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La conciencia social comunista

«Yo diría que, en el fondo, es un problema de pecado. Desde hace unos cuantos años, la Argentina vive una situación de pecado, porque no se hace cargo de la gente que no tiene pan, ni trabajo. La responsabilidad es de todos. Es mía, como obispo. Es de todos los cristianos. Es de quienes gastan el dinero sin una clara conciencia social» (El Jesuita – pag 105). Así habla un comunista en la Iglesia.

Gastar el dinero sin una clara conciencia social: Ya no existe el pecado de avaricia, de codicia, de usura, de egoísmo, de idolatría del dinero, sino sólo hay que ver la conciencia social: vives para los problemas de la gente o vives sólo para tus problemas.

No existe el pecado, sino los problemas. Y, entonces, claro, los países viven una situación de pecado, porque no toman conciencia social.

La Jerarquía del demonio siempre habla como Francisco: lleva a la calle, al mundo; pone al hombre como el centro de todo.

«Creo en el hombre. No digo que es bueno o malo, sino que creo en él, en la dignidad y la grandeza de la persona» (El Jesuita – pag 160). Creo en el hombre, pero no en Dios.

Y, por eso, continúa: «hay gente que pasa hambre. Esto revela una falta de conciencia social. Cuanto mucho unas pocas veces damos una limosna, incluso, sin mirar a los ojos a los pobres, como una forma de lavar culpas» (El Jesuita – pag 106).

Está atacando directamente la doctrina católica sobre la limosna, que expía los pecados. Ataca a la Palabra de Dios: “Buena es la oración con el ayuno, y mejor la limosna que acumular tesoros de oro; porque la limosna libra de la muerte, y es ella que borra pecados y hace hallar misericordia y vida eterna” (Tb 12, 8-9)

No laves tus culpas haciendo limosnas de vez en cuando, tienes que tener una conciencia social. Déjate del pecado, de su expiación, de la salvación del alma. Llena el estómago de una gente que pasa hambre y te vas cielo directamente:

«es un deber compartir la alimentación, el vestido, la salud, la educación con nuestros hermanos. Algunos podrán aseverar: “¡Qué cura comunista éste!”. No, lo que digo es Evangelio puro. Porque, ojo, vamos a ser juzgados por esto. Cuando Jesús venga a juzgarnos le va a decir a algunos: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me visitaste.” Y, entonces, se le preguntará al Señor: “¿Cuándo hice esto porque no me acuerdo? Y el responderá: “Cada vez que lo hiciste con un pobre lo hiciste conmigo.” Pero también le va a decir a otros: “Váyanse de acá, porque tuve hambre y no me dieron de comer.” Y, también, nos reprochará el pecado de haber vivido echándole la culpa por la pobreza a los gobernantes, cuando la responsabilidad, en la medida de nuestras posibilidades, es de todos» (El Jesuita – pag 107).

Así interpreta este hombre el pasaje sobre el Juicio Final: en clave comunista: has dado de comer, al cielo. No has dado de comer, al infierno.

¡Si el juicio final fuera así de sencillo, entonces no habría ese juicio, porque todos se iban a salvar. ¿Quién no ha dado una comida a un pobre? Cualquier hombre ha hecho eso. Pero la cuestión no está en dar la comida o en no darla. La salvación está en dar de comer como lo hizo Cristo. Y la condenación está en dar de comer como lo hacen los hombres. Cristo, para dar algo material, primero enseña y da lo espiritual: «Buscad primero el Reino de Dios y los demás por añadidura». En este pasaje el Señor enseña la caridad del prójimo por amor a Él. Francisco enseña la caridad del prójimo por amor al prójimo. Enseña su comunismo: la conciencia social.

«Si bien en la doctrina del marxismo, tal como es concretamente vivido, pueden distinguirse estos diversos aspectos, que se plantean como interrogantes a los cristianos para la reflexión y para la acción, es sin duda ilusorio y peligroso olvidar el lazo íntimo que los une radicalmente, el aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, el entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista, omitiendo el percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta a la que conduce este proceso» (Pablo VI).

No see puede ser marxista sin amar su ideología; no se puede predicar la teología de los pobres y no ser marxista en la ideología. Quien ama el comunismo quiere una sociedad y una Iglesia totalitaria y violenta.

Francisco quiere una Iglesia comunista:

—«¿Usted quiere decir que no hubo una condena en bloque como suele pensarse popularmente?»

—«Claro. Tampoco hablaría de una condena en el sentido legal de ciertos aspectos, sino de una denuncia. La opción preferencial por los pobres es un mensaje fuerte del post concilio. No es que no haya sido proclamado antes, pero el post concilio lo enfatizó. La mayor preocupación por los pobres que irrumpió en el catolicismo en los años sesenta constituía un caldo de cultivo para que se metiera cualquier ideología. Esto podría llevar a que se desvirtuara algo que la Iglesia pidió en el Concilio Vaticano II y viene repitiendo desde entonces: abrazar el camino justo para responder a una exigencia evangélica absolutamente insoslayable, central, como la preocupación por los pobres, lo que a mi juicio aparece maduro en la conferencia de obispos de Aparecida» (El Jesuita – pag. 82-83).

La Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis Nuntius, condenó los desvíos de la teología de la liberación:

«La presente Instrucción tiene un fin más preciso y limitado: atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista (…)obedece a la certeza de que las graves desviaciones ideológicas que señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres» (Declaracion).

Se pone la atención sobre aspectos ruinosos para la fe y la vida cristiana. No es sólo una denuncia de algo que está mal; es una condena de la teología de la liberación que sigue la ideología marxista. Porque hay una teología católica de la liberación, que no tiene nada que ver con lo que propone esta teología de los pobres, que «está enraizada en la Palabra de Dios, debidamente interpretada» (Ibidem).

El Concilio Vaticano II no dio ningún mensaje fuerte sobre la opción por los pobres, porque en la Iglesia no existe esta opción. En la Iglesia ni se opta por los pobres ni por los ricos. La opción por los pobres es el lenguaje propio del marxismo, de la ideología marxista. No es el lenguaje propio de un católico. El católico en la Iglesia sólo mira a Cristo y sólo elige a Cristo. Lo demás, es marxismo.

«El presente documento sólo tratará de las producciones de la corriente del pensamiento que, bajo el nombre de «teología de la liberación» proponen una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma» (Ibidem). Es claro que es una condena de esta teología: lo que se aparta gravemente de la de la Iglesia es para ser condenado, no para hablar de ello, no para ser denunciado de alguna manera.

«Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a las tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz de la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial en favor de los pobres» (Ibidem). La teología de la liberación se apoya en una filosófica condenada por la Iglesia (el Racionalismo), que corrompe el significado de los pobres en la Iglesia por basarse sólo en la idea racional del pobre, anulando la idea evangélica que Cristo predicó.

El Papa Bendicto XVI recordando esta condena, dijo que «en ella se subrayaba el peligro que implicaba la aceptación acrítica, por parte de algunos teólogos, de tesis y metodologías provenientes del marxismo. Sus consecuencias más o menos visibles, hechas de rebelión, división, disenso, ofensa y anarquía, todavía se dejan sentir, creando en vuestras comunidades diocesanas un gran sufrimiento y una grave pérdida de fuerzas vivas». (Documento)

—«Entonces ¿considera que hubo teólogos de la liberación que equivocaron el camino?»

—«Desviaciones hubo. Pero también hubo miles de agentes pastorales, sean sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos jóvenes, maduros y viejos, que se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra, son fuente de nuestro gozo. El peligro de una infiltración ideológica fue desapareciendo en la medida en que fue creciendo la conciencia sobre una riqueza muy grande de nuestro pueblo: la piedad popular. Para mí lo mejor que se escribió sobre religiosidad popular está en la exhortación apostólica de Paulo VI Evangelii Nuntiandi y lo repite el documento de Aparecida en lo que es para mí su página más bella. En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo» (El Jesuita – pag. 82-83).

Desviaciones hubo, pero no equivocaron el camino. Hubo cantidad de gente que se comprometieron con el marxismo: son fuente de nuestro gozo. La ideología marxista decreció porque existió la conciencia de la piedad popular. ¡Terrible herejía la que manifiesta este hombre! El error sólo se combate con la verdad. Si la teología de la liberación ha decaído es porque se ha dicho la Verdad, no porque se dé una conciencia que no existe.

La conciencia de la piedad popular es el creacionismo o evolucionismo, que es puro comunismo: «En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo». Esto se llama populismo, que es una vertiente del marxismo. La fe está en el pueblo, no en la Jerarquía. Hay que interpretar el Evangelio según la sabiduría popular, no según la sabiduría divina, que es dada a la Jerarquía, que la tienen los Obispos y sacerdotes en el Poder Divino que se les confiere en la ordenación: guiar, enseñar y santificar. El pueblo no sabe nada, no enseña nada, no es guía de nada. Es la Jerarquía la que tiene la sabiduría, el poder, el camino para santificar.

Los problemas de la gente no son los problemas de la Iglesia, no son los problemas de Cristo. Cristo viene a salvar al hombre, no viene a resolver problemas de la gente. Y, por eso, Cristo pone a sus sacerdotes para llevar a las almas al Reino de Dios, que no pertenece al pueblo, no es de este mundo, no está mirando, no está abocado a resolver los asuntos de los hombres, que es lo que busca la teología de la liberación. Del pueblo no se saca nada. Es del Corazón de Cristo donde se saca la Verdad, la Vida y la Gracia para el pueblo, para los hombres.

• Francisco es un revolucionario comunista, que aprendió el comunismo de una mujer:

«Allí tuve una jefa extraordinaria, Esther Balestrino de Careaga, una paraguaya simpatizante del comunismo (…) Me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer» (El Jesuita – pag 34). «Tanto me enseñó de política» (pág. 147-148).

Una mujer (vida) que luchó por una idea revolucionaria toda su vida (tempranamente comenzó a militar en el febrerismo, movimiento de fuerte tinte socialista, con un programa antiimperialista, de liberación nacional) y que, cuando se encontró con el dolor en su vida (el 13 de septiembre de 1976 fue secuestrado su yerno, Manuel Carlos Cuevas, marido de su hija Mabel. Otro 13, esta vez de junio del 77, fue secuestrada su hija menor, Ana María, en ese entonces de apenas 16 años y embarazada de tres meses), decidió transformar ese dolor en odio hacia la verdad. No supo aceptar ese sufrimiento por amor a Dios, sino que fundó un movimiento que habría de convertirse en un símbolo mundial de lucha y resistencia: las Madres de Plaza de Mayo (texto).

Esta mujer, que desapareció y finalmente fue asesinada por la dictadura del General Videla, «Actualmente, está enterrada en la iglesia de Santa Cruz. La quería mucho» (El Jesuita – pag 34).

¿Qué hace una terrorista enterrada en una Iglesia Católica? ¿No hay cementerios comunes para esta clase de personas?

«Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:

1. a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;

2. a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;

3. a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles» (CIC 1184).

Esta mujer, ¿mostró alguna señal de arrepentimiento? ¿Dejó sus ideas marxistas, revolucionarias, para solo luchar por Cristo? Ciertamente que no. Y, entonces, Francisco cometió un grave sacrilegio y una profanación del lugar sagrado. E hizo este pecado sólo por su amor al comunismo, que le ciega para ver la Verdad.

Francisco cuenta la profanación como un logro y una fiesta. Francisco lloró (noticia) cuando el cuerpo de esta mujer fue encontrado e hizo todas las diligencias para que fuese enterrada en el jardín de la Iglesia Santa Cruz (noticia), junto a María Ponce de Bianco, una de las tres madres secuestradas con ella. Con posterioridad también fueron sepultadas allí la Hermana Léonie Duquet y la activista Ángela Auad (activista social argentina del Partido Comunista Marxista Leninista, que actuaba con la asociación de las Madres de Plaza de Mayo).

Su hija la recuerda de esta manera: “Gracias por la ideología que no abandonaste en los momentos aún más difíciles. Gracias por el anhelo de justicia e igualdad social que supiste transmitirnos. …además de una revolucionaria con mayúsculas, fuiste una gran madre” (noticia)

Francisco le debió mucho a esta mujer, a esa ideología marxista que le enseñó y que nunca más abandonó Francisco; y, por eso, la enterró en una Iglesia. Quien ama el pecado obra el pecado. Quien ama la idea comunista, obra como tal. Ya no sabe discernir lo que es bueno y lo que es malo. Sólo vive para los hombres y mujeres comunistas, pero no para los demás.

Y ¿en qué se basa Francisco para obrar así? En su teología de la liberación. Para esta teología el compromiso de Jesús con los oprimidos de su tiempo provocó un enfrentamiento con los poderes religiosos-políticos y económicos que lo llevó a la muerte. Jesús es un hombre revolucionario que trabaja por la idea del hombre, la idea de los pobres, oprimidos por el hombre, esclavos de los hombres.

Y, entonces, Cristo muere porque los hombres se oponen a esta idea. Cristo trajo una idea revolucionaria al hombre y murió por esa idea. Para la teología de la liberación, María se convirtió en hija de su hijo; es decir, que María, una vez que fue asesinado su hijo en la cruz, tomó conciencia y se comprometió en la idea revolucionaria de su hijo: hay que luchar por los oprimidos, por los desaparecidos, por los perseguidos por la justicia de los hombres. Y, por eso, se reúne con los Apóstoles para iniciar la iglesia de la revolución. Por eso, las Madres de Plaza de Mayo están haciendo lo mismo que hizo María: luchando por sus hijos y, de esa manera, están obrando el Reino de Dios, es decir, creando una sociedad igualitaria, justa y fraterna.

Y, entonces, se entierra a las madres comunistas, revolucionarias, en la Iglesia porque han trabajado por el Reino de Dios, por una sociedad de amigos comunistas. Grave profanación de la Iglesia Católica a manos de un Obispo comunista.

«Hay también quienes ven actitudes de revanchismo. ¿Cree que el papel, por caso, de la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, ayuda a la búsqueda de la reconciliación?» (El Jesuita – pag 139). La pregunta que le hacen a Francisco es ¿si esta mujer, que es un monumento al odio, sirve para la reconciliación del mundo? Es una pregunta con malicia. Es una pregunta para que se descubra el verdadero pensamiento de Francisco.

Hebe de Bonafini ha apoyado a figuras como el Che Guevara, Augusto Sandino, Yasir Arafat, Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales. También ha manifestado apoyo a los aborígenes americanos. Se ha manifestado en contra del neoliberalismo y del FMI, vistos por ella como la «corporación del poder». Ha manifestado su apoyo a las FARC en Colombia (noticia) . Ha manifestado su apoyo a las madres de los presos etarras. En el año 2000 publicó una carta abierta en la página web de la asociación que preside, en la cual expresaba que de los más de 650 presos vascos, muchos están presos simplemente por lo que piensan, o por lo que escriben, o por «conocer a alguien que conoce a alguien» (noticia) .

Sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 declaró (noticia) :

«Cuántas veces nos dijeron qué era el capitalismo, qué era la represión, qué era Estados Unidos, cómo se formaban los militares para torturar. […] Por eso cuando pasó lo del atentado y yo estaba en Cuba visitando a mi hija, sentí alegría. Y me puse contenta, por qué no. A algunos les parecerá mal. Cada uno evaluará y pensará. Yo no voy a ser falsa. Brindé por mis hijos, brindé por tantos muertos, contra el bloqueo, por todo lo que se me venía a la cabeza. Brindé por los valientes. Brindé por los hombres que hicieron una declaración de guerra con el cuerpo. Una declaración de guerra inesperada para todos. Pero una declaración de guerra para algo que EE.UU no puede atacar porque no sabe a quién, ni cómo, ni dónde llegar(…)No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada. No me dolió para nada, porque siempre digo en mis discursos, decimos las madres, que nuestros hijos serán vengados el día que el pueblo, algún pueblo sea feliz. […] Yo sentí que la sangre de tantos en ese momento era vengada. […] En ese atentado no murieron pobres, poblaciones, no murieron niños, no murieron viejos».

Esta mujer, que brinda por la muerte, por la guerra, por el odio, por la venganza, ¿ayuda a la reconciliación? Y contesta:

“Hay que ponerse en el lugar de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos, que eran carne de su carne; ni supo cuánto tiempo estuvieron encarcelados, ni cuántas picaneadas, cuántos latigazos con frío soportaron hasta que los mataron, ni cómo los mataron. Me imagino a esas mujeres, que buscaban desesperadamente a sus hijos, y se topaban con el cinismo de autoridades que las basureaban y las tenían de aquí para allá. ¿Cómo no comprender lo que sienten?” (pág. 139).

Pongámonos en los sentimientos humanos: de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos. Hay que comprender lo que sienten. Y, por tanto, lo que hace es para la reconciliación. Esta mujer se topó con el cinismo de gobiernos que la basureaban. Ellos son los malos de la película, que odian y no permiten la paz. Esta mujer es una santa porque lucha por una idea santa: su hijos.

Esta mujer es una víctima de la sociedad que no comprende su sufrimiento. Esta mujer es la buena; enemiga de todo lo bueno y amiga de todos los malos. A esta mujer hay que dedicarle una palabra de comprensión y de consuelo. A las demás mujeres, católicas, que también han perdido sus hijos, a las mujeres a quienes los seguidores de Bonafini asesinaron a mansalva, nada de nada.

Los buenos, para Francisco son Angelelli, Mugica, los palotinos, las monjas francesas, los curas tercermundistas con el Padre Pepe Di Paola a la cabeza (pág. 106), los grandes heresiarcas “Hesayne, Novak y De Nevares” (pág. 140), los “teólogos de la liberación” que “se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra” (pág. 82), los redactores de “Nuestra Palabra y Propósitos”, publicaciones ambas del Partido Comunista (pág. 48), y hasta el mismísimo Casaroli, a quien insensatamente pone de ejemplo (pág. 78), omitiendo que fue el artífice de aquella siniestra y ruinosa felonía denominada Ostpolitik. Para el Cardenal Mindszenty Casaroli era la imagen negra y enlodada de la “Iglesia de los Sordos”, negociadora ruin de la sangre mártir. Para Bergoglio, Casaroli es un modelo de la “Iglesia Misionera” (pág. 78), iglesia comunista que va en busca de la destrucción de toda idea religiosa.

Francisco encomia a los peores lobos, todos rojos, y reduce a la nada a quienes debería tener por arquetipos.

A esta mujer, que odia a todo el mundo, que se moviliza para protestar, la gloria de la Iglesia, pero a los católicos que hacen una marcha en contra del preservativo los fustiga:

«Dejamos de lado una catequesis riquísima, con los misterios de la fe, el credo y terminamos centrándonos en si hacemos o no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del preservativo» (El Jesuita – pag 89). Predica el Evangelio, da de comer, pero no te metas con el sexo. Que cada uno haga lo que quiera en el campo sexual:

«Y dentro de la moral —aunque no tanto en las homilías como en otras ocasiones— se prefiere hablar de la moral sexual, de todo lo que tenga algún vínculo con el sexo. Que si esto se puede, que si aquello no se puede. Que si se es culpable, que si no se es culpable. Y entonces, relegamos el tesoro de Jesucristo vivo, el tesoro del Espíritu Santo en nuestros corazones, el tesoro de un proyecto de vida cristiana que tiene muchas otras implicancias más allá de las cuestiones sexuales» (Ibidem).

El Evangelio que predica Francisco no es el de Cristo: es uno sin moral. Jesús no predicó una moral ni para el alma ni para el cuerpo. Jesús predicó una idea política y eso es lo que importa. Lo moral, si esto se puede o no se puede, eso es un dolor de cabeza. Déjate de moralidades, de leyes, de teologías sexuales. Si quieres usar el preservativo, úsalo. Eso no interesa. Lo que interesa es tu conciencia social: acuéstate con un homosexual para hacerle feliz.

“Con ocasión de la llamada Ley de Salud Reproductiva, algunos grupos de élites ilustradas de cierta tendencia querían ir a los colegios para convocar a los alumnos a una manifestación contra la norma porque consideraban, ante todo, que iba contra el amor […] Pero el Arzobispado de Buenos Aires se opuso a que los chicos participaran por entender que no están para eso. Para mí es más sagrado un chico que una coyuntura legislativa […] De todas maneras, aparecieron algunos colectivos con alumnos de colegios del Gran Buenos Aires. ¿Por qué esta obsesión? Esos chicos se encontraron con lo que nunca habían visto: travestis en una actitud agresiva, feministas cantando cosas fuertes. En otras palabras, los mayores trajeron a los chicos a ver cosas muy desagradables” (El Jesuita – pag 90).

Los grupos de élite ilustrada son los católicos pro vida, que querían movilizarse con sus familias para hacer frente a esa embestida legal contra la Ley natural que Ginés González García, Ministro de Salud de Néstor Kirchner quería coronar. Monseñor Baseotto, fue difamado, calumniado y perseguido por haber osado recordarle a este señor las prescripciones evangélicas pertinentes.

Esta embestida legal es para Francisco una coyuntura legislativa, no es una acción pecaminosa, deleznable, ruinosa de la sociedad. Y, por ser eso, entonces no vale la pena movilizar a la juventud. No hay que combatir el error. Es más sagrado el chico que la coyuntura legislativa. Esta es la contradicción. Si no se lucha contra el error, contra la maldad, los chicos se abortan, viven del sexo desenfrenado, viven fuera de lo sagrado. Y, entonces, los malos ya no son los gobernantes, los que ponen esa ley antinatural, sino que los malos son esos grupos de élite ilustrada que permitieron que sus hijos vieran cosas desagradables: travestís, feministas…

¿Es que hay algo más desagradable que pudiera ver un joven, que la ruina de su patria y del lugar santo, sin intentar siquiera una reacción vigorosa y entusiasta? ¿Es que la culpa de la desagradable visión no la tienen los degenerados que arman el espectáculo indecente de su impudicia, sino los que instan a concurrir a todos en defensa del Bien?

Así piensa un comunista: es la conciencia social, no es el pecado. Es lo bueno y lo malo que cada uno ve con su mente humana y en la sociedad. Es inventarse una moral, sin moral, sin ley divina y sin ley natural. Una moral para una sociedad degenerada, que sólo vive de acuerdo a su filosofía de la vida, mirando al hombre, pero sin acordarse, para nada, de Dios.

Quien no ofrenda su vida por Cristo, la hace por el hombre. Y se convierte en una persona totalitaria y violenta, como Francisco. Tuvo su maestro en una mujer violenta, marxista, revolucionaria, que odiaba la verdad en el hombre, que convirtió la vida del hombre en un pasaje oscuro y tenebroso en su mente humana. De tal palo, tal astilla. Así es Francisco: el oscuro comunista que lleva a las almas al fondo del precipicio de donde nadie puede salir.

Francisco no pertenece a la Iglesia Católica

Primer anticristo

“Cuando busco más a fondo – dijo el Papa – me parece que es más bien una especie de moda [“fashion” en el original inglés de la noticia]. Y si se trata de una moda, por lo tanto, no es una cuestión que necesite mucha atención. Sólo es necesario mostrar un poco de paciencia y amabilidad con las personas que son adictas a una cierta moda. Pero considero de gran importancia profundizar en las cosas, porque si no profundizamos, ninguna forma litúrgica, ésta o aquélla, nos puede salvar “. (Francisco al Arzobispo Jan Graubner, de Olomouc – Ver original)

¿Qué creían que Francisco iba a hacer cuando se sentó en la Silla de Pedro? Anular la Eucaristía. Pero necesita tiempo. Dio un palo a los Franciscanos de la Inmaculada, porque siguen una liturgia que ha santificado a muchas almas en la Iglesia durante siglos. Y eso no le gusta a Francisco porque él vive para condenar almas, no para indicarles el camino de la santidad.

La liturgia para este hombre del demonio, sentado en la Silla de Pedro, para hablar las palabras del demonio, que es su padre espiritual, es sólo una moda, es sólo el tiempo de los hombres, sus culturas, sus ideologías lo que hace la liturgia. Y, por tanto, en un mundo abocado a dar culto al hombre, hay que hacer una liturgia, una eucaristía que dé culto al hombre.

“Sólo es necesario mostrar un poco de paciencia y de amabilidad”: éste es el gran engaño de Francisco: un lobo que se viste de paciencia y de amabilidad, para después, atacar la verdad en la Iglesia, para destruir las almas y darles el alimento de la condenación. Con una sonrisa Francisco destruye la Verdad en la Iglesia. Con un gesto de amabilidad. Con su nefasto evangelio de la fraternidad, Francisco da a la Iglesia el camino de la condenación.

“La liturgia no es una cuestión que necesite mucha atención”; es decir, Cristo es una basura en la Iglesia. A Cristo no hay que atenderlo. La Misa no es lo importante en la Iglesia. Los sacerdotes no son lo principal en la Iglesia: si un sacerdote celebra como un payaso una Eucaristía eso es bueno, eso es la moda, eso tiene que ser una Misa. Lo importante es vestirse como un payaso. Eso es la moda. Eso es lo que quieren las nuevas generaciones de sacerdotes.

¿Qué se puede esperar de un hombre que está sentado en la Silla de Pedro y que no ama la Eucaristía? Y quien no ama a Cristo, quien no le dedica el tiempo de su vida e intenta imitarlo hasta en los más pequeños detalles de una celebración eucarística, entonces destruye la misma Iglesia.

La Iglesia es la Eucaristía. Según se trate la Eucaristía así está la Iglesia. Según los sacerdotes y los Obispos celebren una Eucaristía, así se obra la verdad en la Iglesia o la mentira. Todo depende de cómo el sacerdote celebre una misa. Todo en la Iglesia está pendiente de la acción eucarística de los consagrados.

Si la Jerarquía no cuida a Cristo en la Santa Misa, se acabó la Iglesia. Si la Jerarquía ve la Santa Misa como una moda, la consecuencia es clarísima: se destruye la Eucaristía, se anula a Cristo en la Iglesia. Se acaba la Iglesia.

Esta verdad no se medita en profundidad por los sacerdotes y Obispos. Muchos de ellos ya no celebran la Misa, sino que hacen su comedia en el altar, porque no sólo hay que tener intención de celebrar la misa, sino que es necesario tener fe en lo que se obra.

Muchos dicen las palabras correctas de la consagración, con una recta intención, pero no tienen fe. Porque la intención no está en decir las palabras, sino en creer en lo que se dice.

Muchos dicen las palabras pero no creen en lo que están diciendo. Ésta es la obra de teatro de muchos sacerdotes y Obispos. Y esto es lo que hace Francisco cada día: dice las palabras de la consagración, pero no cree en ellas. Tiene intención de decir las palabras, pero no tiene intención de obrar lo que dice, porque no cree.

Éste es el punto que muchos no disciernen en los Sacramentos. La intención no está en lo exterior de la acción, de las palabras. La intención está en la voluntad de la obra. Se dicen unas palabras, se hacen unos gestos, unos ritos, para una obra sobrenatural. Si se anula esa obra sobrenatural, sólo queda la obra natural, lo exterior de acción litúrgica.

Y para anular la obra sobrenatural es necesario no tener fe en lo que se está realizando.

Si un sacerdote se viste de payaso para celebrar una misa, eso señala que no tiene fe y, por tanto, está haciendo una comedia. Y, cuando da la comunión, está obligando a dar culto a las personas a un trozo de pan. Se adora a un pan, pero no a Cristo. Y esto produce dentro de la Iglesia una Justicia Divina. La acción de ese sacerdote que celebra de esa manera abre la puerta del infierno para hacer caminar a toda la Iglesia hacia la condenación. Y esa acción de ese sacerdote se siente en toda la Iglesia, no sólo en ese lugar que se hizo ese sacrilegio.

Cuando un sacerdote, de forma clara, predica herejías; es decir, va en contra de los dogmas, de las verdades de la Iglesia, y así lo predica a sus fieles; entonces sólo hace su obra de comedia en el altar. Es el caso de Francisco y de todo su gobierno horizontal, que es un gobierno de herejes. Claramente predican y obran sus herejías, porque van en contra de muchos dogmas, que hay que creer para tener fe.

Quien anule un dogma, ya pierde la fe. Por el solo hecho de no creer en la Inmaculada, la persona ya no tiene fe. Por el solo hecho de no creer en el infierno, la persona ya no tiene fe. O se creen en todos los dogmas o no hay fe. O estás con Dios o estás con el demonio, pero no puedes servir a dos señores.

Es muy fácil perder el don de la fe, hoy día, dentro de la Iglesia. Se está predicando mentiras, engaños, herejías, falsedades. Y eso quita la fe de las almas. Y las almas ya no creen en el pecado, ni en el purgatorio, ni en el infierno, ni en otras muchas verdades, y eso la pérdida de la fe. Eso es la apostasía de la fe.

Predicar mentiras desde el púlpito es llevar a la Iglesia hacia la condenación. Y es lo que se está haciendo en toda la Iglesia desde que Francisco subió a la Silla de Pedro.

Predicar un comunismo y un protestantismo, como lo hace Francisco todos los días, eso es la apostasía de la fe. Estamos ante una Iglesia sin fe, que va camino del infierno llevada por las palabras tiernas, amables, pacientes, dulces de un hereje.

¡Esta es la realidad que muchos no quieren aceptar en la Iglesia! ¡Esta es la única realidad!

Muchos sacerdotes y Obispos engañan a muchas almas en la Iglesia porque ya han perdido la fe en Cristo, la fe en la Palabra de Dios, la fe en la Obra de Cristo, que es la Iglesia. Y, por eso, son como los fariseos: construyen su iglesia a su manera humana, según sus ideales humanos, según las modas de los hombres, según sus culturas, según la necedad que haya en cada mente humana.

Y esto es solo Francisco: un hombre sin sabiduría divina, sin la gracia divina, sin el Espíritu Divino y, por tanto, un hombre que no sólo es pecador, como todos los hombres somos, sino que es un amador de su pecado. Ama su pecado. Y quien ama su pecado, odia la ley divina.

«Amo tu ley y odio mi iniquidad» (Sal 119, 113). No se puede amar la ley de Dios, no se puede cumplir los mandamiento de Dios si se ama el pecado, si se vive en el pecado, si se hace del pecado una vida, una obra, un bien, una verdad, un derecho, una obligación.

Quien ama su pecado en la Iglesia destruye la Iglesia. Cristo ha puesto un camino para quitar el pecado: el sacramento de la Penitencia. Ya no hay excusa para seguir en el pecado. Ya está la Gracia que vence todo pecado. Pero como las almas no creen en el pecado, entonces hacen de la confesión un lugar para desahogarse, pero no para quitar el pecado. Y quien no cree en el pecado, quien no va a la confesión para quitar el pecado, ya perdió la fe, ya no puede salvarse. Y aquel sacerdote que en la confesión dice que ya no existen pecados, que ese pecado que le dice el penitente no es pecado, entonces ya no absuelve, porque ya no tiene fe.

Quien ama su pecado, destruye la Iglesia, porque está dentro de Ella obrando su iniquidad. Y eso produce la división de toda la Iglesia. Eso marca un camino de demonios dentro de la Iglesia. Quien ama su pecado, obra su pecado y, por tanto, obra lo que el demonio quiere dentro de la Iglesia. Camina junto al demonio realizando lo que él quiere en la Iglesia.

No son tiempos en la Iglesia para estar diciendo que todo va bien y que ya Dios quitará está situación, que ya Dios resolverá. Que es mejor seguir a Francisco, acomodarse a sus estupideces; que no importa sus palabras; que no son magisteriales; que la infalibilidad de un Papa no hay que verla así, hay que entenderla de otra manera. Ya Benedicto XVI renunció, y la vida sigue. Por tanto, hay que apoyar a Francisco porque así lo quiere Dios. Así piensan muchos por su falta de fe.

Si creyeran en las mentiras que dice Francisco, entonces tendrían fe y lucharían en contra de Francisco, y le dirían que se vaya de la Silla de Pedro, porque está haciendo mucho mal con sus mentiras, con sus engaños, con sus declaraciones, con sus escritos, con su evangelio de la fraternidad, con su cultura del encuentro. ¡Muchísimo daño! Pero ya ven las mentiras de Francisco como verdades. Se acabó la Iglesia.

Si hubiera fe en la Jerarquía de la Iglesia entonces obrarían en contra de Francisco. Pero han perdido la fe y todos están haciendo su comedia en la Iglesia. Todos se dedican a hacer una iglesia más humana, más fraterna, más materialista, más comunista, más protestante, más pecadora. Y ¿por qué? Porque no tienen fe. En consecuencia, está en la Iglesia para agradar a los hombres, para contentar a Francisco y para decir que hay que obedecer al Papa.

Y la Iglesia no la hace Francisco ni su gobierno de herejes. La Iglesia no vive de herejías, ni de mentiras, ni de fraternidades, ni de comunismos. La Iglesia es la Obra de la Verdad. Y la Verdad es Cristo. Y aquellos, como Francisco y toda la Jerarquía que le acompaña, que le da culto a su necio pensamiento de hombre, que sólo mira el comunismo y el protestantismo, haciendo de la Iglesia una opción para caminar hacia el infierno,, no son Iglesia, no hacen Iglesia, no pertenecen a la Iglesia verdadera, a la Iglesia Católica.

Francisco no es de la Iglesia Católica. Él se ha inventado su iglesia en Roma. Y a consolidar esa nueva iglesia es por lo que está trabajando. Y, por eso, le importa poco la liturgia y la celebración de la santa misa. Él está para profundizar en su pecado y hacer que toda la Iglesia camine en su mismo pecado. Y hay que tomar partido ya en la Iglesia: o con Francisco o en contra de Francisco. O con el anticristo o en contra del anticristo. O con la mentira o en contra de la mentira.

Después de un año de la renuncia de Benedicto XVI sólo queda una cosa: irse de las estructuras de Roma porque ya no sirven para ser Iglesia ni para hacer la Iglesia. Esa es la enseñanza que ha dejado la renuncia del Papa verdadero, auténtico, legítimo, que es Benedicto XVI.

Francisco es un impostor, un lobo vestido de Papa, que sólo sirve para condenar a las almas al infierno. Y las lleva con una sonrisa en los labios, con un gesto de amabilidad, con un abrazo infernal.

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