criaturas del universo. Y no comprenden lo que significa que el Espíritu Santo habite en el cuerpo del hombre. No comprenden la Eucaristía; no comprenden la vida espiritual ni la vida mística. Todo lo tuercen, porque ponen una unión sustancial entre el hombre y Dios, por su panenteísmo.

Ellos explican así la ecología exterior que practicaba San Francisco de Asís: «A partir de esa mística de confraternización universal, trataba a todas las cosas con sumo respeto y veneración. Pedía a los hermanos que no cortasen totalmente los árboles, para que pudiesen brotar nuevamente; en invierno daba miel a las abejas porque sufría víéndolas nerviosas y hambrientas. En él irrumpió la ternura como actitud fontal en el encuentro con todas las alteridades. En él predominaban el Eros y el Pathós (capacidad de sentir y de vibrar ante el valor de las personas y las cosas) por encima del Logos (estructura de comprensión de la realidad). El corazón ganó con él su derecho como forma sutil y profunda de conocimiento. El conocimiento cordial no nos distancia de las realidades, nos posibilita establecer comunión y amistad con ellas» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

Porque fraternizaba, porque era amigo del universo, de los hombres, de las criaturas, entonces respetaba todas las cosas y las veneraba. Ese amor al universo le lleva al culto del universo. Rompen con el amor divino y con la ley divina.

Para amar al universo hay que hacerlo con el amor de Dios, no con los sentimientos fraternos que cada cual encuentra en su vida. Francisco predica mucho de la fraternidad, de la ternura, del sentimiento humano, para respetar al otro, para compartir con el otro. Eso es constante en él, en cada homilía, porque está bebiendo de esta doctrina.

Y, como siente esta veneración con el cosmos, entonces San Francisco no rompe una hoja, no pisa una hormiga, no produce un mal en el universo. El amor a la criatura por encima del amor de Dios. Es más importante no dañar a una hormiga que el mal que está en el alma por el pecado. Sólo el hombre atiende a la relación con el otro hombre, en no dañar al otro, en no dar una palabra que moleste; pero no atiende a su pecado, ni al suyo ni al de la otra persona. No se atiende a una norma de moralidad entre las personas, a un orden en el ser, entre las criaturas, sino a un amor fraterno, a un amor idealizado, a una fascinación por el cosmos: «La Iglesia es la sal de la tierra, es luz del mundo, está llamada a hacer presente en la sociedad la levadura del Reino de Dios y lo hace ante todo con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir» (Francisco – 18 de mayo de 2013). Se es levadura porque hay un amor al hombre; no porque exista una ley divina. Este es el engaño de este hombre, que no cree en nada. Sólo cree en su pensamiento humano. Y, con él, no puede dar nunca la doctrina de Cristo, la Verdad en la Iglesia.

«Cuando este dejar el padre y la madre y unirse a una mujer, hacerse una sola carne e ir adelante y este amor fracasa, porque tantas veces fracasa, debemos sentir el dolor del fracaso, acompañar a aquellas personas que han tenido este fracaso en el propio amor. ¡No condenar! ¡Caminar con ellas! Y no hacer casuística con su situación» (8 de febrero de 2014). Francisco nunca va a juzgar el fracaso de un matrimonio por su falso amor al hombre, que le ciega en la verdad de lo que es un matrimonio. Si un matrimonio fracasa, hay que juzgar en qué ha fracasado. Y la Iglesia tiene el deber de juzgar el fracaso de un matrimonio. No es la conciencia del hombre y de la mujer lo que resuelve ese matrimonio.

Y Francisco no juzga por esto, por su falsa concepción del matrimonio: «Cuando uno lee esto piensa en este diseño de amor, este camino de amor del matrimonio cristiano, que Dios ha bendecido en la obra de arte de su Creación…una bendición que jamás ha sido quitada. ¡Ni siquiera el pecado original la ha destruido!. Cuando uno piensa en esto, ve cuan bello es el amor, cuan bello es el matrimonio, cuan bella es la familia, cuan bello es este camino y cuanto amor, cuanta cercanía tenemos que tener con los hermanos y las hermanas que en la vida han tenido la desgracia de un fracaso en el amor» (8 de febrero de 2014). Francisco está expresando su idea de la Creación, pero no expresa la fe en Cristo, la Palabra de Dios, el Evangelio. Y no puede entender que el matrimonio está maldito desde que Adán pecó: «Maldita Adán la tierra por tu causa». Fue precisamente la unión entre hombre y mujer lo que trajo esa maldición. Adán se unió a la mujer sin la Voluntad de Dios, sin la ley divina, por un amor humano, por un amor carnal, por un amor fraterno.

Una cosa es que permanezca entre hombre y mujer el vínculo del matrimonio si se casan ante Dios, y otra cosa es que Dios bendiga ese matrimonio.

Jesús puso el Sacramento del Matrimonio para que los hombres alcanzaran la bendición divina en esa unión entre ellos, que Adán perdió para todo matrimonio. Sin ese Sacramento, todo matrimonio es maldito. Existirá el vínculo, pero no la bendición de Dios.

Francisco busca la cercanía humana, la fraternidad con el hombre y con el universo: «cuanta cercanía tenemos que tener con los hermanos y las hermanas que en la vida han tenido la desgracia de un fracaso en el amor». Para la gente que ha fracasado en su matrimonio, hay que darle la verdad de la situación. Hay que hablar claro, no hay que tener sentimentalismos, cariñitos, ternuras. Porque esto lleva siempre al pecado: demos la comunión a la gente malcasada, porque hay que comprender su situación de vida, por una falso amor fraterno.

Francisco bebe de las aguas de esta aberración filosófica, que es la teología ecológica. Es un monstruo de teología, de pensamiento filosófico, que hace aguas por todos lados y que anula la fe en Cristo y cualquier dogma en la Iglesia. Y esto es lo que viene a la Iglesia. Y Francisco da muchas cosas que pertenecen a esta teología, porque se quiere hacer una nueva iglesia, con una nueva fe, con un nuevo evangelio.

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