Lumen Mariae

Inicio » Publicaciones con la etiqueta 'fabula'

Archivo de la etiqueta: fabula

“Amoris Laetitia”: la nueva fábula de Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

«Recordando que el tiempo es superior al espacio…» (AL, 3):

Así comienza Bergoglio su falsa exhortación, llena de errores y de un lenguaje ambiguo propio de su modernismo.

Comienza con algo que nadie comprende, sólo los que lo siguen ciegamente: su tesis kantiana del tiempo y del espacio.

Para Bergoglio, el tiempo del pasado, el del presente y el del futuro deben unirse en un mismo espacio, en una misma situación de vida, en una comunidad eclesial. Y, por eso, hay que recoger todos los datos, todas las vivencias de los hombres, todas sus culturas, todas las maneras de ver la vida, y formar una doctrina que se pueda vivir por todos los hombres en este espacio de vida eclesial.

Y, por eso, lo primero que hace este hereje es dar un repaso a la Sagrada Escritura en donde se habla del matrimonio, de las familias, para sacar una conclusión que se ajuste a su tesis kantiana:

«En este breve recorrido podemos comprobar que la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje…» (AL, 22).

Es aquí donde quiere llegar: nada de teologías, nada de ideas abstractas, todo es la praxis.

La Palabra de Dios no enseña ni guía al hombre: «no es una secuencia de tesis abstractas»,

sino que es una praxis: «una compañera de viaje».

Dios que camina con el hombre. Es el hombre el que hace el camino. Ya no es Cristo el Camino de la Iglesia, un Camino en la Verdad Única y Absoluta.

Para Bergoglio, se viaja en el tiempo, no en el espacio. La fe es un recordar el tiempo pasado, coger esas ideas y actualizarlas al tiempo presente, para que se obren en el espacio concreto (matrimonio, familia, comunidad, parroquia, asociación, sociedad…) en que vive el hombre.

Bergoglio sólo está exponiendo su fe fundante que ya desarrolló en su otra fábula “lumen fidei”.

Y, por lo tanto, si en el tiempo pasado, los hombres entendieron la Palabra de Dios de una manera acorde a su vida humana o eclesial (a su espacio cultural, social, eclesial), ahora, en este tiempo hay que entenderla de otra manera, ya que el tiempo es superior al espacio. El tiempo es el que va cambiando, el que impone una reforma del espacio; el espacio, las familias, la Iglesia, las sociedades, son siempre las mismas, estructuras que no cambian pero sí que admiten reformas en cada tiempo.

De esta manera, Bergoglio enfrenta la Palabra de Dios, el Magisterio de la Iglesia, la teología católica con la pastoral, diciendo que el matrimonio nadie lo ha sabido explicar hasta que Él ha llegado a la Iglesia para exponer su inmoralismo universal:

«… hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario» (AL, 36).

El matrimonio de la Sagrada Familia es demasiado abstracto: la pureza, cumplir con los mandamientos divinos, usar la gracia del Sacramento, son construcciones artificiosas que no resuelven las situaciones concretas de las familias.

Todos los matrimonios santos, a lo largo de toda la historia eclesial, no son ejemplo para la Iglesia, porque se han construido en algo abstracto, en una doctrina inmutable que no sirve, en este tiempo actual, para los demás.

En otras palabras, para Bergoglio el matrimonio ideal es el de los cónyuges que se pelean, que son infieles a la gracia, que usan los anticonceptivos, que se divorcian, que no comulgan con una doctrina inmutable, sino cambiante…. Lo demás, es teología abstracta.

Y hay que resolverles la vida, hay que dar un espacio eclesial, social, cultural, a este “matrimonio ideal”.

El matrimonio ideal, el católico, es aquel en que los dos cónyuges están unidos a Cristo: viven y se esfuerzan por realizar la gracia del Sacramento, que han recibido en su matrimonio.

Pero esto es abstracto para la mente del usurpador. El matrimonio como lo instituyó Cristo es un insulto para la mente de Bergoglio.

Él está en su tesis kantiana: «no hemos despertado la confianza en la gracia».

La gracia, para Bergoglio, es algo inmerecido, gratis, a la cual todos pueden acceder sin ningún obstáculo. Por eso,

«Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia inmerecida, incondicional y gratuita. Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio» (AL, 297).

«Id malditos de mi Padre al fuego eterno…»: Jesús, para Bergoglio, no era consecuente con su lógica. Jesús dijo eso en un tiempo concreto, pero que ya no sirve para este tiempo actual.

No se puede hablar, ahora, de condenación para siempre, ni de infierno, ni de pecados que sacan de la comunión de la Iglesia.

No se puede seguir a San Pablo que enseña inspirado

«… que no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con éstos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Bergoglio dice: «hay que integrar a todos… No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación que se encuentren» (AL, 297).

De estas palabras, se deduce que los Obispos no se van a reunir en un Concilio para excomulgar a Bergoglio como hereje, porque ya no existe el pecado de herejía, ni de apostasía de la fe, ni el de cisma, que saca automáticamente de la Iglesia al que lo comete.

Ahora, se trata de hacer una iglesia para todos los herejes, ateos, homosexuales, divorciados, cismáticos, etc…

Dice Bergoglio: «hay que integrar a todos».

Dice San Pablo: «no os mezcléis… Dios juzgará a los de fuera; vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos».

Los Obispos deben extirpar el mal de Bergoglio, pero no lo van a hacer, porque ya no creen ni en Cristo ni en la Iglesia. Ya nadie defiende la doctrina inmutable de Cristo. Ahora, todos defienden su parcela, sus intereses privados en la Iglesia.

¿Quién tiene razón? ¿Quién acierta? ¿Quién está haciendo la Iglesia de Cristo? ¿San Pablo o Bergoglio?

¿Hay obligación en conciencia de seguir la verdad revelada, la que enseña Dios a través de San Pablo, o hay que seguir el invento de un hombre que se ha creído Dios en la Iglesia?

Es claro que no se debe nada a Bergoglio: ni respeto ni obediencia. Y que, para ser de Cristo y pertenecer a la Iglesia de Cristo, hay que atacar a Bergoglio y estar en comunión con el Papa Benedicto XVI, dos cosas que muchos católicos, entre ellos los tradicionalistas, no acaban de entender.

¿Por qué hay que integrar a todos?

Es sencillo: Bergoglio nos recuerda su propia herejía.

“A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio” (AL, 303).

Gran error doctrinal, moral y pastoral: la conciencia de las personas integrada en la praxis. En otras palabras, la moral autónoma kantiana.

La práctica de la Iglesia, la norma de moralidad, no está en la conciencia de ninguna persona, sino sólo en la Ley de Dios y en el magisterio de la Iglesia. Toda persona tiene obligación de aceptar esta ley divina y de someterse a la enseñanza de la Iglesia en cuestiones morales.

Cuando la conciencia de cada uno decide la moralidad, entonces el bien y el mal sólo está en la propia persona. No hay que buscarlo ni en Dios ni en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Esa conciencia personal es el camino para todo, ya no es la fe la guía de la persona.

Y, por eso, este hombre continúa en su tesis kantiana:

«Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas» (AL, 298).

«Situaciones muy diferentes… consolidada por el tiempo»: el tiempo está por encima del espacio familiar. Hay nuevos hijos, hay un nuevo amor mutuo entre los cónyuges… no se puede estar pensando en la culpa del pecado. No hay que encerrar esa vida en afirmaciones rígidas, en una doctrina inmutable, en el pecado de fornicación o de adulterio….Sino que hay que dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral.

En otras palabras:

Si la gente quiere fornicar, adulterar, y ser un homosexual, que lo haga con la bendición de los pastores. Y como los pastores ya lo hacen, pues ellos también apoyados en este documento.

Los pecadores públicos se convierten en católicos que pueden participar en todo lo que hasta ahora han sido excluidos por la Iglesia. Se hace a los Obispos jueces, los cuales en animada charla con esos pecadores, disciernen la manera de que participen en todos los Sacramentos.

La unión civil estable hay que aceptarla como camino para poder recibir el Sacramento de la Eucaristía. Los homosexuales ya pueden seguir en sus vidas y pronto tendrán su matrimonio aprobado por la Iglesia. Al cura violador de niños hay que acogerlo e integrarlo en la comunidad también. Y a aquellos sacerdotes que se quieran casar, que lo hagan sin problemas.

Esta idea Bergoglio la fundamenta en su pecado de apostasía:

«… ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada « irregular » viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante» (AL, 301).

En este párrafo, Bergoglio va a falsear la doctrina de Santo Tomás de Aquino y a decir lo contrario de lo que dice.

Santo Tomás enseña que el que tiene la gracia puede experimentar dificultad en el obrar con las virtudes, ya adquiridas ya infusas. Y quien pierde la gracia por el pecado mortal, pierde también las virtudes morales infusas.

Bergoglio dice que los que viven en situación de pecado mortal, irregular, están en gracia y, por lo tanto, hay que aplicar a su situación irregular lo que dice Santo Tomás. Y, por eso,

«… un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada» (AL, 302).

Es decir, no se puede juzgar a los divorciados vueltos a casar sobre su situación concreta porque cometan personalmente el pecado de adulterio o de fornicación. Ellos, según Bergoglio, están en la gracia santificante, tienen las virtudes morales infusas, y, por lo tanto,

«Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano» (AL, 304).

Es mezquino.

Toda la apostasía de Bergoglio está en negar el pecado mortal actual y pretender resolver una situación particular sin la gracia de Dios, apoyado sólo en el mismo pecado de la persona, como si ese pecado fuera un bien, un valor, un camino que debe seguir recorriendo esa persona, pese a que la ley de Dios o el magisterio le obligue a lo contrario.

Y, por eso,

«… un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones « irregulares », como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas» (AL, 305).

Es repetir, con otras palabras, lo que ya dijo al principio:

La Palabra de Dios no es una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje.

El pastor debe acompañar, no juzgar a la persona porque incumpla una ley moral. La norma de la moralidad sólo está en la conciencia de la persona, en su mente. Y es ella, junto al pastor, la que va a decidir su vida.

«Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios» (AL, 305).

El adulterio da gloria a Dios, así como la fornicación, la homosexualidad, etc… Esta es la idea de Bergoglio, apoyándose en Santo Tomás de Aquino.

El pobre majadero flipa en colores. Bergoglio ha quedado “colocado” bajo los efectos de su propia droga kantiana. Y ha sacado un documento que es su alucinación, que revela su estado de locura permanente. Una locura diabólica.

Bergoglio, en este panfleto, se pone por encima de Dios y crucifica a Cristo y a Su Iglesia.

Pero, muchos católicos lo van a seguir y van a continuar llamando papa a un auténtico majadero.

Muy pocos tradicionalistas reconocen lo que es Bergoglio: un falso papa. Lo tienen como su papa, aunque vean sus herejías, y las resistan. Pero siguen comulgando con él, lo siguen teniendo como su papa. Y esto es monstruoso en un católico tradicionalista.

O se está con el verdadero Papa, Benedicto XVI, o se está con el falso. O se obra el magisterio de la Iglesia en lo concerniente a los herejes o se obra el nuevo magisterio que enseña Bergoglio. Pero no se pueden estar en los dos bandos. O con Cristo o contra Cristo.

Muy pocos católicos reconocen esto: la nueva iglesia que es ya visible en Roma y en las parroquias de todo el mundo. Y se rasgan las vestiduras por este panfleto, pero seguirán esperando en Bergoglio como su papa.

Seguirán esperando que Bergoglio renuncie para que venga otro y resuelva esta situación.

Ya no ven lo que significa este documento para la Iglesia. No ven lo que hay detrás de todo esto. No disciernen los Signos de los Tiempos. Y seguirán en lo de siempre, sin salir de esa falsa iglesia que hay en Roma.

No entienden que la Iglesia verdadera ya está en el desierto. Y que hay que ir al desierto, llevando la Iglesia en el corazón, sin hacer caso a lo que diga Bergoglio porque no es el Papa que guía la Iglesia Católica.

Bergoglio es un usurpador. Todo cuanto dice y obra a cabo carece de validez divina. Bergoglio no tiene el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios, en la Iglesia. Y, por eso, todo lo obra con un poder humano, el propio de la masonería.

Desde hace tres años, todo es inválido: sus nombramientos, sus homilías, sus escritos, sus reformas, sus proclamaciones, su falso año de la falsa misericordia, etc… No vale para nada, ni para los fieles, ni para la Jerarquía.

Ningún Obispo tiene que obedecer a Bergoglio; ningún sacerdote tiene que obedecer a Su Obispo; y los fieles no tienen que dejarse manejar, engañar, por la Jerarquía.

A Bergoglio le queda poco tiempo. Lo van a hacer renunciar. Y morirá muy pronto. Pero lo que él ha levantado, la nueva iglesia, va a seguir hasta la perfección de la maldad en el anticristo, que ya emerge.

Salgan de la nueva iglesia comandada por un loco, Bergoglio. Y estén en comunión con el único Papa de la Iglesia Católica, Benedicto XVI.

Y ya que conocen cuál es el pensamiento de Bergoglio, no estén detrás de él: no les importe lo que diga u obre ese infeliz. Porque la Iglesia ya no está en Roma, sino en cada corazón que permanece fiel a la Palabra de Dios y al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

El pensamiento kantiano de Bergoglio

obrasdeblasfemia

Asistimos, desde hace tres años, al desmantelamiento de la Iglesia Católica y, por lo tanto, al levantamiento de una nueva iglesia, con una nueva doctrina.

Los modernistas y apóstatas han colocado en el Trono de Pedro a un traidor, a un ser repugnante y a un idólatra de su propio pensamiento humano.

Un hombre que vive en la idea de la inmanencia, es decir, la religión empieza, según él, y se realiza en la esfera de la propia conciencia.

Cada hombre se declara creyente, cree en algo, porque el culto a Dios empieza en uno mismo.

Cada hombre, en su conciencia aislada, se inventa su propia religión, su propia forma de buscar a Dios, de darle culto. No busca a Dios exteriormente, porque se haya manifestado de alguna manera al hombre, sino que busca a Dios porque el hombre vive en sí mismo un sentimiento indigente de lo divino, que le impera ciegamente a desear a Dios, a ir hacia Dios, a salir de sí mismo.

Bergoglio considera a la persona como un ser aislado, no como un ser espiritual que domina toda su naturaleza humana, que la gobierna, que participa de la naturaleza humana y del ser divino, sino como un ser indigente, con necesidad de algo, que le falta algo para ser persona.

«El ser humano no es plenamente autónomo. Su libertad se enferma cuando se entrega a las fuerzas ciegas del inconsciente, de las necesidades inmediatas, del egoísmo, de la violencia» (LS, n. 105).

No es plenamente autónomo: le falta un poder para regirse adecuadamente.

Dios ha constituido al hombre plenamente autónomo, con toda la libertad, con todo el poder para elegir, para gobernarse a sí mismo, para ser él mismo.

Cuando el hombre peca, su libertad no se enferma, sino que queda intacta. Es su alma la que se esclaviza a la obra del pecado, la que se enferma espiritualmente. Es su razón y su voluntad humanas las que se desvían del camino de la verdad, de la obra divina de la vida, de la vocación particular a la que Dios ha llamado a todo hombre. Y, por esa desviación, el hombre hace de todas las criaturas plataforma para obrar su pecado, viviendo mal y haciendo el mal.

Bergoglio anula la libertad del hombre cuando se extravía en su pecado. Eso es señal de que no ha comprendido lo que es la persona humana ante Dios.

La persona, para Bergoglio, está en referencia a sí misma, vive en la autorreferencialidad aislada, incapaz de gobernarse a sí misma, ni de relacionarse con los demás, sintiendo que le falta algo para ser persona.

Por eso, para Bergoglio todo está

«… en salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos… involucrarse…» meterse «con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás», achicando «distancias…» asumiendo «la vida humana…» acompañando «a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean» (EG, n. 24).

Salir de sí, salir de la conciencia aislada, salir de la doctrina inmutable, salir de las tradiciones, para encontrar una conciencia común, universal:

«Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos» (LS, n. 202).

Este salir de sí hacia el otro lo llama autotrascenderse: la persona a sí misma traspasa los límites de su propia experiencia posible, de su conciencia aislada, para penetrar, comprender, averiguar las experiencias de los demás, las conciencias aisladas ajenas, que están ocultas para ella, y así unirse a ellas.

Bergoglio sigue el pensamiento kantiano en el cual las personas no se relacionan naturalmente entre sí, sino que es necesario un conocimiento que se ocupe no de la verdad de las cosas, sino de los conceptos que tenemos, en la conciencia aislada, de las cosas que nos impiden ver al otro como es. La persona tiene que transcender su conocimiento y ponerse en diálogo con el conocimiento del otro para así relacionarse, dejar su conciencia aislada y entrar en una conciencia común, universal, con una moral autónoma universal.

«La actitud básica de autotrascenderse, rompiendo la conciencia aislada y la autorreferencialidad es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo» (LS, n. 208).

Para Bergoglio, el ser humano no es un individuo que pueda vivir un estilo de vida según lo que tiene inscrito en su naturaleza humana, sino que necesita superar su individualismo, traspasar los límites de su propia experiencia vital, para así formar una norma de moralidad, una familia, una sociedad, una iglesia que valga para todos, que sea común, universal.

Para Bergoglio hay que llegar a esa

«… amorosa conciencia… de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS, n. 220).

Este panenteísmo, en el cual

«… Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo más íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz» (LS, n. 221),

hace que Bergoglio sólo viva para desarrollar la idea que tiene en su mente, una idea que no se corresponde con la verdad, con la realidad de la vida, sino que es una fábula nacida de su apostasía de la fe verdadera.

Muchos siguen a Bergoglio porque son kantianos y no pueden entender la verdad de la naturaleza humana ni la verdad de la Iglesia Católica según los postulados tradicionales, según la filosofía y teología católicas, sino que todo lo revolucionan porque siguen, cada uno a su manera, las fábulas de su mente.

Y estas fábulas, este lenguaje lleno de bellas palabras pero sin ninguna verdad sustancial, es lo que agrada a la gente, a la mayoría de los católicos, que sólo se rigen en sus vidas espirituales por las palabras de los hombres, por sus obras, por lo que enseñan en sus mentiras.

Para Bergoglio la fe nos lleva más allá de nuestro yo aislado:

«… la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

El hombre vive en el aislamiento del propio yo, en su conciencia aislada, no vive en el dominio de sí mismo, no puede entender para qué vive sin la luz de esta

«… fe que crece en la convivencia que respeta al otro» (LF, n. 34).

La fe es una luz que viene del futuro: no es una verdad divina a la cual el hombre tiene que someterse, debe obedecer si quiere salvarse, si quiere dar sentido a su vida, a su existencia humana.

La verdad, para Bergoglio,

«… es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro yo pequeño y limitado» (LF, n. 26).

La verdad es una cuestión de memoria: un trabajo intelectual del hombre en sí mismo.

Es una luz que viene de un futuro que no existe realmente, pero que hay que construirlo rompiendo la conciencia aislada, acercándose a los demás, acompañándoles en sus vidas.

La fe es un conocimiento divino, una verdad divina revelada, que se vive en el momento presente del hombre. Y éste no tiene que preocuparse por ningún futuro, porque buscando el Reino de Dios, Dios da al hombre todo lo demás que necesita para vivir, le va labrando su futuro.

La vida espiritual, para Bergoglio, no está en la oración íntima con Dios, no está en buscar la Voluntad de Dios para cada cosa de la vida humana, no está en regirse por los mandamientos divinos, no está en crecer sólo para Dios, porque cada persona vive aislada en sí misma.

Es necesario, por tanto, construir un nosotros, un diálogo, un respeto por las creencias de los otros, una estructura de iglesia en que se acepten las ideas de los demás, ya que la persona no puede creer por sí misma:

«Es imposible creer cada uno por su cuenta… la fe… por su misma naturaleza se abre al “nosotros”, se da siempre dentro de la comunión… » (LF, n. 39).

La persona que vive en su pensamiento inmanente es agnóstica: ni conoce a Dios, ni se conoce a sí misma, ni conoce la realidad del mundo exterior.

No puede creer por su cuenta: no puede entender un conocimiento que se da fuera de ella, fuera de su conciencia aislada.

Por eso, esta religión que comienza en su conciencia aislada sólo se puede ir obrando en la apertura a los demás, formando una conciencia universal: ahí es cuando la persona empieza a conocer los pensamientos de los demás, que también son aislados, y levantar así una comunidad, una iglesia llena de ideas diversas, contrarias, pero unida en una sola cosa: hombres que buscan salir de sí mismos, de su aislamiento, de su conciencia aislada, construyendo una fe que sea modelo para los demás, integrada de una conciencia universal que exige una moral autónoma común.

El hombre, para Bergoglio, es por naturaleza hijo de Dios: para él observar la naturaleza del hombre es deducir la paternidad de Dios sobre el hombre.

Bergoglio tiene que negar el pecado original, por el cual la humanidad se divide en dos: hijos de Dios e hijos de los hombres. Él no puede comprender este punto porque el trabajo que la persona tiene que realizar para construir un mundo mejor sólo está en ella misma, no en lo exterior.

El pecado original es un acto exterior a la persona, que involucra la vida del hombre. Este acto exterior no lo puede entender un hombre que viva en su inmanencia.

El pecado, para estos hombres, consiste en seguir su conciencia aislada, que les impide autotrascenderse, es decir, buscar a otros, formar una comunidad, una religión, una iglesia. El pecado es, según ellos, algo interior, no algo exterior que sacude al hombre.

Por eso, Bergoglio llama a todos los hombres como hijos de Dios porque todos tienen ese sentimiento, esa indigencia de lo divino, que los llama, sin conocerlo objetivamente, a buscar a Dios, a ese Dios que se encuentra en cada criatura.

La fe, por su misma naturaleza, es divina, se abre al mundo de Dios, a la vida de la gracia, a la enseñanza del Espíritu.

No se abre al nosotros humano, al mundo de los hombres, no busca agradar a ningún hombre, no repara en las vidas de los demás, sino que es un camino para el hombre en donde éste encuentra la verdad plena, la que lo salva, lo libera y santifica, y la vida divina que le satisface por encima de toda vida.

Para Bergoglio es el hombre el que debe confiar en su propia idea de Dios, en su propio sentimiento religioso para construir su vida, su fe, su iglesia. El hombre no tiene que buscar en Dios el camino de su vida, ni el bien ni el mal, porque ya lo busca en sí mismo, en su propia conciencia aislada. Sólo tiene que autotrascenderse, salir de los límites de su conciencia, para construir un futuro compartido por todos.

Por eso, no es Dios el que impera al hombre lo que se debe hacer o evitar, sino que es el mismo hombre, en su razón que se trasciende a sí misma, en la idea que tiene del bien y del mal, el que se impera a sí mismo y decide, absolutamente, lo que hay que hacer, lo que hay que creer, cómo caminar en la vida, cómo construir la iglesia.

Esto es lo que se llama el imperativo categórico: el hombre debe hacer algo, no porque Dios se lo manda, no porque haya una ley divina que hay que cumplir, no porque sea la Voluntad de Dios, no porque hay un magisterio auténtico e infalible, necesario para salvarse, sino porque él mismo se obliga, de manera absoluta, a hacer algo, a creer en algo, a vivir algo.

«Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo» (Entrevista a Scalfarri).

El hombre, para Bergoglio, no puede escapar de su conciencia, la cual la concibe libre y autónoma, no dependiente de Dios, pero aislada. Es el hombre el que peca a causa de su conciencia aislada, al concebir pensamientos que son malos para su vida y para la de los demás. Y es el pensamiento humano el mismo camino para quitar todo mal en el mundo: el hombre debe salir de sus límites, debe aprender el conocimiento universal que no produzca en el otro un mal. Así, de la manera como el hombre concibe combatir el mal común eso basta para cambiar el mundo.

Por eso, Bergoglio tiene que explicar el mal de una manera peculiar, con una fábula:

«… tres días atrás, un gesto de guerra, de destrucción, en una ciudad de Europa… detrás de ese otro gesto están los traficantes de armas que quieren la sangre, no la paz, que quieren la guerra, no la fraternidad» (Bergoglio a los que lavó los pies en el Jueves Santo).

Para este hombre, el origen de la matanza de Bruselas no es Isis, no es el islamismo, no es el pecado de odio contra Dios, sino los que han fabricado las armas. Estos fabricantes pensaron mal la vida e hicieron armas que quieren la sangre. Así, él concibe el camino para quitar este mal de Isis, que es un mal universal, no es el pecado particular de odio en esos hombres, sino un pecado que los hace volver a su conciencia aislada, que les impide buscar la conciencia universal, común para todos. Y, por eso, el problema está en la armas.

En esta superficialidad vive Bergoglio. Él se queda en los medios materiales que se usan mal, pero no es capaz de captar el origen del mal, el misterio del mal, porque para Bergoglio el pecado no es una mancha que tiene que limpiar en su alma, no es una ofensa que el alma hace a Dios, sino un mal en el hombre, concebido por la mente del hombre y obrado en su vida. Un mal que hay que saber combatir: hay que suprimir las armas. No hay que mentar a Isis, no hay que juzgar la doctrina del islamismo.

El hombre peca por su conciencia aislada, que le impide buscar y construir la conciencia común, universal, válida para todos los hombres.

Para Bergoglio, aquello que afirmó, en Estambul, el Papa Benedicto XVI que «la violencia asociada a la fe es el producto inevitable del frágil vínculo entre fe y razón en la doctrina musulmana y en su misma comprensión de Dios», es algo herético e incomprensible para su pensamiento inmanentista.

O el Islam encuentra la razón o seguirá difundiendo la fe a través de la violencia.

Pero, para Bergoglio, cada uno sigue su conciencia, su manera de entender el bien y el mal. Y hay que respetarlos, pero es necesario descubrir la forma de luchar contra el mal universal aparecido por los que han fabricado las armas.

Muchos se preguntan: ¿este hombre ha estudiado? ¿Qué cultura tiene? ¿Qué hace de Papa? ¿Para qué está sentado en la Silla de Pedro? ¿En qué manos está la Iglesia y sus miembros?

No caen en la cuenta que este hombre vive en su inmanencia y, por eso, cada día se inventa una nueva fábula en su inagotable mente. Él va desarrollando su pensamiento, y no se cansa de alucinar ni pierde la oportunidad de decir auténticas tonterías y barbaridades.

Bergoglio, en su inmanencia, no puede conocer ni creer en un Dios católico, según lo enseña la Iglesia, porque sólo se rige por sus criterios subjetivos, por su experiencia interna subjetiva, no por una teología, ya que

«… cada uno de nosotros conoce en qué medida, tantas veces estamos ciegos de la luz linda de la fe, no por no tener a mano el Evangelio sino por exceso de teologías complicadas» (Bergoglio, 24 marzo 2016, en su falsa misa crismal).

El hombre, según Bergoglio, conoce que está ciego sólo porque no lee el Evangelio, no busca en Él su propio sentimiento religioso, su propia interpretación, algo subjetivo para su vida, sino que se pierde en las teologías complicadas, en el magisterio sagrado, que es imposible de conocer y aceptar para las mentes de los herejes y apóstatas de la fe.

Por eso, para Bergoglio, es necesario explicar los dogmas por su coherencia con la vida del hombre: hay que adaptarlos a las obras y a las vidas de los hombres.

No hay que enseñar que Dios los ha revelado ni que la Iglesia ha formado un magisterio auténtico e infalible con ellos, porque hay que dar continuidad a la memoria del pasado.

Hay que actualizar los dogmas, hay que inculturar el Evangelio, la doctrina de Cristo, ya que la verdad es una cuestión de memoria, un trabajo intelectual, que nos lanza a conseguir unirnos más allá de nuestro yo, de nuestra conciencia aislada.

«… a fin de que cada persona lo reciba en su propia experiencia de vida y así lo pueda entender y practicar —creativamente— en el modo de ser propio de su pueblo y de su familia» (Ibid).

Es el hombre el que crea su fe, su religión, su forma de buscar a Dios, su manera de entender el Evangelio, «en su propia experiencia de vida», sin hacer proselitismo, sin buscar un cambio, un arrepentimiento, ni en él mismo, ni en la familia ni en las sociedades.

Hay que ser creativos con el Evangelio que se recibe. Hay que recordar lo que hizo Jesús y actualizarlo a la forma propia de vivir entre los hombres.

Bergoglio está en «la luz de una memoria fundante», concibe la fe como un «acto de memoria», no como el asentimiento de la mente del hombre a lo que Dios revela.

Concibe los sacramentos como «la comunicación de una memoria encarnada», no como la comunicación de la gracia, de la vida divina, que no es una memoria, sino un eterno presente divino.

Por eso, Bergoglio va al pasado, hace un acto de memoria, y actualiza ese pasado a la cultura que viven actualmente los hombres, a sus vidas, obras e ideas.

Es decir, tiene que romper con toda la doctrina de Cristo. Tiene que dividir a Cristo de su obra divina. Tiene que presentar a los hombres un falso cristo con una falsa doctrina, para así levantar su falsa iglesia, la de la pirámide invertida, la propia del anticristo de esta hora.

Para Bergoglio, no interesa demostrar que Dios existe o que Dios revela o que la Iglesia enseña algo. Esto no es práctico para los hombres. Él supone que existe Dios, y no importa definir cómo es Dios y cómo debe ser la espiritualidad y la fe de los hombres. No interesa la Iglesia como institución divina, sino sólo como desarrollo histórico de los hombres.

Para este hombre, hay que buscar un fin práctico. Hay que reducir la religión a un cierto moralismo autónomo, en donde no cabe el conocimiento de Dios ni de la verdad revelada ni dogmática, sino que es necesario construir una iglesia para todos, en donde sólo haya que dedicarse a hacer gestos con los hombres, movido por ese imperativo categórico de que hay que hacer un bien, sea el que sea, para satisfacer las necesidades de los hombres, para acompañarlos, para darles un sentido a su vida.

Es lo que hace en el lavatorio de los pies, y en tantísimas obras humanas, en donde sólo le interesa incluir al hombre como el centro de toda la vida eclesial y espiritual.

La praxis es lo esencial en un imanentista.

Así como se concibe en la mente un bien, así hay que obrarlo en la práctica de la vida. Y se hace por imperativo categórico, de manera absoluta, porque así lo exige la conciencia que se autotrasciende.

No se pregunta a Dios si hay que obrarlo o no, no se hace referencia a una ley divina o a la ley de la gracia, sino que es el hombre el que se impera a sí mismo esa obra. Es el mismo hombre el que pone su ley, el que se inventa su doctrina para llevar a cabo su obra.

Por eso, Bergoglio siendo jefe de la Iglesia tiene que mandar de manera autocrática, a base de decretos o falsas exhortaciones impositivas: hay que lavar los pies de las mujeres porque lo dice Bergoglio; los divorciados pueden comulgar porque lo dice Bergoglio.

Es el “bien” que él ha concebido en su mente. Y es un bien que él mismo se impera a obrarlo. Y un bien práctico porque se va en busca del establecimiento de una conciencia común, que todos puedan seguir.

Y a Bergoglio no le importa lo que digan los demás o lo que enseñe la Iglesia. Con ese bien, él cree combatir el mal que en 20 siglos de Iglesia, la teología complicada de los Papas, de los teólogos y de los Concilios ha originado en las almas.

Por eso, este bien imperado por su razón es su despotismo en la Iglesia. Y muchos aceptan este despotismo porque es bueno para sus negocios en la Iglesia.

El anticristo Kasper confirma el pensamiento imanentista de Bergoglio:

«La doctrina no cambia, la novedad concierne sólo la praxis pastoral».

No se toca el dogma, sino que se actualiza, se adapta la obra de la Iglesia, la doctrina de Cristo, a las vidas y a las mentes de cada hombre, ya que la Iglesia tiene que «caminar con todo el pueblo de Dios y ver cuáles son sus necesidades» (Kasper, 29 sep 2014).

De esta manera, se divide a Cristo de su obra divina, de su enseñanza eterna, inmutable, que es válida para todos los hombres, para todas las sociedades y para todos los tiempos y épocas.

Muchos andan con miedo, con temor, con aprensión ante la publicación de la falsa exhortación post-sinodal.

Temen a un hombre: tienen miedo de leer los escritos de Bergoglio. Y esto es porque no conocen el pensamiento real de este hombre.

Quien lo conoce, ya sabe de qué va a ir esa falsa exhortación. Y no la está esperando, porque no sigue a Bergoglio como su papa.

Se trata de la praxis: de integrar a los que están en situación irregular en la Iglesia, por causa de su situación de pecadores públicos, a la comunidad, a que sean catequistas, animadores litúrgicos, padrinos de bautizos, de confirmación, testigos de boda, lectores, acólitos, etc…

No van a tocar la teología porque les trae sin cuidado lo que enseña la Iglesia, los mandamientos de Dios, la moral divina que está por encima de toda conciencia humana.

No se van a poner a teorizar, porque no les interesa. Ellos sólo quieren la solución práctica del problema de las almas, con el fin de llegar a una iglesia que tenga una conciencia universal.

Por eso, van a mandar, con su despotismo, que los sacerdotes decidan caso por caso la admisión a los sacramentos y a la vida eclesial. Que usen su poder para obligar a las almas a pecar, a seguir en su pecado, engañándolas miserablemente.

El católico verdadero sólo teme a Dios y, por eso, le trae sin cuidado lo que Bergoglio hable cada día y obre ante el mundo.

Se teme a Dios y, por eso, se está en comunión espiritual con el Papa de la Iglesia Católica, que es Benedicto XVI, para no pecar.

Y lo que hagan los hombres, contemplar cómo los sacerdotes y los Obispos, por estar siguiendo al vicario del anticristo, están en el camino de condenación, llevando tras de sí a tantas almas, sólo tiene que ser motivo para estar alertas, para no dormirse, para entender los Signos de los Tiempos.

Todo cuanto haga Bergoglio es sin valor para Dios. No tiene el sello del Dios Vivo. Todo cuanto escriba ese hombre, su exhortación post-sinodal, es inválido.

Lo que estamos viviendo en la Iglesia es lo que anunciaba Castellani:

«Cuando venga el Anticristo no necesitará más que tomar a Kant y Nietzsche como base programal de su religión autoidolátrica. Son sus profetas» (Apokalypsis, Ecursus E-G, pag. 152).

Jorge Mario Bergoglio es el falso profeta que lleva consigo, en su mente, la idea de Kant: nada existe en la realidad, es la mente del hombre la que lo crea todo.

Con esa idea kantiana, obra todo en su falsa iglesia.

Desde que pusieron a este hombre, que habla sin ningún fundamento en la realidad, es decir, que habla fábulas todos los días en sus homilías y en sus escritos, la falsa Jerarquía de la Iglesia se ha sentido liberada de todas las normas, de las Tradiciones y el Dogma, y han comenzado a trazar un magisterio a su capricho y acorde con el espíritu del mundo, que se opone al Espíritu Santo.

De esta manera, todos en la Iglesia han perdido la línea de la Gracia y están presentando, de manera visible, una iglesia que no es la Iglesia Católica.

Un cadáver en la Sede de Pedro

cadaver

«Si no hacemos de la verdad un punto importante en la proclamación de nuestra fe, y si esta verdad ya no es esencial para la salvación del hombre, entonces las misiones pierden su significado. En efecto, se elaboró la conclusión, y lo sigue siendo hoy, que en el futuro, sólo debemos buscar que los cristianos sean buenos cristianos, los musulmanes buenos musulmanes, los hindúes buenos hindúes, y así sucesivamente. Y si llegamos a estos resultados, ¿cómo sabemos cuándo alguien es un “buen” cristiano, o “buen” musulmán? La idea de que todas las religiones son – o pretenden serlo – sólo símbolos de lo que finalmente es incomprensible, está ganando terreno rápidamente en la teología, y ya ha penetrado la práctica litúrgica. Cuando las cosas llegan a este punto, la fe es dejada a un lado, porque la fe realmente consiste en creer la verdad por cuanto es conocida» (El Concilio y la dignidad de lo sagrado – Joseph Raztinger, 13 julio 1988).

La fe consiste en la creencia de la verdad por cuanto es conocida por la mente humana.

Dios habla y enseña una verdad al hombre. El hombre la conoce con su mente. Pero el hombre que no cree la verdad que Dios le revela, que no acepta esa verdad, no tiene fe. Sólo se queda en sus pensamientos o sentimientos humanos. Sólo está en la experiencia subjetiva de su vida. Sólo vive dentro de sí, pero no quiere conocer la verdad, no quiere salir de su razón y aceptar, someterse a la verdad que Dios le enseña, no quiere obedecer a Dios cuando le habla.

Así viven muchos hombres en el mundo y dentro de la Iglesia Católica.

Viven para ver al budista, al judío, al musulmán, al hereje, al cismático, como una “buena” persona: buenos hombres, justos en lo que hacen, en lo que viven, hijos de Dios porque -de alguna manera- creen en Dios.

Así ven muchos católicos “buenistas” a Jorge Mario Bergoglio: una buena persona. No importa que diga herejías; no importa que no confirme en la verdad de la fe católica. Es un buen hombre. Lo único que desea es que todos vivamos en paz y seamos hermanos entre sí, que no nos matemos unos a otros.

Muchos, ante el video de Bergoglio, dicen cosas como ésta: gracias por aclarar a todo el mundo que si Dios existe es uno solo y es para todos, no para unos sí y otros no. Y si Dios es uno, entonces todos los que creen en Dios, e incluso los que no creen, son hijos de Dios.

Así está el patio de la Iglesia: los comentarios de muchos pseudo-católicos dan auténtica nauseas. Si uno va recorriendo los distintos sitios webs católicos se va haciendo cada vez más evidente quiénes van apoyando la herejía y la blasfemia de Jorge Mario Bergoglio y se van convirtiendo, así, en la cizaña que debe ser quemada, destruida: aciprensa, rome reports, religión digital, aleteia, vox fides, el observador de la actualidad, catholic-link… Algunos de esos sitios ya rayan en el paroxismo del lameculismo papal.

A la gran apostasía que estamos viviendo no se llega de otro modo que con el estropicio y el daño que hace este tipo de videos. La gente capta la idea a través de la imagen, del sentimiento que genera poner a Cristo a la misma altura de un ídolo de buda, de un candelabro de siete brazos, de unas cuentas de madera musulmana.

Esta imagen es una blasfemia, compartida y aceptada por muchos que se llaman católicos. Todo el que promueva los escritos, las homilías, los videos, las obras de Jorge Mario Bergoglio se hace parte de la gran apostasía, pierde la fe católica y construye, junto a la falsa Jerarquía, la nueva iglesia ecuménica.

Cuando la fe se concibe como un símbolo, pero no como algo objetivo, no como una certeza, una verdad, entonces los hombres ya no van en busca de la religión verdadera, sino que se quedan en su propia religión, en la que ellos se han inventado con sus cabezas humanas.

El simbolismo es toda doctrina según la cual el hombre no conoce más que símbolos, mitos, sueños, es incapaz de conocer la verdad objetiva con su razón. Todo está relacionado con el juego de la emotividad humana. Y se va creando un lenguaje simbólico distinto del lenguaje conceptual.

Todos los habitantes del planeta están obligados a inquirir, a investigar acerca de la religión que ha sido revelada y prescrita por Dios. Y todo hombre tiene que hacer esto porque es siervo de Dios, es criatura contingente, dependiente absolutamente de Dios.

Esto es lo que enseña la Iglesia en su magisterio autentico e infalible:

“Dependiendo el hombre totalmente de Dios, como de su Creador y Señor, y estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada, cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe, plena obediencia de entendimiento y de voluntad” (D. 1789).

El hombre tiene que investigar, tiene que discernir sus pensamientos humanos para descartar aquellos que no están de acuerdo a la verdad que Dios ha revelado, porque Dios le impera la fe.

Al depender el hombre totalmente de Dios, está obligado a creer, a prestar a Dios la obediencia de la fe, que se obra humillando su entendimiento humano a la Mente de Dios, y sometiendo su voluntad humana a la Voluntad Divina.

La razón de todo hombre está sujeta a la Verdad increada: luego, cuando Dios habla al hombre, cuando Dios le descubre Su Mente Divina, el hombre tiene que dejar de pensar, de filosofar, y darle a Dios la obediencia de la fe.

Por eso, la Iglesia ha condenado a los que digan que

“la razón humana es de tal modo independiente que no puede serle imperada la fe por Dios” (D. 1810).

Esto es lo que se oye por todos lados: nadie quiere sujetarse a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, al dogma.

Dios impera la fe al hombre: obliga al hombre a sujetarse a la Verdad revelada. La razón del hombre no depende de sí misma para buscar y encontrar la verdad. Depende de Dios, del conocimiento de Dios, de lo que Dios habla y obre.

«… la fe cristiana no se basa en la poesía ni en la política, esas dos grandes fuentes de la religión; se basa en el conocimiento. Venera a ese Ser que es el fundamento de todo lo que existe, el «Dios verdadero». En el cristianismo, el racionalismo se ha hecho religión y no es ya su adversario» (Raztinger, ¿Dios existe? – La pretensión de la verdad puesta en duda, pag 13)

El hombre moderno vive independiente de la verdad que Dios revela. Es la independencia de su razón. La razón se ha vuelto enemiga de la religión. Ya la fe no es conocimiento, sino sentimiento. Y, por eso, a través de los simbolismos, de los mitos, se quiere explicar el misterio de Dios.

Es el pensamiento pagano de muchos.

«Todos veneran lo mismo, todos pensamos lo mismo, contemplamos las mismas estrellas, el cielo sobre nuestras cabezas es uno, el mismo mundo nos acoge; ¿qué más da a través de qué forma de sabiduría busque cada uno la verdad? No se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande» (Discurso del Senador Quinto Aurelio Símaco a Valentiniano II, año 384).

¿Qué más da la forma de pensar, de adquirir pensamientos, de sentir, de obrar, de vivir, de creer, si todos vemos salir el sol cada mañana?

Precisamente esto mismo dice hoy Bergoglio en su video:

«Muchos piensan distinto, sienten distinto. Buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera».

Bergoglio está proclamando que no conocemos la verdad como tal, como es; que sólo conocemos la diversidad de pensamientos humanos, los cuales son todos distintos, contrapuestos, absurdos unos, inútiles otros; que los hombres opinan lo mismo, creen lo mismo, se dicen creyentes, pero en formas diferentes:

«La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes».

Esto es promover el indiferentismo religioso, en el cual todas las religiones son igualmente buenas y legítimas, y son consideradas como vías de salvación.

Creyentes, para la mente de un modernista, son aquellos que van en busca de algo que viene del interior del hombre, que el hombre busca apelando a su subjetivismo inmanentista y a su relativismo. La verdad está en el interior de cada hombre; está en ese simbolismo o sentimiento que se relaciona con su vida, que se acomoda a su plan de vida existencial.

Creyente, para un católico, es aquel que presta a Dios la obediencia de la fe, que somete su entendimiento humano a la verdad que Dios revela. La Verdad sólo es posesión de Dios, no del hombre. El hombre la descubre en Dios, pero no la posee. El hombre la vive en Dios, pero no la puede crear.

Lo que es inmanente o subjetivista deforma el concepto y el conocimiento, anula la realidad de la vida, de la existencia del hombre. El hombre comienza a inventarse, a crearse, su propia vida. Va en busca de sus propios intereses personales egoístas. Sólo vive para sí mismo, para su gloria, para su honor.

Como no se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande, como todos somos creyentes, entonces

«Esto debería provocar un diálogo entre las religiones».

Multitud de caminos: una mesa de diálogo, la vida es una ruleta rusa, un experimento de los grandes, de los poderosos, que quieren dominarlo todo y a todos. Es el falso ecumenismo.

Sólo hay un camino: la obediencia de la fe, la vida sujeta a la obra de la verdad increada.

Y, por lo tanto,

«… no hay salvación en ningún otro. Pues debajo del cielo no hay otro Nombre dado a los hombres por medio del cual nosotros podamos salvarnos» (Act 4, 12).

Hay una solo Salvador; hay una sola Iglesia verdadera; hay una sola Vida, la de la gracia divina. Sólo hay una clase de hijos de Dios: no los que nacen de la carne y sangre, sino los que vienen por la gracia, adoptados por Dios en el Bautismo.

La salvación sólo viene de la fe en Jesucristo.

El problema del hombre moderno es que se ha apartado de la verdad revelada y sólo ve la religión no como algo verdadero o falso, sino como un sentimiento válido que aporta algo a su propia existencia. La fe se convierte en un ungüento y bálsamo del alma: cada uno se procura su maquillaje religioso, que lo puede reemplazar según la moda o la necesidad del momento de su vida.

Como cualquiera puede definir a Dios con sus ideas; cualquiera puede sentirlo; cualquiera puede construir una filosofía, una forma de pensar; cualquiera puede edificar una iglesia, entonces lo que funciona es la fe de masas, y se urge a los hombres que se pongan de acuerdo, hablen entre ellos, para establecer una ética de la tolerancia:

«No debemos dejar de orar por él (por el diálogo) y colaborar con quienes piensan distinto».

En esta falsa ética se reconoce en todo un poco de verdad, pero no la verdad como es. Se quiere ir a Dios mediante multitud de símbolos: un buda, un candelabro, una cruz, una guerra santa… Pero a nadie le interesa la verdad como verdad, como conocimiento de lo divino.

Todos van buscando una religión, una iglesia que les funcione en su vida, prescindiendo de la verdad.

Sólo interesa el diálogo entre los hombres. Y se pide orar por ese diálogo. No se pide orar por los hombres, por sus vidas, por sus errores, por sus obras, por sus problemas. Porque ya no importa la verdad del hombre. Lo que tiene valor es el diálogo, un conjunto de ideas que se ponen sobre una mesa, las cuales no son personales, no se dirigen, no se relacionan con la dignidad de la persona humana, con los problemas y anhelos de cada persona, con las exigencias de la naturaleza y de la vida humana, sino que van buscando un bien común impersonal, en donde la propia identidad personal y religiosa se anule, desaparezca.

No interesa si buda es verdadero o falso; no interesa la verdadera interpretación de la Cruz; no interesa si el judío cree no cree en Jesús como Mesías; no interesa que los musulmanes liquiden a los cristianos como rebeldes a su causa. Todo esto no interesa en el dialogo. No interesa la verdad de cada persona, la verdad de cada hombre.

Lo que interesa es que seamos fraternos, que colaboremos con los que nos matan, con los que blasfeman contra la divinidad de Jesucristo, que apoyemos, que colaboremos con el pecado de los demás.

Y esto es caer en un nihilismo, una ilusión, en el opio del pueblo, de los individuos, en exaltar la religión como oscuridad, como algo subsconsciente, en donde sólo se ofrece un relativismo moral.

Y muchas personas ya están aceptando esta ilusión, este mito, este símbolo de nueva iglesia, sabiendo que es una auténtica patraña.

El hombre modernista no cree que Dios habla. Tiene que rechazar la Palabra de Dios, los mandamientos divinos y la Iglesia que Dios ha fundado. Tiene que interpretar todo esto de acuerdo a su subjetivismo, a su inmanentismo, a su relativismo.

Bergoglio cuando habla de las creencias de la mayor parte de la humanidad se está refiriendo sólo a que gran cantidad de personas sólo creen en lo que adquieren con su razón, en lo que tienen en su mente, en lo que sienten en la experiencia de sus vidas, y a eso lo llama fe, o creencia, o religión, o espiritualidad.

Si el hombre no se dedica a investigar si la religión que profesa es o no es la que Dios ha revelado, si se tapona las orejas, si dice que todas las religiones son igualmente buenas y legítimas o que la religión no es tanto fruto de una inquisición intelectual como una manifestación del sentimiento, el cual se puede encontrar sustancialmente igual en todas las religiones, entonces el hombre hace un agravio a Dios, a su ciencia divina, a la verdad que ha revelado. Y dice cosas como éstas del video:

«Confío en Buda. Creo en Dios. Creo en Jesucristo. Creo en Dios, Alá».

Confío en el dios que mi inteligencia o mi sentimiento o mis verguenzas han creado. Confío en mi misma mente, en lo que yo entiendo por verdad.

Esto es un insulto a la Verdad revelada por Dios. Esto es quedarse en la propia inteligencia y sentimiento humanos sobre lo que es Dios.

Es la idea de la falsa fraternidad que quiere conseguir una falsa armonía pacífica:

«… que el diálogo sincero entre hombres y mujeres de diversas religiones conlleve frutos de paz y justicia»

Todos los paganos viven así: no importa la multitud de pensamientos. No les interesa si las ideas judías o musulmanas o budistas son verdaderas o falsas. Sólo les interesa si éstas les sirven para su vida, para sus proyectos, para sus obras. Usan a las personas para llegar a sus objetivos en su vida. Usan sus emociones, sus sentimientos, sus deseos, sus vidas para conseguir sus fines, una paz que nunca va a llegar, una felicidad que es sólo una ilusión que no captan, que no pueden ver. Se abrazan, se besan, se consuelan si el otro les da lo que ellos quieren.

Muchos católicos se han vuelto así, como los paganos: ya no les interesa la verdad, el magisterio auténtico e infalible. No viven su fe católica mirando al dogma. Se han vuelto inmanentes, subjetivistas, relativistas, sentimentales, burdos, estúpidos, idiotas. Ya no saben pensar su fe católica. Ya no saben obedecer la verdad. Sólo siguen a los hombres por lo exterior que ven, no por las ideas que proclaman los hombres. Por eso, les encanta Bergoglio como su papa. Ven reflejado en él su estilo propio de vida pagana.

Y, por eso, van buscando ese amor subjetivista, inmanente, sentimentaloide:

«Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor».

No es de extrañarse que algunos de los falsos católicos se hayan masturbado mientras han visto este video. La masturbación es el amor inmanente, es el amor que a muchos les sirve para estar bien en su vida, para agradarse a sí mismos, para decirse a sí mismos que son buenas personas. Y este video idólatra conduce a esta clase de amor.

Para el católico, la verdad está fuera del hombre, viene de Dios.

Para el modernista, la verdad se encuentra dentro del hombre, es inmanente a él, a su vida, a sus obras, a sus pensamientos, a sus sentimientos.

Es decir, la religión, la fe, la Iglesia, la espiritualidad, el concepto de Dios mismo, el magisterio, es un fenómeno vital que sólo se puede explicar por la misma vida del hombre, que proviene de un cierto sentimiento íntimo, que emana de una necesidad subsconsciente de creer en Dios o de tener una religión, o de pertenecer a una iglesia o a una comunidad religiosa.

Pluralidad de caminos hacia el misterio de Dios: es lo que predica Jorge Mario Bergoglio.

La unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Una unidad subjetiva, inmanente, que no se puede realizar en la vida cotidiana, porque sólo existe aquello que piensa o siente cada hombre. No existe la verdad fuera del pensamiento del hombre.

En la nueva iglesia de Bergoglio, sólo existe una mentira, una blasfemia, puesta como certeza, como dogma:

«En esta multitud, en este abanico de religiones, hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios».

El mensaje de Bergoglio se descalifica en sí mismo.

Buda nunca habló de un Dios personal o de Jesús. En el budismo no se da el concepto de Dios o de hijo de Dios, no se vive para ser hijo de Dios. No tienen la certeza de ser hijos de Dios. El buda se considera un hijo de hombre que señala el camino para otros, ese camino irreal de la inmanencia, de lo subjetivo, de lo oculto.

Esta mentira de Bergoglio es puesta porque es una idea que hay que venderla: todos somos hijos de Dios. Todos somos muy buenas personas, buenos hombres, gente con capacidad para hacer el bien.

El ser hijo de Dios es por gracia, no por creación ni por sentimentalismo. Hay muchos hombres que, descaradamente, mienten. Y estos son hijos del diablo, son del padre de la mentira.

Es claro que no se puede rezar por las intenciones de Jorge Mario Bergoglio. No son católicas. Y él no es el Papa de la Iglesia Católica. Es un usurpador del Trono de Pedro. Sólo gobierna la Iglesia con un poder humano, pero no puede decidir los destinos de la Iglesia Católica. Sólo está levantando su nueva iglesia.

No difundan nunca más las estampillas-inventos de las intenciones del Papa. No les den donativo alguno.

La fe no es cuestión de gustos. No es que guste o no guste el video de este traidor. Es que estamos en la gran apostasía, que han anunciado todos los Profetas. Es que la abominación de la desolación está presentada en la misma cabeza que gobierna la Iglesia.

Ahí tienen a un muerto gobernando la Iglesia: un cadáver en lo espiritual. Un viejo que, junto a sus falsos cardenales y obispos, chochea y es el adalid, el caudillo de la herejía, del cisma y de la apostasía de la fe.

Todos ellos son especialistas en manipulación de masas: esto está a la orden del día en el falso pontificado de Bergoglio. Todo está orquestado, usando el sentimentalismo al estilo hollywood, propio de guionistas y escritores sionistas, para llevar a las masas a donde quieren.

El enemigo está dentro de la Iglesia y la está violando desde sus entrañas, la está profanando. La Jerarquía -y muchos fieles- están trabajando para el gobierno mundial. Cuando llegue el momento, van a renegar públicamente de Cristo y aparecerá claramente la falsa iglesia, que ahora empieza a asomarse con timidez a los ojos de todos.

A %d blogueros les gusta esto: