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Almas satanizadas

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Satanás es un ser con una inteligencia para el Mal: piensa el mal y nunca puede tener una idea para obrar el bien. Por eso, es el demonio de la mente humana; el demonio que se encuentra en todo hombre cuando nace.

Estuvo en el Paraíso para introducir en la mente de Adán la idea del mal. Y está en cada hombre para llevarlo, a través de la idea, hacia el mal.

El Mal es el diablo; es el ángel que se rebeló cuando fue creado por Dios y que arrastró a muchos al infierno. El Mal es lucifer, pero no sólo él, sino todos los demás que se unen a él para idear el Mal.

El Mal en el espíritu del demonio no es una idea, como en el hombre. El hombre, para obrar un mal, necesita pensar el mal. El demonio no tiene necesidad de pensar el Mal. Sólo lo obra porque lo ve en su entendimiento.

Este Misterio del Mal no se puede comprender con la razón humana, porque el hombre no sabe definir lo que es el Espíritu.

Dios es Espíritu, pero en Él no hay ningún Mal. El demonio es espíritu; pero en él está todo el Mal.

El Mal no pertenece al hombre, como tampoco el Bien es del hombre. Dios es el Bien; el demonio es el Mal. Son dos realidades que están desde toda la eternidad. El demonio no es eterno, pero el Mal sí lo es.

El Mal es lo contrario al Bien. Donde está el Bien ahí está el Mal. Pero el Mal no obra si no hay un ser que lo acepte.

El Mal, en sí mismo no existe, no es nada. El Mal existe porque existe el Bien. Pero, en sí mismo, no se da el Mal.

Dios existe desde toda la eternidad. Y en Dios sólo se da el Bien; no se da el Mal. Pero el Mal existe como concepto, no como realidad, en Dios. En Dios, se da la idea del Mal, porque Dios conoce todas las ideas. Pero Dios no obra ni puede obrar el Mal, la idea del Mal.

Cuando Dios crea a Lucifer, éste se opone a Dios y, automáticamente, entra en él todo el Mal. Lucifer se convierte en un ser que recibe toda idea del Mal. Y sólo puede tener, en su entendimiento angélico, la idea del mal. No puede obrar ningún bien, porque el bien no es una idea, sino sólo Dios. Desde ese momento, esa idea del Mal se convierte en una obra constante en él. Por eso, el demonio sólo ve el mal que está en su entendimiento y lo obra sin más. No tiene que pensar el mal, porque ya tiene toda idea del Mal. El demonio conoce todas las ideas para obrar cualquier mal. El demonio lo conoce todo en el mal y lo obra. Dios conoce toda idea del mal, pero nunca obra el mal, porque es el Bien.

Y entonces, ¿qué es el mal en el hombre? Es la obra del demonio a través del hombre.

Adán, al aceptar la idea del demonio, acepta obrar para el demonio y cae en el principio del mal, cae en el fondo del pecado. Adán lo tenía todo en el Paraíso; al pecar, se queda sólo con todo el mal que el demonio le ofrece.

Todo hombre que acepta lo que el demonio le propone, cae en la tiniebla y en la oscuridad del pecado, y se convierte en el instrumento del demonio. Es a través del hombre, que hace oído al demonio, cómo el pecado entra en el mundo. Cuando el hombre escucha a Dios, entonces hace el Bien. Eso es la fe: una obra divina. Pero el hombre que escucha al demonio, nunca puede hacer el bien, sino el mal que el demonio le pone. Y donde está la idea del mal, allí no está la fe, la obra divina. El hombre obra el pecado movido por el demonio. El hombre, cuando peca, no peca solo. Está siempre el demonio detrás, aunque no crea en él, aunque no lo perciba, aunque viva su vida de espaldas a todo lo espiritual.

Por eso, para acabar con el mal en el mundo hay que acabar con el demonio. Si no se va a la raíz del problema, el demonio sólo juega con los males en el mundo. Y los hombres se dedican a quitar males, pero nacen otros, que llevan a otros males. Y así el demonio va tejiendo su mundo de pecado en el hombre, a través del hombre, con obras aparentemente buenas.

El hombre sólo puede hacer un bien de la mano de Dios: es el Espíritu Divino el que mueve a hacer un bien. Si el hombre no es humilde, si no obedece a la Palabra de Dios, si no tiene fe en Cristo, entonces siempre va a hacer un mal, aunque ese mal sea en apariencia un bien humano o natural o material. Donde hay una raíz de soberbia, siempre habrá un demonio detrás.

Por eso, la vida espiritual es atacar la soberbia, para así fijarse en el demonio y combatirlo.

Si no se ataca al demonio, entonces el hombre no sabe dejarse mover por Dios para hacer el bien. Es el demonio el que pone toda idea del mal.

El hombre tiene que discernir sus pensamientos para quitar toda idea del demonio. El demonio sólo trabaja en la mente del hombre. Es experto en llevar al hombre a la síntesis, a la meditación, al análisis; es experto en hacer que el hombre se queda dando vueltas a su razón humana, a su filosofía, a su teología, y de ahí sacar una idea para el mal. Una idea que para el hombre es buena, la cree buena, pero es toda demoníaca. El hombre no percibe que su idea es del demonio. El hombre se da cuenta después, cuando lo pone en obra y ve sus consecuencias malas.

Hay solo una batalla: el bien contra el Mal. Dios, cuando hace un bien es para batallar contra el mal.

“Entonces se entabló una guerra en el Cielo: Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón que fue precipitado”. Ésta es la terrible realidad que al hombre le cuesta entender.

Dios creó a Lucifer; Dios hizo un bien. Y lucifer se enfrenta a Dios, obrando un mal.

Dios, cuando hace un bien es para luchar contra el Mal. El bien es siempre una batalla contra el mal. Sólo, en el Cielo, el bien es premio, ganancia, paz, felicidad, amor. Pero, fuera del Cielo, en la Creación, el bien es lucha. Nunca hay que descansar cuando se hace un bien. Se hace un bien para seguir batallando, para seguir haciendo otro bien. Se hace un bien para purificar el corazón del mal. Se hace un bien para ganar un mal, para liquidar el mal, para anular el mal.

Por eso, la Cruz es el triunfo del Bien sobre el Mal. Es la Luz en el Camino hacia el Cielo. Es la Vida en el Sendero hacia la Eternidad.

Quien camina haciendo el bien anda quitando el pecado en todo su alrededor. Si no se quita el pecado, entonces no se camina bien; entonces el camino está torcido.

Un mundo que crece en el pecado es un mundo donde no hay una gota de bien. El mal se disfraza de bien, de cosas buenas en apariencia; pero son sólo males, ideas del mal.

Si no se limpian las almas del pecado, entonces sólo se vive limpiando los males exteriores. Y eso que se limpia es un mal, no es una obra buena; es sólo una idea del mal, pero disfrazada de bien.

El demonio sabe jugar con la mente de los hombres como quiere.

Vivimos en un mundo lleno de mal, con una apariencia buena, incluso perfecta. Es todo eso: apariencia. Y, por eso, el demonio triunfa en todas partes.

Vivimos en una Iglesia con una Jerarquía disfrazada de bondad, pero que es toda Ella del demonio. En sus mentes sólo está la idea del mal. Y ningún bien. Porque es la Jerarquía que el mismo demonio ha puesto en la Iglesia para destruirla. Es una Jerarquía inventada por la mente del demonio, movida por el mismo demonio, guiada en todo por el demonio.

Francisco pertenece a esa Jerarquía del demonio. Y si eso no saben verlo, entonces no sabrán combatir al demonio en la Iglesia. Para hacer el bien en la Iglesia hay que batallar contra el mal que hace Francisco. Quien aplaude a Francisco, obra el mismo mal que él hace en la Iglesia, que es el mal del demonio.

Quien no sabe discernir la verdadera Jerarquía de la infiltrada, entonces sólo sabe criticar a toda la Jerarquía y a todo el Papado.

Quien no sabe ver la acción del demonio, ni en el mundo, ni en la Iglesia, entonces sólo está trabajando para el mismo demonio. ¡Cuántos dicen que están en la Iglesia para defenderla de todos los males, y no saben defenderla del demonio! Si la pasan criticando todo, viendo males donde no hay; pero no entienden la obra del demonio, ni en sus almas ni en la de otros.

El hombre escucha al demonio cuando piensa. El hombre, para no escuchar al demonio, tiene que saber pensar, tiene que saber meditar, tiene que sabe hacer filosofía.

Y sólo se consigue esto con la oración y con la vida de penitencia. Para aprender a pensar: ora; para aprender a ver las ideas del demonio en tu mente, haz penitencia.

Quien aprende a discernir sus pensamientos, todos sus pensamientos, aprende a hacer el bien que Dios quiere. Pero quien no aprende a dejar sus pensamientos a un lado, sino que se afana en ellos, entonces siempre estará escuchando al demonio en su mente. Y siempre se va a equivocar en la Iglesia.

Quien no ve al demonio en su vida, tampoco lo ve en los demás. Quien no ve su pecado, tampoco ve el pecado de los demás.

En la Iglesia, hay una Jerarquía que enseña a pecar claramente. Y muchos la apoyan, porque son hombres buenos, con una cara sonriente, que dan un beso a los pobres, que son amables con todo el mundo.

Toda Jerarquía que no enseñe a batallar contra el demonio, pertenece al demonio. Y se enseña a luchar contra el demonio, no hablando de él, sino obrando contra él.

Una Jerarquía que no batalla el pecado, que no quita el pecado, sino que se dedica a quitar la hambruna del mundo, ésa es del demonio.

Una Jerarquía que habla del aborto como una injusticia social, ésa es la Jerarquía del demonio. El aborto es la obra del demonio en la mujer. Y, por eso, es necesario hacer exorcismos sobre la mujer que aborta. Pero hoy a la mujer que aborta se la lleva al psicólogo para no hacer nada.

Una Jerarquía que no se centre en el pecado de cada alma, es una Jerarquía que condena a las almas al infierno con sus obras en la Iglesia, que pueden ser maravillosas, pero son del demonio, para despistar a las almas.

Vivimos en un mundo de almas satanizadas; almas que han escuchado la voz del demonio y que sólo se dedican a obrar el mal.

Y la Jerarquía que actualmente gobierna la Iglesia son almas satanizadas: enseñan una espiritualidad sin verdad, sin luz, sin camino, sin vida.

La gente no se ha dado cuenta, pero ya en muchos sacerdotes está la obra del demonio en sus misas: son misas para el demonio, donde sólo se obra la idea del mal; pero ya no hay Vida en esa misa; ya no se da la Eucaristía.

Los tiempos son gravísimos. Ya no hay tiempo. Ya se inicia la nueva iglesia, la iglesia negra, la iglesia del demonio, que obra sólo el mal, y nada más que el mal.

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