Lumen Mariae

Inicio » Publicaciones con la etiqueta 'francisco'

Archivo de la etiqueta: francisco

Linus Clovis: “El Efecto Francisco”

linuclovis

«El que no está conmigo está en contra de Mí; y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30).

El Padre Linus F. Clovis es un sacerdote de la Arquidiócesis de Castries, Santa Lucía, en las Indias Occidentales. Estudió para el sacerdocio en el Angelicum de Roma y fue ordenado sacerdote en 1983 por el Beato Papa Juan Pablo II. Es líder del movimiento internacional pro-vida.

En conjunto, estas citas comprenden una transcripción casi completa de la sección media de su charla, pero algunos puntos auxiliares se han quedado fuera, y el texto se ha articulado en párrafos para acentuar aquellos argumentos de mayor énfasis.

■ «El Sínodo de la Familia, el año pasado, hizo sonar las alarmas para muchos Católicos y vimos Obispos contra Obispos y Conferencias Episcopales luchando contra otras Conferencias Episcopales, y en todo esto…, conocemos que el Cielo nos ha dado un aviso. Y, en 1973, en Akita, la profecía reveló “que la obra del demonio se infiltrará dentro de la Iglesia de tal manera que se verán Cardenales contra Cardenales, Obispos contra Obispos” y “los sacerdotes que me veneran serán perseguidos”. Por supuesto, esto es parte y parcela de nuestra experiencia».

■ «Cuando un Obispo – un Obispo Católico – puede aplaudir el pecado públicamente, esto nos pone a temblar (se está refiriendo al Cardenal Dolan). Pero esto es, esencialmente, el “Efecto Francisco”. Éste desarma a los Obispos y a los sacerdotes, especialmente después que el Santo Padre dijo: “¿Quién soy yo para juzgar?”. Yo como sacerdote, celebro Misa, predico y juzgo acerca del pecado, uno quebrantando los diez mandamientos, estaría condenado por juzgar. Sería acusado de ser “más católico que el papa”. Se acostumbra a decir –retóricamente- “¿es el Papa Católico?” Esto ya no es gracioso».

■ «La Obediencia se debe al Papa, pero el Papa debe obediencia a la Palabra de Dios y a la Tradición apostólica. Tenemos que obedecer al Papa, pero el mismo Papa tiene que obedecer a la Palabra escrita. Él debe obedecer la Tradición. Debe responder a la inspiración del Espíritu Santo. La Obediencia se debe al Papa, pero es el deber del Papa dar carácter de posibilidad a esta obediencia. El Papa tiene que facilitar nuestra obediencia a él, siendo él obediente a la Palabra de Dios. El Papa Félix III nos dijo: “un error que no se ha resistido es aprobado. Una verdad que no es defendida es suprimida”. Así que tenemos la obligación de resistir al error, y debemos hacer todo lo que podamos para promover la verdad».

■ «En otro tiempo, hemos estado preocupados por otros papas, incluso por San Juan Pablo, con las cosas que ha hecho las cuales nos han hecho sentir incómodos; no creo que… el Papa Francisco haya hecho otra cosa más que desconcertarnos. Él, literalmente, nos ha dejado en la estacada (= repentinamente nos ha restado la ayuda o el soporte, o ha hecho cosas que han sido causas de problemas para nosotros). Y así, él es la razón, las muchas razones por las cuales estamos preocupados. Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de San Juan, capítulo 15: “Si el mundo os aborrece, sabed que Me aborreció a Mí primero que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que Yo os he dicho: No es el siervo mayor que su Señor. Si a Mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado Mi Palabra, también guardarán la vuestra”. Los papas son odiados, y yo no creo que tengamos un problema con esto per se. No nos gusta. Pero creo que será correcto decir que preferimos que nuestros papas sean odiados por el mundo que amados por el mundo. Porque si él es amado por el mundo, indica que él está hablando el lenguaje del mundo. Y sabemos que no puede haber una relación, una comunión,  entre la luz y la tiniebla. San Pablo nos habla de esto».

■ «Los enemigos tradicionales de la Iglesia – y esto se vocaliza, se articula en el Time Magazine, Rolling Stone, The Advocate, etc… – lo aprueban; él ha aparecido en sus portadas muchas veces en los últimos dos años. Me encontré con una cita de alguien que lo conocía en la Argentina. “Al parecer, le encanta ser amado por todos y complacer a todos, así que un día él puede hacer un discurso en la televisión en contra del aborto, y al día siguiente, en el mismo programa de televisión, bendecir a las feministas pro-aborto de la Plaza de Mayo; él puede dar un maravilloso discurso en contra de los masones y, unas horas más tarde, estar comiendo y bebiendo con ellos en el Club Rotario”».

■ «Así que, ¿cómo se puede tomar una decisión acerca de un hombre como éste, que es amigo de todo el mundo? Nuestro Señor nos dice: “Sin embargo” -esto está en el capítulo 12 del Evangelio de San Juan – “Sin embargo, aun muchos de los jefes creyeron en Él, [esto es en Nuestro Señor], pero por causa de los fariseos no lo confesaban, temiendo ser excluidos de la sinagoga, porque amaban más la gloria de los hombres que la Gloria de Dios”. ¿Estoy haciendo juicio? No pienso así. Estoy citando la Escritura. Cuando el dado cae, déjalo rodar».

■ «El Santo Padre ha hecho muchas cosas polémicas, y estamos preocupados de las más importantes, no de las aberraciones que surgen de ellas. Y la que más dejará huellas, supongo,  en el Juicio Final, es “¿Quién soy yo para juzgar?“. Uno de los… efectos que el Santo Padre hace es que él toma la idea preconcebida común contra los católicos, y la usa en contra de nosotros. En otras palabras, él está aceptando lo que se percibe, nuestra postura de ser, como si fuera verdad. La Iglesia no juzga a las personas. La Iglesia juzga las acciones y enseñanzas. Incluso a los herejes. Lutero no fue condenado por su vida moral personal. Fue condenado por su enseñanza. Su doctrina. Y así con todos los demás herejes. Arrio. Fue su enseñanza lo que la Iglesia juzgó. Y tiene la autoridad para juzgar. Pero cuando el Papa dice: “¿Quién soy yo para juzgar?”, él está dando la impresión de que la Iglesia juzga los individuos a causa de lo que ellos son y… lo que están haciendo en sus vidas personales. Y esto es para la confesión».

■ «La Escritura nos dice, muy claramente, en la 1 de Corintios, capítulo 5 – San Pablo está escribiendo a la Iglesia de Corinto porque han aceptado a un hombre que es culpable de inmoralidad. Y el Apóstol, escribe: “Lo que ahora os escribo es que no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con éstos, ni comer; ¿pues qué a mí juzgar a los de fuera?”. ¡Ahá! “¿Qué a mí juzgar a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quienes os toca juzgar? Dios juzgará a los de fuera; vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos”. Así, ¿cómo puede el Sucesor de Pedro, decir: “Quién soy yo para juzgar” sin contradecir la Escritura?».

■ «Él se queja de que hablamos mucho del aborto y la contracepción. Bien… ¿Lo hacemos? De nuevo, el Apóstol nos dice: “arguye, enseña, exhorta con toda longanimidad y doctrina”. Por lo tanto, tenemos la obligación de hablar de esos pecados por los que el castigo es la condenación eterna en el infierno. Nosotros estamos hablando acerca de la salvación de las almas. El Código de Derecho Canónico termina así: “el mayor bien es la salvación de las almas”. Y esto es por lo que Cristo fundó Su Iglesia: para salvar las almas».

■ «La expresión “no debemos ser como conejos” fue un insulto a todas las madres católicas. Aquellas que…han perdido sus vidas, han ofrecido sus vidas, y han dado sus vidas por sus hijos, y sobre todo, por el Evangelio».

■ «Nuestra preocupación es, por supuesto, por el Sínodo próximo y lo que parece ser la aprobación para llevar la comunión a los divorciados vueltos a casar. Esto va a ser un duro golpe a la Iglesia y a los fieles. Debido a que ya ha causado mucha confusión y malentendidos. Incluso en mi experiencia pastoral he encontrado mujeres que han dicho… una madre, su hijo divorciado, vuelto a casar, y dice: “Bueno, el Santo Padre le permite la comunión, ¿no es así? No creo que sea lo correcto, padre, pero el Papa…”. Tenemos este problema ya… Y vemos el patrón, está hecho por la Humanae Vitae… Está ahí decidido en el ambiente, y por supuesto que va a… convertirse en ley. Pueden preparar esto. Así, que realmente se necesita tener los ojos firmemente fijos en el Cielo, suplicando al Cielo, para guiar a nuestros obispos».

■ «Hay rumores de la relajación pastoral de la Humanae Vitae… no se va a contradecir, no se va a quitar, no se va a ampliar. Lo cual es mucho más mortífero. Porque hemos presentado algo que es malvado como si fuera bueno. Y estamos construyendo esta maldad en una buena base».

■ «¡Nosotros amamos al papa! Él es nuestro padre. Él es nuestro dulce Cristo en la Tierra. Hay una preocupación entre los Católicos que están confundidos y temerosos. Y nosotros -y ellos- no deseamos criticar, o todavía peor, juzgar al papa. Pero, de nuevo, estamos juzgando no a su persona, no a su cargo, sino a los resultados de sus acciones. Y no lo hacemos con indignación. Porque lo que él está haciendo es la causa de nuestra indignación.  Y esto es una amenaza a nuestra fe. Y es una amenaza a la Iglesia. Y es un peligro a la salvación de las almas».

■ «Así que, ¿podemos juzgar las acciones del papa? Sí, podemos. Tenemos, nada menos que al Apóstol de los gentiles, San Pablo, que escribe a los Gálatas. Y él dice: “Pero cuando Cefas fue a Antioquía, en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible. Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los gentiles; pero en cuanto aquellos llegaron, se retraía y apartaba por miedo a los de la circuncisión. Y consintieron con él en la misma simulación. Pero cuando yo vi que no caminaban rectamente según la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?”. Y esto es a lo que nos enfrentamos hoy. Tenemos prominentes Cardenales que toman una postura anticatólica en cuestiones morales. Lo cual pensamos que ellos ya han resuelto su posición. Tenemos al Santo Padre que él mismo da la sensación que los apoya. Les da su bendición. ¿Y qué es lo que dijo San Pablo? ¡Bernabé! La mano derecha de san Pablo se dejó llevar de la insinceridad. Así, muchos Obispos – y por supuesto, Dios, tenemos todavía muchos buenos Obispos- cuando ellos ven esto, ellos también se dejan llevar…, y esto es por qué creo que la sugerencia se hace tan, tan importante, que deberíamos circular nuestro material a los Obispos, y a los sacerdotes – especialmente a los sacerdotes».

■ «Tenemos el ejemplo de la historia, Juan XXII, que enseñaba que los bienaventurados no veían a Dios hasta después del Juicio General. Él se opuso a los teólogos de la Universidad de Paris. A los cardenales y obispos e incluso a los reyes. Así que estos fueron… tenemos los sabios, los intelectuales, los teólogos, que sabían lo que estaba pasando y fueron capaces de oponerse al papa. Y por supuesto, tenemos los que tienen autoridad, los obispos. Y tenemos los laicos, como así también los reyes».

■ «El Código de Derecho Canónico también nos habla que tenemos el derecho de expresar nuestra opinión en el Canon 212, sección 3: “Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, -y creo que en este encuentro… estamos mostrando nuestro conocimiento, el hecho de que somos responsables de diversas organizaciones, nuestra competencia y nuestro prestigio – de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores, y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas”. Y esto es muy importante. Tenemos, en otras palabras, que continuar haciendo público esto».

■ «Ahora podemos decir… – esto ha sido escrito por… Melchor Cano, un famoso teólogo español del siglo XVI – “Aquéllos que, ciega e indiscriminadamente defienden todas y cada una de las decisiones del supremo Pontífice son los que más están haciendo por socavar la autoridad de la Santa Sede; destruyen, en lugar de fortalecer, sus cimientos. Pedro no tiene necesidad de nuestras mentiras ni de nuestra adulación”. En otras palabras, debemos estar vigilantes. Debemos ser objetivos en nuestro enfoque de la presente crisis en la Iglesia».

Ver la conferencia completa en inglés

El anuncio de un precursor del Anticristo por Francisco

Reina5FDeLosAngeles

«En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien. Pero no creáis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien. El Cardenal Kasper decía que al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo». (ver texto).

Este gran teólogo es grande por su herejía, no por la verdad que no aparece en su libro ni dice su boca. Es un buen teólogo para destruir la Verdad Revelada. Es un buen hombre, que se viste de lobo, aparece como Obispo, pero que obra lo contrario a Cristo en la Iglesia. Se opone a la doctrina de Cristo, al Magisterio auténtico de la Iglesia. Hace de la Iglesia su gran negocio humano.

«Ayer, antes de dormirme, pero no para adormecerme, leí, releí el trabajo del cardenal Kasper y quiero darle las gracias, porque encontré una profunda teología, también un pensamiento sereno en la teología. Es agradable leer teología serena. Y también encontré lo que san Ignacio nos decía, ese sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me hizo bien y me surgió una idea y, disculpe Eminencia si le hago pasar vergüenza, pero la idea es que esto se llama “hacer teología de rodillas”. Gracias». (ver texto).

Gran necedad son estas palabras de un idiota. Porque eso es Francisco: un idiota. Es decir, un personaje metido en su idea de la vida, que va dando vueltas, como un loco, a ese idea, y que no es capaz de ver la verdad, porque no puede salir de esa idea. Este es el concepto de idiota en la Sagrada Escritura. Gran necedad es publicar esta idiotez. Que todo el mundo vea cuán idiota es Francisco.

Pero esta necedad señala una profecía: “Desgracia a ti, ciudad de las siete colinas, cuando la letra K sea alabada en tus murallas. Entonces tu caída se aproximará; tus dominadores y tiranos serán destruidos. Tú has irritado al Altísimo por tus crímenes y tus blasfemias, tú perecerás en la derrota y en la sangre” (San Anselmo de Sunium (Siglo XIII) M. Servant, pág. 281).

Cuando la letra K sea alabada en Roma, cuando Kasper ha sido ensalzado por un falso Profeta, entonces viene la desgracia para toda la Iglesia. La ruina es ese Sínodo, sellado por el demonio, para comenzar la liquidación de la Iglesia. Y Kapser es el maestro, la mente que todos siguen para llevar a cabo el proyecto del demonio en Roma.

Un falso profeta siempre señala a un anticristo. Francisco, como falso Papa – y, por tanto, como falso Profeta-, señala a un falso Obispo, a un falso Cristo, que tiene por lema en su teología: fe e historia. Es decir, la fe en lo científico (= el carácter científico de la teología = el diálogo con las muchas ciencias humanas, con la sabiduría de los hombres, que es necedad) y la práctica en lo social (= que el Evangelio impregne el mundo de hoy, lo cambie, pero que los hombres no quiten sus pecados). Una mente que se abre a la sabiduría humana, anulando la gracia y el don del Espíritu; y que busca caminos prácticos a las cuestiones de los hombres, a sus problemas, a sus vidas en el mundo.

La necesidad de dar respuesta a los problemas de la paz, de la justicia y de la libertad humanas, así como los nuevos interrogantes éticos, han hecho que Kasper anule todo el dogma en su teología, iniciando una eclesiología y una cristología totalmente heréticas y cismáticas.

Kasper es un anticristo, pero no es el Anticristo. Es un precursor del Anticristo: «Han de venir precursores del mismo. He visto en algunas ciudades maestros de cuyas escuelas podrán salir esos precursores» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 3)

Kasper pertenece a la escuela católica de Tubinga, en donde no se enseña ninguna fe católica. Allí se enseña cómo pertenecer a una Jerarquía infiltrada en la Iglesia, cómo ser de una Jerarquía falsa para construir una falsa iglesia. Francisco y Kasper son dos almas gemelas, que viven de lo mismo y piensan lo mismo. Si quieren conocer el pensamiento de Francisco lo tienen en la teología de Kasper.

Para Kasper, «la teología sólo es posible en la corriente abierta del tiempo» (= la teología no es eterna, sino temporal) y, en consecuencia, «la unidad en la teología no puede ser hoy la de un sistema monolítico, sino que consistirá en la intercomunicación recíproca de todas las teologías, en la referencia de todas ellas a un objeto común, y en la utilización de unos principios básicos comunes» (= la teología es algo relativo, no absoluto) (“Situación y tareas actuales de la teología sistemática”, en: W. KASPER, Teología e Iglesia, Barcelona 1989, p. 7-27; aquí: p. 13. Véase: M. SECKLER, Kein Abschied von der Katholischen Tübinger Schule, en: Divinarum rerum notitia, p. 749-762).

Esto es una aberración, porque se pretende unificar las mentiras en un común denominador: como existe un pluralismo de teologías condicionado culturalmente; es decir, como se da la teología africana, la asiática, la latinoamericana, etc., hay que buscar, no ya el fundamento de la verdad; no es el dogma el común de todas esas teologías. Es la intercomunicación, el diálogo, el coger de aquí y de allá para encontrar un común, una unidad.

La teología, la ciencia de la palabra de Dios sólo es posible en el tiempo, pero en la corriente abierta del tiempo: en lo que los hombres piensan, obran, viven en sus tiempos. Ya la ciencia de lo divino no se funda en Dios, en lo eterno, sino en los hombres, en la temporalidad, en las ciencias humanas y en sus conquistas. Es una teología para abajar lo divino a lo humano, para anularlo, y para elevar el pensamiento del hombre sobre el pensamiento de Dios.

Entonces se cae en un absurdo: ¿Cómo puede ser universal una teología que, al mismo tiempo, respeta el pluralismo de ideas, lo individual de cada persona, la idea relativa, errónea, herética, que cada hombre tiene de Cristo y de la Iglesia? ¿Cómo no sucumbir al relativismo haciendo una unidad relativa de pensamientos discordes, dispares, oscuros, sin verdad, que llevan a la duda, al error, al engaño, a la mentira? ¿Cómo compaginar tamaña multiplicidad de ideas, que no son legítimas, que no son válidas para la fe, con la verdad absoluta? Sencillamente, no se puede. Sin quitar el pecado, sin apartarse del error, es imposible encontrar la unidad en la verdad.

Pero, en la mente de estos herejes, hay un camino en la mentira, para dar una solución totalmente herética y cismática, y conseguir una unidad utópica, sólo en el papel, sólo en sus mentes, pero no en la práctica de la vida.

Para Kasper, la eclesialidad no significa atadura a un sistema doctrinal, a unos dogmas, sino la inserción en un proceso vivo de tradición y de comunicación, en el que cual se actualiza y se interpreta el evangelio de Jesucristo: «sólo en el testimonio de la Iglesia poseemos el Evangelio de la liberadora acción salvífica de Dios en Jesucristo como noticia origina de Éste en la Escritura». Es decir, en sus palabras: «La teología sólo es posible en la comunión de la Iglesia, en y bajo la norma de la tradición viva» (= no en y bajo la norma de la tradición divina) (Ib., p. 14). La fe -para Kasper- hay que actualizarla según la vida de cada hombre en su tiempo concreto. La fe no es un Pensamiento Divino inmutable, no es una verdad absoluta, inmutable, que no admite la idea humana, sino una moda de los hombres, algo que cambia según el gusto de cada hombre, un producto de los tiempos, de las culturas, de la intercomunicación o diálogo entre los hombres.

Con estas palabras de Kasper se anula el Evangelio de Cristo, la Palabra de Jesús dada a Sus Apóstoles. Se anula el testimonio de Cristo, la tradición divina, para poner el testimonio de los hombres, de la Iglesia, la tradición viva de las culturas humanas.

Una cosa es el Evangelio de Cristo, que es la Palabra de Dios; otra cosa es la Iglesia, que Cristo ha fundado. Y la ha fundado en Su Misma Palabra Divina, no fuera de Ella. No la fundó por una palabra o idea humana. Y Cristo, al fundar Su Iglesia, da el poder a la Jerarquía para interpretar verdaderamente el Evangelio.

Es el testimonio de la Jerarquía, no de la Iglesia, lo que da valor al Evangelio. Pero esa Jerarquía tiene que ser verdadera, tiene que imitar a Cristo, tiene que ser otro Cristo, tiene que someterse a la tradición divina, para no adulterar el Evangelio, para no cambiarlo. Para no presentar un falso Cristo a la Iglesia.

El gravísimo problema de Kasper es su concepto de Iglesia, que le llevó a enfrentarse al cardenal Raztinger, ante el escrito que la Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, “Sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión”, sacó el 15 de julio de 1992, para salir al paso de todas aquellas tendencias que favorecían una desfiguración teológica y un empobrecimiento del concepto y del misterio de la Iglesia. Kasper nunca se sometió al Papado de Juan Pablo II y, por eso, combatió este escrito hasta el final. Y, por supuesto, tampoco se sometió al Papado de Benedicto XVI.

Lo que no le gustó a Kasper, ni por tanto, a tantos teólogos errados como él, fue este punto: “la Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares ni como una federación de Iglesias particulares”, y, por tanto, la Iglesia universal “en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular” (n. 9 del documento).

Estos teólogos no aceptan que Cristo funde Su Iglesia en el Calvario y que, después, una vez que resucita, va indicando a Sus Apóstoles lo que tienen que hacer en la Iglesia. Ellos combaten la estructura de Roma y ponen el fundamento de la Iglesia en las particulares. Las Iglesias particulares ya no son en la Iglesia universal, en la que funda Jesús en Pedro, sino que son independientes de ese tiempo, de esa cronología, de esa historia. Y, por tanto comienza mucho antes que el Calvario. Francisco, en su herejía, la remonta a Abraham. Se cargan el fundamento de la fe: el dogma del Papado, lo que Jesús hizo en Pedro, para poner la vista sólo en la comunidad de personas. Y, por eso, defienden las diferentes teologías en las diferentes culturas, como una tradición viva de las Iglesias particulares. Este es el gran error de estos herejes. La tradición viva es lo que viven los hombres en cada tiempo, pero no es la tradición divina, que va pasando de generación en generación, sin cambiar nada el dogma, esa Verdad Revelada. Lo vivo no es lo divino inmutable y eterno, sino lo humano cambiante y temporal.

Por eso, el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe seguía diciendo en el n. 9: “Así pues, la fórmula del Concilio Vaticano II: La Iglesia en y a partir de las Iglesias (Ecclesia in et ex Ecclesiis), es inseparable de esta otra: Las Iglesias en y a partir de la Iglesia (Ecclesiae in et ex Ecclesia). Es evidente la naturaleza mistérica de esta relación entre la Iglesia universal e Iglesias particulares, que no es comparable a la del todo con las partes en cualquier grupo o sociedad meramente humana”.

Kasper reivindica que la Iglesia es una realidad histórica, no divina. Y, por tanto, la teoría –el dogma- no sirve cuando hay problemas que resolver en la historia de los hombres. El dogma tiene que acomodarse a la vida de cada hombre. Lo fundamental, para Kasper, es la distancia creciente entre las normas marcadas para la Iglesia universal y la praxis concreta de las iglesias particulares. Y, por eso, él defiende la libertad que tienen que tener las Iglesia particulares para resolver cuestiones morales, praxis sacramental o ecuménica, como son la admisión a la comunión de divorciados vueltos a casar… Hay que descentralizarse de Roma y vivir la iglesia según los propios contextos culturales y locales.

Este pensamiento lo tienen en el artículo publicado en la revista Stimmen der Zeit, a comienzos del año 2000, con el título de “discusión amigable con la crítica del cardenal Ratzinger” (Das Verhältnis von Universalkirche und Ortskirche: Freundliche Auseinandersetzung mit der Kritik von Joseph Kardinal Ratzinger: Stimmen de Zeit 218 (2000) 793-804. El texto del cardenal Ratzinger, ’ecclesiologia della Costituzione Lumen gentium”, puede verse en: R. FISICHELLA (ed.), Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualità alla luce del Giubileo, Cinisello Balsamo 2000, p. 66-81).

Este pensamiento de Kasper es el propio de Francisco: hay que descentralizar Roma. Hay que cambiar el Papado. Porque se pone la Iglesia en las particulares, no en la universal. No es lo que Jesús fundó, sino lo que los discípulos hicieron en cada iglesia particular.

De aquí nace todo el falso ecumenismo en Francisco: la unidad de la diversidad. Francisco sigue a Kasper en esto. Y Kasper sigue a Mohler: «La teología ecuménica» del siglo XX, distinguía entre oposición y contradicción, de modo que en su opinión sólo se podrá retornar a la unidad de la Iglesia si las contradicciones se transforman paulatinamente en contraposiciones. Ello significa una nueva calidad de la unidad, un nuevo reconocimiento de la pluralidad en una unidad más amplia que no sólo incluye teologías, espiritualidades y ordenamientos eclesiales dispares, sino también fórmulas de confesión de la fe expresadas en términos diversos sobre el humus de la verdad única del Evangelio» (W. Kasper, Rückkehr zu den klassichen Fragen ökumenischer Theologie: Una Sancta 37 (1982) p. 10. Renovación del principio dogmático“, p. 49-50. Cf. Al corazón de la fe, 209-232).

Para Kasper, la idea de unidad de la Iglesia está en la interpretación recíproca de lo contrapuesto. Lo más característico de esta falsa teología ecuménica consiste en partir, no de lo que separa, sino de lo que es común, considerando a los otros como hermanos y hermanas en la misma fe. Este es el gravísimo problema de Kasper y de Francisco.

Porque tienen que hacer un común en lo humano, en el pensamiento de los hombres. Entonces, no hay que ver las cosas, las ideas que separan. Hay que centrarse en las ideas que unen. Consecuencia: hay que anular el dogma, porque eso es lo que separa. Hay que quitar las verdades absolutas, la Revelación divina. Hay que interpretar la tradición divina, la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia, según lo común a todos los hombres, porque todos tenemos la misma fe. Es hacer una comunión de hombres, una iglesia para los hombres. Es dejar la Iglesia Revelada en Cristo como inútil para la unidad. Ya la Verdad no está en Cristo, sino en la mente de todos los hombres. La verdad es una relación, un relativismo; no es la adecuación de la cosa a la realidad de la vida. Ya el hombre no tiene que acomodarse a la Verdad, someterse a Ella, sino que es la verdad la que se acomoda al hombre, la que se abaja al hombre, la que se pierde, se oculta, en el relativismo de cada mente humana. La verdad es sólo una creación de la mente del hombre.

Se equiparan todas las Iglesias: todas son verdaderas: los ortodoxos, las anglicanos, los católicos, los protestantes, etc.; todas tienen sus interpretaciones de lo que es la unidad, de lo que es la verdad, de lo que es la Iglesia, de lo que es Cristo. Y eso produce contradicciones. Hay que transformar esas contradicciones en un espacio para la pluralidad: “El objetivo del ecumenismo es la unidad visible, la plena comunión de las Iglesias, que no es una Iglesia de la unidad uniforme, sino que abre espacio para la legítima pluralidad de los dones del Espíritu, de las tradiciones, de las espiritualidades y de las culturas” (W. KASPER, Perspektiven einer sich wandelnden Ökumene: Stimmen der Zeit 220 (2002) 651-661; aquí: 652. Esta dimensión de la personalidad del cardenal W. Kasper ha sido puesta de manifiesto en: P. WALTER, KL. KRÄMER, G. AUGUSTIN (eds.), Kirche in ökumenischer Perspektive. Cardinal W. Kasper zum 70. Geburtstag, Freiburg-Basel-Wien 2003).

Kasper representa a una Iglesia que no es la de Cristo, sino que mira de cerca al mundo para darle lo propio del hombre: una iglesia que quiere ponerse en solidaridad con el hombre, al lado de las gentes, para compartir sus vidas humanas, pero no para vivir a Cristo en esas vidas humanas, no para ofrecer la Verdad, que es Cristo, a esa humanidad, no para hacer las obras de Cristo por el hombre. No. Es una iglesia del hombre y para todos los hombres. Y, por eso, Francisco es tan sentimental, tan llorón de la vida de los hombres.

Kasper quiere una iglesia que vaya más allá de los aspectos dogmáticos, que se interese por los pobres y los necesitados, por la dignidad del ser humano, que no se quede en el fundamentalismo, sino que dé el Evangelio. Pero el problema de Kasper es la concepción de Cristo y de Su Evangelio.

«La confesión «Jesús es el Cristo» es una formula abreviada para expresar la fe cristiana, y la cristología no es más que la interpretación rigurosa de esa confesión» (W. KASPER, Jesús, el Cristo, Salamanca 1976, p. 14. Véase: J. VIDAL TALÉNS, El Mediador y la mediación. La cristología de Walter Kasper en su génesis y estructura, Valencia 1988. N. MADONÌA, Ermeneutica e cristologia in Walter Kasper, Palermo 1990. J. ZDENKO, Christologie und Anthropologie: eine Vehältnisbestimmung unter besonderer Berücksichtigung des theologischen Denkens Walter Kaspers, Freiburg i. Br. 1992. Véase: Al corazón de la fe, 96).

Es decir, cuando el alma dice que «Jesús es el Mesías» está indicando una fórmula abreviada de su fe. No está indicando a una Persona Divina. Es un lenguaje humano, una idea que el hombre tiene en su cabeza, es un recuerdo, una memoria. La fe es un acto de memoria, es ir al pasado y recordar que Jesús es el Mesías. Y, entonces, en ese recuerdo, en ese acto mental, viene la interpretación. ¿Cómo se le da la interpretación rigurosa a esa fórmula? Responde Kasper: la teología se encuentra en la tarea de pensar la relación entre la fe cristiana y la cultura humana. Jesús es el resultado histórico de una tradición profética. Jesús no es Dios, sino que es la realización histórica y encarnada del plan salvador de Dios. Jesús no es el Verbo que se encarna. Es el hombre que encarna la idea divina de la salvación, que está en el AT, reunida en todos los profetas. Jesús es el hombre que tiene una experiencia profunda de la vida, un saber adquirido de la vida. Para Kasper, el hombre sabio no es aquel que tiene una Verdad Absoluta, sino aquel que resuelve el problema de los hombres, la vida de los hombres, el que pone un camino a los hombres.

Por eso, para Kasper, Jesús fue el hombre, que reunió en sí toda la sabiduría del pasado, y se puso a trabajar por los pobres, por los necesitados. Para Kasper, no se tiene una verdad para un dogma, sino una verdad para resolver un problema del hombre. Por eso, para este hombre el principal interlocutor de la teología actual es el hombre que sufre, es la criatura oprimida por muchas injusticias sociales. Y Cristo es un luchador, un Mesías terrenal, un hombre con un Evangelio que porta un ideal político, cultural, económico.

El hombre de fe no tiene que fijarse en Cristo que sufre, sino en el hombre que sufre. De esta manera, se abaja el Misterio de la Cruz en el sufrimiento de los hombres. Ya el sentido del dolor de Cristo en la Cruz no tiene validez: que Cristo haya muerto por nuestros pecados no resuelve los problemas de los hombres. Es una fe, para Kasper inútil, que se queda en el fundamentalismo, pero que no va a la experiencia de la vida. No hay que hacer penitencia, no hay que unirse a Cristo para resolver los problemas de la vida. Hay que sufrir con el prójimo y así se van resolviendo los problemas de los hombres.

Y, entonces, cuando se dice la fórmula: Jesús es el Mesías, se está diciendo que el que cree, el que tiene fe en Cristo tiene que dedicarse a resolver los problemas de los hombres, sus vidas. Esa es la verdadera interpretación, la rigurosa, de esa fe. ¿Dónde está Cristo? En el hombre que sufre. El pobre es la carne sufriente de Cristo, que es lo que pregona constantemente Francisco.

Este pensamiento de Kasper lo tienen en sus dos libros: “Jesús, el Cristo” y “El Dios de Jesucristo”. Dos libros heréticos y cismáticos, donde siempre ha bebido Francisco.

Cuando un falso Profeta alaba a un anticristo, a un Obispo que se opone a Cristo en Su Doctrina, entonces hay que pensar que esa alabanza no es por casualidad. No es porque a Francisco se le ocurrió dar a conocer la obra de Kasper, que toda la Jerarquía sabe que es un hereje manifiesto.

Francisco lo dice para dar una señal: para que todos miren al anticristo. Al que va a romper la verdad en la Iglesia. Al que inicia esa ruptura. Porque el pobre Francisco es sólo un vividor. No sabe de teologías. No sabe pensar la vida desde Cristo, sino desde los hombres. Por eso, Francisco renuncia muy pronto a su cargo en su nueva iglesia, para dejar paso a este anticristo. Hace falta una cabeza pensante, como Kasper. Y ya Kasper se enfrentó al Papa Benedicto XVI siendo cardenal. Así que tiene que cumplirse las profecías:

“He visto un cuadro maravilloso de dos iglesias y de dos Papas, y de un extraordinario número de cosas antiguas y nuevas….» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 2 – pag 404).

«Entonces me fue mostrada también una comparación de los dos papas, del verdadero y de éste, y de éste y de aquel templo…; me fue dicho y mostrado cuán débil era el verdadero Papa (en los principios) y cuán desprovisto de ayuda estaba; pero fuerte en la voluntad para derribar tanto ídolos y tantos falsos cultos y reunirlos en uno verdadero. Por el contrario, cuán fuerte por el número de adeptos, pero débil de voluntad, era este papa (o jefe de secta), pues había dejado al único y verdadero Dios y al solo y legítimo culto, permitiendo que se cambiasen en tantos ídolos y tantos falsos cultos, y habiéndose erigido ese falso templo… He visto también cuán perniciosas serán las consecuencias de esta pseudoiglesia. La vi crecer, y vi muchos herejes de toda condición ir hacia Roma y establecerse allí» (Ib. Pag 407).

«¡Quieren robar al Pastor sus propias ovejas! ¡Quieren meter dentro por la fuerza a otro que cede todo a sus enemigos!» (Ib. – pag 422).

«Vi la falsa iglesia crecer y vi sus funestas consecuencias, y vi a muchos herejes de todas condiciones ir a Roma. Vi aumentar allí la tibieza de los eclesiásticos y difundirse más y más la oscuridad. Entonces se extendió por todas partes esta visión. Vi en todo lugar a la comunidad católica oprimida, perseguida, impedida y sujeta. Vi que en muchos lugares se cerraban las iglesias y vi por todas partes la desolación. Vi guerras y efusión de sangre. Vi surgir poderosamente un pueblo oscuro y feroz, pero que esto no duró mucho tiempo. Vi que la Iglesia de San Pedro iba a ser demolida mediante un plan hábilmente concertado por las sociedades secretas y devastada por violenta tempestad» (Ib. – pag 426).

Estamos en los momentos en que se cumplen las más terribles de las profecías: las que son del Cuerpo Místico de la Iglesia. Las que hablan del sufrimiento de la Iglesia como Cuerpo. Cristo, Su Cabeza, ya pasó por el dolor, por la Cruz. Ahora, le toca el turno a Su Iglesia.

Ahora es cuando se va a conocer la fe de la verdadera Iglesia, de aquellos miembros unidos siempre a Cristo, de aquellas almas que han comprendido qué es adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Son pocas las almas de la Iglesia fiel a la Gracia de Cristo. Son pocos los miembros de Cristo. Son muchos más los miembros del demonio.

Por eso, hay que disponerse a contemplar una batalla entre los hombres: los que siguen la herejía y, por tanto, obedecen a un falso Papa; y los que siguen en la Verdad y, en consecuencia, no pueden obedecer la mente de ningún hombre en la Iglesia.

La Iglesia es Cristo, no los hombres. Y, por eso, para ser Iglesia hay que ser de Cristo, no de los hombres.

Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no al Primado

1507734_695471530510715_2179085076733138278_n

«con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro» (Bendedictus PP XVI – Vaticano, 10 de febrero del 2013).

¿Cuál es el verdadero sentido del “ministerio” o “diakonia”?

«Porque, ¿qué es Apolo, qué Pablo? Ministros (dialonoi) según lo que a cada uno ha dado el Señor, por cuyo ministerio habéis creido. Yo planté, Apolo regó; pero Dios ha sido el que dio el crecimiento. Ni el que planta es algo ni el que riega, en comparación con el que da el crecimiento, que es Dios. Nosotros somos los ayudantes de Dios y vosotros sois la plantación de Dios, la edificación de Dios. Los hombres no nos han de tener por otra cosa más que por ministros de cristo y dispensadores de los misterios de Dios» (1 Cor 3,5-9).

Aquí está todo el profundo sentido teológico del misterio de las potestades dadas por Cristo a Su Iglesia.

Cristo tiene todo el Poder en la Iglesia, al ser la Cabeza Invisible y viviente del Cuerpo místico. Ni el Papa, ni los Obispos, ni los sacerdotes suceden a Cristo en este Poder, porque Cristo no tiene ni puede tener sucesión en esto.

En la Iglesia, la Jerarquía es la mandataria, la colaboradora, la ayudante, el instrumento, la que participa del Poder de Cristo.

“Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (cf. In 10, 36), hizo partícipes de su consagración y de su misión a los Apóstoles y a sus sucesores los Obispos, en su Oficio ministerial, para actuar en persona de El y participar en los Cargos de Maestro, Pastor y Pontífice del mismo Salvador”. Y refiriéndose a los Sacerdotes no a los Obispos, enseña, que “los Presbíteros, aún no teniendo la cumbre del Pontificado y dependiendo de los Obispos en el ejercicio de su potestad, sin embargo, por la sagrada Ordenación y la misión que obtuvieron por medio de los Obispos, fueron promovidos para servir a Cristo Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio son partícipes en el Oficio del único Mediador: Muneris unici Mediatoris Christi participes sunt” “ (Conc. Vatic. II, Const. Dogmat. “Lumen gentium”, n. 28, § 1; cf n. 21, § 2; Decretum “Presbyteror. Ordinis”, n. 1)

Y, por tanto, los que tienen autoridad en la Iglesia deben considerar esa potestad como algo sagrado, que se ha de tratar con plena fidelidad a la obra Redentora de Cristo. Esa potestad es para salvar y santificar almas. No se puede emplear para otra cosa en la Iglesia. No es para algo profano, ni material, ni humano, ni político, ni económico… Y, por lo tanto, el que tiene autoridad en la Iglesia debe poseer una abnegación profunda, un desprendimiento de todas las cosas humanas, para poder dar la sola Voluntad de Dios, sin ofrecer voluntades humanas, a todo el Rebaño encomendado a su labor. Si los que componen la Jerarquía de la Iglesia no hacen oblación de sus voluntades humanas, entonces después no pueden exigir ninguna obediencia de los fieles. Ellos están urgidos de dar lo que Dios quiere: la sola Voluntad Divina. Y a ellos solos el Señor los juzgará por esto.

Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no renunció al Primado: «declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma».

Benedicto XVI no declara que renuncia al Primado, porque sabe bien que no puede renunciar.

Francisco declaró que fue elegido Obispo de Roma, pero no Papa: «Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma… La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo… Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma…. Deseo que este camino de Iglesia…sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan hermosa…. Mañana quisiera ir a rezar a la Virgen, para que proteja a toda Roma» (ver texto). Francisco no hizo mención, ni una sola vez de la Iglesia católica, de la figura del Papa. Sólo mencionó a Roma. Sólo se presentó como Obispo de Roma. Sólo dijo que en el cónclave los cardenales dieron un Obispo a Roma, pero no un Papa a la Iglesia Católica.

Esto es muy importante analizarlo y verlo, porque aquí está todo el engaño que nadie quiere ver.

La cuestión de la sucesión en el Primado es independiente del hecho del derecho del Episcopado Romano de San Pedro. San Pedro vivió en Roma y allí predicó el Evangelio; pero de esto no se sigue que San Pedro es Obispo de Roma, porque también San Pablo estuvo en Roma y predicó allí; y los Papas de Aviñón poseían el Primado, pero no se han reservado siempre para ellos el Episcopado de Aviñón. Si embargo, hay una voluntad divina, no expresa, sobre Roma: “Pues Jesucristo eligió exclusivamente a la ciudad de Roma y la consagró para sí. Aquí ordenó que se mantuviera perpetuamente la Sede de su Vicario” (León XIIII).

La pregunta es: ¿se puede separar el Primado del Episcopado Romano?

El Papa es el Obispo legítimo de la diócesis de Roma. ¿Si renuncia a ser Obispo de Roma, renuncia a ser Papa?

El Concilio Vaticano I lo dejó muy claro: “Se advierte que hay que distinguir entre el derecho, por el que Pedro tiene sucesores en general, y lo cual es de institución divina, y entre el derecho, por el que Pedro tiene sucesores en concreto en la Sede Romana, y lo cual se deriva del hecho de Pedro: Por lo cual se dice que lo primero es de derecho divino y que en cambio esto segundo más bien es por divina ordenación” (cfr. D 1824).

1. Una cosa es la ley de la sucesión perpetua en el Primado: es decir, Pedro tiene legítimos sucesores en el Primado.

2. Otra cosa es la condición de esa sucesión: es decir, quien es Papa es también Obispo de Roma. El sucesor de Pedro es solamente el Obispo de Roma.

El Sucesor de Pedro no está en la ciudad de Constantinopla, cuando los disidentes orientales, en el siglo IX, en unión con Focio, la proclamaron como segunda Roma, y a mitad del siglo XI, juntamente con Miguel Cerulario, llevaron a cabo la separación de la Iglesia Romana, y después de la conquista de Constantinopla, por los turcos, el año 1453, proclamaron la Sede Patriarcal de la Iglesia Ortodoxa Rusa como la tercera Roma; y daban a entender el año 1917 que se le otorgaba al Patriarca Ruso la jurisdicción suprema mediante el rito por el que le entregaba el báculo pastoral de San Pedro.

El Sucesor de Pedro está en la ciudad de Roma y es el Obispo de Roma.

En el falso ecumenismo reinante, se está siguiendo la doctrina de los protestantes, que dice que el gobierno de la Iglesia pertenece propia y de manera exclusiva a Jesucristo; y por tanto, la estructura Papal y los episcopados perjudican a la libre predicación de la palabra de Dios en la Iglesia. En consecuencia, hay que descentralizar el gobierno de la Iglesia, que es lo que está haciendo Francisco. Que todos sean independientes de Roma y que usen el poder que tienen según cada uno lo entienda para el bien de la Iglesia en sus diócesis. Por supuesto, que esta independencia no es absoluta, sino muy dependiente de los dictados de Roma.

Francisco no cree en la sucesión del Primado, pero sí cree en el Episcopado Romano. Él no se siente Papa, porque sabe que no puede serlo; pero se siente Obispo de Roma. Y este es el gran engaño. Y de aquí inicia el cisma, como en los orientales. Su nueva sociedad está imperada a buscar otro sitio diferente a Roma. Si él ya no vive en los Palacios de los Papas, sino en el cortijo de Santa Marta es por algo. No es por una medida de austeridad o de humildad. Es que no es el Papa, sino el Obispo de Roma. Y, como tal, ha puesto su residencia privada. Después, usa lo demás por el protocolo, para tirarse la foto adecuada con todos.

Se dan en teología tres sentencias sobre la unión de San Pedro con el Episcopado Romano:

1. Pedro, por mandato de Jesucristo, unió el Primado a la Sede Romana; en consecuencia, ni el Romano Pontífice mismo puede separar el Primado del Episcopado Romano (Cayetano, Melchor Cano, Gregorio de Valencia).

2. El Primado está unido a la Sede Romana por derecho eclesiástico; en consecuencia, el Sumo Pontífice puede separar el Primado de la Sede Romana, por justas causas (Soto, Bañez).

3. El Romano Pontífice sucede a Pedro en cuanto a la Cátedra Romana, por derecho eclesiástico; pero como Pedro mismo desempeñó, al mismo tiempo, el Primado juntamente con el Episcopado Romano, como que insertó el Primado en el Episcopado Romano, de forma que fuera una sola y la misma cosa ser Obispo de Roma y ser Primado de la Iglesia, entonces el Primado y el Episcopado Romano son absolutamente inseparables (Perronio).

Benedicto XVI ha seguido la segunda sentencia: ha separado el Primado de la Sede Romana por una causa justa, su enfermedad: «para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer el ministerio que me fue encomendado» (Bendedictus PP XVI – Vaticano, 10 de febrero del 2013)

La Sede Romana ha sido fundada por Pedro mismo, no por Jesucristo ni por voluntad expresa de Jesucristo. Jesús funda Su Iglesia en Pedro, no en Roma. Pero la unión del Primado con la Sede Romana hay que atribuirla a una dirección especialísima por parte de Dios:

“Aunque pueda decirse en algún sentido que la monarquía suprema de la Iglesia esta anexionada solamente por derecha humano a la Sede Romana, a saber porque la unión de ambas tuvo su origen en el hecho de Pedro, sin embargo no parece que pueda sustentarse la opinión de aquéllos, que afirman que la anexión de la que acabamos de hablar es de tal forma de derecho humano, que la Iglesia puede deshacer esta anexión y que una puede ser separada de la otra” (Bendicto XIV).

La unión perpetua del Primado con el Obispo de Roma exige que aquel que posee el Primado sea “de iure” el Obispo propio de la Iglesia de Roma; sin embargo no lleva consigo la obligación de residencia en Roma.

Benedicto XVI ha reclamado para sí el Primado, pero ha renunciado a ser el Obispo de Roma. Este es el punto teológico que sustenta las palabras del Papa.

Benedicto XVI ha ejercido su autoridad sobre toda la Iglesia. Y lo ha hecho porque es el Romano Pontífice, es por derecho divino el Papa, que tiene el Primado de Jurisdicción, y que no puede darlo a nadie porque sólo pertenece al Papa.

Benedicto XVI se retira de su ministerio como Obispo de Roma, pero sigue siendo el Papa, porque sólo el Romano Pontífice puede reclamar siempre para sí como propio el Primado de Jurisdicción. Nadie se lo puede quitar, nadie se lo puede reclamar. Y toda la Iglesia lo ha reconocido como el sucesor de san Pedro, como Papa legítimo.

Y aquí está el engaño: ahora la Iglesia no lo reconoce como Papa legítimo, sino como Papa emérito, sin el Primado de Jurisdicción, con un Primado de honor. Y esto es ir en contra de todo el dogma del Papado. Porque sólo el Papa legítimo tiene el Primado de Jurisdicción hasta su muerte. Y sólo en la muerte, el Papa legítimo pierde ese Primado de Jurisdicción a favor de un nuevo Sucesor de San Pedro. Nadie, en la Iglesia, puede llamar al Papa legítimo como emérito, con un primado de honor, que es lo que se ha hecho para meter a toda la Iglesia en un gran engaño.

La Jerarquía de la Iglesia realiza un ministerio, una diakonia. No son los sucesores de Cristo en el Poder; son los que participan del Poder que Cristo da a Su Iglesia.

Francisco se arroga un poder que no tiene y se cree sucesor de Cristo en ese poder humano. Y, por eso, predica lo que quiere y obra como le da la gana en la Iglesia: es su orgullo en el poder.

Y Francisco, con ese poder humano, ha fundado otra nueva sociedad como Obispo de Roma, no como Papa legítimo. Este es el punto. Y, por tanto, nadie puede seguir a Francisco. Nadie lo puede obedecer porque se ha separado de la unidad de la Iglesia en Su Cabeza: ha anulado la verticalidad para poner una horizontalidad que ya no es la Iglesia Católica.

Por eso, grandes desastres vienen para todos: primero para la Iglesia porque no quiere ver el engaño. A continuación, para todo el mundo porque el demonio ya tiene en sus garras el Poder que tanto necesitaba: el de la Iglesia.

Benedicto XVI tuvo que permitir un nuevo cónclave sabiendo que no se podía celebrar. No podía revelar la verdad de su renuncia, porque su vida peligraba y aún sigue en grave peligro. Lo que hay en Roma no es un juego, sino algo muy serio y muy peligroso para todos.

La Iglesia Católica ya no es visible porque ya no es una

Audio del post:


border560x1verde

nomireis

Lo uno se opone a lo dividido y, por lo tanto, es aquello que no tiene división en sí, es decir, no posee división interna.

Lo único no es lo múltiple, no es lo diverso: la Iglesia católica es única, no múltiple. No se puede dividir en su esencia. Quien la quiera dividir, automáticamente, hace su propia iglesia. Es lo que ha hecho Francisco al poner su gobierno horizontal: ha dividido la Verdad del Papado = se ha puesto fuera de la Iglesia Católica, porque el Papado no admite división, es decir, no admite horizontalidad. El Papado es vertical. Francisco no ha seguido la línea de la Gracia, entonces, de manera automática, ha puesto la línea protestante en el gobierno. Y, en esa línea protestante, el poder masónico. Y lo que hay en el Vaticano no es la Iglesia Católica, no se ve, no es visible. Sino lo que se ve es una nueva iglesia, una más de las muchas protestantes que hay. Una cloaca de inmundicia y de demonios.

La Iglesia fundada por Cristo en Pedro se distingue visiblemente como verdadera respecto de las falsas. No hay diversidad de Iglesias católicas. Hay una única Iglesia Católica y se puede ver en la realidad de la vida.

Hay una sola Iglesia católica que excluye a las demás iglesias. Esto es muy importante conocerlo, para no caer en esto:

«Sabemos que en los primeros mil años hubo una sola Iglesia, la llamada iglesia católica, y ser católico es decir universal, no quiere decir romanos, católico quiere decir si usted ha nacido de nuevo… eso es ser católico… Apodérense, recuperen lo que les pertenece…Somos católicos…Y después hubo una ruptura al final del primer milenio…tuvimos a los ortodoxos, este y oeste, dos iglesias; y luego, quinientos años más tarde, tuvimos a Lutero y sus protestas, tres iglesias,…después de la reforma de Lutero hasta hoy tenemos 53.000 nuevas iglesias…Yo llegué al entendimiento que la diversidad es divina, pero la división es diabólica» (Tony Palmer). Y termina su discurso, diciendo: «Somos católicos en el sentido de universalidad, no protestamos más la doctrina de la salvación como lo enseñaba la Iglesia Católica…no más…Ahora nosotros explicamos el mismo Evangelio, ahora predicamos que la salvación es por gracia, por medio de la fe sola… la palabra sola fue el argumento por medio de quinientos años…».
sapo

Tony Palmer fue un sapo del demonio, amigo del necio de Francisco. Y entre ambos se codeaban buscando el sentimentalismo de la unidad: el abrazo entre hermanos que la historia había separado.

Tony Palmer habla del pancristianismo, que es la herejía que se opone a la doctrina católica acerca de la unidad de la Iglesia. Promueve constituir una cierta unión de todas las confesiones o denominaciones cristianas, sin que ninguna de ellas pierda su independencia. Todas se separaron de la Iglesia católica: ortodoxos, protestantes, etc… Y, por tanto, son diversas. Se separaron en la verdad, luchando por una verdad, por una idea que, para ellos, era su verdad y que la Iglesia Católica no aceptaba. Y todas esas iglesias han hecho una diversidad de iglesias, denominaciones cristianas como las llaman ellos.

Para este hombre, ya no hay que protestar más porque es bueno acomodarse al lenguaje humano. Si la Iglesia Católica dice que la salvación es por medio de la gracia, sin mérito alguno; entonces vamos a dejar el argumento de la sola fe, y aceptemos el lenguaje: vamos a predicar que la salvación es por medio de la gracia. Y, entonces, este hombre se convierte en un santo, en un justo, en un fariseo: prediquemos lo que no vivimos. Prediquemos que la salvación es por medio de la gracia, sin mérito alguno. Pero no vivamos la Gracia. Consecuencia: debe caer en esta blasfemia: todos hemos recibido la gracia de la impecabilidad. Ya no pecamos más. Ya somos todos santos. Prediquemos eso, y entonces el muro de la división se cae. Y no interesa la gracia, ni cómo vivir en gracia, ni cómo seguir a la gracia, ni cómo ser fiel a la gracia. Eso no se lo pregunta. Sólo hace un discurso marketing: para la masa. Y, claro, tiene que aparecer el baboso Francisco en escena.

Para Palmer esta diversidad de Iglesias es divina. Éste su pensamiento herético. Decir esto es oponerse a la unidad, al uno, a lo único, porque la Iglesia no se puede dividir, no es diversa, no es múltiple.

Esto es también lo que predica Francisco: la unidad en la diversidad. Francisco es un protestante, como Palmer. Pero él busca la unidad en el sentimiento herético fraterno, no busca la unidad en la verdad de la gracia, porque no cree en ella. Y tampoco se atreve a decir la sola fe, porque sabe cómo son las cosas en la Iglesia, sino que da un giro, en su lenguaje, para esconder la herejía de Palmer, pero dice su propia herejía:

«Este idioma del corazón tiene un lenguaje y gramática especial; una gramática simple que tiene sólo dos reglas: ama a Dios sobre todas las cosas y ama a los otros porque son tus hermanos y hermanas. Con estas dos reglas podemos ir adelante» (Francisco en el video a Palmer).

La unidad, para Francisco, es un lenguaje, es una palabra, un sentimiento que proviene de una idea falsa: ama al otro porque es tu hermano. En esta idea, que nace de su herejía de la creación, de concebir a un Padre Creador del alma y del cuerpo de los hombres, anulando el pecado original, por el cual, Dios ya no tiene parte en el cuerpo del hombre, sino sólo en su alma, busca una unidad absurda e imposible, unidad en la mentira. Pero la busca sólo porque Francisco se ha convertido en un llorón de los problemas humanos. No porque le interese los hombres. Le importa muy poco el hombre a Francisco. Lo que le interesa es su negocio: ¿cómo comer en la Iglesia poniendo cara de santo, de humilde, de pobre, de fraterno, de misericordioso, pero dando puntapiés a toda la doctrina de Cristo?

« ¿De quién es la culpa? Todos llevamos la culpa. Todos somos pecadores. Por tanto, sólo uno es justo, nuestro Señor» (Ibidem)

¿De quién es la culpa de la separación? No de Lutero, ni de los ortodoxos, ni de los hombres sólo…, sino también de la Iglesia Católica. Todos tienen su culpa, todos tienen su pecado. Todos siguieron sus verdades. Todos son unos santos. El problema es que no se entendieron en las mentes. Francisco nunca dice que la Iglesia Católica no tuvo culpa en las diversas separaciones, porque no ama la Verdad Absoluta. Francisco nunca lucha por la Iglesia Católica, sino por los hombres del mundo. Esa es su lucha: una batalla para conquistar los sentimientos de los hombres, sus ideales en la vida, sus mentes. Pero nunca lucha por salvar un alma, por indicarle el camino de la salvación y de la santificación. Señal de que él tampoco lo busca en su vida personal, sino que es como muchos protestantes, que se preguntan ¿qué es la iglesia? Y se responden como Calvino: «El cuerpo y la sociedad de los fieles que Dios ha predestinado a la vida eterna. Esta iglesia es invisible, conocida solamente por Dios, el cual es el único que conoce a los que ha elegido».

Este es el pensamiento de muchos católicos tibios en su fe. Nadie se condena, todos se salvan porque Dios nos ha predestinado a todos al cielo.
bufon

«Estoy nostálgico por ese abrazo que las Santas Escrituras hablan cuando los hermanos de José comenzaron a padecer hambre…ellos fueron enviados a Egipto para comprar y poder comer. Fueron a comprar, tenían dinero, pero no podían comer el dinero. Pero allí encontraron algo más que comida: encontraron a su propio hermano. Todos nosotros tenemos dinero, el dinero de la cultura, el dinero de nuestra historia…Tenemos tanta riqueza cultural, religiosa y tradiciones diversas… pero nosotros necesitamos encontrarnos unos a otros como hermanos. Nosotros debemos de llorar juntos como el llanto de José. Con esas lágrimas nos uniremos. Las lágrimas del amor» (Ibidem).

¿Qué es lo que produce el ecumenismo? ¿Cuál es la esencia de la Iglesia? ¿La fe en Pedro? No: las lágrimas del amor. Llorar unos por otros como hermanos. El amor fraterno. Es decir, puro masonismo. El culto al amor al hombre, tolerando los diversos pensamientos humanos y, por tanto, aceptando los errores de los demás sólo como males en la vida, pero nunca como ofensas a Dios. Son pecados sociales, fruto de que los hombres no se entienden, no han encontrado el lenguaje apropiado que los una. Y he aquí, el maravilloso Francisco que ha encontrado el lenguaje que une: el lenguaje del amor. Llora por los hombres y harás unión con ellos.

Francisco anula inmediatamente la Redención en esta frase. En la Iglesia, hay que llorar por tres cosas:

1. Por nuestros malditos pecados;

2. Por los sufrimientos de Cristo y de Su Madre, al pie de la Cruz;

3. Por los pecados de los demás.

Si los hombres no lloran por estas tres cosas, sino que son llorones de su vida humana: no tengo dinero, no tengo salud, no tengo trabajo, no tengo justicia, no tengo amor, no tengo… Si los hombres se pasan la vida mirándose al ombligo, que no esperen que Dios les muestre el camino de la salvación, sino que deja que el demonio se los lleve al infierno. Porque Dios no es un Dios que resuelve problemas de la vida de los hombres. Dios es un Dios que hace santos a base de crucificar la propia voluntad del hombre.

Esto es lo que no persigue Francisco, porque no puede hacerlo: es un masón, un comunista y un protestante.

El falso ecumenismo de toda esta gente del demonio está basado en la fraternidad: una unión fraterna, un amor humano, lleno de sentimientos bastardos, heréticos, cismáticos, que se opone al amor verdadero en Cristo. Es un amor fundado en el lenguaje humano, en la idea del hombre sobre el amor, pero no en la realidad de la vida. Ellos creen en Cristo como hombre, pero no como Dios. Ellos ensalzan el amor humano en Cristo, pero no son capaces de discernir el amor divino en la humanidad de Cristo, que es el motor del amor de Cristo a los hombres.

Es el abrazo con los hombres lo principal en la predicación de estos sujetos, no es la Voluntad del Padre en Su Hijo. No es una obra divina, santa, perfecta, que sólo se puede realizar en el Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Es sólo, para ellos, una obra humana que los hombres tienen que perseguir, y que ellos llaman el trabajo de Dios en el mundo. Y en este abrazo fraternal se cargan la unidad de la Iglesia, porque han anulado la unidad en la verdad.

«No se puede fomentar la unión de los cristianos de otro modo que fomentando el regreso de los disidentes a la única verdadera Iglesia de Cristo… Pues al ser el Cuerpo místico de Cristo, o sea la Iglesia, uno solo (1 Cor 12,12), compacto y conexionado (Ef 4,15) a manera de un cuerpo físico, se diría de forma inadecuada y no sensata que el Cuerpo místico puede constar de miembros separados y esparcidos». (PIO XI en la Encíclica “Mortalium animos”).

Si los protestantes, judíos, musulmanes, budistas, etc… no regresan a la Iglesia Católica, sino que permanecen en las suyas y se dicen ellos mismos católicos, entonces no es posible el ecumenismo.

Esto es lo que Francisco quiere: que todos se queden en sus iglesias. No hacer proselitismo, sino una absurda unión entre hombres poniendo el sentimiento como base. Hay que sentirse hombres; hay que sentirse hermanos; hay que vivir como hombres y dejar vivir a los demás en sus vidas humanas. El lenguaje del amor herético, que lleva a un nuevo orden mundial, a una iglesia universal que reúne todos los credos. Es una abominación.

Si no se exige a los protestantes que dejen sus errores, que dejen sus iglesias. Si no se llama a las iglesias de los protestantes como santuarios del demonio, como sitios donde se da culto a Satanás, entonces tenemos a un Francisco que besa el trasero de Tony Palmer y de otros protestantes. Besa el trasero porque no puede hablar como él. Habla con su sentimentalismo, para ocultar la herejía. Ahora, es seguro que Francisco irá a ponerle una flor en la tumba de este hombre, para decirle al mundo lo bueno que era este sinvergüenza, esta boca de sapo de Satanás.

No se puede dar la verdadera unidad de la Iglesia más que en la unión y en la comunión de fe y de obediencia con Pedro y sus sucesores.

No es posible la diversidad porque sólo existe una sola fe. Y esa fe el Señor la ha puesto en Pedro. Esa fe es una Verdad Absoluta, inconmovible, que nunca pasa de moda, que siempre es igual, que no tiene tiempo ni espacio, que no mira al hombre ni a sus culturas, ni a sus vidas. Sólo mira a Dios.

La Iglesia de Jesús está construida en la fe de Pedro, no en la fe de los Apóstoles, no en la fe de los hombres, no en la fe de las diversas culturas, ideologías, políticas,…. no en el lenguaje del amor: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». La piedra de la fe. La fe no es un lenguaje, sino una Verdad Divina. La Iglesia se construye en la Roca de la Verdad, no en las lágrimas del sentimiento humano.

Si Pedro no cree, no tiene fe, no somete su mente humana a lo que Cristo le enseña, la Iglesia se destruye, la Iglesia se diversifica. Si Pedro cree, entonces la Iglesia se construye en la Verdad Revelada a Pedro. Y lo que Pedro enseñe en la Iglesia esa es la unidad de la Iglesia. Lo que otros enseñen, dentro y fuera de la Iglesia, si esos otros no están bajo Pedro, en obediencia a Pedro, no hacen la unidad de la Iglesia, sino que es un impedimento para esta unidad.

Cuando la Jerarquía de la Iglesia se opone a Pedro, no le obedece, entonces se da lo de los ortodoxos, lo de Lutero y lo del mismo Francisco, que ha estado toda su vida en el seno de la Iglesia rebelándose al Sucesor de Pedro. Le daba una obediencia sólo en las formas exteriores, pero por detrás, ha hecho lo que le ha dado la gana como sacerdote y como Obispo. Ahora se ha convertido en un auténtico guía de ciegos, como líder de una nueva sociedad que ya no es la Iglesia Católica. Es su iglesia, es una más en el mundo. Carece de la línea de la Gracia.

La diversidad de Iglesias es demoníaca porque llama a muchas fes, muchas doctrinas diferentes, muchas medias verdades, muchas imposturas. No es posible la unidad en la diversidad de fes, de iglesias, de religiones, de doctrinas, de tradiciones. Es un absurdo. Y este absurdo es la conquista de Francisco en su gobierno horizontal en el Vaticano. Francisco es un protestante más que ha hecho una nueva iglesia protestante dentro de los muros de Roma. Todos están obedeciendo la mente de un protestante en la Iglesia. Un hombre vulgar, plebeyo, sentimental, que huele sólo a humanidad, a mundanidad, a porquería satánica. Ha puesto una cloaca en Roma.

«La Iglesia, si nos fijamos en el fin último al que tiende y en las causas próximas que realizan la santidad, es verdaderamente espiritual: ahora bien si paramos mientes en aquellos, de cuya unión está formada, y en las realidades mismas que conducen a los dones espirituales, es externa y necesariamente visible… Son externos los instrumentos ordinarios y principales de la participación de la gracia: llamamos Sacramentos a los que son administrados por hombres elegidos ex profeso para ello, por obra de unos ritos determinados. Jesucristo mandó a los Apóstoles y a los sucesores perpetuos de los Apóstoles el que enseñaran y gobernaran a las gentes: ordenó a las gentes el que recibieran la doctrina de los Apóstoles y se sometieran con obediencia a la potestad de ellos. Sin embargo esta alternativa de derechos y de deberes en el pueblo cristiano no hubiera podido no sólo mantenerse, sino ni siquiera comenzar a no ser por medio de los sentidos que son los intérpretes y los mensajeros de las realidades. Por estos motivos las Sagradas Escrituras llaman con tanta frecuencia a la Iglesia bien cuerpo, bien también cuerpo de Cristo (1 Cor 12,27). Y por el hecho de ser cuerpo, la Iglesia se percibe por la vista» ( LEON XIII en la Encíclica “Satis cognitum” ASS 28,709s).

La Iglesia Católica se percibe por la vista. No es sólo algo espiritual. Allí donde se predica el Evangelio, es decir, la misma doctrina que el Señor enseñó a los Apóstoles; allí donde se administran los Sacramentos, que deben ser conferidos en la intención de la Iglesia, obrados según la mente del Espíritu de la Iglesia; allí donde las almas obedecen a una Jerarquía…entonces está la Iglesia Católica visible.

Ser católicos no es ser universales, sino que se compone de tres cosas:

1. Tener la plenitud de la posesión de la verdad revelada;

2. Obedecer a una Jerarquía en Pedro;

3. Usar los medios de santificación en los Sacramentos.

Estas tres cosas son de la Iglesia Católica. Y estas tres cosas no las tienen las otras iglesias. Y, por eso, la catolicidad de la Iglesia exige la unidad de la Iglesia. No puede haber la diversidad de iglesias. El católico sólo está en la Iglesia católica, no puede estar en las demás iglesias.

«Y si la Iglesia es un cuerpo… no solamente debe ser algo único e indiviso, sino también algo concreto y que puede ser percibido por los sentidos… Por lo cual se apartan de la verdad divina aquellos que elucubran una Iglesia de tal forma que ni pueda alcanzarse ni verse y sea solamente algo, según dicen, “pneumático”, por lo que muchas comunidades de Cristianos, aunque separadas mutuamente entre sí por la fe, estén unidas sin embargo entre ellas por una conexión oculta» (PIO XII en la Encíclica “Mystici Corporis” (AAS 35,199s).

Esta conexión oculta es lo que predica Francisco con su sentimentalismo espiritual, con su lenguaje del amor. Los hombres están unidos porque son hermanos. Es la conexión oculta. Este amor fraternal anula el pecado original, por el cual el Padre ya no tiene parte en la creación del cuerpo. Sólo crea el alma. El cuerpo es concebido sin Espíritu, en el pecado. Si no hubiera existido el pecado original, entonces todos seríamos hermanos, tanto en el alma como en el cuerpo.

Para Francisco no existe el pecado original, por su teología de la liberación, y cae en el panenteísmo: todo en Dios. Todos somos hermanos en Dios. Todo nacido de Dios. Todo tiene una parte de Dios. Dios ha creado las cosas de Él Mismo, no de la nada. De ahí surge su amor fraternal, que es pura masonería.

La Iglesia católica es visible. Pero la pregunta es: lo que vemos en el Vaticano y en cada parroquia del mundo, que pertenece al Vaticano, ¿es la Iglesia Católica o es otra iglesia?

Y hay que responder: ya no. Desde que en el Vaticano se sentó el usurpador, el falsario, el embaucador, al que llaman, al que le ponen la etiqueta de Papa, con el nombre de guerra de Francisco, ya Roma dejó de ser el asiento de la Iglesia Católica. Ya Roma no es católica, porque ha perdido la línea de la Gracia en Pedro. Quien se sienta en el Trono no es el sucesor de Pedro. Consecuencia: la iglesia, que está edificada en ese hombre, que lidera ese hombre, no es la Iglesia que ha edificado Jesús en la fe de Pedro.

Esa nueva iglesia se levanta en la fe de un hombre, en las lágrimas de un hombre, que no cree en el Dios católico, que no cree que Jesús sea Dios, que pertenece a la masonería y, por tanto, no pertenece a la Iglesia Católica. Y toda su doctrina es la propia de un marxista y su obra en la Iglesia es la propia de un protestante: la fe sola es lo que hay en la mente de Francisco. Las obras de esta fe sola es lo que se percibe en la Iglesia. Los demás, es su lenguaje humano: el lenguaje del amor que gusta tanto a los católicos idiotas.

En Roma se levanta una nueva sociedad en la mente de un hombre, obedeciendo la mente de ese hombre. Un hombre que no cree en Cristo, que no imita a Cristo en su sacerdocio, que no enseña la misma doctrina de Cristo, que debe ser apostólica, no humana; que debe seguir las enseñanzas de los Apóstoles y de sus sucesores en la Iglesia. Francisco hace lo que le da la gana con el Magisterio de la Iglesia. Y, por eso, dogmatiza el Concilio Vaticano II. Y se ha puesto a proclamar santos a todos los Papas que son de ese Concilio. Porque así trabaja la mente de ese hombre: al no poseer la Verdad Absoluta, él hace sus dogmatismos, él crea sus santos, él se vuelve dios para sí mismo.

La unidad de la Iglesia sólo está en Pedro: “A fin de que… la multitud universal de los creyentes se mantuviera en la unidad de la fe y de la comunión… instituyó en Pedro el principio perpetuo de una y otra unidad y el fundamento visible” (D 1821). Pedro es el principio perpetuo de la unidad de la fe y de la comunión. De las dos: fe y comunión. Y, por tanto: «Todos los fieles de Cristo deben creer… que el Romano Pontífice es verdadero Vicario de Jesucristo y Cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los Cristianos… que desempeña el cargo de Pastor y Maestro de todos los Cristianos” (D 1826, 1839).

Porque existe la unicidad de la potestad suprema, que Cristo ha instituido en Pedro, entonces se excluye la legitimidad de cualquier asamblea de cristianos que formen una iglesia independientemente del Romano Pontífice. Y, por eso, los laicos no tienen que decir nada en la Iglesia. La unidad en la fe la da la Jerarquía, no las obras de los laicos.

Este punto es la clave para poder comprender la unicidad de la Iglesia. Quien mantiene a toda la Iglesia en una misma fe, en una misma doctrina, en una misma piedad, es el Papa.

Se quita al Papa, se derrumba la fe, la piedad, los Sacramentos. Esto es lo está pasando con Francisco. Ya no puede darse la unicidad en la Jerarquía, en la potestad suprema. Ya no hay una sola Iglesia. Cada sacerdote hace su iglesia como le conviene. A esto estamos llegando. Por eso, en las parroquias se observa, se ve que ya no son católicas: están siguiendo la mente de un hombre. No siguen la línea de la Gracia. Todo se tiene que derrumbar. Por eso, hay que irse de las capillas en que ya lo principal no es Cristo, sino la mente de Francisco.

Lo que vemos en el Vaticano no es la Iglesia Católica. Luego, lo que vemos en las parroquias ya no es la Iglesia Católica. Están perdiendo, poco a poco, la línea de la Gracia en la medida en que aceptan la mente de Francisco, su doctrina marxista y protestante.

Y si ni en el Vaticano ni en las parroquias no se ve ya la Iglesia Católica, entonces ¿dónde está, donde se ve, donde hay que ir para verla?

Ya no es visible. Mientras viva el Papa Benedicto XVI, ahí está la Iglesia Católica. Pero como ese Papa no gobierna en la práctica, la Iglesia no está en ninguna parte. Está en el desierto de los corazones. En cada corazón que es fiel a la Gracia, que persevera en Gracia y que, por tanto, no se deja manejar por la mente de Francisco ni de ningún personaje de su gobierno horizontal.

La Iglesia tiene lo que se merece: un falso Papa, llorón de la vida humana

usurpador2

A nadie le interesa vivir hoy el dogma, sino que todos lo interpretan según sus filosofías y teologías.

Si no se vive el dogma, que es la Verdad que Dios ha revelado al hombre, no se vive de fe. Y quien no tiene fe, sólo posee una fe humana, una fe según el lenguaje humano que se utilice.

Una cosa es el dogma, la Verdad Absoluta, y otra cosa es expresar esa Verdad con palabras claras e inequívocas.

Muchos dicen que Dios es Uno y Trino: están diciendo el dogma de la Santísima Trinidad. Y lo expresan de muchas maneras. Pero, muchas de ellas, son equívocas, oscuras, con malicia, con doble sentido.

Muchos engañan diciendo que creen en el Dios Católico, pero después obran otra cosa a eso que dicen.

Quien vive el dogma habla claramente: es decir, obra lo que vive. Su palabra es el testimonio en su vida. Sus obras dan testimonio de lo que cree en el corazón, no de lo que dice su boca.

Muchos ponen la fe en la boca: según su lenguaje humano, así creen. Muchos se esfuerzan por buscar argumentos humanos para servir a Dios. Pero son pocos los que obran la fe.

La fe, la auténtica fe, es una obra divina, que el hombre no es capaz de medir con su inteligencia humana; que el hombre no es capaz de obrar con su voluntad humana. Es Dios quien pone el camino de esa fe, que Él da al alma en el corazón, para que obre lo divino en lo humano.

Ante la realidad de lo que vemos en la Iglesia, muchos viven de su lenguaje humano. Pero son pocos los que viven de fe: los que ven la Iglesia en la Verdad Revelada, en el dogma, en la Tradición Divina. Y, por eso, hay de todo en la Iglesia: hay mucha cizaña, mucha maldad, mucha ignorancia en todas las cosas.

Los hombres, hoy, en la Iglesia, viven de legalismos, de estructuras, de ideas y obras humanas, pero no saben vivir lo divino, lo espiritual, lo sagrado, lo santo. Por eso, vemos lo que vemos. Asistimos a la Gran Apostasía de la Fe: la misma Iglesia, la misma Jerarquía apostata de la Verdad Revelada, para seguir su lenguaje humano. Y si la Jerarquía vive así, dentro de la Iglesia, entonces los fieles andan en la oscuridad más total: creen en todo y no creen en nada.

Una Jerarquía que no da la Verdad a las almas, siempre las hace pastar por prados del demonio, que son los del hombre y los del mundo.

Una Jerarquía que no gobierna con la Verdad, entonces impone su mente humana al Rebaño.

Y una Jerarquía que no vive para santificarse dentro de la Iglesia, entonces vive para condenar a las almas al fuego del infierno.

La Iglesia está fundamentada en la Jerarquía, no en los fieles. Si la Jerarquía no hace su trabajo, los fieles tampoco lo harán en la Iglesia. Y así se llegará al populismo en la Iglesia, a la democracia en Ella, a la opinión pública para vivir lo sagrado, lo santo.

Hoy la gente quiere una Iglesia del mundo porque eso es lo que la Jerarquía enseña a vivir: las cosas del mundo, sus culturas, sus políticas, sus economías, sus filosofías, etc. No se enseña la ley divina, la ley natural, la norma de moralidad. Se enseña cualquier cosa, porque sólo interesa dar el lenguaje humano a la gente. No se habla con claridad de la Verdad Absoluta.

Muchos confunden lo que es un Papa con un hombre hereje o cismático. Y así no saben ver a Francisco por lo que es: no es Papa. No se ponen en el dogma, sino en el lenguaje humano.
verdadero

Francisco no es Papa sólo por una razón: porque no puede tener el Primado de Jurisdicción, que sólo está en el Papa legítimo, Benedicto XVI. Este Papa recibió el Primado de Jurisdicción porque ha sido elegido cuando el anterior murió. Se es Papa hasta la muerte. Esto es lo que dice el dogma del Papado.

Por tanto, Francisco no es Papa, no porque sea hereje y cismático, sino porque está obrando en la Iglesia con un poder humano, que los hombres le han otorgado. No pudo recibir el Primado de Jurisdicción, en su elección, porque el Papa seguía vivo. El Primado de Jurisdicción no se recibe por la renuncia del Papa, sino por la muerte del Papa: por sucesión del Espíritu de Pedro, que exige morir, llevar la Gracia, el Carisma, hasta la muerte.

Así de sencillo es el dogma. Pero, después, en la práctica nadie lo vive. Y eso es indicio de falta de fe. La gente no sabe pensar la fe católica, los dogmas, sino que hablan de muchas cosas y no dicen nada. Lo confunden todo.

El problema de la Iglesia no está en que Francisco es hereje y cismático, sino que es llamado Papa sin serlo. Han dado al Papa Benedicto XVI el Primado de Honor, lo han hecho Papa emérito, cuando él sólo posee el Primado de Jurisdicción en su elección divina. Y a Francisco le han dado el Primado de Jurisdicción que no puede poseer. Es decir, que los Cardenales han puesto a un usurpador del Papado y lo llaman Papa. Este es el problema.

Y es un problema que nace antes de que Francisco suba a la Silla que no le pertenece. Es lo que la Jerarquía de la Iglesia ha venido persiguiendo durante 50 años hasta obtenerlo. Ahora tiene al Papa que ellos quieren en su lenguaje humano. No han puesto al Papa que quiere el Espíritu Santo. A ese Papa, le han obligado a renunciar. Por supuesto, que no hablan así, sino que dicen que el Papa Benedicto XVI ha sido libre para hacer eso. Y, ciertamente, el mismo Papa Benedicto XVI se ha declarado libre en su renuncia. Pero no es este el punto. El punto, que nadie dice, es que todo ha sido planeado, desde hace mucho, para poner a un hombre en la Silla de Pedro, que no viene de Dios y que lleva a la Iglesia hacia su desastre más total.

Ahora, estos hombres están en su lenguaje humano. Y ya no son capaces de hablar de verdades Absolutas, de dogmas, porque quieren otra cosa en la Iglesia.

Francisco, además de no ser Papa, es hereje. Y su herejía viene de antes de subir a la Silla de Pedro. Lo que predica ahora es lo que siempre ha predicado. Y lo que obra es lo mismo. Francisco no ha cambiado ni su estilo de predicar ni sus obras en el sacerdocio. Siempre ha sido hereje y siempre lo será. Es un masón y, sólo por eso, está fuera de la Iglesia. El ser hereje no le invalida para decir que no es Papa. Francisco es un usurpador y, además, hereje. En su herejía, lleva a la Iglesia por el camino del protestantismo y del marxismo. Eso es lo que siempre predica.

Pero Francisco, además, es cismático: ha usurpado el Trono de Dios para poner división en la cabeza de la Iglesia: su gobierno horizontal es el cisma: es el inicio de una nueva sociedad en el Vaticano. Su gobierno horizontal ya no representa al gobierno de la Iglesia, que es siempre vertical, por el dogma del Papado. Como a nadie le interesa este dogma, entonces todos viven en sus lenguajes humanos.

Por tanto, no es posible la obediencia a ese gobierno horizontal: están trabajando con un poder humano para crear una sociedad religiosa en el Vaticano. La obediencia sólo se da a quien tiene el Primado de Jurisdicción, que es el Papa Benedicto XVI. En estas circunstancias, Dios no obliga a obedecer al Papa Benedicto XVI porque no está ejerciendo el Primado. Lo tiene, pero no lo usa. Se ha vuelto inútil para la Iglesia. Quien la gobierna es un usurpador con un poder humano.

Por tanto, Francisco es tres cosas: no es Papa, es hereje y cismático. Estas tres no son una, sino tres realidades diferentes y hay que saber verlas, como son, en la Iglesia. Hay que saber mirar a Francisco como un falso Papa, o un falso Profeta, o uno de los anticristos; hay que saber leer sus escritos, que son siempre la herejía del protestantismo y del comunismo; y hay que saber estar en la Iglesia sin darle la obediencia: vivir sólo para Cristo, no para un gobierno de hombres.

Es hora de que la Jerarquía de la Iglesia diga no a Francisco, antes del Sínodo. Ese Sínodo no es la Voluntad de Dios, sino lo que los hombres van a querer, porque ha sido puesto para comenzar a destruir las Verdades Absolutas. Y se comenzará dando un palo a la familia, que es lo que todo el mundo espera. Ya no hay vuelta atrás. Que nadie se haga la ilusión de que en el Sínodo van a salir cosas buenas para la Iglesia. Va a salir mucha maldad.

Y lo que tiene que hacer, ahora, la Jerarquía es oponerse a ese Sínodo y no asistir. No van a hacerlo, porque han perdido la fe. Todos viven en sus lenguajes humanos sobre lo que es la Iglesia y lo que es Cristo. Pero, realmente, a nadie le interesa ni Cristo ni Su Iglesia. Y, mucho menos, a la Jerarquía, que sólo está en la Iglesia haciendo su negocio.

Los Cardenales han puesto al hombre que se merece la Iglesia: un hombre necio, estúpido e idiota. Este es el resumen de lo que es Francisco. Un hombre incapaz de hablar la Verdad (= necio), que sólo medita en su herejía (= estúpido) y que obra para dar a los hombres su locura en la mente (= idiota), lo que él piensa que es bueno y malo.

Francisco nunca dará una doctrina que lleve al alma a la salvación y a la santificación: no habla nunca de la santidad. Siempre habla del mundo, de lo social, de las culturas, de las estructuras, de los hombres. Francisco quiere salvar sin santificar al alma. Y eso es imposible en la Iglesia. Dentro de la Iglesia estamos para santificarnos, no sólo para salvarnos. La Iglesia, no es sólo salvación, sino santificación: es hacer la Voluntad de Dios que Francisco nunca puede hacer.

Por eso, Francisco siempre condena: habla para condenar, habla para llevar a la mentira, habla para hacer que los hombres se queden en sus vidas humanas, naturales, carnales, buscando el reino en este mundo, y construyendo un mundo, que es un infierno.

La Iglesia tiene lo que se merece: un hombre que llora por los hombres, pero que no es capaz de llorar ni sus pecados, ni los del mundo entero: «Algunas veces dije que Buenos Aires es una ciudad que necesitaba llorar, que todavía no había llorado lo suficiente. A riesgo de caer en un lugar común, lo repito: nos hace falta llorar» (19 de julio de 2014).

«Deja que los muertos entierren a sus muertos», deja que los hombres se maten, si eso es lo que quieren. Tú predica la Verdad: os matáis porque no tenéis a Dios en vuestros corazones. Volved a Dios y los problemas se resuelven.

Pero Francisco les dice lo que los hombres quieren escuchar: el lenguaje humano, el sentimiento del hombre perdido en las cosas del mundo, y que sólo ve la vida con su inútil pensamiento humano.

Después de hacer una oración blasfema en el Vaticano, ahora se pone a llorar. Tenéis al falso Papa que os merecéis: a un llorón de la vida humana, un ciego para la Verdad y con la cojera de su blasfemia contra el Espíritu Santo.

Toda la Iglesia se ha puesto a llorar por la vida humana: a resolver problemas de los hombres. Y nadie llora por su negros pecados. Y así nos va en todas partes: queriendo ser de Dios y, en realidad, somos del demonio. La Iglesia está atada al demonio. Y es una atadura que la misma Jerarquía ha puesto en Ella. Y sólo Dios podrá desatarla. Hay que permanecer fieles a la Gracia. Quien no sea fiel al Don de Dios, va a quedar atrapado en esa atadura y, muchos, saldrán con el alma destrozada, porque no han sabido creer en el momento oportuno: están esperando a ver si Francisco quita la Eucaristía para llamarlo falso Papa.

Francisco: ¡vete de la Iglesia Católica!

escudo

«Hay un gran medio de restauración de la Casa de Mi Hijo. Es una manera sencilla pero dará fruto. Nuestro clero debe regresar a una vida de oración. No reuniréis vuestras ovejas caminando entre ellas y bajando vuestras normas. La base para la Casa de Mi Hijo siempre ha sido firme. ¡No usaréis vuestro rango en la Casa de Mi Hijo para gastar poco a poco las paredes! ¡Vais como roedores perforando en la base de la Casa de Mi Hijo! No necesito nombraros por nombres, hijos Míos. Vosotros quienes usáis los sombreros rojos y los sombreros púrpuras – ¡vosotros sabéis a quien les hablo! ¿Cuándo vais a desechar de la oscuridad de vuestros corazones? Restaurad la Casa de Mi Hijo a su base apropiada; ¡de lo contrario recibiréis la espada! ¡Muchas mitras caen al infierno!» (texto)

Socializar la Iglesia es destruirla, porque el bien común de la Iglesia no es social, sino divino, glorioso, celestial.

Se restaura la Iglesia con oraciones y penitencias, no con el lenguaje de los hombres, que escriben documentos para, después, obrar lo contrario a lo que escriben.

La doctrina de Cristo ya está inventada en la Iglesia. No hay que hacer una ley para que comulguen los malcasados; no hay que hacer una ley para casar a los homosexuales; no hay que hacer una ley para que las mujeres se dediquen a las cosas del Altar; no hay que hacer una ley para poner un gobierno horizontal para que los hombres puedan vomitar sus ideas en la Iglesia. Sólo hay que cumplir las leyes, los reglamentos, la ley de la Fe, de la Gracia, del Espíritu, que nadie la cumple.

Una Iglesia abocada a las injusticias sociales, a los derechos de los hombres, al amor fraterno, es una iglesia del Anticristo. Y, por tanto, es una iglesia de palabra humana, hábilmente escogida para producir el efecto que se quiere: seamos hombres para los hombres, seamos acogedores, seamos benevolentes, seamos estúpidos e idiotas, porque no seguimos la Verdad que Dios ha revelado, sino la que nos inventamos cada día para decirnos a nosotros mismos que trabajamos en el servicio de Dios.

La Iglesia del Vaticano es un conjunto de hombres que han perdido el norte de la fe, que viven como les da la gana y hacen de sus ministerios el instrumento para obrar el mal.

Gente que ya no cree en el dogma. Y el dogma es un misterio, porque la Verdad no está en el hombre, sino en Dios. Y, para poder comprender la Verdad, hay que comprender a Dios: y ¿quién ha medido a Dios? ¿Quién puede abarcar su Inteligencia?

El hombre es su pensamiento: «Ustedes saben que el deber del Cónclave es dar un obispo a Roma» (Francisco, 13 de marzo del 2013). Ya estaba pactado que los Cardenales tenían que elegir un Obispo de Roma, pero no un Papa. El dogma les impedía elegir un Vicario de Cristo; pero no les impedía elegir un Obispo de la ciudad de Roma. Los teólogos saben este punto, pero callan. Saben el fraude de los Cardenales en Roma: un cónclave, no sólo ilícito, sino nulo. Un Cónclave que fue sólo una pantalla exterior para poner al hombre que ellos querían. Y que no podían ponerlo válidamente: el dogma les impide. Pero, quien hace las leyes, hace las trampas.

Ustedes saben que el deber del Cónclave es dar un Vicario de Cristo, pero nos hemos reunido para dar al pueblo de Dios un falso Papa, que tiene que actuar como Obispo de Roma.

Es dogma de fe que el Señor da a Pedro y a sus sucesores el Primado de Jurisdicción; pero no es dogma de fe que el Vicario de Cristo, el Papa, sea también el Obispo de Roma. Es Obispo de Roma porque la Silla de Pedro está en Roma y, por tanto, quien gobierna en Roma es el Papa. Pero el Señor no da a Pedro ser el Obispo de Roma, sino ser Su Vicario. Por eso, dice San Ambrosio: «El Romano Pontífice mismo es Pedro a quien Jesucristo dijo: Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Por tanto donde está Pedro, allí está la Iglesia» (R 1261). Para discernir dónde está la Iglesia: si en Roma, si en Jerusalén, si en China, sólo hay que ver dónde está Pedro, no si en Roma hay un Obispo que se sienta en la Silla de Pedro.

En estos momentos, en el Vaticano hay un señor que se sienta en la Silla de Pedro y que se hace llamar Papa. Pero, en ese señor, no está la Iglesia Católica. Jesús no le dijo: Tú eres Pedro. Eso se lo dijo al Papa Benedicto XVI. Los hombres han dicho a Francisco: Tú eres el Obispo de Roma. Actúa como falso Papa y haz lo que te pidamos.

Los Cardenales fueron muy listos para introducir un falso Papa, un antipapa, un impostor, un usurpador de la Sede de Pedro. No lo podían hacer vía legal, vía dogma, pero sí vía ley eclesiástica: elegimos un Obispo de Roma y lo ponemos como falso Vicario de Cristo. Y nadie se entera. Por eso, Francisco da las gracias a los Cardenales: «¡La comunidad diocesana de Roma ya tiene su propio obispo, gracias!». Efectivamente, tiene un nuevo Obispo, pero no puede tener un nuevo Papa. Al mentiroso se le coge en su mentira.

Francisco no puede expresarse como Papa, porque él sabe que no es Papa; pero sí se puede expresar como Obispo de Roma. Esta es la mentira más grande de todas. Aquí se ve cómo mintió a todo el mundo ese hombre cuando salió a decir sus palabras de herejía. Y su mentira escondía la mentira de todos los Cardenales que sabían el juego. Un fraude el cónclave, para poder poner un falso Papa y comenzar a armar una falsa Iglesia en Roma.

Por supuesto, que los Cardenales se reunieron y dieron sus votos: según las leyes canónicas hicieron lo correcto. Pero todo fue un montaje de la Jerarquía masónica, que gobierna la Iglesia actualmente desde el Vaticano, con un falso Papa, que sólo tiene de nombre el ser Papa, pero que no es ni siquiera Obispo.

Al hombre se le ve por su idea: ¿Dónde ha puesto Francisco la Sede de la Iglesia? En el Hotel Santa Marta… ese hotel en el que reside el colegio de los Cardenales, que se incorporan al Cónclave para elegir a los nuevos papas, que en tiempo ordinario sirve de alojamiento a los prelados que habitan o paran en la Ciudad del Vaticano.

Un hotel que no es digno de un Papa, porque eso es lo que obra: obra como un falso Papa. Y, por tanto, vive como un falso Papa. Vive para el mundo, recibiendo a personas que quieren entrar en la Iglesia por la puerta falsa.

¿Dónde está la Iglesia? En Pedro: el Papa Benedicto XVI. En su residencia actual, ahí está la Iglesia verdadera.

¿Qué es lo que hay en el Hotel Santa Marta? El control de los jefes de Estado con sus falsas religiones, hebreos, musulmanes, hinduistas, budistas, etc: es decir, el mundo que se asoma ya en Roma, haciéndola pagana y ramera.

Y ¿qué ha hecho Francisco con los apartamentos papales? Los usa como hospedería, para recibir a los Jefes de Estado y a los Jefes de las distintas falsas religiones, para meter a indigentes, y para rezar tan sólo el Angelus dominical, despreciando – con sus tantas actividades mediáticas bien organizadas por su oficina de marketing – y profanando y demoliendo, con sus manifestaciones públicas equívocas, la Tradición y la Doctrina de la Iglesia, que lamentablemente evidencia no ser más Católica.

¿Qué hace Francisco con el Papa Benedicto XVI? Lo controla: «Hemos hablado y hemos decidido juntos que sería mejor que viese gente, que saliera y participara en la vida de la Iglesia. Una vez vino aquí para la bendición de la estatua de San Miguel Arcángel, luego a un almuerzo en Santa Marta y, después de Navidad, le cursé una invitación para participar en el Consistorio, y él aceptó. Su sabiduría es un don de Dios. Alguno hubiera querido que se retirara en una abadía benedictina lejos del Vaticano. Yo pensé en los abuelos que con su sabiduría y sus consejos fortalecen a la familia, y no merecen terminar en una casa de salud» (Entrevista).

1. A Francisco le interesa muy poco la sabiduría del Papa Benedicto XVI;

2. Francisco emplea siempre su lenguaje sentimental para engañar: yo pensé en los abuelos… En esta frase esconde su verdadera intención: yo pensé en vigilarlo, en tenerlo cerca para ver qué es lo que hace. Que no se vaya a un monasterio. Es toda una institución en la Iglesia. La palabrería de un idiota y de un estúpido.

«Y ahora, vamos a empezar por aquí: el obispo y el pueblo»: la nueva iglesia, contraria a la verdad. El nuevo pueblo: constituido por todos los herejes, cismáticos, hombres que han renegado de su fe católica para dar culto al lenguaje de los hombres, a sus ideas, a sus brillantes teologías, a sus ciencias del mundo.

Francisco ha comenzado algo nuevo, pero le cuesta avanzar, porque no es oro todo lo que reluce. No es fácil destruir una Iglesia de 20 siglos. No es fácil que gente que siempre ha creído la misma verdad quiera aceptar los besos y los abrazos de ese idiota. No se cambia la Tradición con palabras bonitas. Se cambia la Tradición persiguiendo a los que la viven. Y eso no sabe hacerlo Francisco, porque quiere amar a todos y quedar bien con todos. Y, claro, se encuentra con la verdad: nadie lo ama por sus bellas palabras, porque ya los hombres están hartos de gente como Francisco, que habla sus ternuritas para después experimentar en sus vidas que de caridad no hay nada en la Iglesia, de fraternidad, nada.

A Francisco sólo le siguen la gente interesada, que sabe hacerle el juego y saca provecho de todas las cosas. A Francisco se le pone buena cara para que abra puertas en la Iglesia: las puertas al mundo, para que entre toda la bazofia del mundo. Y, por eso, tiene a su jerarquía favorita, que le hace coro, y que predica que ya en la Iglesia surge una nueva primavera. Hay una iglesia emergente con Francisco, con nuevas ideas, con nuevos proyectos. Viva Francisco.

Francisco ha comenzado un nuevo proyecto de Iglesia: con un gobierno horizontal que sólo está preocupado por los asuntos del mundo, pero que ha abandonado a las almas. Ese gobierno ya no salva almas. Está proyectando cómo hacer más felices a los hombres en este mundo.

«Este camino de la Iglesia de Roma, que es el que preside en la caridad todas las iglesias. Un camino de la fraternidad, del amor, de confianza entre nosotros. Por favor, siempre para nosotros: el uno para el otro». 1. Es un camino, el de Francisco, no para la Iglesia Católica, sino para la Iglesia de Roma: una nueva iglesia, una nueva forma de caminar, de vivir, mintiendo a todo el mundo. 2. Que sólo tiene un ideal: la fraternidad. La idea masónica: el uno para el otro. Ya no se vive en Dios, sino en el otro. Ya Dios es un concepto muy hermoso, pero hay que hacer el comunismo y el protestantismo que están en la mente de Francisco. No hay que vivir de dogmas. Ya no hacen falta. Las Verdades Absolutas son de la gente que no sabe amarse, que no sabe mirar al otro, que vive de un pensamiento único. Hay que tener un pensamiento múltiple, universal, elegante, globalizante; es decir, hay que pensar la vida desde el hombre y para el hombre.

«Son más coherentes los cristianos que se hacen budistas o hinduistas o musulmanes que aquéllos que insisten a fin de que la Doctrina Católica sea modificada según sus gustos. Divorciados vueltos a casar, sacerdotes que desean casarse, homosexuales practicantes, mujeres que quieren ser sacerdotes y así sucesivamente (vale decir, píldora, aborto, eutanasia, inseminación artificial, úteros en alquiler…): a todos ellos, si propusieran tales pretensiones a cualquier otra religión, se les echaría con cajas destempladas. Así, continúan zumbando como moscas en torno a la miel, asediando a la Iglesia que no tiene el coraje de decirles que se vayan a rondar a otra parte. Se comportan como uno que, habiéndose inscrito en un club de bridge, comienza a hacer problemas porque él prefiere otro juego de naipes, el “scopone”, en lugar del bridge. Cuando muchos discípulos abandonaron a Jesús porque su «lenguaje» era «duro», Cristo, no sólo no se inmutó, sino que incluso preguntó a los Apóstoles si acaso también ellos querían irse. Ciertamente, no le fue placentero hacerlo, pero, debiendo elegir entre su doctrina y el tener muchos seguidores, no tuvo dudas. No es obligatorio ser católico y, si a una persona la doctrina le resulta demasiado gravosa, puede siempre irse. O, inclusive, directamente no acercarse a ella. El hecho es que, hurgando más a fondo, se puede querer el oro y el moro, o sea, hacer lo que le parece a uno en esta vida y tener asimismo el pasaporte para la bienaventuranza eterna. Pero, aun si una Iglesia atemorizada concediera dicho pasaporte, ¿se puede creer verdaderamente que el Padre Eterno (dueño también de la Iglesia) dejaría entrar a dicha persona? Leamos el Evangelio y descubriremos que esa persona, y los que le han dado el pasaporte, serán únicamente merecedores de castigo» (Rino Cammilleri, católico, ensayista y novelista, uno de los más destacados apologetas italianos).

¡Cuántos sombreros rojos y sombreros púrpuras hay que no se van de la Iglesia para dedicarse a sus vidas de pecado, y siguen en ella para destruirla!

Francisco: ¡vete de la Iglesia para ser judio o masón o lo que quieras! Pero no estés en Ella llorando por los problemas de los hombres, y queriendo que los demás sigan tu estúpido pensamiento humano, porque predicas un falso amor al hombre. Eres un protestante y un comunista en tus ideas. Y tu vida es la de un masón. Entonces, ¿qué quieres de la Iglesia? ¿Que te haga caso porque vives tu vida como lo haces? ¿Es que no sabes que hay que predicar con el ejemplo? Si eres un masón, entonces vete de la Iglesia y vive como masón y predica como masón. Pero no seas idiota: ¡no estés en la Iglesia Católica queriendo convencer a los católcios que se hagan masones!

Francisco: no eres coherente con tu traje de Obispo. ¡Quítatelo y entonces tus ideas convencerán a muchos!

Francisco: deja de decirte que eres humilde y pobre porque te vistes y vives como los pobres. Quítate la careta de la humildad y de la pobreza, y llama a las cosas por sus nombres: eres avaricioso y codicioso, como todos los hombres somos. No quieras ser el santo de la humildad y de la pobreza porque tu cara es la de un demonio encarnado donde se transparenta tu soberbia y tu lujuria de la vida.

San Francisco de Asís se fue al monte desnudo de todo para encontrar el Amor de Dios. Y, cuando ese Amor tomó posesión de todo su corazón, no quiso nada de los hombres y predicó con el ejemplo, no con las palabras.

Francisco: no tienes ni idea de lo que significa quedarse desnudo de todo lo humano, porque vives buscando el dinero para resolver los problemas humanos que Dios no quiere resolver.

Francisco: no tienes ni idea de las exigencias del amor de Dios en un corazón, porque te has puesto por encima de Dios y has hecho de tu corazón el arrabal de todos los demonios.

Francisco: vete a tu casa y deja la Iglesia en paz, que sólo sirves para destruirla.

¡Cuántos Obispos van para el infierno, por seguir la mente de Francisco, y cuántas almas, cuanto rebaño engañado por esa Jerarquía del demonio que ha hecho de la Iglesia la Ramera del mundo.

Un gesto infame que exige una renuncia

floresx

Entrevista entre San Pío X y Teodoro Herzl (el padre del sionismo)

Narración de Teodoro Herzl:

Ayer fui recibido por el Papa Pío X. Me recibió de pie y tendió la mano que no besé. Se sentó en un sillón, especie de trono para “los asuntos menores” y me invitó a sentarme cerca de él. El Papa es un sacerdote lugareño, más bien rudo, para quien el Cristianismo permanece como una cosa viviente, aún en el Vaticano. Le expuse mi demanda en pocas palabras. Pero, tal vez enojado porque no le había besado la mano, me contestó de modo demasiado brusco:

No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecerlo. La tierra de Jerusalén si no ha sido sagrada, ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.

De modo que el antiguo conflicto entre Roma y Jerusalem, personificado por mi interlocutor y por mí, revivía en nosotros. Al principio traté de mostrarme conciliador. Le expuse mi pequeño discurso sobre la extraterritorialidad. Esto no pareció impresionarlo. “Gerusalemme”, dijo, no debía a ningún precio, caer en manos de los judíos.

— Y sobre el estatuto actual, ¿qué pensáis vos, Santidad?

Lo sé; es lamentable ver a los turcos en posesión de nuestros lugares Santos. Pero debemos resignarnos. En cuanto a favorecer el deseo de los judíos a establecerse allí, nos es imposible.

Le repliqué que nosotros fundábamos nuestro movimiento en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas.

Bien, pero Nos, en cuanto Jefe de la Iglesia Católica, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría una de las dos cosas siguientes: o bien los judíos conservarán su antigua Fe y continuarán esperando al Mesías, que nosotros los cristianos creemos que ya ha venido sobre la tierra, y en este caso ellos niegan la divinidad de Cristo y no los podemos ayudar, o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy.

Yo tenía a flor de labio la observación: “Esto ocurre en todas las familias; nadie cree en sus parientes próximos”; pero de hecho contesté: “El terror y la persecución no eran ciertamente los mejores medios para convertir a los judíos”.

Su réplica tuvo, en su simplicidad, un elemento de grandeza:

Nuestro Señor vino al mundo sin poder. Era povero. Vino in pace. No persiguió a nadie. Fue abbandonato aún por sus apóstoles. No fue hasta más tarde que alcanzó su verdadera estatura. La Iglesia empleó tres siglos en evolucionar. Los judíos tuvieron, por consiguiente, todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión y sin violencias. Pero eligieron no hacerlo y no lo han hecho hasta hoy.

— Pero los judíos pasan pruebas terribles. No sé si Vuestra Santidad conoce todo el horror de su tragedia. Tenemos necesidad de una tierra para esos errantes.

¿Debe ser Gerusalemme?

— Nosotros no pedimos Jerusalem sino Palestina, la tierra secular.

Nos no podemos declararnos a favor de ese proyecto.

Teodoro Herzl

Nota: He aquí el testimonio luego de su visita a San Pío X, en Roma, el 26 de enero de 1904. Aparecido originalmente en “La Terre Retrovée”, 1º de Julio de 1956.

«La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy» (San Pío X).

Las palabras de un Papa verdadero son siempre la Voz de Cristo en la Iglesia y en el mundo entero. Cristo enseña a los hombres con Su Papa. Por eso, hay que obedecer siempre a un Papa y hay que seguir siempre la enseñanza de un Papa en la Iglesia.

Pedro se sucede en cada Papa. Y, por tanto, ningún Papa puede ir en contra de lo que han hecho los anteriores. Un Papa continúa a los demás. Nunca innova. Nunca introduce cambios sustanciales. Un Papa guarda la obra de sus predecesores.

Pero, cuando en la Silla de Pedro no se sienta un Papa legítimo, entonces la señal es siempre clara: división, diferencia, cambio sustancial con los anteriores.

Un Papa ilegítimo, como Francisco, hace lo contrario a la obra de San Pío X. Éste se negó a la petición de Herzl por un motivo de fe: los judíos siguen sin reconocer a Jesús como el Mesías y, por tanto, no se puede apoyar el proyecto de Herzl.

San Pío X no se movió por un motivo político, ni económico, ni cultural, ni social, sino sólo por un motivo espiritual, por una señal de fe: como no creéis, entonces no tenéis mi apoyo.

Esto es un Papa verdadero: obra con el prójimo por fe. Ama al prójimo por una razón de fe. Es la fe la que da la Voluntad de Dios, el querer divino.

San Pío X no se movió por un sentimiento humano, ni por una idea u obra humana; no porque haya una hermandad carnal; ni porque los judíos hayan sufrido mucho en la historia.

San Pío X vio a los judíos con la visión de Cristo: no creen. Si no hay fe, no hay amor, no hay obras divinas. No hay esperanza de salvación. No hay providencia divina sobre lo material o humano.

Es necesario creer en la Palabra de Dios. Es necesario que los judíos crean en Jesús para recibir la bendición de Dios sobre su pueblo.

Entonces, Herzl se dedicó a fundar su movimiento para conseguir lo que Dios no quería. Hizo una obra humana en contra de la Voluntad de Dios. Una obra que Dios no puede bendecir, porque el pecado de los judíos les lleva siempre a estar errantes, como Caín. Y dejarán ese castigo sólo cuando se conviertan a Cristo.

La formación del estado de Israel es sólo una obra del hombre, sugerida por el demonio, pero no es divina. La quiere el demonio para su plan con el Anticristo. Necesita ese país para poner su nueva iglesia, de orden mundial, justamente donde Jesús redimió al hombre de su pecado.

El Anticristo tiene que fundar su iglesia allí donde Jesús fundó la suya. Por eso, lo que vemos en el Vaticano no es todavía la iglesia del Anticristo. Es el inicio de la ruptura con toda la tradición, con todos los dogmas, para destruir la obra de Jesús, y así estar libre el Anticristo para comenzar la suya.

Hasta que no caiga el último dogma en la Iglesia Católica no aparece el Anticristo. Y todo lo que hace Francisco es preparar el terreno. Y no puede hacer más, porque su misión no es romper con los dogmas, sino hacer lo que está haciendo: poner las nuevas bases para que otros lleguen hasta el final.

El viaje de Francisco a Jerusalén tiene mucha importancia, pero por parte del demonio, no de Dios. Para Dios, ese viaje no sirve para nada. Sólo sirve para crear más confusión, más división, en todas partes. Pero, para el demonio, le sirve y mucho.

Porque necesitaba un hombre que abrazase a los judíos sólo por ser judíos, no por el contenido de su fe. Un hombre que mirase a los judíos, no como san Pío X, de manera espiritual, sino de forma humana, carnal, material, pero –sobre todo- política.

Este viaje es un hecho político, no religioso. Son personas que no creen en nada. Sólo creen en lo que sus mentes deciden. Después, cada uno se viste con su ropa religiosa y hace sus oraciones al demonio. Son los nuevos fariseos, hipócritas, saduceos, que miran a los demás por encima del hombro, con prepotencia, con orgullo, con la soberbia de aparentar una sabiduría que no poseen.

Son hombres vulgares, del pueblo, de la calle, de las tabernas, de las juergas en el mundo, pero no son hombres de Dios. No piensan como lo hace Dios y, menos, obran con el poder de Dios.

Por eso, este viaje marca un trayecto para la Iglesia y para el mundo.

En la nueva iglesia, en la casa del Vaticano, comandada por los innumerables herejes y cismáticos, hay una lucha por el poder. Todos quieren sentarse en la Silla de Pedro. Y, por esa Silla, van a pasar innumerables personas, con la sola función de ir quitando dogmas. Es una sucesión de reyes, de gente que se viste de Papa, y que pone sus órdenes para que todo el mundo las cumpla. Porque es necesario destrozar toda la Iglesia. Y eso lleva tiempo.

Francisco tiene mucha oposición, porque no ha sabido hacer las cosas. Como es tan orgulloso, habla, pero después obra como quiere y lo que quiere. Y, claro, eso no gusta en la Iglesia. Eso no lo hace un Papa. Y, ahora, está en un dilema, porque hay una gran división en toda la Iglesia: unos con Francisco, otros en contra de él.

La división ya no está fuera de la Iglesia, sino dentro. Y es manifiesta. No es como en estos 50 años: oculta. La gente se separaba, pero no hacía nada en contra de la Iglesia.

Ahora es otra cosa: o estás con un hereje o no lo estás, y esto trae consecuencias para todo el mundo. Todos palpan esta división en sus casas, entre familiares, en el trabajo, en la misma Iglesia. Las mentes no están conformes. No hay unión en la Verdad. Todos opinan y, además, hablan de lo que Francisco ha dicho. Y eso trae más división, porque lo que dice ese hombre divide más la verdad, no protege a la Verdad, sino que protege al error, a la mentira. Todos hacen lenguas de los dichos de ese hombre y no ven su pecado. No atienden al pecado de Francisco, sino a lo que habla. No ven su herejía formal, porque como dice vulgaridades, como habla tonterías, el pobre hay que dejarlo así.

Para ser un hereje formal sólo hay que tener voluntad de serlo. Y ésta la tiene Francisco. Quiere obrar la mentira, quiere obrar el error, quiere obrar el pecado. Quiere. Después, no importa la forma como lo obre; ni interesan las razones que diga para que se obre. Francisco obra su pecado, porque quiere, y ya está. Y eso le convierte en un hereje formal.

Ir a reuniones de los judíos, de los protestantes para comulgar con sus ritos, con sus leyes, etc., eso es una herejía formal: se obra el error que se piensa, aunque no se diga, aunque no quede escrito en un papel.

Las flores a la tumba de Herzl es una obra de su voluntad libre, que va en contra de la enseñanza de un Papa y de lo que dice todo el Magisterio de la Iglesia sobre los judíos.

Y esta simple obra es herética porque se opone, en la obra, en la práctica, a la verdad que la Iglesia enseña. La herejía está en la obra, no en la idea. La herejía es una idea puesta en obra. Nunca la herejía es la sola idea. Hay muchas ideas que los hombres dicen, a lo largo de su vida, y son herejías, pero no le convierten en herejes, hasta que no la obran.

En la Iglesia no hay opiniones, gustos. Como San Pío X pensaba así, según las culturas de esos tiempos, ahora, como hay otras, hay que pensar de otra manera y obrar otra cosa.

En la Iglesia se da la Verdad: hasta que los judíos no crean, no hay nada con ellos. Esta es la verdad, que se ha transmitido siempre por Tradición, y que recoge el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Pues, esta verdad es la que no sigue Francisco. Y, para ello, él invoca a todo el mundo, a un amor fraterno, para conseguir su fin, que es su pecado de orgullo.

Y, como Francisco, ha hecho un gesto inaudito, lleno de traición, infame, cismático, con el sabor de un hereje, con la vulgaridad de un hombre del mundo, con la necedad de aquellos que sólo contemplan su maravillosa idea humana, oponiéndose a toda la Iglesia, entonces hay que concluir que Francisco debe renunciar a su cargo en la Iglesia.

Se ha opuesto a la obra de San Pio X contra el modernismo. Ha derribado esa obra con un simple gesto. Ese gesto es el culmen de su orgullo. Es la perla de su pecado. Es el inicio de su caída en la Iglesia. Es una obra para el demonio, que ataca más los cimientos de la fe en la Iglesia.

Ante un hombre así, que no protege a la Iglesia Católica, sino que da la mano y protege a los judíos, a los musulmanes y a todos los cristianos que no viven su fe (como los ortodoxos), es necesario separarse de él, de una manera drástica.

Sólo lean su declaración conjunta y vean por donde vienen lo tiros, ahora en la Iglesia.

Esa obra de poner flores, en una tumba llena de demonios, hace de la Iglesia una orgía de demonios, porque en Jerusalén se ha puesto el cimiento de la nueva iglesia: cristianos, judíos y musulmanes. Y se ha hecho conforme a la enseñanza del demonio en Herzl. Un hombre, profeta del demonio, para una obra que debe servir al Anticristo.

«El plan es, en su forma primera, extremadamente sencillo y debe serlo si se quiere que todos lo comprendan. Que se nos dé la soberanía sobre un pedazo de la superficie terrestre que satisfaga nuestras justas necesidades como pueblo; a todo lo demás ya proveeremos nosotros mismos» (El Estado Judío – II. Parte general – El Plan- Herzl). Y esto lo hace con su oficina central: la Society of Jews, que es «el nuevo Moisés de los judíos», que «sabrá y verificará si los judíos ya quieren y deben emigrar a la Tierra Prometida» (El Estado Judío – II. Parte general – El gestor de los judíos- Herzl). Es clara la relación del sionismo con el Anticristo.

La nueva iglesia nace en Jerusalén, no en Roma. En Roma está la ramera, que fornica con todo el mundo, con todos los pensamientos de los hombres para dejar a la Iglesia sin una Verdad. Es necesario dividir la verdad fornicando con la mente de todos los hombres.

El gobierno horizontal divide la verdad, no la unifica, no la guarda, no la preserva, no lucha por ella. Es un gobierno que trae división a toda la Iglesia. Un gobierno que destruye el fundamento de la fe. Y lo hace con el amor a los hermanos, a los pobres, con los derechos de los hombres, con las justicias sociales, con lo que le gusta escuchar al hombre.

Francisco es un hombre que crea división, que produce vértigo, que da nauseas, que vomita sus pecados, que sólo vive para hacer lo que da la real gana en la Iglesia. Y muchos son como él: viven con su voluntad, que imponen a los demás en su orgullo. O haces lo que yo hago, o no hay tolerancia.

Francisco es un hombre que lo juzga todo, que lo critica todo, pero que no sabe juzgar lo que Dios juzga. Cuando Francisco se enfrenta con la ley divina, mira para arriba, y salta por encima de la autoridad de Dios para poner su dictadura.

Por eso, es necesario que el hombre comprenda que lo que viene ahora a la Iglesia son tiempos muy difíciles, porque no hay una cabeza que guíe hacia la Verdad, que mantenga al alma en la verdad, sino que todo es un vaivén de opiniones, de críticas, de juicios, de resoluciones sin sentido.

La herejía del sentimiento en el holocausto

98375

«Adán, ¿dónde estás? ¿Dónde estás, hombre? ¿Dónde te has metido? En este lugar, memorial de la Shoah, resuena esta pregunta de Dios: Adán, ¿dónde estás? En esta pregunta, está todo el dolor del Padre que ha perdido a su hijo. El Padre conocía el riesgo de la libertad; sabía que el hijo podría perderse…, pero quizás ni siquiera el Padre podía imaginar una caída como ésta, un abismo tan grande. Ese grito: “¿Dónde estás?”, aquí, ante la tragedia inconmensurable del Holocausto, resuena como una voz que se pierde en un abismo sin fondo… Hombre, ¿dónde estás? Ya no te reconozco. ¿Quién eres, hombre? ¿En qué te has convertido? ¿Cómo ha sido capaz de este horror?¿Qué te ha hecho caer tan bajo? ¿No ha sido el polvo de la tierra de que estás hecho? El polvo del suelo es bueno, obra de mis manos. No ha sido el aliento de vida que soplé en tu nariz. Ese soplo viene de Mí, es muy bueno. No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón. ¿Quién te ha corrompido? ¿Quién te ha desfigurado? ¿Quién te ha contagiado la presunción de apropiarte del bien y del mal? ¿Quién te ha convencido de que eres dios? No sólo has torturado y asesinado a tus hermanos, sino que te los has ofrecido en sacrificio a ti mismo, porque te has erigido en dios”. Hoy volvemos a escuchar, aquí, la voz de Dios: Adán, ¿dónde estás? De la tierra se levanta un tímido gemido: ten piedad de nosotros, Señor. A ti, Señor Dios nuestro, la Justicia. Nosotros llevamos la deshonra en el rostro, la vergüenza. Se nos ha venido encima un mal como jamás sucedió bajo el cielo. Señor, escucha nuestra oración, escucha nuestra súplica, sálvanos por tu misericordia. Sálvanos de esta monstruosidad. Señor omnipotente, un alma afligida clama a ti. Escucha, Señor, ten piedad. Hemos pecado contra ti. Tú reinas por siempre. Acuérdate de nosotros en tu misericordia. Danos la gracia de avergonzarnos de lo que, como hombres, hemos sido capaces de hacer, de avergonzarnos de esta máxima idolatría, de haber despreciado y destruido nuestra carne, esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de vida. ¡Nunca más, Señor, nunca más! ‘Adán, ¿dónde estás?’. Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer. Acuérdate de nosotros en tu misericordia”» (Discurso Francisco en el Memorial del Yad Vashem).

Esta son las palabras vacías de verdad de un hombre que se cree que con hablar al sentimiento de los hombres ya es hombre que comprende el dolor de los hombres.

Para quien escuche este discurso y quiera aprender de la maldad de los hombres en el holocausto, no sólo no aprende que se hizo un mal, es decir, un pecado, sino que el alma se turba, se inquieta, al escuchar que ese pecado no es del hombre, sino de un conjunto de hombres, un pecado social, pero no una ofensa contra Dios: «Danos la gracia de avergonzarnos de lo que, como hombres, hemos sido capaces de hacer».

Este es el resumen de todo este discurso que no tiene ninguna verdad. Este hombre no sabe lo que está diciendo. Se pone a hablar y es mejor que calle su boca. Es un discurso que gusta al hombre insensato, pero que desagrada a Dios, porque no se centra en la verdad y habla muchas mentiras.

«En este lugar, memorial de la Shoah, resuena esta pregunta de Dios: Adán, ¿dónde estás?». El pecado de Adán no es el pecado del holocausto judío. Son dos pecados distintos, que nunca se repiten.

El pecado de Adán fue contra la Voluntad de Dios en el Paraíso; fue contra el Plan de Dios para el hombre. Por ese pecado, todo hombre tiene la soberbia en su mente, el orgullo en su corazón y la lujuria en su carne.

El pecado de Adán es uno: su soberbia.

El pecado del holocausto judío es múltiple: soberbia, orgullo y lujuria. Múltiple, porque reúne todos los pecados de las almas que hicieron esa matanza. No es sólo el pecado de un hombre, sino que son los pecados de muchos hombres. No es un pecado social: no es el pecado de muchos hombres. Son los pecados de todos los hombres que hicieron posible ese holocausto.

La culpa de ese holocausto no es del hombre, sino de muchos hombres que pecaron. La culpa del pecado de Adán fue sólo de Adán, no de todos los hombres. Los hombres son inocentes del pecado de Adán, pero culpables porque Adán les transmite, vía generación, su pecado. La culpa de los pecados que se hicieron en el holocausto son sólo de los hombres que pecaron, no de toda la sociedad.

Por tanto, clamar como lo hace Francisco es sólo retórica. Ganas de hablar y de salir por la tv y que le digan qué sentidas palabras las de este hombre.

Y son palabras muy sentimentales, pero llenas de blasfemias. Y la gente no ve las herejías en el sentimiento de este hombre. No capta lo que debe interesarle al hombre: ¿qué dice Francisco cuando habla? ¿qué cosa hay que discernir cuando habla? Si los hombres, escuchando a este falso profeta, se meten en su sentimentalismo herético, entonces quedan cogidos en el error que este hombre predica, en su juego de palabras, en su lenguaje humano, vacío de una verdad y lleno de mentiras, de verdades a medias.

«En esta pregunta, está todo el dolor del Padre que ha perdido a su hijo. El Padre conocía el riesgo de la libertad; sabía que el hijo podría perderse…, pero quizás ni siquiera el Padre podía imaginar una caída como ésta, un abismo tan grande».

¿Tiene dolor el Padre cuando Adán peca? No; no lo tiene. Tiene indignación, ira, cólera ante el pecado de Adán.

¿El Padre ha perdido a su hijo? No lo ha perdido, porque no es su hijo. Es el hombre que el Padre ha creado a Imagen de Su Hijo: el Verbo. Es el Verbo, Su Hijo. Adán ha sido creado por Dios como hijo de Dios, pero en prueba. No lo ha creado con toda la Gracia de ser hijo de Dios. Y, por tanto, Adán podía dejar de ser hijo de Dios por su pecado. Como Adán pecó, Adán se convirtió en un hombre, sin gracia, sin Espíritu. Ya perdió el ser hijo de Dios. Ya era sólo un hombre abierto a la mente del demonio. Un hombre para hacer la obra del demonio. Y, en esa obra demoníaca, el Padre tenía que poner Su Misericordia, en atención a Su Hijo, que debía encarnarse en el hombre.

«pero quizás ni siquiera el Padre podía imaginar una caída como ésta, un abismo tan grande»: Francisco, ¿no sabes lo que dice la teología sobre la ciencia de Dios? Dios lo sabe todo. Dios sabía que Adán iba a pecar. Dios sabía las consecuencias del pecado de Adán. Dios sabía hasta dónde ese pecado iba a transmitirse a los hombres como incentivo para pecar más, para hacer más ofensas a Dios. Dios ha medido la caída de Adán. Adán ni siquiera saber medir su pecado, sus consecuencias, lo que supone para el Plan de Dios. Adán no sabe nada de su pecado. Dios lo sabe todo. Francisco es un hombre que no sabe hablar la verdad. Sólo sabe hacer discursitos para el sentimiento humano, que es lo que le gusta a la gente: que alguien le diga lo que ellos quieren escuchar.

«Hombre, ¿dónde estás? Ya no te reconozco. ¿Quién eres, hombre? ¿En qué te has convertido? ¿Cómo ha sido capaz de este horror?¿Qué te ha hecho caer tan bajo? ¿No ha sido el polvo de la tierra de que estás hecho? El polvo del suelo es bueno, obra de mis manos. No ha sido el aliento de vida que soplé en tu nariz. Ese soplo viene de Mí, es muy bueno. No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón. ¿Quién te ha corrompido? ¿Quién te ha desfigurado? ¿Quién te ha contagiado la presunción de apropiarte del bien y del mal? ¿Quién te ha convencido de que eres dios? No sólo has torturado y asesinado a tus hermanos, sino que te los has ofrecido en sacrificio a ti mismo, porque te has erigido en dios”».

Francisco no responde a estas preguntas, porque no sabe responder. Sólo las dice para crear un efecto entre los hombres, para capturar la mente del hombre hacía lo que va a decir después. Capta la atención, pero calla la Verdad. Y, cuando alguien no dice la Verdad, entonces es un falso profeta, uno que habla para engañar y mentir.

«¿Quién te ha hecho caer tan bajo?» Tu pecado. Esa es la respuesta que un hombre con dos dedos de frente dice. Pero qué cosa habla Francisco: «¿No ha sido el polvo de la tierra de que estás hecho? El polvo del suelo es bueno, obra de mis manos. No ha sido el aliento de vida que soplé en tu nariz. Ese soplo viene de Mí, es muy bueno. No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón». Tamaña barbaridad.

Dios ha creado al hombre del limo de la tierra. Entonces, ¿por qué te preguntas, Francisco, si el polvo de la tierra ha sido la causa del holocausto? Es que, sencillamente, no hay que ni preguntarse eso. Dios es bueno en su obra Creadora. No hay un mal en esa obra. ¿Por qué te diriges a la obra de Dios si Dios no puede pecar? ¿Por qué haces referencia al aliento de vida, que Dios sopló en Adán, si eso es bueno, no es causa del pecado?

«No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón». Entonces, ¿de quién es? Si no sale del corazón del hombre, su pecado, entonces, ¿de dónde sale? Si no sale de la creación divina, entonces, ¿de dónde sale? Francisco, eres oscuro, porque hablas al sentimiento del hombre. No hablas la Verdad, sino que estás dando vueltas a muchas cosas sin pisar la Verdad, sin apoyarte en la Verdad, sin hacer camino en la Verdad, sin marcar el camino al hombre. El abismo del holocausto nace del alma que sigue al demonio en su corazón. Nace del pecado de ese alma.

«¿Quién te ha convencido de que eres dios?» Respuesta. El pecado que cada hombre tiene en su corazón. Y ese pecado viene de la mente del demonio. El hombre se convence que es dios porque escucha en su mente la voz del demonio. La raíz del holocausto: Satanás. Esto es lo que no se atreve a decir Francisco, porque no cree en Satanás; ni por tanto, no puede creer en el pecado como ofensa a Dios, y sólo ve el holocausto como un conjunto de males que muchos hombres hicieron, y que todos los hombres son culpables de ese mal social.

Por eso, Francisco se pone como el salvador: «Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer». Aquí, estoy yo, que he comprendido el misterio del mal en el Paraíso, y que sé medir lo que el hombre ha hecho en el holocausto, y lo llamo vergüenza, porque es la obra del hombre que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Esta es la estupidez de ese hombre. Estas son sus palabras sin sentido. ¿Para qué quieres cargar con la vergüenza del holocausto si no sabes cargar con los pecados de los hombres que obraron ese holocausto? ¿Para qué quieres ponerte como alma víctima ante Dios si no hablas la verdad sobre las víctimas del holocausto?

«Nosotros llevamos la deshonra en el rostro, la vergüenza. Se nos ha venido encima un mal como jamás sucedió bajo el cielo». Y ¿dónde llevas tú esa deshonra? ¿Haces penitencia para expiar el pecado de muchos? ¿O Pones cara de tristeza porque los hombres hicieron un holocausto? ¿O Te llenas la boca de palabras para decir que nunca más los hombres deben hacer eso?

El hombre no lleva la deshonra del pecado de los demás hombres en el rostro. El hombre, ante el pecado de los hombres, lleva en su rostro la justicia de Dios, la ira, la indignación.

El hombre no debe avergonzarse del pecado del otro. El hombre sólo debe tener vergüenza de su propio pecado. Sólo debe mirar su pecado. Sólo debe arrepentirse de su pecado. Sólo debe confesar su pecado. Pero no debe mirar el pecado de los demás hombres. Debe sentir ira y misericordia, pero no vergüenza. Porque el pecado es una ofensa a Dios, no es una ofensa a los hombres. No hay que avergonzarse «de haber despreciado y destruido nuestra carne», y menos de «esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de vida».

El hombre es malo por su pecado. Es lo que no comprende Francisco. Él siempre va a la creación del hombre: «esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de vida». Pero siempre se olvida de que el hombre pecó. Y todo está maldito. Y la carne es carne. Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios, porque pecan. Francisco no puede comprender de dónde nació el pecado de Adán, ni de dónde nació el holocausto. No sabe medir este hecho espiritual en la historia del hombre.

Para Francisco, el holocausto es un hecho social, histórico, en que el hombre hizo un mal. Pero nada más. Hizo un gran mal, por la perfección de su pecado. Pero ese gran mal no es toda la perfección a la que el hombre puede llegar en su pecado. Todavía queda por ver la perfección del pecado en el Anticristo. Ahí es cuando se va a llegar a obrar algo más que un holocausto de seis millones de judíos. Y eso lo hará el pecado de un hombre que se opone a Cristo en todo.

Pero esto Francisco tampoco sabe medirlo porque no cree en nada. Sólo cree en su sentimentalismo barato y eso es lo que predica.

La novedad de la herejía formal: el lenguaje humano

aborto

«Creemos en la sacralidad de la vida. En el pasado nos hemos concentrado exclusivamente sobre no al aborto y a la eutanasia. No puede ser así, en el medio está la existencia que se desarrolla. Yo no me identifico con los rostros inexpresivos de quien recita el rosario fuera de las clínicas que practican la interrupción del embarazo, sino con aquellos jóvenes que son contrarios a esta práctica y luchan por la calidad de la gente, por su derecho a la salud, al trabajo» (Entrevista a Mons. Nunzio Galantino – May-12-2014).

Este Obispo dice que cree que la vida es sagrada, pero que la Iglesia se ha concentrado, de manera exclusiva, sobre decir no al aborto y no a la eutanasia.

Las herejías vienen saliendo a borbotones de las bocas y de los actos de la Jerarquía impostora, infiltrada en la Iglesia Católica. Y no hay que buscar la herejía formal, es decir, que se diga con claridad, con todas las palabras, con todos los acentos, la herejía. No esperen que Francisco y los suyos digan una herejía formal. Ellos son hábiles en ocultar la herejía formal, que tienen en sus mentes, y darla de manera informal, dejando caer la cosa, diciendo y no diciendo la herejía. Hoy día, la herejía formal está en el lenguaje humano que se usa para hablar de un tema, de un dogma, de una verdad revelada, sin atacarla directamente, sino de manera indirecta, informal, caprichosa, sin que los hombres se den cuenta de la herejía. Con la boca se dicen palabras que suenan bien, pero que son una herejía, porque provienen de una mente que se oculta, que no da el verdadero pensamiento, sino que da lo que interesa en ese momento. Así siempre actúa el demonio: da medias verdades, pero nunca da la mentira como es. Siempre la oculta.

Esta idea: «En el pasado nos hemos concentrado exclusivamente sobre no al aborto y a la eutanasia», Mons. Galantino la toma, la está bebiendo de esta otra: “No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible(..). Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar» (Francisco en una entrevista de P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

Y muchas personas no ven esta ilación, esta unión entre Galantino y Francisco. Y es el mismo pensamiento. Muchas personas rezan para que Francisco, y los que están con Francisco, permanezcan fieles a la doctrina de Jesús y al Magisterio de la Iglesia. No ven la herejía de los que actualmente están gobernando la Iglesia. No perciben que no son fieles ni a la doctrina de Cristo ni al Magisterio de la Iglesia. Y que no hay manera de que sean fieles. Se escandalizan de estas declaraciones, pero no saben hablar claro, decir las cosas claras. Y siguen buscando argumentos para excusar el pecado de estos sujetos, diciendo que Francisco defiende la devoción al Santo Rosario, defiende la concepción, que califica el aborto como un asesinato, y que no hay que sacar las cosas de su contexto, del lenguaje humano, que debe ser interpretado como le gusta al hombre.

Francisco y este Obispo creen en lo sagrado de la vida, pero no creen en el pecado de aborto. Ellos luchan por un derecho humano, pero no luchan por Dios, por los derechos de Dios. Y, por tanto, tampoco creen en lo sagrado de Dios, sino en lo sagrado que la mente del hombre se inventa; creen en el lenguaje de los sagrado, en cómo hablar de lo sagrado pero quitándole el carácter de lo sacro, sin lo sagrado.

Para Francisco -y todo su gobierno-, la cosa consiste en proclamar los derechos humanos, las injusticias sociales, los problemas económicos; es decir, buscar un bien social, un bien común, un bien que agrade a los hombres en la Iglesia.

Hablan del aborto como un asesinato; pero no como una ofensa a Dios. Es una ofensa a la Creación, pero no a Dios. Y, por tanto, no ponen los remedios al aborto; los remedios divinos, tradicionales, los de toda la vida.

El remedio para no abortar es cumplir el mandamiento de Dios. El remedio para que otro no aborte es enseñarle lo que dice Dios del aborto. El remedio para salvar una vida es la oración y la penitencia.

En la Iglesia, el sacerdote, el Obispo, el Papa, sólo tienen una misión: salvar las almas. Lo demás, no interesa en la Iglesia. Y hay que mover, cielo y tierra, para salvar un alma, no para proclamar y para trabajar por los derechos sociales de nadie.

Francisco se dedica a sus negocios comunistas y protestantes en la Iglesia y, de esa manera, lleva a las almas hacia el infierno, ofreciéndoles una doctrina oscura, engañosa, vil, mentirosa, llena de ambigüedades, llena de herejías, y que claman al cielo todos los días. Nada más es leer sus estúpidas homilías de todos los días, desde Santa Marta. Quien tenga dos dedos de frente ve la mentira de ese hombre en su palabra. Francisco oculta su mente cuando habla. Mide sus palabras para no decir la verdad de lo que piensa. Y asimismo habla Mons. Galantino.

¿Y qué hace Galantino en la Iglesia? Lo mismo que Francisco: destruirla.

En el pasado, la Iglesia se ha dedicado a decir no al aborto. Porque el mandamiento de Dios es una prohibición: «No matarás». Luego, hay que decir no al aborto siempre, hasta la muerte; hoy, mañana, pasado mañana y dentro de 2000 años. Porque la Palabra de Dios –y los mandamiento de Dios son la Revelación de Dios a Moisés; es lo que Dios ha revelado y que nadie puede cambiar ni interpretarlo a su gusto humano, según su cabeza humana, según su filosofía de la vida- no sigue una moda humana, no se adapta a la cultura de los hombres, no le interesa lo que los hombres piensan de su vida social, política, económica, cultural. El aborto es un pecado contra Dios. Y así hay que verlo. Pero así no le ve este sujeto, esta piltrafa de Obispo, que es Monseñor Galantino.

No hay que concentrarse en la prohibición: «no matarás», que lleva a decir no al aborto. Hay que ver los mandamientos de Dios como un sí: «en el medio está la existencia que se desarrolla». Hay que luchar por un sí a la vida que crece, que se desarrolla, que va evolucionando. Es un sí al hombre. Es un sí al derecho del hombre. Y, entonces, no hace falta la oración; no hace falta el Rosario, no hace falta hacer penitencias por las personas que abortan o quieren abortar; no hace falta excomulgar a la mujer y a quienes colaboran en el aborto; no hace falta condenar el pecado del aborto, porque el aborto tiene que ser visto como un sí al hombre, como un derecho que el hombre tiene; no como un no a la Voluntad de Dios, a la ley de Dios.

Por supuesto, que el aborto es un asesinato; pero no es un pecado que va en contra de un mandamiento divino. Es un mal social, pero no es un mal espiritual. Es un mal que trae consecuencias sociales para las personas; pero no es un mal que traiga consecuencias para la vida espiritual de las personas. Hay que poner el aborto, hay que meterlo, circunscribirlo al hombre, al mundo del hombre, a la mente humana, al problema del hombre en su humanidad. Pero no hay que verlo con referencia ni a Dios ni al alma. No hay que pensar el aborto como un mal que lleva al infierno. Y, por eso, no hay que rezar el Rosario. Hay que pensar el aborto como un asesinato, un mal humano, que proviene de una nefasta idea humana, que producen una serie de males entre los hombres, sin la referencia al fin divino de la vida. Y, entonces, hay que luchar por la calidad de vida de la gente.

Por supuesto, que la vida es sagrada, porque la persona es sagrada; pero no porque Dios crea toda vida, no porque la vida venga de Dios, no porque toda vida esté en manos de Dios, no porque Dios haga la vida sagrada; sino porque el hombre es dueño de la vida, por ser sagrado, por ser bueno, porque Dios lo ha creado a su imagen, porque la Creación es buena. El hombre es sagrado por sí mismo, no por Dios. El hombre tiene que velar por lo bueno de la Creación.

Ellos usan un lenguaje tan galante que nadie ve su herejía. Todos quedan pillados en ese lenguaje y creen que esa gente está con Dios. ¡Y no!. Están con el demonio. Hablan, Francisco y este Obispo, el mismo lenguaje que Satanás. Y, muchos en la Iglesia, todavía no lo captan, porque carecen de vida espiritual. Carecen de fe. Se han inventado su lenguaje de la fe. Ellos creen en lo que piensan, en sus ideas, en sus culturas, pero no creen a la Mente de Dios.

No veas el aborto como un no, sino como una existencia que se desarrolla, como una vida humana, social, económica, cultural, que conlleva sus problemas. No veas el aborto como una ofensa a Dios, sino como una injusticia social, como un mal entre los hombres. Y, por tanto, tratemos de arreglar esa injusticia social.

Y, por eso, apoya Francisco el aborto: «les aliento a continuar en este trabajo de coordinación de la actividad de los Organismos internacionales, que es un servicio a todos los hombres» (Francisco, 9 mayo 2014). Quien tenga dos dedos frente sabe que lo que están haciendo los Organismos Internacionales es promover el aborto, la homosexualidad, la eutanasia, etc… Francisco apoya el aborto, pero tiene que callar y decir otra cosa. Él aboga por un derecho humano de la mujer a abortar, pero oculta su mente, para dar otra cosa, para dejar la puerta abierta al cisma.

La vida es un derecho de Dios, no de los hombres. Nadie tiene autoridad sobre ninguna vida. La vida es un regalo de Dios al hombre, y a todo hombre. Y nadie tiene derecho a decidir que un hijo no nazca porque su vida o la vida de esa persona (de esa mujer) tenga problemas económicos, sociales, políticos, etc. Y Francisco y este Obispo es lo que defienden: el derecho de la mujer a abortar en algunos casos. Pero callan la verdad de sus mentes, y proclaman una semi-verdad, un lenguaje humano para dar a entender su pensamiento social, político, de la vida, que atrae a la gente, pero que es herético. Una semi-verdad que no es la Verdad del Evangelio ni de lo que la Iglesia enseña. Ellos saben que si hablan claro, les viene el problema. Y, por eso, tienen que obrar a escondidas, como ya lo ha hecho Francisco muchas veces en su vida. Públicamente, pone una vela a Dios; privadamente, otra al demonio. Esto es abrir puertas al cisma en la Iglesia.

Si estas personas estuvieran con Dios, entonces nunca dirían esto: «Yo no me identifico con los rostros inexpresivos de quien recita el rosario fuera de las clínicas que practican la interrupción del embarazo». Nunca en la boca de un Obispo verdadero está: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible».

Si se dicen estas cosas, es que esos dos Obispos son del demonio, pertenecen a la Jerarquía infiltrada en la Iglesia, que sólo trabaja para una cosa, para estar: «con aquellos jóvenes que son contrarios a esta práctica y luchan por la calidad de la gente, por su derecho a la salud, al trabajo». Es decir, comunismo, socialismo, liberalismo; maldita política, que hunde a toda la Jerarquía en el negocio de los negocios: destruir la Iglesia a base de bonitas palabras, de un lenguaje maquillado con expresiones que gustan a todo el mundo, porque se refieren a la vida de los hombres, que es lo que ellos quieren escuchar de la Jerarquía. Quieren tener una Jerarquía social, económica, política, cultural, pero no divina, no que asuste con los mandamientos de Dios, con excomuniones, con oraciones, con penitencias, con la existencia del infierno.

El pecado que se comete ante Dios se desestima y se presenta de cualquier manera, se llama de muchos nombres, pero se termina anulándose.

Esta Jerarquía habla un lenguaje lleno de herejías, y nadie las ve. Este es el atractivo de este lenguaje. Ya la herejía formal no se presenta íntegramente, sino poco a poco. Hoy, se dice una cosa, mañana otra, así hasta decir toda la herejía formalmente.

Cuando la Jerarquía de la Iglesia trabaja para defender los derechos sociales de la gente, entonces comienzan a anular los derechos morales; se va iniciando la decadencia de cualquier norma de moralidad. La Palabra de Dios se va reescribiendo según el lenguaje de los hombres. Y esa Palabra Divina queda hueca, queda sin el sentido divino: la vida es sagrada, pero no reces para que se impida el aborto. El aborto es un mal, un asesinato, pero no lo condenes, no lo juzgues, sino que trabaja en lo social para poder quitar los problemas que trae el aborto. Hagamos una fuerza social contra el aborto, contra ese mal social, y veamos otro tipo de problemas que se pueden solucionar y que trae el aborto. Pero no hagas una fuerza espiritual contra el aborto.

Es un lenguaje humano que desfigura la Verdad simple, la Verdad que no cambia: no al aborto, porque es un pecado contra Dios que lleva al infierno y que es condenado por la Iglesia con la excomunión.

Esta sencilla Verdad es la que no predica ni Francisco ni ese Obispo. Entonces, ¿qué predican? La novedad de su herejía formal, que ocultan en sus palabras baratas y bellas. Es su lenguaje humano que todos siguen y que oculta la verdad del pensamiento del que habla, la verdad de su herejía formal.

Francisco y Tony Palmer: la unidad en la mentira

Resulta preocupante que un Obispo de la Iglesia Católica pase su tiempo mandando mensajitos a personas que no creen en Cristo ni en la Obra de Cristo, que es la Iglesia Católico.

Las palabras de Francisco deben llenar de inteligencia divina a las almas que están viendo todo lo que sucede en la Iglesia.

Francisco da su mensaje porque así se ha comportado con los hombres, con los protestantes, con los judíos, con todas las personas que no tienen fe, durante toda su vida. Para él, esto no es nuevo. Es su pan cotidiano. De esta manera, él vive su vida como sacerdote y como jefe de una Iglesia, que no es la suya, que no pertenece a Ella por su pecado.

Pero estas verdades no interesan, hoy día, a la gente, sino que las personas están más atentas al lenguaje humano de Francisco que a su vida espiritual. Y se engañan cuando escuchan palabras bellas, llenas de ternura, llenas de amor, pero que las dice un hombre sin fe en Cristo ni fe en la Iglesia.

El lenguaje del corazón que usa Francisco es un lenguaje sin verdad, sin apoyarse en la Verdad del Evangelio. Y, por tanto, es un lenguaje del hombre para la mente del hombre, para el sentimiento del hombre; pero no es un lenguaje que penetre el corazón del hombre.

Al hombre le gusta este lenguaje, porque viven en la idea, en la palabra, en la razón, en los ideales humanos. Pero, una vez que se acaba el sentimiento, el corazón empieza a experimentar un vacío, porque se llenó de nada, de vacío; se quedó sin alimento. Se alimentó la mente o el sentimiento del hombre, pero no encontró una verdad; una eterna, permanente, inmutable verdad.

Francisco siempre es lo mismo cuando habla: sentimiento humano. Él predica la revolución de la ternura, es decir, la herejía del sentimiento humano.

Tienes que sentir la vida para amar al otro. Tienes que hacerle sentir bien. Tienes que agradarle con una sonrisa, con un bello pensamiento, con algo que el otro se dé cuenta de que estás pendiente de él.

Y, por eso, Francisco cae en su error, que es un error que nace de su herejía: ama al otro porque es tu hermano, porque es hombre, como tú lo eres, porque pasa necesidades, como tú las pasas.

Ya no es capaz, Francisco, de amar al otro en la verdad; porque quiere sentir el amor; quiere experimentar el amor; quiere que el otro se dé cuenta de que se le ama. Francisco no sabe dar la Voluntad de Dios al otro porque sólo mira su mente humana; sólo busca la idea humana que llegue al otro, que ponga contento al otro, que dé una satisfacción al otro.

Y, por eso, Francisco pone el amor al prójimo por encima del amor a Dios.

Es más importante fijarse en el otro, en su vida humana, en sus problemas, en sus proyectos, en sus necesidades, que poner los ojos en Dios.

Francisco no puede elevar su mente a Dios porque está todo el día dando vueltas a lo que hay en su cabeza. No sabe salir de sus pensamientos. Y, por eso, es necesario que anule el pecado, y que conciba el pecado como algo común, social, de todos, que viene por la confluencia de los diversos entendimientos humanos.

Todos los hombres quieren vivir su vida según lo que encuentran en sus mentes, según sus capacidades intelectuales, según la evolución de sus filosofías, de sus normas de vida. Y, entonces, por necesidad, los hombres chocan unos con otros en sus pensamientos.

Todos los hombres son soberbios. Pero esto no lo dice Francisco.

Para Francisco, cada hombre vive bien su vida; porque cada hombre tiene una inteligencia y, de acuerdo a esa inteligencia, obra en su vida. Y, por eso, para Francisco hay que respetar el pensamiento de cada hombre; hay que ser tolerantes con los demás, porque no todos pueden llegar a un entendimiento perfecto, en donde no se den errores comunes, sociales, etc.

Por eso, Francisco tiene que poner la fraternidad por encima de Dios, como lo más importante en la vida. La unión fraterna entre los hombres, el abrazo entre los hombres, estar con los hombres, mirar a los hombres, obrar como los hombres hacen.

Francisco y el amor sin verdad a los hombres. Francisco cree en una moral, pero no en la que viene de Dios; Francisco cree en una ética, pero no la que se encuentra escrita en cada corazón. Francisco quiere tratar a todos los hombres por igual, y cae en una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Si Dios no trató por igual ni al ángel caído ni a Adán, sino que les puso, a cada uno, un camino de Justicia, entonces no se pueden tratar a los hombres de forma igualitaria.

La igualdad en el amor no existe. Porque el amor es algo divino, no humano. Y Dios, ni siquiera cuando crea a un hombre, a un ángel, crea dos iguales. Cada alma, cada espíritu es diferente. Tiene dones, carismas, gracias, que le ponen un camino particular a cada alma.

Y en la vida de los hombres, cada hombre tiene que seguir el camino que Dios le ponga. Y, por eso, no vale buscar igualdades en lo humano o en lo político o en lo económico, porque es imposible que se puedan dar; y menos en el estado de pecado original como nacen todos los hombres.

Francisco, al buscar la fraternidad, lo hace en un pecado contra el Espíritu: no tiene fe en Dios; no cree en el Espíritu de Dios, sino que sólo cree en su concepto de Dios. Por eso, él tiene que decir que no existe un Dios católico. Y la consecuencia: tiene que buscar a los no católicos para obrar su fraternidad; porque entre los católicos, él sabe que no puede.

En este mensaje de Francisco se observan dos cosas:

1. Su falta de fe en la Iglesia;

2. Su amor a la mentira.

1. Para solucionar el ecumenismo, la Iglesia no tiene que ofrecer nada a los demás; sino que son ellos, los que están en pecado, en sus errores, en sus herejías, en sus cismas, los que tienen que volver a la Iglesia. Si ellos no se preocupan por volver, la Iglesia no tiene que perder el tiempo con nadie, porque tiene su propio camino en el mundo.

2. Desde el comienzo del mensaje, Francisco habla con la mentira en su boca. Y no la deja hasta el final. No hay una frase llena de verdad. Francisco no dice una Verdad, sino muchas medias verdades entre grandes mentiras.

A %d blogueros les gusta esto: