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La conciencia social comunista

«Yo diría que, en el fondo, es un problema de pecado. Desde hace unos cuantos años, la Argentina vive una situación de pecado, porque no se hace cargo de la gente que no tiene pan, ni trabajo. La responsabilidad es de todos. Es mía, como obispo. Es de todos los cristianos. Es de quienes gastan el dinero sin una clara conciencia social» (El Jesuita – pag 105). Así habla un comunista en la Iglesia.

Gastar el dinero sin una clara conciencia social: Ya no existe el pecado de avaricia, de codicia, de usura, de egoísmo, de idolatría del dinero, sino sólo hay que ver la conciencia social: vives para los problemas de la gente o vives sólo para tus problemas.

No existe el pecado, sino los problemas. Y, entonces, claro, los países viven una situación de pecado, porque no toman conciencia social.

La Jerarquía del demonio siempre habla como Francisco: lleva a la calle, al mundo; pone al hombre como el centro de todo.

«Creo en el hombre. No digo que es bueno o malo, sino que creo en él, en la dignidad y la grandeza de la persona» (El Jesuita – pag 160). Creo en el hombre, pero no en Dios.

Y, por eso, continúa: «hay gente que pasa hambre. Esto revela una falta de conciencia social. Cuanto mucho unas pocas veces damos una limosna, incluso, sin mirar a los ojos a los pobres, como una forma de lavar culpas» (El Jesuita – pag 106).

Está atacando directamente la doctrina católica sobre la limosna, que expía los pecados. Ataca a la Palabra de Dios: “Buena es la oración con el ayuno, y mejor la limosna que acumular tesoros de oro; porque la limosna libra de la muerte, y es ella que borra pecados y hace hallar misericordia y vida eterna” (Tb 12, 8-9)

No laves tus culpas haciendo limosnas de vez en cuando, tienes que tener una conciencia social. Déjate del pecado, de su expiación, de la salvación del alma. Llena el estómago de una gente que pasa hambre y te vas cielo directamente:

«es un deber compartir la alimentación, el vestido, la salud, la educación con nuestros hermanos. Algunos podrán aseverar: “¡Qué cura comunista éste!”. No, lo que digo es Evangelio puro. Porque, ojo, vamos a ser juzgados por esto. Cuando Jesús venga a juzgarnos le va a decir a algunos: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me visitaste.” Y, entonces, se le preguntará al Señor: “¿Cuándo hice esto porque no me acuerdo? Y el responderá: “Cada vez que lo hiciste con un pobre lo hiciste conmigo.” Pero también le va a decir a otros: “Váyanse de acá, porque tuve hambre y no me dieron de comer.” Y, también, nos reprochará el pecado de haber vivido echándole la culpa por la pobreza a los gobernantes, cuando la responsabilidad, en la medida de nuestras posibilidades, es de todos» (El Jesuita – pag 107).

Así interpreta este hombre el pasaje sobre el Juicio Final: en clave comunista: has dado de comer, al cielo. No has dado de comer, al infierno.

¡Si el juicio final fuera así de sencillo, entonces no habría ese juicio, porque todos se iban a salvar. ¿Quién no ha dado una comida a un pobre? Cualquier hombre ha hecho eso. Pero la cuestión no está en dar la comida o en no darla. La salvación está en dar de comer como lo hizo Cristo. Y la condenación está en dar de comer como lo hacen los hombres. Cristo, para dar algo material, primero enseña y da lo espiritual: «Buscad primero el Reino de Dios y los demás por añadidura». En este pasaje el Señor enseña la caridad del prójimo por amor a Él. Francisco enseña la caridad del prójimo por amor al prójimo. Enseña su comunismo: la conciencia social.

«Si bien en la doctrina del marxismo, tal como es concretamente vivido, pueden distinguirse estos diversos aspectos, que se plantean como interrogantes a los cristianos para la reflexión y para la acción, es sin duda ilusorio y peligroso olvidar el lazo íntimo que los une radicalmente, el aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, el entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista, omitiendo el percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta a la que conduce este proceso» (Pablo VI).

No see puede ser marxista sin amar su ideología; no se puede predicar la teología de los pobres y no ser marxista en la ideología. Quien ama el comunismo quiere una sociedad y una Iglesia totalitaria y violenta.

Francisco quiere una Iglesia comunista:

—«¿Usted quiere decir que no hubo una condena en bloque como suele pensarse popularmente?»

—«Claro. Tampoco hablaría de una condena en el sentido legal de ciertos aspectos, sino de una denuncia. La opción preferencial por los pobres es un mensaje fuerte del post concilio. No es que no haya sido proclamado antes, pero el post concilio lo enfatizó. La mayor preocupación por los pobres que irrumpió en el catolicismo en los años sesenta constituía un caldo de cultivo para que se metiera cualquier ideología. Esto podría llevar a que se desvirtuara algo que la Iglesia pidió en el Concilio Vaticano II y viene repitiendo desde entonces: abrazar el camino justo para responder a una exigencia evangélica absolutamente insoslayable, central, como la preocupación por los pobres, lo que a mi juicio aparece maduro en la conferencia de obispos de Aparecida» (El Jesuita – pag. 82-83).

La Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis Nuntius, condenó los desvíos de la teología de la liberación:

«La presente Instrucción tiene un fin más preciso y limitado: atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista (…)obedece a la certeza de que las graves desviaciones ideológicas que señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres» (Declaracion).

Se pone la atención sobre aspectos ruinosos para la fe y la vida cristiana. No es sólo una denuncia de algo que está mal; es una condena de la teología de la liberación que sigue la ideología marxista. Porque hay una teología católica de la liberación, que no tiene nada que ver con lo que propone esta teología de los pobres, que «está enraizada en la Palabra de Dios, debidamente interpretada» (Ibidem).

El Concilio Vaticano II no dio ningún mensaje fuerte sobre la opción por los pobres, porque en la Iglesia no existe esta opción. En la Iglesia ni se opta por los pobres ni por los ricos. La opción por los pobres es el lenguaje propio del marxismo, de la ideología marxista. No es el lenguaje propio de un católico. El católico en la Iglesia sólo mira a Cristo y sólo elige a Cristo. Lo demás, es marxismo.

«El presente documento sólo tratará de las producciones de la corriente del pensamiento que, bajo el nombre de «teología de la liberación» proponen una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma» (Ibidem). Es claro que es una condena de esta teología: lo que se aparta gravemente de la de la Iglesia es para ser condenado, no para hablar de ello, no para ser denunciado de alguna manera.

«Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a las tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz de la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial en favor de los pobres» (Ibidem). La teología de la liberación se apoya en una filosófica condenada por la Iglesia (el Racionalismo), que corrompe el significado de los pobres en la Iglesia por basarse sólo en la idea racional del pobre, anulando la idea evangélica que Cristo predicó.

El Papa Bendicto XVI recordando esta condena, dijo que «en ella se subrayaba el peligro que implicaba la aceptación acrítica, por parte de algunos teólogos, de tesis y metodologías provenientes del marxismo. Sus consecuencias más o menos visibles, hechas de rebelión, división, disenso, ofensa y anarquía, todavía se dejan sentir, creando en vuestras comunidades diocesanas un gran sufrimiento y una grave pérdida de fuerzas vivas». (Documento)

—«Entonces ¿considera que hubo teólogos de la liberación que equivocaron el camino?»

—«Desviaciones hubo. Pero también hubo miles de agentes pastorales, sean sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos jóvenes, maduros y viejos, que se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra, son fuente de nuestro gozo. El peligro de una infiltración ideológica fue desapareciendo en la medida en que fue creciendo la conciencia sobre una riqueza muy grande de nuestro pueblo: la piedad popular. Para mí lo mejor que se escribió sobre religiosidad popular está en la exhortación apostólica de Paulo VI Evangelii Nuntiandi y lo repite el documento de Aparecida en lo que es para mí su página más bella. En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo» (El Jesuita – pag. 82-83).

Desviaciones hubo, pero no equivocaron el camino. Hubo cantidad de gente que se comprometieron con el marxismo: son fuente de nuestro gozo. La ideología marxista decreció porque existió la conciencia de la piedad popular. ¡Terrible herejía la que manifiesta este hombre! El error sólo se combate con la verdad. Si la teología de la liberación ha decaído es porque se ha dicho la Verdad, no porque se dé una conciencia que no existe.

La conciencia de la piedad popular es el creacionismo o evolucionismo, que es puro comunismo: «En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo». Esto se llama populismo, que es una vertiente del marxismo. La fe está en el pueblo, no en la Jerarquía. Hay que interpretar el Evangelio según la sabiduría popular, no según la sabiduría divina, que es dada a la Jerarquía, que la tienen los Obispos y sacerdotes en el Poder Divino que se les confiere en la ordenación: guiar, enseñar y santificar. El pueblo no sabe nada, no enseña nada, no es guía de nada. Es la Jerarquía la que tiene la sabiduría, el poder, el camino para santificar.

Los problemas de la gente no son los problemas de la Iglesia, no son los problemas de Cristo. Cristo viene a salvar al hombre, no viene a resolver problemas de la gente. Y, por eso, Cristo pone a sus sacerdotes para llevar a las almas al Reino de Dios, que no pertenece al pueblo, no es de este mundo, no está mirando, no está abocado a resolver los asuntos de los hombres, que es lo que busca la teología de la liberación. Del pueblo no se saca nada. Es del Corazón de Cristo donde se saca la Verdad, la Vida y la Gracia para el pueblo, para los hombres.

• Francisco es un revolucionario comunista, que aprendió el comunismo de una mujer:

«Allí tuve una jefa extraordinaria, Esther Balestrino de Careaga, una paraguaya simpatizante del comunismo (…) Me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer» (El Jesuita – pag 34). «Tanto me enseñó de política» (pág. 147-148).

Una mujer (vida) que luchó por una idea revolucionaria toda su vida (tempranamente comenzó a militar en el febrerismo, movimiento de fuerte tinte socialista, con un programa antiimperialista, de liberación nacional) y que, cuando se encontró con el dolor en su vida (el 13 de septiembre de 1976 fue secuestrado su yerno, Manuel Carlos Cuevas, marido de su hija Mabel. Otro 13, esta vez de junio del 77, fue secuestrada su hija menor, Ana María, en ese entonces de apenas 16 años y embarazada de tres meses), decidió transformar ese dolor en odio hacia la verdad. No supo aceptar ese sufrimiento por amor a Dios, sino que fundó un movimiento que habría de convertirse en un símbolo mundial de lucha y resistencia: las Madres de Plaza de Mayo (texto).

Esta mujer, que desapareció y finalmente fue asesinada por la dictadura del General Videla, «Actualmente, está enterrada en la iglesia de Santa Cruz. La quería mucho» (El Jesuita – pag 34).

¿Qué hace una terrorista enterrada en una Iglesia Católica? ¿No hay cementerios comunes para esta clase de personas?

«Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:

1. a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;

2. a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;

3. a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles» (CIC 1184).

Esta mujer, ¿mostró alguna señal de arrepentimiento? ¿Dejó sus ideas marxistas, revolucionarias, para solo luchar por Cristo? Ciertamente que no. Y, entonces, Francisco cometió un grave sacrilegio y una profanación del lugar sagrado. E hizo este pecado sólo por su amor al comunismo, que le ciega para ver la Verdad.

Francisco cuenta la profanación como un logro y una fiesta. Francisco lloró (noticia) cuando el cuerpo de esta mujer fue encontrado e hizo todas las diligencias para que fuese enterrada en el jardín de la Iglesia Santa Cruz (noticia), junto a María Ponce de Bianco, una de las tres madres secuestradas con ella. Con posterioridad también fueron sepultadas allí la Hermana Léonie Duquet y la activista Ángela Auad (activista social argentina del Partido Comunista Marxista Leninista, que actuaba con la asociación de las Madres de Plaza de Mayo).

Su hija la recuerda de esta manera: “Gracias por la ideología que no abandonaste en los momentos aún más difíciles. Gracias por el anhelo de justicia e igualdad social que supiste transmitirnos. …además de una revolucionaria con mayúsculas, fuiste una gran madre” (noticia)

Francisco le debió mucho a esta mujer, a esa ideología marxista que le enseñó y que nunca más abandonó Francisco; y, por eso, la enterró en una Iglesia. Quien ama el pecado obra el pecado. Quien ama la idea comunista, obra como tal. Ya no sabe discernir lo que es bueno y lo que es malo. Sólo vive para los hombres y mujeres comunistas, pero no para los demás.

Y ¿en qué se basa Francisco para obrar así? En su teología de la liberación. Para esta teología el compromiso de Jesús con los oprimidos de su tiempo provocó un enfrentamiento con los poderes religiosos-políticos y económicos que lo llevó a la muerte. Jesús es un hombre revolucionario que trabaja por la idea del hombre, la idea de los pobres, oprimidos por el hombre, esclavos de los hombres.

Y, entonces, Cristo muere porque los hombres se oponen a esta idea. Cristo trajo una idea revolucionaria al hombre y murió por esa idea. Para la teología de la liberación, María se convirtió en hija de su hijo; es decir, que María, una vez que fue asesinado su hijo en la cruz, tomó conciencia y se comprometió en la idea revolucionaria de su hijo: hay que luchar por los oprimidos, por los desaparecidos, por los perseguidos por la justicia de los hombres. Y, por eso, se reúne con los Apóstoles para iniciar la iglesia de la revolución. Por eso, las Madres de Plaza de Mayo están haciendo lo mismo que hizo María: luchando por sus hijos y, de esa manera, están obrando el Reino de Dios, es decir, creando una sociedad igualitaria, justa y fraterna.

Y, entonces, se entierra a las madres comunistas, revolucionarias, en la Iglesia porque han trabajado por el Reino de Dios, por una sociedad de amigos comunistas. Grave profanación de la Iglesia Católica a manos de un Obispo comunista.

«Hay también quienes ven actitudes de revanchismo. ¿Cree que el papel, por caso, de la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, ayuda a la búsqueda de la reconciliación?» (El Jesuita – pag 139). La pregunta que le hacen a Francisco es ¿si esta mujer, que es un monumento al odio, sirve para la reconciliación del mundo? Es una pregunta con malicia. Es una pregunta para que se descubra el verdadero pensamiento de Francisco.

Hebe de Bonafini ha apoyado a figuras como el Che Guevara, Augusto Sandino, Yasir Arafat, Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales. También ha manifestado apoyo a los aborígenes americanos. Se ha manifestado en contra del neoliberalismo y del FMI, vistos por ella como la «corporación del poder». Ha manifestado su apoyo a las FARC en Colombia (noticia) . Ha manifestado su apoyo a las madres de los presos etarras. En el año 2000 publicó una carta abierta en la página web de la asociación que preside, en la cual expresaba que de los más de 650 presos vascos, muchos están presos simplemente por lo que piensan, o por lo que escriben, o por «conocer a alguien que conoce a alguien» (noticia) .

Sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 declaró (noticia) :

«Cuántas veces nos dijeron qué era el capitalismo, qué era la represión, qué era Estados Unidos, cómo se formaban los militares para torturar. […] Por eso cuando pasó lo del atentado y yo estaba en Cuba visitando a mi hija, sentí alegría. Y me puse contenta, por qué no. A algunos les parecerá mal. Cada uno evaluará y pensará. Yo no voy a ser falsa. Brindé por mis hijos, brindé por tantos muertos, contra el bloqueo, por todo lo que se me venía a la cabeza. Brindé por los valientes. Brindé por los hombres que hicieron una declaración de guerra con el cuerpo. Una declaración de guerra inesperada para todos. Pero una declaración de guerra para algo que EE.UU no puede atacar porque no sabe a quién, ni cómo, ni dónde llegar(…)No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada. No me dolió para nada, porque siempre digo en mis discursos, decimos las madres, que nuestros hijos serán vengados el día que el pueblo, algún pueblo sea feliz. […] Yo sentí que la sangre de tantos en ese momento era vengada. […] En ese atentado no murieron pobres, poblaciones, no murieron niños, no murieron viejos».

Esta mujer, que brinda por la muerte, por la guerra, por el odio, por la venganza, ¿ayuda a la reconciliación? Y contesta:

“Hay que ponerse en el lugar de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos, que eran carne de su carne; ni supo cuánto tiempo estuvieron encarcelados, ni cuántas picaneadas, cuántos latigazos con frío soportaron hasta que los mataron, ni cómo los mataron. Me imagino a esas mujeres, que buscaban desesperadamente a sus hijos, y se topaban con el cinismo de autoridades que las basureaban y las tenían de aquí para allá. ¿Cómo no comprender lo que sienten?” (pág. 139).

Pongámonos en los sentimientos humanos: de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos. Hay que comprender lo que sienten. Y, por tanto, lo que hace es para la reconciliación. Esta mujer se topó con el cinismo de gobiernos que la basureaban. Ellos son los malos de la película, que odian y no permiten la paz. Esta mujer es una santa porque lucha por una idea santa: su hijos.

Esta mujer es una víctima de la sociedad que no comprende su sufrimiento. Esta mujer es la buena; enemiga de todo lo bueno y amiga de todos los malos. A esta mujer hay que dedicarle una palabra de comprensión y de consuelo. A las demás mujeres, católicas, que también han perdido sus hijos, a las mujeres a quienes los seguidores de Bonafini asesinaron a mansalva, nada de nada.

Los buenos, para Francisco son Angelelli, Mugica, los palotinos, las monjas francesas, los curas tercermundistas con el Padre Pepe Di Paola a la cabeza (pág. 106), los grandes heresiarcas “Hesayne, Novak y De Nevares” (pág. 140), los “teólogos de la liberación” que “se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra” (pág. 82), los redactores de “Nuestra Palabra y Propósitos”, publicaciones ambas del Partido Comunista (pág. 48), y hasta el mismísimo Casaroli, a quien insensatamente pone de ejemplo (pág. 78), omitiendo que fue el artífice de aquella siniestra y ruinosa felonía denominada Ostpolitik. Para el Cardenal Mindszenty Casaroli era la imagen negra y enlodada de la “Iglesia de los Sordos”, negociadora ruin de la sangre mártir. Para Bergoglio, Casaroli es un modelo de la “Iglesia Misionera” (pág. 78), iglesia comunista que va en busca de la destrucción de toda idea religiosa.

Francisco encomia a los peores lobos, todos rojos, y reduce a la nada a quienes debería tener por arquetipos.

A esta mujer, que odia a todo el mundo, que se moviliza para protestar, la gloria de la Iglesia, pero a los católicos que hacen una marcha en contra del preservativo los fustiga:

«Dejamos de lado una catequesis riquísima, con los misterios de la fe, el credo y terminamos centrándonos en si hacemos o no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del preservativo» (El Jesuita – pag 89). Predica el Evangelio, da de comer, pero no te metas con el sexo. Que cada uno haga lo que quiera en el campo sexual:

«Y dentro de la moral —aunque no tanto en las homilías como en otras ocasiones— se prefiere hablar de la moral sexual, de todo lo que tenga algún vínculo con el sexo. Que si esto se puede, que si aquello no se puede. Que si se es culpable, que si no se es culpable. Y entonces, relegamos el tesoro de Jesucristo vivo, el tesoro del Espíritu Santo en nuestros corazones, el tesoro de un proyecto de vida cristiana que tiene muchas otras implicancias más allá de las cuestiones sexuales» (Ibidem).

El Evangelio que predica Francisco no es el de Cristo: es uno sin moral. Jesús no predicó una moral ni para el alma ni para el cuerpo. Jesús predicó una idea política y eso es lo que importa. Lo moral, si esto se puede o no se puede, eso es un dolor de cabeza. Déjate de moralidades, de leyes, de teologías sexuales. Si quieres usar el preservativo, úsalo. Eso no interesa. Lo que interesa es tu conciencia social: acuéstate con un homosexual para hacerle feliz.

“Con ocasión de la llamada Ley de Salud Reproductiva, algunos grupos de élites ilustradas de cierta tendencia querían ir a los colegios para convocar a los alumnos a una manifestación contra la norma porque consideraban, ante todo, que iba contra el amor […] Pero el Arzobispado de Buenos Aires se opuso a que los chicos participaran por entender que no están para eso. Para mí es más sagrado un chico que una coyuntura legislativa […] De todas maneras, aparecieron algunos colectivos con alumnos de colegios del Gran Buenos Aires. ¿Por qué esta obsesión? Esos chicos se encontraron con lo que nunca habían visto: travestis en una actitud agresiva, feministas cantando cosas fuertes. En otras palabras, los mayores trajeron a los chicos a ver cosas muy desagradables” (El Jesuita – pag 90).

Los grupos de élite ilustrada son los católicos pro vida, que querían movilizarse con sus familias para hacer frente a esa embestida legal contra la Ley natural que Ginés González García, Ministro de Salud de Néstor Kirchner quería coronar. Monseñor Baseotto, fue difamado, calumniado y perseguido por haber osado recordarle a este señor las prescripciones evangélicas pertinentes.

Esta embestida legal es para Francisco una coyuntura legislativa, no es una acción pecaminosa, deleznable, ruinosa de la sociedad. Y, por ser eso, entonces no vale la pena movilizar a la juventud. No hay que combatir el error. Es más sagrado el chico que la coyuntura legislativa. Esta es la contradicción. Si no se lucha contra el error, contra la maldad, los chicos se abortan, viven del sexo desenfrenado, viven fuera de lo sagrado. Y, entonces, los malos ya no son los gobernantes, los que ponen esa ley antinatural, sino que los malos son esos grupos de élite ilustrada que permitieron que sus hijos vieran cosas desagradables: travestís, feministas…

¿Es que hay algo más desagradable que pudiera ver un joven, que la ruina de su patria y del lugar santo, sin intentar siquiera una reacción vigorosa y entusiasta? ¿Es que la culpa de la desagradable visión no la tienen los degenerados que arman el espectáculo indecente de su impudicia, sino los que instan a concurrir a todos en defensa del Bien?

Así piensa un comunista: es la conciencia social, no es el pecado. Es lo bueno y lo malo que cada uno ve con su mente humana y en la sociedad. Es inventarse una moral, sin moral, sin ley divina y sin ley natural. Una moral para una sociedad degenerada, que sólo vive de acuerdo a su filosofía de la vida, mirando al hombre, pero sin acordarse, para nada, de Dios.

Quien no ofrenda su vida por Cristo, la hace por el hombre. Y se convierte en una persona totalitaria y violenta, como Francisco. Tuvo su maestro en una mujer violenta, marxista, revolucionaria, que odiaba la verdad en el hombre, que convirtió la vida del hombre en un pasaje oscuro y tenebroso en su mente humana. De tal palo, tal astilla. Así es Francisco: el oscuro comunista que lleva a las almas al fondo del precipicio de donde nadie puede salir.

Francisco no es un santo sino un político comunista en la Iglesia

medalla

«La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad “no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas”. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!» (Evangelii gaudium, 205).

Estas palabras del hereje Francisco son la clave de su comunismo.

La política –dice Francisco- es una de las formas más preciosas de la caridad: esto es una auténtica herejía. Es una frase muy bella y muy herética. Son palabras baratas para ganarse al mundo. Y son palabras blasfemas que van en contra de la Verdad.

La política no pertenece a la Iglesia, sino al mundo. Cristo nunca hizo política ni enseñó a hacer política, porque la política no proviene de la Verdad, sino de la mentira.

Todas las políticas hacen aguas, fallan, porque, aunque tengan una base moral y ética, no poseen la Verdad. Es el juego del lenguaje humano: eso es sólo la política. Es ver, con el pensamiento de los hombres, los caminos para resolver todos sus asuntos. Es lo más contrario al dogma y a la moralidad, porque la política no se basa en algo absoluto, sino relativo, condicionado a muchas cosas.

Dios nunca da una vocación para ser político. No puede darla. Dios ayuda a los hombres, que viven en Gracia, y que se dedican a ese negocio mentiroso para que pongan leyes de acuerdo a la verdad, a las normas de la moralidad, a la ley divina. ¡Que pongan leyes correctas, pero que no busquen solucionar cosas, porque no se puede en política!

La caridad no lleva a hacer política, sino a ir en contra de toda política. Porque la caridad es totalmente desinteresada. No le interesa las formas económicas, las leyes de los hombres, los reglamentos en las sociedades, porque la caridad se basta a sí misma. Nunca un político hace caridad. ¡Nunca! Siempre la Caridad se da sin la política.

Jesús ni se preocupó por el dinero, ni por los sistemas políticos de su época, porque sabe lo que es el hombre: mentiroso.

Dios puso a Su Pueblo los Profetas. Y, cuando el Pueblo, se cansó de los Profetas, empezó a poner Reyes, que Dios no quería, pero que permitió por la dureza de los corazones de los hombres. Y, por los Reyes, vino toda la decadencia al Pueblo Elegido. Los Profetas eran perseguidos porque eran los únicos que decían la verdad al Pueblo y a todos los Reyes.

La política no sirve para solucionar el mundo. No sirve. Porque no está en el plan de Dios. Dios quiere Reyes Católicos, entregados a la Gracia, pero esto es imposible en estas condiciones. Hasta que no se consolide el Reino Glorioso, todos los reyes del mundo, al final acaban perdiéndose en las cosas del mundo. Esto es un hecho, una realidad, algo que todos pueden ver a lo largo de toda la historia de los hombres.

Los gobiernos humanos son un conjunto de problemas sin solución alguna. Todos son así, porque el hombre no vive en la Gracia para obrar la verdad en todo el actuar social de los hombres. Vive en su pecado y obra su pecado. Luego, todos son problemas sin resolver.

Francisco sólo entiende de su comunismo, porque eso es lo que a él le interesa: su maldito comunismo. Él vive para obrar en la Iglesia sus ideas comunistas, su teología de la liberación, de los pobres. Eso es claro en Francisco. Desde joven, una mujer le enseñó el comunismo. No aprendió a santificarse leyendo a los santos, sino aprendió a condenarse y llevar a las almas al infierno con el manifiesto comunista.

Y, ahora, quiere meter a Dios en el comunismo. Y no se puede tolerar tamaña desfachatez. Él pide al Señor que envíe políticos que les duela la vida de los pobres. Esto es el comunismo.

Ningún santo se atrevería a hacer esta oración, porque no es la Voluntad de Dios. No la escucha Dios. Es imposible que la escuche. Y ¿por qué? Porque «pobres siempre tendréis». No me pidáis que quite a los pobres, a los machacados, a los que no tienen alimento o dinero, porque eso no salva a los pobres.

Los pobres están para que los hombres hagan penitencia por sus pecados. Para eso están los pobres: para recordar al hombre que es un maldito pecador. Y si hay pobres, no es porque haya problemas políticos ni económicos, sino porque hay pecado de avaricia, de usura, de ambición de poder, de envidias personales, de culto al dinero, de culto a la magia negra, que es lo que mueve las economías: el demonio es el que mueve todos los sistemas económicos: liberales, capitalista, sociales, comunista, etc. Y quien hace que el demonio se mueva en todos los mercados del mundo bursátil: la masonería.

Francisco no va a la raíz del problema en su comunismo, porque es masón. Y habla como un masón y obra como ellos.

“Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil” (Evangelii gaudium, 53): este es el lenguaje del masón. Ellos buscan la fraternidad universal. Por tanto, no pueden aceptar que el poderoso se coma al más débil. Todos somos hermanos, todos tenemos que disfrutar de los bienes de todo el mundo. No tiene que haber desigualdad entre ricos y pobres, entre poderosos y débiles. Así habla un marxista de talante humanista, como es Francisco. Así habla el masón. El masón no permite la competitividad, la ley del más fuerte, la ley privada, porque eso va en contra de la fraternidad.

“Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida” (Evangelii gaudium, 53). ¿Quiénes son los culpables de que no haya trabajo, no haya dinero, de que haya cantidad de problemas en el mundo? La gente que tiene dinero, la gente capitalista, la gente con una empresa privada, la gente que hace competencia en su negocio. Éste es el lenguaje de un masón.

Pero así no habla un Santo. Así no habla Jesús en Su Evangelio cuando está con los políticos, con los jefes de la Iglesia, del mundo, del gobierno.

«Id y decid a esa zorra: Yo expulso demonios y hago curaciones hoy, y las haré mañana, y al día tercero consumaré Mi Obra. Pues he de andar hoy, y mañana, y el día siguiente, porque no puede ser que un Profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13, 32-33).

Nunca Francisco diría a Obama: zorra; o a Giorgio Napolitano, babosa roja; o a Vladímir Putin, dragón infernal. Porque es como ellos: una zorra, un comunista, un anticristo.

Jesús combate a todos los políticos. Francisco no combate a nadie, sino que suelta su doctrina comunista para ejercer él el poder en el mundo, para que sus ideas las tomen en cuenta la gente del mundo.

Francisco, en su evangelii gaudium, sólo hace política, el juego político, que consiste en decir muchas cosas y en poner a los hombres en contra, para que la idea prevalezca. Y, por eso, arremete contra el capitalismo, porque le interesa ese juego para hacer su negocio en la Iglesia. No importa haber creado malestar entre los capitalistas. Lo que importa es lanzar la idea política, que es dada en la bandeja de la caridad, del amor hacia los pobres, del amor fraterno.

Esta es la idea del anticristo: la fraternidad. Y hay que predicar eso a todo el mundo del demonio. Y eso lo tiene que predicar el que se sienta en la Silla de Pedro, porque él es un anticristo.

El Anticristo quiere crear un malestar mundial en la economía, porque tiene que aparecer él cuando las cosas estén mal por un conflicto mundial. Hay que enfrentar a los capitalistas con una doctrina comunista, pero lanzada desde la Iglesia. Y es necesario hacer eso para que entren en la Iglesia los poderes del mundo: ya sean los capitalistas, ya los comunistas. Los primeros en entrar son los comunistas en la Iglesia, por debajo de las faldas del que se sienta en la Silla de Pedro.

Francisco arropa el comunismo en Roma. Francisco quiere la idea comunista en Roma. Francisco está decidido a hacer comunismo en su gobierno horizontal. Por eso, habla con su humanismo, con su preocupación por la vida de los pobres, de la gente sin recursos. Y, por eso, enfrenta a los hombres: pone la lucha de clases: ricos – pobres; poderosos – débiles; etc.
Es el lenguaje de un marxista humanista, es decir, de un masón.

«¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia» (Evangelii Gaudium, 203): ésta es su palabrería barata. Así habla un político para tratar de convencer a los demás de que su idea es la correcta, de que ellos están equivocados. Y mete a Dios en su blasfemia.

«¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema!»: palabras, palabras, palabras. Lenguaje humano, razones que se dan para nada. Porque el sistema capitalista le trae sin cuidado la ética, la solidaridad mundial, la distribución de los bienes, el trabajo, la dignidad de los débiles, que Dios exija justicia. Todo esto son palabras baratas de Francisco para no decir nada. Si el capitalismo no funciona es porque hay gente que vive en pecado y que obra ese capitalismo. Y la gente que vive en pecado no le interesa esas palabras de Francisco. El capitalismo mueve dinero en lo privado. Ahí está todo su negocio: mover dinero privadamente. Lo demás: si hay trabajo, si hay bien común, si hay justicia, eso no le toca al capitalismo, sino a los hombres, con sus leyes. Y como las leyes son inicuas, entonces hay mucho pecado en todas partes.

Francisco nunca va a decir: «¡Cuánto pecado hay en este sistema!» Porque sólo habla como un político, no como un santo que enseña la vida espiritual, las normas morales, las normas éticas a los economistas, Nunca Francisco habla así: enseñando la verdad. Francisco habla para hacer política, su política, su lenguaje barato.

Estamos ante un hombre que, sentado en la Silla de Pedro, está gobernando la Iglesia con su doctrina comunista, que es un marxismo humanista, su teología de los pobres. Lleva un año con la misma doctrina del demonio. Siempre hablando de lo mismo. Todo es dar vueltas a lo mismo: ¿cómo salvar cuerpos? ¿cómo quitar la hambruna del mundo?

¡Y todavía hay gente en la Iglesia que dice que Francisco es un santo! ¡Esto sí que es absurdo! Porque el que Francisco se dedique a esto, es normal, ya que es un hereje por los cuatro costados: un comunista que sólo vive para su idea del bien y del mal, para su dios, que es el maldito dinero. Su obsesión le marca desde que se sentó en la Silla de Pedro. Es un loco obsesivo que siempre está en su misma idea: los pobres, los pobres, los pobres. Y de ahí no sale. ¿Por qué? Por su avaricia descontrolada. Su apego al dinero.

Jesús nunca habló de los pobres, ni de los problemas del mundo, ni de los hombres, ni de los políticos, porque no estaba apegado ni al dinero, ni al pensamiento de los hombres, ni a sus políticas, etc.

Jesús vino a echar demonios, a curar enfermedades, a obrar la Voluntad de Dios. No vino a hacer política. Y cuando le tocó hablar a los políticos, les dijo: zorra sois.

Francisco es lo más contrario a Cristo porque está apegado al dinero, a la mente de los hombres, a sus políticas, a sus culturas, a sus ideas en la vida. Francisco nunca puede imitar a Cristo. Francisco siempre imita a los hombres del mundo, porque es como ellos.

Y hay gente en la Iglesia que, a estas alturas, no ha comprendido lo que es ese hombre, ese hereje, ese anticristo. Esto es lo que no se comprende. Porque Francisco ha sido claro en sus palabras: son las de un hombre que no cree en nada. ¡Es clarísimo! Y hay gente en la Iglesia que vive en un mundo ilusorio, creyéndose que Francisco tiene la sartén por el mango, que sabe lo que está haciendo, que se opone a la gente del mundo para decirles cómo tienen que vivir.

La Iglesia está llena de gente estúpida como Francisco. Gente que no sabe discernir nada, que no entiende la vida espiritual, que cree que la Iglesia es la de los bautizados en Cristo. Y ahí se paran. Gente llena de una ignorancia de la doctrina de Cristo supina. No saben ni las bases de esa doctrina. No se saben -ni siquiera- los diez mandamientos. No saben lo que Dios les pide en la Iglesia, para sus almas. Sino que viven en la Iglesia como viven en el mundo: un negocio social.

Están para reunirse en sociedad y ver los problemas de todos y dar soluciones a todos, menos a sus almas.

Esto es lo que hace Francisco diariamente: se dedica a charlar de muchas cosas, a creerse importante por lo que dice, y a imprimir en los hombres su comunismo. A Francisco sólo le interesan las almas para condenarlas. ¡Sólo para eso!

Y hay gente que no sabe ver esto tan claro, porque es como Francisco, vive como Francisco, obra como Francisco.

Francisco ha abierto las puertas de la Iglesia al mundo: su nueva iglesia es la iglesia del mundo. Y no es otra cosa. Sólo se ve mundo por todas partes en la Iglesia. Sólo se ve interés por las cosas del mundo en la Iglesia. Sólo se analizan las cosas del mundo en la Iglesia. Sólo se convive con la gente del mundo en la Iglesia. Es un signo de que todo va mal en la Iglesia, de que esta no es la Iglesia de Cristo. Esta es la Iglesia del Anticristo.

Y queda muy poco tiempo ya. Hay que salir de Roma. Roma: ramera. Roma: maniatada por el demonio. Roma: usurpadora de la Verdad. Pone la mentira como una verdad.

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