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Sin la Verdad Absoluta, cualquier error guía el pensamiento humano

todoloqueviene

Dios es la primera y suma verdad, es decir la Verdad Absoluta, que no cambia, que siempre es Verdad, es eterna, permanece como Verdad y sólo se apoya en Sí Misma.

Hablar de la Verdad Absoluta es hablar de Dios. Y negar que exista la Verdad Absoluta es negar que exista Dios.

«Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad «absoluta», en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación!» (texto)

Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad «absoluta: El creyente no puede creer en la Verdad Absoluta. Luego, la fe del hombre es siempre algo humano, nunca algo divino. No es un don de Dios, es el invento de la cabeza de cada hombre.

Lo absoluto es aquello que es inconexo, que no tiene una conexión, una salida, un camino, una relación. Es decir, no existe lo absoluto. Luego, no existe el ser Absoluto, que es Dios. Si Dios existiera como absoluto no habría un camino para llegar a Él. Luego, Dios existe como verdad relativa; es decir, cada hombre se inventa su dios, su concepto de Dios, su concepto de iglesia, su concepto de Cristo, etc. Francisco se carga a Dios, lo anula en una frase.

a. Consecuencia: cuando Francisco habla de Dios, está hablando de su concepto humano de Dios, de su lenguaje humano sobre Dios. Nunca habla del Dios verdadero, porque no es capaz de creer en Él: no existe.

b. Otra consecuencia: si Dios no existe, entonces Dios no habla y la Revelación Divina, el Evangelio, la Biblia, es el invento de los hombres, es la creación de las diversas mentes humanas a lo largo de la historia.

c. Otra consecuencia: Si Dios no ha Revelado nada, entonces no existe la Iglesia. La Iglesia es sólo el invento de la cabeza de Jesús, que es un hombre, una persona humana, pero que no es Dios, para Francisco.

d. Otra consecuencia: la salvación o la condenación de los hombres es sólo un lenguaje de la época. No es un lenguaje actual. Hoy día, es necesario predicar otras cosas y dar a esa salvación y condenación otro punto de vista, más acorde a lo que los hombres viven. Hay que salvar estructuras que sirvan para la vida de los hombres y condenar aquellas que impidan que los hombres se desarrollen. Y, por eso, dice:

«Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular» (ibídem). Hay que salvarse en una estructura adecuada: en aquella en que se da una serie de relaciones adecuadas entre todos los hombres. Dios salva al hombre que hace comunidad, que hace pueblo, que hace una sociedad, un gobierno, una estructura. Dios no salva al hombre solo. Y, por eso, es necesario crear estructuras que salven a los hombres, crear iglesias en la que entren todos los hombres. No se puede tener una Iglesia dogmática, universal, porque en ella no se salvan todos los hombres, sino unos pocos.

«El pueblo es sujeto. Y la Iglesia es el pueblo de Dios en camino a través de la historia, con gozos y dolores. Sentir con la Iglesia, por tanto, para mí quiere decir estar en este pueblo. Y el conjunto de fieles es infalible cuando cree, y manifiesta esta infalibilidad suya al creer, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina» (Ibidem).

a. El alma no es el sujeto de la salvación ni de la santificación. El alma no es el sujeto del Reino de Dios. El alma no es el sujeto de la Iglesia. Es el pueblo, la comunidad, un conjunto de hombres: esto es el populismo o marxismo.

b. La Iglesia es ese conjunto de hombres en la historia: Jesús no fundó una Iglesia divina, sino una asociación de hombres de acuerdo a la situación histórica que le tocó vivir. Y, por eso, ese grupo de hombres fue creciendo hasta convertirse en la Iglesia de hoy, que ya no sirve a la mentalidad moderna, y que hay que cambiarla. Busquemos nuevos caminos para la Iglesia, nuevas formas de vivir el lenguaje humano sobre la Iglesia.

c. Si no sientes con el pueblo no eres Iglesia. Si buscas tu salvación, tu santificación, no eres iglesia. Si no cargas con los problemas económicos de tus hermanos, no eres Iglesia. Si no llenas estómagos, no eres iglesia…

Consecuencia: se niega la fe en la persona humana y se pone la fe en un pueblo. Si el pueblo cree, entonces hay que obrar. Si el pueblo no cree, entonces no hay que obrar. Lo que importa es lo que cree la mayoría, no una minoría, no una clase social, no una Jerarquía. Hay que votar para ver lo que la mayoría de las personas quieren en la Iglesia. Votemos para que los homosexuales puedan casarse o para que las mujeres sean obispos, o para que los sacerdotes se casen, etc.

La verdad es el amor de Dios hacia los hombres en Jesucristo: esto es el gnosticismo. Es la idea gnóstica de la verdad. Al ser la verdad una relación, el hombre tiene que buscar una conexión entre Dios y el hombre: Jesucristo. Y, por tanto, hay que amar a Jesús. Ésa es la verdad. No hay que cumplir con unos mandamientos, porque no existe la Revelación Divina. Jesús no enseñó a Sus Apóstoles una doctrina absoluta, eterna, permanente, que no puede cambiar ni en los tiempos, ni en los espacios de los hombres. No hay que detenerse en los dogmas, porque son sólo un lenguaje humano que ha servido en una época. Ahora, eso no sirve. Ahora, lo que sirve es amar a Jesús. Eso es lo que importa. Que todo el mundo permanezca en sus iglesias amando a Jesús. No hay que convertir a nadie al catolicismo. Esto es lo que Francisco no se harta de predicar todos los días. Y, como hay que amar a Jesús, entonces todos somos iguales, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios.

«El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) y, más aún, en el ser hijos de Dios; cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo» (texto).

Este es el gran error de Francisco, en el cual cae por negar la verdad Absoluta, y al poner la verdad en el amor de Dios: cada ser humano es hijo de Dios. Grandísima herejía. Por eso, él dice que los homosexuales son hijos de Dios.

Francisco no puede discernir la Verdad de la Creación de la Verdad del pecado original. Para él no existen estas dos verdades y, por eso, proclama su herejía.

1. La Verdad de la Creación dice que Dios crea al hombre a su imagen y semejanza: Adán y la mujer fueron creados hijos de Dios.

2. La verdad del pecado original dice que Adán y Eva dejaron de ser hijos de Dios y se convirtieron en hijos del demonio.

Esta verdad, que es espiritual, es negada constantemente por Francisco. Son dos verdades absolutas. Al negarlas, tiene que negar la Obra de la Redención humana por Cristo. Para Francisco, en Cristo todos somos hijos de Dios de nuevo. Es el renacer, la Resurrección. Es la vuelta al principio. Y, por eso, en cada hombre está el rostro de Cristo: «en el rostro de cada persona está impreso el rostro de Cristo» (ibídem). Todos los hombres son cristianos porque aman a Cristo como ellos lo piensan, lo sienten, lo ven. Según cada cual, en su vida, vea a Jesús, así se transparenta en su rostro. Es el puro gnosticismo. Ser de Jesús no es pertenecer a la Iglesia Católica: el fundamento de la dignidad humana no está en ser de un grupo religioso. La moral católica no te hace ser un digno ser humano. No; no te equivoques. Es la moral del mundo lo que te hace ser un digno ser humano: en ser de la humanidad, en ser del pueblo de Dios, en ser del mundo. Y, por eso, hay que construir un mundo mejor, no hay que construir una Iglesia mejor:

«¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado» (Ibidem). Hay que custodiar la Creación, no las verdades de fe, no los dogmas, que son concepciones abstractas. No custodies el Reino de Dios. Custodia el mundo, que es del demonio. Custodia las obras del demonio en el mundo. No te dediques a hacer oración y penitencia por tus pecados, dedícate a ser un hombre verde: posee la ideología ecologista. El pecado está en que se violan los derechos humanos y ambientales de los hombres, porque la riqueza está mal distribuida, porque los recursos de la tierra están mal repartidos. Hay que buscar un bienestar social y económico que sean para todos los hombres, no para unos pocos. Hay que dedicarse a dar de comer, a vestir hambrientos, a poner hospitales, a establecer medios informativos en que todo el mundo aprenda a errar, a mentir, a engañar. Que cada uno dé su herejía y que el otro la respete como herejía, como un valor, un bien que aprovecha a todo el mundo, porque hay que ser fraternos con todo el mundo, hay que dialogar con todas las sectas para aprender una verdad relativa, la que a ti te guste. Tienes que amar a los animales, a las plantas, a todo lo Creado, porque no está maldito. Es una gran bendición lo que Dios ha hecho, pero los hombres, como viven en sus culturas del rechazo, tienen que aprender a vivir en las culturas del encuentro, tiene que aprender la virtud de la solidaridad fraternal. Y, así, todos contentos, bailando, comiendo, disfrutando de la vida, nos vamos al infierno, porque nadie se ocupa de quitar el pecado de sus vidas: «En esto se necesita por parte de todos un cambio de actitud hacia los inmigrantes y los refugiados, el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación –que, al final, corresponde a la “cultura del rechazo”- a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor» (Ibidem).

Con Francisco, todo es cuestión de culturas, pero no del pecado. Quita una cultura, quita una estructura que no sirve, y pon otra, más adecuada a la vida de los hombres. Francisco trabaja con el lenguaje humano, para llegar a los hombres, y así engañarlos con su protestantismo y comunismo.

Como Francisco niega la Verdad Absoluta, tiene que negar la certeza de que Dios habla al hombre y que el hombre lo encuentra:

«Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien… Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda». (texto)

• Algo no va bien cuando los hombres siguen el dogma, la Tradición Divina, el Magisterio auténtico de la Iglesia. Algo no va bien cuando cumples con los mandamientos de Dios, que te ponen en un camino sin certeza. Tienes que dudar de los mandamientos de Dios para que todo vaya bien. Y, entonces, pueden pasar a comulgar los que fornican. Los ateos se salvan porque creen en su conciencia. Hay que bautizar a los hijos de las parejas lesbianas, homosexuales… Si no dudas es que vas mal. La duda es el camino de la Verdad.

Consecuencia: Cualquier pensamiento humano es verdadero si lleva una duda, un error, un engaño, una mentira, una falsedad. Todos piensan bien la vida, con tal de que duden siempre. Esa duda les llevará a la perfección del entendimiento humano. Duda y acertarás.

Consecuencia: Toda obra humana que venga de una duda es buena. Toda obra humana que nazca de una mentira, de un error, es buena. Todo pecado es un valor, un bien, un camino para el hombre.

Consecuencia: no puede darse ni la misericordia ni la justicia divina. Sólo es posible una misericordia falsa, según el lenguaje humano de cada hombre. El hombre, al dudar, no es capaz de ver su pecado y, por eso, Dios lo salva sin más, a pesar de sus dudas, a pesar de sus pecados. Peca fuertemente y estás salvado. Pecar te salva. Es el protestantismo.

Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda: Todos los Papas en la Iglesia han dudado de todo. Nunca han hablado con la verdad Absoluta. No son posibles los dogmas. Los dogmas son sólo el lenguaje de los hombres. Y, en ese lenguaje, hay dudas, hay errores. Un dogma es un error y, por tanto, hay que corregir ese error, poniendo otro lenguaje humano, que haga salir de ese error, de esa duda. Hay que cambiar los dogmas, porque no son absolutos, sino relativos a las circunstancias de las vidas humanas. Cada época tiene sus dogmas.

Consecuencia: no existe nada. Sólo lo que los hombres piensan y deciden en cada momento de sus vidas. La vida es según el color del lenguaje que cada hombre usa para vivirla.

Al no existir la Verdad como un entendimiento absoluto, entonces no se da la doctrina como tal, sino el lenguaje de la doctrina. Si la verdad es una relación, entonces la mente expresa esa verdad de acuerdo a un lenguaje humano, que puede ser múltiple y cambiante según los tiempos y las circunstancias de la vida. Y, entonces, Francisco enseña:

«A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano» (EG n- 41).

Está negando que se pueda predicar siempre lo mismo: Jesús es Espíritu, Dios es Uno y Trino, existe el pecado. Hay que predicar con otro lenguaje distinto: Jesús no es Espíritu, pero es Hijo de Dios. Existe Dios, pero no el Dios de los Católicos. Dios es Abba, y Jesús es la encarnación de ese dios. No existe el pecado, sino los males sociales, y hay que buscar una razón, una ley, para que desaparezcan esos males. Hay que hacer un comunismo, un negocio económico en la Iglesia y en el mundo, porque ya no se sostiene la economía. Hay que buscar nuevos caminos para la Iglesia. No ya los dogmáticos ni los tradicionales, porque ya la gente no vive la moda del dogma, sino que vive otro tipo de moda en su lenguaje.

«De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio» (EG – n 42).

Niega el Magisterio Auténtico de la Iglesia: la gente no comprende lo que los Papas han dicho. Hay que llegar a todo el mundo, no sólo a la Iglesia Católica. Y, entonces, hagamos un magisterio amoroso, cariñoso, sentimentaloide, que guste a todo el mundo, que sea testimonio de lo que los hombres hacen en el mundo.

Así habla Francisco: y siempre es igual. No cambia. Un hombre que no puede dar la verdad nunca, sino siempre el error, la mentira, la duda, el engaño, la ignorancia supina de todas las cosas.

El problema de este hombre es que cree en su ignorancia: la ve como buena, como una sabiduría que todos tienen que seguir. ¡Qué bonito es lo que dice Francisco! Esta es la estupidez del pueblo de Dios. No saben pensar su fe católica. Sólo saben bailar con un hereje. Y gritarle, y darle palmas, y decirse a sí mismos: que buenos y santos somos porque tenemos un Papa del mundo, de la sociedad, que entiende bien nuestras lujurias de la vida.

Francisco es un hombre sin verdad, sin norte, sin camino. Es un hombre que no sabe andar poniendo a las almas la norma de la moralidad, de la ley divina. Sino que sólo da al alma el camino propio del demonio: crecer en la inteligencia humana para abarcarlo todo y vivir, después, según ideas generales, comunes, universales, globales. Francisco nunca hace caminar hacia la santidad, sino que siempre arrastra hacia la condenación. No hay en su lenguaje humano una Verdad Absoluta. Todas son verdades relativas, verdades humanas, verdades a medias, verdades sin sabiduría del Cielo. Y, por tanto, Francisco sólo puede hablar la herejía y conducir al cisma de manera irreversible. No es posible seguir a Francisco y salvarse. Quien le obedece absolutamente se condena. Porque es la Verdad la que libera. Y este hombre no sabe decir una Verdad bien dicha, sin poner su mentira, su duda, su error, su ignorancia, su maldad cuando habla.

El lenguaje comunista de Francisco en su enseñanza social

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A.- «La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces » (Evangelium gaudium – n 189).

1. «La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada»: Una es la propiedad privada y otra es la propiedad social. La propiedad privada mira el individuo; la social mira al bien común.

La propiedad privada ha sido dada por Dios mismo al hombre, en su naturaleza humana. Y, por tanto, es la primera en el orden. No es antes la propiedad social, sino la individual, por Creación.

Y ésta ha sido dada por Dios para que cada hombre provea sus necesidades y a las de su familia.

Una cosa es el derecho a la propiedad privada y otra cosa es el uso de los bienes privados. Y, por tanto, la justicia manda respetar la división de los bienes y no invadir el derecho ajeno. Hay que cuidar la propiedad privada de cada uno. Esto por justicia conmutativa. Pero el uso de los bienes no es por justicia, sino por la práctica de las virtudes. Y la solidaridad no es algo espontáneo, ni intuitivo, sino que es una virtud que debe ser practicada en la verdad.

Para ser solidarios hay que practicar la virtud de la prudencia. Sto. Tomás enseña que existe la prudencia económica, que se ordena al bien común de la casa o de la familia (economía familiar); la prudencia política, que se ordena al bien común o a la economía de la ciudad, del Estado, de una comunidad.

Enseña que para regir una multitud, es necesario la prudencia según la clase de multitud. Y así se da una prudencia personal, otra familiar, otra gubernativa o legislativa, otra política y otra militar. Porque los bienes sociales son distintos según la multitud, según el grupo de personas: “las partes de la prudencia, tomadas propiamente, son la prudencia por la cual alguien se rige a sí mismo, y la prudencia por la cual alguien rige la multitud…: y así, la prudencia que rige a la multitud se divide en diversas especies según las diversas especies de multitud. Existe cierta multitud congregada en orden a algún negocio especial, como el ejército reunido para luchar: de la cual la prudencia que rige es la militar. Otra es la multitud reunida para toda la vida: como la multitud de una casa o familia, de la cual la prudencia que rige es la económica. Y la multitud de una ciudad o reino, de la cual es directiva en el príncipe la prudencia real, en los súbditos la prudencia política simplemente dicha” (Summa Theologiae, II-II ps., q. 48, a. 1, co).

Entonces, la solidaridad no es algo espontáneo de quien reconoce la propiedad social como algo anterior a la propiedad privada. Tres cosas está diciendo Francisco: tres errores.

a. La solidaridad es algo espontáneo, no es el ejercicio de la virtud de la prudencia;

b. La propiedad social es anterior a la propiedad privada. Y, por derecho de Creación, es antes la propiedad privada;

c. Se pone la propiedad social por encima de la libertad del hombre: el hombre es esclavo de lo social, dependiente de la sociedad. Está obligado a un bien común sin la virtud de la prudencia, movido sólo por el pensamiento de los hombres o sus necesidades materiales o humanas.

2. «La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde».

a. La propiedad privada se justifica por sí misma. Es por justicia conmutativa el derecho a la propiedad privada, es la que justifica esta propiedad.

b. El uso de la propiedad privada no es por justicia conmutativa, sino por gracia y por virtud. Es la gracia la que enseña cómo usar los bienes privados para el bien común. Y ese bien común son muchas cosas y distintas, según los hombres se unan.

c. Por tanto, una cosa son los pobres, otra cosa es el bien común en la sociedad, en lo política, en lo legislativo, en lo militar. Y a los pobres hay que darles ese bien común según el Evangelio. Y el Evangelio no enseña a devolverle al pobre lo que le corresponde, sino a hacer obras de penitencia con los bienes privados.

d. Devolverle al pobre lo que le corresponde es ir en contra de la propiedad privada. El cumplimiento del bien común hacia los pobres no se puede reclamar por justicia, por una acción legal, por unas leyes económicas. La propiedad privada y el uso honesto de ellas no se encierran en un mismo límite. Son órdenes diferentes; tienen fines diferentes. La propiedad privada la pone Dios en cada hombre para un fin humano, natural, de supervivencia en el mundo. El uso de esa propiedad privada es para un fin espiritual y, por tanto, de salvación del alma. Luego, ningún hombre está obligado a dar nada a otro hombre, sea pobre, tenga las necesidades materiales o humanas que tenga, por justicia, por acción legal, ni siquiera por un bien humano. Se obliga a hacer limosnas por un fin espiritual: para salvar el alma.

No es por un motivo de solidaridad, sino de la virtud, y de tres virtudes, cómo los hombres deben usar sus bienes privados: «Tampoco se dejan al omnimodo arbitrio del hombre sus rentas libres; aquéllas, se entiende que no necesita para sustentar conveniente y decorosamente su vida; antes bien, la Sagrada Escritura y los Santos Padres de la Iglesia con palabras clarísimas declaran a cada paso que los ricos están gravísimamente obligados a ejercitar la limosna, la beneficencia y la magnificencia» ( PIO XI – Del dominio o derecho de propiedad [De la Encíclica Quadragesimo anno, de 15 de mayo de 1931]). Limosna, beneficencia y magnificencia.

i. La limosna, para expiar el pecado;

ii. la beneficiencia, es el acto de caridad «que inclina a los seres superiores a proveer a las necesidades de los inferiores» (Sto Tomás II-II q. 31 a.2 – De la beneficencia) . Pero no de forma absoluta, sino según las circunstancias, ya morales ya humanas: «Se debe pues socorrer al pecador en cuanto al sostenimiento de su naturaleza; mas no respecto al fomento de la culpa, pues esto no sería hacer bien, sino mal» (Ibidem). Por tanto, no se puede dar dinero a los pobres, como enseña Francisco, para devolverles lo que les corresponde. Este es su marxismo, su teología de los pobres, descarnada de la verdad.

iii. La magnificencia es lo que aspira a lo grande, que requiere la práctica de otras virtudes y, por tanto, de gran vida espiritual: magnanimidad, confianza, seguridad, humildad, constancia, tolerancia y firmeza. Y en ninguna de ellas se manda dar a los pobres lo que ellos necesitan.

3. «Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces»: esta es la conclusión de Francisco. Por poner la solidaridad en algo vacío, en algo espontáneo, en una amistad hacia los hombres, en un amor a los hombres sin la práctica de las virtudes, cuando se pone el amor al prójimo por encima del amor a Dios, cuando se hace carne esto, entonces comienza el derrumbe de las estructuras de la Verdad, se quita el edificio de la Verdad para poner la mentira, para levantar esas estructuras con las bases del error del marxismo y del comunismo. Y, entonces, se llama corrupto a lo anterior, a las estructuras nacidas de la verdad.

Este es el lenguaje humano de Francisco. En un solo párrafo, tiene muchos errores cuando quiere hablar de la inclusión social de los pobres. No ha comprendido ni lo que son los pobres ni lo que es la propiedad social, ni del uso -en la gracia- que se debe hacer de los bienes privados. No sabe nada de nada. Sólo habla su lenguaje humano, que es donde se encuentra su herejía y su cisma, que es clarísimo para el que quiera verla.

Pero si se quiere entender lo que dice Francisco para sacar una verdad para la Iglesia, entonces es cuando el hombre se ciega y no sabe ver lo que es Francisco.

B.«Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes». (Evangelium gaudium – n 53).

Decía León XIII «que las riquezas de los Estados, no de otra parte nacen, sino del trabajo de los obreros» (León XIII, Encicl. Rerum Novarum, 15-5-1891). Y, por tanto, no se va de la pobreza a la riqueza sino por medio del trabajo de las personas. Por tanto, ni el trabajo es malo ni la pobreza es mala ni la riqueza es mala. El problema está en el uso de estas tres cosas: trabajo, dinero y las leyes divinas.

«No puede existir el capital sin trabajo, ni trabajo sin capital» (Ibidem). La riqueza o la pobreza de las sociedades es por causa de la eficaz colaboración de ambas cosas: capital y trabajo. Se trabaja y se tiene riqueza. No se trabaja y se posee pobreza. Pero es necesario la ley de Dios, la ley natural, para usar el trabajo y el capital para una obra divina en la sociedad.

a. «Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». El quinto mandamiento prohíbe no matar porque es una ofensa a Dios. Pero el quinto mandamiento no asegura la vida humana, porque Dios es el dueño de toda vida humana. Dios decide la vida y la muerte del hombre. Dios, con un castigo, puede hacer desaparecer toda la humanidad. El hombre no tiene dignidad humana porque nace, sino porque es creado por Dios. El quinto mandamiento sólo asegura no pecar. Quien lo cumple no peca contra Dios, pero no da seguridad de que esa persona que no se mata sea digna de vivir. Es digna de vivir porque Dios ha creado su alma y le da un camino de prueba en su vida para salvarse y santificarse. Pero no es digna porque vive una vida humana. Si vive en su pecado, es mejor morir: «Mejor le fuera, si una muela de un molino de asno le fuera puesta al cuello, y le lanzasen en el mar, que escandalizar a uno de estos pequeñitos» (Lc 17, 2). Hay un orden moral por encima de la dignidad del hombre en su vida. El quinto mandamiento prohíbe hacer una obra de pecado. Pero Dios puede mandar un castigo en que los hombres mueran, a causa de sus pecados. Luego, el quinto mandamiento no asegura el valor de la vida humana, sino que asegura el valor de la ley divina, los derechos de Dios; no los derechos del hombre a vivir su vida humana.

b. Una economía de exclusión y de inequidad es porque los hombres, cada persona en particular, usan mal el trabajo, el capital y la ley de Dios. No se puede decir no a na economía de exclusión sin poner la causa de esa mal económico: el pecado de avaricia, de usura, de orgullo. Y los Estados, las economías, las hacen los pecados o las virtudes de cada persona. Las riquezas de los Estados son del trabajo de cada una de las personas que integran ese Estado. Si se trabaja mal, sin buscar la voluntad de Dios, entonces el Estado excluye muchas cosas, y se da la desigualdad en muchas cosas. Pero el origen: el pecado de cada uno. No el pecado o mal social, no el conjunto de leyes o de obras o de circunstancias que producen una inequidad o una discriminación social. Francisco habla su lenguaje propio comunista, de luchas de clases, de jerarquía de pensamientos humanos.

c. «Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad». La caída en la bolsa no excluye la muerte de un anciano por el frío. Son dos cosas totalmente diferentes: una pertenece al orden económico, a un bien legislativo o político; otra al orden personal o familiar. Son dos bienes comunes distintos, que no se excluyen, sino que se complementan. Y el problema en el orden económico incide en ese bien común, pero no el otro bien común de la persona. El mal uso del dinero en el Estado, en un orden legislativo o político trae consecuencias en ese orden, pero eso no es causa de que la gente se muera de frío o pase hambre o tenga otras necesidades. Habrá muchas causas para que la gente se muera de frío, pero no necesariamente por la economía. El modo de hablar de Francisco – no es noticia-, hace que su lenguaje sea ambiguo y lleno de confusión. Está hablando para una cosa: poner su idea marxista de la economía. Pero no le interesa ni los pobres, ni los ancianos que se mueren de frío. Si hubiera interés verdadero, no hablaría así. Usa esas imágenes para lo que le importa: su teología de los pobres, su comunismo.

d. «Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida».

i. Entre el capital y el trabajo es necesario la competitividad. Una persona amorfa, que no trabaje por virtud, por ser más en la vida, por una calidad en la vida, por un honor en la vida, no trabaja. El trabajo es con el sudor de la frente, es un sacrificio, es una responsabilidad, es una disciplina en la persona. Y eso conlleva el ser competitivo. El alcanzar una metas que otras personas, porque no trabajan bien, no llegan, no pueden tener. Y, como siempre, todo está en el uso del trabajo y del capital. Si hay derecho natural para tener una propiedad privada y, por tanto, para trabajar con esa propiedad privada, el problema de que haya pobres no sólo es porque se usa mal la propiedad privada, sino porque la gente no quiere trabajar buscando una sana competitividad. Hay mucha gente que no le gusta trabajar, sino que va al trabajo más cómodo. Y, después, quieren tener de todo en la vida. Y eso es a lo que hay que combatir, no a la sana competitividad. Y, en esas reglas del juego, unos se imponen sobre los otros, pero no por malicia, sino por la calidad de su trabajo. Y si existen leyes humanas que oprimen a los hombres, no son por el trabajo, sino por el pecado de las personas. Que el poderoso se coma al más débil eso es sólo comunismo, pero no la realidad.

ii. «La tierra no deja de servir a la utilidad de todos, por diversa que sea la forma en que esté distribuida entre los particulares» (León XIII, Encicl. Rerum Novarum, 15-5-1891 ). Es claro, que no sirve cualquier distribución de bienes y riquezas entre los hombres para obrar la propiedad social. Hay una utilidad de todos, hay una justicia social que prohíbe que una clase excluya a otra de la participación de los beneficios. Los ricos violan esta ley, pero por su pecado de avaricia. Pero también violan esta ley los pobres, que reclaman el único derecho que reconocen: el suyo. Y lo hacen también por avaricia, no por virtud, no por justicia. Si alguien quiere sobresalir en la sociedad humana, que trabaje, y que compita en su trabajo, porque «si alguno no quiere trabajar, tampoco coma», tampoco tenga capital, tampoco tenga derecho a una economía que ve injusta porque no trabaja con dignidad, porque quiere abolir el derecho natural a tener una riqueza y no compartirla por Voluntad de Dios. Por eso, no se puede decir que los poderosos se comen a los pobres. La gente que trabaja con dignidad, cumpliendo con la Voluntad de Dios, y, por tanto, con una riqueza por su trabajo, no se está comiendo a los pobres, a los débiles. Esta forma de hablar de Francisco produce mucho daño entre los hombres y en la Iglesia.

e. «Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»». Esto es no tener las ideas claras sobre la propiedad privada y la propiedad social. Porque Francisco pone la propiedad social antes que la propiedad privada, entonces tiene que hablar así. Como los hombres, en sus negocios, por su pecado de avaricia, no se ocupan de los demás y, además, los oprimen con sus leyes económicas injustas, entonces esos pobres, esos débiles sociales son desechos de la sociedad. Hasta aquí llega la incultura de este hombre, su suma ignorancia de la doctrina social de la Iglesia. Si hay desechos en la sociedad es por el mismo juego: capital, trabajo, ley divina. Si los hombres no saben usar bien esto, entonces habrá muchos males, pero por el pecado de cada uno en la sociedad.

Es claro, que no se puede seguir el lenguaje de un hombre que no da la Verdad en lo que habla. Miente y sólo miente para su negocio comunista en la Iglesia.

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