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La blasfema bula de convocación del jubileo

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Es propio de una mente protestante imponer, desde el principio de su discurso, un falso cristo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (ver texto).

Así comienza Bergoglio su escrito, al que llaman Bula de convocación del Jubileo, el cual está lleno de errores y de claras herejías. Por supuesto, que ya nadie atiende a estos errores y herejías, sino que se dedican a lavar las babas que este hombre da en este discurso.

Jesús es «el Verbo» que «se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto Su Gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

El Verbo es la Palabra del Padre, la Palabra del Pensamiento del Padre: es la Revelación del Padre a los hombres en la Palabra de Su Hijo.

Y Jesús, cuando predicó a los hombres, les dio palabras de justicia y de misericordia. Les dio la Mente de Su Padre. Y , por lo tanto, en Jesús se vio la Justicia del Padre y, al mismo tiempo, la Misericordia. Luego, Jesús es el rostro de la Justicia y de la Misericordia del Padre.

Bergoglio anula la Justicia: «No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor» (Ib, n.20).

Un solo momento: su ley de la gradualidad. Es un solo momento histórico, pero que se va desarrollando, va alcanzando el grado que necesita para manifestar el amor. Esta idea es la propia de una mente masónica. No distingue las dos cosas; las anula. Y pone en cada hombre, en la perfección de la mente de cada hombre, la plenitud del amor.

¿Qué ha dicho este farsante? Él lo explica más abajo:

«…en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios» (Ib, n.20).

¡Gran mentira! ¡Cómo tuerce las palabras de la Sagrada Escritura!

¿Qué es la Justicia para Bergoglio? Abandonarse confiadamente en la Voluntad de Dios.

Este significado no corresponde a la Justicia Divina. Una cosa es abandonarse a la Voluntad de Dios, otra cosa es hacer la Voluntad de Dios. La Justicia es una Santidad Divina. Es obrar esa santidad. No es conformarse con la santidad de Dios.

Todo el problema está en saber cómo un alma se justifica, cómo un alma adquiere la justicia.

Para Bergoglio, un alma es justa porque se abandona confiadamente a la Voluntad de Dios. Es su fe fiducial: como Dios te ha perdonado los pecados, como Dios te ha prometido la salvación, entonces el alma sólo tiene que hacer una cosa: confiar. Si confía, Dios no le imputa sus pecados, Dios le salva, Dios le ama, Dios le muestra su ternura…

Este concepto de fe fiducial va en contra de la fe dogmática. En la fe dogmática, es necesario aceptar las leyes de Dios, el orden divino, asentir a las verdades reveladas por Dios. Y si el alma hace esto, entonces recibe la justicia de Dios.

El mismo Bergoglio lo explica:

«Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios» (Ib, n.20).

¡Qué astuto es este hombre!

Pone la justicia como un asunto del pasado, de los buenos israelitas. Ellos observaban los mandamientos de Dios. Cumplían una justicia. Pero, ahora hay que pensar de otra manera.

La Justicia es «la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno su derecho» (S.To. 2.2 q.58 a.1 a 1).

Dios, en la Biblia, muestra dos Justicias: la estricta y la vindicativa. La estricta o la divina es la razón divina por la cual Dios acoge o rechaza a los pecadores: Dios salva o condena. Dios perdona la culpa y todo el pecado; o Dios no perdona ni la culpa ni el pecado.

La vindicativa es el castigo divino por el pecado: «El castigo se hace por la imposición de una pena. Y es de razón, por la pena, que sea contraria a la voluntad y que sea aflictiva y que se imponga por alguna culpa» (S.To. 1.2 q.46 a.6 a 2).

Muchos niegan estas justicias en Dios, y la reducen a una justicia legal o gubernativa o distributiva o conmutativa.

Esta es la visión de Bergoglio: «La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley» (Ib, n.20). Bergoglio no cree en la justicia divina, y menos en la justicia vindicativa. Todo se reduce a un orden humano, a una justicia en el orden de las leyes civiles, legales, etc…

Por eso, tiene que argumentar así: «Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios».

Anula la Justicia en Dios: y las dos justicias. Por eso, Bergoglio une la justicia con la misericordia. Como la justicia es un confiarse en Dios, entonces la misericordia ofrece al hombre el perdón y la salvación.

Él mismo cae en su propia trampa:

«Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación» (Ib, n.20).

Como la justicia es sólo un asunto legal, civil, de orden distributivo, conmutativo, entonces para no caer en la idea legalista, para no implantar una ley que juzga, que divida a las personas en justas y en pecadoras, Jesús te salva por tu cara bonita.

¡Esto es lo que dice este hombre!

¡Es su fe fiducial!

Ya no tienes que creer en una ley divina, que pone una espada, una división entre los hombres, en las sociedades, en las familias, etc…Están los hombres que cumplen con los mandamientos de Dios y están los hombres que no cumplen con los mandamientos de Dios. Los que viven en gracia y los que viven en sus pecados….

Begoglio, porque anula las dos Justicias en Dios, presenta su fe fiducial, propia de los protestantes.

¡Gravísima herejía la contenida en esta falsa bula!

Bergoglio no sabe distinguir entre el fariseísmo, el legalismo,  y los mandamientos de Dios. Y cae en este error porque no cree en Dios. Él está en su concepto de Dios. En este concepto, Dios no es Justicia, sino sólo un Padre, que es creador y que ama a todos los hombres. Y, por lo tanto, tiene que presentar un Jesús que no tiene nada que ver con el Redentor, sino que es la figura del Anticristo.

Bergoglio es claro en su herejía: «El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas» (Ib, n.20). Está en su herejía de su humanismo: hay que estar atentos a las necesidades de las personas humanas, porque lo primero es la dignidad de ser persona humana. Si observas la ley pero no estás atento a las necesidades de tu prójimo, entonces eres un corrupto, un legalista, un fariseo. Tienes que tener ternura con tu prójimo, aunque sea un hombre que quiera vivir en su pecado. No juzgues su vida. Comparte su vida de pecado. Comparte la mesa con los pecadores. Comparte la herejía, comparte la apostasía de la fe, comparte el cisma.

Por eso, presenta un Jesús no real: «Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores» (Ib, n.20).

¿Dónde Jesús afirma que la regla de vida de sus discípulos debe ser el primado de la misericordia? En ningún sitio de la Sagrada Escritura. Sólo en la cabeza de Bergoglio, gran pastor protestante. Esta frase se la saca de la manga, como muchas en esa falsa bula. Es el lenguaje bello propio de un falso profeta.

«La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús» (Ib, n.20): ¿Cuál es la dimensión fundamental de la misión de Jesús? ¿A qué vino Jesús a la tierra? A quitar el pecado de Adán. Es una obra de Justicia, no de Misericordia. En esa obra de Justicia, hay una Misericordia para todos los hombres.

La dimensión fundamental de la misión de Jesús es la Justicia de Dios.

Y todavía Jesús no ha redimido el cuerpo de los hombres, sólo su alma. El hombre sólo tiene el cuerpo mortal, pero no el cuerpo espiritual y glorioso que tenía Adán. El hombre está a la espera de la redención de su cuerpo. El hombre está esperando el cumplimiento de una Justicia Divina: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 22-23).

Bergoglio, al anular la Justicia en Dios, tiene que anular esta obra de la redención, y tiene que enseñar a los hombres una sola cosa: el paraíso en la tierra.

«La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios» (Ib, n.23): el paraíso en la tierra. Los judíos son los primeros salvados por la misericordia a pesar de haber despreciado la Misericordia matando al Redentor, a Su Mesías. Y los musulmanes tienen en la misericordia el gatillo de su justicia. Están sostenidos por la misericordia para cortar cabezas de los cristianos. Tienes que relacionarte con el judío y con el islam para hacer un paraíso en la tierra.

¿No ven la falsa misericordia que predica este hombre?

¿No ven que ese jubileo no es para convertir almas sino para hacer una iglesia universal, que apoye un gobierno mundial?

¿Todavía están ciegos?

Sólo hay que creer en Jesús. Como el judío cree en Jesús, como el musulmán cree en Jesús, entonces están salvados. Ámalos, porque son tus hermanos de sangre y carne.

«La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: “Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley” (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón» (Ib, n.20).

¿Captan la herejía?

El Concilio Tridentino, s.6, cn.9 (D 819), definió: «Si alguno dijere que el impío queda justificado por la sola fe, de tal forma que entienda que no se requiere nada más, lo cual coopere para alcanzar la gracia de la justificación… sea anatema».

¿Qué dice Bergoglio?

«El juicio de Dios…lo constituye…la fe en Jesucristo». Nada dice este hombre del requerimiento, además de la fe, de los actos de otras virtudes para que el alma se justifique, adquiera la justicia de Dios.

Bergoglio está en su lucha contra los legalistas. No por la ley el hombre se justifica, sino por la fe. Pero no por la fe fiducial. No queda justificado el hombre por la sola fe. Hace falta «cooperar para alcanzar la gracia de la justificación».

Los judíos, ¿cooperan a la gracia? No. Luego, permanecen en la Justicia.

Los musulmanes, ¿cooperan a la gracia? No; ni siquiera creen en la gracia. Luego, sólo les espera el fuego del infierno si no se convierten.

La «muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica» (Ib, n.20). Si ustedes analizan esta frase, verán una clara herejía.

Jesús, con su muerte y resurrección, trae la salvación. Pero además, esa salvación viene con la misericordia que justifica. En otras palabras, la salvación no es misericordia. La salvación es sólo eso: una muerte y una resurrección: es decir, un hecho histórico. Una obra que Jesús, como hombre, hizo. Pero esa obra, que se llama salvación, no es la misericordia, no es lo que justifica al hombre.

¿Qué es esa misericordia que justifica?

Lo dice él mismo: «la justicia de Dios es su perdón».

Dios, cuando hace justicia, sólo perdona, no condena.

¿Ven la blasfemia? Ya no hay infierno. Todos al cielo.

¿Ven el pensamiento tan complicado de este hombre?

Así habla siempre un falso profeta: dice muchas cosas y no dice nada. Para terminar hablando de nada, llenado cuartillas de herejías y de blasfemias.

Jesús, con su muerte y su resurrección trae la salvación junto con el perdón que justifica. Esta es la herejía: la misericordia es el perdón que, además, justifica. Ya no hay que expiar ningún pecado. No hay justicia vindicativa.

Y cae en la siguiente herejía: la justicia de Dios perdona.

Por eso, tiene que decir una gran blasfemia:

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón» (Ib, n.21).

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios»: esto, no sólo es una herejía sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Dios, cuando aplica Su Justicia, no es como los legalistas, los fariseos, ni como el propio Bergoglio: Dios no invoca respeto por la ley. Dios manda a cada hombre cumplir Su Ley. Y esto es la Justicia estricta de Dios. Y cuando Dios aplica Su Justicia, cuando Dios se detiene en Su Justicia es para aplicar la ley, no para hacerla respetar, no para decir: aquí estoy Yo con mi ley, respetad a mi ley.

¿Ven la blasfemia?

Bergoglio, en esas palabras, está diciendo que Dios no manda al infierno. Si Dios se detuviera en la justicia, y mandará al infierno a un alma, entonces sería como todos los hombres que invocan el respeto por la ley. Pero Dios no se detiene en la justicia, sino que va más allá. Es una justicia que perdona, que nunca condena. ¡Gravísima blasfemia!

En Dios, la Justicia por sí misma basta. Esto es lo que niega Bergoglio: el atributo de la Justicia Divina. ¡Es una gran blasfemia!

En Dios, no se puede negar que la Justicia y la Misericordia se bastan por sí mismas. Quien niegue esto blasfema contra el Espíritu santo, como hace este hombre. Y, por eso, se inventa una falsa misericordia: «Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón».

Por eso, Bergoglio pone el primado de la misericordia por encima de todo. No existe esta misericordia que está más allá de la justicia. Es un invento de la cabeza de este hombre. Es su locura mental. ¡Esta es la demencia de Bergoglio!

En la Justicia, el Padre halla una Misericordia para el hombre.

Pero Bergoglio dice esto: en la Justicia, hay una Misericordia que anula la Justicia, que va más allá de la Justicia.

Y él pretende resolver esta metedura de pata, con otra metedura de pata:

«Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia» (Ib, n.21).

El que se equivoca, que expíe la pena. Y uno se pregunta, ¿de qué pena habla? Porque no ha tocado el pecado en toda la bula. Habla, por supuesto, de las penas que traen las justicias civiles, distributivas, conmutativas, etc… Pero no habla de la Justicia que el Padre exige para reparar su honor ofendido por el pecado del hombre.

Él niega la expiación: «Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón». Lo que importa es la ternura de Dios. Dios te ha salvado, no con un decreto, sino con una caricia, con un beso y un abrazo. Expía el mal pensamiento de juzgar a tu hermano. Quita ese pensamiento negativo y pon el pensamiento positivo: los judíos y los musulmanes son santos. Ámalos. Son tu carne. Son tus hermanos naturales.

¡Esto es Bergoglio!

«”Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree” (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva» (Ib, n.21).

¡Gran error en el que cae este hombre!

«Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia»: en la Justicia de Dios, se halla la Misericordia para el hombre. Pero la Justicia de Dios no es la Misericordia.

Bergoglio no distingue entre la justicia activa, que es la acción de Dios que infunde la gracia; y la justicia pasiva, que son los actos necesarios en la criatura para que se reciba esa justicia.

Jesús, en la obra de la Redención, consigue la gracia de la justificación para todo hombre: es la justicia activa. Pero esa gracia, merecida por Cristo, no se da al hombre si éste no quiere: es la justicia pasiva.

Por eso, en la Justicia de Dios, en la justicia activa, se halla la justicia pasiva, es decir, la Misericordia para aquellas almas que aceptan la verdad revelada por Dios. Pero si el alma no acepta los mandamientos de Dios, esa alma queda en la Justicia Divina, que puede ser estricta o vindicativa.

Bergoglio sólo expone su fe fiducial. Y nada más que esto. Y, por eso, cae en gravísimos errores y herejías.

Y esto es sólo un punto de la bula. ¡Qué no habrá de errores en toda la bula!

¡Qué pena de católicos que no saben ver esto!

Cogen este documento y se tragan la fábula que contiene como una verdad.

Bergoglio es ruptura con el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ruptura con toda la tradición. Ruptura con el Evangelio de Cristo. Está levantando su nueva iglesia.

Y aquí tienen esta basura de bula. Es una basura ideológica: llena de protestantismo, de comunismo y de ideas masónicas, desde el principio hasta el fin.

Esta bula es una blasfemia contra la Justicia y la Misericordia Divinas. Es un acto blasfemo y herético de ese hombre que se ha creído dios. ¡Ay de aquel que obedezca a este hombre!

No se puede obedecer la mente de este tipejo. Para los que todavía permanecen anclados en las estructuras externas de la Iglesia, les va a ser durísimo ese año consagrado a condenar almas al infierno.

Para quienes hemos dejado esas estructuras, somos libres de atacar a Bergoglio por los cuatro costados. Es el precio de la verdad: «y la verdad os hará libres».

La mundanidad espiritual: la falsa norma de moralidad

sanjusti

«¿Quién será el bienaventurado que entonces sufrirá piadosamente el martirio por Cristo? Pues yo diría que los mártires de esa época estarán por encima de todos los mártires. Porque los mártires de tiempos anteriores sólo han luchado con hombres. Pero quienes vivan en la época del Anticris-to saldrán a la lucha con el mismo Satanás en persona» (San Cirilo de Jerusalén)

La vida humana es esencialmente mundana, es decir, cada hombre se hace su mundo, vive en una estructura concreta de vida: y esto es lo que se llama la mundanidad.

La mundanidad es algo circunstancial: el hombre es mundano de este mundo. El hombre está en el mundo, vive en el mundo, pero también vive en su mundo.

La mundanidad se presenta en formas estructurales: en el trabajo, en la familia, en lo que es presente, en lo que es ausente, en lo patente, en lo latente. Es un ámbito en donde están las cosas y está el hombre: el hombre se instala en su mundo, vive en su mundo. Es algo más que estar en un espacio físico en donde están las cosas.

Hay una estructura mundana de la vida, hay un mundo exterior y un mundo interior. Y toda la vida se traza en el ámbito de esta mundanidad.

Estar en el mundo es, para todo hombre, estar haciendo el mundo, estar mundificando. El hombre hace su mundo, pero es siempre un hacer circunstancial.

Cuando el hombre asume la circunstancia, entonces el hombre pone su obra en el mundo, proyecta su vida, su mente, su fe, su pecado, su virtud.

Ya no sólo está localmente en el mundo, sino que se encuentra en el mundo: está haciendo algo para sí mismo o para la sociedad. Y esto no es ya algo circunstancial, sino existencial.

El hombre vive la realidad de estar en el mundo: es sensible a todas las cosas y a todas las personas con las que se encuentra.

Este ser sensible no es un sensualismo o un idealismo: no es algo que viene por los sentidos del hombre, que son siempre instintivos, oscuros, pasivos. El hombre siempre se confunde por los sentidos, es engañado por ellos. Y, tampoco, es algo abstracto, una idea que aparece en la mente al ver la realidad de la vida.

El hombre, cuando asume lo circunstancial de su vida, vive para sí mismo y para los demás. Y lo hace de acuerdo a su fe, a su idea religiosa. Nunca lo hace por una idea en la mente o por un deseo humano o por las apariencias externas.

El hombre siempre, en su mundo, lleva en sí mismo una visión intelectual y moral de la vida, de ese estar en el mundo.

El hombre, en su mundanidad, no se desprende de su moralidad: vive su moral. Vive como santo o como pecador: proyecta en su mundo su moralidad.

Cuando se habla de mundanidad espiritual, se cae en un absurdo.

Todo hombre está en su mundo interior, pero ese mundo es moral: pensamientos y deseos, obras de acuerdo a ese pensamiento, una vida que proyecta lo que se piensa, lo que se desea.

Es un mundo moral y, por tanto, un mundo espiritual: el hombre está en su mundo moral. Pero es una mundanidad propia del hombre, debida a él, que nace de él mismo.

Ya no es una mundanidad que viene de fuera, circunstancial. Cuando se habla de mundanidad, se habla de una estructura de vida circunstancial al hombre: el hombre se instala en esa estructura, que no es suya, que está fuera de él. Y, en esa estructura, el hombre hace su vida.

Y este hacer su vida es distinto a la mundanidad. El hombre, proyecta en esa mundanidad, en esa estructura, su vida moral, su mundo moral. Y este mundo moral ya no puede llamarse mundanidad moral, porque implica algo existencial que la mundanidad no posee.

El hombre, en las circunstancias en que vive, es sensible a todo lo que ve y pone su moralidad: su vida de pecado o su vida de santidad.

Por eso, no se puede hablar de mundanidad espiritual, porque no es algo circunstancial a la persona. Lo espiritual está dentro del hombre, no fuera de él. Lo espiritual no es una circunstancia, sino la misma vida del hombre: el hombre tiene un espíritu en su naturaleza humana. El mundo no tiene un espíritu en su esencia: es sólo material, corporal.

Bergoglio habla de esta mundanidad espiritual:

«La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal» (EG, n. 93).

O con otras palabras: «La mundanidad espiritual como paganismo disfrazado eclesiásticamente» (Corrupción y pecado, 8 de diciembre del 2005).

Una cosa es el paganismo, otra cosa es la corrupción, una es el pecado de fariseísmo (de apariencias de religiosidad, doble vida), otra el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Bergoglio no distingue estas cosas y llama a una estructura social o religiosa como mundanidad espiritual. Este es su grave error.

Este error le viene de hombres, como De Lubac, que han torcido la antropología, haciendo una teología totalmente contraria al Evangelio:

«La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud radicalmente antropocéntrica. Esta actitud sería imperdonable en el caso —que vamos a suponer posible- de un hombre que estuviera dotado de todas las perfecciones espirituales, pero que no lo condujeran a Dios. Si esta mundanidad espiritual invadiera la Iglesia y trabajara para corromperla atacándola en su mismo principio, sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral» (H. De Lubac, Méditation sur l’Église, Paris 1968, 231).

La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud radicalmente antropocéntrica: la vida humana es esencialmente mundana. Pero la vida moral, la vida espiritual no es esencialmente mundana. La vida moral es esencialmente humana. Hombre y mundo son dos realidades totalmente diferentes, que convergen, pero que no se mezclan.

No existe una mundanidad espiritual, como no existe una mundanidad moral. Existe la mundanidad. Y eso es una actitud radicalmente antropocéntrico. Eso está en todo hombre, en su esencia. Y existe la moralidad, que es el acto de poner en el mundo el objeto de la fe en esa persona.

Una persona con una fe humana, proyecta en el mundo un humanismo; una persona, con una fe divina, proyecta en todo lo que vive la ley de Dios, lo divino, lo celestial, lo eterno.

Estos pensadores no tienen claro la vida moral del hombre porque han negado el pecado como ofensa a Dios, como obediencia del hombre a la ley de Dios. Y ponen el pecado como ofensa al hombre o a la sociedad. Y entonces tiene que nacer, en ellos, la mundanidad espiritual, un paganismo como una estructura personal y social, como un estado – no como un acto- en que el hombre vive inmerso en él y que no hace nada por quitarlo:

«Es una cultura de pigmeización por cuanto convoca prosélitos para abajarlos al nivel de la complicidad admitida (…) es el culto a los buenos modales que encubren las malas costumbres. Y esta cultura se impone en el laissez faire (“dejar hacer”) del triunfalismo cotidiano (…) El alma se habitúa al mal olor de la corrupción (…) uno está satisfecho con el estado en que está y no quiere tener más problemas (…) el alma comienza a satisfacerse de los productos que le ofrece el supermercado del consumismo religioso».

Y, por eso, Bergoglio habla de la corrupción como un estado, no como un acto:

«La corrupción no es un acto, sino un estado, estado personal y social, en el que uno se acostumbra a vivir».

El hombre, como ser humano, se instala en el mundo: eso es la mundanidad. La instalación mundana coincide con la condición humana misma: el hombre está en el mundo de acuerdo a su materialidad, a su corporeidad.

Pero el hombre tiene un alma y un espíritu. Con su cuerpo está en el mundo: vive la mundanidad. Pero con su alma y con su espíritu vive la moralidad. Y esa moralidad, que es su mundo interior, nace en él mismo, es de él mismo, no es del mundo, no es de las estructuras sociales o políticas o económicas o religiosas.

El hombre puede meterse, en el mundo, en un auténtico infierno y salir sin pecado de él. El hombre puede trabajar con hombres corruptos, ya en la política, ya en la economía, ya en la cultura, y él no corromperse.

Porque la corrupción no es la obra de una estructura social o religiosa: no es imperada por una complicidad o por unas malas costumbres o por un dejar hacer. La corrupción es la obra de una mente soberbia, que maquina una maldad, en su orgullo y con una vida de lujuria, en todos los sentidos. Y esa corrupción se transmite, como todo pecado, en el lugar en que el corrupto vive, produciendo obras malas, pecaminosas, que pueden arrastrar o no a las personas, dependiendo, nada más, de la voluntad de ellas.

Como hoy se niega el pecado como una obra en contra de la Voluntad de Dios, entonces se quiere poner el pecado en una estructura social, que está dañada porque hay hombres ya corruptos, que viven su pecado, con una inteligencia corrupta, perversa.

Por eso, si un hombre entra en una estructura social de corrupción, sólo peca si asume el pecado que se da en esa corrupción. No peca por pigmeización. La tentación siempre está ahí: el hombre sólo tiene que rechazarla con su voluntad libre. Es lo que Bergoglio niega en todo su escrito.

No se puede llamar corruptos a todos los hombres porque haya un gobierno que sea corrupto, o porque existan prostíbulos, o porque se den economías que favorezcan el pecado de usura, o porque en la iglesia haya obispos o sacerdotes que maquinan el mal. No existe una estructura social corrupta. Hablar así es meterse en la ley de la gradualidad: se quiere quitar una estructura corrupta con leyes humanas, injustas, en contra de la ley de Dios.

Cada hombre peca personalmente: y unos alcanzarán el pecado de corrupción; otros irán a la blasfemia contra el Espíritu Santo, otros sólo pecarán por diversión, por placer, por debilidad, por malicia.

Pero no existe una estructura social o religiosa corrupta. Eso sería poner el pecado en la sociedad o hacer del pecado algo filosófico, algo mental, que es lo que se hace hoy día.

Y entonces se ataca esa estructura social o filosófica, y no se ataca al hombre que peca, que vive su pecado, que hace de su pecado una inteligencia para el mal. Y viene la lucha de clases, y el vivir para cambiar las estructuras internas de la sociedad o de la iglesia o de la economía, etc… Y nada se hace, en la realidad de la vida, porque no se ataca la raíz espiritual de todo pecado.

¿Qué necesita la Iglesia?

¿Un cambio de estructuras? No.

Un cambio de personas:

«Al comienzo del pontificado del Papa Benedicto XVI, le escribí una carta en la que le rogaba designar obispos santos» (Carta abierta de Monseñor Jan Pawel Lenga).

¡Obispos santos!

Esta gran verdad es la que se desprecia  en toda la Iglesia.

En el Vaticano está lo que se llama el pecado de corrupción:

«Desgraciadamente, en nuestros días, la evidencia creciente de que el Vaticano, a través de la Secretaría de Estado, ha adoptado el camino de la corrección política está creciendo. Algunos nuncios han sido propagadores del liberalismo y del modernismo. Ellos han adquirido un hábil manejo del principio llamado “sub secreto Pontiificio”, por el cual se puede manipular y callar a los obispos. Y esto que el Nuncio dice a los obispos se les presenta como si fuese el deseo del Papa».

El pecado de corrupción no pertenece a una estructura religiosa o social, sino que es el pecado de una persona que obra con su inteligencia el error. Nuncios, Obispos, Cardenales, que haciendo uso de su cargo en la Iglesia la atacan desde dentro.

Es el pecado de soberbia: es la mente del hombre que maquina un mal: «Ellos han adquirido un hábil manejo del principio llamado “sub secreto Pontiificio”, por el cual se puede manipular y callar a los obispos».

El demonio sabe poner en las alturas del gobierno de la Iglesia a su gente, de una manera genial: es la corrupción de la mente del hombre, en el pecado de soberbia. Todo corrupto es soberbio en su inteligencia: es perverso. Maquina la maldad.

Este es el pecado de corrupción en la mente: es una perfección de la inteligencia del hombre que busca, con una idea, con una norma, con una ley, una obra mala. Cuando la mente se corrompe, entonces se obra –con la voluntad-  el pecado de orgullo y de lujuria: se manipulan y se hacen callar a los obispos para obrar el liberalismo y el modernismo en la Iglesia. Y así se divide la cabeza de la Iglesia. Así comienza el enfrentamiento en la cabeza: obispos contra obispos, sacerdotes contra sacerdotes.

Ya no hay un Espíritu único, el de Cristo, sino que es el espíritu del mundo el que alimenta a los pastores, que es la gran crisis de toda la Iglesia:

«Se puede observar en todos los niveles de la Iglesia un decrecimiento obvio del “sacrum”. El “espíritu del mundo” alimenta a los pastores. Los pecadores dan instrucciones a la Iglesia para que Ella los sirva. En su confusión, los Pastores se mantienen en silencio sobre los problemas que la afectan y abandonan a las ovejas en tanto se apacientan a sí mismos».

Los pecadores son los que mandan en la Iglesia: la Jerarquía sirve al pueblo con la mentira. Se le da al pueblo lo que quiere escuchar y obrar.

Esta carta, que muchos no quieren ni leerla porque pone en duda la renuncia del Papa Benedicto XVI y, por lo tanto, plantea de una manera directa la ilegitimidad de Bergoglio como Papa, da en el clavo sobre la situación de la Iglesia. Muchos acusan a este Obispo de irresponsabilidad absoluta en esta carta, porque están siguiendo al hombre en la Iglesia, obedecen al hombre en la Iglesia, pero han perdido la sujeción a Dios, el sometimiento de sus mentes a la Verdad Revelada, que ya en la Iglesia no es posible dar. Se llama irresponsable al que combate al hombre, al Obispo que lucha en la Iglesia contra el pensamiento del hombre. Así está el patio de la Iglesia: nadie quiere escuchar la Verdad. Se rechaza de plano.

Lo dice el mismo Obispo:

«Me veo forzado a recurrir a los medios públicos de expresión porque temo que cualquier otro método encontrará un muro de piedra de silencio y desprecio».

Este Obispo conoce, perfectamente, cómo es la estructura interna de toda la Jerarquía. Y estas palabras, contenidas en esta carta, se quedan en el vacío, en el silencio y en el desprecio en esta estructura. Nadie quiere escuchar la Verdad dentro de la estructura interna jerárquica. Nadie. Por eso, hay que emplear medios, como esta carta, como un blog. No hay otra manera para ser claros y para que la gente entienda lo que pasa en la Iglesia. Y, aún así, la gente no quiere entender. Es lo que dice San Pablo:

«Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira» (2 Tes 2, 11).

¡Cuántos católicos ya no creen en la Verdad. Y no tienen excusa. Prefieren a un mentiroso, como Bergoglio, que al Cristo verdadero. No buscan, en sus vidas –como católicos, la palabra de la verdad, la Jerarquía que les dé la verdad. Se contentan con cualquier lenguaje humano bello que un hombre, sin verdad, les predica.

«la voz de la conciencia no me permite permanecer en silencio, mientras que el trabajo de Dios está siendo calumniado».

Hay que dar gloria a Dios, no a los hombres. Hay que trabajar por Dios, no por los hombres. Y eso es lo que no se quiere en el Vaticano.

En el Vaticano sólo se trabaja por los hombres, pero no por Dios, no por Cristo. Aunque se llene la boca todo el día mencionando a Jesús. Es un Jesús sin verdad, sin ley, sin vida.

Para que la Iglesia salga a flote sólo hace falta una cosa: Obispos santos. No hacen falta cambiar las estructuras internas de la Iglesia.

¿Qué es lo que ha hecho Bergoglio?

Ha cambiado la estructura de gobierno: ha puesto una horizontalidad.

Y ¿qué clase de Obispos ha puesto en esa estructura? ¿Santos? No. Todos ellos son herejes, cismáticos y apostatas de la fe.

¿Hacia dónde va la Iglesia con semejantes sujetos? Hacia su autodestrucción.

¿Qué se hace con los buenos obispos? Se les persigue y se los entierra:

«En no pocas Conferencias Episcopales los mejores obispos son “persona non grata”».

Se ha puesto el pecado de corrupción en una estructura social, pero no en la persona que peca con la maldad de su inteligencia humana. Aquí está todo el problema de la Iglesia: la falta de fe. Han perdido el norte de la Verdad. Todos siguiendo el lenguaje humano de la mentira.

Al ser la corrupción un estado social, en el cual la gente se acostumbra al ambiente que le rodea, se quiere sanear ese ambiente como hacían los fariseos, y que Jesús fustigó:

«Atan cargas pesadas e insoportable y las ponen sobre las espaldas de la gente, pero ellos mismo ni con el dedo quieren moverlas» (Mt 23, 4).

Se pretende hacer desaparecer la corrupción, que se ve en todas partes, no llevando a cumplir la ley de Dios, sino imponiendo nuevas leyes, nuevos reglamentos, nuevas doctrinas. Y, por eso, aparecen muchas personas, llamadas por la sociedad, corruptas, y no lo son en la realidad.

El hombre carga con sus leyes a los demás y, entonces, los hombres que no obedecen a esas leyes injustas, son llamados corruptos: se les mete en la cárcel, no por no cumplir con la ley de Dios, sino por no cumplir con las leyes de los hombres, que son siempre gravosas para los hombres, porque no miden la verdad de lo que es un hombre.

Queriendo quitar la corrupción se hace el hombre más corrupto, porque no va a la raíz del problema: no se va a quitar el pecado; sino que se pone una ley, que es una carga económica, social, política, humana…., para la persona, que la persona no puede llevar. Es el afán de controlarlo todo, ya sea por el Estado, ya sea por la Iglesia. Ese afán de control es el orgullo, que refleja una mente corrupta, perversa. Son leyes que ponen personas ya corruptas, ya perversas, en sus inteligencias humanas.

Mentes perversas son las que manejan el mundo y la Iglesia. Ellas son las más corruptas de todas, pero hacia fuera, hacia lo exterior, parecen santos, justos:

«Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres» (Mt 23, 5): hacen multitud de obras sociales, de obras que gustan a los hombres, para que los hombres los llamen como buenos, como misericordiosos.

Bergoglio da de comer a los pobres, y todo el mundo: qué santo es ese hombre. Este hombre no puede ser un anticristo. Y nadie recuerda lo que dijo: «La corte es la lepra del Papado».

Si la corte es la lepra del Papado, ¿por qué no pones Obispos Santos en el Papado? Porque no crees en la santidad de la Iglesia, sino que estás en esa Silla para fustigar, para destrozar toda la Iglesia, con tu palabra barata y blasfema, con tu ley de la gradualidad.

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo, lo hacéis doblemente más hijo de la gehena que vosotros» (Mt 23, 15).

Esta es la misión de Bergoglio en sus viajes, en la Iglesia y en toda su vida de sacerdote y Obispo: hacer prosélitos para su causa comunista, masónica y protestante. Bergoglio no trabaja para Dios en la Iglesia, sino para el mismo demonio. ¡Y qué pocos quieren entender esta verdad! ¡Cómo se les atraganta esta frase!

¡Cuántos callan esta verdad!

«¿Dónde están los apologistas de nuestros días, que anuncien a los hombres, de un modo claro y comprensible, la amenaza y el riesgo de perder la fe y la salvación? En nuestros días, la voz de la mayoría de los obispos más bien se asemeja al silencio de corderos frente a los lobos furiosos; los fieles son abandonados como ovejas indefensas».

¿Dónde están los apologistas?

Bergoglio no los quiere:

«Muchas controversias entre los cristianos, heredadas del pasado, pueden superarse dejando de lado cualquier actitud polémica o apologética,  y tratando de comprender juntos en profundidad lo que nos une» (24 de enero del 2015).

La APOLOGÉTICA es primordial en tiempos de confusión.

Sin hombres que luchen por la Verdad, la Iglesia acaba adaptándose a la cultura moderna, que es toda ella perversión intelectual.

Bergoglio llora por sus hombres, pero no por sus pecados:

«Debemos reconocer que, para llegar a las profundidades del misterio de Dios, nos necesitamos unos a otros, necesitamos encontrarnos y confrontarnos bajo la guía del Espíritu Santo, que armoniza la diversidad y supera los conflictos, reconcilia las diversidades».

No necesitamos a los hombres para estar unidos en Cristo. Necesitamos la VERDAD, que Bergoglio niega a cada instante. No necesitamos dar un abrazo a los hombres, sino ponerlos en la verdad de la vida: o te salvas o te condenas; o quitas tu pecado o vives para condenarte en tu pecado.

Necesitamos Obispos Santos que prediquen la Verdad y que imiten las obras de Cristo en Su Iglesia.

No necesitamos mentes corruptas, como las de Bergoglio, que sólo anuncian su falso ecumenismo:

«En este momento de oración por la unidad, quisiera recordar a nuestros mártires de hoy. Ellos dan testimonio de Jesucristo y son perseguidos y ejecutados por ser cristianos, sin que los persecutores hagan distinción entre las confesiones a las que pertenecen. Son cristianos, y por eso perseguidos. Esto es, hermanos y hermanas, el ecumenismo de la sangre».

No dice Jesús: «la carne no sirve para nada» (Jn 6, 63b). ¿Qué importa que los hombres que, con su boca, se llamen cristianos, sean matados? La carne de toda esa gente no sirve para nada. «Es el Espíritu el que da vida» (Jn 6, 63a): si no tienen la fe divina, que es la que da vida al alma y al espíritu del hombre, la fe común los condena al fuego del infierno, porque no dan ni testimonio de la Verdad ni son testigos de Cristo. Dan testimonio de su verdad y son sólo testigos de su falso cristo.

¿Dónde están los apologetas de hoy día que combatan el ecumenismo de sangre de este hombre? No están.

¿Quién se opondrá a Bergoglio? NADIE.

¡Toda la Jerarquía callada ante el lobo Bergoglio! ¡TODA!

La razón: muchos son de Bergoglio, piensan y obran como él:

«En mi opinión la voz débil de muchos obispos es la consecuencia del hecho de que, en el proceso de elección de los obispos, los candidatos no son examinados suficientemente sobre una firmeza indudable y una valentía en la defensa de la fe, sobre su fidelidad a las tradiciones multiseculares de la Iglesia, sobre su piedad personal. En el asunto de la designación de los obispos, e inclusive de los cardenales, es cada vez más notable que algunos prefieren a los que comparten una ideología particular o pertenencia a determinados grupos que son ajenos a la Iglesia, y que han influido en la designación de algún candidato en particular».

Son Obispos sin fe, sin vida espiritual.

A los Papas se les ha impuesto Obispos sin ninguna vida espiritual: hombres con un espíritu del mundo, hombres de política, que viven para una empresa económica, para un ideal cultural, para un progreso científico o técnico, pero que les trae sin cuidado el Espíritu de Cristo en el sacerdocio. Y estos hombres son los que hablan, en muchas ocasiones, de la corrupción en todas partes, pero no mueven un dedo para quitar sus malditos pecados ni para expiar los pecados de los demás. Son sus pecados los motivos de mayor corrupción, tanto en el mundo como en la Iglesia.

Y esta imposición ha durado cincuenta años. La consecuencia es clara: quien gobierna en todas las diócesis de la Iglesia son Obispos perversos, corruptos, herejes, cismáticos y apóstatas de la fe. ¿Qué hay que esperar de ellos? El silencio sepulcral.

«Es una pena que el Papa no participe personalmente de la designación de los obispos»: esto indica el grado de corrupción de la Jerarquía que ha rodeado a todos  los Papas. Corrupción en la mente, que se ve reflejada, después, en las obras de orgullo, con la desobediencia al Papa, en muchas formas, y con las obras de la lujuria, haciendo de la liturgia un festival mundano.

Toda la Jerarquía que rodeaba al Papa Benedicto XVI lo sepultaron:

«El papa Benedicto XVI era la cabeza de la Iglesia; su entorno, sin embargo, apenas sí traducía sus enseñanzas en una forma de vida, silenciaba o bien obstruía sus iniciativas de una reforma auténtica de la Iglesia, de la liturgia y de la manera de administrar la Sagrada Comunión».

¡Esto es defender al Papa! Lo que nadie se atreve a hacer en la Iglesia.

Todos defendiendo a los hombres y, por lo tanto, viendo como buena la renuncia del Papa Benedicto XVI.

¡Nadie apoyó el Pontificado de Benedicto XVI!

Hay que hablar claro: hubo una conspiración en la cabeza de la Iglesia:

«En vista del gran secretismo que domina en el Vaticano, para muchos obispos era realmente imposible ayudar al papa en su deber como cabeza y jefe de la Iglesia toda».

Cuando se habla de secretismos, se habla de conspiración. Se habla de ataque a la Iglesia, no por los hombres de fuera, sino por la misma Jerarquía que rodeaba al Papa.

Ya no hablamos del Papado, sino del Papa: todos han ido a anular al Papa en la Iglesia, con el solo fin de poner una nueva estructura, un nuevo y falso papado, que es la destrucción de toda la Iglesia. Lleva hacia eso. Y es lo que vemos en todas partes.

«Es obvio que en el Vaticano hay una tendencia a ceder, más y más, al ruido de los medios masivos. No es infrecuente que en nombre de una incomprensible tranquilidad y calma, los mejores hijos y servidores sean sacrificados para apaciguar a los medios masivos».

Todos los medios aplaudiendo las herejías de Bergoglio. TODOS. Roma ha perdido la fe. Y, por eso, se persigue a los verdaderos sacerdotes y Obispos: es el fruto de la perversión de la mente.

Hay que cambiar las estructuras sociales, y eso conlleva quitar a los corruptos: los que sirven a la Verdad que no cambia. Esos son los corruptos. Por ellos, el mundo está como está. Por defender la verdad inmutable, todos los gobiernos en la corrupción. Hay que aflojar para tener un orden que sea modelo para todos, un orden que incluya a todos los hombres, no que excluya a unos hombres.

Por eso, en la Iglesia se observa la corrupción de lo mejor:

«Los enemigos de la Iglesia, sin embargo, no entregan a sus fieles servidores, inclusive cuando sus acciones son evidentemente malas».

La misma Iglesia condena y juzga a los buenos y santos sacerdotes y Obispos. No los defiende del mundo, de las personas, de los gobiernos. Los Obispos no defienden a sus sacerdotes, sino al pueblo. Están con los hombres, pero no con Cristo en sus sacerdotes. A los sacerdotes se les obliga a pensar como piensa el mundo, y  a dar a los hombres predicaciones buenistas, llenas de barato humanismo, para contentarlos en sus vidas humanas. Y, por eso, en la Iglesia no hay lugar para un sacerdote santo. NO HAY CAMINO. Los mismos Obispos se encargan de quitarlos de en medio.

¡Esta es la verdadera corrupción en la Iglesia, que nadie atiende, por estar atentos a un ignorante de la verdad, como Bergoglio!

«Cuando deseamos permanecer fieles a Cristo de palabra y de hecho»: fieles a Cristo, no a los hombres. Obedientes al Espíritu de Cristo, no al espíritu del mundo que está en toda esa Jerarquía que gobierna en la actualidad la Iglesia.

Este Obispo es valiente en esta carta, pero es velado. No puede hablar claramente: no puede decir que Bergoglio no es Papa, porque si lo dice, se le acaba todo en la Iglesia. Él lo sabe y, por eso, no puede enseñar esta verdad.

Pero da un testimonio claro y valiente a todos los católicos.

Pero los católicos, ¿quieren aprender de un Pastor en la Iglesia? No. Van a seguir siguiendo a los lobos.

Hablemos claro: Bergoglio no enseña ninguna verdad.

manocornuda

«Hablemos claro» (ver texto).

Así iniciaba su mentira este hombre al cual llaman Papa, alias Francisco.

«Creo que ambos son derechos fundamentales: la libertad religiosa y la libertad de expresión».

Está hablando según Voltaire: defiendo mi derecho a decir lo que pienso, aunque a usted no le guste o esté en contra de lo que usted piensa o dice.

Defender la libertad religiosa o defender la libertad de expresión eso es la modernidad: en la libertad, es decir, en la voluntad libre del hombre reposa todas las libertades públicas y privadas.

Se acabó la ley de Dios. El hombre es el propio fundamento de su libertad, de su pensamiento, de sus palabras, de sus obras.

¡El libre pensamiento! ¡Esta es la soberbia que corroe al mundo y a toda la Iglesia!

¿Cuáles son los derechos fundamentales del hombre?

Si el hombre no viene a este mundo por sí mismo, entonces ¿a qué tiene derecho?

Si el hombre no decide la vida, la existencia, sino que todo eso es un don de Dios, entonces ¿a qué tiene derecho?

El hombre tiene derecho a ser hombre. Eso es lo primero

El hombre tiene una mente y una voluntad humanas, que le constituyen en ser humano.

Pero el hombre no es hombre por sí mismo, sino que Dios lo ha creado. Luego, lo segundo, el derecho fundamental de todo ser humano es ir hacia Dios, vivir para Dios, obrar la Voluntad de Dios. ¡El hombre depende absolutamente de Dios!

Estos son los dos derechos fundamentales de todo ser humano.

Dios ha creado al hombre: le ha dado una naturaleza humana, con una razón, con una voluntad libre. Y Dios quiere que el hombre construya su vida para Dios. Y sólo para Dios. Y, por lo tanto, use su naturaleza humana, su mente y su voluntad humana, su libertad, para Dios, para hacer las obras que Dios quiere.

Por eso, Dios pone en la naturaleza humana, su Ley Eterna. Para que el hombre, con su libertad, tienda hacia este fin, que es el propio de su vida, que es el único en su vida.

Y si el hombre no hace esto, Dios lo castiga.

«No se puede ocultar una verdad: cada persona tiene el derecho de practicar la propia religión sin ofender». Esto no es una verdad. Esto es una mentira.

Cada persona tiene la obligación moral grave de abrazar y de ejercer la verdadera religión. No la propia religión de cada uno; la que cada uno con su mente se fabrica.

Sólo hay una religión positiva verdadera: la que se funda en la naturaleza humana y contiene dogmas, ritos y doctrina revelados por Dios. Y ésta es sola la Iglesia Católica.

Cada persona está obligada a investigar en una religión positiva si ésa es la verdadera, la auténtica. Si ésa es la que Dios ha revelado y ha dado sus leyes para que el hombre dé culto a Dios en ella. Y si no lo es, el hombre está obligado a seguir buscando la verdadera religión.

Pero ninguna persona tiene derecho a inventarse ninguna religión ni a practicarla.

La religión que no se fundamente en la naturaleza humana, es decir, en la ley natural, y que no haga depender al hombre totalmente de Dios, eso no es religión. Eso se llamará lo que el hombre quiera. Hay más de cuarenta mil sectas e iglesias distintas, con sus nombres variados. Toda son un bulo, un engaño.

La religión verdadera es para dar culto verdadero a Dios, con la mente y con la voluntad libre del hombre. El hombre se somete a unos preceptos divinos para realizar ese culto.

Hablemos claro: Bergoglio habla su idealismo.

Como el hombre es el que tiene el concepto del bien y del mal, entonces la obligación moral de buscar a Dios, de dar culto a Dios no procede de Dios, no está en su misma naturaleza humana, no está en lo que Dios revela, sino viene del mismo hombre: de su mente humana. El mismo hombre, en su idea del bien y del mal, busca a Dios, el concepto de Dios; la religión, el concepto de religión; la iglesia, el concepto de iglesia. Consecuencia: cada persona tiene derecho a estar en su religión, en su culto, en su iglesia, pero sin ofender al otro.

¡Sin ofender la libertad de pensamiento!

¡Pero puedes ofender a Dios lo que te dé la gana!

¡Este es el fariseísmo de Bergoglio y de muchos que se dicen católicos!

«Dos: no se puede ofender o hacer la guerra, matar en nombre de la propia religión, en nombre de Dios». Otra gran mentira, con mayúsculas.

La ley del Islam, que castiga con la muerte toda blasfemia contra Alá o su profeta, no fue inventada por los musulmanes, sino promulgada por Dios:

«Saca del campamento al blasfemo; que cuantos le han oído le pongan su mano sobre la cabeza, y que toda la asamblea le lapide. Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Quienquiera que maldijere a Su Dios llevará sobre sí su iniquidad; y quien blasfemare el Nombre de Yavhé será castigado con la muerte; toda la asamblea lo lapidará. Extranjero o indígena, quien blasfemare el Nombre de Yavhé morirá» (Lev 24, 15-16).

Hoy, como queremos un Dios de ternuritas, entonces nos pasamos esta Palabra de Dios por la entrepierna. Y entonces, decimos una blasfemia: no se puede matar en nombre de la propia religión, en nombre de Dios.

Bergoglio ha blasfemado contra Dios. Dice que su Palabra es una mentira. Que Dios se equivocó cuando se escribió el levítico.

Dios está mandado matar al blasfemo, y lo manda a Su Pueblo, a través de Moisés.

¿Qué hicieron los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín con Jesús? Aplicaron la Sagrada Escritura: como te haces Hijo de Dios, eres un blasfemo, a la muerte.

Aquellos Sacerdotes, en su fariseísmo, creían en la Palabra de Dios: Dios manda castigar en Su Nombre. Dios manda matar en Su Nombre.

¿Qué le mandó Dios a Abraham? Matar a su hijo.

¿Qué hace San Pedro con Ananías y Safira? Obrar una Justicia Divina.

Toda la Sagrada Escritura está llena de ejemplos en los cuales Dios daba la victoria a su pueblo con las guerras.

No hay que negar la Palabra de Dios para complacer a los hombres.

No hay que negar la Palabra de Dios para callar la maldad de la ley musulmana: ellos no matan porque Dios se lo manda, sino porque el demonio se lo manda. Es una religión del demonio.

Bergoglio, en su fariseísmo, no cree en la Palabra de Dios. Siempre da una vuelta, siempre la reinterpreta a su manera, para acabar diciendo su blasfemia: «Como se comprenderá, también nosotros fuimos pecadores en esto, pero no se puede matar en nombre de Dios, esta es una aberración. Se debe hacer con libertad y sin ofender».

Anula todas las guerras santas que se describen en la Sagrada Escritura, anula todos los mandatos de Dios a almas que vivían la verdad, para decir su estupidez, una vez más.

No se puede matar en nombre de Dios…, y ¿por qué dices que el Corán es un libro de paz?

Estas son las aberraciones de este hombre. Habla sin lógica. Se contradice constantemente. Bergoglio no ataca a los musulmanes, sino a los que tienen una idea fundamentalista.

Los musulmanes tienen «el derecho de practicar la propia religión sin ofender»: los musulmanes están en la verdadera religión. Pero que no ofendan. Que quiten la idea fundamentalista. Tienen que evolucionar en su pensamiento como los católicos ya han evolucionado:

«pero pensemos en nuestra historia: ¡cuántas guerras de religión hemos tenido! Pensemos en la noche de San Bartolomé. Como se comprenderá, también nosotros fuimos pecadores en esto».

También fuimos pecadores en esto…, ahora no los somos: ahora hemos evolucionado el dogma, hemos cambiado la Sagrada Escritura; ahora son otras interpretaciones: las propias de la masonería.

Hoy el hombre está en los suyo, es decir, en la idea del masón: el horror homicida fundamentalista y el fanatismo intolerante. En esta idea, los hombres están dando vueltas para aceptar la blasfemia de Charlie Hebdo y de todos aquellos que se pasan la vida blasfemando contra Dios, apelando a su libre pensamiento, y queriendo no ver la realidad de los musulmanes. No todos son malos. En ellos, como en todas las demás religiones, hay fundamentalistas y fanatismo.

Esto es lo que enseña Bergoglio: hay que reivindicar la tolerancia, la laicidad y la libre expresión, para reaccionar ante todo terrorismo, que es un idea fundamentalista, cerrada en sí misma, obsesiva, enferma, corrupta.

Es hablar al hombre de manera psiquiátrica, no de manera espiritual: no se le dice la verdad revelada, sino la verdad que conviene, que gusta a los hombres. La verdad inventada por la cabeza del hombre.

«En cuanto a la libertad de expresión: cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común».

Tienes derecho a blasfemar: tienes derecho a decir lo que piensas si eso vale para el bien común.

Y la libertad no es una función social: no es para un bien común. La libertad es para cumplir la ley natural: para un bien privado. Y sólo así, cumpliendo lo natural, se puede cumplir, se puede hacer un bien común, un bien social.

Bergoglio habla de su comunismo, en el cual la propiedad privada, el derecho que tiene el hombre a poseer sus bienes es siempre un bien común: el hombre está obligado (no tiene libertad) a hacer un bien común, un bien para el otro. Eso es el idealismo kantiano, que tanto le gusta a Bergoglio, que le hace desembocar en su comunismo, que es la utopía del bien común, del gobierno mundial, de la iglesia para todos.

«Estás obligado a decir lo que piensas»: el hombre no tiene libertad para callar, para poner la otra mejilla, para guardar silencio, para humillarse ante los improperios de los otros. Está obligado a decir algo.

Y, entonces, tiene que ir en contra de la misma Palabra de Dios:

«si el doctor Gasbarri, que es un amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás»

¿Dónde queda:

«al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra» (Mt 5, 39)?

Esta Palabra de Dios no sirve para resolver el problema. Estas obligado a decir lo que piensas para el bien común, para construir una sociedad justa, armoniosa, redimida.

Si alguien ofende a tu mamá, entonces practica la virtud. Y si no puedes sujetar tu ira, entonces huye de aquel que te tienta en la virtud. Pero si caes en el pecado, una vez que has puesto los medios para no pecar, entonces sólo caes por debilidad, no por malicia. Arrepiéntete por tu pecado.

Pero si no practicas la virtud y te dejas llevar, entonces pecas por malicia. Es más grave tu pecado, pero si te arrepientes, hay perdón de Dios.

Esto es lo que un Papa legítimo tiene que enseñar.

¿Qué enseña Bergoglio? Su idealismo.

«El Papa Benedicto, en un discurso habló de esta mentalidad post-positivista, de la metafísica post-positivista, que llevaba a creer que las religiones o las expresiones religiosas eran una especie de sub-cultura, toleradas, pero poca cosa, no forman parte de la cultura iluminista. Y esta es una herencia de la Ilustración. Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás».

Primero: ¿qué cosa dijo el Papa Benedicto XVI?

«En el mundo occidental domina ampliamente la opinión de que solamente la razón positivista y las formas de filosofía que de ella derivan son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo perciben precisamente en esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón un ataque a las convicciones más íntimas. Una razón que frente a lo divino es sorda y margina la religión al ámbito de las subculturas es incapaz de incluirse en el diálogo entre culturas» (ver texto).

La razón, cuando se cierra a Dios, a la Revelación de Dios, entonces genera lucha de culturas, enfrentamiento entre los hombres. Esto es lo que dice este párrafo.

¿Cuál es la interpretación de Bergoglio?

«llevaba a creer que las religiones o las expresiones religiosas eran una especie de sub-cultura, toleradas, pero poca cosa, no forman parte de la cultura iluminista». Ha torcido el pensamiento del Papa Benedicto XVI: las religiones son una especie de subculturas. Y no tiene nada que ver con lo que dice el Papa, que habla de la relación entre fe y razón.

Bergoglio está en lo suyo:

«Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás». No juzgues. Y, entonces cae en una contradicción:

¿No dices, Bergoglio, que

«cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que pienso para apoyar el bien común»?

Entonces, tengo que decir que los musulmanes no son una religión que sirva para el bien común: ni para la familia, ni para la sociedad, ni para la iglesia, ni para nada.

Estoy obligado a decir esto: tengo «la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común». Por tanto, tengo que juzgar, tengo que hablar mal de los musulmanes, tengo que decir la verdad de los musulmanes, tengo que burlarme de sus ritos y de sus doctrinas porque son un engaño para todos.  No puedo tomarlo como algo verdadero, como algo serio, algo que dé fruto para el alma.

El mismo Bergoglio se contradice porque está en su idealismo: en su idea. Por eso, Bergoglio tiene que chocar con todo el mundo. Bergoglio no quiere que la gente se burle de los pensamientos del otro, pero sí quiere que la gente siga blasfemando contra Dios. Por defender al hombre, ataco a Dios. ¡Qué gran locura!

El mismo Bergoglio dice que es un loco:

«¿sabe usted que yo tengo un defecto? Una buena dosis de inconsciencia». Se está describiendo en lo que es: un loco de su idea humana. Un vividor de su herejía. Un hombre que obra su orgullo, cada día, en la Iglesia y que nadie le dice nada.

Y esto va a ser la ruina de muchas almas: callan ante un loco, cuando tienen la obligación de hablar clarito a las almas.

Hablemos claro: Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica. Porque no dice una sola Verdad.

Esto es lo que muchos no creen ni quieren creer: tienen a ese personaje como su papa. Allá ellos. No son de la Iglesia Católica. Porque en la Iglesia Católica se sigue al que enseña la Verdad Absoluta. No se puede seguir al que enseña sus verdades relativas universales.

Hablemos claro: si sigues a Bergoglio te vas a condenar. No puedes obedecer la mente de un hereje. Es un pecado, no sólo grave, sino de blasfemia contra el Espíritu Santo. En Jesús no había ninguna herejía. En Bergoglio están todas las herejías. ¡El que lea entienda! Y si no quiere entender, nos da igual.

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