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Tiempo de la restauración universal

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La Sagrada Escritura describe una serie de signos que indican dos cosas: el fin de los tiempos y la venida de Jesús en Gloria.

Los signos del fin de los tiempos son varios:

  • falsos profetas: maestros y propagadores del error: desde hace cincuenta años se ha difundido la pérdida de la fe y la apostasía,  a través de los errores que son propagados por la falsa jerarquía y por falsos teólogos, que tienen mucho peso en el Vaticano. No han enseñado la verdad del Evangelio, sino perniciosas herejías, dando culto al pensamiento del hombre. Muchos no han estado atentos y se han dejado engañar, de tal manera que han quedado totalmente miopes con la entrada de Bergoglio en escena. Han sido muchos que se han dedicado a engañar a multitudes. Y ahora es fácil seguir con el engaño gracias a los medios de comunicación, que controlan la mentalidad pública, la masa necia y ciega, al servicio de la palabra oficial de la falsa Jerarquía, del poder de una minoría en la Iglesia. Muchos sacerdotes y Obispos se han encargado de engañar a mucha gente en la Iglesia. «Habrá entre vosotros falsos maestros. Intentarán difundir herejías desastrosas y se pondrán, incluso, en contra del Señor que les ha salvado, y atraerán sobre sí una repentina ruina. Muchos los escucharán y vivirán como ellos una vida inmoral. Por su culpa, será blasfemada el camino de la verdad. Por el deseo de riqueza harán de vosotros mercadería con palabras mentirosas…» (2 Pe, 2, 1-3). Ahí están todos los pensamientos sobre la libertad religiosa, el ecumenismo, el ecologismo, el divorcio, la afirmación de la homosexualidad, etc… que inundan las mentes de todos los católicos. Si la masa de los católicos piensa así, de manera herética, es por culpa de la Jerarquía. Todo es un negocio, una mercadería de la Jerarquía con el Rebaño. Y muchos quieren este negocio.
  • guerras y rumores de guerras: desde hace más de un siglo la guerra es un asunto político, usado para consolidar el nuevo orden mundial, que tiene sus reglas básicas: el imperio de la ley para el débil y el de la fuerza para el fuerte; los principios de racionalidad económica para los débiles, el poder y la intervención del Estado para los fuertes. Los intereses de los artífices de la política suelen diferir de los intereses de la población general. El que tiene el poder va buscando sus intereses financieros e industriales, no el bienestar de la nación. Se habla de procesos de paz y sólo hay que entender que se busca bloquear las iniciativas de paz, porque sólo interesa que los grandes, que los poderosos, sean los que dominen el mundo: «El gobierno del mundo debe confiarse a las naciones satisfechas, que no desean para sí misma más de lo que ya poseen. Sería peligroso que el gobierno del mundo estuviese en manos de naciones pobres. Pero ninguno de nosotros tiene razones para anhelar nada más. La salvaguarda de la paz debe confiarse a los pueblos que viven por sus medios y que no son ambiciosos. Nuestro poder nos sitúa por encima de los demás. Somos como hombres ricos que moran en paz dentro de sus habitaciones» (Winston Churchill). Gobernar así sólo se puede hacer mediante guerras, para establecer los procesos de paz que los fuertes quieren en los países débiles. Se va en busca de tener hombres ricos de las sociedades ricas que gobiernen en todo el mundo. Hombres ricos que compitan entre sí para lograr mayores cuotas de riqueza y de poder, eliminando sin clemencia a los demás, y teniendo a los ricos de la naciones pobres que obedecen sus órdenes. Y, poco a poco, se va tejiendo el nuevo orden mundial, un grupo elitista, con todo el poder en lo económico, en lo político, en lo social, en el dominio de todas las culturas, utilizando el poder del estado para conseguir sus fines. La guerra es sólo «la reglamentación de la piratería internacional» (Al-Ahram, Pirates and Emperors). El mal está tan difundido que el amor de muchos se ha enfriado, porque sólo viven para sus intereses humanos. Todos se han olvidado de los principios cristianos «…todos están de acuerdo en que los convenios de las naciones en orden a la paz, por muchos que hayan sido elaborados por los más prestigiosos cerebros, quedarán, eso sí, en los libros, cual monumentos de sabiduría política, pero no ganarán los ánimos de los pueblos ni tendrán fuerza alguna de ley ni vigencia en absoluto si no se fundan en la justicia y la equidad y si no respetan las costumbres y las instituciones de los pueblos ajustadas a esos principios cristianos…» (Benedicto XV, Gratum vehementer). Estados Unidos y Rusia se han repartido el mundo durante el siglo pasado, pero será Rusia la que domine al mundo. Rusia está conducida por Satanás; ella busca el dominio absoluto sobre toda la tierra. Mientras hablan de paz, se están preparando para la tercera guerra mundial con armas devastadoras, para la destrucción de pueblos y naciones. La guerra está próxima: «La hora de la justicia de Dios se aproxima, y será terrible. Tremendos flagelos cuelgan sobre el mundo, y varias naciones serán golpeadas por epidemias, hambre, terremotos grandes, huracanes terribles, los ríos y los mares causarán inundaciones, que traerán la muerte y la ruina. Si las personas no reconocen en estos flagelos los avisos de la Misericordia Divina, y no se vuelven a Dios con una vida verdaderamente cristiana, vendrá del oriente a occidente otra guerra terrible. Rusia, con sus ejércitos secretos, combatirá a América e invadirá a Europa. El Rio Reno estará lleno de cadáveres y de sangre» (Sor Elena Aiello – 22 agosto 1960).
  • persecución sangrienta: desde hace 50 años, todos los Papas en la Iglesia han sufrido persecución por querer mantenerse fieles a Jesús y al Evangelio. A Pablo VI le hicieron la vida imposible, fue encarcelado, perseguido y matado. A Juan Pablo I lo quitaron de en medio en seguida; a Juan Pablo II lo odiaron y lo traicionaron muchos Obispos que se rebelaron contra él. Su vida corría siempre peligro. A Benedicto XVI le obligaron a renunciar porque no se acomodó a lo que ellos querían. Y está encarcelado, sin poder gobernar la Iglesia. «Seréis encarcelados, perseguidos y matados. Seréis odiados por todos a causa de Mi Nombre. Entonces, muchos abandonarán la fe; se odiarán y se traicionarán el uno al otro… Entretanto será predicado el Evangelio del Reino de Dios en todo el mundo; todos los pueblos lo escucharán. Y entonces vendrá el fin» (Mt 24, 9.10.14). Muchos católicos han abandonado la verdadera fe y se han hecho lefebvristas, sedevacantistas, disidentes, etc… Gente que dice que defiende la tradición y el magisterio de la Iglesia, pero juzgando y condenando a todos los Papas. Gente que ha odiado a los Papas, que nunca los ha entendido, nunca ha sabido discernir el Espíritu de Pedro en la Iglesia. Y ahora con un falso papa, encontramos a gente que odia a los que permanecen en la verdad. Gente que por defender a un hombre, apostata de la verdad de la fe. Gente que traiciona por un plato de lentejas, para así callar las herejías de un usurpador. Los verdaderos católicos, los verdaderos sacerdotes son dejados a un lado, son tomados por locos, son perseguidos, y sin misericordia son echados fuera de la Iglesia.
  • abominación de la desolación: con el Sínodo se inaugura el tiempo de la destrucción de la doctrina de Cristo en la Iglesia. Sacerdotes y Obispos que van a poner el camino para que el Anticristo realice el horrible sacrilegio. «Cuando viereis la abominación de la desolación instalada en donde no debe» (Mc 13, 14), «en el lugar santo, predicha por el profeta Daniel» (Mt 24, 15), es decir, cuando la Santa Misa, que es el sacrificio perpetuo, la oblación pura que se ofrece en todas partes al Señor, sea quitada de en medio, sea celebrada de forma adulterada en su esencia consagratoria, entonces es la hora de huir, porque esas iglesias quedarán habitadas por demonios: «el Eterno mandará sobre ella el fuego por largos días y por mucho tiempo será habitación de demonios» (Bar 4, 35). El Anticristo triturará las mentes de los hombres con demonios, que se instalan en ellas, y las dominan con el pecado sin confesar y sin arrepentimiento: son demonios con «dientes de hierro y garras de bronce» (Dn 7, 19), que devoran y trituran la fe y la lógica en el pensamiento humano. «Todo es limpio para los limpios, mas para los impuros y para los infieles, nada hay puro, porque su mente y su conciencia están contaminadas» (Tit 1, 15). Y esta abolición durará tres años y medio.
  • Fenómenos extraordinarios: durante estos tres años y medio habrá signos que prepararán el retorno de Jesús en Gloria. El Anticristo hará sus signos, impondrá el microchip, que será la moneda única en el mundo, obligatoria bajo pena de muerte, desatando un período de intensas persecuciones por todos los medios: policías, militares, sistema de rastreo satelital y terrestre. Los mártires clamarán al Señor: « ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?» (Ap 6, 10). El Señor hará prodigios de su Misericordia, como el Rapto y el arrebatamiento. Antes que se desate la ira de Dios, la Santa Cruz será visible en el Cielo, sin que nadie la pueda borrar, que atraerá a todos hacia Cristo: «Entonces se verá en el Cielo la señal del hijo del Hombre. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán y los hombres verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del Cielo con gran poder y majestad» (Mt 24, 30-32)..

 

El fin de los tiempos no es el fin del mundo. Y la venida de Jesús en Gloria no es su venida para juzgar.

Son tres venidas de Cristo distintas:

  1. como Redentor: Vino pobre y humilde, «envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 13); vino para sufrir, «tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores… fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre Él, y en Sus Llagas hemos sido curados» (Is 53, 4.5). Fue «degollado y con tu Sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9). «Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11). Su primera venida exige la fe en Él.
  2. como Rey: «Me voy y vengo a vosotros» (Jn 14, 28); pero «cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). ¿Encontrará una Iglesia que crea en Él, en su doctrina, en Su Espíritu? Cristo es «un vástago de justicia, que, como verdadero Rey, reinará prudentemente y hará derecho y justicia en la tierra» (Jer 23, 5). Su Reino es real, no es alegórico, «presente ya en Su Iglesia, sin embargo todavía no está acabado» (CIC n. 671); su Iglesia remanente verá «venir al Hijo del Hombre en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21, 27). Su reinado inicialmente será aquí en la tierra, «pues es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15, 25); un reinado que durará 1000 años, y después del Juicio Final su Reino será Eterno en los Cielos, «no tendrá fin» (Lc 1, 33).
  3. como Juez: viene «acompañado de todos sus ángeles y se sentará en su trono de gloria» (Mt 25, 31), viene para entregar a «Dios Padre su Reino, cuando haya reducido a la nada todo principado, toda potestad y todo poder» (1 Cor 15, 24); y viene para «juzgar a vivos y muertos, por su aparición y por su Reino» (2 Tim 4, 1). Va a juzgar a aquellos que han creído o no en su primera venida, como a aquellos que han estado con Él en su segunda venida. Viene a juzgar a los vivos de entonces y a los muertos, en la que todos compareceremos en el tribunal de Cristo, «para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho por el cuerpo, bueno o malo» (2 Cor 5, 10), y «cada uno dará cuenta de sí mismo ante Dios» (Rom 14, 12).

Los alegoristas o anti-milenaristas sostienen que Cristo reina ahora corporalmente desde el Santísimo Sacramento. Y, por lo tanto, no hay más reino que éste, el de la Iglesia actual.

Todas estas personas tienen que creer, para que se cumplan las profecías, en un futuro gran triunfo temporal de la Iglesia antes del Juicio Final; es decir, creen en una nueva edad media, con el Papa como Monarca temporal Universal. De esta manera, caen en el milenarismo carnal o craso.

Todas estas personas tienen que aplaudir lo que está pasando en la Iglesia actual: ven a Bergoglio como ese papa que debe gobernar todo el mundo, con un nuevo gobierno, con una nueva economía, y que todo eso dure un milenio, para que así encajen las profecías. Es el absurdo en que caen muchos.

Muchos rezan el padre nuestro, pero no creen en las palabras «venga a nosotros Tu Reino» (Jn 19, 23), y quedarán atrapados cuando el Anticristo emerja como un salvador y un mesías, sentándose en el «templo de Dios» y proclamándose «dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4), ofreciendo un gobierno mundial para iniciar su milenio de paz: «Dios puso en su corazón ejecutar su designio, un solo designio, y dar a la Bestia la soberanía sobre ellos hasta que se cumplan las Palabras de Dios» (Ap 17, 17).

Los judíos reconocerán al Anticristo como su Mesías esperado; la Sede de Pedro se trasladará de Roma a Jerusalén, mientras es hollada «la ciudad santa durante cuarenta y dos meses» (Ap 11, 2). Es en el Estado de Israel, que los hombres han levantado sin la Voluntad de Dios, porque los judíos “no habían reconocido a Nuestro Señor” (Pío X a  Theodor Herzl), en donde se desarrollará el reinado del Anticristo.

Nunca la Iglesia ha condenado el milenarismo espiritual, ya que está enseñado tanto en la Sagrada Escritura como en la Tradición.

La Iglesia ha condenado un tipo de milenarismo craso o corporal, que dice que Cristo reinará visiblemente desde un trono de Jerusalén sobre todas las naciones, en esta tierra que está maldita por el pecado de Adán.

Todo el problema de no discernir estas tres venidas de Cristo, es por no discernir el estado de la tierra, del cuerpo del hombre. Y esto es por falta de fe: no creen en el pecado original y no creen que Dios tiene poder para renovar un mundo esclavizado por ese pecado.

El tema del milenio está unido con la redención de la carne, de lo material: «La creación fue sometida a la caducidad, no por su voluntad, sino por la voluntad del que la sometió, porque también la Creación será liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de los gloria de los hijos de Dios» (Rom 8, 19-21).

El hombre posee una carne mortal, corrupta; la creación vive en la maldición del pecado, en la continua corrupción de la naturaleza. Hay que dar al hombre un cuerpo espiritual y glorioso, y a la creación el estado original que tenía cuando fue creada por Dios.

La tierra quedó maldita por Adán, por su pecado: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17). Por lo tanto, es necesaria la purificación de la tierra para que sirva al plan de Dios.

Una purificación ya decretada por Dios: «He aquí la resolución tomada contra toda la tierra, he ahí la mano tendida contra todos los pueblos. Yavhé Sebaot ha tomado esta resolución, ¿quién se le opondrá? Tendida está su mano, ¿quién la apartará?» (Is 14, 26-27).

El castigo es necesario en la Justicia de Dios, porque existe el pecado. Es un castigo sin arrepentimiento de Dios, que es obrado por el bien de toda la Creación: «Llorará la tierra y se entenebrecerán los cielos, Yo lo anuncié y no me arrepentiré, Yo lo he resuelto y no desistiré de ello» (Jer 4, 28).

Esta purificación es «el día de tinieblas y de oscuridad, día de nublados y sombras» (Jl 2, 2), es «el día de la ira de Dios… toda la tierra será consumida por el fuego de su furor y consumará la ruina, la pérdida apresurada de todos los moradores de la tierra» (Sof 1, 18); es el juicio de las naciones, «juzgará Yavhé a las gentes y será juicio este contra toda carne. Los malvados los daré al filo de la espada…» (Jer 25, 31); «¡ay de aquellos que desean el día de Yavhé! ¿Qué será de vosotros? El día de Yavhé es día de tinieblas, no de luz» (Am 5, 18).  Es el juicio de este mundo: «ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera» (Jn 12, 31).

Es el juicio de este mundo, no es el juicio final, en donde el Anticristo y el falso papa son «ambos arrojados vivos al lago de fuego, que arde con azufre» (Ap 19, 20); sus seguidores, con su iglesia modernista, son exterminados, «fueron muertos por la espada que le salía de la boca al que montaba el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes» (Ap 19, 21); el demonio encadenado por mil años, «le arrojó al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no extraviase más a las naciones hasta terminar los mil años» (Ap 20, 3); y después de la purificación, descenderá el soplo del Espíritu Santo, como en la primera creación, «el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de la tierra» (Gn 1, 2), santificando y renovando toda la faz de la tierra: «si mandas Tu Espíritu, se recrean, y así renuevas la faz de la tierra» (Salm 104, 30).

La tierra, como se la conoce, no será totalmente destruida o aniquilada, porque es la portadora de los cuerpos y de las almas que han elegido la condenación para sus vidas, cuyo tormento es eterno, por los siglos de los siglos: «… y el humo de su tormento subirá por los siglos de los siglos, y no tendrán reposo día y noche aquellos que adoren a la bestia y a su imagen, y los que reciban la marca de su nombre» (Ap 14, 11).

La tierra será transformada, «renovada por la manifestación del Señor» (Adversus Haereses V, 32, 1), y sólo así será posible que Cristo reine en Gloria.

La «nueva Jerusalén», la futura «Jerusalén, edificada como ciudad, bien unida y compacta» (Salm 122, 3), la «Ciudad Santa» (Is 52, 1), el «Tabernáculo de Dios entre los hombres» (Ap 21, 3), «edificada por Dios…», cuyo «valle… y todos los campos… serán ya jamás destruidos y devastados» (Jer 31, 38-40), que «desciende del Cielo» (Ap 21, 2), con «un nombre nuevo» (Ap 3, 12), cuya «piedra angular es el mismo Cristo Jesús» (Ef 2, 20-21), en cuyo interior se encuentra el «Arca de la Alianza» (Ap 11, 19), en donde viven los mártires, «los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la Sangre del Cordero» (Ap 7, 14), en donde no puede entrar «cosa impura ni quien cometa abominación y mentira sino los que están inscritos en el Libro de la Vida» (Ap 21, 27); es colocada en los «cielos nuevos y en la tierra nueva» que Dios crea (Is 64, 17), en una nueva creación, en donde el relieve que actualmente conocemos ha desparecido, «el cielo se enrolló como un libro que se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares» (Ap 6, 14); la tierra será totalmente plana: Dios va a «humillar todo monte alto y todo collado eterno, rellenar los valles hasta igualar la tierrapara que camine Israel con seguridad para gloria de Dios» (Bar 5, 7); tierra llamada «Valle de Sitim», de las Acacias (Joel 3, 18), en donde no habrá «memoria de lo pasado» (Is 64, 17; 43, 18-19), pero se podrá observar las penas del infierno, como un memorial de todos aquellos que se rebelaron contra Dios:

«… y al salir verán los cadáveres de los que se rebelaron contra Mí, cuyo gusano nunca morirá y cuyo fuego no se apagará, que serán objeto de horror para toda carne». (Is 66, 24).

Se verán los cadáveres, los cuerpos espiritualizados de los condenados, cuerpos inmortales, almas que han buscado las cosas de aquí abajo, de esta tierra, que convirtieron sus vidas en una conquista del paraíso perdido. Han querido hacer de esta tierra una felicidad permanente. Y es lo que tendrán por toda la eternidad: la tierra y su núcleo de fuego infernal será su morada para siempre, pero en el dolor que no pasa.

No existe el fin del mundo, porque nada de lo que Dios ha creado tiene fin. Pero, sin embargo, todo lo creado puede transformarse por Dios, ya para el bien, ya para el mal.

La nueva Jerusalén no puede estar en una creación maldita por el pecado, sino que necesariamente tiene que ser puesta en una creación en donde no habite el demonio, por estar encadenado, el infierno sellado, en donde no exista el pecado, «sólo un camino ancho, que llamarán la vía santa; nada impuro pasará por ella» (Is 35, 8), ni la muerte: «Y cuando esto incorruptible se revista de incorruptibilidad, y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 54-56).

El Reino Glorioso no puede darse en el reino del pecado, en una creación maldita. Ahora el príncipe de este mundo es el demonio. No puede haber santidad ni gloria en medio de la obra del pecado.

Por lo tanto, es necesario un cisma en la Iglesia. Gran cisma interior. Siendo la Iglesia la esposa mística de Jesucristo, tiene que pasar por la Pasión y por la muerte en Cruz, para después resucitar esplendorosa en el reino de paz: «Muchos son los pecados de Jerusalén…Echó mano el Enemigo de todos sus tesoros; vio penetrar en su santuario a las gentes de las cuales mandaste que no entrasen en tu congregación… Mandó desde lo alto contra mí un fuego que consume mis huesos…Ató con sus manos el yugo de mis iniquidades… Me entregó Yavhé en manos a las cuales no puedo resistirme…reunió contra mí un ejército para exterminar a mis mancebos…Por eso, lloro y manan lágrimas mis ojos; y se alejó de mí todo consuelo que aliviase mi alma; mis hijos están desolados al triunfar el Enemigo…» (Lam 1, 8.10. 13.14.15.16). Es necesario la separación del trigo y la cizaña. Es necesario poner un abismo entre la carne y el Espíritu, entre una iglesia carnal y una iglesia espiritual.

Es necesario que los católicos queden divididos: una iglesia super-modernista, gobernada por un falso papa; y una iglesia remanente, que es la que defiende la doctrina de Cristo, y pasará a ser clandestina y perseguida. Los sacerdotes no se preguntan: « ¿Dónde está Dios? Siendo ellos los maestros de la Ley, me desconocieron, y los que eran pastores me fueron infieles. También los profetas se hicieron profetas de Baal, y el pueblo se fue tras los que de nada valen» (Jer 2, 8).

Multitudes se han ido tras Bergoglio y toda su falsa Jerarquía, que son un cero a la izquierda para Dios: nada valen. « ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!» (Ez 34, 2). ¡Ay de toda esa Jerarquía que se va a reunir en un Sínodo ideado por una mente perversa, obedeciendo los dictados de un hombre sin verdad! «¿Los pastores no son para apacentar el rebaño?» Entonces, ¿qué hacen en un Sínodo discutiendo la forma de condenar almas al fuego del infierno? ¿No se apacienta el rebaño poniendo el camino de salvación y de santificación al alma? «Así andan perdidas Mis Ovejas por falta de pastor, siendo presa de todas las fieras del campo» (Ez 34, 5). Son los lobos vestidos de sacerdotes y Obispos los que están levantando la Iglesia que debe reunir a todas las iglesias cristianas, a todas las confesiones religiosas de todos los credos. Son las fieras que destrozan la vida de las almas. Una super- iglesia globalizada, que expulsará y excomulgará a los verdaderos católicos por defender la pureza de la fe: «Os echarán de la sinagoga; pues llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no conocieron ni al Padre ni a Mí» (Jn 16, 2-3). Este cisma ya ha comenzado de forma silenciosa, cuando con diplomacia hicieron renunciar al Papa Benedicto XVI para poner su abominación. Pero se hará público y oficial, cuando se quite el Sacrifico Perpetuo. «Antes de Advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación desvelará el Misterio de Iniquidad bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en carne» (CIC – n. 675).

Jesús ya no puede venir en carne mortal, como lo hizo en su primera venida. Muchos seguirán al Anticristo que viene en carne mortal, y que aparece como el Mesías. Muchos caerán en esta trampa del milenio carnal, porque son carnales, contrarios al Espíritu de la Verdad: «…la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; como que esas cosas son entre sí contrarias…» (Gal 5, 17)

Jesús viene en carne gloriosa: «Tus ojos contemplarán al Rey en Su Magnificencia y verán la tierra que se extiende hasta muy lejos» (Is 33, 17). No se puede ver a Jesús glorioso si la tierra no ha sido transformada, aplanada, que se extiende hasta muy lejos, como estaba al principio de la Creación. Una creación gloriosa.

La Segunda venida de nuestro Señor Jesucristo como Rey de todas las naciones sólo es posible en la nueva Jerusalén, que se da en los cielos nuevos y en la tierra nueva: «… ni la circuncisión es nada ni el prepucio, sino la nueva creación» (Gal 6, 15). Todo nace en un solo día. « ¿Nace un pueblo en un día? ¿Una nación nace toda de una vez? Pues Sión ha parido a sus hijos antes de sentir los dolores» (Is 66, 8).

Es el tiempo de la restauración universal. Y hay una batalla espiritual hasta el fin de este tiempo. Se termina el tiempo del hombre carnal y se inicia el tiempo del hombre espiritual. Se termina una Iglesia llena de hombres viejos y se inicia una Iglesia en la que todos serán discípulos del Señor, un reino de sacerdotes, un pueblo que se multiplicará según la Voluntad de Dios.

Muchos viven sus vidas sin atender a los signos de los tiempos, es decir, que viven sin vida espiritual. Por eso, se les hace difícil entender todas estas cosas. Pero la verdad ya ha sido escrita y revelada. Lo que piense el hombre no interesa para la obra de esa verdad. El hombre que no acepte la verdad, entonces no podrá salvar ni su alma ni su cuerpo. El que acepte la verdad como es, entonces siempre encontrará un camino en medio de un mundo que sólo vive para obrar el mal.

El tiempo de la gran prueba ha llegado

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Los pastorcillos de Fátima estaban jugando a hacer un muro y vieron un relámpago; según Lucía no era propiamente un relámpago, sino el reflejo de una luz que se aproximaba.

Ellos,   creyendo   que   podía   venir   una   tormenta, cogieron sus ovejas y se marcharon, y  al llegar hacia la mitad de la finca brilló otro relámpago.

La aparición de Nuestra Señora en Fátima no es una visión de los pastorcillos: ellos  están distraídos, jugando, y tienen miedo de la posible tormenta.

La distracción y el miedo es lo menos propicio para que el alma se ponga en comunicación con Dios, en oración. Los  pastorcillos no están orando,  están jugando y con miedo.

La aparición de la Virgen en Fátima es un hecho real, no imaginario. Es un acontecimiento divino en la historia del hombre.

Y ven un relámpago: una luz que viene del lado de donde nace el sol, del oriente. Esto recuerda aquello de Mt 24, 27:

«… porque la segunda venida del Hijo del Hombre será semejante al relámpago que sale del oriente (que se ve en el oriente) y brilla hasta el occidente (y en un instante llega al occidente)».

Nuestra Señora viene a Fátima como su Hijo vendrá en Su Segunda Venida gloriosa: viene en la Gloria del Hijo; viene antes que el Hijo. Fátima prepara la Segunda Venida de Cristo.

En Fátima, María  se presenta como la Aurora que precede a Cristo;  como la Estrella que guía hacia Cristo, que va delante de  los  que  quieran atender sus suplicas hasta detenerse donde está Cristo, Su Hijo.

Luego, el mensaje de Fátima va a  ser trascendental para la humanidad  y, por lo tanto, para la Iglesia. Quiere  introducir  a la  humanidad  -y a toda la Iglesia- en  un  tiempo nuevo: el del retorno glorioso de Cristo. La Segunda Venida de Cristo: su Venida en Gloria, para reinar; no para juzgar.

Esto conlleva la preparación de la humanidad y de la Iglesia  a ese tiempo. Señala un camino que la humanidad debe seguir: un camino de cruz para una gloria.

María desciende gloriosa del Cielo a esta tierra llena de pecado. Baja del cielo para ponerse en camino con nosotros, para señalar el camino: Mi Corazón Inmaculado será… el camino que te conducirá a Dios. Es María el camino hacia Cristo. Es María la que conduce a toda la Iglesia hacia Su Hijo. Son las virtudes de ese Corazón Inmaculado lo que en cada alma debe reinar para ser de Cristo: humildad, obediencia, pureza y santidad.

Baja del cielo: la presencia de María en la tierra no va a acabar con el mensaje de Fátima. No pisó la tierra de Fátima para luego dejar huérfanos a sus hijos.

Fátima es el inicio de un tiempo nuevo, de una presencia extraordinaria -y de modo continuo- de María en el mundo. Por eso, sus numerosas apariciones, después de Fátima, no pueden silenciarse,  despreciarse, obligar a no creer en ellas.

«…los últimos remedios dados al mundo son: el Santo Rosario y la devoción al Corazón Inmaculado de María. La tercera vez me dijo que “agotados los otros medios despreciados por los hombres, nos ofrece con pavor la última áncora de salvación: la Santísima Virgen en persona, sus numerosas apariciones, sus lágrimas, los mensajes de los videntes esparcidos por todas partes del mundo”; y la Virgen dijo además que, si no la escuchamos y continuamos las ofensas, no seremos más perdonados» (Carta del 22 de Mayo 1958 de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes).

Nadie tiene derecho a impedir que los demás crean, porque «no de todos es la fe», dice San Pablo.

Impedir la fe constituye un grave pecado.  ¿Dónde está la libertad dada por Dios al hombre?

Ni tampoco se puede hablar mal de las apariciones marianas, porque si no se examinan su contenido, ¿cómo se las juzga? Y si no se creen en ellas, ¿con qué medida se examinan si la medida de lo sobrenatural está en la fe (en la sabiduría divina),  no en la razón (no en la sabiduría humana)?

Ellas tienen su significado, su importancia. Y son dadas al hombre como una muestra de Misericordia, no porque el hombre las merezca.

Dios ha agotado todos los medios que hay en Su Iglesia para que las almas se salven y se santifiquen. Y su misma Iglesia los ha despreciado, como vemos en ese hombre que han sentado en la Silla de Pedro: un hombre sin nombre, sin verdad, que no es capaz de marcar el camino de Cristo, sino que lleva a todas las almas al mismo precipicio del infierno.

Todas las apariciones están entroncadas con el mensaje de Fátima, con la misión de María de guiar a la humanidad hacia Cristo.

La Iglesia ha perdido el norte de Cristo: sólo señala al Anticristo. Es lo que todos están esperando. Es lo que han preparado durante cincuenta años. Ahora, es su consumación, la plenitud de toda maldad que se verá en Roma.

María es la que señala a Cristo en estos últimos tiempos. Ya no es la Jerarquía de la Iglesia la que pone el camino: ya no aman a Cristo porque no aman a Su Madre. No la imitan. Han perdido la devoción a Ella porque no la han obedecido. La Jerarquía, con Su Poder Divino, se ha creído más sabia y más poderosa que la Virgen María. Y, por eso, está haciendo el juego del demonio: se dedican a engañar a las almas. A darles una doctrina que no tiene nada que ver con la doctrina de Cristo.

Y la Virgen María se aparece para guiar en la Verdad a todas las almas, para enseñarles el camino de la verdad en sus vidas, para hacer que cada alma viva deseando lo divino en sus vidas humanas. Es la función que tiene todo el orden sacerdotal. Misión que han dejado de cumplir por estar negociando con el mundo.

Y la Virgen María actúa como sacerdote, sin tener el Sacramento, porque es la Madre del Sacerdote Eterno: si lo ha engendrado, sabe muy buen cuál es la misión de todo sacerdote en la tierra: ser otro Cristo, guiar hacia la verdad, que es Su Hijo.

María se presenta en Fátima como la Mujer vestida del Sol. Jesús se quiere servir de su Madre para reinar gloriosamente en el mundo. Jesús quiere venir a nosotros, de nuevo, a través de su Madre.

A través de María: es la Mediación Materna lo que constituye el mensaje principal de Fátima.

¿Qué será el triunfo del Inmaculado Corazón de María sino que la Iglesia proclame este dogma?

¿Y cómo se podrá proclamar si la Iglesia no se deja guiar por María? Es lo que conlleva este dogma: ser niños en manos de la Madre, que sabe lo que nos hace falta en cada momento.

Dios no es una teoría, una serie de ideas, una fe que no se pone en práctica. Dios está vivo y quiere en el hombre una fe viva.

La Mediación Materna de María incluye tres cosas:

que María sufre: es lo que vio Lucía: Su Corazón rodeado de espinas: es la Corredención. «…se le clavaban por todas partes. Comprendíamos que era el Inmaculado Corazón de María ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación»;

que María defiende a la humanidad de las asechanzas del demonio: es el ser Abogada: Mi Corazón será tu refugio le dirá a Lucía en la segunda aparición;

y   que   María   media   entre   Dios   y  el  hombre: «…quiero que toda mi Iglesia reconozca esa consagración (la  de  Rusia) como un triunfo del Inmaculado Corazón de María…. De no mediar la realización de este acto no habrá paz en el mundo.

Es tan grande el pecado, en que el hombre ha caído, que si no es por la Mediación de María, el hombre no sería capaz de salir de ese pecado. De cuantos castigos no se habrá librado la humanidad, en estos últimos tiempos, a causa del Inmaculado Corazón.

Ella lo puede todo ante Dios.

Pero, para que la Iglesia enseñe este dogma tiene que pasar, antes, por su Calvario. Sólo así podrá entender lo que significa la Virgen María para la humanidad y para toda la Iglesia.

Los Apóstoles no terminaron de creer en Jesús hasta que no se vieron envueltos en Su Pasión Redentora.

La Jerarquía, que ha despreciado las palabras de la Virgen María en Fátima, no va a terminar de creer en lo que es María, hasta que no se vea envuelta en la Gran Abominación que el Anticristo va a poner en la Iglesia. Ahí es cuando la Virgen triunfará en Su Iglesia: engendrará una Jerarquía, que fiel a Jesucristo, sepa luchar contra todos los errores del Anticristo y promulgue el dogma que va a poner a toda la Iglesia en el camino del Reino Glorioso.

Ahora, nadie cree en las profecías: es imposible que crean en el Apocalipsis. Es imposible ese dogma en la Iglesia. Ese dogma es para el Reino Glorioso. Ese dogma es un absurdo para la actual Jerarquía de la Iglesia: no creen en los sufrimientos de la Mujer, no creen en el Poder de la Mujer; no creen en la mediación de la Mujer.

Y la Mujer es la Virgen María y, también, todo el Cuerpo Místico de Cristo. Nadie cree ni en la Virgen ni en la Iglesia. Todos han construido su iglesia, la idea que cada uno tiene de la iglesia. Por eso, se ve tanta división, tanta oscuridad, tanta apostasía en todas partes

No se puede promulgar este dogma sin el triunfo de la Iglesia. Y, ahora, la Iglesia está metida en una podredumbre en la cual no hay salvación.

La gran crisis de la Iglesia es su falta de obediencia a Dios. Y, por eso, está donde tiene que estar: en las  manos de Su Enemigo: en las manos del mundo, de la carne y del demonio. Así vive toda la Jerarquía y todos los fieles: son mundanos, carnales y unos engendros del demonio.

Tanta gente que dice que conoce a Dios, pero no guarda sus mandamientos. ¿Cuál es su dios? ¿Cuál es su padre? El demonio.

«Vosotros tenéis por padre al diablo». ¿Y pretendéis levantar una iglesia para vuestro padre? ¿A quién queréis engañar? A todos aquellos que buscan ser engañados, que sólo tienen oídos para escuchar lo que hay en sus mentes humanas.

María, al bajar del cielo  en Fátima, nos trae la luz del Paraíso. Decía Lucía: vimos…una Señora vestida toda de blanco, su vestido –dirá Jacinta – blanco, adornado con oro, y en la cabeza un manto también blanco. Y sigue Lucía: más brillante que el sol y esparciendo luz.

Esto  nos  lleva  al  Apocalipsis:

«…una  gran  señal apareció en el cielo: una Mujer envuelta en el sol». Doce estrellas  vio Lucía en la última aparición en su túnica: «la túnica toda blanca, tenía doce estrellas de la cintura para abajo, una seguida de la otra».

Esto anuncia  una gran batalla entre María y Satanás. Y va a ser María la encargada, en estos tiempos, de dar  la luz que ilumine esta gran oscuridad con que el Maligno ha  oscurecido  a  la  humanidad  y  a  toda la Iglesia. La luz ha sido dada a través de todos los verdaderos profetas.

Es a través de la luz de María cómo la Iglesia sigue avanzando en medio de tan gran oscuridad. Y sólo gracias a esa luz profética. Toda la Jerarquía ha mentido a la Iglesia: ha envuelto a la Iglesia en una gran oscuridad, la propia del demonio. Y en la tiniebla del pecado no se puede amar a Dios. Hay que salir de la oscuridad del pecado y ponerse en la luz de la gracia

Esa luz envolvió  a  los  pastorcillos: quedábamos dentro de la luz… que Ella esparcía, decía Lucía. «En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el cielo y yo en la que se esparcía por la tierra».

«Le recuerdo, Padre, que dos hechos contribuyeron a santificar a Jacinta y Francisco: la aflicción de la Virgen y la visión del infierno»  (Carta del 22 de Mayo 1958 de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes).

Francisco y Jacinta se fueron al Cielo porque vieron el infierno y el dolor de la Madre por los pecados de todos los hombres. Estas dos verdades son silenciadas por toda la Jerarquía.

Las almas se salvan y se santifican cuando contemplan sus pecados como lo que son: como obras que ofenden a Dios. Si la Jerarquía ya no predica del pecado y de su castigo, entonces no hay manera de que un alma se salve. El camino de salvación pasa por el reconocimiento del pecado por la misma alma.

El que se sienta en la Silla de Pedro predica que todos se van al cielo. ¡Qué gran absurdo! Para ir al cielo hay que contemplar el infierno. Contemplar nuestros pecados y ver cómo hemos ofendido a Dios. Ver el dolor del pecado en Cristo y en la Virgen María. Y esto es lo que la gente no quiere ver.

La gente sólo se dedica a ver el dolor que hay en el mundo, en los hombres. Sólo ve los efectos externos del pecado. Y se lamenta, y se compadece, y llora sin sentido.

Para que un alma se salve tiene que llorar por sus pecados; tiene que hacer suyos el sufrimiento de Cristo. Sufrir con Cristo. No tiene que sufrir con los hombres. No tiene que asociarse con los hombres para quitar los problemas de la sociedad. Tiene que asociarse con la Obra de Cristo, que es sólo una cosa: la Cruz. Esa Cruz que nadie quiere para su vida.

Ver a la Madre llorar por nuestros pecados eso es buscar la salvación. Pero ver al hombre llorar por sus problemas eso es quedarse en la condenación. No llores por ningún hombre en tu vida: no merece la pena.

Francisco y Jacinta lloraron por los dolores de la Virgen y por la visión del infierno que sus pecados merecían. Y eso sólo les salvó y les santificó.

Cuando un hombre comunista – como lo es Bergoglio- está gobernando la Iglesia con su doctrina protestante y masónica, entonces está envolviendo a toda la Iglesia en la mayor tiniebla del pecado: está condenado almas. Las está llevando por el camino ancho del infierno.

Nuestra Señora viene con su Corazón Inmaculado en su mano, «derramando por el mundo esa luz tan grande, que es Dios».

«Dios es Luz» y «en Él no hay tiniebla alguna».

En esa luz divina, Lucía vio «al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo».

Ella misma da la interpretación de este pasaje:

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«…la punta de la lanza como una llama que se desprende, toca el eje de la Tierra; y ésta se estremece: montañas, ciudades, regiones y pueblos son sepultados con sus habitantes. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites, desbordándose, inundando y arrastrando en un torbellino, casas y personas en un número que no se puede contar; es la purificación del mundo del pecado en el cual está inmerso. El odio, la ambición, provocan la guerra destructiva…» (“Un caminho sob o olhar de Maria”, pág. 267).

El Ángel tiene una espada en su mano izquierda: es un ángel de justicia, que tiene la misión de obrar una justicia en el mundo. La mano izquierda representa la Justicia de Dios; la mano derecha representa la Misericordia de Dios.

Por eso, ante las llamas de esa Justicia, la Virgen muestra Su Misericordia: «pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él». Dios, cuando obra Su Justicia, nunca se puede olvidar de Su Misericordia. Y, por eso, en Su Justicia, Dios no aniquila al mundo, no destruye completamente al hombre. Dios ama lo que ha creado. Pero ese Amor es Justicia y Misericordia al mismo tiempo.

Cuando el Ángel toca con la punta de su lanza el eje de la Tierra, entonces sobreviene el castigo divino. Lucía ve el castigo para toda la humanidad. El ángel castiga a los hombres y la Virgen muestra Su Misericordia, terminando el castigo y haciendo que el Ángel exclame:

«…el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!».

El Ángel usa su mano derecha: señal de que va a hablar con Misericordia. E invita a todos a la penitencia. Después del castigo, la penitencia, que es siempre un camino de misericordia. No es antes del castigo la penitencia. Porque los hombres se han apartado de la penitencia, que es despreciar la Misericordia Divina, por eso, viene el castigo, la obra de la Justicia. Y, una vez que se cumple ese castigo, el hombre recapacita sobre su vida, ve sus pecados y comienza a hacer penitencia por sus pecados. Por eso, el Ángel, después del castigo, llama a la penitencia.

Ya ese castigo primero no se puede quitar. Los hombres se han olvidado de hacer penitencia, porque ya no creen en el pecado.  Sólo creen que se van a ir al cielo, que se merecen el cielo porque son unas buenísimas personas. Es lo que enseña constantemente Bergoglio en su falsa iglesia. Es lo que enseña toda la jerarquía que ya no hace ni oración ni penitencia por el pecado.

Viene un gran castigo para todo el mundo. Un castigo en el que nadie cree. Si no creen en el pecado, no creen en el castigo. Todos se apuntan, ahora, al año de la falsa misericordia. Y es, justamente en ese año, cuando comienza el castigo.

«Y vimos…a un Obispo vestido de blanco…También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz…llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones».

El castigo es la Pasión del Cuerpo Místico de la Iglesia. El castigo empieza por la Iglesia. La parte que ha sido ocultada corresponde al Santo Padre: «el Santo Padre tendrá mucho que sufrir». Le han obligado a renunciar. Esto es lo que se ha ocultado. Falta esta parte para poder entender por qué el Papa, con toda la Iglesia obediente a Él, va camino del Calvario.

El Papa Benedicto XVI es el Obispo vestido de blanco, que tiene que sufrir el castigo que viene a toda la humanidad: «atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino». Tiene que ver sangre y muerte antes de morir por Cristo en la Cruz.

Y es necesario ese Calvario de toda la Iglesia, con Su Cabeza Visible, para que comience el Reino de Gloria:

«….en el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. ¡En la eternidad el Cielo!» (“Un caminho sob o olhar de Maria”, pág. 267).

En el tiempo, en la Iglesia militante, el Reino Glorioso de Cristo, en donde se da una sola fe, un solo Bautismo, una sola Iglesia. Sin ese Reino, es perder el tiempo todo ecumenismo. Es la charlatenería de muchos que creen que con hablar las cosas se solucionan.

La paz que Dios da al mundo no la da como el mundo la da: hablando, con acuerdos de paz. La paz que Dios da es siempre la obra de la gracia: cuando el hombre deja su pecado, entonces encuentra la paz.

Y el canal de la gracia, quien da la gracia al hombre es la Virgen. Reza el santo Rosario y salvarás tu alma y la de los tuyos.

«Es urgente, Padre, que nos demos cuenta de la terrible realidad. No se quiere llenar de miedo a las almas, sino que es solo una urgente invitación, porque desde que la Virgen SS. le dio gran eficacia al S. Rosario, no hay problema ni material, ni espiritual, nacional o internacional, que no se pueda resolver con el S. Rosario y con nuestros sacrificios. Rezado con amor y devoción consolará a María, enjugando tantas lágrimas de su Corazón Inmaculado» (Carta del 22 de Mayo 1958 de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes).

«Que los siete años que nos separan del centenario de las Apariciones  puedan acelerar el triunfo previsto del Inmaculado Corazón de María, para gloria de la Santísima Trinidad» (Benedicto XVI, 2010).

No pongan su fe en el hombre o en lo que dice el hombre, sino en la Palabra de Dios que se da a través de los profetas verdaderos. Es con la pureza del corazón cómo se cree en Dios. Un corazón purificado es el que hace las obras de Dios. Un alma que vive en sus pecados sólo obra sus pecados. Es tiempo sólo de creer en Dios. No crean en ninguna Jerarquía, porque todos están detrás de los hombres. El tiempo ha llegado. El tiempo de ver el castigo y de sufrirlo. Pero, después del castigo, es el tiempo para hacer penitencia por los pecados, para así preparar la venida de Cristo al mundo. Cristo no viene a un mundo que ama el pecado. Cristo viene a un hombre que sabe llamar al pecado por su nombre y que sabe luchar contra aquel que es el que obra todo pecado en los hombres: Satanás. Cristo viene para reinar en un mundo sin pecado. Cristo no viene a un mundo dormido en la esclavitud de su ignorancia, que es su perdición. Cristo viene a por las almas que tienen las lámparas encendidas, que están prontas para ver la Voluntad de Dios y obrarla al instante. El tiempo de la gran prueba ha llegado: se separan las cabras de las ovejas. Se produce el cisma. Y sólo los humildes podrán resistir a todo lo que viene a la Iglesia y al mundo. El tiempo del Padre llega a su fin. Comienza el tiempo del Hijo.

La muerte del pecador es porque se lo merece por sus pecados

masacre

«Tomó Cristo los pecados en Su Cuerpo sobre el leño, para que nosotros, por Su Muerte, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la Justicia» (S. Cirilo de Jerusalén – R 831).

Dios, por el pecado original de Adán, estuvo justamente ofendido contra toda la humanidad. Y, por eso, dijo: «Maldita, Adán, la tierra a causa tuya» (Gn 3, 17). Una maldición divina que sólo se puede quitar con una bendición divina.

Los hombres no pueden solucionar el problema del pecado, que Adán obró en toda la Creación:

«Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza o por otro remedio que por el mérito del solo Mediador, Nuestro Señor Jesucristo, que nos reconcilió con Dios con Su Sangre (…) sea anatema» (D 790).

No por las obras humanas, científicas, técnicas; no por el progreso del hombre, no por la evolución de los seres vivos se quita el mal en el mundo.

Sólo Cristo sabe el camino para quitar esa maldición. El camino es el de la Cruz, por el cual todo hombre, si quiere salvarse, tiene que caminar. Pero es necesario creer en Cristo.

Bergoglio, antes de usurpar el trono de Pedro, negaba que Cristo fuera el Salvador:

«es bueno que le preguntemos a Jesús: ¿Sois Vos, Señor, nuestro único Salvador o debemos esperar a otros? Lo que pasa es que vivimos situaciones de pobreza, de falta de trabajo…, o estas enfermedades que nos afectan masivamente, la gripe, el dengue…, y que pegan más duro por la falta de justicia. Todo esto nos lleva a que le preguntemos al Señor: “Señor, ¿estás de verdad en medio de tu pueblo? ¿Es verdad que caminas con tu pueblo?» (Buenos Aires, 7 de agosto de 2009).

Bergoglio niega el dogma de la Redención, por el cual la maldición de Dios sobre la creación sólo se arregla con la muerte de Cristo. Bergoglio pone el esfuerzo humano para arreglar esa maldición.

Y, claro, tiene que preguntarse si Jesús es el Salvador o no, porque hay gente que muere de hambre, que no tiene trabajo, etc… Su duda es, claramente, su falta de fe en Jesús, en la doctrina de Cristo.

Bergoglio está en la Iglesia para hacer su comunismo, torciendo todo el Evangelio. Jesús hace milagros para que la gente vea que Él es el Mesías. Bergoglio, como no cree en los milagros, tergiversa las palabras del Evangelio y pone su atención en los hombres. ¿Quién es Jesús? ¿El que hace milagros? No; el que está en la gente.

Él pone la salvación en los mismos hombres, en sus obras, que es su falso misticismo, es decir, su panteísmo y su panenteísmo:

«En el rostro de esa gente ya se vislumbra la respuesta a la pregunta de ¿quién es Jesús? “A Jesús lo vemos en el rostro de la gente que lo quiere y que da testimonio de que Él es el que la ha confortado y salvado”. A Jesús “lo encontramos de un modo especial” en el rostro de “los pobres, afligidos y enfermos (…), de nuestros hermanos queridos que nos dan testimonio de fe, de paciencia en el sufrimiento y de constante lucha para seguir viviendo (…) Cuando nos animamos a mirar bien a fondo el rostro de los que sufren se produce un milagro: aparece el Rostro de Jesús. (…) pero los rostros hay que verlos de cerca, estando con los otros» (Ib).

A Jesús lo vemos en los demás, no lo vemos en Él mismo, porque todos están en Jesús: esto es el panenteísmo.

Para ver a Jesús, hay que ver los rostros de los demás, pero hay que encontrarse con ellos, correr hacia ellos, porque en ellos está Jesús: esto es el panteísmo. Todo es Jesús, todo es Dios, todo significa, lleva lo divino y hacia lo divino.

Su falso misticismo, que son estas dos ideas, está en todas sus homilías y escritos. De aquí le nace su falsa misericordia hacia los hombres y su falsa compasión hacia las vidas y los sufrimientos de todos los hombres.

Bergoglio sólo está vendiendo su idea: su falso cristo con su falsa iglesia. Y, por tanto, él se esfuerza en dar una doctrina que no tiene nada que ver con la fe católica. Siempre mira a una fe común: la que incluya a todas las religiones y a todas las mentes de los hombres:

«Espero que la cooperación interreligiosa y ecuménica demuestre que los hombres y las mujeres no tienen que renunciar a su identidad, ya sea étnica o religiosa, para vivir en armonía con sus hermanos y hermanas» (Encuentro interreligioso y ecuménico – 13 de enero del 2015).

Bergoglio no quiere convertir a nadie porque no existe la Verdad absoluta. Y, por tanto, no existe la religión verdadera ni la Iglesia que posee la Verdad Absoluta.

Todos con su identidad religiosa para vivir en armonía con los hombres: no tienen que renunciar a su identidad = quédate en tus pecados y vive pecando, que así te salvarás, irás al cielo.

Esta armonía es su unidad en la diversidad. Hacer un uno con muchas mentes humanas, con muchas ideas distintas, encontradas, diversas. Es la concepción de la evolución, de la gradualidad del pensamiento humano, de las ideas humanas.

Pero hay que saber hacer ese uno en la diversidad, porque hay ideas que destrozan esa armonía. Hay ideas que los hombres tienen que quitarlas para entrar en la armonía de la gradualidad. Hay que elaborar una nueva doctrina y un nuevo credo, leyes y reglas para que la gente vaya evolucionando en sus ideas y no se queden atascados en lo que impide la fraternidad, en sus religiones, dogmatismos y fundamentalismos.

«Hay un tipo de rechazo que nos afecta a todos, que nos lleva a no ver al prójimo como a un hermano al que acoger, sino a dejarlo fuera de nuestro horizonte personal de vida, a transformarlo más bien en un adversario, en un súbdito al que dominar. Esa es la mentalidad que genera la cultura del descarte que no respeta nada ni a nadie: desde los animales a los seres humanos, e incluso al mismo Dios. De ahí nace la humanidad herida y continuamente dividida por tensiones y conflictos de todo tipo». (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015)

Bergoglio anula el pecado original. Por lo tanto, tiene que buscar una idea, en su mente, para resolver el problema de la creación. Esa idea es la fraternidad: el amor al prójimo. El otro es siempre un hermano. Al no ver al otro como a un hermano, viene la cultura del descarte, y que hace que toda la creación sea lo que vemos: no hay respeto por nadie, ni siquiera por los animales.

Si no tienes la idea de que el otro es un hermano para ti, entonces lo conviertes en tu adversario.

Bergoglio está anulando la ley de Dios en la naturaleza humana, anula el pecado, que todo hombre tiene que dominar:

«¿No es verdad que si obraras bien, andarías erguido, mientras que si, no obras bien, estará el pecado a la puerta? Cesa, que él siente apego a ti, y tú debes dominarle a él» (Gn 4, 7).

Para no dominar al hombre, para no esclavizar a los hombres, para no ser un dictador, para gobernar en la Voluntad de Dios, para no hacer la guerra, el hombre tiene que dominar su pecado. No tiene que tener la idea de la fraternidad.

Bergoglio está hablando de su ley de la gradualidad.

Está la idea primera: todos somos hermanos. No existe la maldición del pecado original. Todos somos hijos de Dios.

Como hay personas que rechazan esta idea, entonces se construye una sociedad de rechazo al hombre, en el que el otro es considerado un adversario.

Los que conciben su vida desde la fe católica, desde un dogma, desde una Revelación Divina, desde una Ley Eterna, entonces están rechazando a los hombres que pecan contra Dios. Ya no tienen la idea primera: la hermandad. Siguen la ley de Dios.

Si blasfemas contra Dios, no puedes ser mi hermano. Si vives pecando, no puede ser mi hermano. Si tu idea de la vida es ser homosexual, entonces no puedes ser mi hermano. Si tu fe es ser judío o musulmán o budista u ortodoxo, entonces no puedes ser mi hermano. Tengo que separarte, tengo que dividir.

Jesús viene a poner una espada: la verdad revelada divide a los hombres, nunca los une, porque los hombres están divididos, en su naturaleza humana, a casusa del pecado original. El Bautismo quita el pecado original, pero no la división que produce en la naturaleza humana ese pecado. Y que ahí queda hasta la muerte del cuerpo.

«No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mt 10, 34-35).

Si los enemigos del hombre son sus propios hermanos carnales y su propia familia, entonces en la sociedad no pueden existir hermanos, amigos, fraternidades por una idea humana. ¡Es imposible! La verdad divina siempre divide.

Pero Bergoglio está en su idea de la fraternidad:

«a la dimensión personal del rechazo, se une inevitablemente la dimensión social: una cultura que rechaza al otro, que destruye los vínculos más íntimos y auténticos, acaba por deshacer y disgregar toda la sociedad y generar violencia y muerte. Lo podemos comprobar lamentablemente en numerosos acontecimientos diarios, entre los cuales la trágica masacre que ha tenido lugar en París estos últimos días. Los otros «ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos». Y el ser humano libre se convierte en esclavo, ya sea de las modas, del poder, del dinero, incluso a veces de formas tergiversadas de religión» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

¿Es el asesinato de doce personas en la oficina de redacción de la revista “Charlie Hebdo”, cometido por dos musulmanes, una masacre?

No; no lo es.

Es una Justicia Divina:

«El que guarda la Ley, a sí mismo se guarda; el que menosprecia sus caminos morirá» (Prov 19, 16).

Es la Palabra de Dios, que nunca miente y que siempre da la verdad de lo que pasa en el mundo.

Toda esa gente de Charlie Hebdo son blasfemos de la ley divina: trabajan en contra de los mandamientos de la ley de Dios. Blasfeman contra Dios, vomitan, calumnian al prójimo y sólo se obedecen a sí mismos. Están menospreciando los caminos de salvación para el alma, que Dios ha puesto en Su Ley. ¡Tienen que morir!

Esa gente que murió fue por sus pecados. Asesinada por sus pecados. Y no por otra cosa. ¡Qué difícil de entender es esto, aun para los mismos católicos!

«Muchos caen al filo de la espada, pero muchos más cayeron por la lengua» (Ecl 28, 22). El pecado de toda esa gente es de lengua. Y, con ella, blasfeman contra Dios y contra todo el mundo. Tienen conforme a su pecado: la blasfemia de morir a manos de unos blasfemos.

Vives obrando tu pecado, tu ofensa a Dios todo el santo día, entonces tienes sobre tu cabeza la espada de la Justicia Divina: «el impío morirá por su iniquidad» (Ez 33, 8).

«No os engañéis; de Dios nadie se burla. Lo que el hombre sembrare, eso cosechará.  Quien sembrare en su carne, de la carne cosechará la corrupción; pero quien siembre en el espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna» (Gal 6,7).

Los de Charlie Hebdo viven sembrando en su carne: sus pensamientos humanos les llevan a obrar una blasfemia constante contra Dios. Siembran los vientos de sus blasfemias; tienen que recoger tempestades, guerras, muertes:

«Porque sembraron viento, y torbellino segarán» (Os 8, 7).

Ante el pecado de toda esta gente, el Señor manda tremendos castigos.

Un castigo son los musulmanes: una religión que fue creada para matar a los hombres:

«Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba» (texto del emperador Manuel II citado por el Papa Benedicto XVI)

El Papa traía este texto para poner de relieve la relación que existe entre fe y razón y, por tanto, «la convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios» (Ib). No se puede convertir a las personas a través de la violencia, de la muerte. Eso es algo irracional.

Pero, «para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionabilidad» (Ib). Y, por lo tanto, «si (Dios) quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría» (Ib).

Los dos musulmanes, que mataron a toda esa gente, lo hicieron movidos por su pecado. No por una idea fundamentalista; no por una idea rigorista que les ciega para ver al otro como hermano.

Los musulmanes matan por su fe, que es contraria a la Palabra de Dios. Es una idea en contra de la Verdad Divina. Ellos no dominan el pecado que les acecha, sino que lo han puesto como ley en su fe musulmana. Tienen que cumplir esa ley para ser musulmanes. Ellos caen en la irracionalidad, pero eso a ellos les trae sin cuidado.

Cuando el pecado de soberbia oscurece totalmente a la persona, entonces ésta, en su orgullo, obra esa soberbia y tiene que matar a los infieles. Y esto no es ser fundamentalista, sino un hombre pecador que sigue su pecado, que obra su pecado de soberbia en su orgullo. Y que lo quiere obrar.

De nada se hace, como quiere Bergoglio, que los hombres quiten estas ideas fundamentalistas para vivir en armonía:

«Ante esta injusta agresión, que afecta también a los cristianos y a otros grupos étnicos de la Región –los yazidíes, por ejemplo–, es necesaria una respuesta unánime que, en el marco del derecho internacional, impida que se propague la violencia, reestablezca la concordia y sane las profundas heridas que han provocado los incesantes conflictos» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

Esto es una utopía en Bergoglio.

Es imposible que la violencia no se propague, porque existe el pecado en todos los hombres. Caines hay muchos. Y no se puede matar a Caín:

«Si alguien matare a Caín, será éste siete veces vengado» (Gn 4, 15).

Querer construir una cultura del encuentro en donde no exista la cultura del descarte es una somera tontería de este personaje y de aquellos que lo siguen.

Existe Caín, existen los musulmanes que matan, existen hombres que matan porque no dominan el pecado que les acecha. ¡Y eso es todo!

No se trata de poner unas leyes, ni unas reglas, ni hacer declaraciones ni salir a la calle para unirse a las víctimas del atropello y así crear un ambiente de armonía en que todos quieren la paz y la concordia.

¡Todo eso es perder el tiempo!

¡Todo está en que cada hombre luche por quitar su pecado! Pero como los gobernantes se pasan su gobierno poniendo leyes en contra de la ley de Dios, entonces ahora se quiere, con palabras bellas, con declaraciones en contra de los fundamentalistas, resolver lo que no se puede resolver con obras ni con ideas humanas.

Hay que luchar en contra del pecado, que es lo que nadie hace: ni en la Iglesia ni en el mundo. Nadie cree en el pecado. Nadie.

Es Cristo el que quita el pecado del mundo, no las leyes de los hombres.

Tuvo que venir Cristo para, con Su Pasión, satisfacer verdaderamente a Su Padre.

Cristo es el que quita los pecados del mundo, la maldición que tiene toda la Creación:

«He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29).

Cristo es el que justifica al hombre, con Su Gracia:

«Con mayor razón, pues, justificados ahora por Su Sangre, seremos por Él salvos de la Ira» (Rom 5, 9).

Jesús nos salva de la Ira del Padre, de la maldición en la cual toda la Creación permanece actualmente:

«Pues sabemos que la Creación entera gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza es como hemos sido salvados» (Rom 8, 23-24a).

Pero nos salva en esperanza; es decir, que Jesús, con Su Sangre, con la Gracia que da en el Bautismo, no salva a todos los hombres, no lleva a todos los hombres al cielo.

Cada hombre tiene que esperar en Dios para salvarse. Cada hombre tiene que merecer su salvación. Cada hombre tiene que luchar por quitar su pecado, tiene que dominarlo.

Practicar la virtud de la esperanza significa vivir deseando lo divino, lo celestial. Vivir buscando el Reino de Dios. Y quien no haga eso, no puede salvarse, porque la salvación es en esperanza: en fe, esperanza y caridad.

Hay que creer en la doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles; es decir, hay que poseer la fe católica, no una fe común, no una fe universal. Hay que pertenecer a la Iglesia Católica, a la verdadera, no a otra iglesia o religión o un sucedáneo de iglesia católica.

Hay que esperar en la gracia de Dios para poder obrar, en la vida humana, lo divino, es decir, la Voluntad de Dios.

Hay amar con el fuego del Espíritu, para realizar aquella verdad que libera al hombre de toda esclavitud.

Si se niega el pecado original, entonces hay que negar la Justicia de Dios. Y, por lo tanto, la obra de la Redención que Cristo hizo para satisfacer la ofensa que el pecado hizo a Dios.

Y, entonces, quedan tres cosas:

Una doctrina masónica: la fraternidad;

Una doctrina protestante: Dios no imputa el pecado: la fe fiducial; la falsa misericordia en la que todo el mundo se va al cielo;

Una doctrina comunista: el hombre se hace salvador de vidas humanas, de proyectos sociales, de obras de globalización mundial.

Como tú, en tu vida privada, rechazas al otro, entonces se levanta una cultura en que se rechaza, en que se destruye los vínculos más íntimos y auténticos: los del hombre.

Y nadie ha comprendido que el que peca destruye los vínculos más íntimos entre Dios y el hombre: la Ley Eterna. Esa destrucción es una ofensa a Dios que exige Justicia, no ternuritas.

Nadie comprende, ni siquiera los católicos, que si vives en tu pecado, tienes una justicia de Dios. Y que esa justicia, Dios la obra a través del demonio. Y el demonio está en las almas que viven para pecar, que no dominan sus pecados, y que las usa para hacer daño a los demás hombres y matarlos, para llevarlos al infierno.

Por tanto, ¿qué es Bergoglio? Un castigo divino para toda la Iglesia.

Este hombre vive en sus pecados, ha hecho vida su fe masónica, su fe protestante y su fe comunista. Y es lo que obra usurpando la Silla de Pedro. Guía a los que le obedecen a un nuevo concepto de cristo y de la iglesia, que es el mismo que el mundo construye y quiere: un nuevo gobierno mundial en que no haya ideas dogmáticas ni fundamentalistas, porque eso va en contra de la ley de la gradualidad: hay que evolucionar en el pensamiento humano. No hay que quedarse en ideas fijas, en dogmas, en ideas irracionales, fundamentalistas. Hay que ir hacia la idea de la fraternidad, que es una idea armónica en la que todo el mundo vive y deja vivir.

Esta es la idea base de la nueva iglesia mundial. Este es el principio. Y sobre este eje, todo lo demás: la cultura del encuentro, el diálogo, las leyes que impidan vivir el dogma y los fundamentalismos; las leyes que vayan en contra de la ley natural, de la ley divina, de la ley de la gracia, porque todo eso es no comprender la idea base: la hermandad de todos los hombres.

Nadie ha comprendido que las muertes de “Charlie Hebdo” son porque se lo merecían en sus pecados. Esa es la justicia: dar a cada uno lo que se merece. Ese es el orden divino, la armonía divina en toda la creación, que Adán suprimió.

No es un atentado contra la libertad de pensamiento. Es la obra de la Justicia de Dios, porque unos y otros han atentado contra los mandamientos de Dios.

Ahora se busca una armonía para gente estúpida e idiota; es decir, para personas que han hecho del pecado de soberbia y del orgullo su gobierno, su enseñanza, el camino para que los demás lo recorran.

Y la gente apoya toda esa estupidez; y no tiene la valentía de dar testimonio de la Verdad, porque a nadie le interesa la verdad. Todos viven en las locuras de sus ideas humanas, dando culto a sus obras y vidas humanas.

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