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Dios no es novedad perenne

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«Pagad al César lo que es del Cesar; y a Dios, lo que es de Dios» (Mt 22, 21).

Esta frase de Jesús no es irónica: «Jesús responde con esta frase irónica y genial» (Homilía – 19 de octubre 2014).

En Jesús no se da el pecado de ironía; en Jesús no hay genialidades. Jesús no es una persona humana, es una Persona Divina. Y, cuando habla, habla con sabiduría divina, y dice lo que tiene que decir en cada momento.

Jesús no es un papagayo de los hombres, como lo es Bergoglio: no repite las palabras de otro; no da a conocer lo que otro piensa; no apoya su vida en el pensamiento de ningún hombre. No habla de más. No habla para captar la atención del oyente. No habla para ser famoso entre los hombres.

Jesús es Dios y habla como Dios. Habla para enseñar la verdad del pecado del hombre: por vuestras infidelidades, de un pueblo libre que erais, os habéis sujetado al imperio de los Romanos. Cargad, ahora, con ese yugo, pagando al césar el tributo que le corresponde como gobernante de unos esclavos. Pero ese peso de vuestro pecado, no os va a impedir dar a Dios lo que le debéis como pueblo suyo que sois.

De estas palabras de Jesús resulta una lección y doctrina muy importante para todos. Todos los católicos están obligados a respetar y a honrar los gobiernos de la tierra, aunque quien gobierne sea un demonio. Ningún católico puede resistir a la potestad temporal, sino cuando ésta exige cosas que sólo pertenecen a Dios. En este caso, no hay obediencia: es necesario resistir a uno que quiere ponerse por encima de Dios, que da normas en contra de la ley de Dios.

¿Qué enseña Bergoglio?

«Es una respuesta inmediata que el Señor da a todos aquellos que se plantean problemas de conciencia, sobre todo cuando están en juego sus conveniencias, sus riquezas, su prestigio, su poder y su fama» (Ib). ¿Está en juego tu dinero? Dale al César tu dinero. ¿Está en juego tus riquezas? Dale al César tus riquezas. ¿Está en juego tus conveniencias? Dale al César tus conveniencias. ¿Está en juego tu poder? Dale al César tu poder. ¿Está en juego tu fama? Dale al César tu fama.

Esta es la doctrina comunista del bien común social: es más importante el que gobierna, sus intereses, sus intenciones, sus puntos de vista, que el bien privado del pueblo.

Es una barbaridad esta doctrina de Bergoglio. Y fue predicada en un acto importantísimo para ellos: la falsa beatificación del Papa Pablo VI.

¿No han caído en la cuenta que un comunista no puede beatificar a nadie en la Iglesia? Y, por lo tanto, lo que predica, lo que hace ese día, tan mediático para él, es dar su idea comunista, marxista. Y todos aplaudiendo esas palabras.

¿Qué dicen los santos sobre este pasaje?

«No dudéis que cuando Jesucristo ordena dar al César lo que pertenece al César, entiende solamente las cosas que no son contrarias a la piedad ni a la religión; porque todo lo que es contrario a la fe y a la virtud, no es el tributo que se debe al César, este es el tributo del diablo. El pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina» (San Juan Crisóstomo – Homilía L).

Pagar los tributos es bueno: no es un problema de conciencia: es un deber y una obligación moral para todos.

¿Qué enseña la Escritura?

«Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores… Pagadles, pues, los tributos…Pagad a todos lo que debáis…» (Rom 13, 1.6a.7a).

¿Qué enseña Bergoglio?

«Evidentemente, Jesús pone el acento en la segunda parte de la frase: «Y [dad] a Dios lo que es de Dios». Lo cual quiere decir reconocer y profesar —ante cualquier tipo de poder— que sólo Dios es el Señor del hombre, y no hay ningún otro. Esta es la novedad perenne que hemos de redescubrir cada día, superando el temor que a menudo nos atenaza ante las sorpresas de Dios».

¿No es el pensamiento de este hombre, no sólo oscurísimo, sino tiniebla pura?

Jesús no pone el acento ni en la primera ni en la segunda parte: Jesús enseña que «el pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina».

Jesús enseña a someterse a toda autoridad, porque viene de Dios: «quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios» (Rom 13, 2): hay que pagar el tributo porque así lo ha dispuesto Dios. Es la carga del pecado. Pero no hay que dar a la autoridad aquello que pertenece a Dios, que manda Dios en Su Ley. No hay que reconocer ante ningún poder el poder de Dios, porque toda autoridad la ha puesto Dios. Hay que reconocer eso: que toda autoridad viene de Dios: «no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (v.1b). Pero si manda algo, en contra de Dios, entonces se la resiste, no se la quita y se pone otra.

Pero Bergoglio va a lo suyo: «esta es la novedad perenne»

La doctrina de Cristo no es ninguna novedad perenne. No es algo nuevo, que es perenne. Dios no cambia en su doctrina. Su doctrina no es novedad, sino que es inmutable. Esta es, simple y puramente, la Verdad, lo que hay que obrar. Punto y final. Es una verdad eterna. No es nueva. Lo nuevo es lo que ha nacido ahora, lo que se da ahora. Dios no es novedad. Dios es eternidad. Dios es inmutable moralmente: lo que quiere, lo quiere siempre. No cambia en su voluntad. Es una voluntad eterna. No quiere nunca una cosa opuesta a lo que quiere.

Lo perenne es lo común que se acepta en todos las épocas, es algo continuo, que no cesa. Lo perenne no es lo absoluto, no es lo eterno. Es el conjunto de pensamientos, de ideas que todo el mundo sigue, por una novedad, que no necesariamente es de sentido común, por un  problema que no se sabe resolver.

La doctrina de Cristo no es perenne, sino absoluta, que permanece siempre en la misma, que no cambia, que no es del gusto de los hombres, no es para un común de hombres, no es para una masa de hombres. Es para cada alma.

Muchos viven en el pecado como algo aceptado por todos: eso se llama perenne. Es un conjunto universal de vicios, tomados como valores, que son comunes a todas las culturas: todos valoran sus pecados. Todos hacen una vida de sus pecados. No los quitan. Es algo que no cesa en ellos. Y, por tanto, lo perenne les lleva al cambio en sus vidas, a las novedades, a las sorpresas de la vida.

El mal es algo que está en la vida de cada hombre. Es algo continuo, que se convierte en una rutina. Luego, el mal es una parte esencial de la vida de todos los hombres. Hagámoslo novedad. Que sea una novedad perenne, continua, común a todos, aceptada universalmente por todas las culturas.

Así que, para Bergoglio, Dios es novedad perenne. Dios no es ni eterno ni inmutable ni absoluto. Y, por tanto, «hemos de redescubrir cada día» a ese Dios que es novedad, que cambia, que quiere hoy una cosa y mañana da una sorpresa al hombre. Hay que «superar el temor»

Pero, ¿qué temor hay que superar? No entendemos este galimatías de la mente de Bergoglio.

«¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal» (Rom 13, 3b-4).

San Pablo es muy claro: hay que dar a la autoridad para estar en paz, para vivir tranquilos con ella. Pero si no se da, si por malicia, se esconde lo que hay que dar, se peca, entonces esa misma autoridad es justicia de Dios.

San Pablo habla del pecado de avaricia, que hace retener el dinero que hay que dar a la autoridad.

Bergoglio, ¿de qué habla? Habla de un temor, habla de unas sorpresas de Dios. ¡No comprendemos! ¡Ni tampoco hace falta comprenderlo, porque él va a lo suyo!

Dios «no tiene miedo de las novedades».

Esta frase es portada en la mayoría de los magazines del mundo.

Dios no tiene miedo de los gays, de los divorciados, de las nuevas familias. Esto es lo que corre por el mundo entero, porque un hereje, sentado en la Silla de Pedro, lo ha predicado.

El mundo ha comprendido el pensamiento de Bergoglio: Dios es «novedad perenne». Porque en el mundo los hombres hacen sus dioses, viven de sus continuas novedades. Viven en el cambio temporal. Y eso es perenne en ellos, porque no quieren quitar el pecado. El pecado se ha convertido en un bien del pensamiento del hombre. Un bien que hay que buscar y que hay que valorar en todas las cosas de la existencia humana. El pecado es algo perenne para el hombre. Es algo novedoso, porque hay que dar una nueva cara todos los días, para que el hombre no se aburra pecando.

«¡Él no tiene miedo de las novedades! Por eso, continuamente nos sorprende, abriéndonos y llevándonos por caminos imprevistos. Él nos renueva, es decir, nos hace continuamente «nuevos». Un cristiano que vive el Evangelio es «la novedad de Dios» en la Iglesia y en el mundo. Y a Dios le gusta mucho esta «novedad»».

Esta es la doctrina masónica: Dios ahora quiere algo que nunca lo ha querido. Dios comienza a querer algo en el tiempo de los hombres. Dios suspendió Su Voluntad, pero ahora la manifiesta con una sorpresa, con caminos imprevistos. Dios cambia, no hay Verdades Absolutas. Dios cambia en el pensamiento de cada hombre. Dios es como el hombre lo quiere pensar. El concepto de Dios, cada hombre se lo inventa.

Dios «nos hace continuamente nuevos»: ésta es la idea de la reencarnación, dicha en un lenguaje coloquial.

Dios nos regenera en el Bautismo: nos hace hombres nuevos. Pero Dios no hace eso continuamente. Lo que hizo en el Bautismo, no lo vuelve a repetir. Si el alma pierde la gracia, por el pecado, vuelve a ella por el arrepentimiento. Pero ese alma es ya hijo de Dios por el Bautismo. Ya es algo nuevo que recibió una vez, pero que no vuelve a recibirlo aunque haya pecado. Ese ser hijo de Dios no constituye a la persona en un ser puro, en una humanidad pura, en donde no puede pecar. Es ya hijo de Dios, pero con la capacidad de pecar de nuevo. Lo que se repite de nuevo es el pecado, no el ser hijo de Dios.

Dios no es novedad, sino eternidad.

Dios no es novedad, sino que es inmutable en todas las cosas.

Dios es Eterno. Dios no es nuevo. Dios permanece en lo que es: no cambia, no nace, no muere, no crece, no decrece. Permanece en la realidad de lo que es su Ser Divino. Siempre ha existido. Siempre ha querido lo mismo. No hay un antes, no hay un después. Es un ahora continuo. No tiene un principio ni un fin. No tiene una medida.

Lo que es nuevo se puede medir, se le pone principio, se le coloca un término. Lo que es nuevo, nace ahora, empieza ahora, se conoce ahora.

Dios no cambia, no tiene sucesión, no se mueve. Todo lo que es novedad es cambiante, es movedizo, es una medida finita. Dios no tiene duración, no se le puede añadir algo o quitar algo: ni adquiere ni pierde nada. La novedad es de algo que se puede dividir, que se puede quitar.

Por tanto, Dios no sorprende a nadie con novedades. Dios no abre al hombre ni lo lleva por caminos imprevistos. Esta es la doctrina propia del demonio.

Dios tiene un fin divino en todo su obrar. Y es un fin inmutable, en donde no entra ninguna sorpresa. En la luz de Dios no hay sorpresas: sólo hay enseñanza de Dios al hombre. Enseñanza de la Verdad. Y no de otra cosa, porque «Dios es Luz y en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 5b). En Dios no hay oscuridades, tinieblas, maldades. Dios, cuando da Su Luz al hombre, lo ilumina con la verdad: no le da sorpresas, no le da novedades.

Dios es la luz de la Verdad, y comunicándola a los hombres es la luz de los hombres: «Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). Y la luz verdadera no quiere ahora lo contrario de lo que ha querido antes.

Dios llama a los gays: abominación: «Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen una cosa abominable y serán castigados con la muerte. Caiga sobre ellos su sangre» (Lev 20, 13). Y esto es para siempre. Esto no es novedad perenne, sino doctrina inmutable y eterna.

Dios da la interpretación definitiva a lo que es un matrimonio por la Iglesia: «Todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio; y el que se casa con la que está divorciada del marido comete adulterio» (Lc 16. 18). Esto es para siempre: los divorciados no pueden comulgar porque lo dice Dios, lo enseña Dios. Y siempre Dios lo ha enseñado. Y Dios, ahora, porque lo quieran lo hombres, no va a cambiar Su Eterna Voluntad. Dios no es novedad perenne; Dios es un ahora inmutable, eterno.

Dios no es una sorpresa ni una novedad. Su doctrina no puede cambiar nunca. Permanece siempre en lo que es. Su doctrina no es nueva, es de ahora, es de siempre. Su doctrina no tiene una medida humana: no se puede dividir, no se la puede desarrollar, no se la puede interpretar con la mente del hombre.

Dios no es novedad. Dios no quiere las novedades de los hombres. No las necesita para nada, porque en Dios todo es Eterno, todo permanece siempre, en un ahora que no cambia, que no lleva a algo novedoso.  Dios quiere ahora lo que ha querido siempre. No puede mudar de propósito. No puede cambiar de intención en Su voluntad. Dios, lo que siempre ha comprendido, lo que siempre ha juzgado, no cambia por las cosas de los hombres, por sus culturas, por sus tiempos. Dios no está determinado por los hombres. Dios se determina por sí mismo para conocer la verdad. No necesita las novedades de los hombres. Lo que es una verdad desde toda la eternidad, sigue siendo verdad para este tiempo de los hombres. Dios no se muda en su Inteligencia Divina, porque las cosas tienen su verdad desde toda la eternidad. Y si una cosa se muda, es que desde toda la eternidad se muda.

Dios no hace caminar al hombre por caminos imprevistos, sino por caminos ya pensados por Él desde toda la Eternidad. Y esos caminos, ningún hombre los puede cambiar. No es el tiempo la medida de los hombres: es con lo eterno cómo los hombres tienen que medir sus vidas humanas.

Bergoglio enseña la doctrina del demonio, que gusta al mundo y a todos los católicos tibios y pervertidos, que son muchos en la Iglesia Católica. ¡Muchos!

«La eternidad es la posesión perfecta y simultáneamente total de una vida sin término» (Boecio). Quien lo posee todo, de una manera perfecta y simultánea, no necesita las novedades de los hombres.

En la Iglesia Católica tenemos al Espíritu de la Verdad que nos lleva a la plenitud de toda la Verdad, a lo eterno, a lo inmutable, a lo que no tiene capacidad de novedad alguna, a lo que no es perenne.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en la Iglesia», sino que es el mismo Cristo en la Iglesia. Y Cristo no es novedad, es eternidad.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en el mundo», sino que es el que lucha continuamente contra el espíritu del mundo.

Bergoglio sólo se dedica a lo suyo: a su negocio en el mundo. Y sólo a eso:

«En esto reside nuestra verdadera fuerza, la levadura que fermenta y la sal que da sabor a todo esfuerzo humano contra el pesimismo generalizado que nos ofrece el mundo. En esto reside nuestra esperanza, porque la esperanza en Dios no es una huida de la realidad, no es un alibi: es devolver con laboriosidad a Dios lo que le pertenece. Por eso, el cristiano mira la realidad futura, la realidad de Dios, para vivir plenamente la vida —con los pies bien puestos en la tierra— y responder, con valentía, a los numerosos retos nuevos».

A Bergoglio sólo le interesa los retos nuevos que hay en el mundo: matrimonio de gays, comunión a los divorciados, bautizos de los hijos de las nuevas familias de lesbianas y gays, casamiento de los sacerdotes, una novedosa economía mundial, un nuevo gobierno mundial, una nueva iglesia ecuménica…Son las sorpresas de su concepto de Dios. El dios que sigue Bergoglio es el dios de su cabeza. Por eso, Bergoglio desvaría continuamente. Ya se le palpa en las últimas homilías que dice. Está diciendo cosas sin sentido, sin lógica, oscuras, necias, locuras de su mente.

«La esperanza en Dios no es una huida de la realidad»: la esperanza divina es conquistar el cielo, tender hacia lo divino, apartarse de todo lo humano, de toda la realidad. Es vivir para conquistar lo eterno, lo que nunca cambia. Y, por tanto, es vivir sabiendo usar todo lo material, todo lo humano, como plataforma para lo divino. Si algo humano me impide lo eterno, hay que cortarlo, hay que desprenderse de eso, hay que renunciar al hombre, a su pensamiento, para tener a Dios en el corazón.

El que espera en Dios no espera en los numerosos retos nuevos: da a cada uno lo que tiene que dar y, después, se dedica a adorar a Dios, huyendo de toda realidad.

Esto es tener los pies en el suelo y una cabeza bien montada.

Bergoglio es un loco, con una doctrina insoportable, demoniaca y claramente atea.

«Lo hemos visto en estos días durante el Sínodo extraordinario de los obispos —«Sínodo» significa «caminar juntos»—. Y, de hecho, pastores y laicos de todas las partes del mundo han traído aquí a Roma la voz de sus Iglesias particulares para ayudar a las familias de hoy a seguir el camino del Evangelio, con la mirada fija en Jesús».

Sólo un loco puede decir esta frase y quedarse tan tranquilo. Sólo una persona que ha perdido el juicio, que desvaría en su mente.

¿Pretenden los Obispos ayudar a las familias con sus herejías? ¡Por favor! ¡Vayan a contarle ese cuento a otros en la Iglesia!

Los pastores y laicos han llevado a Roma la doctrina del mundo, que es la doctrina del demonio. Han llevado la voz de las almas que no obedecen la Verdad del Evangelio, sino que viven para obedecer a sus propios pensamientos humanos, ya hechos vida, rutina, en el pecado.

¿Qué evangelio pretenden seguir con el pecado de herejía y de cisma?

¿Cómo se puede engañar a todo el mundo con estas palabras? «Hemos sembrado y seguiremos sembrando con paciencia y perseverancia, con la certeza de que es el Señor quien hace crecer lo que hemos sembrado». Es el demonio el que va a hacer crecer lo que los Obispos, hijos del diablo, han sembrado en el Sínodo. Es el demonio.

Y como no comiencen a criticar a toda la Jerarquía, esos Cardenales, esos Obispos, esos sacerdotes, les van a ganar con sus inteligencias erradas, con su lenguaje maravilloso. Ellos se saben la teología a la perfección, pero no la cumplen, porque sólo les interesa vivir buscando una razón para exaltar el pecado, para justificarlo, para llamarlo bueno. ES lo que hacen con Bergoglio: si es un hereje, pero es un buen hombre.

Criticar a la Jerarquía ya no es pecado, porque se ha sometido a un hereje. Y esa es la perdición de toda la Iglesia.

La Iglesia se salva cuando obedece al Papa legítimo; la Iglesia se condena Ella misma cuando obedece a un falso Papa.

Ha sido un Sínodo preparado por Bergoglio para anular el dogma. Pero ha tenido que echarse para atrás. Y eso le va a costar el gobierno en su iglesia. Bergoglio no ha hecho lo que la masonería le ha pedido.

Sacó el documento para su aprobación la primera semana y, como es un sentimental perdido, al ver el alboroto, se echó para atrás. Ese documento fue hecho por la masonería para que todos los Obispos lo aprobaran. Y Bergoglio se echó para atrás. Y, ahora, viene su cabeza. Ahora viene su renuncia.

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