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Bergoglio lleva a los jóvenes en carroza al infierno

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«… En hacer Tu Voluntad, Dios mío, tengo mi complacencia, y dentro de mi corazón1 está Tu Ley» (Sal 40 (39), 9).

Cuando se habla de corazón, se habla del hombre interior, de ese interior del hombre que está en su vértice. El hombre es: espíritu, alma y cuerpo (cf. 1 Ts 5, 23). Lo superior de la naturaleza humana es el espíritu, que es lo sobrenatural, la semejanza que el hombre tiene con Dios.

Dios crea al hombre, a su imagen y a su semejanza (cf. Gn 1, 26), lo crea con un espíritu, semejante a Dios, que es Espíritu (Jn 4, 24); y lo crea en la gracia: en la imagen divina, en su vida divina, para que el hombre sea Dios por participación. Para quien contemple al hombre vea la imagen de Dios, su misma vida divina, en una criatura.

La palabra corazón designa toda la vida interior del hombre, su vida espiritual, no la vida racional. El corazón no es el hombre en su humanismo, sino que es el hombre en su espíritu.

Las personas suelen confundir el corazón con la mente. Son dos cosas distintas:

«Amarás a Yavhé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 5; Mt 22, 37).

Corazón y alma se distinguen en el hombre: en el alma está la mente, lo que es racional. En el corazón, está el ser espiritual: lo que no es la idea racional, lo que viene de la fe, de la Mente de Dios. Lo que es oscuridad, tiniebla, a la mente del hombre.

Para Bergoglio, el corazón es la mente del hombre, la vida humana, racional : «nuestro corazón concentra al ser humano en su totalidad y unidad de cuerpo y alma» (ver texto)

El corazón no concentra al ser humano en su totalidad, sino sólo en su vida interior. Es la totalidad de la vida espiritual.

La totalidad del hombre es: corazón, mente y fuerzas de la naturaleza humana. Es la totalidad de la vida interior más la totalidad de la vida racional.

Y de ahí nace la enseñanza de Jesús: el amor total: corazón, alma y fuerzas.

Lo que importa, en la vida espiritual, es el amor total, que brota de Dios, del Corazón de Jesús, y que nace de lo íntimo del corazón del hombre.

Ese amor, que es lo único importante, que es lo que hace válida una vida, sólo se puede lograr mediante la íntima unión con Jesús. Para esa intimidad, el corazón del hombre –no su mente, no sus fuerzas-  debe colocarse en el Corazón de Dios, abierto a la gracia y al Espíritu Divino. Es una apertura sin reservas, sin condiciones, sin límites, con un abandono pleno a la Voluntad de Dios. Si el corazón está unido con Dios, entonces en la mente está la Verdad y, esa Verdad, se obra con las fuerzas del ser humano en toda su vida.

Si el corazón del hombre se inflama con el amor de Dios, entonces la voluntad del hombre, que está en su alma, va a tender, necesariamente, hacia el bien divino, va a obrar la Voluntad de Dios, no sus voluntades humanas, no sus bienes humanos.

Poner el corazón en el ser humano en su totalidad es no comprender, en absoluto, lo que es la vida espiritual, que es diferente a la vida racional.

«Para la cultura semita el corazón es el centro de los sentimientos, de los pensamientos y de las intenciones de la persona humana»: este hombre –para definir el corazón- va a lo que dice la cultura semita, la sabiduría humana, pero no va a las fuentes de la Revelación, que es la Palabra de Dios, que es lo que Dios ha dado a conocer al hombre, la sabiduría divina. Y, entonces, Bergoglio sólo enseña doctrina de hombres, con un lenguaje sentimental, barato, bello y blasfemo. Pero no es capaz de enseñar la verdad a las almas. Bergoglio confunde corazón y mente, los une en una sola cosa. Y, de esa manera, es cómo nacen las falsas espiritualidades.

Lo característico del pensamiento de muchos católicos es poner la espiritualidad por encima de la religión. Por eso, se aboga por una fraternidad que no se llene de individualismo, sino de humanismo.

La religión2 es dar culto verdadero a Dios. Para eso es necesario la Ley de Dios, las normas que rigen ese culto divino.

El hombre, con su mente, se crea la espiritualidad. Y, por lo tanto, se pone por encima de lo religioso, de la ley de Dios. De esa manera, a muchos católicos no les van los dogmas, no les gustan los proselitismos, no entienden una fe que ciega el entendimiento, que somete la razón a la Mente Divina.

Para muchos católicos, el corazón es lo importante, pero lo entienden mal. Entienden un corazón que no se cierra ni renuncia a los errores, a las experiencias que se viven en otras religiones, que se ofrecen en las diversas filosofías. Es un corazón que quiere abarcarlo todo del hombre: lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, pero que es incapaz de obedecer a Dios, incapaz de someterse a los dones y a las gracias de Dios.

Son católicos que siempre van con la excusa de que el hombre, a lo largo de toda la historia, ha manipulado las cosas, que con el poder quiere someter a los demás a la visión que ellos tienen de la vida. Son católicos que no se someten a nada, pero que exigen que los demás se sometan a sus pensamientos humanos, que los demás les merezcan respeto a lo que ellos piensan. Y hablan de humildad y de sencillez, pero no es la humildad de corazón, ni es la sencillez de la vida espiritual. Es sólo su lenguaje humano, muy bonito, pero sin ninguna verdad en el corazón.

Si el corazón es para la vida interior, entonces lo que impide esa vida interior es siempre el pecado. De ahí que es necesario purificar el corazón: la penitencia interior.

Hoy se pone el pecado, no como un ser espiritual, sino como un ser filosófico y social.

El pecado es una obra en contra de la Voluntad de Dios. Es, por lo tanto, una ofensa a Dios.

Para el modernista, el pecado es una obra en contra del hombre, de la sociedad, del mundo, de la creación. En consecuencia, en el pecado se ofende al hombre o a la sociedad. La limpieza del corazón sólo atañe a la vida humana o social del hombre:

«…se trata sobre todo de algo que tiene que ver con el campo de nuestras relaciones. Cada uno tiene que aprender a descubrir lo que puede ”contaminar” su corazón».

Se trata de algo que está en lo social, entre las relaciones de los hombres. Limpiar el corazón no es un asunto de la vida interior del hombre, sino de la vida social.

Bergoglio no entiende lo que es el Espíritu ni, por tanto, la vida espiritual. Bergoglio sólo comprende al hombre y lo encierra en los límites de su mente humana. Y ahí construye su fábula: una colección de cuentos que va predicando, aquí y allá, y que sólo se alimentan de ellos los pervertidos como él en su mente. Y de estos pervertidos la Iglesia está llena.

«Si hemos de estar atentos y cuidar adecuadamente la creación, para que el aire, el agua, los alimentos no estén contaminados…»: es el deseo humano de que todo lo exterior al hombre sea perfecto. Pero, ¿cómo el hombre pretende conseguir la perfección en la creación si no posee la perfección en su vida interior? Si el corazón es impuro, las obras exteriores son impuras, contaminan toda la creación… Pero hay que estar atentos a no dejar caer un trozo de papel al suelo: ¡es una ofensa contra la fraternidad universal!

No hay que estar atentos y cuidar la creación: eso no sirve de nada. Eso lleva al fariseísmo de mucha gente, que se inventa una vida para luchar por lo que no tiene ninguna importancia: las aves, los animales, las plantas, las aguas, el cuerpo, etc… El mundo ecológico, el mundo carnal, el mundo material.

«Los ejercicios corporales sirven para poco; en cambio la piedad es provechosa para todo, pues tiene la promesa de la vida, de la presente y de la futura»  (1 Tim 4, 7 s).

No te canses cuidando la creación, cuidando tu cuerpo, cuidando el parque…No es eso la vida del corazón.

«… golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado» (1 Cor 9, 27).

Si sabes dominar tu cuerpo con la mortificación, entonces sabes cuidar la creación como Dios quiere. Pero si das a tu cuerpo el regalo que te pide, entonces, por más que luches para que la creación no se corrompa, se va a corromper porque todos buscan en ella el regalo para sus cuerpos.

Esta es la ley del pecado. Por eso, todos los que hablan, como Bergoglio, de ecología humana, están locos de remate. No tienen ninguna vida espiritual. No son hombres de vida interior. Son comunistas, socialistas, liberales, modernistas, panteístas, pelagianistas, etc…

«…mucho más tenemos que cuidar la pureza de lo más precioso que tenemos: nuestros corazones y nuestras relaciones.  Esta ”ecología humana” nos ayudará a respirar el aire puro que proviene de las cosas bellas del amor verdadero, de la santidad»: esto es sólo la palabrería barata de Bergoglio, de la cual muchos insensatos se alimentan.

¡Respirar el aire puro que viene de la santidad, del amor verdadero!: ¡Qué chiste tan malo! ¿Quién puede hacer caso a esta babosidad? Muchos.

La Cuaresma no es ecología humana, sino penitencia interior, vida interior en la cual el hombre combate sólo contra sí mismo, no contra el mundo ni contra el demonio.

Esta es la penitencia3 que la Iglesia Católica ha perdido: llorar por nuestros pecados. Y sólo por los nuestros. Sin mirar lo demás. Penitencia por nuestros pecados. Si se hace esto, entonces se hace penitencia por todo lo demás.

Hay que pasar las noches en insomnio, para violentar la propia naturaleza que quiere descanso. No hay descanso cuando hay tanto que expiar.

Hay que pasar por la oración callada, con el rostro en la tierra, mirando la fealdad de ella para verse reflejado, sin pedir nada a Dios, sin desear nada. Sólo ofreciendo a Dios nuestras miserias, que es lo único que podemos darle.

Hay que dormir en el suelo, hay que sentarse en sillas incómodas, hay que dar al cuerpo dolor, para que el alma se acostumbre a pensar que en esta tierra no hay felicidad ni puede haberla.

Hay que estar mirando, continuamente, nuestros pecados para golpearse el pecho por la ofensa que hice a Dios. Hay que lamentarse, sollozar por haber pecado tanto. Hay que dar voces de angustia hasta comprender que un solo pecado mortal es merecimiento del más profundo infierno.

Hoy día la Cuaresma es cualquier cosa menos penitencia interior.

«..lo que da sentido a nuestra vida es sabernos amados incondicionalmente por Dios»: esto es lo que oyen ustedes a todos los sacerdotes y Obispos. Dios es amor, Dios te ama, qué bueno es Dios. Dios no castiga. Dios no juzga.

Nadie descubre a las almas lo que son ante los ojos de Dios. Tienen miedo, porque ya no viven una vida interior, el hombre nuevo de la gracia. Viven para lo exterior de su vida, para la superficialidad de un ambiente social, familiar, para el desorden de una cultura sin el culto verdadero a Dios.

«…ningún ser viviente puede justificarse en la Presencia del Señor; que hay que rogarle para que no entre en juicio con sus siervos» (San Agustín – De los méritos y perdón de los pecados – Libro II, cap. XIV –“Todos somos pecadores”).

¡Que Dios no entre en juicio con el alma! Esto es predicar la verdad. No esa falsedad de que Dios es amor.

Lo que da sentido a nuestra vida es sabernos pecadores. De esa manera, el alma pide a Dios que le muestre cómo quitar el pecado para que Dios no entre en juicio con ella.

Esta gran verdad es la que ya no se predica. Se predica un amor sentimental, propio de un nuevo pelagianismo, que es la babosería de Bergoglio:

«¿Recuerdan el diálogo de Jesús con el joven rico?  El evangelista Marcos dice que Jesús lo miró con cariño,  y después lo invitó a seguirle para encontrar el verdadero tesoro.  Les deseo, queridos jóvenes, que esta mirada de Cristo,  llena de amor, les acompañe durante toda su vida».

Jesús no dialogó con el joven rico, sino que le enseñó el camino de la perfección:

«Ya sabes los mandamientos: no matarás, no adulterarás, no robarás, no levantarás falso testimonio, no harás daño a nadie, honra a tu padre y a tu madre» (Mc 10, 19). Enseñanza moral. Jesús le recuerda los mandamientos de Dios, la ley divina. Jesús no pierde el tiempo charlando con los hombres. Cuando habla es para enseñar la verdad.

No lo invitó a seguirle, sino que le manifestó la obligación de seguirle:

«Una sola cosa te falta: vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme»  (Mc 10, 21b). No fue invitando a una fiesta, sino exigiendo del alma la renuncia de todo para seguir a Cristo. Jesús no invita a nadie, sino que exige al alma. Y de esa exigencia, el joven rico se fue triste, porque la comprendió.

Jesús miró el alma de ese joven para ver su intención en el hablar:

«Jesús, poniendo en él los ojos, lo amó4» (Mc 10, 21a): Jesús puso los ojos en el alma del joven, porque lo que iba a decirle era el amor espiritual, el amor total, que exige todo el corazón, toda la mente y todas las fuerzas de la persona. Jesús lo amó con el amor de caridad, no con un cariñito. Es el ágape, que significa siempre el amor divino hacia el alma. Jesús no da cariñitos a nadie, ni besitos ni abrazos. Jesús, cuando ama pone en el alma un peso de amor, un dolor, un sufrimiento, una cruz. Es lo que sintió el joven rico: la exigencia del amor divino, la cruz del amor divino.

Pero Bergoglio está en su cháchara:

«Durante la juventud, emerge la gran riqueza afectiva que hay en sus corazones, el deseo profundo de un amor verdadero, maravilloso, grande. ¡Cuánta energía hay en esta capacidad de amar y ser amado!»: todo sentimentalismo el de este hombre. No lleva a los jóvenes a la verdad del amor, a ese amor verdadero, como lo hizo Jesús con el joven rico. Bergoglio no exige a los jóvenes el desprendimiento de todo lo humano, sino todo lo contrario: el apego a todo lo humano.

Lo que emerge en todo hombre es un amor falso que hay que quitar del corazón a base de penitencias. Un amor que no es energía para amar y ser amado. Es una fuerza demoníaca que le cierra el corazón al verdadero amor. ¡Ningún hombre que nace en el pecado original nace con este dese profundo de un amor verdadero! ¡Esta es la fábula este hombre! ¡Qué bien la cuenta!

Todo hombre nace en su corazón con un odio profundo a Dios. Eso es el pecado original.

«Yo, en cambio, les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contracorriente;  sí, en esto les pido que se rebelen contra esta cultura de lo provisional,  que, en el fondo, cree que ustedes no son capaces de asumir responsabilidades,  cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente.  Yo tengo confianza en ustedes, jóvenes, y pido por ustedes.  Atrévanse a ”ir contracorriente”. Y atrévanse también a ser felices»: este es el lenguaje de un político, pero no de un director espiritual, de una persona con cura de almas, no de un Obispo que tienen que velar por la vida de las almas en el mundo.

No se puede pedir al hombre que sea revolucionario: eso lo piden los políticos, los hombres del mundo, que apelan a la revolución para implantar su idea o su obra en el mundo.

No existe la cultura de lo provisional: existe el pecado en cada hombre. ¿Qué es la cultura de lo provisional? Lo que cada uno piense. Si los hombres banalizan el sexo, o el matrimonio, lo hacen por su pecado, no por la cultura, no por el ambiente que viven; no por el mundo que les rodea. Se pone el mal en la sociedad. Y entonces se habla como los revolucionarios: rebélense contra  esa idea cultural. El alma que no es capaz de asumir sus responsabilidades no es por una cultura, no es por ese pensamiento que flota en el ambiente. Es por el pecado de esa alma, que huye de la ley de Dios, que quiere hacer su vida como le parece, como le gusta.

Para Bergoglio, el pecado es un ser social, cultural, pero no una ofensa a Dios. Por tanto, no lleva al alma al arrepentimiento de su pecado, para que sea responsable en su vida. Lleva al alma a la revolución de la mente, de la idea social que impera en esa cultura. Y así se llega a imponer la cultura del encuentro: la idea de la fraternidad universal.

¡Qué pocos entienden el lenguaje herético de este hombre!

¡Qué pocos ven su descaro!:

«Ustedes, jóvenes, son expertos exploradores.  Si se deciden a descubrir el rico magisterio de la Iglesia en este campo,  verán que el cristianismo no consiste en una serie de prohibiciones que apagan sus ansias de felicidad,  sino en un proyecto de vida capaz de atraer nuestros corazones»: esto es hablar con malicia, con perversidad de mente.

Todo aquel que vaya al Magisterio auténtico de la Iglesia tiene que ver las prohibiciones, la regla de la fe, los principios de la moral, que tienen que apagar las ansias de toda felicidad humana, natural, carnal, material, sentimental, afectiva de los hombres. Y que ponen al alma en el camino de las bienaventuranzas: en el camino hacia el cielo, que es un camino de cruz.

Pero Bergoglio predica a los jóvenes: «atrévanse a ser felices». Esto no es la predicación del Evangelio. Esto no es la Palabra de Dios. Esto no es la verdad.

Bergoglio tiene, lo que se llama, la añoranza del Paraíso: «En los Salmos encontramos el grito de la humanidad que, desde lo hondo de su alma, clama a Dios: ”¿Quién nos hará ver la dicha si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?”».

¡El grito de la humanidad!

La humanidad ha perdido la felicidad original. La humanidad está en angustia: «La ”brújula” interior que los guiaba en la búsqueda de la felicidad pierde su punto de orientación y la tentación del poder, del tener y el deseo del placer a toda costa los lleva al abismo de la tristeza y de la angustia». Es lo que se vive: esa cultura del pesimismo, de la tristeza, de la angustia… Por eso, se necesita el evangelio de la alegría, de la felicidad. Hay que ser revolucionarios, hay que ir en contra de esa angustia. Hay que ser felices, no hay que temer miedo de ser felices:

«Pero no tengamos miedo ni nos desanimemos: en la Biblia y en la historia de cada uno de nosotros vemos que Dios siempre da el primer paso: Él es quien nos purifica para que seamos dignos de estar en su presencia».

Ya Dios te purifica. Tú vive feliz. No subas a la Cruz. No renuncies a tus sueños. No hagas nada por salvar tu alma del pecado. Da pan al que no lo tiene. Y eso basta para ver a Dios.

«Queridos jóvenes,  para entrar en la lógica del Reino de Dios es necesario reconocerse pobre con los pobres.  Un corazón puro es necesariamente también un corazón despojado,  que sabe abajarse y compartir la vida con los más necesitados».

Sólo habla del despojo cuando es necesario soltar el dinero. Esto es siempre toda la Jerarquía que predica su humanismo. ¡Hay que gente que pasa hambre: dame tu dinero, despójate de tu dinero. Es la lógica del Reino de Dios. Eso es tener un corazón puro.

¡Qué fácil es engañar a los católicos! ¡Continuamente lo hace este hombre!

Esto es llevar a las almas a la condenación.

Bergoglio les cuenta a los jóvenes la fábula de cómo se perdió «la espléndida bienaventuranza», que había en el Paraíso, y cómo Jesús vino y «nos descubre nuevos horizontes, impensables hasta entonces». Todo un cuento bellísimo, apto para dar al alma una gran oscuridad en su vida espiritual.

¿Quién es Cristo?

«Y así, en Cristo, queridos jóvenes, encontrarán el pleno cumplimiento de sus sueños de bondad y felicidad».

En Cristo, el hombre encuentra su sueño humano, su idea de la vida: sus obras buenas humanas y sus felicidades para lo humano.

Bergoglio ha anulado, completamente, la obra de la Redención.

La gente va buscando un Cristo a la medida de sus sueños, de sus ideales humanos, de su mente humana. Por eso, el falso ecumenismo: toda idea de Cristo vale, no importa que sea budista, protestante, judía, musulmana, etc.. Es el sueño del hombre lo que cuenta. No es la obra de Cristo en la Cruz.

Es muy hábil, Bergoglio, en elegir el lenguaje adecuado para engañar. Él es un maestro de la oratoria. Se sabe todos los trucos de cómo llegar a la mente y al afecto de los hombres. Y la gente cae en ese lenguaje porque ya no piensa la verdad. Vive su vida sin pensar, como un estúpido, como un idiota de la vida.

«No se va en carroza al Paraíso. Las almas no se compran con dinero; al Reino de los Cielos se sube a través del sendero de la oración y del sufrimiento» (Padre Pío de Pietrelcina).

Bergoglio: no se lleva a los jóvenes en carroza al Cielo. No se les dice: sean felices. Hay que subirlos a la Cruz. Hay que hacer que amen la cruz, que amen al Crucificado, que amen el dolor. Si esto no se hace en una predicación, entonces se lleva a los jóvenes en carroza al fuego del infierno.

¡Cuántos jóvenes se van a condenar por este escrito de este infame!

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1 Καρδιας: καρα: vértice, superior;  δια: entre, en medio. Lo que está en el medio del vértice, de la vida superior. Κοιλιας: Las entrañas del hombre. Estas dos palabras son sinónimas en los LXX y, por el influjo del texto hebraico, se emplean indiscriminadamente. En los LXX, se tiene la palabra entrañas (κοιλιας); y en el códice B del Vaticano gr. 1209, se tiene corazón (καρδιας). Ambas significan la parte interior del hombre.

2 «Ya se llama religión de la relectura frecuente, ya de la elección iterada de quién fue perdido negligentemente, ya se lo llame por la religación, la religión lleva propiamente consigo un orden a Dios. Porque a Él, es a quien debemos ligarnos principalmente como a un principio indeficiente, al cual se debe dirigir también con asiduidad nuestra elección como al último fin, a quién también perdimos pecando negligentemente, y que debemos recuperar creyendo y prestándole fe» ( 2,2,q.81 a.1). Por tanto, la religión es el conjunto de verdades, obligaciones y ritos por los cuales el hombre se liga a Dios, y reconoce su suprema excelencia y dominio. Comprende, en consecuencia, los actos del entendimiento y voluntad, y otros, por los cuales el hombre reconoce esta dependencia de Dios.

3 «Penitencia es un modo de renovar el santo Bautismo. Penitencia es acordar con Dios una nueva vida. Penitente es el hombre que compra humildad. Penitencia es repudio perpetuo de todo consuelo corporal. Penitente es aquel que permanentemente se está acusando y condenando, el cual tiene un corazón descuidado de sí mismo por el continuo cuidado de satisfacer a Dios. Penitencia es hija de la esperanza y destierro de la desesperación. Penitente es el reo que está libre de confusión por la esperanza que tiene en Dios. Penitencia es reconciliación con el Señor, mediante la buena obra opuesta al pecado. Penitencia es purificación de la conciencia. Penitencia es sufrimiento voluntario de toda pena. Penitente es el artífice de su propio castigo. Penitencia es una fuerte aflicción del vientre, y una vehemente aflicción, y un gran dolor del alma». (San Juan Clímaco – La santa Escala, n. 140, a.2).

4 «Lo amó» = ηγαπησεν. El verbo αγαπη se usa en contraposición al verbo φιλη. «Como el Padre me amó (= ηγαπησεν), también yo os amé (= ηγαπησαμεν); permaneced en Mi Amor (= αγαπη)» (Jn 15, 9). El Padre ama a Su Hijo en el Amor del Espíritu, amor divino = αγαπη. Y, en ese amor, Jesús ama el alma y el alma permanece en el amor de Jesús, que es un amor en el Espíritu, en la Verdad que da el Espíritu. «Si me amarais (= αγαπατε), guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). Sólo se puede amar a Jesús en el Amor del Espíritu, en al amor divino. En ese amor, el alma  es capaz de guardar los mandamientos de Dios. Fuera de ese amor, el alma va hacia el pecado. «Quien ama (= φιλω) su vida, la pierde» (Jn 12, 25): la vida humana, natural, material, carnal, sólo se puede amar de manera humana, con lazos materiales, carnales, sentimentales. Si se ama así, se pierde la vida del Espíritu. Quien aborrece su vida humana, entonces gana la vida del Espíritu. Jesús siempre ama en el αγαπη, pero nunca en el πιλω.

Ley, Gracia y Espíritu

laobradeunnecio

«personas que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo comprenda que el cristianismo es la religión del amor» (Juan Pablo II – Mensaje para la conmemoración de la consagración de la humanidad al Sagrado Corazón).

El Corazón de Jesús es el corazón de la Iglesia: para ser Iglesia, hay que ser Cristo; es decir, tener su misma Mente Divina, hacer sus mismas Obras Divinas.

No se puede ser Iglesia buscando una nueva forma de lenguaje humano, haciendo de la Palabra de Dios la obra de la historia, el paso del tiempo, la evolución del pensamiento humano.

El Evangelio no es el pensamiento de una época en la historia de los hombres: es la Palabra de Dios inspirada en almas dóciles a la Voluntad de Dios. Inspiración que no pasa nunca, que es siempre camino para todo hombre. Inspiración divina que es ley para el hombre.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre y por los siglos» (Hb 13, 8), porque es una Persona Divina, que no cambia en el tiempo, que permanece siempre siendo la misma. Y lo que Jesús enseñó a Sus Apóstoles es su misma Mente Divina. Y la Mente de Dios no pide interpretación de los hombres, no se somete ni a la filosofía ni a la teología del hombre, no depende ni del análisis ni de la síntesis humana. La Mente de Dios no puede ser expresada con el lenguaje humano: no existe una forma humana del lenguaje para alcanzar la Mente de Dios. Es Dios mismo el que habla su lenguaje divino acomodado a los hombres.

Cuando Dios habla, el hombre tiene que callar en su entendimiento humano para poder comprender lo que Dios dice. Callar es obedecer a Dios que, cuando habla, nunca miente. Callar es someterse a la Autoridad de Dios, que tiene Poder para obrar lo que dice. Callar es hacer de la vida humana un instrumento para la obra de Dios.

Jesús es una doctrina viva: no es conjunto de ideas, de normas, de satisfacciones humanas.

Quien ama a Jesús ama su doctrina: no existe un Jesús sin su doctrina, sin su Mente Divina. Jesús no es una persona humana, sino divina. No se puede predicar a Jesús y hablar para entretener a la masa.

Hoy, gran parte de la Jerarquía, predica un Jesús sin doctrina. Predica fábulas, cuentecillos, cosas que entretienen a los hombres: «No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas» (Hb 13, 9).

La gente busca a esa Jerarquía, la gente aplaude las herejías de Bergoglio porque está ávida de un pensamiento humano, pero no de la Verdad. No quieren seguir la Escritura, que es «divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena» (2 Tim 3, 16-17).

Toda esa Jerarquía vive al margen de las obras de Jesús, que son sólo divinas y por lo tanto, perfectas y sagradas. Viven en su humanismo, buscando el bien para los hombres, pero sin la gracia de Dios: son una Jerarquía «que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella» (2 Tim 3, 5), viven al margen de la vida misma de Jesús. Y hay que guardarse de toda esa Jerarquía, que gobierna a muchas almas sin la autoridad divina, porque han convertido su ministerio en una cueva de demonios: «resisten a la verdad como hombres de entendimiento corrompido, reprobados en la fe» (2 Tim 3, 8).

El Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: Cristo pone en Su Iglesia tres dones:

  1. Su Eucaristía;
  2. Su Madre;
  3. Su Cruz.

«¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el Sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?» (Pío XII – Haurietis aquas, n. 20).

Son tres dones, unidos entre sí, que no se pueden separar. Sin la Cruz, no hay Eucaristía ni es posible tener una Madre Divina en la tierra.

Es imprescindible participar en el Misterio de la Redención, en la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, en donde el demonio es el rey.

Jesús viene para mostrar un camino a los hombres: Su Cruz. Un camino en la ley Eterna, que se rige – en todo- por la ley natural, por la ley divina, por la ley de la gracia y por la ley del Espíritu.

Es un camino que crucifica la voluntad de los hombres, que está sujeta al pecado. Sólo atándose el hombre al orden que Dios ha puesto, tanto en su naturaleza humana como en la Creación, tanto en la Iglesia como en el mundo, los hombres pueden conocer la Verdad y vivir de acuerdo a ese conocimiento divino.

Si el hombre no se ata a la ley de Dios, a una norma de moralidad, que nunca cambia, entonces la vida del hombre carece de sentido divino. Y sólo posee el sentido que cada hombre quiera darle con su inteligencia humana. Hoy el hombre vive asomado a su mente humana: y sólo dentro de ella mora y vive, sin posibilidad de salir de ella. Y la razón: no se crucifica; no pone dolor en su vida: no expía sus pecados. Vive para sí mismo.

El Camino es la Cruz y, por eso, hay que morir a todo lo humano: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Este es el amor al que Cristo llama a todos los hombres: un amor victimal; un amor de sacrificio; un amor divino.

No quieras amar a tus hijos si no te sacrificas por ellos; no quieras amar a tu cónyuge si no vives para llevarlo al cielo; no quieras amar a Cristo sin Su Cruz, sin Sus llagas, sin Su Sangre, sin Sus Dolores místicos.

Hoy la gente sólo quiere consuelos para su vida humana y espiritual, pero se ha olvidado de amar la Cruz de Cristo.

Amarse a sí mismo es crucificarse por amor a Cristo: nadie tiene amor más grande por sí mismo si no da su vida misma en oblación a Cristo. La vida es para Cristo, no para uno mismo.

Si el amor hacia sí mismo no tiene otra meta que uno mismo, entonces no merece la pena vivir. Cada hombre que mira su vida, su alma, su pensamiento, acaba detestándose: lo que encuentra no es vida, no tiene ningún valor, si Dios no se lo da, no se lo muestra.

Es necesario que el hombre dé la vida a Cristo: ofrezca su voluntad humana a Cristo. Es al único al que se puede ofrecer, porque Jesús es el Camino, la verdad y la Vida.

Por eso, lo primero para amar a Cristo es amar la ley: «Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). La mayor oblación del alma a Cristo no es morir como un mártir, sino dejar la propia voluntad humana, las propias leyes, la propia visión de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios, la ley que Dios ha revelado, y que ha puesto en las entrañas del ser humano.

Y si se guardan los mandamientos, entonces el hombre tiene la fuerza del Espíritu para obrar la verdad de su vida: «y Yo rogare al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16).

Cumplir la ley es tener en el corazón la Verdad, que el Espíritu enseña al alma. Sin el camino de la Cruz, sin crucificar la propia voluntad, el hombre no puede seguir al Espíritu de Cristo, que es el único que puede llevar al hombre, a su mente y a su corazón, a la plenitud de toda la Verdad.

Si no hay ley, si no hay amor a Cristo, no hay Espíritu, no hay Verdad. Y si el hombre no es capaz de obrar la Verdad en su vida, entonces su existencia es un continuo estar en el error, en la oscuridad, en la mentira, en la duda, en el temor, en la angustia, en la desesperación.

Para poder alcanzar este Amor, Jesús mismo se queda en la Eucaristía.

La Eucaristía es Espíritu: «Yo Soy el Pan de la Vida» (Jn 6, 48). Es un alimento para el alma y el corazón del hombre. No es un alimento para la carne del hombre ni para su sentimiento.

En la Eucaristía se da la vida divina al alma, la misma vida de Dios. Y en Dios no puede haber pecado. Y, por lo tanto, comulgar a Dios es rechazar, combatir, enfrentarse al pecado. No se puede comulgar en pecado: es ofender al mismo Dios que entra en el alma. Es herirlo en lo más íntimo de su vida. Es comerse la propia condenación, el propio pecado.

Sin la Eucaristía es imposible tener el mismo amor de Cristo, que es un amor Redentor, que conduce hacia la Cruz, hacia la oblación de la propia voluntad humana. Y sin ese amor Redentor es imposible salvarse: «En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 51).

La Vida que Jesús da a las almas es una Gracia, un don de Él Mismo. Para eso se hace carne, para habitar en cada corazón que cree en Él (cf. Jn 1, 14). Habita por la Gracia.

La Eucaristía es la Gloria de Dios, que mora entre los hombres. Y para poder dar la Eucaristía a los hombres son necesarios los sacerdotes. Y se necesita una Madre que los engendre a la Vida de la Gracia; una Madre que les enseñe a ser como Su Hijo; una Madre que los guíe por el mismo Camino de Su Hijo; una Madre que los lleve a la santificación de su alma sacerdotal.

El Camino de la Cruz necesita la Vida de la Gracia, que sólo la Virgen María puede dar a las almas: «para encontrar la gracia, hay que encontrar a María» (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Cumplir la ley es una gracia; perseverar en ella es otra gracia; luchar contra el pecado es una gracia; combatir al demonio es otra gracia; comulgar debidamente es una gracia. Todo es gracia. Nada se puede hacer, en la vida espiritual, sin la Virgen María, Madre de la gracia.

Ella es el Canal de gracias, por la que Dios se comunica con todos los hombres. Por la Virgen María se derraman al mundo todas las gracias divinas. Por eso, Ella es la plena de gracia: lo tiene todo para darlo todo. Tiene toda la Vida de Dios; engendra toda la Vida de Dios; lleva al alma al culmen de la Vida Divina.

«Dios la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres, con la colaboración de María». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 11).

Amar a Cristo es amar a Su Madre: es imitarla en sus virtudes: humildad, obediencia, esclavitud. Sin estas virtudes, la vida de la Gracia no puede fluir en las almas.

Nadie puede quitar el pecado si no es humilde; nadie puede cumplir los mandamientos sin la obediencia; nadie puede crucificar su voluntad humana sin la esclavitud a la Voluntad de Dios.

Para caminar con Cristo, hacia Su Cruz, se necesita una Madre a quien imitar. Sin Ella, los hombres se pierden en el laberinto de sus amores y deseos humanos.

«Que una madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza. Por consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), debe dejarse formar en María por la gracia de Jesucristo». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Amar a María es amar con el amor de Dios, con el amor de hijo de Dios. No se puede amar a la Virgen con un amor, con un deseo, con un sentimiento humano.

La Virgen engendra en el alma la vida divina: un hijo para Dios, en la gracia. Y todo hijo de la Virgen tiene que amar a Su Madre en la gracia, no en lo humano. Buscarla en la Gracia.

La Gracia sólo se puede dar por medio de los Sacramentos: sin Sacramentos, no hay Gracia, no hay Vida. Por eso, es necesaria una vida de oración y de penitencia, una vida interior, en la que la práctica de las virtudes sea el pan de cada día. Y eso conduce al alma a la Gracia y a su permanencia en Ella. Sin Cruz, el alma vuelve a su pecado de siempre, que es su vida humana, material, natural, carnal de siempre. Sin la negación de sí misma, por el solo amor a Cristo y a Su Madre, el alma se autoafirma en ella misma, alcanzando sólo su perdición eterna.

Una Jerarquía que no se sacrifica por Cristo, sino que sólo se dedica a vivir su humanismo, pone la Gracia en un saco roto, y hace que muchas almas caminen hacia el fuego del infierno.

El Camino de la Cruz conduce hacia la Vida de Dios. Pero sólo se puede alcanzar esa Vida en la Verdad. No se puede ir al Cielo en la mentira del pecado. No se puede entrar en el Reino de los Cielos si las almas viven de sus pensamientos humanos y de sus obras sociales. El bien del hombre no lleva a la salvación del alma. Sólo cuando los hombres se despojan de sus bienes humanos, sociales, terrenales, materiales, es entonces cuando caminan hacia el Paraíso.

Hoy el mundo camina en busca de un paraíso en la tierra: camina sin Dios, sin verdad, sin vida, sin camino. Caminante no hay camino: éste el ideal de muchos. Un norte sin norte. El hombre quiere hacer su camino él mismo. Y el camino ya está hecho: es Cristo. Caminante hay un camino: Cristo. Y es un camino para lo divino, no para lo humano.

Por eso, la Misericordia de Dios no es para el pecador que quiera seguir en su pecado: no hay una Misericordia para todos los hombres: «que no de todos es la fe» (2 Ts 3, 3). La Misericordia exige al hombre quitar su pecado para poder alcanzar el Reino de los Cielos. Y hay hombres perversos y malvados que han nacido para pecar, para vivir en el error.

En el pecado no puede haber verdad inmutable. Ninguna obra de pecado permanece siempre en sí misma. Todo pecado cambia, porque el que vive en su mentira no puede permanecer en algo inmutable. Sólo el que ama permanece en la verdad de la vida; pero el que no ama, el que peca, cambia constantemente de forma de vida: está en la mentira de su vida, que es el propio engaño que cultiva en su mente, en su ley.

Por eso, hay muchos católicos de los cuales hay que separarse: «no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con esos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Con esa falsa iglesia que están levantando Bergoglio y los suyos: ni comer. Llevan el nombre de católicos, pero son del demonio. «Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13). Es lo que no hace ningún Obispo viendo el desastre que hay en el Vaticano. Todos callados aplaudiendo el mal que ven, acogiéndolo, invitando a pecar a todo el mundo.

El que sigue a un hereje se vuelve él mismo hereje: acaba pensando y obrando como el hereje.

El hombre necesita de la fe para permanecer en la Verdad.

Es la Verdad la que hace libre al alma: «Si permanecéis en Mi Palabra, seréis en verdad discípulos Míos y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres» (Jn 8, 31).

Permanecer en la Palabra de Dios es permanecer en la doctrina de Cristo; en esa Verdad inmutable, que no cambia porque los hombres o el mundo cambie.

Pedro no cambia en la Iglesia, es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Bergoglio es un hombre de palabra ambigua y herética. Luego, Bergoglio no puede ser Papa nunca, no puede representar a Pedro en la Iglesia de Cristo. Sólo representa al hombre en su falsa iglesia. Sólo es líder de una iglesia sin camino, sin vida y sin verdad.

La Verdad es Cristo; la Verdad es la Palabra del Pensamiento del Padre. La Verdad no la posee ningún hombre. Todo hombre que quiera conocer la Verdad tiene que creer en la Verdad. La fe en Cristo conduce al conocimiento del Corazón de Cristo. Sin fe, el alma permanece en su vida de veleidades, de superficialidades, de exterioridades.

Quien permanece en lo inmutable se hace libre, vive en la libertad del Espíritu, y puede caminar hacia la Vida de Dios: puede obrar las obras divinas en su vida humana. Hace -en todo- la Voluntad de Dios.

Pero quien es un veleta del pensamiento humano, del lenguaje de los tiempos, es esclavo -no sólo de los hombres-  sino de sí mismo, de su propia inteligencia, de su propia vida. Y va buscando en su vida humana una ley, una norma, una forma de obrar que nunca puede saciar el anhelo del cielo que su alma constantemente tiene.

El Camino de la Cruz necesita de una Verdad inmutable: el dolor necesita del amor divino.

Cuando los hombres no permanecen en la doctrina, sino que la van cambiando, según sus interpretaciones, sus culturas, sus artes, sus ciencias, su progreso, entonces es claro que el alma ha dejado de hacer penitencia, ha dejado el camino de la cruz, para andar otros caminos, los cuales son tan variados como el pensamiento del hombre. Y quien deja la cruz, deja el amor.

«El justo anda por caminos derechos, bienaventurados sus hijos después de él» (Prov 20, 7).

El hombre que no busca una sociedad en la ley del Señor, una sociedad que busque la Cruz de Cristo, edifica para sus hijos un auténtico infierno. Lo que vemos en el mundo actual es por el pecado de muchas generaciones pasadas. Es el fruto de andar por caminos extraviados: los hombres producen, con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos, una maldición en todos sus hijos.

«Al hombre siempre le parecen buenos sus caminos, pero es el Señor quien pesa en los corazones» (Prov 21, 2).

¿Te parece bueno el camino de la Iglesia que se levanta en el Vaticano? ¿Tu mente humana te dice que es bueno lo que habla Bergoglio?

El Señor es el que pesa en el corazón: no sigas lo que hay en Roma. Es todo maldad encubierta. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

El hombre se ha apartado de la Gracia, no ha mirado a la Virgen María, no ha practicado las virtudes, no puede permanecer con Cristo, con la Verdad. Tiene que construir un mundo de mentira, una iglesia de hombres falsos, que llevan inevitablemente hacia la destrucción del propio hombre.

La Cruz está fija una doctrina inmutable: no se puede arrancar la muerte de Cristo de la Verdad que enseñó a Sus Apóstoles. Cristo dio su vida por la Verdad. Y sólo por la Verdad inmutable. Esa Verdad que es Él Mismo.

No se puede arrancar la Iglesia de la doctrina de Cristo: no se puede obviar 20 siglos de magisterio infalible, para estar siguiendo a un hombre que sólo habla su vanidad.

«… tú permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado» (2 Tim 3, 14):  no sigas a Bergoglio y su doctrina.

Es el gran pecado de la Iglesia en la actualidad: le gusta la palabra barata y blasfema de un espantapájaros, de un esperpento humano. Y reniega  así de la Doctrina de Cristo. Ya no quiere la Verdad, sino que va en busca de los cambios en la Iglesia.

¿Qué amor a la Cruz hay en Bergoglio? Ninguno. Sólo ama al hombre sin la doctrina de Cristo, sin la verdad que el Señor ha enseñado en Su Palabra.

¿Qué Iglesia está levantando? No la de Cristo, en Pedro, sino la suya propia, la que tiene en su mente, en muchas cabezas, que son cabezas de orgullo y de soberbias declaradas.

¿Qué obras son las de Bergoglio en la Iglesia? No las de Cristo: no son obras para salvar y santificar a las almas; no son obras de redención. Son obras de condenación.

¿Y por qué la gente lo sigue? Porque piensan igual que él. Y no hay otra razón. Si tuvieran la Mente de Cristo crucificarían a Bergoglio, no lo aplaudirían. Pero ellos tienen el líder que se merecen sus pecados en la Iglesia. Viven sin piedad filial ni a Cristo ni a Su Madre.

«Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 11).

Ésta es la señal del amor a Cristo: si amas la verdad te persiguen por lo que amas.

La Eucaristía enseña a amar la Verdad: enseña a amar a Cristo. Enseña a cumplir la doctrina de Cristo: a vivirla, a ponerla por obra. Una obra de reparación del pecado; una obra victimal; una obra divina.

Todo aquel que comulgue y, después, obre la mentira en su vida, es que no comulgó a Cristo, es que no se dejó enseñar por Cristo en la comunión.

En cada Eucaristía se ama la Verdad: el alma conoce la Verdad y la ama: la pone por obra, la vive en su vida humana.

Y, por eso, cada sacerdote debe predicar, en su misa, sólo la Verdad. Si predica una mentira, ¿qué cosa va a poner en el Altar? Si Cristo es la Verdad, no se puede obrar esa Verdad con la palabra de un mentiroso.

La Cruz vive en la Verdad; pero si no se cree en la Verdad, entonces el alma sólo vive en su mentira, que es su razón humana. Vive en sus placeres y busca a los hombres para que les den un camino ancho, en donde la verdad brilla por su ausencia.

Si el hombre no cree en la Verdad Crucificada: si el hombre no mira a Cristo Crucificado para contemplar sus pecados y expiarlos, entonces el hombre sólo se mira a sí mismo para obrar sus pecados.

Hay que creer en el Crucificado para amar la Eucaristía. Para recibir a Cristo en la Eucaristía, el alma tiene que vivir una vida de penitencia, de mortificación, de despojo de todos sus apegos y pecados.

¡Cuántos comulgan sin confesarse! ¡Cuántos reciben a Cristo sin las debidas disposiciones en su cuerpo y en su alma! ¿Cómo pretenden permanecer en la gracia si no viven rechazando el pecado? Si la vida no es una lucha en contra del mundo, del demonio y de la carne, entonces ¿cuál es la lucha del hombre en su vida terrena? ¿Por qué lucha en su vida? ¿Cuál es el fin de su vida?

«La Santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección; pero es preciso recibirla con el deseo y el compromiso de eliminar del corazón todo lo que desagrada a quien queremos recibir» (P. Pío).

El Corazón de Cristo es: Ley, Gracia y Espíritu. Y, por eso, el Sagrado Corazón da a Su Iglesia tres dones:

  1. La Cruz, que es el camino para cumplir con la Ley del Señor;
  2. La Virgen, que es la maestra en la vida divina de la Gracia;
  3. La Eucaristía, que transforma el alma en otro Cristo por medio del Espíritu.

La devoción al Sagrado Corazón es «la más segura espiritualidad» (León XIII – Annum sacrum). Lo tiene todo para salvar y santificar el alma.

«en esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo y con más eficacia impulsa a amarle con ardor y a imitarle con exactitud?» (Pío XI – Miserentissimus Redemptor).

Son muy pocos los devotos del Corazón de Jesús. Es una devoción que exige la práctica diaria de todas las virtudes cristianas. Y la gente no suele vivir para esto, sino para su vida humana y mundana.

«Es la mejor manera de practicar la religión cristiana» (Pío XII – Haurietis Aquas): Mandamientos, penitencia y Santo Rosario. Esto es todo para ser santo, para ser Iglesia, para ser otro Cristo.

«que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona» (Benedicto XVI – Carta pontificia al Prepósito General de la Compañía de Jesús): esto es lo que falta en muchos católicos: el encuentro con la Persona Divina de Cristo. El encuentro con un Dios que no pasa nunca de moda, que enseña en toda las épocas lo mismo. Un Dios que sufre y muere siempre por amor a los hombres, cuya naturaleza humana ha asumido para poner al hombre el camino del Cielo.

El mundo no necesita de una ternura, sino una cruz, una verdad, un camino de salvación.

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«Creemos… en Nuestro Único Señor Jesucristo… quien por nuestra salvación descendió y se encarnó…» (D54).

Así define el Concilio Niceno el motivo de la Encarnación del Verbo: nuestra salvación, es decir, la redención del pecado. Redimir al género humano de la obra del demonio en su naturaleza humana.

Jesús viene al mundo para redimir. Por eso, dice:

«…así como el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28).

La Encarnación es para dar la vida en rescate por muchos. Eso es redimir: morir para dar la vida a otros. Redimir no es darle un beso al otro, no es darle un cariñito, ni un abrazo. Es morir. Redimir no es hablar para contentar al otro con un lenguaje que agrade a su mente y a sus oídos. Es morir a toda lengua humana, a toda filosofía del hombre. Redimir es señalar al hombre el camino en el cual no hay pecado. Porque donde no está el pecado, allí está la salvación del alma.

«… pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10).

La Encarnación es para buscar y salvar lo perdido. El hombre, desde que nace hasta que muere, está perdido. Y aunque esté bautizado y reciba unos sacramentos, siempre se puede perder para toda la eternidad. Nadie está salvado mientras viva en este mundo. Nadie está confirmado en gracia mientras haya un pecado en su alma. En un instante, la salvación eterna se puede perder. Es sólo cuestión de orgullo y de soberbia:

«No hay justo, ni siquiera uno; no hay uno sabio, no hay quien busque a Dios. Todos se han extraviado, todos están corrompidos; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno» (Rom 3, 11-12).

Jesús se encarnó, Jesús nació para salvar a los pecadores. Para esto la muerte en Cruz: para que los hombres obtuvieran la gracia y la gloria.

«Cierto es, y digno de ser por todos recibido, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero». (Gal 4, 5).

Jesús no murió en la Cruz para alimentar los estómagos de los pobres, sino para purificar los corazones de sus negros pecados.

Jesús, cuando se encarna en una naturaleza humana no asume al hombre, no asume a todos los hombres, no asume sus vidas humanas, no asume sus sufrimientos humanos, no asume sus lágrimas humanas, no asume sus obras humanas, no asume sus mentes humanas.

Jesús asume una naturaleza humana gloriosa, no las miserias de los hombres, no sus pecados. Jesús, en su naturaleza gloriosa, carga con los pecados de todos los hombres. Es su obra redentora. Carga, pero no los asume, no se une a ellos. Es su Misterio de Salvación. Y, por eso, el mundo necesita la Cruz de Cristo, no necesita ternura. Necesita clavar en la Cruz la voluntad del hombre para impedir el pecado, el mal en el mundo.

«¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy!» (ver texto).

¡Cuánta estupidez en la boca de este super-necio!

Bergoglio, Obispo (falso Obispo), ministro del Señor en la Iglesia (falso ministro), ni juzga rectamente ni guarda la ley del Señor.

No es verdadero profeta del Señor:

«Clama a voz en cuello sin cesar; alza tu voz como trompeta y echa en cara a Mi Pueblo sus iniquidades, y sus pecados a la casa de Jacob» (Is 58, 1).

Bergoglio no predica nunca del pecado. Nunca. Porque no tiene el Espíritu del Señor.

¿Qué es lo que predica?

Dale un beso al mundo; abraza el mundo; baila con el mundo; únete al mundo.

Falso Profeta, que clama al mundo desde su falsa iglesia, instalada en el mismo Vaticano.

«Todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que precede del mundo» (1 Jn 2, 16).

Luego, el mundo no necesita de la ternura de Dios ni de la paciencia de Dios: todo lo que hay en él es pecado. Y el pecado no necesita una ternurita, sino una justicia, un castigo, una expiación, un dolor, un sufrimiento, un despojo, una negación.

El mundo vive en sus pecados, ¿vas a darle cariñitos?

«No hay paz, dice el Señor, para los impíos» (Is 57, 21)

Dios es paciente, pero no con el mundo. No puede; Dios es Misericordioso, pero no con el mundo. No puede.

«El mundo pasa, y también sus concupiscencias» (Ib).

¿Para qué quiere el mundo la ternura si va a pasar, si se va a terminar, si no vale para nada?

¿Para qué quiere Dios ser misericordioso con un mundo que no quiere la misericordia, porque vive en el triple pecado?

Esta es la frase bella, sentimentaloide, que gusta a todos, pero que es una clara herejía, va en contra de la Sagrada Escritura. Dios enseña que:

«el que hace la Voluntad de Dios permanece para siempre» (Ib).

Dios es tierno con el que hace Su Voluntad; Dios tiene Misericordia con el que hace Su Voluntad. Esto, Bergoglio se lo pasa por su entrepierna: le importa un comino la Voluntad de Dios porque sólo vive para su estúpido orgullo de su vida.

«Riquezas, honra y vida son premio de la humildad y del temor de Dios» (Prov 22, 4).

¿Quieres dinero en tu vida? No peques. Arrepiéntete de tus pecados. Haz la Voluntad de Dios.

¿Quieres honra en tu vida? No peques. Obra, siempre, buscando la gloria de Dios con los demás.

¿Quieres una vida feliz? No peques. Usa todas las cosas como plataforma para hacer la Voluntad de Dios.

Necia es esta pregunta:

«¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio?» (ver texto).

¿Tenemos el coraje de decir al prójimo: no peques más para que tu problema se quite?

¿Quedan católicos en la Iglesia que no tienen miedo de hablar claro a sus semejantes, y de decirles la verdad de las cosas aunque se queden solos, aunque pierdan el amigo o el hijo?

¿O eres de esos católicos que quieren solucionar las cosas siendo buenísimos con todo el mundo, con un beso, con un abrazo, con un cariño, con una condescendencia que los condena, porque fallan a Cristo?

El pecado del otro no necesita una ternura, sino una cruz, una espada, una justicia. ¿Se la das?

El problema de la vida se quita arrepintiéndose y expiando el pecado en cada corazón. ¿Lo haces?

¡Pero qué necios los católicos que no saben discernir una frase tan sencilla de un hombre que sólo habla para conquistar sentimientos de la gente, pero no para darles la verdad de sus vidas!

¿Qué cosa ofrece Bergoglio? La fe fiducial:

«Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?»(ver texto).

¿Qué no es importante buscar a Dios?

«Buscad a Dios mientras puede ser hallado» (Is 55, 6): porque hay un tiempo en que Dios se esconde y nadie lo encuentra.

El que no busca no encuentra.

El que no se despoja de su humanidad, no encuentra la divinidad.

El que no busca la ley eterna en su naturaleza humana no encuentra la paz del corazón en su vida espiritual.

¡Qué necesario es buscar! Porque en la vida lo más fácil es vivir sin Dios, creyendo que con un amor sentimental ya Dios está contento con uno.

«Ancho es el camino del infierno, ¡cuántos van por él!». Porque no buscan en la verdad; no buscan en la crucifixión de sus voluntades humanas; no buscan en el desierto de sus vidas.

Cuando el hombre aprende a despojarse de su vida humana, entonces comienza a buscar a Dios.

Y Dios se deja encontrar de los que le buscan. De los que no le buscan, Dios se esconde:

«Me dejé hallar de los que me buscaban» (Is 65, 1).

Dios «se deja hallar de los que no le tientan, se manifiesta a los que no desconfían de Él» (Sab 1, 2).

Hay que buscar a Dios:

«Buscad a Yavé y Su Poder, buscad siempre su Rostro» (Sal 14, 4).

Sólo los necios buscan el rostro del hombre. Sólo los estúpidos de corazón predican que no es importante buscar a Dios. Sólo los idiotas de mente hacen caso a las palabras de un necio y dejan de buscar la verdad en sus vidas.

«El Santo Espíritu de la disciplina huye del engaño y se aleja de los pensamientos insensatos, y al sobrevenir la iniquidad se aleja» (Sab 1, 5).

Dios está apartado del pecado de Bergoglio en la Iglesia. Dios se aleja de toda aquella Jerarquía que obedece a Bergoglio. Quien busca a Bergoglio como Papa deja de buscar a Dios en su vida espiritual, porque busca el engaño. Y Dios huye del engaño. Dios nunca da un Papa de pensamientos insensatos. Nunca. Cuando Bergoglio usurpó el Trono de Pedro, Dios se alejó de Roma.

Dios sólo está en el corazón que le ama como un niño:

«¿Quién te amó que no haya llegado a conseguirte?» (San Agustín).

Sólo los humildes de corazón consiguen a Dios, lo encuentran, lo hallan. Porque:

«el corazón amante está habitado por lo que ama. Quien ama a Dios lo posee en sí mismo» (Sto. Tomás – El hombre cristiano).

Amar a Dios es hacer Su Santa Voluntad. No es darle besos al mundo. Es crucificar al mundo y a los hombres, para que aprendan que la salvación es un camino estrecho, donde no hay cariñitos para nadie.

«llamadle en tanto que está cerca»: porque en el pecado Dios está lejos, pero en el arrepentimiento, Dios está al lado: «Yo habito en la altura y en la santidad, pero también con el contrito y humillado» (Is 57, 15b).

Para buscar a Dios hay que dejar los caminos del pecado, hay que abandonar los pensamientos de herejía, hay que vivir haciendo la Voluntad de Dios.

«dejar que sea él quien me busque»: Dios no busca al hombre.

«quien me encuentre»: Dios no encuentra al hombre.

«y me acaricie con cariño»: Dios no acaricia con cariño al hombre.

Dios no anda detrás del hombre. Dios no persigue al hombre. Dios hace Justicia y Misericordia con los hombres.

«Oíd y no entendáis, ved y no conozcáis. Endurece el corazón de ese pueblo, tapa sus oídos, cierra sus ojos. Que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, y no sea curado de nuevo» (Is 6, 10).

Esto es lo que ha hecho el Señor con toda la Iglesia.

Los católicos oyen a Bergoglio y no entienden que es un falso profeta. Ven sus obras y no conocen la maldad que está en ellas. Toda la Iglesia se ha endurecido en su corazón y ya no sabe amar a Dios: sólo sabe seguir un engaño, la palabra rastrera de un hombre sin piedad.

Ya los católicos no escuchan la verdad: tapan sus oídos a la verdad revelada. Sólo quieren llorar con las lágrimas de los hombres; sólo quieren vocear con las voces de los hombres; sólo quieren hablar con las palabras de los hombres.

Los católicos no ven a Dios porque no son capaces de ver al maldito que los gobierna: lo llaman bendito, santo, justo. Y lo aplauden como si fuera la figura central del Misterio de la Iglesia.

Fundamento del error es Bergoglio y ¡cuántos son los que lo ensalzan en sus parroquias, en sus capillas, en sus despachos episcopales, en sus vidas podridas en la Iglesia!

La Iglesia no tiene cura porque no quiere ser curada de la maldad, del pecado, de la mentira, del error que cada día un hombre, al que llaman Papa, pregona desde su absurdo gobierno horizontal.

¿Para qué quieres tantas cabezas en el gobierno si ninguna tiene a Dios en su corazón?

¿Para qué tanto discurso vacío de la verdad si lo que te importa es llenar tus bolsillos de dinero?

«¡Cuánta necesidad de dinero tiene el mundo de hoy!».

Cuando Bergoglio se pone sentimental es para pedir dinero en la Iglesia. Él es un maniático de la bolsa del dinero. No puede predicar una homilía sin pronunciar a sus malditos pobres en su iglesia.

«Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús» (ver texto): llora, Bergoglio, llora por tu humanidad.

«Que su fuerza redentora transforme las armas en arados, la destrucción en creatividad, el odio en amor y ternura» (Ib): predica, Bergoglio, predica tu teología de la liberación.

Nadie en la Iglesia se levanta para criticarte. Todos miran como bobos a un idiota de Papa. Y todos saben que es idiota. Pero todos callan, porque tú les das de comer. Y es lo único que quieren en la Iglesia. Lo demás, no les interesa.

Cristo no es importante ya en la Iglesia.

Son las lágrimas de Bergoglio lo que mueve el dinero en la Iglesia.

Bergoglio y sus estúpidas homilías eso es negocio redondo en la Iglesia.

¡Qué vergüenza de católicos!

¡Qué vergüenza de Jerarquía!

¡Qué vergüenza es Bergoglio, no sólo para la Iglesia, sino para todo el mundo!

Jesús es la delicia de los hombres cuando éstos quitan de sus vidas sus malditos pecados:

«Cuando te abstengas de profanar el sábado y de ocuparte de tus negocios el día santo, y hagas del sábado tus delicias y lo santifiques, alabando a Yavé, y Me honres, dejando tus negocios, el trabajo que te ocupa y los discursos vanos, entonces será Yavé tu delicia y te llevará tu carro a las alturas de la tierra» (Is 58, 13).

El Niño Dios no pregunta desde los brazos de Su Madre: ¿permito a Dios que me quiera?

¡Qué sentimentaloide es este personaje!

¡Qué ramalazo tiene de humanismo!

¡Cómo llora por sus hombres, por su humanidad!

¡Qué falso misticismo!

¡Qué caradura de tipo!

Jesús pregunta desde su cuna: ¿Quieres quitar tus pecados para hacer Mi Voluntad o quieres seguir pecando haciendo tu propia voluntad? ¿Es Mi Voluntad Divina tu delicia o es tu voluntad humana tu placer en tu vida de hombre?

¡Que haya católicos que todavía no se enteren de los engaños de Bergoglio es señal de que la Iglesia está muy mal! ¡Todo está podrido! ¡Todo! ¡Nada más es contemplar lo absurdo de la vida de los católicos!

¿Cómo pueden obedecer la mente de un hombre que no es capaz de darles la verdad como Dios la ha revelado? ¡Esto es lo absurdo!

¡Gente que ve la herejía de este hombre y se atreven a llamarlo Papa!

¡Qué absurdo!

¡Que miopía espiritual!

Pero, ¿dónde está la Verdad en Bergoglio?

«La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre (Ib).

¡Que no! ¡Hombre, que no es eso! ¡Que no hay que vivir para una bondad humana ni para una humildad artificial, de sentimientos baratos!

¡Que la VIDA ES PARA UNA VERDAD!

¡Una verdad que Dios pone en el corazón de cada alma!

¡Una verdad divina!

¡Una verdad revelada!

¿Comprenden esto los católicos?

¿O qué quieren que se les predique?

¿Qué quieren escuchar? ¿Esto?

«Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros»(ver texto).

¿Esta mentira les gusta?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de un hombre?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de la pequeñez de los hombres?

¿Los hombres son pequeños?

¿Los hombres son humildes?

¿Los hombres son sencillos?

¡Anda ya! ¡No te burles de los católicos! ¡Deja tu guasa a un lado!

Jesús se encarna, no para encontrarse con los hombres, sino para salvarlos de sus pecados.

¡SALVACIÓN DEL ALMA! ¡No cultura del encuentro masónico!

Jesús no viene a encontrarse con ningún hombre, con ninguna cultura, con ningún político, con ningún pensamiento del hombre.

Jesús viene a que el hombre se dedique a hacer Su Santa Voluntad.

¡Y ay de aquel hombre que decida no hacerla!

Pero a los católicos les gusta lo que predica Bergoglio:

«la humildad de Dios… es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones»: la Navidad es el amor que asume la vida de los hombres, sus sentimientos, sus ideas, sus problemas humanos.

¡Cómo gusta esto!

Jesús no nace para esto: no nace para llorar con los hombres; no nace para caminar con los hombres, no nace para abrazar y besar las heridas de los hombres. Jesús no se encarna para esto. Jesús no pierde el tiempo con los problemas de los hombres, ni con sus lágrimas, ni con sus obras maravillosas.

¿Por qué habla así este personaje?

Es fácil. Lo dice él mismo:

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Dios esperaba. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13)».

Este es el concepto que Bergoglio tiene de Dios. Un concepto que no pertenece a la fe católica.

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre»: Dios nunca espera en el hombre, nunca pone sus esperanzas en el hombre: es el hombre el que tiene que esperar en Dios, el que tiene que desear a Dios, el que está obligado a dejar sus deseos humanos, sus planes humanos, su mente humana, para poseer la virtud de la esperanza que sólo se da en la fe.

Quien no sabe esperar a Dios es que no sabe creer a Dios cuando habla, no sabe escucharlo en su corazón, no sabe desprenderse de sus ideas humanas sobre su vida humana para someterse a la Mente de Dios.

¡Gran error de Bergoglio!

Decir esto, que Dios pone sus esperanzas en el hombre, significa que el concepto que Bergoglio tiene de Dios pertenece al hombre: es un concepto racional, natural, humano, pero nunca espiritual ni divino; que sólo se puede obrar en lo horizontal, no en lo vertical: sólo se obra mirando al hombre, no se obra desde Dios, mirando a lo alto. Se obra para darle un gusto al hombre, una gloria al hombre, pero nunca dando gloria a Dios.

Si al hombre se le muestra un Dios que no confía en el hombre, entonces el hombre no quiere ese Dios, lo aparta de sí. Es lo que trata de enseñar este personaje.

Os doy un Dios, un concepto de Dios compasivo, tierno, abierto a las necesidades del hombre, amable con todo el mundo, que está pendiente de la vida, de los problemas, de los sentimientos y deseos de los hombres. Que te da un beso, un abrazo, un cariñito: «¿permito a Dios que me quiera?»

Y, por eso, yo soy un “papa” para el hombre, para sus vidas humanas, terrenales. Yo os comprendo porque os sigo en vuestra vida de hombres, me ocupo de vosotros. Tenéis que amarme porque os doy un dios amor, un dios tan sentimentaloide que se nos cae la baba – a todos – de idiotas como nos convertimos al pensar en este concepto de Dios.

Bergoglio trata a todos los hombres como imbéciles al enseñarles un dios que no existe en la realidad:

«Seis cosas aborrece el Señor: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente. Corazón que trama iniquidades, pies que corren presurosos al mal. Testigo falso, que difunde calumnias y enciende rencores entre hermanos» (Prov 6, 16).

¿Puede un Dios estar esperando a un hombre que obra lo que Él aborrece?

¿Puede un Dios poner la esperanza en un hombre que obra lo que Él odia?

¡Por favor!

¿Cómo los católicos se dejan engañar tan fácilmente por la palabrería barata e inútil de este sinvergüenza?

¿Por qué le siguen llamando Papa a un hombre que no sabe decir una verdad dogmática cuando habla?

¿Qué ven en la mente de este hombre para alabar su inmundicia cuando habla?

Sólo hay una respuesta: los católicos pervertidos y tibios andan detrás de Bergoglio, no por sus palabras, sino por lo que les da: todos quieren sacar tajada de su gran negocio que ha montado en el Vaticano y en todas las parroquias.

Todos quieren un trozo de pastel:

Poder: estar en ese gobierno horizontal, ser una cabeza que piense la Iglesia

Dinero: repartirse las ganancias en la nueva administración donde sólo los ricos ganan, mientras se habla de que hay que recoger dinero para los pobres

Placer: una vida de felicidad terrenal en la cual no haya que ocuparse de ningún problema mientras se bese el trasero de Bergoglio, mientras se le dé publicidad.

El mundo necesita ternuritas. Sí, sí. El mundo necesita de un sistema económico que me haga rico a mí, que soy el “papa” de los idiotas, de los que se dejan engañar por mis palabras baratas y rastreras.

Y no hay más explicación. No hay otra razón.

Nadie ama a Bergoglio, pero todos dicen que lo quieren porque les da de comer, porque es negocio redondo en la Iglesia.

Es el hombre que se quería. Ahora, todos detrás del poder. Todos detrás del dinero. Todos detrás de la fama.

Quieren a Bergoglio porque quieren participar de lo que antes no podían. Ahora, a destruir la Iglesia y hacer una empresa humana en la que todos den su opinión. Todos hagan lo que les dé la gana. Todos se digan a sí mismos: qué buenos que somos porque alimentamos estómagos de los pobres.

¿Quieren comunismo? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren condenarse? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren ser del mundo? Obedezcan a Bergoglio.

Cristo conoce a los suyos. Y ninguno de ellos anda besando el trasero de Bergoglio.

Es el Dolor el que preserva de caer en la herejía que existe en Roma

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«Y apareció en el Cielo una gran señal: una Mujer, cubierta del Sol, y la luna debajo de sus Pies, y en su Cabeza una Corona de doce estrellas» (Ap 12, 1).

Los judíos pidieron al Señor una señal, y Él les anunció Su Resurrección de entre los muertos. Y ninguno de ellos, creyó la Palabra de Dios. Era el mismo Dios, en la Persona de Su Hijo, el que marcaba el camino. Y el hombre eligió su camino: el laberinto de su mente humana.

En la gran crisis de la Iglesia, en el oscurecimiento de la Verdad de la Iglesia, Jesús ha dado otra señal: Su Madre. Y tampoco los católicos creen en la Virgen María. Van a sus profecías y como si oyeran llover: no disciernen absolutamente nada de lo que pasa en la Iglesia.

¿No ha dicho la Virgen María que Bergoglio no es Papa? Entonces, ¿por qué no la creen?

El que sigue a la Virgen María está siguiendo a Jesús. El que no hace caso a sus Palabras, no hace caso del Evangelio de Jesús.

Es paradójico cómo está el patio de la Iglesia: todos viven de sus estupendas cabezas humanas. Y nadie hace caso de Su Madre, de la Inteligencia Divina que tiene la Virgen María.

«¿¡Hasta cuándo mi Hijo tiene que estar dando avisos, y a las almas que más aman nuestros Corazones!?  Anteponen los apegos a la carne y a la sangre, hija mía, a las palabras de todo un Dios. (…) ¡Cuántas almas, hija mía, huyen de nuestra voz, porque nuestra voz no da nada más que cruz y no gozos temporales: gozos eternos!; y ¡cuántas almas, hija mía, después de haber lavado sus iniquidades, sus pecados, sus infidelidades, sus desobediencias, con la Sangre de Cristo, cuando mi Hijo les dice “ven”, huyen despavoridos, sin querer escuchar sus palabras! ¡Qué ingratitud la de los hombres, hija mía! Corren a lo que les ofrece el mundo y los enemigos que hay en el mundo. Hacen caso, hija mía, del mundo, del demonio y de la carne; ésos son los tres enemigos más grandes a los que obedecen. ¿Cómo no va a estar triste mi Corazón? Sí, hija mía, aunque todavía hay almas, aunque sea un número reducido, que consuela nuestros Corazones; pero, ¡qué tristeza, los hombres, hija mía, cómo cierran sus oídos a la llamada de salvación!» (Mensaje de la Virgen María a Amparo cuevas del día 6 de junio de 1998).

Los apegos a la humanidad, a la vida de cada uno, eso es lo que muchos católicos hacen diariamente en la Iglesia: apoyarse en sí mismos, dejando las palabras de Dios a un lado.

Los profetas verdaderos dan Cruz, sufrimientos, humillaciones, desprecios, odios; los falsos dan gozos temporales, aplausos, alabanzas… Quien quiera seguir a Cristo, en el estado que se encuentra la Iglesia actual, tiene que alejarse de la mentira, de la hipocresía, del fariseísmo de tanta Jerarquía, Alta Jerarquía, que ya no es de la Iglesia Católica. Todavía existen sacerdotes humildes, sencillos, que se dedican a dar a las almas la verdad; pero son pocos y hay que buscarlos.

La mayoría de los católicos andan detrás de una Jerarquía que ofrece lo que ofrece el mundo, que da lo que los enemigos en el mundo dan a los hombres. En el Vaticano ya se puede apreciar esa jerarquía, falsa jerarquía, que es del mundo, del demonio y de la carne. Es una jerarquía enemiga de las almas: no las lleva a la salvación, sino a la condenación.

¡Qué duro es predicar esto y no recibir amenazas de la gente! Se predica esta verdad y la gente desprecia al sacerdote por decir esta verdad.

Los hombres siempre cierran sus oídos a la Verdad, a la llamada de la salvación. Hoy, como ayer, es siempre lo mismo, porque los hombres terminan acomodándose a la vida exterior que se les ofrece por muchos caminos.

Ven a Bergoglio y, sabiendo que no es Papa, lo tienen como tal: el hombre se acostumbra  a lo que ve, al político de turno que gobierna, al sacerdote que dice y obra cosas…Cuando se va ese político o ese sacerdote, el hombre despierta de su sopor y quiere otra cosa. Pero mientras vea, cada día, al mismo sujeto, acaba aceptándolo, aunque sepa que es un hereje. Esto es lo que pasa, en muchos, con Bergoglio.

No hay fidelidad a las palabras de Dios, a su gracia, a su vida en la Iglesia.

«Yo Soy un Padre Amoroso que os ha demostrado a través de todos los tiempos de que siempre os he acompañado y de que no os olvido ni os olvidaré, ya que Yo os creé para manteneros siempre cerca de Mi Corazón. Mi Corazón y Mi Fidelidad han cumplido Su Promesa, ¿por qué vosotros no os mantenéis en ésa fidelidad hacia Mí y hacia vuestros semejantes? Vosotros decís a vuestros semejantes; dame el ejemplo para que yo te pueda seguir. Yo os lo he dado a todos niveles. Yo os he buscado, a cada uno de vosotros y Me he puesto a la altura de vosotros, para que no os sintierais impotentes al seguir Mis Ejemplos y Enseñanzas y ni aún así las apreciáis, ni las seguís. Preferís el ejemplo del mal, que en muchos casos, es más fácil seguir, al ejemplo del bien, que si os va a traer bienestar y vida eterna, ni aún así lo tomáis como forma de vida Os enfrentáis a vuestra realidad y a lo que ella conlleva cuando no estáis Conmigo y ni aún así reaccionáis» (Mensaje de Dios Padre a JV el 12 de Agosto de 1998).

Bergoglio no da ejemplo del bien ni de la verdad, ¿por qué le siguen?

Bergoglio no es fiel al Evangelio de Cristo, ¿por qué le siguen?

Bergoglio no continúa el magisterio de los Papas, ¿por qué le siguen?

«Preferís el ejemplo del mal, que en muchos casos, es más fácil seguir». Es más fácil seguir a Bergoglio que a Benedicto XVI.

Aquella Jerarquía que se oponga a Bergoglio se queda sin comer y sin trabajo en la Iglesia. ¡Esto es una realidad! Por eso, hay mucha Jerarquía que tiene que mirar para otro lado y seguir a Bergoglio. No son fieles a Cristo ni a Su Iglesia.

Seguir a la Virgen María es oponerse a la herejía que existe hoy en la Iglesia. ¡Son pocos, muy pocos, los que siguen a la Virgen María! Rezan el Rosario y después obedecen a Bergoglio como Papa. ¿Por qué llaman Santo a Juan Pablo II, si para la Iglesia verdadera es sólo Beato? Porque Bergoglio, que es un masón, lo ha proclamado santo. El hombre acaba siempre aceptando la maldad que ve, que comprende. No sabe oponerse a esa maldad, porque es más fácil no oponerse, hacer lo que hace la masa, decir lo que dice la masa. Esto es construir la vida espiritual por el techo: por nuestra razón humana, por nuestras ideas fantásticas sobre la Iglesia y sobre nuestra vida humana.

«Hija Mía, vosotros debéis saber todos, que pecar es desviarse de Mi Camino de Verdad; pecar es también hacer desviar a veces inocentes que os siguen por la misma pendiente; creyendo en la autoridad del pecado, ellos mismos cometerán la misma falta. Y ¿cómo detener toda esa cadena? Es necesario que el primer eslabón defectuoso de esa misma cadena confiese en público su falta. Su fidelidad a Dios le obliga a ello. A veces, Yo os pido que reconozcáis públicamente vuestro pecado, sobre todo cuando hay alguna consecuencia mundial. Este pecado comienza contaminando una asamblea, un pueblo, y termina tocando naciones enteras» (Mensaje de Jesús a JNSR el 23 de febrero de 2005).

Lo que obra Bergoglio es una cadena de pecado. Pecar es desviar al otro del camino de la verdad de la Iglesia. Bergoglio ha puesto un camino nuevo en Roma: su gobierno horizontal. Y muchos creen en la autoridad de ese gobierno y, por tanto, muchos pecan, cometen el mismo pecado que obró Bergoglio al poner su gobierno horizontal.

Lo que hace Bergoglio, en Roma, no es cualquier cosa: es llevar almas al pecado. Es hacer pecar al otro, es arrastrar a las almas por la pendiente del pecado. Y sólo hay una manera de detener esa cadena: que Bergoglio públicamente reconozca su pecado. Él es el culpable, el primer eslabón defectuoso en esa cadena. Por tanto, tiene que confesar públicamente su pecado. Como no lo va a hacer, entonces ese pecado, no sólo está en Roma, sino que va a terminar tocando al mundo entero.

«Hoy, Satanás se sirve de estas inconscientes cadenas. No os olvidéis de que el pecado es satánico y el aliento o estímulo hacia el mal viene del Príncipe de las Tinieblas. Hoy, él está desenfrenado en maldad contra toda la Humanidad; su espíritu maléfico penetra profundamente en todos los espíritus, de los hombres, de las mujeres y de los hijos no habitados o poseídos por Mi Espíritu Santo» (Ib).

Bergoglio no es cualquier hombre: es un enviado de Satanás para abrir esta cadena de pecado en la Iglesia. Bergoglio es un hombre satánico. Y aquellos que lo sigan son, también, hombres satánicos. Por eso, la Iglesia está llena de satanismo. Y nadie quiere darse cuenta.

Se han abierto muchas cadenas del mal en el Vaticano, muchas corrientes que llevan a muchos católicos al pecado en masa. Son arrastrados así

La Virgen María fue la primera discípula de su Hijo: Madre y Discípula. Y, por tanto, la Virgen María es la mejor Maestra que el Señor nos ha dejado. Y nadie quiere aprender de Ella. En la práctica, nadie lo hace.

Con la mente humana, el hombre se pierde a sí mismo; con su mente, el hombre se confunde a sí mismo. Con la Virgen María, que es Madre de Dios y Madre de la Iglesia, ni hay perdición ni confusión. Pero es necesario poner la mente en el suelo, pisotear tus grandiosas ideas preestablecidas por tu orgullo en tu vida. Tienes que ser un niño en los brazos de tu Madre.

Tú eres, en tu persona, el que te riges a ti mismo; no es tu cabeza. Eres tú, como persona, el que guías tu vida. Y si no eres capaz de abofetear tu orgullo: el creerte algo para Dios, necesario para la obra de Dios, entonces tú te lo guisas, tú te lo piensas, tú das vueltas y vueltas a tu estúpida cabeza, y tú te lo comes: tú vives tu vida y te crees el más santo de todos porque tienes a Bergoglio como Papa.

Dos iglesias hay en Roma. No una. Dos. Está la Iglesia en Pedro; y está la iglesia en un falso Pedro. Hay dos iglesias visibles en Roma. Dos. Y, por tanto, hay una división en Roma; hay un cisma encubierto; hay una apostasía de la fe que impide ver esta verdad.

Dos Papas: luego, dos iglesias.

La Iglesia Católica sólo tiene un Papa. Si hay dos, es que hay dos iglesias.

Esta verdad, tan sencilla, a nadie le interesa. Todos están detrás de la noticia de Bergoglio: qué hace o qué no hace; qué dice o qué no dice; ¿alguna vez dirá algo sensato para poder creerle como Papa?; ¿alguna vez dejaremos de dudar en él como Papa, para creer en él como Papa?

Así está la gente en la Iglesia: sin ver dos iglesias, dos realidades, dos caminos, dos fes, dos dioses.

Tienen el Magisterio de la Iglesia para salir de la duda, y ninguno se ha acercado a esa fuente de verdad, y siguen en sus mentiras: las que sus mentes se fabrican. ¿Para qué están en la Iglesia? ¿A qué se dedican? ¿A recolectar noticias sobre Bergoglio? ¿A recorrer los profetas, cogiendo una de cal y otra de arena, para terminar criticando a los Papas, a toda la Tradición, a todo el Magisterio y a todos los miembros de la Iglesia?

La Iglesia es la Obra de la Verdad. Y quien no la obre, no es de la Iglesia.

¿Bergoglio obra la verdad? No; luego, no es de la Iglesia.

¿El gobierno horizontal que ha puesto Bergoglio, esos herejes vestidos de santos, obran la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

¿La Jerarquía que obedece a Bergoglio como Papa, obra la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

¿Los fieles que tienen a Bergoglio como Papa, obran la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

Es así de sencillo. Pero, en la práctica de la vida, no es tan sencillo. Y la culpa: tu cabeza, tu mente humana, tus ideas soberbias, tus filosofías, tus psiquiatrías, tus teologías, tus sentimentalismos, tu vida y obras humanas, tus apegos a la carne y a la sangre.

Hay dos iglesias en Roma: la verdadera, y la que se está levantando en el gobierno horizontal, político, liderado por el impostor Bergoglio.

A la Iglesia verdadera no hay que juzgarla: no hay que juzgar al Papa Benedicto XVI. No hay que juzgar el Magisterio de la Iglesia, ni la Tradición, ni el Evangelio de Jesús. No hay que juzgar a la Jerarquía que permanece fiel a esa Iglesia.

A la iglesia falsa hay que juzgarla y atacarla, por todos los medios posibles, al alcance de la mano del hombre. Pero es un atacar en la paz del Espíritu: cuando Dios quiera y como Dios lo quiera. No es un atacar por atacar. Es luchar contra muchos demonios que vienen directamente de Roma, de esa iglesia falsa. Es una batalla espiritual.

«Voy a hablar del Dolor, de este Dolor que quiero hacer reinar en el mundo materializado y vano. Quiero Dolor: tengo sed de Sacrificio, de Abnegación, de Correspondencia, de Fidelidad, de Vencimiento de Pureza, de Obediencia, de Sencillez y de otras muchas virtudes que están arrinconadas y no se practican. ¡Ay! el mundo se olvida de las virtudes! Ellas no existen con la solidez de las que he explicado, y sin embargo, deben existir. El mundo duerme en el profundo letargo del engaño más lamentable. Las almas se pierden, precipitándose a su eterna perdición, porque no hay en ellas Sacrificio. El Dolor es el preservativo del infierno. La Cruz con mi Corazón doloroso salvará al mundo: es la llave del Paraíso. ¡Se pierde el mundo porque no hay Candor, no hay Dolor en las almas! La Pureza y la Cruz son su salvación, y serán la única barrera que, en la precipitada corriente de sus vicios, lo detenga y salve. ¡Ay del mundo sin mi Corazón y sin la Cruz, sin la Pureza y sin el Dolor! Amen y sufran: es necesario que las almas amen, pero en el Dolor: es necesario que la Cruz se extienda por toda la tierra y traiga a todas las naciones a mi Corazón: es necesario que la Cruz y mi Corazón detengan el cataclismo que se cierne sobre el mundo. Quiero corazones puros y crucificados que aplaquen la divina Justicia: que el mundo venga a mi Corazón por el camino de la Cruz: por esto he presentado el Corazón en el centro de la Cruz, a fin de que comprendan que sólo subiendo por la Cruz se puede llegar a mi Corazón. El reinado del dolor es indispensable en el mundo; pues que solamente por este camino lloverán gracias y se salvarán las almas. Denme almas puras: pido almas crucificadas ¡oren! ¡oren!» (De las Virtudes y de los Vicios, de Concepción Cabrera de Armida, pag. 94-95).

Jesús quiere Dolor. ¿Esto es lo que predica Bergoglio? No; entonces, ¿por qué lo siguen?

Es el Dolor el que preserva del infierno. La Cruz con el Corazón de Jesús ensangrentado es la llave para ir al Cielo.

Es el Dolor el que impide pecar, el que impide ser arrastrado por esas corrientes de pecado, que se ven en Roma.

Hay que amar al prójimo, pero en el dolor de Cristo, no en el dolor del prójimo. Hay que amarlo para que no peque, para que se vuelva a Dios, para que deje su vida de pecado.

No hay que amarlo para darle de comer, para solucionarle sus problemas.

Cristo ha amado al hombre en el Dolor de su propia Vida, no lo ha amado en el dolor del hombre. Ha cargado con su pecado y eso es producir en Su Corazón el Dolor. Un Dolor que salva y santifica al hombre.

Jesús quiere corazones puros y crucificados.

¿Y qué es lo que quiere Bergoglio? ¿Quiere pureza? ¿Quiere crucificar la voluntad de los hombres? No; no cree ni en el pecado ni en la Cruz de Cristo. Entonces, ¿por qué lo tienen como Papa? ¿Habla con la Voz de Cristo? No. ¿Habla con la voz del Anticristo? Sí.

Sólo subiendo por la Cruz se llega al Corazón de Jesús.

¿Cómo pretenden llegar a Jesús con los ofrecimientos sin Cruz de Bergoglio?

«Os están sometiendo a que os rindáis en sus redes de manipulación para luego ellos crear aquello que os harán pasar por bueno, como ese hermano en el Vaticano que os quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Artimañas. ¿A qué sirven?: A la bestia. Todo aquel que desee la esclavitud, el cambio radical para los hombres, de seguro que no vienen de Mí. Amén» (Mensajes Personales de octubre del 2013, dados a una hermana elegida por Dios en el barrio del pilar).

Este es el resumen de lo que es Bergoglio: un hombre que te quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que de Dios. Punto y final. Y, por eso, se ha montado todo ese negocio en Roma con su nueva iglesia. Y muchos católicos siguen bobos.

Benedicto XVI se bajó de la Cruz

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El camino de la Iglesia es el camino del Crucificado. Y no hay otro camino para el que quiera servir a Dios en este mundo.

El camino de la Cruz es una vivencia espiritual, es una vida íntima con Cristo, es penetrar en el Corazón de Jesús para transformarse en lo que Él es en Dios.

El camino de la Cruz no se puede andar sin la renuncia a todo lo humano, a todo lo natural, a todo lo material, a todo lo que contempla el hombre con su mente y voluntad humanas.

Es un camino difícil, porque supone estar desprendido de todas las cosas a las cuales el hombre se aferra por ser hombre.

El camino de la Cruz no es comprendido por la mayoría de los hombres porque supone mucho sacrifico espiritual y humano de la vida. Supone una vida entregada a discernir la Voluntad de Dios en todas las cosas. Supone estar en la Presencia de Dios continuamente, buscando y anhelando lo que Dios busca y anhela.

La Iglesia, si no mira al Crucificado, si no abraza a Cristo Crucificado, si no besa las Llagas del Crucificado, si no sabe amar el Dolor del Crucificado, entonces es una Iglesia que sólo mira lo humano, lo terreno, lo material, lo carnal. Y no sabe hacer otra cosa que pensar y obrar para lo humano.

Y, entonces, se produce el caos en la Iglesia, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu, no es la obra de ningún hombre, de ningún sacerdote, de ningún Obispo, de ningún Cardenal, de ningún Papa.

La Iglesia es lo que quiere el Espíritu, no lo que quieren los hombres.

Los hombres no saben querer el bien divino. Sólo persiguen sus bienes humanos y sólo se contentan con sus obras humanas.

Dios quiere una Iglesia Divina y eso cuesta horrores hacerla, porque los hombres tienen que renunciar a todo planteamiento humano de sus vidas y de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI se bajó de la Cruz de Cristo porque tuvo miedo de los hombres. No supo luchar por Cristo. No supo ver los Dolores de Cristo por Su Iglesia. No miró la Misericordia del Señor que entregó su vida por toda la Iglesia.

Y el Señor hizo al Papa Benedicto XVI semejante a Cristo en la Elección al Papado. Pero el alma del Papa no supo caminar hacia Cristo, hacia ese Llamado y abandonó a Cristo en la Cruz, y se fue a vivir su pecado, retirado de la Iglesia, como si ya hubiera hecho lo que Dios le pedía.

Y, como Cristo, que dio su vida hasta el extremo, así le pedía al alma de Benedicto XVI, dar su vida por la Iglesia, hasta el extremo, hasta el final de sus días. Y es lo que no hizo Benedicto XVI, porque no supo escuchar la Voz de Dios en su corazón y prefirió escuchar otras voces que, con prisas, le amonestaban para dejar la Voluntad de Dios.

Benedcito XVI se bajó de la Cruz y huyó del Cuerpo Místico de Cristo, dejándolo abandonado, en las manos de los lobos.

Dejó al rebaño desprotegido de la Luz del Señor. Dejó que los hombres hicieran en la Iglesia lo que sus mentes pedían. No supo luchar por su Papado. No supo luchar por el Cuerpo Místico de Cristo, porque no supo luchar por Cristo, por la Mente de Cristo, sino sólo por su mente humana.

Se inclinó hacia su juicio humano y dio oídos a lo que en su cabeza pasaba y asintió con el pecado. No escuchó en su corazón la Voz del Amor, porque se cerró al Amor.

Y ahora vive en su pecado. Sigue siendo el Papa, pero un Papa que no sirve para la Iglesia, que no sirve para Cristo, porque no quiere dejar su pecado.

A él se le debe la obediencia, pero no se la puede dar porque vive en su pecado y no atiende a su pecado. Vive feliz de lo que ha hecho y no contempla el mal que ha hecho en la Iglesia, de la cual él es la Cabeza.

Y, entonces, deja a la Iglesia sin Cabeza. Y con una cabeza que no es Cabeza, sino un falso Profeta, uno que han elegido los hombres en su locura y que lo aplauden porque da a los hombres y a la Iglesia lo que ellos quieren en sus mentes soberbias.

Y, entonces, ante esta situación, la Iglesia tiene que preguntarse: ¿qué se hace en estos momentos cuando el Papa no guía a la Iglesia?

¿A quién se obedece, porque es claro que no puede darse la obediencia a un falso Profeta ni al Papa que vive en su pecado?

Los fieles de la Iglesia tienen que obedecer a sus Pastores, pero es claro que no a cualquier Pastor. Porque si esos Pastores dan su obediencia a un falso Profeta, no se pueden seguir. Hay que obedecer a los Pastores que saben vivir de la Fe en Cristo, que saben luchar por la Verdad de la Iglesia, que no hacen nada sin el ámparo del Espíritu de la Iglesia.

La Iglesia, ahora más que nunca, necesita del Espíritu. Ya no necesita de cabezas que no quieren creer, que no quieren crucificarse con Cristo, que pretenden tergiversar la doctrina de Cristo y hacerla un invento del pensamiento del hombre.

Ahora mismo, en la Iglesia no se puede obedecer a nadie, sino sólo a aquellos Pastores que ven la realidad de la Iglesia y que no temen lo que los hombres digan u obren en la Iglesia.

Por eso, se espera, a partir de ahora, una división en la propia Iglesia. Sacerdotes que se enfrentan con sacerdotes, Obispos contra Obispos, Cardenales contra Cardenales, fieles contra fieles, porque o se está con el falso Profeta o se está con el verdadero Papa, que sigue siendo la Cabeza de la Iglesia, aunque, en la práctica sea inútil para la vida de la Iglesia.

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