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Bergoglio: servidor de Satanás

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«Esta es la hora de la confusión, la hora del Falso Profeta, que busca imponer a los hombres su propia doctrina inspirada por el espíritu del mal. Porque Mi Verdadero Evangelio no es doctrina de hombres, pues es de origen Divino» (Jesús a un alma escogida).

Es el tiempo de estar arraigados en la fe. Pero en esa fe divina y católica, dada por Jesús a Sus Apóstoles. En esa fe existe la claridad, la integridad, el conocimiento del bien y del mal. Sin esa fe, todo es oscuridad y confusión.

No existe otro Evangelio, sino el dado por Jesús.

Es la hora de la confusión, en la que Jesús sufre:

«Sufro terribles dolores en Mi Corazón Traspasado a causa del silencio e indiferencia de Mis sacerdotes y siervos consagrados, porque cuántos de vosotros sabéis que se está acercado la hora y no preparáis a las almas frente a los acontecimientos venideros, y por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

¡Cuántos de vosotros sabéis que es ya la hora!

La Jerarquía de la Iglesia sabe lo que está pasando. Y calla. Y no prepara a las almas hacia lo que viene. No hay excusa de su pecado.

Conocen el tercer secreto de Fátima y lo siguen escondiendo, siguen callando.

El silencio culpable de la Jerarquía y de los religiosos hace pecar a toda la Iglesia, y lleva a la condenación a muchos: «por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

Muchos siguen la Iglesia oficial y se perderán. No hay camino si sigues obedeciendo a la Jerarquía oficial. Búscate a un sacerdote que crea y que se oponga a Roma. Sólo así te salvarás.

Esto es duro de predicar, pero es la única verdad.

La Jerarquía no se atreve a hablar claro y deja estar la situación de la Iglesia en un veremos qué pasa en el Sínodo. Ese veremos mata almas. Se las deja en manos de ese lobo vestido de Obispo, al cual tienen la desfachatez de llamarlo “santo padre”, y es sólo el servidor de Satanás, con la misión de engañar a la Iglesia y al mundo entero.

Bergoglio ya se ha quitado la careta, y aun así muchos no ven su juego.

Muchos intelectuales ven las herejías de Bergoglio, ven su descalabro, y lo siguen llamando “papa”. No tienen vergüenza. No son capaces de llamarlo por su nombre: falso profeta, bufón del Anticristo, usurpador, falso Obispo. Están agarrados a la palabra oficial de la Jerarquía. ¿Qué dice Roma? Si Roma no habla, la cosa sigue sin resolverse. Hay que seguir esperando. Hay que nombrar a Bergoglio como papa.

¡Este es el error garrafal de muchos! Ya no son los tiempos de esperar a que Roma hable. Es la hora de la confusión. Es la hora del Falso Profeta. No busquen una verdad en Roma porque no la van a encontrar.

«Dirijo estas palabras a todos Mis fieles que habéis reconocido ya los Signos de los Tiempos, y vivís bajo mi Guía preparándoos, día a día, a los grandes acontecimientos del Fin de los Tiempos, poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes. Si habéis decidido seguirme, estad listos para la prueba, armaos de valor y no os acobardéis, porque os señalarán y os enjuiciarán Mis mismos Pastores, como lo hicieron conmigo los Ancianos y los Maestros de la ley.  Lo hicieron primero conmigo, llamándome blasfemo, por proclamar la Verdad y defenderla. Ahora, a vosotros, os aborrecerán por denunciar la mentira y el engaño, habiendo descubierto al impostor, al que le llaman multitudes “santo padre”, a quien él mismo se dio el título de obispo de Roma, y es solamente un servidor del diablo, porque abandonó el Espíritu de la Verdad, el Espíritu Santo, para recibir el espíritu del mal, haciéndose servidor de Satanás, dejando de ser miembro de Mi Cuerpo Místico».

Es el fin de los tiempos: nadie lo cree. «…poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes». La Jerarquía tiene un empacho de teología y no ve nada. No sabe discernir nada. Tanta teología que les va a llevar al infierno de cabeza. Carecen de auténtica vida espiritual.

San Juan escribió Su Evangelio para que creyeran que «Jesús es el Mesías» (Jn 20, 31).

Bergoglio, servidor de Satanás, enseña su doctrina para que las almas sean conducidas hacia el infierno, para que no crean en Jesús, sino en el concepto nuevo de Jesús.

Todo sacerdote de Cristo, cuando habla, cuando predica, lo hace para que las almas crean en la Palabra de Dios.

Todo servidor de Satanás, cuando habla, es para que las almas sólo crean en sí mismas, en sus vidas, en su humanidad, en lo que pueden ver y tocar, en su lenguaje humano. Son expertos en demoler el lenguaje dogmático para quedarse en su barato y blasfemo lenguaje humano, vacío de toda verdad.

Es difícil predicar para convertir a las almas hacia la Verdad. Es muy fácil hablar muchas cosas, y muy concertadas en la inteligencia, pero que no sirven para abrir el corazón de la persona a la fe en Cristo.

Es muy fácil hablar lo que el pueblo quiere escuchar. Eso lo hace la mayoría de la Jerarquía, que no quiere pringarse los dedos dando la doctrina que no cambia, la eterna, la inmutable, la que nadie quiere escuchar y vivir.

Hoy la Jerarquía no es testimonio de Cristo, de la Verdad. Son sólo eso: un conjunto de hombres veletas del pensamiento de Bergoglio. Y son ellos mismos los que producen la confusión dentro de la Iglesia.

Y hay que oponerse a ellos, sabiendo que ellos mismos van a perseguir a los verdaderos católicos: «os señalarán y os enjuiciarán mis mismos pastores».

No esperen de la Jerarquía, que sigue a Bergoglio, que se somete a su inteligencia humana, comprensión ni misericordia con ustedes. Si siguen a uno que no pertenece a la Iglesia Católica, tienen que atacar a los que están dentro de la Iglesia Católica, a los que siguen la doctrina católica, la de siempre.

Y, por seguirla, por permanecer fiel a esa verdad inmutable, deben juzgar y condenar a Bergoglio. Y esto es lo que la Jerarquía de la Iglesia no admite: que se juzgue a Bergoglio, que no se le tenga como papa.

Roma ya no habla la verdad. Hay que juzgar y condenar a Roma.

Ellos van  hacer lo mismo que hicieron con Jesús: van a llamar blasfemos a todo aquel católico que critique, que denuncie a Bergoglio como el impostor que es. Van a querer que todos se sometan al juicio de los Obispos en el Sínodo. Quien no lo haga, será excomulgado.

No hay que tener miedo de esta Jerarquía que no pertenece a la Iglesia Católica, pero que está al frente de todas las parroquias del mundo. Hay que saber enfrentarse a ellos, sin miedo. Y si ellos, en público, exigen la obediencia a la doctrina de Bergoglio, entonces en público se les escupe a la cara y se abandona esa parroquia, como lugar tomado por Satanás para levantar su iglesia.

Quien no tenga las cosas claras de lo que pasa en la Iglesia, está totalmente perdido en esta hora: es la hora de la oscuridad. No hay luz por ninguna parte. En Roma no hay conocimiento de la Verdad. En la Jerarquía no hay sabiduría divina. Entre los fieles, sólo existe la opinión de la mayoría.

Nadie se atreve a dar la cara por la verdad. Tienen miedo a los hombres: a lo que piensan, a lo que dicen. Y no saben enfrentarse a ellos.

¿Qué es la mente de Bergoglio? Una cloaca de maldad. Y punto y final. Quien vea en Bergoglio alguna sabiduría, se ha vuelto loco de remate.

No se puede comulgar con una cloaca de impurezas para constituir la Iglesia de Cristo. No se puede excusar la mente de Bergoglio sólo para tenerlo contento a él. No se pueden limpiar las babas que continuamente salen de la boca de ese maldito. Hay que batallar en contra de ese ignorante y decirle que se marche, que viva su vida como quiera, pero que deje de hacer el idiota.

Todo católico está obligado a comulgar con el Papa Benedicto XVI si quiere salvar su alma. Y aquel que no lo haga no pertenece a la Iglesia Católica, no es católico.

«Os he permitido, hasta ahora, venir al lugar de Mi Santo Sacrificio para que ofrezcáis reparación ante lo que vuestros ojos del alma ven, y se os ha sido revelado, así como el Espíritu de la Verdad os guía a hacer la ofrenda y la unión espiritual y mística con Mi Verdadera Iglesia, guiada y sostenida por Mi Verdadero Vicario Benedicto XVI, y os abstenéis de la unión con Francisco, el obispo de Roma. Llegará el día en que debéis abandonar el Lugar Santo, y Yo mismo os enviaré a un lugar reservado en donde se Me dará un Verdadero Culto, y la Verdadera Adoración, en comunión de Mis sacerdotes escogidos para esta hora, porque para entonces el lugar en donde se celebrará Mi Santo Sacrificio estará terriblemente profanado y convertido en guarida de demonios».

Cuando en la Misa se conmemora el nombre de Francisco en la liturgia, se produce una comunión espiritual de los fieles con el apóstata Bergoglio.

Para no entrar en esa unión, los fieles tienen que ir a la Misa con la intención de reparar todos los pecados que se ven en la Iglesia. El pecado de haber puesto a un hereje como papa. El pecado de someterse a la mente de ese hereje. El pecado de callarse ante las herejías de ese hereje. El pecado de mantener a ese hereje en la Silla que no le corresponde. El pecado de nombrarlo en las misas. El pecado de predicar la doctrina de ese hereje. El pecado de alabar y ensalzar la persona de ese hereje. El pecado de amenazar a los fieles que no comulguen con ese hereje.

Si se va con esta intención, todo lo que ocurra en esa misa no contamina al alma. Se está en el Calvario, en la Presencia de Jesús, que sufre y muere por sus almas, por sus sacerdotes y religiosos que callan ante el desastre que ven en la Iglesia.

No tengan miedo a las palabras de la Jerarquía: son sólo hombres, que han perdido toda autoridad divina en la Iglesia. Actúan como hombres, piensan como hombres, miran la vida de la Iglesia como lo hacen los hombres.

«No temáis a los juicios de los hombres, porque a todo el que Me sigue se le perseguirá, y serán juzgados injustamente. El Ángel del Señor estará con vosotros para proteger a Mis Mensajeros hasta que cumplan con la misión que se les ha sido encomendada, y que libremente recibieron por amor a Mí y a Mi Padre del cielo».

Jesús es la Revelación del Padre, es decir, es la Palabra del Pensamiento del Padre. Jesús descubre lo que piensa Dios; Jesús obra lo que quiere Dios; Jesús vive como vive Dios.

Jesús ya todo lo ha dicho. Y ha puesto Su Revelación en la Iglesia Católica, que Él mismo ha fundado en Pedro.

Poner es confiar a la Iglesia, a la Jerarquía unida a Pedro, todo el Pensamiento de Su Padre.

Poner es hacer que la Iglesia, Su Jerarquía, custodie y propague toda la Vida de Dios, que se manifiesta en los Sacramentos.

Cuando la Jerarquía de la Iglesia ha perdido la fe en la Iglesia, es decir, cuando ya no cree en la Iglesia que Cristo ha fundado, cuando ya no custodia ni propaga la doctrina de Cristo, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia, porque se vuelve herética, vive en la apostasía de la fe, y obra el apartamiento de toda Autoridad Divina, de toda ley Eterna.

Dios ha confiado a la Iglesia custodiar en santidad y declarar infaliblemente la doctrina de fe y de costumbres. Si la Iglesia no hace esto, automáticamente pierde su autoridad doctrinal, que es divina. Ya la Iglesia no enseña con autoridad, con el poder divino, la verdad, lo que hay que creer; sino que se dedica a hablar de muchas cosas para no decir ninguna verdad. Se oculta la verdad divina para manifestar todo un conjunto de verdades a medias, de relativismos.

No hay que seguir ese hablar, ese lenguaje humano, porque no refleja el Poder de Dios, la Autoridad de Dios. Sólo está manifestando un poder humano, una obra humana, que no tiene nada que ver con la de Cristo. Sólo se refleja el pecado de orgullo.

Bergoglio es herejía pura:

«Me imagino ese susurro de Jesús en la Última Cena como un grito… El Bicentenario de aquel grito de Independencia de Hispanoamérica…. nacido de la conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos, saqueados, sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno».

Bergoglio toma en vano el nombre de Jesús para predicar su blasfemia. Y tiene que pedir perdón por las atrocidades de los colonizadores:

«… pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América».

Todo el problema de Bergoglio es que cree en lo que dice. Para el que lo lee, sólo hay una expresión: este tipo se ha vuelto loco.

¡Qué escándalo son estas palabras!

¡Qué ultrajante es este pensamiento del impostor!

¡Ofende a toda la Iglesia Católica! Y él tan contento. Y los que lo tienen como papa, felices de que muestre su odio a la Iglesia Católica

Este personaje sigue la teología de la liberación, en la cual los colonizadores trajeron de Europa un cristianismo sincrético, es decir, una síntesis entre la experiencia religiosa antigua de los griegos, romanos y bárbaros, con la tradición judeocristiana.

Para esta teología, los colonizadores no trajeron la fe auténtica, no predicaron la Verdad del Evangelio de Cristo, no enseñaron a ser Iglesia. Ellos no creen en Jesús como Dios, sino como un hombre más. Ellos no pueden creer en Jesús sin más; tienen que creer en la comunidad, es decir, en el Jesús de la historia, en el Jesús que cada comunidad, cada cultura, cada nación se inventa.

Jesús, para estos herejes, es alguien que se insertó en la historia humana y que dio sentido a los que lo seguían. Un sentido humano, un sentido contemporáneo para aquellos hombres. De esta manera, ese Jesús tiene que ser traducido de forma comprensible para las personas del tiempo presente. No se puede seguir al Jesús de los Evangelios, porque fueron escritos en una época determinada, con unas culturas, con unas creencias, con unos mitos. Cada pueblo tiene que inventar, adaptar ese Jesús del Evangelio a su vida de comunidad en particular.

Por eso, este hombre tiene que pedir perdón porque la Iglesia hizo su trabajo según la mentalidad de la época, y lo que tenía que hacer era acomodarse a las culturas que encontraba, sin enjuiciar ni condenar nada. Como no lo hizo, entonces cometieron muchos crímenes, como el de apropiarse de tierras indígenas, el de quedarse con el oro y la plata, y el de matar a los aborígenes. Por estos tres crímenes: saqueo, robo y muerte, ese hombre ha pronunciado unas palabras inadmisibles, llenas de injusticia, de oprobio y de vejámenes.

Bergoglio está en su marxismo y le duele lo que hicieron los conquistadores, porque es incapaz de ver la verdad histórica. Él sólo vive en la memoria de su pensamiento, en su fe fundante. Y, por eso, sis palabras producen un daño incalculable.

Por eso, Bergoglio presenta a un Jesús revolucionario: el grito de la Última Cena es el grito de la revolución de la independencia. Jesús pronunció ese grito de acuerdo a la mentalidad de aquella época. Hoy hay que hacerlo de otra manera.

«… digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra…».

Hoy lo que impera en el mundo es el nuevo orden mundial. Y hay que gritar ese cambio: un cambio de estructuras. Hay que dejar los Estados, los países particulares y centrarse en un gobierno mundial. Y la razón: su comunismo. Sus campesinos, sus trabajadores, sus comunidades.

Bergoglio lanza dos ideas: la masónica o el idealismo puro, el orden mundial; y la comunista, el bien común global.

Además, mete la idea protestante: su panenteísmo. Hay que cuidar la madre tierra.

En estas tres ideas se basa toda la doctrina de Bergoglio, todo su magisterio, que no tiene ninguna autoridad doctrinal, porque no custodia la Revelación de Jesucristo, la doctrina que Jesús dio a Sus Apóstoles.

La autoridad doctrinal, en la Iglesia, está apoyada en la verdad absoluta e inmutable. Quien enseñe esta Verdad automáticamente tiene el poder de Dios. Lo hace con Autoridad, con la fuerza del Espíritu. Y nunca se equivoca en lo que enseña.

Pero quien enseñe una mentira en la Iglesia, automáticamente pierde el poder divino, y lo que enseña es con su poder humano, con su pobre autoridad humana, con las fuerzas de su mente y de su voluntad. Y, por lo tanto, quiere imponer su idea, su doctrina a los demás. El mentiroso da mil vueltas para imponer a los demás su visión de la vida. El que dice la verdad deja libre siempre a los demás, enseñando el verdadero camino.

Bergoglio impone su idea en Roma y en toda la Iglesia. Para ello tiene a la masonería, que ocultamente trabaja en todas las parroquias del mundo, haciendo que toda la Jerarquía enseñe el magisterio de Bergoglio.

Por eso, ahora los sacerdotes están obligados a defender a Bergoglio, a predicar su doctrina. Una vez que Bergoglio ha vomitado su Laudato Si, que es el magisterio de un heresiarca, la persecución dentro de la Iglesia se ha establecido.

Hay que decirlo sin miedo: Bergoglio es un loco de atar. Y hay que meterlo en un manicomio.

Bergoglio es un maldito endemoniado, con un odio visceral a la Iglesia Católica. Es un ser totalmente ciego, que vive la depravación de su conciencia. Él vive su conciencia global y tiene que atacar a los de conciencia aislada:

«Es el drama de la conciencia aislada, de aquellos discípulos y discípulas que piensan que la vida de Jesús es solo para los que se creen aptos. En el fondo hay un profundo desprecio al santo Pueblo fiel de Dios».

Los de conciencia aislada, en el lenguaje baboso de este hombre, son los verdaderos católicos que disciernen que el amor de Dios es exigente. Y quien no esté preparado no puede entrar en el Reino de los Cielos.

Esto lo ha enseñado hoy en la reunión con el clero boliviano: les enseña a comulgar con su doctrina. Y la Jerarquía asintiendo con su cabeza, callada como idiotas al matadero.

Bergoglio ha elegido el mal para su vida, y eso es lo único que le interesa en la vida. Y es lo único que ofrece a los demás, a los que le quieran seguir. Por eso, tiene que atacar la verdad, la Iglesia, la ley de Dios, la Autoridad de Dios.

Digámoslo sin miedo: queremos que Bergoglio se vaya a su casa y muera allí en la más absoluta miseria, olvidado de todos.

Digámoslo sin miedo: queremos que se muera Bergoglio. Desear la muerte de alguien, por su bien espiritual, es lo mejor que se puede hacer con este personaje. Si sigue viviendo, no hay salvación para su alma. Pero si tiene un accidente y muere, quizás se pueda salvar, aunque sólo sea por temor a lo desconocido. Bergoglio no cree en Dios, sólo cree en su concepto de Dios: él vive su idealismo puro, su ateísmo radical, mezclado de comunismo y protestantismo.

Jesús es la Revelación y ha puesto esta Revelación en Su Iglesia, en Su Jerarquía. Pero la Jerarquía tiene el deber y el derecho de custodiarla en santidad y de proclamar a los cuatros vientos el magisterio infalible, la doctrina de fe. Si la Jerarquía no hace esto, lo que diga oficialmente no hay que seguirlo en la Iglesia Católica.

No hay que escuchar lo que viene de Roma. No hay obediencia a los herejes, porque no son Iglesia. Son usurpadores de la Verdad.

Este es el punto que se le atraganta a muchos católicos: lo oficial y la Revelación de Jesús.

¿Todo lo que habla la Iglesia oficial, todo cuanto sale de la boca de la Jerarquía, es para decir la verdad pese a quien pese? O, por el contrario, ¿las palabras y las obras de la Jerarquía oficial no tienen nada que ver con la Revelación que Jesús ha confiado a la Iglesia?

Cuando la Jerarquía oficial predica herejías y vive la apostasía de la fe, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia Católica, y el católico tiene el deber y la obligación de no obedecer a esa Jerarquía, de separarse de Ella. Si no hace esto, entonces la sigue y admite muchos pecados, que le apartan de la gracia de Dios.

«Sacerdotes, despertad, no durmáis que el Enemigo ya está entre vosotros y no lo reconocéis».

Si la Jerarquía no reconoce al demonio es que vive con el demonio, come con él y se acuesta con él: hace una vida de demonios. Son demonios encarnados.

Si la Jerarquía no reconoce a Bergoglio como enemigo de Cristo y de la Iglesia Católica es que se han vuelto enemigos de la verdad y se han unido a ese viejo verde para destruir la Iglesia.

 

Bergoglio es sólo tiniebla para toda la Iglesia

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«Cuánto quisiera esto, que se tocara la carne de Cristo presente en los necesitados…» (Mensaje a Cáritas en Roma)

Tocar la carne de Cristo, que está presente en los necesitados: ésta es la principal herejía de Bergoglio.

«Es el misterio de la carne de Cristo: no se comprende el amor al prójimo, no se comprende el amor al hermano, si no se comprende este misterio de la Encarnación. Yo amo al hermano porque también él es Cristo, es como Cristo, es la carne de Cristo. Yo amo al pobre, a la viuda, al esclavo, a quien está en la cárcel… Pensemos en el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados: Mateo 25. Amo a todos ellos porque estas personas que sufren son la carne de Cristo, y a nosotros que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo. Ir a las periferias, precisamente donde hay tantas necesidades, o hay —digámoslo mejor— tantos necesitados, tantos necesitados…» (Caserta, lunes 28 de julio 2014).

Bergoglio anula el culto a Dios en Jesús, para poner el culto al hombre: «yo amo al hermano porque…es la carne de Cristo»…«Amo a todos ellos… que sufren… porque… son la carne de Cristo»… «(los) que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo».

La carne de Cristo es la naturaleza humana de Cristo. Es la propia del Verbo Encarnado. Todo hombre, engendrado de mujer, tiene una carne, que es suya propia. Carne que pertenece a la naturaleza humana, pero es de cada hombre.

En el Misterio de la Encarnación, el Verbo asume una naturaleza humana, pero no asume a todo hombre.

Ésta es la herejía de Bergoglio: en ese misterio se asume a todo hombre. El hombre queda divinizado en la carne. Por eso, Bergoglio puede decir, según su herejía, la idolatría:

«Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración del mismo modo que cuando entra el Señor».(Mensaje a Cáritas en Roma)

Su herejía le lleva a la idolatría. La idolatría es el culto al hombre. Es decir, es anular el culto a Dios. Es interpretarlo de una manera humana, con un lenguaje apropiado, lleno de errores, de oscuridades, en donde sólo el amor al hombre está presente.

Es habitual en Bergoglio hablar de muchas cosas, tratar muchos temas y no centrarse en el culto a Dios, en la adoración a Dios. Su hablar siempre hace referencia a su principal herejía: tocar la carne de Cristo en los hombres.

Todo hombre, para Bergoglio, es dios, es santo, es justo, es bueno. Al igual que todo lo creado. Todo participa de Dios, pero no por la gracia, no por la Presencia Omnipotente de Dios en todo lo creado, sino porque realmente las cosas son divinas.

Es su herejía del panenteísmo, que se ve en la fraternidad:

«Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia humana creada por Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Es la fraternidad, es esa relación entre los hombres por tener una misma naturaleza humana, por compartir el mismo origen, por tener la dignidad de persona humana, la que crea una red de comunicación, de relaciones entre los hombres.

Para Bergoglio, Dios  «creó los seres humanos y los dejó desarrollarse según las leyes internas que Él dio a cada uno, para que se desarrollase, para que llegase a la propia plenitud» (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias, 27 de octubre de 2014).

Bergoglio anula la Omnipotencia de Dios en el acto creador y el atributo de su Perfección, poniendo en todo lo creado un evolucionismo, que va desarrollando todas las cosas hacia su perfección, hacia su plenitud, de acuerdo a unas leyes internas. Dios no crea las cosas perfectas, sino de un modo imperfecto. No tiene ese poder para crearlo todo en su plenitud: «Cuando leemos en el Génesis el relato de la creación corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas. Pero no es así» (Ib).

Por eso, cuando habla de la fraternidad, está hablando de una ley interna que Dios ha puesto en el hombre cuando lo ha creado. Y esa ley interna de la fraternidad lleva al hombre hacia su plenitud.

La familia humana nace de la fraternidad original. Este es su panenteísmo: la imagen y semejanza de Dios, en la creación del hombre, la tiene todo hombre, gracias a la fraternidad.

Adán y Eva crearon la primera fraternidad: «Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Adán y Eva no concibieron la primera fraternidad: no pudieron concebir hijos como Dios lo quería. Los concibieron en el pecado de Adán, por la astucia de Eva, engañada por el demonio. Luego, los hijos que tienen no pueden ser fraternales. No son hermanos y hermanas como Dios los quería. Vienen de la misma carne y sangre, pero no del Espíritu.

Y «lo que nace de la carne, carne es» (Jn 3, 14). Caín y Abel son carne. No tienen el Espíritu de Dios. Luego, no pueden amarse en Dios, según el amor de Dios. Consecuencia, es necesario que uno mate al otro, porque si no hay amor de Dios, tampoco hay amor al hermano, es imposible obrar este amor.

Esta verdad es la que niega constantemente Bergoglio. Porque él se centra en su idea de la fraternidad, como ley interna que lleva a la plenitud a todo hombre. Por esa ley interna, Adán y Eva conciben hijos fraternales, hijos que son hermanos.

Y el pecado de Caín es un error al pensamiento de la fraternidad: «El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos» (Ib). Su pecado no es una ofensa a Dios, sino un rechazo a la vocación de ser hermanos, un rechazo a la ley interna de la fraternidad, que rige en todo hombre, la cual le lleva a su plenitud.

Esta vocación la renueva Cristo en el misterio de la Encarnación. Quien cree en Cristo, entra de nuevo en la fraternidad: «Todos los que respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidad de la primera comunidad cristiana» (Ib). La obra de Cristo es, para Bergoglio, volver al origen de la primera fraternidad. Y, además, se hace eso por medio de un imperativo: «El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión» (Ib).

Ya el ser hijo de Dios no es un don de la gracia, sino un imperativo: o te conviertes, o cambias de mentalidad, o no entras en la fraternidad.

Es un imperativo al modo de pensar humano: hay que convertirse, hay que predicar el Evangelio según los tiempos, según las culturas, según la perfección de la mente humana. De esta manera, se encuentra la perfección de la ley de la fraternidad, que Caín rechazó. No tenía alguien que le predicara, que le mostrara el evangelio de la fraternidad. Cristo viene a trae de nuevo la palabra mágica -fraternidad- que el olvidó en el Paraíso. Y la pone en su misma carne, la obra con su misma carne.

Adán y Eva concibieron el amor al prójimo, pero Caín rechazó esta vocación. Tuvo un error en la mente. Su mente no era perfecta en la ley de la fraternidad. Dios creó a Adán, pero no es un mago. No lo crea en perfección, sino con unas leyes internas que van llevando al hombre hacia su plenitud. De esa manera, Bergoglio explica el pecado de Adán y el todos los demás hombres. Hasta llegar a Cristo, que pone en el hombre el amor que ya no pasa, que es para siempre. Lo pone en la carne del hombre.

Lo tienen en cualquier homilía:

«El mandamiento de Cristo es nuevo porque Él primero lo ha realizado, le ha dado carne, y así la ley del amor está escrita una vez para siempre en el corazón del hombre…Jesús ha demostrado que el amor de Dios se obra en el amor al prójimo…Es un amor redentor, liberado del egoísmo. Un amor que dona a nuestro corazón la alegría…» (Regina Coeli, 10 de mayo del 2015

Cristo ha dado carne a su amor: lo ha materializado, lo ha puesto en el corazón del hombre. Y para siempre.

Este es el desvarío de este hombre.

«Yo pondré Mi Ley en ellos, y la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán Mi Pueblo» (Jer 31, 33).

Jesús no da carne a su amor, sino que obra en su naturaleza humana el amor de Su Padre, el amor divino. Su mente humana tiene la idea divina, piensa lo divino. No puede apoyarse en ninguna idea humana. Su voluntad humana obra aquella idea divina, aquello que es Voluntad de Dios. La pone en acto. Y su carne humana es el instrumento para que se pueda obrar la idea divina, el Pensamiento de Su Padre.

Jesús nunca da carne a su amor. Jesús usa su carne humana para una obra divina.

En el panenteísmo de Bergoglio, la carne es algo divino. La carne misma obra lo divino, no es instrumento de lo divino. Por eso, Bergoglio tiene que caer en su idolatría, de manera necesaria.

Dios pone la Ley Eterna en la naturaleza humana: todo hombre tiene que regirse por esta Ley para ser de Dios, para adorar a Dios, para obrar el amor de Dios en su vida.

Dios pone en el corazón la gracia divina, la vida de Dios, para que el alma participe de la divinidad: sea Dios por participación, sea hijo de Dios por gracia, no por naturaleza.

El hombre ya ha perdido la imagen y semejanza de Dios, por el pecado de Adán: ya no es Dios por creación. Sólo es Dios por participación de la gracia divina.

Pero la gracia se puede perder por el pecado personal de cada hombre. Por eso, no está escrita para siempre en el corazón del hombre. Bergoglio siempre anula el pecado. Y, por tanto, pone al hombre como si fuera un dios, como si fuera un ser que nunca ha perdido la semejanza con Dios.

Dios crea al hombre a imagen y semejanza. Pero el hombre perdió las dos cosas: la imagen y la semejanza en su pecado.

Bergoglio, al poner la ley del amor escrita para siempre en el corazón, tiene que hablar de un amor redentor, liberado del egoísmo. Y, por eso, tiene que decir: el amor de Dios se obra en el amor al prójimo.

¡Gran disparate!

El amor de Dios se obra por sí mismo, en sí mismo, desde sí mismo. Nunca Dios obra en el otro, en el prójimo, desde el hombre, con el hombre.

Dios obra su Amor sin necesidad de nada ni de nadie.

Como Dios ha obrado todo por Su Amor, Dios da su Amor a todo lo creado. Pero, este dar Su Amor no es sacar lo creado de sí mismo, de lo divino. Dios lo crea todo de la nada, es decir, no existe el ser de nada.

El hombre es nada para Dios. La Creación es nada para Dios. No es algo. No pertenece a Dios. Es nada. Y de la nada, Dios saca todo lo creado.

Dios sólo se ama a Sí mismo. No ama nada fuera de Sí Mismo. Y cuando decide crear al hombre, pone en el hombre creado la capacidad para amar. Y esa capacidad es el Poder del Amor Divino, que sólo se puede obrar en la gracia y en el Espíritu.

Por eso, el amor de Dios se obra con la gracia, y así se realiza un amor al prójimo. El amor de Dios no se obra en el amor al prójimo. Se obra en la gracia, en la vida divina. La ley del amor necesita la ley de la gracia, en el corazón del hombre. Quien viva en el pecado, no puede ni amar a Dios ni amar al prójimo como a sí mismo. Hará un bien natural, un bien humano, un bien carnal, que no tiene la capacidad para salvar su alma, para poner la Voluntad de Dios en el otro. El que peca no puede amar a Dios. Sólo se ama a sí mismo en su obra de pecado.

Para Bergoglio, amor de Dios y amor al prójimo son dos cosas iguales: se confunden, se mezclan, se anulan. Es la ley de la fraternidad, que ha llegado a su plenitud con Cristo. En Cristo, amar a Dios es amar al prójimo. Es el lenguaje que él constantemente emplea para confundir a las almas que no conocen su fe. Es un imperativo moral: si amas a Dios tienes que amar al prójimo.

Nunca Bergoglio enseña el camino para amar al prójimo: que es usar la gracia divina, que es en la vida divina, en la Mente de Cristo, en los mandamientos de Dios.

Por eso, Bergoglio enseña su nueva y falsa espiritualidad:

«¡Jamás hay que negar el Bautismo a quien lo pide!» (Homilía del 26 de abril del 2015)

Una espiritualidad sin discernimiento espiritual, porque «el amor de Dios se obra en el amor al prójimo». El amor de Dios no es una Ley Eterna en la naturaleza humana. Todos los hombres son hermanos, han sido concebidos en la fraternidad. Es la ley interna de la fraternidad. Por lo tanto, en todos los hombres está la carne de Cristo. No niegues la carne de Cristo negando el bautismo a tu hermano de carne y sangre.

«En el confesonario estaréis para perdonar, no para condenar» (Ib). Es una espiritualidad amorfa, sin justicia, sin rectitud. Es un perdón que no sirve para nada porque no juzga nada, no condena nada.

El perdón al prójimo viene del amor que juzga, del amor que castiga, del amor que es recto, del que ama en la verdad de la vida.

En la espiritualidad de Bergoglio, el amor de Dios es en el amor al prójimo: está condicionado por el amor al prójimo; depende del amor al prójimo; está limitado por el amor al prójimo. Y como el prójimo es tu hermano, entonces no puedes condenarlo. Tienes que ir a la plenitud de la fraternidad, para que no seas como Caín, que rechazó la vocación – la ley interna de su naturaleza humana- que tenía escrita  en su interior.

Así, los nuevos sacerdotes, que son falsamente ordenados por Bergoglio, se hacen voz del pueblo:

«Al celebrar los sagrados ritos y elevando en los diversas horas del día la oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del pueblo de Dios y de toda la humanidad» (Ib).

Ya no son la voz de Dios al pueblo, a toda la humanidad. Ya no enseñan la verdad divina al pueblo, sino que hablan lo que el pueblo quiere escuchar. Son los servidores del pueblo, los instrumentos del pueblo, los veletas del pensamiento de los hombres.

Es así como se va formando el cuerpo místico del Anticristo.

Primero, haciendo de la gracia un saco roto. Ya no se vive en muchas almas la gracia de cada sacramento. Sólo se viven palabras humanas, lenguaje humano, imperativos morales: jamás niegues el bautismo, no juzgues cuando confieses, conviértete…

Una vez que los hombres hacen de los Sacramentos algo –un lenguaje- que no sirve para nada, viene el cambio en la liturgia de los sacramentos. Y aparecerán los nuevos sacramentos, que son sólo burdas imitaciones de la verdad. Pronto se van a ver estos nuevos sacramentos.

Ya, de hecho, hay sacerdotes que empiezan a confesar a través del teléfono, de las redes sociales. Ya se hace una caricatura del Sacramento de la Penitencia. Ya no hay que ir en busca del sacerdote, lo que supone una penitencia, en muchos casos, sino que con un dedo, con un botón, lo encuentras al momento, y te da una falsa absolución.

Es la revolución de la estupidez.

Mucha es la Jerarquía que calla ante las palabras de Bergoglio. Y se hacen estúpidos, como lo es Bergoglio.

Y muchos son los fieles auténticamente estúpidos, que se creen todas las palabras bellas de ese bastardo de la Sagrada Escritura, que es Bergoglio.

Bergoglio es tiniebla:

«Queridos hijos, rezad con el corazón y no os apartéis de la verdad. Llegará un día en que habrá desprecio en la Casa de Dios y lo sagrado será lanzado fuera. Un Xino estará en el Trono, contrariando a muchos, pero Dios es el Señor de la Verdad. Lo que os digo ahora, no lo podéis comprender, pero un día os será revelado y todo estará claro para vosotros. El espejo: éste es el misterio. Como criaturas, confiad. Como siervos, sed fieles. Dios está controlándolo todo…» (04.04.2005 – Mensagem de Nossa Senhora, n° 2.505)

Bergoglio es el Xino. La palabra Xino hay que leerla en el espejo, delante de un espejo: Onix.

La palabra Onix viene del griego o-νυξ, que significa la noche, la tiniebla, la oscuridad, la calamidad, la desgracia.

Esto es Bergoglio: una desgracia para toda la Iglesia. Una luz que no ilumina. Una tiniebla que combate, que persigue la luz. Una piedra negra, como el ónix, que brilla por lo exterior que da, en la superficialidad de la vida, para aparentar una riqueza que no se tiene.

Bergoglio está en el trono para contrariar a muchos, para producir confusión y división en todas partes. Pero Dios es el Dueño de la Verdad. Por eso, Bergoglio sólo puede hablar sus estupideces todos los días, pero no las puede poner en ley. No puede obligar a los demás a seguir sus idioteces. Quien lo sigue es porque es idiota, como él; porque vive lo mismo que ese sujeto, piensa lo mismo, porque tiene su negocio en la Iglesia –y no quiere soltarlo- como Bergoglio.

Bergoglio es la tuerca necesaria que el demonio necesitaba para poner su camino de destrucción de la Iglesia. Ahora, vendrá el que, de verdad, rompa la autoridad papal y deje a la Iglesia en el abandono más total ante el mundo.

Salgan de lo que se cuece en el Vaticano. Queda poco tiempo para entender los signos de los tiempos. Ya son muy claros. Y hay que vivir la vida de acuerdo a esos signos, que sólo se pueden discernir en el Espíritu.

No quieran conocer el futuro viendo lo que pasa en el Vaticano, porque donde reina el demonio, allí no hay conocimiento de la verdad. Sólo está el error y la mentira, que son la base para inventarse las fábulas que todo el mundo se las traga como verdaderas, como divinas. Bergoglio es un cuenta fábulas. Y no es otra cosa. Cuenta lo que el otro quiere escuchar. Y habla a cada uno en su lenguaje. Por eso, es tan popular. Usa el lenguaje de los necios, el propio que rige en el mundo actual.

En Roma suceden muchas cosas. Pero sólo se da a conocer lo que interesa, lo que vale para la propaganda del nuevo gobierno mundial. Lo demás, lo que no interesa revelarlo, se esconde para así tener un as debajo de la manga.

Como Bergoglio no sirve, hay que cambiarlo. Pero esto no se dice al público. Sino que se da la orden de sostener las palabras heréticas de ese hombre hasta que llegue el tiempo de su renuncia. Se le hace propaganda a ese hereje porque conviene a los planes de todos. Y así como ha sido puesto en el gobierno, por el imperativo de unos pocos, así será quitado, por el imperativo de esa gentuza, que es la jerarquía masónica en Roma.

La bula del jubileo de la misericordia es una burla para toda la Iglesia

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«He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II» ( ver texto, n.4)

Sólo un masón, como lo es Bergoglio, realiza un año sobre su falsa misericordia fundamentado en un Concilio. Oculta a la Inmaculada para poner su idea masónica. Profana la Pureza de la Virgen María con un acto blasfemo.

El Concilio Vaticano II ha traído tanta división a la Iglesia que es una burla decir: «La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento» (Ib). ¿La Iglesia tiene necesidad de recordar tanta división, tanta apostasía de la fe, tanto cisma que ha producido este Concilio?

La ideología masónica entró dentro de la Iglesia bajo el Concilio Vaticano II. Y ese Concilio, por la mala vida de muchos sacerdotes y Obispos –por culpa de tanta Jerarquía que ha olvidado la oración y la penitencia-, por no saber discernir e interpretar su doctrina a la luz de la fe, a la luz de la Tradición y bajo el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ha sido la inspiración para que tantos sacerdotes y Obispos se rebelaran contra el Papa y el Papado, y abandonaran la Tradición católica, constituyéndose en guías ciegos de muchas almas que han arrastrado –y continúan arrastrando- a la condenación eterna.

¡Cómo se burla de todos los católicos el bufón del Anticristo, Bergoglio!

Los masones predican los mismos escritos del Concilio Vaticano II. ¿Es un año para recordar esto? ¿Hay necesidad de mantener vivo este evento? ¡Qué gran burla!

El Concilio Vaticano II no es magisterio infalible ni auténtico de la Iglesia. Y esto lo sabe muy bien Bergoglio. Y, muchos, como lo hace este falsario, dogmatizan el Concilio para su conveniencia personal, para su negocio privado en la Iglesia.

«Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia» (Ib): los masones pusieron falsos papas desde 1972 hasta el 2013, en que consiguieron poner al falsario Bergoglio, al que hoy llaman papa –y no lo es-, porque es sólo un juguete de la masonería.

Sí, se iniciaba un  nuevo período, pero no el de la Iglesia Católica, sino del demonio dentro de la Iglesia. Dios ha llevado a Su Iglesia por otros caminos fuera de la idea masónica imperante en el Concilio. Y, por eso, durante cincuenta años se ha visto la gran división en toda la Iglesia, pero Dios no ha roto nada, no ha separado el trigo de la cizaña, porque había una Cabeza legítima y verdadera que sostenía la Iglesia en la Verdad.

Pero, una vez que los masones, trabajando dentro de la Iglesia, con su Jerarquía infiltrada, la cual son muchos –y por sus obras se los conoce-, han quitado la Cabeza visible de la Iglesia y han puesto a un loco, vestido de papa, entonces ha comenzado el cisma dentro de la Iglesia: el gran cisma.

Y un cisma querido por Dios, para separar el trigo de la cizaña.

Dos Papas en Roma, como está profetizado: uno verdadero y otro falso.

Uno que ha mantenido la fe católica hasta el final. Pero no le dejaron seguir. Le obligaron a renunciar. Con bonitas palabras, pero obligado.

Y otro que está destruyendo lo poco que queda en pie en la Iglesia. Y al que muchos, al ser tibios y pervertidos en su vida espiritual, lo llaman santo. Y Bergoglio no tiene un pelo de santidad. Sino que  está lleno de abominación, tanto en su mente, como en su palabra y en sus obras malditas.

El Concilio Vaticano II no es un punto de partida para alejarse de la verdad del dogma, de la tradición, de la doctrina de Cristo. Muchos lo ven así: como punto de partida.

Bergoglio lo anuncia: «Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo» (Ib). Derrumbadas las murallas: punto de partida. La Iglesia ya no es una ciudadela privilegiada: punto de partida. Tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo: punto de partida.

El Concilio es continuidad. No es algo nuevo, no es el Evangelio narrado según la novedad de la mente del hombre. No hay que contar fábulas a la gente con un lenguaje bello, atractivo, con garra. No hay una Iglesia antes del Concilio ni hay una Iglesia después del Concilio. No hay un antes ni un después. Está la misma Iglesia de siempre: Santa, Inmaculada, Intocable, Inmortal. Lo que varía son los hombres, sus miembros, que no son ni santos, ni inmaculados, ni intocables, ni inmortales. Son lo que son.

Y ese Concilio fue para toda la Iglesia, no para el mundo, no para los hombres. Pero, cada uno lo tomó para su gran negocio: unos lo negaron, otros lo dogmatizaron. Y muy pocos lo pusieron en su sitio. El Papa Pablo VI lo salvó de la herejía.

El Concilio no se hizo para introducir división alguna en el tiempo histórico de la Iglesia. Fue la misma Jerarquía la que produjo esa división dentro de la Iglesia. Fueron los mismos fieles de la Iglesia lo que llevaron a esa división. Es decir, fue el pecado de unos y de otros.

Errores –pero no herejías- tiene ese Concilio por ser un magisterio abierto y espiritual. Y esto no tiene que causar asombro, porque en este magisterio abierto siempre está el error. En un magisterio dogmático no hay error. Pero no es dogmático, no define nada nuevo, sino que es espiritual, es decir, trata muchas cosas con un lenguaje espiritual.

Y, por eso, hay que tener vida espiritual para saber interpretar ese magisterio. Y este ha sido el gravísimo problema de mucha jerarquía y de muchos fieles: no tienen vida espiritual. Muchos católicos, en estos años, se han abierto sin filtros ni freno al mundo. ¡Han caído! Y la culpa no es del Concilio. Sino de esos católicos que no han sabido sostener la base de su identidad católica, la cual no se puede poner en discusión, con la apertura, con el diálogo con el mundo.

Quien tiene las ideas claras sobre su fe, no teme dialogar con nadie en el mundo. Pero no dialoga para quedar atrapado en las ideas de los hombres; no se abre al mundo para hacer las obras del mundo. Se habla para convertir al otro a la Verdad. Se come con pecadores para convertir sus almas. Pero, muchos interpretaron mal ese magisterio espiritual por no tener vida espiritual. Ahora, por supuesto, no pueden creer que Bergoglio no es papa. No les entra en la cabeza. ¡Han perdido su fe católica!

Cuando la persona se abre al mundo y a su cultura y se interroga sobre las bases mismas del depósito de la fe, es que ha comenzado en ella la apostasía de la fe.

El verdadero católico no se opone al mundo, sino que vive en el mundo pero sin el espíritu del mundo. Vivir en el mundo no es amar el mundo, no es comulgar con el mundo. Es poner en el mundo lo que éste no tiene: la verdad revelada.

Es el mundo el que se opone a la Verdad, a la Iglesia Católica, a los verdaderos católicos. Porque los que son del mundo no quieren vivir en la Iglesia, sino que la combaten totalmente.

El mundo se rebela siempre que se le dice la verdad. Cuando se habla del pecado, el mundo se tapa los oídos y alza su rebelión. Cuando a las cosas se les llama por su nombre, entonces el mundo ataca a la Iglesia por los cuatro frentes.

¿Qué es lo que predica Bergoglio?

Su gran negocio: Dios lo perdona todo, Dios te ama, Dios es muy tierno con todos. Todos los hombres son santos y justos.

¡Este es el resumen de esta burla, que es su falso jubileo de su falsa misericordia!

Bergoglio anula la Justicia de Dios y sólo pone como el fundamento de la vida espiritual, su falsa misericordia.

Este hombre se llena la boca de un sentimentalismo podrido. Todo es dar vueltas a la palabra misericordia. No es capaz de definir la Justicia de Dios, el pecado, el decreto del pecado, el decreto de la Encarnación y la Obra Redentora de Cristo en la Iglesia. Cuando habla del perdón habla de una blasfemia contra el Espíritu Santo.

«No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo» (Ib, n 14): aquí tienen la locura de esta mente diabólica.

Si no juzgas entonces percibes lo bueno en la otra persona.

Si juzgas, entonces eres presuntuoso. Ya ha sido juzgado por Bergoglio.

Este hombre no sabe discernir entre juicio espiritual y juicio moral.

Todo hombre juzga de manera necesaria, porque su razón sólo sabe hacer juicios. Esto es el abc de la filosofía. Es el juicio humano o natural.

No hay hombre que no haga juicios. No hay hombre que no juzgue.

Es necesario y conveniente juzgar.

Y ante las palabras y los pensamientos y las obras del otro, sea quien sea, hay que juzgar.

Lo que prohíbe Jesús, en Su Evangelio, es hacer un juicio moral de la persona. Es decir, juzgar su intención. Nadie conoce la intención del otro. Se ven sus obras, se ve su vida, pero no el motor, no la razón oculta por la cual se vive o se obra todo eso.

Pero lo que nunca prohíbe Jesús es hacer el juicio espiritual, tanto de las palabras, como de la mente, como de la vida y obras del otro.

Y como Bergoglio no sabe distinguir estos dos juicios, por eso, no sabe decir lo que es pecado y lo que no es pecado. Lo que hay que perdonar y lo que no hay que perdonar.

Este el punto de su falsa espiritualidad. Bergoglio tiene una fe humana. Es decir, creer significa, para él, negarse a sí mismo.

La fe divina significa obedecer a un mandamiento de Dios. Quien cree obedece.

Para Bergoglio, no es así: «creer quiere decir renunciar a uno mismo, salir de la comodidad y rigidez del propio yo para centrar nuestra vida en Jesucristo» (ver texto).

Para Bergoglio, creer es salir del propio yo, pero nunca es una obediencia a un plan de Dios. Es negarte a ti mismo: niega, renuncia a tus juicios humanos para poder percibir lo bueno que tiene el otro.

El hombre no tiene que renunciar a nada. Sólo tiene que obedecer a Dios. Esa obediencia significa negar el propio pensamiento humano, que vive en  la soberbia por nacer el hombre en el pecado original. Si el hombre sigue su juicio, ya no obedece el juicio de Dios. Y peca. Para no seguir su juicio, el hombre no tiene que salir de su yo, ni de su vida cómoda. Sólo tiene que someter su inteligencia humana al mandamiento de Dios. Y esto es sólo la fe verdadera. Después, como el hombre peca, necesita la penitencia: ayunos, mortificaciones, desprendimientos, sacrificios. Que le ayudan a vencer el principal pecado que tiene todo hombre: su soberbia.

Bergoglio está en su falsa espiritualidad, que es un falso misticismo: «la vocación cristiana es sobre todo una llamada de amor que atrae y que se refiere a algo más allá de uno mismo, descentra a la persona, inicia un ”camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios”» (Ib)

La vocación cristiana no descentra a la persona. ¡Qué absurdo! La vocación divina transforma a la persona humana.

La persona no está encerrada en su yo, no vive existencialmente encerrada en ella misma: esta forma de hablar es propia del idealismo. El hombre está metido en sus ideas, construye la vida con sus ideas. Hay que sacarlo de sus ideas, tiene que salir de su yo cerrado en sí mismo. Tiene que salir de su humanidad. Y quien habla así tiene que imponer su visión de ser hombre a los demás: esto es lo que hacen todos los dictadores. Atacan al hombre, niegan al hombre, para imponer su hombre, su estilo de vida humana a los demás. Así Hitler buscó su pueblo perfecto, quitando de en medio a la escoria, a lo que él consideraba miseria humana. Es el idealismo, que da culto a la mente del hombre.

Hablan de esta forma porque han negado el pecado de soberbia y de orgullo, que es el que cierra a los hombres en el juicio propio, en su yo orgulloso. Pero la persona no vive encerrada en ella: es la soberbia la que obra esta cerrazón. Pero es una cerrazón espiritual; no es moral, ni psicológica, ni humana, ni existencial.

Entonces, Bergoglio batalla constantemente contra todo el mundo. Cada hombre vive encerrado en sus ideas, en su yo encerrado. ¿Cómo se sale? ¡No juzgues al otro! Dale un camino para sus ideas. Si juzgas al otro entonces no vas a percibir sus ideas, su mundo interior y lo vas a hacer sufrir. Y encima eres presuntuoso.

Esto es todo en la falsa espiritualidad que enseña este hombre.

Si no juzgas, entonces vas saber perdonar y dar: «Jesús pide también perdonar y dar» (Bula, n. 14).

Y, entonces, es cuando pone su programa comunista:

«En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos» (Bula, n 15).

Los de la periferia existencial: la culpa de vivir así: el mundo moderno. ¡Lucha de clases!

Gente pobre, que sufre, que no tienen voz: la culpa de todo esto: los pueblos ricos. ¡Lucha de clases!

¿Para qué hace este falso jubileo? Para atacar a las clases ricas, pudientes, altas.

Bergoglio es la voz de los pobres, no de los ricos. ¡Voz comunista!

Y vean la charlatanería de este bufón, de este loco:

«En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención» (Ib): consuela a los pobres, a los de la periferia existencial, dales un poco de solidaridad humana, atiéndeles en sus necesidades humanas, materiales, carnales. Para eso va a hacer este falso jubileo. No para quitar pecados. No para expiar los pecados ni de los pobres ni de los ricos. Lo va a hacer para hablar mal de los ricos – para juzgarlos (él que no juzga a nadie)- y para llenar estómagos de los pobres. Eso es todo.

Y, ahora, muestra su vena llorona:

«No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo» (Ib).

¿Ven su sentimentalismo podrido?

La indiferencia humilla; lo habitual anestesia. Tienes que vivir concentrado en los problemas del otro, pero no en su conversión. No puedes juzgar  su vida de pecado. Tienes que aceptarla, pero debes preocuparte por su vida de pecado para no humillar al otro. No seas juez del otro diciéndole que su homosexualidad es pecado. Acepta su homosexualidad, preocúpate de ella para no lastimar al otro. Sé tierno con el otro. Sé compasivo con el otro. Sé misericordioso, como Dios es misericordioso.

¿Ven qué podrido está Bergoglio?

¿Ven cómo todo es llorar por los hombres, que viven en sus malditos pecados, y justificarlos de muchas maneras?

No guardes el depósito de la fe, que es lo habitual que todo católico tiene que hacer si vive en el mundo, porque eso es impedimento para poder descubrir la novedad en tu hermano que vive en su herejía.

¡Es todo justificar al pecador y su pecado!

Tienes que abrir tus ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tanta gente que no tiene dignidad: ya no abras tus ojos para mirar que la gente está viviendo en su pecado, y que es necesario la oración y la penitencia para sacarlos de su pecado.

¡Hay mucha gente sin dignidad humana! ¡Dales dignidad! ¡Dales solidaridad! ¡Dales dinero! Dales un poco de fama mundial! ¡Hagamos un mundo con personas con dignidad! ¡Comunismo y masonismo!

¡Qué pena de tantos católicos que se van a condenar por seguir a Bergoglio!

Las prostitutas tienen más claro el camino de salvación que muchos católicos que tienen a Bergoglio como su papa.

¡Es más fácil que se salve una prostituta que un católico que obedezca a Bergoglio!

Bergoglio te predica el beso y el abrazo: «Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad» (Ib). Pura idea masónica. Abraza al prójimo aunque sea el mayor hereje de la historia, aunque sea un ateo que blasfema contra Dios, aunque sea un musulmán que corta cabezas por cortarlas. Dales un abrazo. Se lo merecen. Dales un signo de fraternidad natural.

¡Qué locura de bula!

¡Qué burla esta bula de la falsa misericordia!

Ni una palabra sobre el pecado, que es el mal de este mundo. Ni una palabra. Todo es dar vueltas a lo mismo:

«Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (Ib): no tienes una conciencia despierta ante la pobreza; no miras a los pobres que son los privilegiados de esta falsa misericordia.

Es siempre lo mismo: los pobres, los pobres, los pobres. Bergoglio ha puesto a los pobres por encima de Dios. Su claro comunismo. ¡Cómo apesta este hombre a humanismo! ¡Es su herejía favorita!

Y, por supuesto, dice su gran blasfemia:

«Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables» (Ib): como no tienes que juzgar al otro, entonces a perdonar sin límites. Y la gran blasfemia es que el Sacramento se ha dado tanto para atar como para desatar. No se nos ha dado el Espíritu Santo para perdonar pecados, sino para hacer un juicio tanto al pecador como a su pecado.

¡Pobres sacerdotes, lo que les espera en ese año de maldad como se atrevan a negar el Sacramento a un pecador!

Bergoglio sólo coge la palabra misericordia y la repite sin cesar en toda esta bula. Es una palabra vacía, acomodada a la mala interpretación que hace de todos los textos de la Sagrada Escritura y de los Papas.

Le sale un documento que es una burla de la Justica y de la Misericordia Divinas. ¡Una auténtica burla!

¡Qué pocos saben ya enfrentar a Bergoglio como lo que es en la realidad!

¡Ahora, todos temen ya lo que va a suceder después de Octubre! Todos lo palpan.

Pero todos son culpables porque tiempo han tenido de llamar a las cosas por su nombre. Y sólo por agradar a un hombre, a este falsario, todos entran en el castigo que viene para toda la Iglesia, que se manifestará en el mundo entero.

Castigo divino: todos encerrados en una gran oscuridad, de la cual nadie puede ver. Es la oscuridad del demonio: su tiniebla. Y, en esa tiniebla espiritual, la condenación de muchos, fieles y Jerarquía, que a pesar de su gran inteligencia, se merecen el infierno.

No salvan las teologías. Sólo salva poner la cabeza en el suelo y pedir a Dios misericordia. Pero el gran pecado de muchos en la Iglesia es que se creen salvados y santificados por su teología, porque han sabido interpretar a su manera el Concilio.

Y para no apartarse de la enseñanza espiritual del Concilio, el alma no tiene que apartarse de la Voluntad de Dios en la Iglesia, que es en lo que muchos han caído. Por querer sus tradiciones, sus liturgias, sus magisterios, se han alejado de la Voluntad de Dios en una Cabeza Visible. Y vemos la gran división que todo eso ha traído.

Ahora, todos siguen a un ignorante de la Verdad. Y a pesar de ver sus grandes herejías, sus claras obras de apostasía y su obra cismática en su gobierno, se someten a su mente humana. No tienen las agallas de levantarse contra ese hombre. En sus teologías no lo ven claro.

No salvan las teologías, sino la fe de los sencillos.

¡Cuánta gente sin inteligencia sabe lo que es Bergoglio!

¡Cuánta Jerarquía con años de teología y todavía no creen que Bergoglio no es papa! Se van a condenar.

En este tiempo de Justicia, sólo las almas sencillas se salvarán. Los demás, les espera una gran condenación. Y sólo porque ellos la han buscado en sus grandes teologías.

Esta bula del jubileo de la misericordia es una burla a la Misericordia de Dios. No es un año de bendición divina, sino de maldición. Y esa maldición la obra el demonio dentro de la Iglesia.

Sacerdotes y Obispos poseídos por la mente del demonio

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«Cogió al Dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, y Satanás, y lo encadenó por mil años» (Ap 20, 2).

El Dragón es la serpiente antigua, la que apareció en el Paraíso, enemiga de la Mujer y del linaje de la Mujer (cf. Gn 3, 15).

La serpiente no es un mito o un ser fantástico, no es el diablo en forma de serpiente, sino una verdadera serpiente:

«la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios» (Gn 3, 1).

Dios creó a la serpiente, pero el demonio la poseyó.

La serpiente es un animal, pero poseído por el diablo: «El Misterio de iniquidad está ya en acción» (2 Ts 2, 7)….en el Paraíso; y se mostrará hasta el fin del mundo en que «el diablo, que los extraviaba, será arrojado en el estanque de fuego y azufre» (Ap 20, 10).

Este Misterio del Mal vive en la Creación de Dios.

Dios crea al hombre y a la mujer para una obra en la carne. El demonio posee una carne animal para imitar la obra de Dios en la naturaleza humana.

Un animal, creado por Dios, pero poseído por el diablo. Esto supone que en el Paraíso hay un ser dominado por el pecado de Lucifer, pero que no ha recibido la sentencia de Dios.  Un ser, que siendo animal, es más astuto que el hombre, más sagaz, más inteligente.

El diablo posee un animal con una sola intención: seducir a Adán y a Eva.

El diablo se encarna en un animal: es una encarnación espiritual, no real. Es una encarnación que quiere imitar la Encarnación del Verbo, que Lucifer conocía en Dios. Es una encarnación que es una posesión.

El primer paso es tomar una bestia para anular la obra de Dios en Adán: la naturaleza humana perfecta en Dios; el segundo paso es tomar un hombre para anular la obra de Dios en el nuevo Adán, Jesús: la naturaleza espiritual y divina en el hombre. Y el tercer paso es tomar a un hombre glorioso para anular toda la obra de Dios en Cristo:

«Cuando se hubiese acabado los mil años, será satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones…y reunirlos para la guerra…Subirán sobre la anchura de la tierra y cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada» (Ap 20, 8).

Sale el diablo a extraviar a un mundo transformado: «No todos moriremos, pero todos seremos transformados» (1 Cor 15, 51). Si no se muere, no se puede ver a Dios; sino que se sigue viviendo en peregrinación. Pero se vive con un cuerpo transformado, espiritualizado, glorioso, pero no con la plenitud de gloria que se tiene en el cielo. Es el Misterio del Reino glorioso en la tierra. El Misterio de los mil años, en que nadie cree.

Tres batallas el demonio pone a Dios:

1. En la primera, en el Paraíso, el demonio conquista al hombre y crea su linaje: hombres con un cuerpo, con un alma, pero sellados por el espíritu del diablo. De Caín nació todo ese linaje maldito:

a. «andarás maldito…Cuando labres la tierra, ella no te dará más su fruto; fugitivo, errante, vivirás sobre la tierra» (Gn 4, 12): El pecado de Caín no tiene ya remedio: es una maldición que no se puede suprimir con los buenos frutos humanos. Ni siquiera el bien de la tierra será alivió para el alma de Caín. Caín es el primer hombre que no espera el perdón. No puede esperarlo, porque Caín fue engendrado para condenarse: ese fue el pecado de Adán en Eva. Este es el Misterio de la iniquidad que se puso en acto en el Paraíso. Y que pasa a todos los hombres, de generación en generación; es decir, pasa vía acto sexual. Por eso, el Anticristo viene de una generación: de un Obispo y de una mujer hebrea dada a las artes de Satanás: . «Durante este tiempo nacerá el anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa Virgen, que tendrá comunicación con la antigua serpiente, maestra de impureza. Su padre será Obispo» (Profecía de la Salette). El Anticristo es un hombre poseído por el diablo, con una posesión perfecta, irrompible, que lleva al alma a obrar sólo la mente del demonio. El Anticristo no puede obrar su mente humana: no es libre. Está poseído en todo por la mente de satanás para una obra del demonio.

b. «cualquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces. Y puso Yavé una señal a Caín para que no lo matara quien lo hallase» (Gn 4, 15): Caín no será víctima de la venganza humana, sino que el mismo Dios se reserva su castigo y el de su linaje. Ningún ser humano puede acabar con todos los males que el linaje del demonio produce en la Creación. Sólo Dios puede aniquilar esa raza maldita de hombres, que viven poseídos por Satanás y que combaten, día y noche, contra los hijos de Dios, que es el linaje de la Mujer.

El demonio hace su obra poseyendo un animal, una bestia. Así engaña al hombre. Así de fácil. La inteligencia del demonio es superior a la inteligencia del hombre. Su astucia es su poder: «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11, 14). Sabe presentar su conocimiento mentiroso como si fuese una verdad que debe ser seguida. Es lo que hacen los falsos profetas, los falsos apóstoles, los falsos sacerdotes y Obispos. Y es lo que hace, continuamente, el maestro del error, Bergoglio, que ocupa el lugar que nunca debería haber sido suyo. Pero toda su vida ha sido un satanás disfrazado de bondad, humildad, pobreza inmaculada. Bergoglio pertenece al linaje del Anticristo: ha nacido para combatir contra Cristo y Su Iglesia. Y lo hace revistiéndose exteriormente de Cristo, como los fariseos que buscan llamar la atención con las palabras y las obras exteriores, que siempre son conformes a los pensamientos y obras humanas.

Si a Adán y a Eva, teniendo todos los dones de la gracia, dones preternaturales, una bestia poseída por el demonio los engañó, ¿se llevan las manos a la cabeza al contemplar cómo son engañados todos los católicos por un hombre poseído por Satanás? ¿Por un Bergoglio que no tiene inteligencia, que habla con un lenguaje de pueblo, que sus discursos son sin sentido común, carente de toda verdad, sólo dichos para impresionar, para captar el sentimiento, el afecto del que escucha? Pues este hombre, que es un animal poseído por el demonio en su inteligencia, ha engañado a toda la Iglesia, a todos los católicos.

¡Qué fácil es engañar a los hombres!

¡Y muchos católicos continúan en el engaño!

¡Nadie cree en el demonio; nadie cree en el misterio del mal!

Si Satanás pudo engañar a un hombre con un animal que no tiene razón, inteligencia, entonces es más fácil engañar a los hombres con hombres que poseen una inteligencia. Porque Satanás es el maestro de la mente humana. Es el que habla a la mente. Es el que conduce al hombre a través de su mente, de sus ideas humanas.

Si Adán lo tenía todo y fue engañado por un animal, los católicos, que no tienen toda la gracia, entonces son engañados por un loco. Un loco que los hace creer que todos somos santos y justos a los ojos de Dios: «Dios quiere a todos sus hijos, estén como estén, y tú eres hijo de Dios y por eso la Iglesia te quiere y te acepta como eres».

amabominacio

¡Cómo está el patio!

Ya nadie cree ni en la ley natural, ni en la ley divina ni en la ley de la gracia. Ahora todos creen en la ley de la gradualidad: Dios nos ama a todos, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios; cada uno va gradualmente a Dios, según la evolución de su idea humana de la vida, de la iglesia, de Dios, de Jesús, etc… Cada cultura tiene su momento: ahora estamos en la cultura del encuentro, en que hay que unir las mentes de los hombres, porque la felicidad sólo está en cada hombre, en cada mente, en cada obra del hombre. Todos aportan al bien de la humanidad su granito, su valor, su dignidad, su respeto. No hay verdades absolutas, sólo hay verdades como el hombre se las invente: el relativismo universal de toda idea humana.

2. En la segunda, en el Calvario, el demonio conquista a los hombres que no creen en Cristo Crucificado: son los nuevos anticristos que marcan la venida del Anticristo. Así como el demonio se formó un linaje humano, carnal, para su obra en la Creación; así el demonio, en la Iglesia, se forma su jerarquía, su linaje espiritual, que combate al linaje de Cristo y de María.

a. «antes ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición» (2 ts 2, 3): el Anticristo de nuestros días es posible porque hubo un Caín en el Rebaño de Cristo: el demonio poseyó el alma de Judas. Él derramó sangre inocente, como Caín; él mató al Justo, como lo hizo Caín con su hermano Abel; y él creyó que su pecado fue demasiado grande para obtener la misericordia divina, como así lo declaró Caín: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla» (Gn 4, 13). Judas «fue y se ahorcó» (Mt 27, 5) para que se cumpliese la Escritura: «Asoladas sean sus moradas y no haya quien habite sus tiendas» (Sal 69, 26), pero «sucédale otro en su ministerio» (Sal 109, 8). El pecado de Caín se sucede en el pecado de Judas; y se sigue sucediendo en toda la Jerarquía que imita el pecado de Judas. Por más que muera un Judas, siempre habrá otro. Y esto hasta el fin del mundo. Y, por eso, en la Iglesia hay que saber discernir a toda la Jerarquía: unos son de Cristo; otro son del Anticristo. Y hay que llamarlos a cada uno por su nombre, que es lo que muchos católicos no saben hacer, ni con Bergoglio, ni con la demás jerarquía que lo sigue y que le obedece.

b. «muchos se han hecho anticristos» (1 Jn 2, 18): se sabe que es la última hora sólo por una cosa: abunda una jerarquía en la Iglesia que es del demonio, que está poseída por Satanás, con la posesión más perfecta, que no es en el cuerpo, sino en la inteligencia, en la mente del hombre. Abunda: son mayoría. Han escalado los puestos más altos para conquistar toda la Iglesia, para hacer una iglesia según la entienden los hombres. Sacerdotes y Obispos tan soberbios en sus mentes que serán capaces de poner al Anticristo como jefe de la Iglesia: el Anticristo se sentará «en el templo de Dios y se proclamará dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Y esto lo hará la misma Jerarquía de la Iglesia Católica, la que una vez fueron católicos, pero ya no lo son. Si van a llegar a eso, lo de poner a Bergoglio como un falso papa es sólo el camino, el inicio de esta gran abominación; es algo tan sencillo porque la maldad es más astuta que los hombres de bien.

«Cortos de días» (Sal 109, 8) es el falso pontificado de Bergoglio, pero una gran brecha ha puesto ese hombre en el interior de la Iglesia. Brecha que ya no se puede cerrar. División que sólo la palpan los que creen con sencillez. Todos los demás, a pesar de que ven el destrozo de ese hombre en el gobierno de la Iglesia, lo siguen llamando Papa, y siguen esperando algo de él (vean la solicitud que se hace a ese energúmeno): no creen en el misterio de la iniquidad. No creen en Bergoglio como falso papa, como un hombre poseído por el demonio. No ven en Bergoglio el misterio del mal; sino que lo ven como papa verdadero, y quieren hacerle una súplica filial, como si ese hombre amara la Iglesia de Cristo y a los católicos fieles a la doctrina de Cristo. ¿No ha dado ya, durante dos años, muestras palpables de su odio a Cristo y a la Iglesia?

Esta es la ceguera de toda la Iglesia: y están ciegos por su falta de fe. ¿De qué le sirven los dogmas? De nada. No creen en el dogma del Papado: no lo practican con Bergoglio. Para muchos, mientras oficialmente no pongan una ley que apruebe el pecado, siguen llamando a Bergoglio como Papa, a pesar de su manifiesta herejía. Entonces, toda esta gente ¿en qué cree? No creen en un Papa que tenga en su corazón la verdad, sino que creen en un hombre que sólo tiene en su mente su idea de la iglesia. Sólo creen en su lenguaje humano, en su visión humana de la vida, en su pensamiento de hombre. Después del Sínodo, verán su error, pero ya será tarde para muchos. Quien sigue a Bergoglio como Papa acaba pensando como él. Hay que combatir a Bergoglio y a toda la Jerarquía para seguir siendo la familia que Dios quiere. No hay que crear un ambiente favorable para decirse a sí mismos: aquí no pasa nada; en la Iglesia todos somos santos, todos aportamos un granito de arena en esta gran confusión que reina en todas partes. Este es el conformismo de muchos que no saben batallar contra el demonio, ni en sus vidas, ni en la Iglesia.

¿No vino Cristo «para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8)? Entonces, ¿qué hacen los católicos que no cogen las armas del Espíritu para combatir a Bergoglio y a todos los que le siguen? ¿Para qué se creen que están en la Iglesia: para firmar una solicitud y así procurar que Bergoglio no haga el daño que va a hacer?

¡Destruyan las obras del diablo en Bergoglio! ¡Eso es ser de Cristo! ¡Eso es ser Iglesia!

¡Cuántos católicos falsos, sólo de nombre, solo de boquilla!

«Que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» (Ef 6, 12), que están en Bergoglio, en su alma y en su corazón, y que están en toda la Jerarquía.

Todo el Vaticano está infestado de demonios: «Los jefes, los conductores del Pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias, se han convertido en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer» (Profecía de la Salette).

Estrellas errantes: eso son Bergoglio y todos los suyos. Hombres sin oración ni penitencia. Hombres para el mundo, para la sociedad, para el aplauso de los tibios y pervertidos.

Como no se cree en el demonio, tampoco se cree en las obras del demonio en cada alma. Tampoco se ve que Roma ha perdido ya la fe. Se está ya prostituyendo con todos los gobiernos de la tierra, para aparecer, ante todos los hombres, como la Gran Ramera. Y, como toda prostituta, se engalana de sus pecados, de sus fechorías, de sus maldades, para enriquecerse a costa de otros.

El demonio hace su obra poseyendo hombres sagrados: sacerdotes, Obispos. Y así engaña a todo hombre, a todo católico, a toda la Iglesia. Así de sencillo. Así ha penetrado en toda la Iglesia y ha escalado puestos hasta llegar a la cima, al vértice tan deseado.

3. En la tercera, el demonio irá, no sólo contra todo lo sagrado, sino contra la ciudad gloriosa, santa, la Nueva Jerusalén que baja del cielo, que «tenía la gloria de Dios» (Ap 20, 10). Pero esto nadie se lo cree porque no creen en los mil años. Nadie en la Jerarquía les va a predicar del milenio, porque no creen.

Ya nadie cree que las Escrituras han sido inspiradas por Dios. Todo el mundo quita palabras que no les gusta, frases que incomodan o interpretan la Escritura según la mente de cada cual, según la cultura, la ciencia, los avances científicos, etc… Y nadie sabe ver los Signos de los Tiempos. A nadie le interesa eso.

Nadie comprende cómo atando al demonio, puede haber un reino glorioso en la tierra si después va a ser desatado y va a extraviar a muchos hombres. ¡Este es el Misterio! No puede haber una gloria si hay un pecado, si el demonio puede seguir tentando a los hombres y conquistando almas.

Por eso, mucha Jerarquía acaba negando el Apocalipsis y se mete en una vida mundana y humana, buscando un fin en este mundo: un bien común universal, un gobierno mundial, una iglesia para todos.

Al no creer en la Palabra de Dios, tienen que negar los misterios que su mente no puede comprender ni aceptar, y pasan sus vidas condenando a las almas dentro de la Iglesia.

Y a eso sólo se dedican, a destruir la Iglesia:

El Cardenal Baldisseri ha dicho que nadie «debería estar sorprendido por los teólogos que contradicen la enseñanza de la Iglesia». Porque «los dogmas pueden evolucionar». Por lo tanto, «no habría ningún punto en celebrar un Sínodo si fuéramos simplemente a repetir lo que siempre se ha dicho». Expresó que «sólo porque una particular comprensión se haya sostenido por 2000 años, eso no quiere decir que no pueda ser cuestionada» (ver texto).

Este Cardenal claramente es un anticristo. Peor nadie se atreve a llamarlo así.

Nadie se sorprenda de que haya herejes, como Kasper, como Bergoglio, como Baldisseri, y que el vaticano no diga nada, sino que lo apruebe. Si contradices la enseñanza de la Iglesia es que vas bien en la Iglesia. ¿Para qué sirve, entonces, el magisterio infalible de la Iglesia, si se puede cambiar? ¿Para qué los dogmas si pueden evolucionar? ¿Para qué la Palabra de Dios si ya no le sirve al lenguaje de la época? ¿Para qué creer en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre?

Si los dogmas evolucionan estamos hablando de la ley de la gradualidad: se anula la ley Eterna. Se acabó la ley natural. Y, por lo tanto, hay que casar a los homosexuales. Se acabó la ley divina. En consecuencia, los malcasados pueden comulgar con toda tranquilidad de conciencia. Se acabó la ley de la gracia. ¿Por qué no las mujeres al sacerdocio, o como Obispas o que sean Papas? Se acabó la ley del Espíritu: la Iglesia no es la obra del Espíritu; los dones y carismas no pertenecen a Dios; la gracia es un ser creado por el hombre para sentirse bien en su vida humana, para tener sus conocimientos y compartirlos con todos.

Van a hacer el próximo Sínodo para empezar a destruirlo todo: no van a repetir el fracaso del pasado Sínodo. No están dispuestos a otro fracaso, a otra humillación. Ahora van a humillar a todos esos que juzgan a Kasper, a Bergoglio, y a tantos teólogos que son del demonio.

Nadie quiere la Verdad en el Vaticano: ya han puesto sus gentes en lo más alto del gobierno en la Iglesia. Todo el mundo piensa lo mismo: lo que se ha sostenido durante siglos hay que cuestionarlo. Jesús se equivocó en su enseñanza a los discípulos. Todos los Papas han errados en la Iglesia. Ningún Concilio ha dado la verdad a la Iglesia. Ahora, es el tiempo de clarificar las cosas. Ahora están en la Iglesia las superinteligencias del demonio que van a enseñar a todo el mundo sus grandes locuras. Y la mayoría de los católicos va a asentir con sus mentes a esas locuras, porque andan detrás de los hombres, pero no de Cristo.

El diablo anda suelto por todas partes, pero ya nadie cree en él. Y, por eso, se acerca el tiempo de la gran justicia. Y los primeros: la Iglesia. No queréis combatir al demonio en la Jerarquía; entonces los demonios, a través de esa jerarquía, os van a hacer la vida imposible a todos los que se dicen católicos. Y ¡ay! de quien se atreva a levantar su voz ante el linaje del demonio: quedará excomulgado, porque no besa el trasero de tantos hombres que sólo viven para agradarse a sí mismos, con sus palabras baratas y blasfemas.

Bergoglio es un anticristo, pero no es el Anticristo. Tiene, como todo anticristo, el espíritu del Falso Profeta. Pero no es el Falso Profeta. Es un gran charlatán, embaucador, que sólo vive buscando la gloria humana. Y su magisterio, no sólo está lleno de herejías manifiestas, sino que reluce en él la mente de Lucifer. Una mente rota en la inteligencia que sólo puede obrar una vida para los sentidos.

El diablo es una trinidad de personas demoníacas: Lucifer, Satanás y Belzebub. Lucifer, el que porta la luz de la maldad (= una luz rota, un conocimiento loco), representa el orgullo de la vida; Satanás, el rayo de la inteligencia, la soberbia de la mente; y Belcebub, el señor del estiércol, las obras de la lujuria.

Bergoglio es orgullo y, por lo tanto, su mente está rota: su magisterio no tiene ni pies ni cabeza: coge de aquí, de allá, e hilvana frases sólo para decir su mensaje, que es su obra: vivan como quieran. Es la obra de Belcebub. Bergoglio no tiene inteligencia para romper el dogma, pero sí es voluntad para arrastrar hacia el pecado. Vive su pecado y eso es lo que muestra a todo el mundo. Y no se le cae la cara de vergüenza. Vive convencido de que eso es la verdad. Ha llamado al pecado como un valor en la vida, como un bien para la inteligencia del hombre. Él ensalza su propio pecado; él lo justifica. Y muchos otros se encargan de aplaudirlo. Esto es siempre una persona orgullosa. Por eso, Bergoglio no sabe gobernar nada. Sus gobiernos son siempre un desastre para todo el mundo. Bergoglio sólo sabe vivir su vida. Y nada más. Los demás, que arreen: le importa nada la vida de los otros.

¡Qué pocos han sabido ver lo que es Bergoglio! Y, por eso, siguen y seguirán confundidos. Porque si a la persona orgullosa no se la encara, entonces el hombre tiene miedo de ella y termina convirtiéndose en un juego del orgulloso.

Bergoglio está jugando con toda la Iglesia. Y nadie se ha dado cuenta.

La muerte del pecador es porque se lo merece por sus pecados

masacre

«Tomó Cristo los pecados en Su Cuerpo sobre el leño, para que nosotros, por Su Muerte, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la Justicia» (S. Cirilo de Jerusalén – R 831).

Dios, por el pecado original de Adán, estuvo justamente ofendido contra toda la humanidad. Y, por eso, dijo: «Maldita, Adán, la tierra a causa tuya» (Gn 3, 17). Una maldición divina que sólo se puede quitar con una bendición divina.

Los hombres no pueden solucionar el problema del pecado, que Adán obró en toda la Creación:

«Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza o por otro remedio que por el mérito del solo Mediador, Nuestro Señor Jesucristo, que nos reconcilió con Dios con Su Sangre (…) sea anatema» (D 790).

No por las obras humanas, científicas, técnicas; no por el progreso del hombre, no por la evolución de los seres vivos se quita el mal en el mundo.

Sólo Cristo sabe el camino para quitar esa maldición. El camino es el de la Cruz, por el cual todo hombre, si quiere salvarse, tiene que caminar. Pero es necesario creer en Cristo.

Bergoglio, antes de usurpar el trono de Pedro, negaba que Cristo fuera el Salvador:

«es bueno que le preguntemos a Jesús: ¿Sois Vos, Señor, nuestro único Salvador o debemos esperar a otros? Lo que pasa es que vivimos situaciones de pobreza, de falta de trabajo…, o estas enfermedades que nos afectan masivamente, la gripe, el dengue…, y que pegan más duro por la falta de justicia. Todo esto nos lleva a que le preguntemos al Señor: “Señor, ¿estás de verdad en medio de tu pueblo? ¿Es verdad que caminas con tu pueblo?» (Buenos Aires, 7 de agosto de 2009).

Bergoglio niega el dogma de la Redención, por el cual la maldición de Dios sobre la creación sólo se arregla con la muerte de Cristo. Bergoglio pone el esfuerzo humano para arreglar esa maldición.

Y, claro, tiene que preguntarse si Jesús es el Salvador o no, porque hay gente que muere de hambre, que no tiene trabajo, etc… Su duda es, claramente, su falta de fe en Jesús, en la doctrina de Cristo.

Bergoglio está en la Iglesia para hacer su comunismo, torciendo todo el Evangelio. Jesús hace milagros para que la gente vea que Él es el Mesías. Bergoglio, como no cree en los milagros, tergiversa las palabras del Evangelio y pone su atención en los hombres. ¿Quién es Jesús? ¿El que hace milagros? No; el que está en la gente.

Él pone la salvación en los mismos hombres, en sus obras, que es su falso misticismo, es decir, su panteísmo y su panenteísmo:

«En el rostro de esa gente ya se vislumbra la respuesta a la pregunta de ¿quién es Jesús? “A Jesús lo vemos en el rostro de la gente que lo quiere y que da testimonio de que Él es el que la ha confortado y salvado”. A Jesús “lo encontramos de un modo especial” en el rostro de “los pobres, afligidos y enfermos (…), de nuestros hermanos queridos que nos dan testimonio de fe, de paciencia en el sufrimiento y de constante lucha para seguir viviendo (…) Cuando nos animamos a mirar bien a fondo el rostro de los que sufren se produce un milagro: aparece el Rostro de Jesús. (…) pero los rostros hay que verlos de cerca, estando con los otros» (Ib).

A Jesús lo vemos en los demás, no lo vemos en Él mismo, porque todos están en Jesús: esto es el panenteísmo.

Para ver a Jesús, hay que ver los rostros de los demás, pero hay que encontrarse con ellos, correr hacia ellos, porque en ellos está Jesús: esto es el panteísmo. Todo es Jesús, todo es Dios, todo significa, lleva lo divino y hacia lo divino.

Su falso misticismo, que son estas dos ideas, está en todas sus homilías y escritos. De aquí le nace su falsa misericordia hacia los hombres y su falsa compasión hacia las vidas y los sufrimientos de todos los hombres.

Bergoglio sólo está vendiendo su idea: su falso cristo con su falsa iglesia. Y, por tanto, él se esfuerza en dar una doctrina que no tiene nada que ver con la fe católica. Siempre mira a una fe común: la que incluya a todas las religiones y a todas las mentes de los hombres:

«Espero que la cooperación interreligiosa y ecuménica demuestre que los hombres y las mujeres no tienen que renunciar a su identidad, ya sea étnica o religiosa, para vivir en armonía con sus hermanos y hermanas» (Encuentro interreligioso y ecuménico – 13 de enero del 2015).

Bergoglio no quiere convertir a nadie porque no existe la Verdad absoluta. Y, por tanto, no existe la religión verdadera ni la Iglesia que posee la Verdad Absoluta.

Todos con su identidad religiosa para vivir en armonía con los hombres: no tienen que renunciar a su identidad = quédate en tus pecados y vive pecando, que así te salvarás, irás al cielo.

Esta armonía es su unidad en la diversidad. Hacer un uno con muchas mentes humanas, con muchas ideas distintas, encontradas, diversas. Es la concepción de la evolución, de la gradualidad del pensamiento humano, de las ideas humanas.

Pero hay que saber hacer ese uno en la diversidad, porque hay ideas que destrozan esa armonía. Hay ideas que los hombres tienen que quitarlas para entrar en la armonía de la gradualidad. Hay que elaborar una nueva doctrina y un nuevo credo, leyes y reglas para que la gente vaya evolucionando en sus ideas y no se queden atascados en lo que impide la fraternidad, en sus religiones, dogmatismos y fundamentalismos.

«Hay un tipo de rechazo que nos afecta a todos, que nos lleva a no ver al prójimo como a un hermano al que acoger, sino a dejarlo fuera de nuestro horizonte personal de vida, a transformarlo más bien en un adversario, en un súbdito al que dominar. Esa es la mentalidad que genera la cultura del descarte que no respeta nada ni a nadie: desde los animales a los seres humanos, e incluso al mismo Dios. De ahí nace la humanidad herida y continuamente dividida por tensiones y conflictos de todo tipo». (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015)

Bergoglio anula el pecado original. Por lo tanto, tiene que buscar una idea, en su mente, para resolver el problema de la creación. Esa idea es la fraternidad: el amor al prójimo. El otro es siempre un hermano. Al no ver al otro como a un hermano, viene la cultura del descarte, y que hace que toda la creación sea lo que vemos: no hay respeto por nadie, ni siquiera por los animales.

Si no tienes la idea de que el otro es un hermano para ti, entonces lo conviertes en tu adversario.

Bergoglio está anulando la ley de Dios en la naturaleza humana, anula el pecado, que todo hombre tiene que dominar:

«¿No es verdad que si obraras bien, andarías erguido, mientras que si, no obras bien, estará el pecado a la puerta? Cesa, que él siente apego a ti, y tú debes dominarle a él» (Gn 4, 7).

Para no dominar al hombre, para no esclavizar a los hombres, para no ser un dictador, para gobernar en la Voluntad de Dios, para no hacer la guerra, el hombre tiene que dominar su pecado. No tiene que tener la idea de la fraternidad.

Bergoglio está hablando de su ley de la gradualidad.

Está la idea primera: todos somos hermanos. No existe la maldición del pecado original. Todos somos hijos de Dios.

Como hay personas que rechazan esta idea, entonces se construye una sociedad de rechazo al hombre, en el que el otro es considerado un adversario.

Los que conciben su vida desde la fe católica, desde un dogma, desde una Revelación Divina, desde una Ley Eterna, entonces están rechazando a los hombres que pecan contra Dios. Ya no tienen la idea primera: la hermandad. Siguen la ley de Dios.

Si blasfemas contra Dios, no puedes ser mi hermano. Si vives pecando, no puede ser mi hermano. Si tu idea de la vida es ser homosexual, entonces no puedes ser mi hermano. Si tu fe es ser judío o musulmán o budista u ortodoxo, entonces no puedes ser mi hermano. Tengo que separarte, tengo que dividir.

Jesús viene a poner una espada: la verdad revelada divide a los hombres, nunca los une, porque los hombres están divididos, en su naturaleza humana, a casusa del pecado original. El Bautismo quita el pecado original, pero no la división que produce en la naturaleza humana ese pecado. Y que ahí queda hasta la muerte del cuerpo.

«No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mt 10, 34-35).

Si los enemigos del hombre son sus propios hermanos carnales y su propia familia, entonces en la sociedad no pueden existir hermanos, amigos, fraternidades por una idea humana. ¡Es imposible! La verdad divina siempre divide.

Pero Bergoglio está en su idea de la fraternidad:

«a la dimensión personal del rechazo, se une inevitablemente la dimensión social: una cultura que rechaza al otro, que destruye los vínculos más íntimos y auténticos, acaba por deshacer y disgregar toda la sociedad y generar violencia y muerte. Lo podemos comprobar lamentablemente en numerosos acontecimientos diarios, entre los cuales la trágica masacre que ha tenido lugar en París estos últimos días. Los otros «ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos». Y el ser humano libre se convierte en esclavo, ya sea de las modas, del poder, del dinero, incluso a veces de formas tergiversadas de religión» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

¿Es el asesinato de doce personas en la oficina de redacción de la revista “Charlie Hebdo”, cometido por dos musulmanes, una masacre?

No; no lo es.

Es una Justicia Divina:

«El que guarda la Ley, a sí mismo se guarda; el que menosprecia sus caminos morirá» (Prov 19, 16).

Es la Palabra de Dios, que nunca miente y que siempre da la verdad de lo que pasa en el mundo.

Toda esa gente de Charlie Hebdo son blasfemos de la ley divina: trabajan en contra de los mandamientos de la ley de Dios. Blasfeman contra Dios, vomitan, calumnian al prójimo y sólo se obedecen a sí mismos. Están menospreciando los caminos de salvación para el alma, que Dios ha puesto en Su Ley. ¡Tienen que morir!

Esa gente que murió fue por sus pecados. Asesinada por sus pecados. Y no por otra cosa. ¡Qué difícil de entender es esto, aun para los mismos católicos!

«Muchos caen al filo de la espada, pero muchos más cayeron por la lengua» (Ecl 28, 22). El pecado de toda esa gente es de lengua. Y, con ella, blasfeman contra Dios y contra todo el mundo. Tienen conforme a su pecado: la blasfemia de morir a manos de unos blasfemos.

Vives obrando tu pecado, tu ofensa a Dios todo el santo día, entonces tienes sobre tu cabeza la espada de la Justicia Divina: «el impío morirá por su iniquidad» (Ez 33, 8).

«No os engañéis; de Dios nadie se burla. Lo que el hombre sembrare, eso cosechará.  Quien sembrare en su carne, de la carne cosechará la corrupción; pero quien siembre en el espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna» (Gal 6,7).

Los de Charlie Hebdo viven sembrando en su carne: sus pensamientos humanos les llevan a obrar una blasfemia constante contra Dios. Siembran los vientos de sus blasfemias; tienen que recoger tempestades, guerras, muertes:

«Porque sembraron viento, y torbellino segarán» (Os 8, 7).

Ante el pecado de toda esta gente, el Señor manda tremendos castigos.

Un castigo son los musulmanes: una religión que fue creada para matar a los hombres:

«Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba» (texto del emperador Manuel II citado por el Papa Benedicto XVI)

El Papa traía este texto para poner de relieve la relación que existe entre fe y razón y, por tanto, «la convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios» (Ib). No se puede convertir a las personas a través de la violencia, de la muerte. Eso es algo irracional.

Pero, «para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionabilidad» (Ib). Y, por lo tanto, «si (Dios) quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría» (Ib).

Los dos musulmanes, que mataron a toda esa gente, lo hicieron movidos por su pecado. No por una idea fundamentalista; no por una idea rigorista que les ciega para ver al otro como hermano.

Los musulmanes matan por su fe, que es contraria a la Palabra de Dios. Es una idea en contra de la Verdad Divina. Ellos no dominan el pecado que les acecha, sino que lo han puesto como ley en su fe musulmana. Tienen que cumplir esa ley para ser musulmanes. Ellos caen en la irracionalidad, pero eso a ellos les trae sin cuidado.

Cuando el pecado de soberbia oscurece totalmente a la persona, entonces ésta, en su orgullo, obra esa soberbia y tiene que matar a los infieles. Y esto no es ser fundamentalista, sino un hombre pecador que sigue su pecado, que obra su pecado de soberbia en su orgullo. Y que lo quiere obrar.

De nada se hace, como quiere Bergoglio, que los hombres quiten estas ideas fundamentalistas para vivir en armonía:

«Ante esta injusta agresión, que afecta también a los cristianos y a otros grupos étnicos de la Región –los yazidíes, por ejemplo–, es necesaria una respuesta unánime que, en el marco del derecho internacional, impida que se propague la violencia, reestablezca la concordia y sane las profundas heridas que han provocado los incesantes conflictos» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

Esto es una utopía en Bergoglio.

Es imposible que la violencia no se propague, porque existe el pecado en todos los hombres. Caines hay muchos. Y no se puede matar a Caín:

«Si alguien matare a Caín, será éste siete veces vengado» (Gn 4, 15).

Querer construir una cultura del encuentro en donde no exista la cultura del descarte es una somera tontería de este personaje y de aquellos que lo siguen.

Existe Caín, existen los musulmanes que matan, existen hombres que matan porque no dominan el pecado que les acecha. ¡Y eso es todo!

No se trata de poner unas leyes, ni unas reglas, ni hacer declaraciones ni salir a la calle para unirse a las víctimas del atropello y así crear un ambiente de armonía en que todos quieren la paz y la concordia.

¡Todo eso es perder el tiempo!

¡Todo está en que cada hombre luche por quitar su pecado! Pero como los gobernantes se pasan su gobierno poniendo leyes en contra de la ley de Dios, entonces ahora se quiere, con palabras bellas, con declaraciones en contra de los fundamentalistas, resolver lo que no se puede resolver con obras ni con ideas humanas.

Hay que luchar en contra del pecado, que es lo que nadie hace: ni en la Iglesia ni en el mundo. Nadie cree en el pecado. Nadie.

Es Cristo el que quita el pecado del mundo, no las leyes de los hombres.

Tuvo que venir Cristo para, con Su Pasión, satisfacer verdaderamente a Su Padre.

Cristo es el que quita los pecados del mundo, la maldición que tiene toda la Creación:

«He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29).

Cristo es el que justifica al hombre, con Su Gracia:

«Con mayor razón, pues, justificados ahora por Su Sangre, seremos por Él salvos de la Ira» (Rom 5, 9).

Jesús nos salva de la Ira del Padre, de la maldición en la cual toda la Creación permanece actualmente:

«Pues sabemos que la Creación entera gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza es como hemos sido salvados» (Rom 8, 23-24a).

Pero nos salva en esperanza; es decir, que Jesús, con Su Sangre, con la Gracia que da en el Bautismo, no salva a todos los hombres, no lleva a todos los hombres al cielo.

Cada hombre tiene que esperar en Dios para salvarse. Cada hombre tiene que merecer su salvación. Cada hombre tiene que luchar por quitar su pecado, tiene que dominarlo.

Practicar la virtud de la esperanza significa vivir deseando lo divino, lo celestial. Vivir buscando el Reino de Dios. Y quien no haga eso, no puede salvarse, porque la salvación es en esperanza: en fe, esperanza y caridad.

Hay que creer en la doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles; es decir, hay que poseer la fe católica, no una fe común, no una fe universal. Hay que pertenecer a la Iglesia Católica, a la verdadera, no a otra iglesia o religión o un sucedáneo de iglesia católica.

Hay que esperar en la gracia de Dios para poder obrar, en la vida humana, lo divino, es decir, la Voluntad de Dios.

Hay amar con el fuego del Espíritu, para realizar aquella verdad que libera al hombre de toda esclavitud.

Si se niega el pecado original, entonces hay que negar la Justicia de Dios. Y, por lo tanto, la obra de la Redención que Cristo hizo para satisfacer la ofensa que el pecado hizo a Dios.

Y, entonces, quedan tres cosas:

Una doctrina masónica: la fraternidad;

Una doctrina protestante: Dios no imputa el pecado: la fe fiducial; la falsa misericordia en la que todo el mundo se va al cielo;

Una doctrina comunista: el hombre se hace salvador de vidas humanas, de proyectos sociales, de obras de globalización mundial.

Como tú, en tu vida privada, rechazas al otro, entonces se levanta una cultura en que se rechaza, en que se destruye los vínculos más íntimos y auténticos: los del hombre.

Y nadie ha comprendido que el que peca destruye los vínculos más íntimos entre Dios y el hombre: la Ley Eterna. Esa destrucción es una ofensa a Dios que exige Justicia, no ternuritas.

Nadie comprende, ni siquiera los católicos, que si vives en tu pecado, tienes una justicia de Dios. Y que esa justicia, Dios la obra a través del demonio. Y el demonio está en las almas que viven para pecar, que no dominan sus pecados, y que las usa para hacer daño a los demás hombres y matarlos, para llevarlos al infierno.

Por tanto, ¿qué es Bergoglio? Un castigo divino para toda la Iglesia.

Este hombre vive en sus pecados, ha hecho vida su fe masónica, su fe protestante y su fe comunista. Y es lo que obra usurpando la Silla de Pedro. Guía a los que le obedecen a un nuevo concepto de cristo y de la iglesia, que es el mismo que el mundo construye y quiere: un nuevo gobierno mundial en que no haya ideas dogmáticas ni fundamentalistas, porque eso va en contra de la ley de la gradualidad: hay que evolucionar en el pensamiento humano. No hay que quedarse en ideas fijas, en dogmas, en ideas irracionales, fundamentalistas. Hay que ir hacia la idea de la fraternidad, que es una idea armónica en la que todo el mundo vive y deja vivir.

Esta es la idea base de la nueva iglesia mundial. Este es el principio. Y sobre este eje, todo lo demás: la cultura del encuentro, el diálogo, las leyes que impidan vivir el dogma y los fundamentalismos; las leyes que vayan en contra de la ley natural, de la ley divina, de la ley de la gracia, porque todo eso es no comprender la idea base: la hermandad de todos los hombres.

Nadie ha comprendido que las muertes de “Charlie Hebdo” son porque se lo merecían en sus pecados. Esa es la justicia: dar a cada uno lo que se merece. Ese es el orden divino, la armonía divina en toda la creación, que Adán suprimió.

No es un atentado contra la libertad de pensamiento. Es la obra de la Justicia de Dios, porque unos y otros han atentado contra los mandamientos de Dios.

Ahora se busca una armonía para gente estúpida e idiota; es decir, para personas que han hecho del pecado de soberbia y del orgullo su gobierno, su enseñanza, el camino para que los demás lo recorran.

Y la gente apoya toda esa estupidez; y no tiene la valentía de dar testimonio de la Verdad, porque a nadie le interesa la verdad. Todos viven en las locuras de sus ideas humanas, dando culto a sus obras y vidas humanas.

El misterio de iniquidad en la Iglesia

SatanascontraJesus

Mateo 24, 15: “Por tanto, cuando viereis que la abominación de la desolación, que fue dicha por el Profeta Daniel, está en el lugar santo, -el que lee entienda-”.

Mateo 24, 24-25: “Porque se levantarán falsos Cristos y falsos Profetas, y harán grandes maravillas y prodigios; de manera que aún los escogidos, si fuera posible, caerían en error: ya veis que os lo he predicho”.

2 Tes. 2, 3-5: “No os dejéis seducir de nadie en ninguna manera; porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía, y aparecido el hombre del pecado, hijo de la perdición, el cual se opondrá, y se alzará contra todo lo que se llama Dios, o que es adorado, de manera que se sentará en el templo de Dios, dando a entender que es Dios. ¿No os acordáis, que cuando estaba todavía entre vosotros, os decía estas cosas?”.

El misterio de iniquidad es el que está obrando en la Iglesia.

Misterio que ha puesto en el Papado su poder. Un poder demoniáco. Quien rige al impostor, no es el Poder de Dios, sin el poder del demonio.

Y hay que saber qué puede hacer el demonio en los hombres para entender este poder.

El demonio posee a los hombres cuando los hombres viven en el pecado. Si los hombres no están en gracia, si los hombres tardan en confesar sus pecados, si los hombres se dedican a vivir su vida humana sin atender a nada espiritual, haciendo las cosas de Dios por rutina, entonces se da la posesión del demonio.

El demonio posee las mentes de los hombres y sus cuerpos. El demonio no posee la voluntad de los hombres, pero puede influir en ellas.

Para entender lo que pasa en la Iglesia, para comprender por qué el Concilio Vaticano II fue un desastre para la Iglesia, porque con él vino la remodelación de toda la Iglesia que la ha llevado a esta situación, hay que meterse en este misterio de iniquidad.

Lo que vivimos, ese impostor, nace del Concilio Vaticano II. Es la lenta obra del demonio en los hombres, en los sacerdotes, en los Obispos, en los religiosos, en los fieles de la Iglesia.

Lenta, pero eficaz, obra del demonio.

La Virgen, en La Salette, ya hablaba que el Anticristo iba a nacer de una virgen consagrada, dada al demonio, y de un Obispo.

El Anticristo necesita la consagración del sacerdocio para ser Anticristo. Necesita, vía sexo, lo que un Obispo, cuando se une a una mujer, que también es religiosa, -pero que ha hecho de su vocación un instrumento del demonio, una bruja, una experta en artes demoniácas-, le da en el espíritu.

El hijo que nace de esa unión, -que se hace con un rito satánico, utilizando lo propio del sacerdocio: una Hostia Consagrada, una Cruz, la Palabra de Dios- es un hijo que tiene lo que posee el Obispo en su consagración: el espíritu del sacerdocio. El espíritu del sacerdocio, no la consagración al sacerdocio, que pasa al hijo cuando se hace ese rito demoniáco.

Este poder del demonio es verdadero. El demonio se puede posesionar del espíritu del sacerdocio de un sacerdote, de un Obispo, cuando se hace ese acto bajo unas condiciones que pone el demonio.

Por eso, lo que dice la Virgen es muy grave para la Iglesia. Si un Obispo se une a una mujer religiosa para dar al Anticristo, entonces se debe entender la condición de ese Obispo.

Ese Obispo, que se une a la mujer, debe estar poseído por el demonio. Sin esta posesión, no puede darse ese rito.

Esa posesión de ese Obispo supone una vida de pecado en ese Obispo. Es decir, que ese Obispo no quite su pecado, no se arrepienta de su pecado, viva en su pecado. Eso produce la posesión demoniáca.

No hay que entender la posesión demoniáca sólo cuando el cuerpo se retuerce y la persona hace cosas que no tienen sentido.

El demonio posee las inteligencias de los hombres. Por eso, hoy día, se da tanta locura entre los hombres. Y los hombres, por no tener fe, dicen que están locos, que tienen una enfermedad mental, y es sólo el demonio, la posesión del demonio, que se hace porque esa persona vive en su pecado y se ha acostumbrado a su pecado. El mundo está lleno de demonios, por esta posesión. Y ningún psiquiatra, ni ninguna medicina quita esta posesión.

El pecado no es cualquier cosa en la vida de los hombres. Es la obra del demonio. El demonio hace pecar para llevar al alma hacia lo que quiere, que es poseerla, y así hacer que esa alma obre lo que el demonio quiere en la vida. Una cosa es el pecado de la persona, otra cosa es la posesión de la persona por el demonio. Si la persona no quita su pecado, no se confiesa al momento, sino que lo va dejando, que es lo que hace la mayoría de la gente, eso va produciendo que la obra del demonio, que es el pecado, se desarrolle hasta llegar a poseer a la persona. Un pecado llama a otro pecado. Y así el demonio va tejiendo su posesión, su ciudadela en la persona. Esta obra de posesión siempre es en la inteligencia de la persona. No hace falta que se dé en el cuerpo de la persona. Por eso, aparecen en muchos hombres la locura. El demonio, al poseer la inteligencia del hombre, hace un daño a la mente, que se traduce en una locura. Los hombres ven la locura y creen que han perdido la cabeza, y no es así. Es la locura que nace del demonio para poseer a ese alma. Y mientras esté la posesión del entendimiento, está la locura. Y, por eso, no hay medicina que cure eso. Sólo lo cura el poder de un sacerdote que crea. Pero los sacerdotes ya han dejado de creer y también ellos ven eso como un estado mental, como una enfermedad, y no como lo que es. Y lo ven por su falta de fe, porque el sacerdote tiene inteligencia para entender todas las obras del demonio. Pero como no creen en el demonio, entonces no ayudan a las almas a liberarse de esa posesión real que incide en sus vidas realmente y que destroza vidas.

Hay muchos hombres poseídos por Satanás hoy día, por su pecado. Y, aunque, después lo intenten quitar, confesarse, queda la posesión.

Cuando los Obipos de la Iglesia, cuando los sacerdotes de la Iglesia han dejado su vida espiritual, su vida de oración, su vida de penitencia, y se conducen en la Iglesia como almas en el pecado: pecan y no confiesan ese pecado; y viven con ese pecado, y obran todas las cosas del sacerdocio con ese pecado, entonces viene la posesión del demonio en ese sacerdote.

Y, por eso, el Concilio Vaticano II da esos frutos a la Iglesia. ¡Cuántos sacerdotes poseídos por Satanás, infestados por la obra del demonio, que es el pecado! Y se ponen a practicar un Concilio en esas condiciones de sus almas. Entonces, el desastre es lo que hemos visto.

No se puede entender lo que pasó con Pablo VI sin recurrir al misterio de iniquidad. Y, por eso, con Pablo VI se dieron muchas cosas sin sentido. Se han querido explicar de muchas maneras: que lo drogaron, que lo maniataron, que le pusieron un doble, que falsificaron sus documentos, etc. No importa la manera humana de obrar un pecado, un mal. Lo que importa es quién está detrás del pecado y cómo puede obrar ese pecado.

Lo que hicieron con Pablo VI fue la obra de la posesión del demonio en sacerdotes, Obispos, fieles. La muerte de Juan Pablo I fue por una persona consagrada a Dios, pero poseída por el demonio. Lo que sufrió Juan Pablo II en todo su Pontificado es por los consagrados en la Iglesia que, viviendo en su pecado, llegan a la posesión de sus almas por el demonio y, por tanto, obstaculizan la misión de un Papa y le ponen toda clase de impedimentos para que el Papa no haga lo que Dios le pide.

Benedicto XVI subió al Poder en su pecado. Y su renuncia es por su pecado, es por no quitar su pecado. Y su alma queda en la profundidad del pecado, donde sólo el demonio reina y hace su obra.

El misterio de iniquidad no es cualquier cosa. Y hoy, como no se cree en el demonio, como no se cree en el pecado, entonces no se entienden tantas cosas como los hombres hacen en la Iglesia.

Francisco es un ejemplo de eso. Francisco no es ningún santo. Habla como el demonio, no habla como un ángel, como un serafín. Hace las obras del demonio. Y las almas les cuesta percibir estas obras, porque no tienen fe. La fe es a Cristo, a Su Palabra, que es la Verdad. No al pensamiento de ningún hombre en la Iglesia. Una cosa es el depósito de la fe, que está en la Iglesia. Otra cosa es la Fe, que sólo se puede dar a Cristo, a la Palabra de la Verdad, al Espíritu de la Verdad, al Pensamiento del Padre. La fe no se puede dar a ningún hombre, así sea Papa, Obispo, Cardenal, sacerdote, fiel de la Iglesia. Y, menos, cuando es un impostor

Y este es el error de muchos que todavía quieren defender a Francisco, porque han puesto la fe en un hombre y no saben ver lo que ese hombre está haciendo con el depósito de la fe en la Iglesia.

Se destruye la Iglesia

destruccion de la igleisa

Dios concedió al demonio 100 años y poder para destruir la Iglesia.

Este permiso de Dios supone en la Iglesia una fuerza para repeler ese ataque del demonio (Sto. Rosario, Sta. Misa, Exorcismo de San Miguel).

Porque Dios no da permiso al demonio sin dar la fuerza a la Iglesia.

Por eso, Dios mandó al Papa León XIII que la oración a San Miguel Arcángel se rezara cada día en la Iglesia después de la Sta. Misa.

Esa oración es para repeler el ataque de los demonios en su intento de destruir la Iglesia.

Dios da un permiso al demonio para destruir la Iglesia. No le da cualquier otro permiso: no le da el permiso de dañarla de alguna manera o de causar en Ella algún estrago.

El demonio tiene poder para destruir la Iglesia.

Esta verdad no ha sido meditada en su realidad.

Porque “las puertas del infierno no podrán contra Ella” (Mt 16, 18). Entonces, ¿por qué Dios da este permiso si el demonio no puede en contra de la Iglesia, no puede destruirla?

En este permiso divino se pone de manifiesto el Misterio de Iniquidad. Misterio que obra en contra siempre de la Voluntad de Dios. Misterio que se opone siempre al Plan de Dios. Misterio que hace de la Obra de Dios una imitación demoniáca.

El demonio quiere, ante todo, ser como Dios. Y Dios formó Su Iglesia. Y, también el demonio, quiere formar su iglesia, pero haciendo de la Iglesia que Dios ha fundado, su creación demoniáca.

Siempre el demonio va en contra de Dios en sus obras: en la Creación, en la Redención, en el cumplimiento de toda Verdad que está en Dios.

Dios da este permiso porque así es el Misterio de la Iniquidad. Y no hay otra razón divina para otorgar este permiso.

El demonio nunca podrá destruir la Iglesia, pero el demonio quiere, en su Misterio, llegar a destruir la Iglesia y eso es lo que pide a Dios:

La voz gutural, la voz de satanás con su orgullo, jactándose a Nuestro Señor:

Yo puedo destruir tu Iglesia”.

La suave voz de Nuestro Señor: “¿Tu puedes? Entonces sigue adelante y hazlo”.

Satanás: “Para ello, necesito más tiempo y más poder”.

Nuestro Señor: “¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto poder?

Satanás: “75 años a 100, y un mayor poder sobre aquellos que se entregan a mi servicio”.

Nuestro Señor: “Tú tienes el tiempo, tú tendrás el poder. Has con ellos lo que quieras” (visión de León XIII, después de celebrar la Misa en el Vaticano).

Desde ese momento, ya hace más de 100 años, el demonio ha actuado en la Iglesia con el fin de destruirla.

Se ha tomado su tiempo para, poco a poco, ir consolidando su plan de destrucción.

En la Iglesia, durante estos 100 años se han visto muchas cosas que no son de Dios, sino del demonio. Y los hombres de la Iglesia se han dejado manipular por la mente del demonio y no han sabido repeler este ataque del demonio.

Porque no es cualquier tentación. No es cualquier obsesión demoniáca. No se trata de una posesión del demonio sobre las almas que pertenecen a la Iglesia.

El demonio se infiltra en la Iglesia con el fin de hacer su iglesia: transformar la Iglesia que Jesucristo ha fundado en el Papa, en Su Cabeza, en Pedro, y manifestarla al mundo como una obra demoniáca, no de Dios.

Este es el trabajo del demonio que muchos no han entendido, porque creen que la Iglesia es Santa, Inmaculada, Poderosa y que siempre Dios la sostiene en su actuar.

Y la historia de la Iglesia señala que no siempre ha sido sostenida por la mano de Dios, porque los hombres pecan en Ella. Y donde existe el pecado, Dios se retira de ese alma. Y, cuando Dios se retira, entonces el demonio actúa en la vida de ese alma y puede hacer lo que quiera en esa vida.

La vida espiritual de la Iglesia no puede ser Santa en un mundo que pertenece al demonio, cuyo Príncipe es el demonio. Los hombres de la Iglesia no están confirmados en Gracia y, por tanto, son débiles para pecar, son frágiles en todo la vida espiritual y no saben ver la acción del Mal a su alrededor.

Por eso, en la Jerarquía de la Iglesia, en estos 100 años, han habido muchos hombres que han sido del demonio, pero que han aparecido ante los demás como hombres buenos e incluso santos o justos.

Porque así es el trabajo del demonio: sin que se note exteriormente. De esta manera, puede introducirse allí donde le interesa en la Iglesia, que es la Jerarquía.

Y ha ido trabajando a la Jerarquía de la Iglesia hasta hacerla suya, hasta hacer que la Cabeza sea sólo un instrumento del demonio.

Por eso, logró el pecado en el Papa Benedicto XVI. Necesitaba ese pecado para instalarse en la Cabeza. Con ese pecado, hacía que Dios se retirara de la Cabeza y que Ésta fuera suya totalmente.

Por eso, todo aquel que se siente en el Trono de Pedro, que quiera ser Papa, después de Benedicto XVI, será un falso Profeta, asistido sólo por el demonio en el oficio de ser Papa en la Iglesia, porque ya la Cabeza es instrumento del demonio.

Y, una vez que el demonio ha conseguido ese trofeo, sólo le resta poner en esa Cabeza su cabeza demoniáca, aquella que cambiará la Faz de la Iglesia y hará de Ella la Iglesia del demonio, transformando todo lo que la Iglesia ha hecho en 20 siglos de historia.

Por eso, vienen a la Iglesia tiempos muy difíciles. Y no son como los anteriores, en que los hombres esperaban algo de cada Papa. Ahora, el demonio juega con la Cabeza, y la pone y la quita como quiere. Y la Iglesia comprueba su inestabilidad, precisamente en la Cabeza, que es la que debe dar la unidad a toda la Iglesia.

La destrucción de la Iglesia comienza con Su Cabeza. Una vez sometida la Cabeza de la Iglesia al demonio, lo demás viene sin más, por imposición de la misma Cabeza, que ya no es de Dios, pero que se muestra al exterior, al mundo, como si fuera de Dios.

Este es el Misterio de Iniquidad, que pocos meditan y pocos contemplan, porque creen que no existe el demonio, que no existe el pecado, y que todos somo ya santos y perfectos en la Iglesia y que, por tanto, no hay que oponerse a la Jerarquía de la Iglesia en su actuar.

Trono de Dios

espiritusanto

El Trono de Dios en la Tierra es la Cabeza de la Iglesia. A través de Ella, Dios guía a la Iglesia y al mundo.

La Cabeza de la Iglesia no es sólo el Papa, sino también los Obispos unidos al Papa, que obedecen los mandatos del Papa sobre la Iglesia.

El Trono de Dios en la Tierra es codiciado por todos los hombres y por el demonio, porque da poder al hombre.

Pero el poder del Trono de Dios no viene de los hombres, ni de la Iglesia, ni de cualquier hombre en el mundo. Lo da Dios al Papa que Él elige en Su Espíritu.

Por tanto, todo aquel que quiera ponerse en el Trono de Dios sin ser elegido por el Espíritu, tendrá el Trono, pero no el Poder.

“…si primero no viniere la Apostasía y se manifestare el hombre del pecado, el hijo de la perdición, el que hace frente y se levanta contra todo el que se llama Dios o tiene carácter religioso, hasta llegar a invadir el Santuario de Dios y poner en Él su trono…” (2 Tes 2, 3-4).

Con la renuncia de Benedicto XVI al Pontificado, el Trono de Dios en la Tierra pertenece al demonio.

El demonio tiene ahora el Trono de Dios, pero no tiene el Poder que da ese Trono.

Esta es una verdad irrefutable. Y ahí se ve el comienzo de la Apostasía.

Porque el Trono de Dios da poder humano al hombre y, por tanto, es útil para hacer lo que el hombre quiere en el mundo y en la Iglesia.

El Trono de Dios es lo que da Unidad a la Iglesia. En conssecuencia, si el Espíritu deja la Cabeza de la Iglesia, entonces la misma Iglesia se destruye a sí misma, empezando por la Cabeza.

Los males que vienen a la Iglesia por el pecado de Bendicto XVI son espantosos, porque supone que la Iglesia se va a dividir por Ella misma, ya que la Cabeza no pertenece a Dios, sino al demonio.

Cuando la Cabeza de la Iglesia no pertence a Dios, entonces todo el que se sienta en el Trono es instrumento del demonio, no de Dios. Está ahí sólo para ser llevado por el demonio hacia lo que él quiere en la Iglesia.

Por eso, es de esperar muchos hombres en esa Cabeza, hasta conseguir el hombre que quiere el demonio, el hombre del pecado, el hijo de la perdición.

Quien está ahora es sólo un primer falso Profeta que usa el demonio para llevar a la Iglesia hacia su plan demoniáco. Dios no puede asistir a esa Cabeza en su Espíritu. Dios puede guiar el alma de ese alma sacerdotal para que vea su error y quite su error de en medio de la Iglesia.

Por eso, no hay que seguir a esa Cabeza que está puesta en la Iglesia, porque ya no sirve para dar la Voluntad de Dios. Y, aunque diga cosas buenas, eso ya no importa, porque en esas cosas buenas que puede decir ya no es suficiente para discernir la Voluntad de Dios, al no ser asistido por el Espíritu. Hay que rezar por el alma que está ahora sentada en el Trono de Dios para que comprenda la verdad de la Iglesia y dé esa verdad a toda la Iglesia.

Las cosas no son como las quiere el hombre, sino como las pone Dios.

Y Dios, al fundar Su Iglesia, lo hace en el Espíritu, no en el pensamiento de ningún hombre. Y, por eso, es el Espíritu el que obra en la Iglesia. No es un hombre, no es la razón de ningún hombre por más Teología que haya estudiado y por más consagración divina que tenga en su alma.

La Iglesia no la constituye ningún fiel, ningún sacerdote, ningún Obispo. La Iglesia es del Espíritu. Y es el Espíritu el que se encarga de dar las almas a la Iglesia para que hagan la Iglesia que el Espíritu quiere.

Por eso, no se es Iglesia porque se haya recibido un Bautismo, sino porque se sigue en todo al Espíritu de la Iglesia.

Y la Cabeza de la Iglesia es Cabeza porque sigue en todo el pensamiento del Espíritu, que es el Pensamiento de Dios sobre la Iglesia. Y cuando la Cabeza de la Iglesia deja de seguir al Espíritu, por eso, siempre cae en el pecado y en la mentira de su razón humana.

Y cuando la Cabeza de la Iglesia teme los pensamientos de los hombres, entonces cae en el respeto humano y ya no es capaz de luchar por el Pensamiento Divino sobre la Iglesia, que es lo que le pasó al Papa Benedicto XVI. Y, por eso, pecó en la Cabeza. Y ese pecado pasa a toda la Iglesia y lo vive toda la Iglesia con todas sus consecuencias.

El demonio tiene ahora el Trono de Dios, pero no Su Poder. El Poder todavía está en el Papa Benedicto XVI, que cobarde, huyó de la Iglesia para refugiarse en su pecado.

Dios tiene que iluminarle en su pecado, para que salga de él y pueda, antes de morir, reparar lo que el demonio va a hacer en la Iglesia.

Racionalismo

Hoy existe el pecado del racionalismo.

Este pecado es poner la razón del hombre por encima de la Voluntad de Dios y, de esa manera, se toma como algo divino una cosa que sólo nace de la razón del hombre.

El racionalismo es ver la vida sólo desde la razón humana. Y no se ve de otra manera. No se sale de la razón. Todo se mide con la razón. Todo se obra con la razón. Nada se hace sin la razón.

El racionalismo va en contra del Espíritu. Es el pecado que va contra el Espíritu, que no tiene perdón, porque es incapaz de salir de la razón para ver la verdad del pecado.

Con el racionalismo no existe el pecado, sino que éste es sólo un fruto de las circunstancias de la vida, es un error social, es algo que inevitablemente se tiene que dar y que no puede no darse. Y, por tanto, eso malo que sucede no es malo, es un bien para el mismo hombre, porque así aprende a hacer el bien, con los males de otros.

Este pecado está tan difundido que en la Iglesia se vive de este pecado y se obra con este pecado.

Está en la Jerarquía de la Iglesia y está en los fieles de la Iglesia. Hoy no se hace nada en la Iglesia sin la razón. Se apaga el Espíritu y se mide la Voluntad de Dios con los pensamientos de los hombres.

Por eso, en la Iglesia existe el culto de la razón humana y se sustituye a Dios con este culto. Los hombres de Iglesia se han vuelto tan necios que se creen dioses y personas importantes porque tienen estudios de teología y poseen un cargo público para hacer lo que quieran en la Iglesia.

La Jerarquía de la Iglesia está tan influida por este racionalismo que si no se les obedece, entonces hacen de esa persona un instrumento de su maldad y la intentan destruir sin que los demás se den cuenta de ello.

En la Jerarquía de la Iglesia hay tanto temor a los hombres que la Jerarquía sólo habla para dar gusto al pensamiento de los hombres, para acoger de ellos su alabanza, para que los demás vean que hacen algo por la sociedad y por el mundo.

La Jerarquía está llena de demonios que sólo piensan con su razón humana y hacen de la Iglesia una cueva para todos los demonios.

Es el pecado de soberbia que por no luchar contra él se les ha vuelto a muchos que están en la Iglesia su pecado de condenación.

El pecado del racionalismo ya no tiene perdón de Dios porque no se sale de la razón para implorar la Misericordia de Dios. El propio racionalista se inventa el perdón de Dios y su misericordia, se inventa su confesión del pecado, su arrepentimiento de pecado, y se hace la ilusión de que Dios ya le ha perdonado sus males porque así lo ha pensado con su razón.

Es tan grave este pecado del racionalismo que ciega a los que lo poseen y no permite que se salga de él porque cierra todos los caminos de la salvación para el hombre.

María es nuestra esperanza

VirgenMaria

María es la verdadera Madre de Dios. Ella fue escogida desde la eternidad por el Padre Celestial. Su vocación, su inefable misión le viene de Dios, no de Ella misma. Todo en María es puesto por Dios. Por no tener pecado, Ella no hizo nunca su voluntad, sino que Dios pudo obrar en Ella sin obstáculos. No hay nada en María que desagradara a Dios.

La Virgen María fue elegida para que el Padre formara un cuerpo a su Hijo. Para eso, antes formó un cuerpo a la Madre. Y, por eso, decimos que desde toda la eternidad María ha salido del divino Pensamiento del Padre. Porque desde siempre el Padre pensó que su Hijo se iba a encarnar en una Mujer. Esta Mujer debió existir en el Pensamiento del Padre desde toda la eternidad, pues su Hijo es Eterno, es engendrado eternamente por el Padre.

Por eso, el Verbo siempre ha contemplado a su Madre. Desde siempre ha visto en Ella cómo se realiza su Encarnación. Desde toda la eternidad el Hijo se ha visto en su Madre, como Hijo de su Madre. Y cuando llego el tiempo, Dios se hizo Hijo de María.

El Espíritu Santo también desde toda la eternidad ha contemplado Su Amor en su Esposa. Un Amor que la ha hecho Madre sin ninguna intervención del hombre. Él es desde siempre el Esposo divino de la Virgen María.

Por eso, María, siendo Madre de Dios, se convierte para nosotros en una esperanza. María fue Madre pobre y humilde para la primera venida del Hijo. Hoy es para nosotros una Madre gloriosa y potente, que está preparando la segunda venida de su Hijo. Su maternidad se ejerce en preparar este acontecimiento: Jesús vuelve a la tierra en Gloria. Esto significa que se está preparando el mayor triunfo de Dios: el retorno de Jesucristo en gloria.

Y esta es nuestra esperanza. No tenemos otra. Después de ver tanto mal en el mundo, no podemos estar tristes, desanimarnos, decir que Dios ha olvidado a los suyos. La Cruz es una victoria sobre el Mal. Y ese triunfo debe manifestarse con la culminación de la segunda venida gloriosa de Jesús.

san miguel arcangel

La Misión de María es la de abrirnos la puerta de una nueva era: la era en que Jesús estará con los suyos reinando gloriosamente en la tierra. Por eso, María nos va conduciendo hacia los nuevos Cielos y la nueva Tierra. Para  hacer esto, Ella debe vencer a Satanás y a toda fuerza del mal, para que Dios pueda obtener en el mundo su mayor triunfo. Por eso, el rezo del Santo Rosario es esencial para la victoria de María sobre Satanás. Es el arma que vence a Satanás. El demonio nunca podrá nada contra la Virgen, porque no pudo nada en su Concepción Inmaculada.

Nuestra esperanza es que María es nuestra Madre, Madre de toda la humanidad. Y como Madre ha seguido siempre a sus hijos en todo el curso de la historia humana. En estos últimos tiempo, María es más Madre porque sus hijos son más esclavos de los Espíritus del mal. Su maternidad refleja la Misericordia divina, que se da con el fin de salvar a los pecadores.

Satanás triunfa hoy. Ha conducido a toda la humanidad al rechazo de Dios y así la ha vuelto súbdita de su dominio maligno. Los hombres sufrimos a causa de este dominio perverso. Sufrimos a causa del demonio. Es un sufrimiento espiritual, que va a lo íntimo del corazón del hombre. un sufrimiento que no puede quitarse con medicinas, sino sólo con exorcismos, con liberaciones, atando los demonios para que no sigan haciendo el mal.

Hoy los sacerdotes se han olvidado de exorcizar, de liberar, de sanar los corazones. No ponen en práctica el Evangelio de Jesucristo. Creen que siguiendo la ciencia humana, todos se van a curar, todos se van a liberar. Han puesto los medios de salvación en las ciencias humanas, en las palabras humanas, en razonamientos humanos, pero se han olvidado de la Palabra divina, que es Jesucristo. Por eso, Satanás triunfa, porque no encuentra oposición. La oposición al Mal la deben realizar los sacerdotes. Y hay tan pocos que sepan ver lo preternatural, la acción diabólica en las almas. Hasta que los sacerdotes no se decidan a ser fieles a la Palabra de Dios, al Evangelio, haciendo lo que hizo Jesús con las almas que se encontraba a su paso, el Mal seguirá avanzando y, por tanto, los sufrimientos de nosotros, los hombres, irán aumentando.

santo rosario

Pero María es la que debe sustraernos a la escalvitud de Satanás. Y, por, eso, estamos obligados a seguir a María en esta lucha contra Satanás. Ella obtendrá el mayor triunfo sobre Satanás: «Al final Mi Corazón Inmaculado triunfará». María está luchando con sangre contra el demonio. El pecado de sus hijos la hace derramar sangre. Es una batalla a muerte, pero que tiene su triunfo sólo en la Virgen. Nuestros pecados cuestan derramar sangre a nuestra Madre. Pero Satanás será reducido por la Virgen María a la impotencia y el gran poder del mal será completamente destruido por María.

Una vez heco esto, es cuando se producirá el retorno glorioso de Cristo. Es cuando habrá unos cielos nuevos y una nueva tierra. La tierra será entonces un nuevo paraiso, en que el Amor de Dios reinará. Esta es nuestra esperanza, la que nos trae la Virgen María. Una esperanza que nos lleva por el camino de la purificación y de la gran tribulación. Por el camino de la cruz, que es siempre victoria.

Ha llegado el momento en que La Virgen María se manifestará en toda su potencia. María es la aurora que precede al gran Día del Señor.

Ella es la Voz que difunde por todas partes este anuncio profético: todos debemos prepararnos para recibir a su Hijo Jesús, que ya está retornando entre nosotros sobre las nubes del cielo, en el esplendor de su Gloria divina.

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