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Una Iglesia que no combate al demonio es una iglesia del demonio

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia,  Sabana de Bogotá, Colombia.

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia, Sabana de Bogotá, Colombia.

Dos prerrogativas están esencialmente unidas con el Primado:

1. La indefectibilidad en la fe;

2. El carácter de centro de toda la unidad católica.

1. Ser infalible significa que el Papa no puede errar cuando propone decretos de fe para que sean aceptados por todos en la Iglesia.

Ser indefectible significa que nunca el Papa puede apartarse de la fe; es decir, nunca puede enseñar el error ni defenderlo de manera pertinaz: «yo rogué por ti para que no desfallezca tu fe» (Lc 22, 32a).

Ser infalible y ser indefectible no significa ser impecable, incapaz de pecar, exento de tacha: «y tú un día, cuando te conviertas, conforta a tus hermanos» (Lc 22, 32b). Pedro puede pecar y, de hecho, pecó; y, también, sus sucesores.

Pedro es el cimiento, la piedra fundamental del edificio de la Iglesia. Esa piedra es la Fe en Cristo. Pedro es el que guarda la Fe en Cristo. No es el que tiene la Fe; sino el que la protege, el que la preserva, el que lucha por la Fe en Cristo. Hay que creer primero en Cristo para luchar por Cristo después. Según sea la fe en Cristo, así será la batalla por Cristo.

Un Papa que batalla por la doctrina de Cristo, que enseña la misma doctrina que enseñó Cristo a Sus Apóstoles, ése es Pedro en la Iglesia.

Pero un Papa que no lucha por la Verdad, que es Cristo, sino que va tras sus verdades humanas, ése no es Pedro en la Iglesia.

Si Pedro abraza el error o lo defiende de forma obstinada, entonces ese Pedro no es de la Iglesia, no constituye el cimiento de la Iglesia. Ese Pedro no es Pedro, no es el sucesor de Pedro.

2. El Papa es el centro de unidad con quien todos en la Iglesia deben comulgar.

Es claro, que a nadie se le puede obligar a comulgar con un Papa herético. No se puede conservar la Fe si sigue a un Papa que no profesa la Fe, que no guarda la verdadera Fe, que no batalla por la verdadera Fe.

El Papa es la cabeza del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

Si la cabeza abraza la herejía y la enseña y la defiende, entonces esa cabeza se separa del cuerpo, y éste indudablemente perece.

Todo el problema es comprender por qué siendo el Papa infalible, indefectible, en la Iglesia se da la herejía y el cisma en muchos sacerdotes y Obispos, y por qué no se combaten en contra de ellos.

Nadie comprende la renuncia del Papa Benedicto XVI. Si es infalible, ¿porque falla en su renuncia?

Como Papa, Benedicto XVI no está obligado a decir las razones de su renuncia, pero tenía el derecho y la obligación de encaminar a la Iglesia hacia la Verdad en su renuncia, porque es infalible e indefectible. Y esto es lo que no hizo.

Una vez que el Papa renuncia no puede obligar a que se elija un nuevo Papa: “declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, (…) la Sede de Roma, la Sede de San Pedro, estará vacante y se convocará un cónclave que elegirá al nuevo Pontífice Supremo”.

Como Papa, Benedicto XVI puede renunciar; pero no puede declarar la sede vacante ni la elección de un nuevo Pontífice. Tenía que haber dejado todo en manos de los Obispos. De esa manera, Benedicto XVI seguiría siendo un verdadero Profeta para la Iglesia.

Con la renuncia al Papado, la sede no está vacante, sino usurpada; ha sido robada. Esto es lo que no se enseña. Esta Verdad: ha sido usurpada. El Papa tiene que ocultar esta verdad. No puede decirla. Pero no puede mentir. Sin embargo, se enseña una mentira: se declara la sede vacante. Y, por tanto, se convoca a un cónclave nulo.

Nadie puede comprender por qué Pablo VI pecó. Y su pecado rondó la herejía. Pablo VI propuso cambiar la liturgia de la misa y dar a la Iglesia un documento donde se anulaba la Eucaristía. Pablo VI tuvo un Pablo que le corrigió de su pecado, y se retractó de lo que iba a hacer. Pero al final, se saca una nueva misa, un nuevos métodos de culto católico, que insultan la santidad de la misa, que no son heréticos, pero sí pecaminosos.

¿Cómo los Papas siendo infalibles, dejan las puertas abiertas y no combaten directamente las herejías que nacen de muchos documentos, que ya no dan la infalibilidad, la indefectibilidad en la Iglesia?

Desde hace mucho tiempo en la Iglesia se esconde la verdad, ya no se revela toda la Verdad. Por lo tanto, lo que se da es una mentira. Y toda mentira aparta de la fe.

Un Papa legítimo nunca cae en herejía. Puede caer en el pecado. Pero todo Papa que peca, automáticamente su poder se debilita.

El poder de ser infalible y de ser indefectible no es algo absoluto. Es un carisma que se relaciona con la vida espiritual de la persona. En la medida en que esa persona va luchando contra el pecado, el carisma se hace más valioso, crece más, el Papa lucha más por la Fe en Cristo, por la Verdad en la Iglesia. Sabe batallar con las armas adecuadas la acción del demonio dentro de la Iglesia.

Pero si el Papa no lucha contra su pecado, entonces se hace débil contra la acción del demonio dentro de la Iglesia; y, por eso, no sabe batallar contra él, ni sabe oponerse a la herejía y al cisma en los demás. Y su poder se debilita, pero no se anula.

Pablo VI se corrigió de su pecado, pero era ya tarde. Su vida espiritual no era fuerte en la fe: se dejaba manejar por otros. No sabía combatir con fuerza el error en muchos que lo rodeaban. Y, entonces, se saca un documento que, sin ser herético, no es totalmente infalible, porque contiene muchas mentiras, que llevan a la herejía, en la práctica de la celebración de la Sta. Misa. La comunión en la mano es un sacrilegio, es un pecado que se enseña y que aparta de la fe. Cae la indefectibilidad, pero no se anula.

Es difícil ser Papa. Y es difícil comprender, desde fuera a un Papa. Juan Pablo II, fuerte en la fe, con una vida espiritual llena de Dios; pero sin embargo, no combatió a los herejes, a los cismáticos, que ya eran muchos a su alrededor, y que él conocía; pero no pudo hacer nada.

Este es el punto que muchos no disciernen: existe, desde hace mucho tiempo, -desde que la Virgen se apareció en Fátima-, un poder oculto dentro de la Iglesia que controla parte del Vaticano. En estos momentos, con la subida al poder de Francisco, ese poder oculto controla todo el Vaticano, ya no sólo una parte.

El por qué la Iglesia atenúa la Verdad, oculta la Verdad, cuando ésta es tan necesaria para que las almas crezcan en la Fe en Cristo; por qué unos Papas fueron fuertes y anatematizaron a los herejes, y otro no lo fueron, y dejaron las puertas abiertas a tantas cosas; sólo se conoce -esa razón- en el interior del Vaticano.

Los Papas no son tontos, sino que ven lo que hay a su alrededor: ven el pecado, ven la herejía, ven el cisma. Y lo ven en la Jerarquía que los apoya.

Los Papas han tenido que trabajar con sacerdotes y Obispos herejes. Y ellos lo sabían y no podían hacer nada. Tenían que dejarlos en sus herejías, que siguieran contaminando la Iglesia, como lo han hecho.

Esto produce en los fieles mucha oscuridad, mucha confusión. Por eso, muchos han abandonado la Iglesia porque han visto unos Papas que no son infalibles, que no son indefectibles, que han dejado la puerta abierta al error, al pecado, a la herejía. Y, entonces, han juzgado mal: si no combaten el error, entonces tampoco son infalibles. Luego, ellos mismos se convierten en herejes, en cismáticos.

En este error andan muchos, criticando y juzgando a todos los Papas. Y ponen como modelos del Papado a San Pío X, Pío XI y Pío XII, que combatieron la herejía.

Hay que estar metidos en ese ambiente del Vaticano para comprender cómo son las cosas dentro de la Iglesia.

Un Papa es infalible, pero no puede desbaratar toda la Iglesia cuando ve una Jerarquía totalmente herética, ya no pecaminosa. Hay tantos sacerdotes que en sus teologías son heréticos y, por tanto, ya no se alimentan ellos de la Fe en Cristo, sino que viven otra cosa. Y eso es lo que dan a los fieles. Hay tantos, que ya no se pueden combatir como antes. Ya es necesario permitir que el mal se propague dentro de la Iglesia. Permitir, no quererlo. Porque el Papa no puede ir en contra de la libertad de los hombres. Si quieren pecar, si quieren seguir en sus herejías, hay que permitir eso. Y permitirlo sin oponerse, sin declarar anatema. Este es el punto conflictivo. No pueden anatematizar, porque tienen que quitar a todos, tiene que echarlos a todos de la Iglesia.

Entonces, viene el alejamiento de muchos de la verdadera fe en Cristo. Y dentro de la Iglesia ya no se vive la Verdad, la fe en Cristo. Ya se vive medias verdades. Ya se acepta el pecado, y no se combate contra él.

Y hay que meterse en el Misterio de Iniquidad para poder comprender cómo unos Papas pueden combatir la herejía y otros no.

Tengan en cuenta que la Iglesia combate contra el demonio. Esa es su lucha principal: “Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo” (1 Juan 3, 8). Todo sacerdote está para eso en la Iglesia. Y aquel sacerdote que no luche en contra del demonio, no es sacerdote.

Si los sacerdotes no conocen al demonio en las almas, entonces no saben combatirlo, y no saben encaminar a las almas por la verdad. Si ellos mismos no ven al demonio en sus propias vidas, como sacerdotes, tampoco ven al demonio en las vidas de los demás.

Esta verdad ya no se sigue en la Iglesia. Ya no se enseña. Y es la principal. Una Iglesia que no combate al demonio es una Iglesia del demonio. Eso es lo que estamos viendo con Francisco: la Iglesia del demonio, que sólo lucha por las injusticias humanas, por los derechos de los hombres, pero que ya no llama a las cosas por su nombre: al pecado, pecado; al demonio, demonio.

Los Papas, a partir del año 58, han tenido una gran oposición, por parte del demonio, dentro de la Iglesia. Y no han sabido enfrentarse a una Jerarquía que no es de la Iglesia, una Jerarquía infiltrada, que es del demonio; con un poder real en la Iglesia, un poder que combate a los Papas directamente. Un poder capaz de poner el Papa que ellos quieren.

Pusieron a Juan XXIII, que era un Papa manejable por ellos. El cardenal Siri era duro con los masones, era recto. Pablo VI: manejable. Juan Pablo I: tierno. Papas con poca vida espiritual, pero no heréticos, que cumplieron con su papel de Papa hasta el final, sin caer en la herejía, pero sin saber batallar contra el demonio en tanta Jerarquía herética.

Y todo esto trae consecuencias para la Iglesia. Lo que se gesta en el Vaticano, después se obra en toda la Iglesia. Si los Papas no combaten el error, tampoco en la Iglesia, entre los fieles, se combate. Y así se va haciendo, poco a poco, la Iglesia que le gusta al demonio, que es la que vemos.

El demonio ha puesto su hombre para gobernar la Iglesia; es decir, para acabar de destruirla. Porque esto es Francisco: el que remata la obra de tantos en la Iglesia; de tanta Jerarquía que se ha dedicado, durante años, a hacer su iglesia dentro de la Iglesia, sin que nadie les dijera nada. Por eso, hay tantos que lo siguen: son como corderos llevados al matadero, y no se dan cuenta.

Para juzgar a un Papa hay que estar metido en su pellejo. Y no se puede juzgar a un Papa legítimo. Los Papas están por encima de toda autoridad en la Iglesia y en el mundo. Están por encima de toda ley positiva. Sólo la ley divina queda por encima de ellos. Si la traspasan, entonces ya no son Papas.

Los Papas verdaderos pueden pecar, pero nunca pueden ser herejes. Pueden no saber combatir las diversas herejías y, por lo tanto, su carisma de la indefectibilidad no aparece sólido, fuerte, ante los demás. Pero de ahí no se puede sacar que el Papa se ha hecho hereje, que es lo que muchos hacen. Y caen en un grave pecado.

Sólo a Francisco se le pude juzgar, porque no es Papa. Sus juicios tienen apelación y nadie debe someterse a ellos.

Francisco no pertenece al Papado. Francisco ha caído en el pecado y no se ha levantado de él. Y enseña a pecar en la Iglesia. Enseña a dividir la Iglesia. Enseña a anular el Papado. Su política en la Iglesia es disolver la unidad, cambiando la verticalidad del Papado, en el que está construida toda la unidad de la Iglesia, para colocar su horizontalidad. Y eso significa una nueva función para el Obispo de Roma, y no ya la tradicional, la verdadera, la que han seguido todos los Papas.

Por eso, Francisco se ha dedicado a romper protocolos; a romper la tradición. Y Francisco promulga una nueva relación de todos los obispos entre sí, en la que ya el Obispo de Roma no es el centro del gobierno de la Iglesia, sino que cada obispo manda en la Iglesia.

Pablo VI intentó anular la Eucaristía; pero fue advertido por un Pablo, y vio su pecado y comenzó su verdadero Papado en la Iglesia.

Francisco ha anulado el Vértice de la Iglesia: el Papado. Y nadie se ha dado cuenta. Éste es el engaño a toda la Iglesia. Nadie ha sido un San Pablo en la Iglesia que corrija a Francisco. Señal de que los que están junto a Francisco no tienen ninguna santidad; son como él. Y todos siguen la palabrería barata y blasfema de un hombre vulgar, plebeyo, que no sabe de teología, que no sabe de vida espiritual, que se dedica a fabricar frases bellas para tener a las almas encendidas en el sentimiento de los humano.

Francisco engaña a toda la Iglesia porque no combate contra el demonio en la Iglesia, sino que hace su juego. Y, por eso, se dedica a su negocio: llenarse los bolsillos de dinero apelando al amor a los pobres. Ése es su ideal en la Iglesia. Para eso está en el gobierno de la Iglesia. Él no sabe lo que es vivir con un machacado en su vida de miseria. No ha estado nunca con los pobres, predicándoles y viviendo con ellos. No ha sido misionero del Evangelio en las regiones a donde nadie quiere ir. Sólo sabe tirarse fotos con gente pobre, con gente enferma. Pero no sabe darles el Espíritu combatiendo al demonio en ellos, para que salgan de su pobreza, de su miseria, de su endemoniada vida, de su enfermedad.

Francisco usa a los pobres para sus fines en la Iglesia, que son los mismos que Judas tuvo: el maldito dinero. Está obsesionado con la riqueza. Y, por eso, llama a los comunistas, como el, para hacer su revolución en la Iglesia, su primavera roja en la Iglesia.

Y, por eso, Francisco no es centro de unidad, sino de división en la Iglesia. Quien apoya a Francisco divide la Iglesia. Quien combate a Francisco une a la Iglesia en la Verdad.

Combatan a Francisco y serán de Cristo. Háganse amigos de Francisco y tendrán al demonio en sus mentes y en sus corazones.

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