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Bergoglio: el gran déspota

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«Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt, 19, 6).

Lo que Dios ha unido que no lo separe Bergoglio, ni ningún obispo, ni ningún sacerdote y, mucho menos, un laico.

Porque es Dios quien ha hablado, quien ha revelado su Mente. Y cualquier hombre que no se someta a la Mente de Dios no puede encontrar el camino de salvación para su alma, y vive sólo para la idea que concibe en su mente humana.

Los bautizados, los cuales se han divorciado y se han vuelto a casar por lo civil, viven en estado de pecado mortal habitual.

Este pecado les impide hacer muchas cosas en la Iglesia, porque son miembros muertos. No son miembros vivos y, por lo tanto, no tienen que estar más integrados en las parroquias o comunidades, porque la Iglesia se construye con la vida de la gracia, no con una vida de pecado.

Quien esté en pecado en la Iglesia sabe cuál es el camino para quitar su pecado: arrepentimiento,  confesión sacramental y penitencia por sus pecados.

Los divorciados vueltos a casar no pueden confesarse porque tienen un óbice: su pecado mortal habitual, que no es sólo su lujuria, sino el de estar unidos a otra persona que no es su cónyuge a los ojos de Dios.

El matrimonio es una creación de Dios, no un invento de la mente, de los caprichos de los hombres.

Quien quiera casarse tiene que elegir en Dios la persona adecuada para poder obrar la Voluntad de Dios en su vida. Ante los ojos de Dios, no vale cualquier unión, aunque sea perfecta en lo humano.

Dios creó el matrimonio, y Dios puso el camino para que ese matrimonio tuviera validez a sus ojos.

Y, por eso:

«Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 6).

«En cuanto a los casados, les doy esta orden, que no es mía sino del Señor: que la mujer no se separe de su marido. Y si se ha separado de él, que no se vuelva a casar o que haga las paces con su marido. Y que tampoco el marido despida a su mujer» (1 Cor 7, 10-11).

Es una orden de Dios, un mandato divino.

Por lo tanto, todo Obispo y todo sacerdote tienen que enseñar este mandato de Dios a las almas.

La Jerarquía no tiene que acompañar a las personas, que viven en pecado mortal habitual, en un camino de discernimiento para ver si algún día pueden comulgar.

No es la misión de la Jerarquía ser juez de estas personas ni orientarlas hacia la comunión sacramental.

No se trata de que la jerarquía decida que los divorciados vueltos a casar están aptos para recibir los sacramentos.

La Jerarquía de la Iglesia no decide nada, sino que sólo da testimonio de la Palabra de Dios en la Iglesia.

Es misión de la Jerarquía predicar la verdad a estas personas, aconsejarlas en la verdad, para que luchen contra ese pecado mortal habitual, y ellos –no la Jerarquía- pongan el camino para erradicarlo de sus vidas.

Y hasta que ellos no se esfuercen por vivir como Dios quiere, no hay nada con ellos en la Iglesia, porque no se puede dar lo santo a los perros, a los que viven en pecado mortal habitual.

El Beato Juan Pablo II, Papa de la Misericordia, lo dejó muy claro en la Familiaris Consortio:

«La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

Ellos mismos son los que ponen el camino para que su forma de vida no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Ellos se esfuerzan por vivir practicando la virtud de la castidad que señala un arrepentimiento del pecado.

Si a la gente no se le enseña a practicar las virtudes cristianas, entonces la gente vive, cada uno, en el vicio que ha escogido para su vida.

Jorge Mario Bergoglio, en su falso motu proprio, con el cambio del derecho canónico, ha puesto la base legal para la obra del cisma en la Iglesia. Él ha actuado como déspota, hombre orgulloso que se pone por encima de Dios, hombre que gobierna y promulga leyes que anulan las leyes de Dios.

Bergoglio establece el adulterio como ley anulando matrimonios que, a los ojos de Dios, siguen siendo válidos.

Aquel matrimonio que, por las circunstancias propias, se separan, y se vuelven a casar con otro o con otra, ese segundo matrimonio no es válido ante Dios, sino que es un estado de adulterio habitual, en el cual la persona no se va a arrepentir de su pecado, porque ha anulado la ley de Dios.

Se ha puesto el camino, en la Iglesia, para que muchos fieles y la Jerarquía colaboren para que las leyes y mandatos de Dios sean abolidos por el mismo hombre.

Muchos van a obtener el divorcio express con esa reforma, y se van a volver a casar por la Iglesia, con el Sacramento del matrimonio. Ese segundo matrimonio, aunque los case Bergoglio, un cardenal, un obispo o un sacerdote, no lo aprueba Dios, porque no están cumpliendo su Ley. Y pecarán, y comulgarán en pecado, y se comerán y beberán su propia condenación.

La Iglesia se fundamenta en la Palabra de Dios, no en las palabras de los hombres que quieren acomodarse al gusto y a la vida del hombre y de su pecado.

La cuestión de los divorciados vueltos a casar no es un camino de discernimiento en la Iglesia ni una cuestión de foro interno entre el sacerdote y los cónyuges. Es una cuestión de cumplir con los mandamientos de la ley de Dios.

Las intenciones de Bergoglio son claras:

«El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad de la Iglesia y de las distintas sociedades en las que actúa, pero el intento es común y en lo que se refiere a la admisión de los divorciados a los sacramentos confirma que ese principio ha sido aceptado por el sínodo. Éste es el resultado de fondo, las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores, pero al final de trayectos más veloces o más lentos todos los divorciados que lo pidan serán admitidos» (“La Repubblica”, 28 de octubre).

Y no interesa que Lombardi, de nuevo, niegue la mente de Bergoglio:

«no es verosímil y no puede ser considerado como el pensamiento del Papa» (National Catholic Register, 2 de noviembre).

Es una mentira más que ni él mismo se la cree.

La mente del gran déspota es clara:

“El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad y de la Iglesia y de las distintas sociedad en las que actúa”.

En otras palabras:

“lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo -¡casi!- para el obispo de otro continente; lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Son sus mismas palabras, pronunciadas en su discurso de clausura del Sínodo, lo que dan la clave de la perversidad de su mente.

No entendemos a aquellos que dicen que ahora las expectativas están todas dirigidas hacia lo que dirá Bergoglio.

¿Qué expectativas tiene la Iglesia en la palabra y en las obras perversas de un hereje?

¿Cuál es el futuro de la Iglesia cuando un hereje la gobierna despóticamente?

Después de dos largos años de gobierno despótico en la Iglesia, ¿no saben cómo piensa Jorge Mario Bergoglio? ¿Todavía no conocen la profundidad de su pensamiento perverso en el mal? ¿Todavía tienen que esperar, con la boca abierta, como agua de mayo, lo que un traidor a Cristo y a Su Iglesia tiene que decir y decidir sobre la Mente de Dios?

¿Quién es Bergoglio para interpretar lo que Dios ha mandado a toda Su Iglesia?

¿Quién se cree que es ese hombre que sólo vive para proclamar su orgullo sentado en la Sede de Pedro?

Y los católicos que lo obedecen, ¿piensan salvarse y santificarse limpiando las babas, cada día, de un hereje, de un cismático y de un apóstata de la fe?

Jorge Mario Bergoglio está exponiendo la esencia de su nueva iglesia: la diversidad regional, el que los obispos locales tengan autoridad a nivel pastoral para resolver los problemas que sólo con los Sacramentos, en la ley de la gracia, se pueden resolver.

Jorge Mario Bergoglio expone una doctrina contraria a la fe católica, a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y, además, se pone por encima, no sólo de la ley de la gracia y de la ley divina, sino de la ley natural, de las exigencias mismas de la naturaleza humana en el matrimonio.

Lo que parece normal para un obispo de un continente tiene que ser normal –no extraño, ni un escándalo-  para el obispo de otro continente.

Y la razón es sencillísima: la Iglesia es una sola en todo el mundo. Una en la Verdad Revelada. No es una en la diversidad.

Y, por lo tanto, ningún obispo puede cambiar esa Verdad. No se pueden dar cambio de verdades de uno a otro continente. Todos los Obispos y sacerdotes de la Iglesia Católica tienen que pensar igual, tienen que obedecer la Verdad Revelada. No pueden cambiar la Palabra de Dios a su antojo, según su interpretación o por las circunstancias que se viven en un tiempo o en un lugar determinado.

Lo que Dios ha enseñado y establecido es para todos los hombres, así los hombres no lo conozcan o pretendan no conocerlo. La ley Eterna es para todos.

Bergoglio dice lo contrario:

“… lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra”.

Este déspota está diciendo que son las sociedades las que promulgan la ley. No es Dios quien impone su ley, quien marca el camino de la verdad. Esto significa ponerse por encima de la Autoridad Divina. Esto es crear una autoridad humana sin dependencia de la autoridad divina. Una autoridad despótica en cada diócesis.

Toda autoridad ha sido ordenada por Dios, para que tenga poder de aplicar la ley divina en sus gobiernos. La violación de un derecho en una sociedad es la violación de derecho en otra sociedad, porque el derecho proviene de Dios, no de los hombres, no de las sociedades. Y Dios ordena la autoridad humana para que ejerza el derecho divino y, por eso, son ministros de Dios para el bien, y ministros de Dios para castigo del que obra el mal.

Jorge Mario Bergoglio, al anular el derecho divino en la autoridad humana, está diciendo que las sociedades tienen que gobernarse sin ley divina, cada una como le parezca, según sus derechos humanos.

Esto es lo propio de su despotismo. Estas ideas son el fruto de su poder déspota, un poder que no se rige por el derecho divino, por la ley divina, por un gobierno divino. Su despotismo en el gobierno le viene de la herejía de la horizontalidad que ha establecido en el gobierno de la Iglesia. La Iglesia se gobierna vertical, no horizontalmente. Sólo en la verticalidad se encuentra la Autoridad Divina. En la horizontalidad, el hombre construye su propia autoridad humana, sin dependencia de la autoridad divina, que en la Iglesia se traduce por despotismo, absolutismo.

En consecuencia, el gobierno de Bergoglio no es ministro de Dios, ni para el bien ni para el mal. Y todos tienen el deber y la obligación de despreciarlo, porque se basa en una sola cosa:

“… lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Para Jorge Mario Bergoglio, es el hombre el que decide lo que es bueno y lo que es malo.

Este es el orgullo propio de Lucifer, que pone su mente por encima de la Mente Divina. Es la libertad de su razón, de su conciencia, lo que se proclama.

Cuando la razón del hombre no es libre, sino que ha sido creada por Dios para sujetarse a la Verdad que conoce. Ha sido creada para buscar la Verdad y permanecer en esa Verdad.

Nadie es libre, en su razón, para declarar una mentira como verdad. Porque la razón siempre ve la mentira como mentira, siempre llama a la mentira por su nombre.

El hombre es libre, en su voluntad, para ir en contra de lo que claramente ve su razón.

Es la voluntad de la persona, no su razón, no su conciencia, la que decide en la vida de cada hombre.

Todos estos herejes siempre están en lo mismo: la supremacía de la razón. El culto a la mente, a la idea del hombre. Su soberbia que les lleva a su orgullo. Y, por este culto, hacen el trabajo del falso profeta, que es engañar a los hombres, darles una mentira, un engaño, una falsedad para sus mentes, presentándola como verdad, para que elijan la mentira, la falsedad, en sus vidas.

Estas ideas de Jorge Mario Bergoglio significan que su nueva iglesia no es ya católica, universal, porque no se da una única enseñanza en todo el mundo, en todas las diócesis. No hay una sola verdad en la cual la persona deba fundamentar su vida. No hay una jerarquía fundamentada, anclada, en una idea inmutable, infalible.

Se divide la doctrina y, pastoralmente, se enseña cualquier cosa, según la mente del obispo o sacerdote de turno. La práctica pastoral ya no está apoyada en la verdad, ya no existe para ayudar a vivir las verdades de la fe. Es una pastoral cambiante, que anula la doctrina, y que enseña el error y la confusión en la misma práctica pastoral: se practica la mentira apoyado sólo por la razón, por la idea que alguien ha concebido en su mente, por la idea a la cual se llega fruto de una diálogo de besugos.

Es su frase:

“…las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores”.

Los confesores sólo juzgan el pecado y al pecador. No pueden juzgar a una persona que vive en pecado mortal habitual, y que no muestra ningún arrepentimiento ni deseo de salir de su pecado.

Jorge Mario Bergoglio pone su falsa jerarquía: la que decide, caso por caso, si pueden o no recibir los sacramentos. Es una jerarquía propia de Lucifer: sin ley, sin gobierno, sin verdad. Es una jerarquía ebria en el orgullo y en el poder humano, que reciben de un déspota, para sellar las almas y entregárselas al demonio.

Si el matrimonio es indisoluble, entonces no hay manera, no hay camino, no hay una razón pastoral que enseñe que el divorciado, vuelto a casar, esté preparado para recibir los sacramentos. No existe esta razón pastoral. Si se da es porque la persona se pone por encima de la doctrina verdadera e impone su doctrina perversa a las almas. Impone dos cosas: su herejía y su cisma. Y esta imposición lleva a la obra de la apostasía de la fe.

Claramente, todo esto lleva a la pérdida de una sola fe, al desprecio de todos los Sacramentos, lo cual significa despreciar la vida de Dios en el hombre, en el actuar humano, en las sociedades humanas.

Los hombres se apartan de Dios por estar siguiendo a los hombres, a sus mentes, a sus ideas, a sus importantísimas razones.

Todo el problema de la Iglesia actual es tener a un déspota como su papa. Este es el descalabro de muchos católicos.

El problema no viene de antes, de un Concilio. El problema comienza con Jorge Mario Bergoglio. Esto es lo que muchos no han comprendido. Y empiezan a juzgar el Concilio y a todos los papas, los cuales los llaman «conciliares». Ya no los llaman católicos. Los juzgan y condenan; de esa manera, juzgan y condenan a toda la Iglesia. Y ellos quedan como los justos y santos, los que son de la Iglesia verdadera.

Muchos ponen la ruptura en el Concilio. Y se equivocan. La ruptura comienza con Jorge Mario Bergoglio, con su gobierno horizontal. Esta es la clave. Este es el cisma que trae la herejía de la horizontalidad.

El problema de la Iglesia no está en el Concilio Vaticano II. Ese Concilio trajo discordia, desunión y la pérdida de muchas almas. Pero el problema estuvo en los Obispos, no en el Concilio mismo. Obispos que fueron engañados en la búsqueda de una paz y una fraternidad, que no se puede dar entre los hombres si no viven como hijos de Dios, en estado de gracia.

Muchos Obispos han trabajado, desde ese momento, bajo las órdenes de Satanás en la Iglesia, poniendo en marcha la formación de una estructura de iglesia mundial, que no es la Iglesia Católica. Y eso lo han hecho en sus mismas diócesis, en el mismo Vaticano. Eso lo han hecho en franca rebeldía y desobediencia a todos los papas reinantes.

Jorge Mario Bergoglio no podría estar haciendo lo que hace en la Iglesia sin el consentimiento de todos esos Obispos y Cardenales que han trabajado durante años para consolidar la nueva iglesia. Son muy pocos los Obispos y sacerdotes fieles a Cristo y a la Iglesia. Ya en el tiempo del pontificado de Benedicto XVI muchísimos Cardenales católicos se opusieron abiertamente a sus enseñanzas «promoviendo formas de contra-formación y de sistemático magisterio paralelo guiados por muchos antipapas» (Monseñor Giampolo)

Con el Concilio Vaticano II se abrieron las puertas a toda clase de herejes, produciendo que la fe se contaminara en muchos corazones. E hizo que la Jerarquía viviera en un sopor, en un sueño del cual muchos no han despertado todavía.

No se puede comprometer la fe católica con los enemigos de Dios, de esa fe. Ningún católico se puede asociar con los enemigos de Dios, con aquellos hombres que viven sin ley, que gobiernan sin ley, que su única verdad es su mente humana, lo que conciben en ella.

Ningún católico se puede unir a un ateo, a un musulmán, a un judío, a cualquiera que viva en su herejía, o en su cisma, o en su vida de apostasía.

Por eso, no entendemos a los católicos que tienen a Bergoglio como su papa. ¿Cómo pueden comprometer su fe católica siguiendo y obedeciendo a un hombre que está destruyendo la fe católica?

Esto que vemos en la Iglesia es fruto del Concilio, que comenzó con buenas intenciones, pero que fue pervertido por la mente de muchos Obispos, que fueron instrumentos de Satanás, para implantar en la Iglesia una nueva norma de moralidad, la propia de la masonería.

No se puede convertir al enemigo de Dios, al pecador, bajando las normas, ocultando las leyes, pavimentando un camino lleno de ambigüedades.

La fe inamovible no puede cambiar, no se puede substituir por otra cosa. Se cambian las cosas para llevar al hombre a Dios. Pero no se cambian las cosas para quitar al hombre de Dios y entregárselo a Lucifer.

Después del Concilio, toda la Iglesia fue engañada por todos aquellos Obispos y sacerdotes, agentes de Satanás, siervos del demonio, que han sembrado en las almas las semillas de la propia destrucción de la Iglesia.

Quien está destruyendo la Iglesia, actualmente, son los Obispos, los Sacerdotes, los fieles que siguen a un déspota como su papa. No es el resultado de un Sínodo. No es el fruto de un Concilio. Es cada persona que se ha entregado al mal y que lo obra en la Iglesia.

El mal camino en la Iglesia, la apostasía de la fe, ya se inició con el Concilio. Y eso ha llevado a contemplar un mundo en el cual la humanidad se ha ido difamando a sí misma y revolcándose en toda clase de soberbias, lujurias y orgullo.

Pero, lo que hoy contemplamos es el inicio y el levantamiento de una nueva religión, que llama a gritos a una nueva sociedad, destruyendo la base de fe que está basada en la Tradición y en el conocimiento de los profetas. Destruyendo la doctrina católica. Haciendo caso omiso del magisterio infalible e inmutable de la Iglesia.

Estamos viendo una religión y una Iglesia que no es la de Cristo Jesús, que no tiene su misma  verdadera base.

¿Dónde está el fundamento de Pedro en la iglesia de Bergoglio si está gobernando  con la horizontalidad? ¿Dónde está la base de la verticalidad del papado en el falso pontificado de Bergoglio?

No está, ni puede estar, porque es una nueva iglesia, en donde se toma el Cuerpo de Cristo y se difama, ya no se da el conocimiento de su Divinidad. Ya Jesús no es el Dios que está con el hombre en la Eucaristía. Sino que es un hombre más, que camina con los hombres, y que los apoya en toda su vida de perversión y de pecado.

En esta nueva iglesia se va en busca de un gobierno sin ley, un gobierno de déspotas. Cada uno, en su diócesis, gobierna según sus luces, según sus inteligencias, según sus criterios humanos.

Y estos jerarcas déspotas se unirán a los gobiernos déspotas del mundo para levantar el nuevo orden mundial. Es en la diversidad cómo se establece la unión entre los hombres que sólo buscan destruir, atacar, perseguir, la Verdad Revelada.

El hombre que busca emplear sus propias desviaciones para promover una paz y una fraternidad que sólo existen en su mente humana, no en la realidad de la vida, trae al propio hombre la guerra, la destrucción, la aniquilación de toda verdad. No puede haber paz sin Fe, sin que el hombre se sujete, obedezca una verdad absoluta.

Muchos han tergiversado los mensajes y las declaraciones dados en el Concilio y los han acomodado a ellos mismos, interpretando todas las cosas para su propia conveniencia.

Han sido muy pocos los que ha sabido leer ese Concilio y ponerlo en el lugar teológico que corresponde. El Concilio no hace daño para aquella alma que tiene las ideas claras de lo que es su fe católica. Pero el Concilio hace un daño gravísimo a aquellas almas que no saben razonar su fe en la Iglesia.

Ya lo dijo el Papa Benedicto XVI:

«Ciertamente los resultados [del Concilio Vaticano II] parecen estar cruelmente opuestos a las expectaciones de todos… Yo estoy repitiendo lo que dije hace diez años después de la conclusión del trabajo: Es incontrovertible que este período definitivamente ha sido desfavorable para la Iglesia»  (Joseph Cardenal Ratzinger, L’Osservatore Romano, Edición en Inglés, 24 de Diciembre, 1984).

El Concilio trajo a la Iglesia los errores del humanismo y del modernismo, que se metieron en la mente y en el corazón de la Alta Jerarquía, la cual anda en el camino de la perdición y llevando consigo muchos almas.

Cardenales, Obispos y fieles llevan 50 años distorsionando la doctrina de Cristo, el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ocultando la verdad, persiguiendo a los que viven la verdad. Son ellos, no es el Concilio. Son ellos que son movidos por un Espíritu que no es el de Cristo, sino el del Anticristo.

Y es ahora cuando a los buenos se les empieza a llamar los malos.

Es ahora cuando los malos son alabados por todo el mundo católico y son tenidos como redentores del mundo.

¿No es, acaso, eso Jorge Mario Bergoglio para muchos que se llaman católicos y para toda la gente del mundo? ¿No se ha convertido en el redentor del mundo para ellos? ¿No está, Jorge Mario Bergoglio, siendo glorificado constantemente por los hombres?

Por eso, no es fácil permanecer en el camino de la Iglesia, que es un camino angosto. Muchos renuncian a la verdad en sus ministerios para ir detrás de un déspota como su papa. Y saben que es un dictador de mentiras. Saben lo que está realmente haciendo en su gobierno de máscaras.

Lo que Jorge Mario Bergoglio está manifestando es que él se pone por encima de toda ley divina, y obra un cisma en la propia Iglesia, como jefe sentado en la Sede de Pedro. Y esto es gravísimo. Esto es la perdición de muchas almas en la Iglesia.

La Iglesia Católica no está en Jorge Mario Bergoglio, sino en el Papa Benedicto XVI. Ahí, en él, permanece la verdad de lo que es la religión católica. Y todo fiel, en la Iglesia, debe comulgar con el Papa si quiere salvarse y santificarse. Esa comunión es hasta la muerte del Papa. Una vez que el Papa muera, los fieles que permanezcan en la verdad ya no estarán obligados a obedecer a ninguna jerarquía, sino que formarán la Iglesia Remanente, la que permanece en la Verdad, esperando que el Cielo ponga su papa.

Bergoglio es el falso papa de una falsa iglesia.

¡Cómo cuesta entender esto a muchos católicos!

¡Esta verdad no es compartida por la Jerarquía! ¡Ni siquiera por las más fiel, por la más tradicional!

Eso es señal de que el gobierno despótico de Bergoglio está haciendo su trabajo en las mentes de los Cardenales, de los Obispos y de los sacerdotes.

Él está levantando su nueva jerarquía.

Y esto es abominable, porque supone que el mal está adquiriendo la perfección que necesita para instalar al Anticristo en la Iglesia y en el mundo.

Bergoglio gobierna la Iglesia con sus delirios de grandeza

sanroberto

«para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social: desde la familia a la política y a la economía. Es decir, la cultura de las relaciones. El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto).

Esta es la boca de un masón. Y no de cualquier masón, sino de un hombre que está sentado en el Trono de la Bestia. Un hombre con delirios de grandeza.

Él habla la palabra de la fraternidad, que es su evangelio: «la ciudadela fundada por Chiara Lubich, que está inspirada en el Evangelio de la fraternidad – esa fraternidad universal-» (Ib). El movimiento de esta persona no se inspira en el Evangelio de Jesús, sino en la carne y la sangre, en la amistad entre los hombres, en la mente de cada hombre que quiera formar una unidad en la mentira.

«no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13) los que creen en el Nombre de Jesús. El poder de ser hijos de Dios lo da la Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús, aceptado, obedecido, por la mente del hombre. No se es hijo de Dios por el evangelio de la fraternidad, por ninguna palabra humana, por ningún afecto humano.

El hombre tiene que unirse a la Verdad de la Palabra de Dios para ser Iglesia, para ser de Cristo. No tiene que unirse a Cristo, sino a la Verdad que enseña Cristo, a su doctrina inmutable, para ser de Él. Aquel hombre que, con su mente, se une a la mentira que nace de la palabra de todo hombre, no es Iglesia, no está unido a Cristo, aunque tenga un Bautismo, aunque sea sacerdote, aunque se siente en la Silla de Pedro. Bergoglio no está unido a Cristo, porque su mente no acepta la verdad que nace de la mente de Cristo.

Someterse al Evangelio de Jesús, a las enseñanzas que Cristo dio a Sus Apóstoles, que nadie puede cambiar, y que la Iglesia ha enseñado siempre, eso es pertenecer a la Iglesia Católica, ser Iglesia, que muy pocos lo comprenden. Muy pocos han comprendido que Chiara Lubich no es de la Iglesia Católica. Y el mismo Bergoglio lo confirma al poner la inspiración de ese movimiento en un evangelio falso, que es anatema en la Iglesia Católica: el evangelio de la fraternidad. Bergoglio habla para los suyos: para la gente masónica que está dentro de la Iglesia Católica. Pocos entienden que Bergoglio no es de la Iglesia Católica.

Bergoglio predica como un masón: la palabra del humanismo, de la fraternidad universal, del amor en la que toda idea humana tiene valor, porque simboliza que los hombres son hermanos. Es el ideal del masón. La fraternidad es «uno de los lemas de la Orden. Es la palabra secreta de muchos grados masónicos. Es el título de muchas logias (…)» (Diccionario de la masonería – Frau Abrines Lorenzo, Tomo 1, pag 320).

Bergoglio no es católico, sino que pertenece a la religión de la masonería: «Cada Logia Masónica es un templo de la religión; y sus enseñanzas son instrucciones en religión» (Albert Pike, Morals and Dogma, pag. 213 – 13° Cavaliere dell’Arco Reale di Salomone – ver texto). La masonería no es un grupo de amigos que se reúnen para tratar diversos temas, sino que es la Iglesia del Anticristo, es una religión de orden mundial, en la que se engloba a todo el mundo, a todas las creencias, a todas las mentes de los hombres. Esa iglesia, que el demonio ha ido manteniendo durante siglos, para oponerse a la Iglesia de Pedro, que es la auténtica Iglesia de Cristo.

Para el masón, toda la Palabra de Dios es un símbolo: «la Biblia es usada entre los masones como símbolo de la voluntad de Dios, en cualquier modo que ésta pueda expresarse» ( Albert G. Mackey en su “Lessico della Massoneria” bajo el término ‘Biblia’- ver texto). Por lo tanto, nunca Bergolgio va a dar la Voluntad de Dios cuando habla o cuando escribe. Sino que va a dar el símbolo de esa Voluntad de Dios: va a dar su interpretación, su visión humana, su idea que concibe en su mente. A todos aquellos que esperan que Bergolgio diga algo del Sínodo, que quite ese cisma que se ha levantado, y que ponga las cosas en su sitio, es que no han comprendido el juego del lenguaje de un masón.

Un masón nunca puede hablar como un católico, con una fe católica: nunca va a decir, Bergoglio, la verdad católica, lo que quiere escuchar todo católico que se precie: la Verdad como es, como está en el Evangelio, como la Iglesia siempre la ha enseñado. Esto no lo puede hacer Bergoglio, porque pertenece a la iglesia del Anticristo, que es la iglesia de la masonería. Y se dedica a jugar con las palabras, con las verdades reveladas, con los dogmas. A jugar: a dar vueltas a la tortilla para que sólo se vea su mentira como una verdad que todos tienen que seguir. Sólo resalta lo que él quiere explicar, lo que la gente quiere oír.

Bergoglio no cree en Dios, sino en su concepto, que en su mente tiene, de Dios. Es el símbolo que él ha sacado de la sagrada Escritura. Es su símbolo, su interpretación. Por eso, “Dios no existe”; “Jesús no es un espíritu”, etc… Sólo un hombre masón, arrogante, que tiene un delirio de grandeza, se atreve a decir tantas herejías desde la Silla de Pedro y quedarse tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera dicho nada. Sólo un hombre que tiene delirios de grandeza puede hacer esto.

Muchos sacerdotes, piensan lo mismo, pero lo callan. Ocultamente obran su pecado, porque saben lo que es la dignidad del Sacramento del Orden en la Iglesia. Saben lo que es ser sacerdote, aunque ellos vivan otra cosa. Pero ya se ve, desde el Vaticano, la Jerarquía propia de la masonería, la jerarquía bergogliana, la propia que vive y obra su delirio de grandeza, la cual no le interesa el sacerdocio de Cristo para nada, ni Su Iglesia, sino que sólo viven para un plan masónico.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, con un nuevo gobierno, con un nuevo evangelio, comandado por su delirio de grandeza; y que es la misma iglesia del Anticristo. Él está sentado en el Trono de la Bestia. Es ya su Trono (no es el Trono de Pedro), porque Bergoglio ha puesto en el Vaticano el gobierno de la Bestia: su gobierno horizontal. La masonería ha tomado posesión oficial del Vaticano en la persona misma de Bergoglio, en la obra misma que este hombre se ha dedicado a hacer en su tiempo de gobierno en la Iglesia. Obra masónica y, por tanto, obra demoniaca, obra que pertenece al Anticristo, unido a esa mente, a esas intenciones maquiavélicas.

Bergoglio se ve a sí mismo con centro del mundo: «Estaremos siempre con el Señor» (ver texto). Bergoglio hizo que la gente coreara esto tres veces. Esto es lo propio de un líder de masas, no de un pastor de almas, que se cree el centro de todos. Bergoglio lleva a las masas al juego de su lenguaje humano, de su obra humana en la Iglesia. Entretiene a las masas con el lenguaje de su simbolismo, ocultándoles la verdad, para que todos hablen de él, para bien o para mal. Pero que hablen de él, que es lo que quiere: está sediento de la gloria del mundo.

Todo tiene un sentido para Bergoglio, menos para los demás. Lo que piensen los otros, eso no le interesa. Sólo busca su sentido masónico, que es una interpretación simbólica, en su gobierno: una ética humanista, fraternal, globalizante. Y, por eso, Bergoglio es un hombre que genera muchas reacciones cada día. Y, muchas de ellas, agresivas y violentas.

Cada día el mundo se despierta con una frase que este hombre ha dicho; con una entrevista nueva; con una herejía, la cual se va añadiendo a su lista como lo único que puede hablar este hombre a la Iglesia.

Bergoglio no puede decir una verdad católica, porque él está metido en su idea fija de lo que debe ser la Iglesia. Esa idea, que le obsesiona, es el nexo que usa para ser social, para estar en la realidad de la vida. Es una idea que forma parte de su vida de manera esencial: si la quita, su vida ya no tiene sentido. Esa idea, carente de toda verdad, es el centro de su existir. Por eso, este hombre no puede convertirse: está atrapado en su mente. Una mente pragmática, pero incurable. La vida le ha hecho un eterno demonio: su forma de vivir, su manera de poner su idea obsesiva como obra, como acto en su existencia. Todo son sus pobres, su comunismo, su libertad, su diálogo, su fraternidad. Pero no le interesa la Iglesia Católica. ¡Le trae sin cuidado!

«La cultura de las relaciones»: Para ser Iglesia hay que fantasear con una nueva cultura. Bergoglio es el nuevo Kant, pero en moderno. Kant, en su herejía, era lógico en la mente. Bergoglio, en su idea loca, es precisamente, un hombre que desvaría.

A Bergoglio no le gusta la teología, el orden del pensamiento: coge de aquí, de este filósofo; coge de allá, de aquel teólogo, y cocina su idea. Una idea sin el orden de la lógica, pero con un fin en el pensamiento. Un fin oscuro, secreto, que sólo él comprende, le da sentido. Los demás, no comprenden por qué se dedica a decir herejías todo el día. Y menos comprenden a la Jerarquía de la Iglesia que calla ante esas herejías.

Bergoglio habla la moderna herejía, que tiene que abarcar todas las verdades fundamentales, absolutas, dogmáticas, para ocultarlas con ideas mentirosas, pero fabricadas con un lenguaje de salón, puestas en una bandeja de plata: el lenguaje del simbolismo. De esa manera, quien lee, quien escucha, queda agradado por el lenguaje, sin ver el contenido de la mente, de lo que se está diciendo, que es todo una mentira.

Todo es relación en la creación y en las criaturas. Las Personas Divinas se comunican según una relación real, que no puede ser comprendida por la mente del hombre.

Los hombres, en sus vidas, buscan la relación, de muchas maneras, para darse uno al otro.

La relación es algo que está ahí, es real, pero nadie piensa en ella: se da sin más. Se da en la vida diaria, sin necesidad de hacer un acto mental para tener una relación. Se piensan las cosas, se obran y surgen las relaciones.

Pero para Kant, la relación es un ser mental, una idea. No es algo real. Para Kant, como para Bergoglio, no existe la Verdad: la verdad sólo está en la mente del hombre. No está fuera de ella. Entonces, el hombre, para vivir su vida, tiene que crearse, él mismo, con su mente, las relaciones con los demás, que significa crearse una ley para poder obrar en la vida: es la ley de la gradualidad.

Hay que crear «la cultura de las relaciones»: de las múltiples relaciones que el hombre tiene en su vida: familiar, social, económica, sexual, política, etc… De estas muchas relaciones, hacer un común; juntarlas todas en una cultura, que defina la vida de todos los hombres. En esa cultura de las relaciones, se da la ley de la gradualidad: los grados distintos, en las diversas facetas de la vida, para constituir una comunidad armónica, ordenada, fraternal, liberal, pragmática, movida por una caridad ficticia: «una ciudadela que es testimonio vivo y eficaz de comunión entre personas de distintas naciones, culturas y vocaciones, prestando atención sobre todo al vivir cotidiano, manteniendo entre ustedes la mutua y continua caridad» (Ib).

La comunión entre distintos credos, culturas, naciones, vocaciones: unir las múltiples mentes de los hombres, con sus diversas ideas, filosofías, en un lenguaje que sirva para todos. Un lenguaje que gobierne todas las mentes, en que todos se pueden apoyar para construir esa ciudad, ese mundo de todos y para todos.

«Esto significa que la Iglesia, además de esposa, está llamada a convertirse en una ciudad, un símbolo por excelencia de la convivencia y la relación humana» (ver texto). La Nueva Jerusalén es un símbolo, pero no una realidad divina. Esa Nueva Jerusalén hay que entenderla como una ciudad del mundo, en donde se dé lo humano: «la convivencia y la relación humana». La Iglesia está llamada a ser ciudad del mundo, a ser del mundo.

No hay nada divino en esa ciudad, porque es un símbolo de la Voluntad de Dios: «¡Qué bien, entonces, poder contemplar ya, según otra imagen muy sugerente del Apocalipsis, todos los pueblos y todas las naciones agrupados en esta ciudad, como en una tienda de campaña, será »la tienda de Dios» .Y en este marco glorioso no habrá más aislamiento, ni intimidaciones ni discriminaciones de cualquier tipo – social, étnica o religiosa – porque todos seremos uno en Cristo» (Ib.). Todo es un símbolo, una imagen del Evangelio, que hay que ponerla en la realidad de la vida actual, según lo que pide el mundo. Así habla un hombre que tiene delirios de grandeza, que busca el nuevo orden mundial, la nueva iglesia para todos: «qué bien poder contemplar todas la naciones, todos los pueblos, todos los hombres…agrupados en esta ciudad….todos seremos uno en Cristo». Para Bergoglio es el vocablo humano: todos, sin excluir a nadie. Todos: santos y demonios. Todos: justos y pecadores. Todos. La comunión con todos: la cultura de las relaciones, la ley de la gradualidad, la ciudadela de todos los pueblos.

Para el Evangelio de Jesús no son todos, porque: «los cobardes, los infieles, los abominables, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque, que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte» (Ap 21, 8). Este pasaje, tan importante para poder comprender qué es la Nueva Jerusalén, Bergoglio lo tiene que callar, porque va en contra de la idea masónica, que él sigue a ciegas: «La masonería es el adelanto hacia la luz en todas las líneas del progreso, moral, intelectual y espiritual» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Y, entonces, la idea católica del infierno hay que superarla, hay que llevarla hacia adelante e interpretarla como otro símbolo, no como una palabra real, dogmática, absoluta. Hay que desarrollarla en el lenguaje positivo de la vida: la ley de la gradualidad.

El infierno es un grado del intelecto del hombre: una idea que el hombre ha concebido, que es una proporción, una relación entre su vida religiosa y su vida humana de su tiempo. En este tiempo actual, hay que hablar a la Iglesia en positivo, avanzando de esos grados negativos a los grados positivos, que pertenecen al pasado, y que hay verlos y entenderlos de otra manera, simbólicamente. No son realidades, son sólo una manera de pensar antigua, propia de un grado de perfección intelectual, que ya no tiene valor para el mundo actual.

Bergoglio usa un lenguaje que dice: «para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social» (ver texto). La linfa espiritual del Evangelio es la santidad. Pues bien, para ser santos hay que imaginar, hay que fantasear, hay que experimentar la cultura. Es el lenguaje del símbolo. Es la interpretación de la Sagrada Escritura según la mente del hombre, según su cultura, según los tiempos que vive, según lo que pide y exige el mundo actual.

¿Qué es la cultura? Es cultivar (= labrar, cuidar) la inteligencia en productos, en obras, en servicios para el hombre. Y una cultura que integre todos los campos de la vida social, humana, significa: crear el habitante del mundo. Crear el nuevo orden mundial. Crear una nueva religión mundial. Crearlo todo según la mente del hombre, según su ley de la gradualidad.

Bergoglio está hablando del nuevo orden mundial, que es la idea eje del masón. Todo es llevar al hombre a vestirse de lo humano, a presentarse ante los demás con la educación de un hombre que acepta a los demás, que lo tolera todo, que lo abarca todo, no por la verdad que cree el hombre, sino por la mentira que obra.

Para el masón, sólo existe la verdad que se encuentra en su mente. Fuera de ella, todo es mentira. Todo. Todos son grados del intelecto, pero no la verdad. En el progreso de todas las líneas humanas, se alcanza la verdad. En el progreso, en la gradualidad, en ver la vida como una proporción entre lo espiritual y lo humano.

Por tanto, el masón busca la mentira en todos los hombres. No puede buscar la verdad, porque ésta es una gradación, un desarrollo de toda idea humana. Busca todos los simbolismos para unirlos, para tolerarlos, para acogerlos, para formar una gradación de la mente del hombre, una perfección en su inteligencia. Perfección que no es la verdad. Es sólo un símbolo, pero no la verdad: «los símbolos se inventan con el fin de ocultarla (la verdad), y no de proclamarla» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Nunca Bergoglio puede proclamar la verdad. Nunca. Siempre la oculta, para que se vea su mentira. Esto es el delirio de grandeza.

El masón quiere todas las obras de los hombres, quiere todas las ideas que han concebido los hombres, a lo largo de toda su historia, y ponerlas en grados, para aunarlas, para ocultarlas, en una mente humana modelo, maestra de todas, que tiene el grado mayor, que sólo uno puede poseer, el Anticristo. Quiere llevar a todos los hombres hacia el Uno: hacia una unidad mental, no real. Una unidad impuesta por una cabeza humana, que es una cabeza demoniaca, que contempla en ella misma todas las ideas de los hombres, las abarca todas.

La ley de la gradualidad es la propia de los masones. Todo en la masonería se concibe en los grados. Pero no se puede comprender la masonería en los grados, porque son sólo éstos símbolos que ocultan otras cosas. La masonería sólo se puede comprender en la mente del Anticristo. Los demás, trabajan para esta mente diabólica. Bergoglio trabaja para la mente del Anticristo.

El Anticristo es maestro en unir mentes humanas, todas con sus ideas, todas son mentiras, son símbolos que ocultan la verdad, porque sólo existe una mente verdadera: la de Él.

Bergoglio predica que hay que experimentar el nuevo orden mundial: «una nueva cultura en todos los campos de la vida social». En esa nueva cultura estarán todas las mentes de los hombres, en una ley de gradación, unidas en una mente maestra, en un arquitecto del mundo, que es el Anticristo.

Bergolgio sólo atiende a su lenguaje simbólico: «El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto). Ser sabio es una gradación en la mente del hombre: hay que instruirse, hay que estudiar, hay que filosofar, hay que pensar… La fe es un acto de la mente del hombre para Bergoglio… La perfección del hombre es un acto de la mente del hombre, es una obra de la ley de la gradualidad.

Pensamiento que es totalmente contrario a la Palabra de Dios: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor, y son necios los que desprecian la sabiduría y la disciplina» (Prov 1, 7). No pecar, no ofender a Dios es el comienzo de la vedad divina. Es la verdadera instrucción, enseñanza. Pero el masón ha quitado la ley del pecado. Luego, ya no hay temor de Dios. Este pasaje de la Sagrada Escritura, sólo hay que entenderlo de manera simbólica, no real.

Si no existe este comienzo, si los hombres no aprenden esta sabiduría (= quitar sus pecados, mirarlos, arrepentirse de ellos), que es una disciplina para todo el hombre, para dominar su cuerpo y sus pasiones desenfrenadas, entonces el hombre habla, piensa y obra como un necio. Esto es lo que es Bergoglio: un necio, que vive de su lenguaje humano, en el cual no es posible hallar una verdad.

En el lenguaje humano que buscan en el Sínodo se quiere poner la ley de la gradualidad: el grado homosexual, el grado de los malcasados, el grado del Papa emérito, el grado de los sacerdotes que se casan, el grado de las uniones libres….Todo es un grado en la mente del hombre… Todo es un grado en la masonería.

La ley de la gradualidad es dividir la verdad absoluta en muchas partes, en muchas medidas, y seguir avanzando hasta conseguir el grado mayor, la cima en el grado, que sólo uno puede tener: el Anticristo. Y todos haciendo un común en esa mente, atados por una lenguaje humano, que se rige por una ley: la ley de la gradualidad.

¿Entienden por qué en el Sínodo en la primera semana sólo se han dedicado a esto: lenguaje humano, ley de la gradualidad, acompañar a todos en sus vidas de pecado? Estamos ante la religión del Anticristo, ante su iglesia, ante su trono en el Vaticano.

A mucha gente todavía le cuesta entender este punto, porque sólo se queda en el exterior del hombre Bergoglio, pero no sabe penetrar lo que hay en él. Él lo sabe esconder de manera maravillosa, porque es maestro de su propio lenguaje. Y todos quieren aprender de ese lenguaje, que es barato y blasfemo. Y nadie quiere aprender de la Palabra de Dios, que sale de la boca de los humildes, de los sencillos, de los disponibles a la Voluntad de Dios. Por eso, hay tantos falsos profetas por todas partes; tantos falsos doctores de la ley; tanto intelectual del demonio, que sólo habla doctrinas del demonio. Pero nadie quiere dar la Verdad como es.

Bergoglio tiene delirios de grandeza sólo por esto: desde la Sede de Pedro, siendo un sacerdote, siendo un Obispo, no se puede predicar la cultura de las relaciones, el evangelio de la fraternidad, el nuevo orden mundial, la iglesia ecuménica, en la que todos se salvan…. porque esto no es la Mente de Cristo. Esto no es lo que ha enseñado la Iglesia. Esto no es lo que está en el Evangelio. Todos han perdido el juicio en la Iglesia si callan ante las locuras de un hombre que sólo habla para él mismo, pero no para la Iglesia.

Es necesario no dar la obediencia a un hombre que sufre delirios de grandeza y que no sabe ver su pecado en la Iglesia. No se puede obedecer la mente de un hombre que no se arrepiente públicamente de las muchas herejías que ha dicho durante más de 18 meses en la Iglesia. No se puede. Hay que enfrentarlo y hay que invitarlo a que deje ese cargo para que su alma pueda salvarse. Pero él no va a escuchar esto, porque vive centrado en su delirio: ser grande entre los hombres; alcanzar el grado mayor entre ellos; ir a la profundidad de la inteligencia sin la verdad del amor. Sólo con el odio de su mentira.

La condenación de las almas en vida

falsocristo

«Y Adán conoció a Eva, su mujer, y concibió y parió a Caín. Y dijo: “Adquirí un hombre del Señor”» (Gn 4, 1).

Para comprender cómo un hombre se hace un demonio es necesario entender que todo hombre es libre, con una libertad total, sin que nada ni nadie pueda impedir esa libertad.

Sin el don de la libertad, que Dios da a todo hombre, no hay ni salvación ni condenación. En último término, quien se salva y se condena es la misma persona, a causa de su libertad. Dios la juzga en su ser libre, en lo que la persona ha escogido para su vida.

Adán, cuando peca, conoce a su mujer, a Eva, y concibe, en su pecado, un hijo. Ese hijo viene con todo el pecado original, de una manera directa, porque el padre es el mismo que cometió el pecado. No es un descendiente de Adán.

Luego, ese hijo, Caín, adquiere toda la magnitud del pecado original, no una parte, sino que en ese hijo está toda la maldad de ese pecado. Por eso, el nombre de Caín significa, en hebreo, adquirir, comprar, obtener. Adán obtuvo un hijo con su pecado; compró un hijo con su pecado.

Pero Dios hace a Caín libre. Y, a pesar de que recibe todo el pecado de su padre, Caín puede salvarse.

«Y aconteció, después de días, ofrecer Caín -de los frutos de la tierra- sacrificio al Señor» (Gn 4, 3). Caín, en su libertad ofrece al Señor su trabajo; pero Dios no le hace caso: «pero a Caín y a sus sacrificios no atendió» (Gn 4, 5). Dios atiende a Abel, pero no a Caín. Y la razón es muy sencilla: Caín es fruto del pecado de Adán. El primer fruto, en el cual está todo el demonio. Dios mira lo que hay en el alma de Caín: una obra demoníaca. Y Dios sabe cómo es esa obra del demonio en Caín. Por qué está ahí y para qué está ahí. Caín no lo sabe totalmente. Caín ha nacido con eso. Él es inocente de cargar con el pecado de su padre. Pero lo carga, lo siente, permanece en él, sin que él pueda quitarlo, rechazarlo, impedirlo.

Dios rechaza el trabajo de Caín porque sabe que las obras de Caín no son buenas. En apariencia son buenas, pero están torcidas por el demonio, que habita en él. Y el Señor le amonesta a Caín: «¿Por qué te has enfurecido y por qué andas cabizbajo? Si hubieras ofrecido rectamente, andarías erguido, pero si no has obrado bien ¿estará el pecado a la puerta? Cesa, que él siente apego por ti y tú debes dominarle a él» (Gn 4, 6-7).

Caín, inocente de lo que su padre ha puesto en él, por generación, es libre para aceptar eso o rechazarlo. Sus obras están viciadas por eso; pero sigue siendo libre. Él hace esas obras libremente, sin que el demonio le impida en su voluntad. El demonio le sugiere la obra y Caín, con su voluntad libre, lo obra. Este es el Misterio del Mal y de la libertad del hombre.

Caín puede rechazar con su voluntad la obra del demonio en su alma. Pero, en la práctica, no la rechaza, sino que la quiere. Por eso, se entristece porque las obras de su hermano sí son agradables a Dios. Ya no mira a su hermano con pureza, sino con malicia. Y, por eso decide matarlo: «Y cuando estuvieron en el campo, se alzó Caín contra Abel, su hermano, y lo mató» (Gn 4, 8).

Aquí comienza, con Caín, la raza maldita de los hombres. Caín es el fruto primero del pecado de Adán. Es decir, la serpiente convenció a Adán para que engendrara un hijo fuera de la Voluntad de Dios. Y ese conocimiento que recibió Adán del demonio era para formar una humanidad del demonio. Era necesario que Adán diera al demonio un hijo para que éste comenzara su humanidad maldita, diabólica. Por eso, los gigantes vienen de Caín. En Caín está una fuerza tan maligna como para hacer de la naturaleza humana una abominación, una desviación. Y no hay que entenderlo como una evolución del ser humano, sino como la caída de la especie humana en una degradación. Por eso, el Señor tuvo que castigar al hombre con el diluvio.

«Ahora, pues, maldito serás de la tierra, que abrió su boca para recibir de mano tuya la sangre de tu hermano» (Gn 4, 11): no hay lugar en la tierra para Caín. Las obras de Caín son malditas siempre. Sus hijos, sus vidas, sus pensamientos. «Cuando la labres, te negará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante» (Gn 4, 12). Caín vive condenado en vida; es lo que significan estas palabras. No hay bendición en las obras de Caín. No hay camino en la vida de Caín. No hay verdad en el pensamiento de Caín. Siempre Caín huirá de toda Verdad, caminará por sendas de pecado, de mentira, de error. Y sus obras son para el infierno.

Caín mata a su hermano Abel. Por este pecado, viene la maldición de Dios, porque el alma de Caín queda totalmente poseída por el demonio para obrar sólo lo que el demonio quiere. Es una posesión absoluta, que no se puede quitar con nada. No es posible la liberación por dos cosas: el pecado de Adán, transmitido a Caín, y el propio pecado de Caín.

El demonio iba trabajando el alma de Caín para que obrase el pecado que le permitía ocupar su alma de manera perfecta. Y Caín aceptó en su alma ese pecado, y lo obró con su voluntad libre. Y es un pecado perfecto, que lleva a la condenación en vida.

Ante la realidad del pecado de Caín, es más fácil comprender cómo un astro divino, un sacerdote, un Obispo, puede transformarse en el Anticristo.

El Anticristo viene de la unión sexual entre un Obispo y una mujer entregada al demonio: “Durante este tiempo, nacerá el Anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa virgen que tendrá comunicación con la antigua serpiente madre de la impureza. Su padre será un obispo. Al nacer vomitará blasfemias y tendrá dientes: en una palabra, será un demonio encarnado; lanzará gritos espantosos y hará prodigios y no se alimentará sino de impurezas… a la edad de 12 años llamará la atención por las ruidosas victorias que alcanzará» (Mensaje de La Salette – 1846).

Un Obispo concibe un hijo de su pecado. Todo sacerdote que se acuesta con una mujer siempre engendra un anticristo. Porque el sacerdote está para engendrar “cristos” en las almas. Si engendra un hijo con una mujer, comete el mismo pecado de Adán. Adán tenía una mujer para engendrar hijos de Dios. Escucha al demonio y obra un pecado: engendra un hijo para el demonio.

Este Obispo no se acuesta con cualquier mujer, sino con falsa virgen; es decir, una persona religiosa, que se hace pasar por virgen, que está en un convento, pero que, en vez de dedicarse a la oración, tiene trato con el demonio en ese convento. Es una mujer que ha escuchado al demonio, como Eva, y va tras un Obispo para hacerle caer en el pecado. En una falsa virgen que quiere un hijo de un Obispo, según el conocimiento que el demonio le ha dado.

De ese encuentro sale el Anticristo, que al nacer tendrá la obra del demonio: vomita blasfemia. Es decir, esa alma está condenada. Es un demonio encarnado. Es un alma poseída totalmente por el demonio, como Caín. Pero es un alma libre. Nace con la carga del pecado de su padre y con lo que su madre ha hecho para engendrarlo. Nace con el espíritu del Anticristo, que le viene por vía paterna. Y nace para una obra demoníaca. Un alma muy inteligente, porque a los doce años alcanza muchas e importante victorias.

El demonio va llevando a esa alma hacia lo que quiere de él. Por eso, esa alma es un Obispo; un astro divino, un hombre que tiene la vocación al sacerdocio. Un hombre que alcanza una gran dignidad en el Vaticano. Pero un hombre que tiene que cometer su pecado para ser el Anticristo, para convertirse en el Maldito, en el Innombrable.

El Anticristo es otro Caín: tiene que matar a su hermano Abel. Tiene que matar a un Obispo para ser el Anticristo. Y si el Anticristo tiene que sentarse en la Silla de Pedro, tiene que matar a un Papa.

Las profecías ya se han cumplido. Y, cuando esto ocurre, ya no hay más profecías, sino que sólo se dan los hechos, las obras.

Estamos en el tiempo del Anticristo, en los Últimos Tiempos: «Verás muchos cambios en la iglesia. Los cristianos que recen serán pocos. Muchas almas caminan hacia el infierno. Las mujeres perderán el pudor y la vergüenza. Satanás tomará su forma para hacer caer a muchos. En el mundo habrá crisis comunes. El gobierno caerá. El papa pasará horas de agonía; al final yo está ahí para conducirlos al paraíso. Tendrá lugar una gran guerra. Muertos y heridos incalculables. Satanás cantará su victoria pero será el momento en que todos verán a mi hijo aparecer sobre las nubes y el juzgará a cuantos han despreciado su sangre inocente y divina. Entonces mi Corazón Inmaculado triunfará» (Teresa Musco, 20 de mayo de 1951).

Esto es lo que estamos observando: cambios radicales, constantes en la Iglesia. Se cambia para mal; se cambia para condenar a las almas; se cambia para destrozar la Tradición; se cambia para negar la verdad; se cambia para configurarse a las modas de los hombres, a sus pensamientos, a sus ideales en la vida.

Y tenemos un Papa que está pasando su agonía. Y la pasa solo, sin el apoyo de nadie. Callado, porque no puede hablar. Le han relegado a una habitación y ahí permanece, como un tonto, como un loco, como un enfermo mental.

Y ya se huelen las guerras, las crisis de todo tipo, las revueltas; porque estamos en el Fin. No estamos esperando el Fin. Ya es el Tiempo. Ya no hay más Tiempo.

«Sábete hija mía que Satanás reina en los más altos puestos. Cuando Satanás llegue a la cima de la iglesia, entiende que este instante habrá conseguido seducir a los espíritus de los grandes científicos y será el momento en que ellos intervendrán con armas potentísimas con las cuales es posible destruir gran parte de la humanidad» (Teresa Musco, 13 de agosto de 1951).

Satanás ya llegó a la cima de la Iglesia. Ya ha puesto al maldito Francisco gobernando la Iglesia. Y lo ha hecho en el momento en que los hombres del mundo tienen un gran progreso científico y técnico para el mal, para poder producir la tercer guerra mundial con sólo apretar un botón.

Iglesia y mundo se unen para la obra del Anticristo. Francisco está poniendo el camino para que entren en el Vaticano toda clase de personajes que destruyan la Iglesia con sus falsas apariencias de bondad humana, de amor al prójimo, de deseo de encontrar la paz entre todos los hombres. Él ya habla de su Iglesia Universal y de liderazgo en esa Iglesia. Él quiere ser uno que contribuya a la obra del Anticristo. Él es otro anticristo, otro Caín. Pero su obra es distinta al Anticristo.

Él sólo mueve las masas con su palabra barata y blasfema. Es el charlatán del pueblo de Dios. Es el que entretiene a los hombres con una sonrisa, besando a los niños, abriendo su boca para no decir nada. Siempre que la abre es para meter la pata. Francisco es un tarado espiritual. Ni sabe gobernar la Iglesia ni sabe guiar su alma hacia la verdad de la vida. Es un vividor de su ignorancia en la Iglesia. Se alimenta de su orgullo. Y obra su impureza en todo lo que hace en la Iglesia.

Por eso, Francisco huele mal. Huele a podrido. Su obra es destruir las conciencias de los hombres. Su obra es negar a las almas el camino de la salvación. Su obra es para que los hombres vean en sus vidas la necesidad de ponerse por encima de toda ley divina. Francisco enseña a pecar. Y sólo puede enseñar eso. Se pone una careta de verdad para ocultar su obra: exteriormente dice palabras bien concertadas, que gustan a todos, menos a los que saben de qué está hablando. Pero con una llamada telefónica imprime la verdad de su pecado en las almas.

Francisco es el típico idiota que se las da de sabiondo, pero que enseguida se ve su juego, porque es un ignorante, habla como un plebeyo, y vive como un loco de atar. Si no quieres obrar como Obispo, si no quieres atenerte a los principios morales, religiosos, éticos, si no quieres dar la verdad en la predicación del Evangelio, ¿para qué eres Obispo? Si sigues dando tus mentiras a la Iglesia, es que eres un hombre loco de atar.

«Qué de estragos hacen en medio de la juventud y de los niños el pecado de la impureza. La familia cristiana ha dejado de existir. Rogad incansablemente. . . Roma será castigada. . . Rusia se impondrá sobre todas las naciones, de manera especial sobre Italia, y elevará la bandera roja sobre la cúpula de san Pedro; la basílica será rodeada de leones muy feroces» (Madre Elena Aiello – 27 de marzo de 1959).

Huele a comunismo en el Vaticano. Se abren las puertas para que entre en Roma la destrucción de todo. Porque hay que quitar los 20 siglos de riquezas espirituales, que están en Roma, para hacer la Catedral al Anticristo. Hay que despejar el área. Hay que hacerlo todo nuevo sólo para una persona, que tiene en su alma la destrucción, la muerte; que es otro Caín: un maldito.

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