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Los engaños del Sínodo I

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Primer engaño: «esto motiva la necesidad de que la Iglesia anuncie sin descanso y con profunda convicción el “Evangelio de la familia” que le ha sido confiado con la revelación del amor de Dios en Jesucristo» (v. 4): no existe el Evangelio de la familia, sino sólo el Evangelio de Jesús. Dios no ha confiado a la Iglesia ningún Evangelio de la familia, sólo le ha confiado la Palabra de Dios, que es Jesús.

Segundo engaño: «Ya el convenire in unum alrededor del Obispo de Roma es un evento de gracia, en el cual la colegialidad episcopal se manifiesta en un camino de discernimiento espiritual y pastoral» (v. 3). El sínodo no es un evento de gracia, sino de desgracia, por haber sido convocado por un falso Papa, Bergoglio. Todos hacen unidad alrededor del Obispo de Roma, que es apóstata de la fe, hereje y cismático. Conclusión: la colegialidad episcopal se halla sin la luz del Espíritu, marcando un camino en que no se puede dar ningún discernimiento espiritual ni pastoral. Nadie busca la verdad, la sola verdad, que es Cristo. Luego, nadie discierne nada, sino que abren un camino de auténtica mentira para toda la Iglesia.

Tercer engaño: «Es necesario partir de la convicción de que el hombre viene de Dios y que, por lo tanto, una reflexión capaz de proponer las grandes cuestiones sobre el significado del ser hombres, puede encontrar un terreno fértil en las expectativas más profundas de la humanidad» (v. 11). Han anulado el pecado original y el pecado personal de cada hombre. Porque si se quieren hacer las cosas bien en la Iglesia, es necesario partir del hecho de que el hombre es pecador por naturaleza, es decir, nace en pecado original, y comete el pecado en su vida de forma diaria, si no se ayuda de la gracia, de los sacramentos. Ya no se parte del hecho del pecado, sino de que el hombre viene de Dios. Por lo tanto, la reflexión que se hace es totalmente falsa, llena de mentiras y de claras herejías. El significado del ser hombre no se busca en la humanidad, sino en Dios: en el plan que Dios puso al hombre en el Paraíso. En el plan que Cristo puso al hombre en Su Iglesia. Como no se va a la Revelación Divina, sino que se la niega con bonitas palabras, con la jerga del lenguaje humano, entonces tenemos un documento que no pertenece a la Iglesia Católica.

En este Sínodo están respirando lo mismo que pasó en el Concilio Vaticano II, pero hay un agravante: no hay un Papa legítimo que sostenga esta impiedad, este cisma claro, que se da ya con este documento.

Cuarto engaño: «Es necesario aceptar a las personas con su existencia concreta, saber sostener la búsqueda, alentar el deseo de Dios y la voluntad de sentirse plenamente parte de la Iglesia, incluso de quien ha experimentado el fracaso o se encuentra en las situaciones más desesperadas» (v. 11). Es necesario dar a las personas la doctrina de Cristo, para que acepten la vida de Cristo. No hay que aceptar la vida de las personas, con sus existencias, porque todos son pecadoras. Este es el punto que anulan. Se dedican a lo social, a lo cultural, a dar un gusto a la gente. Te acepto como homosexual, pero no te obligo a vivir la doctrina de Cristo, porque es más importante ser homosexual, que ser cristiano, que ser de Cristo. Si no se les enseña a las personas a buscar la vida de la gracia, sino que se les anima a seguir en sus existencias humanas, nunca van a encontrar a Dios. ¿Cómo es posible alentar el deseo de Dios si no se les alienta en el deseo de que quiten sus pecados? ¿Ven que con gran facilidad engañan con sus lenguajes humanos? Así es todo el documento: una bazofia sacada de la mente del demonio. Hay que llevar a esas personas, a la cuales se les acepta como son, a sentirse Iglesia. Pero, ¿de qué Iglesia están hablando? De la de ellos, no de la de Cristo.

Quinto engaño: la herejía de la ley de la gradualidad. Esta ley consiste en decir que todo es por un grado en la Creación. Ya no es por Gracia:

«Desde el momento en que el orden de la creación es determinado por la orientación a Cristo, es necesario distinguir sin separar los diversos grados mediante los cuales Dios comunica a la humanidad la gracia de la alianza. En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía divina, se trata de leer en términos de continuidad y novedad la alianza nupcial, en el orden de la creación y en el de la redención» (v. 13)

¿En qué parte de la sagrada Escritura está la ley de la gradualidad? En ninguna parte. Este es el invento de la Jerarquía modernista que quiere explicar la historia de los hombres, desde Adán hasta nuestros días, con la graduación, la proporción, la relación.

Ellos no parten del hecho del pecado original, sino del orden de la creación. Orden que es orientado a Cristo. Ellos anulan el pecado original y sólo lo tienen como una fantasía, un cuento; pero no una realidad.

Y Dios no comunica al hombre la gracia según estos grados. ¿Captan la herejía? Como no existe el pecado original, ni ningún pecado, hay que entender los males porque el hombre no ha evolucionado en su vida. Entonces, en la medida en que va evolucionando, en la medida en que va de un grado a otro (en lo afectivo, en lo sexual, en lo humano, en lo natural, en su madurez psicológica, etc), en esa medida Dios va dando la gracia. Según avance el hombre, Dios da la gracia.

Uno que se masturba es porque no tiene una madurez psicológica o afectiva adecuada. Hay que esperar a que alcance ese grado, y entonces Dios le da la gracia. No tiene que dominar su cuerpo. No tiene que hacer ayunos ni penitencia. Tiene que seguir masturbándose hasta que alcance el grado necesario y así pasar a otro.

Esta herejía de la ley de la gradualidad viene de Kant: todo es un grado en el Universo, en la vida de los hombres. Los hombres se relacionan con todo lo demás dependiendo del grado, de la proporción, de la relación que en sus mentes hay con lo demás. Es una relación mental, no real. Es un grado mental, ideal, que en la práctica se desarrolla en mucha facetas humanas.

Es poner la vida divina de la gracia a la par de la vida humana. Como en lo humano estás en un grado inferior, entonces no avanzas en la vida divina. ¿Captan la herejía?

Hay niños de tres años en el infierno por su pecado sexual. Y eran inmaduros en todo. Pero se merecían el infierno sólo por su pecado.

Dios no enseña con la ley de la gradualidad: «En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía divina». Dios enseña con la ley de la gracia, que completa la ley divina, que nace en la ley natural, inscrita en todo hombre. Y esa ley natural es independiente de los grados en la vida humana o afectiva o psicológica o cultural, etc. Independiente. Las dos cosas no se pueden relacionar de la misma manera, no dependen una de la otra.

La ley natural, que es la ley eterna en el hombre, obra de manera independiente de la vida humana o natural de cada hombre. La ley natural no depende del grado de la vida humana. La ley divina no depende del grado de la vida del hombre. Y menos la ley de la gracia. Es clara la herejía de todo el Sínodo, que se han reunido sólo para esto: destruir la Iglesia con un lenguaje bello, pero totalmente herético.

Con esta ley de la gradualidad, van a decir sus herejías. Han anulado la ley de la gracia y cualquier ley en el hombre. Van a poner sus leyes, el concepto que ellos tienen de toda ley.

«Podemos distinguir tres etapas fundamentales en el plan divino sobre la familia: la familia de los orígenes, cuando Dios creador instituyó el matrimonio primordial entre Adán y Eva, como fundamento sólido de la familia: hombre y mujer los creó; la familia histórica, herida por el pecado y la familia redimida por Cristo» (v. 16).

La maldad de este texto es la siguiente: No existen tres etapas en el plan divino sobre la familia. Ellos ponen su ley de la gradualidad. Primer grado: Adán y Eva; segundo grado: el pecado en toda la historia del hombre; tercer grado: la redención de Cristo. No existen tres etapas, no existen tres grados de familia. ¿Van comprendiendo qué quieren transmitir? Se centran sólo en el hombre, pero no en la Gracia. Se centran en los problemas sociales, culturales, etc.; pero no en la vida de la gracia de las personas.

¿Qué pasó con la Gracia en el Paraíso? No lo dicen. Sólo dicen que Dios instituye un matrimonio primordial que es el fundamento de la familia. Y eso es una mentira bien dicha, con el lenguaje que a ellos les gusta. Su lenguaje humano, el propio de gente mentirosa y que engaña con su palabra humana.

Dios crea a un hombre y a una mujer y les pone a prueba. No instituye ningún matrimonio, porque al crearlos, hombre y mujer, en sus naturalezas humanas está la ley natural, que les empuja a unirse naturalmente como hombre y como mujer. Y, por eso, Adán exclama, al ver la mujer: «Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne»: aquí está el matrimonio entre hombre y mujer. En la ley natural. Todavía no se dice nada de la ley divina, ni de la ley de la gracia.

Está en la misma naturaleza humana, que Dios ha creado, el matrimonio. Y aunque el hombre peque, el matrimonio sigue en la naturaleza humana. ¿Ven que no puede darse la ley de la gradualidad en la familia?

Hay un solo matrimonio. Punto y final. Hay una sola familia. No tres grados, no tres etapas. No existe ni la familia histórica ni la familia redimida. No existe la familia del origen. Sólo existe el matrimonio natural, como hecho natural, como debido a la ley natural.

Ven: se están reinventando la ley de la naturaleza con la ley de la gradualidad. ¿Van viendo la herejía?

Después, en el matrimonio está la gracia en cada alma; está el pecado en cada alma. Son dos realidades diferentes: la vida divina de la gracia en cada alma, que es independiente de la vida del matrimonio, o de la vida humana o natural o carnal o afectiva o material. Independiente. Dios da una gracia al alma sin mirar su vida matrimonial. Dios no espera a la historia de los hombres, ni a sus avances, ni a sus evoluciones, ni nada de lo que piense u obre el hombre. La Gracia no está condicionada por ninguna vida del hombre, por ningún pensamiento del hombre, por ninguna vida de lástima o de peligro que tenga el hombre. Dios no tiene misericordia de los cuerpos de los hombres, sino de sus almas. Y sólo de sus almas. Un alma arrepentida de sus pecados, merece la gracia de la conversión. Pero un alma no arrepentida, aunque pase por momentos graves económicos, merece el castigo de Dios.

Adán, en el Paraíso, tenía toda la Gracia para hacer con su mujer lo que Dios le pedía. Adán en el Paraíso tenía toda la luz infusa para comprender lo que es la vida humana al detalle. No se le escapaba nada. Era el hombre perfecto, no sólo en la gracia, sino en lo humano. No necesitaba leer libros para avanzar en su conocimiento de lo humano, ni de la Creación. Todo lo sabía. Todo lo podía. No tenía que atender a la gradación de su vida humana, porque era perfecta en todo. Y, en esa perfección humana, pecó: no obró la Voluntad de Dios. Y se condenó por su pecado. Adán, desde lo más alto en su grado de humanidad, desde la perfección humana, cayó en el pecado. No tienen que ver lo humano para pecar. No se trata ni de estar arriba ni de estar abajo en la vida social o humana. No se trata de que se tengan o no se tengan problemas en la vida. Se trata de que cuando el alma quiere pecar, aunque esté en lo más alto de su vida de gracia, cae sin más al más profundo de los abismos. Y cae, no por el grado de su perfección en lo humano, sino por su malicia en la obra de su pecado: por su voluntad. Es la voluntad del hombre lo que no admite gradación. La voluntad del hombre no se mide por la ley de la gradualidad. Ningún hombre quiere porque está más alto en su vida humana o en su vida de gracia. Todo hombre quiere algo en la vida porque quiere, por la fuerza sola de su voluntad, así sea un pobre mendigo, que pasa hambre todo el día, así sea santo o pecador.

Adán comenzó otra vida con su mujer llena de imperfecciones, de maldades, de pecados, de impurezas, de miserias. Y lo hizo con su mujer, unida a ella, en matrimonio. Y es un matrimonio el mismo del Paraíso, pero en estado de pecado. El mismo matrimonio, la misma mujer, la misma familia, con más hijos, pero todo lo mismo. El mismo matrimonio que viene por la ley natural. No hay otro matrimonio. No hay otra familia.

Empezó desde la nada una nueva vida de pecado en su matrimonio. Y por más que avanzase en esa vida de pecado o en esa vida humana, Dios no le daba la gracia. Ya perdió toda la Gracia. Él tenía toda la Gracia para usar de Ella sólo en la Voluntad de Dios. ¿Iba a darle Dios, iba a retornarle la gracia sólo porque iba de grado en grado en su vida humana? Nunca. Dios no atiende a la vida de los hombres para dar una gracia. Dios sólo atiende a la vida espiritual del alma: es necesario merecer esa gracia. Y se merece con una vida de oración y de penitencia, que es lo que nadie en el Sínodo está diciendo. Todo está en la ley de la gradualidad.

Entonces, ellos se preguntan: «En consideración del principio de gradualidad en el plan salvífico divino, nos preguntamos ¿Qué posibilidades tienen los cónyuges que viven el fracaso de su matrimonio? o ¿Cómo es posible ofrecerles a ellos la ayuda de Cristo por medio del ministerio de la Iglesia?» (v. 17). Respuesta: No hay ninguna posibilidad para los cónyuges que viven un fracaso en su matrimonio. Ninguna. Sólo si se arrepienten de sus pecados, si hacen penitencia, entonces por la ley de la gracia, hay posibilidad. No se les puede ofrecer la ayuda de Cristo, porque esta ayuda es de la ley de la gracia, no de la ley de la gradualidad.

Ellos caminan en el lenguaje de la herejía. Y este lenguaje está en todo el documento. Tengan cuidado al leerlo, porque ellos saben hablar bien, escondiendo la verdad en múltiples palabras afectivas, bellas, que gustan a la gente de hoy día. Ellos van a poner su clave hermenéutica y, por eso, cogen el Concilio Vaticano II y le dan la vuelta, porque no han comprendido de lo que trata el Concilio cuando habla de que en el mundo hay elementos de santificación, de verdad, positivos.

Como no comprenden la Gracia que Cristo da en el Bautismo, entonces hacen más daño con sus interpretaciones del Concilio.

Tengan en cuenta que desde Adán hasta Jesús no hay Gracia: no existe la ley de la gracia. Desde Jesús, esa ley se da en todos los bautizados, aunque reciban el bautismo fuera de la Iglesia Católica. Por eso, hay elementos de santificación en almas que tienen el Bautismo, el mismo que la Iglesia da, pero que no pertenecen a la Iglesia, sino a otra religión.

Si esa persona, que ha recibido la gracia por ese bautismo, es fiel a esa gracia, entonces se va acercando a la verdad, que es Cristo. Necesita, esa persona, los demás sacramentos para poder subir en la vida espiritual, para avanzar en la vida de la gracia. Y, por eso, si esa persona es fiel a esa gracia, el Espíritu le llevará a la verdadera Iglesia, para que entre en Ella y pueda recibir los demás Sacramentos.

Por la ley de la gracia, esa persona, tiene la posibilidad de levantarse cuando peca, por el acto de contrición perfecta que la misma gracia da. Esa persona no necesita, en ese estado, el Sacramento de la Penitencia, que está en la Iglesia Católica. Y, por eso, puede volver a la gracia sin necesidad de ese Sacramento. No le obliga el confesar porque todavía no está en la Iglesia. Si es fiel a la gracia, entonces esa persona está en camino de santidad, pero fuera de la Iglesia. Y, por eso, existen elementos de santificación, que son los mismos que están en la Iglesia Católica. No son distintos. No es que en la Iglesia Católica falte un elemento de santificación que se da, entonces, fuera de Ella. No. La santidad que vive esa persona, es la misma que se vive en la Iglesia, pero de una manera imperfecta, por no tener los demás Sacramentos.

Ellos dicen: no. Esos elementos no son de la Iglesia Católica, sino formas nuevas que hay que acoger en la Iglesia. Mal interpretan todo el Concilio Vaticano II, no sólo en cuanto al matrimonio, sino a cuanto a las demás religiones.

Hay que saber bien leer e interpretar el Concilio a la luz de la fe, de los otros documentos de la Iglesia Católica. Si no, hacen como estos herejes: hacen un dogma de las palabras del Concilio.

«Se hace por lo tanto necesario un discernimiento espiritual, acerca de las convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar, compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de sus confines visibles y sacramentales. Siguiendo la amplia mirada de Cristo, cuya luz ilumina a todo hombre, la Iglesia se dirige con respeto a aquellos que participan en su vida de modo incompleto e imperfecto, apreciando más los valores positivos que custodian, en vez de los límites y las faltas» (v. 20).

No hay que discernir nada. Porque el matrimonio civil entre dos bautizados es un pecado. Y punto. Que salgan de su pecado, para poder recibir la gracia. Los malcasados, lo mismo: que salgan de su pecado. No hay que reconocer las semillas del Verbo en ellos porque no existe. ¿Ven el lenguaje humano tan agradable a los hombres? No hay que dirigirse con respeto a aquellos que están malcasados y en un matrimonio por civil, para apreciar lo positivo y callar sus pecados. No; no es eso. Hay que dirigirse a ellos para que vean sus pecados y lo quiten de la vista de Dios, porque a Dios no le agrada el alma que peca, sino que la aborrece. Esto es lo que no enseñan en ese Sínodo del demonio.

Se está dando culto sólo al hombre en este documento. Pero no se da culto a Cristo. No es Cristo el norte del Sínodo, sino que es sólo los hombres y sus ideas maravillosas.

Continuaremos analizando lo que queda del documento.

Toda la Iglesia colapsada por su misma Jerarquía

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“El evangelio de la familia se remonta a los albores de la humanidad”. Así comienza Kasper su herética intervención en el Consistorio extraordinario sobre la familia.

Comienza con una opinión que va en contra de la Palabra de Dios: «En el Principio era el Verbo» (Jn 1,1) . En el Principio no era el evangelio de la familia. No existe un evangelio de la familia que se remonta a los albores de la humanidad, sino que en esos albores sólo era el Verbo, es decir, la santísima Trinidad.

Cuando Dios crea al hombre y a la mujer no crea un evangelio de la familia. No crea nada. Crea un matrimonio, el de Dios, pero que Adán rompió por el pecado.

Kasper dice que este evangelio de la familia “fue dado por el Creador en su camino”; es decir, cuando Adán y Eva comenzaron a caminar, allá en el Paraíso, entonces Dios les dio este evangelio.

Y en los relatos del Génesis no se ve que Dios dé este evangelio a los hombres. Dios da al hombre un camino para ir al Cielo en el Paraíso: le pone una prueba al hombre. Y esa prueba, Adán no la pasó. Adán pecó. Y, entonces, el hombre se mete en un estado de pecado, desde que nace hasta que muere, que es el pecado original. Y así dura el hombre hasta Cristo, viviendo en el pecado, sin Gracia y sin Espíritu. Y Dios va guiando al hombre, va formando la fe en el hombre, por medio de Sus Profetas; pero todavía no existe el Evangelio; existe la Palabra de Dios que se da por medio de los Profetas, por medio de la fe de algunos hombres escogidos por Dios para guiar a Su Pueblo, para gobernar Su Pueblo y prepararlo para el Mesías.

Y hasta Cristo no hay Evangelio. Y, con Cristo, se da el Evangelio; pero no el de la familia, ni tampoco el de la fraternidad. El Evangelio es la Palabra del Padre; es la Palabra del Hijo; es la Palabra del Espíritu. Y no es más que eso.

Dios no dio al hombre el evangelio de la familia cuando lo creó, cuando comenzó su camino en el Paraíso.

Kasper miente; y, en esa mentira, anula la Palabra de Dios, la tergiversa, dice su opinión, su pensamiento humano. Y, entonces, da una charla totalmente herética, desprovista de la Verdad. Si no comienza con la Verdad, y la Verdad es luz, es Vida, es conocimiento; entonces lo que da es oscuridad, muerte y trampa.

Los sacerdotes, los Obispos, ante esta intervención de Kasper, no han sabido ver el error de Kasper, no han ido a la raíz de su discurso herético: Kasper habla en contra de la Palabra de Dios desde el principio de su discurso. Y no hay que ir al final de su charla para estar confrontando lo que dice. Lo que dice al final, su planteamiento sobre la comunión a los divorciados, es la consecuencia de lo que dice al principio. No pierdan el tiempo con las palabras de Kasper: ataquen la raíz. Y la raíz es su orgullo, que pone su opinión humana por encima de la Sagrada Escritura.

Kasper, al poner este evangelio de la familia en la creación del hombre, tiene que concluir así: “Por lo tanto, la institución del matrimonio y la familia se aprecia en todas las culturas de la humanidad”. Esto es lo que le interesa a Kasper: ver el matrimonio, ver la familia, como una cuestión humana, de las culturas propias de la vida de los hombres. Y anula el pecado original, el cual revela la situación de toda unión entre hombre y mujer desde Adán.

Con el pecado original, hay muchas uniones entre hombre y mujer, que no son el matrimonio que Dios quiere para el hombre. Y, por tanto, en todas las culturas de los hombres no hay ni matrimonio ni familia. No existe la institución del matrimonio ni de la familia, porque Adán se lo cargó con su pecado. Existe el plan de Dios para llevar al hombre a ese matrimonio. Y, por eso, Cristo eleva el matrimonio al plano del Sacramento, de la Gracia, del Espíritu. Pero sólo lo eleva. Le toca a cada hombre y a cada mujer, ser fieles a la gracia del Sacramento del Matrimonio para que puedan alcanzar, en su matrimonio, lo que Dios quiere de ellos dos, la familia que Dios quiere de ellos dos.

Como todo esto, no lo plantea Kasper, entonces se dedica a contar cuentos en ese Consistorio, a dar un planteamiento equivocado sobre la familia y el matrimonio.

Kasper se mete en el juego de su lenguaje humano, que es la misma táctica que emplea Francisco: decir cosas bellas sobre el matrimonio y la familia, apoyarse en la Tradición, en los Santos, en el Magisterio de la Iglesia, pero para tergiversarlo todo con su idea, con su lenguaje, con su filosofía totalmente herética.

A los sacerdotes y Obispos se les engaña tan fácilmente con el lenguaje humano, con un Kasper y un Francisco que son maestros en emplear las palabras que ellos saben que hacen daño en la Iglesia. Pero las dicen revestidas de belleza en la exposición de su discurso. Dicen muchas cosas que suenan bien al oído del que escucha, pero que, si se meditan, es una tremenda herejía. Ni Francisco ni Kasper ataca directamente un dogma, sino de forma indirecta, sin que nadie caiga en la cuenta, porque ellos conocen cuál es la Verdad en la Iglesia, pero no quieren seguirla; tienen que rodearla de muchas maneras para dar su mentira, su engaño. Esta es la maldad de esos dos sujetos, que son el uno para el otro: tienen los dos un alma oscura, un corazón orgulloso, un espíritu diabólico.

Y da pena ver cómo está la Iglesia sin combatir a estos dos herejes por la Jerarquía. Los hombres de la calle captan la verdad, mucho antes que los sacerdotes y Obispos. La gente de fe sencilla, al oír a Francisco, enseguida ven que eso no va bien. Pero los sacerdotes y Obispos, que son los encargados de dar la Verdad a los fieles, callan y tienen miedo de hablar, porque están sometidos a Francisco. Francisco los somete, les impone la obediencia a sus mentiras, a sus enunciados, a sus proposiciones. Y esto es muy fácil hacerlo por la falsa obediencia que existe a la Jerarquía en la Iglesia. Los hombres no han comprendido lo que significa obedecer en la Iglesia. Y creen que con obedecer a un hombre, que representa a Dios, a Cristo, ya está la obediencia.

Y toda la Iglesia tiene que obedecer a la Verdad, que es Cristo. Desde el Papa hasta el fiel último en la Iglesia. Si no existe esa obediencia, las demás no sirven para nada; sólo para confundir y guiar a las almas, esclavas de un pensamiento humano, que quiere imponerse a los demás porque se es Jerarquía.

¡Con cuánta facilidad los sacerdotes, los Obispos, invocan la obediencia de sus fieles porque ellos están en un gobierno, porque tienen un poder de mandar! Y, entonces, no ponen delante de ellos a Cristo, sino sólo su pensamiento humano, su idea humana, su opinión humana.

Cristo guía a Su Iglesia a través de Su Vicario, el Papa. Siempre lo ha hecho así. Siempre. A pesar de lo que era ese Papa, a pesar de todo el pecado de la Jerarquía, que no obedece a ese Papa, a pesar de todo el mal que los hombres han hecho a Su Iglesia. La Iglesia se mantiene porque hay un Papa. La Iglesia no se mantiene porque hay hombres que hablan muchas cosas y obran otras tantas.

Si hay un Papa que el Señor ha puesto, entonces, todo funciona en la Iglesia, aunque haya tanto pecado, como se ha visto desde hace 50 años. A pesar de lo que se ha hecho en contra de la Verdad de la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, hay que obedecer al Papa. Esto es lo que los hombres no han hecho y, ahora, todo el mundo criticando a los Papas anteriores. Y aquel que no defienda a los Papas, que no defienda a Juan XXIII, a Pablo VI, a Juan Pablo I, a Juan Pablo II, a Benedicto XVI, no obedece a Cristo en la Iglesia y se pone fuera de la Iglesia.

La primera obediencia en la Iglesia es a Cristo. Y Cristo ha puesto una cabeza, un Papa, para que todos, en la Iglesia lo obedezcan. Cristo habla siempre a través del Papa. Por tanto, quien habla en contra del Papa no es de Cristo, no sigue a Cristo, produce en la Iglesia cisma, herejía, división, desconcierto.

El trabajo del demonio ha sido sólo anular al Papa de muchas maneras, para conseguir que todo el mundo critique al Papa, hable mal del Papa, y así hacer que el Papado no sirva para nada.

Nunca hay que culpar a un Papa de lo que sucede en la Iglesia, porque son dirigidos por Cristo en todas las cosas para mantener a la Iglesia en la unidad. Y, aunque el Papa sea pecador, y gran pecador, como en la historia de la Iglesia se puede ver, el Papa no tiene culpa de todo lo demás que pasa en la Iglesia, porque su misión es protegida por Cristo. Él lo ha puesto ahí para guiar a toda la Iglesia hacia la Verdad. Y este es el Misterio de la Gracia y del pecado. Ningún Papa en la Iglesia es el culpable de lo que pasa en la Iglesia. Si esto no se tiene claro, entonces no hay Iglesia, no existe la Iglesia, la Iglesia es sólo un conjunto de hombres, y cada uno da su opinión, pero no existe una Verdad a seguir.

Esto es lo que vemos con Francisco y todos los suyos. Y la razón: porque no es Papa. Cristo no dirige la Iglesia a través de Francisco. ¡Así de sencillo! Cristo no guarda la misión de Francisco en la Iglesia y, por tanto, todo lo que ocurre en la Iglesia la culpa es de Francisco.

Durante 50 años, desde el Papa Juan XXII hasta el Papa Benedicto XVI, la culpa de todo lo que ha pasado en la Iglesia es de los sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles que se han opuesto al Papa y han creado todo un desorden. Y los Papas han estado prisioneros en el Vaticano, rodeado de gente de la masonería, por sacerdotes, por Obispos, por Cardenales que no representan a Cristo, que no representan a la Iglesia de Cristo, porque no obedecen al Papa.

Toda esa gente, que son lobos vestidos de piel de oveja, odian a Cristo, odian las Verdades que hay en la Iglesia, odian a la Iglesia, odian sus sacerdocios, y han gastado 50 años esparciendo mentiras tras mentiras, engaños tras engaños acerca de todas las cosas divinas, sagradas, celestiales, santas.

Y sus obras han llevado al colapso de la Iglesia Católica. No hay quien, dentro de la Iglesia, pueda dedicarse a dar la Verdad, a obrar la Verdad, a vivir la Verdad, porque todos están bajo una falsa obediencia, que toda esa gente ha creado.

Y, por eso, ahora exigen obediencia a un traidor, a un mentiroso, a Francisco. Es el juego de la Jerarquía de la Iglesia, que ya no imita a Cristo, que ya no es otro Cristo en la Iglesia, que le importa un rábano la vida auténtica de Cristo. Y están en esa Jerarquía para destruir a Cristo y a Su Obra, que es la Iglesia, con sus mentes humanas, con sus lenguajes humanos, con su teología protestante y científica.

Y esto no es un accidente en la Iglesia. Esto ha sido deliberada y astutamente trazado para destruir la de fe la Iglesia, para destruir el Evangelio de Cristo, para destruir toda Verdad, toda ley divina, toda ley natural, toda moralidad.

¿Pero qué se creen que es Francisco? El que más ha trabajado en la Iglesia durante estos 50 años para llevarla al colapso y, ahora, subirse al podio para dar el camino de salvación a la Iglesia. Ahora se muestra como el que tiene la solución a los problemas de la Iglesia, cuando ha estado trabajando para arruinarla por dentro y desde dentro. Y, por es, anula el Papado, pone su gobierno horizontal, pone su consejo económico, en el que ya el Papa no tiene autoridad, ya no decide, sólo es el que firma un documento para aprobar lo que otros deciden. Y se dedica a pedir dinero a los hombres ricos para quitar la hambruna del mundo. ¡Esa es la magnífica solución de ese idiota! ¡Y todos bajo la falsa obediencia a ese idiota!

Después de la renuncia del Papa Benedicto XVI es Cristo quien dirige Su Iglesia desde el Cielo. Ya no la dirige por Su Vicario. La razón: el pecado de Su Vicario. Que Cristo juzgue al Papa Benedicto XVI. No le toca eso juzgar a la Iglesia.

A la Iglesia le toca seguir obedeciendo a Cristo. Y, por eso, todos los que saben la Verdad, tiene que ponerse en pie y seguir sólo a Jesús.

Consecuencia: hay que atacar a Francisco. No ataquen ni a Benedicto XVI ni a los otros Papas anteriores.

La culpa de todo la tiene Francisco. Hay que atacarlo. No hay que obedecerlo. No hay que seguirlo. No hay que estar viendo a ver qué dice hoy ese idiota, a ver si dice una verdad. En la Iglesia se vive de la Verdad no de las opiniones de Francisco.

En la Iglesia se rechaza todas las mentiras que Francisco, como Falso Profeta, presenta cada día a la Iglesia, a las almas, a los sacerdotes, a los Obispos. ¡Rechazar la mentira para poder acoger la Verdad!

Y quien no haga esto, se pasa todo el día criticando a unos y a otros. Y hacen el juego del demonio.

Francisco unirá a la Iglesia Católica con otras iglesias, con los paganos, y hará un abominación de iglesia; una iglesia mundial sin verdad, sin vida espiritual, sin alma, sin amor a Dios, sin imitación de Cristo. Toda ella imbuida, trabajada, creada, por la mente de los hombres, analizada en la especulación de los pensamientos de los hombres, y dada al mundo como símbolo de condenación. Es la falsa iglesia, que las profecías han hablado y que tiene que aparecer como fruto del interior del Vaticano. Es lo que han engendrado, en sus cabezas, muchos sacerdotes, muchos Obispos, durante 50 años. Es un engendro diabólico, es la fornicación de las mentes de los hombres con la mente de satanás. Es escuchar, en todo tiempo, la voz de demonio para obrar lo que él quiere en la Iglesia: destruirla completamente.

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