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Es el Dolor el que preserva de caer en la herejía que existe en Roma

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«Y apareció en el Cielo una gran señal: una Mujer, cubierta del Sol, y la luna debajo de sus Pies, y en su Cabeza una Corona de doce estrellas» (Ap 12, 1).

Los judíos pidieron al Señor una señal, y Él les anunció Su Resurrección de entre los muertos. Y ninguno de ellos, creyó la Palabra de Dios. Era el mismo Dios, en la Persona de Su Hijo, el que marcaba el camino. Y el hombre eligió su camino: el laberinto de su mente humana.

En la gran crisis de la Iglesia, en el oscurecimiento de la Verdad de la Iglesia, Jesús ha dado otra señal: Su Madre. Y tampoco los católicos creen en la Virgen María. Van a sus profecías y como si oyeran llover: no disciernen absolutamente nada de lo que pasa en la Iglesia.

¿No ha dicho la Virgen María que Bergoglio no es Papa? Entonces, ¿por qué no la creen?

El que sigue a la Virgen María está siguiendo a Jesús. El que no hace caso a sus Palabras, no hace caso del Evangelio de Jesús.

Es paradójico cómo está el patio de la Iglesia: todos viven de sus estupendas cabezas humanas. Y nadie hace caso de Su Madre, de la Inteligencia Divina que tiene la Virgen María.

«¿¡Hasta cuándo mi Hijo tiene que estar dando avisos, y a las almas que más aman nuestros Corazones!?  Anteponen los apegos a la carne y a la sangre, hija mía, a las palabras de todo un Dios. (…) ¡Cuántas almas, hija mía, huyen de nuestra voz, porque nuestra voz no da nada más que cruz y no gozos temporales: gozos eternos!; y ¡cuántas almas, hija mía, después de haber lavado sus iniquidades, sus pecados, sus infidelidades, sus desobediencias, con la Sangre de Cristo, cuando mi Hijo les dice “ven”, huyen despavoridos, sin querer escuchar sus palabras! ¡Qué ingratitud la de los hombres, hija mía! Corren a lo que les ofrece el mundo y los enemigos que hay en el mundo. Hacen caso, hija mía, del mundo, del demonio y de la carne; ésos son los tres enemigos más grandes a los que obedecen. ¿Cómo no va a estar triste mi Corazón? Sí, hija mía, aunque todavía hay almas, aunque sea un número reducido, que consuela nuestros Corazones; pero, ¡qué tristeza, los hombres, hija mía, cómo cierran sus oídos a la llamada de salvación!» (Mensaje de la Virgen María a Amparo cuevas del día 6 de junio de 1998).

Los apegos a la humanidad, a la vida de cada uno, eso es lo que muchos católicos hacen diariamente en la Iglesia: apoyarse en sí mismos, dejando las palabras de Dios a un lado.

Los profetas verdaderos dan Cruz, sufrimientos, humillaciones, desprecios, odios; los falsos dan gozos temporales, aplausos, alabanzas… Quien quiera seguir a Cristo, en el estado que se encuentra la Iglesia actual, tiene que alejarse de la mentira, de la hipocresía, del fariseísmo de tanta Jerarquía, Alta Jerarquía, que ya no es de la Iglesia Católica. Todavía existen sacerdotes humildes, sencillos, que se dedican a dar a las almas la verdad; pero son pocos y hay que buscarlos.

La mayoría de los católicos andan detrás de una Jerarquía que ofrece lo que ofrece el mundo, que da lo que los enemigos en el mundo dan a los hombres. En el Vaticano ya se puede apreciar esa jerarquía, falsa jerarquía, que es del mundo, del demonio y de la carne. Es una jerarquía enemiga de las almas: no las lleva a la salvación, sino a la condenación.

¡Qué duro es predicar esto y no recibir amenazas de la gente! Se predica esta verdad y la gente desprecia al sacerdote por decir esta verdad.

Los hombres siempre cierran sus oídos a la Verdad, a la llamada de la salvación. Hoy, como ayer, es siempre lo mismo, porque los hombres terminan acomodándose a la vida exterior que se les ofrece por muchos caminos.

Ven a Bergoglio y, sabiendo que no es Papa, lo tienen como tal: el hombre se acostumbra  a lo que ve, al político de turno que gobierna, al sacerdote que dice y obra cosas…Cuando se va ese político o ese sacerdote, el hombre despierta de su sopor y quiere otra cosa. Pero mientras vea, cada día, al mismo sujeto, acaba aceptándolo, aunque sepa que es un hereje. Esto es lo que pasa, en muchos, con Bergoglio.

No hay fidelidad a las palabras de Dios, a su gracia, a su vida en la Iglesia.

«Yo Soy un Padre Amoroso que os ha demostrado a través de todos los tiempos de que siempre os he acompañado y de que no os olvido ni os olvidaré, ya que Yo os creé para manteneros siempre cerca de Mi Corazón. Mi Corazón y Mi Fidelidad han cumplido Su Promesa, ¿por qué vosotros no os mantenéis en ésa fidelidad hacia Mí y hacia vuestros semejantes? Vosotros decís a vuestros semejantes; dame el ejemplo para que yo te pueda seguir. Yo os lo he dado a todos niveles. Yo os he buscado, a cada uno de vosotros y Me he puesto a la altura de vosotros, para que no os sintierais impotentes al seguir Mis Ejemplos y Enseñanzas y ni aún así las apreciáis, ni las seguís. Preferís el ejemplo del mal, que en muchos casos, es más fácil seguir, al ejemplo del bien, que si os va a traer bienestar y vida eterna, ni aún así lo tomáis como forma de vida Os enfrentáis a vuestra realidad y a lo que ella conlleva cuando no estáis Conmigo y ni aún así reaccionáis» (Mensaje de Dios Padre a JV el 12 de Agosto de 1998).

Bergoglio no da ejemplo del bien ni de la verdad, ¿por qué le siguen?

Bergoglio no es fiel al Evangelio de Cristo, ¿por qué le siguen?

Bergoglio no continúa el magisterio de los Papas, ¿por qué le siguen?

«Preferís el ejemplo del mal, que en muchos casos, es más fácil seguir». Es más fácil seguir a Bergoglio que a Benedicto XVI.

Aquella Jerarquía que se oponga a Bergoglio se queda sin comer y sin trabajo en la Iglesia. ¡Esto es una realidad! Por eso, hay mucha Jerarquía que tiene que mirar para otro lado y seguir a Bergoglio. No son fieles a Cristo ni a Su Iglesia.

Seguir a la Virgen María es oponerse a la herejía que existe hoy en la Iglesia. ¡Son pocos, muy pocos, los que siguen a la Virgen María! Rezan el Rosario y después obedecen a Bergoglio como Papa. ¿Por qué llaman Santo a Juan Pablo II, si para la Iglesia verdadera es sólo Beato? Porque Bergoglio, que es un masón, lo ha proclamado santo. El hombre acaba siempre aceptando la maldad que ve, que comprende. No sabe oponerse a esa maldad, porque es más fácil no oponerse, hacer lo que hace la masa, decir lo que dice la masa. Esto es construir la vida espiritual por el techo: por nuestra razón humana, por nuestras ideas fantásticas sobre la Iglesia y sobre nuestra vida humana.

«Hija Mía, vosotros debéis saber todos, que pecar es desviarse de Mi Camino de Verdad; pecar es también hacer desviar a veces inocentes que os siguen por la misma pendiente; creyendo en la autoridad del pecado, ellos mismos cometerán la misma falta. Y ¿cómo detener toda esa cadena? Es necesario que el primer eslabón defectuoso de esa misma cadena confiese en público su falta. Su fidelidad a Dios le obliga a ello. A veces, Yo os pido que reconozcáis públicamente vuestro pecado, sobre todo cuando hay alguna consecuencia mundial. Este pecado comienza contaminando una asamblea, un pueblo, y termina tocando naciones enteras» (Mensaje de Jesús a JNSR el 23 de febrero de 2005).

Lo que obra Bergoglio es una cadena de pecado. Pecar es desviar al otro del camino de la verdad de la Iglesia. Bergoglio ha puesto un camino nuevo en Roma: su gobierno horizontal. Y muchos creen en la autoridad de ese gobierno y, por tanto, muchos pecan, cometen el mismo pecado que obró Bergoglio al poner su gobierno horizontal.

Lo que hace Bergoglio, en Roma, no es cualquier cosa: es llevar almas al pecado. Es hacer pecar al otro, es arrastrar a las almas por la pendiente del pecado. Y sólo hay una manera de detener esa cadena: que Bergoglio públicamente reconozca su pecado. Él es el culpable, el primer eslabón defectuoso en esa cadena. Por tanto, tiene que confesar públicamente su pecado. Como no lo va a hacer, entonces ese pecado, no sólo está en Roma, sino que va a terminar tocando al mundo entero.

«Hoy, Satanás se sirve de estas inconscientes cadenas. No os olvidéis de que el pecado es satánico y el aliento o estímulo hacia el mal viene del Príncipe de las Tinieblas. Hoy, él está desenfrenado en maldad contra toda la Humanidad; su espíritu maléfico penetra profundamente en todos los espíritus, de los hombres, de las mujeres y de los hijos no habitados o poseídos por Mi Espíritu Santo» (Ib).

Bergoglio no es cualquier hombre: es un enviado de Satanás para abrir esta cadena de pecado en la Iglesia. Bergoglio es un hombre satánico. Y aquellos que lo sigan son, también, hombres satánicos. Por eso, la Iglesia está llena de satanismo. Y nadie quiere darse cuenta.

Se han abierto muchas cadenas del mal en el Vaticano, muchas corrientes que llevan a muchos católicos al pecado en masa. Son arrastrados así

La Virgen María fue la primera discípula de su Hijo: Madre y Discípula. Y, por tanto, la Virgen María es la mejor Maestra que el Señor nos ha dejado. Y nadie quiere aprender de Ella. En la práctica, nadie lo hace.

Con la mente humana, el hombre se pierde a sí mismo; con su mente, el hombre se confunde a sí mismo. Con la Virgen María, que es Madre de Dios y Madre de la Iglesia, ni hay perdición ni confusión. Pero es necesario poner la mente en el suelo, pisotear tus grandiosas ideas preestablecidas por tu orgullo en tu vida. Tienes que ser un niño en los brazos de tu Madre.

Tú eres, en tu persona, el que te riges a ti mismo; no es tu cabeza. Eres tú, como persona, el que guías tu vida. Y si no eres capaz de abofetear tu orgullo: el creerte algo para Dios, necesario para la obra de Dios, entonces tú te lo guisas, tú te lo piensas, tú das vueltas y vueltas a tu estúpida cabeza, y tú te lo comes: tú vives tu vida y te crees el más santo de todos porque tienes a Bergoglio como Papa.

Dos iglesias hay en Roma. No una. Dos. Está la Iglesia en Pedro; y está la iglesia en un falso Pedro. Hay dos iglesias visibles en Roma. Dos. Y, por tanto, hay una división en Roma; hay un cisma encubierto; hay una apostasía de la fe que impide ver esta verdad.

Dos Papas: luego, dos iglesias.

La Iglesia Católica sólo tiene un Papa. Si hay dos, es que hay dos iglesias.

Esta verdad, tan sencilla, a nadie le interesa. Todos están detrás de la noticia de Bergoglio: qué hace o qué no hace; qué dice o qué no dice; ¿alguna vez dirá algo sensato para poder creerle como Papa?; ¿alguna vez dejaremos de dudar en él como Papa, para creer en él como Papa?

Así está la gente en la Iglesia: sin ver dos iglesias, dos realidades, dos caminos, dos fes, dos dioses.

Tienen el Magisterio de la Iglesia para salir de la duda, y ninguno se ha acercado a esa fuente de verdad, y siguen en sus mentiras: las que sus mentes se fabrican. ¿Para qué están en la Iglesia? ¿A qué se dedican? ¿A recolectar noticias sobre Bergoglio? ¿A recorrer los profetas, cogiendo una de cal y otra de arena, para terminar criticando a los Papas, a toda la Tradición, a todo el Magisterio y a todos los miembros de la Iglesia?

La Iglesia es la Obra de la Verdad. Y quien no la obre, no es de la Iglesia.

¿Bergoglio obra la verdad? No; luego, no es de la Iglesia.

¿El gobierno horizontal que ha puesto Bergoglio, esos herejes vestidos de santos, obran la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

¿La Jerarquía que obedece a Bergoglio como Papa, obra la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

¿Los fieles que tienen a Bergoglio como Papa, obran la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

Es así de sencillo. Pero, en la práctica de la vida, no es tan sencillo. Y la culpa: tu cabeza, tu mente humana, tus ideas soberbias, tus filosofías, tus psiquiatrías, tus teologías, tus sentimentalismos, tu vida y obras humanas, tus apegos a la carne y a la sangre.

Hay dos iglesias en Roma: la verdadera, y la que se está levantando en el gobierno horizontal, político, liderado por el impostor Bergoglio.

A la Iglesia verdadera no hay que juzgarla: no hay que juzgar al Papa Benedicto XVI. No hay que juzgar el Magisterio de la Iglesia, ni la Tradición, ni el Evangelio de Jesús. No hay que juzgar a la Jerarquía que permanece fiel a esa Iglesia.

A la iglesia falsa hay que juzgarla y atacarla, por todos los medios posibles, al alcance de la mano del hombre. Pero es un atacar en la paz del Espíritu: cuando Dios quiera y como Dios lo quiera. No es un atacar por atacar. Es luchar contra muchos demonios que vienen directamente de Roma, de esa iglesia falsa. Es una batalla espiritual.

«Voy a hablar del Dolor, de este Dolor que quiero hacer reinar en el mundo materializado y vano. Quiero Dolor: tengo sed de Sacrificio, de Abnegación, de Correspondencia, de Fidelidad, de Vencimiento de Pureza, de Obediencia, de Sencillez y de otras muchas virtudes que están arrinconadas y no se practican. ¡Ay! el mundo se olvida de las virtudes! Ellas no existen con la solidez de las que he explicado, y sin embargo, deben existir. El mundo duerme en el profundo letargo del engaño más lamentable. Las almas se pierden, precipitándose a su eterna perdición, porque no hay en ellas Sacrificio. El Dolor es el preservativo del infierno. La Cruz con mi Corazón doloroso salvará al mundo: es la llave del Paraíso. ¡Se pierde el mundo porque no hay Candor, no hay Dolor en las almas! La Pureza y la Cruz son su salvación, y serán la única barrera que, en la precipitada corriente de sus vicios, lo detenga y salve. ¡Ay del mundo sin mi Corazón y sin la Cruz, sin la Pureza y sin el Dolor! Amen y sufran: es necesario que las almas amen, pero en el Dolor: es necesario que la Cruz se extienda por toda la tierra y traiga a todas las naciones a mi Corazón: es necesario que la Cruz y mi Corazón detengan el cataclismo que se cierne sobre el mundo. Quiero corazones puros y crucificados que aplaquen la divina Justicia: que el mundo venga a mi Corazón por el camino de la Cruz: por esto he presentado el Corazón en el centro de la Cruz, a fin de que comprendan que sólo subiendo por la Cruz se puede llegar a mi Corazón. El reinado del dolor es indispensable en el mundo; pues que solamente por este camino lloverán gracias y se salvarán las almas. Denme almas puras: pido almas crucificadas ¡oren! ¡oren!» (De las Virtudes y de los Vicios, de Concepción Cabrera de Armida, pag. 94-95).

Jesús quiere Dolor. ¿Esto es lo que predica Bergoglio? No; entonces, ¿por qué lo siguen?

Es el Dolor el que preserva del infierno. La Cruz con el Corazón de Jesús ensangrentado es la llave para ir al Cielo.

Es el Dolor el que impide pecar, el que impide ser arrastrado por esas corrientes de pecado, que se ven en Roma.

Hay que amar al prójimo, pero en el dolor de Cristo, no en el dolor del prójimo. Hay que amarlo para que no peque, para que se vuelva a Dios, para que deje su vida de pecado.

No hay que amarlo para darle de comer, para solucionarle sus problemas.

Cristo ha amado al hombre en el Dolor de su propia Vida, no lo ha amado en el dolor del hombre. Ha cargado con su pecado y eso es producir en Su Corazón el Dolor. Un Dolor que salva y santifica al hombre.

Jesús quiere corazones puros y crucificados.

¿Y qué es lo que quiere Bergoglio? ¿Quiere pureza? ¿Quiere crucificar la voluntad de los hombres? No; no cree ni en el pecado ni en la Cruz de Cristo. Entonces, ¿por qué lo tienen como Papa? ¿Habla con la Voz de Cristo? No. ¿Habla con la voz del Anticristo? Sí.

Sólo subiendo por la Cruz se llega al Corazón de Jesús.

¿Cómo pretenden llegar a Jesús con los ofrecimientos sin Cruz de Bergoglio?

«Os están sometiendo a que os rindáis en sus redes de manipulación para luego ellos crear aquello que os harán pasar por bueno, como ese hermano en el Vaticano que os quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Artimañas. ¿A qué sirven?: A la bestia. Todo aquel que desee la esclavitud, el cambio radical para los hombres, de seguro que no vienen de Mí. Amén» (Mensajes Personales de octubre del 2013, dados a una hermana elegida por Dios en el barrio del pilar).

Este es el resumen de lo que es Bergoglio: un hombre que te quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que de Dios. Punto y final. Y, por eso, se ha montado todo ese negocio en Roma con su nueva iglesia. Y muchos católicos siguen bobos.

Un gesto infame que exige una renuncia

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Entrevista entre San Pío X y Teodoro Herzl (el padre del sionismo)

Narración de Teodoro Herzl:

Ayer fui recibido por el Papa Pío X. Me recibió de pie y tendió la mano que no besé. Se sentó en un sillón, especie de trono para “los asuntos menores” y me invitó a sentarme cerca de él. El Papa es un sacerdote lugareño, más bien rudo, para quien el Cristianismo permanece como una cosa viviente, aún en el Vaticano. Le expuse mi demanda en pocas palabras. Pero, tal vez enojado porque no le había besado la mano, me contestó de modo demasiado brusco:

No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecerlo. La tierra de Jerusalén si no ha sido sagrada, ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.

De modo que el antiguo conflicto entre Roma y Jerusalem, personificado por mi interlocutor y por mí, revivía en nosotros. Al principio traté de mostrarme conciliador. Le expuse mi pequeño discurso sobre la extraterritorialidad. Esto no pareció impresionarlo. “Gerusalemme”, dijo, no debía a ningún precio, caer en manos de los judíos.

— Y sobre el estatuto actual, ¿qué pensáis vos, Santidad?

Lo sé; es lamentable ver a los turcos en posesión de nuestros lugares Santos. Pero debemos resignarnos. En cuanto a favorecer el deseo de los judíos a establecerse allí, nos es imposible.

Le repliqué que nosotros fundábamos nuestro movimiento en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas.

Bien, pero Nos, en cuanto Jefe de la Iglesia Católica, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría una de las dos cosas siguientes: o bien los judíos conservarán su antigua Fe y continuarán esperando al Mesías, que nosotros los cristianos creemos que ya ha venido sobre la tierra, y en este caso ellos niegan la divinidad de Cristo y no los podemos ayudar, o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy.

Yo tenía a flor de labio la observación: “Esto ocurre en todas las familias; nadie cree en sus parientes próximos”; pero de hecho contesté: “El terror y la persecución no eran ciertamente los mejores medios para convertir a los judíos”.

Su réplica tuvo, en su simplicidad, un elemento de grandeza:

Nuestro Señor vino al mundo sin poder. Era povero. Vino in pace. No persiguió a nadie. Fue abbandonato aún por sus apóstoles. No fue hasta más tarde que alcanzó su verdadera estatura. La Iglesia empleó tres siglos en evolucionar. Los judíos tuvieron, por consiguiente, todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión y sin violencias. Pero eligieron no hacerlo y no lo han hecho hasta hoy.

— Pero los judíos pasan pruebas terribles. No sé si Vuestra Santidad conoce todo el horror de su tragedia. Tenemos necesidad de una tierra para esos errantes.

¿Debe ser Gerusalemme?

— Nosotros no pedimos Jerusalem sino Palestina, la tierra secular.

Nos no podemos declararnos a favor de ese proyecto.

Teodoro Herzl

Nota: He aquí el testimonio luego de su visita a San Pío X, en Roma, el 26 de enero de 1904. Aparecido originalmente en “La Terre Retrovée”, 1º de Julio de 1956.

«La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy» (San Pío X).

Las palabras de un Papa verdadero son siempre la Voz de Cristo en la Iglesia y en el mundo entero. Cristo enseña a los hombres con Su Papa. Por eso, hay que obedecer siempre a un Papa y hay que seguir siempre la enseñanza de un Papa en la Iglesia.

Pedro se sucede en cada Papa. Y, por tanto, ningún Papa puede ir en contra de lo que han hecho los anteriores. Un Papa continúa a los demás. Nunca innova. Nunca introduce cambios sustanciales. Un Papa guarda la obra de sus predecesores.

Pero, cuando en la Silla de Pedro no se sienta un Papa legítimo, entonces la señal es siempre clara: división, diferencia, cambio sustancial con los anteriores.

Un Papa ilegítimo, como Francisco, hace lo contrario a la obra de San Pío X. Éste se negó a la petición de Herzl por un motivo de fe: los judíos siguen sin reconocer a Jesús como el Mesías y, por tanto, no se puede apoyar el proyecto de Herzl.

San Pío X no se movió por un motivo político, ni económico, ni cultural, ni social, sino sólo por un motivo espiritual, por una señal de fe: como no creéis, entonces no tenéis mi apoyo.

Esto es un Papa verdadero: obra con el prójimo por fe. Ama al prójimo por una razón de fe. Es la fe la que da la Voluntad de Dios, el querer divino.

San Pío X no se movió por un sentimiento humano, ni por una idea u obra humana; no porque haya una hermandad carnal; ni porque los judíos hayan sufrido mucho en la historia.

San Pío X vio a los judíos con la visión de Cristo: no creen. Si no hay fe, no hay amor, no hay obras divinas. No hay esperanza de salvación. No hay providencia divina sobre lo material o humano.

Es necesario creer en la Palabra de Dios. Es necesario que los judíos crean en Jesús para recibir la bendición de Dios sobre su pueblo.

Entonces, Herzl se dedicó a fundar su movimiento para conseguir lo que Dios no quería. Hizo una obra humana en contra de la Voluntad de Dios. Una obra que Dios no puede bendecir, porque el pecado de los judíos les lleva siempre a estar errantes, como Caín. Y dejarán ese castigo sólo cuando se conviertan a Cristo.

La formación del estado de Israel es sólo una obra del hombre, sugerida por el demonio, pero no es divina. La quiere el demonio para su plan con el Anticristo. Necesita ese país para poner su nueva iglesia, de orden mundial, justamente donde Jesús redimió al hombre de su pecado.

El Anticristo tiene que fundar su iglesia allí donde Jesús fundó la suya. Por eso, lo que vemos en el Vaticano no es todavía la iglesia del Anticristo. Es el inicio de la ruptura con toda la tradición, con todos los dogmas, para destruir la obra de Jesús, y así estar libre el Anticristo para comenzar la suya.

Hasta que no caiga el último dogma en la Iglesia Católica no aparece el Anticristo. Y todo lo que hace Francisco es preparar el terreno. Y no puede hacer más, porque su misión no es romper con los dogmas, sino hacer lo que está haciendo: poner las nuevas bases para que otros lleguen hasta el final.

El viaje de Francisco a Jerusalén tiene mucha importancia, pero por parte del demonio, no de Dios. Para Dios, ese viaje no sirve para nada. Sólo sirve para crear más confusión, más división, en todas partes. Pero, para el demonio, le sirve y mucho.

Porque necesitaba un hombre que abrazase a los judíos sólo por ser judíos, no por el contenido de su fe. Un hombre que mirase a los judíos, no como san Pío X, de manera espiritual, sino de forma humana, carnal, material, pero –sobre todo- política.

Este viaje es un hecho político, no religioso. Son personas que no creen en nada. Sólo creen en lo que sus mentes deciden. Después, cada uno se viste con su ropa religiosa y hace sus oraciones al demonio. Son los nuevos fariseos, hipócritas, saduceos, que miran a los demás por encima del hombro, con prepotencia, con orgullo, con la soberbia de aparentar una sabiduría que no poseen.

Son hombres vulgares, del pueblo, de la calle, de las tabernas, de las juergas en el mundo, pero no son hombres de Dios. No piensan como lo hace Dios y, menos, obran con el poder de Dios.

Por eso, este viaje marca un trayecto para la Iglesia y para el mundo.

En la nueva iglesia, en la casa del Vaticano, comandada por los innumerables herejes y cismáticos, hay una lucha por el poder. Todos quieren sentarse en la Silla de Pedro. Y, por esa Silla, van a pasar innumerables personas, con la sola función de ir quitando dogmas. Es una sucesión de reyes, de gente que se viste de Papa, y que pone sus órdenes para que todo el mundo las cumpla. Porque es necesario destrozar toda la Iglesia. Y eso lleva tiempo.

Francisco tiene mucha oposición, porque no ha sabido hacer las cosas. Como es tan orgulloso, habla, pero después obra como quiere y lo que quiere. Y, claro, eso no gusta en la Iglesia. Eso no lo hace un Papa. Y, ahora, está en un dilema, porque hay una gran división en toda la Iglesia: unos con Francisco, otros en contra de él.

La división ya no está fuera de la Iglesia, sino dentro. Y es manifiesta. No es como en estos 50 años: oculta. La gente se separaba, pero no hacía nada en contra de la Iglesia.

Ahora es otra cosa: o estás con un hereje o no lo estás, y esto trae consecuencias para todo el mundo. Todos palpan esta división en sus casas, entre familiares, en el trabajo, en la misma Iglesia. Las mentes no están conformes. No hay unión en la Verdad. Todos opinan y, además, hablan de lo que Francisco ha dicho. Y eso trae más división, porque lo que dice ese hombre divide más la verdad, no protege a la Verdad, sino que protege al error, a la mentira. Todos hacen lenguas de los dichos de ese hombre y no ven su pecado. No atienden al pecado de Francisco, sino a lo que habla. No ven su herejía formal, porque como dice vulgaridades, como habla tonterías, el pobre hay que dejarlo así.

Para ser un hereje formal sólo hay que tener voluntad de serlo. Y ésta la tiene Francisco. Quiere obrar la mentira, quiere obrar el error, quiere obrar el pecado. Quiere. Después, no importa la forma como lo obre; ni interesan las razones que diga para que se obre. Francisco obra su pecado, porque quiere, y ya está. Y eso le convierte en un hereje formal.

Ir a reuniones de los judíos, de los protestantes para comulgar con sus ritos, con sus leyes, etc., eso es una herejía formal: se obra el error que se piensa, aunque no se diga, aunque no quede escrito en un papel.

Las flores a la tumba de Herzl es una obra de su voluntad libre, que va en contra de la enseñanza de un Papa y de lo que dice todo el Magisterio de la Iglesia sobre los judíos.

Y esta simple obra es herética porque se opone, en la obra, en la práctica, a la verdad que la Iglesia enseña. La herejía está en la obra, no en la idea. La herejía es una idea puesta en obra. Nunca la herejía es la sola idea. Hay muchas ideas que los hombres dicen, a lo largo de su vida, y son herejías, pero no le convierten en herejes, hasta que no la obran.

En la Iglesia no hay opiniones, gustos. Como San Pío X pensaba así, según las culturas de esos tiempos, ahora, como hay otras, hay que pensar de otra manera y obrar otra cosa.

En la Iglesia se da la Verdad: hasta que los judíos no crean, no hay nada con ellos. Esta es la verdad, que se ha transmitido siempre por Tradición, y que recoge el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Pues, esta verdad es la que no sigue Francisco. Y, para ello, él invoca a todo el mundo, a un amor fraterno, para conseguir su fin, que es su pecado de orgullo.

Y, como Francisco, ha hecho un gesto inaudito, lleno de traición, infame, cismático, con el sabor de un hereje, con la vulgaridad de un hombre del mundo, con la necedad de aquellos que sólo contemplan su maravillosa idea humana, oponiéndose a toda la Iglesia, entonces hay que concluir que Francisco debe renunciar a su cargo en la Iglesia.

Se ha opuesto a la obra de San Pio X contra el modernismo. Ha derribado esa obra con un simple gesto. Ese gesto es el culmen de su orgullo. Es la perla de su pecado. Es el inicio de su caída en la Iglesia. Es una obra para el demonio, que ataca más los cimientos de la fe en la Iglesia.

Ante un hombre así, que no protege a la Iglesia Católica, sino que da la mano y protege a los judíos, a los musulmanes y a todos los cristianos que no viven su fe (como los ortodoxos), es necesario separarse de él, de una manera drástica.

Sólo lean su declaración conjunta y vean por donde vienen lo tiros, ahora en la Iglesia.

Esa obra de poner flores, en una tumba llena de demonios, hace de la Iglesia una orgía de demonios, porque en Jerusalén se ha puesto el cimiento de la nueva iglesia: cristianos, judíos y musulmanes. Y se ha hecho conforme a la enseñanza del demonio en Herzl. Un hombre, profeta del demonio, para una obra que debe servir al Anticristo.

«El plan es, en su forma primera, extremadamente sencillo y debe serlo si se quiere que todos lo comprendan. Que se nos dé la soberanía sobre un pedazo de la superficie terrestre que satisfaga nuestras justas necesidades como pueblo; a todo lo demás ya proveeremos nosotros mismos» (El Estado Judío – II. Parte general – El Plan- Herzl). Y esto lo hace con su oficina central: la Society of Jews, que es «el nuevo Moisés de los judíos», que «sabrá y verificará si los judíos ya quieren y deben emigrar a la Tierra Prometida» (El Estado Judío – II. Parte general – El gestor de los judíos- Herzl). Es clara la relación del sionismo con el Anticristo.

La nueva iglesia nace en Jerusalén, no en Roma. En Roma está la ramera, que fornica con todo el mundo, con todos los pensamientos de los hombres para dejar a la Iglesia sin una Verdad. Es necesario dividir la verdad fornicando con la mente de todos los hombres.

El gobierno horizontal divide la verdad, no la unifica, no la guarda, no la preserva, no lucha por ella. Es un gobierno que trae división a toda la Iglesia. Un gobierno que destruye el fundamento de la fe. Y lo hace con el amor a los hermanos, a los pobres, con los derechos de los hombres, con las justicias sociales, con lo que le gusta escuchar al hombre.

Francisco es un hombre que crea división, que produce vértigo, que da nauseas, que vomita sus pecados, que sólo vive para hacer lo que da la real gana en la Iglesia. Y muchos son como él: viven con su voluntad, que imponen a los demás en su orgullo. O haces lo que yo hago, o no hay tolerancia.

Francisco es un hombre que lo juzga todo, que lo critica todo, pero que no sabe juzgar lo que Dios juzga. Cuando Francisco se enfrenta con la ley divina, mira para arriba, y salta por encima de la autoridad de Dios para poner su dictadura.

Por eso, es necesario que el hombre comprenda que lo que viene ahora a la Iglesia son tiempos muy difíciles, porque no hay una cabeza que guíe hacia la Verdad, que mantenga al alma en la verdad, sino que todo es un vaivén de opiniones, de críticas, de juicios, de resoluciones sin sentido.

¡División! ¡División! ¡División!: seamos una iglesia dividida

CRISTO CAÍDO CON LA CRUZ A CUESTAS (1698), en la Iglesia de San Ginés de Madrid (España). Esculpido por el italiano Nicola Fumo (c.1645-1725).

CRISTO CAÍDO CON LA CRUZ A CUESTAS (1698), en la Iglesia de San Ginés de Madrid (España). Esculpido por el italiano Nicola Fumo (c.1645-1725).

Benedicto XVI es el último verdadero Papa. Francisco no es Papa y no puede actuar como Papa.

Francisco ha degradado su nuevo y falso papado a la igualdad, o como les gusta en Roma, a la colegialidad de todos los Obispos; un cuerpo Jerárquico, pero sin obediencia a la Verdad, porque se anula la misma Jerarquía.

La idea es destruir la Jerarquía. Y hacerlo muy sutilmente. Es fácil hacerlo cuando los mismos sacerdotes ya no creen en el Calvario, ni en el sacerdocio, ni en la Eucaristía, ni en el Cuerpo ni en la Sangre de Cristo, ni en las manos del sacerdote, ni en lo que es un sacerdote: otro Cristo. Y, entonces, cualquiera puede ser sacerdote; cualquier celebración litúrgica es llamada Misa; cualquiera que se ponga a predicar unas palabras y a hacer unos ritos sobre una mesa, en eso se convierte la fe de muchos.

La idea es meter el concepto de la soberanía popular en la Iglesia: el pueblo es el que tiene la autoridad. El sacerdote es un laico, es uno más del pueblo, que se ocupa de los asuntos del pueblo, pero ya ha dejado de guiar al pueblo hacia la verdad, sino que es uno más que se integra con la gente para luchar por una verdad que no es evangélica, que no viene de Dios, que no tiene la ley divina, que no sigue una norma de moralidad, sino sólo sigue normas o mandamientos humanos.

Ya el sacerdote ha dejado de ser Profeta de la Verdad, para ser actor de la vida de Cristo; uno que interpreta un rol, un papel, para entretener a las masas; uno que hace su teatro, que es su trabajo. Le pagan por eso; su vida social es eso: animar a la gente que sea del mundo y para el mundo.

Cristina Scuccia, monja cismática de la nueva iglesia. Ver video dando click a la foto

Cristina Scuccia, monja cismática de la nueva iglesia. Ver video dando click a la foto

¿No es eso lo que el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, le dijo a la hermana Cristina Scuccia, de 25 años de edad, miembro de las Hermanas Ursulinas de la Sagrada Familia, que apareció en La Voz de Italia, un reality show similar a American Idol o el de Gran Bretaña Got Talent, felicitándola por su triunfo en el mundo del espectáculo: “Cada uno de ustedes debe usar cualquier don que haya recibido para servir a los demás” (1 Pedro 4: 10) ?

Una monja que no ha comprendido lo que es seguir a Cristo, y un Cardenal que ya no entiende lo que es el Evangelio de Cristo y no sabe ser Cabeza de Cristo en la Iglesia, sino que sólo es cabeza de herejes en Ella. Y, por su puesto, los fieles de la Iglesia están encantados con esta monja.

En Roma se acepta la apostasía de la fe. Y eso conduce a un cisma, a una nueva herejía. Y, por tanto, a un tiempo, que no es como lo ha sido siempre, sino absolutamente distinto a otro.

Porque el cisma viene de dentro de la Jerarquía de la Iglesia y se manifiesta en toda la Iglesia. Los culpables: muchos sacerdotes, Obispos, Cardenales.

La Jerarquía Eclesiástica es cismática. La fe se ha agotado. La fe ha caído. La fe se ha perdido. Obispos que ya no creen en la castidad, ni en la infalibilidad papal, ni siquiera en el primado de Pedro; que ya no creen en el infierno, ni en el Purgatorio, ni en el pecado, ni en la Resurrección.

Y son Obispos que están gobernando la Iglesia. Y esos Obispos son los que han elegido a Francisco, un hombre sin fe en Cristo, un hombre que evita los temas morales y doctrinales, para hacer sermones heréticos, que enseñan a pecar, a llenarse la mente de conceptos humanos, políticos, económicos, sociales; pero que no dan un alimento para el espíritu, no llenan el alma de verdad, sino la mente de mentira.

Francisco tiene problemas para poner dos palabras católicas coherentes, juntas, que signifiquen la Verdad del Evangelio; pero no tiene problemas para llenar cuartillas de mentiras, que signifiquen su comunismo, su protestantismo, su idea masónica.

La nueva iglesia de Francisco es dialogar con los cismáticos de todas las religiones, con los hijos de Israel, con los seguidores del Islam, con el paganismo de los hombres que aman sus vidas de pecado.

Francisco se ha destapado a sí mismo como comunista y sincretista. Y, ¿cómo puede ser un hombre así el sucesor de Pedro?

Después del Papa Benedicto XVI, no hay más sucesión en la Silla de Pedro, por vía ordinaria. Hay sucesión por vía extraordinaria.

Hay sólo sucesión de hombres por la vía ordinaria. Hombres que eligen a otros hombres, que se dan así mismos un poder que no lo tienen, que no merecen, que viene sólo de los hombres.

Benedicto XVI estuvo rodeado de enemigos poderosos de Dios; almas ambiciosas de poder y control de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI fue forzado a dejar el Vaticano, y la Iglesia ha entrado en un período de tiempo, el más oscuro, más que en el tiempo de Santa Catalina de Sena, en el que había varios Papas en el poder de la Iglesia.

En aquel tiempo, la Santa indicó quién era el Papa verdadero, y todos le hicieron caso en la Iglesia; pero, en este tiempo, nadie atiende a la Verdad, y todos siguen a un impostor como si fuera el verdadero Papa. Nadie se pregunta si ese personaje es verdadero Papa. Nadie de entre la Jerarquía, que es lo que importa. Si la Jerarquía sigue a un impostor, todos los demás en la Iglesia lo siguen. Por eso, la gran oscuridad reina sobre toda la Iglesia.

El trono de Pedro ha sido robado por Francisco, pero no ha podido robar el Poder Divino que tiene ese Trono.

La Autoridad Divina descansa sólo en el Papa Benedicto XVI. Su renuncia al Papado no significa que Dios le haya quitado el Poder que le ha dado por ser Papa. Su renuncia es sólo su pecado. Benedicto XVI ha caído, se apartó de la Verdad. Y, ahora, un impostor grita, sentado en la Silla de Pedro, habla con su palabra orgullosa para proclamar su solución para unir a todas las iglesias como una sola. Y lo hace con una autoridad humana dentro de la Iglesia. Una autoridad que, en la Iglesia, no tiene ningún valor, porque Ella es divina y sólo posee un Poder Divino. Y, por eso, a Francisco no se le puede obedecer ni siquiera como a un gobernante malo en la Iglesia –como se hace en el mundo-, porque su poder es humano, no viene de Dios. En la Iglesia, no se da la autoridad humana, no hay poderes humanos.

Cayó el Papa Benedicto XVI: ha caído el poder divino. Francisco es sólo un hombre, aclamado como un innovador moderno, como un reformista, aplaudido por el mundo y por muchos católicos que ya no creen en la Verdad, porque consiente el pecado, porque anula la ley natural, la ley divina, porque no quiere moralidad en su doctrina, en su iglesia; sólo quiere lo propio de un comunista: tener poder absoluto sobre las masas, dándoles lo que la gente quiere escuchar, -para engañarles-, y hacer que los hombres se sometan a su palabra barata y blasfema; y vivan, en sus vidas, una gran mentira.

Francisco es claro quién es él: hijo de Satanás, un demonio, una encarnación del demonio.

Y la Jerarquía, ¿qué ve en Francisco?

El sacerdote Helmut Schüller, párroco y capellán en una universidad alemana, dice: “El papa establece claras señales para una ruptura reformista de la Iglesia, pero entre los obispos impera la espera, con consecuencias fatales para las parroquias”.

Un sacerdote que pide, entre otras cosas, la ordenación de las mujeres y de las personas casadas, el que hombres y mujeres laicos preparados, solteros o casados, puedan oficiar misa y dirigir iglesias carentes de párroco, permitir que los divorciados puedan volver a contraer un segundo matrimonio religioso y que los protestantes puedan recibir la comunión. Pero que está descontento con Francisco porque no hace nada.

Francisco es un Caballo de Troya, que pasa como un Papa progre, pero que no toma decisiones importantes para ir haciendo una iglesia más abierta, menos dogmática, menos moralista. No destruye dogmas.

Francisco vende un producto que la gente necesita escuchar y, por eso, la gente desconfía. La gente con inteligencia no quiere a Francisco, porque nada más que habla, pero no actúa. La masa, que no piensa, le gusta Francisco; pero al intelectual, Francisco es uno más del montón. No puede abrir camino.

La gente quiere ver que Francisco se deja de palabras y vende el Vaticano a trozos, da el beneficio a los pobres y él se va a vivir a una choza. Esto es lo que la gente quiere ver: obras, no palabras baratas.

Francisco ha puesto la lucha de clases dentro de la Iglesia.

Los fieles ven a la Jerarquía como indeseable en el poder de la Iglesia; la ven con temor a perder el poder que poseen, porque ven a un Francisco que se ocupa de los pobres, de los marginados, de los afligidos y, por tanto, no se ocupa de gobernar la Iglesia.

Éste es el engaño en muchos que siguen a Francisco. No lo ven ávido de poder. Y, Francisco, es el hombre más ambicioso por el poder.

Muchos no han comprendido el lenguaje de Francisco, y creen que porque se muestra humilde y pobre, porque se ocupa de dar de comer a los hambrientos, entonces Francisco no le interesa el poder en la Iglesia.

Francisco ha subido al Trono de Pedro sólo por el poder humano, para tener poder entre los hombres. A él le encanta estar ahí, que lo vean todos, que lo aplaudan todos, que lo miren; salir en los medios de comunicación y, por supuesto, no quiere dejar el poder. Y da a los tontos que le siguen lo que ellos quieren escuchar: hay que hacer una iglesia para los pobres, hay que ocuparse de los marginados, hay que quitar la hambruna del mundo, hay que ser muy humanos, muy naturales, muy carnales, muy del mundo.

Esto es lo que le gusta escuchar a todo el mundo. Por eso, hay tantos sacerdotes, monjas, religiosos, que se les cae la baba con Francisco. Ven el camino de ser muy humanos con Francisco. No ven la barrera que todos los Papas han puesto al humanismo en la Iglesia.

Y Francisco sabe cómo son las cosas en la Iglesia. Sabe que la Jerarquía tiene una obediencia y que no puede dejarla así porque sí, porque a los fieles les guste más Francisco que los demás.

La Jerarquía de la Iglesia está que trina con Francisco, porque Francisco es muy mal gobernante. Es sólo un bocazas, que habla muchas cosas y no hace nada de nada. Promete a todo el mundo, y todo se queda igual. Y, claro, viene el problema, que la gente no sabe, no se da cuenta.

La gente critica a la Jerarquía porque ama el poder, porque no quiere dejar el poder. ¡Y es que no se puede dejar! Jesús ha hecho Su Iglesia Jerárquica, con un gobierno monárquico, absoluto, de una sola cabeza. ¡De una sola!

Francisco se ha cargado esta sola cabeza, y se ha metido en un grave problema. Porque ve la revuelta del pueblo, de los fieles, contra la Jerarquía. Ve el descontento de los fieles con todos esos sacerdotes y Obispos que están en la Iglesia con un poder, para gobernar; que siguen unos dogmas, unas verdades y que no pueden dejarlas.

Y Francisco se dedica a su palabra barata, a estar con la gente, a decir cosas que enervan los espíritus, y entonces, cae en un gravísimo error: tener una Jerarquía que ya no le sirve para gobernar nada porque la gente quiere una iglesia sin gobierno, sin jerarquía; que los sacerdotes y Obispos sean laicos y se dediquen a otras cosas, a unos sacramentos laicales, más humanos, más de la tierra.

La gente quiere ahora sacerdotes, Obispos, que sean como Francisco: que no juzguen a nadie; que no den importancia al pecado, al aborto y a tanta disciplina como hay en la Iglesia.

Ésta es la división que hay en la Iglesia con Francisco. ¡División! O estás con Francisco y eres de la Iglesia. O no estás con Francisco y eres un tradicionalista, fariseo, hipócrita, lobo vestido de piel de oveja, porque no eres pobre, no te ocupas del marginado, sino que estás hambriento de tus dogmas, de tus verdades, de tu ley divina, de tu ley moral; y a la gente hay que llenarle el estómago.

Este es el pensamiento de muchos católicos. Y de muchos que son sacerdotes, Obispos, religiosos. ¡Lucha de clases! ¡Comunismo es lo que hay en la Iglesia! ¡Y ponen el nombre de Jesús por delante! Es que Jesús era pobre, se hizo pobre, estuvo con los pobres. Y ahora la libertad está en ser pobres. ¡Para ser libres hay que ser pobres!

Esto es lo que se está escuchando en la Iglesia Católica; esto está en la boca de muchos sacerdotes y religiosos; de gente consagrada que ya perdió el norte de la Verdad, el norte de la fe.

Para ser libres sólo hay que someter la razón a la Verdad, que es Cristo: obedecer a Dios. ¡Esto es lo que nadie sigue! Y, claro, comienzan a hacer su comunismo, a buscar el bien común, la ideología común. Y, claro, como a nadie le gusta obedecer, todos quieren ser pobres, porque es más cómodo para la vida humana. Se puede aparentar exteriormente la pobreza, pero ocultar la soberbia, eso no es nada fácil.

¡Cuántos católicos orgullosos hay en la Iglesia! Se dedican a criticarlo todo, a menospreciarlo todo, y a poner su interés humano por encima de la ley de Dios, de la norma de moralidad.

Francisco tiene un problemón en su gobierno. Y, por eso, tiene que marcharse, porque no es inteligente en el gobierno. Se ha dedicado a su palabra barata y blasfema; pero no se ha dedicado a lo que predica todos los días. No puede obrar lo que predica: su herejía. Para obrarla, tiene que quitar todos los dogmas en la Iglesia. Y él no tiene cabeza para eso. Él sólo tiene lengua larga y barata. Y a la Jerarquía intelectual le sobra la lengua. No quiere un gobernante de lengua, sino de manos.

Por eso, la crisis interna del gobierno horizontal es lo que nadie ve, nadie atiende. ¡Hay una guerra de poder en ese gobierno! Todos ellos son cismáticos. ¡Todos!. Pero no pueden obrar su cisma como ellos lo viven. Tienen que hacer como Francisco: dar largas, hablar de muchas cosas y no hacer nada. Y eso crea un ambiente muy raro en toda la Iglesia. Porque hay que romper con el dogma, pero no se sabe la forma. Porque, claro, hay oposición en la Iglesia. La Iglesia vive de unos dogmas. Y eso no se puede quitar por el capricho de unos fieles que no creen en Jesús y que sólo lo ven como laico, no como sacerdote. Y, claro, les gusta Francisco, porque no es sacerdote, no tiene el espíritu del sacerdocio; es un laico más, que se viste de sacerdote; pero le importa un rábano el sacerdocio de Cristo.

Ven a un Francisco que, para ellos, sabe interpretar el Evangelio, y ven a una Jerarquía, anclada en sus dogmas, y entonces, viene la lucha de clases. Y Francisco tiene que parar esa lucha de clases. Los fieles en la Iglesia se están rebelando contra la misma Jerarquía. Y eso es la culpa de Francisco. Eso es la división que Francisco ha metido en la Iglesia. Esto se llama cisma.

Un gobernante malo hace lo de Francisco: se dedica a denunciar los abusos de poder, se dedica a criticarlo todo, se dedica a no dar soluciones concretas a nada. A hablar, hablar, hablar. A dar gusto a los oídos de la gente, pero no a obrar lo que vive.

¿Qué es lo que ha dicho a la mafia?

“El poder y el dinero que tenéis ahora por muchos negocios sucios, por crímenes mafiosos, está lleno de sangre” (Francisco, 20 de marzo).

Esto se llama política, porque se basa en su pensamiento protestante: “El deseo que tengo es el de compartir con ustedes una esperanza, y es ésta: que lentamente el sentido de responsabilidad venza sobre la corrupción, en todas partes del mundo… Y esto debe partir desde dentro, de las consciencias, y de allí resanar, resanar los comportamientos, las relaciones, las elecciones, el tejido social, de tal forma que la justicia gane espacio, crezca, se radique, y tome el lugar de la iniquidad” (Francisco, 20 de marzo).

De la propia conciencia viene la libertad, viene la sanación; del interior del hombre. Francisco no habla del pecado, sino de la conciencia de un mal que se hace. Y, entonces, critica a los mafiosos, no les enseña la verdad de su pecado; sino que habla como un comunista que quiere darles una moralina a los mafiosos. Esto es un gobernante malo. Esto enerva más a los mafiosos.

Así está toda la Iglesia: en una gran oscuridad. Y esto no tiene remedio. Las cosas van a peor. Francisco tiene que marcharse, pero viene otro peor que él. Viene el que le gusta a la gente intelectual: el que obra lo que habla su boca mentirosa.

Testigos de la Gran Apostasía dentro de la Iglesia

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Estamos siendo testigos de la gran Apostasía que se da en el Vaticano. Muchos cambios se han presentado durante once meses en la doctrina de Cristo con la careta de actos públicos de caridad, de amor a los enfermos, de solidarizarse con las otras religiones, con aparentar ser buenos, pero negando la Verdad.

Se desvía esta negación de la Verdad con la falsa caridad, el falso amor fraterno, la falsa solidaridad con los hombres de todo el mundo.

“La solidaridad cristiana entraña que el prójimo sea amado no sólo como “un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos”, sino como “la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo” , como un hermano” (Francisco, 8 de diciembre 2013).

Para Francisco todo prójimo es la imagen viva del Padre, rescatado por Jesús y que obra en toda su vida el Espíritu Santo. Esta es la gran herejía del amor fraterno de Francisco. No sólo dice Francisco que el Padre es de todos los hombres, sino que Jesús ha salvado a todos los hombres y que se da el Espíritu en todos los hombres.

¿Por qué dice eso? Porque no cree en el pecado.

El pecado, en el Paraíso, es sólo un conflicto entre los hombres, no una desobediencia a Dios.

El pecado, con Jesucristo, se anuló al poner Jesús en el hombre la armonía perdida en el Paraíso. Como Cristo nos ha unido a todos los hombres en la fraternidad, quitando el conflicto, entonces todos somos hermanos.

Y, como Jesús derramó su Espíritu sobre todos, entonces el prójimo, todos los hombres, somos hermanos. Hay que amar al otro como un hermano, aunque sea nuestro enemigo, un demonio, uno que solo busca el mal en la vida.

Éste es el pensamiento de Francisco, su doctrina en la Iglesia, mantenida en Ella, sin que nadie se oponga a Ella, porque Francisco es popular en la Iglesia, hace actos de caridad: besa a un enfermo, a los pobres, se saca fotos con la gente, recibe premios de los homosexuales, da dinero para ayudar a las necesidades de los hombres, habla bonito, con un sentimiento que agrada a todos, etc. Y, por eso, hay que mantener a Francisco. ¿Importa que diga herejías? No, como es el Papa, que diga todas las que quiera. Y que nadie se oponga y diga que Francisco no es Papa, porque si no se siembra división en la Iglesia, se siembra el cisma en la Iglesia.

Ahora, la división en la Iglesia la hacen los que hablan la verdad, pero no los que publican y aplauden a un mentiroso, como Francisco. Esos no. Esos pueden seguir mintiendo en la Iglesia porque, como son la Jerarquía de la Iglesia, como Dios los ha puesto para mentir en la Iglesia, como Dios ha elegido a Francisco para que inunde la Iglesia con sus grandes opiniones heréticas sobre la Iglesia y sobre Cristo, entonces, son los demás, los que no quieren aceptar la mentira, los que dividen la Iglesia, los que crean el cisma en la Iglesia.

Así piensa muchos católicos. Y esto se llama apostasía en la Iglesia. A nadie le interesa la Verdad, sino que a todos les importa más la popularidad de un hereje que la Verdad de Cristo.

Francisco se solidariza con los paganos y tiene para ellos frases hermosas, pero con la gente de la Iglesia, Francisco habla con odio y con resentimiento para aquellos que se ponen en la Verdad y se enfrentan a él.

Francisco no es de la verdad, sino de la mentira. Y, por eso, Francisco es un hijo del demonio. Está vestido de Obispo, pero el traje no hace al monje. Francisco es el típico fariseo que oculta la Verdad, que sabe que la está ocultando, para dar lo que él quiere: su mentira, su opinión en la Iglesia, su fábula compartida con estruendo de los mentirosos, como él.

Y hace esto sólo con un fin: recibir el aplauso de los hombres del mundo, no de la Iglesia, porque él sabe que dentro de la Iglesia no tiene amigos, no tiene hermanos, ve oposición a él y a su doctrina.

Y, por eso, ha puesto a su alrededor a hombres que son como él, heréticos en todo: humanistas, sentimentalistas, idealistas, mundanos, profanos, comunistas, marxistas, proselitistas, amanerados. Gente que les da igual la vida espiritual, porque la tergiversan con cualquier pensamiento humano. Son gente que sabe hablar bonito para tapar la mentira, para dar la mentira entre muchas verdades.

Esa gente que rodea a Francisco son sus mismos traidores, porque, en el mal, con el demonio, no existe el amor, la unión, sino sólo el odio y el juntarse para romper, para dividir, para ser fuertes destruyéndolo todo.

En el Vaticano hay una ralea de hipócritas, desde Francisco hasta el último de ellos. No se salva uno, porque Francisco ha puesto a su gente. Los demás, que se vayan, que sigan con lo suyo, pero él quiere romper la Iglesia. No puede, porque ve que él es sólo un peón más en ese gobierno.

Es la masonería eclesiástica la que gobierna ahora la Iglesia. No es Francisco, no es nadie, porque se ha puesto a Francisco por algo, no para poner un Papa más, como los otros, que había que esperar el tiempo para liquidarlo. Con Francisco, no. Francisco ha sido puesto para una cosa. Cuando la realice, se pone a otro, porque así es ahora la Iglesia.

Francisco no es sólo la decadencia del Papado, no sólo está representada la figura del Papa, una figura externa, una apariencia de Papa, un Papa que no tiene el Espíritu de Pedro, porque enseña la mentira constantemente. Francisco se ha hecho la ilusión de ser Papa, sabiendo que no puede ser Papa, sabiendo lo que está haciendo: su teatro como Papa, su obra en la Iglesia, obra para los hombres, obra externa, para contentar a muchos, y para tapar lo que nadie entiende.

Mientras Francisco está sentado en la Silla de Pedro, interpretando su papel de Papa, otros se dedican a ultimar los nuevos documentos en lo que se va a dividir a toda la Iglesia, en los que el cisma estará visible para todos.

Francisco es sólo una cortina de humo, en este tiempo necesario para el demonio para poner sus hombres en el Vaticano, y así romper sin más toda la doctrina de la Iglesia, que sólo se puede hacer así: imponiendo en la Iglesia nuevas forma de adoración a Dios, que son sólo el culto al demonio, pero que se dan con el lenguaje bonito que a los hombres les gusta tanto.

Cuando un sacerdote predica regalando el oído, malo: ése sacerdote es del demonio.

Pero cuando un sacerdote habla claro y da la doctrina que nadie quiere escuchar, entonces ése sacerdote es un Profeta de Dios en medio de la Iglesia.

Muchos van buscando en la Iglesia gente que les regale el oído, que les hable bien, que les dé un sentimiento bonito de la vida, un pensamiento positivo, algo agradable. Y, por eso, no pueden ver la herejía porque ya se han abrazado a ella en sus vidas humanas.

Hoy, para dar la Verdad en la Iglesia, hay que ser impopulares. Los verdaderos Profetas son impopulares, nadie los quiere a su lado. Pero quien busca el aplauso de los hombres, sus alabanzas, sus criterios, entonces ése siempre dará la mentira en la Iglesia y será siempre un falso profeta del demonio y de los hombres.

Para ser Iglesia hay que ser como Jesús: que el mundo persiga sin tregua a la Iglesia, que haya que esconderse de los hombres, que haya que huir, hasta esperar el tiempo de Dios para morir por la Iglesia.

Pero muchos no quieren ser así en la Iglesia y, por eso, escogen lo cómodo de la vida: callar ante un hereje, y decir que es mejor hacer eso que sembrar división en la Iglesia.

Es muy cómodo vivir nuestra vida, la nuestra y, después, ir a misa y comulgar, para seguir viviendo lo nuestro. Eso lo hacen muchos católicos. Y, por eso, les asusta que otros tomen la espada de la Verdad y se enfrenten al maldito que está sentado en la Silla de Pedro. Ellos no pueden llamarlo maldito por el falso respeto humano que tienen, por su diplomacia ante los hombres, por el lenguaje amanerado que emplean en sus vidas. ¡Hay que cuidar la imagen de los hombres, pero no hay que cuidar a Cristo en la Iglesia!

Por eso, no saben hablar con el lenguaje de Dios, lenguaje recio, seco, duro, cortante, que ha sido siempre claro en toda la historia del hombre, que nunca se ha mordido la lengua con ningún hombre.

Pero hoy, como queremos agradar a los hombres, entonces dejamos de agradar a Dios por no decir las cosas como son. Y eso es señal de que la Iglesia no funciona, no marcha, no hay camino dentro de la Iglesia.

Poco tiempo queda para ver el mayor desastre de todos: el cisma creado por la misma Jerarquía que gobierna la Iglesia. Un gran cisma. Algo que nunca en la historia de la Iglesia ha pasado. Y ese cisma, que ya está encubierto, solapado, sin que se muestre, sólo se da porque en la Iglesia nadie ha comprendido nada en este tiempo.

Si los hijos de Dios, que tienen la gracia y el Espíritu, se hubieran movido, desde hace 50 años, contra todos los mentirosos en la Iglesia, ésta sería otra cosa ahora.

Pero como, durante 50 años, nos hemos dedicado a mirarnos el ombligo mientras otros destrozaban la Iglesia, entonces tenemos lo que merecemos: el cisma.

Y, por eso, es necesario salir de una iglesia que ya no es la Iglesia de Cristo. Es otra cosa. Es el invento de los hombres. Es la ruptura más total con la Verdad, que es Jesús.

El gobierno horizontal inició el cisma en la Iglesia

La obra del demonio en la Iglesia está definida sólo por la aparición de Satanás en el mundo.

cosasdedios

Cuando Satanás fue soltado del infierno (“En el año 1864, Lucifer junto con un gran número de demonios serán desatados desde el infierno” – La Salette), entonces se da la obra del demonio en el mundo y en la Iglesia.

Y esa obra ha llegado a nuestros días en la Iglesia.

Roma es ya la Sede del Anticristo. Ha sido un largo camino del demonio hasta llegar a ese Trono de Pedro.

Y el demonio tenía que llegar a Pedro para forzar a la Iglesia hacia su mente diabólica.

Porque Pedro es el que da la Mente de Cristo a la Iglesia.

Si el demonio se apodera de Pedro, entonces da su mente a la Iglesia.

Este es el principal punto del cisma en Roma.

Pedro hace el cisma. El mismo Pedro, la misma cabeza de la Iglesia. Pedro en lo que representa la Cabeza Visible en la Iglesia.

La Iglesia obedece a Pedro. Esta es la jugada del demonio en la Iglesia.

Cuando el demonio se sienta en la Silla de Pedro, entonces toda la Iglesia obedece al demonio.

Y ¿cómo puede ocurrir esto? Es facilísimo cuando la Iglesia ha sido machacada durante 50 años por la doctrina de la liberación. Esa doctrina abre el camino al demonio en la Iglesia. Abre todas las puertas al demonio en la Iglesia.

Así ha sucedido. Y así se muestra la Iglesia actualmente: obra del demonio.

Pero el demonio tenía que alcanzar la Silla de Pedro. Y eso también era fácil, porque sólo tenía que poner su hombre para que le diera esa Silla.

Ya está puesto, pero todavía el demonio no tiene todo el poder en la Iglesia. Le falta algo. Le falta lo más importante: darse culto a sí mismo en la Iglesia.

Para eso necesita quitar el culto divino: la Eucaristía. Y ¿cómo la quita? Es muy fácil. Con un acto de soberbia y de orgullo.

Son dos actos diferentes para quitar la Eucaristía.

Primero: un acto de soberbia, que es un acto de inteligencia. En este acto la mente del demonio tiene que poner a un hombre en el gobierno horizontal para que, después, haga el acto de orgullo.

Francisco no sirve para esto. Sólo sirve para hacer lo que ha hecho: dar al demonio la Silla de Pedro, poniendo el gobierno horizontal.

Ahora la Iglesia es guiada sólo por el demonio desde el falso Papa, que es Francisco. No la guía Cristo, porque ya no existe Pedro, sólo existe su figura sin vida espiritual, que es lo que representa Francisco: una estatua sin vida de Pedro.

Francisco ha hecho su trabajo. Sus homilías, su encíclica, sus obras no valen para nada en la nueva iglesia en Roma. Son sólo una cortina de humo que el demonio pone para entretener a las almas mientras se produce lo que viene a continuación.

A Francisco no hay que hacerle ni caso. Y aunque diga todas las herejías, ni caso. Porque Francisco es sólo un bufón, un payaso que da de comer a los payasos como él.

Lo que importa de Francisco es su gobierno horizontal. Ese es el cisma en Roma. Ahí ha comenzado el cisma.

Ese gobierno horizontal combate a Pedro en la Iglesia. Combate la verdad que da Pedro y combate la unidad que ofrece Pedro a toda la Iglesia. Y, por tanto, el gobierno horizontal sólo puede dar la mentira y sólo puede ofrecer la división en la Iglesia.

El que intenta hacer un cisma, engaña a muchos para que vayan tras de él. Este ha sido el papel de Francisco con todos: con la Iglesia, con los ateos, con los protestante, etc. Francisco engaña a todo el mundo. Y ¿por qué? Porque tiene que llevar a la Iglesia hacia el mundo, no hacia Dios. Tiene que encandilar a la Iglesia con las cosas del mundo, con el amor a los hombres, con la esperanza de los bienes terrenos. Eso es lo que hace Francisco en la Iglesia. Y no otra cosa. Francisco no gobierna la Iglesia. Es una estatua de Pedro. Es la decadencia del Papado. Y no otra cosa. El demonio quiere su gobierno donde no entre un Papa. Por eso, se va a quitar a Francisco. Y ese va a ser el acto de soberbia del demonio.

El gobierno horizontal trae un peligro para todas las almas de la Iglesia. Un peligro que nadie ha captado. Y es un peligro espiritual que incide en cada alma, en cada corazón, en cada persona de la Iglesia.

Este peligro supone despojar al alma de la adoración a Dios. Es el trabajo de 50 años quitando la santidad de la Eucaristía. Tenemos almas que van a misa y que no adoran a Dios en la Misa.

Y esto lleva al peligro máximo: que es estar en la Iglesia adorando a Satanás. Y ¿cómo se hace eso? Muy fácil. Quitando la Eucaristía sin que nadie se dé cuenta.

Este es el pecado de orgullo que tendrá que hacer el nuevo gobernante de la Iglesia una vez quiten a Francisco.

Este peligro produce en cada alma dos cosas:

a. la apostasía de la fe

b. el cisma de la Iglesia.

Cuando se adora al demonio en la Eucaristía, entonces el alma se aleja de su fe en la Eucaristía.

Y al alejarse de la fe en la Palabra de Dios, se aleja de la Obra de la Palabra, que es la Iglesia.

Este es el gran peligro para todas las almas en la Iglesia. Porque se quiere anular la Eucaristía sin que nadie discierna eso. Y quien comulga sin discernir lo que comulga es un sacrílego: apostata de su fe y se hace cismático en la Iglesia.

El gobierno horizontal está sólo puesto para crear división en la Iglesia, para apartar a las almas de la Verdad que tiene la Iglesia. Y ese apartamiento produce separarse de la Verdadera Iglesia de Jesucristo para seguir una falsa iglesia.

Lo que viene ahora a la Iglesia es lo peor de todo. Y a muchas almas les va a pillar todavía dormidas, porque eso es la obra del bufón: dormir a las almas con sus homilías y sus obras de caridad maliciosa en la Iglesia.

Francisco hace su trabajo. Y punto. Y no va a cambiar de hacer lo que hace aunque llene a la Iglesia de sus continuas herejías que ya las dice sin oposición de nadie.

Y, por supuesto, no hay que dar coba a Francisco. Que se dedique a hacer su trabajo, que los demás nos dedicamos a anular su trabajo, a combatirlo, porque así hay que obrar con un bufón. Sólo así.

Hay que quitarle la careta, ya que él no quiere quitársela.

Hay que desnudarlo y presentarlo a la Iglesia como un idiota, porque ése es su único papel en la Iglesia.

Y hay que darle lo que él quiere: su nueva iglesia, para que se condene con ella. No hay que ofrecer el arrepentimiento de sus pecados, porque no lo quiere. Ya ha despreciado la Misericordia de Dios en sus obras que hace en medio de la Iglesia.

Y, por supuesto, hay que negarle toda obediencia y toda sumisión a él y a los que componen su maldito gobierno horizontal en la Iglesia.

No se dan honores al Maldito. Sólo se da gloria a Dios.

A los hombres hay que darles lo que piden continuamente para hacerlos callar. Que Francisco se quede con su impostura en Roma. Que le sirva para su condenación y la de muchos que le siguen.

Los que aman a Cristo tiene que trabajar por Su Iglesia y hacer en la Iglesia lo que quiere Cristo. Y Francisco es un impedimento ahora para toda la Iglesia, para que la Iglesia obre las Obras de Cristo. Muchas almas están detenidas en la Iglesia por Francisco. Y hay que robar a Francisco las almas que ha cogido. Hay que despertar a la Iglesia de su dormición, para que vea claro el camino de cristo que es siempre la Cruz.

Las herejías que nunca se quitan

pablovi

“También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: el Demonio. Este misterioso ser, que está en la propia carta de San Pedro, —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este Enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma”.(homilía de S.S. Paulo VI en Jun-29-1972)

El Concilio Vaticano II no pudo darse, como Dios quería, sólo por la acción del demonio.

Si no se pone la razón del desastre del Concilio Vaticano II en esta acción demoniáca, entonces no se comprende por qué los frutos del Concilio han sido para destruir toda la Tradición de la Iglesia y sus Dogmas.

A partir del Concilio Vaticano II, se vio una relajación por toda la vida de la Iglesia, se vinieron abajo siglos de tradición, de cosas que siempre habían servido y, en pocos años, se produjo una renovación que llevó al desastre que hoy contemplamos.

Por eso, no se comprende lo que dice Francisco sobre el Concilio:

“El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. Sí, hay líneas de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible.” (Entrevista al Director de La Civiltà Cattolica)

El Papa Pablo VI es muy claro: el demonio impidió los frutos del Concilio. Francisco dice que los frutos son enormes. Y pone la eficacia de esos frutos en la relectura del Evangelio, que debe leerse a la luz de la cultura contemporánea.

He aquí la herejía de Francisco: el Evangelio tiene que leerse a la luz de la cultura contemporánea, es decir, a la luz del pensamiento de los hombres, de su ciencia, de su técnica, de sus logros humanos.

Este pensamiento de Francisco es el pensamiento de muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia. Es un pensamiento herético, es decir, va en contra de la Fe en la Palabra de Dios.

La herejía niega una verdad que debe creerse porque así Dios lo ha revelado y así lo enseña la Iglesia en su Magisterio.

La verdad que hay que creer es que el Evangelio tiene que ser leído en la Luz del Espíritu Santo y, por tanto, debe ser comprendido en esa Luz. Y el Espíritu Santo da su Luz a Sus Santos, a Sus Pastores, a Sus Doctores, que le son fieles y, por tanto, para interpretar el Evangelio, hay que acudir a ellos, no a los hombres, no a la cultura del mundo, no a los tiempos de los hombres, no a la ciencia de los hombres, no al progreso de los hombres.

Son los santos y sólo los santos los que dan la verdadera interpretación del Evangelio. Son los Papas los que dan la verdadera interpretación del Evangelio, porque los asiste -en todo- el Espíritu Santo, y no pueden equivocarse en eso. Y, aunque el Papa sea pecador, si ha sido elegido por Dios, no se equivoca en el Magisterio de la Iglesia, cuando interpreta el Evangelio, que es la Palabra de Dios.

Esta es la Verdad que Francisco no sigue, porque sigue su pensamiento humano. Y, a continuación, enseña que -por esta relectura- ha venido a la Iglesia un movimiento de renovación. Es decir, que la renovación en la Iglesia la hacen los hombres, lo que piensan los hombres, no el Espíritu Santo. Es evidente la estupidez de Francisco.

Él está como Papa para dar un Evangelio leído a la luz del mundo, no del Espíritu Santo. Por eso, en sus homilías se descubren tantos errores, fruto de esta herejía, que, por supuesto, para muchos no es herejía, sino una forma de hablar, para que todos entiendan lo que se quiere decir, para agradar a los hombres en todo.

Francisco está negando un verdad, y pone su verdad. Como está en la Silla de Pedro, todo el mundo asiente a esa herejía. Nadie la ve como herejía. Francisco no dice que hay que leer el Evangelio en los Santos, en los Doctores que tiene la Iglesia, en los Papas que ha dado la Iglesia, en la Tradición de la Iglesia. Dice que hay que leer el Evangelio en las mentes de los hombres del mundo.

Y los hombres, viendo este error, sigue aplaudiendo a Francisco. Y no saben luchar por la verdad de la Iglesia.

La Verdad de la Iglesia es sencillísima. Hasta un niño la ve sin esfuerzo. Pero los hombres son soberbios, y les gusta la ambición de poder. Les gusta hablar palabras sabias ante el mundo, ante la Iglesia. Les gusta ser tenidos por gente importante, gente que sabe lo que dice.

Francisco no está diciendo nada nuevo en eso del Concilio Vaticano II. Es lo que se enseña en la Iglesia, en los Seminarios, en tantos talleres y clases de Evangelización. Se enseña una herejía. Pero nadie dice que es herejía.

Se enseña algo que va contra la Voluntad de Dios, porque la Palabra de Dios es para el corazón humilde, no para la mente soberbia. Sólo los humildes comprenden la Palabra de Dios y la obran en sus vidas. Los demás se dedican a interpretar esa Palabra y sólo son capaces de decir que los frutos han sido enormes. Cuando la realidad de la Iglesia, en la liturgia, en la Evangelización, es muy otra, totalmente contraria a un éxito, a un triunfo. Ya lo profetizaba Pablo VI: ha venido un día de nubes para la Iglesia. Nubes que permanecen, se diga lo que se diga, se crea lo que se crea. Pero la verdad no puede ser ocultada.

Hoy, en la Iglesia, ya nadie sabe lo que es el pecado, lo que es la virtud, lo que es la fe, lo que es la verdad, lo que es el bien. Y sólo por concebir el Evangelio según los hombres, según el pensamiento de los hombres, y no asimilarlo en la Luz del Espíritu.

La herejía produce siempre división en la Iglesia. Por eso, tiene que ser combatida desde el principio. Y, como no se ha hecho, y no se va a hacer, eso da lugar a la confusión en toda la Iglesia, porque ya no se sabe dónde está la verdad, ni qué cosa es la verdad.

El pecado de la Iglesia actual

subidalaalle

El pecado de la Iglesia es elegir un Papa cuando todavía el Papa está vivo.

Y este pecado no se quiere reconocer como pecado, porque los hombres se ajustan a sus leyes eclesiásticas, no al Espíritu de la Iglesia.

En esas leyes eclesiáticas se da la posibilidad de elegir un Papa en la renuncia de otro al Pontificado.

Cuando los hombres de Iglesia siguen sus preceptos y no siguen al Espíritu se vuelven fariseos y quieren ver la verdad de la Iglesia, el bien de la Iglesia, en sus preceptos, pero no en el Espíritu de la Iglesia.

Este pecado de la Jerarquía de la Iglesia es tan manifiesto que nadie lo toma como pecado, porque todos en la Iglesia siguen sus pensamientos humanos, sus razonamientos humanos, sus ideales humanos y, por eso, han hecho de la Iglesia un negocio humano, una empresa humana. Y creen que hay que hacer la Iglesia según perspectivas humanas, según circunstancias humanas, según lo que cada cual ve con su pensamiento.

Llaman a esas leyes eclesiásticas Voluntad de Dios, porque, para eso son la Jerarquía de la Iglesia. Están en el Poder y tiene derecho a decidir los destinos de la Iglesia y a mandar a la Iglesia, aunque a nadie le guste lo que se mande.

Muchos en la Jerarquía de la Iglesia usan su sacerdocio, su ministerio, su oficio eclesiástico para mandar su voluntad humana a los demás y declarar que eso que mandan es Voluntad de Dios.

Muchos en la Jerarquía de la Iglesia no saben discernir entre la Voluntad de Dios, la voluntad de los hombres y la voluntad del demonio. Y no saben hacerlo porque quieren discernir el bien de la Iglesia con su pensamiento humano, con su intelectualidad, con su teología, con su filosofía, con su psicología, con su psiquiatría. Y, de esta manera, nunca descubren la Voluntad de Dios, sino sólo la voluntad de los hombres o la voluntad del demonio.

El demonio trabaja en la mente de los hombres. Y trabaja mucho en los sacerdotes, en los Obispos, en los Cardenales, en los Papas, porque sabe que los hombres les gusta razonar la vida y, por tanto, sólo creer en lo que su razón descubre.

Dios habla al corazón del alma, no a la mente de la persona. El corazón es el sitio divino que la persona tiene para aprender la Voluntad de Dios y obrarla en su vida humana.

La Voz de Dios es la Voz del Amor en el corazón. Y esa Voz no es una idea muy bonita, no es un pensamiento positivo de la vida, no es algo que se prepara en una bandeja de plata para que los demás aplaudan lo bien que se ha pensado todo.

La Voz del Amor es una Obra Divina, porque el Pensamiento de Dios es una Obra de Dios. Para Dios, pensar es obrar. Para los hombres, pensar es sólo tener unas ideas, llegar a una ideas, buscar unas ideas acertadas sobre un asunto. Y, después, los hombres obran o no obran eso que han pensado.

Dios mueve a obrar el Amor, Su Amor Divino, que pone en el corazón de los humildes. Dios no mueve hacia algo porque el hombre haya pensado bien la cosa. Dios mueve sin más hacia la Obra que Él quiere del alma. Y, de esa manera, el alma obra el Amor, el alma hace un Bien Divino en su vida humana, el alma hace la Voluntad de Dios en la vida.

Pero el alma debe ser una persona de oración y de penitencia. Una persona que no se moleste por su vida humana, que no se preocupe por su vida humana, que no atienda a su vida humana, sino que esté siempre buscando la Presencia de Dios para poder discernir lo que viene de Dios, lo que viene de los hombres y lo que viene del demonio. Y sólo los santos saben hacer esto.

Y, por eso, cuesta entender la Voluntad de Dios. No es fácil hallarla en un mundo lleno de voluntades humanas, de razones humanas, de deseos humanos de la vida.

Por eso, ante la renuncia del Papa, la Iglesia se tenía que haber puesto en oración y penitencia, porque esa renuncia es un pecado gravísimo, que sólo con oración y penitencia se puede reparar. Y hallar, en esa oración, el Designio Divino sobre la Iglesia, la Voluntad de Dios sobre la Iglesia en esos momentos: ¿qué hacer en la Iglesia cuando un Papa renuncia a ser Papa?

Pero como la Jerarquía de la Iglesia no hizo oración y penitencia, sino que echó mano de sus preceptos eclesiáticos, por eso, lo que hizo fue otro pecado. Y llamó a ese pecado Voluntad de Dios.

Y ¡ay del que se atreva a decir que lo que hizo la Jerarquía de la Iglesia es un pecado y que no es Voluntad de Dios!, que ese hombre que se ha elegido es un falso Profeta, no es un Papa verdadero. Lo llaman hereje y cismático.

La Jerarquía de la Iglesia ha puesto su cabeza, la que ellos han elegido como hombres que son. Pero no han puesto la Voluntad de Dios, que es lo que el Cuerpo Místico pide a la Jerarquía de la Iglesia: que haga la Voluntad de Dios, no que llame al pecado Voluntad de Dios.

Esto es lo que se ha hecho, una vez más en la Iglesia. Porque esto no es nuevo. No se comprende lo que es la Obediencia al Espíritu de la Iglesia. Todos en la Iglesia, desde que fue fundada, han buscado la obediencia de los fieles a sus razonamientos humanos, a sus ideas de cómo debía ser la Iglesia, a sus preceptos eclesiásticos. Eso ha sido siempre. Y eso fue esa elección de un nuevo Papa por la falta de fe de toda la Jerarquía de la Iglesia.

Los hombres de la Iglesia han puesto su pecado en la Cabeza de la Iglesia para que todo el mundo asienta a su pecado, justifique su pecado, aplauda su pecado, siga su pecado, y así hacer de la Iglesia sólo lo que el pensamiento de ese hombre quiera.

Esto es lo que ha pasado y nadie se atreve a decir lo contrario, porque -claro- son sacerdotes, Obispos, Cardenales, que saben lo que tienen que hacer en la Iglesia. Y como nadie en la Iglesia busca la Verdad de la Iglesia, sino que todos buscan sus medias verdades, entonces tenemos lo que tenemos.

La Iglesia tiene su Papa: el que ellos han buscado, el que los hombres quieren. Pero no tiene la Voluntad de Dios. Porque Dios no ha querido ese falso Profeta para su Iglesia. Dios ha dado un Papa a su Iglesia y no elige otro Papa hasta que muera. Esa es la Fe de la Iglesia.

Por tanto, sólo se puede obedecer en estos momentos, a la persona que Dios ha puesto como Papa, que es Benedicto XVI. El problema es que Benedicto XVI no quiere ser Papa.

Este sigue siendo la Verdad de la Iglesia que todavía no se ha solucionado. La Iglesia está sin Papa, porque el Papa vive su pecado, está en su pecado. Y los hombres se han inventado un Papa que quieren que todos lo sigan, que lo imponen a toda la Iglesia como el verdadero Papa.

Y aquellos que tienen Espíritu, en seguida, ven la mentira de ese falso Profeta. Desde que fue elegido sólo se ha interesado por agradar a unos y a otros, por hacer la vida de la Iglesia una fiesta, por querer dar a la Iglesia ritos más conformes a los tiempos que vive el hombre, ritos acomodados a la vida humana, para que el hombre se encuentre contento en la Iglesia, y vea que la Iglesia es como el mundo y acepta las cosas del mundo y se hace más humana porque está con los hombres y sus problemas.

Un falso Profeta que, cuando habla, cuando se da a la improvisación, se le captan sus mentiras, sus debilidades intelectuales. ¡Cuántas cosas ha dicho que un Papa verdadero nunca las dice! ¡Cuántas medias verdades que dab a entender lo que hay en la mente de ese sacerdote, que revestido de Poder, se cree con derecho a gobernar la Iglesia con su inteligencia y con la inteligencia de los hombres! Porque eso es lo único que tiene: su inteligencia humana con la cual quiere descubrir la Verdad de la Iglesia.

Un falso Profeta que se muestra humilde en los exterior, que da a los hombres exteriores, sin vida espiritual, lo que los hombres quieren oír en sus mentes humanas. Pero que no es capaz de hablar la Verdad que está en el Espíritu Divino, porque nunca se ha guiado por ese Espíritu, sino que ha aplaudido a hombres de la Iglesia que han hecho de su sacerdocio el negocio de las cosas divinas.

Y ante ese falso Profeta, al hombre espiritual, al hombre que vive su vida espiritual, al hombre que sabe discernir espíritus, no se le puede exigir la obediencia. El que tiene espíritu tiene que enfrentarse a ese falso Profeta y seguir dando la obediencia al verdadero Papa.

Hay que luchar por quitar el pecado de la Iglesia. Y ese pecado ahora se muestra al mundo con la cara de un soberbio que quiere darse a todos como el verdadero Vicario de Cristo.

Ese falso Profeta es el hereje y el que provoca el cisma en la Iglesia, porque el Espíritu Santo marca la línea de división en Su Iglesia. La Iglesia es del Espíritu, no de ese falso Profeta, no de las leyes eclesiásticas de ese falso Profeta. Y hay que obedecer al Espíritu de la Iglesia en estos momentos. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Y si no se da esta obediencia, entonces los fieles se acomodan al pecado, a la mentira, a un Papa que no es verdadero Papa sino un impostor y, como tal, hay que tratarlo.

Hay que rezar mucho por este falso Profeta y no seguirlo en nada en lo que haga en la Iglesia. Hay que reconocer al verdadero Papa y pedirle al Señor que lo levante de su pecado, que él vea su pecado y lo quite. Porque una Cabeza que no quita su pecado hace de la Iglesia el pastizal del demonio.

Benedicto XVI se bajó de la Cruz

cristocrucificado

El camino de la Iglesia es el camino del Crucificado. Y no hay otro camino para el que quiera servir a Dios en este mundo.

El camino de la Cruz es una vivencia espiritual, es una vida íntima con Cristo, es penetrar en el Corazón de Jesús para transformarse en lo que Él es en Dios.

El camino de la Cruz no se puede andar sin la renuncia a todo lo humano, a todo lo natural, a todo lo material, a todo lo que contempla el hombre con su mente y voluntad humanas.

Es un camino difícil, porque supone estar desprendido de todas las cosas a las cuales el hombre se aferra por ser hombre.

El camino de la Cruz no es comprendido por la mayoría de los hombres porque supone mucho sacrifico espiritual y humano de la vida. Supone una vida entregada a discernir la Voluntad de Dios en todas las cosas. Supone estar en la Presencia de Dios continuamente, buscando y anhelando lo que Dios busca y anhela.

La Iglesia, si no mira al Crucificado, si no abraza a Cristo Crucificado, si no besa las Llagas del Crucificado, si no sabe amar el Dolor del Crucificado, entonces es una Iglesia que sólo mira lo humano, lo terreno, lo material, lo carnal. Y no sabe hacer otra cosa que pensar y obrar para lo humano.

Y, entonces, se produce el caos en la Iglesia, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu, no es la obra de ningún hombre, de ningún sacerdote, de ningún Obispo, de ningún Cardenal, de ningún Papa.

La Iglesia es lo que quiere el Espíritu, no lo que quieren los hombres.

Los hombres no saben querer el bien divino. Sólo persiguen sus bienes humanos y sólo se contentan con sus obras humanas.

Dios quiere una Iglesia Divina y eso cuesta horrores hacerla, porque los hombres tienen que renunciar a todo planteamiento humano de sus vidas y de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI se bajó de la Cruz de Cristo porque tuvo miedo de los hombres. No supo luchar por Cristo. No supo ver los Dolores de Cristo por Su Iglesia. No miró la Misericordia del Señor que entregó su vida por toda la Iglesia.

Y el Señor hizo al Papa Benedicto XVI semejante a Cristo en la Elección al Papado. Pero el alma del Papa no supo caminar hacia Cristo, hacia ese Llamado y abandonó a Cristo en la Cruz, y se fue a vivir su pecado, retirado de la Iglesia, como si ya hubiera hecho lo que Dios le pedía.

Y, como Cristo, que dio su vida hasta el extremo, así le pedía al alma de Benedicto XVI, dar su vida por la Iglesia, hasta el extremo, hasta el final de sus días. Y es lo que no hizo Benedicto XVI, porque no supo escuchar la Voz de Dios en su corazón y prefirió escuchar otras voces que, con prisas, le amonestaban para dejar la Voluntad de Dios.

Benedcito XVI se bajó de la Cruz y huyó del Cuerpo Místico de Cristo, dejándolo abandonado, en las manos de los lobos.

Dejó al rebaño desprotegido de la Luz del Señor. Dejó que los hombres hicieran en la Iglesia lo que sus mentes pedían. No supo luchar por su Papado. No supo luchar por el Cuerpo Místico de Cristo, porque no supo luchar por Cristo, por la Mente de Cristo, sino sólo por su mente humana.

Se inclinó hacia su juicio humano y dio oídos a lo que en su cabeza pasaba y asintió con el pecado. No escuchó en su corazón la Voz del Amor, porque se cerró al Amor.

Y ahora vive en su pecado. Sigue siendo el Papa, pero un Papa que no sirve para la Iglesia, que no sirve para Cristo, porque no quiere dejar su pecado.

A él se le debe la obediencia, pero no se la puede dar porque vive en su pecado y no atiende a su pecado. Vive feliz de lo que ha hecho y no contempla el mal que ha hecho en la Iglesia, de la cual él es la Cabeza.

Y, entonces, deja a la Iglesia sin Cabeza. Y con una cabeza que no es Cabeza, sino un falso Profeta, uno que han elegido los hombres en su locura y que lo aplauden porque da a los hombres y a la Iglesia lo que ellos quieren en sus mentes soberbias.

Y, entonces, ante esta situación, la Iglesia tiene que preguntarse: ¿qué se hace en estos momentos cuando el Papa no guía a la Iglesia?

¿A quién se obedece, porque es claro que no puede darse la obediencia a un falso Profeta ni al Papa que vive en su pecado?

Los fieles de la Iglesia tienen que obedecer a sus Pastores, pero es claro que no a cualquier Pastor. Porque si esos Pastores dan su obediencia a un falso Profeta, no se pueden seguir. Hay que obedecer a los Pastores que saben vivir de la Fe en Cristo, que saben luchar por la Verdad de la Iglesia, que no hacen nada sin el ámparo del Espíritu de la Iglesia.

La Iglesia, ahora más que nunca, necesita del Espíritu. Ya no necesita de cabezas que no quieren creer, que no quieren crucificarse con Cristo, que pretenden tergiversar la doctrina de Cristo y hacerla un invento del pensamiento del hombre.

Ahora mismo, en la Iglesia no se puede obedecer a nadie, sino sólo a aquellos Pastores que ven la realidad de la Iglesia y que no temen lo que los hombres digan u obren en la Iglesia.

Por eso, se espera, a partir de ahora, una división en la propia Iglesia. Sacerdotes que se enfrentan con sacerdotes, Obispos contra Obispos, Cardenales contra Cardenales, fieles contra fieles, porque o se está con el falso Profeta o se está con el verdadero Papa, que sigue siendo la Cabeza de la Iglesia, aunque, en la práctica sea inútil para la vida de la Iglesia.

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