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Francisco: un judío infiltrado en la Iglesia Católica

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«La Mujer huyó al desierto, en donde tenía un lugar preparado por Dios, para que allí la alimentasen durante mil doscientos sesenta días» (Ap 12, 6).

Dos Papas en Roma: la Iglesia no camina, sino que está a la expectativa. Está perpleja y confusa. Muchos no saben discernir lo que se vive en la Iglesia. Muchos, al no creer en el dogma del Papado, no saben decir: el Papa Benedicto XVI es el verdadero y Francisco, ni siquiera puede ser Papa.

La Jerarquía de la Iglesia ha roto el dogma del Papado. Lo ha anulado y nadie se ha dado cuenta, porque ya la Jerarquía no enseña a sus ovejas la verdad, sino que les da alimento de demonios: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir» (Jn 10, 10).

La Iglesia, desde hace más de 50 años, no puede caminar en la Voluntad de Dios, sino que ha sido asaltada por los Enemigos del Evangelio, que son los judíos: «Por lo que toca al Evangelio, son enemigos por vuestro bien» (Rom 11, 28). Si los judíos no han creído en el Mesías, los judíos son los que atacan la obra del Mesías, que es la Iglesia Católica.

¿De qué manera la atacan? Con el pecado, propio del fariseísmo: la ocultación de la mentira. Judíos que se han introducido en el seno de la Iglesia como fieles, como clérigos y como Obispos. Judíos que fingen una conversión al cristianismo, fingen un cambio en los ritos exteriores, pero que tienen la intención de conquistar por dentro la Iglesia y llegar al centro de Ella, que es el Papado, para destruirla.

Es un trabajo de siglos, lento, pero eficaz. San Bernardo fue el que ayudó, en su tiempo a desenmascarar esta trama, y así los Cardenales pudieron elegir al Papa Inocencio II, salvando a la Iglesia de estar en las garras del judaísmo.

Más tarde, con la Inquisición, creada para extirpar las herejías y acabar con el poder oculto del judaísmo (que las dirigía y las alentaba), se logró derrotar y detener por un tiempo esta ocultación de los judíos en la Iglesia Católica.

El judío que se introduce en la Iglesia, obra dentro de Ella siguiendo órdenes y realizando actividades propias de las organizaciones judaicas: es necesario controlar las instituciones religiosas o desintegrarlas, reformar las liturgias, cambiar las leyes. Pero, sobre todo, hay que introducirse en la Jerarquía y escalar los puestos, los oficios, los cargos, para dominarla por completo.

Por eso, desde que nació la masonería, en el siglo XVIII, como una institución pública, se comenzó a introducir la masonería en la Jerarquía de la Iglesia.

El masón público es el que domina el mundo; el masón privado u oculto es el que domina la Iglesia. Y ya desde el siglo XV comienza la masonería a introducir en el mundo sus ideas en lo filosófico, hasta alcanzar una cumbre en el mundo. Y, por eso, era necesario que la masonería comenzase a tener públicamente instituciones, grupos, comunidades, para que la gente del mundo fuera instruida en ellas. Ya, en el mundo, era normal la idea masónica: igualdad, fraternidad, y libertad. Y había que mantener esa idea de muchas maneras.

Y lo que se comenzó en el mundo, también se inició dentro de la Iglesia. Esa idea masónica se ve reflejada en la Iglesia: los documentos del Concilio Vaticano II, sin ser masónicos, reflejan el trabajo de Cardenales, Obispos, sacerdotes masónicos.

El Concilio Vaticano II no es herético, ni sus documentos, pero hay que saber leerlos en la Tradición Divina, en el Magisterio Auténtico de la Iglesia, para no errar. Porque es muy fácil errar con los documentos de ese Concilio. Al ser un lenguaje espiritual, no dogmático, hay que saber explicar ese lenguaje de forma conveniente. Y muchas personas hacen dogma del Concilio por no saber leerlo de manera espiritual, acorde a la doctrina de Cristo en la Iglesia. El propio Francisco dogmatiza el Concilio, porque le conviene para su negocio en la Iglesia. Sin vida espiritual, se hace del Concilio una herejía y un cisma, que es lo que estamos viendo.

La masonería eclesiástica usa la máscara de un cristianismo aparentemente religioso y sincero, disimula sus creencias contrarias a Cristo con el velo de elocuentes y piadosos sermones. Muchos sacerdotes han sido excelentes oradores sagrados, pero eran masones. Es necesario ocultar la mentira con las buenas obras y con una labor impresionante en la administración, en el apostolado, en el gobierno de la Iglesia. Nadie debe enterarse que un sacerdote o un Obispo o Cardenal es masón. Es ejercer el fariseísmo a lo más perfecto. Es llegar a la cumbre del pecado de orgullo y de soberbia. Es blasfemar contra el Espíritu Santo. Mucha Jerarquía en la Iglesia ha sido masónica y nadie se ha dado cuenta.

Pero, desde hace 50 años, la masonería en la Iglesia trabaja al descubierto. Se han ido quitando impedimentos, excomuniones, leyes, y se ha hecho el camino más fácil para estar en el sacerdocio y, al mismo tiempo, pertenecer públicamente, con el conocimiento de todos, a la masonería. Un claro ejemplo es Francisco: masón y Obispo. Judío y Católico, al mismo tiempo.

Para Francisco, los judíos son una bendición: «Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada, porque «los dones y el llamado de Dios son irrevocables» (EG, n. 247). Y, Francisco, coge a San Pablo y lo tuerce, dando una mentira.

Dos cosas dice San Pablo:

i. Los judíos son enemigos del Evangelio por el bien de toda la Iglesia: no han creído en el Mesías, entonces se oponen al Evangelio. Y eso es un bien para toda la Iglesia, porque así la Iglesia camina tras las pisadas de Cristo, olvidando los antiguos preceptos mosaicos. Y es un bien para la Iglesia tener a los judíos como enemigos, para purificarse de sus propios pecados como Iglesia.

ii. Los judíos son amados por Dios a causa de la antigua promesa hecha a los Patriarcas. Dios los ama por la antigua promesa, no por la Antigua Alianza. La Antigua Alianza quedó abrogada, como lo enseña la Iglesia:

«Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituídas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, v empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas» (Eugenio IV – C. De Florencia, 1438 -1445 – De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441).

Pero, Francisco, no sólo se contenta con publicar una herejía, que es contraria al magisterio de los Papas, sino que trata, por todos los medios de declarar la bondad de los judíos:

«Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios» (EG, n. 247).

Y le responde a Francisco los Santos de la Iglesia Católica, esos que él no conoce y desprecia:

1. San Ambrosio, Obispo de Milán y gran Padre de la Iglesia, dijo a su grey que la sinagoga era: «…una casa de impiedad, un receptáculo de maldades, que Dios mismo había condenado…» (San Ambrosio, Obispo de Milán. Gran Padre de la Iglesia. Carta IX al Emperador Teodosio).

Y cuando las masas cristianas, debido a las pérfidas acciones de los judíos, no pudieron reprimir su ira y quemaron una sinagoga, San Ambrosio no sólo les dio todo su respaldo, sino que señaló: «Yo declaro que prendí fuego a la sinagoga o que cuando menos yo ordené a esas personas que lo hicieran…Y si se me objeta que yo no prendí personalmente fuego a la sinagoga, yo contesto, que empezó a ser quemada por juicio de Dios» (ibídem).

2. Santo Tomás de Aquino sostuvo doctrinalmente que: «Los judíos por razón de sus culpas están en perpetua servidumbre, los señores pueden por lo tanto, tomarles sus cosas, dejándoles lo indispensable para la vida, a no ser que lo prohíban las leyes santas de la Iglesia» (Tomás de Aquino, Opera Omnia. Edición Pasisills, 1880. Tábula 1 a-o, tomo XXXIII, p. 534). No tienen derecho a poseer privadamente nada.

3. Juan Duns Escoto, el Doctor Subtilis, propuso a la Cristiandad una solución del problema judío. Un famoso rabino se queja de que Juan Duns Escoto: «…sugirió que los niños judíos fueran bautizados a la fuerza y que los padres que se rehusaran a convertirse fueran transportados a una isla donde se les permitiera seguir observando su religión hasta el cumplimiento de la profecía de Isaías (10, 21) acerca de que `los residuos se convertirán´» (Rabino Jacob S. Raisin, obra citada. Cap. XIX, p. 525). Que vivan en una isla, como unos miserables en su impía religión.

4. San Atanasio, gran Padre de la Iglesia, sostuvo que «…los judíos ya no eran el pueblo de Dios, sino los jefes de Sodoma y Gomorra» (San Atanasio, Crta X (A. D. 338)). Son los que están detrás de los homosexuales y lesbianas.

5. San Juan Crisóstomo, otro gran Padre de la Iglesia, afirmó:: «Siempre que el judío dice a vosotros: fueron los hombres los que nos hicieron la guerra, fueron los hombres los que conspiraron contra nosotros; contestadles: los hombres no os hubieran hecho la guerra si Dios no lo hubiera permitido» (San Juan Crisóstomo, Sexta homilía contra los judíos) Y también sostiene que: «Dios odia a los judíos, porque Dios odia el mal; y los judíos, después de haber crucificado a Cristo Nuestro Señor, se convirtieron en el mal sumo» (Ibidem). Dios quiere el sufrimiento del pueblo judío para purificarlo de su pecado.

6. Su Santidad el Papa Inocencio IV, en su Bula “Impia Judaeorum Perfidia”, dice: «La impía perfidia de los judíos, de cuyos corazones por la inmensidad de sus crímenes, nuestro Redentor no arrancó el velo, sino que los dejó permanecer todavía en ceguedad cual conviene, no parando mientes en que por sola misericordia, la compasión cristiana los recibe y tolera pacientemente su convivencia; cometen tales enormidades que causan estupor a quienes las oyen, y horror a quienes son relatadas».

Los judíos no son unos santos: causan estupor a quienes los oyen, son pérfidos, impíos, que Dios tuvo misericordia por la fe de Abraham, sin embargo, son unos ciegos, unos demonios encarnados. Y hay que tratarlos así. Eso no quiere decir que no se les ame. Se les ama por eso, porque Dios los sigue amando, debido a la Promesa que hizo a los Patriarcas: «Mas ellos, de no perseverar en la incredulidad, serán injertados, que poderoso es Dios para injertarlos de nuevo» (Rom 11, 23).

Los judíos no tienen el mismo Dios que los Católicos, porque no creen en el Mesías. Y en Jesús está toda la Santísima Trinidad. Ellos creen en un Padre Creador, pero no creen en un Hijo Redentor. Y menos pueden comprender al Espíritu que santifica la Iglesia de Cristo.

Francisco ama tanto a los judíos que, por eso, enseña la doctrina de ellos en la Iglesia, cuando dice: «Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». Esta es la doctrina masónica sobre Dios, que es el mismo pensamiento de los judíos.

Francisco ha realizado un convenio con las otras religiones, con los judíos y con los musulmanes. Ese convenio todos lo pueden percibir, aunque no esté escrito de manera oficial. Pero Francisco se pasea como masón, como judío en medio de la Iglesia. Francisco habla como uno de ellos, abiertamente, acomodando su predicación a su misticismo judío. Francisco defiende a los judíos, quiere crear un ambiente de simpatía, de acercamiento hacia ellos, pero ataca a Cristo y a Su Iglesia. Y esta verdad es la que muchos no saben verla, no saben discernirla.

La Jerarquía de la Iglesia ha errado el camino al poner en el Trono de Pedro a un judío, a un masón, a un hombre que no es católico. Y esto va a traer consecuencias desastrosas para toda la Iglesia.

Los masones están contentísimos con Francisco, porque éste ha atado a los católicos de pies y manos: no ataquen a los judíos, no ataquen a los masones, no juzguen a nadie. Lloremos por el holocausto: «Con la vergüenza de lo que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer. Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal; con la vergüenza de que el hombre, creyendo dios, haya sacrificado a sí a sus hermanos. ¡Nunca más!! ¡Nunca más!!» (Francisco, 26-5-2014)

Francisco es un llorón: «con la vergüenza». Llora por tus negros pecados, pero no llores por los hombres, porque no merece la pena derramar una lágrima por ningún sufrimiento del hombre.

Francisco es un ignorante: «el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer». ¿Es que no sabes que el hombre pecador es un demonio encarnado, capaz de hacer el mismo pecado de su padre el demonio?.

Francisco no sabe nada del Misterio del Mal: «Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal». El Príncipe de este mundo no es el hombre, sino el demonio. El hombre es el juguete del mal. Su dueño: Lucifer.

Francisco no ha comprendido el holocausto: «con la vergüenza de que el hombre, creyendo dios, haya sacrificado a sí a sus hermanos». A esto le contesta San Juan Crisóstomo: «Pero son los hombres, dice el judío, quienes nos han acarreado estas desgracias y no Dios. Y ha sido todo lo contrario, pues de hecho Dios quien las acarreó. Si vosotros (judíos) las atribuís a los hombres, se deduce que aun suponiendo que los hombres se hayan atrevido a realizarlas, ellos no hubieran tenido fuerza para ejecutar tales acciones si Dios no lo hubiera deseado» (San Juan Crisóstomo, Sexta homilía contra los judíos). Es Dios el que ha hecho el holocausto, no los hombres.

Francisco se hace publicidad: ¡Nunca más!! ¡Nunca más! Está sediento de la gloria del mundo al hablar con un sentimentalismo pedante, fruto de su misticismo judío, sobre los sufrimientos de ese pueblo.

Hasta que los judíos no se conviertan, holocaustos vienen para ellos. Pero esto, a Francisco, no le interesa ni lo puede comprender.

Con Francisco en la cabeza, como un ciego que guía a otros ciegos, los católicos ya no defienden la Iglesia de los judíos, de los masones ni de nadie. Ahora, hay que empezar a introducir el paganismo en la Iglesia, que ese es el objetivo primero del Sínodo, del falso Sínodo, que se va a celebrar pronto. Un Sínodo que va a dar a la Iglesia un magisterio falso, errado, herético, cismático, propio de la nueva iglesia que Francisco ha fundado en Roma, en la Roma de los masones.

Y la Iglesia debe irse al desierto, porque no hay camino en Roma. Tiene que esperar, en el desierto, al Papa que la guíe hacia el Reino Glorioso.

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