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Tiempo de la restauración universal

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La Sagrada Escritura describe una serie de signos que indican dos cosas: el fin de los tiempos y la venida de Jesús en Gloria.

Los signos del fin de los tiempos son varios:

  • falsos profetas: maestros y propagadores del error: desde hace cincuenta años se ha difundido la pérdida de la fe y la apostasía,  a través de los errores que son propagados por la falsa jerarquía y por falsos teólogos, que tienen mucho peso en el Vaticano. No han enseñado la verdad del Evangelio, sino perniciosas herejías, dando culto al pensamiento del hombre. Muchos no han estado atentos y se han dejado engañar, de tal manera que han quedado totalmente miopes con la entrada de Bergoglio en escena. Han sido muchos que se han dedicado a engañar a multitudes. Y ahora es fácil seguir con el engaño gracias a los medios de comunicación, que controlan la mentalidad pública, la masa necia y ciega, al servicio de la palabra oficial de la falsa Jerarquía, del poder de una minoría en la Iglesia. Muchos sacerdotes y Obispos se han encargado de engañar a mucha gente en la Iglesia. «Habrá entre vosotros falsos maestros. Intentarán difundir herejías desastrosas y se pondrán, incluso, en contra del Señor que les ha salvado, y atraerán sobre sí una repentina ruina. Muchos los escucharán y vivirán como ellos una vida inmoral. Por su culpa, será blasfemada el camino de la verdad. Por el deseo de riqueza harán de vosotros mercadería con palabras mentirosas…» (2 Pe, 2, 1-3). Ahí están todos los pensamientos sobre la libertad religiosa, el ecumenismo, el ecologismo, el divorcio, la afirmación de la homosexualidad, etc… que inundan las mentes de todos los católicos. Si la masa de los católicos piensa así, de manera herética, es por culpa de la Jerarquía. Todo es un negocio, una mercadería de la Jerarquía con el Rebaño. Y muchos quieren este negocio.
  • guerras y rumores de guerras: desde hace más de un siglo la guerra es un asunto político, usado para consolidar el nuevo orden mundial, que tiene sus reglas básicas: el imperio de la ley para el débil y el de la fuerza para el fuerte; los principios de racionalidad económica para los débiles, el poder y la intervención del Estado para los fuertes. Los intereses de los artífices de la política suelen diferir de los intereses de la población general. El que tiene el poder va buscando sus intereses financieros e industriales, no el bienestar de la nación. Se habla de procesos de paz y sólo hay que entender que se busca bloquear las iniciativas de paz, porque sólo interesa que los grandes, que los poderosos, sean los que dominen el mundo: «El gobierno del mundo debe confiarse a las naciones satisfechas, que no desean para sí misma más de lo que ya poseen. Sería peligroso que el gobierno del mundo estuviese en manos de naciones pobres. Pero ninguno de nosotros tiene razones para anhelar nada más. La salvaguarda de la paz debe confiarse a los pueblos que viven por sus medios y que no son ambiciosos. Nuestro poder nos sitúa por encima de los demás. Somos como hombres ricos que moran en paz dentro de sus habitaciones» (Winston Churchill). Gobernar así sólo se puede hacer mediante guerras, para establecer los procesos de paz que los fuertes quieren en los países débiles. Se va en busca de tener hombres ricos de las sociedades ricas que gobiernen en todo el mundo. Hombres ricos que compitan entre sí para lograr mayores cuotas de riqueza y de poder, eliminando sin clemencia a los demás, y teniendo a los ricos de la naciones pobres que obedecen sus órdenes. Y, poco a poco, se va tejiendo el nuevo orden mundial, un grupo elitista, con todo el poder en lo económico, en lo político, en lo social, en el dominio de todas las culturas, utilizando el poder del estado para conseguir sus fines. La guerra es sólo «la reglamentación de la piratería internacional» (Al-Ahram, Pirates and Emperors). El mal está tan difundido que el amor de muchos se ha enfriado, porque sólo viven para sus intereses humanos. Todos se han olvidado de los principios cristianos «…todos están de acuerdo en que los convenios de las naciones en orden a la paz, por muchos que hayan sido elaborados por los más prestigiosos cerebros, quedarán, eso sí, en los libros, cual monumentos de sabiduría política, pero no ganarán los ánimos de los pueblos ni tendrán fuerza alguna de ley ni vigencia en absoluto si no se fundan en la justicia y la equidad y si no respetan las costumbres y las instituciones de los pueblos ajustadas a esos principios cristianos…» (Benedicto XV, Gratum vehementer). Estados Unidos y Rusia se han repartido el mundo durante el siglo pasado, pero será Rusia la que domine al mundo. Rusia está conducida por Satanás; ella busca el dominio absoluto sobre toda la tierra. Mientras hablan de paz, se están preparando para la tercera guerra mundial con armas devastadoras, para la destrucción de pueblos y naciones. La guerra está próxima: «La hora de la justicia de Dios se aproxima, y será terrible. Tremendos flagelos cuelgan sobre el mundo, y varias naciones serán golpeadas por epidemias, hambre, terremotos grandes, huracanes terribles, los ríos y los mares causarán inundaciones, que traerán la muerte y la ruina. Si las personas no reconocen en estos flagelos los avisos de la Misericordia Divina, y no se vuelven a Dios con una vida verdaderamente cristiana, vendrá del oriente a occidente otra guerra terrible. Rusia, con sus ejércitos secretos, combatirá a América e invadirá a Europa. El Rio Reno estará lleno de cadáveres y de sangre» (Sor Elena Aiello – 22 agosto 1960).
  • persecución sangrienta: desde hace 50 años, todos los Papas en la Iglesia han sufrido persecución por querer mantenerse fieles a Jesús y al Evangelio. A Pablo VI le hicieron la vida imposible, fue encarcelado, perseguido y matado. A Juan Pablo I lo quitaron de en medio en seguida; a Juan Pablo II lo odiaron y lo traicionaron muchos Obispos que se rebelaron contra él. Su vida corría siempre peligro. A Benedicto XVI le obligaron a renunciar porque no se acomodó a lo que ellos querían. Y está encarcelado, sin poder gobernar la Iglesia. «Seréis encarcelados, perseguidos y matados. Seréis odiados por todos a causa de Mi Nombre. Entonces, muchos abandonarán la fe; se odiarán y se traicionarán el uno al otro… Entretanto será predicado el Evangelio del Reino de Dios en todo el mundo; todos los pueblos lo escucharán. Y entonces vendrá el fin» (Mt 24, 9.10.14). Muchos católicos han abandonado la verdadera fe y se han hecho lefebvristas, sedevacantistas, disidentes, etc… Gente que dice que defiende la tradición y el magisterio de la Iglesia, pero juzgando y condenando a todos los Papas. Gente que ha odiado a los Papas, que nunca los ha entendido, nunca ha sabido discernir el Espíritu de Pedro en la Iglesia. Y ahora con un falso papa, encontramos a gente que odia a los que permanecen en la verdad. Gente que por defender a un hombre, apostata de la verdad de la fe. Gente que traiciona por un plato de lentejas, para así callar las herejías de un usurpador. Los verdaderos católicos, los verdaderos sacerdotes son dejados a un lado, son tomados por locos, son perseguidos, y sin misericordia son echados fuera de la Iglesia.
  • abominación de la desolación: con el Sínodo se inaugura el tiempo de la destrucción de la doctrina de Cristo en la Iglesia. Sacerdotes y Obispos que van a poner el camino para que el Anticristo realice el horrible sacrilegio. «Cuando viereis la abominación de la desolación instalada en donde no debe» (Mc 13, 14), «en el lugar santo, predicha por el profeta Daniel» (Mt 24, 15), es decir, cuando la Santa Misa, que es el sacrificio perpetuo, la oblación pura que se ofrece en todas partes al Señor, sea quitada de en medio, sea celebrada de forma adulterada en su esencia consagratoria, entonces es la hora de huir, porque esas iglesias quedarán habitadas por demonios: «el Eterno mandará sobre ella el fuego por largos días y por mucho tiempo será habitación de demonios» (Bar 4, 35). El Anticristo triturará las mentes de los hombres con demonios, que se instalan en ellas, y las dominan con el pecado sin confesar y sin arrepentimiento: son demonios con «dientes de hierro y garras de bronce» (Dn 7, 19), que devoran y trituran la fe y la lógica en el pensamiento humano. «Todo es limpio para los limpios, mas para los impuros y para los infieles, nada hay puro, porque su mente y su conciencia están contaminadas» (Tit 1, 15). Y esta abolición durará tres años y medio.
  • Fenómenos extraordinarios: durante estos tres años y medio habrá signos que prepararán el retorno de Jesús en Gloria. El Anticristo hará sus signos, impondrá el microchip, que será la moneda única en el mundo, obligatoria bajo pena de muerte, desatando un período de intensas persecuciones por todos los medios: policías, militares, sistema de rastreo satelital y terrestre. Los mártires clamarán al Señor: « ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?» (Ap 6, 10). El Señor hará prodigios de su Misericordia, como el Rapto y el arrebatamiento. Antes que se desate la ira de Dios, la Santa Cruz será visible en el Cielo, sin que nadie la pueda borrar, que atraerá a todos hacia Cristo: «Entonces se verá en el Cielo la señal del hijo del Hombre. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán y los hombres verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del Cielo con gran poder y majestad» (Mt 24, 30-32)..

 

El fin de los tiempos no es el fin del mundo. Y la venida de Jesús en Gloria no es su venida para juzgar.

Son tres venidas de Cristo distintas:

  1. como Redentor: Vino pobre y humilde, «envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 13); vino para sufrir, «tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores… fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre Él, y en Sus Llagas hemos sido curados» (Is 53, 4.5). Fue «degollado y con tu Sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9). «Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11). Su primera venida exige la fe en Él.
  2. como Rey: «Me voy y vengo a vosotros» (Jn 14, 28); pero «cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). ¿Encontrará una Iglesia que crea en Él, en su doctrina, en Su Espíritu? Cristo es «un vástago de justicia, que, como verdadero Rey, reinará prudentemente y hará derecho y justicia en la tierra» (Jer 23, 5). Su Reino es real, no es alegórico, «presente ya en Su Iglesia, sin embargo todavía no está acabado» (CIC n. 671); su Iglesia remanente verá «venir al Hijo del Hombre en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21, 27). Su reinado inicialmente será aquí en la tierra, «pues es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15, 25); un reinado que durará 1000 años, y después del Juicio Final su Reino será Eterno en los Cielos, «no tendrá fin» (Lc 1, 33).
  3. como Juez: viene «acompañado de todos sus ángeles y se sentará en su trono de gloria» (Mt 25, 31), viene para entregar a «Dios Padre su Reino, cuando haya reducido a la nada todo principado, toda potestad y todo poder» (1 Cor 15, 24); y viene para «juzgar a vivos y muertos, por su aparición y por su Reino» (2 Tim 4, 1). Va a juzgar a aquellos que han creído o no en su primera venida, como a aquellos que han estado con Él en su segunda venida. Viene a juzgar a los vivos de entonces y a los muertos, en la que todos compareceremos en el tribunal de Cristo, «para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho por el cuerpo, bueno o malo» (2 Cor 5, 10), y «cada uno dará cuenta de sí mismo ante Dios» (Rom 14, 12).

Los alegoristas o anti-milenaristas sostienen que Cristo reina ahora corporalmente desde el Santísimo Sacramento. Y, por lo tanto, no hay más reino que éste, el de la Iglesia actual.

Todas estas personas tienen que creer, para que se cumplan las profecías, en un futuro gran triunfo temporal de la Iglesia antes del Juicio Final; es decir, creen en una nueva edad media, con el Papa como Monarca temporal Universal. De esta manera, caen en el milenarismo carnal o craso.

Todas estas personas tienen que aplaudir lo que está pasando en la Iglesia actual: ven a Bergoglio como ese papa que debe gobernar todo el mundo, con un nuevo gobierno, con una nueva economía, y que todo eso dure un milenio, para que así encajen las profecías. Es el absurdo en que caen muchos.

Muchos rezan el padre nuestro, pero no creen en las palabras «venga a nosotros Tu Reino» (Jn 19, 23), y quedarán atrapados cuando el Anticristo emerja como un salvador y un mesías, sentándose en el «templo de Dios» y proclamándose «dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4), ofreciendo un gobierno mundial para iniciar su milenio de paz: «Dios puso en su corazón ejecutar su designio, un solo designio, y dar a la Bestia la soberanía sobre ellos hasta que se cumplan las Palabras de Dios» (Ap 17, 17).

Los judíos reconocerán al Anticristo como su Mesías esperado; la Sede de Pedro se trasladará de Roma a Jerusalén, mientras es hollada «la ciudad santa durante cuarenta y dos meses» (Ap 11, 2). Es en el Estado de Israel, que los hombres han levantado sin la Voluntad de Dios, porque los judíos “no habían reconocido a Nuestro Señor” (Pío X a  Theodor Herzl), en donde se desarrollará el reinado del Anticristo.

Nunca la Iglesia ha condenado el milenarismo espiritual, ya que está enseñado tanto en la Sagrada Escritura como en la Tradición.

La Iglesia ha condenado un tipo de milenarismo craso o corporal, que dice que Cristo reinará visiblemente desde un trono de Jerusalén sobre todas las naciones, en esta tierra que está maldita por el pecado de Adán.

Todo el problema de no discernir estas tres venidas de Cristo, es por no discernir el estado de la tierra, del cuerpo del hombre. Y esto es por falta de fe: no creen en el pecado original y no creen que Dios tiene poder para renovar un mundo esclavizado por ese pecado.

El tema del milenio está unido con la redención de la carne, de lo material: «La creación fue sometida a la caducidad, no por su voluntad, sino por la voluntad del que la sometió, porque también la Creación será liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de los gloria de los hijos de Dios» (Rom 8, 19-21).

El hombre posee una carne mortal, corrupta; la creación vive en la maldición del pecado, en la continua corrupción de la naturaleza. Hay que dar al hombre un cuerpo espiritual y glorioso, y a la creación el estado original que tenía cuando fue creada por Dios.

La tierra quedó maldita por Adán, por su pecado: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17). Por lo tanto, es necesaria la purificación de la tierra para que sirva al plan de Dios.

Una purificación ya decretada por Dios: «He aquí la resolución tomada contra toda la tierra, he ahí la mano tendida contra todos los pueblos. Yavhé Sebaot ha tomado esta resolución, ¿quién se le opondrá? Tendida está su mano, ¿quién la apartará?» (Is 14, 26-27).

El castigo es necesario en la Justicia de Dios, porque existe el pecado. Es un castigo sin arrepentimiento de Dios, que es obrado por el bien de toda la Creación: «Llorará la tierra y se entenebrecerán los cielos, Yo lo anuncié y no me arrepentiré, Yo lo he resuelto y no desistiré de ello» (Jer 4, 28).

Esta purificación es «el día de tinieblas y de oscuridad, día de nublados y sombras» (Jl 2, 2), es «el día de la ira de Dios… toda la tierra será consumida por el fuego de su furor y consumará la ruina, la pérdida apresurada de todos los moradores de la tierra» (Sof 1, 18); es el juicio de las naciones, «juzgará Yavhé a las gentes y será juicio este contra toda carne. Los malvados los daré al filo de la espada…» (Jer 25, 31); «¡ay de aquellos que desean el día de Yavhé! ¿Qué será de vosotros? El día de Yavhé es día de tinieblas, no de luz» (Am 5, 18).  Es el juicio de este mundo: «ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera» (Jn 12, 31).

Es el juicio de este mundo, no es el juicio final, en donde el Anticristo y el falso papa son «ambos arrojados vivos al lago de fuego, que arde con azufre» (Ap 19, 20); sus seguidores, con su iglesia modernista, son exterminados, «fueron muertos por la espada que le salía de la boca al que montaba el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes» (Ap 19, 21); el demonio encadenado por mil años, «le arrojó al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no extraviase más a las naciones hasta terminar los mil años» (Ap 20, 3); y después de la purificación, descenderá el soplo del Espíritu Santo, como en la primera creación, «el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de la tierra» (Gn 1, 2), santificando y renovando toda la faz de la tierra: «si mandas Tu Espíritu, se recrean, y así renuevas la faz de la tierra» (Salm 104, 30).

La tierra, como se la conoce, no será totalmente destruida o aniquilada, porque es la portadora de los cuerpos y de las almas que han elegido la condenación para sus vidas, cuyo tormento es eterno, por los siglos de los siglos: «… y el humo de su tormento subirá por los siglos de los siglos, y no tendrán reposo día y noche aquellos que adoren a la bestia y a su imagen, y los que reciban la marca de su nombre» (Ap 14, 11).

La tierra será transformada, «renovada por la manifestación del Señor» (Adversus Haereses V, 32, 1), y sólo así será posible que Cristo reine en Gloria.

La «nueva Jerusalén», la futura «Jerusalén, edificada como ciudad, bien unida y compacta» (Salm 122, 3), la «Ciudad Santa» (Is 52, 1), el «Tabernáculo de Dios entre los hombres» (Ap 21, 3), «edificada por Dios…», cuyo «valle… y todos los campos… serán ya jamás destruidos y devastados» (Jer 31, 38-40), que «desciende del Cielo» (Ap 21, 2), con «un nombre nuevo» (Ap 3, 12), cuya «piedra angular es el mismo Cristo Jesús» (Ef 2, 20-21), en cuyo interior se encuentra el «Arca de la Alianza» (Ap 11, 19), en donde viven los mártires, «los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la Sangre del Cordero» (Ap 7, 14), en donde no puede entrar «cosa impura ni quien cometa abominación y mentira sino los que están inscritos en el Libro de la Vida» (Ap 21, 27); es colocada en los «cielos nuevos y en la tierra nueva» que Dios crea (Is 64, 17), en una nueva creación, en donde el relieve que actualmente conocemos ha desparecido, «el cielo se enrolló como un libro que se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares» (Ap 6, 14); la tierra será totalmente plana: Dios va a «humillar todo monte alto y todo collado eterno, rellenar los valles hasta igualar la tierrapara que camine Israel con seguridad para gloria de Dios» (Bar 5, 7); tierra llamada «Valle de Sitim», de las Acacias (Joel 3, 18), en donde no habrá «memoria de lo pasado» (Is 64, 17; 43, 18-19), pero se podrá observar las penas del infierno, como un memorial de todos aquellos que se rebelaron contra Dios:

«… y al salir verán los cadáveres de los que se rebelaron contra Mí, cuyo gusano nunca morirá y cuyo fuego no se apagará, que serán objeto de horror para toda carne». (Is 66, 24).

Se verán los cadáveres, los cuerpos espiritualizados de los condenados, cuerpos inmortales, almas que han buscado las cosas de aquí abajo, de esta tierra, que convirtieron sus vidas en una conquista del paraíso perdido. Han querido hacer de esta tierra una felicidad permanente. Y es lo que tendrán por toda la eternidad: la tierra y su núcleo de fuego infernal será su morada para siempre, pero en el dolor que no pasa.

No existe el fin del mundo, porque nada de lo que Dios ha creado tiene fin. Pero, sin embargo, todo lo creado puede transformarse por Dios, ya para el bien, ya para el mal.

La nueva Jerusalén no puede estar en una creación maldita por el pecado, sino que necesariamente tiene que ser puesta en una creación en donde no habite el demonio, por estar encadenado, el infierno sellado, en donde no exista el pecado, «sólo un camino ancho, que llamarán la vía santa; nada impuro pasará por ella» (Is 35, 8), ni la muerte: «Y cuando esto incorruptible se revista de incorruptibilidad, y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 54-56).

El Reino Glorioso no puede darse en el reino del pecado, en una creación maldita. Ahora el príncipe de este mundo es el demonio. No puede haber santidad ni gloria en medio de la obra del pecado.

Por lo tanto, es necesario un cisma en la Iglesia. Gran cisma interior. Siendo la Iglesia la esposa mística de Jesucristo, tiene que pasar por la Pasión y por la muerte en Cruz, para después resucitar esplendorosa en el reino de paz: «Muchos son los pecados de Jerusalén…Echó mano el Enemigo de todos sus tesoros; vio penetrar en su santuario a las gentes de las cuales mandaste que no entrasen en tu congregación… Mandó desde lo alto contra mí un fuego que consume mis huesos…Ató con sus manos el yugo de mis iniquidades… Me entregó Yavhé en manos a las cuales no puedo resistirme…reunió contra mí un ejército para exterminar a mis mancebos…Por eso, lloro y manan lágrimas mis ojos; y se alejó de mí todo consuelo que aliviase mi alma; mis hijos están desolados al triunfar el Enemigo…» (Lam 1, 8.10. 13.14.15.16). Es necesario la separación del trigo y la cizaña. Es necesario poner un abismo entre la carne y el Espíritu, entre una iglesia carnal y una iglesia espiritual.

Es necesario que los católicos queden divididos: una iglesia super-modernista, gobernada por un falso papa; y una iglesia remanente, que es la que defiende la doctrina de Cristo, y pasará a ser clandestina y perseguida. Los sacerdotes no se preguntan: « ¿Dónde está Dios? Siendo ellos los maestros de la Ley, me desconocieron, y los que eran pastores me fueron infieles. También los profetas se hicieron profetas de Baal, y el pueblo se fue tras los que de nada valen» (Jer 2, 8).

Multitudes se han ido tras Bergoglio y toda su falsa Jerarquía, que son un cero a la izquierda para Dios: nada valen. « ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!» (Ez 34, 2). ¡Ay de toda esa Jerarquía que se va a reunir en un Sínodo ideado por una mente perversa, obedeciendo los dictados de un hombre sin verdad! «¿Los pastores no son para apacentar el rebaño?» Entonces, ¿qué hacen en un Sínodo discutiendo la forma de condenar almas al fuego del infierno? ¿No se apacienta el rebaño poniendo el camino de salvación y de santificación al alma? «Así andan perdidas Mis Ovejas por falta de pastor, siendo presa de todas las fieras del campo» (Ez 34, 5). Son los lobos vestidos de sacerdotes y Obispos los que están levantando la Iglesia que debe reunir a todas las iglesias cristianas, a todas las confesiones religiosas de todos los credos. Son las fieras que destrozan la vida de las almas. Una super- iglesia globalizada, que expulsará y excomulgará a los verdaderos católicos por defender la pureza de la fe: «Os echarán de la sinagoga; pues llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no conocieron ni al Padre ni a Mí» (Jn 16, 2-3). Este cisma ya ha comenzado de forma silenciosa, cuando con diplomacia hicieron renunciar al Papa Benedicto XVI para poner su abominación. Pero se hará público y oficial, cuando se quite el Sacrifico Perpetuo. «Antes de Advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación desvelará el Misterio de Iniquidad bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en carne» (CIC – n. 675).

Jesús ya no puede venir en carne mortal, como lo hizo en su primera venida. Muchos seguirán al Anticristo que viene en carne mortal, y que aparece como el Mesías. Muchos caerán en esta trampa del milenio carnal, porque son carnales, contrarios al Espíritu de la Verdad: «…la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; como que esas cosas son entre sí contrarias…» (Gal 5, 17)

Jesús viene en carne gloriosa: «Tus ojos contemplarán al Rey en Su Magnificencia y verán la tierra que se extiende hasta muy lejos» (Is 33, 17). No se puede ver a Jesús glorioso si la tierra no ha sido transformada, aplanada, que se extiende hasta muy lejos, como estaba al principio de la Creación. Una creación gloriosa.

La Segunda venida de nuestro Señor Jesucristo como Rey de todas las naciones sólo es posible en la nueva Jerusalén, que se da en los cielos nuevos y en la tierra nueva: «… ni la circuncisión es nada ni el prepucio, sino la nueva creación» (Gal 6, 15). Todo nace en un solo día. « ¿Nace un pueblo en un día? ¿Una nación nace toda de una vez? Pues Sión ha parido a sus hijos antes de sentir los dolores» (Is 66, 8).

Es el tiempo de la restauración universal. Y hay una batalla espiritual hasta el fin de este tiempo. Se termina el tiempo del hombre carnal y se inicia el tiempo del hombre espiritual. Se termina una Iglesia llena de hombres viejos y se inicia una Iglesia en la que todos serán discípulos del Señor, un reino de sacerdotes, un pueblo que se multiplicará según la Voluntad de Dios.

Muchos viven sus vidas sin atender a los signos de los tiempos, es decir, que viven sin vida espiritual. Por eso, se les hace difícil entender todas estas cosas. Pero la verdad ya ha sido escrita y revelada. Lo que piense el hombre no interesa para la obra de esa verdad. El hombre que no acepte la verdad, entonces no podrá salvar ni su alma ni su cuerpo. El que acepte la verdad como es, entonces siempre encontrará un camino en medio de un mundo que sólo vive para obrar el mal.

La Iglesia vive el tiempo del Fin

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Estamos en el tiempo del Fin: el fin de una época y, por tanto, el inicio de otra.

En este tiempo nadie cree: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». Todos siguen sus mentes humanas, sus verdades, lo que cada cual interpreta de la situación de la Iglesia.

La verdad de la Iglesia queda oculta, porque es el tiempo del mal, de la perfección del pecado entre los hombres.

«…y vi irrumpir en el mar Grande los cuatro vientos del Cielo, y salir del mar cuatro grandes bestias» (Dn 7, 2b.3a).

Cuatro bestias, cuatro reinos en el mundo, que combaten contra el Reino de Dios, que es la Iglesia en la tierra.

Estamos en el cuarto reino: «La cuarta bestia es un cuarto reino sobre la tierra, que se distinguirá de todos los otros reinos y devorará la tierra toda, y la hollará y la triturará» (v. 23).

Ese reino comenzó en 1531, que es la fecha de una señal en el Cielo: la Virgen María de Guadalupe. Se presenta como se describe en el Apocalipsis: «envuelta en sol…sobre la cabeza una corona de doce estrellas…encinta» (Ap 12, 1c.1d.2a).

Esta aparición va a marcar todo este tiempo del cuarto reino: el sufrimiento de la Madre para engendrar la Iglesia de Su Hijo. Sólo en el Dolor las almas son de Cristo. En el Dolor de la Madre de Dios.

La Iglesia ha sido envuelta en muchos sufrimientos durante estos 490 años. Y los últimos años serán los peores sufrimientos, los que más purifican y los que más condenan.

Estamos en el tiempo del Fin: el cuarto reino llega a su Fin.

«Setenta semanas están prefijadas sobre tu pueblo y sobre tu ciudad santa» (Dn 9, 24): 70 semanas de años: 490 años: de 1531 al 2021.

«Desde la salida del oráculo….hasta un ungido príncipe, habrá siete semanas» (v. 25b): 7 semanas de años: 49 años: de 1531 al 1580: el triunfo del protestantismo en toda Europa, y la reforma del catolicismo con el Concilio de Trento: abarca los tres Papas reformadores: San Pío V (1566-1572), Gregorio XIII (1572-1585) y Sixto V (1585-1590). Un ungido, Lutero, que combate a los Papas legítimos;

«En sesenta y dos semanas se reedificarán plazas y muros» (v. 25c): 62 semanas de años: 434 años: de 1580 al 2014: la Iglesia se levanta en medio de un mundo hostil a la Voluntad de Dios. La unidad en la Verdad se mantiene a pesar de la división en el mundo. Los Papas lo han tenido muy difícil para gobernar la nave de la Iglesia;

«Al fin de estos tiempos, sin juicio alguno será muerto el ungido. La ciudad y el santuario serán destruidos con un príncipe; y el fin llegará como una inundación, y durará hasta el fin la guerra» (v. 26): 1 semana: 7 años: del 2014 al 2021: será muerto el Papa legítimo, Benedicto XVI; Roma destruida y todo será un cataclismo hasta el final.

«En verdad os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra; todo será destruido» (Mt 24, 2)

Con el protestantismo se inició este cuarto reino, que ha devorado toda la tierra con su pensamiento diabólico. Y estamos en el tiempo en que la triturará, la machacará, porque se opone a toda verdad del Evangelio. Es una bestia que tiene «grandes dientes de hierro»: con la ciencia, la técnica, el progreso humano es cómo se devora la vida de los hombres sobre este mundo. La ilusión de ser hombre, de exaltar su dignidad humana, su valor como hombre, su importancia en la tierra, su lenguaje humano. El hombre, con la idea protestante, se cree dios y actúa como dios.

Es una bestia con cuernos: «los diez cuernos son diez reyes» (v. 24a), diez gobernantes, diez naciones, diez líderes. Es la vieja Europa, cuyas naciones se han unido en una sola organización. Pero éstos no son los que rigen el mundo: «tras ellos se alzará otro que diferirá de los primeros y derribará a tres de estos reyes» (v. 24c).

El tiempo del Fin es el tiempo de este rey, que es el Anticristo de nuestros días: el líder del hombre; el rey que sigue el hombre; el gobernante del mundo al cual todos le adoran como dios, el que ha ideado el gobierno global: el nuevo orden mundial. Nace en la idea protestante y llega a su culmen en la idea masónica del hombre.

Este último tiempo ha sido marcado, fuertemente, por las apariciones marianas en todo el mundo. Donde está la Virgen María, allí huye el demonio. Satanás no soporta la presencia de la Virgen y la combate a rabiar.

La Virgen María es la señal que da Dios al hombre: es el camino que el hombre tiene para encontrar la Verdad. Sin la Virgen María, el hombre, la Iglesia, las almas se pierden.

La Virgen María, en su Maternidad Divina, es la que lleva a toda la Iglesia hacia la perfección del Espíritu.  Ella es Virgen para Madre: es lo que la mujer ha rechazado: ser madre.

Ella cubrió, con Su Maternidad Divina, todo este tiempo cuando se apareció a San Juan Diego, en 1531: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la Siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios, por Quien se vive».

Es una aparición para el hombre incrédulo, que necesita ver con su ciencia humana para creer en Dios. Y la Virgen es camino para esos hombres.

Pero esa aparición tiene una cualidad que la sella: la humildad. La Virgen María elige a un alma sencilla, ignorante de todas las cosas, pero con un ideal: obedecer a Dios en todo. Un hombre sumiso, sencillo, disponible, obediente, que se conforma en todo con la Voluntad de Dios, para señalar que lo único que a Dios le importa del hombre es su nada, no sus obras, no sus pensamientos humanos, no su lenguaje humano, no sus problemas humanos.

Que el hombre sea nada ante Dios. Sólo en la humildad del corazón, Dios puede hacer maravillas. Pero en la soberbia de la mente, es el demonio el que obra sus maravillas.

Ante la soberbia y el orgullo que muestra el hombre en todo este tiempo del cuarto reino, la Virgen María va a escoger, para manifestar la Voluntad de Dios, a hombres que no cuentan para la humanidad. De esa manera, Ella forma la Iglesia de Su Hijo.

La Iglesia no necesita a los hombres, sino a los hijos de la Virgen María. Hoy nadie quiere imitar a Su Madre en sus virtudes: humildad, obediencia, pureza, maternidad. Todos la desprecian en sus vidas humanas.

En este tiempo se va a dar la perfección del mal entre los hombres, obrada por el demonio.

Esta perfección necesita del Poder de Dios para ser manifestada. Sin ese Poder Divino, el demonio no puede llegar a lo que quiere en su maldad.

Por eso, este cuarto reino es un tiempo de Justicia, pero de gran Misericordia. El pecado de los hombres obliga a Dios a dar, al demonio, el camino para realizar una Justicia Divina, que sólo Dios puede comprender. Los hombres no saben penetrar en esta Justicia de Dios.

Esta obra del demonio es guiada, en todo, por Dios. El demonio no puede hacer nada sin la Voluntad de Dios: está sujeto a esta Voluntad Divina.

Por eso, se manifestó Dios, a los 333 años del inicio de este tiempo: el demonio recibe el Poder de Dios para realizar la Obra de la Justicia Divina:

«En el año de 1864 Lucifer, con gran número de demonios, serán desatados del Infierno: abolirán la fe poco a poco, aún entre las personas consagradas a Dios; las cegarán de tal manera que, a menos de una gracia particular, esas personas tomarán el espíritu de sus malos ángeles: muchas casas religiosas perderán completamente la fe y perderán a muchísimas almas» (Melanie – la Salette, 1846).

La aparición de la Salette, en 1846, señala el tiempo del combate entre la Iglesia y el modernismo. Tres Papas combatieron la herejía modernista: Pío IX (1846-1878), León XIII (1878-1903) y San Pío X (1903- 1914).

En esta aparición, la Virgen María profetiza la Justicia de Dios en el mundo y en la Iglesia. Esas profecías abarcan todo este tiempo del cuarto reino y el tiempo siguiente.

El año 1864: 1531 más 333, que es el número divino; el cual representa a las Tres Personas de la Santísima Trinidad obrando Su Voluntad: se desata al demonio del infierno para que realice una Obra Divina en la Justicia de Dios. No es sólo una obra demoníaca: es un castigo divino para toda la humanidad, por su pecado.

«Hay ahora un establecimiento en vuestro mundo, una orden secreta de satanás. Esta orden ha entrado en todas las formas de vuestra vida. Cada forma de vuestro entretenimiento, vuestro gobierno, vuestras escuelas, ha sido infiltrada» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica – 7 de septiembre 1972). El demonio está suelto por todas partes para atarlo todo, para hacer esclavos a los hombres, para poseerlos, para obsesionarlos de muchas maneras, para llevarlos hacia el pecado, para hundirlos en el infierno. Y no es posible desatarse de eso. En cada cosa, aunque sea santa, allí hay una atadura del demonio. Es el Poder de Dios en el demonio, que pocos comprenden.

«Lucifer y sus ejércitos forman la mano ejecutora del mal en el mundo, conocida como el 666.  Como os he explicado en el pasado, hijos Míos, Yo Me repito para aquellos quienes no escucharon Mis mensajes previos, que el 666 es la concentración completa y masiva de los demonios salidos del infierno, con Lucifer como su líder.  El mismo Lucifer, el príncipe de las tinieblas, ahora camina por vuestra tierra.  Debido a un razonamiento que ninguna mente humana podría comprender, Lucifer ha retenido poder al lado del poder del Padre Eterno en la Trinidad.  Sabed, entonces, cuán grande es su poder en estos últimos días.  Su misión sobre la tierra ahora es luchar contra el Reino del Cielo y destruir cualquier oportunidad que tiene un alma de entrar al Reino del Cielo.  Él está sobre la tierra ahora, Lucifer, para reclamar a los suyos» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica – 10 de junio 1978).

El poder de la Justicia Divina, que actúa en todos los sitios, aun en la misma Iglesia, aun en lo más santo, que es la Eucaristía, por medio del demonio. Por eso, el demonio puso la ley de la comunión en la mano; y por eso, ha tenido poder para poner a un falso papa. Tiene Poder de Dios para esto. Y lucha contra toda alma, aun la más santa.

En un solo año, después de ser desatado, el demonio fue el rey de los corazones: «En el año de 1865 se verá la abominación en lugares santos, en los conventos, las flores de la Iglesia estarán corrompidas y el demonio será como el rey de los corazones» (Ib.).

¿Qué hay que decir ahora, después de siglo y medio, en que el demonio anda suelto por todas partes?

Ahora se ve la perfección de su maldad, no sólo en el mundo, sino en la Iglesia, en su cúspide. Se comienza a ver la abominación en Roma, en la Alta Jerarquía.

Bergoglio es sólo eso: la perfección del mal, que el demonio ha incubado en su inteligencia humana, para poder destruir la Iglesia, por mandato de Dios.

Bergoglio está dirigido, en todo, por Satanás; su mente humana le pertenece al demonio. Por eso, habla como habla y obra como lo hace: como un demonio.

León XIII vio a Nuestro Señor hablando con Satanás, y «cómo el demonio se jactó que tenía medio destruida a su Iglesia, y que si tuviese más libertad la destruiría por completo. Entonces el Señor le preguntó que cuánto tiempo necesitaba para destruirla, y Satanás le contestó que cincuenta o sesenta años le bastaban. Dios le concedió ese plazo, pero le dijo que después se verían…» (Cardenal Segura, Arzobispo de Sevilla, en una conferencia que dio en la catedral de Sevilla durante la Cuaresma de 1950).

Para comprender los tiempos divinos:

«Contarás siete semanas de años, siete veces siete años, viniendo a ser el tiempo de las siete semanas de cuarenta y nueve años…y santificaréis el año cincuenta…Será para vosotros jubileo» (Lv 25, 8.10a.10c). Dios obra cada 49 años y uno de jubileo, de liberación, de gracia.

Desde el momento en que Dios da al demonio el Poder para una Justicia, hay tres tiempos divinos, porque ese Poder sólo el demonio lo puede obrar en los tiempos marcados por Dios:

De 1864 al 1913: 49 años; y un año de gracia: 1914: el Tiempo del Padre: en este tiempo, el demonio perfecciona su pensamiento y lo lleva a cabo, en una guerra, con la doctrina del marxismo y con una nación, Rusia. Es el orgullo que se levanta contra la Voluntad de Dios.

De 1914 al 1963: 49 años; y un año: 1964: el Tiempo del Hijo: en este tiempo, el demonio se infiltra en la Iglesia y combate al mundo de muchas maneras, en todos los gobiernos. La jerarquía infiltrada comienza a cambiar la doctrina con nuevas filosofías y teologías. Se llega al Vaticano II con un pensamiento demoníaco, en la jerarquía, que combate al pensamiento divino.

De 1964 al 2013: 49 años; y un año: 2014: el Tiempo del Espíritu: en este tiempo, el demonio toma control de toda la Iglesia, pero de manera oculta, hasta llegar a poner a su falso papa, que abre el tiempo del Fin, los últimos siete años de este cuarto reino. Todos los Papas son usados para el mal, son atados para que no puedan realizar lo que Dios quiere; todos son quitados de en medio.

Tres tiempos de siete semanas de años, y un año de gracia. El tres representa a Dios. El siete es la perfección en la obra.

La visión de León XIII, el 13 de octubre de 1884, fue para preparar a la Iglesia a la batalla contra el demonio. Su exorcismo contra Satanás, que el demonio pudo quitar después del Concilio, en sus reformas que realizó a través de la falsa Jerarquía, es la solución para contrarrestar el poder que tiene el demonio. Muchos sacerdotes ya no lo usan.

Con la primera guerra mundial, en 1914, el demonio iniciaba su trabajo de demolición en el mundo y en la Iglesia. Una guerra que abría las puertas a la iniquidad, que implantaba un motor: la doctrina marxista, con el cual inundarlo todo.

A los tres años y medio, casi al finalizar la guerra, Fátima. A partir de ese momento, en la Iglesia se comenzó a infiltrar la Jerarquía masónica.

«el último secreto de Fátima no fue dado al mundo, porque él revelaba la Verdad de la maligna secta entrando en el Vaticano (…), en gran número, desde las apariciones de Mi Madre en el santuario de Fátima» (MDM – 26 de enero del 2012).

La Iglesia no ha creído en Fátima, sino que la ha anulado, declarando una interpretación torcida de la verdad. Para la Iglesia, ya la profecía de Fátima ha sido cumplida: una vez más la autoridad de Dios quedó anulada por la autoridad doctrinal de la Jerarquía.

Fátima es la profecía del fin del Papado: en Ella se revela la muerte del último verdadero Papa, Benedicto XVI; y, por tanto, la causa del fin del Pontificado como hasta ahora se ha entendido en la Iglesia.

«Los detalles, que Yo revelaba, son, que habrá dos hombres usando la Corona de Pedro en los Últimos Tiempos. Uno sufrirá por las mentiras que han sido creadas para desacreditarlo y que lo convertirán en un virtual prisionero. El otro elegido, traerá consigo la destrucción, no solo de la Iglesia Católica, sino de todas las iglesias que honran a Mi Padre y que aceptan las Enseñanzas de Mi Hijo, Jesucristo, el Salvador del Mundo. Solo puede haber un jefe de la Iglesia en la Tierra, autorizado por Mi Hijo, que debe permanecer como el Papa hasta su muerte. Cualquier otro, que pretenda sentarse en la Silla de Pedro, es un impostor. Este engaño tiene un propósito, para convertir almas a Lucifer y hay poco tiempo para tales almas, que no serán las más sabias, para ser convertidas» (MDM – 22 de julio del 2013).

La causa del fin del Papado: un hombre, que no es de Dios, y que levanta la nueva y falsa iglesia, atrayendo a todos a esa maldad.

Con Bergoglio se ha acabado el Papado, al poner su gobierno horizontal, que es el camino de la falsa iglesia. Es una dictadura en la que se ata a todos con buenas palabras y con sonrisas maquiavélicas. La Iglesia verdadera queda en el desierto, en remanente, a la espera del Gran Papa, que es puesto sólo por Dios, no por los Cardenales.

En 1964 se iniciaba la autodemolición de la Iglesia, en su interior, por el mismo demonio en forma humana. Para eso fue el Concilio, con el cual la Jerarquía infiltrada trabajó para conseguir su objetivo, que no pudo alcanzar hasta el 13 de marzo del 2013, poniendo el mayor engaño de todos, Bergoglio.

«Satanás, Lucifer en forma humana, entró en Roma en el año de 1972.  Él estorbó el gobierno, las funciones del Santo Padre, Paulo VI. Lucifer ha controlado a Roma y continúa este control ahora» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica, 7 de Septiembre del 1978).

Ese demonio encarnado, que ha estado en el Vaticano desde 1972, ha sido el causante de todos los males que se han visto en la Iglesia: en la doctrina, en la liturgia, en los Sacramentos, en el magisterio….Todo adulterado por esa jerarquía infiltrada, que obedece órdenes de la masonería.

Ninguna culpa hay que echarla a los Papas, sino a todos los Cardenales, Obispos, sacerdotes, que no han acatado, que se han rebelado, que han desobedecido a los Papas. Todos ellos fueron quitados de en medio. Todos.

Tres años y medio, en 1961, antes de que se cumpliera esa generación, la Virgen se apareció en Garabandal, para dar la profecía del fin de los Tiempos, a la cual nadie hizo caso, por supuesto. En esa profecía, se indicaba que sólo quedaban cuatro Papas. Y, por tanto, el Papado llegaba a su fin con Benedicto XVI.

Garabandal es la continuación de Fátima, pero es el inicio de un nuevo tiempo. Cuando Benedicto XVI, que es el «Obispo vestido de blanco» que «llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran cruz» (Tercer mensaje de Fátima) muera, entonces se inicia el fin de los Tiempos: se cumple una profecía, Fátima, y se inicia otra, Garabandal.

Garabandal abre a la Iglesia a nuevo tiempo; Fátima lleva a la Iglesia al fin de un tiempo.

Roma, desde 1972, sólo iba hacia una dirección: levantar la falsa iglesia con el falso cristo, hecho que se consiguió en 1998:

«El 666 enunciado 3 veces, es decir por 3, expresa el año 1998, mil novecientos noventa y ocho. En este período histórico, la masonería, ayudada por la eclesiástica, logrará su objetivo: construir un ídolo para ponerlo en lugar de Cristo y de Su Iglesia» (Al P. Gobbi, 17 de junio del 1989).

El ídolo de la mente humana, del lenguaje, de las obras humanas, al cual todos siguen actualmente. Por ese ídolo, se intentó que Juan Pablo II renunciará al Pontificado para poner lo que hoy vemos: el gobierno de los hombres en la Iglesia, el gobierno horizontal. No pudieron llevar eso a efecto, a pesar de la enfermedad del Papa, y lo quitaron de en medio.

Ese ídolo ha aplastado el fundamento de la Iglesia Católica: el Papado. Lo ha aniquilado. Por eso, todos los que esperan un nuevo Papa que arregle lo que Bergoglio está haciendo, se equivocan, no saben discernir los signos de los Tiempos.

No hay más Papas: sólo queda el fin de los tiempos. Estamos en el tiempo del Fin: en la última semana de este cuarto reino.

En este fin, emergerá el Papa puesto por el Cielo, el que es descrito en la profecía de San Malaquías: «Pedro Romano, que pastoreará a las ovejas en una gran tribulación, tras la cual, la ciudad de las siete colinas será derruida, y el juez tremendo juzgará al pueblo». Es el Papa de la gran tribulación que lleva a la Iglesia al Reino Glorioso.

Pero, antes, tiene que morir Benedicto XVI y ser destruida Roma. Será un tiempo de Sede Vacante. Será un tiempo de persecución:

«En la última persecución se sentará S.E.R» (San Malaquías).

En la última persecución, antes que aparezca el Anticristo, antes del Gran Papa, habrá una sucesión de reyes, de falsos papas, de falsos líderes, en la Iglesia.

Dos años de Sede Vacante:

«Dadas ciertas circunstancias perturbadoras el Papa tendrá que huir de Roma y cambiar de residencia. Pero ya no será reconocido su papado, lo cual dejará a la Iglesia sin el gobernante real….Cuando el mundo se encuentre perturbado el Papa cambiará de residencia, y durante 25 meses no habrá ningún gobierno ni Papa en la Iglesia de Roma» (Juan de Vatigueiro).

 “…llegará un tiempo en el que la Iglesia quedará desolada, sin Pedro ni sus sucesores” (Nicolas de Fluh).

«Es importante que Mis seguidores se mantengan alerta a cualquier nuevo Papa que pueda venir adelante, porque él no será de Dios» (MDM – 7 de junio del 2011).

El tiempo del Fin comenzó en octubre del 2014, con el Sínodo: desde la renuncia del Papa legítimo hasta esta fecha, lo que ha pasado en la Iglesia ha sido un año de gracia y de desgracia. Un año para poder comprender lo que pasa en la Iglesia. Un año para decidir a quién seguir en la Iglesia.

El tiempo de las setenta semanas se terminó en el 2013, con la renuncia del Papa; y Dios dio el año de gracia, 2014: y han sido muy pocos los católicos que lo han aprovechado. Muy pocos han discernido nada. Ahora, les espera lo peor, porque ha comenzado el tiempo del Fin.

Este tiempo no es como los demás: son siete años en que se va a presenciar la maldad en su perfección. Y, por eso, no deben confiar en nadie.

Es el tiempo de los hipócritas, de los fariseos, de los pecadores, de los condenados al infierno. Es su tiempo: toda la maldad se hace visible. El mal es un bien para todo el mundo. El mal es la obra para hacer un bien.

Por eso, la Iglesia verdadera tiene que esconderse. No hay otro camino. Y los que vayan al martirio, Dios les indicará su tiempo.

Para poder comprender este tiempo, Dios ha puesto un profeta: MDM. Tienen que seguirlo. Tres años antes, en el 2010, Dios fue preparando a la Iglesia para lo que viene con este profeta. Muy pocos han creído, como es natural. Y muy pocos van a creer, porque ya la Verdad nadie la quiere escuchar. Muchos son los falsos profetas que han surgido por todas partes, porque es el tiempo de la falsa jerarquía en la Iglesia. Esa jerarquía ya no es capaz de hablar la verdad, no es capaz de enfrentarse a un mentiroso, como Bergoglio; y se levantan los hombres que se llaman santos, justos, porque usan el lenguaje que todos quieren oír, porque viven en sus pecados.

Ahora todos siguen sus verdades, a sus profetas, a su jerarquía: unos están con Burke, otros con sus sacerdotes, otros con la falsa profeta Luz de María, otros con Bergoglio, otros con el espíritu de Lefebvre… Cada uno defiende su parcela en la Iglesia, pero nadie defiende la Verdad de la Iglesia. Todos se acomodan a lo que ven en todas partes y así se da la división: Cardenales, Obispos, sacerdotes, fieles, que permanecen divididos en medio del demonio. Se han unido a un falso Papa, a un usurpador, y pretenden buscar la unidad en la división, en la herejía, en la mente de un hombre sin verdad.  El demonio nunca puede unir, porque su obra es dividir.

«La Iglesia ha perdido su camino y se está hundiendo dentro de la oscuridad. Esto, hija Mía, ha sido profetizado y es un signo del Final de los Tiempos. Es cuando el último Papa emergerá y el mundo se perderá, bajo la dirección equivocada del Falso Profeta» (MDM – 14 de noviembre del 2010).

• Esto ha sido profetizado: la Salette, Fátima, Garabandal, el Escorial, Bayside, Dozule, Akita…

• Y es un signo del Final de los Tiempos: «Cuando viereis, pues, la abominación de la desolación predicha por el profeta Daniel en el lugar Santo (el que leyere entienda), entonces…habrá una gran tribulación…se oscurecerá el sol…aparecerá el estandarte del Hijo del Hombre en el cielo….y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del Cielo con poder y majestad grande» (Mt 24, 15.21a.29a.30a.30c).

La abominación ya comenzó en 1865; y el culmen de esa abominación es:

«Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo» (Melanie – la Salette, 1846).

Roma, refugio para los herejes y toda clase de abominaciones. Es decir, será cuando quiten el Sacrifico del Altar.

Muchos no creen en todo esto. Muchos católicos, que siguen a Bergoglio como si nada hubiera pasado en la Iglesia, como si todo estuviera bien, perfecto, como si la Iglesia viviera una nueva primavera espiritual. Así están de ciegos. No quieren creer a Dios, sino sólo a hombres con autoridad doctrinal.

El ecumenismo es un imposible en la Iglesia

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Dos soles anuncian dos cabezas que rigen el mundo y la Iglesia. Dos reinos que dan al hombre el camino de la perdición. Sólo hay un Sol de Justicia para el hombre: Jesucristo y Su Obra, la Iglesia. Ver video original

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«Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma dentro de una iglesia, y ahí había un sacerdote que celebraba el divino sacrificio, y mientras esto hacía lloraba amargamente y decía: “La columna de mi Iglesia no tiene donde apoyarse.”

En el momento que decía esto he visto una columna cuya cima tocaba el cielo, y por debajo de esta columna estaban sacerdotes, obispos, cardenales y todas las demás dignidades, que sostenían dicha columna, pero con mi sorpresa, al mirar he visto que de estas personas, quien era muy débil, quien medio acabado, quien enfermo, quien lleno de fango; escasísimo era el número de aquellos que se encontraban en estado de sostenerla, así que esta pobre columna, tantas eran las sacudidas que recibía desde abajo, que se tambaleaba sin poder estar firme. Hasta arriba de esta columna estaba el santo Padre, que con cadenas de oro y con los rayos que despedía de toda su persona, hacía cuanto más podía para sostenerla, para encadenar e iluminar a las personas que moraban en la parte baja, si bien alguna se escapaba para tener más oportunidad de degradarse y enfangarse, y no sólo a estas personas sino que trataba de atar e iluminar a todo el mundo.

Mientras yo veía esto, aquel sacerdote que celebraba la misa (aunque tengo duda si era sacerdote o bien Nuestro Señor. Me parece que era Él, pero no lo sé decir con certeza), me ha llamado junto a Él y me ha dicho:

“Hija mía, mira en qué estado lamentable se encuentra mi Iglesia, las mismas personas que debían sostenerla desfallecen, y con sus obras la abaten, la golpean, y llegan a denigrarla. El único remedio es que haga derramar tanta sangre, hasta formar un baño para poder lavar ese purulento fango y sanar sus profundas llagas, para que sanadas, reforzadas, embellecidas por esa sangre puedan ser instrumentos hábiles para mantenerla estable y firme.”

Después ha agregado: “Te he llamado para decirte: ¿Quieres tú ser víctima y así ser como un puntal para sostener esta columna en tiempos tan incorregibles?”» (Luisa Piccareta – Purificación de la Iglesia. Las almas víctimas son su sostén. – Noviembre 1, 1899)

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La situación en la Iglesia es de enorme gravedad, porque su purificación supone la apostasía de la fe en muchos miembros de la Iglesia.

No todos son de la Iglesia, ni pueden serlo, porque la Gracia no es permanente en los hombres. Jesús ha dado Su Gracia al hombre para que pueda vivir la Vida de Dios. Pero Jesús no ha dado la confirmación en Gracia, la cual da la capacidad al hombre para no pecar más. Ser confirmados en Gracia es una Gracia más que Dios da a quien quiere y como quiere. El hombre no es digno de esa Gracia y sólo puede pedirla, pero no puede saber si el Señor se la da.

Los hombres, en Gracia, vivimos un misterio: podemos pecar, podemos caer en el pecado, aunque hayamos alcanzado cierta plenitud en la Gracia. Es la enseñanza de la caída de Adán, el cual poseía muchos dones, muchas gracias, muchos carismas, estaba en continua presencia de Dios y, sin embargo, pecó, tenía la capacidad de pecar. No está confirmado en la Gracia. Y, por eso, su pecado sigue siendo un misterio para el hombre.

Por la muerte de Jesucristo, el hombre en gracia se encuentra en el período escatológico, es decir, en los últimos tiempos, viviendo la Resurrección con Cristo, poseyendo el Reino Futuro mediante la fe y, hasta cierto punto, poseemos ese Reino, de una forma anticipada y efectiva, pero podemos caer, de nuevo, en el pecado. Podemos volver atrás, al hombre viejo, al hombre en pecado.

Por eso, el Señor exhorta: «Estad, pues, siempre en vela, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Bien comprendéis que si el dueño supiera a qué hora de la noche había de venir el ladrón, estaría en vela y no consentiría que penetrase en casa. Por consiguiente, estad también vosotros dispuestos, porque a la hora que no sospecháis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,42-44).

No podemos dormir porque hierve la lucha final de Jesucristo y de Satanás, la cual va a durar hasta el fin del mundo. Y, en esa lucha, el hombre siempre puede caer en los lazos del demonio si su vida no está alerta, en guardia contra la mentira y el engaño que Satanás realiza en todas partes del mundo, también en la Iglesia.

Los hombres de Iglesia se creen que, porque tienen la Gracia, ya son santos y justos, ya lo pueden todo en la Iglesia, ya pueden decidir los destinos de la Iglesia.

Muchos sacerdotes y Obispos no han comprendido que tienen que ser los últimos de todos para poder servir a la Iglesia, que tienen que dedicarse sólo a las almas. Y, lo demás, lo material y lo humano, viene por añadidura, viene en la medida en que se dedican a salvar almas.

El sacerdote es otro Cristo y, por tanto, tiene que reflejar en todo a Jesucristo. Y, muchos, sólo reflejan su humanidad, se ser de hombres, pero no la Santidad de Cristo.

Muchos sacerdotes y Obispos engañan las almas, porque sólo las alimentan de su vida humana, de sus obras humanas, de sus sentimientos humanos. Están en la Iglesia con una cara de buenos amigos, conquistando los sentimientos de los hombres, pero no son capaces de darles la Verdad de Cristo.

Por eso, la Iglesia que contemplamos tiene que ser destruida por los propios miembros de la Iglesia, porque es necesario que se cumpla lo que Adán hizo: destruir el plan de Dios en la Creación.

Es necesario destruir el plan que Jesús ha puesto en Su Iglesia: plan de salvación y de santificación. Este plan nadie lo quiere en la actualidad. Todos buscan sus planes humanos, sus objetivos humanos en la Iglesia. Todos andan tras otros caminos, más convincentes para los hombres, pero que los lleva, de forma necesaria, a convivir con el demonio en sus vidas.

Sólo la Iglesia regenerada, purificada, transformada, es imbatible, es capaz de poner un camino que el hombre no pueda anularlo: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18). Estas palabras del Señor sólo se pueden cumplir en una Iglesia purificada del pecado, es decir, en una Iglesia donde los hombres tengan la confirmación en Gracia, por la cual, ya no se podrá pecar.

Jesús, cuando murió en la Cruz, alcanzó de Su Padre, la Gracia para el hombre. Y «gracia tras gracia» (Jn 1, 16b), Jesús va adornando a sus almas en la Iglesia. «De su Plenitud todos hemos recibido» (Jn 1, 16a), pero no todos viven esa Plenitud, no todos son capaces de ser fieles a la Gracia y, por tanto, no son capaces de ir creciendo en Gracia hasta llegar a la Plenitud, a la confirmación en Gracia.

Por eso, la Iglesia no es para todos los hombres, ni la salvación ni la santificación están al alcance todos los hombres. No es posible salvar a todos los hombres; sólo es posible morir por todos los hombres, para quitar el pecado de origen, en la que un hombre pecó por todos.

Jesucristo murió por todos, pero no salva a todos. Adán pecó por todos, pero no condena a todos.

Jesucristo tiene que condenar a los hombres, como Adán tiene que salvar a los hombres. Porque el pecado de Adán, en la Justicia de Dios, no es un pecado que condene al hombre, a todos los hombres, sino que es un pecado que pone un camino de purificación a todos los hombres. Y, de igual manera, la muerte de Jesucristo, es un camino de salvación y de santificación para todos los hombres, pero no se salvan todos, no se santifican todos, porque Dios ya no lo perdona todo.

Una vez que Dios ha dado Su Gracia al hombre, Dios puede condenar al hombre de forma individual. Con Adán, Dios condena al hombre de forma general, en conjunto, pero no puede condenar a todos los hombres. Pero, una vez dada la Gracia, Dios puede condenar a cada hombre en particular, porque ya el pecado de origen se satisfizo en Su Hijo.

Por eso, ya no hay que mirar a Adán ni a su pecado. Jesús quitó ese pecado de origen, aunque el hombre siga naciendo en el pecado original. Tiene que nacer hasta que el Señor no ponga su tiempo para que el hombre nazca sin pecado. Eso sólo es posible en el Reino glorioso. Esto es imposible en las actuales circunstancias de la vida de los hombres.

Muchos quieren ya estar en ese momento y es, sólo, la ilusión y el engaño del demonio en la mente de muchos sacerdotes y Obispos que se han creído santos porque tienen una gracia. Y, por su soberbia, no han sabido crecer en gracia, adquirir otra gracia, hasta llegar a la plenitud. Por eso, predican que ya no hay pecado, que todos nos salvamos, que sólo hay que hacer el bien a toda la humanidad para que así venga el Reino de Cristo en el mundo.

Esta es la predicación del Anticristo, propia de Él, y que muchos la siguen dentro de la Iglesia, olvidándose de discernir los Tiempos: «Sabéis discernir el aspecto del cielo, pero no sabéis discernir las señales de los Tiempos» (Mt 16, 3), porque es necesario, para ese discernimiento, vivir en Gracia, no perder la Gracia, buscar continuamente la Gracia.

Es la Gracia el camino de los hombres en la Iglesia. Ya no hay que mirar la historia de los hombres para ver cuál es el camino. No hay que ver el Paraíso que Adán perdió. No hay que buscarlo, porque el Señor ha dado el camino para el Cielo, para la Nueva Tierra y el Nuevo Cielo: «Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya» (Ap 21, 1). Sólo un signo se le da al hombre para que comprenda las señales de los Tiempos: «Esta generación mala y adúltera busca una señal, mas no se le dará sino la señal de Jonás» (Mt 16, 4).

Hasta que el mundo no sea transformado en otra cosa, no es posible vivir sin pecado. Esa es la señal. Y vemos que el mundo sigue igual, sigue en su pecado de origen. Por eso, los hombres siguen naciendo en pecado, como en Adán. Todavía no es posible poner en el mundo la Victoria de Cristo sobre el pecado. Esa victoria se puede poner en cada hombre en particular, pero no en toda la humanidad, no en la Creación. No existe la armonía de la Creación.

Por eso, han habido santos que han conseguido esta gracia: la de no pecar y, por tanto, sus vidas han sido sólo para Dios, no para los hombres. Y Dios los ha guiado en todo en un mundo que no le pertenece, aunque lo haya vencido en Su Hijo.

Dios va dando el camino de la salvación y de la santificación a los hombres. Los hombres no tienen que hacer nada por Dios, sólo dejarse guiar por Él. Es lo que muchos, en la Iglesia, no sabe hacer y, por eso, están en la Iglesia para salvar los cuerpos de los hombres, pero no sus almas. Y este es el gran error de muchos. Gravísimo error.

Ese error es un pecado que, en muchos, es contra el Espíritu Santo. Porque es el Espíritu el que lleva al hombre a la Plenitud de la Verdad. Sólo el Espíritu sabe el camino. El hombre no sabe dónde está toda la verdad. Y los sacerdotes y Obispos han pecado contra el Espíritu Santo creyéndose que conocen los destinos de la Iglesia y de las almas, que el hombre sólo tiene que trabajar en lo creado para así llegar a lo nuevo de la Gracia. Y no han comprendido que para vestirse de lo nuevo hay que desvestirse de lo viejo.

La Creación sigue maldita por el pecado de Adán, a pesar de que el Nuevo Adán, Jesucristo, ha bendecido la Nueva Creación. Pero es la Nueva, no la vieja, no la antigua. Y, por eso, hasta que no se dé el cambio, hasta que el hombre no esté «en el vientre del pez por tres días y tres noches» (Jon 2, 1), no puede comenzar el Reino Glorioso de Cristo en que la Iglesia ya no podrá ser destruida por los hombres.

Ahora, los hombres pueden destruir la Iglesia, porque los hombres pueden caer en el pecado y estar en la Iglesia haciendo su iglesia, que es lo más contrario a la Iglesia de Cristo. Eso lo estamos viendo desde que Jesús fundó Su Iglesia. En todos los tiempos de la Iglesia siempre han habido sacerdotes y Obispos que han intentado vivir en la Iglesia otras cosas, según su pecado y su vida mundana. Y, hoy como ayer, el hombre sigue siendo el mismo: un gran pecador, aunque se revista de sacerdote y de Obispo. Por eso, no es de extrañar lo que hace ese hereje sentado en la Silla de Pedro. No es de maravillarse, porque así somos todos los hombres: nos creemos santos porque ya tenemos algún conocimiento de Dios.

Y Francisco es sólo un gran pecador que no sabe mirar su pecado. Es como muchos hombres: vive su vida humana y llama a esa obra, vida justa, vida santa, vida de bondad. Y cree que Dios lo escucha porque es un buen hombre. Así son muchos en la Iglesia. Se han olvidado de purificar sus corazones. Han dejado de mirar sus pecados, sus miserias, porque no han sabido ser fieles a la Gracia que han recibido. Y, por eso, se creen santos sin serlo, siendo unos grandes demonios.

«Despertaos, borrachos (de humanidad), y llorad (vuestros pecados); gemid, bebedores de vino (de la maldad de los hombres), que os han quitado el vino de la boca. Ha invadido Mi tierra un pueblo fuerte (orgulloso, soberbio), innumerable (por sus pecados que no quita)… Ha devastado Mi Viña (Mi Iglesia)… La Viña está en confusión (perdidos en sus pecados)… Venid, pasad la noche cubiertos de saco (en penitencia), ministros de mi Dios… Promulgad ayuno… y clamad al Señor» (Joel 1, 5.6ª.7ª.12ª.13b.14c).

Ya está cerca: «Día de tinieblas y oscuridad; día de nublados y sombras… Delante de ellos va el fuego consumiendo y detrás la llama abrasa. Delante de ellos es la tierra un Paraíso de Edén, detrás queda convertida en desolado desierto; ante Él no hay escape» (Joel 2, 2.3).

Si el Señor no mete al hombre en el fuego que lo purifica todo y que lo renueva todo, es imposible salvarse, porque todo está contaminado por el pecado de los hombres. Y, ahora, cada hombre, en particular tiene que buscar su salvación. Dios salva a cada hombre; pero Dios no salva a todos los hombres en conjunto, porque ya la Gracia es para cada uno, no para todos.

Y si cada hombre consigue la confirmación en gracia, entonces habrá unión entre los hombres confirmados en Gracia. Nunca la unión entre los hombres se puede dar cuando hay un pecado en ellos. Nunca, porque el pecado rompe cualquier unión. Por eso, el ecumenismo es un imposible ahora, entre los hombres y en la Iglesia. Sólo se puede llegar a un sincretismo y eso es lo más contrario a la Verdad del Evangelio y de la Iglesia.

La semana antes del Fin


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“¿Quién es Ésta que se alza como la Aurora, Hermosa cual la luna, Espléndida como el sol, Terrible como escuadrones ordenados?” (Ct 6, 19).

Es la Virgen María, que está a la diestra del Rey, como Reina, como Oro de Ofir (cf. Salm 44, 10), para dar a cada hombre su Verdad en la vida.

Ella es la señal para todo hombre, una señal divina, que indica el camino de salvación y de santificación.

“Una gran señal apareció en el Cielo” (Ap. 12, 1), en el cielo de cada alma, en la conciencia de cada uno, en el espíritu que cada persona ha recibido de Dios.

Dios habla a cada corazón con las palabras de Su Madre, porque Su “boca es vino generoso, que se entra suavemente” (Ct 6, 10) por el paladar y suavemente llega a lo más íntimo del alma.

Dios se da a través de una Mujer que no ha puesto camino a Dios, sino que le ha ofrecido toda su vida para que Él haga el camino. Su Esclavitud es el inicio de la Obra de Dios en Ella. Su Nada es la grandeza de su Ser. Su Amor es la Lealtad de su Corazón.

La Virgen María está “vestida del Sol” (Ap 12, 1) Divino, revestida de la Gracia en su plenitud, enjoyada con los Tesoros del Cielo, para dar al Padre el Hijo de Su Amor.

Ésa fue su única misión en la tierra: dar el Hijo al Padre. Dar lo que Ella recibió: el Hijo. Devolver al Padre el Don de Su Amor: el Hijo.
Y no hizo más. Su Amor de Madre sólo es eso: engendrar al Hijo para dar el Hijo.

Y la Virgen María dio el Hijo con Su Corazón. No lo dio con su mente, con su vida, con sus planes en la vida. Lo dio ofreciendo Su Corazón al Plan de Dios, que significaba sólo una cosa: la Muerte de todo lo humano.

Por eso, la Virgen María se casó, pero no usó el matrimonio, porque tenía que estar muerta al sexo y al fruto del sexo: el placer y los hijos. La Virgen María no buscó un rato de cama para pasar el tiempo de su vida. No buscó los placeres del cuerpo, no hizo de su cuerpo de mujer el agrado de un hombre. Prefirió ser Virgen que acostarse entre las piernas de un varón.

La Virgen María no se casó para tener hijos de los hombres, sino para dar a Dios el Hijo que Él le pedía, y en la forma que Él lo quería, y para la Obra que Él planificó. Porque la Vida es para dar a Dios lo que Él pone en el corazón. Y no es para otra cosa. La Vida no es para vivirla, no es para pasar el tiempo haciendo muchas cosas, no es para mirar a los hombres y mirar a Dios; no está la vida en levantar los ojos a Dios para después bajarlos hacia los hombres.

La Virgen María siempre tuvo sus ojos hacia lo Alto, mirando la hermosura de Su Creador, extasiándose en la Grandeza de Su Mirada, obrando en la Presencia de Su Amor.

La Virgen María no perdió el tiempo hablando con los hombres, buscando a los hombres, haciendo el juego a los hombres. La Virgen María dio a los hombres un portazo y los dejó a, cada uno, en su vida, mientras Ella permanecía a los pies de Su Señor, porque eso es lo único importante en la vida.

La Virgen María es la Mujer que tiene “la luna bajo sus pies” (Ap. 12, 1), porque Ella va girando continuamente en la Presencia del Sol para dar al hombre la Voluntad de Dios.

Ella aparece y desparece, mientras el Sol siempre permanece. Aparece para dar Sus Gracias a los hombres; desaparece para que los hombres clamen su Presencia Materna de nuevo. Su Tiempo es el de Su Hijo, pero Su Obra va más allá de la de Su Hijo.

Jesús vino para Obrar una sola cosa: la Redención del hombre pecador. Y no hizo otra cosa. Por eso, todo acabó en la Cruz. No era necesario más. No había que hacer, entre los hombres, otras obras, ni vivir otras vidas, ni dedicarse a nada en lo humano.

Jesús vino para morir. Y ahí se acabó su vida. Por eso, ni se casó, ni trabajó, ni hizo nada para que los hombres crecieran en lo humano. Pudo inventarlo todo. Pero sólo se dedicó a morir. Señal de que el hombre nace para morir. Ése es el camino que nadie quiere en la Iglesia. Nadie.

Hoy se quiere salvar el mundo, salvar los pueblos, salvar las comunidades, que todos tengan dinero, salud, trabajo, etc. Jesús no vino a salvar a nadie. Jesús vino a morir. Y, muriendo, lo salva todo.

El cambio del mundo, el cambio de las sociedades, el cambio de las familias, el cambio de la vida de los hombres, comienza cuando se muer, no antes de morir. Ésa es la enseñanza de Cristo, ése es el camino de Cristo, que nadie quiere entender. Por eso, vemos lo que vemos en la Iglesia: todos quieren salvarse siendo hermanos unos con otros y haciendo muchas obras buenas. Pues, ése no es el camino de Cristo. Ése es el camino del demonio.

Cristo murió y Su Madre lo acogió entre sus brazos. Y ahí, muerto Su Hijo, comenzó la Obra de la Madre. Ella fue la que dio la fe a los Apóstoles que, por no creer en Su Hijo, se fueron todos a la desbandada. Huyeron del Rostro que los Salvaba porque no comprendieron el camino hacia la Salvación.

La Virgen María, en Su Dolor de Madre, en su sufrimiento místico al pie de la Cruz, comprendió las profundidades del Plan de Dios sobre la humanidad. El Hijo había muerto para que la Madre comenzara la Vida entre los hombres.

Mientras el Hijo estaba con vida, nadie creyó en Él: sólo la Virgen María y el discípulo amado. Los demás eran unos hombres, con mente de hombres, con vida de hombres, con obras de hombres. Nadie entendió nada de lo que predicaba Jesús.

Pero, muriendo el Hijo, comenzó la fe, porque la Virgen se la daba todo aquel que la buscaba en Nombre de Su Hijo. Ella comenzó a repartir gracias entre los hombres, porque es el Canal de todas las Gracias. Ninguna se la reserva Dios para Sí, sino que las ha puesto todas en manos de Su Madre para que las administre en Nombre de Su Hijo.

Y es por María cómo la Iglesia comenzó a funcionar. Sólo por Ella. Ella invocó al Espíritu para que se derramase sobre la Iglesia. Su oración hizo bajar al Espíritu, como lo hizo en la Encarnación.

En la Encarnación del Verbo, el Espíritu le dio al Hijo; pero en Pentecostés, el Espíritu le dio la Obra del Hijo, que es Su Iglesia. Nada se mueve en la Iglesia sin la Presencia de la Virgen. Nada se decide en la Iglesia sin el Corazón de la Virgen. Nada se obra en la Iglesia sin la Gracia de la Virgen.

Por eso, es necesario que los hombres en la Iglesia, busque a la Virgen María, como lo hicieron los Apóstoles. Ellos, en su pecado, sólo pudieron postrarse a los pies de la Madre para recibir el perdón de sus pecados. Quien no se postra ante la Virgen, no encuentra el camino para salir de su vida de pecado. Ella es la que muestra cómo está el corazón y qué hay que hacer para quitar lo que impide obrar el amor de Dios.

Hoy la Iglesia no busca a la Virgen María. Está perdida en los caminos del mundo, ofreciendo a las almas el alimento de la condenación. La Iglesia ha perdido la fe en Cristo porque se dedica a hacer muchas cosas buenas en el mundo y se olvidó de una cosa: no hacer nada. Sólo hay que morir para hacer la Voluntad de Dios en el mundo, las obras divinas en el mundo.
Sólo la muerte es la vida de los hombres. Y esto es lo que nadie entiende, porque no tienen fe, no imitan a Jesús, que no hizo nada por los hombres, no movió un dedo por el mundo. Se dedicó a morir.

Y, cuando el hombre está muerto, entonces aparece la Madre para indicar el camino de las obras divinas en la Iglesia. Pero hasta que el hombre no muera, la Virgen no aparece. Se esconde como la luna, se eclipsa, pasa desapercibida.

Nadie ha comprendido el papel de la Virgen en estos Tiempos. Y es fundamental. Sin sus señales, sin sus gracias, sin sus Palabras Maternas, es imposible comprender los caminos de la Iglesia. Ella señala el norte de la Iglesia. Ella pone a la Iglesia mirando a Su Hijo. Ella hace de la Iglesia sólo lo que el Padre quiere.

Por eso, hemos entrado en los Últimos Tiempos. En Navidad, comenzó la última semana antes del Fin. La semana en la que todo se decide para muchas almas que son de la Iglesia y que son para el infierno, porque han perdido el Espíritu de la Iglesia.

La última semana es para la Iglesia: para purificarla y renovarla como Dios quiere. Es una semana de sufrimientos, de humillaciones, de desprendimientos, de cruces, de sangre derramada, porque la Iglesia tiene que dar Testimonio de la Verdad, que es Cristo Jesús.

La Iglesia tiene que aprender lo que aprendieron los Apóstoles: no se trata de ver el mal, sino de combatirlo con la Verdad, con el Espíritu de la Verdad.

Hoy muchos ven el mal que hace Francisco y los suyos, -que son sacerdotes y Obispos comunistas en la Iglesia, que la desvían de la Verdad, – y no hacen nada, como si nada pasara, como si eso fuera lo más normal en estos tiempos. No combaten el mal que hay en la Iglesia porque tampoco combaren el mal que hay en sus vidas. Sus vidas son para el mundo, para crecer en las cosas del mundo, para salvar el mundo haciendo obras buenas. Pero sus vidas ya nos para Cristo, porque se olvidaron de morir. La penitencia ya se olvidó en muchos. Ahora, sólo hay que dar dinero a los pobres y ya se consigue el cielo.

Jesús vino para dar Testimonio de la Verdad ante los hombres. Y eso le costó la vida. Señal de que la Verdad no es para todos los hombres, sino sólo para unos pocos. Por eso, no podemos ser hermanos de los hombres. Sólo podemos ser hijos de la Verdad y darla a aquellos hombre que la quieren para sus corazones. A los demás, hay que ofrecerles el camino de la Verdad, pero no darle los tesoros del Rey que no se ofrecen a los cerdos, a los hombres que sólo viven para sus mentiras en la vida.

Hemos comenzado la semana de Daniel, en la que se da la Abominación de la Desolación. Y eso es tan grave que, por eso, los acontecimientos se precipitan ya dentro de la Iglesia. Nada es lo que parece, porque ahora trabaja el traidor en la Iglesia y nadie conoce su obra hasta que no se muestra. Sólo los que sigue a la Madre conocen los pasos y los caminos en esta semana última antes del Fin.

San Malaquías predice el Fin de los Tiempos

Profecías de San Malaquías.

sanmalaquias

Sobre su propia muerte

Según nos relata San Bernardo, San Malaquías anunció el día exacto de sus muerte (2 de noviembre) estando con el en la abadía de Clairvaux.

Sobre Irlanda

Anuncia que Irlanda, su patria, será oprimida y perseguida por Inglaterra, trayéndole calamidades por 7 siglos, pero que preservaría la fidelidad a Dios y a Su Iglesia en medio de todas sus pruebas. Al final de ese período sería liberada y sus opresores serían entonces castigados. Irlanda católica será instrumental en el regreso de Inglaterra a la fe. Se dice que esta profecía fue copiada por Dom Mabillon de un antiguo manuscrito de Clairvaux y transmitida por el al mártir sucesor de Oliver Plunkett.

Sobre los Papas

La mas famosa de las profecías atribuidas a San Malaquías es sobre los Papas. Está compuesta de “lemas” para cada uno de 112 Papas, desde Celestino II, elegido en 1130, hasta el fin del mundo.

Los últimos Papas.

#101: “Crux de Cruce” (Cruz de Cruz). Pío IX (1846-1878)

#102: “Lumen in caelo” (Luz en el cielo). León XIII (1878-1903).

#103: “Ignis ardens” (Fuego Ardiente). Pío X (1903-1914).

#104: “Religio Depopulata” (Religión devastada). Benedicto XV (1914-1922).

# 105: “Fides intrepida” (La Fe Intrépida). Pío XI (1922 –1939).

# 106: “Pastor angelicus” (Pastor angélico). Pío XII (1939-1958). Reconocido como un gran intelectual y defensor de la paz

# 107: “Pastor y nauta” (Pastor y navegante). Juan XXIII (1958-1963)

Juan XXIII fue Cardenal de Venecia, ciudad de navegantes. Condujo la Iglesia al Con. Vat II.

# 108: “Flos florum” (Flor de las flores). Pablo VI (1963-1978).

Su escudo contiene la flor de lis (la flor de las flores).

# 109: “De medietate Lunae” (De la Media Luna). Juan Pablo I (1978-1978).

Su nombre era “Albino Luciani” (luz blanca). Nació en la diócesis de Belluno (del latín bella luna). Fue elegido el 26 de agosto del 1978. La noche del 25 al 26 la luna estaba en “media luna”. Murió tras un eclipse de la luna. También su nacimiento, su ordenación sacerdotal y episcopal ocurrieron en noches de media luna.

# 110: “De labore solis” (De la fatiga o trabajo del sol). Juan Pablo II (1978-2005). Ha sido capaz de un trabajo extraordinario y extenso. Los días de su nacimiento y muerte hubo eclipses solares.

# 111: “Gloria Olivae” (La gloria del olivo). No pertenece a Benedicto XVI, porque renunució al Pontificado sin la Voluntad de Dios. Es un Papa que no cuenta. Tampoco pertenece al Papa Francisco, porque no es Elegido por Dios para ser Papa.

# 112: “Petrus Romanus” (Pedro Romano). En su reinado ocurrirá el fin:

“En la persecución final de la Santa Iglesia Romana reinará Petrus Romanus (Pedro el Romano), quien alimentará a su grey en medio de muchas tribulaciones. Después de esto la ciudad de las siete colinas será destruida y el temido juez juzgará a su pueblo. El Fin.”

La profecía de San Malaquías es sobre el Papado y describe los Papas hasta el Fin de los Tiempos.

El Fin de los Tiempos comienza con Benedicto XVI al renunciar al Pontificado. Con él se termina un Tiempo y se inicia el Fin de los Tiempos.

El Fin de los Tiempos no son unos tiempos medidos por el hombre, sino sólo por el Espíritu.

En esos Tiempos pueden pasar muchas cosas dentro de la Iglesia. Cosas que no son relacionadas con la verdad de la Iglesia, sino con la acción del demonio dentro de la Iglesia.

El Fin de los Tiempos no es un Tiempo de Misericordia, ni de Amor, sino de Justicia.

En estos Tiempos se ve la Justicia Divina y queda oculta Su Misericordia. La Misericordia se sigue dando, pero se pone de manifiesto la Justicia Divina.

La Justicia Divina es sobre la Iglesia y sobre el mundo.

Sobre la Iglesia, porque la Iglesia desprecia la Misericordia Divina y, por tanto, cae sobre ella la Justicia. Y esa Justicia se ve en la Jerarquía de la Iglesia que no obra según el Espíritu de Cristo ni de la Iglesia, sino según el Espíritu del demonio y del mundo.

Por eso, el Papa Francisco pertenece a la Justicia Divina, no a la Misericordia Divina. En ese Papa, Dios pone de manifiesto su clara renuncia al Amor de Dios y a la Misericordia en la Iglesia. Es un Papa que no sabe dar el Espíritu de Amor y de Misericordia, sino que sólo es una pantalla del amor y de la misericordia como la entienden los hombres y no como está en Dios.

Por eso, nada bueno hay que esperar de este Papa, porque pertenece al Fin de los Tiempos. No pertenece al Tiempo de la Misericordia.

Juan Pablo II: el último Papa

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Las profecías de la Virgen María sobre la Iglesia son muy variadas, pero siempre tocando un punto esencial: la falta de fe de la Iglesia.

El problema de la Iglesia radica en su falta de fe, porque tiene todo lo que se necesita para obrar lo divino en un mundo que es un infierno.

Pero no lo hace porque no cree y quiere resolver los problemas de los hombres por caminos humanos y dando solución humana a cuestiones espirituales.

Por eso, la Iglesia vive en la oscuridad en cuanto a lo que se le viene encima.

La Virgen ha sido clara en todos sus mensajes: ya no hay tiempo. El tiempo ha concluido. Ya estamos viviendo el Tiempo del Fin. Un Tiempo en que deben darse muchas cosas, pero que debe ser claro para las almas que creen en la Palabra de Dios.

Reina la confusión en todas partes y todos siguen lo que los hombres dicen en la Iglesia. Pero muy pocos siguen lo que Dios dice a través de Sus Profetas.

La Iglesia ha apagado la Lámpara de la Profecía, porque ha apagado el Espíritu. Y, por tanto, ya no puede enseñar la verdad, que está en Dios, sino que se dedica a enseñar las verdades que nacen de las mentes de los hombres. Y no sabe salir de esas verdades.

Por eso, hoy no se cree que el Papa que está ahora sentado en el Trono de Pedro, en la Catedra de Cristo, en la Majestad de la Gloria, no es un Papa que Dios ha elegido, sino uno que los hombres han elegido.

Para entender esta verdad, hay que ir a las profecías de la Virgen sobre el Papado. Después de Juan XXXIII, sólo quedan tres Papas. Son cuatro, pero uno no cuenta. Después de eso, viene el Fin de los Tiempos.

Por tanto, con la muerte de Juan Pablo II, se acaba un tiempo en la Iglesia e se inicia otro muy distinto.

Benedicto XVI fue elegido por Dios, pero él tomó la decisión de abdicar de su gobierno, de salir de la Elección Divina. Y eso supone un tremendo caos en la Iglesia, porque nadie se puede atribuir, para sí mismo, la Elección de Dios. Y nadie puede decidir sobre esa Elección. Benedicto XVI debería haber estado en esa Elección hasta la muerte y, por su soberbia, decidió lavarse las manos en la Iglesia. Fue un Papa que se opuso al Espíritu en su Elección y eso ha costado caro a la misma Iglesia.

Benedicto XVI fue un Papa que no supo discernir su Elección Divina y, por eso, hizo de su cargo un negocio para la Iglesia. Si el Papa tiene el derecho de dejar una vocación divina por una razón sólo humana, como fue su enfermedad, entonces, el sucesor de ese Papa también tiene el derecho de irse cuando quiera. Y eso supone una puerta abierta al Anticristo.

Benedicto XVI tuvo miedo de los hombres en la Iglesia y escogió la puerta más fácil: renunciar. Tenía que haber luchado por la Cabeza de la Iglesia. Y no lo hizo. Sigue luchando por su sacerdocio, pero él fue llamado por Dios para un oficio en la Iglesia y el más importante en la Iglesia. E hizo de ese llamado un saco roto a la Iglesia.

Quien se sienta ahora en el Trono de la Iglesia no ha sido elegido por el Espíritu, porque el Papa anterior a él se opuso al Espíritu en el oficio de poner una Cabeza en la Iglesia. Es el Espíritu el que decide quién poner, y es el Espíritu el que decide hasta cuándo se está en ese cargo como Cabeza de la Iglesia. Y el Papa que quiera decidir su destino en la Iglesia, al margen de la Voluntad del Espíritu, está diciendo que los hombres pueden decidir en poner y quitar la Cabeza de la Iglesia.

Es lo que pasó con Benedicto XVI: hizo lo que ningún Papa se atrevió a hacer en la Iglesia. Y eso produce que el Espíritu se retire de la Cabeza de la Iglesia y su sucesor, es sólo un Papa que los hombres han elegido.

Dios da a Su Iglesia lo que los hombres quieren. Ellos han querido un Papa humano. Y eso es lo que tienen: un falso Profeta, que actúa como Papa. Dios se reserva el Tiempo de poner en la Cabeza de Su Iglesia el Papa que no vaya contra el Espíritu y que haga de la Iglesia la Obra del Espíritu.

Con Benedicto XVI comenzó el Final de los Tiempos. No fue un Papa completo, fue un Papa para un tiempo. Es el Papa que la Virgen dijo que no cuenta, como señaló a Conchita, porque renunció a la Elección de Dios sobre su Pontificado. El Poder Divino quedó obsolete en el gobierno de la Iglesia. No cuenta como Papa, no sirve como modelo de Papa. Por eso, el Papado se acaba con Benedicto XVI, que aún fue Elegido por Dios como Cabeza de la Iglesia, pero que renunció a esa Elección por su capricho humano, no por Voluntad Divina.

El último Papa verdadero fue Juan Pablo II, que dio a la Iglesia un tiempo de Paz en el Espíritu y que, gracias a su fe, la Iglesia pudo caminar hacia la Voluntad de Dios.

Y el Papa que está ahora en la Cabeza de la Iglesia no es elegido por Dios. Es un Papa, el actual, que pretende mostrar a los hombres, que él es una buena persona y que todos en la Iglesia somos buenos y santos y que, por eso, Dios está contento con los hombres.

Es un Papa que abre las puertas para que entre el Anticristo. Por eso, después de él, ya nadie se sentará en la Cátedra de Pedro, porque estará vacía y llena de la presencia del demonio.

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